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  • Ecfrasis, Écfrasis, Ékfrasis. Ut pictura poesis (Horacio): La poesía es como la pintura

    “Ecfrasis” es una palabra griega: ἔκφρασιϛ,( ek y phrasis, ‘fuera’ y ‘hablar’) ,(procedente a su vez del verbo ἐκφράζο, ekphraso, de ek,fuera, y phraso, explicar con signos y palabras) que significa, pues, “exposición en detalle, explicación, descripción desde fuera o desde el principio o hasta el final”, hacer inteligible, descubir, destapar, hacer ver….

    El término designa en la Antigüedad a una figura retórica. Por ejemplo, Hermógenes de Tarso  (h. 160 – h. 225) la define en  su Ecphrasis Progymnasmata como la  «descripción extendida, detallada, vívida, que permitía presentar el objeto ante los ojos». 

    En el mundo antiguo el vocablo écfrasis  se refería a cualquier descripción vívida, llena de energeia, de energía, de fuerza,   de obras de arte, objetos, paisajes y personas que los pone con palabras ante los ojos del oyente o lector.

    Con el tiempo este sentido general se fue limitando a la representación verbal de un objeto plástico, generalmente una pintura o escultura, que sería lo más frecuente en los ejercicios retóricos.

    Fue precisamente Filóstrato Lemnio el que ayudo  a fijar este sentido más restringido en su obra Imagines I,1:

    “Quien desdeña la pintura, delinque contra la verdad, delinque también contra toda esa sabiduría que debemos a los poetas -ya que poetas y pintores contribuyen por igual a nuestro conocimiento de las gestas y del aspecto de los héroes- y desdeña la proporción, gracias a cuyo ejercicio el arte participa de la razón”. (Trad. de Francesca Mestre, Madrid, Gredos, 1996.)

    Este es el sentido que se ha impuesto modernamente. Asi  Umberto Eco (2003: 110):

    «cuando un texto verbal describe una obra de arte visual, la tradición clásica habla de écfrasis». 

    O Leo Spitzer : “la descripción poética de una obra de arte pictórica o escultórica” (1962, 72); 

    o James Heffernan: “la representación verbal de una representación visual” (1993, 3), 

    o Claus Clüver“la representación verbal de un texto real o ficticio compuesto en un sistema sígnico no verbal” (1994, 26). 

    Es, pues, una descripción detallada, desde el principio, que es lo que significa la palabra “de- scribere: escribir de, desde el principio; y es también una re-presentación o segunda presentación en cuanto representa a otro objeto, la pintura, que es también representación primera del objeto.

    Nota: progymnasmata  (de pro y gymnasmata)  designa a los ejercicios previos que hacían  los alumnos de retórica para saber utilizar los topoi, loci o lugares comunes  en los discursos.

    En tanto en cuanto se trata de una descripción vívida, animada, emotiva coincide con el significado de  hipotiposis, (del griego: úποτúπωσις, esbozo, bosquejo, colocar un bosquejo ante los ojos de alguien),  o narración especialmente emotiva para excitar la imaginación del público oyente

    Hay quien matiza más, en el sentido de que en la hipotiposis se parte de un texto y se va hacia la imagen y en la ecfrasis, al contrario, se parte de la imagen y se va hacia el texto. En realidad, las matizaciones son varias, porque no hay una definición exacta de los términos. Curiosamente el Diccionario de la Real Academia Española  no recoge el término écfrasis y en cambio sí recoge el de hipotiposis, que define así:

    (Del gr. ὑποτύπωσις). 1. f. Ret. Descripción viva y eficaz de alguien o algo por medio del lenguaje.

    Nota: El retrato es la descripción del aspecto físico y de las características espirituales de una persona; la prosopografía o prosopopeya  es el retrato del físico mientras que la etopeya lo es del aspecto interior.Topografía es la descripción del terreno.. Otros términos más especializados como pragmatografía o topofesía exceden el interés de este artículo.

    La teorización sobre la ecfrasis se enmarca en la amplísima teorización sobre la relación de las artes entre sí y de manera especial de la pintura y la literatura, análogas y complementarias: las artes plásticas se inscriben en el espacio estáticamente y las artes verbales se desarrollan en el tiempo: la pintura intenta romper el estatismo, la poesía busca la materialidad del espacio.

    Se atribuye a Simónides de Ceos  (c. 556 a.C.- c. 468 a.C.)  el haber planteado esta relación entre arte y literatura de acuerdo con la frase “la pintura es poesía muda y la poesía pintura
    verbal
    ”, que tanto éxito tuvo después.

    Así  en la ecfrasis la expresión literaria, que es capaza de expresar el movimiento y el tiempo, imita la quietud de la pintura; la pintura por su parte en muchas ocasiones aspira, siendo estática,  a expresar el movimiento y el tiempo.

    ¿Vale más una imagen que mil palabras? Tal vez en algunos casos, pero las palabras pueden hacer  ver, excitando la imaginación y utilizando las metáforas. A su vez se puede dar voz a la imagen.

    Hoy la discusión se amplía a la relación de lo verbal y lo visual en el nuevo contexto digital porque los productos video textuales admiten una enorme variedad de formatos..

    A estos tema ya se refirió Platón cuando trata de lo bello y la mímesis o imitación. La mímesis es representación, interpretación y recreación.

    A propósito de la imitación dice Aristóteles en su Poética, 1448 b,

    “…los seres humanos son sumamente imitativos y realizan sus primeros aprendizajes mediante la imitación…” (traducción de Salvador Mas, Madrid, Biblioteca Nueva, 2002,).

    En este sentido y en relación con la mimesis, la écfrasis es representación, pero también interpretación y recreación, porque naturalmente, el poeta nos ofrece su visión e interpretacón de la obra visual. Incluso el poeta puede crear el objeto visual, inexistente antes de su descripción, como ocurre con la descripción del escudo de Aquiles, que más abajo reproduzco,

    Dice Platón. relacionando la poesía con la pintura en República, libro X, 601a:

    Diremos también, creo yo, que el poeta no sabemás que imitar, pero de una manera tal, que emplea colores de cada una de las artes, con los nombres y expresiones adecuados, hasta el punto de que aquellos otros que fían de las palabras estiman en mucho su disertación… (Traducción de José Antonio Míguez, para Edit. Aguilar. 1969)

    Y Aristóteles en  su Poética, 1460b :

    “Puesto que el poeta es un imitador como el pintor o cualquier otro que haga imágines, por fuerza ha de imitar siempre de una de estas tres maneras: o como era o es, o según se habla de ello y la opinión que se tiene, o como debe ser (Traducción de Paloma Ortiz García. Edit.Dykinson. Madrid 2011)
        
    La frase que resume sentenciosamente la cuestión es la famosa de Horacio “ut pictura poesis” , “La poesía es como la pintura ”,  en su Epistula ad Pisones, v.  361

    Precisamente comenzaba esta obra sobre preceptiva literaria, Epistula ad Pisones, recurriendo a la comparación de la poesía con la pintura:  (v. 1-10)

    Si a una cabeza humana un pintor quisiera unir un cuello de caballo y, juntando miembros de toda especie adornarlos con plumas de distintos colores, de manera que una mujer hermosa de medio cuerpo arriba terminara en un pez horriblemente disforme, invitados a contemplar tal figura, ¿contendríais la risa, amigos? Creed, pues, Pisones, que muy semejante a este cuadro resultaría un libro cuyas inconsistentes imágines, cual pesadillas de enfermo, fueran construidas de modo que ni el pie ni la cabeza se fundieran en una sola forma. Los pintores, igual que los poetas, han tenido siempre el derecho de atreverse a todo. (, traducción de Helena Valentí, Barcelona, Bosch, 1961)

    Humano capiti cervicem pictor equinam
    iungere si velit et varias inducere plumas,
    undique collatis membris, ut turpiter atrum
    desinat in piscem mulier Formosa superne:
    spectatum admissi risum teneatis, amici?
    Credite, Pisones, isti tabulae fore librum
    persimilem, cuis, velut aegri somnia, vanae
    fingentur species, ut nec pes nec caput uni
    reddatur formae. Pictoribus atque poetis
    quidlibet audendi simper fuit aequa potestas.

    La ecfrasis o descripción vívida y detallada una obra, precisamente interrelaciona las dos artes y sirve de enlace  entre lo verbal y lo visual.

    Ovidio es el poeta que con gran frecuencia y detalle describe cuadros pictóricos y ha generado a su vez obras pictóricas a lo largo de todos los tiempos. Plagados están los museos de pinturas que recrean alguno de los mitos o personajes mitológicos descritos por Ovidio.

    Ovidio por cierto, en este contexto de relación entre lo textual y lo visual y el arte y la imitación, mímesis y reproducción de la realidad había dicho en Metamorfosis, Libro III, 155 y ss.   “La naturaleza con su ingenio había imitado al arte”,

    Había un valle cuajado de pinos y de puntiagudos cipreses, conocido por Gargafia, consagrado a Diana, la de corto vestido, y en cuyo más apartado rincón hay una gruta, rodeada de selva y en la que nada es obra del arte;  la naturaleza con sus propias habilidades había imitado al arte;  y así, con piedra pómez viva y con ligeras tobas había trazado un arco natural. (Traducción de Antonio Ruiz de Elvira. Alma Mater.CSIC.Madrid)

    Vallis erat piceis et acuta densa cupressu,
    nomine Gargaphie, succintae sacra Dianae,
    cuius in extremo est antrum nemorale recessu
    arte laboratum nulla; simulaverat artem
    ingenio natura suo; nam pumice vivo
    et levibus tofis nativum duxerat arcum.

    Siglos más tarde Oscar Wilde remachó la afirmación :

    " La vida imita al arte mucho más de lo que el arte imita a la vida ",“Life imitates art far more than arts imitates life” en The Decay of Lying.

    Los ejemplos en autores de toda lengua, son numerosísimos. Probablemente el más famoso de la Antigüedad es la famosa descripción que en el canto XVIII de la Iliada se hace del escudo de Aquiles fabricado por Hefesto.  Su influencia ha sido enorme en toda la poesía, especialmente en la épica. A pesar de su dimensión, reproduzco más abajo el fragmento.

    Ofreceré algunos otros  ejemplos de los numerosísimos existentes.

    Así la visión de una pintura que un tal Zoilo tiene en el comedor de su casa en Tréveris es lo que origina el famoso poema en 103 hexámetros de Ausonio (310-395) titulado “Cupido torturado(Cupidus cruciatus) en el que se describe cómo unas mujeres están crucificando a Cupido, el dios del amor.

    El poema, con el que Ausonio envía un saludo a su hijo Gregorio, comienza  así:

    ¿Has visto alguna vez una nube pintada en la pared? La has visto indudablemente y te acuerdas bien. Lo cierto es que en Tréveris, en el comedor de Zoilo, está pintada esta escena: unas mujeres enamoradas están clavando en una cruz a Cupido, y no son precisamente de nuestros días, que cometen sus faltas de buen grado, sino aquellas famosas heroínas, que se perdonan a sí mismas y castigan al dios. A algunas de ellas las cuenta nuestro Marón entre los Campos de lágrimas. Yo he contemplado con admiración este cuadro, tanto por su calidad como por su tema. Después el sentimiento  de admiración se me convirtió en necio deseo de componer un poema…(Ausonio, Cupido crucificado 1, 1-7)

    En umquam vidisti tabulam 1 pictam in pariete? vidisti utique et meministi. Treveris quippe in triclinio Zoili fucata est pictura haec: Cupidinem cruci adfigunt mulieres amatrices, non istae de nostro saeculo, quae sponte peccant, sed illae heroicae, quae sibi ignoscunt et plectunt deum. quarum partem in lugentibus campis Maro noster enumerat. hanc ego imaginem specie et argumento miratus sum. Deinde mirandi stuporem transtuli ad ineptiam poetandi.
    Sigue a continuación la descripción del cuadro.

    El poeta cristiano Prudencio , (348 d. C. – c. 410), de Calahorra, utiliza esta figura en varios de sus poemas en los que canta las muertes de algunos mártires. Reproduzco también dos textos correspondientes a los poemas IX sobre Casiano y XI sobre Hipólito. En ambos casos narra el suplicio describiendo las pinturas que ilustran las tumbas de los mártires. Ya hice referencia a ellos en otros artículos de este blog. Véase: 

    https://www.antiquitatem.com/martires-cristianismo-paganismo-casiano-

    https://www.antiquitatem.com/hipolito-fedra-martirio-prudencio-seneca

     Prudencio,IX, sobre el martirio de Casiano, v. 7-20:

    Mientras lloraba, meditando las heridas, agudos dolores y trabajos de mi vida y levantaba mi rostro al cielo, surgió, delante de mí, la imagen del mártir pintada en colores vivos.

    Tenía mil llagas, toda  su piel desgarrada y agujereada por diminutos picotazos todo su cuerpo. Alrededor multitud de niños de odioso aspecto clavaban en su cuerpo pequeños estilos, * como es costumbre escribir, en las tablillas de cera al dictado de las escuelas.

    Consultado el conservador de la sepultura, me dijo: “Lo que ves, viajero, no es cosa vana ni cuento de viejas. Refiere la pintura la historia que transmitida por libros nos comprueba la viva fe de aquel antiguo tiempo.
    ….

    dum lacrimans mecum reputo mea vulnera et omnes
    vitae labores ac dolorum acumina,
    erexi ad caelum faciem, stetit obvia contra
    fucis colorum picta imago martyris
    plagas mille gerens, totos lacerata per artus,
    ruptam minutis praeferens punctis cutem,
    innumeri circum pueri, miserabile visu,
    confossa parvis membra figebant stilis,
    unde pugillares soliti percurrere ceras
    scholare murmur adnotantes scripserant.
    aedituus consultus ait: ‘quod prospicis, hospes,
    non est inanis aut anilis fabula;
    historiam pictura refert, quae tradita libris
    veram vetusti temporis monstrat fidem.

    Y al final del poema, versos  93-94 resume:

    “Estas son,viajero, las cosas que ves pintadas a lo vivo; y la gloria de Casiano.

    haec sunt, quae liquidis expressa coloribus, hospes, 
    miraris, ista est Cassiani gloria,

    Pasaje del poema XI  de Prudencio sobre Hipólito, versos 123-152:

    Una  pared pintada al fresco ofrece la representación del crimen,
    En la que la pintura multicolor ha dibujado todo el crimen;
    La figura pintada sobre la tumba aumenta su fuerza del contraste de las sombras,
    Dibujando los miembros ensangrentados del hombre que había sido arrastrado.
    Yo he visto, buen padre, las crestas de las rocas cubiertas de rocío
    y manchas de púrpura dejadas en los abrojos.
    Una mano experta en representar los verdes espinos imitándolos
    había dibujado la roja sangre con minio.
    Se podía ver, con las articulaciones destrozadas, sin orden alguno,
    Cómo los miembros estaban desparramados por  el variado terreno.
    Había añadido a los amigos que le seguían con su paso y con sus lágrimas,
    por donde la desviada senda mostraba el camino destrozado.
    Marchaban sobrecogidos por la tristeza con los ojos abiertos
    y llenaban los pliegues de sus vestidos con sus vísceras desgarradas.
    Aquel abraza su nívea cabeza
    y la protégé venerable en su suave pecho.
    Este recoge los hombros  y las manos arrancadas y los brazos y los codos
    las rodillas y los fragmentos desnudos de las piernas.
    Con pequeños paños se secan también las arenas empapadas
    Y ni siquiera una gota de rocío queda  en el polvo sucio.
    Si alguna gota de sangre queda en las espinas
    Con la reciente aspersión,  toda ella se recoge empapada en una esponja.
    Ya el denso bosque nada retiene del sagrado cuerpo
    Ni le priva de unas completas exequias.
    Hecho el recuento de las partes, cuando se recogió el numero
    que había sido el del cuerpo intacto,
    y limpios los lugares escabrosos  con su vegetadicón y
    con sus peñascos revisados que  no tenían ningún trozo más de todo el hombre,
    se busca un lugar para erigir la tumba, se abandona las bocas (del Tiber, ostia),
    Roma es un buen lugar para guardar las santas cenizas.

    Exemplar sceleris paries habet illitus, in quo
    multicolor fucus digerit omne nefas ;
    picta super tumulum species liquidis uiget umbris,
    effigians tracti membra cruenta uiri.
    Rorantes saxorum apices uidi, optime papa,
    purpureasque notas uepribus impositas.
    Docta manus uirides imitando effingere dumos
    luserat et minio russeolam saniem.
    Cernere erat, ruptis compagibus, ordine nullo,
    membra per incertos sparsa iacere situs.
    Addiderat caros gressu lacrimisque sequentes,
    deuia quo fractum semita monstrat iter.
    Mærore adtoniti atque oculis rimantibus ibant
    implebantque sinus uisceribus laceris.
    Ille caput niueum complectitur ac reuerendam
    canitiem molli confouet in gremio ;
    hic humeros truncasque manus et brachia et ulnas
    et genua et crurum fragmina nuda legit.
    Palliolis etiam bibulæ siccantur harenæ,
    ne quis in infecto puluere ros maneat.
    Si quis et in sudibus recalenti aspergine sanguis
    insidet, hunc omnem spongia pressa rapit.
    Nec iam densa sacro quidquam de corpore silua
    obtinet aut plenis fraudat ab exsequiis.
    Cumque recensitis constaret partibus ille
    corporis integri qui fuerat numerus,
    nec purgata aliquid deberent auia, toto
    ex homine extersis frondibus et scopulis,
    metando eligitur tumulo locus, ostia linquunt,
    Roma placet, sanctos quæ teneat cineres.

    Iliada, canto XVIII, v. 478 y ss.

    Hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, de variada labor, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una abrazadera de plata. Cinco capas tenía el escudo, y en la superior grabó el dios muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia.

    Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable y la luna llena; allí las estrellas que el cielo coronan, las Pléyades, las Híades, el robusto Orión y la Osa, llamada por sobrenombre el Carro, la cual gira siempre en el mismo sitio, mira a Orión y es la única que deja de bañarse en el Océano.

    Allí representó también dos ciudades de hombres dotados de palabra. En la una se celebraban bodas y festines: las novias salían de sus habitaciones y eran acompañadas por la ciudad a la luz de antorchas encendidas, oíanse repetidos cantos de himeneo, jóvenes danzantes formaban ruedos, dentro de los cuales sonaban flautas y cítaras, y las matronas admiraban el espectáculo desde los vestíbulos de las casas. — Los hombres estaban reunidos en el foro, pues se había suscitado una contienda entre dos varones acerca de la multa que debía pagarse por un homicidio: el uno declarando ante el pueblo, afirmaba que ya la tenía satisfecha; el otro, negaba haberla recibido, y ambos deseaban terminar el pleito presentando testigos. El pueblo se hallaba dividido en dos bandos que aplaudían sucesivamente a cada litigante; los heraldos aquietaban a la muchedumbre, y los ancianos, sentados sobre pulimentadas piedras en sagrado círculo, tenían en las manos los cetros de los heraldos, de voz potente, y levantándose uno tras otro publicaban el juicio que habían formado. En el centro estaban los dos talentos de oro que debían darse al que mejor demostrara la justicia de su causa.

    La otra ciudad aparecía cercada por dos ejércitos cuyos individuos, revestidos de lucientes armaduras, no estaban acordes; los del primero deseaban arruinar la plaza y los otros querían dividir en dos partes cuantas riquezas encerraba la hermosa población. Pero los ciudadanos aún no se rendían, y preparaban secretamente una emboscada. Mujeres, niños y ancianos, subidos en la muralla, la defendían. Los sitiados marchaban, llevando al frente a Ares y a Palas Atenea, ambos de oro y con áureas vestiduras, hermosos, grandes, armados y distinguidos, como dioses; pues los hombres eran de estatura menor. Luego, en el lugar escogido para la emboscada, que era a orillas de un río y cerca de un abrevadero que utilizaba todo el ganado, sentábanse, cubiertos de reluciente bronce, y ponían dos centinelas avanzados para que les avisaran la llegada de las ovejas y de los bueyes de retorcidos cuernos. Pronto se presentaban los rebaños con dos pastores que se recreaban tocando la zampoña, sin presentir la asechanza. Cuando los emboscados los veían venir, corrían a su encuentro, se apoderaban de los rebaños de bueyes y de los magníficos hatos de blancas ovejas y mataban a los guardianes. Los sitiadores, que se hallaban reunidos en junta, oían el vocerío que se alzaba en torno de los bueyes, y montando ágiles corceles, acudían presurosos. Pronto se trababa a orillas del río una batalla, en la cual heríanse unos a otros con broncíneas lanzas. Allí se agitaban la Discordia, el Tumulto y la funesta Parca, que a un tiempo cogía a un guerrero con vida aún, pero recientemente herido, dejaba ileso a otro y arrastraba, asiéndole de los pies, por el campo de la batalla a un tercero que la muerte recibiera; y el ropaje que cubría su espalda estaba teñido de sangre humana. Movíanse todos como hombres vivos, peleaban y retiraban los muertos.

    Representó también una blanda tierra noval, un campo fértil y vasto que se labraba por tercera vez: acá y allá muchos labradores guiaban las yuntas, y al llegar al confín del campo, un hombre les salía al encuentro y les daba una copa de dulce vino; y ellos volvían atrás, abriendo nuevos surcos, y deseaban llegar al otro extremo del noval profundo. Y la tierra que dejaban a su espalda negreaba y parecía labrada, siendo toda de oro; lo cual constituía una singular maravilla.

    Grabó asimismo un campo de crecidas mieses que los jóvenes segaban con hoces afiladas: muchos manojos caían al suelo a lo largo del surco, y con ellos formaban gavillas los atadores. Tres eran éstos y unos rapaces cogían los manojos y se los llevaban abrazados. En medio, de pie en un surco, estaba el rey sin desplegar los labios, con el corazón alegre y el cetro en la mano. Debajo de una encina, los heraldos preparaban para el banquete un corpulento buey que habían matado. Y las mujeres aparejaban la comida de los trabajadores haciendo abundantes puches de blanca harina.

    También entalló una hermosa viña de oro cuyas cepas, cargadas de negros racimos, estaban sostenidas por rodrigones de plata. Rodeábanla un foso de negruzco acero y un seto de estaño, y conducía a ella un solo camino por donde pasaban los acarreadores ocupados en la vendimia. Doncellas y mancebos pensando en cosas tiernas, llevaban el dulce fruto en cestos de mimbre; un muchacho tañía suavemente la armoniosa cítara y entonaba con tenue voz el hermoso canto de Lino, y todos le acompañaban cantando profiriendo voces de júbilo y golpeando con los pies el suelo.

    Representó luego un rebaño de vacas de erguida cornamenta: los animales eran de oro y estaño y salían del establo mugiendo, para pastar a orillas de un sonoro río junto a un flexible cañaveral. Cuatro pastores de oro guiaban a las vacas y nueve canes de pies ligeros los seguían. Entre las primeras vacas, dos terribles leones habían sujetado y conducían a un toro que daba fuertes mugidos. Perceguíanlos mancebos y perros. Pero los leones lograban desgarrar la piel del animal y tragaban los intestinos y la negra sangre; mientras los pastores intentaban, aunque inútilmente, estorbarlo, y azuzaban a los ágiles canes: éstos se apartaban de los leones sin morderlos, ladraban desde cerca: rehuían el encuentro de las fieras.

    Hizo también el ilustre Cojo de ambos pies un gran prado en hermoso valle, donde pacían las cándidas ovejas, con establos, chozas techadas y apriscos.

    El ilustre Cojo de ambos pies puso luego una danza como la que Dédalo concertó en la vasta Cnoso en obsequio de Ariadna, la de lindas trenzas. Mancebos y doncellas hermosas, cogidos de las manos, se divertían bailando: éstas llevaban vestidos de sutil lino y bonitas guirnaldas, y aquéllos, túnicas bien tejidas y algo lustrosas, como frotadas con aceite, y sables de oro suspendidos de argénteos tahalíes. Unas veces, moviendo los diestros pies, daban vueltas a la redonda con la misma facilidad con que el alfarero aplica su mano al torno y lo prueba para ver si corre, y en otras ocasiones se colocaban por hileras y bailaban separadamente. Gentío inmenso rodeaba el baile, y se holgaba en contemplarlo. Un divino aedo cantaba, acompañándose con la cítara; y en cuanto se oía el preludio, dos saltadores hacían cabriolas en medio de la muchedumbre.

    En la orla del sólido escudo representó la poderosa corriente del río Océano.
    Después que construyó el grande y fuerte escudo, hizo para Aquileo una coraza más reluciente que el resplandor del fuego; un sólido casco, hermoso, labrado, de áurea cimera, que a sus sienes se adaptara, y unas grebas de dúctil estaño.

    Cuando el ilustre Cojo de ambos pies hubo fabricado las armas, entrególas a la madre de Aquileo. Y Tetis saltó, como un gavilán, desde el nevado Olimpo, llevando la reluciente armadura que Hefesto había construido.
    Traducción de Luis Segalá y Estalella – 1910

  • Mundus/ cosmos: la creación de un nuevo lenguaje científico en Latín

    La fundación legendaria y mítica de Roma se fecha en el año 753 a.C.; para entonces los griegos ya recitaban los dos grandes poemas épicos de Occidente, la Ilíada y la Odisea. Ciento cincuenta años después de la muerte de Alejandro Magno los romanos conquistan Grecia y la declaran provincia romana. Entre las aportraciones culturales de Grecia a los romanos destaca la Filososfía. Pero el latín carece de la terminología científica suficiente.

    Ya sabemos de acuerdo con el feliz verso de Horacio que a la postre fue Grecia la que dominó a los romanos con su cultura y civilización, que a fin de cuentas es la nuestra:

    Horacio, Epistolas II,1,156-157:

    La Grecia conquistada conquistó a su fiero conquistador e introdujo las artes en el agreste Lacio.

    Graecia capta ferum victorem cepit et artes intulit in agresti Latio.

    Véase: https://www.antiquitatem.com/graecia-capta-cultura-griega-quignard

    Pues bien, en ese proceso de aculturación, los romanos se encontraron con una enorme carencia a la hora de traducir e integrar en el latín la terminología científica y especializada que los griegos habían acuñado. El latín no disponía de términos técnicos adecuados a la invasión de nuevos conocimientos.

    Los autores latinos respondieron al problema de las dos maneras posibles: intentando traducir y buscar el término latino equivalente o simplemente transcribiendo el término griego al latín adaptando su grafía. Así que los numerosísimo términos griegos existentes en las lenguas romances o derivadas del latín no proceden directamente del griego sino a través de su forma latina.

    De este problema fueron muy conscientes los autores latinos. Así Lucrecio escribe un grandioso tratado de ciencias, de física, química, ciencias naturales en verso, en un poema de 7415 hexámetros.

    Lo titula “Sobre la naturaleza de las cosas”, “De rerum natura”, y en él expone las teorías de Epicuro, del que nos han quedado escasos textos. Es precisamente Lucrecio la principal fuente para conocer el pensamiento de Epicuro, que por cierto poco tiene que ver con la caricatura que ya desde la propia Antigüedad se hizo de él.

    Pues bien, nos dice Lucrecio, consciente de la dificultad lingüística de la empresa y planteando perfectamente la cuestión, en los versos del libro I, 136-145:

    Es difícil, no se me oculta, ilustrar en versos latinos los oscuros descubrimientos de los griegos, máxime porque en muchos casos hay que echar mano de nuevos vocablos, por la pobreza de la lengua y la novedad de los temas; pero, con todo, tus merecimientos y el esperado deleite de tu dulce amistad me animan a soportar cualquier fatiga y me inducen a pasar en vela las noches serenas, buscando con qué palabras y versos podría inundar por fin tu mente de una brillante luz, con la que puedas escudriñar hasta el fondo las cosas más ocultas. (Traducción de Eduardo Valentí Fiol, Edit. Bosch, 1976)

    Nec me animi fallit Graiorum obscura reperta
    difficile inlustrare Latinis versibus esse,
    multa novis verbis praesertim cum sit agendum
    propter egestatem linguae et rerum novitatem;
    sed tua me virtus tamen et sperata voluptas
    suavis amicitiae quemvis efferre laborem
    suadet et inducit noctes vigilare serenas
    quaerentem dictis quibus et quo carmine demum
    clara tuae possim praepandere lumina menti,
    res quibus occultas penitus convisere possis.

    Quizás algún amable lector se pregunte con curiosidad por qué escribió este tratado de ciencia en versos hexámetros. La respuesta está en parte en relación con lo comentado anteriormente. El asunto de la naturaleza de las cosas se merecer un tratamiento adecuado, grandioso, cargado de prestigio y tono elevado. En ese momento no existe todavía una prosa científica lo suficientemente desarrollada; así que se recurre a lo ya prestigiado, el verso épico, el hexámetro, aunque ahora aplicado a una obra cuyo objetivo es eminentemente didáctico.

    También Cicerón es consciente de la importancia de la empresa de traducir los textos griegos al latín en su “Sobre la naturaleza de los dioses”, I,4,7-8:

    Si por otra parte, alguien pregunta qué motivo ha podido impulsarme tan tarde a dejar por escrito tales preceptos, no hay nada que me sea más fácil de explicar que esto. Yo estaba, en efecto, languideciendo en un retiro ocioso, y la situación de los asuntos públicos era tal que una forma autocrática de gobierno se había hecho ya inevitable. En estas circunstancias pensé en primer lugar que explicar la filosofía a mis compatriotas era en aquellos momentos para mí un deber en beneficio de la propia república, considerando que había de contribuir grandemente al honor y a la gloria de la ciudad el poseer, redactadas también en lengua latina, pensamientos tan importantes y tan luminosos.

    Y me arrepiento tanto menos de mi empresa cuanto que puedo ver claramente cuán grande es el número de mis lectores que se han sentido estimulados no solamente al estudio sino también a escribir ellos mismos por su cuenta. Gran número, en efecto, de gentes muy conocedoras de las enseñanzas griegas eran incapaces de compartir sus conocimientos con sus conciudadanos, porque desconfiaban de la posibilidad de expresar en latín las enseñanzas que habían recibido de los griegos; y ciertamente en la cuestión de la expresión o el vocabulario creo que hemos hecho tales progresos que ni aun en riqueza de vocabulario nos superan los griegos. (Traduccion de Francisco de P. Samaranch. Ed. Aguilar)

    Sin autem quis requirit quae causa nos inpulerit ut haec tam sero litteris mandaremus, nihil est quod expedire tam facile possimus. Nam cum otio langueremus et is esset rei publicae status ut eam unius consilio atque cura gubernari necesse esset, primum ipsius rei publicae causa philosophiam nostris hominibus explicandam putavi, magni existimans interesse ad decus et ad laudem civitatis res tam gravis tamque praeclaras Latinis etiam litteris contineri.

    Eoque me minus instituti mei paenitet, quod facile sentio quam multorum non modo discendi sed etiam scribendi studia commoverim. complures enim Graecis institutionibus eruditi ea quae didicerant cum civibus suis communicare non poterant, quod illa quae a Graecis accepissent Latine dici posse diffiderent; quo in genere tantum profecisse videmur, ut a Graecis ne verborum quidem copia vinceremur.

    El mismo Cicerón se queja amargamente también de sus compatriotas que desprecian las obras en latín aunque sean una traducción directa del griego en “Del supremo bien y del supremo mal”, De finibus bonorum et malorum, I,2,4

    “Más difícil es responder satisfactoriamente a los que afectan despreciar las obras escritas en Latín. Lo que me admira en estos, sobre todo, es por qué no les agrada la lengua materna en materias de altísima importancia, siendo así que leen con agrado obras de teatro latinas traducidas literalmente de otras griegas. Y ¿quién es tan enemigo del nombre romano, por así decirlo, que desprecie o rechace la Medea de Ennio o la Antíope de Pacuvio, con el pretexto de que le encantan estas piezas si son las de Eurípides, pero le hastían escritas en latín? (Traducción de Victor José Herrero Llorente. Edit. Gredos. 1987)

    Iis igitur est difficilius satis facere, qui se Latina scripta dicunt contemnere. in quibus hoc primum est in quo admirer, cur in gravissimis rebus non delectet eos sermo patrius, cum idem fabellas Latinas ad verbum e Graecis expressas non inviti legant. quis enim tam inimicus paene nomini Romano est, qui Ennii Medeam aut Antiopam Pacuvii spernat aut reiciat, quod se isdem Euripidis fabulis delectari dicat, Latinas litteras oderit?….

    Sigue Cicerón contraponiendo las dos lenguas en este pasaje durante un largo texto y de nuevo en esta misma obra (De finibus bonorum et malorum) en II,4,12  y III,2 4

    Quiero ahora concretar y ejemplizar este asunto con el término “kosmos” "cosmos", que traducen en latín por “mundus”.

    Kosmos, κόσμος ,  en griego significa orden, lo arreglado, lo hermoso, limpio; el término latino “mundus” no es sino su traducción que significa lo mismo. Quien no haya caído en ello que reflexione sobre el significado de “in-mundo”, que es la negación del concepto anterior, es decir, “lo sucio, desordenado, feo” o en "mondar", del latín mundare que significa "limpiar".

    Por extensión cosmos y mundo se refieren al orden grandioso del universo y por lo tanto significan universo, cielo luminoso, cosmos y mundo, conjunto de cuerpos celestes.

    Más aún, cuando Cicerón ha de traducir κόσμιος , kosmios, lo regular, bien ordenado, moderado, lo hace por “mundanus”, por ejemplo en Tusculanae, 5,3,108.

    También Plinio comienza su libro II, que precisamente dedica a la astronomía con el término “mundum

    Libro II, 1.

    El mundo y todo aquello que con otra denominación se convino en llamar cielo, en cuyo seno transcurren todas las cosas, hay que creer que es igual a la divinidad, eterno, inconmensurable y que no ha sido engendrado ni jamás va a perecer. Indagar más allá de él no tiene interés para el hombre ni cabe en las conjeturas de la mente humana. (Traducción Ana María Moure Casas. Edit. Gredos,1995)

    Liber II, 1

    Mundum et hoc quodcumque nomine alio caelum appellare libuit, cuius circumflexu degunt cuncta, numen esse credi par est, aeternum, inmensum, neque genitum neque interiturum umquam. huius extera indagare nec interest hominum nec capit humanae coniectura mentis.

    Luego, un poco más abajo, en el mismo libro nos explica con toda claridad por qué al universo se le llama “mundus” en latín:

    Plinio, Lib. II,(4) 8

    Yo desde luego me dejo guiar también por el consenso de los pueblos, pues los griegos lo designaron “cosmos” κόσμον,  con la palabra de la belleza, como también nosotros lo llamamos mundo por su perfecta y absoluta hermosura. Y al cielo le hemos puesto tal nombre por razón de que, sin ninguna duda, ha sido cincelado, como interpreta Marco Varrón. Lo corrobora el orden de las cosas, una vez descrito el círculo que se denomina zodiacal con los signos de doce seres vivos, y, por añadidura, la correspondencia del curso del sol a través de ellos a lo largo de tantos siglos. (Traducción Ana María Moure Casas. Edit. Gredos,1995)

    equidem et consensu gentium moveor; nam quem  κόσμοn Graeci nomine ornamenti appellavere eum et nos a perfecta absolutaque elegantia mundum. caelum quidem haud dubie caelati argumento diximus, ut interpretatur M. Varro. 9 adiuvat rerum ordo discripto circulo qui signifer vocatur in duodecim animalium effigies et per illas solis cursus congruens tot saeculis ratio.

    Pero Plinio parece citar de memoria a Varrón al establecer la relación entre caelum (cielo) y caelare (cincelar). Varrón está citando a su maestro Elio Estilón, que es quien establecer la relación, que el propio Varrón no comparte.

    En realidad dice Varrón en su “De lingua Latina” V, 18

    Elio escribe que el cielo (caelum) se denomina así porque está cincelado (caelatum); o por antífrasis, porque está oculto (celatum), lo que en realidad está patente. Pero no: se trata de un error, porque precisamente los últimos vocablos son los que derivan de caelum mejor que caelum de celare (ocultar) o caelare (cincelar). Pero no es menos probable que, de ambas etimologías, la que lo hace derivar de celare pudo haberse expresado a partir de que, en efecto, la  bóveda celeste se halla oculta (celatur) durante el día, mientras que durante la noche no lo está (non celatur)

    Caelum dictum scribir Aelius, quod est caelatum, aut contrario nomine,celatum quod apertum est; non, male: quod postriora multo potius a caelo quam caelum a celando vel caelando. Sed non minus illud alterum de celando ab eo potuit dici, quod interdiu celatur, quam quod noctu non celatur.

    Más adelante S. Isidoro vuelve a repetir estas explicaciones en sus Etimologías, XIII,4:

    El cielo (caelum) se denomina así porque es como un vaso cincelado (caelatum) en el que, como adornos, están impresos los brillos de las estrellas, pues se dice que un vaso está cincelado cuando resplandece con labores primorosas. Distinguió Dios al cielo y lo llenó de radiantes luces, como son el sol y el disco refulgente de la luna; adornólo además con los luminosos signos de los resplandecientes astros. [No obstante según algunos, el nombre viene de “ocultar” (caelare) lo más elevado] (Traducción de José Oroz y Manuel-A Marcos. BAC,20049.

    Caelum vocatum eo quod, tamquam caelatum vas, inpressa lumna habeat stellarum veluti signa. Nam caelatum dicitur vas quod signis eminentioribus refulget. Distinxit enim eum Deus claris luminibus, et inplevit; sole scilicet et lunae orbe fulgenti et astrorum micantium splendentibus signis adornavit. [Alias autem a superiora calenado].

    Naturalmente la científica filología moderna no acepta estas etimologías simplonas de “cielo”, más bien propias de la imaginación popular elemental. Tampoco acepta otra ya antigua, que hace derivar “caelum” del griego κοῖλον , (koilon) ´´cóncavo´´,´´hueco´´, ´´vacío´´,  que permite transcribirlo a veces, tardíamente,  como “coelum”  porque la bóveda celeste parece una concavidad inmensa. También a veces se escribe “celum” según “celare”.

    Pero la filología no encuentra el origen del término latino. Se ha pensado también en que deriva del verbo “caedo”, “cortar”, significando el espacio que corta o delimita el augur para observar las señales de los dioses.  Todo ello son meras hipótesis un tanto descabelladas. A lo sumo se sospecha la existencia de un primitivo término indoeuropeo *kaid-slo-, de una raiz que significaría “brillante, claro” que deja rastrearse en Germánico y Báltico.

    El término mundus es muy utilizado por Lucrecio, sobre todo en el libro V, casi siempre con el sentido extenso de “universo”, incluyendo el cielo y la tierra. Cicerón también lo utiliza con el mismo sentido. Otras veces los autores romanos lo utilizan como “tierra” o como “cielo”. La reducción del significado de “mundo” a   “mundo terrestre, tierra, habitante de la tierra se produjo a partir de la época imperial.

    Luego incluso sufrió una restricción más en el lenguaje de la Iglesia, contraponiéndose “el mundo” al “cielo”, pasando a ser junto con “el demonio” y “la carne” como objeto de la incontinencia sexual uno de los tres enemigos del alma.

    Estas polivalencias han pasado a las lenguas romances, siendo el contexto el que ha de aclarar el significado concreto.

    En todo caso universum en realidad es la forma neutra del adjetivo universus-a-um, que significa “todo”; etimológicamente compuesto de unus y versus, vuelto hacia un solo punto, uno. Con el término “universos” traduce Cicerón la palabra griega τὸ ὅλον, to holon, que significa todo, entero, completo y por lo tanto universo viene a significar “el todo, conjunto de todas las cosas”.

    Pues bien, volviendo a la cuestión inicial, la traducción de cosmos por mundus, si de cosmos deriva cosmético,-a,  κοσμητικός ,como producto de belleza o arte de aplicar productos para la belleza del cuerpo, especialmente de la cara ocultando lo que de feo pueda tener, conviene saber que también en latín se llama “mundus” a los objetos o estuches de tocador de las muchachas y señoras sin que neguemos la posibilidad de que pueda existir un tocador de señores.

    Terminaré este largo artículo diciendo que “mundo” pronto dejó de percibirse como término técnico o científico para referirse al cosmos o conjunto de todas las cosas perfectamente ordenado. Esa percepción y origen etimológico resulta hoy mucho menos evidente. Desde luego nadie identificaría en este momento la “cosmología” con la “mundología”, por ejemplo.

  • El atractivo de los lugares con historia

    ¿Por qué nos emocionan los lugares en los que vivieron los grandes hombres o los grandes artistas?

    Hay una fuerte y extraña ligazón entre las personas y los lugares en los que pasan su vida. Es más, esos lugares tienen un fuerte atractivo y generan fuertes deseos de conocerlos y visitarlos por parte de quienes admiran a las personas.

    ¿Qué turista en Verona  no visita emocionado la casa de Romeo Julieta, aunque le quepa la duda o la evidencia de que aquello no es sino un mero reclamo para el visitante? ¿No se organizan fervientes recorridos por el Dublín del Ulises de Joyce? ¿Acaso no imaginamos sonrientes la figura del Arcipreste revoloteando picarón entre las muchachas que acuden a la celebración de su Festival en Hita? ¿No acudimos curiosos a los lugares cervantinos, de manera especial a su casa en Alcalá? ¿Y no acudiremos dentro de poco serios y silenciosos a la cripta del convento de las Trinitarias de Madrid, en donde parece que se han encontrado los restos de nuestro más ilustre escritor? ¿Y qué decir de Stradford of Avon en Inglaterra, patria del inmortal Shakespeare? ¿Y del aula de Antonio Machado y los paseos junto al Duero en Soria o su tumba en Collioure (Francia), o de la cátedra de Fray Luis de León en Salamanca?

    Si siempre esto ha sido así, ¿qué no ocurrirá ahora, cuando abundantes e inquietas masas de turista acuden a cualquier sitio con cualquier reclamo?

    Pues bien, tenemos un documento realmente interesante en el que Cicerón y algunos amigos visitan con emoción algunos de los rincones de Atenas en los que enseñaron y vivieron los más ilustres y famosos hombres de la culta Grecia.

    Cicerón, junto con Bruto, Pisón, su hermano Quinto, Tito Pomponio, y su primo Lucio están en Atenas y deciden dar un paseo por la Academia, a mediodía por ser la hora en la que el lugar, ya muy decaído, está más solitario:

    Cicero, De Finibus, 5, 1-8 (Sobre los fines

    Después de haber escuchado, Bruto, a Antioco como acostumbraba en compañía de Marco Pisón, en el gimnasio que llaman “el Ptolomeo”, y junto con nosotros mi hermano Quinto y Tito Pomponio y Lucio Cicerón, primo hermano mío por parentesco pero hermano en el afecto, decidimos entre nosotros dar un paseo después de mediodía en la Academia, sobre todo porque a esa hora este lugar está vacío de toda gente. Así pues fuimos todos a casa de Pisón puntualmente y desde allí hicimos los seis estadios desde el Dípilo (una de las puertas de la ciudad) hablando de varias cosas. Cuando llegamos a los terrenos de la Academia, tan famosos no sin motivo, la soledad era precisamente la que deseábamos.

    Entonces dijo Pisón:  ¿Diré que se nos ha concedido por  la naturaleza o más bien por algún error  esto,  que cuando vemos estos lugares,  en los que sabemos que vivieron mucho tiempo hombres dignos de recuerdo, nos emocionamos más que si escucháramos alguna vez las acciones de ellos mismos o si leyéramos algún escrito suyo? Como yo mismo ahora estoy emocionado. Pues me viene a la mente el recuerdo de Platón, que sabemos que fue el primero que estableció la costumbre de enseñar disputando aquí. Incluso esos jardincillos cercanos no sólo me traen su recuerdo, sino que incluso me parece que me lo ponen delante de mi vista. Aquí estuvo Espeusipo, aquí estuvo Jenócrates, aquí estuvo Polemón escuchándoles, cuyo asiento fue ese mismo que estamos viendo. Y digo que también cuando veía nuestra Curia, no la nueva que me parece que es más pequeña aunque ahora es más grande, solía pensar en Escipión, en Catón, en Lelio y sobre todo en mi abuelo. Tan grande es la fuerza para hacernos recordar que hay en estos lugares que no sin motivo se ha basado en ellos el entrenamiento  de la memoria.

    Dijo entonces  Quinto: «Es absolutamente , Pisón, como tú dices. Ciertamente hace un momento cuando venía hacía aquí me atraía a mí mismo hacia él ese famoso lugar de Colono, en el que el inquilino Sófocles deambulaba ante mis ojos, a quien tú sabes cuánto admiro y cuánto me deleito con él.  Ciertamente  me ha trasladado al antiguo recuerdo de Edipo, que llegaba a este lugar y con aquellos versos suavísimos preguntaba qué lugar era éste, una cierta imagen suya,sin duda vana, pero me ha emocionado.

    Dijo entonces Pomponio: “Pues yo estoy muchas veces con Fedro, a quien vosotros soléis atacar como entregado a Epicuro, y a quien quiero especialmente, como sabéis en los jardines de Epicuro, por los que hace un momento pasábamos, y aunque me acuerdo de los vivos según el consejo del viejo proverbio, no puedo sin embargo, aunque quisiera, olvidarme de Epicuro, cuyo retrato tienen nuestros amigos no sólo en los cuadros sino también en las copas y en los anillos.

    Entonces dije yo: «Nuestro amigo Pomponio ciertamente parece bromear, y quizá con todo su derecho. Pues de tal modo se ha  aposentado en Atenas que casi es ya uno de los atenienses, y me parece que este será también su sobrenombre. Yo, Pisón estoy de acuerdo contigo en que a esto llegamos en la realidad, a pensar con más agudeza y más atención en los hombres famosos por la curiosidad de los lugares (que habitaron). Pues tú sabes que, en cierta ocasión, fui a Metaponto  contigo , y no acudí a casa de mi huésped antes de ver aquel mismo lugar y sede en la que Pitágoras paso su vida. Y todavía en este momento, aunque en cualquier lugar de Atenas hay muchas huellas de hombres famosos en sus propios lugares, sin embargo yo me emociono con aquella famosa exedra, pues no hace mucho fue de Carnéades, a quien me parece que estoy viendo –pues su retrato es conocido- . Me parece como si aquella su voz fuera echada de menos por el propio asiento privado de la enorme grandeza de su ingenio.

    Entonces dijo Pisón: «Puesto que todos hemos dicho algo, ¿qué dice nuestro querido Lucio? ¿No visita con gusto el lugar en el que solían disputar entre sí Demóstenes y Esquines? Pues cada uno es atraído sobre todo por su propia afición.

    Y éste, ruborizándose, dijo: «No me preguntes eso a mí, que incluso he bajado hasta el Fa-
    lérico,  al lugar en el que dicen que Demóstenes solía declamar frente a las olas, para acostumbrarse a dominar con su voz el bramido del mar. Hace también un momento me he desviado del camino un poco a la derecha para acercarme al sepulcro de Pericles. Pero esto en esta ciudad ciertamente es infinito: por cualquier parte por  donde vayamos, allí encontramos la huella de alguna historia.

    Entonces dijo Pisón: Pues bien, Cicerón, esas aficiones, si se dirigen a imitar a esos grandes hombres, son propias de personas inteligentes; si en cambio solo pretenden conocer los restos de un antiguo recuerdo, son propias de personas curiosas. Por eso todos te pedimos a ti, como ya haces como espero, que también quieras imitar a estos a los que quieres conocer.

    Contesto yo entonces: aunque ciertamente este Pisón ya hace, como ves, lo que recomiendas, sin embargo me es grato tu consejo.

    Entonces dijo él muy amistosamente, como era su costumbre: Dirijamos todos nosotros todos los esfuerzos  a la juventud de este, sobre todo para que dedique algo de su interés también a la filosofía, o para que te imite a ti, a quien ama, o para que pueda hacer con más elegancia eso mismo que desea. Y dijo también, ¿Pero Lucio, tienes que ser animado por nosotros o también te inclinas a ello espontáneamente? A mí me parece que atiendes con toda atención a Antioco, a cuyas lecciones acudes.

    Entonces él tímidamente, o más bien con modestia, respondió: « lo hago, ciertamente; pero ¿habéis oído hace poco hablar sobre Carnéades? Me atrae con pasión hacía allá,  pero Antioco me llama de nuevo hacia él y además no hay nadie más al que escuchar.

    Entonces le dijo Pisón:  aunque esto quizás no pueda salir bien, estando este presente –se refería a mí-,  sin embargo intentaré atraerte desde esta Academia Nueva a aquella Antigua, en la que, como oías decir a Antioco, no sólo se cuentan aquellos que se llaman Académicos, Espeusipo, Jenócrates, Polemón, Crantor y otros, sino también los antiguos Peripatéticos, de los cuales el principal es Aristóteles, al que,  exceptuado Platón, creo que con toda justicia le llamaría el principal de los filósofos. Dirígete, pues, a ellos, te lo ruego. Pues no sólo de sus escritos y consejos se puede extraer toda la doctrina de las ciencias liberales, toda la historia, toda la elegancia de la oratoria, sino que es tan grande la riqueza de sus obras que nadie sin este instrumento puede acceder con la suficiente elegancia a ninguna cosa importante. De ellos han salido oradores, de ellos generales y los cargos principales de la República. Y refiriéndome a profesionales menores, de esta especie de taller de todas las artes han salido matemáticos, poetas, músicos, y hasta médicos.

    Y yo le contesté: Sabes, Pisón, que pienso lo mismo, pero has hecho una mención oportunamente. Pues mi querido Cicerón desea escuchar  cuál es la opinión de esa Academia vieja que recordabas y de los  Peripatéticos sobre la finalidad de los bienes. Pensamos que tú puedes explicarlo con toda facilidad, porque también tuviste contigo durante muchos años al napolitano Estáseas y vemos que durante muchos meses ya averiguas estas mismas cosas de Antioco.

    Pero él, riéndose, dijo:  «Bueno, bueno; muy agudamente has querido, pues, que yo fuera el principio de nuestra discusión: se lo expondré a este joven, si algo puedo casualmente. Pues la soledad me concede lo que nunca hubiera imaginado, aunque un dios lo anunciara, que yo iba a disertar en la Academia como un filósofo.

    Pero mientras atiendo a este joven, no querría resultaros pesado a vosotros.

    ¿A mí, le dije, que te lo he pedido esto mismo?

    Entonces, al decir Quinto y Pomponio que ellos querían lo mismo, comenzó a hablar Pisón. Te ruego, Bruto, que atiendas a su discurso para ver si recoge suficientemente la opinión de Antioco, que considero que tu apruebas sobre todo porque has escuchado con frecuencia a su hermano Aristo.

    Concluyamos, como decía Pisón,  en que las visitas a estos lugares tan cargados de ciencia, arte y sabiduría no se deban hacer  solamente por una mera curiosidad turística  sino al deseo de imitación de las personas, y que  al menos sirvan para que algo de los autores quede en nuestro interior y nos afecte.

    Cicero, De Finibus, 5, 1-8

    Cum audissem Antiochum, Brute, ut solebam, cum M. Pisone in eo gymnasio, quod Ptolomaeum vocatur,  unaque nobiscum Q. frater et T. Pomponius Luciusque Cicero, frater noster cognatione patruelis, amore germanus, constituimus inter nos ut ambulationem postmeridianam conficeremus in Academia, maxime quod is locus ab omni turba id temporis vacuus esset. itaque ad tempus ad Pisonem omnes. inde sermone vario sex illa a Dipylo stadia confecimus. cum autem venissemus in Academiae non sine causa nobilitata spatia, solitudo erat ea, quam volueramus.  tum Piso: Naturane nobis hoc, inquit, datum dicam an errore quodam, ut, cum ea loca videamus, in quibus memoria dignos viros acceperimus multum esse versatos, magis moveamur, quam si quando eorum ipsorum aut facta audiamus aut scriptum aliquod legamus? velut ego nunc moveor. venit enim mihi Platonis in mentem, quem accepimus primum hic disputare solitum; cuius etiam illi hortuli propinqui non memoriam solum mihi afferunt, sed ipsum videntur in conspectu meo ponere. hic Speusippus, hic Xenocrates, hic eius auditor Polemo, cuius illa ipsa sessio fuit, quam videmus. Equidem etiam curiam nostram—Hostiliam dico, non hanc novam, quae minor mihi esse videtur, posteaquam est maior—solebam intuens Scipionem, Catonem, Laelium, nostrum vero in primis avum cogitare; tanta vis admonitionis inest in locis; ut non sine causa ex iis memoriae ducta sit disciplina.

    Tum Quintus: Est plane, Piso, ut dicis, inquit. nam me ipsum huc modo venientem convertebat ad sese Coloneus ille locus, cuius incola Sophocles ob oculos versabatur, quem scis quam admirer quamque eo delecter. me quidem ad altiorem memoriam Oedipodis huc venientis et illo mollissimo carmine quaenam essent ipsa haec loca requirentis species quaedam commovit, inaniter scilicet, sed commovit tamen.

    Tum Pomponius: At ego, quem vos ut deditum Epicuro insectari soletis, sum multum equidem cum Phaedro, quem unice diligo, ut scitis, in Epicuri hortis, quos modo praeteribamus,  sed veteris proverbii admonitu vivorum memini, nec tamen Epicuri licet oblivisci, si cupiam, cuius imaginem non modo in tabulis nostri familiares, sed etiam in poculis et in anulis habent.
    Hic ego: Pomponius quidem, inquam, noster iocari videtur, et fortasse suo iure. ita enim se Athenis collocavit, ut sit paene unus ex Atticis, ut id etiam cognomen videatur habiturus. Ego autem tibi, Piso, assentior usu hoc venire, ut acrius aliquanto et attentius de claris viris locorum admonitu cogitemus. scis enim me quodam tempore Metapontum venisse tecum neque ad hospitem ante devertisse, quam Pythagorae ipsum illum locum, ubi vitam ediderat, sedemque viderim. hoc autem tempore, etsi multa in omni parte Athenarum sunt in ipsis locis indicia summorum virorum, tamen ego illa moveor exhedra. modo enim fuit Carneadis, quem videre videor—est enim nota imago—, a sedeque ipsa tanta ingenii magnitudine orbata desiderari illam vocem puto.

    Tum Piso: Quoniam igitur aliquid omnes, quid Lucius noster? inquit. an eum locum libenter invisit, ubi Demosthenes et Aeschines inter se decertare soliti sunt? suo enim quisque studio maxime ducitur.

    Et ille, cum erubuisset: Noli, inquit, ex me quaerere, qui in Phalericum etiam descenderim, quo in loco ad fluctum aiunt declamare solitum Demosthenem, ut  fremitum assuesceret voce vincere. modo etiam paulum ad dexteram de via declinavi, ut ad Pericli sepulcrum accederem. quamquam id quidem infinitum est in hac urbe; quacumque enim ingredimur, in aliqua historia vestigium ponimus.

    Tum Piso: Atqui, Cicero, inquit, ista studia, si ad imitandos summos viros spectant, ingeniosorum sunt; sin tantum modo ad indicia veteris memoriae cognoscenda, curiosorum. te autem hortamur omnes, currentem quidem, ut spero, ut eos, quos novisse vis, imitari etiam velis.

    Hic ego: Etsi facit hic quidem, inquam, Piso, ut vides, ea, quae praecipis, tamen mihi grata hortatio tua est.

    Tum ille amicissime, ut solebat: Nos vero, inquit, omnes omnia ad huius adolescentiam conferamus, in primisque ut aliquid suorum studiorum philosophiae quoque impertiat, vel ut te imitetur, quem amat, vel ut illud ipsum, quod studet, facere possit ornatius. sed utrum hortandus es nobis, Luci, inquit, an etiam tua sponte propensus es? mihi quidem Antiochum, quem audis, satis belle videris attendere.

    Tum ille timide vel potius verecunde: Facio, inquit, equidem, sed audistine modo de Carneade? rapior illuc, revocat autem Antiochus, nec est praeterea, quem audiamus.

    Tum Piso: Etsi hoc, inquit, fortasse non poterit sic abire, cum hic assit—me autem dicebat—, tamen audebo te ab hac Academia nova ad veterem illam vocare, in qua, ut dicere Antiochum audiebas, non ii soli numerantur, qui Academici vocantur, Speusippus, Xenocrates, Polemo, Crantor ceterique, sed etiam Peripatetici  veteres, quorum princeps Aristoteles, quem excepto Platone haud scio an recte dixerim principem philosophorum. ad eos igitur converte te, quaeso. ex eorum enim scriptis et institutis cum omnis doctrina liberalis, omnis historia, omnis sermo elegans sumi potest, tum varietas est tanta artium, ut nemo sine eo instrumento ad ullam rem illustriorem satis ornatus possit accedere. ab his oratores, ab his imperatores ac rerum publicarum principes extiterunt. ut ad minora veniam, mathematici, poetae, musici, medici denique ex hac tamquam omnium artificum officina profecti sunt.

    Atque ego: Scis me, inquam, istud idem sentire, Piso, sed a te oportune facta mentio est. studet enim meus audire Cicero quaenam sit istius veteris, quam commemoras, Academiae de finibus bonorum Peripateticorumque sententia. censemus autem facillime te id explanare posse, quod et Staseam Neapolitanum multos annos habueris apud te et complures iam menses Athenis haec ipsa te ex Antiocho videamus exquirere.

    Et ille ridens: Age, age, inquit,—satis enim scite me nostri sermonis principium esse voluisti—exponamus adolescenti, si quae forte possumus. dat enim id nobis solitudo, quod si qui deus diceret, numquam putarem me in Academia tamquam philosophum disputaturum. sed ne, dum huic obsequor, vobis molestus sim.

    Mihi, inquam, qui te id ipsum rogavi?

    Tum, Quintus et Pomponius cum idem se velle dixissent, Piso exorsus est. cuius oratio attende, quaeso, Brute, satisne videatur Antiochi complexa esse sententiam, quam tibi, qui fratrem eius Aristum frequenter audieris, maxime probatam existimo.

  • Summum ius summa iniuria, “La extrema justicia es extrema injusticia”

    El sentido de esta frase latina, convertida en proverbio, es advertir de cómo una aplicación de la ley con todo rigor al pie de la letra puede devenir en una enorme injusticia.

    Es una máxima latina con notable arraigo en Occidente porque se ha convertido en un proverbio o frase o sentencia latina, como otras muchas que en su concisión y brevedad están cargadas de contenido.

    Son muchos los ciudadanos que rechazan  una aplicación mecánica y rigorista de la ley,  que como recoge los Digesta Iustiniani,40, 9,12 en otra sentencia también lapidaria, siempre es dura: Dura lex, sed lex, La Ley es dura, pero es la ley.

    Son también  muchos los partidarios de una dura aplicación. Tal vez sin un conocimiento suficiente de la situación, tengo la impresión personal de que la ley tiene una aplicación más rigorista en EEUU, a pesar de que la tradición anglosajona del derecho basado en la experiencia de la aplicación, que se aplica en Gran Bretaña, parecería aconsejar todo lo contrario.

    El origen de esta frase no parece estar en el propio mundo del derecho teórico, porque encierra en sí una contradicción o autonegación de la propia ley. Parece más bien recoger el valor de la experiencia en la aplicación, que aconseja tener en cuenta las circunstancias concretas del incumplimiento de la norma y de la aplicación de la pena.

    Desde el punto de vista retórico sería una especie de oxímoron ((del gr. ὀξύμωρον) o unión de dos ideas de significación contradictoria o “absurdo ingenioso” como le llaman los griegos, o en latín “contradictio in terminis” (contradicción en los términos –linguísticos-), que se explica por el contexto. La palabra oxímoron procede de las griegas ὀξύς (oxýs: ‘agudo, punzante’) y μωρός (morós: ‘fofo, romo, tonto’); así que la misma palabra es un ejemplo de oxímoron.

    También puede considerarse como un caso de “figura etimológica” o utilización de varias formas derivadas de un mismo lexema en tanto en cuanto “iniuria” deriva o niega a “ius”.

    La frase como tal “súmmum ius, summa iniuria”  sólo aparece en Cicerón en su obra Sobre los Deberes  (De officiis I, 33), que más adelante comentaré.

    Se cita como precedente un texto de una comedia de Terencio, que es muy similar. Emplea Terencio en  su Heautontimorumenos (El atormentador de sí mismo) la expresión  “ius súmmum saepe summa’st malitia”, “la suma justicia muchas veces es un sumo mal”.

    El autor de comedias latino Terencio se inspira directamente, cuando no traduce literalmente, en las comedias del autor griego Menandro. Este hecho y la influencia griega que también tiene en gran medida el propio Cicerón, permite pensar que el origen de la frase estaría en el mundo griego, pero no conservamos la obra de Menandro para comprobarlo.

    En todo caso si es cierto que en el mundo griego surge la cuestión de la relación entre la justicia,  dikaion  (δίκαιον), la ley (νόμος) nomos,  y la equidad , ἐπιείκεια, epiqueya.

    Observemos que en la aplicación del derecho del Atica se prefiere el arbitraje y las propuestas conciliadoras que la actuación exclusiva de los tribunales.

    Cicerón, recogiendo sin duda más  una opinión y sentimiento ciudadano extendido, rechaza o advierte de la rigidez formalista y literal del Derecho Romano, como se deduce de los ejemplos que aduce en el texto que inmediatamente transcribiré, sin pretender por ello que la sentencia en cuestión formara parte del corpus iuridicum en sí.

    Epiqueya”, ἐπιείκεια, (equidad), es un término griego, de valor jurídico, que se refiere a la aplicación concreta de una ley, que siempre es general, a los casos concretos que son los reales. Se trata de una virtud moral que permite a una persona no aplicar la observación literal de una norma positiva para respetar o ser fiel al sentido o espíritu auténtico de la propia norma. El Diccionario de la Real Academia Española lo define como: 1. f. Interpretación moderada y prudente de la ley, según las circunstancias de tiempo, lugar y persona.

    Los antiguos (Platón, Aristóteles,…) dedicaron mucho tiempo a este tema  de la “epiqueya” y por tanto del significado y valor de la ley y del derecho como instrumento para su aplicación.  Sin duda merece un artículo que en su momento realizaré.

    Así que el primer texto latino,  corresponde  Terencio,  que, como decía  en su Heautontimorumenos (El atormentador de sí mismo), Acto IV, Escena 5,48 ( v. 796) emplea la expresión  “ius súmmum saepe summa’st malitia”.

    Nota: la comedia de Terencio, copia o simple traducción de una similar de Menandro, se representó por primera vez en el año 163 a.C.  En ella Menedemo, un padre anciano, se atormenta y lamenta de haber sido un padre demasiado severo que obligó a su hijo Clinias a escaparse de casa y alistarse en un ejército extranjero. Luego la obra se desarrolla en torno a un enredo amoroso típico de estas comedias.

    HEAVTON TIMORVMENOS 795 (Acto4,Escena 5,48)


    SIRO. – Por otra parte, Cremes, yo hago eso como  justo y bueno.

    CREMES. – Y yo  deseo sobre todo que te decidas a hacerlo, pero por otro camino.

    SIRO. – Hágase; hablemos de otra cosa. Aquello que te dije del dinero que esa le debe a Baquis,  hay que devolvérselo ahora a ella. Y tú, naturalmente,  no te refugies en aquello: “¿Qué tiene que ver conmigo? ¿Acaso me lo dieron a mí? ¿Acaso lo ordené yo? ¿Acaso podía ella dar en prenda a mi hija sin mi consentimiento?” Es verdad, Cremes, lo que dicen: “La más estricta justicia es a menudo la mayor maldad”

    CREMES. – No lo haré.

    SIRO. – Ciertamente si a otros les está permitido, a ti no te está permitido: todos creen que tú estás en una situación limpia y bien hecha.

    SYRUS: Caeterum equidem istuc, Chrene,
    Aequi bonique facio.

    CHREMES  atqui quam maxume
    volo te dare operam ut fiat, verum alia via.

    SYRUS (Servus). fiat, quaeratur aliquid. sed illud quod tibi     
    dixi de argento quod ista debet Bacchidi,
    id nunc reddendumst illi: neque tu scilicet
    illuc confugies: "quid mea? num mihi datumst?
    num iussi? num illa oppignerare filiam
    meam me invito potuit?" verum illuc, Chreme,      
    dicunt: "ius summum saepe summast malitia."

    CHREMES. haud faciam.

    SYRUS. immo aliis si licet, tibi non licet:
    omnes te in lauta et bene acta parte putant.

    La forma de Cicerón es la única que aparece como tal en la literatura latina. Aparece, como dije, en su obra Sobre los Deberes (De officiis) lib.I,33.

    Muchas  veces existen también injusticias derivadas de alguna calumnia y de una interpretación demasiado astuta y maliciosa del derecho. Por lo que se ha hecho ya corriente en la conversación aquel proverbio “la extrema justicia es extrema injusticia”. Y en este tipo se peca también mucho en los asuntos públicos, comoaquel , que, habiendo hecho con el enemigo una tregua de treinta días, por la noche devastaba los campos, porque la tregua era de días, no de noches.

    Ni tampoco puede ser aprobado nuestro compatriota, si es verdad que Quinto Fabio Labieno o cualquiera otro –no lo conozco sino de oídas-  nombrado por el senado árbitro para tratar de los límites entre los habitantes de Nola y los de Nápoles, cuando llegó al lugar, habló por separado con unos y otros para que no se comportaran con ambición ni con codicia y que prefirieran retrotraer sus límites a adelantarlos. Como las dos partes lo hicieron así, quedó en medio una parte de campo. En consecuencia él fijó los límites como ellos mismos habían dicho; el campo que había quedado en medio lo adjudicó al pueblo romano. Esto es engañar, no juzgar. Por ello en toda ocasión hay que huir de tales sutilezas.

    Hay también algunos deberes que han de ser observados con aquellos de quienes has recibido una injusticia. Hay, pues,  un límite para la venganza y para el castigo; y no sé si es suficiente que aquel que ha ofendido, se arrepienta de su injustica, de forma que él mismo no haga nada semejante de nuevo y los demás sean más remisos para cometer injusticias.

    Y en los asuntos públicos se han de respetar sobre todo los derechos de la guerra. Pues habiendo dos tipos de dejar de luchar, uno mediante la negociación y otro mediante la fuerza, y siendo aquel más propio del hombre y este de los animales, se habrá de recurrir a este último si no se puede utilizar el primero.

    Nota: la historia de la tregua de los días y no de las noches se cuenta de Cleomenes, rey de Esparta (520-491 a.C.) en la guerra que con Argos. Lo cuenta Plutarco, en su Apophthegmata Laconica, 223A, “Máximas de espartanos”

    DE OFFICIIS LIBER PRIMVS 33

    Existunt etiam saepe iniuriae calumnia quadam et nimis callida sed malitiosa iuris interpretatione. Ex quo illud "summum ius summa iniuria" factum est iam tritum sermone proverbium. Quo in genere etiam in re publica multa peccantur, ut ille, qui, cum triginta dierum essent cum hoste indutiae factae, noctu populabatur agros, quod dierum essent pactae, non noctium indutiae. Ne noster quidem probandus, si verum est Q. Fabium Labeonem seu quem alium–nihil enim habeo praeter auditum –arbitrum Nolanis et Neapolitanis de finibus a senatu datum, cum ad locum venisset, cum utrisque separatim locutum, ne cupide quid agerent, ne appetenter, atque ut regredi quam progredi mallent. Id cum utrique fecissent, aliquantum agri in medio relictum est. Itaque illorum finis sic, ut ipsi dixerant, terminavit; in medio relictum quod erat, populo Romano adiudicavit. Decipere hoc quidem est, non iudicare. Quocirca in omni est re fugienda talis sollertia.

    .Sunt autem quaedam officia etiam adversus eos servanda, a quibus iniuriam acceperis. Est enim ulciscendi et puniendi modus; atque haud scio an satis sit eum, qui lacessierit, iniuriae suae paenitere, ut et ipse ne quid tale posthac et ceteri sint ad iniuriam tardiores.

    Atque in re publica maxime conservanda sunt iura belli. Nam cum sint duo genera decertandi, unum per disceptationem, alterum per vim, cumque illud proprium sit hominis, hoc beluarum, confugiendum est ad posterius, si uti non licet superiore.

    Curiosamente encontramos una cita en Columela, autor de una obra sobre la agricultura, referida a la relación del señor y dueño de las tierras con sus colonos;  dice en De re rustica, libro I,7:

    Una vez aceptadas y dispuestas todas estas cosas de esta manera, se requiere la principal preocupación del señor para las restantes cosas, especialmente para con los hombres. Estos pueden ser o colonos o esclavos, y estos o sueltos o atados con cadenas.  Actúe suavemente con los colonos y se muestre asequible. Exija con más empeño el trabajo que los pagos, porque esto ofende menos, y sin embargo en conjunto es más beneficioso. Pues cuando un campo se cultiva con diligencia, siempre aporta ganancias y nunca pérdidas, excepto en caso de fuerza mayor como el tiempo o el robo, y por ello el colono no se atreve a pedir la condonación.

    Ni tampoco el señor debe ser pesado en exigir su derecho en cada una de las cosas con las que el colono está obligado, como en las fechas de los pagos o en exigir  la leña y las restantes pequeñas aportaciones cuyo cumplimiento acarrea a los campesinos más molestia que gasto. Ni por supuesto se debe reclamar todo lo que nos está permitido, pues ya los antiguos consideraban  a la justicia extrema como una extrema cruz (extremo castigo o sufrimiento)


     His omnibus ita vel acceptis vel compositis, praecipua cura domini requiritur, cum in ceteris rebus, tum maxime in hominibus. Atque hi vel coloni vel servi sunt, soluti aut vincti. Comiter agat cum colonis, facilemque se praebeat. Avarius opus exigat quam pensiones, quoniam et minus id offendit, et tamen in universum magis prodest. Nam ubi sedulo colitur ager, plerumque compendium, numquam (nisi si caeli maior vis aut praedonis accessit) detrimentum affert, eoque remissionem colonus petere non audet. Sed nec dominus in unaquaque re, cum colonum obligaverit, tenax esse iuris debet, sicut in diebus pecuniarum, ut lignis et ceteris parvis accessionibus exigendis, quarum cura maiorem molestiam quam impensam rusticis licet. Nec sane est vindicandum nobis quidquid licet. Nam summum ius antiqui summam putabant crucem.

    Nótese que Columela ha sustituido “iniuria” por “crucem”,  cruz con el sentido de castigo, lo que aleja también la expresión del lenguaje técnico jurídico.

    Existe también otra cita curiosa en la primera de las cartas de San Jerónimo (c.340-420),  que en este caso dirige a su compañero Inocencio. En ella relata la historia milagrosa de una muchacha cristiana acusada falsamente por su marido de adulterio. La joven niega la acusación confiando en la ayuda de Dios. El verdugo intenta seis veces en vano ajusticiarla; cada vez que descarga el golpe de su espada sobre el cuello de la joven, la espada se detiene al contacto con la carne. Un segundo verdugo  consigue por fin al séptimo intento dar muerte a la joven, que pronto vuelve a la vida con la ayuda divina. Mientras tanto ha muerto otra mujer, que sustituye a la primera en la tumba; la resucitada es escondida en una granja cercana. Pero he aquí que un funcionario celoso sospecha algo y pide ver de nuevo el cuerpo de la joven. Es entonces cuando San Jerónimo exclama en el parágrafo 14:

    La mujer es ocultada en casa lejos apartada del odio del verdugo confuso, y para que las frecuentes visitas del médico a la Iglesia no levantaran sospechas, la trasladaron en compañía de algunas jóvenes muchachas a una pequeña casa de campo más escondida con el pelo cortado. Allí cambiado también su vestido por uno masculino, poco a poco van cicatrizando sus heridas. Incluso después de tantos milagros, todavía se siguen ensañando las leyes. Ciertamente, “la suma justicia es el sumo mal”.  

    Tali invidia carnifice confuso clam domi mulier fodiatur et, ne forte creber ad ecclesiam medici commeatus suspicionis panderet viam, eum quibusdam virginibus ad secretiorem villulam secto crine transmittitur. Ibi paulatim virili habitu veste mutata in cicatricem vulnus obducitur. Et—‘ O vere ius summum summa malitia! ’—post tanta miracula adhuc saeviunt leges.

    Curiosamente, San Jerónimo utiliza la expresión de Terencio summa malitia” y no la de Cicerónsúmma iniuria”, que es la que posteriormente se ha generalizado, probablemente por la vistosa y retórica contraposición “ius/in-iuria”.

    En resumen, el proverbio, nos advierte de que la aplicación rigurosamente estricta y literal de la ley positiva, puede producir grandes daños jurídicos, por lo que el juez o el agente judicial ha de actuar aconsejado por la equidad; de lo contrario el Derecho, la ley, la justicia puede devenir irónicamente en injusticia.

    Esto explica lo que el Código Civil Español dice en su artículo 3:

    Artículo 3.
    1. Las normas se interpretarán según el sentido propio de sus palabras, en relación con el contexto, los antecedentes históricos y legislativos, y la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas, atendiendo fundamentalmente al espíritu y finalidad de aquellas.
    2. La equidad habrá de ponderarse en la aplicación de las normas, si bien las resoluciones de los Tribunales sólo podrán descansar de manera exclusiva en ella cuando la ley expresamente lo permita.

    El proverbio, por lo demás, se ha generalizado en todas las lenguas, como por ejemplo: en inglés:  Rigorous law is often rigorous injustice./ Extreme law, extreme injustice; en italiano: il sommo diritto è somma ingiustizia o Gran giustizia, grande offesa; en francés: Excès de justice, excès d’injustice; en alemán: Das strengste Recht, das grösste Unrecht.

  • Sagrada Safo, coronada de violetas, sonrisa de miel

    Safo fue la primera poetisa importante de Occidente y una de las creadoras de la poesía lírica, personal e intimista.

    Sáfico y lésbico son dos adjetivos con los que nombramos al amor homosexual entre mujeres. El origen de estos términos está en el nombre de la más famosa poetisa griega de toda la Antigüedad, Safo, y en el nombre de la isla en la que  vivió la mayor parte de su tiempo, Lesbos, a finales del siglo VII a.C. en una familia aristocrática.

    Algunos otros de los escasos datos biográficos que nos ofrecen las fuentes antiguas, nada seguras y firmes, son que estuvo casada con un comerciante, que tuvo una hija llamada Cleis, que vivió algún tiempo exiliada en Sicilia y que tuvo tres hermanos, uno de ellos arruinado por su loco amor por  una prostituta (a ello se refieren algunos poemas). Algunos otros detalles interesantes los podemos deducir de sus propios poemas.

    Por cierto, de Lesbos era  también Alceo, el otro gran poeta lírico primitivo, y a veces se representan juntos a estos dos grandes poetas.

    El origen de la palabra homosexual

    Homosexual  es una palabra compuesta de la griega  ὅμοιος, homoyos, que significa “igual” y la latina sexualis, de sexus, sexual, sexo. Por lo tanto se refiere a los amores entre personas del mismo sexo. Nada tiene que ver su origen pues con la palabra latina “homo” que significa hombre. Al amor entre personas de género masculino se le suele llamar, más específicamente “gay”, término inglés que en principio significa “alegre”; al amor entre mujeres, como queda indicado, se le llama “sáfico” o “lésbico”.  Estos términos parece que comenzaron a emplearse en la Francia Ilustrada del siglo XVIII.

    Safo, la primera y mejor poetisa griega

    De Safo de Lesbos desconocemos casi todo e incluso mucho de  lo que con poco sentido crítico se afirma de ella se debe a una opinión y  tradición negativa ya desde la propia Antigüedad, acrecentada luego por la moral cristiana.

    Y sin embargo en lo que sí hay acuerdo general es en que fue la primera y mejor poetisa griega, cuya fama se vio reconocida desde la propia Antigüedad. (Hubo otras poetisas menos conocidas como Corina, Telesila, Praxila, Cleobulina, Beo, Erina, Nóside, …)

    Escribió nueve libros de odas, epitalamios o canciones de bodas, elegías, himnos a las diosas y dioses. Pero  tan sólo conocemos de todo esto siete  poemas extensos que podríamos considerar cuasi completos o menos destruidos, y unos cuantos fragmentos, 264 en total, la mayor parte citas, a veces de una sola palabra, de gramáticos y comentaristas antiguos. De hecho, 63 están formados por un solo verso; 21 por una estrofa y como decía,7  poemas están cuasi completos.

    Se dice que dirigió una escuela de jóvenes poetisas

    Casi todo en su vida es enigmático y fascinante y raramente probado. Se ha dicho, sin suficiente fundamento, que Safo tenía y dirigía una escuela o grupo de jóvenes muchachas (parthenoi, doncellas), círculo de hetairai o «compañeras»,tal vez a semejanza de los grupos masculinos.

    La discusión sobre la naturaleza de este grupo o “thiasos” θίασος,  ha sido abundante. Las muchachas acudían a su casa, a la que llamaba “Morada de las servidoras de las Musas , como se refleja en el fragmento  101,  tal vez para recibir cierta formación y cultivar el espíritu, componiendo y cantando poemas al amor, a la belleza, al pudor de las muchachas vírgenes, aprendiendo gimnasia, música y danza, adorno personal,  como si de una escuela de señoritas se tratara; tal vez como preparación al matrimonio; tal vez para  rendir culto a Afrodita o Eros, como otras asociaciones o “thiasos”, θίασος,  similares. Tal vez para un poco de todo esto.  En todo caso se trataría de  una agrupación de amigas que se reúnen  para festejar con cantos y danzas, también con banquetes,  su amistad, como hacían los hombres.  Pero si esto es así, ¿para qué se necesita hacerla directora de una especie de “academia” para señoritas de buena familia?

    Las discusiones y matizaciones sobre el tipo de relaciones que se establecían en el thiasos han sido muy numerosas y siguen siéndolo hoy en día en que intervienen también diversos grupos feministas con ideas diversas sobre el papel, situación y relaciones de la mujer en la sociedad.

    La opinión,  expresada sin ningún rigor, de que su casa  era simplemente un prostíbulo está absolutamente desacreditada. Séneca, bien es cierto que despreciando el saber inútil al que muchos se entregan, hace una referencia a ello en su Carta a Lucilio, LXXXVIII, 37:

    El gramático Dídimo escribió cuatro mil libros:  ¡me daría pena si él hubiera leído tantas cosas inútiles! En estos libros se pregunta por la patria de Homero, de la verdadera madre de Eneas, si Anacreonte en su vida fue más lujurioso que borracho, si Safo fue una mujer pública, y otras cosas que si las hubieras aprendido tendrías que desaprenderlas. Y ahora niega que la vida sea larga.

    Quattuor milia librorum Didymus grammaticus scripsit: misererer si tam multa supervacua legisset. In his libris de patria Homeri quaeritur, in his de Aeneae matre vera, in his libidinosior Anacreon an ebriosior vixerit, in his an Sappho publica fuerit, et alia quae erant dediscenda si scires. I nunc et longam esse vitam nega!

    Safo es una de las creadoras de la poesía lírica

    Safo es una de las creadoras de la poesía lírica, que no canta los hechos y hazañas épicas de los héroes griegos que representan el espíritu colectivo, sino los sencillos y refinados sentimientos personales de las delicadas y educadas muchachas de Lesbos, especialmente el amor entre las personas. Canta a las diosas de las artes, de la belleza, del amor, de la voluptuosidad: Eros, Afrodita, las Musas.

    Claramente expresa su desinterés por la épica y su interés por su mundo  personal  femenino y delicado en estos versos:

    Unos dicen que las huestes de jinetes, otros que las de infantería
    Otros que una flota de barcos
    Pero yo digo que lo más hermoso sobre la oscura tierra
    Es aquello que uno ama

    Esta poesía de los sentimientos personales, del amor sobre todo,  frente a los grandes ideales heroicos hoy  no nos llama la atención, pero piénsese que estamos hablando de los orígenes,  de la primera vez que esto ocurre y esto sí debió ser chocante entonces.

    Es una poesía para ser cantada al son de la lira (curiosamente, aunque sin fundamento, se le atribuye a Safo el invento del plectro o púa que se utiliza para hacer vibrar las cuerdas de los instrumentos musicales). La  musicalidad y sonoridad es precisamente una de sus características más valiosas.

    Nota: Precisamente por el acompañamiento del instrumento musical, la lira,  se llama a esta poesía “lírica”. La palabra épica  proviene del adjetivo griego ἐπικός (epikos), de  ἔπος (epos palabra, discurso, relato, canto, noticia,sentencia).

    Otras características, que provocan una fuerte emoción, son la sencillez de las palabras (usa el lenguaje cotidiano, el nombre de las cosas), la naturalidad de los sentimientos y la frescura de  de una poesía fuertemente sensual de expresión directa e inteligible, sin adornos ni afectación, tan lejos de tantos poetas antiguos y modernos saturados de retoricismo o empalagoso lenguaje incomprensible. Su sencillez está, pues,  en las palabras, en la expresión y en la sonoridad.

    La estrofa sáfica está formada  por tres versos endecasílabos y otro llamado adonio de cinco sílabas. Aunque se sigue basando esta métrica en la duración de las sílabas, el hecho de que sean versos de un determinado número de sílabas, la aproxima a nuestro sistema de versificación. Safo  popularizó esta estrofa y de ella recibe el nombre.

    Sin duda no es un hecho irrelevante que la isla de Lesbos se encuentre en frente y próxima a las costas de la sensual Asía  y no junto a las más severas y rígidas de la Grecia continental.
    Aunque se haya querido ocultar durante mucho tiempo, desconociendo a veces la correcta interpretación del texto, en sus poemas, dirigidos a las jóvenes muchachas servidoras de las Musas” expresando los sentimientos de amor, ternura, celos, rechazo…, se evidencia un amor homosexual que probablemente fue real:

    En blandos lechos tendida
    pudiste colmar tu deseo” 
       (fragmento 54)

    Así la cita de Horacio en Carmen II, XIII, 24-25 lo da por hecho:

    A Safo con la lira de los eolios,
    llorar de amor por las muchachas de su pueblo.

    Aeolibus fidiibus  quaerentem
    Sappho puellis de popularibus

    Y el mismo Horacio en la Epístola 19 del libro I, verso 28 se refiere a ella como “mascula Sappho”, “masculina Safo”.

    Yo fui el primero que mostró al Lacio
    los yambos de Paros, siguiendo la métrica y el espíritu
    de Arquíloco, mientras los hechos y las palabras seguían a Lycambe.
    Pero no me corones por ello con menos hojas (de laurel),
    porque no me atreví a cambiar sus  metros y el arte de su poesía.
    La masculina Safo acomoda  su Musa al verso de Arquíloco;
    la  acomoda  también Alceo, aunque difiere en los hechos  y en su estructura.

    Parios ego primus iambos
    ostendi Latio, numeros animosque secutus
    25Archilochi, non res et agentia verba Lycamben.
    ac ne me foliis ideo brevi oribus ornes,
    quod timui mutare modos et carminis artem,
    temperat Archilochi Musam pede mascula Sappho,
    temperat Alcaeus, sed rebus et ordine dispar,

    Los moralistas antiguos construyeron una visión negativa de Safo por sus relaciones homosexuales

    Su condición de mujer, la dirección de un grupo de muchachas (thiasos), el cultivo de una poesía intimista que canta los sentimientos personales, especialmente dirigida a otras muchachas, (hasta quince: Atis, Anactoria, Cidro, Arquenasa, Girino, etc.) y que revela sus relaciones homosexuales, su devoción a Afrodita, diosa del amor, y al propio Eros, las acusaciones de inmoralidad… fueron los componentes esenciales con los que los moralistas ya antiguos construyeron una visión negativa de la gran poetisa, censurada, incomprendida y olvidada.  Desde luego su modelo de libertad y relaciones sexuales igualitarias entre las amantes chocaría sin duda con el modelo de amor de los hombres, en los que siempre hay un matiz de dominio de uno sobre otra o sobre otro (en el caso del amor pederasta a los jóvenes).

    Pero su obra se conservó por lo menos hasta el siglo III de nuestra era; lo que es prueba del aprecio de que gozó. Luego, como  consecuencia de su mala fama, lo que nos ha llegado de ellas son apenas unos retazos (218 fragmentos) de lo que fue su obra.

    En el paroxismo de la crítica moral, tanto se le achaca un incontenido apetito sexual que le llevó a tener innumerables amantes masculinos como se afirma que si hubiera sido más atractiva para los hombres no hubiera buscado la relación con mujeres. Hay obras de teatro con su nombre en las que así se la dibuja, como dominada por un fuerte apetito sexual.  Así en Aristófanes aparece el término “lesbiatsein”, verbo formado a partir de “Lesbos”, que viene a significar “hacer un lésbico”, cuyo significado el lector deducirá fácilmente de la comparación con otras modalidades de práctica amorosa a los que también se designa con el nombre del lugar, como “francés o griego”.

    Hay incluso algún texto que la describe como de baja estatura, morena y fea. Es curioso lo modernas que suenan algunas de estas afirmaciones, absolutamente machistas, referidas a mujeres homosexuales.

    La leyenda sobre su muerte

    Menandro creó una leyenda sobre su muerte, que también recrea y propala Ovidio en sus Heroidas, según la cual Safo se arrojó desde el acantilado de Leucade por el amor no correspondido del joven y hermoso Faón. Leucade es un mítico lugar, un alto promontorio y quien de él se arroja se libera de una pasión amorosa no correspondida.

    Aunque suponga una pequeña digresión comentaré que Ovidio escribió una  obra de cartas imaginarias en las que veintiuna heroínas griegas escriben a sus amados. Son las Heroidas. Todas las mujeres son personajes míticos, excepto Safo, personaje real, protagonista de la carta número XV, que envía a su amor Faón. Esta carta de Ovidio colaboró enormemente a difundir algunos de los tópicos que sobre Safo corrían ya en la Antigüedad. Así:

    –  el inflamado apetito sexual y lascivia de la poetisa, en los versos 9-10:

    Me abraso, como arde el fértil campo con sus trigales incendiados,
    cuando el Euro incontrolado aviva las llamas.

    Uror, ut, indomitus ignem exercentibus Euris,
    Fertilis accensis messibus ardet ager.

    También en Ars amatoria, III, 331 se pregunta retóricamente:

    mira a Safo: ¿qué más lascivo que ella?

    Nota sit et Sappho (quid enim lascivius illa?),

    la mala fama de su amor en el verso 201:

    Muchachas de Lesbos, que me habéis hecho infame por haberos amado…

    Lesbides, infamem quae me fecistis amatae

      el reconocimiento y fama que ya tenía, v. 29-30:

    Mi nombre es alabado en el orbe entero
    y ni el mismo Alceo, compañero de patria también poeta,
    es más alabado, aunque su canto resuene mejor.

    Nec plus Alcaeus, consors patriaeque lyraeque,
    Lausdis habet, quamvis grandius ille sonet

    su fealdad, baja estatura  y tez morena, 31-38

    Si la cruel naturaleza me negó la belleza,
    yo suplo con mi ingenio la falta de hermosura.
    Soy pequeña, pero tengo un nombre que llena toda la tierra.
    La estatura que tengo es la que mide mi nombre.
    No soy blanca, pero a  Perseo  le agradó Andrómeda,
    hija de Cefeo, morena con el color de su país.
    Muchas veces las blancas palomas se unen a las de muchos colores
    y la negra tórtola es amada por el ave de color verde (el loro)

    Si mihi difficilis formam natura negavit,
    Ingenio formae damna rependo meae.
    “Sum brevis; at nomen quod terras impleat omnes
    Est mihi; mensuram nominis ipsa fero.
    Candida si non sum, placuit Cepheia Perseo
    Andromede, patriae fusca colore suae.
    Et variis albae iunguntur saepe columbae;
    Et niger a viridi turtur amatur ave.

    En esta carta Ovidio creó un verso famoso, expresión del sentimiento amoroso. El v. 96

    No te pido que me ames, sino que me dejes amarte

    Non ut ames oro, verum ut amare sinas.

    O el verso 121, resumen de tanta conducta enamorada socialmente correcta:

    No marchan juntos el pudor y el amor

    Non veniunt in idem pudor atque amor:…

    La poesía de Safo fue reconocida por serios e importantes hombres antiguos

    Pero todo esto negativo choca con la opinión de serios e importantes hombres antiguos y con el reconocimiento de que fue objeto por su ciudad y por estos hombres, a pesar de que su labor y poesía queda encerrada exclusivamente en el mundo femenino.

    Dionisio de Halicarnaso, en su De Compositione Verborum XXIII, 173 la considera como la mejor representante  de la lírica, junto a Anacreonte. Es en ese pasaje en el que transcribe, y gracias a él se conserva, el prácticamente único poema completo, el Himno a Afrodita.

    Estobeo, autor bizantino de los siglos V-VI de una antología de textos, hace una cita de Aeliano en la que se cuenta una interesante anécdota referida  a la poetisa:

    Estobeo, Florilegio, 3.29.58: 

    Solón de Atenas escuchó de su sobrino Execestides una canción de Safo sobre el vino y tanto le gusto la canción que le pidió al muchacho que se la enseñara; cuando le preguntaron por qué razón quería aprenderla, contestó que para aprenderla y luego morir.

    Sócrates la consideraba también  como uno de los sabios de la antigua historia griega.

    A Platón se le atribuye el siguiente epigrama de la Antología Palatina, que recoge García Gual en su Antología de la poesía lírica antigua, en el que la llama nada menos que “la décima Musa”:

    Dicen algunos que son nueve las Musas.
    ¡Cuánto se engañan!
    Pues he aquí la décima Musa
    (Antología Palatina (16D))

    Y también unos atribuyen  a Platón y otros a Antípatro de Sidón otro epigrama llamado “Epitafio para Safo” en el que se llama “Musa mortal que cantaba con las Musas inmortales». Reproduzco la versión de  Manuel Fernández Galiano para Gredos. Antología Palatina, Epigrama Helenísticos (VII 14):

    Epitafio de Safo

    A Safo custodias, eólide tierra, a la Musa
    Mortal a quien las Musas divinas reconocen,
    Criada por Cipris y Eros, que siempre trenzaba
    Con Persuasión guirnaldas perennes de las Piérides,
    De la Hélade encanto y honor para ti. ¿Por qué, Moiras,
    Que torcéis el hilo triple con vuestros husos,
    vida infinita no hilasteis a aquella que trajo
    dones infinitos a las Heliconiades?

    Alceo, su compatriota, le dedicó un sentido y precioso verso:

    “Coronada de violetas, sonrisa de miel, sagrada Safo” (fragmento 63D), con el que he querido titular este artículo

    Dice también Estrabón en XIII,2,3:

    “en la misma época (que Pitaco y Alceo) vivio Safo; fue un ser extraordinario, porque no sabemos que en ningún otro tiempo, por más que nos remontemos al pasado, hubiese existido otra mujer que por poco que fuese pudiera comparársele en poesía”.

    Las referencias son numerosas. Estas contradicciones en la valoración llevaron a algunos antiguos a suponer o a inventar absurdamente la existencia de dos Safos, una la adorada poetisa y otra la de vida ligera y casquivana y amante de Faón.

    Safo, desde luego,  impresionó a Ovidio y a Catulo (vease el artículo https://www.antiquitatem.com/catulo

    en el que comento su poema 51, traslación del de Safo) y a Petrarca y a Leopardi y a Byron y a Baudelaire.

    Presentaré el Himno a Afrodita, muy interesante, aunque con alguna dificultad de comprensión para el lector poco conocedor del mundo antiguo, en una de las versiones de García Gual. Presentaré también el famoso poema , que inspiró a Catulo, pero  también a Plutarco, Longo, Horacio, y al mismo Lucrecio en su De rerum Natura III, 53-156 cuando habla de la relación entre el cuerpo  y el alma.

    Ofreceré también unos pocos fragmentos menores para que el lector compruebe el estado fragmentario en que nos ha quedado su obra y el enorme valor que de estos retazos se deduce.

    Nota: La mayoría de las traducciones son obra de Carlos Montemayor, publicadas en Editorial Trillas (Mexico).  Algunas son del maestro Carlos García Gual; una es del catedrático Manuel  Pérez. La numeración de los fragmentos es ciertamente complicada; en la medida de lo posible utilizo la numeración de Page y Campbell en la edición de The Loeb Classical Library o la de Voigt.
    ….
    1 (Page, Voigt)

    Himno a Afrodita

    A ti, en tu trono multicolor, inmortal Afrodita,
    Hija de Zeus, tejedora de ardides, yo te suplico
    ¡no me paralices, con melancolía y hastío,
    Oh soberana, el ánimo!

    Ven aquí, como hacías antaño,
    Cuando oyendo mi voz desde lejos
    Me escuchabas y abandonando la casa paterna
    Venías.

    Unciendo el carro dorado bellos y veloces gorriones,
    Te traían alrededor de la oscura tierra,
    Batiendo velozmente las alas en remolino, desde el cielo,
    A través del éter.

    Llegaban pronto y tú, bienaventurada, sonriendo
    Con tu inmortal rostro preguntabas
    Cuál era mi padecimiento y por qué
    Te llamaba nuevamente.

    Y que o que más deseara en mi corazón atormentado
    Lo tendría. ¿A quién pretendes que Peitho** conduzca hacia tu amor?
    ¿Quién, oh Safo,
    Te causa pena?
    ** el engaño, la persuasión

    Pues si ahora huye, pronto perseguirá,
    Si no acepta regalos,en cambio ella te los dará,
    Y si no ama, ¡pronto amará
    Aún contra su voluntad”

    ¡Ven hacia mí también ahora! ¡Líbrame
    De pensamientos tristes y haz
    Que se cumpla lo que mi corazón ansía1
    ¡Sé túmisma mi compañera de lucha!

    (Traducción de Carlos García Gual)

    31 (Voigt )

    Me parece igual a los dioses
    aquel hombre que enfrente de ti
    se sienta y de cerca tu dulce voz
    escucha
    y tu dulce reír. Eso, lo juro,
    el corazón en mi pecho con fuerza golpea,
    pues nada más que te miro, al instante, de voz
    nada me queda.
    Que la lengua se me quiebra, y un sutil
    fuego en seguida me recorre por debajo la piel.
    Con mis ojos no veo nada, y los oídos
    me zumban,
    y me recorre un frío sudor, y un temblor
    hace presa de mí toda, y más pálida que la hierba
    estoy. Y estar muerta por poco
    me parece…
    Pero todo se debe soportar…

    (Traducción de Manuel Pérez López, en “De lo subime”; Edit. Dykinson)

    2 (Voigt)

    . . .ven, Cipris,
    y delicadamente, en copas de oro,
    escancia el néctar mezclado
    con goces. 
    (Versión de García Gual)

    ….
    160 (Page)

    . . .ahora, para mis amigas,
    cantaré bellamente dulces cosas.

    37 (Page)

    . . .en mi dolor que fluye gota a gota

    36 (Voigt)

    Lo deseo ardientemente, y lo busco. . .

    15 (Page, Voigt)

    ¡Oh Cipris, sé para Dórica
    amarga! ¡Que no se vanaglorie
    diciendo que otra vez se aleja
    por un dulce amor!

    16 (Paage, Voigt)

    Algunos dicen que un ejército de caballería,
    o de infantería, o una escuadra de navíos,
    es lo más bello sobre la oscura tierra.
    Yo digo que lo que uno ama.
    5 Y muy fácil es que todos lo comprendan.
    Porque Helena, que conoció a los más bellos hombres,
    abandonó a su marido, el mejor de todos,
    por navegar a Troya,
    10 sin acordarse de hijos ni del cariño
    de los padres ¡Tan lejos desvió Cipris a la amante!
    Pues logra Cipris al corazón doblegar
    y al que ama que nunca levemente ame.
    15 Ahora me hace recordar a Anactoria,
    que no está conmigo,
    y a la que quisiera ver con su amoroso andar
    y la radiante luz de su rostro,
    mucho más que a los carros lidios o las armas
    20 con que combaten de pie sus guerreros.
    Y sé bien que nadie puede alcanzar
    la suprema dicha, pero desear tenerla, . . .
    repentinamentre.    (
    Versión de García Gual)

    23 (Page, Voigt)
    ………………..
    . . . ahora, querida
    ……………………
    pues como. . . al verte frente a mí
    . . .ni la misma Hermione fue tan bella
    . . .ni con la rubia Helena compararte
    sería inconveniente,
    si fuese justo a los mortales hacerlo, pues sabe
    que con tu belleza toda mi inquietud
    . . .goza. . .
    ……………….
    . . .el promontorio
    . . .a los
    Celebrando la noche entera.

    22 (Voigt).

    . . .te pido. . .
    que aparezcas, oh Gónguila, vestida con la túnica
    blanca como leche. El amor mismo
    se agita alrededor.
    de tu belleza, pues el deseo arrebata
    a quien apenas la mira. Y yo gozo
    porque esto te reprocha la misma
    Ciprigenia,
    a la que pido.
    esto
    . . . quiero. . .

    30 (Voigt)

    …………………………..
    ……………………………..
    ……………………………..
    noche. . .
    las muchachas ante la puerta
    pasamos la noche entera, oh afortunado esposo,
    cantando tu amor y a tu novia
    cubierta de violetas,
    pero despierta cuando brote la aurora
    y acude a tus amores
    . . . a todo cuanto. . .
    al sueño veamos

    47 (Page Voigt)

    Amor ha sacudido mis sentidos,

    como el viento que arremete en el monte a las encinas. (Versión de García Gual)

    48 (Page, Voigt)

    Hiciste bien en venir, pues te anhelaba
    y desfallecía por este deseo que incendia mi alma. (
    Versión de García Gual)

    50 (Voigt)

    Sólo mientras lo miran tiene belleza el que es bello.
    Ahora y siempre dignidad, el que es digno.

    46 (Voigt)

    . .Y yo, sobre un blando cojín,
    tienda mis miembros. . .

    55 (Voigt)

    Después de que mueras, yacerás sin que nadie te recuerde
    o por ti se duela, pues no gozaste las rosas de
    Pieria *. Ignorada también en la casa del Hades,
    flotarás errabunda entre los oscuros muertos. .
    .

    * la poesía

    82 (Page, Voigt)

    De más bello cuerpo es Mnasídica que la tierna Gyrinna. . .
    Y a ninguna he encontrado, oh adorable, más desdeñosa que
    tú. . .

    168B (Voigt)

    se han puesto la luna y las Pléyades; ya es media noche; las
    horas avanzan, pero yo duermo sola.

    94 (Page, Voigt)

    De veras, estar muerta querría.
    Ella me dejaba y entre muchos sollozos
    Así me decía:
    “¡Ay,qué penas terribles pasamos,
    Ay, Safo, qué a mi pesar te abandono!”
    Y yo le respondía:
    “Alegre vete, y acuérdate
    De mí. Ya sabes cómo te quería.
    Y si no, quiero yo recordarte…
    Cuántas cosas hermosas juntas gozamos.
    Porque muchas coronas
    De violetas y rosas y flores de azafrán
    Estando conmigo pusiste en tu cabeza,
    Y muchas guirnaldas entretejidas,
    Hechas de flores variadas,
    Alrededor de tu cuello suave.
    Y ungías toda tu piel…
    Con un aceite perfumado de mirra
    Y digno de un rey
    Y sobre un mullido cobertor
    Junto a la suave…
    Suscitaste el deseo…
    Y no había baile ninguno
    Ni ceremonia sagrada
    Donde no estuviéramos nosotras,
    Ni bosquecillo sacro…
    …el repicar…
    …los cantos… 
      (Versión de García Gual)

    130 (Voigt)

    Otra vez el amor que deshace el cuerpo me atormenta,
    como una amarga y dulce fiera invencible.

    102 (Voigt)

    Dulce madre, no puedo ahora continuar mi tejido:
    ¡con el deseo de un muchacho me subyuga la tierna Afrodita!

    (Edmonds 158)

    Oh novia, tu cuerpo es hermoso; de miel
    son tus ojos y amor derrama tu delicado rostro!
    Con extraordinaria distinción te dotó, ciertamente, Afrodita.

    114 (Page, Voigt)

    (La joven desposada)
    – Doncellez, doncellez, ¿a dónde te vas y me dejas?
    (la doncellez)
    –  Ya no volveré a ti, querida, ya nunca más volveré.
    (Versión de García Gual)

    115 (Page, Voigt)

    ¿Con qué podré compararte, esposo?
    Con un esbelto y tierno junco.

    142 (Voigt)

    Latona y Níobe fueron amigas que se amaron tiernamente

    126 (Voigt)

    . . .duermes en el pecho de una tierna amiga. . .

    138 (Voigt)

    Quédate así, amigo, ante mí:
    déjame ver tu belleza

    Cita de Filóstrato

    . . .de melodiosa voz. . .
    «Y de muchas maneras se dirigía a las muchachas, como las de los
    brazos de rosas, las de ojos vivaces, las de hermosas mejillas o de
    melodiosa voz. Así, suavemente, Safo les hablaba.»

    119 (Bergk)

    Estas cenizas son de Timas, a quien muerta
    antes de sus bodas recibió el oscuro tálamo de Perséfone:
    todas sus compañeras, cuando ella murió, con recién afilados
    hierros sus hermosas cabelleras cortaron.

  • No se debe maltratar a los anímales

    El respeto a los animales y a la naturaleza en general es una preocupación muy moderna. No son abundantes los textos antiguos que supongan una reflexión explicita sobre la necesidad de respetar el “medio ambiente”, entre otras razones porque la capacidad de destruirlo o modificarlo era mucho menor y esto probablemente hacía innecesaria esa reflexión.

    Sí hay ciertamente numerosas referencias de textos que aconsejan al hombre “vivir de acuerdo con la naturaleza”,  pero el punto de vista de este consejo no está centrado en la conservación de la naturaleza sino en el modo de vida del propio hombre.

    Tampoco hay una conciencia explícita de los llamados hoy en día “derechos de los animales”; antes bien, la opinión extendida es más bien la de que los animales, que no tienen alma, al menos como la humana, tampoco tienen “derechos”.

    Es una excepción la creencia y norma vital de Pitágoras y sus discípulos, y otros varios personajes, que creen en la metempsicosis o transmigración de las almas, también en los animales, y que en consecuencia  no pueden comer carne animal y son vegetarianos. 

    Por todo esto  hay algunos textos especialmente interesantes y chocantes en el contexto anterior, como por ejemplo algunas disposiciones legales que obligaban a respetar y no maltratar a los animales de carga del “cursus publicus” o “servicio estatal  de transportes y comunicaciones oficiales del Imperio”.

    Este “servicio de transportes” es una notable creación romana que se atribuye a Augusto y se desarrolló notablemente en el Imperio. Hubo notables precedentes, como el sistema de relevos creado por el rey persa Darío I al que hacía referencia en https://www.antiquitatem.com/posta-correos-mansiones-via-cursus

    En otra ocasión  comentaré el tema del cursus publicus con más extensión y detalle; baste hoy con conocer que este servicio “público” o estatal, que no de uso general del “público”, se creó, como es lógico, sobre la estructura del extraordinario sistema de “vías” o caminos que conducían a Roma, “la urbe o ciudad” por excelencia. A lo largo del camino, cada veinticinco o treinta kilómetros existían unas estaciones, ventas, fondas o paradores en los que pernoctar y descansar y cambiar de animales de transporte de viajeros o de carga de refresco. Salvando las distancias, eran algo parecido a nuestras estaciones o áreas de servicio de nuestras carreteras y autopistas.

    Pues bien, este ”cursus publicus” está muy regulado por las leyes. En el Código de Teodosio, Codex Theodosianus” se conservan sesenta y seis disposiciones regulatorias del servicio en el Libro VIII, Título 5 que precisamente se titula “Sobre la posta, carruajes y servicios complementarios” ( De angariis et parangariis).

    Entre esas disposiciones  hay algunas que obligan a tratar bien a los animales de posta y de carga. La más llamativa de ellas es la 8.5.2 que impide los excesos y crueldad en el trato de estos animales:

    Codex Theodosianus, 8.5.2 Los animales del “correo  oficial” (cursus publicus) sólo han de ser obligados con varas o látigos, pero no con bastones.

    El mismo Augusto a Titiano.

    Como quiera que muchas personas obligan al comienzo mismo de la carrera a los animales públicos a agotar todas las fuerzas que tienen con fortísimos bastones llenos de nudos, me place  que de ninguna manera  use alguien el bastón para espolearlos, sino que use ciertamente  o una vara o un látigo con un pequeño aguijón atado en la  punta que pueda excitar los miembros perezosos con un inocuo cosquilleo, pero no para intentar sacar todo lo que las fuerzas no pueden dar. Quien siendo (soldado) de graduación  elevada actuara contra esta ley, será castigado con la humillación de la degradación; el simple operario (soldado raso),  que reciba la pena de deportación.

    Dado el día anterior a los Idus de mayo, siendo cónsules Sabino y Rufino (el 14 de mayo del año 316).

    CTh.8.5.2 De animalibus cursus publici,virga tantum, aut flagro, non fustibus cogendis

    Idem a. ad Titianum.

    Quoniam plerique nodosis et validissimis fustibus inter ipsa currendi primordia animalia publica cogunt quidquid virium habent absumere, placet, ut omnino nullus in agitando fuste utatur, sed aut virga aut certe flagro, cuius in cuspide infixus brevis aculeus pigrescentes artus innocuo titillo poterit admonere, non ut exigat tantum, quantum vires valere non possunt. Qui contra hanc fecerit sanctionem promotus, regradationis humilitate plectetur: munifex poenam deportationis excipiat. Dat. prid. id. mai. Sabino et Rufino conss. (316 mai. 14).

    La ley es de la época de Constantino. La norma castiga los excesos y crueldad en el trato de los animales del cursus publicus y la pena está en función de la categoría del infractor, pena en el caso del infractor de menor grado o sin graduación ciertamente severa.

    Algunas otras regulan con precisión el peso y carga que han de transportar los diversos tipos de vehículos y los propios animales. Se puede apreciar también en ellas cierto matiz de respeto y consideración con los animales del servicio público.

    En CTh.8.5.8.1 y 2  se dice:

    ….

    Determinamos que al carro de cuatro ruedas (raeda) sólo se le pueden cargar mil libras de peso, al carro de dos ruedas (birota) doscientas, a una caballería treinta; pues no parece conveniente que soporten pesos mayores. (24 de junio de 357 [356]).

    Que en época estival se unzan al carro de cuatro ruedas (reda) ocho mulas  y en invierno diez; consideramos que tres son suficientes para los carros de dos ruedas (birrotas). Y ordenamos que se ocupen de todas estas cosas los supervisores de cada región, bajo la pena establecida  legalmente para ellos. Dado ocho días antes de las calendas de Julio en Milán, siendo Constantino Augusto cónsul por octava vez y  Juliano César cónsul por segunda (24 de junio de 357 0 356)

    CTh.8.5.8.1

    Statuimus raedae mille pondo tantummodo superponi, birotae ducenta, veredo triginta; non enim ampliora onera perpeti videntur. (357 [356] iun. 24).

    CTh.8.5.8.2

    Octo mulae iungantur ad raedam aestivo videlicet tempore, hiemali decem; birotis trinas sufficere iudicavimus. Adque haec cuncta regionibus praestitutos curare praecipimus poena eis proposita. Dat. VIII kal. iul. Mediolano Constantio a. VIIII et Iuliano caes. II consulibus. (357 [356] iun. 24).

    Y las mismas exigencias de limitación de peso se repiten en CTh.8.5.17 en una norma de 14 de marzo del año 364, en donde se fijan penas de exilio para el ciudadano libre y de trabajo en las minas si es esclavo (si liber sit, exilii poenam, si servus, metalli perpetua supplicia subeunda)

    Los Emperadores Valentiniano y Valente, Augustos, a Menandro

    Permitiremos que se cargue en los vehículos no más de mil libras, y los usuarios del correo tendrán suficiente con la concesión que hacemos de transportar treinta libras en los caballos. Todo lo que se considere que excede esta medida, deberá ser adjudicado al fisco a expensas de aquel que haya actuado contra la ley.

    Para acabar por completo con el uso de vehículos enormes, decretamos también absolutamente que, si algún fabricante creyese que puede construir un vehículo mayor que lo que dice la norma que acabamos de prescribir, no dude que si es libre sufrirá la pena de exilio y si es esclavo, sufrirá la pena perpetua de trabajos en las minas.

    Dado el día anterior de los Idus de marzo, en Milán, siendo cónsules el divino Juliano y Varroniano. (14 de marzo de 364).

    CTh.8.5.17pr. y 8.5.17.1

    De mensura seu modo ponderis et vehiculorum

    Impp. Valentinianus et Valens aa. ad Menandrum. Vehiculis nihil ultra mille librarum mensuram patiemur imponi, ita ut veredarii sat habeant, quod his triginta libras equis vehere concessimus. Quidquid igitur supra mensuram exsuperare constiterit, ad dispendium eius, qui in legem conmiserit, fisco conveniet adscribi. (364 mart. [?] 14).
    CTh.8.5.17.1

    Illud sane, ut penitus enormium vehiculorum usus intercidat, sanciendum esse decernimus, ut, quisquis opificum ultra hanc quam perscripsimus normam vehiculum crediderit esse faciendum, non ambigat sibi, si liber sit, exilii poenam, si servus, metalli perpetua supplicia subeunda. Dat. prid. id. mart. Mediolano divo Ioviano et Varroniano conss. (364 mart. [?] 14).

    Y de nuevo se especifica estas cargas y pesos en CTh.8.5.28 De pondere seu onere redae, angariae, veredi, en donde se extienden estas normas aplicadas en la Galia a Iiria e Italia:

    CTh.8.5.28 Sobre el peso o carga del carro de cuatro ruedas (raeda), de los furgones (angaria)  y de los caballos de posta.

    Los mismos Augustos  a Probo, prefecto del Pretorio.

    Como quiera que ya resulta muy provechoso en Las Galias, conviene ahora repetirlo en Iliria y en las regiones de Italia: que en el carro de cuatro ruedas (raeda) no se transporte más de mil libras de peso, mil quinientas sean suficientes para el furgón (angaria, con tiro de cuatro bueyes), y nadie imponga más de treinta a la caballería.

    Dado el día quinto antes de las calendas de enero en Sirmio, siendo cónsules  Valentiniano y Valente, Augustos. (28 de diciembre del 368? 370? 373?)

    CTh.8.5.28 De pondere seu onere redae, angariae, veredi

    Iidem aa. ad Probum praefectum praetorio.

    Quod iam Gallis prodest, ad Illyricum etiam Italiaeque regiones convenit redundare, ut non amplius raeda quam mille pondo subvectet, angariae mille quingenta sufficiant, veredo ultra triginta nullus imponat.

    Directa V kal. ian. Sirmio Valentiniano et Valente aa. conss. (368? 370? 373? dec. 28).

    Y una vez más en CTh.8.5.47. De la carga o peso que se ha de poner en los vehículos y caballerías.

    Los mismos Augustos a Cinegio, Prefecto del Pretorio.

    El carro de cuatro ruedas (reda) deberá cargarse con un peso de mil libras y el carro no más de seiscientas, añadiendo que el oro y los diversos tipos de productos que se reparten no se envíen en vehículos según lo quieran los escoltas y cobradores de impuestos, sino en los vehículos adecuados al peso y carga. A estos por supuesto no les estará permitido bajo amenaza de pena capital llevar cualquier carga privada en contradicción con lo que prescribe nuestra ley ni a transportar como un regalo a otros que deban ser transportado como si se tratara de una subasta, con excepción de aquellos que la necesidad de escolta exija que acompañen.

    Y como quiera que el cuidado de los correos ha de hacerse con la misma racionalidad, la silla y los frenos no pasará de sesenta libras y las alforjas ciertamente de treinta y cinco,  con la condición de que si alguien excediera los límites  prescriptos  de la moderación imperial, su silla sea partida en pedazos, y las alforjas se asignarán a las cuentas del fisco.

    Dado el décimo quinto día antes de las calendas de julio en Constantinopa, siendo cónsules Arcadio, Augusto, por primera vez y Bautón. (17 de junio de 385)

    CTh.8.5.47pr. De onere seu pondere vehiculis et veredis imponendo.

    Idem aaa. Cynegio praefecto praetorio. Raedae mille librarum onus imponi debet, carro sescentarum nec amplius addito eo, ut aurum ceteraeque species largitionales non ad libidinem prosecutorum vel susceptorum, sed aptis oneri ac ponderi vehiculis deferantur. Quibus utique non licebit sub capitalis exitii minis quicquam oneris privati secus quam lex nostra praescribit imponere neque alios mercede subvehendos velut proposita licitatione conducere, exceptis his quos necessitas prosecutionis adiunxerit. (385 iun. 17).

    CTh.8.5.47.1
    Et quoniam veredorum quoque cura pari ratione tractanda est, sexaginta libras sella cum frenis, triginta quinque vero averta non transeat, ea condicione, ut, si quis praescripta moderaminis imperatorii libramenta transscenderit, eius sella in frusta caedatur, averta vero fisci viribus deputetur. Dat. XV kal. iul. Constantinopoli Arcadio a. I et Bautone conss. (385 iun. 17).

    Incluso hay una norma para garantizar el adecuado alimento de los animales de la posta oficial.

    CTh.8.5.60 Del forraje de los animales del correo oficial (cursus publicus)

    Los mismos Augustos a Mesala, prefecto del Pretorio.

    Si el forraje se valora en un precio excesivamente alto e injusto, claramente quedan perjudicados los animales públicos (del correo oficial) por los adjudicatarios (del servicio)junto a los escoltas (apparitores) del magistrado. Para que esto no ocurra, que tu “Sublimidad” disponga que no falte forraje en las estaciones de relevos ni se grave a los provinciales más de lo que razonablemente permita la justicia.

    Dado el día quinto antes de las calendas de diciembre. En Milán siendo cónsules Estilicón y Aureliano (27 de diciembre del año 400)

    CTh.8.5.60 De pabulo animalium cursus publici

    Idem aa. Messalae praefecto praetorio. Animalia publica, dum longe maiore ac periniquo pretio pabula aestimantur, per mancipes adque apparitores aperte vexantur. Ne id contingat, sublimitas tua disponat, ut neque pabula mutationibus desint neque provinciales ultra, quam iustitiae sinit ratio, praegraventur. Dat. V k. dec. Mediolano Stilichone et Aureliano conss. (400 nov. 27).

    Algunos pueden pensar que estas  normas no se deben tanto al respeto al animal como ser vivo semejante al hombre cuanto a un interés económico por no destruir un instrumento necesario. Que cada uno juzgue como considere oportuno los textos anteriores.

    Desde luego contrastan estos textos con la utilización que los propios romanos hacen de los animales, cuanto más exóticos mejor, para espectáculos de todo tipo en el anfiteatro. Como contrastan también con el  jolgorio y alegría que levantan en amplios sectores de la sociedad actual actos de atávica crueldad como el famoso y desdichado “Toro de la Vega” de estos días y otras muchas decenas de ejemplos similares que la  “tradición” no puede justificar moralmente.

  • La muerte de Sócrates: su último día de vida.

    La muerte de Sócrates fue un día del año 399 a.C. a la caída de la tarde, tras la puesta del sol, apuraba Sócrates, el más sabio y mejor de los hombres, el vaso de cicuta (una planta bien frecuente en nuestro entorno geográfico) que le produciría la muerte, en presencia de sus amigos íntimos que asisten desolados a la entereza moral con que afronta la sentencia. Tenía Sócrates 70 o 71 años. Una sentencia injusta, consecuencia de las infames denuncias oportunistas de tres ciudadanos envidiosos y resentidos con el maestro, formuladas en un ambiente general propicio para ello al que la actitud orgullosa del propio Sócrates contribuyó,acabó con la vida del maestro y le concedió una fama imperecedera que de ninguna forma pudieron sospechar sus coetáneos.

    Desde entonces hasta hoy no hemos dejado de preguntarnos con asombro cómo fue posible que la primera democracia del mundo condenara “al mejor hombre… de los que… conocimos, y, en modo muy destacado, el más inteligente y más justo”, con la expresión con la que acaba Platón su diálogo “Fedón o del alma”.

    De la muerte de Sócrates tenemos varios relatos, los principales de su discípulo Platón, que centra en este asunto dos de sus “diálogos”: la llamada “Defensa o Apología de Sócrates” en la que el propio filósofo desmonta los argumentos de sus acusadores y asume con entereza la sentencia injusta, y el Fedón, conocido con el subtítulo de “Sobre la inmortalidad del alma”, aunque ciertamente su verdadera intención es exaltar la figura ejemplar de Sócrates. También hace referencias en otros diálogos, como en el Critón y Eutifrón. La muerte de Sócrates impresionó vivamente sin duda a su discípulo Platón.

    También otro discípulo, Jenofonte (circa 431 a.C.-354 a.C.), escribió unos “Recuerdos de Sócrates” y una breve Apología en la que naturalmente rememora su injusta condena y muerte.

    ¿Por qué fue Sócrates condenado a morir?

    Sócrates fue acusado básicamente de tres delitos: introducir nuevos dioses y despreciar los existentes, transformar con el arte de la palabra la verdad en mentira no respetando las leyes, corromper a los jóvenes. Platón hace que Sócrates en su Apología desmonte todas las acusaciones de sus adversarios, pero la Apología es un relato literario y no la transcripción del juicio real.

    (Véase una explicación de las causas de su muerte en  https://www.antiquitatem.com/socrates-condena-cicuta-las-nubes- )

    En el Fedón nos narra Platón los últimos días de la vida de Sócrates, especialmente el último, aquel en el que con toda serenidad y desconsuelo de sus amigos apura el vaso de cicuta, que le paraliza sus músculos hasta producirle la muerte.

    ¿Qué es la cicuta y cómo provoca la muerte?

    La cicuta, abundante en nuestro entorno geográfico, es semejante al hinojo, tiene una neurotoxina que inhibe el funcionamiento del sistema nervioso central  y produce una parálisis que asciende desde las extremidades hasta paralizar los músculos y funciones esenciales como el corazón y la respiración y ocasionar en consecuencia la muerte. Es un efecto semejante al que produce el curare amazónico.

    Algunos párrafos del Fedón que hablan del último día de vida de Sócrates

    Pues bien,  persistente en mi afán de conocer y favorecer el conocimiento de los textos antiguos genuinos, con tanta frecuencia apartados de nuestros métodos educativos, me permitiré reproducir algunos párrafos del Fedón.

    Se considera que el Fedón lo escribió Platón en su época de madurez, cuando ya tiene conformado su sistema filosófico, sobre todo la teoría de las ideas; y una ética y política de acuerdo con su concepción idealista del universo y del hombre. En ese momento  ha adquirido una notable maestría como escritor y un dominio completo de la expresión literaria, que suele plasmar en forma de diálogo, dotándoles de un enorme dramatismo. Platón tendría en estos momentos 40 o 45 años.

    En sus diálogos es precisamente Sócrates el portavoz de sus propias opiniones (las de Platón).

    Confieso sin pudor la emoción que siempre me ha producido la lectura de ese texto, del Fedón, obra maestra de la literatura universal, testigo de la necedad y vileza que muchas veces demuestran los hombres y ejemplo de la entereza moral de un buen ciudadano a quien la práctica de la filosofía le ha enseñado a saber morir.

    Por lo demás el ejemplo de Sócrates sirve también de consuelo y viático para todo ser humano que conoce y afronta el ineludible y próximo final de su vida.

    Cuando Sócrates fue condenado se celebraban la peregrinación anual a Delos para conmemorar el viaje de Teseo a Creta para liberar a Grecia del tributo de los siete muchachos y siete muchachas que el monstruo del Laberinto devoraba.  Su condena no podía realizarse durante esas fiestas porque la ciudad debía estar purificada. Pasó así un largo mes hasta que volvió la nave de Delos. Durante esos días le visitaban y acompañaban sus amigos apesadumbrados y seguían discutiendo con él de temas filosóficos. ¿Qué tema más adecuado, pues, entonces que el de la “inmortalidad del alma”  y su destino después de la muerte del cuerpo? Pero llegó el día fatídico.

    Reproduciré una buena parte de ese diálogo ejemplar sin comentario alguno innecesario.  Recomiendo la lectura completa de este diálogo vibrante; comprobará así el lector también, entre otras cosas, hasta qué punto es deudor el Cristianismo de Platón en sus teorías sobre el alma.

    Puede encontrar el texto en la red (Web) en el siguiente enlace, en donde se reproducen las obras  de muchos filósofos, entre ellos Platón en la traducción que hizo de sus obras completas Patricio de Azcárate. Esta es la traducción que ofrezco por ser ya un texto libre de derechos, pero tiene el lector otras muchas traducciones de gran calidad, entre ellas la de Luis Gil en Obras Completas de Editorial Aguilar, o la de Carlos García Gual para Editorial Gredos.

    http://www.filosofia.org/cla/pla/azc05019.htm

    Platón: Fedón o del alma, 57a- 64a

    (Equecrates{1} y Fedón. Sócrates – Apolodoro – Cebes – Simmias – Critón. Fedón – Jantipa – El servidor de los Once. Fedón, testigo presencial de la conversación del último día de la vida de Sócrates, se lo cuenta a Equécrates, vecino de Filunte. Junto a Sócrates intervienen otras dos personas en el diálogo, casi a la manera de la tragedia, Simnias y Cebes.)

    Equecrates: Fedón, ¿estuviste tú mismo cerca de Sócrates el día que bebió la cicuta en la prisión, o sólo sabes de oídas lo que pasó?

    Fedón: Yo mismo estaba allí, Equecrates.

    Equecrates: ¿Qué dijo en sus últimos momentos y de qué manera murió? Te oiré con gusto, porque no tenemos a nadie que de Flionte vaya a Atenas; ni tampoco ha venido de Atenas ninguno que nos diera otras noticias acerca de este suceso, que la de que Sócrates había muerto después de haber bebido la cicuta. Nada más sabemos.

    Fedón: ¿No habéis sabido nada de su proceso ni de las cosas que ocurrieron?

    Equecrates: Sí; lo supimos, porque no ha faltado quien nos lo refiriera;  y sólo hemos extrañado el que la sentencia no hubiera sido ejecutada tan luego como recayó. ¿Cuál ha sido la causa de esto, Fedón?

    Fedón: Una circunstancia particular. Sucedió que la víspera del juicio se había coronado la popa del buque que los atenienses envían cada año a Delos.

    Equecrates: ¿Qué buque es ese?

    Fedón: Al decir de los atenienses, es el mismo buque en que Teseo condujo a Creta en otro tiempo a los siete jóvenes de cada sexo, que salvó, salvándose a sí mismo. Dícese que cuando partió el buque, los atenienses ofrecieron a Apolo que si Teseo y sus compañeros escapaban de la muerte, enviarían todos los años a Delos una expedición; y desde entonces nunca han dejado de cumplir este voto. Cuando llega la época de verificarlo, la ley ordena que la ciudad esté pura, y prohíbe ejecutar sentencia alguna de muerte antes que el buque haya llegado a Delos y vuelto a Atenas; y algunas veces el viaje dura mucho, como cuando los vientos son contrarios. La expedición empieza desde el momento en que el sacerdote de Apolo ha coronado la popa del buque, lo que tuvo lugar, como ya te dije, la víspera del juicio de Sócrates. Dé aquí por qué ha pasado tan largo intervalo entre su condena y su muerte.

    Equecrates: ¿Y qué pasó entonces? ¿Qué dijo, qué hizo? ¿Quiénes fueron los amigos que permanecieron cerca de él? ¿Quizá los magistrados no les permitieron asistirle en sus últimos momentos, y Sócrates murió privado de la compañía de sus amigos?

    Fedón: No; muchos de sus amigos estaban presentes; en gran número.

    Equecrates: Tómate el trabajo de referírmelo todo, hasta los más minuciosos pormenores, a no ser que algún negocio urgente te lo impida.

    Fedón: Nada de eso; estoy desocupado, y voy o darte gusto; porque para mí no hay placer más grande que recordar a Sócrates, ya hablando yo mismo de él, ya escuchando a otros que de él hablen{2}.

    Equecrates: De ese mismo modo encontrarás dispuestos a tus oyentes; y así, comienza, y procura en cuanto te sea posible no omitir nada.

    Fedón: Verdaderamente este espectáculo hizo sobre mí una impresión extraordinaria. Yo no experimentaba la compasión que era natural que experimentase asistiendo a la muerte de un amigo. Por el contrario, Equecrates, al verle y escucharle, me parecía un hombre dichoso; tanta fue la firmeza y dignidad con que murió. Creía yo que no dejaba este mundo sino bajo la protección de los dioses, que le tenían reservada en el otro una felicidad tan grande, que ningún otro mortal ha gozado jamás otra igual; y así, no me vi sobrecogido de esa penosa compasión que parece debía inspirarme esta escena de duelo. Tampoco sentía mi alma el placer que se mezclaba ordinariamente en nuestras pláticas sobre la filosofía; porque en aquellos momentos también fue este el objeto de nuestra conversación; sino que en lugar de esto, yo no sé qué de extraordinario pasaba en mí; sentía como una mezcla, hasta entonces desconocida, de placer y dolor, cuando me ponía a considerar que dentro de un momento  este hombre admirable iba a abandonarnos para siempre; y cuantos estaban presentes, se hallaban, poco más o menos, en la misma disposición. Se nos veía tan pronto sonreír como derramar lágrimas; sobre todo a Apolodoro; tú conoces a este hombre y su carácter.

    Equecrates: ¿Cómo no he de conocer a Apolodoro?

    Fedón: Se abandonaba por entero a esta diversidad de emociones; y yo mismo no estaba menos turbado que todos los demás.

    Equecrates: ¿Quiénes eran los que se encontraban allí, Fedón?

    Fedón: De nuestros compatriotas, estaban: Apolodoro, Critóbulo y su padre, Critón, Hermógenes, Epigenes, Esquines y Antistenes{3}. también estaban Ctesipo, del pueblo de Peanea, Menexenes y algunos otros del país. Platón creo que estaba enfermo.

    Equecrates: ¿Y había extranjeros?

    Fedón: Sí; Simmias, de Tebas, Cebes y Fedóndes; y de Megara, Euclides{4} y Terpsion.

    Equecrates: Arístipo{5} y Cleombroto, ¿no estaban allí?

    Fedón: No; se decía que estaban en Egina.

    Equecrates: ¿No había otros?

    Fedón: Creo que, poco más o menos, estaban los que te he dicho.

    Equecrates: Ahora bien; ¿sobre qué decías que había versado la conversación?

    Fedón: Todo te lo puedo contar punto por punto, porque desde la condenación de Sócrates no dejamos ni un solo día de verle. Como la plaza pública, donde había tenido lugar el juicio, estaba cerca de la prisión, nos reuníamos allí de madrugada, y conversando aguardábamos a que se abriera la cárcel, que nunca era temprano. Luego que se abría, entrábamos; y pasábamos ordinariamente todo el día con él. Pero el día de la muerte, nos reunimos más temprano que de costumbre. Habíamos sabido la víspera, al salir por la tarde de la prisión, que el buque había vuelto de Delos. Convinimos todos en ir al día siguiente al sitio acostumbrado lo más temprano que se pudiera, y ninguno faltó a la cita. El alcaide, que comúnmente era nuestro introductor, se adelantó, y vino donde estábamos para decirnos que esperáramos hasta que nos avisara, porque los Once{6}, nos añadió, están en este momento mandando quitar los grillos a Sócrates, y dando orden para que muera hoy.

    Pasados algunos momentos, vino el alcaide y nos abrió la prisión. Al entrar, encontramos a Sócrates, a quien acababan de quitar los grillos, y a Jantipa, ya la conoces, que tenía uno de sus hijos en los brazos. Apenas nos vio, comenzó a deshacerse en lamentaciones, y a decir todo lo que las mujeres acostumbran en semejantes circunstancias. ¡Sócrates –gritó ella–, hoy es el último día en que te hablarán tus amigos y en que tú les hablarás! Pero Sócrates, dirigiendo una mirada a Critón, le dijo: que la lleven a su casa. En el momento, algunos esclavos de Critón condujeron a Jantipa, que iba dando  gritos y golpeándose el rostro. Entonces Sócrates, tomando asiento, dobló la pierna, libre ya de los hierros, la frotó con la mano, y nos dijo: es cosa singular, amigos míos, lo que los hombres llaman placer; y ¡qué relaciones maravillosas mantiene con el dolor, que se considera como su contrario! Porque el placer y el dolor no se encuentran nunca a un mismo tiempo; y sin embargo, cuando se experimenta el uno, es preciso aceptar el otro, como si un lazo natural los hiciese inseparables. Siento que a Esopo no se le haya ocurrido esta idea, porque hubiera inventado una fábula, y nos hubiese dicho, que Dios quiso un día reconciliar estos dos enemigos, y que no habiendo podido conseguirlo, los ató a una misma cadena, y por esta razón, en el momento que uno llega, se ve bien pronto llegar a su compañero. Yo acabo de hacer la experiencia por mí mismo; puesto que veo que al dolor, que los hierros me hacían sufrir en esta pierna, sucede ahora el placer.

    —Verdaderamente, Sócrates, dijo Cebes, haces bien en traerme este recuerdo; porque a propósito de las poesías que has compuesto, de las fábulas de Esopo que has puesto en verso y de tu himno a Apolo, algunos, principalmente Eveno{7}, me han preguntado recientemente por qué motivo te habías dedicado a componer versos desde que estabas preso, cuando no lo has hecho en tu vida. Si tienes algún interés en que pueda responder a Eveno, cuando vuelva a hacerme la misma pregunta, y estoy seguro de que la hará, dime lo que he de contestarle.

    —Pues bien, mi querido Cebes, replicó Sócrates, dile la verdad; que no lo he hecho seguramente por hacerme su rival en poesía, porque ya sabía que esto no me era fácil; sino que lo hice por depurar el sentido de ciertos sueños y aquietar mi conciencia respecto de ellos; para ver si por casualidad era la poesía aquella de las bellas  artes a que me ordenaban que me dedicara; porque muchas veces, en el curso de mi vida, mi mismo sueño me ha aparecido tan pronto con una forma, como con otra, pero prescribiéndome siempre la misma cosa: Sócrates, me decía, cultiva las bellas artes. –Hasta ahora había tomado esta orden por una simple indicación, y me imaginaba que, a la manera de las excitaciones con que alentamos a los que corren en la lid, estos sueños que me prescribían el estudio de las bellas artes, me exhortaban sólo a continuar en mis ocupaciones acostumbradas; puesto que la filosofía es la primera de las artes, y yo vivía entregado por entero a la filosofía. Pero después de mi sentencia y durante el intervalo que me dejaba la fiesta del Dios, pensé que si eran las bellas artes, en el sentido estricto, a las que querían los sueños que me dedicara, era preciso obedecerles, y para tranquilizar mi conciencia no abandonar la vida hasta haber satisfecho a los dioses, componiendo al efecto versos según lo ordenaba el sueño. Comencé, pues, por cantar en honor del Dios, cuya fiesta se celebraba; en seguida, reflexionando que un poeta, para ser verdadero poeta, no debe componer discursos en verso sino inventar ficciones, y no reconociendo en mí este talento, me decidí a trabajar sobre las fábulas de Esopo; puse en verso las que sabía, y que fueron las primeras que vinieron a mi memoria. he aquí, mi querido Cebes, lo que habrás de decir a Eveno. Salúdale también en mi nombre, y dile, que si es sabio, que me siga, porque al parecer hoy es mi último día, puesto que los atenienses lo tienen ordenado.

    —Entonces Simmias dijo: ¡Ah!, Sócrates, qué consejo das a Eveno!, verdaderamente he hablado con él muchas veces; pero, a mi juicio, no se prestará muy voluntariamente a aceptar tu invitación.

    —¡Qué!, repuso Sócrates; ¿Eveno no es filósofo?

    —Por tal le tengo; respondió Simmias.

    —Pues bien, dijo Sócrates; Eveno me seguirá como todo hombre que se ocupe dignamente de filosofía. Sé bien que no se suicidará, porque esto no es lícito.

    Diciendo estas palabras se sentó al borde de su cama, puso los pies en tierra, y habló en esta postura todo el resto del día.

    —Cebes le preguntó: ¿cómo es, Sócrates, que no es permitido atentar a la propia vida, y sin embargo, el filósofo debe querer seguir a cualquiera que muere?

    —¡Y qué!, Cebes, replicó Sócrates, ¿ni tú ni Simmias habéis oído hablar nunca de esta cuestión a vuestro amigo Filolao?{8}

    —Jamás, respondió Cebes, se explicó claramente sobre este punto.

    —Yo, replicó Sócrates, no sé más que lo que he oído decir, y no os ocultaré lo que he sabido. Así como así no puede darse una ocupación más conveniente para un hombre que va a partir bien pronto de este mundo, que la de examinar y tratar de conocer a fondo ese mismo viaje, y descubrir la opinión que sobre él tengamos formada. ¿En qué mejor cosa podemos emplearnos hasta la puesta del sol?

    —¿En qué se fundan, Sócrates, dijo Cebes, los que afirman que no es permitido suicidarse? He oído decir a Filolao, cuando estaba con nosotros, y a otros muchos, que esto era malo; pero nada he oído que me satisfaga sobre este punto.

    —Cobra ánimo, dijo Sócrates, porque hoy vas a ser más afortunado; pero te sorprenderás al ver que el vivir es para todos los hombres una necesidad absoluta e invariable, hasta para aquellos mismos a quienes vendría mejor la muerte que la vida; y tendrás también por cosa extraña que no sea permitido a aquellos, para quienes la  muerte es preferible a la vida, procurarse a sí mismos este bien, y que estén obligados a esperar otro libertador.

    —Entonces Cebes, sonriéndose, dijo a la manera de su país: Dios lo sabe.

    —Esta opinión puede parecer irracional, repuso Sócrates, pero no es porque carezca de fundamento. No quiero alegar aquí la máxima, enseñada en los misterios, de que nosotros estamos en este mundo cada uno como en su puesto, y que nos está prohibido abandonarle sin permiso. Esta máxima es demasiado elevada, y no es fácil penetrar todo lo que ella encierra. Pero he aquí otra más accesible, y que me parece incontestable; y es que los dioses tienen cuidado de nosotros, y que los hombres pertenecen a los dioses. ¿No es esto una verdad?

    —Muy cierto; dijo Cebes.

    —Tú mismo, repuso Sócrates, si uno de tus esclavos se suicidase sin tu orden, ¿no montarías en cólera contra él, y no le castigarías rigurosamente, si pudieras?

    —Sí, sin duda.

    —Por la misma razón, dijo Sócrates, es justo sostener que no hay razón para suicidarse, y que es preciso que Dios nos envió una orden formal para morir, como la que me envía a mí en este día.

    —Lo que dices me parece probable, dijo Cebes; pero decías al mismo tiempo que el filósofo se presta gustoso a la muerte, y esto me parece extraño, si es cierto que los dioses cuidan de los hombres, y que los hombres pertenecen a los dioses; porque, ¿cómo pueden los filósofos desear no existir, poniéndose fuera de la tutela de los dioses, y abandonar una vida sometida al cuidado de los mejores gobernadores del mundo? Esto no me parece en manera alguna racional. ¿Creen que serán más capaces de gobernarse cuando se vean libres del cuidado de los dioses? Comprendo que un mentecato pueda pensar que es preciso huir de su amo a cualquier precio; porque no comprende que siempre conviene estar al lado de lo que es bueno, y no perderlo de vista; y por tanto si huye, lo hará sin razón. Pero un hombre sabio debe desear permanecer siempre bajo la dependencia de quien es mejor que él. De donde infiero, Sócrates, todo lo contrario de lo que tú decías; y pienso que a los sabios aflige la muerte y que a los mentecatos les regocija.

    —Sócrates manifestó cierta complacencia al notar la sutileza de Cebes; y dirigiéndose a nosotros, nos dijo: Cebes siempre encuentra objeciones, y no se fija mucho en lo que se le dice.

    —Pero, dijo entonces Simmias, yo encuentro alguna razón en lo que dice Cebes. En efecto, ¿qué pretenden los sabios al huir de dueños mucho mejores que ellos, y al privarse voluntariamente de su auxilio? A ti es a quien dirige este razonamiento Cebes, y te echa en cara que te separas de nosotros voluntariamente, y que abandonas a los dioses que, según tú mismo parecer, son tan buenos amos.

    —Tenéis razón, dijo Sócrates; y veo que ya queréis obligarme a que me defienda aquí como me he defendido en el tribunal.

    —Así es; dijo Simmias.

    —Es preciso, pues, satisfaceros, replicó Sócrates, y procurar que esta apología tenga mejor resultado respecto de vosotros, que el que tuvo la primera respecto de los jueces. En verdad, Simmias y Cebes, si no creyese encontrar en el otro mundo dioses tan buenos y tan sabios y hombres mejores que los que dejo en este, sería un necio, si no me manifestara pesaroso de morir. Pero sabed que espero reunirme allí con hombres justos. Puedo quizá hacerme ilusiones respecto de esto; pero en cuanto a encontrar allí dioses que son muy buenos dueños, yo lo aseguro en cuanto pueden asegurarse cosas de esta naturaleza. He aquí por qué no estoy tan afligido en estos momentos, esperando que hay algo reservado para los hombres después de esta vida, y que, según la antigua máxima, los buenos serán mejor tratados que los malos.

    —¿Pero qué, Sócrates, replicó Simmias, será posible que nos abandones sin hacernos partícipes de esas convicciones de tu alma? Me parece que este bien nos es a todos común; y si nos convences de tu verdad, tu apología está hecha.

    —Eso es lo que pienso hacer, respondió; pero antes veamos lo que Critón quiere decirnos. Me parece que ha rato intenta hablarnos.

    —No es más, dijo Critón, sino que el hombre, que debe darte el veneno, no ha cesado de decirme largo rato ha, que se te advierta que hables poco, porque dice que el hablar mucho acalora, y que no hay cosa más opuesta, para que produzca efecto el veneno; por lo que es preciso dar dos y tres tomas, cuando se está de esta suerte acalorado.

    —Déjale que hable, respondió Sócrates; y que prepare la cicuta, como si hubiera necesidad de dos tomas y de tres, si fuese necesario.

    —Ya sabía yo que darías esta respuesta, dijo Critón; pero él no desiste de sus advertencias.

    —Dejadle que diga, repuso Sócrates; ya es tiempo de que explique delante de vosotros, que sois mis jueces, las razones que tengo para probar que un hombre, que se ha consagrado toda su vida a la filosofía, debe morir con mucho valor, y con la firme esperanza de que gozará después de la muerte bienes infinitos. Voy a daros las pruebas, Simmias y Cebes.

    Los hombres ignoran que los verdaderos filósofos no trabajan durante su vida sino para prepararse a la muerte; y siendo esto así, sería ridículo que después de haber proseguido sin tregua este único fin, recelasen y temiesen, cuando se les presenta la muerte.

    Reflexión espiritual de Sócrates sobre la muerte

    Prosigue Sócrates explicando cómo el autentico filósofo ha de estar preparado para la muerte, que no es sino la separación del alma del cuerpo, envoltura  en la que está encerrada y aprisionada y que le dificulta el acceso a la verdad. Se parte de un radical dualismo entre el cuerpo y el alma: la psyché, el alma, es lo espiritual, lo racional, lo vital, frente al cuerpo, soma, envoltura sensorial y perecedera. Al verdadero filósofo que durante toda su vida sólo ha intentado purificarse de lo corpóreo y atender al cuidado del alma, le aguarda una eterna bienaventuranza viendo a los dioses y conversando con ellos, viendo al sol, la luna y las estrellas, en compañía de sus seres queridos.

    Se plantea luego la cuestión de si el alma desaparece por completo o es inmortal. Es este sin duda un asunto propio del momento. Los diversos amigos presentes van dando su opinión al respecto. La afirmación de la inmortalidad del alma exige que se den las pruebas necesarias y explicar a dónde va cuando se separa del cuerpo al morir. Sócrates expone varios argumentos, uno de los más poderosos es el de la “anamnesis” o “rememoración”, el conocimiento de las cosas como recuerdo de algo ya conocido con anterioridad. Las ideas eternas y modélicas son las causas de las cosas reales, que participan de ellas.

    Los argumentos y el tono de la discusión pueden parecer excesivamente fríos, pero esta frialdad es sólo aparente si se piensa en el momento previo a la muerte de Sócrates al que asistimos. Si los argumentos de Sócrates son ciertos, su muerte aceptada merece la pena.

    En el diálogo sobre estas cuestiones, los amigos de Sócrates, conscientes del momento, no quieren molestar al maestro, que les pide que le planteen sus objeciones, a las que él responderá.

    84d-85e

    —Te diré la verdad, Sócrates, respondió Simmias; ha largo tiempo que tenemos dudas Cebes y yo, y nos hemos dado de codo para comprometernos a proponértelas, porque tenemos vivo deseo de ver cómo las resuelves. Pero ambos hemos temido ser importunos, proponiéndote cuestiones desagradables en la situación en que te hallas.

    —¡Ah!, mi querido Simmias, replicó Sócrates, sonriendo dulcemente; ¿con qué trabajo convencería yo a los demás hombres de que no tengo por una desgracia la situación en que me encuentro, cuando de vosotros mismos no puedo conseguirlo, pues que me creéis en este momento en peor posición que antes? Me suponéis, al parecer, muy inferior a los cisnes, por lo que respecta al presentimiento y a la adivinación. Los cisnes, cuando presienten que van a morir, cantan aquel día aún mejor que lo han hecho nunca, a causa de la alegría que tienen al ir a unirse con el dios a que ellos sirven. Pero el temor que los hombres tienen a la muerte, hace que calumnien a los cisnes, diciendo que lloran su muerte y que cantan de tristeza. No reflexionan que no hay pájaro que cante cuando tiene hambre o frío o cuando sufre de otra manera, ni aun el ruiseñor, la golondrina y la abubilla, cuyo canto se dice que es efecto del dolor. Pero estos pájaros no cantan de manera alguna de tristeza, y menos los cisnes, a mi juicio; porque perteneciendo a Apolo, son divinos, y como prevén los bienes de que se goza en la otra vida, cantan y se regocijan en aquel día más que lo han hecho nunca. Y yo mismo pienso que sirvo a Apolo lo mismo que ellos; que como ellos estoy consagrado a este dios; que no he recibido menos que ellos de nuestro común dueño el arte de la adivinación, y que no me siento contrariado al salir de esta vida. Así pues, en este concepto, podéis hablarme cuanto queráis, e interrogarme por todo el tiempo que tengan a bien permitirlo los Once.

    —Muy bien, Sócrates, repuso Simmias; te propondré mis dudas, y Cebes te hará sus objeciones. Pienso, como tú, que en estas materias es imposible, o por lo menos muy difícil, saber toda la verdad en esta vida; y estoy convencido de que no examinar detenidamente lo que se dice, y cansarse antes de haber hecho todos los esfuerzos posibles para conseguirlo, es una acción digna de un  hombre perezoso y cobarde; porque, una de dos cosas: o aprender de los demás la verdad o encontrarla por sí mismo; y si una y otra cosa son imposibles, es preciso escoger entre todos los razonamientos humanos el mejor y más fuerte, y embarcándose en él como en una barquilla, atravesar de este modo las tempestades de esta vida, a menos que sea posible encontrar, para hacer este viaje, algún buque más grande, esto es, algún razonamiento incontestable que nos ponga fuera de peligro. No tendré reparo en hacerte preguntas, puesto que lo permites; y no me expondré al remordimiento que yo podría tener algún día, por no haberte dicho en este momento lo que pienso. Cuando examino con Cebes lo que nos has dicho, Sócrates, confieso que tus pruebas no me parecen suficientes.

    —Quizá tienes razón, mi querido Simmias; pero, ¿por qué no te parecen suficientes?

    Y prosigue el diálogo. De 107c a 115a introduce Platón el mito escatológico, del viaje al Más Allá, con la descripción de la geografía fabulosa del otro mundo, y el destino de las almas tras el juicio. La palabra griega ἔσχατος, eschatos, significa último, final, postrero y por tanto “escatológico” se refiere a lo perteneciente o relativo a las postrimerías de ultratumba.

    Luego sigue en 113d

    Dispuestas así todas las cosas por la naturaleza, cuando los muertos llegan al lugar a que les ha conducido su guía, se les somete a un juicio, para saber si su vida en este mundo ha sido santa y justa o no. Los que no han sido ni enteramente criminales ni absolutamente inocentes, son enviados al Aqueronte, y desde allí son conducidos en barcas a la laguna Aquerusia, donde habitan sufriendo castigos proporcionados a sus faltas, hasta que, libres de ellos, reciben la recompensa debida a sus buenas acciones. Los que se consideran incurables a causa de lo grande  de sus faltas y que han cometido muchos y numerosos sacrilegios, asesinatos inicuos y contra ley u otros crímenes semejantes, el fatal destino, haciendo justicia, los precipita en el Tártaro, de donde no saldrán jamás. Pero los que sólo han cometido faltas que pueden expiarse, aunque sean muy grandes, como haber cometido violencias contra su padre o su madre, o haber quitado la vida a alguno en el furor de la cólera, aunque hayan hecho por ello penitencia durante toda su vida, son sin remedio precipitados también en el Tártaro; pero, trascurrido un año, las olas los arrojan y echan los homicidas al Cocito, y los parricidas al Purifiegeton, que los arrastra hasta la laguna Aquerusia. Allí dan grandes gritos, y llaman a los que fueron asesinados y a todos aquellos contra quienes cometieron violencias, y los conjuran para que les dejen pasar la laguna, y ruegan se les reciba allí. Si los ofendidos ceden y se compadecen, aquellos pasan y se ven libres de todos los males; y si no ceden, son de nuevo precipitados en el Tártaro, que los vuelve a arrojar a los otros ríos hasta que hayan conseguido el perdón de los ofendidos, porque tal ha sido la sentencia dictada por los jueces. Pero los que han justificado haber pasado su vida en la santidad, dejan estos lugares terrestres como una prisión y son recibidos en lo alto, en esa tierra pura, donde habitan. Y lo mismo sucede con los que han sido purificados por la filosofía, los cuales viven por toda la eternidad sin cuerpo, y son recibidos en estancias aún más admirables. No es fácil que os haga una descripción de esta felicidad, ni el poco tiempo que me resta me lo permite. Pero lo que acabo de deciros basta, mi querido Simmias, para haceros ver que debemos trabajar toda nuestra vida en adquirir la virtud y la sabiduría, porque el precio es magnífico y la esperanza grande.

    Sostener que todas estas cosas son como yo las he descrito, ningún hombre de buen sentido puede hacerlo;  pero lo que he dicho del estado de las almas y de sus estancias, es como os lo he anunciado o de una manera parecida; creo que, en el supuesto de ser el alma inmortal, puede asegurarse sin inconveniente; y la cosa bien merece correr el riesgo de creer en ella. Es un azar precioso a que debemos entregarnos, y con el que debe uno encantarse a sí mismo. He aquí por qué me he detenido tanto en mi discurso. Todo hombre, que durante su vida ha renunciado a los placeres y a los bienes del cuerpo y los ha mirado como extraños y maléficos, que sólo se ha entregado a los placeres que da la ciencia, y ha puesto en su alma, no adornos extraños, sino adornos que le son propios, como la templanza, la justicia, la fortaleza, la libertad, la verdad; semejante hombre debe esperar tranquilamente la hora de su partida para los infiernos, estando siempre dispuesto para este viaje cuando quiera que el destino le llame. Respecto a vosotros, Simmias y Cebes y los demás aquí presentes, haréis este viaje cuando os llegue vuestro turno. Con respecto a mí, la suerte me llama hoy, como diría un poeta trágico; y ya es tiempo de que me vaya al baño, porque me parece que es mejor no beber el veneno hasta después de haberme bañado, y ahorraré así a las mujeres el trabajo de lavar mi cadáver.

    —Cuando Sócrates hubo acabado de hablar, Critón, tomando la palabra, le dijo: bueno, Sócrates; pero ¿no tienes nada que recomendarnos ni a mí ni a estos otros sobre tus hijos o sobre cualquier otro negocio en que podamos prestarte algún servicio?

    —Nada más, Critón, que lo que os he recomendado siempre, que es el tener cuidado de vosotros mismos, y así haréis un servicio a mí, a mi familia y a vosotros mismos, aunque no me prometierais nada en este momento; mientras que si os abandonáis, si no queréis seguir el camino de que acabarnos de hablar, todas las promesas, todas las protestas que pudieseis hacerme hoy, todo esto de nada serviría.

    —Haremos los mayores esfuerzos, respondió Critón, para conducirnos de esa manera; pero, ¿cómo te enterraremos?

    —Como gustéis, dijo Sócrates; si es cosa que podéis cogerme y si no escapo a vuestras manos. Y sonriéndose y mirándonos al mismo tiempo, dijo: no puedo convencer a Critón de que yo soy el Sócrates que conversa con vosotros y que arregla todas las partes de su discurso; se imagina siempre que soy el que va a ver morir luego, y en este concepto me pregunta cómo me ha de enterrar. Y todo ese largo discurso que acabo de dirigiros para probaros que desde que haya bebido la cicuta no permaneceré ya con vosotros, sino que os abandonaré e iré a gozar de la felicidad de los bienaventurados; todo esto me parece que lo he dicho en vano para Critón, como si sólo hubiera hablado para consolaros y para mi consuelo. Os suplico que seáis mis fiadores cerca de Critón, pero de contrario modo a como el lo fue de mi cerca de los jueces, porque allí respondió por mí de que no me fugaría. Y ahora quiero que vosotros respondáis, os lo suplico, de que en el momento que muera, me iré; a fin de que el pobre Critón soporte con más tranquilidad mi muerte, y que al ver quemar mi cuerpo o darle tierra no se desespere, como si yo sufriese grandes males, y no diga en mis funerales: que expone a Sócrates, que lleva a Sócrates, que entierra a Sócrates; porque es preciso que sepas, mi querido Critón, le dijo, que hablar impropiamente no es sólo cometer una falta en lo que se dice, sino causar un mal a las almas. Es preciso tener más valor, y decir que es mi cuerpo el que tú entierras; y entiérrale como te acomode, y de la manera que creas ser más conforme con las leyes.

    Al concluir estas palabras se levantó y pasó a una habitación inmediata para bañarse. Critón le siguió, y  Sócrates nos suplicó que le aguardásemos. Le aguardamos, pues, rodando mientras tanto nuestra conversación ya sobre lo que nos había dicho, haciendo sobre ello reflexiones, ya sobre la triste situación en que íbamos a quedar, considerándonos como hijos que iban a verse privados de su padre, y condenados a pasar el resto de nuestros dios en completa orfandad.

    Después que salió del baño le llevaron allí sus hijos; porque tenía tres, dos muy jóvenes y otro que era ya bastante grande, y con ellos entraron las mujeres de su familia. Habló con todos un rato en presencia de Critón, y les dio sus órdenes; en seguida hizo que se retirasen las mujeres y los niños, y vino a donde nosotros estábamos. Ya se aproximaba la puesta del sol, porque había permanecido largo rato en el cuarto del baño. En cuanto entró se sentó en su cama, sin tener tiempo para decirnos nada, porque el servidor de los Once entró casi en aquel momento y aproximándose a él, dijo: Sócrates, no tengo que dirigirte la misma reprensión que a los demás que han estado en tu caso. Desde que vengo a advertirles, por orden de los magistrados, que es preciso beber el veneno, se alborotan contra mí y me maldicen; pero respecto a ti, desde que estás aquí, siempre me has parecido el más firme, el más dulce y el mejor de cuantos han entrado en esta prisión; y estoy bien seguro de que en este momento no estás enfadado conmigo, y que sólo lo estarás con los que son la causa de tu desgracia, y a quienes tú conoces bien. Ahora, Sócrates, sabes lo que vengo a anunciarte; recibe mi saludo, y trata de soportar con resignación lo que es inevitable. Dicho esto, volvió la espalda, y se retiró derramando lágrimas. Sócrates, mirándole, le dijo: y también yo te saludo, amigo mío, y haré lo que me dices. Ved, nos dijo al mismo tiempo, qué honradez la de este hombre; durante el tiempo que he permanecido aquí me ha venido a ver muchas veces; se conducía como el mejor de los hombres; y en este momento, ¡qué de veras me llora! Pero, adelante, Critón; obedezcámosle de buena voluntad, y que me traiga el veneno si está machacado; y si no lo está, que él mismo lo machaque.

    —Pienso, Sócrates, dijo Critón, que el sol alumbra todavía las montañas, y que no se ha puesto; y me consta, que otros muchos no han bebido el veneno sino mucho después de haber recibido la orden; que han comido y bebido a su gusto y aun algunos gozado de los placeres del amor; así que no debes apurarte, porque aún tienes tiempo.

    —Los que hacen lo que tú dices, Criton, respondió Sócrates, tienen sus razones; creen que eso más ganan, pero yo las tengo también para no hacerlo, porque la única cosa que creo ganar, bebiendo la cicuta un poco más tarde, es hacerme ridículo a mis propios ojos, manifestándome tan ansioso de vida, que intente ahorrar la muerte, cuando esta es absolutamente inevitable{29}. Así, pues, mi querido Criton, haced lo que os he dicho, y no me atormentes más.

    —Entonces Criton hizo una seña al esclavo que tenía allí cerca. El esclavo salió, y poco después volvió con el que debía suministrar el veneno, que llevaba ya disuelto en una copa. Sócrates viéndole entrar, le dijo: muy bien, amigo mío; es preciso que me digas lo que tengo que hacer; porque tú eres el que debes enseñármelo.

    —Nada más, le dijo este hombre, que ponerte a pasear después de haber bebido la cicuta, hasta que sientas que se debilitan tus piernas, y entonces te acuestas en tu cama. Al mismo tiempo le alargó la copa. Sócrates la tomó, Equecrates, con la mayor tranquilidad, sin ninguna emoción, sin mudar de color ni de semblante; y  mirando a este hombre con ojo firme y seguro, como acostumbraba, le dijo: ¿es permitido hacer una libación con un poco de este brebaje?

    —Sócrates, le respondió este hombre, sólo disolvemos lo que precisamente se ha de beber.

    —Ya lo entiendo, dijo Sócrates; pero por lo menos es permitido y muy justo dirigir oraciones a los dioses, para que bendigan nuestro viaje, y que le hagan dichoso; esto es lo que les pido, y ¡ojalá escuchen mis votos!

    Después de haber dicho esto, llevó la copa a los labios, y bebió con una tranquilidad y una dulzura maravillosas.

    Hasta entonces nosotros tuvimos fuerza para contener las lágrimas, pero al verle beber y después que hubo bebido, ya no fuimos dueños de nosotros mismos. Yo sé decir, que mis lágrimas corrieron en abundancia, y a pesar de todos mis esfuerzos no tuve más remedio que cubrirme con mi capa para llorar con libertad por mí mismo, porque no era la desgracia de Sócrates la que yo lloraba, sino la mía propia pensando en el amigo que iba a perder. Critón, antes que yo, no pudiendo contener sus lágrimas, había salido; y Apolodoro, que ya antes no había cesado de llorar, prorrumpió en gritos y en sollozos, que partían el alma de cuantos estaban presentes, menos la de Sócrates. ¿Qué hacéis, dijo, amigos míos? ¿No fue el temor de estas debilidades inconvenientes lo que motivó el haber alejado de aquí las mujeres? ¿Por qué he oído decir siempre que es preciso morir oyendo buenas palabras? Manteneos, pues, tranquilos, y dad pruebas de más firmeza.

    Estas palabras nos llenaron de confusión, y retuvimos nuestras lágrimas.

    —Sócrates, que estaba paseándose, dijo que sentía desfallecer sus piernas, y se acostó de espalda, como el hombre le había ordenado. Al mismo tiempo este mismo hombre, que le había dado el veneno, se aproximó, y  después de haberle examinado un momento los pies y las piernas, le apretó con fuerza un pié, y le preguntó si lo sentía, y Sócrates respondió que no. Le estrechó en seguida las piernas y, llevando sus manos más arriba, nos hizo ver que el cuerpo se helaba y se endurecía, y tocándole él mismo, nos dijo que en el momento que el frío llegase al corazón, Sócrates dejaría de existir. Ya el bajo vientre estaba helado, y entonces descubriéndose, porque estaba cubierto, dijo, y estas fueron sus últimas palabras: Critón, debemos un gallo a Esculapio; no te olvides de pagar esta deuda{30}.

    —Así lo haré, respondió Criton; pero mira si tienes aún alguna advertencia que hacernos.

    —No respondió nada, y de allí a poco hizo un movimiento. El hombre aquel entonces lo descubrió por entero y vimos que tenía su mirada fija. Critón, viendo esto, le cerró la boca y los ojos.

    —He aquí, Equecrates, cuál fue el fin de nuestro amigo, del hombre, podemos decirlo, que ha sido el mejor de cuantos hemos conocido en nuestro tiempo; y por otra parte, el más sabio, el más justo de todos los hombres.

    ———

    Notas:
    {1} Era de Flionte en Sicionia, que es el lugar de la conversación.
    {2} Fedón debió a Sócrates el que Alcibíades o Criton le rescataran de la esclavitud.
    {3} Jefe de la Escuela cínica.
    {4} Jefe de la Escuela megárica.
    {5} Jefe de la Escuela cirenaica.
    {6} Magistrados encargados de la policía de las prisiones y de hacer ejecutar las sentencias de los jueces.
    {7} Poeta elegiaco, natural de la isla de Paros.
    {8} Filósofo pitagórico de Crotona.
    {9} Hay sobre esto un precioso pasaje en el libro segundo de La República.
    {29} Alusión de un verso de Hesiodo. (Las Obras y los días, v. 307.)
    {30} Era un sacrificio en acción de gracias al dios de la medicina, que le libraba por la muerte de todos los males de la vida.

  • ¿Por qué condenaron a Sócrates a la muerte?

    La pregunta ha sido muchas veces formulada. Platón en su “Apología o Defensa de Sócrates” y en algunos diálogos y Jenofonte en su “Defensa de Sócrates”, nos dan información suficiente de cómo se fue generando el ambiente negativo para condenar al más sabio y justo de los hombres por la denuncia aparentemente inconsistente de tres compatriotas mediocres y envidiosos.
    Y es justamente esta insuficiencia e injusticia la que mantiene siempre vivo el interés por comprender la contradicción de que la primera democracia de la Historia condenara injustamente al más sabio y justo de los hombres, que acepta con entereza la pena de muerte.Ahora bien, como norma general, no puede interpretarse el pasado con los valores sociales del momento actual.

    Sócrates se ganó a lo largo de su vida numerosos enemigos  por diversas razones. En el fondo lo que se enfrenta en su proceso es la ciudad tradicional con sus valores colectivos frente a la aparición y auge de las personalidades individuales, como es el caso de Sócrates, que cuestiona o incumple los modos ciudadanos de la colectividad. Por ejemplo, no es ateo porque no crea en los dioses, sino porque no cumple los ritos a la manera tradicional.

    En el año 406 a.C. fue elegido en el correspondiente sorteo miembro del Consejo Ateniense de los Quinientos. Siendo miembro de la Comisión Pritana, la Asamblea popular se empeñó en condenar a muerte a los generales de la batalla de las Arginusas  por no recoger los cadáveres de los soldados muertos. Sócrates mantuvo su criterio personal y se opuso a la absurda condena; se enfrentó al poder democrático del momento. Más aún, criticó algunas características del poder democráticos, como la elección de algunos cargos por “sorteo”, sin garantía alguna de elegir a los mejores.

    Más tarde desobedeció, manteniendo también su criterio, a los  Treinta Tiranos cuando le ordenaron detener y conducir a la muerte a León de Salamina. Se enfrenta ahora al poder oligárquico.

    Platón, y también Jenofonte, escribieron, como he dicho, dos “Defensas o Apologías” de su maestro Sócrates. Transcribiré y comentaré el texto de Platón. En su consideración hemos de tener en cuenta varias cuestiones.
    Aunque se le llama “diálogo” en realidad no lo es tal, sino más bien un “monólogo” en el que el propio Sócrates expone su defensa y desmonta los argumentos de sus acusadores.

    Pero téngase en cuenta que, naturalmente, esto no es una transcripción del juicio sino una especie de discurso forense de defensa que Platón escribió algunos años después de la muerte de Sócrates. Es por tanto una obra literaria, digna de ser leída y comentada incluso 2300 años después, de la que podemos extraer importantes conocimientos históricos y valores cívicos y sociales. De la fuerza real que como discurso defensivo hubiera tenido de haber sido real, tienen los lectores todo el derecho a plantear todas las dudas que deseen. El regusto que deja, ciertamente, es el de que se está defendiendo a un culpable “social”, a una persona que ha chocado con las normas y convencionalismos sociales imperantes en la Atenas del momento. En todo caso, por la trascendencia que la figura de Sócrates y su muerte ha tenido en toda la cultura occidental, la lectura de estos textos es obligada.

    Platón, en su Defensa  hace relatar al  mismo Sócrates estos dos hechos de integridad moral,de oposición al poder establecido, que tan  malas consecuencias le trajeron:

    Nota: Los textos corresponden a la traducción que Patricio de Azcárate hizo en 1871 de las obras completas de Platón. Las obras de Platón están accesibles en internet en:  http://www.filosofia.org/cla/pla/azcarate.htm

    No obstante, para mayor facilidad reproduzco al final el texto completo de la “Defensa de Sócrates” de Platón, que es una obrita no excesivamente larga y digna de ser leída en su totalidad por quien tenga interés en estos temas.

    32b-32e

    Ya sabéis, atenienses, que jamás he desempeñado ninguna magistratura, y que tan sólo he sido senador. La tribu Antioquida, a la que pertenezco, estaba en turno en el Pritaneo, cuando contra toda ley os empeñasteis en procesar, bajo un contexto, a los diez generales que no habían enterrado los cuerpos de los ciudadanos muertos en el combate naval de las Arginusas; injusticia que reconocéis y de la que os arrepentisteis después. Entonces fui el único senador que se atrevió a oponerse a vosotros para impedir esta violación de las leyes. Protesté contra vuestro decreto, y a pesar de los oradores que se preparaban para denunciarme, a pesar de vuestras amenazas y vuestros gritos, quise más correr este peligro con la ley y la justicia, que consentir con vosotros en tan insigne iniquidad, sin que me arredraran ni las cadenas, ni la muerte.
    Esto acaeció cuando la ciudad era gobernada por el pueblo, pero después que se estableció la oligarquía, habiéndonos mandado los treinta tiranos a otros cuatro y a mí a Tolos}, nos dieron la orden de conducir desde Salamina a León el Salaminiano, para hacerle morir, porque daban estas órdenes a muchas personas para comprometer el mayor número de ciudadanos posible en sus iniquidades; y entonces yo hice ver, no con palabras sino con hechos, que la muerte a mis ojos era nada, permítaseme esta expresión, y que mi único cuidado consistía en no cometer impiedades e injusticias. Todo el poder de estos treinta tiranos, por terrible que fuese, no me intimidó, ni fue bastante para que me manchara con tan impía iniquidad.
    Cuando salimos de Tolos, los otro cuatro fueron a Salamina y condujeron aquí a León, y yo me retiré a mi casa, y no hay que dudar, que mi muerte hubiera seguido a mi desobediencia, si en aquel momento no se hubiera verificado la abolición de aquel gobierno. Existe un gran número de ciudadanos que pueden testimoniar de mi veracidad.

    (Nota: si democracia, del griego antiguo δημοκρατία, compuesto de δῆμος (dḗmos, «pueblo») y κράτος (krátos), «poder, «gobierno, fuerza» lo explicamos como “gobierno del pueblo”, “oligarquía”, del griego antiguo ὀλιγαρχία (oligarkhia), compuesto de ὀλίγος (oligos, "poco") y -αρχία (-arkhía), de ἀρχός (arkhos, "jefe"), o ἄρχω (arkhō), "mandar" , lo explicaremos como “gobierno de unos pocos” . Oclocracia (del griego ὀχλοκρατία okhlokratía) es el gobierno de la muchedumbre, una forma degradada de la democracia).

    En su proceso se le acusa formalmente de introductor de nuevos dioses siendo impío con los dioses de la ciudad, de convertir con su charlatanería lo justo en injusto y viceversa  y de corruptor de la juventud, precisamente él, cuyo objetivo siempre fue propiciar una educación crítica.

    En la Apología de Platón, el propio Sócrates resume la acusación de Meleto,  poeta fracasado que se presta para agradar a los políticos a formular la siguiente acusación:

    19b-19c

    «Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los demás sus doctrinas.»

    Su coherencia con sus enseñanzas filosóficas, su actitud ante la muerte, su altanería moral y su constante ironía, interrogando permanentemente a unos y otros y  dejando en evidencia su ignorancia, crearon las condiciones del fatal desenlace, cuando ya tenía setenta años.

    Sócrates fue confundido con los sofistas, que gozaban de muy mala fama porque con su habilidad lingüística y su charlatanería hacían de la verdad mentira y de la mentira verdad, a la vez que defienden un relativismo moral y social inaceptable: las leyes son una invención de los débiles, el individuo debe independizarse de la ciudad y la familia, etc.. Es verdad que Sócrates empleaba un método educativo semejante al de los sofistas, pero siempre buscando la verdad y esencia de las cosas sin aceptar acríticamente las posturas tradicionales.

    Ya al principio de la “Defensa de Sócrates” 17a-17b el mismo Sócrates se dirige a los atenienses del Tribunal de los Heliastas diciéndoles en referencia a sus acusadores:

    Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia.

    La comedia Las Nubes de Aristófanes expresa perfectamente el ambiente creado hostil a Sócrates mejor que ninguna otra explicación. Aristófanes contribuyó sin duda a crear el ambiente propicio para su condena a muerte, pero hay que tener en cuenta que la comedia Las Nubes se representó veinticinco años antes de la condena de Sócrates, aunque muy probablemente la rehízo más tarde tal vez para publicarla en forma de libro (existía un incipiente comercio de libros, como en la misma Apología de Platón se comprueba) .

    El retrato que Aristófanes hace de Sócrates es despiadado y en absoluta contradicción con la imagen que nos dejaron sus discípulos, como Platón y Jenofonte. Aristófanes busca el ridículo para hacer reír al público y nos pinta a Sócrates como el verdadero sofista charlatán capaz de convertir lo malo en bueno y viceversa, subido en una cesta para observar el cielo, en una escuela, cuando en realidad enseñaba al aire libre, irrespetuoso con los dioses y ávido de dinero.
    En realidad el conservador Aristófanes proyecta en Sócrates todas las nuevas ideas y el nuevo modelo de educación que se van imponiendo en Atenas, perniciosas según el criterio conservador del comediógrafo.

    En todo caso  esta comedia de Aristófanes, (con la que por cierto perdió el concurso de las fiestas Dionisiacas de Atenas, las Grandes Dionisias, al que concurría, a pesar de que Aristófanes la considera la mejor de las suyas) nos da cumplida cuenta de lo conocido y famoso que era Sócrates y lo odiado que era por muchas personas.

    Veamos algunos textos de Las Nubes:

    Versos 77 y ss.

    ESTREPSIADES: ¡Fidípides, Fidipito!

    FIDIPIDES: ¿Qué, padre?

    ESTREPSIADES: Bésame y dame tu diestra

    FIDIPIDES: Ya esta,¿qué sucede?

    ESTREPSIADES: Dime, ¿tú me quieres?

    FIDIPIDES: Sí, por este Posidón Hípico aquí presente.

    ESTREPSIADES: No me vengas a mí con Hípicos, por favor, que ese dios es el culpable de mis males; pero obedéceme, hijo, si verdaderamente me quieres de corazón.

    FIDIPIDES: ¿En qué quieres que te obedezca?

    ESTREPSIADES: Cambia cuanto antes de comportamiento y ve a aprender lo que yo te indique.

    FIDIIDES: Habla, ¿qué me pides?

    ESTREPSIADES: ¿Me obedecerás?

    FIDIPIDES: Te obedeceré, por Dioniso.

    ESTREPSIADES: Mira ahora hacia allí. ¿Ves esa puertecita y esa casita?

    FIDIPIDES:Las veo. ¿Qué sucede realmente, padre?

    ESTREPSIADES: Ese es elcaviladero de mentes sabias; dentro habitan unos hombres que hablan del cielo y te convencen de que es una estufa que nos rodea y que nosotros somos las brasas. Si se les paga dinero, enseñan a ganar, hablando con la razón o sin ella.

    FIDIPIDES: ¿Quiénes son?

    ESTREPSIADES: No sé exactamente su nombre; sólo que son caviladores concienzudos, buenos y honrados.

    FIDIPIDES: ¡Bah! Pura chusma, los conozco. Los que dices son sólo unos bocazas de faz pálida, que andan sin sandalias. De ellos son el desdichado Sócrates y Querefonte.

    ESTREPSIADES: ¡Eh,eh, calla, no digas idioteces! Si te importan algo las gachas de tu padre, hazte uno de ellos y abandona tu afición por los caballos.

    FIDIPIDES: No, por Dioniso, habrías de darme los faisanes que cría Leógoras

    ESTREPSIADES: Ve, te lo ruego, tú a quien quiero más que a nadie, ve y aprende

    FIDIPIDES: ¿Y qué quieres que aprenda?

    ESTREPSIADES: Dicen que entre ellos se encuentran los dos Argumentos,  el Superior, tal como es, y el Inferior. Y dicen que uno de ellos, el Inferior, consigue vencer defendiendo las causas más injustas, conque si tu me aprendieras ese Argumento Injusto, de todas las deudas que tengo por tu culpa no pagaría a nadie ni un solo óbolo.

    FIDIPIDES: No te obedeceré, pues con la piel descolorida no me atrevería a mirar a la cara a los caballeros.

    ESTREPSIADES: En ese caso no comerás a mi expensas, por Deméter, ni tú ni tu yunta, ni el Sánfora (un caballo), sino que te mandaré a los cuervos, fuera de mi casa.

    FIDIPIDES: Mi tío Megacles no consentirá que esté sin caballo. Ea, me voy adentro, no me preocupo de ti.

    ESTREPSIADES: Pues lo que es yo, aunque caído, no me quedaré tumbado, sino que tras rogar a los dioses iré personalmente al caviladero y haré que me enseñen. ¿Cómo podré aprender yo, un viejo torpe y desmemoriado, las sutilezas de los razonamientos exactos? Es preciso ir. . (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Nota: Fidìpides es un nombre compuesto de –hippos (caballo), que propone su madre y el que propone su padre, “fidonides”, ahorrativoQuerefonte era una persona enfermiza al que molestaba la luz del día y por eso sólo salía de noche, por lo que Aristófanes le llama “vampiro”; cf. Los pájaros, 1296; 1564

    Todavía nos queda algo de esa confianza o creencia en el poder convincente de la palabra frente a la realidad. Todavía creemos que un  abogado hábil en el uso de la palabra puede ganar una causa contra la razón; es creencia casi generalizada que un buen político es un buen orador o alguien que sabe emplear y jugar con las palabras hasta convencer a los indecisos o incluso a quienes inicialmente pensaban de otra forma. Y lo curioso es que no es tan descabellada esta creencia generalizada…

    Es fácil imaginar la hilaridad que estas exageraciones debían producir en un público fácil para alimentar en el rechazo a tanto charlatán como habría en la vida social. Luego presenta a Sócrates colgado ridículamente de una cesta lejos del suelo terrestre para ver mejor los fenómenos atmosféricos:

    Versos 217 y ss.

    ESTREPSIADES: ¡Vaya! ¿Quién es ese hombre que está en la cesta colgada?

    DISCIPULO: El.

    ESTREPSIADES: ¿Qué él?

    DISCIPULO: Sócrates

    ESTREPSIADES: ¡Oh Sócrates! Vamos, tú, llámamelo con un buen grito.

    DISCIPULO: Llámalo tú mismo, yo no tengo tiempo (se va)

    ESTREPSIADES: ¡Sócrates, Socratín!

    SÓCRATES: ¿Por qué me llamas, criatura efímera?

    ESTREPSIADES: Ante todo dime, por favor, qué haces.

    SÓCRATES: Camino por el aire y cavilo respecto al sol.

    ESTREPSIADES: Así pues, al menos es desde una cesta y no desde el suelo desde donde tú miras por encima a los dioses.

    SÓCRATES: Jamás habría descubierto cómo son en realidad los asuntos celestiales, si no hubiera suspendido mi pensamiento y mi sutil inteligencia, mezclándolos con su pariente el aire. Si permaneciendo en tierra observara lo de arriba desde abajo, jamás lo habría descubierto. Y no es por otra razón, sino porque la tierra arrastra hacia sí a la fuerza el jugo del pensamiento. Le pasa exactamente lo mismo que a los berros.

    ESTREPSIADES: ¿Qué dices? ¿El pensamiento arrastra el jugo hacia los berros? Vamos, querido Sócrates, baja ahora aquí junto a mí y dame los conocimientos por cuya causa he venido.

    SOCRATES: ¿Y a qué has venido?

    ESTREPSIADES: Quiero aprender a hablar, pues los intereses y unos acreedores implacables me llevan y me traen, y mis bienes están hipotecados.

    SÓCRATES: ¿Y de dónde te viene el darte cuenta que estás endeudado?

    ESTREPSIADES: Me ha dejado baldado la enfermedad de los caballos, ¡joder cómo comen! Mas enséñame uno de tus dos Argumentos, el que no paga nada de lo que debe, y te juro por los dioses que te pagaré el sueldo que tú exijas.  (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Ya Sócrates en la Apología 18b-18c nos advierte del objetivo de esta imagen que el dramaturgo da de quienes investigan las cosas de la naturaleza, presentarlo como “ateo”:

    Los que han sembrado estos falsos rumores son mis más peligrosos acusadores, porque prestándoles oídos, llegan  los demás a persuadirse que los hombres que se consagran a tales indagaciones no creen en la existencia de los dioses.

    Al principio de la “Defensa de Sócrates”  18c-18d, Platón por boca del propio Sócrates describe ese ambiente opresivo de opinión colectiva contra la que es imposible luchar a la que se ven sometidos quienes no se adaptan al espíritu de la mayoría social acrítica. En ese mismo texto se denuncia la responsabilidad de “un comediógrafo”, Aristófanes.

    …y lo más injusto es que no me es permitido conocer ni nombrar a mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias. Todos aquellos que por envidia o por malicia os han inoculado todas estas falsedades, y los que, persuadidos ellos mismos, han persuadido a otros, quedan ocultos sin que pueda yo llamarlos ante vosotros ni refutarlos; y por consiguiente, para defenderme, os preciso que yo me bata, como suele decirse, con una sombra, y que ataque y me defienda sin que ningún adversario aparezca.

    El teatro siempre pegado a la sociedad en la que se desarrolla, siempre ha tenido una importante influencia en los comportamientos colectivos de la masa popular.

    En la explicación de la acusación, según se expresa el propio Sócrates en la Apología de Platón, han sido determinantes:

    Su conciencia de superioridad  moral respecto del resto: Su amigo Querefonte preguntó a Apolo si había algún hombre más sabio que Sócrates y la Pitonisa respondió que no había nadie. Sócrates intentó averiguar si las cosas eran así y acaba interpretando la  afirmación  en el sentido de que él es sabio “porque sólo sabe que no sabe nada”, mientras los demás creen que saben cuando en realidad nada saben.

    Para comprobar si el oráculo decía verdad fue investigando a los hombres considerados sabios: comienza por un famoso político, luego investigó a otro y a otros dos más, luego fue a los poetas, luego a los artistas, luego a los extranjeros. En todos ellos encontró ignorancia y sobre todo la creencia de que sabían cuando no sabían que no sabían nada. Este descubrimiento de su superioridad, junto a su estilo inquisitivo con el adversario hasta dejarlo en ridículo, le granjeó numerosos enemigos.

    22e-23b

    De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.»

    Esta misma superioridad la vuelve a esgrimir más tarde cuando se niega a suplicar a los jueces, a pesar de que tiene su familia, “tres hijos, uno ya mozalbete y dos pequeños” que lo perderán. No va pedir clemencia por respeto a su ciudad, a las leyes y a sí mismo y a su buen nombre. Ni siquiera aceptaría pagar una multa.

    La acusación de que corrompe a los jóvenes, cuando son los jóvenes los que acuden libremente y se encuentran a gusto aprendiendo del maesto.

    23c-23d

    Por otra parte, muchos jóvenes de las más ricas  familias en sus ocios se unen a mí de buen grado, y tienen tanto placer en ver de qué manera pongo a prueba a todos los hombres que quieren imitarme con aquellos que encuentran; y no hay que dudar que encuentran una buena cosecha, porque son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada.

    Todos aquellos que ellos convencen de su ignorancia la toman conmigo y no con ellos, y van diciendo que hay un cierto Sócrates que es un malvado y un infame que corrompe a los jóvenes; y cuando se les pregunta qué hace o qué enseña, no tienen qué responder, y para disimular su flaqueza se desatan con esos cargos triviales que ordinariamente se dirigen contra los filósofos; que indaga lo que pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra, que no cree en los dioses, que hace buenas las más malas causas; y todo porque no se atreven a decir la verdad, que es que Sócrates los coge in fraganti, y descubre que figuran que saben, cuando no saben nada.

    Ya he comentado cómo se le confunde malévolamente con los sofistas y su dominio de la palabra para retorcer los argumentos y la realidad y cómo los jóvenes aprenden también esas enseñanzas.

    30a.30c: comenta las enseñanzas que realmente él procura transmitir:

    Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros, jóvenes y viejos, que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, antes que cualquier otro cuidado, es el del alma y de su perfeccionamiento; porque no me canso de deciros que la virtud no viene de las riquezas, sino por el contrario, que las riquezas vienen de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes públicos y particulares.
    Si diciendo estas cosas corrompo la juventud, es preciso que estas máximas sean una ponzoña, porque si se pretende que digo otra cosa, se os engaña o se os impone. Dicho esto no tengo nada que añadir. Haced lo que pide Anito, o no lo hagáis; dadme libertad, o no me la deis; yo no puedo hacer otra cosa, aunque hubiera de morir mil veces… Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma; calma que creo que no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá os harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión.

    30a-30c

    La acusación de ser ateo y de no creer en los dioses de la ciudad.

    Ya Aristófanes lo presentaba también  como ateo. En el verso 830 de Las Nubes Estrepsiades informa a su hijo que creer en Zeus es una idea antigua y eso se lo ha dicho Sócrates de Melos y Querefonte, y es ésta además una afirmación con recámara, porque le llama además ateo indirectamente.

    v. 829-830

    FIDÍPIDES: ¿Quién lo dice?

    ESTREPSIADES: Sócrates de Melos y Querefonte, que sabe de huellas de pulga.

    Pero Sócrates no es de Melos sino de Atenas; de Melos era el famoso ateo Diágoras; así que al llamar a Sócrates de “Melos”  en realidad le está llamando indirectamente “ateo”.

    En 26b-26e

    Sócrates: Sin embargo, responde aún, y dinos cómo corrompo a los jóvenes. ¿Es según tu denuncia, enseñándoles a no reconocer los dioses que reconoce la patria, y enseñándoles además a rendir culto, bajo el nombre de demonios, a otras divinidades? ¿No es esto lo que dices?

    Melito: Sí, es lo mismo.

    Sócrates: Melito, en nombre de esos mismos dioses de que ahora se trata, explícate de una manera un poco más clara, por mí y por estos jueces, porque no acabo de comprender, si me acusas de enseñar que hay muchos dioses, (y en este caso, si creo que hay dioses, no soy ateo, y falta la materia para que sea yo culpable) o si estos dioses no son del Estado. ¿Es esto de lo que me acusas? ¿O bien me acusas de que no admito ningún Dios, y que enseño a los demás a que no reconozcan ninguno?

    Melito: Te acuso de no reconocer ningún Dios.

    Sócrates: ¡Oh maravilloso Melito!, ¿por qué dices eso? ¡Qué! ¿Yo no creo como los demás hombres que el sol y la luna son dioses?

    Melito: No, ¡por Júpiter!, atenienses, no lo cree, porque dice que el sol es una piedra y la luna una tierra.

    Sócrates: ¿Pero tú acusas a Anaxágoras, mi querido Melito? Desprecias los jueces, porque los crees harto ignorantes, puesto que te imaginas que no saben que los libros de Anaxágoras y de Clazomenes están llenos de aserciones de esta especie. Por lo demás, ¿qué necesidad tendrían los jóvenes de aprender de mí cosas que podían ir a oír todos  los días a la Orquesta, por un dracma a lo más?* ¡Magnífica ocasión se les presentaba para burlarse de Sócrates, si Sócrates se atribuyese doctrinas que no son suyas y tan extrañas y absurdas por otra parte! Pero dime en nombre de Júpiter, ¿pretendes que yo no reconozco ningún Dios?

    Melito: Sí, ¡por Júpiter!, tú no reconoces ninguno.

    Sócrates: Dices, Melito, cosas increíbles, ni estás tampoco de acuerdo contigo mismo. A mi entender parece, atenienses, que Melito es un insolente, que no ha intentado esta acusación sino para insultarme,…

    * Nota: en otras traducciones se hace referencia no a oír las doctrinas de Anaxágoras, sino a comprar un libro de Anaxágoras por un dracma. En ese caso nos estaría también informando Platón de la existencia de un mercado de libros en Atenas, puesto que se puede comprar en el ágora un libro de Anaxágoras por un dracma. Sin duda el precio parece ridículamente barato; a buen seguro que los libros serían escasos y el precio más bien elevado, pero es interesante comprobar cómo en la primera democracia existía al alcance de quien pudiera pagarlo el libro como instrumento democratizador del conocimiento.

    En ese contexto Anito el artesano, Meleto, poeta fracasado y pelota del poder establecido y Licón , orador,formularon la denuncia.

    23e-24a

    Apoyándose en esto, me han atacado Meleto, Anito y Licón –Meleto indignado en nombre de los poetas; Anito en nombre de los artesanos y de los políticos, y Licón en nombre de los oradores-.

    La denuncia textual nos la ofrece el mismo Sócrates en 24b-24c:

    “Sócrates delinque: corrompe a los jóvenes; no reconoce a los dioses de la ciudad, y en cambio, tiene extrañas creencias relacionadas con genios”.

    Sócrates repitió muchas veces a lo largo de su vida que tenía un genio particular, una especie de ángel de la guarda, que le indicaba interiormente lo que debía hacer o no hacer.

    Sócrates advierte con orgullo a sus conciudadanos de Atenas las consecuencias que se derivarán de su condena injusta:

    30c-31c

    Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma; calma que creo que no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá os harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión. Estad persuadidos de que si me hacéis morir en el supuesto de lo que os acabo de declarar, el mal no será sólo para mí. En efecto, ni Anito, ni Melito pueden causarme mal alguno, porque el mal no puede nada contra el hombre de bien. Me harán quizá condenar a muerte, o a destierro, o a la pérdida de mis bienes y de mis derechos de ciudadano; males espantosos a los ojos de Melito y de sus amigos; pero yo no soy de su dictamen. A mi juicio, el más grande de todos los males es hacer lo que Anito hace en este momento, que es trabajar para hacer morir un inocente.

    En este momento, atenienses, no es en manera alguna por amor a mi persona por lo que yo me defiendo, y sería un error el creerlo así; sino que es por amor a vosotros; porque condenarme sería ofender al Dios y desconocer el presente que os ha hecho. Muerto yo, atenienses, no encontrareis fácilmente otro ciudadano que el Dios conceda a esta ciudad (la comparación os parecerá quizá ridícula) como a un corcel noble y generoso, pero entorpecido por su misma grandeza, y que tiene necesidad de espuela que le excite y despierte. Se me figura que soy yo el que Dios ha escogido para excitaros, para punzaros, para predicaros todos los días, sin abandonaros un solo instante. Bajo mi palabra, atenienses, difícil será que encontréis otro hombre que llene esta misión como yo; y si queréis creerme, me salvareis la vida.

    Pero quizá fastidiados y soñolientos desechareis mi consejo, y entregándoos a la pasión de Anito me condenareis muy a la ligera. ¿Qué resultará de esto? Que pasareis el resto de vuestra vida en un adormecimiento profundo, a menos que el Dios no tenga compasión de vosotros, y os envíe otro hombre que se parezca a mí.

    Que ha sido Dios el que me ha encomendado esta misión para con vosotros es fácil inferirlo, por lo que os voy a decir. Hay un no sé qué de sobrehumano en el hecho de haber abandonado yo durante tantos años mis propios negocios por consagrarme a los vuestros,  dirigiéndome a cada uno de vosotros en particular, como un padre o un hermano mayor puede hacerlo, y exhortándoos sin cesar a que practiquéis la virtud.
    Si yo hubiera sacado alguna recompensa de mis exhortaciones, tendríais algo que decir; pero veis claramente que mis mismos acusadores, que me han calumniado con tanta impudencia, no han tenido valor para echármelo en cara, y menos para probar con testigos que yo haya exigido jamás ni pedido el menor salario, y en prueba de la verdad de mis palabras os presento un testigo irrecusable, mi pobreza.

    En la primera parte del proceso 281 votaron la condena, 220 votaron la absolución. Cuando en la segunda fase del proceso declaró que merecía ser nombrado benefactor de la ciudad y ser alimentado en el Pritaneo a costa del Estado, como ocurría con los vencedores en los Juegos Olímpicos, 360 lo condenaron y 141 votaron la propuesta de Sócrates. El tribunal debía elegir la pena sugerida por el acusador o la propuesta por el propio acusado, pero no podía determinar una intermedia.

    Leamos este episodio tal como lo relata Platón por boca del propio Sócrates:

    36b-37a

    Melito me juzga digno de muerte; en buen hora. ¿Y yo de qué pena me juzgaré digno? Veréis claramente, atenienses, que yo no escojo más que lo que merezco. ¿Y cuál es? ¿A qué pena, a qué multa voy a condenarme por no haber callado las cosas buenas que aprendí durante toda mi vida; por haber despreciado lo que los demás buscan con tanto afán, las riquezas, el cuidado de los negocios domésticos, los empleos y las dignidades; por no haber entrado jamás en ninguna cábala, ni en ninguna conjuración, prácticas bastante ordinarias en esta ciudad; por ser conocido como hombre, de bien, no queriendo conservar mi vida valiéndome de medios tan indignos? Por otra parte, sabéis que jamás he querido tomar ninguna profesión en la que pudiera trabajar al mismo tiempo en provecho vuestro y en el mío, y que mi único objeto ha sido procuraros a cada uno de vosotros en particular el mayor de todos los bienes, persuadiéndoos a que no atendáis a las cosas que os pertenecen antes que al cuidado de vosotros mismos, para haceros más sabios y más perfectos, lo mismo que es preciso tener cuidado de la existencia de la república antes de pensar en las cosas que la pertenecen, y así de lo demás.

    Dicho esto, ¿de qué soy digno? De un gran bien sin duda, atenienses, si proporcionáis verdaderamente la recompensa al mérito; de un gran bien que pueda convenir a un hombre tal como yo. ¿Y qué es lo que conviene a un hombre pobre, que es vuestro bienhechor, y que tiene necesidad de un gran desahogo para ocuparse en exhortaros? Nada le conviene tanto, atenienses, como el ser alimentado en el Pritaneo y esto le es más debido que a los que entre vosotros han ganado el premio en las corridas de caballos y carros en los juegos olímpicos; porque éstos con sus victorias hacen que aparezcamos felices, y yo os hago, no en la apariencia, sino en la realidad. Por otra parte, éstos no tienen necesidad de este socorro, y yo la tengo. Si en justicia es preciso adjudicarme una recompensa digna de mí, esta es la que merezco, el ser alimentado en el Pritaneo.
    Al hablaros así, atenienses, quizá me acusareis de que lo hago con la terquedad y arrogancia con que deseché antes los lamentos y las súplicas. Pero no hay nada de eso.

    Condenado ya a muerte por la mayoría, Sócrates hace una advertencia a quienes han votado su condena:

    39c-39e

    ¡Oh vosotros!, que me habéis condenado a muerte, quiero predeciros lo que os sucederá, porque me veo en aquellos momentos, cuando la muerte se aproxima, en que los hombres son capaces de profetizar el porvenir. Os lo anuncio, vosotros que me hacéis morir, vuestro castigo no tardará, cuando yo haya muerto, y será, ¡por Júpiter!, más cruel que el que me imponéis. En deshaceros de mí, sólo habéis intentado descargares del importuno peso de dar cuenta de vuestra vida, pero os sucederá todo lo contrario; yo os lo predigo.
    Se levantará contra vosotros y os reprenderá un gran número de personas, que han estado contenidas por mi presencia, aunque vosotros no lo apercibíais; pero después de mi muerte serán tanto más importunos y difíciles de contener, cuanto que son más jóvenes; y más os irritareis vosotros, porque si creéis que basta matar a unos para impedir que otros os echen en cara que vivís mal, os engañáis. Esta manera de libertarse de sus censores ni es decente, ni posible. La que es a la vez muy decente y muy fácil es, no cerrar la boca a los hombres, sino hacerse mejor. Lo dicho basta para los que me han condenado, y los entrego a sus propios remordimientos.

    También tiene unas sentidas palabras para los 141 que le absolvieron:

    39e

    Con respecto a los que me habéis absuelto con vuestros votos, atenienses, conversaré con vosotros con el mayor gusto, mientras que los Once estén ocupados, y no se me conduzca al sitio donde deba morir….

    40c

    Es que hay trazas de que lo que me sucede es un gran bien, y nos engañamos todos sin duda, si creemos que la muerte es un mal….

    40c-41b

    Profundicemos un tanto la cuestión, para hacer ver que es una esperanza muy profunda la de que la muerte es un bien.

    Es preciso de dos cosas una: o la muerte es un absoluto anonadamiento y una privación de todo sentimiento, o, como se dice, es un tránsito del alma de un lugar a otro. Si es la privación de todo sentimiento, una dormida pacífica que no es turbada por ningún sueño, ¿qué mayor ventaja puede presentar la muerte? Porque si alguno, después de haber pasado una noche muy tranquila sin ninguna inquietud, sin ninguna turbación, sin el menor sueño, la comparase con todos los demás días y con todas las demás noches de su vida, y se le obligase a decir en conciencia cuántos días y noches había pasado que fuesen más felices que aquella noche; estoy persuadido de que no sólo un simple particular, si no el mismo gran rey, encontraría bien pocos, y le sería muy fácil contarlos. Si la muerte es una cosa semejante, la llamo con razón un bien; porque entonces el tiempo todo entero no es más que una larga noche.

    Pero si la muerte es un tránsito de un lugar a otro, y si, según se dice, allá abajo está el paradero de todos los que han vivido, ¿qué mayor bien se puede imaginar, jueces míos? Porque si, al dejar los jueces prevaricadores de este mundo, se encuentran en los infiernos los verdaderos jueces, que se dice que hacen allí justicia, Mines, Radamanto, Eaco, Triptolemo y todos los demás semidioses que han sido justos durante su vida, ¿no es este el cambio más dichoso? ¿A qué precio no compraríais la felicidad de conversar con Orfeo, Museo, Hesiodo y Homero? Para mí, si es esto verdad, moriría gustoso mil veces. ¿Qué trasporte de alegría no tendría yo cuando me encontrase con Palamedes, con Afax, hijo de Telamon, y con todos los demás héroes de la antigüedad, que han sido víctimas de la injusticia? ¡Qué placer el poder comparar mis aventuras con las suyas! Pero aún sería un placer infinitamente más grande para mí pasar allí los días, interrogando y examinando a todos estos personajes, para distinguir los que son verdaderamente sabios de los que creen serlo y no lo son.
    ….

    41c-41d

    Esta es la razón, jueces míos, para que nunca perdáis las esperanzas aún después de la tumba, fundados en esta verdad; que no hay ningún mal para el hombre de bien, ni durante su vida, ni después de su muerte; y que los dioses tienen siempre cuidado de cuanto tiene relación con [86] él; porque lo que en este momento me sucede a mí no es obra del azar, y estoy convencido de que el mejor partido para mí es morir desde luego y libertarme así de todos los disgustos de esta vida.

    42a

    Pero ya es tiempo de que nos retiremos de aquí, yo para morir, vosotros para vivir. ¿Entre vosotros y yo, quién lleva la mejor parte? Esto es lo que nadie sabe, excepto Dios.

    Acaba así la Defensa de Sócrates que Platón nos dejó.

                ………..

    Platón: Apología de Sócrates, traducida  por Patricio de Azcárate

    Yo no sé, atenienses, la impresión que habrá hecho en vosotros el discurso de mis acusadores. Con respecto a mí, confieso que me he desconocido a mí mismo; tan persuasiva ha sido su manera de decir. Sin embargo, puedo asegurarlo, no han dicho una sola palabra que sea verdad.

    Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia. Porque el no haber temido el mentís vergonzoso que yo les voy a dar en este momento, haciendo ver que no soy elocuente, es el colmo de la impudencia, a menos que no llamen elocuente al que dice la verdad. Si es esto lo que pretenden, confieso que soy un gran orador; pero no lo soy a su manera; porque, repito, no han dicho ni una sola palabra verdadera, y vosotros vais a saber de mi boca la pura verdad, no, ¡por Júpiter!, en una arenga vestida de sentencias brillantes y palabras escogidas, como son los discursos de mis acusadores, sino en un lenguaje sencillo y espontáneo; porque descanso en la confianza de que digo la verdad, y ninguno de vosotros debe esperar otra cosa de mí. No sería propio de mi edad, venir, atenienses, ante vosotros como un joven que hubiese preparado un discurso.
    Por esta razón, la única gracia, atenienses, que os pido es que cuando veáis que en mi defensa emplee [50] términos y maneras comunes, los mismos de que me he servido cuantas veces he conversado con vosotros en la plaza pública, en las casas de contratación y en los demás sitios en que me habéis visto, no os sorprendáis, ni os irritéis contra mí; porque es esta la primera vez en mi vida que comparezco ante un tribunal de justicia, aunque cuento más de setenta años.

    Por lo pronto soy extraño al lenguaje que aquí se habla. Y así como si fuese yo un extranjero, me disimularíais que os hablase de la manera y en el lenguaje de mi país, en igual forma exijo de vosotros, y creo justa mi petición, que no hagáis aprecio de mi manera de hablar, buena o mala, y que miréis solamente, con toda la atención posible, si os digo cosas justas o no, porque en esto consiste toda la virtud del juez, como la del orador: en decir la verdad.

    Es justo que comience por responder a mis primeros acusadores, y por refutar las primeras acusaciones, antes de llegar a las últimas que se han suscitado contra mí. Porque tengo muchos acusadores cerca de vosotros hace muchos años, los cuales nada han dicho que no sea falso. Temo más a estos que a Anito y sus cómplices{1}, aunque sean estos últimos muy elocuentes; pero son aquellos mucho más temibles, por cuanto, compañeros vuestros en su mayor parte desde la infancia, os han dado de mí muy malas noticias, y os han dicho, que hay un cierto Sócrates, hombre sabio que indaga lo que pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra y que sabe convertir en buena, una mala causa.

    Los que han sembrado estos falsos rumores son mis más peligrosos acusadores, porque prestándoles oídos, llegan [51] los demás a persuadirse que los hombres que se consagran a tales indagaciones no creen en la existencia de los dioses. Por otra parte, estos acusadores son en gran número, y hace mucho tiempo que están metidos en esta trama. Os han prevenido contra mí en una edad, que ordinariamente es muy crédula, porque erais niños la mayor parte o muy jóvenes cuando me acusaban ante vosotros en plena libertad, sin que el acusado les contradijese; y lo más injusto es que no me es permitido conocer ni nombrar a mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias. Todos aquellos que por envidia o por malicia os han inoculado todas estas falsedades, y los que, persuadidos ellos mismos, han persuadido a otros, quedan ocultos sin que pueda yo llamarlos ante vosotros ni refutarlos; y por consiguiente, para defenderme, os preciso que yo me bata, como suele decirse, con una sombra, y que ataque y me defienda sin que ningún adversario aparezca.

    Considerad, atenienses, que yo tengo que habérmelas con dos suertes de acusadores, como os he dicho: los que me están acusando ha mucho tiempo, y los que ahora me citan ante el tribunal; y creedme, os lo suplico, es preciso que yo responda por lo pronto a los primeros, porque son los primeros a quienes habéis oído y han producido en vosotros más profunda impresión.

    Pues bien, atenienses, es preciso defenderse y arrancar de vuestro espíritu, en tan corto espacio de tiempo, una calumnia envejecida, y que ha echado en vosotros profundas raíces. Desearía con todo mi corazón, que fuese en ventaja vuestra y mía, y que mi apología pudiese servir para mi justificación. Pero yo sé cuán difícil es esto, sin que en este punto pueda hacerme ilusión. Venga lo que los dioses quieran, es preciso obedecer a la ley y defenderse.

    Remontémonos, pues, al primer origen de la acusación, [52] sobre la que he sido tan desacreditado y que ha dado a Melito confianza para arrastrarme ante el tribunal. ¿Qué decían mis primeros acusadores? Porque es preciso presentar en forma su acusación, como si apareciese escrita y con los juramentos recibidos. «Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los demás sus doctrinas.»

    He aquí la acusación; ya la habéis visto en la comedia de Aristofanes, en la que se representa un cierto Sócrates, que dice, que se pasea por los aires y otras extravagancias semejantes, que yo ignoro absolutamente; y esto no lo digo, porque desprecie esta clase de conocimientos; si entre vosotros hay alguno entendido en ellos (que Melito no me formule nuevos cargos por esta concesión), sino que es sólo para haceros ver, que yo jamás me he mezclado en tales ciencias, pudiendo poner por testigos a la mayor parte de vosotros.

    Los que habéis conversado conmigo, y que estáis aquí en gran número, os conjuro a que declaréis, si jamás me oísteis hablar de semejante clase de ciencias ni de cerca ni de lejos; y por esto conoceréis ciertamente, que en todos esos rumores que se han levantado contra mí, no hay ni una sola palabra de verdad; y si alguna vez habéis oído, que yo me dedicaba a la enseñanza, y que exigía salario, es también otra falsedad.

    No es porque no tenga por muy bueno el poder instruir a los hombres, como hacen Gorgias de Leoncio, Prodico de Ceos e Hippias de Elea. Estos grandes personajes tienen el maravilloso talento, donde quiera que vayan, de persuadir a los jóvenes a que se unan a ellos, y abandonen a sus conciudadanos, cuando podrían estos ser sus maestros sin costarles un óbolo.

    Y no sólo les pagan la enseñanza, sino que contraen con ellos una deuda de agradecimiento infinito. He oído [53] decir, que vino aquí un hombre de Paros, que es muy hábil; porque habiéndome hallado uno de estos días en casa de Callias hijo de Hiponico, hombre que gasta más con los sofistas que todos los ciudadanos juntos, me dio gana de decirle, hablando de sus dos hijos: —Callias, si tuvieses por hijos dos potros o dos terneros, ¿no trataríamos de ponerles al cuidado de un hombre entendido, a quien pagásemos bien, para hacerlos tan buenos y hermosos, cuanto pudieran serlo, y les diera todas las buenas cualidades que debieran tener? ¿Y este hombre entendido no debería ser un buen picador y un buen labrador? Y puesto que tú tienes por hijos hombres, ¿qué maestro has resuelto darles? ¿Qué hombre conocemos que sea capaz de dar lecciones sobre los deberes del hombre y del ciudadano? Porque no dudo que hayas pensado en esto desde el acto que has tenido hijos, y conoces a alguno? —Sí, me respondió Callias. —¿Quién es, le repliqué, de dónde es, y cuánto lleva? —Es Éveno, Sócrates, me dijo; es de Paros, y lleva cinco minas. Para lo sucesivo tendré a Éveno por muy dichoso, si es cierto que tiene este talento y puede comunicarlo a los demás.

    Por lo que a mí toca, atenienses, me llenaría de orgullo y me tendría por afortunado, si tuviese esta cualidad, pero desgraciadamente no la tengo. Alguno de vosotros incidirá quizá: —Pero Sócrates, ¿qué es lo que haces? ¿De dónde nacen estas calumnias que se han propalado contra ti? Porque si te has limitado a hacer lo mismo que hacen los demás ciudadanos, jamás debieron esparcirse tales rumores. Dinos, pues, el hecho de verdad, para que no formemos un juicio temerario. Esta objeción me parece justa. Voy a explicaros lo que tanto me ha desacreditado y ha hecho mi nombre tan famoso. Escuchadme, pues. Quizá algunos de entre vosotros creerán que yo no hablo seriamente, pero estad persuadidos de que no os diré más que la verdad. [54]

    La reputación que yo haya podido adquirir, no tiene otro origen que una cierta sabiduría que existe en mí. ¿Cuál es esta sabiduría? Quizá es una sabiduría puramente humana, y corro el riesgo de no ser en otro concepto sabio, al paso que los hombres de que acabo de hablares, son sabios, de una sabiduría mucho más que humana.

    Nada tengo que deciros de esta última sabiduría, porque no la conozco, y todos los que me la imputan, mienten, y sólo intentan calumniarme. No os incomodéis, atenienses, si al parecer os hablo de mí mismo demasiado ventajosamente; nada diré que proceda de mí, sino que lo atestiguaré con una autoridad digna de confianza. Por testigo de mi sabiduría os daré al mismo Dios de Delfos, que os dirá si la tengo, y en qué consiste. Todos conocéis a Querefon, mi compañero en la infancia, como lo fue de la mayor parte de vosotros, y que fue desterrado con vosotros, y con vosotros volvió. Ya sabéis qué hombre era Querefon, y cuán ardiente era en cuanto emprendía. Un día, habiendo partido para Delfos, tuvo el atrevimiento de preguntar al oráculo (os suplico que no os irritéis de lo que voy a decir), si había en el mundo un hombre más sabio que yo; la Pythia le respondió, que no había ninguno. Querefon ha muerto, pero su hermano, que está presente, podrá dar fe de ello. Tened presente, atenienses, porque os refiero todas estas cosas; pues es únicamente para haceros ver de donde proceden esos falsos rumores, que han corrido contra mí.
    Cuando supe la respuesta del oráculo, dije para mí; ¿Qué quiere decir el Dios? ¿Qué sentido ocultan estas palabras? Porque yo sé sobradamente que en mí no existe semejante sabiduría, ni pequeña, ni grande. ¿Qué quiere, pues, decir, al declararme el más sabio de los hombres? Porque él no miente. La Divinidad no puede mentir. Dudé largo tiempo del sentido del oráculo, hasta que por último, después de gran trabajo, me propuse hacer la [55] prueba siguiente: —Fui a casa de uno de nuestros conciudadanos, que pasa por uno de los más sabios de la ciudad. Yo creía, que allí mejor que en otra parte, encontraría materiales para rebatir al oráculo, y presentarle un hombre más sabio que yo, por más que me hubiere declarado el más sabio de los hombres. Examinando pues este hombre, de quien, baste deciros, que era uno de nuestros grandes políticos, sin necesidad de descubrir su nombre, y conversando con él, me encontré, con que todo el mundo le creía sabio, que él mismo se tenía por tal, y que en realidad no lo era. después de este descubrimiento me esforcé en hacerle ver que de ninguna manera era lo que él creía ser, y he aquí ya lo que me hizo odioso a este hombre y a los amigos suyos que asistieron a la conversación.
    Luego que de él me separé, razonaba conmigo mismo, y me decía: —Yo soy más sabio que este hombre. Puede muy bien suceder, que ni él ni yo sepamos nada de lo que es bello y de lo que es bueno; pero hay esta diferencia, que él cree saberlo aunque no sepa nada, y yo, no sabiendo nada, creo no saber. Me parece, pues, que en esto yo, aunque poco más, era mas sabio, porque no creía saber lo que no sabia.

    Desde allí me fui a casa de otro que se le tenía por más sabio que el anterior, me encontré con lo mismo, y me granjeé nuevos enemigos. No por esto me desanimé; fui en busca de otros, conociendo bien que me hacia odioso, y haciéndome violencia, porque temía los resultados; pero me parecía que debía, sin dudar, preferir a todas las cosas la voz del Dios, y para dar con el verdadero sentido del oráculo, ir de puerta en puerta por las casas de todos aquellos que gozaban de gran reputación; pero, ¡oh Dios!, he aquí, atenienses, el fruto que saqué de mis indagaciones, porque es preciso deciros la verdad; todos aquellos que pasaban por ser los más sabios, me parecieron no [56] serlo, al paso que todos aquellos que no gozaban de esta opinión, los encontré en mucha mejor disposición para serlo.

    Es preciso que acabe de daros cuenta de todas mis tentativas, como otros tantos trabajos que emprendí para conocer el sentido del oráculo.

    Después de estos grandes hombres de Estado me fui a los poetas, tanto a los que hacen tragedias como a los poetas ditirámbicos{2} y otros, no dudando que con ellos se me cogería in fraganti, como suele decirse, encontrándome más ignorante que ellos. Para esto examiné las obras suyas que me parecieron mejor trabajadas, y les pregunté lo que querían decir, y cuál era su objeto, para que me sirviera de instrucción. Pudor tengo, atenienses, en deciros la verdad; pero no hay remedio, es preciso decirla. No hubo uno de todos los que estaban presentes, inclusos los mismos autores, que supiese hablar ni dar razón de sus poemas. Conocí desde luego que no es la sabiduría la que guía a los poetas, sino ciertos movimientos de la naturaleza y un entusiasmo semejante al de los profetas y adivinos; que todos dicen muy buenas cosas, sin comprender nada de lo que dicen. Los poetas me parecieron estar en este caso; y al mismo tiempo me convencí, que a título de poetas se creían los más sabios en todas materias, si bien nada entendían. Les dejé, pues, persuadido que era yo superior a ellos, por la misma razón que lo había sido respecto a los hombres políticos.

    En fin, fui en busca de los artistas. Estaba bien convencido de que yo nada entendía de su profesión, que los encontraría muy capaces de hacer muy buenas cosas, y en esto no podía engañarme. Sabían cosas que yo ignoraba, y en esto eran ellos más sabios que yo. Pero, atenienses, los más [57] entendidos entre ellos me parecieron incurrir en el mismo defecto que los poetas, porque no hallé uno que, a título de ser buen artista, no se creyese muy capaz y muy instruido en las más grandes cosas; y esta extravagancia quitaba todo el mérito a su habilidad.

    Me pregunté, pues, a mí mismo, como si hablara por el oráculo, si querría más ser tal como soy sin la habilidad de estas gentes, e igualmente sin su ignorancia, o bien tener la una y la otra y ser como ellos, y me respondí a mí mismo y al oráculo, que era mejor para mí ser como soy. De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.»

    Convencido de esta verdad, para asegurarme más y obedecer al Dios, continué mis indagaciones, no sólo entre nuestros conciudadanos, sino entre los extranjeros, para ver si encontraba algún verdadero sabio, y no habiéndole encontrado tampoco, sirvo de intérprete al oráculo, haciendo ver a todo el mundo, que ninguno es sabio. Esto me preocupa tanto, que no tengo tiempo para dedicarme al servicio de la república ni al cuidado de mis cosas, y vivo en una gran pobreza a causa de este culto que rindo a Dios.
    Por otra parte, muchos jóvenes de las más ricas [58] familias en sus ocios se unen a mí de buen grado, y tienen tanto placer en ver de qué manera pongo a prueba a todos los hombres que quieren imitarme con aquellos que encuentran; y no hay que dudar que encuentran una buena cosecha, porque son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada.

    Todos aquellos que ellos convencen de su ign

  • Quinquenal, decimal, duodecimal, vigesimal, sexagesimal

    En el año 1956 publicaba Samuel Noah Kramer (1897-1990) su obra “La historia empieza en Sumer”, mundialmente famosa. Ciertamente, muchas cosas comenzaron antes, pero las primeras noticias escritas las encontramos en Sumer y por lo tanto es ahí en donde por primera vez podemos hablar de “Historia”.

    El hombre comenzó a contar sin duda muy pronto; las marcas del Paleolítico en hueso, piedra  o en otros  materiales así lo atestiguan. Sin duda en esa tarea se sirvió de la ayuda de sus manos, de los dedos de sus manos, de sus pies…

    Pronto necesitó de alguna representación figurativa; tuvo necesidad de las cifras, porque visualmente sólo aprecia  con un golpe de ojo hasta cuatro unidades; para reconocer un número mayor ha de contar. Y para contar grandes números ha de disponer de diversos órdenes o niveles jerarquizados, de tal manera que pueda representar grandes cantidades con pocas cifras.

    En Sumer hay rastros de un sistema de numeración de base cinco (cinco unidades inferiores equivalen a una  de nivel superior), en relación sin duda con los cinco dedos de la mano.

    El sistema decimal está sin duda en relación con los dedos de las dos manos.

    Utilizaron también los sumerios un sistema duodecimal, la docena.  Probablemente contaban las falanges de los cuatro dedos de la mano (tres falanges en cada dedo) señalando con el dedo pulgar.  Probablemente un sistema de este tipo está en relación con los doce meses del año o 12 lunaciones que se producen en el año solar y con los doce signos del zodiaco; el número 12, de paso, pudo servir para dividir el día en doce espacios, en las doce horas y también la noche cuando los relojes permitieron la precisión.

    Y también usaron un sistema sexagesimal, en el que sesenta unidades inferiores equivalen a una de orden superior. No sabemos realmente por qué inventaron este sistema sexagesimal, en principio tan poco manejable. Se han formulado numerosas hipótesis. Una de las más plausibles es la de que,  al coexistir el sistema decimal y el duodecimal,  se buscó el mínimo común múltiplo que facilitase las equivalencias. De hecho 60 es divisible por numerosos divisores: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 10, 12, 20, 30, 60.

    Los sumerios se dotaron de una notación numérica hacia el año 3200 a.C. sobre la base 60; y atribuyeron un signo o grafismo especial a las unidades siguientes: 1, 10, 60, 600, 3600, 36.000, 216.000

    Son los sumerios  los que plantearon sobre esta base la división del tiempo en horas, minutos y segundos y la división del círculo en trescientos sesenta grados, divididos estos en sesenta minutos y estos en sesenta segundos. Este sistema es el que seguimos empleando.

    De los sumerios aprendieron sin duda los egipcios y todo el mundo de Próximo Oriente, incluidos los pueblos del Mediterráneo y los griegos en su momento.

    Hoy el sistema decimal es el más generalizado, pero el sistema duodecimal ha tenido  notable éxito, porque  todavía quedan restos en las sociedades y lenguas modernas. Seguimos demandando en español “una docena de huevos…”.

    Docena deriva de doce y este a su vez del latín duodĕcim,(diez y dos; en realidad dos y diez).
    El término se mantiene pujante en numerosas lenguas, que atestiguan la importancia histórica del sistema duodecimal. Así en francés  “douzaine” ( “à la douzaine); en inglés by the dozen junto a twelve; en alemán Dutzend; en italiano  dozzina (1 dozzina di uova); en portugués   dúzia  (uma dúzia de ovos); en catalán dotzena ( una dotzena d'ous ).

    Naturalmente el término y el concepto existió en el mundo antiguo. En griego antiguo es  δυωδεκάς , dódekas, de δώδεκα ,dódeka, (dos y diez).

    En latín generalmente se emplea la expresión Numerus duodenarius y más tarde, a partir de Tertuliano (siglo II-III de Cristo) aparece también el término duodecas.

    Duodenarius está construido a partir del numeral duodecim, doce, (dos y diez) como decía más arriba y duodecas es construido a partir del griego (dŭōdĕcas, ădis, f., = δυωδεκάς).

    El término duodecas aparece en el Adversus omnes haereses, IV,1- , Contra todas las herejías,  obra atribuida a Tertuliano, considerada como espuria,  que aparece a veces a continuación de su De Praescriptione Haereticorum,  y que por esos también se llama a su desconocido autor el “Pseudeo-Tertuliano”.  

    Pero de estos proceden también los doce Eones; y de la dicción y de la lengua proceden otros diez:  esta es la treintena que se constituye en el pleroma de la octonada, de la  decada  y de la duodécada.
    ….

    Sed enim ex his quoque processisse duodecim Aenoas; de sermone autem et vita Aeonas alios decem: hanc esse Aeonum triacontada, quae fit in pleromate ex Ogdodae et Decade ac Dyodecade.

    Luego a partir del Humanismo y Renacimiento el término „duodecadas“  (una docena) se empleó con frecuencia en el título de diversos libros y tratados, como por ejemplo: Philippi: Duodecas thematum, 1612, Una docena de temas; Hermann Witsius,Exercitationum academicarum Duodecas – , Duodecas dissertationum exegeticarum et apologeticarum …etc.

    De la importancia del número 12 ya nos advierte el texto legal más antiguo e importante en los primeros tiempos de Roma, la Ley de las XII tablas, elaborado en el siglo V a.C. Naturalmente el soporte material de madera no se conserva pero las referencia al texto son abundantísimas en los historiadores y autores latinos.

    Hay un texto de Marco Terencio Varrón en su “De lingua Latina” (Sobre la lengua latina) que nos advierte de la antigüedad del sistema en Roma. Dice en De Lingua Latina, libro V, 5, 34:

    Los antiguos establecieron muchas medidas según el sistema duodecimal, como el actus de doce decenas de pies.

    Multa antiqui duodenario numero finierunt ut duodecim decuriis actum

    Nota: actus es la cañada por la que se puede conducir al ganado, según nos dice poco antes en el mismo párrafo:

    Del mismo modo que ager (campo) es el lugar al que podía llevarse (agere) el ganado, así el lugar por donde se le podía conducir (agere) es el actus (cañada).

    Ut ager quo agi poterat, sic qua agi actus”:

    Duodecaiugum  es el tiro o yunta de doce caballos,  duodecennium es el periodo de doce años; duodecemviri es el colegio de doce magistrados, los duodécemvi.

    El sistema duodecimal lo aplican los romanos para establecer su sistema de pesos. Este sistema es más práctico que el decimal porque admite más divisiones (1, 2,3,4,6) y por tanto pueden expresar más fracciones.

    Este sistema duodecimal se adaptaba muy bien a la aplicación de intereses a los préstamos. En un principio parece que la norma fue cobrar doce onzas de interés anual por un préstamo de de cien onzas; es decir se cobraba el 12 %  anual (per annum), lo que equivalía a un as, ya que el as tenía un valor de 12 onzas . Si la cuenta se hacía por meses, al interés de seis meses se le llamaba semis, que significa la mitad de un as, al interés de cuatro meses se le llamaba triens, que es la tercera parte de un as, al de tres meses se le llama quadrans, que es la cuarta parte, y al de un mes se le llama unciaria, que es la duodécima parte del as o una parte; por eso al interés de un 1%  per mensem, al mes, se le llama interés centesimal.

    En fin, toda esta precisión numérica y terminológica es posible porque se utiliza precisamente el sistema duodecimal.

    En los países sajones este sistema ha perdurado todavía más en el sistema de medidas y pesos; así un pie tiene doce pulgadas, una libra tiene 12 onzas,  una gruesa 12 docenas, etc.

    El sistema sexagesimal tuvo también y sigue teniendo un  éxito asombroso, porque se utiliza todavía para medir el espacio en “grados, minutos y segundos" y para medir el tiempo en horas, minutos y segundos.

    La palabra "gradus", grado, significa paso.

    Para conocer el origen de las palabras hora, minuto y segundo remito al artículo ya publicado en este blog https://www.antiquitatem.com/hora-minuto-segundo-almagesto-sumerios 
    .
    Podemos hacer también referencia a otros sistemas, como el vigesimal, del que queda un resto, por ejmplo, en francés  cuando al ochenta,80, le  llama quatre vingt (cuatro veintes) ; a él daría pie la existencia de veinte dedos en las extremedidades.

    No es ocioso tampoco hacer una referencia al sistema binario o sistema de numeración de base dos, que está en la base de todo el desarrollo informático y digital actual. (el numeral latino bini-ae-a significa de dos en dos). Pero también los expertos utilizan el hexadecimal, es decir, de base 16, que se sirve de los múltiplos 32, 64, 128, 256, 512, 1024…

    Curiosamente en algo tan moderno se siguen utilizando como nombres de esos múltiplos palabras griegas tan viejas como kilo-byte, mega-byte, tera-byte.

  • Un túnel en Babilonia bajo el río Éufrates

    Babilonia, incluso la fonética del nombre, mantiene una gran capacidad de sugerencias, incluso ahora, asolada la zona por guerras y violencia constante en la zona. Así debió ocurrir también en la Antigüedad.

    Algunas obras de los antiguos nos impresionan por sus dimensiones y otras por su belleza. Los mejores ejemplos son las llamadas “siete maravillas del mundo antiguo”, entre ellas “los jardines colgantes de Babilonia”. Hay otra obra en Babilonia, además de los jardines, menos conocida, pero no menos impresionante: la construcción de un túnel bajo el río Éufrates que unía en secreto los palacios reales existentes a uno y otro lado del río.

    Antes de desarrollar el tema, conviene recordar que Babilonia estuvo junto al Éufrates en lo que hoy es Irak. Sus ruinas fueron  parcialmente reconstruidas por Saddam Hussein en el siglo XX y se encuentran a unos 110 kms. de Bagdad, en la provincia de Babil, frente a la ciudad de Hillah.

    Esta zona es rica en betún y petróleo, como es bien sabido, también en la Antigüedad. Pero lo que quizás no todos los lectores conozcan es que el betún o asfalto, que afloraba entonces en  la misma zona en la que hoy se extrae el petróleo, era utilizado en la construcción de edificios entre otras cosas, como nos dice el arquitecto romano Vitruvio.

    Vitruvio, Libro I, capit. 5,8 ( 39):

    En cuanto a los materiales de los que se deben construir o terminar los muros, no podemos dar una regla fija, porque no podemos conseguir en todas partes los suministros que deseamos: pero donde haya  piedra de corte o silex  o cemento o ladrillo cocido o crudo, se hará uso de ellos: pues no porque los Babilonios, que abundan en betún líquido, hayan construido  sus murallas con ladrillo cocido hecho de arena y betún en lugar de cal, del mismo modo han de poder todas las regiones y lugares disponer de tan gran ventaja para conseguir unos muros acabados y sin defecto hasta la eternidad.

    De ipso autem muro, e qua materia struatur aut perficiatur, ideo non est praefiniendum, quod in omnibus locis, quas optamus copias, eas non possumus habere. sed ubi sunt saxa quadrata sive silex seu caementum aut coctus later sive crudus, his erit utendum. non enim, uti Babylone abundantes liquido bitumine pro calce et harena ex cocto latere factum habent murum, sic item possunt omnes regiones seu locorum proprietates habere tantas eiusdem generis utilitates, uti ex his comparationibus ad aeternitatem perfectus habeatur sine vitio murus.

    Y de nuevo Vitruvio  libro VIII cap. 3, 8

    En Babilonia el lago de gran extensión, que se llama λίμνη ἀσφάλτιτις (Limne Asphhaltis) tiene nadando sobre sus aguas  betún liquido, con el cual y con ladrillo cocido edificó Semíramis las murallas de Babilonia. Asimismo en Yope en Siria y en la Arabia de los Nómadas hay también lagos de grandes dimensiones, que proporcionan grandes masas de betún, que recogen los que habitan en los alrededores.

    Babylone lacus amplissima magnitudine, qui λίμνη ἀσφάλτιτις appellatur, habet supra natans liquidum bitumen; quo bitumine et latere testaceo structum murum Samiramis circumdedit Babyloni. item Iope in Syria Arabiaque Nomadum lacus sunt inmani magnitudine, qui emittunt bituminis maximas moles, quas diripiunt qui habitant circa.

    Pequeña digresión: que las murallas de Babilonia lo fueron de ladrillo cocido es algo bien presente en el mundo antiguo; a título de ejemplo citaré como el poeta satírico Juvenal, que vivió en la segunda mitad del siglo I y primera del II de nuestra era, se refiere a ello a propósito de la entrada de Alejandro Magno en Babilonia enfermo de muerte. Nos dice en Sátira 10, 169 y ss:

    .Un solo mundo no basta al mozo de Pela, se reconcome lamentando las estrechas lindes del universo, como si estuviera encarcelado en los escollos de Gíara o la pequeña Serifo. Ahora bien, una vez que haya entrado en la ciudad fortificada por alfareros, tendrá que limitarse a un sarcófago. Sólo la muerte revela lo poquito que es el cuerpecillo de un hombre.

    Unus Pellaeo iuveni non sufficit orbis;
    aestuat infelix angusto limite mundi
    170ut Gyarae clausus scopulis parvaque Seripho;
    cum tamen a figulis munitam intraverit urbem,
    sarcophago contentus erit. mors sola fatetur
    quantula sint hominum corpuscula.

    Plinio se refiere de manera extensa al asfalto o betún;  en otro momento lo comentaré. Respecto del asunto que nos interesa nos dice en Historia Natural, 35, 51,5

    Se usó también como cal para encementar las murallas de Babilonia.

    calcis quoque usum praebuit ita feruminatis Babylonis muris.

    Pues bien, Filóstrato de Atenas (160/70-249) escribió una curiosa biografía de Apolonio de Tiana, que más bien parece una novela o mejor escribió una novela que parece una biografía. En esta obra se mezclan en buena armonía informaciones y detalles ciertos con elementos de la más desbordada fantasía. Apolonio decidió viajar hasta la India y pasó por Babilonia, que describe con algún detalle.

    Filostrato, Vida de Apolonio de Tiana, Libro I, 25:

    Babilonia está fortificada en unos cuatrocientos ochenta estadios, con tamaña extensión de circunferencia. Su muralla es de tres medios pletros de altura y menos de un pletro de anchura. Se halla cortada en dos mitades de forma similar por el río Éufrates, bajo el que hay un paso secreto que une ocultamente los palacios reales de ambas orillas.
    Se dice efectivamente que una mujer, Medea, que reinó antaño sobre los de allí, había ponteado el río de un modo que nunca un río se había ponteado, pues tras haber amontonado junto a la orilla piedras, bronce, asfalto y cuantos los hombres han descubierto para los ensamblajes bajo el agua, desvió de su corriente hacia los pantanos. Al río ya seco lo excavó dos brazas, haciendo un profundo túnel como los que la tierra deja ver, que desembocara en los palacios de ambas orillas, y lo techó aproximadamente al nivel del lecho del río. Los cimientos y los muros del túnel quedaron asentados y, dado que el asfalto necesita agua para petrificarse y solidificarse, se hizo pasar el Ëufrates sobre el techo, aun fresco, y así quedó asegurado el paso.
    (Traducción de Alberto Bernabé Pajares para Editorial Gredos).

    Nota: un pletro equivale a 29,6 m. Estas medidas de perímetro y grueso son muy próximas a las que nos da Heródoto, I  178: 480 estadios para el perímetro y 50 codos reales (unos 25 m) de grueso, pero la altura que da Heródoto, 200 codos reales  (unos 100 m) es más del doble de la que Filostrato

    Nos dice Heródoto, I, 178- 179

    Una vez que Ciro había sometido el territorio principal, atacó a los Asirios. En  Asiria hay  muchas otras  grandes ciudades, pero  la más famosa y fuerte fue  Babilonia, en donde se estableció  la corte real después de la destrucción de Nino (Nínive). Babilonia fue una ciudad como ahora describiré. Está situada en una gran llanura, y tiene  forma de un cuadro, cuyos lados tienen cada uno ciento veinte estadios de largo, de suerte que el perímetro de toda ella es de cuatrocientos ochenta. Tales son las dimensiones de la ciudad de Babilonia, que está planteada como ninguna otra de las ciudades que yo conozco. En primer lugar en derredor de ella corre un foso profundo y  ancho y lleno de agua y luego  unas murallas que tienen de ancho cincuenta codos reales, y de alto hasta doscientos. El codo real es tres dedos mayor que el codo común.

    Más aún, quiero  comentar  en qué se empleó la tierra que se sacaba del foso, y cómo fue construida  la muralla. Con la tierra que sacaban del foso hacían  ladrillos,  y luego,  cuando habían moldeado ladrillos suficientes los cocían en los hornos. Después, utilizando betún caliente como cemento, iban interponiendo capas de cañas en cada fila de treinta ladrillos y de este modo construyeron primero el  borde  del foso, y luego de la misma manera la propia muralla. En lo alto, a lo largo de los bordes de la muralla, construyeron  unas casillas de un solo piso, las unas enfrente de las otras, con espacio suficiente en medio para que pudiese dar vueltas un carro de cuatro caballos. En el perímetro  de las murallas había cien puertas, todas  de bronce, con sus quicios y dinteles del mismo metal. A ocho jornadas de Babilonia hay otra ciudad que se llama Is, en la que  hay un río pequeño también llamado Is, que desemboca  en el Éufrates. Este río  lleva desde su nacimiento mezclados con el agua muchos plastones  de betún; desde allí  fue llevado para las murallas de Babilonia.

    Heródoto sigue describiendo la ciudad y las impresionantes obras de acondicionamiento que en otro momento comentaré. Pero sí quiero reproducir lo que nos dice en el capítulo 186 que supone una importante variación sobre lo que nos comenta Filóstrato, aunque no tienen por qué ser dos versiones contradictorias sino contrapuestas; a fin de cuentas si los túneles eran secretos no tenían por qué ser conocidos por todo el mundo:

    CLXXXVI Así ella (la reina) aprovechó la profundidad del río para su protección y esta obra le proporcionó otra ventaja. Su ciudad estaba dividida por el rio en dos partes porque corría por el medio. En el tiempo de los reyes anteriores, cuando alguien quería pasar de una parte a la otra,  tenía que hacerlo en barca; yo supongo que esto era una molestia. Pero la reina también se ocupó de esto, pues hizo el otro gran monumento de su reinado, aprovechando la excavación del lago.

    Hizo cortar ella grandes bloques de piedra, y cuando estuvieron ya preparados y hecha la excavación,  cambió el curso del río hacia él,  y mientras se iba llenando y el antiguo lecho se iba secando,  enladrilló las orillas del río y las rampas que conducían de las puertas hasta el río con ladrillos cocidos, como los de las murallas y aproximadamente a la mitad de la ciudad construyó un puente con las piedras que habían sido cortadas, uniéndolas entre sí con hierro y plomo. Todas las mañanas, ella hacía colocar maderos cuadrados entre los bloques, por los que pasaban los babilonios; pero estos maderos eran retirados  por la noche, para impedir que la gente pasara y se robaran unos a otros. Luego, cuando el lecho que había hecho para el lago se llenó por el río y el puente estaba acabado, Nitocris condujo de nuevo el Éufrates a su canal inicial fuera del lago. Así ella consiguió su propósito, como lo había pensado, haciendo un pantano para  el río y un puente para sus ciudadanos.

    Estrabón, que vivió entre los años  64 o 63 a. C. y el  19 o 24 d. C.,  también nos ha dejado una interesante descripción de Babilonia en el Libro 16, cap. 2:

    Le sucedió (a Nino) su esposa Semíramis, que fundó Babilonia. Estos dos soberanos fueron los dueños de Asia. Todavía hoy quedan en pie buen número de obras de Semíramis, entre ellas las de Babilonia, en todas las partes de este continente, como por ejemplo los terraplenes o terrazas, llamadas “terrazas de Semíramis”, y las murallas y las fortalezas, con pasadizos subterráneos; cisternas para el agua; caminos de escalones para facilitar la subida a las montañas; canales de comunicación con los ríos y lagos; carreteras y puentes.

    Y poco después nos hace una completa descripción de Babilonia, que en parte reproduzco, en el Libro 16, cap. 5:

    Babilonia está también situada en una llanura. Sus murallas miden 385 estadios de circunferencia, 32 pies de espesor y 50 codos de altura en el espacio entre las torres, que alcanzan 60 codos. El camino encima de ellas permiten circular carros de cuatro caballos y cruzarse con facilidad. Así que estas murallas y los jardines colgantes se cuentan entre las siete maravillas del mundo. La forma del jardín es cuadrada y cada lado tiene de medida cuatro pletros; está formado por terrazas abovedadas, levantadas una sobre otra sostenidas por pilares en forma de cubo. Estos están huecos y rellenados de tierra para permitir plantar los más grandes árboles. Los pilares, las bóvedas y las terrazas están construidas de ladrillos cocidos y de asfalto.

    Se sube a la terraza superior por los escalones de una inmensa escalera, a cuyos lados hay motores de agua, para hacer subir continuamente el agua del Éufrates hasta los jardines  por medio del esfuerzo de algunas personas, colocadas precisamente para ello.
    El río, que tiene un estadio de anchura, corta por la mitad la ciudad y el jardín está a la orilla del río. Aquí está también la tumba de Belus, ahora en ruinas, destruida, según se deice, por Jerjes. Tiene la forma de una pirámides cuadrada de ladrillo cocido, de un estadio de altura, y cada uno de sus lados también de un estadio de longitud. Alejandro tuvo la intención de repararla, pero era un trabajo inmenso y requería mucho tiempo para acabarlo (sólo para dejar libre de tierra el terraplén se ocuparon durante dos meses diez mil hombres), así que no fue capaz de ejecutar lo que se había propuesto: la enfermedad lo llevó rápidamente a su fin. Y ninguno de sus sucesores intentó retomar su proyecto. También los otros monumentos fueron abandonados y la ciudad se convirtió en ruinas en parte por los persas, parte por el paso del tiempo, y sobre todo por la indiferencia de los macedonios por este tipo de cosas, sobre todo después de que Seleuco Nicator fortificó Seleucia sobre el Tigris, cerca de Babilonia, a una distancia aproximada de 300 estadios. Seleuco y sus sucesores estaban muy interesados en la nueva ciudad y trasladaron a ella la sede del gobierno. Actualmente es más grande que Babilonia que en gran parte ha quedado desierta, hasta el punto de que se le podrían aplicar sin duda las crueles palabras que un escritor cómico dijo de los Megapolitas de Arcadia:

    “Vuestra gran ciudad es un gran desierto”

    Todo ello nos impresiona sin duda, pero especialmente el ingenio para construir un túnel impermeable bajo el río. Por cierto que esta técnica de construcción de túneles a cielo abierto se sigue empleando en la actualidad allí donde es más fácil que la perforación subterránea. De manera similar se utiliza para impermeabilizar las terrazas y techos de los edificios la llamada "tela asfáltica", que no es sino una versión moderna del antiguo betún o asfalto mesopotámico.