Categoría: Dioses y Religión

  • La piedra, el mojón de los caminos, es Hermes

    Con frecuencia el viajero, sobre todo el caminante, observa a lo largo del camino o en la entrada de las ciudades, hitos de piedra, mojones e incluso montones de piedras.

    Con frecuencia vemos también estos hitos, bloques de piedra o mojones con la función de marcar un territorio, señalar un lugar especial como la tumba de un difunto o delimitar un espacio. En el lenguaje culto se llama a estos hitos  “hermes” o “hermas” en griego antiguo ἕρμα , herma.  palabra que significa “roca, montón de tierra”.  También tenían una función protectora y apotropaica o apartadora de todo mal  (del griego ἀποτρέπω , apotrépō, "alejar, apartar”, de ἀπό, apó, "lejos"  y τρέπω trépō, "girar") .  Estos mojones solían estar coronados con el busto o figura de Hermes o Mercurio.

    Pero Hermes es un dios de la mitología griega, hijo de Zeus y Maya. Es el mensajero de los dioses, el protector de los caminantes, el dios de los comerciantes y también de los ladrones (los antiguos tenían dioses para todo). El griego Hermes se corresponde con el dios romano Mercurio (nótese la relación con la palabra “mercado”).

    Así que  el mojón, el hito, el bloque de piedra representa al dios Hermes y por eso en el mundo antiguo son muy frecuentes estos mojones de piedra de forma cuadrangular acabados con el busto del dios Hermes, en ocasiones adornados con los genitales masculinos, especialmente con el falo o miembro viril  como símbolo de la fertilidad.

    Este dios en esta función es similar al romano “Terminus” (de significado más evidente y claro). Estos “Hermes”, como decía,  se colocaban a lo largo y en las encrucijadas de los caminos (Hermes es entre otras cosas el dios de los viajeros), a las entradas de las ciudades, en los límites y fronteras de las poblaciones, etc. Quizás tengan su origen en la costumbre primitiva griega y romana de formar montones de piedra en determinados puntos del camino; el viajero al pasar arrojaba su piedra al montón formulando un deseo. El hecho de que sean de piedra nos retrotrae a creencias y cultos muy antiguos en los que la piedra tiene un espíritu o  valor religioso especial.

    En España se mantiene esta costumbre desde antiguo  en algunas partes:  en  Aragón se les llama “peirones”; en la zona de Molina de Aragón (Guadalajara) (en donde se les llama “pairones”) son numerosas estas piedras prismáticas verticales, en cuya cima suele haber una imagen religiosa.  Están sin duda relacionados con los antiguos “Hermes”.

    No deja de ser llamativo cómo perduran hasta hoy costumbres que han perdido todo significado y cómo persisten  nombres antiguos , aunque reducidos ya a círculos especialmente cultos.

    Respecto de “terminus” conviene hacer algunas observaciones. Personificado y divinizado  es un dios romano que protege los límites, tanto de la propiedad privada como pública. Es esta una función esencial, porque en realidad lo que protege es la propiedad privada en sí misma. La tradición atribuye a Numa la costumbre de colocar mojones o límites para delimitar la propiedad, que queda protegida  por Iuppiter Terminus, en cuyo honor se celebran el 23 de febrero,, a finales  del primitivo año romano, las fiestas Terminalia.(véase  Ov. Fast. ii. 639 ss).

    Por extension la palabra  “terminus”, que ha pasado al español,  significa también límite, término de algo y territorio delimitado por términos( por ejemplo término municipal); e incluso la palabra que delimita un concepto (término lingüístico).

    Junto al sustantivo existe el verbo “terminar” con el significado de poner fin o término a algo y los compuestos “determinar”  (fijar los límites o términos entre los que algo se encuentra en sentido real o figurado) y “exterminar”  (acabar completamente, destruir, llevar más allá de los límites o términos).

    Ofrezco a continuación la traducción del texto de Ovidio en el que describe la fiesta de las Terminalia para profundizar la idea de la importancia que tienen los actos y ritos religiosos para fijar las normas y leyes sociales, en este caso, la propiedad privada de la tierra:  Ovidio: Fasti, 2, 639 y ss.

    Una vez que ha pasado la noche,  se celebra con el honor acostumbrado al dios que separa con su marca los campos de labor. O Termino, tanto si  eres una piedra  como si eres  un tronco enterrado en el campo, tú tienes poder divino desde los días antiguos. A ti te coronan  los dos dueños en los dos lados; a ti te traen  dos guirnaldas y la ofrenda de dos tortas.  Para ti se ha construido un altar: a él la rústica labradora en persona trae en un  roto  tiesto de barro  el fuego recogido del caliente hogar.   El anciano corta leña, y con habilidad  amontona los trozos cortados, y se esfuerza por  colocar  las ramas en la tierra sólida: entonces aviva las primeras llamas con corteza seca;  el muchacho queda de pie y sostiene en sus manos unas grandes canastas.  Luego cuando arroja tres veces los frutos de la tierra en medio del fuego, la pequeña hija  extiende sus manos con los panales cortados. Otros sostienen los vasos de vino: uno a uno se arrojan  en sacrificio a las llamas. El grupo, vestido de blanco, se queda mirando y guarda silencio. Término, en sus dos lados, es rociado con la sangre de un cordero sacrificado y no se queja cuando se le ofrece una cerda todavía lactante. Acuden los sencillos vecinos y celebran un banquete y cantan tus alabanzas, santo Término. Tú marcas los límites de los pueblos y de las ciudades y de los grandes reinos:  sin ti todos los campo serían motivo de conflicto. Tú no tienes ambición alguna ni te corrompes por ningún oro,  tú conservas con tu buena fe los campos a ti confiados.  Si en otro tiempo hubieses marcado tú la tierra de Tirea (en Laconia) no hubieran sido enviados a la muerte trescientos cuerpos ni   Otríades hubiera sido elegido por una lluvia de armas.  ¡O cuánta sangre entregó a su patria! ¿Y qué pasó cuando se construía el nuevo Capitolio? ¿Acaso todo el grupo de dioses no cedió ante Júpiter y te entregó el lugar? Término, como recuerdan los antiguos,  que se encontraba en el espacio sagrado , allí se quedó y comparte el templo con el gran Júpiter. Incluso ahora , el techo del templo tiene un pequeño agujero para que nada pueda verse por encima de él excepto las estrellas. Término, después de esto no tienes una libre movilidad; permanece en el lugar en que has sido colocado. Y no cedas nada a tu vecino aunque te lo ruegue, para que no parezca que antepones un hombre cualquiera a Júpiter: y ya seas golpeado con la reja del arado o con el rastrillo, grita “este es tu campo, aquel el tuyo”. Hay un camino que lleva a la gente a los campos Laurentinos, reinos buscados en otro tiempo por el jefe Dardanio (Eneas): el sexto mojón, Término, desde la ciudad ve cómo se te hacen sacrificios con las entrañas de un lanudo cordero.  Otros pueblos tienen una tierra marcada con unos límites fijos:  pero el espacio de la ciudad de Roma es el mismo orbe del mundo.


    Nox ubi transierit, solito celebretur honore
         separat indicio qui deus arva suo.
    Termine, sive lapis sive es defossus in agro
         stipes, ab antiquis tu quoque numen habes.
    te duo diversa domini de parte coronant,
         binaque serta tibi binaque liba ferunt.
    ara fit: huc ignem curto fert rustica testo               645
         sumptum de tepidis ipsa colona focis.
    ligna senex minuit concisaque construit arte,
         et solida ramos figere pugnat humo;
    tum sicco primas inritat cortice flammas;
         stat puer et manibus lata canistra tenet.               650
    inde ubi ter fruges medios immisit in ignes,
         porrigit incisos filia parva favos.
    vina tenent alii: libantur singula flammis;
         spectant, et linguis candida turba favet.
    spargitur et caeso communis Terminus agno,               655
         nec queritur lactans cum sibi porca datur.
    conveniunt celebrantque dapes vicinia simplex
         et cantant laudes, Termine sancte, tuas:
    'tu populos urbesque et regna ingentia finis:
         omnis erit sine te litigiosus ager.               660
    nulla tibi ambitio est, nullo corrumperis auro,
         legitima servas credita rura fide.
    si tu signasses olim Thyreatida terram,
         corpora non leto missa trecenta forent,
    nec foret Othryades congestis lectus in armis.               665
         o quantum patriae sanguinis ille dedit!
    quid, nova cum fierent Capitolia? nempe deorum
         cuncta Iovi cessit turba locumque dedit;
    Terminus, ut veteres memorant, inventus in aede
         restitit et magno cum Iove templa tenet.               670
    nunc quoque, se supra ne quid nisi sidera cernat,
         exiguum templi tecta foramen habent.
    Termine, post illud levitas tibi libera non est:
         qua positus fueris in statione, mane;
    nec tu vicino quicquam concede roganti,               675
         ne videare hominem praeposuisse Iovi:
    et seu vomeribus seu tu pulsabere rastris,
         clamato "tuus est hic ager, ille tuus".'
    est via quae populum Laurentes ducit in agros,
         quondam Dardanio regna petita duci:               680
    illa lanigeri pecoris tibi, Termine, fibris
         sacra videt fieri sextus ab Urbe lapis.
    gentibus est aliis tellus data limite certo:
         Romanae spatium est Urbis et orbis idem.

     

  • En Roma la declaración de guerra es un acto sagrado que sólo pueden realizar los sacerdotes Feciales

    Desgraciadamente la guerra es una actividad demasiado frecuente en la historia de los hombres. A pesar de la violencia que engendra y con la que se desarrolla, también la guerra está sometida a normas y ritos. El pueblo romano, muy supersticioso y ritualista, tiene ritos para todas las actividades; también para la guerra. La guerra es una acción tan importante que sólo la pueden declarar los sacerdotes Feciales.

    Los romanos  estuvieron en guerra con unos u otros pueblos prácticamente todos los días de su historia. Muy pocos días permaneció  cerrado el templo de Jano que permanecía abierto en tiempos de guerra, pronto a auxiliar a las legiones. Las guerras les produjeron muchos sinsabores, pero también un enorme Imperio. Ahora bien, la guerra es una actividad muy  seria sometida a un complejo ritual religioso que ejecutan unos sacerdotes especializados, los feciales. Los romanos son un pueblo muy ritualista.

    El historiador Tito Livio reproduce las fórmulas sagradas, que creadas por Anco Marcio, cuarto rey de Roma, empleaba el sacerdote fecial para la declaración de guerra:

    El fecial se acerca  a la frontera del pueblo agresor,  se cubre la cabeza con un manto  de lana y dice:

    escucha Júpiter, oíd habitantes de las fronteras ;escucha también tú, justicia; yo soy el mensajero  del pueblo romano , vengo  con una  misión justa y piadosa”.

    Luego presenta  sus quejas ;  continúa después poniendo a Júpiter por testigo :

    Si yo mensajero  del pueblo romano, ultrajo las leyes de la justicia y de la religión,  no permitas que  jamás vuelva r a mi patria”.

    Pronuncia  esta fórmula al primer hombre que encuentra, la dice al entrar en la ciudad enemiga y  la vuelve a repetir al llegar a la plaza pública. Si no recibe satisfacción en el plazo solemnemente fijado  de treinta y tres días,   declara la guerra de este modo:

    Escucha Júpiter y tú Juno, Quirino  y  todos dioses del cielo, de la tierra y del infierno, escuchad: os pongo por testigos  de la injusticia de este pueblo ,que se niega  a restituir lo que no es suyo. Ahora  los ancianos de mi patria deliberarán sobre las medidas para restablecer  nuestros derechos."

    El mensajero regresaba  a Roma y el rey planteaba el asunto a los senadores. Si la mayoría aprobaba  la guerra, el sacerdote fecial llevaba hasta las fronteras del enemigo una lanza de hierro o una estaca endurecida al fuego y impregnada de su sangre . En presencia de al menos tres jóvenes decía:

    porque   han actuado  contra el pueblo romano, hijo de Quirino, y delinquido contra él, el pueblo romano, hijo de Quirino ha dispuesto la guerra; el Senado del pueblo romano, hijo de Quirino, la ha propuesto, sentenciado y decretado,  y yo y el pueblo romano la declaramos y yo rompo las hostilidades”.

    Tras  pronunciar estas palabras lanzaba el venablo al territorio enemigo.

    La guerra, santa  en su origen, también debía terminar con un acto religioso. Parte de los despojos del  enemigo correspondían a los dioses que habían escuchado las palabras del fecial y apoyado su reclamación y se entregaban en el templo de Júpiter Ferecio.

    Cuando con el paso del tiempo las guerras se celebraban lejos de la capital, el sacerdote fecial acudía al Campo de Marte en Roma, pero fuera de la ciudad, y allí celebraba la ceremonia que acabamos de describir.

    Tal vez algún impío y cruel individuo piense que en la guerra no hay normas, pero los romanos sabían que sólo  un rito muy formalista garantizaba el necesario apoyo de los dioses.

    El hombre, ser social, necesita permanentemente normas, ritos y  leyes que regulen y controlen toda actividad social, incluso la guerra violenta. Por eso son rechazables y nos causan vergüenza escenas modernas y actuales de increible y gratuita violencia.

  • Los Juegos Olímpicos antiguos

    Entre las muchas cosas que les debemos a los griegos, no es la menos importante la creación de las competiciones deportivas. Los griegos celebraron durante más de mil años los Juegos Olímpico, desaparecieron hace más de mil seiscientos y los hemos recuperado hace apenas cien.

    Actualmente cada cuatro años se celebran en algún lugar del mundo los Juegos Olímpicos u Olimpiadas. Las ciudades más importantes o las emergentes con más futuro del planeta compiten por su organización. Ningún evento deportivo los iguala ni en interés deportivo ni en sana competitividad ni en espectacularidad y vistosidad ni en seguimiento por miles de millones de ciudadanos. Durante unas semanas todo gira en torno a la Olimpiada y los seres humanos parecen olvidar las rencillas y cultivar sus mejores cualidades.

    Como tantas otras cosas, los Juegos Olímpicos se los debemos también a los griegos y en consecuencia les debemos el deporte como contienda física pacífica que con el tiempo se desprendería de sus connotaciones religiosas.

    Como toda sociedad aristocrática y guerrera, sus jóvenes soldados o hacen la guerra o se entrenan para ella con ejercicios competitivos adecuados. Estas competiciones se celebran en momentos determinados en el marco de una festividad religiosa en honor de una determinada divinidad o en los funerales de algún caudillo o héroe guerrero y por lo tanto tienen un carácter sagrado.  Los juegos son la oportunidad para mantener vivo el espíritu heroico y caballeroso de los héroes homéricos, expresado con el término griego “areté”, cuando ya el vencedor no mata al vencido y se queda con sus pertenencias sino que se respeta al adversario que ha contendido noblemente. 

    Aunque los atletas compiten a título individual, las ciudades trasladan sus rivalidades nacionales a los juegos y se sienten orgullosas de ellos.

    Los Juegos Olímpicos se celebran en honor de Zeus en la ciudad de Olimpia, en la fértil cuenca del río Alfeo, en la Elide griega. Estas  competiciones atléticas en Olimpia son antiquísimas. La tradición y el mito adjudican a Herakles o Hércules su creación al organizar una carrera en agradecimiento a Zeus por la victoria que tuvo sobre el rey Augías. Hércules fijo la distancia en  600 de sus pies, lo que hacía  la longitud de un estadio (192.27 m.). Por eso hoy los “estadios” son las instalaciones deportivas en que se celebran competiciones. Algunos “estadios” son grandiosas y notables obras de arquitectura.

    En el año 864 a.C. se firmó un tratado entre Ifito por los Eleos, Licurgo por Esparta, y Cleóstenes por Pisa para aprobar la famosa Tregua Sagrada durante tres meses que impedía la guerra y que declaraba inviolable el territorio de Olimpia y garantizaba la seguridad de  los peregrinos y  atletas que acudían a competir  dos meses antes de que empezaran los juegos.

    Estos juegos en estas condiciones son un elemento esencial en el sentimiento de comunidad helénica entre polis  o ciudades-estado que tan asiduamente practicaron los enfrentamientos entre ellas

    En el año 776 a.C. se celebraron los primeros Juegos Olímpicos que se registraron oficialmente. Este hecho tuvo una enorme transcendencia, puesto que sirvió para iniciar una nueva era o cómputo del tiempo histórico a partir de ese momento (era de las Olimpiadas).

    La época de mayor esplendor se corresponde con los siglos V y IV, época clásica una vez superado el arcaísmo anterior, cuando a los regímenes monárquicos y aristocráticos sucede la creación de la democracia, cuyo máximo exponente es Atenas.

    Estos  Juegos Olímpicos (había otros en otras ciudades dedicados a otros dioses) eran la fiesta religiosa y la competición deportiva y cultural más importante de toda Grecia. La corona de olivo, premio a la victoria,  era el trofeo más codiciado por un griego, aunque cada ciudad subvenía económicamente a sus ciudadanos, considerados auténticos héroes, aunque lo realmente importante era obtener la fama.

    Se celebraron cada cuatro años sin interrupción desde el año 776 a. C. hasta el año 394 después de Cristo, en que el emperador romano cristiano Teodosio los prohibió por considerarlos un culto y rito pagano. El Cristianismo, que incorporó tantas cosas paganas a su credo y ritual, prefirió suprimir las Olimpiadas. En realidad en los últimos tiempos había desaparecido el primitivo espíritu olímpico y los Juegos habían decaído notablemente. En todo caso habían  pervivido 1170 años prácticamente sin ininterrupciones, aunque surge la duda de qué ocurrió entre las Olimpiadas 265 y 286 porque no se conservan las listas de vencedores de esta época . Hemos tardado más en recuperarlas en la época moderna, exactamente 1.500  años.
     

  • Pócimas o filtros de amor

    Contra todo pronóstico ha aparecido recientemente (finales de mayo de 2013) en los medios de comunicación españoles una noticia con tres palabras de sabor antiguo que parecen trasladarnos a otro mundo: pitonisa, conjuro, pócima.

    Ciertamente pitonisas, conjuros, pócimas de amor no parecen temas de nuestra época sino del pasado remoto. Y sin embargo los grandes diarios titulaban:

    El gran gol de la pitonisa panadera. La vidente cobró 165.000 euros al expresidente del Castellón por un conjuro amoroso”  o“Detienen a Laparra por asaltar la casa de una vidente que le vendió una pócima de amor falsa

    En resumen, la noticia se refería al hecho de que un tal Laparra, presidente de un club de futbol, había contratado los servicios de una “pitonisa”  (en otros tiempos dirían “bruja”), que le preparó una pócima para obtener el amor de Sandra, de la que estaba locamente enamorado. Pero la pócima resultó ineficaz y el enamorado reclamaba la astronómica cantidad pagada de 165.000 euros.

    La fórmula de la pócima o “elixir” (término que también utilizan los diarios) consistía en lavarse con el agua en la que previamente habían estado sumergidas unas flores durante 40 días; después, debía recoger tierra de un cementerio y frotarse el cuerpo con ella.

    Las pócimas, filtros o elixires de amor existen desde la más remota Antigüedad. En la cultura griega y romana son omnipresentes en los relatos mitológicos y en la vida diaria de las personas. Recordemos a la “brujaMedea que atrae a Jasón o a la maga Circe que convierte con su barita a los hombres en cerdos y retiene a Ulises (Odiseo) en su palacio, por referirnos a los griegos.

    Entre los latinos son muy frecuentes las referencias de los poetas como Horacio, Ovidio, Catulo, Propercio, y en las novelas de Petronio y Apuleyo a los filtros amorosos con los que conseguir el amor de las muchachas. Recordemos a título de ejemplo las quejas de Cintia, que ha sufrido la infidelidad de su amado Propercio en Elegías, III,6,25-30:

    No me ha vencido esa malvada con sus gracias, sino  con yerbas: él es arrastrado por el giro del rombo con su cuerda. A él lo arrastran  los portentos de una rana de zarza hinchada   y los huesos ocultos  de culebras abiertas en canal  y plumas de “estrige” (1) encontradas  entre  las piras abandonadas y la faja de lana que rodea  la funesta hoguera.

    (Nota 1): ave nocturna como el búho que chupa la sangre a los niños como los vampiros en la creencia popular romana

    Non me moribus illa, sed herbis improba vicit:
    staminea rhombi ducitur ille rota.
    Illum turgentis ranae portentae rubetae
    et tecta exsectis anguibus ossa trahunt,
    et strigis inventae per busta iacentia plumae,
    cinctaque funesto lanea vitta rogo.

    Desde luego es esta una fórmula algo más complicada que la de la moderna “pitonisa”. Como lo es la que nos cuenta Plinio en su Historia Natural XXX,49, 141 (Libro dedicado al uso medicinal de productos animales):

    Un lagarto que ha muerto en la orina de un hombre, lo inhibe en el amor, pues los magos dicen que se encuentra entre los filtros amorosos. Inhiben también el estiércol de caracol y el de paloma bebido con aceite y vino. La parte derecha del pulmón de un buitre atado (al cuerpo)  con la piel de una gruya excita el amor, lo mismo que si ingieres con miel las yemas de cinco huevos de paloma mezcladas con el peso de un denario de grasa de cerdo, o gorriones o sus huevos con el alimento o el testículo derecho de un gallo atado (al cuerpo) con  la piel de un carnero.

    In urina virili enecata lacerta venerem eius, qui fecerit, inhibet; nam inter amatoria esse Magi dicunt. inhibent et cocleae, fimum columbinum cum oleo et vino potum. pulmonis vulturini dextrae partes venerem concitant viris adalligatae gruis pelle, item si lutea ex ovis quinis columbarum admixta adipis suilli denarii pondere ex melle sorbeantur, passeres in cibo vel ova eorum, gallinacei dexter testis arietina pelle adalligatus.

    En fin, si alguien tiene curiosidad por conocer un poco más de estos rituales mágicos puede leer el Epodo V de Horacio en el que nos describe una verdadera escena de magia negra en la que se mata lentamente a un niño para elaborar con sus vísceras un potente filtro amoroso.

    En todo caso no carece de interés constatar la pervivencia de estas prácticas mágicas que se pierden en la noche de los tiempos durante milenios.

    Como es también de gran interés el constatar que hoy como hace miles de años son mujeres precisamente quienes son las poseedoras de estas artes mágicas. Ellas son las que conocen las hierbas y sus efectos y preparan medicinas para las enfermedades y filtros. Curiosamente venenum (filtro de hierbas bueno o malo) y Venus (amor, acto amoroso, objeto de amor) tienen una misma raíz  común. En latín se les llama “sagae”, hechiceras. Al respecto dice Plinio en Naturalis Historia XXV,5, 10:

    sin embargo en la mayor parte de la gente está firmemente arraigada la idea de que esto se consigue con venenos y hierbas y que el conocimiento de este arte es exclusivo de las mujeres.

    durat tamen tradita persuasio in magna parte vulgi, veneficiis et herbis id cogi eamque unam feminarum scientiam praevalere.

    En todo caso, si este enamorado moderno hubiese leído a Ovidio se habría evitado algunos problemas. Apenas comenzado su librito “Remedia amoris” (Remedios del amor), en los versos 21-22 nos aconseja bien:

    El que está a punto de morir por un amor desdichado si no lo abandona,
    que lo abandone y así no será el culpable de ningún funeral.

    Qui, nisi desierit, misero periturus amore est,
    desinat: et nulli funeris auctor eris.

    Y si hubiera conocido el famoso Ars amandi del mismo Ovidio, habría leído  en el libro II, versos 99-102, cómo descalifica el valor de las pócimas y yerbas para conquistar a la mujer amada o deseada:

    Se engaña el  que recurre  a las artes de Hemonia (1
    y da  lo que brota de la tierna frente de un potrillo.
    Las hierbas de Medea no harán que el amor perviva,
    ni los conjuros marsos (2) mezclados con  sonidos mágicos.

    Nota 1. Hemonia es Tesalia, al norte de Grecia, debajo de Macedonia
    Nota 2: Los marsos son un pueblo del centro de Italia

    Fallitur, Haemonias si quis decurrit ad artes
    Datque, quod a teneri fronte revellit equi;
    Non facient ut vivat amor Medeides herbae
    Mixtaque cum magicis naenia Marsa sonis.

    Y si nada de esto le viniera bien, podría recurrir a otra fórmula o conjuro, pero esta vez para olvidar  un amor esquivo, como hace Scylla en Appendix Vergiliana, Ciris, 369-374

    Pero la nodriza, mezclando en un recipiente plano azufre
    narciso y casia, quema plantas aromáticas
    y envolviéndole tres por nueve veces (27)
    con una venda de tres colores distintos
    dice “muchacha, escupe tres veces en tu seno conmigo;
    escupe tres veces, muchacha; el dios se alegra con un número impar.

    At nutrix patula componens sulpura testa
    narcissum casiamque herbas incendit olentis
    terque novena ligans triplici diversa colore
    fila «ter in gremium mecum» inquit «despue, virgo,
    despue ter, virgo: numero deus impare gaudet..

    Cualquiera de estas propuestas hubiera sido preferible a sufrir el engaño o timo de una fórmula descabellada con un fin descabellado por la que se pagan 165.000 euros.

    Podríamos acabar estas reflexiones con alguna consideración sobre la terminología empleada en las crónicas periodísticas. Hablan de una moderna “pitonisa” sin duda con el significado, que admite la Real Academia Española, de encantadora, hechicera, y que no es sino derivado de la función de la antigua Pitonisa o sacerdotisa del templo de Apolo en Delfos, al que acudían fieles de todo el mundo griego para preguntar al dios sobre su futuro o el de sus empresas y proyectos. Poco tiene que ver, pues, la pitonisa moderna de la noticia con la función de la antigua de intermediaria entre los mortales y Apolo.

    Le llaman también “vidente”, palabra que evidentemente se refiere a “quien ve”, aunque sean visiones sobrenaturales, y a quien “pretende adivinar el porvenir o esclarecer lo que está oculto” (curiosamente en numerosas ocasiones estos videntes del futuro o de lo sobrenatural son ciegos físicamente del mundo en el que viven; recordemos al famoso adivino Tiresias, ciego, personaje de la tragedia de Edipo, ).  Poco debía ver la moderna pitonisa,  que no adivinó ni previó la violenta reacción del crédulo cliente al que estafó 165.000 euros. Por tanto el uso de esta palabra en este contexto es absolutamente improcedente.

    Tampoco es una “pócima” , porque esta palabra procede del  griego  apó, ἀπό,  'lejos de' , 'a partir de' y  zé-ma ζέμα  'cocción', 'decocción' de hierbas y aquí tan sólo se habla de “flores sumergidas en el agua”..

    No es más adecuado el uso del término conjuro, porque aunque suponemos que junto al baño en agua de flores y untado con barro del cementerio, había alguna fórmula verbal mágica, nada se nos dice al respecto.

    Tampoco se ajusta exactamente a la situación el término “elixir”, según la Real Academia del lat. cient. elixir, este del ár. clás. al'iksīr, y este del gr. ξηρά, sustancias secas, porque no se trata de un licor o líquido medicinal para beber. Sólo podría admitirse como una generalización de su significado propio.

    Tampoco parece muy adecuado, en fin, hablar en la subentrada del titular como “pócima de amor falsa”, como si hubiera alguna “verdadera”.

    En fin, si curiosas son estas imprecisiones lingüísticas, lo realmente llamativo es que estas prácticas mágicas procedan de los albores de la humanidad y hayan atravesado todas las épocas históricas, desde la Antigüedad a la Edad Media, Moderna y Contemporánea, y que pervivan hoy en día bajo formas diversas,( a veces cubiertas con ropajes culturales como la famosa ópera de Donizetti  “L'elisir d'amore”):  creencias, ceremonias, horóscopos, nigromancia, echadoras de cartas, espacios televisivos de notable audiencia y, por supuesto, millares de páginas web absolutamente deleznables.

    ¿Tan débil e imperfecta e irracional es nuestra constitución humana?

  • Las profundas cuevas sobrecogen y atraen a los hombres devotos

    Algunos parajes naturales, sea por su belleza recóndita, por su silencio o por su profundidad que se hunde en las entrañas de la tierra, parecen emanar una fuerte atracción para los seres humanos. Entre estos parajes tienen una especial fuerza las cuevas. No en vano habitó en ellas el hombre durante la larga noche de su infancia como especie.

    No es infrecuente localizar cuevas o simas subterráneas en las que se ha realizado alguna práctica religiosa desde la más remota antigüedad: existen cuevas en la Península Ibérica en las que se acumulan restos votivos desde época ibérica, vasos cerámicos de ofrendas, y también restos medievales; algunas de estas cuevas incluso en época actual siguen concitando  reuniones  periódicas, anuales generalmente, de numerosos devotos o romeros para celebrar a la “virgen” o deidad del lugar.

    Muchos de ellos son santuarios en los que incluso hoy se busca la curación de una enfermedad, la eliminación de un dolor o la búsqueda genérica de la salud. Esto viene ocurriendo desde la remota Antigüedad y esto es así en todo el Mediterráneo, desde España a Grecia, desde Italia al norte de Africa.

    Con frecuencia junto a ofrendas en forma de vasos o  en forma de cáliz o copa, aparecen  exvotos ofrecidos por los fieles con formas de pies, manos, brazos, piernas, cabezas, torsos,… haciendo referencia a la parte dolorida cuya salud se implora. Suelen estar colgados en los muros del santuario.

    Exvoto es precisamente una  transcripción de la frase latina ex voto (por voto, por promesa),

    En las cuevas, lógicamente, se veneraban  especialmente divinidades subterráneas a las que se ofrecen sacrificios, dádivas, ofrendas.

    ¿Quién puede resistirse a relacionar, por ejemplo, la veneración en Soria al santo Saturio, en una mítica cueva junto al río Duero, el padre Duero, con el culto a Saturno, divinidad romana de las profundidades terrenales? Pues todavía hoy dos mil años después, son centenares, miles las  personas que visitan la cueva de San Saturio, cuya festividad se celebra en los primeros días de Octubre.

  • Un cuerpo sin nombre (sine nomine corpus)

    Uno de los pasajes de más intensidad poética de la Eneida es aquel en el que Virgilio (70-19 a.C.) nos narra en el Libro II la muerte y fin de Príamo, el anciano rey de Troya

    A su vez en ese pasaje son especialmente emotivos los versos 554 a 558, que causan a la vez  una sentimental y racional impresión:

    Este fue el fin  del destino de Príamo, esta fue la salida
    que le toco en suerte: ver Troya incendiada y Pérgamo arrasada,
    él en otros tiempos rey poderoso de tantos pueblos y tierras de Asia.
    Yace ahora tendido en la playa un enorme tronco
    y la cabeza arrancada de los hombros y  un cuerpo sin nombre.

    haec finis Priami fatorum, hic exitus illum
    sorte tulit Troiam incensam et prolapsa uidentem
    Pergama, tot quondam populis terrisque superbum
    regnatorem Asiae. iacet ingens litore truncus,
    auulsumque umeris caput et sine nomine corpus.

    ¿Qué es un cuerpo sin cabeza sino un tronco sin nombre, un cuerpo amorfo, sin identidad?

    Pues bien, la realidad con frecuencia supera a la ficción. Virgilio nació en octubre del año 70 a.C. y la batalla de Farsalia tuvo lugar en agosto del año 48 a.C.;  por tanto casi tenía  22 años de edad.  Virgilio vivió la Guerra Civil entre César y Pompeyo y con toda seguridad conoció la crónica de la batalla de Farsalia y el triste final de Cnaeus Pompeius Magnus, es decir de Cneo Pompeyo el Grande.

    Pompeyo era miembro de una de las familias itálicas  más importantes; fue tres veces cónsul y fue un gran general al que se le encargaron grandes acciones bélicas en beneficio de Roma: obtuvo tres veces el premio del triunfo, sólo concedido a quien había vencido en una gran contienda,  por sus victorias en Africa, sus victorias en Hispania contra Sertorio y luego contra los restos del ejército de Espartaco y el tercero por su victoria sobre los piratas y en Asia.

    La ceremonia del triunfo, de grandiosa vistosidad, consistía en un desfile militar del general con sus tropas y el botín conseguido por las calles de Roma, desde el Campo de Marte hasta  el Capitolio; el general vestido como el dios Júpiter ascendía en su carro hasta el templo de Júpiter Optimo y Máximo (Iuppiter Optimus Maximus).

    El triunfo era la mayor recompensa para un general romano, al que se reconocía como “imperator”. Imaginemos, pues, a Pompeyo triunfando tres veces por las calles de Roma.

    Pues bien, César y Pompeyo mantuvieron relaciones familiares (estuvo casado con Julia, hija de César, que murió muy joven de parto), cierta amistad y una relación política equilibrada  que les llevó a repartirse el poder con Craso, enormemente rico, y formar el famoso triunvirato, o gobierno de los tres hombres (tri = tres y vir =hombre).

    Craso murió derrotado en Carras, en la actual Turquía, en el año 53 a.C. y la relación entre César y Pompeyo no sólo se fue enfriando sino que a la larga resultaba imposible de mantener dada la ambición y personalidad de ambos. Surgió, pues, la guerra civil en la que legiones y aliados romanos se enfrentaban a otras legiones y aliados romanos. La batalla de Farsalia del año 48 fue decisiva. César, con un ejército menor pero bien entrenado, venció al Gran Pompeyo, a Pompeius Magnus, con un ejército mucho mayor.

    Tras la derrota, Pompeyo se comportó como no correspondía y se esperaba de un general romano. Abandonó a sus soldado y huyó a Egipto buscando la ayuda del rey Tolomeo, todavía niño. Llegó a Alejandría, capital del Egipto Tolemaico; le recibieron cordialmente y le pidieron que se presentara ante el rey;  se acercó al barco en el que venía Pompeyo  una barquichuela en la que entre otros se encontraban el prefecto real  Aquilas y Lucio Septimio que había sido centurión de Pompeyo en la guerra de los piratas; Pompeyo subió a la barquichuela y allí lo apuñalaron y mataron estos dos personajes, delante de su propia esposa,  la víspera del día en que hubiera cumplido 59 años.

    Cortaron y conservaron la cabeza del gran general para entregársela a César; el cuerpo desnudo lo dejaron abandonado en la playa.

    Dice Plutarco (46-120?) en su Pompeyo,80.1

    Pero  cortaron la cabeza de Pompeyo,  arrojaron el resto de su cuerpo desnudo de la barca, y lo dejaron abandonado para los que ansiaban  tan lamentable espectáculo.

    τοῦ δὲ Πομπηΐου τὴν μὲν κεφαλὴν ἀποτέμνουσι, τὸ δὲ ἄλλο σῶμα γυμνὸν ἐκβαλόντες ἀπὸ τῆς ἁλιάδος τοῖς δεομένοις τοιούτου θεάματος ἀπέλιπον.

    Es decir, se hacía realidad la imagen  salvaje de lo que poéticamente diría después Virgilio:

          iacet ingens litore truncus,
    auulsumque umeris caput et sine nomine corpus.

    Quien en tantas ocasiones había salvado a Roma, quien en tres ocasiones, como un dios subió la cuesta de la colina capitolina celebrando el triunfo, la mayor recompensa para los vencedores, yace ahora abandonado en la playa.

    Al día siguiente unos soldados  recogieron el tronco “sine capite, sine nomine”   y le dieron piadosa sepultura. Esta muerte, que nos parece de una enorme crueldad , no desmerece por otra parte de la violencia brutal y gratuita que con frecuencia  empleó  Pompeyo, a quien Valerio Máximo, escritor de la época de Tiberio (14-37) describe en sus  “Facta et dicta memorabilia, 6,2.8 (Hechos y dichos memorables) como “adulescentulus carnifex” (el jovencito carnicero).

    ¿Tendría  Virgilio esta imagen inquietante en su retina cuando narró el final de Príamo, anciano y venerable rey de Troya?

    Veleyo Patérculo (19 a.C.-31 d.C.) en Historia Romana 2.53.3 narra el final contraponiendo su gloriosa carrera militar a su triste muerte, lo  que resultaría ya un tópico entre los historiadores:

    Este fue, después de tres consulados y otros tantos triunfos y de ser el dueño del orbe de las tierras,  el final de un hombre santísimo e importantísimo, elevado hasta donde no se puede alcanzar, a los 58 años de edad, la víspera de su cumpleaños; hasta tal punto le abandonó la fortuna que a quien no le faltaron tierras para la victoria le faltaba ahora para la sepultura.

    Hic post tres consulatus et totidem triumphos domitumque terrarum orbem sanctissimi atque praestantissimi viri in id evecti, super quod ascendi non potest, duodesexagesimum annum agentis pridie natalem ipsius vitae fuit exitus, in tantum in illo viro a se discordante fortuna, ut cui modo ad victoriam terra defuerat, deesset ad sepulturam.

    Apiano (95?-165?), en su Historia Romana, en la parte correspondiente a las Guerras Civiles, BC 2 ,12, 85-86 nos narra también este triste final con palabras parecidas.

    La esposa de Pompeyo y sus amigos, que lo veían desde la distancia gritaron y levantando sus manos al cielo, invocaban a los dioses vengadores de la confianza violada. Luego se hicieron a toda prisa a la mar lejos como si de un país enemigo se tratase. Los esclavos de Potino cortaron la cabeza de Pompeyo y la guardaron para César, esperando recibir una buena recompensa,  pero les aplicó un digno castigo por su nefando crimen.  Los restos de su cuerpo fueron enterrados  por alguien en la orilla, y un pequeño monumento fue levantado sobre ellos, en el que alguien grabó esta inscripción:
    “Qué tumba tan lamentable es esta  aquí para quien dispuso de tantos templos”

    Dion Casio nos cuenta en su Historia Romana LXIX. 11, como años más tarde el emperador Adriano, que  en el año 122 marchaba de Judea a Egipto, visitó la tumba, ya en ruinas, de Pompeyo y recitó el verso que también cita Apiano:

    ¡Qué tumba tan lamentable hay aquí para quien tuvo templos en abundancia!

    y ordenó su reparación.

  • Los días de la semana son paganos

    Aunque con un error probable de cuatro años en relación con la cronología oficial, Cristo nació en época del Emperador Augusto. En un principio el Cristianismo pasó desapercibido en Roma, confundido con el judaísmo y sus diversas sectas, pero luego tuvo un notable éxito de expansión hasta convertirse en religión oficial y acabar con la religión tradicional pagana.

     El Cristianismo, en realidad un sincretismo (del griego  συγκρητισμός = unión de varias doctrinas), recoge creencias, principios morales, ritos, iconografía de los diversos lugares del Imperio Romano en que se va implantando y los integra en un todo más o menos coherente. Sabido es, por ejemplo, cómo en todas partes, sobre las ruinas de los templos paganos se construyen las iglesias cristianas o lugares naturales como bosques, cuevas, montañas, de alto valor religioso continúan la tradición bajo el amparo de una imagen o símbolo cristiano.

    Por todo ello no deja de ser curioso el hecho de que de manera muy generalizada en todo occidente se mantengan los nombres “paganos” de los días de la semana, que llevaban el nombre de los astros que los antiguos conocían.

    Lunes es el día de la luna (dies lunae), martes el día del dios Marte (dies Martis), miércoles el día de Mercurio (Mercurii dies), jueves el de Júpiter (Dies Iovis), Viernes el día de Venus (dies Veneris). Tan sólo consiguieron modificar, y no en todas partes,  el Dies Saturni (día de Saturno), sustituido por el Sabbaht judío como Sábado y el Dies Solis, día del Sol, cambiado por Dies dominica o Dominicum, Domingo (día del Señor).

    Pero como decía, no en todas partes; en inglés mantienen todavía Saturday (día de Saturno) para el sábado y Sunday (día del Sol), para el domingo. Con el resto de días en inglés o con todos ellos en alemán tampoco tuvieron éxito en su tarea conversora, Montag es el día de la luna y Sontag es el día del sol.

    Todo este proceso resulta todavía más curioso si recordamos que en un principio los romanos no conocían la “semana”  (latín septimana) o unidad temporal de siete días como nosotros. Así lo demuestra su distribución del mes en tres períodos llamados Kalendas (el día 1 de cada mes), Nonas (el día 5 en unos meses y el 7 en otros) e Idus (el día 13 en unos meses y el 15 en otros).

    La semana es en realidad una creación babilónica adoptada luego por los judíos. Se generalizó en Roma en época imperial y la impuso en el año 321 el Emperador Constantino. Naturalmente el día de descanso no era el sábado judío sino el “ Solis dies = día del Sol”, cristianizado en “Domenica Dies = Domingo o día del Señor”, como se dijo.

  • Los griegos y romanos no tuvieron un profeta que les dictara sus dogmas

    La religión griega y romana no tiene profetas, no tiene libros dogmáticos, no tiene una clase sacerdotal jerarquizada.

    Casi todas las religiones tienen un libro sagrado, un dogma y una doctrina generalmente transmitida por un profeta o enviado de Dios. El Cristianismo con su Biblia y Jesucristo, el Judaísmo con sus libros sagrados y sus profetas y el Islamismo con su Corán y Mahoma son conocidas precisamente como “las religiones del libro”. En esos casos las palabras del libro son palabra de Dios y por lo tanto su contenido son dogmas que no se pueden cuestionar.

    En la Grecia Antigua o Roma no existe un profeta o un teólogo similar que haya comunicado una doctrina, unos dogmas o unas normas de conducta religiosa y por lo tanto la religión es un campo en el que se puede actuar con mucha más libertad. No existen libros sagrados similares a la Biblia o al Corán; a lo sumo existen unos libros de profecías, llamados “Libros Sibilinos” que los romanos, muy supersticiosos, consultan ante cualquier circunstancia de especial importancia para la República, para el Estado. 

    Tampoco existe un grupo o casta sacerdotal que monopolice la relación con la divinidad, aunque algunas familias puedan tener una relación especial con alguna divinidad concreta.

    Fueron Homero hacia el siglo VIII a.C. al citar a los dioses en sus Ilíada y Odisea y luego Hesiodo en su Teogonía  (origen de los dioses) también hacia la mitad del mismo siglo los que fijaron por primera vez muchas de las características diferenciales de los dioses griegos, sus nombres (Zeus, Poseidon, Afrodita, Apolo, etc.), sus figuras, sus habilidades y artes. 

    Conviene distinguir los dioses a los que dan culto los griegos en sus templos y en sus ciudades de los dioses de la mitología, creación en gran parte de los poetas aprovechando precisamente el amplio margen que deja una religión sin profetas y sin dogmas.

    E incluso debemos diferenciarlos de “los dioses de los filósofos”, fruto de la reflexión sobre la religión que produce todo tipo de pensamiento ante el hecho religioso, desde el ateísmo hasta el animismo o el deísmo…

  • La proskynesis o inclinación ante el rey

    ¿Por qué algunas personas se inclinan ante otras para reconocerles un estatus social superior?

    En la actualidad en nuestro mundo  existen un buen número de monarquías, aunque muchas de ellas, no todas, están sometidas a las leyes democráticas. Aunque muy distintas de las monarquías de otras épocas en las que los reyes gobernaban realmente, todavía hoy están acompañadas de ciertos rituales y comportamientos protocolarios que chocan no poco en las sociedades democráticas. Entre los ritos quizás más significativos está la inclinación que numerosos ciudadanos realizan ante el saludo o la presencia de los reyes. Para otros este acto es impropio de los tiempos actuales.

    Este acto ritual es muy antiguo y generalmente se le concede un origen oriental. En griego antiguo se llamaba  proskynesis (προσκύνησις ), palabra formada de pros– (hacia) y kyneo (besar) al saludo ritual que los persas hacían a su rey.

    Es Heródoto, el padre de la Historia, que vivió en el siglo V antes de Cristo, el que nos informa en su Historias, 1,134  de la forma como se saludan los persas:

        “Cuando se encuentran dos en la calle, puedes saber si son o no de la misma clase social, porque si lo son, no se saludan de palabra sino que se besan en la boca; si uno  de ellos es de condición algo inferior se besan en la mejilla; pero si uno de ellos es de condición mucho menos noble, postrándose le ofrece reverencia”

    En la corte del rey este saludo, que Heródoto vio en la calle, estaba ritualizado y formalizado en función también del rango de los súbditos, que se prosternaban, arrodillaban, se inclinaban o le enviaban un beso.

    Heródoto no enjuicia negativamente este saludo, pero los griegos consideraban este acto humillante porque  sólo se postraban ante sus dioses e interpretaban que el rey persa era adorado como un dios, aunque los persas no lo veneraban como tal; era un rito de vasallaje para reconocer  su superioridad. 

    Así cuando Alejandro Magno conquistó el imperio persa y quiso introducir este rito en el verano del año 327 a.C. porque era la costumbre de sus nuevos súbditos y pretendía unificar el ceremonial,  se generó malestar entre sus compañeros griegos.

    El siguiente texto de Flavio Arriano, historiador y filósofo griego del siglo II de nuestra era es ilustrativo del momento:

    (Intervención de Calístenes: Ni siquiera a Heracles tributaron honores divinos los griegos mientras vivió, e incluso después de muerto hubo de esperarse a que el dios de Delfos diera su autorización para tributarle honores propios de un dios. Ahora bien, si por encontrarnos tratando este tema en una región bárbara hay que pensar con mentalidad bárbara, creo, Alejandro, que he de pedirte que te acuerdes de Grecia, por cuyo motivo organizaste esta expedición, a fin de anexionar Asia a Grecia. Considera detenidamente lo siguiente: cuando regreses a Grecia, ¿vas a obligar a los griegos, que son los hombres que en mayor aprecio tienen su libertad, a aceptar la proskynesis, o eximirás de ella a los griegos, manteniéndola como afrentosa obligación para los macedonios? ¿O tal vez piensas delimitar de una vez por todas estas cuestiones de honores, de modo que recibas los que son propios del hombre de parte de griegos y macedonios, y reservarás modalidades que usan los bárbaros para cuando te halles entre bárbaros?   (Anábasis de Alejandro Magno, IV,11,7-8;  traducción de Antonio Guzmán para la edición de Editorial  Gredos)

    No sabemos con precisión lo que ocurrió entonces, aunque el mismo Arriano nos dice que eximió a los griegos, pero el rito lo utilizaron sus sucesores; también se fue imponiendo en el ritual de los emperadores romanos, sobre todo en la segunda parte del imperio, conocida como Bajo Imperio o Dominado, y de alguna manera ha llegado a nuestros días, como decíamos al principio, en que muchas personas sienten un respeto reverencial ante los reyes.

    Relacionado con este tema está en cierto sentido la deificación de los monarcas, del propio Alejandro y de los emperadores romanos, de la que hablaremos en otra ocasión.
     

  • La religión grecorromana bebió de varias fuentes

    Todas las religiones defienden su peculiaridad y unicidad, pero en realidad todas se alimentan de las creencias, mitos y ritos preexistentes en su entorno.

    Hay una teoría sostenida por numerosos autores, simplista sin duda, que nos ayuda a entender algo de la complejidad de la religión griega y por extensión de la romana. Es la teoría de las dos fuentes. A lo largo del II milenio antes de Cristo oleadas diversas de un pueblo indoeuropeo del norte, de cultura pastoril y patriarcal, entró en las penínsulas mediterráneas del sur de cultura agrícola y matriarcal. Esto explicaría fundamentalmente la creación y evolución de la religión grecorromana.

    Pero a ello deben unirse sin duda las múltiples influencias del este, de Mesopotamia, de Egipto, Asia Menor, Oriente Próximo, etc. de una zona en la que se vienen desarrollando mitos agrícolas desde cuatro o cinco mil años antes.

    En realidad toda religión es un sincretismo de creencias, ritos y mitos como pone en evidencia precisamente la historia de las religiones y las mitologías de los países mediterráneo y del próximo oriente. Así por ejemplo, el matrimonio entre Zeus y Hera significaría la convivencia obligada del dios masculino europeo con la diosa madre mediterránea.

    En todo caso, frente a las corrientes históricas, no exentas de ideología poco científica, que intentan justificar la cultura griega como fruto exclusivo de un componente indoeuropeo por oposición a lo oriental, (que con frecuencia se identifica con lo semítico), hemos de mantener una postura abierta a todo tipo de información, crítica y objetiva con la realidad y con las fuentes antiguas, que ya reproducen el tópico de la exclusiva racionalidad griega frente al pensamiento mítico circundante.