Categoría: Costumbres

  • Mare clausum (el mar está cerrado)

    Asistimos estos días de otoño al espectáculo inhumano de decenas, centenares de náufragos, generalmente subsaharianos, en las costas europeas del Mediterráneo. Atraídos por el bienestar europeo, estas personas se lanzan a un mar siempre peligroso para alcanzar la costa del presunto y geográficamente cercano paraíso.

    Pero el mar siempre es todavía más peligroso si se aborda en pequeñas barcas o en navíos viejos y destartalados. El Mediterráneo (el mar entre las tierras, el Mare Nostrum (Nuestro mar) de los romanos siempre fue escenario de naufragios (de navis, nave, y  fragium, fractuara,  a su vez de frango,fractum, ruptura, fractura), sobre todo en los meses de invierno. Entre el 12 de noviembre y el mes de marzo no se navegaba en la Antigüedad  para evitar las tormentas invernales; esto explica en parte por qué es  precisamente en las semanas previas a ests fechas en las que se producen los mayores desastres humanitarios, antes de que la travesía sea más difícil.

    Se decía  que el “mar está cerrado”, “mare clausum”. Ahora la expresión se emplea en lenguaje jurídico para indicar que un país cierra al tráfico general sus aguas jurisdiccionales, de manera similar a como se cierra el espacio aéreo para evitar que otros naveguen por él.

    Petronio en su Satiricón refleja en unos pocos versos la tragedia de un naufragio. Es cierto que lo hace en otro contexto menos vergonzoso que el actual de insolidaridad humana y en medio de algunas bromas y situaciones cómicas propias de su obra “satírica”,  pero lo sitúa en el mismo escenario geográfico de las costas de Sicilia o del sur de Italia. Disculpando la licencia de abstraer el texto de su contexto y manteniendo lo que de expresión del sentimiento de dolor ante una desgracia humana tiene, me permito presentar estas líneas  al lector para ayudarle a comprender el desvalimiento  absoluto de quien sufre un naufragio lejos de sus seres queridos.

    Naturalmente no refleja el texto  el dolor sobreañadido de intentar llegar a un país extranjero como tabla de salvación futura para él y su familia y encontrarse con el frío e inhumano rechazo, si  es que se alcanza la costa, o con la simple muerte en el intento sin alcanzarla.

    El “mare clausum”, “el mar cerrado” por las tormentas en la Antigüedad, está ahora cerrado para muchos desgraciados por la iniquidad de unas leyes inhumanas.  Pero estas son las leyes, hoy como ayer, de los países poderosos y de un sistema económico mundial que fundamenta el bienestar de unos en la explotación y abandono de otros. Una diferencia similar separaba al ciudadano romano (civis romanus), que gozaba de todos los derechos, del resto de los hombres del Imperio; pero de ello hablaré en otra ocasión.


    Petronio, Satiricón, 114,  1-4,/6-7,/12-13

    Mientras lanzamos  a la conversación estos temas  y otros semejantes,  el mar se encabritó y unos nubarrones llegados de todas partes sepultaron en tinieblas  el día. Acuden  los marineros corriendo  a sus puestos y recogen las velas ante la tormenta.  Pero ni un viento fijo levantaba las olas ni el timonel sabía hacia  dónde dirigir  el rumbo. Tan pronto el viento nos empujaba hacia Sicilia, como más frecuentemente el viento aquilón, que domina en la costas de Italia, zarandeaba acá y allá a la nave indefensa., y lo que todavía es más peligroso en todas las tormentas, unas tinieblas, tan repentinas y espesas, habían quitado la luz del día, de forma que el piloto ni tan siquiera veía la proa entera.
    ………
    Y  un golpe de viento lo arrojó al mar mientras vociferaba;  y cuando apareció de nuevo,  la tormenta  lo envolvió y se lo tragó  en un maldita torbellino. A Trifena, también a punto de…  (ahogarse), la agarraron  sus esclavos  fieles y,  metiéndola  en el bote con la mayor parte de su equipaje, la libraron de una muerte segurísima  .

    …………
    Aguanto  yo esta última atadura y como preparado  para  un lecho fúnebre aguardo la muerte que ya no me preocupa. Cumple mientras  tanto la tempestad los designios de  los hados y acaba con lo que queda  de la nave. No  quedaba ni un palo, ni una pieza del timón, ni una maroma o un  remo, sino que la madera marchaba al vaivén  de las olas como si estuviera sin labrar y sin trabajar. 

    115  6-10

    ………….
    Acabado por  fin este trabajo, entramos cabizbajos  en la cabaña de un pescador, y recuperados de alguna forma con los alimentos estropeados por el naufragio, pasamos una noche lamentable. Al día siguiente, mientras tomábamos la decisión de a qué  dirección dirigirnos,  veo de repente que  un cuerpo humano  era arrastrado hacia la orilla zarandeado en un pequeño remolino. Me detuve ante esto triste, y me puse, con los ojos llorosos, a valorar  con atención  la seguridad del mar.

    -A éste quizá -digo en voz alta- le espera en alguna parte de la tierra  su esposa a salvo; quizás  su hijo desconocedor de la tormenta, o su padre; en todo caso a alguien dejó  a quien al partir le dio un beso.

    Dum haec taliaque iactamus, inhorruit mare nubesque undique adductae obruere tenebris diem. Discurrunt nautae  ad officia trepidantes uelaque tempestati subducunt.  Sed nec certus fluctus uentus impulerat, nec quo destinaret cursum gubernator sciebat. Siciliam modo uentus dabat, saepissime Italici litoris aquilo possessor conuertebat huc illuc obnoxiam ratem, et quod omnibus procellis periculosius erat, tam spissae repente tenebrae lucem suppresserant, ut ne proram quidem  totam gubernator uideret.

    Et illum quidem uociferantem in mare uentus excussit, repetitumque infesta gurgite procella circumegit atque hausit. Tryphaenam autem prope iam… fidelissimi rapuerunt serui, scaphaeque impositam cum maxima sarcinarum parte abduxere certissimae morti

    ……
    Patior ego uinculum extremum, et ueluti lecto funebri  aptatus expecto mortem iam non molestam. Peragit interim tempestas mandata fatorum, omnesque reliquias nauis expugnat. Non arbor erat relicta, non gubernacula, non funis aut remus, sed quasi rudis atque infecta materies ibat cum fluctibus.
    ……………..

    115  6-10

    Hoc opere tandem elaborato casam piscatoriam subimus maerentes, cibisque naufragio curruptis utcumque curati tristissimam exegimus noctem. Postero die, cum poneremus consilium cui nos regioni crederemus, repente uideo corpus  humanum circumactum leui uortice ad litus deferri. Substiti ergo tristis coepique umentibus oculis maris fidem inspicere et: «Hunc forsitan», proclamo, «in aliqua parte terrarum secura expectat uxor, forsitan ignarus tempestatis filius, aut pater; utique reliquit aliquem, cui proficiscens osculum dedit.

  • El fascinante origen de la palabra “fascinante”

    A veces nos sentimos “fascinados”, atraídos, impresionados, tocados (touché en francés) al enterarnos del origen de una palabra, como si al correr la cortina observáramos lo que había detrás o sepultado en el fondo del valle. Esa es la fuerza de la etimología de las palabras, cuyo conocimiento nos aporta una información básica sobre la que se asienta su significado ampliado posteriormente.

    Pues bien “fascinar”, según el Diccionario de la Real Academia Española, deriva del latín “fascinare” y tiene tres acepciones: 1.  Engañar, alucinar, ofuscar. / 2.  Atraer irresistiblemente. /  3. Hacer mal de ojo.

    Fascinare” en latín significa: causar o producir mal de ojo, maleficiar, encantar, hechizar. Para Plinio los “fascinantes” son los hechiceros. “Fascinatio” es la acción de fascinar, de hechizar, la fascinación, encantamiento, hechizo, encanto. Así lo emplea Catulo en sus Poesías 7,12:

    (tantos besos) que ni los curiosos puedan contar
    ni maleficiar con su mala lengua.

    (basia) quae nec pernumerare curiosi
    possint nec mala fascinare lingua.

    O Virgilio en su Égloga 3,103:

    No sé que ojo me maleficia mis tiernos corderos.

    Nescio quis teneros oculus  mihi fascinat agnos.

    Así que es fácil entender la primera acepción de nuestro diccionario, que no corresponde realmente con el significado latino, aunque sí deriva de él.

    Pues bien, “fascinare” es un verbo de acción formado a partir de la palabra “fascinum o fascinus” que significa “encanto, maleficio, hechizo”. El término latino se correspondería con el griego  βάσκανον “baskanon”, según Aulo Gelio  16, 12,4:

    Así Cloacio Vero lo llama “fascinum”,  como “bascanum” y “fascinare” es  como “bascinare”.

    (Cloatius Verus) Item fascinum appellatum quasi “bascanum” et “fascinare” esse quasi “bascinare

    βάσκανον “baskanon significa fascinador, hechicero, envidioso, fisgón, calumniador, malicioso.

    Pero también significa miembro viril, falo, aunque  los latinos tienen otro término (entre otros muchos de sentido figurado o metafórico de los que quizás en otra ocasión trataré) para designar al falo, pene o miembro viril: mentula, por lo que “fascinus” parece referirse más bien al miembro en erección.

    Así lo emplea Horacio en Epodos, 8, 15-20

    quid? quod libelli Stoici inter Sericos
    iacere puluillos amant,
    inlitterati num minus nerui rigent
    minusue languet fascinum?
    quod ut superbo prouoces ab inguine,
    ore adlaborandum est tibi.

    ¿Y qué? Porque a los libritos de los estoicos
    les guste descansar sobre cojines de seda,
    ¿acaso los músculos de los iletrados tienen menos vigor
    o su miembro es menos lánguido?
    Si lo quieres hacer salir desde mi orgullosa ingle,
    me lo tienes que trabajar con la boca.

    Porfirio en su “Ad Horatii epodon 8,18” explica por qué Horacio empleo este término:

    puso “fascinum” en lugar de parte viril porque se suele colocar la deformidad del miembro junto a las cosas que nos pueden fascinar”

    fascinum pro virili parte posuit, quoniam praefascinandis rebus haec membri deformitas apponi solet

    Arnobio, tras su conversión al Cristianismo ridiculiza a los dioses paganos y así utiliza el término “fascinus” con este mismo significado en su Adversus nationes libri VII, 4,7

    ¿Y existe también Tutunus, en cuyas descomunales partes pudendas y en su horrendo miembro queréis que cabalguen vuestras matronas y consideráis señal propicia?

    etiamne Tutunus, cuius inmanibus pudendis horrentique fascino uestras inequitare matronas et auspicabile ducitis » et optatis ?

    Incluso Fascinus es el nombre del dios protector venerado por las vírgenes Vestales contra el mal de ojo y la envida y así lo utiliza, por ejemplo, Plinio en Naturalis Historia, XXVIII, 7, pasaje en el que nos dice también que se colocaba debajo del carro del general vencedor para prevenirle de la “fascinación”.

    Quizás en otra ocasión trataré del falo como divinidad y de su culto.

    Pues bien, la pregunta obligada es ¿qué tendrá que ver el llamado miembro viril con la fascinación, los hechizos, el mal de ojo?

    Algo deben tener que ver no sólo lingüísticamente, porque una costumbre bien establecida entre los romanos es la de  colocar a los niños un pequeño colgante al cuello con un falo, o colgar tintinabula o campanillas en las puertas de las casas con falos,  o colocar  falos, grabados o esculpidos, en la entrada de las casas o en otros lugares, o adornar lámparas, lucernas y otros objetos. Ya vimos en otra ocasión como se figuraba a Hermes o Terminus, el mojón, con un pilar con cabeza del dios y con un falo o genitales bien señalados.

    El tema está amplísimamente documentado en los textos y en los numerosos restos arqueológicos. Por ejemplo, nos dice Varrón en su “De lingua latina” VII, 97:

    “O puede (derivar) de la costumbre de colgar en el cuello de los niños ciertos objetos obscenos para que no les suceda nada malo…

    “Potest vel ab eo quod pueris turpicula res in collo quaedam suspenditur, ne quid obsit…

    Es decir, se trata de un amuleto en forma de falo que se lleva para alejar el mal de ojo, el hechizo, el encantamiento. A esa función se le llama técnicamente “apotropaica”, (del griego ἀποτρέπω     apotrépō, "apartar", alejar), de ἀπό (apó, "lejos") y τρέπω (trépō, "girar"), palabra que significa precisamente “alejadora, apartadora”, en este caso de males y calamidades.

    Fascinum es pues el amuleto en forma de miembro viril que  los niños llevaban al cuello para evitar el mal de ojo. Hoy es relativamente frecuente encontrar personas con tal colgante en el cuello, en algunos casos por mero adorno pero en otros también por persistir una superstición milenaria. Del “mal de ojo” hablaré en otra ocasión, porque además del falo hay otros instrumentos y métodos apotropaicos, como por ejemplo escupir tres veces al suelo.

    Pero la cuestión realmente difícil es comprender por qué el falo y su representación tienen valor apotropaico y capacidad de impedir el mal de ojo.

    Tradicionalmente, en los escasos y timoratos estudios que la moral imperante permitía, se interpretaba que el falo era símbolo de la fertilidad y abundancia de bienes y por tanto lo opuesto al maleficio. También se interpretaba que evitaba el mal de ojo porque la visión del miembro viril, considerada obscena, obliga a apartar la mirada, por lo que el mal de ojo resultaba imposible si el ojo enfoca a otro lugar.

    Pero Pascal Quignard, autor francés contemporáneo, en su obra “El sexo y el espanto”, en la que hace una interpretación desinhibida de la  rígida sexualidad romana, opuesta a la alegre sexualidad griega, bucea en la psicología profunda de los hombres y ofrece una explicación al respecto más sugerente y profunda y también más difícil de comprender: el hombre es fruto de un acto generador en el que no estuvo presente y que le genera una enorme curiosidad y desasosiego; la visión del acto sexual o del fascinum (miembro viril erecto) paraliza al hombre, lo fascina, lo atrae y embruja, detiene su mirada; la visión de la representación directa de la cópula humana procura una emoción siempre extrema de la que nos defendemos con espanto …..

    Quignard relaciona el fascinum con los obscenos y picantes versos “fesceninos” que se cantaban en las bodas, cuya función sería similar a la ya descrita y con la “fascia” o venda que las mujeres romanas usaban como sujetador para sostener los senos; y lo relaciona también con “fasces” o haz de varas atadas con una correa roja (de donde por cierto deriva “fascismo”).

    El espanto que produce la visión del “fascinum” o de la cópula es lo que explica según Quignard que en las pinturas pompeyanas las mujeres mantengan  la mirada oblicua, lateral, evitando la visión directa de la escena incomprensible de la generación animal.

    Si la principal función es prevenir el “mal de ojo” en función de la “fascinación” que el “fascinum” provoca, conviene comentar que el mal de ojo consiste precisamente en “in-videre” (de in-, contra, videre, ver)”envidiar”, “lanzar la mirada contra”  alguien.

    Y en eso consiste precisamente la envidia o “invidia”, en acumular en el interior la maldad que a alguien se desea y expresarla por la puerta más evidente del alma, por la mirada, por los ojos. Obligar a alguien a apartar la vista es impedirle que nos “envidie” o nos mire mal.

    La psicología profunda nos ayuda también a entender mitos y ritos antiguos, incomprensibles ya para los propios antiguos que a veces buscan explicaciones racionales, y absolutamente oscuros para nosotros, aunque se sigan practicando.
     

  • Nos seguimos rigiendo por el calendario de Julio César

    El calendario es un instrumento necesario para organizar el tiempo en relación con las actividades agrícolas, con las obligaciones religiosas y con la vida social y civil.

    Nuestro calendario tiene actualmente doce meses y 365 días al año. Cualquier lector atento, no obstante, se habrá preguntado por qué al “duodécimo” mes se le llama “diciembre”, palabra que más bien significa “décimo”. Las preguntas se multiplican si observamos que al undécimo  se le llama “noviembre”, palabra relacionada con “novem = nueve”; al  décimo se le llama “octubre”, palabra relacionada con “octo= ocho”; al noveno se le llama “septiembre”, término relacionado evidentemente con “septem = siete”.

    Existe, pues, una falta de coincidencia entre el nombre de estos meses y el orden que ocupan en el calendario. Esta confusión aumenta si conocemos que el mes de agosto se llamó en su momento “sextilis = el sexto” y al mes de junio se le llamaba “quintilis =quinto”.

    La explicación estriba en que al principio de la historia de Roma el año comenzaba en el mes de marzo y el año tenía diez meses. A partir de esta premisa, los nombres de los meses romanos se correspondían con su orden.

    Pero la historia del calendario es realmente complicada e interesante. Esbozaremos algunos datos. A la hora de organizar el ciclo del tiempo el hombre tiene en cuenta el número de días en que la tierra tarda en dar una vuelta al sol. Son algo más de 365 días; 365,25 aproximadamente. Pero también tiene en cuenta las fases de la luna, que tan pronto la vemos llena de luz reflejada como en sus fases creciente o decreciente.

    Roma tuvo a lo largo de su historia dos calendarios lunares y uno solar, . Así que coexisten de alguna manera el calendario lunar y el solar. Como además los ciclos no se miden con precisión milimétrica, se van acumulando las inexactidudes y desvíos del ciclo anual , que llegan a ser enormes. Esto obligó a  reformar repetidas veces el calendario  para actualizarlo a la realidad astronómica.

    Según la historia mítica fue Rómulo, el fundador de Roma en el año 753 a.C., quien creó también el calendario, lunar en aquel momento. El año comenzaba en marzo, mes en el que comenzaban las tareas agrícolas y también las campañas militares. El año tenía 304 días en diez meses.

    Fue necesaria una reforma, que la tradición mítica atribuye al rey Numa, que gobernó del 715 al 673 a.C., pero que probablemente corresponde a mediados del siglo V a.C. En este momento se añadieron dos meses más, tiempo que con anterioridad no era relevante para formar el calendario. El año tenía 355 días en 12 meses lunares. El Pontífice Máximo añadía cada dos años un mes intercalar, cuya duración fijaba en 20 días, para recuperar el retraso con el llamado “año trópico” o  año sideral, el tiempo  que tarda el  planeta Tierra en dar una vuelta completa alrededor del Sol.

    A pesar de ello y por diversas causas   seguía produciéndose un notable desfase.  En época de Julio César (100 a.C.-44 a.C.) la confusión entre determinadas celebraciones y el momento según el calendario vigente era enorme.

    César estuvo en Egipto con la famosa reina Cleopatra, de la que probablemente tuvo su hijo Cesarión. Allí conoció  el calendario solar y comprendió la utilidad que su uso podía tener. Según Suetonio,  le aconsejó el filósofo y astrónomo Sosígenes de Alejandría, que había fijado el año solar en 365 días y seis horas, es decir, con un pequeñísimo error de menos de un segundo al día. Es esta una exactitud que todavía hoy nos  asombra si consideramos los instrumentos científicos de los que entonces disponían.

    César hizo las adaptaciones necesarias e impuso en consecuencia el calendario solar de 365 días al año, intercalando un día más cada cuatro años. De la magnitud de la reforma nos da idea el hecho de que en el año 44 a.C. hubo de intercalar 90 días, con lo que ese año duró 455 días.

    Este calendario, llamado en buena lógica “juliano” es el que básicamente seguimos utilizando hoy en día y se ha impuesto en casi todo el mundo.

    El papa Gregorio XIII lo volvió a reformar  por razones litúrgicas en el año 1582, para que  la Pascua fuera celebrada  el domingo siguiente al plenilunio posterior al equinoccio de primavera, según había dictaminado el Concilio de Nicea del año 325. El desfase con el año trópico  había acumulado entonces 10 días aproximadamente. A esa reforma se la llama “gregriana”.

    Pero el desfase sigue existiendo porque el año trópico en realidad tiene una duración de 365,242189, o lo que es lo mismo, 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45,16 segundos, lo que equivale a 1 día aproximadamente cada 128 años. Así que seguirán siendo necesarias nuevas reformas.
    Quizás este artículo parezca ciertamente complejo. No es así en realidad en comparación con los numerosos detalles y precisiones a las que podrá llegar el lector interesado en profundizar en estas cuestiones.

  • Androcles y el león agradecido

    Androcles y el león es un famoso relato que ha encandilado el interés de numerosas personas desde la Antigüedad a nuestros días

    Se trata de la historia, cuento popular probablemente en su origen, de un esclavo, Androcles,  que huido de su señor, se encuentra con un león en el desierto; el león no le ataca, como podríamos esperar. Cuando Androcles se le acerca, el león le muestra su pata y  observa que tiene una espina clavada que le impide andar y le ha dejado muy debilitado. Androcles le saca la espina de la pata y sigue su camino. Muchos años después se encuentran Androcles y el león en Roma, ahora en el anfiteatro al que el esclavo es arrojado para ser devorado por las fieras. Cuando el león sale a la arena, contra todo pronóstico, no sólo no devora a Androcles sino que se le acerca dócil; es el león al que Androcles extrajo la espina y lo salvó de una muerte segura; ahora agradecido le corresponde salvándole la vida, pues el pueblo, informado de la historia exige la salvación de Androcles y del león.

    El cuento, relato, historia,  que algunos convierten en fábula y sin ninguna necesidad atribuyen a Esopo como tantas otras fábulas, se ha repetido hasta la saciedad como ejemplo de la virtud del agradecimiento, contraria a la ingratitud. Fedro, desde luego, no lo incluyó entre las fábulas de su traducción latina de Esopo.

    La historia nos la cuenta por primera vez en un texto escrito que conservemos Aulo Gelio (vivió en el siglo II d.C.), en sus Noctes Atticae, V, 14.  Según Aulo Gelio, la historia la pone en boca de un tal Apión, que dice que él vió personalmente el suceso.

    Muy probablemente el suceso fue una invención del tal Apión, aunque inspirado por la realidad de las “venationes” o cacerías que los romanos celebraban en el anfiteatro entre otros espectáculos sangrientos.

    Es este tema de las venationes un asunto al que en algunas ocasiones algunos escritores han dedicado su atención. Marcial, por supuesto, hace numerosas referencias precisamente en su Libro de los espectáculos.  (Liber spectaculorum)

    Probablemente el tal Apión observó en unos juegos reales cómo un león salvó la vida a uno de sus cuidadores, tal como nos cuenta Séneca en De beneficiis, 2,19.

    Vimos en el anfiteatro a un león que protegió del ataque de las fieras a uno de los cuidadores que reconoció porque en otro tiempo había sido su dueño.

    Leonem in amphitheatro spectauimus, qui unum e bestiariis agnitum, quum quondam eius fuisset magister, protexit ab impetu bestiarum.

    Y en ello se inspiró, recogiendo un cuento tradicional que ya circulaba por el antiguo Egipto.

    Claudio Eliano (ca. 175-ca 235), orador y profesor romano que escribía en griego, recoge la historia de Androcles en su De Natura Animalium, 7, 48; daré sólo el comienzo de su texto, en su versión latina, prácticamente idéntico al que luego reproduciré de Aulo Gelio:

    Habiéndose fugado de casa de un senador romano un esclavo que se llamaba Androcles porque había cometido un grave crimen (desconozco en realidad cuál fue) y habiendo llegado a Africa…

    Cum a senatore Romano servus, cui nomen Androcles erat, aufugisset, quia facinus quodpiam nefarium (id vero quale fuerit ignoro) admisisset, et in Africam venisset,… (Versión latina del texto griego de De Natura Animalium Claudii Aeliani  a Friderico Jacobs editi apud Fridericum Fromannum, Jenae, MDCCCXXXII)

    Luego este tema de “el león agradecido” se repitió durante la Edad Media, por ejemplo, Ademar de Chabannes lo relata en el siglo XI; Chrétien de Troyes escribe la novela Yvain el caballero del león en la que el caballero ayuda a un león y luego el león, que permanece a su lado, es un ejemplo de honor y amistad.

    Y aparece también en leyendas de la  vida de algunos santos como san Gerásimo, San jerónimo que también extrajo una espina de la pata de un león al que así domesticó, etc.

    En los siglos XV, XVI, XVII Aulo Gelio tuvo un gran éxito en Europa. En 1484 William Caxton tradujo al inglés un códice latino en el que se encontraba la fábula «Of the lyon &of the pastour». Montaigne (1533-1592)  también cuenta en sus Ensayos la historia del león y el Esclavo.

    Un episodio muy similar cuenta Díaz de Guzman en sus crónicas referido a Isabel de Guevara (año de 1556), personaje femenino presente en la creación de Buenos Aires.  Isabel, desesperada por el hambre, salió del fuerte de Buenos Aires y se refugió en la cueva de una leona a la que ayudó a parir. La capturaron los indígenas y uno la hizo su esposa. Recuperada luego por los españoles, la condenaron a ser atada a un árbol y servir de comida a las fieras como escarmiento, pero la leona la protegió y los soldados la perdonaron.

    Incluso un reflejo del episodio podríamos apreciar en el Capítulo XVII de la Segunda parte del Quijote, en la aventura de los leones, a los que les abrieron la jaula pero no atacaron.

    Más evidentemente  Francisco de Quevedo en su obra   “Virtud militante (contra  las cuatro pestes del mundo: envidia, ingratitud, soberbia y avaricia”, para criticar la ingratitud  recurre al tópico medieval del  león eternamente agradecido por haber sido liberado de una espina, a la fábula de Androcles y el león, atribuida como decía a Esopo. Dice Quevedo:

    Fierísimo es el león, y el sacarle una espina de un pie pagó liberalísimo
    con dar la vida al que se la sacó.

    Modernamente es famosa una obra de teatro de Bernard Shaw titulada precisamente así, Androcles y el león,  en la que el autor inglés en realidad trata de manera peculiar y humorística sobre los orígenes del cristianismo y las persecuciones de los cristianos, todo ello con poco rigor histórico. En su comedia Androcles es un cristiano conducido al Coliseo.

    En el año 1952 se hizo una famosa película en EEUU precisamente basada en la obra de Bernard Show, dirigida por Chester Erskin.

    Aulo Gelio y sus Noctes Atticae, miscelánea de infinitos temas intranscendentes y fútiles, ha generado gran atractivo entre numerosos escritores contemporáneos, como el poeta argentino Arturo Capdevilla (1889-1967) que tiene un famoso poema titulado precisamente “Aulo Gelio”, Borges, Cortázar o Bioy Casares.

    Curiosamente, el escritor siciliano de una peculiar novela policiaca ambientada en la isla, Andrea Camilleri, ambienta un episodio de su héroe Montalbano en esta historia de Androcles y el León en un episodio que titula “Lo que contó Aulo Gelio” en su libro “Un mes con Montalbano” como homenaje a Vázquez Montalbán.

    Yo mismo leí la historia de niño probablemente en algún libros de historias edificantes; naturalmente Androcles era un cristiano arrojado a las fieras.

    Aunque el relato de Gelio, Noctes Atticae, V,14 es un tanto largo, lo transcribo entero para que el lector tenga un conocimiento directo de la fuente:


    Historia que refiere el sabio Apión, llamado Plistonices, acerca del reconocimiento en Roma entre un león y un esclavo con quien la fiera había vivido en otro tiempo.

    Apión, llamado Plistonices, era escritor muy erudito y notable, especialmente por la extensión y variedad de sus conocimientos acerca de la antigüedad griega. Adquirió mucha reputación por un compendio en que refiere todo lo maravilloso que ofrece el Egipto en sus monumentos o en las tradiciones de sus habitantes. En los pasajes de esta obra en que refiere lo que ha leído u oído decir, tal vez se le puede censurar que se deja llevar de la facundia y exageración por el deseo de producir efecto, porque este autor gusta mucho de ostentar su ciencia. Pero lo que quiero citar de él es lo que dice en el libro quinto de su compendio sobre Egipto, y que no es de lo que ha leído u oído, sino que asegura haberlo presenciado él mismo en Roma.

    «Un día – dice – había llevado al pueblo romano al circo el espectáculo de una cacería en que habían de combatirse considerable número de animales. Encontrándome en Roma a la sazón, quise presenciarla, y vi soltar en la arena gran número de animales salvajes de fuerza y dimensiones prodigiosas y extraordinaria ferocidad. Admirábase especialmente una manada de leones enormes, entre los que descollaba uno, cuya monstruosa corpulencia, rápidos saltos, terribles rugidos, abultada musculatura y flotantes melenas, asombraban a los espectadores y atraían todas las miradas. Introdújose a los desgraciados que habían de pelear con las fieras, encontrándose entre ellos un esclavo llamado Androclo, que había estado al servicio del procónsul. En cuanto el león vió a aquel hombre, paróse, como asombrado por su presencia, dirigióse en seguida dulcemente a él, y se le acercó poco a poco, mirándole como si le conociese.  Llegado junto a él, se frota con su cuerpo, agitando la cola con aspecto sumiso y cariñoso, como perro que acaricia a su amo, y lame los pies y las manos del desgraciado, a quien el terror había privado de sentimiento. Pero viéndose Androclo acariciado por el terrible animal, cobra ánimos, abre los ojos,  y se atreve, al fin, a mirar al león. Entonces, como si los dos se reconocieran, fué de ver al hombre y al  león mostrarse recíprocamente profundo regocijo. Ante tan extraño y conmovedor espectáculo, dice el escritor, todo el público rompió en aplausos; y habiendo mandado el César que le llevasen en seguida a Androclo, le preguntó en qué consistía que aquella fiera le había perdonado a él solo. El esclavo refirió entonces la aventura más extraña y maravillosa. «Era yo .:.– dijo – esclavo del procónsul que gobernaba la provincia de Africa; los golpes y malos tratamientos que me prodigaba diariamente, sin razón alguna, me obligaron a huir, y para escapar más fácilmente a las persecuciones de mi amo, a quien obedecía toda la comarca, busqué refugio inaccesible entre las arenas y los desiertos, decidido a darme la muerte de cualquier manera si llegaba a carecer de alimento. Caminaba bajo los abrasadores rayos del sol de Mediodía, cuando encontré en mi camino una caverna aislada y  profunda, en la que entré y me oculté. Apenas había entrado, cuando vi un león que tomaba el mismo camino. El animal tenía una pata ensangrentada y andaba con dificultad, quejándose y gimiendo como si padeciese violentos dolores. Aterróme al pronto su presencia; pero en cuanto entró el león en la caverna, que, como vi en el acto, era su ordinaria guarida, y me vió ocultándome en el fondo, acercóse con aspecto,", dulce y sumiso, levantó la pata, presentándomela, y parecía que me demandaba socorro. Cogíla con la mano, le arranqué una espina muy gruesa que se había clavado, apreté para que saliese la carne corrompida, y cada vez más tranquilo, atendiendo cuidadosamente a la operación, conseguí purificar y secar por completo la herida. Entonces el león, al que había aliviado y librado de sus sufrimientos, se acostó y se durmió, dejándome la pata entre las manos. Desde aquel día vivimos juntos, habitando durante tres años la misma caverna y compartiendo los mismos alimentos. Cuando regresaba de sus cacerías, traíame los mejores trozos de las presas que había cogido, y como carecía de fuego, los asaba yo al sol a la hora de mediodía. Sin embargo, habiéndome cansado de aquel género de vida, un día, mientras el león estaba cazando, me alejé de la caverna. Después de tres días de marcha, encontróme un grupo de soldados, que se apoderaron de mí; traído a Roma, comparecí ante mi amo, que en el acto dictó mi sentencia de muerte, condenándome a ser entregado a las fieras. Veo que el león fué cogido también después de nuestra separación, y ahora, alegre al encontrar a su bienhechor, me muestra su agradecimiento.» Tal fué, según Apión, el relato de Androclo. En seguida se escribió su aventura en una tablilla, que se hizo circular entre los espectadores, concediéndose perdón al esclavo, a petición de todos, y además quiso el pueblo que se le regalase el león. Más adelante le vi, dice el autor, teniendo atado al león con una endeble correa, paseando por todas las calles de la ciudad; dábanle dinero, arrojaban flores al león, y por todas partes exclamaban: «Ved al león que dió hospitalidad a un hombre; ved al hombre que curó al león».  (Traducción de Francisco Navarro y Calvo)

    Quod Apion, doctus homo, qui Plistonices appellatus est, vidisse se Romae scripsit recognitionem inter sese mutuam ex vetere notitia hominis et leonis …

    APION, qui Plistonices appellatus est, litteris homo multis praeditus rerumque Graecarum plurima atque varia scientia fuit. Eius libri non incelebres feruntur, quibus omnium ferme quae mirifica in Aegypto visuntur audiunturque historia comprehenditur. Sed in his quae vel audisse vel legisse sese dicit, fortassean vitio studioque ostentationis sit loquacior—est enim sane quam in praedicandis doctrinis sui venditator—hoc autem,  quod in libro Aegyptiacorum quinto scripsit, neque audisse neque legisse, sed ipsum sese in urbe Roma vidisse oculis suis confirmat.
    “In Circo Maximo,” inquit, “venationis amplissimae pugna populo dabatur. Eius rei, Romae cum forte essem, spectator,” inquit, “fui. Multae ibi saevientes ferae, magnitudines bestiarum excellentes omniumque invisitata aut forma erat aut ferocia. Sed praeter alia omnia leonum,” inquit, “  immanitas admirationi fuit praeterque omnis ceteros unus.  Is unus leo corporis impetu et vastitudine terrificoque fremitu et sonoro, toris comisque cervicum fluctuantibus, animos oculosque omnium in sese converterat. Introductus erat inter compluris ceteros ad pugnam bestiarum datos servus viri consularis; ei servo Androclus nomen fuit. Hunc ille leo ubi vidit procul, repente,” inquit, “quasi admirans stetit ac deinde sensim atque placide, tamquam noscitabundus, ad hominem accedit. tum caudam more atque ritu adulantium canum clementer et blande movet hominisque se corpori adiungit cruraque eius et manus, prope iam exanimati metu, lingua leniter demulcet. Homo Androclus inter illa tam atrocis ferae blandimenta amissum animum recuperat, paulatim oculos ad contuendum leonem refert. Tum quasi mutua recognitione facta laetos,” inquit, “et gratulabundos videres hominem et leonem.”
    Ea re prorsus tam admirabili maximos populi clamores excitatos dicit, accersitumque a C. Caesare Androclum quaesitamque causam cur illi atrocissimus leo uni parsisset. Ibi Androclus rem mirificam narrat atque admirandam. “Cum provinciam,” inquit, “Africam proconsulari imperio meus dominus obtineret, ego ibi iniquis eius et cotidianis verberibus ad fugam sum coactus et, ut mihi a domino, terrae illius praeside, tutiores latebrae forent, in camporum et arenarum solitudines concessi ac, si defuisset cibus, consilium fuit mortem aliquo pacto quaerere. Tum sole medio,” inquit, “rabido et flagranti specum quandam nanctus remotam latebrosamque, in eam me penetro et recondo. Neque multo post ad eandem specum venit hic leo, debili uno et cruento pede, gemitus edens et murmura, dolorem cruciatumque vulneris commiserantia.” Atque illic primo quidem conspectu advenientis leonis territum sibi et pavefactum animum dixit. “Sed postquam introgressus,” inquit, “leo, uti re ipsa apparuit, in habitaculum illud suum, videt me procul delitescentem, mitis et mansues accessit et sublatum pedem ostendere mihi et porgere quasi opis petendae gratia visus est. Ibi,” inquit, “ego stirpem ingentem, vestigio pedis eius haerentem, revelli conceptamque saniem volnere intimo expressi accuratiusque sine magna iam formidine siccavi penitus atque detersi cruorem. Illa tunc mea opera et medella levatus, pede in manibus meis posito, recubuit et quievit atque ex eo  die triennium totum ego et leo in eadem specu eodemque et victu viximus.  Nam, quas venabatur feras, membra opimiora ad specum mihi subgerebat, quae ego, ignis copiam non habens, meridiano sole torrens edebam. Sed ubi me,” inquit, “vitae illius ”  ferinae iam pertaesum est, leone in venatum profecto, reliqui specum et viam ferme tridui permensus a militibus visus adprehensusque sum et ad dominum ex Africa Romam deductus. Is me statim rei capitalis damnandum dandumque ad bestias curavit.  Intellego autem,” inquit, “hunc quoque leonem, me tunc separato captum, gratiam mihi nunc beneficii et medicinae referre.”
    Haec Apion dixisse Androclum tradit, eaque omnia scripta circumlataque tabula populo declarata, atque ideo cunctis petentibus dimissum Androclum et poena solutum leonemque ei suffragiis populi donatum. “Postea,” inquit, “videbamus Androclum et leonem, loro tenui revinctum, urbe tota circum tabernas ire, donari aere Androclum, floribus spargi leonem, omnes ubique obvios dicere: ' Hic est leo hospes hominis, hic est homo medicus leonis.'”

  • El buey como patrón monetario

    En algún momento de la evolución de los homínidos debió surgir el intercambio de productos o trueque. Este sistema tan simple y directo puede servir incluso hoy en día para operaciones excepcionales, pero desde luego resultaría muy engorroso para el desarrollo de una economía con amplios intercambios comerciales. Era necesario encontrar un sistema de valoración en función de un patrón o unidad. Es decir, era necesario inventar el dinero y la moneda y esto ocurrió en la Edad del Bronce, en el II milenio a.C.

    Entre pueblos ganaderos, como los indoeuropeos griegos o latinos, el primer patrón o unidad de trueque fue sin duda el ganado, el buey, que era también el animal valioso como ofrenda para los sacrificios y quizás por ello se convirtió en referencia para el intercambio. Así ocurría entre los griegos de la época heroica, como refleja Homero en Iliada, VI, 234-236:

                    Entonces Zeus Crónida hizo perder el juicio a Glauco,
                     que con el Tidida Diomedes intercambió las armas,
                    oro por bronce, unas que valían cien bueyes por otras de nueve.

                   ἔνθ᾽ αὖτε Γλαύκωι Κρονίδης φρένας ἐξέλετο Ζεύς,
                   ὃς πρὸς Τυδεΐδην Διομήδεα τεύχε᾽ ἄμειβε
                   χρύσεα χαλκείων, ἑκατόμβοι᾽ ἐννεαβοίων.

    Lo recoge Plinio en Historia Natural, 33, (3) 7

    Dice (Homero) que unos compraron algunas cosas con las pieles de los
    bueyes y otros con hierro y con los cautivos; por esto, aunque el mismo
    era  ya un admirador del oro, hizo la valoración de las cosas en ganado,
    de tal manera que dice que Glauco cambió sus armas de oro de 100 bueyes
    por las armas de Diomedes de nueve bueyes. Consta que de acuerdo
    con esta práctica  en Roma las multas de las leyes antiguas también
    se pagaban  con ganado.

    alios coriis boum, alios ferro captivisque res emptitasse tradit. quare, quamquam ipse iam mirator auri, pecore aestimationes rerum ita fecit, ut C boum arma aurea permutasse Glaucum diceret cum Diomedis armis VIIII boum. ex qua consuetudine multa legum antiquarum pecore constat etiam Romae.

    O en Iliada,XXIII, 705

     El Pelida al momento depositó el tercer grupo de premios
    para la ruda lucha, tras haberlos exhibido ante los dánaos:
    para el vencedor un gran trípode para poner al fuego,
    que en el precio de doce bueyes valoraban los aqueos entre sí:
    y para el vencido puso en el centro una mujer
    diestra en muchas labores, a quien tasaban en cuatro bueyes.

                          

                                 Πηλεΐδης δ᾽ αἶψ᾽ ἄλλα κατὰ τρίτα θῆκεν ἄεθλα
                                 δεικνύμενος Δαναοῖσι παλαισμοσύνης ἀλεγεινῆς,
                                τῶι μὲν νικήσαντι μέγαν τρίποδ᾽ ἐμπυριβήτην,
                                τὸν δὲ δυωδεκάβοιον ἐνὶ σφίσι τῖον Ἀχαιοί·
                                ἀνδρὶ δὲ νικηθέντι γυναῖκ᾽ ἐς μέσσον ἔθηκε,
                                 πολλὰ δ᾽ ἐπίστατο ἔργα, τίον δέ ἑ τεσσαράβοιον.

    (Todavía hoy en algunos pueblos de Oriente y de Africa el precio de la novia se establece en cabezas de ganado, sean vacas, camellos o cualquier otro…)

    La moneda de cambio, tal como hoy la usamos, apareció probablemente en Lidia o en la Grecia asiática en el siglo VII a.C.

    Entre los latinos las reminiscencias de su relación con el ganado  son evidentes. La palabra “pecus, -oris”  significa ganado, rebaño; de pecus deriva pecunia que en principio significa riqueza, fortuna, porque según Festo entonces en el ganado consistía la riqueza; significa  también moneda, dinero sin que sea necesaria explicación ulterior. 

    Curiosamente las primeras monedas en cobre o metal, notable avance en ese momento, eran simples lingotes de metal muy pesados (el de la ilustración medía 24 x 18 cm), a veces con la forma  de una piel de buey , llamados “aes rude  = as bruto, sin acuñar” y luego, tal vez en el siglo V a.C.  acuñado con la figura impresa de un buey o toro (aes signatum). A veces aparece impresa la figura de un carnero o de un cerdo.

    Más tarde  fueron muy frecuentes las monedas en cuyo reverso seguía apareciendo  la figura del buey o toro.

    De pecunia deriva pecuniario, del latín pecuniarius y que significa “perteneciente o relativo al dinero efectivo” según la Real Academia Española.

    Deriva también peculio, de  peculium, que significa, también según la RAE, “Hacienda o caudal que el padre o señor permitía al hijo o siervo para su uso y comercio y luego por extensión  dinero que particularmente tiene cada uno, sea o no hijo de familia”. Su origen está naturalmente en la parte del rebaño que el señor permitía que el esclavo o cuidador del ganado cogiese para su sustento.

    Capital deriva de capitalis y este de caput, capitis, cabeza, que en este contexto económico se refiere, naturalmente, a cabeza de ganado; así que acumular capital quiere decir acumular cabezas de ganado, es decir, dinero.

    capitalis” en latín clásico hace referencia también a las penas o crímenes mortales; con sentido económico encontramos el término latino clásico capitarium, que hace referencia a lo principal de una deuda, de una renta.

    De la palabra  capitalis deriva también caudal  (antes cabdal) que significa, entre otras cosas, “Hacienda, bienes de cualquier especie, y más comúnmente dinero” según el diccionario de la RAE .  Así se usa en la expresión “caja de caudales”.

    La palabra moneda tiene un curioso origen. En la Roma republicana se acuñaba el dinero en una dependencia junto al templo de Juno Moneta. Moneta era uno de los múltiples determinativos  con los que se referían a la diosa Juno, la Hera de los griegos. Moneta significa “la avisadora, la protectora, la que nos cuida, la que nos advierte, la que nos aconseja”.

    El término dinero deriva de denarius,(derivado del  también latin “deni” que significa diez) moneda romana de plata, imitación de las monedas griegas, que se comenzó a acuñar hacia el 269 a.C.  que equivalía a diez monedas de bronce llamadas as, . 

    De “denarius” deriva “dinar”, nombre de la unidad monetaria en numerosos países árabes.

    Al estudio y arte de coleccionar monedas se le llama numismática, palabra que deriva de la latina numisma o nomisma , transcripción latina de  la griega νόμισμα, que significa precisamente “moneda”, relacionada con  νόμος   que significa uso, costumbre, ley.
    Relacionado con este mundillo de la moneda está la palabra ceca, lugar, institución, taller en el que se acuñan las monedas, procede del árabe “dar al-sikka”  ( casa de moneda). 
    En otra ocasión  comentaremos los sistemas monetarios romano y griego.

  • ¿Qué es un epigrama?

    La palabra epigrama procede de la latina epigramma, y esta de la griega ἐπίγραμμα (de ἐπί = sobre y γραμμα =, escritura, letra), que significa “inscripción”. Su etimología hace referencia a las inscripciones sepulcrales o votivas en piedra u otro material, naturalmente breves.

    Luego este tipo de poemas fue tratando otros asuntos y designó a un poema corto, generalmente de tema erótico-amoroso, una especie de grabación ficticia. En el siglo I d.C. la temática es muy variada,  sobre todo satírica y de crítica social.

    En este tipo de poesía  sobresale el poeta hispano de Biblbilis (junto a la actual Calatayud) Marco Valerio Marcial (40-104). Escribió más de 1.500 epigramas, la mayoría en dísticos elegiacos (del gr. δί-, dos y στιχον, surco, verso), estrofa , pues, de dos versos, un hexámetro y un pentámetro.

    Son muy conocidos los de temática  erótica, a veces obscenos, pero en realidad trató todos los temas y aspectos de la vida y costumbres de la sociedad romana, siendo su obra un documento de gran valor para conocer diversos aspectos de la sociedad y cultura de la Roma del siglo I.

    Digamos que sus temas pueden ser dulces como la miel (mel); satíricos y amargos como la hiel (fel), ácidos como el vinagre (acetum), graciosos e ingeniosos como la sal (sal). Son estas comparaciones que desde la Antigüedad se vienen utilizando para definir estos poemitas y su temática.

    Así pues, el epigrama es un poemita que ha de tener como  características, señaladas ya por los propios poetas antiguos como el propio Marcial,  brevedad, suavidad y dulzura, agudeza, ingeniosidad e ingenio, burla, acidez  y mordacidad


    El mismo Marcial nos lo explica  en  Lib. 7, 25:

    Si siempre escribes sólo epigramas dulzones
    y  más blancos que la piel blanqueada con albayalde,
    si no hay en ellos ni una pizca de sal ni una gota de amarga hiel,
    loco, ¿quieres encima que alguien los lea?
    Ni nos agrada comer un alimento sin algo de vinagre,
    ni es agradable un rostro al que le falta un risueño hoyuelo.
    Dale al niño manzanas enmeladas e insípidos higos,
    a mí dáme  higos de Chios, que saben picantes
    ”.

    Dulcia cum tantum scribas  epigrammata semper
    et cerussata candidiora cute,
    nullaque mica salis nec amari fellis in illis
    gutta sit, o demens, vis tamen illa legi!
    Nec cibus ipse iuvat morsu fraudatus aceti,
    Nec grata est facies, cui gelasinus abest.
    Infanti melimela dato fatuasque mariscas:
    nam mihi, quae novit pungere, Chia sapit
    ."

    Pues bien, Juan de Iriarte y Cisneros (Tenerife 1702- Madrid 1771) fue un importante latinista, helenista, bibliógrafo y poeta con una ingente obra. Su género preferido fue el epigrama y tradujo muchos de los de Marcial en verso, así como de otros autores modernos. El mismo escribió numerosos epigramas en latín y teorizó sobre las características de estos poemas.

    Este importante personaje define perfectamente lo que es un epigrama en un conocido poemita,  epigrama también, naturalmente:

    A la Abeja semejante,
    Para que cause placer,
    El Epigrama ha de ser:
    Pequeño, dulce y punzante.

    Estas comparaciones para definir al epigrama ya se utilizaban en tiempos de Marcial. Este epigrama, en el que define las características esenciales de este género literario (pequeño, dulce y punzante) es muy conocido por el público lector; más conocido por los lectores de alguna edad que por los más jóvenes de la actualidad, que apenas si memorizan algún texto literario.

    Lo que pocos conocen, antes como ahora, es su versión latina del propio autor (Iriarte), el  número CCLXVI , que titula   Epigrammatis dotes y que dice:

                                              Sese ostendat Apem, si vult Epigramma placere:
                                               Insit ei brevitas, mel, et acumen Apis.

    cuya traducción más literal es del tenor siguiente:

                 Si el epigrama quiere agradar, se ha de manifestar como una abeja;
                 En él ha de encerrarse brevedad, miel y el aguijón de la abeja.

    La misma definición hace Martínez de la Rosa (1787-1862), poeta, dramaturgo y político liberal, poco posterior, en su Poética, canto IV

    Mas el festivo ingenio deba sólo
    al sutil epigrama su agudeza:
    un leve pensamiento,
    una voz, un equívoco le basta
    para lucir su gracia y su viveza;
    y cual rápida abeja, vuela, hiere,
    clava el aguijón y al punto muere

    En realidad, son éstas  definiciones tradicionales, que exigen como “virtudes” (término más frecuente que el “dotes” utilizado por Iriarte) del epigrama, sobre todo brevedad y agudeza, a las que algunos añaden la suavidad o dulzura, que es lo característico de la miel.

    Pondremos unos pocos  ejemplos, extraídos del millar y medio que escribió Marcial, como muestra para que el lector se anime a realizar una lectura completa de su obra.

       Lib. VIII, 14

    Para que tus pálidos frutales de Cilicia no teman al invierno
    y un viento fuerte no muerda tus tiernos arbolillos,
    unas cristaleras, opuestas a los vientos invernales del sur,
    dejan pasar el sol límpido  y la luz pura.
    Y en cambio a mí me das una choza, con una ventana que ni  cierra por completo,
    en la que no querría estar ni el mismo Boreas
    .(1)
    ¡Y así, cruel, condenas a vivir a un viejo amigo!
    Estaría mejor tratado como huésped de tus árboles.

          (1) Viento del norte, frío

    Pallida ne Cilicum timeant pomaria brumam
    mordeat et tenerum fortior aura nemus,
    Hibernis obiecta notis specularia puros
    admittunt soles et sine faece diem.
    At mihi cella datur, non tota clusa fenestra,
    in qua nec Boreas ipse manere velit.
    Sic habitare iubes veterem crudelis amicum.
    Arboris ergo tuae tutior hospes ero.


                   ————————
    Lib. V, 9

    Estaba  enfermo y rápido viniste a mí, Símaco, (1)
    acompañado de cien discípulos.
    Me palparon cien manos heladas por el cierzo.
    No tenía fiebre, Símaco, pero ahora la tengo.

        (1) Evidentemente, Símaco era médico.

    Languebam: sed tu comitatus protinus ad me
    venisti centum, Symmache, discipulis.
    Centum me tetigere manus aquilone gelatae:
    Non habui febrem, Symmache, nunc habeo.

                                         ————————–
    Lib. III, 87

    Se rumorea, Quíone, que nunca has sido follada
    y que nada hay más puro que tu coño.
    Sin embargo te bañas sin taparte la parte que debes.
    Si tanto pudor tienes, ponte  el bikini en la cara.

    Narrat te, Chione, rumor numquam esse fututam
    atque nihil cunno purius esse tuo.
    Tecta tamen non hac, qua debes, parte lavaris:
    Si pudor est, transfer subligar in faciem.

                                   ————————-
    Lib. III, 89

    Come lechugas y come tiernas malvas,
    pues tienes, Febo, la cara del que caga duro.

    Utere lactucis et mollibus utere malvis:
    nam faciem durum, Phoebe, cacantis habes.

                                    ————————
    Lib. I, 38

    Ese librito que recitas es mío, Fidentino,
    pero cuando lo recitas tan mal comienza a ser tuyo
    .

    Quem recitas meus est, o Fidentine, libellus:
    Sed male cum recitas, incipit esse tuus
    .

                                 —————————
    Lib. I, 28

    El que crea que Acerra apesta a vino de ayer
    se equivoca; Acerra siempre bebe hasta el alba.

    Hesterno fetere mero qui credit Acerram,
    Fallitur: in lucem semper Acerra bibit.

                          ……………………………..

    Lib. I, 29 

    Se rumorea, Fidentino, que recitas al público
    mis versos como si fueran tuyos.
    Si quieres que se diga que son míos, te enviaré gratis mis poemas,
    Si quieres que se diga que son tuyos, cómprame esto:  que no sean míos.

    Fama refert nostros te, Fidentine, libellos
    Non aliter populo quam recitare tuos.
    Si mea vis dici, gratis tibi carmina mittam:
    Si dici tua vis, hoc eme, ne mea sint.

                            ……………………….

    Lib. II, 87

    Dices que las bellas muchachas arden de amor por ti,
    Sexto, tú que tienes la cara del que nada bajo el agua.

    Dicis amore tui bellas ardere puellas,
    Qui faciem sub aqua, Sexte, natantis habes
    .

    Y así hasta 1.500…

  • Resulta muy difícil desmentir los rumores

    Resulta muy difícil luchar contra los rumores, especialmente si son maledicentes. Así es hoy en día , pero también en la Antigüedad. Comentaremos un caso que por afectar a Julio César recogieron los historiadores y las crónicas antiguas.

    Julio César obtuvo el premio de cuatro triunfos militares por sus campañas en Europa, Asia y Africa. Los celebró de manera grandiosa en el intervalo de  12 días, del 21 de septiembre al 2 de octubre del año 46 a.C.. En el desfile triunfal, en el que el general recorre las calles de Roma ataviado como el dios Júpiter, sus soldados se permiten algunas licencias porque ese día la disciplina está un tanto relajada.
    César tenía fama de gran mujeriego y por eso sus legionarios le cantan en el desfile, según cuenta Suetonio en César, 51,1:

    Que no respetó tampoco los matrimonios  en las provincias, se testimonia en el dístico (dos versos) que a coro le cantan sus soldados por su triunfo en la Galia:

    “Ciudadanos, guardad vuestras esposas, traemos a un calvo adúltero.
    Te has jodido en la Galia el oro que aquí tomaste prestado”.

    Ne prouincialibus quidem matrimoniis abstinuisse uel hoc disticho apparet iactato aeque a militibus per Gallicum triumphum:
                   urbani, seruate uxores: moechum caluom adducimus.
                  aurum in Gallia effutuisti, hic sumpsisti mutuum.

    Pero sobre César existía otro rumor más antiguo.  En el año 80 a.C., siendo, pues, muy joven estuvo en la corte del rey Nicomedes en Bitinia. Se decía que sucumbió a los encantos o a la presión del rey, que impresionado por su belleza le invitó a sus habitaciones y participó en un banquete como su copero. El rumor se extendió rápidamente cuando volvió pocos días después a Bitinia, según él para exigir un dinero debido. En el contexto del mundo antiguo, sobre todo en Oriente, estas prácticas son perfectamente creíbles. En  Roma en cambio la homosexualidad pasiva estaba mal considerada.

    Suetonio hace referencia a esto en varios pasajes de su vida de César, especialmente en el capítulo 49. Quizás resulte la cita un poco larga, pero es un buen exponente del cotilleo histórico que parece gustar a los contemporáneos del historiador:

    Nada excepto  su intimidad con Nicomedes manchó su reputación, con grave y permanente vergüenza y expuesto a la injuria de todos. Omito los conocidísmos versos de Licinio Calvo:
                        “Todo lo que Bitinia y el amante de Cesar tuvieron alguna vez”
    Paso por alto los discursos de Dolabela y de Curión, el padre, en los que Dolabela le llama
    “rival de la reina” , “sofá de la litera real” y Curión “prostíbulo de Nicomedes y lupanar de Bitinia”.
    Paso también por alto los edictos de Bíbulo, en los que presentó a su colega como “reina de Bitinia” y dice que “antes amaba a un rey pero ahora a un reino”. En ese mismo tiempo, como cuenta Marco Bruto, un tal Octavio, que podía decir lo que quisiera por su enfermedad mental, llamó  en una numerosa asambea a Pompeyo rey y a él mismo (César) le llamó reina. Pero C. Memio le reprocha que sirvió incluso como copero de Nicomedes, con otros jóvenes licenciosos en una gran banqueteen el que se sentaban también algunos negociadores de la ciudad (
    Roma) de los que da los nombres. Cicerón, por su parte, no se contentó con escribir en sus cartas que conducido  a la habitación real por unos guardias se acostó en un lecho de oro con una colcha de púrpura  y que fue despojado de la flor de la edad (
    virginidad) en Bitinia por un descendiente de Venus; un día que defendía (César) en el senado la causa de Nysa, la hija de Nicomedes y recordab los favores del rey para con él, le dijo (Cicerón): “te ruego que omitas esas cosas, porque es bien conocido lo que él te dio a ti y lo que tú le diste a él”. Finalmente durante el triunfo por las victorias en la Galia sus soldados, entre otras canciones, le cantaron jocosamente como hacen al acompañar su carro, esta canción tan conocida:

    César subyugó a las Galias; Nicomedes  a César.
    Aquí tenéis triunfando a César que sometió a las Galias,
    pero no triunfa Nicomedes, que sometió a César.

    Pudicitiae eius famam nihil quidem praeter Nicomedis contubernium laesit, graui tamen et perenni obprobrio et ad omnium conuicia exposito. omitto Calui Licini notissimos uersus:
                   Bithynia quicquid    et pedicator Caesaris umquam habuit.
    praetereo actiones Dolabellae et Curionis patris, in quibus eum Dolabella 'paelicem reginae, spondam interiorem regiae lecticae,' at Curio 'stabulum Nicomedis et Bithynicum fornicem' dicunt. missa etiam facio edicta Bibuli, quibus proscripsit collegam suum Bithynicam reginam, eique antea regem fuisse cordi, nunc esse regnum. quo tempore, ut Marcus Brutus refert, Octauius etiam quidam ualitudine mentis liberius dicax conuentu maximo, cum Pompeium regem appellasset, ipsum reginam salutauit. sed C. Memmius etiam ad cyathum + et ui + Nicomedi stetisse obicit, cum reliquis exoletis, pleno conuiuio, accubantibus nonnullis urbicis negotiatoribus, quorum refert nomina. Cicero uero non contentus in quibusdam epistulis scripsisse a satellitibus eum in cubiculum regium eductum in aureo lecto ueste purpurea decubuisse floremque aetatis a Venere orti in Bithynia contaminatum, quondam etiam in senatu defendenti ei Nysae causam, filiae Nicomedis, beneficiaque regis in se commemoranti: 'remoue,' inquit, 'istaec, oro te, quando notum est, et quid ille tibi et quid illi tute dederis.' Gallico denique triumpho milites eius inter cetera carmina, qualia currum prosequentes ioculariter canunt, etiam illud uulgatissimum pronuntiauerunt:
    Gallias Caesar subegit, Nicomedes Caesarem:
    ecce Caesar nunc triumphat qui subegit Gallias,
    Nicomedes non triumphat qui subegit Caesarem.

    El mismo Suetonio en Vida de Julio César, 52,3 continúa ahora citando otr vez a Curión, padre:

    Para que no cupiera a nadie la duda de que estaba cubierto de infamia de impudicia y adulterio, Curión padre, le llama en un discurso “marido de todas las mujeres y mujer de todos los maridos.

    at ne cui dubium omnino sit et impudicitiae et adulteriorum flagrasse infamia, Curio pater quadam eum oratione omnium mulierum uirum et omnium uirorum mulierem appellat.

    Parece que en alguna ocasión se tomó estos comentarios con cierto sentido del humor, si hemos de creer lo que el mismo Suetonio nos dice en el capítulo 22,2 cuando al jactarse de sus completas victorias en la Galia, le comentó un senador que eso no sería fácil para una mujer; César le respondió bromeando que :

    en Siria también reinó Semíramis y las Amazonas en otro tiempo habían dominado gran parte de Asia”.

    in Suria quoque regnasse Sameramin magnamque Asiae partem Amazonas tenuisse quondam.

    Pero en general estos comentarios referidos al asunto de Nicomedes molestaban  enormemente a César y lo sacaban de sus casillas y   cometió el “error” de negarlo jurando públicamente que no era cierto, ampliando con ello el bulo y haciendo el ridículo. Nos lo cuenta  Dion Casio en Historia Romana, 43, 20,4

    En cuanto a él, César no estaba enfadado por sus palabras sino encantado por la franqueza que utilizaban y que era una prueba de confianza de que no sirritaría excepto si las bromas se referían  a su relación con Nicomedes. En este asunto se mostraba muy irritado y dolorido y por ello trató de defenderse y negó el asunto públicamente bajo juramento y con ello no hizo sino aumentar el ridículo.

    Con su intento de explicación en realidad le dio más publicidad al asunto. Y así sigue hasta hoy. ¿O es que no nos sigue rondando la duda de que realmente el gran César, cuando no era tan grande , fuera realmente el amante del rey de Bitinia?

  • Decámetros y decímetros

    Tras la adquisición del concepto abstracto de número y sus representación gráfica, necesitaba el hombre crear un sistema de numeración que le permitiese trabajar cómodamente con grandes cantidades. Para ello necesitaba crear un sistema jerarquizado de varios órdenes o niveles, de tal manera que determinado número de unidades de un nivel se convirtiesen en unidad del nivel superior y así sucesivamente. Al criterio para organizar ese sistema se le llama “base”. Así entre nosotros diez unidades constituyen una decena y diez decenas una centena y diez centenas un millar.

    El sistema de numeración más extendido en el mundo es el de base 10, que acabamos de ejemplarizar, que se llama “decimal” de la palabra latina “decem” que significa “diez”. Pero existen y han existido otros, incluso entre nosotros. Reliquias de esos otros sistemas son por ejemplo  el contar por docenas en algunos casos (una docena de huevos…) que correspondería a un sistema de base 12 o duodecimal , de la palabra latina “duodecim” que significa “doce”; la expresión francesa con la que se designa 80, “quatre vingt” (cuatro veintes)  que delata el uso de base 20; la medición del tiempo:  60 segundos hacen un minuto y 60 minutos una hora que corresponde a un sistema en base 60 o sexagesimal, (de la palabra latina sexaginta, que significa “sesenta”.

    El sistema decimal se impone naturalmente porque diez son los dedos de las dos manos con las que el hombre acostumbra a contar. La mano es y sigue siendo la primera máquina de calcular. A pesar de ello los sistemas de pesos y medidas de muchos  países, y aun dentro de ellos, eran muy diversos aun siendo decimales, lo que dificultaba enormemente las relaciones, sobre todo económicas, entre ellos.

    Al final del  Siglo de las Luces , el siglo XVIII,  en la Revolución Francesa, se comienza a poner orden en tanta confusión. En primer lugar se trataba de encontrar una “unidad” que fuera aplicable a la medida de la longitud, del espacio, del volumen, de la capacidad  y del peso. Después de muchas discusiones se encontró una longitud a la que se llamó “metro” con la que se construyó un patrón  de platino e iridio a 0ºC.  Hoy se define esa distancia como la longitud del trayecto recorrido por la luz en el vacío durante 1/299.792.458 de segundo.

    A esta unidad se le llamó “metro” de la  palabra griega (  "μέτρον" , metron) que significa "medida"

    Esta unidad podía generar múltiplos y submúltiplos, a los que también había que poner nombres.  Los sabios franceses encontraron una solución salomónica: a los múltiplos se les pondría nombres griegos:  deca-, del griego  “ deka” (δέκα),  que significa diez, hecto-(del griego ἑκατόν “ekaton”) que significa cienkilo–  (del griego χίλια. “jilia”)que significa mil. A los submúltiplos se les pondría nombres latinos: deci– (del latin “decem” que significa diez, centi– (del latín centum) que significa cien-, milli– (del latín “mille” )que significa mil.
    .
    Aplicando esta terminología a las  medidas de longitud tenemos que: la unidad es el metro; múltiplos son el decámetro, el hectómetro, el kilómetro, submúltiplos son el decímetro, el centímetro, el milímetro.

    Como medida de capacidad tenemos el litro ; múltiplos el decálitro, el hectólitro, el kilolitro ; submúltiplos el decilitro, el centilitro, el mililitro.

    La palabra “litro” procede la de la francesa “litre” y ésta del latín medieval “litra”  y esta a su vez del griego λίτρα , “litra”, que significa  y de la que procede “libra”.

    Como medidas de peso tenemos la unidad, el gramo ( del griego γράμμα , “gramma” que significa letra y que pasa al latín con el significado de piedrecilla); múltiplos son el decagramo, el hectogramo, el kilogramo; submúltiplos son el decigramo, el centigramo, el miligramo.

    Una vez más Grecia y Roma, las raíces,  venían en nuestra ayuda.

    Por cierto, un prisma de un decímetro de base por  un decímetro de altura es un decímetro cúbico porque resulta de multiplicar 3 veces el decímetro  (largo X ancho X alto). La capacidad de agua que puede recoger ese prisma es de un litro y el peso de esa agua es un kilogramo. Se encontró así la relación y equivalencia entre las medidas de longitud, capacidad y peso y todas ellas sobre el sistema decimal. Al margen quedó la medida del tiempo, residuo antiquísimo como dijimos.

    Así que se ha impuesto casi por completo el sistema decimal, excepto las reliquias anteriormente comentadas, y en el mundo anglosajón, empeñados como siguen en contar en millas y yardas.

    Tanto en el caso de las reliquias como en el inglés se comprueba una vez más que en la sociedad humana no siempre se impone lo fríamente racional; hay usos y costumbres manifiestamente mejorables que impone la voluntad o inercia social.

    Pero las necesidades de la moderna computación han obligado a superar el tradicional sistema métrico decimal y así se ha creado el Sistema Internacional de Unidades o de Medidas con términos para múltiplos  tales como  yotta,  zetta, exa, peta, tera,  giga, mega, kilo, hecto, deca; y submúltiplos tales como  deci, centi, mili, micro, nano,  pico,  femto, atto,  zepto , yocto.

    Casi todos los nombres nuevos son también griegos y latinos con algunas adaptaciones, como yotta, zetta, peta (parecido a penta), giga, mega… micro, nano, micro, zepto, yocto; parece que se han colado algunos daneses como femto o attto.

  • Graecia capta (por los romanos)

    Los romanos entraron muy pronto en relación con la cultura griega: los últimos reyes romanos fueron etruscos, pueblo muy influido por la cultura oriental y helena; Sicilia y el sur de Italia fueron pronto colonizadas por los griegos (al sur de Italia se le llama precisamente la Magna Grecia, la Grecia Grande) v. artículo https://www.antiquitatem.com/paestum-templo-patrimonio-humanidad

    En su expansión por el Mediterráneo y por Oriente, acabadas las guerras con los cartagineses y ocupada Sicilia a mediados del siglo III a.C., los romanos declaran provincia romana a Grecia en el año  197 a.C. Pero en feliz expresión de Horacio Grecia fue vencida pero los griegos se apropiaron de Roma culturalmente:

    "la Grecia conquistada conquisto a su fiero  conquistador e introdujo las artes en el agreste Lacio." ( Epístolas II, 1, 156-157).

                "Graecia capta ferum victorem cepit et artes intulit in agresti Latio."

    Y así fue en efecto: la cultura en general, la literatura, la oratoria, la historia, el arte, la religión, las costumbres, la educación…. todo fue influenciado y determinado por los griegos. Los romanos cultos eran bilingües, todo estudiante de familia noble y con recursos pasaba una etapa de su formación en Grecia, griegos eran los pedagogos de los niños romanos, los primeros historiadores y analistas sobre Roma lo hacen en griego y no en latín, etc.

    Bien lo reconoce Cicerón es sus Disputas Tusculanas, I,1,3 cuando dice….

    Grecia nos superaba en conocimiento y en todo género de letras; era fácil vencer en ello a quienes no contendían. Pues de acuerdo con los eruditos existió entre los griegos el más antiguo género de poetas, y así Homero y Hesíodo existieron antes de que fuera fundada Roma, Arquíloco durante el reinado de Rómulo, y nosotros recibimos la poética bastante más tarde. Casi 510 años después de la fundación de Roma, Livio (Andrónico),  que fue mayor de edad que Plauto y Nevio,representó una fábula, siendo cónsules C. Claudio, hijo del Ciego, y M.Tuditano, un año antes del nacimiento de Ennio.

    Doctrina Graecia nos et omni litterarum genere superabat; in quo erat facile vincere non repugnantes. nam cum apud Graecos antiquissimum e doctis genus sit poëtarum, siquidem Homerus fuit et Hesiodus ante Romam conditam, Archilochus regnante Romulo, serius poëticam nos accepimus. annis fere CCCCCX post Romam conditam Livius fabulam dedit C. Claudio, Caeci filio, M. Tuditano cos. anno ante natum Ennium. qui fuit maior natu quam Plautus et Naevius.

    Nota: Roma fue fundada en el 753 a.C.; Arquíloco vivió entre el 720 y el 676 a.C.;  Apio Claudio el Censor, llamado el Ciego vivió  entre 340 a. C.-273    ; Ennio escribió los Anales y vivió  del 239 al 169 a.C., Livio Andrónico llegó a Roma como prisionero en 272 a.C.  y tradujo la Odisea al latín. Plauto nació hacia el año 254…. Nevio vivió del 269 al 199.

    Es decir, cuando Roma es fundada, en 753 ya recitan los aedos griegos la Iliada y la Odisea; todos los autores clásicos griegos han muerto cuando Roma todavía está en su niñez como ciudad.

    Pero,  ¿fue todo tan simple y lineal? ¿desapareció lo romano bajo la cultura griega? Naturalmente, no. Como tantas veces en la Historia, lo autóctono se resiste a desaparecer y con frecuencia permanece en el sustrato bajo la capa innovadora. La religión romana mantiene sobre todo su carácter ritual, las artes en general adquieren un sentido práctico que no tenían en Grecia, la ciencia ayuda a la técnica y sobre todo el Derecho Romano, basado en el sentido común, mantiene su vigor y energía. Y las costumbres siguen siendo peculiarmente romanas.

    Hay un autor francés moderno, Pascal Quignard (1948),  que ha publicado un libro interesante  e inquietante “El sexo y el espanto”, un ensayo sobre el erotismo romano, fruto de sus estudios sobre Pompeya, Herculano sepultadas por el Vesubio y su fascinación    por las numerosas piezas arqueológicas de contenido erótico. 

    En su prólogo nos resume el contenido y el objeto de su obra: 

    “Cuando Augusto reorganiza el mundo romano bajo la forma del imperio, el erotismo jubiloso, antropomorfo y preciso de los griegos se transforma en melancolía espantada”.
    La palabra phallus no existe. Los romanos llamaban fascinus lo que los griegos llamaban phallos. En el mundo humano, como en el reino animal, fascinar obliga a aquel que ve a no apartar su mirada. Está inmovilizado en su lugar, sin voluntad, en el espanto.
    ¿Por qué,  durante tantos años, yo he escrito este libro?  Para afrontar ese misterio: es el placer el que es puritano.
    El goce arranca la visión de lo que el deseo solo había comenzado a desvelar.

                                                                                Pascal Quidnard      (Traducción de Silvio Mattoni)

    Luego en lo que él llama “Advertencia” nos dice:

    Cuando los bordes de la civilizaciones se tocan y se superponen se producen conmociones. Uno de esos sismos ocurrió en Occidente cuando el borde de la civilización griega tocó el borde de la civilización romana y el sistema de sus ritos, cuando la angustia erótica se convirtió en la fascinatio y cuando la risa erótica se convirtió en el sarcasmo del ludibrium.
                                           ……………………
    Trato de comprender algo incomprensible: el transporte del erotismo de los griegos a la Roma imperial. Esa mutación no ha sido pensada hasta ahora por una razón que ignoro y por un temor que entiendo. Durante los cincuenta y seis años del reinado de Augusto, que reacondicionó el mundo romano bajo la forma del imperio, tuvo lugar la metamorfosis del erotismo alegre y preciso de los griegos en melancolía espantada. Esa mutación tardó apenas una treintena de años en imponerse (del -18 antes de nuestra era al año 14 de nuestra era) y sin embargo todavía nos rodea y domina nuestras pasiones. El cristianismo sólo fue una con secuencia de esa metamorfosis retomando ese erotismo por así decir en la forma en que lo habían reformulado los funcionarios romanos que el principado de Octavius Augustus suscitó y que el Imperio durante los cuatro siglos siguientes fue llevado a multiplicar en la obsequiosidad.

    Así pues, la concepción griega de lo erótico no se impuso en Roma, lo que prevaleció y se procuró mantener y restaurar fue la antigua moral de las matronas romanas. El lujo, el refinamiento, una sexualidad desinhibida en el fondo siempre fueron mal vistas en Roma.

    Esa moral y costumbres son las que reforzadas por el Cristianismo se impusieron en Occidente y todavía hoy nos falta cierta alegría de la vida que apreciamos en cambio en otras latitudes, generalmente al Oriente.

    Nota: independientemente del “espanto” que Quignard pueda provocar en algunas personas, su lectura, enormemente sugerente, muestra una vez más la importancia y vigencia del estudio de los clásicos en nuestro tiempo.

  • Tres veces tres

    En general los romanos son muy supersticiosos y muy ritualistas. Su concepción del mundo, que podríamos llamar en cierto sentido animista porque creen que todo está impregnado de una fuerza divina que justifica su desarrollo y virtualidad, les empuja a estar pendientes permanentemente de los signos que manifiestan la voluntad de los dioses o anuncian el futuro. Y esto obliga a su vez a celebrar constantemente ritos y ceremonias que descubren ese futuro o evidencian la voluntad de los dioses y espíritus para poder propiciar su favor o detener su ira. Por ello no emprenden ninguna acción sin consultar esos signos.

    Esta idea la expresa coherentemente Plinio el Joven al comienzo de su Panegírico de Trajano 1,1:

    Correcta y sabiamente, senadores, instituyeron nuestros antepasados que  las acciones y  los discursos comenzaran con preces, porque para ninguna cosa  pueden los hombres recibir los auspicios  legalmente, para nada prudentemente, sin la ayuda, sin el consejo y sin la gloria de los dioses inmortales.

    Bene ac sapienter, patres conscripcti, maiores  instituerunt ut rerum agendarum ita dicendi a precationibus capere, quod nihil rite, nihil providenter homines sine deorum inmortalium ope, consilio, honore auspicarentur.

    Los propios romanos se consideran a sí mismos el pueblo más religioso de todos, como dice el propio Cicerón en su De Natura Deorum (Sobre la naturaleza de los dioses) 2.8

    Y si queremos comparar nuestras cosas con las de los extranjeros, veremos que en los otros aspectos somos iguales o incluso inferiores, pero en la religión, es decir, en el culto de los dioses somos muy superiores.

    et si conferre volumus nostra cum externis, ceteris rebús aut pares aut etiam inferiores reperiemur, religione id est cultu deorum multo superiores.

    Si por religioso entendemos “practicante de ritos” hemos de compartir la afirmación de Cicerón.

    Sobre los ritos romanos hablaré en otra ocasión más extensamente, pero conviene conocer ahora un ejemplo resumido para  valorar su importancia en la religión romana. Se trata del ritual que el paterfamilias (el padre y jefe de la familia romana)  ha de realizar en las fiestas  de los difuntos llamadas Lemuria, rito del que en su época se ha perdido toda comprensión pero que se sigue practicando “religiosamente” como hicieron sus antepasados, nunca mejor aplicado este adverbio,  y que el poeta Ovidio nos relata en sus Fasti, 5, 419-492:

    A media noche se levanta el padre (paterfamilias), marcha con los pies descalzos y chasca el pulgar con los otros dedos para ahuyentar a los fantasmas; se lava tres veces las manos en una fuente; introduce en su boca habas negras que luego tira detrás de sí diciendo nueve veces ‘yo tiro estas habas; con ellas me rescato a mi y a los míos’ sin volverse hacia atrás; toca otra vez el agua, hace sonar un objeto de bronce y pide a la sombra (del difunto) que salga de su casa diciéndole  nueve veces ‘Manes de mis padres, salid’. Así se queda tranquilo.

    (Reparemos entre otras cosas en las veces que repite las cosas, tres o nueve).

    Julio César, que entre las muchas funciones y títulos que detentó, figuraba también el de Pontifex Maximus (Máximo Pontífice), es decir, una de las autoridades religiosas de mayor rango, no fue especialmente devoto ni respetuoso con los hados y los augurios cuando suponían un obstáculo en sus proyectos:  ni escuchó al adivino ciego (es curios que en muchas ocasiones ciegos físicos tengan una gran clarividencia de futuro) que le advirtió que se cuidase de los Idus de Marzo ni atendió al sueño premonitorio de su esposa Calpurnia el día que fue asesinado.

    Pero eso no significa que no fuera tan supersticioso como sus conciudadanos. Plinio nos cuenta en HN 28,4(21) cómo pronunciaba una fórmula mágica siempre que montaba en un carro de combate a raíz de un percance que tuvo en una ocasión:

    Se dice que el dictador César,  después de haber tenido un percance con su vehículo, siempre, antes de sentarse, lo que ahora sabemos que hacen muchos, solía buscar su seguridad repitiendo tres veces un conjuro.

    Caesarem dictatorem post unum ancipitem vehiculi casum ferunt semper, ut primum consedisset, id quod plerosque nunc facere scimus, carmine ter repetito securitatem itinerum aucupari solitum. Plin. Naturalis Historia, Lib. 28, 4 (21).

    No siempre debió ser eficaz el conjuro porque  Dion Casio nos cuenta cómo al celebrar su primer triunfo, de los cuatro que obtuvo, el correspondiente a sus victorias en las Galias, se rompió el eje del carro y tuvo que esperar la llegada de otro de repuesto. Fue un mal augurio, una mala señal que César procuró corregir subiendo de rodillas la escalinata del Templo de Júpiter a dónde el general victorioso finalizaba su desfile. Nos lo cuenta así Dion Casio, Historia de Roma 43, 21, 1-2

    El primer día de triunfo tuvo un mal presagio: se rompió el eje del carro triunfal justamente enfrente del Templo de la Fortuna construido por Lúculo, por lo que tuvo que completar el resto del trayecto en otro. Luego  subió las escaleras del Capitolio de rodillas, sin prestar atención al carro que había sido consagrado a Júpiter en su honor ni a la imagen del mundo habitado que había bajo sus pies ni a la inscripción que había en  ella; pero más tarde hizo borrar de la inscripción el término "semidiós".

    Tal vez alguien piense que estas prácticas rituales y supersticiosas eran exclusivas de las religiones antiguas, pero a poco que reflexione notará cómo el número tres sigue estando presente en nuestras costumbres y ritos actuales.

    Probablemente el valor mágico, místico, del tres le viene conferido por representar la unión de los contrarios: frente al uno y su opuesto el dos, el tres resulta ser la síntesis.

    Sabida también es la importancia del “tres”  en las culturas indoeuropeas, en las que las sociedades se estructuran en tres estamentos o partes: sacerdotes, guerreros, artesanos y que tiene su reflejo histórico en todas las culturas desde Europa a la India.

    Reflejo de ello es también la agrupación de las divinidades en triadas o grupos de tres dioses: Júpiter, Juno, Minerva en Roma;  Brahma, Vishnu, Shiva en la India.

    ¿Habrá alguna relación entre esta costumbre religiosa de las triadas y la aceptación de la Trinidad cristiana?

    Pero volviendo al rito, ¿no repiten también muchas personas actuales tres veces algunas oraciones o fórmulas como el “Ave María” o la señal de la cruz? ¿no bendice el papa o el sacerdote tres veces a sus fieles? ¿Acaso no sería  igual de eficaz una sentida oración que su repetición hasta tres  veces?

    Y qué decir del número nueve que servía de pauta al paterfamilias en la ceremonia de las Lemuria?  Nueve es tres veces tres. Seguimos recordando a nuestros difuntos de manera muy especial a los nueve días con una novena por no referirnos a las que frecuentemente se celebran en honor de nuestros santos o vírgenes de diversa advocación.

    Podemos recordar en este momento lo ya comentado en este mismo blog en  https://www.antiquitatem.com/pocima-de-amor-elixir-pitonisa-conjurohablando del conjuro para evitar un amor esquivo:

    Pero la nodriza, mezclando en un recipiente plano azufre
    narciso y casia, quema plantas aromáticas
    y envolviéndole tres por nueve veces (27)
    con una venda de tres colores distintos
    dice “muchacha, escupe tres veces en tu seno conmigo;
    escupe tres veces, muchacha; el dios se alegra con un número impar.

    "At nutrix patula componens sulpura testa
    narcissum casiamque herbas incendit olentis
    terque novena ligans triplici diversa colore
    fila «ter in gremium mecum» inquit «despue, virgo,
    despue ter, virgo: numero deus impare gaudet.»:

    Y todo ello es más chocante en una cultura en la que la base decimal de contar está absolutamente impuesta y generalizada, pero que para algunas cosas utiliza contabilidades más antiguas: triduos, semanas, novenas, docenas…

    Finalmente, quien haya visitado algún famoso santuario de los numerosos que hay no sólo en Iberia  sino en Europa y allende el mar océano y haya visto las filas de devotos caminantes de rodillas, no extrañarán la forma en que César intentó conjurar sus malos augurios. Todavía hoy, algunos fieles y devotos marchan de rodillas de vez en cuando en las procesiones para expiar una falta o para conseguir un beneficio de la divinidad. Es la realización del principio “do ut des” (te doy para que me des; te doy, en este caso un esfuerzo, para que me des lo que te pido) que es un elemento central de la religión romana y que  pervive actualmente en la religiosidad de muchas personas.

    Los romanos no entendían ya el sentido de muchos ritos antiguos, aunque sí creían en su eficacia mágica. ¿Acaso entendemos nosotros por fin los nuestros, que no son sino la pervivencia de los suyos? Ciertamente no los entendemos, pero no por ello  dejamos de practicarlos.