Categoría: Guerra

  • “Libertad o muerte”. Espartaco

    A lo largo de la Historia, la esclavitud de unos seres humanos por otros ha sido una realidad omnipresente. Los esclavos procedían sobre todo de las guerras, tan frecuentes.

    En el mundo romano sobre todo los esclavos fueron una importante fuente de energía porque los esclavos eran quienes realizaban los trabajos físicos. Pero la libertad es la condición necesaria para una auténtica vida humana y por ello en todo esclavo se encerraba un deseo de libertad y de rechazo de la esclavitud.

    En la Historia son muchos los episodios y los hombres que lucharon por  su libertad. En realidad toda la Historia de los hombres, de la Humanidad, podría resumirse en la Historia de la lucha por la libertad. La libertad es el bien más preciado del hombre.

    Espartaco fue uno de los más famosos hombres que lucharon por la libertad. Fue un esclavo romano de origen tracio, luego gladiador, que vivió en el siglo I a.C. Acaudilló una rebelión de esclavos contra sus señores. Era un gladiador mirmilón (que combatía tan sólo con espada y casco). Huyó de la escuela de gladiadores de Capua y lideró una lucha de miles de esclavos (según fuentes antiguas llegaron a unirse 70.000) del año 73 al 71 a.C. para recuperar su libertad y tuvo en jaque a las legiones romanas, a dos cónsules, a dos pretores, a un procónsul…a los que venció en varias ocasiones hasta que murió asesinado en Lucania, región del sur de Italia,  en el año 71 a.C.

    La documentación sobre Espartaco es escasa y nos resulta imposible conocer muchos detalles. Incluso desconocemos su propia opinión sobre la “esclavitud” y no podemos caer en el error de interpretar la revuelta  al margen del propio siglo I a.C. en que vivió, como hace por ejemplo la interpretación marxista de su figura.

    El recuerdo de su revuelta se mantuvo vivo en la sociedad romana durante mucho tiempo. En tiempos más modernos se convirtió en todo un símbolo y evocar a Espartaco es evocar los deseos de libertad del hombre.

    Su lema “libertad o muerte”, repetido infinitas veces por tantas personas de comportamiento heroico, refleja en dos palabras el deseo irrefrenable de todo individuo por ser auténticamente hombre, dueño y señor de sí mismo.

  • El romano Régulo cumple su palabra heroicamente y lo paga con la muerte

    En la educación cívica de los antiguos romanos jugaba un importante papel el recuerdo y conocimiento de los hechos virtuosos de los antepasados, ejemplos a imitar por los jóvenes.


    Marco Atilio Régulo, aunque de origen plebeyo, fue cónsul dos veces; la segunda en el año 256 a.C, en el noveno año de la Primera Guerra Púnica entre romanos y cartagineses. De acuerdo con la tradición y sin evidencia histórica (muchos  historiadores, alguno  antiguo, lo ponen en duda o lo silencian ), se cuenta de él una ejemplarizante historia.

    Después de algunos éxitos militares, Régulo fue hecho prisionero por los cartagineses y lo mantuvieron cautivo hasta el año 250 a.C., en que le permiten acudir a Roma para negociar la paz o el intercambio de prisioneros, comprometiéndose a volver a Cartago caso de no conseguirlo.

    Cuando Régulo llega a Roma se comporta como un rígido hombre de honor:  se niega a entrar en la ciudad como esclavo que es, rechaza hablar al Senado porque su condición de esclavo le incapacita para ello, ni siquiera admite el beso de su fiel esposa puesto que el matrimonio es un derecho exclusivo de los ciudadanos libres y él ya no era ciudadano.

    Cuando por fin accede a dirigirse al Senado, lo hace precisamente para lo contrario de lo esperado:  les convence de la inconveniencia de pactar con el cartaginés y de llegar a acuerdo alguno con quien es un declarado enemigo. Como hombre de honor regresa a Cartago, en donde le espera una horrible muerte a manos de sus verdugos.

    Los cronistas y poetas latinos lo proponen como prototipo y ejemplo de ciudadano heroico, amante de su ciudad, para las generaciones futuras, quejándose del abandono actual de los antiguos principios y valores cívicos. Así lo hacen Livio. Gelio, Diodoro, Apiano, Dion Casio, Zonaras, Valerio Máximo, Aurelio Victor, Floro,  Cicerón, Horacio, Silio Italico, etc.

    Este tipo de anécdotas idealizadas son un elemento esencial en la educación del ciudadano romano. Es lo que los propios romanos llaman el “mos maiorum”, las costumbres y comportamiento de los antepasados, como faro e ideal para los jóvenes.

    Evidentemente las personas de edad eran más valoradas que ahora, cuando la experiencia acumulada puede llegar a ser un deméito.

  • Las guerras celtíberas de Hispania obligaron a cambiar el calendario romano

    La historia del calendario romano y su perduración hasta nuestros días es muy compleja. Las guerras en Hispania, lejos de Roma, obligaron a cambiar el calendario.

    Recordemos cómo en un principio el calendario, muy relacionado con los trabajos agrícolas, era lunar, comenzaba en marzo y sólo tenía diez meses. En los Idus de este mes, el 15 de marzo pues, comenzaba el año consular y dado que los cónsules eran los generales en jefe, en esa fecha comenzaban  también las campañas militares.

    Aunque la tradición mítica la atribuye al rey Numa , hubo una importante reforma hacia mediados del siglo V a.C. y se añadieron dos meses más al calendario, constando ahora de 12.

    Cuando las campañas militares se realizaban en el entorno del Lacio o en Italia el comienzo a mediados de marzo tenía sentido, pero cuando la guerra se llevaba a cabo lejos de Roma,  los cónsules, cuyo mandato duraba un año, apenas si tenían tiempo para trasladarse al lugar de la confrontación y finalizar la guerra y estar de vuelta en casa antes del invierno.

    Esto resultó evidente con motivo de las Guerras Celtibéricas en Hispania. Por ello el Senado acordó en el año 154 a.C. que al año siguiente, el 153, el año consular comenzara el 1 de Enero. Así lo hizo el cónsul Quinto Fulvio Nobilior, que acudió a Segeda, cerca de  la actual Calatayud, para guerrear con sus habitantes, los belos, que habían fortificado la ciudad rompiendo los tratados firmados anteriormente. Por cierto que en esta campaña Nobilior, todo un poderoso cónsul romano, fue derrotado por belos, titos y arévacos.

    Como es bien sabido, la Historia de Roma es la historia de una guerra permanente en un punto u otro de su extenso Imperio. En contadas ocasiones se pudo declarar la “pax romana”, la “paz romana” o periodo sin guerra.

    Así que a partir del 153 a.C. el comienzo del año consular quedó establecido y asentado en el día 1 de Enero, día de las Kalendas de Enero (Kalendis Ianuariis).

    No deja de ser curioso el influjo insospechado que los de Segeda, pequeña población celtíbera del centro de la lejana Hispania, iban a tener en la fijación del calendario romano, el calendario hoy más extendido por el mundo aunque con algunas modificaciones a lo largo de la Historia..

  • Europa versus Asia: una vieja rivalidad

    Sabido es que la Guerra de Troya, que Homero canta en su poema “La Ilíada” se desencadenó porque el príncipe troyano Paris, de visita en Grecia, raptó a la rubia Helena, esposa de Menelao, y la llevó a la corte de su padre, Príamo, en Troya.

    Los pueblos griegos se unieron bajo el mando de Agamenón, “pastor de pueblos”  (ποιμὴν  λαῶν, poimen laôn) ,  y sitiaron la ciudad hasta destruirla después de  diez años de lucha. Este es el asunto literario que dio origen a un ciclo tan productivo en la creación literaria y artística griega y aún después hasta nuestros días por la importancia cultural del mundo clásico.

    Heródoto, al principio de sus “Historias”, cita varios precedentes de raptos de mujeres como origen del secular enfrentamiento entre Asia y los griegos, entre Oriente y Occidente:   el rapto de “Io” por los fenicios, rapto de Europa por los griegos, rapto de Medea por los griegos     ….. Así que este mito y motivo del “rapto” ha sido muy productivo en la historia de la Mitología y de la Literatura, en la Antigüedad y aun después para justificar el secular enfrentamiento entre Occidente y Oriente, entre la Europa de la libertad y el Asia de la tiranía. 

    Pero por debajo del relato literario, hay una realidad histórica que explica los enfrentamientos entre griegos y troyanos en el caso que nos ocupa como fruto de la competencia por la colonización de todo el Mediterráneo  entre pueblos diversos, como los fenicios.

    No  es ocioso recordar  que los fenicios son culturalmente semitas (el fenicio y el hebreo son dos lenguas tan próximas que se entienden entre ellas) frente a la entidad indoeuropea de los griegos, aunque estos conceptos nacionalistas deban ser matizados y relativizados en extremo, porque la excesiva importancia concedida al componente indoeuropeo o ario en los orígenes de Grecia se fraguó en un contexto científico contaminado por el nacionalismo germánico.

    No es tampoco inoportuno recordar cómo esta zona del planeta fue y sigue siendo de gran importancia geoestratégica y por lo tanto sede de conflictos permanentes hasta nuestros días. A su importancia geoestratégica se une ahora su riqueza en petróleo, fuente de energía y materia prima indispensable hoy en día y nuevo motivo de enfrentamiento.

    Véase también en este mismo blog los artículos

    guerras medicas

    la historia tuvo un padre

  • Las Guerras Médicas no fueron un problema de salud

    Los griegos vivieron en su momento y a lo largo de su historia el enfrentamiento con los persas como una confrontación entre la libertad democrática helena frente a la tiranía oriental persa.

    Los “medos” fueron unas  tribus que habitaron el noroeste de Persia, el actual Irán, en la región que se llamó Media, con capital en Ecbatana  y que tras numerosas luchas y revueltas se integraron en el imperio persa desde los tiempos de Ciro II el Grande , fundador del imperio aqueménida o persa, muerto en el año 530 antes de Cristo. Dominaban lo que luego se llamó la “ruta de la seda”, camino desde China hasta el occidente europeo.

    Los griegos utilizaron prácticamente como sinónimos los términos “medos” y “persas” y por ello a las tres guerras famosas que los enfrentaron en la primera mitad del siglo V a.C. las  llamaron “Guerras Médicas” (Μηδικά, Mĕdiká). En ellas se enfrentaron las pequeñas e independientes ciudades griegas contra el enorme y poderoso imperio persa.

    Contra todo pronóstico ganaron los griegos y los enfrentamientos produjeron  algunos de los episodios más famosos de la Historia, como la heroica batalla de las Termópilas en las que un puñado de espartanos detiene al numeroso ejército persa, o la batalla de Maratón, cuyo resultado fue comunicado a la ciudad de Atenas por Filípides, soldado griego  que recorrió sin parar los 42 kilómetros de distancia que aproximadamente  había entre los dos puntos y que dio muchos años después nombre a la carrera olímpica más famosa y atractiva.

    Estas guerras nos las cuenta con detalle Heródoto (484-425 a.C.), que las presenta como un enfrentamiento grandioso entre  la libertad griega y la tiranía persa, entre la democracia helena y el absolutismo medo, en definitiva como un conflicto entre Oriente y Occidente.

    ¿Quién nos iba a decir que dos mil quinientos años después se producirían otros conflictos en la misma zona que intentarían justificarse de manera similar: Occidente frente a Oriente, la libertad y la democracia occidentales frente a la tiranía y el despotismo orientales. ¿Llevaremos tal vez estos conflictos constantes y estas mismas razones incrustados en nuestra genética?