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  • Kalendas, Idus, Nonas: una rara forma de nombrar los días del mes

    Todo lo referido a la historia del calendario romano y su trasmisión hasta nuestros días es de gran complejidad, sobre todo para nosotros, acostumbrados a un sistema de nominación de los días del mes verdaderamente simple: cada día recibe el nombre del número que ocupa en el conjunto del mes, generalmente con un numeral cardinal mejor que ordinal: uno de enero, dos de febrero o quince de febrero o tres de marzo…

    Los romanos se referían a los días del mes  de una forma mucho más complicada, no en vano el calendario es un instrumento religioso  para determinar sobre todo las fiestas religiosas. Es por el ello el pontífice o sacerdote el encargado de su determinación en muchos aspectos.

    En primer lugar dividían el mes en tres períodos: kalendas, nonas e idus que en principio se correspondían respectivamente con la luna nueva, la luna media y la luna llena. Esto significa que no conocían la división en “semanas”, que no se impuso en realidad hasta el emperador Constantino.

    Las kalendas, (palabras que algunos relacionan con kalare = llamar) indicaban el principio del mes, cuando aparecía la luna creciente, y por tanto correspondían al día 1.

    Las nonas indicaban el primer cuarto de luna y se correspondían con el quinto día de los  meses de Enero, Febrero, Abril, Junio, Agosto, Septiembre, Noviembre y Diciembre; y con el séptimo día de los meses de Marzo, Mayo, Julio y Octubre.

    Los idus indicaban la luna llena y se correspondían con el día 13 en los meses en que las nonas caían el día cinco y con el día 15 en los que las nonas caían el siete

    A estos hitos de cada mes se referían en forma adjetiva; es decir, al día 1 de enero le llamaban “Kalendae Ianuariae; calendas eneras", diríamos, aunque con la terminación correspondiente al caso ablativo de circunstancia de tiempos “Kalendis Ianuariis”; al 1 de febrero le llamaban “Kalendae Februariae; calendas febreras", diríamos; al 5 de enero le llamaban “Nonae Ianuariae”; al 7 de marzo “Nonae Martiae”.

    Al 15 de marzo (día en que murió asesinado Julio César en el año 44 a.C.) le llaman “Idus Martiae”.

    Cuídate de los Idus de Marzo”  es precisamente lo que un adivino aconsejó a César, al que no hizo caso,  y desde entonces la frase ha quedado como prototipo de advertencia y consejo de prudencia ante una situación que se anuncia peligrosa.

    "Ad kalendas graecas" es una frase proverbial latina que significa literalmente "para las calendas griegas", pero como los meses griegos no tienen calendas lo que en realidad significa es "para nunca".

    Esto ciertamente parece complicado, pero es mucho más complejo cómo se denomina al resto de los días del mes. Pues bien, siempre se denominan por referencia  al momento clave (kalendas, nonas, idus) posterior. Es decir, cuentan los días que faltan, teniendo en cuenta el punto de partida y el de llegada, hasta el hito posterior.

    Así el día 2 de enero era el “sexto día antes de las nonas de enero”, es decir “ante diem VI Nonas Ianuarias”; el día el 16 de Enero, teniendo en cuenta que enero tiene 31 días, será el día “décimo séptimo antes de las kalendas de febrero”; en latín “ante diem XVII (decimum septimum) kalendas februarias”;  el día 17 será el día décimo sexto antes de las kalendas de febrero (ante diem XVI kalendas februarias) y así sucesivamente.  Sólo al día anterior de cada hito (kalendae, nonae, idus) se le llamaba “pridie = el día de antes) y al siguiente “postridie = el día después). “Víspera” , deriva de “vesper”, palabra latina que significa “tarde”, naturalmente del anterior al día siguiente.

  • Habemus Papam

    Jesucristo nació en tiempos del emperador Augusto y con él la Iglesia Católica. Es mucho lo que el Cristianismo debe al mundo grecolatino.

    Sobre una amplia base judía fundamentada en los libros sagrados  de la Biblia, un judío que se expresa en griego, Pablo de Tarso, difunde entre los griegos y los gentiles (los no judíos) el mensaje de otro judío,Jesús, al que sus seguidores consideran el Mesías largamente esperado. Ese mensaje, en latín o griego, utilizando las estructuras  culturales, sociales , institucionales  y administrativas de Roma llega hasta los últimos confines del imperio Romano  y en apenas trescientos años se convierte en religión  universal y casi única .

    En otra ocasión comentaremos la importancia de las creencias, doctrinas, filosofía y religión grecorromanas en la creación y desarrollo del Cristianismo. Hoy comentaré tan sólo algunos términos lingüísticos de actualidad, no exentos de cierta curiosidad.

    Tras la muerte de Jesús en la cruz, sus discípulos marchan a diversos destinos como apóstoles (del griego Απόστολος, “enviado”) a predicar la buena nueva (del griego εὐ, eu, «bien, bueno» y αγγέλιον, angelion, «mensaje, nueva”.

    La Cristiandad se organiza administrativamente en diócesis  (en latín dioecesis, del griego διοίκησις, “administración”) nombre de las unidades administrativas del Imperio  primero para la recaudación de impuestos y luego divisiones territoriales de la provincia. Al frente de cada diócesis hay un obispo, en latín “episcopus”, (del griego ἐπίσκοπος episkopos) literalmente supervisor, vigilante (de ἐπί, epi, sobre; y σκοπἐω, skopeo, mirar o vigilar),

    El obispo de Roma es la máxima autoridad de la Iglesia; se le llama “Papa Urbis Romae, Papa de la ciudad de Roma”, (del latín  “papa o papas = padre”  y éste  procedente del griego πάππας (páppas), "papá), título honorífico que se daba a los obispos.

    Tras la insólita (por desacostumbrada, que es lo que significa etimológicamente la palabra “insólita”) renuncia del papa Benedicto XVI, se celebra un conclave o reunión de cardenales “bajo llave” para elegir uno nuevo. Eso es precisamente lo que significa etimológicamente la palabra “conclave”,  del latín “cum clave  (clavis)= con llave”.

    Si alguien pensara que la reunión bajo llave es para evitar que personas ajenas al colegio cardenalicio entraran e intervinieran en tan importante reunión se equivocaría.  En realidad los “conclaves” comenzaron en el siglo XIII después de que en varias ocasiones las autoridades, hartas de esperar la elección de un nuevo papa, que no se producía, decidieron encerrar a los cardenales electores . La más célebre ocasión tuvo lugar en el año 1268 en que se eligió al papa Clemente IV, una vez que los electores encerrados “cum clave” sólo recibieran  pan y agua como alimento para precipitar su decisión.

    Al Papa u obispo de Roma también se le llama “pontífice”, (del latín pontifex, -ficis, palabra compuesta  de pons , puente,  y del verbo facere  que significa hacer) y por tanto pontífice es el que hace puentes.

    El Pontifex Maximus , presidente del colegio de pontífices, es la  máxima autoridad religiosa romana, encargado entre otras cosas de la conservación del  primer puente de Roma, el pons sublicius, puente de madera sobre estacas sobre el río Tiber a su paso por Roma, construido exclusivamente de madera y con instrumentos de madera y no de metal.

    Este tabú ancestral evidencia su carácter sagrado y la dificultad e importancia que para los antiguos debió tener la construcción de un puente o el respeto que les inspiraban los ríos, considerados en cierto sentido divinidades. Aunque luego la construcción de puentes fue tarea más fácil y a los propios romanos se les deben millares de puentes por todo el imperio, al sacerdote más importante de la religión, entonces como hoy se le llama “pontífice

    La palabra colegio deriva de la latina “collegium” que significa corporación, grupo, conjunto de colegas . Por ello se reúne el llamado “colegio cardenalicio”. Los cardenales son los príncipes de la Iglesia y por tanto ejes importantísimos de su administración. La palabra deriva de “cardo,-dinis”   que significa bisagra, quicio, gozne de la puerta, polo, punto cardinal, línea que demarca el espacio para la toma de los auspicios o señales enviadas por los dioses;  también designaba a una de las dos vías o calles más importantes de una ciudad o urbe que se cortaban perpendicularmente: el decumanus  que iba de este a oeste y el cardo que discurría de norte a sur.  Precisamente de ello deriva la expresión “puntos cardinales” para indicar el norte, sur, este, oeste. Los cardenales son pues los goznes y puntos esenciales de la Iglesia.

    Por cierto, que la palabra Iglesia procede de la palabra griega ἐκκλησία ( ekklēsía) , en latín ecclesia, que significa “asamblea” o reunión de ciudadanos.

    Los cardenales  cubren su cabeza con el llamado “solideo” palabra compuesta de dos latinas (solo deo = a dios solo), que no es sino un gorro o casquete que cubre la coronilla o tonsura (coronilla afeitada) o parte superior de la cabeza. Los cardenales, de acuerdo con la etimología, sólo deberían retirar el solideo ante Dios, pero también lo hacen ante el Papa en señal de respeto.  Generalmente en todas las religiones los sacerdotes y fieles se  cubren o descubren la cabeza de forma ritual. El color de este solideo cardenalicio es  rojo púrpura, color reservado en la antigüedad a los reyes, príncipes y máximas autoridades. El solideo del Papa es de color blanco. El objeto más parecido y del cual quizás provenga es la kipá judía, palabra que significa “cúpula”, si bien ésta es de color negro  y su uso es obligatorio en todo espacio sagrado, a diferencia del uso del solideo.

    También el calzado es especial y se llama “cáligas”,  sandalias, en latín calligae, nombre del  calzado ordinario de los legionarios romanos, si bien las de los papas, cardenales y obispos van bordadas en rica seda. Recordemos la famosa película  del año 1968 “Las sandalias del pescador”, basada en la novela  homónima de Morris West,   en la que el actor Anthony Quinn interpreta el papel de un obispo ucraniano prisionero en una prisión soviética que es elegido Papa.

    La elección del nuevo papa o pontífice se realiza en la capilla Sixtina (nombre derivado de Sixto IV, el papa que ordenó su construcción), uno de los recintos más hermosos al lado de  la basílica de San Pedro, en el Vaticano, cuya bóveda decorada al fresco por Miguel Angel representa el Juicio Final, considerada la mejor obra del artista.

    La palabra basílica deriva de la latina basilica y ésta de la griega βασιλικὴ (real, propio del rey) y esta a su vez de de la griega βασιλεύς, basileus, (rey).  Si en principio significó el palacio del rey, la palabra parece haber sido tomada de la expresión helenística  βασιλικὴ  στοά, basiliké stoa,  ( pórtico real),  y es un edificio público usado como palacio de justicia, mercado, oficina de cambios y centro cívico social.  La planta de las basílicas solía ser alargada y rectangular y tenía varias galerías superiores en los laterales. Esta misma forma adoptaron los templos cristianos y con el tiempo el término designa exclusivamente a templos especialmente grandiosos, generalmente alargados y algunos de los cuales también conservan sus galerías aunque escasamente funcionales.

    Roma es conocida como “la ciudad de las siete colinas”: la del Aventino, Capitolino, Celio, Esquilino, Palatino, Quirinal y Viminal. Pero había más promontorios en la zona, como el Janículo, el Pincio o el Vaticano , en el Trastevere, al otro lado del río Tíber, fuera de los límites de la ciudad. 

    El nombre “mons vaticanus” hace referencia a lugar de los “vaticinios”, oráculos o profecías (señales que los dioses envían a los mortales), pudiendo significar algo así como “monte de los vaticinios o de las profecías”. En el Vaticano se encuentra también, según la tradición cristiana, la tumba de San Pedro, el apóstol al que Jesús declaró fundamento y base de su iglesia, que fue obispo de Roma y, en calidad de tal, papa y pontífice de toda la cristiandad. En el siglo IV el emperador Constantino manda construir la antigua basílica de San Pedro. La actual, el templo más grandioso de la Cristiandad, mandó construirla el Papa Julio II a partir del año 1506.

    Hoy el Vaticano es una ciudad-estado  muy pequeño  de menos de  medio kilómetro cuadrado, resultado de los acuerdos de Letrán de 1929.

    Por todo ello, cuando un papa o pontífice muere o cesa voluntariamente en su función (apenas ha habido dos casos en toda la Historia, uno precisamente ahora), los cardenales o príncipes de la Iglesia se reúnen en la Basílica de San Pedro en el Vaticano.  El color del humo de una estufa en la que se queman las papeletas de votación informa a la Cristiandad del resultado: si el humo es negro, es decir, la fumata (del latín  fumushumo) es negra debido a la combustión de las papeletas con paja húmeda, todavía no ha sido elegido el sucesor; si el humo es blanco (fumata blanca) un nuevo papa o pontífice ha sido elegido.

    Finalmente, el cardenal protodiacono (del latín  protodiacŏnus, y este del griego πρῶτος, primero, principal y  διάκονος, servidor, ministro) anuncia a la Cristiandad, bajo la fórmula  Urbi et Orbi (a la ciudad –Roma- y al mundo), en la lengua oficial del Vaticano, el latín, la elección con estas palabras, ya rituales:

    Annuntio vobis gaudium magnum;
    Habemus Papam:
    Eminentissimum ac reverendissimum Dominum,
    Dominum …,
    Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem….,
    Qui sibi nomen imposuit ….

    Os anuncio un gran gozo:
    Tenemos Papa:
    El eminentísimo y reverendísimo Señor,
    Don …
    Cardenal de la Santa Iglesia Romana ….,
    Que se ha impuesto el nombre de …
    .

  • Troya estaba situada donde decía el poema

    De Troya sabíamos muchas cosas; es uno de los temas que más literatura ha producido; pero durante miles de años se olvidó su ubicación. Y sin embargo el poeta nos decía muy claro donde estaba enterrada; sólo había que darle crédito.

    El poema de Homero la Iliada canta la guerra y destrucción de Ilion, Troya. La ciudad realmente existió en la costa del Asia Menor, en la actual Turquía.

    En realidad existieron varias Troyas. La del poema es nada menos que la VI. Los antiguos no se molestaban demasiado en retirar los escombros de una ciudad arrasada por la guerra o cualquier catástrofe natural o artificial. Era más cómodo y menos costoso construir sobre las ruinas.

    Pues bien, el emplazamiento de Troya lo descubrió el alemán Schliemann  en el año 1870  porque tuvo la ingenuidad o la genialidad de creer a pie juntillas en los datos e indicaciones geográficas que aportaba el propio poema, que consideraba Schliemann como relato de un hecho histórico.

    Quizás ello fue así porque Schliemann no era en principio sino un comerciante alemán que fraguó una enorme fortuna desde la nada, buen aficionado a la Arqeuología, que sólo pudo acudir a la Universidad a los 44 años y obtener el doctorado 3 años después.

    Este peculiar personaje, que realizó también otros notables descubrimientos en Grecia en Micenas, Tirinto, Orcómeno, no sólo aprendió griego, de cuyo ritmo y musicalidad se enamoró de niño sin entender una palabra, sino que a los 33 años dominaba 15 lenguas.

  • Perséfone es una personificación mitológica de la naturaleza

    Perséfone es un mito relacionado con la estaciones del año. La mitología griega es muy rica y variada, resultado de la propia genialidad helena y también de la confluencia de milenarias creencias asiáticas, mediterráneas, africanas (Mesopotamia, Egipto…).

    Muchos de los mitos griegos nos resultan hoy de difícil comprensión e interpretación. Otros son más evidentes.  Entre esa diversidad destacan algunos que claramente se refieren a fenómenos de la Naturaleza, para los que se busca una explicación, valga la redundancia “mítica”, fabulosa, todavía no científica.

    El mito de Perséfone

    Entre ellos uno de los más sugerentes y de más fácil interpretación en sus líneas generales es el de Deméter y Perséfone. Deméter ( Δημήτηρ,    ἡ Μητὴρ hê Mêtềr = la madre, madre de la tierra, de la agricultura y de los cereales, protectora de los matrimonios y muchas cosas más) es una diosa muy antigua. Perséfone es su hija , también conocida como Core (palabra griega que significa “la muchacha”).

    Hades (Plutón para los romanos), dios de los Infiernos, secuestró a Perséfone (Proserpina para los romanos) que se encontraba jugando con unas ninfas y la llevó consigo  a los infiernos,   palabra que evidentemente se refiere sencillamente al “mundo inferior” .

    Su madre la buscó desesperada e impidió mientras tanto que la Tierra fructificase y diera nueva vida. Hubo de intervenir Zeus, que obligó a Hades a devolverla a su madre, no sin antes engañarla para que comiera unas semillas de granada. El hecho de haber ingerido los granos de granada le obligaba a regresar durante una época del año al Infierno.

    Cuando la muchacha, Perséfone, estaba con su madre, Deméter,  la Tierra daba frutos y florecía; cuando Perséfone habita en el Infierno con Hades, la tierra se agosta, se seca y queda estéril.

    Este mito era conmemorado en otoño en toda Grecia con las fiestas llamadas “Tesmoforias” en las que sólo intervenían las mujeres, estando vedadas a los hombres.

    Explicación del mito

    El mito, evidentemente, se refiere a la sucesión de las estaciones del año: la tierra, la naturaleza toda, muere durante una época del año y se hace estéril y durante otra reverdece y ofrece sus frutos.

    Estos mitos de muerte y  resurrección , del ciclo de la vida que se reanuda constantemente, tuvieron una notable importancia en la mentalidad antigua y la siguen teniendo entre nosotros los modernos. Este ciclo de muerte y resurrección resulta evidente en el mundo vegetal, en el que los seres, muertos en invierno, resucitan en primavera. Los mitos referidos al mundo de la vegetación son innumerables; el de Perséfone es uno de los más hermosos y evidentes.

    Por lo demás, el éxito de muchas religiones estuvo en relacionar, en identificar el ciclo de la naturaleza con el ciclo vital del hombre, que también muere como es evidente, pero que está llamado a resucitar.

  • El Estado romano socorre a los ciudadanos hambrientos con la “annona”

    Algunos romanos celebraban banquetes pantagruélicos, pero lo realidad cotidiana de la mayoría de romanos era muy distinta: cientos de miles de ciudadanos debían ser socorridos diariamente para no morir de hambre.

    Frente al tópico del banquete pantagruélico, fruto en gran parte de la creatividad literaria, que ayer como hoy presta atención a lo excepcional  y anecdótico frente a lo común y prosaico, la realidad de Roma es mucho más triste:  miles de ciudadanos pasan hambre.

    Frente a la imagen   de la exagerada “Cena de Trimalción” en el Satiricón  de Petronio o las exquisiteces de la cocina de la obra de Apicio en su libro de cocina  “De re coquinaria”, la realidad es la de masas de ciudadanos sin capacidad adquisitiva suficiente ni para asegurar su mera subsistencia.

    Las crisis de subsistencia, desabastecimiento  y carestía de alimentos son frecuentes en Roma, sobre todo cuando van unidas a las malas cosechas y a las constantes guerras civiles.

    Durante la época republicana los problemas periódicos de subsistencia se solucionan primero de forma esporádica y  luego de manera más institucionalizada a partir de Cayo Graco (123 a.C), que  propone el reparto de grano subvencionado a parte de los ciudadanos, intentando por primera vez resolver  el problema de la falta de trigo.  Pero la clase senatorial conservadora no era partidaria de estos repartos subvencionados que los líderes populares defendían.

    En el 57 a.C. se producen graves disturbios en Roma y  por iniciativa de un tribuno de la plebe y  por recomendación senatorial, Pompeyo recibe la  "cura annonae", el encargo de avituallar Roma, por un período de 5 años con un presupuesto  de 40 millones de sestercios; es el precedente de lo que más tarde será la prefectura de la “annona”. 

    En época de Augusto (la primera referencia escrita es del año 14 d.C. )    la “praefectura annonae” es un edificio administrativo y un servicio  centralizado encargado de la importación de grano y otros productos para abastecimiento de la capital,  explotando y rapiñando con todo egoísmo los recursos de las provincias.

    El hambre, pues,  era habitual y frecuentes los disturbios y revueltas en la ciudad.  Séneca nos informa de que  cuando es asesinado Calígula sólo había en Roma reservas de trigo  para siete u ocho días

    Piénsese  que en el año 270 a.C. Roma tendría unos 180.000 habitantes, 375.000 en el 130 a.C. y un millón o más en época de Augusto.

    Ya en el año 73 se establece una ración por persona y mes de 5 modios (Salustio, Hist., 3.48). En época de Augusto se llegó a repartir trigo a 320.000 personas cabezas de familia, que luego el mismo Augusto redujo a 200.000. En total serían beneficiadas más de 600.000 personas. Si recibían 5 modios (modii) mensuales (unos 36,6 litros mensuales, el equivalente para hacer un pan de un kilo diario), 60 modii anuales por persona, se consumirían unos 12 millones al año, unas 80.000 toneladas a expensas del Estado. La ciudad necesitaba en total unas 200.000 toneladas para una alimentación suficiente.

    El trigo procedía fundamentalmente de Sicilia, de Cerdeña, del norte de África y sobre todo de Egipto, que proporcionaba entre 100.000 y 150.000 toneladas de trigo anuales.

    La Annona era, pues, una importante ayuda para la subsistencia diaria y para mantener el orden social. Sin la “annona” y sin el “circo” las cosas podían haber sido muy diferentes (panem et circenses).

  • “Conócete a ti mismo” , γνῶθι σεαυτόν (gnóthi seautón) , Nosce te ipsum , Know thyself ( Know yourself) Connais-toi toi-même, Conosci te stesso, Erkenne dich selbst.

    Esta antigua frase griega, ”conócete a ti mismo”, es la más sencilla invitación a reflexionar sobre sí mismo.

    Esta frase, cargada de alto valor ético y para algunos religioso, es también  una orden contundente e inquietante a la vez, porque nos enfrenta a los hombres, seres curiosos y  ávidos de conocimiento como somos, a la evidencia de la necesidad de conocernos, comprendernos y aceptarnos a nosotros mismos; con frecuencia también nos enfrenta a la evidencia de la carencia de ese autoconocimiento y consciencia de lo propio y personal.

    Una vez más son los griegos antiguos, que desarrollaron el conocimiento racional de la naturaleza, los que también centraron su reflexión en el hombre y por tanto en ellos mismos en cuanto tales.

    Pausanias, el célebre turista del siglo II de Cristo,  en su “Descripción de Grecia”, en el Libro X dedicado a la Fócida, en el capítulo 24, párrafos 1-2, nos dice que en el patio del templo de Apolo en Delfos, había inscritas (Plinio dice que con letras de oro) frases de utilidad para la vida de los hombres, que están en la  boca de todos los griegos,   (Εν δέ τώ προνάω τά έν Δελφοίς γεγραμμένα, έστιν ώφελήματα άνθρώποις εἰς βίον – en de to pronao ta en Delfois gegrammena estín ofelémata anthropois eis bion), tales como:

                   “conócete a ti mismo”  (Γνῶθι σαυτόν, gnóthi sautón),
                   “nada en demasía” (Μηδέν άγαν,medén ágan).

    Según el mismo Pausanias, estas frases, que recibían a quienes consultaban el oráculo, se atribuían a los Siete Sabios (Cleóbulo de Lindos, Solón de Aténas, Quilón de Esparta, Bías de Priene, Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene, Periandro de Corinto).

    Ya Platón nos había dicho en su diálogo Protágoras (343 b), que los Siete Sabios mostraron su admiración hacia el saber lacedemonio “cuando, reunidos en Delfos,  quisieron ofrecer a Apolo, en su templo delfico, las primicias de su sabiduría, y le consagraron las inscripciones que todo el mundo repite: Conócete a ti mismo y nada en demasía”.

    Muchas de estas frases  no han dejado de ser utilizadas y de animar la reflexión de los hombres desde entonces hasta hoy.

    Probablemente la que más éxito ha tenido es “conócete a ti mismo”,  sobre todo desde que el propio Sócrates la utilizara muchas veces, de manera especial  según se dice en el Diálogo platónico “Alcibíades”, en el que  enfrenta al joven y ambicioso  político ateniense con su propia ignorancia. Por eso es también atribuida erróneamente al propio Sócrates la paternidad del consejo.

    Naturalmente, los romanos, dominadores de Grecia pero capturados por su cultura, adoptaron la máxima inmediatamente bajo la forma “nosce te ipsum” o la menos citada "temet nosce".

    Si infinitos son los pensadores y filósofos que  asumen como propio  el “nosce te ipsum” o alguna de sus variantes , infinitos son  también los sentidos  en que se ha utilizado.


    La frase no deja de ser un enigma de interpretación diversa desde el principio. ¿Pretende tan sólo recordar al hombre su condición vulnerable y mortal? ¿Quizás pretende decirnos que necesitamos conocernos bien, que debemos conocer nuestra alma intelectual y racional para orientar bien nuestra vida?, o ¿tal vez que en uno mismo se encuentra  el tesoro de los tesoros y quien se conoce a sí mismo conoce el universo y a los dioses, como pretende Hermes Trismegisto, (el tres veces grande)?

    La misma idea expresa San Agustín, orientando la sentencia en sentido cristiano, cuando dice “no quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el interior del hombre  reside la verdad” (De la verdadera religión 39,72), inaugurando así el llamado “socratismo cristiano” del que habla Gilson.

    En todo caso “conocerse a sí mismo” es una tarea difícil, la más difícil, como afirmó Tales de Mileto, según nos cuenta Diógenes Laercio (Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, Libro I,12,15) o se dice en el Diálogo citado de Platón Alcibiades,130:

    A mí me pareció muchas veces, Sócrates, que estaba al alcance de cualquiera, pero otras también me pareció muy difícil”.

    Para otros autores la empresa es imposible y el hombre está condenado a no saber “quién es, de dónde viene y a dónde va” o en todo caso a tener un exiguo conocimiento de sí mismo y una ligera autoconciencia.

    En realidad esta “orden délfica” constituye uno de los pilares de la reflexión filosófica de todos los tiempos, de la ética y de la mística; infinitos autores desde la Antigüedad, como veíamos, pasando por la Edad Media de Pedro Abelardo (1079-1142), que la utiliza como título para su tratado “Ethica seu liber dictus: scito te ipsum”, o Petrarca.

    Entre otros, nuestro moralista Gracián (1601-1658) decía en su obra El Criticón, primera parte, cap. IX titulado “Moral anatomía del hombre”: “Quien comienza ignorándose, mal podrá conocer las demás cosas. Pero ¿de qué sirve conocerlo todo si a sí mismo no se conoce?”. 

    Más cerca de nuestro tiempo, repiten la misma idea otros muchos: 

    Hegel :"la conciencia de sí es el hontanar de la verdad

    Fichte: “Fíjate en ti mismo, desvía tu mirada de todo lo que te rodea y dirígela a tu interior. He ahí la primera petición que la filosofía hace a su aprendiz. No se va a hablar de nada que esté fuera de ti, sino exclusivamente de ti mismo

    Cassirer: “la autognosis constituye el propósito supremo de la indagación filosófica”  Montaigne: “cada hombre encierra entera en sí la forma de la condición humana

    No hay filósofo que no se inspire en la inscripción del templo de Delfos.

    Incluso en la actualidad cotidiana, en nuestra hiperactiva cultura, poco dada a la reflexión y a la tranquilidad de espíritu,   la máxima griega inspira los numerosos libros de autoayuda que buscan el norte personal  en la autoconciencia o en la aceptación de la identidad de sí mismo.

    Libros no por necesarios siempre valiosos. También aquí la sociedad del consumo y del inane bestseller ha encontrado una buena oportunidad para el negocio.

    Ojalá que este breve artículo sirva para orientar  la reflexión personal de algún lector, en el sentido que considere más oportuno, naturalmente.
     

  • Odi et Amo(Odio y Amo)

    Parece una contradicción y sin embargo es posible sentir simultáneamente estas dos fuertes pasiones. Al menos así lo confiesan Catulo y miles de amantes posteriores.

    Unos poetas cantan los hechos y hazañas gloriosas de los hombres; otros exponen los sentimientos íntimos y recónditos de su corazón. El amor, en sus mil formas y matices, es el objeto preferido de la poesía lírica.

    Gayo Valerio Catulo es un joven poeta latino que nació en  Verona (Italia) entre los años 87-84 a.C. y murió en Roma entre 57-54 a.C. , es decir, a los 30 años. Con frecuencia el extraordinario y divino don de la poesía va acompañado de una muerte joven y prematura.

    Hijo de una importante familia de provincias, marcho a estudiar a Roma. Allí participó en el círculo literario de moda, los llamados despectivamente “neotéricos”, νεώτεροι, “neoteroi” en griego, “poetae novi” en latín, “nuevos poetas” en castellano,  amantes de la poesía griega refinada, que buscaban la concisión y la perfección formal.

    Se enamoró, como tantos jóvenes impulsivos, de una bella y libertina dama de la alta sociedad romana, llamada Clodia, a la que él llama en sus poemas Lesbia. Sus amores fueron una larga sucesión de encuentros y desencuentros que amargaron al joven poeta y que en alguna otra ocasión comentaremos.

    Entre otros muchos poemas, en gran parte dedicados o referidos a su Lesbia, Catulo escribió un famoso dístico  o estrofa de dos versos, de dos líneas, que es lo que significa esta palabra de origen griego (δίστιχον , =dos líneas, filas ) En este poemita, de manera magistral expresó el sentimiento de amor-odio tan aparentemente contradictorio y tan frecuente.

    Lo presento en  latín y en  español, para que cada uno lo disfrute como pueda.

    Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris.
    Nescio, sed fieri sentio et excrucior.

    (Catulo, Poeseías, 85)

    Odio y  amo. Tal vez preguntes ¿cómo es posible?.
    No lo sé, pero siento que ocurre así y me torturo  

    Catulo supo expresar con toda contención y emoción el doble sentimiento que le hacía sufrir. Centenares de poetas han expresado de mil maneras un sentimiento similar. Miles, millones de amantes no podrán  expresarlo poéticamente (la poesía es un don que los dioses sólo conceden a algunos elegidos) pero se sentirán identificados con estos pocos versos, que nos sitúan tan cerca a hombres y mujeres del siglo I a.C. y del s.XXI de C.

    Por cierto  que Verona, la patria de Catulo, lo es también de Romeo y Julieta. ¿Serán estas tierras del norte de Italia, próximas ya a la frontera alpina, hoy como ayer, el clima y entorno que aviva estos amores románticos e imposibles?

  • Los mosquitos preservaron los templos de Paestum, Italia, Patrimonio de la Humanidad

    Sin duda el mayor agente de destrucción es el propio hombre. Un mosquito expulsó al hombre de Paestum y varios tempos griegos de la zona han llegado a nuestros días en un extraordinario estado de conservación.

    Los griegos de Síbaris fundaron la ciudad de Posidonia en la desembocadura del río Silarus, en la Magna Grecia (sur de Italia) a finales del siglo VII o principios del VI a.C. y allí enseñaron entre otros los filósofos Parménides y Zenón. En el año 273 a.C. se convirtió en colonia romana y prevaleció el nombre de Paestum. Posidonia o Paestum era célebre por sus rosas.


    No hay muchas noticias durante la época republicana e imperial romanas, pero sabemos que en el siglo V tenía obispo, aunque ya era evidente su decadencia.


    Tal vez por una modificación en el nivel de la costa, muy cercana, o por las condiciones de la desembocadura del río, la zona se convirtió en una ciénaga pantanosa, perfecto hábitat para el desarrollo del insecto “anopheles”, cuyas hembras chupan la sangre y transmiten el paludismo.


    Fueron precisamente estas condiciones de insalubridad las que obligaron a sus habitantes a abandonar este lugar, que ocupado por la maleza y la vegetación permaneció oculto hasta que en el s. XVIII el rey Carlos III de España, entonces rey de Nápoles, mandó construir una carretera cuyo trazado pasaba precisamente por la ciudad. 


    En ella entre otros edificios, había tres tempos dóricos del siglo VI a.C. dedicados a Hera, Apolo y Atenea, aunque tradicionalmente se consideraron dedicados a Poseidón o Neptuno y Ceres. Son los templos  griegos mejor conservados. Los romanos construyeron el obligado foro o gran plaza y otros elementos propios del urbanismo romano como el anfiteatro.


    La Unesco  ha declarado al conjunto Patrimonio de la Humanidad, ante el que nos emocionamos los visitantes por su extraordinario estado de conservación, una vez erradicado naturalmente el molesto mosquito que tan buen servicio ha prestado indirectamente a la Humanidad, cuya sangre busca si tiene ocasión. En esta ocasión fue el viento emponzoñado el que preservó la maravilla.

  • El agua conserva los pecios, que no son peces, sino yacimientos arqueológicos submarinos

    El mar ha invadido las costas a lo largo de los siglos y en su fondo yacen miles de barcos naufragados, que ahora podemos rescatar.

    Si las cenizas del fuego del Vesubio preservaron Pompeya y el aire insano plagado de mosquitos palúdicos nos guardaron los templos de Paestum, el  otro elemento primigenio, el agua,  no podía ser menos y así nos ha conservado cientos de yacimientos arqueológicos.


    El “Mare Nostrum” (Nuestro mar) , el mar Mediterráneo (en medio de las tierras del Imperio) viene siendo surcado por naves militares o comerciales desde la noche de los tiempos, al menos desde el II milenio a.C. de manera regular.

    Esas naves, fletadas por valientes comerciantes o dirigidas por aguerridos caudillos, que generalmente no pierden la costa de vista (navegación de cabo a cabo –cabotaje-) están permanentemente expuestas a la ira de los dioses o de la naturaleza: Júpiter todopoderoso rey del cielo, Poseidón o Neptuno, dios del mar, Eolo que custodia los vientos en su cueva y los gobierna a su capricho, y tantas y tantas otras divinidades,  conducen las naves a su destino prefijado o las proyectan implacables al fondo del mar.


    Los sedimentos marinos, en las condiciones suficientes, han recubierto y en consecuencia protegido esos naufragios ( de  navis frangere: romper o fracturar  la nave) durante centenares de años. Su estudio ahora nos aporta interesante información sobre los movimientos de nuestros antepasados en el Mediterráneo, sus relaciones comerciales, sus gustos y caprichos, sus ansias expansivas, su búsqueda de metales, la difusión de sus creencias, de sus ideas, de sus conocimientos, de su cultura.

    De todo esto y mucho más nos dan cuenta y razón los “pecios”, nombre extraño para los no expertos  derivado del termino latino "petius", relacionado con  "pittacium", "pedazo", que designa  a las naves o fragmentos de naves naufragadas o  hundidas por cualquier causa.

  • Tempus fugit, el tiempo se nos escapa de forma irreparable

    «Tempus fugit», «el tiempo huye». Es una frase tomada de un verso de Virgilio que dice más exactamente “Sed fugit interea fugit irreparabile tempus», «pero  huye entre tanto, huye irreparablemente  el tiempo».

    Muy pronto debieron comenzar los hombres a intentar medir el tiempo, tal vez con la falsa ilusión de atraparlo. La sucesión cíclica de los días y las noches, el trascurrir de la luz del propio día, la percepción de la propia vida y de su fin, la efímera existencia de los seres,  incitaron al hombre a medir, controlar, recordar el paso del tiempo.

    Algunos monumentos  megalíticos prehistóricos están sin duda en relación con el ciclo solar. Los obeliscos egipcios parecen ser el índice de un gran reloj solar. Mitos antiquísimos se refieren a los deseos humanos de inmortalidad, de negación del tiempo destructor.

    Para medir el tiempo se inventaron los relojes

    Reloj es una palabra derivada de la latina “horologium” y esta a su vez de la  griega  “horologion”( de hora = hora y lego = yo indico). El reloj es un instrumento que utiliza una unidad convencional de medida.

    En realidad, como indica la división del día y de la noche en doce horas que todavía mantenemos, debieron ser los sumerios quienes comenzaron a repartir así la duración de los días. Naturalmente, este sistema duodecimal debe estar en relación con la aparición de doce lunas a lo largo del año. En todo caso, a principios del II milenio antes de Cristo los egipcios ya tenían instrumentos para dividir el día y la noche en  24 períodos.

    Los griegos llamaron a esos periodos “horas”; de ellos  tomaron la palabra los romanos y nos la transmitieron  a quienes hablamos una lengua derivada del latín y también al inglés (hour).

    Los relojes más elementales son los de sol, en los que la sombra variante de un índice, eje o varilla llamado gnomon  (γνώμων: ‘conocedor,guía’ y por extensión ‘escuadra, aguja, reloj de sol’) proyectada por la luz del  sol sobre una superficie indica los intervalos del paso del propio sol.  Los griegos llamaron clepsydra al reloj de agua (de κλέπτειν kleptein, ‘robar’; ὕδωρ hydor, ‘agua’ )

    Pues bien, los relojes de sol eran a veces ilustrados con una frase latina referente al paso del tiempo. Esta costumbre y las propias frases estuvieron luego de moda a partir del Renacimiento y han perdurado hasta nuestros días.

    Aunque las frases susceptibles de ilustrar un reloj son infinitas, las más frecuentes son muy pocas y a ellas me referiré, porque tal vez el lector actual las haya observado en actuales relojes de sol e incluso en las esferas de relojes de péndulo e incluso  en los en hoy más comunes de pulsera o de bolsillo.

    La más frecuente sin duda es “Tempus fugit = el tiempo huye”, con referencia explícita al veloz trascurso del tiempo. Es una frase tomada de un verso de Virgilio en su obra Georgicae, III, 284 que dice más exactamente “«Sed fugit interea fugit irreparabile tempus», «Pero  huye entre tanto, huye irreparablemente  el tiempo» .

    En algunos casos la frase se ha  ampliado a «Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra». “El tiempo vuela, como las nubes, como las naves, como las sombras”  haciendo una mezcla de varias referencias al Libro de Job del Antiguo Testamento:» como las nubes» (Job, 7,9), «como las naves»  (Job, 9,26), «como las sombras» (Job, 14,2); así que propiamente no es una frase de autor clásico.

    El sentido último de tempus fugit está en relación con la frase carpe diem

    El sentido último de la frase tempus fugit  está en relación con la frase, también frecuente en algunos relojes,  “carpe diem”  (aprovecha el momento). Esta es una de las frases más famosas de Horacio y de la literatura universal, extraída de sus Odas (Odas, I,11,8). En buena lógica si tempus fugit, carpe diem, si el tiempo se nos escapa, aprovecha la ocasión.

    Una palabra latina que obligatoriamente aparece en determinados relojes modernos suizos es «Festina«, puesto que es la marca comercial de ellos. La palabra es el imperativo de un verbo que significa “apresúrate, date prisa«.

    Probablemente el lector conoce la frase más completa festina lente, oxímoron (combinación de elementos lingüísticos aparentemente contradictorios) que signifca “apresúrate lentamente”  .  El historiador romano Suetonio atribuye   esta frase  al emperador Augusto  (Suet. Lib. II,Aug. 25.4) . Por cierto que según Suetonio, Augustó pronunció la frase en griego:  «Speude bradeōs» (Σπευδε βραδεως) y no en latín.

    Una versión más castiza y refranesca es nuestro “vísteme despacio que tengo prisa”.

    Con cierta frecuencia aparece, sobre todo en los relojes de las torres de las iglesias, la inquietante frase “Vulnerant omnes, ultima necat”  (todas hieren, la última mata) refiriéndose a las horas. Otra versión de idéntico significado es “Omnes feriunt, ultima necat” y otra más todavía “Laedunt omnes, ultima necat

    Estas son las frases más frecuentes que iluminan los relojes,  pero las posibilidades son muy numerosas, porque no sólo se emplea el latín, aunque habremos de reconocer que la fuerza expresiva de la concisión propia de la lengua de los romanos resulta inigualable, incluso para los ingleses, que también adornan el famoso reloj de la Torre del Big Ben con una frase latina, aunque la frase no haga referencia al inexorable paso del tiempo, sino que expresa los mejores deseos para la  reina Victoria.
    La frase dice “DOMINE SALVAM FAC REGINAM NOSTRAM VICTORIAM PRIMAM» (Señor, guarda a salvo a nuestra reina Victoria I), es decir la versión latina de la famosa  frase inglesa “God Save The Queen”.