Categoría: Costumbres

  • Demetrio el Cínico y su relación con los emperadores Calígula, Claudio, Nerón, Vespasiano, Tito y ¿Domiciano? (Intelectuales frente al poder IV)

    Uno de los muchos intelectuales que sufrió las iras del poder fue Demetrio de Corinto (ca.7/10 d.C. –ca.90), prestigioso intelectual y filósofo cínico griego que vivió una larga vida de 80 años en época imperial romana llena de sinsabores. De él se conservan muchas ideas citadas por numerosos autores y tuvo una notable influencia en muchos romanos, como Séneca.

    Vivió  a la manera de los cínicos, sin lujos, sin apego a las riquezas ni al  poder. Como otros griegos, marchó Roma, centro del poder, siendo joven en época del emperador Calígula. Fue amigo de Séneca y se ganó el respeto de los intelectuales romanos, cuyos cenáculos recorrió pronunciando con notable éxito sus conferencias.

    Parte de su vida, reflejada en unos cuantos textos, nos permitirán recrear el ambiente de tiranía y opresión al que se ven sometidos los pensadores, los filósofos, los intelectuales cuando se atreven a expresar libremente sus opiniones y criticar la acción de los poderosos. Este ambiente de terror fue especialmente opresivo en tiempos de Domiciano.

    Reproduzco una carta de Séneca a su amigo Lucilio en la que deja constancia del cariño y respeto que le tiene: 

    Séneca, Cartas a Lucilio LXII

    Mienten quienes quieren que parezca que la cantidad de los negocios es un obstáculo para el estudio de las artes liberales; simulan ocupaciones y las multiplican y ellos mismos se llenan de ocupaciones. Yo estoy libre, querido Lucilio, estoy libre y donde quiera que estoy, allí soy mi dueño. Pues no me entrego a las cosas, sino que me acomodo y no  persigo las causas para perder el tiempo. Y en cualquier lugar en el que me detengo, allí me dedico a mis pensamientos y doy vueltas en mi cabeza a algo saludable.

    Cuando me dedico a mis amigos, no me distraigo de mi mismo, ni me entretengo con aquellos con los que alguna circunstancia me reunió o alguna causa surgida de un asunto civil, sino que estoy solo con los mejores; a ellos entrego mi alma en cualquier lugar en el que vivieron y  en cualquier momento en el existieron.

    Traigo conmigo a Demetrio, el mejor de los hombres y abandonando a los purpurados, hablo con él que va semidesnudo y le admiro. ¿Cómo no lo voy a admirar? Veo que no le falta nada. Uno puede despreciar todas las cosas, pero nadie puede tener todas las cosas. El camino más corto para las riquezas pasa por el desprecio de las riquezas. Pues nuestro querido Demetrio vive así, no como el que desprecia todo, sino como el que permite que los demás las tengan. Cuidate.

    Mentiuntur, qui sibi obstare ad studia liberali turbam negotiorum videri volunt; simulant occupationes et augent et ipsi se occupant. Vaco, Lucili, vaco et ubicumque sum, ibi meus sum. Rebus enim me non trado, sed commodo, nec consector perdendi temporis causas. Et quocumque constiti loco, ibi cogitationes meas tracto et aliquid in animo salutare  converso.

    Cum me amicis dedi non tamen mihi abduco, nec cum illis moror, quibus me tempus aliquod congregavit aut causa ex officio nata civili, sed cum optimo quoque sum; ad illos, in quocumque loco, in quocumque saeculo fuerunt, animum meum mitto.

    Demetrium, virorum optimum, mecum circumfero et relictis conchyliatis cum illo seminudo loquor, illum admiror. Quidni admirer? Vidi nihil ei deesse. Contemnere aliquis omnia potest, omnia habere nemo potest. Brevissima ad divitias per contemptum divitiarum via est. Demetrius autem noster sic vivit, non tamquam contempserit omnia, sed tamquam aliis habenda permiserit. Vale.

    Filóstrato lo presenta  en Corinto (hacia el año 61) y como amigo de Apolonio de Tiana,  pero esta fuente no resulta muy fiable para algunos, aunque también Luciano de Samosata atestigua su estancia en Corinto en “Contra la ignorancia, 19”:

    Filóstrato, Vida de Apolonio, IV, 25

    En Corinto practicaba precisamente por aquella época la filosofía Demetrio, hombre que había abarcado toda la vitalidad de la doctrina cínica. De él hace luego mención Favorino en muchos de sus discursos, y no sin generosidad. Le ocurrió respecto a Apolonio lo que dicen que le ocurrió a Antístenes respecto a la sabiduría de Sócrates; lo seguía, deseoso de ser su discípulo y pendiente de sus discursos, e incluso a los más estimados de sus seguidores los dirigió en pos de Apolonio. (Traducción de Alberto Bernabé Palares. Edit. Gredos)

    Fue desterrado por primera vez por Tigelino, el prefecto del pretorio de Nerón en el año 62  por sus irónicos comentarios y su actitud crítica con la monarquía, con ocasión de la inauguración de un grandioso gimnasio por el emperador.  Véase https://www.antiquitatem.com/neron-inaugura-un-gimnasio-demetrio-

    En la misma época fue también desterrado otro cínico llamado Isidoro, que también comentaré.

    En una ocasión el emperador Calígula (reinó del 37 al 41) quiso hacerle un regalo con una pequeña cantidad de dinero qué el filósofo rechazó orgulloso. Nos lo cuenta Séneca, Sobre los deberes VII,11,1-2:

    Así pues, cuando Cayo César iba a regalarle  doscientos (sestrcios), los rechazó riéndose, considerando que no era una cantidad digna, ni siquiera para ser ensalzado por no aceptarla. ¡Dioses y diosas, con qué  ánimo más mezquino quiso o honrarle o corromperle! Debe darse testimonio de este hombre extraordinario. Le oí decir una cosa grandiosa al considerar que era una locura de Cayo el que hubiese pensado que él podía  cambiarse por tan poco.  Dijo: “Si había decidido probarme, me debía  haber tentado con todo el imperio”.

    Itaque cum C. Caesar illi ducenta donaret, ridens reiecit ne dignam quidem summam iudicans, qua non accepta gloriaretur. Di deaeque, quam pusillo animo illum aut honorare voluit aut corrumpere ! Reddendum egregio viro testimonium est ; ingentem rem ab illo dici audivi, cum miraretur Gai dementiam, quod se putasset tanti posse mutari. " Si temptare," inquit, " me constituerat, toto illi fui experiendus imperio."

    Demetrio criticó las famosas Termas o gimnasio que  Nerón inauguró en el año 61 por antihigiénicas y por suponer un gasto despilfarrador. Cuando un año más tarde se derrumbaron por efecto de un rayo, las palabras de Demetrio se consideraron la causa del derrumbe y Demetrio fue enviado al exilio por Tigelino, el prefecto del pretorio (el jefe superior de policía y brazo ejecutor) de Nerón. Nos lo cuenta Filóstrato, Vida de Apolonio IV 42.

    Dado que Demetrio, que llegó después a Roma con la misma disposición de ánimo hacia él que he dicho en los capítulos acerca de Corinto, elogiaba a Apolonio, mientras que arremetía contra Nerón, ello provocó en este hombre sospechas de una conspiración, y daba la impresión de que aquel había inducido a Demetrio a eso mismo.

    Mucho más cuando se llevó a término por Nerón el gimnasio más admirable de los de allí, y estaban celebrando el día festivo en él el propio Nerón, el gran senado y el orden ecuestre de Roma, pero presentándose Demetrio en el propio gimnasio, pronunció un discurso contra los que se bañaban, diciendo que se debilitaban y se contaminaban. Así mismo, demostraba que tales cosas constituían un derroche excesivo.

    Lo libró de morir inmediatamente por ello el hecho de que Nerón cantó aquel día muy bien de voz (cantaba en una taberna construida junto al gimnasio, desnudo, con sólo un ceñidor, como los más desvergonzados de los mozos de taberna). Con todo, no se libró Demetrio del peligro por lo que dijo, pues Tigelino, que tenía la espada de Nerón, lo expulsó de Roma, por haber arruinado la casa de baños con lo que dijo. Asimismo, se puso en secreto tras las huellas de Apolonio,  para cuando también él dijera algo censurable e impurdente. (Traducción de Alberto Bernabé Palares. Edit. Gredos)

    Es fácil imaginar la cara que se les pondría a toda la alta sociedad romana, con el emperador Nerón a la cabeza, escuchando al tábano cínico Demetrio (Socrátes, de quien aprendió muchas cosas Antístenes, creador de la escuela cínica, se consideraba a sí miso un tábano; mosca cojonera diríamos hoy en lenguaje más explícito) arruinarles el acto con dos críticas de peso: aquello es un despilfarro y además en los baños públicos lo único que puedes pillar es alguna enfermedad…

    Es también motivo de reflexión la actitud del “policía” Tigelino respecto de Apolonio: espiarlo en secreto para pillarlo in fraganti(delicto) y entonces…. castañazo.

    De nuevo Filóstrato nos da una extraña razón de por qué el emperador Nerón no condenó a muerte a Demetrio y otros sofistas. Nos lo dice en Vida de Apolonio VII 16:

    Emperador, los sofistas son una cosa que habla a la ligera, y su sabiduría, fanfarronadas. Y como no disfrutan de ninguna ventaja de laexistencia, anhelan la muerte, y no aguardan a que venga por sí misma, sino que se acarrean la muerte, provocando a quienes tienen espadas. Pienso que eso mismo es lo que pensaba Nerón, para no verse obligado por Demetrio a matarlo. Pues dado que se dio cuenta de que quería morir, no lo dispensó de la sentencia de muerte por compasión, sino por desprecio de matarlo. Y asimismo a Musonio, el etrusco, pese a su continua oposición a su poder,lo confinó en una isla llamada Giara. (en las Cícladas) (Traducción de Alberto Bernabé Palares. Edit. Gredos)

    Hay un relato también de Filóstrato que relaciona a Demetrio con Musonio Rufo, el maestro de Epicteto.  Con motivo de la conspiración de Pisón contra Nerón del año 65-66 Séneca fue obligado al suicidio abriéndose las venas junto a su esposa Pompeya Paulina y también su sobrino Lucano.  Por la misma razón fueron expulsados de Roma los filósofos, sobre todo los estoicos, y entre ellos Musonio Rufo, maestro de Epicteto. Filóstrato, fuente poco de fiar como ya dije según algunos autores, hace que los dos coincidan en Grecia: allí estaba Musonio condenado a excavar el Istmo de Corinto, como mil veces ha ocurrido con prisioneros y disidentes, condenados a trabajos forzados para la construcción de grandiosas y peligrosas obras públicas.

    La anécdota, a pesar de su curioso interés, no parece muy creíble a los historiadores, aunque no hay argumentos serios para dudarlo; en todo caso  leeremos el texto de Filóstrato, Vida de Apolonio V, 19:

    Una vez iniciado (Apolonio) en Atenas (en los misterios de Eleusis) –y lo inició el hierofante que él mismo le había vaticinado al anterior-, se encontró casualmente con Demetrio, el filósofo; pues después de lo del baño de Nerón y o que dijo acerca de él, Demetrio había residido en Atenas con tan noble valentía que ni durante el tiempo que Nerón los injurió, con motivo de los juegos, salió de Grecia. Aquél le dijo que también se había encontado a Musonio en el Istmo, aherrojado y forzado a participar en la excavación, y que lo había confortado como era natural, pero que el otro había tomado su azadón y lo había clavado violentamente en tierra y, tras erguirse, le había dicho:

    -¿Te aflige, Demetrio, que ande yo excavando el Istmo en beneficio de Grecia? Si me viras tocando la cítara, como a Nerón, ¿qué te ocurriría?.

    No obstante, dejemos las frases de Musonio –que hay más y más admirables- para que no parezca que me muestro arrogante con quien las pronunció sin calibrarlas. (Traducción de Alberto Bernabé Palares. Edit. Gredos)

    Esa conspiración también ocasionó la condena a Bárea Sorano y a Trasea Peto, patricio, estoico, de quien era maestro Demetrio, que le consoló en el momento y día en que llegaba la condena.

    Trasea es quien según Epicteto pronunció la frase:

    ¡Mejor sería ser matado hoy que desterrado mañana”.

    Epicteto recomienda aceptar las cosas como vienen con sabio estoicismo. Discursos I,1, 21

    …Qué hay que tener a mano en semejantes circunstancias? ¿Qué otra cosa sino saber qué es lo mío y qué no es lo mío, y qué me está permitido y qué no me está permitido? He de morir. ¿Acaso ha de ser gimiendo? Ser llevado a prisión. ¿Acaso ha de ser lamentándome? Ser exiliado. ¿Habrá quien me impida hacerlo riendo, de buen humor y tranquilo?  “Dime lo que no debes decir”. No lo diré, porque eso depende de mí. “Pues te encadenaré”. ¿Qué dices, hombre? ¿A mí?  Encadenarás mi pierna, pero mi albedrío ni el propio Zeus puede vencerlo. “Te meteré en la cárcel”. A mí cuerpecito, será. “Te decapitaré”. ¿Pero te he dicho yo que mi cuello sea el único imposible de cortar? Sobre eso convendría que reflexionaran los que filosofan; sobre eso habrían de escribir a diario; en eso tendrían que ejercitarse.

    Trásea acostumbraba a decir: “Prefiero verme hoy muerto que mañana en el exilio”.  ¿Y qué le respondió Rufo? “Si lo eliges por ser más penoso, ¡qué locura de elección! Si por ser más leve, ¡quién te ha dado a elegir? ¿No quieres ejercitarte en que te  baste con lo que te ha sido dado?” (Traducción de  Paloma Ortiz García. Editorial Gredos)

    Transcribo la información que nos da Tácito en sus Anales sobre la sentencia y muerte de Trásea, un episodio que no puede por menos que conmovernos todavía hoy:

    Tácito, Anales, XVI, 21

    Después de haber asesinado a tantos hombres insignes, Nerón deseó incluso acabar con la virtud misma, matando a Trásea Peto y a Barea Sorano, a los que odiaba desde hacía tiempo; en el caso de Trásea se añadía a los motivos el que se ausentó del Senado cuando se trataba el asunto de Agripina, como ya he contado antes, y el que había prestado poco interés en la asistencia a los juegos de la juventud; y esta ofensa le había calado más profundamente porque el mismo Trásea había cantado vestido como trágico en Padua, de donde era oriundo, en los “juegos césticos” , instituidos por el troyano Antenor. Y también porque en el día en  el que el pretor Antistio era condenado a muerte por unos versos injuriosos contra Nerón, aconsejó y obtuvo un castigo más suave; y porque cuando se decretaron honores de dioses a Popea estuvo ausente conscientemente y no había intervenido en el funeral. Todas estas cosas no permitía que cayeran en el olvido Capitón Cossutiano, mala persona de espíritu inclinado a toda maldad, especialmente contra Trásea, porque había sido condenado por su autoridad cuando acusan a Capitón de cohecho con la ayuda de los embajadores de Cilicia.

    Entonces fue enviado a Trásea, que estaba moviéndose en su huerto, el cuestor del cónsul cuando el día ya atardecía. Había organizado una concurrida reunión de hombres y mujeres ilustres, y sobre todo prestaba atención a Demetrio, maestro de la escuela cínica, con el que trataba de la naturaleza del alma y de la separación del espíritu y del cuerpo, como se podía deducir de la atención de su rostro y de lo que se les oía cuando hablaban más alto, hasta que llegó Domicio Ceciliano, uno de sus íntimos amigos, y le expuso lo que el senado había decidido. Entonces Trásea apremia a los presentes que están llorando y quejándose a que se marchen rápidamente para no mezclar su peligro con la suerte de él ya condenado. Y a Arria, que pretendía unirse al destino de su marido y seguir el ejemplo de su madre, le pide que conserve la vida y no prive a su hija común de su único amparo.
    Entonces salió al corredor y allí le encontró el cuestor, cerca de estar alegre, porque había conocido que su yerno Helvidio sólo había sido condenado a alejarse de Italia. Una vez recibido el decreto del senado, hizo pasar a la habitación a Helvidio y a Demetrio. Tensó las venas de sus dos brazos, y cuando la sangre ya brotaba, esparciéndola por el suelo, llamando al cuestor para que se acercara, dijo: “Mira joven, estamos haciendo una libación a Júpiter Liberador; y que los dioses te alejen todo presagio, aunque has nacido en unos tiempos en los que te conviene reforzar tu espíritu con ejemplos de constancia”;  luego, como la lentitud de la salida le producía más tormento, vueltos (los ojos) hacia Demetrio…

    Trucidatis tot insignibus viris ad postremum Nero virtutem ipsam excindere concupivit interfecto Thrasea Paeto et Barea Sorano, olim utrisque infensus et accedentibus causis in Thraseam, quod senatu egressus est cum de Agrippina referretur, ut memoravi, quodque Iuvenalium ludicro parum spectabilem operam praebuerat; eaque offensio altius penetrabat, quia idem Thrasea Patavi, unde ortus erat, ludis †cetastis† a Troiano Antenore institutis habitu tragico cecinerat. die quoque quo praetor Antistius ob probra in Neronem composita ad mortem damnabatur, mitiora censuit obtinuitque; et cum deum honores Poppaeae decernuntur sponte absens, funeri non interfuerat. quae oblitterari non sinebat Capito Cossutianus, praeter animum ad flagitia praecipitem iniquus Thraseae quod auctoritate eius concidisset, iuvantis Cilicum legatos dum Capitonem repetundarum interrogant.

    XVI, 34
    Tum ad Thraseam in hortis agentem quaestor consulis missus vesperascente iam die. inlustrium virorum feminarumque coetus frequentis egerat, maxime intentus Demetrio Cynicae institutionis doctori, cum quo, ut coniectare erat intentione vultus et auditis, si qua clarius proloquebantur, de natura animae et dissociatione spiritus corporisque inquirebat, donec advenit Domitius Caecilianus ex intimis amicis et ei quid senatus censuisset exposuit. igitur flentis queritantisque qui aderant facessere propere Thrasea neu pericula sua miscere cum sorte damnati hortatur, Arriamque temptantem mariti suprema et exemplum Arriae matris sequi monet retinere vitam filiaeque communi subsidium unicum non adimere.

    XVI, 35
    Tum progressus in porticum illic a quaestore reperitur, laetitiae propior, quia Helvidium generum suum Italia tantum arceri cognoverat. accepto dehinc senatus consulto Helvidium et Demetrium in cubiculum inducit; porrectisque utriusque brachii venis, postquam cruorem effudit, humum super spargens, propius vocato quaestore 'libamus' inquit 'Iovi liberatori. specta, iuvenis; et omen quidem dii prohibeant, ceterum in ea tempora natus es quibus firmare animum expediat constantibus exemplis.' post lentitudine exitus gravis cruciatus adferente, obversis in Demetrium …

    Y aquí terminan los "Anales"; seguramente la muerte de su autor le impidió continuar y faltan unas cuantas líneas en el códice, que nos liberan así de asistir al finar de tan dramático episodio.

    Pero no privaré a los lectores interesados de otro fragmento de la obra de Suetonio, en que nos muestra la crueldad con la que Nerón ordenaba los suicidios . Nos lo cuenta  Suetonio, cuya obra, en la que se recogen fundamentalmente anécdotas, hay que leerla con espíritu crítico, aun sabiendo que como secretario de Adriano tuvo a su disposición los archivos oficiales.

    Suetonio, Nerón 37

    … Peto Trasea fue acusado de tener un rostro demasiado triste, como el de un maestro de escuela. Concedía solamente algunas horas  a los que recibían orden de morir y para prevenir cualquier retraso les enviaba médicos encargados de “cuidarlos” al momento en caso de que vacilasen. Esta era su expresión favorita para referirse a abrirse las venas para provocar la muerte. Se pretende incluso que quiso echar, para que los despedazara y devorara, hombres vivos a un antropófago egipcio habituado a comer carne cruda y todo lo que se le presentase. Henchido de orgullo por tan brillantes “éxitos”, declaró que ningún emperador se había dado cuenta del poder que realmente tenía…

    (37.1)…Paeto Thraseae tristior et paedagogi uultus.
    (37.2) mori iussis non amplius quam horarum spatium dabat; ac ne quid morae interueniret, medicos admouebat qui cunctantes continuo curarent: ita enim uocabatur uenas mortis gratia incidere. creditur etiam polyphago cuidam Aegypti generis crudam carnem et quidquid daretur mandere assueto, concupisse uiuos homines laniandos absumendosque obicere.
    (37.3)elatus inflatusque tantis uelut successibus negauit “quemquam principum scisse quid sibi liceret”,

    Pero frente a estos dictadores poderosos, hombres libres como Demetrio les pueden decir, como cuenta Arriano,  en Epicteto, Discursos I 25,21-23:

    Y en cuanto a la última vestimenta, esto es, el cuerpecito, nadie puede hacerme nada más allá de ella. Por eso le respondió Demetrio a Nerón: “Con la muerte me amenazas tú a mí, y a ti la naturaleza”. (Traducción de  Paloma Ortiz García. Editorial Gredos)

    En el año 75, bajo el emperador Vespasiano,  fue expulsado por segunda vez, junto con otros filósofos, a las islas Cícladas.  Algunos piensan que la expulsión fue en el año 71 de acuerdo con Dión Casio 65 (66)13 y Suetonio, Vespasiano 13.

    Leamos el texto de Dión Casio, Historia de Roma 65 (66) 12 y ss.

     Helvidio Prisco, el yerno de Trasea, había sido educado en las doctrinas de los estoicos e imitaba al hablar la franqueza de Trasea, a veces inoportunamente.  Por aquel entonces era pretor, pero no prestaba la honra debida al emperador, sino que en vez de ello le insultaba e injuriaba constantemente.   Por ello, en una ocasión los tribunos lo arrestaron y lo entregaron a los lictores; entonces  Vespasiano se emocionó abrumado y salió  llorando del Senado, repitiendo únicamente estas palabras: "Mi sucesor será mi hijo o ninguno otro".

    Como quiera que había  ya muchos otros, entre los que se encontraba también Demetrio el Cínico, que actuaban según los principios estoicos y se aprovechaban del prestigio de la filosofía para enseñar públicamente muchas doctrinas inadecuadas para aquellos tiempos, e iban corrompiendo así a otros varios de sus oyentes, Muciano, llevado  más por la ira que por el amor a la filosofía, dijo muchas cosas contra ellos a Vespasiano y le  convenció  para que expulsara de la ciudad a todos los de aquella secta.

    Ocurría que Muciano quería ser honrado por todos por encima de cualquier otro y por eso le molestaba no sólo que alguien le ofendiera, sino también que no se le dieran muestras de respeto. Por eso, de la misma manera que no tenía límites para agradecer a quien le hacía algún favor por pequeño que fuera, también trataba con el odio más grande a quien se comportaba de otra manera.

    Muciano le hizo a Vespasiano un gran número críticas extrañas contra los estoicos, afirmando, por ejemplo, que estaban llenos de jactancia vacía, que alguno  de ellos se deja crecer la barba larga, que arqueaba las cejas, que llevaba un grueso manto marrón  echado hacia atrás sobre el hombro y que iba descalzo, que en seguida proclamaba que él poseía la sabiduría, la valentía y la justicia, y se daba grandes ínfulas, aunque como dice el refrán, “ni supiera las letras ni tampoco cómo nadar”. Que ellos desprecian a todos y al hombre de buena familia le llaman malcriado, al de baja cuna corto de mente, a una persona guapa viciosa, a una persona fea un simplón, al hombre rico avaro, y al pobre servil.

    Y Vespasiano expulsó inmediatamente de Roma a todos los filósofos, excepto a Musonio. A  Demetrio y Hostiliano  incluso los deportó  a las islas. Pero Hostiliano, aunque de ninguna manera desistió de su actitud  cuando se le comunicó  la sentencia de exilio,  más aún, como estaba conversando con otra persona, sencillamente  arremetió con más dureza contra de la monarquía,  sin embargo regresó pronto del exilio.  Por el contrario,  a Demetrio, que tampoco cedió incluso entonces, Vespasiano ordenó que le dieran este mensaje:  "Tú haces todo lo que puedes para obligarme a matarte, pero yo no mato  a un perro ladrador".

    También quedó evidentemente claro que Vespasiano odiaba Helvidio Prisco, no tanto por él mismo o por sus amigos, a los que había agraviado, sino porque era un agitador  que se ganó el favor de la plebe y acusaba y denunciaba  siempre la realeza mientras elogiaba a la   democracia. Actuando en consecuencia con estas opiniones, Helvidio reunió  un grupo de partidarios, como si la función de la filosofía fuera la de insultar a los gobernantes, agitando a la multitud para derrocar el orden establecido de las cosas y  llevar a cabo una revolución.

    Éste fue yerno de Trásea e intentó emular su conducta, pero se quedó muy lejos de comportarse así. Pues mientras Trásea, a pesar de vivir en la época de Nerón y en desacuerdo con él, ni dijo ni hizo nada insultante para él, excepto que se segó a compartir sus hechos, Helvidio en cambio mantenía el rencor contra Vespasiano y no lo abandonaba ni en privado ni en público. Así, con su conducta se estaba buscando la muerte y estaba a punto de llegar el tiempo de recibir su castigo por sus intromisiones.

    Es curioso cuán semejante me resulta esta actitud temerosa del poder frente a cualquier a los movimientos y comportamientos sociales de aquel momento, con los que personalmente viví (ya tengo alguna edad) en las postrimerías de la dictadura de Franco: barba larga, vestimenta distinta a la convencional, llevan zapatillas, se las dan de listos, se meten con todo el mundo, convencen con su charla a la gente, etc.

    Suetonio nos pinta a Vespasiano como comprensivo y benevolente, contrario a la aplicación de castigos excesivos. A propósito de Demetrio y Vespasiano dice en Suetonio, Vespasiano 13:

    Demetrio el Cínico, cuando se cruzó en el camino con él después de haber sido condenado (al exilio) , no se dignó ponerse en pie ni saludarle, atreviéndose incluso a murmurar no sé qué contra él; Vespasiano, en cambio, se contentó con llamarle “perro”.

    Demetrium Cynicum in itinere obuium sibi post damnationem ac neque assurgere neque salutare se dignantem, oblatrantem etiam nescio quid, satis habuit canem appellare.

    Su relación con Tito parece haber sido mejor. Filóstrato nos cuenta cómo Apolonio recomendó a Tito que se sirviera de las enseñanzas del maestro Demetrio; nos lo dice en su citada Vida de Apolonio, VI, 31

    En cuanto a mí, -dijo Tito-, hombre de Tiana, ¿qué me recomiendas respecto al imperio y la realeza?

    -Lo mismo de lo que tú mismo estás convencido –repuso-, pues al someterte a tu padre, evidente es que te asemejarás a él. Yo además te diría ahora un dicho de Arquita, pues es noble y digno de aprenderse. Arquitas era un varón tarentino, sabio en las doctrinas de Pitágoras. Y él, en un escrito sobre la educación de los hijos, dice:”que el padre sea para los hijos modelo de virtud, porque también los padres caminarán más rectamente hacia las virtudes, si los hijos pretenden asemejárseles”. Por mi parte, te encomendaré a mi compañero Demetrio, que te atenderá en cuanto quieras, enseñándote qué es menester que haga el buen gobernante.

    -¿Y cuál es, Apolonio –le preguntó-, la sabiduría de ese hombre?

    -La sinceridad –contestó- y el ser veraz y no amilanarse por nadie, pues ello es cosa del coraje perruno.

    Y como Tito oía con desagrado mentar al perro, Apolonio añadió:

    -Con todo, a Homero le pareció que Telémaco, cuando era joven necesitaba dos perros, y se los da al jovencito por compañeros en el ágora de los de Ítaca, aunque eran irracionales. A ti te acompañará un perro que ladrará en tu defensa frente a los demás, y frente a ti mismo, si cometieras un error.

    -Dame, pus –repuso, ese perro por compañero. Y le permitiré incluso morderme si se diera cuenta de que cometo alguna injusticia.

    -Se le escribirá una carta –dijo-, pues se halla filosofando en Roma.

    -Que se le escriba –contestó-. Y quisiera que también a ti te escribiera alguien intercediendo por mí, para que compartieras nuestro camino hacia Roma.
    Iré –prometió- cuando sea mejor para ambos.

    (Traducción de Alberto Bernabé Palares. Edit. Gredos)

    Poco después, en Vida de Apolonio VI 33 nos ofrece la carta:

    La carta de Demetrio fue la siguiente:

       Apolonio, el filósofo, a Demetrio, el perro. Saludos.
    Te encomiendo al emperador Tito como su maestro, para el comportamiento de la realeza. Tu procura no dejarme por mentiroso ante él, y sélo todo para él, salvo la ira. Adios.
    (Traducción de Gredos de Alberto Bernabé Palares-)

    En el año 75 Tito pretendía casarse con la princesa judía Berenice, relación que el pueblo no veía con buenos ojos; un tal Diógenes el Sofista y un tal Heras criticaron en el teatro los vicios de los emperadores y esto alimentaba el enfado regio y por ello fueron castigados, como nos cuenta Dión Casio, Historia de Roma LXV 15, 3-5:

    Berenice estaba en la cúspide de su poder y por ello  vino también a Roma con su hermano Agripa.   A este se le concedió el cargo de pretor, mientras ella vivía en el palacio  con Tito.  Ella esperaba casarse con él y  se comportaba en todos los aspectos como si ya fuese su esposa; pero cuando él advirtió que la situación disgustaba a los romanos, la hizo marcharse, porque  además de los muchos rumores  que había, se añadió el hecho de que ciertos sofistas de la escuela cínica se las arreglaron para entrar subrepticiamente en la ciudad. Y Diógenes fue el primero que se  presentó  en el teatro cuando estaba lleno de público y les lanzó muchas invectivas  a la pareja en un insolente discurso, y por ello fue azotado. Luego, detrás de él, entró Heras, y pensando que no tendría un castigo no más duro que el anterior, se lanzó a gritarles al modo cínico muchas críticas intempestivas,  y por ello le cortaron la cabeza. 

    Demetrio quizás vivió hasta la época de Domiciano, que creó un buen ambiente de terror. A Domiciano se le adjudican dos expulsiones de filósofos (filosofar resultó ser una actividad de alto riesgo) y también de astrólogos y “matemáticos”, término con el que quizás se refieran a profesores en general. La primera tuvo lugar en el año 89 y la segunda, más violenta, en el 93/95. Veamos lo que dice Dion Casio en Historia de Roma LXVII 13,1:

    (Domiciano) tuvo también una notable actuación como censor.  Y así expulsó a Cecilio Rufino del Senado porque bailaba representando pantomimas, y devolvió a Claudio Pacato a su amo, aunque había sido un centurión, porque se demostró que era un esclavo.  Pero no fueron iguales los hechos que voy ahora a contara y que realizó  como emperador.  Porque mató a Aruleno Rústico porque filosofaba   y llamó santo (equivalente a “augusto”, ἱερὸν,  en griego)  a Trasea, y mató a Herenio Seneción porque, después de haber sido cuestor, no se presentó para ninguna otra magistratura en su larga vida y porque había escrito una biografía de Helvidio Prisco.

    Muchos otros también murieron como consecuencia de esta misma acusación de filosofar y todos los demás filósofos de Roma fueron expulsados de nuevo.  Sin embargo un tal Juvencio Celso,  que fue uno de los principales  junto a otros en una conjura contra él (Domiciano), y que había sido acusado por esto, salvó su vida de una manera sorprendente:  estando a punto de ser condenado, pidió que se le dejase decirle algo en privado al emperador y postrándose a continuación ante él, le llamó  "mi dueño y mi dios”, palabras con las que otros ya le saludaban,  y le dijo:  "Yo no he hecho nada de  esta clase; pero si  me permites vivir me infiltraré en todo y no solo te traeré a muchas acusados, sino que además lo probaré".  Con esto quedó en libertad,  pero no acusó a nadie poniendo unas veces una excusa y otras veces otras, y vivió hasta que Domiciano murió.

    El siguiente texto de Filóstrato describe perfectamente el ambiente de  preocupación y terror en el que tantas  veces se han encontrado numerosos intelectuales, esperando la decisión del tirano y dudando de la conveniencia de huir lejos para quedar a salvo.

    Filóstrato, Vida de Apolonio VII 10-12

    …(Apolonio) una vez que desembarcó en Corinto y celebró, al filo de mediodía, en honor del Sol, los ritos que acostumbraba, partió hacia Sicilia e Italia al atardecer. Gracias a que encontró una brisa favorable y una corriente que lo llevaba sobre el mar, llegó a Dicearquía al quinto día.

    Allí se encontró con Demetrio, que pasaba por ser el más audaz de los filósofos, porque vivía no lejos de Roma. Conociendo su aversión por el tirano, le dijo, por iniciar la conversación:

    -Te he sorprendido sumido en el lujo y viviendo en lo más feliz de la próspera Italia, si es que realmente es próspera; allí donde se dice que Ulises, cuando convivía con Calipso, se olvidó del humo de Ítaca y de su casa.

    Y Demetrio lo abrazó y, tras expresarle sus buenos augurios, le dijo:

    -¡Dioses! ¿Qué le ocurrirá a la filosofía ahora que corre peligro de perder a un hombre como éste?

    -¿Qué peligro es el que corre? –repuso-

    -Sin duda ese por cuya previsión vienes. Pues si ignoro tus intenciones, es que tampoco me conozco a mí mismo. Pero no hablemos aquí, sino vayamos a donde la conversación sea privada, y que esté presente también Damis, al que yo, ¡por Hércules” considero el Yolao de tus trabajos.

    Les iba conduciendo Demetrio, mientras decía estas palabras, hacia la villa que fue de Cicerón en su vejez, que se encuentra cerca de la ciudad. Se sentaron bajo un plátano, mientras las cigarras cantaban con el acompañamiento de la brisa. Y Demetrio, alzando su vista hacia ellas, les dijo:

    -¡Felices de vosotras y verdaderamente sabias, porque os enseñaron las Musas un canto que aún no se ha visto sometido a procesos o acusaciones; os hicieron superiores a vuestro vientre y apartaron vuestra morada de la envidia humana, en esos árboles en los que, dichosas, cantáis vuestra felicidad y la de las Musas.

    Apolonio comprendió a qué se referían tales palabras, pero, censurándolas, como demasiado indolentes para su profesión, le dijo:

    -¿Acaso tenías el propósito de desarrollar un elogio de las cigarras, pero no lo expusiese abiertamente sino te escondite aquí, como si hubiera alguna ley que prohibiera elogiar en público a las cigarras?

    -No he dicho eso como un elogio –respondió-, sino por poner de manifiesto que, mientras que a ellas las dejan en paz sus salas de concierto, nosotros no disponemos de  permiso ni para murmurar, sino que la sabiduría constituye un cargo contra uno. La acusación de Ánito y Meleto dice: “Sócrates comete injusticia porque corrompe a los jóvenes y trata de introducir nuevos dioses”. Pero a nosotros se nos acusa en estos términos: “Comete injusticia Fulano por ser sabio, justo, conocedor de los dioses, conocedor de los hombres y extremadamente experto en leyes”. Y en la medida en que tú eres más sabio que nosotros, tanto más prolija será la acusación que van a inventarse contra ti, pues Domiciano se propone hacerte partícipe de los cargos por los que están desterrados Nerva y los suyos.

    -¿Y por qué están desterrados? –preguntó.

    – Por la más grave de las acusaciones –contestó-, según el parecer del acusador; pues afirma que son convictos del intento de tomar el poder que él detenta, y que tú instigaste a esos hombres descuartizando, creo, a un niño.

    -¿Acaso es porque el gobierno será derrocado por un eunuco? –preguntó Apolonio.

    -No es por eso por lo que nos vemos falsamente acusados –aclaró-, sino que dicen que sacrificaste a un niño con objeto de conocer el vaticinio que revelan las entrañas de los animales jóvenes. Se hace también constar en la acusación tu forma de vestir y de vivir, así como el hecho de que haya gente por la que eres objeto de culto. Eso efectivamente se lo oí decir a Telesino, un buen amigo, tanto para mí como para ti.

    -Hallazgo inesperado sería –dijo- si nos encontráramos con Telesino, pues seguramente te refieres al filósofo que alcanzó el rango consular en época de Nerón.

    -A él en efecto me refiero –contestó-, mas ¿de qué modo podrías entrar en contacto con él? Pues las tiranías son muy suspicaces respecto a todos los que gozan de prestigio, si llegan a mantener conversaciones con los inculpados en lo mismo que tú ahora. Además,  Telesino emigró con motivo del edicto que se ha proclamado ahora respecto a toda clase de filosofía, por  preferir ser desterrado como filósofo antes que quedarse como cónsul.

    -Que no se vea en peligro, pues –dijo-, ese hombre por culpa mía. Que bastante peligro corre por culpa de la filosofía.

    -Pero dime una cosa, Demetrio –prosiguió Apolonio-. ¿Qué te parece que debo decir o hacer para calmar mi propio miedo?

    -No bromees –contestó- ni digas que temes ahora peligros de los que ya eras consciente. Pues si consideraras eso peligroso, te habrías marchado, con tal de librarte de un discurso en tu propia defensa.

    -¿Te habrían escapado tú –preguntó- si corrieras el mismo peligro que yo?

    -No, ¡por Atenea! –repuso-, si hubiera alguien para juzgarme, pero sí con la perspectiva de que no va a haber siquiera proceso, y de que o no voy a ser oído si me defendiera, o voy a ser oído, pero me matarán precisamente por no haber cometido delito. Y tú estarías de acuerdo conmigo en no elegir una muerte tan escalofriante y propia de un esclavo, en lugar de una adecuada para un filósofo. Y es que a la filosofía le es adecuado, creo, o bien morir por  liberar una ciudad o por defender a los padres, hijos, hermanos y el resto de la familia, o combatiendo por los amigos, que para los hombres sabios son más estimables que el parentesco, o por los que han conquistado por amor. Pero morir por falsas razones sutilmente inventadas  y ofrecerle al tirano la posibilidad de parecer sabio es mucho más penoso que si uno, como cuentan de Ixión, sufriera tortura por el aire sobre una rueda. Para ti supongo que será el comienzo de tu proceso el propio hecho de venir aquí. Pues tú lo justificas por la sanidad de tu conciencia y porque no te habrías atrevido a emprender el camino hasta aquí si hubieras cometido algún delito; pero Domiciano no pensará que lo has hecho por eso, sino que, por poseer algún poder secreto, te has aventurado tan resueltamente. Pues el hecho de haber sido citado no hace aún diez días, según dicen, y que tú te hayas presentado a juicio sin haber oído aún que vas a ser juzgado, conferirá sentido a la acusación, pues parecerá que lo sabías de antemano, y la historia acerca del niño ganará crédito. Mira además no sea que eso de las Moiras y el destino, sobre lo que dicen que tú hablaste en Jonia, no se vuelva contra ti y que, por tramar el destino algo insólito, tú te veas obligado a ir a su encuentro sin darte cuenta de que es siempre más sabio precaverse. Y si no se te ha olvidado la época de Nerón, sabes lo que pasó conmigo y que no mostré un comportamiento indigno de un hombre libre ante la muerte. Pero aquello tenía ciertos atenuantes. Pues en el caso de Nerón, su cítara parecía desentonar con el comportamiento adecuado a la realeza, pero respecto a lo demás, no estaba desagradablemente afinada, pues muchas veces traía por su mediación algunas treguas y lo apartaba de los crímenes. A mí por lo menos no me mató, aunque había atraído su espada contra mí por tus discursos y los míos, esos que pronuncié contra el establecimiento de baños. La causa de que no muriera fue un mejoramiento de voz que le vino entonces y el haber logrado una melodía que a él le pareció espléndida. Pero ahora, ¿en honor de qué mejora de voz, en honor de qué cítara vamos a ofrecer un sacrificio? Pues todo es ajeno a la música y está lleno de cólera, y éste no podría ser fascinado ni por ti ni por otros. Aunque Píndaro al elogiar la lira dice que fascina incluso al ánimo de Ares y lo aparta de los bélicos quehaceres, y si bien ese ha establecido aquí una competición musical y corona en público a los vencedores, hay algunos de ellos a los que mandó matar y que intervinieron, como se dice, en una competición de flauta o de canto por última vez. También debes pensar en los hombres que te siguen, pues los harás parecer también a ellos, tanto si te muestras atrevido, como si pronuncias palabras con las que no vas a convencer. Tu salvación la tienes a mano, pues hay aquí muchas naves, como ves; unas partirán hacia Libia, otras hacia Egipto, otras hacia Fenicia y Chipre; otras directamente a Cerdeña y otras más allá de Cerdeña. Lo mejor para ti es embarcar en una y marcharte a cualquiera de esos lugares, pues las tiranías son menos crueles con los hombres notorios si se dan cuenta de que prefieren no vivir en la notoriedad.

    Ganado Damis por las razones de Demetrio, dijo:…..

    El texto siguiente describe la angustia de quien, sintiéndose perseguido, teme comprometer a otras personas con su mero contacto y relación. Cúantas veces se habrán producido situaciones similares, ante la inacción de los restantes ciudadanos.

    Sigamos leyendo a Filóstrato VII, 14-15:

    (Apolonio)… Ya sé cuán hábil eres, Demetrio, para sacar conclusión a tus argumentos, por lo cual me parece que vas a decirme algo así como: “No vayas entonces con ellos, sino con hombres con los que aún no hayas tenido relación y te será más cómodo huir, pues pasarás inadvertido con mayor facilidad entre quienes no te conocen. Examinemos en qué medida ese argumento es convincente. Mi opinión al respecto es la siguiente: yo creo que el sabio no hace nada en privado ni por sí, y que no puede concebir nada con una falta tan absoluta de testigos, que no esté al menos él consigo mismo, y, tanto si la inscripción pítica (conócete a ti mismo) es del propio Apolo, como si es de un hombre que se conocía sanamente a sí mismo y por ello lo convirtió en máxima para todos, me parece que el sabio que no se conoce a sí mismo y toma su propia conciencia como acompañante, ni podría asustarse por lo mismo que la gente, ni atreverse a algo que otros no emprenden sin vergüenza. Pues siendo esclavos de las tiranías, se han precipitado incluso a traicionar a sus mejores amigos, en beneficio de ellas, temerosos de lo que no es temible en absoluto, y sin temor de lo que es preciso temer.

    Pero la sabiduría no condesciende con eso…

    Así pues, que la consciencia me pondrá en evidencia, tanto si voy con quienes me conocen, como con quienes no me conocen, si llegara a ser el traidor para estos hombres, creo que lo he dejado claramente demostrado, y que la verdad se pone de manifiesto. Así que no me traicionaré tampoco a mí mismo, sino combatiré contra el tirano, diciendo lo del noble Homero

         Común es Eníalo (Marte es imparcial

    Damis afirma que se sintió tan impresionado por estas palabras, que recobró su celo y su audacia, y que Demetrio ya no dio por perdido a nuestro hombre, sino que tras elogiarlo y darle la razón en lo que había dicho, invocó a los dioses en su ayuda, por el riesgo que iba a correr y en ayuda de la propia filosofía, en cuya defensa demostraba esa valentía. Asimismo dice Damis que los iba a llevar a donde se encontraba alojado, pero que Apolonio, rehusando dijo:

    -Es ya tarde y es menester que a la hora de prender las lámparas me dirija al puerto de Roma, pues esa es la hora acostumbrada para esas naves, Compartiremos la comida cuando lo mío esté solucionado, pues ahora podría fraguarse alguna acusación contra ti por haber compartido tu comida con el enemigo del emperador; así que no vayas siquiera al puerto con nosotros, no sea que incluso el haber conversado conmigo te acarree la acusación de que ha sido para secretos complots.

    Consintió Demetrio y, tras darles un abrazo, los dejó, pero volviéndose para mirarlos y derramando llanto.

    Demetrio murió en torno al año 90. Tuvo una larga vida; sin duda supo sortear con habilidad y la ayuda de la diosa Fortuna los escollos.

  • Intelectuales frente al poder (II)

    Los poderosos, detentadores de la fuerza y la violencia, generalmente han desconfiado de los pensadores, aunque se ven obligados a vivir con ellos. El tema del encuentro conflictivo del rey y el sabio es un tópico mundial. Véase https://www.antiquitatem.com/diogenes-alejandro-intelectual-politico. Platón imaginó una República en la que los gobernantes fueran los filósofos, los sabios, los intelectuales, constituidos en casta con una especial educación. El intento de Platón por hacer realidad su teoría en Sicilia con Dioniso el Viejo y luego con su hijo fue un completo fracaso. Probablemente el rey no puede convertirse en filósofo, porque se plantearía su propia condición de rey, ni el filósofo pueda ser rey, porque en el ejercicio del poder dejaría de ser filósofo. En consecuencia parece que están condenados a coexistir.

    La historia nos enseña cómo en ese encuentro entre la fuerza y la inteligencia, en el debate intelectual moralmente siempre vence la inteligencia, pero en la práctica siempre se impone la fuerza.

    Al sabio, al intelectual, le quedan, pues, tres opciones: plegarse servilmente al poder (lo hacen la mayoría), criticar abiertamente al poder (lo hacen unos pocos), alejarse prudentemente del poder (no me atrevo a aventurar una proporción, pero no serán pocos).

    Una cita de Estobeo refiriendo una anécdota de Antístenes el cínico describe perfectamente esta actitud. Estobeo nos dice que cuando se le preguntaba a Antístenes hasta qué punto había que implicarse en las cosas públicas o en los asuntos de la ciudad, respondía:

    Preguntado Antístenes cómo se debe acercar uno a la política, respondió: como al fuego, ni demasiado cerca para no quemarse ni demasiado lejos para no helarse.  (Estobeo. Florilegio,XLV,28).

    Estobeo es un autor griego que escribe en griego, pero su obra fue traducida al latín en el Humanismo. Así en la versión latina de Conrado Gesnero (1516-1565) , editado por Christoph Froschoverus, año 1544, en Suiza, dice  en el capítulo XLIII, en la página 313 (en la edición de Thomas Gaisford corresponde al Título XLV):

    Antisthenes interrogatus quomodo ad rempublicam accedendum sit, respondit: ut ad ignem, neque nimis prope ne uraris, neque longius ne frigeas.

    Parece, pues, que al filósofo le corresponde la actitud contestaría frente al poder, porque si deciden vivir a la sombra del poder, pronto abandonarán su espíritu crítico y libre. Esta es desde luego la actitud de los “cínicos”.

    Antístenes, el creador de la escuela y maestro de Diógenes,  escribió según Diógenes Laercio un libro sobre Aspasia, la mujer de Pericles y otro sobre Alcibiades, en los que sin duda les critica sus defectos.

    Nos lo confirma Ateneo, en su “Banquete de los eruditos”. Hablando del carácter maldiciente de los filósofos, dice de Antístenes, que critica la vida inmoral de Alcibíades,  en V, 220 C-D-E:

    Antístenes, en el segundo de sus Ciro, afirma, vituperando a Alcibíades, que era un criminal en lo que a las mujeres se refiere, y en las restantes facetas de su vida, pues asegura que se acostaba con su madre, con su hija y con su hermana, como los persas.

    Y poco después, en la misma cita, refiriéndose y criticando a  Pericles:

    …;  Aspasia, una calumnia contra Jantipo y Páralo, los hijos de Pericles. En efecto, sostiene que uno de ellos era favorito de Arquéstrato, el cual desempeñaba un oficio semejante al de las mujeres en los burdeles de mala muerte, y que el otro era íntimo y seguidor de Eufemo, que acostumbraba a burlarse vulgar y fríamente de quienes se encontraban con él.

    Y para confirmar este carácter maldiciente de los filósofos sigue diciendo Ateneo de Antístenes en el mismo texto:

    Además, vil y groseramente le cambió el nombre a Platón por el de Satón*, y con este título publicó un diálogo contra él. En efecto, a estos hombres ningún magistrado les parece honrado, ningún estratego sensato, ningún sofista digno de consideración, ningún poeta útil, ningún pueblo prudente, salvo Sócrates, ….

    * Nota: Para entender la vileza en el cambio de nombre a Platón es necesario conocer que el nombre griego Sáthon, con el que solían llamar las nodrizas a los niños, deriva de sáthe, uno de los términos para designar al miembro viril.
    (Traducción y nota de Lucía Rodrïguez-Noriega Guillén. Editorial Gredos)

    Así que ya el primero de los cínicos se mostró crítico con los poderosos de su época, y marcó el camino a seguir por el resto de los cínicos. Diógenes superó con creces al maestro en la acritud con la despreció a los poderosos.

    Antístenes prefería al verdugo que da muerte al malhechor que al tirano que mata inocentes. Asi en  Estobeo.Florilegio,M.49.47 (en un título que en latín se titula De uituperio tyrannidis ) .

    El  filósofo Antístenes prefería en piedad a los verdugos antes que a los tiranos; a una persona que le preguntó el motivo le respondió: porque el verdugo mata a hombres injustos, pero el tirano mata también a inocentes. ('Stoboe., tit. , XLIX, 47, Gaisf., p. 359.)

    En la version latina citada se corresponde con el Título XLVII y dice en la pág. 343 de la citada edición:

    Antithenes philosophus carnifices tyrannis in pietate praeferebat, cuius causam interroganti cuidam respondit: a carnifice quidem homines iniusti interimuntur; a tyranno autem etiam insontes.

    Antístenes, criticando duramente el ansia insaciable de riquezas dijo, según Stobeo, t. X, 12, Thomas Gaisford., p. 294 (Citado a su vez por Chappuis, Antisthenè, Edit. Pág, 98):

    Quien ama el dinero no puede ser una persona de bien, ni como rey ni en la vida privada.

    En la traducción latina de citada está en el Tit. VIII, y dice:

    Avarus nemo bonus, neque rex, neque liber esse potest

    Es la misma actitud que mantiene Diógenes, según cuenta Diógenes Laercio en VI, 43

    “Y cuenta Dionisio el Estoico que, tras la batalla de Queronea, fue conducido prisionero ante Filipo; y preguntándole éste quién era, dijo: ‘El explorador de tu insaciabilidad’; admirado de lo cual aquel le dejó libre.”

    Antístenes desprecia a quienes imponen su delirio a los demás y limitan la libertad de los individuos.

    Esta actitud  contestataria se puso de manifiesto en el relato citado de los encuentros entre Diógenes y Alejandro que ya comenté.

    Por cierto, que Alejandro tuvo por maestro a Aristóteles, llevaba consigo un ejemplar de la Iliada de Homero y respetó y no destruyó la casa de Píndaro en Tebas en reconocimiento de sus valores literarios, pero eso no le impidió actuar con enorme crueldad en muchas ocasiones.

    La diferente actitud de Diógenes y Platón ante los poderosos queda perfectamente dibujada en esta anécdota que cuenta Diógenes Laercio en VI,58:

    Algunos afirman que fue él también a quien Platón, viéndole lavar verduras, se le acercó y le dijo al oído: “Si sirvieras a Dioniso (de Siracusa) no estarías lavando verduras”; y élle respondió asimismo al oído: “Y tú, si lavaras verduras, no estarías sirviendo a Dioniso”

    Otra anécdota nos muestra cómo a Diógenes no le impresiona Alejandro y sus acciones, obras al fin y al cabo de un “misero” ser humano; nos lo cuenta Laercio en VI,44:

    “Cuando Alejandro mandó una vez a Antípatro una carta a Atenas por vía de un tal Atilio (palabra que significa “mísero”), Diógenes, que se hallaba presente dijo: “Mísera misiva de mísero a mísero, por vía de Mísero” (taducción de Luis Andrés Bredow.Edit.Lucina)

    De similar manera Diógenes rechazó la petición de que le visitara que le hizo Crátero, general de Alejandro Magno y uno de sus herederos a su muerte. Nos lo cuenta Laercio en VI,57:

    Cuando Crátero le pidió que lo visitara, dijo: Pues yo prefiero lamer sal en Atenas antes que disfrutar de la prodigiosa hospitalidad de Crátero”.

    Este mismo Diógenes, según cuenta el otro Diógenes, el Laercio, en VI,50,  cuando un tirano le preguntó cuál era el mejor bronce para construir una estatua respondió:

    ”Preguntándole un tirano cuál era el mejor bronce para las estatuas, dijo: aqul del que se hacen los Harmodio y los Aristogitón” .

    Nota: Harmodio y Aristogitón, muertos en el 514 a.C., fueron los que acabaron con el tirano Hiparco de Atenas y por eso se les conoce como los Tiranicidas. Fueron considerados como unos héroes y restauradores de la libertad. Por ello se les levantó una estatua construida por Antenor.

    Nota: Tiranicidio, del griego τύραννος / tyrannos, "tirano" y del latín –cido, de caedo,  "matar."

    También Diógenes le decía a gritos al tirano Dioniso de Siracusa, destituido y reducido a la condición de simple ciudadanos:

    “¡Cómo llevas una vida indigna de ti! No deberías vivir aquí, con nosotros, libremente y con toda seguridad, sino que convendría que estés encerrado allá con los tiranos como tu padre y que llevaras esa vida hasta la vejez”. (Plutarco,Moralia,783.D)

    Hay una anécdota más de Diógenes que parece anticipar uno de nuestros males actuales. Cuenta la anécdota que un día  vio en las calles de Atenas a un ladrón que había robado un jarrón de propiedad del tesoro y lo llevaban detenido  dos guardias. Diógenes dijo, en Diógenes Laercio, Vida de Diógenes, VI, 45:

    “Viendo una vez a los guardianes de un templo llevándose preso a uno de los administradores que había robado una copa, dijo: “Los grandes ladrones se llevan al pequeño”

    Los dos guardias son, naturalmente, los representantes del poder institucionalizado. La justicia no sólo no era ni es igual para todos, sino que la persecución del pequeño delincuente parece encubrir la permisividad con los grandes delitos económicos. Con demasiada abundancia estamos asistiendo a la impunidad de quienes hunden grandes empresas bancarias que han de ser rescatadas con dinero de todos o dilapidan el dinero público.

    Cuando en otra ocasión le preguntaron a Diógenes cuáles eran los animales más feroces, respondió,según Antonio y Maximo. De lucri cupiditate,226:

    “En las montañas los osos y los leones; en las ciudades los funcionarios y los sicofantas”

    Diogenes interrogatus, quaenam essent ferae pessimae, dixit: In montibus ursi et leones,in civitatibus vero publicani et sycophantae

    Nota: losSicofantas son los delatores.

    Laercio lo cuenta de manera incomprensible por incompleto en VI,51. Conviene saberlo para comprender alguna de las dificultades que tiene la transmisión de los textos antiguos:

    Preguntado cuál es el más dañino de los animales, dijo: “De los salvajes el delator; de los domésticos, el adulador”

    También otros cínicos, como Crates, uno de los más famosos discípulos del “Perro”, como dice Laercio (VI, 85), que por cierto formó pareja con una de las pocas mujeres griegas de las que conocemos su nombre y hechos, Hiparquia, filósofa también cínica locamente enamorada de él, también desprecia el enorme poder de Alejandro que tantas ciudades destruyó y construyó. Nos cuenta Diógenes Laercio en VI, 93:

    A Alejandro, quien le preguntó si quería que se reconstruyera su ciudad natal (Tebas), le contestó: “¿Para qué? Acaso luego otro Alejandro la volverá a destruir”.

    La tarea del filósofo es la de la resistencia, la insurrección,la rebelión, la insumisión.
    En el  artículo anterior comentaba, como decía, la actitud irrespetuosa y contestaría del filósofo cínico Diógenes de Sinope. Los fiolósofos “perros”,  los cínicos, son en la Antigüedad el prototipo de pensador antisistema, anarcoide y libertario y por tanto muy críticos con el poder.

    Diógenes es el más famoso representante de esta línea de pensamiento o escuela que no llega a plasmar sus ideas en obras sistemáticas de pensamiento, si bien es cierto que son muy pocos los restos que nos quedan de lo que escribieron.

    Pues bien, además de Diógenes hay otros muchos ejemplos de intelectuales que critican al poderoso y con ello al poder, sufriendo las duras consecuencias del castigo real. La mayor parte de ellos fueron cínicos pero también fueron  estoicos.

    La actitud de los cínicos es de enfrentamiento directo “y a voces” con los poderosos y con los ciudadanos. Los estoicos son más prudentes.

    Puede reflejar esta actitud un fragmento de la Carta 103 de Séneca a Lucilio en la que le aconseja que desconfíe de los hombres, porque pueden hacer mucho mal a otros hombres, y que se refugie en la filosofía; pero que no ejerza la filosofía con altanería:

    Séneca, Cartas a Lucilio, 103, 4:

    ……. Pero refúgiate tanto como puedas en la filosofía: en su seno hallarás protección y en ese santuario estarás seguro, por lo menos más seguro. No tropiezan unos con otros sino cuando siguen la misma vía. Pero no uses la filosofía con jactancia: para muchos fue causa de peligro el hecho de haberla conducido por caminos de altanería y arrogancia: es menester que te cures de los vicios sin retar a los demás hombres. No menosprecies las costumbres públicas, ni procedas de tal modo que parezcas condenar todo lo que no sea ella misma. La sabiduría puede andar sin pompa y sin malevolencia. Consérvate bueno.

    Quantum potes autem, in philosophiam recede: illa te sinu 1 suo proteget, in huius sacrario eris aut tutus aut tutior. Non arietant inter se nisi in eadem ambulantes via. 2 Ipsam autem philosophiam non debebis iactare; multis fuit periculi causa insolenter tractata et contumaciter.
    [5] Tibi vitia detrahat, non aliis exprobret. Non abhorreat a publicis moribus nec hoc agat, ut quicquid non facit, damnare videatur. Licet sapere sine pompa, sine invidia. VALE.

    Y sin embargo una de las funciones sociales de la filosofía es la de ser crítica con el poder y el poderoso.  Quizás no con la pasión con la que se expresaba Crates  pero tampoco con la pasividad que hace que hoy la filosofía no solo no sea una norma de vida y conducta, sino que la ha reducido a pura teoría y estudio libresco.

    Decía Crates, en Diógenes Laercio, VI, 92:

    “Decía que hay que filosofar hasta el punto de que los generales nos parezcan ser arrieros de acémilas”.

    Esta actitud crítica de los filósofos antiguos frente al poder nos sugiere plantear el papel hoy de la filosofía…

    Pero, ¿juega hoy algún papel la filosofía en la sociedad? ¿No hace demasiado tiempo que quedó confinada en la escuela, reducida al estudio de los libros de filosofía sin relación alguna con la vida de la calle? Como dijo Nietzsche en Conversaciones intempestivas,3a,2  (Schopenhauer como educador):

    “La única crítica posible de una filosofía, la que demuestra algo, la que consiste en ver si se puede vivir con arreglo a dicha filosofía, jamás ha sido enseñada en las universidades, que se contentan con hacer una crítica de palabras con palabras,”

    Nietzsche, Unzeitgemäße Betrachtungen (Schopenhauer als Erzieher)

    Die einzige Kritik einer Philosophie, die möglich ist und die auch etwas beweist, nämlich zu versuchen, ob man nach ihr leben könne, ist nie auf Universitäten gelehrt worden: sondern immer die Kritik der Worte über Worte.

    Más aún, podemos incluso preguntarnos: ¿Tienen sentido hoy en nuestra sociedad “filósofos cínicos”?  ¿No son tan necesarios ahora como hace 2000 años los intelectuales o "filósofos" críticos con el poder, ahora globalizado y en manos de unos pocos?

  • Todos los caminos conducen a Roma(Omnes viae Romam ducunt)

    Hoy no, pero hace dos mil años ciertamente todos los caminos conducían a Roma, que era la capital de un enorme imperio. Más de 380 vías principales o calzadas con más de 80.000 kms., permitían a sus legiones, a sus funcionarios, a sus ciudadanos salir y acudir con facilidad a la capital, Roma. Es curioso constatar cómo la dirección de todas las carreteras marcaban Roma como destino final, como si de los rayos o radios de una enorme circunferencia se tratara. Se extienden desde las Columnas de Hércules en Hispania o el “muro de Adriano” en Escocia hasta el Éufrates en Mesopotamia, del norte de Alemania hasta el desierto norteafricano. De ahí el dicho todos los caminos conducen a Roma.

    Esas 380 vías principales, (algunos citan tal vez con más exactitud 372, que son las que relaciona el Itinerarium Antonini del que más adelante hablaré, 34 de ellas referidas a Hispania),  que solían recibir el nombre de su promotor, iban confluyendo unas en otras hasta llegar a la capital, Roma, en la que entran 19, diecinueve: Salaria y Nomentana que confluían ya dentro de la muralla Aureliana; Tiburtina, a la que se unía la Collatina; La Praenestina y Labicana que se unían a otras dos, las LatinaAppiaSacra; Ardeatina que se unía a la Ostiensis que venía del puerto; Septizonium; Portuensis; Aurelia que se unía a la Portuensis; y la Flaminia.

    mapas del mundo antiguo en época de Adriano
    Mapa general en época de Adriano (125)
    mapa de las antiguas calzadas romanas
    Mapa de las antiguas calzadas romanas

    Nota: se llaman también “calzadas”, con un término del latín vulgar,  *calciāta , que significa camino empedrado; “calciata” deriva de calx,-cis, que significa piedra caliza (en español existen también cal, calcáreo, cálcico,calcificar y calcificación, calcinar,(compuesto de calx, cal y cinis,-eris, ceniza,por extensión, convertir cualquier cosa en  cenizas.) encalar, cálculo… (véase: https://www.antiquitatem.com/calculo-numeracion-romana-calcular ) No debe relacionarse el término con calzado, sustantivo y también participio del verbo calzar, que deriva de calzeus, derivado a su vez de otro calx,-cis que significa “talón”, de donde calcaño y calcañar, parte posterior de la planta del pie.

    Las vías se llaman también “viae stratae”, carreteras constituidas por estratos superpuestos de distintos tipos de piedra y grava, que las han hecho eternas. Precisamente de este nombre de las vías derivan el   italiano “strada”, inglés street, alemán Straße, holandés straat, gallego y portugués estrada.

    Una curiosidad: “Carretera” deriva de carreta y esta de carro, que tal vez no es originariamente una palabra latina sino celta, “carros”. Esto nos remite a la consideración de la importancia del llamado “substrato celta” en muchos de los territorios dominados por Roma. Por otra parte el “celta” está muy relacionado con el Latín porque ambas son lenguas indoeuropeas. Precisamente la raíz indoeuropea de esta palabra podría ser “*kers» , de la que también derivan o están relacionadas currere, (correr), cursar, corcel, sucursal, acosar de un previo “accursus”, etc.
    En otra ocasión hablaremos de las vías en general y de las de Hispania en particular.

    mapa de las vías romanas en España
    Mapa de las vías romanas en España

    Nota: Diré hoy, como curiosidad, que una de las vías más famosas en España, utilizada o conservada todavía hoy en muchos tramos, es la conocida como “Vía de la Plata”, que iba de Mérida (Augusta Emerita) hasta Astorga (Asturica Augusta), cuyo nombre nada tiene que ver con el del mineral tan apreciado en el mundo antiguo; en latín se llamaba “argentum”, nombre que sin duda le recordará al lector algunos derivados (argentífero, argénteo…). El nombre deriva de la denominación en el árabe de la época andalusí vía al-Balat, camino empedrado.

    Pues bien, en esta enorme red las vías eran señalizadas con hitos o mojones que marcaban las distancias y de paso recordaban a los autores o favorecedores de la carretera para su mayor honra y gloria. Esos hitos se llamaban miliarios porque se colocaban cada mil pasos, (una milla equivale a 1481 metros aproximadamente), como hoy los kilómetros se colocan cada mil metros una vez que aplicamos el sistema métrico decimal.

    Miliarios romanos de la localidad de Carcaboso (Cáceres)
    Miliarios de la localidad de Carcaboso (Cáceres)

    Como las vías o carreteras partían o llegaban a Roma como los radios de una enorme circunferencia, allí estaba colocado el miliario “0” como punto central, como hoy existe en la Puerta del Sol de Madrid el Kilómetro “0”,  del que parten todas las carreteras radiales que llegan a los rincones de España.

    Es curioso constatar cómo los Estados centralizados tuvieron en la Antigüedad como tienen hoy una disposición y estructura radial: para ir de una ciudad a otra se ha de pasar por el centro, en el que confluyen todos los caminos.

    Ese miliario 0 romano no se llamaba realmente así, porque los romanos no manejaban el cero, sino que para remarcar su importancia central le llamaron milliarium aureum, miliario de oro,  porque era de bronce bañado en oro, y fue colocado en el Foro, junto al templo de Saturno,  por Augusto en el año 20 antes de Cristo. Debió tener 3,45 metros de alto y 1,15 de diámetro la columna.

    Las distancias se medían por referencia a él.  No se conoce la inscripción grabada en esa columna, tal vez tan sólo el nombre el emperador Augusto o los nombres de las ciudades importantes del Imperio y las distancias como dan por hecho numerosos autores sin suficiente fundamento influenciados por las costumbres actuales, o quizás los nombres de los encargados del mantenimiento de la red viaria o “curatores viarum”.

    Dion Casio recuerda cómo Augusto fue nombrado curator viarum e hizo erigir el milliarium aureum, en  54.8,4, coincidiendo con la celebración de su triunfo sobre los Partos:

    Dion Casio, 54,8,4

    Pero todas estas celebraciones con ocasión de la recuperación de los estandartes fueron ejecutadas más tarde. En el momento del que estamos hablando, fue nombrado procurador de las vías en el entorno de Roma, y con esta autoridad erigió el llamado “miliario de oro”, y designó para mantener estas vías a antiguos pretores con dos lictores cada uno.

    Quizás en el momento en que se erigió esta columna, este miliario, se creó la frase “Todos los caminos conducen a Roma”.

    Al miliario áureo hacen referencia Plutarch, Galba 24.4; Pliny, Naturalis Historia 3.66; Tacitus, Historiae 1.27; Suetonius, Otho 6.2.

    Plutarco hace una referencia también al miliario como punto final de todas las carreteras romanas en la ocasión en que Otón está a punto de ser nombrado emperador suplantando a Galba:

    Plutarco, Galba 24.4

    Hallábase éste presente, a espaldas de Galba, y estaba muy atento a lo que Umbricio decía y anunciaba; y como se asustase y tuviese con el miedo muchas alteraciones en el color, el liberto Onomasto, que estaba a su lado, le dijo que le buscaban y le estaban aguardando en casa los arquitectos: porque ésta era la seña convenida del momento en que debía presentarse a los soldados. Añadiendo, pues, él mismo que, habiendo comprado una casa vieja, quería mostrar a los destajeros aquellas piezas que necesitaban reparos, se marchó, y, bajando por la casa llamada de Tiberio, fue a la plaza al sitio donde está la columna de oro, en que van a rematar todas las carreteras principales de la Italia. (Traducción de Ranz Romanillos)

    Tácito en Historias,1,27  y Suetonio en vida de Otón,6 relatan el mismo episodio y también hacen referencia al miliario de oro.

    También Plinio el Viejo, que nos ofrece amplia información sobre vías y ciudades, hace una referencia interesante en un texto en el que encarece las dimensiones e importancia de Roma, ciudad sin parangón en el mundo.

    Plinio, Naturalis Historia, III, 66-67

    Rómulo dejó la urbe teniendo tres puertas o cuatro (por dar crédito a los que dicen que eran más). El conjunto de sus murallas en el año ochocientos veintiséis de su fundación, siendo emperadores y censores los Vespasianos, comprendía trece mil doscientos pasos de contorno. Abraza las siete colinas y se divide en catorce distritos y hay doscientas sesenta y cinco capillas de crucero de los dioses Lares. La extensión de la ciudad, trazando una línea recta desde el miliario colocado en la cabecera del Foro Romano hasta cada una de las puertas que hay hoy en número de treinta y siete (si se cuentan como una las llamadas doce, y se prescinde de las siete antiguas que han dejado de existir), arroja un total de  veinte mil setecientos sesenta y cinco pasos en línea recta. Pero hasta el final de las edificaciones, comprendido el campo de los pretorianos, desde el mismo miliario, y a través de los diversos distritos, la longitud de todas las vías públicas alcanza un poco más de sesenta mil pasos. Si a eso se añadiera la altura de los edificios, se obtendría un cálculo ciertamente adecuado y se proclamaría que no hay en todo el orbe ciudad ninguna cuyo tamaño pudiera comparársele. (Traducción de Antonio Fontán para Editorial Gredos. 1998)

    Plin. Nat. 3.30  (o 3.66-67)

    Urbem tris portas habentem Romulus reliquit aut, ut plurimas tradentibus credamus, IIII. moenia eius collegere ambitu imperatoribus censoribusque Vespasianis anno conditae DCCCXXVI m. p. XIII:CC, conplexa montes septem. ipsa dividitur in regiones XIIII, compita Larum CCLXV, eiusdem spatium mensura currente a miliario in capite Romani fori statuto ad singulas portas, quae sunt hodie numero XXXVII, ita ut XII portae semel numerentur praetereantur ex veteribus VII, quae esse desierunt, efficit passuum per directum XX:M:DCCLXV. ad extrema vero tectorum cum castris praetoriis ab eodem miliario per vicos omnium viarum mensura colligit paulo amplius LX p. quod si quis altitudinem tectorum addat, dignam profecto aestimationem concipiat fateaturque nullius urbis magnitudinem in toto orbe potuisse ei comparari.

    Tenemos mucha información sobre las vías romanas y su trazado, no sólo en textos escritos sino también fruto de los estudios arqueológicos. Hay dos documentos de los que en otra ocasión trataré, que son especialmente importantes: el Itinerarium Antonini, Itinerario de Antonino y la Tabula Peuntingeriana .

    El primero, el Itinerarium Provinciarum Antonini Augusti, es un libro o guía de carreteras confeccionado a principios del siglo III de Cristo (217) en el que se relacionaban las rutas militares de la época de Caracalla, dando cuenta de las ciudades y las mansiones o ventas, similares a nuestras áreas de servicio,  y de las distancias entre ellas. El documento actual se basa en una copia del siglo IV y se publicó modernamente por primera vez en el año 1521.

    La segunda, la Tabula Peutingeriana, es una especie de mapa o mejor de esquema o dibujo plano que recoge las vías principales, señalando las ciudades y paradas de cada una desde la India a Gran Bretaña. Desgraciadamente se ha perdido la parte referida a Hispania, que ha de ser suplida con el Itinerarium Antonini. Se conserva  una copia del siglo XII de un documento del siglo IV o V, aunque pudo ser confeccionado antes. El documento actual se conserva en la Nationalbibliotek de Viena, que tiene una extensión de 6,8 metros de largo por 33 cm. de ancho dividido en 12 hojas. Recibe el nombre del humanista alemán que la descubrió, Konrad Peutinger.

    imagen de la Tabula Peutingeriana
    Segmentos V y VI de la Tabula Peutingeriana donde se representa a Italia, con la capital Roma, entre el mar Adriático y el Mediterráneo.

    Otros autores que nos dan abundante información sobre las carreteras y las ciudades por las que pasan son Plinio el Viejo y Estrabón.

    Así que la expresión “todos los caminos conducen a Roma” tendría en aquel momento un sentido real y geográfico. Podemos suponer, pues, que los habitantes del Imperio, desde Mesopotamia hasta Bretaña, desde Alemania al desierto africano, pronunciarían muchas veces en latín la frase “omnes viae ducunt Romam”, como hoy se sigue haciendo  en todas las lenguas occidentales desde su aparición.

    Decía que “podemos suponer” porque no está atestiguada la citada frase latina en ningún documento de época antigua. Pero la suposición es razonable si Roma atraía a ciudadanos de todo el mundo y los “mapas” de la época tienen como punto de partida y de llegada a Roma y se señaló con toda la grandeza romana el punto central con el famoso miliario de oro (milliarium aureum).

    Hasta donde sabemos hoy la frase aparece escrita por primera vez en la Edad Media, hacia el año 1175, en un texto de Alain de Lille,  (Alanus ab Insulis en latín), (c. 1128 – 1202/1203).  Alain de Lille escribió numerosas obras, las más famosas de contenido moral. Entre ellas escribió una titulada Liber Parabolarum, Libro de parábolas. En el capítulo V es en donde aparece la citada frase, si bien no exactamente tal como la he presentado, sino como Mille viae ducunt homines per saecula Romam (A thousand roads lead men forever to Rome).

    Nota: adviértase la agudeza de Alain de Lille a la hora de latinizar su nombre: Alanus por Alain resulta evidente, pero en el caso del apellido “de Lille” hace un curioso juego fonético: como “de Lille” en francés suena igual que “de l’île, “, de la isla, lo traduce al latín como “ab Insulis”, “de las Islas”.

    En ese capítulo V al que me refería titula una de sus “fabulas moralizantes»

    Mille viae ducunt hominem per saecula Romam

    Mil caminos conducen para siempre al hombre a Roma

    Ya aparece el título  en la edición impresa de Leipzig del año 1499 cuya fotografía presento; no se  hacía así en ediciones anteriores como la de Colonia de 1497. Desconozco cómo aparece en los manuscritos más antiguos. Pero en todo caso, utiliza la expresión citada y otra similar  en el comentario o explicación a su parábola:  multae viae ducunt hominem romam (Muchos caminos conducen al hombre a Roma) y  también mille viae ducunt homines romam per saecula  (mil caminos conducen a los hombres a Roma durante siglos) . (Mille viae ducunt homines Romam per saecula: qui volunt quaerere toto corde dominum: via est directa quae…)

    Presento la parábola completa, en la que la máxima tiene un sentido figurado, de los miles que puede tener y con los que se sigue utilizando en cualquier contexto actual.

    Mil caminos conducen al hombre para siempre a Roma
    Para quienes quieren buscar al señor con todo su corazón
    hay un camino que directo lo conduce por lo alto de los montes
    con sus cuestas cargado de zarzas y espinas.
    Y también alguna senda que la piedra áspera hace
    áspera y araña todos los días las plantas (de los pies).
    Hay también un camino por el mar,  un camino por el desierto,
    por los profundos valles, entre peñascos, por lugares duros para los pies.
    Por bosques  y lugares ocultos, por lugares que las fieras temibles recorren,
    entre espinas y abrojos,  por lugares llenos de lodo.

    Mille viae ducunt hominem per saecula Romam
    Qui dominum toto quaerere corde volunt
    Est via quae ducit montes directa per altos
    Vepribus et spinis arduitate gravis
    Est quoque nonnullus callis. quem calculus asper
    Asperat. et plantas quotidianas arat
    Est via per pontum. via per deserta. per imas
    Valles. per scopulos. per loca dura pedi
    Per nemus et latebras. per lustra timenda ferarum
    Per spinas tribulos. per luculenta vaga

    imagen de digitalizado por Münchener Digitalisierungszentrum
    Digitalizado por Münchener Digitalisierungszentrum

    El sentido, ya figurado, es evidente: son muchos los caminos que llevan al Señor, al Paraíso, a quienes lo buscan con todo su corazón, como eran muchas las carreteras que llevan a Roma. Es decir, se puede llegar a un determinado fin de maneras muy diversas.

    La frase la recoge  el germanista suizo Samuel Singer en su Thesaurus Proverbiorum Medii Aevi: Lexikon der Sprichwörter des Romanisch-germanischen Mittelalters en el término «Rom».

    Otro día hablaremos de la construcción y fábrica de las vías, mientras tanto ofrezco un enlace curioso con una curiosa página que permite conocer la distancia de cualquier punto de imperio a Roma según las vías romanas  http://www.omnesviae.org/ de  la Tabula Peutingeriana Itinerarium Antonini.

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  • Por una alimentación sana y equilibrada

    Aproximadamente 800 millones de personas en el mundo tienen una alimentación insuficiente, es decir, una de cada nueve pasa hambre. Unos pocos millones, sobre todo en Europa y Norteamérica, viven en la abundancia y de ellos los más ricos disfrutan de una alimentación de lujo y despilfarro que no es sino un gran escándalo. Aquí algunos cocineros gozan de enorme fama y consideración, los restaurantes son calificados y distinguidos no sólo por la calidad de sus alimentos sino por la novedad de los platos ofrecidos. Guías especializadas los califican y distinguen con símbolos ya famosos, estrellas, tenedores, etc. Algo parecido ocurrió en la opulenta Roma (https://www.antiquitatem.com/annona-panem-circenses-apicio-satiricon) , en la que coexisten miles de individuos hambrientos con unos cuantos glotones y golosos sin límite. De ellos sin duda el más famoso es un tal Marco Gavio Apicio, que vivió en el siglo I y fue autor de un famoso libro de cocina titulado De re coquinaria, “Libro de cocina”, del que algún día comentaré algo.

    El filósofo estoico y moralista Séneca (4 a. C.–65 d. C) crítica en una carta a su amigo Lucilio el escandaloso gasto que algunos ciudadanos hacen en sus comilonas y la sofisticación de una cocina que transforma los alimentos hasta hacerlos irreconocibles.

    Se me asemeja este tratamiento de los alimentos a los afamados platos actuales de cocina deconstruida o desestructurada en los que las cosas son lo que no parecen.

    Critica también Séneca la combinación de platos y alimentos de sabores encontrados y contrapuestos en llamativa mezcolanza y complejidad que no pueden sino causar enfermedades cada día más raras y complejas.

    Se me asemeja esto también a las continuas informaciones y planes dietéticos, contradictorios unos con otros, con que se nos asaetea todos los días empresas ávidas de ganancias: un día se ensalzan las cualidades de un determinado alimento para ser denostado algún tiempo después; algunos son directamente demonizados y prohibidos, aunque el hombre los haya consumido desde sus orígenes.

    Es llamativa a este respecto la reciente recomendación de no consumir o limitar la ingesta de carne preparada por el hombre. Es curioso que exista también un movimiento reivindicativo de lo que llaman la “dieta paleolítica”, consistente en comer carne cruda, rechazando así uno de los mayores inventos del hombre, el fuego, y desconociendo que nuestros antepasados paleolíticos la carne que durante mucho tiempo ingirieron fue la de carroña o animales muertos, que no cazados.

    En fin, que una vez más compruebo que lo que parecía muy moderno no deja de ser tan  viejo, al menos, como el mundo grecorromano.

    Sépase por lo demás que el asunto de la “alimentación” es incidental en la carta, con la que pretende demostrar a su amigo la insuficiencia de la filosofía teórica. Así que aconsejo, para quien lo desee, una lectura completa de la carta 95.

    Séneca, Cartas Morales a Lucilio,  95, 14 y ss.
    ….
    Indudablemente, la sabiduría antigua fue, como decía, ruda, especialmente en su nacimiento, no menos que las demás artes, el refinamiento de las cuales ha ido creciendo con el tiempo. Pero tampoco había necesidad de remedios muy sutiles. Aún la maldad no había llegado tan arriba ni se había propagado tan lejos: a unos vicios simples podían oponerse unos remedios simples. Hoy día precisan unos remedios más poderosos cuanto más poderosos son los males que nos atacan.

    La medicina era antiguamente la ciencia de unas cuantas hierbas apropiadas para restañar los flujos de sangre o a cicatrizar las heridas. Después ha llegado poco a poco a esta variedad tan grande de remedios. Y no es de extrañar que tuviese menos trabajo en organismos robustos y enteros, alimentados con manjares sencillos, no maleados aquellos aún por el arte y la sensualidad. Pero desde que, en lugar de satisfacer el hambre, no se busca sino excitarla, y se inventan mil condimentos para aguzar el apetito, aquello que era un alimento para los necesitados tornóse un peso para los saciados. De aquí provino la palidez, y aquel temblor de los nervios embebidos de vino y las delgadeces de la indigestión más deplorables que las del hambre. De aquí aquel caminar incierto, siempre vacilante, tal como el de la propia embriaguez.De aquí aquella agua que se pone bajo la piel, y el vientre hinchado por haberse acostumbrado a contener más de lo que podía; de aquí aquel derrame cetrino de la hiel y el rostro descolorido, y la consunción de los cuerpos que se pudren por dentro, y los dedos retorcidos con las articulaciones yertas, y los músculos insensibles y distendidos y perezosos, o bien trémulos en una agitación continua. ¿Qué diré de los vahídos, de los dolores de ojos, del roer de los dolores de un cerebro inflamado y de las úlceras internas de los conductos por donde se exonera el organismo, y aun de las innumerables clases de fiebres, que ya nos atacan impetuosamente, ya nos penetran como un veneno lento, ya se llegan a nosotros con escalofríos y gran temblor de miembros? ¿Por qué recordar otras incontables enfermedades, suplicios de la vida desordenada?

    Libres andaban de estos males aquellos que aun no se habían entregado a las delicias, que eran dueños y servidores de sí mismos, que endurecían sus cuerpos con el trabajo y la verdadera resistencia por medio de la carrera fatigosa, o de la caza, o de las labores agrícolas, y después injerían alimentos que sólo podían ser agradables a gente hambrienta. Por esto no necesitaban tanta provisión de médicos, aparatos y cajas. Las enfermedades eran simples como sus causas: la muchedumbre de enfermedades ha sido producida por la muchedumbre de manjares. Mira cuántas cosas mezcla, para hacerlas pasar por la garganta, aquella furia devastadora de mares y tierras. Cosas tan diversas no puede ser, que una vez engullidas, no se combatan unas a otras y se digieran mal a causa de tantas tendencias diversas. No es, pues de extrañar que de manjares tan desavenidos nazcan enfermedades tan caprichosas y variadas, y que elementos tan diversos, encerrados en un mismo lugar, sean rechazados hacia afuera. De aquí viene que nuestras dolencias sean tan variadas como nuestro vivir. 

    El príncipe de los médicos (Hipócrates) y fundador de la medicina dijo que las mujeres no están sujetas a la caída del cabello ni a dolores de pies,  a pesar de todo les cae el cabello y sufren de gota. No ha cambiado la naturaleza de las mujeres, sino que ha sido vencida, ya que al haber igualado el libertinaje de los hombres han adquirido también las dolencias de éstos. No trasnochan menos que ellos, ni beben menos; los desafían ne las luchas atléticas y en la embriaguez; como ellos, vomitan lo que han ingerido a disgusto del estómago, y arrojan tanto vino como han bebido, y como ellos mascan nieve para solaz del febricitante estómago. En lujuria no ceden en nada a los hombres; destinadas por la Naturaleza a un papel pasivo -¡los dioses y las diosas las exterminen!- han inventado un perversísimo sistema de impudicia para entrar en los hombres. ¿Qué tiene, pues, de extraño que el mayor de los médicos y el mejor de los conocedores de la Naturaleza sea encontrado en falsedad, ya que son tantas las mujeres atacadas de gota y de calvicie? Han perdido con los vicios los beneficios de su sexo, y por haberse desvinculado de su condición de mujeres han sido condenadas a las enfermedades de los hombres.

    Los médicos antiguos no sabían prescribir la frecuencia de las comidas, ni sostener un pulso desfalleciente con vino; no sabían extraer sangre, ni atemperar con  baños y sudaciones una enfermedad crónica; no sabían por medio de ligaduras de piernas y brazos desviar a las extremidades un mal secreto residente en el centro del organismo. No precisaba buscar muchas suertes de auxilios; pero ahora, ¡cuán lejos han llegado los azotes de la salud! Así se pagan los réditos de los placeres, anhelados sin ninguna medida ni respeto. No te extrañe que las enfermedades sean innumerables: cuenta los cocineros. Ya no se habla de estudios y los que profesan artes liberales, abandonados por todos, se sientan en unas escuelas desiertas. En las aulas de retóricos y filósofos no campea más que la soledad, pero ¡cuánta concurrencia en las cocinas, cuánta juventud se aglomera cabe los hornillos de los disipadores!  Paso por alto aquellos grupos de muchachos infelices que, terminados los banquetes, son aguardados en las cámara para mayores ignominias. Paso por alto aquellos grupos de adolescentes clasificados por naciones y colores, en forma que los de cada fila tengan el mismo brillo, la misma cantidad de vello, el mismo color de cabello, y que no se mezclen los de cabellera rizada con los que la tengan lisa. Paso por alto la turba de pasteleros, de mocitos que a una señal dada circulan para servir la cena.

    ¡Oh dioses, cuántos hombres hace trabajar un solo vientre! ¿Qué? ¿Crees que no trabajan ocultamente aquellas setas, venenos voluptuosos aunque no maten de golpe? Y esta nieve en pleno estío, ¿no crees que procura obstrucciones al hígado? Esas ostras, carne muy indigesta, engordadas con limo, ¿no imaginas que pueden contagiarnos algo de su pesadez fangosa? Y esa salsa de la sociedad, preciosa podredumbre de pescados malos (garum), ¿no crees que quema las entrañas con su salmuera ácida? Estos guisos purulentos que pasan inmediatamente del fuego a la boca, ¿crees que se apagan sin lesionar las entrañas? ¡Qué eructos tan impuros y pestilentes, qué asco de uno mismo en las exhalaciones de un pasado hartazgo! Piensa que lo que se ha comido no se digiere, se pudre.

    Recuerdo que un tiempo atrás se habló de un plato famoso en el cual había sido reunido todo lo que retiene un día entero en la mesa a nuestros golosos, por un comilón que parecía anhelante de su propia ruina: conchas de Venus, espóndilos, ostras con los bordes recortados de manera que sólo quedaba lo que se tenía que comer: erizos de mar señalaban la división entre ellas, y encima de todo un techo de salmones cortados y sin espina. Cansaba comer plato por plato: los sabores habían sido reunidos en uno solo. Se hace ya a la mesa aquello que se realiza en el vientre del hombre saciado: ¡aun quiero ver servir manjares mascados! ¿Es mucho menos sacar las conchas y los huesos,  encargando al cocinero el trabajo de los dientes? Es demasiado molesto gustar de los manjares uno por uno: es menester servirlos juntos convertidos en un solo sabor. ¿Por qué tengo que extender el brazo para una sola cosa? Vengan muchas a la vez, que se unan y se combinen las cualidades de muchos manjares. Sepan, pues, aquellos que andaban diciendo que la mesa era un medio de ostentación y de gloria, que aquí ya no se presentan los guisos, sino que es menester adivinarlos. Los manjares que se servían por separado vengan todos a la vez aderezados con la misma salsa; no es posible distinguir nada: ostras, erizos de mar, espóndilos, barbos, se sirven mezclados y cocidos a la vez. La comida no es más confusa que si la hubieses vomitado. Tan mezcladas como estos manjares son poco sencillas las enfermedades que de ellos resultan, enfermedades no descomponibles, complejas, multiformes, contra las cuales la medicina ha comenzado también a armarse de toda suerte de remedios y observaciones.

    Lo mismo te digo de la filosofía. Hubo un tiempo en que fue más simple: cuando eran más simples los pecados de los hombres se curaban con remedios más ligeros, pero contra este desastre de las costumbres  es menester intentar todos los esfuerzos. ¡Y ojalá que sea como fuere, este azote pueda ser dominado!…

    Por si fueran insuficientes las críticas al despilfarro realizadas, poco después añade un elemento más que nos recuerda también el precio desorbitado que actualmente se paga por un buen pescado, por un atún rojo por ejemplo en Japon, o el primer salmón de un río asturiano, por el que compiten los restaurantes afamados de la zona.

    Dice Séneca en la misma carta, párrafos 41 y ss.:

    ¿Qué hay más escandaloso que un festín opulento que consume el censo de un cabalalero? ¿Qué tan digno de la nota del censor si, como dicen esos derrochadores, esto tiene que ser concedido a él mismo y a su condición? Sea como fuere, ha habido cenas de ceremonia que han costado trescientos mil sestercios a personas frugalísimas.

    Una misma cosa, si es otorgada a la gula, es vergonzosa; si al honor, queda libre de censura, pues ya no es lujo, sino un dispendio para la solemnidad pública. Tiberio César hizo llevar a vender al mercado un barbo de enorme tamaña -¿por qué no añadir el peso para excitar la gula de algunos?; dicen que pesaba cuatro libras y media-, diciendo: “Amigos, o yo me engaño mucho, o este barbo será comprado por Apicio o P. Octavio”. Su conjetura resultó mejor de lo que aguardaba. Se abre la subasta, vence Octavio y se lleva para los suyos la inmensa gloria de haber comprado por cinco mil sestercios un pescado que César había vendido y que Apicio no había podido comprar. Vergonzoso fue para Octavio dispendio semejante, pero no para aquel que lo hubiese comprado para enviarlo a Tiberio, por más que yo también le censuraría por haber admirado una cosa de la cual creyó digno al César.
    (Traducción de JaimeBofill y Ferro. Editorial Iberia. Barcelona. 1965)

    Fuit sine dubio, ut dicitis, vetus illa sapientia cum maxime nascens rudis non minus quam ceterae artes, quarum in processu subtilitas crevit. Sed ne opus quidem adhuc erat remediis diligentibus. Nondum in tantum nequitia surrexerat nec tam late se sparserat. Poterant vi tus simplicibus obstare remedia simplicia; nunc necesse est tanto operosiora esse munimenta, quanto vehementiora sunt, quibus petimur.
    Medicina quondam paucarum fuit scientia herbarum, quibus sisteretur fluens sanguis, vulnera coirent; paulatim deinde in hanc pervenit tam multiplicem varietatem. Nec est mirum tunc illam minus negotii habuisse firmis adhuc solidisque corporibus et facili cibo nec per artem voluptatemque corrupto, qui postquam coepit non ad tollendam, sed ad inritandam famem quaeri et inventae sunt mille conditurae, quibus aviditas excitaretur, quae desiderantibus ali menta erant, onera sunt plenis.
    Inde pallor et nervorum vino madentium tremor et miserabilior ex cruditatibus quam ex fame macies. Inde incerti  labantium  pedes et semper qualis in ipsa ebrietate titubatio. Inde in totam cutem umor admissus distentusque venter, dum male adsuescit plus capere quam poterat. Inde suffusio luridae bilis et decolor vultus tabesque in se putrescentium et retorridi digiti articulis obrigescentibus nervorumque sine sensu iacentium torpor aut palpitatio  sine intermissione vibrantium.
    Quid capitis vertigines dicam ? Quid oculorum auriumque tormenta et cerebri exaestuantis verminationes et omnia, per quae exoneramur, internis ulceribus adfecta ? Innumerabilia praeterea febrium genera, aliarum impetu saevientium, aliarum tenui peste repentium, aliarum eum horrore et multa membrorum quassatione venientium ?
    Quid alios referam innumerabiles morbos, supplicia luxuriae ?
    Immunes erant ab istis malis, qui nondum se deliciis solverant, qui sibi imperabant, sibi ministrabant. Corpora opere ac vero labore durabant aut cursu defatigati aut venatu aut tellure  versanda.  excipiebat illos cibus, qui nisi esurientibus placere non posset. Itaque nihil opus erat tam magna medicorum supellectile nec tot ferramentis atque pyxidibus. Simplex erat ex causa simplici valitudo; multos morbos multa fericula fecerunt.
    Vide, quantum rerum per unam gulam transiturarum permisceat luxuria, terrarum marisque vastatrix. necesse est itaque inter se tam diversa dissideant et hausta male  male digerantur aliis alio nitentibus. Nec mirum, quod inconstans variusque ex discordi cibo morbus est et illa ex contrariis naturae partibus in eundem compulsa redundant. Inde tam multo  aegrotamus genere quam vivimus.
    Maximus ille medicorum et huius scientiae conditor feminis nec capillos defluere dixit nec pedes laborare; atqui et capillis destituuntur et pedibus aegrae sunt. Non mutata feminarum natura, sed victa est; nam cum virorum licentiam aequaverint, corporum quoque virilium incommoda aequarunt.
    Non minus pervigilant, non minus potant, et oleo et mero viros provocant; aeque invitis ingesta visceribus per os reddunt et vinum omne vomitu remetiuntur; aeque nivem rodunt, solacium stomachi aestuantis. Libidine vero ne maribus quidem cedunt, pati natae, di illas deaeque male perdant! Adeo perversum commentae genus inpudicitiae viros ineunt. Quid ergo mirandum est maximum medicorum ac naturae peritissimum in mendacio prendi, cum tot feminae podagricae calvaeque sint ? Beneficium sexus sui vitiis perdiderunt et, quia feminam exuerant, damnatae sunt morbis virilibus.
    Antiqui medici nesciebant dare cibum saepius et  vino fulcire venas cadentes, nesciebant sanguinem mittere et diutinam aegrotationem balneo sudoribusque laxare, nesciebant crurum vinculo brachiorumque latentem vim et in medio sedentem ad extrema revocare. Non erat necesse circumspicere multa auxiliorum genera, eum essent periculorum paucissima.
    Nunc vero quam longe processerunt mala valitudinis ! Has usuras voluptatium pendimus ultra modum fasque concupitarum. Innumerabiles esse morbos non miraberis: cocos numera. Cessat omne studium et liberalia professi sine ulla frequentia desertis angulis praesident. In rhetorum ac philosophorum scholis solitudo est; at quam celebres culinae sunt, quanta circa nepotum focos iuventus premitur !
    Transeo puerorum infelicium greges, quos post transacta convivia aliae cubiculi contumeliae exspectant. Transeo agmina exoletorum per nationes coloresque discripta, ut eadem omnibus levitas sit, eadem primae mensura lanuginis, eadem species capillorum, ne quis, cui rectior est coma, crispulis misceatur. Transeo pistorum turbam, transeo ministratorum, per quos signo dato ad inferendam cenam discurritur. Di boni, quantum hominum unus venter exercet! Quid ? Tu illos boletos, voluntarium venenum, nihil occulti operis iudicas facere, etiam si praesentanei non fuerunt ?
    Quid ? Tu illam aestivam nivem non putas callum iocineribus obducere ?  Quid ? Illa ostrea, inertissimam carnem caeno saginatam, nihil existimas limosae gravitatis inferre ? Quid ? Illud sociorum garum, pretiosam malorum piscium saniem, non credis urere salsa tabe praecordia ? Quid ? Illa purulenta et quae tantum non ex ipso igne in os transferuntur, iudicas sine noxa in ipsis visceribus extingui ? Quam foedi itaque pestilentesque ructus sunt, quantum fastidium sui exhalantibus crapulam veterem ! Scias putrescere sumpta, non concoqui.
    Memini fuisse quondam in sermone nobilem patinam, in quam quicquid apud lautos solet diem ducere, properans in damnum suum popina congesserat; veneriae spondylique et ostrea eatenus circumcisa, qua eduntur, intervenientibus distinguebantur echinis. Totam dissecti structique  sine ullis ossibus mulli constraverant.
    Piget esse iam singula; coguntur in unum sapores. In cena fit, quod fieri debebat  in ventre. Expecto iam, ut manducata ponantur. Quantulo autem hoc minus est, festas excerpere atque ossa et dentium opera cocum fungi ? " Gravest luxuriari per singula; omnia semel et in eundem saporem versa ponantur. Quare ego ad unam rem manum porrigam ? Plura veniant simul,  multorum ferculorum ornamenta coeant et cohaereant.
    Sciant protinus hi, qui iactationem ex istis peti et gloriam aiebant, non ostendi ista, sed conscientiae dari. Pariter sint, quae disponi solent, uno iure perfusa. Nihil intersit: ostrea, echini, spondyli, mulli perturbati concoctique ponantur." Non esset confusior vomentium cibus.
    Quomodo ista perplexa sunt, sic ex istis non singulares morbi nascuntur, sed inexplicabiles, diversi, multiformes, adversus quos et medicina armare se coepit multis generibus, multis observationibus.
    Idem tibi de philosophia dico. Fuit aliquando simplicior inter minora peccantes et levi quoque cura remediabiles; adversus tantam morum eversionem omnia conanda sunt. Et utinam sic denique lues ista vindicetur !

    ……
    Párr.. 41 y ss.

    Quid est cena sumptuosa flagitiosius et equestrem censum consumente ? Quid tam dignum censoria nota, si quis, ut isti ganeones loquuntur, sibi hoc et genio suo praestet ? Et deciens  tamen sestertio aditiales cenae frugalissimis viris constiterunt. Eadem res, si gulae datur, turpis est; si honori, reprensionem effugit. Non enim luxuria, sed inpensa sollemnis est.
    Mullum ingentis formae—quare autem non pondus adicio et aliquorum gulam inrito ? quattuor pondo et selibram fuisse aiebant—Tiberius Caesar missum sibi cum in macellum deferri et veniri iussisset: " amici," inquit, " omnia me fallunt, nisi istum mullum aut Apicius emerit aut P. Octavius." Ultra spem illi coniectura processit: liciti sunt, vicit Octavius et ingentem consecutus est inter suos gloriam, cum quinque sestertiis emisset piscem, quem Caesar vendiderat, ne Apicius quidem emerat. Numerare tantum Octavio fuit turpe, non illi,  qui emerat, ut Tiberio mitteret, quamquam illum quoque reprenderim; admiratus est rem, qua putavit Caesarem dignum.

  • La ninfa Calisto

    Quien disfrute leyendo o escuchando los coloridos relatos de la mitología grecolatina dispone de una obra esencial para ello: las Metamorfosis de Ovidio. En ella el prolífico poeta nos cuenta los muchos casos de transformación o metamorfosis de hombres, mujeres o personajes mitológicos en otros seres.

    Entre esas transformaciones son especialmente interesantes, entre otras cosas por la fuerza con la que perviven, las conversiones en astros o estrellas, los llamados catasterismos.

    Llamamos “catasterismo” a la conversión o la transformación  de dioses, seres heroicos,  hechos mitológicos, e incluso principios éticos más tarde, en astros, en cuerpos celestes del firmamento, en estrellas o conjuntos de estrellas.

    Se trata de un término técnico o culto griego, compuesto de la preposición kata, κατά (encima, abajo)  y el sustantivo  ἀστήρ, aster,  (estrella, astro).  El término se empleo como título de un librito atribuido al director de la Biblioteca de Alejandría, matemático, geógrafo, astrónomo, médico, filólogo, autor literario,  Eratóstenes.

    Dos de las constelaciones o conjunto de estrellas (eso es lo que significa la palabra constelación, cum stella..) más conocidas e importantes a lo largo de la historia en nuestro hemisferio son la “Osa Mayor”, fruto de la transformación de una ninfa, Calisto y el Boyero, Boötes, o guardián de la Osa, transformación de su hijo Arcas.

    Nos lo cuenta literariamente el citado poeta Ovidio en un largo relato de más de ciento cincuenta versos en Metamorfosis,  libro II, v. 401-550.

    Hoy me permito una pequeña licencia que a buen seguro no molestaría a Ovidio; en el mundo antiguo un mismo tema mitológico se rehace y modifica, se reduce o amplia una y otra vez por diversos autores.

    Me permito hacer, pues, una versión reducida del relato ovidiano que tal vez sea más fácil de leer que el texto original para posibles lectores actuales, si bien ofreceré al final para el lector interesado el propio texto del autor latino con su correspondiente traducción.

    LA  NINFA  CALISTO

    Júpiter, el dios todopoderoso, recorría vigilante el amplio y sereno cielo y observaba con desgana la tierra en la que los hombres viven. En sus viajes diarios por el firmamento se detuvo muchas veces en Arcadia, fértil región de la tierra especialmente querida para él, gobernada por  Licaón, rey culto y religioso, respetado por sus ciudadanos a los  que por fin civilizó obligándoles a abandonar  su  forma de vida  primitiva y ruda.

    Tenía Licaón numerosos hijos y entre ellos una hija que se llamaba Calisto. Su extraordinaria belleza atrajo la atención amorosa de Júpiter, que con excesiva frecuencia traicionaba a su esposa Juno.

    La hija de Licaón no gustaba de la vida muelle de palacio, ni ocupaba el tiempo en cardar la lana o perfumar su cuerpo de bellas formas. Sujetos sus cabellos desordenados con una blanca cinta y anudado su vestido con un ligero broche, armada con el curvo arco y las flechas puntiagudas al hombro, recorría los bosques frondosos acompañando a Diana, diosa virgen, libre y  certera cazadora.  

    Un caluroso día de verano, cuando el sol ya estaba a mitad de su carrera, descansaba  Calisto solitaria tendida en el verde suelo del bosque, reposando la cabeza sobre el carcaj multicolor. Cuando Júpiter la vio tan hermosa e indefensa, ardiendo de pasión como sólo los dioses pueden arder, pensó:

        — Mi esposa Juno no se enterará de este amor secreto

    Y tomando la figura de la diosa Diana se acercó a Calisto:

    — Hermosa doncella, hoy has cazado de manera extraordinaria y certera.

    Se levantó de ágil salto Calisto y respondió con palabras agradecidas:

    — Gracias, mi querida y amada diosa. Yo creo que eres más grande y poderosa que el mismo Júpiter, que no nos oye.

    Júpiter se sonrió al escucharla, la abrazó con fuerza contra su pecho poderoso y la colmó de besos lascivos, impropios de la diosa virgen cuya figura había suplantado.

    Quiso Calisto inútilmente soltarse del divino abrazo, consciente ya del engaño adúltero. Pero ¿quién puede vencer al poderoso Júpiter?

    Cuando Júpiter voló insensible al éter, Calisto recogió su aljaba y su arco y huyo veloz del bosque cómplice, para siempre odioso.

    Cierto día, después de una buena cacería, Diana, feliz y contenta, llama  a Calisto, que, temiendo fuera Júpiter de nuevo disfrazado, huye corriendo a esconderse en el frondoso bosque. Pero,  viendo a la diosa rodeada de sus ninfas que impedían el engaño, se acercó cabizbaja al grupo. El rubor de su semblante delataría su pudor herido a Diana, si la diosa no fuera  virgen inexperta.

    Fatigadas por la larga cacería, alcanzaron un fresco arroyo de aguas cristalinas. Diana apenas sumergió su virginal pie en el agua fresca que corría murmullosa y dijo amable:

      — Descansemos un rato. Nadie nos ve aquí; desnudémonos y refresquemos nuestros cuerpos en estas aguas cristalinas.

    Todas las ninfas se despojaron presto de sus vestidos de caza, pero Calisto, de nuevo ruborizada, dilataba su desnudez. Cuando por fin se quitó la ropa, apareció evidente en su cuerpo la culpa que inútilmente quería ocultar con sus manos.

    Irritada la diosa virgen gritó a la avergonzada ninfa:

    — Aléjate rápido de nosotras, traidora,  y no mancilles estas aguas  sagradas.

    Museo del Prado. Rubens: Calisto y Diana

    Pasó el tiempo necesario y nació el pequeño Arcas, fruto de aquella forzada unión. Juno, esposa de Júpiter hacía tiempo que conocía ya lo sucedido. Llegado ahora el momento propicio, no dilató por más tiempo su cruel castigo. Así dijo airada la diosa poderosa:

       — Sólo faltaba, adultera, que fueras fecunda y que un hijo tuyo testificase ante todos los dioses el ultraje vergonzoso de mi esposo Júpiter. Pronto te arrebataré la belleza de tu cuerpo con la que atrajiste a mi adúltero marido.  

    Y diciendo esto, la agarró de sus rubios cabellos y la arrojó al suelo con toda violencia. Tendía Calisto sus brazos suplicantes, que inapelablemente se cubrían de negros pelos; tendía sus manos que se convertían en garras retorcidas y su dulce boca, apetecida por Júpiter, se transformaba en deformes fauces animales. De su ronca garganta no surgen palabras suplicantes que conmoverían el corazón, sino un ronco rugido que llena de terror.

    Convertida en osa, conserva sin embargo su alma anterior, como atestiguan sus constantes gemidos de dolor y sus manos levantadas hacia lo alto, tal vez protestando la insensible ingratitud de Júpiter, el padre de los dioses que a todos amedrenta con sus rayos.

    Ahora Calisto anda errante en la soledad del bosque y de los campos peligrosos. Quien antes cazaba infatigable, ¡cuántas veces ahora se esconde perseguida por los ladridos de los perros y las flechas de los cazadores! Incluso siendo ahora una osa, siente miedo al ver a los fieros osos en lo alto de las peñas.

    Transcurrieron muchos años y Arcas, el hijo de Calisto a la que no conoció, persigue a las fieras por los desfiladeros y bosques del monte Erimanto, en la fértil Arcadia. Cierto día Arcas se topa  con su madre, que parece reconocerlo y fija en él su negros ojos. Cuando la madre se acerca insegura al hijo, a punto  está de morir atravesada por la flecha que Arcas coloca en su arco tensado, pero el todopoderoso Júpiter impidió el terrible sacrilegio. Arrebatados de la dura tierra, transportados a través del espacio los colocó en el cielo, transformados para siempre en dos constelaciones vecinas de brillantes estrellas, la “Osa Mayor” y "El Boyero" (Boötes o el guardián de la Osa).

    ……………….

    Versión completa del relato de Ovidio

    Calisto

    El padre omnipotente rodea las enormes murallas del cielo y examina si algo, debilitado por la fuerza del fuego, puede derrumbarse. Una vez que ve que están firmes y con toda su fortaleza, dirige su mirada a la tierra y a los penosos trabajos de los hombres. Su mayor motivo de preocupación es la Arcadia: restablece las fuentes y los ríos que todavía no se atrevían a correr, da césped a la tierra y hojas a los árboles, y ordena que los bosques dañados reverdezcan.

    Mientras vuelve allí una y otra vez, se queda prendado de una muchacha de Nonacris y el fuego recibido de la pasión ardió bajo sus huesos. Las ocupaciones de ella no eran ni cardar la lana para hacerla suave ni cambiar la forma de su peinado. Tan pronto el broche sujetaba su vestido y una cinta blanca sus cabellos sueltos, inmediatamente ya había cogido con su mano el ligero venablo o bien el arco y se presentaba semejante a Febe (Diana) y nunca muchacha alguna más querida que esta por la Trivia (Diana) pisó el monte Ménalo. Pero ninguna posibilidad es duradera.

    El sol alto ya ocupaba un espacio más allá de la mitad de su recorrido, cuando ella entró en el bosque que ninguna edad había talado. Se quitó entonces la aljaba de los hombros y distendió el arco flexible, y se tumbó en el suelo que cubría la hierba, y presionaba la aljaba de colores con su cabeza apoyada.

    Cuando Júpiter la vio cansada y libre de ningún vigilante, dijo: “ciertamente mi esposa no conocerá este robo y si se enterara sus reproches merecen, merecen sin duda la pena”. Inmediatamente se reviste del rostro y vestidos de Diana y dice:

    “Oh doncella, parte especial de mis acompañantes, en que montes has estado cazando?”. La muchacha se levanta del césped y dice: salud, diosa, en mi opinión mayor que Júpiter, aunque él mismo me oiga.”  Pero él se ríe y lo oye y se alegra de que sea el preferido y le da besos ni lo debidamente moderados ni que deban ser dados por una doncella.

    Cuando ella se disponía a contarle en qué bosque iba a cazar, se lo impide con su abrazo y se delata no sin un acto  criminal. Ella ciertamente se muestra contraria tanto cuanto apenas puede una mujer (ojalá la hubieras visto, Saturnia (Juno); serías ahora más benévola), lucha ella ciertamente, pero ¿a quién podría  vencer una muchacha? ¿quién podría vencer a Júpiter?.

    Victorioso, Júpiter se dirige al cielo divino: para ella en cambio  el bosque y la cómplice espesura son motivo de odio.   Al apartar de allí sus pies, casi olvidó recoger su aljaba con sus dardos y el arco que había dejado colgado.

    Mas he aquí que acompañada de su coro, Dictina (Diana) está entrando en el alto Ménalo y orgullosa por la matanza de las fieras, la ve y una vez vista la llama; pero huye cuando es llamada y al principio tiene miedo de que sea Júpiter en la figura de ella. Pero después que vio que a la par con ella marchaban las ninfas, comprendió que no había engaño y se sumó al grupo de ellas. Pero, ¡ay! qué difícil  es no delatar el crimen en el rostro!… Apenas levanta los ojos del suelo, ni, como antes acostumbraba, se une al lado de la diosa, ni es la primera de todo el grupo, sino que guarda silencio y da muestras con su rubor del pudor ultrajado. Y si Diana no fuera virgen, habría podido con mil detalles darse cuenta de la culpa; dicen que en cambio las ninfas si se dieron cuenta.

    Los cuernos de la luna reaparecían en su novena órbita (en el noveno mes), cuando la diosa, cansada de cazar bajo las llamas de su hermano (el Sol), alcanzó un bosque fresco, por el que corría un arroyo deslizándose entre murmullos y revolvía las límpidas arenas.

    Como quiera que alabó el lugar, (le gustó), tocó las aguas con su pie: alabadas también éstas, dijo: todo testigo está lejos;  sumerjamos nuestros cuerpos desnudos en las aguas transparentes”. La Parráside (Calisto) enrojeció. Todas se quitan sus vestidos; una sola busca retrasarlo. Le quitan el  vestido a la vacilante; y una vez quitado, con su cuerpo desnudo, quedó patente su falta criminal. A quien atónita quería esconder su vientre con sus manos, le dijo la Cintia (Diana): “vete lejos de aquí y no manches las sagradas fuentes”, y le ordenó separarse de su grupo.

    Hacía tiempo que la esposa del gran Tonante (Júpiter) se había enterado de todo esto y había aplazado un duro castigo para el momento adecuado. Ningún motivo había ya para la demora, pues ya el niño Arcas había nacido de su rival; esto mismo dolió también a Juno.

    Tan pronto como dirigió a él su mirada y su cruel intención,dijo: “precisamente sólo me faltaba ya  esto, adúltera, que fueras fértil y con tu parto fuera conocido el agravio y quedase bien atestiguado el deshonor de mi Júpiter. No lo llevarás sin castigo: pues te quitaré la figura con la que te complaces a ti misma, pero también con la que inoportuna complaces a mi marido”.
    Dijo, y colocada frente a ella, cogiéndola por los cabellos, la arrojó boca abajo al suelo. Tendía ella suplicante sus brazos; pero sus brazos comenzaron a erizarse de negros pelos  y sus manos a curvarse y a prolongarse con ganchudas uñas, ofreciéndole la función de los pies, y su boca, en otro tiempo alabada por Júpiter, a deformarse con su ancho hocico.

    Y le arrebata el poder hablar para que ni los ruegos ni las palabras suplicantes dobleguen su corazón.  Sale de su ronca garganta una voz irritada y amenazadora y llena de terror.

    Sin embargo permanece en ella su mente anterior incluso convertida en osa, y manifestando su dolor con su constante gemido, levanta sus manos cual ahora son al cielo y a las estrellas y aunque no puede decirlo, siente que Júpiter es un ingrato.

    ¡Ah! ¡Cuántas  veces, no atreviéndose a descansar en el bosque solitario, anduvo errante delante de su casa y en los campos en otro tiempo suyos! ¡Ay! ¡Cuántas veces ha sido empujada entre las rocas por los ladridos de los perros y ella, que fue cazadora, huye ahora asustada por el miedo a los cazadores!

    Muchas veces se ocultó de la vista de las fieras, olvidando lo que era, y siendo una osa se asustó de ver osos en los montes, y tuvo miedo de los lobos, aunque su padre (Licaón) se encontraba entre ellos.

    Y he aquí que llega Arcas, hijo de la Licaonia, que desconoce a su madre, cumplidos ya casi sus quince años. Mientras persigue a las fieras y mientras elige los bosques adecuados y rodea con densas redes los bosques de Erimanto, se encuentra con su madre, que se detuvo al ver a Arcas, y pareció como que le conocía.

    El huyó e ignorante tuvo miedo de la que mantenía fijos los ojos sin fin en él y cuando ella intentó avanzar más cerca, estuvo a punto de atravesar su pecho con un dardo mortífero. Lo impidió el todopoderoso y los detuvo al mismo tiempo a ellos dos y al criminal acto, y arrebatados por un rápido viento a través del espacio  vacío los colocó en el cielo y los hizo constelaciones vecinas (la Osa Mayor y Artofilacte o Arturo, el Guardián de la Osa, el Boyero).

    Se enfureció Juno, cuando su rival brillaba entre las estrellas, y descendió a la superficie del mar para ver a la blanca Tetis y al anciano Océano, cuyo respeto obliga con frecuencia a los dioses, y les expone cuando le preguntan la causa de su viaje.

    Preguntáis por qué yo, la reina de la morada de los dioses, estoy aquí?  Otra es la que tiene el cielo en vez de mí. Mentiría si cuando la noche haya hecho oscuro el cielo,  no veis honradas hace poco en lo alto del cielo, mis ultrajes, como estrellas allí, en donde el último círculo y de más corto recorrido rodea la parte última del eje.  ¿Hay pues motivo por el que alguien no quiera insultar a Juno o me tema ofender a mí, que soy la única que perjudicando a alguien le favorezco?

    ¡Oh! ¡cuántas cosas grandes he hecho! ¡Cuán grande es mi poder! Prohibí que fuese un ser humano y se la ha hecho diosa. Así impongo yo el castigo a los culpables, así es mi gran poder. ¡Que le restituya  su antigua apariencia y que le quite su rostro de fiera, como ya hizo antes con la argólica Forónide (Io)! ¿Por qué no se casa con ella expulsando a Juno y la coloca en mi lecho y toma a Licaón como suegro?

    Pero vosotros, si os afecta el desprecio de la que criasteis ahora ultrajada, apartad a los  Siete Triones (la Osa Mayor) del azul abismo y rechazad a estas estrellas recibidas  en el cielo, como recompensa del adulterio para que una concubina no se bañe en vuestras aguas puras.”

    ….

    t pater omnipotens ingentia moenia caeli
    circuit et ne quid labefactum viribus ignis
    corruat explorat. Quae postquam firma suique
    roboris esse videt terras hominumque labores
    perspicit. Arcadiae tamen est impensior illi
    cura suae: fontes et nondum audentia labi
    flumina restituit dat terrae gramina, frondes
    arboribus, laesasque iubet revirescere silvas.
    Dum redit itque frequens, In virgine Nonacrina
    haesit et accepti caluere sub ossibus ignes.
    Non erat huius opus lanam mollire trahendo
    nec positu variare comas; ubi fibula vestem,
    vitta coercuerat neglectos alba capillos,
    et modo leve manu iaculum, modo sumpserat arcum,
    miles erat Phoebes: nec Maenalon attigit ulla
    gratior hac Triviae. Sed nulla potentia longa est.
    Ulterius medio spatium sol altus habebat,
    cum subit illa nemus, quod nulla ceciderat aetas.
    Exuit hic umero pharetram lentosque retendit
    arcus, inque solo, quod texerat herba, iacebat
    et pictam posita pharetram cervice premebat.
    Iuppiter ut vidit fessam et custode vacantem,
    “hoc certe furtum coniunx mea nesciet” inquit,
    “aut si rescierit sunt o sunt iurgia tanti.”
    Protinus induitur faciem cultumque Dianae
    atque ait: “O comitum, virgo, pars una mearum,
    in quibus es venata iugis?” De caespite virgo
    se levat et “salve numen, me indice”, dixit
    “audiat ipse licet maius Iove.” Ridet et audit,
    et sibi praeferri se gaudet et oscula iungit
    nec moderata satis nec sic a virgine danda.
    Qua venata foret silva, narrare parantem
    impedit amplexu, nec se sine crimine prodit.
    Illa quidem contra, quantum modo femina possit
    (adspiceres utinam, Saturnia: mitior esses !),
    illa quidem pugnat: sed quem superare puella,
    quisve Iovem poterat? — Superum petit aethera victor
    Iuppiter: huic odio nemus est et conscia silva.
    Unde pedem referens paene est oblita pharetram
    tollere cum telis et quem suspenderat arcum.
    Ecce, suo comitata choro Dictynna per altum
    Maenalon ingrediens et caede superba ferarum
    adspicit hanc visamque vocat: clamata refugit,
    et timuit primo, ne Iuppiter esset in illa.
    Sed postquam pariter nymphas incedere vidit,
    sensit abesse dolos numerumque accessit ad harum.
    Heu quam difficile est crimen non prodere vultu!
    Vix oculos attollit humo, nec, ut ante solebat,
    iuncta deae lateri, nec toto est agmine prima,
    sed silet et laesi dat signa rubore pudoris;
    et nisi quod virgo est poterat sentire Diana
    mille notis culpam; nymphae sensisse feruntur.
    Orbe resurgebant lunaria cornua nono,
    cum dea venatu, fraternis languida flammis,
    nacta nemus gelidum, de quo cum murmure labens
    ibat et attritas versabat rivus harenas.
    Ut loca laudavit, summas pede contigit undas:
    his quoque laudatis “procul est” ait “arbiter omnis;
    nuda superfusis tingamus corpora lymphis.”
    Parrhasis erubuit. Cunctae velamina ponunt:
    una moras quaerit. Dubitanti vestis adempta est;
    qua posita nudo patuit cum corpore crimen.
    Attonitae manibusque uterum celare volenti
    “i procul hinc” dixit “nec sacros pollue fontes”
    Cynthia; deque suo iussit secedere coetu.
    Senserat hoc olim magni matrona Tonantis
    distuleratque graves in idonea tempora poenas.
    Causa morae nulla est, et iam puer Arcas (id ipsum
    indoluit Iuno) fuerat de paelice natus.
    Quo simul obvertit saevam cum lumine mentem,
    “scilicet hoc etiam restabat, adultera” dixit,
    “ut fecunda fores, fieretque iniuria partu
    nota, Iovisque mei testatum dedecus esset.
    Haud impune feres: adimam tibi nempe figuram,
    qua tibi, quaque places nostro, importuna, marito.”
    Dixit et adversa prensis a fronte capillis
    stravit humi pronam. Tendebat bracchia supplex:
    bracchia coeperunt nigris horrescere villis
    curvarique manus et aduncos crescere in ungues
    officioque pedum fungi, laudataque quondam
    ora Iovi lato fieri deformia rictu.
    Neve preces animos et verba precantia flectant
    posse loqui eripitur; vox iracunda minaxque
    plenaque terroris rauco de gutture fertur.
    Mens antiqua tamen facta quoque mansit in ursa,
    adsiduoque suos gemitu testata dolores
    qualescumque manus ad caelum et sidera tollit
    ingratumque Iovem, nequeat cum dicere, sentit.
    A quotiens, sola non ausa quiescere silva,
    ante domum quondamque suis erravit in agris!
    A quotiens per saxa canum latratibus acta est
    venatrixque metu venantum territa fugit!
    Saepe feris latuit visis, oblita quid esset,
    ursaque conspectos in montibus horruit ursos
    pertimuitque lupos, quamvis pater esset in illis.
    Ecce, Lycaoniae proles, ignara parentis,
    Arcas adest, ter quinque fere natalibus actis:
    dumque feras sequitur, dum saltus eligit aptos
    nexilibusque plagis silvas Erymanthidas ambit,
    incidit in matrem; quae restitit Arcade viso
    et cognoscenti similis fuit. Ille refugit
    inmotosque oculos in se sine fine tenentem
    nescius extimuit propiusque accedere aventi
    vulnifico fuerat fixurus pectora telo.
    Arcuit omnipotens pariterque ipsosque nefasque
    sustulit, et celeri raptos per inania vento
    imposuit caelo vicinaque sidera fecit.
    Intumuit Iuno, postquam inter sidera paelex
    fulsit et ad canam descendit in aequora Tethyn
    Oceanumque senem, quorum reverentia movit
    saepe deos, causamque viae scitantibus infit:
    “Quaeritis, aetheriis quare regina deorum
    sedibus huc adsim? pro me tenet altera caelum.
    Mentiar, obscurum nisi nox cum fecerit orbem,
    nuper honoratas summo, mea vulnera, caelo
    videritis stellas illic, ubi circulus axem
    ultimus extremum spatioque brevissimus ambit.
    Est vero, cur quis Iunonem laedere nolit
    offensamque tremat, quae prosum sola nocendo?
    O ego quantum egi! quam vasta potentia nostra est!
    Esse hominem vetui: facta est dea. Sic ego poenas
    sontibus impono, sic est mea magna potestas.
    Vindicet antiquam faciem vultusque ferinos
    detrahat, Argolica quod in ante Phoronide fecit.
    Cur non et pulsa ducit Iunone meoque
    collocat in thalamo socerumque Lycaona sumit?
    At vos si laesae tangit contemptus alumnae,
    gurgite caeruleo septem prohibete triones
    sideraque in caelo, stupri mercede, recepta
    pellite, ne puro tingatur in aequore paelex.”

  • El atractivo de los lugares con historia

    ¿Por qué nos emocionan los lugares en los que vivieron los grandes hombres o los grandes artistas?

    Hay una fuerte y extraña ligazón entre las personas y los lugares en los que pasan su vida. Es más, esos lugares tienen un fuerte atractivo y generan fuertes deseos de conocerlos y visitarlos por parte de quienes admiran a las personas.

    ¿Qué turista en Verona  no visita emocionado la casa de Romeo Julieta, aunque le quepa la duda o la evidencia de que aquello no es sino un mero reclamo para el visitante? ¿No se organizan fervientes recorridos por el Dublín del Ulises de Joyce? ¿Acaso no imaginamos sonrientes la figura del Arcipreste revoloteando picarón entre las muchachas que acuden a la celebración de su Festival en Hita? ¿No acudimos curiosos a los lugares cervantinos, de manera especial a su casa en Alcalá? ¿Y no acudiremos dentro de poco serios y silenciosos a la cripta del convento de las Trinitarias de Madrid, en donde parece que se han encontrado los restos de nuestro más ilustre escritor? ¿Y qué decir de Stradford of Avon en Inglaterra, patria del inmortal Shakespeare? ¿Y del aula de Antonio Machado y los paseos junto al Duero en Soria o su tumba en Collioure (Francia), o de la cátedra de Fray Luis de León en Salamanca?

    Si siempre esto ha sido así, ¿qué no ocurrirá ahora, cuando abundantes e inquietas masas de turista acuden a cualquier sitio con cualquier reclamo?

    Pues bien, tenemos un documento realmente interesante en el que Cicerón y algunos amigos visitan con emoción algunos de los rincones de Atenas en los que enseñaron y vivieron los más ilustres y famosos hombres de la culta Grecia.

    Cicerón, junto con Bruto, Pisón, su hermano Quinto, Tito Pomponio, y su primo Lucio están en Atenas y deciden dar un paseo por la Academia, a mediodía por ser la hora en la que el lugar, ya muy decaído, está más solitario:

    Cicero, De Finibus, 5, 1-8 (Sobre los fines

    Después de haber escuchado, Bruto, a Antioco como acostumbraba en compañía de Marco Pisón, en el gimnasio que llaman “el Ptolomeo”, y junto con nosotros mi hermano Quinto y Tito Pomponio y Lucio Cicerón, primo hermano mío por parentesco pero hermano en el afecto, decidimos entre nosotros dar un paseo después de mediodía en la Academia, sobre todo porque a esa hora este lugar está vacío de toda gente. Así pues fuimos todos a casa de Pisón puntualmente y desde allí hicimos los seis estadios desde el Dípilo (una de las puertas de la ciudad) hablando de varias cosas. Cuando llegamos a los terrenos de la Academia, tan famosos no sin motivo, la soledad era precisamente la que deseábamos.

    Entonces dijo Pisón:  ¿Diré que se nos ha concedido por  la naturaleza o más bien por algún error  esto,  que cuando vemos estos lugares,  en los que sabemos que vivieron mucho tiempo hombres dignos de recuerdo, nos emocionamos más que si escucháramos alguna vez las acciones de ellos mismos o si leyéramos algún escrito suyo? Como yo mismo ahora estoy emocionado. Pues me viene a la mente el recuerdo de Platón, que sabemos que fue el primero que estableció la costumbre de enseñar disputando aquí. Incluso esos jardincillos cercanos no sólo me traen su recuerdo, sino que incluso me parece que me lo ponen delante de mi vista. Aquí estuvo Espeusipo, aquí estuvo Jenócrates, aquí estuvo Polemón escuchándoles, cuyo asiento fue ese mismo que estamos viendo. Y digo que también cuando veía nuestra Curia, no la nueva que me parece que es más pequeña aunque ahora es más grande, solía pensar en Escipión, en Catón, en Lelio y sobre todo en mi abuelo. Tan grande es la fuerza para hacernos recordar que hay en estos lugares que no sin motivo se ha basado en ellos el entrenamiento  de la memoria.

    Dijo entonces  Quinto: «Es absolutamente , Pisón, como tú dices. Ciertamente hace un momento cuando venía hacía aquí me atraía a mí mismo hacia él ese famoso lugar de Colono, en el que el inquilino Sófocles deambulaba ante mis ojos, a quien tú sabes cuánto admiro y cuánto me deleito con él.  Ciertamente  me ha trasladado al antiguo recuerdo de Edipo, que llegaba a este lugar y con aquellos versos suavísimos preguntaba qué lugar era éste, una cierta imagen suya,sin duda vana, pero me ha emocionado.

    Dijo entonces Pomponio: “Pues yo estoy muchas veces con Fedro, a quien vosotros soléis atacar como entregado a Epicuro, y a quien quiero especialmente, como sabéis en los jardines de Epicuro, por los que hace un momento pasábamos, y aunque me acuerdo de los vivos según el consejo del viejo proverbio, no puedo sin embargo, aunque quisiera, olvidarme de Epicuro, cuyo retrato tienen nuestros amigos no sólo en los cuadros sino también en las copas y en los anillos.

    Entonces dije yo: «Nuestro amigo Pomponio ciertamente parece bromear, y quizá con todo su derecho. Pues de tal modo se ha  aposentado en Atenas que casi es ya uno de los atenienses, y me parece que este será también su sobrenombre. Yo, Pisón estoy de acuerdo contigo en que a esto llegamos en la realidad, a pensar con más agudeza y más atención en los hombres famosos por la curiosidad de los lugares (que habitaron). Pues tú sabes que, en cierta ocasión, fui a Metaponto  contigo , y no acudí a casa de mi huésped antes de ver aquel mismo lugar y sede en la que Pitágoras paso su vida. Y todavía en este momento, aunque en cualquier lugar de Atenas hay muchas huellas de hombres famosos en sus propios lugares, sin embargo yo me emociono con aquella famosa exedra, pues no hace mucho fue de Carnéades, a quien me parece que estoy viendo –pues su retrato es conocido- . Me parece como si aquella su voz fuera echada de menos por el propio asiento privado de la enorme grandeza de su ingenio.

    Entonces dijo Pisón: «Puesto que todos hemos dicho algo, ¿qué dice nuestro querido Lucio? ¿No visita con gusto el lugar en el que solían disputar entre sí Demóstenes y Esquines? Pues cada uno es atraído sobre todo por su propia afición.

    Y éste, ruborizándose, dijo: «No me preguntes eso a mí, que incluso he bajado hasta el Fa-
    lérico,  al lugar en el que dicen que Demóstenes solía declamar frente a las olas, para acostumbrarse a dominar con su voz el bramido del mar. Hace también un momento me he desviado del camino un poco a la derecha para acercarme al sepulcro de Pericles. Pero esto en esta ciudad ciertamente es infinito: por cualquier parte por  donde vayamos, allí encontramos la huella de alguna historia.

    Entonces dijo Pisón: Pues bien, Cicerón, esas aficiones, si se dirigen a imitar a esos grandes hombres, son propias de personas inteligentes; si en cambio solo pretenden conocer los restos de un antiguo recuerdo, son propias de personas curiosas. Por eso todos te pedimos a ti, como ya haces como espero, que también quieras imitar a estos a los que quieres conocer.

    Contesto yo entonces: aunque ciertamente este Pisón ya hace, como ves, lo que recomiendas, sin embargo me es grato tu consejo.

    Entonces dijo él muy amistosamente, como era su costumbre: Dirijamos todos nosotros todos los esfuerzos  a la juventud de este, sobre todo para que dedique algo de su interés también a la filosofía, o para que te imite a ti, a quien ama, o para que pueda hacer con más elegancia eso mismo que desea. Y dijo también, ¿Pero Lucio, tienes que ser animado por nosotros o también te inclinas a ello espontáneamente? A mí me parece que atiendes con toda atención a Antioco, a cuyas lecciones acudes.

    Entonces él tímidamente, o más bien con modestia, respondió: « lo hago, ciertamente; pero ¿habéis oído hace poco hablar sobre Carnéades? Me atrae con pasión hacía allá,  pero Antioco me llama de nuevo hacia él y además no hay nadie más al que escuchar.

    Entonces le dijo Pisón:  aunque esto quizás no pueda salir bien, estando este presente –se refería a mí-,  sin embargo intentaré atraerte desde esta Academia Nueva a aquella Antigua, en la que, como oías decir a Antioco, no sólo se cuentan aquellos que se llaman Académicos, Espeusipo, Jenócrates, Polemón, Crantor y otros, sino también los antiguos Peripatéticos, de los cuales el principal es Aristóteles, al que,  exceptuado Platón, creo que con toda justicia le llamaría el principal de los filósofos. Dirígete, pues, a ellos, te lo ruego. Pues no sólo de sus escritos y consejos se puede extraer toda la doctrina de las ciencias liberales, toda la historia, toda la elegancia de la oratoria, sino que es tan grande la riqueza de sus obras que nadie sin este instrumento puede acceder con la suficiente elegancia a ninguna cosa importante. De ellos han salido oradores, de ellos generales y los cargos principales de la República. Y refiriéndome a profesionales menores, de esta especie de taller de todas las artes han salido matemáticos, poetas, músicos, y hasta médicos.

    Y yo le contesté: Sabes, Pisón, que pienso lo mismo, pero has hecho una mención oportunamente. Pues mi querido Cicerón desea escuchar  cuál es la opinión de esa Academia vieja que recordabas y de los  Peripatéticos sobre la finalidad de los bienes. Pensamos que tú puedes explicarlo con toda facilidad, porque también tuviste contigo durante muchos años al napolitano Estáseas y vemos que durante muchos meses ya averiguas estas mismas cosas de Antioco.

    Pero él, riéndose, dijo:  «Bueno, bueno; muy agudamente has querido, pues, que yo fuera el principio de nuestra discusión: se lo expondré a este joven, si algo puedo casualmente. Pues la soledad me concede lo que nunca hubiera imaginado, aunque un dios lo anunciara, que yo iba a disertar en la Academia como un filósofo.

    Pero mientras atiendo a este joven, no querría resultaros pesado a vosotros.

    ¿A mí, le dije, que te lo he pedido esto mismo?

    Entonces, al decir Quinto y Pomponio que ellos querían lo mismo, comenzó a hablar Pisón. Te ruego, Bruto, que atiendas a su discurso para ver si recoge suficientemente la opinión de Antioco, que considero que tu apruebas sobre todo porque has escuchado con frecuencia a su hermano Aristo.

    Concluyamos, como decía Pisón,  en que las visitas a estos lugares tan cargados de ciencia, arte y sabiduría no se deban hacer  solamente por una mera curiosidad turística  sino al deseo de imitación de las personas, y que  al menos sirvan para que algo de los autores quede en nuestro interior y nos afecte.

    Cicero, De Finibus, 5, 1-8

    Cum audissem Antiochum, Brute, ut solebam, cum M. Pisone in eo gymnasio, quod Ptolomaeum vocatur,  unaque nobiscum Q. frater et T. Pomponius Luciusque Cicero, frater noster cognatione patruelis, amore germanus, constituimus inter nos ut ambulationem postmeridianam conficeremus in Academia, maxime quod is locus ab omni turba id temporis vacuus esset. itaque ad tempus ad Pisonem omnes. inde sermone vario sex illa a Dipylo stadia confecimus. cum autem venissemus in Academiae non sine causa nobilitata spatia, solitudo erat ea, quam volueramus.  tum Piso: Naturane nobis hoc, inquit, datum dicam an errore quodam, ut, cum ea loca videamus, in quibus memoria dignos viros acceperimus multum esse versatos, magis moveamur, quam si quando eorum ipsorum aut facta audiamus aut scriptum aliquod legamus? velut ego nunc moveor. venit enim mihi Platonis in mentem, quem accepimus primum hic disputare solitum; cuius etiam illi hortuli propinqui non memoriam solum mihi afferunt, sed ipsum videntur in conspectu meo ponere. hic Speusippus, hic Xenocrates, hic eius auditor Polemo, cuius illa ipsa sessio fuit, quam videmus. Equidem etiam curiam nostram—Hostiliam dico, non hanc novam, quae minor mihi esse videtur, posteaquam est maior—solebam intuens Scipionem, Catonem, Laelium, nostrum vero in primis avum cogitare; tanta vis admonitionis inest in locis; ut non sine causa ex iis memoriae ducta sit disciplina.

    Tum Quintus: Est plane, Piso, ut dicis, inquit. nam me ipsum huc modo venientem convertebat ad sese Coloneus ille locus, cuius incola Sophocles ob oculos versabatur, quem scis quam admirer quamque eo delecter. me quidem ad altiorem memoriam Oedipodis huc venientis et illo mollissimo carmine quaenam essent ipsa haec loca requirentis species quaedam commovit, inaniter scilicet, sed commovit tamen.

    Tum Pomponius: At ego, quem vos ut deditum Epicuro insectari soletis, sum multum equidem cum Phaedro, quem unice diligo, ut scitis, in Epicuri hortis, quos modo praeteribamus,  sed veteris proverbii admonitu vivorum memini, nec tamen Epicuri licet oblivisci, si cupiam, cuius imaginem non modo in tabulis nostri familiares, sed etiam in poculis et in anulis habent.
    Hic ego: Pomponius quidem, inquam, noster iocari videtur, et fortasse suo iure. ita enim se Athenis collocavit, ut sit paene unus ex Atticis, ut id etiam cognomen videatur habiturus. Ego autem tibi, Piso, assentior usu hoc venire, ut acrius aliquanto et attentius de claris viris locorum admonitu cogitemus. scis enim me quodam tempore Metapontum venisse tecum neque ad hospitem ante devertisse, quam Pythagorae ipsum illum locum, ubi vitam ediderat, sedemque viderim. hoc autem tempore, etsi multa in omni parte Athenarum sunt in ipsis locis indicia summorum virorum, tamen ego illa moveor exhedra. modo enim fuit Carneadis, quem videre videor—est enim nota imago—, a sedeque ipsa tanta ingenii magnitudine orbata desiderari illam vocem puto.

    Tum Piso: Quoniam igitur aliquid omnes, quid Lucius noster? inquit. an eum locum libenter invisit, ubi Demosthenes et Aeschines inter se decertare soliti sunt? suo enim quisque studio maxime ducitur.

    Et ille, cum erubuisset: Noli, inquit, ex me quaerere, qui in Phalericum etiam descenderim, quo in loco ad fluctum aiunt declamare solitum Demosthenem, ut  fremitum assuesceret voce vincere. modo etiam paulum ad dexteram de via declinavi, ut ad Pericli sepulcrum accederem. quamquam id quidem infinitum est in hac urbe; quacumque enim ingredimur, in aliqua historia vestigium ponimus.

    Tum Piso: Atqui, Cicero, inquit, ista studia, si ad imitandos summos viros spectant, ingeniosorum sunt; sin tantum modo ad indicia veteris memoriae cognoscenda, curiosorum. te autem hortamur omnes, currentem quidem, ut spero, ut eos, quos novisse vis, imitari etiam velis.

    Hic ego: Etsi facit hic quidem, inquam, Piso, ut vides, ea, quae praecipis, tamen mihi grata hortatio tua est.

    Tum ille amicissime, ut solebat: Nos vero, inquit, omnes omnia ad huius adolescentiam conferamus, in primisque ut aliquid suorum studiorum philosophiae quoque impertiat, vel ut te imitetur, quem amat, vel ut illud ipsum, quod studet, facere possit ornatius. sed utrum hortandus es nobis, Luci, inquit, an etiam tua sponte propensus es? mihi quidem Antiochum, quem audis, satis belle videris attendere.

    Tum ille timide vel potius verecunde: Facio, inquit, equidem, sed audistine modo de Carneade? rapior illuc, revocat autem Antiochus, nec est praeterea, quem audiamus.

    Tum Piso: Etsi hoc, inquit, fortasse non poterit sic abire, cum hic assit—me autem dicebat—, tamen audebo te ab hac Academia nova ad veterem illam vocare, in qua, ut dicere Antiochum audiebas, non ii soli numerantur, qui Academici vocantur, Speusippus, Xenocrates, Polemo, Crantor ceterique, sed etiam Peripatetici  veteres, quorum princeps Aristoteles, quem excepto Platone haud scio an recte dixerim principem philosophorum. ad eos igitur converte te, quaeso. ex eorum enim scriptis et institutis cum omnis doctrina liberalis, omnis historia, omnis sermo elegans sumi potest, tum varietas est tanta artium, ut nemo sine eo instrumento ad ullam rem illustriorem satis ornatus possit accedere. ab his oratores, ab his imperatores ac rerum publicarum principes extiterunt. ut ad minora veniam, mathematici, poetae, musici, medici denique ex hac tamquam omnium artificum officina profecti sunt.

    Atque ego: Scis me, inquam, istud idem sentire, Piso, sed a te oportune facta mentio est. studet enim meus audire Cicero quaenam sit istius veteris, quam commemoras, Academiae de finibus bonorum Peripateticorumque sententia. censemus autem facillime te id explanare posse, quod et Staseam Neapolitanum multos annos habueris apud te et complures iam menses Athenis haec ipsa te ex Antiocho videamus exquirere.

    Et ille ridens: Age, age, inquit,—satis enim scite me nostri sermonis principium esse voluisti—exponamus adolescenti, si quae forte possumus. dat enim id nobis solitudo, quod si qui deus diceret, numquam putarem me in Academia tamquam philosophum disputaturum. sed ne, dum huic obsequor, vobis molestus sim.

    Mihi, inquam, qui te id ipsum rogavi?

    Tum, Quintus et Pomponius cum idem se velle dixissent, Piso exorsus est. cuius oratio attende, quaeso, Brute, satisne videatur Antiochi complexa esse sententiam, quam tibi, qui fratrem eius Aristum frequenter audieris, maxime probatam existimo.

  • Summum ius summa iniuria, “La extrema justicia es extrema injusticia”

    El sentido de esta frase latina, convertida en proverbio, es advertir de cómo una aplicación de la ley con todo rigor al pie de la letra puede devenir en una enorme injusticia.

    Es una máxima latina con notable arraigo en Occidente porque se ha convertido en un proverbio o frase o sentencia latina, como otras muchas que en su concisión y brevedad están cargadas de contenido.

    Son muchos los ciudadanos que rechazan  una aplicación mecánica y rigorista de la ley,  que como recoge los Digesta Iustiniani,40, 9,12 en otra sentencia también lapidaria, siempre es dura: Dura lex, sed lex, La Ley es dura, pero es la ley.

    Son también  muchos los partidarios de una dura aplicación. Tal vez sin un conocimiento suficiente de la situación, tengo la impresión personal de que la ley tiene una aplicación más rigorista en EEUU, a pesar de que la tradición anglosajona del derecho basado en la experiencia de la aplicación, que se aplica en Gran Bretaña, parecería aconsejar todo lo contrario.

    El origen de esta frase no parece estar en el propio mundo del derecho teórico, porque encierra en sí una contradicción o autonegación de la propia ley. Parece más bien recoger el valor de la experiencia en la aplicación, que aconseja tener en cuenta las circunstancias concretas del incumplimiento de la norma y de la aplicación de la pena.

    Desde el punto de vista retórico sería una especie de oxímoron ((del gr. ὀξύμωρον) o unión de dos ideas de significación contradictoria o “absurdo ingenioso” como le llaman los griegos, o en latín “contradictio in terminis” (contradicción en los términos –linguísticos-), que se explica por el contexto. La palabra oxímoron procede de las griegas ὀξύς (oxýs: ‘agudo, punzante’) y μωρός (morós: ‘fofo, romo, tonto’); así que la misma palabra es un ejemplo de oxímoron.

    También puede considerarse como un caso de “figura etimológica” o utilización de varias formas derivadas de un mismo lexema en tanto en cuanto “iniuria” deriva o niega a “ius”.

    La frase como tal “súmmum ius, summa iniuria”  sólo aparece en Cicerón en su obra Sobre los Deberes  (De officiis I, 33), que más adelante comentaré.

    Se cita como precedente un texto de una comedia de Terencio, que es muy similar. Emplea Terencio en  su Heautontimorumenos (El atormentador de sí mismo) la expresión  “ius súmmum saepe summa’st malitia”, “la suma justicia muchas veces es un sumo mal”.

    El autor de comedias latino Terencio se inspira directamente, cuando no traduce literalmente, en las comedias del autor griego Menandro. Este hecho y la influencia griega que también tiene en gran medida el propio Cicerón, permite pensar que el origen de la frase estaría en el mundo griego, pero no conservamos la obra de Menandro para comprobarlo.

    En todo caso si es cierto que en el mundo griego surge la cuestión de la relación entre la justicia,  dikaion  (δίκαιον), la ley (νόμος) nomos,  y la equidad , ἐπιείκεια, epiqueya.

    Observemos que en la aplicación del derecho del Atica se prefiere el arbitraje y las propuestas conciliadoras que la actuación exclusiva de los tribunales.

    Cicerón, recogiendo sin duda más  una opinión y sentimiento ciudadano extendido, rechaza o advierte de la rigidez formalista y literal del Derecho Romano, como se deduce de los ejemplos que aduce en el texto que inmediatamente transcribiré, sin pretender por ello que la sentencia en cuestión formara parte del corpus iuridicum en sí.

    Epiqueya”, ἐπιείκεια, (equidad), es un término griego, de valor jurídico, que se refiere a la aplicación concreta de una ley, que siempre es general, a los casos concretos que son los reales. Se trata de una virtud moral que permite a una persona no aplicar la observación literal de una norma positiva para respetar o ser fiel al sentido o espíritu auténtico de la propia norma. El Diccionario de la Real Academia Española lo define como: 1. f. Interpretación moderada y prudente de la ley, según las circunstancias de tiempo, lugar y persona.

    Los antiguos (Platón, Aristóteles,…) dedicaron mucho tiempo a este tema  de la “epiqueya” y por tanto del significado y valor de la ley y del derecho como instrumento para su aplicación.  Sin duda merece un artículo que en su momento realizaré.

    Así que el primer texto latino,  corresponde  Terencio,  que, como decía  en su Heautontimorumenos (El atormentador de sí mismo), Acto IV, Escena 5,48 ( v. 796) emplea la expresión  “ius súmmum saepe summa’st malitia”.

    Nota: la comedia de Terencio, copia o simple traducción de una similar de Menandro, se representó por primera vez en el año 163 a.C.  En ella Menedemo, un padre anciano, se atormenta y lamenta de haber sido un padre demasiado severo que obligó a su hijo Clinias a escaparse de casa y alistarse en un ejército extranjero. Luego la obra se desarrolla en torno a un enredo amoroso típico de estas comedias.

    HEAVTON TIMORVMENOS 795 (Acto4,Escena 5,48)


    SIRO. – Por otra parte, Cremes, yo hago eso como  justo y bueno.

    CREMES. – Y yo  deseo sobre todo que te decidas a hacerlo, pero por otro camino.

    SIRO. – Hágase; hablemos de otra cosa. Aquello que te dije del dinero que esa le debe a Baquis,  hay que devolvérselo ahora a ella. Y tú, naturalmente,  no te refugies en aquello: “¿Qué tiene que ver conmigo? ¿Acaso me lo dieron a mí? ¿Acaso lo ordené yo? ¿Acaso podía ella dar en prenda a mi hija sin mi consentimiento?” Es verdad, Cremes, lo que dicen: “La más estricta justicia es a menudo la mayor maldad”

    CREMES. – No lo haré.

    SIRO. – Ciertamente si a otros les está permitido, a ti no te está permitido: todos creen que tú estás en una situación limpia y bien hecha.

    SYRUS: Caeterum equidem istuc, Chrene,
    Aequi bonique facio.

    CHREMES  atqui quam maxume
    volo te dare operam ut fiat, verum alia via.

    SYRUS (Servus). fiat, quaeratur aliquid. sed illud quod tibi     
    dixi de argento quod ista debet Bacchidi,
    id nunc reddendumst illi: neque tu scilicet
    illuc confugies: "quid mea? num mihi datumst?
    num iussi? num illa oppignerare filiam
    meam me invito potuit?" verum illuc, Chreme,      
    dicunt: "ius summum saepe summast malitia."

    CHREMES. haud faciam.

    SYRUS. immo aliis si licet, tibi non licet:
    omnes te in lauta et bene acta parte putant.

    La forma de Cicerón es la única que aparece como tal en la literatura latina. Aparece, como dije, en su obra Sobre los Deberes (De officiis) lib.I,33.

    Muchas  veces existen también injusticias derivadas de alguna calumnia y de una interpretación demasiado astuta y maliciosa del derecho. Por lo que se ha hecho ya corriente en la conversación aquel proverbio “la extrema justicia es extrema injusticia”. Y en este tipo se peca también mucho en los asuntos públicos, comoaquel , que, habiendo hecho con el enemigo una tregua de treinta días, por la noche devastaba los campos, porque la tregua era de días, no de noches.

    Ni tampoco puede ser aprobado nuestro compatriota, si es verdad que Quinto Fabio Labieno o cualquiera otro –no lo conozco sino de oídas-  nombrado por el senado árbitro para tratar de los límites entre los habitantes de Nola y los de Nápoles, cuando llegó al lugar, habló por separado con unos y otros para que no se comportaran con ambición ni con codicia y que prefirieran retrotraer sus límites a adelantarlos. Como las dos partes lo hicieron así, quedó en medio una parte de campo. En consecuencia él fijó los límites como ellos mismos habían dicho; el campo que había quedado en medio lo adjudicó al pueblo romano. Esto es engañar, no juzgar. Por ello en toda ocasión hay que huir de tales sutilezas.

    Hay también algunos deberes que han de ser observados con aquellos de quienes has recibido una injusticia. Hay, pues,  un límite para la venganza y para el castigo; y no sé si es suficiente que aquel que ha ofendido, se arrepienta de su injustica, de forma que él mismo no haga nada semejante de nuevo y los demás sean más remisos para cometer injusticias.

    Y en los asuntos públicos se han de respetar sobre todo los derechos de la guerra. Pues habiendo dos tipos de dejar de luchar, uno mediante la negociación y otro mediante la fuerza, y siendo aquel más propio del hombre y este de los animales, se habrá de recurrir a este último si no se puede utilizar el primero.

    Nota: la historia de la tregua de los días y no de las noches se cuenta de Cleomenes, rey de Esparta (520-491 a.C.) en la guerra que con Argos. Lo cuenta Plutarco, en su Apophthegmata Laconica, 223A, “Máximas de espartanos”

    DE OFFICIIS LIBER PRIMVS 33

    Existunt etiam saepe iniuriae calumnia quadam et nimis callida sed malitiosa iuris interpretatione. Ex quo illud "summum ius summa iniuria" factum est iam tritum sermone proverbium. Quo in genere etiam in re publica multa peccantur, ut ille, qui, cum triginta dierum essent cum hoste indutiae factae, noctu populabatur agros, quod dierum essent pactae, non noctium indutiae. Ne noster quidem probandus, si verum est Q. Fabium Labeonem seu quem alium–nihil enim habeo praeter auditum –arbitrum Nolanis et Neapolitanis de finibus a senatu datum, cum ad locum venisset, cum utrisque separatim locutum, ne cupide quid agerent, ne appetenter, atque ut regredi quam progredi mallent. Id cum utrique fecissent, aliquantum agri in medio relictum est. Itaque illorum finis sic, ut ipsi dixerant, terminavit; in medio relictum quod erat, populo Romano adiudicavit. Decipere hoc quidem est, non iudicare. Quocirca in omni est re fugienda talis sollertia.

    .Sunt autem quaedam officia etiam adversus eos servanda, a quibus iniuriam acceperis. Est enim ulciscendi et puniendi modus; atque haud scio an satis sit eum, qui lacessierit, iniuriae suae paenitere, ut et ipse ne quid tale posthac et ceteri sint ad iniuriam tardiores.

    Atque in re publica maxime conservanda sunt iura belli. Nam cum sint duo genera decertandi, unum per disceptationem, alterum per vim, cumque illud proprium sit hominis, hoc beluarum, confugiendum est ad posterius, si uti non licet superiore.

    Curiosamente encontramos una cita en Columela, autor de una obra sobre la agricultura, referida a la relación del señor y dueño de las tierras con sus colonos;  dice en De re rustica, libro I,7:

    Una vez aceptadas y dispuestas todas estas cosas de esta manera, se requiere la principal preocupación del señor para las restantes cosas, especialmente para con los hombres. Estos pueden ser o colonos o esclavos, y estos o sueltos o atados con cadenas.  Actúe suavemente con los colonos y se muestre asequible. Exija con más empeño el trabajo que los pagos, porque esto ofende menos, y sin embargo en conjunto es más beneficioso. Pues cuando un campo se cultiva con diligencia, siempre aporta ganancias y nunca pérdidas, excepto en caso de fuerza mayor como el tiempo o el robo, y por ello el colono no se atreve a pedir la condonación.

    Ni tampoco el señor debe ser pesado en exigir su derecho en cada una de las cosas con las que el colono está obligado, como en las fechas de los pagos o en exigir  la leña y las restantes pequeñas aportaciones cuyo cumplimiento acarrea a los campesinos más molestia que gasto. Ni por supuesto se debe reclamar todo lo que nos está permitido, pues ya los antiguos consideraban  a la justicia extrema como una extrema cruz (extremo castigo o sufrimiento)


     His omnibus ita vel acceptis vel compositis, praecipua cura domini requiritur, cum in ceteris rebus, tum maxime in hominibus. Atque hi vel coloni vel servi sunt, soluti aut vincti. Comiter agat cum colonis, facilemque se praebeat. Avarius opus exigat quam pensiones, quoniam et minus id offendit, et tamen in universum magis prodest. Nam ubi sedulo colitur ager, plerumque compendium, numquam (nisi si caeli maior vis aut praedonis accessit) detrimentum affert, eoque remissionem colonus petere non audet. Sed nec dominus in unaquaque re, cum colonum obligaverit, tenax esse iuris debet, sicut in diebus pecuniarum, ut lignis et ceteris parvis accessionibus exigendis, quarum cura maiorem molestiam quam impensam rusticis licet. Nec sane est vindicandum nobis quidquid licet. Nam summum ius antiqui summam putabant crucem.

    Nótese que Columela ha sustituido “iniuria” por “crucem”,  cruz con el sentido de castigo, lo que aleja también la expresión del lenguaje técnico jurídico.

    Existe también otra cita curiosa en la primera de las cartas de San Jerónimo (c.340-420),  que en este caso dirige a su compañero Inocencio. En ella relata la historia milagrosa de una muchacha cristiana acusada falsamente por su marido de adulterio. La joven niega la acusación confiando en la ayuda de Dios. El verdugo intenta seis veces en vano ajusticiarla; cada vez que descarga el golpe de su espada sobre el cuello de la joven, la espada se detiene al contacto con la carne. Un segundo verdugo  consigue por fin al séptimo intento dar muerte a la joven, que pronto vuelve a la vida con la ayuda divina. Mientras tanto ha muerto otra mujer, que sustituye a la primera en la tumba; la resucitada es escondida en una granja cercana. Pero he aquí que un funcionario celoso sospecha algo y pide ver de nuevo el cuerpo de la joven. Es entonces cuando San Jerónimo exclama en el parágrafo 14:

    La mujer es ocultada en casa lejos apartada del odio del verdugo confuso, y para que las frecuentes visitas del médico a la Iglesia no levantaran sospechas, la trasladaron en compañía de algunas jóvenes muchachas a una pequeña casa de campo más escondida con el pelo cortado. Allí cambiado también su vestido por uno masculino, poco a poco van cicatrizando sus heridas. Incluso después de tantos milagros, todavía se siguen ensañando las leyes. Ciertamente, “la suma justicia es el sumo mal”.  

    Tali invidia carnifice confuso clam domi mulier fodiatur et, ne forte creber ad ecclesiam medici commeatus suspicionis panderet viam, eum quibusdam virginibus ad secretiorem villulam secto crine transmittitur. Ibi paulatim virili habitu veste mutata in cicatricem vulnus obducitur. Et—‘ O vere ius summum summa malitia! ’—post tanta miracula adhuc saeviunt leges.

    Curiosamente, San Jerónimo utiliza la expresión de Terencio summa malitia” y no la de Cicerónsúmma iniuria”, que es la que posteriormente se ha generalizado, probablemente por la vistosa y retórica contraposición “ius/in-iuria”.

    En resumen, el proverbio, nos advierte de que la aplicación rigurosamente estricta y literal de la ley positiva, puede producir grandes daños jurídicos, por lo que el juez o el agente judicial ha de actuar aconsejado por la equidad; de lo contrario el Derecho, la ley, la justicia puede devenir irónicamente en injusticia.

    Esto explica lo que el Código Civil Español dice en su artículo 3:

    Artículo 3.
    1. Las normas se interpretarán según el sentido propio de sus palabras, en relación con el contexto, los antecedentes históricos y legislativos, y la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas, atendiendo fundamentalmente al espíritu y finalidad de aquellas.
    2. La equidad habrá de ponderarse en la aplicación de las normas, si bien las resoluciones de los Tribunales sólo podrán descansar de manera exclusiva en ella cuando la ley expresamente lo permita.

    El proverbio, por lo demás, se ha generalizado en todas las lenguas, como por ejemplo: en inglés:  Rigorous law is often rigorous injustice./ Extreme law, extreme injustice; en italiano: il sommo diritto è somma ingiustizia o Gran giustizia, grande offesa; en francés: Excès de justice, excès d’injustice; en alemán: Das strengste Recht, das grösste Unrecht.

  • Sagrada Safo, coronada de violetas, sonrisa de miel

    Safo fue la primera poetisa importante de Occidente y una de las creadoras de la poesía lírica, personal e intimista.

    Sáfico y lésbico son dos adjetivos con los que nombramos al amor homosexual entre mujeres. El origen de estos términos está en el nombre de la más famosa poetisa griega de toda la Antigüedad, Safo, y en el nombre de la isla en la que  vivió la mayor parte de su tiempo, Lesbos, a finales del siglo VII a.C. en una familia aristocrática.

    Algunos otros de los escasos datos biográficos que nos ofrecen las fuentes antiguas, nada seguras y firmes, son que estuvo casada con un comerciante, que tuvo una hija llamada Cleis, que vivió algún tiempo exiliada en Sicilia y que tuvo tres hermanos, uno de ellos arruinado por su loco amor por  una prostituta (a ello se refieren algunos poemas). Algunos otros detalles interesantes los podemos deducir de sus propios poemas.

    Por cierto, de Lesbos era  también Alceo, el otro gran poeta lírico primitivo, y a veces se representan juntos a estos dos grandes poetas.

    El origen de la palabra homosexual

    Homosexual  es una palabra compuesta de la griega  ὅμοιος, homoyos, que significa “igual” y la latina sexualis, de sexus, sexual, sexo. Por lo tanto se refiere a los amores entre personas del mismo sexo. Nada tiene que ver su origen pues con la palabra latina “homo” que significa hombre. Al amor entre personas de género masculino se le suele llamar, más específicamente “gay”, término inglés que en principio significa “alegre”; al amor entre mujeres, como queda indicado, se le llama “sáfico” o “lésbico”.  Estos términos parece que comenzaron a emplearse en la Francia Ilustrada del siglo XVIII.

    Safo, la primera y mejor poetisa griega

    De Safo de Lesbos desconocemos casi todo e incluso mucho de  lo que con poco sentido crítico se afirma de ella se debe a una opinión y  tradición negativa ya desde la propia Antigüedad, acrecentada luego por la moral cristiana.

    Y sin embargo en lo que sí hay acuerdo general es en que fue la primera y mejor poetisa griega, cuya fama se vio reconocida desde la propia Antigüedad. (Hubo otras poetisas menos conocidas como Corina, Telesila, Praxila, Cleobulina, Beo, Erina, Nóside, …)

    Escribió nueve libros de odas, epitalamios o canciones de bodas, elegías, himnos a las diosas y dioses. Pero  tan sólo conocemos de todo esto siete  poemas extensos que podríamos considerar cuasi completos o menos destruidos, y unos cuantos fragmentos, 264 en total, la mayor parte citas, a veces de una sola palabra, de gramáticos y comentaristas antiguos. De hecho, 63 están formados por un solo verso; 21 por una estrofa y como decía,7  poemas están cuasi completos.

    Se dice que dirigió una escuela de jóvenes poetisas

    Casi todo en su vida es enigmático y fascinante y raramente probado. Se ha dicho, sin suficiente fundamento, que Safo tenía y dirigía una escuela o grupo de jóvenes muchachas (parthenoi, doncellas), círculo de hetairai o «compañeras»,tal vez a semejanza de los grupos masculinos.

    La discusión sobre la naturaleza de este grupo o “thiasos” θίασος,  ha sido abundante. Las muchachas acudían a su casa, a la que llamaba “Morada de las servidoras de las Musas , como se refleja en el fragmento  101,  tal vez para recibir cierta formación y cultivar el espíritu, componiendo y cantando poemas al amor, a la belleza, al pudor de las muchachas vírgenes, aprendiendo gimnasia, música y danza, adorno personal,  como si de una escuela de señoritas se tratara; tal vez como preparación al matrimonio; tal vez para  rendir culto a Afrodita o Eros, como otras asociaciones o “thiasos”, θίασος,  similares. Tal vez para un poco de todo esto.  En todo caso se trataría de  una agrupación de amigas que se reúnen  para festejar con cantos y danzas, también con banquetes,  su amistad, como hacían los hombres.  Pero si esto es así, ¿para qué se necesita hacerla directora de una especie de “academia” para señoritas de buena familia?

    Las discusiones y matizaciones sobre el tipo de relaciones que se establecían en el thiasos han sido muy numerosas y siguen siéndolo hoy en día en que intervienen también diversos grupos feministas con ideas diversas sobre el papel, situación y relaciones de la mujer en la sociedad.

    La opinión,  expresada sin ningún rigor, de que su casa  era simplemente un prostíbulo está absolutamente desacreditada. Séneca, bien es cierto que despreciando el saber inútil al que muchos se entregan, hace una referencia a ello en su Carta a Lucilio, LXXXVIII, 37:

    El gramático Dídimo escribió cuatro mil libros:  ¡me daría pena si él hubiera leído tantas cosas inútiles! En estos libros se pregunta por la patria de Homero, de la verdadera madre de Eneas, si Anacreonte en su vida fue más lujurioso que borracho, si Safo fue una mujer pública, y otras cosas que si las hubieras aprendido tendrías que desaprenderlas. Y ahora niega que la vida sea larga.

    Quattuor milia librorum Didymus grammaticus scripsit: misererer si tam multa supervacua legisset. In his libris de patria Homeri quaeritur, in his de Aeneae matre vera, in his libidinosior Anacreon an ebriosior vixerit, in his an Sappho publica fuerit, et alia quae erant dediscenda si scires. I nunc et longam esse vitam nega!

    Safo es una de las creadoras de la poesía lírica

    Safo es una de las creadoras de la poesía lírica, que no canta los hechos y hazañas épicas de los héroes griegos que representan el espíritu colectivo, sino los sencillos y refinados sentimientos personales de las delicadas y educadas muchachas de Lesbos, especialmente el amor entre las personas. Canta a las diosas de las artes, de la belleza, del amor, de la voluptuosidad: Eros, Afrodita, las Musas.

    Claramente expresa su desinterés por la épica y su interés por su mundo  personal  femenino y delicado en estos versos:

    Unos dicen que las huestes de jinetes, otros que las de infantería
    Otros que una flota de barcos
    Pero yo digo que lo más hermoso sobre la oscura tierra
    Es aquello que uno ama

    Esta poesía de los sentimientos personales, del amor sobre todo,  frente a los grandes ideales heroicos hoy  no nos llama la atención, pero piénsese que estamos hablando de los orígenes,  de la primera vez que esto ocurre y esto sí debió ser chocante entonces.

    Es una poesía para ser cantada al son de la lira (curiosamente, aunque sin fundamento, se le atribuye a Safo el invento del plectro o púa que se utiliza para hacer vibrar las cuerdas de los instrumentos musicales). La  musicalidad y sonoridad es precisamente una de sus características más valiosas.

    Nota: Precisamente por el acompañamiento del instrumento musical, la lira,  se llama a esta poesía “lírica”. La palabra épica  proviene del adjetivo griego ἐπικός (epikos), de  ἔπος (epos palabra, discurso, relato, canto, noticia,sentencia).

    Otras características, que provocan una fuerte emoción, son la sencillez de las palabras (usa el lenguaje cotidiano, el nombre de las cosas), la naturalidad de los sentimientos y la frescura de  de una poesía fuertemente sensual de expresión directa e inteligible, sin adornos ni afectación, tan lejos de tantos poetas antiguos y modernos saturados de retoricismo o empalagoso lenguaje incomprensible. Su sencillez está, pues,  en las palabras, en la expresión y en la sonoridad.

    La estrofa sáfica está formada  por tres versos endecasílabos y otro llamado adonio de cinco sílabas. Aunque se sigue basando esta métrica en la duración de las sílabas, el hecho de que sean versos de un determinado número de sílabas, la aproxima a nuestro sistema de versificación. Safo  popularizó esta estrofa y de ella recibe el nombre.

    Sin duda no es un hecho irrelevante que la isla de Lesbos se encuentre en frente y próxima a las costas de la sensual Asía  y no junto a las más severas y rígidas de la Grecia continental.
    Aunque se haya querido ocultar durante mucho tiempo, desconociendo a veces la correcta interpretación del texto, en sus poemas, dirigidos a las jóvenes muchachas servidoras de las Musas” expresando los sentimientos de amor, ternura, celos, rechazo…, se evidencia un amor homosexual que probablemente fue real:

    En blandos lechos tendida
    pudiste colmar tu deseo” 
       (fragmento 54)

    Así la cita de Horacio en Carmen II, XIII, 24-25 lo da por hecho:

    A Safo con la lira de los eolios,
    llorar de amor por las muchachas de su pueblo.

    Aeolibus fidiibus  quaerentem
    Sappho puellis de popularibus

    Y el mismo Horacio en la Epístola 19 del libro I, verso 28 se refiere a ella como “mascula Sappho”, “masculina Safo”.

    Yo fui el primero que mostró al Lacio
    los yambos de Paros, siguiendo la métrica y el espíritu
    de Arquíloco, mientras los hechos y las palabras seguían a Lycambe.
    Pero no me corones por ello con menos hojas (de laurel),
    porque no me atreví a cambiar sus  metros y el arte de su poesía.
    La masculina Safo acomoda  su Musa al verso de Arquíloco;
    la  acomoda  también Alceo, aunque difiere en los hechos  y en su estructura.

    Parios ego primus iambos
    ostendi Latio, numeros animosque secutus
    25Archilochi, non res et agentia verba Lycamben.
    ac ne me foliis ideo brevi oribus ornes,
    quod timui mutare modos et carminis artem,
    temperat Archilochi Musam pede mascula Sappho,
    temperat Alcaeus, sed rebus et ordine dispar,

    Los moralistas antiguos construyeron una visión negativa de Safo por sus relaciones homosexuales

    Su condición de mujer, la dirección de un grupo de muchachas (thiasos), el cultivo de una poesía intimista que canta los sentimientos personales, especialmente dirigida a otras muchachas, (hasta quince: Atis, Anactoria, Cidro, Arquenasa, Girino, etc.) y que revela sus relaciones homosexuales, su devoción a Afrodita, diosa del amor, y al propio Eros, las acusaciones de inmoralidad… fueron los componentes esenciales con los que los moralistas ya antiguos construyeron una visión negativa de la gran poetisa, censurada, incomprendida y olvidada.  Desde luego su modelo de libertad y relaciones sexuales igualitarias entre las amantes chocaría sin duda con el modelo de amor de los hombres, en los que siempre hay un matiz de dominio de uno sobre otra o sobre otro (en el caso del amor pederasta a los jóvenes).

    Pero su obra se conservó por lo menos hasta el siglo III de nuestra era; lo que es prueba del aprecio de que gozó. Luego, como  consecuencia de su mala fama, lo que nos ha llegado de ellas son apenas unos retazos (218 fragmentos) de lo que fue su obra.

    En el paroxismo de la crítica moral, tanto se le achaca un incontenido apetito sexual que le llevó a tener innumerables amantes masculinos como se afirma que si hubiera sido más atractiva para los hombres no hubiera buscado la relación con mujeres. Hay obras de teatro con su nombre en las que así se la dibuja, como dominada por un fuerte apetito sexual.  Así en Aristófanes aparece el término “lesbiatsein”, verbo formado a partir de “Lesbos”, que viene a significar “hacer un lésbico”, cuyo significado el lector deducirá fácilmente de la comparación con otras modalidades de práctica amorosa a los que también se designa con el nombre del lugar, como “francés o griego”.

    Hay incluso algún texto que la describe como de baja estatura, morena y fea. Es curioso lo modernas que suenan algunas de estas afirmaciones, absolutamente machistas, referidas a mujeres homosexuales.

    La leyenda sobre su muerte

    Menandro creó una leyenda sobre su muerte, que también recrea y propala Ovidio en sus Heroidas, según la cual Safo se arrojó desde el acantilado de Leucade por el amor no correspondido del joven y hermoso Faón. Leucade es un mítico lugar, un alto promontorio y quien de él se arroja se libera de una pasión amorosa no correspondida.

    Aunque suponga una pequeña digresión comentaré que Ovidio escribió una  obra de cartas imaginarias en las que veintiuna heroínas griegas escriben a sus amados. Son las Heroidas. Todas las mujeres son personajes míticos, excepto Safo, personaje real, protagonista de la carta número XV, que envía a su amor Faón. Esta carta de Ovidio colaboró enormemente a difundir algunos de los tópicos que sobre Safo corrían ya en la Antigüedad. Así:

    –  el inflamado apetito sexual y lascivia de la poetisa, en los versos 9-10:

    Me abraso, como arde el fértil campo con sus trigales incendiados,
    cuando el Euro incontrolado aviva las llamas.

    Uror, ut, indomitus ignem exercentibus Euris,
    Fertilis accensis messibus ardet ager.

    También en Ars amatoria, III, 331 se pregunta retóricamente:

    mira a Safo: ¿qué más lascivo que ella?

    Nota sit et Sappho (quid enim lascivius illa?),

    la mala fama de su amor en el verso 201:

    Muchachas de Lesbos, que me habéis hecho infame por haberos amado…

    Lesbides, infamem quae me fecistis amatae

      el reconocimiento y fama que ya tenía, v. 29-30:

    Mi nombre es alabado en el orbe entero
    y ni el mismo Alceo, compañero de patria también poeta,
    es más alabado, aunque su canto resuene mejor.

    Nec plus Alcaeus, consors patriaeque lyraeque,
    Lausdis habet, quamvis grandius ille sonet

    su fealdad, baja estatura  y tez morena, 31-38

    Si la cruel naturaleza me negó la belleza,
    yo suplo con mi ingenio la falta de hermosura.
    Soy pequeña, pero tengo un nombre que llena toda la tierra.
    La estatura que tengo es la que mide mi nombre.
    No soy blanca, pero a  Perseo  le agradó Andrómeda,
    hija de Cefeo, morena con el color de su país.
    Muchas veces las blancas palomas se unen a las de muchos colores
    y la negra tórtola es amada por el ave de color verde (el loro)

    Si mihi difficilis formam natura negavit,
    Ingenio formae damna rependo meae.
    “Sum brevis; at nomen quod terras impleat omnes
    Est mihi; mensuram nominis ipsa fero.
    Candida si non sum, placuit Cepheia Perseo
    Andromede, patriae fusca colore suae.
    Et variis albae iunguntur saepe columbae;
    Et niger a viridi turtur amatur ave.

    En esta carta Ovidio creó un verso famoso, expresión del sentimiento amoroso. El v. 96

    No te pido que me ames, sino que me dejes amarte

    Non ut ames oro, verum ut amare sinas.

    O el verso 121, resumen de tanta conducta enamorada socialmente correcta:

    No marchan juntos el pudor y el amor

    Non veniunt in idem pudor atque amor:…

    La poesía de Safo fue reconocida por serios e importantes hombres antiguos

    Pero todo esto negativo choca con la opinión de serios e importantes hombres antiguos y con el reconocimiento de que fue objeto por su ciudad y por estos hombres, a pesar de que su labor y poesía queda encerrada exclusivamente en el mundo femenino.

    Dionisio de Halicarnaso, en su De Compositione Verborum XXIII, 173 la considera como la mejor representante  de la lírica, junto a Anacreonte. Es en ese pasaje en el que transcribe, y gracias a él se conserva, el prácticamente único poema completo, el Himno a Afrodita.

    Estobeo, autor bizantino de los siglos V-VI de una antología de textos, hace una cita de Aeliano en la que se cuenta una interesante anécdota referida  a la poetisa:

    Estobeo, Florilegio, 3.29.58: 

    Solón de Atenas escuchó de su sobrino Execestides una canción de Safo sobre el vino y tanto le gusto la canción que le pidió al muchacho que se la enseñara; cuando le preguntaron por qué razón quería aprenderla, contestó que para aprenderla y luego morir.

    Sócrates la consideraba también  como uno de los sabios de la antigua historia griega.

    A Platón se le atribuye el siguiente epigrama de la Antología Palatina, que recoge García Gual en su Antología de la poesía lírica antigua, en el que la llama nada menos que “la décima Musa”:

    Dicen algunos que son nueve las Musas.
    ¡Cuánto se engañan!
    Pues he aquí la décima Musa
    (Antología Palatina (16D))

    Y también unos atribuyen  a Platón y otros a Antípatro de Sidón otro epigrama llamado “Epitafio para Safo” en el que se llama “Musa mortal que cantaba con las Musas inmortales». Reproduzco la versión de  Manuel Fernández Galiano para Gredos. Antología Palatina, Epigrama Helenísticos (VII 14):

    Epitafio de Safo

    A Safo custodias, eólide tierra, a la Musa
    Mortal a quien las Musas divinas reconocen,
    Criada por Cipris y Eros, que siempre trenzaba
    Con Persuasión guirnaldas perennes de las Piérides,
    De la Hélade encanto y honor para ti. ¿Por qué, Moiras,
    Que torcéis el hilo triple con vuestros husos,
    vida infinita no hilasteis a aquella que trajo
    dones infinitos a las Heliconiades?

    Alceo, su compatriota, le dedicó un sentido y precioso verso:

    “Coronada de violetas, sonrisa de miel, sagrada Safo” (fragmento 63D), con el que he querido titular este artículo

    Dice también Estrabón en XIII,2,3:

    “en la misma época (que Pitaco y Alceo) vivio Safo; fue un ser extraordinario, porque no sabemos que en ningún otro tiempo, por más que nos remontemos al pasado, hubiese existido otra mujer que por poco que fuese pudiera comparársele en poesía”.

    Las referencias son numerosas. Estas contradicciones en la valoración llevaron a algunos antiguos a suponer o a inventar absurdamente la existencia de dos Safos, una la adorada poetisa y otra la de vida ligera y casquivana y amante de Faón.

    Safo, desde luego,  impresionó a Ovidio y a Catulo (vease el artículo https://www.antiquitatem.com/catulo

    en el que comento su poema 51, traslación del de Safo) y a Petrarca y a Leopardi y a Byron y a Baudelaire.

    Presentaré el Himno a Afrodita, muy interesante, aunque con alguna dificultad de comprensión para el lector poco conocedor del mundo antiguo, en una de las versiones de García Gual. Presentaré también el famoso poema , que inspiró a Catulo, pero  también a Plutarco, Longo, Horacio, y al mismo Lucrecio en su De rerum Natura III, 53-156 cuando habla de la relación entre el cuerpo  y el alma.

    Ofreceré también unos pocos fragmentos menores para que el lector compruebe el estado fragmentario en que nos ha quedado su obra y el enorme valor que de estos retazos se deduce.

    Nota: La mayoría de las traducciones son obra de Carlos Montemayor, publicadas en Editorial Trillas (Mexico).  Algunas son del maestro Carlos García Gual; una es del catedrático Manuel  Pérez. La numeración de los fragmentos es ciertamente complicada; en la medida de lo posible utilizo la numeración de Page y Campbell en la edición de The Loeb Classical Library o la de Voigt.
    ….
    1 (Page, Voigt)

    Himno a Afrodita

    A ti, en tu trono multicolor, inmortal Afrodita,
    Hija de Zeus, tejedora de ardides, yo te suplico
    ¡no me paralices, con melancolía y hastío,
    Oh soberana, el ánimo!

    Ven aquí, como hacías antaño,
    Cuando oyendo mi voz desde lejos
    Me escuchabas y abandonando la casa paterna
    Venías.

    Unciendo el carro dorado bellos y veloces gorriones,
    Te traían alrededor de la oscura tierra,
    Batiendo velozmente las alas en remolino, desde el cielo,
    A través del éter.

    Llegaban pronto y tú, bienaventurada, sonriendo
    Con tu inmortal rostro preguntabas
    Cuál era mi padecimiento y por qué
    Te llamaba nuevamente.

    Y que o que más deseara en mi corazón atormentado
    Lo tendría. ¿A quién pretendes que Peitho** conduzca hacia tu amor?
    ¿Quién, oh Safo,
    Te causa pena?
    ** el engaño, la persuasión

    Pues si ahora huye, pronto perseguirá,
    Si no acepta regalos,en cambio ella te los dará,
    Y si no ama, ¡pronto amará
    Aún contra su voluntad”

    ¡Ven hacia mí también ahora! ¡Líbrame
    De pensamientos tristes y haz
    Que se cumpla lo que mi corazón ansía1
    ¡Sé túmisma mi compañera de lucha!

    (Traducción de Carlos García Gual)

    31 (Voigt )

    Me parece igual a los dioses
    aquel hombre que enfrente de ti
    se sienta y de cerca tu dulce voz
    escucha
    y tu dulce reír. Eso, lo juro,
    el corazón en mi pecho con fuerza golpea,
    pues nada más que te miro, al instante, de voz
    nada me queda.
    Que la lengua se me quiebra, y un sutil
    fuego en seguida me recorre por debajo la piel.
    Con mis ojos no veo nada, y los oídos
    me zumban,
    y me recorre un frío sudor, y un temblor
    hace presa de mí toda, y más pálida que la hierba
    estoy. Y estar muerta por poco
    me parece…
    Pero todo se debe soportar…

    (Traducción de Manuel Pérez López, en “De lo subime”; Edit. Dykinson)

    2 (Voigt)

    . . .ven, Cipris,
    y delicadamente, en copas de oro,
    escancia el néctar mezclado
    con goces. 
    (Versión de García Gual)

    ….
    160 (Page)

    . . .ahora, para mis amigas,
    cantaré bellamente dulces cosas.

    37 (Page)

    . . .en mi dolor que fluye gota a gota

    36 (Voigt)

    Lo deseo ardientemente, y lo busco. . .

    15 (Page, Voigt)

    ¡Oh Cipris, sé para Dórica
    amarga! ¡Que no se vanaglorie
    diciendo que otra vez se aleja
    por un dulce amor!

    16 (Paage, Voigt)

    Algunos dicen que un ejército de caballería,
    o de infantería, o una escuadra de navíos,
    es lo más bello sobre la oscura tierra.
    Yo digo que lo que uno ama.
    5 Y muy fácil es que todos lo comprendan.
    Porque Helena, que conoció a los más bellos hombres,
    abandonó a su marido, el mejor de todos,
    por navegar a Troya,
    10 sin acordarse de hijos ni del cariño
    de los padres ¡Tan lejos desvió Cipris a la amante!
    Pues logra Cipris al corazón doblegar
    y al que ama que nunca levemente ame.
    15 Ahora me hace recordar a Anactoria,
    que no está conmigo,
    y a la que quisiera ver con su amoroso andar
    y la radiante luz de su rostro,
    mucho más que a los carros lidios o las armas
    20 con que combaten de pie sus guerreros.
    Y sé bien que nadie puede alcanzar
    la suprema dicha, pero desear tenerla, . . .
    repentinamentre.    (
    Versión de García Gual)

    23 (Page, Voigt)
    ………………..
    . . . ahora, querida
    ……………………
    pues como. . . al verte frente a mí
    . . .ni la misma Hermione fue tan bella
    . . .ni con la rubia Helena compararte
    sería inconveniente,
    si fuese justo a los mortales hacerlo, pues sabe
    que con tu belleza toda mi inquietud
    . . .goza. . .
    ……………….
    . . .el promontorio
    . . .a los
    Celebrando la noche entera.

    22 (Voigt).

    . . .te pido. . .
    que aparezcas, oh Gónguila, vestida con la túnica
    blanca como leche. El amor mismo
    se agita alrededor.
    de tu belleza, pues el deseo arrebata
    a quien apenas la mira. Y yo gozo
    porque esto te reprocha la misma
    Ciprigenia,
    a la que pido.
    esto
    . . . quiero. . .

    30 (Voigt)

    …………………………..
    ……………………………..
    ……………………………..
    noche. . .
    las muchachas ante la puerta
    pasamos la noche entera, oh afortunado esposo,
    cantando tu amor y a tu novia
    cubierta de violetas,
    pero despierta cuando brote la aurora
    y acude a tus amores
    . . . a todo cuanto. . .
    al sueño veamos

    47 (Page Voigt)

    Amor ha sacudido mis sentidos,

    como el viento que arremete en el monte a las encinas. (Versión de García Gual)

    48 (Page, Voigt)

    Hiciste bien en venir, pues te anhelaba
    y desfallecía por este deseo que incendia mi alma. (
    Versión de García Gual)

    50 (Voigt)

    Sólo mientras lo miran tiene belleza el que es bello.
    Ahora y siempre dignidad, el que es digno.

    46 (Voigt)

    . .Y yo, sobre un blando cojín,
    tienda mis miembros. . .

    55 (Voigt)

    Después de que mueras, yacerás sin que nadie te recuerde
    o por ti se duela, pues no gozaste las rosas de
    Pieria *. Ignorada también en la casa del Hades,
    flotarás errabunda entre los oscuros muertos. .
    .

    * la poesía

    82 (Page, Voigt)

    De más bello cuerpo es Mnasídica que la tierna Gyrinna. . .
    Y a ninguna he encontrado, oh adorable, más desdeñosa que
    tú. . .

    168B (Voigt)

    se han puesto la luna y las Pléyades; ya es media noche; las
    horas avanzan, pero yo duermo sola.

    94 (Page, Voigt)

    De veras, estar muerta querría.
    Ella me dejaba y entre muchos sollozos
    Así me decía:
    “¡Ay,qué penas terribles pasamos,
    Ay, Safo, qué a mi pesar te abandono!”
    Y yo le respondía:
    “Alegre vete, y acuérdate
    De mí. Ya sabes cómo te quería.
    Y si no, quiero yo recordarte…
    Cuántas cosas hermosas juntas gozamos.
    Porque muchas coronas
    De violetas y rosas y flores de azafrán
    Estando conmigo pusiste en tu cabeza,
    Y muchas guirnaldas entretejidas,
    Hechas de flores variadas,
    Alrededor de tu cuello suave.
    Y ungías toda tu piel…
    Con un aceite perfumado de mirra
    Y digno de un rey
    Y sobre un mullido cobertor
    Junto a la suave…
    Suscitaste el deseo…
    Y no había baile ninguno
    Ni ceremonia sagrada
    Donde no estuviéramos nosotras,
    Ni bosquecillo sacro…
    …el repicar…
    …los cantos… 
      (Versión de García Gual)

    130 (Voigt)

    Otra vez el amor que deshace el cuerpo me atormenta,
    como una amarga y dulce fiera invencible.

    102 (Voigt)

    Dulce madre, no puedo ahora continuar mi tejido:
    ¡con el deseo de un muchacho me subyuga la tierna Afrodita!

    (Edmonds 158)

    Oh novia, tu cuerpo es hermoso; de miel
    son tus ojos y amor derrama tu delicado rostro!
    Con extraordinaria distinción te dotó, ciertamente, Afrodita.

    114 (Page, Voigt)

    (La joven desposada)
    – Doncellez, doncellez, ¿a dónde te vas y me dejas?
    (la doncellez)
    –  Ya no volveré a ti, querida, ya nunca más volveré.
    (Versión de García Gual)

    115 (Page, Voigt)

    ¿Con qué podré compararte, esposo?
    Con un esbelto y tierno junco.

    142 (Voigt)

    Latona y Níobe fueron amigas que se amaron tiernamente

    126 (Voigt)

    . . .duermes en el pecho de una tierna amiga. . .

    138 (Voigt)

    Quédate así, amigo, ante mí:
    déjame ver tu belleza

    Cita de Filóstrato

    . . .de melodiosa voz. . .
    «Y de muchas maneras se dirigía a las muchachas, como las de los
    brazos de rosas, las de ojos vivaces, las de hermosas mejillas o de
    melodiosa voz. Así, suavemente, Safo les hablaba.»

    119 (Bergk)

    Estas cenizas son de Timas, a quien muerta
    antes de sus bodas recibió el oscuro tálamo de Perséfone:
    todas sus compañeras, cuando ella murió, con recién afilados
    hierros sus hermosas cabelleras cortaron.

  • No se debe maltratar a los anímales

    El respeto a los animales y a la naturaleza en general es una preocupación muy moderna. No son abundantes los textos antiguos que supongan una reflexión explicita sobre la necesidad de respetar el “medio ambiente”, entre otras razones porque la capacidad de destruirlo o modificarlo era mucho menor y esto probablemente hacía innecesaria esa reflexión.

    Sí hay ciertamente numerosas referencias de textos que aconsejan al hombre “vivir de acuerdo con la naturaleza”,  pero el punto de vista de este consejo no está centrado en la conservación de la naturaleza sino en el modo de vida del propio hombre.

    Tampoco hay una conciencia explícita de los llamados hoy en día “derechos de los animales”; antes bien, la opinión extendida es más bien la de que los animales, que no tienen alma, al menos como la humana, tampoco tienen “derechos”.

    Es una excepción la creencia y norma vital de Pitágoras y sus discípulos, y otros varios personajes, que creen en la metempsicosis o transmigración de las almas, también en los animales, y que en consecuencia  no pueden comer carne animal y son vegetarianos. 

    Por todo esto  hay algunos textos especialmente interesantes y chocantes en el contexto anterior, como por ejemplo algunas disposiciones legales que obligaban a respetar y no maltratar a los animales de carga del “cursus publicus” o “servicio estatal  de transportes y comunicaciones oficiales del Imperio”.

    Este “servicio de transportes” es una notable creación romana que se atribuye a Augusto y se desarrolló notablemente en el Imperio. Hubo notables precedentes, como el sistema de relevos creado por el rey persa Darío I al que hacía referencia en https://www.antiquitatem.com/posta-correos-mansiones-via-cursus

    En otra ocasión  comentaré el tema del cursus publicus con más extensión y detalle; baste hoy con conocer que este servicio “público” o estatal, que no de uso general del “público”, se creó, como es lógico, sobre la estructura del extraordinario sistema de “vías” o caminos que conducían a Roma, “la urbe o ciudad” por excelencia. A lo largo del camino, cada veinticinco o treinta kilómetros existían unas estaciones, ventas, fondas o paradores en los que pernoctar y descansar y cambiar de animales de transporte de viajeros o de carga de refresco. Salvando las distancias, eran algo parecido a nuestras estaciones o áreas de servicio de nuestras carreteras y autopistas.

    Pues bien, este ”cursus publicus” está muy regulado por las leyes. En el Código de Teodosio, Codex Theodosianus” se conservan sesenta y seis disposiciones regulatorias del servicio en el Libro VIII, Título 5 que precisamente se titula “Sobre la posta, carruajes y servicios complementarios” ( De angariis et parangariis).

    Entre esas disposiciones  hay algunas que obligan a tratar bien a los animales de posta y de carga. La más llamativa de ellas es la 8.5.2 que impide los excesos y crueldad en el trato de estos animales:

    Codex Theodosianus, 8.5.2 Los animales del “correo  oficial” (cursus publicus) sólo han de ser obligados con varas o látigos, pero no con bastones.

    El mismo Augusto a Titiano.

    Como quiera que muchas personas obligan al comienzo mismo de la carrera a los animales públicos a agotar todas las fuerzas que tienen con fortísimos bastones llenos de nudos, me place  que de ninguna manera  use alguien el bastón para espolearlos, sino que use ciertamente  o una vara o un látigo con un pequeño aguijón atado en la  punta que pueda excitar los miembros perezosos con un inocuo cosquilleo, pero no para intentar sacar todo lo que las fuerzas no pueden dar. Quien siendo (soldado) de graduación  elevada actuara contra esta ley, será castigado con la humillación de la degradación; el simple operario (soldado raso),  que reciba la pena de deportación.

    Dado el día anterior a los Idus de mayo, siendo cónsules Sabino y Rufino (el 14 de mayo del año 316).

    CTh.8.5.2 De animalibus cursus publici,virga tantum, aut flagro, non fustibus cogendis

    Idem a. ad Titianum.

    Quoniam plerique nodosis et validissimis fustibus inter ipsa currendi primordia animalia publica cogunt quidquid virium habent absumere, placet, ut omnino nullus in agitando fuste utatur, sed aut virga aut certe flagro, cuius in cuspide infixus brevis aculeus pigrescentes artus innocuo titillo poterit admonere, non ut exigat tantum, quantum vires valere non possunt. Qui contra hanc fecerit sanctionem promotus, regradationis humilitate plectetur: munifex poenam deportationis excipiat. Dat. prid. id. mai. Sabino et Rufino conss. (316 mai. 14).

    La ley es de la época de Constantino. La norma castiga los excesos y crueldad en el trato de los animales del cursus publicus y la pena está en función de la categoría del infractor, pena en el caso del infractor de menor grado o sin graduación ciertamente severa.

    Algunas otras regulan con precisión el peso y carga que han de transportar los diversos tipos de vehículos y los propios animales. Se puede apreciar también en ellas cierto matiz de respeto y consideración con los animales del servicio público.

    En CTh.8.5.8.1 y 2  se dice:

    ….

    Determinamos que al carro de cuatro ruedas (raeda) sólo se le pueden cargar mil libras de peso, al carro de dos ruedas (birota) doscientas, a una caballería treinta; pues no parece conveniente que soporten pesos mayores. (24 de junio de 357 [356]).

    Que en época estival se unzan al carro de cuatro ruedas (reda) ocho mulas  y en invierno diez; consideramos que tres son suficientes para los carros de dos ruedas (birrotas). Y ordenamos que se ocupen de todas estas cosas los supervisores de cada región, bajo la pena establecida  legalmente para ellos. Dado ocho días antes de las calendas de Julio en Milán, siendo Constantino Augusto cónsul por octava vez y  Juliano César cónsul por segunda (24 de junio de 357 0 356)

    CTh.8.5.8.1

    Statuimus raedae mille pondo tantummodo superponi, birotae ducenta, veredo triginta; non enim ampliora onera perpeti videntur. (357 [356] iun. 24).

    CTh.8.5.8.2

    Octo mulae iungantur ad raedam aestivo videlicet tempore, hiemali decem; birotis trinas sufficere iudicavimus. Adque haec cuncta regionibus praestitutos curare praecipimus poena eis proposita. Dat. VIII kal. iul. Mediolano Constantio a. VIIII et Iuliano caes. II consulibus. (357 [356] iun. 24).

    Y las mismas exigencias de limitación de peso se repiten en CTh.8.5.17 en una norma de 14 de marzo del año 364, en donde se fijan penas de exilio para el ciudadano libre y de trabajo en las minas si es esclavo (si liber sit, exilii poenam, si servus, metalli perpetua supplicia subeunda)

    Los Emperadores Valentiniano y Valente, Augustos, a Menandro

    Permitiremos que se cargue en los vehículos no más de mil libras, y los usuarios del correo tendrán suficiente con la concesión que hacemos de transportar treinta libras en los caballos. Todo lo que se considere que excede esta medida, deberá ser adjudicado al fisco a expensas de aquel que haya actuado contra la ley.

    Para acabar por completo con el uso de vehículos enormes, decretamos también absolutamente que, si algún fabricante creyese que puede construir un vehículo mayor que lo que dice la norma que acabamos de prescribir, no dude que si es libre sufrirá la pena de exilio y si es esclavo, sufrirá la pena perpetua de trabajos en las minas.

    Dado el día anterior de los Idus de marzo, en Milán, siendo cónsules el divino Juliano y Varroniano. (14 de marzo de 364).

    CTh.8.5.17pr. y 8.5.17.1

    De mensura seu modo ponderis et vehiculorum

    Impp. Valentinianus et Valens aa. ad Menandrum. Vehiculis nihil ultra mille librarum mensuram patiemur imponi, ita ut veredarii sat habeant, quod his triginta libras equis vehere concessimus. Quidquid igitur supra mensuram exsuperare constiterit, ad dispendium eius, qui in legem conmiserit, fisco conveniet adscribi. (364 mart. [?] 14).
    CTh.8.5.17.1

    Illud sane, ut penitus enormium vehiculorum usus intercidat, sanciendum esse decernimus, ut, quisquis opificum ultra hanc quam perscripsimus normam vehiculum crediderit esse faciendum, non ambigat sibi, si liber sit, exilii poenam, si servus, metalli perpetua supplicia subeunda. Dat. prid. id. mart. Mediolano divo Ioviano et Varroniano conss. (364 mart. [?] 14).

    Y de nuevo se especifica estas cargas y pesos en CTh.8.5.28 De pondere seu onere redae, angariae, veredi, en donde se extienden estas normas aplicadas en la Galia a Iiria e Italia:

    CTh.8.5.28 Sobre el peso o carga del carro de cuatro ruedas (raeda), de los furgones (angaria)  y de los caballos de posta.

    Los mismos Augustos  a Probo, prefecto del Pretorio.

    Como quiera que ya resulta muy provechoso en Las Galias, conviene ahora repetirlo en Iliria y en las regiones de Italia: que en el carro de cuatro ruedas (raeda) no se transporte más de mil libras de peso, mil quinientas sean suficientes para el furgón (angaria, con tiro de cuatro bueyes), y nadie imponga más de treinta a la caballería.

    Dado el día quinto antes de las calendas de enero en Sirmio, siendo cónsules  Valentiniano y Valente, Augustos. (28 de diciembre del 368? 370? 373?)

    CTh.8.5.28 De pondere seu onere redae, angariae, veredi

    Iidem aa. ad Probum praefectum praetorio.

    Quod iam Gallis prodest, ad Illyricum etiam Italiaeque regiones convenit redundare, ut non amplius raeda quam mille pondo subvectet, angariae mille quingenta sufficiant, veredo ultra triginta nullus imponat.

    Directa V kal. ian. Sirmio Valentiniano et Valente aa. conss. (368? 370? 373? dec. 28).

    Y una vez más en CTh.8.5.47. De la carga o peso que se ha de poner en los vehículos y caballerías.

    Los mismos Augustos a Cinegio, Prefecto del Pretorio.

    El carro de cuatro ruedas (reda) deberá cargarse con un peso de mil libras y el carro no más de seiscientas, añadiendo que el oro y los diversos tipos de productos que se reparten no se envíen en vehículos según lo quieran los escoltas y cobradores de impuestos, sino en los vehículos adecuados al peso y carga. A estos por supuesto no les estará permitido bajo amenaza de pena capital llevar cualquier carga privada en contradicción con lo que prescribe nuestra ley ni a transportar como un regalo a otros que deban ser transportado como si se tratara de una subasta, con excepción de aquellos que la necesidad de escolta exija que acompañen.

    Y como quiera que el cuidado de los correos ha de hacerse con la misma racionalidad, la silla y los frenos no pasará de sesenta libras y las alforjas ciertamente de treinta y cinco,  con la condición de que si alguien excediera los límites  prescriptos  de la moderación imperial, su silla sea partida en pedazos, y las alforjas se asignarán a las cuentas del fisco.

    Dado el décimo quinto día antes de las calendas de julio en Constantinopa, siendo cónsules Arcadio, Augusto, por primera vez y Bautón. (17 de junio de 385)

    CTh.8.5.47pr. De onere seu pondere vehiculis et veredis imponendo.

    Idem aaa. Cynegio praefecto praetorio. Raedae mille librarum onus imponi debet, carro sescentarum nec amplius addito eo, ut aurum ceteraeque species largitionales non ad libidinem prosecutorum vel susceptorum, sed aptis oneri ac ponderi vehiculis deferantur. Quibus utique non licebit sub capitalis exitii minis quicquam oneris privati secus quam lex nostra praescribit imponere neque alios mercede subvehendos velut proposita licitatione conducere, exceptis his quos necessitas prosecutionis adiunxerit. (385 iun. 17).

    CTh.8.5.47.1
    Et quoniam veredorum quoque cura pari ratione tractanda est, sexaginta libras sella cum frenis, triginta quinque vero averta non transeat, ea condicione, ut, si quis praescripta moderaminis imperatorii libramenta transscenderit, eius sella in frusta caedatur, averta vero fisci viribus deputetur. Dat. XV kal. iul. Constantinopoli Arcadio a. I et Bautone conss. (385 iun. 17).

    Incluso hay una norma para garantizar el adecuado alimento de los animales de la posta oficial.

    CTh.8.5.60 Del forraje de los animales del correo oficial (cursus publicus)

    Los mismos Augustos a Mesala, prefecto del Pretorio.

    Si el forraje se valora en un precio excesivamente alto e injusto, claramente quedan perjudicados los animales públicos (del correo oficial) por los adjudicatarios (del servicio)junto a los escoltas (apparitores) del magistrado. Para que esto no ocurra, que tu “Sublimidad” disponga que no falte forraje en las estaciones de relevos ni se grave a los provinciales más de lo que razonablemente permita la justicia.

    Dado el día quinto antes de las calendas de diciembre. En Milán siendo cónsules Estilicón y Aureliano (27 de diciembre del año 400)

    CTh.8.5.60 De pabulo animalium cursus publici

    Idem aa. Messalae praefecto praetorio. Animalia publica, dum longe maiore ac periniquo pretio pabula aestimantur, per mancipes adque apparitores aperte vexantur. Ne id contingat, sublimitas tua disponat, ut neque pabula mutationibus desint neque provinciales ultra, quam iustitiae sinit ratio, praegraventur. Dat. V k. dec. Mediolano Stilichone et Aureliano conss. (400 nov. 27).

    Algunos pueden pensar que estas  normas no se deben tanto al respeto al animal como ser vivo semejante al hombre cuanto a un interés económico por no destruir un instrumento necesario. Que cada uno juzgue como considere oportuno los textos anteriores.

    Desde luego contrastan estos textos con la utilización que los propios romanos hacen de los animales, cuanto más exóticos mejor, para espectáculos de todo tipo en el anfiteatro. Como contrastan también con el  jolgorio y alegría que levantan en amplios sectores de la sociedad actual actos de atávica crueldad como el famoso y desdichado “Toro de la Vega” de estos días y otras muchas decenas de ejemplos similares que la  “tradición” no puede justificar moralmente.

  • La muerte de Sócrates: su último día de vida.

    La muerte de Sócrates fue un día del año 399 a.C. a la caída de la tarde, tras la puesta del sol, apuraba Sócrates, el más sabio y mejor de los hombres, el vaso de cicuta (una planta bien frecuente en nuestro entorno geográfico) que le produciría la muerte, en presencia de sus amigos íntimos que asisten desolados a la entereza moral con que afronta la sentencia. Tenía Sócrates 70 o 71 años. Una sentencia injusta, consecuencia de las infames denuncias oportunistas de tres ciudadanos envidiosos y resentidos con el maestro, formuladas en un ambiente general propicio para ello al que la actitud orgullosa del propio Sócrates contribuyó,acabó con la vida del maestro y le concedió una fama imperecedera que de ninguna forma pudieron sospechar sus coetáneos.

    Desde entonces hasta hoy no hemos dejado de preguntarnos con asombro cómo fue posible que la primera democracia del mundo condenara “al mejor hombre… de los que… conocimos, y, en modo muy destacado, el más inteligente y más justo”, con la expresión con la que acaba Platón su diálogo “Fedón o del alma”.

    De la muerte de Sócrates tenemos varios relatos, los principales de su discípulo Platón, que centra en este asunto dos de sus “diálogos”: la llamada “Defensa o Apología de Sócrates” en la que el propio filósofo desmonta los argumentos de sus acusadores y asume con entereza la sentencia injusta, y el Fedón, conocido con el subtítulo de “Sobre la inmortalidad del alma”, aunque ciertamente su verdadera intención es exaltar la figura ejemplar de Sócrates. También hace referencias en otros diálogos, como en el Critón y Eutifrón. La muerte de Sócrates impresionó vivamente sin duda a su discípulo Platón.

    También otro discípulo, Jenofonte (circa 431 a.C.-354 a.C.), escribió unos “Recuerdos de Sócrates” y una breve Apología en la que naturalmente rememora su injusta condena y muerte.

    ¿Por qué fue Sócrates condenado a morir?

    Sócrates fue acusado básicamente de tres delitos: introducir nuevos dioses y despreciar los existentes, transformar con el arte de la palabra la verdad en mentira no respetando las leyes, corromper a los jóvenes. Platón hace que Sócrates en su Apología desmonte todas las acusaciones de sus adversarios, pero la Apología es un relato literario y no la transcripción del juicio real.

    (Véase una explicación de las causas de su muerte en  https://www.antiquitatem.com/socrates-condena-cicuta-las-nubes- )

    En el Fedón nos narra Platón los últimos días de la vida de Sócrates, especialmente el último, aquel en el que con toda serenidad y desconsuelo de sus amigos apura el vaso de cicuta, que le paraliza sus músculos hasta producirle la muerte.

    ¿Qué es la cicuta y cómo provoca la muerte?

    La cicuta, abundante en nuestro entorno geográfico, es semejante al hinojo, tiene una neurotoxina que inhibe el funcionamiento del sistema nervioso central  y produce una parálisis que asciende desde las extremidades hasta paralizar los músculos y funciones esenciales como el corazón y la respiración y ocasionar en consecuencia la muerte. Es un efecto semejante al que produce el curare amazónico.

    Algunos párrafos del Fedón que hablan del último día de vida de Sócrates

    Pues bien,  persistente en mi afán de conocer y favorecer el conocimiento de los textos antiguos genuinos, con tanta frecuencia apartados de nuestros métodos educativos, me permitiré reproducir algunos párrafos del Fedón.

    Se considera que el Fedón lo escribió Platón en su época de madurez, cuando ya tiene conformado su sistema filosófico, sobre todo la teoría de las ideas; y una ética y política de acuerdo con su concepción idealista del universo y del hombre. En ese momento  ha adquirido una notable maestría como escritor y un dominio completo de la expresión literaria, que suele plasmar en forma de diálogo, dotándoles de un enorme dramatismo. Platón tendría en estos momentos 40 o 45 años.

    En sus diálogos es precisamente Sócrates el portavoz de sus propias opiniones (las de Platón).

    Confieso sin pudor la emoción que siempre me ha producido la lectura de ese texto, del Fedón, obra maestra de la literatura universal, testigo de la necedad y vileza que muchas veces demuestran los hombres y ejemplo de la entereza moral de un buen ciudadano a quien la práctica de la filosofía le ha enseñado a saber morir.

    Por lo demás el ejemplo de Sócrates sirve también de consuelo y viático para todo ser humano que conoce y afronta el ineludible y próximo final de su vida.

    Cuando Sócrates fue condenado se celebraban la peregrinación anual a Delos para conmemorar el viaje de Teseo a Creta para liberar a Grecia del tributo de los siete muchachos y siete muchachas que el monstruo del Laberinto devoraba.  Su condena no podía realizarse durante esas fiestas porque la ciudad debía estar purificada. Pasó así un largo mes hasta que volvió la nave de Delos. Durante esos días le visitaban y acompañaban sus amigos apesadumbrados y seguían discutiendo con él de temas filosóficos. ¿Qué tema más adecuado, pues, entonces que el de la “inmortalidad del alma”  y su destino después de la muerte del cuerpo? Pero llegó el día fatídico.

    Reproduciré una buena parte de ese diálogo ejemplar sin comentario alguno innecesario.  Recomiendo la lectura completa de este diálogo vibrante; comprobará así el lector también, entre otras cosas, hasta qué punto es deudor el Cristianismo de Platón en sus teorías sobre el alma.

    Puede encontrar el texto en la red (Web) en el siguiente enlace, en donde se reproducen las obras  de muchos filósofos, entre ellos Platón en la traducción que hizo de sus obras completas Patricio de Azcárate. Esta es la traducción que ofrezco por ser ya un texto libre de derechos, pero tiene el lector otras muchas traducciones de gran calidad, entre ellas la de Luis Gil en Obras Completas de Editorial Aguilar, o la de Carlos García Gual para Editorial Gredos.

    http://www.filosofia.org/cla/pla/azc05019.htm

    Platón: Fedón o del alma, 57a- 64a

    (Equecrates{1} y Fedón. Sócrates – Apolodoro – Cebes – Simmias – Critón. Fedón – Jantipa – El servidor de los Once. Fedón, testigo presencial de la conversación del último día de la vida de Sócrates, se lo cuenta a Equécrates, vecino de Filunte. Junto a Sócrates intervienen otras dos personas en el diálogo, casi a la manera de la tragedia, Simnias y Cebes.)

    Equecrates: Fedón, ¿estuviste tú mismo cerca de Sócrates el día que bebió la cicuta en la prisión, o sólo sabes de oídas lo que pasó?

    Fedón: Yo mismo estaba allí, Equecrates.

    Equecrates: ¿Qué dijo en sus últimos momentos y de qué manera murió? Te oiré con gusto, porque no tenemos a nadie que de Flionte vaya a Atenas; ni tampoco ha venido de Atenas ninguno que nos diera otras noticias acerca de este suceso, que la de que Sócrates había muerto después de haber bebido la cicuta. Nada más sabemos.

    Fedón: ¿No habéis sabido nada de su proceso ni de las cosas que ocurrieron?

    Equecrates: Sí; lo supimos, porque no ha faltado quien nos lo refiriera;  y sólo hemos extrañado el que la sentencia no hubiera sido ejecutada tan luego como recayó. ¿Cuál ha sido la causa de esto, Fedón?

    Fedón: Una circunstancia particular. Sucedió que la víspera del juicio se había coronado la popa del buque que los atenienses envían cada año a Delos.

    Equecrates: ¿Qué buque es ese?

    Fedón: Al decir de los atenienses, es el mismo buque en que Teseo condujo a Creta en otro tiempo a los siete jóvenes de cada sexo, que salvó, salvándose a sí mismo. Dícese que cuando partió el buque, los atenienses ofrecieron a Apolo que si Teseo y sus compañeros escapaban de la muerte, enviarían todos los años a Delos una expedición; y desde entonces nunca han dejado de cumplir este voto. Cuando llega la época de verificarlo, la ley ordena que la ciudad esté pura, y prohíbe ejecutar sentencia alguna de muerte antes que el buque haya llegado a Delos y vuelto a Atenas; y algunas veces el viaje dura mucho, como cuando los vientos son contrarios. La expedición empieza desde el momento en que el sacerdote de Apolo ha coronado la popa del buque, lo que tuvo lugar, como ya te dije, la víspera del juicio de Sócrates. Dé aquí por qué ha pasado tan largo intervalo entre su condena y su muerte.

    Equecrates: ¿Y qué pasó entonces? ¿Qué dijo, qué hizo? ¿Quiénes fueron los amigos que permanecieron cerca de él? ¿Quizá los magistrados no les permitieron asistirle en sus últimos momentos, y Sócrates murió privado de la compañía de sus amigos?

    Fedón: No; muchos de sus amigos estaban presentes; en gran número.

    Equecrates: Tómate el trabajo de referírmelo todo, hasta los más minuciosos pormenores, a no ser que algún negocio urgente te lo impida.

    Fedón: Nada de eso; estoy desocupado, y voy o darte gusto; porque para mí no hay placer más grande que recordar a Sócrates, ya hablando yo mismo de él, ya escuchando a otros que de él hablen{2}.

    Equecrates: De ese mismo modo encontrarás dispuestos a tus oyentes; y así, comienza, y procura en cuanto te sea posible no omitir nada.

    Fedón: Verdaderamente este espectáculo hizo sobre mí una impresión extraordinaria. Yo no experimentaba la compasión que era natural que experimentase asistiendo a la muerte de un amigo. Por el contrario, Equecrates, al verle y escucharle, me parecía un hombre dichoso; tanta fue la firmeza y dignidad con que murió. Creía yo que no dejaba este mundo sino bajo la protección de los dioses, que le tenían reservada en el otro una felicidad tan grande, que ningún otro mortal ha gozado jamás otra igual; y así, no me vi sobrecogido de esa penosa compasión que parece debía inspirarme esta escena de duelo. Tampoco sentía mi alma el placer que se mezclaba ordinariamente en nuestras pláticas sobre la filosofía; porque en aquellos momentos también fue este el objeto de nuestra conversación; sino que en lugar de esto, yo no sé qué de extraordinario pasaba en mí; sentía como una mezcla, hasta entonces desconocida, de placer y dolor, cuando me ponía a considerar que dentro de un momento  este hombre admirable iba a abandonarnos para siempre; y cuantos estaban presentes, se hallaban, poco más o menos, en la misma disposición. Se nos veía tan pronto sonreír como derramar lágrimas; sobre todo a Apolodoro; tú conoces a este hombre y su carácter.

    Equecrates: ¿Cómo no he de conocer a Apolodoro?

    Fedón: Se abandonaba por entero a esta diversidad de emociones; y yo mismo no estaba menos turbado que todos los demás.

    Equecrates: ¿Quiénes eran los que se encontraban allí, Fedón?

    Fedón: De nuestros compatriotas, estaban: Apolodoro, Critóbulo y su padre, Critón, Hermógenes, Epigenes, Esquines y Antistenes{3}. también estaban Ctesipo, del pueblo de Peanea, Menexenes y algunos otros del país. Platón creo que estaba enfermo.

    Equecrates: ¿Y había extranjeros?

    Fedón: Sí; Simmias, de Tebas, Cebes y Fedóndes; y de Megara, Euclides{4} y Terpsion.

    Equecrates: Arístipo{5} y Cleombroto, ¿no estaban allí?

    Fedón: No; se decía que estaban en Egina.

    Equecrates: ¿No había otros?

    Fedón: Creo que, poco más o menos, estaban los que te he dicho.

    Equecrates: Ahora bien; ¿sobre qué decías que había versado la conversación?

    Fedón: Todo te lo puedo contar punto por punto, porque desde la condenación de Sócrates no dejamos ni un solo día de verle. Como la plaza pública, donde había tenido lugar el juicio, estaba cerca de la prisión, nos reuníamos allí de madrugada, y conversando aguardábamos a que se abriera la cárcel, que nunca era temprano. Luego que se abría, entrábamos; y pasábamos ordinariamente todo el día con él. Pero el día de la muerte, nos reunimos más temprano que de costumbre. Habíamos sabido la víspera, al salir por la tarde de la prisión, que el buque había vuelto de Delos. Convinimos todos en ir al día siguiente al sitio acostumbrado lo más temprano que se pudiera, y ninguno faltó a la cita. El alcaide, que comúnmente era nuestro introductor, se adelantó, y vino donde estábamos para decirnos que esperáramos hasta que nos avisara, porque los Once{6}, nos añadió, están en este momento mandando quitar los grillos a Sócrates, y dando orden para que muera hoy.

    Pasados algunos momentos, vino el alcaide y nos abrió la prisión. Al entrar, encontramos a Sócrates, a quien acababan de quitar los grillos, y a Jantipa, ya la conoces, que tenía uno de sus hijos en los brazos. Apenas nos vio, comenzó a deshacerse en lamentaciones, y a decir todo lo que las mujeres acostumbran en semejantes circunstancias. ¡Sócrates –gritó ella–, hoy es el último día en que te hablarán tus amigos y en que tú les hablarás! Pero Sócrates, dirigiendo una mirada a Critón, le dijo: que la lleven a su casa. En el momento, algunos esclavos de Critón condujeron a Jantipa, que iba dando  gritos y golpeándose el rostro. Entonces Sócrates, tomando asiento, dobló la pierna, libre ya de los hierros, la frotó con la mano, y nos dijo: es cosa singular, amigos míos, lo que los hombres llaman placer; y ¡qué relaciones maravillosas mantiene con el dolor, que se considera como su contrario! Porque el placer y el dolor no se encuentran nunca a un mismo tiempo; y sin embargo, cuando se experimenta el uno, es preciso aceptar el otro, como si un lazo natural los hiciese inseparables. Siento que a Esopo no se le haya ocurrido esta idea, porque hubiera inventado una fábula, y nos hubiese dicho, que Dios quiso un día reconciliar estos dos enemigos, y que no habiendo podido conseguirlo, los ató a una misma cadena, y por esta razón, en el momento que uno llega, se ve bien pronto llegar a su compañero. Yo acabo de hacer la experiencia por mí mismo; puesto que veo que al dolor, que los hierros me hacían sufrir en esta pierna, sucede ahora el placer.

    —Verdaderamente, Sócrates, dijo Cebes, haces bien en traerme este recuerdo; porque a propósito de las poesías que has compuesto, de las fábulas de Esopo que has puesto en verso y de tu himno a Apolo, algunos, principalmente Eveno{7}, me han preguntado recientemente por qué motivo te habías dedicado a componer versos desde que estabas preso, cuando no lo has hecho en tu vida. Si tienes algún interés en que pueda responder a Eveno, cuando vuelva a hacerme la misma pregunta, y estoy seguro de que la hará, dime lo que he de contestarle.

    —Pues bien, mi querido Cebes, replicó Sócrates, dile la verdad; que no lo he hecho seguramente por hacerme su rival en poesía, porque ya sabía que esto no me era fácil; sino que lo hice por depurar el sentido de ciertos sueños y aquietar mi conciencia respecto de ellos; para ver si por casualidad era la poesía aquella de las bellas  artes a que me ordenaban que me dedicara; porque muchas veces, en el curso de mi vida, mi mismo sueño me ha aparecido tan pronto con una forma, como con otra, pero prescribiéndome siempre la misma cosa: Sócrates, me decía, cultiva las bellas artes. –Hasta ahora había tomado esta orden por una simple indicación, y me imaginaba que, a la manera de las excitaciones con que alentamos a los que corren en la lid, estos sueños que me prescribían el estudio de las bellas artes, me exhortaban sólo a continuar en mis ocupaciones acostumbradas; puesto que la filosofía es la primera de las artes, y yo vivía entregado por entero a la filosofía. Pero después de mi sentencia y durante el intervalo que me dejaba la fiesta del Dios, pensé que si eran las bellas artes, en el sentido estricto, a las que querían los sueños que me dedicara, era preciso obedecerles, y para tranquilizar mi conciencia no abandonar la vida hasta haber satisfecho a los dioses, componiendo al efecto versos según lo ordenaba el sueño. Comencé, pues, por cantar en honor del Dios, cuya fiesta se celebraba; en seguida, reflexionando que un poeta, para ser verdadero poeta, no debe componer discursos en verso sino inventar ficciones, y no reconociendo en mí este talento, me decidí a trabajar sobre las fábulas de Esopo; puse en verso las que sabía, y que fueron las primeras que vinieron a mi memoria. he aquí, mi querido Cebes, lo que habrás de decir a Eveno. Salúdale también en mi nombre, y dile, que si es sabio, que me siga, porque al parecer hoy es mi último día, puesto que los atenienses lo tienen ordenado.

    —Entonces Simmias dijo: ¡Ah!, Sócrates, qué consejo das a Eveno!, verdaderamente he hablado con él muchas veces; pero, a mi juicio, no se prestará muy voluntariamente a aceptar tu invitación.

    —¡Qué!, repuso Sócrates; ¿Eveno no es filósofo?

    —Por tal le tengo; respondió Simmias.

    —Pues bien, dijo Sócrates; Eveno me seguirá como todo hombre que se ocupe dignamente de filosofía. Sé bien que no se suicidará, porque esto no es lícito.

    Diciendo estas palabras se sentó al borde de su cama, puso los pies en tierra, y habló en esta postura todo el resto del día.

    —Cebes le preguntó: ¿cómo es, Sócrates, que no es permitido atentar a la propia vida, y sin embargo, el filósofo debe querer seguir a cualquiera que muere?

    —¡Y qué!, Cebes, replicó Sócrates, ¿ni tú ni Simmias habéis oído hablar nunca de esta cuestión a vuestro amigo Filolao?{8}

    —Jamás, respondió Cebes, se explicó claramente sobre este punto.

    —Yo, replicó Sócrates, no sé más que lo que he oído decir, y no os ocultaré lo que he sabido. Así como así no puede darse una ocupación más conveniente para un hombre que va a partir bien pronto de este mundo, que la de examinar y tratar de conocer a fondo ese mismo viaje, y descubrir la opinión que sobre él tengamos formada. ¿En qué mejor cosa podemos emplearnos hasta la puesta del sol?

    —¿En qué se fundan, Sócrates, dijo Cebes, los que afirman que no es permitido suicidarse? He oído decir a Filolao, cuando estaba con nosotros, y a otros muchos, que esto era malo; pero nada he oído que me satisfaga sobre este punto.

    —Cobra ánimo, dijo Sócrates, porque hoy vas a ser más afortunado; pero te sorprenderás al ver que el vivir es para todos los hombres una necesidad absoluta e invariable, hasta para aquellos mismos a quienes vendría mejor la muerte que la vida; y tendrás también por cosa extraña que no sea permitido a aquellos, para quienes la  muerte es preferible a la vida, procurarse a sí mismos este bien, y que estén obligados a esperar otro libertador.

    —Entonces Cebes, sonriéndose, dijo a la manera de su país: Dios lo sabe.

    —Esta opinión puede parecer irracional, repuso Sócrates, pero no es porque carezca de fundamento. No quiero alegar aquí la máxima, enseñada en los misterios, de que nosotros estamos en este mundo cada uno como en su puesto, y que nos está prohibido abandonarle sin permiso. Esta máxima es demasiado elevada, y no es fácil penetrar todo lo que ella encierra. Pero he aquí otra más accesible, y que me parece incontestable; y es que los dioses tienen cuidado de nosotros, y que los hombres pertenecen a los dioses. ¿No es esto una verdad?

    —Muy cierto; dijo Cebes.

    —Tú mismo, repuso Sócrates, si uno de tus esclavos se suicidase sin tu orden, ¿no montarías en cólera contra él, y no le castigarías rigurosamente, si pudieras?

    —Sí, sin duda.

    —Por la misma razón, dijo Sócrates, es justo sostener que no hay razón para suicidarse, y que es preciso que Dios nos envió una orden formal para morir, como la que me envía a mí en este día.

    —Lo que dices me parece probable, dijo Cebes; pero decías al mismo tiempo que el filósofo se presta gustoso a la muerte, y esto me parece extraño, si es cierto que los dioses cuidan de los hombres, y que los hombres pertenecen a los dioses; porque, ¿cómo pueden los filósofos desear no existir, poniéndose fuera de la tutela de los dioses, y abandonar una vida sometida al cuidado de los mejores gobernadores del mundo? Esto no me parece en manera alguna racional. ¿Creen que serán más capaces de gobernarse cuando se vean libres del cuidado de los dioses? Comprendo que un mentecato pueda pensar que es preciso huir de su amo a cualquier precio; porque no comprende que siempre conviene estar al lado de lo que es bueno, y no perderlo de vista; y por tanto si huye, lo hará sin razón. Pero un hombre sabio debe desear permanecer siempre bajo la dependencia de quien es mejor que él. De donde infiero, Sócrates, todo lo contrario de lo que tú decías; y pienso que a los sabios aflige la muerte y que a los mentecatos les regocija.

    —Sócrates manifestó cierta complacencia al notar la sutileza de Cebes; y dirigiéndose a nosotros, nos dijo: Cebes siempre encuentra objeciones, y no se fija mucho en lo que se le dice.

    —Pero, dijo entonces Simmias, yo encuentro alguna razón en lo que dice Cebes. En efecto, ¿qué pretenden los sabios al huir de dueños mucho mejores que ellos, y al privarse voluntariamente de su auxilio? A ti es a quien dirige este razonamiento Cebes, y te echa en cara que te separas de nosotros voluntariamente, y que abandonas a los dioses que, según tú mismo parecer, son tan buenos amos.

    —Tenéis razón, dijo Sócrates; y veo que ya queréis obligarme a que me defienda aquí como me he defendido en el tribunal.

    —Así es; dijo Simmias.

    —Es preciso, pues, satisfaceros, replicó Sócrates, y procurar que esta apología tenga mejor resultado respecto de vosotros, que el que tuvo la primera respecto de los jueces. En verdad, Simmias y Cebes, si no creyese encontrar en el otro mundo dioses tan buenos y tan sabios y hombres mejores que los que dejo en este, sería un necio, si no me manifestara pesaroso de morir. Pero sabed que espero reunirme allí con hombres justos. Puedo quizá hacerme ilusiones respecto de esto; pero en cuanto a encontrar allí dioses que son muy buenos dueños, yo lo aseguro en cuanto pueden asegurarse cosas de esta naturaleza. He aquí por qué no estoy tan afligido en estos momentos, esperando que hay algo reservado para los hombres después de esta vida, y que, según la antigua máxima, los buenos serán mejor tratados que los malos.

    —¿Pero qué, Sócrates, replicó Simmias, será posible que nos abandones sin hacernos partícipes de esas convicciones de tu alma? Me parece que este bien nos es a todos común; y si nos convences de tu verdad, tu apología está hecha.

    —Eso es lo que pienso hacer, respondió; pero antes veamos lo que Critón quiere decirnos. Me parece que ha rato intenta hablarnos.

    —No es más, dijo Critón, sino que el hombre, que debe darte el veneno, no ha cesado de decirme largo rato ha, que se te advierta que hables poco, porque dice que el hablar mucho acalora, y que no hay cosa más opuesta, para que produzca efecto el veneno; por lo que es preciso dar dos y tres tomas, cuando se está de esta suerte acalorado.

    —Déjale que hable, respondió Sócrates; y que prepare la cicuta, como si hubiera necesidad de dos tomas y de tres, si fuese necesario.

    —Ya sabía yo que darías esta respuesta, dijo Critón; pero él no desiste de sus advertencias.

    —Dejadle que diga, repuso Sócrates; ya es tiempo de que explique delante de vosotros, que sois mis jueces, las razones que tengo para probar que un hombre, que se ha consagrado toda su vida a la filosofía, debe morir con mucho valor, y con la firme esperanza de que gozará después de la muerte bienes infinitos. Voy a daros las pruebas, Simmias y Cebes.

    Los hombres ignoran que los verdaderos filósofos no trabajan durante su vida sino para prepararse a la muerte; y siendo esto así, sería ridículo que después de haber proseguido sin tregua este único fin, recelasen y temiesen, cuando se les presenta la muerte.

    Reflexión espiritual de Sócrates sobre la muerte

    Prosigue Sócrates explicando cómo el autentico filósofo ha de estar preparado para la muerte, que no es sino la separación del alma del cuerpo, envoltura  en la que está encerrada y aprisionada y que le dificulta el acceso a la verdad. Se parte de un radical dualismo entre el cuerpo y el alma: la psyché, el alma, es lo espiritual, lo racional, lo vital, frente al cuerpo, soma, envoltura sensorial y perecedera. Al verdadero filósofo que durante toda su vida sólo ha intentado purificarse de lo corpóreo y atender al cuidado del alma, le aguarda una eterna bienaventuranza viendo a los dioses y conversando con ellos, viendo al sol, la luna y las estrellas, en compañía de sus seres queridos.

    Se plantea luego la cuestión de si el alma desaparece por completo o es inmortal. Es este sin duda un asunto propio del momento. Los diversos amigos presentes van dando su opinión al respecto. La afirmación de la inmortalidad del alma exige que se den las pruebas necesarias y explicar a dónde va cuando se separa del cuerpo al morir. Sócrates expone varios argumentos, uno de los más poderosos es el de la “anamnesis” o “rememoración”, el conocimiento de las cosas como recuerdo de algo ya conocido con anterioridad. Las ideas eternas y modélicas son las causas de las cosas reales, que participan de ellas.

    Los argumentos y el tono de la discusión pueden parecer excesivamente fríos, pero esta frialdad es sólo aparente si se piensa en el momento previo a la muerte de Sócrates al que asistimos. Si los argumentos de Sócrates son ciertos, su muerte aceptada merece la pena.

    En el diálogo sobre estas cuestiones, los amigos de Sócrates, conscientes del momento, no quieren molestar al maestro, que les pide que le planteen sus objeciones, a las que él responderá.

    84d-85e

    —Te diré la verdad, Sócrates, respondió Simmias; ha largo tiempo que tenemos dudas Cebes y yo, y nos hemos dado de codo para comprometernos a proponértelas, porque tenemos vivo deseo de ver cómo las resuelves. Pero ambos hemos temido ser importunos, proponiéndote cuestiones desagradables en la situación en que te hallas.

    —¡Ah!, mi querido Simmias, replicó Sócrates, sonriendo dulcemente; ¿con qué trabajo convencería yo a los demás hombres de que no tengo por una desgracia la situación en que me encuentro, cuando de vosotros mismos no puedo conseguirlo, pues que me creéis en este momento en peor posición que antes? Me suponéis, al parecer, muy inferior a los cisnes, por lo que respecta al presentimiento y a la adivinación. Los cisnes, cuando presienten que van a morir, cantan aquel día aún mejor que lo han hecho nunca, a causa de la alegría que tienen al ir a unirse con el dios a que ellos sirven. Pero el temor que los hombres tienen a la muerte, hace que calumnien a los cisnes, diciendo que lloran su muerte y que cantan de tristeza. No reflexionan que no hay pájaro que cante cuando tiene hambre o frío o cuando sufre de otra manera, ni aun el ruiseñor, la golondrina y la abubilla, cuyo canto se dice que es efecto del dolor. Pero estos pájaros no cantan de manera alguna de tristeza, y menos los cisnes, a mi juicio; porque perteneciendo a Apolo, son divinos, y como prevén los bienes de que se goza en la otra vida, cantan y se regocijan en aquel día más que lo han hecho nunca. Y yo mismo pienso que sirvo a Apolo lo mismo que ellos; que como ellos estoy consagrado a este dios; que no he recibido menos que ellos de nuestro común dueño el arte de la adivinación, y que no me siento contrariado al salir de esta vida. Así pues, en este concepto, podéis hablarme cuanto queráis, e interrogarme por todo el tiempo que tengan a bien permitirlo los Once.

    —Muy bien, Sócrates, repuso Simmias; te propondré mis dudas, y Cebes te hará sus objeciones. Pienso, como tú, que en estas materias es imposible, o por lo menos muy difícil, saber toda la verdad en esta vida; y estoy convencido de que no examinar detenidamente lo que se dice, y cansarse antes de haber hecho todos los esfuerzos posibles para conseguirlo, es una acción digna de un  hombre perezoso y cobarde; porque, una de dos cosas: o aprender de los demás la verdad o encontrarla por sí mismo; y si una y otra cosa son imposibles, es preciso escoger entre todos los razonamientos humanos el mejor y más fuerte, y embarcándose en él como en una barquilla, atravesar de este modo las tempestades de esta vida, a menos que sea posible encontrar, para hacer este viaje, algún buque más grande, esto es, algún razonamiento incontestable que nos ponga fuera de peligro. No tendré reparo en hacerte preguntas, puesto que lo permites; y no me expondré al remordimiento que yo podría tener algún día, por no haberte dicho en este momento lo que pienso. Cuando examino con Cebes lo que nos has dicho, Sócrates, confieso que tus pruebas no me parecen suficientes.

    —Quizá tienes razón, mi querido Simmias; pero, ¿por qué no te parecen suficientes?

    Y prosigue el diálogo. De 107c a 115a introduce Platón el mito escatológico, del viaje al Más Allá, con la descripción de la geografía fabulosa del otro mundo, y el destino de las almas tras el juicio. La palabra griega ἔσχατος, eschatos, significa último, final, postrero y por tanto “escatológico” se refiere a lo perteneciente o relativo a las postrimerías de ultratumba.

    Luego sigue en 113d

    Dispuestas así todas las cosas por la naturaleza, cuando los muertos llegan al lugar a que les ha conducido su guía, se les somete a un juicio, para saber si su vida en este mundo ha sido santa y justa o no. Los que no han sido ni enteramente criminales ni absolutamente inocentes, son enviados al Aqueronte, y desde allí son conducidos en barcas a la laguna Aquerusia, donde habitan sufriendo castigos proporcionados a sus faltas, hasta que, libres de ellos, reciben la recompensa debida a sus buenas acciones. Los que se consideran incurables a causa de lo grande  de sus faltas y que han cometido muchos y numerosos sacrilegios, asesinatos inicuos y contra ley u otros crímenes semejantes, el fatal destino, haciendo justicia, los precipita en el Tártaro, de donde no saldrán jamás. Pero los que sólo han cometido faltas que pueden expiarse, aunque sean muy grandes, como haber cometido violencias contra su padre o su madre, o haber quitado la vida a alguno en el furor de la cólera, aunque hayan hecho por ello penitencia durante toda su vida, son sin remedio precipitados también en el Tártaro; pero, trascurrido un año, las olas los arrojan y echan los homicidas al Cocito, y los parricidas al Purifiegeton, que los arrastra hasta la laguna Aquerusia. Allí dan grandes gritos, y llaman a los que fueron asesinados y a todos aquellos contra quienes cometieron violencias, y los conjuran para que les dejen pasar la laguna, y ruegan se les reciba allí. Si los ofendidos ceden y se compadecen, aquellos pasan y se ven libres de todos los males; y si no ceden, son de nuevo precipitados en el Tártaro, que los vuelve a arrojar a los otros ríos hasta que hayan conseguido el perdón de los ofendidos, porque tal ha sido la sentencia dictada por los jueces. Pero los que han justificado haber pasado su vida en la santidad, dejan estos lugares terrestres como una prisión y son recibidos en lo alto, en esa tierra pura, donde habitan. Y lo mismo sucede con los que han sido purificados por la filosofía, los cuales viven por toda la eternidad sin cuerpo, y son recibidos en estancias aún más admirables. No es fácil que os haga una descripción de esta felicidad, ni el poco tiempo que me resta me lo permite. Pero lo que acabo de deciros basta, mi querido Simmias, para haceros ver que debemos trabajar toda nuestra vida en adquirir la virtud y la sabiduría, porque el precio es magnífico y la esperanza grande.

    Sostener que todas estas cosas son como yo las he descrito, ningún hombre de buen sentido puede hacerlo;  pero lo que he dicho del estado de las almas y de sus estancias, es como os lo he anunciado o de una manera parecida; creo que, en el supuesto de ser el alma inmortal, puede asegurarse sin inconveniente; y la cosa bien merece correr el riesgo de creer en ella. Es un azar precioso a que debemos entregarnos, y con el que debe uno encantarse a sí mismo. He aquí por qué me he detenido tanto en mi discurso. Todo hombre, que durante su vida ha renunciado a los placeres y a los bienes del cuerpo y los ha mirado como extraños y maléficos, que sólo se ha entregado a los placeres que da la ciencia, y ha puesto en su alma, no adornos extraños, sino adornos que le son propios, como la templanza, la justicia, la fortaleza, la libertad, la verdad; semejante hombre debe esperar tranquilamente la hora de su partida para los infiernos, estando siempre dispuesto para este viaje cuando quiera que el destino le llame. Respecto a vosotros, Simmias y Cebes y los demás aquí presentes, haréis este viaje cuando os llegue vuestro turno. Con respecto a mí, la suerte me llama hoy, como diría un poeta trágico; y ya es tiempo de que me vaya al baño, porque me parece que es mejor no beber el veneno hasta después de haberme bañado, y ahorraré así a las mujeres el trabajo de lavar mi cadáver.

    —Cuando Sócrates hubo acabado de hablar, Critón, tomando la palabra, le dijo: bueno, Sócrates; pero ¿no tienes nada que recomendarnos ni a mí ni a estos otros sobre tus hijos o sobre cualquier otro negocio en que podamos prestarte algún servicio?

    —Nada más, Critón, que lo que os he recomendado siempre, que es el tener cuidado de vosotros mismos, y así haréis un servicio a mí, a mi familia y a vosotros mismos, aunque no me prometierais nada en este momento; mientras que si os abandonáis, si no queréis seguir el camino de que acabarnos de hablar, todas las promesas, todas las protestas que pudieseis hacerme hoy, todo esto de nada serviría.

    —Haremos los mayores esfuerzos, respondió Critón, para conducirnos de esa manera; pero, ¿cómo te enterraremos?

    —Como gustéis, dijo Sócrates; si es cosa que podéis cogerme y si no escapo a vuestras manos. Y sonriéndose y mirándonos al mismo tiempo, dijo: no puedo convencer a Critón de que yo soy el Sócrates que conversa con vosotros y que arregla todas las partes de su discurso; se imagina siempre que soy el que va a ver morir luego, y en este concepto me pregunta cómo me ha de enterrar. Y todo ese largo discurso que acabo de dirigiros para probaros que desde que haya bebido la cicuta no permaneceré ya con vosotros, sino que os abandonaré e iré a gozar de la felicidad de los bienaventurados; todo esto me parece que lo he dicho en vano para Critón, como si sólo hubiera hablado para consolaros y para mi consuelo. Os suplico que seáis mis fiadores cerca de Critón, pero de contrario modo a como el lo fue de mi cerca de los jueces, porque allí respondió por mí de que no me fugaría. Y ahora quiero que vosotros respondáis, os lo suplico, de que en el momento que muera, me iré; a fin de que el pobre Critón soporte con más tranquilidad mi muerte, y que al ver quemar mi cuerpo o darle tierra no se desespere, como si yo sufriese grandes males, y no diga en mis funerales: que expone a Sócrates, que lleva a Sócrates, que entierra a Sócrates; porque es preciso que sepas, mi querido Critón, le dijo, que hablar impropiamente no es sólo cometer una falta en lo que se dice, sino causar un mal a las almas. Es preciso tener más valor, y decir que es mi cuerpo el que tú entierras; y entiérrale como te acomode, y de la manera que creas ser más conforme con las leyes.

    Al concluir estas palabras se levantó y pasó a una habitación inmediata para bañarse. Critón le siguió, y  Sócrates nos suplicó que le aguardásemos. Le aguardamos, pues, rodando mientras tanto nuestra conversación ya sobre lo que nos había dicho, haciendo sobre ello reflexiones, ya sobre la triste situación en que íbamos a quedar, considerándonos como hijos que iban a verse privados de su padre, y condenados a pasar el resto de nuestros dios en completa orfandad.

    Después que salió del baño le llevaron allí sus hijos; porque tenía tres, dos muy jóvenes y otro que era ya bastante grande, y con ellos entraron las mujeres de su familia. Habló con todos un rato en presencia de Critón, y les dio sus órdenes; en seguida hizo que se retirasen las mujeres y los niños, y vino a donde nosotros estábamos. Ya se aproximaba la puesta del sol, porque había permanecido largo rato en el cuarto del baño. En cuanto entró se sentó en su cama, sin tener tiempo para decirnos nada, porque el servidor de los Once entró casi en aquel momento y aproximándose a él, dijo: Sócrates, no tengo que dirigirte la misma reprensión que a los demás que han estado en tu caso. Desde que vengo a advertirles, por orden de los magistrados, que es preciso beber el veneno, se alborotan contra mí y me maldicen; pero respecto a ti, desde que estás aquí, siempre me has parecido el más firme, el más dulce y el mejor de cuantos han entrado en esta prisión; y estoy bien seguro de que en este momento no estás enfadado conmigo, y que sólo lo estarás con los que son la causa de tu desgracia, y a quienes tú conoces bien. Ahora, Sócrates, sabes lo que vengo a anunciarte; recibe mi saludo, y trata de soportar con resignación lo que es inevitable. Dicho esto, volvió la espalda, y se retiró derramando lágrimas. Sócrates, mirándole, le dijo: y también yo te saludo, amigo mío, y haré lo que me dices. Ved, nos dijo al mismo tiempo, qué honradez la de este hombre; durante el tiempo que he permanecido aquí me ha venido a ver muchas veces; se conducía como el mejor de los hombres; y en este momento, ¡qué de veras me llora! Pero, adelante, Critón; obedezcámosle de buena voluntad, y que me traiga el veneno si está machacado; y si no lo está, que él mismo lo machaque.

    —Pienso, Sócrates, dijo Critón, que el sol alumbra todavía las montañas, y que no se ha puesto; y me consta, que otros muchos no han bebido el veneno sino mucho después de haber recibido la orden; que han comido y bebido a su gusto y aun algunos gozado de los placeres del amor; así que no debes apurarte, porque aún tienes tiempo.

    —Los que hacen lo que tú dices, Criton, respondió Sócrates, tienen sus razones; creen que eso más ganan, pero yo las tengo también para no hacerlo, porque la única cosa que creo ganar, bebiendo la cicuta un poco más tarde, es hacerme ridículo a mis propios ojos, manifestándome tan ansioso de vida, que intente ahorrar la muerte, cuando esta es absolutamente inevitable{29}. Así, pues, mi querido Criton, haced lo que os he dicho, y no me atormentes más.

    —Entonces Criton hizo una seña al esclavo que tenía allí cerca. El esclavo salió, y poco después volvió con el que debía suministrar el veneno, que llevaba ya disuelto en una copa. Sócrates viéndole entrar, le dijo: muy bien, amigo mío; es preciso que me digas lo que tengo que hacer; porque tú eres el que debes enseñármelo.

    —Nada más, le dijo este hombre, que ponerte a pasear después de haber bebido la cicuta, hasta que sientas que se debilitan tus piernas, y entonces te acuestas en tu cama. Al mismo tiempo le alargó la copa. Sócrates la tomó, Equecrates, con la mayor tranquilidad, sin ninguna emoción, sin mudar de color ni de semblante; y  mirando a este hombre con ojo firme y seguro, como acostumbraba, le dijo: ¿es permitido hacer una libación con un poco de este brebaje?

    —Sócrates, le respondió este hombre, sólo disolvemos lo que precisamente se ha de beber.

    —Ya lo entiendo, dijo Sócrates; pero por lo menos es permitido y muy justo dirigir oraciones a los dioses, para que bendigan nuestro viaje, y que le hagan dichoso; esto es lo que les pido, y ¡ojalá escuchen mis votos!

    Después de haber dicho esto, llevó la copa a los labios, y bebió con una tranquilidad y una dulzura maravillosas.

    Hasta entonces nosotros tuvimos fuerza para contener las lágrimas, pero al verle beber y después que hubo bebido, ya no fuimos dueños de nosotros mismos. Yo sé decir, que mis lágrimas corrieron en abundancia, y a pesar de todos mis esfuerzos no tuve más remedio que cubrirme con mi capa para llorar con libertad por mí mismo, porque no era la desgracia de Sócrates la que yo lloraba, sino la mía propia pensando en el amigo que iba a perder. Critón, antes que yo, no pudiendo contener sus lágrimas, había salido; y Apolodoro, que ya antes no había cesado de llorar, prorrumpió en gritos y en sollozos, que partían el alma de cuantos estaban presentes, menos la de Sócrates. ¿Qué hacéis, dijo, amigos míos? ¿No fue el temor de estas debilidades inconvenientes lo que motivó el haber alejado de aquí las mujeres? ¿Por qué he oído decir siempre que es preciso morir oyendo buenas palabras? Manteneos, pues, tranquilos, y dad pruebas de más firmeza.

    Estas palabras nos llenaron de confusión, y retuvimos nuestras lágrimas.

    —Sócrates, que estaba paseándose, dijo que sentía desfallecer sus piernas, y se acostó de espalda, como el hombre le había ordenado. Al mismo tiempo este mismo hombre, que le había dado el veneno, se aproximó, y  después de haberle examinado un momento los pies y las piernas, le apretó con fuerza un pié, y le preguntó si lo sentía, y Sócrates respondió que no. Le estrechó en seguida las piernas y, llevando sus manos más arriba, nos hizo ver que el cuerpo se helaba y se endurecía, y tocándole él mismo, nos dijo que en el momento que el frío llegase al corazón, Sócrates dejaría de existir. Ya el bajo vientre estaba helado, y entonces descubriéndose, porque estaba cubierto, dijo, y estas fueron sus últimas palabras: Critón, debemos un gallo a Esculapio; no te olvides de pagar esta deuda{30}.

    —Así lo haré, respondió Criton; pero mira si tienes aún alguna advertencia que hacernos.

    —No respondió nada, y de allí a poco hizo un movimiento. El hombre aquel entonces lo descubrió por entero y vimos que tenía su mirada fija. Critón, viendo esto, le cerró la boca y los ojos.

    —He aquí, Equecrates, cuál fue el fin de nuestro amigo, del hombre, podemos decirlo, que ha sido el mejor de cuantos hemos conocido en nuestro tiempo; y por otra parte, el más sabio, el más justo de todos los hombres.

    ———

    Notas:
    {1} Era de Flionte en Sicionia, que es el lugar de la conversación.
    {2} Fedón debió a Sócrates el que Alcibíades o Criton le rescataran de la esclavitud.
    {3} Jefe de la Escuela cínica.
    {4} Jefe de la Escuela megárica.
    {5} Jefe de la Escuela cirenaica.
    {6} Magistrados encargados de la policía de las prisiones y de hacer ejecutar las sentencias de los jueces.
    {7} Poeta elegiaco, natural de la isla de Paros.
    {8} Filósofo pitagórico de Crotona.
    {9} Hay sobre esto un precioso pasaje en el libro segundo de La República.
    {29} Alusión de un verso de Hesiodo. (Las Obras y los días, v. 307.)
    {30} Era un sacrificio en acción de gracias al dios de la medicina, que le libraba por la muerte de todos los males de la vida.