Categoría: Costumbres

  • La hora de la siesta

    El descanso o breve sueño después de comer es una costumbre muy extendida en España y cada vez más copiada en el extranjero

    Hoy en día cualquier persona lleva consigo un reloj o artilugio digital que marca la hora con precisión de segundos e incluso mayor. La puntualidad hoy requerida en la vida normal no es de horas, sino generalmente de minutos o segundos, que se hace coincidir con el paso exacto del sol por determinado meridiano.

    En el mundo antiguo en general y en el romano en particular las horas eran menos exactas. Digamos que las cosas ocurrían o “ante meridiem” (antes de mediodía) o “de meridie”  o "post meridiem) (después de mediodía), “mane” (por la mañana), “vespere” (por la tarde),  sin mucha más precisión.

    No debían estar los romanos muy interesados en la precisión porque cuando llevan de Sicilia el primer reloj de sol en el año 263 a.C. marcaba erróneamente las horas porque se había construido para una latitud distinta. Tardaron 99 años en corregir el error, cuando en el año 164 construyeron un reloj de sol adaptado a la latitud de Roma.

    La clepsidra o reloj de agua griego (horologium ex aqua) no se introdujo hasta finales de la República.

    En su momento  se dividía el día o espacio de luz desde el amanecer hasta el atardecer en doce horas y la noche o tiempo de oscuridad en cuatro vigilias.  Dependiendo de la estación del año, la duración de las horas o de las vigilias era más o menos larga y la precisión escasa.

    A las horas se les denominaba con el adjetivo latino ordinal. Así se hablaba de prima hora, secunda hora, tertia hora…

    Precisamente la sexta hora marcaba el mediodía, momento en el que algunos afortunados echaban una cabezadita o dormían un rato. Entre estos afortunados se encontraba el emperador Augusto, como nos cuenta Suetonio en su Vida de los Doce Césares,  II, 78:

      “Después de la comida del mediodía, vestido y calzado como estaba, con los pies tapados, descansaba un poco cubriéndose los ojos con la mano.
                
      “Post cibum meridianum, ita ut vestitus calciatusque erat, retectis pedibus paulisper conquiescebat opposita ad oculos manu”                   

    De esta expresión “sexta hora”  deriva la palabra española “siesta”, que el “Diccionario de la Real Academia Española” define como “Sueño que se toma después de comer”, costumbre muy extendida en España y cada vez más copiada en el extranjero, hasta el punto de que la palabra “siesta” ha sido asumida por los ingleses, que la utilizan con precisión en vez de su “the nap”.
     

  • Vinos con denominación de origen.

    El trigo, el vino y el aceite son tres productos característicos de las culturas mediterráneas desde el Neolítico.

    El trigo, el vino y el aceite son productos siempre presentes, esenciales para la alimentación de las personas y  esenciales también en numerosos ritos religiosos y en diversos momentos de la vida social, entre ellos de manera especial el banquete.

    Podemos decir que en el Mundo Antiguo existe toda una cultura del vino, en muchos aspectos similar a los tiempos actuales. Así entonces como hoy había vinos de reconocido prestigio y otros menos apreciados o comunes.

    Entonces como hoy  recibían el nombre de su lugar de origen o procedencia.  Así los “rioja” o “ribera” o “borgoña” o “burdeos” de entonces  eran el “Cécubo”, el “Caleno”, el “Falerno” o el “Formiano”, oriundos de  Cécubo, Cales, Falerno o Formias respectivamente.

    Estos datos los compendia perfectamente, por ejemplo, el poeta Horacio en una oda (Odas 1,20) en la que, queriendo agasajar a su protector y acaudalado Mecenas,  acostumbrado a vinos excelentes y de elevado precio,  le invita a un “sabino” común, aunque sea de la cosecha del año en el que el patrono del poeta superó una grave enfermedad y Horacio lo cosechó y ahora se lo ofrece para recordar aquella feliz fecha.

                            Beberás conmigo un “sabino” común en sencillos vasos
                            …………
                          Ya beberás luego un “cécubo” y el que sale de la uva estrujada
                          en una prensa calena;  mis copas no las llenan ni vides Falernas
                          ni de las colinas de Formias.

                         Vile potabis modicis Sabinum
                         cantharis
    ….
                         ……….
                        Caecubum et prelo domitam Caleno
                         tu bibes uvam: mea nec Falernae
                         temperant vites neque Formiani
                         pocula colles.

    Evidentemente, esos vinos no estaban al alcance del bolsillo del poeta. En raras ocasiones formaron  pareja la poesía y una buena situación económica, entonces como ahora.
     

  • La proskynesis o inclinación ante el rey

    ¿Por qué algunas personas se inclinan ante otras para reconocerles un estatus social superior?

    En la actualidad en nuestro mundo  existen un buen número de monarquías, aunque muchas de ellas, no todas, están sometidas a las leyes democráticas. Aunque muy distintas de las monarquías de otras épocas en las que los reyes gobernaban realmente, todavía hoy están acompañadas de ciertos rituales y comportamientos protocolarios que chocan no poco en las sociedades democráticas. Entre los ritos quizás más significativos está la inclinación que numerosos ciudadanos realizan ante el saludo o la presencia de los reyes. Para otros este acto es impropio de los tiempos actuales.

    Este acto ritual es muy antiguo y generalmente se le concede un origen oriental. En griego antiguo se llamaba  proskynesis (προσκύνησις ), palabra formada de pros– (hacia) y kyneo (besar) al saludo ritual que los persas hacían a su rey.

    Es Heródoto, el padre de la Historia, que vivió en el siglo V antes de Cristo, el que nos informa en su Historias, 1,134  de la forma como se saludan los persas:

        “Cuando se encuentran dos en la calle, puedes saber si son o no de la misma clase social, porque si lo son, no se saludan de palabra sino que se besan en la boca; si uno  de ellos es de condición algo inferior se besan en la mejilla; pero si uno de ellos es de condición mucho menos noble, postrándose le ofrece reverencia”

    En la corte del rey este saludo, que Heródoto vio en la calle, estaba ritualizado y formalizado en función también del rango de los súbditos, que se prosternaban, arrodillaban, se inclinaban o le enviaban un beso.

    Heródoto no enjuicia negativamente este saludo, pero los griegos consideraban este acto humillante porque  sólo se postraban ante sus dioses e interpretaban que el rey persa era adorado como un dios, aunque los persas no lo veneraban como tal; era un rito de vasallaje para reconocer  su superioridad. 

    Así cuando Alejandro Magno conquistó el imperio persa y quiso introducir este rito en el verano del año 327 a.C. porque era la costumbre de sus nuevos súbditos y pretendía unificar el ceremonial,  se generó malestar entre sus compañeros griegos.

    El siguiente texto de Flavio Arriano, historiador y filósofo griego del siglo II de nuestra era es ilustrativo del momento:

    (Intervención de Calístenes: Ni siquiera a Heracles tributaron honores divinos los griegos mientras vivió, e incluso después de muerto hubo de esperarse a que el dios de Delfos diera su autorización para tributarle honores propios de un dios. Ahora bien, si por encontrarnos tratando este tema en una región bárbara hay que pensar con mentalidad bárbara, creo, Alejandro, que he de pedirte que te acuerdes de Grecia, por cuyo motivo organizaste esta expedición, a fin de anexionar Asia a Grecia. Considera detenidamente lo siguiente: cuando regreses a Grecia, ¿vas a obligar a los griegos, que son los hombres que en mayor aprecio tienen su libertad, a aceptar la proskynesis, o eximirás de ella a los griegos, manteniéndola como afrentosa obligación para los macedonios? ¿O tal vez piensas delimitar de una vez por todas estas cuestiones de honores, de modo que recibas los que son propios del hombre de parte de griegos y macedonios, y reservarás modalidades que usan los bárbaros para cuando te halles entre bárbaros?   (Anábasis de Alejandro Magno, IV,11,7-8;  traducción de Antonio Guzmán para la edición de Editorial  Gredos)

    No sabemos con precisión lo que ocurrió entonces, aunque el mismo Arriano nos dice que eximió a los griegos, pero el rito lo utilizaron sus sucesores; también se fue imponiendo en el ritual de los emperadores romanos, sobre todo en la segunda parte del imperio, conocida como Bajo Imperio o Dominado, y de alguna manera ha llegado a nuestros días, como decíamos al principio, en que muchas personas sienten un respeto reverencial ante los reyes.

    Relacionado con este tema está en cierto sentido la deificación de los monarcas, del propio Alejandro y de los emperadores romanos, de la que hablaremos en otra ocasión.
     

  • ¿Fue el dominador Julio César dominado por sus mujeres?

    En la vida de Julio César jugaron un papel muy importante un buen número de mujeres. Todos los historiadores no valoran de la misma forma su influencia.

    Julio César jugó un papel esencial en la Historia de Roma y, como consecuencia,  en toda la Historia occidental y por eso se han escrito miles y miles de páginas sobre este complejo personaje.

    En la vida de César jugaron un papel importante las numerosas mujeres con las que por una u otra razón tuvo relación. El famoso historiador y premio nobel (1902) Theodor Momsen (1817-1903), autor de más de  mil quinientos títulos, entre ellos la famosa Historia de Roma, opinaba  que estas mujeres lo dominaron a su capricho.

    Probablemente Julio César tuvo una vida sexual muy activa desde joven, dado el especial atractivo que parece que tuvo para las mujeres,  y por esa vida  pasaron unas cuantas señoras  de especial relevancia, que evidencian la importancia de la conveniencia política a la hora establecer relaciones con familias  importantes más que el amor. Suetonio  resume esta característica al recordarnos los versos que sus soldados le cantaban con poco respeto el día de su desfile triunfal en Roma (ese día lo tenían permitido):  “Ciudadanos, guardad vuestras esposas, traemos a un calvo adúltero”.

    Desde luego, en César tuvo especial importancia su madre Aurelia, dado que el padre murió pronto, y sus hermanas, especialmente Julia la Mayor. En el año 83 a.C. se casó con Cornelia, hija de Cinna, por influencia de su tía Julia, mujer de Mario, tras romper el compromiso adquirido por su padre con Cosucia, de una aristocrática familia. De este matrimonio con Cornelia nació Julia, su única hija legítima. Debió sentir verdadero amor por su esposa  porque cuando el dictador Sila le exigió que se divorciara, se negó y hubo de huir de Roma para salvar su vida.

    Su hija Julia, comprometida con Cepión, el tío de Bruto, se casó con Pompeyo por razones políticas una vez que éste se divorció de Mucia, a la que el propio Julio César cortejó. Buscaba así  César asegurar las relaciones con la poderosa Gens Pompeia. Julia murió de parto en el año 54 a.C., como con frecuencia ocurría entonces. Debió ser un año duro para Julio, porque también murió su madre Aurelia, que había tenido en él una notable influencia, como dijimos.

    En el año 68 a. C. se casó con Pompeya, nieta de Sila,  por evidentes razones de conveniencia política. De ella se separó en el año 63 a.C. por ser adúltera con el conflictivo  y violento Publio Clodio durante las fiestas exclusivas para mujeres dedicadas a la Bona Dea.  Clodio se disfrazó de mujer para tener acceso a Pompeya. Este es el episodio que dio lugar a la famosa frase: “La mujer de César no sólo debe ser honrada, sino parecerlo”, basada en una información que Plutarco nos da en sus Vidas Paralelas, en  biografía de Cicerón, 29.7 y en la de Julio César, 10.6.

    En el año 59 se casó con Calpurnia, veinte años más joven, buscando descendencia y buenas relaciones con Lucio Calpurnio Pisón, influyente dirigente popular que con su ayuda fue nombrado cónsul el año 58 a.C. No tuvo descendencia.

    Calpurnia fue la esposa que la víspera del asesinato de su marido tuvo un sueño premonitorio y horrible en el que preveía la muerte de su esposo, pero este matrimonio podía no haber durado tanto si Pompeyo hubiera aceptado casarse con Octavia, sobrina de César, y concederle a él mismo la mano de su hija.

    Una persona tan poderosa, atractiva ( conocida es la fuerza  erótica del poder) y tan sexual, en un ambiente tan propicio como el de Roma en los albores del Imperio, tuvo, naturalmente, numerosas amantes. Una de las más importantes fue Servilia, hermana de Marco Porcio Catón el Joven y madre de Marco Junio Bruto, uno de los asesinos de César. Sin duda Servilia fue la más querida y más amada. Hasta  se ha planteado la posibilidad de que el verdadero padre de Bruto fuera César, pero no hay ninguna prueba de ello, aunque en el momento del magnicidio César pronunciara la también famosa frase “¿Tú también, hijo mío?”, en latín “Tu quoque fili mi?” , aunque el historiador Suetonio afirma que la dijo en griego:” Καὶ σὺ τέκνον, kai sy teknon” (Suetonio, Iul. 82.2) . La relación duró desde el año 63 hasta el 44, año de la muerte de César, y parece que lo que subyacía era el amor.

    Resulta  especialmente interesante  que varias de las amantes de César fueran las esposas de adversarios políticos. Parece como si César disfrutase especialmente de estos amores ya que a su superioridad política uniría  su superioridad como amante.  Así mantuvo relaciones con Postumia, esposa de Sulpicio Rufo; con Lolia, mujer de Aulo Gabinio;  con Mucia, segunda mujer de Pompeyo de la que se divorció precisamente por esta relación;  con Tertula, mujer de Craso, el tercer miembro, junto con Pompeyo,  del “triunvirato” que se repartió el poder al final de la República romana.

    Famosas fueron sus relaciones con mujeres extranjeras. Así su relación con Eunoe, esposa de Bogud, rey de Mauritania, de extraordinaria belleza. 

    Pero la relación más famosa la tuvo con la reina de Egipto Cleopatra VII Filopator. Junto a la atracción física le movían sin duda intereses políticos  para controlar las ricas tierras egipcias, granero de Roma. Cleopatra permaneció en Roma, en los jardines de César,  de septiembre del 46 a abril del 44 a.C.  después de la muerte de César. Julio César dudó de que él fuera el padre del niño  Tolomeo César, conocido como Cesarión y asesinado luego por orden de Octavio, pero permitió que llevase su nombre.

    En fin, parece evidente  que difícilmente las mujeres de Roma y aun del extranjero, fuera por razones sexuales o políticas, pudieran rechazar las proposiciones de César, tan poderoso; según algunos tampoco los hombres, pero es difícil saber con precisión cuánto hay de verdad y cuanto de ficción en la biografía de este personaje. De ello nos ocuparemos en otra ocasión.
     

  • Crímenes sobrecogedores

    En la antigüedad grecolatina son varios los mitos que nos narran algunos crímenes sobrecogedores.

    Los hombres y mujeres somos seres de una enorme complejidad emocional. A veces nos sobrecogen  acciones  heroicas de un altruismo absoluto; otras nos estremecen hechos de una incomprensible crueldad.

    Son sin duda especialmente aterradores los infanticidios, en los que un padre o una madre, enloquecidos o con incomprensible sangre fría, matan a sus propios hijos indefensos en lo que parece una violación de las más sagradas leyes naturales.

    Ocurre también ahora, en los tiempos modernos, alguna vez, sin que podamos imaginar qué descontrol emocional puede ser el causante.

    En la antigüedad grecolatina son varios los mitos que nos narran algunos de estos crímenes. En su intuición o en su profundo análisis del comportamiento humano, también los antiguos griegos abordaron estos actos horrendos, que en alguna ocasión se producen, aunque fuera bajo el ropaje literario del mito.

    Es el caso de Filomela, hija de Pandión, rey de Atenas, a la que violó Tereo, el marido de su hermana Procne, loco de pasión por su belleza e insensible a sus súplicas. Para que no pudiera contárselo a su hermana le cortó la lengua y la encerró. Pero Filomela bordó pacientemente en un manto  su triste realidad e informó así a su hermana Procne de la maldad de Tereo. Las dos hermanas, ¡oh terrible locura!, tramaron una venganza horrenda. Procne mató a su propio hijo, cuyo parecido le recordaba permanentemente a su esposo, y entre las dos hermanas lo despedazaron y cocinaron para el padre criminal. Cuando acabada la comida, Tereo preguntó por su hijo, las enloquecidas hermanas le dijeron “que su hijo ya estaba con él”. Sobrecogidos los propios dioses, quisieron poner fin a esta cadena de crímenes convirtiendo a Tereo en abubilla, a Filomela en golondrina y a Procne en ruiseñor.

    Probablemente el relato mítico más famoso sin duda es el que se refiere a Medea, hija de Eetes, rey de la Cólquida, hechicera. Locamente enamorada, ayudó a Jasón y a los Argonautas en su conquista del famoso vellocino de oro (vellón es la piel de cordero), traicionando a sus propios compatriotas. Jasón la llevó consigo y prometió hacerla su esposa en reconocimiento a su ayuda. Después de muchas peripecias, cuando llegaron a Corinto, Jasón, faltando a su palabra, abandona a Medea para casarse con la princesa Glauca, hija del rey Creonte. La hechicera Medea envía a Glauca un vestido, regalo de bodas, que al ponerlo sobre sus hombros le prende fuego como a una tea. La venganza sobre Jasón es mucho más cruel si cabe: madre y amante abandonada, humillada, enloquecida, mata a los dos hijos que había tenido con él para golpear al amante infiel.

    Medea es el título de una de las más famosas tragedias de Eurípides, y desde la Antigüedad ha sido tema frecuente para las diversas artes. Existen más de una docena de óperas sobre este asunto, desde la de Charpentier en 1693 hasta la de Oscar Strasnoy del año 2000. 

    Medea es también el título de una película de Pasolini del año 1969; en ella es la famosa María Callas la que interpreta a la mítica figura. En esta película Pasolini contrapone los dos componentes de la cultura antigua e incluso del comportamiento de todo hombre, el mundo mágico e irracional de Medea al racional y fríamente calculador de Jasón.

    Medea se representa una y otra vez en los escenarios de toda Europa.

    Reproduzco una pequeña parte del diálogo final entre Medea y Jasón, en la traducción que para la Editorial Gredos hizo Alberto Medina González de la obra de Eurípides. Tal vez esta pequeña muestra anime al lector a una lectura completa de la tragedia:

    JASÓN.-… Habiéndote casado después conmigo y dado hijos, por celos de un lecho y una esposa los    mataste. No existe mujer griega que se atreviera a esto, y, sin embargo, antes que con ellas preferí casarme contigo   -unión odiosa y funesta para mí-, leona, no mujer, de natural más salvaje que la tirrénica Escila…

    MEDEA.-… Tú no debías, después de haber deshonrado mi lecho, llevar una vida agradable ,riéndote de mí ;ni la princesa, ni tampoco el que te procuró matrimonio, Creonte, debían haberme expulsado impunemente de esta tierra. Y ahora, si te place ,llámame leona  y Escila que habita el suelo tirrénico. A tu corazón, como debía, he devuelto el golpe.

    JASÓN.- También tú sufres y eres partícipe de mis males.

    MEDEA.- Sábelo bien: el dolor me libera, si no te sirve de alegría.

    JASÓN.- ¡Oh hijos, qué madre malvada os cayó en suerte!

    MEDEA.- ¡Oh hijos, cómo habéis perecido por la locura de vuestro padre!

    JASÓN.- Pero no los destruyó mi mano derecha.

    MEDEA.- Sino tu ultraje y tu reciente boda.

    JASÓN.- ¿Te pareció bien matarlos por celos de mi lecho?

    MEDEA.- ¿Crees que es un dolor pequeño para una mujer?

    JASÓN.- Si ella es sensata, sí, pero para ti es la mayor desgracia

    MEDEA.- (señalando a los cadáveres) Ellos ya no viven. Esto te morderá.

    JASÓN.-  Ellos viven, ay de mí, como genios vengadores de tu cabeza.

    MEDEA.- Los dioses saben quién comenzó la desgracia.

    JASÓN.- Conocen, sin duda, tu alma abominable
    ….
                                                      (Medea, 1336…-1373)

  • La posta o servicio de correos

    La palabra “posta”, con ligeras variantes, denomina al servicio de correos de numerosos países en el mundo; su creación es muy antigua.

    Posta deriva de la latina “posita”, empleada en la frase “positae mansiones”, con la que se designaba a las “paradas fijas(positae= puestas, situadas) establecidas a lo largo de las calzadas romanas cada 25 o 30 kilómetros para efectuar el cambio de caballos o animales que tiraban de los carros de viaje o de mercancías. 

    En realidad este sistema de relevo de caballerías para transmitir o transportar mensajes lo creó el rey persa Dario I, que reinó del año 521 al 486 a.C. Este monarca hizo construir la llamada “carretera real” que con su recorrido de más de 2.000 kilómetros enlazaba las costas del mar Egeo con las del Golfo Pérsico. Por esta carretera los correos llegaban a recorrer 160 kilómetros diarios.

    Ni la rueda ni los carros los inventaron los romanos, claro está. Pero los prácticos latinos si supieron construir un carro pesado, pero firme, dedicado al transporte de personas y mercancías. Se le colocaba además un toldo para proteger a los viajeros de la lluvia o el sol. Circulaban estos vehículos por la extensa y sólida red de vías o carreteras que recorrían el Imperio y facilitaban el contacto con la capital.

    Es en estas “vías” en donde construían las “positae mansiones”. Conocido es el refrán “todos los caminos conducen a Roma”. Las vías romanas son una de la aportación más sólida y espectacular a la vida económica, política y social en todo el Imperio. Sin ellas ni las legiones ni las mercancías podrían moverse con rapidez de un lugar a otro. Muchos de sus trazados coinciden todavía con el de las grandes vías de comunicación internacionales. En muchos casos incluso se conservan tramos de esas vías. Muchas de aquellas “mansiones positae” o postas dieron lugar a muchas poblaciones actuales.

    Precisamente el español mantiene dos acepciones significativas  de “posta” directamente relacionadas con su origen: “conjunto de caballerías que se apostaban en los caminos a distancia de dos o tres leguas, para que los tiros, los correos, etc., pudiesen ser renovados” y “casa o lugar donde estaban las postas” según el Diccionario de la Real Academia Española.

    Pero curiosamente también el término para designar la institución que se encarga del envío de cartas, paquetes u otros efectos entre dos puntos, en español no es “posta” sino “correos”, palabra de origen incierto existente también en otras lenguas romances: francés courrier, italiano corriere, catalán correu. Quizás provenga del provenzal “corrieu”, palabra formada a partir de “corir =correr” y “lieu=lugar”.

    En contraste con tal situación, la organización del transporte colectivo creada por los romanos desde la mitad del siglo I a. C., constituía una innovación revolucionaria. El Cursus  Publicus, como se llamaba en el lenguaje administrativo, era una organización puesta al servicio de cualquiera mediante el pago de una retribución razonable. 
     

  • Agonía

    ¿Por qué se llama “agonía” al momento final de la vida de una persona, con frecuencia terrible y doloroso?

    Con la palabra “agonía”  nos referimos al momento final de la vida en que un cuerpo,  hasta entonces vivo y capaz de automantenerse y conservarse,  pierde tal potencia y comienza su descomposición como ser orgánico y estructurado.

    Agonía”  proviene del latín  agonia, y ésta del gr. ἀγωνία,  que significa lucha, combate.

    Para quien haya tenido la desgracia de observar  una muerte no instantánea, sobra toda explicación. Quien no haya tenido esta terrible experiencia debe saber  que la vida se agarra a sí misma hasta el último momento y  que toda la maquinaría vital se resiste, en una terrible lucha, a dejar de funcionar y darse por vencida. Esos momentos agónicos son una lucha real de la vida contra la muerte. Desgraciadamente, al final, siempre vence la muerte y así ha de aceptarse.

    Por lo demás, todo lo referente a la muerte, que, en el mundo antiguo y hasta hace bien poco también entre nosotros, se veía con más normalidad al estar más integrada en la experiencia vital de las personas, ahora es tratada menos directamente, procurando ocultarla o velarla de alguna forma, en los hospitales o en los llamados “tanatorios”, palabra derivada de la griega θάνατος,  (thanatos)  que significa precisamente  muerte.

    Incluso en el lenguaje médico-forense ni siquiera a este trance se le llama  ya “muerte” sino “exitus”, palabra latina que significa salida, marcha, ida, viaje.

    La cuestión final sin embargo sigue siendo la eterna pregunta: “exitus”, salida, pero  ¿hacia dónde…?

    Pero lo curioso es que también los antiguos se referían con este eufemismo a la “muerte”, a la que no conviene nombrar.

    Así por ejemplo en Eurípides, Andrómaca 1083:

    PELEO: …¿Cómo se ha ido (ha muerto) el único hijo de mi único hijo?

    Y en Hécuba 414, del mismo trágico, Políxena, a punto de ser sacrificada ritualmente,  le dice a su madre Hécuba:

             “¡Oh, madre, oh tú que me diste la luz! Ya me voy a ir abajo” 

    La muerte nos asusta, la muerte nos estremece. Parece que lo mejor es no hablar de ella.

  • Kalendas, Idus, Nonas: una rara forma de nombrar los días del mes

    Todo lo referido a la historia del calendario romano y su trasmisión hasta nuestros días es de gran complejidad, sobre todo para nosotros, acostumbrados a un sistema de nominación de los días del mes verdaderamente simple: cada día recibe el nombre del número que ocupa en el conjunto del mes, generalmente con un numeral cardinal mejor que ordinal: uno de enero, dos de febrero o quince de febrero o tres de marzo…

    Los romanos se referían a los días del mes  de una forma mucho más complicada, no en vano el calendario es un instrumento religioso  para determinar sobre todo las fiestas religiosas. Es por el ello el pontífice o sacerdote el encargado de su determinación en muchos aspectos.

    En primer lugar dividían el mes en tres períodos: kalendas, nonas e idus que en principio se correspondían respectivamente con la luna nueva, la luna media y la luna llena. Esto significa que no conocían la división en “semanas”, que no se impuso en realidad hasta el emperador Constantino.

    Las kalendas, (palabras que algunos relacionan con kalare = llamar) indicaban el principio del mes, cuando aparecía la luna creciente, y por tanto correspondían al día 1.

    Las nonas indicaban el primer cuarto de luna y se correspondían con el quinto día de los  meses de Enero, Febrero, Abril, Junio, Agosto, Septiembre, Noviembre y Diciembre; y con el séptimo día de los meses de Marzo, Mayo, Julio y Octubre.

    Los idus indicaban la luna llena y se correspondían con el día 13 en los meses en que las nonas caían el día cinco y con el día 15 en los que las nonas caían el siete

    A estos hitos de cada mes se referían en forma adjetiva; es decir, al día 1 de enero le llamaban “Kalendae Ianuariae; calendas eneras", diríamos, aunque con la terminación correspondiente al caso ablativo de circunstancia de tiempos “Kalendis Ianuariis”; al 1 de febrero le llamaban “Kalendae Februariae; calendas febreras", diríamos; al 5 de enero le llamaban “Nonae Ianuariae”; al 7 de marzo “Nonae Martiae”.

    Al 15 de marzo (día en que murió asesinado Julio César en el año 44 a.C.) le llaman “Idus Martiae”.

    Cuídate de los Idus de Marzo”  es precisamente lo que un adivino aconsejó a César, al que no hizo caso,  y desde entonces la frase ha quedado como prototipo de advertencia y consejo de prudencia ante una situación que se anuncia peligrosa.

    "Ad kalendas graecas" es una frase proverbial latina que significa literalmente "para las calendas griegas", pero como los meses griegos no tienen calendas lo que en realidad significa es "para nunca".

    Esto ciertamente parece complicado, pero es mucho más complejo cómo se denomina al resto de los días del mes. Pues bien, siempre se denominan por referencia  al momento clave (kalendas, nonas, idus) posterior. Es decir, cuentan los días que faltan, teniendo en cuenta el punto de partida y el de llegada, hasta el hito posterior.

    Así el día 2 de enero era el “sexto día antes de las nonas de enero”, es decir “ante diem VI Nonas Ianuarias”; el día el 16 de Enero, teniendo en cuenta que enero tiene 31 días, será el día “décimo séptimo antes de las kalendas de febrero”; en latín “ante diem XVII (decimum septimum) kalendas februarias”;  el día 17 será el día décimo sexto antes de las kalendas de febrero (ante diem XVI kalendas februarias) y así sucesivamente.  Sólo al día anterior de cada hito (kalendae, nonae, idus) se le llamaba “pridie = el día de antes) y al siguiente “postridie = el día después). “Víspera” , deriva de “vesper”, palabra latina que significa “tarde”, naturalmente del anterior al día siguiente.

  • El Estado romano socorre a los ciudadanos hambrientos con la “annona”

    Algunos romanos celebraban banquetes pantagruélicos, pero lo realidad cotidiana de la mayoría de romanos era muy distinta: cientos de miles de ciudadanos debían ser socorridos diariamente para no morir de hambre.

    Frente al tópico del banquete pantagruélico, fruto en gran parte de la creatividad literaria, que ayer como hoy presta atención a lo excepcional  y anecdótico frente a lo común y prosaico, la realidad de Roma es mucho más triste:  miles de ciudadanos pasan hambre.

    Frente a la imagen   de la exagerada “Cena de Trimalción” en el Satiricón  de Petronio o las exquisiteces de la cocina de la obra de Apicio en su libro de cocina  “De re coquinaria”, la realidad es la de masas de ciudadanos sin capacidad adquisitiva suficiente ni para asegurar su mera subsistencia.

    Las crisis de subsistencia, desabastecimiento  y carestía de alimentos son frecuentes en Roma, sobre todo cuando van unidas a las malas cosechas y a las constantes guerras civiles.

    Durante la época republicana los problemas periódicos de subsistencia se solucionan primero de forma esporádica y  luego de manera más institucionalizada a partir de Cayo Graco (123 a.C), que  propone el reparto de grano subvencionado a parte de los ciudadanos, intentando por primera vez resolver  el problema de la falta de trigo.  Pero la clase senatorial conservadora no era partidaria de estos repartos subvencionados que los líderes populares defendían.

    En el 57 a.C. se producen graves disturbios en Roma y  por iniciativa de un tribuno de la plebe y  por recomendación senatorial, Pompeyo recibe la  "cura annonae", el encargo de avituallar Roma, por un período de 5 años con un presupuesto  de 40 millones de sestercios; es el precedente de lo que más tarde será la prefectura de la “annona”. 

    En época de Augusto (la primera referencia escrita es del año 14 d.C. )    la “praefectura annonae” es un edificio administrativo y un servicio  centralizado encargado de la importación de grano y otros productos para abastecimiento de la capital,  explotando y rapiñando con todo egoísmo los recursos de las provincias.

    El hambre, pues,  era habitual y frecuentes los disturbios y revueltas en la ciudad.  Séneca nos informa de que  cuando es asesinado Calígula sólo había en Roma reservas de trigo  para siete u ocho días

    Piénsese  que en el año 270 a.C. Roma tendría unos 180.000 habitantes, 375.000 en el 130 a.C. y un millón o más en época de Augusto.

    Ya en el año 73 se establece una ración por persona y mes de 5 modios (Salustio, Hist., 3.48). En época de Augusto se llegó a repartir trigo a 320.000 personas cabezas de familia, que luego el mismo Augusto redujo a 200.000. En total serían beneficiadas más de 600.000 personas. Si recibían 5 modios (modii) mensuales (unos 36,6 litros mensuales, el equivalente para hacer un pan de un kilo diario), 60 modii anuales por persona, se consumirían unos 12 millones al año, unas 80.000 toneladas a expensas del Estado. La ciudad necesitaba en total unas 200.000 toneladas para una alimentación suficiente.

    El trigo procedía fundamentalmente de Sicilia, de Cerdeña, del norte de África y sobre todo de Egipto, que proporcionaba entre 100.000 y 150.000 toneladas de trigo anuales.

    La Annona era, pues, una importante ayuda para la subsistencia diaria y para mantener el orden social. Sin la “annona” y sin el “circo” las cosas podían haber sido muy diferentes (panem et circenses).

  • Odi et Amo(Odio y Amo)

    Parece una contradicción y sin embargo es posible sentir simultáneamente estas dos fuertes pasiones. Al menos así lo confiesan Catulo y miles de amantes posteriores.

    Unos poetas cantan los hechos y hazañas gloriosas de los hombres; otros exponen los sentimientos íntimos y recónditos de su corazón. El amor, en sus mil formas y matices, es el objeto preferido de la poesía lírica.

    Gayo Valerio Catulo es un joven poeta latino que nació en  Verona (Italia) entre los años 87-84 a.C. y murió en Roma entre 57-54 a.C. , es decir, a los 30 años. Con frecuencia el extraordinario y divino don de la poesía va acompañado de una muerte joven y prematura.

    Hijo de una importante familia de provincias, marcho a estudiar a Roma. Allí participó en el círculo literario de moda, los llamados despectivamente “neotéricos”, νεώτεροι, “neoteroi” en griego, “poetae novi” en latín, “nuevos poetas” en castellano,  amantes de la poesía griega refinada, que buscaban la concisión y la perfección formal.

    Se enamoró, como tantos jóvenes impulsivos, de una bella y libertina dama de la alta sociedad romana, llamada Clodia, a la que él llama en sus poemas Lesbia. Sus amores fueron una larga sucesión de encuentros y desencuentros que amargaron al joven poeta y que en alguna otra ocasión comentaremos.

    Entre otros muchos poemas, en gran parte dedicados o referidos a su Lesbia, Catulo escribió un famoso dístico  o estrofa de dos versos, de dos líneas, que es lo que significa esta palabra de origen griego (δίστιχον , =dos líneas, filas ) En este poemita, de manera magistral expresó el sentimiento de amor-odio tan aparentemente contradictorio y tan frecuente.

    Lo presento en  latín y en  español, para que cada uno lo disfrute como pueda.

    Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris.
    Nescio, sed fieri sentio et excrucior.

    (Catulo, Poeseías, 85)

    Odio y  amo. Tal vez preguntes ¿cómo es posible?.
    No lo sé, pero siento que ocurre así y me torturo  

    Catulo supo expresar con toda contención y emoción el doble sentimiento que le hacía sufrir. Centenares de poetas han expresado de mil maneras un sentimiento similar. Miles, millones de amantes no podrán  expresarlo poéticamente (la poesía es un don que los dioses sólo conceden a algunos elegidos) pero se sentirán identificados con estos pocos versos, que nos sitúan tan cerca a hombres y mujeres del siglo I a.C. y del s.XXI de C.

    Por cierto  que Verona, la patria de Catulo, lo es también de Romeo y Julieta. ¿Serán estas tierras del norte de Italia, próximas ya a la frontera alpina, hoy como ayer, el clima y entorno que aviva estos amores románticos e imposibles?