Categoría: Arte

  • El mito de Atalanta e Hipomenes

    Atalanta es un personaje femenino de la mitología griega con ciertas singularidades que le hacen especialmente interesante. En realidad toda la mitología griega está incrustada en la cultura occidental.

    Son dos los mitos referidos a Atalanta que los narradores antiguos (la mitología es en gran parte obra de poetas) funden en uno porque en lo esencial no son contradictorios.

    Atalanta es hija de reyes, del arcadio Iaso en una versión o del beocio Esteneo en otra. En una es una vigorosa y diestra cazadora que, amada por Meleagro, participa en la cacería del jabalí de Calidón y acompaña o quiere acompañar como única mujer a los Argonautas en el viaje a la búsqueda del vellocino de oro; en la otra, invencible corredora casada con Hipomenes o Hipomedonte.

    Según el mito su padre deseaba un descendiente varón por lo que Atalanta fue abandonada en el monte, en donde la amamantó una osa hasta que fue recogida por unos cazadores. Criada pues en la salvaje naturaleza, es fiel seguidora de la diosa cazadora Diana tras decidir permanecer virgen después de recibir la respuesta del oráculo, siempre difícil de interpretar, a la pregunta de si debía casarse.

    Le dijo Apolo con su oráculo que no debía casarse, pero se casaría y “viva carecería de sí misma”; lo que parece una referencia a que sería transformada, metamorfoseada. Vuelta a casa, su padre le pide que se case y ella, que se sabe veloz, decide que sólo lo hará con quien le venza en la carrera, mientras que matará a los pretendientes que sean vencidos.

    Hipomenes, ayudado por la diosa Venus y utilizando el ardid de arrojar sucesivamente tres manzanas de oro que retrasan la marcha de Atalanta, consigue vencerla. Se casan, pues, Atalanta e Hipomenes pero desairan a la diosa Ceres o Cibeles por haber mantenido relaciones sexuales profanando su templo y por ello son transformados en los dos leones que tiran del carro; por cierto león y leona condenados a no aparearse entre sí, de acuerdo con la creencia también antigua de que los leones se aparean con los leopardos, pero no entre ellos mismos.

    Hasta aquí el resumen aproximado del mito prescindiendo de muchos detalles de interés. Al final de este artículo recrearé esta parte del mito sobre la base del relato de Ovidio en Metamorfosis.
    El mito se presta a numerosos comentarios, algunos de los cuales esbozaré rápidamente.

    De alguna manera, su convivencia en el monte con la osa nos retrotrae a la época de los hombres cazadores. El oso, presente en otros muchos mitos, es un animal en ocasiones totémicos de determinados grupos. Por otra parte la abstención de relaciones sexuales propicia la caza, por lo que las diosas de la caza son vírgenes,

    Frente a ella están los urbanitas Meleagro Hipomenes, en un caso el héroe guerrero que ha de realizar una gran empresa y en el otro el del príncipe enamorado que sólo alcanza a la princesa amada tras realizar alguna acción notable. Por medio queda el asunto de la sucesión masculina al trono que curiosamente se transmite por vía femenina y el voto de castidad o virginidad, incomprensiblemente justificado en un incomprensible oráculo, pero que como decía más arriba es propiciatorio de una caza favorable.

    Ya en la propia Antigüedad y luego en la Edad Media y posteriormente en el Humanismo y Renacimiento se han buscado explicaciones racionales a los mitos. El modelo más frecuentemente utilizado es el de la alegoría que suele acabar con una conclusión moralizante.

    Así se dice que el final de este mito corresponde al castigo de los dioses por la falta de respeto al lugar sagrado y por la falta de agradecimiento a los beneficios de los dioses.

    En ocasiones se ha interpretado también el triunfo de Hipomenes y derrota de Atalanta como el triunfo de la pasión carnal y la venalidad del temperamento femenino, siempre ambicioso, dispuesto a aceptar el valioso oro a cambio.

    A ello da pie modernamente la famosa pintura de Guido Reni, (Bolonia, 1575-1642). en la que los dos protagonistas aparecen desnudos con su mórbida y proporcionada apariencia.

    Con frecuencia se interpretó la superioridad de Atalanta como consecuencia de la cesión masculina antes las mujeres. Leemos por ejemplo en un grabado del XVII “Robora femineis s(a)epe virilia cedunt”, “Con frecuencia las fuerzas masculinas ceden ante las femeninas”.

    Más recientemente, se ha valorado por parte de personas o grupos feministas la singularidad de Atalanta, de vida propia independiente y al margen de las pretensiones masculinas de su padre. Pero también en sentido contrario se resalta su derrota final y la imposición del orden establecido, naturalmente masculino.

    El mito ha servido de motivo a diversos artistas, entre otros a Rómulo Cincinato (ca. 1540-1597), pintor florentino afincado en España al servicio de Felipe II, que también decoró diversas salas en el Palacio del Infantado de Guadalajara, entre ellas una con el motivo de la carrera de Atalanta e Hipomenes.

    El autor y cronista de Guadalajara Antonio Herrera Casado interpreta en un libro reciente la carrera de Atalanta como  la carrera veloz e inexorable del tiempo, en coherencia con la interpretación general que hace del palacio gótico-renacentista y de los diversos elementos decorativos y ornamentales, todos ellos conducentes a propagar y garantizar la fama de los Hurtado de Mendoza, Duques del Infantado entre otros títulos.

    Pero esta interpretación resulta novedosa y, si bien coherente con el esquema general del palacio, no está fundamentada en ningún otro dato que al menos yo conozca.

    Sin duda que todo el palacio y su decoración es un canto a la grandeza de los Mendoza, a su virtud, virtus, y cómo consecuencia grande ha de ser su fama, que las generaciones futuras han de recordar permanentemente y por lo tanto ha de superar o trascender al tiempo. 

    Pero todo esto no exige interpretar la carrera de Atalanta como la “carrera del tiempo”. En realidad los Mendoza, como toda persona o colectivo que busca la fama, en realidad lo que hace es exaltar sus virtudes, de acuerdo con la creencia antigua y también humanista  de que la fama no se busca, acompaña por sí sola a la virtud, que es lo que hay que practicar; quien busca la fama no la consigue y quien la desprecia la alcanza.

    Los pasajes antiguos al respecto son numerosos; así a título de ejemplo éste de Salustio referido a Catón en De coniuratione Catilinae, 54, 6:

    “…así cuanto menos buscaba la gloria, tanto más a él lo perseguía”

    “… ita quo minus petebat gloriam, eo magis illum sequebatur”.

    Gracián parece inspirarse directamente en el pasaje de Salustio, cuando dice en El Criticón, II,11:

    Y lo peor es que cuanto más lo piensan conseguir, entonces la alcanzan menos, perdiendo tal vez la vida y cuanto hay.”

    Así que el tema central de la decoración del palacio no es propagar la fama de los Mendoza sino exaltar sus virtudes, manifestadas sobre todo en sus muchas victorias en numerosas batallas.

    Se puede simplemente interpretar la carrera como el símbolo y resumen de la historia de los Mendoza, una carrera de obstáculos, que consiguen ganar con su energía, su astucia y la ayuda de los dioses. Pero claro está, una empresa de este tipo no está exenta de algunos pecados. Así que los Mendoza no serán elevados a la categoría de los dioses pero sí les acompañarán eternamente a su servicio.

    Es interesante conocer que en el plano que de las pinturas del palacio del Infantado hace el maestro de obras Acacio Orejón, al referirse al cuadro central de la sala de Atalanta escribe como guía “Pintura de Atalanta que corre con Hipomenes. Libo 10. Obidio, meatamorfosis/ libro 8 de atalanta y Meleagro”. Es decir, cita los dos pasajes en los que Ovidio recrea el episodio de la carrera con Hipomenes (libro X) y el de la cacería del jabalí de Calidón (libro VIII). Luego el Duque deseaba la pintura de Atalanta pero no sabe al principio qué episodio reflejar.

    La cuestión estriba, pues, en conocer primero por qué desea que se le represente a Atalanta y en segundo lugar por qué prefiere precisamente el episodio de la carrera y no el de la cacería.

    Bien, no dejan de tener cierto interés nuestras suposiciones, pero en el fondo quizás sean todas estas elucubraciones hasta cierto punto gratuitas, porque tal vez el Duque pide a Cincinato que represente el mito de Atalanta tan sólo porque su pariente Diego Hurtado de Mendoza, (1503- 1575), hijo del Conde de Tendilla, tiene entre sus poesías una que destaca, precisamente la “Fábula de Hipomenes y Atalanta”.  

    Ofrezco a continuación una recreación de la fábula basada en Ovidio. Quien desee una lectura completa del texto latino debe acudir a Metamorfosis, VIII, 281 y ss. para el episodio de Meleagro y la caza del jabalí de Calidón y  Metamorfosis X,560-704 para la carrera con Hipomenes.


    ATALANTA


    Cuando Atalanta nació, su padre, el rey de Arcadia, enfurecido porque sólo deseaba un hijo varón, la abandonó falto de toda piedad en lo alto de una montaña para que muriera de hambre o devorada por las feroces bestias. La diosa Artemisa, que casualmente cazaba en aquellos lugares, se apiadó de la niña indefensa y le envió una enorme osa que dócil la amamantó con su leche. Con el tiempo y adoptada como hija por la diosa, se convirtió en una certera cazadora y en la mujer más veloz del mundo y emulando a su patrona prometió que tampoco ella se casaría nunca.

    Cuando siendo una cazadora famosa recibió como trofeo la piel del jabalí que asolaba el reino de Calidón en cuya cacería ella participó, se reconcilió con su padre, que le insistía una y otra vez en la necesidad de contraer matrimonio y ofrecerle un heredero futuro para su trono.

    La esquiva Atalanta consultó el oráculo de los dioses sobre su esposo y escuchó estas confusas palabras:

    — Para nada necesitas un esposo, Atalanta; evita tener un marido. Y aún así no escaparás y ni estando viva te verás privada de ti misma.

    Asustada por estas palabras difíciles de entender procura vivir soltera en los bosques, lejos de sus muchos pretendientes, a los que quiere ahuyentar con una extraña propuesta:

    — Sólo me poseerá aquel de vosotros que me venza en veloz carrera, ese será mi esposo. En cambio el vencido habrá de morir en castigo a sus pretensiones. Esta es mi propuesta definitiva.  

    Es tal la hermosura de la veloz Atalanta que fueron muchos los jóvenes incautos que osaron competir con la mujer más veloz del mundo y perdieron gimiendo y llorando la carrera y con ella la vida inestimable.

    Por eso el joven Hipomenes, que tan sólo había oído hablar de la bella Atalanta, consideraba excesivo el riesgo que habría de correr para conseguirla como esposa. Pero tan pronto vio el espléndido cuerpo de la  joven muchacha  que había retirado el velo de su rostro, quedó prendado y seducido de inmediato.

    –Probaré yo también suerte; el premio merece correr el riesgo mortal. Los dioses ayudan a los valientes. -dice inflamado. Y loco de amor prosigue:

      — Bella Atalanta, has vencido fácilmente y sin esfuerzo a esos pobres muchachos, pero mídete conmigo, que soy hijo de Megareo. Si te venzo, no será una derrota deshonrosa para tí y si ganas tú la carrera, habrás vencido a Hipomenes, el biznieto de Neptuno, dios de las aguas.

    Atalanta levanta sus bellos ojos luminosos y lo mira con ternura.

        — ¿Por qué quieres insensato poner en peligro tu vida preciosa, tú todavía un niño? Eres hermoso y valiente, pues no te asusta la muerte. ¿Tanto me amas y deseas que estás dispuesto a morir…? Huye mientras puedas, hermoso joven; otras muchachas hermosas querrán casarse felices contigo.

    Y tal vez tocada por vez primera por el dulce sentimiento del amor,  la inexperta y arisca Atalanta suaviza su decisión implacable y piensa en lo íntimo de su corazón:

       — ¿Por qué ha de morir este infeliz inmerecidamente como premio a su amor? Ojalá desdichado no me hubieras visto nunca. Si la virginidad no fuera mi destino eterno, tú serías el único con quien yo compartiría mi lecho nupcial. Ojalá, loco, fueras más veloz que yo misma.

    Pero ya Hipomenes urge la carrera, no sin antes encomendarse a la diosa del amor y pedir su ayuda divina:

       — Tu, diosa, que has inspirado mi pasión ciega, ayuda a mi osadía.

    Acudió Venus a la llamada envuelta en una blanca nube, tan sólo visible para Hipomenes,  y le entregó tres manzanas amarillas, brillantes como el sol, que debería utilizar en la carrera de una determinada manera.

    Las trompetas dieron la señal de salida. Allá van los dos contendientes tan veloces que parecen  volar. Atalanta, rehusando pasar al muchacho, se sitúa a la par y contempla embelesada su rostro virginal. Arroja entonces Hipomenes una de las tres brillantes manzanas, que atrae de inmediato la mirada y el interés de Atalanta. Refrena pues su marcha y mientras recoge curiosa del suelo la fruta de oro, es adelantada por Hipomenes. Recupera veloz Atalanta el espacio perdido y de nuevo sobrepasa al joven con facilidad. Arroja el joven  una segunda fruta y una vez más se entretiene la muchacha, que pronto recupera también el tiempo perdido. Tan sólo queda el último tramo antes de la meta final. Ahora el joven lanza con fuerza la tercera manzana lejos del camino. Atalanta duda, pero confiada en sus veloces pies, acude a recoger a lo lejos el dorado fruto. Pero calculó mal su rapidez o tal vez el incipiente amor refrenó su marcha, que ahora resulta perdedora. Hipomenes ha alcanzado mientras tanto la meta final y con ello su ansiado premio merecido, el matrimonio con la joven virgen.

    Incomprensiblemente, el joven Hipomenes olvidó a Venus y no supo agradecer su ayuda. La diosa se sintió por ello despreciada y ofendida.

    Cierto día pasaban junto al templo de Cibeles, la Madre de los dioses, y decidieron descansar del largo camino. Se apoderó de Hipomenes un repentino e irrefrenable deseo de yacer con Atalanta, suscitado sin duda por la vengativa Venus. Allí mismo, en la cueva sagrada, a la vista de las divinas imágenes, profanan el  santuario con su obsceno amor.

    La Madre Cibeles castigó su lujuria con su divina severidad: unas largas y feroces melenas cubren sus humanos cuellos, las manos se transforman en garras, una larga cola surge de su espalda, elevan fieros su orgullosa cabeza de  león y  sus fauces emiten rugidos que amedrentan a los restantes animales. Compadecida luego la diosa, unce a la pareja de leones con fuertes correas de flexible cuero a su majestuoso carro, del que han de tirar incansables por toda la eternidad.
     

  • Pigmalión

    Pigmalión es un mito griego permanentemente reinterpretado

    Los numerosos mitos griegos narran la vida y milagros de sus dioses, de sus héroes, de sus gentes; explican el origen y significado de los fenómenos de la naturaleza, aunque de una forma no científica (aunque los griegos también iniciaron el pensamiento científico); profundizan en la vida de los hombres, su esencia, sus pasiones, sus costumbres. Los mitos, pues, transmiten mensajes identitarios a los miembros de la sociedad de cada momento.

    La mitología griega es además un inmenso campo abierto a la creatividad de los hombres. Por ello algunos de sus mitos han sido recreados una y otra vez desde la Antigüedad a lo largo del tiempo.

    Uno de los más sugerentes ha sido el mito de Pigmalión, rey de Chipre, sacerdote, escultor que se enamora de su propia obra, la escultura de la joven y bella Galatea. La imagen cobra vida por voluntad de la diosa Afrodita, la diosa del amor.

    Son muchos en la Historia los ejemplos en los que el autor se enamora de su obra, sea en el arte de la escultura o de la pintura.

    Quienes elucubran con el posible enamoramiento de Leonardo de Mona Lisa, la Gioconda, obra que mantuvo con él durante toda la vida, ¿no estarían más acertados si refiriesen el amor a su propia obra, a su pintura y no a una muchacha de carne y hueso a la vista del carácter del propio autor?. ¿Y qué decir de la especial consideración que  Miguel Angel dispensó a su Moisés, al que consideraba su mejor obra y  al que según la tradición, tal vez legendaria, golpeó con el martillo para que hablase porque era lo único que le faltaba?.

    El tema de Pigmalión y Galatea ha sido recogido por numerosos pintores y escultores: Bronzino, Boucher, Gérôme, Goya, Edward Burne-JonesGirodet, Poussin, Daumier, Rodin y Falconet, …

    El teatro y la música también lo ha reinterpretado en muchas ocasiones: en los siglos XVIII y XIX hay no menos de media docena de operas, comedias musicales y ballets sobre el mito de Pigmalión.

    En época moderna la más famosa recreación fue la obra dramática de George Bernard Shaw llamada también “Pigmalión”, publicada en 1913. En ella un profesor de fonética transforma a una florista londinense de hablar vulgar y descuidada en una sofisticada dama de perfecta dicción.

    Sobre la obra de Bernard Shaw se hicieron varias películas: una en 1938 y la más famosa y de enorme éxito  My Fair Laydi en 1964 dirigida por George Cukor e interpretada porAudrey Hepburn y Rex Harrison, adaptación a su vez para el cine de un famoso musical del año 1956.

    Más recientemente (1990), la película Pretty Woman, dirigida por Garry Marxhall y protagonizada por Julia Robers y Richard Gere, también de gran éxito,  retoma el viejo mito. Ahora es un joven apuesto y rico  hombre de negocios  sin muchos escrúpulos el que contrata a una prostituta que cambiará radicalmente de vida cuando el joven la trata con el respeto debido como persona y le enseña a comportarse en sociedad; también el bróker sufre una profunda transformación en esa relación normalizada.

    Diversos críticos, especialmente algunos feministas, han remarcado el carácter machista del mito que resalta la superioridad masculina por el hecho de que sean precisamente hombres los artistas, los modeladores, y mujeres, en cambio ,  el producto, lo modelado.

    Al margen de la valoración e interés personal de cada cual, parece aconsejable enjuiciar y valorar cada obra literaria o artística en el contexto en el que se produce.

    Llegados a este punto, resulta oportuno conocer el mito de “Pigmalión” en sí mismo y por eso ofrezco una versión del mismo sobre la base de lo que el poeta latino Ovidio nos dice en su obra Metamorfosis, en el Libro X, versos 243-297.


    PIGMALION

    Pigmalión era un sabio y bondadoso rey de la isla de Chipre; era también  un sacerdote y un extraordinario escultor. Durante mucho tiempo buscó para esposa a la mujer más bella y perfecta de Grecia sin encontrarla en ningún lugar. Es más, asqueado por los vicios y la mala conducta de algunas mujeres que prostituían sin pudor la belleza de su cuerpo, decidió  vivir solo, sin compañera para su lecho, y dedicarse para siempre a esculpir bellas estatuas.

    Un día,  decidió esculpir con su extraordinario arte el cuerpo de una mujer de marfil blanco como la nieve a imagen y semejanza de la diosa Venus. Acabado el trabajo y encontrándolo más perfecto que si lo hubiera hecho la propia naturaleza, se enamoró de aquel  bello cuerpo  de mujer, a la que llamó Galatea.

    Parecía la estatua de marfil una joven de verdad viva a punto de levantarse y hablar dulces palabras. El corazón de Pigmalión se encendía más y más cada día de amor por Galatea, a la que acariciaba y besaba y estrechaba en sus brazos. Creía incluso en su desvarío que ella le devolvía los besos y respondía a sus frases enamoradas.

    — Querida Galatea: te traigo flores de mil colores y joyas para tus manos y este largo collar para tu cuello.

    le decía tiernamente. O solícito y cariñoso acostaba el bello cuerpo desnudo diciendo:

    Descansa, querida compañera mía en este lecho de púrpura y recuesta tu cabeza en estos cojines de blandas plumas.

    Mientras tanto había llegado el día de la fiesta de Venus, la patrona de Chipre. El sacerdote Pigmalión sacrificó en el altar de la diosa algunas jóvenes  terneras de blanca piel que llevaban la cabeza y los cuernos adornados con cintas de colores y láminas de oro y el incienso quemado esparcía su humo oloroso y dulzón por el templo. Con voz tímida susurró el rey, sacerdote y escultor, ante el altar:

    — ¡Oh dioses todopoderosos! Os suplico que mi esposa, si algún día la encuentro, sea semejante a mi mujer de marfil.

    Escuchó Venus, la diosa del amor que asistía a la fiesta, estas palabras con divina piedad.

    Cuando Pigmalión regresó a su casa acudió junto a la estatua  y le dio un cariñoso beso. Se quedó profundamente dormido y le pareció en sueños que el cuerpo de marfil no le devolvía el gélido frío del marfil inerte sino que estaba tibio. Acerca de nuevo su boca y toca su pecho con sus manos temblorosas. El marfil abandona su dureza, se reblandece y cede a la presión de los dedos. Despierta sobresaltado y temeroso e incrédulo y asombrado toca una y otra vez  el cuerpo silencioso y con sus caricias le infunde calor y vida. Ahora ya es un cuerpo vivo, sus músculos flexibles dan movimiento a sus miembros, la sangre recorre sus venas que tienen pulso y tiñe de color de rosa su rostro. Cuando Pigmalión besa por fin  la boca viva de Galatea, ella se ruboriza y mira con arrobo a su marido.

    Pigmalión se dirige respetuoso con palabras de agradecimiento a Venus y la diosa del amor  aparece de repente, espléndida y brillante y le contesta afable:

    Mereces la felicidad, Pigmalión, una felicidad a la que tú mismo has dado forma con tus actos. Aquí tienes a la reina y esposa que has buscado. Ámala para siempre, defiéndela del mal y comparte con ella tu felicidad".

    De esa forma Galatea se transformó en una mujer real y Pigmalión vio cumplido el deseo que con tanta  ilusión persiguió.

  • Apolíneo y dionisiaco

    Apolíneo y dionisiaco son dos términos cultos que definen realidades opuestas

    Apolíneo es un adjetivo que aplicamos a una persona, a un varón,  que posee perfección corporal y también  al individuo tranquilo y sereno, según define la Real Academia Española.  En  contraposición  dionisiaca es una persona impulsiva, instintiva, orgiástica.

    Con un significado filosófico y cultural más especializado, diremos que son dos términos acuñados por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900), inspirados en la mitología griega y utilizados por él para exponer su personal concepción estética y referirse a dos actitudes opuestas ante la vida.

    Apolíneo (derivado de Apolo, dios griego de la razón, de la inteligencia y de la luz) se refiere a lo que de luminoso, racional, equilibrado, contenido, sometido a norma e individual tienen los hechos culturales humanos. 

    Dionisiaco (derivado de Dionisos, dios griego de la Naturaleza, de la vida y del vino) se refiere a lo instintivo e irracional, a la afirmación del deseo de vivir sin restricciones, a lo que de colectivo hay en los hechos culturales humanos.

  • El más hermoso poema de la Antigüedad

    Para muchos conocedores y amantes de la literatura latina, Virgilio es el primer poeta con su poema épico la “Eneida”. El segundo poeta en importancia sería el lírico Horacio.

    Para algunas de  estas personas el mejor poema escrito en latín es precisamente la Oda 7 del libo IV de Horacio. Naturalmente, sobre los gustos, también los literarios, no hay nada escrito; a fin de cuentas cualquier valoración artística no deja de ser  un juicio  personal porque en ello no sólo incide la fría evaluación racional.

    En todo caso algún valor especial debe tener este poema para que el famoso filólogo, erudito y poeta inglés Alfred Edward Housman ( 1859 – 1936), extraordinario profesor de latín en Cambridge de 1911 a 1936, considerara a esta Oda  el más bello poema de  la literatura antigua.

    G. Highet cuenta en su obra The Classical Tradition. Greek and Roman influences on Western literature, traducida al castellano en editorial FCE como La tradición clásica. Influencias griegas y romanas en la literatura occidental la siguiente anécdota, referida a Housman:

    En el mes de mayo de 1914, en la floreciente primavera, comentaba el poema a sus alumnos de Cambridge y les sorprendió con una confesión personal absolutamente inesperada en tan serio profesor: “Este –dijo apresuradamente, casi como un hombre que traiciona un secreto- es para mí el poema más hermoso de la literatura antigua” y abandonó emocionado el aula ante el asombro respetuoso de sus discípulos. Naturalmente también los más serios y severos profesores  son seres humanos de corazón sensible.

    Es el pensamiento epicúreo el que anima esta composición. En este poema el regreso de la primavera, que ya se anuncia con fuerza incontenible, y la sucesión de las estaciones del año nos advierten de que todo pasa; pero así como los años se renuevan cíclicamente, no nos ocurre igual a los hombres;  cuando llega nuestro ocaso (no sabemos cuándo ha de ser), no regresamos a la vida, sólo somos polvo (en la urna funeraria) y sombra (en el mundo de ultratumba); ni siquiera los dioses pueden resucitar a los hombres; así que debemos aprovechar el momento (carpe diem).
                             
       Oda, IV, 7

    Han huido las nieves, retorna la yerba a los campos
    y a los árboles su cabellera.
    Cambia su aspecto la tierra y los ríos en sus crecidas
    abandonas sus cauces.
    Una de las Gracias, con las Ninfas y sus  dos hermanas,
    se atreve a dirigir, desnuda,  sus danzas.
    No esperes algo  inmortal, te aconsejan el año
    y las horas que arrebatan el día soleado.
    Los fríos se suavizan con el Céfiro,
    el verano deja atrás  la primavera,
    para  a su vez morir  tan pronto
    como el otoño cargado de manzanas
    derrame sus frutos;
    y pronto volverá la bruma inactiva.
    Aunque,  rápidas, las lunas repararán los daños del cielo.
    Nosotros en cambio,  cuando caemos
    a donde cayó el padre Eneas y el rico Tulo y Anco,
    polvo y sombra somos.
    ¿Quién sabe si los dioses de arriba añadirán todavía mañana
    un tiempo a la cuenta de hoy?
    Sólo lo que tú te hayas dado con ánimo amigo
    escapará de las ávidas manos de tu heredero.
    Una vez que hayas muerto y Minos
    te haya dictado  su majestuosa  sentencia,
    ni tu estirpe, Torcuato, ni tu elocuencia, ni tu piedad
    te restituirán a la vida:
    Ni Diana libró del tenebroso infierno
    al pudoroso Hipólito,
    ni Teseo pudo romper las cadenas leteas
    de su querido Pirítoo.


                          Notas para mejor entender el poema:

    Gracias y sus hermanas: Son las tres Gracias, diosas menores de la belleza, del 
    encanto y del atractivo.
    Ninfas: bellas divinidades de la naturaleza, de las fuentes, de los ríos, de los 
    árboles, de las cuevas.
    Céfiro: viento del oeste, suave y fructífero que sopla en primavera
    Tulo y Anco: Son Tulo Hostilio y Anco Marcio, dos de los reyes legendarios de 
     Roma y representan la grandeza del pasado.
    Minos: Es uno de los  jueces del  mundo inferior, del mundo de los muertos   
    Torcuato: persona a la que Horacio  dedica el poema
    Diana: es la diosa de la caza, de los bosques,  virgen y por tanto diosa del pudor
    Hipólito: hijo de Teseo, del que se enamora su madrastra Fedra y al que inculpa     
     falsamente, devoto de Diana y no de Venus.
    Teseo: mítico rey de Atenas, amigo de Pirítoo; los dos bajaron al infierno en 
     busca de Perséfone, pero sólo regreso Teseo con la ayuda de Heracles.
    Leteo: uno de los ríos del Hades o infierno (de este nombre deriva “letal” =mortal)

                            
                                               ====  ===  ===

    Diffugere  nives, redeunt iam gramina campis
        arboribusque comae;
    mutat terra vices et decrescentia  ripas
        flumina praetereunt;
    Gratia  cum Nymphis geminisque sororibus audet
        ducere nuda choros.
    Inmortalia ne speres, monet annus et almum
        quae rapit hora diem.
    Frigora mitescunt zephyris, ver proterit aestas
        interitura, simul
    pomifer autumnus fruges effuderit, et mox
        bruma recurrit iners.
    Damna tamen celeres reparant caelestia lunae;
        nos ubi decidimus,
    quo pius Aeneas, quo Tullus dives et Ancus,
        pulvis et umbra sumus.
    Quis scit an adiciant hodiernae crastina summae
        tempora di superi?
    Cuncta manus avidas fugient heredis, amico
        quae dederis animo.
    Cum semel occideris et de te splendida Minos
        fecerit arbitria,
    non, Torquate, genus, non te facundia, non te
        restituet pietas;
    Infernis neque enim tenebris Diana pudicum
        liberat Hippolytum,
    nec Lethaea valet Theseus abrumpere caro
      vincula Pirithoo.

  • Los mosquitos preservaron los templos de Paestum, Italia, Patrimonio de la Humanidad

    Sin duda el mayor agente de destrucción es el propio hombre. Un mosquito expulsó al hombre de Paestum y varios tempos griegos de la zona han llegado a nuestros días en un extraordinario estado de conservación.

    Los griegos de Síbaris fundaron la ciudad de Posidonia en la desembocadura del río Silarus, en la Magna Grecia (sur de Italia) a finales del siglo VII o principios del VI a.C. y allí enseñaron entre otros los filósofos Parménides y Zenón. En el año 273 a.C. se convirtió en colonia romana y prevaleció el nombre de Paestum. Posidonia o Paestum era célebre por sus rosas.


    No hay muchas noticias durante la época republicana e imperial romanas, pero sabemos que en el siglo V tenía obispo, aunque ya era evidente su decadencia.


    Tal vez por una modificación en el nivel de la costa, muy cercana, o por las condiciones de la desembocadura del río, la zona se convirtió en una ciénaga pantanosa, perfecto hábitat para el desarrollo del insecto “anopheles”, cuyas hembras chupan la sangre y transmiten el paludismo.


    Fueron precisamente estas condiciones de insalubridad las que obligaron a sus habitantes a abandonar este lugar, que ocupado por la maleza y la vegetación permaneció oculto hasta que en el s. XVIII el rey Carlos III de España, entonces rey de Nápoles, mandó construir una carretera cuyo trazado pasaba precisamente por la ciudad. 


    En ella entre otros edificios, había tres tempos dóricos del siglo VI a.C. dedicados a Hera, Apolo y Atenea, aunque tradicionalmente se consideraron dedicados a Poseidón o Neptuno y Ceres. Son los templos  griegos mejor conservados. Los romanos construyeron el obligado foro o gran plaza y otros elementos propios del urbanismo romano como el anfiteatro.


    La Unesco  ha declarado al conjunto Patrimonio de la Humanidad, ante el que nos emocionamos los visitantes por su extraordinario estado de conservación, una vez erradicado naturalmente el molesto mosquito que tan buen servicio ha prestado indirectamente a la Humanidad, cuya sangre busca si tiene ocasión. En esta ocasión fue el viento emponzoñado el que preservó la maravilla.

  • El fuego, el aire y el agua no sólo no destruyeron, sino que conservaron los más grandiosos yacimientos arqueológicos antiguos.

    Las fuerzas de la naturaleza son poderosas, incontrolables y destructivas, pero a veces producen resultados imprevistos.

    El fuego, el aire, el agua y la tierra con los cuatro elementos esenciales que componen el universo para los antiguos. Para nosotros son más bien  fuerzas de la naturaleza con enorme poder destructivo, pero no deja de ser paradójico  que sean precisamente estos elementos destructivos los que nos han preservado en condiciones extraordinarias grandes yacimientos arqueológicos.


    Así la tierra amontonada en estratos cubre y protege la mayor parte de los yacimientos arqueológicos; pero también el fuego del volcán Vesubio conservó para la posteridad las ciudades de Pompeya y Herculano; el aire infesto de las marismas de Paestum protegió el conjunto de templos dóricos mejor conservados; el agua del mar ha evitado el saqueo de miles de restos esparcidos por todo el Mediterráneo. En realidad el único agente destructivo imparable es el hombre, como se evidencia todos los días.


    Las cenizas del Vesubio nos preservaron las ciudades de Pompeya y Herculano casi íntegras.


    El volcán Vesubio destruyó las ciudades de Pompeya y Herculano, pero sus cenizas preservaron sus restos para la posteridad.


    El día 24 de agosto del año 79 de nuestra era, durante el reinado del emperador Tito,  las cenizas del volcán Vesubio, cerca de Nápoles, cubrían con una capa de varios metros la ciudad de Pompeya. Un alud de fango y lava cubría también la cercana y costera ciudad de Herculano.  Los vapores tóxicos envenenaron y mataron a sus habitantes.


    Las ciudades quedaron destruidas, pero también conservadas bajo la ceniza como si de un gigantesco sarcófago se tratara y así permanecieron casi 1700 años, hasta que en 1748 un campesino dio con las ruinas de Pompeya al intentar abrir un pozo. Era entonces rey de Nápoles Carlos de Borbón, luego Carlos III de España, que fue el que inició la excavaciones.


    La ciudad, única en el mundo, se nos descubre en toda su complejidad: sus calles, sus aceras, sus edificios públicos, sus fuentes, sus casas con sus cocinas, atrios y jardines, sus tiendas, sus tabernas, sus teatros, sus lupanares, sus templos, sus talleres, … hasta cuerpos humanos en actitudes desesperadas de quienes no lograron escapar a tiempo.


    El fuego, tan poderoso y destructivo casi siempre, nos preservó indirectamente en esta ocasión una ciudad casi íntegra paralizada y fosilizada en el tiempo.