Categoría: Ciencia

  • El ruido con que ruge la ronca catarata

    La palabra española “ruido” deriva de la latina «rugitus», “rugidus”, de donde procede también el cultismo “rugido”. El ruido es un sonido desagradable al oído y molesto para el espíritu. Existen, por ello, numerosas asociaciones y movimientos que luchan contra lo que también se llama “contaminación acústica”.

    Vivimos realmente en una sociedad y cultura muy ruidosa como consecuencia del constante trasiego y movimiento a que estamos sometidos, de la actividad laboral e industrial y de algunas costumbres sociales como la afición a la música y grandes conciertos al aire libre.

    Podemos pensar, sin duda con exactitud, que la vida de los antiguos  en general  era menos ruidosa y más sosegada, pero de ninguna forma esto puede significar que no sufran también las consecuencias del ruido molesto y enervante.

    Interesado en algún momento por conocer mejor la incidencia del ruido en la vida de los antiguos, fui recabando información diversa. Son numerosos los textos que de ello nos informan.

    Uno de los más conocidos y citados se refiere a  Síbaris, ciudad griega del sur de Italia que allá por el año 600 antes de Cristo habría prohibido el ejercicio en el interior de la ciudad de oficios tales como herrero, calderero, carpintero que con su martilleo y ruido molestan el sueño y descanso de los ciudadanos; también habrían prohibido la cría de gallos que anuncian temprano el nuevo día. Nos lo cuenta, por ejemplo,  Ateneo de Náucratis (siglo II-iii d. J.C.), en su libro “Los Deipnosofistas, XII 518 C-D” o “El Banquete de los sofistas”, o “El Banquete de los eruditos” (que con estos títulos se conoce y cita).  Nos lo cuenta en XII 518 C-D:

    Véase… https://www.antiquitatem.com/el-ruido-en-la-antiguedad-sibaris-sordos

    No nos extraña, pues, que sibaritas, además de habitantes de Síbaris, hay pasado también a designar a toda persona de gustos exquisitos amante del placer.

    La fantasía popular ha adjudicado numerosas extravagancias a los “sibaritas” y tal vez las citadas sean alguna de ellas a las que se deba dar poco crédito, pero, el hecho de que los antiguos se refieran a ellas, es la evidencia de que el ruido fue una preocupación y en algún sentido podríamos considerar la prohibición citada como el primer caso de protolegislación acústica.

    Muy conocido y citado es también el poema  57 del libro XII de Epigramas del poeta satírico Marcial, de origen hispano, en el que nos cuenta cómo cuando está harto y cansado de los muchos ruidos de la ciudad, Roma, se marcha a su pequeña finca en el campo.

    También se cita una carta del filósofo y naturalista Séneca, asimismo de origen hispano, a su amigo Lucilio en el que se queja amargamente de todos los ruidos que ha de sufrir por vivir precisamente encima de unos baños, a los que tan aficionados son los romanos. Se trata de la carta número 56 “Ad Lucilium”.

    Menos citados son  unos versos del también satírico Juvenal en los que se queja del ruido que las ruedas de los carros hacen al girar en una encrucijada de calles. Lo hace en Saturae, III, 236-237.

    Pero el texto sin duda más profusamente citado es uno de Plinio el Viejo (23-79) el naturalista que murió víctima de su curiosidad en la erupción del Vesubio que destruyo Pompeya, en el que presuntamente afirma en su obra Naturalis Historia,( Historia Natural) que los pueblos que habitan junto a las cataratas del río Nilo son sordos como consecuencia del fragor y ruido que produce el agua al caer.

    El pasaje es citado en centenares, miles tal vez, de libros, artículos, blogs, páginas web, documentos de instituciones, documentos de asociaciones médicas, de juristas, de ciudadanos, de departamentos hospitalarios y hasta en alguna tesis doctoral. Pero en ninguno de ellos se da la referencia exacta del texto, indicando el libro concreto de los 37 que constituyen la obra, ni el capítulo ni el párrafo. Tan sólo se repica una y otra vez una referencia general que en español suele ser, con alguna pequeña variación:

    Plinio el viejo en su Historia Natural dice, ( menciona, hace notar, observa,) que las personas que vivían cerca de las cataratas del Nilo quedaban sordas¨.

    En inglés la afirmación suele ser del tipo “Pliny the Elder in his Natural History mentioned persons living near the cataracts of the Nile were strucken deaf”.

    En algún caso se completa la información  añadiendo un “todos los habitantes” generalizador e incluso hay quien especifica que “Plinio observa” como si lo hubiera hecho personalmente o todavía hay quien en su afán de concreción informa de que se trataba de los pescadores de la zona, pero en ningún caso dando la referencia concreta de la fuente, como es obligado a la hora de citar textos antiguos y modernos.

    He intentado por mi parte localizar el pasaje concreto, el topos o lugar en el que Plinio hace esta afirmación. He de confesar con toda humildad que no lo he encontrado, a pesar de revisar todos y cada uno de los 37 libros,( en sentido antiguo), que constituyen, como decía, la enciclopedia de Plinio. Estaría muy agradecido en consecuencia a quien pudiera facilitarme esta información, que me temo que es errónea.

    Pronto sospeché del error de esta cita al atribuir a Plinio una afirmación en su obra Naturalis Historia que realmente no existe. Confirmó mi sospecha el feliz encuentro con un curioso libro del abate Don Secundo Lancellotti titulado “Farfalloni de gli Antichi Historici”  (Sinsentidos, disparates de los historiadores antiguos) publicado en Venecia en 1636 en el que critica lo que considera enormes errores o disparates de los antiguos.

    Precisamente el segundo “farfallone” o “sinsentido” de que trata lo titula “Che que  popoli, c’habitano appresso le Catadupe del Nilo sieno tutti sordi” (Sobre el que los pueblos que habitan junto a las Cataratas del Nilo son todos sordos).

    El abate Lancelloti no atribuye esta afirmación a Plinio, sino a Cicerón, como más adelante comentaré y en el inicio del comentario dice algo de enorme interés para el caso que nos ocupa que no me resisto a transcribir literalmente en italiano y luego en español:

    Acquistarono gli Scrittori Antichi tanta riputatione appresso i posteri, e persevera in modo, che non solamente di Pittagora, ma della maggior parte d’essi, par quasi che basti l’ Ipse dixit. Ha detto questa, o quella cosa questo o quell’ Auttore, dunque vera, non si cerchi più oltre. E cosí i loro FARFALLONI sono ammirati, citati, trascritti per marauiglie grand.

    Adquirieron los escritores antiguos tanta reputación entre los posteriores, e incluso continúa, que no solamente de Pitágoras sino de la mayor parte de ellos, como que basta el Ipse dixit. Ha dicho esta o aquella cosa este o aquel autor, pues es verdad y no se mire ningún otro. Y así sus disparates son admirados, citados, transcritos como grandes maravillas
     

                      

                    

    El mismo abate Lancellotti hace referencia en este “farfallone” a Cicerón (106 a.C-43 a.C), que en su obra “De Republica, 6,19“, en el famoso pasaje del Somnium Scipionis (el sueño de Escipión), hablando  del sonido que produce el movimiento de las esferas del cielo, dice que no podemos oírlo nosotros, porque debido a su frecuencia  nuestros oídos  se han vuelto sordos y que de todos los sentidos el del oído es el más grosero y obtuso. Y pone como ejemplo para confirmarlo el de las gentes que viven junto a las cataratas del Nilo, que se han quedado sin oído debido al estrépito de la caída del río.

    Saturados los oídos de los hombres con este sonido, ensordecieron; pues no hay en  vosotros sentido más torpe, como allí donde el Nilo  se precipita desde las altas montañas en las que se llaman cataratas, la gente que habita aquel lugar, carece del sentido de la audición por el fragor del ruido.

    'Hoc sonitu oppletae aures hominum obsurduerunt; nec est ullus hebetior sensus in vobis, sicut, ubi Nilus ad illa, quae Catadupa nominantur, praecipitat ex altissimis montibus, ea gens, quae illum locum adcolit, propter magnitudinem sonitus sensu audiendi caret. (Cic. De Republica, 6,19)

    Esta sí es una cita contrastada. Ahora bien, ¿por qué ha tenido menos éxito Cicerón, entre los científicos apenas ninguno, que la cita apócrifa de Plinio? Tal vez porque la condición de naturalista y por tanto científico de Plinio da más autoridad que lo que dice un retórico como Cicerón, a fin de cuentas excesivamente locuaz como buen abogado.

    Pero el hecho de que lo cite Cicerón es prueba de que  esta opinión, disparatada según Lancellotti, estaba extendida entre las personas cultas de Roma del siglo I antes de Cristo.

    Pues bien, volviendo a Plinio diremos que en su notable enciclopedia Historia Natural hace referencia, como es lógico, a las Cataratas del Nilo e incluso a su ruido ensordecedor, pero de ninguna manera en los términos en los que lo hace la cita que estamos comentando:

    En  Naturalis Historia, lib.V, 10, 54 dice: 

    Luego tras chocar con  unas islas, e interrumpido por otros tantos obstáculos, finalmente encerrado por los montes, es empujado como un torrente, con las aguas aceleradas hasta el lugar de los Etíopes, que se llaman Catadupas (cataratas); encerrado de nuevo en un canal  entre peñascos, se cree que no fluye sino que se despeña con inmenso fragor.

    subinde insulis impactus, totidem incitatus inritamentis, postremo inclusus montibus, nec aliunde torrentior, vectus aquis properantibus ad locum Aethiopum, qui Catadupi vocantur, novissimo catarracte inter occursantes scopulos non fluere inmenso fragore creditur, sed ruere.

    En  Natualis Historia, lib. VI, 35, 181 dice:

    Este conquistó ciudades …..Attena, Stadisse, en donde el Nilo, precipitándose, quita con su fragor a sus habitantes la audición. También conquistó Napata.

    is oppida expugnavit … Attenam, Stadissim, ubi Nilus praecipitans se fragore auditum accolis aufert. diripuit et Napata.

    Por lo demás otros autores, como el propio Séneca (4 a.C.-65 d. C.),  hace referencia en sus Quaestiones Naturales,. 4,2,5  a las cataratas del Nilo y a su ruido ensordecedor:

    … finalmente, superados los obstáculos, sin terreno, cae en una enorme profundidad con enorme estrépito del lugar. Una colonia, colocada allí por los Persas, no pudo soportar el ruido anulados  sus oídos por el continuo fragor, por lo que hubieron de ser traslados a otro lugar más tranquilo.”

    …tandemque eluctatus obstantia in uastam altitudinem subito destitutus cadit cum ingenti circumiacentium regionum strepitu. Quem perferre gens ibi a Persis collocata non potuit obtusis assiduo fragore auribus et ob hoc sedibus ad quietiora translatis

    Por cierto, que esta idea del traslado de la colonia o ciudad lo repite el mismo Séneca en la famosa Epístola LVI  a Lucilio citada más arriba.

    No es fácil entender cómo se hace profusamente una cita cuestionable mientras no se utilizan otras varias que confirman lo que en el fondo se pretende: que los antiguos griegos y romanos eran conscientes de los perjuicios que para la audición representa un elevado nivel de ruido, sea producido por el propio ser humano o por la naturaleza.

    Tampoco es fácil entender cómo se ha esgrimido como “argumento de autoridad” una cita sin comprobar previamente su existencia.

    Al menos de todo ello debemos  sacar algunas conclusiones:

    1.  El “argumento de autoridad” ha de basarse ante todo en fuentes  reales y contrastadas. Es decir, debe existir la fuente.

    2.  Las fuentes, por mucha autoridad que tenga su autor, han de ser sometidas a crítica textual y también científica. Los errores científicos existieron en la Antigüedad y también en la actualidad, incluso publicados por autores y revistas científicas de prestigio.

    3. La multiplicación y repicación de una misma cita (hoy tarea de gran facilidad con los medios informáticos) no aumenta su  autoridad;  si la cita realmente no existe, lo que demuestra es el poco rigor con el que generalmente se actúa .

  • Origen de las palabras minuto y segundo.

    Tal vez algún lector se haya preguntado alguna vez por cuestión aparentemente tan irrelevante como el origen de los nombres “minuto” y “segundo” como divisores de la hora. Ningún conocimiento carece de valor.

    La historia empieza en Sumer”  es el título de una famosa obra de Noah Kramer publicada en los años cincuenta del siglo pasado. Los Sumerios fueron pioneros en la escritura, astronomía, matemáticas, etc. De ellos aprendieron muchas cosas los egipcios y de ambos (sumerios y sus descendientes en la zona, babilonios, persas, etc.; y egipcios) aprendieron los griegos y los restantes pueblos del Mediterráneo.

    En Sumer hay algún indicio de sistema numeral quinquenal o de base 5, relacionado sin duda con los cinco dedos de la mano. Utilizaron también un sistema duodecimal, de base 12,  (contaban señalando con el dedo pulgar 3 falanges en cada uno de los cuatro dedos restantes) relacionado con las doce lunas del año… Utilizaron un sistema decimal, de base 10, relacionado con los diez dedos de las manos.

    Utilizaron también curiosamente un sistema sexagesimal, sin que sepamos exactamente su origen. Se ha pensado que este sistema facilitaba las equivalencias entre el decimal y el duodecimal, ya que los divisores de 60 son el 1, 2, 3, 4, 5, 6, 10, 12, 20, 30, 60.

    Pues bien, a partir de los sistemas duodecimales y sexagesimales, desde los planteamientos sumerios y con el desarrollo en Egipto y Grecia, se estableció la división del tiempo en horas, estas  en minutos y estos en segundos. Y este es el sistema que seguimos empleando.

    El mismo sistema se aplicó a la división del espacio.

    Así  que las actuales medidas de los ángulos en grados y minutos, la de la esfera del reloj o medida del tiempo o la del globo terráqueo  con sus coordenadas de longitud y latitud tienen su origen en el sistema numeral inventado por los sumerios y babilonios hace 4.000 años.

    Eratóstenes, matemático y astrónomo griego (c. 276-194 a.C.) usó el sistema sexagesimal para dividir el círculo en 60 partes o grados (la palabra latina gradus significa paso) y creó las líneas paralelas horizontales de este a oeste para señaliza la latitud.

    Un siglo después Hiparco creó un sistema de líneas verticales que iban de norte a sur y dividían la esfera en 360  grados. 

    A mediados del siglo II d.C. Claudio Ptolomeo desarrolló los trabajos de Hiparco  y dividió los 360 grados en 60 partes más pequeñas cada uno en su obra Almagesto. A estas fracciones les llamó “partes minutae primae”, es decir, ”primeras partes pequeñas”. Volvió a fraccionar estas partes primeras en otras 60 más pequeñas y las llamó “partes minutae secundae”, es decir “segundas partes pequeñas”.

    A la primera fracción, a las “partes minutae primae” se les acabó llamando “minutae”, “las pequeñas”, de dónde deriva nuestra palabra “minuto”.

    A la segunda fracción, las “partes minutae secundae”, “segundas partes pequeñas”, se les acabó llamando “las segundas”,y de ahí deriva el “segundo”.

    Nota: Ptolomeo escribió su obra en griego y se llamaba Μαθηματικὴ Σύνταξις (Mathēmatikē Syntaxis) , Composición matemática. En latín se la conocía como Syntaxis mathematica. Luego se le llamó ‘Ἡ Μεγάλε Σύνταξις Hē Megalē Syntaxis , La gran sintaxis, el gran tratado.

    El superlativo del adjetivo griego μεγάλε, megale, grande, es μεγίστη, μέγιστος , megiste, megistos, (el más grande). La palabra Almagesto es la forma arabizada, con el artículo o presentador “al-“ del superlativo  griego μεγίστη: al-majisṭī (المجسطي). Gerardo de Cremona tradujo este libro del árabe al latín en la famosa escuela de Toledo en el año 1175, con lo que obtuvo una gran importancia en el mundo científico europeo. 

    Por lo demás, la división de las horas en 60 minutos y los minutos en sesenta segundos sólo se generalizó en su  uso mucho más tarde, cuando el hombre fue capaz de construir relojes mecánicos que pautasen esa duración, es decir, a partir del siglo XVI, XVII…

    No deja de ser una curiosidad interesante cómo en la necesaria división de los segundos ya no utilizamos el sistema sexagesimal sino el decimal: hablamos de décimas de segundo y centésimas y milésimas de segundo…  Sirva esta coexistencia actual de sistemas de numeración como prueba  de la posible coexistencia también del sistema duodecimal, el decimal y el sexagesimal en la antigua Sumeria.

    Sobre la división del tiempo de los griegos y romanos en horas hablaré en otra ocasión. Es suficiente ahora con conocer que en la mitología griega, Ὣραι (Horai) en un principio eran las diosas que marcaban el paso de las estaciones y fueron evolucionando hasta ser doce, una para cada una de las doce divisiones del día.

  • Biblioteca de Alejandría (5) ¿Desapareció la Biblioteca de Alejandría en un grandioso incendio?

    Según la tradición mil veces repetida, la famosa Biblioteca de Alejandría desapareció en un grandioso incendio. Parece ser este el trágico final al que tarde o temprano están condenadas todas las bibliotecas.

    Pero el asunto de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría ha generado gran controversia entre los autores modernos, que analizan las fuentes, en gran parte confusas.

    Desde luego no es ninguna operación gloriosa para nadie destruir una biblioteca; así que nadie lo reivindica. Pero probablemente la causa mayor fue la decadencia y desidia cultural que fue invadiendo el mundo antiguo desde el siglo V, aunque también las guerras y los enfrentamientos ideológicos entre cristianos y paganos.

    Son numerosos los textos que hacen referencia a la destrucción de la  Biblioteca, en general de cuestionable valor histórico  por la lejanía de los hechos que narran y por ser en ocasiones meras reproducciones y contaminaciones de unos y de otros; incluso algunos son contradictorios entre sí. En todo caso puede ser interesante reproducir algunos porque son expresión de la atención que al asunto se concedió en la propia antigüedad.

    Hay dos cuestiones previas que conviene dejar claras. En primer lugar no existe un edificio exento y grandioso como lugar en el que se coleccionan, almacenas y se leen los libros como las grandes bibliotecas actuales. La palabra “biblioteca” procede de la latina  bibliothēca, y esta de la griega βιβλιοθήκη, compuesta de βιβλίον ,biblíon, libro y θήκη théke, que significa “caja, depósito, receptáculo, armario…”.  βιβλίον  o βίβλος también significa corteza u hoja de papiro, soporte que se utilizaba para escribir sobre él, de donde procede el significado de “libro, escrito, documento, carta…”. Así que en realidad “biblioteca” designa a las estanterías o anaqueles en los que se colocan los volúmenes.

    En segundo lugar en Alejandría en realidad había dos bibliotecas, la conocida como “la biblioteca real” (propiedad real; el escritor hebreo Aristeas los llama “libros regios” o “libros del rey” (Carta de Aristeas, 38))  o gran biblioteca (  μεγάλη  βιβλιοθήκη , de μέγας, megas, grande), que formaba parte del complejo del palacio y del Museo, sin edificio propio, en el barrio del Bruqión (en realidad el palacio, que era una fortaleza,  ocupaba todo el barrio);   y la biblioteca anexa al  Serapeion , en el barrio de Rakhotis a la que algunas fuentes, como el obispo Epifanio, del siglo IV,  la llaman “hija” de la otra más grande.

    De acuerdo con los textos las bibliotecas de Alejandría sufrieron varios percances e incendios a lo largo de la historia.

    Probablemente el incendio más famoso y conocido es el que se produjo en el año 48 o 47 a.C., en la guerra de César con Ptolomeo XIII, en el que se quemaron un buen número de libros o volúmenes, sin que pueda afirmarse que sean libros de la Biblioteca que estaba en el Museum. Como el incendio se produjo en los almacenes de los muelles del puerto, se considera que se trataba de paquetes de libros o rollos preparados para la exportación, actividad muy importante en Alejandría.

    Los hechos parece ser que ocurrieron así:  César quiso mediar en el conflicto entre los hermanos hijos de Ptolomeo Auletes, entre Cleopatra y PTolomeo XIII. Durante la celebración de un festín en palacio, el general Aquila y el tutor del rey Potino intentaron un atentado contra César que fue descubierto. Aquila consiguió escapar y preparar la insurrección de Alejandría, en la que César se sintió acorralado en el palacio. Fue entonces cuando los hombres de César quemaron las naves de Ptolomeo para romper el cerco por mar. De los barcos el incendio se propagó a los almacenes y de allí a parte de la ciudad. Acabada la guerra, que ganó César, colocó en el trono a Cleopatra y su otro hermano Ptolomeo xiv como su marido.

    Nos dice Plutarco (entre ca. 46 y el 120) en  Vida de Julio César, 49,6:

    Interceptaron después la escuadra y (César) tuvo que  superar este peligro provocando  un incendio,  que luego se propagó desde los almacenes  a la gran biblioteca y la consumió.

    Y Aulo Gelio, que nació hacia el año 130), el mismo que nos dice que tenía 700.000 (en algunos manuscritos leemos 70.000) volúmenes,  nos dice también que desaparecieron en un incendio con ocasión de la guerra de César, aunque ocurrió por accidente, cargándolo además a las tropas auxiliares:

    Gelio, Noct. Attic. VII, 17,3:

    pero todos ellos (los libros)  fueron quemados en la primera guerra Alejandrina por las tropas auxiliares, mientras se conquistaba la ciudad, no espontánea ni premeditadamente, sino casualmente.

    sed ea omnia bello priore Alexandrino, dum diripitur ea civitas, non sponte neque opera consulta, sed a militibus forte auxiliaris incensa sunt.

    Pero el poeta Lucano, que se entretiene un poco en describir el incendio como buen poeta, nos dice en su Bellum Civile (o Farsalia) , X, 486-505, que fue César quien ordenó incendiar las naves:

    Se atacan también con las naves las dependencias reales, por donde se proyecta en medio de las aguas la lujosa mansión con un soberbio dique. Pero en todas partes está César defendiendo: estos accesos los defiende con la espada, estos otros con el fuego, y siendo atacado lleva a cabo el trabajo de un atacante. ¡Tan grande es la firmeza de su mente! Ordena que se arrojen antorchas empapadas en viscosa pez a las velas de las naves amarradas juntas; y no era lento el fuego en las maromas de estopa ni en las tablas chorreando cera, y al mismo tiempo ardieron los bancos de los remeros y las altas maromas. Ya las naves semiquemadas se hunden en las aguas y ya flotan los enemigos y sus dardos. Pero el incendio no cayó solo en las naves, sino que los edificios al lado del mar acogieron el fuego con sus grandes llamaradas y los Notos (viento) favorecieron el desastre, y la llama,empujada por el torbellino se propagó por las casas con un movimiento no distinto del que acostumbra el sol a deslizarse en el surco celeste aun careciendo de materia pero ardiendo con el solo aire. Aquella desgracia apartó un poco del palacio cerrado a las gentes para (ir) en auxilio de la ciudad.

    nec non et ratibus temptatur regia, qua se
    protulit in medios audaci margine fluctus
    luxuriosa domus. sed adest defensor ubique
    Caesar et hos aditus gladiis, hos ignibus arcet,
    obsessusque gerit, tanta est constantia mentis,                  490
    expugnantis opus. piceo iubet unguine tinctas
    lampadas inmitti iunctis in uela carinis;
    nec piger ignis erat per stuppea uincula perque
    manantis cera tabulas, et tempore eodem
    transtraque nautarum summique arsere ceruchi.                  495
    iam prope semustae merguntur in aequora classes,
    iamque hostes et tela natant. nec puppibus ignis
    incubuit solis; sed quae uicina fuere
    tecta mari longis rapuere uaporibus ignem,
    et cladem fouere Noti, percussaque flamma                  500
    turbine non alio motu per tecta cucurrit
    quam solet aetherio lampas decurrere sulco
    materiaque carens atque ardens aere solo.
    illa lues paulum clausa reuocauit ab aula
    urbis in auxilium populos.

    Amiano Marcelino ( 325/330–después de 391) , Historias, XXII, 16, 12  también da la cifra de 700.000  volúmenes quemados en esta guerra:

    Se suman a estos los templos orgullosos de sus altos tejado, entre los que sobresale el Serapeo,  para el que no hay palabras adecuadas, magnífico con sus atrios de columnas, y con estatuas de retratos que casi respiran y que está hasta tal punto adornada por la cantidad de obras, que, después del Capitolio, con el que la venerable Roma se alza para la eternidad, nada más ambicioso se puede ver en el orbe de las tierras. En este estuvieron bibliotecas sin precio; la información que nos habla de los monumentos antiguos dice que en la guerra de Alejandría, mientras se conquistaba la ciudad por el dictador César, ardieron setecientos mil volúmenes, recopiladas por los reyes Ptolomeos con su vigilante atención.

    His accedunt altis sufflata fastigiis templa, inter quae eminet Serapeum, quod licet minuatur exilitate verborum, atriis tamen columnatis amplissimus, et spirantibus signorum figmentis, et reliqua operum multitudine ita est exornatum, ut post Capitolium, quo se venerabilis Roma in aeternum attollit, nihil orbis terrarum ambitiosius cernat.   In quo bybliothecae fuerunt inaestimabiles: et loquitur monumentorum veterum concinens fides, septingenta voluminum milia, Ptolomaeis regibus vigiliis intentis composita, bello Alexandrino, dum diripitur civitas, sub dictatore Caesare conflagrasse.

    Tanto Dion Casio como Orosio y Lucano, las fuentes más extensas, parece que  se basan en Tito Livio.

    Dión Casio (155 – después del 235) , Historia romana, XLII, 38, 2.

    Después de esto se produjeron muchas batallas entre las dos fuerzas, tanto de día como de noche, con el resultado de que fueron quemados los muelles y los almacenes de grano entre otros edificios, y también la biblioteca, de la que se dice que sus volúmenes eran los más numerosos y de gran calidad. Aquilas dominaba la parte continental, excepto lo que César tenía amurallado, y  el mar excepto el puerto.

    Este mismo Díon Casio también nos refiere en  LXXVIII,7  la loca amenaza de Caracalla de quemar el Museo para vengar a Alejandro Magno, al que según él había mandado envenenar Aristóteles. Caracalla era un loco entusiasta de Alejandro.

    Mostró un odio amargo hacia los filósofos llamados aristotélicos en todos los sentidos, incluso yendo tan lejos como para desear quemar sus libros; en concreto les suprimió en Alejandría los comedores comunes y todos los privilegios de que gozaban. El agravio contra ellos venía porque se suponía que Aristóteles había estado interesado en la muerte de Alejandro. Este fue su comportamiento en estos asuntos; incluso hizo más, se hizo con numerosos elefantes de manera que parecía que estaba imitando a Alejandro, o tal vez mejor, a Dionisos.

    Seneca (4-65), sin duda más ajustado en el número y todavía fantasioso sin duda,  nos dice en De tranquillitate animi, 9,9,4 y ss.

    En Alejandría ardieron cuarenta mil libros. Alguno alabó este monumento a la opulencia de los reyes, como T.Livio, que dijo que esta egregia obra fue fruto de la elegancia y preocupaión de los reyes.

    Quadraginta milia librorum Alexandriae arserunt ;  pulcherrimum regiae opulentiae monimentum alius laudaverit, sicut T. Livius, qui elegantiae regum curaeque egregium id opus ait fuisse.

    Obsérvese que Séneca aduce la fuente de Livio.

     Orosio (c.383-c.420), Historias contra los paganos, VI, 15, 31. dice cuatrocientos mil (cero más cero menos…)

    En la misma batalla se ordenó que se quemase la flota real, que casualmente estaba atracada. Las llamas, que alcanzaron también parte de la ciudad, quemaron cuatrocientos mil libros que casualmente estaban almacenados en un edificio cercano. En verdad que era un monumento especial fruto del celo e interés de nuestros antepasados que habían reunido tantas y tan grandes obras de mentes tan ilustres. Por ello, aunque todavía hoy queden en los templos, que también nosotros hemos  visto, los armarios de los libros, y se nos recuerde  que fueron vaciados en nuestro tiempo por nuestros hombres, lo que ciertamente es verdad, sin embargo se cree que con más acierto  se buscaron otros libros, que hubo quienes imitaron el antiguo interés por los estudios, y que hubo entonces otra biblioteca además de la de los cuatrocientos mil libros que por eso se escapó (de la destrucción)

    in ipso proelio regia classis forte subducta iubetur incendi. ea flamma cum partem quoque urbis inuasisset, quadringenta milia librorum proximis forte aedibus condita exussit, singulare profecto monumentum studii curaeque maiorum, qui tot tantaque inlustrium ingeniorum opera congesserant. unde quamlibet hodieque in templis extent, quae et nos uidimus, armaria librorum, quibus direptis exinanita ea a nostris hominibus nostris temporibus memorent – quod quidem uerum est -, tamen honestius creditur alios libros fuisse quaesitos, qui pristinas studiorum curas aemularentur, quam aliam ullam tunc fuisse bibliothecam, quae extra quadringenta milia librorum fuisse ac per hoc euasisse credatur.

    Es interesante que varios autores, que coinciden en dar la cifra de 40.000 volúmenes quemados, como Séneca, Orosio,  Lucano, parecen depender del texto de Livio que  se ha perdido, pero el contenido se conserva en  Floro: Epítome de Tito Livio, II, 13, 59:

    “Y en primer lugar alejó los proyectiles de los enemigos atacantes con el incendio de los edificios próximos y de los almacenes navales”.

    ac primum proximorum aedificorum atque navalium incendio infestorum hostium tela submovit”

    Así que a Livio se deberían los detalles de quema de los arsenales o almacenes del puerto, quema de rollos que eran mercancía en el puerto y estaban allí por casualidad; no eran, pues, libros del Museo; también sería de Livio la referencia a que el incendio apartó a los enemigos de palacio y permitió la defensa del pueblo que acudió (Lucano)

    Así que el incendio del año 48 a. C. por las tropas de Julio Cesar quizás no fue tan grave como reflejan algunas fuentes: se trataba de mercancías que por casualidad estaban en los almacenes del puerto destinadas sin duda al mercado exterior (algunos intérpretes modernos han interpretado que tal vez el destino fuera Roma, donde los ricos creaban sus aparatosas bibliotecas, como cuenta Séneca). Es la interpretación más coherente con los textos:

    Luego, más tarde, en el enfrentamiento entre Octavio y Marco Antonio se hizo correr el rumor interesado de que Marco Antonio intentó reparar el daño del incendio ocasionado por César, reglando a Cleopatra 200.000 volúmenes de la Biblioteca de Pérgamo;  en realidad es una calumnia, entre otras,  para desacreditar al ignorante Marco Antonio. Nos dice Plutarco en Vida de Antonio, LVIII:

    “…y Calvisio, amigo de César, añadió, como crímenes de Antonio en sus amores con Cleopatra, los siguientes: que había cedido y donado a ésta la biblioteca de Pérgamo, en la que había doscientos mil volúmenes simples;”

    porque poco después al comienzo del cap. LIX  el propio Plutarco nos dice:

    “Pero se cree que la mayor parte de estas inculpaciones habían sido inventadas por Calvisio”.

    En fin, no deja de ser curioso que César que se refiere a esta guerra en su  Guerra Civil, III, 111. no mencione el incendio de la Biblioteca o de cierta cantidad de libros, del que lógicamente no se sentiría muy orgulloso.

    Como decía al principio, parece que el fatídico final de toda biblioteca es un incendio, que a veces se intenta paliar con medidas de reconstrucción. Así, según Suetonio, también Domiciano colaboró en la reposición de obras de la Biblioteca de Alejandría:

    Suetonio (c.70-126), Domi. 20, 1

    Al principio de su mandato descuidó los estudios liberales, aunque con grandes gastos se preocupó de reparar las bibliotecas afectadas por el incendio, buscó por todas partes los ejemplares (perdidos) y envió a Alejandría a quienes los copiaran y corrigieran.

    Liberalia studia imperii initio neglexit, quanquam bibliothecas incendio absumptas impensissime reparare curasset, exemplaribus undique petitis missisque Alexandream qui describerent emendarentque.

    El golpe más duro a la Biblioteca pudo tener lugar en el siglo III, cuando   Aureliano, en el año 272 d.C. durante su guerra con Zenobia, la reina de Palmira, arrasó la ciudad y destruyó el Bruquión, en donde se encontraba la Biblioteca  . Amiano nos dice en XXII,16,15:

    Pero Alejandría,no poco a poco  como otras ciudades, sino desde el principio fue adornada con espaciosos bulevares. Pero destrozada muchas veces por peleas internas, finalmente, después de muchos años, siendo emperador Aureliano, drivadas las querellas intestinas en luchas mortales y destruidas sus murallas, perdió la mayor parte de su territorio, que se llamaba el Bruqión, el domicilio durante muchos años de las personas más importantes.

    Sed Alexandria ipsa non sensim, ut aliae urbes, sed inter initia prima aucta per spatiosos ambitus, internisque seditionibus diu aspere fatigata, ad ultimum multis post annis Aureliano imperium agente, civilibus iurgiis ad certamina interneciva prolapsis dirutisque moenibus amisit regionis maximam partem, quae Bruchion appellabatur, diuturnum praestantium hominum domicilium.

    En época de Diocleciano, en el año 296, la ciudad fue otra vez saqueada al reprimir una sublevación.
    Desde luego la Biblioteca alojada en el Serapeion debió sufrir un golpe definitivo en el año 391 cuando Teodosio ordena la destrucción de los templos pagano y el patriarca Teófilo los cierra en Alejandría y muchos sabios abandonan  la ciudad de la ciencia y la cultura. Desde la época de Teodosio la Biblioteca se iría degradando poco a poco y los libros desapareciendo.

    En el año 415  tiene lugar el asesinato por los cristianos de la hija de Teón, Hipatia, filósofa, musicóloga, matemática que estudió las curvas cónicas, astrónoma, en el marco de la decadencia del paganismo y de las luchas internas de grupos cristianos.

    El cristiano Orosio  visitó Alejandría precisamente el año 415 y recoge en su obra la destrucción de la biblioteca o de lo que de ella quedase por  los cristianos como más arriba hemos citado.

    Por ello, aunque todavía hoy queden en los templos, que también nosotros hemos  visto, los armarios de los libros, y se nos recuerde  que fueron vaciados en nuestro tiempo por nuestros hombres, lo que ciertamente es verdad, sin embargo se cree que con más acierto  se buscaron otros libros, que hubo quienes imitaron el antiguo interés por los estudios, y que hubo entonces otra biblioteca además de la de los cuatrocientos mil libros que por eso se escapó (de la destrucción)

    unde quamlibet hodieque in templis extent, quae et nos uidimus, armaria librorum, quibus direptis exinanita ea a nostris hominibus nostris temporibus memorent – quod quidem uerum est -, tamen honestius creditur alios libros fuisse quaesitos, qui pristinas studiorum curas aemularentur, quam aliam ullam tunc fuisse bibliothecam, quae extra quadringenta milia librorum fuisse ac per hoc euasisse credatur.

    Entre otras cosas, los libros habrían cambiado de forma, ahora pergaminos y no rollos de papiro copiados con muchos errores porque el griego se iba olvidando.

    El siglo IV desde luego fue un mal siglo para las bibliotecas, que fueron desapareciendo, algunas destruidas por guerras o incendios y otras simplemente cerradas por la desidia cultural que se va extendiendo.

    Amiano, varias veces citado,  ((325/330–after 391) (lo que se conserva de su obra se refiere a lo ocurrido entre los años 353 y 378), como nos recuerda Luciano Cánfora,  dice en XIV,6, 18:
                    
    (bibliotecas) cerradas como tumbas para toda la eternidad”

    Siendo esta la situación, las pocas casas antes famosas por el afán serio de los estudios, ahora están repletas de las bromas de una vergonzosa indolencia, resonando con el sonido de las canciones y con el tintineo aéreo de las flautas. Así en lugar del filósofo se busca al cantor y en lugar del orador al profesor de juegos, y con las bibliotecas cerradas para siempre como sepulcros, se fabrican grandes órganos hidráulicos y liras tan grandes como carros, y pesadas flautas e instrumentos para las pantomimas de los payasos.

    Quod cum ita sit, paucae domus studiorum seriis cultibus antea celebratae, nunc ludibriis ignaviae torpentis 1 exundant, vocabili sonu, perflabili tinnitu fidium resultantes. Denique pro philosopho cantor, et in locum oratoris doctor artium ludicrarum accitur, et bibliothecis sepulcrorum ritu in perpetuum clausis, organa fabricantur hydraulica, et lyrae ad speciem 2 carpentorum ingentes, tibiaeque et histrionici gestus instrumenta non levia.

    Así ocurrió en Alejandría, Pérgamo, Antioquía, Roma, Atenas, Bizancio.

    En época árabe la Biblioteca habría dejado de existir, pero los árabes conocieron muchas obras griegas, porque algunas de ellas fueron conocidas en el Occidente medieval a través de traducciones al árabe y luego del árabe al latín. En la España de entonces se hicieron algunas, en la famosa Escuela de Traductores de Toledo entre otros lugares.

    Sólo se conservó lo que se guardó en los monasterios y conventos…

    En todo caso  no deja de ser interesante y curioso el episodio y la frase atribuidos al califa Omar, que estaba en Constantinopla, que gobernó entre el 634 y 644, y contestó a la pregunta que le hizo Amr ibn al-As, conquistador de la ciudad de Alejandría en el año 642, sobre el destino de los libros de la Biblioteca.

    Se hace referencia  a este episodio en Eutiquio, Anales, II (pág. 316 de la edición de Pococke). El núcleo del diálogo está en el libro de Ibn al-Quifti “Ta’rikh al-Hukama (La Crónica de hombres sabios), del siglo XIII

    El conquistador preguntó al califa ante la cuestión que le planteó Juan Filopón, conocido como el "Infatigable", comentarista de Aristóteles, qué debía hacer con los libros de la biblioteca.  El episodio, ficticio sin duda, circuló ampliamente por oriente e incluso  ha perdurado  hasta tiempos recientes entre los coptos egipcios,  sin fundamento racional e histórico alguno .  El califa contestó:

    “Si la Biblioteca  no contiene más que lo que hay en el Corán, es inútil y debe ser quemada; si contiene algo más que el Corán, entonces es mala y también hay que quemarla”.

    Reproduzco la traducción al latín que en 1650 hace Pococke de la obra de Bar Hebraeus, también conocido como Abu’l Faraj, que escribió en Siriaco su Chronicum Syriacum,  en el siglo XIII.

    Por lo tanto, después de haber escrito una carta a Omar, le comunicó lo que había dicho  Juan, y se le trajo a él mismo una carta  de Omar, en la que (Omar) escribió: "En cuanto a  los libros de los que me has hecho  mención: si en ellos se contiene lo que está de acuerdo con el libro de Dios, en el libro de Dios está lo que es suficiente  sin ellos, pero si  en ellos está lo que repugna al libro de Dios, de ninguna manera nos es necesario y en consecuencia ordena que sea quitado de en medio. Por tanto, Amr ibn al-As ordenó que se repartieran por  los baños de Alejandría, y se quemaran para calentarlos;  así fueron consumidos durante el espacio de un semestre. Escucha lo que se hizo, y maravíllate.

    Scriptis ergo ad Omarum literis, notum ei fecit, quid dixisset Johannes, perlataeque sunt ad ipsum ab Omaro literae, in quibus scripsit,  “Quod ad libros quorum mentionem fecisti: si in illis contineatur, quod cum libro Dei conveniat, in libro Dei [est] quod sufficiat absque illo; quod si in illis fuerit quod libro Dei repugnet, neutiquam est eo [nobis] opus, jube igitur e medio tolli.”    Jussit ergo Amrus Ebno’lAs dispergi eos per balnea Alexandriae, atque illis calefaciendis comburi;  ita spatio semestri consumpti sunt. Audi quid factum fuerit et mirare.

    Lo curiosos es que esta frase no es sino una copia de lo dicho dos siglos y medio antes por San Agustín en su obra “Sobre la doctrina cristiana, Libro II, cap. XLII,63:

    Comparación de la Sagrada Escritura con los libros profanos

     Así como es mucho menor la riqueza del oro, de la plata y de los vestidos que el pueblo de Israel sacó de Egipto, en comparación de los bienes que después consiguió en Jerusalén, lo que de un modo especial se manifestó en el reinado de Salomón, así también es mucho menor toda la ciencia recogida de los libros paganos, aunque sea útil, si se compara con la ciencia de las Escrituras divinas. Porque todo lo que el hombre hubiese aprendido fuera de ellas, si es nocivo, en ellas se condena; si útil, en ellas se encuentra. Y si cada uno encuentra allí cuanto de útil aprendió en otra parte, con mucha más abundancia encontrará allí lo que de ningún modo se aprende en otro lugar, sino únicamente en la admirable sublimidad y sencillez de las divinas Escrituras. No siendo ya un obstáculo los signos desconocidos para el lector dotado de esta instrucción, manso y humilde de corazón, sometido con suavidad al yugo de Cristo y cargado con peso ligero, fundado y afianzado y formado en la caridad, a quien no puede ya hinchar la ciencia, acérquese a considerar y discutir los signos ambiguos que en las Escrituras se hallan, sobre los cuales me propongo hablar en el libro tercero lo que Dios se digne concederme. (Traducción: Balbino Martín Pérez, OSA)

    Sacrae Scripturae cum profana scientia comparatio.
    42. 63. Quantum autem minor est auri, argenti vestisque copia, quam de Aegypto secum ille populus abs tulit, in comparatione divitiarum quas postea Hierosolymae consecutus est, quae maxime in Salomone rege ostenduntur 72, tanta fit cuncta scientia quae quidem est utilis, collecta de libris Gentium, si divinarum Scripturarum scientiae comparetur. Nam quidquid homo extra didicerit, si noxium est ibi damnatur, si utile est, ibi invenitur. Et cum ibi quisque invenerit omnia quae utiliter alibi didicit, multo abundantius ibi inveniet ea quae nusquam omnino alibi, sed in illarum tantummodo Scripturarum mirabili altitudine et mirabili humilitate discuntur. Hac igitur instructione praeditum cum signa incognita lectorem non impedierint, mitem et humilem corde, subiugatum leniter Christo et oneratum sarcina levi, fundatum et radicatum et aedificatum in caritate quem scientia inflare non possit, accedat ad ambigua signa in Scripturis consideranda et discutienda, de quibus iam tertio volumine dicere aggrediar, quod Dominus donare dignabitur.

    Pero lo realmente curioso y llamativo es que más de milenio y medio después de San Agustín y poco menos del Califa, haya personas, y no son pocas, que sigan considerando los libros religiosos sagrados como enciclopedias científicas con el mismo razonamiento: todo está en la Biblia, en el Corán o en la Torá o en cualquier otro libro dictado por la divinidad; y lo que en ellos no está es falso y rechazable y su autor o poseedor es merecedor de los mayores castigos en la tierra y en el más allá…

    Desde luego las guerras y la intransigencia y fanatismo son los mayores enemigos de los libros. A veces el fuego es el instrumento más eficaz en su destrucción y desde luego existe una especie de tradición tópica de que el fin de las bibliotecas es siempre el fuego. En la historia de la cristianización de Europa no han faltado episodios de la quema de libros.

    El papel (no sé si el papiro también aunque estará en ese parámetro) arde a una temperatura no excesivamente elevada, a 451 grados Fahrenheit o  233 grados  centígrados. “Fahrenheit 451”  es precisamente el título de una novela del estadounidense Ray Bradbury y de una famosa película de François Truffaut del año 1966.

    La destrucción de la Biblioteca de Alejandría por el fuego o los fuegos sucesivos es el más llamativo símbolo de la destrucción de la cultura, las artes y las ciencias por el fanatismo, casi siempre religioso,  que con demasiada frecuencia se apodera de los hombres. 

    Así si en la historia de la cristianización de Europa no han faltado episodios de la quema de libros, los recientes episodios de la destrucción de la biblioteca de Sarajevo, la destrucción de restos arqueológicos e históricos en Afganistán, en Irak, en Siria, en Mali… no hacen sino alimentar desgraciadamente la tradición.

  • La Biblioteca de Alejandría (4): Sabios, bibliógrafos y bibliotecarios

    Toda biblioteca ha de estar bien organizada con sus fondos bien catalogados. La de Alejandría parece que así estuvo y de alguna manera sentó las bases del arte de la biblioteconomía.

    Los rollos de papiro o los papiros enrollados se guardaban en armarios o estantes que precisamente se llaman   βιβλιοθήκαι , bibliothekai. Parece ser que los rollos o volúmenes estaban organizados y clasificados por géneros o materias (épica, lirica, tragedia, comedia, filosofía, medicina, retórica…) y dentro de ellos por orden alfabético de autores y de títulos. En el borde superior del rollo se colocaba una etiqueta con el “título” de la obra. (τίτλος en griego y titulus en latín significan precisamente y en primer lugar inscripción, rótulo, título,) o índice (index, de in– y dico, decir, anunciar, comunicar, señalar, significar, etc.)

    Calímaco de Cirene (310-240 a.C.) fue el segundo bibliotecario director oficial de la Biblioteca y se le considera el “padre de la bibliografía y de la biblioteconomía”, según esa costumbre popular de buscar padres para todo.

    Calímaco escribió una obra llamada PinakesCatálogo de los autores que brillaron en cada disciplina singularPinakes (griego Πίνακες) significa  "tablas") y en realidad es un catálogo de libros constituido a su vez por  más de 120 libros o rollos.  En ellos se encontraban clasificados todos los volúmenes de la Biblioteca. De cada autor se daba una pequeña biografía y la lista de sus obras con las palabras iniciales y referencia de su longitud, técnica clasificatoria de la que hay referencias en los archivos sumerios, hititas, asirios y babilonios. Pero no se utiliza un orden alfabético

    Nota: si la biblioteca es el lugar en donde se guardan y exhiben los libros, la pinacoteca, del latín pinacothēca, y este del griego πινακοθήκη y este de Πίνακες, tabla, será el lugar  en el que guardan y exhiben las tablas o pinturas.

    Es quien idea, pues, la clasificación por palabras clave y por autor. Obsérvese como todavía se sigue utilizando el mecanismo de usar las letras iniciales sea del autor o del título para clasificar una obra.

    En realidad Calímaco no pretende hacer un índice o catálogo de los libros existentes en la biblioteca, sino crear un instrumento que facilitase la labor de los estudiosos, dada la dificultad que entraña el tener que desenrollar un papiro para averiguar su autor o su contenido, ya que los papiros no tienen una portada o una página inicial con el nombre el autor o el título de la obra.

    Si aplicamos a “género literario” un significado amplio, podemos considerar que estaban clasificados por géneros literarios. Se establecieron seis secciones para la poesía y cinco para la prosa. Algunas de las categorías fueron autores épicos, trágicos, cómicos, historiadores, médicos, rétores, leyes, misceláneas; curiosamente faltan los filósofos.

    Así que Demetrio de Falera fue  probablemente el cerebro que diseñó la Biblioteca aplicando el método de la biblioteca de Aristóteles, aunque  no fue el primer director oficial.

    El primero  lo fue  Zenódoto de Efeso, al que se debe la invención de la crítica de textos por comparación de diversos manuscritos. En su afán de recopilar los libros existentes en su entorno, la Biblioteca pronto se encontró con numerosos ejemplares o copias de una obra que divergían entre sí o no coincidían exactamente o que contenían errores.  Zenódoto vió la necesidad de compararlos entre sí para determinar el texto inicial o el texto más aproximado y en consecuencia inventó la “crítica textual”,  trabajo al que los filólogos, en su afán de precisión y exactitud, dedican no pocos de sus infinitos esfuerzos. Con frecuencia incluso corrigen los textos en un afán de mejora y perfección de la obra; es decir al texto lo consideran perfectible o no un texto sagrado que no admite la más mínima modificación.

    Otro problema que exigió el estudio filológico es el hecho de atribuir a grandes autores numerosas obras que no eran de ellos; así se atribuían numerosos escritos de medicina a Hipócrates o libros de poemas que no eran la Ilíada o la Odisea a Homero.

    Zenódoto preparó ediciones críticas de Hesíodo, Píndaro y Homero.  Cada ciudad tenía su propia edición de Homero..Se calcula que Zenodoto pudo utilizar entre 20 y 30 ediciones de Homero (unas llevan la etiqueta “de las ciudades” y otras “del Museo”, haciendo referencia a su origen de alguna ciudad o a copias realizadas en el propio Museo.

    Este especialista en Homero consideró que la Ilíada y la Odisea eran las únicas obras de Homero y  es el responsable de la división de la Iliada y Odisea en 24 cantos, tantos como letras tiene el alfabeto griego, mayúsculas para la Iliada y minúsculas para la Odisea. Los alejandrinos se mostraron en general respetuosos con los textos y si tenían que hacer alguna rectificación lo hacían al margen en los llamados scholia  ( del lat. scholĭum, y este del gr. σχόλιον, comentario).

    También los alejandrinos dividieron la obra de Heródoto en nueve libros, dedicados a cada una de las  nueve musas.

    Diógenes Laercio nos cuenta, por ejemplo,  a propósito de Timón en el libro IX,113:

    Cuentan que Arato le preguntó cómo conseguir un texto fiable de los poemas de Homero; le respondió: ‘habrás de encontrar las copias antiguas, y no las que ya están corregidas’.

    Vitruvio nos cuenta en VII, pref.5-7 cómo Aristófanes de Bizancio, que conocía perfectamente la biblioteca, descubre a unos falsarios a propósito de un certamen poético convocado por el rey, en el que participó como juez. Como conocía perfectamente el orden de los libros, se levantó del jurado, fue a la estantería adecuada y regresó con los textos originales de unos libros que los participantes querían hacer pasar como propios.

    Véase https://www.antiquitatem.com/plagio-antiguo-biblioteca-de-alejandri

    Este trabajo filológico ha sido esencial desde que en el Renacimiento se intenta recuperar la cultura antigua. Aparecen, generalmente escondidos o perdidos  en las bibliotecas de los monasterios manuscritos de las obras latinas “supérstites”, supervivientes,  resultado de la copia de la copia de otra copia. Los errores de los copistas, que escriben de oído, muchas veces sin comprender lo que están transcribiendo, se acumulan y multiplican. Por eso es necesaria la crítica de esos textos, la “crítica textual”.  Por lo demás ese estudio genealógico del documento permite establecer el origen y el camino discurrido por el manuscrito, ahora ya en forma de códice o libro de hojas de piel de animal, más manejable que el antiguo volumen o rollo de papiro.

    A estos eximios bibliotecarios alejandrinos iniciales les sucedieron otros muchos eximios.  Así Apolonio de Rodas, autor de “El viaje de los Argonautas”,  luego el matemático Eratóstones de Cirene, que midió la circunferencia de la Tierra con un razonamiento trigonométrico impecable y con pequeño error de  precisión , Apolonio de Alejandría, Aristarco de Samotracia que fue el primero en afirmar que la Tierra gira alrededor del Sol, Aristófanes de Bizancio, que escribió un “léxico” de palabras antiguas o peculiares. Lexicon, (del gr. λεξικός,  y éste de .lexis, λέξις, palabra, voz,dicción) significa colección de palabras. Este mismo Aristófanes fue el primero en dividir la poesía en versos o kolon (del griego κῶλον kolon, = miembro),   en estrofas; hasta él se escribía de manera seguida como la prosa.

    Además de los scholia o comentarios marginales,  utilizaban la nota a pie de página y signos diversos de crítica textual, algunos se siguen utilizando, como una línea horizontal para marcar un verso sospechoso de espurio, el asterisco, en forma de estrella par indicar un versos repetido, etc.

    Los alejandrinos crearon, pues,  la filología como ciencia.

    Por la Biblioteca pasaron entre otros muchos sabios desde el siglo III a.C. al IV de nuestra era personas tan célebres, además de los directores citados,  como los matemáticos Euclides, Arquímedes, Teón de Alejandría; geógrafos e historiadores como Manetón, Diodoro de Sicilia y Estrabón, Teofrasto el botánico; filósofos como Dídimo, Filón de Alejandría y Plotino; poetas como Calímaco y Teócrito o Licofrón; retóricos como Ateneo,; astrónomos y geógrafos como Claudio Ptolomeo y Estrabón; médicos como Herófilo de Calcedonia, Erasístrato y Galeno. Es curioso que no se citen nombres de filósofos en cuanto tales.

    ¿Cómo no va a generar una verdadera atracción y admiración este elenco de tantos sabios? ¿Qué universidad o academia actual no se sentiría y aun explotaría orgullosa tal nómina?

    En verdad que en Alejandría estuvo el fundamento y base de la ciencia y cultura occidentales.
     

  • La Biblioteca de Alejandría (3): La biblioteca de Alejandría adquirió libros de manera harto curiosa

    La pretensión de los Ptolomeos fue recopilar los “libros de todos los pueblos de la tierra”, siguiendo tal vez los consejos de Demetrios de Falera. Ciertamente algunas de las anécdotas que se contaban en la Antigüedad revelan la pasión de los Ptolomeos por dotar a su biblioteca de Alejandría de los libros existentes en el mundo conocido. También traslucen las fuentes la rivalidad existente entre las dos grandes bibliotecas, la de Alejandría y la de Pérgamo.

    La  pretensión de los Ptolomeos fue recopilar los “libros de todos los pueblos de la tierra”, siguiendo tal vez los consejos de Demetrios de Falera.   Ciertamente algunas de las anécdotas que se contaban en la Antigüedad revelan la pasión de los Ptolomeos por dotar a su biblioteca de Alejandría de los libros existentes en el mundo conocido. También traslucen las fuentes la rivalidad existente entre las dos grandes bibliotecas, la de Alejandría y la de Pérgamo.

    El procedimiento más frecuente de adquisición sería sin duda la compra de originales o de copias. En otro artículo  ya hemos citado a Ateneo a propósito de la compra de la biblioteca de Aristóteles y Neleo. https://www.antiquitatem.com/biblioteca-de-alejandria-ptolomeo-serape

    Según una versión,  Ptolomeo II había comprado la biblioteca de Aristóles, que según otras fuentes  acabó en Roma. Naturalmente es imposible que la  biblioteca de Aristóteles estuviera en dos lugares al mismo tiempo, en Alejandría y en Roma, pero la discrepancia en el destino final de la biblioteca de Aristóteles lo que indica es el interés de los romanos por atestiguar su participación en la génesis de la cultura occidental, de la que la tradición aristotélica es parte esencial: Alejandría sigue siendo el centro cultural, pero el poder político ahora está en Roma.

    Además de la compra de originales, el método más frecuente, como decía sería la copia  de textos.
    En realidad, en su pretensión de coleccionar todos los libros del mundo, lo que intentan también es traducirlos al griego, porque no aprendieron todas las lenguas pero los Ptolomeos sí pretendían conocer a los pueblos que conquistaban (Alejandro conquistó un enorme imperio) como un instrumento más de dominio.  Así que naturalmente les interesaron los libros sagrados de otros pueblo (judíos, Zoroastro…, egipcios…)

    El médico Galeno, que vivió en el siglo II de Cristo, nos da alguna información curiosa sobre la adquisición de libros. Galeno nos comenta cómo, en el afán por conseguir los volúmenes,  se requisaban las obras que hubiera en  las naves que llegaban a Alejandría, se copiaban y se entregaban las copias a sus dueños, no los originales requisados.

    Nos lo cuenta en su obra “Hippocratis  Epidemiorum  et Galeni in illum commentarius I (Libro de Hipocrates  sobre las epidemias y comentario de Galeno sobre él, en el Tomo XVII, Libro II (239) (página 606) de la edición de  las obras completas en griego y en latín por C.G.Kühn, Lipsiae, 1828.  Aporto la versión en español y el texto latino, que es más asequible para más lectores que el texto griego:

    Dicen algunos que el mismo  rey de Egipto Tolomeo los trajo de Panfilia (Pérgamo) y que era tal su ambición por los libros, que ordenó que se le llevaran los libros de todos los nombres y que se copiaran en nuevos papiros y se entregasen los escritos a sus dueños, que se le llevasen los libros de las naves que arribaban y se colocasen en las estanterías los transportados en las naves y se les pusiese  el título “Libros de (procedentes) de barcos”.

    Nonnuli vero et ipsum ex Pamphylia asportasse et regem Aegypti Ptolemaeum ita libroum ambitionem fuisse, ut appellantium ómnium libros ad se deferre iuberet et hos in novas chartas scriberet daretque scriptos dominis, a quibus appulsis libri ad ipsum asportati essent et naves advectos libros in bibliothecis reponeret, essentque ipsis inscriptiones  “Libri ex navibus”.

    El caso más llamativo de este procedimiento abusivo fue sin duda cómo Atenas prestó las copias oficiales  de las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides contra la garantía de 15 talentos; la biblioteca entregó las copias de las copias, es decir, se quedó con los originales y perdió los talentos, que equivalían a 90.000 dracmas o  540.000 óbolos (un jornalero ganaba unos dos óbolos diarios).

    Nos lo cuenta el mismo Galeno en la misma obra una página después, en la 607 de la edición de Kühn:

    De hasta qué punto se interesaba en la compra de libros antiguos el famoso Ptolomeo no es pequeña prueba lo que dicen que hizo con los Atenienses. Recibió las obras de Sófocles, Eurípides y Esquilo para copiarlas simplemente y devolveros inmediatamente después íntegros contra la fianza de quince talentos de plata. Sin embargo, una vez que los copió magníficamente en el mejor papiro, se quedó con los que había recibido de los Atenienses, y les envió a ellos los que él había copiado, rogándoles que se quedasen con los quince talentos y recibiesen los  libros nuevos en lugar de los viejos que ellos habían entregado. Y así si no hubiese enviado también a los Atenienses los libros nuevos pero hubiese retenido los antiguos, nada podían hacer ellos, que en todo caso habían recibido la plata con esa condición, que ellos se quedarían con la plata si él se quedaba con los libros; y así recibieron los libros nuevos y se quedaron con la plata.

       Quod autem Ptolommaeus ille ad antiquorum librorum comparationem ita sollicitus esset non parvum esse testimonium aiunt quod cum Atheniensibus fecit. Dato namque ipsis pignore quindecim talentorum argenti accepit Sophoclis, Euripidis et Aeschyli libros, ut solum scriberet, deinde statim salvos redderet. Ubi autem magnifice in chartis optimis paravit,quos ab Atheniensibus acceperat, retinuit; quos vero ipse paraverat, ad ipsos misit, rogans ut quindecim talenta tenerent, acciperentque novos pro veteribus quos dedissent libris. Atheniensibus itaque si quoque non novos libros misisset, antiquos vero retinuisset, nihil aliud faciendum erat istis, qui utique argentums ex tali conditione acceperant, ut hoc ipsi detinerent, si ille quoque libros detineret; proptereaque novos libros acceperunt et argentum  detinuerunt.

    La demanda de tantos libros aguzó el ingenio de algunos. Galeno comenta cómo algunos desaprensivos se aprovechan del interés de las bibliotecas de Pérgamo y Alejandría y de los precios que pagan para cometer algunos abusos y falsificaciones, algunas con gran habilidad en la mezcla de lo auténtico y lo espurio o  como por ejemplo mezclar varias obras en una para hacerla de mayor extensión. 

    Nos lo cuenta en su obra “Hioppocartis de natura hominis liber et Galeni in eum commentarius” (Comentario de Galeno al libro Sobre la naturaleza del hombre de Hipócrates), en el Tomo XV, Libro II (128) (página 109) de la edición de  las obras completas en griego y en latín por C.G.Kühn, Lipsiae, 1828.  Aporto la versión en español y el texto latino.

    En el  tiempo en que los reyes Atalo y Ptolomeo rivalizaban entre sí a porfía para comprarse libros,  se comenzó a falsificar los títulos y clasificación de los libros por parte de aquellos que obtenían dinero de los reyes por escritos de los autores más célebres ofrecidos por ellos. Así como dos libros, uno de ellos sobre la naturaleza del hombre y otro sobre la condición del alimento saludable, fueran pequeños, pensando alguien que por su pequeñez ninguno de los dos serían valorados en mucho, los fundieron los dos en uno solo.

    Quo enim tempore Attalus et Ptolemaeus reges certatim inter se de comparandis sibi libris contendebant: ab his qui ex oblatis celebriorum virorum scriptis pecuniam a regibus reportabant, coepere inscriptiones et digestiones librorum vitiari. Quum itaque uterque liber tum de natura hominis tum de salubri victus ratione parvus extiterit, arbitratus aliquis ob parvitatem neutrum ipsorum multi ducendum ambos in unum et eundem simul contulit.

    Es especialmente llamativa la adquisición por parte de la biblioteca de Pérgamo de una nueva Filípica de Demóstenes que la de Alejandría se encargó de demostrar que existía en sus estanterías pero como parte del libro séptimo de Anaxímenes de Lampsaco; a pesar de ello se siguió comentando  la pseudo-Filípica aunque advirtiendo que no era auténtica. Dídimo de Alejandría (;  Δίδυμος χαλκέντερος,  Didymos chalkenteros,  en latín Didymus Chalcenterus, que significa «Dídimo tripas de bronce», conocido también como Bibliolathas ,"Olvidalibros", h. 63 a.C.-10 d.C., llega a decir rizando el rizo, según indica Cánfora en su obra “La  biblioteca desaparecida”:

    algunos sostienen que el discurso no es auténtico porque se encuentra tal y como está en las Filípicas de Anaxímenes”.

    Ptolomeo II escribió también a otros colegas reyes pidiendo obras para su biblioteca. Incluso se tradujeron al griego obras de otras lenguas, persas, babilónicos, caldeos y egipcios, judíos. El ejemplo más relevante fue la traducción  del Pentateuco en la llamada versión de Los Setenta, como cuenta la famosa Carta de Aristeas, asunto al que dedicaremos otro articulillo.

    Se cuenta cómo Ptolomeo escribió una carta a todos sus colegas reyes y gobernantes de la tierra en la que les rogaba que le enviasen cualquier obra de cualquier autor. El siguiente texto de  Epifanio de Salamis o de Salamina (ca 310–20 – 403) , obispo….en su obra de De mensuris et ponderibus, 9 (Sobre las pesas y medidas)  Nos lo cuenta y también nos informa de la tarea enorme de la traducción al griego:

    Περί μέτρων και σταθμών
    Texto de Epianio: De mensuribus et ponderibus, 9

    Después del primer Ptolomeo, el segundo que reinó en Alejandría, el llamado Ptolomeo Filadelfo, era, como ya se ha dicho, un amante de la belleza y del conocimiento. Fundó una biblioteca en la propia ciudad de Alejandría,  en la parte  llamada el Bruchion, que es un barrio de la ciudad que todavía está arrasado en ruinas. Puso al frente de la biblioteca  a un tal Demetrio, de Faleras, con el encargo de que recopilara todos los libros existentes en cualquier parte del mundo. Escribió cartas y solicitó a todos los reyes y príncipes de la tierra que se tomasen la molestia de enviarle los que hubiera en su reino o principado. .. Me refiero a los libros escritos por los poetas y escritores en prosa y por los  oradores y los filósofos y los físicos y los profesores de medicina y por los historiadores y por cualquier otro autor. Y una vez que el trabajo hubo avanzado y se habían recogido libros de todas partes, un día el rey preguntó al hombre que había sido puesto al frente de la biblioteca ¿cuántos libros habían sido recogidos ya en la biblioteca? Le respondió al rey diciendo: “Ya hay aproximadamente 54.800 libros más o menos; pero hemos oído que hay una gran cantidad en el mundo, entre los cusitas, los indios, los persas, los elamitas, los babilonios, los asirios y los caldeos, y entre los romanos, los fenicios, los sirios, y los romanos de Grecia”— en aquel tiempo llamados no romanos sino latinos. “Además con éstos están en Jerusalén yJudea las divinas escrituras de los profetas, que hablan sobre dios y la creación del mundo y todas las demás doctrinas de valor general.  Por eso, si le parece bien a su majestad, oh rey, que enviemos por ellos también, escriba a los doctores de Jerusalén y ellos se los enviarán a su gracia (su graciosa majestad) para que los coloque esos libros en esta biblioteca”. Entonces el rey escribió la carta en estos términos:

    Nota:  Esta obra “De mensuris et ponderibus (Περί μέτρων και σταθμών), Sobre pesos y medidas,  que se escribió en Constantinopla el año 392, es en realidad una especie de “diccionario de la Biblia” que trata de las traducciones del Antiguo Testamento, de los pesos y medidas que aparecen en esos libros y de la geografía de Palestina. Se ha conservado entero en lengua siria y fragmentariamente en griego y armenio.

    Es evidente que los coleccionistas, movidos frecuentemente de un deseo compulsivo, no reparan  ni en gastos ni en medios, sobre todo si disponen de los recursos necesarios. Pero en fin, esta manía de coleccionar libros no es la peor de todas.

    Por otra parte, la pretensión ptolemaica de coleccionar todos los libros del mundo parecía empresa imposible para su época. ¿Lo es también hoy día, en la época de la globalización digital? ¿No es esta  pretensión mítica la que hoy persiguen proyectos como “google books”  o las enciclopedias electrónicas como “Wikipedia”?

  • Biblioteca de Alejandría (2) ¿Cuántos volúmenes tenía la Biblioteca de Alejandría?

    Sabemos que la Biblioteca de Alejandría tuvo pretensiones de almacenar todo el saber universal de la época, pero ¿cuántos volúmenes tuvo en realidad?

    Este sueño de almacenar todo el conocimiento del momento encandila cada cierto tiempo a los hombres, al menos a algunos soñadores. En Alejandría pretendían recopilar  “los libros de todos los pueblos de la tierra” y pudieron pensar que para ello necesitaban coleccionar 500.000 volúmenes.

    Las diversas fuentes, de épocas muy diversas, aunque bebiendo unas de otras, nos dan cifras muy dispares.

    Leemos en la Carta de Aristeas,9 y ss., obra del siglo III a.C. y  primer texto conservado en el que se cita la Biblioteca de Alejandría, famoso sobre todo porque comenta la traducción del Pentateuco al griego para esta Biblioteca:

    Encargado de la biblioteca del Rey, Demetrio de Faleras, recibió grandes sumas de dinero, para reunir, de ser ello posible, todos los libros del orbe; y realizando compras y transcripciones, llevó a feliz término en el menor plazo que pudo la encomienda real. Habiéndosele demandado, en mi presencia: «¿Cuántas decenas de millares de libros hay?», respondió: «Más de veinte, oh Rey; y me afano para completar en breve lo que falta para los quinientos mil. Por cierto, que se me ha anunciado además que las leyes de los judíos son dignas de transcripción y de hallarse en tu biblioteca». «¿Qué es lo que te impide —dijo el Rey— realizar esta tarea, puesto que se te ha provisto de todo lo necesario?». Demetrio dijo: «Se necesita una traducción: en Judea se sirven de sus propios caracteres;tienen, del mismo modo que los egipcios, tanto una escritura como una lengua propias. Corre la fama de que utilizan el siríaco;pero no es cierto, se trata de algo distinto». El Rey, después que hubo recibido noticia puntual de todo, ordenó se escribiera al sumo sacerdote de los judíos, a fin de llevar a buen término el proyecto. (Traducción y notas de Jaume Pòrtulas, única que yo conozco en castellano)

    Y lo mismo leemos en Flavio Josefo, Antiguedades judías, 12. 2

    Demetrio Falero, prefecto de la biblioteca real, intentaba, si era posible, recopilar todos los libros del orbe; compraba todo lo que oía que era especial  o cualquier  obra interesante, secundando así los deseos del rey, que demostraba un gran interés en coleccionar libros.
    Un día que Ptolomeo le preguntó cuántos volúmenes había reunido ya, le respondió que tenía cerca de doscientos mil y que pronto llegaría a los quinientos mil; añadió que había oído que entre los judíos había recopilaciones de sus leyes interesantes y dignas de la biblioteca real, pero que escritas  con los caracteres y en la lengua de este pueblo,  exigirían mucho esfuerzo para traducirlas al griego. Resulta que sus letras en principio se parecen a los caracteres sirios y los sonidos suenan semejantes, pero en realidad se trata de una lengua muy diferente. Sin embargo  no hay ninguna dificultad para que se haga la traducción de estos libros en la biblioteca porque el rey no carece de los recursos necesarios. Al rey le pareció que Demetrio le daba una buena idea para satisfacer  su deseo de recopilar el mayor numero posible de libros y a este efecto escribió al Sumo Sacerdote de los judíos.

    Quizás recogiendo las ideas de Demetrio, se pretendiera crear una biblioteca universal, aunque la mayoría de los libros fueran griegos, y que ésta ocupara  unos 500.000 volúmenes de todas las materias. En todo caso la cantidad real debió ser tan impresionante que  los antiguos han dado cifras fantásticas de muchos miles de volúmenes, aunque hemos de tener en cuenta que una obra tenía varios volúmenes o rollos de papiro; cada rollo puede equivaler a 60-70 páginas actuales y su longitud suele estar entre 6 y 10 metros, aunque pueden ser mucho mayores.

    Las  cifras hay que atenderlas con muchas reservas porque en principio parecen imposibles.  Ya hemos visto cómo en la citada carta de Aristeas, 9-10, se dice que ya en tiempos de Demetrios de Falera tenía 200.000 volúmenes; a principios del siglo II tendría 500.000 y según llegaría a tener 700.000 volúmenes, aunque hemos de tener en cuenta que una obra tenía varios volúmenes o rollos de papel.

    Dice Gelio en Noctes Atticae VII, 17,3:

    Después un gran  número de libros o fue fruto de las conquistas o encargada su copia por los reyes Ptolomeos en Egipto hasta casi los setecientos mil volúmenes

    Ingens postea numerus librorum in Aegypto ab Ptolemaeis regibus vel conquisitus vel confectus est ad milia ferme voluminum septingenta;

    Amiano también habla de 700.000 volúmenes. Pero en algunos manuscritos de Gelio se decía 70.000 y no 700.000  volúmenes. Curiosamente los 200.000 de los que se habla en la carta de Aristeas más los 500.000 del objetivo de Filadelfo suman los 700.000 de Gelio.

    Séneca dice que en Alejandría ardieron 40.000 libros, pero como veremos en otro momento, estos libros no eran realmente el fondo bibliográfico de la biblioteca.  Lo dice precisamente en un texto en el que critica la ostentación de ricos ciudadanos romanos que almacenan numerosos volúmenes que nunca leen para aparentar que son cultos. Este comportamiento no está alejado de algunos contemporáneos.. Lo dice en De tranquillitate animi, 9, 4:

    “¿Para qué sirven los libros y bibliotecas innumerables, de los que su dueño apenas si puede leer su título en toda su vida?  Esa cantidad cansa al que está aprendiendo, pero no le enseña y es mucho más interesante que te dediques a unos pocos autores y no que andes perdido entre muchos. En Alejandría ardieron  40.000 rollos. Alguno lo alaba como hermosísimo monumento de la opulencia de los reyes, como por ejemplo Livio, que dice que esto fue obra egregia de la elegancia y preocupación de los reyes. Pero ni aquello fue elegancia ni preocupación, sino  lujoso deseo de aprender, mejor, ni deseo de aprender, porque no se compraron para el estudio sino para el espectáculo, como para muchos ignorantes  también los libros de letras infantiles no son instrumentos para el estudio sino adornos para sus cenas. Adquiramos, pues, cuantos libros sean necesarios, pero no por el espectáculo.

    Quo innumerabiles libros et bibliothecas, quarum dominus uix tota uita indices perlegit? Onerat discentem turba, non instruit, multoque satius est paucis te auctoribus tradere quam errare per multos. 5 Quadraginta milia librorum Alexandriae arserunt. Pulcherrimum regiae opulentiae monumentum alius laudauerit, sicut et Liuius, qui elegantiae regum curaeque egregium id opus ait fuisse. Non fuit elegantia illud aut cura, sed studiosa luxuria, immo ne studiosa quidem, quoniam non in studium, sed in spectaculum comparauerant, sicut plerisque ignaris etiam puerilium litterarum libri non studiorum instrumenta, sed cenationum ornamenta sunt. Paretur itaque librorum quantum satis sit, nihil in apparatum.

    Orosio, que parece haber bebido en Tito Livio, al hablar de la guerra de Alejandría, dice que ardieron 40.000 libros, aunque algunos códices den 400.

    San Isidoro habla de apenas 70.000 rollos.

    El obispo Epifanio nos dice que la biblioteca del Serapeion, que llaman “hija”,  tendría 54.800 volúmenes,   en su obra “Pesos y medidas”  , en cap. 9, (52c): 

    Ya hay 54.800 libros, más o menos, pero hemos oído que hay una gran cantidad de todo  el mundo, entre ellos,  etíopes, indios, persas,  elamitas, babilonios,  asirios,  caldeos, y también  romanos,  fenicios,  sirios, y los romanos en Grecia "—- en ese momento no los llamaban romanos sino  latinos”

    Juan Tzetzes, erudito y escritor bizantino, que vivió aproximadamente entre los años 1110 y 1180, en su obra  Prolegómenos a Aristófanes dice que el Museo había recopilado 400.000 “libros mixtos” (symmigeis)  y 90.000 “no mixtos” (amygeis), resultando difícil interpretar que quiere decir con ”mixtos” y “no mixtos”; tal vez se refiera a rollos con una sola obra y rollos con varias.  Por otra parte Tsetzes se basa en la carta de Aristeas, y en todo caso, expresaría la idea recordada de que la biblioteca tenía un enorme número de rollos de papiro.

    Ibn-al Qifti  (vivió ca. 1172-1248) historiador árabe, autor de una Historia de los filósofos, habla también de 54.000 rollos.

    Parece que se están mezclando diversos aspectos: el mito de que la biblioteca pretendía almacenar copia de todos los libros del mundo y por tanto su objetivo de llegar a los 500.000 volúmenes, la enorme cantidad que realmente tenía, los que se quemaron en el famoso incendio con motivo de la guerra de Alejandría.

    Autores modernos han intentado calcular con más racionalidad los posibles volúmenes realmente existentes.

    Hipólito ESCOLAR SOBRINO, en su obra La Biblioteca de Alejandría, (Madrid: Gredos, 2001), p. 136-138, calcula que pudo tener unos 50.000 volúmenes o rollos que,  vendría a equivaler a unos 12.500 libros actuales.

    Hay otros cálculos incluso menos alegres. Así considerando que los 24 cantos de la Odisea de Homero necesitan 24 rollos de papiro y hoy caben en un volumen moderno y admitiendo que en Alejandría hubiera 500.000 rollos de papiros, tendríamos unos 20.000 libros modernos. Pero si tuviera 50.000 rollos, habría acogido algo más de 2.000 de los modernos, cifra insuficiente para la mítica valoración de la que goza.

    En todo caso, soñaron con recolectar todos los libros del mundo y traducirlos al griego, porque no sólo les animaba una intención meramente coleccionista, sino también de conocimiento de los hombres y culturas del mundo.  Pero, ¿acaso no es éste también el sueño de proyectos contemporáneos como “Google Books”,  por ejemplo?  ¿Acaso no pretenden otros proyectos grandiosos como Wikipedia construir la enciclopedia realmente universal?

  • La biblioteca es una creación griega

    Alejandría fue la capital espiritual y cultural del mundo desde el siglo IV a. C. hasta el siglo V o VI de nuestra era. Al amparo de la mayor biblioteca de la Antigüedad, que pretendió conservar todo el saber almacenado en los libros de manera sistemática con ejemplar sentido de la libertad intelectual, vivió y trabajó un colegio o comunidad de sabios y eruditos que desarrolló la física, la astronomía, la matemática, la geometría, la geografía, la ingeniería, la medicina, la filosofía, la literatura, la gramática, la retórica… Ellos fueron la base del saber occidental.

    La palabra “biblioteca” procede de la latina  bibliothēca, y esta de la griega βιβλιοθήκη, compuesta de βιβλίον ,biblíon, libro y θήκη théke, que significa “caja, depósito, receptáculo, armario…”.  βιβλίον  o βίβλος también significa corteza u hoja de papiro, soporte que se utilizaba para escribir sobre él, de donde procede el significado de “libro, escrito, documento, carta…”.

    Así que en realidad una “biblioteca” puede ser el local o edificio en el que se conservan los libros para su lectura; también puede significar la institución que adquiere y conserva esos libros o el conjunto de esos libros e incluso el mueble o estantería en el que se guardan, mueble que en español también se llama librería.

    La “biblioteca”  en el sentido o sentidos indicados es un invento griego y a ellos les debemos creación tan importante. Probablemente la biblioteca más famosa de la Historia es la “Biblioteca de Alejandría”, pero más importante que esta “institución” es el hallazgo del concepto de “biblioteca” en sí y su realización concreta.

    Es posible que existiera una biblioteca anterior en Babilonia, o la llamada “biblioteca de Nínive” creada por el rey asirio  Asurbanipal que reinó entre el  668 a.C. y 627 a.C., en griego llamado Sardanápalo,  como lugares o depósitos en los que se guardaban y conservaban miles de tablillas con anotaciones comerciales, religiosas, legales e incluso literarias.

    De Egipto son muy pocas las noticas, aunque  se habla de bibliotecas “sagradas” en los templos. Diodoro de Sicilia, en I,49  transcribe el relato que Hecateo hace de su visita a la tumba de Ramsés en su obra “Historias de Egipto” que no se ha conservado. Allí dice :

    A continuación estaba la  biblioteca sagrada, sobre la cual se hallaba escrito ‘Lugar de cuidado del alma’”.

    Esta enigmática frase en realidad parece no referirse exactamente a la biblioteca y los libros, contra la interpretación que frecuentemente se ha hecho de ella, sino al espacio en el que se supone que está el alma de Ramsés. Véase: https://www.antiquitatem.com/cuidado-del-alma–biblioteca-alejandria

    Pero la biblioteca como “almacenamiento del saber general” que se ha de transmitir a otras personas y, por tanto, como institución pública, o institución del Estado o de la monarquía, abierta a los ciudadanos, es una creación más de los griego. En realidad es un elemento más del hallazgo del propio concepto de “educación” o paideia” (griego παιδεία, "educación" o "formación", a su vez de παις, país, "niño") , del que en otra ocasión hablaré y que responde a la necesidad de transmitir a todos los niños y jóvenes el conocimiento que la sociedad ha ido acumulando. El conocimiento que se adquiere hay que conservarlo escribiéndolo en los libros y estos a su vez han de ser conservados en las bibliotecas y puestos a disposición de las personas para su educación.

    No es esta desde luego la creación menor de los griegos, cuya importancia sigue siendo de absoluta actualidad.

    Las fuentes antiguas nos proporcionan mucha información, pero siempre hay que acogerlas con muchas reservas y sentido crítico por su imprecisión, a veces por su lejanía de los hechos, por las contradicciones entre ellas y por su diverso concepto de la historia, pero a la postre es lo que tenemos. Así que las utilizaré con profusión, al menos como prueba de que lo expresado no es consecuencia de la mera especulación o imaginación.

    En Grecia son muy antiguas las colecciones de libros, primero de particulares, que en algunos casos se abren al público y luego las públicas.  Un fragmento (304 K) de Eupolis, autor de comedias del siglo V a.C., hace referencia a la venta de libros en el ágora de Atenas. Y Platón en la Apología o Defensa de Sócrates, 26e hace decir a Sócrates que los libros de Anaxágoras se pueden comprar en el ágora por un dracma:

    ¿Los consideras tan iletrados como para no saber que los libros del Clazomenio Anaxágoras están llenos de estas palabras?¿Y qué me dices de los jóvenes de Atenas? ¿Aprenden de mí aquellas cosas que pueden conocer adquiriendo un libro por un dracma, todo lo más, en el mercado de libros de la plaza?

    A pesar de lo que dice Platón por boca de Sócrates, los libros serían más caros y sólo estarían al alcance de ciudadanos con recursos económicos suficientes.

    Aulo Gelio nos da numerosas informaciones sobre las primeras bibliotecas y sobre la de Alejandría siguiendo tal vez la obra perdida de Varrón De bibliothecis” (Sobre las bibliotecas), pero eso no quiere decir que respondan exactamente a la realdiad. Así admite sin más el relato sin duda fabuloso de una antiquísima biblioteca pública en Atenas debida a Pisístrato. Dice  en sus Noctes Atticae (Noches Áticas, VII, 17), :

    ¿Quién fue el primero de todos que ofreció al público la posibilidad de leer libros? ¿Cuál fue el número de libros públicos que hubo en Atenas antes del desastre con los persas?

    Se dice que el primero que en Atenas ofreció libros de las disciplinas liberales para leerlos públicamente fue el tirano Pisístrato.  Luego los mismos atenienses los aumentaron  con nueva afición y preocupación;  pero luego, Jerjes, cuando se apoderó de Atenas, incendiada la ciudad además de la acrópolis, robó toda aquella cantidad de libros y los transportó a Persia. Más adelante, después de muchos avatares, el rey Seleuco, al que se llamó Nicanor, se preocupó de que todos ellos fueran devueltos a Atenas.

    Pisístrato vivió entre 607-527 a.C.  En realidad Atenas no tuvo una biblioteca pública hasta Ptolomeo Filadelfo (285-246 a.C.) y su gran biblioteca pública fue la donada por Adriano (117-138 d.C), en un peripato de cien columnas.

    Quis omnium primus libros publice praebuerit legendos; quantusque numerus fuerit Athenis ante clades Persicas librorum in bibliothecis publicorum.
    Libros Athenis disciplinarum liberalium publice ad legendum praebendos primus posuisse dicitur Pisistratus tyrannus. Deinceps studiosius accuratiusque ipsi Athenienses auxerunt; sed omnem illam postea librorum copiam Xerxes, Athenarum potitus, urbe ipsa praeter arcem incensa, abstulit asportavitque in Persas. [2] Eos porro libros universos multis post tempestatibus Seleucus rex, qui Nicanor appellatus est, referendos Athenas curavit.

    Aulo Gelio, Noctes Atticae, 3, 17

    De cómo, según escritores dignos de fe, Platón compró tres libros del pitagórico Filolao. y Aristóteles algunas obras de Speusipo, en cantidades enormes e increíbles.

    Refieren los antiguos que Platón, a pesar de que solamente poseía caudal muy pequeño, compró en diez mil denarios los tres libros del pitagórico Filolao, asegurando algunos autores que esta cantidad se la dio su ,amigo Dion de Siracusa. También se refiere que Aristóteles, después de la muerte de Speusipo, pagó tres talentos antiguos por algunos libros compuestos por este filósofo; cantidad que, evaluada en nuestra moneda, hace setenta y dos mil sextercios. El satírico Timón, en su poema titulado Silos, en el que deja rienda suelta a su malignidad, apostrofa en estos injuriosos términos a Platón, que, como hemos dicho, era muy pobre, por haber comprado muy caro un tratado de filosofía pitagórica, sacando de él, con numerosos plagios, su famoso diálogo del Timeo. He aquí los versos de Timón:

    «y tú también, Platón, te has visto dominado por el deseo de instruirte, y has comprado por mucho dinero un librito con cuyo auxilio te has puesto a escribir tú mismo». (en griego en el original) (Traducción de Francisco Navarro y Calvo).

    Id quoque esse a gravissimis viris memoriae mandatum, quod tris libros Plato Philolai Pythagorici et Aristoteles pauculos Speusippi philosophi mercati sunt pretiis fidem non capientibus.
    Memoriae mandatum est Platonem philosophum tenui admodum pecunia familiari fuisse atque eum tamen tris Philolai Pythagorici libros decem milibus denarium mercatum.  Id ei pretium donasse quidam scripserunt amicum eius Dionem Syracosium.
    Aristotelem quoque traditum libros pauculos Speusippi philosophi post mortem eius emisse talentis Atticis tribus; ea summa fit nummi nostri sestertia duo et septuaginta milia.
    τίμων amarulentus librum maledicentissimum conscripsit, qui σίλλος inscribitur. In eo libro Platonem philosophum contumeliose appellat, quod inpenso pretio librum Pythagoricae disciplinae emisset exque eo Timaeum, nobilem illum dialogum, concinnasset. Versus super ea re τίμωνος hi sunt: 
    καὶ σύ, πλάτων, καὶ γάρ σε μαθητείης πόθος ἔσχεν,
    πολλῶν δ᾽ ἀργυρίων ὀλίγην ἠλλάξαο βίβλον,
    ῎ενθεν ἀπαρχόμενος τιμαιογραφεῖν ἐδιδάχθης.

    Se dice también que por el mismo tiempo Polícrates (570 a. C.-522 a. C.), tirano de Samos, fundaba una biblioteca.  Parece también que en los buenos tiempos de Atenas,  algunas personas privadas se afanaban por formar sus buenas bibliotecas. Las más importantes corresponden a tres personajes famosos: Euclides, Eurípides y Aristóteles.

    Estrabón nos dice en su Geografía, XIII,1, 55 que Aristóteles fue el primero que se dotó  para su conocimiento de una colección de libros  y que enseñó a los reyes egipcios la organización de una biblioteca. En un pasaje coherente, aparentemente basado en buenas fuentes,  y muy interesante,  nos cuenta las peripecias por las que pasó esta biblioteca de Aristóteles:

    Los filósofos socráticos Erasto, Corisco y Neleo, hijo de Corisoco, discípulo de Aristóteles y Teofrasto, eran nativos de Scepsis. Nelo fue el que continuó con la posesión de la biblioteca de Teofrasto, que contenía la de Aristóteles. Aristóteles le dio la biblioteca y le dejó la escuela a Teofrasto. Aristóteles fue la primera persona que conocemos que hizo una colección de libros y aconsejó a los reyes de Egipto para formar una biblioteca. Teofrasto dejó su biblioteca a Neleo, que la llevó a Scepsis, y la legó a algunas personas ignorantes que mantuvieron los libros encerrados, tirados en desorden. Cuando los habitantes de Scepsis se enteraron de que los reyes Atálicos, de los que dependía la ciudad, estaban buscando libros con gran interés, con los que intentaban dotar la biblioteca de Pégamo, los escondieron bajo tierra; luego, pero no antes de que hubieran sufrido el daño de las lombrices, los descendientes de Neleo vendieron los libros de Aristóteles y Teofrasto por una gran suma de dinero a Apelicón de Teos. Apelicón era más bien amante de los libros que filósofo;  cuando intentó restaurar las partes que habían sido comidas o corroídas por las lombrices, hizo muchas modificaciones en el texto original y las introdujo en las nuevas copias; más bien suplió las partes defectuosas erróneamente y publicó los libros llenos de errores. Esto fue una desgracia para los antiguos peripatéticos posteriores a Teofrasto, pues estando completamente desabastecidos de los libros de Aristóteles, excepto unos pocos solamente, y estos del tipo de los exotéricos, eran incapaces de filosofar de acuerdo con los principios del sistema, y se ocupaban simplemente  en organizar discusiones sobre lugares comunes. Sus sucesores, en cambio, desde el momento en que se publicaron estos libros, filosofaron y propagaron la doctrina de Aristóteles con más éxito que sus predecesores, pero se veían obligados a tratar muchos asuntos sólo como probables por la gran cantidad de errores contenidos en las copias.

    También Roma contribuyo a aumentar los errores; inmediatamente tras la muerte de Apelicón, Sila, que se apoderó de Atenas, se incautó de la biblioteca de Apelicón. Cuando fue llevada a Roma, Tiranion el gramático, que era un admirador de Aristóteles, se ganó al superintendente de la biblioteca y obtuvo su uso. Algunos vendedores de libros, sin embargo, emplearon malos copistas y despreciaron comparar las copias con el original. Esto sucedió también en el caso de otros libros que fueron copiados para su venta aquí y en Alejandría. 

    Nota: este Tiranión, prisionero de guerra liberado, fue amigo de Atico y de Cicerón. Preparó una edición de las obras de Aristóteles, pero también aparecieron otras menos cuidadas, como refleja el texto. La biblioteca de Sila, con los libros de Aristóteles, la heredó el megalómano Fausto Sila, general de Pompeyo; arruinado vendió todo, hasta la biblioteca y así desaparecieron para siempre los libros de Aristóteles.

    Nos dice Plutarco en Vida de Sila, 26,1-2

    Habiendo dado velas desde Éfeso con todas las naves, entró al tercer día en el Pireo; se inició entonces  en los misterios, y se apropió de la biblioteca de Apelicón de Teya, en la que se hallaban la mayor parte de los tratados  de Aristóteles y Teofrasto, poco conocidos entonces por el público. Dícese que una vez traída a Roma, Tiranión el Gramático corrigió muchas de las obras , y que habiendo alcanzado de él Andrónico de Rodas algunas copias, las publicó y creó las listas que ahora corren.

    Los más antiguos de los peripatéticos eran evidentemente personas formadas e instruidas, pero parece que no tuvieron la suerte de un contacto amplio y exacto con muchas de las obras de Aristóteles y de Teofrasto, porque las posesiones de Neleo de Escepsis, a quien Teofrasto dejó sus libros, cayeron en manos de hombres descuidados e iletrados.

    Muy probablemente la extraña afirmación de Estrabón de que Aristóteles ayudó a los reyes egipcios  a organizar una biblioteca se debe al hecho de que fuera su discípulo, Demetrio de Falera, el que exiliado en Alejandría desde Atenas, fuera el cerebro del proyecto ptolemaico del Museo y de la Biblioteca, como más abajó se verá. Indirectamente Aristóteles ayudó a los Ptolomeos de Alejandría a desarrollar su biblioteca mediante su discípulo. Así que la frase de Estrabón es sólo un aparente anacronismo.

    Diógenes Laercio (V, 52) nos informa también del regalo a Neleo 

    No me resisto a transcribir otra cita que confirma la mayor parte de las afirmaciones de Estrabón, pero le contradice en algo tan importante como a dónde fueron a parar los libros de Aristóteles, independientemente del valor histórico que pueda tener. Dice Ateneo, que vivió en el siglo II de Cristo, en época del emperador “filósofo”  Marco Aurelio, en su obra “El banquete de los eruditos”,I,3A-3B, al hacer el elogio del erudito Larensio, uno de los comensales participantes:

    Cuenta además que poseía tal cantidad de libros griegos antiguos que sobrepasaba a todos los que fueron admirados por sus colecciones: a Polícrates de Samos, a Pisístrato el que fue tirano de Atenas, a Euclides, también al ateniense Nicócrates de Chipre, e incluso a los reyes de Pérgamo, al poeta Eurípides, al filósofo Aristóteles , y al que conservó los libros de estos últimos, Neleo. A él dice que se los compró todos nuestro compatriota el rey Ptolomeo, apodado Filadelfo, y los trasladó, junto con los procedentes de Atenas y los traídos de Rodas, a la hermosa Alejandría.” (Traducción de Lucía Rodríguez-Noriega para Editorial Gredos).

    Pero como decía, sin duda  la biblioteca más famosa de la Historia sea la “Biblioteca de Alejandría”, fundada por  los Tolomeos, gobernantes por cierto ilustrados y cultos ellos mismos.

    Alejandría es una de las numerosas ciudades (al menos 19 desde Egipto hasta la India) fundadas por Alejandro Magno a las que puso su nombre. Esta lo fue en el año 331 a.C. en el delta del Nilo y llegó a tener cerca de un millón de habitantes, población sólo superada en la Antigüedad por Roma, por lo que fue la más importante de las fundadas por el macedonio. Estrabón nos dice que tiene la forma de una clámide, es decir, de rectángulo casi perfecto: Estrabón, XVII, 1, 8

    La figura del plano de la ciudad es la de una clámide o capote militar.

    εστι δὲ χλαμυδοειδὲς τὸ σχῆμα τοῦ ἐδάφους τῆς πόλεως

    Junto a los egipcios vivían grandes grupos de griegos y de judíos. Pronto se convirtió en el referente cultural del mundo antiguo. Su puerto, el más grande también de la Antigüedad,  abierto al Mediterráneo con su famoso Faro (una de las maravillas del mundo antiguo), el Museo, el templo de las Musas,  y la Biblioteca son los elementos que le han dado fama eterna a esta ciudad. La biblioteca fue un instrumento esencial al servicio del ecumenismo alejandrino en el proceso de helenización de todo el Mediterráneo .

    Que  Egipto fuera el país que monopolizaba la producción del papiro, soporte de la escritura, sin duda tuvo también su importancia a la hora de crear la biblioteca.

    A pesar de la enorme resonancia histórica que el Museo y la Biblioteca de Alejandría han tenido y tienen, las fuentes sobre ella son escasas tanto de los momentos fundacionales como posteriores anteriores a su desaparición, sobre todo si tenemos en cuenta que muchas de ellas son mera repetición de otras anteriores, reproduciendo los errores y causando gran confusión. La información arqueológica al respecto tampoco es relevante.

    La biblioteca la comenzaría según la tradición  Ptolomeo Soter hacia el año 295 a.C.  pero realmente quien la incrementó y reorganizó de manera  sistemática sería   Ptolomeo Filadelfo,  que nombró un bibliotecario fijo y la dotó de los medios necesarios para su buen funcionamiento. Sépase no obstante que la primera referencia escrita que cita a la Biblioteca es del siglo II, en la “Carta de Aristeas a Filócrates”  en la que un judío comenta la famosa y por lo demás ficticia traducción al griego del Pentateuco,  la Torá, conocida como “la de los setenta”, la “septuaginta”, cuya milagrosa confección comentaré en otra ocasión.  En realidad las fuentes sobre la Biblioteca son escasas y la mayor  parte de autores tardíos. Tampoco tenemos especiales datos aportados por la arqueología.

    El cerebro del proyecto debió ser Demetrio de Falera, que llegó exiliado de Atenas, en donde gobernó como tirano y había sido discípulo de Aristóteles por lo que tenía la idea aristotélica de un conocimiento universal, el funcionamiento del Peripato y la biblioteca de Aristóteles como modelo;  todo ello lo trasplantó a Alejandría y lo desarrolló a lo grande con la protección real de los Ptolomeos.  Sería, pues, el primer bibliotecario.

    (Como curiosidad, diremos de este Demetrio que sus intrigas en la corte acabaron probablemente con este curioso personaje, que murió mordido por una serpiente que probablemente tal vez alguien colocó a su lado mientras dormía. Este sistema de morir por picadura de serpiente parece muy egipcio; desde luego le dio fama eterna Cleopatra, sea cierto o no el episodio de su muerte por mordedura de aspid. Nos lo cuenta Diógenes Laercio en  Libro V,78:

    Desde entonces (después de su detención)  pasó los días abatido; estando dormido le mordió una serpiente en la mano y así partió de esta vida”.

    Episodio que también recoge Cicerón en su Pro Rabidio Postumo, 23:

    Demetrio, que era llamado Falereo, procedente de la república de Atenas, que había gobernado perfectamente, noble y famoso por sus conocimientos, fue privado de la vida en este mismo reino de Egipto por un aspid que se le colocó junto a su cuerpo.

    Demetrium, qui Phalereus vocitatus est, et ex re publica Atheniensi, quam optime gesserat, et ex doctrina nobilem et clarum, in eodem isto Aegyptio regno aspide ad corpus admota vita esse privatum.

    En realidad había dos bibliotecas, la conocida como “la biblioteca real” (propiedad real; el escritor hebreo Aristeas los llama “libros regios” o “libros del rey” (Carta de Aristeas, 38)) :

    Queriendo hacer algo grato a ellos, a todos los judíos del orbe y a sus descendientes, hemos decidido traducir vuestra Ley, de la lengua que llamáis hebraica, al griego, a fin de que se halle también en nuestra biblioteca, con los otros libros reales.” (traducción de Jaume Pórtulas)

    o gran biblioteca (  μεγάλη  βιβλιοθήκη , de μέγας, megas, grande), que formaba parte del complejo del palacio y del Museo, sin edificio propio, en el barrio del Bruqión (en realidad el palacio, que era una fortaleza,  ocupaba todo el barrio)  y la biblioteca anexa al Serapeion , en el barrio de Rakhotis, que el obispo Epifanio, del siglo IV, llama   “hija” de la otra.

    Estrabón, que estuvo  en Alejandría en la segunda mitad del siglo I a.C., nos hace una descripción del Museo, aunque sin mencionar la Biblioteca como edificio exento en su Geografía, XVII,1, 8.

    “El Museo es una parte del palacio real. Está formado  por un pórtico para pasear, una exedra con asientos y una gran sala en la que los sabios que pertenecen al Museo, comen en común. Esta comunidad tiene en común la propiedad y tienen un sacerdote, que preside el Museo, que antes era nombrado por los reyes  y ahora por César (Augsuto)”.

    Estas dependencias se corresponderían con un peripatos  o espacio para pasear (del griego  περίπατος,  perépatos, paseo, de πέρι, peri , alrededor y πατεῖν, patein, caminar), que en realidad sería una avenida cubierta con cavidades para albergar las estanterías o “bibliotecas”  una exedra (del griego ἐξ ex-, de, fuera y έδρα, asiento) o espacio con asientos y un oikos (gr. οἶκος, casa, sala) o gran sala .

    Deducimos, pues, de la descripción de Estrabón, entre otros datos, que no había una sala de lectura y que los libros y volúmenes estarían en nichos en las paredes de las diversas dependencias y especialmente en el peripato, o pórtico cubierto en cuyos lados  estarían los huecos con las estanterías para los rollos  (βιβλιοθήκαι bibliothekai).

    Anexa al Serapeion (el templo de Serapis) o dentro del recinto, en el barrio llamado Rakhotis,  había otra biblioteca auxiliar u otra parte de la biblioteca fundada por Ptolomeo III. En ella había copias provenientes del Museo. El obispo Epifanio del siglo IV la llama, como decía más arriba,   a esta biblioteca “hija” de la otra  en su obra escrita en siriaco con muchas partes en griego “Pesos y Medidas”, cuyo título completo es “Tratado de San Epifanio, obispo de la ciudad de Constancia en Chipre, sobre las medidas, los pesos y los números y otras cosas que hay en las divinas Escrituras” y que en realidad es un comentario bíblico.  En el pasaje en el que narra con toda credulidad la traducción del Pentateuco al griego, la llamada de Los Setenta, dice en siriaco, en el capítulo  en 11 (53c):

    Y así las Escrituras, cuando habían sido pasadas  a la lengua griega, se colocaron en la primera biblioteca, que se había construido en el Bruchion, como ya he dicho. Y se levantó, además de esta biblioteca una  segunda en el Serapeum, llamada su hija. Y el periodo  entre  los diez Ptolomeos y la muerte de Cleopatra fue de doscientos cincuenta y nueve años.

    Y en griego con alguna variación:

    "Pero hubo más tarde también otra biblioteca en el Serapeum, más pequeño que la primera, que también fue llamado su hija, en la que se colocaron las traducciones de Aquila, Símaco, Teodoción, y el resto,  doscientos cincuenta años después."

    En ella los literatos y científicos podían proseguir sus estudios y se daban lecturas y conferencias. 
    En realidad  es, pues,  un centro internacional y cosmopolita del conocimiento de la época, en el que literatos y científicos proseguían sus estudios, daban sus conferencias, hacían sus lecturas. Por supuesto, era el centro mundial del mercado del libro, diríamos con terminología macroeconómica actual.

    El Museo de Alejandría sería en consecuencia una institución real creada a partir del modelo de la Academia de Platón y del Liceo de Aristóteles y del ideal comunitario pitagórico; de hecho el Museo lo preside un sacerdote como templo de las Musas (luego en época romana el Museo será una institución pública y el sacerdote del Museo será directamente nombrado por el emperador, como recuerda Estrabón). Recordemos que el Peripatos también tenía un Museion o templo de las Musas El Museo y la Biblioteca son lugares de encuentro de una comunidad de filósofos, científicos, estudiantes, venidos de todas partes, subvenida por el monarca y por tanto sin las preocupaciones de la subsistencia  material.  Allí acude la élite cultural del mundo para estudiar y vivir libres de preocupaciones. Algunas universidades inglesas modernas o la española Institución Libre de Enseñanza,  recuerdan a esta comunidad alejandrina. Es en resumidas cuentas, como dice Cánfora,

    una comunidad de sabios aislada del exterior, dotada con una biblioteca completa y un lugar de culto a las Musas”.

    Como ocurre siempre, también hoy, entre los miembros de cualquier comunidad, incluida la científica, son frecuentes  las naturales rivalidades, celos y disputas entre sus miembros. El cínico y satírico Timon de Filunte, por ejemplo, nos presenta a los filósofos como pájaros que se pelean entre ellos:

           En el populoso Egipto, son alimentados muchos escritorzuelos  que  garrapatean papiros mientras disputan sin cesar en la jaula de las Musas”

    Y Ateneo, en su “Banquete de los eruditos” nos lo confirma, aunque  interpretando otro su sentido, cuando dice en I, 22D:

    El autor satírico Timón de Fliunte llama en alguna parte al Museo (de Alejandría) “jaula de pájaros”, burlándose de los sabios hospedados en él, porque, como los pájaros más preciosos, son alimentados en una pajarera.

    “Se apacientan en Egipto, rico en razas, muchos eruditos armados de cálamo, que mantienen peleas infinitas en la jaula de pájaros de las Musas” . (Trad. De Lucía Rodríguez-Noriega, Ed. Gredos).

    Y quien fuera director de la Biblioteca, el gran Calímaco, autor entre otras cosas de un catálogo de obras allí existentes, nos dice que entre los miembros del Museo se daba la “envidia” y no se refería a la mera envidia científica.

    Existieron otras Bibliotecas mantenidas por el Estado en Antioquía, Rodas, Esmirna y otras capitales helenísticas, pero hubo una que rivalizó con Alejandría, la Biblioteca de  Pérgamo. Allí el rey Eumenes II, amante de las ciencias y las letras creó una gran Biblioteca que se mantuvo a pesar de la prohibición que los Tolomeos hicieron de exportar papiro de Egipto.

    Esta prohibición con la que Alejandría pretendió jugar sucio obligó a Pérgamo a perfeccionar la técnica de origen oriental de preparar las pieles de los animales como soporte de escritura. Precisamente de Pérgamo proviene la palabra pergamino, como piel generalmente de ternera, que se utilizó para escribir; la piel del animal non nato (no nacido) se llama “de vítulo” y es la de mayor calidad. (Vitela, del diminutivo vitella , de vitula, es la piel de ternera para escribir).  Este soporté revolucionó la historia del libro, dándole la forma actual de cuaderno, más duradero y más manejable.     

    Pues bien, la Biblioteca de Pérgamo fue muy importante. Según una falsa afirmación,  Marco Antonio se la regaló a Cleopatra y llevó a Egipto doscientos mil volúmenes para reponer los perdidos con ocasión de la guerra con César. Nos lo dice Plutarco en Antonio, 58, 5, pero esta afirmación parece más bien ser fruto de la propaganda que se esgrime en Roma contra Marco Antonio :

    Y Calvisio, amigo de César, añadió como crímenes de Antonio a sus amores con Cleopatra los siguientes cargos: que le había entregado y regalado la biblioteca de Pérgamo en la que había doscientos mil volúmenes simples.

    A pesar de las lagunas de las fuentes históricas, a pesar de lo poco que en realidad conocemos con exactitud, los reflejos míticos de esta grandiosa institución llegan hasta nuestros días. En Octubre del año 2002 se inauguró la moderna biblioteca de Alejandría, Bibliotheca Alexandrina,  fruto de la colaboración de la Unesco con diversos países del mundo, cuya capacidad supera los veinte millones de libros; ya tiene más de doscientos mil, lo que no es un mal comienzo, pero Egipto y toda la zona del norte de Africa y próximo Oriente,  desgraciadamente sigue hoy siendo tan inestable como en la Antigüedad.

    Pero un reflejo todavía más poderoso podemos apreciarlo en la ilusión moderna de hacer posible el acceso de todos los hombres a todo el conocimiento acumulado por la humanidad en todas las lenguas.  ¿Acaso no es esta la pretensión de enciclopedias electrónicas como la popular Wikipedia o instrumentos en los que se pretende ofrecer todos los libros existentes en todas las lenguas?  ¿Será posible esta vez?

    En cualquier cas,  todos debemos apoyar este proyecto grandiosos, porque nuestra deuda con la Alejandría antigua y su Biblioteca es impagable.

  • No es oro todo lo que reluce: lapis specularis

    La península Ibérica fue rica en minerales en la Antigüedad.Desde muy antiguo los minerales fueron prospectados, encontrados y explotados por fenicios, griegos, cartagineses y romanos.

    La fama al respecto de Hispania se resume en la conocida cita de Estrabón refiriéndose a la Turdetania (el sur de la Península, actual Andalucía fundamentalmente): en el libro III de su Geografía, 2,8:

    A la riqueza tan grande de esta comarca se suma la abundancia de minerales. Ello es motivo de admiración; pues si bien  la tierra toda de los íberos está llena de ellos, no todas las regiones son  tan fértiles y tan ricas a la vez, y sobre todo  las  abundantes en  minerales, porque raramente  se dan ambas cosas a la vez, y es raro también que  se den  toda clase de metales en una región pequeña. Pero la Turdetanía y las regiones vecinas abundan en las dos   cosas, y no hay palabras  suficientes  para valorar  justamente esta riqueza. Hasta ahora, ni el oro, ni la plata, ni el cobre, ni el hierro nativos se han encontrado  en ningún lugar  de la tierra tan abundantes y ni de tanta calidad..

    No sólo era buscada la plata reluciente  de Cartagena o el oro brillante del Noroeste.  Hay un mineral no metálico aparentemente menos noble pero muy importante que los romanos explotaron con fruición, la selenita, un yeso transparente al que llamaron “lapis sepecularis” (piedra especular), espejuelo.

    Su configuración laminar permitía su exfoliación en láminas de diversos espesor, cortadas a la medida, que servían para cubrir ventanas o vanos en los muros permitiendo pasar la luz y protegiendo de las inclemencias del tiempo. Es decir, el lapis specularis servía como el cristal o vidrio, que poco a poco se iría imponiendo en los edificios.

    El autor latino que más referencias da al respecto es el naturalista y científico Plinio el Viejo, autor de una especie de enciclopedia de la Naturaleza de entonces llamada Naturalis Historia (Historia Natural)

    Este Plinio es un mártir de la ciencia porque, con ocasión de la erupción del Vesubio que destruyó Pompeya, Herculano y otros puntos cercanos en el año 79, en su afán de conocer mejor el fenómeno, no sólo no huyó en la escuadra que él precisamente mandaba, sino que se acercó a la costa, en donde le encontraron muerto en la mañana siguiente asfixiado por los gases letales del volcán.

    Dice Plinio al respecto: III,30

    Casi toda  Hispania es abundante  en metales de plomo, hierro, cobre, plata y oro; la Citerior es rica en espejuelo ( lapis specularis), la Bética en cinabrio. Hay también canteras de mármol” (Plinio el Viejo: Naturalis Historia, Libro  III,30).

    metallis plumbi, ferri, aeris, argenti, auri tota ferme Hispania scatet, citerior et specularis lapidis, Baetica et minio. sunt et marmorum lapidicinae

    Y refiriéndose al lapis specularis en XXXVI, 162:

    Alguna vez se encuentra también piedra negra, pero la maravillosa propiedad de la blanca, a pesar de su conocida blandura, es que resiste el sol y el frío.

    invenitur et niger aliquando, sed candido natura mira, cum sit mollitia nota, perpetiendi soles rigoresque,

    Para medir la importancia de este material que deja pasar la luz, piénsese en  el afán constructivo y urbanístico que caracteriza  a la cultura romana y que fue imponiendo allá en donde sus legiones alcanzaron a dominar.

    Pues bien, las minas o canteras de este yeso más importantes del Imperio Romano en cantidad y en calidad se encontraban en la Hispania Citerior, en un círculo en torno a cien mil pasos de la ciudad de Segóbriga, como nos dice explícitamente Plinio el Viejo en su famosa obra Naturalis Historia, XXXVI, 160

    "Estas (las piedras de las que habla) se pueden cortar ; pero la piedra especular, pues también esta recibe el nombre de piedra, se separa en  láminas tan finas como se desee por su naturaleza  mucho más manejable. En otro tiempo  sólo la Hispania Citerior la proporcionaba, y no en toda la provincia, sino  en un espacio  de cien mil pasos alrededor de la ciudad de Segóbriga. Ahora  la proporcionan  también Chipre, Capadocia y Sicilia y hace poco se ha encontrado en África, pero todas han de posponerse  a la de Hispania; Capadocia las produce  muy grandes, pero  oscuras."

    Et hi quidem sectiles sunt, specularis vero, quoniam et hic lapidis nomen optinet, faciliore multo natura finditur in quamlibeat tenues crustas. Hispania hunc tantum citerior olim dabat, nec tota, sed intra centum millia passuum circa Segobrigam urbem, iam et Cypros et Capadocia et Sicilia et nuper inventum Africa, postferendos tamen omnes Hispaniae, Cappadocia amplissimos magnitudine, sed obscuros."

    Segóbriga se encuentra junto a la actual Saelices, en la provincia de Cuenca. Por cierto que el nombre de la ciudad Segobriga es un término celta que  viene a significar “ciudad” (briga; relaciónese con burg, elemento constitutivo de cientos de nombres de lugares, ciudades y pueblos en Europa) y victoria (Sieg,Seg…; relaciónese con el sustantivo actual alemán Der Sieg  = la victoria).

    Los 100.000 pasos que determina Plinio equivalen a unos 150 kilómetros y ciertamente en ese radio son numerosos los lugares que en la provincia de Cuenca eran ricos en lapis specularis tales  como Osa de la Vega, Torrejoncillo del Rey, Torralba, Huete, … como confirma la arqueología, que localiza en la zona 25 yacimientos en 15 municipios, sin que esta cifra esté cerrada.

    Se empezaron a utilizar como si fuera vidrio en el s.I, al final de la República y sobre todo de forma sistemática en el Imperio, a partir de Augusto.

    Se extraía de pozos profundos de hasta 30 metros y galerías, porque se encuentra bajo tierra. Nos dice Plinio: XXXVI, 161

    En Hispania se extrae de pozos a gran profundidad, y muchas veces se encuentra bajo tierra incrustada en la roca y se  extrae o se corta, pero la mayor parte por su naturaleza fósil se encuentra suelta en sí a modo de fragmentos, nunca mayores en longitud de cinco pies.

    puteis in Hispania effoditur e profunda altitudine, nec non et saxo inclusus sub terra invenitur extrahiturque aut exciditur, sed maiore ex parte fossili natura, absolutus in se caementi modo, numquam adhuc quinque pedum longitudine amplior

    Este material se extraía de la mina, pues,  en bloques de hasta 1,5 metros de espesor, se recortaba en piezas estandarizadas y se terminaba de preparar en láminas adaptadas a la ventana o vano en el lugar de colocación. Las laminas se encastraban o incrustaban en un bastidor de madera o metal a la manera de nuestras vidrieras.

    Existieron otro tipo de piedra con alguna característica similar, por ejemplo la que llaman lapis penghites, material más duro veteado que se produce en Capadocia, pero lejos de las cualidades de transparencia del lapis specularis (Plinio, Nat. Hist. XXXVI, 163). Tal vez con ese nombre se estén refiriendo a algún tipo de ónix o de alabastro, translúcido pero no transparente.

    La propia piedra y sus desechos tuvieron también otros usos,  como piedra ornamental y decorativa para revestir paredes y cubrir suelos por el reflejo que producía; nos dice por ejemplo una vez más  Plinio: Nat. Hist. 36, 162:

    Se le encontró también el uso distinto en virutas y escamas de adornar el Circo Máximo en los Juegos Circenses para que fuera de una blancura agradable.

    invenere et alium usum in ramentis squamaque, Circum maximum ludis Circensibus sternendi ut sit in commendatione candor.

    Conocida es la pasión de los romanos por las carreras de caballos y carros que se celebraban en el circo, en donde competían equipos identificados por el color de su uniforme y divisa. Las pasiones que las carreras originan sólo son comparables las que levanta modernamente el fútbol, deporte o espectáculo con el que sociológicamente tiene muchas semejanzas, a las que en otro momento me referiré.

    Como nos dice el propio Plinio, el mejor yeso es el procedente del lapis specularis, por lo que su desecho servía como yeso de fragua para fabricar  estucos,  molduras, vaciados, enyesados de pareces, pavimentos, bóvedas, techos, etc. XXXVI, 182:

    El major de todos sin embargo se hace de piedra especular y de la que tiene tales escamas.

    omnium autem optimum fieri compertum est e lapide speculari squamamve talem habente.

    Sin entrar en detalles al respecto podemos pensar y reflexionar en la complejidad de cualquier explotación minera de estas dimensiones en el mundo antiguo: prospección del terreno, realización de catas, determinación de la mina que pasa a ser “ager publicus” o terreno del Estado; sistema de explotación, generalmente por concesión o arrendamiento contra el pago de una cantidad, realización de los trabajos técnicos de apertura de pozos  generalmente cuadrado de 2 x 2 mts. y hasta 30  metros de profundidad, y galerías horizontales o en rampa, extracción del material con los instrumentos adecuados (picos, martillos,punteros, tenazas, cinceles, sierras, et.), aireación y ventilación, utilización de cuerdas, cestos y serones de esparto, cestos impermeabilizados para extracción del agua, lámparas y lucernas generalmente de aceite (el combustible duraba unas cinco horas), traslado  a la superficie, preparación en la boca de la mina.

    Una vez preparado el material se transportaba con carros, tirados por bueyes más que por caballerías, hasta Carthago Nova, el puerto más importante en el Levante, por la vía principal que precisamente se llamaba “via spartaria” (vía o camino del esparto) desde Ercavica (junto a la actual Cañaveruelas,, cercana a Opta, la actual Huete),  a Segóbriga y a Cartagena a través de Cuenca, Albacete y Murcia.

    Naturalmente, la importante red viaria romana es la infraestructura que explica en parte y es efecto al mismo tiempo de la eficacia extractiva de los romanos. Numerosos miliarios o hitos (semejantes a nuestras actuales señales kilométricas) conmemorativos de época altoimperial  (primera parte del Imperio) aparecidos en la vía nos dan idea de su importancia.

    Desde Carthago Nova se exporta a otras partes del Imperio, sobre todo a Roma, Massalia (Marsella), El Pireo (Atenas), Antioquía, Leptis Magna y Karthago (en Túnez), Alejandría

    Es probable que al tratarse de minas afectas al fiscus o caja imperial, colaborae en las cuestiones técnicas y organizativas el propio ejército, como ocurría en las explotaciones auríferas del Noroeste peninsular. 

    Aunque las minas de Segobriga son las más importante, se explotaron también otras en Almeria, zona por lo demás rica en otros minerales y metales como cobre, plata, plomo o mármoles que se explotaban  desde el siglo II a.C.

    La evolución en la fabricación del vidrio y su aplicación creciente  acabó con esta minería del lapis specularis, cuyas ruinas y restos arqueológicos hoy podemos visitar.

  • Los antiguos romanos computaban y digitalizaban hace más de dos mil quinientos años.

    Pocas palabras hay de uso más contemporáneo que “computar, computación, digital”. Pues bien, “computar, computación” son palabras latinas que significan calcular, contar, computar evidentemente.

    La palabra “digital” deriva de la latina “digitum”,que significa “dedo”. “Huellas digitales” son las señales que los dedos dejan en los objetos que tocan y que tanta ayuda ofrecen a la policía porque son exclusivas de cada individuo.

    Los romanos, como el resto de pueblos antiguos y no tan antiguos (nosotros lo seguimos haciendo algunas veces aunque sólo sea para remarcar nuestra dicción) contaban con los dedos.  Por eso a las primeras nueve cifras les llamamos “dígitos” que en puridad significa “dedos” y si la cantidad pasa de nueve decimos que tiene dos o más dígitos.

    La mano es la máquina de contar y calcular más antigua existente. Con una mano o con dos a la vez   los egipcios, los persas, los griegos, los romanos podían expresar los números hasta el 9.999 con un lenguaje parecido al de los sordomudos.

    El monje irlandés del siglo VII Beda el Venerable  en su obra De ratione temporum (Sobre la división del tiempo),  en el primer capítulo titulado De computo vel loquela digitorum  (Sobre la cuenta o lenguaje de dedos) nos describe el sistema. Señalando otras partes del cuerpo con las manos se llega a contar hasta un millón, cantidad que se expresa según el monje entrecruzando los dedos de las dos manos.

    Los egipcios y  los persas conocerían  el sistema de contar con los dedos y, por supuesto,  se conocía en Grecia. A él se refiere Aristófanes (444 a. C. – 385 a. C), por ejemplo, en su comedia  Las Avispas (v. 655-663) : (sátira contra el político Cleón y el mal funcionamiento de los tribunales) :

            BDELICLEÓN (el que odia a Cleón).-
                                        Escucha, papaíto; relaja un poco el  entrecejo:   
                                        comienza a calcular sencillamente
                                        no con  piedrecillas, sino con la mano 
                                        (con los dedos)
    (v.655-656)

                   Βδελυκλέων:   ἀκρόασαί νυν ὦ παππίδιον χαλάσας ὀλίγον τὸ μέτωπον•      
                                              καὶ πρῶτον μὲν λόγισαι φαύλως, μὴ ψήφοις ἀλλ᾽ ἀπὸ χειρός,

    También los romanos contaban con los dedos de las manos. Los testimonios son numerosos, como por ejemplo las  abundantes téseras numéricas o pequeñas fichas  de hueso o marfil, especie  de recibo que los recaudadores romanos entregaban a los contribuyentes por las   cantidades de dinero entregadas; por un lado  llevan  la figura digital correspondiente y por el otro el valor en cifras romanas.

    Lo atestiguan  también numerosos autores:

    Plauto en su comedia Miles Gloriosus, 204 (El soldado fanfarrón) :

                         Su mano derecha lleva la cuenta con los dedos

                                dextera digitis rationem computat

    Cicerón en  una carta a su amigo Atico, Epistulae ad Atticum, V,21,13 dice:

                                  si conozco tus dedos (es decir, tu habilidad para contar con los dedos).  

                                   “si  tuos digitos novi

    O el poeta  Juvenal en su Sátira X, 246.251, refiriéndose a Néstor, famoso en la Antigüedad por su longevidad:

    El rey de Pilos (Néstor),si alguno credibilidad concedes al gran Homero,
    fue un ejemplo de vida tan larga como  la de la corneja.
    ¡Enormemente afortunado  quien por tantos siglos difirió su muerte
    y cuenta ya  sus años con la mano derecha
    y ha bebido tantas veces el vino nuevo!

    Rex Pylius, magno si quicquam credis Homero,
    exemplum uitae fuit a cornice secundae.
    felix nimirum, qui tot per saecula mortem
    distulit atque suos iam dextra conputat annos,
    quique nouum totiens mustum bibit.

    Se deduce de este testimonio que las unidades y decenas se contaban con la mano izquierda y las centenas se contaban con la mano derecha.

    Muy expresivo es el siguiente texto de Apuleyo en su “Apología, 89”, sólo inteligible si se conoce la expresión de los números con los dedos:

                         “Si hubieras dicho treinta años en lugar de diez, podríamos creer que te has  
                           equivocado en el gesto de la numeración y que habías abierto los dedos que 
                          debías tener en forma de círculo. Pero los cuarenta, que son los más fáciles que 
                          ningún otro de expresar con la palma abierta, que tú aumentas en la mitad, no 
                         puede ser un error en el gesto de los dedos, a no ser que creyendo que Pudentilla 
                        tiene treinta años los has contado por dos por los dos cónsules de cada año”

                       Si triginta annos pro decem dixisses, posses uideri computationis gestu errasse, quos 
                       circulare debueris digitos aperuisse. Cum uero quadraginta, quae facilius ceteris 
                       porrecta palma significantur, ea quadraginta tu dimidio auges, non potes[t] 
                       digitorum gestu errasse, nisi forte triginta annorum Pudentillam ratus binos 
                      cuiusque  anni consules numerasti .

    Y el famoso Quintiliano  en su método de formación de oradores Institutio Oratoria, I, 10,35:

                        En los procesos es muy frecuente que se trate de números y en ellos es 
                       considerado ignorante no digo  el que duda en las sumas, sino incluso si yerra en la 
                       cuenta por el gesto equivocado o torpe de los dedos.

                       In causis vero vel frequentissime versari solet: in quibus actor, non dico si circa 
                      summas trepidat, sed si digitorum saltem incerto aut indecoro gestu a computatione  
                      dissentit, iudicatur indoctus .

    Los testimonios son, pues,  numerosos.

    Parece que San Cirilo de Alejandría (c. 376-444) en su Liber de computo, cap. CXXXVIII, titulado De flexibus digitorum,III,135  (Sobre las posturas  de los dedos) nos ofrece la más antigua descripción del sistema;  S.Isidoro de Sevilla la reproduce en su grandiosa enciclopedia  Etimologías en el siglo VI, y en él se inspira el monje  Beda, cuya descripción no ha dejado de estar presente durante la Edad Media y hasta bien entrada la Moderna.

    A este  arte de contar o expresar los números con con los dedos y las manos se le llama técnicamente dactilonomía, del griego δάκτυλος (dáktulos: dedo).

    Ilustración tomada de la obra publicada en Venecia en 1494 de Luca Pacioli titulada Summa de Arithmetica, geométrica,, proportioni et proportionalita

    Todo esto ha estado vigente mucho tiempo , desde luego durante  la Edad Media  y siglos XVI y aún después  quedan algunos restos.

    Pero existe también otro arte, la dactilología o arte de hablar con los dedos y las manos, a la manera del lenguaje de los sordos,  que  también se practicaba en la Antigüedad.

    Citaremos el testimonio de Ovidio en ,aunque evidentemente el sistema se conocía con anterioridad, como atestiguan algunos autores como Ennio:
                    
                      No hay necesidad de dedos con los que decir secretos   (Ars amatoria, , 137)      

                       Nihil opus est digitis, per quos arcana loquaris

                      Y en Lib. I Amorum,  elegia 4

                                       Leerás palabras en mis dedos y palabras escritas con vino.

                                      verba leges digitis, verba notata mero.

    A este arte también se refiere Beda  en su De Loquela per Gestum Digitorum  (Del lenguaje por el gesto de los dedos) que lo explica haciendo coincidir la expresión de cada una de las letras del alfabeto, por su orden, con el gesto digital y manual correspondiente a los números también según su orden; es decir,el gesto del 1 para la a, el del 2 para la b y así sucesivamente.

                             Si quieres expresar la primera letra del alfabeto, representa el uno
                                     Con la mano; si quieres la segunda, el dos, si la tercera el tres y
                                     así las demás según su orden.

                               
                             cum primam alphabeti literam intimare cupis, unum manu teneto; cum 
                                       secundam, duo. cum tertiam, tria. et sic ex ordine ceteras

     

    Así que con razón decíamos al principio que los romanos digitalizaban; lo hacían con los números y con la voz; digitalizaban cantidades y palabras.

    Precisamente de “digiti”  deriva la palabra inglesa “digit”  con el significado de “cifra”. Las modernas computadoras u ordenadores trabajan con código o base “binaria” (del latín bini = dos). De la contracción de estas dos palabras, binary y digits surge la palabra “bit” o unidad mínima de información en la moderna computación. Así que estas máquinas modernas digitalizan también, pero de otra manera.

    Conviene también conocer que otro sistema de contar muy primitivo y generalizado consistía en agregar o separar guijarros de un montoncito,  piedrecitas que en latín se llaman “calculi” (cálculos, del griego χάλις, kalis = piedra caliza, de donde la palabra castellana “cal,piedra de cal”). Por eso se llaman también “cálculos” las concreciones pétreas que se forman en los riñones o en la vejiga o en otros órganos del cuerpo y que tanto dolor ocasionan hasta ser expulsadas.  De este sistema surgió el arte de calcular y más tarde el ábaco como instrumento adecuado.

  • ¿Conocieron los romanos las fuentes del Nilo?

    La curiosidad innata del hombre le ha impulsado a innumerables empresas. El deseo de conocer el mundo en el que habita le ha empujado una y otra vez a realizar viajes y exploraciones de los lugares más inaccesibles.

    Ciertamente, la carrera por la exploración del planeta  eclosiona después del descubrimiento de América por Colón a finales del siglo XV. A principios del siglo XX casi no quedaba ningún rincón por descubrir y una vez conocida la Tierra, comienza la exploración del espacio. La curiosidad, el deseo de conocer  sigue siendo la fuerza impulsora  imparable.

    Al hombre antiguo le frenó en buena medida su temor al mar insondable, desconocido, tenebroso,  el miedo  a alta mar. ( “altus,-a,-um” significa en latín “alto” y también “profundo”, que es la acepción que habremos de aplicar cuando hablamos de “alta mar”).

    Pero esto no nos debe engañar. Los antiguos, fenicios, griegos, romanos y el resto de pueblos marineros recorrieron todo el Mar Mediterráneo, salieron al Atlántico y al Indico. ¿Qué otra cosa es la “Odisea” sino el relato de los difíciles viajes de los griegos por el Mediterráneo?. Son varios los viajes de exploración notables en época antigua de que tenemos noticias.

    Uno de los asuntos que más intrigó al Mundo Antiguo, a los faraones, a los griegos, a los romanos fue el descubrimiento de las llamadas “fuentes del Nilo”.  Son numerosos los textos antiguos que hacen referencia a las desconocidas fuentes del Nilo y a sus fertilizadoras crecidas estivales.  Heródoto, que también vivió en Egipto,  es el autor de la famosa frase “(Egipto) es un don del Nilo ; δῶρον τοῦ ποταμοῦ (Historias, II, 5,1” y   en numerosas ocasiones se refiere al río y sus crecidas en el citado Libro II.

    Lucano, Ovidio, PetronioMarcial se refieren también en numerosos pasajes a este tópico antiguo . Por ejemplo, Horacio, cantando exageradamente el poder de Augusto,  recurre al lugar común y dice en Odas,IV,14, 45-46

    a ti te (obedece) el Nilo, que oculta el origen de sus fuentes

    te, fontium qui celat origines
    Nilusque…venerantur…

    En varias ocasiones se intentó explorar el curso del rió. La más importante, al menos la mejor documentada, tuvo lugar en época del emperador Nerón . En ella tiene su parte la intervención del filósofo y naturalista Lucio Anneo Séneca, hispano de Corduba, que pasó parte de su juventud en Egipto, por razones de salud. Le atrajo sin duda, como buen naturalista,  el asunto del origen del río Nilo, de las “fuentes del río Nilo”,  de la cabecera,  “caput Nili” como  entonces se decía.

    Séneca años después fue maestro y preceptor del emperador Nerón (vivió del año 37 al 68). Nerón ha pasado a la Historia, merecidamente, como un monstruo, pero ni siempre lo fue ni todo lo hizo mal. Sin duda  Séneca le hizo interesarse por  el asunto de las “fuentes del Nilo”, y preparó una expedición al mando de dos centuriones en torno al  año 60 . Séneca recoge en el Libro VI de sus “Cuestiones Naturales”  el  relato o informe de los centuriones, que reproduzco a continuación en castellano y en latín:

    ¿No sabes que entre las opiniones con las que se explica la inundación estival  del Nilo hay una que dice que surge  de la tierra misma y aumenta su caudal debido  no a las aguas del cielo, sino a las del subsuelo? He oído contar  a dos centuriones, que Nerón César, apasionado por todas las cosas valiosas  y especialmente por la verdad, había enviado  a investigar la cabecera  del Nilo,  que recorrieron un largo camino y que ayudados  por el Rey de  Etiopía y recomendados a los reyes vecinos  avanzaron  más allá.

    Luego, me dijeron, “ llegamos  a unos  pantanos inmensos, cuya salida ni los habitantes del lugar habían conocido ni nadie podía esperar conocerla:  tan mezcladas están las hierbas con el agua que ni a pie ni en barco se pueden pasar, porque la laguna, llena de fango y de hierbas, no soporta sino una  barca pequeña y capaz de una sola persona. Ahí, me dijo, vimos dos peñascos, de los que caía un río de enorme caudal”.

    Tanto si es   éste el nacimiento o un afluente del Nilo, tanto si nace entonces o reaparece en la tierra después de un recorrido anterior, ¿no crees que esta agua, sea la que sea, procede de un gran lago de esas tierras? Es necesario, pues, que las tierras retengan  el agua desparramada por muchos lugares encerrada en uno  solo  , para que puedan brotar con tanta fuerza.

    Nescis autem inter opiniones, quibus enarratur Nili aestiua inundatio, et hanc esse, a terra illum erumpere et augeri non supernis aquis sed ex intimo redditis? Ego quidem centuriones duos, quos Nero Caesar, ut aliarum uirtutum ita ueritatis in primis amantissimus, ad inuestigandum caput Nili miserat, audiui narrantes longum illos iter peregisse, cum a rege Aethiopiae instructi auxilio commendatique proximis regibus penetrassent ad ulteriorem.
    Inde, ut quidam aiebant, peruenimus ad immensas paludes, quarum exitum nec incolae nouerant nec sperare quisquam potest: ita implicatae aquis herbae sunt et aquae nec pediti eluctabiles nec nauigio, quod nisi paruum et unius capax limosa et obsita palus non fert. Ibi, inquit, uidimus duas petras, ex quibus ingens uis fluminis excidebat.
    Sed siue caput illa siue accessio est Nili, siue tunc nascitur siue in terras ex priore recepta cursu redit, nonne tu credis illam, quicquid est, ex magno terrarum lacu ascendere? Habeant enim oportet pluribus locis sparsum umorem et in uno coactum, ut eructare tanto impetu possint.

                                                                                   (Séneca, Quaestiones Naturales, VI,8,3-5)

    De este relato podemos deducir que los centuriones remontaron el Nilo Blanco y que llegaron a la zona del Sudán, llamada “Sudd” que significa “barrera”. Es una zona pantanosa también en nuestros días, que ocupa miles de  kilómetros cuadrados y por tanto infranqueable en el mundo antiguo.

    Hay todavía un hecho más intrigante. El geógrafo, astrónomo y matemático Claudio  Ptolomeo de Alejandría (vivió aproximadamente del año 100 al 170), escribió una Geografía con detalladas descripciones. No se han conservado los mapas confeccionados por él, pero con las detalladas indicaciones del manuscrito aparecido hacia el año 1300 los cartógrafos han reproducido sus mapas. Curiosamente en el aparecen los dos brazos del Nilo y su origen en unos grandes lagos. Ptolomeo había recogido una información del cartógrafo Marinos de Tiro que recogía la historia de un comerciante griego, Diógenes, que  desde la costa africana del mar Rojo  viajó hacia el año 100 hasta la región de los grandes lagos Victoria y Alberto, de los que surge el Nilo. Los “Montes de la Luna” de los que habla serían el Ruwenzori .

    Se habría anticipado en 1700 años al famoso viaje de Richard Burton, Speke y Stanley.  La noticia la recogió Ptolomeo, la tradujeron los árabes. En la Edad Media se creía que el Nilo nacía de unos lagos generados por las nieves de los  “Montes de la Luna” y así se refleja en la cartografía desde el siglo XIV en que apareció la Geografía de Ptolomeo.

    En el siglo XVII el jesuita l español Pedro Páez (1564-1622),que intentaba crear una misión jesuítica  en una zona de enormes dificultades encontró las fuentes del Nilo Azul. Pero esto se olvidó.

    En el siglo XIX los exploradores ingleses citados , después de varias exploraciones y muchas discusiones, reencontraron las “fuentes” de Diógenes y han pasado a la Historia como sus “descubridores”. Su obra en cambio no se ha olvidado, al menos hasta ahora.