Categoría: Cultura

  • Intelectuales frente al poder (II)

    Los poderosos, detentadores de la fuerza y la violencia, generalmente han desconfiado de los pensadores, aunque se ven obligados a vivir con ellos. El tema del encuentro conflictivo del rey y el sabio es un tópico mundial. Véase https://www.antiquitatem.com/diogenes-alejandro-intelectual-politico. Platón imaginó una República en la que los gobernantes fueran los filósofos, los sabios, los intelectuales, constituidos en casta con una especial educación. El intento de Platón por hacer realidad su teoría en Sicilia con Dioniso el Viejo y luego con su hijo fue un completo fracaso. Probablemente el rey no puede convertirse en filósofo, porque se plantearía su propia condición de rey, ni el filósofo pueda ser rey, porque en el ejercicio del poder dejaría de ser filósofo. En consecuencia parece que están condenados a coexistir.

    La historia nos enseña cómo en ese encuentro entre la fuerza y la inteligencia, en el debate intelectual moralmente siempre vence la inteligencia, pero en la práctica siempre se impone la fuerza.

    Al sabio, al intelectual, le quedan, pues, tres opciones: plegarse servilmente al poder (lo hacen la mayoría), criticar abiertamente al poder (lo hacen unos pocos), alejarse prudentemente del poder (no me atrevo a aventurar una proporción, pero no serán pocos).

    Una cita de Estobeo refiriendo una anécdota de Antístenes el cínico describe perfectamente esta actitud. Estobeo nos dice que cuando se le preguntaba a Antístenes hasta qué punto había que implicarse en las cosas públicas o en los asuntos de la ciudad, respondía:

    Preguntado Antístenes cómo se debe acercar uno a la política, respondió: como al fuego, ni demasiado cerca para no quemarse ni demasiado lejos para no helarse.  (Estobeo. Florilegio,XLV,28).

    Estobeo es un autor griego que escribe en griego, pero su obra fue traducida al latín en el Humanismo. Así en la versión latina de Conrado Gesnero (1516-1565) , editado por Christoph Froschoverus, año 1544, en Suiza, dice  en el capítulo XLIII, en la página 313 (en la edición de Thomas Gaisford corresponde al Título XLV):

    Antisthenes interrogatus quomodo ad rempublicam accedendum sit, respondit: ut ad ignem, neque nimis prope ne uraris, neque longius ne frigeas.

    Parece, pues, que al filósofo le corresponde la actitud contestaría frente al poder, porque si deciden vivir a la sombra del poder, pronto abandonarán su espíritu crítico y libre. Esta es desde luego la actitud de los “cínicos”.

    Antístenes, el creador de la escuela y maestro de Diógenes,  escribió según Diógenes Laercio un libro sobre Aspasia, la mujer de Pericles y otro sobre Alcibiades, en los que sin duda les critica sus defectos.

    Nos lo confirma Ateneo, en su “Banquete de los eruditos”. Hablando del carácter maldiciente de los filósofos, dice de Antístenes, que critica la vida inmoral de Alcibíades,  en V, 220 C-D-E:

    Antístenes, en el segundo de sus Ciro, afirma, vituperando a Alcibíades, que era un criminal en lo que a las mujeres se refiere, y en las restantes facetas de su vida, pues asegura que se acostaba con su madre, con su hija y con su hermana, como los persas.

    Y poco después, en la misma cita, refiriéndose y criticando a  Pericles:

    …;  Aspasia, una calumnia contra Jantipo y Páralo, los hijos de Pericles. En efecto, sostiene que uno de ellos era favorito de Arquéstrato, el cual desempeñaba un oficio semejante al de las mujeres en los burdeles de mala muerte, y que el otro era íntimo y seguidor de Eufemo, que acostumbraba a burlarse vulgar y fríamente de quienes se encontraban con él.

    Y para confirmar este carácter maldiciente de los filósofos sigue diciendo Ateneo de Antístenes en el mismo texto:

    Además, vil y groseramente le cambió el nombre a Platón por el de Satón*, y con este título publicó un diálogo contra él. En efecto, a estos hombres ningún magistrado les parece honrado, ningún estratego sensato, ningún sofista digno de consideración, ningún poeta útil, ningún pueblo prudente, salvo Sócrates, ….

    * Nota: Para entender la vileza en el cambio de nombre a Platón es necesario conocer que el nombre griego Sáthon, con el que solían llamar las nodrizas a los niños, deriva de sáthe, uno de los términos para designar al miembro viril.
    (Traducción y nota de Lucía Rodrïguez-Noriega Guillén. Editorial Gredos)

    Así que ya el primero de los cínicos se mostró crítico con los poderosos de su época, y marcó el camino a seguir por el resto de los cínicos. Diógenes superó con creces al maestro en la acritud con la despreció a los poderosos.

    Antístenes prefería al verdugo que da muerte al malhechor que al tirano que mata inocentes. Asi en  Estobeo.Florilegio,M.49.47 (en un título que en latín se titula De uituperio tyrannidis ) .

    El  filósofo Antístenes prefería en piedad a los verdugos antes que a los tiranos; a una persona que le preguntó el motivo le respondió: porque el verdugo mata a hombres injustos, pero el tirano mata también a inocentes. ('Stoboe., tit. , XLIX, 47, Gaisf., p. 359.)

    En la version latina citada se corresponde con el Título XLVII y dice en la pág. 343 de la citada edición:

    Antithenes philosophus carnifices tyrannis in pietate praeferebat, cuius causam interroganti cuidam respondit: a carnifice quidem homines iniusti interimuntur; a tyranno autem etiam insontes.

    Antístenes, criticando duramente el ansia insaciable de riquezas dijo, según Stobeo, t. X, 12, Thomas Gaisford., p. 294 (Citado a su vez por Chappuis, Antisthenè, Edit. Pág, 98):

    Quien ama el dinero no puede ser una persona de bien, ni como rey ni en la vida privada.

    En la traducción latina de citada está en el Tit. VIII, y dice:

    Avarus nemo bonus, neque rex, neque liber esse potest

    Es la misma actitud que mantiene Diógenes, según cuenta Diógenes Laercio en VI, 43

    “Y cuenta Dionisio el Estoico que, tras la batalla de Queronea, fue conducido prisionero ante Filipo; y preguntándole éste quién era, dijo: ‘El explorador de tu insaciabilidad’; admirado de lo cual aquel le dejó libre.”

    Antístenes desprecia a quienes imponen su delirio a los demás y limitan la libertad de los individuos.

    Esta actitud  contestataria se puso de manifiesto en el relato citado de los encuentros entre Diógenes y Alejandro que ya comenté.

    Por cierto, que Alejandro tuvo por maestro a Aristóteles, llevaba consigo un ejemplar de la Iliada de Homero y respetó y no destruyó la casa de Píndaro en Tebas en reconocimiento de sus valores literarios, pero eso no le impidió actuar con enorme crueldad en muchas ocasiones.

    La diferente actitud de Diógenes y Platón ante los poderosos queda perfectamente dibujada en esta anécdota que cuenta Diógenes Laercio en VI,58:

    Algunos afirman que fue él también a quien Platón, viéndole lavar verduras, se le acercó y le dijo al oído: “Si sirvieras a Dioniso (de Siracusa) no estarías lavando verduras”; y élle respondió asimismo al oído: “Y tú, si lavaras verduras, no estarías sirviendo a Dioniso”

    Otra anécdota nos muestra cómo a Diógenes no le impresiona Alejandro y sus acciones, obras al fin y al cabo de un “misero” ser humano; nos lo cuenta Laercio en VI,44:

    “Cuando Alejandro mandó una vez a Antípatro una carta a Atenas por vía de un tal Atilio (palabra que significa “mísero”), Diógenes, que se hallaba presente dijo: “Mísera misiva de mísero a mísero, por vía de Mísero” (taducción de Luis Andrés Bredow.Edit.Lucina)

    De similar manera Diógenes rechazó la petición de que le visitara que le hizo Crátero, general de Alejandro Magno y uno de sus herederos a su muerte. Nos lo cuenta Laercio en VI,57:

    Cuando Crátero le pidió que lo visitara, dijo: Pues yo prefiero lamer sal en Atenas antes que disfrutar de la prodigiosa hospitalidad de Crátero”.

    Este mismo Diógenes, según cuenta el otro Diógenes, el Laercio, en VI,50,  cuando un tirano le preguntó cuál era el mejor bronce para construir una estatua respondió:

    ”Preguntándole un tirano cuál era el mejor bronce para las estatuas, dijo: aqul del que se hacen los Harmodio y los Aristogitón” .

    Nota: Harmodio y Aristogitón, muertos en el 514 a.C., fueron los que acabaron con el tirano Hiparco de Atenas y por eso se les conoce como los Tiranicidas. Fueron considerados como unos héroes y restauradores de la libertad. Por ello se les levantó una estatua construida por Antenor.

    Nota: Tiranicidio, del griego τύραννος / tyrannos, "tirano" y del latín –cido, de caedo,  "matar."

    También Diógenes le decía a gritos al tirano Dioniso de Siracusa, destituido y reducido a la condición de simple ciudadanos:

    “¡Cómo llevas una vida indigna de ti! No deberías vivir aquí, con nosotros, libremente y con toda seguridad, sino que convendría que estés encerrado allá con los tiranos como tu padre y que llevaras esa vida hasta la vejez”. (Plutarco,Moralia,783.D)

    Hay una anécdota más de Diógenes que parece anticipar uno de nuestros males actuales. Cuenta la anécdota que un día  vio en las calles de Atenas a un ladrón que había robado un jarrón de propiedad del tesoro y lo llevaban detenido  dos guardias. Diógenes dijo, en Diógenes Laercio, Vida de Diógenes, VI, 45:

    “Viendo una vez a los guardianes de un templo llevándose preso a uno de los administradores que había robado una copa, dijo: “Los grandes ladrones se llevan al pequeño”

    Los dos guardias son, naturalmente, los representantes del poder institucionalizado. La justicia no sólo no era ni es igual para todos, sino que la persecución del pequeño delincuente parece encubrir la permisividad con los grandes delitos económicos. Con demasiada abundancia estamos asistiendo a la impunidad de quienes hunden grandes empresas bancarias que han de ser rescatadas con dinero de todos o dilapidan el dinero público.

    Cuando en otra ocasión le preguntaron a Diógenes cuáles eran los animales más feroces, respondió,según Antonio y Maximo. De lucri cupiditate,226:

    “En las montañas los osos y los leones; en las ciudades los funcionarios y los sicofantas”

    Diogenes interrogatus, quaenam essent ferae pessimae, dixit: In montibus ursi et leones,in civitatibus vero publicani et sycophantae

    Nota: losSicofantas son los delatores.

    Laercio lo cuenta de manera incomprensible por incompleto en VI,51. Conviene saberlo para comprender alguna de las dificultades que tiene la transmisión de los textos antiguos:

    Preguntado cuál es el más dañino de los animales, dijo: “De los salvajes el delator; de los domésticos, el adulador”

    También otros cínicos, como Crates, uno de los más famosos discípulos del “Perro”, como dice Laercio (VI, 85), que por cierto formó pareja con una de las pocas mujeres griegas de las que conocemos su nombre y hechos, Hiparquia, filósofa también cínica locamente enamorada de él, también desprecia el enorme poder de Alejandro que tantas ciudades destruyó y construyó. Nos cuenta Diógenes Laercio en VI, 93:

    A Alejandro, quien le preguntó si quería que se reconstruyera su ciudad natal (Tebas), le contestó: “¿Para qué? Acaso luego otro Alejandro la volverá a destruir”.

    La tarea del filósofo es la de la resistencia, la insurrección,la rebelión, la insumisión.
    En el  artículo anterior comentaba, como decía, la actitud irrespetuosa y contestaría del filósofo cínico Diógenes de Sinope. Los fiolósofos “perros”,  los cínicos, son en la Antigüedad el prototipo de pensador antisistema, anarcoide y libertario y por tanto muy críticos con el poder.

    Diógenes es el más famoso representante de esta línea de pensamiento o escuela que no llega a plasmar sus ideas en obras sistemáticas de pensamiento, si bien es cierto que son muy pocos los restos que nos quedan de lo que escribieron.

    Pues bien, además de Diógenes hay otros muchos ejemplos de intelectuales que critican al poderoso y con ello al poder, sufriendo las duras consecuencias del castigo real. La mayor parte de ellos fueron cínicos pero también fueron  estoicos.

    La actitud de los cínicos es de enfrentamiento directo “y a voces” con los poderosos y con los ciudadanos. Los estoicos son más prudentes.

    Puede reflejar esta actitud un fragmento de la Carta 103 de Séneca a Lucilio en la que le aconseja que desconfíe de los hombres, porque pueden hacer mucho mal a otros hombres, y que se refugie en la filosofía; pero que no ejerza la filosofía con altanería:

    Séneca, Cartas a Lucilio, 103, 4:

    ……. Pero refúgiate tanto como puedas en la filosofía: en su seno hallarás protección y en ese santuario estarás seguro, por lo menos más seguro. No tropiezan unos con otros sino cuando siguen la misma vía. Pero no uses la filosofía con jactancia: para muchos fue causa de peligro el hecho de haberla conducido por caminos de altanería y arrogancia: es menester que te cures de los vicios sin retar a los demás hombres. No menosprecies las costumbres públicas, ni procedas de tal modo que parezcas condenar todo lo que no sea ella misma. La sabiduría puede andar sin pompa y sin malevolencia. Consérvate bueno.

    Quantum potes autem, in philosophiam recede: illa te sinu 1 suo proteget, in huius sacrario eris aut tutus aut tutior. Non arietant inter se nisi in eadem ambulantes via. 2 Ipsam autem philosophiam non debebis iactare; multis fuit periculi causa insolenter tractata et contumaciter.
    [5] Tibi vitia detrahat, non aliis exprobret. Non abhorreat a publicis moribus nec hoc agat, ut quicquid non facit, damnare videatur. Licet sapere sine pompa, sine invidia. VALE.

    Y sin embargo una de las funciones sociales de la filosofía es la de ser crítica con el poder y el poderoso.  Quizás no con la pasión con la que se expresaba Crates  pero tampoco con la pasividad que hace que hoy la filosofía no solo no sea una norma de vida y conducta, sino que la ha reducido a pura teoría y estudio libresco.

    Decía Crates, en Diógenes Laercio, VI, 92:

    “Decía que hay que filosofar hasta el punto de que los generales nos parezcan ser arrieros de acémilas”.

    Esta actitud crítica de los filósofos antiguos frente al poder nos sugiere plantear el papel hoy de la filosofía…

    Pero, ¿juega hoy algún papel la filosofía en la sociedad? ¿No hace demasiado tiempo que quedó confinada en la escuela, reducida al estudio de los libros de filosofía sin relación alguna con la vida de la calle? Como dijo Nietzsche en Conversaciones intempestivas,3a,2  (Schopenhauer como educador):

    “La única crítica posible de una filosofía, la que demuestra algo, la que consiste en ver si se puede vivir con arreglo a dicha filosofía, jamás ha sido enseñada en las universidades, que se contentan con hacer una crítica de palabras con palabras,”

    Nietzsche, Unzeitgemäße Betrachtungen (Schopenhauer als Erzieher)

    Die einzige Kritik einer Philosophie, die möglich ist und die auch etwas beweist, nämlich zu versuchen, ob man nach ihr leben könne, ist nie auf Universitäten gelehrt worden: sondern immer die Kritik der Worte über Worte.

    Más aún, podemos incluso preguntarnos: ¿Tienen sentido hoy en nuestra sociedad “filósofos cínicos”?  ¿No son tan necesarios ahora como hace 2000 años los intelectuales o "filósofos" críticos con el poder, ahora globalizado y en manos de unos pocos?

  • Todos los caminos conducen a Roma(Omnes viae Romam ducunt)

    Hoy no, pero hace dos mil años ciertamente todos los caminos conducían a Roma, que era la capital de un enorme imperio. Más de 380 vías principales o calzadas con más de 80.000 kms., permitían a sus legiones, a sus funcionarios, a sus ciudadanos salir y acudir con facilidad a la capital, Roma. Es curioso constatar cómo la dirección de todas las carreteras marcaban Roma como destino final, como si de los rayos o radios de una enorme circunferencia se tratara. Se extienden desde las Columnas de Hércules en Hispania o el “muro de Adriano” en Escocia hasta el Éufrates en Mesopotamia, del norte de Alemania hasta el desierto norteafricano. De ahí el dicho todos los caminos conducen a Roma.

    Esas 380 vías principales, (algunos citan tal vez con más exactitud 372, que son las que relaciona el Itinerarium Antonini del que más adelante hablaré, 34 de ellas referidas a Hispania),  que solían recibir el nombre de su promotor, iban confluyendo unas en otras hasta llegar a la capital, Roma, en la que entran 19, diecinueve: Salaria y Nomentana que confluían ya dentro de la muralla Aureliana; Tiburtina, a la que se unía la Collatina; La Praenestina y Labicana que se unían a otras dos, las LatinaAppiaSacra; Ardeatina que se unía a la Ostiensis que venía del puerto; Septizonium; Portuensis; Aurelia que se unía a la Portuensis; y la Flaminia.

    mapas del mundo antiguo en época de Adriano
    Mapa general en época de Adriano (125)
    mapa de las antiguas calzadas romanas
    Mapa de las antiguas calzadas romanas

    Nota: se llaman también “calzadas”, con un término del latín vulgar,  *calciāta , que significa camino empedrado; “calciata” deriva de calx,-cis, que significa piedra caliza (en español existen también cal, calcáreo, cálcico,calcificar y calcificación, calcinar,(compuesto de calx, cal y cinis,-eris, ceniza,por extensión, convertir cualquier cosa en  cenizas.) encalar, cálculo… (véase: https://www.antiquitatem.com/calculo-numeracion-romana-calcular ) No debe relacionarse el término con calzado, sustantivo y también participio del verbo calzar, que deriva de calzeus, derivado a su vez de otro calx,-cis que significa “talón”, de donde calcaño y calcañar, parte posterior de la planta del pie.

    Las vías se llaman también “viae stratae”, carreteras constituidas por estratos superpuestos de distintos tipos de piedra y grava, que las han hecho eternas. Precisamente de este nombre de las vías derivan el   italiano “strada”, inglés street, alemán Straße, holandés straat, gallego y portugués estrada.

    Una curiosidad: “Carretera” deriva de carreta y esta de carro, que tal vez no es originariamente una palabra latina sino celta, “carros”. Esto nos remite a la consideración de la importancia del llamado “substrato celta” en muchos de los territorios dominados por Roma. Por otra parte el “celta” está muy relacionado con el Latín porque ambas son lenguas indoeuropeas. Precisamente la raíz indoeuropea de esta palabra podría ser “*kers» , de la que también derivan o están relacionadas currere, (correr), cursar, corcel, sucursal, acosar de un previo “accursus”, etc.
    En otra ocasión hablaremos de las vías en general y de las de Hispania en particular.

    mapa de las vías romanas en España
    Mapa de las vías romanas en España

    Nota: Diré hoy, como curiosidad, que una de las vías más famosas en España, utilizada o conservada todavía hoy en muchos tramos, es la conocida como “Vía de la Plata”, que iba de Mérida (Augusta Emerita) hasta Astorga (Asturica Augusta), cuyo nombre nada tiene que ver con el del mineral tan apreciado en el mundo antiguo; en latín se llamaba “argentum”, nombre que sin duda le recordará al lector algunos derivados (argentífero, argénteo…). El nombre deriva de la denominación en el árabe de la época andalusí vía al-Balat, camino empedrado.

    Pues bien, en esta enorme red las vías eran señalizadas con hitos o mojones que marcaban las distancias y de paso recordaban a los autores o favorecedores de la carretera para su mayor honra y gloria. Esos hitos se llamaban miliarios porque se colocaban cada mil pasos, (una milla equivale a 1481 metros aproximadamente), como hoy los kilómetros se colocan cada mil metros una vez que aplicamos el sistema métrico decimal.

    Miliarios romanos de la localidad de Carcaboso (Cáceres)
    Miliarios de la localidad de Carcaboso (Cáceres)

    Como las vías o carreteras partían o llegaban a Roma como los radios de una enorme circunferencia, allí estaba colocado el miliario “0” como punto central, como hoy existe en la Puerta del Sol de Madrid el Kilómetro “0”,  del que parten todas las carreteras radiales que llegan a los rincones de España.

    Es curioso constatar cómo los Estados centralizados tuvieron en la Antigüedad como tienen hoy una disposición y estructura radial: para ir de una ciudad a otra se ha de pasar por el centro, en el que confluyen todos los caminos.

    Ese miliario 0 romano no se llamaba realmente así, porque los romanos no manejaban el cero, sino que para remarcar su importancia central le llamaron milliarium aureum, miliario de oro,  porque era de bronce bañado en oro, y fue colocado en el Foro, junto al templo de Saturno,  por Augusto en el año 20 antes de Cristo. Debió tener 3,45 metros de alto y 1,15 de diámetro la columna.

    Las distancias se medían por referencia a él.  No se conoce la inscripción grabada en esa columna, tal vez tan sólo el nombre el emperador Augusto o los nombres de las ciudades importantes del Imperio y las distancias como dan por hecho numerosos autores sin suficiente fundamento influenciados por las costumbres actuales, o quizás los nombres de los encargados del mantenimiento de la red viaria o “curatores viarum”.

    Dion Casio recuerda cómo Augusto fue nombrado curator viarum e hizo erigir el milliarium aureum, en  54.8,4, coincidiendo con la celebración de su triunfo sobre los Partos:

    Dion Casio, 54,8,4

    Pero todas estas celebraciones con ocasión de la recuperación de los estandartes fueron ejecutadas más tarde. En el momento del que estamos hablando, fue nombrado procurador de las vías en el entorno de Roma, y con esta autoridad erigió el llamado “miliario de oro”, y designó para mantener estas vías a antiguos pretores con dos lictores cada uno.

    Quizás en el momento en que se erigió esta columna, este miliario, se creó la frase “Todos los caminos conducen a Roma”.

    Al miliario áureo hacen referencia Plutarch, Galba 24.4; Pliny, Naturalis Historia 3.66; Tacitus, Historiae 1.27; Suetonius, Otho 6.2.

    Plutarco hace una referencia también al miliario como punto final de todas las carreteras romanas en la ocasión en que Otón está a punto de ser nombrado emperador suplantando a Galba:

    Plutarco, Galba 24.4

    Hallábase éste presente, a espaldas de Galba, y estaba muy atento a lo que Umbricio decía y anunciaba; y como se asustase y tuviese con el miedo muchas alteraciones en el color, el liberto Onomasto, que estaba a su lado, le dijo que le buscaban y le estaban aguardando en casa los arquitectos: porque ésta era la seña convenida del momento en que debía presentarse a los soldados. Añadiendo, pues, él mismo que, habiendo comprado una casa vieja, quería mostrar a los destajeros aquellas piezas que necesitaban reparos, se marchó, y, bajando por la casa llamada de Tiberio, fue a la plaza al sitio donde está la columna de oro, en que van a rematar todas las carreteras principales de la Italia. (Traducción de Ranz Romanillos)

    Tácito en Historias,1,27  y Suetonio en vida de Otón,6 relatan el mismo episodio y también hacen referencia al miliario de oro.

    También Plinio el Viejo, que nos ofrece amplia información sobre vías y ciudades, hace una referencia interesante en un texto en el que encarece las dimensiones e importancia de Roma, ciudad sin parangón en el mundo.

    Plinio, Naturalis Historia, III, 66-67

    Rómulo dejó la urbe teniendo tres puertas o cuatro (por dar crédito a los que dicen que eran más). El conjunto de sus murallas en el año ochocientos veintiséis de su fundación, siendo emperadores y censores los Vespasianos, comprendía trece mil doscientos pasos de contorno. Abraza las siete colinas y se divide en catorce distritos y hay doscientas sesenta y cinco capillas de crucero de los dioses Lares. La extensión de la ciudad, trazando una línea recta desde el miliario colocado en la cabecera del Foro Romano hasta cada una de las puertas que hay hoy en número de treinta y siete (si se cuentan como una las llamadas doce, y se prescinde de las siete antiguas que han dejado de existir), arroja un total de  veinte mil setecientos sesenta y cinco pasos en línea recta. Pero hasta el final de las edificaciones, comprendido el campo de los pretorianos, desde el mismo miliario, y a través de los diversos distritos, la longitud de todas las vías públicas alcanza un poco más de sesenta mil pasos. Si a eso se añadiera la altura de los edificios, se obtendría un cálculo ciertamente adecuado y se proclamaría que no hay en todo el orbe ciudad ninguna cuyo tamaño pudiera comparársele. (Traducción de Antonio Fontán para Editorial Gredos. 1998)

    Plin. Nat. 3.30  (o 3.66-67)

    Urbem tris portas habentem Romulus reliquit aut, ut plurimas tradentibus credamus, IIII. moenia eius collegere ambitu imperatoribus censoribusque Vespasianis anno conditae DCCCXXVI m. p. XIII:CC, conplexa montes septem. ipsa dividitur in regiones XIIII, compita Larum CCLXV, eiusdem spatium mensura currente a miliario in capite Romani fori statuto ad singulas portas, quae sunt hodie numero XXXVII, ita ut XII portae semel numerentur praetereantur ex veteribus VII, quae esse desierunt, efficit passuum per directum XX:M:DCCLXV. ad extrema vero tectorum cum castris praetoriis ab eodem miliario per vicos omnium viarum mensura colligit paulo amplius LX p. quod si quis altitudinem tectorum addat, dignam profecto aestimationem concipiat fateaturque nullius urbis magnitudinem in toto orbe potuisse ei comparari.

    Tenemos mucha información sobre las vías romanas y su trazado, no sólo en textos escritos sino también fruto de los estudios arqueológicos. Hay dos documentos de los que en otra ocasión trataré, que son especialmente importantes: el Itinerarium Antonini, Itinerario de Antonino y la Tabula Peuntingeriana .

    El primero, el Itinerarium Provinciarum Antonini Augusti, es un libro o guía de carreteras confeccionado a principios del siglo III de Cristo (217) en el que se relacionaban las rutas militares de la época de Caracalla, dando cuenta de las ciudades y las mansiones o ventas, similares a nuestras áreas de servicio,  y de las distancias entre ellas. El documento actual se basa en una copia del siglo IV y se publicó modernamente por primera vez en el año 1521.

    La segunda, la Tabula Peutingeriana, es una especie de mapa o mejor de esquema o dibujo plano que recoge las vías principales, señalando las ciudades y paradas de cada una desde la India a Gran Bretaña. Desgraciadamente se ha perdido la parte referida a Hispania, que ha de ser suplida con el Itinerarium Antonini. Se conserva  una copia del siglo XII de un documento del siglo IV o V, aunque pudo ser confeccionado antes. El documento actual se conserva en la Nationalbibliotek de Viena, que tiene una extensión de 6,8 metros de largo por 33 cm. de ancho dividido en 12 hojas. Recibe el nombre del humanista alemán que la descubrió, Konrad Peutinger.

    imagen de la Tabula Peutingeriana
    Segmentos V y VI de la Tabula Peutingeriana donde se representa a Italia, con la capital Roma, entre el mar Adriático y el Mediterráneo.

    Otros autores que nos dan abundante información sobre las carreteras y las ciudades por las que pasan son Plinio el Viejo y Estrabón.

    Así que la expresión “todos los caminos conducen a Roma” tendría en aquel momento un sentido real y geográfico. Podemos suponer, pues, que los habitantes del Imperio, desde Mesopotamia hasta Bretaña, desde Alemania al desierto africano, pronunciarían muchas veces en latín la frase “omnes viae ducunt Romam”, como hoy se sigue haciendo  en todas las lenguas occidentales desde su aparición.

    Decía que “podemos suponer” porque no está atestiguada la citada frase latina en ningún documento de época antigua. Pero la suposición es razonable si Roma atraía a ciudadanos de todo el mundo y los “mapas” de la época tienen como punto de partida y de llegada a Roma y se señaló con toda la grandeza romana el punto central con el famoso miliario de oro (milliarium aureum).

    Hasta donde sabemos hoy la frase aparece escrita por primera vez en la Edad Media, hacia el año 1175, en un texto de Alain de Lille,  (Alanus ab Insulis en latín), (c. 1128 – 1202/1203).  Alain de Lille escribió numerosas obras, las más famosas de contenido moral. Entre ellas escribió una titulada Liber Parabolarum, Libro de parábolas. En el capítulo V es en donde aparece la citada frase, si bien no exactamente tal como la he presentado, sino como Mille viae ducunt homines per saecula Romam (A thousand roads lead men forever to Rome).

    Nota: adviértase la agudeza de Alain de Lille a la hora de latinizar su nombre: Alanus por Alain resulta evidente, pero en el caso del apellido “de Lille” hace un curioso juego fonético: como “de Lille” en francés suena igual que “de l’île, “, de la isla, lo traduce al latín como “ab Insulis”, “de las Islas”.

    En ese capítulo V al que me refería titula una de sus “fabulas moralizantes»

    Mille viae ducunt hominem per saecula Romam

    Mil caminos conducen para siempre al hombre a Roma

    Ya aparece el título  en la edición impresa de Leipzig del año 1499 cuya fotografía presento; no se  hacía así en ediciones anteriores como la de Colonia de 1497. Desconozco cómo aparece en los manuscritos más antiguos. Pero en todo caso, utiliza la expresión citada y otra similar  en el comentario o explicación a su parábola:  multae viae ducunt hominem romam (Muchos caminos conducen al hombre a Roma) y  también mille viae ducunt homines romam per saecula  (mil caminos conducen a los hombres a Roma durante siglos) . (Mille viae ducunt homines Romam per saecula: qui volunt quaerere toto corde dominum: via est directa quae…)

    Presento la parábola completa, en la que la máxima tiene un sentido figurado, de los miles que puede tener y con los que se sigue utilizando en cualquier contexto actual.

    Mil caminos conducen al hombre para siempre a Roma
    Para quienes quieren buscar al señor con todo su corazón
    hay un camino que directo lo conduce por lo alto de los montes
    con sus cuestas cargado de zarzas y espinas.
    Y también alguna senda que la piedra áspera hace
    áspera y araña todos los días las plantas (de los pies).
    Hay también un camino por el mar,  un camino por el desierto,
    por los profundos valles, entre peñascos, por lugares duros para los pies.
    Por bosques  y lugares ocultos, por lugares que las fieras temibles recorren,
    entre espinas y abrojos,  por lugares llenos de lodo.

    Mille viae ducunt hominem per saecula Romam
    Qui dominum toto quaerere corde volunt
    Est via quae ducit montes directa per altos
    Vepribus et spinis arduitate gravis
    Est quoque nonnullus callis. quem calculus asper
    Asperat. et plantas quotidianas arat
    Est via per pontum. via per deserta. per imas
    Valles. per scopulos. per loca dura pedi
    Per nemus et latebras. per lustra timenda ferarum
    Per spinas tribulos. per luculenta vaga

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    Digitalizado por Münchener Digitalisierungszentrum

    El sentido, ya figurado, es evidente: son muchos los caminos que llevan al Señor, al Paraíso, a quienes lo buscan con todo su corazón, como eran muchas las carreteras que llevan a Roma. Es decir, se puede llegar a un determinado fin de maneras muy diversas.

    La frase la recoge  el germanista suizo Samuel Singer en su Thesaurus Proverbiorum Medii Aevi: Lexikon der Sprichwörter des Romanisch-germanischen Mittelalters en el término «Rom».

    Otro día hablaremos de la construcción y fábrica de las vías, mientras tanto ofrezco un enlace curioso con una curiosa página que permite conocer la distancia de cualquier punto de imperio a Roma según las vías romanas  http://www.omnesviae.org/ de  la Tabula Peutingeriana Itinerarium Antonini.

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  • Por una alimentación sana y equilibrada

    Aproximadamente 800 millones de personas en el mundo tienen una alimentación insuficiente, es decir, una de cada nueve pasa hambre. Unos pocos millones, sobre todo en Europa y Norteamérica, viven en la abundancia y de ellos los más ricos disfrutan de una alimentación de lujo y despilfarro que no es sino un gran escándalo. Aquí algunos cocineros gozan de enorme fama y consideración, los restaurantes son calificados y distinguidos no sólo por la calidad de sus alimentos sino por la novedad de los platos ofrecidos. Guías especializadas los califican y distinguen con símbolos ya famosos, estrellas, tenedores, etc. Algo parecido ocurrió en la opulenta Roma (https://www.antiquitatem.com/annona-panem-circenses-apicio-satiricon) , en la que coexisten miles de individuos hambrientos con unos cuantos glotones y golosos sin límite. De ellos sin duda el más famoso es un tal Marco Gavio Apicio, que vivió en el siglo I y fue autor de un famoso libro de cocina titulado De re coquinaria, “Libro de cocina”, del que algún día comentaré algo.

    El filósofo estoico y moralista Séneca (4 a. C.–65 d. C) crítica en una carta a su amigo Lucilio el escandaloso gasto que algunos ciudadanos hacen en sus comilonas y la sofisticación de una cocina que transforma los alimentos hasta hacerlos irreconocibles.

    Se me asemeja este tratamiento de los alimentos a los afamados platos actuales de cocina deconstruida o desestructurada en los que las cosas son lo que no parecen.

    Critica también Séneca la combinación de platos y alimentos de sabores encontrados y contrapuestos en llamativa mezcolanza y complejidad que no pueden sino causar enfermedades cada día más raras y complejas.

    Se me asemeja esto también a las continuas informaciones y planes dietéticos, contradictorios unos con otros, con que se nos asaetea todos los días empresas ávidas de ganancias: un día se ensalzan las cualidades de un determinado alimento para ser denostado algún tiempo después; algunos son directamente demonizados y prohibidos, aunque el hombre los haya consumido desde sus orígenes.

    Es llamativa a este respecto la reciente recomendación de no consumir o limitar la ingesta de carne preparada por el hombre. Es curioso que exista también un movimiento reivindicativo de lo que llaman la “dieta paleolítica”, consistente en comer carne cruda, rechazando así uno de los mayores inventos del hombre, el fuego, y desconociendo que nuestros antepasados paleolíticos la carne que durante mucho tiempo ingirieron fue la de carroña o animales muertos, que no cazados.

    En fin, que una vez más compruebo que lo que parecía muy moderno no deja de ser tan  viejo, al menos, como el mundo grecorromano.

    Sépase por lo demás que el asunto de la “alimentación” es incidental en la carta, con la que pretende demostrar a su amigo la insuficiencia de la filosofía teórica. Así que aconsejo, para quien lo desee, una lectura completa de la carta 95.

    Séneca, Cartas Morales a Lucilio,  95, 14 y ss.
    ….
    Indudablemente, la sabiduría antigua fue, como decía, ruda, especialmente en su nacimiento, no menos que las demás artes, el refinamiento de las cuales ha ido creciendo con el tiempo. Pero tampoco había necesidad de remedios muy sutiles. Aún la maldad no había llegado tan arriba ni se había propagado tan lejos: a unos vicios simples podían oponerse unos remedios simples. Hoy día precisan unos remedios más poderosos cuanto más poderosos son los males que nos atacan.

    La medicina era antiguamente la ciencia de unas cuantas hierbas apropiadas para restañar los flujos de sangre o a cicatrizar las heridas. Después ha llegado poco a poco a esta variedad tan grande de remedios. Y no es de extrañar que tuviese menos trabajo en organismos robustos y enteros, alimentados con manjares sencillos, no maleados aquellos aún por el arte y la sensualidad. Pero desde que, en lugar de satisfacer el hambre, no se busca sino excitarla, y se inventan mil condimentos para aguzar el apetito, aquello que era un alimento para los necesitados tornóse un peso para los saciados. De aquí provino la palidez, y aquel temblor de los nervios embebidos de vino y las delgadeces de la indigestión más deplorables que las del hambre. De aquí aquel caminar incierto, siempre vacilante, tal como el de la propia embriaguez.De aquí aquella agua que se pone bajo la piel, y el vientre hinchado por haberse acostumbrado a contener más de lo que podía; de aquí aquel derrame cetrino de la hiel y el rostro descolorido, y la consunción de los cuerpos que se pudren por dentro, y los dedos retorcidos con las articulaciones yertas, y los músculos insensibles y distendidos y perezosos, o bien trémulos en una agitación continua. ¿Qué diré de los vahídos, de los dolores de ojos, del roer de los dolores de un cerebro inflamado y de las úlceras internas de los conductos por donde se exonera el organismo, y aun de las innumerables clases de fiebres, que ya nos atacan impetuosamente, ya nos penetran como un veneno lento, ya se llegan a nosotros con escalofríos y gran temblor de miembros? ¿Por qué recordar otras incontables enfermedades, suplicios de la vida desordenada?

    Libres andaban de estos males aquellos que aun no se habían entregado a las delicias, que eran dueños y servidores de sí mismos, que endurecían sus cuerpos con el trabajo y la verdadera resistencia por medio de la carrera fatigosa, o de la caza, o de las labores agrícolas, y después injerían alimentos que sólo podían ser agradables a gente hambrienta. Por esto no necesitaban tanta provisión de médicos, aparatos y cajas. Las enfermedades eran simples como sus causas: la muchedumbre de enfermedades ha sido producida por la muchedumbre de manjares. Mira cuántas cosas mezcla, para hacerlas pasar por la garganta, aquella furia devastadora de mares y tierras. Cosas tan diversas no puede ser, que una vez engullidas, no se combatan unas a otras y se digieran mal a causa de tantas tendencias diversas. No es, pues de extrañar que de manjares tan desavenidos nazcan enfermedades tan caprichosas y variadas, y que elementos tan diversos, encerrados en un mismo lugar, sean rechazados hacia afuera. De aquí viene que nuestras dolencias sean tan variadas como nuestro vivir. 

    El príncipe de los médicos (Hipócrates) y fundador de la medicina dijo que las mujeres no están sujetas a la caída del cabello ni a dolores de pies,  a pesar de todo les cae el cabello y sufren de gota. No ha cambiado la naturaleza de las mujeres, sino que ha sido vencida, ya que al haber igualado el libertinaje de los hombres han adquirido también las dolencias de éstos. No trasnochan menos que ellos, ni beben menos; los desafían ne las luchas atléticas y en la embriaguez; como ellos, vomitan lo que han ingerido a disgusto del estómago, y arrojan tanto vino como han bebido, y como ellos mascan nieve para solaz del febricitante estómago. En lujuria no ceden en nada a los hombres; destinadas por la Naturaleza a un papel pasivo -¡los dioses y las diosas las exterminen!- han inventado un perversísimo sistema de impudicia para entrar en los hombres. ¿Qué tiene, pues, de extraño que el mayor de los médicos y el mejor de los conocedores de la Naturaleza sea encontrado en falsedad, ya que son tantas las mujeres atacadas de gota y de calvicie? Han perdido con los vicios los beneficios de su sexo, y por haberse desvinculado de su condición de mujeres han sido condenadas a las enfermedades de los hombres.

    Los médicos antiguos no sabían prescribir la frecuencia de las comidas, ni sostener un pulso desfalleciente con vino; no sabían extraer sangre, ni atemperar con  baños y sudaciones una enfermedad crónica; no sabían por medio de ligaduras de piernas y brazos desviar a las extremidades un mal secreto residente en el centro del organismo. No precisaba buscar muchas suertes de auxilios; pero ahora, ¡cuán lejos han llegado los azotes de la salud! Así se pagan los réditos de los placeres, anhelados sin ninguna medida ni respeto. No te extrañe que las enfermedades sean innumerables: cuenta los cocineros. Ya no se habla de estudios y los que profesan artes liberales, abandonados por todos, se sientan en unas escuelas desiertas. En las aulas de retóricos y filósofos no campea más que la soledad, pero ¡cuánta concurrencia en las cocinas, cuánta juventud se aglomera cabe los hornillos de los disipadores!  Paso por alto aquellos grupos de muchachos infelices que, terminados los banquetes, son aguardados en las cámara para mayores ignominias. Paso por alto aquellos grupos de adolescentes clasificados por naciones y colores, en forma que los de cada fila tengan el mismo brillo, la misma cantidad de vello, el mismo color de cabello, y que no se mezclen los de cabellera rizada con los que la tengan lisa. Paso por alto la turba de pasteleros, de mocitos que a una señal dada circulan para servir la cena.

    ¡Oh dioses, cuántos hombres hace trabajar un solo vientre! ¿Qué? ¿Crees que no trabajan ocultamente aquellas setas, venenos voluptuosos aunque no maten de golpe? Y esta nieve en pleno estío, ¿no crees que procura obstrucciones al hígado? Esas ostras, carne muy indigesta, engordadas con limo, ¿no imaginas que pueden contagiarnos algo de su pesadez fangosa? Y esa salsa de la sociedad, preciosa podredumbre de pescados malos (garum), ¿no crees que quema las entrañas con su salmuera ácida? Estos guisos purulentos que pasan inmediatamente del fuego a la boca, ¿crees que se apagan sin lesionar las entrañas? ¡Qué eructos tan impuros y pestilentes, qué asco de uno mismo en las exhalaciones de un pasado hartazgo! Piensa que lo que se ha comido no se digiere, se pudre.

    Recuerdo que un tiempo atrás se habló de un plato famoso en el cual había sido reunido todo lo que retiene un día entero en la mesa a nuestros golosos, por un comilón que parecía anhelante de su propia ruina: conchas de Venus, espóndilos, ostras con los bordes recortados de manera que sólo quedaba lo que se tenía que comer: erizos de mar señalaban la división entre ellas, y encima de todo un techo de salmones cortados y sin espina. Cansaba comer plato por plato: los sabores habían sido reunidos en uno solo. Se hace ya a la mesa aquello que se realiza en el vientre del hombre saciado: ¡aun quiero ver servir manjares mascados! ¿Es mucho menos sacar las conchas y los huesos,  encargando al cocinero el trabajo de los dientes? Es demasiado molesto gustar de los manjares uno por uno: es menester servirlos juntos convertidos en un solo sabor. ¿Por qué tengo que extender el brazo para una sola cosa? Vengan muchas a la vez, que se unan y se combinen las cualidades de muchos manjares. Sepan, pues, aquellos que andaban diciendo que la mesa era un medio de ostentación y de gloria, que aquí ya no se presentan los guisos, sino que es menester adivinarlos. Los manjares que se servían por separado vengan todos a la vez aderezados con la misma salsa; no es posible distinguir nada: ostras, erizos de mar, espóndilos, barbos, se sirven mezclados y cocidos a la vez. La comida no es más confusa que si la hubieses vomitado. Tan mezcladas como estos manjares son poco sencillas las enfermedades que de ellos resultan, enfermedades no descomponibles, complejas, multiformes, contra las cuales la medicina ha comenzado también a armarse de toda suerte de remedios y observaciones.

    Lo mismo te digo de la filosofía. Hubo un tiempo en que fue más simple: cuando eran más simples los pecados de los hombres se curaban con remedios más ligeros, pero contra este desastre de las costumbres  es menester intentar todos los esfuerzos. ¡Y ojalá que sea como fuere, este azote pueda ser dominado!…

    Por si fueran insuficientes las críticas al despilfarro realizadas, poco después añade un elemento más que nos recuerda también el precio desorbitado que actualmente se paga por un buen pescado, por un atún rojo por ejemplo en Japon, o el primer salmón de un río asturiano, por el que compiten los restaurantes afamados de la zona.

    Dice Séneca en la misma carta, párrafos 41 y ss.:

    ¿Qué hay más escandaloso que un festín opulento que consume el censo de un cabalalero? ¿Qué tan digno de la nota del censor si, como dicen esos derrochadores, esto tiene que ser concedido a él mismo y a su condición? Sea como fuere, ha habido cenas de ceremonia que han costado trescientos mil sestercios a personas frugalísimas.

    Una misma cosa, si es otorgada a la gula, es vergonzosa; si al honor, queda libre de censura, pues ya no es lujo, sino un dispendio para la solemnidad pública. Tiberio César hizo llevar a vender al mercado un barbo de enorme tamaña -¿por qué no añadir el peso para excitar la gula de algunos?; dicen que pesaba cuatro libras y media-, diciendo: “Amigos, o yo me engaño mucho, o este barbo será comprado por Apicio o P. Octavio”. Su conjetura resultó mejor de lo que aguardaba. Se abre la subasta, vence Octavio y se lleva para los suyos la inmensa gloria de haber comprado por cinco mil sestercios un pescado que César había vendido y que Apicio no había podido comprar. Vergonzoso fue para Octavio dispendio semejante, pero no para aquel que lo hubiese comprado para enviarlo a Tiberio, por más que yo también le censuraría por haber admirado una cosa de la cual creyó digno al César.
    (Traducción de JaimeBofill y Ferro. Editorial Iberia. Barcelona. 1965)

    Fuit sine dubio, ut dicitis, vetus illa sapientia cum maxime nascens rudis non minus quam ceterae artes, quarum in processu subtilitas crevit. Sed ne opus quidem adhuc erat remediis diligentibus. Nondum in tantum nequitia surrexerat nec tam late se sparserat. Poterant vi tus simplicibus obstare remedia simplicia; nunc necesse est tanto operosiora esse munimenta, quanto vehementiora sunt, quibus petimur.
    Medicina quondam paucarum fuit scientia herbarum, quibus sisteretur fluens sanguis, vulnera coirent; paulatim deinde in hanc pervenit tam multiplicem varietatem. Nec est mirum tunc illam minus negotii habuisse firmis adhuc solidisque corporibus et facili cibo nec per artem voluptatemque corrupto, qui postquam coepit non ad tollendam, sed ad inritandam famem quaeri et inventae sunt mille conditurae, quibus aviditas excitaretur, quae desiderantibus ali menta erant, onera sunt plenis.
    Inde pallor et nervorum vino madentium tremor et miserabilior ex cruditatibus quam ex fame macies. Inde incerti  labantium  pedes et semper qualis in ipsa ebrietate titubatio. Inde in totam cutem umor admissus distentusque venter, dum male adsuescit plus capere quam poterat. Inde suffusio luridae bilis et decolor vultus tabesque in se putrescentium et retorridi digiti articulis obrigescentibus nervorumque sine sensu iacentium torpor aut palpitatio  sine intermissione vibrantium.
    Quid capitis vertigines dicam ? Quid oculorum auriumque tormenta et cerebri exaestuantis verminationes et omnia, per quae exoneramur, internis ulceribus adfecta ? Innumerabilia praeterea febrium genera, aliarum impetu saevientium, aliarum tenui peste repentium, aliarum eum horrore et multa membrorum quassatione venientium ?
    Quid alios referam innumerabiles morbos, supplicia luxuriae ?
    Immunes erant ab istis malis, qui nondum se deliciis solverant, qui sibi imperabant, sibi ministrabant. Corpora opere ac vero labore durabant aut cursu defatigati aut venatu aut tellure  versanda.  excipiebat illos cibus, qui nisi esurientibus placere non posset. Itaque nihil opus erat tam magna medicorum supellectile nec tot ferramentis atque pyxidibus. Simplex erat ex causa simplici valitudo; multos morbos multa fericula fecerunt.
    Vide, quantum rerum per unam gulam transiturarum permisceat luxuria, terrarum marisque vastatrix. necesse est itaque inter se tam diversa dissideant et hausta male  male digerantur aliis alio nitentibus. Nec mirum, quod inconstans variusque ex discordi cibo morbus est et illa ex contrariis naturae partibus in eundem compulsa redundant. Inde tam multo  aegrotamus genere quam vivimus.
    Maximus ille medicorum et huius scientiae conditor feminis nec capillos defluere dixit nec pedes laborare; atqui et capillis destituuntur et pedibus aegrae sunt. Non mutata feminarum natura, sed victa est; nam cum virorum licentiam aequaverint, corporum quoque virilium incommoda aequarunt.
    Non minus pervigilant, non minus potant, et oleo et mero viros provocant; aeque invitis ingesta visceribus per os reddunt et vinum omne vomitu remetiuntur; aeque nivem rodunt, solacium stomachi aestuantis. Libidine vero ne maribus quidem cedunt, pati natae, di illas deaeque male perdant! Adeo perversum commentae genus inpudicitiae viros ineunt. Quid ergo mirandum est maximum medicorum ac naturae peritissimum in mendacio prendi, cum tot feminae podagricae calvaeque sint ? Beneficium sexus sui vitiis perdiderunt et, quia feminam exuerant, damnatae sunt morbis virilibus.
    Antiqui medici nesciebant dare cibum saepius et  vino fulcire venas cadentes, nesciebant sanguinem mittere et diutinam aegrotationem balneo sudoribusque laxare, nesciebant crurum vinculo brachiorumque latentem vim et in medio sedentem ad extrema revocare. Non erat necesse circumspicere multa auxiliorum genera, eum essent periculorum paucissima.
    Nunc vero quam longe processerunt mala valitudinis ! Has usuras voluptatium pendimus ultra modum fasque concupitarum. Innumerabiles esse morbos non miraberis: cocos numera. Cessat omne studium et liberalia professi sine ulla frequentia desertis angulis praesident. In rhetorum ac philosophorum scholis solitudo est; at quam celebres culinae sunt, quanta circa nepotum focos iuventus premitur !
    Transeo puerorum infelicium greges, quos post transacta convivia aliae cubiculi contumeliae exspectant. Transeo agmina exoletorum per nationes coloresque discripta, ut eadem omnibus levitas sit, eadem primae mensura lanuginis, eadem species capillorum, ne quis, cui rectior est coma, crispulis misceatur. Transeo pistorum turbam, transeo ministratorum, per quos signo dato ad inferendam cenam discurritur. Di boni, quantum hominum unus venter exercet! Quid ? Tu illos boletos, voluntarium venenum, nihil occulti operis iudicas facere, etiam si praesentanei non fuerunt ?
    Quid ? Tu illam aestivam nivem non putas callum iocineribus obducere ?  Quid ? Illa ostrea, inertissimam carnem caeno saginatam, nihil existimas limosae gravitatis inferre ? Quid ? Illud sociorum garum, pretiosam malorum piscium saniem, non credis urere salsa tabe praecordia ? Quid ? Illa purulenta et quae tantum non ex ipso igne in os transferuntur, iudicas sine noxa in ipsis visceribus extingui ? Quam foedi itaque pestilentesque ructus sunt, quantum fastidium sui exhalantibus crapulam veterem ! Scias putrescere sumpta, non concoqui.
    Memini fuisse quondam in sermone nobilem patinam, in quam quicquid apud lautos solet diem ducere, properans in damnum suum popina congesserat; veneriae spondylique et ostrea eatenus circumcisa, qua eduntur, intervenientibus distinguebantur echinis. Totam dissecti structique  sine ullis ossibus mulli constraverant.
    Piget esse iam singula; coguntur in unum sapores. In cena fit, quod fieri debebat  in ventre. Expecto iam, ut manducata ponantur. Quantulo autem hoc minus est, festas excerpere atque ossa et dentium opera cocum fungi ? " Gravest luxuriari per singula; omnia semel et in eundem saporem versa ponantur. Quare ego ad unam rem manum porrigam ? Plura veniant simul,  multorum ferculorum ornamenta coeant et cohaereant.
    Sciant protinus hi, qui iactationem ex istis peti et gloriam aiebant, non ostendi ista, sed conscientiae dari. Pariter sint, quae disponi solent, uno iure perfusa. Nihil intersit: ostrea, echini, spondyli, mulli perturbati concoctique ponantur." Non esset confusior vomentium cibus.
    Quomodo ista perplexa sunt, sic ex istis non singulares morbi nascuntur, sed inexplicabiles, diversi, multiformes, adversus quos et medicina armare se coepit multis generibus, multis observationibus.
    Idem tibi de philosophia dico. Fuit aliquando simplicior inter minora peccantes et levi quoque cura remediabiles; adversus tantam morum eversionem omnia conanda sunt. Et utinam sic denique lues ista vindicetur !

    ……
    Párr.. 41 y ss.

    Quid est cena sumptuosa flagitiosius et equestrem censum consumente ? Quid tam dignum censoria nota, si quis, ut isti ganeones loquuntur, sibi hoc et genio suo praestet ? Et deciens  tamen sestertio aditiales cenae frugalissimis viris constiterunt. Eadem res, si gulae datur, turpis est; si honori, reprensionem effugit. Non enim luxuria, sed inpensa sollemnis est.
    Mullum ingentis formae—quare autem non pondus adicio et aliquorum gulam inrito ? quattuor pondo et selibram fuisse aiebant—Tiberius Caesar missum sibi cum in macellum deferri et veniri iussisset: " amici," inquit, " omnia me fallunt, nisi istum mullum aut Apicius emerit aut P. Octavius." Ultra spem illi coniectura processit: liciti sunt, vicit Octavius et ingentem consecutus est inter suos gloriam, cum quinque sestertiis emisset piscem, quem Caesar vendiderat, ne Apicius quidem emerat. Numerare tantum Octavio fuit turpe, non illi,  qui emerat, ut Tiberio mitteret, quamquam illum quoque reprenderim; admiratus est rem, qua putavit Caesarem dignum.

  • La ninfa Calisto

    Quien disfrute leyendo o escuchando los coloridos relatos de la mitología grecolatina dispone de una obra esencial para ello: las Metamorfosis de Ovidio. En ella el prolífico poeta nos cuenta los muchos casos de transformación o metamorfosis de hombres, mujeres o personajes mitológicos en otros seres.

    Entre esas transformaciones son especialmente interesantes, entre otras cosas por la fuerza con la que perviven, las conversiones en astros o estrellas, los llamados catasterismos.

    Llamamos “catasterismo” a la conversión o la transformación  de dioses, seres heroicos,  hechos mitológicos, e incluso principios éticos más tarde, en astros, en cuerpos celestes del firmamento, en estrellas o conjuntos de estrellas.

    Se trata de un término técnico o culto griego, compuesto de la preposición kata, κατά (encima, abajo)  y el sustantivo  ἀστήρ, aster,  (estrella, astro).  El término se empleo como título de un librito atribuido al director de la Biblioteca de Alejandría, matemático, geógrafo, astrónomo, médico, filólogo, autor literario,  Eratóstenes.

    Dos de las constelaciones o conjunto de estrellas (eso es lo que significa la palabra constelación, cum stella..) más conocidas e importantes a lo largo de la historia en nuestro hemisferio son la “Osa Mayor”, fruto de la transformación de una ninfa, Calisto y el Boyero, Boötes, o guardián de la Osa, transformación de su hijo Arcas.

    Nos lo cuenta literariamente el citado poeta Ovidio en un largo relato de más de ciento cincuenta versos en Metamorfosis,  libro II, v. 401-550.

    Hoy me permito una pequeña licencia que a buen seguro no molestaría a Ovidio; en el mundo antiguo un mismo tema mitológico se rehace y modifica, se reduce o amplia una y otra vez por diversos autores.

    Me permito hacer, pues, una versión reducida del relato ovidiano que tal vez sea más fácil de leer que el texto original para posibles lectores actuales, si bien ofreceré al final para el lector interesado el propio texto del autor latino con su correspondiente traducción.

    LA  NINFA  CALISTO

    Júpiter, el dios todopoderoso, recorría vigilante el amplio y sereno cielo y observaba con desgana la tierra en la que los hombres viven. En sus viajes diarios por el firmamento se detuvo muchas veces en Arcadia, fértil región de la tierra especialmente querida para él, gobernada por  Licaón, rey culto y religioso, respetado por sus ciudadanos a los  que por fin civilizó obligándoles a abandonar  su  forma de vida  primitiva y ruda.

    Tenía Licaón numerosos hijos y entre ellos una hija que se llamaba Calisto. Su extraordinaria belleza atrajo la atención amorosa de Júpiter, que con excesiva frecuencia traicionaba a su esposa Juno.

    La hija de Licaón no gustaba de la vida muelle de palacio, ni ocupaba el tiempo en cardar la lana o perfumar su cuerpo de bellas formas. Sujetos sus cabellos desordenados con una blanca cinta y anudado su vestido con un ligero broche, armada con el curvo arco y las flechas puntiagudas al hombro, recorría los bosques frondosos acompañando a Diana, diosa virgen, libre y  certera cazadora.  

    Un caluroso día de verano, cuando el sol ya estaba a mitad de su carrera, descansaba  Calisto solitaria tendida en el verde suelo del bosque, reposando la cabeza sobre el carcaj multicolor. Cuando Júpiter la vio tan hermosa e indefensa, ardiendo de pasión como sólo los dioses pueden arder, pensó:

        — Mi esposa Juno no se enterará de este amor secreto

    Y tomando la figura de la diosa Diana se acercó a Calisto:

    — Hermosa doncella, hoy has cazado de manera extraordinaria y certera.

    Se levantó de ágil salto Calisto y respondió con palabras agradecidas:

    — Gracias, mi querida y amada diosa. Yo creo que eres más grande y poderosa que el mismo Júpiter, que no nos oye.

    Júpiter se sonrió al escucharla, la abrazó con fuerza contra su pecho poderoso y la colmó de besos lascivos, impropios de la diosa virgen cuya figura había suplantado.

    Quiso Calisto inútilmente soltarse del divino abrazo, consciente ya del engaño adúltero. Pero ¿quién puede vencer al poderoso Júpiter?

    Cuando Júpiter voló insensible al éter, Calisto recogió su aljaba y su arco y huyo veloz del bosque cómplice, para siempre odioso.

    Cierto día, después de una buena cacería, Diana, feliz y contenta, llama  a Calisto, que, temiendo fuera Júpiter de nuevo disfrazado, huye corriendo a esconderse en el frondoso bosque. Pero,  viendo a la diosa rodeada de sus ninfas que impedían el engaño, se acercó cabizbaja al grupo. El rubor de su semblante delataría su pudor herido a Diana, si la diosa no fuera  virgen inexperta.

    Fatigadas por la larga cacería, alcanzaron un fresco arroyo de aguas cristalinas. Diana apenas sumergió su virginal pie en el agua fresca que corría murmullosa y dijo amable:

      — Descansemos un rato. Nadie nos ve aquí; desnudémonos y refresquemos nuestros cuerpos en estas aguas cristalinas.

    Todas las ninfas se despojaron presto de sus vestidos de caza, pero Calisto, de nuevo ruborizada, dilataba su desnudez. Cuando por fin se quitó la ropa, apareció evidente en su cuerpo la culpa que inútilmente quería ocultar con sus manos.

    Irritada la diosa virgen gritó a la avergonzada ninfa:

    — Aléjate rápido de nosotras, traidora,  y no mancilles estas aguas  sagradas.

    Museo del Prado. Rubens: Calisto y Diana

    Pasó el tiempo necesario y nació el pequeño Arcas, fruto de aquella forzada unión. Juno, esposa de Júpiter hacía tiempo que conocía ya lo sucedido. Llegado ahora el momento propicio, no dilató por más tiempo su cruel castigo. Así dijo airada la diosa poderosa:

       — Sólo faltaba, adultera, que fueras fecunda y que un hijo tuyo testificase ante todos los dioses el ultraje vergonzoso de mi esposo Júpiter. Pronto te arrebataré la belleza de tu cuerpo con la que atrajiste a mi adúltero marido.  

    Y diciendo esto, la agarró de sus rubios cabellos y la arrojó al suelo con toda violencia. Tendía Calisto sus brazos suplicantes, que inapelablemente se cubrían de negros pelos; tendía sus manos que se convertían en garras retorcidas y su dulce boca, apetecida por Júpiter, se transformaba en deformes fauces animales. De su ronca garganta no surgen palabras suplicantes que conmoverían el corazón, sino un ronco rugido que llena de terror.

    Convertida en osa, conserva sin embargo su alma anterior, como atestiguan sus constantes gemidos de dolor y sus manos levantadas hacia lo alto, tal vez protestando la insensible ingratitud de Júpiter, el padre de los dioses que a todos amedrenta con sus rayos.

    Ahora Calisto anda errante en la soledad del bosque y de los campos peligrosos. Quien antes cazaba infatigable, ¡cuántas veces ahora se esconde perseguida por los ladridos de los perros y las flechas de los cazadores! Incluso siendo ahora una osa, siente miedo al ver a los fieros osos en lo alto de las peñas.

    Transcurrieron muchos años y Arcas, el hijo de Calisto a la que no conoció, persigue a las fieras por los desfiladeros y bosques del monte Erimanto, en la fértil Arcadia. Cierto día Arcas se topa  con su madre, que parece reconocerlo y fija en él su negros ojos. Cuando la madre se acerca insegura al hijo, a punto  está de morir atravesada por la flecha que Arcas coloca en su arco tensado, pero el todopoderoso Júpiter impidió el terrible sacrilegio. Arrebatados de la dura tierra, transportados a través del espacio los colocó en el cielo, transformados para siempre en dos constelaciones vecinas de brillantes estrellas, la “Osa Mayor” y "El Boyero" (Boötes o el guardián de la Osa).

    ……………….

    Versión completa del relato de Ovidio

    Calisto

    El padre omnipotente rodea las enormes murallas del cielo y examina si algo, debilitado por la fuerza del fuego, puede derrumbarse. Una vez que ve que están firmes y con toda su fortaleza, dirige su mirada a la tierra y a los penosos trabajos de los hombres. Su mayor motivo de preocupación es la Arcadia: restablece las fuentes y los ríos que todavía no se atrevían a correr, da césped a la tierra y hojas a los árboles, y ordena que los bosques dañados reverdezcan.

    Mientras vuelve allí una y otra vez, se queda prendado de una muchacha de Nonacris y el fuego recibido de la pasión ardió bajo sus huesos. Las ocupaciones de ella no eran ni cardar la lana para hacerla suave ni cambiar la forma de su peinado. Tan pronto el broche sujetaba su vestido y una cinta blanca sus cabellos sueltos, inmediatamente ya había cogido con su mano el ligero venablo o bien el arco y se presentaba semejante a Febe (Diana) y nunca muchacha alguna más querida que esta por la Trivia (Diana) pisó el monte Ménalo. Pero ninguna posibilidad es duradera.

    El sol alto ya ocupaba un espacio más allá de la mitad de su recorrido, cuando ella entró en el bosque que ninguna edad había talado. Se quitó entonces la aljaba de los hombros y distendió el arco flexible, y se tumbó en el suelo que cubría la hierba, y presionaba la aljaba de colores con su cabeza apoyada.

    Cuando Júpiter la vio cansada y libre de ningún vigilante, dijo: “ciertamente mi esposa no conocerá este robo y si se enterara sus reproches merecen, merecen sin duda la pena”. Inmediatamente se reviste del rostro y vestidos de Diana y dice:

    “Oh doncella, parte especial de mis acompañantes, en que montes has estado cazando?”. La muchacha se levanta del césped y dice: salud, diosa, en mi opinión mayor que Júpiter, aunque él mismo me oiga.”  Pero él se ríe y lo oye y se alegra de que sea el preferido y le da besos ni lo debidamente moderados ni que deban ser dados por una doncella.

    Cuando ella se disponía a contarle en qué bosque iba a cazar, se lo impide con su abrazo y se delata no sin un acto  criminal. Ella ciertamente se muestra contraria tanto cuanto apenas puede una mujer (ojalá la hubieras visto, Saturnia (Juno); serías ahora más benévola), lucha ella ciertamente, pero ¿a quién podría  vencer una muchacha? ¿quién podría vencer a Júpiter?.

    Victorioso, Júpiter se dirige al cielo divino: para ella en cambio  el bosque y la cómplice espesura son motivo de odio.   Al apartar de allí sus pies, casi olvidó recoger su aljaba con sus dardos y el arco que había dejado colgado.

    Mas he aquí que acompañada de su coro, Dictina (Diana) está entrando en el alto Ménalo y orgullosa por la matanza de las fieras, la ve y una vez vista la llama; pero huye cuando es llamada y al principio tiene miedo de que sea Júpiter en la figura de ella. Pero después que vio que a la par con ella marchaban las ninfas, comprendió que no había engaño y se sumó al grupo de ellas. Pero, ¡ay! qué difícil  es no delatar el crimen en el rostro!… Apenas levanta los ojos del suelo, ni, como antes acostumbraba, se une al lado de la diosa, ni es la primera de todo el grupo, sino que guarda silencio y da muestras con su rubor del pudor ultrajado. Y si Diana no fuera virgen, habría podido con mil detalles darse cuenta de la culpa; dicen que en cambio las ninfas si se dieron cuenta.

    Los cuernos de la luna reaparecían en su novena órbita (en el noveno mes), cuando la diosa, cansada de cazar bajo las llamas de su hermano (el Sol), alcanzó un bosque fresco, por el que corría un arroyo deslizándose entre murmullos y revolvía las límpidas arenas.

    Como quiera que alabó el lugar, (le gustó), tocó las aguas con su pie: alabadas también éstas, dijo: todo testigo está lejos;  sumerjamos nuestros cuerpos desnudos en las aguas transparentes”. La Parráside (Calisto) enrojeció. Todas se quitan sus vestidos; una sola busca retrasarlo. Le quitan el  vestido a la vacilante; y una vez quitado, con su cuerpo desnudo, quedó patente su falta criminal. A quien atónita quería esconder su vientre con sus manos, le dijo la Cintia (Diana): “vete lejos de aquí y no manches las sagradas fuentes”, y le ordenó separarse de su grupo.

    Hacía tiempo que la esposa del gran Tonante (Júpiter) se había enterado de todo esto y había aplazado un duro castigo para el momento adecuado. Ningún motivo había ya para la demora, pues ya el niño Arcas había nacido de su rival; esto mismo dolió también a Juno.

    Tan pronto como dirigió a él su mirada y su cruel intención,dijo: “precisamente sólo me faltaba ya  esto, adúltera, que fueras fértil y con tu parto fuera conocido el agravio y quedase bien atestiguado el deshonor de mi Júpiter. No lo llevarás sin castigo: pues te quitaré la figura con la que te complaces a ti misma, pero también con la que inoportuna complaces a mi marido”.
    Dijo, y colocada frente a ella, cogiéndola por los cabellos, la arrojó boca abajo al suelo. Tendía ella suplicante sus brazos; pero sus brazos comenzaron a erizarse de negros pelos  y sus manos a curvarse y a prolongarse con ganchudas uñas, ofreciéndole la función de los pies, y su boca, en otro tiempo alabada por Júpiter, a deformarse con su ancho hocico.

    Y le arrebata el poder hablar para que ni los ruegos ni las palabras suplicantes dobleguen su corazón.  Sale de su ronca garganta una voz irritada y amenazadora y llena de terror.

    Sin embargo permanece en ella su mente anterior incluso convertida en osa, y manifestando su dolor con su constante gemido, levanta sus manos cual ahora son al cielo y a las estrellas y aunque no puede decirlo, siente que Júpiter es un ingrato.

    ¡Ah! ¡Cuántas  veces, no atreviéndose a descansar en el bosque solitario, anduvo errante delante de su casa y en los campos en otro tiempo suyos! ¡Ay! ¡Cuántas veces ha sido empujada entre las rocas por los ladridos de los perros y ella, que fue cazadora, huye ahora asustada por el miedo a los cazadores!

    Muchas veces se ocultó de la vista de las fieras, olvidando lo que era, y siendo una osa se asustó de ver osos en los montes, y tuvo miedo de los lobos, aunque su padre (Licaón) se encontraba entre ellos.

    Y he aquí que llega Arcas, hijo de la Licaonia, que desconoce a su madre, cumplidos ya casi sus quince años. Mientras persigue a las fieras y mientras elige los bosques adecuados y rodea con densas redes los bosques de Erimanto, se encuentra con su madre, que se detuvo al ver a Arcas, y pareció como que le conocía.

    El huyó e ignorante tuvo miedo de la que mantenía fijos los ojos sin fin en él y cuando ella intentó avanzar más cerca, estuvo a punto de atravesar su pecho con un dardo mortífero. Lo impidió el todopoderoso y los detuvo al mismo tiempo a ellos dos y al criminal acto, y arrebatados por un rápido viento a través del espacio  vacío los colocó en el cielo y los hizo constelaciones vecinas (la Osa Mayor y Artofilacte o Arturo, el Guardián de la Osa, el Boyero).

    Se enfureció Juno, cuando su rival brillaba entre las estrellas, y descendió a la superficie del mar para ver a la blanca Tetis y al anciano Océano, cuyo respeto obliga con frecuencia a los dioses, y les expone cuando le preguntan la causa de su viaje.

    Preguntáis por qué yo, la reina de la morada de los dioses, estoy aquí?  Otra es la que tiene el cielo en vez de mí. Mentiría si cuando la noche haya hecho oscuro el cielo,  no veis honradas hace poco en lo alto del cielo, mis ultrajes, como estrellas allí, en donde el último círculo y de más corto recorrido rodea la parte última del eje.  ¿Hay pues motivo por el que alguien no quiera insultar a Juno o me tema ofender a mí, que soy la única que perjudicando a alguien le favorezco?

    ¡Oh! ¡cuántas cosas grandes he hecho! ¡Cuán grande es mi poder! Prohibí que fuese un ser humano y se la ha hecho diosa. Así impongo yo el castigo a los culpables, así es mi gran poder. ¡Que le restituya  su antigua apariencia y que le quite su rostro de fiera, como ya hizo antes con la argólica Forónide (Io)! ¿Por qué no se casa con ella expulsando a Juno y la coloca en mi lecho y toma a Licaón como suegro?

    Pero vosotros, si os afecta el desprecio de la que criasteis ahora ultrajada, apartad a los  Siete Triones (la Osa Mayor) del azul abismo y rechazad a estas estrellas recibidas  en el cielo, como recompensa del adulterio para que una concubina no se bañe en vuestras aguas puras.”

    ….

    t pater omnipotens ingentia moenia caeli
    circuit et ne quid labefactum viribus ignis
    corruat explorat. Quae postquam firma suique
    roboris esse videt terras hominumque labores
    perspicit. Arcadiae tamen est impensior illi
    cura suae: fontes et nondum audentia labi
    flumina restituit dat terrae gramina, frondes
    arboribus, laesasque iubet revirescere silvas.
    Dum redit itque frequens, In virgine Nonacrina
    haesit et accepti caluere sub ossibus ignes.
    Non erat huius opus lanam mollire trahendo
    nec positu variare comas; ubi fibula vestem,
    vitta coercuerat neglectos alba capillos,
    et modo leve manu iaculum, modo sumpserat arcum,
    miles erat Phoebes: nec Maenalon attigit ulla
    gratior hac Triviae. Sed nulla potentia longa est.
    Ulterius medio spatium sol altus habebat,
    cum subit illa nemus, quod nulla ceciderat aetas.
    Exuit hic umero pharetram lentosque retendit
    arcus, inque solo, quod texerat herba, iacebat
    et pictam posita pharetram cervice premebat.
    Iuppiter ut vidit fessam et custode vacantem,
    “hoc certe furtum coniunx mea nesciet” inquit,
    “aut si rescierit sunt o sunt iurgia tanti.”
    Protinus induitur faciem cultumque Dianae
    atque ait: “O comitum, virgo, pars una mearum,
    in quibus es venata iugis?” De caespite virgo
    se levat et “salve numen, me indice”, dixit
    “audiat ipse licet maius Iove.” Ridet et audit,
    et sibi praeferri se gaudet et oscula iungit
    nec moderata satis nec sic a virgine danda.
    Qua venata foret silva, narrare parantem
    impedit amplexu, nec se sine crimine prodit.
    Illa quidem contra, quantum modo femina possit
    (adspiceres utinam, Saturnia: mitior esses !),
    illa quidem pugnat: sed quem superare puella,
    quisve Iovem poterat? — Superum petit aethera victor
    Iuppiter: huic odio nemus est et conscia silva.
    Unde pedem referens paene est oblita pharetram
    tollere cum telis et quem suspenderat arcum.
    Ecce, suo comitata choro Dictynna per altum
    Maenalon ingrediens et caede superba ferarum
    adspicit hanc visamque vocat: clamata refugit,
    et timuit primo, ne Iuppiter esset in illa.
    Sed postquam pariter nymphas incedere vidit,
    sensit abesse dolos numerumque accessit ad harum.
    Heu quam difficile est crimen non prodere vultu!
    Vix oculos attollit humo, nec, ut ante solebat,
    iuncta deae lateri, nec toto est agmine prima,
    sed silet et laesi dat signa rubore pudoris;
    et nisi quod virgo est poterat sentire Diana
    mille notis culpam; nymphae sensisse feruntur.
    Orbe resurgebant lunaria cornua nono,
    cum dea venatu, fraternis languida flammis,
    nacta nemus gelidum, de quo cum murmure labens
    ibat et attritas versabat rivus harenas.
    Ut loca laudavit, summas pede contigit undas:
    his quoque laudatis “procul est” ait “arbiter omnis;
    nuda superfusis tingamus corpora lymphis.”
    Parrhasis erubuit. Cunctae velamina ponunt:
    una moras quaerit. Dubitanti vestis adempta est;
    qua posita nudo patuit cum corpore crimen.
    Attonitae manibusque uterum celare volenti
    “i procul hinc” dixit “nec sacros pollue fontes”
    Cynthia; deque suo iussit secedere coetu.
    Senserat hoc olim magni matrona Tonantis
    distuleratque graves in idonea tempora poenas.
    Causa morae nulla est, et iam puer Arcas (id ipsum
    indoluit Iuno) fuerat de paelice natus.
    Quo simul obvertit saevam cum lumine mentem,
    “scilicet hoc etiam restabat, adultera” dixit,
    “ut fecunda fores, fieretque iniuria partu
    nota, Iovisque mei testatum dedecus esset.
    Haud impune feres: adimam tibi nempe figuram,
    qua tibi, quaque places nostro, importuna, marito.”
    Dixit et adversa prensis a fronte capillis
    stravit humi pronam. Tendebat bracchia supplex:
    bracchia coeperunt nigris horrescere villis
    curvarique manus et aduncos crescere in ungues
    officioque pedum fungi, laudataque quondam
    ora Iovi lato fieri deformia rictu.
    Neve preces animos et verba precantia flectant
    posse loqui eripitur; vox iracunda minaxque
    plenaque terroris rauco de gutture fertur.
    Mens antiqua tamen facta quoque mansit in ursa,
    adsiduoque suos gemitu testata dolores
    qualescumque manus ad caelum et sidera tollit
    ingratumque Iovem, nequeat cum dicere, sentit.
    A quotiens, sola non ausa quiescere silva,
    ante domum quondamque suis erravit in agris!
    A quotiens per saxa canum latratibus acta est
    venatrixque metu venantum territa fugit!
    Saepe feris latuit visis, oblita quid esset,
    ursaque conspectos in montibus horruit ursos
    pertimuitque lupos, quamvis pater esset in illis.
    Ecce, Lycaoniae proles, ignara parentis,
    Arcas adest, ter quinque fere natalibus actis:
    dumque feras sequitur, dum saltus eligit aptos
    nexilibusque plagis silvas Erymanthidas ambit,
    incidit in matrem; quae restitit Arcade viso
    et cognoscenti similis fuit. Ille refugit
    inmotosque oculos in se sine fine tenentem
    nescius extimuit propiusque accedere aventi
    vulnifico fuerat fixurus pectora telo.
    Arcuit omnipotens pariterque ipsosque nefasque
    sustulit, et celeri raptos per inania vento
    imposuit caelo vicinaque sidera fecit.
    Intumuit Iuno, postquam inter sidera paelex
    fulsit et ad canam descendit in aequora Tethyn
    Oceanumque senem, quorum reverentia movit
    saepe deos, causamque viae scitantibus infit:
    “Quaeritis, aetheriis quare regina deorum
    sedibus huc adsim? pro me tenet altera caelum.
    Mentiar, obscurum nisi nox cum fecerit orbem,
    nuper honoratas summo, mea vulnera, caelo
    videritis stellas illic, ubi circulus axem
    ultimus extremum spatioque brevissimus ambit.
    Est vero, cur quis Iunonem laedere nolit
    offensamque tremat, quae prosum sola nocendo?
    O ego quantum egi! quam vasta potentia nostra est!
    Esse hominem vetui: facta est dea. Sic ego poenas
    sontibus impono, sic est mea magna potestas.
    Vindicet antiquam faciem vultusque ferinos
    detrahat, Argolica quod in ante Phoronide fecit.
    Cur non et pulsa ducit Iunone meoque
    collocat in thalamo socerumque Lycaona sumit?
    At vos si laesae tangit contemptus alumnae,
    gurgite caeruleo septem prohibete triones
    sideraque in caelo, stupri mercede, recepta
    pellite, ne puro tingatur in aequore paelex.”

  • Ecfrasis, Écfrasis, Ékfrasis. Ut pictura poesis (Horacio): La poesía es como la pintura

    “Ecfrasis” es una palabra griega: ἔκφρασιϛ,( ek y phrasis, ‘fuera’ y ‘hablar’) ,(procedente a su vez del verbo ἐκφράζο, ekphraso, de ek,fuera, y phraso, explicar con signos y palabras) que significa, pues, “exposición en detalle, explicación, descripción desde fuera o desde el principio o hasta el final”, hacer inteligible, descubir, destapar, hacer ver….

    El término designa en la Antigüedad a una figura retórica. Por ejemplo, Hermógenes de Tarso  (h. 160 – h. 225) la define en  su Ecphrasis Progymnasmata como la  «descripción extendida, detallada, vívida, que permitía presentar el objeto ante los ojos». 

    En el mundo antiguo el vocablo écfrasis  se refería a cualquier descripción vívida, llena de energeia, de energía, de fuerza,   de obras de arte, objetos, paisajes y personas que los pone con palabras ante los ojos del oyente o lector.

    Con el tiempo este sentido general se fue limitando a la representación verbal de un objeto plástico, generalmente una pintura o escultura, que sería lo más frecuente en los ejercicios retóricos.

    Fue precisamente Filóstrato Lemnio el que ayudo  a fijar este sentido más restringido en su obra Imagines I,1:

    “Quien desdeña la pintura, delinque contra la verdad, delinque también contra toda esa sabiduría que debemos a los poetas -ya que poetas y pintores contribuyen por igual a nuestro conocimiento de las gestas y del aspecto de los héroes- y desdeña la proporción, gracias a cuyo ejercicio el arte participa de la razón”. (Trad. de Francesca Mestre, Madrid, Gredos, 1996.)

    Este es el sentido que se ha impuesto modernamente. Asi  Umberto Eco (2003: 110):

    «cuando un texto verbal describe una obra de arte visual, la tradición clásica habla de écfrasis». 

    O Leo Spitzer : “la descripción poética de una obra de arte pictórica o escultórica” (1962, 72); 

    o James Heffernan: “la representación verbal de una representación visual” (1993, 3), 

    o Claus Clüver“la representación verbal de un texto real o ficticio compuesto en un sistema sígnico no verbal” (1994, 26). 

    Es, pues, una descripción detallada, desde el principio, que es lo que significa la palabra “de- scribere: escribir de, desde el principio; y es también una re-presentación o segunda presentación en cuanto representa a otro objeto, la pintura, que es también representación primera del objeto.

    Nota: progymnasmata  (de pro y gymnasmata)  designa a los ejercicios previos que hacían  los alumnos de retórica para saber utilizar los topoi, loci o lugares comunes  en los discursos.

    En tanto en cuanto se trata de una descripción vívida, animada, emotiva coincide con el significado de  hipotiposis, (del griego: úποτúπωσις, esbozo, bosquejo, colocar un bosquejo ante los ojos de alguien),  o narración especialmente emotiva para excitar la imaginación del público oyente

    Hay quien matiza más, en el sentido de que en la hipotiposis se parte de un texto y se va hacia la imagen y en la ecfrasis, al contrario, se parte de la imagen y se va hacia el texto. En realidad, las matizaciones son varias, porque no hay una definición exacta de los términos. Curiosamente el Diccionario de la Real Academia Española  no recoge el término écfrasis y en cambio sí recoge el de hipotiposis, que define así:

    (Del gr. ὑποτύπωσις). 1. f. Ret. Descripción viva y eficaz de alguien o algo por medio del lenguaje.

    Nota: El retrato es la descripción del aspecto físico y de las características espirituales de una persona; la prosopografía o prosopopeya  es el retrato del físico mientras que la etopeya lo es del aspecto interior.Topografía es la descripción del terreno.. Otros términos más especializados como pragmatografía o topofesía exceden el interés de este artículo.

    La teorización sobre la ecfrasis se enmarca en la amplísima teorización sobre la relación de las artes entre sí y de manera especial de la pintura y la literatura, análogas y complementarias: las artes plásticas se inscriben en el espacio estáticamente y las artes verbales se desarrollan en el tiempo: la pintura intenta romper el estatismo, la poesía busca la materialidad del espacio.

    Se atribuye a Simónides de Ceos  (c. 556 a.C.- c. 468 a.C.)  el haber planteado esta relación entre arte y literatura de acuerdo con la frase “la pintura es poesía muda y la poesía pintura
    verbal
    ”, que tanto éxito tuvo después.

    Así  en la ecfrasis la expresión literaria, que es capaza de expresar el movimiento y el tiempo, imita la quietud de la pintura; la pintura por su parte en muchas ocasiones aspira, siendo estática,  a expresar el movimiento y el tiempo.

    ¿Vale más una imagen que mil palabras? Tal vez en algunos casos, pero las palabras pueden hacer  ver, excitando la imaginación y utilizando las metáforas. A su vez se puede dar voz a la imagen.

    Hoy la discusión se amplía a la relación de lo verbal y lo visual en el nuevo contexto digital porque los productos video textuales admiten una enorme variedad de formatos..

    A estos tema ya se refirió Platón cuando trata de lo bello y la mímesis o imitación. La mímesis es representación, interpretación y recreación.

    A propósito de la imitación dice Aristóteles en su Poética, 1448 b,

    “…los seres humanos son sumamente imitativos y realizan sus primeros aprendizajes mediante la imitación…” (traducción de Salvador Mas, Madrid, Biblioteca Nueva, 2002,).

    En este sentido y en relación con la mimesis, la écfrasis es representación, pero también interpretación y recreación, porque naturalmente, el poeta nos ofrece su visión e interpretacón de la obra visual. Incluso el poeta puede crear el objeto visual, inexistente antes de su descripción, como ocurre con la descripción del escudo de Aquiles, que más abajo reproduzco,

    Dice Platón. relacionando la poesía con la pintura en República, libro X, 601a:

    Diremos también, creo yo, que el poeta no sabemás que imitar, pero de una manera tal, que emplea colores de cada una de las artes, con los nombres y expresiones adecuados, hasta el punto de que aquellos otros que fían de las palabras estiman en mucho su disertación… (Traducción de José Antonio Míguez, para Edit. Aguilar. 1969)

    Y Aristóteles en  su Poética, 1460b :

    “Puesto que el poeta es un imitador como el pintor o cualquier otro que haga imágines, por fuerza ha de imitar siempre de una de estas tres maneras: o como era o es, o según se habla de ello y la opinión que se tiene, o como debe ser (Traducción de Paloma Ortiz García. Edit.Dykinson. Madrid 2011)
        
    La frase que resume sentenciosamente la cuestión es la famosa de Horacio “ut pictura poesis” , “La poesía es como la pintura ”,  en su Epistula ad Pisones, v.  361

    Precisamente comenzaba esta obra sobre preceptiva literaria, Epistula ad Pisones, recurriendo a la comparación de la poesía con la pintura:  (v. 1-10)

    Si a una cabeza humana un pintor quisiera unir un cuello de caballo y, juntando miembros de toda especie adornarlos con plumas de distintos colores, de manera que una mujer hermosa de medio cuerpo arriba terminara en un pez horriblemente disforme, invitados a contemplar tal figura, ¿contendríais la risa, amigos? Creed, pues, Pisones, que muy semejante a este cuadro resultaría un libro cuyas inconsistentes imágines, cual pesadillas de enfermo, fueran construidas de modo que ni el pie ni la cabeza se fundieran en una sola forma. Los pintores, igual que los poetas, han tenido siempre el derecho de atreverse a todo. (, traducción de Helena Valentí, Barcelona, Bosch, 1961)

    Humano capiti cervicem pictor equinam
    iungere si velit et varias inducere plumas,
    undique collatis membris, ut turpiter atrum
    desinat in piscem mulier Formosa superne:
    spectatum admissi risum teneatis, amici?
    Credite, Pisones, isti tabulae fore librum
    persimilem, cuis, velut aegri somnia, vanae
    fingentur species, ut nec pes nec caput uni
    reddatur formae. Pictoribus atque poetis
    quidlibet audendi simper fuit aequa potestas.

    La ecfrasis o descripción vívida y detallada una obra, precisamente interrelaciona las dos artes y sirve de enlace  entre lo verbal y lo visual.

    Ovidio es el poeta que con gran frecuencia y detalle describe cuadros pictóricos y ha generado a su vez obras pictóricas a lo largo de todos los tiempos. Plagados están los museos de pinturas que recrean alguno de los mitos o personajes mitológicos descritos por Ovidio.

    Ovidio por cierto, en este contexto de relación entre lo textual y lo visual y el arte y la imitación, mímesis y reproducción de la realidad había dicho en Metamorfosis, Libro III, 155 y ss.   “La naturaleza con su ingenio había imitado al arte”,

    Había un valle cuajado de pinos y de puntiagudos cipreses, conocido por Gargafia, consagrado a Diana, la de corto vestido, y en cuyo más apartado rincón hay una gruta, rodeada de selva y en la que nada es obra del arte;  la naturaleza con sus propias habilidades había imitado al arte;  y así, con piedra pómez viva y con ligeras tobas había trazado un arco natural. (Traducción de Antonio Ruiz de Elvira. Alma Mater.CSIC.Madrid)

    Vallis erat piceis et acuta densa cupressu,
    nomine Gargaphie, succintae sacra Dianae,
    cuius in extremo est antrum nemorale recessu
    arte laboratum nulla; simulaverat artem
    ingenio natura suo; nam pumice vivo
    et levibus tofis nativum duxerat arcum.

    Siglos más tarde Oscar Wilde remachó la afirmación :

    " La vida imita al arte mucho más de lo que el arte imita a la vida ",“Life imitates art far more than arts imitates life” en The Decay of Lying.

    Los ejemplos en autores de toda lengua, son numerosísimos. Probablemente el más famoso de la Antigüedad es la famosa descripción que en el canto XVIII de la Iliada se hace del escudo de Aquiles fabricado por Hefesto.  Su influencia ha sido enorme en toda la poesía, especialmente en la épica. A pesar de su dimensión, reproduzco más abajo el fragmento.

    Ofreceré algunos otros  ejemplos de los numerosísimos existentes.

    Así la visión de una pintura que un tal Zoilo tiene en el comedor de su casa en Tréveris es lo que origina el famoso poema en 103 hexámetros de Ausonio (310-395) titulado “Cupido torturado(Cupidus cruciatus) en el que se describe cómo unas mujeres están crucificando a Cupido, el dios del amor.

    El poema, con el que Ausonio envía un saludo a su hijo Gregorio, comienza  así:

    ¿Has visto alguna vez una nube pintada en la pared? La has visto indudablemente y te acuerdas bien. Lo cierto es que en Tréveris, en el comedor de Zoilo, está pintada esta escena: unas mujeres enamoradas están clavando en una cruz a Cupido, y no son precisamente de nuestros días, que cometen sus faltas de buen grado, sino aquellas famosas heroínas, que se perdonan a sí mismas y castigan al dios. A algunas de ellas las cuenta nuestro Marón entre los Campos de lágrimas. Yo he contemplado con admiración este cuadro, tanto por su calidad como por su tema. Después el sentimiento  de admiración se me convirtió en necio deseo de componer un poema…(Ausonio, Cupido crucificado 1, 1-7)

    En umquam vidisti tabulam 1 pictam in pariete? vidisti utique et meministi. Treveris quippe in triclinio Zoili fucata est pictura haec: Cupidinem cruci adfigunt mulieres amatrices, non istae de nostro saeculo, quae sponte peccant, sed illae heroicae, quae sibi ignoscunt et plectunt deum. quarum partem in lugentibus campis Maro noster enumerat. hanc ego imaginem specie et argumento miratus sum. Deinde mirandi stuporem transtuli ad ineptiam poetandi.
    Sigue a continuación la descripción del cuadro.

    El poeta cristiano Prudencio , (348 d. C. – c. 410), de Calahorra, utiliza esta figura en varios de sus poemas en los que canta las muertes de algunos mártires. Reproduzco también dos textos correspondientes a los poemas IX sobre Casiano y XI sobre Hipólito. En ambos casos narra el suplicio describiendo las pinturas que ilustran las tumbas de los mártires. Ya hice referencia a ellos en otros artículos de este blog. Véase: 

    https://www.antiquitatem.com/martires-cristianismo-paganismo-casiano-

    https://www.antiquitatem.com/hipolito-fedra-martirio-prudencio-seneca

     Prudencio,IX, sobre el martirio de Casiano, v. 7-20:

    Mientras lloraba, meditando las heridas, agudos dolores y trabajos de mi vida y levantaba mi rostro al cielo, surgió, delante de mí, la imagen del mártir pintada en colores vivos.

    Tenía mil llagas, toda  su piel desgarrada y agujereada por diminutos picotazos todo su cuerpo. Alrededor multitud de niños de odioso aspecto clavaban en su cuerpo pequeños estilos, * como es costumbre escribir, en las tablillas de cera al dictado de las escuelas.

    Consultado el conservador de la sepultura, me dijo: “Lo que ves, viajero, no es cosa vana ni cuento de viejas. Refiere la pintura la historia que transmitida por libros nos comprueba la viva fe de aquel antiguo tiempo.
    ….

    dum lacrimans mecum reputo mea vulnera et omnes
    vitae labores ac dolorum acumina,
    erexi ad caelum faciem, stetit obvia contra
    fucis colorum picta imago martyris
    plagas mille gerens, totos lacerata per artus,
    ruptam minutis praeferens punctis cutem,
    innumeri circum pueri, miserabile visu,
    confossa parvis membra figebant stilis,
    unde pugillares soliti percurrere ceras
    scholare murmur adnotantes scripserant.
    aedituus consultus ait: ‘quod prospicis, hospes,
    non est inanis aut anilis fabula;
    historiam pictura refert, quae tradita libris
    veram vetusti temporis monstrat fidem.

    Y al final del poema, versos  93-94 resume:

    “Estas son,viajero, las cosas que ves pintadas a lo vivo; y la gloria de Casiano.

    haec sunt, quae liquidis expressa coloribus, hospes, 
    miraris, ista est Cassiani gloria,

    Pasaje del poema XI  de Prudencio sobre Hipólito, versos 123-152:

    Una  pared pintada al fresco ofrece la representación del crimen,
    En la que la pintura multicolor ha dibujado todo el crimen;
    La figura pintada sobre la tumba aumenta su fuerza del contraste de las sombras,
    Dibujando los miembros ensangrentados del hombre que había sido arrastrado.
    Yo he visto, buen padre, las crestas de las rocas cubiertas de rocío
    y manchas de púrpura dejadas en los abrojos.
    Una mano experta en representar los verdes espinos imitándolos
    había dibujado la roja sangre con minio.
    Se podía ver, con las articulaciones destrozadas, sin orden alguno,
    Cómo los miembros estaban desparramados por  el variado terreno.
    Había añadido a los amigos que le seguían con su paso y con sus lágrimas,
    por donde la desviada senda mostraba el camino destrozado.
    Marchaban sobrecogidos por la tristeza con los ojos abiertos
    y llenaban los pliegues de sus vestidos con sus vísceras desgarradas.
    Aquel abraza su nívea cabeza
    y la protégé venerable en su suave pecho.
    Este recoge los hombros  y las manos arrancadas y los brazos y los codos
    las rodillas y los fragmentos desnudos de las piernas.
    Con pequeños paños se secan también las arenas empapadas
    Y ni siquiera una gota de rocío queda  en el polvo sucio.
    Si alguna gota de sangre queda en las espinas
    Con la reciente aspersión,  toda ella se recoge empapada en una esponja.
    Ya el denso bosque nada retiene del sagrado cuerpo
    Ni le priva de unas completas exequias.
    Hecho el recuento de las partes, cuando se recogió el numero
    que había sido el del cuerpo intacto,
    y limpios los lugares escabrosos  con su vegetadicón y
    con sus peñascos revisados que  no tenían ningún trozo más de todo el hombre,
    se busca un lugar para erigir la tumba, se abandona las bocas (del Tiber, ostia),
    Roma es un buen lugar para guardar las santas cenizas.

    Exemplar sceleris paries habet illitus, in quo
    multicolor fucus digerit omne nefas ;
    picta super tumulum species liquidis uiget umbris,
    effigians tracti membra cruenta uiri.
    Rorantes saxorum apices uidi, optime papa,
    purpureasque notas uepribus impositas.
    Docta manus uirides imitando effingere dumos
    luserat et minio russeolam saniem.
    Cernere erat, ruptis compagibus, ordine nullo,
    membra per incertos sparsa iacere situs.
    Addiderat caros gressu lacrimisque sequentes,
    deuia quo fractum semita monstrat iter.
    Mærore adtoniti atque oculis rimantibus ibant
    implebantque sinus uisceribus laceris.
    Ille caput niueum complectitur ac reuerendam
    canitiem molli confouet in gremio ;
    hic humeros truncasque manus et brachia et ulnas
    et genua et crurum fragmina nuda legit.
    Palliolis etiam bibulæ siccantur harenæ,
    ne quis in infecto puluere ros maneat.
    Si quis et in sudibus recalenti aspergine sanguis
    insidet, hunc omnem spongia pressa rapit.
    Nec iam densa sacro quidquam de corpore silua
    obtinet aut plenis fraudat ab exsequiis.
    Cumque recensitis constaret partibus ille
    corporis integri qui fuerat numerus,
    nec purgata aliquid deberent auia, toto
    ex homine extersis frondibus et scopulis,
    metando eligitur tumulo locus, ostia linquunt,
    Roma placet, sanctos quæ teneat cineres.

    Iliada, canto XVIII, v. 478 y ss.

    Hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, de variada labor, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una abrazadera de plata. Cinco capas tenía el escudo, y en la superior grabó el dios muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia.

    Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable y la luna llena; allí las estrellas que el cielo coronan, las Pléyades, las Híades, el robusto Orión y la Osa, llamada por sobrenombre el Carro, la cual gira siempre en el mismo sitio, mira a Orión y es la única que deja de bañarse en el Océano.

    Allí representó también dos ciudades de hombres dotados de palabra. En la una se celebraban bodas y festines: las novias salían de sus habitaciones y eran acompañadas por la ciudad a la luz de antorchas encendidas, oíanse repetidos cantos de himeneo, jóvenes danzantes formaban ruedos, dentro de los cuales sonaban flautas y cítaras, y las matronas admiraban el espectáculo desde los vestíbulos de las casas. — Los hombres estaban reunidos en el foro, pues se había suscitado una contienda entre dos varones acerca de la multa que debía pagarse por un homicidio: el uno declarando ante el pueblo, afirmaba que ya la tenía satisfecha; el otro, negaba haberla recibido, y ambos deseaban terminar el pleito presentando testigos. El pueblo se hallaba dividido en dos bandos que aplaudían sucesivamente a cada litigante; los heraldos aquietaban a la muchedumbre, y los ancianos, sentados sobre pulimentadas piedras en sagrado círculo, tenían en las manos los cetros de los heraldos, de voz potente, y levantándose uno tras otro publicaban el juicio que habían formado. En el centro estaban los dos talentos de oro que debían darse al que mejor demostrara la justicia de su causa.

    La otra ciudad aparecía cercada por dos ejércitos cuyos individuos, revestidos de lucientes armaduras, no estaban acordes; los del primero deseaban arruinar la plaza y los otros querían dividir en dos partes cuantas riquezas encerraba la hermosa población. Pero los ciudadanos aún no se rendían, y preparaban secretamente una emboscada. Mujeres, niños y ancianos, subidos en la muralla, la defendían. Los sitiados marchaban, llevando al frente a Ares y a Palas Atenea, ambos de oro y con áureas vestiduras, hermosos, grandes, armados y distinguidos, como dioses; pues los hombres eran de estatura menor. Luego, en el lugar escogido para la emboscada, que era a orillas de un río y cerca de un abrevadero que utilizaba todo el ganado, sentábanse, cubiertos de reluciente bronce, y ponían dos centinelas avanzados para que les avisaran la llegada de las ovejas y de los bueyes de retorcidos cuernos. Pronto se presentaban los rebaños con dos pastores que se recreaban tocando la zampoña, sin presentir la asechanza. Cuando los emboscados los veían venir, corrían a su encuentro, se apoderaban de los rebaños de bueyes y de los magníficos hatos de blancas ovejas y mataban a los guardianes. Los sitiadores, que se hallaban reunidos en junta, oían el vocerío que se alzaba en torno de los bueyes, y montando ágiles corceles, acudían presurosos. Pronto se trababa a orillas del río una batalla, en la cual heríanse unos a otros con broncíneas lanzas. Allí se agitaban la Discordia, el Tumulto y la funesta Parca, que a un tiempo cogía a un guerrero con vida aún, pero recientemente herido, dejaba ileso a otro y arrastraba, asiéndole de los pies, por el campo de la batalla a un tercero que la muerte recibiera; y el ropaje que cubría su espalda estaba teñido de sangre humana. Movíanse todos como hombres vivos, peleaban y retiraban los muertos.

    Representó también una blanda tierra noval, un campo fértil y vasto que se labraba por tercera vez: acá y allá muchos labradores guiaban las yuntas, y al llegar al confín del campo, un hombre les salía al encuentro y les daba una copa de dulce vino; y ellos volvían atrás, abriendo nuevos surcos, y deseaban llegar al otro extremo del noval profundo. Y la tierra que dejaban a su espalda negreaba y parecía labrada, siendo toda de oro; lo cual constituía una singular maravilla.

    Grabó asimismo un campo de crecidas mieses que los jóvenes segaban con hoces afiladas: muchos manojos caían al suelo a lo largo del surco, y con ellos formaban gavillas los atadores. Tres eran éstos y unos rapaces cogían los manojos y se los llevaban abrazados. En medio, de pie en un surco, estaba el rey sin desplegar los labios, con el corazón alegre y el cetro en la mano. Debajo de una encina, los heraldos preparaban para el banquete un corpulento buey que habían matado. Y las mujeres aparejaban la comida de los trabajadores haciendo abundantes puches de blanca harina.

    También entalló una hermosa viña de oro cuyas cepas, cargadas de negros racimos, estaban sostenidas por rodrigones de plata. Rodeábanla un foso de negruzco acero y un seto de estaño, y conducía a ella un solo camino por donde pasaban los acarreadores ocupados en la vendimia. Doncellas y mancebos pensando en cosas tiernas, llevaban el dulce fruto en cestos de mimbre; un muchacho tañía suavemente la armoniosa cítara y entonaba con tenue voz el hermoso canto de Lino, y todos le acompañaban cantando profiriendo voces de júbilo y golpeando con los pies el suelo.

    Representó luego un rebaño de vacas de erguida cornamenta: los animales eran de oro y estaño y salían del establo mugiendo, para pastar a orillas de un sonoro río junto a un flexible cañaveral. Cuatro pastores de oro guiaban a las vacas y nueve canes de pies ligeros los seguían. Entre las primeras vacas, dos terribles leones habían sujetado y conducían a un toro que daba fuertes mugidos. Perceguíanlos mancebos y perros. Pero los leones lograban desgarrar la piel del animal y tragaban los intestinos y la negra sangre; mientras los pastores intentaban, aunque inútilmente, estorbarlo, y azuzaban a los ágiles canes: éstos se apartaban de los leones sin morderlos, ladraban desde cerca: rehuían el encuentro de las fieras.

    Hizo también el ilustre Cojo de ambos pies un gran prado en hermoso valle, donde pacían las cándidas ovejas, con establos, chozas techadas y apriscos.

    El ilustre Cojo de ambos pies puso luego una danza como la que Dédalo concertó en la vasta Cnoso en obsequio de Ariadna, la de lindas trenzas. Mancebos y doncellas hermosas, cogidos de las manos, se divertían bailando: éstas llevaban vestidos de sutil lino y bonitas guirnaldas, y aquéllos, túnicas bien tejidas y algo lustrosas, como frotadas con aceite, y sables de oro suspendidos de argénteos tahalíes. Unas veces, moviendo los diestros pies, daban vueltas a la redonda con la misma facilidad con que el alfarero aplica su mano al torno y lo prueba para ver si corre, y en otras ocasiones se colocaban por hileras y bailaban separadamente. Gentío inmenso rodeaba el baile, y se holgaba en contemplarlo. Un divino aedo cantaba, acompañándose con la cítara; y en cuanto se oía el preludio, dos saltadores hacían cabriolas en medio de la muchedumbre.

    En la orla del sólido escudo representó la poderosa corriente del río Océano.
    Después que construyó el grande y fuerte escudo, hizo para Aquileo una coraza más reluciente que el resplandor del fuego; un sólido casco, hermoso, labrado, de áurea cimera, que a sus sienes se adaptara, y unas grebas de dúctil estaño.

    Cuando el ilustre Cojo de ambos pies hubo fabricado las armas, entrególas a la madre de Aquileo. Y Tetis saltó, como un gavilán, desde el nevado Olimpo, llevando la reluciente armadura que Hefesto había construido.
    Traducción de Luis Segalá y Estalella – 1910

  • Mundus/ cosmos: la creación de un nuevo lenguaje científico en Latín

    La fundación legendaria y mítica de Roma se fecha en el año 753 a.C.; para entonces los griegos ya recitaban los dos grandes poemas épicos de Occidente, la Ilíada y la Odisea. Ciento cincuenta años después de la muerte de Alejandro Magno los romanos conquistan Grecia y la declaran provincia romana. Entre las aportraciones culturales de Grecia a los romanos destaca la Filososfía. Pero el latín carece de la terminología científica suficiente.

    Ya sabemos de acuerdo con el feliz verso de Horacio que a la postre fue Grecia la que dominó a los romanos con su cultura y civilización, que a fin de cuentas es la nuestra:

    Horacio, Epistolas II,1,156-157:

    La Grecia conquistada conquistó a su fiero conquistador e introdujo las artes en el agreste Lacio.

    Graecia capta ferum victorem cepit et artes intulit in agresti Latio.

    Véase: https://www.antiquitatem.com/graecia-capta-cultura-griega-quignard

    Pues bien, en ese proceso de aculturación, los romanos se encontraron con una enorme carencia a la hora de traducir e integrar en el latín la terminología científica y especializada que los griegos habían acuñado. El latín no disponía de términos técnicos adecuados a la invasión de nuevos conocimientos.

    Los autores latinos respondieron al problema de las dos maneras posibles: intentando traducir y buscar el término latino equivalente o simplemente transcribiendo el término griego al latín adaptando su grafía. Así que los numerosísimo términos griegos existentes en las lenguas romances o derivadas del latín no proceden directamente del griego sino a través de su forma latina.

    De este problema fueron muy conscientes los autores latinos. Así Lucrecio escribe un grandioso tratado de ciencias, de física, química, ciencias naturales en verso, en un poema de 7415 hexámetros.

    Lo titula “Sobre la naturaleza de las cosas”, “De rerum natura”, y en él expone las teorías de Epicuro, del que nos han quedado escasos textos. Es precisamente Lucrecio la principal fuente para conocer el pensamiento de Epicuro, que por cierto poco tiene que ver con la caricatura que ya desde la propia Antigüedad se hizo de él.

    Pues bien, nos dice Lucrecio, consciente de la dificultad lingüística de la empresa y planteando perfectamente la cuestión, en los versos del libro I, 136-145:

    Es difícil, no se me oculta, ilustrar en versos latinos los oscuros descubrimientos de los griegos, máxime porque en muchos casos hay que echar mano de nuevos vocablos, por la pobreza de la lengua y la novedad de los temas; pero, con todo, tus merecimientos y el esperado deleite de tu dulce amistad me animan a soportar cualquier fatiga y me inducen a pasar en vela las noches serenas, buscando con qué palabras y versos podría inundar por fin tu mente de una brillante luz, con la que puedas escudriñar hasta el fondo las cosas más ocultas. (Traducción de Eduardo Valentí Fiol, Edit. Bosch, 1976)

    Nec me animi fallit Graiorum obscura reperta
    difficile inlustrare Latinis versibus esse,
    multa novis verbis praesertim cum sit agendum
    propter egestatem linguae et rerum novitatem;
    sed tua me virtus tamen et sperata voluptas
    suavis amicitiae quemvis efferre laborem
    suadet et inducit noctes vigilare serenas
    quaerentem dictis quibus et quo carmine demum
    clara tuae possim praepandere lumina menti,
    res quibus occultas penitus convisere possis.

    Quizás algún amable lector se pregunte con curiosidad por qué escribió este tratado de ciencia en versos hexámetros. La respuesta está en parte en relación con lo comentado anteriormente. El asunto de la naturaleza de las cosas se merecer un tratamiento adecuado, grandioso, cargado de prestigio y tono elevado. En ese momento no existe todavía una prosa científica lo suficientemente desarrollada; así que se recurre a lo ya prestigiado, el verso épico, el hexámetro, aunque ahora aplicado a una obra cuyo objetivo es eminentemente didáctico.

    También Cicerón es consciente de la importancia de la empresa de traducir los textos griegos al latín en su “Sobre la naturaleza de los dioses”, I,4,7-8:

    Si por otra parte, alguien pregunta qué motivo ha podido impulsarme tan tarde a dejar por escrito tales preceptos, no hay nada que me sea más fácil de explicar que esto. Yo estaba, en efecto, languideciendo en un retiro ocioso, y la situación de los asuntos públicos era tal que una forma autocrática de gobierno se había hecho ya inevitable. En estas circunstancias pensé en primer lugar que explicar la filosofía a mis compatriotas era en aquellos momentos para mí un deber en beneficio de la propia república, considerando que había de contribuir grandemente al honor y a la gloria de la ciudad el poseer, redactadas también en lengua latina, pensamientos tan importantes y tan luminosos.

    Y me arrepiento tanto menos de mi empresa cuanto que puedo ver claramente cuán grande es el número de mis lectores que se han sentido estimulados no solamente al estudio sino también a escribir ellos mismos por su cuenta. Gran número, en efecto, de gentes muy conocedoras de las enseñanzas griegas eran incapaces de compartir sus conocimientos con sus conciudadanos, porque desconfiaban de la posibilidad de expresar en latín las enseñanzas que habían recibido de los griegos; y ciertamente en la cuestión de la expresión o el vocabulario creo que hemos hecho tales progresos que ni aun en riqueza de vocabulario nos superan los griegos. (Traduccion de Francisco de P. Samaranch. Ed. Aguilar)

    Sin autem quis requirit quae causa nos inpulerit ut haec tam sero litteris mandaremus, nihil est quod expedire tam facile possimus. Nam cum otio langueremus et is esset rei publicae status ut eam unius consilio atque cura gubernari necesse esset, primum ipsius rei publicae causa philosophiam nostris hominibus explicandam putavi, magni existimans interesse ad decus et ad laudem civitatis res tam gravis tamque praeclaras Latinis etiam litteris contineri.

    Eoque me minus instituti mei paenitet, quod facile sentio quam multorum non modo discendi sed etiam scribendi studia commoverim. complures enim Graecis institutionibus eruditi ea quae didicerant cum civibus suis communicare non poterant, quod illa quae a Graecis accepissent Latine dici posse diffiderent; quo in genere tantum profecisse videmur, ut a Graecis ne verborum quidem copia vinceremur.

    El mismo Cicerón se queja amargamente también de sus compatriotas que desprecian las obras en latín aunque sean una traducción directa del griego en “Del supremo bien y del supremo mal”, De finibus bonorum et malorum, I,2,4

    “Más difícil es responder satisfactoriamente a los que afectan despreciar las obras escritas en Latín. Lo que me admira en estos, sobre todo, es por qué no les agrada la lengua materna en materias de altísima importancia, siendo así que leen con agrado obras de teatro latinas traducidas literalmente de otras griegas. Y ¿quién es tan enemigo del nombre romano, por así decirlo, que desprecie o rechace la Medea de Ennio o la Antíope de Pacuvio, con el pretexto de que le encantan estas piezas si son las de Eurípides, pero le hastían escritas en latín? (Traducción de Victor José Herrero Llorente. Edit. Gredos. 1987)

    Iis igitur est difficilius satis facere, qui se Latina scripta dicunt contemnere. in quibus hoc primum est in quo admirer, cur in gravissimis rebus non delectet eos sermo patrius, cum idem fabellas Latinas ad verbum e Graecis expressas non inviti legant. quis enim tam inimicus paene nomini Romano est, qui Ennii Medeam aut Antiopam Pacuvii spernat aut reiciat, quod se isdem Euripidis fabulis delectari dicat, Latinas litteras oderit?….

    Sigue Cicerón contraponiendo las dos lenguas en este pasaje durante un largo texto y de nuevo en esta misma obra (De finibus bonorum et malorum) en II,4,12  y III,2 4

    Quiero ahora concretar y ejemplizar este asunto con el término “kosmos” "cosmos", que traducen en latín por “mundus”.

    Kosmos, κόσμος ,  en griego significa orden, lo arreglado, lo hermoso, limpio; el término latino “mundus” no es sino su traducción que significa lo mismo. Quien no haya caído en ello que reflexione sobre el significado de “in-mundo”, que es la negación del concepto anterior, es decir, “lo sucio, desordenado, feo” o en "mondar", del latín mundare que significa "limpiar".

    Por extensión cosmos y mundo se refieren al orden grandioso del universo y por lo tanto significan universo, cielo luminoso, cosmos y mundo, conjunto de cuerpos celestes.

    Más aún, cuando Cicerón ha de traducir κόσμιος , kosmios, lo regular, bien ordenado, moderado, lo hace por “mundanus”, por ejemplo en Tusculanae, 5,3,108.

    También Plinio comienza su libro II, que precisamente dedica a la astronomía con el término “mundum

    Libro II, 1.

    El mundo y todo aquello que con otra denominación se convino en llamar cielo, en cuyo seno transcurren todas las cosas, hay que creer que es igual a la divinidad, eterno, inconmensurable y que no ha sido engendrado ni jamás va a perecer. Indagar más allá de él no tiene interés para el hombre ni cabe en las conjeturas de la mente humana. (Traducción Ana María Moure Casas. Edit. Gredos,1995)

    Liber II, 1

    Mundum et hoc quodcumque nomine alio caelum appellare libuit, cuius circumflexu degunt cuncta, numen esse credi par est, aeternum, inmensum, neque genitum neque interiturum umquam. huius extera indagare nec interest hominum nec capit humanae coniectura mentis.

    Luego, un poco más abajo, en el mismo libro nos explica con toda claridad por qué al universo se le llama “mundus” en latín:

    Plinio, Lib. II,(4) 8

    Yo desde luego me dejo guiar también por el consenso de los pueblos, pues los griegos lo designaron “cosmos” κόσμον,  con la palabra de la belleza, como también nosotros lo llamamos mundo por su perfecta y absoluta hermosura. Y al cielo le hemos puesto tal nombre por razón de que, sin ninguna duda, ha sido cincelado, como interpreta Marco Varrón. Lo corrobora el orden de las cosas, una vez descrito el círculo que se denomina zodiacal con los signos de doce seres vivos, y, por añadidura, la correspondencia del curso del sol a través de ellos a lo largo de tantos siglos. (Traducción Ana María Moure Casas. Edit. Gredos,1995)

    equidem et consensu gentium moveor; nam quem  κόσμοn Graeci nomine ornamenti appellavere eum et nos a perfecta absolutaque elegantia mundum. caelum quidem haud dubie caelati argumento diximus, ut interpretatur M. Varro. 9 adiuvat rerum ordo discripto circulo qui signifer vocatur in duodecim animalium effigies et per illas solis cursus congruens tot saeculis ratio.

    Pero Plinio parece citar de memoria a Varrón al establecer la relación entre caelum (cielo) y caelare (cincelar). Varrón está citando a su maestro Elio Estilón, que es quien establecer la relación, que el propio Varrón no comparte.

    En realidad dice Varrón en su “De lingua Latina” V, 18

    Elio escribe que el cielo (caelum) se denomina así porque está cincelado (caelatum); o por antífrasis, porque está oculto (celatum), lo que en realidad está patente. Pero no: se trata de un error, porque precisamente los últimos vocablos son los que derivan de caelum mejor que caelum de celare (ocultar) o caelare (cincelar). Pero no es menos probable que, de ambas etimologías, la que lo hace derivar de celare pudo haberse expresado a partir de que, en efecto, la  bóveda celeste se halla oculta (celatur) durante el día, mientras que durante la noche no lo está (non celatur)

    Caelum dictum scribir Aelius, quod est caelatum, aut contrario nomine,celatum quod apertum est; non, male: quod postriora multo potius a caelo quam caelum a celando vel caelando. Sed non minus illud alterum de celando ab eo potuit dici, quod interdiu celatur, quam quod noctu non celatur.

    Más adelante S. Isidoro vuelve a repetir estas explicaciones en sus Etimologías, XIII,4:

    El cielo (caelum) se denomina así porque es como un vaso cincelado (caelatum) en el que, como adornos, están impresos los brillos de las estrellas, pues se dice que un vaso está cincelado cuando resplandece con labores primorosas. Distinguió Dios al cielo y lo llenó de radiantes luces, como son el sol y el disco refulgente de la luna; adornólo además con los luminosos signos de los resplandecientes astros. [No obstante según algunos, el nombre viene de “ocultar” (caelare) lo más elevado] (Traducción de José Oroz y Manuel-A Marcos. BAC,20049.

    Caelum vocatum eo quod, tamquam caelatum vas, inpressa lumna habeat stellarum veluti signa. Nam caelatum dicitur vas quod signis eminentioribus refulget. Distinxit enim eum Deus claris luminibus, et inplevit; sole scilicet et lunae orbe fulgenti et astrorum micantium splendentibus signis adornavit. [Alias autem a superiora calenado].

    Naturalmente la científica filología moderna no acepta estas etimologías simplonas de “cielo”, más bien propias de la imaginación popular elemental. Tampoco acepta otra ya antigua, que hace derivar “caelum” del griego κοῖλον , (koilon) ´´cóncavo´´,´´hueco´´, ´´vacío´´,  que permite transcribirlo a veces, tardíamente,  como “coelum”  porque la bóveda celeste parece una concavidad inmensa. También a veces se escribe “celum” según “celare”.

    Pero la filología no encuentra el origen del término latino. Se ha pensado también en que deriva del verbo “caedo”, “cortar”, significando el espacio que corta o delimita el augur para observar las señales de los dioses.  Todo ello son meras hipótesis un tanto descabelladas. A lo sumo se sospecha la existencia de un primitivo término indoeuropeo *kaid-slo-, de una raiz que significaría “brillante, claro” que deja rastrearse en Germánico y Báltico.

    El término mundus es muy utilizado por Lucrecio, sobre todo en el libro V, casi siempre con el sentido extenso de “universo”, incluyendo el cielo y la tierra. Cicerón también lo utiliza con el mismo sentido. Otras veces los autores romanos lo utilizan como “tierra” o como “cielo”. La reducción del significado de “mundo” a   “mundo terrestre, tierra, habitante de la tierra se produjo a partir de la época imperial.

    Luego incluso sufrió una restricción más en el lenguaje de la Iglesia, contraponiéndose “el mundo” al “cielo”, pasando a ser junto con “el demonio” y “la carne” como objeto de la incontinencia sexual uno de los tres enemigos del alma.

    Estas polivalencias han pasado a las lenguas romances, siendo el contexto el que ha de aclarar el significado concreto.

    En todo caso universum en realidad es la forma neutra del adjetivo universus-a-um, que significa “todo”; etimológicamente compuesto de unus y versus, vuelto hacia un solo punto, uno. Con el término “universos” traduce Cicerón la palabra griega τὸ ὅλον, to holon, que significa todo, entero, completo y por lo tanto universo viene a significar “el todo, conjunto de todas las cosas”.

    Pues bien, volviendo a la cuestión inicial, la traducción de cosmos por mundus, si de cosmos deriva cosmético,-a,  κοσμητικός ,como producto de belleza o arte de aplicar productos para la belleza del cuerpo, especialmente de la cara ocultando lo que de feo pueda tener, conviene saber que también en latín se llama “mundus” a los objetos o estuches de tocador de las muchachas y señoras sin que neguemos la posibilidad de que pueda existir un tocador de señores.

    Terminaré este largo artículo diciendo que “mundo” pronto dejó de percibirse como término técnico o científico para referirse al cosmos o conjunto de todas las cosas perfectamente ordenado. Esa percepción y origen etimológico resulta hoy mucho menos evidente. Desde luego nadie identificaría en este momento la “cosmología” con la “mundología”, por ejemplo.

  • El atractivo de los lugares con historia

    ¿Por qué nos emocionan los lugares en los que vivieron los grandes hombres o los grandes artistas?

    Hay una fuerte y extraña ligazón entre las personas y los lugares en los que pasan su vida. Es más, esos lugares tienen un fuerte atractivo y generan fuertes deseos de conocerlos y visitarlos por parte de quienes admiran a las personas.

    ¿Qué turista en Verona  no visita emocionado la casa de Romeo Julieta, aunque le quepa la duda o la evidencia de que aquello no es sino un mero reclamo para el visitante? ¿No se organizan fervientes recorridos por el Dublín del Ulises de Joyce? ¿Acaso no imaginamos sonrientes la figura del Arcipreste revoloteando picarón entre las muchachas que acuden a la celebración de su Festival en Hita? ¿No acudimos curiosos a los lugares cervantinos, de manera especial a su casa en Alcalá? ¿Y no acudiremos dentro de poco serios y silenciosos a la cripta del convento de las Trinitarias de Madrid, en donde parece que se han encontrado los restos de nuestro más ilustre escritor? ¿Y qué decir de Stradford of Avon en Inglaterra, patria del inmortal Shakespeare? ¿Y del aula de Antonio Machado y los paseos junto al Duero en Soria o su tumba en Collioure (Francia), o de la cátedra de Fray Luis de León en Salamanca?

    Si siempre esto ha sido así, ¿qué no ocurrirá ahora, cuando abundantes e inquietas masas de turista acuden a cualquier sitio con cualquier reclamo?

    Pues bien, tenemos un documento realmente interesante en el que Cicerón y algunos amigos visitan con emoción algunos de los rincones de Atenas en los que enseñaron y vivieron los más ilustres y famosos hombres de la culta Grecia.

    Cicerón, junto con Bruto, Pisón, su hermano Quinto, Tito Pomponio, y su primo Lucio están en Atenas y deciden dar un paseo por la Academia, a mediodía por ser la hora en la que el lugar, ya muy decaído, está más solitario:

    Cicero, De Finibus, 5, 1-8 (Sobre los fines

    Después de haber escuchado, Bruto, a Antioco como acostumbraba en compañía de Marco Pisón, en el gimnasio que llaman “el Ptolomeo”, y junto con nosotros mi hermano Quinto y Tito Pomponio y Lucio Cicerón, primo hermano mío por parentesco pero hermano en el afecto, decidimos entre nosotros dar un paseo después de mediodía en la Academia, sobre todo porque a esa hora este lugar está vacío de toda gente. Así pues fuimos todos a casa de Pisón puntualmente y desde allí hicimos los seis estadios desde el Dípilo (una de las puertas de la ciudad) hablando de varias cosas. Cuando llegamos a los terrenos de la Academia, tan famosos no sin motivo, la soledad era precisamente la que deseábamos.

    Entonces dijo Pisón:  ¿Diré que se nos ha concedido por  la naturaleza o más bien por algún error  esto,  que cuando vemos estos lugares,  en los que sabemos que vivieron mucho tiempo hombres dignos de recuerdo, nos emocionamos más que si escucháramos alguna vez las acciones de ellos mismos o si leyéramos algún escrito suyo? Como yo mismo ahora estoy emocionado. Pues me viene a la mente el recuerdo de Platón, que sabemos que fue el primero que estableció la costumbre de enseñar disputando aquí. Incluso esos jardincillos cercanos no sólo me traen su recuerdo, sino que incluso me parece que me lo ponen delante de mi vista. Aquí estuvo Espeusipo, aquí estuvo Jenócrates, aquí estuvo Polemón escuchándoles, cuyo asiento fue ese mismo que estamos viendo. Y digo que también cuando veía nuestra Curia, no la nueva que me parece que es más pequeña aunque ahora es más grande, solía pensar en Escipión, en Catón, en Lelio y sobre todo en mi abuelo. Tan grande es la fuerza para hacernos recordar que hay en estos lugares que no sin motivo se ha basado en ellos el entrenamiento  de la memoria.

    Dijo entonces  Quinto: «Es absolutamente , Pisón, como tú dices. Ciertamente hace un momento cuando venía hacía aquí me atraía a mí mismo hacia él ese famoso lugar de Colono, en el que el inquilino Sófocles deambulaba ante mis ojos, a quien tú sabes cuánto admiro y cuánto me deleito con él.  Ciertamente  me ha trasladado al antiguo recuerdo de Edipo, que llegaba a este lugar y con aquellos versos suavísimos preguntaba qué lugar era éste, una cierta imagen suya,sin duda vana, pero me ha emocionado.

    Dijo entonces Pomponio: “Pues yo estoy muchas veces con Fedro, a quien vosotros soléis atacar como entregado a Epicuro, y a quien quiero especialmente, como sabéis en los jardines de Epicuro, por los que hace un momento pasábamos, y aunque me acuerdo de los vivos según el consejo del viejo proverbio, no puedo sin embargo, aunque quisiera, olvidarme de Epicuro, cuyo retrato tienen nuestros amigos no sólo en los cuadros sino también en las copas y en los anillos.

    Entonces dije yo: «Nuestro amigo Pomponio ciertamente parece bromear, y quizá con todo su derecho. Pues de tal modo se ha  aposentado en Atenas que casi es ya uno de los atenienses, y me parece que este será también su sobrenombre. Yo, Pisón estoy de acuerdo contigo en que a esto llegamos en la realidad, a pensar con más agudeza y más atención en los hombres famosos por la curiosidad de los lugares (que habitaron). Pues tú sabes que, en cierta ocasión, fui a Metaponto  contigo , y no acudí a casa de mi huésped antes de ver aquel mismo lugar y sede en la que Pitágoras paso su vida. Y todavía en este momento, aunque en cualquier lugar de Atenas hay muchas huellas de hombres famosos en sus propios lugares, sin embargo yo me emociono con aquella famosa exedra, pues no hace mucho fue de Carnéades, a quien me parece que estoy viendo –pues su retrato es conocido- . Me parece como si aquella su voz fuera echada de menos por el propio asiento privado de la enorme grandeza de su ingenio.

    Entonces dijo Pisón: «Puesto que todos hemos dicho algo, ¿qué dice nuestro querido Lucio? ¿No visita con gusto el lugar en el que solían disputar entre sí Demóstenes y Esquines? Pues cada uno es atraído sobre todo por su propia afición.

    Y éste, ruborizándose, dijo: «No me preguntes eso a mí, que incluso he bajado hasta el Fa-
    lérico,  al lugar en el que dicen que Demóstenes solía declamar frente a las olas, para acostumbrarse a dominar con su voz el bramido del mar. Hace también un momento me he desviado del camino un poco a la derecha para acercarme al sepulcro de Pericles. Pero esto en esta ciudad ciertamente es infinito: por cualquier parte por  donde vayamos, allí encontramos la huella de alguna historia.

    Entonces dijo Pisón: Pues bien, Cicerón, esas aficiones, si se dirigen a imitar a esos grandes hombres, son propias de personas inteligentes; si en cambio solo pretenden conocer los restos de un antiguo recuerdo, son propias de personas curiosas. Por eso todos te pedimos a ti, como ya haces como espero, que también quieras imitar a estos a los que quieres conocer.

    Contesto yo entonces: aunque ciertamente este Pisón ya hace, como ves, lo que recomiendas, sin embargo me es grato tu consejo.

    Entonces dijo él muy amistosamente, como era su costumbre: Dirijamos todos nosotros todos los esfuerzos  a la juventud de este, sobre todo para que dedique algo de su interés también a la filosofía, o para que te imite a ti, a quien ama, o para que pueda hacer con más elegancia eso mismo que desea. Y dijo también, ¿Pero Lucio, tienes que ser animado por nosotros o también te inclinas a ello espontáneamente? A mí me parece que atiendes con toda atención a Antioco, a cuyas lecciones acudes.

    Entonces él tímidamente, o más bien con modestia, respondió: « lo hago, ciertamente; pero ¿habéis oído hace poco hablar sobre Carnéades? Me atrae con pasión hacía allá,  pero Antioco me llama de nuevo hacia él y además no hay nadie más al que escuchar.

    Entonces le dijo Pisón:  aunque esto quizás no pueda salir bien, estando este presente –se refería a mí-,  sin embargo intentaré atraerte desde esta Academia Nueva a aquella Antigua, en la que, como oías decir a Antioco, no sólo se cuentan aquellos que se llaman Académicos, Espeusipo, Jenócrates, Polemón, Crantor y otros, sino también los antiguos Peripatéticos, de los cuales el principal es Aristóteles, al que,  exceptuado Platón, creo que con toda justicia le llamaría el principal de los filósofos. Dirígete, pues, a ellos, te lo ruego. Pues no sólo de sus escritos y consejos se puede extraer toda la doctrina de las ciencias liberales, toda la historia, toda la elegancia de la oratoria, sino que es tan grande la riqueza de sus obras que nadie sin este instrumento puede acceder con la suficiente elegancia a ninguna cosa importante. De ellos han salido oradores, de ellos generales y los cargos principales de la República. Y refiriéndome a profesionales menores, de esta especie de taller de todas las artes han salido matemáticos, poetas, músicos, y hasta médicos.

    Y yo le contesté: Sabes, Pisón, que pienso lo mismo, pero has hecho una mención oportunamente. Pues mi querido Cicerón desea escuchar  cuál es la opinión de esa Academia vieja que recordabas y de los  Peripatéticos sobre la finalidad de los bienes. Pensamos que tú puedes explicarlo con toda facilidad, porque también tuviste contigo durante muchos años al napolitano Estáseas y vemos que durante muchos meses ya averiguas estas mismas cosas de Antioco.

    Pero él, riéndose, dijo:  «Bueno, bueno; muy agudamente has querido, pues, que yo fuera el principio de nuestra discusión: se lo expondré a este joven, si algo puedo casualmente. Pues la soledad me concede lo que nunca hubiera imaginado, aunque un dios lo anunciara, que yo iba a disertar en la Academia como un filósofo.

    Pero mientras atiendo a este joven, no querría resultaros pesado a vosotros.

    ¿A mí, le dije, que te lo he pedido esto mismo?

    Entonces, al decir Quinto y Pomponio que ellos querían lo mismo, comenzó a hablar Pisón. Te ruego, Bruto, que atiendas a su discurso para ver si recoge suficientemente la opinión de Antioco, que considero que tu apruebas sobre todo porque has escuchado con frecuencia a su hermano Aristo.

    Concluyamos, como decía Pisón,  en que las visitas a estos lugares tan cargados de ciencia, arte y sabiduría no se deban hacer  solamente por una mera curiosidad turística  sino al deseo de imitación de las personas, y que  al menos sirvan para que algo de los autores quede en nuestro interior y nos afecte.

    Cicero, De Finibus, 5, 1-8

    Cum audissem Antiochum, Brute, ut solebam, cum M. Pisone in eo gymnasio, quod Ptolomaeum vocatur,  unaque nobiscum Q. frater et T. Pomponius Luciusque Cicero, frater noster cognatione patruelis, amore germanus, constituimus inter nos ut ambulationem postmeridianam conficeremus in Academia, maxime quod is locus ab omni turba id temporis vacuus esset. itaque ad tempus ad Pisonem omnes. inde sermone vario sex illa a Dipylo stadia confecimus. cum autem venissemus in Academiae non sine causa nobilitata spatia, solitudo erat ea, quam volueramus.  tum Piso: Naturane nobis hoc, inquit, datum dicam an errore quodam, ut, cum ea loca videamus, in quibus memoria dignos viros acceperimus multum esse versatos, magis moveamur, quam si quando eorum ipsorum aut facta audiamus aut scriptum aliquod legamus? velut ego nunc moveor. venit enim mihi Platonis in mentem, quem accepimus primum hic disputare solitum; cuius etiam illi hortuli propinqui non memoriam solum mihi afferunt, sed ipsum videntur in conspectu meo ponere. hic Speusippus, hic Xenocrates, hic eius auditor Polemo, cuius illa ipsa sessio fuit, quam videmus. Equidem etiam curiam nostram—Hostiliam dico, non hanc novam, quae minor mihi esse videtur, posteaquam est maior—solebam intuens Scipionem, Catonem, Laelium, nostrum vero in primis avum cogitare; tanta vis admonitionis inest in locis; ut non sine causa ex iis memoriae ducta sit disciplina.

    Tum Quintus: Est plane, Piso, ut dicis, inquit. nam me ipsum huc modo venientem convertebat ad sese Coloneus ille locus, cuius incola Sophocles ob oculos versabatur, quem scis quam admirer quamque eo delecter. me quidem ad altiorem memoriam Oedipodis huc venientis et illo mollissimo carmine quaenam essent ipsa haec loca requirentis species quaedam commovit, inaniter scilicet, sed commovit tamen.

    Tum Pomponius: At ego, quem vos ut deditum Epicuro insectari soletis, sum multum equidem cum Phaedro, quem unice diligo, ut scitis, in Epicuri hortis, quos modo praeteribamus,  sed veteris proverbii admonitu vivorum memini, nec tamen Epicuri licet oblivisci, si cupiam, cuius imaginem non modo in tabulis nostri familiares, sed etiam in poculis et in anulis habent.
    Hic ego: Pomponius quidem, inquam, noster iocari videtur, et fortasse suo iure. ita enim se Athenis collocavit, ut sit paene unus ex Atticis, ut id etiam cognomen videatur habiturus. Ego autem tibi, Piso, assentior usu hoc venire, ut acrius aliquanto et attentius de claris viris locorum admonitu cogitemus. scis enim me quodam tempore Metapontum venisse tecum neque ad hospitem ante devertisse, quam Pythagorae ipsum illum locum, ubi vitam ediderat, sedemque viderim. hoc autem tempore, etsi multa in omni parte Athenarum sunt in ipsis locis indicia summorum virorum, tamen ego illa moveor exhedra. modo enim fuit Carneadis, quem videre videor—est enim nota imago—, a sedeque ipsa tanta ingenii magnitudine orbata desiderari illam vocem puto.

    Tum Piso: Quoniam igitur aliquid omnes, quid Lucius noster? inquit. an eum locum libenter invisit, ubi Demosthenes et Aeschines inter se decertare soliti sunt? suo enim quisque studio maxime ducitur.

    Et ille, cum erubuisset: Noli, inquit, ex me quaerere, qui in Phalericum etiam descenderim, quo in loco ad fluctum aiunt declamare solitum Demosthenem, ut  fremitum assuesceret voce vincere. modo etiam paulum ad dexteram de via declinavi, ut ad Pericli sepulcrum accederem. quamquam id quidem infinitum est in hac urbe; quacumque enim ingredimur, in aliqua historia vestigium ponimus.

    Tum Piso: Atqui, Cicero, inquit, ista studia, si ad imitandos summos viros spectant, ingeniosorum sunt; sin tantum modo ad indicia veteris memoriae cognoscenda, curiosorum. te autem hortamur omnes, currentem quidem, ut spero, ut eos, quos novisse vis, imitari etiam velis.

    Hic ego: Etsi facit hic quidem, inquam, Piso, ut vides, ea, quae praecipis, tamen mihi grata hortatio tua est.

    Tum ille amicissime, ut solebat: Nos vero, inquit, omnes omnia ad huius adolescentiam conferamus, in primisque ut aliquid suorum studiorum philosophiae quoque impertiat, vel ut te imitetur, quem amat, vel ut illud ipsum, quod studet, facere possit ornatius. sed utrum hortandus es nobis, Luci, inquit, an etiam tua sponte propensus es? mihi quidem Antiochum, quem audis, satis belle videris attendere.

    Tum ille timide vel potius verecunde: Facio, inquit, equidem, sed audistine modo de Carneade? rapior illuc, revocat autem Antiochus, nec est praeterea, quem audiamus.

    Tum Piso: Etsi hoc, inquit, fortasse non poterit sic abire, cum hic assit—me autem dicebat—, tamen audebo te ab hac Academia nova ad veterem illam vocare, in qua, ut dicere Antiochum audiebas, non ii soli numerantur, qui Academici vocantur, Speusippus, Xenocrates, Polemo, Crantor ceterique, sed etiam Peripatetici  veteres, quorum princeps Aristoteles, quem excepto Platone haud scio an recte dixerim principem philosophorum. ad eos igitur converte te, quaeso. ex eorum enim scriptis et institutis cum omnis doctrina liberalis, omnis historia, omnis sermo elegans sumi potest, tum varietas est tanta artium, ut nemo sine eo instrumento ad ullam rem illustriorem satis ornatus possit accedere. ab his oratores, ab his imperatores ac rerum publicarum principes extiterunt. ut ad minora veniam, mathematici, poetae, musici, medici denique ex hac tamquam omnium artificum officina profecti sunt.

    Atque ego: Scis me, inquam, istud idem sentire, Piso, sed a te oportune facta mentio est. studet enim meus audire Cicero quaenam sit istius veteris, quam commemoras, Academiae de finibus bonorum Peripateticorumque sententia. censemus autem facillime te id explanare posse, quod et Staseam Neapolitanum multos annos habueris apud te et complures iam menses Athenis haec ipsa te ex Antiocho videamus exquirere.

    Et ille ridens: Age, age, inquit,—satis enim scite me nostri sermonis principium esse voluisti—exponamus adolescenti, si quae forte possumus. dat enim id nobis solitudo, quod si qui deus diceret, numquam putarem me in Academia tamquam philosophum disputaturum. sed ne, dum huic obsequor, vobis molestus sim.

    Mihi, inquam, qui te id ipsum rogavi?

    Tum, Quintus et Pomponius cum idem se velle dixissent, Piso exorsus est. cuius oratio attende, quaeso, Brute, satisne videatur Antiochi complexa esse sententiam, quam tibi, qui fratrem eius Aristum frequenter audieris, maxime probatam existimo.

  • Sagrada Safo, coronada de violetas, sonrisa de miel

    Safo fue la primera poetisa importante de Occidente y una de las creadoras de la poesía lírica, personal e intimista.

    Sáfico y lésbico son dos adjetivos con los que nombramos al amor homosexual entre mujeres. El origen de estos términos está en el nombre de la más famosa poetisa griega de toda la Antigüedad, Safo, y en el nombre de la isla en la que  vivió la mayor parte de su tiempo, Lesbos, a finales del siglo VII a.C. en una familia aristocrática.

    Algunos otros de los escasos datos biográficos que nos ofrecen las fuentes antiguas, nada seguras y firmes, son que estuvo casada con un comerciante, que tuvo una hija llamada Cleis, que vivió algún tiempo exiliada en Sicilia y que tuvo tres hermanos, uno de ellos arruinado por su loco amor por  una prostituta (a ello se refieren algunos poemas). Algunos otros detalles interesantes los podemos deducir de sus propios poemas.

    Por cierto, de Lesbos era  también Alceo, el otro gran poeta lírico primitivo, y a veces se representan juntos a estos dos grandes poetas.

    El origen de la palabra homosexual

    Homosexual  es una palabra compuesta de la griega  ὅμοιος, homoyos, que significa “igual” y la latina sexualis, de sexus, sexual, sexo. Por lo tanto se refiere a los amores entre personas del mismo sexo. Nada tiene que ver su origen pues con la palabra latina “homo” que significa hombre. Al amor entre personas de género masculino se le suele llamar, más específicamente “gay”, término inglés que en principio significa “alegre”; al amor entre mujeres, como queda indicado, se le llama “sáfico” o “lésbico”.  Estos términos parece que comenzaron a emplearse en la Francia Ilustrada del siglo XVIII.

    Safo, la primera y mejor poetisa griega

    De Safo de Lesbos desconocemos casi todo e incluso mucho de  lo que con poco sentido crítico se afirma de ella se debe a una opinión y  tradición negativa ya desde la propia Antigüedad, acrecentada luego por la moral cristiana.

    Y sin embargo en lo que sí hay acuerdo general es en que fue la primera y mejor poetisa griega, cuya fama se vio reconocida desde la propia Antigüedad. (Hubo otras poetisas menos conocidas como Corina, Telesila, Praxila, Cleobulina, Beo, Erina, Nóside, …)

    Escribió nueve libros de odas, epitalamios o canciones de bodas, elegías, himnos a las diosas y dioses. Pero  tan sólo conocemos de todo esto siete  poemas extensos que podríamos considerar cuasi completos o menos destruidos, y unos cuantos fragmentos, 264 en total, la mayor parte citas, a veces de una sola palabra, de gramáticos y comentaristas antiguos. De hecho, 63 están formados por un solo verso; 21 por una estrofa y como decía,7  poemas están cuasi completos.

    Se dice que dirigió una escuela de jóvenes poetisas

    Casi todo en su vida es enigmático y fascinante y raramente probado. Se ha dicho, sin suficiente fundamento, que Safo tenía y dirigía una escuela o grupo de jóvenes muchachas (parthenoi, doncellas), círculo de hetairai o «compañeras»,tal vez a semejanza de los grupos masculinos.

    La discusión sobre la naturaleza de este grupo o “thiasos” θίασος,  ha sido abundante. Las muchachas acudían a su casa, a la que llamaba “Morada de las servidoras de las Musas , como se refleja en el fragmento  101,  tal vez para recibir cierta formación y cultivar el espíritu, componiendo y cantando poemas al amor, a la belleza, al pudor de las muchachas vírgenes, aprendiendo gimnasia, música y danza, adorno personal,  como si de una escuela de señoritas se tratara; tal vez como preparación al matrimonio; tal vez para  rendir culto a Afrodita o Eros, como otras asociaciones o “thiasos”, θίασος,  similares. Tal vez para un poco de todo esto.  En todo caso se trataría de  una agrupación de amigas que se reúnen  para festejar con cantos y danzas, también con banquetes,  su amistad, como hacían los hombres.  Pero si esto es así, ¿para qué se necesita hacerla directora de una especie de “academia” para señoritas de buena familia?

    Las discusiones y matizaciones sobre el tipo de relaciones que se establecían en el thiasos han sido muy numerosas y siguen siéndolo hoy en día en que intervienen también diversos grupos feministas con ideas diversas sobre el papel, situación y relaciones de la mujer en la sociedad.

    La opinión,  expresada sin ningún rigor, de que su casa  era simplemente un prostíbulo está absolutamente desacreditada. Séneca, bien es cierto que despreciando el saber inútil al que muchos se entregan, hace una referencia a ello en su Carta a Lucilio, LXXXVIII, 37:

    El gramático Dídimo escribió cuatro mil libros:  ¡me daría pena si él hubiera leído tantas cosas inútiles! En estos libros se pregunta por la patria de Homero, de la verdadera madre de Eneas, si Anacreonte en su vida fue más lujurioso que borracho, si Safo fue una mujer pública, y otras cosas que si las hubieras aprendido tendrías que desaprenderlas. Y ahora niega que la vida sea larga.

    Quattuor milia librorum Didymus grammaticus scripsit: misererer si tam multa supervacua legisset. In his libris de patria Homeri quaeritur, in his de Aeneae matre vera, in his libidinosior Anacreon an ebriosior vixerit, in his an Sappho publica fuerit, et alia quae erant dediscenda si scires. I nunc et longam esse vitam nega!

    Safo es una de las creadoras de la poesía lírica

    Safo es una de las creadoras de la poesía lírica, que no canta los hechos y hazañas épicas de los héroes griegos que representan el espíritu colectivo, sino los sencillos y refinados sentimientos personales de las delicadas y educadas muchachas de Lesbos, especialmente el amor entre las personas. Canta a las diosas de las artes, de la belleza, del amor, de la voluptuosidad: Eros, Afrodita, las Musas.

    Claramente expresa su desinterés por la épica y su interés por su mundo  personal  femenino y delicado en estos versos:

    Unos dicen que las huestes de jinetes, otros que las de infantería
    Otros que una flota de barcos
    Pero yo digo que lo más hermoso sobre la oscura tierra
    Es aquello que uno ama

    Esta poesía de los sentimientos personales, del amor sobre todo,  frente a los grandes ideales heroicos hoy  no nos llama la atención, pero piénsese que estamos hablando de los orígenes,  de la primera vez que esto ocurre y esto sí debió ser chocante entonces.

    Es una poesía para ser cantada al son de la lira (curiosamente, aunque sin fundamento, se le atribuye a Safo el invento del plectro o púa que se utiliza para hacer vibrar las cuerdas de los instrumentos musicales). La  musicalidad y sonoridad es precisamente una de sus características más valiosas.

    Nota: Precisamente por el acompañamiento del instrumento musical, la lira,  se llama a esta poesía “lírica”. La palabra épica  proviene del adjetivo griego ἐπικός (epikos), de  ἔπος (epos palabra, discurso, relato, canto, noticia,sentencia).

    Otras características, que provocan una fuerte emoción, son la sencillez de las palabras (usa el lenguaje cotidiano, el nombre de las cosas), la naturalidad de los sentimientos y la frescura de  de una poesía fuertemente sensual de expresión directa e inteligible, sin adornos ni afectación, tan lejos de tantos poetas antiguos y modernos saturados de retoricismo o empalagoso lenguaje incomprensible. Su sencillez está, pues,  en las palabras, en la expresión y en la sonoridad.

    La estrofa sáfica está formada  por tres versos endecasílabos y otro llamado adonio de cinco sílabas. Aunque se sigue basando esta métrica en la duración de las sílabas, el hecho de que sean versos de un determinado número de sílabas, la aproxima a nuestro sistema de versificación. Safo  popularizó esta estrofa y de ella recibe el nombre.

    Sin duda no es un hecho irrelevante que la isla de Lesbos se encuentre en frente y próxima a las costas de la sensual Asía  y no junto a las más severas y rígidas de la Grecia continental.
    Aunque se haya querido ocultar durante mucho tiempo, desconociendo a veces la correcta interpretación del texto, en sus poemas, dirigidos a las jóvenes muchachas servidoras de las Musas” expresando los sentimientos de amor, ternura, celos, rechazo…, se evidencia un amor homosexual que probablemente fue real:

    En blandos lechos tendida
    pudiste colmar tu deseo” 
       (fragmento 54)

    Así la cita de Horacio en Carmen II, XIII, 24-25 lo da por hecho:

    A Safo con la lira de los eolios,
    llorar de amor por las muchachas de su pueblo.

    Aeolibus fidiibus  quaerentem
    Sappho puellis de popularibus

    Y el mismo Horacio en la Epístola 19 del libro I, verso 28 se refiere a ella como “mascula Sappho”, “masculina Safo”.

    Yo fui el primero que mostró al Lacio
    los yambos de Paros, siguiendo la métrica y el espíritu
    de Arquíloco, mientras los hechos y las palabras seguían a Lycambe.
    Pero no me corones por ello con menos hojas (de laurel),
    porque no me atreví a cambiar sus  metros y el arte de su poesía.
    La masculina Safo acomoda  su Musa al verso de Arquíloco;
    la  acomoda  también Alceo, aunque difiere en los hechos  y en su estructura.

    Parios ego primus iambos
    ostendi Latio, numeros animosque secutus
    25Archilochi, non res et agentia verba Lycamben.
    ac ne me foliis ideo brevi oribus ornes,
    quod timui mutare modos et carminis artem,
    temperat Archilochi Musam pede mascula Sappho,
    temperat Alcaeus, sed rebus et ordine dispar,

    Los moralistas antiguos construyeron una visión negativa de Safo por sus relaciones homosexuales

    Su condición de mujer, la dirección de un grupo de muchachas (thiasos), el cultivo de una poesía intimista que canta los sentimientos personales, especialmente dirigida a otras muchachas, (hasta quince: Atis, Anactoria, Cidro, Arquenasa, Girino, etc.) y que revela sus relaciones homosexuales, su devoción a Afrodita, diosa del amor, y al propio Eros, las acusaciones de inmoralidad… fueron los componentes esenciales con los que los moralistas ya antiguos construyeron una visión negativa de la gran poetisa, censurada, incomprendida y olvidada.  Desde luego su modelo de libertad y relaciones sexuales igualitarias entre las amantes chocaría sin duda con el modelo de amor de los hombres, en los que siempre hay un matiz de dominio de uno sobre otra o sobre otro (en el caso del amor pederasta a los jóvenes).

    Pero su obra se conservó por lo menos hasta el siglo III de nuestra era; lo que es prueba del aprecio de que gozó. Luego, como  consecuencia de su mala fama, lo que nos ha llegado de ellas son apenas unos retazos (218 fragmentos) de lo que fue su obra.

    En el paroxismo de la crítica moral, tanto se le achaca un incontenido apetito sexual que le llevó a tener innumerables amantes masculinos como se afirma que si hubiera sido más atractiva para los hombres no hubiera buscado la relación con mujeres. Hay obras de teatro con su nombre en las que así se la dibuja, como dominada por un fuerte apetito sexual.  Así en Aristófanes aparece el término “lesbiatsein”, verbo formado a partir de “Lesbos”, que viene a significar “hacer un lésbico”, cuyo significado el lector deducirá fácilmente de la comparación con otras modalidades de práctica amorosa a los que también se designa con el nombre del lugar, como “francés o griego”.

    Hay incluso algún texto que la describe como de baja estatura, morena y fea. Es curioso lo modernas que suenan algunas de estas afirmaciones, absolutamente machistas, referidas a mujeres homosexuales.

    La leyenda sobre su muerte

    Menandro creó una leyenda sobre su muerte, que también recrea y propala Ovidio en sus Heroidas, según la cual Safo se arrojó desde el acantilado de Leucade por el amor no correspondido del joven y hermoso Faón. Leucade es un mítico lugar, un alto promontorio y quien de él se arroja se libera de una pasión amorosa no correspondida.

    Aunque suponga una pequeña digresión comentaré que Ovidio escribió una  obra de cartas imaginarias en las que veintiuna heroínas griegas escriben a sus amados. Son las Heroidas. Todas las mujeres son personajes míticos, excepto Safo, personaje real, protagonista de la carta número XV, que envía a su amor Faón. Esta carta de Ovidio colaboró enormemente a difundir algunos de los tópicos que sobre Safo corrían ya en la Antigüedad. Así:

    –  el inflamado apetito sexual y lascivia de la poetisa, en los versos 9-10:

    Me abraso, como arde el fértil campo con sus trigales incendiados,
    cuando el Euro incontrolado aviva las llamas.

    Uror, ut, indomitus ignem exercentibus Euris,
    Fertilis accensis messibus ardet ager.

    También en Ars amatoria, III, 331 se pregunta retóricamente:

    mira a Safo: ¿qué más lascivo que ella?

    Nota sit et Sappho (quid enim lascivius illa?),

    la mala fama de su amor en el verso 201:

    Muchachas de Lesbos, que me habéis hecho infame por haberos amado…

    Lesbides, infamem quae me fecistis amatae

      el reconocimiento y fama que ya tenía, v. 29-30:

    Mi nombre es alabado en el orbe entero
    y ni el mismo Alceo, compañero de patria también poeta,
    es más alabado, aunque su canto resuene mejor.

    Nec plus Alcaeus, consors patriaeque lyraeque,
    Lausdis habet, quamvis grandius ille sonet

    su fealdad, baja estatura  y tez morena, 31-38

    Si la cruel naturaleza me negó la belleza,
    yo suplo con mi ingenio la falta de hermosura.
    Soy pequeña, pero tengo un nombre que llena toda la tierra.
    La estatura que tengo es la que mide mi nombre.
    No soy blanca, pero a  Perseo  le agradó Andrómeda,
    hija de Cefeo, morena con el color de su país.
    Muchas veces las blancas palomas se unen a las de muchos colores
    y la negra tórtola es amada por el ave de color verde (el loro)

    Si mihi difficilis formam natura negavit,
    Ingenio formae damna rependo meae.
    “Sum brevis; at nomen quod terras impleat omnes
    Est mihi; mensuram nominis ipsa fero.
    Candida si non sum, placuit Cepheia Perseo
    Andromede, patriae fusca colore suae.
    Et variis albae iunguntur saepe columbae;
    Et niger a viridi turtur amatur ave.

    En esta carta Ovidio creó un verso famoso, expresión del sentimiento amoroso. El v. 96

    No te pido que me ames, sino que me dejes amarte

    Non ut ames oro, verum ut amare sinas.

    O el verso 121, resumen de tanta conducta enamorada socialmente correcta:

    No marchan juntos el pudor y el amor

    Non veniunt in idem pudor atque amor:…

    La poesía de Safo fue reconocida por serios e importantes hombres antiguos

    Pero todo esto negativo choca con la opinión de serios e importantes hombres antiguos y con el reconocimiento de que fue objeto por su ciudad y por estos hombres, a pesar de que su labor y poesía queda encerrada exclusivamente en el mundo femenino.

    Dionisio de Halicarnaso, en su De Compositione Verborum XXIII, 173 la considera como la mejor representante  de la lírica, junto a Anacreonte. Es en ese pasaje en el que transcribe, y gracias a él se conserva, el prácticamente único poema completo, el Himno a Afrodita.

    Estobeo, autor bizantino de los siglos V-VI de una antología de textos, hace una cita de Aeliano en la que se cuenta una interesante anécdota referida  a la poetisa:

    Estobeo, Florilegio, 3.29.58: 

    Solón de Atenas escuchó de su sobrino Execestides una canción de Safo sobre el vino y tanto le gusto la canción que le pidió al muchacho que se la enseñara; cuando le preguntaron por qué razón quería aprenderla, contestó que para aprenderla y luego morir.

    Sócrates la consideraba también  como uno de los sabios de la antigua historia griega.

    A Platón se le atribuye el siguiente epigrama de la Antología Palatina, que recoge García Gual en su Antología de la poesía lírica antigua, en el que la llama nada menos que “la décima Musa”:

    Dicen algunos que son nueve las Musas.
    ¡Cuánto se engañan!
    Pues he aquí la décima Musa
    (Antología Palatina (16D))

    Y también unos atribuyen  a Platón y otros a Antípatro de Sidón otro epigrama llamado “Epitafio para Safo” en el que se llama “Musa mortal que cantaba con las Musas inmortales». Reproduzco la versión de  Manuel Fernández Galiano para Gredos. Antología Palatina, Epigrama Helenísticos (VII 14):

    Epitafio de Safo

    A Safo custodias, eólide tierra, a la Musa
    Mortal a quien las Musas divinas reconocen,
    Criada por Cipris y Eros, que siempre trenzaba
    Con Persuasión guirnaldas perennes de las Piérides,
    De la Hélade encanto y honor para ti. ¿Por qué, Moiras,
    Que torcéis el hilo triple con vuestros husos,
    vida infinita no hilasteis a aquella que trajo
    dones infinitos a las Heliconiades?

    Alceo, su compatriota, le dedicó un sentido y precioso verso:

    “Coronada de violetas, sonrisa de miel, sagrada Safo” (fragmento 63D), con el que he querido titular este artículo

    Dice también Estrabón en XIII,2,3:

    “en la misma época (que Pitaco y Alceo) vivio Safo; fue un ser extraordinario, porque no sabemos que en ningún otro tiempo, por más que nos remontemos al pasado, hubiese existido otra mujer que por poco que fuese pudiera comparársele en poesía”.

    Las referencias son numerosas. Estas contradicciones en la valoración llevaron a algunos antiguos a suponer o a inventar absurdamente la existencia de dos Safos, una la adorada poetisa y otra la de vida ligera y casquivana y amante de Faón.

    Safo, desde luego,  impresionó a Ovidio y a Catulo (vease el artículo https://www.antiquitatem.com/catulo

    en el que comento su poema 51, traslación del de Safo) y a Petrarca y a Leopardi y a Byron y a Baudelaire.

    Presentaré el Himno a Afrodita, muy interesante, aunque con alguna dificultad de comprensión para el lector poco conocedor del mundo antiguo, en una de las versiones de García Gual. Presentaré también el famoso poema , que inspiró a Catulo, pero  también a Plutarco, Longo, Horacio, y al mismo Lucrecio en su De rerum Natura III, 53-156 cuando habla de la relación entre el cuerpo  y el alma.

    Ofreceré también unos pocos fragmentos menores para que el lector compruebe el estado fragmentario en que nos ha quedado su obra y el enorme valor que de estos retazos se deduce.

    Nota: La mayoría de las traducciones son obra de Carlos Montemayor, publicadas en Editorial Trillas (Mexico).  Algunas son del maestro Carlos García Gual; una es del catedrático Manuel  Pérez. La numeración de los fragmentos es ciertamente complicada; en la medida de lo posible utilizo la numeración de Page y Campbell en la edición de The Loeb Classical Library o la de Voigt.
    ….
    1 (Page, Voigt)

    Himno a Afrodita

    A ti, en tu trono multicolor, inmortal Afrodita,
    Hija de Zeus, tejedora de ardides, yo te suplico
    ¡no me paralices, con melancolía y hastío,
    Oh soberana, el ánimo!

    Ven aquí, como hacías antaño,
    Cuando oyendo mi voz desde lejos
    Me escuchabas y abandonando la casa paterna
    Venías.

    Unciendo el carro dorado bellos y veloces gorriones,
    Te traían alrededor de la oscura tierra,
    Batiendo velozmente las alas en remolino, desde el cielo,
    A través del éter.

    Llegaban pronto y tú, bienaventurada, sonriendo
    Con tu inmortal rostro preguntabas
    Cuál era mi padecimiento y por qué
    Te llamaba nuevamente.

    Y que o que más deseara en mi corazón atormentado
    Lo tendría. ¿A quién pretendes que Peitho** conduzca hacia tu amor?
    ¿Quién, oh Safo,
    Te causa pena?
    ** el engaño, la persuasión

    Pues si ahora huye, pronto perseguirá,
    Si no acepta regalos,en cambio ella te los dará,
    Y si no ama, ¡pronto amará
    Aún contra su voluntad”

    ¡Ven hacia mí también ahora! ¡Líbrame
    De pensamientos tristes y haz
    Que se cumpla lo que mi corazón ansía1
    ¡Sé túmisma mi compañera de lucha!

    (Traducción de Carlos García Gual)

    31 (Voigt )

    Me parece igual a los dioses
    aquel hombre que enfrente de ti
    se sienta y de cerca tu dulce voz
    escucha
    y tu dulce reír. Eso, lo juro,
    el corazón en mi pecho con fuerza golpea,
    pues nada más que te miro, al instante, de voz
    nada me queda.
    Que la lengua se me quiebra, y un sutil
    fuego en seguida me recorre por debajo la piel.
    Con mis ojos no veo nada, y los oídos
    me zumban,
    y me recorre un frío sudor, y un temblor
    hace presa de mí toda, y más pálida que la hierba
    estoy. Y estar muerta por poco
    me parece…
    Pero todo se debe soportar…

    (Traducción de Manuel Pérez López, en “De lo subime”; Edit. Dykinson)

    2 (Voigt)

    . . .ven, Cipris,
    y delicadamente, en copas de oro,
    escancia el néctar mezclado
    con goces. 
    (Versión de García Gual)

    ….
    160 (Page)

    . . .ahora, para mis amigas,
    cantaré bellamente dulces cosas.

    37 (Page)

    . . .en mi dolor que fluye gota a gota

    36 (Voigt)

    Lo deseo ardientemente, y lo busco. . .

    15 (Page, Voigt)

    ¡Oh Cipris, sé para Dórica
    amarga! ¡Que no se vanaglorie
    diciendo que otra vez se aleja
    por un dulce amor!

    16 (Paage, Voigt)

    Algunos dicen que un ejército de caballería,
    o de infantería, o una escuadra de navíos,
    es lo más bello sobre la oscura tierra.
    Yo digo que lo que uno ama.
    5 Y muy fácil es que todos lo comprendan.
    Porque Helena, que conoció a los más bellos hombres,
    abandonó a su marido, el mejor de todos,
    por navegar a Troya,
    10 sin acordarse de hijos ni del cariño
    de los padres ¡Tan lejos desvió Cipris a la amante!
    Pues logra Cipris al corazón doblegar
    y al que ama que nunca levemente ame.
    15 Ahora me hace recordar a Anactoria,
    que no está conmigo,
    y a la que quisiera ver con su amoroso andar
    y la radiante luz de su rostro,
    mucho más que a los carros lidios o las armas
    20 con que combaten de pie sus guerreros.
    Y sé bien que nadie puede alcanzar
    la suprema dicha, pero desear tenerla, . . .
    repentinamentre.    (
    Versión de García Gual)

    23 (Page, Voigt)
    ………………..
    . . . ahora, querida
    ……………………
    pues como. . . al verte frente a mí
    . . .ni la misma Hermione fue tan bella
    . . .ni con la rubia Helena compararte
    sería inconveniente,
    si fuese justo a los mortales hacerlo, pues sabe
    que con tu belleza toda mi inquietud
    . . .goza. . .
    ……………….
    . . .el promontorio
    . . .a los
    Celebrando la noche entera.

    22 (Voigt).

    . . .te pido. . .
    que aparezcas, oh Gónguila, vestida con la túnica
    blanca como leche. El amor mismo
    se agita alrededor.
    de tu belleza, pues el deseo arrebata
    a quien apenas la mira. Y yo gozo
    porque esto te reprocha la misma
    Ciprigenia,
    a la que pido.
    esto
    . . . quiero. . .

    30 (Voigt)

    …………………………..
    ……………………………..
    ……………………………..
    noche. . .
    las muchachas ante la puerta
    pasamos la noche entera, oh afortunado esposo,
    cantando tu amor y a tu novia
    cubierta de violetas,
    pero despierta cuando brote la aurora
    y acude a tus amores
    . . . a todo cuanto. . .
    al sueño veamos

    47 (Page Voigt)

    Amor ha sacudido mis sentidos,

    como el viento que arremete en el monte a las encinas. (Versión de García Gual)

    48 (Page, Voigt)

    Hiciste bien en venir, pues te anhelaba
    y desfallecía por este deseo que incendia mi alma. (
    Versión de García Gual)

    50 (Voigt)

    Sólo mientras lo miran tiene belleza el que es bello.
    Ahora y siempre dignidad, el que es digno.

    46 (Voigt)

    . .Y yo, sobre un blando cojín,
    tienda mis miembros. . .

    55 (Voigt)

    Después de que mueras, yacerás sin que nadie te recuerde
    o por ti se duela, pues no gozaste las rosas de
    Pieria *. Ignorada también en la casa del Hades,
    flotarás errabunda entre los oscuros muertos. .
    .

    * la poesía

    82 (Page, Voigt)

    De más bello cuerpo es Mnasídica que la tierna Gyrinna. . .
    Y a ninguna he encontrado, oh adorable, más desdeñosa que
    tú. . .

    168B (Voigt)

    se han puesto la luna y las Pléyades; ya es media noche; las
    horas avanzan, pero yo duermo sola.

    94 (Page, Voigt)

    De veras, estar muerta querría.
    Ella me dejaba y entre muchos sollozos
    Así me decía:
    “¡Ay,qué penas terribles pasamos,
    Ay, Safo, qué a mi pesar te abandono!”
    Y yo le respondía:
    “Alegre vete, y acuérdate
    De mí. Ya sabes cómo te quería.
    Y si no, quiero yo recordarte…
    Cuántas cosas hermosas juntas gozamos.
    Porque muchas coronas
    De violetas y rosas y flores de azafrán
    Estando conmigo pusiste en tu cabeza,
    Y muchas guirnaldas entretejidas,
    Hechas de flores variadas,
    Alrededor de tu cuello suave.
    Y ungías toda tu piel…
    Con un aceite perfumado de mirra
    Y digno de un rey
    Y sobre un mullido cobertor
    Junto a la suave…
    Suscitaste el deseo…
    Y no había baile ninguno
    Ni ceremonia sagrada
    Donde no estuviéramos nosotras,
    Ni bosquecillo sacro…
    …el repicar…
    …los cantos… 
      (Versión de García Gual)

    130 (Voigt)

    Otra vez el amor que deshace el cuerpo me atormenta,
    como una amarga y dulce fiera invencible.

    102 (Voigt)

    Dulce madre, no puedo ahora continuar mi tejido:
    ¡con el deseo de un muchacho me subyuga la tierna Afrodita!

    (Edmonds 158)

    Oh novia, tu cuerpo es hermoso; de miel
    son tus ojos y amor derrama tu delicado rostro!
    Con extraordinaria distinción te dotó, ciertamente, Afrodita.

    114 (Page, Voigt)

    (La joven desposada)
    – Doncellez, doncellez, ¿a dónde te vas y me dejas?
    (la doncellez)
    –  Ya no volveré a ti, querida, ya nunca más volveré.
    (Versión de García Gual)

    115 (Page, Voigt)

    ¿Con qué podré compararte, esposo?
    Con un esbelto y tierno junco.

    142 (Voigt)

    Latona y Níobe fueron amigas que se amaron tiernamente

    126 (Voigt)

    . . .duermes en el pecho de una tierna amiga. . .

    138 (Voigt)

    Quédate así, amigo, ante mí:
    déjame ver tu belleza

    Cita de Filóstrato

    . . .de melodiosa voz. . .
    «Y de muchas maneras se dirigía a las muchachas, como las de los
    brazos de rosas, las de ojos vivaces, las de hermosas mejillas o de
    melodiosa voz. Así, suavemente, Safo les hablaba.»

    119 (Bergk)

    Estas cenizas son de Timas, a quien muerta
    antes de sus bodas recibió el oscuro tálamo de Perséfone:
    todas sus compañeras, cuando ella murió, con recién afilados
    hierros sus hermosas cabelleras cortaron.

  • La muerte de Sócrates: su último día de vida.

    La muerte de Sócrates fue un día del año 399 a.C. a la caída de la tarde, tras la puesta del sol, apuraba Sócrates, el más sabio y mejor de los hombres, el vaso de cicuta (una planta bien frecuente en nuestro entorno geográfico) que le produciría la muerte, en presencia de sus amigos íntimos que asisten desolados a la entereza moral con que afronta la sentencia. Tenía Sócrates 70 o 71 años. Una sentencia injusta, consecuencia de las infames denuncias oportunistas de tres ciudadanos envidiosos y resentidos con el maestro, formuladas en un ambiente general propicio para ello al que la actitud orgullosa del propio Sócrates contribuyó,acabó con la vida del maestro y le concedió una fama imperecedera que de ninguna forma pudieron sospechar sus coetáneos.

    Desde entonces hasta hoy no hemos dejado de preguntarnos con asombro cómo fue posible que la primera democracia del mundo condenara “al mejor hombre… de los que… conocimos, y, en modo muy destacado, el más inteligente y más justo”, con la expresión con la que acaba Platón su diálogo “Fedón o del alma”.

    De la muerte de Sócrates tenemos varios relatos, los principales de su discípulo Platón, que centra en este asunto dos de sus “diálogos”: la llamada “Defensa o Apología de Sócrates” en la que el propio filósofo desmonta los argumentos de sus acusadores y asume con entereza la sentencia injusta, y el Fedón, conocido con el subtítulo de “Sobre la inmortalidad del alma”, aunque ciertamente su verdadera intención es exaltar la figura ejemplar de Sócrates. También hace referencias en otros diálogos, como en el Critón y Eutifrón. La muerte de Sócrates impresionó vivamente sin duda a su discípulo Platón.

    También otro discípulo, Jenofonte (circa 431 a.C.-354 a.C.), escribió unos “Recuerdos de Sócrates” y una breve Apología en la que naturalmente rememora su injusta condena y muerte.

    ¿Por qué fue Sócrates condenado a morir?

    Sócrates fue acusado básicamente de tres delitos: introducir nuevos dioses y despreciar los existentes, transformar con el arte de la palabra la verdad en mentira no respetando las leyes, corromper a los jóvenes. Platón hace que Sócrates en su Apología desmonte todas las acusaciones de sus adversarios, pero la Apología es un relato literario y no la transcripción del juicio real.

    (Véase una explicación de las causas de su muerte en  https://www.antiquitatem.com/socrates-condena-cicuta-las-nubes- )

    En el Fedón nos narra Platón los últimos días de la vida de Sócrates, especialmente el último, aquel en el que con toda serenidad y desconsuelo de sus amigos apura el vaso de cicuta, que le paraliza sus músculos hasta producirle la muerte.

    ¿Qué es la cicuta y cómo provoca la muerte?

    La cicuta, abundante en nuestro entorno geográfico, es semejante al hinojo, tiene una neurotoxina que inhibe el funcionamiento del sistema nervioso central  y produce una parálisis que asciende desde las extremidades hasta paralizar los músculos y funciones esenciales como el corazón y la respiración y ocasionar en consecuencia la muerte. Es un efecto semejante al que produce el curare amazónico.

    Algunos párrafos del Fedón que hablan del último día de vida de Sócrates

    Pues bien,  persistente en mi afán de conocer y favorecer el conocimiento de los textos antiguos genuinos, con tanta frecuencia apartados de nuestros métodos educativos, me permitiré reproducir algunos párrafos del Fedón.

    Se considera que el Fedón lo escribió Platón en su época de madurez, cuando ya tiene conformado su sistema filosófico, sobre todo la teoría de las ideas; y una ética y política de acuerdo con su concepción idealista del universo y del hombre. En ese momento  ha adquirido una notable maestría como escritor y un dominio completo de la expresión literaria, que suele plasmar en forma de diálogo, dotándoles de un enorme dramatismo. Platón tendría en estos momentos 40 o 45 años.

    En sus diálogos es precisamente Sócrates el portavoz de sus propias opiniones (las de Platón).

    Confieso sin pudor la emoción que siempre me ha producido la lectura de ese texto, del Fedón, obra maestra de la literatura universal, testigo de la necedad y vileza que muchas veces demuestran los hombres y ejemplo de la entereza moral de un buen ciudadano a quien la práctica de la filosofía le ha enseñado a saber morir.

    Por lo demás el ejemplo de Sócrates sirve también de consuelo y viático para todo ser humano que conoce y afronta el ineludible y próximo final de su vida.

    Cuando Sócrates fue condenado se celebraban la peregrinación anual a Delos para conmemorar el viaje de Teseo a Creta para liberar a Grecia del tributo de los siete muchachos y siete muchachas que el monstruo del Laberinto devoraba.  Su condena no podía realizarse durante esas fiestas porque la ciudad debía estar purificada. Pasó así un largo mes hasta que volvió la nave de Delos. Durante esos días le visitaban y acompañaban sus amigos apesadumbrados y seguían discutiendo con él de temas filosóficos. ¿Qué tema más adecuado, pues, entonces que el de la “inmortalidad del alma”  y su destino después de la muerte del cuerpo? Pero llegó el día fatídico.

    Reproduciré una buena parte de ese diálogo ejemplar sin comentario alguno innecesario.  Recomiendo la lectura completa de este diálogo vibrante; comprobará así el lector también, entre otras cosas, hasta qué punto es deudor el Cristianismo de Platón en sus teorías sobre el alma.

    Puede encontrar el texto en la red (Web) en el siguiente enlace, en donde se reproducen las obras  de muchos filósofos, entre ellos Platón en la traducción que hizo de sus obras completas Patricio de Azcárate. Esta es la traducción que ofrezco por ser ya un texto libre de derechos, pero tiene el lector otras muchas traducciones de gran calidad, entre ellas la de Luis Gil en Obras Completas de Editorial Aguilar, o la de Carlos García Gual para Editorial Gredos.

    http://www.filosofia.org/cla/pla/azc05019.htm

    Platón: Fedón o del alma, 57a- 64a

    (Equecrates{1} y Fedón. Sócrates – Apolodoro – Cebes – Simmias – Critón. Fedón – Jantipa – El servidor de los Once. Fedón, testigo presencial de la conversación del último día de la vida de Sócrates, se lo cuenta a Equécrates, vecino de Filunte. Junto a Sócrates intervienen otras dos personas en el diálogo, casi a la manera de la tragedia, Simnias y Cebes.)

    Equecrates: Fedón, ¿estuviste tú mismo cerca de Sócrates el día que bebió la cicuta en la prisión, o sólo sabes de oídas lo que pasó?

    Fedón: Yo mismo estaba allí, Equecrates.

    Equecrates: ¿Qué dijo en sus últimos momentos y de qué manera murió? Te oiré con gusto, porque no tenemos a nadie que de Flionte vaya a Atenas; ni tampoco ha venido de Atenas ninguno que nos diera otras noticias acerca de este suceso, que la de que Sócrates había muerto después de haber bebido la cicuta. Nada más sabemos.

    Fedón: ¿No habéis sabido nada de su proceso ni de las cosas que ocurrieron?

    Equecrates: Sí; lo supimos, porque no ha faltado quien nos lo refiriera;  y sólo hemos extrañado el que la sentencia no hubiera sido ejecutada tan luego como recayó. ¿Cuál ha sido la causa de esto, Fedón?

    Fedón: Una circunstancia particular. Sucedió que la víspera del juicio se había coronado la popa del buque que los atenienses envían cada año a Delos.

    Equecrates: ¿Qué buque es ese?

    Fedón: Al decir de los atenienses, es el mismo buque en que Teseo condujo a Creta en otro tiempo a los siete jóvenes de cada sexo, que salvó, salvándose a sí mismo. Dícese que cuando partió el buque, los atenienses ofrecieron a Apolo que si Teseo y sus compañeros escapaban de la muerte, enviarían todos los años a Delos una expedición; y desde entonces nunca han dejado de cumplir este voto. Cuando llega la época de verificarlo, la ley ordena que la ciudad esté pura, y prohíbe ejecutar sentencia alguna de muerte antes que el buque haya llegado a Delos y vuelto a Atenas; y algunas veces el viaje dura mucho, como cuando los vientos son contrarios. La expedición empieza desde el momento en que el sacerdote de Apolo ha coronado la popa del buque, lo que tuvo lugar, como ya te dije, la víspera del juicio de Sócrates. Dé aquí por qué ha pasado tan largo intervalo entre su condena y su muerte.

    Equecrates: ¿Y qué pasó entonces? ¿Qué dijo, qué hizo? ¿Quiénes fueron los amigos que permanecieron cerca de él? ¿Quizá los magistrados no les permitieron asistirle en sus últimos momentos, y Sócrates murió privado de la compañía de sus amigos?

    Fedón: No; muchos de sus amigos estaban presentes; en gran número.

    Equecrates: Tómate el trabajo de referírmelo todo, hasta los más minuciosos pormenores, a no ser que algún negocio urgente te lo impida.

    Fedón: Nada de eso; estoy desocupado, y voy o darte gusto; porque para mí no hay placer más grande que recordar a Sócrates, ya hablando yo mismo de él, ya escuchando a otros que de él hablen{2}.

    Equecrates: De ese mismo modo encontrarás dispuestos a tus oyentes; y así, comienza, y procura en cuanto te sea posible no omitir nada.

    Fedón: Verdaderamente este espectáculo hizo sobre mí una impresión extraordinaria. Yo no experimentaba la compasión que era natural que experimentase asistiendo a la muerte de un amigo. Por el contrario, Equecrates, al verle y escucharle, me parecía un hombre dichoso; tanta fue la firmeza y dignidad con que murió. Creía yo que no dejaba este mundo sino bajo la protección de los dioses, que le tenían reservada en el otro una felicidad tan grande, que ningún otro mortal ha gozado jamás otra igual; y así, no me vi sobrecogido de esa penosa compasión que parece debía inspirarme esta escena de duelo. Tampoco sentía mi alma el placer que se mezclaba ordinariamente en nuestras pláticas sobre la filosofía; porque en aquellos momentos también fue este el objeto de nuestra conversación; sino que en lugar de esto, yo no sé qué de extraordinario pasaba en mí; sentía como una mezcla, hasta entonces desconocida, de placer y dolor, cuando me ponía a considerar que dentro de un momento  este hombre admirable iba a abandonarnos para siempre; y cuantos estaban presentes, se hallaban, poco más o menos, en la misma disposición. Se nos veía tan pronto sonreír como derramar lágrimas; sobre todo a Apolodoro; tú conoces a este hombre y su carácter.

    Equecrates: ¿Cómo no he de conocer a Apolodoro?

    Fedón: Se abandonaba por entero a esta diversidad de emociones; y yo mismo no estaba menos turbado que todos los demás.

    Equecrates: ¿Quiénes eran los que se encontraban allí, Fedón?

    Fedón: De nuestros compatriotas, estaban: Apolodoro, Critóbulo y su padre, Critón, Hermógenes, Epigenes, Esquines y Antistenes{3}. también estaban Ctesipo, del pueblo de Peanea, Menexenes y algunos otros del país. Platón creo que estaba enfermo.

    Equecrates: ¿Y había extranjeros?

    Fedón: Sí; Simmias, de Tebas, Cebes y Fedóndes; y de Megara, Euclides{4} y Terpsion.

    Equecrates: Arístipo{5} y Cleombroto, ¿no estaban allí?

    Fedón: No; se decía que estaban en Egina.

    Equecrates: ¿No había otros?

    Fedón: Creo que, poco más o menos, estaban los que te he dicho.

    Equecrates: Ahora bien; ¿sobre qué decías que había versado la conversación?

    Fedón: Todo te lo puedo contar punto por punto, porque desde la condenación de Sócrates no dejamos ni un solo día de verle. Como la plaza pública, donde había tenido lugar el juicio, estaba cerca de la prisión, nos reuníamos allí de madrugada, y conversando aguardábamos a que se abriera la cárcel, que nunca era temprano. Luego que se abría, entrábamos; y pasábamos ordinariamente todo el día con él. Pero el día de la muerte, nos reunimos más temprano que de costumbre. Habíamos sabido la víspera, al salir por la tarde de la prisión, que el buque había vuelto de Delos. Convinimos todos en ir al día siguiente al sitio acostumbrado lo más temprano que se pudiera, y ninguno faltó a la cita. El alcaide, que comúnmente era nuestro introductor, se adelantó, y vino donde estábamos para decirnos que esperáramos hasta que nos avisara, porque los Once{6}, nos añadió, están en este momento mandando quitar los grillos a Sócrates, y dando orden para que muera hoy.

    Pasados algunos momentos, vino el alcaide y nos abrió la prisión. Al entrar, encontramos a Sócrates, a quien acababan de quitar los grillos, y a Jantipa, ya la conoces, que tenía uno de sus hijos en los brazos. Apenas nos vio, comenzó a deshacerse en lamentaciones, y a decir todo lo que las mujeres acostumbran en semejantes circunstancias. ¡Sócrates –gritó ella–, hoy es el último día en que te hablarán tus amigos y en que tú les hablarás! Pero Sócrates, dirigiendo una mirada a Critón, le dijo: que la lleven a su casa. En el momento, algunos esclavos de Critón condujeron a Jantipa, que iba dando  gritos y golpeándose el rostro. Entonces Sócrates, tomando asiento, dobló la pierna, libre ya de los hierros, la frotó con la mano, y nos dijo: es cosa singular, amigos míos, lo que los hombres llaman placer; y ¡qué relaciones maravillosas mantiene con el dolor, que se considera como su contrario! Porque el placer y el dolor no se encuentran nunca a un mismo tiempo; y sin embargo, cuando se experimenta el uno, es preciso aceptar el otro, como si un lazo natural los hiciese inseparables. Siento que a Esopo no se le haya ocurrido esta idea, porque hubiera inventado una fábula, y nos hubiese dicho, que Dios quiso un día reconciliar estos dos enemigos, y que no habiendo podido conseguirlo, los ató a una misma cadena, y por esta razón, en el momento que uno llega, se ve bien pronto llegar a su compañero. Yo acabo de hacer la experiencia por mí mismo; puesto que veo que al dolor, que los hierros me hacían sufrir en esta pierna, sucede ahora el placer.

    —Verdaderamente, Sócrates, dijo Cebes, haces bien en traerme este recuerdo; porque a propósito de las poesías que has compuesto, de las fábulas de Esopo que has puesto en verso y de tu himno a Apolo, algunos, principalmente Eveno{7}, me han preguntado recientemente por qué motivo te habías dedicado a componer versos desde que estabas preso, cuando no lo has hecho en tu vida. Si tienes algún interés en que pueda responder a Eveno, cuando vuelva a hacerme la misma pregunta, y estoy seguro de que la hará, dime lo que he de contestarle.

    —Pues bien, mi querido Cebes, replicó Sócrates, dile la verdad; que no lo he hecho seguramente por hacerme su rival en poesía, porque ya sabía que esto no me era fácil; sino que lo hice por depurar el sentido de ciertos sueños y aquietar mi conciencia respecto de ellos; para ver si por casualidad era la poesía aquella de las bellas  artes a que me ordenaban que me dedicara; porque muchas veces, en el curso de mi vida, mi mismo sueño me ha aparecido tan pronto con una forma, como con otra, pero prescribiéndome siempre la misma cosa: Sócrates, me decía, cultiva las bellas artes. –Hasta ahora había tomado esta orden por una simple indicación, y me imaginaba que, a la manera de las excitaciones con que alentamos a los que corren en la lid, estos sueños que me prescribían el estudio de las bellas artes, me exhortaban sólo a continuar en mis ocupaciones acostumbradas; puesto que la filosofía es la primera de las artes, y yo vivía entregado por entero a la filosofía. Pero después de mi sentencia y durante el intervalo que me dejaba la fiesta del Dios, pensé que si eran las bellas artes, en el sentido estricto, a las que querían los sueños que me dedicara, era preciso obedecerles, y para tranquilizar mi conciencia no abandonar la vida hasta haber satisfecho a los dioses, componiendo al efecto versos según lo ordenaba el sueño. Comencé, pues, por cantar en honor del Dios, cuya fiesta se celebraba; en seguida, reflexionando que un poeta, para ser verdadero poeta, no debe componer discursos en verso sino inventar ficciones, y no reconociendo en mí este talento, me decidí a trabajar sobre las fábulas de Esopo; puse en verso las que sabía, y que fueron las primeras que vinieron a mi memoria. he aquí, mi querido Cebes, lo que habrás de decir a Eveno. Salúdale también en mi nombre, y dile, que si es sabio, que me siga, porque al parecer hoy es mi último día, puesto que los atenienses lo tienen ordenado.

    —Entonces Simmias dijo: ¡Ah!, Sócrates, qué consejo das a Eveno!, verdaderamente he hablado con él muchas veces; pero, a mi juicio, no se prestará muy voluntariamente a aceptar tu invitación.

    —¡Qué!, repuso Sócrates; ¿Eveno no es filósofo?

    —Por tal le tengo; respondió Simmias.

    —Pues bien, dijo Sócrates; Eveno me seguirá como todo hombre que se ocupe dignamente de filosofía. Sé bien que no se suicidará, porque esto no es lícito.

    Diciendo estas palabras se sentó al borde de su cama, puso los pies en tierra, y habló en esta postura todo el resto del día.

    —Cebes le preguntó: ¿cómo es, Sócrates, que no es permitido atentar a la propia vida, y sin embargo, el filósofo debe querer seguir a cualquiera que muere?

    —¡Y qué!, Cebes, replicó Sócrates, ¿ni tú ni Simmias habéis oído hablar nunca de esta cuestión a vuestro amigo Filolao?{8}

    —Jamás, respondió Cebes, se explicó claramente sobre este punto.

    —Yo, replicó Sócrates, no sé más que lo que he oído decir, y no os ocultaré lo que he sabido. Así como así no puede darse una ocupación más conveniente para un hombre que va a partir bien pronto de este mundo, que la de examinar y tratar de conocer a fondo ese mismo viaje, y descubrir la opinión que sobre él tengamos formada. ¿En qué mejor cosa podemos emplearnos hasta la puesta del sol?

    —¿En qué se fundan, Sócrates, dijo Cebes, los que afirman que no es permitido suicidarse? He oído decir a Filolao, cuando estaba con nosotros, y a otros muchos, que esto era malo; pero nada he oído que me satisfaga sobre este punto.

    —Cobra ánimo, dijo Sócrates, porque hoy vas a ser más afortunado; pero te sorprenderás al ver que el vivir es para todos los hombres una necesidad absoluta e invariable, hasta para aquellos mismos a quienes vendría mejor la muerte que la vida; y tendrás también por cosa extraña que no sea permitido a aquellos, para quienes la  muerte es preferible a la vida, procurarse a sí mismos este bien, y que estén obligados a esperar otro libertador.

    —Entonces Cebes, sonriéndose, dijo a la manera de su país: Dios lo sabe.

    —Esta opinión puede parecer irracional, repuso Sócrates, pero no es porque carezca de fundamento. No quiero alegar aquí la máxima, enseñada en los misterios, de que nosotros estamos en este mundo cada uno como en su puesto, y que nos está prohibido abandonarle sin permiso. Esta máxima es demasiado elevada, y no es fácil penetrar todo lo que ella encierra. Pero he aquí otra más accesible, y que me parece incontestable; y es que los dioses tienen cuidado de nosotros, y que los hombres pertenecen a los dioses. ¿No es esto una verdad?

    —Muy cierto; dijo Cebes.

    —Tú mismo, repuso Sócrates, si uno de tus esclavos se suicidase sin tu orden, ¿no montarías en cólera contra él, y no le castigarías rigurosamente, si pudieras?

    —Sí, sin duda.

    —Por la misma razón, dijo Sócrates, es justo sostener que no hay razón para suicidarse, y que es preciso que Dios nos envió una orden formal para morir, como la que me envía a mí en este día.

    —Lo que dices me parece probable, dijo Cebes; pero decías al mismo tiempo que el filósofo se presta gustoso a la muerte, y esto me parece extraño, si es cierto que los dioses cuidan de los hombres, y que los hombres pertenecen a los dioses; porque, ¿cómo pueden los filósofos desear no existir, poniéndose fuera de la tutela de los dioses, y abandonar una vida sometida al cuidado de los mejores gobernadores del mundo? Esto no me parece en manera alguna racional. ¿Creen que serán más capaces de gobernarse cuando se vean libres del cuidado de los dioses? Comprendo que un mentecato pueda pensar que es preciso huir de su amo a cualquier precio; porque no comprende que siempre conviene estar al lado de lo que es bueno, y no perderlo de vista; y por tanto si huye, lo hará sin razón. Pero un hombre sabio debe desear permanecer siempre bajo la dependencia de quien es mejor que él. De donde infiero, Sócrates, todo lo contrario de lo que tú decías; y pienso que a los sabios aflige la muerte y que a los mentecatos les regocija.

    —Sócrates manifestó cierta complacencia al notar la sutileza de Cebes; y dirigiéndose a nosotros, nos dijo: Cebes siempre encuentra objeciones, y no se fija mucho en lo que se le dice.

    —Pero, dijo entonces Simmias, yo encuentro alguna razón en lo que dice Cebes. En efecto, ¿qué pretenden los sabios al huir de dueños mucho mejores que ellos, y al privarse voluntariamente de su auxilio? A ti es a quien dirige este razonamiento Cebes, y te echa en cara que te separas de nosotros voluntariamente, y que abandonas a los dioses que, según tú mismo parecer, son tan buenos amos.

    —Tenéis razón, dijo Sócrates; y veo que ya queréis obligarme a que me defienda aquí como me he defendido en el tribunal.

    —Así es; dijo Simmias.

    —Es preciso, pues, satisfaceros, replicó Sócrates, y procurar que esta apología tenga mejor resultado respecto de vosotros, que el que tuvo la primera respecto de los jueces. En verdad, Simmias y Cebes, si no creyese encontrar en el otro mundo dioses tan buenos y tan sabios y hombres mejores que los que dejo en este, sería un necio, si no me manifestara pesaroso de morir. Pero sabed que espero reunirme allí con hombres justos. Puedo quizá hacerme ilusiones respecto de esto; pero en cuanto a encontrar allí dioses que son muy buenos dueños, yo lo aseguro en cuanto pueden asegurarse cosas de esta naturaleza. He aquí por qué no estoy tan afligido en estos momentos, esperando que hay algo reservado para los hombres después de esta vida, y que, según la antigua máxima, los buenos serán mejor tratados que los malos.

    —¿Pero qué, Sócrates, replicó Simmias, será posible que nos abandones sin hacernos partícipes de esas convicciones de tu alma? Me parece que este bien nos es a todos común; y si nos convences de tu verdad, tu apología está hecha.

    —Eso es lo que pienso hacer, respondió; pero antes veamos lo que Critón quiere decirnos. Me parece que ha rato intenta hablarnos.

    —No es más, dijo Critón, sino que el hombre, que debe darte el veneno, no ha cesado de decirme largo rato ha, que se te advierta que hables poco, porque dice que el hablar mucho acalora, y que no hay cosa más opuesta, para que produzca efecto el veneno; por lo que es preciso dar dos y tres tomas, cuando se está de esta suerte acalorado.

    —Déjale que hable, respondió Sócrates; y que prepare la cicuta, como si hubiera necesidad de dos tomas y de tres, si fuese necesario.

    —Ya sabía yo que darías esta respuesta, dijo Critón; pero él no desiste de sus advertencias.

    —Dejadle que diga, repuso Sócrates; ya es tiempo de que explique delante de vosotros, que sois mis jueces, las razones que tengo para probar que un hombre, que se ha consagrado toda su vida a la filosofía, debe morir con mucho valor, y con la firme esperanza de que gozará después de la muerte bienes infinitos. Voy a daros las pruebas, Simmias y Cebes.

    Los hombres ignoran que los verdaderos filósofos no trabajan durante su vida sino para prepararse a la muerte; y siendo esto así, sería ridículo que después de haber proseguido sin tregua este único fin, recelasen y temiesen, cuando se les presenta la muerte.

    Reflexión espiritual de Sócrates sobre la muerte

    Prosigue Sócrates explicando cómo el autentico filósofo ha de estar preparado para la muerte, que no es sino la separación del alma del cuerpo, envoltura  en la que está encerrada y aprisionada y que le dificulta el acceso a la verdad. Se parte de un radical dualismo entre el cuerpo y el alma: la psyché, el alma, es lo espiritual, lo racional, lo vital, frente al cuerpo, soma, envoltura sensorial y perecedera. Al verdadero filósofo que durante toda su vida sólo ha intentado purificarse de lo corpóreo y atender al cuidado del alma, le aguarda una eterna bienaventuranza viendo a los dioses y conversando con ellos, viendo al sol, la luna y las estrellas, en compañía de sus seres queridos.

    Se plantea luego la cuestión de si el alma desaparece por completo o es inmortal. Es este sin duda un asunto propio del momento. Los diversos amigos presentes van dando su opinión al respecto. La afirmación de la inmortalidad del alma exige que se den las pruebas necesarias y explicar a dónde va cuando se separa del cuerpo al morir. Sócrates expone varios argumentos, uno de los más poderosos es el de la “anamnesis” o “rememoración”, el conocimiento de las cosas como recuerdo de algo ya conocido con anterioridad. Las ideas eternas y modélicas son las causas de las cosas reales, que participan de ellas.

    Los argumentos y el tono de la discusión pueden parecer excesivamente fríos, pero esta frialdad es sólo aparente si se piensa en el momento previo a la muerte de Sócrates al que asistimos. Si los argumentos de Sócrates son ciertos, su muerte aceptada merece la pena.

    En el diálogo sobre estas cuestiones, los amigos de Sócrates, conscientes del momento, no quieren molestar al maestro, que les pide que le planteen sus objeciones, a las que él responderá.

    84d-85e

    —Te diré la verdad, Sócrates, respondió Simmias; ha largo tiempo que tenemos dudas Cebes y yo, y nos hemos dado de codo para comprometernos a proponértelas, porque tenemos vivo deseo de ver cómo las resuelves. Pero ambos hemos temido ser importunos, proponiéndote cuestiones desagradables en la situación en que te hallas.

    —¡Ah!, mi querido Simmias, replicó Sócrates, sonriendo dulcemente; ¿con qué trabajo convencería yo a los demás hombres de que no tengo por una desgracia la situación en que me encuentro, cuando de vosotros mismos no puedo conseguirlo, pues que me creéis en este momento en peor posición que antes? Me suponéis, al parecer, muy inferior a los cisnes, por lo que respecta al presentimiento y a la adivinación. Los cisnes, cuando presienten que van a morir, cantan aquel día aún mejor que lo han hecho nunca, a causa de la alegría que tienen al ir a unirse con el dios a que ellos sirven. Pero el temor que los hombres tienen a la muerte, hace que calumnien a los cisnes, diciendo que lloran su muerte y que cantan de tristeza. No reflexionan que no hay pájaro que cante cuando tiene hambre o frío o cuando sufre de otra manera, ni aun el ruiseñor, la golondrina y la abubilla, cuyo canto se dice que es efecto del dolor. Pero estos pájaros no cantan de manera alguna de tristeza, y menos los cisnes, a mi juicio; porque perteneciendo a Apolo, son divinos, y como prevén los bienes de que se goza en la otra vida, cantan y se regocijan en aquel día más que lo han hecho nunca. Y yo mismo pienso que sirvo a Apolo lo mismo que ellos; que como ellos estoy consagrado a este dios; que no he recibido menos que ellos de nuestro común dueño el arte de la adivinación, y que no me siento contrariado al salir de esta vida. Así pues, en este concepto, podéis hablarme cuanto queráis, e interrogarme por todo el tiempo que tengan a bien permitirlo los Once.

    —Muy bien, Sócrates, repuso Simmias; te propondré mis dudas, y Cebes te hará sus objeciones. Pienso, como tú, que en estas materias es imposible, o por lo menos muy difícil, saber toda la verdad en esta vida; y estoy convencido de que no examinar detenidamente lo que se dice, y cansarse antes de haber hecho todos los esfuerzos posibles para conseguirlo, es una acción digna de un  hombre perezoso y cobarde; porque, una de dos cosas: o aprender de los demás la verdad o encontrarla por sí mismo; y si una y otra cosa son imposibles, es preciso escoger entre todos los razonamientos humanos el mejor y más fuerte, y embarcándose en él como en una barquilla, atravesar de este modo las tempestades de esta vida, a menos que sea posible encontrar, para hacer este viaje, algún buque más grande, esto es, algún razonamiento incontestable que nos ponga fuera de peligro. No tendré reparo en hacerte preguntas, puesto que lo permites; y no me expondré al remordimiento que yo podría tener algún día, por no haberte dicho en este momento lo que pienso. Cuando examino con Cebes lo que nos has dicho, Sócrates, confieso que tus pruebas no me parecen suficientes.

    —Quizá tienes razón, mi querido Simmias; pero, ¿por qué no te parecen suficientes?

    Y prosigue el diálogo. De 107c a 115a introduce Platón el mito escatológico, del viaje al Más Allá, con la descripción de la geografía fabulosa del otro mundo, y el destino de las almas tras el juicio. La palabra griega ἔσχατος, eschatos, significa último, final, postrero y por tanto “escatológico” se refiere a lo perteneciente o relativo a las postrimerías de ultratumba.

    Luego sigue en 113d

    Dispuestas así todas las cosas por la naturaleza, cuando los muertos llegan al lugar a que les ha conducido su guía, se les somete a un juicio, para saber si su vida en este mundo ha sido santa y justa o no. Los que no han sido ni enteramente criminales ni absolutamente inocentes, son enviados al Aqueronte, y desde allí son conducidos en barcas a la laguna Aquerusia, donde habitan sufriendo castigos proporcionados a sus faltas, hasta que, libres de ellos, reciben la recompensa debida a sus buenas acciones. Los que se consideran incurables a causa de lo grande  de sus faltas y que han cometido muchos y numerosos sacrilegios, asesinatos inicuos y contra ley u otros crímenes semejantes, el fatal destino, haciendo justicia, los precipita en el Tártaro, de donde no saldrán jamás. Pero los que sólo han cometido faltas que pueden expiarse, aunque sean muy grandes, como haber cometido violencias contra su padre o su madre, o haber quitado la vida a alguno en el furor de la cólera, aunque hayan hecho por ello penitencia durante toda su vida, son sin remedio precipitados también en el Tártaro; pero, trascurrido un año, las olas los arrojan y echan los homicidas al Cocito, y los parricidas al Purifiegeton, que los arrastra hasta la laguna Aquerusia. Allí dan grandes gritos, y llaman a los que fueron asesinados y a todos aquellos contra quienes cometieron violencias, y los conjuran para que les dejen pasar la laguna, y ruegan se les reciba allí. Si los ofendidos ceden y se compadecen, aquellos pasan y se ven libres de todos los males; y si no ceden, son de nuevo precipitados en el Tártaro, que los vuelve a arrojar a los otros ríos hasta que hayan conseguido el perdón de los ofendidos, porque tal ha sido la sentencia dictada por los jueces. Pero los que han justificado haber pasado su vida en la santidad, dejan estos lugares terrestres como una prisión y son recibidos en lo alto, en esa tierra pura, donde habitan. Y lo mismo sucede con los que han sido purificados por la filosofía, los cuales viven por toda la eternidad sin cuerpo, y son recibidos en estancias aún más admirables. No es fácil que os haga una descripción de esta felicidad, ni el poco tiempo que me resta me lo permite. Pero lo que acabo de deciros basta, mi querido Simmias, para haceros ver que debemos trabajar toda nuestra vida en adquirir la virtud y la sabiduría, porque el precio es magnífico y la esperanza grande.

    Sostener que todas estas cosas son como yo las he descrito, ningún hombre de buen sentido puede hacerlo;  pero lo que he dicho del estado de las almas y de sus estancias, es como os lo he anunciado o de una manera parecida; creo que, en el supuesto de ser el alma inmortal, puede asegurarse sin inconveniente; y la cosa bien merece correr el riesgo de creer en ella. Es un azar precioso a que debemos entregarnos, y con el que debe uno encantarse a sí mismo. He aquí por qué me he detenido tanto en mi discurso. Todo hombre, que durante su vida ha renunciado a los placeres y a los bienes del cuerpo y los ha mirado como extraños y maléficos, que sólo se ha entregado a los placeres que da la ciencia, y ha puesto en su alma, no adornos extraños, sino adornos que le son propios, como la templanza, la justicia, la fortaleza, la libertad, la verdad; semejante hombre debe esperar tranquilamente la hora de su partida para los infiernos, estando siempre dispuesto para este viaje cuando quiera que el destino le llame. Respecto a vosotros, Simmias y Cebes y los demás aquí presentes, haréis este viaje cuando os llegue vuestro turno. Con respecto a mí, la suerte me llama hoy, como diría un poeta trágico; y ya es tiempo de que me vaya al baño, porque me parece que es mejor no beber el veneno hasta después de haberme bañado, y ahorraré así a las mujeres el trabajo de lavar mi cadáver.

    —Cuando Sócrates hubo acabado de hablar, Critón, tomando la palabra, le dijo: bueno, Sócrates; pero ¿no tienes nada que recomendarnos ni a mí ni a estos otros sobre tus hijos o sobre cualquier otro negocio en que podamos prestarte algún servicio?

    —Nada más, Critón, que lo que os he recomendado siempre, que es el tener cuidado de vosotros mismos, y así haréis un servicio a mí, a mi familia y a vosotros mismos, aunque no me prometierais nada en este momento; mientras que si os abandonáis, si no queréis seguir el camino de que acabarnos de hablar, todas las promesas, todas las protestas que pudieseis hacerme hoy, todo esto de nada serviría.

    —Haremos los mayores esfuerzos, respondió Critón, para conducirnos de esa manera; pero, ¿cómo te enterraremos?

    —Como gustéis, dijo Sócrates; si es cosa que podéis cogerme y si no escapo a vuestras manos. Y sonriéndose y mirándonos al mismo tiempo, dijo: no puedo convencer a Critón de que yo soy el Sócrates que conversa con vosotros y que arregla todas las partes de su discurso; se imagina siempre que soy el que va a ver morir luego, y en este concepto me pregunta cómo me ha de enterrar. Y todo ese largo discurso que acabo de dirigiros para probaros que desde que haya bebido la cicuta no permaneceré ya con vosotros, sino que os abandonaré e iré a gozar de la felicidad de los bienaventurados; todo esto me parece que lo he dicho en vano para Critón, como si sólo hubiera hablado para consolaros y para mi consuelo. Os suplico que seáis mis fiadores cerca de Critón, pero de contrario modo a como el lo fue de mi cerca de los jueces, porque allí respondió por mí de que no me fugaría. Y ahora quiero que vosotros respondáis, os lo suplico, de que en el momento que muera, me iré; a fin de que el pobre Critón soporte con más tranquilidad mi muerte, y que al ver quemar mi cuerpo o darle tierra no se desespere, como si yo sufriese grandes males, y no diga en mis funerales: que expone a Sócrates, que lleva a Sócrates, que entierra a Sócrates; porque es preciso que sepas, mi querido Critón, le dijo, que hablar impropiamente no es sólo cometer una falta en lo que se dice, sino causar un mal a las almas. Es preciso tener más valor, y decir que es mi cuerpo el que tú entierras; y entiérrale como te acomode, y de la manera que creas ser más conforme con las leyes.

    Al concluir estas palabras se levantó y pasó a una habitación inmediata para bañarse. Critón le siguió, y  Sócrates nos suplicó que le aguardásemos. Le aguardamos, pues, rodando mientras tanto nuestra conversación ya sobre lo que nos había dicho, haciendo sobre ello reflexiones, ya sobre la triste situación en que íbamos a quedar, considerándonos como hijos que iban a verse privados de su padre, y condenados a pasar el resto de nuestros dios en completa orfandad.

    Después que salió del baño le llevaron allí sus hijos; porque tenía tres, dos muy jóvenes y otro que era ya bastante grande, y con ellos entraron las mujeres de su familia. Habló con todos un rato en presencia de Critón, y les dio sus órdenes; en seguida hizo que se retirasen las mujeres y los niños, y vino a donde nosotros estábamos. Ya se aproximaba la puesta del sol, porque había permanecido largo rato en el cuarto del baño. En cuanto entró se sentó en su cama, sin tener tiempo para decirnos nada, porque el servidor de los Once entró casi en aquel momento y aproximándose a él, dijo: Sócrates, no tengo que dirigirte la misma reprensión que a los demás que han estado en tu caso. Desde que vengo a advertirles, por orden de los magistrados, que es preciso beber el veneno, se alborotan contra mí y me maldicen; pero respecto a ti, desde que estás aquí, siempre me has parecido el más firme, el más dulce y el mejor de cuantos han entrado en esta prisión; y estoy bien seguro de que en este momento no estás enfadado conmigo, y que sólo lo estarás con los que son la causa de tu desgracia, y a quienes tú conoces bien. Ahora, Sócrates, sabes lo que vengo a anunciarte; recibe mi saludo, y trata de soportar con resignación lo que es inevitable. Dicho esto, volvió la espalda, y se retiró derramando lágrimas. Sócrates, mirándole, le dijo: y también yo te saludo, amigo mío, y haré lo que me dices. Ved, nos dijo al mismo tiempo, qué honradez la de este hombre; durante el tiempo que he permanecido aquí me ha venido a ver muchas veces; se conducía como el mejor de los hombres; y en este momento, ¡qué de veras me llora! Pero, adelante, Critón; obedezcámosle de buena voluntad, y que me traiga el veneno si está machacado; y si no lo está, que él mismo lo machaque.

    —Pienso, Sócrates, dijo Critón, que el sol alumbra todavía las montañas, y que no se ha puesto; y me consta, que otros muchos no han bebido el veneno sino mucho después de haber recibido la orden; que han comido y bebido a su gusto y aun algunos gozado de los placeres del amor; así que no debes apurarte, porque aún tienes tiempo.

    —Los que hacen lo que tú dices, Criton, respondió Sócrates, tienen sus razones; creen que eso más ganan, pero yo las tengo también para no hacerlo, porque la única cosa que creo ganar, bebiendo la cicuta un poco más tarde, es hacerme ridículo a mis propios ojos, manifestándome tan ansioso de vida, que intente ahorrar la muerte, cuando esta es absolutamente inevitable{29}. Así, pues, mi querido Criton, haced lo que os he dicho, y no me atormentes más.

    —Entonces Criton hizo una seña al esclavo que tenía allí cerca. El esclavo salió, y poco después volvió con el que debía suministrar el veneno, que llevaba ya disuelto en una copa. Sócrates viéndole entrar, le dijo: muy bien, amigo mío; es preciso que me digas lo que tengo que hacer; porque tú eres el que debes enseñármelo.

    —Nada más, le dijo este hombre, que ponerte a pasear después de haber bebido la cicuta, hasta que sientas que se debilitan tus piernas, y entonces te acuestas en tu cama. Al mismo tiempo le alargó la copa. Sócrates la tomó, Equecrates, con la mayor tranquilidad, sin ninguna emoción, sin mudar de color ni de semblante; y  mirando a este hombre con ojo firme y seguro, como acostumbraba, le dijo: ¿es permitido hacer una libación con un poco de este brebaje?

    —Sócrates, le respondió este hombre, sólo disolvemos lo que precisamente se ha de beber.

    —Ya lo entiendo, dijo Sócrates; pero por lo menos es permitido y muy justo dirigir oraciones a los dioses, para que bendigan nuestro viaje, y que le hagan dichoso; esto es lo que les pido, y ¡ojalá escuchen mis votos!

    Después de haber dicho esto, llevó la copa a los labios, y bebió con una tranquilidad y una dulzura maravillosas.

    Hasta entonces nosotros tuvimos fuerza para contener las lágrimas, pero al verle beber y después que hubo bebido, ya no fuimos dueños de nosotros mismos. Yo sé decir, que mis lágrimas corrieron en abundancia, y a pesar de todos mis esfuerzos no tuve más remedio que cubrirme con mi capa para llorar con libertad por mí mismo, porque no era la desgracia de Sócrates la que yo lloraba, sino la mía propia pensando en el amigo que iba a perder. Critón, antes que yo, no pudiendo contener sus lágrimas, había salido; y Apolodoro, que ya antes no había cesado de llorar, prorrumpió en gritos y en sollozos, que partían el alma de cuantos estaban presentes, menos la de Sócrates. ¿Qué hacéis, dijo, amigos míos? ¿No fue el temor de estas debilidades inconvenientes lo que motivó el haber alejado de aquí las mujeres? ¿Por qué he oído decir siempre que es preciso morir oyendo buenas palabras? Manteneos, pues, tranquilos, y dad pruebas de más firmeza.

    Estas palabras nos llenaron de confusión, y retuvimos nuestras lágrimas.

    —Sócrates, que estaba paseándose, dijo que sentía desfallecer sus piernas, y se acostó de espalda, como el hombre le había ordenado. Al mismo tiempo este mismo hombre, que le había dado el veneno, se aproximó, y  después de haberle examinado un momento los pies y las piernas, le apretó con fuerza un pié, y le preguntó si lo sentía, y Sócrates respondió que no. Le estrechó en seguida las piernas y, llevando sus manos más arriba, nos hizo ver que el cuerpo se helaba y se endurecía, y tocándole él mismo, nos dijo que en el momento que el frío llegase al corazón, Sócrates dejaría de existir. Ya el bajo vientre estaba helado, y entonces descubriéndose, porque estaba cubierto, dijo, y estas fueron sus últimas palabras: Critón, debemos un gallo a Esculapio; no te olvides de pagar esta deuda{30}.

    —Así lo haré, respondió Criton; pero mira si tienes aún alguna advertencia que hacernos.

    —No respondió nada, y de allí a poco hizo un movimiento. El hombre aquel entonces lo descubrió por entero y vimos que tenía su mirada fija. Critón, viendo esto, le cerró la boca y los ojos.

    —He aquí, Equecrates, cuál fue el fin de nuestro amigo, del hombre, podemos decirlo, que ha sido el mejor de cuantos hemos conocido en nuestro tiempo; y por otra parte, el más sabio, el más justo de todos los hombres.

    ———

    Notas:
    {1} Era de Flionte en Sicionia, que es el lugar de la conversación.
    {2} Fedón debió a Sócrates el que Alcibíades o Criton le rescataran de la esclavitud.
    {3} Jefe de la Escuela cínica.
    {4} Jefe de la Escuela megárica.
    {5} Jefe de la Escuela cirenaica.
    {6} Magistrados encargados de la policía de las prisiones y de hacer ejecutar las sentencias de los jueces.
    {7} Poeta elegiaco, natural de la isla de Paros.
    {8} Filósofo pitagórico de Crotona.
    {9} Hay sobre esto un precioso pasaje en el libro segundo de La República.
    {29} Alusión de un verso de Hesiodo. (Las Obras y los días, v. 307.)
    {30} Era un sacrificio en acción de gracias al dios de la medicina, que le libraba por la muerte de todos los males de la vida.

  • ¿Por qué condenaron a Sócrates a la muerte?

    La pregunta ha sido muchas veces formulada. Platón en su “Apología o Defensa de Sócrates” y en algunos diálogos y Jenofonte en su “Defensa de Sócrates”, nos dan información suficiente de cómo se fue generando el ambiente negativo para condenar al más sabio y justo de los hombres por la denuncia aparentemente inconsistente de tres compatriotas mediocres y envidiosos.
    Y es justamente esta insuficiencia e injusticia la que mantiene siempre vivo el interés por comprender la contradicción de que la primera democracia de la Historia condenara injustamente al más sabio y justo de los hombres, que acepta con entereza la pena de muerte.Ahora bien, como norma general, no puede interpretarse el pasado con los valores sociales del momento actual.

    Sócrates se ganó a lo largo de su vida numerosos enemigos  por diversas razones. En el fondo lo que se enfrenta en su proceso es la ciudad tradicional con sus valores colectivos frente a la aparición y auge de las personalidades individuales, como es el caso de Sócrates, que cuestiona o incumple los modos ciudadanos de la colectividad. Por ejemplo, no es ateo porque no crea en los dioses, sino porque no cumple los ritos a la manera tradicional.

    En el año 406 a.C. fue elegido en el correspondiente sorteo miembro del Consejo Ateniense de los Quinientos. Siendo miembro de la Comisión Pritana, la Asamblea popular se empeñó en condenar a muerte a los generales de la batalla de las Arginusas  por no recoger los cadáveres de los soldados muertos. Sócrates mantuvo su criterio personal y se opuso a la absurda condena; se enfrentó al poder democrático del momento. Más aún, criticó algunas características del poder democráticos, como la elección de algunos cargos por “sorteo”, sin garantía alguna de elegir a los mejores.

    Más tarde desobedeció, manteniendo también su criterio, a los  Treinta Tiranos cuando le ordenaron detener y conducir a la muerte a León de Salamina. Se enfrenta ahora al poder oligárquico.

    Platón, y también Jenofonte, escribieron, como he dicho, dos “Defensas o Apologías” de su maestro Sócrates. Transcribiré y comentaré el texto de Platón. En su consideración hemos de tener en cuenta varias cuestiones.
    Aunque se le llama “diálogo” en realidad no lo es tal, sino más bien un “monólogo” en el que el propio Sócrates expone su defensa y desmonta los argumentos de sus acusadores.

    Pero téngase en cuenta que, naturalmente, esto no es una transcripción del juicio sino una especie de discurso forense de defensa que Platón escribió algunos años después de la muerte de Sócrates. Es por tanto una obra literaria, digna de ser leída y comentada incluso 2300 años después, de la que podemos extraer importantes conocimientos históricos y valores cívicos y sociales. De la fuerza real que como discurso defensivo hubiera tenido de haber sido real, tienen los lectores todo el derecho a plantear todas las dudas que deseen. El regusto que deja, ciertamente, es el de que se está defendiendo a un culpable “social”, a una persona que ha chocado con las normas y convencionalismos sociales imperantes en la Atenas del momento. En todo caso, por la trascendencia que la figura de Sócrates y su muerte ha tenido en toda la cultura occidental, la lectura de estos textos es obligada.

    Platón, en su Defensa  hace relatar al  mismo Sócrates estos dos hechos de integridad moral,de oposición al poder establecido, que tan  malas consecuencias le trajeron:

    Nota: Los textos corresponden a la traducción que Patricio de Azcárate hizo en 1871 de las obras completas de Platón. Las obras de Platón están accesibles en internet en:  http://www.filosofia.org/cla/pla/azcarate.htm

    No obstante, para mayor facilidad reproduzco al final el texto completo de la “Defensa de Sócrates” de Platón, que es una obrita no excesivamente larga y digna de ser leída en su totalidad por quien tenga interés en estos temas.

    32b-32e

    Ya sabéis, atenienses, que jamás he desempeñado ninguna magistratura, y que tan sólo he sido senador. La tribu Antioquida, a la que pertenezco, estaba en turno en el Pritaneo, cuando contra toda ley os empeñasteis en procesar, bajo un contexto, a los diez generales que no habían enterrado los cuerpos de los ciudadanos muertos en el combate naval de las Arginusas; injusticia que reconocéis y de la que os arrepentisteis después. Entonces fui el único senador que se atrevió a oponerse a vosotros para impedir esta violación de las leyes. Protesté contra vuestro decreto, y a pesar de los oradores que se preparaban para denunciarme, a pesar de vuestras amenazas y vuestros gritos, quise más correr este peligro con la ley y la justicia, que consentir con vosotros en tan insigne iniquidad, sin que me arredraran ni las cadenas, ni la muerte.
    Esto acaeció cuando la ciudad era gobernada por el pueblo, pero después que se estableció la oligarquía, habiéndonos mandado los treinta tiranos a otros cuatro y a mí a Tolos}, nos dieron la orden de conducir desde Salamina a León el Salaminiano, para hacerle morir, porque daban estas órdenes a muchas personas para comprometer el mayor número de ciudadanos posible en sus iniquidades; y entonces yo hice ver, no con palabras sino con hechos, que la muerte a mis ojos era nada, permítaseme esta expresión, y que mi único cuidado consistía en no cometer impiedades e injusticias. Todo el poder de estos treinta tiranos, por terrible que fuese, no me intimidó, ni fue bastante para que me manchara con tan impía iniquidad.
    Cuando salimos de Tolos, los otro cuatro fueron a Salamina y condujeron aquí a León, y yo me retiré a mi casa, y no hay que dudar, que mi muerte hubiera seguido a mi desobediencia, si en aquel momento no se hubiera verificado la abolición de aquel gobierno. Existe un gran número de ciudadanos que pueden testimoniar de mi veracidad.

    (Nota: si democracia, del griego antiguo δημοκρατία, compuesto de δῆμος (dḗmos, «pueblo») y κράτος (krátos), «poder, «gobierno, fuerza» lo explicamos como “gobierno del pueblo”, “oligarquía”, del griego antiguo ὀλιγαρχία (oligarkhia), compuesto de ὀλίγος (oligos, "poco") y -αρχία (-arkhía), de ἀρχός (arkhos, "jefe"), o ἄρχω (arkhō), "mandar" , lo explicaremos como “gobierno de unos pocos” . Oclocracia (del griego ὀχλοκρατία okhlokratía) es el gobierno de la muchedumbre, una forma degradada de la democracia).

    En su proceso se le acusa formalmente de introductor de nuevos dioses siendo impío con los dioses de la ciudad, de convertir con su charlatanería lo justo en injusto y viceversa  y de corruptor de la juventud, precisamente él, cuyo objetivo siempre fue propiciar una educación crítica.

    En la Apología de Platón, el propio Sócrates resume la acusación de Meleto,  poeta fracasado que se presta para agradar a los políticos a formular la siguiente acusación:

    19b-19c

    «Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los demás sus doctrinas.»

    Su coherencia con sus enseñanzas filosóficas, su actitud ante la muerte, su altanería moral y su constante ironía, interrogando permanentemente a unos y otros y  dejando en evidencia su ignorancia, crearon las condiciones del fatal desenlace, cuando ya tenía setenta años.

    Sócrates fue confundido con los sofistas, que gozaban de muy mala fama porque con su habilidad lingüística y su charlatanería hacían de la verdad mentira y de la mentira verdad, a la vez que defienden un relativismo moral y social inaceptable: las leyes son una invención de los débiles, el individuo debe independizarse de la ciudad y la familia, etc.. Es verdad que Sócrates empleaba un método educativo semejante al de los sofistas, pero siempre buscando la verdad y esencia de las cosas sin aceptar acríticamente las posturas tradicionales.

    Ya al principio de la “Defensa de Sócrates” 17a-17b el mismo Sócrates se dirige a los atenienses del Tribunal de los Heliastas diciéndoles en referencia a sus acusadores:

    Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia.

    La comedia Las Nubes de Aristófanes expresa perfectamente el ambiente creado hostil a Sócrates mejor que ninguna otra explicación. Aristófanes contribuyó sin duda a crear el ambiente propicio para su condena a muerte, pero hay que tener en cuenta que la comedia Las Nubes se representó veinticinco años antes de la condena de Sócrates, aunque muy probablemente la rehízo más tarde tal vez para publicarla en forma de libro (existía un incipiente comercio de libros, como en la misma Apología de Platón se comprueba) .

    El retrato que Aristófanes hace de Sócrates es despiadado y en absoluta contradicción con la imagen que nos dejaron sus discípulos, como Platón y Jenofonte. Aristófanes busca el ridículo para hacer reír al público y nos pinta a Sócrates como el verdadero sofista charlatán capaz de convertir lo malo en bueno y viceversa, subido en una cesta para observar el cielo, en una escuela, cuando en realidad enseñaba al aire libre, irrespetuoso con los dioses y ávido de dinero.
    En realidad el conservador Aristófanes proyecta en Sócrates todas las nuevas ideas y el nuevo modelo de educación que se van imponiendo en Atenas, perniciosas según el criterio conservador del comediógrafo.

    En todo caso  esta comedia de Aristófanes, (con la que por cierto perdió el concurso de las fiestas Dionisiacas de Atenas, las Grandes Dionisias, al que concurría, a pesar de que Aristófanes la considera la mejor de las suyas) nos da cumplida cuenta de lo conocido y famoso que era Sócrates y lo odiado que era por muchas personas.

    Veamos algunos textos de Las Nubes:

    Versos 77 y ss.

    ESTREPSIADES: ¡Fidípides, Fidipito!

    FIDIPIDES: ¿Qué, padre?

    ESTREPSIADES: Bésame y dame tu diestra

    FIDIPIDES: Ya esta,¿qué sucede?

    ESTREPSIADES: Dime, ¿tú me quieres?

    FIDIPIDES: Sí, por este Posidón Hípico aquí presente.

    ESTREPSIADES: No me vengas a mí con Hípicos, por favor, que ese dios es el culpable de mis males; pero obedéceme, hijo, si verdaderamente me quieres de corazón.

    FIDIPIDES: ¿En qué quieres que te obedezca?

    ESTREPSIADES: Cambia cuanto antes de comportamiento y ve a aprender lo que yo te indique.

    FIDIIDES: Habla, ¿qué me pides?

    ESTREPSIADES: ¿Me obedecerás?

    FIDIPIDES: Te obedeceré, por Dioniso.

    ESTREPSIADES: Mira ahora hacia allí. ¿Ves esa puertecita y esa casita?

    FIDIPIDES:Las veo. ¿Qué sucede realmente, padre?

    ESTREPSIADES: Ese es elcaviladero de mentes sabias; dentro habitan unos hombres que hablan del cielo y te convencen de que es una estufa que nos rodea y que nosotros somos las brasas. Si se les paga dinero, enseñan a ganar, hablando con la razón o sin ella.

    FIDIPIDES: ¿Quiénes son?

    ESTREPSIADES: No sé exactamente su nombre; sólo que son caviladores concienzudos, buenos y honrados.

    FIDIPIDES: ¡Bah! Pura chusma, los conozco. Los que dices son sólo unos bocazas de faz pálida, que andan sin sandalias. De ellos son el desdichado Sócrates y Querefonte.

    ESTREPSIADES: ¡Eh,eh, calla, no digas idioteces! Si te importan algo las gachas de tu padre, hazte uno de ellos y abandona tu afición por los caballos.

    FIDIPIDES: No, por Dioniso, habrías de darme los faisanes que cría Leógoras

    ESTREPSIADES: Ve, te lo ruego, tú a quien quiero más que a nadie, ve y aprende

    FIDIPIDES: ¿Y qué quieres que aprenda?

    ESTREPSIADES: Dicen que entre ellos se encuentran los dos Argumentos,  el Superior, tal como es, y el Inferior. Y dicen que uno de ellos, el Inferior, consigue vencer defendiendo las causas más injustas, conque si tu me aprendieras ese Argumento Injusto, de todas las deudas que tengo por tu culpa no pagaría a nadie ni un solo óbolo.

    FIDIPIDES: No te obedeceré, pues con la piel descolorida no me atrevería a mirar a la cara a los caballeros.

    ESTREPSIADES: En ese caso no comerás a mi expensas, por Deméter, ni tú ni tu yunta, ni el Sánfora (un caballo), sino que te mandaré a los cuervos, fuera de mi casa.

    FIDIPIDES: Mi tío Megacles no consentirá que esté sin caballo. Ea, me voy adentro, no me preocupo de ti.

    ESTREPSIADES: Pues lo que es yo, aunque caído, no me quedaré tumbado, sino que tras rogar a los dioses iré personalmente al caviladero y haré que me enseñen. ¿Cómo podré aprender yo, un viejo torpe y desmemoriado, las sutilezas de los razonamientos exactos? Es preciso ir. . (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Nota: Fidìpides es un nombre compuesto de –hippos (caballo), que propone su madre y el que propone su padre, “fidonides”, ahorrativoQuerefonte era una persona enfermiza al que molestaba la luz del día y por eso sólo salía de noche, por lo que Aristófanes le llama “vampiro”; cf. Los pájaros, 1296; 1564

    Todavía nos queda algo de esa confianza o creencia en el poder convincente de la palabra frente a la realidad. Todavía creemos que un  abogado hábil en el uso de la palabra puede ganar una causa contra la razón; es creencia casi generalizada que un buen político es un buen orador o alguien que sabe emplear y jugar con las palabras hasta convencer a los indecisos o incluso a quienes inicialmente pensaban de otra forma. Y lo curioso es que no es tan descabellada esta creencia generalizada…

    Es fácil imaginar la hilaridad que estas exageraciones debían producir en un público fácil para alimentar en el rechazo a tanto charlatán como habría en la vida social. Luego presenta a Sócrates colgado ridículamente de una cesta lejos del suelo terrestre para ver mejor los fenómenos atmosféricos:

    Versos 217 y ss.

    ESTREPSIADES: ¡Vaya! ¿Quién es ese hombre que está en la cesta colgada?

    DISCIPULO: El.

    ESTREPSIADES: ¿Qué él?

    DISCIPULO: Sócrates

    ESTREPSIADES: ¡Oh Sócrates! Vamos, tú, llámamelo con un buen grito.

    DISCIPULO: Llámalo tú mismo, yo no tengo tiempo (se va)

    ESTREPSIADES: ¡Sócrates, Socratín!

    SÓCRATES: ¿Por qué me llamas, criatura efímera?

    ESTREPSIADES: Ante todo dime, por favor, qué haces.

    SÓCRATES: Camino por el aire y cavilo respecto al sol.

    ESTREPSIADES: Así pues, al menos es desde una cesta y no desde el suelo desde donde tú miras por encima a los dioses.

    SÓCRATES: Jamás habría descubierto cómo son en realidad los asuntos celestiales, si no hubiera suspendido mi pensamiento y mi sutil inteligencia, mezclándolos con su pariente el aire. Si permaneciendo en tierra observara lo de arriba desde abajo, jamás lo habría descubierto. Y no es por otra razón, sino porque la tierra arrastra hacia sí a la fuerza el jugo del pensamiento. Le pasa exactamente lo mismo que a los berros.

    ESTREPSIADES: ¿Qué dices? ¿El pensamiento arrastra el jugo hacia los berros? Vamos, querido Sócrates, baja ahora aquí junto a mí y dame los conocimientos por cuya causa he venido.

    SOCRATES: ¿Y a qué has venido?

    ESTREPSIADES: Quiero aprender a hablar, pues los intereses y unos acreedores implacables me llevan y me traen, y mis bienes están hipotecados.

    SÓCRATES: ¿Y de dónde te viene el darte cuenta que estás endeudado?

    ESTREPSIADES: Me ha dejado baldado la enfermedad de los caballos, ¡joder cómo comen! Mas enséñame uno de tus dos Argumentos, el que no paga nada de lo que debe, y te juro por los dioses que te pagaré el sueldo que tú exijas.  (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Ya Sócrates en la Apología 18b-18c nos advierte del objetivo de esta imagen que el dramaturgo da de quienes investigan las cosas de la naturaleza, presentarlo como “ateo”:

    Los que han sembrado estos falsos rumores son mis más peligrosos acusadores, porque prestándoles oídos, llegan  los demás a persuadirse que los hombres que se consagran a tales indagaciones no creen en la existencia de los dioses.

    Al principio de la “Defensa de Sócrates”  18c-18d, Platón por boca del propio Sócrates describe ese ambiente opresivo de opinión colectiva contra la que es imposible luchar a la que se ven sometidos quienes no se adaptan al espíritu de la mayoría social acrítica. En ese mismo texto se denuncia la responsabilidad de “un comediógrafo”, Aristófanes.

    …y lo más injusto es que no me es permitido conocer ni nombrar a mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias. Todos aquellos que por envidia o por malicia os han inoculado todas estas falsedades, y los que, persuadidos ellos mismos, han persuadido a otros, quedan ocultos sin que pueda yo llamarlos ante vosotros ni refutarlos; y por consiguiente, para defenderme, os preciso que yo me bata, como suele decirse, con una sombra, y que ataque y me defienda sin que ningún adversario aparezca.

    El teatro siempre pegado a la sociedad en la que se desarrolla, siempre ha tenido una importante influencia en los comportamientos colectivos de la masa popular.

    En la explicación de la acusación, según se expresa el propio Sócrates en la Apología de Platón, han sido determinantes:

    Su conciencia de superioridad  moral respecto del resto: Su amigo Querefonte preguntó a Apolo si había algún hombre más sabio que Sócrates y la Pitonisa respondió que no había nadie. Sócrates intentó averiguar si las cosas eran así y acaba interpretando la  afirmación  en el sentido de que él es sabio “porque sólo sabe que no sabe nada”, mientras los demás creen que saben cuando en realidad nada saben.

    Para comprobar si el oráculo decía verdad fue investigando a los hombres considerados sabios: comienza por un famoso político, luego investigó a otro y a otros dos más, luego fue a los poetas, luego a los artistas, luego a los extranjeros. En todos ellos encontró ignorancia y sobre todo la creencia de que sabían cuando no sabían que no sabían nada. Este descubrimiento de su superioridad, junto a su estilo inquisitivo con el adversario hasta dejarlo en ridículo, le granjeó numerosos enemigos.

    22e-23b

    De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.»

    Esta misma superioridad la vuelve a esgrimir más tarde cuando se niega a suplicar a los jueces, a pesar de que tiene su familia, “tres hijos, uno ya mozalbete y dos pequeños” que lo perderán. No va pedir clemencia por respeto a su ciudad, a las leyes y a sí mismo y a su buen nombre. Ni siquiera aceptaría pagar una multa.

    La acusación de que corrompe a los jóvenes, cuando son los jóvenes los que acuden libremente y se encuentran a gusto aprendiendo del maesto.

    23c-23d

    Por otra parte, muchos jóvenes de las más ricas  familias en sus ocios se unen a mí de buen grado, y tienen tanto placer en ver de qué manera pongo a prueba a todos los hombres que quieren imitarme con aquellos que encuentran; y no hay que dudar que encuentran una buena cosecha, porque son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada.

    Todos aquellos que ellos convencen de su ignorancia la toman conmigo y no con ellos, y van diciendo que hay un cierto Sócrates que es un malvado y un infame que corrompe a los jóvenes; y cuando se les pregunta qué hace o qué enseña, no tienen qué responder, y para disimular su flaqueza se desatan con esos cargos triviales que ordinariamente se dirigen contra los filósofos; que indaga lo que pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra, que no cree en los dioses, que hace buenas las más malas causas; y todo porque no se atreven a decir la verdad, que es que Sócrates los coge in fraganti, y descubre que figuran que saben, cuando no saben nada.

    Ya he comentado cómo se le confunde malévolamente con los sofistas y su dominio de la palabra para retorcer los argumentos y la realidad y cómo los jóvenes aprenden también esas enseñanzas.

    30a.30c: comenta las enseñanzas que realmente él procura transmitir:

    Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros, jóvenes y viejos, que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, antes que cualquier otro cuidado, es el del alma y de su perfeccionamiento; porque no me canso de deciros que la virtud no viene de las riquezas, sino por el contrario, que las riquezas vienen de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes públicos y particulares.
    Si diciendo estas cosas corrompo la juventud, es preciso que estas máximas sean una ponzoña, porque si se pretende que digo otra cosa, se os engaña o se os impone. Dicho esto no tengo nada que añadir. Haced lo que pide Anito, o no lo hagáis; dadme libertad, o no me la deis; yo no puedo hacer otra cosa, aunque hubiera de morir mil veces… Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma; calma que creo que no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá os harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión.

    30a-30c

    La acusación de ser ateo y de no creer en los dioses de la ciudad.

    Ya Aristófanes lo presentaba también  como ateo. En el verso 830 de Las Nubes Estrepsiades informa a su hijo que creer en Zeus es una idea antigua y eso se lo ha dicho Sócrates de Melos y Querefonte, y es ésta además una afirmación con recámara, porque le llama además ateo indirectamente.

    v. 829-830

    FIDÍPIDES: ¿Quién lo dice?

    ESTREPSIADES: Sócrates de Melos y Querefonte, que sabe de huellas de pulga.

    Pero Sócrates no es de Melos sino de Atenas; de Melos era el famoso ateo Diágoras; así que al llamar a Sócrates de “Melos”  en realidad le está llamando indirectamente “ateo”.

    En 26b-26e

    Sócrates: Sin embargo, responde aún, y dinos cómo corrompo a los jóvenes. ¿Es según tu denuncia, enseñándoles a no reconocer los dioses que reconoce la patria, y enseñándoles además a rendir culto, bajo el nombre de demonios, a otras divinidades? ¿No es esto lo que dices?

    Melito: Sí, es lo mismo.

    Sócrates: Melito, en nombre de esos mismos dioses de que ahora se trata, explícate de una manera un poco más clara, por mí y por estos jueces, porque no acabo de comprender, si me acusas de enseñar que hay muchos dioses, (y en este caso, si creo que hay dioses, no soy ateo, y falta la materia para que sea yo culpable) o si estos dioses no son del Estado. ¿Es esto de lo que me acusas? ¿O bien me acusas de que no admito ningún Dios, y que enseño a los demás a que no reconozcan ninguno?

    Melito: Te acuso de no reconocer ningún Dios.

    Sócrates: ¡Oh maravilloso Melito!, ¿por qué dices eso? ¡Qué! ¿Yo no creo como los demás hombres que el sol y la luna son dioses?

    Melito: No, ¡por Júpiter!, atenienses, no lo cree, porque dice que el sol es una piedra y la luna una tierra.

    Sócrates: ¿Pero tú acusas a Anaxágoras, mi querido Melito? Desprecias los jueces, porque los crees harto ignorantes, puesto que te imaginas que no saben que los libros de Anaxágoras y de Clazomenes están llenos de aserciones de esta especie. Por lo demás, ¿qué necesidad tendrían los jóvenes de aprender de mí cosas que podían ir a oír todos  los días a la Orquesta, por un dracma a lo más?* ¡Magnífica ocasión se les presentaba para burlarse de Sócrates, si Sócrates se atribuyese doctrinas que no son suyas y tan extrañas y absurdas por otra parte! Pero dime en nombre de Júpiter, ¿pretendes que yo no reconozco ningún Dios?

    Melito: Sí, ¡por Júpiter!, tú no reconoces ninguno.

    Sócrates: Dices, Melito, cosas increíbles, ni estás tampoco de acuerdo contigo mismo. A mi entender parece, atenienses, que Melito es un insolente, que no ha intentado esta acusación sino para insultarme,…

    * Nota: en otras traducciones se hace referencia no a oír las doctrinas de Anaxágoras, sino a comprar un libro de Anaxágoras por un dracma. En ese caso nos estaría también informando Platón de la existencia de un mercado de libros en Atenas, puesto que se puede comprar en el ágora un libro de Anaxágoras por un dracma. Sin duda el precio parece ridículamente barato; a buen seguro que los libros serían escasos y el precio más bien elevado, pero es interesante comprobar cómo en la primera democracia existía al alcance de quien pudiera pagarlo el libro como instrumento democratizador del conocimiento.

    En ese contexto Anito el artesano, Meleto, poeta fracasado y pelota del poder establecido y Licón , orador,formularon la denuncia.

    23e-24a

    Apoyándose en esto, me han atacado Meleto, Anito y Licón –Meleto indignado en nombre de los poetas; Anito en nombre de los artesanos y de los políticos, y Licón en nombre de los oradores-.

    La denuncia textual nos la ofrece el mismo Sócrates en 24b-24c:

    “Sócrates delinque: corrompe a los jóvenes; no reconoce a los dioses de la ciudad, y en cambio, tiene extrañas creencias relacionadas con genios”.

    Sócrates repitió muchas veces a lo largo de su vida que tenía un genio particular, una especie de ángel de la guarda, que le indicaba interiormente lo que debía hacer o no hacer.

    Sócrates advierte con orgullo a sus conciudadanos de Atenas las consecuencias que se derivarán de su condena injusta:

    30c-31c

    Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma; calma que creo que no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá os harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión. Estad persuadidos de que si me hacéis morir en el supuesto de lo que os acabo de declarar, el mal no será sólo para mí. En efecto, ni Anito, ni Melito pueden causarme mal alguno, porque el mal no puede nada contra el hombre de bien. Me harán quizá condenar a muerte, o a destierro, o a la pérdida de mis bienes y de mis derechos de ciudadano; males espantosos a los ojos de Melito y de sus amigos; pero yo no soy de su dictamen. A mi juicio, el más grande de todos los males es hacer lo que Anito hace en este momento, que es trabajar para hacer morir un inocente.

    En este momento, atenienses, no es en manera alguna por amor a mi persona por lo que yo me defiendo, y sería un error el creerlo así; sino que es por amor a vosotros; porque condenarme sería ofender al Dios y desconocer el presente que os ha hecho. Muerto yo, atenienses, no encontrareis fácilmente otro ciudadano que el Dios conceda a esta ciudad (la comparación os parecerá quizá ridícula) como a un corcel noble y generoso, pero entorpecido por su misma grandeza, y que tiene necesidad de espuela que le excite y despierte. Se me figura que soy yo el que Dios ha escogido para excitaros, para punzaros, para predicaros todos los días, sin abandonaros un solo instante. Bajo mi palabra, atenienses, difícil será que encontréis otro hombre que llene esta misión como yo; y si queréis creerme, me salvareis la vida.

    Pero quizá fastidiados y soñolientos desechareis mi consejo, y entregándoos a la pasión de Anito me condenareis muy a la ligera. ¿Qué resultará de esto? Que pasareis el resto de vuestra vida en un adormecimiento profundo, a menos que el Dios no tenga compasión de vosotros, y os envíe otro hombre que se parezca a mí.

    Que ha sido Dios el que me ha encomendado esta misión para con vosotros es fácil inferirlo, por lo que os voy a decir. Hay un no sé qué de sobrehumano en el hecho de haber abandonado yo durante tantos años mis propios negocios por consagrarme a los vuestros,  dirigiéndome a cada uno de vosotros en particular, como un padre o un hermano mayor puede hacerlo, y exhortándoos sin cesar a que practiquéis la virtud.
    Si yo hubiera sacado alguna recompensa de mis exhortaciones, tendríais algo que decir; pero veis claramente que mis mismos acusadores, que me han calumniado con tanta impudencia, no han tenido valor para echármelo en cara, y menos para probar con testigos que yo haya exigido jamás ni pedido el menor salario, y en prueba de la verdad de mis palabras os presento un testigo irrecusable, mi pobreza.

    En la primera parte del proceso 281 votaron la condena, 220 votaron la absolución. Cuando en la segunda fase del proceso declaró que merecía ser nombrado benefactor de la ciudad y ser alimentado en el Pritaneo a costa del Estado, como ocurría con los vencedores en los Juegos Olímpicos, 360 lo condenaron y 141 votaron la propuesta de Sócrates. El tribunal debía elegir la pena sugerida por el acusador o la propuesta por el propio acusado, pero no podía determinar una intermedia.

    Leamos este episodio tal como lo relata Platón por boca del propio Sócrates:

    36b-37a

    Melito me juzga digno de muerte; en buen hora. ¿Y yo de qué pena me juzgaré digno? Veréis claramente, atenienses, que yo no escojo más que lo que merezco. ¿Y cuál es? ¿A qué pena, a qué multa voy a condenarme por no haber callado las cosas buenas que aprendí durante toda mi vida; por haber despreciado lo que los demás buscan con tanto afán, las riquezas, el cuidado de los negocios domésticos, los empleos y las dignidades; por no haber entrado jamás en ninguna cábala, ni en ninguna conjuración, prácticas bastante ordinarias en esta ciudad; por ser conocido como hombre, de bien, no queriendo conservar mi vida valiéndome de medios tan indignos? Por otra parte, sabéis que jamás he querido tomar ninguna profesión en la que pudiera trabajar al mismo tiempo en provecho vuestro y en el mío, y que mi único objeto ha sido procuraros a cada uno de vosotros en particular el mayor de todos los bienes, persuadiéndoos a que no atendáis a las cosas que os pertenecen antes que al cuidado de vosotros mismos, para haceros más sabios y más perfectos, lo mismo que es preciso tener cuidado de la existencia de la república antes de pensar en las cosas que la pertenecen, y así de lo demás.

    Dicho esto, ¿de qué soy digno? De un gran bien sin duda, atenienses, si proporcionáis verdaderamente la recompensa al mérito; de un gran bien que pueda convenir a un hombre tal como yo. ¿Y qué es lo que conviene a un hombre pobre, que es vuestro bienhechor, y que tiene necesidad de un gran desahogo para ocuparse en exhortaros? Nada le conviene tanto, atenienses, como el ser alimentado en el Pritaneo y esto le es más debido que a los que entre vosotros han ganado el premio en las corridas de caballos y carros en los juegos olímpicos; porque éstos con sus victorias hacen que aparezcamos felices, y yo os hago, no en la apariencia, sino en la realidad. Por otra parte, éstos no tienen necesidad de este socorro, y yo la tengo. Si en justicia es preciso adjudicarme una recompensa digna de mí, esta es la que merezco, el ser alimentado en el Pritaneo.
    Al hablaros así, atenienses, quizá me acusareis de que lo hago con la terquedad y arrogancia con que deseché antes los lamentos y las súplicas. Pero no hay nada de eso.

    Condenado ya a muerte por la mayoría, Sócrates hace una advertencia a quienes han votado su condena:

    39c-39e

    ¡Oh vosotros!, que me habéis condenado a muerte, quiero predeciros lo que os sucederá, porque me veo en aquellos momentos, cuando la muerte se aproxima, en que los hombres son capaces de profetizar el porvenir. Os lo anuncio, vosotros que me hacéis morir, vuestro castigo no tardará, cuando yo haya muerto, y será, ¡por Júpiter!, más cruel que el que me imponéis. En deshaceros de mí, sólo habéis intentado descargares del importuno peso de dar cuenta de vuestra vida, pero os sucederá todo lo contrario; yo os lo predigo.
    Se levantará contra vosotros y os reprenderá un gran número de personas, que han estado contenidas por mi presencia, aunque vosotros no lo apercibíais; pero después de mi muerte serán tanto más importunos y difíciles de contener, cuanto que son más jóvenes; y más os irritareis vosotros, porque si creéis que basta matar a unos para impedir que otros os echen en cara que vivís mal, os engañáis. Esta manera de libertarse de sus censores ni es decente, ni posible. La que es a la vez muy decente y muy fácil es, no cerrar la boca a los hombres, sino hacerse mejor. Lo dicho basta para los que me han condenado, y los entrego a sus propios remordimientos.

    También tiene unas sentidas palabras para los 141 que le absolvieron:

    39e

    Con respecto a los que me habéis absuelto con vuestros votos, atenienses, conversaré con vosotros con el mayor gusto, mientras que los Once estén ocupados, y no se me conduzca al sitio donde deba morir….

    40c

    Es que hay trazas de que lo que me sucede es un gran bien, y nos engañamos todos sin duda, si creemos que la muerte es un mal….

    40c-41b

    Profundicemos un tanto la cuestión, para hacer ver que es una esperanza muy profunda la de que la muerte es un bien.

    Es preciso de dos cosas una: o la muerte es un absoluto anonadamiento y una privación de todo sentimiento, o, como se dice, es un tránsito del alma de un lugar a otro. Si es la privación de todo sentimiento, una dormida pacífica que no es turbada por ningún sueño, ¿qué mayor ventaja puede presentar la muerte? Porque si alguno, después de haber pasado una noche muy tranquila sin ninguna inquietud, sin ninguna turbación, sin el menor sueño, la comparase con todos los demás días y con todas las demás noches de su vida, y se le obligase a decir en conciencia cuántos días y noches había pasado que fuesen más felices que aquella noche; estoy persuadido de que no sólo un simple particular, si no el mismo gran rey, encontraría bien pocos, y le sería muy fácil contarlos. Si la muerte es una cosa semejante, la llamo con razón un bien; porque entonces el tiempo todo entero no es más que una larga noche.

    Pero si la muerte es un tránsito de un lugar a otro, y si, según se dice, allá abajo está el paradero de todos los que han vivido, ¿qué mayor bien se puede imaginar, jueces míos? Porque si, al dejar los jueces prevaricadores de este mundo, se encuentran en los infiernos los verdaderos jueces, que se dice que hacen allí justicia, Mines, Radamanto, Eaco, Triptolemo y todos los demás semidioses que han sido justos durante su vida, ¿no es este el cambio más dichoso? ¿A qué precio no compraríais la felicidad de conversar con Orfeo, Museo, Hesiodo y Homero? Para mí, si es esto verdad, moriría gustoso mil veces. ¿Qué trasporte de alegría no tendría yo cuando me encontrase con Palamedes, con Afax, hijo de Telamon, y con todos los demás héroes de la antigüedad, que han sido víctimas de la injusticia? ¡Qué placer el poder comparar mis aventuras con las suyas! Pero aún sería un placer infinitamente más grande para mí pasar allí los días, interrogando y examinando a todos estos personajes, para distinguir los que son verdaderamente sabios de los que creen serlo y no lo son.
    ….

    41c-41d

    Esta es la razón, jueces míos, para que nunca perdáis las esperanzas aún después de la tumba, fundados en esta verdad; que no hay ningún mal para el hombre de bien, ni durante su vida, ni después de su muerte; y que los dioses tienen siempre cuidado de cuanto tiene relación con [86] él; porque lo que en este momento me sucede a mí no es obra del azar, y estoy convencido de que el mejor partido para mí es morir desde luego y libertarme así de todos los disgustos de esta vida.

    42a

    Pero ya es tiempo de que nos retiremos de aquí, yo para morir, vosotros para vivir. ¿Entre vosotros y yo, quién lleva la mejor parte? Esto es lo que nadie sabe, excepto Dios.

    Acaba así la Defensa de Sócrates que Platón nos dejó.

                ………..

    Platón: Apología de Sócrates, traducida  por Patricio de Azcárate

    Yo no sé, atenienses, la impresión que habrá hecho en vosotros el discurso de mis acusadores. Con respecto a mí, confieso que me he desconocido a mí mismo; tan persuasiva ha sido su manera de decir. Sin embargo, puedo asegurarlo, no han dicho una sola palabra que sea verdad.

    Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia. Porque el no haber temido el mentís vergonzoso que yo les voy a dar en este momento, haciendo ver que no soy elocuente, es el colmo de la impudencia, a menos que no llamen elocuente al que dice la verdad. Si es esto lo que pretenden, confieso que soy un gran orador; pero no lo soy a su manera; porque, repito, no han dicho ni una sola palabra verdadera, y vosotros vais a saber de mi boca la pura verdad, no, ¡por Júpiter!, en una arenga vestida de sentencias brillantes y palabras escogidas, como son los discursos de mis acusadores, sino en un lenguaje sencillo y espontáneo; porque descanso en la confianza de que digo la verdad, y ninguno de vosotros debe esperar otra cosa de mí. No sería propio de mi edad, venir, atenienses, ante vosotros como un joven que hubiese preparado un discurso.
    Por esta razón, la única gracia, atenienses, que os pido es que cuando veáis que en mi defensa emplee [50] términos y maneras comunes, los mismos de que me he servido cuantas veces he conversado con vosotros en la plaza pública, en las casas de contratación y en los demás sitios en que me habéis visto, no os sorprendáis, ni os irritéis contra mí; porque es esta la primera vez en mi vida que comparezco ante un tribunal de justicia, aunque cuento más de setenta años.

    Por lo pronto soy extraño al lenguaje que aquí se habla. Y así como si fuese yo un extranjero, me disimularíais que os hablase de la manera y en el lenguaje de mi país, en igual forma exijo de vosotros, y creo justa mi petición, que no hagáis aprecio de mi manera de hablar, buena o mala, y que miréis solamente, con toda la atención posible, si os digo cosas justas o no, porque en esto consiste toda la virtud del juez, como la del orador: en decir la verdad.

    Es justo que comience por responder a mis primeros acusadores, y por refutar las primeras acusaciones, antes de llegar a las últimas que se han suscitado contra mí. Porque tengo muchos acusadores cerca de vosotros hace muchos años, los cuales nada han dicho que no sea falso. Temo más a estos que a Anito y sus cómplices{1}, aunque sean estos últimos muy elocuentes; pero son aquellos mucho más temibles, por cuanto, compañeros vuestros en su mayor parte desde la infancia, os han dado de mí muy malas noticias, y os han dicho, que hay un cierto Sócrates, hombre sabio que indaga lo que pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra y que sabe convertir en buena, una mala causa.

    Los que han sembrado estos falsos rumores son mis más peligrosos acusadores, porque prestándoles oídos, llegan [51] los demás a persuadirse que los hombres que se consagran a tales indagaciones no creen en la existencia de los dioses. Por otra parte, estos acusadores son en gran número, y hace mucho tiempo que están metidos en esta trama. Os han prevenido contra mí en una edad, que ordinariamente es muy crédula, porque erais niños la mayor parte o muy jóvenes cuando me acusaban ante vosotros en plena libertad, sin que el acusado les contradijese; y lo más injusto es que no me es permitido conocer ni nombrar a mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias. Todos aquellos que por envidia o por malicia os han inoculado todas estas falsedades, y los que, persuadidos ellos mismos, han persuadido a otros, quedan ocultos sin que pueda yo llamarlos ante vosotros ni refutarlos; y por consiguiente, para defenderme, os preciso que yo me bata, como suele decirse, con una sombra, y que ataque y me defienda sin que ningún adversario aparezca.

    Considerad, atenienses, que yo tengo que habérmelas con dos suertes de acusadores, como os he dicho: los que me están acusando ha mucho tiempo, y los que ahora me citan ante el tribunal; y creedme, os lo suplico, es preciso que yo responda por lo pronto a los primeros, porque son los primeros a quienes habéis oído y han producido en vosotros más profunda impresión.

    Pues bien, atenienses, es preciso defenderse y arrancar de vuestro espíritu, en tan corto espacio de tiempo, una calumnia envejecida, y que ha echado en vosotros profundas raíces. Desearía con todo mi corazón, que fuese en ventaja vuestra y mía, y que mi apología pudiese servir para mi justificación. Pero yo sé cuán difícil es esto, sin que en este punto pueda hacerme ilusión. Venga lo que los dioses quieran, es preciso obedecer a la ley y defenderse.

    Remontémonos, pues, al primer origen de la acusación, [52] sobre la que he sido tan desacreditado y que ha dado a Melito confianza para arrastrarme ante el tribunal. ¿Qué decían mis primeros acusadores? Porque es preciso presentar en forma su acusación, como si apareciese escrita y con los juramentos recibidos. «Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los demás sus doctrinas.»

    He aquí la acusación; ya la habéis visto en la comedia de Aristofanes, en la que se representa un cierto Sócrates, que dice, que se pasea por los aires y otras extravagancias semejantes, que yo ignoro absolutamente; y esto no lo digo, porque desprecie esta clase de conocimientos; si entre vosotros hay alguno entendido en ellos (que Melito no me formule nuevos cargos por esta concesión), sino que es sólo para haceros ver, que yo jamás me he mezclado en tales ciencias, pudiendo poner por testigos a la mayor parte de vosotros.

    Los que habéis conversado conmigo, y que estáis aquí en gran número, os conjuro a que declaréis, si jamás me oísteis hablar de semejante clase de ciencias ni de cerca ni de lejos; y por esto conoceréis ciertamente, que en todos esos rumores que se han levantado contra mí, no hay ni una sola palabra de verdad; y si alguna vez habéis oído, que yo me dedicaba a la enseñanza, y que exigía salario, es también otra falsedad.

    No es porque no tenga por muy bueno el poder instruir a los hombres, como hacen Gorgias de Leoncio, Prodico de Ceos e Hippias de Elea. Estos grandes personajes tienen el maravilloso talento, donde quiera que vayan, de persuadir a los jóvenes a que se unan a ellos, y abandonen a sus conciudadanos, cuando podrían estos ser sus maestros sin costarles un óbolo.

    Y no sólo les pagan la enseñanza, sino que contraen con ellos una deuda de agradecimiento infinito. He oído [53] decir, que vino aquí un hombre de Paros, que es muy hábil; porque habiéndome hallado uno de estos días en casa de Callias hijo de Hiponico, hombre que gasta más con los sofistas que todos los ciudadanos juntos, me dio gana de decirle, hablando de sus dos hijos: —Callias, si tuvieses por hijos dos potros o dos terneros, ¿no trataríamos de ponerles al cuidado de un hombre entendido, a quien pagásemos bien, para hacerlos tan buenos y hermosos, cuanto pudieran serlo, y les diera todas las buenas cualidades que debieran tener? ¿Y este hombre entendido no debería ser un buen picador y un buen labrador? Y puesto que tú tienes por hijos hombres, ¿qué maestro has resuelto darles? ¿Qué hombre conocemos que sea capaz de dar lecciones sobre los deberes del hombre y del ciudadano? Porque no dudo que hayas pensado en esto desde el acto que has tenido hijos, y conoces a alguno? —Sí, me respondió Callias. —¿Quién es, le repliqué, de dónde es, y cuánto lleva? —Es Éveno, Sócrates, me dijo; es de Paros, y lleva cinco minas. Para lo sucesivo tendré a Éveno por muy dichoso, si es cierto que tiene este talento y puede comunicarlo a los demás.

    Por lo que a mí toca, atenienses, me llenaría de orgullo y me tendría por afortunado, si tuviese esta cualidad, pero desgraciadamente no la tengo. Alguno de vosotros incidirá quizá: —Pero Sócrates, ¿qué es lo que haces? ¿De dónde nacen estas calumnias que se han propalado contra ti? Porque si te has limitado a hacer lo mismo que hacen los demás ciudadanos, jamás debieron esparcirse tales rumores. Dinos, pues, el hecho de verdad, para que no formemos un juicio temerario. Esta objeción me parece justa. Voy a explicaros lo que tanto me ha desacreditado y ha hecho mi nombre tan famoso. Escuchadme, pues. Quizá algunos de entre vosotros creerán que yo no hablo seriamente, pero estad persuadidos de que no os diré más que la verdad. [54]

    La reputación que yo haya podido adquirir, no tiene otro origen que una cierta sabiduría que existe en mí. ¿Cuál es esta sabiduría? Quizá es una sabiduría puramente humana, y corro el riesgo de no ser en otro concepto sabio, al paso que los hombres de que acabo de hablares, son sabios, de una sabiduría mucho más que humana.

    Nada tengo que deciros de esta última sabiduría, porque no la conozco, y todos los que me la imputan, mienten, y sólo intentan calumniarme. No os incomodéis, atenienses, si al parecer os hablo de mí mismo demasiado ventajosamente; nada diré que proceda de mí, sino que lo atestiguaré con una autoridad digna de confianza. Por testigo de mi sabiduría os daré al mismo Dios de Delfos, que os dirá si la tengo, y en qué consiste. Todos conocéis a Querefon, mi compañero en la infancia, como lo fue de la mayor parte de vosotros, y que fue desterrado con vosotros, y con vosotros volvió. Ya sabéis qué hombre era Querefon, y cuán ardiente era en cuanto emprendía. Un día, habiendo partido para Delfos, tuvo el atrevimiento de preguntar al oráculo (os suplico que no os irritéis de lo que voy a decir), si había en el mundo un hombre más sabio que yo; la Pythia le respondió, que no había ninguno. Querefon ha muerto, pero su hermano, que está presente, podrá dar fe de ello. Tened presente, atenienses, porque os refiero todas estas cosas; pues es únicamente para haceros ver de donde proceden esos falsos rumores, que han corrido contra mí.
    Cuando supe la respuesta del oráculo, dije para mí; ¿Qué quiere decir el Dios? ¿Qué sentido ocultan estas palabras? Porque yo sé sobradamente que en mí no existe semejante sabiduría, ni pequeña, ni grande. ¿Qué quiere, pues, decir, al declararme el más sabio de los hombres? Porque él no miente. La Divinidad no puede mentir. Dudé largo tiempo del sentido del oráculo, hasta que por último, después de gran trabajo, me propuse hacer la [55] prueba siguiente: —Fui a casa de uno de nuestros conciudadanos, que pasa por uno de los más sabios de la ciudad. Yo creía, que allí mejor que en otra parte, encontraría materiales para rebatir al oráculo, y presentarle un hombre más sabio que yo, por más que me hubiere declarado el más sabio de los hombres. Examinando pues este hombre, de quien, baste deciros, que era uno de nuestros grandes políticos, sin necesidad de descubrir su nombre, y conversando con él, me encontré, con que todo el mundo le creía sabio, que él mismo se tenía por tal, y que en realidad no lo era. después de este descubrimiento me esforcé en hacerle ver que de ninguna manera era lo que él creía ser, y he aquí ya lo que me hizo odioso a este hombre y a los amigos suyos que asistieron a la conversación.
    Luego que de él me separé, razonaba conmigo mismo, y me decía: —Yo soy más sabio que este hombre. Puede muy bien suceder, que ni él ni yo sepamos nada de lo que es bello y de lo que es bueno; pero hay esta diferencia, que él cree saberlo aunque no sepa nada, y yo, no sabiendo nada, creo no saber. Me parece, pues, que en esto yo, aunque poco más, era mas sabio, porque no creía saber lo que no sabia.

    Desde allí me fui a casa de otro que se le tenía por más sabio que el anterior, me encontré con lo mismo, y me granjeé nuevos enemigos. No por esto me desanimé; fui en busca de otros, conociendo bien que me hacia odioso, y haciéndome violencia, porque temía los resultados; pero me parecía que debía, sin dudar, preferir a todas las cosas la voz del Dios, y para dar con el verdadero sentido del oráculo, ir de puerta en puerta por las casas de todos aquellos que gozaban de gran reputación; pero, ¡oh Dios!, he aquí, atenienses, el fruto que saqué de mis indagaciones, porque es preciso deciros la verdad; todos aquellos que pasaban por ser los más sabios, me parecieron no [56] serlo, al paso que todos aquellos que no gozaban de esta opinión, los encontré en mucha mejor disposición para serlo.

    Es preciso que acabe de daros cuenta de todas mis tentativas, como otros tantos trabajos que emprendí para conocer el sentido del oráculo.

    Después de estos grandes hombres de Estado me fui a los poetas, tanto a los que hacen tragedias como a los poetas ditirámbicos{2} y otros, no dudando que con ellos se me cogería in fraganti, como suele decirse, encontrándome más ignorante que ellos. Para esto examiné las obras suyas que me parecieron mejor trabajadas, y les pregunté lo que querían decir, y cuál era su objeto, para que me sirviera de instrucción. Pudor tengo, atenienses, en deciros la verdad; pero no hay remedio, es preciso decirla. No hubo uno de todos los que estaban presentes, inclusos los mismos autores, que supiese hablar ni dar razón de sus poemas. Conocí desde luego que no es la sabiduría la que guía a los poetas, sino ciertos movimientos de la naturaleza y un entusiasmo semejante al de los profetas y adivinos; que todos dicen muy buenas cosas, sin comprender nada de lo que dicen. Los poetas me parecieron estar en este caso; y al mismo tiempo me convencí, que a título de poetas se creían los más sabios en todas materias, si bien nada entendían. Les dejé, pues, persuadido que era yo superior a ellos, por la misma razón que lo había sido respecto a los hombres políticos.

    En fin, fui en busca de los artistas. Estaba bien convencido de que yo nada entendía de su profesión, que los encontraría muy capaces de hacer muy buenas cosas, y en esto no podía engañarme. Sabían cosas que yo ignoraba, y en esto eran ellos más sabios que yo. Pero, atenienses, los más [57] entendidos entre ellos me parecieron incurrir en el mismo defecto que los poetas, porque no hallé uno que, a título de ser buen artista, no se creyese muy capaz y muy instruido en las más grandes cosas; y esta extravagancia quitaba todo el mérito a su habilidad.

    Me pregunté, pues, a mí mismo, como si hablara por el oráculo, si querría más ser tal como soy sin la habilidad de estas gentes, e igualmente sin su ignorancia, o bien tener la una y la otra y ser como ellos, y me respondí a mí mismo y al oráculo, que era mejor para mí ser como soy. De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.»

    Convencido de esta verdad, para asegurarme más y obedecer al Dios, continué mis indagaciones, no sólo entre nuestros conciudadanos, sino entre los extranjeros, para ver si encontraba algún verdadero sabio, y no habiéndole encontrado tampoco, sirvo de intérprete al oráculo, haciendo ver a todo el mundo, que ninguno es sabio. Esto me preocupa tanto, que no tengo tiempo para dedicarme al servicio de la república ni al cuidado de mis cosas, y vivo en una gran pobreza a causa de este culto que rindo a Dios.
    Por otra parte, muchos jóvenes de las más ricas [58] familias en sus ocios se unen a mí de buen grado, y tienen tanto placer en ver de qué manera pongo a prueba a todos los hombres que quieren imitarme con aquellos que encuentran; y no hay que dudar que encuentran una buena cosecha, porque son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada.

    Todos aquellos que ellos convencen de su ign