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  • La proskynesis o inclinación ante el rey

    ¿Por qué algunas personas se inclinan ante otras para reconocerles un estatus social superior?

    En la actualidad en nuestro mundo  existen un buen número de monarquías, aunque muchas de ellas, no todas, están sometidas a las leyes democráticas. Aunque muy distintas de las monarquías de otras épocas en las que los reyes gobernaban realmente, todavía hoy están acompañadas de ciertos rituales y comportamientos protocolarios que chocan no poco en las sociedades democráticas. Entre los ritos quizás más significativos está la inclinación que numerosos ciudadanos realizan ante el saludo o la presencia de los reyes. Para otros este acto es impropio de los tiempos actuales.

    Este acto ritual es muy antiguo y generalmente se le concede un origen oriental. En griego antiguo se llamaba  proskynesis (προσκύνησις ), palabra formada de pros– (hacia) y kyneo (besar) al saludo ritual que los persas hacían a su rey.

    Es Heródoto, el padre de la Historia, que vivió en el siglo V antes de Cristo, el que nos informa en su Historias, 1,134  de la forma como se saludan los persas:

        “Cuando se encuentran dos en la calle, puedes saber si son o no de la misma clase social, porque si lo son, no se saludan de palabra sino que se besan en la boca; si uno  de ellos es de condición algo inferior se besan en la mejilla; pero si uno de ellos es de condición mucho menos noble, postrándose le ofrece reverencia”

    En la corte del rey este saludo, que Heródoto vio en la calle, estaba ritualizado y formalizado en función también del rango de los súbditos, que se prosternaban, arrodillaban, se inclinaban o le enviaban un beso.

    Heródoto no enjuicia negativamente este saludo, pero los griegos consideraban este acto humillante porque  sólo se postraban ante sus dioses e interpretaban que el rey persa era adorado como un dios, aunque los persas no lo veneraban como tal; era un rito de vasallaje para reconocer  su superioridad. 

    Así cuando Alejandro Magno conquistó el imperio persa y quiso introducir este rito en el verano del año 327 a.C. porque era la costumbre de sus nuevos súbditos y pretendía unificar el ceremonial,  se generó malestar entre sus compañeros griegos.

    El siguiente texto de Flavio Arriano, historiador y filósofo griego del siglo II de nuestra era es ilustrativo del momento:

    (Intervención de Calístenes: Ni siquiera a Heracles tributaron honores divinos los griegos mientras vivió, e incluso después de muerto hubo de esperarse a que el dios de Delfos diera su autorización para tributarle honores propios de un dios. Ahora bien, si por encontrarnos tratando este tema en una región bárbara hay que pensar con mentalidad bárbara, creo, Alejandro, que he de pedirte que te acuerdes de Grecia, por cuyo motivo organizaste esta expedición, a fin de anexionar Asia a Grecia. Considera detenidamente lo siguiente: cuando regreses a Grecia, ¿vas a obligar a los griegos, que son los hombres que en mayor aprecio tienen su libertad, a aceptar la proskynesis, o eximirás de ella a los griegos, manteniéndola como afrentosa obligación para los macedonios? ¿O tal vez piensas delimitar de una vez por todas estas cuestiones de honores, de modo que recibas los que son propios del hombre de parte de griegos y macedonios, y reservarás modalidades que usan los bárbaros para cuando te halles entre bárbaros?   (Anábasis de Alejandro Magno, IV,11,7-8;  traducción de Antonio Guzmán para la edición de Editorial  Gredos)

    No sabemos con precisión lo que ocurrió entonces, aunque el mismo Arriano nos dice que eximió a los griegos, pero el rito lo utilizaron sus sucesores; también se fue imponiendo en el ritual de los emperadores romanos, sobre todo en la segunda parte del imperio, conocida como Bajo Imperio o Dominado, y de alguna manera ha llegado a nuestros días, como decíamos al principio, en que muchas personas sienten un respeto reverencial ante los reyes.

    Relacionado con este tema está en cierto sentido la deificación de los monarcas, del propio Alejandro y de los emperadores romanos, de la que hablaremos en otra ocasión.
     

  • ¿Fue el dominador Julio César dominado por sus mujeres?

    En la vida de Julio César jugaron un papel muy importante un buen número de mujeres. Todos los historiadores no valoran de la misma forma su influencia.

    Julio César jugó un papel esencial en la Historia de Roma y, como consecuencia,  en toda la Historia occidental y por eso se han escrito miles y miles de páginas sobre este complejo personaje.

    En la vida de César jugaron un papel importante las numerosas mujeres con las que por una u otra razón tuvo relación. El famoso historiador y premio nobel (1902) Theodor Momsen (1817-1903), autor de más de  mil quinientos títulos, entre ellos la famosa Historia de Roma, opinaba  que estas mujeres lo dominaron a su capricho.

    Probablemente Julio César tuvo una vida sexual muy activa desde joven, dado el especial atractivo que parece que tuvo para las mujeres,  y por esa vida  pasaron unas cuantas señoras  de especial relevancia, que evidencian la importancia de la conveniencia política a la hora establecer relaciones con familias  importantes más que el amor. Suetonio  resume esta característica al recordarnos los versos que sus soldados le cantaban con poco respeto el día de su desfile triunfal en Roma (ese día lo tenían permitido):  “Ciudadanos, guardad vuestras esposas, traemos a un calvo adúltero”.

    Desde luego, en César tuvo especial importancia su madre Aurelia, dado que el padre murió pronto, y sus hermanas, especialmente Julia la Mayor. En el año 83 a.C. se casó con Cornelia, hija de Cinna, por influencia de su tía Julia, mujer de Mario, tras romper el compromiso adquirido por su padre con Cosucia, de una aristocrática familia. De este matrimonio con Cornelia nació Julia, su única hija legítima. Debió sentir verdadero amor por su esposa  porque cuando el dictador Sila le exigió que se divorciara, se negó y hubo de huir de Roma para salvar su vida.

    Su hija Julia, comprometida con Cepión, el tío de Bruto, se casó con Pompeyo por razones políticas una vez que éste se divorció de Mucia, a la que el propio Julio César cortejó. Buscaba así  César asegurar las relaciones con la poderosa Gens Pompeia. Julia murió de parto en el año 54 a.C., como con frecuencia ocurría entonces. Debió ser un año duro para Julio, porque también murió su madre Aurelia, que había tenido en él una notable influencia, como dijimos.

    En el año 68 a. C. se casó con Pompeya, nieta de Sila,  por evidentes razones de conveniencia política. De ella se separó en el año 63 a.C. por ser adúltera con el conflictivo  y violento Publio Clodio durante las fiestas exclusivas para mujeres dedicadas a la Bona Dea.  Clodio se disfrazó de mujer para tener acceso a Pompeya. Este es el episodio que dio lugar a la famosa frase: “La mujer de César no sólo debe ser honrada, sino parecerlo”, basada en una información que Plutarco nos da en sus Vidas Paralelas, en  biografía de Cicerón, 29.7 y en la de Julio César, 10.6.

    En el año 59 se casó con Calpurnia, veinte años más joven, buscando descendencia y buenas relaciones con Lucio Calpurnio Pisón, influyente dirigente popular que con su ayuda fue nombrado cónsul el año 58 a.C. No tuvo descendencia.

    Calpurnia fue la esposa que la víspera del asesinato de su marido tuvo un sueño premonitorio y horrible en el que preveía la muerte de su esposo, pero este matrimonio podía no haber durado tanto si Pompeyo hubiera aceptado casarse con Octavia, sobrina de César, y concederle a él mismo la mano de su hija.

    Una persona tan poderosa, atractiva ( conocida es la fuerza  erótica del poder) y tan sexual, en un ambiente tan propicio como el de Roma en los albores del Imperio, tuvo, naturalmente, numerosas amantes. Una de las más importantes fue Servilia, hermana de Marco Porcio Catón el Joven y madre de Marco Junio Bruto, uno de los asesinos de César. Sin duda Servilia fue la más querida y más amada. Hasta  se ha planteado la posibilidad de que el verdadero padre de Bruto fuera César, pero no hay ninguna prueba de ello, aunque en el momento del magnicidio César pronunciara la también famosa frase “¿Tú también, hijo mío?”, en latín “Tu quoque fili mi?” , aunque el historiador Suetonio afirma que la dijo en griego:” Καὶ σὺ τέκνον, kai sy teknon” (Suetonio, Iul. 82.2) . La relación duró desde el año 63 hasta el 44, año de la muerte de César, y parece que lo que subyacía era el amor.

    Resulta  especialmente interesante  que varias de las amantes de César fueran las esposas de adversarios políticos. Parece como si César disfrutase especialmente de estos amores ya que a su superioridad política uniría  su superioridad como amante.  Así mantuvo relaciones con Postumia, esposa de Sulpicio Rufo; con Lolia, mujer de Aulo Gabinio;  con Mucia, segunda mujer de Pompeyo de la que se divorció precisamente por esta relación;  con Tertula, mujer de Craso, el tercer miembro, junto con Pompeyo,  del “triunvirato” que se repartió el poder al final de la República romana.

    Famosas fueron sus relaciones con mujeres extranjeras. Así su relación con Eunoe, esposa de Bogud, rey de Mauritania, de extraordinaria belleza. 

    Pero la relación más famosa la tuvo con la reina de Egipto Cleopatra VII Filopator. Junto a la atracción física le movían sin duda intereses políticos  para controlar las ricas tierras egipcias, granero de Roma. Cleopatra permaneció en Roma, en los jardines de César,  de septiembre del 46 a abril del 44 a.C.  después de la muerte de César. Julio César dudó de que él fuera el padre del niño  Tolomeo César, conocido como Cesarión y asesinado luego por orden de Octavio, pero permitió que llevase su nombre.

    En fin, parece evidente  que difícilmente las mujeres de Roma y aun del extranjero, fuera por razones sexuales o políticas, pudieran rechazar las proposiciones de César, tan poderoso; según algunos tampoco los hombres, pero es difícil saber con precisión cuánto hay de verdad y cuanto de ficción en la biografía de este personaje. De ello nos ocuparemos en otra ocasión.
     

  • «Sátrapa» no siempre fue un insulto

    En algunos contextos la palabra “sátrapa” tiene un significado peyorativo, negativo, derivado del poder que tal cargo tenía en la antigua Persia.

    La palabra sátrapa deriva del latín  satrăpa, esta del griego σατράπης, y esta del avéstico o antiguo persa ẖšathrapāvan, que significa “protector del territorio”.

    Actualmente, entre otras acepciones, se refiere a la persona que abusa de su poder o autoridad con sus subordinados, con evidentes connotaciones negativas y peyorativas en una época en que la libertad es un valor y derecho fundamental de las personas.

    En cambio en la antigua Persia, “sátrapa” era el nombre o título del gobernador de una provincia,  del virrey que gobernaba en nombre del rey. De su poder absoluto, del que con frecuencia se excedieron, derivó el significado peyorativo. 

    Los propios reyes persas desconfiaban ya del poder y comportamiento de estos “sátrapas” y por eso crearon una figura inspectora curiosa, los  funcionarios  llamados  “ojos y oídos del rey”, que recorrían el imperio y emitían los correspondientes informes.

    En fin, la información precisa y de confianza siempre debió ser un problema para los monarcas de reinos o imperios de gran extensión porque muchos cientos de años después, hacia el año 800 de nuestra era, el emperador Carlomagno crea  la figura de los “missi domici”, los enviados del señor,  pareja de inspectores constituida por un laico y un eclesiástico, que recorrían el imperio carolingio. 

    Hoy la tarea parece más compleja pero no menos importante, como indican los diversos centros y servicios de inteligencia de los países o nos revelan los miles  de cables de la diplomacia americana difundidos por Wikileaks.

  • Crímenes sobrecogedores

    En la antigüedad grecolatina son varios los mitos que nos narran algunos crímenes sobrecogedores.

    Los hombres y mujeres somos seres de una enorme complejidad emocional. A veces nos sobrecogen  acciones  heroicas de un altruismo absoluto; otras nos estremecen hechos de una incomprensible crueldad.

    Son sin duda especialmente aterradores los infanticidios, en los que un padre o una madre, enloquecidos o con incomprensible sangre fría, matan a sus propios hijos indefensos en lo que parece una violación de las más sagradas leyes naturales.

    Ocurre también ahora, en los tiempos modernos, alguna vez, sin que podamos imaginar qué descontrol emocional puede ser el causante.

    En la antigüedad grecolatina son varios los mitos que nos narran algunos de estos crímenes. En su intuición o en su profundo análisis del comportamiento humano, también los antiguos griegos abordaron estos actos horrendos, que en alguna ocasión se producen, aunque fuera bajo el ropaje literario del mito.

    Es el caso de Filomela, hija de Pandión, rey de Atenas, a la que violó Tereo, el marido de su hermana Procne, loco de pasión por su belleza e insensible a sus súplicas. Para que no pudiera contárselo a su hermana le cortó la lengua y la encerró. Pero Filomela bordó pacientemente en un manto  su triste realidad e informó así a su hermana Procne de la maldad de Tereo. Las dos hermanas, ¡oh terrible locura!, tramaron una venganza horrenda. Procne mató a su propio hijo, cuyo parecido le recordaba permanentemente a su esposo, y entre las dos hermanas lo despedazaron y cocinaron para el padre criminal. Cuando acabada la comida, Tereo preguntó por su hijo, las enloquecidas hermanas le dijeron “que su hijo ya estaba con él”. Sobrecogidos los propios dioses, quisieron poner fin a esta cadena de crímenes convirtiendo a Tereo en abubilla, a Filomela en golondrina y a Procne en ruiseñor.

    Probablemente el relato mítico más famoso sin duda es el que se refiere a Medea, hija de Eetes, rey de la Cólquida, hechicera. Locamente enamorada, ayudó a Jasón y a los Argonautas en su conquista del famoso vellocino de oro (vellón es la piel de cordero), traicionando a sus propios compatriotas. Jasón la llevó consigo y prometió hacerla su esposa en reconocimiento a su ayuda. Después de muchas peripecias, cuando llegaron a Corinto, Jasón, faltando a su palabra, abandona a Medea para casarse con la princesa Glauca, hija del rey Creonte. La hechicera Medea envía a Glauca un vestido, regalo de bodas, que al ponerlo sobre sus hombros le prende fuego como a una tea. La venganza sobre Jasón es mucho más cruel si cabe: madre y amante abandonada, humillada, enloquecida, mata a los dos hijos que había tenido con él para golpear al amante infiel.

    Medea es el título de una de las más famosas tragedias de Eurípides, y desde la Antigüedad ha sido tema frecuente para las diversas artes. Existen más de una docena de óperas sobre este asunto, desde la de Charpentier en 1693 hasta la de Oscar Strasnoy del año 2000. 

    Medea es también el título de una película de Pasolini del año 1969; en ella es la famosa María Callas la que interpreta a la mítica figura. En esta película Pasolini contrapone los dos componentes de la cultura antigua e incluso del comportamiento de todo hombre, el mundo mágico e irracional de Medea al racional y fríamente calculador de Jasón.

    Medea se representa una y otra vez en los escenarios de toda Europa.

    Reproduzco una pequeña parte del diálogo final entre Medea y Jasón, en la traducción que para la Editorial Gredos hizo Alberto Medina González de la obra de Eurípides. Tal vez esta pequeña muestra anime al lector a una lectura completa de la tragedia:

    JASÓN.-… Habiéndote casado después conmigo y dado hijos, por celos de un lecho y una esposa los    mataste. No existe mujer griega que se atreviera a esto, y, sin embargo, antes que con ellas preferí casarme contigo   -unión odiosa y funesta para mí-, leona, no mujer, de natural más salvaje que la tirrénica Escila…

    MEDEA.-… Tú no debías, después de haber deshonrado mi lecho, llevar una vida agradable ,riéndote de mí ;ni la princesa, ni tampoco el que te procuró matrimonio, Creonte, debían haberme expulsado impunemente de esta tierra. Y ahora, si te place ,llámame leona  y Escila que habita el suelo tirrénico. A tu corazón, como debía, he devuelto el golpe.

    JASÓN.- También tú sufres y eres partícipe de mis males.

    MEDEA.- Sábelo bien: el dolor me libera, si no te sirve de alegría.

    JASÓN.- ¡Oh hijos, qué madre malvada os cayó en suerte!

    MEDEA.- ¡Oh hijos, cómo habéis perecido por la locura de vuestro padre!

    JASÓN.- Pero no los destruyó mi mano derecha.

    MEDEA.- Sino tu ultraje y tu reciente boda.

    JASÓN.- ¿Te pareció bien matarlos por celos de mi lecho?

    MEDEA.- ¿Crees que es un dolor pequeño para una mujer?

    JASÓN.- Si ella es sensata, sí, pero para ti es la mayor desgracia

    MEDEA.- (señalando a los cadáveres) Ellos ya no viven. Esto te morderá.

    JASÓN.-  Ellos viven, ay de mí, como genios vengadores de tu cabeza.

    MEDEA.- Los dioses saben quién comenzó la desgracia.

    JASÓN.- Conocen, sin duda, tu alma abominable
    ….
                                                      (Medea, 1336…-1373)

  • La religión grecorromana bebió de varias fuentes

    Todas las religiones defienden su peculiaridad y unicidad, pero en realidad todas se alimentan de las creencias, mitos y ritos preexistentes en su entorno.

    Hay una teoría sostenida por numerosos autores, simplista sin duda, que nos ayuda a entender algo de la complejidad de la religión griega y por extensión de la romana. Es la teoría de las dos fuentes. A lo largo del II milenio antes de Cristo oleadas diversas de un pueblo indoeuropeo del norte, de cultura pastoril y patriarcal, entró en las penínsulas mediterráneas del sur de cultura agrícola y matriarcal. Esto explicaría fundamentalmente la creación y evolución de la religión grecorromana.

    Pero a ello deben unirse sin duda las múltiples influencias del este, de Mesopotamia, de Egipto, Asia Menor, Oriente Próximo, etc. de una zona en la que se vienen desarrollando mitos agrícolas desde cuatro o cinco mil años antes.

    En realidad toda religión es un sincretismo de creencias, ritos y mitos como pone en evidencia precisamente la historia de las religiones y las mitologías de los países mediterráneo y del próximo oriente. Así por ejemplo, el matrimonio entre Zeus y Hera significaría la convivencia obligada del dios masculino europeo con la diosa madre mediterránea.

    En todo caso, frente a las corrientes históricas, no exentas de ideología poco científica, que intentan justificar la cultura griega como fruto exclusivo de un componente indoeuropeo por oposición a lo oriental, (que con frecuencia se identifica con lo semítico), hemos de mantener una postura abierta a todo tipo de información, crítica y objetiva con la realidad y con las fuentes antiguas, que ya reproducen el tópico de la exclusiva racionalidad griega frente al pensamiento mítico circundante.

  • El primer texto de pensamiento político también nos lo proporciona Heródoto

    Los antiguos griegos teorizaron sobre los diversos sistemas políticos: monarquía, democracia, tiranía…)

    Son varias las  formas de poder personal: monarquía, realeza, tiranía,… Son distintos, pero  los tres términos  tienen relaciones entre sí.

    A lo largo de la Historia, los antiguos griegos no sólo tuvieron diversos sistemas políticos (monarquía, democracia, tiranía…), sino que con frecuencia teorizaron sobre tema tan importante y a ello se dedicaron sus pensadores más ilustres como Platón o Aristóteles. No podía ser de otra manera por parte de quienes crean la filosofía, la retórica, la ciencia, y reflexionaron y teorizaron sobre tantas cosas. Sus reflexiones de ninguna manera fueron simples, antes bien, complejas y detalladas.

    Debemos a Heródoto, el “Padre de la Historia”,  el primer texto de la literatura griega en que se definen las diversas formas de gobierno, el primer texto de pensamiento político. En sus Historias, III,80,1 pone en boca de  tres persas (el rey Darío y sus generales Ótanes y Megabizo) las ventajas y perjuicios de la monarquía, la democracia y la oligarquía.

    Ótanes rechaza la monarquía (del griego μονος,mónos, uno, y αρχειν, arjéin, gobierno) porque el monarca (rey o tirano no quedan delimitados)   puede hacer lo que quiera sin dar cuenta por ello, desarrolla la soberbia y desmesura  (ὕϐρις, hybris) y la envidia de los que le rodean y viola y da muerte sin juicio a los que considera sus enemigos. Ótaanes defiende el “gobierno del pueblo” o isonomía (del griego ἰσονομία «igualdad ante la ley; a su vez  de ἴσος  isos, "igual" y νόμος nomos, "uso, costumbre, ley"),  porque las magistraturas se ejercen por sorteo,  se rinden cuentas y los asuntos se someten a la deliberación del pueblo.

    Megabizo rechaza la democracia o isonomía o gobierno del pueblo porque el vulgo es ignorante e insolente y desenfrenado. Propone elegir a un grupo de personas bien preparadas, es decir, la oligarquía, (del gr. ὀλιγαρχία, ολίγο =poco y αρχειν (arjéin): gobierno.

    La oligarquía se considera luego como una degeneración de la aristocracia «gobierno de los mejores» (del griego ἀριστοκρατία aristokratía, de ἄριστος, aristos, el mejor, el excelente, y κράτος ,kratos, poder) y por tanto también tiránica.

    Darío rechaza la democracia porque en ella es inevitable el libertinaje; rechaza también  la oligarquía porque inevitablemente se producen  las rivalidades y los odios, las disensiones y los asesinatos de unos y otros porque todos quieren ocupar la cabeza; y se muestra partidario de la monarquía, porque al tratarse de un solo gobernante,  se guardan mejor los secretos de estado y se evitan los problemas anteriores. Pero esta monarquía no es tiranía porque gobierna correctamente al pueblo. Así la democracia degenera en oligarquía y ésta a su vez en monarquía, que es el mejor sistema, porque el monarca actúa de árbitro entre los grupos aristocráticos  y favorece al pueblo. Pero incluso este monarca fácilmente se convierte en tirano, que arrebata la libertad a sus ciudadanos.

    Sócrates, Platón, Aristóteles elaboraron luego profundamente estas ideas, pero el primero que plantea la discusión, al menos el primer texto que conocemos, es del “padre” Heródoto.

    Hoy en día los ciudadanos del mundo occidental son mayoritariamente democráticos, pero no faltarán voces, que se oyen con alguna frecuencia, de defensa de los regímenes oligárquicos que consideran al pueblo como ignorante y fácilmente manejable.

    Curiosamente subsisten también en occidente buen número de monarquías, aunque su función política, muy reducida, queda sometida a las leyes democráticas.

    E incluso  en buena parte de países del planeta existen monarquías, monarquías tiránicas, oligarquías y oligarquías tiránicas y en ellos  no existe la libertad del ciudadano. Ha mejorado sin duda la humanidad, pero cuánto cuesta extender y mantener la libertad.

     

    Véase también:  la historia tuvo un padre

  • Europa versus Asia: una vieja rivalidad

    Sabido es que la Guerra de Troya, que Homero canta en su poema “La Ilíada” se desencadenó porque el príncipe troyano Paris, de visita en Grecia, raptó a la rubia Helena, esposa de Menelao, y la llevó a la corte de su padre, Príamo, en Troya.

    Los pueblos griegos se unieron bajo el mando de Agamenón, “pastor de pueblos”  (ποιμὴν  λαῶν, poimen laôn) ,  y sitiaron la ciudad hasta destruirla después de  diez años de lucha. Este es el asunto literario que dio origen a un ciclo tan productivo en la creación literaria y artística griega y aún después hasta nuestros días por la importancia cultural del mundo clásico.

    Heródoto, al principio de sus “Historias”, cita varios precedentes de raptos de mujeres como origen del secular enfrentamiento entre Asia y los griegos, entre Oriente y Occidente:   el rapto de “Io” por los fenicios, rapto de Europa por los griegos, rapto de Medea por los griegos     ….. Así que este mito y motivo del “rapto” ha sido muy productivo en la historia de la Mitología y de la Literatura, en la Antigüedad y aun después para justificar el secular enfrentamiento entre Occidente y Oriente, entre la Europa de la libertad y el Asia de la tiranía. 

    Pero por debajo del relato literario, hay una realidad histórica que explica los enfrentamientos entre griegos y troyanos en el caso que nos ocupa como fruto de la competencia por la colonización de todo el Mediterráneo  entre pueblos diversos, como los fenicios.

    No  es ocioso recordar  que los fenicios son culturalmente semitas (el fenicio y el hebreo son dos lenguas tan próximas que se entienden entre ellas) frente a la entidad indoeuropea de los griegos, aunque estos conceptos nacionalistas deban ser matizados y relativizados en extremo, porque la excesiva importancia concedida al componente indoeuropeo o ario en los orígenes de Grecia se fraguó en un contexto científico contaminado por el nacionalismo germánico.

    No es tampoco inoportuno recordar cómo esta zona del planeta fue y sigue siendo de gran importancia geoestratégica y por lo tanto sede de conflictos permanentes hasta nuestros días. A su importancia geoestratégica se une ahora su riqueza en petróleo, fuente de energía y materia prima indispensable hoy en día y nuevo motivo de enfrentamiento.

    Véase también en este mismo blog los artículos

    guerras medicas

    la historia tuvo un padre

  • La posta o servicio de correos

    La palabra “posta”, con ligeras variantes, denomina al servicio de correos de numerosos países en el mundo; su creación es muy antigua.

    Posta deriva de la latina “posita”, empleada en la frase “positae mansiones”, con la que se designaba a las “paradas fijas(positae= puestas, situadas) establecidas a lo largo de las calzadas romanas cada 25 o 30 kilómetros para efectuar el cambio de caballos o animales que tiraban de los carros de viaje o de mercancías. 

    En realidad este sistema de relevo de caballerías para transmitir o transportar mensajes lo creó el rey persa Dario I, que reinó del año 521 al 486 a.C. Este monarca hizo construir la llamada “carretera real” que con su recorrido de más de 2.000 kilómetros enlazaba las costas del mar Egeo con las del Golfo Pérsico. Por esta carretera los correos llegaban a recorrer 160 kilómetros diarios.

    Ni la rueda ni los carros los inventaron los romanos, claro está. Pero los prácticos latinos si supieron construir un carro pesado, pero firme, dedicado al transporte de personas y mercancías. Se le colocaba además un toldo para proteger a los viajeros de la lluvia o el sol. Circulaban estos vehículos por la extensa y sólida red de vías o carreteras que recorrían el Imperio y facilitaban el contacto con la capital.

    Es en estas “vías” en donde construían las “positae mansiones”. Conocido es el refrán “todos los caminos conducen a Roma”. Las vías romanas son una de la aportación más sólida y espectacular a la vida económica, política y social en todo el Imperio. Sin ellas ni las legiones ni las mercancías podrían moverse con rapidez de un lugar a otro. Muchos de sus trazados coinciden todavía con el de las grandes vías de comunicación internacionales. En muchos casos incluso se conservan tramos de esas vías. Muchas de aquellas “mansiones positae” o postas dieron lugar a muchas poblaciones actuales.

    Precisamente el español mantiene dos acepciones significativas  de “posta” directamente relacionadas con su origen: “conjunto de caballerías que se apostaban en los caminos a distancia de dos o tres leguas, para que los tiros, los correos, etc., pudiesen ser renovados” y “casa o lugar donde estaban las postas” según el Diccionario de la Real Academia Española.

    Pero curiosamente también el término para designar la institución que se encarga del envío de cartas, paquetes u otros efectos entre dos puntos, en español no es “posta” sino “correos”, palabra de origen incierto existente también en otras lenguas romances: francés courrier, italiano corriere, catalán correu. Quizás provenga del provenzal “corrieu”, palabra formada a partir de “corir =correr” y “lieu=lugar”.

    En contraste con tal situación, la organización del transporte colectivo creada por los romanos desde la mitad del siglo I a. C., constituía una innovación revolucionaria. El Cursus  Publicus, como se llamaba en el lenguaje administrativo, era una organización puesta al servicio de cualquiera mediante el pago de una retribución razonable. 
     

  • Agonía

    ¿Por qué se llama “agonía” al momento final de la vida de una persona, con frecuencia terrible y doloroso?

    Con la palabra “agonía”  nos referimos al momento final de la vida en que un cuerpo,  hasta entonces vivo y capaz de automantenerse y conservarse,  pierde tal potencia y comienza su descomposición como ser orgánico y estructurado.

    Agonía”  proviene del latín  agonia, y ésta del gr. ἀγωνία,  que significa lucha, combate.

    Para quien haya tenido la desgracia de observar  una muerte no instantánea, sobra toda explicación. Quien no haya tenido esta terrible experiencia debe saber  que la vida se agarra a sí misma hasta el último momento y  que toda la maquinaría vital se resiste, en una terrible lucha, a dejar de funcionar y darse por vencida. Esos momentos agónicos son una lucha real de la vida contra la muerte. Desgraciadamente, al final, siempre vence la muerte y así ha de aceptarse.

    Por lo demás, todo lo referente a la muerte, que, en el mundo antiguo y hasta hace bien poco también entre nosotros, se veía con más normalidad al estar más integrada en la experiencia vital de las personas, ahora es tratada menos directamente, procurando ocultarla o velarla de alguna forma, en los hospitales o en los llamados “tanatorios”, palabra derivada de la griega θάνατος,  (thanatos)  que significa precisamente  muerte.

    Incluso en el lenguaje médico-forense ni siquiera a este trance se le llama  ya “muerte” sino “exitus”, palabra latina que significa salida, marcha, ida, viaje.

    La cuestión final sin embargo sigue siendo la eterna pregunta: “exitus”, salida, pero  ¿hacia dónde…?

    Pero lo curioso es que también los antiguos se referían con este eufemismo a la “muerte”, a la que no conviene nombrar.

    Así por ejemplo en Eurípides, Andrómaca 1083:

    PELEO: …¿Cómo se ha ido (ha muerto) el único hijo de mi único hijo?

    Y en Hécuba 414, del mismo trágico, Políxena, a punto de ser sacrificada ritualmente,  le dice a su madre Hécuba:

             “¡Oh, madre, oh tú que me diste la luz! Ya me voy a ir abajo” 

    La muerte nos asusta, la muerte nos estremece. Parece que lo mejor es no hablar de ella.

  • El más hermoso poema de la Antigüedad

    Para muchos conocedores y amantes de la literatura latina, Virgilio es el primer poeta con su poema épico la “Eneida”. El segundo poeta en importancia sería el lírico Horacio.

    Para algunas de  estas personas el mejor poema escrito en latín es precisamente la Oda 7 del libo IV de Horacio. Naturalmente, sobre los gustos, también los literarios, no hay nada escrito; a fin de cuentas cualquier valoración artística no deja de ser  un juicio  personal porque en ello no sólo incide la fría evaluación racional.

    En todo caso algún valor especial debe tener este poema para que el famoso filólogo, erudito y poeta inglés Alfred Edward Housman ( 1859 – 1936), extraordinario profesor de latín en Cambridge de 1911 a 1936, considerara a esta Oda  el más bello poema de  la literatura antigua.

    G. Highet cuenta en su obra The Classical Tradition. Greek and Roman influences on Western literature, traducida al castellano en editorial FCE como La tradición clásica. Influencias griegas y romanas en la literatura occidental la siguiente anécdota, referida a Housman:

    En el mes de mayo de 1914, en la floreciente primavera, comentaba el poema a sus alumnos de Cambridge y les sorprendió con una confesión personal absolutamente inesperada en tan serio profesor: “Este –dijo apresuradamente, casi como un hombre que traiciona un secreto- es para mí el poema más hermoso de la literatura antigua” y abandonó emocionado el aula ante el asombro respetuoso de sus discípulos. Naturalmente también los más serios y severos profesores  son seres humanos de corazón sensible.

    Es el pensamiento epicúreo el que anima esta composición. En este poema el regreso de la primavera, que ya se anuncia con fuerza incontenible, y la sucesión de las estaciones del año nos advierten de que todo pasa; pero así como los años se renuevan cíclicamente, no nos ocurre igual a los hombres;  cuando llega nuestro ocaso (no sabemos cuándo ha de ser), no regresamos a la vida, sólo somos polvo (en la urna funeraria) y sombra (en el mundo de ultratumba); ni siquiera los dioses pueden resucitar a los hombres; así que debemos aprovechar el momento (carpe diem).
                             
       Oda, IV, 7

    Han huido las nieves, retorna la yerba a los campos
    y a los árboles su cabellera.
    Cambia su aspecto la tierra y los ríos en sus crecidas
    abandonas sus cauces.
    Una de las Gracias, con las Ninfas y sus  dos hermanas,
    se atreve a dirigir, desnuda,  sus danzas.
    No esperes algo  inmortal, te aconsejan el año
    y las horas que arrebatan el día soleado.
    Los fríos se suavizan con el Céfiro,
    el verano deja atrás  la primavera,
    para  a su vez morir  tan pronto
    como el otoño cargado de manzanas
    derrame sus frutos;
    y pronto volverá la bruma inactiva.
    Aunque,  rápidas, las lunas repararán los daños del cielo.
    Nosotros en cambio,  cuando caemos
    a donde cayó el padre Eneas y el rico Tulo y Anco,
    polvo y sombra somos.
    ¿Quién sabe si los dioses de arriba añadirán todavía mañana
    un tiempo a la cuenta de hoy?
    Sólo lo que tú te hayas dado con ánimo amigo
    escapará de las ávidas manos de tu heredero.
    Una vez que hayas muerto y Minos
    te haya dictado  su majestuosa  sentencia,
    ni tu estirpe, Torcuato, ni tu elocuencia, ni tu piedad
    te restituirán a la vida:
    Ni Diana libró del tenebroso infierno
    al pudoroso Hipólito,
    ni Teseo pudo romper las cadenas leteas
    de su querido Pirítoo.


                          Notas para mejor entender el poema:

    Gracias y sus hermanas: Son las tres Gracias, diosas menores de la belleza, del 
    encanto y del atractivo.
    Ninfas: bellas divinidades de la naturaleza, de las fuentes, de los ríos, de los 
    árboles, de las cuevas.
    Céfiro: viento del oeste, suave y fructífero que sopla en primavera
    Tulo y Anco: Son Tulo Hostilio y Anco Marcio, dos de los reyes legendarios de 
     Roma y representan la grandeza del pasado.
    Minos: Es uno de los  jueces del  mundo inferior, del mundo de los muertos   
    Torcuato: persona a la que Horacio  dedica el poema
    Diana: es la diosa de la caza, de los bosques,  virgen y por tanto diosa del pudor
    Hipólito: hijo de Teseo, del que se enamora su madrastra Fedra y al que inculpa     
     falsamente, devoto de Diana y no de Venus.
    Teseo: mítico rey de Atenas, amigo de Pirítoo; los dos bajaron al infierno en 
     busca de Perséfone, pero sólo regreso Teseo con la ayuda de Heracles.
    Leteo: uno de los ríos del Hades o infierno (de este nombre deriva “letal” =mortal)

                            
                                               ====  ===  ===

    Diffugere  nives, redeunt iam gramina campis
        arboribusque comae;
    mutat terra vices et decrescentia  ripas
        flumina praetereunt;
    Gratia  cum Nymphis geminisque sororibus audet
        ducere nuda choros.
    Inmortalia ne speres, monet annus et almum
        quae rapit hora diem.
    Frigora mitescunt zephyris, ver proterit aestas
        interitura, simul
    pomifer autumnus fruges effuderit, et mox
        bruma recurrit iners.
    Damna tamen celeres reparant caelestia lunae;
        nos ubi decidimus,
    quo pius Aeneas, quo Tullus dives et Ancus,
        pulvis et umbra sumus.
    Quis scit an adiciant hodiernae crastina summae
        tempora di superi?
    Cuncta manus avidas fugient heredis, amico
        quae dederis animo.
    Cum semel occideris et de te splendida Minos
        fecerit arbitria,
    non, Torquate, genus, non te facundia, non te
        restituet pietas;
    Infernis neque enim tenebris Diana pudicum
        liberat Hippolytum,
    nec Lethaea valet Theseus abrumpere caro
      vincula Pirithoo.