Autor: admin

  • Los ciudadanos de Capua fueron consultados

    Como es bien sabido, los Atenienses inventaron allá por el siglo V a.C. la democracia o sistema político en el que los ciudadanos, el pueblo , el “demos”, elegían a sus gobernantes. Este hecho grandioso cuyo desarrollo más avanzado sólo existe en unos pocos países occidentales actuales, no nos permite desconocer la gran limitación de aquella democracia original: sólo los ciudadanos, una minoría en el conjunto de habitantes de Atenas, tenían esos derechos; ni las mujeres, ni los esclavos, ni los extranjeros podían votar.
    Tampoco debemos ignorar la facilidad con la que el pueblo fue “manipulado”, impresionado, para tomar acuerdos perjudiciales incluso contra la propia democracia, cuando surgen los “demagogos” que incluso imponen a “tiranos”.

    Recordemos algo tan sabido como es la etimología de democracia, demagogia, tiranía:

    Democracia: de los sustantivos griegos δῆμος, (demos = pueblo)  y κράτος (krátos = poder): gobierno del pueblo.

    Demagogia: del griego δῆμος –dēmos-, pueblo y ἄγω –ago-, dirigir. Según el Diccionario de la RAE

    Práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular y también  Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.

    Tiranía: del griego τύραννος (tyrannos) que significa "señor" o "amo"; parece ser un término lidio no indoeuropeo; se ha relacionado también con el término etrusco turan”, que significa señora o dama aplicado a Venus. Según la RAE:

      “ persona que obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad” ; y también: “ persona que abusa de su poder, superioridad o fuerza en cualquier concepto o materia, y también simplemente del que impone ese poder y superioridad en grado extraordinario”.

    Véase https://www.antiquitatem.com/tirania-democracia-tucidides-dictadura

    Pues bien, voy a contar un episodio ocurrido en la Italia por la que se mueve Anibal, durante la Segunda Guerra Púnica, venciendo y aniquilando a los ejércitos latinos y ocupando una tras otras numerosas ciudades, generando una sensación de pánico y miedo total entre todos los romanos.

    Concretamente ocurre en Capua, capital de la Campania a unos treinta kilómetros de Nápoles, al sur de Italia, una de las ciudades más prósperas y ricas e incluso más  lujosa que la famosa Síbaris o Crotona a juzgar por el testimonio de Polibio , Historias, VII,1; y III,91,6; Cicerón en De Lege Agraria, II, 95; o Estrabón, V, 4,3Capua estaba comunicada con Roma por la famosa Vía Apia desde el año 312 a.C.

    De Síbaris o Crotona hemos tratado alguna vez en este mismo blog. Véase:

    https://www.antiquitatem.com/lecho-de-rosas–princesa-del-guisante

    https://www.antiquitatem.com/zeuxis-muchachas-de-crotona-imitacion

    En este episodio observaremos la facilidad con la que es manejada la maleable “masa” de ciudadanos por un hábil individuo y lo que puede ocurrir cuando se enfrenta al pueblo en su conjunto y a cada uno de sus miembros con su propia responsabilidad.

    Los ciudadanos de Capua odiaban” a sus senadores que se comportaban altaneramente sin consideración y ni siquiera mantenían contacto con ellos, pero, cuando tuvieron ocasión de acabar con ellos, fueron incapaces de ponerse de acuerdo y proponer sustitutos de aquellos a quienes deseaban hacer desaparecer.  Reproduzco un comienzo tal vez demasiado largo, pero necesario para situar los hechos en su contexto.

    Texto de Tito Livio, de su Historia de Roma desde sus orígenes, libro 23, capítulos 1-4.

    Habiendo tomado y saqueado los campamentos, Aníbal, después de la batalla de Cannas, marchó en seguida de la Apulia al Samnio: Stacio, que le prometía entregarle Compsa, le llamaba al territorio de los hirpinos. Trebio Stacio era uno de los ciudadanos más distinguidos de Compsa, pero se veía obligado a ceder ante el partido de los Mopsinos, familia poderosa por la protección de los romanos. A la noticia de la batalla de Cannas, al rumor de la llegada de Aníbal, que por todas partes extendía Trebio, los Mopsinos habían salido de la ciudad. Compsa se rindió por consiguiente sin resistencia al cartaginés y recibió guarnición.

    Dejó allí Aníbal su botín y todos los bagajes, y dividiendo su ejército en dos cuerpos, encargó a Magón que recibiese la sumisión de aquellas ciudades del territorio que abandonasen la causa de Roma y de apoderarse de las que se resistieran. El mismo atravesó el territorio campanio, dirigiéndose hacia el mar inferior, con intención de sitiar a Nápoles para asegurarse de una ciudad marítima. En cuanto atravesó la frontera napolitana, emboscó una parte de los númidas en los parajes que le parecieron convenientes para su plan, abundando aquel país en caminos profundos y desfiladeros impenetrables. En seguida manda a los demás que lleven delante ostensiblemente los ganados que habían arrebatado en la campiña y llegar con sus caballos hasta las puertas de la ciudad Al verles tan poco numerosos y tan desordenados, salió un grupo de jinetes; los númidas retrocedieron de intento delante de ellos atrayéndoles a la emboscada, donde fueron rodeados, y ni uno solo hubiese escapado, si la proximidad del mar y algunas barcas, la mayor parte pescadoras, que veían muy cerca de la orilla, no hubiesen ofrecido refugio a los que sabían nadar. Algunos jóvenes distinguidos fueron capturados o muertos, entre ellos Hegeas, jefe de aquellos jinetes, que pereció persiguiendo con demasiado ardor a los fugitivos. Aníbal renunció al sitio de la ciudad al ver sus murallas, muy difíciles de asaltar.

    Desde allí dirigió su marcha á Capua, ciudad enervada por larga prosperidad, por los favores de la fortuna y más que todo por el libertinaje del pueblo, que, en medio de la corrupción general, gozaba de libertad sin freno. Pacuvio Calavio había sometido el Senado a su voluntad y a la del pueblo. Aunque noble y popular a la vez, debía su poder a malos medios. En el mismo año en que los romanos fueron vencidos en el Trasimeno, encontrábase primer magistrado de la ciudad. Sabía bien que el pueblo, enemigo del Senado desde mucho antes, aprovecharía aquella ocasión para sublevarse, y que si se presentaba Aníbal al frente de un ejército victorioso, no retrocedería ante un gran crimen y exterminaría a los senadores para entregar Capua al cartaginés. Pacuvio era malo, pero no completamente depravado: prefería ejercer su autoridad sobre Capua a ejercerla sobre sus ruinas, y sabía que no es posible la existencia de una ciudad privada de consejo público. Imaginó, pues, un medio de conservar el Senado y hacerlo al mismo tiempo esclavo de su voluntad y de la del pueblo. Convocó a los senadores y comenzó por declarar que no aprobaría una sublevación contra Roma sino en cuanto fuese necesaria; que tenía hijos de la hija de Apio Claudio, y que su propia hija estaba casada en la ciudad con Livio; pero que les amenazaba otra calamidad mucho más terrible; que el pueblo no pensaba sublevarse para quitar el poder al Senado, sino para exterminarlo y entregar a Aníbal y los cartagineses una ciudad sin gobierno;  que puede, sin embargo, salvarles del peligro si se entregan a él, y prescindiendo de todo debate político, prestar fe a su palabra. Dominados por el terror, todos consienten, y entonces dijo: "os encerraré en la curia, y como si yo mismo tomase parte en la conspiración, aprobando un crimen al que en vano me opondría, encontraré medio de salvaros. Recibiréis de mí cuantas garantías queráis.» Habiendo empeñado de esta manera su palabra, mandó cerrar la curia, y dejó en el vestíbulo una guardia que no había de permitir entrar ni salir a nadie sin orden suya. En seguida convocó una asamblea del pueblo. «Campanios, dijo, muchas veces habéis deseado castigar ese ímprobo y detestable Senado; hoy podéis hacerlo sin obstáculo ni peligro, sin exponeros a los riesgos de una sublevación en la que tendríais que asaltar la casa de cada uno, defendidas por sus clientes y esclavos. Yo os los entrego a todos encerrados en la curia, solos y desarmados, y no tendréis que obrar con precipitación y a la casualidad. Os daré el derecho de decidir acerca de la suerte de cada uno de ellos, a fin de que sufran los suplicios merecidos. Pero ante todo, no puede satisfacerse vuestra cólera sino a condición de posponerla á vuestra conservación, a vuestro propio interés. Detestáis a esos senadores, pero creo que no deseáis abolir completamente el Senado; porque necesitáis un rey (¡autoridad abominable!) o un Senado, único consejo de un estado libre. Tenéis por consiguiente dos cosas que hacer al mismo tiempo: destruir el Senado antiguo, y crear uno nuevo. Voy a hacer llamar sucesivamente á todos los senadores; os consultaré acerca de la suerte de cada cual y se ejecutará lo que decidáis. Pero en el puesto del condenado elegiréis otro senador, varón animoso y honrado, antes de que el culpable sea entregado al suplicio.»

    Sentóse entonces, hizo colocar los nombres en una urna y manda sacar de la curia y llevar ante el pueblo aquel que designó en primer lugar la suerte. En cuanto se oyó el nombre, todos exclamaron que era un malvado, un miserable digno del suplicio. Entonces dijo Pacuvio: «Veo que decidís acerca de él. Ahora, para el puesto de ese malvado, de ese miserable, nombrad un senador honrado y virtuoso.» Al pronto hubo un momento de silencio; no encontraban uno mejor para reemplazarle. Al fin se atrevió uno a pronunciar un nombre al azar, y un grito mucho más fuerte se alzó en eI acto : decían unos que no le conocían, otros le censuraban sus acciones deshonrosas, su baja estofa, su vergonzosa pobreza, su oficio, sus infames lucros. La escena se renovó con mucha más intensidad cuando se citó otro y otro nombre; era evidente que no querían a los senadores, pero no encontraban con quienes reemplazarles. No podían proponer a los que ya habían sido nombrados sin oirles abrumar de injurias, y en cuanto a los otros, eran mucho más despreciables, mucho más obscuros que aquellos cuyos nombres se citaron primero. En vista de esto, separóse el pueblo diciendo que el mal conocido era más soportable, y Pacuvio ordenó que se pusiese en libertad á los senadores. Salvando Pacuvio de esta manera la vida a los senadores, les hizo suyos mucho más que del pueblo, y sin violencia, por consentimiento unánime, dominaba en absoluto. Desde entonces, abandonando los senadores todo recuerdo de honor y libertad, comenzaron a adular al pueblo, a saludar a todos, a invitarles con bondad y a ofrecerles magníficos festines. La causa de que se encargaban, el partido que favorecían, las decisiones a que inclinaban a los jueces, era siempre la más popular, la más a propósito para conquistar la benevolencia de la multitud. En el Senado nada se hacía que no se hubiese hecho en asamblea del pueblo. Inclinada en todo tiempo a la mayor molicie, no solamente por la depravación de los ánimos, sino que también por las dulzuras y la acción enervante de las delicias que le ofrecían el mar y la tierra, Capua entonces, gracias a la baja complacencia de los ciudadanos principales, a la licencia del populacho, se abandonaba con tal furor a todos los excesos, que no había límites para sus caprichos ni para sus gastos. A este desprecio de las leyes, de los magistrados y del Senado, añadíase, después de la batalla de Cannas, el desprecio en que cayó el poder romano, único freno respetado hasta entonces. Existía sin embargo un obstáculo que les había impedido declararse inmediatamente contra Roma: y eran los antiguos matrimonios que habían unido familias romanas con nobles y poderosas familias de Capua, y además el lazo poderoso de muchos compatriotas suyos que servían en el ejército romano y de trescientos caballeros, de los más nobles de la Campania, quienes, por expresa elección, habían sido enviados a guarnecer las ciudades de Sicilia. (Traducción de Francisco Navarro y Calvo)

     Hannibal post Cannensem pugnam castraque capta ac direpta confestim ex Apulia in Samnium moverat, accitus in Hirpinos a Statio Trebio pollicente se Compsam traditurum. compsanus erat Trebius nobilis inter suos; sed premebat eum Mopsiorum factio, familiae per gratiam Romanorum potentis.  post famam Cannensis pugnae volgatumque Trebi sermonibus adventum Hannibalis cum Mopsiani urbe excessissent, sine certamine tradita urbs Poeno praesidiumque acceptum est. ibi praeda omni atque impedimentis relictis, exercitu partito Magonem regionis eius urbes aut deficientis ab Romanis accipere aut detractantis cogere ad defectionem iubet, ipse per agrum Campanum mare inferum petit, oppugnaturus Neapolim, ut urbem maritimam haberet. ubi fines Neapolitanorum intravit, Numidas partim in insidiis—et pleraeque cavae sunt viae sinusque occulti—quacumque apte poterat disposuit, alios prae se actam praedam ex agris ostentantis obequitare portis iussit.  in quos, quia nec multi et incompositi videbantur, cum turma equitum erupisset, ab cedentibus consulto tracta in insidias circumventa est;  nec evasisset quisquam, ni mare propinquum et haud procul litore naves, piscatoriae pleraeque, conspectae peritis nandi dedissent effugium.  aliquot tamen eo proelio nobiles iuvenes capti caesique, inter quos et Hegeas, praefectus equitum, intemperantius cedentes secutus cecidit.  ab urbe oppugnanda Poenum absterruere conspecta moenia haudquaquam prompta oppugnanti.
    inde Capuam flectit iter luxuriantem longa felicitate atque indulgentia fortunae, maxime tamen inter corrupta omnia licentia plebis sine modo libertatem exercentis.  senatum et sibi et plebi obnoxium Pacuvius Calavius fecerat, nobilis idem ac popularis homo, ceterum malis artibus nanctus opes. is cum eo forte anno quo res male gesta ad Trasumennum est in summo magistratu esset, iam diu infestam senatui plebem ratus per occasionem novandi res magnum ausuram facinus ut, si in ea loca Hannibal cum victore exercitu venisset, trucidato senatu traderet  Capuam Poenis, inprobus homo sed non ad extremum perditus, cum mallet incolumi quam eversa re publica dominari, nullam autem incolumem esse orbatam publico consilio crederet, rationem iniit qua et senatum servaret et obnoxium sibi ac plebi faceret. vocato senatu cum sibi defectionis ab Romanis consilium placiturum nullo modo, nisi necessarium fuisset,  praefatus esset, quippe qui liberos ex Appii Claudii filia haberet filiamque Romam nuptum M. Livio dedisset; ceterum maiorem multo rem magisque timendam instare; non enim per defectionem ad tollendum ex civitate senatum plebem spectare, sed per caedem senatus vacuam rem publicam tradere Hannibali ac Poenis velle; eo se periculo posse liberare eos, si permittant sibi et certaminum in re publica obliti credant,—cum omnes victi metu permitterent,  “claudam” inquit “in curia vos et, tamquam et ipse cogitati facinoris particeps, adprobando consilia quibus nequiquam adversarer, viam saluti vestrae inveniam. in hoc , fidem, quam voltis ipsi, accipite.” fide data egressus claudi curiam iubet, praesidiumque in vestibulo relinquit, ne quis adire curiam iniussu suo neve inde egredi possit.
    tum vocato ad contionem populo “quod saepe” inquit “optastis, Campani, ut supplicii sumendi vobis ex improbo ac detestabili senatu potestas esset, eam non per tumultum expugnantes domos singulorum, quas praesidiis clientium servorumque tuentur, cum summo vestro periculo; sed tutam habetis ac liberam; clausos omnis in curia accipite, solos, inermis. nec quicquam raptim aut forte temere egeritis; de singulorum capite vobis ius sententiae dicendae faciam, ut quas quisque meritus est poenas pendat; sed ante omnia ita vos irae indulgere oportet, ut potiorem ira salutem atque utilitatem vestram habeatis. etenim hos, ut opinor, odistis senatores, non senatum omnino habere non voltis; quippe aut rex, quod abominandum, aut, quod unum liberae civitatis consilium est, senatus habendus est. itaque duae res simul agendae vobis sunt, ut et veterem senatum tollatis et novum cooptetis.  citari singulos senatores iubebo de quorum capite vos consulam; quod de quoque censueritis fiet; sed prius in eius locum virum fortem ac strenuum novum senatorem cooptabitis quam de noxio supplicium sumatur.”  inde consedit et nominibus in urnam coniectis citari quod primum sorte nomen excidit ipsumque e curia produci iussit ubi auditum est nomen, malum et inprobum pro se quisque clamare et supplicio dignum.  tum Pacuvius “video quae de hoc sententia sit; date igitur pro malo atque inprobo bonum senatorem et iustum.” primo silentium erat inopia potioris subiciundi; deinde cum aliquis omissa verecundia quempiam nominasset, multo maior extemplo clamor oriebatur, cum alii negarent nosse, alii nunc probra nunc humilitatem sordidamque inopiam et pudendae artis aut quaestus genus obicerent. hoc multo magis in secundo ac tertio citato senatore est factum, ut ipsius paenitere homines appareret, quem autem in eius substituerent locum deesse, quia nec eosdem nominari attinebat, nihil aliud quam ad audienda probra nominatos, et multo humiliores obscurioresque ceteri erant eis qui primi memoriae occurrerant. ita dilabi homines, notissimum quodque malum maxime tolerabile dicentes esse iubentesque senatum ex custodia dimitti.

    hoc modo Pacuvius cum obnoxium vitae beneficio senatum multo sibi magis quam plebi fecisset, sine armis iam omnibus concedentibus dominabatur.  hinc senatores omissa dignitatis libertatisque memoria plebem 'adulari; salutare, benigne invitare, apparatis accipere epulis,  eas causas suscipere, ei semper parti adesse, secundum eam litem iudices dare quae magis popularis aptiorque in volgus favori conciliando esset;  iam vero nihil in senatu agi aliter quam si plebis ibi esset concilium. prona semper civitas in luxuriam non ingeniorum modo vitio sed afluenti copia voluptatium et inlecebris omnis amoenitatis maritimae terrestrisque,  tum vero  ita obsequio principum et licentia plebei lascivire ut nec libidini nec sumptibus modus esset. ad contemptum legum, magistratuum, senatus accessit tum, post Cannensem cladem, ut, cuius aliqua verecundia erat, Romanum quoque spernerent imperium.  id modo erat in mora ne extemplo deficerent, quod conubium vetustum multas familias claras ac potentis Romanis miscuerat,  et cum militarent aliquot apud Romanos, maximum vinculum erant trecenti equites, nobilissimus quisque Campanorum, in praesidia Sicularum urbium delecti ab Romanis ac missi.

    En fin, Capua cayó en manos de Anibal, que allí fijo el campamento de su ejército durante el invierno,  pero el lujo y las comodidades de la vida en esta lujosa ciudad debilitaron de tal manera a su ejército y relajaron su disciplina que tan pronto pasaron los fríos lo sacó inmediatamente para restablecer el espíritu de sacrificio que ha de acompañar a todo buen soldado.

    Nos lo recuerda Cicerón en el texto cuya referencia cité anteriormente:

    Segudo discurso sobre la Ley Agraria pronunciado en el Senado contra P.Srvilio Rulo, Tribuno de la plebe.

    Los campanios siempre se sintieron orgullosos de la excelencia de su tierra, de la magnitud de sus cultivos, de la salud, de la posición y de la belleza de su ciudad. De esa abundancia, y  afluencia de todas las cosas  se originaron, en primer lugar, la arrogancia que exigía a nuestros antepasados la elección de uno de los cónsules de Capua; y, en segundo lugar, aquel lujo que conquistó con el placer a Aníbal, que hasta entonces había sido invencible por las armas.

    DE LEGE AGRARIA ORATIO SECVUNDA CONTRA P. SERVILIVM RVLLVM TR. PLEB. IN SENATV
    Cicero Leg. Agr. II. 95

    Campani semper superbi bonitate agrorum et fructuum magnitudine, urbis salubritate, descriptione, pulchritudine. Ex hac copia atque omnium rerum adfluentia primum illa nata est adrogantia qua a maioribus nostris alterum Capua consulem postularunt, deinde ea luxuries quae ipsum Hannibalem armis etiam tum invictum voluptate vicit.

    Pero esto es otro tema.

    En todo caso, la anécdota de los ciudadanos que malquerían a sus senadores tal vez pueda mover a alguna reflexión a dirigentes actuales populistas dispuestos a consultar al pueblo siempre que lo presuponen coincidentes con sus objetivos. En nuestras sociedades actuales la democracia es representativa, es decir, los ciudadanos eligen a sus representantes en quienes delegan su derecho de participación en la vida política en algunos aspectos. Sólo en contadas ocasiones de especial importancia se recurre al “referéndum” o consulta a todos los ciudadanos con derecho a participar.

    Nota: “referéndum” es una forma verbal llamada “gerundivo” que significa “obligación de…” del verbo re-fero, re-ferre, compuesto de re– (de nuevo, hacia atrás,) y fero, llevar. En consecuencia significa “consultar”.

    En el contexto político se refiere, pues, al procedimiento por el que una cuestión o asunto “ ha de ser llevado o devuelto….al pueblo”, es decir, consultada al conjunto de los ciudadanos que son los que detentan la soberanía para su ratificación.

    La RAE, con su plausible concisión, lo define como:

    “Procedimiento por el que se someten al voto popular leyes o decisiones políticas con carácter decisorio o consultivo”.

    Plebiscito es un término sinónimo de sabor absolutamente latino. Está formado de “plebis”, genitivo de “plebs”, que significa, plebe, pueblo (recordemos la división inicial de los ciudadanos romanos entre “patricios”, con todos los derechos y “plebeyos” que los hubieron de conseguir con una larga lucha por la igualdad, y “scitum”, del verbo scio, scire, saber, y su compuesto incoativo “sciscere”, que inicialmente significa informarse, tratar de saber,  y secundariamente deliberar, votar, decretar, resolver, ordenar.
    Así dice Cicerón en Filípicas I, 10,26:

    Consules iure populum rogaverunt, populusque iure scivit”,

    que traducido dice:

    los cónsules conforme a derecho consultaron al pueblo y el pueblo resolvió conforme a derecho”.

    El Diccionario de la RAE lo define con toda claridad y precisión de la siguiente manera:

    Del lat. plebiscītum.
    1. m. Resolución tomada por todo un pueblo por mayoría de votos.
    2. m. Consulta que los poderes públicos someten al voto popular directo para que apruebe o rechace una determinada propuesta sobre una cuestión política o legal.
    3. m. En la antigua Roma, ley que la plebe establecía a propuesta de su tribuno, separadamente de las clases superiores de la república, y que obligó al principio solo a los plebeyos, pero más tarde a todo el pueblo.

    Evito por mi parte la discusión leguleya, nunca mejor denominada, de la diferencia técnica entre plebiscito y referéndum, que ha producido no pocos artículos.

  • Antiguos mitos intentan explicar las diversas formas de relación sexual entre las personas

    Fedro explica en una fábula por qué existe el homoerotiso u homosexualidad, tanto masculina como femenina; Ovidio también lo hace con su relato de Ifis e Iante. Platón también lo hizo en su diálogo El Banquete, como comenté en su momento. Incluso sin entenderlo muy bien, intentaron explicar la transexualidad y el transgénero.

    No  cuestionan los antiguos la heterosexualidad, es decir, el orden y moral social aceptada de manera general, pero reconocen la realidad natural de que algunas mujeres pueden sentir y querer  vivir como hombres y algunos hombres como mujeres.

    Dos mil años después, hay países de legislación avanzada en este reconocimiento de una realidad natural, frente a otros que incluso castigan muy duramente estos hechos tanto de homosexualidad femenina cuanto de transgénero o transexualidad.

    La homosexualidad femenina, que una mujer ame como mujer a otra de su mismo sexo,  es difícilmente comprendida como posible y muy poco visible en el mundo antiguo, aunque no inexistente.

    Existe ciertamente, aunque prácticamente invisibilizada también, la homosexualidad de una mujer que asume el papel de un hombre para relacionarse con otra mujer, es decir la masculinización de su comportamiento.  Es la llamada tríbade, mujer de comportamiento homoerótico, que busca la relación sexual con otra mujer,  o más específicamente, mujer que en la relación homoerótica femenina asume el papel dominante, el papel masculinizado; proviene del griego  τριβάς, tribas, derivado del verbo τριβηιν, tribein, que significa frotar, restregar o masturbar.

    Esta práctica homosexual u homoerótica femenina es rechazada socialmente de manera general por cuanto supone una transgresión de la práctica considerada normal, la heterosexual, pero en cualquier caso, en el mundo antiguo se reconoce su existencia al reconocer la complejidad y diversidad de la relación social entre los seres humanos; más aún, no sólo no se esconde sino que se aborda su explicación con cierta naturalidad, aunque sea recurriendo al mito.

    Es lo que hizo Platón como comenté en el artículo https://www.antiquitatem.com/homosexualidad-gay-lesbianismo-androgino

    Es lo que también hacen por ejemplo Fedro en su fábula IV, 16, eliminada junto con la 15 anterior de numerosas ediciones,  y Ovidio en el Libro IX de las Metamorfosis al narrar la historia de Ifis e Iante. Ambos textos han sido ampliamente estudiados  y comentados por investigadores interesados en el conocimientos de los comportamientos sexuales en la Antigüedad; yo sólo pretendo ahora dar cuenta de la existencia de estos textos para conocimiento del lector interesado.

    Fedro, IV,16

    Preguntó el otro qué causa explicaba la creación de las lesbianas y de los hombres afeminados. El anciano (Esopo) lo explicó.

    “El mismo Prometeo, el autor de los hombres de barro, que tan pronto chocan con la mala Fortuna se rompen, había modelado durante todo el día por separado las partes de la naturaleza que el pudor oculta con los vestidos, para adaptarlas tan pronto pudiera a sus respectivos cuerpos. Pero fue invitado a cenar inesperadamente por Liber. Después de haber regado bien sus venas con el mucho néctar, regresó a casa ya tarde con pie tambaleante. Entonces con su cabeza medio dormida y equivocada por la borrachera, colocó el sexo de mujer en el género  masculino y los miembros masculinos a las mujeres. Y por eso ahora disfrutan del placer con depravado gozo.

    Nota:1.Liber es el dios Dkionisos o Baco, dios del vino. 2.Según el Pseudo Apoolodoro, en su  Biblioteca mitológica, 1,7,1  Prometeo fue el creador de los hombres, haciéndolos de barro y por ello fue castigado por Zeus; en otras versiones Prometeo es sólo el benefactor, pero no el creador de la humanidad:

    Prometeo moldeó a los hombres de agua y de tierra y les dio también sin que Zeus lo supiera, el fuego que había escondido,  en una caña de hinojo. Pero cuando Zeus se enteró, ordenó a Hefesto encadenar su cuerpo en el monte Cáucaso, que es una montaña de Escitia. En él Prometeo fue encadenado y mantenido atado por muchos años. Toos los días un águila se abalanzaba sobre él y devoraba una parte de su hígado, que volvía a crecer  por la noche. Ese fue el castigo que Prometeo pagó por robar el fuego hasta que Hércules lo liberó más tarde…

    Rogavit alter, tribadas et molles mares
    Quae ratio procreasset? Exposuit senex:

    «Idem Prometheus, auctor vulgi fictilis
    Qui simul offendit ad fortunam frangitur,
    Naturae partis veste quas celat pudor,
    Cum separatim toto finxisset die,
    Aptare mox ut posset corporibus suis,
    Ad cenam est invitatus subito a Libero.
    Ubi irrigatus multo venas nectare
    Sero domum est reversus titubanti pede.
    Tum semisomno corde et errore ebrio
    Applicuit virginale generi masculo
    Et masculina membra applicuit feminis.
    Ita nunc libido pravo fruitur gaudio».

    Nota: de la fábula se deduce que la homosexualidad, tanto la masculina como la femenina, es fruto de un error y por lo tanto está en desacuerdo con el comportamiento normal, que es el heterosexual, pero el error es del mismoa creador de la “raza” humana y por tanto es “natural” y permanente, no una “enfermedad” que pueda ser curada, y como tal se intenta explicar con el mito.

    Ovidio por su parte narra en su obra más importante, Las Metamorfosis, diversos mitos referidos al comportamiento sexual de los hombres y las mujeres. El mito de Ifis e Iante aborda la realidad de algunas personas cuyo sentimiento y comportamiento psicológico no coinciden con su sexo físico.

    Ovidio describe la realidad de una muchacha, físicamente mujer pues,  que siente como un hombre y se enamora de otra mujer. La realidad observada plantea sin duda un problema en la sociedad antigua en la que no se concibe un matrimonio entre mujeres. La finalidad principal del matrimonio era procrear hijos para la propia familia y para la sociedad. La solución, acorde con la norma social imperante, es convertir a la niña en niño, aunque esa conversión sea debida a la poderosa diosa Isis y no al arte humano de la moderna cirugía.

    En el libro IX Ovidio, después de narrar el amor imposible de Biblis por su hermano Cauno,  nos cuenta  la historia de Ifis e Iante.

    Metamorfosis IX, 666-798

    La fama del inaudito prodigio habría invadido quizá las ciudades de Creta, si Creta no hubiese sufrido poco hacía un portento más cercano con la transformación de Ifis. En efecto, la tierra de Festo, inmediata al reino de Cnoso, había dado nacimiento a un hombre oscuro llamado Ligdo, de condición libre pero humilde, y los bienes de que disponía no eran mayores que su alcurnia, pero su vida y honradez eran intachables. El cual se dirigió a los oídos de su esposa, que estaba encinta, y cuando ya se acercaba el momento del parto, haciéndole estas advertencias: “Dos cosas hay que yo solicitaría de la divinidad: que te veas libre de esto con el menor dolor, y que des a luz un varón. La otra condición es más gravosa, y la fortuna le niega las fuerzas. Yo rechazo este presagio; de manera que si llega a suceder que de tu parto sea alumbrada una hembra (a disgusto te lo encargo; perdoname, afecto paternal), désele muerte".

    Así habló, y un torrente de lágrimas bañó los rostros tanto de quien hacia el encargo como de aquélla a quien se le hacía. Pero aún así Teletusa importuna constantemente a su marido con inútiles súplicas de que no le estreche así las esperanzas. La decisión de Ligdo es firme. Y ya venía ella llevando y sosteniendo un vientre cargado de un peso ya llegado a sazón, cuando en mitad de la noche y en forma de visión de sueño se alzó la Ináquide (Isis), o así se lo pareció a Teletusa, delante de su lecho y acompañada por el cortejo de sus misterios. En la frente tenía los cuernos de luna con espigas rubias de fulgurante oro, y también el ornamento real; con ella estaba el ladrador Anubis,  la santa Bubastis, Apis salpicado de diferentes colores, y también el que reprime la voz y ordena silencio con el dedo; también se encontraban allí los sistros y el nunca suficientemente buscado Osiris, y la extranjera serpiente llena de somníferos venenos. Entonces pareció como si Teletusa fuese despertada de su sueño y estuviese viendo claramente, y la diosa le habló así: “Oh Teletusa, que formas parte de las que me son fieles, abandona tus penosas preocupaciones y desatiende el encargo de tu marido. Y no dudes, cuando Lucina te exonere haciéndote dar a luz, en criar lo que alumbres, sea lo que sea. Yo soy la diosa del socorro, y otorgo mi ayuda cuando se me invoca; y no te lamentarás de haber venerado a una divinidad ingrata”. Así le aconsejó, y se alejó de la alcoba.

    Alegre se levanta del lecho la cretense, y alzando a los astros sus manos inocentes reza porque su sueño se realice. Cuando aumentaron los dolores, y la carga se expulsó a si misma saliendo a los aires, y nació una hembra sin que el padre se enterara, la madre ordenó que la criaran afirmando falsamente que era un niño. Fue creído el aserto, y sólo la nodriza estaba enterada del engaño. El padre cumple sus votos y le pone el nombre del abuelo: Ifis se había llamado el abuelo. La madre se alegró del nombre porque era común a los dos sexos, y con su uso nadie podría quejarse de fraude. Así empezó la superchería, que siguió estando oculta bajo una piadosa falsedad. El atavío era de niño; el rostro, tal, que lo mismo si se atribuía a una niña que a un niño, ambos resultaban hermosos. Y ya un tercer año había sucedido al décimo cuando tu padre, Ifis, te otorga como prometida a la rubia Iante, que era la muchacha más admirada entre las de Festo por el don de la belleza, y nacida de Telestes el del Dicte. La misma edad tenían ambas, la misma belleza, y de los mismos maestros recibieron la primera enseñanza o rudimentos propios de su edad. Así se originó el que el amor tocase el inexperto corazón de ambas y produjese en las dos igual herida, pero las esperanzas eran dispares: lante cuenta con el matrimonio y con el momento de la realización de la alianza, y cree que será su marido la que ella cree ser un hombre; Ifis ama a aquella de quien no espera poder gozar, y esto mismo acrecienta sus ardores, y se abrasa, doncella, por una doncella, y, conteniendo apenas las lágrimas, dice:

    “¿Qué fin me espera a mí, que estoy poseída de un ansia que nadie ha conocido, de un ansia monstruosa y cuyo objeto es un amor inaudito? Si los dioses quisieron salvarme, debieron salvarme; si no, y si por el contrario perderme, que me hubieran dado al menos una enfermedad natural y corriente. Ni la vaca se siente inflamada por el amor de una vaca, ni las yeguas por el de las yeguas; inflama el carnero a las ovejas, tras el ciervo va su hembra. También las aves se aparean así, y entre todos los animales no hay ninguna hembra que sea arrebatada por la pasión hacia una hembra. Quisiera no serlo yo. Sin embargo, y para que Creta no sea vea privada de producir toda clase de monstruosidades, la hija del Sol amó a un toro, pero en todo caso era una hembra que amaba a un macho. Mi amor, si he de decir verdad, es más frenético que aquél. Ella, por lo menos, fue tras de la esperanza de los placeres del amor; ella, por lo menos, y gracias a la falaz apariencia de vaca, recibió al bovino semental, y tuvo así un galán a quien engañar. Aunque confluya aquí la inventiva del mundo entero, aunque Dédalo regresara aquí volando con sus alas de cera, ¿qué va a hacer? ¿Me va a convertir de doncella en muchacho con su ingeniosa técnica? ¿Te va a transformar a ti, lante? ¿Por qué, Ifis, no fortaleces tu alma y te recuperas a ti misma, y arrojas esos ardores necios y desprovistos de razón? Mira lo que has nacido, a menos que te engañes también a ti misma, y aspira a lo que te es lícito, y ama lo que debes amar siendo hembra. La esperanza es lo que puede provocar el amor, y la esperanza lo que puede alimentarlo. Y a ti la realidad te priva de la esperanza, No es una guardia lo que te aparta del anhelado abrazo, ni la vigilancia de un marido prevenido, ni la dureza de un padre, no es ella quien rehúsa entregarse a tus solicitaciones, y sin embargo no te será posible llegar a poseerla, ni podrías ser feliz aunque todo te fuera favorable, aunque en ello se esforzaran los dioses y los hombres. Incluso en este momento, de los anhelos que tengo formulados sólo hay una parte que no sea una realidad, y los dioses, propicios para mí, me han dado cuanto han podido; y lo que yo quiero lo quiere mi padre, lo quiere ella y también mi futuro suegro. Pero no lo quiere la naturaleza, más poderosa que todos ellos, y que es la única que me perjudica. Y he aquí que es inminente el ansiado momento, se aproxima el día de mis nupcias y Iante va a ser mía enseguida… y no la tendré: pasaré sed en medio de las aguas. Oh Juno que patrocinas a las novias y oh Himeneo, ¿para qué venís a esta ceremonia en la que no hay novio que tome esposa y en la que ambas somos novias?”

    Con estas palabras interrumpió su monólogo. Tampoco la otra joven se abrasa con más moderación, y reza, Himeneo, para que vengas con presteza. Lo que ella pide lo teme Teletusa, y unas veces aplaza la fecha, otras gana tiempo fingiéndose enferma, y con frecuencia pretexta presagios y visiones. Pero ya había agotado todas las posibilidades de invención, era inminente el aplazado momento de la solemnidad nupcial, y sólo un día faltaba. Entonces la madre quita a su hija de la cabeza, y a sí misma, la redecilla, y con cabellos sueltos y abrazando el altar dijo: “Isis, que habitas los campos paretonios y mareóticos, y también Faro y el Nilo distribuido en siete canales: socórrenos, te lo suplico, y líbranos de nuestro temor. A ti, diosa, te vi yo en otro tiempo, y vi estos símbolos tuyos, y todos los reconocí, el ruido de los sistros y el cortejo y las antorchas, y tomé buena nota de tus órdenes en mi alma que no las ha olvidado. Si ella ve la luz, si yo no he sufrido castigo, todo eso tú lo planeaste y a ti te lo debo; compadécete de las dos y préstame tu auxilio”. Las lágrimas siguieron a sus palabras. Pareció que la diosa movía su altar (y lo movió), y temblaron las puertas del templo, resplandecieron los cuernos que semejan la luna, y repiqueteó el sonoro sistro. Salió del templo la madre no sin inquietud todavía, pero sí confortada por el favorable presagio. Conforme camina la madre, va Ifis a su lado acompañándola con pasos mayores de lo que acostumbraba, y no subsiste la blancura de su rostro, y sus fuerzas van aumentando, y su misma fisonomía es más enérgica, y más corta la longitud de sus cabellos, ahora en desorden, y dispone de mayor robustez que la que tenía siendo mujer. ¡Porque tú, que hace un momento eras mujer, eres un muchacho! ¡Ofreced presentes a los templos y regocijaos con confianza exenta de temor! Ofrecen presentes a los templos y añaden una inscripción; la inscripción contenía una breve fórmula: “Siendo un muchacho ha entregado Ifis los dones que prometió cuando era mujer”. El siguiente día había iluminado con sus rayos el ancho mundo, cuando Venus y Juno y el Himeneo se reúnen para celebrar las antorchas de la unión nupcial, y el joven Ifis entra en posesión de su Iante. (Traducción de Antonio Ruiz de Elvira. CSIC)

    Fama noui centum Cretaeas forsitan urbes
    Inplesset monstri, si non miracula nuper
    Iphide mutata Crete propiora tulisset.
    Proxima Gnosiaco nam quondam Phaestia regno
    Progenuit tellus ignotum nomine Ligdum,
    Ingenua de plebe uirum; nec census in illo
    Nobilitate sua maior, sed uita fidesque
    Inculpata fuit. grauidae qui coniugis aures
    Vocibus his monuit, cum iam prope partus adesset:
    "Quae uoueam, duo sunt: minimo ut releuere dolore,
    Vtque marem parias. onerosior altera sors est,
    Et uires fortuna negat: quod abominor, ergo,
    Edita forte tuo fuerit si femina partu,
    (Inuitus mando: pietas, ignosce) necetur."
    Dixerat, et lacrimis uultum lauere profusis
    Tam qui mandabat, quam cui mandata dabantur;
    Sed tamen usque suum uanis Telethusa maritum
    Sollicitat precibus, ne spem sibi ponat in arto;
    Certa sua est Ligdo sententia. iamque ferendo
    Vix erat illa grauem maturo pondere uentrem,
    Cum medio noctis spatio sub imagine somni
    Inachis ante torum pompa comitata sacrorum
    Aut stetit aut uisa est: inerant lunaria fronti
    Cornua cum spicis nitido flauentibus auro
    Et regale decus; cum qua latrator Anubis
    Sanctaque Bubastis uariusque coloribus Apis,
    Quique premit uocem digitoque silentia suadet;
    Sistraque erant, numquamque satis quaesitus Osiris
    Plenaque somniferis serpens peregrina uenenis.
    Tum uelut excussam somno et manifesta uidentem
    Sic adfata dea est: "pars o Telethusa mearum,
    Pone graues curas mandataque falle mariti;
    Nec dubita, cum te partu Lucina leuarit,
    Tollere, quidquid erit. dea sum auxiliaris opemque
    Exorata fero, nec te coluisse quereris
    Ingratum numen." monuit thalamoque recessit.
    Laeta toro surgit purasque ad sidera supplex
    Cressa manus tollens, rata sint sua uisa, precatur.
    Vt dolor increuit seque ipsum pondus in auras
    Expulit et nata est ignaro femina patre,
    Iussit ali mater puerum mentita; fidemque
    Res habuit, neque erat ficti nisi conscia nutrix.
    Vota pater soluit nomenque inponit auitum:
    Iphis auus fuerat, gauisa est nomine mater,
    Quod commune foret nec quemquam falleret illo.
    Inde incepta pia mendacia fraude latebant:
    Cultus erat pueri, facies, quam siue puellae
    Siue dares puero, fieret formosus uterque.
    Tertius interea decimo successerat annus,
    Cum pater, Iphi, tibi flauam despondit Ianthen,
    Inter Phaestiadas quae laudatissima formae
    Dote fuit uirgo, Dictaeo nata Teleste.
    Par aetas, par forma fuit, primasque magistris
    Accepere artes, elementa aetatis, ab isdem;
    Hinc amor ambarum tetigit rude pectus et aequum
    Vulnus utrique dedit, sed erat fiducia dispar:
    Coniugium pactaeque exspectat tempora taedae,
    Quamque uirum putat esse, uirum fore credit Ianthe;
    Iphis amat, qua posse frui desperat, et auget
    Hoc ipsum flammas ardetque in uirgine uirgo,
    Vixque tenens lacrimas "quis me manet exitus" inquit,
    "Cognita quam nulli, quam prodigiosa nouaeque
    Cura tenet Veneris? si di mihi parcere uellent,
    Parcere debuerant; si non, et perdere uellent,
    Naturale malum saltem et de more dedissent!
    Nec uaccam uaccae, nec equas amor urit equarum;
    Vrit oues aries, sequitur sua femina ceruum;
    Sic et aues coeunt, interque animalia cuncta
    Femina femineo correpta cupidine nulla est.
    Vellem nulla forem! ne non tamen omnia Crete
    Monstra ferat, taurum dilexit filia Solis,
    Femina nempe marem: meus est furiosior illo,
    Si uerum profitemur, amor; tamen illa secuta est
    Spem Veneris, tamen illa dolis et imagine uaccae
    Passa bouem est, et erat, qui deciperetur, adulter.
    Huc licet e toto sollertia confluat orbe,
    Ipse licet reuolet ceratis Daedalus alis,
    Quid faciet? num me puerum de uirgine doctis
    Artibus efficiet? num te mutabit, Ianthe?
    Quin animum firmas teque ipsa reconligis, Iphi,
    Consiliique inopes et stultos excutis ignes?
    Quid sis nata, uide, nisi te quoque decipis ipsam,
    Et pete, quod fas est, et ama, quod femina debes.
    Spes est, quae capiat, spes est, quae pascit amorem;
    Hanc tibi res adimit: non te custodia caro
    Arcet ab amplexu nec cauti cura mariti,
    Non patris asperitas, non se negat ipsa roganti;
    Nec tamen est potiunda tibi, nec, ut omnia fiant,
    Esse potes felix, ut dique hominesque laborent.
    Nunc quoque uotorum nulla est pars uana meorum,
    Dique mihi faciles, quidquid ualuere, dederunt,
    Quodque ego, uult genitor, uult ipsa socerque futurus;
    At non uult natura, potentior omnibus istis,
    Quae mihi sola nocet. uenit ecce optabile tempus,
    Luxque iugalis adest, et iam mea fiet Ianthe –
    Nec mihi continget: mediis sitiemus in undis.
    Pronuba quid Iuno, quid ad haec, Hymenaee, uenitis
    Sacra, quibus qui ducat abest, ubi nubimus ambae?"
    Pressit ab his uocem, nec lenius altera uirgo
    Aestuat, utque celer uenias, Hymenaee, precatur.
    Quod petit haec, Telethusa timens modo tempora differt,
    Nunc ficto languore moram trahit, omina saepe
    Visaque causatur; sed iam consumpserat omnem
    Materiam ficti, dilataque tempora taedae
    Institerant, unusque dies restabat: at illa
    Crinalem capiti uittam nataeque sibique
    Detrahit et passis aram complexa capillis
    "Isi, Paraetonium Mareoticaque arua Pharonque
    Quae colis et septem digestum in cornua Nilum,
    Fer, precor", inquit "opem nostroque medere timori!
    Te, dea, te quondam tuaque haec insignia uidi
    Cunctaque cognoui, sonitum comitesque facesque…
    Sistrorum memorique animo tua iussa notaui.
    Quod uidet haec lucem, quod non ego punior, ecce
    Consilium munusque tuum est: miserere duarum
    Auxilioque iuua." lacrimae sunt uerba secutae.
    Visa dea est mouisse suas (et mouerat) aras,
    Et templi tremuere fores imitataque lunam
    Cornua fulserunt crepuitque sonabile sistrum.
    Non secura quidem, fausto tamen omine laeta
    Mater abit templo, sequitur comes Iphis euntem,
    Quam solita est, maiore gradu; nec candor in ore
    Permanet, et uires augentur, et acrior ipse est
    Vultus et incomptis breuior mensura capillis,
    Plusque uigoris adest, habuit quam femina. nam quae
    Femina nuper eras, puer es. date munera templis,
    Nec timida gaudete fide! dant munera templis,
    Addunt et titulum, titulus breue carmen habebat:
    "Dona puer solvit quae fémina voverat Iphis."
    Postera lux radiis latum patefecerat orbem,
    Cum Venus et Iuno sociusque Hymenaeus ad ignes
    Conueniunt, potiturque sua puer Iphis Ianthe.

  • Amor lésbico en la antigua Grecia y la antigua Roma

    El día 26 de abril de cada año se celebra el Día de la visibilidad Lésbica para exigir en muchas partes del mundo la igualdad de derechos para las “lesbianas”. Sin entrar en consideraciones morales, el texto que aquí se comenta, uno de los Diálogos de las Heteras o Cortesanas que Luciano de Samósata escribió, es un documento que considero interesante.

    Recientemente algunos países, como España y otros varios, cada vez más, tienen legislación avanzada muy respetuosa con la realidad de género y sexo de las personas, incluidas las transexuales y transgénero.

    Lamentablemente estos temas generan actitudes poco comprensivas y permisivas con esta realidad en sectores de la sociedad occidental muy apegadas a la tradición, aun siendo la sociedad y cultura occidentales las más permisivas, frente a otras como la islámica abiertamente beligerante. No son pocos los países en los que la homosexualidad y otros comportamientos diferentes a la norma heterosexual son causa de graves penas y persecuciones.

    Pues bien, sin duda existen personas que sitúan esta realidad exclusivamente en los tiempos modernos sin conocer la realidad histórica.

    Sabido es cómo en la Antigüedad, sobre todo en Grecia pero también en la Roma de finales de la República e Imperial, se disfruta del sexo en general con una actitud más jovial, lúdica y desinhibida que en los tiempos posteriores, en los que entre otros componentes se va imponiendo una moral judeocristiana para la que el “sexo” y su disfrute es un elemento de pecado y descontrol. El antiguo griego y romano, de manera general, disfruta con alegría del sexo como un elemento más de la vida natural, sin adjudicarle ninguna connotación pecaminosa. Esto les permite tener una actitud mucho más abierta y tolerante con las diversas modalidades en las que los humanos se relacionan carnalmente.

    Así sabido es que el mundo antiguo grecorromano aceptaba con gran facilidad la homosexualidad masculina en determinadas circunstancias que no cuestionaban el orden social establecido. Es el caso de la llamada “pederastia” griega en la que un adulto acoge a un joven para su educación llamémosla “cívica” hasta que acaba su adolescencia o mejor, hasta le sale en su cuerpo el “vello varonil”.

    O la facilidad con la que el romano admite la homosexualidad activa del ciudadano frente a la pasiva que se rechaza como impropia e inmoral. El romano ve en la práctica sexual un instrumento más de dominación y por lo tanto perfectamente admisible en el caso en el que el ciudadano somete a sodomización a un esclavo y en general a un no-ciudadano.

    Por otra parte, no se admite socialmente la homosexualidad femenina, que resulta inexplicable y prácticamente invisible en una sociedad fuertemente paternalista; lo que no quiere decir que no exista. Es más, en las ocasiones en que se hace visible, como en algunos escritos de autores satíricos como Juvenal o Marcial, el comportamiento sexual de una de las mujeres es masculinizado, intentando con ello hacer comprensible ese comportamiento y no cuestionar el orden moral establecido.

    Todas estas son cuestiones hoy ampliamente estudiadas que necesitan un tratamiento más extenso y profundo que no puedo hacer en esta ocasión.

    Quiero ahora tan sólo reflejar en un par de artículos (éste es el primero) la actitud mucho más abierta, , comprensiva e inteligente de los antiguos, que observan con naturalidad la realidad compleja de la sexualidad y el comportamiento de los seres humanos, que una vez admitida por real,  intentan explicar y comprender.

    Hace ya algún tiempo publiqué a este respecto un artículo titulado   Hombres, mujeres, andróginos, https://www.antiquitatem.com/homosexualidad-gay-lesbianismo-androgino

    También hace tiempo publiqué alguna cosa sobre la poetisa Safo, que nos puede ayudar e informar sobre estas cuestiones: https://www.antiquitatem.com/safo

    Quiero ahora comentar un texto de Luciano de Samósata, de su Diálogo de las Hetairas, en el que nos descubre con toda claridad la realidad no sólo de la homosexualidad femenina o lesbianismo, casi invisible en el mundo antiguo y también en el moderno, sino también la realidad de una persona cuya vivencia de género no coincide con su realidad físico sexual. El relato merece también un amplio estudio que en otro momento abordaré. Hoy es suficiente con su lectura.

    Luciano de Samósata (125 – 181)  es un humorista sirio que escribe en griego, o mejor, un griego nacido en Siria. La lectura de su obra, extensa y diversa, sorprenderá a más de un lector actual.

    Es posible que el texto resulte escandaloso e inadecuado a algunas personas, pero así es la realidad histórica y de la misma manera que no parece adecuado desconocer o negar la realidad de una sexualidad de los seres humanos diversa y compleja, tampoco parece adecuado desconocer los textos que ya desde antiguo reflejaron y aceptaron con mejor talante esa realidad natural.

    Son varias las ediciones en diversas lenguas en que los diálogos más llamativos y chocantes con la moral del momento, como este “quinto” que ahora transcribo, eran pudorosamente eliminados de la edición.

    De hecho la traducción  que ofrezco en la versión inglesa de este blog  corresponde a la primera completa que se hizo en esa lengua del Diálogo de las Heteras o Cortesanas (The Dialogues of Courtesans) , una traducción privada de 250 ejemplares  hecha expresamente en 1895 para la Sociedad Ateniense (Athenian Society); se hizo a partir del texto griego editado por C. Jacobitz.

    Tal vez podamos pensar ahora que si los antiguos abordaron estos temas con evidente naturalidad, permisividad y jovialidad, ¿por qué han de existir en nuestra época actitudes intolerantes, agresivas y hasta violentas con la persona  considerada diferente?

    Aunque para ser más exacto deberíamos también tener en cuenta que no todos los autores antiguos tienen una aceptación tan tranquila de la homosexualidad femenina como podemos deducir del texto de Luciano. Los autores satíricos romanos como Juvenal o Marcial, por ejemplo,  relacionan la decadencia de la antigua fortaleza romana con la depravación de las costumbres y la pérdida del “mos maiorum”, la moral de los antiguos, producida desde la victoria en las Guerras Púnicas, la conquista de Grecia y Oriente y la afluencia de grandes riquezas a Roma. Entre la depravación de las costumbres, critican con toda dureza los comportamientos sexuales que cuestionan el orden establecido en una sociedad tan patriarcal y dentro de ese comportamiento rechazan la homosexuaidad pasiva del ciudadano romano y la homosexualidad femenina u homoerotismo femenino de manera especial; en el caso de Juvenal, es un dato a tener en cuenta su evidente y declarada misoginia.

    Nota: misoginia: μισογυνία; ‘odio a la mujer’ o desprecio a la mujer;   del griego  μισόγυνος, misoginos, y este  de μισέω (miseo), «detestar, odiar«, y  γυνή (gyné), «mujer«.

    En realidad, estos escritores satíricos no hacen sino expresar el rechazo social de los comportamientos sexuales al margen del heterosexual, que en ningún caso llega a la calificación de los primeros padres cristianos, para quienes los que practican la  homosexualidad femenina se han de  sufrir castigo eterno en el infierno. El texto presentado a continuación, participando en el fondo de ese rechazo, no esconde su realidad; en los artículos citados se intenta incluso explicar el origen y su realidad. En eso es lo que podemos valorar positivamente la visión de los antiguos: en que aun rechazando social y moralmente estas prácticas al margen de la normal, no la esconden e incluso buscan su explicación, aunque sea mítica; ya sabemos que una de las funciones del “mito” es consolidar la situación social y cultural existente.

    Luciano de Samosata. Diálogo de las Heteras 5
    CLONARION Y LEENA

    CLONARION.- Oímos cosas nuevas acerca de ti, Leena,… que Megila de Lesbos, la rica Lesbia, está enamorada de ti como si fuese un hombre y que vivís juntas, y no sé qué os hacéis una a la otra. ¿En qué consiste? ¿Has enrojecido? ¡Ea!, dime si esto es verdad.

    LEENA.- Es verdad, Clonarion, y yo estoy avergonzada, porque es algo antinatural.

    CLONARION.- Por Afrodita, ¿de qué se trata? O ¿qué quiere la mujer? ¿Y qué hacéis cuando estáis juntas? ¿Lo ves? No me quieres, pues de otro modo no me ocultarías tales secretos.

    LEENA.- Te quiero más que a cualquier otra, pero ella es terriblemente varonil.

    CLONARION.- No entiendo bien lo que dices, a no ser que sea “una hetera de mujeres”, pues dicen que en Lesbos hay tal tipo de mujeres, con aspecto de hombres que no quieren tener experiencias con hombres, sino que se acercan a las mujeres como si fueran hombres.

    LEENA.-  Es algo así.

    CLONARION.- Entonces, Leena, explícamelo con detalle, cómo se insinuó la primera vez, cómo te dejaste tú también convencer y lo que vino después de eso.

    LEENA.- Ella y Demonasa, la corintia, rica como ella y de las mismas artes que Megila habían organizado juntas una fiesta, y me contrataron a mí para que les tocara la cítara. Cuando terminé de tocar y era ya una hora intempestiva y había que acostarse, y ellas estaban aún borrachas, me dijo Megila: ¡Ea, Leena! Ya es una buena hora de acostarse, duerme aquí con nosotras, en medio de las dos.

    CLONARION.- ¿Dormías? ¿Y qué pasó luego?

    LEENA.- Me besaban al principio como los hombres, no sólo ajustando sus labios a los míos, sino entreabriendo la boca, y me abrazaban y me apretaban los pechos. Demonas también me daba mordiscos a la vez que me colmaba de besos. Yo no podía interpretar lo que era aquello. Después de un tiempo, Megila que ya estaba un poco caliente, se quitó la peluca de la cabeza –llevaba una muy bien imitada y perfectamente ajustada-, y se mostró pelada al cero, rapada como los atletas muy varoniles. Y yo al verla me quedé turbada. Pero ella me dice: ¿Has visto alguna vez, Leena, a un jovencito tan hermoso? Yo no veo aquí, Megila, a ningún jovencito, le dije. No me tomes por mujer, dijo, pues yo me llamo Megilo y ya hace tiempo que me casé con Demonasa, ésta presente, y ella es mi mujer. En esto Clonarión, me eché a reír y dije: ¿Entonces tú, Megilo, nos has estado ocultando que eras un hombre, igual que dicen que Aquiles se ocultaba entre las doncellas, y tienes la virilidad propia de hombres y haces a Demonasa lo que los hombres hacen? No la tengo, Leena, dijo, ni la necesito en absoluto; verás que yo hago el amor de una manera especial, mucho más agradable. ¿Entonces no serás un Hermafrodito, dije yo, de los que se dice que hay muchos, que tienen ambos sexos? Porque yo, Clonarion, todavía ignoraba el tema. No, me dijo, soy un hombre completo. Oí contar, dije yo, a la flautista beocia Ismenodora que relataba historias tradicionales de su país, que en Tebas alguien se convirtió de mujer en hombre y que éste había llegado a ser un magnífico adivino, Tiresias se llamaba, creo. ¿Acaso a ti te ha ocurrido algo semejante?
    No, Leena, dijo ella, sino que nací igual que todas vosotras, pero mi pensamiento, mi deseo y todo lo demás lo tengo de hombre.
    ¿Y te basta con el deseo, dije yo? Dame una oportunidad, Leena, si no te fías de mí, me dijo, y te darás cuenta de que no me falta nada de lo que tienen los hombres, pues tengo algo a cambio de la virilidad. Pero dame una oportunidad y lo verás.
    Se la di, Clonarión, porque ella me lo suplicó mucho y me regaló un collar de los de mucho precio y vestidos de los muy finos. Luego yo la abracé como a un hombre y ella actuaba y me besaba y jadeaba y me parecía que sentía un placer de una manera exagerada.

    CLONARION.- ¿Y qué hacía, Leena, o de qué manera? Dime esto sobre todo.

    LEENA.- No me preguntes con tanto detalle, pues son cosas vergonzosas; así que, por Afrodita, no te lo podría decir.

    (Traducción de Marta Fernández Aller, en su tesis de Master “Homoerotismo femenino en la antigua Roma: sexualidad cuerpo y espacio” Oviedo, 20 de junio de 2016)

  • Ovidio en el Museo del Prado (Ovidio V)

    De los tres poetas latinos más famosos de la época de Augusto, Virgilio, Horacio y Ovidio, sin duda el más influyente de todos ellos en la cultura occidental ha sido Ovidio, aunque no sea el mejor valorado por la crítica literaria. La influencia de Ovidio se ha dejado sentir desde la propia Antigüedad, durante la Edad Media y el Renacimiento hasta nuestros días en todas las artes, en las literarias por supuesto, pero también de manera especial en la pintura y hasta en la música. Este es un tema muy atendido por los estudiosos y al que quizás debiera por mi parte dedicar algún amplio comentario en algún momento. Algo de ello he dicho en alguno de los artículos que he publicado al hilo de la celebración del bimilenario de la muerte del poeta.

    Me referiré brevemente, sin embargo, a su influjo en la pintura del Museo del Prado de Madrid. Ovidio está presente en todos los museos importantes del mundo (Museo del Louvre o la  National Gallery (Londres) o la   Alte Pinakothek de Munich o al Ermitage de San Petersburgo, etc. etc.) a través de su influjo en los pintores, sobre todo del Renacimiento y Barroco (Rubens, Velázquez, Tiziano…)  pero también contemporáneos, como Picasso.

    El influjo es sobre todo el de su libro de mitología Las Metamorfosis o transformación de unos seres en otros, generalmente humanos o dioses en animales, árboles o estrellas, verdadero tratado de mitografía.

    Me referiré de manera exclusiva y breve a su presencia en el Museo del Prado de Madrid. En realidad es absolutamente aconsejable a quien visite este importante museo, una de las “pinacotecas” más importantes del mundo, que lo hagan tras una lectura previa de la obra de Ovidio las Metamorfosis o de alguna de las guías y publicaciones que sobre el tema existen o de una visita a la página web del propio museo

    https://www.museodelprado.es/coleccion/obras-de-arte?search=metamorfosis&ordenarPor=pm:relevance

    Nota: la palabra “pinacoteca” nos ha llegado a través de la latina “pinacotheca", pero en realidad es de origen griego: πινακοθήκη, pinakotheke, palabra a su vez compuesta de πινακος, pinakos,  genitivo de πίναξ, pinax, que significa “cuadro” y θήκη, thêke,  “caja, armario, estantería) y por extensión colección de cosas y objetos en ellas depositadas.

    La consulta a este enlace en el momento de la publicación de este artículo ofrece la referencia inmediata de 158 obras, alguna de ellas de las más famosas de las que alberga el Museo. Bien es cierto que no todas ellas son deudoras exclusivamente de Ovidio, pero sí la enorme mayoría. Me limitaré presentar tan sólo tres con el correspondiente texto de Ovidio y a citar algunas de las restantes para animar al lector a que busque por sí mismo las correspondencias, experiencia que puede extender a cualquier otro museo, como al Museo del Louvre o la  National Gallery (Londres) o la   Alte Pinakothek de Munich o al Ermitage de San Petersburgo, etc. etc.

    El lector puede encontrar amplia información en numerosos libros y artículos publicados sobre ello, de manera general en la obra de  Amalia Fernández: Diosesy mitos. Una aproximación literaria a la pintura mitológica del Museo del Prado, Madrid, 1998); o en la de Rosa López Torrijos (Mitología e Historia en las obras maestras del Prado, Madrid, 1998) o de manera más concreta en  Mª. Cruz García Fuentes: Mitos de las Metamorfosis de Ovidio en la Iconografía del Museo del Prado, Madrid, Edit. C. E. R. S. A., 2013.

    Me limitaré a relacionar, como decía, a título de ejemplo, tres o cuatro grandes obras del Museo, del centenar y medio expuestas, con el correspondiente texto de las Metamorfosis de Ovidio. Espero que ello sea suficiente aliciente para que el lector localice y ambiente la visita al Museo con la lectura de Ovidio:

    El pintor Pedro Pablo Rubens (1577-1640) está ampliamente representado en el Museo del Prado con pinturas de tema mitológico, cuyo encargo recibió del rey Felipe IV para decorar la “Torre de la Parada”. La mayor parte de las escenas mitológicas de las pasiones de los dioses se inspiraron en la descripción que Ovido hace en las Metamorfosis.

    Sirvan como ejemplo: 

    Deucalión y Pirra. (1636 – 1637. Óleo sobre tabla, 26,4 x 41,7 cm.)

    En la mitología grecorromana existe también un diluvio con el que Júpiter castiga la maldad de la raza humana, que debe perecer. Sólo Deucalión, hijo de Prometeo, y su esposa Pirra se salvan del castigo en su arca, que quedó varada en el monte Parnaso, en el Peloponeso griego. Esta pareja dará origen a una nueva raza de hombres.

    Aunque el cuadro de Rubens se refiere sólo a la creación de los nuevos hombres, retomaré el relato desde la aparición de Deucalión en el poema de Ovidio.

    Ovidio nos relata el episodio del diluvio y la supervivencia de Deucalión y Pirra en Metamorfosis, I, 309-430:

    La incontenible avalancha del océano había cubierto ya las colinas, y olas inéditas golpeaban las cimas de los montes. La mayor parte de los mortales fue arrebatada por las olas; aquellos a quienes las olas perdonan perecen de inanición tras prolongado ayuno.
    La Fócide separa las campiñas aonias de las acgteas, gtierra feraz mientras era tierra, pero en aquel momento era una parte del mar, una dilatada llanura de aguas repentinas. Un elevado monte se yergue allí hacia los asgtros en dos cimas; se llama el “Parnaso “ y sus cumbres se levantan por encima de las nubes. Cuando a aquel paraje, único que las aguas no habían cubierto, arribó Deucalion, conducido, con la esposa que compartía su lecho, por una pequeña embarcación, ambos rindieron tributo de adoración a las ninfas coricidas, a las divinidades de la montaña y a la profética Temis que entonces se encargaba de los oráculos. No ha habido hombre más excelente ni más amante de la justicia que Deucalion, ni tampoco mujer alguna mas temerosa de los dioses que la suya. Cuando Júpiter vio que el mundo estaba cubierto de una líquida sabana formando un inmenso estanque, y que un solo varón quedaba de tantos miles y que una sola mujer quedaba de tantos miles, inocentes ambos, adoradores de la divinidad ambos, dispersó los nubarrones, hizo, valiéndose del aquílón, que las lluvias cesasen, y mostró al cielo la tierra y el empireo a la tierra. No persiste tampoco la cólera del mar, y el soberano del piélago abandona su arma de tres puntas, apacigua las aguas, llama al azul Tritón que se erguia sobre el abismo con los hombros cubiertos de su nativa púrpura, y le ordena que sople en su sonora concha y que haga retirarse, dando la oportuna señal, a las olas y a los ríos. Toma él entonces su hueca trompa, que en espiral va aumentando de tamaño conforme sube desde su voluta inferior, trompa que, cuando en mitad del ponto recibe el aéreo soplo, colma de su sonido las playas que se extienden bajo ambos soles. También entonces, tan pronto como tocó el rostro del dios, que chorreaba por su barba empapada, y emitió, al recibir el soplo, la señal de retirada conforme a lo ordenado, fue oida por todas las aguas de tierra y de mar, y a todas las aguas que la oyeron impuso su freno. Ya tiene ribera el mar, el cauce contiene toda su corriente, descienden los rios y se advierte que van sobresaliendo las colinas; aparece la tierra, se van ensanchando los parajes al decrecer las aguas, y tras el largo lapso enseñan las selvas sus copas ya desnudas y sostienen el fango que ha quedado entre las hojas.

    El mundo estaba restaurado; pero al verlo Deucalion vacío y al ver las tierras desoladas y sumidas en profundo silencio, habló asi a Pirra con lagrimas en los ojos: “Oh hermana, oh esposa, oh mujer única superviviente, que, unida a mi por la consanguinidad, por el lazo de hermandad de nuestros padres, y después por el matrimonio, ahora lo estas por los peligros mismos; de toda la tierra que contemplan el ocaso y el orto nosotros dos somos la única población; todo lo demás está en poder del ponto. Incluso ahora no tenemos todavia suficiente seguridad ni garantia para nuestra vida; aún los nubarrones aterrorizan mi alma. ¿Cual sería tu estado de animo ahora, infeliz, si hubieras sido arrancada a la muerte sin mi? ¿De qué modo hubieras podido soportar el miedo? ¿Quién proporcionaria consuelo a tu dolor? Porque yo mismo, creerne, si a ti te poseyera también el ponto, yo te seguiría, esposa, y también a mi me poseeria el ponto. |Ojalá pudiera yo restablecer la población del mundo con las facultades de mi padre y derramar vida en la tierra después de modelarla. Pero en nosotros dos está todo lo que queda de la estirpe mortal; asi lo han decidido los dioses, y subsistimos como ejemplares únicos de humanidad. Acabó de hablar y ambos lloraban. Acordaron dirigir sus plegarias a los poderes celestiales y pedir auxilio valiéndose del oráculo sagrado. Sin la menor tardanza acuden juntos a las aguas del Cefiso, que si aún no estaban limpidas, al menos atravesaban ya sus habituales parajes. De alli tomaron unas gotas con las que rociaron sus ropas y cabezas, tras de lo cual encaminan sus pasos al santuario de la diosa augusta, cuyos tejados verdeaban cubiertos de sucio musgo y cuyos altares estaban desprovistos de fuego. Cuando alcanzaron las gradas del templo se prosternaron ambos en tierra y besaron, llenos de temor, la fria piedra; y hablaron así: “Si las deidades se ablandan. desarmadas, por las preces de los justos, si se doblega la cólera de los dioses, di, Temis, por qué medios podria repararse la pérdida de nuestra raza, y, en tu extraordinaria clemencia, socorre a un mundo sumergido”. Conmovida la diosa dio esta respuesta: “Alejaos del templo, cubríos la cabeza, soltad los lazos que sujetan vuestras ropas, y arrojad a vuestra espalda los huesos de la gran madre." Mucho tiempo quedaron confusos, hasta que fue Pirra la primera que rompió el silencio con su voz, rehusando obedecer las órdenes de la diosa; con palabras trémulas le pide perdón y se espanta ante la idea de ultrajar las sombras de su madre arrojando sus huesos. Mientras, vuelven a meditar sobre las palabras oscuras, de insoluble maraña, del oráculo de la diosa, y les dan vueltas y mas vueltas. Hasta que el Prometida tranquiliza a la Epímétide con palabras reconfortantes diciéndole: “O me engaña mi inteligencia, o el oráculo es santo y no nos aconseja ningún crimen. La gran madre es la tierra; me parece que los huesos de que en él se habla son las piedras en el cuerpo de la tierra; éstas son las que se nos ordena arrojar a nuestras espaldas."

    Aunque esta interpretación de su esposo produjo impresión en la Titania“, sus esperanzas, sin embargo, vacilan todavia; hasta ese punto desconfían ambos de las órdenes divinas; pero ¿qué mal habra en probar? Se alejan, cubren sus cabezas, se desciñen las túnicas, y van tirando sobre sus huellas las piedras prescritas. Los pedruscos (¿quién lo creeria si no lo atestiguara la antigua tradición?) empezaron a despojarse de su dureza y de su rigidez, a ablandarse conforme pasaba el tiempo, y, una vez ablandados, a tomar forma. Después, cuando crecieron y adquirieron una naturaleza más suave, podía ya parecer aquello un algo de figura humana, aunque todavia no resultaba evidente, sino que era como una obra empezada en mármol, no bien terminada aún y semejante a las estatuas a medio hacer. Ahora bien, todo lo que en aquellas piedras habia de húmedo o tenía algún jugo o era de tierra se convirtio en carne para formar el cuerpo; lo que habia de solido y que no podia doblarse se transformó en huesos; lo que era vena permaneció con el mismo nombre; y asi en breve espacio, por voluntad de los dioses, los pedruscos lanzados por las manos del hombre cobraron aspecto de hombres, mientras la mujer fue recreada por las que la mujer arrojaba. Por eso somos una raza dura, que soporta penalidades, y exhibìmos pruebas de cuál es el principio de que nacimos.

    Los demas animales, con sus formas diversas, los produjo la tierra por sí misma, una vez que la humedad que aún conservaba se calentó con el ardor del sol, una vez que el cieno y las húmedas charcas se hincharon con el calor, y los gérmenes fecundos de la naturaleza, alimentados por un suelo vivificante, como en el seno de una madre, crecieron y tomaron con el tiempo alguna forma determinada. También de este modo, cuando el Nilo, el río de los siete desagües, abandona los campos empapados… y devuelve a su antiguo cauce su caudalosa corriente, y el limo fresco se calienta bajo el astro celeste, son muchisimos los animales que encuentran los labradores al levantar los terrones; de entre aquellos hay unos que estan apenas empezados puesto que estan naciendo en aquel momento, otros se ven a medio hacer aún y desprovistos de sus organos, y con frecuencia en un mismo cuerpo hay una parte que tiene ya vida, mientras otra es todavía tierra inerte. (Traducción de Antonio Ruiz de Elvira. Edit. CSIC.Madrid)

    Nota: por ser unos textos un tanto extensos, reproduciré los textos latinos al final del artículo.

    El rapto de Europa

    Según el relato mítico, Europa era hija del rey de Tiro Agenor; de ella se anamoró el dios Zeus, que ordenó a Hermes traer junto al río a las vacas del rey; Zeus se transformó en un toro blanco para ganarse la confianza de Europa, que se montó en sus lomos; en ese momento el toro arrancó veloz, se internó en el mar Mediterráneo y llegó a Creta. Allí el dios se mostró en su divinidad y sedujo a la joven.

    Es este uno de los mitos más representados desde época antigua, pues tenemos representaciones desde el siglo VI a.C.  Tiziano pinto entre 1559 y 1562 un oleo sobre este mito que se expone en el Museo del Prado. Pedro Pablo Rubens copió este cuadro en 1628-1629. Luego el mismo Rubens repitió otra vez el tema para la Torre de la Parada pero de forma muy distinta distinta (se conserva el boceto en el mismo museo) y a su vez poco después Jan Erasmus Quelinus pinto sobre este boceto el cuadro que también se conserva también en el Prado.

    Pedro Pablo Rubens. Rubens,  (Copia de Tiziano, Vecellio di Gregorio)

        

    El rapto de Europa . Boceto de Pedro Pablo Rubens 1636 – 1637. Óleo sobre tabla, 18,9 x 13,7 cm. y óleo de Jan Erasmjus Quelinus.

    Nos lo cuenta Ovidio en Metamorfosis II, 833-875:

    Una vez que el Atlantiada (Mercurio) impuso este castigo a sus palabras y alma sacrilega, abandona las tierras que han tomado de Palas su nombre, y agitando sus alas penetra en el cielo. Lo llama aparte su padre y, sin declarar que es el amor lo que le mueve, le dice: “Fiel ejecutor de mis ordenes, hijo, omite toda dilación y desciende en veloz carrera como acostumbras; encaminate a la tierra que mira a tu madre por la izquierda -«sus habitantes le dan el nombre de tierra de Sidón-, y haz que aquel rebaño real que ves pacer a lo lejos la hierba de la montaña se dirija a la playa”. Dijo, e inmediatamente los toros, echados de la montaña, se encaminan, conforme a lo ordenado, a la playa, en donde la hija de un gran rey solia distraerse acompañada por jóvenes de Tiro. No son muy compatibles ni habitan en un mismo domicilio la majestad y el amor; abandonando la gravedad de su cetro, el ilustre padre y soberano de los dioses, cuya diestra esta armada de los fuegos de tres puntas, que con una cabezada sacude el mundo, se viste la apariencia de un toro, muge mezclado a los novillos y va de un lado para otro espléndido, por la blanda hierba. Y en efecto, su color es el de la nieve que ni han pisado las plantas de un duro pie ni ha fundido el lluvioso Austro. En su cuello sobresalen los músculos, sobre los brazos le cae la papada; sus cuernos son pequeños, si, pero se podria asegurar que son obra de artesania y son más luminosos que una perla sin tacha. No hay en su testuz amenaza alguna ni inspira terror su mirada. Su semblante es de paz. Se maravilla la hija de Agénor de que sea tan hermoso, de que no amenace con ataque alguno; pero, con todo lo manso que era, al principio no se atreve a tocarlo. Después se acerca y le ofrece flores en la blanca boca. Se fregocija el enamorado y, en tanto llega el placer que espera, le da besos en las manos; y apenas, apenas puede ya aplazar lo demás. Tan pronto retoza y salta en la verde hierba, como apoya el costado de nieve en la rojiza arena; y habiéndole quitado el miedo poco a poco, ya le ofrece el pecho para que le dé golpecitos su mano de virgen, ya los cuernos para que en ellos le entrelace guirnaldas de frescas flores. Se at revió también la regia doncella, sin saber a quien montaba, a sentarse en la espalda del toro, y a partir de entonces el dios se va alejando insensiblemente de la tierra y de la parte seca de la playa, poniendo primero en el borde del agua las falsas plantgas de sus patas y progresando después hasta llevarse su botín a través de las líquidas llanuras del mar abierto. Ella está asustada, mira atrás a la playa que ha dejado al ser raptada, y con la mano derecha se agarra a los cuernos mientras apoya la otra en el lomo: sus ropas trémulas ondlan al soplo de la brisa.

    Orfeo y Eurídice

    El tema de la pareja mítica Orfeo y Eurídice es el del descenso al mundo inferior, al infierno, al mundo de los muertos, al mundo donde reinan Plutón y Prosérpina; en griego se llama a este descenso καταβᾴσεις, katabaseis,  o κάθοδοι, kathodoi, y se adjudican a Hércules, Ulises, Eneas, Teseo, Pirítoo y sobre todo a Orfeo, que acude en busca de su esposa, fallecida por el veneno de una serpiente,  y cuyo final no anticipo para no minorar el interés de la lectura del texto de Ovidio, que sin duda inspiró las numerosas representaciones pictóricas que del mito se hicieron.  Lo presento  en un cuadro también de Pedro Pablo Rubens

    Orfeo y Eurídice. 1636 – 1638. Óleo sobre lienzo, 196,5 x 247,5 cm.
    Pedro Pablo Rubens

    Virgilio nos relata también el mito en su obrita Culex y luego en sus famosas Geórgicas. Ovidio debía conocer esta versión virgiliana y es el  relato de Ovidio que encontramos al principio del Libro X de sus Metamorfosis, versos del 1 al 77. el que ahora transcribo:

    De allí se aleja el Himeneo, cubierto por azafranado manto, atravesando el cielo inmenso, yse dirigió a la región de los Cícones, y en vano lo llama la voz de Orfeo. Presente estuvo, sí, pero ni llevó allí palabras rituales ni rostro gozoso ni favorable presagio. Incluso la antorcha que sostenía no dejó de chisporrotear produciendo un humo que hacía brotar las lágrimas, y no logró, por más que se la movió, dar llama alguna. El resultado fue aún más grave que el augurio: pues la recién casada, durante un paseo en el que iba acompañada por un tropel de Náyades, sucumbió de la mordedura de una serpiente en un tobillo. La lloró mucho el artista rodopeo en los aires de arriba, tras de lo cual, para no dejar de probar también con las sombras, se atrevió a descender a la Estige por la puerta del Ténaro, y, atravesando multitudes ingrávidas y espectros que habían recibido sepultura, se presentó ante Perséfone y ante el soberano que gobierna el repulsivo reino de las sombras, y pulsando las cuerdas en acompañamiento a su canto dijo así: “Oh divinidades del mundo situado bajo tierra, al que venimos a caer cuantos somos engendradas mortales, si es licito y vosotros permitis que yo diga la verdad omitiendo los rodeos propios de una boca mentirosa, no he descendidoaquí para ver el oscuro Tártaro, ni para encadenar las tres gargantas, provistas de culebras en vez de vello, del monsgtruo Meduseo; el motivo de mi viaje es mi esposa, en la que una víbora, al ser pisada, introdujo su veneno, y le arrebat´´o sus años en crecimiento. Yo quise ser capaz de sopórtalo, y no negaré que le he intentado; el Amor ha vencido. Es un dios bien conocido en las regiones de arriba; yo no sé si también lo es aquí, pero sospecho que sí lo es también, y si la fama del antiguo rapta no ha mentido, también a vosotros os unió el Amor. Por estos lugares llenos de espanto, por este inmenso Caos y por el silencio de vasto territorio yo os lo pido: volved a tejer el prematuro destino de Eurídice. Todos los seres os somos debido, y tras breve demora, más tarde o más temprano, marchamos velozmente al mismo sitio. Aquí nos encaminamos todos, ésta es la última morada, y vosotros poseéis los más dilatados territorios habitados por la raza humana. También Euridice será de vuestra propiedad cuando en sazón haya cumplido los años que le corresponden; os pido su disfrute como un obsequio; y si los hados niegan esta concesión para mi esposa, yo tengo tomada mi firme resolución de no volver: gozad con la muerte de los dos”. lmentras él hablaba así y hacía vibrar las cuerdas acompañando a sus palabras, lo lloraban las almas sin sangre; Tántalo no trató de alcanzar el agua que se le escapaba, quedó paralizada la rueda de Ixíon, las aves no hicieron presa en el hígado, y tú, Sisifo, te sentaste en tu peña. Entonces se dice que por primera vez las mejillas de las Euménides, subyugadas por el canto, se humedecieron de lágrimas, y ni la regia consorte ni el que gobierna los abismos fueron capaces de decir que no al suplicante, y llaman a Eurídice. Se encontraba ella entre las sombras recién llegadas, y avanzó con paso lento por la herida. El rodopio Orfeo la recibió, al mismo tiempo que la condición de no volver atrás los ojos hasta que hubiera salido de los valles de Averno; en otro caso quedaría anulada la gracia.

    Emprenden la marcha a través de parajes de silenciosa quietud y siguiendo una senda ompinada, abrupta, oscura, preñada de negras tinieblas, y llegaron cerca del límite de la tierra de arriba. Allí, por temor a que ella desfalleciese, y ansioso de verla, volvió el enamorado los ojos, y en el acto ella cayó de nuevo al abismo. Y extendiendo ella los brazos y esforzándose por ser abrazada y por abrazar, no agarra la desventurada otra cosa que el aire que se le escapa, y al morir ya por segunda vez no profirió queja alguna de su esposo (¿pues de qué se iba a auejar sino de que la había amado?), y diciéndole un último adiós, que apenas pudieron percibir los oídos de Orfeo, descendió de nuevo al lugar de donde partiera. Con la doble muerte de su esposa quedó Orfeo no menos agturdido que el que vio asustado los tres cuellos del perro, de los cuales el central llevaba las cadenas; a aquel hombre no le abandonó el pánico antes que su anterior naturaleza, pues la piedra le invadi´po el cuerpo. O que Óleno, que se echó la culpa y quiso pasar por convito, o que tú, desdichada Letea, ensoberbecida de tu belleza, corazones ambos unidísimo en otro tiempo, hoy peñas que desansan sobre el húmedo Ida.

    Suplicó Orfeo, y en vano quiso volver a pasar; el barquero lo rechazó, y aun así durante siete días permaneció él sentado en la orilla, desaliñado y ayuno del don de Ceres; la angustia y la pena de su alma y las lágrimas fueron su alimento. Después de lamentarse llamando crueles a los dioses del Érebo, se retiró al elevado Ródope y al Hemo batido por los aquilones.

    Atalanta e Hipomenes

    Hipómenes y Atalanta 1618 – 1619. Óleo sobre lienzo, 206 x 297 cm.
    Reni, Guido, pintor barroco boloñes.

    Hace algún tiempo rehíce el relato de la famosa carrera de Atalanta e Hipomenes en este mismo blog adaptando directamente el texto de Ovidio. El mito narra la historia de Atalanta, la hija del rey de Arcadia, que se ofreció en matrimonio a quien fuera capaz de vencerla en la carrera; quienes fueran derrotados serían castigados con la muerte. El apuesto Hipomenes le ganó la carrera sirviéndose de la ayuda de la diosa Venus, que le sugirió una estratagema.

    Remito a la página https://www.antiquitatem.com/atalanta-mitologia-palacio-del-infantado  para obtener un comentario más amplio del relato, pero ofrezco no obstante el texto, ahora a la vista de uno de los cuadros del Prado, el correspondiente a Guido Reni.

    Quien desee una lectura completa del texto de Ovidio debe acudir a Metamorfosis, VIII, 281 y ss. para el episodio de Meleagro y la caza del jabalí de Calidón Metamorfosis X,560-704 para la carrera con Hipomenes.

    Cuando Atalanta nació, su padre, el rey de Arcadia, enfurecido porque sólo deseaba un hijo varón, la abandonó falto de toda piedad en lo alto de una montaña para que muriera de hambre o devorada por las feroces bestias. La diosa Artemisa, que casualmente cazaba en aquellos lugares, se apiadó de la niña indefensa y le envió una enorme osa que dócil la amamantó con su leche. Con el tiempo y adoptada como hija por la diosa, se convirtió en una certera cazadora y en la mujer más veloz del mundo y emulando a su patrona prometió que tampoco ella se casaría nunca.

    Cuando siendo una cazadora famosa recibió como trofeo la piel del jabalí que asolaba el reino de Calidón en cuya cacería ella participó, se reconcilió con su padre, que le insistía una y otra vez en la necesidad de contraer matrimonio y ofrecerle un heredero futuro para su trono.

    La esquiva Atalanta consultó el oráculo de los dioses sobre su esposo y escuchó estas confusas palabras:

    — Para nada necesitas un esposo, Atalanta; evita tener un marido. Y aún así no escaparás y ni estando viva te verás privada de ti misma.

    Asustada por estas palabras difíciles de entender procura vivir soltera en los bosques, lejos de sus muchos pretendientes, a los que quiere ahuyentar con una extraña propuesta:

    — Sólo me poseerá aquel de vosotros que me venza en veloz carrera, ese será mi esposo. En cambio el vencido habrá de morir en castigo a sus pretensiones. Esta es mi propuesta definitiva. 

    Es tal la hermosura de la veloz Atalanta que fueron muchos los jóvenes incautos que osaron competir con la mujer más veloz del mundo y perdieron gimiendo y llorando la carrera y con ella la vida inestimable. Por eso el joven Hipomenes, que tan sólo había oído hablar de la bella Atalanta, consideraba excesivo el riesgo que habría de correr para conseguirla como esposa. Pero tan pronto vio el espléndido cuerpo de la  joven muchacha  que había retirado el velo de su rostro, quedó prendado y seducido de inmediato.

    –Probaré yo también suerte; el premio merece correr el riesgo mortal. Los dioses ayudan a los valientes. -dice inflamado. Y loco de amor prosigue:

      — Bella Atalanta, has vencido fácilmente y sin esfuerzo a esos pobres muchachos, pero mídete conmigo, que soy hijo de Megareo. Si te venzo, no será una derrota deshonrosa para tí y si ganas tú la carrera, habrás vencido a Hipomenes, el biznieto de Neptuno, dios de las aguas.

    Atalanta levanta sus bellos ojos luminosos y lo mira con ternura.

        — ¿Por qué quieres insensato poner en peligro tu vida preciosa, tú todavía un niño? Eres hermoso y valiente, pues no te asusta la muerte. ¿Tanto me amas y deseas que estás dispuesto a morir…? Huye mientras puedas, hermoso joven; otras muchachas hermosas querrán casarse felices contigo.

    Y tal vez tocada por vez primera por el dulce sentimiento del amor,  la inexperta y arisca Atalanta suaviza su decisión implacable y piensa en lo íntimo de su corazón:

       — ¿Por qué ha de morir este infeliz inmerecidamente como premio a su amor? Ojalá desdichado no me hubieras visto nunca. Si la virginidad no fuera mi destino eterno, tú serías el único con quien yo compartiría mi lecho nupcial. Ojalá, loco, fueras más veloz que yo misma.

    Pero ya Hipomenes urge la carrera, no sin antes encomendarse a la diosa del amor y pedir su ayuda divina:

       — Tu, diosa, que has inspirado mi pasión ciega, ayuda a mi osadía.

    Acudió Venus a la llamada envuelta en una blanca nube, tan sólo visible para Hipomenes,  y le entregó tres manzanas amarillas, brillantes como el sol, que debería utilizar en la carrera de una determinada manera.

    Las trompetas dieron la señal de salida. Allá van los dos contendientes tan veloces que parecen  volar. Atalanta, rehusando pasar al muchacho, se sitúa a la par y contempla embelesada su rostro virginal. Arroja entonces Hipomenes una de las tres brillantes manzanas, que atrae de inmediato la mirada y el interés de Atalanta. Refrena pues su marcha y mientras recoge curiosa del suelo la fruta de oro, es adelantada por Hipomenes. Recupera veloz Atalanta el espacio perdido y de nuevo sobrepasa al joven con facilidad. Arroja el joven  una segunda fruta y una vez más se entretiene la muchacha, que pronto recupera también el tiempo perdido. Tan sólo queda el último tramo antes de la meta final. Ahora el joven lanza con fuerza la tercera manzana lejos del camino. Atalanta duda, pero confiada en sus veloces pies, acude a recoger a lo lejos el dorado fruto. Pero calculó mal su rapidez o tal vez el incipiente amor refrenó su marcha, que ahora resulta perdedora. Hipomenes ha alcanzado mientras tanto la meta final y con ello su ansiado premio merecido, el matrimonio con la joven virgen.

    Incomprensiblemente, el joven Hipomenes olvidó a Venus y no supo agradecer su ayuda. La diosa se sintió por ello despreciada y ofendida.

    Cierto día pasaban junto al templo de Cibeles, la Madre de los dioses, y decidieron descansar del largo camino. Se apoderó de Hipomenes un repentino e irrefrenable deseo de yacer con Atalanta, suscitado sin duda por la vengativa Venus. Allí mismo, en la cueva sagrada, a la vista de las divinas imágenes, profanan el  santuario con su obsceno amor.

    La Madre Cibeles castigó su lujuria con su divina severidad: unas largas y feroces melenas cubren sus humanos cuellos, las manos se transforman en garras, una larga cola surge de su espalda, elevan fieros su orgullosa cabeza de  león y  sus fauces emiten rugidos que amedrentan a los restantes animales. Compadecida luego la diosa, unce a la pareja de leones con fuertes correas de flexible cuero a su majestuoso carro, del que han de tirar incansables por toda la eternidad.

    Sirvan estos tres o cuatro ejemplos de cómo Ovidio puede facilitarnos la visita a Museos tales como el del Prado y facilitarnos la comprensión de decenas de  obras allí expuestas.

    Textos Latinos

    Deucalión y Pirra. Ovidio, Metamorfosis, I, 309-430:

    Obruerat tumulos inmensa licentia ponti,
    Pulsabantque noui montana cacumina fluctus.
    Maxima pars unda rapitur: quibus unda pepercit,
    Illos longa domant inopi ieiunia uictu.
    Separat Aonios Oetaeis Phocis ab aruis, 
    Terra ferax, dum terra fuit, sed tempore in illo
    Pars maris et latus subitarum campus aquarum;
    Mons ibi uerticibus petit arduus astra duobus,
    Nomine Parnasus, superantque cacumina nubes:
    Hic ubi Deucalion (nam cetera texerat aequor)
    Cum consorte tori parua rate uectus adhaesit,
    Corycidas nymphas et numina montis adorant
    Fatidicamque Themin, quae tunc oracla tenebat:
    Non illo melior quisquam nec amantior aequi
    Vir fuit aut illa metuentior ulla deorum.
    Iuppiter ut liquidis stagnare paludibus orbem
    Et superesse uirum de tot modo milibus unum
    Et superesse uidet de tot modo milibus unam,
    Innocuos ambo, cultores numinis ambo,
    Nubila disiecit nimbisque aquilone remotis
    Et caelo terras ostendit et aethera terris.
    Nec maris ira manet, positoque tricuspide telo
    Mulcet aquas rector pelagi supraque profundum
    Exstantem atque umeros innato murice tectum
    Caeruleum Tritona uocat conchaeque sonanti
    Inspirare iubet fluctusque et flumina signo
    Iam reuocare dato: caua bucina sumitur illi,
    Tortilis, in latum quae turbine crescit ab imo,
    Bucina, quae medio concepit ubi aera ponto,
    Litora uoce replet sub utroque iacentia Phoebo.
    Tunc quoque, ut ora dei madida rorantia barba
    Contigit et cecinit iussos inflata receptus,
    Omnibus audita est telluris et aequoris undis
    Et, quibus est undis audita, coercuit omnes.
    Iam mare litus habet, plenos capit alueus amnes,
    Flumina subsidunt collesque exire uidentur,
    Surgit humus, crescunt loca decrescentibus undis,
    Postque diem longam nudata cacumina siluae
    Ostendunt limumque tenent in fronde relictum.
    Redditus orbis erat; quem postquam uidit inanem
    Et desolatas agere alta silentia terras,
    Deucalion lacrimis ita Pyrrham adfatur obortis:
    "O soror, o coniunx, o femina sola superstes,
    Quam commune mihi genus et patruelis origo,
    Deinde torus iunxit, nunc ipsa pericula iungunt,
    Terrarum, quascumque uident occasus et ortus,
    Nos duo turba sumus: possedit cetera pontus.
    Haec quoque adhuc uitae non est fiducia nostrae
    Certa satis; terrent etiam nunc nubila mentem.
    Quis tibi, si sine me fatis erepta fuisses,
    Nunc animus, miseranda, foret? quo sola timorem
    Ferre modo posses? quo consolante doleres?
    Namque ego, crede mihi, si te quoque pontus haberet,
    Te sequerer, coniunx, et me quoque pontus haberet.
    O utinam possim populos reparare paternis
    Artibus atque animas formatae infundere terrae!
    Nunc genus in nobis restat mortale duobus
    (Sic uisum superis) hominumque exempla manemus."
    Dixerat, et flebant; placuit caeleste precari
    Numen et auxilium per sacras quaerere sortes.
    Nulla mora est: adeunt pariter Cephisidas undas,
    Vt nondum liquidas, sic iam uada nota secantes.
    Inde ubi libatos inrorauere liquores
    Vestibus et capiti, flectunt uestigia sanctae
    Ad delubra deae, quorum fastigia turpi
    Pallebant musco stabantque sine ignibus arae.
    Vt templi tetigere gradus, procumbit uterque
    Pronus humi gelidoque pauens dedit oscula saxo,
    Atque ita "si precibus" dixerunt "numina iustis
    Victa remollescunt, si flectitur ira deorum,
    Dic, Themi, qua generis damnum reparabile nostri
    Arte sit, et mersis fer opem, mitissima, rebus."
    Mota dea est sortemque dedit: "discedite templo
    Et uelate caput cinctasque resoluite uestes
    Ossaque post tergum magnae iactate parentis."
    Obstipuere diu, rumpitque silentia uoce
    Pyrrha prior iussisque deae parere recusat,
    Detque sibi ueniam, pauido rogat ore pauetque
    Laedere iactatis maternas ossibus umbras.
    Interea repetunt caecis obscura latebris
    Verba datae sortis secum inter seque uolutant.
    Inde Promethides placidis Epimethida dictis
    Mulcet et "aut fallax" ait "est sollertia nobis,
    Aut (pia sunt nullumque nefas oracula suadent)
    Magna parens terra est: lapides in corpore terrae
    Ossa reor dici; iacere hos post terga iubemur."
    Coniugis augurio quamquam Titania mota est,
    Spes tamen in dubio est: adeo caelestibus ambo
    Diffidunt monitis. sed quid temptare nocebit?
    Discedunt uelantque caput tunicasque recingunt
    Et iussos lapides sua post uestigia mittunt.
    Saxa (quis hoc credat, nisi sit pro teste uetustas?)
    Ponere duritiem coepere suumque rigorem
    Mollirique mora mollitaque ducere formam.
    Mox ubi creuerunt naturaque mitior illis
    Contigit, ut quaedam, sic non manifesta uideri
    Forma potest hominis, sed, uti de marmore coepta,
    Non exacta satis rudibusque simillima signis.
    Quae tamen ex illis aliquo pars umida suco
    Et terrena fuit, uersa est in corporis usum;
    Quod solidum est flectique nequit, mutatur in ossa;
    Quae modo uena fuit, sub eodem nomine mansit;
    Inque breui spatio superorum numine saxa
    Missa uiri manibus faciem traxere uirorum,
    Et de femineo reparata est femina iactu.
    Inde genus durum sumus experiensque laborum
    Et documenta damus, qua simus origine nati.
    Cetera diuersis tellus animalia formis
    Sponte sua peperit, postquam uetus umor ab igne
    Percaluit solis caenumque udaeque paludes
    Intumuere aestu fecundaque semina rerum
    Viuaci nutrita solo ceu matris in aluo
    Creuerunt faciemque aliquam cepere morando.
    Sic, ubi deseruit madidos septemfluus agros
    Nilus et antiquo sua flumina reddidit alueo
    Aetherioque recens exarsit sidere limus,
    Plurima cultores uersis animalia glaebis
    Inueniunt et in his quaedam modo coepta per ipsum
    Nascendi spatium, quaedam inperfecta suisque
    Trunca uident numeris, et eodem in corpore saepe
    Altera pars uiuit, rudis est pars altera tellus.

    ……

    Rapto de Europa. Ovidio, Metamorfosis II, 833-875:

    Has ubi uerborum poenas mentisque profanae
    Cepit Atlantiades, dictas a Pallade terras
    Linquit et ingreditur iactatis aethera pennis.
    Seuocat hinc genitor nec causam fassus amoris:
    "Fide minister" ait "iussorum, nate, meorum,
    Pelle moram solitoque celer delabere cursu
    Quaeque tuam matrem tellus a parte sinistra
    Suspicit (indigenae Sidonida nomine dicunt),
    Hanc pete, quodque procul montano gramine pasci
    Armentum regale uides, ad litora uerte".
    Dixit et expulsi iamdudum monte iuuenci
    Litora iussa petunt, ubi magni filia regis
    Ludere uirginibus Tyriis comitata solebat.
    Non bene conueniunt nec in una sede morantur
    Maiestas et amor; sceptri grauitate relicta,
    Ille pater rectorque deum, cui dextra trisulcis
    Ignibus armata est, qui nutu concutit orbem,
    Induitur faciem tauri mixtusque iuuencis
    Mugit et in teneris formosus obambulat herbis.
    Quippe color niuis est, quam nec uestigia duri
    Calcauere pedis nec soluit aquaticus Auster.
    Colla toris exstant, armis palearia pendent;
    Cornua parua quidem, sed quae contendere possis
    Facta manu puraque magis perlucida gemma.
    Nullae in fronte minae nec formidabile lumen;
    Pacem uultus habet. miratur Agenore nata
    Quod tam formosus, quod proelia nulla minetur;
    Sed quamuis mitem, metuit contingere primo.
    Mox adit et flores ad candida porrigit ora.
    Gaudet amans et, dum ueniat sperata uoluptas,
    Oscula dat manibus; uix iam, uix cetera differt.
    Et nunc alludit uiridique exsultat in herba
    Nunc latus in fuluis niueum deponit harenis;
    Paulatimque metu dempto, modo pectora praebet
    Virginea plaudenda manu, modo cornua sertis
    Impedienda nouis. ausa est quoque regia uirgo,
    Nescia quem premeret, tergo considere tauri,
    Cum deus a terra siccoque a litore sensim
    Falsa pedum primo uestigia ponit in undis,
    Inde abit ulterius mediique per aequora ponti
    Fert praedam. pauet haec litusque ablata relictum
    Respicit et dextra cornum tenet, altera dorso
    Imposita est; tremulae sinuantur flamine uestes.

      ….

    Orfeo y Eurídice.   Ovidio, Metamorfosis, X, versos del 1 al 77.

    Inde per immensum croceo uelatus amictu
    Aethera digreditur Ciconumque Hymenaeus ad oras
    Tendit et Orphea nequiquam uoce uocatur.
    Adfuit ille quidem, sed nec sollemnia uerba
    Nec laetos uultus nec felix attulit omen;
    Fax quoque, quam tenuit, lacrimoso stridula fumo
    Vsque fuit nullosque inuenit motibus ignes.
    Exitus auspicio grauior. nam nupta per herbas
    Dum noua naiadum turba comitata uagatur,
    Occidit in talum serpentis dente recepto.
    Quam satis ad superas postquam Rhodopeius auras
    Defleuit uates, ne non temptaret et umbras,
    Ad Styga Taenaria est ausus descendere porta
    Perque leues populos simulacraque functa sepulcro
    Persephonen adiit inamoenaque regna tenentem
    Vmbrarum dominum pulsisque ad carmina neruis
    Sic ait: "o positi sub terra numina mundi,
    In quem reccidimus, quidquid mortale creamur,
    Si licet et falsi positis ambagibus oris
    Vera loqui sinitis, non huc, ut opaca uiderem
    Tartara, descendi, nec uti uillosa colubris
    Terna Medusaei uincirem guttura monstri;
    Causa uiae est coniunx, in quam calcata uenenum
    Vipera diffudit crescentesque abstulit annos.
    Posse pati uolui nec me temptasse negabo:
    Vicit Amor. supera deus hic bene notus in ora est;
    An sit et hic, dubito. sed et hic tamen auguror esse,
    Famaque si ueteris non est mentita rapinae,
    Vos quoque iunxit Amor. per ego haec loca plena timoris,
    Per Chaos hoc ingens uastique silentia regni,
    Eurydices, oro, properata retexite fata!
    Omnia debentur uobis paulumque morati
    Serius aut citius sedem properamus ad unam.
    Tendimus huc omnes, haec est domus ultima, uosque
    Humani generis longissima regna tenetis.
    Haec quoque, cum iustos matura peregerit annos,
    Iuris erit uestri: pro munere poscimus usum.
    Quod si fata negant ueniam pro coniuge, certum est
    Nolle redire mihi: leto gaudete duorum."
    Talia dicentem neruosque ad uerba mouentem
    Exsangues flebant animae: nec Tantalus undam
    Captauit refugam stupuitque Ixionis orbis,
    Nec carpsere iecur uolucres, urnisque uacarunt
    Belides, inque tuo sedisti, Sisyphe, saxo.
    Tunc primum lacrimis uictarum carmine fama est
    Eumenidum maduisse genas, nec regia coniunx
    Sustinet oranti nec, qui regit ima, negare
    Eurydicenque uocant. umbras erat illa recentes
    Inter et incessit passu de uulnere tardo.
    Hanc simul et legem Rhodopeius accipit Orpheus,
    Ne flectat retro sua lumina, donec Auernas
    Exierit ualles; aut irrita dona futura.
    Carpitur adcliuis per muta silentia trames,
    Arduus, obscurus, caligine densus opaca.
    Nec procul abfuerant telluris margine summae:
    Hic, ne deficeret, metuens auidusque uidendi
    Flexit amans oculos: et protinus illa relapsa est
    Bracchiaque intendens prendique et prendere certans
    Nil nisi cedentes infelix adripit auras.
    Iamque iterum moriens non est de coniuge quicquam
    Questa suo (quid enim nisi se quereretur amatam?)
    Supremumque "uale", quod iam uix auribus ille
    Acciperet, dixit reuolutaque rursus eodem est.
    Non aliter stupuit gemina nece coniugis Orpheus,
    Quam tria qui timidus, medio portante catenas,
    Colla canis uidit; quem non pauor ante reliquit,
    Quam natura prior, saxo per corpus oborto;
    Quique in se crimen traxit uoluitque uideri
    Olenos esse nocens, tuque, o confisa figurae,
    Infelix Lethaea, tuae, iunctissima quondam
    Pectora, nunc lapides, quos umida sustinet Ide.
    Orantem frustraque iterum transire uolentem
    Portitor arcuerat; septem tamen ille diebus
    Squalidus in ripa Cereris sine munere sedit:
    Cura dolorque animi lacrimaeque alimenta fuere.
    Esse deos Erebi crudeles questus in altam
    Se recipit Rhodopen pulsumque aquilonibus Haemum.

  • ¿Fue real el exilio de Ovidio o fue una mera ficción literaria? (Ovidio IV)

    ¿Fue real el exilio que alimenta parte de la poesía de Ovidio o fue tan sólo una ficción poética con la que el creativo poeta nos ha tenido engañados dos mil años?

    La cuestión puede parecer una exageración moderna, propia de estudiosos que buscan la notoriedad a cualquier precio. Pero no es así y merece la pena dedicarle algún tiempo a este tema que ya se planteó a principios del siglo XX, y al que desde entonces se han dedicado reflexiones y estudios serios.

    El año 8 de nuestra era Ovidio fue desterrado fulminantemente por Augusto a Tomis, la actual Constanza, en Rumanía, en las costas del Ponto Euxio, el Mar Negro. Escribió tres obras desde el exilio: sus famosos Tristia, (Tristezas, Poemas tristes), Epistulae ex Ponto (Cartas desde el Ponto o Ponticas) y una invectiva contra un enemigo suyo que le perjudica en Roma titulado Ibis. En ellas se encuentran algunos de los poemas más famosos del poeta. Véanse los artículos anteriores dedicados al poeta en este blog.

    La mera posibilidad de que el exilio que motiva estas obras sea una ficción produce al menos cierta inquietud y choque sentimental en quienes desde jóvenes sentimos la carga emocional de algunos de los poemas que el poeta escribió en el exilio.

    A principios del siglo XX, en 1923, J.J. Hartman cuestionó la realidad del exilio de Ovidio y afirmó que todas sus referencias al destierro en Tomis no fueron sino un ejercicio de imaginativa ficción humorística; que el “yo” del poema nada tiene que ver con el “yo” real del poeta. El tema fue debatido en las décadas siguientes con alguna insistencia, hasta que en el año 1985 A.D.Fitton Brown publicó un artículo en la revista Liverpool Classical Monthly, 10.2 (1985), 18-22 titulado “La irrealidad del exilio de Ovidio en Tomis (The unreality of Ovid's Tomitan exile), que obtuvo la consideración y atención de numerosos estudiosos. Luego periódicamente aparecen estudios y artículos posicionados en un sentido o en otro. En España, recientemente, en el año 2008, el profesor E. Berchez Castro hizo su tesis doctoral en la Universidad de Barcelona sobre el tema: Realidad y ficción del destierro de Ovidio en Tomis. Basada en ella ha publicado el libro “El destierro de Ovidio en Tomis: realidad y ficción.

    Los argumentos que  Fitton Brown y luego Berchez de forma más detallada y exhaustiva esgrimen para negar o al menos dudar seriamente de la realidad del exilio del poeta podemos agruparlos básicamente en seis o siete grupos:

    1. La información que tenemos sobre el exilio de Ovidio es básicamente la que el propio poeta nos da en sus poemas y está llena de lagunas, imprecisiones y contradicciones. Véase su autobiografía en el artículo https://www.antiquitatem.com/ovidio-bimilenario-tristia-ponto-euxino y su descripción del exilio en https://www.antiquitatem.com/ovidio-bimilenario-destierro-ponto-euxin

    Hasta el siglo IV no aparece ninguna mención a este exilio, a excepción de una de Plinio el Viejo, que resulta dudosa,  y otra de Estacio (vivió en 45-96).

    De la cita de Plinio lo único que puede deducirse con seguridad es que conocía la obra de Ovidio y que éste estuvo los últimos años en el Ponto, pero no hace ningún comentario más a ello.

    Plinio, Naturalis Historia 32, 152 (54)

    A la enumeración anterior añadiremos algunos animales citados por Ovidio, que no se encuentran en ningún otro escritos, y que son probablemente peculiares del Ponto, en donde comenzó su obra al final ya de su vida:  el buey de mar, el cercyrus, que vive entre las rocas …

    Naturalis Historia XXXII 152  (LIV)

    his adiciemus ab Ovidio posita animalia, quae apud neminem alium reperiuntur, sed fortassis in Ponto nascentia, ubi id volumen supremis suis temporibus inchoavit:  bovem, cercyrum in scopulis vivente…

    Estacio por su parte tan sólo escribió en Silvas I 2, 254-255:

    …cantad poemas dignos de esta fiesta nupcial. El propio Filitas, con el aplauso de su isla de Cos, y el viejo Calímaco y Propercio desde su gruta de umbría habrían rivalizado para ensalzar este día, y Nasón, aunque en Tomos, habría depuesto su tristeza, y Tibulo, ante su hogar encendido, se habría sentido rico. (Traducción de Francisco Torrent Rodríguez. Editorial Gredos.)

    date carmina festis
    digna toris, hunc ipse Coo plaudente Philetas
    Callimachusque senex Umbroque Propertius antro
    ambissent laudare diem, nec tristis in ipsis
    Naso Tomis divesque foco lucente Tibullus.

    Pero de ello no puede deducirse que hubiera sido realmente exiliado a Tomis.

    Especialmente llamativo resulta que ni Suetonio, que tantas cosas y cotilleos nos cuenta de Augusto, ni Tácito se refieran al asunto, cuando informan con detalle de los castigos de otros escritores de la misma época.

    Ya en el siglo IV lo mecionan Aurelio Víctor (c. 320 – c. 390) y San Jerónimo (340 –420) que en  su Chronicon 2033 nos informaba del año de su muerte, como vimos en el artículo anterior de esta serie sobre el bimilenario de Ovidio:

    El poeta Ovidio murió en el exilio y está sepultado junto a la ciudad de Tomis

    Ovidius poeta in exilio diem obiit et iuxta oppidum Tomos sepelitur

    y también brevemente en  Epitome de Caesaribus I, 24:

    Pues (Augusto) castigó con el exilio al poeta Ovidio, conocido también como Nasón, porque escribió tres libritos sobre el “arte de amar”.

     "Nam [Augustus] poetam Ovidium, qui et Naso, pro eo, quod tres libellos amatoriae artis conscripsit, exilio damnavit"

    Estas citas, evidentemente son muy tardías ya.

    2. Las causas de su exilio nos son desconocidas, a pesar de las numerosas referencia a ellas que el propio poeta hace y de los infinitos esfuerzos de los numerosísimos estudiosos hechos desde entonces. Comenté algo al respecto en el artículo anteriormente citado. También resulta desconocido e inexplicado el motivo por el que fue elegido tal destino: Tomis en el Ponto Euxino.

    En diversos pasajes achaca su condena a un “error” y a una "indiscreción". Por ejemplo de manera muy clara en Tristia II, 207 y ss.:

    Concedamos que me han perdido dos delitos: un poema y un error; sobre la culpabilidad del segundo de estos dos delitos es mejor que calle, pues yo no valgo tanto la pena como para reabrir tus heridas, César, y ya es más que demasiado que hayas sufrido una sola vez. Queda el otro delito, por el que se me acusa de haberme convertido con mi obsceno poema en maestro del impúdico adulterio. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    perdiderint cum me duo crimina, carmen et error,
    alterius facti culpa silenda mihi :
    nam non sum tanti, renovem ut tua vulnera, Caesar,
    quem nimio plus est indoluisse semel.
    altera pars superest, qua turpi carmine factus
    arguor obsceni doctor adulterii.

    Así ya en su época, como informa el mismo Ovidio, se le conoce como “maestro del impúdico adulterio”, y esto chocaba directamente con el programa de moralización de Augusto  y las  Leges Iuliae del 18 a.C. al 9 d.C. que pretendían la defensa de la familia y las tradiciones antiguas, castigando el adulterio con del exilio y multando a las que no tenían hijos. Se trata en concreto de la  lex Iulia de adulteriis coercendis, la lex Julia de maritandis ordinibus y la lex Papia Poppaea.

    Está claro que su error fue escribir el “Arte de amar” (Ars amandi), como ya deja bien claro en el poema que sirve de presentación a sus Tristia: I,1, 67-68 y luego en múltiples ocasiones:

    Mira mi título: esto no son lecciones de amor; aquella obra pagó ya el castigo que merecía.

    'inspice' dic 'titulum. non sum praeceptor amoris;
    quas meruit, poenas iam dedit illud opus'.

    Pero él se defiende afirmando la diferencia entre la literatura y la vida, que una cosa es escribir y otra distinta el mantener determinado comportamiento. En la elegía dirigida a un amigo orador, dice en Tristia I,9,55 y ss:

    Mejor hubiera sido que mi obra no hubiera brillado por su celebridad, y así como las graves disciplinas, elocuente amigo, te están dando provecho, así un arte diferente a ellas me ha perjudicado. Sin embargo mi vida te es conocida; tú sabes que las costumbres de su autor se apartaron de tales artes; y sabes que ese viejo poema fue compuesto en mi juventud y que tales poemas, aunque no son precisamente dignos de elogio, con todo no son sino bagatelas. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    at nostrum tenebris utinam latuisset in imis !
    expediit studio lumen abesse meo.
    utque tibi prosunt artes, facunde, severae,
    dissimiles illis sic nocuere mihi.
    vita tamen tibi nota mea est. scis artibus illis
    auctoris mores abstinuisse sui :
    scis vetus hoc iuveni lusum mihi carmen, et istos
    ut non laudandos, sic tamen esse iocos.

    Esta idea de que fue un error y no un delito la falta que él cometió, la repite al menos en otras seis o siete ocasiones además de la citada: Tristia I,1,51-52; II,109; III,1,7-8; III,14,5-6; III,7,29-30; IV,1,24;   IV,10, 99 y ss.; en Pónticas II,2,15-16; II,3,91-94; III,3,71-72

    Como tuvieron que defenderse  antes también Catulo con sus poemas y luego Marcial con algunos de sus epigramas,  y tantos otros escritores desde entonces,  Ovidio aclara las cosas en Tristia,  II, 345 y ss. :

    Este libertinaje es el que me ha hecho odioso ante ti por culpa de mi Arte, del que tú piensas que incita a las alcobas veladas. Pero ni bajo mi magisterio las esposas aprendieron a ser infieles, ni nadie puede enseñar lo que poco conoce. Yo he compuesto versos divertidos y poemas amorosos de manera que ninguna habladuría atentara contra mi reputación. Y no hay ni siquiera marido alguno entre el pueblo llano, cuya paternidad se ponga en duda por mi culpa. Créeme, mis costumbres son distintas de mi poesía (mi vida es honesta, mi Musa divertida) y gran parte de mis obras es falsa y fingida: se han permitido decir más de lo que su propio autor se propuso. Mi libro no es expresión de mi espíritu, sino la inocente intención de ofrecer muchos temas apropiados para deleitar los oídos. De lo contrario Accio sería cruel, Terencio un parásito y los que cantan fieros combates serían belicosos. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    haec tibi me invisum lascivia fecit, ob artes,
    quis ratus es vetitos sollicitare toros.
    sed neque me nuptae didicerunt furta magistro,
    quodque parum novit, nemo docere potest.
    sic ego delicias et mollia carmina feci,
    strinxerit ut nomen fabula nulla meum.
    nec quisquam est adeo media de plebe maritus,
    ut dubius vitio sit pater ille meo.
    crede mihi, distant mores a carmine nostro
    -vita verecunda est, Musa iocosa mea-
    magnaque pars mendax operum est et ficta meorum :
    plus sibi permisit compositore suo.
    nec liber indicium est animi, sed honesta voluntas
    plurima mulcendis auribus apta ferens.
    Accius esset atrox, conviva Terentius esset,
    essent pugnaces qui fera bella canunt.

    En este libro Tristia II, 237 y ss. le dice al emperador Augusto, ocupado en las importantes tareas de gobierno de un imperio tan grande, que él no es responsable del mal uso de sus poemas:

    ¿Me voy a sorprender, pues, de que abrumado por el peso de asuntos tan importantes, no hayas hojeado nunca mis bromas poéticas? Pero si por casualidad, cosa que yo preferiría,  hubieses tenido tiempo libre para hacerlo, no habrías leído nada delictivo en mi Arte. Confieso, en verdad, que no es una obra de apariencia seria ni digna de ser leída por un Príncipe tan grande, pero, sin embargo, no por ello es contraria a los dictámenes de las leyes ni pretende enseñar a las jóvenes romanas. Y para que no quepa duda acerca de para quién escribo yo estos libros, he aquí cuatro versos contenidos en uno de los tres libros*: “¡Lejos de aquí pequeñas cintas, distintivo del pudor, y tú largo volante que cubres la mitad de los pies!** No cantaré sino lo permitido por las leyes y los amores clandestinos autorizados y en mi poema no habrá ningún delito. ¿Acaso no alejé un tanto rigurosamente de este Arte a todas aquellas a las que por llevar estola y cinta está prohibido tocar? “Pero una dama honesta puede utilizar artes enseñadas a otras y tiene donde aprender, aunque no sea a ella a la que se enseñe”. Que no lea, pues, nada la matrona, ya que de cualquier poema puede salir mejor preparada para delinquir. Tome en sus manos la obra que tome, si es propensa al mal, sacará de ella instrucciones que orienten sus costumbres al vicio: que tome los Anales (nada hay más tosco que ellos), pues bien, leerá cómo Ilia*** llegó a ser madre; que toma el poema que comienza con “Madre de los Enéadas”, indagará cómo Venus Nutricia llega a ser la madre de los Enéadas****. Proseguiré más adelante, si se me permite exponerlo, con la demostración de que cualquier tipo de poesía puede ser perjudicial para los espíritus. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    Y a fe que lo hace, repasando en muchos versos los episodios más escabrosos de la mitología grecolatina, ante los que puede palidecer los consejos de su Arte de amar.

    Notas:
    * Los versos parecen ser los de  Arte de Amar, I 31-34  y Remedios de Amor 285-86
    * * Las cintas son los lazos con los que se atan el cabello las mujeres romanas de condijo libre y el volante de púrpura lo llevan las matronas en la estola, que es su vestido característico. Nos está diciendo el poeta que su obra no es para muchachas romanas libres ni matronas, sino para esclavas y profesionales del amor.
    ***Ilia o Rea Silvia era una sacerdotisa vestal, por lo tanto con voto de castidad, que quedó embarazada del dios Marte y dio a luz a los gemelos romanos más famosos, Rómulo y Remo.
    ****La diosa Venus o Afrodita, esposa de Hefaistos o Vulcano, se enamoró del mortal Anquises, se le presentó como la hija de Otreo, rey de Frigia y de él nació Eneas.

    mirer in hoc igitur tantarum pondere rerum
    te numquam nostros evoluisse iocos ?
    at si, quod mallem, vacuum tibi forte fuisset,
    nullum legisses crimen in Arte mea.
    illa quidem fateor frontis non esse severae
    scripta, nec a tanto principe digna legi :
    non tamen idcirco legum contraria iussis
    sunt ea Romanas erudiuntque nurus.
    neve, quibus scribam, possis dubitare, libellos,
    quattuor hos versus e tribus unus habet :
    " este procul, vittae tenues, insigne pudoris,
    quaeque tegis medios instita longa pedes !
    nil nisi legitimum concessaque furta canemus,
    inque meo nullum carmine crimen erit."
    ecquid ab hac omnes rigide summovimus Arte,
    quas stola contingi vittaque sumpta vetat ?
    " at matrona potest alienis artibus uti,
    quodque trahat, quamvis non doceatur, habet."
    nil igitur matrona legat, quia carmine ab omni
    ad delinquendum doctior esse potest.
    quodcumque attigerit, siqua est studiosa sinistri,
    ad vitium mores instruet inde suos.
    sumpserit Annales -nihil est hirsutius illis-
    facta sit unde parens Ilia, nempe leget.
    sumpserit Aeneadum genetrix ubi prima, requiret,
    Aeneadum genetrix unde sit alma Venus,
    persequar inferius, modo si licet ordine ferri,
    posse nocere animis carminis omne genus.

    Es la idea que reitera también en Pónticas III, 3, 49 y ss. hablando imaginativamente con Eros que se le ha aparecido en sueños:

    Sabes, sin embargo, y lo puedes afirmar claramente jurándolo, que yo no he atentado nunca contra los matrimonios legítimos. Escribí esto para aquellas cuyos púdicos cabellos no ciñe la venda, ni el largo vestido cubre sus pies. Di, te lo ruego, ¿alguna vez aprendiste a seducir a las mujeres casadas y a hacer incierta la descendencia por medio de mis mandatos? ¿O acaso no fue apartada enérgicamente de estos librillos toda aquella a la que la ley prohíbe tener amantes secretos? ¿De qué me sirve esto, sin embargo, si se cree que compuse escritos de adulterio, delito prohibido por una ley severa? (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    scis tamen, et liquido iuratus dicere possis,
    non me legitimos sollicitasse toros.
    scripsimus haec illis, quarum nee vitta pudicos
    contingit crines nee stola longa pedes.
    die, precor, ecquando didicisti fallere nuptas,
    et facere incertum per mea iussa genus ?
    an sit ab his omnis rigide summota libellis,
    quam lex furtivos arcet habere viros ?
    quid tamen hoc prodest, vetiti si lege severa
    credor adulterii composuisse notas ?

    Insiste en la misma idea poco después, Tristia II, 303 y ss.

    Además, la primera página aleja las manos virtuosas de mi Arte, escrito solamente para cortesanas. Toda aquella que irrumpe en un lugar adonde el sacerdote no permite la entrada, inmediatamente se convierte en culpable de un delito del que el sacerdote queda absuelto.

    No es, por tanto, un delito hojear versos de tema amoroso, pues a las mujeres les está permitido leer muchas cosas que, sin embargo, han de evitar hacer. Con frecuencia una matrona de severa expresión ve mujeres desnudas y preparadas para todo tipo de experiencia amorosa; los ojos de las Vestales contemplan los cuerpos de las prostitutas*, sin que esto haya sido motivo de castigo para su jefe.

    Pero ¿por qué en nuestra poesía hay demasiado libertinaje o por qué mi libro incita a todos a amar? No es sino un error y (hay que reconocerlo) una falta manifiesta: me arrepiento de mi inspiración y de mi juicio. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    Nota:* Porque asistían a las fiestas de Floralia entre el 28 de abril y el 3 de mayo en que las prostitutas  se exhibían desnudas según la obra también de Ovidio Fastos V, 159-378.

    et procul a scripta solis meretricibus Arte
    summovet ingenuas pagina prima manus.
    quaecumque erupit, qua non sinit ire sacerdos,
    protinus huic dempti criminis ipsa rea est.
    nec tamen est facinus versus evolvere mollis ;
    multa licet castae non facienda legant.
    saepe supercilii nudas matrona severi
    et veneris stantis ad genus omne videt.
    corpora Vestales oculi meretricia cernunt,
    nec domino poenae res ea causa fuit.
    at cur in nostra nimia est lascivia Musa,
    curve meus cuiquam suadet amare liber ?
    nil nisi peccatum manifestaque culpa fatenda est :
    paenitet ingenii iudiciique mei.

    Todo el libro II es en realidad una defensa de su poesía, que en absoluto pretende ser un estímulo para la inmoralidad de las matronas romanas, porque no va dirigida a ellas. Por otra parte sus presuntas inmoralidades no desentonan en el contexto  cultural, religioso y social grecorromano, en el contexto de su mitología, plagada de episodios escabrosos, y de su forma de vida.

    Ya al comienzo de este libro II, verso 1 y ss. nos dice:

    ¿Qué puedo hacer yo con vosotros, libritos, afición funesta, yo que, ¡desgraciado de mí!, perecí víctima de mi propia inspiración? ¿Por qué vuelvo a las Musas poco ha condenadas, objeto de mi delito? ¿Acaso es poco haber merecido ya una vez el castigo? Mis poemas han hecho que mujeres y hombres quisieran conocerme por mi infausta estrella; mis poemas hicieron que el César condenara mi persona y mis costumbres a causa de Arte, cuya desaparición ha sido ya ordenada. Quítame esta pasión y suprimirás también los delitos de mi vida”. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    Quid mihi vobiscum est, infelix cura, libelli,
    ingenio perii qui miser ipse meo ?
    cur modo damnatas repeto, mea crimina, Musas ?
    an semel est poenam commeruisse parum ?
    carmina fecerunt, ut me cognoscere vellet
    omine non fausto femina virque meo :
    carmina fecerunt, ut me moresque notaret
    iam demi iussa Caesar ab Arte mea.
    deme mihi studium, vitae quoque crimina demes ;

    Pero a pesar de los problemas que sus poemas le han ocasionado, la poesía es una pasión a la que no puede renunciar. Esa pasión es la que le hizo desoir los consejos de su padre. Véase el artículo de este mismo blog en el que cito el famoso verso “todo lo que decía me salía en verso” “quod temptabam dicere versus erat”: https://www.antiquitatem.com/poesia-don-del-cielo-carmen-vate-ovidio

    De manera expresiva y sentida nos explica por qué recurre a la poesía en su destierro. Dice en Tristes, IV, 1, 19 y s.:

    También a mí, que voy a los lugares del Ponto que se me han impuesto, me consuela la Musa: ella es la única compañera de destierro que me ha quedado; es la única que no teme las emboscadas, ni la espada del soldado síntico, ni el mar, ni los vientos, ni la barbarie. 
    …..
    Verdaderamente querría, ya que habrían de perjudicarme, no haber puesto mis manos en los misterios de las Piérides (las Musas) . Pero ahora, ¡qué puedo hacer? La fuerza misma de su culto me posee y, como un loco, amo la poesía que me ha herido.
    (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    me quoque Musa levat Ponti loca iussa petentem :
    sola comes nostrae perstitit ilia fugae ;
    sola nee insidias, Sinti nec  militis ensem,
    nec mare nec ventos barbariamque timet.
    …………….
    non equidem vellem, quoniam nocitura fuerunt,

    Pieridum sacris inposuisse manum.
    sed nunc quid faciam ? vis me tenet ipsa sacrorum,
    et carmen demens carmine laesus amo.

    ¿Pudo ser entonces la causa del destierro este libro, Ars Amandi, que además llevaba ya más de ocho años circulando por Roma? El mismo poeta se extraña de que el castigo le haya llegado tan tarde. Nos dice en Tristia. II, 539–546:

    Yo también, hace tiempo, cometí la falta de escribir un poema por el estilo: y un delito que no era nuevo paga un castigo inusitado; y sin embargo , yo había publicado esos versos cuando, sin haber dejado nunca de ser caballero, desfilaba tantas veces ante ti, siendo tú censor. De esta manera, los escritos de juventud que, por mi falta de prudencia, nunca pensé que me pudieran perjudicar, lo han hecho ahora en mi vejez. Tarde ha recaído el castigo sobre mi viejo librito y la pena está lejos del tiempo del delito que la mereció. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    La verdad es que el poeta no era tan joven: ya tenía 42 años.

    nos quoque iam pridem scripto peccavimus isto:
    supplicium patitur non nova culpa novum;
    carminaque edideram, cum te delicta notantem
    praeteriit totiens inreprehensus eques.
    ergo quae iuvenis mihi non nocitura putavi
    scripta parum prudens, nunc nocuere seni.
    sera redundavit veteris vindicta libelli,
    distat et a meriti tempore poena sui.

    No parece, pues, que la causa real fuera haber escrito el Ars Amandi, sino otra de más enjundia y gravedad,  como el mismo poeta refleja  cuando le hace decir al propio Eros, al que ha recurrido para justificar su poesía, en Epistulae ex Ponto, III, 3, 65 y ss.

    Esto me parecía haber dicho al niño alado y estas palabras son las que me pareció que él me respondió: “Por mis antorchas y por mis flechas, que son mis armas, por mi madre y por la vida del César, juro que nada que no estuviera permitido aprendí de ti, mi maestro, y que en tu Arte no existe nada delictivo. ¡Ojalá pudiera defender lo demás como esto! Sabes que hay otra cosa que te dañó más. Sea lo que fuere (pues ni el propio dolor se debe recordar, ni puedes decir que estés libre de culpa), aunque ocultes tu delito bajo la apariencia de error, la cólera del juez no fue más rigurosa de lo que tú merecías. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    haec ego visus eram puero dixisse volucri,
    hos visus nobis ille dedisse sonos :
    " per mea tela, faces, et per mea tela, sagittas,
    per inatrem iuro Caesareumque caput,
    nil nisi concessum nos te didicisse magistro,
    Artibus et nullum crimen inesse tuis.
    utque hoc, sic utinam defendere cetera possem !
    scis aliud, quod te laeserit, esse, magis.
    quicquid id est (neque enim debet dolor ipse referri,
    nee potes a culpa dicere abesse tua)
    tu licet erroris sub imagine crimen obumbres,
    non gravior merito iudicis ira fuit.

    Hubo algo más grave, una indiscreción que tuvo que ver directamente con Augusto, a la que hace referencia claramente en el libro II, 103 y ss.:

    ¿Por qué tuve yo que ver algo? ¿Por qué torné culpables mis ojos? ¿Por qué, ¡imprudente de mí! tuve yo conocimiento de aquel delito? Sin pretenderlo, Acteón contempló desnuda a Diana y, sin embargo, no por ello fue menos presa de sus propios perros; y es que a los ojos de los dioses, hasta el azar hay que expiarlo y un hecho casual no obtiene el perdón, si ha sido ofendida una divinidad. Aquel mismo día en que me perdió un mal error, cayó la ruina sobre mi casa, modesta ciertamente, pero sin tacha; (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    Cur aliquid uidi? cur noxia lumina feci?
          Cur imprudenti cognita culpa mihi?
    Inscius Actaeon uidit sine ueste Dianam:
          Praeda fuit canibus non minus ille suis.
    Scilicet in superis etiam fortuna luenda est,
          Nec ueniam laeso numine casus habet.
    Illa nostra die, qua me malus abstulit error,
          Parua quidem periit, sed sine labe domus:

    La alusión al mito de Acteón, que vio desnuda a Diana o Artemis, la diosa virgen de la caza y fue transformado en ciervo  devorado por sus propios perros, desató las especulaciones e hizo pensar a varios autores que Ovidió vio algo que ofendió al emperador, tal a Livia, su esposa; o tal vez vio alguna ceremonia de los cultos a la Buena Diosa o Isis, vedados a los hombres.

    Insiste en el hecho culpable de haber visto algo que no debía en Tristia, III,5, 45 y ss.:

    Yo no atenté contra la vida del César, que era la cabeza del orbe, tratando de destruirlo todo; nada dije, ni mi lengua fue arrogante al hablar, ni se me escaparon palabras sacrílegas en los excesos del vino. Soy castigado porque mis ojos, inconscientemente, contemplaron un delito y mi culpa consiste en haber tenido ojos. No puedo, ciertamente rechazar todo reproche, pero buena parte de mi delito radica en un error. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    Non mihi quaerenti pessumdare cuncta petitum
          Caesareum caput est, quod caput orbis erat:
    Non aliquid dixiue, elataue lingua loquendo est,
          Lapsaque sunt nimio uerba profana mero:
    Inscia quod crimen uiderunt lumina, plector,
          Peccatumque oculos est habuisse meum.
    Non equidem totam possum defendere culpam:
          Sed partem nostri criminis error habet.

    Y de nuevo en Tristia III,6, 27 y ss.:

    Sería prolijo y peligroso explicarte por qué azar mis ojos resultaron ser testigos de un delito funesto: mi mente rehúsa recordar aquel momento, como si de sus propias heridas se tratara, y el propio dolor se renueva con el recuerdo; y todo aquello que puede causarme tanta vergüenza conviene que permanezca oculto cubierto por una oscura noche. Nada diré, pues, sino que cometí una falta, pero que ningún beneficio busqué con ella, y que mi delito debe llamarse necedad, si quieres dar a mi acción su verdadero nombre. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    Nec breue nec tutum, quo sint mea, dicere, casu
          Lumina funesti conscia facta mali:
    Mensque reformidat, ueluti sua uulnera, tempus
          Illud, et admonitu fit nouus ipse pudor:
    Sed quaecumque adeo possunt afferre pudorem,
          Illa tegi caeca condita nocte decet.
    Nil igitur referam nisi me peccasse, sed illo
          Praemia peccato nulla petita mihi,
    Stultitiamque meum crimen debere uocari,
          Nomina si facto reddere uera uelis.

    Visto y leído todo este relato, aparentemente tan detallado y tantas veces repetido, no parece sino un intento de dejarlo todo en la más absoluta nebulosa y ambigüedad, y en consecuencia  nos quedamos sin enterarnos realmente de la falta.

    Como ya comenté en el artículo anterior citado,  se han propuesto varias explicaciones o soluciones al enigma de qué es lo que Ovidio vio, cuál fue su indiscreción, que evidentemente tuvo que ver directamente con Augusto
    Se ha pensado que tal vez  Ovidio fuera conocedor o partícipe de algún escabroso episodio de la familia imperial, concretamente de su hija Julia habida de Escribonia, o su nieta, Julia también hija de la misma Escribonia y Agripa, o incluso que el propio Augusto hubiera cometido incesto con ellas (recordemos que en el mismo año que el poeta la Joven Julia fue desterrada a una remota isla probablemente por adulterio); o viera en algún momento desnuda a la esposa de Augusto, tal vez en el baño; o viera algo prohibido a los hombres en las fiestas en honor de Isis o de la Buena Diosa;  o que incluso tuviera algún affaire amoroso con la hija del emperador;  o fuera conocedor y partícipe de alguna reunión  de algún grupo poco partidario de Augusto, o participara en la conspiración de Fabio Máximo en favor de la sucesión de Agrippa Postumus,nieto de Augusto y de partidarios de Germánico y no de Tiberio en la sucesión en el contexto de las rivalidades entre los “Julios” y los “Claudios”. Esta última hipótesis la han planteado numerosos y reconocidos estudiosos.  Todo ello son hipótesis poco fundadas, que en cualquier caso no han sido confirmadas.

    Hay incluso una suposición un tanto disparatada que no merecería ser citada sino fuera obra de una persona experta y famosa en el estudio de la Historia  romana, Jerôme Carcopino (1881-1970), miembro de la Academia Francesa entre otros muchos títulos.

    Según la imaginativa propuesta de este autor, Ovidio pertenecería de forma activa a una especie de secta secreta neopitagórica que celebra reuniones donde utilizando  el poder mágico de los números conspiran o intentan perjudicar a Augusto; téngase en cuenta que Augusto también había prohibido determinadas prácticas adivinatorias.

    3. No casa bien su participación en un complot contra el emperador y las características de la condena. Como el propio Ovidio nos cuenta en varias ocasiones, no fue exiliado sino relegado o confinado (relegatus) sin confiscación de bienes ni pérdida de otros derechos; aunque sus obras fueron retiradas de las bibliotecas y su lectura fue prohibida, Ovidio no sufrió una “damnatio memoriae” o eliminación de cualquier referencia que mantuviera su recuerdo, porque sus obras nos han llegado casi en su totalidad; y todo esto también resulta un tanto contradictorio con la terquedad de Augusto y luego Tiberio en no concederle el perdón,  ni siquiera para acercar su destino a Italia o Roma:

    Tristia, II, 121 y ss.

    Se arruinó, pues, esta casa querida por las Musas, derrumbada bajo el peso de un solo delito, si bien no pequeño; pero ha caído de tal manera que podría levantarse, si la cólera del Cesar ofendido se calmara. Su clemencia en la asignación del castigo fue tan grande que resultó ser más suave de lo que yo me temía. La vida se me concedió y tu cólera se detuvo más acá de la muerte, ¡oh Príncipe que has usado tan parcamente de tu poder!  Además hay que añadir el hecho de que no me has privado de mi patrimonio, como si la vida fuera un regalo pequeño. No condenaste mis delitos con un decreto del Senado, ni mi exilio ha sido ordenado por un jurado especial; zahiriéndome con amargas palabras (eso es lo digno de u Príncipe) te has vengado, como conviene, de las ofensas cometidas contra ti. Además, el edicto, aunque riguroso y amenazador, sin embargo, ha sido suave en la designación del castigo, ya que soy declarado en él relegado y no desterrado, y contiene términos suaves para mi suerte. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    Corruit haec igitur Musis accepta, sub uno
          Sed non exiguo crimine lapsa domus:
    Atque ea sic lapsa est, ut surgere, si modo laesi
          Ematuruerit Caesaris ira, queat.
    Cuius in euentu poenae clementia tanta est,
          Venerit ut nostro lenior illa metu.
    Vita data est, citraque necem tua constitit ira,
          O princeps parce uiribus use tuis!
    Insuper accedunt, te non adimente, paternae,
          Tamquam uita parum muneris esset, opes.
    Nec mea decreto damnasti facta senatus,
          Nec mea selecto iudice iussa fuga est.
    Tristibus inuectus uerbis (ita principe dignum)
          Vltus es offensas, ut decet, ipse tuas.
    Adde quod edictum, quamuis immite minaxque,
          Attamen in poenae nomine lene fuit:
    Quippe relegatus, non exul, dicor in illo,
          Priuaque fortunae sunt ibi uerba meae.

    La misma idea de que él no fue declarado exul, es decir, “desterrado” con pérdida de derechos, sino relegatus (relegado, expulsado del país manteniendo los derechos fundamentales)  la reitera y casi en los mismos términos en el Libro V, 2bis, 11 y ss.; evito por ello lo que sería una mera redundancia.

    Recordemos cómo al principio de Tristia II, en el verso 8, citado anteriormente nos informa de que sus obras han sido retiradas:

    Mis poemas hicieron que el César condenara mi persona y mis costumbres a causa de mi Arte, cuya desaparición ha sido ya ordenada.

    En Tristia III, 1, 65 y ss. expone el mismo hecho de la exclusión de sus libros de las bibliotecas públicas de Roma. Es el propio libro, que acude a Roma y ha llegado al templo de Apolo en el que se exponen los libros, el que habla y nos lo cuenta:

    Buscaba yo allí a mis hermanos, salvo aquellos, naturalmente, a los que su propio padre desearía no haber engendrado; mientras los buscaba en vano, el guardián encargado de aquel templo me ordenó salir de aquel lugar sagrado. Me dirijo a otros templos que están unidos a un teatro vecino: a estos también me está prohibida la entrada. La Libertad no me dejó tocar su atrio, que fue el primero en abrirse a doctos libros.
    La desventura de un autor desgraciado redunda en su producción y sus hijos sufrimos el mismo destierro que él soportó. Puede ser que un día el César, ablandado por el largo tiempo transcurrido, se vuelva menos severo para con nosotros y para con él. ¡Dioses, os lo suplico, y, sobre todo (pues no hay necesidad de implorar a todos), César, la más grande de las divinidades, atiende a mis deseos!
    (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    quaerebam fratres, exceptis scilicet illis,
    quos suus optaret non genuisse pater,
    quaerentem frustra custos e sedibus illis
    praepositus sancto iussit abire loco,
    altera templa peto, vicino iuncta theatro :
    haec quoque erant pedibus non adeunda meis.
    nec me, quae doctis patuerunt prima libellis,
    atria Libertas tangere passa sua est.
    in genus auctoris miseri fortuna redundat,
    et patimur nati, quam tulit ipse, fugam.
    forsitan et nobis olim minus asper et illi
    evictus longo tempore Caesar erit.
    di, precor, atque adeo neque enim mihi turba roganda est-
    Caesar, ades voto, maxime dive, meo !

    Y algo semejante en Epistulae ex Ponto, I,1,1 y ss.:

    Nasón, que ya no es un habitante recién llegado de la tierra de Tomos, te envía esta obra desde el litoral gético. Si dispones de tiempo, Bruto, recibe con hospitalidad estos librillos que llegan de tierra extranjera, y guárdalos en el sitio que sea. Ellos no se atreven a entrar en las bibliotecas públicas, por miedo a que su autor les haya cerrado este acceso. ¡Ay! ¡Cuántas veces dije: “En verdad que no enseñáis nada indecente; id, está abierto aquel lugar a los castos versos”! A pesar de todo no se acercan, sino que como tú mismo ves, estiman más seguro ocultarse bajo un techo particular. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    Naso Tomitanae iam non novus incola terrae
    hoc tibi de Getico litore mittit opus,
    si vacat, hospitio peregrinos, Brute, libellos
    excipe, dumque aliquo, quolibet abde loco.
    publica non audent intra monimenta venire,
    ne suus hoc illis clauserit auctor iter.
    a ! quotiens dixi " certe nil turpe docetis :
    ite, patet castis versibus ille locus ! "
    non tamen accedunt, sed, ut aspicis ipse, latere
    sub Lare privato tutius esse putant.

    4.  Hay además toda una serie de datos que el poeta aporta que podemos considerar poco compatibles con la realidad, como pueden ser la última noche en Roma y su despedida, la descripción del viaje, el punto de partida, la tormenta en el mar, la ruta seguida. todo parece plagado de elementos retóricos y tópicos literarios (el de la tormenta especialmente significativo y de larga tradición en la poesía épica), y en consecuencia todo parece exagerado,  distorsionado, falso, difícilmente creíble para el lector.

    Del viaje prácticamente desconocemos todos los datos que podríamos considerar objetivos: no sabemos el punto exacto en el que embarcó: ¿Ostia, Brindís, otro puerto más al norte?; la ruta no parece la adecuada para un barco mercante romano; la duración parece excesivamente larga.

    5.  Los partidarios de la hipótesis de la no realidad del exilio encuentran muchos argumentos que podemos considerar objetivos en la descripción geográfica de Tomis y su ubicación, de su puerto, del paisaje árido, de su clima siempre invernal que lo hace según el poeta en un locus horribilis y que no coincide con lo que indican los modernos estudios paleoclimáticos,  del Istria o Danubio y sus aguas, de la errónea ubicación de la Estrella Polar que dice que está sobre la cabeza de sus habitantes y que situaría el lugar mucho más al norte. El lugar por otra parte venía siendo visitado desde muchos cientos de años antes por comerciantes griegos y luego por romanos.

    La descripción de lugar tan horrible la hace de manera especial en Tristia III, 10, poema dedicado precisamente a esta descripción, que todos los críticos consideran exagerado y tópico. Hasta el propio poeta debió percatarse de sus exageraciones cuando en los versos  35 y ss. nos advierte:

    Seguramente, apenas se me creerá, pero, cuando no hay recompensa alguna para el engaño, el que da testimonio debe encontrar crédito.

    vix equidem credar, sed, cum sint praemia falsi
    nulla, ratam debet testis habere fidem :

    Por lo demás los estudiosos han señalado cómo esta descripción es deudora absolutamente de la descripción que Virgilio hace de la Escitia y de su clima en Geórgicas, III, 349-366. Evitaré reproducir los textos para no alargar más todavía un artículo ya excesivo. Curiosamente el propio Ovidio hace una rápida referencia a Escitia helada al principio de su Metamorfosis I, 61 y ss.

    El Euro se retiró al país de la Aurora, a los reinos nabateos, a Persia y a las cimas bañadas por los rayos de ala mañana. El Occidente y las playas que se entibian por el sol poniente son vecinos del Zéfiro. El espantoso Bóreas ocupó la Escitia y los Siete Triones; la parte opuesta de la tierra se humedece con las constantes nubes que produce el lluvioso Austro.(Traducción de Antonio Ruiz de Elvira. Alma Mater. CSIC)

    Eurus ad Auroram Nabataeaque regna recessit
    Persidaque et radiis iuga subdita matutinis;
    vesper et occiduo quae litora sole tepescunt,
    proxima sunt Zephyro: Scythiam septemque triones
    horrifer invasit Boreas: contraria tellus
    nubibus adsiduis pluviaque madescit ab Austro.

    Nota: El Bóreas es el gélido viento del norte y los Siete Triones (siete bueyes) es la constelación de la Osa Mayor o Carro.

    Según estos autores, como Beerchez, en la elección del destino, tan lejano, tan inhóspito, tan inexplicable, no busca el poeta sino aumentar el sentimiento de duelo en el lector.

    6.  Desconcierta también un tanto  la descripción de sus habitantes, exageradamente feroces y semisalvajes, la mala diferenciación de las diversas etnias, y sobre todo la afirmación de que hubiera nadie con quien hablar en latín o griego y hubiera de hacerlo tan sólo en gético o sármata, lenguas en las que nos dice que llegó a componer poemas. Sin duda habría allí algún comerciante griego o algún funcionario romano.

    En todo caso, si hemos de creer en la realidad del exilio, Ovidio estuvo dedicado plenamente a su pasión poética en ese ambiente tan adverso; allí escribió sus Tristia, Epistulae ex Ponto, Ibis, Nux, Halieutica y es posible que continuara con la redacción de los Fastos, que sólo había completado para los seis primeros meses del año. Todos estas obras fueron enviadas a Roma. Claro que el poeta nos presenta su tarea como una forma de olvidar y hacer soportable su desgracia. Nos lo dice en varios pasajes como Tristia IV 10, 111-132, o  en Tristia V, 7, 39 y ss. que reproduzco:

    Entretengo mi espíritu con el estudio y trato de olvidar mis sufrimientos y de engañar mis preocupaciones. ¿Qué puedo hacer mejor, solo en estas playas desiertas, o qué otro consuelo intentaré buscar a mis males? Si miro el lugar, es un país odioso y no puede haber en todo el mundo ningún otro más triste; si miro a sus hombres, apenas si son personas dignas de este nombre, y son más fieros y crueles que los lobos. No temen las leyes, sino que la justicia cede su lugar a la fuerza y el derecho yace vencido bajo la combativa espada. Evitan el duro frío con pieles y anchos calzones y sus horribles rostros van cubiertos por largas cabelleras. En unos pocos quedan restos de la lengua griega, pero incluso éstos se han convertido ya en bárbaros por el acento gético. No hay ni uno siquiera en este pueblo que por casualidad pueda decir algunas palabras usuales en latín.

    Yo mismo, famoso poeta romano (¡perdonadme, Musas!), me veo obligado a hablar la mayor parte de las cosas en la lengua de los sármatas. He aquí (me avergüenza, lo confieso) que, por el largo desuso, apenas si a mí me salen ya palabras latinas. Y no dudo de que incluso en este librito haya no pocas expresiones bárbaras: la culpa no es del hombre, sino del lugar. No obstante, para no perder el manejo de la lengua ausonia y para que mi boca no se quede muda en el habla patria, hablo conmigo mismo y repaso las palabras menos usadas y vuelvo a los distintivos funestos de mi afición poética. Así ocupo el espíritu y el tiempo, así me aparto y me alejo de la contemplación de mi desgracia. Busco en los versos el olvido de mis desdichas: si con mi afición consigo esta recompensa, será suficiente. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    Detineo studiis animum falloque dolores,
          Experior curis et dare uerba meis.
    Quid potius faciam desertis solus in oris,
          Quamue malis aliam quaerere coner opem?
    Siue locum specto, locus est inamabilis, et quo
          Esse nihil toto tristius orbe potest,
    Siue homines, uix sunt homines hoc nomine digni,
          Quamque lupi, saeuae plus feritatis habent.
    Non metuunt leges, sed cedit uiribus aequum,
          Victaque pugnaci iura sub ense iacent.
    Pellibus et laxis arcent mala frigora bracis,
          Oraque sunt longis horrida tecta comis.
    In paucis remanent Graecae uestigia linguae,
          Haec quoque iam Getico barbara facta sono.
    Vnus in hoc nemo est populo, qui forte Latine
          Quaelibet e medio reddere uerba queat.
    Ille ego Romanus uates (ignoscite, Musae)
          Sarmatico cogor plurima more loqui.
    En pudet et fateor, iam desuetudine longa
          Vix subeunt ipsi uerba Latina mihi.
    Nec dubito quin sint et in hoc non pauca libello
          Barbara: non hominis culpa, sed ista loci.
    Ne tamen Ausoniae perdam commercia linguae,
          Et fiat patrio uox mea muta sono,
    Ipse loquor mecum desuetaque uerba retracto,
          Et studii repeto signa sinistra mei.
    Sic animum tempusque traho, sic meque reduco
          A contemplatu summoueoque mali.
    Carminibus quaero miserarum obliuia rerum:
          Praemia si studio consequar ista, sat est.

    No parece, pues, que el lugar  fuera tan “horribilis” como el poeta reiteradamente nos dibuja.

    7. A todas estas razones, los autores que cuestionan la realidad del exilio añaden otras importantes que deducen del estudio literario de los propios textos. Así la información sobre el Ponto la ha podido obtener de diversas fuentes literarias a su alcance. Como he comentado, es indudable la influencia de Virgilio y la descripción que de la Escitia y su clima en Geórgicas III, 349 y ss.

    Otras razones puramente literarias esgrimidas son la propia disposición y estructura de los Tristia I, como si fuera una pieza oratoria, las fórmulas y reiteraciones utilizadas.

    Se argumenta también que la elegía amorosa había llegado a su agotamiento tras las obras de Catulo, Propercio, Tibulo y el propio Ovidio, que utiliza ahora su capacidad para crear obras de ficción,  como había hecho en sus Heroidas o cartas imaginarias de heroínas míticas.

    En esa labor creativa encuentra también que son muchas las posibilidades literarias que le ofrecen los recursos retóricos que tan bien maneja, como las oposiciones presente/pasado, amigos/soledad, civilización y seguridad romanas/barbarie, etc. Con todo ello crea una nueva poesía muy atractiva, la poesía del exilio, en la que a veces se mezcla y confunde la ficción con la realidad y que inspiró y sirvió de modelo después hasta nuestros días.

    De todo ello deducen estos autores que no existió el exilio de Ovidio o al menos no está probado que existiera. Pero un estudio también crítico de todas estas razones nos obligarían a concluir que tampoco son definitivas ni contundentes y todas pueden ser negadas desde la perspectiva de la verdad histórica del exilio. También podemos preguntarnos ¿por qué si el exilio no fue real, nadie lo hizo ver, nadie lo denunció, nadie anotó que fue una ficción?

    Para ser más exactos, todos excepto el argumento que podemos llamar ex silentio, es decir, el hecho realmente llamativo de que ni los poetas de su época y posteriores hasta el siglo IV ni los historiadores, especialmente Suetonio y Tácito hagan referencia a este exilio y castigo cuando en cambio sí reflejan las condenas a otros varios autores. Es probablemente éste el argumento con más fuerza a favor de la posible no realidad del exilio.

    En todo caso la duda sembrada es difícil de olvidar y una nueva lectura de estos poemas desde la perspectiva de su irrealidad es muy sugerente e inquietante. La amplia selección de textos ofrecidos es sin duda suficiente para dejar abierta la cuestión.

    Podemos anotar como curiosidad que el exilio de Ovidio ha sido alguna vez novelado en época moderna. A veces esta es una buena forma de acercarse a la realidad de la historia. Citaré tan sólo tres:

    Dios ha nacido en el exilio (1960),( Dieu est né en exil, Fayard, Paris, 1960).de Vintila Horia, que recibió el premio Goncourt en 1960 y también provocó la polémica y reacción de la izquierda cultural capitaneada por Sartre.

    Al austriaco Christoph Ransmayr  le debemos El último mundo (1989). Y a Pablo Montoy:  Lejos de Roma (2008; reeditada en 2016)

    En todo caso y para acabar este artículo reproduciré lo que se considera fue el epitafio que el propio poeta dejó escrito para sí mismo y encargó a su mujer en Tristia, III, 3, 73-76; tal vez sea una broma más, fruto de su poderosa imaginación, pero ello no ha de impedirnos, viajeros por sus obras dos mil años después, que esté donde esté, deseemos que “descanse tranquilamente en paz”.

                    Yo que yazgo aquí, soy Nasón,
                    poeta que canté los tiernos amores y morí por mi propio ingenio.
                   A ti, quien seas, que pasas por aquí, a ti que has amado también,
                   que no te sea molesto decir: que los huesos de Nasón descansen en paz.

                    HIC EGO QUI IACEO TENERORVM LVSOR AMORUM
                    INGENIO PERII NASO POETA MEO
                    AT TIBI QVI TRANSIS NE SIT GRAVE QVISQVIS AMASTI
                    DICERE NASONIS MOLLITER OSSA CVBENT

  • Unos contratistas romanos de servicios públicos defraudadores

    En la antigua Roma, ya desde época Republicana, se arrendaba a particulares la explotación de los terrenos y recursos del Estado, que eran todos los conquistados por sus legiones, e incluso se constituyeron fuertes sociedades de inversores para ello. Esto generó un espacio de actividad en el que era fácil confundir lo privado con lo público y produjo algunos episodios de corrupción que en alguna medida recuerdan a hechos actuales.

    Voy a referirme a un episodio de la Segunda Guerra Púnica, salpicado además con una anécdota de corrupción, que explica cómo se fue generando este sistema.  Todas las guerras, las de antes y las de ahora son siempre ocasión y oportunidad para grandes negocios, a los que nada importa si los beneficios vienen o no manchados de sangre inocente.

    El episodio nos lo cuenta Tito Livio en su obra “Historia de Roma desde su origen” (Ab urbe condita), en el libro XXV, 3 y ss.

    Roma está definitivamente enfrentada a Cartago por su expansión en el Mediterráneo y por considerar a los púnicos o cartagineses una amenaza para su supervivencia. Esta guerra comienza desarrollándose en Hispania, en donde los cartagineses están ya bien asentados; se desarrolla luego en el propio territorio italiano, al que ha pasado Aníbal desde Hispania a través de los desfiladeros de los Alpes en invierno, y acabará definitivamente años después con la destrucción de Cartago. Las campañas victoriosas de Aníbal en Italia (Tesino, Trebia, Trasimeno, Cannas…) han generalizado el pánico entre los romanos. 

    Es precisamente la situación de necesidad de los Escipiones en Hispania lo que les obliga a dirigir una carta en el año 215 al Senado de Roma solicitando ayuda. Los gastos para la guerra son de tal magnitud que el Estado no tiene dinero suficiente para hacer frente a ellos y recurre en consecuencia a la colaboración de los “publicanos” o capitalistas que se vienen beneficiando de las contratas del Estado. Estos “publicani” o ciudadanos con recursos que se dedican a los negocios, constituyen tres sociedades para abastecer al ejército. Dadas las circunstancias de inseguridad del momento y las distancias a las que han de ser transportados algunos recursos, se incluye en el contrato una cláusula según la cual el riesgo de naufragio ha de correr por cuenta del Estado. Hay que imaginar la situación de pánico generalizado ante la presencia de Aníbal en la propia Italia y las sucesivas victorias con las que va machacando a los ejércitos romanos.

    En ese contexto hubo dos individuos, dos “publicani” que no contentos con las ganancias lícitas simularon un naufragio accidental de las naves cargadas de material de desecho y poco valor para cobrarlo como bueno.

    De todo lo anterior extraeremos importantes consecuencias sobre la constitución de estas sociedades, pero el episodio tiene una segunda parte muy reveladora. Cuando los defraudadores son descubiertos y denunciados al Senado, éste no actúa inmediatamente contra ellos, dada la afinidad y confluencia de intereses en muchos casos entre la clase y familias de senadores con los “publicanos”. Tuvo que ser el pueblo a través de sus representantes especiales, los “tribunos de la plebe”, (hoy diríamos "la acción popular"), quien exigió responsabilidades e inició las acciones judiciales.

    Estando reunida la asamblea popular, fue interrumpida por la acción violenta de los publicanos, dispuestos a evitar la condena de uno de sus miembros poderosos. Ante la evidencia de los cargos y el peligro de la situación, el Senado no tuvo más remedio que intervenir con más decisión.

    Diría como conclusión que resulta igual de escandaloso que unos contratistas defrauden al Estado a que el propio Estado no tenga ningún interés en castigar a los defraudadores.

    Dejamos para superespecialistas la cuestión de si estos arrendatarios eran realmente de la clase u “ordo” (orden) de los “publicanos”, así como sobre la historicidad de los contratos de aprovisionamiento para el ejército, porque esto parecer ser un caso aislado en el contexto histórico de finales del siglo III a.C.

    En todo caso, no hace falta ser muy imaginativo para establecer la semejanza con situaciones actuales en las que grandes delincuentes poderosos evitan la acción de la Justicia, gestionada en gran medida por personas afines a su grupo social. Es cierto que las situaciones antiguas y modernas no son exactamente iguales y no debemos exagerar en el parecido, pero una vez más podemos reafirmar el lema de este blog, “Nihil novum sub sole”, “Nada nuevo bajo el sol”.

    Como viene siendo exigencia de este blog, lo afirmado ha de ser constatado en los textos existentes, de los que no se juzga su valor como documentos históricos sino simplemente su existencia, y por ello nada mejor que reproducir lo escrito por Tito Livio:

    En un artículo posterior explicaré hasta qué punto los intereses de los particulares y sus empresas se confunden con los públicos y estatales.

    Ab Urbe condita, XXV,3: [25,3]

    Q. Fulvio Flaco y Ap. Claudio tomaron posesión del consulado, siendo éste el tercero de Fulvio. Los pretores sortearon sus provincias: P. Cornelio Sila obtuvo la jurisdicción de la ciudad y la de los extranjeros, que antes estaban separadas; Cn. Fulvio Flaco, la Apulia; C. Claudio Nerón Suesula y M. Junio Silano la Etruria. Los cónsules quedaron encargados de la guerra contra Aníbal, mandando cada uno dos legiones; debiendo recibirlas, el uno de Q. Fabio, cónsul del año anterior, y el otro, de Fulvio Centumalo. En cuanto a los pretores, Fulvio Flaco debía tener las legiones que se encontraban en Luceria bajo el mando del pretor Emilio; Claudio Nerón, las que servían a las órdenes de C. Terencio en el Piceno. Uno y otro estaban encargados de hacer nuevas levas para completar el ejército. M. Junio tuvo contra los etruscos las legiones urbanas del año anterior. T. Sempronio Graco y P. Sempronio Tuditano conservaron sus tropas y sus mandos, el uno en Lucania y el otro en la Galia. P. Léntulo conservó también la antigua provincia de Sicilia. M. Marcelo Siracusa y el reino de Hierón; T. Otacilio la flota; M. Valerio la Grecia; Q. Mucio Scévola, la Cerdeña, y los dos Escipiones las Españas.

    A los antiguos ejércitos se añadieron dos legiones urbanas que levantaron los cónsules, con las que se elevó en este año a veintitrés el número de las legiones. M. Postumio Pirgense se opuso a las levas que hacían los cónsules y produjo un movimiento que estuvo a punto de adquirir gravedad.

    Era Postumio un colector de impuestos que desde mucho tiempo no había tenido en la república igual para el fraude y la avidez, como no fuese T. Pomponio Veyetano, hecho prisionero en el año anterior por Hannón y los cartagineses, durante su temeraria expedición en Lucania. Como el Tesoro público respondía de las pérdidas en caso de tempestad en cuanto al material transportado para el ejército, supuso naufragios que no habían ocurrido, y hasta los verdaderos se debían al fraude y no a la casualidad. Cargaba con mercancías sin valor naves viejas inservibles y las hacía echar a pique en alta mar, cuidando de tener preparadas las barcas para salvar las tripulaciones; en seguida declaraba falsamente que las mercancías perdidas eran considerables.

    El pretor M. Atilio se enteró del fraude en el año anterior y lo denunció al Senado: sin embargo, no se dictó ningún senatus-consulto, no queriendo los senadores enemistarse en aquellas circunstancias con la clase entera de los publícanos. El pueblo castigó con más severidad aquel robo. Cierto día, los dos tribunos Sp. y L. Calvilio, excitados por sus quejas y viendo que estos amaños sublevaban la indignación y el desprecio de todos, condenaron a M. Postumio a una multa de doscientas mil piezas de moneda. El día en que el pueblo debía votar acerca de esta multa, fue tan numerosa la multitud que apenas cabía en la plaza del Capitolio. Oídos los defensores, parecía que Postumio no tenía más que un recurso, que C. Servilio Casca, pariente suyo y tribuno del pueblo, interviniese antes de que se llamase a votar las tribus. Cuando hubieron declarado los testigos, los tribunos mandaron retirarse al pueblo, y se llevó la urna (sitella allata) para que decidiese la suerte en qué orden habían de votar los latinos. Los publícanos estrechaban a Casca para que hiciese aplazar la decisión. El pueblo reclamaba, y Casca, que estaba sentado en el extremo del banco de los tribunos vacilaba entre la vergüenza y el temor. Viendo que no podían contar con él, los publícanos, para escapar a favor del tumulto, se precipitaron en el espacio que quedaba vacío y al que el pueblo no podía acercarse, disputando a la vez con el pueblo y los tribunos; y hubiese habido algún combate, si el cónsul Fulvio no hubiese exclamado dirigiéndose a éstos,  ¿No veis que tenéis que ceder y que es inminente una sedición si no os apresuráis a disolver la asamblea?» 

    Retiróse el pueblo y se convocó al Senado; los cónsules dieron cuenta de la violencia y audacia de los publícanos, que habían turbado la asamblea del pueblo. M. Furío Camilo, decían, a cuyo destierro siguió la ruina de Roma, se dejó condenar por sus conciudadanos irritados; antes que él, los decenviros, a quienes debe la república las leyes que la gobiernan, y otros muchos grandes ciudadanos, sufrieron el juicio del pueblo. Pero un Postumio Pirgense había querido forzar los votos populares; había obligado a disolverse una asamblea pública y a retirarse los tribunos; había presentado batalla al pueblo romano, tomado posición para impedirle que se comunicase con sus tribunos y a las tribus emitir sus votos. Si no había habido combate, si la sangre no había corrido, debíase a la moderación de los magistrados, que por un momento habían cedido al furor y la audacia de algunos individuos y porque se habían dejado vencer a la vez que el pueblo romano; que, en fin, para no dar ningún pretexto a los que solamente deseaban la lucha, habían disuelto, como quería Postumio, la asamblea del pueblo, que un acusado iba a imposibilitar por la violencia y las armas.» Todos los buenos ciudadanos que se encontraban en el Senado se declararon en el mismo sentido ante un hecho tan inaudito. El Senado declaró por un decreto que aquella tentativa era un ejemplo peligroso y un atentado contra la república. En el acto los dos Carvilios, tribunos del pueblo, prescindiendo de la multa, presentaron acusación capital contra Postumio, mandando a los lictores que le prendiesen si no presentaba caución y llevarle a las prisiones. Postumio dio caución y no compareció. A petición de los tribunos, el pueblo decidió que, «si M. Postumio no se presentaba antes de las kalendas de Mayo, si no contestaba este día cuando se leyese su nombre, o si no se admitían sus excusas, sería desterrado, vendidos sus bienes y se le prohibirían el agua y el fuego En seguida acusaron sucesivamente los tribunos de crimen capital a todos los que promovieron aquel tumulto y les obligaron a dar caución. Al principio los que no la dieron y después hasta los que podían darla fueron encarcelados; de manera que, para evitar este peligro, la mayor parte se desterraron. De esta manera se castigó el fraude de los publícanos y la audacia con que lo sostuvieron. Poco después se celebraron comicios para la elección de pontífice máximo, presidiéndolos el nuevo pontífice M. Cornelio Cethego. (Traducción de Francisco Navarro y Calvo. Madrid,1888)

    Q. Fulvius Flaccus tertium Appius Claudius consulatum ineunt.  et praetores provincias sortiti sunt, P. Cornelius Sulla urbanam et peregrinam, quae duorum ante sors fuerat, Cn. Fulvius Flaccus Apuliam, C. Claudius Nero Suessulam, M. Iunius Silanus Tuscos. consulibus bellum cum Hannibale et binae legiones decretae; alter a Q. Fabio superioris anni consule, alter a Fulvio Centumalo acciperet;  praetorum Fulvi Flacci quae Luceriae sub Aemilio praetore, Neronis Claudi quae in Piceno sub C. Terentio fuissent legiones essent; supplementum in eas ipsi scriberent sibi. M. Iunio in Tuscos legiones urbanae prioris anni datae. Ti. Sempronio Graccho et P. Sempronio Tuditano imperium provinciaeque Lucani et Gallia cum suis exercitibus prorogatae;  item P. Lentulo qua vetus provincia in Sicilia esset, M. Marcello Syracusae et qua Hieronis regnum fuisset; T. Otacilio classis, Graecia M. Valerio, Sardinia Q. Mucio Scaevolae, Hispaniae. et Cn. Corneliis. ad veteres exercitus duae urbanae legiones a consulibus scriptae, summaque trium et viginti legionum eo anno effecta est. dilectum consulum M. Postumii Pyrgensis cum magno prope motu rerum factum impediit. publicanus erat Postumius, qui multis annis parem fraude avaritiaque neminem in civitate habuerat praeter T. Pomponium Veientanum, quem populantem temere agros in Lucanis ductu Hannonis priore anno ceperant Carthaginienses. hi, quia publicum periculum erat a vi tempestatis in iis quae portarentur ad exercitus et ementiti erant falsa naufragia et ea ipsa quae vera renuntiaverant fraude ipsorum facta erant, non casu. in veteres quassasque naves paucis et parvi pretii rebus impositis, cum mersissent eas in alto exceptis in praeparatas scaphas nautis, multiplices fuisse merces ementiebantur. ea fraus indicata M. Aemilio praetori priore anno fuerat ac per eum ad senatum delata nec tamen ullo senatus  consulto notata, quia patres ordinem publicanorum3 in tali tempore offensum nolebant. populus severior vindex fraudis erat, excitatique tandem duo tribuni plebis, Spurius et L. Carvilii, cum rem invisam infamemque cernerent, ducentum milium aeris multam M. Postumio dixerunt. cui certandae cum dies advenisset, conciliumque tam frequens plebis adesset ut multitudinem area Capitolii vix caperet, perorata causa una spes videbatur esse si C. Servilius Casca tribunus plebis, qui propinquus cognatusque Postumio erat, priusquam ad suffragium tribus vocarentur, intercessisset.  testibus datis tribuni populum summoverunt, sitellaque lata est, ut sortirentur ubi Latini suffragium ferrent.  interim publicani Cascae instare ut concilio diem eximeret; populus reclamare; et forte in cornu primus sedebat Casca, cui simul metus pudorque animum versabat. cum in eo parum praesidii esset, turbandae rei causa publicani per vacuum summoto locum cuneo inruperunt iurgantes simul cum populo tribunisque.,  nec procul dimicatione res erat cum Fulvius consul tribunis “nonne videtis” inquit “vos in ordinem coactos esse et rem ad seditionem spectare, ni propere dimittitis plebis concilium?”. plebe dimissa senatus vocatur et consules referunt de concilio plebis turbato vi atque audacia publicanorum:  M. Furium Camillum, cuius exilium ruina urbis secutura fuerit, damnari se ab iratis civibus passum esse;  decemviros ante eum, quorum legibus ad eam diem viverent, multos postea principes civitatis iudicium de se populi passos:  Postumium Pyrgensem suffragium populo Romano extorsisse, concilium plebis sustulisse, tribunos in ordinem coegisse, contra populum Romanum aciem instruxisse, locum occupasse, ut tribunos a plebe intercluderet, tribus in suffragium vocari prohiberet. nihil aliud a caede ac dimicatione continuisse homines nisi patientiam magistratuum, quod cesserint inpraesentia furori atque audaciae paucorum vincique se ac populum Romanum passi sint et comitia,  quae reus vi atque armis prohibiturus erat, ne causa quaerentibus dimicationem daretur, voluntate ipsi sua sustulerint. haec cum ab optimo quoque pro atrocitate rei accepta essent, vimque eam contra rem publicam et pernicioso exemplo factam senatus decresset,  confestim Carvilii tribuni plebis omissa multae certatione rei capitalis diem Postumio dixerunt ac, ni vades daret, prendi a viatore atque in carcerem duci iusserunt.  Postumius vadibus datis non adfuit.  tribuni plebem rogaverunt plebesque ita scivit, si M. Postumius ante kal. maias non prodisset citatusque eo die non respondisset neque excusatus esset, videri eum in exilio esse bonaque eius venire, ipsi aqua et igni placere interdici.  singulis deinde eorum qui turbae ac tumultus concitatores fuerant, rei capitalis diem dicere ac vades poscere coeperunt.  primo non dantis, deinde etiam eos qui dare possent in—carcerem coiciebant; cuius rei periculum vitantes plerique in exilium abierunt.  hunc fraus publicanorum, deinde fraudem audacia protegens exitum habuit.  comitia inde pontifici maximo creando sunt habita; ea comitia novus pontifex M. Cornelius Cethegus habuit.

  • Ovidio entre los bárbaros del Ponto Euxino. (Ovidio III)

    El año 8 de nuestra era el alegre y mundano poeta latino Ovidio se encontraba en la isla de Elba en compañía de su amigo Máximo cuyo nombre completo era Marco Aurelio Cota Máximo, hijo de Marco Valerio Mesala Corvino, el protector de algunos literatos. Allí Ovidio recibió del emperador Augusto como un mazazo una carta con la acusación de graves crímenes y la orden de comparecer rápidamente en Roma, en donde recibió la condena fulminante de destierro a las fronteras del Imperio.

    Antes de finalizar el año debía salir de Roma y de Italia  a las costas del Ponto Euxino, a  la ciudad de Tomis o Tomos, actual Constanza en Rumanía, en la frontera de los Getas y Sármatas. Un soldado le acompañó sólo en el viaje de ida. Había nacido el 20 de febrero del año 43 a.C., al siguiente del asesinato de Julio César; tenía, pues, 52 años.  Allí murió  9 años después, en el 17, triste y melancólico porque nunca consiguió el perdón de Augusto ni tampoco de Tiberio para regresar a Roma o salir al menos de aquel destino tan inhóspito.

    En una carta a su amigo Cota Máximo, años después, recogida en Pónticas, II, 3,83-90, nos recuerda el día en que recibió la infausta noticia:

    La Etalia Elba fue la última que me vio contigo y recibió las lágrimas que caían de mis tristes mejillas, cuando tú me preguntaste si era cierta la noticia que había extendido la perversa Fama de mi culpa; yo permanecía indeciso entre confesarlo o negarlo, revelando el temor signos de miedo y, como la nieve que derrite el austro lluvioso, una lágrima brotaba y caía por mis mejillas estupefactas. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    ultima me tecum vidit maestisque cadentes
    excepit lacrimas Aethalis Ilva  genis :
    cum tibi quaerenti, num verus nuntius esset,
    attulerat culpae quem mala fama meae,
    inter confessum dubie dubieque negantem
    haerebam, pavidas dante timore notas,
    exemploque nivis, quam mollit aquaticus Auster,
    gutta per attonitas ibat oborta genas.

    Como ya dije en un artículo anterior, no conocemos con precisión el día exacto de su muerte, que debió ser en invierno,  y el año lo sabemos por la información que San Jerónimo incluye en su libro de las Crónicas de Eusebio, en Chronicon 2033, que  lo hace corresponder con el  año 18 de Cristo, con la Olimpiada 199, con el 4 del reinado de Herodes y con el 4 también de Tiberio. Curiosamente en ese mismo año murió también Tito Livio, pero en su patria Patavium, la Padua de hoy. En consecuencia se cumplen ahora 2.000 años, dos milenios, de su muerte. 

    Dice Jerónimo en Chronicon 2033:

    El poeta Ovidio murió en el exilio y está enterrado junto a la ciudad de Tomis

    Ovidius poeta in exsilio perit, et juxta oppidum Tomos sepelitur”

    Allí escribió Ovidio uno de los poemas más famosos de la literatura latina: aquel en el que recuerda su último día en Roma, que ha sido además motivo de estudio y ejercicio para todo estudiante de latín durante siglos; me refiero a la Elegía 3 del libro I de sus Tristia, que reproduciré completa al final del artículo,  porque no es excesivamente larga, tan sólo 102 versos, para ser exactos.

    Ovidio no se dedicó al foro o la retórica, como su padre pretendía, sino a la poesía para la que estaba especialmente dotado. En Roma llevaba la vida propia de los miembros de una sociedad adinerada, despreocupada y dispuesta a vivir en el ocio y diversión permanente.

    En consonancia con este tipo de vida, escribió primero poemas o elegías amorosas o más bien eróticas, puesto que se refieren al amor físico y carnal y no al idealizado y romántico. Amores, El Arte de amar (Ars amandi o Ars Amatoria), Remedios Amorosos (Remedia amoris)  y Cosméticos para el rostro femenino (Medicamina faciei feminae) son las obras de esta época y de esta temática. Luego abordará otros temas de más enjundia como Las Metamorfosis, su obra principal, y Los Fastos, obra no exenta de ironía. De todo ello he hablado brevemente en el artículo anterior: https://www.antiquitatem.com/ovidio-bimilenario-tristia-ponto-euxino

    Pues bien, las obras de contenido erótico-amoroso impactaron sin duda en la sociedad romana y chocaron con la política imperial de moralización de la vida pública y del matrimonio que Augusto pretendía desarrollar, de acuerdo con el mos maiorum o costumbres de los antepasados. Estos libros le granjearon pronto la fama de “inmoralidad”, que ya no le ha abandonado hasta nuestros días. A ello contribuyó decisivamente el juicio severo del Cristianismo que se iba imponiendo como religión del Imperio.

    Pero, ¿fue realmente Ovidio un  “inmoral”? Una y otra vez nos dice que su vida fue intachable.

    Pero entonces,  ¿qué delito había cometido para sufrir el duro castigo? El mismo poeta nos da algunas pistas en sus propias obras y desde la antigüedad hasta nuestros días se sigue hurgando en los textos para encontrar la causa, que en realidad desconocemos. En realidad la información más valiosa es la que él mismo poeta aporta en sus Tristes (Tristezas) y en sus Pónticas (Cartas desde el Ponto, Epistulae ex Ponto) y es en ellas donde se ha buscado una y otra vez.

    En estas obras repite hasta la saciedad y monotonía tres ideas: la descripción de su penosa situación, entre numerosos peligros y falto de toda comodidad para producir en sus familiares y amigos la sensación de absoluto abandono; la confesión de que fue culpable, pero tan solo de un error y estupidez que no de un delito o comportamiento malintencionado; y la alabanza de la majestad y benevolencia del emperador y de su familia para esperar el perdón.

    El mismo poeta es consciente y conoce la crítica que se le hace por repetir una y otra vez lo mismo: su petición de perdón al emperador. Así en Pónticas III,9, 39-45 dice:

    Me dices, Bruto, que no sé quién critica mis poemas porque hay en estos librillos siempre el mismo pensamiento, que no pido otra cosa, sino poder disfrutar de una tierra más cercana, y que no hablo sino de que estoy rodeado por numerosos enemigos. ¡Oh, cómo entre tantos defectos  se me reprende tan solo uno! Si sólo esta falta comete mi Musa, está bien. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    Quod sit in his eadem sententia, Brute, libellis,
          Carmina nescio quem carpere nostra refers:
    Nil nisi me terra fruar ut propiore rogare,
          Et quam sim denso cinctus ab hoste loqui.
    O, quam de multis uitium reprehenditur unum!
    Hoc peccat solum si mea Musa, bene est.

    En varias ocasiones nos describe su penosa situación en el destierro. Es suficientemente expresiva la referencia que hace en Tristia V,7,1-24, elegía que algunas ediciones titulan precisamente “Ovidio entre los bárbaros”. Dice allí en una carta de fecha incierta y dirigida también a un destinatario no conocido por nosotros:

    La carta que lees te llega desde la tierra en que el ancho Histro desemboca en las aguas del mar. Si a ti te ha tocado en suerte una vida con buena salud, permanece favorable aún una parte de mi fortuna. A saber, tú me preguntas, como siempre, queridísimo amigo, cómo lo paso, si bien eso lo puedes saber, aunque yo no te lo diga. Soy desgraciado (éste es el resumen de mis males) y lo será todo el que viva tras haber ofendido al César.

    ¿Deseas saber cómo es la gente de esta región de Tomos y en medio de qué costumbres vivo? Aunque esta región es una mezcla de griegos y getas, está dominada por los mal pacificados getas. Un número bastante elevado de sármatas y getas va y viene a caballo por los caminos. No hay ninguno entre ellos que no lleve carcaj, arco y flechas impregnadas de veneno amarillento de serpiente. Su voz es fiera, el rostro salvaje, fiel imagen de Marte; ninguna mano ha cortado su cabello ni su barba; su diestra no es tarda en herir clavando el cuchillo, que todo bárbaro lleva pegado al costado.

    En medio de tales gentes, ¡ay!, vive ahora, amigo mío, tu poeta, olvidado de sus poemas de tema amoroso; a estas gentes es a las que ve y a éstas a las que oye. ¡Ojalá viva, pero que no vaya a morir entre ellos, sino que al menos su sombra se aleje de estos odiosos lugares! (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    Quam legis, ex ilia tibi venit epistula terra,
    latus ubi aequoreis additur Hister aquis.
    si tibi contingit cum dulci vita salute,
    candida fortunae pars manet una meae,
    scilicet, ut semper, quid agam, carissime, quaeris,
    quamvis hoc vel me scire tacente potes.
    sum miser; haec brevisest nostrorum summa malorum,
    quisquis et offenso Caesare vivit ? erit.
    turba Tomitanae quae sit regionis et inter
    quos habitem mores, discere cura tibi est ?
    mixta sit haec quamvis inter Graecosque Getasque,
    a male pacatis plus trahit ora Getis.
    Sarmaticae maior Geticaeque frequentia gentis
    per medias in equis itque reditque vias.
    in quibus est nemo, qui non coryton et arcum
    telaque vipereo lurida felle gerat.
    vox fera, trux vultus, verissima Martis imago,
    non coma, non ulla barba resecta manu,
    dextera non segnis fixo dare vulnera cultro,
    quem iunctum lateri barbarus omnis habet.
    vivit in his heu nunc, lusorum oblitus amorum,
    hos videt, hos vates audit, amice, tuus :
    atque utinam vivat non et moriatur in illis,
    absit ab invisis et tamen umbra locis.

    Y luego en Pónticas I, 3, 57-60 completa la descripción de la lamentable situación, aunque ciertamente parece estar exagerando la realidad porque las costas del Mar Negro son hoy día un destino veraniego apetecible por muchas personas de los países limítrofes:

    Pero pensaba que, privado de la tierra donde nací, me había correspondido en suerte, al menos, vivir en un lugar humano: sin embargo, yazgo abandonado en las arenas del extremo del mundo, donde la tierra está cubierta de perpetuas nieves. Aquí el campo no produce frutos, ni dulces racimos de uvas; no verdean sauces en sus riberas, ni encinas en sus montañas. Ni el mar merece más alabanzas que la tierra: sus aguas, privadas de sol, están siempre hinchadas por el furor de los vientos. Adondequiera que mires, se extienden llanuras sin cultivar y vastos labrantíos que nadie reclama. Se presenta el terrible enemigo por la derecha y por la izquierda, y por el miedo a su cercanía aterra a uno y otro lado: una parte habrá de sentir las lanzas bistonias y la otra las flechas lanzadas por la mano de los sármatas. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    at, puto, qua genitus fueram, tellure carenti
    in tamen humano contigit esse loco,
    orbis in extremi iaceo desertus harenis,
    fert ubi perpetuas obruta terra nives.
    non ager hic pomum, non dulces educat uvas, 
    non salices ripa, robora monte virent.
    neve fretum laudes terra magis, aequora semper
    ventorum rabie solibus orba tument.
    quocumque aspicies,  campi cultore carentes
    vastaque, quae nemo vindicat, arva iacent.
    hostis adest dextra laevaque a parte timendus,
    vicinoque metu terret utrumque latus.
    altera Bistonias pars est sensura sarisas,
    altera Sarmatica spicula missa manu.

    En diversos pasajes achaca su condena a un “error” y a una indiscreción. Por ejemplo en Tristia II, 207 y ss.:

    Concedamos que me han perdido dos delitos: un poema y un error; sobre la culpabilidad del segundo de estos dos delitos es mejor que calle, pues yo no valgo tanto la pena como para reabrir tus heridas, César, y ya es más que demasiado que hayas sufrido una sola vez. Queda el otro delito, por el que se me acusa de haberme convertido con mi obsceno poema en maestro del impúdico adulterio. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    perdiderint cum me duo crimina, carmen et error,
    alterius facti culpa silenda mihi :
    nam non sum tanti, renovem ut tua vulnera, Caesar,
    quem nimio plus est indoluisse semel.
    altera pars superest, qua turpi carmine factus
    arguor obsceni doctor adulterii.

    Así ya en su época, como informa el mismo Ovidio, se le conoce como “maestro del impúdico adulterio”, y esto chocaba directamente con el programa de moralización de Augusto  y las  Leges Iuliae que pretendían la defensa de la familia y las tradiciones antiguas, castigando el adulterio con del exilio y multando a las que no tenían hijos.  Pero él se defiende afirmando la diferencia entre la literatura y la vida, que una cosa es escribir y otra distinta el mantener determinado comportamiento. En la elegía dirigida a un amigo orador, dice en Tristia I,9,55 y ss:

    Mejor hubiera sido que mi obra no hubiera brillado por su celebridad, y así como las graves disciplinas, elocuente amigo, te están dando provecho, así un arte diferente a ellas me ha perjudicado. Sin embargo mi vida te es conocida; tú sabes que las costumbres de su autor se apartaron de tales artes; y sabes que ese viejo poema fue compuesto en mi juventud y que tales poemas, aunque no son precisamente dignos de elogio, con todo no son sino bagatelas. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    at nostrum tenebris utinam latuisset in imis !
    expediit studio lumen abesse meo.
    utque tibi prosunt artes, facunde, severae,
    dissimiles illis sic nocuere mihi.
    vita tamen tibi nota mea est. scis artibus illis
    auctoris mores abstinuisse sui :
    scis vetus hoc iuveni lusum mihi carmen, et istos
    ut non laudandos, sic tamen esse iocos.

    ¿Pudo ser entonces la causa del destierro este libro, Ars Amandi, que además llevaba ya más de ocho años circulando por Roma?

    Más bien parece una excusa añadida a otro motivo de más enjundia, a la indiscreción a la que poco después, en el mismo libro II, 103 y ss. hace referencia:

    ¿Por qué tuve yo que ver algo? ¿Por qué torné culpables mis ojos? ¿Por qué, ¡imprudente de mí! tuve yo conocimiento de aquel delito? Sin pretenderlo, Acteón contempló desnuda a Diana y, sin embargo, no por ello fue menos presa de sus propios perros; y es que a los ojos de los dioses, hasta el azar hay que expiarlo y un hecho casual no obtiene el perdón, si ha sido ofendida una divinidad. Aquel mismo día en que me perdió un mal error, cayó la ruina sobre mi casa, modesta ciertamente, pero sin tacha; (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    Cur aliquid uidi? cur noxia lumina feci?
          Cur imprudenti cognita culpa mihi?
    Inscius Actaeon uidit sine ueste Dianam:
          Praeda fuit canibus non minus ille suis.
    Scilicet in superis etiam fortuna luenda est,
          Nec ueniam laeso numine casus habet.
    Illa nostra die, qua me malus abstulit error,
          Parua quidem periit, sed sine labe domus:

    La alusión al mito de Acteón, que vio desnuda a Diana o Artemis, la diosa virgen de la caza y fue transformado en ciervo  devorado por sus propios perros, desató las especulaciones e hizo pensar a varios autores que Ovidió vio algo que ofendió al emperador, tal a Livia, su esposa; o tal vez vio alguna ceremonia de los cultos a la Buena Diosa o Isis, vedados a los hombres. Se han propuesto, pues, varias explicaciones o soluciones al enigma de qué es lo que Ovidio vio, cuál fue su indiscreción. Se ha pensado que tal vez  Ovidio fuera conocedor o partícipe de algún escabroso episodio de la familia imperial, concretamente de su hija, o su nieta, o del propio emperador; o viera en algún momento desnuda a la esposa de Augusto; o que incluso tuviera algún affaire amoroso con la hija del emperador; o fuera conocedor y partícipe de alguna reunión  de algún grupo poco partidario de Augusto, o de partidarios de Germánico y no de Tiberio en la sucesión en el contexto de las rivalidades entre los “Julios” y los “Claudios”. Todo ello son hipótesis poco fundadas, que en cualquier caso no han sido confirmadas.

    Hay incluso una suposición un tanto disparatada que no merecería ser citada sino fuera obra de una persona experta y famosa en el estudio de la historia  romana, Jerôme Carcopino (1881-1970), miembro de la Academia Francesa entre otros muchos títulos.

    Según la imaginativa propuesta de este autor, Ovidio pertenecería de forma activa a una especie de secta secreta neopitagórica que celebra reuniones donde utilizando  el poder mágico de los números conspiran o intentan perjudicar a Augusto.

    No quiero profundizar más en esta cuestión, porque dejo para otro artículo próximo el análisis de las posibles causas y de una propuesta realmente la llamativa aparecida a principios del siglo XX y que ha resurgido más recientemente con cierta fuerza: me refiero a la posible inexistencia del exilio tan famoso, que no habría sido sino una ficción más de un poeta creativo que tantas cosas ficcionó o imaginó, como las Heroidas o cartas de mujeres mitológicas a sus amantes.

    En diversos pasajes insiste en el hecho culpable de haber visto algo que no debió ver, pero nunca lo aclara y nos quedamos sin saberlo a pesar de los esfuerzos que los estudiosos han realizado desde entonces hasta hoy.

    El propio poeta también nos explica las condiciones legales de su condena, en Tristia, II, 121 y ss.

    Se arruinó, pues, esta casa querida por las Musas, derrumbada bajo el peso de un solo delito, si bien no pequeño; pero ha caído de tal manera que podría levantarse, si la cólera del Cesar ofendido se calmara. Su clemencia en la asignación del castigo fue tan grande que resultó ser más suave de lo que yo me temía. La vida se me concedió y tu cólera se detuvo más acá de la muerte, ¡oh Príncipe que has usado tan parcamente de tu poder!  Además hay que añadir el hecho de que no me has privado de mi patrimonio, como si la vida fuera un regalo pequeño. No condenaste mis delitos con un decreto del Senado, ni mi exilio ha sido ordenado por un jurado especial; zahiriéndome con amargas palabras (eso es lo digno de u Príncipe) te has vengado, como conviene, de las ofensas cometidas contra ti. Además, el edicto, aunque riguroso y amenazador, sin embargo, ha sido suave en la designación del castigo, ya que soy declarado en él relegado y no desterrado, y contiene términos suaves para mi suerte. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos).

    Corruit haec igitur Musis accepta, sub uno
          Sed non exiguo crimine lapsa domus:
    Atque ea sic lapsa est, ut surgere, si modo laesi
          Ematuruerit Caesaris ira, queat.
    Cuius in euentu poenae clementia tanta est,
          Venerit ut nostro lenior illa metu.
    Vita data est, citraque necem tua constitit ira,
          O princeps parce uiribus use tuis!
    Insuper accedunt, te non adimente, paternae,
          Tamquam uita parum muneris esset, opes.
    Nec mea decreto damnasti facta senatus,
          Nec mea selecto iudice iussa fuga est.
    Tristibus inuectus uerbis (ita principe dignum)
          Vltus es offensas, ut decet, ipse tuas.
    Adde quod edictum, quamuis immite minaxque,
          Attamen in poenae nomine lene fuit:
    Quippe relegatus, non exul, dicor in illo,
          Priuaque fortunae sunt ibi uerba meae.

    La misma idea de que él no fue declarado "exul", es decir, “desterrado” con pérdida de derechos, sino "relegatus" (relegado, expulsado del país manteniendo los derechos fundamentales)  la reitera y casi en los mismos términos en el Libro V, 2bis, 11 y ss.; evito por ello lo que sería una mera redundancia. Así que el poeta, sin proceso alguno, no fue en realidad exiliado sino confinado en Tomis, sin confiscación de bienes ni pérdida de ningún otro derecho.

    Como decía más arriba, camino del exilio y en el propio destierro siguió escribiendo poemas y encontrando en ello el  único consuelo. En aquella aldea, lejos de Roma, de clima duro e inhóspito, habitada por Getas y Sármatas, que hablan una lengua ininteligible para un romano o griego, escribió Ovidio sus famosos poemas “Tristes”, “Tristezas”  “Tristia” en latín; sus Cartas desde el Ponto o Pónticas (Ex Ponto) dirigidas a su mujer y amigos en Roma y también a algún enemigo, y en ellas algunos de los versos más emocionantes de la literatura latina.  Allí también escribió una dura invectiva, Ibis, contra un individuo que perjudicaba su situación en el exilio.

    Algunos críticos literarios, excesivamente crueles, consideran estas obras como un mero ejercicio de retórica vacía y servil petición de clemencia. Pero son absolutamente injustos, porque entre estas elegías se encuentra uno de los poemas más hermosos y emocionantes de la poesía latina, que no pueden empañar algunos recursos literarios y retóricos más fríos y formales.

    Me refiero en concreto al poema tercero del primer libro de sus “Tristia”,  en el que nos recuerda su última noche en su casa de Roma y su partida para el exilio. Hay otros muchos pasajes en el que muestra un sentido amor y agradecimiento a su esposa, que ha quedado en Roma, para no sufrir las penalidades de una tierra hostil y cuidar de la casa familiar; o el consuelo que le proporciona la poesía, que ha de declamar en solitario al viento para no olvidar el latín, su lengua, porque allí nadie lo habla. Incluso aprendió la lengua de aquellos bárbaros y en ella compuso algún poema. O el pequeño consuelo que le proporciona el hecho de que sus padres hayan muerto y no hayan visto la desgracia de su hijo.

    Los pasajes y momentos de interés son muchos.  Voy a reproducir, cumpliendo el objetivo de este blog, la citada tercera elegía completa,  en la que recuerda la última noche que pasó en Roma y el momento triste de la partida. Esta elegía  ha hecho emocionarse a miles de estudiantes de latín que hubieron de traducirla y comentarla como ejercicio escolar. Parafraseando al poeta, diré yo también, que “cuando recuerdo aquellos años en los que hube de traducir este poema, todavía siento la emoción de aquel momento”. Ojalá que esta elegía anime al lector a una lectura más amplia de las obras de Ovidio

    Tristia I, 3

    Cuando me viene al recuerdo la funesta imagen de aquella noche, en la que transcurrieron mis últimos momentos en Roma, cuando recuerdo la noche en la que abandoné a tantos seres queridos, todavía ahora se me escurren las lágrimas de los. ojos.

    Ya se acercaba el día en que el César me había ordenado que abandonara los confines de Ausonia. Yo no tuve ni el tiempo ni la tranquilidad suficiente para hacer los preparativos: mis facultades se habían entorpecido debido a la larga espera. No me había ocupado ni de los esclavos ni de escoger compañeros de viaje, ni me había cuidado del vestido o existencias apropiadas para un desterrado.
    Me quedé pasmado de la misma manera que aquel que, herido por el rayo de Júpiter, sigue con vida, aunque ni él mismo tiene conciencia de su propia vida.

    Pero cuando el propio dolor hubo disipado la nube que envolvía mi espíritu y empezó a despertarse por fin mi sensibilidad, a punto ya de salir hablo por última vez a mis afligidos amigos de los que, entre los muchos que había tenido, sólo quedaba uno que otro. Mi amante esposa, llorando ella misma más amargamente que yo, me abrazaba mientras yo también lloraba, hasta el punto de que una verdadera lluvia de lágrimas caía sin cesar sobre sus mejillas que no lo merecían. Mi hija se hallaba ausente, lejos, en las costas africanas, y no pudo saber nada de mi aciago destino. Adondequiera que dirigieras la mirada no se oían sino gemidos de dolor, y el interior de la casa ofrecía el aspecto de un funeral ruidoso. Mujeres y hombres y hasta los siervos lloran por mi muerte y en el interior no hay rincón que no esté arrasado por las lágrimas. Si está permitido emplear grandes ejemplos en los pequeños sucesos, ése era el aspecto de Troya cuando fue tomada.

    Ya se iban acallando las voces de los hombres y de los perros, y la Luna, en lo alto del cielo, conducía sus caballos nocturnos. Mirándola con los ojos hacia arriba y contemplando a su luz el Capitolio, que en vano estaba cercano a mi casa, digo: «Divinidades que habitáis estas moradas vecinas, templos que mis ojos no contemplarán ya nunca más, dioses que he de abandonar, a los que honra la elevada ciudad de Quirino, ¡recibid mi adiós para siempre! Y aunque tomo tarde el escudo, después de caer herido, descargad al menos mi huida del peso del odio; y al divino varón decidle qué error me sedujo, no vaya a pensar que hay maldad donde sólo hay una equivocación; que el autor de mi castigo sienta vuestra misma convicción; una vez aplacado este dios, yo podría dejar de ser desgraciado».

    Con esta súplica me dirigí yo a los dioses; mi mujer con muchas más, aunque sus palabras quedaban entrecortadas por los sollozos. Ella incluso, postrada de hinojos ante los Lares, con el pelo desgreñado, besó con su boca  temblorosa el fuego ya apagado, y a los Penates, que
    teníamos enfrente, dirigió muchas palabras que habrían de resultar inútiles en favor de su llorado esposo. 

    Ya la noche que tocaba a su fin impedía todo retraso y la constelación de la Osa Parrasia había dado la vuelta sobre su eje. ¿Qué debía yo hacer? El dulce amor a la patria me retenía; pero aquella era la última noche antes del exilio que se me había decretado. ¡Ah! ¡Cuántas veces,
    al ver que alguno se apresuraba a hacer los preparativos, dije: «¿Por qué te das tanta prisa? Piensa en el lugar hacia donde te apresuras a marchar y en el que abandonas». ¡Ah! ¡Cuántas veces fingí haber fijado de antemano, como más indicada, una hora para mi marcha! Por tres veces llegué a pisar el umbral y por tres veces se me hizo volver, y hasta mi propio pie, indulgente con mi ánimo, era reacio a marchar. Muchas veces, después de haberme despedido, comencé a hablar de nuevo largo rato y, como si estuviera marchándome, di los últimos besos. Muchas veces hice las mismas recomendaciones y me engañé a mí mismo, volviéndome a mirar una y otra con mis propios ojos las prendas de mi amor. Por último, digo: <<¿Por qué me apresuro? Es a la Escitia adonde se me envía y Roma la que he de abandonar: una y otra son un justo motivo para mi tardanza. Estando aún con vida se me niega para siempre a mi esposa que vive aún, mi casa y el dulce afecto de sus fieles miembros, así como los amigos a los que quise con amor fraternal, ¡oh vosotros, corazones que habéis estado unidos a mí con una fidelidad como la de Teseo! Mientras me esté permitido, os abrazaré; tal vez, no me sea posible hacerlo nunca más; el tiempo que se me concede debo considerarlo como gracia». Sin retraso alguno ya, no termino ni de hablar, abrazando a todos los que me son más queridos.

    Mientras hablo y lloramos todos, había aparecido brillando en lo alto del cielo Lucífero, estrella funesta para mi. Me separo como si abandonara mis propios miembros, y una parte de mi cuerpo parecía que era arrancada de la otra. Así fue el dolor de Metio cuando unos caballos
    lanzados en sentido contrario fueron los vengadores de su traición. Entonces estalla el clamor y los gemidos de los míos y las manos de aquellos desgraciados se golpean los pechos desnudos. Entonces mi esposa, aferrándose a mis hombros mientras ya partía, mezcló con mis lágrimas estas tristes palabras: «Tú no puedes serme arrancado; juntos nos iremos de aquí, juntos», dijo; «te seguiré y así seré la esposa desterrada de un desterrado. También a mí se me ha impuesto la marcha y a mí también me recibe el confín del mundo; yo seré una ligera carga para tu nave de prófugo. A ti ha sido la cólera del César la que te ha ordenado abandonar tu patria, a mí el amor conyugal: este amor será mi César». Tales cosas eran las que intentaba ella conseguir, como lo habia intentado ya antes, y a duras penas cedió ante el interés de su permanencia en Roma.

    Salgo, o más bien aquello era ser llevado al sepulcro sin haber muerto, escuálido, con el pelo desgreñado sobre mi intonso rostro. Ella, enloquecida por el dolor (según se me ha dicho), perdidos los sentidos, cayó desvanecida en medio de la casa. Cuando volvió en sí, con los cabellos afeados por el sucio polvo, y levantó sus miembros del frío suelo, dicen que prorrumpió en lamentos por ella misma, por los Penates abandonados, y que invocó repetidas veces el nombre del esposo que se le había arrebatado, y que se lamentó como si hubiese visto colocados sobre la pira los cadáveres de su hija y su marido juntos; que deseó morir, y muriendo perder sus sentidos, pero que no murió por consideración hacia mí. ¡Que viva! Que viva y, puesto que así lo han querido los hados, me sostenga continuamente con su ayuda en mi ausencia. (Traducción de José González Vázquez. Editorial Gredos)

    Cum subit illius tristissima noctis imago,
          Qua mihi supremum tempus in urbe fuit,
    Cum repeto noctem, qua tot mihi cara reliqui,
          Labitur ex oculis nunc quoque gutta meis.
    Iam prope lux aderat, qua me discedere Caesar
          Finibus extremae iusserat Ausoniae.
    Nec spatium nec mens fuerat satis apta parandi:
          Torquerant longa pectora nostra mora.
    Non mihi seruorum, comites non cura legendi,
          Non aptae profugo uestis opisue fuit.
    Non aliter stupui, quam qui Iouis ignibus ictus
          Viuit et est uitae nescius ipse suae.
    Vt tamen hanc animi nubem dolor ipse remouit,
          Et tandem sensus conualuere mei,
    Alloquor extremum maestos abiturus amicos,
          Qui modo de multis unus et alter erat.
    Vxor amans flentem flens acrius ipsa tenebat,
          Imbre per indignas usque cadente genas.
    Nata procul Libycis aberat diuersa sub oris,
          Nec poterat fati certior esse mei.
    Quocumque aspiceres, luctus gemitusque sonabant,
          Formaque non taciti funeris intus erat.
    Femina uirque meo, pueri quoque funere maerent,
          Inque domo lacrimas angulus omnis habet.
    Si licet exemplis in paruis grandibus uti,
          Haec facies Troiae, cum caperetur, erat.
    Iamque quiescebant uoces hominumque canumque,
          Lunaque nocturnos alta regebat equos.
    Hanc ego suspiciens et ad hanc Capitolia cernens,
          Quae nostro frustra iuncta fuere Lari,
    "Numina uicinis habitantia sedibus," inquam,
          "Iamque oculis numquam templa uidenda meis,
    Dique relinquendi, quos urbs habet alta Quirini,
          Este salutati tempus in omne mihi.
    Et quamquam sero clipeum post uulnera sumo,
          Attamen hanc odiis exonerate fugam,
    Caelestique uiro, quis me deceperit error,
          Dicite, pro culpa ne scelus esse putet.
    Vt quod uos scitis, poenae quoque sentiat auctor,
         Placato possum non miser esse deo."
    Hac prece adoraui superos ego: pluribus uxor,
          Singultu medios impediente sonos.
    Illa etiam ante lares passis astrata capillis
          Contigit exstinctos ore tremente focos,
    Multaque in aduersos effudit uerba Penates
          Pro deplorato non ualitura uiro.
    Iamque morae spatium nox praecipitata negabat,
          Versaque ab axe suo Parrhasis Arctos erat.
    Quid facerem? blando patriae retinebar amore:
          Vltima sed iussae nox erat illa fugae.
    A! quotiens aliquo dixi properante "quid urges?
          Vel quo festinas ire, uel unde, uide."
    A! quotiens certam me sum mentitus habere
          Horam, propositae quae foret apta uiae.
    Ter limen tetigi, ter sum reuocatus, et ipse
          Indulgens animo pes mihi tardus erat.
    Saepe "uale" dicto rursus sum multa locutus,
          Et quasi discedens oscula summa dedi.
    Saepe eadem mandata dedi meque ipse fefelli,
          Respiciens oculis pignora cara meis.
    Denique "quid propero? Scythia est, quo mittimur," inquam
          "Roma relinquenda est. utraque iusta mora est.
    Vxor in aeternum uiuo mihi uiua negatur,
          Et domus et fidae dulcia membra domus,
    Quosque ego dilexi fraterno more sodales,
          O mihi Thesea pectora iuncta fide!
    Dum licet, amplectar: numquam fortasse licebit
          Amplius. in lucro est quae datur hora mihi."
    Nec mora, sermonis uerba imperfecta relinquo.
          Complectens animo proxima quaeque meo.
    Dum loquor et flemus, caelo nitidissimus alto,
          Stella grauis nobis, Lucifer ortus erat.
    Diuidor haud aliter, quam si mea membra relinquam,
          Et pars abrumpi corpore uisa suo est.
    Sic doluit Mettus tunc cum in contraria uersos
          Vltores habuit proditionis equos.
    Tum uero exoritur clamor gemitusque meorum,
          Et feriunt maestae pectora nuda manus.
    Tum uero coniunx umeris abeuntis inhaerens
          Miscuit haec lacrimis tristia uerba meis:
    "Non potes auelli. simul hinc, simul ibimus:" inquit,
          "Te sequar et coniunx exulis exul ero.
    Et mihi facta uia est, et me capit ultima tellus:
          Accedam profugae sarcina parua rati.
    Te iubet e patria discedere Caesaris ira,
          Me pietas. pietas haec mihi Caesar erit."
    Talia temptabat, sicut temptauerat ante,
          Vixque dedit uictas utilitate manus.
    Egredior, siue illud erat sine funere ferri,
          Squalidus immissis hirta per ora comis.
    Illa dolore amens tenebris narratur obortis
          Semianimis media procubuisse domo:
    Vtque resurrexit foedatis puluere turpi
          Crinibus et gelida membra leuauit humo,
    Se modo, desertos modo complorasse Penates.
          Nomen et erepti saepe uocasse uiri,
    Nec gemuisse minus, quam si nataeque uirique
          Vidisset structos corpus habere rogos,
    Et uoluisse mori, moriendo ponere sensus,
          Respectuque tamen non periisse mei.
    Viuat, et absentem, quoniam sic fata tulerunt.
          Viuat ut auxilio subleuet usque suo.

  • Ovidio, autobiografía

    El poeta latino Publio Ovidio Nasón murió en el exilio, desesperado y enfermo, en el año 17 de nuestra era en Tomis, la actual Constanza, en Rumania, junto al mar Negro, entonces llamado Mar Euxino (mar favorable) aunque de ninguna manera era nada bueno. Había nacido el 20 de marzo del año 43 a.C., al año siguiente al asesinato de Julio César, en la ciudad de Sulmona, en el centro de Italia, al este de Roma y a unos 130 kilómetros de ella, de una vieja y rica familia; tenía, pues, 60 años cuando murió, muchos menos que su padre que murió a los 90.

    El poeta Ovidio murió en el exilio y está enterrado junto a la ciudad de Tomis

    Como corresponde a la vida de un exiliado olvidado, no conocemos con precisión el día exacto de su muerte, que probablemente ocurrió en el invierno. Han transcurrido desde el día en que marchó al Hades  2.000 años según la información que San Jerónimo incluye en su libro de las Crónicas de Eusebio en Chronicon 2033, que lo hace corresponder con el  año 18 de Cristo, con la Olimpiada 199, con el 4 del reinado de Herodes y con el 4 también de Tiberio. Curiosamente en ese mismo año murió también el historiador Tito Livio, pero en su patria Patavium, la Padua de hoy. Dice Jerónimo en Chronicon 2033:

    Ovidius poeta in exsilio perit, et juxta oppidum Tomos sepelitur”

    según la edición utilizada en http://www.documentacatholicaomnia.eu/04z/z_0347-0420__Hieronymus__Chronicun__MLT.pdf.html

    y con una pequeña variación en la edición de https://web.archive.org/web/20091113053637/http:/www.tertullian.org/fathers/jerome_chronicle_06_latin_part2.htm

    «Ovidius poeta in exilio diem obiit et iuxta oppidum Tomos sepelitur»

    Junto con Virgilio y Horacio son los tres grandes poetas de la época de Augusto, que  triunfaron al amparo de grandes protectores como Cayo Clinio Mecenas, cuyo nombre ha pasado a denominar a todo protector de las artes, y Marco Valerio Mesala Corvino, amigo de la familia de Ovidio y protector suyo especialmente.

    Los tres, aun siendo distintos, son figuras máximas de la poesía clásica y  han tenido una importancia decisiva en la configuración de la cultura occidental. Tal vez  el más leído, imitado e influyente en todas las artes y no sólo en la literatura, es Ovidio, aunque sea éste el menos valorado literariamente.

    Ovidio fue poco valorado literariamente

    Sin duda con excesivo rigor y juzgándole con criterios de gusto moderno J. Bayet  en su famosa Littérature Latine dice de él:

    al leer sus poemas de seguido, resultan monótonos”,

    a lire ses poemes de suite, on les trouve monotones” .

    Paladini y Castorina en su Storia della letteratura latina:

    “Ovidio, en definitiva, aparece como un gran versificador pero un poeta mediocre, si exceptuamos algunas elegías de “Amores” y de los “Tristia” y algunas partes de las “Metamorfosis”.

    (Ovidio, in definitiva, appare un gran verseggiatore e un mediocre poeta, ove si eccettuino alcune elegie degli «Amores» e dei «Tristia», più qualche parte delle «Metamorfosi»).

    Con criterios menos severos han de valorarse positivamente su facilidad para versificar y la abundancia de recursos formales, su creatividad, el conocimiento exhaustivo que el poeta muestra de la mitología, de  la tradición literaria y sus tópicos, su espíritu lúdico, irónico y juguetón, su sincero sentimiento personal en algunos de sus poemas.

    Algunos datos biográficos recogidos en sus obras

    Pues bien, de Ovidio tenemos datos biográficos dispersos en sus obras y sobre todo una “autobiografía”, que sin ser completa y exhaustiva, sí nos ofrece numerosos datos de interés que el poeta quiere transcribir durante  su exilio, al final de su vida. Más abajo la reproduciré íntegramente.

    Tenemos de Ovidio también dos importantes anécdotas: una feliz, cual es la facilidad  con la que componía versos, sobre la que escribí en su momento un artículo en este mismo blog, poesía don del cielo.

    La otra es algo más que una anécdota: en el año 8 de nuestra era el emperador Augusto, irritado no sabemos exactamente por qué, desterró sin remisión al poeta y le obligó a abandonar la ciudad, la Urbe, Roma, para siempre; acompañado de un soldado emprendió el viaje antes de finalizar el año hacia Tomis, en el Ponto Euxino, en el confín del Imperio, en la frontera con pueblos bárbaros; y allí murió triste.

    Se han dedicado infinitos esfuerzos durante siglos a encontrar la causa concreta de la decisión cruel de un dictador, que por otra parte parece que tenía hasta buen sentido del humor. En otro artículo trataré esta cuestión un poco más extensamente. Será suficiente en esta ocasión con decir que desde el exilio envió a Roma, a su esposa y a sus amigos –alguna también a sus enemigos-, numerosas cartas que conservamos bajo el título de Pónticas o Ex Ponto, y escribió cinco libros de elegías, algunas realmente emocionantes, a los que la tradición terminó por poner el nombre de “Tristia” (Tristezas, cosas tristes, poemas tristes, como prefiera interpretar el lector). Es precisamente en el libro IV en donde se incluye la citada autobiografía que más abajo reproduciré en español y en latín.

    Pero antes quiero relacionar sus obras y hacer una pequeña referencia a su importancia en la cultura de occidente.

    La primera,  Amores (conjunto de 50 poemas, escritos en  “dístico elegiaco” o estrofa de dos versos (δίστιχον , di-stichon, =dos líneas, filas), un hexámetro y un pentámetro, la escribió y recito a los 18 años. Canta los amores imaginados, que no reales, con su querida Corina y son un reflejo de la vida social y amorosa de los romanos y romanas en la época de Augusto.

    Arte de amar (Ars amandi o Ars amatoria), se propone en los dos primeros libros enseñar a los hombres a conquistar a las mujeres amadas y en el tercero a enseñar a las mujeres cómo conseguir a su amado. Pensaríamos hoy que fue un intento de buscar la igualdad de los dos sexos, al menos en los lances amatorios. Diríamos hoy que es una especie de “manual para ligar”. Es también un retrato de la sociedad romana. Parece ser que esta obra sirvió a Augusto como pretexto para condenar al poeta al exilio, a pesar de que estuvo circulando antes varios años, siete u ocho, por Roma.

    Remedia amoris pretende justamente lo contrario de Ars amandi, es decir, liberar y sanar a los enfermos de amor. Tal vez lo escribió para contentar a quienes se sintieron especialmente molestos con el atrevimiento del anterior.

    Cosméticos para el rostro femenino (Medicamina faciei feminae) es una pequeña rareza del que apenas se conservan 100 versos, dedicada a ofrecer recetas y remedios para conservar el buen tono, también espiritual, de las mujeres enamoradas. Parece como si Ovidio sospechase ya la extraordinaria importancia que con el paso del tiempo tendría la industria de la cosmética.

    Estas obras son las que le dieron  la injusta fama de poeta y hombre disoluto y si bien es verdad que cuando habla de “amor” no se refiere al platónico y romántico, sino al físico y carnal, su tono jocoso, desenvuelto, no justifican el juicio moral que el cristianismo, que luego se impuso, ha dictado de él como poeta “obsceno”, a pesar de que su influjo en la Edad Media y en el Renacimiento cristianos” fue enorme.

    Las Heroidas son una colección de 21 cartas de amor de mujeres protagonistas de la mitología que el poeta hace salir de su boca, estilete o cálamo.   Ovidio se autoproclama inventor de este curioso género literario, del que naturalmente, existía algún precedente, como la carta de Aretusa a su marido Licotas, que Propercio ofrece en su Elegía IV,6.  Como curiosidad comentaré que una de las cartas es de la poetisa Safo, único personaje no mitológico; y tres son contestaciones de los hombres amados. Son muchos los críticos a los que les resultan monótonas, a pesar del esfuerzo de imaginación que hace el poeta.

    Medea es una tragedia que no se conserva, muy valorada por el propio Ovidio y por autores antiguos como Quintiliano o Tácito. La trágica historia de esta mujer, sacerdotisa, maga, locamente enamorada de Jasón, que una vez abandonada es capaz de dar muerte al fruto habido de ese amor, impresionó a Eurípides, Séneca y a infinitos autores desde entonces.

    Se han perdido también una Gigantomaquia o poema épico sobre la lucha de los gigantes y una traducción abreviada de los Fenómenos de Aratonos de Arato, que también había traducido Cicerón y luego Germánico., que también había traducido Cicerón y luego Germánico.

    Las metamorfosis es sin duda su gran creación

    Las metamorfosis (Metamorphoseis,del griego μεταμόρφωσις, ‘transformación‘), es sin duda su gran creación y una de las obras maestras de la literatura latina, cuya lectura puede fascinar al lector. Versifica en 11.991 hexámetros las  transformaciones en estrellas, plantas, animales de 250 mitos grecolatinos que siguen cierto orden cronológico desde la creación del mundo hasta Augusto. Abandona en esta obra la elegía amorosa y sus características y mezcla características de la épica otras líricas, bucólicas o trágicas. En este libro, convertido en manual de mitología, se inspiraron pintores como Velázquez, Tiziano o Rubens y se siguen inspirando artistas actuales.

    Los Fastos, una de sus grandes obras que dejó incompleta

    Los Fastos se debieron escribir antes del destierro, aunque se publicaron hacia el año 12. En los seis libros que escribió se comentan día a día las fiestas y mitos romanos de los seis primeros meses, teniendo previsto completar el año. La palabra latina “fasti” en plural designa a listas de eventos religiosos o de personas basadas en el orden cronológico del calendario. El gramático del siglo II Paulo Festo, 78.4-5 L nos los define cuando dice:

    se llaman libros de Fastos a aquellos en los que se hace una descripción de todo el año. Los días fastos son pues los días festivos”

    Fastorum libri appellantur, in quibus totius anni fit descriptio; fasti enim dies festi sunt

    Se publicó esta primera parte en el año 8, año del exilio y no se sintió luego con fuerzas o facilidad suficiente para completar la obra, que es de un interés histórico y documental excepcional. Desde el punto de vista literario intenta en algún sentido emular la Eneida de Virgilio y servir a la mayor gloria y honra del emperador Augusto, de quien en todo caso ni consiguió el perdón ni el permiso para salir de Tomis, como tampoco lo consiguió luego de Tiberio.

    Obras de Ovidio mientras vivía en el destierro

    A su época en el destierro corresponden los tres libros que comento a continuación:

    Ibis es una invectiva o poema elegiaco de 644 versos, escrito durante el exilio, en el que sirviéndose de historias míticas maldice y ataca a un individuo que le está perjudicando y haciendo daño al que le desea los terribles castigos de los mitos.

    A los poemas Tristes (Tristia) y Cartas del Ponto o Pónticas (Epistulae ex Ponto) ya he hecho referencia al comienzo del artículo.  Son obras constituidas por cartas a sus familiares y amigos en las que pide que intercedan ante el emperador para conseguir el perdón y describe también su vida entre los escitas, entre los sármatas y getas, pueblo nómada relacionado con los dacios y tracios.

    Tristes (Tristia), el nombre es suficientemente expresivo, son cinco libros que giran en torno a la tristeza que le produjo el destierro y a la petición insistente al emperador de que le perdone. Algunos de los pasajes, como el de la última noche en Roma, son los más conocidos y valorados del poeta.

    Las Cartas desde el Ponto son epístolas a su mujer y amigos en Roma, en las que se repiten los temas de los Tristia y la petición de clemencia. La forma poética de estas cartas y su propio contenido es lo que le mantiene vivo en una tierra hostil y peligrosa, de dura naturaleza en la que carece de todas las comodidades que el amó, incluida persona alguna con la que hablar en latín o griego.

    Se conservan también unas cuantas obras  que fueron atribuidas a Ovidio y que hoy se consideran espurias: La Consolación de Livia (Consolatio ad Liviam) , Sobre la pesca (Halieutica) , La Nuez, El Sueño.

    No puedo sino aconsejar la lectura de esta inmensa producción que desde hace dos milenios viene interesando e influyendo en toda la cultura occidental. Influyó en autores latinos que le siguieron como Séneca, Lucano, Estacio… aunque pesó sobre él el juicio moral de sus obras eróticas y para los cristianos es el poeta pagano por excelencia. La Edad Media, ya desde época carolingia veneró a Ovidio, sobre todo las Metamorfosis y sus libros eróticos, hasta el punto de que al siglo XII se le llamó “Aetas Ovidiana”; en esta época los poetas lo consideran el gran maestro del amor al que imitar, como el Chrétien de Troyes de hacia 1160; pero también se sirven de Ovidio para manifestar el rechazo a la sexualidad, la reprobatio amoris, a partir de su Remedia amoris.

    Resultó, pues, indispensable en la Edad Media y en el Renacimiento, si bien convenía no solo expurgarlo de algunos elementos sino incluso encontrar en él referencias bien claras a la religión cristiana,  y para ello se crea a principios del siglo XIV el famoso L’Ovide moralisé, adaptación cristianizada en francés de las Metamorfosis nada menos que en 72.000 versos octosílabos.

    Boccaccio, Dante, Tasso, Cervantes, Lope de Vega, CalderónCamoens fueron atraídos por las obras de Ovidio, que no han dejado de seguir presentes hasta nuestros días.

    Tal vez el propio poeta previó la importancia de su obra y su perenne influencia cuando nos dice al final de las Metamorfosis, en en libro XV,  871-879 :

    Ya he dado fin a una obra que no podrán aniquilar ni la cólera de Júpiter ni el fuego ni el hierro ni wl tiepo devorador. Que ese día  que no tiene derecho a otra cosa más que a mi cuerpo acabe cuando quiera con el transcurso de mi vida incierta ; pero en la mejor parte de mí yo viajaré inmortal por encima de los astros de las alturas, y mi nombre será indestructible, y por donde se extiende el poder de Roma sobre la tierra subyugada, la gente me leerá de viva voz, y gracias a la fama, si algo de verídico tienen los presentimientos de los poetas, viviré por todos los siglos. (Traducción de Antonio Ruiz de Elvira. Edit. Alma Mater. 1994)

    Iamque opus exegi, quod nec Iovis ira nec ignis
    nec poterit ferrum nec edax abolere vetustas.
    Cum volet, illa dies, quae nil nisi corporis huius
    ius habet, incerti spatium mihi finiat aevi :
    parte tamen meliore mei super alta perennis
    astra ferar, nomenque erit indelebile nosgtrum,
    quaque patet domitis Romana potentia terris.
    Ore legar populi perque omnia saecula fama,
    siquid habent veri vatum presagia, vivam

    La tristeza fue protagonista en sus escritos en el exilio

    Por lo demás la tristeza y melancolía de sus escritos desde Tomis han inspirado a otros muchos autores que también han sufrido el exilio, como Cesare Pavese (1908-1950) con su Tierra de exilio (Terra d’esilio, 1936) desde su residencia de Brancaleone, en la Calabria a donde fue confinado por actividades antifascistas,   y Ossip Mandelstam (1891-1938), deportado por Stalin al Gulag, muerto en Vladivostock, que escribió precisamente una obra titulada precisamente “Tristia” en 1922.

    Su autobiografía en la Elegía 10 del libro IV de los Tristia

    La Elegía 10 del libro IV de los Tristia es una autobiografía que en poco más de 130 versos hace un recorrido desde su infancia a su vejez. Es, desde luego, la mejor fuente de datos para conocer la vida del poeta. Es esta una obra muy peculiar de Ovidio, en dísticos elegiacos (un hexámetro más un pentámetro), similar en su estructura a una pieza retórica, escrita desde el exilio, casi al final de su vida,  de la que no hay precedentes en la historia de la Literatura Latina.

    En la primera parte hace una descripción de su familia : sus padres, su hermano, sus esposas, su hija, su hijastra, sus parientes, sus amigos literatos, su actividad políticoadministrativa o « cursus honorum » que pronto abandonó. Luego, hasta el final, se refiere una y otra vez al « error » cometido que le supuso el destierro y su estancia en Tomis.

    El exceso de elementos retóricos, propio del estilo de Ovidio, que a veces le hacen un tanto oscuro, su monotonia y su tono general de poeta mundano preocupado tan solo por una vida cómoda y muelle, le han hecho acreedor con frecuencia de críticas negativas, como dije al principio de este artículo ; pero también tiene poemas de un profundo sentimiento y lirismo, como la Elegía tercera del libro I de las Tristes, que comentaré en un artículo posterior.

    TRISTES, IV, 10

    ¡Entérate, posteridad, si quieres saber quién he sido yo, el famoso poeta cantor de tiernos amores que estás leyendo! Tengo por patria Sulmona, abundante en frescas aguas, que dista de Roma noventa millas. Aquí nací yo y, para que no dejes de saber cuándo, el año en que fatalmente cayeron ambos cónsules.

    Si ello significa algo, tengo una larga ascendencia de antepasados de mi clase, no he Llegado a caballero por ningún don reciente de fortuna. Pero no he sido el primogénito:me engendraron cuando ya mi hermano había nacido, cosa que había sucedido doce meses antes. El mismo Lucero presidió el nacimiento de ambos: un mismo día había celebración, con dos tartas de aniversario. Es uno de los cinco días de las fiestas de Minerva armada: el primero de los que
    suelen ensangrentarse con la lucha. Empezó nuestra educación aún niños y, por iniciativa de mi padre, asistimos en la ciudad a las clases de hombres distinguidos en las artes liberales. Mi hermano se inclinaba a la oratoria desde temprana edad: había nacido para las duras lides del foro parlanchero. En cambio a mí, ya desde niño, me gustaban los divinos sacrificios y la Musa me arrastraba furtivamente a sus tareas. Con frecuencia me decía mi padre: <<¿Por qué emprendes una afición inútil? Ni siquiera el mismo Homero dejó fortuna»

    Aquellas razones me conmovían y, abandonando por completo el Helicón, intentaba escribir palabras carentes de ritmo. Por su propia iniciativa acudía el poema en patrones métricos y cuanto intentaba decir resultaba verso.

    Entre tanto, una vez los años se fueron deslizando con paso quedo, mi hermano y yo tomamos la toga que nos iba a dar mayor libertad: la púrpura en ancha franja nos ciñó los hombros y persistió en nosotros igual inclinación que anteriormente.

    Ya mi hermano había duplicado la decena de años cuando murió y empecé a echar en falta una parte de mí mismo.

    Ejercí los primeros cargos políticos de juventud y un tiempo fui uno de los triunviros. Me faltaba el senado: yo dejé estrecha la dimensión de mi franja; aquello era una carga superior a mis fuerzas. No tuve ni un cuerpo endurecido ni un espíritu dispuesto a la competitividad. Yo era un desertor de la inquieta ambición y las hermanas Aonias me aconsejaban sus ocios retirados, que mi talante siempre amó. Trate a los poetas de aquella época y cultivé su amistad; y cualquiera de los que tenía ante mí me hacía pensar que estaban allí los dioses.

    Con frecuencia Emilio Macer, algo mayor que yo, me leía de sus aves, de la serpiente dañina, de la hierba benéfica; con frecuencia solía Propercio recitarme sus fuegos, por derecho de amistad, en la que estábamos unidos. Póntico, que destacaba en la poesía épica, y Baso, en la yámbica, fueron miembros amables de mi círculo. Y también el armonioso Horacio cautivó nuestros oídos cuando recitaba sus refinados poemas acompañado de la lira Ausonia. A Virgilio tan sólo lo vi; y el destino avariento no concedió tiempo a mi amistad con Tibulo, que fue tu sucesor, Galo, como Propercio lo fue de Virgilio. Yo mismo he sido el cuarto del grupo, en orden cronológico. Y, al igual que yo honraba a los mayores, los más jóvenes lo hacían conmigo: no tardó en darse a conocer mi Talía.

    Cuando empecé a leer en público mis poemas juveniles me había rasurado la barba tan sólo dos veces, o una sola quizá. Me había inspirado la que sería cantada por toda la Ciudad y que llamé con el nombre ficticio de Corinna. Desde luego he escrito mucho, pero aquello que he juzgado mediocre lo he entregado yo mismo al fuego para que lo corrija. Incluso en el momento de partir al destierro queme alguna cosa, que pudo haber gustado, sólo por enojo contra mi propia inclinación y mis poemas.

    Mi corazón era tierno y no era precisamente inexpugnable ante los dardos de Cupido: lo movía la más liviana pasión. Con todo, aun estando aquí y pudiendo encenderme a la menor chispa, no corrió ningún chisme a cuenta de mi nombre.

    Siendo casi un chiquillo me dieron una esposa que no fue ni adecuada ni útil y que estuvo poco tiempo casada conmigo. A ésta sucedió una mujer que, aunque irreprochable, no iba a ser la definitiva en mi lecho. La última, que permaneció conmigo hasta los años tardíos, soportó el ser la mujer de un desterrado.

    Mi hija, en su primera juventud fecunda, me hizo abuelo dos veces, pero no con el mismo marido. Ya entonces mi padre había cerrado el ciclo de su vida, después de completar nueve lustros con otros nueve. No lloré ni más ni menos de lo que hubiera llorado él de haber desaparecido yo. Rendí pronto los últimos honores a mi madre. ¡Felices ambos y enterrados a tiempo, porque murieron antes de llegar al día de mi condena! ¡Feliz yo también, porque me llega la desgracia cuando ellos no están vivos y no han tenido que sufrir por mí.  Sin embargo, si algo queda dc los muertos aparte del nombre, y, si una sombra venturosa escapa de la pira; si os llegase mi fama, oh sombras paternas, y mis delitos se hallan ante los tribunales Estigios, sabed, os lo ruego,  – y no puedo engañaros a vosotros que se ha ordenado mi destierro por un error, no por un crimen.

    Con ello basta a los Manes: vuelvo con vosotros, corazones que anheláis saber los hechos de mi vida. Despedidos mis mejores años, ya me habían llegado las canas y se habían mezclado con mi antiguo color de cabello; y, después de mi nacimiento coronado por ramas de olivo de Pisa, se había premiado diez veces al jinete vencedor cuando el enojo de un príncipe ofendido me ordenó marchar a Tomi, situada en la margen izquierda del mar Euxino. La causa de mi caída es ya demasiado conocida: no tengo que dar razón de ella con mis propias palabras. ¿Para qué recordar la iniquidad de unos amigos y a unos esclavos insidiosos? Mucho tuve que soportar, no más leve que el mismo destierro.

    Mi espíritu se resistió a sucumbir frente a la desgracia y aguantó invencible, gracias a sus propios esfuerzos; y, olvidándome de mí mismo y de la vida de ocio que había llevado, armé a la ventura mi mano inexperta. Y, por tierra y por mar, he soportado tantos avatares como estrellas hay entre el nadir y el cenit. Por fin, tras dar muchos tumbos, alcancé las costas cercanas al pueblo de los arqueros Sármatas y de los Getas. En tal lugar yo, aun oyendo enderredor el estrépito cercano de las armas, aligero como puedo mis destinos por medio de la poesía; porque, aun no habiendo nadie que le preste oídos, sin embargo, así empleo y voy engañando el tiempo.

    Así pues, si sigo viviendo y hago frente a penosos sufrimientos y no se adueña de mí la desidia de las nimiedades diarias, a ti te lo agradezco, Musa: pues tú me proporcionas tus consuelos, tú el alivio a mis temores, tú la medicina de mis males. Tú eres mi jefe y compañera, tú me sacas del Histro y me proporcionas un lugar en medio del Helicón; tú me has dado, cosa inusual en vida, un nombre famoso, lo cual suele otorgar la fama después de las exéquias. Ni siquiera la Envidia, que empequeñece cuanto tiene ante sí, ha mordido con su diente malévolo ninguna de mis obras. Pues, aun habiéndonos traído nuestra época grandes poetas, la fama no se ha puesto de mal talante con mi ingenio y, aunque yo pongo a muchos por encima de mí, no se me considera inferior a ellos y por todo el mundo soy muy leído.

    Así pues, si algo hay de verdad en los vaticinios, cuando muera no seré totalmente tuyo, tierra.

    Bien si he recibido esta fama por tu fervor o bien si la alcancé con mi calidad poética, intachable lector, en justicia te doy las gracias.”
    (Traducción de José Ignacio Ciruelo, Edit.Bosch. 1979)

    Tristia, IV, 10
    Ille ego qui fuerim, tenerorum lusor amorum,
    quem legis, ut noris, accipe posteritas.
    Sulmo mihi patria est, gelidis uberrimus undis,
    milia qui novies distat ab urbe decem.
    editus hic ego sum, nec non, ut tempora noris,
    cum cecidit fato consul uterque pari
    si quid id est, usque a proavis  vetus ordinis heres
    non modo fortunae munere factus eques,
    nec stirps prima fui; genito sum fratre creatus,
    qui tribus ante quater mensibus ortus erat.
    Lucifer amborum natalibus affuit idem:
    una celebrata est per duo liba dies;
    haec est armiferae  festis de quinque Minervae,
    quae fieri pugna prima cruenta solet.
    protinus excolimur teneri curaque parentis
    imus ad insignes urbis ab arte viros.
    frater ad eloquium viridi tendebat ab aevo,
    fortia verbosi natus ad arma fori,
    at mihi iam puero caelestia sacra placebant,
    inque suum furtim Musa trahebat opus.
    saepe pater dixit ‘studium quid inutile temptas :
    Maeonides nullas ipse reliquit opes.’
    motus eram dictis, totoque Helicone relicto
    scribere temptabam  verba soluta modis.
    sponte sua carmen numeros veniebat ad aptos,
    et quod temptabam scribere  versus erat.
    interea tacito passu labentibus annis
    liberior fratri sumpta mihique toga est,
    induiturque umeris  cum lato purpura clavo,
    et studium nobis, quod fuit ante, manet.
    iamque decem vitae frater geminaverat annos,
    cum perit, et coepi parte carere mei.
    cepimus et tenerae primos aetatis honores,
    eque  viris quondam pars tribus una fui.
    curia restabat . clavi mensura coacta est,
    maius erat nostris viribus illud onus.
    nec patiens corpus, nec mens fuit apta labori,
    sollicitaeque fugax ambitionis eram,
    et petere Aoniae suadebant tuta sorores
    otia, iudicio semper amata meo.
    temporis illius colui fovique poëtas,
    quotque aderant vates, rebar adesse deos.
    saepe suas volucres legit mihi grandior aevo,
    quaeque nocet  serpens, quae iuvat  herba. Macer.
    saepe suos solitus recitare Propertius ignes,
    iure sodalicii, quo  mihi iunctus erat.
    Ponticus heroo, Bassus quoque clarus iambis
    dulcia convictus membra fuere mei.
    et tenuit nostras numerosus Horatius aures;
    dum ferit Ausonia carmina culta lyra.
    Vergilium vidi tantum : nec avara Tibullo
    tempus amicitiae fata dedere meae.
    successor fuit hic tibi, Galle, Propertius illi;
    quartus ab his sene temporis ipse fui.
    utque ego maiores, sic me coluere minores,
    notaque non tarde facta Thalia mea est.
    carmina cum primum populo iuvenalia legi,
    barba resecta mihi bisve semelve fuit.
    moverat ingenium totam cantata per urbem
    nomine non vero dicta Corinna mihi.
    multa quidem scripsi, sed, quae vitiosa putavi,
    emendaturis ignibus ipse dedi.
    tunc quoque, cum fugerem, quaedam placitura cremavi,
    iratus studio carminibusque meis.
    molle Cupidineis nec inexpugnabile telis
    cor mihi, quodque levis causa moveret, erat.
    cum tamen hic essem minimoque accenderer igni,
    nomine sub nostro fabula nulla fuit.
    paene mihi puero nec digna nec utilis uxor
    est data, quae tempus per breve nupta fuit.
    illi successit, quamvis sine crimine coniunx,
    non tamen in nostro firma futura toro.
    ultima, quae mecum seros permansit in annos;
    sustinuit coniunx exulis esse viri.
    filia me mea bis prima fecunda iuventa,
    sed non ex uno coniuge, fecit avum.
    et iam complerat genitor sua fata novemque
    addiderat lustris altera lustra novem.
    non aliter flevi, quam me fleturus ademptum
    ille fuit. Matri  proxima busta tuli.
    felices ambo tempestiveque sepulti,
    ante diem poenae quod periere
    meae! me quoque felicem, quod non viventibus illis
    sum miser, et de me quod doluere nihil!
    si tamen extinctis aliquid nisi nomina restat,
    et gracilis structas effugit umbra rogos,
    fama, parentales, si vos mea contigit, umbrae,
    et sunt in Stygio crimina nostra foro,
    scite, precor, causam (nec vos mihi fallere fas est)
    errorem iussae, non scelus, esse fugae.
    Manibus hoc satis est: ad vos, studiosa, revertor,
    pectora, quae vitae quaeritis acta meae.
    iam mihi canities pulsis melioribus annis
    venerat, antiquas miscueratque comas,
    postque meos ortus Pisaea vinctus oliva
    abstulerat deciens praemia victor eques,
    cum maris Euxini positos ad laeva Tomitas
    quaerere me laesi principis ira iubet.
    causa meae cunctis nimium quoque nota ruinae
    indicio non est testificanda meo.
    quid referam comitumque nefas famulosque nocentes?
    Ipsa  multa tuli non leviora fuga.
    indignata malis mens est succumbere seque
    praestitit invictam viribus usa suis;
    oblitusque mei ductaeque per otia vitae
    insolita cepi temporis arma manu;
    totque tuli terra casus pelagoque quot inter
    occultum stellae conspicuumque polum.
    tacta mihi tandem longis erroribus acto
    iuncta pharetratis Sarmatis ora Getis.
    hic ego, finitimis quamvis circumsoner armis,
    tristia, quo possum, carmine fata levo.
    quod quamvis nemo est, cuius referatur ad aures,
    sic tamen absumo decipioque diem.
    ergo quod vivo duosque laboribus obsto,
    nec me sollicitae taedia lucis habent,
    gratia. Musa, tibi: nam tu solacia praebes,
    tu curae requies, tu medicina venis.
    tu dux et comes es, tu nos abducis ab Histro,
    in medioque mihi das Helicone locum;
    tu mihi, quod rarum est, vivo sublime dedisti
    nomen, ab exequiis quod dare fama solet,
    nec, qui detractat praesentia, Livor iniquo
    ullum de nostris dente momordit opus.
    nam tulerint magnos cum saecula nostra poetas,
    non fuit ingenio fama maligna meo,
    cumque ego praeponam multos mihi, non minor illis
    dicor et in toto plurimus orbe legor.
    si quid habent igitur vatum praesagia veri,
    protinus ut moriar, non ero, terra, tuus.
    sive favore tuli, sive hanc ego carmine famam,
    iure tibi grates, candide lector, ago.

  • La poesía es medicina del alma.( Ovidio I)

    El día 21 de marzo de cada año se celebra el Día mundial de la poesía”. Es un día para cantar las excelencias del quehacer poético. En este blog son numerosas las ocasiones en que de poesía he hablado.

    Recordaré tan sólo un par de ártículos:https://www.antiquitatem.com/poesia-don-del-cielo-carmen-vate-ovidio

    https://www.antiquitatem.com/aut-insanit-homo-aut-versus-facit-horaci

    Pues bien, este año 2017 se conmemora el bimilenario de la muerte del poeta latino Ovidio en su destierro de Tomis, en las costas del Ponto Euxino, luego el Mar Negro. Allí fue expulsado por un severo emperador Augusto, disgustado con el poeta.

    Como detalle curioso diré también que Ovidio había nacido un 20 de marzo del año 43 a.C., el año anterior al asesinato de Julio César, la víspera del día que mucho después, en 1999, fijo la UNESCO para celebrar a los poetas del mundo y su capacidad creativa.

    Una y otra vez nos dice Ovidio en sus poemas, que escribió en el destierro, en sus Tristezas (Tristia) y Cartas desde el Ponto (Ponticas o Ex Ponto), que una de las causas de su condena fue haber escrito un librito de poesías eróticas, su célebre Arte de Amar (Ars Amandi). La otra causa, sin duda más grave, fue cierta indiscreción o visión de algo prohibido que no aclara.

    En aquel destierro entre pueblos bárbaros semisalvajes en donde carece de todas las comodidades de su vida de Roma, sólo le queda el consuelo de la poesía, como él mismo confiesa. Así que si la poesía fue la causa de su ruina, también fue su consuelo en los momentos difíciles. Como dice el refrán popular: “quien canta sus males espanta”, recogido también por Cervantes en su Quijote, I, 22.

    El cual era un mozo de hasta edad de veinte y cuatro años, y dijo que era natural de Piedrahíta. Lo mesmo preguntó don Quijote al segundo, el cual no respondió palabra, según iba de triste y malencónico; mas respondió por él el primero, y dijo:
    –éste, señor, va por canario; digo, por músico y cantor.
    –Sí, señor –respondió el galeote–, que no hay peor cosa que cantar en el ansia.
    –Antes, he yo oído decir –dijo don Quijote– que quien canta sus males espanta.
    –Acá es al revés –dijo el galeote–, que quien canta una vez llora toda la vida.
    –No lo entiendo –dijo don Quijote.
    Mas una de las guardas le dijo:
    –Señor caballero, cantar en el ansia se dice, entre esta gente non santa, confesar en el tormento.

    Esta idea la reitera Ovidio una y otra vez en sus poemas, pero tiene uno especialmente centrado en esta cuestión, la elegía primera del libro IV de sus Tristia o Tristezas.

    Como gran parte de la poesía de Ovidio, resulta un tanto retórica, plagada además de referencias a la mitología grecolatina, que puede hacer su lectura un tanto difícil y pesada para los tiempos modernos. Pero me parece una buena manera de conmemorar este año 2017 el Día Mundial de la poesía celebrando también el “bimilenario” de la muerte de Ovidio.

    Transcribo, pues, íntegra la elegía Tristia, IV, 1 que titulan las ediciones “El poeta entre los getas” (pueblo semibárbaro del Ponto Euxino), con las suficientes notas para aclarar el sentido aun a riesgo de destrozar el poema; todo ello según la traducción de José González Vázquez para Editorial Gredos, 2001.:

    EL POETA ENTRE LOS GETAS

    Si algunas imperfecciones hubiera, como las habrá, en mis libritos, excúsalas, lector, en atención a sus circunstancias. Estaba exiliado y busqué el descanso, no la fama, a fin de que mi mente no estuviese tan absorta en sus desgracias. Esta es la razón por la que también canta el condenado a cavar sujeto con grillos, cuando suaviza con una rústica melodía su penoso trabajo. Canta también, apoyándose en la limosa arena y con el cuerpo inclinado hacia adelante, aquel que arrastra contra corriente la lenta balsa; y aquel que lleva y trae al pecho los flexibles remos, a la vez que los demás remeros, bate el agua con el impulso rítmico de sus brazos. Cuando el pastor fatigado se apoya sobre el bastón o se sienta sobre la roca, deleita a sus ovejas con el canto de la flauta. El quehacer de la esclava que canta a la vez que hila la tarea encomendada, se engaña y olvida. Se dice que, entristecido Aquiles al serle arrebatada la joven de Lirneso, alivió sus cuitas con la lira hemonia(1).  Orfeo, mientras atraía con su canto a las selvas y las duras rocas, estaba afligido por haber perdido dos veces a su esposa(2). 

    También a mí, que voy a los lugares del Ponto que se me han impuesto, me consuela la Musa: ella es la única compañera de destierro que me ha quedado; es la única que no teme las emboscadas, ni la espada del soldado síntico(3) , ni el mar, ni los vientos, ni la barbarie. Sabe también, en el momento en que se produjo mi ruina, qué error me engañó y que en mi actuación hubo culpa pero no delito; seguramente por esto mismo hoy me es favorable, porque en otro tiempo me fue nociva, cuando fue acusada conmigo de un delito común.

    Verdaderamente querría, ya que habrían de perjudicarme, no haber puesto mis manos en los misterios de las Piérides(4).  Pero ahora, ¿qué puedo hacer? La fuerza misma de su culto me posee y, como un loco, amo la poesía que me ha herido. Así el desconocido loto, saboreado por el paladar duliquio, fue con su sabor al mismo tiempo agradable y nocivo(5). El amante casi siempre siente lo que le hace daño y, sin embargo, se apega a ello y persigue el objeto de su falta. A mí también mis libritos, aunque me han hecho daño, me deleitan, y amo el arma que me causó las heridas. Acaso esta afición puede parecer locura, pero esta locura tiene una cierta utilidad: evita que mi mente esté siempre ocupada en la contemplación de sus desgracias y le hace olvidar su suerte actual. Y así como la bacante herida no siente su dolor, mientras se halla delirante tras haber prorrumpido en alaridos con ritmos ideos(6), del mismo modo cuando mi pecho arde, excitado por el verde tirso, mi espíritu se halla muy por encima de las desgracias humanas. No siente éste ni el exilio, ni las costas del Ponto escítico, ni la cólera de los dioses; y como si bebiera copas de la soporífera Lete(7), así se aleja de mí el sentido de la adversidad. Con justicia venero, pues, a las diosas que alivian mis males, que han venido solicitas desde el Helicón(8) como compañeras de mi destierro, y que se han dignado, en parte por mar y en parte por tierra, seguir mis huellas en nave o a pie. Ruego que éstas, al menos, me sean propicias, ya que la restante muchedumbre de los dioses está de parte del gran César, y me colman de tantas desgracias como arenas tiene la playa, peces el mar y huevos el pez.

    Antes podrías contar las flores en primavera, las espigas en verano, los frutos en otoño y los copos de nieve en invierno9, que los males que yo sufro zarandeado por el mundo entero, mientras me dirijo, ¡desdichado de mí!, a los siniestros litorales del Ponto Euxino. Ni se vaya a pensar que, desde que llegué, se ha hecho más llevadera mi mala fortuna: también hasta aquí ha seguido el destino mi camino; aquí también conozco los hilos de mi natalicio, hilos hechos para mí de negro vellón. Y sin referirme a los riesgos y peligros que corre mi vida, reales en verdad, pero más difíciles de creer, ¡que desgracia es vivir entre los besos y los getas(10) para aquel que siempre estuvo en boca del pueblo! ¡Qué desgracia es proteger su vida con una puerta y una muralla y apenas hallarse defendido por las fuerzas del lugar!

    Joven hui  de los duros combates de la milicia y no he manejado armas con mi mano sino para jugar; ahora, ya anciano, tengo la espada en el costado, el escudo en la mano izquierda y el yelmo sobre mis blancos cabellos. Pues tan pronto como el centinela da la señal de alarma desde lo alto de su atalaya, tomamos inmediatamente las armas con mano temblorosa. El enemigo, armado con arcos y flechas envenenadas, ronda las murallas con ademán terrible sobre su jadeante caballo; y así como el lobo raptor lleva arrastrando por sembrados y bosques a la oveja que no se refugió en el redil, de la misma manera el bárbaro enemigo captura a aquel que encuentra en el campo por no haberse puesto aún al abrigo de las puertas: o es llevado prisionero encadenado por el cuello, o muere de una flecha envenenada.

    Aquí es donde yo, nuevo habitante de este inquieto lugar de residencia, me escondo: ¡ay, curso demasiado lento de mi destino! Y, sin embargo, la Musa, que me visita en medio de tantas desgracias, me ayuda a volver a los versos y a su antiguo culto. Pero ni hay nadie a quien recite mis poemas ni quien entienda con sus oídos palabras latinas. Yo mismo (pues ¿qué otra cosa puedo hacer?) escribo y leo para mí, y mis escritos están a salvo de la crítica. Sin embargo, me dije a menudo: «¿Para quién trabaja ahora este afán? ¿Es que van a leer mis escritos los sármatas o los getas?›› Muchas veces lloré también al escribir y las letras se humedecieron con mi llanto; mi corazón siente sus antiguas heridas como nuevas y sobre mi seno resbala una lluvia de afligidas lágrimas. Cuando por mi cambio de suerte recuerdo quién soy y quién fui y pienso a dónde y de dónde me ha llevado el azar, con frecuencia mi mano, arrebata por la locura y airada con sus aficiones y consigo misma, echó mis poemas al fuego con la intención de quemarlos. Y así, puesto que de los muchos versos que había no quedan más que unos pocos, cuando leas éstos, quienquiera que seas, hazlo con benevolencia. Tú también, Roma, prohibida para mí, admite como bueno este poema, que no es mejor de lo que lo son las circunstancias en que vivo. (Traducción de José González Vázquez para Editorial Gredos, 2001).:

    Notas:
    1.  Briseida era hija de Brises, sacerdote de la ciudad de Lirneso. Esclava y botín de Aquiles, le fue arrebatada por Agamenón; Aquiles, enfadado, abandonó la lucha ante el sitio de Troya. Se llama “hemonia” a la lira porque Hemonia era una provincia de Tracia y fue el regalo de Hermes al tracio Orfeo.

    2. Orfeo es el músico y cantor por excelencia, que con su lira y cítara atraía a las fieras y las plantas y rocas se inclinaban a su paso. Bajó a los infiernos en busca de su amada Eurídice, muerta por la picadura de una serpiente cuando huía del acoso de Aristeo. Hades y  Perséfone acceden a entregarle su esposa con la condición de que Orfeo vaya delante en su salida del infierno y no vuelva la vista para verla hasta la llegada a la tierra; pero Orfeo duda de si su esposa le sigue y se vuelve para verla. En ese momento Eurídice muere de nuevo, vuelve al Infierno y Orfeo ya no puede recuperarla.

    3. Los “sintos” son unos habitantes de Macedonia y por extensión designa también a los tracios.

    4. Las Musas.

    5. Alusión al episodio de la Odisea IX, 82 y ss. en que Ulises u Odiseo y sus compañeros se detienen en el país de los lotófagos, o comedores de loto, planta que hace olvidar. Duiliquio era una isla vecina a Itaca y por eso se le llama así a Ulises y sus compañeros.

    6. Por la relación del monte frigio Ida con los ritos del culto a Cibeles.

    7. El Lete o Leteo (de donde deriva “letal”) es un río de los Infiernos, cuyas aguas hacían olvidar a los muertos su vida anterior.

    8. Es el monte sagrado en el que viven las Musas.

    9. Son ejemplos de “adynata” o hechos imposibles (del griego…bbbbbb). Son recursos retóricos a los que tan aficionado es el poeta.

    10. Dos de los pueblos bárbaros del Ponto.

    Tristia, IV 1

    Siqua meis fuerint, ut erunt, vitiosa libellis,
    excusata suo tempore, lector, habe.
    exul eram, requiesque mihi, non fama petita est,
    mens intenta suis ne foret usque malis.
    hoc est cur cantet vinctus quoque compede fossor,
    indocili numero cum grave mollit opus.
    cantat et innitens limosae pronus harenae,
    adverso tardam qui trahit amne ratem;
    quique refert pariter lentos ad pectora remos,
    in numerum pulsa brachia pulsat aqua.
    fessus ubi incubuit baculo saxove resedit
    pastor, harundineo carmine mulcet oves.
    cantantis pariter, pariter data pensa trahentis,
    fallitur ancillae decipiturque labor.
    fertur et abducta Lyrneside tristis Achilles
    Haemonia curas attenuasse lyra.
    cum traheret silvas Orpheus et dura canendo
    saxa, bis amissa coniuge maestus erat.
    me quoque Musa levat Ponti loca iussa petentem.
    sola comes nostrae perstitit illa fugae;
    sola nec insidias, Sinti nec 2 militis ensem,
    nec mare nec ventos barbariamque timet.
    scit quoque, cum perii, quis me deceperit error,
    et culpam in facto, non scelus, esse meo,
    scilicet hoc ipso nunc aequa, quod obfuit ante,
    cum mecum iuncti criminis acta rea est.
    non equidem vellem, quoniam nocitura fuerunt,
    Pieridum sacris inposuisse manum,
    sed nunc quid faciam? vis me tenet ipsa sacrorum,
    et carmen demens carmine laesus amo.
    sic nova Dulichio lotos gustata palato
    illo, quo nocuit, grata sapore fuit.
    sentit amans sua damna fere, tamen haeret in illis,
    materiam culpae persequiturque suae.
    nos quoque delectant, quamvis nocuere, libelli,
    quodque mihi telum vulnera fecit, amo.
    forsitan hoc studium possit furor esse videri,
    sed quiddam furor hic utilitatis habet,
    semper in obtutu mentem vetat esse malorum,
    praesentis casus inmemoremque facit,
    utque suum Bacche non sentit saucia vulnus,
    dum stupet Idaeis exululata modis,
    sic ubi mota calent viridi mea pectora thyrso,
    altior humano spiritus ille malo est.
    ille nec exilium, Scythici nec litora ponti,
    ille nec iratos sentit habere deos.
    utque soporiferae biberem si pocula Lethes,
    temporis adversi sic mihi sensus abest. 
    iure deas igitur veneror mala nostra levantes,
    50sollicitae  comites ex Helicone fugae,
    et partim pelago partim vestigia terra
    vel rate dignatas vel pede nostra sequi,
    sint, precor, haec saltem faciles mihi! namque deorum
    cetera cum magno Caesare turba facit,
    meque tot adversis cumulant, quot litus harenas,
    quotque fretum pisces, ovaque piscis habet,
    vere prius flores, aestu numerabis aristas,
    poma per autumnum frigoribusque nives,
    quam mala, quae toto patior iactatus in orbe,
    dum miser Euxini litora laeva peto.
    nec tamen, ut veni, levior fortuna malorum est :
    huc quoque sunt nostras fata secuta vias.
    hic quoque cognosco natalis stamina nostri,
    stamina de nigro vellere facta mihi.
    utque neque insidias capitisque pericula narrem,
    vera quidem, veri  sed graviora fide,
    vivere quam miserum est inter Bessosque Getasque
    illum, qui populi semper in ore ruit .
    quam miserum est, porta vitam muroque tueri,
    vixque sui tutum viribus esse loci!
    aspera militiae iuvenis certamina fugi,
    nec nisi lusura movimus arma manu;
    nunc senior gladioque latus scutoque sinistram,
    canitiem galeae subicioque meam.
    nam dedit e specula custos ubi signa tumultus,
    induimus trepida protinus arma manu.
    hostis, habens arcus imbutaque tela venenis, 
    saevus anhelanti moenia lustrat equo,
    utque rapax pecudem, quae se non texit ovili,
    per sata, per silvas fertque trahitque lupus,
    sic, siquem nondum portarum saepe  receptum
    barbarus in campis repperit hostis, habet:
    aut sequitur captus coniectaque vincula collo
    accipit, aut telo virus habente perit.
    hic ego sollicitae lateo novus incola sedis .
    heu nimium fati tempora longa  mei!
    et tamen ad numeros antiquaque sacra reverti
    sustinet in tantis hospita Musa malis,
    sed neque cui recitem quisquam est mea carmina, nec qui
    auribus accipiat verba Latina suis.
    ipse mihi—quid enim faciam?—scriboque legoque,
    tutaque iudicio littera nostra suo est.
    saepe tamen dixi cui nunc haec cura laborat?
    an mea Sauromatae scripta Getaeque legent?
    saepe etiam lacrimae me sunt scribente profusae,
    umidaque est fletu littera facta meo,
    corque vetusta meum, tamquam nova, vulnera novit,
    inque sinum maestae labitur imber aquae,
    cum vice mutata, qui sim fuerimque, recordor,
    et, tulerit quo me casus et unde, subit,
    saepe manus demens, studiis irata sibique,
    misit in arsuros carmina nostra focos,
    atque ita 10 de multis quoniam non multa supersunt,
    cum venia facito, quisquis es, ista legas.
    tu quoque non melius, quam sunt mea tempora, carmen,
    interdicta mihi, consule. Roma, boni.

  • A las puertas del Imperio Romano/ A las puertas de Europa

    La Historia no se repite pero a veces ocurren hechos en momentos diferentes que tienen alguna semejanza. Por eso llamamos a la Historia Magistra vitae. Véase artículo https://www.antiquitatem.com/cervantes-dia-mundial-del-libro. En estos tiempos actuales aparecen de vez en cuando comparaciones entre la caída del Imperio Romano y los momentos actuales de tensiones entre el Oriente y el Occidente. Más en concreto se aprecian similitudes entre los acontecimientos del año 378 que acaban con la derrota de los romanos en Adrianópolis, actual ciudad de Edirne en la Turquía actual junto a las fronteras actuales de Grecia y Bulgaria, y la muerte del emperador Valente en la batalla, y las guerras de Iraq y Siria, que mueven de un sitio para otro a millones de desplazados fugitivos.

    No pretendo llevar la comparación hasta el  límite que algunos “ideólogos”, sin duda interesados, pretenden al afirmar que así como la admisión de los “bárbaros” acabó con el Imperio Romano, del mismo modo la admisión lde tantos fugitivos e inmigrantes, casi todos musulmanes, acabará con la “civilización occidental”. Es esta una conclusión exagerada, en muchos casos xenófoba, de rechazo al diferente.

    No seguiré yo por ese camino, sin desconocer por ello, los graves problemas que una intervención poco reflexionada de Occidente en Oriente, intervención en el  fondo egoísta e imperialista, ha ocasionado.

    Me limitaré a transcribir unos textos de la Historia de Amiano Marcelino, referidos a los años citados,  en los que la política errática y egoísta de los emperadores romanos respecto de la admisión de inmigrantes y fugitivos de la guerra, produce efectos que nos recuerdan con toda claridad a algunos episodios actuales.

    Las fronteras del Imperio están en el Danubio, llamado entonces Ister, que desde el centro de Europa va a desembocar al Mar Negro. Al otro lado habitan varias tribus godas y más al Este pueblos desconocidos, de los que se cuentan crueldades sin límite y formas de vida muy alejadas de la civilización occidental. Uno de estos pueblos es el de los alanos y otro el de los hunos, de los que corren todo tipo de rumores sobre su salvajismo y crueldad.

    Pues bien, los hunos se alían con los alanos, no menos rudos y salvajes, y empujan a los godos, más civilizados e incluso cristianizados (arrianos),  hasta la frontera del Danubio, río de un enorme caudal difícil de atravesar.

    Los godos piden al emperador que  les permita entrar en el Imperio y que  les asiente en ese espacio privilegiado de paz y de riqueza.

    Sería fácil traducir todo esto a un lenguaje moderno: los hunos y su crueldad son el ISIS o DAESH y sus vilezas, los godos son inmigrantes o refugiados que huyen de la guerra, el Imperio Romano es la Unión Europea, la política indecisa, contradictoria y egoísta del emperador es la de Bruselas y restantes países europeos, algunos detalles concretos, como los del transporte,  pretensiones de control de los fugitivos y corrupción en la gestión de la ayuda, son tan semejantes a los actuales que producen ciertamente asombro.

    Poco importa que estos hechos ocurran un poco más al norte que los actuales, en Tracia, en un territorio que hoy correspondería parte a Turquía y parte a Bulgaria. Ahora ocurren un poco más al sur y al este, entre Siria-Turquía y las islas griegas cercanas como Lesbos.

    Dejo a la consideración del lector el extraer alguna conclusión si es que se debe extraer, pero la Historia debería servir para no cometer los mismos errores en situaciones parecidas y para entender mejor algunos hechos y sus causas.

    Antigua Tracia proyectada sobre el mapa político actual. La línea azul corresponde al curso del Danubio y el punto rojo a la situación de Adrianópolis, en la actual Turquía, muy cerca de las fronteras griega y búlgara, es decir, en las puertas de Europa; en verde la isla griega de Lesbos.

    El que mejor nos lo cuenta  es Amiano Marcelino, escritor griego que nació hacia el año 330, aunque escribe en Latín,  en sus Historias (Rerum Gestarum Libri XXXI) en el libro 31.

    Nota: la traducción utilizada es la de María Luisa Harto Trujillo, en Editorial Akal.

    Comienza el libro con un  párrafo, que aligerado de la afición romana a los presagios, es ciertamente clarividente:

    31.1.1: Mientras tanto, la rápida rueda de la Fortuna, alternando como siempre desgracias y éxitos, armó tanto a Belona (diosa de la guerra) como a sus compañeras las Furias, y produjo en Oriente tristes calamidades, que fueron presagiadas clara y verazmente por augurios y portentos.

    31.2.1 Personalmente creemos que la semilla de todo este desastre y el origen de las distintas desgracias avivadas por Marte (dios de la guerra) –que encendió y agitó la situación con insólitas chispas- es el siguiente:

    El pueblo de los hunos, poco nombrado en las historias de la antigüedad, habita al otro lado de la pantanosa Meotis, junto a un helado océano, y sobrepasa todos los límites de la crueldad.

    Amiano, recogiendo la opinión popular, pinta a los hunos con los más terroríficos rasgos:

    31.2.3 Con aspecto humano a pesar de su rudeza, llevan una vida tan agreste que no precisan fuego, ni alimentos sabrosos, sino tan sólo raíces de hierbas salvajes. Se alimentan con carne de cualquier animal casi cruda, ya que tan sólo la calientan ligeramente colocándola entre sus piernas y los lomos de sus caballos.
    ….

    31.2.5 Se cubre con telas de lino o con pieles de ratones silvestres y llevan siempre la misma ropa…

    Los describe también como extraordinarios jinetes y duros guerreros sin temor por su propia vida y naturalmente, desleales, volubles, irracionales y sin respeto por los dioses:

    31.2.11 Son desleales y volubles en los acuerdos… Semejantes a animales irracionales, no distinguen en absoluto entre lo honesto y lo deshonesto. Sus palabras son ambiguas y enrevesadas, y jamás han respetado una creencia o religión….

    31.2.12 Este pueblo rudo e indomable, ávido de apoderarse de lo ajeno, gracias a sus rapiñas y a las matanzas de pueblos vecinos, a los que han hecho sucumbir, han extendido sus dominios hasta los alanos, llamados antiguamente masagetas.

    Describe a continuación a los numerosos pueblos que habitan al otro lado del Ister, de manera especial a los alanos, que se extienden hacia Oriente y “se dividen en naciones amplia y populosas” vagando de un sitio para otro con sus ganados y sus carretas, sin un lugar fijo donde aposentarse.

    De la fiereza de los “alanos” en la guerra puede darnos idea el siguiente párrafo:

    31.2.22 …. Además, cuando matan a un hombre, nada les enorgullece más como prenda triunfal que arrancarle la cabeza, cortarle el cuero cabelludo y colocarlo sobre sus caballos a modo de adornos de guerra.

    Pues bien, según nos relata Amiano se produce una terrible alianza: Estos pueblos provocan movimientos masivos de godos (que ya mantenían relaciones con los romanos e incluso habían sido cristianizados) hacia las fronteras romanas:

    31.3.8 …  Sin embargo, como entre los restantes godos se había extendido el rumor de que una nación desconocida hasta entonces, semejante a un alud de nieve que se precipita desde lo alto de las montañas, estaba destruyendo y saqueando todo lo que encontraba a su paso, la mayor parte de las gentes, que habían dejado ya solo a Atanarico debido a la escasez de productos necesarios, intentaron buscar un nuevo hogar alejado y desconocido por los bárbaros.

    Después de pensarse durante bastante tiempo el sitio al que irían, creyeron que Tracia sería una buena elección por dos razones: por la gran fertilidad de su suelo y porque, gracias a su anchura del curso de Danubio, estaba alejada de las tierras que estaban ya expuestas a los desastres de la guerra contra los bárbaros.

    Todos estuvieron de acuerdo con esta idea.

    Y ahora comienza el relato del terrible éxodo, que tantas similitudes tiene con la actualidad:

    31.4 La mayor parte de los godos conocidos como tervingos, expulsados de sus tierras, son conducidos por los romanos a Tracia con el consentimiento de Valente (el emperador) después de que prometen entregar a cambio recompensas y ayuda militar. También los godos gretungos atraviesan a escondidas el Íster sobre sus naves.

    31.4.1 Así pues, conducidos por Alavivo, ocuparon la orilla del Danubio y enviaron a Valente mensajeros que suplicaron humildemente ser recibidos, prometiendo que llevarían una vida tranquila y que, si la situación así lo exigía, le prestarían ayuda militar.

    31.4.2 Mientras se producían estos hechos en el exterior, rumores terribles difundieron que las gentes del norte estaban soportando calamidades insólitas y peores que las ocurridas hasta el momento. Y es que en toda la zona que se extiende desde los marcomanos y los cuados hasta el Ponto, una multitud bárbara de pueblos desconocidos, expulsados de su territorio por un ataque inesperado, se habían diseminado en torno al Íster junto con sus familias.

    31.4.3. Al principio, los nuestros se mostraron reticentes a aceptar este pacto, porque en aquellas regiones so solían escucharse noticias de guerras lejanas hasta que estas habían terminado y se habían calmado ya.

    31.4.4 Pero cuando la noticia fue confirmándose y se vio reforzada, además, por la llegada de los legados extranjeros que suplicaban que recibiéramos a su pueblo en nuestra orilla del río, se produjo más alegría que temor. Además, aduladores expertos alababan la buena fortuna del príncipe, que había conseguido un contingente de tropas  tan numerosas y procedentes de tierras muy alejadas, de manera que, casi sin esperarlo, uniendo sus propias tropas y las extranjeras, tendría un ejército invencible.

    Y añadían que, aparte de la ayuda militar que las provincias aportarían anualmente, su tesoro se vería incrementado con una gran cantidad de oro.

    31.4.5. Movidos por la esperanza de alcanzar lo prometido,enviaron a varios oficiales con vehículos apropiados para transportar a esta salvaje nación. Y pusieron todo el empeño posible para que no quedara nadie que pudiera atacar en el futuro al pueblo romano, ni siquiera alguien afectado por una fatal enfermedad.

    Así pues, una vez que el emperador consintió que esa gente atravesara el Danubio y se asentara en regiones de Tracia, se les transportó apiñados durante varios días y noches a bordo de naves, barcas y troncos de árboles ahuecados.

    Pero como este río era, con mucho, el más peligroso de todos y, además, estaba crecido entonces por la gran cantidad de lluvia caída, su enorme caudal hizo que se ahogaran muchos que intentaban luchar contra la fuerza de las aguas.

    31.4.6 Lo cierto es que la avidez y el empuje de estos hombres fue causando de este modo la destrucción del mundo romano.

    Ahora bien, no es ni desconocido ni incierto que los infaustos encargados de transportar a este pueblo bárbaro intentaron en varias ocasiones contarlos, pero desistieron frustrados de este intento ya que, como menciona el famoso poeta: “El que quiera saber esto es como si quisiera saber cuántos granos de arena del desierto Libio son arrastrados por el Céfiro”. (Vigilio, Geórgicas, 2,106)

    31.4.7 Que recuerden historias antiguas cómo fueron conducidas a Grecia las tropas persas, pues mientras narran cómo levantaban puentes en el Helesponto y buscaban el mar a los pies del monte Atos mediante una construcción laboriosa (construyendo un canal) contando los batallones del ejército en Dorisco, toda la posteridad lo ha considerado como fábulas.

    31.4.8 Porque cuando ingentes muchedumbres se extendieron y se diseminaron por las provincias, asentándose en las amplias llanuras y llenando todos los valles y las cimas de las montañas, también entonces, con este nuevo ejemplo, se confirmó la veracidad de los relatos de la antigüedad.

    Primero fueron recibidos Frigiterno y Alavivo, a quienes elemperador había ordenado que se les entregaran alimentos para la ocasión y campos que cultivar.

    31.4.9 Durante este tiempo, cerradas ya las fronteras de nuestro territorio, mientras las tropas bárbaras se esparcían como cenizas del Etna, el difícil trance que estábamos viviendo reclamaba la presencia de personas de brillantez probada que remediaran la situación similar.

    Pero, como si les guiara una divinidad adversa, buscaron a hombres corruptos para ponerles al  frente del poder castrense. Entre ellos sobresalían Lupicino y Máximo, el uno comandante general en Tracia, el otro un líder criminal, pero ambos de igual temeridad.

    31.4.10 La peligrosa ambición de estos dos hombres  fue la causa de todos los males. Pues, para omitir otros delitos que, por causas funestas, o los cometieron ellos mismos, o bien permitieron que se cometieran contra extranjeros que llegaban sin culpa alguna, bastará mencionar un hecho lamentable e insólito que no tendría perdón ni siquiera si fueran ellos mismos quienes lo juzgaran.

    31.4.11 Y es que, cuando los bárbaros que habían sido conducidos a esas regiones lo estaban pasando mal por la falta de alimento, estos abominables generales planearon comerciar del siguiente modo: reunieron todos los perros que su ambición pudo hallar por cualquier parte y se los entregaron a cambio de obtener un esclavo por cada perro, dándose incluso el caso de que, entre éstos, figuraban hijos de los nobles bárbaros.

    31.4.12 Durante esos mismos días, Viterico, rey de los greutungo, así como Alateo y Saphrax, a cuya voluntad estaba sometido, además de Farnobio, al acercarse a la orilla del Danubio, enviaron rápidamente mensajeros al emperador para que le suplicaran que también ellos fueran acogidos y tratados con humanidad.

    31.4.13 Pero como los mensajeros no fueron recibidos, ya que ésta era la decisión que, según parecía, favorecía al bien común, se angustiaron sin saber bien qué hacer.
    …..
    31.5. Los tervingos, llevados por el hambre, la precariedad y los malos tratos recibidos, y comandados por Alavivo y Frigiterno, se rebelan contra Valente y se unen a Lupicino.

    31.5.1. En cuanto a los tervngos, a los que sí se les había permitido cruzar el río con anterioridad, se encontraban aún vagabundeando por los alrededores, ya que se encontraban con una doble dificultad: que, por la malvada actuación de los dos generales, no se les proporcionaban los víveres necesarios y, además, se veían inmersos en el abominable tráfico de esclavos antes mencionado.

    31.5.2 Al darse cuenta de su situación, ante los males que les atenazaban, empezaron a pensar que debían rebelarse. Pero Lupicino, temiendo esa posibilidad, envió soldados para que les obligaran a marchar con más rapidez.

    31.5.3 Los gretungos,entonces, aprovecharon esta oportunidad y, al ver que los soldados estaban ocupados en otra misión y que estaban varados los barcos que solían recorrer el río en ambas direcciones y que les prohibían cruzarlo, atravesaron la corriente en unas barcas rudimentarias y dispusieron su campamento muy lejos de Frigiterno.

    31.5.4 Pero éste, previsor como siempre y preparado frente a lo que pudiera suceder, intentó, por una parte, mantenerse leal al emperador, pero, por otra, seguir unido a los poderosos reyes godos, de manera que avanzó lentamente y, con esta treta llegó tarde a Marcianópolis. Allí se produjo otro hecho aún más atroz, que prendió ya las chispas del fuego que causaría la ruina general.

    31.5.5. Después de invitar a Alavivo y a Frigiterno a un banquete, Lupicino colocó soldados frente a la muchedumbre bárbara, manteniéndola así alejada de las murallas  y, cuando ésta pidió con súplicas una y otra vez que se les permitiera entrar para obtener los víveres necesarios, ya que se habían mostrado leales y sumisos a Roma, surgieron fuertes disputas entre los que estaban en el interior y los que estaban fuera, disputas que hicieron ya inevitable la lucha.

    Además, los bárbaros, furiosos y conscientes de que les estaban arrebatando a la fuerza a algunos de sus seres queridos, atacaron y mataron a un gran número de soldados.

    Bien, sigue Amiano describiendo la situación de miseria y desesperación que provoca revueltas y enfrentamientos.

    31.5.8 Cuando la Fama, esa malvada incitadora de rumores, difundió estos hechos, toda la nación de los tervingos ardió de ganas de luchar y, entre otros hechos temibles que presagiaban los mayores peligros, con los estandartes izados según la costumbre, rodeados ya por los tristes sones de las trompetas, se lanzaron en rabioso pillaje, saqueando villas, incendiándolas y llevando confusión y ruina a todos los lugares que hallarlo a su paso.

    Amiano nos cuenta cómo los godos, que habían sido acogidos anteriormente, se rebelan, matan a los habitantes de Adrianópolis, se unen a Frigiterno y se lanzan a saquear Tracia. En el saqueo se les van uniendo todos cuantos tenían una mala situación:

    31.6.5. … En este avance, aquellos a los que derrotaban o hacían prisioneros les mostraban ricos pueblos, sobre todo aquellos en los que se decía que había una gran abundancia de alimentos.

    Aparte de su confianza innata, les impulsaba otro hecho: y era que, cada día, se les iba uniendo una multitud de su propio pueblo, entre los que se encontraban gentes vendidas tiempo atrás por mercaderes, o aquellos que, cuando cruzaron por primera vez, y estaban medio muertos de hambre, habían sido intercambiados por un mal vino o por un insignificante pedazo de pan
    ….

    31.6.7. No es extraño que con tales guías no quedara nada intacto, con la excepción de los lugares inaccesibles y abruptos. Sin distinguir sexo o edad, toda aquella zona quedó devastada y fue presa de terribles incendios. Los hijos eran arrebatados del regazo de sus madres y asesinados. Se llevaron a madres, incluso después de que algunas hubieran quedado viudas y hubieran visto morir a sus maridos arrastrados entre los cadáveres de sus padres.

    31.6.8. Y, ya para terminar, muchos ancianos que clamaban que estaban ya hastiados de vivir, después de perder sus riquezas y a sus bellas esposas, eran arrastrados con las manos atadas a la espalda sobre las cenizas ardientes de sus propios hogares.
    ….

    Amiano nos narra con todo colorido las atrocidades propias de la guerra y cómo golpea sin piedad e indiscriminadamente a las personas y sus familias:

    31.8.7. Se vieron entonces hechos que producen horror sólo con verlos o contarlos: las mujeres, llenas de miedo, eran arrastradas a latigazos, a pesar de estar algunas de ellas incluso embarazadas y de tener que ver cómo sus fetos, antes de ver la luz, soportaban ya numerosas atrocidades. Se escuchaban lamentos de niños y de niñas de familias nobles que veían sus manos atadas en una terrible cautividad.

    31.8.8. Detrás de ellos venían jóvenes y castas doncellas que lloraban con gesto crispado y preferían morir torturadas antes que ver mancillado su honor. Entre ellas, arrastrado como una bestia, aparecía un hombre antes noble, rico y libre, que criticaba tu impiedad y tu crueldad, Fortuna, porque en un instante le habías arrancado sus riquezas, el cariño de sus seres queridos y su hogar, un hogar que vio envuelto en cenizas y destrucción, y porque, además, le consagraste a un sangriento vencedor, ya para que lo dilacerara por partes ya para servirle como esclavo entre latigazos y torturas.

    Creo que en nada desmerece la narración de Amiano de las crónicas y reportajes visuales que los cronistas de hoy nos ofrecen sobre episodios de la guerra de Siria.

    Invito al lector a que complete la lectura del resto del libro 31 de la Historia de Amiano, donde se relatan guerras y batallas de enorme crueldad, en esta y otras zonas de las fronteras, hasta llegar al final con la narración del episodio de mayor  gravedad y eco en la Antigüedad: llega el momento en que es el propio emperador, el Augusto Valente, el que interviene directamente en la lucha y precipita la batalla de Adrianópolis para no compartir el triunfo con su sobrino Graciano, que victorioso viene en su ayuda.  Valente pierde la batalla y muere quemado refugiado en una cabaña.  Para muchos historiadores esta es la evidencia del inicio de la inexorable “caída del Imperio”.

    Leamos cómo narra Amiano la muerte de Valente el día 9 de agosto del año 378:

    31.13.11 …. La oscuridad de esa noche, en la que no brillaba la luna, terminó con este desastre irreparable, que supuso una gran calamidad para los romanos.

    31.13.12 Parece que en los primeros momentos de oscuridad, aunque nadie afirma haberlo visto o haber estado allí cerca, el emperador, cuando se encontraba entre los soldados rasos, cayó herido de muerte por una flecha, después de lo cual lanzó un último suspiro y murió,si bien su cuerpo no fue hallado en parte alguna. Y es qu, como algunos enemigos permanecieron durante bastante tiempo en esa zona para desvalijar a los muertos, ninguno de los huidos o de los habitantes osó acudir allí.

    31.13.14 Otros dicen que Valente no murió enseguida, sino que fue conducido junto con unos pocos guardaespaldas y eunucos a una cabaña, que contaba con un segundo piso bien protegido. Y allí, mientras es atendido por manos inexpertas, rodeados por enemigos que ignoraban quién era él, se libró de la deshonra de la cautividad.

    31.13.15 Porque, cuando los que le perseguían intentaron romper las puertas, cerradas a cal y canto, fueron atacados con flechas disparadas desde un balcón de la casa.  Entonces, para que estademora no les hiciera perder ni un minuto en su intento de saqueo. Recogieron teas y leña, las amontonaron junto a la casa, prendieron fuego y, así, quemaron tanto el edificio como a sus moradores.

         (Traducción de María Luisa Harto Trujillo, Editorial Akal.)

    Las consecuencias fueron que en el año 382, cuatro años después de la batalla de Adrianópolis, Teodosio firmó un tratado que garantizaba a los godos el disfrutar de autonomía dentro del Imperio, y a pesar de ello en el año 395 atacaron Constantinopla, entre el 395 y 397 invadieron Macedonia, Tesalia, Grecia; entre el 401 y el 402 invaden Italia y en el 410 saquean Roma. En el año 456 entraron en Hispania, en el extremo occidental del Imperio.

    En el año 475 Rómulo Augústulo (el Pequeño Augusto, tan sólo tenía 15 años) fue depuesto por Odoacro, rey de los hérulos y con el acaba el Imperio de Occidente.

    Texto latino

    31.1.1: Inter haec  Fortunae volucris rota, adversa prosperis  semper alternans, Bellonam furiis in societatem adscitis, armabat, maestosque transtulit ad Orientem eventus, quos adventare praesagiorum fides clara monebat, et portentorum.

    31.2.1 Totius autem sementem exitii et cladum originem diversarum, quas Martius furor incendio insolito 1 miscendo cuncta concivit, hanc comperimus causam. Hunorum gens monumentis veteribus leviter nota, ultra paludes Maeoticas glacialem oceanum accolens, omnem modum feritatis excedit.

    31.2.3 In hominum autem figura, licet insuavi, ita victu  sunt asperi, ut neque igni neque saporatis indigeant cibis, sed radicibus herbarum agrestium, et semicruda cuiusvis pecoris carne vescantur, quam inter femora sua equorumque  terga subsertam, fotu calefaciunt brevi.
    ….
    31.2.5 Indumentis operiuntur linteis vel ex pellibus silvestrium murum consarcinatis; nec alia illis domestica vestis est, alia forensis.

    31.2.11 Per indutias infidi et inconstantes, ad omnem auram incidentis spei novae perquam mobiles, totum furori incitatissimo tribuentes. Inconsultorum animalium ritu, quid honestum inhonestumve sit, penitus ignorantes, flexiloqui et obscuri, nullius religionis vel superstitionis reverentia aliquando districti, …

    31.2.12 Hoc expeditum indomitumque hominum genus, externa praedandi aviditate flagrans immani, per rapinas finitimorum grassatum et caedes, ad usque Halanos pervenit, veteres Massagetas, …

    31.2.22 …nec quicquam est quod elatius iactent, quam homine quolibet occiso, proque exuviis gloriosis interfectorum, avulsis capitibus, detractas pelles pro phaleris iumentis accommodant bellatoriis.

    31.3.8 …  Fama tamen late serpente per Gothorum reliquas gentes, quod invisitatum  antehac hominum genus, modo, nivium ut turbo montibus celsis, ex abdito sinu coortum apposita quaeque convellit et corrumpit: populi pars maior, quae Athanaricum attenuata necessariorum penuria deseruerat, quaeritabat domicilium remotum ab omni notitia barbarorum, diuque deliberans, quas eligeret sedes, cogitavit Thraciae receptaculum gemina ratione sibi conveniens, quod et caespitis est feracissimi, et amplitudine fluentorum Histri distinguitur ab arvis patentibus iam peregrini fulminibus Martis: hoc quoque idem residui velut mente cogitavere communi.

    31.4.1 Itaque duce Alavivo ripas occupavere Danubii, missisque oratoribus ad Valentem, suscipi se humili prece poscebant, et quiete victuros se pollicentes, et daturos (si res flagitasset) auxilia.

    31.4.2 Dum aguntur haec in externis, novos maioresque solitis casus versare gentes arctoas, rumores terribiles diffuderunt: per omne quicquid ad Pontum a Marcomannis praetenditur et  Quadis, multitudinem barbaram abditarum nationum, vi subita sedibus pulsam, circa flumen Histrum, vagari cum caritatibus suis disseminantes.

    31.4.3. Quae res aspernanter a nostris inter initia ipsa accepta est, hanc ob causam, quod illis tractibus non nisi peracta aut sopita audiri procul agentibus consueverant bella.

    31.4.4 Verum pubescente fide gestorum, cui robur adventus gentilium addiderat legatorum, precibus et obtestatione petentium, citra flumen suscipi plebem extorrem: negotium laetitiae fuit potius quam timori, eruditis adulatoribus in maius fortunam principis extollentibus, quae  ex ultimis terris tot tirocinia trahens, ei nec opinanti offerret, ut collatis in unum suis et alienigenis viribus, invictum haberet exercitum, et pro militari supplemento, quod provinciatim annuum pendebatur, thesauris accederet auri cumulus magnus.

    31.4.5. Hacque spe mittuntur diversi, qui cum vehiculis plebem transferant truculentam. Et navabatur opera diligens, nequi Romanam rem eversurus relinqueretur, vel quassatus morbo letali. Proinde permissu imperatoris transeundi Danubium copiam, colendique adepti Thraciae partes, transfretabantur in dies et noctes, navibus ratibusque et cavatis arborum alveis agminatim impositi, atque per amnem longe omnium difficillimum, imbriumque crebritate tunc auctum, ob densitatem nimiam contra ictus aquarum nitentes quidam, et natare conati, hausti sunt plures.

    31.4.6 Ita turbido instantium studio orbis Romani pernicies ducebatur. Illud sane neque obscurum est neque incertum, infaustos transvehendi barbaram plebem ministros, numerum eius comprehendere calculo saepe temptantes, conquievisse frustratos, ut eminentissimus memorat vates,

    ‘Quem qui scire velit, Libyci velit aequoris idem
    Discere, quam multae zephyro truduntur 2 harenae. (Virg., Georg. II, 106 ff.)

    31.4.7 Resipiscant tandem memoriae veteres, Medicas acies ductantes ad Graeciam: quae dum Hellespontiacos pontes, et discidio quodam fabrili, mare sub imo Athonis pede quaesitum exponunt et turmatim apud Doriscum exercitus recensitos, concordante omni posteritate, ut fabulosae sunt lectae.

    31.4.8 Nam postquam innumerae gentium multitudines, per provincias circumfusae, pandentesque se in spatia ampla camporum, regiones omnes et cuncta opplevere montium iuga, fides quoque vetustatis recenti documento firmata est. Et primus cum Alavivo suscipitur Fritigernus, quibus et alimenta pro tempore, et subigendos agros tribui statuerat imperator.

    31.4.9 Per id tempus nostri limitis reseratis obicibus, atque (ut Aetnaeas favillas armatorum agmina diffundente barbaria), cum difficiles necessitatum articuli correctores rei militaris poscerent aliquos claritudine gestarum rerum notissimos: quasi laevo quodam numine deligente, in unum quaesiti potestatibus praefuere castrensibus homines maculosi: quibus Lupicinus antistabat et Maximus, alter per Thracias comes, dux alter exitiosus, aemulae ambo  temeritatis.

    31.4.10 Quorum insidiatrix aviditas materia malorum omnium fuit. Nam (ut alia omittamus, quae memorati vel certe, sinentibus eisdem, alii perditis rationibus in commeantes peregrinos adhuc innoxios deliquerunt) illud dicetur, quod nec apud sui periculi iudices absolvere ulla poterat venia, triste et inauditum.

    31.4.11 Cum traducti barbari victus inopia vexarentur, turpe commercium duces invisissimi cogitarunt, et quantos undique insatiabilitas colligere potuit canes, pro singulis dederunt  mancipiis, inter quae et filii  ducti sunt optimatum.

    31.4.12 Per hos dies interea etiam Vithericus Greuthungorum rex cum Alatheo et Saphrace, quorum arbitrio regebatur, itemque Farnobio, propinquans Histri marginibus, ut simili susciperetur humanitate, obsecravit imperatorem legatis propere missis.

    31.4.13 …..Quibus (ut communi rei conducere videbatur) repudiatis, et quid capesserent anxiis, …

    31.5.1. At vero Theruingi, iam dudum transire permissi, prope ripas etiam tum vagabantur, duplici impedimento adstricti, quod ducum dissimulatione perniciosa, nec victui congruis sunt adiuti, et tenebantur consulto nefandis nundinandi commerciis.

    31.5.2 Quo intellecto, ad perfidiam instantium malorum subsidium verti mussabant, et Lupicinus ne iam deficerent pertimescens, eos admotis militibus adigebat ocius proficisci.

    31.5.3 Id tempus opportunum nancti Greuthungi, cum alibi militibus occupatis, navigia ultro citroque discurrere solita, transgressum eorum prohibentia, quiescere perspexissent, ratibus transiere male contextis, castraque a Fritigerno locavere longissime.

    31.5.4 At ille genuina praevidendi sollertia, venturos muniens casus, ut et imperiis oboediret, et regibus validis iungeretur, incedens segnius, Marcianopolim tarde pervenit itineribus lentis. Ubi aliud accessit atrocius, quod arsuras in commune exitium faces furiales accendit.

    31.5.5. Alavivo et Fritigerno ad convivium corrogatis, Lupicinus ab oppidi moenibus barbaram plebem, opposito milite, procul arcebat, introire ad comparanda victui necessaria, ut dicioni nostrae obnoxiam et concordem, per preces assidue postulantem, ortisque maioribus iurgiis inter habitatores et vetitos, ad usque necessitatem pugnandi est ventum. Efferatique acrius barbari, cum necessitudines hostiliter rapi sentirent, spoliarunt interfectam militum magnam manum.

    31.5.8 Haec ubi fama rumorum nutrix maligna dispersit, urebatur dimicandi studio Theruingorum natio omnis, et inter metuenda multa periculorumque praevia maximorum, vexillis de more sublatis, auditisque triste sonantibus classicis, iam turmae praedatoriae concursabant, pilando villas et incendendo, vastisque cladibus quicquid inveniri poterat permiscentes.

    31.6.5. Laudato regis consilio, quem cogitatorum norant fore socium efficacem, per Thraciarum latus omne dispersi caute gradiebantur, dediticiis vel captivis vices uberes ostendentibus, eos praecipue, ubi alimentorum reperiri satias dicebatur, eo maxime adiumento, praeter genuinam erecti fiduciam, quod confluebat ad eos in dies ex eadem gente multitude, dudum a mercatoribus venundati, adiectis plurimis quos primo transgressu necati inedia vino exili vel panis frustis mutavere vilissimis.

    31.6.7. Nec quicquam nisi inaccessum et devium praeeuntibus eisdem mansit intactum. Sine distantia enim aetatis vel sexus, caedibus incendiorumque magnitudine cuncta flagrabant, abstractisque ab ipso uberum suctu parvulis et necatis, raptae sunt matres et viduatae maritis coniuges ante oculos caesis, et puberes adultique pueri per parentum cadavera tracti sunt.

    31.6.8. Senes denique multi, ad satietatem vixisse clamantes, post amissas opes cum speciosis feminis, manibus post terga contortis, defletisque gentilium favillis aedium ducebantur extorres.

    31.8.7. tunc erat spectare cum gemitu facta dictu visuque praedira, attonitas metu feminas flagris concrepantibus agitari, fetibus gravidas adhuc immaturis, antequam prodirent in lucem, impia tolerantibus multa, implicatos alios matribus parvulos, et puberum audire lamenta, puellarumque nobilium, quarum stringebat fera captivitas manus.

    31.8.8. Post quae  adulta virginitas, castitasque nuptarum, ore abiecto, flens ultima ducebatur, mox profanandum pudorem optans morte (licet cruciabili) praevenire. Inter quae cum beluae ritu traheretur ingenuus paulo ante dives et liber, de te, Fortuna, ut inclementi querebatur et caeca, quae eum puncto temporis brevi opibus exutum et dulcedine caritatum, domoque extorrem, quam concidisse vidit in cinerem et ruinas, aut lacerandum membratim, aut serviturum sub verberibus et tormentis crudo devovisti victori.

    31.13.11  … Diremit haec numquam pensabilia damna, quae magno rebus stetere Romanis, nullo splendore lunari nox fulgens.

    31.13.12 Primaque caligine tenebrarum, inter gregarios imperator, ut opinari dabatur (neque enim vidisse se quisquam vel praesto fuisse adseveravit), sagitta perniciose saucius ruit, spirituque mox consumpto decessit, nec postea repertus est usquam. Hostium enim paucis spoliandi gratia mortuos per ea loca diu versatis, nullus fugatorum vel accolarum illuc adire est ausus.

    31.13.14 Alii dicunt Valentem animam non exhalasse confestim, sed cum candidatis et spadonibus paucis, prope ad agrestem casam relatum, secunda contignatione fabre munitam, dum fovetur manibus imperitis, circumsessum ab hostibus, qui esset ignorantibus, dedecore captivitatis exemptum.

    31.13.15 Cum enim oppessulatas ianuas perrumpere conati qui secuti sunt, a parte pensili domus sagittis incesserentur, ne per moras inexpedibiles populandi amitterent copiam, congestis stipulae fascibus et lignorum, flammaque supposita, aedificium cum hominibus torruerunt.