Categoría: Guerra

  • Los ciudadanos de Capua fueron consultados

    Como es bien sabido, los Atenienses inventaron allá por el siglo V a.C. la democracia o sistema político en el que los ciudadanos, el pueblo , el “demos”, elegían a sus gobernantes. Este hecho grandioso cuyo desarrollo más avanzado sólo existe en unos pocos países occidentales actuales, no nos permite desconocer la gran limitación de aquella democracia original: sólo los ciudadanos, una minoría en el conjunto de habitantes de Atenas, tenían esos derechos; ni las mujeres, ni los esclavos, ni los extranjeros podían votar.
    Tampoco debemos ignorar la facilidad con la que el pueblo fue “manipulado”, impresionado, para tomar acuerdos perjudiciales incluso contra la propia democracia, cuando surgen los “demagogos” que incluso imponen a “tiranos”.

    Recordemos algo tan sabido como es la etimología de democracia, demagogia, tiranía:

    Democracia: de los sustantivos griegos δῆμος, (demos = pueblo)  y κράτος (krátos = poder): gobierno del pueblo.

    Demagogia: del griego δῆμος –dēmos-, pueblo y ἄγω –ago-, dirigir. Según el Diccionario de la RAE

    Práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular y también  Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.

    Tiranía: del griego τύραννος (tyrannos) que significa "señor" o "amo"; parece ser un término lidio no indoeuropeo; se ha relacionado también con el término etrusco turan”, que significa señora o dama aplicado a Venus. Según la RAE:

      “ persona que obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad” ; y también: “ persona que abusa de su poder, superioridad o fuerza en cualquier concepto o materia, y también simplemente del que impone ese poder y superioridad en grado extraordinario”.

    Véase https://www.antiquitatem.com/tirania-democracia-tucidides-dictadura

    Pues bien, voy a contar un episodio ocurrido en la Italia por la que se mueve Anibal, durante la Segunda Guerra Púnica, venciendo y aniquilando a los ejércitos latinos y ocupando una tras otras numerosas ciudades, generando una sensación de pánico y miedo total entre todos los romanos.

    Concretamente ocurre en Capua, capital de la Campania a unos treinta kilómetros de Nápoles, al sur de Italia, una de las ciudades más prósperas y ricas e incluso más  lujosa que la famosa Síbaris o Crotona a juzgar por el testimonio de Polibio , Historias, VII,1; y III,91,6; Cicerón en De Lege Agraria, II, 95; o Estrabón, V, 4,3Capua estaba comunicada con Roma por la famosa Vía Apia desde el año 312 a.C.

    De Síbaris o Crotona hemos tratado alguna vez en este mismo blog. Véase:

    https://www.antiquitatem.com/lecho-de-rosas–princesa-del-guisante

    https://www.antiquitatem.com/zeuxis-muchachas-de-crotona-imitacion

    En este episodio observaremos la facilidad con la que es manejada la maleable “masa” de ciudadanos por un hábil individuo y lo que puede ocurrir cuando se enfrenta al pueblo en su conjunto y a cada uno de sus miembros con su propia responsabilidad.

    Los ciudadanos de Capua odiaban” a sus senadores que se comportaban altaneramente sin consideración y ni siquiera mantenían contacto con ellos, pero, cuando tuvieron ocasión de acabar con ellos, fueron incapaces de ponerse de acuerdo y proponer sustitutos de aquellos a quienes deseaban hacer desaparecer.  Reproduzco un comienzo tal vez demasiado largo, pero necesario para situar los hechos en su contexto.

    Texto de Tito Livio, de su Historia de Roma desde sus orígenes, libro 23, capítulos 1-4.

    Habiendo tomado y saqueado los campamentos, Aníbal, después de la batalla de Cannas, marchó en seguida de la Apulia al Samnio: Stacio, que le prometía entregarle Compsa, le llamaba al territorio de los hirpinos. Trebio Stacio era uno de los ciudadanos más distinguidos de Compsa, pero se veía obligado a ceder ante el partido de los Mopsinos, familia poderosa por la protección de los romanos. A la noticia de la batalla de Cannas, al rumor de la llegada de Aníbal, que por todas partes extendía Trebio, los Mopsinos habían salido de la ciudad. Compsa se rindió por consiguiente sin resistencia al cartaginés y recibió guarnición.

    Dejó allí Aníbal su botín y todos los bagajes, y dividiendo su ejército en dos cuerpos, encargó a Magón que recibiese la sumisión de aquellas ciudades del territorio que abandonasen la causa de Roma y de apoderarse de las que se resistieran. El mismo atravesó el territorio campanio, dirigiéndose hacia el mar inferior, con intención de sitiar a Nápoles para asegurarse de una ciudad marítima. En cuanto atravesó la frontera napolitana, emboscó una parte de los númidas en los parajes que le parecieron convenientes para su plan, abundando aquel país en caminos profundos y desfiladeros impenetrables. En seguida manda a los demás que lleven delante ostensiblemente los ganados que habían arrebatado en la campiña y llegar con sus caballos hasta las puertas de la ciudad Al verles tan poco numerosos y tan desordenados, salió un grupo de jinetes; los númidas retrocedieron de intento delante de ellos atrayéndoles a la emboscada, donde fueron rodeados, y ni uno solo hubiese escapado, si la proximidad del mar y algunas barcas, la mayor parte pescadoras, que veían muy cerca de la orilla, no hubiesen ofrecido refugio a los que sabían nadar. Algunos jóvenes distinguidos fueron capturados o muertos, entre ellos Hegeas, jefe de aquellos jinetes, que pereció persiguiendo con demasiado ardor a los fugitivos. Aníbal renunció al sitio de la ciudad al ver sus murallas, muy difíciles de asaltar.

    Desde allí dirigió su marcha á Capua, ciudad enervada por larga prosperidad, por los favores de la fortuna y más que todo por el libertinaje del pueblo, que, en medio de la corrupción general, gozaba de libertad sin freno. Pacuvio Calavio había sometido el Senado a su voluntad y a la del pueblo. Aunque noble y popular a la vez, debía su poder a malos medios. En el mismo año en que los romanos fueron vencidos en el Trasimeno, encontrábase primer magistrado de la ciudad. Sabía bien que el pueblo, enemigo del Senado desde mucho antes, aprovecharía aquella ocasión para sublevarse, y que si se presentaba Aníbal al frente de un ejército victorioso, no retrocedería ante un gran crimen y exterminaría a los senadores para entregar Capua al cartaginés. Pacuvio era malo, pero no completamente depravado: prefería ejercer su autoridad sobre Capua a ejercerla sobre sus ruinas, y sabía que no es posible la existencia de una ciudad privada de consejo público. Imaginó, pues, un medio de conservar el Senado y hacerlo al mismo tiempo esclavo de su voluntad y de la del pueblo. Convocó a los senadores y comenzó por declarar que no aprobaría una sublevación contra Roma sino en cuanto fuese necesaria; que tenía hijos de la hija de Apio Claudio, y que su propia hija estaba casada en la ciudad con Livio; pero que les amenazaba otra calamidad mucho más terrible; que el pueblo no pensaba sublevarse para quitar el poder al Senado, sino para exterminarlo y entregar a Aníbal y los cartagineses una ciudad sin gobierno;  que puede, sin embargo, salvarles del peligro si se entregan a él, y prescindiendo de todo debate político, prestar fe a su palabra. Dominados por el terror, todos consienten, y entonces dijo: "os encerraré en la curia, y como si yo mismo tomase parte en la conspiración, aprobando un crimen al que en vano me opondría, encontraré medio de salvaros. Recibiréis de mí cuantas garantías queráis.» Habiendo empeñado de esta manera su palabra, mandó cerrar la curia, y dejó en el vestíbulo una guardia que no había de permitir entrar ni salir a nadie sin orden suya. En seguida convocó una asamblea del pueblo. «Campanios, dijo, muchas veces habéis deseado castigar ese ímprobo y detestable Senado; hoy podéis hacerlo sin obstáculo ni peligro, sin exponeros a los riesgos de una sublevación en la que tendríais que asaltar la casa de cada uno, defendidas por sus clientes y esclavos. Yo os los entrego a todos encerrados en la curia, solos y desarmados, y no tendréis que obrar con precipitación y a la casualidad. Os daré el derecho de decidir acerca de la suerte de cada uno de ellos, a fin de que sufran los suplicios merecidos. Pero ante todo, no puede satisfacerse vuestra cólera sino a condición de posponerla á vuestra conservación, a vuestro propio interés. Detestáis a esos senadores, pero creo que no deseáis abolir completamente el Senado; porque necesitáis un rey (¡autoridad abominable!) o un Senado, único consejo de un estado libre. Tenéis por consiguiente dos cosas que hacer al mismo tiempo: destruir el Senado antiguo, y crear uno nuevo. Voy a hacer llamar sucesivamente á todos los senadores; os consultaré acerca de la suerte de cada cual y se ejecutará lo que decidáis. Pero en el puesto del condenado elegiréis otro senador, varón animoso y honrado, antes de que el culpable sea entregado al suplicio.»

    Sentóse entonces, hizo colocar los nombres en una urna y manda sacar de la curia y llevar ante el pueblo aquel que designó en primer lugar la suerte. En cuanto se oyó el nombre, todos exclamaron que era un malvado, un miserable digno del suplicio. Entonces dijo Pacuvio: «Veo que decidís acerca de él. Ahora, para el puesto de ese malvado, de ese miserable, nombrad un senador honrado y virtuoso.» Al pronto hubo un momento de silencio; no encontraban uno mejor para reemplazarle. Al fin se atrevió uno a pronunciar un nombre al azar, y un grito mucho más fuerte se alzó en eI acto : decían unos que no le conocían, otros le censuraban sus acciones deshonrosas, su baja estofa, su vergonzosa pobreza, su oficio, sus infames lucros. La escena se renovó con mucha más intensidad cuando se citó otro y otro nombre; era evidente que no querían a los senadores, pero no encontraban con quienes reemplazarles. No podían proponer a los que ya habían sido nombrados sin oirles abrumar de injurias, y en cuanto a los otros, eran mucho más despreciables, mucho más obscuros que aquellos cuyos nombres se citaron primero. En vista de esto, separóse el pueblo diciendo que el mal conocido era más soportable, y Pacuvio ordenó que se pusiese en libertad á los senadores. Salvando Pacuvio de esta manera la vida a los senadores, les hizo suyos mucho más que del pueblo, y sin violencia, por consentimiento unánime, dominaba en absoluto. Desde entonces, abandonando los senadores todo recuerdo de honor y libertad, comenzaron a adular al pueblo, a saludar a todos, a invitarles con bondad y a ofrecerles magníficos festines. La causa de que se encargaban, el partido que favorecían, las decisiones a que inclinaban a los jueces, era siempre la más popular, la más a propósito para conquistar la benevolencia de la multitud. En el Senado nada se hacía que no se hubiese hecho en asamblea del pueblo. Inclinada en todo tiempo a la mayor molicie, no solamente por la depravación de los ánimos, sino que también por las dulzuras y la acción enervante de las delicias que le ofrecían el mar y la tierra, Capua entonces, gracias a la baja complacencia de los ciudadanos principales, a la licencia del populacho, se abandonaba con tal furor a todos los excesos, que no había límites para sus caprichos ni para sus gastos. A este desprecio de las leyes, de los magistrados y del Senado, añadíase, después de la batalla de Cannas, el desprecio en que cayó el poder romano, único freno respetado hasta entonces. Existía sin embargo un obstáculo que les había impedido declararse inmediatamente contra Roma: y eran los antiguos matrimonios que habían unido familias romanas con nobles y poderosas familias de Capua, y además el lazo poderoso de muchos compatriotas suyos que servían en el ejército romano y de trescientos caballeros, de los más nobles de la Campania, quienes, por expresa elección, habían sido enviados a guarnecer las ciudades de Sicilia. (Traducción de Francisco Navarro y Calvo)

     Hannibal post Cannensem pugnam castraque capta ac direpta confestim ex Apulia in Samnium moverat, accitus in Hirpinos a Statio Trebio pollicente se Compsam traditurum. compsanus erat Trebius nobilis inter suos; sed premebat eum Mopsiorum factio, familiae per gratiam Romanorum potentis.  post famam Cannensis pugnae volgatumque Trebi sermonibus adventum Hannibalis cum Mopsiani urbe excessissent, sine certamine tradita urbs Poeno praesidiumque acceptum est. ibi praeda omni atque impedimentis relictis, exercitu partito Magonem regionis eius urbes aut deficientis ab Romanis accipere aut detractantis cogere ad defectionem iubet, ipse per agrum Campanum mare inferum petit, oppugnaturus Neapolim, ut urbem maritimam haberet. ubi fines Neapolitanorum intravit, Numidas partim in insidiis—et pleraeque cavae sunt viae sinusque occulti—quacumque apte poterat disposuit, alios prae se actam praedam ex agris ostentantis obequitare portis iussit.  in quos, quia nec multi et incompositi videbantur, cum turma equitum erupisset, ab cedentibus consulto tracta in insidias circumventa est;  nec evasisset quisquam, ni mare propinquum et haud procul litore naves, piscatoriae pleraeque, conspectae peritis nandi dedissent effugium.  aliquot tamen eo proelio nobiles iuvenes capti caesique, inter quos et Hegeas, praefectus equitum, intemperantius cedentes secutus cecidit.  ab urbe oppugnanda Poenum absterruere conspecta moenia haudquaquam prompta oppugnanti.
    inde Capuam flectit iter luxuriantem longa felicitate atque indulgentia fortunae, maxime tamen inter corrupta omnia licentia plebis sine modo libertatem exercentis.  senatum et sibi et plebi obnoxium Pacuvius Calavius fecerat, nobilis idem ac popularis homo, ceterum malis artibus nanctus opes. is cum eo forte anno quo res male gesta ad Trasumennum est in summo magistratu esset, iam diu infestam senatui plebem ratus per occasionem novandi res magnum ausuram facinus ut, si in ea loca Hannibal cum victore exercitu venisset, trucidato senatu traderet  Capuam Poenis, inprobus homo sed non ad extremum perditus, cum mallet incolumi quam eversa re publica dominari, nullam autem incolumem esse orbatam publico consilio crederet, rationem iniit qua et senatum servaret et obnoxium sibi ac plebi faceret. vocato senatu cum sibi defectionis ab Romanis consilium placiturum nullo modo, nisi necessarium fuisset,  praefatus esset, quippe qui liberos ex Appii Claudii filia haberet filiamque Romam nuptum M. Livio dedisset; ceterum maiorem multo rem magisque timendam instare; non enim per defectionem ad tollendum ex civitate senatum plebem spectare, sed per caedem senatus vacuam rem publicam tradere Hannibali ac Poenis velle; eo se periculo posse liberare eos, si permittant sibi et certaminum in re publica obliti credant,—cum omnes victi metu permitterent,  “claudam” inquit “in curia vos et, tamquam et ipse cogitati facinoris particeps, adprobando consilia quibus nequiquam adversarer, viam saluti vestrae inveniam. in hoc , fidem, quam voltis ipsi, accipite.” fide data egressus claudi curiam iubet, praesidiumque in vestibulo relinquit, ne quis adire curiam iniussu suo neve inde egredi possit.
    tum vocato ad contionem populo “quod saepe” inquit “optastis, Campani, ut supplicii sumendi vobis ex improbo ac detestabili senatu potestas esset, eam non per tumultum expugnantes domos singulorum, quas praesidiis clientium servorumque tuentur, cum summo vestro periculo; sed tutam habetis ac liberam; clausos omnis in curia accipite, solos, inermis. nec quicquam raptim aut forte temere egeritis; de singulorum capite vobis ius sententiae dicendae faciam, ut quas quisque meritus est poenas pendat; sed ante omnia ita vos irae indulgere oportet, ut potiorem ira salutem atque utilitatem vestram habeatis. etenim hos, ut opinor, odistis senatores, non senatum omnino habere non voltis; quippe aut rex, quod abominandum, aut, quod unum liberae civitatis consilium est, senatus habendus est. itaque duae res simul agendae vobis sunt, ut et veterem senatum tollatis et novum cooptetis.  citari singulos senatores iubebo de quorum capite vos consulam; quod de quoque censueritis fiet; sed prius in eius locum virum fortem ac strenuum novum senatorem cooptabitis quam de noxio supplicium sumatur.”  inde consedit et nominibus in urnam coniectis citari quod primum sorte nomen excidit ipsumque e curia produci iussit ubi auditum est nomen, malum et inprobum pro se quisque clamare et supplicio dignum.  tum Pacuvius “video quae de hoc sententia sit; date igitur pro malo atque inprobo bonum senatorem et iustum.” primo silentium erat inopia potioris subiciundi; deinde cum aliquis omissa verecundia quempiam nominasset, multo maior extemplo clamor oriebatur, cum alii negarent nosse, alii nunc probra nunc humilitatem sordidamque inopiam et pudendae artis aut quaestus genus obicerent. hoc multo magis in secundo ac tertio citato senatore est factum, ut ipsius paenitere homines appareret, quem autem in eius substituerent locum deesse, quia nec eosdem nominari attinebat, nihil aliud quam ad audienda probra nominatos, et multo humiliores obscurioresque ceteri erant eis qui primi memoriae occurrerant. ita dilabi homines, notissimum quodque malum maxime tolerabile dicentes esse iubentesque senatum ex custodia dimitti.

    hoc modo Pacuvius cum obnoxium vitae beneficio senatum multo sibi magis quam plebi fecisset, sine armis iam omnibus concedentibus dominabatur.  hinc senatores omissa dignitatis libertatisque memoria plebem 'adulari; salutare, benigne invitare, apparatis accipere epulis,  eas causas suscipere, ei semper parti adesse, secundum eam litem iudices dare quae magis popularis aptiorque in volgus favori conciliando esset;  iam vero nihil in senatu agi aliter quam si plebis ibi esset concilium. prona semper civitas in luxuriam non ingeniorum modo vitio sed afluenti copia voluptatium et inlecebris omnis amoenitatis maritimae terrestrisque,  tum vero  ita obsequio principum et licentia plebei lascivire ut nec libidini nec sumptibus modus esset. ad contemptum legum, magistratuum, senatus accessit tum, post Cannensem cladem, ut, cuius aliqua verecundia erat, Romanum quoque spernerent imperium.  id modo erat in mora ne extemplo deficerent, quod conubium vetustum multas familias claras ac potentis Romanis miscuerat,  et cum militarent aliquot apud Romanos, maximum vinculum erant trecenti equites, nobilissimus quisque Campanorum, in praesidia Sicularum urbium delecti ab Romanis ac missi.

    En fin, Capua cayó en manos de Anibal, que allí fijo el campamento de su ejército durante el invierno,  pero el lujo y las comodidades de la vida en esta lujosa ciudad debilitaron de tal manera a su ejército y relajaron su disciplina que tan pronto pasaron los fríos lo sacó inmediatamente para restablecer el espíritu de sacrificio que ha de acompañar a todo buen soldado.

    Nos lo recuerda Cicerón en el texto cuya referencia cité anteriormente:

    Segudo discurso sobre la Ley Agraria pronunciado en el Senado contra P.Srvilio Rulo, Tribuno de la plebe.

    Los campanios siempre se sintieron orgullosos de la excelencia de su tierra, de la magnitud de sus cultivos, de la salud, de la posición y de la belleza de su ciudad. De esa abundancia, y  afluencia de todas las cosas  se originaron, en primer lugar, la arrogancia que exigía a nuestros antepasados la elección de uno de los cónsules de Capua; y, en segundo lugar, aquel lujo que conquistó con el placer a Aníbal, que hasta entonces había sido invencible por las armas.

    DE LEGE AGRARIA ORATIO SECVUNDA CONTRA P. SERVILIVM RVLLVM TR. PLEB. IN SENATV
    Cicero Leg. Agr. II. 95

    Campani semper superbi bonitate agrorum et fructuum magnitudine, urbis salubritate, descriptione, pulchritudine. Ex hac copia atque omnium rerum adfluentia primum illa nata est adrogantia qua a maioribus nostris alterum Capua consulem postularunt, deinde ea luxuries quae ipsum Hannibalem armis etiam tum invictum voluptate vicit.

    Pero esto es otro tema.

    En todo caso, la anécdota de los ciudadanos que malquerían a sus senadores tal vez pueda mover a alguna reflexión a dirigentes actuales populistas dispuestos a consultar al pueblo siempre que lo presuponen coincidentes con sus objetivos. En nuestras sociedades actuales la democracia es representativa, es decir, los ciudadanos eligen a sus representantes en quienes delegan su derecho de participación en la vida política en algunos aspectos. Sólo en contadas ocasiones de especial importancia se recurre al “referéndum” o consulta a todos los ciudadanos con derecho a participar.

    Nota: “referéndum” es una forma verbal llamada “gerundivo” que significa “obligación de…” del verbo re-fero, re-ferre, compuesto de re– (de nuevo, hacia atrás,) y fero, llevar. En consecuencia significa “consultar”.

    En el contexto político se refiere, pues, al procedimiento por el que una cuestión o asunto “ ha de ser llevado o devuelto….al pueblo”, es decir, consultada al conjunto de los ciudadanos que son los que detentan la soberanía para su ratificación.

    La RAE, con su plausible concisión, lo define como:

    “Procedimiento por el que se someten al voto popular leyes o decisiones políticas con carácter decisorio o consultivo”.

    Plebiscito es un término sinónimo de sabor absolutamente latino. Está formado de “plebis”, genitivo de “plebs”, que significa, plebe, pueblo (recordemos la división inicial de los ciudadanos romanos entre “patricios”, con todos los derechos y “plebeyos” que los hubieron de conseguir con una larga lucha por la igualdad, y “scitum”, del verbo scio, scire, saber, y su compuesto incoativo “sciscere”, que inicialmente significa informarse, tratar de saber,  y secundariamente deliberar, votar, decretar, resolver, ordenar.
    Así dice Cicerón en Filípicas I, 10,26:

    Consules iure populum rogaverunt, populusque iure scivit”,

    que traducido dice:

    los cónsules conforme a derecho consultaron al pueblo y el pueblo resolvió conforme a derecho”.

    El Diccionario de la RAE lo define con toda claridad y precisión de la siguiente manera:

    Del lat. plebiscītum.
    1. m. Resolución tomada por todo un pueblo por mayoría de votos.
    2. m. Consulta que los poderes públicos someten al voto popular directo para que apruebe o rechace una determinada propuesta sobre una cuestión política o legal.
    3. m. En la antigua Roma, ley que la plebe establecía a propuesta de su tribuno, separadamente de las clases superiores de la república, y que obligó al principio solo a los plebeyos, pero más tarde a todo el pueblo.

    Evito por mi parte la discusión leguleya, nunca mejor denominada, de la diferencia técnica entre plebiscito y referéndum, que ha producido no pocos artículos.

  • Unos contratistas romanos de servicios públicos defraudadores

    En la antigua Roma, ya desde época Republicana, se arrendaba a particulares la explotación de los terrenos y recursos del Estado, que eran todos los conquistados por sus legiones, e incluso se constituyeron fuertes sociedades de inversores para ello. Esto generó un espacio de actividad en el que era fácil confundir lo privado con lo público y produjo algunos episodios de corrupción que en alguna medida recuerdan a hechos actuales.

    Voy a referirme a un episodio de la Segunda Guerra Púnica, salpicado además con una anécdota de corrupción, que explica cómo se fue generando este sistema.  Todas las guerras, las de antes y las de ahora son siempre ocasión y oportunidad para grandes negocios, a los que nada importa si los beneficios vienen o no manchados de sangre inocente.

    El episodio nos lo cuenta Tito Livio en su obra “Historia de Roma desde su origen” (Ab urbe condita), en el libro XXV, 3 y ss.

    Roma está definitivamente enfrentada a Cartago por su expansión en el Mediterráneo y por considerar a los púnicos o cartagineses una amenaza para su supervivencia. Esta guerra comienza desarrollándose en Hispania, en donde los cartagineses están ya bien asentados; se desarrolla luego en el propio territorio italiano, al que ha pasado Aníbal desde Hispania a través de los desfiladeros de los Alpes en invierno, y acabará definitivamente años después con la destrucción de Cartago. Las campañas victoriosas de Aníbal en Italia (Tesino, Trebia, Trasimeno, Cannas…) han generalizado el pánico entre los romanos. 

    Es precisamente la situación de necesidad de los Escipiones en Hispania lo que les obliga a dirigir una carta en el año 215 al Senado de Roma solicitando ayuda. Los gastos para la guerra son de tal magnitud que el Estado no tiene dinero suficiente para hacer frente a ellos y recurre en consecuencia a la colaboración de los “publicanos” o capitalistas que se vienen beneficiando de las contratas del Estado. Estos “publicani” o ciudadanos con recursos que se dedican a los negocios, constituyen tres sociedades para abastecer al ejército. Dadas las circunstancias de inseguridad del momento y las distancias a las que han de ser transportados algunos recursos, se incluye en el contrato una cláusula según la cual el riesgo de naufragio ha de correr por cuenta del Estado. Hay que imaginar la situación de pánico generalizado ante la presencia de Aníbal en la propia Italia y las sucesivas victorias con las que va machacando a los ejércitos romanos.

    En ese contexto hubo dos individuos, dos “publicani” que no contentos con las ganancias lícitas simularon un naufragio accidental de las naves cargadas de material de desecho y poco valor para cobrarlo como bueno.

    De todo lo anterior extraeremos importantes consecuencias sobre la constitución de estas sociedades, pero el episodio tiene una segunda parte muy reveladora. Cuando los defraudadores son descubiertos y denunciados al Senado, éste no actúa inmediatamente contra ellos, dada la afinidad y confluencia de intereses en muchos casos entre la clase y familias de senadores con los “publicanos”. Tuvo que ser el pueblo a través de sus representantes especiales, los “tribunos de la plebe”, (hoy diríamos "la acción popular"), quien exigió responsabilidades e inició las acciones judiciales.

    Estando reunida la asamblea popular, fue interrumpida por la acción violenta de los publicanos, dispuestos a evitar la condena de uno de sus miembros poderosos. Ante la evidencia de los cargos y el peligro de la situación, el Senado no tuvo más remedio que intervenir con más decisión.

    Diría como conclusión que resulta igual de escandaloso que unos contratistas defrauden al Estado a que el propio Estado no tenga ningún interés en castigar a los defraudadores.

    Dejamos para superespecialistas la cuestión de si estos arrendatarios eran realmente de la clase u “ordo” (orden) de los “publicanos”, así como sobre la historicidad de los contratos de aprovisionamiento para el ejército, porque esto parecer ser un caso aislado en el contexto histórico de finales del siglo III a.C.

    En todo caso, no hace falta ser muy imaginativo para establecer la semejanza con situaciones actuales en las que grandes delincuentes poderosos evitan la acción de la Justicia, gestionada en gran medida por personas afines a su grupo social. Es cierto que las situaciones antiguas y modernas no son exactamente iguales y no debemos exagerar en el parecido, pero una vez más podemos reafirmar el lema de este blog, “Nihil novum sub sole”, “Nada nuevo bajo el sol”.

    Como viene siendo exigencia de este blog, lo afirmado ha de ser constatado en los textos existentes, de los que no se juzga su valor como documentos históricos sino simplemente su existencia, y por ello nada mejor que reproducir lo escrito por Tito Livio:

    En un artículo posterior explicaré hasta qué punto los intereses de los particulares y sus empresas se confunden con los públicos y estatales.

    Ab Urbe condita, XXV,3: [25,3]

    Q. Fulvio Flaco y Ap. Claudio tomaron posesión del consulado, siendo éste el tercero de Fulvio. Los pretores sortearon sus provincias: P. Cornelio Sila obtuvo la jurisdicción de la ciudad y la de los extranjeros, que antes estaban separadas; Cn. Fulvio Flaco, la Apulia; C. Claudio Nerón Suesula y M. Junio Silano la Etruria. Los cónsules quedaron encargados de la guerra contra Aníbal, mandando cada uno dos legiones; debiendo recibirlas, el uno de Q. Fabio, cónsul del año anterior, y el otro, de Fulvio Centumalo. En cuanto a los pretores, Fulvio Flaco debía tener las legiones que se encontraban en Luceria bajo el mando del pretor Emilio; Claudio Nerón, las que servían a las órdenes de C. Terencio en el Piceno. Uno y otro estaban encargados de hacer nuevas levas para completar el ejército. M. Junio tuvo contra los etruscos las legiones urbanas del año anterior. T. Sempronio Graco y P. Sempronio Tuditano conservaron sus tropas y sus mandos, el uno en Lucania y el otro en la Galia. P. Léntulo conservó también la antigua provincia de Sicilia. M. Marcelo Siracusa y el reino de Hierón; T. Otacilio la flota; M. Valerio la Grecia; Q. Mucio Scévola, la Cerdeña, y los dos Escipiones las Españas.

    A los antiguos ejércitos se añadieron dos legiones urbanas que levantaron los cónsules, con las que se elevó en este año a veintitrés el número de las legiones. M. Postumio Pirgense se opuso a las levas que hacían los cónsules y produjo un movimiento que estuvo a punto de adquirir gravedad.

    Era Postumio un colector de impuestos que desde mucho tiempo no había tenido en la república igual para el fraude y la avidez, como no fuese T. Pomponio Veyetano, hecho prisionero en el año anterior por Hannón y los cartagineses, durante su temeraria expedición en Lucania. Como el Tesoro público respondía de las pérdidas en caso de tempestad en cuanto al material transportado para el ejército, supuso naufragios que no habían ocurrido, y hasta los verdaderos se debían al fraude y no a la casualidad. Cargaba con mercancías sin valor naves viejas inservibles y las hacía echar a pique en alta mar, cuidando de tener preparadas las barcas para salvar las tripulaciones; en seguida declaraba falsamente que las mercancías perdidas eran considerables.

    El pretor M. Atilio se enteró del fraude en el año anterior y lo denunció al Senado: sin embargo, no se dictó ningún senatus-consulto, no queriendo los senadores enemistarse en aquellas circunstancias con la clase entera de los publícanos. El pueblo castigó con más severidad aquel robo. Cierto día, los dos tribunos Sp. y L. Calvilio, excitados por sus quejas y viendo que estos amaños sublevaban la indignación y el desprecio de todos, condenaron a M. Postumio a una multa de doscientas mil piezas de moneda. El día en que el pueblo debía votar acerca de esta multa, fue tan numerosa la multitud que apenas cabía en la plaza del Capitolio. Oídos los defensores, parecía que Postumio no tenía más que un recurso, que C. Servilio Casca, pariente suyo y tribuno del pueblo, interviniese antes de que se llamase a votar las tribus. Cuando hubieron declarado los testigos, los tribunos mandaron retirarse al pueblo, y se llevó la urna (sitella allata) para que decidiese la suerte en qué orden habían de votar los latinos. Los publícanos estrechaban a Casca para que hiciese aplazar la decisión. El pueblo reclamaba, y Casca, que estaba sentado en el extremo del banco de los tribunos vacilaba entre la vergüenza y el temor. Viendo que no podían contar con él, los publícanos, para escapar a favor del tumulto, se precipitaron en el espacio que quedaba vacío y al que el pueblo no podía acercarse, disputando a la vez con el pueblo y los tribunos; y hubiese habido algún combate, si el cónsul Fulvio no hubiese exclamado dirigiéndose a éstos,  ¿No veis que tenéis que ceder y que es inminente una sedición si no os apresuráis a disolver la asamblea?» 

    Retiróse el pueblo y se convocó al Senado; los cónsules dieron cuenta de la violencia y audacia de los publícanos, que habían turbado la asamblea del pueblo. M. Furío Camilo, decían, a cuyo destierro siguió la ruina de Roma, se dejó condenar por sus conciudadanos irritados; antes que él, los decenviros, a quienes debe la república las leyes que la gobiernan, y otros muchos grandes ciudadanos, sufrieron el juicio del pueblo. Pero un Postumio Pirgense había querido forzar los votos populares; había obligado a disolverse una asamblea pública y a retirarse los tribunos; había presentado batalla al pueblo romano, tomado posición para impedirle que se comunicase con sus tribunos y a las tribus emitir sus votos. Si no había habido combate, si la sangre no había corrido, debíase a la moderación de los magistrados, que por un momento habían cedido al furor y la audacia de algunos individuos y porque se habían dejado vencer a la vez que el pueblo romano; que, en fin, para no dar ningún pretexto a los que solamente deseaban la lucha, habían disuelto, como quería Postumio, la asamblea del pueblo, que un acusado iba a imposibilitar por la violencia y las armas.» Todos los buenos ciudadanos que se encontraban en el Senado se declararon en el mismo sentido ante un hecho tan inaudito. El Senado declaró por un decreto que aquella tentativa era un ejemplo peligroso y un atentado contra la república. En el acto los dos Carvilios, tribunos del pueblo, prescindiendo de la multa, presentaron acusación capital contra Postumio, mandando a los lictores que le prendiesen si no presentaba caución y llevarle a las prisiones. Postumio dio caución y no compareció. A petición de los tribunos, el pueblo decidió que, «si M. Postumio no se presentaba antes de las kalendas de Mayo, si no contestaba este día cuando se leyese su nombre, o si no se admitían sus excusas, sería desterrado, vendidos sus bienes y se le prohibirían el agua y el fuego En seguida acusaron sucesivamente los tribunos de crimen capital a todos los que promovieron aquel tumulto y les obligaron a dar caución. Al principio los que no la dieron y después hasta los que podían darla fueron encarcelados; de manera que, para evitar este peligro, la mayor parte se desterraron. De esta manera se castigó el fraude de los publícanos y la audacia con que lo sostuvieron. Poco después se celebraron comicios para la elección de pontífice máximo, presidiéndolos el nuevo pontífice M. Cornelio Cethego. (Traducción de Francisco Navarro y Calvo. Madrid,1888)

    Q. Fulvius Flaccus tertium Appius Claudius consulatum ineunt.  et praetores provincias sortiti sunt, P. Cornelius Sulla urbanam et peregrinam, quae duorum ante sors fuerat, Cn. Fulvius Flaccus Apuliam, C. Claudius Nero Suessulam, M. Iunius Silanus Tuscos. consulibus bellum cum Hannibale et binae legiones decretae; alter a Q. Fabio superioris anni consule, alter a Fulvio Centumalo acciperet;  praetorum Fulvi Flacci quae Luceriae sub Aemilio praetore, Neronis Claudi quae in Piceno sub C. Terentio fuissent legiones essent; supplementum in eas ipsi scriberent sibi. M. Iunio in Tuscos legiones urbanae prioris anni datae. Ti. Sempronio Graccho et P. Sempronio Tuditano imperium provinciaeque Lucani et Gallia cum suis exercitibus prorogatae;  item P. Lentulo qua vetus provincia in Sicilia esset, M. Marcello Syracusae et qua Hieronis regnum fuisset; T. Otacilio classis, Graecia M. Valerio, Sardinia Q. Mucio Scaevolae, Hispaniae. et Cn. Corneliis. ad veteres exercitus duae urbanae legiones a consulibus scriptae, summaque trium et viginti legionum eo anno effecta est. dilectum consulum M. Postumii Pyrgensis cum magno prope motu rerum factum impediit. publicanus erat Postumius, qui multis annis parem fraude avaritiaque neminem in civitate habuerat praeter T. Pomponium Veientanum, quem populantem temere agros in Lucanis ductu Hannonis priore anno ceperant Carthaginienses. hi, quia publicum periculum erat a vi tempestatis in iis quae portarentur ad exercitus et ementiti erant falsa naufragia et ea ipsa quae vera renuntiaverant fraude ipsorum facta erant, non casu. in veteres quassasque naves paucis et parvi pretii rebus impositis, cum mersissent eas in alto exceptis in praeparatas scaphas nautis, multiplices fuisse merces ementiebantur. ea fraus indicata M. Aemilio praetori priore anno fuerat ac per eum ad senatum delata nec tamen ullo senatus  consulto notata, quia patres ordinem publicanorum3 in tali tempore offensum nolebant. populus severior vindex fraudis erat, excitatique tandem duo tribuni plebis, Spurius et L. Carvilii, cum rem invisam infamemque cernerent, ducentum milium aeris multam M. Postumio dixerunt. cui certandae cum dies advenisset, conciliumque tam frequens plebis adesset ut multitudinem area Capitolii vix caperet, perorata causa una spes videbatur esse si C. Servilius Casca tribunus plebis, qui propinquus cognatusque Postumio erat, priusquam ad suffragium tribus vocarentur, intercessisset.  testibus datis tribuni populum summoverunt, sitellaque lata est, ut sortirentur ubi Latini suffragium ferrent.  interim publicani Cascae instare ut concilio diem eximeret; populus reclamare; et forte in cornu primus sedebat Casca, cui simul metus pudorque animum versabat. cum in eo parum praesidii esset, turbandae rei causa publicani per vacuum summoto locum cuneo inruperunt iurgantes simul cum populo tribunisque.,  nec procul dimicatione res erat cum Fulvius consul tribunis “nonne videtis” inquit “vos in ordinem coactos esse et rem ad seditionem spectare, ni propere dimittitis plebis concilium?”. plebe dimissa senatus vocatur et consules referunt de concilio plebis turbato vi atque audacia publicanorum:  M. Furium Camillum, cuius exilium ruina urbis secutura fuerit, damnari se ab iratis civibus passum esse;  decemviros ante eum, quorum legibus ad eam diem viverent, multos postea principes civitatis iudicium de se populi passos:  Postumium Pyrgensem suffragium populo Romano extorsisse, concilium plebis sustulisse, tribunos in ordinem coegisse, contra populum Romanum aciem instruxisse, locum occupasse, ut tribunos a plebe intercluderet, tribus in suffragium vocari prohiberet. nihil aliud a caede ac dimicatione continuisse homines nisi patientiam magistratuum, quod cesserint inpraesentia furori atque audaciae paucorum vincique se ac populum Romanum passi sint et comitia,  quae reus vi atque armis prohibiturus erat, ne causa quaerentibus dimicationem daretur, voluntate ipsi sua sustulerint. haec cum ab optimo quoque pro atrocitate rei accepta essent, vimque eam contra rem publicam et pernicioso exemplo factam senatus decresset,  confestim Carvilii tribuni plebis omissa multae certatione rei capitalis diem Postumio dixerunt ac, ni vades daret, prendi a viatore atque in carcerem duci iusserunt.  Postumius vadibus datis non adfuit.  tribuni plebem rogaverunt plebesque ita scivit, si M. Postumius ante kal. maias non prodisset citatusque eo die non respondisset neque excusatus esset, videri eum in exilio esse bonaque eius venire, ipsi aqua et igni placere interdici.  singulis deinde eorum qui turbae ac tumultus concitatores fuerant, rei capitalis diem dicere ac vades poscere coeperunt.  primo non dantis, deinde etiam eos qui dare possent in—carcerem coiciebant; cuius rei periculum vitantes plerique in exilium abierunt.  hunc fraus publicanorum, deinde fraudem audacia protegens exitum habuit.  comitia inde pontifici maximo creando sunt habita; ea comitia novus pontifex M. Cornelius Cethegus habuit.

  • A las puertas del Imperio Romano/ A las puertas de Europa

    La Historia no se repite pero a veces ocurren hechos en momentos diferentes que tienen alguna semejanza. Por eso llamamos a la Historia Magistra vitae. Véase artículo https://www.antiquitatem.com/cervantes-dia-mundial-del-libro. En estos tiempos actuales aparecen de vez en cuando comparaciones entre la caída del Imperio Romano y los momentos actuales de tensiones entre el Oriente y el Occidente. Más en concreto se aprecian similitudes entre los acontecimientos del año 378 que acaban con la derrota de los romanos en Adrianópolis, actual ciudad de Edirne en la Turquía actual junto a las fronteras actuales de Grecia y Bulgaria, y la muerte del emperador Valente en la batalla, y las guerras de Iraq y Siria, que mueven de un sitio para otro a millones de desplazados fugitivos.

    No pretendo llevar la comparación hasta el  límite que algunos “ideólogos”, sin duda interesados, pretenden al afirmar que así como la admisión de los “bárbaros” acabó con el Imperio Romano, del mismo modo la admisión lde tantos fugitivos e inmigrantes, casi todos musulmanes, acabará con la “civilización occidental”. Es esta una conclusión exagerada, en muchos casos xenófoba, de rechazo al diferente.

    No seguiré yo por ese camino, sin desconocer por ello, los graves problemas que una intervención poco reflexionada de Occidente en Oriente, intervención en el  fondo egoísta e imperialista, ha ocasionado.

    Me limitaré a transcribir unos textos de la Historia de Amiano Marcelino, referidos a los años citados,  en los que la política errática y egoísta de los emperadores romanos respecto de la admisión de inmigrantes y fugitivos de la guerra, produce efectos que nos recuerdan con toda claridad a algunos episodios actuales.

    Las fronteras del Imperio están en el Danubio, llamado entonces Ister, que desde el centro de Europa va a desembocar al Mar Negro. Al otro lado habitan varias tribus godas y más al Este pueblos desconocidos, de los que se cuentan crueldades sin límite y formas de vida muy alejadas de la civilización occidental. Uno de estos pueblos es el de los alanos y otro el de los hunos, de los que corren todo tipo de rumores sobre su salvajismo y crueldad.

    Pues bien, los hunos se alían con los alanos, no menos rudos y salvajes, y empujan a los godos, más civilizados e incluso cristianizados (arrianos),  hasta la frontera del Danubio, río de un enorme caudal difícil de atravesar.

    Los godos piden al emperador que  les permita entrar en el Imperio y que  les asiente en ese espacio privilegiado de paz y de riqueza.

    Sería fácil traducir todo esto a un lenguaje moderno: los hunos y su crueldad son el ISIS o DAESH y sus vilezas, los godos son inmigrantes o refugiados que huyen de la guerra, el Imperio Romano es la Unión Europea, la política indecisa, contradictoria y egoísta del emperador es la de Bruselas y restantes países europeos, algunos detalles concretos, como los del transporte,  pretensiones de control de los fugitivos y corrupción en la gestión de la ayuda, son tan semejantes a los actuales que producen ciertamente asombro.

    Poco importa que estos hechos ocurran un poco más al norte que los actuales, en Tracia, en un territorio que hoy correspondería parte a Turquía y parte a Bulgaria. Ahora ocurren un poco más al sur y al este, entre Siria-Turquía y las islas griegas cercanas como Lesbos.

    Dejo a la consideración del lector el extraer alguna conclusión si es que se debe extraer, pero la Historia debería servir para no cometer los mismos errores en situaciones parecidas y para entender mejor algunos hechos y sus causas.

    Antigua Tracia proyectada sobre el mapa político actual. La línea azul corresponde al curso del Danubio y el punto rojo a la situación de Adrianópolis, en la actual Turquía, muy cerca de las fronteras griega y búlgara, es decir, en las puertas de Europa; en verde la isla griega de Lesbos.

    El que mejor nos lo cuenta  es Amiano Marcelino, escritor griego que nació hacia el año 330, aunque escribe en Latín,  en sus Historias (Rerum Gestarum Libri XXXI) en el libro 31.

    Nota: la traducción utilizada es la de María Luisa Harto Trujillo, en Editorial Akal.

    Comienza el libro con un  párrafo, que aligerado de la afición romana a los presagios, es ciertamente clarividente:

    31.1.1: Mientras tanto, la rápida rueda de la Fortuna, alternando como siempre desgracias y éxitos, armó tanto a Belona (diosa de la guerra) como a sus compañeras las Furias, y produjo en Oriente tristes calamidades, que fueron presagiadas clara y verazmente por augurios y portentos.

    31.2.1 Personalmente creemos que la semilla de todo este desastre y el origen de las distintas desgracias avivadas por Marte (dios de la guerra) –que encendió y agitó la situación con insólitas chispas- es el siguiente:

    El pueblo de los hunos, poco nombrado en las historias de la antigüedad, habita al otro lado de la pantanosa Meotis, junto a un helado océano, y sobrepasa todos los límites de la crueldad.

    Amiano, recogiendo la opinión popular, pinta a los hunos con los más terroríficos rasgos:

    31.2.3 Con aspecto humano a pesar de su rudeza, llevan una vida tan agreste que no precisan fuego, ni alimentos sabrosos, sino tan sólo raíces de hierbas salvajes. Se alimentan con carne de cualquier animal casi cruda, ya que tan sólo la calientan ligeramente colocándola entre sus piernas y los lomos de sus caballos.
    ….

    31.2.5 Se cubre con telas de lino o con pieles de ratones silvestres y llevan siempre la misma ropa…

    Los describe también como extraordinarios jinetes y duros guerreros sin temor por su propia vida y naturalmente, desleales, volubles, irracionales y sin respeto por los dioses:

    31.2.11 Son desleales y volubles en los acuerdos… Semejantes a animales irracionales, no distinguen en absoluto entre lo honesto y lo deshonesto. Sus palabras son ambiguas y enrevesadas, y jamás han respetado una creencia o religión….

    31.2.12 Este pueblo rudo e indomable, ávido de apoderarse de lo ajeno, gracias a sus rapiñas y a las matanzas de pueblos vecinos, a los que han hecho sucumbir, han extendido sus dominios hasta los alanos, llamados antiguamente masagetas.

    Describe a continuación a los numerosos pueblos que habitan al otro lado del Ister, de manera especial a los alanos, que se extienden hacia Oriente y “se dividen en naciones amplia y populosas” vagando de un sitio para otro con sus ganados y sus carretas, sin un lugar fijo donde aposentarse.

    De la fiereza de los “alanos” en la guerra puede darnos idea el siguiente párrafo:

    31.2.22 …. Además, cuando matan a un hombre, nada les enorgullece más como prenda triunfal que arrancarle la cabeza, cortarle el cuero cabelludo y colocarlo sobre sus caballos a modo de adornos de guerra.

    Pues bien, según nos relata Amiano se produce una terrible alianza: Estos pueblos provocan movimientos masivos de godos (que ya mantenían relaciones con los romanos e incluso habían sido cristianizados) hacia las fronteras romanas:

    31.3.8 …  Sin embargo, como entre los restantes godos se había extendido el rumor de que una nación desconocida hasta entonces, semejante a un alud de nieve que se precipita desde lo alto de las montañas, estaba destruyendo y saqueando todo lo que encontraba a su paso, la mayor parte de las gentes, que habían dejado ya solo a Atanarico debido a la escasez de productos necesarios, intentaron buscar un nuevo hogar alejado y desconocido por los bárbaros.

    Después de pensarse durante bastante tiempo el sitio al que irían, creyeron que Tracia sería una buena elección por dos razones: por la gran fertilidad de su suelo y porque, gracias a su anchura del curso de Danubio, estaba alejada de las tierras que estaban ya expuestas a los desastres de la guerra contra los bárbaros.

    Todos estuvieron de acuerdo con esta idea.

    Y ahora comienza el relato del terrible éxodo, que tantas similitudes tiene con la actualidad:

    31.4 La mayor parte de los godos conocidos como tervingos, expulsados de sus tierras, son conducidos por los romanos a Tracia con el consentimiento de Valente (el emperador) después de que prometen entregar a cambio recompensas y ayuda militar. También los godos gretungos atraviesan a escondidas el Íster sobre sus naves.

    31.4.1 Así pues, conducidos por Alavivo, ocuparon la orilla del Danubio y enviaron a Valente mensajeros que suplicaron humildemente ser recibidos, prometiendo que llevarían una vida tranquila y que, si la situación así lo exigía, le prestarían ayuda militar.

    31.4.2 Mientras se producían estos hechos en el exterior, rumores terribles difundieron que las gentes del norte estaban soportando calamidades insólitas y peores que las ocurridas hasta el momento. Y es que en toda la zona que se extiende desde los marcomanos y los cuados hasta el Ponto, una multitud bárbara de pueblos desconocidos, expulsados de su territorio por un ataque inesperado, se habían diseminado en torno al Íster junto con sus familias.

    31.4.3. Al principio, los nuestros se mostraron reticentes a aceptar este pacto, porque en aquellas regiones so solían escucharse noticias de guerras lejanas hasta que estas habían terminado y se habían calmado ya.

    31.4.4 Pero cuando la noticia fue confirmándose y se vio reforzada, además, por la llegada de los legados extranjeros que suplicaban que recibiéramos a su pueblo en nuestra orilla del río, se produjo más alegría que temor. Además, aduladores expertos alababan la buena fortuna del príncipe, que había conseguido un contingente de tropas  tan numerosas y procedentes de tierras muy alejadas, de manera que, casi sin esperarlo, uniendo sus propias tropas y las extranjeras, tendría un ejército invencible.

    Y añadían que, aparte de la ayuda militar que las provincias aportarían anualmente, su tesoro se vería incrementado con una gran cantidad de oro.

    31.4.5. Movidos por la esperanza de alcanzar lo prometido,enviaron a varios oficiales con vehículos apropiados para transportar a esta salvaje nación. Y pusieron todo el empeño posible para que no quedara nadie que pudiera atacar en el futuro al pueblo romano, ni siquiera alguien afectado por una fatal enfermedad.

    Así pues, una vez que el emperador consintió que esa gente atravesara el Danubio y se asentara en regiones de Tracia, se les transportó apiñados durante varios días y noches a bordo de naves, barcas y troncos de árboles ahuecados.

    Pero como este río era, con mucho, el más peligroso de todos y, además, estaba crecido entonces por la gran cantidad de lluvia caída, su enorme caudal hizo que se ahogaran muchos que intentaban luchar contra la fuerza de las aguas.

    31.4.6 Lo cierto es que la avidez y el empuje de estos hombres fue causando de este modo la destrucción del mundo romano.

    Ahora bien, no es ni desconocido ni incierto que los infaustos encargados de transportar a este pueblo bárbaro intentaron en varias ocasiones contarlos, pero desistieron frustrados de este intento ya que, como menciona el famoso poeta: “El que quiera saber esto es como si quisiera saber cuántos granos de arena del desierto Libio son arrastrados por el Céfiro”. (Vigilio, Geórgicas, 2,106)

    31.4.7 Que recuerden historias antiguas cómo fueron conducidas a Grecia las tropas persas, pues mientras narran cómo levantaban puentes en el Helesponto y buscaban el mar a los pies del monte Atos mediante una construcción laboriosa (construyendo un canal) contando los batallones del ejército en Dorisco, toda la posteridad lo ha considerado como fábulas.

    31.4.8 Porque cuando ingentes muchedumbres se extendieron y se diseminaron por las provincias, asentándose en las amplias llanuras y llenando todos los valles y las cimas de las montañas, también entonces, con este nuevo ejemplo, se confirmó la veracidad de los relatos de la antigüedad.

    Primero fueron recibidos Frigiterno y Alavivo, a quienes elemperador había ordenado que se les entregaran alimentos para la ocasión y campos que cultivar.

    31.4.9 Durante este tiempo, cerradas ya las fronteras de nuestro territorio, mientras las tropas bárbaras se esparcían como cenizas del Etna, el difícil trance que estábamos viviendo reclamaba la presencia de personas de brillantez probada que remediaran la situación similar.

    Pero, como si les guiara una divinidad adversa, buscaron a hombres corruptos para ponerles al  frente del poder castrense. Entre ellos sobresalían Lupicino y Máximo, el uno comandante general en Tracia, el otro un líder criminal, pero ambos de igual temeridad.

    31.4.10 La peligrosa ambición de estos dos hombres  fue la causa de todos los males. Pues, para omitir otros delitos que, por causas funestas, o los cometieron ellos mismos, o bien permitieron que se cometieran contra extranjeros que llegaban sin culpa alguna, bastará mencionar un hecho lamentable e insólito que no tendría perdón ni siquiera si fueran ellos mismos quienes lo juzgaran.

    31.4.11 Y es que, cuando los bárbaros que habían sido conducidos a esas regiones lo estaban pasando mal por la falta de alimento, estos abominables generales planearon comerciar del siguiente modo: reunieron todos los perros que su ambición pudo hallar por cualquier parte y se los entregaron a cambio de obtener un esclavo por cada perro, dándose incluso el caso de que, entre éstos, figuraban hijos de los nobles bárbaros.

    31.4.12 Durante esos mismos días, Viterico, rey de los greutungo, así como Alateo y Saphrax, a cuya voluntad estaba sometido, además de Farnobio, al acercarse a la orilla del Danubio, enviaron rápidamente mensajeros al emperador para que le suplicaran que también ellos fueran acogidos y tratados con humanidad.

    31.4.13 Pero como los mensajeros no fueron recibidos, ya que ésta era la decisión que, según parecía, favorecía al bien común, se angustiaron sin saber bien qué hacer.
    …..
    31.5. Los tervingos, llevados por el hambre, la precariedad y los malos tratos recibidos, y comandados por Alavivo y Frigiterno, se rebelan contra Valente y se unen a Lupicino.

    31.5.1. En cuanto a los tervngos, a los que sí se les había permitido cruzar el río con anterioridad, se encontraban aún vagabundeando por los alrededores, ya que se encontraban con una doble dificultad: que, por la malvada actuación de los dos generales, no se les proporcionaban los víveres necesarios y, además, se veían inmersos en el abominable tráfico de esclavos antes mencionado.

    31.5.2 Al darse cuenta de su situación, ante los males que les atenazaban, empezaron a pensar que debían rebelarse. Pero Lupicino, temiendo esa posibilidad, envió soldados para que les obligaran a marchar con más rapidez.

    31.5.3 Los gretungos,entonces, aprovecharon esta oportunidad y, al ver que los soldados estaban ocupados en otra misión y que estaban varados los barcos que solían recorrer el río en ambas direcciones y que les prohibían cruzarlo, atravesaron la corriente en unas barcas rudimentarias y dispusieron su campamento muy lejos de Frigiterno.

    31.5.4 Pero éste, previsor como siempre y preparado frente a lo que pudiera suceder, intentó, por una parte, mantenerse leal al emperador, pero, por otra, seguir unido a los poderosos reyes godos, de manera que avanzó lentamente y, con esta treta llegó tarde a Marcianópolis. Allí se produjo otro hecho aún más atroz, que prendió ya las chispas del fuego que causaría la ruina general.

    31.5.5. Después de invitar a Alavivo y a Frigiterno a un banquete, Lupicino colocó soldados frente a la muchedumbre bárbara, manteniéndola así alejada de las murallas  y, cuando ésta pidió con súplicas una y otra vez que se les permitiera entrar para obtener los víveres necesarios, ya que se habían mostrado leales y sumisos a Roma, surgieron fuertes disputas entre los que estaban en el interior y los que estaban fuera, disputas que hicieron ya inevitable la lucha.

    Además, los bárbaros, furiosos y conscientes de que les estaban arrebatando a la fuerza a algunos de sus seres queridos, atacaron y mataron a un gran número de soldados.

    Bien, sigue Amiano describiendo la situación de miseria y desesperación que provoca revueltas y enfrentamientos.

    31.5.8 Cuando la Fama, esa malvada incitadora de rumores, difundió estos hechos, toda la nación de los tervingos ardió de ganas de luchar y, entre otros hechos temibles que presagiaban los mayores peligros, con los estandartes izados según la costumbre, rodeados ya por los tristes sones de las trompetas, se lanzaron en rabioso pillaje, saqueando villas, incendiándolas y llevando confusión y ruina a todos los lugares que hallarlo a su paso.

    Amiano nos cuenta cómo los godos, que habían sido acogidos anteriormente, se rebelan, matan a los habitantes de Adrianópolis, se unen a Frigiterno y se lanzan a saquear Tracia. En el saqueo se les van uniendo todos cuantos tenían una mala situación:

    31.6.5. … En este avance, aquellos a los que derrotaban o hacían prisioneros les mostraban ricos pueblos, sobre todo aquellos en los que se decía que había una gran abundancia de alimentos.

    Aparte de su confianza innata, les impulsaba otro hecho: y era que, cada día, se les iba uniendo una multitud de su propio pueblo, entre los que se encontraban gentes vendidas tiempo atrás por mercaderes, o aquellos que, cuando cruzaron por primera vez, y estaban medio muertos de hambre, habían sido intercambiados por un mal vino o por un insignificante pedazo de pan
    ….

    31.6.7. No es extraño que con tales guías no quedara nada intacto, con la excepción de los lugares inaccesibles y abruptos. Sin distinguir sexo o edad, toda aquella zona quedó devastada y fue presa de terribles incendios. Los hijos eran arrebatados del regazo de sus madres y asesinados. Se llevaron a madres, incluso después de que algunas hubieran quedado viudas y hubieran visto morir a sus maridos arrastrados entre los cadáveres de sus padres.

    31.6.8. Y, ya para terminar, muchos ancianos que clamaban que estaban ya hastiados de vivir, después de perder sus riquezas y a sus bellas esposas, eran arrastrados con las manos atadas a la espalda sobre las cenizas ardientes de sus propios hogares.
    ….

    Amiano nos narra con todo colorido las atrocidades propias de la guerra y cómo golpea sin piedad e indiscriminadamente a las personas y sus familias:

    31.8.7. Se vieron entonces hechos que producen horror sólo con verlos o contarlos: las mujeres, llenas de miedo, eran arrastradas a latigazos, a pesar de estar algunas de ellas incluso embarazadas y de tener que ver cómo sus fetos, antes de ver la luz, soportaban ya numerosas atrocidades. Se escuchaban lamentos de niños y de niñas de familias nobles que veían sus manos atadas en una terrible cautividad.

    31.8.8. Detrás de ellos venían jóvenes y castas doncellas que lloraban con gesto crispado y preferían morir torturadas antes que ver mancillado su honor. Entre ellas, arrastrado como una bestia, aparecía un hombre antes noble, rico y libre, que criticaba tu impiedad y tu crueldad, Fortuna, porque en un instante le habías arrancado sus riquezas, el cariño de sus seres queridos y su hogar, un hogar que vio envuelto en cenizas y destrucción, y porque, además, le consagraste a un sangriento vencedor, ya para que lo dilacerara por partes ya para servirle como esclavo entre latigazos y torturas.

    Creo que en nada desmerece la narración de Amiano de las crónicas y reportajes visuales que los cronistas de hoy nos ofrecen sobre episodios de la guerra de Siria.

    Invito al lector a que complete la lectura del resto del libro 31 de la Historia de Amiano, donde se relatan guerras y batallas de enorme crueldad, en esta y otras zonas de las fronteras, hasta llegar al final con la narración del episodio de mayor  gravedad y eco en la Antigüedad: llega el momento en que es el propio emperador, el Augusto Valente, el que interviene directamente en la lucha y precipita la batalla de Adrianópolis para no compartir el triunfo con su sobrino Graciano, que victorioso viene en su ayuda.  Valente pierde la batalla y muere quemado refugiado en una cabaña.  Para muchos historiadores esta es la evidencia del inicio de la inexorable “caída del Imperio”.

    Leamos cómo narra Amiano la muerte de Valente el día 9 de agosto del año 378:

    31.13.11 …. La oscuridad de esa noche, en la que no brillaba la luna, terminó con este desastre irreparable, que supuso una gran calamidad para los romanos.

    31.13.12 Parece que en los primeros momentos de oscuridad, aunque nadie afirma haberlo visto o haber estado allí cerca, el emperador, cuando se encontraba entre los soldados rasos, cayó herido de muerte por una flecha, después de lo cual lanzó un último suspiro y murió,si bien su cuerpo no fue hallado en parte alguna. Y es qu, como algunos enemigos permanecieron durante bastante tiempo en esa zona para desvalijar a los muertos, ninguno de los huidos o de los habitantes osó acudir allí.

    31.13.14 Otros dicen que Valente no murió enseguida, sino que fue conducido junto con unos pocos guardaespaldas y eunucos a una cabaña, que contaba con un segundo piso bien protegido. Y allí, mientras es atendido por manos inexpertas, rodeados por enemigos que ignoraban quién era él, se libró de la deshonra de la cautividad.

    31.13.15 Porque, cuando los que le perseguían intentaron romper las puertas, cerradas a cal y canto, fueron atacados con flechas disparadas desde un balcón de la casa.  Entonces, para que estademora no les hiciera perder ni un minuto en su intento de saqueo. Recogieron teas y leña, las amontonaron junto a la casa, prendieron fuego y, así, quemaron tanto el edificio como a sus moradores.

         (Traducción de María Luisa Harto Trujillo, Editorial Akal.)

    Las consecuencias fueron que en el año 382, cuatro años después de la batalla de Adrianópolis, Teodosio firmó un tratado que garantizaba a los godos el disfrutar de autonomía dentro del Imperio, y a pesar de ello en el año 395 atacaron Constantinopla, entre el 395 y 397 invadieron Macedonia, Tesalia, Grecia; entre el 401 y el 402 invaden Italia y en el 410 saquean Roma. En el año 456 entraron en Hispania, en el extremo occidental del Imperio.

    En el año 475 Rómulo Augústulo (el Pequeño Augusto, tan sólo tenía 15 años) fue depuesto por Odoacro, rey de los hérulos y con el acaba el Imperio de Occidente.

    Texto latino

    31.1.1: Inter haec  Fortunae volucris rota, adversa prosperis  semper alternans, Bellonam furiis in societatem adscitis, armabat, maestosque transtulit ad Orientem eventus, quos adventare praesagiorum fides clara monebat, et portentorum.

    31.2.1 Totius autem sementem exitii et cladum originem diversarum, quas Martius furor incendio insolito 1 miscendo cuncta concivit, hanc comperimus causam. Hunorum gens monumentis veteribus leviter nota, ultra paludes Maeoticas glacialem oceanum accolens, omnem modum feritatis excedit.

    31.2.3 In hominum autem figura, licet insuavi, ita victu  sunt asperi, ut neque igni neque saporatis indigeant cibis, sed radicibus herbarum agrestium, et semicruda cuiusvis pecoris carne vescantur, quam inter femora sua equorumque  terga subsertam, fotu calefaciunt brevi.
    ….
    31.2.5 Indumentis operiuntur linteis vel ex pellibus silvestrium murum consarcinatis; nec alia illis domestica vestis est, alia forensis.

    31.2.11 Per indutias infidi et inconstantes, ad omnem auram incidentis spei novae perquam mobiles, totum furori incitatissimo tribuentes. Inconsultorum animalium ritu, quid honestum inhonestumve sit, penitus ignorantes, flexiloqui et obscuri, nullius religionis vel superstitionis reverentia aliquando districti, …

    31.2.12 Hoc expeditum indomitumque hominum genus, externa praedandi aviditate flagrans immani, per rapinas finitimorum grassatum et caedes, ad usque Halanos pervenit, veteres Massagetas, …

    31.2.22 …nec quicquam est quod elatius iactent, quam homine quolibet occiso, proque exuviis gloriosis interfectorum, avulsis capitibus, detractas pelles pro phaleris iumentis accommodant bellatoriis.

    31.3.8 …  Fama tamen late serpente per Gothorum reliquas gentes, quod invisitatum  antehac hominum genus, modo, nivium ut turbo montibus celsis, ex abdito sinu coortum apposita quaeque convellit et corrumpit: populi pars maior, quae Athanaricum attenuata necessariorum penuria deseruerat, quaeritabat domicilium remotum ab omni notitia barbarorum, diuque deliberans, quas eligeret sedes, cogitavit Thraciae receptaculum gemina ratione sibi conveniens, quod et caespitis est feracissimi, et amplitudine fluentorum Histri distinguitur ab arvis patentibus iam peregrini fulminibus Martis: hoc quoque idem residui velut mente cogitavere communi.

    31.4.1 Itaque duce Alavivo ripas occupavere Danubii, missisque oratoribus ad Valentem, suscipi se humili prece poscebant, et quiete victuros se pollicentes, et daturos (si res flagitasset) auxilia.

    31.4.2 Dum aguntur haec in externis, novos maioresque solitis casus versare gentes arctoas, rumores terribiles diffuderunt: per omne quicquid ad Pontum a Marcomannis praetenditur et  Quadis, multitudinem barbaram abditarum nationum, vi subita sedibus pulsam, circa flumen Histrum, vagari cum caritatibus suis disseminantes.

    31.4.3. Quae res aspernanter a nostris inter initia ipsa accepta est, hanc ob causam, quod illis tractibus non nisi peracta aut sopita audiri procul agentibus consueverant bella.

    31.4.4 Verum pubescente fide gestorum, cui robur adventus gentilium addiderat legatorum, precibus et obtestatione petentium, citra flumen suscipi plebem extorrem: negotium laetitiae fuit potius quam timori, eruditis adulatoribus in maius fortunam principis extollentibus, quae  ex ultimis terris tot tirocinia trahens, ei nec opinanti offerret, ut collatis in unum suis et alienigenis viribus, invictum haberet exercitum, et pro militari supplemento, quod provinciatim annuum pendebatur, thesauris accederet auri cumulus magnus.

    31.4.5. Hacque spe mittuntur diversi, qui cum vehiculis plebem transferant truculentam. Et navabatur opera diligens, nequi Romanam rem eversurus relinqueretur, vel quassatus morbo letali. Proinde permissu imperatoris transeundi Danubium copiam, colendique adepti Thraciae partes, transfretabantur in dies et noctes, navibus ratibusque et cavatis arborum alveis agminatim impositi, atque per amnem longe omnium difficillimum, imbriumque crebritate tunc auctum, ob densitatem nimiam contra ictus aquarum nitentes quidam, et natare conati, hausti sunt plures.

    31.4.6 Ita turbido instantium studio orbis Romani pernicies ducebatur. Illud sane neque obscurum est neque incertum, infaustos transvehendi barbaram plebem ministros, numerum eius comprehendere calculo saepe temptantes, conquievisse frustratos, ut eminentissimus memorat vates,

    ‘Quem qui scire velit, Libyci velit aequoris idem
    Discere, quam multae zephyro truduntur 2 harenae. (Virg., Georg. II, 106 ff.)

    31.4.7 Resipiscant tandem memoriae veteres, Medicas acies ductantes ad Graeciam: quae dum Hellespontiacos pontes, et discidio quodam fabrili, mare sub imo Athonis pede quaesitum exponunt et turmatim apud Doriscum exercitus recensitos, concordante omni posteritate, ut fabulosae sunt lectae.

    31.4.8 Nam postquam innumerae gentium multitudines, per provincias circumfusae, pandentesque se in spatia ampla camporum, regiones omnes et cuncta opplevere montium iuga, fides quoque vetustatis recenti documento firmata est. Et primus cum Alavivo suscipitur Fritigernus, quibus et alimenta pro tempore, et subigendos agros tribui statuerat imperator.

    31.4.9 Per id tempus nostri limitis reseratis obicibus, atque (ut Aetnaeas favillas armatorum agmina diffundente barbaria), cum difficiles necessitatum articuli correctores rei militaris poscerent aliquos claritudine gestarum rerum notissimos: quasi laevo quodam numine deligente, in unum quaesiti potestatibus praefuere castrensibus homines maculosi: quibus Lupicinus antistabat et Maximus, alter per Thracias comes, dux alter exitiosus, aemulae ambo  temeritatis.

    31.4.10 Quorum insidiatrix aviditas materia malorum omnium fuit. Nam (ut alia omittamus, quae memorati vel certe, sinentibus eisdem, alii perditis rationibus in commeantes peregrinos adhuc innoxios deliquerunt) illud dicetur, quod nec apud sui periculi iudices absolvere ulla poterat venia, triste et inauditum.

    31.4.11 Cum traducti barbari victus inopia vexarentur, turpe commercium duces invisissimi cogitarunt, et quantos undique insatiabilitas colligere potuit canes, pro singulis dederunt  mancipiis, inter quae et filii  ducti sunt optimatum.

    31.4.12 Per hos dies interea etiam Vithericus Greuthungorum rex cum Alatheo et Saphrace, quorum arbitrio regebatur, itemque Farnobio, propinquans Histri marginibus, ut simili susciperetur humanitate, obsecravit imperatorem legatis propere missis.

    31.4.13 …..Quibus (ut communi rei conducere videbatur) repudiatis, et quid capesserent anxiis, …

    31.5.1. At vero Theruingi, iam dudum transire permissi, prope ripas etiam tum vagabantur, duplici impedimento adstricti, quod ducum dissimulatione perniciosa, nec victui congruis sunt adiuti, et tenebantur consulto nefandis nundinandi commerciis.

    31.5.2 Quo intellecto, ad perfidiam instantium malorum subsidium verti mussabant, et Lupicinus ne iam deficerent pertimescens, eos admotis militibus adigebat ocius proficisci.

    31.5.3 Id tempus opportunum nancti Greuthungi, cum alibi militibus occupatis, navigia ultro citroque discurrere solita, transgressum eorum prohibentia, quiescere perspexissent, ratibus transiere male contextis, castraque a Fritigerno locavere longissime.

    31.5.4 At ille genuina praevidendi sollertia, venturos muniens casus, ut et imperiis oboediret, et regibus validis iungeretur, incedens segnius, Marcianopolim tarde pervenit itineribus lentis. Ubi aliud accessit atrocius, quod arsuras in commune exitium faces furiales accendit.

    31.5.5. Alavivo et Fritigerno ad convivium corrogatis, Lupicinus ab oppidi moenibus barbaram plebem, opposito milite, procul arcebat, introire ad comparanda victui necessaria, ut dicioni nostrae obnoxiam et concordem, per preces assidue postulantem, ortisque maioribus iurgiis inter habitatores et vetitos, ad usque necessitatem pugnandi est ventum. Efferatique acrius barbari, cum necessitudines hostiliter rapi sentirent, spoliarunt interfectam militum magnam manum.

    31.5.8 Haec ubi fama rumorum nutrix maligna dispersit, urebatur dimicandi studio Theruingorum natio omnis, et inter metuenda multa periculorumque praevia maximorum, vexillis de more sublatis, auditisque triste sonantibus classicis, iam turmae praedatoriae concursabant, pilando villas et incendendo, vastisque cladibus quicquid inveniri poterat permiscentes.

    31.6.5. Laudato regis consilio, quem cogitatorum norant fore socium efficacem, per Thraciarum latus omne dispersi caute gradiebantur, dediticiis vel captivis vices uberes ostendentibus, eos praecipue, ubi alimentorum reperiri satias dicebatur, eo maxime adiumento, praeter genuinam erecti fiduciam, quod confluebat ad eos in dies ex eadem gente multitude, dudum a mercatoribus venundati, adiectis plurimis quos primo transgressu necati inedia vino exili vel panis frustis mutavere vilissimis.

    31.6.7. Nec quicquam nisi inaccessum et devium praeeuntibus eisdem mansit intactum. Sine distantia enim aetatis vel sexus, caedibus incendiorumque magnitudine cuncta flagrabant, abstractisque ab ipso uberum suctu parvulis et necatis, raptae sunt matres et viduatae maritis coniuges ante oculos caesis, et puberes adultique pueri per parentum cadavera tracti sunt.

    31.6.8. Senes denique multi, ad satietatem vixisse clamantes, post amissas opes cum speciosis feminis, manibus post terga contortis, defletisque gentilium favillis aedium ducebantur extorres.

    31.8.7. tunc erat spectare cum gemitu facta dictu visuque praedira, attonitas metu feminas flagris concrepantibus agitari, fetibus gravidas adhuc immaturis, antequam prodirent in lucem, impia tolerantibus multa, implicatos alios matribus parvulos, et puberum audire lamenta, puellarumque nobilium, quarum stringebat fera captivitas manus.

    31.8.8. Post quae  adulta virginitas, castitasque nuptarum, ore abiecto, flens ultima ducebatur, mox profanandum pudorem optans morte (licet cruciabili) praevenire. Inter quae cum beluae ritu traheretur ingenuus paulo ante dives et liber, de te, Fortuna, ut inclementi querebatur et caeca, quae eum puncto temporis brevi opibus exutum et dulcedine caritatum, domoque extorrem, quam concidisse vidit in cinerem et ruinas, aut lacerandum membratim, aut serviturum sub verberibus et tormentis crudo devovisti victori.

    31.13.11  … Diremit haec numquam pensabilia damna, quae magno rebus stetere Romanis, nullo splendore lunari nox fulgens.

    31.13.12 Primaque caligine tenebrarum, inter gregarios imperator, ut opinari dabatur (neque enim vidisse se quisquam vel praesto fuisse adseveravit), sagitta perniciose saucius ruit, spirituque mox consumpto decessit, nec postea repertus est usquam. Hostium enim paucis spoliandi gratia mortuos per ea loca diu versatis, nullus fugatorum vel accolarum illuc adire est ausus.

    31.13.14 Alii dicunt Valentem animam non exhalasse confestim, sed cum candidatis et spadonibus paucis, prope ad agrestem casam relatum, secunda contignatione fabre munitam, dum fovetur manibus imperitis, circumsessum ab hostibus, qui esset ignorantibus, dedecore captivitatis exemptum.

    31.13.15 Cum enim oppessulatas ianuas perrumpere conati qui secuti sunt, a parte pensili domus sagittis incesserentur, ne per moras inexpedibiles populandi amitterent copiam, congestis stipulae fascibus et lignorum, flammaque supposita, aedificium cum hominibus torruerunt.

  • Summum ius summa iniuria, “La extrema justicia es extrema injusticia”

    El sentido de esta frase latina, convertida en proverbio, es advertir de cómo una aplicación de la ley con todo rigor al pie de la letra puede devenir en una enorme injusticia.

    Es una máxima latina con notable arraigo en Occidente porque se ha convertido en un proverbio o frase o sentencia latina, como otras muchas que en su concisión y brevedad están cargadas de contenido.

    Son muchos los ciudadanos que rechazan  una aplicación mecánica y rigorista de la ley,  que como recoge los Digesta Iustiniani,40, 9,12 en otra sentencia también lapidaria, siempre es dura: Dura lex, sed lex, La Ley es dura, pero es la ley.

    Son también  muchos los partidarios de una dura aplicación. Tal vez sin un conocimiento suficiente de la situación, tengo la impresión personal de que la ley tiene una aplicación más rigorista en EEUU, a pesar de que la tradición anglosajona del derecho basado en la experiencia de la aplicación, que se aplica en Gran Bretaña, parecería aconsejar todo lo contrario.

    El origen de esta frase no parece estar en el propio mundo del derecho teórico, porque encierra en sí una contradicción o autonegación de la propia ley. Parece más bien recoger el valor de la experiencia en la aplicación, que aconseja tener en cuenta las circunstancias concretas del incumplimiento de la norma y de la aplicación de la pena.

    Desde el punto de vista retórico sería una especie de oxímoron ((del gr. ὀξύμωρον) o unión de dos ideas de significación contradictoria o “absurdo ingenioso” como le llaman los griegos, o en latín “contradictio in terminis” (contradicción en los términos –linguísticos-), que se explica por el contexto. La palabra oxímoron procede de las griegas ὀξύς (oxýs: ‘agudo, punzante’) y μωρός (morós: ‘fofo, romo, tonto’); así que la misma palabra es un ejemplo de oxímoron.

    También puede considerarse como un caso de “figura etimológica” o utilización de varias formas derivadas de un mismo lexema en tanto en cuanto “iniuria” deriva o niega a “ius”.

    La frase como tal “súmmum ius, summa iniuria”  sólo aparece en Cicerón en su obra Sobre los Deberes  (De officiis I, 33), que más adelante comentaré.

    Se cita como precedente un texto de una comedia de Terencio, que es muy similar. Emplea Terencio en  su Heautontimorumenos (El atormentador de sí mismo) la expresión  “ius súmmum saepe summa’st malitia”, “la suma justicia muchas veces es un sumo mal”.

    El autor de comedias latino Terencio se inspira directamente, cuando no traduce literalmente, en las comedias del autor griego Menandro. Este hecho y la influencia griega que también tiene en gran medida el propio Cicerón, permite pensar que el origen de la frase estaría en el mundo griego, pero no conservamos la obra de Menandro para comprobarlo.

    En todo caso si es cierto que en el mundo griego surge la cuestión de la relación entre la justicia,  dikaion  (δίκαιον), la ley (νόμος) nomos,  y la equidad , ἐπιείκεια, epiqueya.

    Observemos que en la aplicación del derecho del Atica se prefiere el arbitraje y las propuestas conciliadoras que la actuación exclusiva de los tribunales.

    Cicerón, recogiendo sin duda más  una opinión y sentimiento ciudadano extendido, rechaza o advierte de la rigidez formalista y literal del Derecho Romano, como se deduce de los ejemplos que aduce en el texto que inmediatamente transcribiré, sin pretender por ello que la sentencia en cuestión formara parte del corpus iuridicum en sí.

    Epiqueya”, ἐπιείκεια, (equidad), es un término griego, de valor jurídico, que se refiere a la aplicación concreta de una ley, que siempre es general, a los casos concretos que son los reales. Se trata de una virtud moral que permite a una persona no aplicar la observación literal de una norma positiva para respetar o ser fiel al sentido o espíritu auténtico de la propia norma. El Diccionario de la Real Academia Española lo define como: 1. f. Interpretación moderada y prudente de la ley, según las circunstancias de tiempo, lugar y persona.

    Los antiguos (Platón, Aristóteles,…) dedicaron mucho tiempo a este tema  de la “epiqueya” y por tanto del significado y valor de la ley y del derecho como instrumento para su aplicación.  Sin duda merece un artículo que en su momento realizaré.

    Así que el primer texto latino,  corresponde  Terencio,  que, como decía  en su Heautontimorumenos (El atormentador de sí mismo), Acto IV, Escena 5,48 ( v. 796) emplea la expresión  “ius súmmum saepe summa’st malitia”.

    Nota: la comedia de Terencio, copia o simple traducción de una similar de Menandro, se representó por primera vez en el año 163 a.C.  En ella Menedemo, un padre anciano, se atormenta y lamenta de haber sido un padre demasiado severo que obligó a su hijo Clinias a escaparse de casa y alistarse en un ejército extranjero. Luego la obra se desarrolla en torno a un enredo amoroso típico de estas comedias.

    HEAVTON TIMORVMENOS 795 (Acto4,Escena 5,48)


    SIRO. – Por otra parte, Cremes, yo hago eso como  justo y bueno.

    CREMES. – Y yo  deseo sobre todo que te decidas a hacerlo, pero por otro camino.

    SIRO. – Hágase; hablemos de otra cosa. Aquello que te dije del dinero que esa le debe a Baquis,  hay que devolvérselo ahora a ella. Y tú, naturalmente,  no te refugies en aquello: “¿Qué tiene que ver conmigo? ¿Acaso me lo dieron a mí? ¿Acaso lo ordené yo? ¿Acaso podía ella dar en prenda a mi hija sin mi consentimiento?” Es verdad, Cremes, lo que dicen: “La más estricta justicia es a menudo la mayor maldad”

    CREMES. – No lo haré.

    SIRO. – Ciertamente si a otros les está permitido, a ti no te está permitido: todos creen que tú estás en una situación limpia y bien hecha.

    SYRUS: Caeterum equidem istuc, Chrene,
    Aequi bonique facio.

    CHREMES  atqui quam maxume
    volo te dare operam ut fiat, verum alia via.

    SYRUS (Servus). fiat, quaeratur aliquid. sed illud quod tibi     
    dixi de argento quod ista debet Bacchidi,
    id nunc reddendumst illi: neque tu scilicet
    illuc confugies: "quid mea? num mihi datumst?
    num iussi? num illa oppignerare filiam
    meam me invito potuit?" verum illuc, Chreme,      
    dicunt: "ius summum saepe summast malitia."

    CHREMES. haud faciam.

    SYRUS. immo aliis si licet, tibi non licet:
    omnes te in lauta et bene acta parte putant.

    La forma de Cicerón es la única que aparece como tal en la literatura latina. Aparece, como dije, en su obra Sobre los Deberes (De officiis) lib.I,33.

    Muchas  veces existen también injusticias derivadas de alguna calumnia y de una interpretación demasiado astuta y maliciosa del derecho. Por lo que se ha hecho ya corriente en la conversación aquel proverbio “la extrema justicia es extrema injusticia”. Y en este tipo se peca también mucho en los asuntos públicos, comoaquel , que, habiendo hecho con el enemigo una tregua de treinta días, por la noche devastaba los campos, porque la tregua era de días, no de noches.

    Ni tampoco puede ser aprobado nuestro compatriota, si es verdad que Quinto Fabio Labieno o cualquiera otro –no lo conozco sino de oídas-  nombrado por el senado árbitro para tratar de los límites entre los habitantes de Nola y los de Nápoles, cuando llegó al lugar, habló por separado con unos y otros para que no se comportaran con ambición ni con codicia y que prefirieran retrotraer sus límites a adelantarlos. Como las dos partes lo hicieron así, quedó en medio una parte de campo. En consecuencia él fijó los límites como ellos mismos habían dicho; el campo que había quedado en medio lo adjudicó al pueblo romano. Esto es engañar, no juzgar. Por ello en toda ocasión hay que huir de tales sutilezas.

    Hay también algunos deberes que han de ser observados con aquellos de quienes has recibido una injusticia. Hay, pues,  un límite para la venganza y para el castigo; y no sé si es suficiente que aquel que ha ofendido, se arrepienta de su injustica, de forma que él mismo no haga nada semejante de nuevo y los demás sean más remisos para cometer injusticias.

    Y en los asuntos públicos se han de respetar sobre todo los derechos de la guerra. Pues habiendo dos tipos de dejar de luchar, uno mediante la negociación y otro mediante la fuerza, y siendo aquel más propio del hombre y este de los animales, se habrá de recurrir a este último si no se puede utilizar el primero.

    Nota: la historia de la tregua de los días y no de las noches se cuenta de Cleomenes, rey de Esparta (520-491 a.C.) en la guerra que con Argos. Lo cuenta Plutarco, en su Apophthegmata Laconica, 223A, “Máximas de espartanos”

    DE OFFICIIS LIBER PRIMVS 33

    Existunt etiam saepe iniuriae calumnia quadam et nimis callida sed malitiosa iuris interpretatione. Ex quo illud "summum ius summa iniuria" factum est iam tritum sermone proverbium. Quo in genere etiam in re publica multa peccantur, ut ille, qui, cum triginta dierum essent cum hoste indutiae factae, noctu populabatur agros, quod dierum essent pactae, non noctium indutiae. Ne noster quidem probandus, si verum est Q. Fabium Labeonem seu quem alium–nihil enim habeo praeter auditum –arbitrum Nolanis et Neapolitanis de finibus a senatu datum, cum ad locum venisset, cum utrisque separatim locutum, ne cupide quid agerent, ne appetenter, atque ut regredi quam progredi mallent. Id cum utrique fecissent, aliquantum agri in medio relictum est. Itaque illorum finis sic, ut ipsi dixerant, terminavit; in medio relictum quod erat, populo Romano adiudicavit. Decipere hoc quidem est, non iudicare. Quocirca in omni est re fugienda talis sollertia.

    .Sunt autem quaedam officia etiam adversus eos servanda, a quibus iniuriam acceperis. Est enim ulciscendi et puniendi modus; atque haud scio an satis sit eum, qui lacessierit, iniuriae suae paenitere, ut et ipse ne quid tale posthac et ceteri sint ad iniuriam tardiores.

    Atque in re publica maxime conservanda sunt iura belli. Nam cum sint duo genera decertandi, unum per disceptationem, alterum per vim, cumque illud proprium sit hominis, hoc beluarum, confugiendum est ad posterius, si uti non licet superiore.

    Curiosamente encontramos una cita en Columela, autor de una obra sobre la agricultura, referida a la relación del señor y dueño de las tierras con sus colonos;  dice en De re rustica, libro I,7:

    Una vez aceptadas y dispuestas todas estas cosas de esta manera, se requiere la principal preocupación del señor para las restantes cosas, especialmente para con los hombres. Estos pueden ser o colonos o esclavos, y estos o sueltos o atados con cadenas.  Actúe suavemente con los colonos y se muestre asequible. Exija con más empeño el trabajo que los pagos, porque esto ofende menos, y sin embargo en conjunto es más beneficioso. Pues cuando un campo se cultiva con diligencia, siempre aporta ganancias y nunca pérdidas, excepto en caso de fuerza mayor como el tiempo o el robo, y por ello el colono no se atreve a pedir la condonación.

    Ni tampoco el señor debe ser pesado en exigir su derecho en cada una de las cosas con las que el colono está obligado, como en las fechas de los pagos o en exigir  la leña y las restantes pequeñas aportaciones cuyo cumplimiento acarrea a los campesinos más molestia que gasto. Ni por supuesto se debe reclamar todo lo que nos está permitido, pues ya los antiguos consideraban  a la justicia extrema como una extrema cruz (extremo castigo o sufrimiento)


     His omnibus ita vel acceptis vel compositis, praecipua cura domini requiritur, cum in ceteris rebus, tum maxime in hominibus. Atque hi vel coloni vel servi sunt, soluti aut vincti. Comiter agat cum colonis, facilemque se praebeat. Avarius opus exigat quam pensiones, quoniam et minus id offendit, et tamen in universum magis prodest. Nam ubi sedulo colitur ager, plerumque compendium, numquam (nisi si caeli maior vis aut praedonis accessit) detrimentum affert, eoque remissionem colonus petere non audet. Sed nec dominus in unaquaque re, cum colonum obligaverit, tenax esse iuris debet, sicut in diebus pecuniarum, ut lignis et ceteris parvis accessionibus exigendis, quarum cura maiorem molestiam quam impensam rusticis licet. Nec sane est vindicandum nobis quidquid licet. Nam summum ius antiqui summam putabant crucem.

    Nótese que Columela ha sustituido “iniuria” por “crucem”,  cruz con el sentido de castigo, lo que aleja también la expresión del lenguaje técnico jurídico.

    Existe también otra cita curiosa en la primera de las cartas de San Jerónimo (c.340-420),  que en este caso dirige a su compañero Inocencio. En ella relata la historia milagrosa de una muchacha cristiana acusada falsamente por su marido de adulterio. La joven niega la acusación confiando en la ayuda de Dios. El verdugo intenta seis veces en vano ajusticiarla; cada vez que descarga el golpe de su espada sobre el cuello de la joven, la espada se detiene al contacto con la carne. Un segundo verdugo  consigue por fin al séptimo intento dar muerte a la joven, que pronto vuelve a la vida con la ayuda divina. Mientras tanto ha muerto otra mujer, que sustituye a la primera en la tumba; la resucitada es escondida en una granja cercana. Pero he aquí que un funcionario celoso sospecha algo y pide ver de nuevo el cuerpo de la joven. Es entonces cuando San Jerónimo exclama en el parágrafo 14:

    La mujer es ocultada en casa lejos apartada del odio del verdugo confuso, y para que las frecuentes visitas del médico a la Iglesia no levantaran sospechas, la trasladaron en compañía de algunas jóvenes muchachas a una pequeña casa de campo más escondida con el pelo cortado. Allí cambiado también su vestido por uno masculino, poco a poco van cicatrizando sus heridas. Incluso después de tantos milagros, todavía se siguen ensañando las leyes. Ciertamente, “la suma justicia es el sumo mal”.  

    Tali invidia carnifice confuso clam domi mulier fodiatur et, ne forte creber ad ecclesiam medici commeatus suspicionis panderet viam, eum quibusdam virginibus ad secretiorem villulam secto crine transmittitur. Ibi paulatim virili habitu veste mutata in cicatricem vulnus obducitur. Et—‘ O vere ius summum summa malitia! ’—post tanta miracula adhuc saeviunt leges.

    Curiosamente, San Jerónimo utiliza la expresión de Terencio summa malitia” y no la de Cicerónsúmma iniuria”, que es la que posteriormente se ha generalizado, probablemente por la vistosa y retórica contraposición “ius/in-iuria”.

    En resumen, el proverbio, nos advierte de que la aplicación rigurosamente estricta y literal de la ley positiva, puede producir grandes daños jurídicos, por lo que el juez o el agente judicial ha de actuar aconsejado por la equidad; de lo contrario el Derecho, la ley, la justicia puede devenir irónicamente en injusticia.

    Esto explica lo que el Código Civil Español dice en su artículo 3:

    Artículo 3.
    1. Las normas se interpretarán según el sentido propio de sus palabras, en relación con el contexto, los antecedentes históricos y legislativos, y la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas, atendiendo fundamentalmente al espíritu y finalidad de aquellas.
    2. La equidad habrá de ponderarse en la aplicación de las normas, si bien las resoluciones de los Tribunales sólo podrán descansar de manera exclusiva en ella cuando la ley expresamente lo permita.

    El proverbio, por lo demás, se ha generalizado en todas las lenguas, como por ejemplo: en inglés:  Rigorous law is often rigorous injustice./ Extreme law, extreme injustice; en italiano: il sommo diritto è somma ingiustizia o Gran giustizia, grande offesa; en francés: Excès de justice, excès d’injustice; en alemán: Das strengste Recht, das grösste Unrecht.

  • Los eclipses anuncian sucesos extraordinarios (I)

    El hombre lleva miles de años, desde que aparece sobre la tierra, observando el cielo, unas veces impresionado por los miles de puntos luminosos, en torno a los 1.500 a simple vista, que se mueven o permanecen quietos, y otras asustado por la influencia que puede tener sobre su propia vida.

    La bóveda celeste en sí misma es un dios  y esos puntos brillantes también son seres divinos. Así que cualquier señal que del cielo viene ha de ser observada, analizada, contrarrestada si su efecto es amenazador.

    Respecto de las estrellas, uno de los aspectos que más interesó a los antiguos fue la posición en cada momento de los astros; algunos de ellos, los planetas, se mueven, pero otros aparentemente permanecen fijos y anclados en el cielo. Precisamente la palabra “planeta”, πλανήτης, planetes en griego, significa “errante, que se mueve” .

    De la posición y aparición (orto) y desaparición o puesta (ocaso) de los astros en el firmamento dependen dos cuestiones fundamentales: una la determinación del calendario, la posibilidad de organizar y comprender los ciclos de la naturaleza; la otra está en relación con la creencia en la influencia que los astros tienen en la vida de los hombres, sobre todo la posición de los astros en el momento del nacimiento.

    Esta cuestión es lo que estudia desde hace de años la “astrología” y que por irracional que nos parezca, no ha dejado todavía de tener una gran presencia en la vida actual.

    Pues bien, para determinar la posición de los astros y sus apariciones y ciclos se realizaron durante miles de años pacientes observaciones. Los primeros fueron los mesopotámicos y los egipcios; de ellos aprendieron los griegos, que incorporaron estos conocimientos a su mitología y a su incipiente ciencia y los desarrollaron grandemente.

    Una de las señales que más impresionaron a los antiguos, y que nos sigue fascinando hoy, son los eclipses, en nuestra posición sobre todo los de sol, pero también los de luna.

    La palabra eclipse proviene del griego ἔκλειψις, ékleipsis, que  significa “desaparición, que falta”.
    Estrabón (ca. 63 a.C.-19 a 24 d.C.) en su Geografía, 1, 1, 12 define a los eclipses como συγκρίσεις ἡλίου καὶ σελήνης (syncríseis helíou kay selénes) , es decir, como combinaciones, composiciones o alineación del sol y la luna [con la tierra]. Esta precisa definición sigue siendo válida hoy.

    Según el Diccionario de la Real Academia Española, en astronomía un eclipse es la “Ocultación transitoria total o parcial de un astro por interposición de otro cuerpo celeste”.

    Los eclipses pueden ser de luna o de sol. Son especialmente llamativos y dramáticos los de sol, que pueden ser parciales, totales o anulares según la parte de sol que quede oscurecida por la interposición de la luna.

    Los eclipses de sol, sobre todo los totales, pueden producir temor e inquietud a las personas, incluso hoy día en que la explicación científica, hace mucho tiempo establecida, es conocida por todo el mundo. En este tipo, llega la noche en mitad del día y pueden verse algunas estrellas y aunque no duren mucho tiempo, alteran el comportamiento de los animales e impresionan notablemente a las personas.

    No puede extrañarnos, pues, el interés que los eclipses suscitaron en los antiguos.

    Los babilonios fueron observadores notables del firmamento y de ellos aprendieron egipcios y griegos. Fueron ya los babilonios los que se  percataron de que los astros volvían periódicamente a una misma posición y establecieron el llamado “ciclo de saros”, que naturalmente heredaron los griegos. Este ciclo es un periodo de 18 años, 10 u 11 días y 1/3 de día (es decir, 6.585ías), ,32 dtiempo que transcurre entre dos eclipses de sol o de luna con condiciones semejantes, cuando la Luna y la Tierra están de nuevo en la misma posición aproximada en sus órbitas: en la misma fase, en el mismo nodo y a la misma distancia.

    El nombre de “saros”(griego σάρος), lo utilizó por primera vez Edmond Halley en 1691 tomándolo de la enciclopedia o léxico bizantino del siglo XI “La Suda”, que dice: 

    El saros es una medida y un número entre los Caldeos. 120 saros hacen 2.222 años según el cálculo de los caldeos, ya que el saros hace 222 meses lunares, que son 18 años y 6 meses” .

    Los griegos a su vez parece que tomaron la palabra “saros” de la babilónica "sāru", que significaba al número 3.600.

    Ptolomeo y Plinio se refieren a este ciclo, aunque no le llamen así. Plinio (23-79 d.C.) dedica todo el capítulo 10 del Libro II al análisis de la recurrencia de los eclipses de sol y de luna,  tomándolo de Hiparco:

    Plinio, Naturalis Historia, II, 10 (56-57) (En otras numeraciones coincide con II,17):

    Es cierto que los eclipses vuelven a sus mismos círculos a los doscientos veintidós  meses; el eclipse de sol sólo se produce con la luna nueva o primera (cuando la luna finaliza o comienza su curso, en el último cuarto de luna o en el primero) (que es lo que llaman la conjunción); en cambio, el de luna sólo en luna llena (plenilunio) y siempre más acá de donde ocurrió la última vez. Ahora bien, todos los años ocurren  los eclipses de ambos astros en días y horas fijos; y sin embargo no son visibles en todas partes cuando se producen por debajo de la tierra (hemisferio austral) ni por encima de ella (hemisferio boreal),  a veces por las nubes y más a menudo porque lo obstaculiza el globo  terráqueo a causa de la convexidad del universo.

    Hace doscientos años se averiguó, gracias a la sagacidad de Hiparco, que el eclipse de luna ocurría a veces a los cinco meses del anterior, y el de sol, en cambio, a los siete, que éste (el sol) se oculta dos veces en treinta días sobre las tierras (en nuestro lado de la tierra), pero que esto es visto por unos y  otros (todos no ven las dos ocultaciones) y lo que es especialmente maravilloso en este fenómeno maravilloso, como quiera que  ocurre que la luna se eclipsa por la sombra de la tierra, unas veces le cae por la parte del ocaso (occidental) y otras por la salida (oriental), y por alguna razón, aunque  en la salida del sol esa sombra oscurecedora debe estar por debajo de la tierra, sin embargo ya ha ocurrido una vez, que la luna se ha eclipsado en el ocaso, viéndose uno y otro astro por encima de la  tierra.

    En cuanto a los eclipses de los dos astros en quince días, esto se vio en nuestro tiempo siendo emperadores los dos Vespasianos, el padre y el hijo, siendo además cónsules, el padre por tercera vez.

    defectus ccxxiii mensibus redire in suos orbes certum est, solis defectus non nisi novissima primave fieri luna, quod vocant coitum, lunae autem non nisi plena, semperque citra quam proxime fuerint; omnibus autem annis fieri utriusque sideris defectus statis diebus horisque sub terra nec tamen, cum superne fiant, ubique cerni, aliquando propter nubila, saepius globo terrae obstante convexitatibus mundi.
    intra ducentos annos hipparchi sagacitate compertum est et lunae defectum aliquando quinto mense a priore fieri, solis vero septimo, eundem bis in xxx diebus super terras occultari, sed ab aliis hoc cerni, quaeque sunt in hoc miraculo maxime mira, cum conveniat umbra terrae lunam hebetari, nunc ab occasus parte hoc ei accidere, nunc ab exortus, quanam ratione, cum solis exortu umbra illa hebetatrix sub terra esse debeat, semel iam acciderit ut in occasu luna deficeret utroque super terram conspicuo sidere. nam ut xv diebus utrumque sidus quaereretur, et nostro aevo accidit imperatoribus vespasianis patre iii. filio consulibus.

    Algo parecido nos dice Ptolomeo, en su Almagesto, IV,2 en su versión latina:

    De periodicis lunae temporibus

    Los  antiguos consideraban pues que este tiempo era aproximadamente de 6585 días y un tercio de día, es decir, 8 horas, porque en ese tiempo ellos veían que se acababan aproximadamente 223 meses (lunares), o 239 revoluciones  de la anomalía, sin embargo 242 vueltas a la misma latitud, pero 241 revoluciones de longitud,  y además 10.40 grados en 18 revoluciones en  el dicho tiempo.

    Prisci ergo admodum tempus hoc esse putabant directum 6585 dies et tertiam unius diei partem utpote horas 8 in tanto enim tempore 223 menses proxime colligi videbant: Revolutiones aut inaequalitatis quidem 239. Latitudinis autem 242, longitudinis vero revolutiones 241 et ad haec gradus 10.40 quoque in 18 revoutionibus in praedicto tempore.

    En el mundo grecolatino la astronomía (actualmente definida como “Ciencia que trata de cuanto se refiere a los astros, y principalmente a las leyes de sus movimientos”) y la astrología (definida actualmente como “Estudio de la posición y del movimiento de los astros, a través de cuya interpretación y observación se pretende conocer y predecir el destino de los hombres y pronosticar los sucesos terrestres”.)  se confunden, son la misma ciencia. Así que se mezclan los mitos y creencias que vienen de la noche de los tiempos con lo que la razón y la ciencia va averiguando. Poco a poco la astronomía fue expresándose en lenguaje matemático y geométrico sin que por ello desapareciera la “astrología”.

    Este largo proceso, en lo que se refiere a los eclipses,  lo sintetizaré en unos pocos textos antiguos de los cientos interesantes que nos han quedado.

    Ya Homero en su Odisea, XX, versos 350 y ss. hace referencia a un eclipse, que lo presenta como una premonición del terrible final de los pretendientes de Penélope a manos de Odiseo en su palacio de Itaca:

    Y Teoclímeno, a un dios semejante, tomó la palabra:
    “¡Desgraciados! ¿Qué mal os aflige? Sumidos en noche
    vuestros rostros están, las cabezas, las mismas rodillas;
    el sollozo os abrasa, las caras se os cubren de llanto;
    las paredes chorrean de sangre, las vigas hermosas;
    el vestíbulo llenan y pueblan el patio fantasmas
    que a las sombras se lanzan del Érebo; el sol en el cielo
    se ha eclipsado, una niebla funesta recúbrelo todo.”

    (Traducción de José Manuel Pabón. Editorial Gredos)

    Que los eclipses son obra de los dioses ya nos lo recordó Arquíloco, poeta griego que vivió en el siglo VII a.C. Se refiere a un eclipse, probablemente el del año 648, como obra de Zeus. Nos dice en el fragmento 122 (West):

    Zeus y el Eclipse (fragmento 122 West)

    Nada es inesperado, nada puede ser declarado como imposible
    o maravilloso, desde que, Zeus, padre de los Olímpicos,
    hizo la noche a mediodía, manteniendo la espalda a la luz
    del sol radiante; y el temor cayó sobre la humanidad.
    A partir de ahora los hombres podrán creer todas las cosas, podrán esperar todas las cosas.  Ninguno de vosotros debería sorprenderse en el futuro, ni siquiera al ver
    que las bestias cambian su lugar con los delfines y van a pastar
    en las profundidades, teniendo  las olas resonantes del mar
    en más aprecio que la tierra, mientras que a los delfines les encantan las colinas boscosas.

    Los hombres no conocen las causas de los eclipses, que como alteración del orden natural del cielo les producen enorme temor. En algunas ocasiones creen que son causados por la propia acción mágica de los hombres

    Algunos autores, como Demócrito de Abdera (450a.C. – ca. 370 a.C.) piensa que el sol o la luna se hacen invisibles cuando descienden de sus órbitas. Los responsables de ese descendimiento son los magos o las brujas, según la creencia popular.

    Platón recoge la creencia, que pone en boca de Sócrates, en Gorgias, 513a:

    Piensa si eso es ventajoso para ti y para mí, para que no nos pase, divino Calicles, lo que les ocurre, según dicen, a las mujeres tesalias que tratan de hacer bajar la luna, o sea, que la conquista de ese poder en la ciudad vaya acompañada de la pérdida de las cosas más queridas.

    Según la creencia popular quedaban ciegas, sufrían quemaduras y quedaban con las piernas rotas por el esfuerzo.

    Aristófanes utiliza la creencia en Las nubes, v.  750 ss.:

    Estrepsíades: Ya he encontrado un modo de no pagar los intereses.
    Sócrates: Ponlo de manifiesto
    Estrepsíades:   Ponlo de manifiesto
    Sócrates:  Dime, si yo comprase una hechicera de Tesalia que hiciera bajar la luna de noche y la guardase con todo cuidado encerrada en una caja redonda, como si fuera un espejo…?
    Sócrates: ¿Y de qué te serviría eso? Te pregunto.
    Estrpsíades:  ¿De qué? Si la luna no volviese a salir en ningún sitio,  yo no tendría que pagar más intereses.
    Sócrates:  ¿Por qué? Dime.
    Estrepsíades: Porque los intereses se pagan cada més.

    Plinio también nos indica cómo los hombres creían que los eclipses eran fruto de la brujería y les producían un enorme temor, que intentaban alejar produciendo gran ruido. Lo dice en un texto en el que valora la gran obra de quienes liberaron a los hombres del temor a estos fenómenos. Nos lo cuenta en Naturalis Historia, II, 12 (54):

     … Fueron hombres de enorme grandeza por encima de los mortales,  quienes comprendieron la ley de tan grandes seres divinos, y libraron  ya al espíritu de los hombres,  que antes temían que  en los eclipses habría alguna desgracia o la muerte de los astros,  (sabido es que las sublimes bocas de los poetas Estesícoro y Píndaro estuvieron con este miedo en un eclipse de sol), y que pensaban que en el oscurecimiento de la luna había encantamientos  y por eso ayudaban con un ruido disonante.

    Con ese temor, desconocedor de las causas, Nicias, general de los atenienses, no se atrevió a sacar la escuadra del puerto e hizo un gran daño a sus intereses.

    viri ingentes supraque mortalia, tantorum numinum lege deprehensa et misera hominum mente iam soluta, in defectibus scelera aut mortem aliquam siderum pavente – quo in metu fuisse stesichori et pindari vatum sublimia ora palam est deliquio solis – aut in luna veneficia arguente mortalitate et ob id crepitu dissono auxiliante – quo pavore ignarus causae nicias atheniensium imperator veritus classem portu educere opes eorum adflixit

    También Tito Livio, al comentar el sitio por los romanos de la ciudad de Capua, ocupada por los cartagineses, y describir el ruido y griterío de la batalla en la que también interviene Anibal, dice en Ab Urbe condita libri), 26, 5, 9,:

    Comenzó la batalla no sólo con el acostumbrado griterío y alboroto;  sino que además al ruido de los caballos, los hombres y las armas se añadió el griterío que hioz la población no combatiente colocada en las murallas de Capua con sus objetos de bronce, como  suele hacer en el silencio de la noche en un eclipse de Luna, para distgraer también el ánimo de los combatientes.

     proelium non solito modo clamore ac tumultu est coeptum, sed ad alium virorum, equorum armorumque sonum disposita in muris Campanorum inbellis multitudo tantum cum aeris crepitu, qualis in defectu lunae silenti nocte cieri solet, edidit clamorem, ut averteret etiam pugnantium animos.

    Boecio (480-ca.526), todavía nos recuerda la práctica arraigada en el pueblo de golpear objetos de bronce para ahuyentar el maleficio del eclipse de sol, en su La consolación de la Filosofía, libro IV, M(etro)5, 7-12

    Cuando palidecen los cuernos de la luna llena
    invadida por los límites de la noche oscura,
    y  las estrellas que cubría con su cara luminosa, 
    cuando Febo descubre los astros eclipsados,
    la pública ignorancia  conmueve a las gentes
    que baten los aires con sus constantes golpes.

    palleant plenae cornua lunae
    infecta metis noctis opacae,
    quaeque fulgenti texerat ore,
    10 confusa Phoebe detegat astra:
    commouet gentes publicus error
    lassantque crebris pulsibus aera.

    Los textos que reflejan estos temores son numerosos. El historiador Tucídides (460-396) nos ofrece un texto interesante al comentar la magnitud de la Guerra del Peloponeso. Tucídides pone en relación los desastres de la guerra con las desgracias de todo tipo acaecidas entonces.

    Historia de la Guerra del Peloponeso, I, 23:

    De los hechos anteriores el más importante fue la guerra contra los medos, a pesar de que ésta se decidió rápidamente en dos batallas navales y dos terrestres. La duración de este guerra nuestra, por el contrario, ha ido mucho más allá, y hay ocurrido que en su transcurso se han producido en Grecia desastres sin parangón en un período igual. Nunca tantas ciudades fueron tomadas y asoladas, unas por los bárbaros y otras por los mismos griegos luchando unos contra otros (algunas hay incluso que cambiaron de habitantes al ser conquistadas); nunca tampoco había habido tantos destierros y tanta mortandad, bien en la misma guerra bien a causa de las luchas civiles. E historias que antes refería la tradición, pero que raramente encontraban una confirmación en la realidad, dejaron de resultar inverosímiles: historias acerca de terremotos, que afectaron a la vez a extensas regiones y que fueron muy violentos; eclipses de sol, que ocurrieron con mayor frecuencia de lo que se recordaba en tiempos pasados; y grandes sequías en algunas tierras y hambres como secuela, y, en fin, la calamidad que no menos daño causó y que destruyó a una parte de la población, la peste. Todos estos males cayeron sobre Grecia junto con esta guerra. (Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Editorial Gredos. 1990)

    Nota: Tucídides en su Historia hace mención a dos eclipses de sol , en II, 28 y en IV,52,1);  Tambien se refiere a uno de luna en VII,50,4:

    Todo estaba por fin listo, y estaban a punto de marchar lejos navegando lejos, cuando tuvo lugar un eclipse de luna, que estaba entonces en su pleno desarrollo.  La mayoría de los atenienses, profundamente impresionado por este hecho, insisten ahora a sus generales para esperar; y Nicias, que era un tanto aficionado a la adivinación y a las prácticas de ese tipo, se negó desde ese momento incluso a tomar en consideración la cuestión de partida, hasta que esperaron los tres veces nueve días prescritos por los adivinos.

    Píndaro utiliza también la misma idea y creencia de que los eclipses acarrean grandes desgracias en su Pean 9, (Fragmento 52K Maehler, A1 Rutherford):

    Rayo de sol, vigía, ¿qué intentarás,
    oh madre de la vista, astro supremo,
    oculto en el día? ¿Por qué has vuelto inoperante
    para los varones la fuerza y el camino del saber,
    recorriendo un sendero oscurecido?
    ¿Conduces uno más nuevo que antes?
    Pero a ti, que conduces rápidos corceles, por
    Zeus
    te suplico, que conviertas
    en una prosperidad sin pena para Tebas,
    oh venerable, el prodigio común a todos.
    [ . . .]
    [ . . .]
    [ . . .] ¿de qué guerra traes el signo,
    o la consunción del fruto, o la fuerza increíble
    de una nevada, o la destructora sedición,
    o el vaciamiento del mar en la llanura,
    o el congelamiento del suelo, o un verano
    ventoso
    fluyendo con agua furiosa,
    o tras inundar la tierra instalarás
    una nueva generación de varones desde el
    principio?
    No temo nada que vaya a sufrir junto con todos.

    (faltan vv. 22–33 = ep.2–10, estr. B 1–3)
    (Tradución de Daniel Alejandro Torres)

    Algunos comentaristas aprecian precedentes de este peán en poemas egipcios al Sol.
    Séneca, en un largo y retórico canto del coro en su tragedia “Tiestes” poetiza sobre la situación de desorden cósmico y pánico que generan los eclipses:

    Ante el crimen de Atreo que ha matado a los hijos de Tiestes y se los ha ofrecido como alimento en un banquete terrible, el sol retrocede. El coro, estupefacto, teme que se venga abajo toda la estructura del mundo y vuelva todo al  antiguo caos.

    El coro al final de su Tiestes, v. 789-884:

    ¿A dónde, padre de las tierras y de los de aquí arriba,
    a cuyo nacimiento huye todo el ornato de la noche
    opaca: a dónde vas, torciendo tu camino
    y terminando el día en medio del Olimpo?
    ¿Por qué, Febo, nos robas tu semblante?
    de las llamas de Febo, no privará a la noche
    el mensajero de la tarde, Héspero;
    aún la curva hacia Hesperia de las ruedas
    no manda desatar unos caballos que ya han cumplido;
    aún no ha dado, al declinar el día hacia la noche,
    la tercera bocina su señal.
    Se extraña ante la hora de esta súbita cena el labrador,
    cuando los bueyes aún no están cansados.
    ¿Qué es lo que te ha apartado de tu curso celeste?
    ¿Qué causa ha desviado a tus caballos
    de su sendero fijo? ¿Acaso abriendo
    la cárcel de Plutón, los Gigantes vencidos
    intentan otra guerra? ¿Acaso Titio
    renueva con su herida viejas iras
    en su pecho agotado? ¿Es que Tifeo
    sus flancos ha librado echando a un lado el monte?
    ¿Acaso se construye entre los enemigos
    De Flegra un elevado camino y en Tesalia
    el Pelio es aplastado bajo el Osa de Tracia?
    Se han terminado los turnos regulares en el cielo:
    no habrá ocaso ni tampoco oriente.
    Estupefacta queda la madre Aurora,
    estando acostumbrada a encomendar las riendas
    al dios con el rocío de la luz primera,
    por haberse invertido las lindes de su reino:
    no sabe ella bañar los corceles cansados
    ni sumir en el ponto sus rines humeantes de sudor.
    Y el mismo sol, que es nuevo eneste inusitado alojamiento,
    ve a la Aurora al ponerse
    y manda levantarse a las tinieblas
    sin estar preparada aún la noche; no se alzan
    las estrellas, ni brilla con resplandor alguno el firmamento;
    no disipa la luna las densas sombras.
    Sea esto lo que sea, ¡ojalá se tratase de una noche!:
    tiemblan, tiemblan los pechos sacudidos
    por un gran miedo
    de que, en fatal ruina,
    todo se venga abajo y otra vez a los dioses
    y a los hombres oprima el caos deforme,
    y otra vez a las tierras y a los mares y al fuego
    y a las estrellas, que vagan adornando el firmamento,
    los confunda de nuevo la naturaleza.
    El guía de los astros, que con la aparición de su perenne antorcha
    va guiando los siglos, no indicará el verano
    ni el invierno; la luna, que sale al encuentro
    de las llamas de Febo, no privará a la noche
    de sus terrores, ni vencerá las riendas
    de su hemano corriendo por su curvo sendero
    en menos trecho. A una misma fosa
    irán a amontonarse una turba de dioses.
    Aquí el que, recorrido por sagradas estrellas,
    corta en oblicua órbita a las zonas,
    modificando la longitud del año con sus signos,
    caer verá a los astros mientras cae.
    Aquí el Carnero, que, sin ser apacible aún del todo
    la primavera, vuelve a confiar las velas
    al tibio Céfiro, se precipitará sobre las olas
    por las que transportó a al asustada Hele.
    Aquí el Toro, que en sus brillantes cuernos
    lleva a las Híades, arrastrará consigo a los Gemelos
    y a Cangrejo de brazos encorvados.
    El León de Hércules ardiendo entgre las llamas del estío,
    otra vez desde el cielo caerá.
    Caerá, sobre las tierras que un día dejó la Virgen
    y caerán los pesos de la exacta Balanza
    y arrastrarán consigo al punzante Escorpión.
    Y el anciano Quirón que en su arco hemonio
    sostiene sus saetas emplumadas
    perderá sus saetas, roto el arco.
    El glacial Capricornio, que vuelve a traer
    el perezoso invierno, caerá y destrozará tu urna
    cualquiera que tú seas. Contigo caerán
    las últimas estrellas del cielo, los Peces.
    Y los monstruos que nunca bañó el mar
    los tragará el abismo que lo sepulta todo;
    y la que, en medio de ellas, separa las dos Osas,
    la Sierpe escurridiza que parece un río;
    y, unida al gran Dragón, la menor, Cinosura,
    aterida de frío por el hielo;
    y el perezoso guardián de su carro,
    Artofilace, perderá el equilibrio y caerá.
    ¿Nosotros solos entre tanta gente hemos parecido
    merecedores de ser aplastados,
    al derrumbarse el eje de los cielos? ¿Viene sobre nosotros
    la última era? ¡Ah, con qué dura suerte
    hemos sido creados, bien hayamos perdido
    el sol en nuestra desventura, bien lo hayamos echado!
    Lejos las quejas; apártate temor:
    de vivir está ansioso el que no quiere
    morir cuando con él perece el universo.

    (Traducción de José Luis Moreno. Editorial Gredos. 1980)

    Chorus
    Quo terrarum superumque parem,
    cuius ad ortus noctis opacae
    decus omne fugit, quo vertis iter
    medioque diem perdis Olympo?
    cur, Phoebe, tuos rapis aspectus?
    nondum serae nuntius horae
    nocturna vocat lumina Vesper;
    nondum Hesperiae flexura rotae
    iubet emeritos solvere currus;
    nondum in noctem vergente die
    tertia misit bucina signum:
    stupet ad subitae tempora cenae
    nondum fessis bubus arator,
    quid te aetherio pepulit cursu?
     quae causa tuos
    limite certo deiecit equos?
    numquid aperto carcere Ditis
    victi temptant bella Gigantes?
    numquid Tityos pectore fesso
    renovat veteres saucius iras?
    num reiecto
    latus explicuit monte Typhoeus?
    numquid struitur via Phlegraeos
    alta per hostes et Thessalicum
    Thressa premitur Pelion Ossa?
    solitae mundi periere vices?
    nihil occasus, nihil ortus erit?
    stupet Eoos
    assueta deo tradere frenos
    genetrix primae roscida lucis
    perversa sui limina regni;
    nescit fessos
    tinguere currus nec fumantes
    sudore iubas mergere ponto.
    ipse insueto novus hospitio
    Sol Auroram videt occiduus,
    tenebrasque iubet surgere nondum
    nocte parata: non succedunt
    astra nec ullo micat igne polus,
    non Luna gravis digerit umbras.
    Sed quicquid id est, utinam nox sit!
    trepidant, trepidant
    pectora magno percussa metu:
    ne fatali cuncta ruina
    quassata labent iterumque, deos
    hominesque premat deforme chaos,
    iterum terras et mare cingens
    et vaga picti sidera mundi
    natura tegat.
    non aeternae facis exortu
    dux astrorum saecula ducens
    dabit aestatis brumaeque notas,
    non Phoebeis obvia flammis
    dement nocti Luna timores
    vincetque sui fratris habenas,
    curro brevius limite currens;
    ibit in unum
    congesta sinum turba deorum,
    hic qui sacris pervius astris
    secat obliquo tramite zonas
    flectens longos signifer annos,
    lapsa videbit sidera labens;
    hic qui nondum vere benigno
    reddit Zephyro- vela tepenti,
    Aries praeceps ibit in undas,
    per quas pavidam vexerat Hellen;
    hic qui nitido Taurus cornu
    praefert Hyadas, secum Geminos
    trahet et curvi bracchia Cancri;
    Leo flammiferis aestibus ardens
    iterum e caelo cadet Herculens,
    cadet in terras Virgo relictas
    iustaeqne cadent pondera Librae
    secumque trahent Scorpion acrem;
    et qui nervo tenet Haemonio
    pinnata senex spicula Chiron,
    rupto perdet spicula nervo;
    pigram referens hiemem gelidus
    cadet Aegoceros frangetque tuam,
    quisquis es, urnam; tecum excedent
    ultima caeli sidera Pisces,
    Plostraque numquam perfusa mari
    merget condens omnia gurges;
    et qui medias dividit Vrsas,
    fluminis instar lubricus Anguis
    magnoque minor iuncta Draconi
    frigida duro. Cynosura gelu,
    custosque sui tardus plaustri
    iam non stabilis ruet Arctophylax.
    Nos e tanto visi populo
    digni premeret quos everso
    cardine mundus?
    in nos aetas ultima venit?
    o nos dura sorte creatos,
    seu perdidimus solem miseri,
    sive expulimus!
    abeant questus, discedo, timor:
    vitae est avidus quisquis non vult
    mundo secum pereunte mori.

    Virgilio (70-19 a.C.), relaciona las señales del sol (Febo) con el asesinato de César y las guerras y desgracias que caerán sobre Roma en sus Geórgicas I, vv. 464-468:

    El (el Sol) también nos avisa muchas veces de que están a punto de suceder revueltas secretas y de que se están gestando engaños  y guerras ocultas. Él también, compadecido de Roma una vez eliminbado César, cubrió su brillante cabeza de obscura herrumbre, y los impíos siglos temieron una noche eterna.

    … Ille etiam caecos instare tumultus
    saepe monet fraudemque et operta tumescere bella;
    ille etiam exstincto miseratus Caesare Romam,
    cum caput obscura nitidum ferrugine texit
    impiaque aeternam timuerunt saecula noctem.

    Virgilio también, al final del Libro I de la Eneida, cuando Eneas ha sido llevado por Dido a palacio, nos presenta al poeta de la corte cantando a los astros y sus movimientos. Lo hace en los versos  736 y ss.

    Eneida, I, 736-750

    Dijo, y derramó sobre la mesa la libación consagrada,
    y ella la primera acercó la copa al borde de su boca.
    Luego se la dio a Bicias, invitándole;
    Este decidido se bebió la patera espumante,
    y se remojó en la copa de oro llena.

    Despues bebieron los otros jefes. Canta
    al son de su cítara de oro el criado Jopas, a quien el gran Atlas enseñó:
    Canta este a la luna errante ylos eclipses del Sol;
    el origen de donde vienen los hombres  y a las bestias,
    de dónde viene la lluvia y  los relámpagos,
    y a la estrella Arturo y a las Híades lluviosas y a las dos Osas.

    Y por qué el sol del invierno se da tanta prisa
    en hundirse en el Océano, o  qué retraso retiene a la noche tardía.
    Redoblan los tirios su aplauso, y les siguen luego los troyanos.

    Mientras tanto la desgraciada Dido arrastraba la noche
    con su larga conversación y bebía su gran amor,
    preguntándole  muchas cosas sobre Priamo, muchas sobre Héctor.

    Dixit, et in mensam laticum libavit honorem,
    primaque, libato, summo tenus attigit ore,
    tum Bitiae dedit increpitans; ille impiger hausit
    spumantem pateram, et pleno se proluit auro
    post alii proceres. Cithara crinitus Iopas
    personat aurata, docuit quem maximus Atlas.
    Hic canit errantem lunam solisque labores;
    unde hominum genus et pecudes; unde imber et ignes;
    Arcturum pluviasque Hyadas geminosque Triones;
    quid tantum Oceano properent se tinguere soles
    hiberni, vel quae tardis mora noctibus obstet.
    Ingeminant plausu Tyrii, Troesque sequuntur.
    Nec non et vario noctem sermone trahebat
    infelix Dido, longumque bibebat amorem,
    multa super Priamo rogitans, super Hectore multa;

    El mismo Virgilio repite casi literalmente las mismas ideas si bien en otro contexto, ahora cantando las excelencias del viejo romano agricultor y trabajador feliz de su campo; curiosamente se repiten aquí dos versos íntegros del texto anterior correspondiente a la Eneida,  en Geórgicas, II, v. 475 y ss.:

    En primer lugar que me acojan las Musas, dulces sobre todas las cosas, cuyas insignias sagradas llevo, herido por un grande amor, y me muestren las estrellas y los caminos del cielo, y los eclipses del sol y los desfallecimientos de la luna; y de dónde viene el temblor de las tierras, por qué fuerza se hinchan los profundos mares, rotos los obstáculos y de nuevo se asientan sobre sí mismos; y por qué el sol del invierno se da tanta prisa en hundirse en el Océano, o  qué retraso retiene a la noche tardía.

    Y si no pudiera tener acceso a estas partes de la naturaleza y la sangre helada en mi pecho lo impidiera, que al menos disfrute sin gloria de los campos y los arroyos que corren por los valles, de los ríos y los bosques.

    Me vero primum dulces ante omnia Musae,
    quarum sacra fero ingenti percussus amore,
    accipiant caelique vias et sidera monstrent,
    defectus solis varios lunaeque labores;
    unde tremor terris, qua vi maria alta tumescant
    480obicibus ruptis rursusque in se ipsa residant,
    quid tantum Oceano properent se tinguere soles
    hiberni, vel quae tardis mora noctibus obstet.
    Sin, has ne possim naturae accedere partis,
    frigidus obstiterit circum praecordia sanguis:
    485rura mihi et rigui placeant in vallibus amnes,
    flumina amem silvasque inglorius.

    Plutarco (50-120d.C.) ofrece un texto interesantísimo sobre el temor que infundían en el ejército los eclipses, en este caso de Luna. Nos lo cuenta en la biografía del general romano Paulo Emilio (229-160 a.C.) describiendo un eclipse que tuvo lugar el 21 de junio del 168 a.C. inmediatamente antes de la batalla de Pidna con la que los romanos consolidan su dominio en Macedonia:

    Plutarco, Vida de Paulo Emilio, XVII, 3 ss.: (1821, II, 160)

    Al hacerse de noche, y cuando después del rancho se iban a dormir y a descansar, la luna, que estaba en su lleno y bien descubierta, empezó de pronto a ennegrecerse, y desfalleciendo su luz, habiendo cambiado diferentes colores, desapareció. Los romanos, como es de ceremonia, la imploraban para que les volviese su luz, con el ruido de los bronces y alzando al cielo muchas luces con tizones y hachas; mas los macedonios a nada se movieron, sino que el terror y espanto se apoderó del campo, y entre muchos corrió secretamente la voz de que aquel prodigio significaba el eclipse de un rey.

    No era Emilio hombre enteramente nuevo y peregrino en las anomalías eclípticas, las cuales a tiempos determinados hacen entrar la luna en la sombra de la tierra y la ocultan, hasta que pasando de la sombra vuelve otra vez a resplandecer con el sol. Mas, sin embargo, como daba mucha parte en todo a la divinidad, y era inclinado a los sacrificios y a la adivinación, apenas vio a la luna recobrar su pureza, le sacrificó once novillos; y no  bien se hizo de día, cuando inmoló bueyes a Hércules, sin obtener buenos presagios, no parando entonces hasta veinte, pero al vigésimo primero se observaron prodigios que dijo adjudicaban la victoria a los que se defendiesen.  Hizo, pues, voto al mismo dios de otros cien bueyes y de juegos sagrados, mandando a los oficiales ordenar el ejército para la batalla; mas aguardó con todo a la inclinación y desvío del resplandor, para que el sol desde el Oriente no los deslumbrara en la pelea dándoles de cara; por lo que estuvo dando tiempo, sentado en su tienda, la que tenía abierta por la parte de la llanura y del campo de los enemigos. (Traducción de Ranz Romanillos)

    También aparece el relato con alguna variante en Livio XLIV, 37, 4 ss.

    Aunque el rey estaba dispuesto a luchar sin dilación  aquel día, quedó también contento  con que sus hombres supieran que el retraso se debía al enemigo y él mismo llevó de vuelta las tropas al campamento.
    Una vez fortificado el campamento, Cayo Sulpicio Galo, tribuno militar de la segunda legión,  que había sido pretor el año anterior, con permiso del cónsul y convocados los soldados a una asamblea, les dijo que nadie considerara como un portento que en la próxima noche, la luna tuviese un eclipse desde la segunda hora hasta la cuarta hora de la noche, porque esto ocurría en intervalos fijos según el orden natural y por eso podía ser conocido con anterioridad y predecirse. 
    Así pues, del mismo modo que no se admiraban de que la salida y la puesta del Sol y de la Luna son seguros, o de que la luna brilla unas veces en toda su redondez, otras como si envejeciera en un pequeño cuerno, así no debían considerar como un prodigio que también se oscureciera cuando era tapada por la sombra de la tierra.
    Cuando a la hora indicada tuvo lugar el eclipse de luna en la noche a la que siguió el día anterior a las nonas de septiembre (del tres al cuatro de septiembre), la sabiduría de Galo les pareció casi divina a los soldados romanos.
    A los macedonios en cambio les pareció como un prodigio funesto que anunciaba la caída del reino y la desgracia de la gente, y su adivino no lo interpretó de otro modo. Hubo gritos y lamentos en el campamento de los Macedonios hasta que la Luna salío de nuevo con su propia luz.
    Había tantas ganas en los dos ejércitos de enfrentarse, que algunos de sus propios soldados acusaban no sólo al rey sino también al cónsul de haberse retirado sin combatir y así el rey tenía la inmediata justificación, no solo por eso, de que el enemigo fue el primero que rechazando abiertamente el combate, retiró las tropas al campamento; y además que había situado las enseñas en un lugar en el que la falange no podía avanzar porque hasta las pequeñas  irregularidades del terreno la hacían ineficaz.
    Y el cónsul en este asunto, parecía que había dejado escapar el día anterior la ocasión de luchar y que había dado al enemigo la oportunidad de marcharse durante la noche y ahora también parecía que perdía el tiempo con el pretexto de hacer un sacrificio, cuando al amanecer debía haber dado la señal de salir al campo de batalla dispuesto a luchar.
    Finalmente, una vez realizado el sacrificio de acuerdo con los ritos, convocó a consejo a la tercera hora; y allí, hablando y consultando cosas sin sentido les parecía a algunos que perdía el tiempo que debía emplear en llevar a cabo el asunto. Entonces el cónsul pronunció este discurso contra aquellas habladurías.

    rex quoque, cum sine detractatione paratus pugnare eo die fuisset, contentus eo, quod per hostem moram fuisse scirent, et ipse in castra copias reduxit. castris permunitis C. Sulpicius Gallus, tribunus militum secundae legionis, qui praetor superiore anno fuerat, consulis permissu ad contionem militibus vocatis pronuntiavit, nocte proxima, ne quis id pro portento acciperet, ab hora secunda usque ad quartam horam noctis lunam defecturam esse.  id quia naturali ordine statis temporibus fiat, et sciri ante et praedici posse.
    itaque quem ad modum, quia certi solis lunaeque et ortus et occasus sint, nunc pleno orbe, nunc senescentem exiguo cornu fulgere lunam non mirarentur, ita ne obscurari quidem, cum condatur umbra terrae, trahere in prodigium debere.
    nocte, quam pridie nonas Septembres insecuta est dies, edita hora luna cum defecisset, Romanis militibus Galli sapientia prope divina videri;

    Macedonas ut triste prodigium, occasum regni perniciemque gentis portendens, movit nec aliter vates. clamor ululatusque in castris Macedonum fuit, donec luna in suam lucem emersit.
    postero die—tantus utrique ardor exercitui ad concurrendum fuerat, ut et regem et consulem suorum quidam, quod sine proelio discessum esset, accusarent— regi prompta defensio erat, non eo solum, quod hostis prior aperte pugnam detractans in castra copias reduxisset, sed etiam quod eo loco signa constituisset, quo phalanx, quam inutilem vel mediocris iniquitas loci efficeret, promoveri non posset.
    consul ad id, quod pridie praetermisisse pugnandi occasionem videbatur et locum dedisse hosti, si nocte abire vellet, tunc quoque per speciem immolandi terere videbatur tempus, cum luce prima ad signum propositum pugnae exeundum in aciem fuisset.
    tertia demum hora sacrificio rite perpetrato ad consilium vocavit; atque ibi, quod rei gerendae tempus esset, loquendo et intempestive consultando videbatur quibusdam extrahere. adversus eos sermones talem consul orationem habuit.

    Al episodio hace también referencia Plinio en su Historia Natural II, 9 (12) (53)

    Y ciertamente el primero de los romanos que expuso al pueblo la teoría de los dos eclipses (de Sol y de Luna) fue Sulpicio Galo, que fue cónsul con M. Marcelo, pero entonces era tribuno militar, cuando liberado el ejército  de una derrota el día anterior a que el rey Perses fuera vencido por Paulo, fue llevado a la asamblea por el general para predecir un eclipse, y poco después también lo hizo en un libro que escribió.
    Sin embargo, entre los griegos el primero de todos que lo investigó fue Tales de Mileto en el cuarto año de la Olimpiada cuadragésima octava al predecir un eclipse de sol, que tuvo lugar siendo rey Alyates en el año 170 de la fundación de la ciudad.
    Después de ellos Hiparco anticipó para seiscientos años, el recorrido de los dos astros (el sol y la luna), los meses de los pueblos y los días y las horas y la posición de los lugares y la visión de cada pueblo, siendo testigo el  tiempo que no lo hizo de otro modo como si hubiera sido partícipe de los consejos de la propia naturaleza.

    Et rationem quidem defectus utriusque primus Romani generis in vulgum extulit Sulpicius Gallus, qui consul cum M. Marcello fuit, sed tum tribunus militum, sollicitudine exercitu liberato pridie quam Perses rex superatus a Paulo est in concionem ab imperatore productus ad praedicendam eclipsim, mox et composito volumine. apud Graecos autem investigavit primus omnium Thales Milesius Olympiadis XLVIII anno quarto praedicto solis defectu, qui Alyatte rege factus est urbis conditae anno CLXX. post eos utriusque sideris cursum in sexcentos annos praececinit Hipparchus, menses gentium diesque et horas ac situs locorum et visus populorum complexus, aevo teste haut alio modo quam consiliorum naturae particeps.

    Aparece también en Frontino, Estratagemas, I, 12; Zonaras, 9,23., Valerio Máximo , 8, 11,1

    Cicerón añade algún matiza interesante en De Repùblica I, 15, 23:

    Escipión: …Mucho quería yo a Galo, y sabía que mi padre Paulo le había apreciado y estimado sobremanera. Recuerdo que en mi juventud, siendo mi padre cónsul en Macedonia, encontrándonos acampados, invadió una noche a todas nuestras legiones terror religioso, porque la Luna, que se encontraba en todo su esplendor, se oscureció de repente. Entonces Galo, que era nuestro legado, un año antes de ser nombrado cónsul, no dudó en declarar a la mañana siguiente en el campamento que no se había realizado ningún prodigio, que aquel fenómeno estaba en el orden de la naturaleza y se repetía en periodos determinados, cuantas veces se encontrase situado el Sol de manera que su luz no pudiese iluminar la Luna.
    Tuberón: Mas, ¿cómo puedo hacer comprender eso a hombres tan rudos y se atrevió a hablar de tal manera a gentes tan ignorantes?
    Escipión: Hízolo, y con grande…

               (Según Mai,faltan aquí dos páginas al menos)
    (24)  … sin vana ostentación ni lenguaje indigno de varón grave; y no consiguió poco despòjando del temor y vanas supersticiones a aquellos hombres aterrados.

    [23] 15. … fuit, quod et ipse hominem diligebam et in primis patri meo Paulo probatum et carum fuisse cognoveram. Memini me admodum adulescentulo, cum pater in Macedonia consul esset et essemus in castris, perturbari exercitum nostrum religione et metu, quod serena nocte subito candens et plena luna defecisset. Tum ille, cum legatus noster esset anno fere ante, quam consul est declaratus, haud dubitavit postridie palam in castris docere nullum esse prodigium, idque et tum factum esse et certis temporibus esse semper futurum, cum sol ita locatus fuisset, ut lunam suo lumine non posset attingere. Ain tandem? inquit Tubero; docere hoc poterat ille homines paene agrestes et apud imperitos audebat haec dicere? S. Ille vero et magna quidem cum … …
    [24] neque insolens ostentatio neque oratio [p. 283] abhorrens a persona hominis gravissimi; rem enim magnam adsecutus est, quod hominibus perturbatis inanem religionem timoremque deiecerat.

    También Polibio recoge cómo los conocimientos astronómicos de Galo sirvieron a los romanos para vencer a Perseo de Macedonia en Pidna; en XXIX, 16 (6)

    Batalla de Pydna

    Tuvo lugar un  eclipse de Luna, la información corrió por todas partes  y muchos creyeron que significaba el eclipse de un rey. Y esta circunstancia levantó los ánimos de los romanos y deprimió los de los macedonios. Qué cierto es  el dicho de que "la guerra produce más de un miedo sin fundamento." . . .

    Tácito (55-120 d.C.), también cuenta la reacción mucho más tarde de los legionarios romanos ante un eclipse. Cuenta cómo Druso Julio César se sirvió del eclipse para aplacar una sublevación. Lo narra en sus Anales, I, 28:

    La casualidad suavizó aquella noche amenazadora y que estaba a punto de resolverse en un crimen. Pues la luna pareció que se apagaba en un cielo que de repente era claro.  Los soldados, ignorantes del motivo, lo interpretaron como un presagio del momento presente, relacionando el eclipse del astro con sus trabajos,  y  que las cosas les sucederían y se inclinarían favorablemente a sus intereses si volvía de nuevo el resplandor y luz de la diosa (la luna). Por eso hicieron ruido con el sonido de los bronces y con el conjunto de trompetas y cuernos militares. Según se hacía más brillante o más oscura se alegraban o se entristecían; y después de que algunas nubes que aparecerieron la ocultaron a la vista y se creyó que había desaparecido en las tinieblas, como suelen ser empujadas fácilemente a la superstición las mentes débiles, se anuncia un enorme sufrimiento para ellos y se lamentan de que sus crímenes les hubieran puesto en contra a los dioses.
    César, pensando que debía servirse de aquella circunstancia y que debía volver en acierto lo que la casualidad le había ofrecido, ordena rodear las tiendas; hace llamar al centurión Clemente y a los otros que cayeran bien al pueblo por su buen saber hacer. Todos estos se colocan con los vigilantes, con los puestos y con los defensores de las puertas, y unas veces les dan esperanza y otras les meten miedo. ¿Hasta cuando atacaremos al hijo del emperador? ¿Cuál será el final de estos combates? ¿Prestaremos juramenteo a Percenio y Vibuleno? ¿Pagarán Percenio y Vibuleno a los soldadeos el sueldo y las tierras que se han ganado? ¿o finalmente se apoderarán ellos del imperio del pueblo romano en vez de los Nerones y Drusos? ¿Por qué más bien, así como somos los ñultimos en la culpa, no somos los primeros en el arrepentimiento? Lo que se pide en común es lento de realizarse pero inmediatamente merecerás y recibirás el agradeciemiento particular. Afectados los ánimos por estas cosas y sospechando entre ellos, el novato se aparta del veterano y una legión se aparta de la otra. Entonces va volviendo poco a poco el deseo de obedecer, abandonas las puertas, llevan a su lugar las estandartes y enseñas amontonadas en un lugar al principio de la sublevación.

    Noctem minacem et in scelus erupturam fors lenivit: nam luna claro repente caelo visa languescere. id miles rationis ignarus omen praesentium accepit, suis laboribus defectionem sideris adsimulans, prospereque cessura qua pergerent si fulgor et claritudo deae redderetur. igitur aeris sono, tubarum cornuumque concentu strepere; prout splendidior obscuriorve laetari aut maerere; et postquam ortae nubes offecere visui creditumque conditam tenebris, ut sunt mobiles ad superstitionem perculsae semel mentes, sibi aeternum laborem portendi, sua facinora aversari deos lamentantur. utendum inclinatione ea Caesar et quae casus obtulerat in sapientiam vertenda ratus circumiri tentoria iubet; accitur centurio Clemens et si alii bonis artibus grati in vulgus. hi vigiliis, stationibus, custodiis portarum se inserunt, spem offerunt, metum intendunt. 'quo usque filium imperatoris obsidebimus? quis certaminum finis? Percennione et Vibuleno sacramentum dicturi sumus? Percennius et Vibulenus stipendia militibus, agros emeritis largientur? denique pro Neronibus et Drusis imperium populi Romani capessent? quin potius, ut novissimi in culpam, ita primi ad paenitentiam sumus? tarda sunt quae in commune expostulantur: privatam gratiam statim mereare, statim recipias.' commotis per haec mentibus et inter se suspectis, tironem a veterano, legionem a legione dissociant. tum redire paulatim amor obsequii: omittunt portas, signa unum in locum principio seditionis congregata suas in sedes referunt.

    De nuevo Plutarco narra un episodio parecido referido ahora a un eclipse que tuvo lugar muchos años antes en el año 357 a.C., ocasión en la que cuenta también otros prodigios,  en Vida de Dión, 24:

    Después de las libaciones y de las solemnes plegarias se eclipsó la luna, lo que ninguna maravilla causó a Dión, que sabía calcular los períodos de los eclipses y cuándo la sombra llega a oscurecer la luna, interponiéndose la tierra entre ésta y el sol; pero siendo conveniente dar aliento a los soldados que se habían sobresaltado, púsose en medio de ellos el adivino Miltas, diciéndoles que tuvieran buen ánimo y formaran las mejores esperanzas, porque aquel portento lo que significaba era el oscurecimiento de cosas que entonces brillaban, y que no habiendo cosa más brillante que la tiranía de Dionisio, apagarían su esplendor en el momento que llegaran a la Sicilia. Esto fue lo que Miltas anunció en público a todos; pero en cuanto a las abejas que se vieron formar enjambre en la popa de una de las naves de Dion, dijo reservadamente a los amigos que esto le hacía temer no fuera que, siendo desde luego brillantes sus sucesos, al cabo de haber florecido por un breve tiempo, se marchitasen. Dícese asimismo que a Dionisio le fueron enviadas muchas señales prodigiosas de parte de los dioses; porque un águila arrebató la lanza de uno de los soldados estipendiarios, y levantándola y llevándola a grande altura, la dejó caer al abismo. El mar que bate en la ciudadela ofreció un día agua dulce y potable, cosa que se hizo notoria a todos habiéndola gustado. Naciéronle unos lechoncillos que tenían todos sus miembros cabales, faltándoles sólo las orejas. Revelaban los adivinos que esto era indicio de rebelión y desobediencia, significando que los ciudadanos no se someterían ya a su tiranía, que la dulzura del agua del mar indicaba para los Siracusanos la mudanza de sus negocios de mal en bien, y, finalmente, que el águila es ministro de Zeus, la lanza insignia de autoridad y poder, y con lo ocurrido denunciaba desaparecimiento y ruina a la tiranía el mayor de los dioses. Así nos lo dejó escrito Teopompo. (Traducción de Antonio Ranz Romanillos)

  • El episodio de Ayax de la Ilíada inspiró a Cervantes

    En el capítulo XVIII de la primera parte del Quijote, Cervantes nos narra, entre otras cosas, el episodio de los rebaños de ovejas alanceadas por D. Quijote que los vio en su locura como dos ejércitos poderosos de enemigos. El polvo que los mansos cuadrúpedos levantaban fu el detonante para su locura.

    Que los ejércitos en sus movimientos levantan nubes de polvo bien visibles a lo lejos, ya nos lo describe el propio Homero en Iliada III,8-17:

    Los aqueos, en cambio, iban respirando furor en silencio,
    ansiosos en su ánimo de prestarse mutua defensa.
    Como en las cimas del monte el Noto derrama la niebla,
    para los pastores nada grata y para el ladrón mejor que la noche,
    y la vista sólo alcanza lo que un tiro de piedra,
    así bajo sus pies se fue levantando una compacta polvareda
    a medida que avanzaban; y con gran ligereza cruzaban la llanura.
    Cuando ya estaban cerca avanzando unos contra los otros,
    de la primera línea de troyanos se destacó el deiforme Alejandro
    con una piel de leopardo en los hombros, el tortuoso arco
    y la espada; y con dos lanzas encastradas de bronce,
    que blandía, desafiaba a todos los paladines de los argivos
    A luchar hombre contra hombre en atroz lid.

    (Traducción de Emilio Crespo Güemes. Edit. Gredos,1991)

    Ya en una carta de Séneca a su amigo Lucilio (se conservan 124) se hace notar este posible motivo de confusión. Tal vez esté aquí la fuente para la transformación de la polvareda de las ovejas en polvareda de los ejércitos.

    Séneca, Epistola a Lucilio, 13,8:

    Así es, mi querido Lucilio;  pronto cedemos a la opinión y no sopesamos las cosas que nos llevan al miedo ni las examinamos, sino que temblamos y les volvemos la espalda, como aquellos (soldados) a los que el polvo levantado por la huida de un rebaño les saca del campamento, o aquellos a quienes cualquier cuento propalado sin autor los aterroriza.

    Ita est,mihi Lucili, cito accedimus opinioni; non coarguimus illa quae nos in metum adducunt, nec excutimus, sed trepidamus et sic vertimus terga,quemadmodum illi quos pulvis motus fuga pecorum exuit castris aut quos aliqua fabula sine auctore sparsa conterruit.

    Muchos años antes, hacia el 447 a.C., el gran autor griego de tragedias Sófocles, escribió una tragedia (la primera de las únicas siete que de él conservamos; la tradición le atribuye unas 123 piezas entre tragedias y dramas satíricos) que título Ayax, en las que dramatiza la locura y muerte del caudillo Ayax, notable por su valentía, su fuerza y también por su cabezonería o persistencia.

    A la muerte de Aquiles, cree que le corresponden sus armas por los servicios prestados en la lucha contra los troyanos; la herencia también la pretende el astuto Odiseo o Ulises, que es quien finalmente se hace con ellas. Ayax se enfada como sólo pueden hacerlo los grandes héroes y con furia incontenible se lanza decidido a acabar con la vida de los propios jefes aqueos o griegos, Odiseo, Agamenón, Menelao… La diosa Atenea, siempre vigilante, canaliza la ira de Ayax hacia los rebaños de corderos y otros animales tomados como botín a los troyanos, que se presentan a los ojos y mente de Ayax como los propios griegos que le han arrebatado el botín; Ayax, en su locura, se los lleva consigo y hace una enorme carnicería de muchos y encadena a otros para azotarles. Pero su locura es pasajera; cuando le cuentan lo realmente sucedido se aplaca su ira, como si la muerte de los animales fuera un sacrificio ritual, pero  siente una enorme vergüenza porque sus compañeros de bando militar no han reconocido su colaboración en la causa y ha de volver a su patria sin trofeos. Toma una última y trágica decisión: se servirá precisamente de la espada que arrebató al troyano Héctor para acabar con su vida. Como si de un sacrificio ritual se tratara, la muerte de las ovejas había aplacado la ira de Ayax.

    Nos lo cuenta así Sófocles: Ayax, 282 y ss.

    CORIFEO: ¿Qué principio de locura se le presentó súbitamente? Háznoslo saber a los que compartimos sus sufrimientos.

    TECMESA (esposa de Ayax): Vas a conocer todos los hechos, puesto que eres partícipe.Aquel, en las altas horas de la noche cuando las hogueras vespertinas ya no ardían, tomó la espada de doble filo y trataba de marcharse en una injustificada salida. Yo le increpo y le digo: ¿Qué haces, Ayax, por qué sin ser llamado ni convocado por mensajeros ni por trompeta alguna te lanzas a este ataque? Ahora todo el ejército duerme.

    El me dirigió pocas palabras, de las siempre repetidas: “Mujer, el silencio es un adorno de las mujeres”. Cuando lo oí yo no proseguí y él salió solo. No puedo contar lo que allí sucedió. Lo cierto es que entró trayendo atados juntamente toros, perros pastores y una presa de hermosa lana. A unos los desnucaba, a otros, haciéndoles levantar sus cabezas, los degollaba y abría en canal. A otros, atados, los maltrataba como si de hombres se tratara, precipitándose sobre el ganado. Por último, saliendo fuera a través de la puerta, a una sombra dirige sus palabras, en contra unas veces de los Atridas, otras hablando de Odiseo, añadiendo a grandes carcajadas, con cuánta arrogancia se había vengado de ellos en su ataque.

    Y después de eso, irrumpiendo otra vez en su tienda con dificultad y a medida que pasa el tiempo, va volviéndose a su juicio. Y cuando observa su tienda llena de estragos, golpeándose la cabeza se pone a gritar y, hundido entre los despojos de los cadáveres de la matanza de corderos, se sentó y se arrancaba con fuerza los cabellos con la mano y con las uñas.

    Durante mucho tiempo se mantuvo si hablar; luego me amenazó con terribles palabras, si no le manifestaba todo lo que había sucedido, y me preguntaba en qué aprieto se encontraba metido. Y yo, amigos, temerosa, le dije todo cuanto había hecho que yo supiera. Al punto, él prorrumpió en penosos lamentos como nunca antes le había yo escuchado –pues siempre consideraba que tales lamentos eran propios de un hombre cobarde y pusilánime-. Se quejaba sordamente sin proferir agudos gritos, como cuando un toro muge. Y ahora, expuesto ese hombre a tan infausta suerte, sin comer, sin beber, postrado entre los rebaños muertos por su espada, está sentado inmóvil. Es evidente que algo aciago maquina, pues eso da a entender en sus palabras y lamentos….

    El episodio de Don Quijote que nos cuenta Cervantes en el capítulo XVIII de la primera parte quizás no tenga que ver con el de Ayax nada más allá del hecho fundamental de ambos relatos: dos soldados furiosos confunden en su locura a unos mansos cordero y animales con fieros ejércitos contendientes, con la diferencia importante que la locura de Ayax, producida por los dioses, es pasajera y de funestas consecuencias; la de D. Quijote parece persistente y confirmada, porque acabado el episodio con Quijote malparado, insiste en que son los encantadores los que le han cambiado los soldados en ovejas para privarle de la victoria:

    “«este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vio que yo había de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en manadas de ovejas»

    Así que Cervantes y D.Quijote con la colaboración de los malos espíritus, hacen de la realidad una fantasía y de la fantasía una realidad. D.Quijote, loco a ratos, impone donde es posible la visión del “caballero” según sus lecturas a la visión de sus sentidos físicos. La verdad, que esta  alternativa dinámica entre fantasía y realidad, le sirve a Cervantes en varias ocasiones para situarnos en no se sabe qué lugar, el real o el imaginado, porque en su perspectiva los dos son igual de verosímiles. Es decir, D. Quijote, y de paso todos nosotros, quedamos encerrados en un círculo vicioso sin salida: ¿son los rebaños de ovejas ejércitos o son los ejércitos rebaños de ovejas por arte de los encantamientos? ¿Qué es lo real?

    Nota: Cervantes, Don Quijote, hace una prolija enumeración de los “supuestos” contendientes. Esto  que Don Quijote realiza es imitación de las enumeraciones que tradicionalmente se hace en las batallas desde la propia Iliada, y que como Francisco Rico, preciso comentarista del Don Quijote cervantino, es una pieza para el lucimiento literario desde Homero.

    Dice Cervantes, I, XVI:
    …….
    En estos coloquios iban Don Quijote y su escudero, cuando vio Don Quijote que por el camino que iban venía hacia ellos una grande y espesa polvareda, y en viéndola se volvió a Sancho, y le dijo:

    -Este es el día, oh Sancho, en el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado mi suerte; este es el día, digo, en que se ha de mostrar tanto como en otro alguno el valor de mi brazo, y en que tengo de hacer obras que queden escritas en el libro de la fama por todos los venideros siglos. ¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de un copiosísimo ejército que de diversas e innumerables gentes compuesto, por allí viene marchando.

    -A esa cuenta, dos deben de ser- dijo Sancho, porque desta parte contraria se levanta asimesmo otra semejante polvareda.

    Volvió a mirarla Don Quijote, y vió que así era la verdad; y alegrándose sobremanera, pensó sin dudaalguna que eran dos ejércitos que venían a embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura, porque tenía a todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas batallas, encantamientos, sucesos, desatinos, amores, desafíos, que en los libros de caballería se cuentan; y todo cuanto hablaba, pensaba o hacía, era encaminado a cosas semejantes, y a la polvareda que había visto la levantaban dos grandes manadas de ovejas y carneros, que por el mismo camino de dos diferentes partes venían, las cuales con el polvo no se echaron de ver hasta que llegaron cerca; y con tanto ahínco afirmaba Don Quijote que eran ejército, que Sancho le vino a creer, y a decirle:

    -Señor, ¿pues qué hemos de hacer nosotros?

    -¿Qué? dijo Don Quijote. Favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos; y has de saber, Sancho, que este que viene por nuestra frente lo conduce y guía el gran emperador Alifanfaron, señor de la grande isla Trapobana; este otro, que a mis espaldas marcha, es el de su enemigo el rey de los Garamantas, Pentapolin del arremangado brazo, porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho desnudo.

    -Pues ¿por qué se quieren tan mal estos dos señores? preguntó Sancho.

    – Quiérense mal- respondió Don Quijote, porque este Alifanfaron es un
    furibundo pagano, y está enamorado de la hija de Pentapolin, que es una muy hermosa y además agraciada señora, y es cristiana, y su padre no se la quiere entregar al rey pagano si no deja primero la ley de su falso profeta Mahoma, y se vuelve a la suya.

    – ¡Para mis barbas- dijo Sancho, si no hace muy bien Pentapolin, y que le tengo de ayudar en cuanto pudiere!.

    – En eso harás lo que debes, Sancho– dijo Don Quijote, porque para entrar en batallas semejantes no se requiere ser armado caballero.

    -Bien se me alcanza eso -respondió Sancho-; pero ¿dónde pondremos a este asno, que estemos ciertos de hallarle después de pasada la refriega, porque al entrar en ella en semejante caballería no creo que está en uso hasta agora?

    -Así es verdad, -dijo Don Quijote-; lo que puedes hacer dél es dejarle a sus aventuras, ahora se pierda o no, porque serán tanto los caballos que tendremos después que salgamos vencedores, que aún corre peligro Rocinante no le trueque por otro ; pero estáme atento y mira, que te quiero dar cuenta de los caballeros más principales que en estos dos ejércitos vienen, y para que mejor los veas y los notes, retirémonos a aquel altillo que allí se hace, de donde se deben descubrir los dos ejércitos.

    Hiciéronlo así y pusiéronse sobre una loma , desde la cual se veían bien las dos manadas que a Don Quijote se le hicieron ejército, si las nubes del polvo que levantaban no les turbara y cegara la vista; pero con todo esto, viendo en su imaginación lo que no veía ni había, con voz levantada comenzó a decir:

    -Aquel caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata. El otro de las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el temido Micocolembo, gran duque de Quirocia. El otro de los miembros gigantes que está a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbar an de Boliche, señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de serpiente, y tiene por escudo una puerta, que según es fama, es una de las del templo que derribó Sanson cuando con su muerte se vengó de sus enemigos. Pero vuelve los ojos a estotra parte, y verás delante y en la frente de estotro ejército al siempre vencedor y jamás vencido Timonel de Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas partidas a cuarteles azules, verdes, blancos y amarillos, y trae en el escudo un gato de oro en campo leonado con una letra que dice "Miau", que es el principio del nombre de su dama, que según se dice es la sin par Miaulina, hija del duque de Alfeñiquen del Algarbe. El otro, que carga y oprime los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas, y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de nación francés, llamado Pierres Papin, señor de las baronías de Utrique. El otro, que bate las hijadas con los herrados carcaños a aquella pintada y lijera cebra, y trae las armas de los veros azules, es el poderoso duque de Nervia, Espartafilardo del Bosque, que trae por empresa en el escudo una esparraguera con una letra en castellano, que dice así: "Rastrea mi suerte".

    Y desta manera fué nombrando muchos caballeros del uno y del otro escuadrón que él se imaginaba, y a todo s les dió sus armas, colores, empresas y motes de improviso, llevado de la imaginación de su nunca vista locura, y sin parar prosiguió diciendo:

    -A este escuadrón frontero forman y hacen gentes de diversas naciones; aquí están los que beben las dulces aguas del famoso Janto, los montuosos que pisan los masilíscos campos, los que criban el finísimo y menudo oro en la felice Arabia, los que gozan las famosas y frescas riberas del claro Termodonte, los que sangran por muchas y diversas vías al dorado Pactolo, los mumidas dudosos ensus promesas, los persas en arcos y flechas famosos, los partos, los medos, que pelean huyendo, los árabes de mudables casas, los citas tan crueles como blancos, los etíopes de horadados labios, y otras infinitas naciones cuyos rostros conozco y veo, aunque de los nombres no me acuerdo. En estotro escuadrón vienen los que beben las corrientes cristalinas del olivífero Betis, los que tersan y pulen con el licor del siempre rico y dorado Tajo, los que gozan las provechosas aguas del divino Genil, los que pisan los tartesios campos de pastos abundantes, los que se alegran en elíseos jerezanos prados, los manchegos ricos y coronados de rubias espigas, los de hierro vestidos, reliquias antiguas de la sangre goda, los que en Pisuerga se bañan, famoso por la mansedumbre de su corriente, los que su ganado apacientan en las extendidas dehesas del tortuoso Guadiana, celebrado por su escondido curso, los que tiemblan con el frío del silboso Pirineo y con los blancos copos del levantado Apenino; finalmente, cuantos toda la Europa en sí contiene y encierra.

    ¡Válame Dios, y cuántas provincias dijo , cuántas naciones nombró, dándole a cada una con maravillosa presteza los atributos que le pertenecían, todo absorto y empapado en lo que había leído en sus libros mentirosos!

    Estaba Sancho Panza colgado de sus palabras sin hablar ninguna, y de cuando en cuando volvía la cabeza a ver si veía los caballeros y gigantes que su amo nombraba, y como no descubría a ninguno le dijo:

    -Señor, encomiendo al diablo, si hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra merced dice parece por todo esto, a lo menos yo no los veo; quizá todo esto debe ser
    encantamiento como las fantasmas de anoche.

    ¿Cómo dices eso? –respondió Don Quijote, no oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?

    -No oigo otra cosa, -respondió Sancho- sino muchos balidos de ovejas y carneros,

    Y así era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños.

    -El miedo que tienes, -dijo Don Quijote- te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos, y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo, que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda.

    Y diciendo ésto puso las espuelas a Rocinante, y puesta la lanza en el ristre bajó de la costezuela como un rayo.

    Diole voces Sancho, diciéndole:

    -Vuélvase vuestra merced, señor Don Quijote, que voto a Dios que son carneros y ovejas las que va a embestir: vuélvase, desdichado del padre que me engendró: ¡qué locura es ésta! Mire que no hay gigante ni caballero alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni enteros, ni veros azules ni endiablados. ¿Qué es lo que hace? Pecador soy yo a Dios.

    Ni por esasvolvió Don Quijote, antes en altas voces iba diciendo:

    -¡Ea, caballeros, los que seguís y militais debajo de las banderas del poderoso emperador Pentapolin del arremangado brazo, seguidme todos! ¡Vereis cuán facilmente le doy venganza de su enemigo Alifanfaron de la Trapobana!

    Esto diciendo, se entró por medio del escuadrón de las ovejas, y comenzó de alanceallas con tanto con coraje y denuedo, como si de veras alanceara a sus mortales enemigos. Los pastores y ganaderos que con la manada venían, dábanle voces que no hiciese aquello; pero viendo que no aprovechaban, desciñéronse las ondas, y comenzaron a saludarle los oídos con piedras como el puño. Don Quijote no se curaba de las piedras; antes discurriendo a todas partes, decía:

    – ¿Adónde estás, soberbio Alifanfaron? Vente a mí, que un caballero solo soy, que desea de solo a solo probar tus fuerzas y quitarte la vida en pena de la que das al valeroso Pentapolin Garamanta.

    Llegó en ésto una peladilla de arroyo, y dándole en un lado, le sepultó dos costillas en el cuerpo. Viéndose tan maltrecho, creyó sin duda que estaba muerto o mal ferido, y cordándose de su licor, sacó su alcuza, y púsosela a la boca, y comenzó a echar licor en el estomago; mas antes que acabase de envasar lo que a él le parecía que era bastante llegó otra almendra, y dióle en la mano y en la alcuza tan de lleno, que se la hizo pedazo s, llevándole de camino tres o cuatro dientes y muelas de la boca, y machucándole malamente dos dedos de la mano.

    Tal fue el golpe primero, y tal el segundo o, que le fue forzoso al pobre caballero dar consigo del caballo abajo. Llegáronse a él los pastores, y creyendo que le habían muerto, y así con mucha priesa recogieron su ganado, y cargaron de las reses muertas, que pasaban de siete, y sin averiguar otra cosa se fueron.

    Estábase todo este tiempo Sancho sobre la cuesta, mirando las locuras que su amo hacía, y arrancábase las barbas, maldiciendo la hora y el punto en que la fortuna se le había dado a conocer. Viéndole, pues, caído en el suelo, y que ya los pastores se habían ido, bajó de la cuesta y llegóse a él, y hallándole de muy mal arte, aunque no había perdido el sentido, y díjole:

    -¿No le decía yo, señor Don Quijote, que se volviese, que los que iba a acometer no eran ejércitos, sino manadas de carneros?

    -Como éso puede desaparecer y contra hacer aquel ladrón del sabio mi enemigo, respondió Don Quijote: sábete, Sancho, que es muy fácil cosa a los tales hacernos parecer lo que quieren, y este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vío que yo había de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en manadas de ovejas. Si no haz una cosa, Sancho, por mi vida, porque te desengañes y veas ser verdad lo que te digo: sube en tu asno y síguelos bonitamente, y verás cómo, en alejándose de aquí algún poco, se vuelven en su ser primero, y dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos, como te los pinté primero, pero no vayas ahora, que he menester tu favor y ayuda; llégate a mí, y mira cuántas muelas y dientes me faltan, que me parece que no me ha quedado ninguno en la boca.

    Llegóse Sancho tan cerca, que casi le metía los ojos en la boca, y fue a tiempo que ya había obrado el bálsamo en el estómago de Don Quijote, y al tiempo que Sancho llegó a mirarle la boca, arrojó de sí, más recio que una escopeta, cuanto dentro tenía, y le dió con todo ello en las barbas del compasivo escudero.

    – ¡Santa María!-dijo Sancho-. ¿Y qué es ésto que me ha sucedido? Sin duda este pecador está herido de muerte, pues vomita sangre por la boca.

    Pero reparando un poco más en ello, echó de ver en la color, sabor y olor, que no era sangre, sino el bálsamo de la alcuza que él le había visto beber; y fué tanto el asco que tomó, que revolviéndosele el estómago, vomitó las tripas sobre su mismo señor, y quedaron entrambos como de perlas. Acudió Sancho a su asno para sacar de las alforjas con qué limpiarse y con qué curar a su amo, y como no las halló, estuvo a punto de perder el juicio; maldíjose de nuevo; y propuso en su corazón de dejar a su amo y volverse a su tierra, aunque perdiese el salario de lo servido y las speranzas del gobierno de la prometida ínsula.

    Levántose en esto Don Quijote, y puesta la mano izquierda en la boca, porque no se le acabasen de salir los dientes, asió con la otra las riendas de Rocinante, que nunca se había movido de junto a su amo (tal era de leal y bien acondicionado), y fuese a donde su escudero estaba, de pechos sobre su asno, con la mano en la mejilla en guisa de hombre pensativo, además, y viéndole Don Quijote de aquella manera, con muestras de tanta tristeza, le dijo:

    -Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro: todas esta borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo, y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca, así que no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte de ellas.

    -¿Cómo no? -respondió Sancho-; ¿Por ventura el que ayer mantearon era otro que el hijo de mi padre? ¿y las alforjas que hoy me faltan son de otro que del mismo?

    -¿Qué, te faltan las alforjas, Sancho? -dijo Don Quijote.

    -Sí que me faltan, -respondió Sancho.

    -¿De ese modo, no tenemos que comer hoy? -replicó Don Quijote.

    -Eso fuera, -respondió Sancho- cuando faltaran por estos prados las yerbas que vuestra merced dice que conoce, con que suelen suplir semejantes faltas los tan mal aventurados caballeros andantes, como vuestra merced es.

    -Con todo eso, -respondió Don Quijote- tomara yo más aina un cuartel de pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques, que cuantas yerbas describe Dioscórides, aunque fuera el ilustrado doctor Laguna; mas con todo ésto, sube en tu jumento, Sancho el bueno, y vente tras mi, que Dios, que es proveedor de todas las cosas, no nos ha de faltar, y más andando tan en su servicio como andamos, pues no falta a los mosquitos del aire, ni a los gusanillos de la tierra, ni a los renacuajos del agua, y es tan piadoso, que hace salir su sol sobre los buenos y malos, y llueve sobre los injustos y justos.

    -Más bueno era vuestra merced, -dijo Sancho-, para predicador que para caballero andante.

    De todo sabían y han de saber los caballeros andantes, Sancho, -dijo Don Quijote-, porque caballero andante hubo en los pasados siglos, que así se paraba a hacer un sermón o plática en un camino real, como si fuera graduado por la universidad de París, de donde se infiere, que nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza.

    -Ahora bien, sea así como vuestra merced dice, -respondió Sancho-; vamos ahora de aquí y procuremos donde alojar esta noche, y quiera Dios que sea en parte donde no haya mantas, ni manteadores, ni fantasmas, ni moros encantados, que si los hay, daré al diablo el hato y el garabato.

    -Pídeselo tú a Dios, -dijo Don Quijote-, y guía tú por donde quisieres, que esta vez quiero dejar a tu elección el alojarnos; pero dame acá la mano, y atiéntame con el dedo, y mira bien cuántos dientes y muelas me faltan deste lado derecho de la quijada alta, que allí siento el dolor.

    Metió Sancho los dedos, y estándole atentándo le dijo:

    -¿Cuántas muelas solía vuestra merced tener en esta parte?

    – Cuatro -respondió Don Quijote- fuera de la cordal todas enteras y muy sanas.
    -Mire vuestra merced bien lo que dice, señor, -respondió Sancho.

    – Digo cuatro, si no eran cinco, -respondió Don Quijote-, porque en toda mi vida me han sacado diente ni muela de la boca, ni se me ha caído, ni comido de neguijon, ni de reuma alguna.

    -Pues en esta parte de abajo, -dijo Sancho-, no tiene vuestra merced más de dos muelas y media, y en la de arriba, ni media ni ninguna, que toda está rasa como la palma de la mano.

    ¡Sin ventura yo! -dijo Don Quijote-, oyendo las tristes nuevas que su escudero le daba, que más quisiera que me hubieran derribado un brazo, como no fuera el de la espada; porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como el molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante; mas a todo esto estamos sujetos los que profesamos la estrecha orden de la caballería. Sube, amigo, y guía, que yo te seguiré al paso que quisieres.

    Hízolo así Sancho, y encaminose hacia donde le pareció que podía hallar acogimiento, sin salir del camino real, que por allí iba muy seguido.

    Yéndose, pues, poco a poco, porque el dolor de las quijadas de Don Quijote no le dejaba sosegar, ni atender a darse priesa, quiso Sancho entretenelle y divertirle diciéndole alguna cosa, y entre otras que le dijo, fue lo que se dirá en el siguiente capítulo.
     

  • La guerra lo destruye todo, incluida la cultura y el arte

    La guerra consiste en el dominio del adversario mediante la destrucción, en primer lugar de las personas, a las que mata sin piedad, y luego de todo lo que se pone (aunque no se oponga) a su paso. Las pérdidas más valiosas son las de las personas, naturalmente. Luego una pérdida irreparable es la del arte y de la cultura a veces acumulada durante siglos y milenios, que algunos “guerreros” califican eufemísticamente de “daños colaterales”.

    Asistimos en estos días al expolio a que están siendo sometidos territorios arqueológicamente tan ricos como Siria o Iraq aprovechando la violencia de la guerra. Egipto lo viene siendo sistemáticamente desde hace cientos de años. Siempre ha sido igual desde que el “homo necans”, “el hombre que mata” descubrió su capacidad de violencia con los iguales. Todos los fastuosos museos de la culta Europa se han surtido del fruto de la guerra y del expolio colonialista. Esto es bien conocido y bien doloroso.

    En la Antigüedad las guerras fueron  tan frecuentes y destructivas como hoy y los ejemplos de destrucción y expolio de obras de arte son bien numerosos. Citaré dos o tres textos que ponen de manifiesto la falta de sensibilidad del “legionario” romano con el arte griego, que es sistemáticamente expoliado.

    Tal vez el caso más famoso de destrucción de un bien cultural inmenso sea la adjudicación de la quema del incendio de la Biblioteca de Alejandría al ejército de Julio César en el año 48 o 47  a.C. en la guerra de César con Ptolomeo XIII, hermano de Cleopatra.  En realidad la confusión de los textos y la pervivencia posterior de la Biblioteca no permiten afirmar que fuera quemada y destruida la Biblioteca como tal; parece más bien que el incendio se limitó a los paquetes de rollos de papiro preparados en los muelles del puerto para su exportación, que era parte de la pujanza económica de Alejandría. Véase https://www.antiquitatem.com/incendio-de-la-biblioteca-de-alejandria

    Es en cambio muy curioso lo que ocurrió con la conquista de Grecia por los romanos. Corinto  es una de las ciudades antiguas más famosas por su creatividad artística. Sus figuras y objetos de bronce son deseados y demandados en todo el mundo antiguo. Corinto fue conquistada y saqueada por los romanos en el año 146 antes de Cristo. Bien, los textos que reproduzco  a continuación son bien significativos de la valoración de la obra maestra de arte por parte de los profesionales de la milicia y del ejército.

    Estrabón, Geografía 8.6.23

    Los corintios, cuando se sometieron a Filipo, defendieron su causa con todo celo, y se comportaron por su cuenta siempre con tanto desprecio hacia los romanos que las personas  se atrevieron a tirar la suciedad desde lo alto encima de sus embajadores al pasar por sus casas. Inmediatamente fueron castigados por estas y otras ofensas e insultos. Los romanos enviaron un gran ejército al mando de Lucio Mummio, que arrasó la ciudad, mientras otros generales sometieron el resto del país, Grecia, hasta Macedonia. Sin embargo la mayor parte del territorio de Corinto fue entregada a los Siconios.

    Polibio relata  con tristeza lo que ocurrió en la toma de la ciudad, y habla de la indiferencia con que los soldados observaron las obras de arte maestras, y las ofrendas sagradas de los templos de las que la ciudad estaba llena. Él dice, que estuvo presente, y vio en las calles de Corinto pinturas tiradas en el suelo, y soldados jugando a los dados encima de ellas. Entre otras, cita el cuadro de Baco pintado por Aristides (al que se dice que se le aplicaba el dicho “nada como el Baco”), y el de Hércules consumido por la túnica que le regaló Deyanira. Esta última no la he visto yo personalmente, pero sí he visto la pintura de Baco colgada en el templo de Deméter de Roma, una obra de arte realmente hermosa, que hace poco fue consumida por el fuego juntamente con el templo.  El mayor número y desde luego las  más hermosas  de las otras ofrendas que hay en Roma (en los templos) fueron traídas de Corinto. Algunas de ellas están en posesión de las ciudades cercanas a Roma.

    Siendo Mummio más valiente y generoso que admirador de las artes, se las ofrecía  sin dudarlo a quienes le  preguntaban por ellas. Lúculo, que construyó el templo de la Buena Fortuna y un pórtico, pidió a Mummio el uso de algunas estatuas, con el pretexto de adornar con ellas el templo con ocasión de su dedicación y prometiendo devolverlas. Sin embargo no las devolvió, sino que las presentó como ofrendas sagradas y le dijo a Mummio que las retirase si quería. Mummio no se quejó por esta conducta, despreocupándose de las estatuas, pero obtuvo más honor que Lúculo, que las había presentado como ofrendas sagradas.

    Corinto estuvo mucho tiempo abandonada, hasta que al final fue restaurada  por sus ventajas naturales por el “divus César” (el divino César), que  envió colonos allá, que  en su mayor parte eran los descendientes de hombres libres. Al remover las ruinas, y al abrir en la excavación los sepulcros, aparecieron gran cantidad  de obras de cerámica con figuras pintadas en ellas, y muchas también de metal. Su maestría era admirable, así que todos los sepulcros fueron examinados con el mayor cuidado. Se obtuvo así una gran cantidad de cosas, que pusieron a la venta por su  gran precio, y Roma se llenó de “Necro-Corintios”; con este nombre se conocían los artículos sacados de los sepulcros, sobre todo la cerámica.   Al principio estas últimas se estimaron  tanto como las obras en metal de los artistas de Corinto, pero este afán de poseerlas desapareció pronto, no sólo porque falló la oferta, sino también porque  la mayor parte de ellas no estaban bien ejecutadas.

    La ciudad de Corinto fue grande y opulenta en todas las épocas, y produjo un gran número de hombres de estado y de artistas. Aquí, en particular, y en Sición, florecieron la pintura y la escultura y todas las artes de este tipo.

    La tierra no era muy fértil; su superficie era irregular y áspero, por lo que todos los escritores describen Corinto llena de escarpados y colinas, y le aplican el dicho:  "Puntillosa   y arrastrada como Corinto”

    Notas:
    Arístides de Tebas, el pintor de “El Baco” famoso, fue contemporáneo de Alejandro Magno. En una subasta pública del botín de Corinto, el rey Atalo ofreció una cantidad de dinero tan grande por este  “Baco”, que Mummio, que no sabía nada de arte y desconociendo su valor, pensó que el cuadro tenía algún poder mágico que él desconocía, y lo envió a Roma a pesar de las protestas de Atalo. En otro texto de este artículo pongo en evidencia la ignorancia de este rudo Mummio.

    – La historia de Hércules y Deyanira es el tema de la tragedia Las Tarquinias de Sófocles.

    También nos lo comenta Veleyo Paterculo en su Historia Romana I,13:

    Tres años antes de que Cartago fuera destrudia, murió Marco Catón, incansable instigador de su destrucción, durante el consulado de Lucio Censorino y Manio Manilio. El mismo año de la caída de Cartago L. Mumio arrasó Corinto, novecientos cincuenta y dos años después de que fuera fundada por Aletes, hijo de Hípotes. Los dos generales recibieron el honor de unir a su nombre el de la nación que habían vencido: uno fue llamado Africano y el otro Acaico; ningún hombre sin antepasados nobles consiguió un apelativo por su valor antes que Mumio. Tanto las costumbres como los intereses de los dos generales eran muy diferentes; pues Escipión fue un promotor y admirador de las artes liberales y de la cultura en general tan elegante que tuvo a su lado tanto en tiempos de paz como en campaña a Polibio y a Panecio, destacadísimos talentos. En efecto, nadie como este Escipión fue capaz de alternar con mayor elegancia el ocio con sus obligaciones y sirvió a las artes en todo momento, durante la guerra y en la paz, con un esfuerzo constante en la milicia y en las letras, puso a prueba su cuerpo en los peligros y su inteligencia en el saber.

    Mumio tenía tan poca cultura que tras la toma de Corinto, cuando ajustaba el precio para que llevaran a Italia las pinturas y los objetos realizados por los mejores artistas, ordenaba que se advirtiera a los adjudicatarios que si dejaban que se perdieran, tendrían que reemplazarlas por otras nuevas. No obstante no creo que dudes, Marco Vinicio, que más le habría servido a la república que se siguiera desconociendo el valor de las obas de arte corintias y no que se supiera demasiado y que aquella falta de comprensión sería más conveniente para el esplendor de la república que este refinamiento nuestro.

    Veleyo Paterculo,  Historia Romana I, 13

    13  Ante triennium quam Carthago deleretur, M. Cato, perpetuus diruendae eius auctor, L. Censorino M'. Manilio consulibus mortem obiit. Eodem anno, quo Carthago concidit, L.43 Mummius Corinthum post annos nongentos quinquaginta duos, quam ab Alete Hippotis filio erat condita, funditus eruit. 2 Uterque imperator devictae a se gentis nomine honoratus, alter Africanus, alter appellatus est Achaicus; nec quisquam ex novis hominibus prior Mummio cognomen virtute partum vindicavit.
    3 Diversi imperatoribus mores, diversa fuere studia: quippe Scipio tam elegans liberalium studiorum omnisque doctrinae et auctor et admirator fuit, ut Polybium Panaetiumque, praecellentes ingenio viros, domi militiaeque secum habuerit. Neque enim quisquam hoc Scipione elegantius intervalla negotiorum otio dispunxit semperque aut belli aut pacis serviit artibus: semper inter arma ac studia versatus aut corpus periculis aut animum disciplinis exercuit. 4 Mummius tam rudis fuit, ut capta Corintho cum maximorum artificum perfectas manibus tabulas ac statuas in Italiam portandas locaret, iuberet praedici conducentibus, si eas perdidissent, novas eos reddituros. p345 Non tamen puto dubites, Vinici, quin magis pro re publica fuerit manere adhuc rudem Corinthiorum intellectum quam in tantum ea intellegi, et quin hac prudentia illa imprudentia decori publico fuerit convenientior.

    La consideración final del texto de Veleyo Patérculo se debe al carácter moralizante de su obra, que rechaza el lujo e influjo oriental que se ha impuesto en Roma y tal vez a que pretenda ser un elogio a la política de austeridad de Tiberio.

    De este Mumio, tan rudo, que se utilizaba como prototipo en los ejercicios de retórica, nos da también información Plinio en su Historia Natural, XXXV, (8), 24.

    (24) VIII. [1] El primero que dio popularidad a las pinturas  extranjeras en Roma, fue L Mummius,  a quien su victoria en Acaya le proporcionó el sobrenombre de “el Acayo”.  En la subasta del botín, el Rey Attalus compró por  600.000 sestercios el cuadro de Arístides del “Padre Liber” (Baco); Mummius, sorprendido por el precio y sospechando que en él se escondía alguna virtud que él no conocía, rompió el trato. A pesar de lo mucho que se quejó Attalo, se colocó el cuadro en el templo de Ceres: creo que fue  la primera pintura extranjera, que se mostró en público en Roma. Veo que luego se colocaron comúnmente en el Foro.

    Tabulis autem externis auctoritatem Romae publice fecit primus omnium L. Mummius, cui cognomen Achaici victoria dedit. namque cum in praeda vendenda rex Attalus VI emisset tabulam Aristidis, Liberum patrem, pretium miratus suspicatusque aliquid in ea virtutis, quod ipse nesciret, revocavit tabulam, Attalo multum querente, et in Cereris delubro posuit. quam primam arbitror picturam externam Romae publicatam, deinde video et in foro positas volgo.

    Corinto es un famoso centro de arte. De su producción artística son especialmente buscados sus bronces, sus trabajos de orfebrería, los famosos “vasos corintios” (vasos, bandejas, jarras, flores y otros objetos) , que tenían un color y olor característicos que los hacían muy apreciados por los romanos, que los coleccionaban como signo de riqueza.

    El liberto y nuevo rico Trimalción, protagonista de gran parte del Satiricón de Petronio, no tiene ningún pudor en dar una versión disparatada del origen de estos famosos vasos, aunque para ello tenga que cometer el mayor anacronismo haciendo coetáneos la caída de Troya y el cartaginés Anibal. Nos lo cuenta Petronio en su Satiricón, 50:

    Después de este prodigio toda la servidumbre rompió a aplaudir y gritó:

    -¡Viva Gayo!

    El cocinero fue honrado con un trago y con una corona de plata; el vaso se lo presentaron en una bandeja de Corinto.   . Agamenón la examinó atentamente muy de cerca, y entonces dijo Trimalción:

    -¡Soy el único que tiene verdaderos Corintios!

    Esperaba yo que de conformidad con su insolencia anterior dijera que le llevaban la vajilla desde Corinto. Pero él con una salida mejor nos dijo:

    -Y quizás quieres saber por qué soy el único en poseer legítimos Corintios; pues porque el broncista a quien se los compro se llama Corinto. Y ¿qué puede ser Corintio sin quien tiene a Corintio? Y no me tengáis por un paleto: ´se pero que muy bien de dónde salieron en su comienzo los bronces de Corinto. Cuando fue tomada Troya 2 , Anibal, tipo taimado y gran lagartón, todas las estatuas de bronce y oro y de plata las amontonó en una hoguera y les prendió fuego; se hicieron una sola masa amalgamada. Y de esta masa cogieron los artesanos e hicieron platos y fuentes y figuritas. Así nacieron los bronces de Corinto, de todos los metales mezclados, ni uno ni otro. Perdóname lo que voy a decir; yo prefiero para mí las cosas de cristal, por lo menos no huelen. Y si no se rompieran, las preferiría al oro; pero la realidad es que andan por el suelo. (Traducción de Manuel C.Díaz y Díaz. Ediciones AlmaMater,1968)

    Plausum post hoc automatum familia dedit et "Gaio feliciter!" conclamavit. Nec non . cocus potione honoratus est, etiam argentea corona poculumque in lance accepit Corinthia. Quam cum Agamemnon propius consideraret, ait Trimalchio: "Solus sum qui vera Corinthea habeam." Exspectabam ut pro reliqua insolentia diceret sibi vasa Corintho afferri. Sed ille melius: "Et forsitan, inquit, quaeris quare solus Corinthea vera possideam: quia scilicet aerarius, a quo emo, Corinthus vocatur. Quid est autem Corintheum, nisi quis Corinthum habeat? Et ne me putetis nesapium esse, valde bene scio, unde primum Corinthea nata sint. Cum Ilium captum est, Hannibal, homo vafer et magnus stelio, omnes statuas aeneas et aureas et argenteas in unum rogum congessit et eas incendit; factae sunt in unum aera miscellanea. Ita ex hac massa fabri sustulerunt et fecerunt catilla et paropsides <et> statuncula. Sic Corinthea nata sunt, ex omnibus in unum, nec hoc nec illud. Ignoscetis mihi quod dixero: ego malo mihi vitrea, certe non olunt. Quod si non frangerentur, mallem mihi quam aurum; nunc autem vilia sunt.

    Resulta chocante el anacronismo de hacer coetáneos la caída de Troya Anibal, pero no menos chocante es que Isidoro de Sevilla recoja de Petronio esta anécdota, bien es cierto que eliminando el anacronismo,  en sus Orígenes o Etimologías 16, 20,4:

    El “bronce de Corinto” es una aleación de todo tipo de metales que el azar mezcló por primera vez durante el incendio de Corinto, cuando la ciudad fue conquistada. En efecto, al apoderarse Aníbal de ella levantó una pira con todas las estatuas de bronce, de oro y de plata, y les prendió fuego: de esta mezcla resultante tomaron material los orfebres y fabricaron bandejas. De esta manera se descubrió el bronce de Corinto, logrado a base de todos y no sólo de este o de aquel metal. Por esto, hasta el día de hoy se conoce como “bronce de Corinto”, o “vasos de Corinto”, el que se obtiene a partir de la misma aleación o de una imitación de ésta.

    Corintheum  est commistio ómnium metallroum, quod casus primum miscuit, Corintho, cum caperetur, incensa. Nam dum hanc civitatem Hannibal cepisset, omnes statuas aeneas et aureas et argenteas in unum rogum congessit et eas incendit: ita ex hac commistione fabri sustulerunt et fecerunt parapsides. Sic Corinthea nata sunt ex omnibus in unum, nec hoc nec illud. Unde et usque in hodiernum diem sive ex ipso sive ex imitation eius aes Corintheum vel Corinthea vasa dicuntur.

  • Octavio Augusto estuvo tres veces en Hispania

    Por fin el cálido verano ha dado paso al más dulce otoño. El verano se extiende de Junio, el mes de la diosa Juno, la homóloga romana de la griega Hera, a Septiembre, el més séptimo de un inicial año de diez meses. Entre el mes inicial y el final del verano se desgranan día a día los meses de Julio y Agosto. Julio se llamó primeramente “quintilis”, es decir, el mes quinto y Agosto “sextilis”, es decir, el mes sexto. El general o “imperator” Julio César dio su nombre al quinto y su sobrino y primer emperador Octavio Augusto dio el nombre al sexto.

    Octavio nació en septiembre del año 63 a.C.  y murió en agosto del año 14 d.C., (prescindiendo de la  exactitud cronológica dificultada por los cambios, adaptaciones y reajustes del calendario, que su tío Julio César ya reformó, hasta el día de hoy). Así que acaban de cumplirse 2.000 años y puede ser esta una buena ocasión para comentar algún detalle.

    "Augusto" fue uno de los numerosos títulos honoríficos que César Octavio acumuló en su persona. La palabra está relacionada con “augeo” que significa aumentar, crecer, ganar fuerza y “augurio” u “observación e interpretación de los mensajes favorables de los dioses”, por lo que “augusto” viene a significar  “consagrado por los augurios, con augurios favorables,santo, venerable, el elegido o favorecido por la divinidad”. Todavía hoy en italiano se emplea la palabra  “auguri” para expresar “los mejores deseos” para alguien. Hasta Octavio,el término “augustus” sólo se aplicaba a las cosas y no a las personas.

    El poeta Ovidio nos ilustra sobre el significado  del término. Al cantar la festividad y las ceremonias del día 13 de Enero dedicadas a Augusto, nos dice  en sus Fastos 1. 607 y ss.

    Sin embargo todos son celebrados con honores humanos;
    Sólo éste (Augusto) tiene un nombre asociado al supremo Júpiter.
    Los patricios a las cosas sagradas las llaman augustas; augustos son llamados
    los templos dedicados ritualmente por la mano de los sacerdotes.
    Tambien “augurio”  tiene su origen en esta palabra,
    y  todo lo que Júpiter engrandece con su poder.
    ¡Que engrandezca el imperio de nuestro guía, que aumente sus años
    y proteja vuestro umbral con la corona de encina.
    Y que el heredero de tan gran apellido con los auspicios de los dioses
    cargue con el peso del mundo con el mismo favor divino que su padre!

    sed tamen humanis celebrantur honoribus omnes:
    hic socium summo cum Iove nomen habet,
    sancta vocant augusta patres, augusta vocantur
    templa sacerdotum rite dicata manu;
    huius et augurium dependet origine verbi,
    et quodcumque sua Iuppiter auget ope.
    augeat imperium nostri ducis, augeat annos,
    protegat et vestras querna corona fores,
    auspicibusque deis tanti cognominis heres
    omine suscipiat, quo pater, orbis onus 

    Según las fuentes, al menos las que yo conozco, Augusto estuvo tres veces en Hispania y de las tres quedan algunos hechos relevantes y  alguna anécdota.

    El primer viaje tuvo lugar el año 45 a.C., cuando apenas contaba 18 años. Debía haber viajado antes con su tío, pero una enfermedad le impidió la marcha. Así que vino sólo para encontrarse en Tarragona con Julio César. En el viaje  naufragó y cuando llegó, su tío ya no estaba allí por lo que hubo de marchar por terreno enemigo y hostil hacia la Bética en donde se encontraba luchando en la guerra civil contra los hijos de Pompeyo.

    Nos lo cuenta Nicolás de Damasco en su  Vida de Augusto, FGrH F 127, …(10-11)

    (10) …Había muchos que querían acompañarle porque ya era una gran promesa, pero rechazó a todos, incluida su propia madre. Seleccionó al  más rápido y más fuerte de sus siervos e inició rápidamente  su viaje y cubriendo el largo camino con una increíble marcha  llegó junto a César, que ya había completado toda la guerra en el espacio de siete meses.

    (11) Cuando Octavio llegó a Tarraco, pareció difícil creer que había logrado llegar en medio de tantas dificultades propias de la guerra. Al no encontrar a César allí, tuvo que afrontar  más problemas y peligros. Alcanzó a César en España, cerca de la ciudad de Calpiá. César lo abrazó como a un hijo y le dio la bienvenida, porque él lo había dejado en casa, enfermo, y ahora lo veía inesperadamente a salvo de tantos enemigos y  bandidos. De hecho, ya no le dejó apartarse de él, sino que lo acogió  en sus propias dependencias militares. Elogió su celo e inteligencia, ya que él fue el primero en llegar de los que habían salido de Roma . Conversaba con él y le hacía preguntas porque quería hacerse una opinión correcta de su entendimiento. Se dio cuenta de  que era sagaz, inteligente y conciso en sus respuestas, que  siempre contestó inmediatamente, y aumentó  su estima y afecto por él. Después de esto tuvieron que navegar hasta Carthago Nova (Cartagena) para hacer acuerdos.  Octavio se embarcó en el mismo barco que César, con cinco esclavos, pero, además de los esclavos eligió a tres de sus compañeros a bordó y temía  que César se enfadara al descubrirlo. Sin embargo, currió todo lo contrario, y a César  le agradó que Octavio sintiera  cariño por  sus compañeros y lo elogió porque a él también  le gustaba tener siempre  con él hombres atentos y deseosos de de alcanzar la excelencia; y porque él ya daba no poca importancia a ganar una buena reputación en su patria.

    La rapidez y valentía con la que acudió el joven Octavio y el sentido común y responsabilidad con la que actuó durante la estancia en Hispania impresionaron favorablemente a Julio César, que probablemente comenzó a pensar en él como su heredero, como luego se descubrió en la apertura de su testamento que había custodiado la sacerdotisa vestal Máxima.

    También recoge esta información  Suetonio en su Vida de Augusto VIII:

    Poco después marchó  a Hispania junto a su tío materno, que luchaba contra los hijos de C. Pompeyo, apenas recuperado de una grave enfermedad, marchando a través de caminos infestados de enemigos, con unos pocos acompañantes incluso después de haber naufragado. Por todo esto se ganó su gran agradecimiento (César) y también por la sobriedad de sus costumbres, que pronto demostró, además de por su actuación durante el viaje.

    profectum mox auunculum in Hispanias aduersus Cn. Pompei liberos uixdum firmus a graui ualitudine per infestas hostibus uias paucissimis comitibus naufragio etiam facto subsecutus, magno opere demeruit, approbata cito etiam morum indole super itineris industriam.

    Y también Veleyo Patérculo, 2.59.3  nos recuerda cómo su tío César se lo llevó a Hispania con dieciocho años y lo mantuvo con él, montandolo incluso su carro.

    Aunque se había criado en la casa de su padrastro, Filipo, Cayo César, su tío abuelo, amaba a este niño como su propio hijo. A la edad de dieciocho años se lo llevó como compañero a la guerra de Hispania, y nunca tuvo otro hospedaje que el suyo ni vaijó en otro vehículo,  y aunque todavía un niño, lo honró con el sacerdocio del pontificado

    Quem C. Caesar, maior eius avunculus, educatum apud Philippum vitricum dilexit ut suum, natumque annos duodeviginti Hispaniensis militiae adsecutum se postea comitem habuit, numquam aut alio usum hospitio quam suo aut alio vectum vehiculo, pontificatusque sacerdotio puerum honoravit.

    El segundo viaje lo realizó entre los años 27 y 24 a.C. y acudió a Hispania para dirigir personalmente la guerra contra los cántabros y astures. En el año 26 se retiró enfermo a Tarraco, habiendo sufrido antes un percance de enorme importancia para un romano.

    Durante una marcha nocturna, (Augusto prefería viajar por la noche) se desencadenó una fuerte tormenta y un rayo, lanzado sin duda por el poderoso Júpiter, mató a uno de los porteadores de su litera, dejando tal vez inconsciente o gravemente afectado al propio Octavio. Este rayó le dejó para siempre secuelas, al parecer una especie de tembleque que de vez en cuando se le hacía presente.
    Suetonio nos informa de cómo consagró un templo a Júpiter Tonante en el Capitolio por haberle librado de este rayo. Tonante es precisamente el adjetivo que expresa el terror supersticioso que Júpiter producía en los romanos con sus truenos y rayos.

    “Consagró un templo a Júpiter Tonante, porque le  libró del peligro, cuando en una expedición contra los cántabros, durante la noche, un rayó rozó  ligeramente su litera y mató a un esclavo que iba delante para alumbrarle”. (Vida de Augusto, 29, 3)

    Tonanti Iovi aedem consecravit liberatus periculo,cum   expeditione Cantabrica per nocturnum iter lecticam eius fulgur praestrinxisset servumque praelucentem exanimasset.

    A la enfermedad que le apartó a Tarraco, consecuencia tal vez del rayo que estuvo a punto de matarlo, hace referencia Suetonio en Vida de Augusto, 81, 1:

    “A lo largo de toda su vida sufrió un buen  número de enfermedades graves y peligrosas. Sobre todo una, después de dominar Cantabria, cuando los flujos del hígado enfermo le llevaron a la desesperación y le obligaron necesariamente a recurrir a un tratamiento médico contrario e incierto: como los tratamientos  calientes no surtían efecto, se vio obligado a tratarse con   fríos, siguiendo la indicación de Antonio Musa (su médico)”.

    Graues et periculosas ualitudines per omnem uitam aliquot expertus est; praecipue Cantabria domita, cum etiam destillationibus iocinere uitiato ad desperationem redactus contrariam et ancipitem rationem medendi necessario subiit: quia calida fomenta non proderant, frigidis curari coactus auctore Antonio Musa

    Dion Casio en Historia de Roma 53, 25 nos recuerda la venida de Augusto a Hispania desde la Galia “para restablecer el orden” en el año 27 a.C. y cómo dirigió personalmente la guerra:

    Llevó a cabo el censo de los Galos y reguló su estado civil y político. Desde allí pasó a Hispania e igualmente organizó esta provincia.
    ….
    Augusto, en el momento de marchar con su ejército a Bretaña (los bretones no habían querido aceptar sus condiciones), fue retenido por los Salassos, que se levantaron contra él, y por los cántabros y Asturias que le hicieron la guerra.  El primero de estos dos pueblos vive al pie de los Alpes, como he dicho antes; los otros dos, a los pies de los Pirineos, en la parte más fuerte de la costa de Hispania y en la llanura debajo de la montaña.
    ….
    Augusto en persona marchó contra los Astures y contra los cántabros a la vez; como quiera que rechazaban rendirse por la seguridad que les inspiraba la fuerza de sus posiciones y tampoco entablaban combate porque eran inferiores en número; como por otra parte la mayoría estaban armados con jabalinas y le hostigaban en cuanto hacía algún movimiento, siempre situados delante en los lugares elevados y emboscados en lugares escondidos y en los bosques, Augusto se encontró en gran aprieto

    La fatiga y las preocupaciones habían alterado su salud y se retiró a Tarraco, donde cayó enfermo; entretanto, C.Antistio combatió a estos pueblos y obtuvo muchos éxitos, no porque fuera mejor general que Augusto, sino porque los bárbaros, despreciándole, se lanzaron en masa contra los Romanos y fueron derrotados. Así que él se apoderó de unos pocos lugares y luego T.Carisio se apoderó de Lancia, la ciudad más fuerte de los Astures, que había sido abandonada y redujo a un gran número de otras a su poder.

    Otros historiadores como Floro, en su Epitome Rerum Romanorum 2,33,12, 46 ss.  y Orosio en su “Historia adversus paganos”  6, 20-21 recuerdan también las Guerras Cántabras y cómo una vez finalizadas, a criterio de Augusto en el año 24 aunque se prolongaron hasta el 19 a.C., se cerraron después de doscientos años las puertas del templo de Jano en Roma, que debían permanecer abiertas en tiempos de guerra. Comenzaba así la llamada “paz de Augusto” (pax augusta)..

    Precisamente durante este viaje nos cuenta Dion Casio cómo el año 25 a.C. licenció a los soldados veteranos y fundo Augusta Emerita, la actual ciudad de Mérida.

    Dion 53, 26, 1

    Una vez acabada esta guerra, Augusto licenció a los soldados de más edad y les permitió fundar en Lusitania una ciudad llamada Augusta Emerita; a los que todavía estaban en edad en edad de servir en el ejército les ofreció en el propio campo algunos espectáculos bajo la dirección de Tiberio y Marcelo, como si fueran los ediles”.

    El tercer viaje tuvo lugar entre los años 16 y 13 a.C..  Primero fue a la Galia y dese allí a Hispania.
    En Narbona, en febrero del año 15 a.C. publicó los edictos referidos a los “Paemeiobrigenses” y a los “Aiiobrigiaecinos", ambos en el Bierzo, que aparecen en la  llamada “tessera Paemeiobrigensis” o Edicto del Bierzo. En ellos se recompensa a los pueblos que le permanecieron fieles en las guerras cántabras. Sin duda estos decretos y otras muchas medidas referidas a la promoción del estatus de numerosas ciudades de Hispania en estos años están en relación con el hecho de que viniera a Hispania por tercera vez, aunque las fuentes no lo atestiguan directamente. 

    Precisamente a la vuelta a Roma, el Senado decidió construir un altar a la paz, la  famosa Ara Pacis, a la que  parece referirse Dion Casio en su Historia de Roma, 54, 25:

    Después de poner todo en orden en  la Galia, en Germania y en Hispania, gastando mucho para algunas ciudades por separado,  recibiendo mucho de otras,  dando a unas la libertad y el derecho de ciudadanía y privando de él a otras, Auguste dejó a Druso en Alemania y regresó a Roma en el consulado de Tiberio y  Quintilio Varo. La noticia de su llegada, extendida por toda Roma, coincidió con los días en que Cornelio Balbo ofrecía unos espectáculos por la dedicación del teatro que todavía hoy lleva su nombre; Balbo se sintió tan orgulloso como si hubiera sido él el que había hecho volver a  Augusto,  aunque el agua desbordada del Tíber le  impidió llegar a su teatro sino en barco,  y también porque, en honor a su teatro, Tiberio le dio el primer turno de palabra. El Senado, de hecho, se reunió a continuación, y, entre otros acuerdos, decidió que, con motivo del regreso de Augusto, fuera erigido un altar en la propia Curia, en el que los suplicantes, cuando el príncipe estuviera  en el interior del  Pomoerium, debían encontrar  impunidad.

    El propio Augusto hace referencia  en sus Res Gestae divi Augusti (Monumnetum Ancyranum), 12:

    Cuando desde Hispania y la Galia regresé a Roma, después de haber realizado felizmente mis acciones en esas provincias, bajo el consulado de Tiberio Nerón y de Publio Quintilio, el senado decretó que se debía consagrar en honor de mi regreso el “Ara pacis de Augusto”  junto al Campo de Marte, y ordenó que los magistrados, sacerdotes y vírgenes Vestales celebrasen en ella cada año un sacrificio.

    Cum ex Hispania Gallaque, rebus in iis provincis prospere gestis, Romam redi Ti. Nerone P. Quintilio consulibus, aram Pacis Augustae senatus pro reditu meo consacrandam censuit ad campum Martium, in qua magistratus et sacerdotes et virgines Vestales  anniversarium sacrificium facere iussit.

    Ovidio también se hace eco de la fundación del Ara pacis en Fasti 1, 709 ss. Se refiere a los fastos del día 30 de Enero. Estos versos finales del libro son un canto a la paz, que me permito reproducir:

    El propio poema nos ha llevado al altar de la Paz.
    Este será el penúltimo día del mes.
    Con tus cabellos peinados y rodeada de las ramas de Accio,(1)
    acude, Paz, y quédate dulce en todo el orbe.
    Mientras falten enemigos, faltará también motivo para el triunfo,
    pero tú serás mayor motivo de gloria que la guerra para los generales.
    Que sólo el soldado lleve las armas con las que vencer a las armas,
    y  que la fiera trompeta no resuene sino en el desfile.
    Que el mundo cercano y el más lejano se asuste de los hijos de Eneas;
    Si alguna tierra temía un poco a Roma, que ahora la ame.
    Vosotros, sacerdotes, echad inciensos en las llamas de la paz.
    Y que una blanca víctima caiga muerta golpeada en su frente
    y rogad a los dioses, favorables a las peticiones piadosas,
    que la casa que trabaja por la paz, perdure en paz.

    (1) Se refiere a las ramas de laurel de la victoria de la batalla de Accio frente a Marco Antonio.

    Ipsum nos carmen deduxit Pacis ad aram.
    haec erit a mensis fine secunda dies.
    frondibus Actiacis comptos redimita capillos,
    Pax, ades et toto mitis in orbe mane. 
    dum desint hostes, desit quoque causa triumphi:
    tu ducibus bello gloria maior eris.
    sola gerat miles, quibus arma coerceat, arma,
    canteturque fera nil nisi pompa tuba.
    horreat Aeneadas et primus et ultimus orbis:
    si qua parum Romam terra timebat, amet.
    tura, sacerdotes, pacalibus addite flammis,
    albaque percussa victima fronte cadat,
    utque domus, quae praestat eam, cum pace perennet
    ad pia propensos vota rogate deos.

    Podía ser esta frase, utque domus, quae praestat pacem, cum pace perennet, la versión clásica y antigua de la máxima: “si quieres la paz, trabaja por la paz”.
     

  • Biblioteca de Alejandría (5) ¿Desapareció la Biblioteca de Alejandría en un grandioso incendio?

    Según la tradición mil veces repetida, la famosa Biblioteca de Alejandría desapareció en un grandioso incendio. Parece ser este el trágico final al que tarde o temprano están condenadas todas las bibliotecas.

    Pero el asunto de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría ha generado gran controversia entre los autores modernos, que analizan las fuentes, en gran parte confusas.

    Desde luego no es ninguna operación gloriosa para nadie destruir una biblioteca; así que nadie lo reivindica. Pero probablemente la causa mayor fue la decadencia y desidia cultural que fue invadiendo el mundo antiguo desde el siglo V, aunque también las guerras y los enfrentamientos ideológicos entre cristianos y paganos.

    Son numerosos los textos que hacen referencia a la destrucción de la  Biblioteca, en general de cuestionable valor histórico  por la lejanía de los hechos que narran y por ser en ocasiones meras reproducciones y contaminaciones de unos y de otros; incluso algunos son contradictorios entre sí. En todo caso puede ser interesante reproducir algunos porque son expresión de la atención que al asunto se concedió en la propia antigüedad.

    Hay dos cuestiones previas que conviene dejar claras. En primer lugar no existe un edificio exento y grandioso como lugar en el que se coleccionan, almacenas y se leen los libros como las grandes bibliotecas actuales. La palabra “biblioteca” procede de la latina  bibliothēca, y esta de la griega βιβλιοθήκη, compuesta de βιβλίον ,biblíon, libro y θήκη théke, que significa “caja, depósito, receptáculo, armario…”.  βιβλίον  o βίβλος también significa corteza u hoja de papiro, soporte que se utilizaba para escribir sobre él, de donde procede el significado de “libro, escrito, documento, carta…”. Así que en realidad “biblioteca” designa a las estanterías o anaqueles en los que se colocan los volúmenes.

    En segundo lugar en Alejandría en realidad había dos bibliotecas, la conocida como “la biblioteca real” (propiedad real; el escritor hebreo Aristeas los llama “libros regios” o “libros del rey” (Carta de Aristeas, 38))  o gran biblioteca (  μεγάλη  βιβλιοθήκη , de μέγας, megas, grande), que formaba parte del complejo del palacio y del Museo, sin edificio propio, en el barrio del Bruqión (en realidad el palacio, que era una fortaleza,  ocupaba todo el barrio);   y la biblioteca anexa al  Serapeion , en el barrio de Rakhotis a la que algunas fuentes, como el obispo Epifanio, del siglo IV,  la llaman “hija” de la otra más grande.

    De acuerdo con los textos las bibliotecas de Alejandría sufrieron varios percances e incendios a lo largo de la historia.

    Probablemente el incendio más famoso y conocido es el que se produjo en el año 48 o 47 a.C., en la guerra de César con Ptolomeo XIII, en el que se quemaron un buen número de libros o volúmenes, sin que pueda afirmarse que sean libros de la Biblioteca que estaba en el Museum. Como el incendio se produjo en los almacenes de los muelles del puerto, se considera que se trataba de paquetes de libros o rollos preparados para la exportación, actividad muy importante en Alejandría.

    Los hechos parece ser que ocurrieron así:  César quiso mediar en el conflicto entre los hermanos hijos de Ptolomeo Auletes, entre Cleopatra y PTolomeo XIII. Durante la celebración de un festín en palacio, el general Aquila y el tutor del rey Potino intentaron un atentado contra César que fue descubierto. Aquila consiguió escapar y preparar la insurrección de Alejandría, en la que César se sintió acorralado en el palacio. Fue entonces cuando los hombres de César quemaron las naves de Ptolomeo para romper el cerco por mar. De los barcos el incendio se propagó a los almacenes y de allí a parte de la ciudad. Acabada la guerra, que ganó César, colocó en el trono a Cleopatra y su otro hermano Ptolomeo xiv como su marido.

    Nos dice Plutarco (entre ca. 46 y el 120) en  Vida de Julio César, 49,6:

    Interceptaron después la escuadra y (César) tuvo que  superar este peligro provocando  un incendio,  que luego se propagó desde los almacenes  a la gran biblioteca y la consumió.

    Y Aulo Gelio, que nació hacia el año 130), el mismo que nos dice que tenía 700.000 (en algunos manuscritos leemos 70.000) volúmenes,  nos dice también que desaparecieron en un incendio con ocasión de la guerra de César, aunque ocurrió por accidente, cargándolo además a las tropas auxiliares:

    Gelio, Noct. Attic. VII, 17,3:

    pero todos ellos (los libros)  fueron quemados en la primera guerra Alejandrina por las tropas auxiliares, mientras se conquistaba la ciudad, no espontánea ni premeditadamente, sino casualmente.

    sed ea omnia bello priore Alexandrino, dum diripitur ea civitas, non sponte neque opera consulta, sed a militibus forte auxiliaris incensa sunt.

    Pero el poeta Lucano, que se entretiene un poco en describir el incendio como buen poeta, nos dice en su Bellum Civile (o Farsalia) , X, 486-505, que fue César quien ordenó incendiar las naves:

    Se atacan también con las naves las dependencias reales, por donde se proyecta en medio de las aguas la lujosa mansión con un soberbio dique. Pero en todas partes está César defendiendo: estos accesos los defiende con la espada, estos otros con el fuego, y siendo atacado lleva a cabo el trabajo de un atacante. ¡Tan grande es la firmeza de su mente! Ordena que se arrojen antorchas empapadas en viscosa pez a las velas de las naves amarradas juntas; y no era lento el fuego en las maromas de estopa ni en las tablas chorreando cera, y al mismo tiempo ardieron los bancos de los remeros y las altas maromas. Ya las naves semiquemadas se hunden en las aguas y ya flotan los enemigos y sus dardos. Pero el incendio no cayó solo en las naves, sino que los edificios al lado del mar acogieron el fuego con sus grandes llamaradas y los Notos (viento) favorecieron el desastre, y la llama,empujada por el torbellino se propagó por las casas con un movimiento no distinto del que acostumbra el sol a deslizarse en el surco celeste aun careciendo de materia pero ardiendo con el solo aire. Aquella desgracia apartó un poco del palacio cerrado a las gentes para (ir) en auxilio de la ciudad.

    nec non et ratibus temptatur regia, qua se
    protulit in medios audaci margine fluctus
    luxuriosa domus. sed adest defensor ubique
    Caesar et hos aditus gladiis, hos ignibus arcet,
    obsessusque gerit, tanta est constantia mentis,                  490
    expugnantis opus. piceo iubet unguine tinctas
    lampadas inmitti iunctis in uela carinis;
    nec piger ignis erat per stuppea uincula perque
    manantis cera tabulas, et tempore eodem
    transtraque nautarum summique arsere ceruchi.                  495
    iam prope semustae merguntur in aequora classes,
    iamque hostes et tela natant. nec puppibus ignis
    incubuit solis; sed quae uicina fuere
    tecta mari longis rapuere uaporibus ignem,
    et cladem fouere Noti, percussaque flamma                  500
    turbine non alio motu per tecta cucurrit
    quam solet aetherio lampas decurrere sulco
    materiaque carens atque ardens aere solo.
    illa lues paulum clausa reuocauit ab aula
    urbis in auxilium populos.

    Amiano Marcelino ( 325/330–después de 391) , Historias, XXII, 16, 12  también da la cifra de 700.000  volúmenes quemados en esta guerra:

    Se suman a estos los templos orgullosos de sus altos tejado, entre los que sobresale el Serapeo,  para el que no hay palabras adecuadas, magnífico con sus atrios de columnas, y con estatuas de retratos que casi respiran y que está hasta tal punto adornada por la cantidad de obras, que, después del Capitolio, con el que la venerable Roma se alza para la eternidad, nada más ambicioso se puede ver en el orbe de las tierras. En este estuvieron bibliotecas sin precio; la información que nos habla de los monumentos antiguos dice que en la guerra de Alejandría, mientras se conquistaba la ciudad por el dictador César, ardieron setecientos mil volúmenes, recopiladas por los reyes Ptolomeos con su vigilante atención.

    His accedunt altis sufflata fastigiis templa, inter quae eminet Serapeum, quod licet minuatur exilitate verborum, atriis tamen columnatis amplissimus, et spirantibus signorum figmentis, et reliqua operum multitudine ita est exornatum, ut post Capitolium, quo se venerabilis Roma in aeternum attollit, nihil orbis terrarum ambitiosius cernat.   In quo bybliothecae fuerunt inaestimabiles: et loquitur monumentorum veterum concinens fides, septingenta voluminum milia, Ptolomaeis regibus vigiliis intentis composita, bello Alexandrino, dum diripitur civitas, sub dictatore Caesare conflagrasse.

    Tanto Dion Casio como Orosio y Lucano, las fuentes más extensas, parece que  se basan en Tito Livio.

    Dión Casio (155 – después del 235) , Historia romana, XLII, 38, 2.

    Después de esto se produjeron muchas batallas entre las dos fuerzas, tanto de día como de noche, con el resultado de que fueron quemados los muelles y los almacenes de grano entre otros edificios, y también la biblioteca, de la que se dice que sus volúmenes eran los más numerosos y de gran calidad. Aquilas dominaba la parte continental, excepto lo que César tenía amurallado, y  el mar excepto el puerto.

    Este mismo Díon Casio también nos refiere en  LXXVIII,7  la loca amenaza de Caracalla de quemar el Museo para vengar a Alejandro Magno, al que según él había mandado envenenar Aristóteles. Caracalla era un loco entusiasta de Alejandro.

    Mostró un odio amargo hacia los filósofos llamados aristotélicos en todos los sentidos, incluso yendo tan lejos como para desear quemar sus libros; en concreto les suprimió en Alejandría los comedores comunes y todos los privilegios de que gozaban. El agravio contra ellos venía porque se suponía que Aristóteles había estado interesado en la muerte de Alejandro. Este fue su comportamiento en estos asuntos; incluso hizo más, se hizo con numerosos elefantes de manera que parecía que estaba imitando a Alejandro, o tal vez mejor, a Dionisos.

    Seneca (4-65), sin duda más ajustado en el número y todavía fantasioso sin duda,  nos dice en De tranquillitate animi, 9,9,4 y ss.

    En Alejandría ardieron cuarenta mil libros. Alguno alabó este monumento a la opulencia de los reyes, como T.Livio, que dijo que esta egregia obra fue fruto de la elegancia y preocupaión de los reyes.

    Quadraginta milia librorum Alexandriae arserunt ;  pulcherrimum regiae opulentiae monimentum alius laudaverit, sicut T. Livius, qui elegantiae regum curaeque egregium id opus ait fuisse.

    Obsérvese que Séneca aduce la fuente de Livio.

     Orosio (c.383-c.420), Historias contra los paganos, VI, 15, 31. dice cuatrocientos mil (cero más cero menos…)

    En la misma batalla se ordenó que se quemase la flota real, que casualmente estaba atracada. Las llamas, que alcanzaron también parte de la ciudad, quemaron cuatrocientos mil libros que casualmente estaban almacenados en un edificio cercano. En verdad que era un monumento especial fruto del celo e interés de nuestros antepasados que habían reunido tantas y tan grandes obras de mentes tan ilustres. Por ello, aunque todavía hoy queden en los templos, que también nosotros hemos  visto, los armarios de los libros, y se nos recuerde  que fueron vaciados en nuestro tiempo por nuestros hombres, lo que ciertamente es verdad, sin embargo se cree que con más acierto  se buscaron otros libros, que hubo quienes imitaron el antiguo interés por los estudios, y que hubo entonces otra biblioteca además de la de los cuatrocientos mil libros que por eso se escapó (de la destrucción)

    in ipso proelio regia classis forte subducta iubetur incendi. ea flamma cum partem quoque urbis inuasisset, quadringenta milia librorum proximis forte aedibus condita exussit, singulare profecto monumentum studii curaeque maiorum, qui tot tantaque inlustrium ingeniorum opera congesserant. unde quamlibet hodieque in templis extent, quae et nos uidimus, armaria librorum, quibus direptis exinanita ea a nostris hominibus nostris temporibus memorent – quod quidem uerum est -, tamen honestius creditur alios libros fuisse quaesitos, qui pristinas studiorum curas aemularentur, quam aliam ullam tunc fuisse bibliothecam, quae extra quadringenta milia librorum fuisse ac per hoc euasisse credatur.

    Es interesante que varios autores, que coinciden en dar la cifra de 40.000 volúmenes quemados, como Séneca, Orosio,  Lucano, parecen depender del texto de Livio que  se ha perdido, pero el contenido se conserva en  Floro: Epítome de Tito Livio, II, 13, 59:

    “Y en primer lugar alejó los proyectiles de los enemigos atacantes con el incendio de los edificios próximos y de los almacenes navales”.

    ac primum proximorum aedificorum atque navalium incendio infestorum hostium tela submovit”

    Así que a Livio se deberían los detalles de quema de los arsenales o almacenes del puerto, quema de rollos que eran mercancía en el puerto y estaban allí por casualidad; no eran, pues, libros del Museo; también sería de Livio la referencia a que el incendio apartó a los enemigos de palacio y permitió la defensa del pueblo que acudió (Lucano)

    Así que el incendio del año 48 a. C. por las tropas de Julio Cesar quizás no fue tan grave como reflejan algunas fuentes: se trataba de mercancías que por casualidad estaban en los almacenes del puerto destinadas sin duda al mercado exterior (algunos intérpretes modernos han interpretado que tal vez el destino fuera Roma, donde los ricos creaban sus aparatosas bibliotecas, como cuenta Séneca). Es la interpretación más coherente con los textos:

    Luego, más tarde, en el enfrentamiento entre Octavio y Marco Antonio se hizo correr el rumor interesado de que Marco Antonio intentó reparar el daño del incendio ocasionado por César, reglando a Cleopatra 200.000 volúmenes de la Biblioteca de Pérgamo;  en realidad es una calumnia, entre otras,  para desacreditar al ignorante Marco Antonio. Nos dice Plutarco en Vida de Antonio, LVIII:

    “…y Calvisio, amigo de César, añadió, como crímenes de Antonio en sus amores con Cleopatra, los siguientes: que había cedido y donado a ésta la biblioteca de Pérgamo, en la que había doscientos mil volúmenes simples;”

    porque poco después al comienzo del cap. LIX  el propio Plutarco nos dice:

    “Pero se cree que la mayor parte de estas inculpaciones habían sido inventadas por Calvisio”.

    En fin, no deja de ser curioso que César que se refiere a esta guerra en su  Guerra Civil, III, 111. no mencione el incendio de la Biblioteca o de cierta cantidad de libros, del que lógicamente no se sentiría muy orgulloso.

    Como decía al principio, parece que el fatídico final de toda biblioteca es un incendio, que a veces se intenta paliar con medidas de reconstrucción. Así, según Suetonio, también Domiciano colaboró en la reposición de obras de la Biblioteca de Alejandría:

    Suetonio (c.70-126), Domi. 20, 1

    Al principio de su mandato descuidó los estudios liberales, aunque con grandes gastos se preocupó de reparar las bibliotecas afectadas por el incendio, buscó por todas partes los ejemplares (perdidos) y envió a Alejandría a quienes los copiaran y corrigieran.

    Liberalia studia imperii initio neglexit, quanquam bibliothecas incendio absumptas impensissime reparare curasset, exemplaribus undique petitis missisque Alexandream qui describerent emendarentque.

    El golpe más duro a la Biblioteca pudo tener lugar en el siglo III, cuando   Aureliano, en el año 272 d.C. durante su guerra con Zenobia, la reina de Palmira, arrasó la ciudad y destruyó el Bruquión, en donde se encontraba la Biblioteca  . Amiano nos dice en XXII,16,15:

    Pero Alejandría,no poco a poco  como otras ciudades, sino desde el principio fue adornada con espaciosos bulevares. Pero destrozada muchas veces por peleas internas, finalmente, después de muchos años, siendo emperador Aureliano, drivadas las querellas intestinas en luchas mortales y destruidas sus murallas, perdió la mayor parte de su territorio, que se llamaba el Bruqión, el domicilio durante muchos años de las personas más importantes.

    Sed Alexandria ipsa non sensim, ut aliae urbes, sed inter initia prima aucta per spatiosos ambitus, internisque seditionibus diu aspere fatigata, ad ultimum multis post annis Aureliano imperium agente, civilibus iurgiis ad certamina interneciva prolapsis dirutisque moenibus amisit regionis maximam partem, quae Bruchion appellabatur, diuturnum praestantium hominum domicilium.

    En época de Diocleciano, en el año 296, la ciudad fue otra vez saqueada al reprimir una sublevación.
    Desde luego la Biblioteca alojada en el Serapeion debió sufrir un golpe definitivo en el año 391 cuando Teodosio ordena la destrucción de los templos pagano y el patriarca Teófilo los cierra en Alejandría y muchos sabios abandonan  la ciudad de la ciencia y la cultura. Desde la época de Teodosio la Biblioteca se iría degradando poco a poco y los libros desapareciendo.

    En el año 415  tiene lugar el asesinato por los cristianos de la hija de Teón, Hipatia, filósofa, musicóloga, matemática que estudió las curvas cónicas, astrónoma, en el marco de la decadencia del paganismo y de las luchas internas de grupos cristianos.

    El cristiano Orosio  visitó Alejandría precisamente el año 415 y recoge en su obra la destrucción de la biblioteca o de lo que de ella quedase por  los cristianos como más arriba hemos citado.

    Por ello, aunque todavía hoy queden en los templos, que también nosotros hemos  visto, los armarios de los libros, y se nos recuerde  que fueron vaciados en nuestro tiempo por nuestros hombres, lo que ciertamente es verdad, sin embargo se cree que con más acierto  se buscaron otros libros, que hubo quienes imitaron el antiguo interés por los estudios, y que hubo entonces otra biblioteca además de la de los cuatrocientos mil libros que por eso se escapó (de la destrucción)

    unde quamlibet hodieque in templis extent, quae et nos uidimus, armaria librorum, quibus direptis exinanita ea a nostris hominibus nostris temporibus memorent – quod quidem uerum est -, tamen honestius creditur alios libros fuisse quaesitos, qui pristinas studiorum curas aemularentur, quam aliam ullam tunc fuisse bibliothecam, quae extra quadringenta milia librorum fuisse ac per hoc euasisse credatur.

    Entre otras cosas, los libros habrían cambiado de forma, ahora pergaminos y no rollos de papiro copiados con muchos errores porque el griego se iba olvidando.

    El siglo IV desde luego fue un mal siglo para las bibliotecas, que fueron desapareciendo, algunas destruidas por guerras o incendios y otras simplemente cerradas por la desidia cultural que se va extendiendo.

    Amiano, varias veces citado,  ((325/330–after 391) (lo que se conserva de su obra se refiere a lo ocurrido entre los años 353 y 378), como nos recuerda Luciano Cánfora,  dice en XIV,6, 18:
                    
    (bibliotecas) cerradas como tumbas para toda la eternidad”

    Siendo esta la situación, las pocas casas antes famosas por el afán serio de los estudios, ahora están repletas de las bromas de una vergonzosa indolencia, resonando con el sonido de las canciones y con el tintineo aéreo de las flautas. Así en lugar del filósofo se busca al cantor y en lugar del orador al profesor de juegos, y con las bibliotecas cerradas para siempre como sepulcros, se fabrican grandes órganos hidráulicos y liras tan grandes como carros, y pesadas flautas e instrumentos para las pantomimas de los payasos.

    Quod cum ita sit, paucae domus studiorum seriis cultibus antea celebratae, nunc ludibriis ignaviae torpentis 1 exundant, vocabili sonu, perflabili tinnitu fidium resultantes. Denique pro philosopho cantor, et in locum oratoris doctor artium ludicrarum accitur, et bibliothecis sepulcrorum ritu in perpetuum clausis, organa fabricantur hydraulica, et lyrae ad speciem 2 carpentorum ingentes, tibiaeque et histrionici gestus instrumenta non levia.

    Así ocurrió en Alejandría, Pérgamo, Antioquía, Roma, Atenas, Bizancio.

    En época árabe la Biblioteca habría dejado de existir, pero los árabes conocieron muchas obras griegas, porque algunas de ellas fueron conocidas en el Occidente medieval a través de traducciones al árabe y luego del árabe al latín. En la España de entonces se hicieron algunas, en la famosa Escuela de Traductores de Toledo entre otros lugares.

    Sólo se conservó lo que se guardó en los monasterios y conventos…

    En todo caso  no deja de ser interesante y curioso el episodio y la frase atribuidos al califa Omar, que estaba en Constantinopla, que gobernó entre el 634 y 644, y contestó a la pregunta que le hizo Amr ibn al-As, conquistador de la ciudad de Alejandría en el año 642, sobre el destino de los libros de la Biblioteca.

    Se hace referencia  a este episodio en Eutiquio, Anales, II (pág. 316 de la edición de Pococke). El núcleo del diálogo está en el libro de Ibn al-Quifti “Ta’rikh al-Hukama (La Crónica de hombres sabios), del siglo XIII

    El conquistador preguntó al califa ante la cuestión que le planteó Juan Filopón, conocido como el "Infatigable", comentarista de Aristóteles, qué debía hacer con los libros de la biblioteca.  El episodio, ficticio sin duda, circuló ampliamente por oriente e incluso  ha perdurado  hasta tiempos recientes entre los coptos egipcios,  sin fundamento racional e histórico alguno .  El califa contestó:

    “Si la Biblioteca  no contiene más que lo que hay en el Corán, es inútil y debe ser quemada; si contiene algo más que el Corán, entonces es mala y también hay que quemarla”.

    Reproduzco la traducción al latín que en 1650 hace Pococke de la obra de Bar Hebraeus, también conocido como Abu’l Faraj, que escribió en Siriaco su Chronicum Syriacum,  en el siglo XIII.

    Por lo tanto, después de haber escrito una carta a Omar, le comunicó lo que había dicho  Juan, y se le trajo a él mismo una carta  de Omar, en la que (Omar) escribió: "En cuanto a  los libros de los que me has hecho  mención: si en ellos se contiene lo que está de acuerdo con el libro de Dios, en el libro de Dios está lo que es suficiente  sin ellos, pero si  en ellos está lo que repugna al libro de Dios, de ninguna manera nos es necesario y en consecuencia ordena que sea quitado de en medio. Por tanto, Amr ibn al-As ordenó que se repartieran por  los baños de Alejandría, y se quemaran para calentarlos;  así fueron consumidos durante el espacio de un semestre. Escucha lo que se hizo, y maravíllate.

    Scriptis ergo ad Omarum literis, notum ei fecit, quid dixisset Johannes, perlataeque sunt ad ipsum ab Omaro literae, in quibus scripsit,  “Quod ad libros quorum mentionem fecisti: si in illis contineatur, quod cum libro Dei conveniat, in libro Dei [est] quod sufficiat absque illo; quod si in illis fuerit quod libro Dei repugnet, neutiquam est eo [nobis] opus, jube igitur e medio tolli.”    Jussit ergo Amrus Ebno’lAs dispergi eos per balnea Alexandriae, atque illis calefaciendis comburi;  ita spatio semestri consumpti sunt. Audi quid factum fuerit et mirare.

    Lo curiosos es que esta frase no es sino una copia de lo dicho dos siglos y medio antes por San Agustín en su obra “Sobre la doctrina cristiana, Libro II, cap. XLII,63:

    Comparación de la Sagrada Escritura con los libros profanos

     Así como es mucho menor la riqueza del oro, de la plata y de los vestidos que el pueblo de Israel sacó de Egipto, en comparación de los bienes que después consiguió en Jerusalén, lo que de un modo especial se manifestó en el reinado de Salomón, así también es mucho menor toda la ciencia recogida de los libros paganos, aunque sea útil, si se compara con la ciencia de las Escrituras divinas. Porque todo lo que el hombre hubiese aprendido fuera de ellas, si es nocivo, en ellas se condena; si útil, en ellas se encuentra. Y si cada uno encuentra allí cuanto de útil aprendió en otra parte, con mucha más abundancia encontrará allí lo que de ningún modo se aprende en otro lugar, sino únicamente en la admirable sublimidad y sencillez de las divinas Escrituras. No siendo ya un obstáculo los signos desconocidos para el lector dotado de esta instrucción, manso y humilde de corazón, sometido con suavidad al yugo de Cristo y cargado con peso ligero, fundado y afianzado y formado en la caridad, a quien no puede ya hinchar la ciencia, acérquese a considerar y discutir los signos ambiguos que en las Escrituras se hallan, sobre los cuales me propongo hablar en el libro tercero lo que Dios se digne concederme. (Traducción: Balbino Martín Pérez, OSA)

    Sacrae Scripturae cum profana scientia comparatio.
    42. 63. Quantum autem minor est auri, argenti vestisque copia, quam de Aegypto secum ille populus abs tulit, in comparatione divitiarum quas postea Hierosolymae consecutus est, quae maxime in Salomone rege ostenduntur 72, tanta fit cuncta scientia quae quidem est utilis, collecta de libris Gentium, si divinarum Scripturarum scientiae comparetur. Nam quidquid homo extra didicerit, si noxium est ibi damnatur, si utile est, ibi invenitur. Et cum ibi quisque invenerit omnia quae utiliter alibi didicit, multo abundantius ibi inveniet ea quae nusquam omnino alibi, sed in illarum tantummodo Scripturarum mirabili altitudine et mirabili humilitate discuntur. Hac igitur instructione praeditum cum signa incognita lectorem non impedierint, mitem et humilem corde, subiugatum leniter Christo et oneratum sarcina levi, fundatum et radicatum et aedificatum in caritate quem scientia inflare non possit, accedat ad ambigua signa in Scripturis consideranda et discutienda, de quibus iam tertio volumine dicere aggrediar, quod Dominus donare dignabitur.

    Pero lo realmente curioso y llamativo es que más de milenio y medio después de San Agustín y poco menos del Califa, haya personas, y no son pocas, que sigan considerando los libros religiosos sagrados como enciclopedias científicas con el mismo razonamiento: todo está en la Biblia, en el Corán o en la Torá o en cualquier otro libro dictado por la divinidad; y lo que en ellos no está es falso y rechazable y su autor o poseedor es merecedor de los mayores castigos en la tierra y en el más allá…

    Desde luego las guerras y la intransigencia y fanatismo son los mayores enemigos de los libros. A veces el fuego es el instrumento más eficaz en su destrucción y desde luego existe una especie de tradición tópica de que el fin de las bibliotecas es siempre el fuego. En la historia de la cristianización de Europa no han faltado episodios de la quema de libros.

    El papel (no sé si el papiro también aunque estará en ese parámetro) arde a una temperatura no excesivamente elevada, a 451 grados Fahrenheit o  233 grados  centígrados. “Fahrenheit 451”  es precisamente el título de una novela del estadounidense Ray Bradbury y de una famosa película de François Truffaut del año 1966.

    La destrucción de la Biblioteca de Alejandría por el fuego o los fuegos sucesivos es el más llamativo símbolo de la destrucción de la cultura, las artes y las ciencias por el fanatismo, casi siempre religioso,  que con demasiada frecuencia se apodera de los hombres. 

    Así si en la historia de la cristianización de Europa no han faltado episodios de la quema de libros, los recientes episodios de la destrucción de la biblioteca de Sarajevo, la destrucción de restos arqueológicos e históricos en Afganistán, en Irak, en Siria, en Mali… no hacen sino alimentar desgraciadamente la tradición.

  • Las cuentas del Gran Publio Cornelio Escipión Africano el Mayor

    Conocida y frecuente es la expresión “las cuentas del Gran Capitán” para referirnos a una falta de justificación o justificación exageradamente ridícula de unos cuantiosos gastos.

    Se basa la frase en la anécdota apócrifa, tal vez real, tal vez  posible y probablemente falsa, que le sucedió a Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán)  cuando tras la campaña de Nápoles que puso Italia prácticamente a disposición del rey de Aragón, Fernando el Católico le pidió cuentas de los enormes gastos ocasionados. Pronto corrieron coplas y versos que glosaban  la actitud orgullosa del noble, según algunos tan acorde con el carácter español. El verso sin duda más conocido, de una larga retahíla de explicaciones irónicas o chulescas es:

    en picos, palas y azadones, cien millones…

    Pues bien, en la guerra parece que lo importante es ganarla, sin reparar en gastos. Hay en el mundo antiguo una anécdota referida al gran Escipión el Africano, vencedor de Anibal, no exactamente coincidente pero sí con alguna semejanza.

    Nos lo cuenta Aulo Gelio en sus Noctes Atticae, lib. IV, 18,7:

    Existe también otra anécdota célebre de Escipión. Unos Petilios, tribunos de la plebve, predispuestos, según dicen, y azuzados contra él por M.Porcio Catón, rival de Escipión, solicitaban insistentemente en el Senada que rindiera cuentas del dinero de Antioquía y del botín conquistado en aquella guerra, pues en tal expedición había sido legado de L. Cornelio Escipión el Asiático, hermano suyo y general en jefe. Entonces Escipión se levantó y, sandando de entre los pliegues de lo toga un libro, dijo que en él estaban registradas las cuentas de todo el dinero y de todo el botín; que los había traído para que se leyera públicamente y fuera depositado en el erario público. Y añadió_ “Pero ya no lo haré, no voy a infligirme una afrenta a mí mismo”. Y al punto despedazó el libro con sus propias manos, molesto porque se le pedían cuentas del dinero del botín a quien se le debía agradecer la obtención de la salvación del gobierno y del Estado.

    Item aliud est factum eius praeclarum. Petilii quidam tribuni plebis a M., ut aiunt, Catone, inimico Scipionis, comparati in eum atque inmissi, desiderabant in senatu instantissime ut pecuniae Antiochinae praedaeque in eo bello captae rationem redderet; [8] fuerat enim L. Scipioni Asiatico, fratri suo, imperatori in ea provincia legatus. [9] Ibi Scipio exsurgit et, prolato e sinu togae libro, rationes in eo scriptas esse dixit omnis pecuniae omnisque praedae; [10] illatum, ut palam recitaretur et ad aerarium deferretur. [11] “Sed enim id iam non faciam,” inquit, “nec me ipse afficiam contumelia,” [12] eumque librum statim coram discidit suis manibus et concerpsit, aegre passus quod cui salus imperii ac reipublicae accepta ferri deberet rationem pecuniae praedatae posceretur.

    Ya antes, este Escipión ya dio muestras de su respeto por las cuentas claras. Allá por el año 204 a.C. fue acompañado a Africa por Catón el Viejo, Catón el Censor. La suntuosidad y chulería del Escipión casaba mal con la frugalidad y rigidez del censor. Catón  le pidió cuentas y Escipión le contestó según Plutarco: Vida de Catón el Viejo, 3:

    «Escipión le contestó (…) que no necesitaba un cuestor tan severo, porque de lo que había de dar cuenta a la ciudad era de sus acciones y no del dinero».

    Catón volvió a Roma y propicio una acción en el Senado para que enviara una legación que investigara los gastos de Escipión. La “comisión investigadora”  no encontró pruebas del derroche del general Escipión, que ganó batallas.

    Dice el texto de Plutarco en la traducción al castellano que  Ranz Romanillos hizo a principios del siglo XIX:

    Hubo también otro motivo, y fue que yendo de cuestor con Escipión a la guerra de África, como advirtiese que éste usaba de su acostumbrada profusión y permitía que en el ejército se gastara sin medida, le habló francamente, diciéndole que lo de menos era el gasto, y el mal principalmente estaba en que estragase la antigua frugalidad del soldado, acostumbrándole para en adelante al regalo y a los deleites; y como Escipión le contestase que no necesitaba un cuestor tan severo, cuando ponía toda la atención en desempeñar cumplidamente su deber con respecto a la guerra, porque de lo que había de dar cuenta a la ciudad era de sus acciones y no del dinero, se retiró de Sicilia. Hablaba frecuentemente en el Senado con Fabio de la inmensa cantidad de dinero que gastaba Escipión, y desacreditaba en los circos y en los teatros su porte fastuoso, como si hubiera ido a celebrar fiestas y no a mandar un ejército; tanto, que obligó a que se enviaran cerca de éste tribunos de la plebe para que le hicieran venir a Roma, si estas acusaciones eran ciertas. Mas Escipión, habiendo hecho ver que la victoria estaba en los preparativos de la guerra, y convencido a los tribunos de que si usaba de humanidad y condescendencia, en los gastos esto en nada perjudicaba a la diligencia y a las demás grandes prendas militares, partió de Sicilia para la guerra”.

    Ratio et numeri  cedant armis, “que las cuentas (claras) cedan ante las armas”, parece ser el comportamiento ayer y hoy, a juzgar por la oscuridad y falta de transparencia con la que suelen ocurrir las “hazañas bélicas”.  Este famoso Escipión vivió hace tan sólo 2.220 años.