Categoría: Cultura

  • Kalendas, Idus, Nonas: una rara forma de nombrar los días del mes

    Todo lo referido a la historia del calendario romano y su trasmisión hasta nuestros días es de gran complejidad, sobre todo para nosotros, acostumbrados a un sistema de nominación de los días del mes verdaderamente simple: cada día recibe el nombre del número que ocupa en el conjunto del mes, generalmente con un numeral cardinal mejor que ordinal: uno de enero, dos de febrero o quince de febrero o tres de marzo…

    Los romanos se referían a los días del mes  de una forma mucho más complicada, no en vano el calendario es un instrumento religioso  para determinar sobre todo las fiestas religiosas. Es por el ello el pontífice o sacerdote el encargado de su determinación en muchos aspectos.

    En primer lugar dividían el mes en tres períodos: kalendas, nonas e idus que en principio se correspondían respectivamente con la luna nueva, la luna media y la luna llena. Esto significa que no conocían la división en “semanas”, que no se impuso en realidad hasta el emperador Constantino.

    Las kalendas, (palabras que algunos relacionan con kalare = llamar) indicaban el principio del mes, cuando aparecía la luna creciente, y por tanto correspondían al día 1.

    Las nonas indicaban el primer cuarto de luna y se correspondían con el quinto día de los  meses de Enero, Febrero, Abril, Junio, Agosto, Septiembre, Noviembre y Diciembre; y con el séptimo día de los meses de Marzo, Mayo, Julio y Octubre.

    Los idus indicaban la luna llena y se correspondían con el día 13 en los meses en que las nonas caían el día cinco y con el día 15 en los que las nonas caían el siete

    A estos hitos de cada mes se referían en forma adjetiva; es decir, al día 1 de enero le llamaban “Kalendae Ianuariae; calendas eneras", diríamos, aunque con la terminación correspondiente al caso ablativo de circunstancia de tiempos “Kalendis Ianuariis”; al 1 de febrero le llamaban “Kalendae Februariae; calendas febreras", diríamos; al 5 de enero le llamaban “Nonae Ianuariae”; al 7 de marzo “Nonae Martiae”.

    Al 15 de marzo (día en que murió asesinado Julio César en el año 44 a.C.) le llaman “Idus Martiae”.

    Cuídate de los Idus de Marzo”  es precisamente lo que un adivino aconsejó a César, al que no hizo caso,  y desde entonces la frase ha quedado como prototipo de advertencia y consejo de prudencia ante una situación que se anuncia peligrosa.

    "Ad kalendas graecas" es una frase proverbial latina que significa literalmente "para las calendas griegas", pero como los meses griegos no tienen calendas lo que en realidad significa es "para nunca".

    Esto ciertamente parece complicado, pero es mucho más complejo cómo se denomina al resto de los días del mes. Pues bien, siempre se denominan por referencia  al momento clave (kalendas, nonas, idus) posterior. Es decir, cuentan los días que faltan, teniendo en cuenta el punto de partida y el de llegada, hasta el hito posterior.

    Así el día 2 de enero era el “sexto día antes de las nonas de enero”, es decir “ante diem VI Nonas Ianuarias”; el día el 16 de Enero, teniendo en cuenta que enero tiene 31 días, será el día “décimo séptimo antes de las kalendas de febrero”; en latín “ante diem XVII (decimum septimum) kalendas februarias”;  el día 17 será el día décimo sexto antes de las kalendas de febrero (ante diem XVI kalendas februarias) y así sucesivamente.  Sólo al día anterior de cada hito (kalendae, nonae, idus) se le llamaba “pridie = el día de antes) y al siguiente “postridie = el día después). “Víspera” , deriva de “vesper”, palabra latina que significa “tarde”, naturalmente del anterior al día siguiente.

  • “Conócete a ti mismo” , γνῶθι σεαυτόν (gnóthi seautón) , Nosce te ipsum , Know thyself ( Know yourself) Connais-toi toi-même, Conosci te stesso, Erkenne dich selbst.

    Esta antigua frase griega, ”conócete a ti mismo”, es la más sencilla invitación a reflexionar sobre sí mismo.

    Esta frase, cargada de alto valor ético y para algunos religioso, es también  una orden contundente e inquietante a la vez, porque nos enfrenta a los hombres, seres curiosos y  ávidos de conocimiento como somos, a la evidencia de la necesidad de conocernos, comprendernos y aceptarnos a nosotros mismos; con frecuencia también nos enfrenta a la evidencia de la carencia de ese autoconocimiento y consciencia de lo propio y personal.

    Una vez más son los griegos antiguos, que desarrollaron el conocimiento racional de la naturaleza, los que también centraron su reflexión en el hombre y por tanto en ellos mismos en cuanto tales.

    Pausanias, el célebre turista del siglo II de Cristo,  en su “Descripción de Grecia”, en el Libro X dedicado a la Fócida, en el capítulo 24, párrafos 1-2, nos dice que en el patio del templo de Apolo en Delfos, había inscritas (Plinio dice que con letras de oro) frases de utilidad para la vida de los hombres, que están en la  boca de todos los griegos,   (Εν δέ τώ προνάω τά έν Δελφοίς γεγραμμένα, έστιν ώφελήματα άνθρώποις εἰς βίον – en de to pronao ta en Delfois gegrammena estín ofelémata anthropois eis bion), tales como:

                   “conócete a ti mismo”  (Γνῶθι σαυτόν, gnóthi sautón),
                   “nada en demasía” (Μηδέν άγαν,medén ágan).

    Según el mismo Pausanias, estas frases, que recibían a quienes consultaban el oráculo, se atribuían a los Siete Sabios (Cleóbulo de Lindos, Solón de Aténas, Quilón de Esparta, Bías de Priene, Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene, Periandro de Corinto).

    Ya Platón nos había dicho en su diálogo Protágoras (343 b), que los Siete Sabios mostraron su admiración hacia el saber lacedemonio “cuando, reunidos en Delfos,  quisieron ofrecer a Apolo, en su templo delfico, las primicias de su sabiduría, y le consagraron las inscripciones que todo el mundo repite: Conócete a ti mismo y nada en demasía”.

    Muchas de estas frases  no han dejado de ser utilizadas y de animar la reflexión de los hombres desde entonces hasta hoy.

    Probablemente la que más éxito ha tenido es “conócete a ti mismo”,  sobre todo desde que el propio Sócrates la utilizara muchas veces, de manera especial  según se dice en el Diálogo platónico “Alcibíades”, en el que  enfrenta al joven y ambicioso  político ateniense con su propia ignorancia. Por eso es también atribuida erróneamente al propio Sócrates la paternidad del consejo.

    Naturalmente, los romanos, dominadores de Grecia pero capturados por su cultura, adoptaron la máxima inmediatamente bajo la forma “nosce te ipsum” o la menos citada "temet nosce".

    Si infinitos son los pensadores y filósofos que  asumen como propio  el “nosce te ipsum” o alguna de sus variantes , infinitos son  también los sentidos  en que se ha utilizado.


    La frase no deja de ser un enigma de interpretación diversa desde el principio. ¿Pretende tan sólo recordar al hombre su condición vulnerable y mortal? ¿Quizás pretende decirnos que necesitamos conocernos bien, que debemos conocer nuestra alma intelectual y racional para orientar bien nuestra vida?, o ¿tal vez que en uno mismo se encuentra  el tesoro de los tesoros y quien se conoce a sí mismo conoce el universo y a los dioses, como pretende Hermes Trismegisto, (el tres veces grande)?

    La misma idea expresa San Agustín, orientando la sentencia en sentido cristiano, cuando dice “no quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el interior del hombre  reside la verdad” (De la verdadera religión 39,72), inaugurando así el llamado “socratismo cristiano” del que habla Gilson.

    En todo caso “conocerse a sí mismo” es una tarea difícil, la más difícil, como afirmó Tales de Mileto, según nos cuenta Diógenes Laercio (Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, Libro I,12,15) o se dice en el Diálogo citado de Platón Alcibiades,130:

    A mí me pareció muchas veces, Sócrates, que estaba al alcance de cualquiera, pero otras también me pareció muy difícil”.

    Para otros autores la empresa es imposible y el hombre está condenado a no saber “quién es, de dónde viene y a dónde va” o en todo caso a tener un exiguo conocimiento de sí mismo y una ligera autoconciencia.

    En realidad esta “orden délfica” constituye uno de los pilares de la reflexión filosófica de todos los tiempos, de la ética y de la mística; infinitos autores desde la Antigüedad, como veíamos, pasando por la Edad Media de Pedro Abelardo (1079-1142), que la utiliza como título para su tratado “Ethica seu liber dictus: scito te ipsum”, o Petrarca.

    Entre otros, nuestro moralista Gracián (1601-1658) decía en su obra El Criticón, primera parte, cap. IX titulado “Moral anatomía del hombre”: “Quien comienza ignorándose, mal podrá conocer las demás cosas. Pero ¿de qué sirve conocerlo todo si a sí mismo no se conoce?”. 

    Más cerca de nuestro tiempo, repiten la misma idea otros muchos: 

    Hegel :"la conciencia de sí es el hontanar de la verdad

    Fichte: “Fíjate en ti mismo, desvía tu mirada de todo lo que te rodea y dirígela a tu interior. He ahí la primera petición que la filosofía hace a su aprendiz. No se va a hablar de nada que esté fuera de ti, sino exclusivamente de ti mismo

    Cassirer: “la autognosis constituye el propósito supremo de la indagación filosófica”  Montaigne: “cada hombre encierra entera en sí la forma de la condición humana

    No hay filósofo que no se inspire en la inscripción del templo de Delfos.

    Incluso en la actualidad cotidiana, en nuestra hiperactiva cultura, poco dada a la reflexión y a la tranquilidad de espíritu,   la máxima griega inspira los numerosos libros de autoayuda que buscan el norte personal  en la autoconciencia o en la aceptación de la identidad de sí mismo.

    Libros no por necesarios siempre valiosos. También aquí la sociedad del consumo y del inane bestseller ha encontrado una buena oportunidad para el negocio.

    Ojalá que este breve artículo sirva para orientar  la reflexión personal de algún lector, en el sentido que considere más oportuno, naturalmente.
     

  • Odi et Amo(Odio y Amo)

    Parece una contradicción y sin embargo es posible sentir simultáneamente estas dos fuertes pasiones. Al menos así lo confiesan Catulo y miles de amantes posteriores.

    Unos poetas cantan los hechos y hazañas gloriosas de los hombres; otros exponen los sentimientos íntimos y recónditos de su corazón. El amor, en sus mil formas y matices, es el objeto preferido de la poesía lírica.

    Gayo Valerio Catulo es un joven poeta latino que nació en  Verona (Italia) entre los años 87-84 a.C. y murió en Roma entre 57-54 a.C. , es decir, a los 30 años. Con frecuencia el extraordinario y divino don de la poesía va acompañado de una muerte joven y prematura.

    Hijo de una importante familia de provincias, marcho a estudiar a Roma. Allí participó en el círculo literario de moda, los llamados despectivamente “neotéricos”, νεώτεροι, “neoteroi” en griego, “poetae novi” en latín, “nuevos poetas” en castellano,  amantes de la poesía griega refinada, que buscaban la concisión y la perfección formal.

    Se enamoró, como tantos jóvenes impulsivos, de una bella y libertina dama de la alta sociedad romana, llamada Clodia, a la que él llama en sus poemas Lesbia. Sus amores fueron una larga sucesión de encuentros y desencuentros que amargaron al joven poeta y que en alguna otra ocasión comentaremos.

    Entre otros muchos poemas, en gran parte dedicados o referidos a su Lesbia, Catulo escribió un famoso dístico  o estrofa de dos versos, de dos líneas, que es lo que significa esta palabra de origen griego (δίστιχον , =dos líneas, filas ) En este poemita, de manera magistral expresó el sentimiento de amor-odio tan aparentemente contradictorio y tan frecuente.

    Lo presento en  latín y en  español, para que cada uno lo disfrute como pueda.

    Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris.
    Nescio, sed fieri sentio et excrucior.

    (Catulo, Poeseías, 85)

    Odio y  amo. Tal vez preguntes ¿cómo es posible?.
    No lo sé, pero siento que ocurre así y me torturo  

    Catulo supo expresar con toda contención y emoción el doble sentimiento que le hacía sufrir. Centenares de poetas han expresado de mil maneras un sentimiento similar. Miles, millones de amantes no podrán  expresarlo poéticamente (la poesía es un don que los dioses sólo conceden a algunos elegidos) pero se sentirán identificados con estos pocos versos, que nos sitúan tan cerca a hombres y mujeres del siglo I a.C. y del s.XXI de C.

    Por cierto  que Verona, la patria de Catulo, lo es también de Romeo y Julieta. ¿Serán estas tierras del norte de Italia, próximas ya a la frontera alpina, hoy como ayer, el clima y entorno que aviva estos amores románticos e imposibles?

  • Tempus fugit, el tiempo se nos escapa de forma irreparable

    «Tempus fugit», «el tiempo huye». Es una frase tomada de un verso de Virgilio que dice más exactamente “Sed fugit interea fugit irreparabile tempus», «pero  huye entre tanto, huye irreparablemente  el tiempo».

    Muy pronto debieron comenzar los hombres a intentar medir el tiempo, tal vez con la falsa ilusión de atraparlo. La sucesión cíclica de los días y las noches, el trascurrir de la luz del propio día, la percepción de la propia vida y de su fin, la efímera existencia de los seres,  incitaron al hombre a medir, controlar, recordar el paso del tiempo.

    Algunos monumentos  megalíticos prehistóricos están sin duda en relación con el ciclo solar. Los obeliscos egipcios parecen ser el índice de un gran reloj solar. Mitos antiquísimos se refieren a los deseos humanos de inmortalidad, de negación del tiempo destructor.

    Para medir el tiempo se inventaron los relojes

    Reloj es una palabra derivada de la latina “horologium” y esta a su vez de la  griega  “horologion”( de hora = hora y lego = yo indico). El reloj es un instrumento que utiliza una unidad convencional de medida.

    En realidad, como indica la división del día y de la noche en doce horas que todavía mantenemos, debieron ser los sumerios quienes comenzaron a repartir así la duración de los días. Naturalmente, este sistema duodecimal debe estar en relación con la aparición de doce lunas a lo largo del año. En todo caso, a principios del II milenio antes de Cristo los egipcios ya tenían instrumentos para dividir el día y la noche en  24 períodos.

    Los griegos llamaron a esos periodos “horas”; de ellos  tomaron la palabra los romanos y nos la transmitieron  a quienes hablamos una lengua derivada del latín y también al inglés (hour).

    Los relojes más elementales son los de sol, en los que la sombra variante de un índice, eje o varilla llamado gnomon  (γνώμων: ‘conocedor,guía’ y por extensión ‘escuadra, aguja, reloj de sol’) proyectada por la luz del  sol sobre una superficie indica los intervalos del paso del propio sol.  Los griegos llamaron clepsydra al reloj de agua (de κλέπτειν kleptein, ‘robar’; ὕδωρ hydor, ‘agua’ )

    Pues bien, los relojes de sol eran a veces ilustrados con una frase latina referente al paso del tiempo. Esta costumbre y las propias frases estuvieron luego de moda a partir del Renacimiento y han perdurado hasta nuestros días.

    Aunque las frases susceptibles de ilustrar un reloj son infinitas, las más frecuentes son muy pocas y a ellas me referiré, porque tal vez el lector actual las haya observado en actuales relojes de sol e incluso en las esferas de relojes de péndulo e incluso  en los en hoy más comunes de pulsera o de bolsillo.

    La más frecuente sin duda es “Tempus fugit = el tiempo huye”, con referencia explícita al veloz trascurso del tiempo. Es una frase tomada de un verso de Virgilio en su obra Georgicae, III, 284 que dice más exactamente “«Sed fugit interea fugit irreparabile tempus», «Pero  huye entre tanto, huye irreparablemente  el tiempo» .

    En algunos casos la frase se ha  ampliado a «Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra». “El tiempo vuela, como las nubes, como las naves, como las sombras”  haciendo una mezcla de varias referencias al Libro de Job del Antiguo Testamento:» como las nubes» (Job, 7,9), «como las naves»  (Job, 9,26), «como las sombras» (Job, 14,2); así que propiamente no es una frase de autor clásico.

    El sentido último de tempus fugit está en relación con la frase carpe diem

    El sentido último de la frase tempus fugit  está en relación con la frase, también frecuente en algunos relojes,  “carpe diem”  (aprovecha el momento). Esta es una de las frases más famosas de Horacio y de la literatura universal, extraída de sus Odas (Odas, I,11,8). En buena lógica si tempus fugit, carpe diem, si el tiempo se nos escapa, aprovecha la ocasión.

    Una palabra latina que obligatoriamente aparece en determinados relojes modernos suizos es «Festina«, puesto que es la marca comercial de ellos. La palabra es el imperativo de un verbo que significa “apresúrate, date prisa«.

    Probablemente el lector conoce la frase más completa festina lente, oxímoron (combinación de elementos lingüísticos aparentemente contradictorios) que signifca “apresúrate lentamente”  .  El historiador romano Suetonio atribuye   esta frase  al emperador Augusto  (Suet. Lib. II,Aug. 25.4) . Por cierto que según Suetonio, Augustó pronunció la frase en griego:  «Speude bradeōs» (Σπευδε βραδεως) y no en latín.

    Una versión más castiza y refranesca es nuestro “vísteme despacio que tengo prisa”.

    Con cierta frecuencia aparece, sobre todo en los relojes de las torres de las iglesias, la inquietante frase “Vulnerant omnes, ultima necat”  (todas hieren, la última mata) refiriéndose a las horas. Otra versión de idéntico significado es “Omnes feriunt, ultima necat” y otra más todavía “Laedunt omnes, ultima necat

    Estas son las frases más frecuentes que iluminan los relojes,  pero las posibilidades son muy numerosas, porque no sólo se emplea el latín, aunque habremos de reconocer que la fuerza expresiva de la concisión propia de la lengua de los romanos resulta inigualable, incluso para los ingleses, que también adornan el famoso reloj de la Torre del Big Ben con una frase latina, aunque la frase no haga referencia al inexorable paso del tiempo, sino que expresa los mejores deseos para la  reina Victoria.
    La frase dice “DOMINE SALVAM FAC REGINAM NOSTRAM VICTORIAM PRIMAM» (Señor, guarda a salvo a nuestra reina Victoria I), es decir la versión latina de la famosa  frase inglesa “God Save The Queen”.

  • NIHIL NOVUM SUB SOLE (nada nuevo bajo el sol)

    ¿Por qué nos atrae e interesa tanto el mundo antiguo? Sin duda porque no es tan antiguo como a algunos les parecerá.

    El hombre es un ser, tal vez el único,  con conciencia vital del tiempo: del pasado, del presente y del futuro. En realidad, todo es presente, aunque el presente consista en un instante fugaz. En ese instante y punto de presente están actualizados el pasado y el futuro.

    Sin profundizar más en estas cuestiones filosóficas, lo cierto es que de manera muy general el hombre  se siente muy interesado y atraído por el pasado, por la Historia. En nuestra cultura occidental nos sentimos especialmente atraídos por el pasado griego y romano, por lo que llamamos la “Antigüedad Clásica”. Esa es parte esencial de nuestro pasado que llevamos con nosotros.

    Sin duda deseamos con tanto interés conocer el pasado porque nos explica a nosotros mismos y saber quién o cómo somos nos da seguridad en nuestro actual  modo de vida, en el que todo discurre muy deprisa y es muy efímero o poco duradero.

    Conocer el pasado nos revela que en el fondo somos muy parecidos a nuestros antepasados. Descubrimos  que han cambiado, aumentado y mejorado enormemente las herramientas que hoy utilizamos, pero nuestros sentimientos, nuestras relaciones, nuestras ideas, nuestros anhelos y afanes son esencialmente los mismos. Por eso empatizamos con un poema amoroso antiguo o nos sobrecogemos  con una tragedia griega o nos embelesamos con una escultura clásica perfecta o nos emociona un templo dórico de proporciones exactas o nos asombra un esbelto acueducto romano.

    Quien conoce el mundo antiguo tiene una y otra vez la tentación de asumir sin reservas la frase del Eclesiastés I,10 (uno de los libros del canon bíblico): nihil novum sum sole, “nada nuevo bajo el sol” y pensar que todo está ya dicho  y hecho con anterioridad.

    Al conocimiento del pasado, de la Historia se dedican los historiadores, que analizan los hechos y extraen conclusiones generales que nos pueden ser válidas para nuestra vida actual. La Historia es la “maestra de la vida” (magistra vitae), según frase de Cicerón, que vivió en el siglo I a.C., del año 106 al 43 antes de Cristo.  La experiencia del pasado nos debe ser útil y en todo caso sería de necios despreciar la experiencia vivida por nosotros mismos algunos años antes o por seres muy semejantes a nosotros  hace siglos o milenios.

    Esa Historia, por perfecta que sea, siempre es una interpretación y abstracción parcial, basada en unos hechos generalmente importantes. Pero la vida de nuestros antepasados está también hecha de miles, millones de pequeños hechos, de detalles, de anécdotas más o menos relevantes o intranscendentes. La gran Historia no suele ocuparse de estos detalles, aunque muchos de ellos son muy interesantes, llamativos, atractivos  y con frecuencia hasta importantes.

    Este es, pues, el objetivo que me propongo: procurando no caer en un “cotilleo”  banal e inútil de la Historia, pretendo recoger decenas, centenares y hasta miles de anécdotas y curiosidades del mundo antiguo grecorromano que tengan algún significado para nosotros en nuestra actualidad; incluso puedan servir de guía en alguna ocasión y en todo caso acrecienten nuestro gusto por el pasado.


    Pretendo además ir desgranando esta Historia menor, aunque seria y también profesional, en pequeñas píldoras diarias que hagan más apetecible y deseable su ingesta y vayan saciando eficazmente el interés, casi obsesión diríamos, de muchas personas por la Historia. Pretendo asimismo “instruir deleitando”, el deseo de todo profesor.