Categoría: Mitologí­a

  • Urbi et orbi: la ciudad dueña de un Imperio (III)

    La expresión “urbi et orbi” tuvo notable éxito por referirse a una “urbe” que se convirtió en la capital del “orbe” y también porque en sí misma la frase encierra un atractivo juego de palabras consistente en relacionar dos palabras de distinto significado pero que tan sólo se diferencian en un fonema o en una letra; es decir, porque “urbi et orbi” es una paronomasia.

    Varrón, lógicamente no resiste  la tentación de buscar una explicación o extraer una conclusión, (no importa si es acertada o no, que no parece serlo), de la proximidad entre los dos términos: urbem y orbem. Lo hace en su De lingua Latina, V,143:

    Muchos fundadores levantaban en el Lacio ciudades siguiendo el rito etrusco, a saber: después de uncir dos animales vacunos, un toro y una vaca –que ocuparía lz posición interior-, trazaban con el arado un survo, para sentirse fortificados por un foso y una muralla. Naturalmente la operación laa realizaban un día en que, de acuerdo con la religión, los auspicios fueran favorables. El agujero resultante de extraer la tierra lo llamaban fossa: y la tierra  arrojada tras él, murum (muralla). Después de ello, el círculo (orbis) que se obtenía era el comienzo de la ciudad (urbs, urbis); y, como ese círculo se encontraba detrás de la muralla (post murum), se denominaba post moerium: hasta aquí llegaba el lugar en que podían tomarse los auspicios de la ciudad. En torno a Aricia y a Roma aún están en pie los mojones del pomerio. Resumiendo: las ciudades cuyos límites eran trazados con un arado se llamaban urbes, nombre derivado de orbis (círculo) y urvum (cama del arado). Por este motivo, en los documentos antiguos todas nuestras colonias se regisgtran con la denominación de urbes, porque fueron fundadas del mismo modo que Roma; y por idéntica razón las colonias se fundan como ciudades, porque están colocadas dentro de un pomerio.

    Oppida condebant in Latio Etrusco ritu multi, id est, iunctis bobus, tauro et vacca interiore, aratro circumagebant sulcum (hoc faciebant religionis causa die auspicato), ut fossa et muro essent muniti. Terram unde exculpserant, fossam vocabant et introrsum iactam murum. Post ea qui fiebatorbis, urbis principium; qui quod erat post murum, postmoerium dictum, eo usque auspicia urbana finiuntur. Cippi pomeri stant et cirum Ariciam et circum Romam. Quare et oppida quae prius erant circumducta aratro ab orbe et urvo urbes; et ideo coloniae nostrae omnes in litterid antiquis scribunturt urbes, quod ítem conditae ut Roma; et ideo coloniae et urbes conduntur, quod intra pomerium ponuntur.

    Presentaré algunos textos que ejemplifiquen la utilización en la Antigüedad de esta paronomasia.

    Cornelio Nepote (c. 100 a. C.- c. 25 a. C.) en la vida de Atico pone  en contacto ambas palabras:

    Nepote, Vida de Ático, 20,5

    Quán difícil sea esto, lo conocerá mas bien quien sea capaz de comprehender, cuanta cordura es menester para conservarse en el trato y amor de dos sujetos, que además de competir sobre intereses de la mayor inportancia, estaban tan opuestos y encontrados, como era forzoso  lo estuviesen César y M.Antonio, deseando uno y otro mandar, no solo Roma, sino a todo el universo. (Traducción de Rodrigo de Oviedo)

    hoc quale sit, facilius existimabit is, qui iudicare poterit, quantae sit sapientiae eorum retinere usum benivolentiamque, inter quos maximarum rerum non solum aemulatio, sed obtrectatio tanta intercedebat, quantam fuit incidere necesse inter Caesarem atque Antonium, cum se uterque principem non solum urbis Romae, sed orbis terrarum esse cuperet.

    Así Ovidio, en su Arte de Amar comenta que los espectáculos públicos a los que asisten las mujeres son una buena ocasión para establecer algún tipo de relación. En este pasaje hace una interesante integración, una paronomasia entre “urbe” y “orbis”: atque ingens orbis in Urbe fuit

    Arte de amar, 1, 171 y ss.

    ¿Y qué pasó, cuando últimamente César enfrentó las naves persas con las cecropias  aparentando que se trataba de una batalla naval?  Jóvenes y muchachas de uno y otro mar llegaron hasta aquí y una gran parte del orbe estuvo en la urbe. ¿Quién no encontró prenda que amar entre toda aquella muchedumbre?¡ay! a cuántos les hizo sufrir un amor llegado de lejos!

    He aquí que el César se prepara para anexionarse lo que falta por conquistar del orbe: ahora, Oriente remoto, serás nuestro. Parto, sufrirás el castigo. ¡Alegraos vosotros, Craso y compañeros que estáis ya enterrados, y vosotras, enseñas que sufristeis en mala hora las manos de los bárbaros! Aquí está vuestro vengador, y promete ser general desde sus primeros años y, aunque sólo es un muchacho,  lleva con acierto una guerra difícil de dirigir para un muchacho.  (Traducción de Vicente Cristobal López)

    quid, modo cum belli navalis imagine Caesar
       Persidas induxit Cecropiasque rates?
    nempe ab utroque mari iuvenes, ab utroque puellae
       Venere, atque ingens orbis in Urbe fuit.
    quis non invenit turba, quod amaret, in illa?      
       eheu, quam multos advena torsit amor!
    ecce, parat Caesar domito quod defuit orbi
       addere: nunc, oriens ultime, noster eris.
    Parthe, dabis poenas: Crassi gaudete sepulti,
    signaque barbaricas non bene passa manus.      
    ultor adest, primisque ducem profitetur in annis,
       bellaque non puero tractat agenda puer.

    Veleyo Paterculo (c. 19 a. C. – c. 31), Historia de Roma, 2,44

    Así, éste, siendo cónsul constituyó una sociedad de poder entre Gneo Pompeyo,  Marco Craso y él, que fue nefasta para Roma y para el mundo (quae urbi orbique terrarum) y les acarreó consecuencias no menos fatales a cada uno en distintos momentos. Al secundar este proyecto, Pompeyo había tenido la intención de que su conducta en las provincias del otro lado del mar, que muchos, según hemos dicho, criticaban, fuera finalmente aprobada por medio del cónsul César; por su parte, César se daba cuenta de que cediendo ante la gloria de Pompeyo aumentaría la suya, y que al desviarse hacia éste los odios por el poder compartido, él iba a reforzar sus posibilidades; Craso, como no había podido conseguir él solo el principado, intentaba alcanzarlo por la autoridad de Pompeyo y los recursos de César. También se estableció un parentesco por matrimonio entre César y Pompeyo; pues Gneo Magno se casó con la hija de Gayo César. (Traducción de María Asunción Sánchez Manzano. Editorial Gredos)

    Hoc igitur consule inter eum et Cn. Pompeium et M. Crassum inita potentiae societas, quae urbi orbique terrarum nec minus diverso cuique tempore ipsis exitiabilis fuit.  Hoc consilium sequendi Pompeius causam habuerat, ut tandem acta in transmarinis provinciis, quibus, ut praediximus, multi obtrectabant, per Caesarem confirmarentur consulem, Caesar autem, quod animadvertebat se cedendo Pompei gloriae aucturum suam et invidia communis potentiae in illum relegata confirmaturum vires suas, Crassus, ut quem principatum solus adsequi non poterat, auctoritate Pompei, viribus teneret Caesaris,  adfinitas etiam inter Caesarem Pompeiumque contracta nuptiis, quippe Iuliam, filiam C. Caesaris, Cn. Magnus duxit uxorem.

    Tertuliano (ca.160-ca.220), 40,1-4 en su Apologeticum pone en relación las dos palabras:

    quantae clades orbem et urbes ceciderunt!

    Que las calamidades no suceden al mundo ni al imperio por ocasión de los cristianos, como dicen los gentiles. Antes por el contrario, el nombre de amotinados se debe acomodar a los que conspiran en odio de los buenos y honrados, a los que proclaman contra la sangre inocente, excusando el odio con pretexto de aquella frívola vanidad con que piensan, que toda común desdicha y las particulares descomodidades del pueblo suceden por causa de los cristianos . Si el Tíber sube a las murallas ; si el Nilo no llega a regar las vegas; si el cielo está sereno y no da lluvias; si la tierra tiembla o se estremece; si el hambre aflige; si la peste mata, luego grita el pueblo: arrójense los cristianos al león. ¿Un león para tantos?

    Yo ruego que me digáis: ¿cuántas calamidades cayeron sobre el mundo y sobre Roma (quantae clades orbem et urbes ceciderunt! ) antes del imperio de Tiberio , esto es, antes de la venida de Cristo? Leemos que Hierápoli  y las islas de Delon, Rodas  y Coon, con muchos millares de hombres se hundieron.

    At e contrario illis nomen factionis accommodandum est, qui in odium bonorum et proborum conspirant, qui adversum sanguinem innocentium conclamant, praetexentes sane ad odii defensionem illam quoque vanitatem, quod existiment omnis publicae cladis, omnis popularis incommodi Christianos esse in causa[m].  Si Tiberis ascendit in moenia, si Nilus non ascendit in arva, si caelum stetit, si terra movit, si fames, si lues, statim: «Christianos ad leonem!» acclamatur. Tantos ad unum?
    Oro vos, ante Tiberium, id est ante Christi adventum, quantae clades orbem et urbes ceciderunt! Legimus Hieran, Anaphen et Delon et Rhodon et Co insulas multis cum milibus hominum pessum abisse.

    Sidonio Apolinar (hacia el 430-489 d.C.) obispo de Clermont Ferrand, en Carmina,7, se sirve de esta paronomasia: captivus, ut aiunt, orbis in urbe iacet (verso 557)

    El Carmen 7 es un panegírico a su suegro Avito cuando fue nombrado emperador. En una reunión de los dioses Roma se queja de su decadencia; se pasa revista a su historia e interviene Júpiter. Luego Avito es proclamado emperador por los visigodos y por los galorromanos.

    Sidonio Apolinar, Carmina, 7, 550 y ss.

    »Ahora te llama el destino supremo; en un tiempo azaroso  no gobierna el Imperio un cobarde. Se deja de lado todo rodeo cuando una situación extrema requiere un hombre preclaro: tras las derrotas del Tesino y Trebia la república atemorizada acudió apresurada a Fabio. La elección de Livio hizo olvidar la célebre derrota de Cannas, a pesar de la fuga de Varrón, e hizo quebrar al fenicio, engreído por la  muerte de los Escipiones.

    »Dicen que el mundo yace cautivo en la urbe (captivus, ut aiunt, orbis in urbe iacet;) el emperador ha muerto; aquí tiene hoy una cabeza todo el imperio. Te lo pedimos, sube al tribunal, levanta a los que están decaídos;  en esta situación, el momento no pide que algún otro ame más a Roma.

    »No pienses que quizá no eres digno del mando: tú sabes que cuando los estandartes de Breno acosaban la roca Tarpeya, toda la república era Camilo, quien, obligado a vengar a la patria, cubrió los humeantes rescoldos con una matanza de enemigos.

    »No han sido regalos al populacho los que han dispuesto a tu favor lascenturias, ni acuden a votarte tribus venales, sobornadas a punta de dinero. Nadie compra el voto del mundo. Eres elegido, aunque pobre; basta una sola cosa: eres rico en méritos. ¿Por qué tardas en aceptar la voluntad  de la patria que te ordena tomar elmando? Éste es el pensamiento de todos: si tú te conviertes en señor, yo seré libre’.(Traducción de Agustín López Kindler. Editorial Gredos)

    nunc iam summa vocant,  dubio sub tempore regnum
    non regit ignavus, postponitur ambitus omnis
    ultima cum claros quaerunt: post damna Ticini
    ac Trebiae trepidans raptim respublica venit
    ad Fabium; Cannas celebres Varrone fugato
    Scipiadumque etiam turgentem funere Poenum
    Livius electus fregit, captivus, ut aiunt,
    orbis in urbe iacet; princeps perit, hic caput omne
    nunc habet imperium, petimus, conscende tribunal, 
    erige collapsos; non hoc modo tempora poscunt,
    ut Romam plus alter amet. nec forte reare
    te regno non esse parem: cum Brennica signa
    Tarpeium premerent, scis, tum respublica nostra
    tota Camillus erat, patriae qui debitus ultor
    texit fumantes hostili strage favillas.
    non tibi centurias aurum populare paravit,
    nec modo venales numerosoque asse redemptae
    concurrunt ad puncta tribus; suffragia mundi
    nullus emit, pauper legeris ; quod sufficit unum,
    es meritis dives, patriae cur vota moraris,
    quae iubet ut iubeas ? haec est sententia cunctis :
    si dominus fis, liber ero.’

    Flavio Cresconio Coripo (Flavius Cresconius Corippus) que vivio aproximadamente del año 500 al 570 de nuestra era fue probablemente el último autor latino importante de la Antigüedad, de la época de los emperadores bizantinos Justiniano I y Justino II. Sus dos principales obras son el poema épico Johannis y el panegírico In laudem Justini minoris.

    Es justamente en esta última en el que utiliza en varias ocasiones la fórmula “urbis-orbis”; precisamente es un rasgo de su estilo la repetición de palabras y conceptos y también el uso de paronomasias o palabras muy parecidas en la forma aunque distintas en el significado. Así

    Verso I, 173 y ss.

    Todo el grupo, postrado y tendido ante sus pies, mientras así hablaba, dice al unísono: ≪Ten piedad, compadécete, santo varón, de quienes te suplican, ven a socorrernos en la adversidad. Pronto verás con la llegada del día que todo se habrá perdido, si el pueblo llega a percibir el vacío de poder, ante la pérdida del emperador. Por mucho que te conmueva el afecto por tu buen padre, que no sea el amor a la patria menor que el de tu progenitor. Tu mismo tío, moribundo, te ordenó con sus propias palabras que fueras tu quien conservara el cetro. Mira cuanta fue la previsión y solicitud del anciano para con nuestra ciudad y el mundo entero. (aspice quanta fuit nostrae simul urbis et orbis)  En tu favor hizo Dios todo lo que quiso que fuera realizado. Sube al trono paterno, príncipe  valerosísimo, y gobierna el mundo que a ti se somete. (Traducción de Ana Ramírez Tirado. Editorial Gredos)

    Talia dicentis pedibus prostrata iacensque
    omnis turba simul “pius es, miserere” perorat
    “supplicibus, vir sancte, tuis: succurre periclis.
    Omnia mox veniente die periisse videbis,
    si vacuam vulgussine príncipe senserit aulam.
    Quantumcumque boni moveat dilectio patris,
    non sit amor patriae patrio minor. Ipse tenere
    sceptra tuus moriens te iussit avunculus ore.
    aspice quanta fuit nostrae simul urbis et orbis
    próvida cura seni. pro te deus omnia fecit,
    quae fieri voluit. solium conscende paternum
    et rege subiectum, prínceps fortissime, mundum

    Y de nuevo en Verso 244 y ss.

    Y no injustamente, creo, pues ¿iba a estar él, al morir, tan dichoso y con semblante tan lleno de bondad, si su alma, consciente del bien que llevo a cabo, no hubiera abandonado sus tranquilos miembros, volando hacia el cielo y no hubiera afianzado el imperio tras confirmar a un heredero? Cuando acudió allí el noble Justino, poniendo sus amorosos brazos en tomo al cuerpo sin  vida, así hablo sollozando: ≪Luz de la ciudad y del universo, padre Justiniano, ¿abandonas tu amada corte y dejas a tus allegados, a tus sirvientes y a tantos súbditos? ¿Menosprecias la tierra? ¿No velas por el mundo extenuado? Aquí tienes a los ávares, a los amenazadores francos, a los gépides, a los getas y a tantas otras naciones que, tras poner en movimiento sus enseñas, provocan guerras por doquier. ¿Con qué empuje vamos a vencer a tantos enemigos si tú, firmeza de Roma, estás muerto?≫.
    ((Traducción de Ana Ramírez Tirado. Editorial Gredos)

    Haud, reor, immerito sic laetus et ore benignus
    Ille foret moriens, nisi mens sibi conscia recti
    in caelum properans securos linqueret artus
    et tutum imperium firmato herede locaret.
    Huc ubi magnanimus sacra cum coniuge venit,
    cara per exanimum circumdans brachia corpus
    cum lacrimis Iustinus ait: “lux urbis et orbis,
    Iustiniane pater, dilectam deseris aulam?
    Cognatos fámulos et tantos linquis alumnos?
    Contemnis terras? Fesso non prospicis orbi?
    En Avares Francique truces Gepidesque Getaeque
    totque aliae gentes commotis undique ignis
    bella movent; qua vi tantos superabimos hostes,
    cum virtus Romana iacet?…

    Y otra vez en verso III, 72 y ss.:

    Organos, plectros y liras resonaron por toda la ciudad; se ofrecieron mil clases de espectáculos, mil festines, hubo danzas, risas, ajetreo, regocijo y aplausos. Desean larga vida a los emperadores entre alegres clamores. ≪Tras la vejez≫, afirman, ≪el mundo se regocija por su rejuvenecimiento y busca los principios de su aspecto originario. Desaparece ahora una edad de hierro y surge una edad de oro en tu época, Justino, esperanza de la ciudad y del mundo, resplandor del imperio romano, gloria añadida a todos los emperadores que te precedieron, cuya sabiduría victoriosa obtuvo la más alta cumbre del reino paterno≫. (Traducción de Ana Ramírez Tirado. Editorial Gredos)

    Organa, plectra, lyrae totam insonuere per urbem.
    Mille voluptatum species, convicia mille,
    saltatus, risus, discursus, gaudia, plausus.
    Augustis vitam laetis clamoribus optant.
    post senium dicunt “sese iuvenescere mundus
    gaudet Et antiquae repetit  primordia formae.
    Férrea nunc abeunt aurea saecula surgunt
    temporibus, Iustine, tuis, spes urbis et orbis,
    Romani iubar imperii, decus addite cunctis
    retro principibus, cuius sapientia victrix
    obtinuit patrii fastigia máxima regni.”

    El resumen de todo esto, del contenido y de la figura literaria,  lo personifica un verso feliz del poeta galo del siglo V Rutilio Namaciano, del que conservamos parte del único poema que sabemos que escribió, titulado “De reditu suo” (Sobre el regreso). En él canta la grandeza y antiguo esplendor de Roma y critica al Cristianismo. En el llamado Himno a Roma, que aparece personificada, encontramos el verso resumen al que me refería:

                 ‘urbem fecisti quod prius orbis erat’
    “formaste una ciudad de lo que antes era un mundo”

    “!Escucha, Roma, hermosisima reina de un mundo que
    es tuyo, acogida entre las celestes estrellas!
    !Escucha, engendradora de hombres y engendradora de dioses,
    gracias a tus templos no nos mantenemos alejados del cielo!
    A ti cantamos y siempre cantaremos mientras los hados lo permitan:
    nadie en vida puede olvidarte. Antes sepultaria yo el sol en impio olvido
    que apartar de mi corazon tu gloriosa fama,
    pues derramas tus favores como rayos de sol
    por donde se agita vacilante el envolvente Oceano.
    Por ti da vueltas Febo, que todo lo abarca,
    y en ti esconde los caballos que de ti habian salido.
    A ti no te detuvo Libia con sus ardientes arenas
    ni te arredro la Osa guarnecida de hielo.
    Cuanta extension comprende la naturaleza hasta las regiones habitables,
    otro tanto la tierra se convierte en camino accesible a tu valor.
    Formaste de pueblos distintos una unica patria;
    al imponer tu poder, beneficiaste a los vencidos,
    ignorantes de la justicia, y al ofrecerles compartir tus propias leyes,
    formaste una ciudad de lo que antes era un mundo.(
    ‘urbem fecisti quod prius orbis erat’)
    Como autores de tu linaje reconocemos a Venus y a Marte,
    la madre de los Eneadas y el padre de los Romulidas.
    Cuando vences, la clemencia ablanda tu brazo armado:
    en tu personalidad aunas la inspiracion de ambos dioses.
    De ahi tu gran satisfaccion en combatir y en perdonar:
    vences a quienes has temido, amas a quienes has vencido.

    (Traducción de Alfonso Grcía-Torano Martínez. Editorial Gredos).

    «exaudi, regina tui pulcherrima mundi,
    inter sidereos Roma recepta polos,
    exaudi, genetrix hominum genetrixque deorum,
    non procul a caelo per tua templa sumus:
    te canimus semperque, sinent dum fata, canemus:
    sospes nemo potest immemor esse tui.
    obruerint citius scelerata oblivia solem,
    quam tuus ex nostro corde recedat honos.
    nam solis radiis aequalia munera tendis,
    qua circumfusus fluctuat Oceanus.
    volvitur ipse tibi, qui continet omnia, Phoebus
    eque tuis ortos in tua condit equos.
    te non flammigeris Libye tardavit harenis,
    non armata suo reppulit Ursa gelu:
    quantum vitalis natura tetendit in axes,
    tantum virtuti pervia terrae tuae.
    fecisti patriam diversis gentibus unam:
    profuit iniustis te dominante capi.
    dumque offers victis proprii consortia iuris,
    urbem fecisti quod prius orbis erat.
    «auctores generis Venerem Martemque fatemur,
    Aeneadum matrem Romulidumque patrem:
    mitigat armatas victrix clementia vires,
    convenit in mores nomen utrumque tuos:
    hinc tibi certandi bona parcendique voluptas:
    quos timuit superat, quos superavit amat.

    La Iglesia Católica y Romana es deudora de la antigua Roma en casi todo, en gran parte de sus mitos, creencias y dogmas, en sus ritos, en su expresión artística, en su estructura administrativa y jurídica, y por supuesto en su lengua oficial, que sigue siendo el latín. Esta expresión es una prueba más de ello. Si el Papa Católico hoy puede dirigirse “a la ciudad y al mundo” es precisamente porque él es “el obispo de Roma”, la ciudad (urbs) que fue capital del mundo (orbis)

  • Prodigios, milagros, maravillas, portentos, fenómenos, monstruos y (II)

    Entre los prodigios que más impresionan a los romanos, sobresalen sobremanera los rayos que Júpiter maneja con profusión y las constantes apariciones de seres divinos a los humanos envueltos en luces y halos maravillosos. La aparición de alguna diosa a pequeños pastorcillos está ya documentada en un texto egipcio de la época del Imperio Medio, entre el 2.000 y el 1.800 a.C.

    Sobresalen también acciones de las imágenes y de las estatuas o representaciones de los seres divinos, que se comportan como si fueran de carne y hueso y no de piedra, madera o metal. Especialmente atractivas son las estatuas que hablan y envían mensajes a los humanos, o sudan, a veces  sangre, o saltan y se mueven de su peana o iluminan la pupila de sus ojos con luz maravillosa.

    Este comportamiento de las imágenes  responde al carácter difuso y confuso de estas estatuas que por una parte son meras representaciones de algo que no está en este mundo y por otra parte son la propia divinidad materializada que vive con nosotros. Es decir, la famosa estatua crisoelefantina de Atenea Parthenos, Virgen, de Atenas, no es una mera representación, sino la propia diosa materializada.

    Y lo mismo ocurre hoy con las imágenes de santos y vírgenes modernas, como revela el comportamiento popular que las venera, las toca, las invoca, les canta, les ruega, en contradicción con lo que dice la razón, incluso la teoría teológica, que en realidad poco hace por informar debidamente al pueblo fiel.

    Pues bien, estos efectos tan especiales son aprovechados frecuentemente por los poetas. Daré tan sólo dos ejemplos del indiscutible Virgilio y otro de nuestro poeta de origen hispano Lucano. Después presentaré un famoso texto de Plinio el Joven sobre la aparición de una señora de gran estatura y prestancia y de los fantasmas, al que también se refiere Táctio en sus Anales
    Citaré también un pasaje de La Ciudad de Dios de San Agustín, en el que se refiere y descalifica estas supersticiones. 

    En el caso de este  último autor llama poderosamente la atención la clarividencia con la que analiza las supercherías de los ajenos y la seguridad con la que acepta las supercherías propias; sin duda un lector ajeno a nuestra cultura no apreciaría diferencia alguna entre las creencias de los paganos y las creencias de los cristianos; de hecho, históricamente estas últimas se alimentan absolutamente de las primeras.

    Hoy como ayer las estatuas de los seres divinos siguen llorando, iluminando sus pupilas, saltando de las peanas, apareciéndose a los pastores, enviando mensajes, mucha veces encriptados a los mortales. Lean con atención la prensa del día y encontrarán que en algún lugar del mundo alguien afirma haber chocado con algún fenómeno de los descritos. En esa lucha entre la razón y el misterio, sigue en alto la confrontación.

    En la poesía épica griega y también en la romana, los dioses son actores en permanente relación con los mortales, en cuyas disputas toman partido por unos o por otros.

    Presentaré primero un texto del poeta hispano Lucano en el que aprovecha al máximo la emoción que estos prodigios puede generar en sus crédulos lectores. El texto es un fragmento de su poema Bellum Civile, llamado luego “La Farsalia” por el nombre de la batalla decisiva en la guerra civil entre César y Pompeyo previa a la imposición de un régimen personal y autoritario en Roma, acabando así con el largo periodo republicano y dando entrada a la época imperial. En este fragmento, entre otros prodigios, los dioses derraman lágrimas y los dioses Lares sudan.

    Marcus Annaeus Lucanus, Bellum Civile 1.1 verso 544 y ss.

    El feroz Múlciber abrió el cráter del Etna siciliano y no empujó las llamas hacia el cielo, sino que, con la inclinación de la cúspide, la lava ardiente cayó contra el flanco de Italia. La negra Caribdis volteó desde sus abismos un mar de sangre; lastimeros aullidos lanzaron los sañudos perros de Escila. Del altar de Vesta fue retirado el fuego, y su llama,  que manifiesta el acabamiento de las ferias latinas se escinde en dos partes y se eleva en un doble ápice, imitando la pira tebana. Entonces la tierra se desplazó de su eje y los Alpes, al tambalearse sus cimas, sacudieron a uno y otro lado sus nieves de siglos. Tetis, acreciendo el caudal de sus aguas, cubrió la hispánica Calpe y la cumbre del Atlas. Sabemos que lloraron las estatuas de los dioses indigetes  y que las de los Lares, con su sudor, atestiguaron el apuro de la ciudad; que los exvotos cayeron al suelo en sus templos; que siniestras aves ensuciaron el día y que las fieras, dejando las selvas al anochecer, establecieron audaces sus cubiles en el centro de Roma. Además hubo lenguas de animales con facilidad para pronunciar sonidos humanos; partos monstruosos entre los hombres por el número y la dimensión de los miembros: a la madre le dio miedo su propio hijo; y los siniestros vaticinios de la profetisa de Cumas se divulgan entre el pueblo. Al tiempo, los sacerdotes con tajos en los brazos, a quienes agita la salvaje Belona  proclaman los designios de los dioses, y los galos, haciendo girar su cabellera sanguinolenta, aullaron presagios funestos para las gentes. Urnas funerarias repletas de huesos allí enterrados emitieron lamentos. Entonces se oyó fragor de armas, y grandes gritos por los parajes intransitados de los bosques, y apariciones que se venían a las manos. Los que cultivan los campos pegados al borde de las murallas huyeron en desbandada: una Furia gigantesca daba vueltas a la ciudad, sacudiendo hacia abajo un pino con la punta encendida, a más de sus cabellos estridentes, cual la Euménide que empujó a la tebana Ágave o la que volteó los dardos del cruel Licurgo, O como, por orden de Juno, rencorosamente injusta, Megera infundió pavor al Alcida, por más que ya hubiera visto a Dite. Resonaron trompetas y, como es de enorme el griterío de las cohortes que entrechocan, ese mismo estruendo despidió la negra noche, pese al silencio de las auras. Pareciendo surgir de en medio del Campo de Marte, los manes de Sila vaticinaron funestos presagios y, a su vez, alzando su cabeza junto a las heladas aguas del Anio, hecho trizas su sepulcro, Mario puso en fuga a unos campesinos.

    En vista de estos prodigios pareció oportuno, conforme a una añeja costumbre, hacer venir adivinos etruscos. De ellos, el más entrado en años, Arrunte, que habitaba el recinto amurallado de Luca, abandonada, bien instruido en los zigzagueos del rayo y en las venas aún calientes de las vísceras y en los avisos del vuelo que va y viene en el aire, ordena primeramente quitar de en medio los monstruos que la naturaleza, en desacuerdo con sus leyes, había producido sin semilla alguna  y quemar en infaustas llamas los fetos abominables de vientres estériles. Luego, ordena a los amedrentados ciudadanos dar una vuelta completa a la ciudad y que, purificando los muros con solemne ceremonia lustral,  den también la vuelta a todo lo largo del pomerio , por sus bordes extremos, los pontífices, a quienes está asignado el privilegio de las celebraciones rituales. Siguen multitud de sacerdotes de menor rango, ataviados al estilo gabino, y abre la fila de las Vestales, coronada de bandeletas, la sacerdotisa, la única a la que es lícito contemplar la imagen de la Minerva Troyana. A continuación los que custodian los hados divinos y los oráculos misteriosos y retiran la imagen de Cibeles, una vez bañada en el exiguo Almón,  y el augur, ducho en observar las aves que vuelan por la izquierda; y el septénviro, encargado de los banquetes rituales;; y la cofradía de los ticios; y el salio, que lleva a la espalda con alegría los escudos sagrados, y el flamen, que alza el ápice en su noble cabeza. Y mientras ellos desfilan en torno a la ciudad que se extiende en largas sinuosidades, Arrunte recoge los fuegos diseminados del rayo, 1os entierra musitando una lúgubre letanía y asigna a aquellos lugares la protección de una divinidad; luego, acerca a las sagradas
    aras un toro de cerviz bien escogida. Ya había comenzado a derramar el vino y a aplicar la harina salada con la hoja del cuchillo en sesgo, y la víctima, que oponía larga resistencia a un sacrificio nada agradable, cuando los ministros del culto, recogiéndose la ropa, sujetaron sus cuernos amenazantes, dobladas por fin las rodillas, ofrecía su cuello vencido. Pero no saltó la sangre de costumbre, sino que de la ancha herida se desparramó, en lugar de sangre roja, un sucio flujo de mal agüero. Empalideció Arrunte, pasmado ante el sacrificio funesto, e indagó la cólera de los dioses en las entrañas extraídas febrilmente. Ya el color mismo llenó de pánico al adivino; en efecto, las vísceras pálidas, pero moteadas de negras manchas e infectadas por coágulos sanguinosos, abigarraban con salpicaduras de sangre su extraordinaria lividez. Observa el hígado empapado de podre y ve las venas amenazantes por la parte hostil.  Queda oculta la fibra del pulmón jadeante y una pequeña fisura corta las zonas vitales. El corazón está aplomado, las vísceras expelen sangraza por unas grietas abiertas y los intestinos revelan sus ocultas cavidades. Y -prodigio funesto que nunca apareció en las entrañas impunemente- helo aquí: observa que en la cabeza del hígado ha crecido la protuberancia de otra cabeza; una parte cuelga enfermiza y fláccida, otra irradia salud y mueve sin compasión las venas con rápidas pulsiones. Cuando por estos signos comprendió la fatalidad de grandes desgracias, exclama: “Apenas me es lícito, oh dioses del cielo, revelar a las gentes todo lo que estáis maquinando; pues no he celebrado en tu honor, supremo Júpiter, este sacrificio: los dioses infernales han venido al pecho de este toro inmolado. Indecibles calamidades tememos, pero sobrevendrán mayores aún de lo que tememos. ¡Que los dioses tomen favorable lo que he visto y que no merezcan ningún crédito las vísceras, sino que eso sea una impostura de Tages, fundador de esta ciencia”.  Así vaticinaba el etrusco, envolviendo sus presagios en palabras sinuosas y velándolos con múltiples ambages.
    (Traducción de Antonio Holgado Redondo.Editorial Gredos)

    ora ferox Siculae laxauit Mulciber Aetnae,                
    nec tulit in caelum flammas sed uertice prono
    ignis in Hesperium cecidit latus. atra Charybdis
    sanguineum fundo torsit mare; flebile saeui
    latrauere canes. Vestali raptus ab ara
    ignis, et ostendens confectas flamma Latinas  
    scinditur in partes geminoque cacumine surgit 
    Thebanos imitata rogos. tum cardine tellus 
    subsedit, ueteremque iugis nutantibus Alpes 
    discussere niuem. Tethys maioribus undis 
    Hesperiam Calpen summumque inpleuit Atlanta.  
    indigetes fleuisse deos, urbisque laborem 
    testatos sudore Lares, delapsaque templis 
    dona suis, dirasque diem foedasse uolucres 
    accipimus, siluisque feras sub nocte relictis 
    audaces media posuisse cubilia Roma.  
    tum pecudum faciles humana ad murmura linguae, 
    monstrosique hominum partus numeroque modoque 
    membrorum, matremque suus conterruit infans; 
    diraque per populum Cumanae carmina uatis 
    uolgantur. tum, quos sectis Bellona lacertis 
    saeua mouet, cecinere deos, crinemque rotantes 
    sanguineum populis ulularunt tristia Galli. 
    conpositis plenae gemuerunt ossibus urnae.
    tum fragor armorum magnaeque per auia uoces
    auditae nemorum et uenientes comminus umbrae.               
    quique colunt iunctos extremis moenibus agros
    diffugiunt: ingens urbem cingebat Erinys
    excutiens pronam flagranti uertice pinum
    stridentisque comas, Thebanam qualis Agauen
    inpulit aut saeui contorsit tela Lycurgi                 
    Eumenis, aut qualem iussu Iunonis iniquae
    horruit Alcides uiso iam Dite Megaeram.
    insonuere tubae et, quanto clamore cohortes
    miscentur, tantum nox atra silentibus auris
    edidit. e medio uisi consurgere Campo                
    tristia Sullani cecinere oracula manes,
    tollentemque caput gelidas Anienis ad undas
    agricolae fracto Marium fugere sepulchro.
    haec propter placuit Tuscos de more uetusto
    acciri uates.

    Resulta  muy interesante el fragmento de la Eneida de Virgilio en el que relata la reacción de la imagen de Palas, el Paladión, que había sido robada de su templo por Ulises y el hijo de Tideo. El texto nos puede servir también para comparar el tono épico, elevado, solemne con el dramatismo y barroquismo de Lucano; pero este es otro tema.

    Publio Virgilio Marón: Eneida, 2, v. 162 y ss.

    Toda la esperanza de los Dánaos, y su confianza en la emprendida guerra, estribaron siempre en los auxilios de Palas; pero desde que el impío hijo de Tideo y Ulises, inventor de maldades, acometieron sustraer del sacro templo el fatal Paladión, después de haber dado muerte a los guardias del sumo alcázar, y arrebataron a la sacra efigie, y con ensangrentadas manos osaron tocar las virginales ínfulas de la deidad, empezaron a decaer y se desvanecieron aquellas esperanzas, y se quebrantaron sus fuerzas, apartada ya de ellos la protección de la diosa.

    Pronto dio Tritonia manifiestas y horribles señales de su cólera; apenas se colocó su estatua en el campamento, ardieron rechinantes llamas en sus ojos, clavados en nosotros, y por todos sus miembros corrió un sudor salado, y tres veces ¡oh prodigio! se levantó por sí sola del suelo blandiendo el broquel y la trémula lanza. Al punto Calcas anuncia que es preciso cruzar los mares y huir, pues Pérgamo no puede ser debelado por las armas argólicas, si no vuelven a Argos a renovar sus votos, y de nuevo se llevan al numen que trajeron consigo por el mar en sus huecas naves. Y ahora que, impelidos por el viento, han llegado al patrio suelo de Micenas, aprestan sus armas y solicitan el favor de los dioses para volver de improviso surcando nuevamente el mar; así interpretó Calcas la voluntad de los númenes. (Traducción de Eugenio de Ochoa, 1815–1872)

    Omnis spes Danaum et coepti fiducia belli
    Palladis auxiliis semper stetit. impius ex quo 
    Tydides sed enim scelerumque inuentor Vlixes, 
    fatale adgressi sacrato auellere templo  
    Palladium caesis summae custodibus arcis, 
    corripuere sacram effigiem manibusque cruentis 
    uirgineas ausi diuae contingere uittas, 
    ex illo fluere ac retro sublapsa referri 
    spes Danaum, fractae uires, auersa deae mens. 
    nec dubiis ea signa dedit Tritonia monstris. 
    uix positum castris simulacrum: arsere coruscae 
    luminibus flammae arrectis, salsusque per artus 
    sudor iit, terque ipsa solo (mirabile dictu) 
    emicuit parmamque ferens hastamque trementem. 
    extemplo temptanda fuga canit aequora Calchas, 
    nec posse Argolicis exscindi Pergama telis 
    omina ni repetant Argis numenque reducant 
    quod pelago et curuis secum auexere carinis. 
    et nunc quod patrias uento petiere Mycenas,  
    arma deosque parant comites pelagoque remenso

    Interesante es también el final que nos ofrece Virgilio del libro I de sus Geórgicas. Nos recuerda las señales que anunciaron los pavorosos horrores de la guerra civil y ruega a los dioses que protejan a Roma y garanticen su época de paz y esplendor.

    Virgilio, Geórgicas, 1, v.463 y ss.

    ¿Quién osará llamar falaz al sol? También muchas veces nos declara que amenazan secretos tumultos, que se fraguan amaños y ocultas guerras. También se compadeció de Roma, muerto César, cuando veló su nítida cabeza con ferruginosa niebla y el impío siglo temió una eterna noche. En aquel tiempo daban igualmente señales la tierra y las aguas del mar, y los infaustos perros y las aves importunas. ¡Cuántas veces vimos al Etna, rotos sus hornos, derramar sus hirvientes olas por los campos de los Cíclopes, vomitando globos de llamas y peñascos derretidos! La Germania oyó por todo el cielo estruendo de armas; retemblaron los Alpes con insólitos movimientos; también se oyó muchas veces una gran voz en medio de los callados bosques. y se vieron al anochecer pálidos fantasmas de maravilloso aspecto, y hablaron las bestias, ¡cosa horrible!, y se pararon las corrientes de los ríos y se entreabrió la tierra, y lloró en los templos el marfil desolado y sudaron los bronces. El Erídano, rey de los ríos, arrastrando las selvas en furioso remolino, se derramó por las vegas, llevándose los ganados con sus majadas. En aquel tiempo, las entrañas de las tristes víctimas sacrificadas no cesaron de presentar agüeros amenazadores ni los pozos de manar sangre ni las ciudades de resonar por la noche con grandes aullidos de lobos. Jamás cayeron de un cielo sereno tantos rayos ni ardieron tantos horribles cometas Por eso, los campos de Filipos vieron por segunda vez a las haces romanas cruzar en fiera lid sus armas fraternales; por eso consintieron los dioses que dos veces abonase nuestra sangre la Ematia y las dilatadas campiñas del Hemo. Día vendrá en que el labrador, al revolver la tierra con el corvo arado en aquellos confines, hallará dardos corroídos por el áspero orín, y hará resonar con los pesados rastros yelmos vacíos, y se pasmará al ver en los excavados sepulcros huesos giganteos.

    ¡Oh dioses patrios, oh dioses tutelares, oh Rómulo y oh madre Vesta, que velas por el toscano Tíber y los palacios romanos. no impidáis a lo menos que este mancebo venga en ayuda del revuelto siglo presente!, bastante hemos pagado, ya ha tiempo con nuestra sangre los perjuicios de Troya Laomedontea. Tiempo ha ya, ¡oh César!, que la mansión de los dioses te envidia a nosotros y se queja de que tengas en mucho los honores triunfales que te dan los hombres. Por doquiera andan confundidos lo lícito y lo ilícito; todo es guerras en el mundo, los crímenes son innumerables; deshonra parece manejar el arado; los campos están yermos, privados de sus labradores, y las corvas hoces se forjan para servir de terribles espadas. Aquí el Éufrates, allí la Germania, nos mueven guerra: las ciudades comarcanas, rotos los pactos, hacen armas unas contra otras; por todo el orbe derrama sus furores el impío Marte; tal, cuando se lanzan de la barrera las cuadrigas, cobran en el circo nuevo brío, y tirando en vano de las riendas, el auriga se ve arrebatado por los caballos y el carro no obedece al freno. (Traducción de Eugenio de Ochoa)

    …. Solem quis dicere falsum
    audeat. Ille etiam caecos instare tumultus
    saepe monet fraudemque et operta tumescere bella.
    Ille etiam exstincto miseratus Caesare Romam,
    cum caput obscura nitidum ferrugine texit
    inpiaque aeternam timuerunt saecula noctem.
    Tempore quamquam illo tellus quoque et aequora ponti
    obscenaeque canes inportunaeque volucres
    signa dabant. Quotiens Cyclopum effervere in agros
    vidimus undantem ruptis fornacibus Aetnam
    flammarumque globos liquefactaque volvere saxa!
    Armorum sonitum toto Germania caelo
    audiit, insolitis tremuerunt motibus Alpes.
    Vox quoque per lucos volgo exaudita silentis
    ingens et simulacra modis pallentia miris
    visa sub obscurum noctis, pecudesque locutae,
    infandum! sistunt amnes terraeque dehiscunt
    et maestum inlacrimat templis ebur aeraque sudant.
    Proluit insano contorquens vertice silvas
    fluviorum rex Eridanus camposque per omnis
    cum stabulis armenta tulit. Nec tempore eodem
    tristibus aut extis fibrae adparere minaces
    aut puteis manare cruor cessavit et altae
    per noctem resonare lupis ululantibus urbes.
    Non alias caelo ceciderunt plura sereno
    fulgura nec diri totiens arsere cometae.
    ergo inter sese paribus concurrere telis
    Romanas acies iterum videre Philippi;
    nec fuit indignum superis, bis sanguine nostro
    Emathiam et latos Haemi pinguescere campos.
    Scilicet et tempus veniet, cum finibus illis
    agricola incurvo terram molitus aratro
    exesa inveniet scabra robigine pila
    aut gravibus rastris galeas pulsabit inanis
    grandiaque effossis mirabitur ossa sepulchris.
    Di patrii, Indigetes, et Romule Vestaque mater,
    quae Tuscum Tiberim et Romana Palatia servas,
    hunc saltem everso iuvenem succurrere saeclo
    ne prohibete! Satis iam pridem sanguine nostro
    Laomedonteae luimus periuria Troiae;
    iam pridem nobis caeli te regia, Caesar,
    invidet atque hominum queritur curare triumphos;
    quippe ubi fas versum atque nefas: tot bella per orbem,
    tam multae scelerum facies; non ullus aratro
    dignus honos, squalent abductis arva colonis
    et curvae rigidum falces conflantur in ensem.
    Hinc movet Euphrates, illinc Germania bellum;
    vicinae ruptis inter se legibus urbes
    arma ferunt; saevit toto Mars inpius orbe;
    ut cum carceribus sese effudere quadrigae,
    addunt in spatia et frustra retinacula tendens
    fertur equis auriga neque audit currus habenas.

    Otros prodigio de gran impacto entre los antiguos son, como dije, las apariciones de los seres divinos. Como también dije, hay constancia de la aparición de una diosa egipcia a un pastor en un relato que tenemos incompleto de tan sólo 25 líneas; en él el pastor cuenta a sus compañeros el encuentro con una mujer que no tenía aspecto de mortal.. Este prodigio no ha dejado de repetirse periódicamente hasta nuestros días. En otro momento dedicaré un artículo a este tema.

    Pero quiero ahora referirme a otra aparición que puede recordarnos alguna moderna. Nos lo cuentan con total naturalidad Plinio el Joven en una famosa carta sobre la existencia o no de los fantasmas y el historiador Tácito. Me refiero a la aparición de “una mujer de estatura sobrehumana a Curcio Rufo anunciándole que  volvería a África como cónsul electo.

    Transcribo entera por su interés la carta de Plinio el Joven: Epistula 7,27:

    Gayo Plinio saluda a su amigo Sura.

    La falta de ocupaciones me brinda a mí la oportunidad de aprender y a ti la de enseñarme. De esta forma, me gustaría muchísimo saber si crees que los fantasmas existen y tienen forma propia, así como algún tipo de voluntad, o, al contrario, si son sombras vacías e irreales que toman forma por efecto de nuestro propio miedo.

    A que crea que existen los fantasmas me mueve sobre todo esto que he oído que le ocurrió a Curcio Rufo. Todavía joven y desconocido había formado parte del séquito del nuevo gobernador de la provincia de África. Al declinar el día paseaba por el pórtico: le sale al paso la figura humana de una mujer muy alta y hermosa. Ante su estupor ella le dijo que era África, mensajera de las cosas futuras. Le dijo también que él iría a Roma, que llevaría a cabo su carrera política y que volvería a esta misma provincia con el poder supremo, donde finalmente moriría.  Todas estas cosas se cumplieron. Pasado el tiempo, cuando llegaba a Cartago y salía de la nave se cuenta que se le apareció la misma figura en la playa. Como él mismo había sido presa de la enfermedad, tras augurar la adversidad que le esperaba en relación con las cosas buenas ya cumplidas, abandonó su esperanza de curación a pesar de que ninguno de los suyos la había perdido.
    ¿Pero no es acaso más terrorífico y no menos admirable lo que voy a exponer ahora, tal como me lo contaron?  Había en Atenas una casa espaciosa y profunda, pero tristemente célebre e insalubre. En el silencio de la noche se oía un ruido y, si prestabas atención, primero se escuchaba el estrépito de unas cadenas a lo lejos, y luego ya muy cerca: a continuación aparecía una imagen, un anciano consumido por la flacura y la podredumbre, de larga barba y cabello erizado; llevaba grilletes en los pies y cadenas en las manos que agitaba y sacudía. A consecuencia de esto, los que habitaban la casa pasaban en vela tristes y terribles noches a causa del temor; la enfermedad sobrevenía al insomnio y, al aumentar el miedo, la muerte, pues, aun en el espacio que separaba una noche de otra, si bien la imagen había desaparecido, quedaba su memoria impresa en los ojos, de manera que el temor se prolongaba aún más allá de sus propias causas. Así pues, la casa quedó desierta y condenada a la soledad, abandonada completamente a merced de aquel monstruo; aún así estaba puesta a la venta, por si alguien, no enterado de tamaña calamidad, quisiera comprarla o tomarla en alquiler.

    Llega a Atenas el filósofo Atenodoro, lee el cartel y una vez enterado del precio, como su baratura era sospechosa, le dan razón de todo lo que pregunta, y esto, lejos de disuadirle, le anima aún más a alquilar la casa. Una vez comienza a anochecer, ordena que se le extienda el lecho en la parte delantera, pide tablillas para escribir, un estilo y una luz; a todos los suyos les aleja enviándoles a la parte interior, y él mismo dispone su ánimo, ojos y mano al ejercicio de la escritura, para que su mente, desocupada, no se imaginara ruidos supuestos ni miedos sin fundamento. Al principio, como en cualquier parte, tan sólo se percibe el silencio de la noche, pero después la sacudida de un hierro y el movimiento de unas cadenas: el filósofo no levanta los ojos, ni tampoco deja su estilo, sino que pone resueltamente su voluntad por delante de sus oídos. Después se incrementa el ruido, se va acercando y ya se percibe en la puerta, ya dentro de la habitación. Vuelve la vista y reconoce al espectro que le habían descrito.  Éste estaba allí de pie y hacía con el dedo una señal como llamándole. El filósofo, por su parte, le indica con su mano que espere un poco, y de nuevo se pone a trabajar con sus tablillas y estilo, pero el espectro hacía sonar las cadenas para atraer su atención. Éste vuelve de nuevo la cabeza y le ve haciendo la misma seña que antes, así que ya sin hacerle esperar más coge el candil y le sigue. Iba el espectro con paso lento, como si le pesaran mucho las cadenas; después bajó al patio de la casa y, de repente, tras desvanecerse, abandona a su acompañante. El filósofo recoge hojas y hierbas y las coloca en el lugar donde ha sido abandonado, a manera de señal. Al día siguiente acude a los magistrados y les aconseja que ordenen cavar en aquel sitio. Se encuentran huesos insertos en cadenas y enredados, que el cuerpo, putrefacto por efecto del tiempo y de la tierra, había dejado desnudos y descarnados junto a sus grilletes.  Reunidos los huesos se entierran a costa del erario público. Después de esto la casa quedó al fin liberada del fantasma, una vez fueron enterrados sus restos convenientemente.

    Doy crédito ciertamente a quienes me han confirmado estos hechos; yo mismo puedo confirmar otro suceso a los demás. Tengo un liberto no ajeno al cultivo de las letras. Con él descansaba su hermano menor en el mismo lecho. A este le pareció ver a alguien sentado en la cama, moviendo unas tijeras sobre su propia cabeza, y que incluso le cortaba algunos cabellos de la coronilla. Cuando amaneció, él mismo tenía una tonsura en su coronilla y se encontraron sus cabellos cortados en el suelo.  Poco tiempo después, de nuevo un hecho similar al anterior confirmó lo que había ocurrido. Uno de mis pequeños esclavos dormía entre otros muchos niños en la escuela. Llegaron a través de las ventanas (así nos lo cuenta) dos figuras vestidas con túnicas blancas, cortaron el pelo al muchacho acostado y se retiraron por donde habían llegado. La luz del día muestra también a este niño con la tonsura y los cabellos esparcidos en derredor.  Nada memorable pasó después, a no ser acaso que no llegué a ser reo, si bien lo hubiera sido en caso de que Domiciano, bajo cuyo poder estas cosas ocurrieron, hubiera vivido más tiempo. En efecto, en su caja de documentos, se encontró un escrito entregado por Caro que estaba referido a mí. De esto puede deducirse que, como es costumbre para los presos dejar crecer el pelo, los cabellos cortados de mis esclavos fueron señal de que el peligro que me acechaba había sido abortado.

    Por tanto, te ruego que hagas uso de tu erudición. Es asunto digno para que lo consideres largo y tendido, y yo no soy ciertamente indigno de que me hagas partícipe de tu saber.  Aunque sopeses los pros y los contras de las dos opiniones (como sueles), inclínate más por uno de los dos lados, para no dejarme suspenso en la incertidumbre, dado que la razón de consultarte fue la de dejar de dudar. Saludos.
    (Traducción de F. García Jurado)

    Et mihi discendi et tibi docendi facultatem otium praebet. Igitur perquam velim scire, esse phantasmata et habere propriam figuram numenque aliquod putes an inania et vana ex metu nostro imaginem accipere. Ego ut esse credam in primis eo ducor, quod audio accidisse Curtio Rufo. Tenuis adhuc et obscurus, obtinenti Africam comes haeserat. Inclinato die spatiabatur in porticu; offertur ei mulieris figura humana grandior pulchriorque. Perterrito Africam se futurorum praenuntiam dixit: iturum enim Romam honoresque gesturum, atque etiam cum summo imperio in eandem provinciam reversurum, ibique moriturum.  Facta sunt omnia. Praeterea accedenti Carthaginem egredientique nave eadem figura in litore occurrisse narratur. Ipse certe implicitus morbo futura praeteritis, adversa secundis auguratus, spem salutis nullo suorum desperante proiecit.  Iam illud nonne et magis terribile et non minus mirum est quod exponam ut accepi?  Erat Athenis spatiosa et capax domus sed infamis et pestilens. Per silentium noctis sonus ferri, et si attenderes acrius, strepitus vinculorum longius primo, deinde e proximo reddebatur: mox apparebat idolon, senex macie et squalore confectus, promissa barba horrenti capillo; cruribus compedes, manibus catenas gerebat quatiebatque.  Inde inhabitantibus tristes diraeque noctes per metum vigilabantur; vigiliam morbus et crescente formidine mors sequebatur. Nam interdiu quoque, quamquam abscesserat imago, memoria imaginis oculis inerrabat, longiorque causis timoris timor erat. Deserta inde et damnata solitudine domus totaque illi monstro relicta; proscribebatur tamen, seu quis emere seu quis conducere ignarus tanti mali vellet.  Venit Athenas philosophus Athenodorus, legit titulum auditoque pretio, quia suspecta vilitas, percunctatus omnia docetur ac nihilo minus, immo tanto magis conducit. Ubi coepit advesperascere, iubet sterni sibi in prima domus parte, poscit pugillares stilum lumen, suos omnes in interiora dimittit; ipse ad scribendum animum oculos manum intendit, ne vacua mens audita simulacra et inanes sibi metus fingeret.  Initio, quale ubique, silentium noctis; dein concuti ferrum, vincula moveri. Ille non tollere oculos, non remittere stilum, sed offirmare animum auribusque praetendere. Tum crebrescere fragor, adventare et iam ut in limine, iam ut intra limen audiri. Respicit, videt agnoscitque narratam sibi effigiem. Stabat innuebatque digito similis vocanti. Hic contra ut paulum exspectaret manu significat rursusque ceris et stilo incumbit. Illa scribentis capiti catenis insonabat. Respicit rursus idem quod prius innuentem, nec moratus tollit lumen et sequitur.  Ibat illa lento gradu quasi gravis vinculis. Postquam deflexit in aream domus, repente dilapsa deserit comitem. Desertus herbas et folia concerpta signum loco ponit.  Postero die adit magistratus, monet ut illum locum effodi iubeant. Inveniuntur ossa inserta catenis et implicita, quae corpus aevo terraque putrefactum nuda et exesa reliquerat vinculis; collecta publice sepeliuntur. Domus postea rite conditis manibus caruit.  Et haec quidem affirmantibus credo; illud affirmare aliis possum. Est libertus mihi non illitteratus. Cum hoc minor frater eodem lecto quiescebat. Is visus est sibi cernere quendam in toro residentem, admoventemque capiti suo cultros, atque etiam ex ipso vertice amputantem capillos. Ubi illuxit, ipse circa verticem tonsus, capilli iacentes reperiuntur.  Exiguum temporis medium, et rursus simile aliud priori fidem fecit. Puer in paedagogio mixtus pluribus dormiebat. Venerunt per fenestras – ita narrat – in tunicis albis duo cubantemque detonderunt et qua venerant recesserunt. Hunc quoque tonsum sparsosque circa capillos dies ostendit.  Nihil notabile secutum, nisi forte quod non fui reus, futurus, si Domitianus sub quo haec acciderunt diutius vixisset. Nam in scrinio eius datus a Caro de me libellus inventus est; ex quo coniectari potest, quia reis moris est summittere capillum, recisos meorum capillos depulsi quod imminebat periculi signum fuisse.  Proinde rogo, eruditionem tuam intendas. Digna res est quam diu multumque consideres; ne ego quidem indignus, cui copiam scientiae tuae facias.  Licet etiam utramque in partem – ut soles – disputes, ex altera tamen fortius, ne me suspensum incertumque dimittas, cum mihi consulendi causa fuerit, ut dubitare desinerem. Vale.

    Tácito: Anales: 11, 21.

    Del origen de Curcio Rufo, hijo, según han dicho algunos, de un gladiator, no querría referir mentira, puesto que me avergüenzo de decir verdad. En llegando a edad juvenil, siguió en África al cuestor a quien tocó aquella provincia; y hallándose en Adrumeto al mediodía, paseándose pensativo debajo de unos soportales, se le apareció una sombra en figura de mujer mayor que humana, de quien oía esta voz: Tú eres Rufo, aquel que vendrá a ser procónsul en esta provincia. Con este agüero, hinchiéndosele el corazón de grandes esperanzas, se volvió a Roma, donde con la liberalidad de sus amigos y con su ingenio levantado alcanzó el oficio de cuestor; y, después de esto, entre muchos nobles competidores, por voto del príncipe la pretura; cubriendo Tiberio la bajeza de su nacimiento con estas mismas palabras: A mí me parece que Curcio Rufo es hijo de sí mismo. Con esto y con vivir después muchos años siempre maligno adulador con los mayores, arrogante con los inferiores y con los iguales insufrible, alcanzó el imperio consular, las insignias triunfales y a lo último el gobierno de África, donde, muriendo, cumplió el pronóstico fatal. (Traducción de Carlos Coloma)

    De origine Curtii Rufi, quem gladiatore genitum quidam prodidere, neque falsa prompserim et vera exequi pudet. postquam adolevit, sectator quaestoris, cui Africa obtigerat, dum in oppido Adrumeto vacuis per medium diei porticibus secretus agitat, oblata ei species muliebris ultra modum humanum et audita est vox 'tu es, Rufe, qui in hanc provinciam pro consule venies.' tali omine in spem sublatus degressusque in urbem largitione amicorum, simul acri ingenio quaesturam et mox nobilis inter candidatos praeturam principis suffragio adsequitur, cum hisce verbis Tiberius dedecus natalium eius velavisset: 'Curtius Rufus videtur mihi ex se natus.' longa post haec senecta, et adversus superiores tristi adulatione, adrogans minoribus, inter pares difficilis, consulare imperium, triumphi insignia ac postremo Africam obtinuit; atque ibi defunctus fatale praesagium implevit.

    San Agustín, en su Ciudad de Dios, se refiere a un prodigio bien famoso en la Antigüedad: las lágrimas que derramó la estatua de Apolo en Cumas, en la Magna Grecia, con ocasión de la guerra entre los romanos y los griegos, cuando Publio Craso murió en una batalla con Aristónico. Piensa San Agustín que estas son cosas de los demonios que los poetas nos presentan como ciertas, pero desde entonces hasta hoy y también mucho antes, muchas estatuas de dioses, vírgenes y santos han llorado con frecuencia, doliéndose de los errores de los hombres.

    Ciudad de Dios, III, 11

    El llanto de la estatua de Apolo de Cumas se creyó anunciador del desastre de los griegos, a quienes no había podido auxiliar. No hay otra razón que la que acabamos de exponer para la noticia de que el famoso Apolo de Cumas estuvo cuatro días llorando durante la guerra contra los aqueos y su rey Aristónico. Los arúspices, aterrados por tal prodigio, creyeron que era preciso arrojar al mar la estatua. Pero los ancianos de Cumas se opusieron a ello, aduciendo que un prodigio semejante había aparecido en la misma estatua durante la guerra de Antíoco y la de Perseo. Dieron fe, además, de que en vista de la victoria de los romanos, el Senado, por decreto, envió presentes a este mismo Apolo. Se hizo venir a otros agoreros, tenidos por más peritos. Respondieron éstos que las lágrimas de la estatua de Apolo eran venturosas para Roma, precisamente porque, siendo Cumas colonia griega, el Apolo envuelto en lágrimas era expresión de luto y desastre para su propio país, de donde se le había traído, es decir, para Grecia. Poco tiempo después llegó la noticia de que el rey Aristónico había sido derrotado y hecho prisionero. Esta victoria era evidentemente contraria a la voluntad de Apolo, y de ello se dolía. Testimonio eran hasta las lágrimas de un ídolo de piedra.

    Deducimos de este episodio cómo los poetas no andan del todo descaminados de la realidad al escribir la conducta de los demonios en sus poemas, por más que sean pura fábula. Diana, según Virgilio, sintió dolorosamente la suerte de Camila, y Hércules lloró la inminente muerte de Palante. Por eso, quizá, Numa Pompilio, disfrutando de su larga paz, ignoraba a quién la debía, y tampoco se preocupaba de ello cuando se preguntaba en su tranquila ociosidad a qué dioses debía encomendar la salvación de Roma y su soberanía.

    No creía que el verdadero, todopoderoso y supremo Dios se preocupara de los bienes terrenos, y no olvidaba que los dioses traídos por Eneas de Troya no habían sido capaces de mantener por largo tiempo ni el reino de Troya ni el de Lavinio, fundado por el mismo Eneas. Se creyó, pues, en el deber de buscar otros dioses, añadiéndolos a los anteriores, ya sean los que Rómulo había introducido en Roma o bien los que habían de introducirse con la destrucción de Alba. Unos como guardianes de los fugitivos y otros como auxilio de los más débiles. (Traducción de Santos Santamarta del Río, OSA y Miguel Fuertes Lanero, OSA)

    Neque enim aliunde Apollo ille Cumanus, cum adversus Achivos regemque Aristonicum bellaretur, quatriduo flevisse nuntiatus est ; quo prodigio haruspices territi cum id simulacrum in mare putavissent esse proiciendum, Cumani senes intercesserunt atque rettulerunt tale prodigium et Antiochi et Persis bello in eodem apparuisse figmento, et quia Romanis feliciter provenisset, ex senatus consulto eidem Apollini suo dona missa esse testati sunt. Tunc velut peritiores acciti haruspices responderunt simulacri Apollinis fletum ideo prosperum esse Romanis, quoniam Cumana colonia Graeca esset, suisque terris, unde accitus esset, id est ipsi Graeciae, luctum et cladem Apollinem significasse plorantem. Deinde mox regem Aristonicum victum et captum esse nuntiatum est, quem vinci utique Apollo nolebat et dolebat et hoc sui lapidis etiam lacrimis indicabat. Unde non usquequaque incongrue quamvis fabulosis, tamen veritati similibus mores daemonum describuntur carminibus poetarum. Nam Camillam Diana doluit apud Vergilium et Pallantem moriturum Hercules flevit . Hinc fortassis et Numa Pompilius pace abundans, sed quo donante nesciens nec requirens, cum cogitaret otiosus, quibusnam diis tuendam Romanam salutem regnumque committeret, nec verum illum atque omnipotentem summum Deum curare opinaretur ista terrena, atque recoleret Troianos deos, quos Aeneas advexerat, neque Troianum neque Laviniense ab ipso Aenea conditum regnum diu conservare potuisse: alios providendos existimavit, quos illis prioribus, qui sive cum Romulo iam Romam transierant, sive quandoque Alba eversa fuerant transituri, vel tamquam fugitivis custodes adhiberet vel tamquam invalidis adiutores.

    Los ejemplos podrían ser innumerables.

  • Prodigios, milagros, maravillas, portentos, fenómenos, monstruos (I)

    Quizás algún lector se haya preguntado alguna vez de dónde nos viene esta tentación tan antigua y tan moderna de creer en hechos maravillosos e inexplicables, a los que con frecuencia se les concede la cualidad de milagros, hechos divinos, mensajes de la divinidad y del más allá.

    En el presente artículo encontrarán decenas de milagros y hechos maravillosos e inexplicables que ya se producían en la Antigüedad y de los que se dejaba constancia en los textos escritos hace más de dos mil años. Y con toda seguridad esta debilidad de un ser tan racional como el hombre venía ya de un pasado de miles de años antes, tantos como tiene la humanidad. De esta y otras debilidades se alimentan todo tipo de supersticiones y religiones.

    Pero ¿qué es un prodigio, un milagro, una maravilla, un portento, un fenómeno, un monstruo de la naturaleza?

    De entrada nos serviremos de la etimología y su fuerza significativa para explicar el significado de estos términos y algunos otros:

    Prodigio: del latín “Prodigium”,  “Portento” del latín “portentum” y “presagio” del latín “praesagium”  vienen a significar lo mismo en latín: señal divina.

    El Diccionario de la Real Academia Española define “prodigio” como “Suceso extraño que excede los límites regulares de la naturaleza” . Y “portento” como  “Cosa, acción o suceso singular que por su extrañeza o novedad causa admiración o terror” , y “presagio” como:  “1. Señal que indica, previene y anuncia un suceso.2. Especie de adivinación o conocimiento de las cosas futuras por medio de señales que se han visto o de intuiciones y sensaciones”.

    La etimología de  “prodigium” no es segura; se ha relacionado  con “prod- agio,” y este con “aio” que significa hablar, decir, y por eso, tal vez erróneamente Cicerón lo relaciona con “pro-dico”; pero más bien parece estar relacionado con “ago”, “llevar, empujar, conducir”.

    Praesagium” se relaciona con “prae- “ante, delante” y “sagire", infinitivo de "sagio”, percibir, sentir ,  de dónde deriva sagax, que ha dado nuestro “sagaz”. Por eso Cicerón dice en su De divinatione, 1,31,65:

    Ahora sagire significa "tener una percepción aguda". Por eso, algunas ancianas se llaman sagae, (brujas) porque se supone que conocen mucho, y se dice que los perros son «sagaces». Y así el que tiene conocimiento de una cosa antes de que suceda se dice que "presagia", es decir, percibe el futuro por adelantado.

    “sagire sentire acute est: ex quo sagae anus, quia multa scire volunt; et sagaces dicti canes. Is igitur, qui ante sagit quam oblata res est, dicitur praesagire, id est futura ante sentiré”

    Más segura parece la de “portentum” con “pro– (efecto de metátesis o cambio de posición de algún fonema) y tendo: dirigir, tender,.., que define la Real Academia como “Cosa, acción o suceso singular que por su extrañeza o novedad causa admiración o terror”.

    Maravilla: es un “suceso o cosa extraordinarios que causan admiración”. La palabra procede de la latina “mirabilia”, cosas admirables, que es el plural neutro de “mirabilis”, admirable, que se forma de la raíz del verbo “mirari”, admirar, y del adjetivo “mirus, -a,-um”, maravilloso, extraño, sorprendente.

    De la misma raíz y palabras proceden mirar, admirar, y sus compuestos y también “milagro”, de “miraculum”, con metátesis o cambio de posición las consonantes “r” y “l”. (como ocurre en “parábola y palabra”)

    La RAE define milagro como: “1. Hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino. 2. m. Suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa.”

    De la misma raíz proceden la francesa  “miroir”,  y la inglesa “mirror”, espejo. La española “espejo” deriva de “speculum”, derivada de “spicere” que significa ver, mirar, observar, de donde “specto y spectaculum, espectáculo, etc..

    Fenómeno es una palabra griega φαινόμενον phainómenon, que nos ha llegado a través del lat. tardío phaenomĕnon ;  el verbo griego φαινεῖν, phainein significa   brillar, hacer brillar, aparecer; mostrar, hacer ver. La RAE lo define como: “1. m. Toda manifestación que se hace presente a la consciencia de un sujeto y aparece como objeto de su percepción. 2. m. Cosa extraordinaria y sorprendente. 3. m. coloq. Persona o animal monstruoso.”

    Con estos términos están relacionados también “oráculo”,  del latín oraculum y este de orare, hablar, que significa etimológicamente mensaje, comunicado, parlamento.

    Y también  “profecía”, “predicción hecha en virtud de don sobrenatural.” Palabra griega que nos ha llegado como tantas otras a través del latín: propheta, griego prophêtês, προφήτης,  "que dice con anticipación", de > προ- (pro-) (antes) y  φημί, phemí,  hablar.

    En todo caso en el mundo romano un “prodigio” es una señal de los dioses con la que anuncian a los hombres un suceso futuro, bueno o malo; incluye por tanto los presagios y los augurios.

    Augurio, augur, arúspice  son términos que merecen otro artículo extenso. Sea suficiente ahora recordar que un “augur” es un sacerdote, en su origen etrusco, que observa el cielo y las señales de los dioses, señales que por eso se llaman “augurios”. Los arúspices, también etruscos, analizan las entrañas de los animales sacrificados a los dioses para observar en ellas los mensajes de la divinidad.

    Con un sentido más restringido, prodigio se refiere a cualquier incidente extraño o aparición maravillosa que se supone que anuncia una desgracia y que por tanto suele aparecer en circunstancias calamitosas tanto para la sociedad colectiva como para el individuo.

    El mismo Cicerón nos dice en De divinitatione, I, 42 (93)  y ss.  que es sinónimo de ostentum, monstrum y portentum”:

    porque, como se nos aparecen, se nos ponen por delante, se nos muestran y nos aportan predicciones, se llaman ‘aparicio¬nes’, ‘portentos’, ‘monstruos’ y ‘prodigios’ .

    Quia enim ostendunt, portendunt, monstrant, praedicunt; ostenta, portenta, monstra, prodigia dicuntur”.

    Amplío un poco la cita porque nos sirve de perfecta ambientación de lo que estamos tratando. Pero antes quiero referirme al término “monstruo”, que derivado del verbro “monstrare”, enseñar, mostrar, no es sino “ todo ser, fenómeno o suceso inesperado y fuera de lo acostumbrado que precisamente por ello produce una importante conmoción en quien lo ve o siente”, es decir, “indica, muestra, advierte de algo especial”. Hoy en castellano, la palabra “monstruo” tiene más frecuentemente un significado peyorativo, referido a algo malo o inadecuado, pero no siempre es así y también mantiene el significado de algo especialmente positivo, como cuando decimos de un artista, cada uno elija a su ídolo, que es un “monstruo de la naturaleza”, como Cervantes definió al autor de teatro del Siglo de Oro Español Lope de Vega y Carpio impresionado por la facilidad del escritor para escribir comedias; en veinticuatro horas escribía una obra, según confesión propia atribuida a él mismo: “más de ciento, en horas veinticuatro/ pasaron de las Musas al teatro”.

    Así lo encontramos en la Egloga a Claudio

    Mil y quinientas fábulas admira,
    Que la mayor, el numero parece,
    Verdad que desmerece,
    Por parecer mentira,
    Pues más de ciento en horas veinticuatro
    Pasaron de las Musas al teatro.

    Texto amplio de Divinatione I, 42 (93) y ss.

    Y a mí, al menos, me parece que la adopción de cada procedimiento adivinatorio ha dependido también del tipo de lugar que ocupaba, propiamente, cada colectividad. En
    efecto: los egipcios, al igual que los babilonios, habitantes de extensiones llanas y abiertas, como no sobresalía de la tierra nada que pudiera estorbarles para la contemplación del cielo, pusieron toda su atención en el conocimiento de los astros. Los etruscos, por su parte, puesto que, imbui¬dos de su religión, inmolaban víctimas con gran dedicación y frecuencia, se entregaron sobre todo al conocimiento de las entrañas, convirtiéndose en ejercitadísimos intérpretes de las apariciones, ya que, a causa de la densidad del aire, se producían entre ellos muchas descargas del cielo, y ya que, por esa misma causa, se originaban muchos fenómenos nunca vistos: procedentes del cielo, en parte, otros de la tie¬rra, y algunos a raíz incluso de la concepción y generación de hombres y ganados. El carácter de estas apariciones lo revelan además — como tú sueles decir— los propios vocablos que les asignaron sabiamente nuestros mayores, por¬ que, como se nos aparecen, se nos ponen por delante, se nos muestran y nos aportan predicciones, se llaman ‘aparicio¬nes’, ‘portentos’, ‘monstruos’ y ‘prodigios’ .

    Por su parte, los árabes, los frigios y los cilicios, como recurren sobre todo al pastoreo de ganado, recorriendo los cam¬pos y los montes en invierno y en verano, tuvieron por ello más fácil el dejar constancia «de los cantos y de los vuelos de las aves. La misma motivación halló Pisidia, así como esta Umbría nuestra. Por último, toda Caria y, principalmente, los de Telmeso que antes dije prefirieron prestar atención a las apariciones, dado que habitan campiñas ubérrimas y sumamente fértiles, en las que, gracias a su fecundidad, puede formarse y desarrollarse una multitud de seres.

    Pues bien, ¿quién no advierte que, en todo Estado de pro, han tenido gran vigencia los auspicios y los demás tipos de adivinación? ¿Acaso ha habido algún rey o algún pueblo
    que no recurriera a las predicciones divinas? Y no sólo en tiempo de paz, sino mucho más, incluso, en tiempo de gue¬rra, por el hecho de que el peligro y el riesgo que corría la supervivencia eran mayores. Dejo a un lado a los nuestros, que no emprenden nada, en tiempo de guerra, sin consultar las entrañas, y que nada preservan, sin consultar los auspicios, en tiempo de paz. Veamos lo del extranjero: resulta que los atenienses recurrieron siempre, para todas sus decisiones de carácter público, a unos sacerdotes adivinos a los que llamaban mánteis ; los lacedemonios otorgaron a sus reyes un augur como consejero, y quisieron, asimismo, que un augur asistiese a ‘los ancianos’ (porque así llaman al consejo público); y también recababan siempre un orá¬culo de Delfos, del santuario de Hamón o de Dodona para los asuntos de mayor importancia.

    Licurgo al menos, quien se encargó de regular el Estado de los lacedemonios, refrendó sus propias leyes mediante la autoridad del Apolo délfico; cuando Lisandro quiso cam¬biarlas, se vio impedido por esa misma instancia religiosa. Pues bien, además, quienes estaban al frente de los lacedemonios, no satisfechos con sus desvelos durante la vigilia, iban a acostarse al templete de Pasífae — que se encuentra en la campiña próxima a su ciudad— para recabar sueños, ya que consideraban verdaderos aquellos oráculos que se les ofrecían mientras reposaban. (Traducción de Angel Escobar. Editorial Gredos)

    Ac mihi quidem videntur e locis quoque ipsis, qui  a quibusque incolebantur, divinationum oportunitates esse ductae. Etenim Aegyptii et Babylonii in camporum patentium aequoribus habitantes, cum ex terra nihil emineret, quod contemplationi caeli officere posset, omnem curam in siderum cognitione posuerunt, Etrusci autem, quod religione inbuti studiosius et crebrius hostias immolabant, extorum cognitioni se maxume dediderunt, quodque propter aëris crassitudinem  de caelo apud eos multa fiebant, et quod ob eandem causam multa invisitata partim e caelo, alia ex terra oriebantur, quaedam etiam ex hominum pecudumve conceptu et satu, ostentorum exercitatissimi interpretes exstiterunt. Quorum quidem vim, ut tu soles dicere, verba ipsa prudenter a maioribus posita declarant. Quia enim ostendunt, portendunt, monstrant, praedicunt, ostenta, portenta, monstra, prodigia dicuntur. Arabes autem et Phryges et Cilices, quod pastu pecudum maxume utuntur campos et montes hieme et aestate peragrantes, propterea facilius cantus avium et volatus notaverunt; eademque et Pisidiae causa fuit  et huic nostrae Umbriae. Tum Caria tota praecipueque Telmesses, quos ante dixi, quod agros uberrumos maximeque fertiles incolunt, in quibus multa propter fecunditatem fingi gignique possunt, in ostentis animadvertendis diligentes fuerunt. 
      Quis vero non videt in optuma quaque re publica plurimum auspicia et reliqua divinandi genera valuisse? Quis rex umquam fuit, quis populus, qui non uteretur praedictione divina? neque solum in pace, sed in bello multo etiam magis, quo maius erat certamen et discrimen salutis. Omitto nostros, qui nihil in bello sine extis agunt, nihil sine auspiciis domi [habent auspicia]; externa videamus: Namque et Athenienses omnibus semper publicis consiliis divinos quosdam sacerdotes, quos μάντεις vocant, adhibuerunt, et Lacedaemonii regibus suis augurem adsessorem dederunt, itemque senibus (sic enim consilium publicum appellant) augurem interesse voluerunt, iidemque de rebus maioribus semper aut Delphis oraclum aut ab Hammone aut a Dodona petebant. Lycurgus quidem, qui Lacedaemoniorum rem publicam temperavit, leges suas auctoritate Apollinis Delphici confirmavit; quas cum vellet Lysander commutare, eadem est prohibitus religione. Atque etiam qui praeerant Lacedaemoniis, non contenti vigilantibus curis in Pasiphaae fano,  quod est in agro propter urbem, somniandi causa excubabant, quia vera quietis oracla ducebant. Ad nostra iam redeo. Quotiens senatus decemviros ad libros ire iussit! quantis in rebus quamque saepe responsis haruspicum paruit! Nam et cum duo visi soles sunt et cum tres lunae et cum faces, et cum sol nocte visus est, et cum e caelo fremitus auditus, et cum caelum discessisse visum est atque in eo animadversi globi, delata etiam ad senatum labe agri Privernatis, cum  ad infinitam altitudinem terra desedisset Apuliaque maximis terrae motibus conquassata esset (quibus portentis magna populo Romano bella perniciosaeque seditiones denuntiabantur; inque his omnibus responsa haruspicum cum Sibyllae versibus congruebant); quid? cum Cumis Apollo sudavit, Capuae Victoria? quid?  ortus androgyni nonne fatale quoddam monstrum fuit? quid? cum fluvius Atratus sanguine fluxit? quid? cum saepe lapidum, sanguinis non numquam, terrae interdum, quondam etiam lactis imber defluxit? quid? cum in Capitolio ictus Centaurus e caelo est, in Aventino portae et homines, Tusculi aedes Castoris et Pollucis Romaeque Pietatis: nonne et haruspices ea responderunt, quae evenerunt, et in Sibyllae libris eaedem repertae praedictiones sunt? 

    Naturalmente se cree que el catastrófico anuncio puede ser evitado mediante las ofrendas y ritos adecuados que reviertan el presagio.

    Los ritos son recogidos y explicados en ”libros de prácticas” necesarias para el efecto. que son de origen etrusco. Si el fenómeno es especialmente grave se ha de recurrir a algún adivino de reconocido prestigio, a los Libros Sibilinos o los oráculos famosos como el de Delfos. De las Sibilas hablaremos en otra ocasión.

    Falta también en inglés, pero puede ser interesante reproducir el texto de Ovidio, Metamorfosis XV, 552 y ss. en donde nos cuenta cómo aparece Teages y enseña a los etruscos a revelar el futuro..

    Los antiguos en general y de manera especial los romanos eran muy supersticiosos, y por ello toda su vida social, religiosa y cultura está plagada de ritos y prevenciones de todo tipo.

    Tanto les atraen e importan estos fenómenos diríamos hoy “paranormales”, que existen unos colegios sacerdotales especializados en la interpretación de ellos; son los augures que observan permanentemente el cielo y el vuelo de las aves y los arúspices que analizan permanentemente las entrañas de los animales que tan frecuentemente sacrifican a su dioses, como anteriormente comenté.

    El poeta Ovidio nos cuenta en sus Metamorfosis (por lo demás obra plagada de prodigios) cómo aparece Teages, que enseña a los etruscos a revelar el futuro según las señales anteriormente referidas:

    Metamorfosis XV, 547 y ss.

    Pero las calamidades ajenas no son capaces de aliviar la aflicción de Egeria (esposa del rey Numa Pompilio); y tendida en la parte más baja de la falda de un monte se deshace en lágrimas hasta que la hermana de Febo (Diana), impresionada por la piedad de la apenada, hizo de su cuerpo una helada fuente y adelgazó sus miembros hasta convertirlos en inagotables aguas.

    El prodigio maravilló a las ninfas y también el hijo de la Amazona (Hipólito) se quedó  no de otro modo atónico que el labrador tirreno cuando en mitad del campo vio cómo un terrón marcado por el destino se movía, por sí mismo al principio y sin que nadie lo empujara, y en seguida tomó forma de hombre y perdía la tierra y abría la flamante boca para pronunciar el destino venidero: los nativos lo llamaron Tages, y fue el primero que enseñó al pueblo etrusco a revelar los sucesos futuros; o a la manera como Rómulo vio antaño que de repente se cubría de hojas su lanza clavada en la colina palatina, y que se erguía sobre una raíz antes inexistente y no ya sobre el hierro hincado en tierra, y, sin ser ya un arma, sino un árbol, una flexible mimbrera, ofrecía insospechada sombra a los admirados espectadores. (Traducción de Antonio Ruiz de Elvira. Alma Mater.CSIC.)

    Non tamen Egeriae luctus aliena levare
    damna valent, montisque iacens radicibus imis
    liquitur in lacrimas, donec pietate dolentis
    mota soror Phoebi gelidum de corpore fontem
    fecit et aeternas artus tenuavit in undas.
    Et nymphas tetigit nova res, et Amazone natus
    haud aliter stupuit, quam cum Tyrrhenus arator
    fatalem glaebam mediis adspexit in arvis
    sponte sua primum nulloque agitante moveri,
    sumere mox hominis terraeque amittere formam
    oraque venturis aperire recentia fatis
    (indigenae dixere Tagen, qui primus Etruscam
    edocuit gentem casus aperire futuros);
    utve Palatinis haerentem collibus olim
    cum subito vidit frondescere Romulus hastam,
    quae radice nova, non ferro stabat adacto
    et iam non telum, sed lenti viminis arbor
    non exspectatas dabat admirantibus umbras;

    E incluso elaboran amplias listas, índices y libros en los que se recogen esas “maravillas”, los “mirabilia”. Son las paradoxografías.  Naturalmente, fueron los griegos los primeros en hacerlo y dentro de ellos el primero del que tenemos noticia cierta que escribe un libro específico al respecto es Calímaco (310 a. C. – 240 a. C.). Su desarrollo tiene lugar en la época helenística en conexión con la creación de las grandes bibliotecas y centros de investigación como Alejadría o Pérgamo.

    Quienes sean proclives a creer en prodigios y milagros encontrará en el mundo grecorromano cientos de ejemplos de hechos maravillosos, que según algunos siguen produciéndose en abundancia en nuestro mundo tan científicamente estudiado. El conocimiento de estos “milagros” tan antiguos que con tanta frecuencia se producen, debería al menos servir a tantas personas crédulas para cuestionar el presunto carácter de estos hechos prodigiosos, muchos de ellos explicables por el conocimiento y otros simplemente creaciones fantásticas del propio hombre; como pintó Goya, “el sueño de la razón produce monstruos”.

    Presentaré en una pequeña serie de artículos algunos textos de Tito Livio, en cuya historia siempre están presentes los prodigios; de los poetas Lucano y Virgilio,; de Plinio el Joven y Tácito  sobre la aparición de una “mujer de estatura sobrehumana” y de San Agustín y su Ciudad de Dios

    Tito Livio, historiador que vivió en tiempos del emperador Augusto, escribió una historia de Roma desde su misma fundación; por eso le llama “Ab urbe condita”, “Desde la fundación de la ciudad”. Su relato está plagado de referencias a estos milagros, portentos y monstruos; son decenas los pasajes en los que refiere decenas y aun centenas de hechos “maravillosos”, de presagios de todo tipo. A este asunto han dedicado algunos investigadores importantes artículos.

    El crédulo Livio parece recoger los prodigios tal como se los ofrecen las fuentes sin  más consideración, pero diferencia entre prodigios mayores y menores, públicos y privados, en Roma o fuera de Roma. Presentaré más adelante una incompleta clasificación que nos dará idea de la variedad de prodigios.

    Un momento de especial tensión y por tanto propicio para la aparición de “prodigios” es el tiempo cuando en la Segunda Guerra Púnica entre romanos y cartagineses, Anibal sale desde Hispania y lleva la confrontación a Italia, atravesando los Alpes en invierno con sus elefantes, un gran temor y preocupación se extiende entre los romanos. Esas circunstancias son un buen ambiente para que se multipliquen los rumores de prodigios de todo tipo. Algunos de ellos se siguen produciendo de vez en cuando hoy en día.

    Citaré tan sólo dos pasajes de Tito Livio de las decenas posibles como muestra suficiente y ofreceré también una relación más amplia con la referencia a la ubicación del texto correspondiente por si el lector quisiera ampliar sus lecturas.

    En la relación de prodigios encontraremos rayos, meteoros y lenguas, de fuego halos y coronas luminosas, multiplicación de soles y de lunas ; hendiduras y hundimientos de la tierra ; resplandores extraños en el cielo; lluvia de sangre, de piedras, de tierra, de leche; ríos que arrastran agua sanguinolenta; erupciones volcánicas, transpiración del bronce o del mármol de las estatuas; seres híbridos o monstruosos, como caballos de cinco patas, cerdos con cabeza de hombre, animales bicéfalos; animales o infantes que hablan, etc., etc.

    Pues bien, estos efectos tan especiales son aprovechados frecuentemente por los poetas. Daré tan sólo dos ejemplos, uno del indiscutible Virgilio y otro de nuestro poeta de origen hispano Lucano. Reproduciré un texto famoso de Plinio el Joven y Tácito sobre las apariciones de seres de gran estatura o fantasmas.

    Citaré también un pasaje de La Ciudad de Dios de San Agustín, en el que se refiere y descalifica estas supersticiones.

    En el caso de este último autor llama poderosamente la atención la clarividencia con la que analiza las supercherías de los ajenos y la seguridad con la que acepta las supercherías propias; sin duda un lector ajeno a nuestra cultura no apreciaría diferencia alguna entre las creencias de los paganos y las creencias de los cristianos; de hecho, históricamente estas últimas se alimentan absolutamente de las primeras.

    Como decía, las referencias a prodigios son innumerables en la obra de Tito Livio. Veremos algunos ejemplos y al final daré una relación incompleta, con alguna clasificación, que nos permitirá hacernos una idea aproximada de su importancia. Un asunto de interés es analizar hasta qué punto Tito Livio cree en estos prodigios y las fuentes de las que los toma, entre ellas  los libros pontificales y los Annales oficiales en que se reflejan siguiendo la costumbre etrusca.

    T.Livio: Ab urbe condita, XXII,1,8 y ss.

    Aumentaba más y más el temor con los prodigios que referían de muchos puntos a la
    vez. En Sicilia, los venablos de algunos soldados se habían inflamado en sus manos, y de la misma manera en Cerdeña el bastón de un caballero que hacía la ronda en las murallas; en la playa habían brillado muchos fuegos; dos escudos habían sudado sangre; algunos soldados habían sido heridos por el rayo y había parecido que el disco del sol se apequeñaba. En Prenesto habían caído del cielo piedras abrasadoras; en Arpis habíanse visto escudos en el aire, y al sol luchando con la luna; en Capena habían aparecido dos lunas en pleno día; en Cerea habían arrastrado sangre las aguas, y en la fuente  de Hércules habían  aparecido manchas sangrientas; en Anzio habían caído espigas ensangrentadas en la cesta de un segador; en Faleria se había abierto en el cielo ancho desgarrón , por el que brotó intensa luz; las suertes se habían contraído por sí mismas, y había caído una con estas palabras: «Marte blande su lanza.» En el mismo tiempo habíanse visto en Roma, la estatua de Marte en la vía Apia, y la de los lobos, cubierta de sudor. En Capua, en fin, habíase visto el fenómeno del cielo ardiendo y la luna cayendo con la lluvia. En seguida se creyó en prodigios mucho menos graves: el pelo de algunas cabras se había trocado en lana, gallinas en gallos y gallos en gallinas.

    Habiéndose expuesto estos hechos, según se habían anunciado, e introducidos en el Senado los testigos, el cónsul abrió discusión acerca de la cuestión religiosa. Decretóse que estos prodigios se expiarían en parte con víctimas mayores y en parte con menores, y que delante de todos íos altares se celebrarían, durante tres días, solemnes rogativas; que para lo demás, los decenviros consultarían los libros sagrados , y que se haría también lo que ordenasen los dioses por medio de los cantos de la Sibila. Por consejo de los decenviros decidióse que se ofrecería á Júpiter un rayo de oro de cinco libras de peso, y dones de plata a Juno y á Minerva; que se inmolarían víctimas mayores a Juno Reina, sobre el Aventino, y a Juno Sospita, en Lanuvio; que las señoras romanas, contribuyendo cada una según sus fuerzas, llevarían una ofrenda a Juno Reina, sobre el Aventino, y que se celebraría un lectisterno ; en'fin, que l a s mismas libertas reunirían medios para ofrecer un don á la diosa
    Feronia .  Después de estas expiaciones, los decenviros inmolaron víctimas mayores en el foro de Ardea. En el mes de diciembre anterior se había hecho un sacrificio en Roma; en el templo de Saturno habíase ordenado un lectisterno y dispuesto el lecho para los senadores; habíase celebrado un festín público; en fin, toda la ciudad había repetido durante un día y una noche el grito de las saturnales, y habíase decretado que el pueblo conservaría y celebraría en lo venidero este día festivo.

    augebant metum prodigia ex pluribus simul locis nuntiata: in Sicilia militibus aliquot spicula, in Sardinia autem in muro circumeunti vigilias equiti scipionem quem manu tenuerat arsisse, et litora crebris ignibus fulsisse, et scuta duo sanguine sudasse, et milites quosdam ictos fulminibus,  et solis orbem minui visum, et Praeneste ardentes lapides caelo cecidisse, et Arpis parmas in caelo visas pugnantemque cum luna solem,  et Capenae duas interdiu lunas ortas, et aquas Caeretes sanguine mixtas fluxisse fontemque ipsum Herculis cruentis manasse respersum maculis, et Antii8 metentibus cruentas in corbem spicas cecidisse,  et Faleriis caelum findi velut magno hiatu visum, quaque patuerit ingens lumen effulsisse; sortes adtenuatas unamque sua  sponte excidisse ita scriptam: “mavors telum suum concutit;”  et per idem tempus Romae signum Martis Appia via ac simulacra luporum sudasse, et Capuae speciem caeli ardentis fuisse lunaeque inter imbrem cadentis.  inde minoribus etiam dictu prodigiis fides habitat: capras lanatas quibusdam factas, et gallinam in marem, gallum in feminam sese vertisse.
     his sicut erant nuntiata expositis auctoribusque in curiam introductis consul de religione patres consuluit. decretum ut ea prodigia partim maioribus hostiis, partim lactentibus procurarentur, et uti supplicatio per triduum ad omnia pulvinaria haberetur; cetera, cum decemviri libros inspexissent, ut ita fierent quem ad modum cordi esse divis e carminibus praefarentur.  decemvirorum monitu decretum est Iovi primum donum fulmen aureum pondo quinquaginta fieret et Iunoni14 Minervaeque ex argento dona darentur et Iunoni reginae in Aventino Iunonique Sospitae Lanuvii maioribus hostiis sacrificaretur matronaeque pecunia conlata,  quantum conferre cuique commodum esset, donum Iunoni reginae in Aventinum ferrent lectisterniumque fieret,et ut libertinae et ipsae, unde Feroniae  donum daretur, pecuniam pro facultatibus suis16 conferrent.
    haec ubi facta, decemviri Ardeae in foro maioribus hostiis sacrificarunt. postremo Decembri iam mense ad aedem Saturni Romae immolatum est lectisterniumque imperatum—eum lectum senatores straverunt—et convivium publicum,  ac per urbem Saturnalia diem ac noctem clamata, populusque eum diem festum habere ac servare in perpetuum iussus.

    Otro ejemplo de prodigios diversos en Tito Livio, 24,10:

    Aquel año corrieron noticias de numerosos hechos portentosos; cuanto más crédito les daban las gentes sencillas y supersticiosas, más se multiplicaban los rumores: en Lanuvio habían anidado unos cuervos en el interior del templo de Juno Sóspita; en Apulia había ardido una palmera verde; en Mantua había aparecido ensangrentada una laguna, consecuencia de un desbordamiento del río Mincio; además había llovido arcilla en Cales, y sangre en Roma en el mercado de ganado, y en el barrio Insteyo había brotado bajo tierra un manantial con tanta fuerza en el agua que había arrastrado con el ímpetu de un torrente los cántaros y toneles que allí había; cayeron rayos en un atrio público en el Capitolio, en el templo de Vulcano del campo de Marte, en el de Vacuna en la Sabina, y en una vía pública, un muro y una puerta en Gabios. Circulaban ahora  rumores de otros hechos extraordinarios: la lanza de Marte en Preneste se había movido sola, en Sicilia había hablado un buey; en el claustro materno un niño exclamó «¡Viva, triunfo!» en el país de los marrucinos; en Espoleto, una mujer se había transformado en hombre; en Adria habían visto un altar en el cielo y figuras humanas en torno a él vestidas de blanco. Es más, incluso en Roma, en la propia ciudad, inmediatamente después de verse un enjambre de abejas en el foro, lo cual es sorprendente por lo inusual, algunos aseguraban estar viendo legiones armadas en el Janículo, con lo cual concitaron a las armas a la población, mientras que los que estaban en el Janículo decían que por allí no había aparecido nadie aparte de los ocupantes habituales de la colina. Estos portentos fueron conjurados, por indicación de los arúspices, con víctimas mayores, y se decretó una rogativa pública a todos los dioses que tenían cojines sagrados en Roma.

    prodigia eo anno multa nuntiata sunt, quae quo magis credebant simplices ac religiosi homines, eo plura nuntiabantur: Lanuvi in aede intus Sospitae Iunonis corvos nidum fecisse; in Apulia palmam viridem arsisse; Mantuae stagnum effusum Mincio amni cruentum visum; et Calibus creta et Romae in foro bovario sanguine pluvisse;  et in vico Insteio fontem sub terra tanta vi aquarum fluxisse ut serias doliaque quae in eo loco erant provoluta velut impetus torrentis tulerit;  tacta de caelo atrium publicum in Capitolio, aedem in campo Volcani, Vacunae in Sabinis publicamque viam, murum ac portam Gabiis.  iam alia vulgata miracula erant:  hastam Martis Praeneste sua sponte promotam; bovem in Sicilia locutum; infantem in utero matris in Marrucinis “io triumphe” clamasse; ex muliere Spoleti virum factum; Hadriae aram in caelo speciesque hominum circum eam cum candida veste visas esse.  quin Romae quoque in ipsa urbe, secundum apum examen in foro visum—quod mirabile est, quia rarum—adfirmantes quidam legiones se armatas in Ianiculo videre concitaverunt civitatem ad arma,  cum qui in Ianiculo essent negarent quemquam ibi praeter adsuetos collis eius cultores adparuisse.  haec prodigia hostiis maioribus procurata sunt ex haruspicum responso, et supplicatio omnibus deis quorum pulvinaria Romae essent indicta est.

    Relación y clasificación incompleta de los prodigios aparecidos en la obra de Tito Livio:

    Celestes
    – Eclipses de sol: 7,28,7 / 30,38,8 / 37,4,4 / 38,36,4
    – Eclipses de luna: 44,37,8-9 / 26,5,9
    – Pluralidad de soles, de lunas, etc.: 28,11,3/ 29,14,3/ 41,21,12/ 22,1,9/ 22/1/10/ 30,38,8/  30,2,11-12/ 38,36,4
    – Sol de color de sangre: 25,7,8/ 31,12,5
    – Otros prodigios celestes:
         – Cielo que arde: 3,9,14/ 3,10,6/ 7,28,7/ 22,1,12/ 30,2,12/ 31,12,5/ 32,9,3/ 39,22,3/
         – Enorme antorcha ardiendo: 30,2,12/ 43,13,3/ 45,16,5
         – Figura de naves ardiendo en el cielo: 21,62,4/ 42,2,4/
          – Escudos volando por los aires: 22,1,9
          – El sol luchando con la luna: 22,1,9/
          – El cielo rasgado y una gran luz refulgiendo: 22,1,11/
          – La luna cayendo entre la lluvia: 22,1,12
          – Una piedra enorme volando: 23,7,8
          – Aparición de una luz por la noche: 28,11,3/ 29,14,3/ 32,29,2/
          – Lluvia deTierra
          – Piedra que cae del cielo: 41,9,5/
          – Movimientos sísmicos: 3,10,6/
          – Tempestades: 2,62,2/ 26,11,2/ 40,58,6/
          – Rayos: dice Luterbacher, recogido por Jose Jiménez Delgado en Helmántica, 12, 1961, que   28 rayos cayeron en los templos, 18 en murallas, 3 en estatuas, además de los que caen en hombres, animales, plantas, seres inanimados. Algunos ejemplos: 1,3,9 (a Rómulo)/ 10,31,8/ 22,1,8/ 25,7,8/ 27,7,7/ 27,11,12/ 27,,7,2/ 27/37,2/ 24,10,9/ 24,44,7/  27,37,2/ 32,1,10/ 32,9,2/ 36,37,3/ 27,23,3/ 37,37,2/ 28,11,2/ 28,11,4/ 32,1,10/ 32,29,1/ 40,2,4/ 45,16,5/  21,62,4/ 25,7,7/ 27,11,2/ 24,10,9/ 42,20,1/ 32,9,2/ 26,23,4/ 33,26,8/ 42,20,1/ 27,4,11/ 30,38,9/ 41,13,1/ 27,37,2/ 22,1,8/ 24,44,8/ 26,223,5/ 27,11,2/27,23,3/ 29,14,3/ 30,38,9/ 35,21,4/ 37,3,2/ 45,16,5/ 25,7,8/ 32,9,2/ 32,29,2/ 36,37,3/ 32,1,12/ 35,9,3/ 45,16,5/ 30,38,9/ 36,37,3/ 42,20,5/
          – Lluvias prodigiosas: tierra 10,1,8/ 34,45,6-7/ piedras ardiendo 22,1,9/ piedras 25,7,7/ 39,22,3/ 37,3,2/ 27,11,5/ sangre 34,45,6-7/ 39,46,5/ 42,20,5/ 24,10,7/ carne 3,10,6/ cal 24,10,7/ Leche 27,11,5/
        – 7, 28; 10, 31; 21, 62; 22, 36; 23, 31; 26, 23; 27, 32; 29, 10; 29, 14; 35, 21; 37, 3; 39, 56;
        – 40, 19; 42, 2; 43, 15; 44, 18; 45, 16.
        – Otros muchos menos frecuentes o importantes
    Terrestres
        – Sangre en fuentes y ríos: 22,1,10/ 24,10,7/ 24,44,8/ 27,11,3/  27,23,4/ 27,37,3/ 45,16,5/
        –  Imágenes que lloran o sudan: 22,1,12/ 22,36,7/ 23,31,15/ 27,4,14/ 28,11,4/ 40,19,2/ 43,13,4/
        –  Bosques sagrados: 27,4,12-14/ 27,37,2/ 41,9,4/
        – Enjambres de abejas: 21,46,1/ 24,10,11/ 27,23,2/ 35,9,4/
        – Presencia de lobos: 3,29,6-9/ 10,27,8/ 21,46,1/ 21,62,5/ 27,37,3/ 32,29,2/ 33,26,9/
        – Serpientes: 1,56,4/ 7,17,3/ 25,16,2/ 26,19,7/ 27,4,13/ 28,11,2/ 41,9,6/ 41,21,13/ 43,13,4
        – Aves de bueno y mal augurio: 10,40,14/ 21,62,4/ 22,1,13/ 24,10,6/ 27,4,12/ 30,2,9/
        – Llamas y nimbos misteriosos: arde la cabeza de Servio Tulio 1,39,1/ dardos inflamados 22,1,8/ palmera inflamada 24,10,7/ cabeza en llamas  25,39,16/ cabeza de Vulcano 34,45,7/
       – Espigas sangrando:  22,1,10/ 28,11,2/
       – Escudos sangrando: 25,39,10/
       – Ratones que roen el oro del templo: 27,23,2
       – Engendros monstruosos:
       –  Andrógino: 27,11,4/ sin definir sexo 27,37,5/ 31,12,6 /
       –  Niños sin ojos y nariz y manos: 35,21,3

    – Animales monstruosos
       –  Cabras con lana: 22,113/
       –  Vaca que pare un potro: 23,31,15/
       –  Cerdo con dos cabezas:28,11,3/ cerdo con rostro humano: 27,4,14/ 32,9,3/
       – Nace un cordero con una ubre llena de leche: 27,4,11/
       – En Reate pario una mula 26,23,5
       – Cordero macho y hembra a la vez: 28,11,3/
       – Cordero con dos cabezas: 32,9,3/
       – Potro con cinco patas: 31,12,7/ 32,1,11/
       – Tres pollos con tres patas cada uno: 32,1,11/ una polla con lana
       – Cabra que pare seis cabritos: 35,21,3/
       – Mula que pare: 37,3,3/ Mula con tres patas: 40,45,5/ 42,20,5/
       –  Asno con gres patas: 42,20,5
       – Animales que hablan:  Una vaca que habla: 3,10,6/ 43,13,3/ 27,11,4/ 28,11,4/ 35,21,4/
       – Niños que hablan: de seis meses: 21,62,2/ en el vientre de su madre: 24,10,10/
        – Buey que sube al tercer piso y se arroja desde él /21,62,3/  bueyes que suben al tejado: 36,37,2/
       – Vaca de bronce fecundada: 41,13,2
    – voces misteriosas:  enorme voz: 1,31,3/ 2,7,2/ más que humana: 5,32,6/ 6,33,5/
    – Visiones, sueños: sueño de Anibal: 21,22,6/

    Si alguno de los lectores de este blog creía que los milagros eran propios y exclusivos de su propia creencia, estaba muy equivocado: una vez más “Nihil novum sub sole”.

    Quedan para otro artículos los restantes textos anunciados.

  • Antiguos mitos intentan explicar las diversas formas de relación sexual entre las personas

    Fedro explica en una fábula por qué existe el homoerotiso u homosexualidad, tanto masculina como femenina; Ovidio también lo hace con su relato de Ifis e Iante. Platón también lo hizo en su diálogo El Banquete, como comenté en su momento. Incluso sin entenderlo muy bien, intentaron explicar la transexualidad y el transgénero.

    No  cuestionan los antiguos la heterosexualidad, es decir, el orden y moral social aceptada de manera general, pero reconocen la realidad natural de que algunas mujeres pueden sentir y querer  vivir como hombres y algunos hombres como mujeres.

    Dos mil años después, hay países de legislación avanzada en este reconocimiento de una realidad natural, frente a otros que incluso castigan muy duramente estos hechos tanto de homosexualidad femenina cuanto de transgénero o transexualidad.

    La homosexualidad femenina, que una mujer ame como mujer a otra de su mismo sexo,  es difícilmente comprendida como posible y muy poco visible en el mundo antiguo, aunque no inexistente.

    Existe ciertamente, aunque prácticamente invisibilizada también, la homosexualidad de una mujer que asume el papel de un hombre para relacionarse con otra mujer, es decir la masculinización de su comportamiento.  Es la llamada tríbade, mujer de comportamiento homoerótico, que busca la relación sexual con otra mujer,  o más específicamente, mujer que en la relación homoerótica femenina asume el papel dominante, el papel masculinizado; proviene del griego  τριβάς, tribas, derivado del verbo τριβηιν, tribein, que significa frotar, restregar o masturbar.

    Esta práctica homosexual u homoerótica femenina es rechazada socialmente de manera general por cuanto supone una transgresión de la práctica considerada normal, la heterosexual, pero en cualquier caso, en el mundo antiguo se reconoce su existencia al reconocer la complejidad y diversidad de la relación social entre los seres humanos; más aún, no sólo no se esconde sino que se aborda su explicación con cierta naturalidad, aunque sea recurriendo al mito.

    Es lo que hizo Platón como comenté en el artículo https://www.antiquitatem.com/homosexualidad-gay-lesbianismo-androgino

    Es lo que también hacen por ejemplo Fedro en su fábula IV, 16, eliminada junto con la 15 anterior de numerosas ediciones,  y Ovidio en el Libro IX de las Metamorfosis al narrar la historia de Ifis e Iante. Ambos textos han sido ampliamente estudiados  y comentados por investigadores interesados en el conocimientos de los comportamientos sexuales en la Antigüedad; yo sólo pretendo ahora dar cuenta de la existencia de estos textos para conocimiento del lector interesado.

    Fedro, IV,16

    Preguntó el otro qué causa explicaba la creación de las lesbianas y de los hombres afeminados. El anciano (Esopo) lo explicó.

    “El mismo Prometeo, el autor de los hombres de barro, que tan pronto chocan con la mala Fortuna se rompen, había modelado durante todo el día por separado las partes de la naturaleza que el pudor oculta con los vestidos, para adaptarlas tan pronto pudiera a sus respectivos cuerpos. Pero fue invitado a cenar inesperadamente por Liber. Después de haber regado bien sus venas con el mucho néctar, regresó a casa ya tarde con pie tambaleante. Entonces con su cabeza medio dormida y equivocada por la borrachera, colocó el sexo de mujer en el género  masculino y los miembros masculinos a las mujeres. Y por eso ahora disfrutan del placer con depravado gozo.

    Nota:1.Liber es el dios Dkionisos o Baco, dios del vino. 2.Según el Pseudo Apoolodoro, en su  Biblioteca mitológica, 1,7,1  Prometeo fue el creador de los hombres, haciéndolos de barro y por ello fue castigado por Zeus; en otras versiones Prometeo es sólo el benefactor, pero no el creador de la humanidad:

    Prometeo moldeó a los hombres de agua y de tierra y les dio también sin que Zeus lo supiera, el fuego que había escondido,  en una caña de hinojo. Pero cuando Zeus se enteró, ordenó a Hefesto encadenar su cuerpo en el monte Cáucaso, que es una montaña de Escitia. En él Prometeo fue encadenado y mantenido atado por muchos años. Toos los días un águila se abalanzaba sobre él y devoraba una parte de su hígado, que volvía a crecer  por la noche. Ese fue el castigo que Prometeo pagó por robar el fuego hasta que Hércules lo liberó más tarde…

    Rogavit alter, tribadas et molles mares
    Quae ratio procreasset? Exposuit senex:

    «Idem Prometheus, auctor vulgi fictilis
    Qui simul offendit ad fortunam frangitur,
    Naturae partis veste quas celat pudor,
    Cum separatim toto finxisset die,
    Aptare mox ut posset corporibus suis,
    Ad cenam est invitatus subito a Libero.
    Ubi irrigatus multo venas nectare
    Sero domum est reversus titubanti pede.
    Tum semisomno corde et errore ebrio
    Applicuit virginale generi masculo
    Et masculina membra applicuit feminis.
    Ita nunc libido pravo fruitur gaudio».

    Nota: de la fábula se deduce que la homosexualidad, tanto la masculina como la femenina, es fruto de un error y por lo tanto está en desacuerdo con el comportamiento normal, que es el heterosexual, pero el error es del mismoa creador de la “raza” humana y por tanto es “natural” y permanente, no una “enfermedad” que pueda ser curada, y como tal se intenta explicar con el mito.

    Ovidio por su parte narra en su obra más importante, Las Metamorfosis, diversos mitos referidos al comportamiento sexual de los hombres y las mujeres. El mito de Ifis e Iante aborda la realidad de algunas personas cuyo sentimiento y comportamiento psicológico no coinciden con su sexo físico.

    Ovidio describe la realidad de una muchacha, físicamente mujer pues,  que siente como un hombre y se enamora de otra mujer. La realidad observada plantea sin duda un problema en la sociedad antigua en la que no se concibe un matrimonio entre mujeres. La finalidad principal del matrimonio era procrear hijos para la propia familia y para la sociedad. La solución, acorde con la norma social imperante, es convertir a la niña en niño, aunque esa conversión sea debida a la poderosa diosa Isis y no al arte humano de la moderna cirugía.

    En el libro IX Ovidio, después de narrar el amor imposible de Biblis por su hermano Cauno,  nos cuenta  la historia de Ifis e Iante.

    Metamorfosis IX, 666-798

    La fama del inaudito prodigio habría invadido quizá las ciudades de Creta, si Creta no hubiese sufrido poco hacía un portento más cercano con la transformación de Ifis. En efecto, la tierra de Festo, inmediata al reino de Cnoso, había dado nacimiento a un hombre oscuro llamado Ligdo, de condición libre pero humilde, y los bienes de que disponía no eran mayores que su alcurnia, pero su vida y honradez eran intachables. El cual se dirigió a los oídos de su esposa, que estaba encinta, y cuando ya se acercaba el momento del parto, haciéndole estas advertencias: “Dos cosas hay que yo solicitaría de la divinidad: que te veas libre de esto con el menor dolor, y que des a luz un varón. La otra condición es más gravosa, y la fortuna le niega las fuerzas. Yo rechazo este presagio; de manera que si llega a suceder que de tu parto sea alumbrada una hembra (a disgusto te lo encargo; perdoname, afecto paternal), désele muerte".

    Así habló, y un torrente de lágrimas bañó los rostros tanto de quien hacia el encargo como de aquélla a quien se le hacía. Pero aún así Teletusa importuna constantemente a su marido con inútiles súplicas de que no le estreche así las esperanzas. La decisión de Ligdo es firme. Y ya venía ella llevando y sosteniendo un vientre cargado de un peso ya llegado a sazón, cuando en mitad de la noche y en forma de visión de sueño se alzó la Ináquide (Isis), o así se lo pareció a Teletusa, delante de su lecho y acompañada por el cortejo de sus misterios. En la frente tenía los cuernos de luna con espigas rubias de fulgurante oro, y también el ornamento real; con ella estaba el ladrador Anubis,  la santa Bubastis, Apis salpicado de diferentes colores, y también el que reprime la voz y ordena silencio con el dedo; también se encontraban allí los sistros y el nunca suficientemente buscado Osiris, y la extranjera serpiente llena de somníferos venenos. Entonces pareció como si Teletusa fuese despertada de su sueño y estuviese viendo claramente, y la diosa le habló así: “Oh Teletusa, que formas parte de las que me son fieles, abandona tus penosas preocupaciones y desatiende el encargo de tu marido. Y no dudes, cuando Lucina te exonere haciéndote dar a luz, en criar lo que alumbres, sea lo que sea. Yo soy la diosa del socorro, y otorgo mi ayuda cuando se me invoca; y no te lamentarás de haber venerado a una divinidad ingrata”. Así le aconsejó, y se alejó de la alcoba.

    Alegre se levanta del lecho la cretense, y alzando a los astros sus manos inocentes reza porque su sueño se realice. Cuando aumentaron los dolores, y la carga se expulsó a si misma saliendo a los aires, y nació una hembra sin que el padre se enterara, la madre ordenó que la criaran afirmando falsamente que era un niño. Fue creído el aserto, y sólo la nodriza estaba enterada del engaño. El padre cumple sus votos y le pone el nombre del abuelo: Ifis se había llamado el abuelo. La madre se alegró del nombre porque era común a los dos sexos, y con su uso nadie podría quejarse de fraude. Así empezó la superchería, que siguió estando oculta bajo una piadosa falsedad. El atavío era de niño; el rostro, tal, que lo mismo si se atribuía a una niña que a un niño, ambos resultaban hermosos. Y ya un tercer año había sucedido al décimo cuando tu padre, Ifis, te otorga como prometida a la rubia Iante, que era la muchacha más admirada entre las de Festo por el don de la belleza, y nacida de Telestes el del Dicte. La misma edad tenían ambas, la misma belleza, y de los mismos maestros recibieron la primera enseñanza o rudimentos propios de su edad. Así se originó el que el amor tocase el inexperto corazón de ambas y produjese en las dos igual herida, pero las esperanzas eran dispares: lante cuenta con el matrimonio y con el momento de la realización de la alianza, y cree que será su marido la que ella cree ser un hombre; Ifis ama a aquella de quien no espera poder gozar, y esto mismo acrecienta sus ardores, y se abrasa, doncella, por una doncella, y, conteniendo apenas las lágrimas, dice:

    “¿Qué fin me espera a mí, que estoy poseída de un ansia que nadie ha conocido, de un ansia monstruosa y cuyo objeto es un amor inaudito? Si los dioses quisieron salvarme, debieron salvarme; si no, y si por el contrario perderme, que me hubieran dado al menos una enfermedad natural y corriente. Ni la vaca se siente inflamada por el amor de una vaca, ni las yeguas por el de las yeguas; inflama el carnero a las ovejas, tras el ciervo va su hembra. También las aves se aparean así, y entre todos los animales no hay ninguna hembra que sea arrebatada por la pasión hacia una hembra. Quisiera no serlo yo. Sin embargo, y para que Creta no sea vea privada de producir toda clase de monstruosidades, la hija del Sol amó a un toro, pero en todo caso era una hembra que amaba a un macho. Mi amor, si he de decir verdad, es más frenético que aquél. Ella, por lo menos, fue tras de la esperanza de los placeres del amor; ella, por lo menos, y gracias a la falaz apariencia de vaca, recibió al bovino semental, y tuvo así un galán a quien engañar. Aunque confluya aquí la inventiva del mundo entero, aunque Dédalo regresara aquí volando con sus alas de cera, ¿qué va a hacer? ¿Me va a convertir de doncella en muchacho con su ingeniosa técnica? ¿Te va a transformar a ti, lante? ¿Por qué, Ifis, no fortaleces tu alma y te recuperas a ti misma, y arrojas esos ardores necios y desprovistos de razón? Mira lo que has nacido, a menos que te engañes también a ti misma, y aspira a lo que te es lícito, y ama lo que debes amar siendo hembra. La esperanza es lo que puede provocar el amor, y la esperanza lo que puede alimentarlo. Y a ti la realidad te priva de la esperanza, No es una guardia lo que te aparta del anhelado abrazo, ni la vigilancia de un marido prevenido, ni la dureza de un padre, no es ella quien rehúsa entregarse a tus solicitaciones, y sin embargo no te será posible llegar a poseerla, ni podrías ser feliz aunque todo te fuera favorable, aunque en ello se esforzaran los dioses y los hombres. Incluso en este momento, de los anhelos que tengo formulados sólo hay una parte que no sea una realidad, y los dioses, propicios para mí, me han dado cuanto han podido; y lo que yo quiero lo quiere mi padre, lo quiere ella y también mi futuro suegro. Pero no lo quiere la naturaleza, más poderosa que todos ellos, y que es la única que me perjudica. Y he aquí que es inminente el ansiado momento, se aproxima el día de mis nupcias y Iante va a ser mía enseguida… y no la tendré: pasaré sed en medio de las aguas. Oh Juno que patrocinas a las novias y oh Himeneo, ¿para qué venís a esta ceremonia en la que no hay novio que tome esposa y en la que ambas somos novias?”

    Con estas palabras interrumpió su monólogo. Tampoco la otra joven se abrasa con más moderación, y reza, Himeneo, para que vengas con presteza. Lo que ella pide lo teme Teletusa, y unas veces aplaza la fecha, otras gana tiempo fingiéndose enferma, y con frecuencia pretexta presagios y visiones. Pero ya había agotado todas las posibilidades de invención, era inminente el aplazado momento de la solemnidad nupcial, y sólo un día faltaba. Entonces la madre quita a su hija de la cabeza, y a sí misma, la redecilla, y con cabellos sueltos y abrazando el altar dijo: “Isis, que habitas los campos paretonios y mareóticos, y también Faro y el Nilo distribuido en siete canales: socórrenos, te lo suplico, y líbranos de nuestro temor. A ti, diosa, te vi yo en otro tiempo, y vi estos símbolos tuyos, y todos los reconocí, el ruido de los sistros y el cortejo y las antorchas, y tomé buena nota de tus órdenes en mi alma que no las ha olvidado. Si ella ve la luz, si yo no he sufrido castigo, todo eso tú lo planeaste y a ti te lo debo; compadécete de las dos y préstame tu auxilio”. Las lágrimas siguieron a sus palabras. Pareció que la diosa movía su altar (y lo movió), y temblaron las puertas del templo, resplandecieron los cuernos que semejan la luna, y repiqueteó el sonoro sistro. Salió del templo la madre no sin inquietud todavía, pero sí confortada por el favorable presagio. Conforme camina la madre, va Ifis a su lado acompañándola con pasos mayores de lo que acostumbraba, y no subsiste la blancura de su rostro, y sus fuerzas van aumentando, y su misma fisonomía es más enérgica, y más corta la longitud de sus cabellos, ahora en desorden, y dispone de mayor robustez que la que tenía siendo mujer. ¡Porque tú, que hace un momento eras mujer, eres un muchacho! ¡Ofreced presentes a los templos y regocijaos con confianza exenta de temor! Ofrecen presentes a los templos y añaden una inscripción; la inscripción contenía una breve fórmula: “Siendo un muchacho ha entregado Ifis los dones que prometió cuando era mujer”. El siguiente día había iluminado con sus rayos el ancho mundo, cuando Venus y Juno y el Himeneo se reúnen para celebrar las antorchas de la unión nupcial, y el joven Ifis entra en posesión de su Iante. (Traducción de Antonio Ruiz de Elvira. CSIC)

    Fama noui centum Cretaeas forsitan urbes
    Inplesset monstri, si non miracula nuper
    Iphide mutata Crete propiora tulisset.
    Proxima Gnosiaco nam quondam Phaestia regno
    Progenuit tellus ignotum nomine Ligdum,
    Ingenua de plebe uirum; nec census in illo
    Nobilitate sua maior, sed uita fidesque
    Inculpata fuit. grauidae qui coniugis aures
    Vocibus his monuit, cum iam prope partus adesset:
    "Quae uoueam, duo sunt: minimo ut releuere dolore,
    Vtque marem parias. onerosior altera sors est,
    Et uires fortuna negat: quod abominor, ergo,
    Edita forte tuo fuerit si femina partu,
    (Inuitus mando: pietas, ignosce) necetur."
    Dixerat, et lacrimis uultum lauere profusis
    Tam qui mandabat, quam cui mandata dabantur;
    Sed tamen usque suum uanis Telethusa maritum
    Sollicitat precibus, ne spem sibi ponat in arto;
    Certa sua est Ligdo sententia. iamque ferendo
    Vix erat illa grauem maturo pondere uentrem,
    Cum medio noctis spatio sub imagine somni
    Inachis ante torum pompa comitata sacrorum
    Aut stetit aut uisa est: inerant lunaria fronti
    Cornua cum spicis nitido flauentibus auro
    Et regale decus; cum qua latrator Anubis
    Sanctaque Bubastis uariusque coloribus Apis,
    Quique premit uocem digitoque silentia suadet;
    Sistraque erant, numquamque satis quaesitus Osiris
    Plenaque somniferis serpens peregrina uenenis.
    Tum uelut excussam somno et manifesta uidentem
    Sic adfata dea est: "pars o Telethusa mearum,
    Pone graues curas mandataque falle mariti;
    Nec dubita, cum te partu Lucina leuarit,
    Tollere, quidquid erit. dea sum auxiliaris opemque
    Exorata fero, nec te coluisse quereris
    Ingratum numen." monuit thalamoque recessit.
    Laeta toro surgit purasque ad sidera supplex
    Cressa manus tollens, rata sint sua uisa, precatur.
    Vt dolor increuit seque ipsum pondus in auras
    Expulit et nata est ignaro femina patre,
    Iussit ali mater puerum mentita; fidemque
    Res habuit, neque erat ficti nisi conscia nutrix.
    Vota pater soluit nomenque inponit auitum:
    Iphis auus fuerat, gauisa est nomine mater,
    Quod commune foret nec quemquam falleret illo.
    Inde incepta pia mendacia fraude latebant:
    Cultus erat pueri, facies, quam siue puellae
    Siue dares puero, fieret formosus uterque.
    Tertius interea decimo successerat annus,
    Cum pater, Iphi, tibi flauam despondit Ianthen,
    Inter Phaestiadas quae laudatissima formae
    Dote fuit uirgo, Dictaeo nata Teleste.
    Par aetas, par forma fuit, primasque magistris
    Accepere artes, elementa aetatis, ab isdem;
    Hinc amor ambarum tetigit rude pectus et aequum
    Vulnus utrique dedit, sed erat fiducia dispar:
    Coniugium pactaeque exspectat tempora taedae,
    Quamque uirum putat esse, uirum fore credit Ianthe;
    Iphis amat, qua posse frui desperat, et auget
    Hoc ipsum flammas ardetque in uirgine uirgo,
    Vixque tenens lacrimas "quis me manet exitus" inquit,
    "Cognita quam nulli, quam prodigiosa nouaeque
    Cura tenet Veneris? si di mihi parcere uellent,
    Parcere debuerant; si non, et perdere uellent,
    Naturale malum saltem et de more dedissent!
    Nec uaccam uaccae, nec equas amor urit equarum;
    Vrit oues aries, sequitur sua femina ceruum;
    Sic et aues coeunt, interque animalia cuncta
    Femina femineo correpta cupidine nulla est.
    Vellem nulla forem! ne non tamen omnia Crete
    Monstra ferat, taurum dilexit filia Solis,
    Femina nempe marem: meus est furiosior illo,
    Si uerum profitemur, amor; tamen illa secuta est
    Spem Veneris, tamen illa dolis et imagine uaccae
    Passa bouem est, et erat, qui deciperetur, adulter.
    Huc licet e toto sollertia confluat orbe,
    Ipse licet reuolet ceratis Daedalus alis,
    Quid faciet? num me puerum de uirgine doctis
    Artibus efficiet? num te mutabit, Ianthe?
    Quin animum firmas teque ipsa reconligis, Iphi,
    Consiliique inopes et stultos excutis ignes?
    Quid sis nata, uide, nisi te quoque decipis ipsam,
    Et pete, quod fas est, et ama, quod femina debes.
    Spes est, quae capiat, spes est, quae pascit amorem;
    Hanc tibi res adimit: non te custodia caro
    Arcet ab amplexu nec cauti cura mariti,
    Non patris asperitas, non se negat ipsa roganti;
    Nec tamen est potiunda tibi, nec, ut omnia fiant,
    Esse potes felix, ut dique hominesque laborent.
    Nunc quoque uotorum nulla est pars uana meorum,
    Dique mihi faciles, quidquid ualuere, dederunt,
    Quodque ego, uult genitor, uult ipsa socerque futurus;
    At non uult natura, potentior omnibus istis,
    Quae mihi sola nocet. uenit ecce optabile tempus,
    Luxque iugalis adest, et iam mea fiet Ianthe –
    Nec mihi continget: mediis sitiemus in undis.
    Pronuba quid Iuno, quid ad haec, Hymenaee, uenitis
    Sacra, quibus qui ducat abest, ubi nubimus ambae?"
    Pressit ab his uocem, nec lenius altera uirgo
    Aestuat, utque celer uenias, Hymenaee, precatur.
    Quod petit haec, Telethusa timens modo tempora differt,
    Nunc ficto languore moram trahit, omina saepe
    Visaque causatur; sed iam consumpserat omnem
    Materiam ficti, dilataque tempora taedae
    Institerant, unusque dies restabat: at illa
    Crinalem capiti uittam nataeque sibique
    Detrahit et passis aram complexa capillis
    "Isi, Paraetonium Mareoticaque arua Pharonque
    Quae colis et septem digestum in cornua Nilum,
    Fer, precor", inquit "opem nostroque medere timori!
    Te, dea, te quondam tuaque haec insignia uidi
    Cunctaque cognoui, sonitum comitesque facesque…
    Sistrorum memorique animo tua iussa notaui.
    Quod uidet haec lucem, quod non ego punior, ecce
    Consilium munusque tuum est: miserere duarum
    Auxilioque iuua." lacrimae sunt uerba secutae.
    Visa dea est mouisse suas (et mouerat) aras,
    Et templi tremuere fores imitataque lunam
    Cornua fulserunt crepuitque sonabile sistrum.
    Non secura quidem, fausto tamen omine laeta
    Mater abit templo, sequitur comes Iphis euntem,
    Quam solita est, maiore gradu; nec candor in ore
    Permanet, et uires augentur, et acrior ipse est
    Vultus et incomptis breuior mensura capillis,
    Plusque uigoris adest, habuit quam femina. nam quae
    Femina nuper eras, puer es. date munera templis,
    Nec timida gaudete fide! dant munera templis,
    Addunt et titulum, titulus breue carmen habebat:
    "Dona puer solvit quae fémina voverat Iphis."
    Postera lux radiis latum patefecerat orbem,
    Cum Venus et Iuno sociusque Hymenaeus ad ignes
    Conueniunt, potiturque sua puer Iphis Ianthe.

  • Ovidio en el Museo del Prado (Ovidio V)

    De los tres poetas latinos más famosos de la época de Augusto, Virgilio, Horacio y Ovidio, sin duda el más influyente de todos ellos en la cultura occidental ha sido Ovidio, aunque no sea el mejor valorado por la crítica literaria. La influencia de Ovidio se ha dejado sentir desde la propia Antigüedad, durante la Edad Media y el Renacimiento hasta nuestros días en todas las artes, en las literarias por supuesto, pero también de manera especial en la pintura y hasta en la música. Este es un tema muy atendido por los estudiosos y al que quizás debiera por mi parte dedicar algún amplio comentario en algún momento. Algo de ello he dicho en alguno de los artículos que he publicado al hilo de la celebración del bimilenario de la muerte del poeta.

    Me referiré brevemente, sin embargo, a su influjo en la pintura del Museo del Prado de Madrid. Ovidio está presente en todos los museos importantes del mundo (Museo del Louvre o la  National Gallery (Londres) o la   Alte Pinakothek de Munich o al Ermitage de San Petersburgo, etc. etc.) a través de su influjo en los pintores, sobre todo del Renacimiento y Barroco (Rubens, Velázquez, Tiziano…)  pero también contemporáneos, como Picasso.

    El influjo es sobre todo el de su libro de mitología Las Metamorfosis o transformación de unos seres en otros, generalmente humanos o dioses en animales, árboles o estrellas, verdadero tratado de mitografía.

    Me referiré de manera exclusiva y breve a su presencia en el Museo del Prado de Madrid. En realidad es absolutamente aconsejable a quien visite este importante museo, una de las “pinacotecas” más importantes del mundo, que lo hagan tras una lectura previa de la obra de Ovidio las Metamorfosis o de alguna de las guías y publicaciones que sobre el tema existen o de una visita a la página web del propio museo

    https://www.museodelprado.es/coleccion/obras-de-arte?search=metamorfosis&ordenarPor=pm:relevance

    Nota: la palabra “pinacoteca” nos ha llegado a través de la latina “pinacotheca", pero en realidad es de origen griego: πινακοθήκη, pinakotheke, palabra a su vez compuesta de πινακος, pinakos,  genitivo de πίναξ, pinax, que significa “cuadro” y θήκη, thêke,  “caja, armario, estantería) y por extensión colección de cosas y objetos en ellas depositadas.

    La consulta a este enlace en el momento de la publicación de este artículo ofrece la referencia inmediata de 158 obras, alguna de ellas de las más famosas de las que alberga el Museo. Bien es cierto que no todas ellas son deudoras exclusivamente de Ovidio, pero sí la enorme mayoría. Me limitaré presentar tan sólo tres con el correspondiente texto de Ovidio y a citar algunas de las restantes para animar al lector a que busque por sí mismo las correspondencias, experiencia que puede extender a cualquier otro museo, como al Museo del Louvre o la  National Gallery (Londres) o la   Alte Pinakothek de Munich o al Ermitage de San Petersburgo, etc. etc.

    El lector puede encontrar amplia información en numerosos libros y artículos publicados sobre ello, de manera general en la obra de  Amalia Fernández: Diosesy mitos. Una aproximación literaria a la pintura mitológica del Museo del Prado, Madrid, 1998); o en la de Rosa López Torrijos (Mitología e Historia en las obras maestras del Prado, Madrid, 1998) o de manera más concreta en  Mª. Cruz García Fuentes: Mitos de las Metamorfosis de Ovidio en la Iconografía del Museo del Prado, Madrid, Edit. C. E. R. S. A., 2013.

    Me limitaré a relacionar, como decía, a título de ejemplo, tres o cuatro grandes obras del Museo, del centenar y medio expuestas, con el correspondiente texto de las Metamorfosis de Ovidio. Espero que ello sea suficiente aliciente para que el lector localice y ambiente la visita al Museo con la lectura de Ovidio:

    El pintor Pedro Pablo Rubens (1577-1640) está ampliamente representado en el Museo del Prado con pinturas de tema mitológico, cuyo encargo recibió del rey Felipe IV para decorar la “Torre de la Parada”. La mayor parte de las escenas mitológicas de las pasiones de los dioses se inspiraron en la descripción que Ovido hace en las Metamorfosis.

    Sirvan como ejemplo: 

    Deucalión y Pirra. (1636 – 1637. Óleo sobre tabla, 26,4 x 41,7 cm.)

    En la mitología grecorromana existe también un diluvio con el que Júpiter castiga la maldad de la raza humana, que debe perecer. Sólo Deucalión, hijo de Prometeo, y su esposa Pirra se salvan del castigo en su arca, que quedó varada en el monte Parnaso, en el Peloponeso griego. Esta pareja dará origen a una nueva raza de hombres.

    Aunque el cuadro de Rubens se refiere sólo a la creación de los nuevos hombres, retomaré el relato desde la aparición de Deucalión en el poema de Ovidio.

    Ovidio nos relata el episodio del diluvio y la supervivencia de Deucalión y Pirra en Metamorfosis, I, 309-430:

    La incontenible avalancha del océano había cubierto ya las colinas, y olas inéditas golpeaban las cimas de los montes. La mayor parte de los mortales fue arrebatada por las olas; aquellos a quienes las olas perdonan perecen de inanición tras prolongado ayuno.
    La Fócide separa las campiñas aonias de las acgteas, gtierra feraz mientras era tierra, pero en aquel momento era una parte del mar, una dilatada llanura de aguas repentinas. Un elevado monte se yergue allí hacia los asgtros en dos cimas; se llama el “Parnaso “ y sus cumbres se levantan por encima de las nubes. Cuando a aquel paraje, único que las aguas no habían cubierto, arribó Deucalion, conducido, con la esposa que compartía su lecho, por una pequeña embarcación, ambos rindieron tributo de adoración a las ninfas coricidas, a las divinidades de la montaña y a la profética Temis que entonces se encargaba de los oráculos. No ha habido hombre más excelente ni más amante de la justicia que Deucalion, ni tampoco mujer alguna mas temerosa de los dioses que la suya. Cuando Júpiter vio que el mundo estaba cubierto de una líquida sabana formando un inmenso estanque, y que un solo varón quedaba de tantos miles y que una sola mujer quedaba de tantos miles, inocentes ambos, adoradores de la divinidad ambos, dispersó los nubarrones, hizo, valiéndose del aquílón, que las lluvias cesasen, y mostró al cielo la tierra y el empireo a la tierra. No persiste tampoco la cólera del mar, y el soberano del piélago abandona su arma de tres puntas, apacigua las aguas, llama al azul Tritón que se erguia sobre el abismo con los hombros cubiertos de su nativa púrpura, y le ordena que sople en su sonora concha y que haga retirarse, dando la oportuna señal, a las olas y a los ríos. Toma él entonces su hueca trompa, que en espiral va aumentando de tamaño conforme sube desde su voluta inferior, trompa que, cuando en mitad del ponto recibe el aéreo soplo, colma de su sonido las playas que se extienden bajo ambos soles. También entonces, tan pronto como tocó el rostro del dios, que chorreaba por su barba empapada, y emitió, al recibir el soplo, la señal de retirada conforme a lo ordenado, fue oida por todas las aguas de tierra y de mar, y a todas las aguas que la oyeron impuso su freno. Ya tiene ribera el mar, el cauce contiene toda su corriente, descienden los rios y se advierte que van sobresaliendo las colinas; aparece la tierra, se van ensanchando los parajes al decrecer las aguas, y tras el largo lapso enseñan las selvas sus copas ya desnudas y sostienen el fango que ha quedado entre las hojas.

    El mundo estaba restaurado; pero al verlo Deucalion vacío y al ver las tierras desoladas y sumidas en profundo silencio, habló asi a Pirra con lagrimas en los ojos: “Oh hermana, oh esposa, oh mujer única superviviente, que, unida a mi por la consanguinidad, por el lazo de hermandad de nuestros padres, y después por el matrimonio, ahora lo estas por los peligros mismos; de toda la tierra que contemplan el ocaso y el orto nosotros dos somos la única población; todo lo demás está en poder del ponto. Incluso ahora no tenemos todavia suficiente seguridad ni garantia para nuestra vida; aún los nubarrones aterrorizan mi alma. ¿Cual sería tu estado de animo ahora, infeliz, si hubieras sido arrancada a la muerte sin mi? ¿De qué modo hubieras podido soportar el miedo? ¿Quién proporcionaria consuelo a tu dolor? Porque yo mismo, creerne, si a ti te poseyera también el ponto, yo te seguiría, esposa, y también a mi me poseeria el ponto. |Ojalá pudiera yo restablecer la población del mundo con las facultades de mi padre y derramar vida en la tierra después de modelarla. Pero en nosotros dos está todo lo que queda de la estirpe mortal; asi lo han decidido los dioses, y subsistimos como ejemplares únicos de humanidad. Acabó de hablar y ambos lloraban. Acordaron dirigir sus plegarias a los poderes celestiales y pedir auxilio valiéndose del oráculo sagrado. Sin la menor tardanza acuden juntos a las aguas del Cefiso, que si aún no estaban limpidas, al menos atravesaban ya sus habituales parajes. De alli tomaron unas gotas con las que rociaron sus ropas y cabezas, tras de lo cual encaminan sus pasos al santuario de la diosa augusta, cuyos tejados verdeaban cubiertos de sucio musgo y cuyos altares estaban desprovistos de fuego. Cuando alcanzaron las gradas del templo se prosternaron ambos en tierra y besaron, llenos de temor, la fria piedra; y hablaron así: “Si las deidades se ablandan. desarmadas, por las preces de los justos, si se doblega la cólera de los dioses, di, Temis, por qué medios podria repararse la pérdida de nuestra raza, y, en tu extraordinaria clemencia, socorre a un mundo sumergido”. Conmovida la diosa dio esta respuesta: “Alejaos del templo, cubríos la cabeza, soltad los lazos que sujetan vuestras ropas, y arrojad a vuestra espalda los huesos de la gran madre." Mucho tiempo quedaron confusos, hasta que fue Pirra la primera que rompió el silencio con su voz, rehusando obedecer las órdenes de la diosa; con palabras trémulas le pide perdón y se espanta ante la idea de ultrajar las sombras de su madre arrojando sus huesos. Mientras, vuelven a meditar sobre las palabras oscuras, de insoluble maraña, del oráculo de la diosa, y les dan vueltas y mas vueltas. Hasta que el Prometida tranquiliza a la Epímétide con palabras reconfortantes diciéndole: “O me engaña mi inteligencia, o el oráculo es santo y no nos aconseja ningún crimen. La gran madre es la tierra; me parece que los huesos de que en él se habla son las piedras en el cuerpo de la tierra; éstas son las que se nos ordena arrojar a nuestras espaldas."

    Aunque esta interpretación de su esposo produjo impresión en la Titania“, sus esperanzas, sin embargo, vacilan todavia; hasta ese punto desconfían ambos de las órdenes divinas; pero ¿qué mal habra en probar? Se alejan, cubren sus cabezas, se desciñen las túnicas, y van tirando sobre sus huellas las piedras prescritas. Los pedruscos (¿quién lo creeria si no lo atestiguara la antigua tradición?) empezaron a despojarse de su dureza y de su rigidez, a ablandarse conforme pasaba el tiempo, y, una vez ablandados, a tomar forma. Después, cuando crecieron y adquirieron una naturaleza más suave, podía ya parecer aquello un algo de figura humana, aunque todavia no resultaba evidente, sino que era como una obra empezada en mármol, no bien terminada aún y semejante a las estatuas a medio hacer. Ahora bien, todo lo que en aquellas piedras habia de húmedo o tenía algún jugo o era de tierra se convirtio en carne para formar el cuerpo; lo que habia de solido y que no podia doblarse se transformó en huesos; lo que era vena permaneció con el mismo nombre; y asi en breve espacio, por voluntad de los dioses, los pedruscos lanzados por las manos del hombre cobraron aspecto de hombres, mientras la mujer fue recreada por las que la mujer arrojaba. Por eso somos una raza dura, que soporta penalidades, y exhibìmos pruebas de cuál es el principio de que nacimos.

    Los demas animales, con sus formas diversas, los produjo la tierra por sí misma, una vez que la humedad que aún conservaba se calentó con el ardor del sol, una vez que el cieno y las húmedas charcas se hincharon con el calor, y los gérmenes fecundos de la naturaleza, alimentados por un suelo vivificante, como en el seno de una madre, crecieron y tomaron con el tiempo alguna forma determinada. También de este modo, cuando el Nilo, el río de los siete desagües, abandona los campos empapados… y devuelve a su antiguo cauce su caudalosa corriente, y el limo fresco se calienta bajo el astro celeste, son muchisimos los animales que encuentran los labradores al levantar los terrones; de entre aquellos hay unos que estan apenas empezados puesto que estan naciendo en aquel momento, otros se ven a medio hacer aún y desprovistos de sus organos, y con frecuencia en un mismo cuerpo hay una parte que tiene ya vida, mientras otra es todavía tierra inerte. (Traducción de Antonio Ruiz de Elvira. Edit. CSIC.Madrid)

    Nota: por ser unos textos un tanto extensos, reproduciré los textos latinos al final del artículo.

    El rapto de Europa

    Según el relato mítico, Europa era hija del rey de Tiro Agenor; de ella se anamoró el dios Zeus, que ordenó a Hermes traer junto al río a las vacas del rey; Zeus se transformó en un toro blanco para ganarse la confianza de Europa, que se montó en sus lomos; en ese momento el toro arrancó veloz, se internó en el mar Mediterráneo y llegó a Creta. Allí el dios se mostró en su divinidad y sedujo a la joven.

    Es este uno de los mitos más representados desde época antigua, pues tenemos representaciones desde el siglo VI a.C.  Tiziano pinto entre 1559 y 1562 un oleo sobre este mito que se expone en el Museo del Prado. Pedro Pablo Rubens copió este cuadro en 1628-1629. Luego el mismo Rubens repitió otra vez el tema para la Torre de la Parada pero de forma muy distinta distinta (se conserva el boceto en el mismo museo) y a su vez poco después Jan Erasmus Quelinus pinto sobre este boceto el cuadro que también se conserva también en el Prado.

    Pedro Pablo Rubens. Rubens,  (Copia de Tiziano, Vecellio di Gregorio)

        

    El rapto de Europa . Boceto de Pedro Pablo Rubens 1636 – 1637. Óleo sobre tabla, 18,9 x 13,7 cm. y óleo de Jan Erasmjus Quelinus.

    Nos lo cuenta Ovidio en Metamorfosis II, 833-875:

    Una vez que el Atlantiada (Mercurio) impuso este castigo a sus palabras y alma sacrilega, abandona las tierras que han tomado de Palas su nombre, y agitando sus alas penetra en el cielo. Lo llama aparte su padre y, sin declarar que es el amor lo que le mueve, le dice: “Fiel ejecutor de mis ordenes, hijo, omite toda dilación y desciende en veloz carrera como acostumbras; encaminate a la tierra que mira a tu madre por la izquierda -«sus habitantes le dan el nombre de tierra de Sidón-, y haz que aquel rebaño real que ves pacer a lo lejos la hierba de la montaña se dirija a la playa”. Dijo, e inmediatamente los toros, echados de la montaña, se encaminan, conforme a lo ordenado, a la playa, en donde la hija de un gran rey solia distraerse acompañada por jóvenes de Tiro. No son muy compatibles ni habitan en un mismo domicilio la majestad y el amor; abandonando la gravedad de su cetro, el ilustre padre y soberano de los dioses, cuya diestra esta armada de los fuegos de tres puntas, que con una cabezada sacude el mundo, se viste la apariencia de un toro, muge mezclado a los novillos y va de un lado para otro espléndido, por la blanda hierba. Y en efecto, su color es el de la nieve que ni han pisado las plantas de un duro pie ni ha fundido el lluvioso Austro. En su cuello sobresalen los músculos, sobre los brazos le cae la papada; sus cuernos son pequeños, si, pero se podria asegurar que son obra de artesania y son más luminosos que una perla sin tacha. No hay en su testuz amenaza alguna ni inspira terror su mirada. Su semblante es de paz. Se maravilla la hija de Agénor de que sea tan hermoso, de que no amenace con ataque alguno; pero, con todo lo manso que era, al principio no se atreve a tocarlo. Después se acerca y le ofrece flores en la blanca boca. Se fregocija el enamorado y, en tanto llega el placer que espera, le da besos en las manos; y apenas, apenas puede ya aplazar lo demás. Tan pronto retoza y salta en la verde hierba, como apoya el costado de nieve en la rojiza arena; y habiéndole quitado el miedo poco a poco, ya le ofrece el pecho para que le dé golpecitos su mano de virgen, ya los cuernos para que en ellos le entrelace guirnaldas de frescas flores. Se at revió también la regia doncella, sin saber a quien montaba, a sentarse en la espalda del toro, y a partir de entonces el dios se va alejando insensiblemente de la tierra y de la parte seca de la playa, poniendo primero en el borde del agua las falsas plantgas de sus patas y progresando después hasta llevarse su botín a través de las líquidas llanuras del mar abierto. Ella está asustada, mira atrás a la playa que ha dejado al ser raptada, y con la mano derecha se agarra a los cuernos mientras apoya la otra en el lomo: sus ropas trémulas ondlan al soplo de la brisa.

    Orfeo y Eurídice

    El tema de la pareja mítica Orfeo y Eurídice es el del descenso al mundo inferior, al infierno, al mundo de los muertos, al mundo donde reinan Plutón y Prosérpina; en griego se llama a este descenso καταβᾴσεις, katabaseis,  o κάθοδοι, kathodoi, y se adjudican a Hércules, Ulises, Eneas, Teseo, Pirítoo y sobre todo a Orfeo, que acude en busca de su esposa, fallecida por el veneno de una serpiente,  y cuyo final no anticipo para no minorar el interés de la lectura del texto de Ovidio, que sin duda inspiró las numerosas representaciones pictóricas que del mito se hicieron.  Lo presento  en un cuadro también de Pedro Pablo Rubens

    Orfeo y Eurídice. 1636 – 1638. Óleo sobre lienzo, 196,5 x 247,5 cm.
    Pedro Pablo Rubens

    Virgilio nos relata también el mito en su obrita Culex y luego en sus famosas Geórgicas. Ovidio debía conocer esta versión virgiliana y es el  relato de Ovidio que encontramos al principio del Libro X de sus Metamorfosis, versos del 1 al 77. el que ahora transcribo:

    De allí se aleja el Himeneo, cubierto por azafranado manto, atravesando el cielo inmenso, yse dirigió a la región de los Cícones, y en vano lo llama la voz de Orfeo. Presente estuvo, sí, pero ni llevó allí palabras rituales ni rostro gozoso ni favorable presagio. Incluso la antorcha que sostenía no dejó de chisporrotear produciendo un humo que hacía brotar las lágrimas, y no logró, por más que se la movió, dar llama alguna. El resultado fue aún más grave que el augurio: pues la recién casada, durante un paseo en el que iba acompañada por un tropel de Náyades, sucumbió de la mordedura de una serpiente en un tobillo. La lloró mucho el artista rodopeo en los aires de arriba, tras de lo cual, para no dejar de probar también con las sombras, se atrevió a descender a la Estige por la puerta del Ténaro, y, atravesando multitudes ingrávidas y espectros que habían recibido sepultura, se presentó ante Perséfone y ante el soberano que gobierna el repulsivo reino de las sombras, y pulsando las cuerdas en acompañamiento a su canto dijo así: “Oh divinidades del mundo situado bajo tierra, al que venimos a caer cuantos somos engendradas mortales, si es licito y vosotros permitis que yo diga la verdad omitiendo los rodeos propios de una boca mentirosa, no he descendidoaquí para ver el oscuro Tártaro, ni para encadenar las tres gargantas, provistas de culebras en vez de vello, del monsgtruo Meduseo; el motivo de mi viaje es mi esposa, en la que una víbora, al ser pisada, introdujo su veneno, y le arrebat´´o sus años en crecimiento. Yo quise ser capaz de sopórtalo, y no negaré que le he intentado; el Amor ha vencido. Es un dios bien conocido en las regiones de arriba; yo no sé si también lo es aquí, pero sospecho que sí lo es también, y si la fama del antiguo rapta no ha mentido, también a vosotros os unió el Amor. Por estos lugares llenos de espanto, por este inmenso Caos y por el silencio de vasto territorio yo os lo pido: volved a tejer el prematuro destino de Eurídice. Todos los seres os somos debido, y tras breve demora, más tarde o más temprano, marchamos velozmente al mismo sitio. Aquí nos encaminamos todos, ésta es la última morada, y vosotros poseéis los más dilatados territorios habitados por la raza humana. También Euridice será de vuestra propiedad cuando en sazón haya cumplido los años que le corresponden; os pido su disfrute como un obsequio; y si los hados niegan esta concesión para mi esposa, yo tengo tomada mi firme resolución de no volver: gozad con la muerte de los dos”. lmentras él hablaba así y hacía vibrar las cuerdas acompañando a sus palabras, lo lloraban las almas sin sangre; Tántalo no trató de alcanzar el agua que se le escapaba, quedó paralizada la rueda de Ixíon, las aves no hicieron presa en el hígado, y tú, Sisifo, te sentaste en tu peña. Entonces se dice que por primera vez las mejillas de las Euménides, subyugadas por el canto, se humedecieron de lágrimas, y ni la regia consorte ni el que gobierna los abismos fueron capaces de decir que no al suplicante, y llaman a Eurídice. Se encontraba ella entre las sombras recién llegadas, y avanzó con paso lento por la herida. El rodopio Orfeo la recibió, al mismo tiempo que la condición de no volver atrás los ojos hasta que hubiera salido de los valles de Averno; en otro caso quedaría anulada la gracia.

    Emprenden la marcha a través de parajes de silenciosa quietud y siguiendo una senda ompinada, abrupta, oscura, preñada de negras tinieblas, y llegaron cerca del límite de la tierra de arriba. Allí, por temor a que ella desfalleciese, y ansioso de verla, volvió el enamorado los ojos, y en el acto ella cayó de nuevo al abismo. Y extendiendo ella los brazos y esforzándose por ser abrazada y por abrazar, no agarra la desventurada otra cosa que el aire que se le escapa, y al morir ya por segunda vez no profirió queja alguna de su esposo (¿pues de qué se iba a auejar sino de que la había amado?), y diciéndole un último adiós, que apenas pudieron percibir los oídos de Orfeo, descendió de nuevo al lugar de donde partiera. Con la doble muerte de su esposa quedó Orfeo no menos agturdido que el que vio asustado los tres cuellos del perro, de los cuales el central llevaba las cadenas; a aquel hombre no le abandonó el pánico antes que su anterior naturaleza, pues la piedra le invadi´po el cuerpo. O que Óleno, que se echó la culpa y quiso pasar por convito, o que tú, desdichada Letea, ensoberbecida de tu belleza, corazones ambos unidísimo en otro tiempo, hoy peñas que desansan sobre el húmedo Ida.

    Suplicó Orfeo, y en vano quiso volver a pasar; el barquero lo rechazó, y aun así durante siete días permaneció él sentado en la orilla, desaliñado y ayuno del don de Ceres; la angustia y la pena de su alma y las lágrimas fueron su alimento. Después de lamentarse llamando crueles a los dioses del Érebo, se retiró al elevado Ródope y al Hemo batido por los aquilones.

    Atalanta e Hipomenes

    Hipómenes y Atalanta 1618 – 1619. Óleo sobre lienzo, 206 x 297 cm.
    Reni, Guido, pintor barroco boloñes.

    Hace algún tiempo rehíce el relato de la famosa carrera de Atalanta e Hipomenes en este mismo blog adaptando directamente el texto de Ovidio. El mito narra la historia de Atalanta, la hija del rey de Arcadia, que se ofreció en matrimonio a quien fuera capaz de vencerla en la carrera; quienes fueran derrotados serían castigados con la muerte. El apuesto Hipomenes le ganó la carrera sirviéndose de la ayuda de la diosa Venus, que le sugirió una estratagema.

    Remito a la página https://www.antiquitatem.com/atalanta-mitologia-palacio-del-infantado  para obtener un comentario más amplio del relato, pero ofrezco no obstante el texto, ahora a la vista de uno de los cuadros del Prado, el correspondiente a Guido Reni.

    Quien desee una lectura completa del texto de Ovidio debe acudir a Metamorfosis, VIII, 281 y ss. para el episodio de Meleagro y la caza del jabalí de Calidón Metamorfosis X,560-704 para la carrera con Hipomenes.

    Cuando Atalanta nació, su padre, el rey de Arcadia, enfurecido porque sólo deseaba un hijo varón, la abandonó falto de toda piedad en lo alto de una montaña para que muriera de hambre o devorada por las feroces bestias. La diosa Artemisa, que casualmente cazaba en aquellos lugares, se apiadó de la niña indefensa y le envió una enorme osa que dócil la amamantó con su leche. Con el tiempo y adoptada como hija por la diosa, se convirtió en una certera cazadora y en la mujer más veloz del mundo y emulando a su patrona prometió que tampoco ella se casaría nunca.

    Cuando siendo una cazadora famosa recibió como trofeo la piel del jabalí que asolaba el reino de Calidón en cuya cacería ella participó, se reconcilió con su padre, que le insistía una y otra vez en la necesidad de contraer matrimonio y ofrecerle un heredero futuro para su trono.

    La esquiva Atalanta consultó el oráculo de los dioses sobre su esposo y escuchó estas confusas palabras:

    — Para nada necesitas un esposo, Atalanta; evita tener un marido. Y aún así no escaparás y ni estando viva te verás privada de ti misma.

    Asustada por estas palabras difíciles de entender procura vivir soltera en los bosques, lejos de sus muchos pretendientes, a los que quiere ahuyentar con una extraña propuesta:

    — Sólo me poseerá aquel de vosotros que me venza en veloz carrera, ese será mi esposo. En cambio el vencido habrá de morir en castigo a sus pretensiones. Esta es mi propuesta definitiva. 

    Es tal la hermosura de la veloz Atalanta que fueron muchos los jóvenes incautos que osaron competir con la mujer más veloz del mundo y perdieron gimiendo y llorando la carrera y con ella la vida inestimable. Por eso el joven Hipomenes, que tan sólo había oído hablar de la bella Atalanta, consideraba excesivo el riesgo que habría de correr para conseguirla como esposa. Pero tan pronto vio el espléndido cuerpo de la  joven muchacha  que había retirado el velo de su rostro, quedó prendado y seducido de inmediato.

    –Probaré yo también suerte; el premio merece correr el riesgo mortal. Los dioses ayudan a los valientes. -dice inflamado. Y loco de amor prosigue:

      — Bella Atalanta, has vencido fácilmente y sin esfuerzo a esos pobres muchachos, pero mídete conmigo, que soy hijo de Megareo. Si te venzo, no será una derrota deshonrosa para tí y si ganas tú la carrera, habrás vencido a Hipomenes, el biznieto de Neptuno, dios de las aguas.

    Atalanta levanta sus bellos ojos luminosos y lo mira con ternura.

        — ¿Por qué quieres insensato poner en peligro tu vida preciosa, tú todavía un niño? Eres hermoso y valiente, pues no te asusta la muerte. ¿Tanto me amas y deseas que estás dispuesto a morir…? Huye mientras puedas, hermoso joven; otras muchachas hermosas querrán casarse felices contigo.

    Y tal vez tocada por vez primera por el dulce sentimiento del amor,  la inexperta y arisca Atalanta suaviza su decisión implacable y piensa en lo íntimo de su corazón:

       — ¿Por qué ha de morir este infeliz inmerecidamente como premio a su amor? Ojalá desdichado no me hubieras visto nunca. Si la virginidad no fuera mi destino eterno, tú serías el único con quien yo compartiría mi lecho nupcial. Ojalá, loco, fueras más veloz que yo misma.

    Pero ya Hipomenes urge la carrera, no sin antes encomendarse a la diosa del amor y pedir su ayuda divina:

       — Tu, diosa, que has inspirado mi pasión ciega, ayuda a mi osadía.

    Acudió Venus a la llamada envuelta en una blanca nube, tan sólo visible para Hipomenes,  y le entregó tres manzanas amarillas, brillantes como el sol, que debería utilizar en la carrera de una determinada manera.

    Las trompetas dieron la señal de salida. Allá van los dos contendientes tan veloces que parecen  volar. Atalanta, rehusando pasar al muchacho, se sitúa a la par y contempla embelesada su rostro virginal. Arroja entonces Hipomenes una de las tres brillantes manzanas, que atrae de inmediato la mirada y el interés de Atalanta. Refrena pues su marcha y mientras recoge curiosa del suelo la fruta de oro, es adelantada por Hipomenes. Recupera veloz Atalanta el espacio perdido y de nuevo sobrepasa al joven con facilidad. Arroja el joven  una segunda fruta y una vez más se entretiene la muchacha, que pronto recupera también el tiempo perdido. Tan sólo queda el último tramo antes de la meta final. Ahora el joven lanza con fuerza la tercera manzana lejos del camino. Atalanta duda, pero confiada en sus veloces pies, acude a recoger a lo lejos el dorado fruto. Pero calculó mal su rapidez o tal vez el incipiente amor refrenó su marcha, que ahora resulta perdedora. Hipomenes ha alcanzado mientras tanto la meta final y con ello su ansiado premio merecido, el matrimonio con la joven virgen.

    Incomprensiblemente, el joven Hipomenes olvidó a Venus y no supo agradecer su ayuda. La diosa se sintió por ello despreciada y ofendida.

    Cierto día pasaban junto al templo de Cibeles, la Madre de los dioses, y decidieron descansar del largo camino. Se apoderó de Hipomenes un repentino e irrefrenable deseo de yacer con Atalanta, suscitado sin duda por la vengativa Venus. Allí mismo, en la cueva sagrada, a la vista de las divinas imágenes, profanan el  santuario con su obsceno amor.

    La Madre Cibeles castigó su lujuria con su divina severidad: unas largas y feroces melenas cubren sus humanos cuellos, las manos se transforman en garras, una larga cola surge de su espalda, elevan fieros su orgullosa cabeza de  león y  sus fauces emiten rugidos que amedrentan a los restantes animales. Compadecida luego la diosa, unce a la pareja de leones con fuertes correas de flexible cuero a su majestuoso carro, del que han de tirar incansables por toda la eternidad.

    Sirvan estos tres o cuatro ejemplos de cómo Ovidio puede facilitarnos la visita a Museos tales como el del Prado y facilitarnos la comprensión de decenas de  obras allí expuestas.

    Textos Latinos

    Deucalión y Pirra. Ovidio, Metamorfosis, I, 309-430:

    Obruerat tumulos inmensa licentia ponti,
    Pulsabantque noui montana cacumina fluctus.
    Maxima pars unda rapitur: quibus unda pepercit,
    Illos longa domant inopi ieiunia uictu.
    Separat Aonios Oetaeis Phocis ab aruis, 
    Terra ferax, dum terra fuit, sed tempore in illo
    Pars maris et latus subitarum campus aquarum;
    Mons ibi uerticibus petit arduus astra duobus,
    Nomine Parnasus, superantque cacumina nubes:
    Hic ubi Deucalion (nam cetera texerat aequor)
    Cum consorte tori parua rate uectus adhaesit,
    Corycidas nymphas et numina montis adorant
    Fatidicamque Themin, quae tunc oracla tenebat:
    Non illo melior quisquam nec amantior aequi
    Vir fuit aut illa metuentior ulla deorum.
    Iuppiter ut liquidis stagnare paludibus orbem
    Et superesse uirum de tot modo milibus unum
    Et superesse uidet de tot modo milibus unam,
    Innocuos ambo, cultores numinis ambo,
    Nubila disiecit nimbisque aquilone remotis
    Et caelo terras ostendit et aethera terris.
    Nec maris ira manet, positoque tricuspide telo
    Mulcet aquas rector pelagi supraque profundum
    Exstantem atque umeros innato murice tectum
    Caeruleum Tritona uocat conchaeque sonanti
    Inspirare iubet fluctusque et flumina signo
    Iam reuocare dato: caua bucina sumitur illi,
    Tortilis, in latum quae turbine crescit ab imo,
    Bucina, quae medio concepit ubi aera ponto,
    Litora uoce replet sub utroque iacentia Phoebo.
    Tunc quoque, ut ora dei madida rorantia barba
    Contigit et cecinit iussos inflata receptus,
    Omnibus audita est telluris et aequoris undis
    Et, quibus est undis audita, coercuit omnes.
    Iam mare litus habet, plenos capit alueus amnes,
    Flumina subsidunt collesque exire uidentur,
    Surgit humus, crescunt loca decrescentibus undis,
    Postque diem longam nudata cacumina siluae
    Ostendunt limumque tenent in fronde relictum.
    Redditus orbis erat; quem postquam uidit inanem
    Et desolatas agere alta silentia terras,
    Deucalion lacrimis ita Pyrrham adfatur obortis:
    "O soror, o coniunx, o femina sola superstes,
    Quam commune mihi genus et patruelis origo,
    Deinde torus iunxit, nunc ipsa pericula iungunt,
    Terrarum, quascumque uident occasus et ortus,
    Nos duo turba sumus: possedit cetera pontus.
    Haec quoque adhuc uitae non est fiducia nostrae
    Certa satis; terrent etiam nunc nubila mentem.
    Quis tibi, si sine me fatis erepta fuisses,
    Nunc animus, miseranda, foret? quo sola timorem
    Ferre modo posses? quo consolante doleres?
    Namque ego, crede mihi, si te quoque pontus haberet,
    Te sequerer, coniunx, et me quoque pontus haberet.
    O utinam possim populos reparare paternis
    Artibus atque animas formatae infundere terrae!
    Nunc genus in nobis restat mortale duobus
    (Sic uisum superis) hominumque exempla manemus."
    Dixerat, et flebant; placuit caeleste precari
    Numen et auxilium per sacras quaerere sortes.
    Nulla mora est: adeunt pariter Cephisidas undas,
    Vt nondum liquidas, sic iam uada nota secantes.
    Inde ubi libatos inrorauere liquores
    Vestibus et capiti, flectunt uestigia sanctae
    Ad delubra deae, quorum fastigia turpi
    Pallebant musco stabantque sine ignibus arae.
    Vt templi tetigere gradus, procumbit uterque
    Pronus humi gelidoque pauens dedit oscula saxo,
    Atque ita "si precibus" dixerunt "numina iustis
    Victa remollescunt, si flectitur ira deorum,
    Dic, Themi, qua generis damnum reparabile nostri
    Arte sit, et mersis fer opem, mitissima, rebus."
    Mota dea est sortemque dedit: "discedite templo
    Et uelate caput cinctasque resoluite uestes
    Ossaque post tergum magnae iactate parentis."
    Obstipuere diu, rumpitque silentia uoce
    Pyrrha prior iussisque deae parere recusat,
    Detque sibi ueniam, pauido rogat ore pauetque
    Laedere iactatis maternas ossibus umbras.
    Interea repetunt caecis obscura latebris
    Verba datae sortis secum inter seque uolutant.
    Inde Promethides placidis Epimethida dictis
    Mulcet et "aut fallax" ait "est sollertia nobis,
    Aut (pia sunt nullumque nefas oracula suadent)
    Magna parens terra est: lapides in corpore terrae
    Ossa reor dici; iacere hos post terga iubemur."
    Coniugis augurio quamquam Titania mota est,
    Spes tamen in dubio est: adeo caelestibus ambo
    Diffidunt monitis. sed quid temptare nocebit?
    Discedunt uelantque caput tunicasque recingunt
    Et iussos lapides sua post uestigia mittunt.
    Saxa (quis hoc credat, nisi sit pro teste uetustas?)
    Ponere duritiem coepere suumque rigorem
    Mollirique mora mollitaque ducere formam.
    Mox ubi creuerunt naturaque mitior illis
    Contigit, ut quaedam, sic non manifesta uideri
    Forma potest hominis, sed, uti de marmore coepta,
    Non exacta satis rudibusque simillima signis.
    Quae tamen ex illis aliquo pars umida suco
    Et terrena fuit, uersa est in corporis usum;
    Quod solidum est flectique nequit, mutatur in ossa;
    Quae modo uena fuit, sub eodem nomine mansit;
    Inque breui spatio superorum numine saxa
    Missa uiri manibus faciem traxere uirorum,
    Et de femineo reparata est femina iactu.
    Inde genus durum sumus experiensque laborum
    Et documenta damus, qua simus origine nati.
    Cetera diuersis tellus animalia formis
    Sponte sua peperit, postquam uetus umor ab igne
    Percaluit solis caenumque udaeque paludes
    Intumuere aestu fecundaque semina rerum
    Viuaci nutrita solo ceu matris in aluo
    Creuerunt faciemque aliquam cepere morando.
    Sic, ubi deseruit madidos septemfluus agros
    Nilus et antiquo sua flumina reddidit alueo
    Aetherioque recens exarsit sidere limus,
    Plurima cultores uersis animalia glaebis
    Inueniunt et in his quaedam modo coepta per ipsum
    Nascendi spatium, quaedam inperfecta suisque
    Trunca uident numeris, et eodem in corpore saepe
    Altera pars uiuit, rudis est pars altera tellus.

    ……

    Rapto de Europa. Ovidio, Metamorfosis II, 833-875:

    Has ubi uerborum poenas mentisque profanae
    Cepit Atlantiades, dictas a Pallade terras
    Linquit et ingreditur iactatis aethera pennis.
    Seuocat hinc genitor nec causam fassus amoris:
    "Fide minister" ait "iussorum, nate, meorum,
    Pelle moram solitoque celer delabere cursu
    Quaeque tuam matrem tellus a parte sinistra
    Suspicit (indigenae Sidonida nomine dicunt),
    Hanc pete, quodque procul montano gramine pasci
    Armentum regale uides, ad litora uerte".
    Dixit et expulsi iamdudum monte iuuenci
    Litora iussa petunt, ubi magni filia regis
    Ludere uirginibus Tyriis comitata solebat.
    Non bene conueniunt nec in una sede morantur
    Maiestas et amor; sceptri grauitate relicta,
    Ille pater rectorque deum, cui dextra trisulcis
    Ignibus armata est, qui nutu concutit orbem,
    Induitur faciem tauri mixtusque iuuencis
    Mugit et in teneris formosus obambulat herbis.
    Quippe color niuis est, quam nec uestigia duri
    Calcauere pedis nec soluit aquaticus Auster.
    Colla toris exstant, armis palearia pendent;
    Cornua parua quidem, sed quae contendere possis
    Facta manu puraque magis perlucida gemma.
    Nullae in fronte minae nec formidabile lumen;
    Pacem uultus habet. miratur Agenore nata
    Quod tam formosus, quod proelia nulla minetur;
    Sed quamuis mitem, metuit contingere primo.
    Mox adit et flores ad candida porrigit ora.
    Gaudet amans et, dum ueniat sperata uoluptas,
    Oscula dat manibus; uix iam, uix cetera differt.
    Et nunc alludit uiridique exsultat in herba
    Nunc latus in fuluis niueum deponit harenis;
    Paulatimque metu dempto, modo pectora praebet
    Virginea plaudenda manu, modo cornua sertis
    Impedienda nouis. ausa est quoque regia uirgo,
    Nescia quem premeret, tergo considere tauri,
    Cum deus a terra siccoque a litore sensim
    Falsa pedum primo uestigia ponit in undis,
    Inde abit ulterius mediique per aequora ponti
    Fert praedam. pauet haec litusque ablata relictum
    Respicit et dextra cornum tenet, altera dorso
    Imposita est; tremulae sinuantur flamine uestes.

      ….

    Orfeo y Eurídice.   Ovidio, Metamorfosis, X, versos del 1 al 77.

    Inde per immensum croceo uelatus amictu
    Aethera digreditur Ciconumque Hymenaeus ad oras
    Tendit et Orphea nequiquam uoce uocatur.
    Adfuit ille quidem, sed nec sollemnia uerba
    Nec laetos uultus nec felix attulit omen;
    Fax quoque, quam tenuit, lacrimoso stridula fumo
    Vsque fuit nullosque inuenit motibus ignes.
    Exitus auspicio grauior. nam nupta per herbas
    Dum noua naiadum turba comitata uagatur,
    Occidit in talum serpentis dente recepto.
    Quam satis ad superas postquam Rhodopeius auras
    Defleuit uates, ne non temptaret et umbras,
    Ad Styga Taenaria est ausus descendere porta
    Perque leues populos simulacraque functa sepulcro
    Persephonen adiit inamoenaque regna tenentem
    Vmbrarum dominum pulsisque ad carmina neruis
    Sic ait: "o positi sub terra numina mundi,
    In quem reccidimus, quidquid mortale creamur,
    Si licet et falsi positis ambagibus oris
    Vera loqui sinitis, non huc, ut opaca uiderem
    Tartara, descendi, nec uti uillosa colubris
    Terna Medusaei uincirem guttura monstri;
    Causa uiae est coniunx, in quam calcata uenenum
    Vipera diffudit crescentesque abstulit annos.
    Posse pati uolui nec me temptasse negabo:
    Vicit Amor. supera deus hic bene notus in ora est;
    An sit et hic, dubito. sed et hic tamen auguror esse,
    Famaque si ueteris non est mentita rapinae,
    Vos quoque iunxit Amor. per ego haec loca plena timoris,
    Per Chaos hoc ingens uastique silentia regni,
    Eurydices, oro, properata retexite fata!
    Omnia debentur uobis paulumque morati
    Serius aut citius sedem properamus ad unam.
    Tendimus huc omnes, haec est domus ultima, uosque
    Humani generis longissima regna tenetis.
    Haec quoque, cum iustos matura peregerit annos,
    Iuris erit uestri: pro munere poscimus usum.
    Quod si fata negant ueniam pro coniuge, certum est
    Nolle redire mihi: leto gaudete duorum."
    Talia dicentem neruosque ad uerba mouentem
    Exsangues flebant animae: nec Tantalus undam
    Captauit refugam stupuitque Ixionis orbis,
    Nec carpsere iecur uolucres, urnisque uacarunt
    Belides, inque tuo sedisti, Sisyphe, saxo.
    Tunc primum lacrimis uictarum carmine fama est
    Eumenidum maduisse genas, nec regia coniunx
    Sustinet oranti nec, qui regit ima, negare
    Eurydicenque uocant. umbras erat illa recentes
    Inter et incessit passu de uulnere tardo.
    Hanc simul et legem Rhodopeius accipit Orpheus,
    Ne flectat retro sua lumina, donec Auernas
    Exierit ualles; aut irrita dona futura.
    Carpitur adcliuis per muta silentia trames,
    Arduus, obscurus, caligine densus opaca.
    Nec procul abfuerant telluris margine summae:
    Hic, ne deficeret, metuens auidusque uidendi
    Flexit amans oculos: et protinus illa relapsa est
    Bracchiaque intendens prendique et prendere certans
    Nil nisi cedentes infelix adripit auras.
    Iamque iterum moriens non est de coniuge quicquam
    Questa suo (quid enim nisi se quereretur amatam?)
    Supremumque "uale", quod iam uix auribus ille
    Acciperet, dixit reuolutaque rursus eodem est.
    Non aliter stupuit gemina nece coniugis Orpheus,
    Quam tria qui timidus, medio portante catenas,
    Colla canis uidit; quem non pauor ante reliquit,
    Quam natura prior, saxo per corpus oborto;
    Quique in se crimen traxit uoluitque uideri
    Olenos esse nocens, tuque, o confisa figurae,
    Infelix Lethaea, tuae, iunctissima quondam
    Pectora, nunc lapides, quos umida sustinet Ide.
    Orantem frustraque iterum transire uolentem
    Portitor arcuerat; septem tamen ille diebus
    Squalidus in ripa Cereris sine munere sedit:
    Cura dolorque animi lacrimaeque alimenta fuere.
    Esse deos Erebi crudeles questus in altam
    Se recipit Rhodopen pulsumque aquilonibus Haemum.

  • Corona de laurel

    Las hojas de laurel coronan a los mejores poetas y también a los más aguerridos soldados. Es verdad que “las armas y las letras” con alguna frecuencia van unidas, pero no deja de ser curioso que el mismo elemento decorativo y simbólico que premia a la inteligencia y el arte sirva también de reconocimiento al valor y arrojo militar. El laurel tiene además otros valores que conviene conocer, pero ¿por qué?

                                                  

    Los árboles, las plantas en general, juegan un papel muy importante en la vida simbólica y religiosa de todos los pueblos. En muchos casos y lugares son elementos sagrados; así hay  bosques sagrados en los que se esconde el numen o fuerza sagrada de la divinidad y árboles sagrados, habitados por los dioses, consagrados o identificados con ellos. Cada especie o tipo está relacionada con una divinidad y con una determinada función.

    Sus elementos, tales como hojas o ramas, se utilizan como símbolos o simplemente como elementos decorativos. Así, por ejemplo, se utilizan coronas de diverso tipo en función de su significado.

    Sabido es cómo Atenea, la Minerva de los romanos, dio a Atenas su nombre y su árbol, el olivo. El árbol de Dionisos o Baco, dios del vino, lógicamente ha de ser la vid y también la yedra. El mirto o arrayán es el de Venus, diosa del amor.

    Claramente lo expresa Virgilio, por ejemplo, en sus Bucólicas, VII, 61-64:

    Muy grato es el álamo a Alcides, la vid a Baco,
    el mirto a la hermosa Venus, su laurel a Febo.
    AFilis le gustan los avellanos y mientras Filis los prefiera,
    ni el mirto ni el laurel de Febo vencerán a los avellanos.

    Populus Alcidae gratissima, uitis Iaccho,
    Formosae myrtus Ueneri, sua laurea Phoebo;
    Phylis amat corylos; illas dum Phyllis amabit,
    Nec myrtus uincet corylos, nec laurea Phoebi.

    El laurel es el árbol de Apolo o Febo, dios solar,  dios de la sabiduría, de la creación artística, de la poesía, de la música y de las artes adivinatorias. El laurel es el árbol en el que se transformó la ninfa virgen Dafne, perseguida por Apolo, para huir del dios.

    El laurel, de color siempre verde, es un árbol que se asocia, pues, al fuego del sol y a la profecía.
    Apolo emitía oráculos* a los hombres que se lo solicitaban. En su famoso santuario de Delfos, destino obligado de los griegos, para conocer el futuro, los emitía  a través de una sacerdotisa o médium, la Pithia o Pitonisa**.

    * del latín oraculum y este de orare, hablar, significa etimológicamente mensaje, comunicado, parlamento.

    ** En Delfos Apolo mató a la serpiente Pitón o Pyton; de ahí que el término se aplique también a una poderosa y temible serpiente constrictora que mata a sus víctimas por asfixia enroscándose entorno.

    Parece que también se obtenía el oráculo arrojando al fuego hojas de laurel, que si  crepitababan y chisporreaban eran buena señal y si no la señal era mala. Quienes obtenían un buen oráculo regresaban a su casa coronados de laurel. Además el laurel provocaba sueños premonitorios.

    En el Renacimiento, nos recuerda Alciato en su Emblema CCX  (CCXI en otras ediciones) que el laurel conoce el futuro y que colocado cerca produce sueños premonitorios:

    Alciati Emblematum liber
    Emblema CCXI
    Laurus

    El laurel nos da señales evidentes de lo que la salud nos depara.
    Colocado bajo la almohada nos produce sueños verdaderos.

    Praescia venturae laurus fert signa salutis:
    Subdita pulvillo somnia vera facit

    En el mismo libro de emblemas os recuerda una cita de Tibulo sobre la misma cuestión:

    Tibulo, Libro II, 5, v. 79 y ss.

    Esto ocurrió en otro tiempo; pero tu, favorable Apolo,
    sumerge ya los prodigios bajo las aguas indómitas.
    Y que el laurel crepite favorable incendiado por las sagradas llamas.
    Con ese presagio el año será feliz y sagrado.
    Cuando el laurel ha dado buenas señales, alegraos colonos:
    Ceres llenará los hórreos colmados de espigas…

    Haec fuerant olim; sed tu iam mitis, Apollo,
    prodigia indomitis merge sub aequoribu.
    Et succensa sacris creepitet bene laurea flammis
    Omine quo felix et sacer annus erit.
    Laurus ubi bona signa dedit, gaudete coloni:
    Distendet spicis horrea plena Ceres…

    Y otra de Propercio, Lib. II, 28, 35

    Caen los rombos que giran con un canto mágico
    y el laurel queda quemado una  vez apagado el fuego.

    Deficiunt mágico torti sub carmine rhombi,
    Et iacet extincto laurus adusta foco

    Y también Lucrecio en su De rerum natura, VI, 154-155

    Y no hay ninguna otra cosa que arde en la llama crepitante
    con sonido más terrible que el laurel de Delfos consagrado a Febo
    (Apolo)

    Nec res ulla magis quam Phoebi Delphica laurus
    Terribili sonitu flamma crepitante crematur

    El laurel es símbolo de la gloria; la palma lo es la de la victoria y el olivo de la paz. Las hojas de diversas plantas se utilizan para coronar a los triunfadores.

    Una corona es un adorno circular de hojas, ramas de árbol, flores hierbas o de metal que se coloca alrededor de la cabeza como reconocimiento o recuerdo del especial valor de una persona por su inteligencia, por su arte o por sus méritos militares.

    En la Grecia antigua probablemente se utilizaron en un principio como un elemento decorativo y más tarde se utilizan en el mundo de los juegos atléticos (por ejemplo los olímpicos) como premio a los vencedores y también en los poéticos. Recordemos que junto a los juegos atléticos se celebraban también competiciones poéticas y literarias.

    Del mundo de la competición deportiva pasó sin duda al mundo de la guerra (del que por cierto proceden los juegos atléticos) y de Grecia pasó a Roma. Aunque hoy lo que verdaderamente se estima en realidad son los premios económicos, se sigue utilizando la corona o algún elemento similar como símbolo del triunfo.

    Como decía más arriba, probablemente se comenzó a utilizar como elemento meramente ornamental y pronto sirvieron para coronar a los vencedores en los juegos poéticos o literarios que se desarrollaban de manera paralela a los juegos  atléticos, de los que las Olimpiadas son el mejor exponente, pero también los “píticos” en honor de Apolo y los “ístmicos” en honor de Neptuno. Podemos incluso pensar que en el caso de los juegos Píticos en un principio se celebrarían sólo competiciones artísticas, como correspondería al dios Apolo, y con el tiempo se añadirían competiciones atléticas como en Olimpia, en honor de Zeus. Y a su vez en Olimpia se introducirían competiciones artísticas, a semejanza de los “píticos”.

    A propósito de los juegos píticos y el laurel podemos citar unos versos de Ovidio en el siglo I antes y después de Cristo, por tanto muy alejados de su origen, pero que son ilustrativos. Ovidio recuerda en su poema la victoria del dios Apolo sobre la serpiente Pitón.

    Ovidio, Metamorfosis I, 445-

    Y para que el paso del tiempo no pueda  borrar el recuerdo de la hazaña, instituyó unos juegos sagrados acompañados de concurridos certámenes, llamados Pitia por el nombre de la serpiente que destruyó. En ellos, todo joven que, ya fuera con sus puños, ya con los pies o las ruedas, había obtenido la victoria recibía una condecoración de hojas de encina; todavía no existía el laurel, y Febo (Apolo) se ceñía con hojas de cualquier árbol las sienes que embellecía su larga cabellera.

    Neve operis famam posset delere vetustas,
    instituit sacros celebri certamine ludos,
    Pythia perdomitae serpentis nomine dictos.
    Hic iuvenum quicumque manu pedibusve rotave
    vicerat, aesculeae capiebat frondis honorem:
    nondum laurus erat, longoque decentia crine
    tempora cingebat de qualibet arbore Phoebus.

    Así que pronto significaron también el triunfo de los grandes atletas, que tanto honor conferían a sus ciudades natales.

    Como quiera que los juegos atléticos, a su vez, están claramente relacionados con las tareas militares de los primitivos guerreros aristócratas de Grecia, fácilmente pudo trasladarse el significado del laurel al mundo militar y acreditar así la gloria militar. Este significado se desarrolló especialmente entre los romanos, que prácticamente siempre estuvieron en guerra a lo largo de su historia. Con el laurel se corona a los generales invictos y a los emperadores, y con laurel se adornan las armas victoriosas, como las lanzas,  las proas de las naves o las cartas y tablillas que traían las noticias de victoria.

    Así los generales romanos en la ceremonia del triunfo, que además llevan en la mano una rama de laurel, y los lictores y los soldados que desfilan en la procesión.

    Aunque sea una pequeña digresión, comentaré que los romanos desarrollaron enormemente la tipología de las coronas como símbolos de funciones muy concretas; en otra ocasión lo comentaré con más detalle. Sea suficiente ahora un apresurado catálogo de coronas: obsidionalis (por romper el  asedio de una ciudad), civica (por salvar la vida de un ciudadano romano), navalis (por ser el primero en el abordaje o por una victoria naval), muralis (por ser el primero en escalar una muralla), castrensis (por entrar en el campamento enemigo), triunphalis (el triunfo es la mayor recompensa al general vencedor),etc. Además existen la convivalis (del banquete), la funebris (no necesita explicación), la nuptialis (de boda), la natalitia (por nacimiento: de olivo si era niño, de lana si era niña), etc.

    Volviendo a la primitiva Grecia, Píndaro (518?-438 a.C.), por ejemplo, nos dice cómo se corona al vencedor con hojas de olivo con motivo de la carrera de carros del año 452 a.C. en  Olímpicas IV, 11ss., dedicada a su amigo Psaumis de Camarina:

    Sigue al carro de Psaumis coronado de hojas de olivo de Pisa; Psaumis, impaciente pro proyectar su gloria sobre Camarina.

    Y Plinio, que describe los diversos tipos de laurel, nos recuerda cómo  es propiamente el laurel el elemento decorativo en  Historia Natural, XV, 39 (127):

    El laurel se dedica específicamente para los triunfos y es gratísimo en las casas, adorna la entrada de las de los Césares y Pontífices; solo ella adorna estas casas y crece en el umbral. Catón nos informa de que hay dos clases: la délfica y la chipriota. Pompeyo Leneo añade  una que llama mustacea porque se ponía debajo de los pasteles (llamados mustaces): este tipo es de hoja muy grande, flácida y tirando a blancas. La délfica, de color uniforme, es la más verde, de bayas muy grandes de color rojo tirando a verde y esta es la que corona a los vencedores en Delfos y a los triunfadores en Roma. La chipriota es de hoja pequeña, negra, veteada y acanalada en los márgenes.

    Laurus triumphis proprie dicatur, vel gratissima domibus, ianitrix Caesarum pontificumque. sola et domos exornat et ante limina excubat .  duo eius genera tradidit Cato, Delphicam et Cypriam. Pompeius Lenaeus adiecit quam mustacem appellavit, quoniam mustaceis subiceretur: hanc esse folio maximo flaccidoque et albicante; Delphicam aequali colore viridiorem, maximis bacis atque e viridi rubentibus ac victores Delphis coronare ut triumphantes Romae; Cypriam esse folio brevi, nigro, per margines imbricato crispam.

    Virgilio recuerda cómo los marineros colocan coronas de flores (y de laurel) en las proas de los barcos en señal de victoria y paz en sus Geórgicas, I, 303-304 :

    Como cuando las naves cargadas han tocado ya puerto,
    y los marineros alegres colocan  coronas en las popas.

    Ceu pressae cum j am portum tetigere carinae,
    Puppibus et laeti nautae imposuere coronas

    Que Fray Luis de León traduce así:

    como cuando con viento al fin derecho
    entran el puerto dulce y deseado
    cargados los navíos de provecho,
    alegres con laurel los marineros
    coronan a los árboles veleros.

    Lo que también nos recuerda Plinio en Historia Natural XV, 40 (133):

    Es símbolo de la paz de tal manera que el mostrarlo es señal de paz incluso entre enemigos armados. Los Romanos principalmente lo añaden como mensajero de alegría y de victoria a las cartas y a las lanzas y dardos de los soldados y adorna las fasces de los generales.

    Ipsa pacifera, ut quam praetendi etiam inter armatos hostes quietis sit indicium. Romanis praecipue laetitiae victoriarumque nuntia additur litteris et militum lanceis pilisque, fasces imperatorum decorat.

    También San Isidoro considera el laurel como símbolo de la gloria y victoria. En su Etimologías XVII,7,2 hace derivar su nombre del vocablo laus (alabanza), y explica por qué corona la cabeza de los vencedores:

    “Se llama “laurel” (laurus) de la palabra laudis (alabanza); pues con este árbol se coronaban con alabanzas las cabezas de los vencedores. Entre los antiguos se decía laudea; luego se suprimió la letra D y al sustituirla por R se llamó laurus, como ocurre con auriculis (orejas) que al principio se pronunciaba audiculae, y medidies (mediodía)  que ahora se dice meridies. A este árbol los griegos le llaman (daphne)  δάφνην, porque nunca pierde su verdor; por eso los vencedores son coronados con él. El vulgo cree que este es el único árbol que no puede ser fulminado por el rayo.

    Laurus a verbo laudis dicta; hac enim cum laudibus victorum capita coronabantur. Apud antiquos autem laudea nominabatur; postea D littera sublata et subrogata R dicta est laurus; ut in auriculis, quae initio audiculae dictae sunt, et medidies, quae nunc meridies dicitur. Hanc arborem Graeci δάφνην  (dafnen) vocant, quod numquam deponat viriditatem; inde illa potius victores coronantur. Sola quoque haec arbor vulgo fulminari minime creditur.

    Apolo, cuyo árbol es el laurel,  es el dios protector de la poesía, de la música y de las artes en general. Su perenne color verde es el mejor símbolo del valor imperecedero de la poesía y del arte.Una mayor especialización parece exigir el laurel para la poesía épica que canta a los héroes victoriosos y el mirto para la poesía lírica y bucólica:

    Virgilio, Bucólica: VIII,11-3:

    Recibe estos versos
    por ti ordenados y permite que esta hiedra rodee
    tus sienes entre los victoriosos laureles.

    …accipe iussis
    Carmina coepta tuis, atque hanc sine tempora circum
    Inter uictrices hederam tibi serpere laurus.

    Fay Luis de León lo tradujo con más libertad y también con más acierto:

    “«al vencedor laurel, que resplandece

    en torno de tu frente y la hermosea,

     consiente que, allegada y como asida,

    aquesta  yedra vaya entretejida»

    Este valor simbólico de la gloria literaria pervivió en la Edad Media, cobró nueva importancia en el Renacimiento y perdura en nuestros días.

    Sobre todo ha sido utilizada, apropiada, traducida, recreada la famosa fábula o mito de Apolo y Dafne. Dafne, δαφνη, es precisamente el nombre griego del laurel El mito lo divulgó Ovidio en sus Metamorfosis, I, 452 et ss.:

    Apolo, orgullosos de su victoria sobre la sierpe Pitón, se burló de Cupido, que siendo un niño utilizaba armas de un adulto; Cupido se vengó hiriéndole con una flecha de oro e inflamando su corazón de un irresistible amor por la ninfa Dafne mientras a ésta la hirió con una flecha de plomo, que generaba aversión y rechazo. De nada sirvieron los ruegos  de Apolo, que no ablandaron el corazón de la ninfa; Apolo, desesperado, la persigue por el bosque y está a punto de alcanzarla, cuando Dafne implora la ayuda de su padre, el río Peneo, que la convierte en laurel; Apolo se abraza desesperado y lloroso al árbol, del que hizo su emblema y su árbol. Así el laurel es también el símbolo del amor no correspondido y triste.

    Pues bien, no hay autor literario medieval o del Renacimiento o Barroco que no recuerde, imite o reproduzca este mito.

    Comentaré un detalle curioso.  Con frecuencia, junto a un personaje épico o lírico aparece un elemento cómico que relativiza la magnificencia del anterior. Esto ocurre con el laurel: dado su valor culinario para aderezar los guisos y cocidos, no es raro que en el Barroco de los contrastes aparezcan versiones burlescas del valor del laurel. Sirvan como muestra estos versos de Pedro Liñán de Riaza, en un romance acerca de los embustes de los buenos y de los malos poetas

    A los poetas vengamos:
    a éstos, damas, hacedles
    una cruz porque sus coplas
    vayan arredro y no os tienten.
    A vosotras, ¿qué os importa
    que en el Parnaso eminente
    haya de versos concilio
    entre las divinas nueve,
    ni que el doctor don Apolo
    allá en Delfos respondiese
    a todas las cosicosas
    que inventan sus bachilleres?
    Si dicen que lauros sacros
    ciñeron sus doctas sienes,
    decidles que ya el laurel
    ciñe cualquiera escabeche.

    Lope de Vega, bajo el nombre de su heterónimo Tomé de Burguillos, es autor de este estupendo soneto donde ridiculiza el afán de los poetas por recibir laureles y galardones:

    Llevóme Febo a su Parnaso un día,
    y vi por el cristal de unos canceles
    a Homero y a Virgilio con doseles,
    leyendo filosófica poesía
    Vi luego la importuna infantería
    de poetas fantásticos noveles,
    pidiendo por principios más laureles
    que anima Dafne y que Apolo cría.
    Pedile yo también por estudiante,
    y díjome un bedel: “Burguillos, quedo:
    que no sois digno de laurel triunfante”
    “¿Por qué?”, le dije; y respondió sin miedo:
    “Porque los lleva todos un tratante
    para hacer escabeches en Laredo.”

    Este contraste cómico entre las dos funciones del laurel, la excelsa de coronar la testa de los poetas y la prosaico de aliño culinario, sigue siendo una reflexión continuada hasta hoy. Así, por ejemplo, el escritor, articulista,periodita Manuel Vicent nos recuerda en su artículo en el Diario El PaísLa gloria” de 22 de julio de 2001:

    …Así te quieren ellos, dedicado a los versos en la villa horaciana, entre gallinas y lechugas, tu contemplando el crepúsculo y ellos llenando el saco. El laurel tiene dos destinos: la cabeza del héroe o el estofado. Tal vez un día fuiste un rebelde: fue aquel día en que estuviste dispuesto a morir por no doblegarte. Ese es el minuto de gloria que te corresponde.

    Pero el laurel no agota su virtualidad en esta labor simbólica; sus ramas sirven también como escudo contra los rayos, lo que acrecienta la idea de símbolo de la inmortalidad. Plinio nos comenta cómo Tiberio se coronaba de laurel cuando había tormenta:

    Historia natural, lib. XV, cap. 40 (134-135):

    … Y porque de todos los árboles que se plantan y se ponen con la mano del hombre sólo este no es golpeado por el rayo que cae en las casas. ….. Se dice que el príncipe Tiberio, cuando tronaba el cielo, se solía coronar de él (laurel) contra el miedo de los rayos.

    et quia manu satarum receptarumque in domos fulmine sola non icitur. ..Tiberium principem tonante caelo coronari ea solitum ferunt contra fulminum metus.

    San Isidoro recogió la creencia en sus Etimologías (XVII, 7, 1):

    Cree el vulgo que sólo este árbol de ninguna manera es fulminado* (por el rayo)

    Sola quoque haec arbor vulgo fulminari minime creditur

    En realidad “fulminado por el rayo” es una redundancia innecesaria, puesto que “fulminari” es un verbo creado precisamente sobre “fulmen”, que significa rayo.

    Todavía hoy en algunos pueblos, se colocan en los balcones ramas de laurel para ahuyentar el peligro del rayo.

    Así que Francesco Petrarca tenía fácil el juego de palabras con el nombre de su inmortal amada, Laura, “Laurel”, en numerosos poemas de su Cancionero; así,  Canción XXIX

    “que es una estrella en la tierra
    y  guarda verde el precio de su honestidad, 
    como la hoja del laurel,
    donde no caen rayos
    ni el viento enemigo jamás la tronchará”.

    ch'è stella in terra, et come in lauro foglia
    conserva verde il pregio d'onestade,
    ove non spira folgore, né indegno
    vento mai che l'aggrave.

    O en  la canción CXXIX

    En donde se oye el aura
    de un fresco y odorífero laurecillo

    «ove l'aura si sente /
    d'un fresco et odorifero laureto»

    También el laurel es un elemento frecuente en los jardines ideales (locus amoenus), ideales escenarios , valga la redundancia, para el amor. Así lo hace ya Petronio  en su Satiricón, cap. CXXXI,8:

    El movedizo plátano había extendido sus sombras estivales y Dafne, coronada de bayas, y los trémulos cipreses y los pinos de contorno recortado con su  copa ondulante. Por en medio un arroyuelo  retozaba son sus aguas vagantes cubierto de espuma  y batía la arena  con sus quejumbrosas ondas. Rincón hecho  para el amor.  (Traducción de Manuel C. Díaz y Díaz. Ed. Alma Mater)

    Mobilis aestiuas platanus diffuderat umbras
    et bacis redimita Daphne tremulaeque cupressus
    et circum tonsae trepidanti uertice pinus.
    Has inter ludebat aquis errantibus amnis
    spumeus, et querulo uexabat rore lapillos.
    Dignus amore locus …

    E incluso ocasionalmente puede aparecer en entornos funerarios, recordando la gloria perenne del difunto. En fin, tan sólo el olivo puede competir en el mundo antiguo en valor simbólico con el laurel.

    Así que el significado del laurel como símbolo del triunfo artístico y bélico se conservó  durante toda la Edad Media y por supuesto en el Renacimiento, en el que además puede ser símbolo del triunfo en el amor, dadas las semejanzas con las que los poetas presentan los dos combates, el bélico y el amoroso,  y en el Barroco y así  hasta nuestros días. Las citas son innumerables. E incluso queda algún resto de su valor mágico en la costumbre de colocar ramas en los balcones, costumbre ahora generalmente ahora cristianizada al colocar ramas de olivo el Domingo de Ramos.

    Transcribiré a título de ejemplo la segunda parte del emblema de Alciato ya citado  dirigido a Carlos V por su campaña de Túnez y dos citas de Cervantes en el Quijote con evidente tono irónico:

    Alciato, Libro de los Emblemas.
    Emblema 211

    A Carlos (V) se le debe el laurel por haber vencido a los púnicos (los tunecinos):  que esas guirnaldas adornen sus cabellos victoriosos.

    Debetur Carolo superatis Laurea Poenis:
      Victrices ornent talia serta comas.

    Quijote (II, 18):  

    ¡Viven los cielos donde más altos están, mancebo generoso, que sois el mejor poeta del orbe, y que merecéis estar laureado, no por Chipre ni por Gaeta, como dijo un poeta que Dios perdone, sino por las academias de Atenas, si hoy vivieran, y por las que hoy viven de París, Bolonia y Salamanca! Plega al cielo que los jueces que os quitaren el premio primero, Febo los asaetee y las Musas jamás atraviesen los umbrales de sus casas.

    Quijote (II, 55):
    (dirigiéndose a su asno):

    Perdóname y pide a la fortuna, en el mejor modo que supieres, que nos saque deste miserable trabajo en que estamos puestos los dos; que yo prometo de ponerte una corona de laurel en la cabeza, que no parezcas sino un laureado poeta, y de darte los piensos doblados.

    Nota etimológica: laureado, naturalmente, significa coronado de laurel. Quienes realizan estudios de enseñanza secundaria son laureados con la bacca, que según el Diccionario de la Real Academia  es el fruto o baya del laurel; por eso son bacca laureati, es decir “bachilleres” (bachillerato deriva de “baccalaureatus”).

    Ofrezco a continuación una larga cita de Plinio,al final del libro XV sobre el laurel, sus clases, su simbolismo y maravillas. Ello nos da idea de la importancia que el laurel tuvo en el mundo antiguo y del detalle con el que se estudia.

    Plinio, Historia Natural, 30 (39) y 31 (40)

    El laurel y sus trece clases

    El laurel es el que propiamente se dedica a los triunfos y el predilecto de las casas, como portero que es de la de los césares y los pontífices. Sólo él adorna y hace guardia ante sus puertas.

    Dos clases de laurel dijo Catón que eran los cultivados, el délfico y el chipriota. Pompeyo Leneo añadió otro, que llamó mustace porque parece que se ponía bajo las mustáceas (1), e indicó que éste era de hoja muy grande, lacia y además tirando a blanca; que el délfico era de un solo color, pero algo más verdoso, de bayas muy grandes que pasaban del verde al rojo, y que con él se coronaban en Delfos los vencedores igual que en Roma los que recibían el triunfo. Con respecto al chipriota, que era encrespado, con su hoja pequeña, negra y abarquillada por los bordes.

    Después se sumaron más clases: el tino –algunos lo consideran un laurel silvestre y otros un árbol de una clase propia- se diferencia por el color, pues es de baya azulada. Se sumó también el laurel real, que empezó a ser llamado augústeo, el mayor de todos tanto por el porte como por la hoja, provisto de unas bayas que tampoco son desagradables al paladar. Algunos autores dicen que no son el mismo árbol y establecen la correspondiente clase del laurel real por sus hojas más largas y más anchas. Estos mismos, dentro de otra clase diferente, le dan el nombre de bacalia precisamente al más común y más rico en bayas y, en cambio, al estéril  -que es lo que más llama la atención-, el de triunfal, afirmando que lo utilizaban los que obtenían el triunfo;  pero esto comenzó con el Divino Augusto, como mostraremos, por aquel laurel que le fue enviado desde el cielo, de muy escasa altura, de hoja encrespada y corta, y, además, difícil de encontrar.

    Se suma, en la jardinería, el de Tasos, con una especie de pequeña excrecencia de hoja que le nace en medio de las hojas, así como, sin ella, el “eunuco”, que aguanta extraordinariamente la sombra y por eso puebla todo el terreno por sombrío que sea.

    También está el camedafne, un arbusto silvestre y el alejandrino, que algunos llaman del ida, otros hipoglotio, otros Dánae, otros carpofilo  y otros hipélate. Este echa de la raíz ramas esparcidas de un dodrante, apropiadas para la confección de coronas, de hoja más puntiaguda que la del mirto así como más blanda y más blanca, de mayor tamaño, con una baya roja en medio de sus hojas, muy abundante en el Ida y cerca de la Heraclea Póntica, si bien en terrenos montañosos.

    Asimismo, esa otra case de laurel que se denomina dafnoide tiene un cúmulo de nombres, pues unos lo llaman pelasgo, otros eupétalo y otros “corona de Alejandro”. Y también es un arbusto ramoso, de hoja más gruesa y blanda que el laurel, que al probarlo quema la boca, y con bayas que pasan del negro al rojo.

    Advirtieron los antiguos que en Córcega no había ninguna clase de laurel, pero ahora plantándolo también se da allí.

    Es por esencia pacificador hasta el punto de que mostrarlo, incluso en medio de los enemigos armados, es señal de paz. Entre los romanos, como principal portavoz que es de alegría y de victorias, se pone en las cartas y también en las lanzas y dardos de los soldados, y adorna los fasces imperiales. Una rama cogida de éstos se deposita en el regazo de Júpiter Óptimo Máximo siempre que una nueva victoria da una alegría, y eso no es porque siempre esté verde ni porque sea pacificador  -por ambas razones habría de preferirse el olivo-,  sino porque es el árbol más admirado del monte Parnaso y precisamente por eso se considera predilecto de Apolo, pues era ya costumbre de los reyes de Roma enviar allí ofrendas y solicitar sus oráculos, según lo atestigua Lucio Bruto y quizá también da prueba de ello, ya que él habría logrado allí la libertad del pueblo besando, de acuerdo con la respuesta del oráculo, aquella tierra productora de laureles, y, además, porque es el único árbol, entre los plantados por la mano del hombre y aceptados en las casas, que no es alcanzado por el rayo. Por estas causas sin duda consideraría yo que se le ha concedido el honor de figurar en los triunfos, más que porque sirva de sahumerio y de purificador por haber dado muerte al enemigo, como relata Masurio. Además, es sacrílego mancillar con usos profanos el laurel y el olivo hasta el punto de que ni siquiera debe prenderse fuego con ellos en los altares o en las aras para aplacar a los dioses.

    El laurel, desde luego, reniega del fuego con su claro crepitar y aun con otro testimonio, dado que su madera llega a retorcer incluso sus entrañas y sus fibras dañadas. Cuentan que el emperador Tiberio, cuando tronaba, solía ponerse una corona de laurel por miedo a los rayos.

    También hay sucesos en torno al Divino Augusto dignos de ser recordados. De hecho, a Livia Drusila, que después recibió por matrimonio el nombre de Augusta, cuando estaba prometida al emperador, un águila desde lo alto le echó en el regazo, mientras estaba sentada, una gallina de llamativa blancura, ilesa y, cuando ella tuvo el valor de mirarla, sucedió otro milagro. Como sujetaba en el pico una rama de laurel cargada de bayas, los arúspices ordenaron cuidar el ave y su descendencia, y, además, que se plantase aquella rama y que se cultivara ritualmente. Y así se hizo en la propiedad de los Césares situada en la ribera del Tíber junto al noveno miliario de la vía Flaminia, que por esa razón se llama “junto a las Gallinas”, y, además, allí asombrosamente surgió un bosque. De ese bosque, después, el emperador en la celebración del triunfo tomó en su mano una rama de laurel y la corona que ciñó en su cabeza, como posteriormente todos los Césares emperadores. Y es tradición plantar las ramas que ellos llevaron, y aún quedan bosques que se distinguen por los nombres de ellos  -acaso por esa razón se sustituyeron los laureles triunfales.

    Es el único árbol cuyo nombre se puede poner en latín a los varones, el único cuyo follaje se distingue con una denominación propia, pues lo llamamos láurea. Incluso perdura en Roma su nombre, que se le puso a un lugar, pues se llama Loreto, en el Aventino, el lugar donde hubo un bosque de laurel. Dicho árbol se emplea en las purificaciones; y quede claro, de paso, que se puede plantar también por estaca, ya que Demócrito y Teofrasto llegaron a dudarlo.

    A continuación expondremos las características de los árboles silvestres.
    (Traducción y nota de A.Mª. Moure Casas. Editorial Gredos. 2010)


    Nota 1: las mustáceas o “pasteles de mosto” se preparaban con harina rociada con mosto y queso, aromatizados con anís y comino, y envueltos en hojas de laurel, ya mencionados por Catón 121. Su nombre, como el del laurel de hoja ancha adecuado para prepararlas, deriva de mustum “mosto”. En una de las recetas de Ateneo, Deipnosofistas, 647, entraba también el vino con miel. En Roma eran típicos de las bodas, cf. Juvenal, VI 202.

    Naturalis Historia, XV, 39-40:

    Laurus triumphis proprie dicatur, vel gratissima domibus, ianitrix Caesarum pontificumque. sola et domos exornat et ante limina excubat. duo eius genera tradidit Cato, Delphicam et Cypriam. Pompeius Lenaeus adiecit quam mustacem appellavit, quoniam mustaceis subiceretur: hanc esse folio maximo flaccidoque et albicante; Delphicam aequali colore viridiorem, maximis bacis atque e viridi rubentibus ac victores Delphis coronare ut triumphantes Romae; Cypriam esse folio brevi, nigro, per margines imbricato crispam.  postea accessere genera: tinus — hanc silvestrem laurum aliqui intellegunt, nonnulli sui generis arborem — differt colore; est enim caerulea baca.  accessit et regia, quae coepit Augusta appellari, amplissima et arbore et folio, bacis gustatu quoque non asperis. aliqui negant eandem esse et suum genus regiae faciunt longioribus foliis latioribusque. iidem in alio genere bacaliam appellant hanc quae vulgatissima est bacarumque fertilissima, sterilem vero earum, quod maxime miror, triumphalem eaque dicunt triumphantes uti, nisi id a Divo Augusto coepit, ut docebimus, ex ea lauru quae ei missa e caelo est, minima altitudine, folio crispo, brevi, inventu rara. accedit in topiario opere Thasia, excrescente in medio folio parvola veluti lacinia folii, et sine ea spadonina, mira opacitatis patientia, itaque quantalibeat sub umbra solum implet. est et chamaedaphne silvestris frutex et Alexandrina, quam aliqui Idaeam, alii hypoglottion, alii danaen, alii carpophyllon, alii hypelaten vocant. ramos spargit a radice dodrantales, coronarii operis, folio acutiore quam myrti ac molliore et candidiore, maiore, semine inter folia rubro, plurima in Ida et circa Heracleam Ponti, nec nisi in montuosis.  id quoque quod daphnoides vocatur genus in nominum ambitu est; alii enim Pelasgum, alii eupetalon, alii stephanon Alexandri vocant. et hic frutex est ramosus, crassiore ac molliore quam laurus folio, cuius gustatu accendatur os, bacis e nigro rufis. notatum antiquis, nullum genus laurus in Corsica fuisse, quod nunc satum et ibi provenit.

    Ipsa pacifera, ut quam praetendi etiam inter armatos hostes quietis sit indicium. Romanis praecipue laetitiae victoriarumque nuntia additur litteris et militum lanceis pilisque, fasces imperatorum decorat. ex iis in gremio Iovis optimi maximique deponitur, quotiens laetitiam nova victoria adtulit, idque non quia perpetuo viret nec quia pacifera est, praeferenda ei utroque olea, sed quia spectatissima in monte Parnaso ideoque etiam grata Apollini visa, adsuetis eo dona mittere, oracula inde repetere iam et regibus Romanis teste L. Bruto, fortassis etiam in argumentum, quoniam ibi libertatem publicam is meruisset lauriferam tellurem illam osculatus ex responso et quia manu satarum receptarumque in domos fulmine sola non icitur. ob has causas equidem crediderim honorem ei habitum in triumphis potius quam quia suffimentum sit caedis hostium et purgatio, ut tradit Masurius, adeoque in profanis usibus pollui laurum et oleam fas non est, ut ne propitiandis quidem numinibus accendi ex iis altaria araeve debeant. laurus quidem manifesto abdicat ignes crepitu et quadam detestatione, interna eorum etiam vitia et nervorum ligno torquente. Ti. principem tonante caelo coronari ea solitum ferunt contra fulminum metus.  Sunt et circa Divum Augustum eventa eius digna memoratu. namque Liviae Drusillae, quae postea Augusta matrimonii nomen accepit, cum pacta esset illa Caesari, gallinam conspicui candoris sedenti aquila ex alto abiecit in gremium inlaesam, intrepideque miranti accessit miraculum. quoniam teneret in rostro laureum ramum onustum suis bacis, conservari alitem et subolem iussere haruspices ramumque eum seri ac rite custodiri:  quod factum est in villa Caesarum fluvio Tiberi inposita iuxta nonum lapidem Flaminiae viae, quae ob id vocatur Ad Gallinas, mireque silva provenit. ex ea triumphans postea Caesar laurum in manu tenuit coronamque capite gessit, ac deinde imperatores Caesares cuncti. traditusque mos est ramos quos tenuerunt serendi, et durant silvae nominibus suis discretae, fortassis ideo mutatis triumphalibus.   unius arborum Latina lingua nomen inponitur viris, unius folia distinguntur appellatione; lauream enim vocamus. durat et in urbe inpositum loco, quando Loretum in Aventino vocatur ubi silva laurus fuit. eadem purificationibus adhibetur, testatumque sit obiter et ramo eam seri, quoniam dubitavere Democritus atque Theophrastus.
    Nunc dicemus silvestrium naturas.

  • Píramo y Tisbe: una antigua historia de amor trágico, como la de Romeo y Julieta

    Es difícil eludir la celebración de “San Valentín, día de los enamorados”. Una poderosa tradición que hunde sus raíces en la Antigüedad y Edad Media y es afianzada en la actualidad por los intereses mercantiles de poderosas corporaciones y organizaciones comerciales, parece imponerse sin freno.

    El asunto no carece de interés pero he de dejar para otro momento profundizar un poco en el origen de la festividad, en la inexistencia del santo mártir San Valentín o en los poderosos argumentos para dudar de su existencia, en la cristianización de una fiesta de las fiestas paganas más importantes del mes de febrero, las Lupercalia. Todo ello es de gran interés, pero prefiero aplazar su estudio. Quiero limitarme ahora a reproducir una de las más bellas historias de amor de la Antigüedad que nos relata Ovidio en sus Metamorfosis, la trágica historia de amor de Píramo y Tisbe, dos enamorados muertos por un trágico error.

    Píramo y Tisbe, dos enamorados muertos por un trágico error

    La historia o cuento, bien conocida desde la Antigüedad, tuvo tanto éxito a partir del Renacimiento que no es sino aquella de la que parece surgir la tragedia más famosa de Shakespeare, Romeo y Julieta, que también la usa en El sueño de una noche de verano.

    Es cierto que Higinio, contemporáneo aunque un poco mayor que Ovidio,  ((64 a. C. – 17d.C.) hace una simple referencia a la historia de Píramo y Tisbe en sus Fábulas. Higinio es un escritor oriundo de Valencia, según Luis Vives, aunque otros autores dudan del lugar de su nacimiento. (véase https://www.antiquitatem.com/eclipses-en-la-antiguedad-geminus- )

    Dice al respecto en sus Fabulas, 242 y 243:

    Los que se mataron a sí mismos
    Pyramo se mató a sí mismo en Babilonia por culpa del amor de Tisbe

    CCXLII Qui se ipsi interfecerunt
    …..Pyramus in Babylonia ob amorem Thisbes ipse se occidit…

    Las que se mataron a sí mismas
    La babilonia Tisbe se mató a sí misma, porque Píramo se había matado a sí mismo.

    CCXLIII Quae se ipsae interfecerunt
    ….. Thisbe Babylonia propter Pyramum quod ipse se interfecerat.

    Pero es el poeta Ovidio quien nos relata esta historia en el libro IV de su obra Metamorfosis. No conocemos ningún autor que la contara con anterioridad y son escasos los que lo hacen después, algunos con alguna variación. La historia es sin duda de origen oriental, como ya pone de manifiesto su localización en Babilonia.

    Sin duda a partir de Ovidio la historia tuvo notable éxito y fue bien conocida; antes parece que no lo fue a juzgar por las propias palabras de Ovidio: “vulgaris fabula non est”, “no es una historia popular”. En la tardía Antigüedad hay una versión ligeramente diferente de Nono, Nonnus, autor latino tardío de finales del siglo IV o principios del V que en su Dyonisiaca XII, 84 y ss. la sitúa en Cilicia y no en Babilonia.

    San Agustín nos la presenta como uno de los temas frecuentes que los estudiantes han de desarrollar como ejercicio de sus estudios de retórica; lo que quiere decir que el tema ya era muy conocido. Así nos dice, refiriéndose al muro interpuesto entre Píramo y Tisbe,  en su De ordine, 1,3,8:

    Te digo, que me irrito contigo cuando te veo andar cantando y sufriendo con estos versos de todo tipo que levantan entre ti y la verdad un muro más grueso que el que se esforzaban en levantar entre tus amantes; pues ellos se comunicaban por una delgada fisura. El intentaba entonces cantar a Píramo.

    Irritor, inquam, abs te versus istos tuos omni metrorum genere cantando et ululando insectari, qui inter te atque veritatem immaniorem murum quam inter amantes tuos conantur  erigere”. ; nam in se illi vel inolita rimula respirabant. Pyramum enim ille tum canere instituerat.

    Y luego en el mismo De ordine, 1,5,12

    Te lo digo aunque me llames odioso, pues ciertamente no puedo no serlo si te he atacado cuando hablabas con Píramo y Tisbe…

    Cui ego licet, inquam, me odiosum percontatorem voces; vix enim possum non esse,qui  expugnavi me cum Pyramo et Thisbe coloqueris

    En la Edad Media es un lugar común como referencia de “amor desgraciado”. El mito aparece en todas las literaturas europeas medievales: en España aparece ya en La fazienda de ultramar, obra probablemente del año 1153. En Francia hay numerosos ejemplos; sea suficiente el de Chrétien de Troyes en su Conte de la Charrette. En Inglaterra Chaucer contó la historia en su The Legend of Good Women. En Italia, Boccaccio hace un resumen de la fábula en su De claris mulieribus, aunque no aparecen los nombres de Píramo y Tisbe.

    Decenas de poetas y autores literarios replicaron la leyenda

    En España tiene una menor presencia en la Edad Media por el desconocimiento general de Ovidio, aunque parece ser que el Marqués de Santillana y Gómez Manrique poseían una traducción de las Metamorfosis. Pero a partir del Renacimiento son decenas los poetas y autores literarios que de una otra forma replican la leyenda, de la que quedan también numerosos romances novelescos que se cantaban en España y Portugal. Las numerosas ediciones y traducciones de Ovidio a partir del Renacimiento facilitaron la relación directa de los autores con esta leyenda.

    De todos los autores españoles quiero tan sólo destacar a dos de ellos sin profundizar en el asunto, porque mi interés en este momento es ofrecer a los lectores el texto directo de Ovidio para que puedan disfrutar de un emocionante relato literario. Estos dos autores son Cervantes, que en su Quijote hace tres referencias a los amores desgraciados: la historia de Cardenio y Luscinda en la Primera Parte (I,23-24), y en la Segunda el soneto de Lorenzo Miranda, hijo del Caballero del Verde Gabán (II,16-18) y el episodio de las bodas de Camacho (II, 19,20 y 21) con la inversión cómica de los amores funestos.

    Reproduzco, por ser más breve el soneto de Lorenzo Miranda:

    El muro rompe la doncella hermosa
    que de Píramo abrió el gallardo pecho;
    parte el Amor de Chipre y va derecho
    a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.

    Habla el silencio allí, porque no osa
    La voz entrar por tan estrecho estrecho;
    las almas sí, que amor suele de hecho
    facilitar la más difícil cosa

    Saltó el deseo de compás y el paso
    de la imprudente virgen solicita
    por su gusto su muerte. Ved qué historia;

    Que a entrambos en un punto, ¡oh extraño caso!,
    los mata, los encubre y resucita
    una espada, un sepulcro, una memoria.

    El otro es Góngora, que reescribió el relato, si bien de tono humorístico, o para ser más exactos, de difícil interpretación, que hoy conocemos como Ilustración y Defensa de la Fábula de Píramo y Tisbe (1618). Góngora ya había aludido con anterioridad al tema de Píramo y Tisbe en una de las Letrillas en las que repite el estribillo popular “ríase la gente”:

    Pues amor es tan cruel
    que de Píramo y su amada
    hace tálamo una espada,
    do se junten ella y él,
    sea mi Tisbe un pastel
    ya la espada sea mi diente
    y ríase la gente.

    Romeo y Julieta de Shakespeare pudo estar inspirado en Píramo y Tisbe

    Shakespeare, por su parte, rememora el cuento en la famosa tragedia Romeo y Julieta y con un tono irónico en El sueño de una noche de verano”, aunque los especialistas en el autor inglés afirman que no le influyó directamente la obra de Ovidio, sino que el influjo le vino de autores italianos indirectamente a partir del poema de Arthur Brooke The Tragical Historye of Romeus and Juliet y de la traducción de William Painter “Rhomeo and Julietta”; estos autores se sirvieron de una versión francesa de Pierre Boaiastou que se basaba en un Romeo e Giuletta de Mateo Bandello  y en un Giuletta e Romeo de Luigi da Porto.

    Pero Shakespeare no tendría ninguna dificultad en conocer un tema tan popular ya en toda Europa: Golding había traducido en 1567 Las metamorfosis.

    Por supuesto el tema fue de interés para otros artistas, además de los literatos, como los pintores y los músicos, desde la propia Antigüedad hasta nuestros días.

    Ofrezco tan sólo cuatro ejemplos de pintura sobre el tema: una del siglo I de Pompeya, otra de un capitel románico del siglo XII en Basilea,otra del XVIII-XIX y otra absolutamente contemporánea.

    Lienzo del siglo I sobre Píramo y Tisbe
    Lienzo del siglo I sobre Píramo y Tisbe

    Píramo y Tisbe representados en un fresco de la Casa de Octavio Cuartión (Pompeya). S. I d. C.

    Imágenes de un Capitel románico del siglo XII
    Capitel románico del siglo XII con Píramo y Tisbe representados

    Claustro de la catedral de Basilea, finales del siglo XII (con una interpretación cristiana moralizante)

    Lienzo sobre los protagonistas de la leyenda del siglo XVIII-XIX
    Lienzo sobre los protagonistas de la leyenda del siglo XVIII-XIX

    Pierre-Claude Gautherot, (1769-1825),

    Lienzo contemporáneo de Píramo y Tisbe
    Lienzo contemporáneo de Píramo y Tisbe

    Gabriel Alonso y publicada por la editorial digital UNO Y CERO (http://unoyceroediciones.com/)

    En música los ejemplos van desde la ópera El sueño de una noche de verano, obra de Benjamin Britten basada en El sueño de una noche de verano de Shakespeare West Side Story basada en Romeo y Julieta hasta la adaptación de los Beatles, en la que Paul McCartney era Piramo, John Lennon era Tisbe, George Harrison era la Luna y Ringo Starr era el león.

    Pero dejémonos de consideraciones más o menos eruditas y curiosidades intranscendentes y permitamos que sea el poeta  Ovidio el que nos relate con detalle la desgraciada historia.

    Matamorfosis, IV, 42…..54;  55-166

    Aprueban sus palabras las hermanas y le piden que sea ella la primera en contar. Se pone ella a pensar qué relato, de entre muchos, va a escoger, pues eran innumerables los que sabía,  y duda si contar tu historia, babilonia Dércetis, de quien creen los palestinos que, transformada y con escamas cubriendo sus miembros, agitó las aguas de un lago.
    …..
    O de cómo el árbol que antes daba frutos blancos, los da ahora negros por haber sido tocado por sangre. Esto último es lo que prefiere; esta narración, por no ser del dominio común, la empieza  de la siguiente manera, mientras la lana va tras de sus hilos:
    “Píramo  y Tisbe, el uno el más bello de los jóvenes, la otra sobresaliente entre las muchachas que tenía el Oriente,  ocupaban dos casas contiguas, allí donde se dice que Semíramis ciñó de muros de tierra cocida su elevada ciudad. La vecindad les hizo conocerse y dar los primeros pasos; con el tiempo creció el amor; ellos habrían querido celebrar la legítima unión de la antorcha nupcial, pero se opusieron los padres; mas, y a eso no podían oponerse, por igual ardían ambos con cautivos corazones. Ningún confidente hay entre ellos, por señas y por gestos se hablan, y cuanto más ocultan el fuego, más se enardece el fuego oculto. La pared medianera de ambas casas estaba hendida por una delgada grieta que se había producido antaño, durante su construcción. El defecto, que nadie había observado a lo largo de los siglos -¿qué no notará el amor?- vosotros, amantes, fuisteis los primeros en verlo, y lo hicisteis camino de vuestra voz; y así solían pasar seguras a su través, y en tenue cuchicheo, vuestras ternezas. Muchas veces, cuando de una parte estaba Tisbe y de la otra Píramo, y habían ellos percibido mutuamente la respiración de sus bocas, decían: “Pared envidiosa, ¿por qué te alzas como obstáculo entre dos amantes? ¿Qué te costaba permitirnos unir por entero nuestros cuerpos, o, si eso es demasiado, ofrecer al menos una abertura para nuestros besos? Pero no somos ingratos; confesamos que te debemos el que se haya dado a nuestras palabras paso hasta los oídos amigos.”

    Y después de hablar así en vano y separados como estaban, al llegar la noche se dijeron adiós, y dio cada uno a su parte besos que no llegaron al otro lado. La aurora siguiente había ahuyentado las nocturnas luminarias, y el sol había secado con sus rayos las hierbas cubiertas de escarcha; se reunieron en el lugar de costumbre. Y entonces, después de muchos lamentos murmurados en voz baja, acuerdan hacer en el silencio de la noche la tentativa de engañar a sus guardianes y salir de sus puertas, y, una vez que estén fuera de sus hogares, abandonar también los edificios de la ciudad; y, para evitar el riesgo de extraviarse en su marcha por los anchos campos, reunirse junto al sepulcro de Nino (rey fundador de Nínive) y ocultarse a la sombra del árbol. Un árbol había allí, cuajado de frutos blancos como la nieve, un erguido moral, situado en las proximidades de un frío manantial. Este plan adoptan; y la luz del día, que les pareció tardar en alejarse, se arroja a las aguas, y de las mismas aguas sale la noche. Hábilmente en medio de las tinieblas hace Tisbe girar la puerta en su quicio, sale, engaña a los suyos, con la cara tapada llega a la tumba, y se sienta bajo el árbol convenido; el amor la hacía atrevida. He aquí que llega una leona con el hocico espumeante embadurnado de sangre de unos bueyes que acaba de matar, y con la intención de apagar su sed en las aguas de la vecina fuente. La babilonia Tisbe la vio de lejos, a los rayos de la luna, y con pasos asustados huyó a una oscura cueva; y al huir, cayó de su espalda un velo que dejó abandonado. Una vez que la feroz leona hubo aplacado con abundante agua su sed, al volver al bosque se encontró el tenue velo sin su dueña, y con su boca ensangrentada lo desgarró.

    Píramo salió más tarde, vio en el espeso polvo huellas seguras de una fiera, y palideció su semblante entero; pero cuando encontró también la prenda teñida en sangre, dijo: “Una sola noche acabará con los enamorados; de los dos, ella era la más digna de una larga vida, mientras que mi alma es culpable; yo he sido quien te he perdido, infortunada, yo que te he mandado venir de noche a un lugar terrorífico, y no he venido aquí el primero. Despedazad mi cuerpo y devorad a fieros mordiscos estas vísceras criminales, oh leones todos que habitáis bajo esta roca. Pero es de cobardes desear la muerte”.

    Coge del suelo el velo de Tisbe, lo lleva consigo a la sombra del árbol de la cita, y después de dar lágrimas y besos a la conocida prenda, dice: “Recibe ahora también la bebida de mi sangre”. Y hundió en sus ijares el hierro que llevaba al cinto, y sin tardanza se lo arrancó, moribundo ya, de la ardiente herida, quedando tendido en tierra boca arriba; la sangre salta a gran altura, no de otro modo que cuando en un tubo de plomo deteriorado se abre una hendidura, que por el estrecho agujero que silba lanza chorros de agua y rasga el aire con su persecución. Los frutos del árbol toman, por las cruentas salpicaduras, un tinte oscuro, y la raíz, humedecida en sangre, matiza el color de púrpura las moras que cuelgan.
    He aquí que, sin estar libre de miedo todavía, pero para no hacer defección a su amante, vuelve ella, busca al joven con los ojos y con el alma, y arde en deseos de contarle el enorme peligro de que se ha librado; y si bien reconoce el lugar y la forma del árbol que ha visto, con todo la hace dudar el color del fruto; quédase perpleja sobre si será el mismo árbol. Mientras vacila, ve que unos miembros temblorosos palpitan sobre el suelo ensangrentado; retrocedió, y con el semblante más pálido que el boj sufrió un estremecimiento semejante al del mar que susurra cuando una leve brisa roza su superficie. Mas una vez que, poco después, reconoció a su amor, se maltrata con sonoros golpes los brazos que lo merecían, se arranca los cabellos, y abrazando el cuerpo amado inundó de lágrimas sus heridas y mezcló su llanto con la sangre; y estampando sus besos en el rostro helado gritó: “Píramo, ¿qué desventura me ha dejado sin ti? Píramo, respóndeme; es tu adorada Tisbe quien te llama; escúchame y yergue tu cabeza abatida”. Al nombre de Tisbe levantó Píramo los ojos, sobre los que gravitaba ya la muerte, y después de verla a ella los volvió a cerrar. Cuando ella reconoció su prenda, y vi el marfil desprovisto de su espada, exclamó: “¡Tu propia mano te ha dado muerte y tu propio amor, infortunado! Para esto sólo tengo yo también una mano fuerte, y tengo amor que me dará fuerzas para herirme. Iré tras de ti que ya has perecido, y de tu muerte se dirá que he sido yo trágica causa y compañera; y tú, a quien sólo la muerte ¡ay! Podía arrancarme, ni aun la muerte podrá arrancarte de mí. Una cosa sin embargo os han de pedir las súplicas de los dos, oh infelicísimos padres mío y suyo, que a aquellos a quienes unió un fiel amor y la última hora, no les rehuséis ser sepultados en la misma tumba. Y tú, árbol que con tus ramas das sombra ahora al pobre cuerpo de uno solo, pero pronto la darás a los de dos, conserva las señales de nuestra ruina, y ten siempre frutos negros y propios para el luto, en memoria de nuestra doble sangre”. Dijo, y colocando la punta de la espada bien por debajo de su pecho, se dejó caer sobre el hierro que aun estaba tibio de la otra sangre. Sus súplicas conmovieron a los dioses, conmovieron a los padres; pues el color del fruto, una vez que está bien maduro, es negruzco, y lo que resta de sus piras descansa en una única urna”.

    Había terminado; transcurrió un breve intervalo, y empezó a hablar Leucónoe; guardaron silencio sus hermanas. (Traducción de Antonio Ruiz de Elvira, C.S.I.C. Alma Mater)

    Dicta probant primamque iubent narrare sorores.
    Illa, quid e multis referat (nam plurima norat),
    cogitat et dubia est, de te, Babylonia, narret,
    Derceti, quam versa squamis velantibus artus
    stagna Palaestini credunt motasse figura;
    ……
    an, quae poma alba ferebat,
    ut nunc nigra ferat contactu sanguinis arbor.
    Hoc placet, hanc, quoniam vulgaris fabula non est,
    talibus orsa modis, lana sua fila sequente:
    …..
    55-168
    Pyramus et Thisbe.
    “Pyramus et Thisbe, iuvenum pulcherrimus alter,
    altera, quas oriens habuit, praelata puellis,
    contiguas tenuere domos, ubi dicitur altam
    coctilibus muris cinxisse Semiramis urbem.
    Notitiam primosque gradus vicinia fecit:
    tempore crevit amor. Taedae quoque iure coissent:
    sed vetuere patres. Quod non potuere vetare,
    ex aequo captis ardebant mentibus ambo.
    Conscius omnis abest: nutu signisque loquuntur,
    quoque magis tegitur, tectus magis aestuat ignis.
    Fissus erat tenui rima, quam duxerat olim,
    cum fieret paries domui communis utrique.
    Id vitium nulli per saecula longa notatum
    (quid non sentit amor?) primi vidistis amantes,
    et vocis fecistis iter; tutaeque per illud
    murmure blanditiae minimo transire solebant.
    Saepe, ubi constiterant hinc Thisbe, Pyramus illinc,
    inque vices fuerat captatus anhelitus oris,
    “invide” dicebant “paries, quid amantibus obstas?
    quantum erat, ut sineres toto nos corpore iungi,
    aut hoc si nimium est, vel ad oscula danda pateres?
    Nec sumus ingrati: tibi nos debere fatemur,
    quod datus est verbis ad amicas transitus aures.”
    Talia diversa nequiquam sede locuti
    sub noctem dixere ”vale” partique dedere
    oscula quisque suae non pervenientia contra.
    Postera nocturnos aurora removerat ignes,
    solque pruinosas radiis siccaverat herbas:
    ad solitum coiere locum. Tum murmure parvo
    multa prius questi, statuunt, ut nocte silenti
    fallere custodes foribusque excedere temptent,
    cumque domo exierint, urbis quoque tecta relinquant;
    neve sit errandum lato spatiantibus arvo,
    conveniant ad busta Nini lateantque sub umbra
    arboris. Arbor ibi, niveis uberrima pomis
    ardua morus, erat, gelido contermina fonti.
    Pacta placent. Et lux, tarde discedere visa,
    praecipitatur aquis, et aquis nox exit ab isdem.
    Callida per tenebras versato cardine Thisbe
    egreditur fallitque suos, adopertaque vultum
    pervenit ad tumulum, dictaque sub arbore sedit.
    Audacem faciebat amor. Venit ecce recenti
    caede leaena boum spumantes oblita rictus,
    depositura sitim vicini fontis in unda.
    Quam procul ad lunae radios Babylonia Thisbe
    vidit et obscurum timido pede fugit in antrum,
    dumque fugit, tergo velamina lapsa reliquit.
    Ut lea saeva sitim multa conpescuit unda,
    dum redit in silvas, inventos forte sine ipsa
    ore cruentato tenues laniavit amictus.
    Serius egressus vestigia vidit in alto
    pulvere certa ferae totoque expalluit ore
    Pyramus: ut vero vestem quoque sanguine tinctam
    repperit, “una duos” inquit “nox perdet amantes.
    E quibus illa fuit longa dignissima vita,
    nostra nocens anima est: ego te, miseranda, peremi,
    in loca plena metus qui iussi nocte venires,
    nec prior huc veni. Nostrum divellite corpus,
    et scelerata fero consumite viscera morsu,
    o quicumque sub hac habitatis rupe, leones.
    Sed timidi est optare necem.” Velamina Thisbes
    tollit et ad pactae secum fert arboris umbram;
    utque dedit notae lacrimas, dedit oscula vesti,
    “accipe nunc” inquit “nostri quoque sanguinis haustus!”
    quoque erat accinctus, demisit in ilia ferrum,
    nec mora, ferventi moriens e vulnere traxit.
    Ut iacuit resupinus humo: cruor emicat alte,
    non aliter quam cum vitiato fistula plumbo
    scinditur et tenui stridente foramine longas
    eiaculatur aquas atque ictibus aera rumpit.
    Arborei fetus adspergine caedis in atram
    vertuntur faciem, madefactaque sanguine radix
    purpureo tingit pendentia mora colore.
    Ecce metu nondum posito, ne fallat amantem,
    illa redit iuvenemque oculis animoque requirit,
    quantaque vitarit narrare pericula gestit.
    Utque locum et visa cognoscit in arbore formam,
    sic facit incertam pomi color: haeret, an haec sit.
    Dum dubitat, tremebunda videt pulsare cruentum
    membra solum, retroque pedem tulit, oraque buxo
    pallidiora gerens exhorruit aequoris instar,
    quod tremit, exigua cum summum stringitur aura.
    Sed postquam remorata suos cognovit amores,
    percutit indignos claro plangore lacertos,
    et laniata comas amplexaque corpus amatum
    vulnera supplevit lacrimis fletumque cruori
    miscuit et gelidis in vultibus oscula figens
    “Pyrame” clamavit “quis te mihi casus ademit?
    Pyrame, responde: tua te carissima Thisbe
    nominat: exaudi vultusque attolle iacentes!”
    Ad nomen Thisbes oculos iam morte gravatos
    Pyramus erexit, visaque recondidit illa.
    Quae postquam vestemque suam cognovit et ense
    vidit ebur vacuum, “tua te manus” inquit “amorque
    perdidit, infelix. Est et mihi fortis in unum
    hoc manus, est et amor: dabit hic in vulnera vires.
    Persequar exstinctum letique miserrima dicar
    causa comesque tui; quique a me morte revelli
    heu sola poteras, poteris nec morte revelli.
    Hoc tamen amborum verbis estote rogati,
    o multum miseri meus illiusque parentes,
    ut quos certus amor, quos hora novissima iunxit,
    conponi tumulo non invideatis eodem.
    At tu quae ramis arbor miserabile corpus
    nunc tegis unius, mox es tectura duorum,
    signa tene caedis pullosque et luctibus aptos
    semper habe fetus, gemini monimenta cruoris.”
    Dixit, et aptato pectus mucrone sub imum
    incubuit ferro, quod adhuc a caede tepebat.
    Vota tamen tetigere deos, tetigere parentes:
    nam color in pomo est, ubi permaturuit, ater,
    quodque rogis superest, una requiescit in urna.”
    Desierat, mediumque fuit breve tempus, et orsa est
    dicere Leuconoe: vocem tenuere sorores.

  • La ninfa Calisto

    Quien disfrute leyendo o escuchando los coloridos relatos de la mitología grecolatina dispone de una obra esencial para ello: las Metamorfosis de Ovidio. En ella el prolífico poeta nos cuenta los muchos casos de transformación o metamorfosis de hombres, mujeres o personajes mitológicos en otros seres.

    Entre esas transformaciones son especialmente interesantes, entre otras cosas por la fuerza con la que perviven, las conversiones en astros o estrellas, los llamados catasterismos.

    Llamamos “catasterismo” a la conversión o la transformación  de dioses, seres heroicos,  hechos mitológicos, e incluso principios éticos más tarde, en astros, en cuerpos celestes del firmamento, en estrellas o conjuntos de estrellas.

    Se trata de un término técnico o culto griego, compuesto de la preposición kata, κατά (encima, abajo)  y el sustantivo  ἀστήρ, aster,  (estrella, astro).  El término se empleo como título de un librito atribuido al director de la Biblioteca de Alejandría, matemático, geógrafo, astrónomo, médico, filólogo, autor literario,  Eratóstenes.

    Dos de las constelaciones o conjunto de estrellas (eso es lo que significa la palabra constelación, cum stella..) más conocidas e importantes a lo largo de la historia en nuestro hemisferio son la “Osa Mayor”, fruto de la transformación de una ninfa, Calisto y el Boyero, Boötes, o guardián de la Osa, transformación de su hijo Arcas.

    Nos lo cuenta literariamente el citado poeta Ovidio en un largo relato de más de ciento cincuenta versos en Metamorfosis,  libro II, v. 401-550.

    Hoy me permito una pequeña licencia que a buen seguro no molestaría a Ovidio; en el mundo antiguo un mismo tema mitológico se rehace y modifica, se reduce o amplia una y otra vez por diversos autores.

    Me permito hacer, pues, una versión reducida del relato ovidiano que tal vez sea más fácil de leer que el texto original para posibles lectores actuales, si bien ofreceré al final para el lector interesado el propio texto del autor latino con su correspondiente traducción.

    LA  NINFA  CALISTO

    Júpiter, el dios todopoderoso, recorría vigilante el amplio y sereno cielo y observaba con desgana la tierra en la que los hombres viven. En sus viajes diarios por el firmamento se detuvo muchas veces en Arcadia, fértil región de la tierra especialmente querida para él, gobernada por  Licaón, rey culto y religioso, respetado por sus ciudadanos a los  que por fin civilizó obligándoles a abandonar  su  forma de vida  primitiva y ruda.

    Tenía Licaón numerosos hijos y entre ellos una hija que se llamaba Calisto. Su extraordinaria belleza atrajo la atención amorosa de Júpiter, que con excesiva frecuencia traicionaba a su esposa Juno.

    La hija de Licaón no gustaba de la vida muelle de palacio, ni ocupaba el tiempo en cardar la lana o perfumar su cuerpo de bellas formas. Sujetos sus cabellos desordenados con una blanca cinta y anudado su vestido con un ligero broche, armada con el curvo arco y las flechas puntiagudas al hombro, recorría los bosques frondosos acompañando a Diana, diosa virgen, libre y  certera cazadora.  

    Un caluroso día de verano, cuando el sol ya estaba a mitad de su carrera, descansaba  Calisto solitaria tendida en el verde suelo del bosque, reposando la cabeza sobre el carcaj multicolor. Cuando Júpiter la vio tan hermosa e indefensa, ardiendo de pasión como sólo los dioses pueden arder, pensó:

        — Mi esposa Juno no se enterará de este amor secreto

    Y tomando la figura de la diosa Diana se acercó a Calisto:

    — Hermosa doncella, hoy has cazado de manera extraordinaria y certera.

    Se levantó de ágil salto Calisto y respondió con palabras agradecidas:

    — Gracias, mi querida y amada diosa. Yo creo que eres más grande y poderosa que el mismo Júpiter, que no nos oye.

    Júpiter se sonrió al escucharla, la abrazó con fuerza contra su pecho poderoso y la colmó de besos lascivos, impropios de la diosa virgen cuya figura había suplantado.

    Quiso Calisto inútilmente soltarse del divino abrazo, consciente ya del engaño adúltero. Pero ¿quién puede vencer al poderoso Júpiter?

    Cuando Júpiter voló insensible al éter, Calisto recogió su aljaba y su arco y huyo veloz del bosque cómplice, para siempre odioso.

    Cierto día, después de una buena cacería, Diana, feliz y contenta, llama  a Calisto, que, temiendo fuera Júpiter de nuevo disfrazado, huye corriendo a esconderse en el frondoso bosque. Pero,  viendo a la diosa rodeada de sus ninfas que impedían el engaño, se acercó cabizbaja al grupo. El rubor de su semblante delataría su pudor herido a Diana, si la diosa no fuera  virgen inexperta.

    Fatigadas por la larga cacería, alcanzaron un fresco arroyo de aguas cristalinas. Diana apenas sumergió su virginal pie en el agua fresca que corría murmullosa y dijo amable:

      — Descansemos un rato. Nadie nos ve aquí; desnudémonos y refresquemos nuestros cuerpos en estas aguas cristalinas.

    Todas las ninfas se despojaron presto de sus vestidos de caza, pero Calisto, de nuevo ruborizada, dilataba su desnudez. Cuando por fin se quitó la ropa, apareció evidente en su cuerpo la culpa que inútilmente quería ocultar con sus manos.

    Irritada la diosa virgen gritó a la avergonzada ninfa:

    — Aléjate rápido de nosotras, traidora,  y no mancilles estas aguas  sagradas.

    Museo del Prado. Rubens: Calisto y Diana

    Pasó el tiempo necesario y nació el pequeño Arcas, fruto de aquella forzada unión. Juno, esposa de Júpiter hacía tiempo que conocía ya lo sucedido. Llegado ahora el momento propicio, no dilató por más tiempo su cruel castigo. Así dijo airada la diosa poderosa:

       — Sólo faltaba, adultera, que fueras fecunda y que un hijo tuyo testificase ante todos los dioses el ultraje vergonzoso de mi esposo Júpiter. Pronto te arrebataré la belleza de tu cuerpo con la que atrajiste a mi adúltero marido.  

    Y diciendo esto, la agarró de sus rubios cabellos y la arrojó al suelo con toda violencia. Tendía Calisto sus brazos suplicantes, que inapelablemente se cubrían de negros pelos; tendía sus manos que se convertían en garras retorcidas y su dulce boca, apetecida por Júpiter, se transformaba en deformes fauces animales. De su ronca garganta no surgen palabras suplicantes que conmoverían el corazón, sino un ronco rugido que llena de terror.

    Convertida en osa, conserva sin embargo su alma anterior, como atestiguan sus constantes gemidos de dolor y sus manos levantadas hacia lo alto, tal vez protestando la insensible ingratitud de Júpiter, el padre de los dioses que a todos amedrenta con sus rayos.

    Ahora Calisto anda errante en la soledad del bosque y de los campos peligrosos. Quien antes cazaba infatigable, ¡cuántas veces ahora se esconde perseguida por los ladridos de los perros y las flechas de los cazadores! Incluso siendo ahora una osa, siente miedo al ver a los fieros osos en lo alto de las peñas.

    Transcurrieron muchos años y Arcas, el hijo de Calisto a la que no conoció, persigue a las fieras por los desfiladeros y bosques del monte Erimanto, en la fértil Arcadia. Cierto día Arcas se topa  con su madre, que parece reconocerlo y fija en él su negros ojos. Cuando la madre se acerca insegura al hijo, a punto  está de morir atravesada por la flecha que Arcas coloca en su arco tensado, pero el todopoderoso Júpiter impidió el terrible sacrilegio. Arrebatados de la dura tierra, transportados a través del espacio los colocó en el cielo, transformados para siempre en dos constelaciones vecinas de brillantes estrellas, la “Osa Mayor” y "El Boyero" (Boötes o el guardián de la Osa).

    ……………….

    Versión completa del relato de Ovidio

    Calisto

    El padre omnipotente rodea las enormes murallas del cielo y examina si algo, debilitado por la fuerza del fuego, puede derrumbarse. Una vez que ve que están firmes y con toda su fortaleza, dirige su mirada a la tierra y a los penosos trabajos de los hombres. Su mayor motivo de preocupación es la Arcadia: restablece las fuentes y los ríos que todavía no se atrevían a correr, da césped a la tierra y hojas a los árboles, y ordena que los bosques dañados reverdezcan.

    Mientras vuelve allí una y otra vez, se queda prendado de una muchacha de Nonacris y el fuego recibido de la pasión ardió bajo sus huesos. Las ocupaciones de ella no eran ni cardar la lana para hacerla suave ni cambiar la forma de su peinado. Tan pronto el broche sujetaba su vestido y una cinta blanca sus cabellos sueltos, inmediatamente ya había cogido con su mano el ligero venablo o bien el arco y se presentaba semejante a Febe (Diana) y nunca muchacha alguna más querida que esta por la Trivia (Diana) pisó el monte Ménalo. Pero ninguna posibilidad es duradera.

    El sol alto ya ocupaba un espacio más allá de la mitad de su recorrido, cuando ella entró en el bosque que ninguna edad había talado. Se quitó entonces la aljaba de los hombros y distendió el arco flexible, y se tumbó en el suelo que cubría la hierba, y presionaba la aljaba de colores con su cabeza apoyada.

    Cuando Júpiter la vio cansada y libre de ningún vigilante, dijo: “ciertamente mi esposa no conocerá este robo y si se enterara sus reproches merecen, merecen sin duda la pena”. Inmediatamente se reviste del rostro y vestidos de Diana y dice:

    “Oh doncella, parte especial de mis acompañantes, en que montes has estado cazando?”. La muchacha se levanta del césped y dice: salud, diosa, en mi opinión mayor que Júpiter, aunque él mismo me oiga.”  Pero él se ríe y lo oye y se alegra de que sea el preferido y le da besos ni lo debidamente moderados ni que deban ser dados por una doncella.

    Cuando ella se disponía a contarle en qué bosque iba a cazar, se lo impide con su abrazo y se delata no sin un acto  criminal. Ella ciertamente se muestra contraria tanto cuanto apenas puede una mujer (ojalá la hubieras visto, Saturnia (Juno); serías ahora más benévola), lucha ella ciertamente, pero ¿a quién podría  vencer una muchacha? ¿quién podría vencer a Júpiter?.

    Victorioso, Júpiter se dirige al cielo divino: para ella en cambio  el bosque y la cómplice espesura son motivo de odio.   Al apartar de allí sus pies, casi olvidó recoger su aljaba con sus dardos y el arco que había dejado colgado.

    Mas he aquí que acompañada de su coro, Dictina (Diana) está entrando en el alto Ménalo y orgullosa por la matanza de las fieras, la ve y una vez vista la llama; pero huye cuando es llamada y al principio tiene miedo de que sea Júpiter en la figura de ella. Pero después que vio que a la par con ella marchaban las ninfas, comprendió que no había engaño y se sumó al grupo de ellas. Pero, ¡ay! qué difícil  es no delatar el crimen en el rostro!… Apenas levanta los ojos del suelo, ni, como antes acostumbraba, se une al lado de la diosa, ni es la primera de todo el grupo, sino que guarda silencio y da muestras con su rubor del pudor ultrajado. Y si Diana no fuera virgen, habría podido con mil detalles darse cuenta de la culpa; dicen que en cambio las ninfas si se dieron cuenta.

    Los cuernos de la luna reaparecían en su novena órbita (en el noveno mes), cuando la diosa, cansada de cazar bajo las llamas de su hermano (el Sol), alcanzó un bosque fresco, por el que corría un arroyo deslizándose entre murmullos y revolvía las límpidas arenas.

    Como quiera que alabó el lugar, (le gustó), tocó las aguas con su pie: alabadas también éstas, dijo: todo testigo está lejos;  sumerjamos nuestros cuerpos desnudos en las aguas transparentes”. La Parráside (Calisto) enrojeció. Todas se quitan sus vestidos; una sola busca retrasarlo. Le quitan el  vestido a la vacilante; y una vez quitado, con su cuerpo desnudo, quedó patente su falta criminal. A quien atónita quería esconder su vientre con sus manos, le dijo la Cintia (Diana): “vete lejos de aquí y no manches las sagradas fuentes”, y le ordenó separarse de su grupo.

    Hacía tiempo que la esposa del gran Tonante (Júpiter) se había enterado de todo esto y había aplazado un duro castigo para el momento adecuado. Ningún motivo había ya para la demora, pues ya el niño Arcas había nacido de su rival; esto mismo dolió también a Juno.

    Tan pronto como dirigió a él su mirada y su cruel intención,dijo: “precisamente sólo me faltaba ya  esto, adúltera, que fueras fértil y con tu parto fuera conocido el agravio y quedase bien atestiguado el deshonor de mi Júpiter. No lo llevarás sin castigo: pues te quitaré la figura con la que te complaces a ti misma, pero también con la que inoportuna complaces a mi marido”.
    Dijo, y colocada frente a ella, cogiéndola por los cabellos, la arrojó boca abajo al suelo. Tendía ella suplicante sus brazos; pero sus brazos comenzaron a erizarse de negros pelos  y sus manos a curvarse y a prolongarse con ganchudas uñas, ofreciéndole la función de los pies, y su boca, en otro tiempo alabada por Júpiter, a deformarse con su ancho hocico.

    Y le arrebata el poder hablar para que ni los ruegos ni las palabras suplicantes dobleguen su corazón.  Sale de su ronca garganta una voz irritada y amenazadora y llena de terror.

    Sin embargo permanece en ella su mente anterior incluso convertida en osa, y manifestando su dolor con su constante gemido, levanta sus manos cual ahora son al cielo y a las estrellas y aunque no puede decirlo, siente que Júpiter es un ingrato.

    ¡Ah! ¡Cuántas  veces, no atreviéndose a descansar en el bosque solitario, anduvo errante delante de su casa y en los campos en otro tiempo suyos! ¡Ay! ¡Cuántas veces ha sido empujada entre las rocas por los ladridos de los perros y ella, que fue cazadora, huye ahora asustada por el miedo a los cazadores!

    Muchas veces se ocultó de la vista de las fieras, olvidando lo que era, y siendo una osa se asustó de ver osos en los montes, y tuvo miedo de los lobos, aunque su padre (Licaón) se encontraba entre ellos.

    Y he aquí que llega Arcas, hijo de la Licaonia, que desconoce a su madre, cumplidos ya casi sus quince años. Mientras persigue a las fieras y mientras elige los bosques adecuados y rodea con densas redes los bosques de Erimanto, se encuentra con su madre, que se detuvo al ver a Arcas, y pareció como que le conocía.

    El huyó e ignorante tuvo miedo de la que mantenía fijos los ojos sin fin en él y cuando ella intentó avanzar más cerca, estuvo a punto de atravesar su pecho con un dardo mortífero. Lo impidió el todopoderoso y los detuvo al mismo tiempo a ellos dos y al criminal acto, y arrebatados por un rápido viento a través del espacio  vacío los colocó en el cielo y los hizo constelaciones vecinas (la Osa Mayor y Artofilacte o Arturo, el Guardián de la Osa, el Boyero).

    Se enfureció Juno, cuando su rival brillaba entre las estrellas, y descendió a la superficie del mar para ver a la blanca Tetis y al anciano Océano, cuyo respeto obliga con frecuencia a los dioses, y les expone cuando le preguntan la causa de su viaje.

    Preguntáis por qué yo, la reina de la morada de los dioses, estoy aquí?  Otra es la que tiene el cielo en vez de mí. Mentiría si cuando la noche haya hecho oscuro el cielo,  no veis honradas hace poco en lo alto del cielo, mis ultrajes, como estrellas allí, en donde el último círculo y de más corto recorrido rodea la parte última del eje.  ¿Hay pues motivo por el que alguien no quiera insultar a Juno o me tema ofender a mí, que soy la única que perjudicando a alguien le favorezco?

    ¡Oh! ¡cuántas cosas grandes he hecho! ¡Cuán grande es mi poder! Prohibí que fuese un ser humano y se la ha hecho diosa. Así impongo yo el castigo a los culpables, así es mi gran poder. ¡Que le restituya  su antigua apariencia y que le quite su rostro de fiera, como ya hizo antes con la argólica Forónide (Io)! ¿Por qué no se casa con ella expulsando a Juno y la coloca en mi lecho y toma a Licaón como suegro?

    Pero vosotros, si os afecta el desprecio de la que criasteis ahora ultrajada, apartad a los  Siete Triones (la Osa Mayor) del azul abismo y rechazad a estas estrellas recibidas  en el cielo, como recompensa del adulterio para que una concubina no se bañe en vuestras aguas puras.”

    ….

    t pater omnipotens ingentia moenia caeli
    circuit et ne quid labefactum viribus ignis
    corruat explorat. Quae postquam firma suique
    roboris esse videt terras hominumque labores
    perspicit. Arcadiae tamen est impensior illi
    cura suae: fontes et nondum audentia labi
    flumina restituit dat terrae gramina, frondes
    arboribus, laesasque iubet revirescere silvas.
    Dum redit itque frequens, In virgine Nonacrina
    haesit et accepti caluere sub ossibus ignes.
    Non erat huius opus lanam mollire trahendo
    nec positu variare comas; ubi fibula vestem,
    vitta coercuerat neglectos alba capillos,
    et modo leve manu iaculum, modo sumpserat arcum,
    miles erat Phoebes: nec Maenalon attigit ulla
    gratior hac Triviae. Sed nulla potentia longa est.
    Ulterius medio spatium sol altus habebat,
    cum subit illa nemus, quod nulla ceciderat aetas.
    Exuit hic umero pharetram lentosque retendit
    arcus, inque solo, quod texerat herba, iacebat
    et pictam posita pharetram cervice premebat.
    Iuppiter ut vidit fessam et custode vacantem,
    “hoc certe furtum coniunx mea nesciet” inquit,
    “aut si rescierit sunt o sunt iurgia tanti.”
    Protinus induitur faciem cultumque Dianae
    atque ait: “O comitum, virgo, pars una mearum,
    in quibus es venata iugis?” De caespite virgo
    se levat et “salve numen, me indice”, dixit
    “audiat ipse licet maius Iove.” Ridet et audit,
    et sibi praeferri se gaudet et oscula iungit
    nec moderata satis nec sic a virgine danda.
    Qua venata foret silva, narrare parantem
    impedit amplexu, nec se sine crimine prodit.
    Illa quidem contra, quantum modo femina possit
    (adspiceres utinam, Saturnia: mitior esses !),
    illa quidem pugnat: sed quem superare puella,
    quisve Iovem poterat? — Superum petit aethera victor
    Iuppiter: huic odio nemus est et conscia silva.
    Unde pedem referens paene est oblita pharetram
    tollere cum telis et quem suspenderat arcum.
    Ecce, suo comitata choro Dictynna per altum
    Maenalon ingrediens et caede superba ferarum
    adspicit hanc visamque vocat: clamata refugit,
    et timuit primo, ne Iuppiter esset in illa.
    Sed postquam pariter nymphas incedere vidit,
    sensit abesse dolos numerumque accessit ad harum.
    Heu quam difficile est crimen non prodere vultu!
    Vix oculos attollit humo, nec, ut ante solebat,
    iuncta deae lateri, nec toto est agmine prima,
    sed silet et laesi dat signa rubore pudoris;
    et nisi quod virgo est poterat sentire Diana
    mille notis culpam; nymphae sensisse feruntur.
    Orbe resurgebant lunaria cornua nono,
    cum dea venatu, fraternis languida flammis,
    nacta nemus gelidum, de quo cum murmure labens
    ibat et attritas versabat rivus harenas.
    Ut loca laudavit, summas pede contigit undas:
    his quoque laudatis “procul est” ait “arbiter omnis;
    nuda superfusis tingamus corpora lymphis.”
    Parrhasis erubuit. Cunctae velamina ponunt:
    una moras quaerit. Dubitanti vestis adempta est;
    qua posita nudo patuit cum corpore crimen.
    Attonitae manibusque uterum celare volenti
    “i procul hinc” dixit “nec sacros pollue fontes”
    Cynthia; deque suo iussit secedere coetu.
    Senserat hoc olim magni matrona Tonantis
    distuleratque graves in idonea tempora poenas.
    Causa morae nulla est, et iam puer Arcas (id ipsum
    indoluit Iuno) fuerat de paelice natus.
    Quo simul obvertit saevam cum lumine mentem,
    “scilicet hoc etiam restabat, adultera” dixit,
    “ut fecunda fores, fieretque iniuria partu
    nota, Iovisque mei testatum dedecus esset.
    Haud impune feres: adimam tibi nempe figuram,
    qua tibi, quaque places nostro, importuna, marito.”
    Dixit et adversa prensis a fronte capillis
    stravit humi pronam. Tendebat bracchia supplex:
    bracchia coeperunt nigris horrescere villis
    curvarique manus et aduncos crescere in ungues
    officioque pedum fungi, laudataque quondam
    ora Iovi lato fieri deformia rictu.
    Neve preces animos et verba precantia flectant
    posse loqui eripitur; vox iracunda minaxque
    plenaque terroris rauco de gutture fertur.
    Mens antiqua tamen facta quoque mansit in ursa,
    adsiduoque suos gemitu testata dolores
    qualescumque manus ad caelum et sidera tollit
    ingratumque Iovem, nequeat cum dicere, sentit.
    A quotiens, sola non ausa quiescere silva,
    ante domum quondamque suis erravit in agris!
    A quotiens per saxa canum latratibus acta est
    venatrixque metu venantum territa fugit!
    Saepe feris latuit visis, oblita quid esset,
    ursaque conspectos in montibus horruit ursos
    pertimuitque lupos, quamvis pater esset in illis.
    Ecce, Lycaoniae proles, ignara parentis,
    Arcas adest, ter quinque fere natalibus actis:
    dumque feras sequitur, dum saltus eligit aptos
    nexilibusque plagis silvas Erymanthidas ambit,
    incidit in matrem; quae restitit Arcade viso
    et cognoscenti similis fuit. Ille refugit
    inmotosque oculos in se sine fine tenentem
    nescius extimuit propiusque accedere aventi
    vulnifico fuerat fixurus pectora telo.
    Arcuit omnipotens pariterque ipsosque nefasque
    sustulit, et celeri raptos per inania vento
    imposuit caelo vicinaque sidera fecit.
    Intumuit Iuno, postquam inter sidera paelex
    fulsit et ad canam descendit in aequora Tethyn
    Oceanumque senem, quorum reverentia movit
    saepe deos, causamque viae scitantibus infit:
    “Quaeritis, aetheriis quare regina deorum
    sedibus huc adsim? pro me tenet altera caelum.
    Mentiar, obscurum nisi nox cum fecerit orbem,
    nuper honoratas summo, mea vulnera, caelo
    videritis stellas illic, ubi circulus axem
    ultimus extremum spatioque brevissimus ambit.
    Est vero, cur quis Iunonem laedere nolit
    offensamque tremat, quae prosum sola nocendo?
    O ego quantum egi! quam vasta potentia nostra est!
    Esse hominem vetui: facta est dea. Sic ego poenas
    sontibus impono, sic est mea magna potestas.
    Vindicet antiquam faciem vultusque ferinos
    detrahat, Argolica quod in ante Phoronide fecit.
    Cur non et pulsa ducit Iunone meoque
    collocat in thalamo socerumque Lycaona sumit?
    At vos si laesae tangit contemptus alumnae,
    gurgite caeruleo septem prohibete triones
    sideraque in caelo, stupri mercede, recepta
    pellite, ne puro tingatur in aequore paelex.”

  • Hombres, mujeres, andróginos

    En estas fechas en torno al solsticio de verano, cuando los días son más largos y las noches más cortas, proliferan las celebraciones y manifestaciones del llamado “orgullo gay” en las que homosexuales, gays, lesbianas y transexuales exhiben la bandera arcoíris y afirman el derecho a tener una sexualidad diferente a la heterosexual, que hasta hace bien poco era la única canonizada y defendida por las leyes y costumbres, mientras las otras eran condenadas y perseguidas.

    Nota: homosexual  es una palabra compuesta de la griega  ὅμοιος, homoyos, que significa “igual” y la latina sexualis, de sexus, sexual, sexo. Por lo tanto se refiere a los amores entre personas del mismo y sexo. Nada tiene que ver su origen pues con la palabra latina “homo” que significa hombre. Al amor entre personas de género masculino se le suele llamar, más específicamente “gay”, término inglés que en principio significa “alegre”; al amor entre mujeres, como queda indicado, se le llama “sáfico” o “lésbico”, por ser Lesbos el nombvre de la isla griega en la que vivió la poetisa Safo, que cantó el amor entre mujeres.  Estos términos parece que comenzaron a emplearse en la Francia Ilustrada del siglo XVIII. Transexual se refiere a quienes han “transformado” su sexo inicial o aparente hacia aquel con el que realmente se identifican.

    Pues bien, cuántas lecciones podemos extraer de los antiguos griegos y romanos. Quienes tenemos alguna edad, hemos contemplado impotentes la persecución irrefrenada de quienes no seguían el comportamiento sexual dominante, impuesto por la religión y las normas sociales, aunque actuaban  tan sólo como su naturaleza les exigía.

    También hemos asistido en los últimos años a una actitud de la sociedad y sus normas mucho más abierta, aceptando simplemente lo que la naturaleza crea. Esta actitud, que se va plasmando en normas y leyes de comportamiento social, desgraciadamente no se ha generalizo ni en todos los países, (son numerosos los que persiguen con dureza incomprensible los comportamientos homosexuales), ni en todas las personas, que por razones religiosas o por inercia cultural manifiestan un rechazo inaceptable que no produce sino dolor y sufrimiento a muchas personas.

    Quizás pueda ayudarnos a mantener una actitud absolutamente abierta conocer la normalidad con la que los antiguos aceptaban lo que la naturaleza engendraba.

    Conocida es la presencia e importancia que el amor homosexual, sobre todo el masculino, tenía en la antigua Grecia.  En otro momento trataré de ello y de la llamada “pederastia”, que nada tiene que ver con la “corrupción o relación sexual con menores”, entonces prohibida y hoy duramente perseguida y castigada por las leyes con toda justicia.

    Reproduciré un mito que Platón crea o recrea en su diálogo El banquete, subtitulado "Sobre el amor", en el que analiza ¿qué es el amor?, y que en realidad se refiere casi en exclusiva al amor homosexual.

    Platón recurre, como en otras ocasiones,  a un mito para explicar la realidad existente: hay  hombres que buscan a otros hombres, mujeres a otras mujeres y hombres y mujeres que buscan su complemento en seres del otro sexo. Si las cosas son así, simplemente habrá que buscar alguna explicación:

    Platón, El Banquete o del Amor,188c y ss.

    Voy a intentar daros a conocer el poder del Amor, y queda a vuestro cargo enseñar a los demás lo que aprendáis de mí. Pero es preciso comenzar por decir cuál es la naturaleza del hombre, y las modificaciones que ha sufrido.

    »En otro tiempo la naturaleza humana era muy diferente de lo que es hoy. Primero había tres clases de hombres: los dos sexos que hoy existen, y uno tercero compuesto de estos dos, el cual ha desaparecido conservándose sólo el nombre. Este animal formaba una especie particular, y se llamaba andrógino, porque reunía el sexo masculino y el femenino; pero ya no existe y su nombre está en descrédito. En segundo lugar, todos los hombres tenían formas redondas, la espalda y los costados colocados en círculo, cuatro brazos, cuatro piernas, dos fisonomías, unidas a un cuello circular y perfectamente semejantes, una sola cabeza, que reunía estos dos semblantes opuestos entre sí, dos orejas, dos órganos de la generación, y todo lo demás en esta misma proporción.

    Marchaban rectos como nosotros, y sin tener necesidad de volverse para tomar el camino que querían. Cuando deseaban caminar ligeros, se apoyaban sucesivamente sobre sus ocho miembros, y avanzaban con rapidez mediante un movimiento circular, como los que hacen la rueda con los pies al aire.

    La diferencia, que se encuentra entre estas tres especies de hombres, nace de la que hay entre sus principios. El sol produce el sexo masculino, la tierra el femenino, y la luna el compuesto de ambos, que participa de la tierra y del sol. De estos principios recibieron su forma y su manera de moverse, que es esférica. Los cuerpos eran robustos y vigorosos y de corazón animoso, y por esto concibieron la atrevida idea de escalar el cielo, y combatir con los dioses, como dice Homero de Efialtes y de Oto.

    Júpiter examinó con los dioses el partido que debía tomarse. El negocio no carecía de dificultad; los dioses no querían anonadar a los hombres, como en otro tiempo a los gigantes, fulminando contra ellos sus rayos, porque entonces desaparecerían el culto y los sacrificios que los hombres les ofrecían; pero, por otra parte, no podían sufrir semejante insolencia. En fin, después de largas reflexiones, Júpiter se expresó en estos términos:

    Creo haber encontrado un medio de conservar los hombres y hacerlos más circunspectos, y consiste en disminuir sus fuerzas. Los separaré en dos; así se harán débiles y tendremos otra ventaja, que será la de aumentar el número de los que nos sirvan; marcharán rectos sosteniéndose en dos piernas sólo, y si después de este castigo conservan su impía audacia y no quieren permanecer en reposo, los dividiré de nuevo, y se verán precisados a marchar sobre un solo pié, como los que bailan sobre odres en la fiesta de Caco.

    »Después de esta declaración, el dios hizo la separación que acababa de resolver, y la hizo lo mismo que cuando se cortan huevos para salarlos, o como cuando con un cabello se los divide en dos partes iguales. En seguida mandó a Apolo que curase las heridas y colocase el semblante y la mitad del cuello del lado donde se había hecho la separación, a fin de que la vista de este castigo los hiciese más modestos. Apolo puso el semblante del lado indicado, y reuniendo los cortes de la piel sobre lo que hoy se llama vientre, los cosió a manera de una bolsa que se cierra, no dejando más que una abertura en el centro, que se llama ombligo. En cuanto a los otros pliegues, que eran numerosos, los pulió, y arregló el pecho con un instrumento semejante a aquel de que se sirven los zapateros para suavizar la piel de los zapatos sobre la horma, y sólo dejó algunos pliegues sobre el vientre y el ombligo, como en recuerdo del antiguo castigo.

    Hecha esta división, cada mitad hacia esfuerzos para encontrar la otra mitad de que había sido separada; y cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, llevadas del deseo de entrar en su antigua unidad, con un ardor tal, que abrazadas perecían de hambre e inacción, no queriendo hacer nada la una sin la otra. Cuando la una de las dos mitades perecía, la que sobrevivía buscaba otra, a la que se unía de nuevo, ya fuese la mitad de una mujer entera, lo que ahora llamamos una mujer, ya fuese una mitad de hombre; y de esta manera la raza iba extinguiéndose.

    Júpiter, movido a compasión, imagina otro expediente: pone delante los órganos de la generación, por que antes estaban detrás, y se concebía y se derramaba el semen, no el uno en el otro, sino en tierra como las cigarras. Júpiter puso los órganos en la parte anterior y de esta manera la concepción se hace mediante la unión del varón y la hembra. entonces, si se verificaba la unión del hombre y la mujer, el fruto de la misma eran los hijos; y si el varón se unía al varón, la saciedad los separaba bien pronto y los restituía a sus trabajos y demás cuidados de la vida. De aquí procede el amor que tenemos naturalmente los unos a los otros; el nos recuerda nuestra naturaleza primitiva y hace esfuerzos para reunir las dos mitades y para restablecernos en nuestra antigua perfección. Cada uno de nosotros no es más que una mitad de hombre, que ha sido separada de su todo, como se divide una hoja en dos. Estas mitades buscan siempre sus mitades. Los hombres que provienen de la separación de estos seres compuestos, que se llaman andróginos, aman las mujeres; y la mayor parte de los adúlteros pertenecen a esta especie, así como también las mujeres que aman a los hombres y violan las leyes del himeneo. Pero a las mujeres, que provienen de la separación de las mujeres primitivas, no llaman la atención los hombres y se inclinan más a las mujeres; a esta especie pertenecen las tribactes. Del mismo modo los hombres, que provienen de la separación de los hombres primitivos, buscan el sexo masculino. Mientras son jóvenes aman a los hombres; se complacen en dormir con ellos  y estar en sus brazos; son los primeros entre los adolescentes y los adultos, como que son de una naturaleza mucho más varonil. Sin razón se les echa en cara que viven sin pudor, porque no es la falta de este lo que les hace obrar así, sino que dotados de alma fuerte, valor varonil y carácter viril, buscan sus semejantes; y lo prueba que con el tiempo son más aptos que los demás para servir al Estado. Hechos hombres a su vez aman los jóvenes, y si se casan y tienen familia, no es porque la naturaleza los incline a ello, sino porque la ley los obliga. Lo que prefieren es pasar la vida los unos con los otros en el celibato. El único objeto de los hombres de este carácter, amen o sean amados, es reunirse a quienes se les asemeja. Cuando el que ama a los jóvenes o a cualquier otro llega a encontrar su mitad, la simpatía, la amistad, el amor los une de una manera tan maravillosa, que no quieren en ningún concepto separarse ni por un momento. Estos mismos hombres, que pasan toda la vida juntos, no pueden decir lo que quieren el uno del otro, porque si encuentran tanto gusto en vivir de esta suerte, no es de creer que sea la causa de esto el placer de los sentidos. Evidentemente su alma desea otra cosa, que ella no puede expresar, pero que adivina y da a entender. Y si cuando están el uno en brazos del otro, Vulcano se apareciese con los instrumentos de su arte, y les dijese:

    '¡Oh hombres!, ¿qué es lo que os exigís recíprocamente?', y si viéndoles perplejos, continuase interpelándoles de esta manera: 'lo que queréis, ¿no es estar de tal manera unidos, que ni de día ni de noche estéis el uno sin el otro? Si es esto lo que deseáis, voy a fundiros y mezclaros de tal manera, que no seréis ya dos personas, sino una sola; y que mientras viváis, viváis una vida común como una sola persona, y que cuando hayáis muerto, en la muerte misma os reunáis de manera que no seáis dos personas sino una sola. Ved ahora si es esto lo que deseáis, y si esto  os puede hacer completamente felices.'

    Es bien seguro, que si Vulcano les dirigiera este discurso, ninguno de ellos negaría, ni respondería, que deseaba otra cosa, persuadido de que el dios acababa de expresar lo que en todos los momentos estaba en el fondo de su alma; esto es, el deseo de estar unido y confundido con el objeto amado, hasta no formar más que un solo ser con él. La causa de esto es que nuestra naturaleza primitiva era una, y que éramos un todo completo, y se da el nombre de amor al deseo y prosecución de este antiguo estado. Primitivamente, como he dicho, nosotros éramos uno; pero después en castigo de nuestra iniquidad nos separó Júpiter, como los arcadios lo fueron por los lacedemonios. Debemos procurar no cometer ninguna falta contra los dioses, por temor de exponernos a una segunda división, y no ser como las figuras presentadas de perfil en los bajorrelieves, que no tienen más que medio semblante, o como los dados cortados en dos. Es preciso que todos nos exhortemos mutuamente a honrar a los dioses, para evitar un nuevo castigo, y volver a nuestra unidad primitiva bajo los auspicios y la dirección del Amor. Que nadie se ponga en guerra con el Amor, porque ponerse en guerra con él es atraerse el odio de los dioses. Tratemos, pues, de merecer la benevolencia y el favor de este dios, y nos proporcionará la otra mitad de nosotros mismos, felicidad que alcanzan muy pocos.

    Que Eriximaco no critique estas últimas palabras, como si hicieran alusión a Pausanias y a Agaton, porque quizá estos son de este pequeño número, y pertenecen ambos a la naturaleza masculina. Sea lo que quiera, estoy seguro de que todos seremos  dichosos, hombres y mujeres, si, gracias al Amor, encontramos cada uno nuestra mitad, y si volvemos a la unidad de nuestra naturaleza primitiva. Ahora bien, si este antiguo estado era el mejor, necesariamente tiene que ser también mejor el que más se le aproxime en este mundo, que es el de poseer a la persona que se ama según se desea. Si debemos alabar al dios que nos procura esta felicidad, alabemos al Amor, que no sólo nos sirve mucho en esta vida, procurándonos lo que nos conviene, sino también porque nos da poderosos motivos para esperar, que si cumplimos fielmente con los deberes para con los dioses, nos restituirá él a nuestra primera naturaleza después de esta vida, curará nuestras debilidades y nos dará la felicidad en toda su pureza. He aquí, Eriximaco, mi discurso sobre el Amor. Difiere del tuyo, pero te conjuro a que no te burles, para que podamos oír los de los otros dos, porque aún no han hablado Agaton y Sócrates.»
    (Traducción de Patricio de Azcárate: Obras completas de Platón, tomo 5, Medina y Navarro, Madrid 1871)

    Nota:
    1. andrógino es una palabra compuesta de dos griegas andrós (hombre) y gyné (mujer), de donde deriva por ejemplo “ginecología”, según el Diccionario de la RAE "Parte de la medicina que trata de las enfermedades propias de la mujer".
    2. Parménides consideraba el Sol como el elemento masculino del universo, la Luna como el femenino y la Tierra como el resultado de la unión de ambos.

  • Unos discípulos muy crueles

    El poeta cristiano Prudencio escribió una serie de himnos en los que canta la muerte de numerosos mártires cristianos. Llamó a su obra “Peristephanon” o “Libro de las coronas”. Prudencio, conocedor de la retórica y literatura latina clásica, intenta integrar la tradición pagana con las ideas cristianas.

    En el poema número XI Prudencio canta el martirio de Hipólito, que sufrió una muerte similar a la del mítico Hipólito, despedazado por unos caballos. Nos dice Prudencio además que en su poema está describiendo la pintura que sobre la tumba de Hipólito representa su muerte. Es un ejemplo de écfrasis o descripción con palabras, verbalmente, de una obra visual, en este caso la pintura. Ver https://www.antiquitatem.com/hipolito-fedra-martirio-prudencio-seneca .

    Pues bien, en el poema número IX también Prudencio nos narra la muerte de otro mártir, Casiano de Imola, inspirada sin duda en otro suplicio de la época mítico-legendaria de Roma, la muerte del maestro de Falerias a manos de sus discípulos.

    Casiano es un maestro de escuela, especializado en taquigrafía, mártir que sufre una dolorosa muerte a manos también de sus propis discípulos, castigado por no aceptar dar culto a los dioses paganos. Al horror de la descripción del suplicio se une el sinsabor de que sean precisamente los jóvenes y tiernos alumnos los que paguen así los desvelos del maestro.

    Y como en el caso de Hipólito, también ahora nos dice describir la pintura que en la tumba representa la muerte del mártir, que curiosamente acaeció también un 13 de agosto, como la de Hipólito. Es, pues, otro ejemplo de écfrasis o ecfrasis.

    La descripción de la pintura no es menos truculenta y barroca en este caso que la del poema XI sobre Hipólito, respondiendo sin duda al modelo literario de la época y al deseo de conmover a un público devoto, pero fácilmente impresionable por el detallado y prolongado sufrimiento, que aquí se impone a la muerte gloriosa de todo mártir por razón de sus creencias. Curiosamente, Prudencio se entretiene con todo detalle, diríamos morboso, en la descripción del tormento, pero no comenta la actitud y de cómo lo sufre Casiano, de cuyas sensaciones nada nos dice.

    Más abajo ofrezco el texto íntegro del Poema IX de Prudencio.

    San Casiano, pues, sufre una pena fantasiosa, pero curiosamente relacionada con una tradición literaria pagana.  El historiador latino Tito Livio nos describe en su Ab urbe condita (Historia desde la fundación de la ciudad –Roma-) un episodio mítico legendario en el que sin duda se inspira Prudencio para recrear el martirio de Casiano.

    Nos cuenta Livio en 5, 27 cómo un maestro de escuela de unos niños faliscos, simulando que salían al campo fuera de las murallas, los llevó a los romanos, con los que peleaban, ofreciéndolos como instrumento para conseguir la rendición de los faliscos; los romanos de aquella época, hombres de honor, no aceptaron tal ofrecimiento sino que entregaron al maestro a los faliscos y a sus hijos para que fueran estos quienes le aplicaran el castigo merecido; los faliscos, impresionados por la virtud de los romanos, firmaron inmediatamente la rendición y la paz.

    Como decía, Prudencio se habría inspirado en este episodio legendario de Roma. Ahora bien, este episodio, si bien se pierde en la niebla de la leyenda de principios del siglo IV antes de Cristo, parece más verosímil y creíble que la reproducción de Prudencio del siglo IV-V después de Cristo. Ofrezco también más abajo el texto de Tito Livio.

    En cualquier caso la tradición mítica pagana sirvió de repertorio y modelo para modelar algunas historias de mártires cristianos.

    Martirio de San Casiano de Imola. Pintura de comienzos del siglo XVI realizada por Innocenzo Francucci

    Dice el poema de Prudencio en la traducción de M.José Bayo para  Editorial  Hernando. Año 1943:

    PASION DE SAN CASIANO, FORO CORNELIENSE

    Cornelio Sila construyó el foro y por eso, los italianos llaman a la ciudad por el mismo nombre del fundador. Al visitarte, oh Roma, grande entre todas, me nació aquí la esperanza del triunfo de Cristo.

    De rodillas daba vueltas al túmulo de Casiano que se exorna con sus restos. Mientras lloraba, meditando las heridas, agudos dolores y trabajos de mi vida y levantaba mi rostro al cielo, surgió, delante de mí, la imagen del mártir pintada en colores vivos.

    Tenía mil llagas, toda  su piel desgarrada y agujereada por diminutos picotazos todo su cuerpo. Alrededor multitud de niños de odioso aspecto clavaban en su cuerpo pequeños estilos, * como es costumbre escribir, en las tablillas de cera al dictado de las escuelas.

    Consultado el conservador de la sepultura, me dijo: “Lo que ves, viajero, no es cosa vana ni cuento de viejas. Refiere la pintura la historia que transmitida por libros nos comprueba la viva fe de aquel antiguo tiempo.

    Casiano dirigía las tareas infantiles y se sentaba en su cátedra como maestro de primeras letras, para enseñar a retener las palabras en breves notas y seguir con rasgos firmes las palabras que vuelan.

    Alguna vez sus duros castigos y su seria cara habían llenado de ira y miedo a la tropa infantil: siempre el maestro es amargo para el efebo y no hay disciplina que sea dulce para la infancia.

    La horrible tormenta opresora de la fe caía sobre el pueblo consagrado al Cristo. Fue apartado Casiano, el educador de la muchachada de alumnos, de sus clases porque habíase negado a rendir culto en los altares paganos.

    Buscaba el artífice de los tormentos alguno, que desconociera  este varón de alto espíritu rebelde; le informan: “dirige a una grey infantil a la que enseña a escribir al dictado”
    “Traédmelo, clama, traedme al prisionero para entregárselo a los niños mismos como verdugos; que se mofen de el, a su gusto, que le desgarren cuanto quieran y tiñan sus alegres manos de sangre del maestro.

    Será divertido juego, para los discípulos, entregarles a su serio profesor que demasiado tiempo los tuvo cohibidos” Las manos a la espalda y despojado del manto fue entregado Casiano al batallón de muchachos armados de agudos estiletes.

    Cada uno deja escapar con ansia, al cabo, la hiel a rienda suelta y el odio, que había ido almacenando en ira silenciosa. Lanzan y rompen, contra su cara,  pizarras frágiles y el puntero salta al chocar contra su frente.
    Chascan disparadas contra sus mejillas las tablillas de cera de la escritura y las páginas partidas y húmedas quedan rojas de sangre. Hacen otros vibrar en sus manos estiletes y punzones de hierro con cuya punta, trazando surcos, se escribe en la cera; de la cual, borrando los rasgos trazados, queda la rugosa plana de nuevo con la superficie brillante.
    Unos atraviesan al confesor de Cristo y otros, allí, le mutilan. Unos penetran en alguna víscera, otros le arrancan la piel.

    Doscientas manos pinchan, a la vez, su cuerpo y otras tantas gotas destilan simultáneamente sus heridas. En verdad que era peor verdugo el niño que perforaba su piel que el que penetraba hasta las vísceras íntimas; aquel, no propinándole golpe de muerte, conoce con su ligero herir el secreto de hacerse cruel; este, en cambio, cuanto más se adentra en las escondidas causas de la vida, en realidad proporciona más medicina, la de buscarle la muerte con ahínco.

    “Os lo ruego, sed fuertes, superad vuestros escasos años; ¡lo que falte a la edad suplidlo con refinamiento!”.

    En vano se esfuerzan en el intento débil: los tormentos crecen hasta fatigar al propio verdugo.

    “¿De qué te quejas? –dice uno-. Tú mismo nos entregaste el punzón y armaste de él nuestras manos. Ahora te devolvemos los muchos miles de señales que recibimos durante la enseñanza. No podrás irritarte de que escribamos. Nos enseñabas que nuestra mano derecha nunca debía tener quieto el estilo.

    ¡Pedimos tantas veces vacaciones negadas por ti, avaro maestro para nuestros trabajos!
    Nos divierte llenarte de punzadas unir surcos a surcos y encadenar las rayas dobladas.
    Anda, enmienda si quieres los renglones, si por acaso alguna mano los torció equivocándose; Ejerce tu autoridad; tienes derecho a castigar al discípulo que escriba más perezosamente”.

    Los niños se divertían así con el cuerpo de su maestro y aun se alargaba el ya largo tormento. Por fin compadeció el Cristo, desde cielo, de su luchador, suelta la armazón del pecho y libera al alma de congojoso trabajo, afloja los lazos que la atan a la tierra y deja escapar el misterio de la vida.

    De la más profunda fuente de las venas abandona la sangre, sus entrañas, por camino de par en par abierto; y el calor de la vida que bulle en ellas sale por los numerosos boquetes de su taladrado cuerpo.

    “Estas son, viajero, las cosas que ves pintadas a lo vivo; y la gloria de Casiano. Si tienes algún deseo justo, que te sea muy querido, si esperas algo con  ansiedad, si te arde algo por dentro, ¡exprésalo!

    Créeme, el mártir, en su prosperada vida, atiende todos los ruegos y nos devuelve conseguidos los  aprobables. Yo obedezco; abrazo el túmulo; vierto también lágrimas. Se caldea el altar de mi aliento y la piedra con mi pecho.

    Medito entonces en mis ansiedades secretas y murmuro lo que deseo: A mis espaldas abandoné mi patria bajo dudosa fortuna y vacilaba mi esperanza sobre el bien futuro.
    Me dirijo a la ciudad. He sido oído. Tengo buenas noticias. Voy a volver a mi patria. Delante llevaré siempre el nombre de Casiano.

    Nota: * estilete o punzón utilizado para escribir en las tablillas de cera, como el mismo poeta aclara.

    PASSIO SANCTI CASSIANI FOROCORNELIENSISI
    Sylla Forum statuit Cornelius; hoc Itali urbem
    uocant ab ipso conditoris nomine.
    Hic mihi, cum peterem te, rerum maxima Roma,
    spes est oborta prosperum Christum fore.
    Stratus humi tumulo aduoluebar, quem sacer ornat
    martyr dicato Cassianus corpore.
    Dum lacrimans mecum reputo mea uulnera et omnes
    uitae labores ac dolorum acumina,
    erexi ad caelum faciem, stetit obuia contra
    fucis colorum picta imago martyris
    plagas mille gerens, totos lacerata per artus,
    ruptam minutis praeferens punctis cutem.
    Innumeri circum pueri—miserabile uisu—
    confossa paruis membra ligebant stilis,
    unde pugillares soliti percurrere ceras
    scholare murmur adnotantes scripserant.
    Aedituus consultus ait: 'quod prospicis, hospes,
    non est inanis aut anilis fabula;
    historiam pictura refert, quae tradita libris
    ueram uetusti temporis monstrat fidem.
    Praefuerat studiis puerilibus et grege multo
    saeptus magister litterarum sederat,
    uerba notis breuibus conprendere cuncta peritus
    raptimque punctis dicta praepetibus sequi.
    Aspera nonnumquam praecepta et tristia uisa
    inpube uulgus mouerant ira et metu;
    doctor amarus enim discenti semper efybo
    nec dulcis ulli disciplina infantiae est.
    Ecce fidem quatiens tempestas saeua premebat
    plebem dicatam christianae gloriae.
    Extrahitur coetu e medio moderator alumni
    gregis, quod aris supplicare spreuerat.
    Poenarum artifici quaerenti, quod genus artis
    uir nosset alto tam rebellis spiritu,
    respondent: 'agmen tenerum ac puerile gubernat
    fictis notare uerba signis inbuens.'
    'Ducite', conclamat, 'captiuum ducite, et ultro
    donetur ipsis uerberator paruulis.
    Vt libet, inludant, lacerent inpune manusque
    tinguant magistri feriatas sanguine;
    ludum discipulis uolupe est ut praebeat ipse
    doctor seuerus, quos nimis coercuit.'
    Vincitur post terga manus spoliatus amictu,
    adest acutis agmen armatum stilis.
    Quantum quisque odii tacita conceperat ira,
    effundit ardens felle tandem libero.
    Coniciunt alii fragiles inque ora tabellas
    frangunt, relisa fronte lignum dissilit,
    buxa crepant cerata genis inpacta cruentis
    rubetquc ab ictu curta et umens pagina.
    Inde alii stimulos et acumina ferrea uibrant,
    qua parte aratis cera sulcis scribitur,
    et qua secti apices abolentur et aequoris hyrti
    rursus nitescens innouatur area.
    Hinc foditur Christi confessor et inde secatur,
    pars uiscus intrat molle, pars scindit cutem.
    Omnia membra manus pariter fixere ducente
    totidemque guttae uulnerum stillant simul.
    Major tortor erat, qui summa pupugerat infans,
    quam qui profuuda perforarat uiscera,
    ille leuis, quoniam percussor morte negata
    saeuire solis scit dolorum spiculis,
    hic, quanto interius uitalia condita pulsat.
    plus dat medellae, dum necem prope applicat.
    'Este, precor, fortes et uincite uiribus annos,
    quod defit aeuo, suppleat crudelitas!'
    Sed male conatus tener infirmusque laborat,
    tormenta crescunt, dum fatiscit carnifex.
    'Quid gemis?' exclamat quidam, 'tute ipse magister
    istud dedisti ferrum et armasti manus.
    Reddimus ecce tibi tam milia multa notarum,
    quam stando, flendo te docente excepimus.
    Non potes irasci, quod scribimus; ipse iubebas,
    numquam quietum dextera ut ferret stilum.
    Non petimus totiens te praeceptore negatas,
    auare doctor, iam scholarum ferias.
    Pangere puncta libet sulcisque intexere sulcos,
    flexas catenis inpedire uirgulas.
    Emendes licet inspectos longo ordine uersus,
    mendosa forte si quid errauit manus,
    exerce imperium, ius est tibi plectere culpam,
    si quis tuorum te notauit segnius.'
    Talia ludebant pueri per membra magistri
    nec longa fessum poena soluebat uirum.
    Tandem luctantis miseratus ab aethere Christus
    iubet resolui pectoris ligamina
    difficilesque moras animae ac retinacula uitae
    relaxat artas et latebras expedit.
    Sanguis ab interno uenarum fonte patentes
    uias secutus deserit praecordia
    totque foraminibus penetrati corporis exit
    fibrarum anhelans ille uitalis calor.
    'Haec sunt, quae liquidis expressa coloribus, hospes,
    miraris, ista est Cassiani gloria.
    Suggere, si quod habes iustum uel amabile uotum,
    spes si qua tibi est, si quid intus aestuas!
    Audit, crede, preces martyr prosperrimus omnes
    ratasque reddit, quas uidet probabiles.'
    Pareo: conplector tumulum, lacrimas quoque fundo,
    altar tepescit ore, saxum pectore.
    Tunc arcana mei percenseo cuncta laboris,
    tunc, quod petebarn, quod timebam, murmuro:
    et post terga domum dubia sub sorte relictam
    et spem futuri forte nutantem boni.
    Audior, 'urbem adeo, dextris successibus utor,
    domum reuertor, Cassianum praedico.

    Dice Titlo Livio, 5, 27

    Tenían los Faliscos la costumbre servirse de la misma persona como maestro y acompañante de sus hijos y al mismo tiempo encomendar al cuidado de una sola persona a muchos niños, lo que todavía hoy se sigue haciendo en Grecia. Como ocurre de ordinario, enseñaba a los hijos de las personas principales el que parecía sobresalir por su ciencia. Este hombre, en época de paz, se había acostumbrado a sacar a los niños fuera  de la ciudad para jugar y para hacer ejercicios. Como la costumbre no se había interrumpido en tiempos de guerra, llevándolos jugando y con engañosas palabras desde la puerta unas veces a distancia más corta y otras más larga, llevó el asunto más allá de lo acostumbrado y avanzando entre las posiciones de los enemigos, los condujo al campamento romano y al Pretorio ante Camilo. Allí añadió a su acción criminal unas palabras más criminales aún. Que él había entregado los Faliscos a los romanos en sus manos, cuando les entregaba a su poder aquellos niños cuyos padres eran allí los jefes de todas las cosas. Cuando Camilo oyó estas cosas le dijo: gran criminal no has venido ante alguien semejante a ti, ni pueblo ni general con un regalo criminal. No tenemos con los Faliscos ninguna unión que se haga con un pacto humano; pero tenemos ambos y tendremos  la unidad que produce la propia naturaleza; hay derechos propios de la guerra como los hay de la paz y hemos aprendido a llevar a cabo aquellos con no menos justicia que valentía. Disponemos de armas no contra esta edad que también se perdona cuando se conquistan las ciudades, sino contra los que están armados como nosotros mismos, y que ni ofendidos ni provocados por nosotros, atacaron el campamento romano junto a Veyes. Tú los has vencido a estos en maldad con un nuevo crimen como el que hay en ti. Yo los venceré con las artes romanas, con el esfuerzo el trabajo y las armas, como vencí a Veyes. Luego desnudo y con las manos atadas a la espalda lo entregó a los niños para que lo condujeran de vuelta a Faleria, y les dio unos bastones con los empujarle dándole golpes hasta la ciudad. En primer lugar acudió el pueblo a este espectáculo y después de convocado el senado por los magistrados sobre la nueva situación, se produjo tal cambio de parecer en sus ánimos que los poco antes enfurecidos por el odio y la ira preferían sufrir el final de Veyes antes que disfrutar de la paz de los de Capena, ahora pedían la paz con toda la ciudad. Se alaban en el foro y en la curia el honor romano y la justicia de su general; con el acuerdo de todos marchan legados a Camilo al campamento y desde allí con el permiso de Camilo al Senado de Roma para entregar Faleria. Introducidos en el Senado, hablaron de esta manera: “padres conscriptos, vencidos por vosotros  y por vuestro general  con una victoria que ni dios ni hombre alguno pueden ver negativamente,  nos entregamos a vosotros, pensando, y nada puede haber más hermoso para el vencedor, que es mejor vivir bajo vuestro mando que bajo nuestras leyes. Con ocasión  de esta guerra se han mostrado dos ejemplos muy saludables para el género humano: vosotros habéis preferido el honor en la guerra que una victoria al alcance de la mano; nosotros, movidos por vuestro honor os hemos dado de buen grado la victoria; estamos a vuestra disposición; enviad a quienes reciban nuestras armas, quienes reciban nuestros rehenes, quienes reciban nuestra ciudad con las puertas abiertas. Y no nos arrepentiremos ni vosotros de nuestra fidelidad ni nosotros de vuestro gobierno”. Se dieron las gracias a Camila por parte de los enemigos y por parte de sus ciudadanos. Se exigió a los Faliscos dinero para la paga de los soldados de aquel año para que el pueblo romano se viese libre de impuestos, y una vez concedida a paz, el ejército romano se volvió a Roma.

     mos erat Faliscis eodem magistro liberorum et comite uti, simulque plures pueri, quod hodie quoque in Graecia manet, unius curae demandabantur. principum liberos, sicut fere fit, qui scientia videbatur praecellere erudiebat.  is cum in pace instituisset pueros ante urbem lusus exercendique causa producere, nihil eo more per belli tempus intermisso, modo brevioribus modo longioribus spatiis trahendo eos a porta lusu sermonibusque variatis, longius solito ubi res dedit progressus inter stationes eos hostium castraque inde Romana in praetorium ad Camillum perduxit.  ibi scelesto facinori scelestiorem sermonem addit,  Falerios se in manus Romanis tradidisse, quando eos pueros quorum parentes capita ibi rerum sint in potestatem dediderit.  quae ubi Camillus audivit, “non ad similem” inquit “tui nec populum nec imperatorem scelestus ipse cum scelesto munere venisti.  nobis cum Faliscis  quae pacto fit humano societas non est: quam ingeneravit natura utrisque est eritque. sunt et belli sicut pacis iura, iusteque ea non minus quam fortiter didicimus gerere.  arma habemus non adversus eam aetatem cui etiam captis urbibus parcitur, sed adversus armatos et ipsos, qui nec laesi nec lacessiti a nobis castra Romana ad Veios oppugnarunt.  eos tu quantum in te fuit novo scelere vicisti: ego Romanis artibus, virtute opere armis, sicut Veios vincam.”  denudatum deinde eum manibus post tergum inligatis reducendum Falerios pueris tradidit, virgasque eis quibus proditorem agerent in urbem verberantes dedit.  ad quod spectaculum concursu populi primum facto, deinde a magistratibus de re nova vocato senatu tanta mutatio animis est iniecta ut qui modo efferati odio iraque Veientium exitum paene quam Capenatium pacem mallent, apud eos pacem universa posceret civitas.  fides Romana, iustitia imperatoris in foro et curia celebrantur; consensuque omnium legati ad Camillum in castra, atque inde permissu Camilli Romam ad senatum, qui dederent Falerios proficiscuntur.  introducti ad senatum ita locuti traduntur: “patres conscripti, victoria cui nec deus nec homo quisquam invideat victi a vobis et  imperatore vestro dedimus nos vobis, rati, quo nihil victori4 pulchrius est, melius nos sub imperio vestro quam legibus nostris victuros.  eventu huius belli duo salutaria exempla prodita humano generi sunt: vos fidem in bello quam praesentem victoriam maluistis; nos fide provocati victoriam ultro detulimus.  sub dicione vestra sumus; mittite qui arma, qui obsides, qui urbem patentibus portis accipiant.  nec vos fidei nostrae nec nos imperii vestri paenitebit.” Camillo et ab hostibus et a civibus gratiae actae. Faliscis in stipendium militum eius anni, ut populus Romanus tributo vacaret, pecunia imperata. pace data exercitus Romam reductus.