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  • Los grandes nada pueden sin los pequeños: Pensar globalmente actuar localmente

    Pausanias es un autor griego del siglo II de Cristo, probablemente de Lidia en el Asia Menor, que viajó por diversas partes del mundo antiguo y nos ha dejado un libro valiosísimo, la primera guía de viajes de la que tenemos noticias, su “Descripción de Grecia”.

    Le llamaron la atención, como a tantos otros, las murallas de Tirinto, construidas con piedras enormes, que consideraron obras de los Cíclopes (véase: https://www.antiquitatem.com/ciclopeo-colosal-herculeo-gigantesco ; Nos dice al respecto, entre otros pasajes,  en Descripción de Grecia, II, 25,8:

    (Tirinto) Se dice que  las murallas, que es lo único que queda de las ruinas, son obra de  los Cíclopes y  están construidas de piedras que son tan grandes que un par de mulas no pueden mover ni un milímetro ni las más pequeñas. A lo largo de ellas se meten pequeñas piedras  entre las grandes, de forma que no queda ningún hueco y los grandes bloques quedan firmemente unidos.

    Curiosamente esta costumbre o esta expresión de “meter piedras pequeñas entre las grandes” se corresponde con un proverbio del mundo de la albaliñería, según el cual las piedras grandes sin las pequeñas no pueden formar un muro fuerte. Convertido en proverbio tiene un sentido general, útil para la vida social del hombre, que perfectamente expresa, por ejemplo, el gran autor de tragedias Sófocles en su obra Ayax: la piedra pequeña necesita de la solidez de la grande, pero la grande difícilmente se endereza sin la pequeña; es decir, los pequeños necesitan del grande, pero éste ha de asegurarse con los pequeños.

    Sófocles en su tragedia Ayax, v. 155 y ss:

    Apuntando a los espíritus grandes no puedes errar. Pero si tales cosas se dijeran contra mí no convencerían. La envidia se desliza contra el poderoso. Sin embargo los pequeños sin los poderosos son débil protección de la torre. Porque, junto a los grandes, el pequeño perfectamente se acopla y el grande se endereza con ayuda de los pequeños. Pero no es posible instruir a tiempo a los insensatos en estas máximas. Tal clase de hombres son los que alborotan y nosotros contra esto no tenemos fuerzas para defendernos sin ti, señor.

    El propio Platón, en su diálogo Las leyes, se sirve también del proverbio en un debate sobre si los dioses se preocupan del todo en su conjunto o también de los detalles particulares:

    Platón, Leyes,902b y ss.

    ATENIENSE: Dejemos, pues, ahora que todo el que quiera diga que todo esto es pequeño a los ojos de los dioses, o que todo ello es grande, pues ni en un caso ni en el otro la negligencia resultaría adecuada a nuestros dueños, tan previsores, tan buenos. He ahí, en efecto, una razón que hemos de considerar aún.

    CLINIAS: ¿Cuál?

    ATENIENSE: La diferencia que hay entre sensación y facultad activa: en efecto, ¿acaso estas dos cosas no son naturalmente contrarias entre sí en lo que respecta a la facilidad o a la dificultad?

    CLINIAS: ¿Qué es lo que quieres decir?

    ATENIENSE: Las cosas pequeñas son más difíciles de ver o de oír que las cosas grandes, mientras que cuando se trata de soportarlas, de dominarlas o gobernarlas, las cosas pequeñas o poco numerosas son, para todo el mundo, más fáciles que no sus opuestas.

    CLINIAS:  Muy cierto es esto.

    ATENIENSE: Si a un médico se le encarga que cuide de un cuerpo en su totalidad, y quiere y puede ocuparse de lo que constituye un conjunto, pero descuida las partes pequeñas y los detalles, ¿acaso podrá llegar a ver el todo en buen estado de salud?

    CLINIAS: Nunca

    ATENIENSE: Y tampoco podrán conseguirlo los pilotos, los generales, los ecónomos, los políticos o todos aquellos que desempeñen alguna magistratura: los grandes grupos o las grandes masas no irán bien, si no van bien los grupos pequeños y las cosas menudas; los mismos albañiles, en efecto, no admitirán nunca que las piedras grandes puedan tenerse bien sin las pequeñas.

    CLINIAS: ¿Cómo admitirlo, en efecto?

    ATENIENSE: No vayamos, pues, a creer, ni por un instante tan solo, que la divinidad es menos capaz que los artesanos mortales; cuanto más diestros son éstos, con tanta mayor perfección consiguen, dentro de un mismo arte, realizar con exactitud y bien acabados los trabajos pequeños, igual que los grandes; y así, no podemos imaginar que este dios,soberanamente sabio, que quiere y puede aplicarse, descuida estas cosas pequeñas en que la aplicación es más fácil, para ocuparse solamente de las grandes, igual que hace un perezoso o un flojo, que teme la fatiga y trabaja sin diligencia.
    ….
    CLINIAS: ¿Y cuáles serán estas palabras, mi buen amigo?

    ATENIENSE: Ellas van a persuadir a este ardoroso polemista de que aquel que se cuida de todas las cosas lo ha dispuesto todo para la conservación y la perfección del conjunto, en el que cada parte, en tanto que esta se encuentra en aquel, no padece ni obra sino en la medida conveniente. Al frente de todas y cada una de estas cosas se han puesto regidores, que vigilen toda acción, por menuda que sea, que ellas experimenten o realicen, y que llevan hasta el último detalle la perfección de la obra; y así, siendo tú, desgraciado una simple parte o unidad en este todo, tu papel es el de tender siempre y siempre a mirar al conjunto, por muy pequeña  que sea esta unidad tuya; lo que ocurre es que tú no tienes conciencia, en todo este drama, de que nada se hace sino en orden a este fin, el de asegurar a la vida del universo la permanencia y la dicha, y que nada se hace para ti, antes tú mismo te haces en orden al universo. Todo médico, en efecto, todo artesano dentro de su arte, hace cada una de las cosas con la vista puesta en la totalidad, y orientado hacia el mayor bien común, modela cada parte con la vista puesta en el todo, y no el todo mirando a la parte.

    Extrapolando el concepto podríamos expresar esta idea tan antigua en esta otra tan moderna: “ Piensa globalmente, actúa localmente (Think Global, Act Local) “, que surgiendo en el ámbito del medio ambiente, se utiliza ya en cualquier contexto político y social.

    Incluso refiriéndonos a la acción política podríamos referir el contenido de la frase a la contraposición entre la macroeconomía o macropolítica y la microneconomía o micropolítica. ¿Es posible una acción macroeconómica sin considerar la necesidad de la´acción microeconómica? ¿Se justifican unas medidas política de macroeconomía que no se reflejen, o mejor, partan de la incidencia en las personas concretas?. Tal vez el pensamiento de los antiguos pueda ayudarnos a mejorar nuestra reflexión.

  • Los dioses nunca han enviado reyes jóvenes a quienes quieren perjudicar

    Las frases, sentencias, proverbios, apotegmas fueron en la Antigüedad un instrumento eficaz para la educación moral y cívica de los ciudadanos. Así que son miles las sentencias latinas y griegas que se recogen en colecciones o diccionarios nunca completos. Además el mundo antiguo ofrece toneladas de material para construir y crear permanentemente sentencias atractivas en cada momento o para parafrasear o adaptar las propiamente antiguas.

    Véase: https://www.antiquitatem.com/apotegma-aforismo-axioma-dicta-aurea

    Existe también la posibilidad, con frecuencia aprovechada, de adjudicar determinado proverbio a determinado autor antiguo de prestigio y autoridad a sabiendas de que tal “sabio” nunca pronunció tal máxima. Esta es una mala práctica, aunque denota cultura y conocimiento del mundo clásico. Otra cosa es cuando alguien, con pretensiones culturales, cita una sentencia inexistente dando por supuesto que existió, es decir, ignorando que es apócrifa.

    Nota:  La Real Academia Española define el término como: 1. adj. Fabuloso, supuesto o fingido. La palabra apócrifo viene del vocablo ἀπόκρυφος , y este de   ἀποκρύπτω ("apokrypto", poner en lugar seguro, hacer desaparecer, esconder); de del griego ἀπό (apó = lejos de, privación) y κρυπτός (kryptos = oculto). Por lo tanto significa oculto, escondido, secreto . Se aplica también a un documento sin autor conocido o atribuido erróneamente a alguien.

    Entre los mortales, son muy dados al uso, a veces abuso, de la cita clásica los profesores, especialmente los de latín, griego, filosofía, historia, literatura; en el pasado lo fueron los curas en sus sermones, más que para afianzar e ilustrar la doctrina para “maravillar” al creyente; ad terrendos paisanos”,  decía Fray Gerundio de Campazas en latín macarrónico.

    También en el pasado utilizaron profusamente sentencias los “oradores profanos”, cuyo relevo han tomado, aunque a enorme distancia, los hoy llamado políticos, con resultados desiguales.

    Hace pocas fechas, una política, presidenta de un gobierno regional español  y con grandes responsabilidades nacionales quiso afianzar una invectiva contra los partidos adversarios, que recientemente han surgido en el panorama político español, con una cita clásica de las inexistentes.

    María Dolores de Cospedal dixit con aplomo: "Hay un dicho griego muy conocido que dice que cuando los dioses quieren castigar a los pueblos, les envían reyes jóvenes".

    Afirma que es un dicho muy conocido. Hasta donde yo sé, no aparece en ningún texto griego. Desconozco de dónde lo ha podido sacar. Ahora bien, si hubiera parafraseado o imitado alguna sentencia ya existente y hubiera eliminado la afirmación tajante de su exactitud  griega, hubiera quedado como una personalidad política  creativa y cultamente conocedora del mundo antiguo; así parece más bien ridícula.

    A lo sumo, la frase de Cospedal puede recordar ciertamente a algunas existentes, que comento.

    1. "Cuando los dioses quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias".

    La frase no es griega sino inglesa. (When the gods wish to punish us, they listen to our prayers). La frase la dice Sir Robert Chiltern, el protagonista de "Un marido ideal" (An ideal husband), la obra de teatro que el gran escritor irlandés Oscar Wilde estrenó en 1899.

    La frase se pronuncia también en algún momento en la película “Memorias de Africa” (Out of Africa),  basada en el libro autobiográfico Memorias de África de la escritora danesa Isak Dinesen. Así que esta frase se ha hecho muy famosa difundida entre los amantes del séptimo arte.

    Tal vez se pueda conectar esta frase con la mitología antigua, pero no lo tengo averiguado. 
    Así hay quien dice que la leyenda cuenta  que Apolo había prometido a la sibila de Delfos el obsequio de cumplir su mayor deseo: no morir nunca; así que padeció los horrores de una senectud interminable, hasta que convertida en una suerte de grillo amojamado acabó como juguete de los niños.

    Puede también ilustrarnos del peligro de pedir a los dioses cosas descabelladas  o exageradas y fuera del alcance de los humanos, el conocido episodio de Midas, si bien es cierto que en este caso los dioses no quieren castigar al hombre sino agradecerle su buen comportamiento, pero el deseo del mortal fue excesivo. Midas, rey de Frigia,  impulsado por un irrefrenable deseo de riqueza, pide en su avaricia a los dioses que pueda convertir en oro todo lo que toque. El deseo le es concedido por Dioniso y convierte en el dorado metal todo lo que toca, incluso con su boca cuando pretende alimentarse. Tuvo que pedir de nuevo a los dioses que le liberaran del don concedido.

    Lo cuentan entre otros Ovidio en sus Metamorfosis XI, 85-193; Higinio en sus Fabulas, 191; Filóstrato el Viejo: Cuadros; I, 21: Midas (Μίδας).

    Así que la frase no es griega ni clásica pero suena a clásica porque parece ser consecuencia o tener relación con el objetivo antiguo moralizante de pretender frenar, entre otros males, la avaricia.

    2. «aquellos a los que aman los dioses mueren jóvenes.

    Algunos ven el origen de este  proverbio en la muerte prematura de Trofonio y Agamedes, dos personajes mitológicos fundadores del templo de Apolo en Delfos.

    En latín existe la frase “Quem dii diligunt,  adolescens moritur (A quien los dioses aman, muere joven), que es un verso de Plauto, de su comedia Bacchides (Las Gemelas). V. 816-817, que a su vez está tomado de la obra del autor de comedias griego Menandro,(murió en 292 a.C.),  “El doble engaño” ,

    Plautus, Bacchides, 816 y ss. (Acto cuarto. Escena séptima. Nicobulo y Crisalo)

    CRISALO:

    A quien los dioses aman,
    muere joven, cuando está sano, con pleno sentido y juicio.
    Si algún dios le ama, tiene que estar muerto
    a los diez años, a los veinte:
    camina como una molestia para la tierra,
    ya ni es consciente ni siente nada,
    vale tanto como un hongo podrido.

    Actus Quartus
    Scaena septima. Nicobulus-Chrysalus

    ….
    CHRYSALUS:

    … Quem di diligunt
    adulescens moritur, dum valet sentit sapit.
    hunc si ullus deus amaret, plus annis decem,
    plus iam viginti mortuom esse oportuit:
    terrai odium ambulat, iam nil sapit
    nec sentit, tantist quantist fungus putidus.

    La conclusión que Crisalo le transmite a Nicobulo es que él claramente no es un favorito de los dioses, porque él todavía no ha muerto…

    La obra del latino podría ser una mera traducción del griego, a juzgar por la literalidad de estos versos, que aparecen en  Estobeo, en su Florilegio, 120, 8.

    Menandro, (115 K.-Th):

    A quien los dioses aman muere joven

    ὂν θεοὶ φιλοῦσιν ἀποθνῄσκει νέος
    (on Theoi filusin anothnesskei neos)

    Hay alguna variante del tipo “A quienes los dioses aman se los llevan jóvenes” y otras más ramplonas del tipo “los dioses los prefieren jóvenes” sobre la que se han formado otras irrelevantes del tipo “los caballeros las prefieren rubias”, y vulgaridades por el estilo, etc.

    3.: “A quien los dioses quieren destruir, antes lo enloquecen”.

    Esta es la frase similar de más sabor clásico, sin que pueda decirse que aparece tal cual en ningún autor griego.

    En Homero, en Iliada IX, 492-93 encuentro alguna referencia que pudiera tener algún parecido:

      No, deja que el príncipe estúpido, al que Júpiter priva del sentido y de la justicia,
    corra a donde su extravío le conduzca.

    Frecuentemente se atribuye la frase a Eurípides, pero erróneamente, pues.

    En la tragedia Antígona, de Sófocles, versos 620-623 se dice algo similar:

    Sabiamente fue dada a conocer por alguien la famosa sentencia: lo malo llega a parecer bueno a aquel cuya mente conduce una divinidad hacia el infortunio. (Traducción de Assela Alamillo. Edit. Gredos. Sófocles: Tragedias)

    Un antiguo escoliasta de estos versos comenta:

    Cuando un dios planea  daño contra un hombre,  primero daña la mente del hombre que está conspirando en contra.

    όταν  ό δαίμων άνδρΐ πορσύνῃ κακά,
    τον νουν εβλαφε πρώτον ώ βουλεύεται.

    August Nauck  recoge este dístico como uno de los fragmentos de sus Fragmenta Tragicorum Graecorum (Leipzig.Teubner 1889), en concreto el 455 de los Adespota o anónimos y por tanto sin autor:

    El dístico se encuentra en los escolios a Sófocles, Antigone 620  y con omisión de las dos últimas palabras griegas en Atenágoras, Supplicatio pro Christianis, Cap. 26, párr.. 129.

    Licurgo de Atenas (396 a. C.–323 a. C) atribuye en su Oratio in Leocratem, sección 92, la siguiente frase a “algunos de los antiguos poetas”. El  tipo de verso sugiere que se trata de una tragedia.

    [92] El primer paso que los dioses toman en el caso de  hombres perversos es desquiciar su razón; y personalmente yo considero como  expresión de un oráculo los siguientes versos, compuestos por los poetas antiguos y transmitidos a la posteridad:

    Cuando los demonios airados  buscan el daño de un mortal,
    Primero lo privan de su cordura,
    Y hacen que su pensamiento se vuelva necio,
    De manera que no se percatan de sus errores.

    Nota: daimones, demonios, dioses menores que rigen el destino individual de cada persona)

    En relación con la adjudicación de la frase a Eurípides, podemos rastrear el origen del error.

    Atenágoras de Atenas, filósofo cristiano del siglo II, dice sin referirse para nada al poeta,  en su  Supplicatio pro Christianis, Cap. 26, párr.. 129:

           “Si el demonio prepara algún mal a los mortales,
             primero les priva de la razón”.

    "!Όταν ὁ δαίμων ἀνδρὶ πορσύνῃ κακά,
    τὸν νοῦν ἔβλαψε πρῶτον",

    Es decir, Atenágoras ha recogido el dístico del escoliasta de Sófocles con exclusión de las dos últimas palabras.

    De Atenágoras lo tomaron los filólogos clásicos ingleses James Duport, nacido en Cambridge en 1606, y Joshua Barnes que en 1694 preparó una edición de las obras de Eurípides para la Universidad de Cambridge. En el índice de esta edición incluye atribuye como fragmento de Eurípides la frase de Atenágoras que él crea como “Deus quos vult perdere, dementat prius”  resumiendo aproximadamente el pensamiento de Eurípides, que venía a decir que “cuando los dioses quieren ocasionar un mal a un hombre,  primero le quitan la voluntad y la razón o capacidad de deliberación”.

    Pero volviendo al latín de época antigua, podemos comprobar que esta frase y su  variante muy similar con el mismo significado en latín Quem deus vult perdere,  prius dementat. parecen  estar basadas en una sentencia de Publilio Syro (85 a. C. – 43 a. C ), Sententiae,612, que dice:

    Stultum facit Fortuna quem vult perdere

    La Fortuna hace necio a aquel a quien quiere destruir.

    Nota: de Publilio (85 a.C.-43 a.C.), sólo se conserva cuatro fragmentos, tres de un verso y uno de 16, y una colección de sus sentencias, Sententiae, ordenadas alfabéticamente. Se consideran auténticas unas 700.

    El proverbio traspasó el mundo clásico y así aparece también en el autor sánscrito del siglo V o posterior Bhartṛhari o Denavagari

    Tampoco los dioses aparecen revestidos con la armadura del guerrero para derribarlos con espada y lanza. A quienes quieren destruir primero los vuelven locos.

    Un aforismo también sánscrito expresa también esta idea:

    Cuando la muerte de una persona está cerca,
    su inteligencia se vuelve autodestructiva.

    Vinash kale viparit buddhi

    En la época actual y moderna son numerosos los usos y variantes de sentencias similares. Citemos a título de ejemplo:

    Tolstoi, Anna Karenina, libro IV, capítulo XVII, aunque con un ligero cambio:

    "Quos vult perdere Jupiter dementat prius”

    O Benjamin Franklin, en una carta  de 1768 a su impresor en Londres de su “On Civil War”. Concluye la carta con

    ¿Y no hay un hombre sabio y bueno que se pueda encontrar en Gran Bretaña, que puede proponer alguna medida conciliadora que pueda prevenir este terrible mal? – Me temo que no hay ninguno. Porqe “Quos Deus vult perdere, prius dementat”!

    "And is there not one wise and good man to be found in Britain, who can propose some conciliating measure that may prevent this terrible mischief? – I fear not one. For Quos Deus vult perdere, dementat prius!

    En fin, las citas clásicas, las auténticas utilizadas en la justa proporción, dan lustre y autoridad; las citas falsas a conciencia no son aconsejables pero pueden resultar un divertimento; las citas falsas por ignorancia sólo sirven para poner en evidencia la "idem", mejor, la "eadem".

  • El episodio de Ayax de la Ilíada inspiró a Cervantes

    En el capítulo XVIII de la primera parte del Quijote, Cervantes nos narra, entre otras cosas, el episodio de los rebaños de ovejas alanceadas por D. Quijote que los vio en su locura como dos ejércitos poderosos de enemigos. El polvo que los mansos cuadrúpedos levantaban fu el detonante para su locura.

    Que los ejércitos en sus movimientos levantan nubes de polvo bien visibles a lo lejos, ya nos lo describe el propio Homero en Iliada III,8-17:

    Los aqueos, en cambio, iban respirando furor en silencio,
    ansiosos en su ánimo de prestarse mutua defensa.
    Como en las cimas del monte el Noto derrama la niebla,
    para los pastores nada grata y para el ladrón mejor que la noche,
    y la vista sólo alcanza lo que un tiro de piedra,
    así bajo sus pies se fue levantando una compacta polvareda
    a medida que avanzaban; y con gran ligereza cruzaban la llanura.
    Cuando ya estaban cerca avanzando unos contra los otros,
    de la primera línea de troyanos se destacó el deiforme Alejandro
    con una piel de leopardo en los hombros, el tortuoso arco
    y la espada; y con dos lanzas encastradas de bronce,
    que blandía, desafiaba a todos los paladines de los argivos
    A luchar hombre contra hombre en atroz lid.

    (Traducción de Emilio Crespo Güemes. Edit. Gredos,1991)

    Ya en una carta de Séneca a su amigo Lucilio (se conservan 124) se hace notar este posible motivo de confusión. Tal vez esté aquí la fuente para la transformación de la polvareda de las ovejas en polvareda de los ejércitos.

    Séneca, Epistola a Lucilio, 13,8:

    Así es, mi querido Lucilio;  pronto cedemos a la opinión y no sopesamos las cosas que nos llevan al miedo ni las examinamos, sino que temblamos y les volvemos la espalda, como aquellos (soldados) a los que el polvo levantado por la huida de un rebaño les saca del campamento, o aquellos a quienes cualquier cuento propalado sin autor los aterroriza.

    Ita est,mihi Lucili, cito accedimus opinioni; non coarguimus illa quae nos in metum adducunt, nec excutimus, sed trepidamus et sic vertimus terga,quemadmodum illi quos pulvis motus fuga pecorum exuit castris aut quos aliqua fabula sine auctore sparsa conterruit.

    Muchos años antes, hacia el 447 a.C., el gran autor griego de tragedias Sófocles, escribió una tragedia (la primera de las únicas siete que de él conservamos; la tradición le atribuye unas 123 piezas entre tragedias y dramas satíricos) que título Ayax, en las que dramatiza la locura y muerte del caudillo Ayax, notable por su valentía, su fuerza y también por su cabezonería o persistencia.

    A la muerte de Aquiles, cree que le corresponden sus armas por los servicios prestados en la lucha contra los troyanos; la herencia también la pretende el astuto Odiseo o Ulises, que es quien finalmente se hace con ellas. Ayax se enfada como sólo pueden hacerlo los grandes héroes y con furia incontenible se lanza decidido a acabar con la vida de los propios jefes aqueos o griegos, Odiseo, Agamenón, Menelao… La diosa Atenea, siempre vigilante, canaliza la ira de Ayax hacia los rebaños de corderos y otros animales tomados como botín a los troyanos, que se presentan a los ojos y mente de Ayax como los propios griegos que le han arrebatado el botín; Ayax, en su locura, se los lleva consigo y hace una enorme carnicería de muchos y encadena a otros para azotarles. Pero su locura es pasajera; cuando le cuentan lo realmente sucedido se aplaca su ira, como si la muerte de los animales fuera un sacrificio ritual, pero  siente una enorme vergüenza porque sus compañeros de bando militar no han reconocido su colaboración en la causa y ha de volver a su patria sin trofeos. Toma una última y trágica decisión: se servirá precisamente de la espada que arrebató al troyano Héctor para acabar con su vida. Como si de un sacrificio ritual se tratara, la muerte de las ovejas había aplacado la ira de Ayax.

    Nos lo cuenta así Sófocles: Ayax, 282 y ss.

    CORIFEO: ¿Qué principio de locura se le presentó súbitamente? Háznoslo saber a los que compartimos sus sufrimientos.

    TECMESA (esposa de Ayax): Vas a conocer todos los hechos, puesto que eres partícipe.Aquel, en las altas horas de la noche cuando las hogueras vespertinas ya no ardían, tomó la espada de doble filo y trataba de marcharse en una injustificada salida. Yo le increpo y le digo: ¿Qué haces, Ayax, por qué sin ser llamado ni convocado por mensajeros ni por trompeta alguna te lanzas a este ataque? Ahora todo el ejército duerme.

    El me dirigió pocas palabras, de las siempre repetidas: “Mujer, el silencio es un adorno de las mujeres”. Cuando lo oí yo no proseguí y él salió solo. No puedo contar lo que allí sucedió. Lo cierto es que entró trayendo atados juntamente toros, perros pastores y una presa de hermosa lana. A unos los desnucaba, a otros, haciéndoles levantar sus cabezas, los degollaba y abría en canal. A otros, atados, los maltrataba como si de hombres se tratara, precipitándose sobre el ganado. Por último, saliendo fuera a través de la puerta, a una sombra dirige sus palabras, en contra unas veces de los Atridas, otras hablando de Odiseo, añadiendo a grandes carcajadas, con cuánta arrogancia se había vengado de ellos en su ataque.

    Y después de eso, irrumpiendo otra vez en su tienda con dificultad y a medida que pasa el tiempo, va volviéndose a su juicio. Y cuando observa su tienda llena de estragos, golpeándose la cabeza se pone a gritar y, hundido entre los despojos de los cadáveres de la matanza de corderos, se sentó y se arrancaba con fuerza los cabellos con la mano y con las uñas.

    Durante mucho tiempo se mantuvo si hablar; luego me amenazó con terribles palabras, si no le manifestaba todo lo que había sucedido, y me preguntaba en qué aprieto se encontraba metido. Y yo, amigos, temerosa, le dije todo cuanto había hecho que yo supiera. Al punto, él prorrumpió en penosos lamentos como nunca antes le había yo escuchado –pues siempre consideraba que tales lamentos eran propios de un hombre cobarde y pusilánime-. Se quejaba sordamente sin proferir agudos gritos, como cuando un toro muge. Y ahora, expuesto ese hombre a tan infausta suerte, sin comer, sin beber, postrado entre los rebaños muertos por su espada, está sentado inmóvil. Es evidente que algo aciago maquina, pues eso da a entender en sus palabras y lamentos….

    El episodio de Don Quijote que nos cuenta Cervantes en el capítulo XVIII de la primera parte quizás no tenga que ver con el de Ayax nada más allá del hecho fundamental de ambos relatos: dos soldados furiosos confunden en su locura a unos mansos cordero y animales con fieros ejércitos contendientes, con la diferencia importante que la locura de Ayax, producida por los dioses, es pasajera y de funestas consecuencias; la de D. Quijote parece persistente y confirmada, porque acabado el episodio con Quijote malparado, insiste en que son los encantadores los que le han cambiado los soldados en ovejas para privarle de la victoria:

    “«este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vio que yo había de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en manadas de ovejas»

    Así que Cervantes y D.Quijote con la colaboración de los malos espíritus, hacen de la realidad una fantasía y de la fantasía una realidad. D.Quijote, loco a ratos, impone donde es posible la visión del “caballero” según sus lecturas a la visión de sus sentidos físicos. La verdad, que esta  alternativa dinámica entre fantasía y realidad, le sirve a Cervantes en varias ocasiones para situarnos en no se sabe qué lugar, el real o el imaginado, porque en su perspectiva los dos son igual de verosímiles. Es decir, D. Quijote, y de paso todos nosotros, quedamos encerrados en un círculo vicioso sin salida: ¿son los rebaños de ovejas ejércitos o son los ejércitos rebaños de ovejas por arte de los encantamientos? ¿Qué es lo real?

    Nota: Cervantes, Don Quijote, hace una prolija enumeración de los “supuestos” contendientes. Esto  que Don Quijote realiza es imitación de las enumeraciones que tradicionalmente se hace en las batallas desde la propia Iliada, y que como Francisco Rico, preciso comentarista del Don Quijote cervantino, es una pieza para el lucimiento literario desde Homero.

    Dice Cervantes, I, XVI:
    …….
    En estos coloquios iban Don Quijote y su escudero, cuando vio Don Quijote que por el camino que iban venía hacia ellos una grande y espesa polvareda, y en viéndola se volvió a Sancho, y le dijo:

    -Este es el día, oh Sancho, en el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado mi suerte; este es el día, digo, en que se ha de mostrar tanto como en otro alguno el valor de mi brazo, y en que tengo de hacer obras que queden escritas en el libro de la fama por todos los venideros siglos. ¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de un copiosísimo ejército que de diversas e innumerables gentes compuesto, por allí viene marchando.

    -A esa cuenta, dos deben de ser- dijo Sancho, porque desta parte contraria se levanta asimesmo otra semejante polvareda.

    Volvió a mirarla Don Quijote, y vió que así era la verdad; y alegrándose sobremanera, pensó sin dudaalguna que eran dos ejércitos que venían a embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura, porque tenía a todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas batallas, encantamientos, sucesos, desatinos, amores, desafíos, que en los libros de caballería se cuentan; y todo cuanto hablaba, pensaba o hacía, era encaminado a cosas semejantes, y a la polvareda que había visto la levantaban dos grandes manadas de ovejas y carneros, que por el mismo camino de dos diferentes partes venían, las cuales con el polvo no se echaron de ver hasta que llegaron cerca; y con tanto ahínco afirmaba Don Quijote que eran ejército, que Sancho le vino a creer, y a decirle:

    -Señor, ¿pues qué hemos de hacer nosotros?

    -¿Qué? dijo Don Quijote. Favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos; y has de saber, Sancho, que este que viene por nuestra frente lo conduce y guía el gran emperador Alifanfaron, señor de la grande isla Trapobana; este otro, que a mis espaldas marcha, es el de su enemigo el rey de los Garamantas, Pentapolin del arremangado brazo, porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho desnudo.

    -Pues ¿por qué se quieren tan mal estos dos señores? preguntó Sancho.

    – Quiérense mal- respondió Don Quijote, porque este Alifanfaron es un
    furibundo pagano, y está enamorado de la hija de Pentapolin, que es una muy hermosa y además agraciada señora, y es cristiana, y su padre no se la quiere entregar al rey pagano si no deja primero la ley de su falso profeta Mahoma, y se vuelve a la suya.

    – ¡Para mis barbas- dijo Sancho, si no hace muy bien Pentapolin, y que le tengo de ayudar en cuanto pudiere!.

    – En eso harás lo que debes, Sancho– dijo Don Quijote, porque para entrar en batallas semejantes no se requiere ser armado caballero.

    -Bien se me alcanza eso -respondió Sancho-; pero ¿dónde pondremos a este asno, que estemos ciertos de hallarle después de pasada la refriega, porque al entrar en ella en semejante caballería no creo que está en uso hasta agora?

    -Así es verdad, -dijo Don Quijote-; lo que puedes hacer dél es dejarle a sus aventuras, ahora se pierda o no, porque serán tanto los caballos que tendremos después que salgamos vencedores, que aún corre peligro Rocinante no le trueque por otro ; pero estáme atento y mira, que te quiero dar cuenta de los caballeros más principales que en estos dos ejércitos vienen, y para que mejor los veas y los notes, retirémonos a aquel altillo que allí se hace, de donde se deben descubrir los dos ejércitos.

    Hiciéronlo así y pusiéronse sobre una loma , desde la cual se veían bien las dos manadas que a Don Quijote se le hicieron ejército, si las nubes del polvo que levantaban no les turbara y cegara la vista; pero con todo esto, viendo en su imaginación lo que no veía ni había, con voz levantada comenzó a decir:

    -Aquel caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata. El otro de las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el temido Micocolembo, gran duque de Quirocia. El otro de los miembros gigantes que está a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbar an de Boliche, señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de serpiente, y tiene por escudo una puerta, que según es fama, es una de las del templo que derribó Sanson cuando con su muerte se vengó de sus enemigos. Pero vuelve los ojos a estotra parte, y verás delante y en la frente de estotro ejército al siempre vencedor y jamás vencido Timonel de Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas partidas a cuarteles azules, verdes, blancos y amarillos, y trae en el escudo un gato de oro en campo leonado con una letra que dice "Miau", que es el principio del nombre de su dama, que según se dice es la sin par Miaulina, hija del duque de Alfeñiquen del Algarbe. El otro, que carga y oprime los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas, y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de nación francés, llamado Pierres Papin, señor de las baronías de Utrique. El otro, que bate las hijadas con los herrados carcaños a aquella pintada y lijera cebra, y trae las armas de los veros azules, es el poderoso duque de Nervia, Espartafilardo del Bosque, que trae por empresa en el escudo una esparraguera con una letra en castellano, que dice así: "Rastrea mi suerte".

    Y desta manera fué nombrando muchos caballeros del uno y del otro escuadrón que él se imaginaba, y a todo s les dió sus armas, colores, empresas y motes de improviso, llevado de la imaginación de su nunca vista locura, y sin parar prosiguió diciendo:

    -A este escuadrón frontero forman y hacen gentes de diversas naciones; aquí están los que beben las dulces aguas del famoso Janto, los montuosos que pisan los masilíscos campos, los que criban el finísimo y menudo oro en la felice Arabia, los que gozan las famosas y frescas riberas del claro Termodonte, los que sangran por muchas y diversas vías al dorado Pactolo, los mumidas dudosos ensus promesas, los persas en arcos y flechas famosos, los partos, los medos, que pelean huyendo, los árabes de mudables casas, los citas tan crueles como blancos, los etíopes de horadados labios, y otras infinitas naciones cuyos rostros conozco y veo, aunque de los nombres no me acuerdo. En estotro escuadrón vienen los que beben las corrientes cristalinas del olivífero Betis, los que tersan y pulen con el licor del siempre rico y dorado Tajo, los que gozan las provechosas aguas del divino Genil, los que pisan los tartesios campos de pastos abundantes, los que se alegran en elíseos jerezanos prados, los manchegos ricos y coronados de rubias espigas, los de hierro vestidos, reliquias antiguas de la sangre goda, los que en Pisuerga se bañan, famoso por la mansedumbre de su corriente, los que su ganado apacientan en las extendidas dehesas del tortuoso Guadiana, celebrado por su escondido curso, los que tiemblan con el frío del silboso Pirineo y con los blancos copos del levantado Apenino; finalmente, cuantos toda la Europa en sí contiene y encierra.

    ¡Válame Dios, y cuántas provincias dijo , cuántas naciones nombró, dándole a cada una con maravillosa presteza los atributos que le pertenecían, todo absorto y empapado en lo que había leído en sus libros mentirosos!

    Estaba Sancho Panza colgado de sus palabras sin hablar ninguna, y de cuando en cuando volvía la cabeza a ver si veía los caballeros y gigantes que su amo nombraba, y como no descubría a ninguno le dijo:

    -Señor, encomiendo al diablo, si hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra merced dice parece por todo esto, a lo menos yo no los veo; quizá todo esto debe ser
    encantamiento como las fantasmas de anoche.

    ¿Cómo dices eso? –respondió Don Quijote, no oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?

    -No oigo otra cosa, -respondió Sancho- sino muchos balidos de ovejas y carneros,

    Y así era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños.

    -El miedo que tienes, -dijo Don Quijote- te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos, y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo, que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda.

    Y diciendo ésto puso las espuelas a Rocinante, y puesta la lanza en el ristre bajó de la costezuela como un rayo.

    Diole voces Sancho, diciéndole:

    -Vuélvase vuestra merced, señor Don Quijote, que voto a Dios que son carneros y ovejas las que va a embestir: vuélvase, desdichado del padre que me engendró: ¡qué locura es ésta! Mire que no hay gigante ni caballero alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni enteros, ni veros azules ni endiablados. ¿Qué es lo que hace? Pecador soy yo a Dios.

    Ni por esasvolvió Don Quijote, antes en altas voces iba diciendo:

    -¡Ea, caballeros, los que seguís y militais debajo de las banderas del poderoso emperador Pentapolin del arremangado brazo, seguidme todos! ¡Vereis cuán facilmente le doy venganza de su enemigo Alifanfaron de la Trapobana!

    Esto diciendo, se entró por medio del escuadrón de las ovejas, y comenzó de alanceallas con tanto con coraje y denuedo, como si de veras alanceara a sus mortales enemigos. Los pastores y ganaderos que con la manada venían, dábanle voces que no hiciese aquello; pero viendo que no aprovechaban, desciñéronse las ondas, y comenzaron a saludarle los oídos con piedras como el puño. Don Quijote no se curaba de las piedras; antes discurriendo a todas partes, decía:

    – ¿Adónde estás, soberbio Alifanfaron? Vente a mí, que un caballero solo soy, que desea de solo a solo probar tus fuerzas y quitarte la vida en pena de la que das al valeroso Pentapolin Garamanta.

    Llegó en ésto una peladilla de arroyo, y dándole en un lado, le sepultó dos costillas en el cuerpo. Viéndose tan maltrecho, creyó sin duda que estaba muerto o mal ferido, y cordándose de su licor, sacó su alcuza, y púsosela a la boca, y comenzó a echar licor en el estomago; mas antes que acabase de envasar lo que a él le parecía que era bastante llegó otra almendra, y dióle en la mano y en la alcuza tan de lleno, que se la hizo pedazo s, llevándole de camino tres o cuatro dientes y muelas de la boca, y machucándole malamente dos dedos de la mano.

    Tal fue el golpe primero, y tal el segundo o, que le fue forzoso al pobre caballero dar consigo del caballo abajo. Llegáronse a él los pastores, y creyendo que le habían muerto, y así con mucha priesa recogieron su ganado, y cargaron de las reses muertas, que pasaban de siete, y sin averiguar otra cosa se fueron.

    Estábase todo este tiempo Sancho sobre la cuesta, mirando las locuras que su amo hacía, y arrancábase las barbas, maldiciendo la hora y el punto en que la fortuna se le había dado a conocer. Viéndole, pues, caído en el suelo, y que ya los pastores se habían ido, bajó de la cuesta y llegóse a él, y hallándole de muy mal arte, aunque no había perdido el sentido, y díjole:

    -¿No le decía yo, señor Don Quijote, que se volviese, que los que iba a acometer no eran ejércitos, sino manadas de carneros?

    -Como éso puede desaparecer y contra hacer aquel ladrón del sabio mi enemigo, respondió Don Quijote: sábete, Sancho, que es muy fácil cosa a los tales hacernos parecer lo que quieren, y este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vío que yo había de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en manadas de ovejas. Si no haz una cosa, Sancho, por mi vida, porque te desengañes y veas ser verdad lo que te digo: sube en tu asno y síguelos bonitamente, y verás cómo, en alejándose de aquí algún poco, se vuelven en su ser primero, y dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos, como te los pinté primero, pero no vayas ahora, que he menester tu favor y ayuda; llégate a mí, y mira cuántas muelas y dientes me faltan, que me parece que no me ha quedado ninguno en la boca.

    Llegóse Sancho tan cerca, que casi le metía los ojos en la boca, y fue a tiempo que ya había obrado el bálsamo en el estómago de Don Quijote, y al tiempo que Sancho llegó a mirarle la boca, arrojó de sí, más recio que una escopeta, cuanto dentro tenía, y le dió con todo ello en las barbas del compasivo escudero.

    – ¡Santa María!-dijo Sancho-. ¿Y qué es ésto que me ha sucedido? Sin duda este pecador está herido de muerte, pues vomita sangre por la boca.

    Pero reparando un poco más en ello, echó de ver en la color, sabor y olor, que no era sangre, sino el bálsamo de la alcuza que él le había visto beber; y fué tanto el asco que tomó, que revolviéndosele el estómago, vomitó las tripas sobre su mismo señor, y quedaron entrambos como de perlas. Acudió Sancho a su asno para sacar de las alforjas con qué limpiarse y con qué curar a su amo, y como no las halló, estuvo a punto de perder el juicio; maldíjose de nuevo; y propuso en su corazón de dejar a su amo y volverse a su tierra, aunque perdiese el salario de lo servido y las speranzas del gobierno de la prometida ínsula.

    Levántose en esto Don Quijote, y puesta la mano izquierda en la boca, porque no se le acabasen de salir los dientes, asió con la otra las riendas de Rocinante, que nunca se había movido de junto a su amo (tal era de leal y bien acondicionado), y fuese a donde su escudero estaba, de pechos sobre su asno, con la mano en la mejilla en guisa de hombre pensativo, además, y viéndole Don Quijote de aquella manera, con muestras de tanta tristeza, le dijo:

    -Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro: todas esta borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo, y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca, así que no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte de ellas.

    -¿Cómo no? -respondió Sancho-; ¿Por ventura el que ayer mantearon era otro que el hijo de mi padre? ¿y las alforjas que hoy me faltan son de otro que del mismo?

    -¿Qué, te faltan las alforjas, Sancho? -dijo Don Quijote.

    -Sí que me faltan, -respondió Sancho.

    -¿De ese modo, no tenemos que comer hoy? -replicó Don Quijote.

    -Eso fuera, -respondió Sancho- cuando faltaran por estos prados las yerbas que vuestra merced dice que conoce, con que suelen suplir semejantes faltas los tan mal aventurados caballeros andantes, como vuestra merced es.

    -Con todo eso, -respondió Don Quijote- tomara yo más aina un cuartel de pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques, que cuantas yerbas describe Dioscórides, aunque fuera el ilustrado doctor Laguna; mas con todo ésto, sube en tu jumento, Sancho el bueno, y vente tras mi, que Dios, que es proveedor de todas las cosas, no nos ha de faltar, y más andando tan en su servicio como andamos, pues no falta a los mosquitos del aire, ni a los gusanillos de la tierra, ni a los renacuajos del agua, y es tan piadoso, que hace salir su sol sobre los buenos y malos, y llueve sobre los injustos y justos.

    -Más bueno era vuestra merced, -dijo Sancho-, para predicador que para caballero andante.

    De todo sabían y han de saber los caballeros andantes, Sancho, -dijo Don Quijote-, porque caballero andante hubo en los pasados siglos, que así se paraba a hacer un sermón o plática en un camino real, como si fuera graduado por la universidad de París, de donde se infiere, que nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza.

    -Ahora bien, sea así como vuestra merced dice, -respondió Sancho-; vamos ahora de aquí y procuremos donde alojar esta noche, y quiera Dios que sea en parte donde no haya mantas, ni manteadores, ni fantasmas, ni moros encantados, que si los hay, daré al diablo el hato y el garabato.

    -Pídeselo tú a Dios, -dijo Don Quijote-, y guía tú por donde quisieres, que esta vez quiero dejar a tu elección el alojarnos; pero dame acá la mano, y atiéntame con el dedo, y mira bien cuántos dientes y muelas me faltan deste lado derecho de la quijada alta, que allí siento el dolor.

    Metió Sancho los dedos, y estándole atentándo le dijo:

    -¿Cuántas muelas solía vuestra merced tener en esta parte?

    – Cuatro -respondió Don Quijote- fuera de la cordal todas enteras y muy sanas.
    -Mire vuestra merced bien lo que dice, señor, -respondió Sancho.

    – Digo cuatro, si no eran cinco, -respondió Don Quijote-, porque en toda mi vida me han sacado diente ni muela de la boca, ni se me ha caído, ni comido de neguijon, ni de reuma alguna.

    -Pues en esta parte de abajo, -dijo Sancho-, no tiene vuestra merced más de dos muelas y media, y en la de arriba, ni media ni ninguna, que toda está rasa como la palma de la mano.

    ¡Sin ventura yo! -dijo Don Quijote-, oyendo las tristes nuevas que su escudero le daba, que más quisiera que me hubieran derribado un brazo, como no fuera el de la espada; porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como el molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante; mas a todo esto estamos sujetos los que profesamos la estrecha orden de la caballería. Sube, amigo, y guía, que yo te seguiré al paso que quisieres.

    Hízolo así Sancho, y encaminose hacia donde le pareció que podía hallar acogimiento, sin salir del camino real, que por allí iba muy seguido.

    Yéndose, pues, poco a poco, porque el dolor de las quijadas de Don Quijote no le dejaba sosegar, ni atender a darse priesa, quiso Sancho entretenelle y divertirle diciéndole alguna cosa, y entre otras que le dijo, fue lo que se dirá en el siguiente capítulo.
     

  • El mito de las edades del hombre (2)

    Es un tópico o lugar común en muchas culturas que la vida del hombre sobre la Tierra comenzó en una época de felicidad y absoluta placidez, luego interrumpida por el amoral comportamiento del hombre, que desde entonces no ha cesado de ir a peor. Estas creaciones no son sólo literarias, sino que forman parte de las ideas del imaginario cultural general.

    Este es el conocido mito bíblico del “paraíso terrenal”, cuyo origen, como el de tantos otros, parece ser mesopotámico,  o el de la existencia de maravillosas “islas de los afortunados” o el mito del “buen salvaje” (que es el modelo para los filósofos cínicos y su propuesta de la autarquía o independencia absoluta), o los diversos proyectos de legislación y constituciones de las polis  o el sueño por la “utopía”. Véase  https://www.antiquitatem.com/ucronia-utopia-distopia-historia

    También en los primeros momentos de la literatura griega aparece pujante este mito. A él he dedicado el artículo anterior a propósito de una comparación con un texto del Quijote cervantino. Hesíodo es el primer autor griego que nos lo cuenta. Véase: https://www.antiquitatem.com/mito-de-las-edades-del-hombre-quijote

    Con frecuencia los antiguos conciben la historia como un ciclo de momentos sucesivos, sin duda impresionados por los ciclos astronómicos y la cíclica reproducción de los movimientos estelares. Esta es una idea bien representada por los estoicos, para quienes cada ciclo acaba con una gran conflagración.

    A cada etapa de ese movimiento que eternamente comienza y acaba le llaman “edad”, “aetas”. Piénsese que esta denominación ha tenido absoluto éxito: todavía seguimos dividiendo la Historia en “edades”.

    Más todavía, “el mito de las edades” ha sido transpuesto a la Historia de la Literatura; hablamos así de Edad de Oro o Siglo de Oro de la Literatura, por ejemplo Española; o de Edad de Plata de la Literatura, por ejemplo Latina. No reconozco la expresión “Edad de Bronce” referida a la Literatura, tal vez porque la Literatura o es de Oro, como mínimo de Plata, o no es Literatura. Pero ampliando el símil tal vez deberíamos referirnos a buena parte de la “Literatura” actual de bestseller de supermercado como “Edad de Barro” o mejor “de Lodo”, a la vista del nulo valor literario. Aunque debemos ser prudentes con las denominaciones, a fin de cuentas son varios los mitos, paganos y cristianos, que nos hacen a los hombres seres procedentes de humilde barro.

    Pues bien, en este contexto surgió el mito de las edades del hombre que nos narró, como decía,  el primero Hesíodo y otros muchos autores.

    Hesiodo, que no utiliza el término “edades” sino razas, distingue cinco razas. Muchos años después Arato de Solos (310-240 a.C.) diferencia tres razas también; Virgilio, Tibulo y Horacio en un pasaje hablan de dos; Horacio en otro lugar habla de cuatro.

    Arato de Solos (310-240) es autor del famoso poema didáctico astronómico “Fenómenos”, uno de los libros más difundidos y traducidos en la Antigüedad. En los versos  96-136 nos describe la constelación de la Virgen, que es la Justicia, que habitó entre los hombres en los tiempos honrosos y escapó al cielo a la vista de las maldades de los hombres. Este catasterismo (1) sobre la Justicia queda conectado con el mito de las razas o edades. Hesíodo no nos explicaba el origen de cada una de las “edades”; para Arato, que habla también de razas y no de edades y que sólo distingue tres: oro, plata y bronce,  el origen está en la propia maldad humana que es progresiva.

    (1) Nota: llamamos “catasteismo” a la conversión o la transformación,  de dioses, seres heroicos,  hechos mitológicos, e incluso principios éticos más tarde,  en astros, en cuerpos celestes del firmamento, en estrellas o conjuntos de estrellas. Se trata de un término técnico o culto griego, compuesto de la preposición kata, κατά (encima, abajo)  y el sustantivo  ἀστήρ, aster,  (estrella, astro).  El término se empleo como título de un librito atribuido al director de la Biblioteca de Alejandría, matemático, geógrafo, astrónomo, médico, filólogo, autor literario,  Eratóstenes,

    Arato, Fenómenos, 93-136

    La Virgen

    Bajo los pies del Boyero puedes observar a la Virgen, que sostiene en la mano una espiga floreciente. Tanto si ella es del linaje de Astreo, de quien dicen los antiguos que es el padre de los astros, como si lo es de algún otro, que siga tranquila su ruta. Pero entre los hombres circula otra versión: que antes vivía en la tierra y venía abiertamente a presencia de los hombres, y no desdeñaba la compañía de los antiguos, hombres o mujeres; antes bien, se sentaba mezclándose con ellos aunque era inmortal. Y la llamaban Justicia: pues congregando a los ancianos en una plaza o en una calle espaciosa, los exhortaba a votar leyes favorables al pueblo. Entonces los hombres todavía no sabían de la funesta discordia, ni de las censurables disputas, ni del tumulto del combate; vivían sencillamente; el peligroso mar quedaba a un lado, y las naves no iban lejos a buscar el sustento, sino que los bueyes, el arado y ella misma, la Justicia soberana de pueblos, suministraba todo abundantemente, ella, la dispensadora de bienes legítimos. Esto duró mientras la Tierra aún alimentaba la raza de oro. Mas con la de plata, poco y de mala gana se relacionaba, pues echaba de menos la manera de ser de los pueblos antiguos. Pero a pesar de ello, todavía estaba presente durante la edad de plata: al atardecer descendía de los montes rumorosos, solitaria, y no se comunicaba con nadie con palabras amables, sino que cuando había cubierto de hombres inmensas colinas, los increpaba entonces censurando su perversidad, y decía que ya no vendría más a la presencia de quienes la llamaran: “¡Cuán degenerada descendencia dejaron vuestros padres de la edad de oro! Pero vosotros engendraréis unos descendientes peores todavía. Entonces ocurrirá que habrá guerras y, de cierto, también muertes impías entre los hombres: el dolor caerá sobre sus faltas”.  Después de hablar así, se encaminaba de nuevo a las montañas y abandonaba a todas aquellas gentes que la seguían todavía con la mirada. Pero cuando aquellos murieron, nacieron éstos, la raza de bronce, hombres aún más perversos que los anteriores, los primeros que forjaron las espadas criminales propias de asaltantes de caminos, los primeros que comieron la carne de los bueyes de labor. Entonces la Justicia sintió aversión por el linaje de aquellos hombres y voló hacia el cielo; y a continuación habitó esta región donde de noche aparece todavía a los mortales como la Virgen, cerca del espléndido Boyero. (Traducción de Esteban Calderón Dorda. Edit. Gredos,1993)

    Cicerón tradujo el poema de Arato literalmente. Sólo se conservan fragmentos, unas dos terceras partes, de esa traducción. Además utilizó citas en varias de sus obras, como el ejemplo que  tenemos en  su Sobre la Naturaleza de los dioses (De natura deorum), en el Libro II, 159 (63), al referirse a los bueyes de labor traduce los versos de Arato 129 y ss. , que reproduzco:

    ¿Qué diré de los bueyes? La misma forma de sus lomos evidencia que no estuvieron destinados a acarrear pesos, mientras que sus cuellos fueron engendrados para el yugo y sus anchos y poderosos hombros para arrastrar el arado. Y empleándolos a ellos fue la tierra sometida a laboreo rompiendo sus terrones pero nunca se usó con ellos ninguna violencia, como dicen los poetas, por parte de los hombres de aquella Edad de Oro:

        “Pero de pronto nació la raza férrea,
        y se atrevió primero a fabricar la funesta espada
       y a gustar del buey atado y domeñado por su mano”

    Tan valioso se consideró el servicio que el hombre recibía de los bueyes que comer su carne se consideró un crimen.

    “ [159] quid de bubus loquar; quorum ipsa terga declarant non esse se ad onus accipiendum figurata, cervices autem natae ad iugum, tum vires umerorum et latitudines ad aratra †extrahenda. quibus cum terrae subigerentur fissione glebarum ab illo aureo genere, ut poetae loquuntur, vis nulla umquam adferebatur:

    ferrea tum vero proles exorta repentest
    ausaque funestum primast fabricarier ensem
    et gustare manu iunctum domitumque iuvencum:

    tanta putabatur utilitas percipi e bubus, ut eorum visceribus vesci scelus haberetur.

    Téngase en cuenta que  la comida de carne de buey era un delito:

    Cicerón, Germánico y luego Avieno tradujeron al latín la obra de Arato; esto nos da idea del gran éxito que esta obra tuvo en un mundo en el que los astros determinaban la vida de los hombres.

    Ovidio nos cuenta que hubo cuatro edades, en  Metamorfosis I,  70-163:

    Apenas había de este modo distribuido todas las cosas separándolas unas de otras por barreras fijas, cuando los astros, que durante largo tiempo habían estado soportando el agobio de la densa oscuridad, empezaron a resplandecer en toda la extensión del cielo. Y para que ninguna región estuviera desprovista de los seres vivos que le corresponden, los astros y las formas divinas ocuparon el suelo celeste, cayeron en suerte las aguas a los peces brillantes como lugar de habitación, la tierra recibió a las fieras, a las aves el movedizo aire.

    Aún se echaba de menos un ser viviente más noble, más dotado de espíritu sublime y que fuese capaz de ejercer dominio sobre los restantes. Así nació el hombre, ya fuera que el artífice de la naturaleza, como principio de un mundo mejor, lo creara de diversos gérmenes, ya que la tierra flamante y recién separada del éter cimero retuviese aún gérmenes del cielo su pariente; esa tierra que el vástago de Iápeto modeló, mezclándola con aguas de lluvia, hasta darle la figura de los dioses que todo lo gobiernan; y mientras los demás animales están naturalmente incinados mirando a la tierra, dio al hombre un rostro levantado disponiendo que mirase al cielo y que llevase el semblante erguido hacia las estrellas. Así la tierra que antes era un objeto tosco y sin forma, se transformó vistiéndose de figuras humanas antes desconocidas.

    La edad de oro fue la creada en primer lugar, edad que sin autoridad y sin ley, por propia iniciativa cultivaba la lealtad y el bien. No existían el castigo ni el temor, no se fijaban, grabadas en bronces, palabras amenazadoras, ni las muchedumbres suplicantes escrutaban temblando el rostro de sus jueces, sino que sin autoridades vivían seguros. Ningún pino, cortado para visitar un mundo extranjero, había descendido aún de sus montañas a las límpidas aguas, y no conocían los mortales otras playas que las suyas. Todavía no estaban las ciudades ceñidas por fosos escarpados; no había trompetas rectas ni trompas curvas de bronce, ni cascos, ni espadas; sin necesidad de soldados los pueblos pasaban la vida tranquilos y en medio de suave calma. También la misma tierra, a quien nada se exigía, sin que la tocase el azadón ni la despedazase reja alguna, por sí misma lo daba todo; y los hombres contentos con alimentos producidos sin que nadie los exigiera, cogían los frutos del madroño, las fresas de las montañas, las cerezas del cornejo, las moras que se apiñan en los duros zarzales, y las bellotas que habían caído del copudo árbol de Júpiter.
    Había una primavera eterna, y apacibles céfiros de tibia brisa acariciaban a flores nacidas sin simiente. Pero además de la tierra, sin labrar, producía cereales, y el campo, sin que se le hubiera dejado en barbecho, emblanquecía de espigas cuajadas de grano. Corrían también ríos de leche, ríos de néctar, y rubias mieles  goteaban de la encina verdeante.

    Una vez que, después de haber sido Saturno precipitado al Tártaro tenebroso, el mundo estuvo sometido a Júpiter, llegó la generación de plata, peor que el oro, pero más valiosa que el rubicundo bronce. Júpiter empequeñeció la duración de la primavera antigua, haciendo que el año transcurriese, dividido en cuatro tramos, a través de invierno, veranos, otoños inseguros y fugaces primaveras. Entonces por vez primera el aire, encendido por tórridos calores, se puso candente, y quedó colgante el hielo producido por los vientos. Entonces por vez primera penetraron los hombres bajo techado; sus casas fueron las cuevas, los espesos matorrales y las ramas entrelazadas con corteza de troncos. Entonces por primera vez fueron las semillas de Ceres enterradas en largos surcos y gimieron los novillos bajo la opresión del yugo.

    Tras esta apareció en tercer lugar la generación de bronce, más cruel de carácter y más inclinada a las armas salvajes, pero no por eso criminal. La última es de duro hierro; de repente irrumpió toda clase de perversidades en una edad de más vil metal; huyeron la honradez, la verdad, la buena fe, y en su lugar vinieron los engaños, las maquinaciones, las asechanzas, la violencia y la criminal pasión de poseer. Desplegaban las velas a los vientos, sin que el navegante los conociese aún apenas, y los maderos que por largo tiempo se habían erguido en las altas montañas saltaron en las olas desconocidas, y el precavido agrimensor señaló con largas líneas las divisiones de una tierra que antes era común como los rayos del sol y como los aires. Y no sólo se exigían a la tierra opulenta cosechas y alimentos que ella debía dar, sino que se penetró en las entrañas de la tierra y se excavaron los tesoros, estímulo de la depravación, que ella había escondido llevándolos junto a las sombras de la Estige. Y ya había aparecido el hierro dañino y el oro más dañino que el hierro; apareció la guerra que combate valiéndose de ambos y con mano sangrienta blande las armas que tintinean. Se vive de la rapiña; ni un huésped puede tener seguridad de su huésped, ni un suegro de su yerno; incluso entre hermanos es rara la avenencia. El marido maquina la ruina de su esposa, y ésta la de su esposo. Madrastras horribles preparan los lívidos venenos del acónito; el hijo averigua antes de tiempo la edad de su padre.

    La piedad yace derrotada, y la Virgen Astrea ha abandonado, última de las divinidades al hacerlo, esta tierra empapada en sangre. Y para que el cielo sublime no estuviese más libre de angustia que la tierra, dicen que los Gigantes aspiraron a poseer el reino celestial y que amontonaron las montañas levantándolas hasta los elevados astros. Entonces el padre todopoderoso lanzó su rayo, resquebrajó el Olimpo e hizo que el Pelio se desplomase rodando desde el Osa que lo sostenía. Mientras aquellos cuerpos feroces yacían aplastados por su propia mole, dicen que la Tierra, regada y empapada de la abundante sangre de sus hijos, dio vida a aquel líquido caliente y, para evitar que no subsistiera vestigio alguno de su estirpe, lo convirtió en figuras humanas. Pero también aquella raza despreció a los dioses y fue violenta y avidísima de crueles carnicerías; bien se reconocía que de sangre habían nacido. (Traducción de Antonio Ruiz de Elvira. Colección Alma Mater.CSIC.Madrid)

    Vix ita limitibus dissaepserat omnia certis,
    cum, quae pressa diu massa latuere sub illa,
    sidera coeperunt toto effervescere caelo.
    Neu regio foret ulla suis animalibus orba,
    astra tenent caeleste solum formaeque deorum,
    cesserunt nitidis habitandae piscibus undae,
    terra feras cepit, volucres agitabilis aer.

    Sanctius his animal mentisque capacius altae
    deerat adhuc et quod dominari in cetera posset.
    Natus homo est, sive hunc divino semine fecit
    ille opifex rerum, mundi melioris origo,
    sive recens tellus seductaque nuper ab alto
    aethere cognati retinebat semina caeli;
    quam satus Iapeto mixtam pluvialibus undis
    finxit in effigiem moderantum cuncta deorum.
    Pronaque cum spectent animalia cetera terram,
    os homini sublime dedit, caelumque videre
    iussit et erectos ad sidera tollere vultus.
    Sic, modo quae fuerat rudis et sine imagine, tellus
    induit ignotas hominum conversa figuras.

    Aurea prima sata est aetas, quae vindice nullo,
    sponte sua, sine lege fidem rectumque colebat.
    Poena metusque aberant, nec verba minantia fixo
    aere legebantur, nec supplex turba timebat
    iudicis ora sui, sed erant sine vindice tuti.
    Nondum caesa suis, peregrinum ut viseret orbem,
    montibus in liquidas pinus descenderat undas,
    nullaque mortales praeter sua litora norant.
    Nondum praecipites cingebant oppida fossae;
    non tuba directi, non aeris cornua flexi,
    non galeae, non ensis erat: sine militis usu
    mollia securae peragebant otia gentes.
    ipsa quoque inmunis rastroque intacta nec ullis
    saucia vomeribus per se dabat omnia tellus;
    contentique cibis nullo cogente creatis
    arbuteos fetus montanaque fraga legebant
    cornaque et in duris haerentia mora rubetis
    et quae deciderant patula Iovis arbore glandes.

    Ver erat aeternum, placidique tepentibus auris
    mulcebant zephyri natos sine semine flores.
    Mox etiam fruges tellus inarata ferebat,
    nec renovatus ager gravidis canebat aristis;
    flumina iam lactis, iam flumina nectaris ibant,
    flavaque de viridi stillabant ilice mella.
    Postquam, Saturno tenebrosa in Tartara misso,
    sub Iove mundus erat, subiit argentea proles,
    auro deterior, fulvo pretiosior aere.
    Iuppiter antiqui contraxit tempora veris
    perque hiemes aestusque et inaequalis autumnos
    et breve ver spatiis exegit quattuor annum.
    Tum primum siccis aer fervoribus ustus
    canduit, et ventis glacies adstricta pependit.
    Tum primum subiere domus (domus antra fuerunt
    et densi frutices et vinctae cortice virgae).

    Semina tum primum longis Cerealia sulcis
    obruta sunt, pressique iugo gemuere iuvenci.
    Tertia post illam successit aenea proles,
    saevior ingeniis et ad horrida promptior arma,
    non scelerata tamen. De duro est ultima ferro.
    Protinus inrupit venae peioris in aevum
    omne nefas: fugere pudor verumque fidesque;
    In quorum subiere locum fraudesque dolique
    insidiaeque et vis et amor sceleratus habendi.
    Vela dabat ventis (nec adhuc bene noverat illos)
    navita; quaeque diu steterant in montibus altis,
    fluctibus ignotis insultavere carinae,
    communemque prius ceu lumina solis et auras
    cautus humum longo signavit limite mensor.

    Nec tantum segetes alimentaque debita dives
    poscebatur humus, sed itum est in viscera terrae:
    quasque recondiderat Stygiisque admoverat umbris,
    effodiuntur opes, inritamenta malorum.
    Iamque nocens ferrum ferroque nocentius aurum
    prodierat: prodit bellum, quod pugnat utroque,
    sanguineaque manu crepitantia concutit arma.
    Vivitur ex rapto: non hospes ab hospite tutus,
    non socer a genero; fratrum quoque gratia rara est.
    Inminet exitio vir coniugis, illa mariti;
    lurida terribiles miscent aconita novercae;
    filius ante diem patrios inquirit in annos.
    Victa iacet pietas, et virgo caede madentis,
    ultima caelestum terras Astraea reliquit.

    Neve foret terris securior arduus aether,
    adfectasse ferunt regnum caeleste Gigantas
    altaque congestos struxisse ad sidera montes.
    Tum pater omnipotens misso perfregit Olympum
    fulmine et excussit subiectae Pelion Ossae.
    Obruta mole sua cum corpora dira iacerent,
    perfusam multo natorum sanguine Terram
    inmaduisse ferunt calidumque animasse cruorem,
    et, ne nulla suae stirpis monimenta manerent,
    in faciem vertisse hominum. Sed et illa propago
    contemptrix superum saevaeque avidissima caedis
    et violenta fuit: scires e sanguine natos.

     Virgilio se refiere extensamente al mito de las “edades” en cuatro o cuatro o cinco ocasiones. De manera especial lo hace en la famosa IV Egloga, en la que canta un feliz y próximo tiempo. Dedicaré un artículo a esta égloga de la que ahora doy tan sólo cuatro versos en los que se refiere expresamente a las edades del hombre:

    A POLIÓN 

    Ya llega la última edad de la profecía de Cumas;
    Una gran sucesión de siglos nace desde el principio.
    Ya regresa la Virgen, ya regresa el reinado de Saturno;
    Ya desciende del alto cielo una nueva estirpe.

    Tú, casta Lucina, sé favorable con el niño que acaba de nacer,
    con el que acabará primero la la raza de hierro
    y surgirá por todo el mundo la de oro:
    pues ya reina tu Apolo.

    Ultima Cumaei venit iam carminis aetas;
    magnus ab integro saeclorum nascitur ordo:
    iam redit et Virgo, redeunt Saturnia regna;
    iam nova progenies caelo demittitur alto.
    Tu modo nascenti puero, quo ferrea primum
    desinet ac toto surget gens aurea mundo,
    casta fave Lucina: tuus iam regnat Apollo.

    Nota: Esta égloga fue escrita poco antes del nacimiento de Cristo por lo que los cristianos posteriores le dieron un significado de profecía cristiana. Así por ejemplo la consideraron Lactancio y San Agustín. Pero lo cierto es que casi con toda seguridad está dedicada al hijo recién nacido de Polión, cónsul aquel año.

    Virgilio, se refiere también en Geórgicas I, 125-145

    Antes de Júpiter ningún colono había sometido los campos;
    Ni siquiera era lícito marcar el campo o ponerle límites.
    Se lo repartían en común y la propia tierra aportaba
    todo generosa sin que nadie lo pidiera.
    Pero él (Júpiter) dio su veneno malo a las negras serpientes
    y ordenó a los lobos que se dedicaran a la rapiña
    y al mar que se removiera,
    y sacudió de los árboles los panales de miel y retiró el fuego,
    y detuvo los vinos que corrían ampliamente por los ríos,
    para que el ejercicio creara en su desarrollo las artes diversas
    poco a poco y sacase el fruto del trigo de los surcos
    y extrajera  el fuego escondido en las vetas del pedernal.

    Entonces por primera vez los ríos sintieron los troncos huecos;
    entonces el navegante numeró y dio nombre a las estrellas:
    las Pléyades, las Hiades y Arctos (la Osa) la brillante hija de Licaón.
    Entonces se aprendió a cazar a los animales con lazos y engañarles
    con la liga y rodear los grandes bosques con los perros;
    otros golpean ya el ancho río con su profunda red
    y otros arrastran su húmeda red por el fondo del mar.

    Entonces descubrió la dureza del hierro y la hoja de la ronca sierra,
    cuando por primera vez rompían la dura madera con cuñas,
    entonces, cuando inventaron las artes diversas.
    El duro trabajo vence todas las dificultades
    y también la urgente necesidad en los momentos difíciles.
    Ceres fue la primera que enseñó a los mortales
    a remover la tierra con el hierro, cuando ya faltaban
    las bellotas y los arbustos del bosque sagrado
    y Dodona negaba el alimento.

    Ante Iovem nulli subigebant arva coloni;
    ne signare quidem aut partiri limite campum
    fas erat: in medium quaerebant ipsaque tellus
    omnia liberius nullo poscente ferebat.
    Ille malum virus serpentibus addidit atris
    praedarique lupos iussit pontumque moveri,
    mellaque decussit foliis ignemque removit
    et passim rivis currentia vina repressit,
    ut varias usus meditando extunderet artis
    paulatim et sulcis frumenti quaereret herbam.
    Ut silicis venis abstrusum excuderet ignem.
    Tunc alnos primum fluvii sensere cavatas;
    navita tum stellis numeros et nomina fecit,
    Pleiadas, Hyadas, claramque Lycaonis Arcton;
    tum laqueis captare feras et fallere visco
    inventum et magnos canibus circumdare saltus;
    atque alius latum funda iam verberat amnem
    alta petens, pelagoque alius trahit humida lina;
    tum ferri rigor atque argutae lamina serrae,—
    nam primi cuneis scindebant fissile lignum
    tum variae venere artes. Labor omnia vicit
    inprobus et duris urgens in rebus egestas.
    Prima Ceres ferro mortalis vertere terram
    instituit, cum iam glandes atque arbuta sacrae
    deficerent silvae et victum Dodona negaret.

    Y también en los versos finales del libro II de las Geórgicas:

    Geórgicas, II 532 y ss.:

    Esta vida llevaron en otro tiempo los antiguos Sabinos;
    esta llevaron Remo y su hermano, así ciertamente creció Etruria
    y así se hizo Roma, la más hermosa de todas las cosa,
    la única que rodea sus siete colinas con su muralla.

    Antes también del gobierno del rey Dicteo
    y antes de que una raza impía se alimentase de los bueyes sacrificados,
    el áureo Saturno llevaba esta vida en la tierra;
    todavía no se habían oído resonar las trompetas
    ni el ruido crepitante de las espadas forjadas en los duros yunques.
    Pero nosotros hacemos en nuestro espacio una enorme carrera
    y ya es tiempo de soltar nuestro caballo, cuyo  cuello humea de sudor.

    Hanc olim veteres vitam coluere Sabini,
    hanc Remus et frater, sic fortis Etruria crevit
    scilicet et rerum facta est pulcherrima Roma,
    535septemque una sibi muro circumdedit arces.
    Ante etiam sceptrum Dictaei regis et ante
    inpia quam caesis gens est epulata iuvencis,
    aureus hanc vitam in terris Saturnus agebat;
    necdum etiam audierant inflari classica, necdum
    540inpositos duris crepitare incudibus enses.
    Sed nos inmensum spatiis confecimus aequor,
    et iam tempus equum fumantia solvere colla.

    Nota: en Virgilio el trabajo no es un castigo de Jupiter, sino la fuente de la civilización.

    Horacio al final de su Epodo XVI habla de tres edades, omitiendo la de plata:

    Epodos, XVI, 57 y ss.

    Aquí no ha llegado la nave de pino queremos argos
    movieron ni en ella la impúdica Cólquide:
    hacia acá no torcieron sus vergas jamás los marinos sidonios
    ni la compañía paciente de Ulises.
    Júpiter este lugar reservado dejó a las personas piadosas
    al hacer del siglo de oro, adulterándolo
    con hierro y con bronce, edad triste a la cual yo soy vate que auguro
    que podrán los hombres píos escapar.

    (Traducción de Manuel Fernández Galiano, Edit. Cátedra)

    non huc Argoo cntendit rémige pinus,
    neque impudica Cochis intulit pedem;
    non huc Sidonii torserunt cornua nautae
    laboriosa nec cohors Vlixei:
    Iuppiter illa piae secrevit litora genti,
    ut inquinavit aere tempus aureum;
    aere, dehinc ferro duravit saecula, quórum
    piis secunda vate me datur fuga.

    Horacio en otro pasaje se refiere a la degeneración progresiva de las generaciones humanas (nuestros abuelos, nuestros padres, nosotros y nuestros hijos, cada generación peor que la anterior) en Carmina, III, 6, 45 y ss.:

    … ¿Por qué no cambian
    estos penosos tiempos? Los paternos,
    peores ya que los de nuestro abuelo,
    malos nos parieron y autores
    de descendientes aún mas viciosos.

    damnosa quid non imminuit dies?
    aetas parentum peior avis tulit
    nos nequiores, mox daturos
    progeniem vitiosiorem.

    El poeta latino Albio Tibulo (50-19 a. C.) reduce las edades a dos: la Edad de Saturno, en que el amor era libre, y la de Júpiter con la violencia, la propiedad privada y el robo

    Tibulo (50 a. C. – 19 a. C) .Elegías, I,3,35-66

    ¡Qué bien vivían (los hombres) en el reinado de Saturno,
    antes de que la tierra se hiciera un espacio abierto con largos caminos!
    Cuando las naves de pino todavía despreciaban las cerúleas olas
    y no ofrecían a los vientos sus velas desplegadas.
    Ni el errante marinero buscando su ganancia por tierras extrañas
    había cargado su barco de mercancías extranjeras.
    En aquel tiempo el fuerte toro no soportó el yugo
    ni el caballo mordía el freno con su boca domada.
    Ninguna casa tenía puertas, ni había piedra alguna
    clavada en los campos, que marcase las fincas con lindes seguros.
    Las propias encinas daban miel y las ovejas ofrecían
    voluntariamente sin temor sus ubres llenas de leche.
    Ni había ejército, ni ira ni guerras, ni un cruel herrero
    había inventado la espada con su arte cruel.
    Ahora, bajo el dominio de Júpiter, siempre muerte y heridas.
    Ahora el mar y otros mil modos repentinos de morir.
    Perdóname, padre, porque no me asustan temeroso
    los perjurios ni palabras impías contra los santos dioses.
    Por lo que si ya he completado los años de mi destino,
    permíteme que coloque sobre mis huesos una lápida con estas palabras:
    “Aquí yace Tibulo, consumido por una muerte cruel,
    mientras seguía a Mesala por tierra y por mar”.
    Pero a mí, porque siempre he sido dócil al tierno Amor,
    la misma Venus me conducirá a los Campos Elíseos.
    Allí reinan las danzas y los coros, y marchando de un sitio a otro,
    las aves hacen sonar su dulce canto de su frágil garganta.
    La tierra sin cultivar produce el cinamomo y por todo el campo
    florece la tierra generosa con sus rosas olorosas.
    Y el grupo de jóvenes se alegra mezclado con las tiernas muchachas
    y el Amor libra continuamente sus batallas.
    Allí está el amante al que le ha sorprendido la muerte ávida
    y lleva una corona de mirto sobre sus cabellos.
    Pero queda escondida en la noche profunda la estancia criminal,
    a cuyo alrededor resuenan los negros ríos.
    Y se enfurece  Tisifone enlazada por salvajes serpientes en lugar de cabellos,
    y la turba impía huya por aquí y por allá.
    Luego, en la puerta , el negro Cerbero, con su garganta de serpientes,
    silba y vigila ante las puertas de bronce. 

    Quam bene Saturno vivebant rege, priusquam
    Tellus in longas est patefacta vias!
    Nondum caeruleas pinus contempserat undas,
    Effusum ventis praebueratque sinum,
    Nec vagus ignotis repetens conpendia terris
    Presserat externa navita merce ratem.
    Illo non validus subiit iuga tempore taurus,
    Non domito frenos ore momordit equus,
    Non domus ulla fores habuit, non fixus in agris,
    Qui regeret certis finibus arva, lapis.
    Ipsae mella dabant quercus, ultroque ferebant
    Obvia securis ubera lactis oves.
    Non acies, non ira fuit, non bella, nec ensem
    Inmiti saevus duxerat arte faber.
    Nunc Iove sub domino caedes et vulnera semper,
    Nunc mare, nunc leti mille repente viae.
    Parce, pater. timidum non me periuria terrent,
    Non dicta in sanctos inpia verba deos.
    Quodsi fatales iam nunc explevimus annos,
    Fac lapis inscriptis stet super ossa notis:
    ‘Hic iacet inmiti consumptus morte Tibullus,
    Messallam terra dum sequiturque mari.’
    Sed me, quod facilis tenero sum semper Amori,
    Ipsa Venus campos ducet in Elysios.
    Hic choreae cantusque vigent, passimque vagantes
    Dulce sonant tenui gutture carmen aves,
    Fert casiam non culta seges, totosque per agros
    Floret odoratis terra benigna rosis;
    Ac iuvenum series teneris inmixta puellis
    Ludit, et adsidue proelia miscet Amor.
    Illic est, cuicumque rapax mors venit amanti,
    Et gerit insigni myrtea serta coma.
    At scelerata iacet sedes in nocte profunda
    Abdita, quam circum flumina nigra sonant:
    Tisiphoneque inpexa feros pro crinibus angues
    Saevit, et huc illuc inpia turba fugit.
    tum niger in porta serpentum Cerberus ore
    stridet et aeratas excubat ante fores.

    Juvenal,  para quien bajo Saturno se vivía de manera sencilla, en Sátira, VI, 1-20

    Yo creo que en el reinado de Saturno, el pudor permanecía en la tierra, en donde fue mucho tiempo vista, cuando la fría cueva ofrecía un pobre cobijo y un fuego y un hogar y encerraba con su sombra común a los ganados y a sus dueños, cuando la rústica esposa extendía el rústico lecho de hojas y paja y pieles de sus fieras vecinas, de manera nada semejante a ti, Cintia, a ti, cuyos reluciente ojos ha enturbiado la muerte de un pajarillo, pero ofreciendo sus pechos a mamar a niños ya grandes y con frecuencia más desaliñada que su marido eructando bellotas.

    Porque entonces cuando el mundo era nuevo y el cielo reciente vivían de otro modo los hombres que, nacidos de una encina abierta o formados de barro, no tenían padre alguno.

    Tal vez en el reinado de Júpiter sobreviviesen muchos o al menos algún vestigio del antiguo pudor, pero cuando a Júpiter todavía no le había crecido la barba, cuando los griegos todavía no habán aprendido a jurar por la cabeza de otro, cuando nadie temía al ladrón de sus coles o de sus manzanas y vivía en un jardín abierto.

    Después poco a poco Astrea se fue retirando hacia el cielo con este (el pudor) como su compañero, e igualmente huyeron las dos hermanas.

    Antiguo y arraigada  es, Póstumo, la práctica de sacudir el lecho ajeno y despreciar el Genio (espíritu) del sagrado diván. Pronto la edad de hierro trajo todos los restantes crímenes, pero los siglos de plata vieron los primeros adulterios.

    Nota: Juvenal, el poeta satírico de la saeva indignatio, del cruel despecho, no se resiste a desmitificar el mito cuando en el inicio de esta Sátira contrapone el ambiente de primitiva felicidad y naturalidad a  “la madre amamantando desgreñada y al marido eructando bellotas”

    Credo Pudicitiam Saturno rege moratam
    in terris uisamque diu, cum frigida paruas
    praeberet spelunca domos ignemque laremque
    et pecus et dominos communi clauderet umbra,
    siluestrem montana torum cum sterneret uxor              
    frondibus et culmo uicinarumque ferarum
    pellibus, haut similis tibi, Cynthia, nec tibi, cuius
    turbauit nitidos extinctus passer ocellos,
    sed potanda ferens infantibus ubera magnis
    et saepe horridior glandem ructante marito.              
    quippe aliter tunc orbe nouo caeloque recenti
    uiuebant homines, qui rupto robore nati
    compositiue luto nullos habuere parentes.
    multa Pudicitiae ueteris uestigia forsan
    aut aliqua exstiterint et sub Ioue, sed Ioue nondum              
    barbato, nondum Graecis iurare paratis
    per caput alterius, cum furem nemo timeret
    caulibus ac pomis et aperto uiueret horto.
    paulatim deinde ad superos Astraea recessit
    hac comite, atque duae pariter fugere sorores.              
    anticum et uetus est alienum, Postume, lectum
    concutere atque sacri genium contemnere fulcri.
    omne aliud crimen mox ferrea protulit aetas:
    uiderunt primos argentea saecula moechos.

  • El mito de las edades o razas del hombre.

    El mito antiguo de las razas o edades del hombre, con una primera de oro que va degenerando hasta el duro y fiero hierro a medida que empeora el comportamiento moral del hombre, existe en muchas literaturas. Mil veces contado en la Antigüedad y desde la Antigüedad, era suficientemente conocido por Cervantes en quien influyó de manera importante: a fin de cuentas el “Caballero de la Triste figura” lo que pretende es crear un mundo mejor, tal vez como el que existió en la “edad de oro”, a juzgar por la presencia que esta ilusión tiene en El Quijote.

    Hay autores  que en consecuencia consideran El Quijote como expresión de una Utopía más, al estilo de las de los filósofos o historiadores. No es así ciertamente, pero desde luego se trasluce en el fondo un deseo de corregir los problemas de este mundo para crear un mundo mejor, libre de injusticias, representado perfectamente por Don Quijote y por el propio Sancho, que se va contaminando y se hace partícipe del fin perseguido por el caballero andante.

    Reproduzco la versión más completa que Cervantes da en el Quijote y luego el relato de Hesiodo, que es el primero de los antiguos que conservamos. En otro artículo distinto recogeré otras varias versiones antiguas para que el lector tenga una mejor idea de la importancia de este mito en la creatividad literaria ya desde la antigüedad. Sea todo ello un pequeño homenaje a la pervivencia de los mitos antiguos en la obra de Cervantes.

    Don Quijote de la Mancha, I, 11
    ….
    No entendían los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballeros andantes, y no hacían otra cosa que comer y callar, y mirar a sus huéspedes, que, con mucho donaire y gana, embaulaban tasajo como el puño. Acabado el servicio de carne, tendieron sobre las zaleas gran cantidad de bellotas avellanadas, y juntamente pusieron un medio queso, más duro que si fuera hecho de argamasa. No estaba, en esto, ocioso el cuerno, porque andaba a la redonda tan a menudo (ya lleno, ya vacío, como arcaduz de noria) que con facilidad vació un zaque de dos que estaban de manifiesto. Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano, y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:
    –Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra; y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los conceptos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar, ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señora, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero; que, aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.

    Toda esta larga arenga –que se pudiera muy bien escusar– dijo nuestro caballero porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron escuchando. Sancho, asimesmo, callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque, que, porque se enfriase el vino, le tenían colgado de un alcornoque.

    El mito en la Antigüedad:

    Hesíodo (vivió en torno al año 700 a.C.) es el primer autor griego que narra este mito en su “Trabajos y días”, v. 106-201:

    Si quieres, ahora, con todo detalle te contaré otro relato y tú grábate en tu mente  cómo dioses y hombres han llegado a ser del mismo origen.

    En un primer momento los inmortales que habitaban las moradas olímpicas crearon una raza áurea de hombres mortales. Éstos existían en época de Crono, cuando él reinaba sobre el Cielo, y vivían como dioses con un corazón sin preocupaciones, sin trabajo y  miseria, ni siquiera la terrible vejez estaba presente, sino que siempre del mismo aspecto en pies y manos se regocijaban en los banquetes lejos de todo mal, y morían encadenados por un sueño; tenían toda clase de bienes y la tierra de ricas entrañas espontáneamente producía mucho y abundante fruto; ellos tranquilos y contentos compartían sus trabajos con muchos deleites.

    Después que la tierra sepultó esta raza, ellos, por decisión del gran Zeus, son démones, favorables, terrenales, guardianes de hombres mortales [ellos vigilan las sentencias y las funestas acciones, yendo y viniendo por todas las partes en la tierra, envueltos en bruma], dispensadores de riqueza, pues también obtuvieron este don real.

    A continuación, una segunda raza mucho peor, de plata, crearon los que habitan las moradas olímpicas, en nada semejante a la de oro en cuanto a naturaleza e inteligencia; pues durante cien años el niño crecía junto a la prudente madre, retozando de manera muy infantil en su casa,  y cuando les había alcanzado la pubertad y le llegaba la edad de la juventud, vivían durante muy poco tiempo, con sufrimientos por falta de experiencia, pues no podían apartar unos de otros la temeraria hybris, ni querían rendir culto a los Inmortales ni sacrificar sobre los sagrados altares de los Bienaventurados, como es norma para los hombres, según sus costumbres. A éstos, después, Zeus Crónida, irritado, los hizo desaparecer porque no honraban a los bienaventurados dioses que habitan el Olimpo.

    Luego, después que la tierra sepultó a esta raza, éstos, subterráneos, se llaman bienaventurados mortales, inferiores; a pesar de todo, también a éstos acompaña el honor.

    El padre Zeus creó otra raza de hombres mortales, de bronce, en nada semejante a la de plata, nacida de los fresnos , terrible y vigorosa; a éstos les preocupaban las funestas acciones de Ares y los actos de violencia; no se alimentaban de pan, pues tenían valeroso corazón de acero. [¡Rudos!, gran fuerza y terribles manos nacían de sus hombros sobre robustos miembros.]

    Broncíneas eran sus armas, broncíneas sus casas y con bronce trabajaban, pues no existía el negro hierro. Sometidos por sus propias manos descendieron a la enmohecida morada del horrible Hades en el anonimato, pues, aunque eran brillantes, también les sorprendió la negra muerte y dejaron la brillante luz del sol.

    Después que la tierra sepultó esta raza, de nuevo Zeus Crónida, sobre la fecunda tierra, creó una cuarta,más justa y mejor, raza divina de héroes que se llaman semidioses, primera especie en la tierra sin límites. A éstos la malvada guerra y el terrible combate los aniquilaron, a unos luchando junto a Tebas, de siete puertas, en la tierra Cadmea, por causa de los hijos de Edipo; a otros conduciéndoles en naves sobre el abismo del mar hacia Troya, por causa de Helena de hermosa cabellerea. [Allí realmente la muerte envolvió a unos;] a otros el padre Zeus, proporcionándoles vida y costumbres lejos de los hombres, los estableció en los confines de la tierra. Éstos, con un corazón sin preocupaciones, viven en las ilsas de los bienaventurados, junto al profundo Océano, héroes felices; para ellos la tierra rica en sus entrañas produce fruto dulce como la miel que florece tres veces al año. [Lejos de los Inmortales entre éstos reina Crono.]

    Pues el propio] padre de hombres y [dioses] lo libró y ahora siempre entre éstos tiene el honor como conviene. Y Zeus a su vez otra raza colocó de hombres mortales cuantos ahora existen sobre la tierra rica en frutos].

    Y después no hubiera querido yo estar entre los hombres de la quinta raza, sino que hubiera querido morir antes o nacer después. Pues ahora existe una raza de hierro; ni de día, ni de noche cesarán de estar agobiados por la fatiga y la miseria; y los dioses les darán artduas preocupaciones. Continuamente se mezclan bienes con males.

    Zeus destruirá también esta raza de hombres mortales, cuando al nacer resulten encanecidos. El padre no será semejante a los hijos, ni los hijos al padre; el huésped noserá grato al que da hospitalidad, ni el compañero al compañero, ni el hermano al hermano, como antes.
    Despreciarán a los padres tan pronto como llegue a la vejez; los censurarán hablándoles con duras palabras, faltos de entrañas, desconocedores del temor de los dioses; no podrán dar el alimento debido a los padres que envejecen éstos [para quienes la fuerza es justicia; uno ejercerá el pillaje sobre la ciudad del otro; no habrá consideración del que es fiel al juramento, no del justo ni del bueno; estimarán más al malhechor; la violencia y la justicia estarán en las manos; no habrá respeto; el malvado dañará al hombre bueno increpándole con palabras de franqueza y jurará un juramento.

    La destructora envidia de mirada siniestra, que se alegra del mal ajeno, seguirá a todos los hombres malvados.

    Entonces hacia el Olimpo desde la ancha tierra, cubriendo su suave piel con blancos vestidos, se dirigirán Aidós y Némesis, en medio de la multitud de los inmortales, tras abandonar a los hombres; sólo penosos dolores quedarán para los mortales; no habrá remedio para el mal.
    (Taducción de Adelaida Martín Sánchez y María Ángeles Martín Sanchez. Alianza Editorial, Madrid, 1986)

  • El Humanismo clásico de Cervantes

    El día 23 de abril de cada año se celebra el “Día mundial del libro y del derecho de autor”. Alguna curiosa circunstancia hizo coincidir la muerte de Cervantes en España, Shakespeare en Inglaterra, el Inca Garcilaso de la Vega en ese día. La Unesco lo consideró muy adecuado para celebrar la existencia de los libros y promocionar la lectura y así se viene haciendo desde el año 1995.

    En un blog sobre el ”mundo antiguo” como éste, parece conveniente en estas fechas dedicar algún comentario a la relación entre la literatura grecolatina  y Cervantes y más en concreto en su magna obra “Don Quijote de la Mancha”. Y a eso dedicaré unas líneas.

    La vida de Cervantes y toda su obra se desarrolla en el marco del Siglo de Oro y del Humanismo español, como corresponde a las fechas de su vida. Así que todo él está impregnado de clasicismo. No hay un solo capítulo del Quijote en el que no se encuentre una referencia directa o indirecta a un autor o personaje clásico antiguo.

    Pero no sólo se trata de recoger mecánicamente las citas textuales, a las que a continuación me referiré, sino de detectar los infinitos detalles de esa influencia y sintonía general y averiguar en qué medida afectaron a Cervantes.

    Así  Cervantes no es sin duda un filólogo latino, pero sí es un amplio conocedor de toda la literatura tópica clásica del momento que utiliza profusamente. Así por ejemplo cuando en Quijote, 9, habla de los historiadores, construye su definición de “historia” a partir de la tópica y famosa de Cicerón, de la que generalmente sólo se conoce y cita la parte más elemental “Historia magistra vitae, la Historia es la maestra de la vida”:

    Quijote, I, 9

    …habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les haga torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir.

    Cicerón en De oratore, IX, 36

    Historia vero testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuntia vetustatis

    Su primera novela, la Galatea, que el propio Cervantes considera una “égloga” virgiliana, es heredera directa del bucolismo grecolatino,  su “Los trabajos de Persiles y Segismunda” es imitación de la novela “Etiópicas”,( que imita la Odisea de Homero) del griego Heliodoro que vivió en los siglos III o IV. 

    Más evidente aún resulta su deuda en sus obras de teatro, especialmente la Numancia, que naturalmente se ambienta en la época. Los preceptos de la retórica y poéticas antiguas, desde Aristóteles a Cicerón y Horacio, marcan las pautas de la creatividad de Cervantes. El conocimiento de la historia antigua, las discusiones sobre las relaciones entre las armas y las letras, entre la poesía y la historia, se plantean en numerosas ocasiones. Innumerables sentencias, aforismos, preceptos morales, refranes que se vienen usando como topoi desde la Antigüedad, referencias a la mitología clásica, salpican por doquier la vida del loco cuerdo.

    Más aún, hay autores que creen que Cervantes intenta imitar el proceso de creación que algunos ven en el propio Virgilio, que comenzó escribiendo su poesía pastoril, las Églogas, luego poesía didáctica, las Geórgicas y finalmente poesía épica, la Eneida.

    A este proceso en la Edad Media se le llamó la “rota Virgilii” o “rueda de Virgilio” que se representaba como tres círculos concéntricos. Los círculos se corresponden con los tres estilos de la retórica antigua, humilde (humilis), medio (mediocris) y sublime (gravis). Este debería ser el proceso de todo buen poeta. La Galatea, el Quijote y los Trabajos de Persiles y Segismunda serían los tres pasos o círculos de la “rota” que Cervantes habría completado. Pero no tenemos ninguna evidencia de que este fuera el plan de Cervantes, aunque ciertamente era conocedor de esta llamada “rota virgilii” y Virgilio sea uno el autor clásico más citado en El Quijote.

    Dedicaré este primer artículo a reproducir tan sólo la idea que Cervantes tiene por boca de sus personajes de la importancia de los estudios clásicos grecolatinos. En un segundo artículo me referiré, a título de ejemplo, al mito de las “edades del hombre” y en tercer y último lugar (en algún momento hay que variar de asunto) al famoso episodio del ataque del “caballero” a un numeroso y fiero ejército de mansas ovejas, que tiene algún parecido con lo que nos cuentan Homero y Sófocles del héroe griego en la guerra de Troya Ayax, de gran fuerza y de notable persistencia o cabezonería en sus decisiones. 

    Los estudios de los filólogos dedicados a estas cuestiones de la relación de Cervantes, y más en concreto el Quijote, con la literatura clásica son numerosísimos. Me permito citar la tesis doctoral de Antonio Barnés Vázquez “Yo he leído en Virgilio. Análisis sincrónico de la tradición clásica en el Quijote. Granada, 2008), de la que extraigo algunos de los datos que ofrezco a continuación.

    Antonio Barnés constata en El Quijote 1274 referencias al mundo clásico, 531 en la primera parte y 743 en la segunda. De todas ellas 472 se refieren a algún autor griego o romano. Según Barnés aparecen 62 autores griegos o romanos, 37 latinos y 25 griegos. Los más representados son: Virgilio 94 veces, Ovidio 58, Homero 47, Aristóteles 46, Horacio 45, Platón 32, Cicerón 31, Plinio el Viejo 30, Séneca 19, Plutarco 12, Tito Livio 10, Esopo y Catón 9, César 8; Ptolomeo y Quintiliano 6; Luciano,Aulo Gelio y Juvenal 5; Demóstenes, Isócrates, Apuleyo, Marcial, Suetonio 4; Hipócrates, Jenofonte,Pitágoras, Fedro, Quinto Curcio, Tácito, Terencio 3; Heródoto, Boecio, Claudio Donato, Lucano, Macrobio, Plauto 2; Aquiles Tacio,Arriano, Demócrito, Estrabón, Heliodoro, Hesiodo, Píndaro, Sexto Empírico,Sócrates, Teopompo, Tirteo, Zoilo, Apio Claudio, Catulo, Frontino, Higinio, Nepote, Papiniano, Persio, Plinio el Joven, Pomponio Mela, Propercio, Publilio Siro, Salustio, Tibulo una.

    Y todo esto sólo en El Quijote. Así que el campo en el que el curioso lector puede espigar es inmenso.

    Por eso, a  manera de síntesis reproduzco el capítulo XVI de la II parte en que Cervantes nos deja su visión de la importancia de los estudios humanísticos:

    Desta última razón de don Quijote tomó barruntos el caminante de que don Quijote debía de ser algún mentecato, y aguardaba que con otras lo confirmase; pero, antes que se divertiesen en otros razonamientos, don Quijote le rogó le dijese quién era, pues él le había dado parte de su condición y de su vida. A lo que respondió el del Verde Gabán:

    –Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy más que medianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer, y con mis hijos, y con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso, o algún hurón atrevido. Tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín, de historia algunos y de devoción otros; los de caballerías aún no han entrado por los umbrales de mis puertas. Hojeo más los que son profanos que los devotos, como sean de honesto entretenimiento, que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invención, puesto que déstos hay muy pocos en España. Alguna vez como con mis vecinos y amigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y aseados, y no nada escasos; ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de mí se murmure; no escudriño las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los otros; oigo misa cada día; reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la hipocresía y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón más recatado; procuro poner en paz los que sé que están desavenidos; soy devoto de nuestra Señora, y confío siempre en la misericordia infinita de Dios nuestro Señor.

    Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos del hidalgo; y, pareciéndole buena y santa y que quien la hacía debía de hacer milagros, se arrojó del rucio, y con gran priesa le fue a asir del estribo derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le besó los pies una y muchas veces. Visto lo cual por el hidalgo, le preguntó:

    –¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son éstos?

    –Déjenme besar –respondió Sancho–, porque me parece vuesa merced el primer santo a la jineta que he visto en todos los días de mi vida.

    –No soy santo –respondió el hidalgo–, sino gran pecador; vos sí, hermano, que debéis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.

    Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de la profunda malencolía de su amo y causado nueva admiración a don Diego. Preguntóle don Quijote que cuántos hijos tenía, y díjole que una de las cosas en que ponían el sumo bien los antiguos filósofos, que carecieron del verdadero conocimiento de Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los de la fortuna, en tener muchos amigos y en tener muchos y buenos hijos.

    –Yo, señor don Quijote –respondió el hidalgo–, tengo un hijo, que, a no tenerle, quizá me juzgara por más dichoso de lo que soy; y no porque él sea malo, sino porque no es tan bueno como yo quisiera. Será de edad de diez y ocho años: los seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas latina y griega; y, cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, halléle tan embebido en la de la poesía, si es que se puede llamar ciencia, que no es posible hacerle arrostrar la de las leyes, que yo quisiera que estudiara, ni de la reina de todas, la teología. Qu[i]siera yo que fuera corona de su linaje, pues vivimos en siglo donde nuestros reyes premian altamente las virtuosas y buenas letras; porque letras sin virtud son perlas en el muladar. Todo el día se le pasa en averiguar si dijo bien o mal Homero en tal verso de la Ilíada; si Marcial anduvo deshonesto, o no, en tal epigrama; si se han de entender de una manera o otra tales y tales versos de Virgilio. En fin, todas sus conversaciones son con los libros de los referidos poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tibulo; que de los modernos romancistas no hace mucha cuenta; y, con todo el mal cariño que muestra tener a la poesía de romance, le tiene agora desvanecidos los pensamientos el hacer una glosa a cuatro versos que le han enviado de Salamanca, y pienso que son de justa literaria.
    A todo lo cual respondió don Quijote:

    –Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y así, se han de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan vida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos de la virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para que cuando grandes sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso; y cuando no se ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante que le dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado; y, aunque la de la poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar a quien las posee. La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo estremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio; hala de tener, el que la tuviere, a raya, no dejándola correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera, si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo. Y así, el que con los requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesía, será famoso y estimado su nombre en todas las naciones políticas del mundo. Y a lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doyme a entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grande Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en griego, porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las estranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto así, razón sería se estendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno, que escribe en la suya. Pero vuestro hijo, a lo que yo, señor, imagino, no debe de estar mal con la poesía de romance, sino con los poetas que son meros romancistas, sin saber otras lenguas ni otras ciencias que adornen y despierten y ayuden a su natural impulso; y aun en esto puede haber yerro; porque, según es opinión verdadera, el poeta nace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale poeta; y, con aquella inclinación que le dio el cielo, sin más estudio ni artificio, compone cosas, que hace verdadero al que dijo: est Deus in nobis…, etcétera. También digo que el natural poeta que se ayudare del arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que sólo por saber el arte quisiere serlo; la razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza, sino perficiónala; así que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con la naturaleza, sacarán un perfetísimo poeta. Sea, pues, la conclusión de mi plática, señor hidalgo, que vuesa merced deje caminar a su hijo por donde su estrella le llama; que, siendo él tan buen estudiante como debe de ser, y habiendo ya subido felicemente el primer escalón de las esencias, que es el de las lenguas, con ellas por sí mesmo subirá a la cumbre de las letras humanas, las cuales tan bien parecen en un caballero de capa y espada, y así le adornan, honran y engrandecen, como las mitras a los obispos, o como las garnachas a los peritos jurisconsultos. Riña vuesa merced a su hijo si hiciere sátiras que perjudiquen las honras ajenas, y castíguele, y rómpaselas, pero si hiciere sermones al modo de Horacio, donde reprehenda los vicios en general, como tan elegantemente él lo hizo, alábele: porque lícito es al poeta escribir contra la invidia, y decir en sus versos mal de los invidiosos, y así de los otros vicios, con que no señale persona alguna; pero hay poetas que, a trueco de decir una malicia, se pondrán a peligro que los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta fuere casto en sus costumbres, lo será también en sus versos; la pluma es lengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos; y cuando los reyes y príncipes veen la milagrosa ciencia de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y graves, los honran, los estiman y los enriquecen, y aun los coronan con las hojas del árbol a quien no ofende el rayo, como en señal que no han de ser ofendidos de nadie los que con tales coronas veen honrados y adornadas sus sienes.

    Admirado quedó el del Verde Gabán del razonamiento de don Quijote, y tanto, que fue perdiendo de la opinión que con él tenía, de ser mentecato. Pero, a la mitad desta plática, Sancho, por no ser muy de su gusto, se había desviado del camino a pedir un poco de leche a unos pastores que allí junto estaban ordeñando unas ovejas; y, en esto, ya volvía a renovar la plática el hidalgo, satisfecho en estremo de la discreción y buen discurso de don Quijote, cuando, alzando don Quijote la cabeza, vio que por el camino por donde ellos iban venía un carro lleno de banderas reales; y, creyendo que debía de ser alguna nueva aventura, a grandes voces llamó a Sancho que viniese a darle la celada. El cual Sancho, oyéndose llamar, dejó a los pastores, y a toda priesa picó al rucio, y llegó donde su amo estaba, a quien sucedió una espantosa y desatinada aventura.

  • El hombre es un animal político (Zóon politikón, ζῷον πoλιτικόν)

    Hemos de ser políticamente correctos. ¿Pero qué quiere decir esta frase tan “manida” en estos tiempos? Se refiere sin duda a la actitud evidentemente hipócrita con la que las personas, especialmente las que desempeñan alguna función “política”, deben comportarse ante los ciudadanos, expresando tan sólo lo que sus oyentes quieren oír o al menos lo que no excite su oposición.

    Curiosamente, la primera obligación de quien se exprese políticamente correcto es no defender ni valorar positivamente la propia actividad política, hoy absolutamente despreciada y devaluada en algunos países como España. Es cierto que la reciente historia ofrece múltiples motivos para esta desafección hacia la política.

    Y sin embargo es una actividad noble, la más noble y absolutamente necesaria.

    Yo sé que los dos textos de Aristóteles que reproduzco a continuación no modificarán la opinión de la mayoría de los lectores, a pesar de la enorme autoridad que Aristóteles ha tenido a lo largo de la Historia hasta hace bien pocos años. Hoy tampoco es “políticamente correcto” reconocer la “autoridad” científica, moral o política de nadie. Véase https://www.antiquitatem.com/gerusia-gerontocracia-roma-locuta

    En fin, el objetivo de este blog es ayudar a conocer el mundo antiguo en su relación con el actual.

    Aristóteles (384-322 a.C.) fue discípulo de Platón y profesor de Alejandro Magno. Fue el creador del primer gran sistema filosófico, precisamente del que más ha influido en la cultura occidental durante más de dos mil años. En ese sistema estudia el mundo físico (Física), el ser las causas de las cosas (Metafísica) y al propio hombre y su comportamiento (Etica).

    Su obra más importante sobre el comportamiento del hombre es la llamada Etica Nicomáquea (Etica a Nicómaco, que era su hijo).

    Comienza precisamente esta obra con la afirmación famosa de que “el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden”. Conviene, pues, averiguar cuál es el bien que el hombre persigue. Ese bien, que luego determinará que es la felicidad, la plenitud como hombre, la eudaímonía, nos dice que pertenece a la política, actividad directiva suprema:

    Ética Nicomáquea, Libro I,2 (1094b):

    En efecto (la política) es la que regula qué ciencias son necesarias en las ciudades y cuáles ha de aprender cada uno y hasta qué extremo. Vemos, además, que las facultades más estimadas le están subordinadas, como la estrategia, la economía, la retórica. Y puesto que la política se sirve de las demás ciencias y prescribe además qué se debe hacer y qué se debe evitar, el fin de ella incluirá los fines de las demás ciencias, de modo que constituirá el bien del hombre. Pues aunque sea el mismo el bien del individuo y el de la ciudad, es evidente que es mucho más grande y más perfecto alcanzar y salvaguardar el de la ciudad; porque procurar el bien de una persona es algo deseable, pero es más hermoso y divino conseguirlo para un pueblo y para ciudades. (Traducción de Julio Pallí Bonet, para Editorial Gredos)

    En la Grecia de la época no había grandes Estados o imperios sino las llamadas “ciudades estado”, las polis, espacio político constituido por una ciudad de tamaño pequeño para los estándares actuales con su territorio adyacente.

    Es muy difícil conocer los datos demográficos de la Antigüedad, pero en el caso de Atenas en su época clásica, siglos V-IV a.C., la extensión de la polis era aproximadamente de 2.500 kilómetros cuadrados y su población, en su mejor momento, dividida en 140 demos o comunidades locales podía ser de unos 300.000 habitantes, de los cuales tan sólo son ciudadanos con derechos plenos unos 45.000 (varones libres atenienses mayores de veintiún años) que con sus familias podían llegar a unas 150.000 personas;; metecos con sus familias (libres pero no ciudadanos) unos 40.000;  esclavos unos 110.000.

    Según el propio Aristóteles en su Constitución de los Atenienses, fragmento 5:

    Las tribus de Atenas eran cuatro, y de cada una de las tribus había tres partes, que llamaban tritias y fratrías, y cada una de estas tenia treinta linajes y cada linaje se componía de treinta hombres. (Traducción de M. García Valdés, para Editorial Gredos).

    En la reforma de Clístenes las tribus aumentaron hasta diez, en una nueva distribución.

    Si en ese contexto de población y espacio reducido la política es absolutamente necesaria para organizar la vida social, ¿cómo se puede despreciar hoy en nuestros países y estados con población multimillonaria?

    La importancia que los griegos y en general los antiguos conceden a la vida política es la consecuencia de una idea generalizada, expresada magistralmente por el propio Aristóteles, para quien el “hombre es una animal social, un animal político”, es decir, el hombre está hecho para vivir en una polis, en una ciudad; el hombre solitario es un desgraciado. Esta es la famosa expresión ζῷον, zôion, «animal» y πoλιτικόν, politikón, (animal político, social, cívico).

    Lo dice textualmente en esta misma obra Ética Nicomáquea, 1097b “…

    "…puesto que el hombre es por naturaleza un ser social”,

    pero lo había comentado extensamente en su Política I,2, 1253a:

    “De todo esto es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza un animal social y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre. Como aquel a quien Homero (Iliada, IX,63) vitupera:

      sin tribu, sin ley, sin hogar porque el que es tal por naturaleza es también amante de la guerra, como una pieza aislada en el juego de las damas.

    La razón por la cual es hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo superficial, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad.

    Por naturaleza, pues, la ciudad es anterior a la casa y a cada uno de nosotros, porque el todo es necesariamente anterior a la parte. (Traducción de Manuela García Valdés para Editorial Gredos).

    Por cierto que en el primer texto hemos leído que la “economía”,  como las restantes facultades ha de estar subordinada a la “política”. No es mal consejo en estos tiempos en los que todo se subordina a la economía y a la producción de ganancia dineraria.

  • “La experiencia, madre de las ciencias” (El Quijote I 21)/ “Magister dixit”. “Roma locuta, causa finita”

    Como es lógico, la experiencia se adquiere con la práctica y ésta necesita del tiempo; por lo tanto la experiencia es propia de personas de cierta edad. Es justamente la repetición de la acción y el recuerdo de lo hecho y de la forma en que se hizo lo que proporciona “el saber” al hombre. A ello han de añadirse la necesidad de cohesión del grupo social frente a una vida y subsistencia difícil. Todo ello explica en gran parte el respeto y consideración a la “autoridad” de los mayores.

    Lejos de mi intención el minusvalorar la participación de la juventud en la vida social, incluidos los puestos y lugares de responsabilidad directiva. En el contexto actual, sobre todo el político, una actitud tal, además de incomprendida, sería suicida.

    Lejos de mí también la propuesta de cualquier gerontocracia o gobierno de los mayores (γέρων, γεροντος, geron, gerontos, anciano). Pero hoy día, en que tantos principios han caído, uno de los que lo han hecho más estrepitosamente ha sido el llamado “principio de autoridad”, por el que hasta ahora se reconocían valores tales como la experiencia, el conocimiento acumulado, la adecuada y proporcionada reacción ante situaciones inesperadas, etc.

    La “auctoritas”, la “autoridad” es la cualidad que en el mundo antiguo, y también en el actual, fundamenta y da fuerza y prestigio a numerosos actos, entre otros a muchos actos jurídicos. La auctoritas es la cualidad del auctor, y el auctor (del verbo aucto y este de augeo, aumentar, favorecer…) es el que da su aprobación, su apoyo al acto de otra persona, porque ese auctor goza del prestigio.

    En el primitivo mundo romano el prestigio venía dado por el asentimiento de los dioses, porque tenía  el “augurio” o aprobación divina. En virtud de ese poder  el padre da su auctoritas al matrimonio de la hija, o los comicios la dan a algunos pactos firmados, o el sacerdote fija el espacio de lo sagrado, o el juez fija lo legítimo.

    Es fácil comprender cómo de este significado se generalizó y pasó a referirse a la “autoridad moral” o confianza que inspira y produce una persona sobre las otras.

    Es verdad que en la Antigüedad y prácticamente hasta ayer, el poder, incluido el formal, lo acapararon y monopolizaron los padres, los mayores. Esa era la sociedad patriarcal, que  excluía a los jóvenes y también a las mujeres.

    Generalmente en las primitivas culturas tribales el “consejo de ancianos” es una institución esencial. Esa institución se transformó y adaptó, dando lugar a instituciones que mantenían y conservaban algunas de las principales características. Así  la asamblea de ancianos de Esparta, llamada precisamente “gerousia”  (del griego γερουσία,de γέρων, γεροντος, geron,gerontos, anciano), formada por treinta miembros, 28 ancianos elegidos no menores de sesenta años (edad entonces muy elevada) y los dos reyes existentes. Era un tribunal supremo judicial y un consejo militar.

    En Roma la institución más poderosa, que realmente gobernaba aunque no detentaba ningún poder ejecutivo, es el “senado”, o asamblea de ancianos, senes, los mayores, nuestros “seniors”. 

    En todas las culturas han sido similares el papel y el poder de los “mayores”. Y en todas se ha producido la llamada “cuestión o lucha generacional”. En ninguna como en la nuestra se ha producido tal devaluación de la “senectud” que expulsa del mundo laboral a maduros profesionales bien experimentados de 50 años o a brillantes mentes universitarias de unos pocos más, con suerte 65, muchas veces en el mejor momento de producción intelectual. Digo sesenta y cinco años, porque es la fecha obligatoria en que se produce la “muerte” administrativa.

    Desde luego contrasta esta triste realidad con el respeto reverencial y mítico en el que eran educados los niños y jóvenes romanos, de lo que puede ser expresión el texto de Juvenal, un ácido satírico romano que vivió entre los años 60 y 128 de nuestra era, que aparece en su Sátira XIII, 53-59, cuando se refiere a la primera edad de los hombres:

    La maldad fue algo sorprendente en aquel siglo, en que creían que era un  sacrilegio grande que debía ser expiado con la muerte, el que un joven no se levantara ante un viejo, o un niño ante una persona ya con barba, aunque en su propia casa viera más  bayas y  un montón de bellotas. ¡Tan venerable era adelantar a uno en cuatro años y hasta tal punto la primera barba se equiparaba a la sagrada vejez.

    Nota: En aquella primitiva y feliz época sin maldad los hombres se alimentaban naturalmente de las bayas o fresas silvestres y de las bellotas que recogían. Por otra parte conviene saber que la niñez duraba aproximadamente hasta los catorce años, cuando aparecía la primera pelusa de la barba y empezaba la adolescencia que duraba hasta los treinta y la juventud hasta los cuarenta o cuarenta y cinco.

    inprobitas illo fuit admirabilis aeuo,
    credebant quo grande nefas et morte piandum
    si iuuenis uetulo non adsurrexerat et si              
    barbato cuicumque puer, licet ipse uideret
    plura domi fraga et maiores glandis aceruos;
    tam uenerabile erat praecedere quattuor annis
    primaque par adeo sacrae lanugo senectae.

    En fin reconozco que estos temas son muy propicios para la polémica, que no rehúyo, por supuesto. Como sé que poco influjo tendrá el texto de Aristóteles que a continuación reproduzco; texto nada confuso ni preñado de genialidad; tan sólo expresión de un mínimo sentido común.

    Aristóteles (384-322 a.C.) fue discípulo de Platón y profesor de Alejandro Magno. Fue el creador del primer gran sistema filosófico, precisamente del que más ha influido en la cultura occidental durante más de dos mil años. En ese sistema estudia el mundo físico (Física), el ser las causas de las cosas (Metafísica) y al propio hombre y su comportamiento (Etica).  Su obra más importante sobre el comportamiento del hombre es la llamada Etica Nicomáquea (Etica para Nicómaco, que era su hijo).

    Como dice Aristóteles, todo ser, toda acción tiende al “bien” y el bien consiste en la “virtud” que no es sino el desarrollo pleno de las potencialidades que cada ser tiene. El joven tiene enormes potencialidades, entre otras cosas porque no ha dispuesto todavía del tiempo necesario para desarrollarlas. Así que no debe extrañarnos el enorme deseo también que muchos “senes” tienen de recuperar su juventud. Los mitos  que ilustran este deseo de “eterna juventud” también son umerosos  y generales en todas las culturas. Los comentaré en otra ocasión.

    Bien, aún a riesgo de ser “incorrecto” citaré, pues, un fragmento de la obra de Aristóteles, de su Ética Nicomáquea, 1095a:

    Por otra parte, cada uno juzga bien aquello que conoce, y de estas cosas es un buen juez; pues, en cada materia juzga bien el instruido en ella y, de una manera absoluta, el instruido en todo. Así, cuando se trata de la política, el joven no es un discípulo apropiado, ya que no tiene experiencia de las acciones de la vida, y los razonamientos parten de ellas y versan sobre ellas; además, siendo dócil a sus pasiones, aprenderá en vano y sin provecho,  puesto que el fin de la política no es el conocimiento, sino la acción. Y poco importa si es joven en edad o de carácter juvenil; pues el defecto no radica en el tiempo, sino en vivir y procurar todas las cosas de acuerdo con la pasión. Para tales personas el conocimiento resulta inútil, como para los incontinentes; en cambio para los que orientan sus afanes y acciones según la razón, el saber acerca de estas cosas será muy provechoso. (Traducción de Julio Pallí Bonet. Para Editorial Gredos).

    Bien, el argumento de Aristóteles y su generalización no son aceptables, por supuesto. También es muy distinta la percepción que hoy se tiene de la brecha generacional entre jóvenes y mayores con la que se tenía en la antigüedad.

    El argumento nos dice que el joven no tiene un conocimiento de la Ética porque su adquisición requiere experiencia que no tiene; pero va más allá y dice que aunque obtuviera ese conocimiento tampoco le serviría, porque los jóvenes se dejan llevar de las pasiones y de los apetitos. 

    Cualquier experiencia es un hecho subjetivo y por tanto toda generalización en este asunto no puede sino producir grandes errores. Por otra parte la intensidad de las experiencias y el desarrollo de la personalidad de cada individuo también son personales y diferentes en cada uno. Pero es también evidente que la experiencia, y por tanto la repetición de las acciones, es absolutamente necesaria para adquirir el conocimiento y las destrezas para tomar decisiones adecuadas en cuestiones políticas. Es posible que la duración de los tiempos generacionales hoy se hayan acortado enormemente y haya jóvenes cuya “maduración” se produzca en muy poco tiempo porque la experiencia o su condición personal es especial.

    En todo caso el aprendizaje es una adquisición que la persona ha de realizar con los instrumentos que naturalmente tiene, es decir, con su propia razón y esto no puede ser sustituido por ninguna autoridad externa ni por la confianza que genera otro individuo.

    Parece ser que entre los miembros del convento filosófico pitagórico era tal la autoridad y respeto por el fundador, por Pitágoras, que a cualquier cuestión que se les planteara recurrían al “ipse dixit”, “él mismo (Pitágoras) lo dijo así”. La frase es el equivalente del “magister dixit”, “el maestro lo dijo”. 

    Similar es también la frase con la que se hace valer la fuerza de la autoridad eclesiástica: “Roma locuta, causa finita”, “lo ha dicho Roma, se acabó la discusión”. Claro que tratándose de dogmas y milagros quizás no haya otra vía de asegurar la creencia, despreciando a la razón y la lógica, que sin pudor ninguno se afirma que es “lo que de más divino” tiene el hombre.

    Es interesante el siguiente texto de Cicerón, de su obra “Sobre la Naturaleza de los dioses”. En el libro primero expone y rechaza la opinión  de los epicúreos, defensores a ultranza de la fuerza de la razón, en el asunto de la existencia, naturaleza  y atención de los dioses.

    Cicerón,  De natura deorum, I, 5 (10):

    No obstante, los que quieren conocer mi opinión personal sobre las diversas cuestiones manifiestan un grado de curiosidad que va más allá de lo necesario; pues en la discusión, hay que buscar no tanto el peso de la autoridad como la fuerza de la argumentación. Más aún, la mayor parte de las veces la autoridad de los que hacen profesión de enseñar es un estorbo para los que quieren aprender; dejan en efecto, de emplear su propio juicio y admiten como seguro lo  que ven juzgado ya por el maestro a quien dan su aprobación. Y, por lo demás, no suelo yo aprobar eso que tradicionalmente vemos atribuido a los pitagóricos, los cuales, cuando se les pregunta por las razones de cualquier proposición que ellos formulen en la discusión, se dice que suelen responder “Él mismo lo dijo así” (Ipse dixit)y que ese “él mismo” era Pitágoras: podía tanto una opinión ya prejuzgada, que la autoridad  tenía valor aun sin estar apoyada por la razón.

    Qui autem requirunt quid quaque de re ipsi sentiamus, curiosius id faciunt quam necesse est; non enim tam auctoritatis in disputando quam rationis momenta quaerenda sunt. quin etiam obest plerumque iis qui discere volunt auctoritas eorum qui se docere profitentur; desinunt enim suum iudicium adhibere, id habent ratum quod ab eo quem probant iudicatum vident. nec vero probare soleo id quod de Pythagoreis accepimus, quos ferunt, si quid adfirmarent in disputando, cum ex iis quaereretur quare ita esset, respondere solitos “ipse dixit”; ipse autem erat Pythagoras: tantum opinio praeiudicata poterat, ut etiam sine ratione valeret auctoritas.

    La frase “magister dixit” la emplearon con profusión los escolásticos durante la Edad Media para hacer valer la opinión de Aristóteles, a la manera como hacían los pitagóricos, según el texto de Cicerón.

    Roma locuta est”, “Roma locuta, causa finita”  o la frase completa “Roma locuta est, causa finita est”  se cita como un argumento que utiliza el Vaticano para fijar  la infalibilidad del papa, que por cierto no se estableció hasta el Concilio Vaticano I de 1870, siendo cuestionado entonces y hoy por notables teólogos,  como actualmente Hans Küng, a quien se le prohibió seguir enseñando teología católica .
      
    La frase no aparece como tal, con esta forma,  sino que es una síntesis del pensamiento de San Agustín (354-430). La afirmación más parecida es la que aparece en Sermo CXXXI,10. A propósito de la cuestión del Pelagianismo, en un sermón predicado en Cartago el 23 de septiembre del año 417, San Agustín considera que  ese asunto no debe ser reabierto.

    Hermanos míos, compadeceos conmigo. Cuando encontréis a tales (personas) no los ocultéis, no haya en vosotros una perversa misericordia: cuando los encontréis ante vosotros, no los ocultéis. Discutid con los que hablan en contra (de la gracia), y traed ante nosotros a los que se resistan.). Dos concilios ya han enviado sus informes a la Sede Apostólica y sus respuestas ya han llegado de ella. El caso está finalizado; ojalá acabe alguna vez el error. Así pues avisamos para que se den cuenta, enseñamos para que nos informen, rezamos para que cambien.  Convertidos al Señor…

    Fratres mei, compatimini mecum. Ubi tales inveneritis, occultare nolite, non sit in vobis perversa misericordia: prorsus ubi tales inveneritis, occultare nolite. Redarguite contradicentes, et resistentes ad nos perducite. Iam enim de hac causa duo concilia missa sunt ad Sedem Apostolicam: inde etiam rescripta venerunt. Causa finita est: utinam aliquando finiatur error! Ergo ut advertant monemus, ut instruantur docemus, ut mutentur oremus. Conversi ad Dominum…

    Bien, la razón ha de imponerse en cada caso, pero también esa misma razón exige  no arrumbar y retirar a un rincón inútil a personas mayores con una experiencia acreditada y con una capacidad de decisión insuperable. A fin de cuentas diremos como D. Quijote a Sancho en I, 20:

    Paréceme,  Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todo son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: “Donde una puerta se cierra, otra se abre”.

    La misma idea repite Cervantes en Quijote, II, 67.
     

  • Academia de Platón (2): el barrio de Academos.

    Conviene hacer alguna precisión acerca de los “jardines de Academos”, que dieron nombre a la famosa escuela creada por Platón. En primer lugar la Academia no es un edificio, como alguien puede pensar, sino una zona o barrio de Atenas, fuera de las murallas, a 1,5 kilómetros aproximadamente, que recibe el nombre de Academia, Ἀκαδημία, o Hekademeia (Ἑκαδήμεια), del nombre del héroe local Academos o Hekademos, como dice Diógenes Laercio, (Vida de los filósofos ilustres, 3,7 ss.).

    La Academia  se encontraba en las afueras de Atenas, a 1,5 kms. al norte; se accedía por la puerta de Dypilom por un camino en el que había numerosas tumbas de hombres ilustres, como nos dice  Pausanias en su famosa guía del mundo griego "Descripción de Grecia", en 1, 29:

     Fuera de la ciudad en los demos o barrios, y en los caminos, hay  templos dedicados a dioses y numerosos monumentos erigidos en honor de los héroes y grandes hombres de Atenas. Fuera ya de la ciudad y cerca de la las murallas se encuentra la primera Academia, que antes fue un terreno particular, y hoy es un gimnasio. Al entrar se ve un  espacio dedicado a Artemisa, con  xoanas (esculturas votivas de madera) de Ariste y Caliste adornadas que llevan esta inscripción: A la muy buena y hermosa diosa. Creo que estos son los atributos de Artemisa, según podemos juzgar por los poemas de Safo, aunque  varios autores que han tratado este tema dan otra explicación, pero yo no trataré  más de ello. Dioniso Eleuterio (Dioniso Liber) también tiene un templo no muy grande, a donde cada año llevan la estatua del dios  en unas fechas determinadas. Esto por lo que se refiere a los dioses.

     En cuanto a las tumbas, la primera es la de Trasíbulo hijo de Lico, que con toda justicia ocupa el primer lugar, porque de todos los atenienses nadie hizo tanto por  la república, prestó sin duda el mejor servicio y por ello es el más digno de memoria; el buen ciudadano Trasibulo vino con ocasión de la tiranía de los treinta tiranos , desde Tebas con sesenta hombres, a los que se fueron uniendo los atenienses, hasta llegar a un acuerdo y conseguir la paz para la ciudad de Atenas, terminando con las guerras internas: esta es la primera tumba, luego vienen la de Pericles, la de Cabrias y la de Formión.

    El sitio fue un lugar de culto muy antiguo, quizás desde la Edad del Bronce, como lo atestigua su relación con los semidioses los Dioscuros, el bosque de olivos existente dedicado a Atenea, y a otros dioses.

    Fue un espacio consagrado, como decía, a varios dioses:  a Atenea, que tenía allí un altar al lado de los de Hefesto y Prometeo, Hermes, Hércules, las Musas y Eros.

    Pausanias I, 30,2

    [2] En la Academia hay un altar de Prometeo desde el  que un día determinado al año todavía es costumbre ir corriendo hasta la ciudad con antorchas encendidas. El ganador  debe mantener su antorcha encendida; si al que va el primero se le apaga  la llama, pasa al segundo lugar, el segundo al tercero, y así sucesivamente.  ¿Qué ocurre  si se apagan todas las antorchas?;  nadie gana y el premio se guarda para otra ocasión. Luego se ve el altar de las Musas, el de Hermes, otro dentro dedicado a Atenea, y otro a Hércules. También te mostraran un olivo que se dice que es el segundo que apareció en el Ática.

    El terreno perteneció en su momento a Hiparco, hijo de Pisístato, que lo rodeó de un muro y creo un gimnasio; fue embellecido y mejorado por Cimón que llevó el agua  desviando el cercano río Cefiso y plantó árboles y creó un estadio para carreras, como nos cuenta Plutarco, Cimon 13,8

    Él fue el primero en embellecer la ciudad con los elegantes lugares   llamados 'liberales' (para  entretenimiento), que luego fueron tan  excesivamente,  mediante la plantación en  la plaza del mercado de plátanos, y convirtiendo la Academia de un lugar sin agua y árido en un bosque bien regado,  dotado de soleadas pistas para carreras y de  paseos sombreados.

    Los espartanos, dueños de Atenas después de la guerra del Peloponeso, respetaron la Academia en recuerdo de la ayuda ofrecida por Academos a sus héroes Castor y Polux, según Plutarco, Teseo, 32,3

    Entonces Academo, que no se sabe cómo sabía que estaba oculta en Afidnas, se lo reveló a ellos. Por esta razón lo tuvieron los Tindáridas durante toda su vida en alta y después en las muchas ocasiones que los Lacedemonios invadieron el Ática  y devastaron todo el país, siempre respetaron a la Academia por consideración a Academo;

    Platón, buscando sin duda los paseos con sombra de la Academia, compro unos terrenos  para “filosofar”  allí con sus discípulos y sus amigos. Plutarco. De exsilio 10:

    La Academia, cerca de Atenas, que fue comprado por tres mil dracmas, fue el lugar donde Platón, Jenócrates, y Polemón habitaron; allí tuvieron  sus escuelas, y allí vivieron durante toda la vida, excepto un día al año, en que Jenócrates marchaba a la ciudad con motivo de las  bacanales y de la representación de las nuevas tragedias, “gracia a la fiesta”, como dicen. Teócrito de Chios reprochó a Aristóteles, que se acostumbró a la  vida en la corte con Filipo y Alejandro, que eligiera vivir en la desembocadura del Borborus en lugar de en la Academia. Hay un río junto a  Pella, que los macedonios llaman con  ese nombre (Borborus).

    Platón hizo levantar en el recinto de la Academia un pequeño templo a las Musas, llamado Mouseion,en el que Espeusipo colocó las estatuas de las Gracias. (Diogenes Laercio, IV  1,3,8/ y  III, 5 y 20).

    Un persa de nombre Mitrídates encargó hacer  una estatua de Platón al escultor Silanion, la llevó  al tempo y la dedicó a las Musas. (Diogenes Laercio III, 20)

    Después de la muerte de Platón, esta estatua quedó colocada en el centro de su escuela y el gran filósofo fue enterrado en las proximidades de la Academia, según nos cuenta Pausanias, I, XXX,3:

      No lejos de la Academia está la tumba de Platón…

    También se nos da una curiosa noticia en una carta de Servio a Cicerón  de la prohibición de hacer los funerales dentro de la ciudad con motivo de la muerte de su colega Marco Marcelo que había recibido dos heridas, durante su estancia en Atenas y cómo lo incineraron en la Academia, lo que de paso prueba que no es un edificio sino un espacio, terreno o barrio de Atenas:

    Cicerón, Epistulae ad Familiares, IV,12,3:

    Nunca pude conseguir de los Atenienses que le diesen un lugar para sepultura dentro de la ciudad, porque decía que se lo impedía su religión y que nunca antes se lo habían concedido a nadie. Pero que lo más que podían concederme era permitirme que lo enterrara en el gimnasio en el que yo quisiera.  Yo elegí un lugar en el más noble gimnasio del orbe de la tierra y allí lo hice quemar. Luego me ocupé de que los mismos Atenienses  mandasen hacerle allí una sepultura de mármol. De esta manera en vida y en muerte hice por él lo que era mi obligación como compañero de consulado , y por su parentesco. Que sigas bien. En Atenas. Víspera de las Calendas de Junio. (31 de Mayo)

    ab Atheniensibus, locum sepulturae intra urbem ut darent, impetrare non potui, quod religione se impediri dicerent, neque tamen id antea cuiquam concesserant. quod proximum fuit, uti in quo vellemus gymnasio eum sepeliremus, nobis permiserunt. nos in nobilissimo orbi terrarum gymnasio Academiae locum delegimus ibique eum combussimus posteaque curavimus, ut eidem Athenienses in eodem loco monumentum ei marmoreum faciendum locarent. ita, quae nostra officia fuerunt pro collegio et pro propinquitate, et vivo et mortuo omnia ei praestitimus. vale. D. pr. K. Iun. Athenis.

    La Academia recibió un golpe mortal cuando en el año 86 a.C.  el general romano Sila conquistó y destruyó Atenas. El director de la Academia, Filón de Larissa, se marchó de Atenas al año siguiente y murió sin dejar sucesor, lo que supuso la muerte de la institución. Pero Sila no respetó ni la Academia ni el Liceo.  Nos lo cuenta Plutarco, Sila, 12,1-3

    Sila recobró muy pronto las demás ciudades, enviando a ellas heraldos y atrayéndolas; pero a Atenas, obligada a estar de parte del rey por el tirano Aristión, tuvo que marchar con grandes fuerzas, y, rodeando el Pireo, le puso cerco, asestando contra ella toda especie de máquinas y empleando diferentes medios de combatir. Y si hubiera aguantado un poco de tiempo, se le habría venido a la mano tomar sin riesgo la ciudad de arriba, apurada ya del hambre hasta el último punto, por falta de los más precisos alimentos; pero, teniendo puesta la vista en Roma, y temiendo las novedades allí intentadas, apresuró la guerra, a costa de grandes peligros, de muchos combates y de inapreciables gastos, pues, sobre todos los demás preparativos, el aparato sólo de las máquinas constaba de diez mil pares de mulas, prontas todos los días para este servicio. Faltóle la madera, quebrantándose muchas de las piezas por su propio peso, y siendo frecuentemente incendiadas otras por los enemigos, y acudió por fin a los bosques sagrados, despojando la Academia, que todos los alrededores de Atenas era el más poblado de árboles, y el Liceo. (Traducción de Sanz Romanillos)

    También Apiano en su Historia de Roma XII,5,30 (Guerra de Mitridates):

    Sila taló el bosque de la Academia [para construir allí sus máquinas enormes. Derribó las largas murallas y  utilizó las piedras, madera y tierra para la construcción de terraplenes.

    Cuando Antioco retornó a Atenas en el año 88 a.C. restauró la enseñanza, pero ya no en la Academia. Cicerón nos presenta a Antioco enseñando en un gimnasio que se llamaba el Ptolomeo.

    El mismo Cicerón nos describe una emocionada visita a la Academia una tarde en que “está desierta a esas horas del día”.

    Cicero, De Finibus, 5, 1

    Después de haber escuchado, Bruto, a Antioco como acostumbraba en compañía de Marco Pisón, en el gimnasio que llaman “el Ptolomeo”, y junto con nosotros mi hermano Quinto y Tito Pomponio y Lucio Cicerón, primo hermano mío por parentesco, pero hermano en el afecto, decidimos entre nosotros dar un paseo después de mediodía en la Academia, sobre todo porque a esa hora este lugar está vacío de toda gente. Así pues fuimos todos a casa de Pisón puntualmente y desde allí hicimos los seis estadios desde el Dípilo (una de las puertas de la ciudad) hablando de varias cosas. Cuando llegamos a los terrenos de la Academia, tan famosos no sin motivo, la soledad era precisamente la que deseábamos.

    LIBER QUINTUS
    1. Cum audissem1 Antiochum, Brute, ut solebam,2 cum M. Pisone in eo gymnasio, quod Ptolomaeum vocatur, [p. 156] unaque nobiscum Q. frater et T. Pomponius Luciusque Cicero, frater noster cognatione patruelis, amore germanus, constituimus inter nos ut ambulationem postmeridianam conficeremus in Academia, maxime quod is locus ab omni turba id temporis vacuus esset. itaque ad tempus ad Pisonem omnes. inde sermone vario sex illa a Dipylo stadia confecimus. cum autem venissemus in Academiae non sine causa nobilitata spatia, solitudo erat ea, quam volueramus.

    La propiedad de Platón con su escuela  estaría fuera del recinto amurallado de la Academia, en algún lugar entre el gimnasio actualmente visible y la  colina al noreste llamada  Hippios Kolonos. Desgraciadamente no queda nada de la Academia de Platón y ni siquiera hay acuerdo entre los arqueólogos sobre su concreto emplazamiento, a pesar de los esfuerzos realizados y a pesar de lo que digan las actuales guías turísticas de Atenas.

    El nombre de Academia fue luego lado, en memoria de Platón y sus discípulos a otros lugares consagrados al estudio de las letras y de la filosofía. Así Ciceró llamaba a un campo que poseía cerca de Puteoli (Puzzole); :Plinio, XXXI,6 (3)

    …es digno de recordarse que, según se va desde el lago Averno hacia Puteoli, la villa está situada en la orilla del mar, famosa por por su pórtico y su bosque , a la que Marco Cicerón llamaba la Academia, a semejanza de la de Atenas, allí compuso los libros de este mismo nombre, y en ella edificó algunos edificios para sí mismo como si no se hubieran hecho en todo el orbe de la tierra. 

    dignum memoratu, villa est ab Averno lacu Puteolos tendentibus inposita litori, celebrata porticu ac nemore, quam vocabat M. Cicero Academian ab exemplo Athenarum, ibi compositis voluminibus eiusdem nominis, in qua et monumenta sibi instauraverat, ceu vero non et in toto terrarum orbe fecisset.

    También Cicerón en  Cartas a Ático, Ad Atticum I,4,3,11

    Mucho me agrada lo que me escribes de Hermathena: es el adorno más a propósito para mi “Academia”, porque Hermes (en el original en griego)  es el adorno obligado de todos los gimnasios, y Minerva es especialmente insigne  de este gimnasio mío. Querría por este motivo, como me escribes, que me adornes este lugar con cuantas más cosas mejor.Todavía no he visto las estatuas que ya me has enviado. Están en Formiano, adonde pensaba marchar ahora. Las llevaré todas ellas a Túsculo.  Embelleceré Cayeta si alguna vez comienzo a nadar en la abundancia. Conserva tus libros, y  no desesperes de que pueda hacer que sean míos. Si lo consigo esto, supero a Craso en riquezas y desprecio las tierras y praderas de todo el mundo.

    1.4.3 quod ad me de Hermathena scribis, per mihi gratum est. est ornamentum Academiae proprium meae, quod et Hermes commune omnium et Minerva singulare est insigne eius gymnasi. qua re velim, ut scribis, ceteris quoque rebus quam plurimis eum locum ornes. quae mihi antea signa misisti, ea nondum vidi; in Formiano sunt, quo ego nunc proficisci cogitabam. illa omnia in Tusculanum deportabo. Caietam, si quando abundare coepero, ornabo. libros tuos conserva et noli desperare eos meos facere posse. quod si adsequor, supero Crassum divitiis atque omnium vicos et prata contemno.

    Cuando Cicerón perdió la oportunidad de continuar su vida política con más de sesenta años ya y coincidiendo además con la muerte de su querida hija al dar a luz, se dedicó a la filosofía y a la reflexión. Escribió entonces su obra De finibus, de la que anteriormente he dado un pequeño fragmento y también las que llamó “Cuestiones Tusculanas”Cicerón tenía una villa o finca en Tusculum, en los Montes Albanos, a unos 25 kilómetros de Roma. Allí se retiraba de vez en cuando Cicerón con algunos amigos dedicando el tiempo a la reflexión y diversión intelectual. En una ocasión de estas, en la que se retiró con cinco amigos,  es en la que sitúa su obra “Cuestiones Tusculanae”, llamadas así precisamente por el lugar en que se generaron. Según nos dice, las mañanas las pasaban en declamaciones y ejercicios de retórica y por las tardes se retiraban a una galería que llamaba la Academia, en recuerdo de la de Atenas. La reflexión en esta ocasión versó sobre la muerte y su temor, el dolor, las adversidades de la vida, la moderación de las pasiones y el valor de la virtud para ser felices.

    Ciceron, Tusculanae Quaestiones, 2,III (9)

    Y así siempre me agradó la costumbre de los peripatéticos y de la Academia de disertar acerca de todas las cosas en sus sentidos contrarios,  no sólo porque de otro modo no pueda encontrarse lo que en cualquier cosa es verosímil, sino también porque es éste el mejor ejercicio para hablar. De este sistema se sirvió el primero Aristóteles y después todos los que lo siguieron. Por otra parte, según mi memoria, Filón, a quien con frecuencia he escuchado, determinó presentar los preceptos de los retóricos en un tiempo, y los de los filósofos en otro.

    Empujados por nuestros amigos a seguir esta costumbre, consumimos en ello el tiempo de que disponíamos en Túsculo. Y así, habiéndonos dedicado antes del mediodía a la dicción, como habíamos hecho el día de antes, después del mediodía bajamos a la Academia; la disputa que tuvimos en ella, la exponemos no como narradores, sino casi con las mismas palabras como se hizo y se disputó.

    Itaque mihi semper Peripateticorum Academiaeque consuetudo de omnibus rebus in contrarias partis disserendi non ob eam causam solum placuit, quod aliter non posset, quid in quaque re veri simile esset, inveniri, sed etiam quod esset ea maxuma dicendi exercitatio. qua princeps usus est Aristoteles, deinde eum qui secuti sunt. nostra autem memoria Philo, quem nos frequenter audivimus, instituit alio tempore rhetorum praecepta tradere, alio philosophorum: ad quam nos consuetudinem a familiaribus nostris adducti in Tusculano, quod datum est temporis nobis, in eo consumpsimus. itaque cum ante meridiem dictioni operam dedissemus, sicut pridie feceramus, post meridiem in Academiam descendimus. in qua disputationem habitam non quasi narrantes exponimus, sed eisdem fere verbis, ut actum disputatumque est.

    Elemperador Adriano que había hecho reproducir en su suntuosa villa de Tibur algunos de los más bellos edificios de Grecia, hizo levantar también unos edificios y plantó unos jardines a imitación de la Academia de Atenas.Spartiano, Adriano, 26,5:

    Edificó de forma maravillosa su villa de Tibur, de tal forma que en ella puso los nombres más célebres de las provincias y de los lugares, llamándoles por ejemplo Liceo, Academia, Pritaneo, Canopo, Poecile, Tempe y para que no faltara nada, hasta hizo un “infierno”.

    Tiburtinam Villam mire exaedificavit, ita ut in ea et provinciarum et locorum celeberrima nomina inscriberet, velut Lyceum, Academian, Prytaneum, Canopum, Poicilen, Tempe vocaret. et, ut nihil praetermitteret, etiam inferos finxit.

    Es más,  el término adquirió pronto el significado genérico de “establecimiento docente” y el de “prestigiosa sociedad científica, literaria o artística” . En relación con el primer significado, hablamos de “disciplinas académicas” para referirnos a las diversas materias que se estudian o  cursan en esos centros, en especial en la Universidad; “expediente académico” es el documento que recoge los estudios realizados y las competencias adquiridas por los estudiantes. En relación con el segundo significado,  las  artes y las ciencias son las simbólicamente amparadas por las Musas: literatura, pintura, escultura, dibujo, música, etc..

    Sinónimos de “academia” , aunque con alguna pequeña matización, son “ateneo” e “instituto”,   La palabra “ateneo” deriva, evidentemente de Atenea, diosa griega de las artes,  de la inteligencia  o sabiduría, aunque también de la “guerra”.

    El Liceo es (del gr.) el centro o institución de enseñanza creado por Aristóteleses. Recibe su nombre del templo de Apolo Licio (el Λύκειον, likeion), en cuyas cercanías estaba construido. A la escuela filosófica y al método de educación de Aristóteles también se le llama “peripatético” (del griego peri alrededor y patos pórtico o patio) porque acostumbraba a impartir sus lecciones paseando por el pórtico. Con el tiempo también Liceo adquirió el significado genérico de institución o centro de enseñanza de las ciencias o de las artes.

  • La Academia de Platón (1): “No entre nadie que no sepa geometría”

    La tradición dice que esta frase estaba grabada a la entrada de la Academia de Platón.

    Esta tradición  es  transmitida por varios comentaristas de Aristóteles, como Elias en su “Comentario a las Categorías, XVIII, 118, 18-19):

    “En la Academia de Platón, delante del templo de las Musas estaba escrito: ‘No entre nadie que no conozca la geometria"

    καὶ διὰ Πλατὁνα ἐπιγράψαντα πρὸ τοῦ μουσείου  ἀγεωμέτρητος  μέδεις εἰσίτω,  (“kai diá Platóna epigrápsanta prò tou mouseíou ageométretos médeis eisíto”)

    y Juan FilóponoComentario sobre el alma, XV,117,27, con una pequeña variación:

    “no entre el que no sepa geometría”,

    ageometretos me eisito” ἀγεωμέτρητος μὴ εἰσίτω

    Diógenes Laercio en IV, 10 cuenta una anécdota que muestra la importancia de la geometría en la enseñanza platónica:

    “Jenócrates quería estudiar con él sin saber ni música ni geometría ni astronomía, y Platón le dijo: “Vete, pues no tienes los asideros de la filosofía”.

    Pero ¿qué fue la Academia de Platón? El nombre, que procede del latín Academia y éste del griego  Akademeia, Ἀκαδημία, define a la institución, escuela, centro de enseñanza o corporación filosófico-política fundada por Platón en las afueras de la ciudad de Atenas, cerca de las murallas, que recibe el nombre del lugar en el que fue construida, un espacio en el que había un santuario dedicado al mítico héroe ático Academo, (de escasa importancia en la mitología griega que reveló a los Dióscuros el lugar en que se escondía Helena). Así que etimológicamente significa “el jardín o terreno de Academos”.

    Aunque las noticias son escasas, debemos suponer que este centro seguiría el programa educativo que Platón expone en su diálogo la “República”. En él tienen un peso específico las matemáticas y la geometría, como decía al principio de este artículo.  También es fundamental la música, en el sentido de “artes”  inspiradas por las Musas.

    Pero el objetivo esencial de la Academia era el de  preparar hombres para el servicio del Estado. De ella salieron numerosos estadistas, educados mediante el método dialéctico,  por el que los alumnos iban descubriendo la verdad en convivencia con los otros miembros de la institución. Junto a la actividad filosófica desarrolló también una intensa reflexión científica sobre matemáticas, música, astronomía, división y clasificación. Su pedagogía se basaba en lecciones y diálogos. Produjo también gran cantidad de comentarios sobre Platón y Aristóteles que nos han aportado valiosas informaciones.

    La Academia es, pues, una de las más antiguas instituciones de educación superior, que debió ser fundada hacia el año 387 a.C. Continuó activa a la muerte de Platón (347 a.C.), cuando se hizo cargo su sobrino Espeusipo, a pesar de que sin duda había otros filósofos de mayor importancia.

    No deja de ser curioso que quien exigía elegir a los mejores para el gobierno de la ciudad no siguiera el mismo principio para dirigir su institución, en un claro ejemplo de nepotismo. Entre esos mejores estaba precisamente Aristóteles, quien creó su escuela que se conoce como el Liceo y de la que hablaremos en otra ocasión.

    Nota:  se llama nepotismo a la concesión de nombramientos y empleos públicos a parientes miembros de la propia familia. Deriva de la palabra latina nepos,-tis que significa nieto, sobrino.

    La Academia recibió un golpe mortal cuando en el año 86 a.C.  el general romano Sila conquistó y destruyó Atenas. El director de la Academia, Filón de Larissa, se marchó de Atenas al año siguiente y murió sin dejar sucesor, lo que supuso la muerte de la institución.

    Siglos después, en el V de Cristo, los neoplatónicos resucitaron la Academia, pero sin el esplendor y futuro de la primera. Pervivió no obstante hasta el año 529, en que Justiniano la clausuró por motivos religiosos, más que filosóficos, porque el neoplatonismo siguió influyendo en época bizantina. A partir de este momento la institución se fue acabando por inanición. Así que la Academia vino a durar más de novecientos años.

    Respecto de la clausura por Justiniano parece que no hubo una supresión formal, sino que fue una consecuencia de su legislación para suprimir el paganismo.

    Una  de las principales medidas  para evitar la expansión del paganismo  fue la prohibición de que los maestros y filósofos paganos pudieran enseñar, fijando duros castigos para quienes infringieran estas leyes. 

    Durante el consulado de Decio, el emperador envió una orden a Atenas que imponía que nadie podía enseñar filosofía o interpretar la ley. Esta orden se pone en relación con la ley del Código de Justiniano, I,tit. XI,10, que entre otras cosas dice:

    Prohibimos que sea enseñada cualquier doctrina por aquellos que se afanan con el esfuerzo de los paganos impíos, de tal manera que ni siquiera parezcan que instruyen a quienes por alguna desgracia acuden a ellos, pero que en realidad corrompen el espíritu de los que han de ser enseñados; además que no reciban nada de la ayuda pública,  ni tengan autorización para reclamar ningún derecho para ellos ni de la ley divina ni de los decretos y pragmáticas sanciones.


    Omnem autem doctrinam ab  iis, qui impiorum paganorum furore laborant, doceri prohibemus, ut ne hoc modo simulent, se  eos, qui misera sorte ad ipsos veniant, erudire, sed revera ánimos erudiendorum corrumpant,  neque magis aliquid annonae ex publico percipiant, non habentes licentiam, ne ex divinis  quidem rescriptis vel pragmaticis sanctionibus eiusmodi ius sibi vindicandi (1.11.10) . 

    La ley, pues, parece que no cierra formalmente la Academia, pero obliga a sus profesores a bautizarse o a exiliarse. Esta situación y las penurias económicas acabarían por arruinarla. Pero no hay absoluto acuerdo entre los historiadores al respecto.