Categoría: Filosofía

  • Los que…/ las que.. (Qui…Quae..)

    Es una cuestión bien evidente y establecida que la mujer en general en el mundo antiguo, en Grecia y en Roma, apenas si juega papel alguno público , social y políticamente, permaneciendo en gran medida invisible, incluso en estancias diferentes dento de la propia casa; así llamamos “gineceo”, γυναικεῖον, a las habitaciones de la casa de uso exclusivo de las mujeres; el “andrón”, Ἀνδρῶν, es la parte de la casa reservada a los hombres.

    Es verdad que cualquier afirmación sobre el mundo antiguo necesita muchas matizaciones y conocimientos más profundos. Así no es igual la situación de la mujer griega que la de la romana y esta última en los primeros siglos que al final de la República o durante el Imperio, cuando su “status” social y jurídico ha sufrido importantes modificacioes.

    Incluso es llamativo el hecho de que si bien socialmente su papel relevante es el de matrona de la casa, hablamos de las mujeres libres de las familias nobles romanas, en cambio en el “panteón” grecorromano las diosas, semidiosas, heroínas tienen una presencia importante y si Zeus-Júpiter responde al paradigma paternalista del dios-padre, la virginal Ártemis o Diana representa a la mujer autónoma, libre y rompedora con el sistema patriarcal dominante.

    También en el arte en general y en la epigrafía funeraria, por ejemplo, las mujeres están bien presentes y representadas.

    Quiero decir con todo ello que cualquier afirmación sobre el mundo antiguo, que solemos verlo con ojos del presente, necesita de matizaciones y análisis fino.

    Pero no quiero referirme a ello sino a un asunto bien actual, el del sexismo en el lenguaje.

    Tanto el griego como el latín son lenguas flexivas, muy flexivas; es decir, las palabras admiten diversas formas, generalmente terminaciones diferentes para expresar los diversos “accidentes gramaticales”.

    Decimos que el español, como otras varias lenguas actuales, son derivadas del latín. Podríamos decir también que estas lenguas no son sino un latín evolucionado a lo largo de los años sometido a la influencia del substrato de otras lenguas y factores diversos. Esa relación se aprecia por el que no es especialista en lenguas sobre todo en el léxico o conjunto de palabras, pero también en las estructuras sintácticas, a pesar de las variaciones. Hay algunas otras cuestiones menos evidentes y menos esperadas.

    Así por ejemplo en latín hay dos números gramaticales, singular y plural y dos hay también en español; (en realidad queda en latín algún resto de un tercero llamado dual que se aplicaba a los seres u objetos que generalmente aparecen de dos en dos, como las dos manos, los dos ojos, las dos orejas, etc.).

    En latín hay tres géneros, masculino, femenino y neutro. En español el neutro ha desaparecido, tan sólo queda algún resto en el artículo “lo”, en el pronombre “ello”, etc. por lo que resultan tan sólo operativos el masculino y el femenino.

    Pues bien, la utilización de los géneros gramaticales en español ha generado además de las cuestiones puramente lingüísticas, otras de tipo social y hasta político cuando “género gramatical” se identifica con "sexo físico”. Resulta que la lengua, como otras actividades humanas, funciona con un invisible principio de “economía de medios” y así generalmente utiliza nombres sustantivos o adjetivos “masculinos” para referirse tanto a hombres como a mujeres, es decir, a masculinos y femeninos. Así cuando afirmamos “el hombre es un ser dotado de inteligencia” nos referimos naturalmente al “hombre y la mujer”, sin excluir a estas últimas. En términos más inguïsticos diríamos que el español “marca” el término femenino, pero no el masculino, que al no estar “marcado” puede emplearse para referirse a los dos géneros.

    En ello ha influido naturalmente la propia conformación histórica de la sociedad, acertadamente definida como “patriarcal” dado el papel preponderante que en la vida civil y social ha tenido y en buena medida tiene el “pater”, el padre, y no la madre, relegada de manera general y durante muchos años al interior del hogar y sus funciones.

    Pero las funciones de los hombres y las mujeres en la sociedad  han cambiado notablemente en un proceso de equiparación que desde luego no ha finalizado. Este proceso en buena medida no ha sido amable, sino que ha provocado grandes polémicas entre personas “patriarcales”, “machistas” en terminología popular, y “feministas”. Este proceso de equiparación se ha extendido y generalizado a todos los sectores de la sociedad. Así en los países democráticos se ha conseguido una igualdad en las leyes, que ya no amparan la discriminación a la hora de gozar de derechos en función del género o sexo de las personas. La equiparación real en la sociedad evidentemente no se ha conseguido  todavía y queda aún gran camino por andar. Por ejemplo las leyes que regulan el trabajo y las relaciones laborales no son discriminatorias, pero en nuestro país es una triste realidad que las mujeres en muchas ocasiones  cobran un salario inferior al del hombre aún realizando el mismo trabajo.

    Pues bien, hay quien considera que ese lenguaje en el que algunos  términos de género másculino se utilizan para referirse conjuntamente a seres masculinos y femeninos es discriminatorio y “sexista”, es decir, exalta el género o sexo masculino en detrimento del femenino. Así el lenguaje es también un campo de enfrentamiento entre los que se agarran a los usos tradicionales y quienes exigen una renovación que no oculte la realida de que la mitad aproximadamente de los seres humanos que habitan el planeta tierra son mujeres.

    Las soluciones que se han propuesta son diversas y su aceptación general es poco menos que imposible. Así se propone sustituir los términos de género concreto por otros de significado más abstracto, por ejemplo emplear “la humanidad” en vez de “los hombres”, o “la ciudadanía” en vez de “ciudadanos” y “ciudadanas”, o utilizar indistinta o alternativamente uno u otro, así diríamos unas veces “los hombres” y otras “las mujeres”; ”los chicos” y “”las chicas”;  o utilizar simultáneamente los dos, así “los hombres y las mujeres”, “los compañeros y las compañeras”, “los niños y las niñas”,etc.

    Esta cuestión del lenguaje sexista no está definitivamente resuelta, a pesar de los esfuerzos normativos de algunas instituciones. Es más, la cuestión genera a veces notables polémicas, como la recientemente surgida entre dos académicos de nuestra Real Academia Española que ha derivado en varios artículos de réplicas y contrarréplicas cargadas de argumentos ad hominem.

    A estas alturas del artículo, más de un lector se preguntará ¿a cuento o razón de qué viene toda esta exposición en un blog dedicado al mundo antiguo grecorromano?

    Pues bien, no puedo afirmar que esta cuestión del uso “sexista” del lenguaje se planteara en el mundo antiguo, pero existen pruebas tan antiguas como la Iliada griega en la que en determinado momento se especifican y emplean simultáneamente el término masculino y el femenino. Fue precisamente una relectura reciente de la Iliada la que me hizo tropezar con el verso 350 del libro XV y la que motivó este artículo con tan larga introducción.

    Dice Homero en Iliada, XV, 346-351:

    Y Héctor exhortaba a los teucros, diciendo a voz en grito:
    —Arrojaos a las naves y dejad los cruentos despojos. Al que encuentre lejos de los bajeles, allí mismo le daré muerte, y luego sus hermanos y hermanas no le entregarán a las llamas, sino que le despedazarán los perros fuera de la ciudad.
    (Traducción de Luis Segalá y Estalella. 1910)

    En una traducción más reciente se dice:

    Héctor arengó a los troyanos con recia voz:
    “¡Atacad las naves y dejad los ensangrentados despojos!
    Al que yo vea en otro sitio que no sea junto a las naves,
    allí mismo me las ingeniaré para matarlo, y quizá no le hagan
    partícipe del fuego tras la muerte sus parientes y parientas,

    sino que los perros lo arrastrarán delante de nuestra ciudad.”  (Traducción de Emilio Crespo Güemes. Editorial Gredos.1991)

    En esta ocasión citaré también el texto en griego para que pueda comprobarse por parte del lector que el uso de “parientes y parientas” no es mero efecto de la traducción, sino que así se ve en el original: γνωτοί y γνωταί son la forma masculina y femenina de la misma palabra:

    Ἕκτωρ δὲ Τρώεσσιν ἐκέκλετο μακρὸν ἀΰσας
    νηυσὶν ἐπισσεύεσθαι, ἐᾶν δ' ἔναρα βροτόεντα·
    ὃν δ' ἂν ἐγὼν ἀπάνευθε νεῶν ἑτέρωθι νοήσω,
    αὐτοῦ οἱ θάνατον μητίσομαι, οὐδέ νυ τόν γε
    γνωτοί τε γνωταί τε πυρὸς λελάχωσι θανόντα,   
    ἀλλὰ κύνες ἐρύουσι πρὸ ἄστεος ἡμετέροιο.

    Fijémonos ahora en  este otro ejemplo de Pausanias, (ochocientos años le separan del texto anterior, que en su Descripción de Grecia, al hablar de Delfos, refiriéndose a Homero y Píndaro y a la fuente Casótide, dice en 10, 24,2:

    Se puede contemplar también una estatua en bronce de Homero en una columna y en esta se lee el oráculo que dicen le fue dado a Homero:

                               Feliz y desgraciado, naciste para ambas cosas,
                               preguntas por tu patria. Pero tienes matria y no patria,
                               La isla de Íos es patria de tu madre y a tí cuando mueras
                               te acogerá; pero de los niños el enigma guarda.

    Los de Íos muestran la tumba de Homero en su isla y en otro sitio de la misma la de Clímene que dicen fue la madre de Homero.

    Los de Chipre, que reivindican también para sí a Homero dicen que su madre fue una mujer de la isla, Temistó, y dicen que Euclo profetizó el nacimiento de Homero en estos versos:

                  Entonces en la marítima Chipre habrá un gran cantor
                  a quien Temistó, divina entre las mujeres, parirá en el campo,
                  lejos dela rica Salamina., y él será glorioso.
                  Dejará Chipre y será llevado por las olas
                a cantar el primero las desgracias de la ancha Grecia,
                y será inmortal y siempre joven por todos los tiempos.

    Esto lo había yo oído y lo conocía por haber leído los oráculos, pero no le atribuyo ninguna relación con la patria ni la época de Homero. (Traducción de Antonio Tovar. Editoral Orbis.)

    Ya comenté algo al respecto de esta cuestión en https://www.antiquitatem.com/educacion-de-la-mujer-griega-platon

    Pero quiero ahora resaltar un hecho curioso y significativo.

    De manera especial y repetida se utilizó en ocasiones el doblete masculino/femenino en el mundo legislativo romano. Hay momentos en los que el legislador quiere dejar bien claro lingüísticamente que se refiere a “hombres y mujeres” de manera no discriminatoria. El jurista romano ha optado por la solución de utilizar conjuntamente los términos masculinos y el correspondiente femenino; es decir, por la solución, “los/las”, “los cuales/las cuales”, “libertos/libertas”, “esclavos/esclavas”, etc. en clara semejanza a algunos usos actuales.

    Lo he encontrado también en una reciente visita al Museo Arqueológico Nacional de Madrid, en la conocida como “Ley Salpensana”, que regula la vida ciudadana de la localidad de Salpensa,  actual Facialcázar, población cercana a  Utrera,  en la Bética Hispana de la época Imperial de Domiciano.

    Sabido es que el “Derecho Romano” es el conjunto de leyes que regulan exclusivamente la vida del “ciudadano romano”. Ahora bien, no todos los habitantes del Imperio Romano son “ciudadanos” (cives), algunos son afines pero no ciudadanos romanos, como los “latini”, otros son amigos extranjeros, pero no ciudadanos, los peregrini cuyas relaciones con los romanos vienen determinadas por el ius gentium; muchos de ellos son esclavos, es decir, hombres sin derechos. Cada grupo tiene sus propios derechos, hasta que en el año 212 con la llamada Constitutio Antoniniana el emperador Caracalla considera ciudadanos romanos a todos los habitantes libres del imperio, entre ellos a los de Hispania, naturalmente .
    De manera similar, los romanos van asimilando los territorios y ciudades que van conquistando y van creando otras muchas con diversas entidad jurídica, tales como las “colonias” o los “municipios”. Es más, se aplica la diversa calificación jurídica en función de la calidad de sus ciudadanos y de su asimilación a Roma.

    El emperador Tito Flavio Domiciano ( 51 –  96) va asimilando desde el año 73 las ciudades hispanas a la condición de “latinas”; así promulgó y concedió entre los años 81 y 84 al municipio de Salpensa una ley con la que les concedía el “ius Latii”, el derecho del Lacio, el Derecho Latino, de inferior categoría y menos beneficiosa que el “ius romanum”. De esta ley se conervan tan sólo 9 capítulos de una plancha de las varias de que debió constar, de acuerdo con otras leyes semejantes, como la  Lex Flavia Malacitana,  y  la Lex Irnitana.

    Sobre estas leyes y su significado he de escribir en su momento algún artículo, pero hoy me limitaré a la constatación de esa precisión linguïstica que diferencia en  la lengua escrita, en este caso de una ley, entre los seres de género y sexo másculino y femenino. Desde luego no lo hace por considerar la formula generalista como sexista sino por razones de precisión jurídica, pero ¿quién nos iba a decir que esta fórmula que entre nosotros ha servido  y sirve de confrontación cuando no de ejercicios de dudoso humor (recordemos el afamado “miembros y miembras” adjudicado a cierta persona de  significada función política), quién nos iba a decir que ya tuvo acomodo en un texto de hace dos mil años?
    ¿No podríamos pensar,  tal vez con alguna exageración, que ya  en época de los emperadores romanos las mujeres, de manera especial las  de Hispania, exigían un papel más igual al de los hombres y en todo caso un mismo tratamiento en los textos jurídicos de sus ciudades?

    Museo Arqueológico Nacional. Madrid

    Reproduzco tan sólo las cinco rúbricas en las que aparecen estos usos en latín y en su traducción en castellano, dejando para otra ocasión el comentario y significado, no exento de dificultad. Duplico también en la traducción las formas masculina y femenina. Me baso para las traducciones en el meritorio trabajo del grupo ue conforma el llamado Proyecto de Innovación Docente UCM 23/2014 de la Universidad Complutense de Madrid, accesible en la dirección web https://www.ucm.es/derecho-romano/lex-salpensana-on-line

    Nota: La palabra “rúbrica”  deriva de la latina ruber,rubra,rubrum, que significa “rojo”.  Según el diccionario de la Real Academia Española, en sus dos primeras acepciones significa:

    1. f. Rasgo o conjunto de rasgos, realizados siempre de la misma manera, que suele     
    ponerse en la firma después del nombre y que a veces la sustituye.
    2. f. Epígrafe o rótulo.

    En la quinta, que ya advierte que está en desuso, significa:

    5. f. desus. Señal encarnada o roja.

    Y es precisamente esta quinta la que nos explica el significado de las anteriores. En los antiguos textos, sobre todo legales, el comienzo o título del párrafo se presentaba de color  “rojo”, y de ahí los significados derivados.

    Textos:

    Rúbrica 21 

    Para que los magistrados obtengan la ciudadanía romana: 21 .- Quienes por esta ley sean nombrados duunviros o ediles o cuestores, que sean ciudadanos romanos cuando después de un año abandonen la magistratura, junto con sus padres y cónyuges y los hijos concebidos en legítimas nupcias y que estén sujetos a la potestad de los padres, así como los nietos y nietas nacidos y nacidas del hijo, los cuales y las cuales estén bajo potestad de los padres, mientras no haya más ciudadanos romanos que los que por esta ley conviene que sean nombrados magistrados.

    R. Ut magistratus civitatem Romanam consequantur. [XXI. . . Qui llvir aedilis quaestor ex hac lege factus erit cives Romani sunto cum post annum magistratu] | abierint cum parentibus coniugibusque {h}ac liberi(s) qui legitumis nuptis quae l siti in potestatem parentium fuerunt item nepotibus ac neptibus filio I nat{al}is [natabus] qui quaeque in potestate parentium fuerint dum ne plures c(ives) R(omani) I  sint qua(m) quod ex h(ac) l(ege) magistratus creare oportet. ……

    Rúbrica 22

    Que quienes consigan la ciudadanía romana, mantengan su mancipium, pleno dominio y patria potestad.
    El que y la que por esta ley o por el edicto del emperador César Augusto Vespasiano, del emperador Tito César Augusto o del emperador César Augusto Domiciano, padre de la patria, vaya a conseguir la ciudadanía romana: que el que la que  haya sido (a él a ella) por esta ley conserve su patria potestad, pleno dominio y mancipium, que debiera tener si no hubiera cambiado cambiada a la ciudadanía romana y que tenga el derecho de elegir un tutor, que tendría si hubiese nacido nacida de un ciudadano romano y no hubiera cambiado cambiada a la ciudadanía.

    R. Ut qui civitat(em) Roman(am) consequantur, maneant in eorundem m(ancipio) m(anu) potestate.
    XXII. Qui quaeque ex h(ac) l(ege) exve edicto imp(eratoris) Caesaris Aug(usti) Vespasiani, imp(eratoris)ve Titi Caesaris Aug(usti), aut imp(eratoris) Caesaris Aug(usti) Domitiani, p(atris) p(atriae), civitatem Roman(am) consecutus consecuta erit. Is ea in eius, qui c(ivis) R(omanus) h(ac) l(ege) factus erit, potestate manu mancipio, cuius esse deberet, si civitate Romana mutatus mutata non esset, esto idque ius tutoris optandi habeto, quod haberet si a cive Romano ortus orta neq(ue) civitate mutatus mutata esset.

    Rubrica 23

    Rúbrica para que quienes obtengan la ciudadanía romana mantengan los derechos sobre los libertos.
    Que el que o la que  a partir de esta ley o por un edicto del emperador César Vespasiano Augusto, del emperador Tito César Vespasiano Augusto o del emperador César Domiciano Augusto haya obtenido la ciudadanía romana, respecto a los libertos y libertas suyos y suyas paternos y paternas, los cuales y las cuales no habrían accedido a la ciudadanía romana, y sobre los bienes de éstos y de éstas y las cosas que fueron impuestas a causa de la libertad, tenga el mismo derecho y condición que tendría si no hubiese sido cambiado cambiada de ciudadanía.

    R. Ut qui c(ivitatem) R(omanam) consequentur, iura Iiberatorum retineant.
    XXIII. Qui quaeve [ex] h(ac) l(ege) exve edicto imp(eratoris) Caes(aris) Vesp(asiani) Aug(usti), imp(eratoris)ve Titi Caes(aris) Vespasian(i) Au(gusti) I aut imp(eratoris) Caes(aris) Domítiani Aug(usti) c(ivitatem) R(omanam) consecutus consecuta erit: is in | libertos libertasve suos suas paternos paternas, qui quae in c(vitatem) R(omanam) non | venerit, deque bonis eorum earum et is, quae libertatis causa inposita | sunt, idem ius eademque condicio esto, quae esset, si cìvitate mutatus I mutata non esset.

    Rúbrica 28.

    Rúbrica. Sobre los esclavos que han de ser manumitidos ante los duunviros.
    Si algún ciudadano del municipio Flavio Salpensano, que fuese Latino, ante los duunviros que presiden la jurisdicción del municipio, manumitiera a su esclavo o esclava de la servidumbre a la libertad y le ordenara que fuese libre (liberado,liberada), siempre y cuando ningún muchacho, doncella o mujer, sin autorización del tutor, al que y a la que manumita  ordene que alguien sea libre (liberado liberada); el que así sea manumitido y al la que se ordene ser libre, sea libre, y la que así sea manumitida y a la que se ordene ser libre, sea libre, quienes, como libertos latinos, son o serán libres de pleno derecho. El que sea menor de veinte años, por el contrario, que manumita únicamente si el número de decuríones que aprobaron los decretos acordes con esta ley juzgara que la causa es justa.

    R. De servis aput IIvir(um) manumittendis. XXVIII. Si quis municeps munici Flavi Salpensani, qui Latinus erit, aput Ilvir(os), | qui iure dicundo praeerunt eius municipi, servom suom servamve suam | ex servitute in libertate[m] manumiserit, liberum liberamve esse iusserit, | dum ne quis pupillus neve quae virgo mulierve sine tutore auctore | quem quamve manumittat, liberum liberamve esse iubeat: qui ita | manumissus liberve esse iussus erit, liber esto, quaeque ita manumissa | liberave [esse] iussa erit, libera esto, uti qui optum[o] iure Latini libertiní li Iberi sunt erunt; dum is qui minor XX annorum erit ita manumittat, | si causam manumittendi iusta[m] esse is numerus decuríonum, per quem | decreta h(ac) l(ege) facta rata sunt, censuerit. 

    Rúbrica 29

    Rúbrica: de la asignación de tutor
    Al que no tenga tutor o le sea incierto, si él o ella fuere ciudadano del municipio flavio salpensano y no fueren pupilos o pupilas y pidiera a los duoviros, que gobiernan en el municipio administrando justicia, que le asignen, el tutor y que nombren a aquél a que quiera asignarle. Entonces éste [magistrado], a quien se ha hecho la petición, una vez conocida la causa, tanto si tiene uno o muchos colegas, en relación con el parecer de todos los colegas, que estén en este municipio o dentro de los límites de este municipio, si les pareciera [a ellos], otorgue como tutor a éste que haya sido nombrado. Si aquel o aquella en cuyo nombre se haya pedido asi, fuera pupilo o pupila, o si aquel a quien se haya solicitado, no tuviera colega o no hubiese ningún colega en este municipio o dentro de los limites de este municipio, entonces aquel, a quien se haya solicitado así, conocida la causa, en los diez dias inmediatos, por decreto de los decuriones, siendo propicia no menos de dos partes de los decuriones, dé como tutor a aquel que fuera nombrado, a fin de que la tutela no se aieje de un tutor legítimo. Quien por esta ley sea dado como tutor, éste sea entonces tutor legítimo para aquél, para quien se ha dado, a fin de que la tutela no se aleje de un tutor legitimo tanto si este tutor fuese ciudadano romano como si fuese su agnado inmediato, también ciudadano romano.

    Cui tutor non erit incertusve erit, si is eave municeps municipi Flavi Salpensani erit, et pupilli pupillaeve non erunt, et ab IIviris, qui iure dicundo praeerunt eius municipi, postulaverit, uti sibi tutorem det, et eum, quem dare volet, nominaverit: tum is, a quo postulatum erit, sive unum sive plures collegas habebit, de omnium collegarum sententia, qui tum in eo municipio intrave fines municipi eius erunt, causa cognita, si ei videbitur, eum qui nominatus erit tutorem dato. Sive is eave, cuius nomine ita postulatum erit, pupillus pupillave erit, sive is, a quo postulatum erit, non habebit collegam, collegave eius in eo municipio intrave fines eius municipi nemo erit: tum is, a quo ita postulatum erit, causa cognita in diebus X proximis, ex decreto decurionum, quod cum duae partes decurionum non minus adfuerint, factum erit, eum, qui nominatus erit, quo ne ab iusto tutore tutela abeat, ei tutorem dato. Qui tutor hac lege datus erit, is ei, cui datus erit, quo ne ab iusto tutore tutela abeat, tam iustus tutor esto, quam si is civis Romanus et ei adgnatus proximus civis Romanus tutor esset.

    Expresiones similares aparecen en las otras leyes de contenido también similar y que por ello evito repetir.

  • Nerón inaugura un gran gimnasio y Demetrio le arruina el acto. (Intelectuales frente al poder III)

    Una de las mayores aportaciones de Roma a la civilización occidental fue la urbanización del territorio que fue conquistando con sus legiones. Roma construyó ciudades (urbs) e implantó un moderno sistema de vida ciudadano (civitas).

    En esa cultura era fundamental el agua, que utilizan con profusión. Tan necesaria era que a veces la transportan desde manantiales a decenas de kilómetros por acueductos y tuberías que nos siguen causando impresión.

    En la ciudad construida hay varios elementos esenciales: el foro o plaza, los templos, los edificios civiles de la administración como la basílica, y por supuesto las termas o baños o complejo deportivo y cultural amplio en el que junto a varias piscinas para satisfacer el deseo de placer del ciudadano hay también un gimnasio en el que entrenar y mantener en forma el cuerpo.

    Nota: “termas” significa “agua caliente”, del griego θερμός , thermos = caliente, nombre que también aplicamos al recipiente culinario que mantiene los alimentos, especialmente las bebidas,  calientes. “Baño” deriva de la latina balneum o balineum, que a su vez viene de la griega βαλανεῖον. El término primitivo latino para “baño” con el sentido de “excusado o retrete” era lavatrina, de donde nuestro “letrina”. "Piscina", naturalmente, deriva de la latina "piscis", que significa "pez", animal que de ordinario está en el agua.

    En todo ello fue fundamental la experiencia griega, que llevaba varios siglos de adelanto al inicialmente rudo romano. El arquitecto romano Vitruvio expone ampliamente en su obra De Architectura las condiciones de los edificios urbanos en su libro V especialmente.

    Nota curiosa: “gimnasio” es originariamente una palabra griega gymnasion, cedida al latín como “gimnasium. Procede de gymnos (γυμνός), que significa “desnudo”  y hace referencia a la costumbre de entrenarse físicamente y realizar los diversos entrenamientos deportivos desnudos de todo vestido. El que se entrena o practica el ejercicio del gimnasio es el “gimnasta”. De paso diré que esta desnudez permitía ungir o untar el cuerpo con tonificante aceite. Ese aceite, mezclado con el sudor natural y el polvo pegajoso del entrenamiento había luego de ser retirado con un rascador que en latín se llama “strigilis”. Recordemos la famosa estatua griega de Lisipo, el Apoxiomenos, en la que un atleta se está retirando el sudor utilizando el citado instrumento. Véase https://www.antiquitatem.com/adriano-termas-estrigil-lisipo-apoxiomen

    Como decía, las relajadas costumbres orientales y griegas pronto se asentaron en la Roma poderosa y fueron creándose termas y gimnasios cada vez más grandiosos. Vitruvio dedica todo el capítulo 9 del libro V de su obra De architectura a la construcción de estos edificios.

    Vitruvio 5.9.9  

    Como quiera que me parece que ya he expuesto todas estas cosas con suficiente detalle, ahora seguiré con las características de la disposición de los baños.

    Quoniam haec nobis satis videntur esse exposita, nunc insequentur balinearum dispositionum demonstrationes.

    Y  sigue especificando las condiciones en todo el capitulo 10.

    El primer complejo deportivo-cultural de estas características de grandes proporciones construido en Roma fue el que mandó hacer el emperador Nerón y que se inauguró el año 61.

    La construcción de estas termas y gimnasio la cuentan todos los historiadores de la época, reflejando su grandiosidad, que también impresionó a toda la sociedad. Marcial, que nació en Bilbilis, la actual Calatayud, en el año 40 y se marchó a Roma alrededor del año 64, para volver a su ciudad natal 34 años después, en donde murió 6 años más tarde) utiliza la referencia como tópico sinónimo de grandioso, como veremos a continuación.

    Leamos primero los textos que nos dan cuenta del evento pertenecientes a Tácito, Suetonio y Dion Casio.

    Tácito, XIV, 47

    Aquel año fue inaugurado un gimnasio por Nerón y ofreció el aceite a los caballeros y a los senadores según la costumbre griega.

    gymnasium eo anno dedicatum a Nerone praebitumque oleum equiti ac senatui Graeca facilitate.

    Suetonio, Nerón XII,3

    Implantó por primera vez en Roma un concurso quinquenal, triple según la costumbre griega; musical, gimnástico e hípico, al que dio el nombre de Neroniano. Después de inaugurar termas y un gimnasio, ofreció aceite incluso a los senadores y a los caballeros. Hizo presidir este concurso por exconsules, escogidos a suerte, ocupando el lugar de los pretores. Seguidamente bajo a situarse en la orquesta con los senadores. Aceptó la corona de la elocuencia y de la poesía latinas que se habían disputado los ciudadanos m´s honorables y que le cedieron de común acuerdo. Pero cuando los jueces le otorgaron la de los citaristas, se arrodilló y la hizo llevar ante la estatua de Augusto. (Traducción de Francisco Luis Cardona y Juan Alsina. Edit. Bruguera.1970)

    Instituit et quinquennale certamen primus omnium Romae more Graeco triplex, musicum gymnicum equestre, quod appellauit Neronia; dedicatisque thermis atque gymnasio senatui quoque et equiti oleum praebuit. magistros toto certamini praeposuit consulares sorte, sede praetorum. deinde in orchestram senatumque descendit et orationis quidem carminisque Latini coronam, de qua honestissimus quisque contenderat, ipsorum consensu concessam sibi recepit, citharae autem a iudicibus ad se delatam adorauit ferrique ad Augusti statuam iussit.

    Dión Casio, LXI, 21

    Entonces hizo estas cosas para celebrar el corte de su  barba; y para asegurar su continuidad en el poder, creó unos juegos quinquenales que llamó “Neronios” (Neronia). En honor de este evento hizo también construir un gimnasio y en su dedicación ofreció una distribución gratuita de aceite a los senadores y caballeros. Obtuvo, sin que nadie se opusiera, la corona al tocador de lira; todos los demás fueron descalificados, considerando que eran indignos de ser ganadores. E inmediatamente, llevando el uniforme de este grupo entró en el gimnasio para ser considerado como vencedor. Desde ese momento, se le enviaron todas las coronas de todos los concursos de citaristas, como si él fuera el único artista merecedor de la victoria.

    Marcial, VII, 34

    ¿Qué cómo puede ser, Severo, que la peor persona del mundo, Carino, haya
    hecho bien ni una sola cosa, preguntas? Te lo diré, pero rápido. ¿Qué peor que Nerón? Qué mejor que las termas neronianas? No falta al momento, ahí lo tienes, alguno de esos malvados que te habla así con su boca avinagrada: “¿Qué prefieres tú a tantos regalos de nuestro dios y señor?” —Prefiero las termas neronianas a los baños de un  maricón
    . (Traducción de José Guillén. Ed. Institución Fernando el Católico. Zaragoza)

    Quo possit fieri modo, Severe,
    Ut vir pessimus omnium Charinus
    Unam rem bene fecerit, requiris?
    Dicam, sed cito. Quid Nerone peius?
    Quid thermis melius Neronianis?
    Non deest protinus, ecce, de malignis,
    Qui sic rancidulo loquatur ore:
    'Quid tu tot domini deique nostri
    Praefers muneribus?' Neronianas
    Thermas praefero balneis cinaedi.

    Pues bien, hay una anécdota de curioso interés en relación con el acto de inauguración de este complejo. Se trata de la aparición en la escena de la inauguración de un famoso filósofo cínico contemporáneo, muy respetado por la intelectualidad del momento por su integridad moral, Demetrio. Este filósofo crítico con el poder, sin pelos en la lengua y con poca prudencia arruinó el acto inaugural pensado para mayor gloria del emperador. El texto, aunque vivo y descriptivo, no deja de ser frío y casi notarial. Es necesario que el lector realice un pequeño esfuerzo de imaginación, a lo que puede ayudar la comparación con eventos contemporáneos actuales pintorescos y grotescos, necesarios también de una voz “cinica” que reduzca el “ego” del gobernante.

    Nota: aunque sea bien sabido por la generalidad, permítame el lector informado, que comente que la palabra “ego” no es sino el pronombre personal de primera persona latino, que hemos de traducir por “yo”. De él derivan términos con significado bien evidente a partir de esta etimología, como egoísmo, egoísta, egocéntrico, egocentrismo. Tan conocido es el término que con frecuencia decimos de alguien bien pagado de sí mismo que tiene “un ego muy desarrollado”.

    Pues bien Demetrio criticó las famosas Termas que  Nerón inauguró en el año 61 por antihigiénicas y excesivamente caras y despilfarradoras en el mismo acto inaugural. En aquel momento escapó de la ira del Emperador, pero cuando un año más tarde se derrumbaron por efecto de un rayo, las palabras de Demetrio se consideraron la causa del derrumbe y Demetrio fue enviado al exilio por Tigelino, el prefecto del pretorio (el jefe superior de policía y brazo ejecutor) de Nerón.

    Pero será mejor que todo ello nos lo cuenten los propios textos antiguos:

    Del rayo nos dice Tácito en  Annales XV.22):

    Durante el mismo consulado fue golpeado el Gymnasio por un rayo y tirado al suelo; la estatua de Nerón, que en él había quedó fundida en un pedazo amorfo de bronce.

    Isdem consulibus gymnasium ictu fulminis conflagravit effigiesque in eo Neronis ad informe aes liquefacta.

    Filóstrato, Vida de Apolonio IV 42 (pongamos un poco de imaginación por nuestra parte para colorear el relato):

    Dado que Demetrio, que llegó después a Roma con la misma disposición de ánimo hacia él que he dicho en los capítulos acerca de Corinto, elogiaba a Apolonio,mientras que arremetía contra Nerón, ello provocó en este hombre sospechas de una conspiración, y daba la impresión de que aquel había inducido a Demetrio a eso mismo. Mucho más cuando se llevó a término por Nerón el gimnasio más admirable de los de allí, y estaban celebrando el día festivo en él el propio Nerón, el gran senado y el orden ecuestre de Roma, pero presentándose Demetrio en el propio gimnasio, pronunció un discurso contra los que se bañaban, diciendo que se debilitaban y se contaminaban. Así mismo, demostraba que tales cosas constituían un derroche excesivo. Lo libró de morir inmediatamente por ello el hecho de que Nerón cantó aquel día muy bien de voz (cantaba en una taberna construida junto al gimnasio, desnudo, con sólo un ceñidor, como los más desvergonzados de los mozos de taberna). Con todo, no se libró Demetrio del peligro por lo que dijo, pues Tigelino, que tenía la espada de Nerón, lo expulsó de Roma, por haber arruinado la casa de baños con lo que dijo. Asimismo, se puso en secreto tras las huellas de Apolonio,  para cuando también él dijera algo censurable e impurdente. (Traducción de Alberto Bernabé Palares. Edit. Gredos)

    Es fácil imaginar la cara que se les pondría a toda la alta sociedad romana, con el emperador Nerón a la cabeza, escuchando al tábano cínico Demetrio (Socrátes, del que aprendió muchas cosas su discípulo Antístenes, fundador de la escuela cínica, se consideraba a sí mismo en la Apología, de Platón,  un tábano, mosca cojonera diríamos hoy en lenguaje más explícito) arruinarles el acto con dos críticas de peso: aquello es un despilfarro y además en los baños públicos lo único que puedes pillar es alguna enfermedad…

    Iniciado nuestro proceso imaginativo, podemos suponer que en el acto de inauguración no sólo se “cortó la cinta”, sino que los senadores y el resto de invitados se bañaron y embadurnaron de aceite. Nos da pie a ello la referencia explícita de los autores citados de que Nerón les concedió el aceite, a la manera griega.

    Es también motivo de reflexión la actitud del “policía” Tigelino respecto de Apolonio: espiarlo en secreto para pillarlo in fraganti y entonces…. castañazo..

    Sin duda alguna, hubiera sido muy oportuna en nuestro tiempo la presencia de algún cínico como Demetrio en la inauguración fantasmagórica de algún aeropuerto sin aviones, autopista sin coches o puente sin río.

                                  ……………..

    Nota postdata: En primer lugar la palabra “postdata” significa o se refiere a lo “ya ofrecido, ya dado, ya expuesto, nespecialmente la fecha o datación con la que se suele cerrar el documento”, y por eso se  adjetiva así esta nota, porque viene a continuación del texto del artículo.

    En segundo lugar con la nota quiero explicar el término “inaugurar”, con el que titulaba el artículo. Los romanos, como otros muchos pueblos y personas, no ejecutaban ninguna acción de importancia ni pública ni privada sin conectar con el sentir de los dioses. Los augures eran los sacerdotes, de origen etrusco, que “auguraban” o escrutaban la voluntad de los dioses o el futuro; el “augurio” favorable, averiguado por diversos caminos, como por ejemplo observar el vuelo de las aves, operación que se llama “auspicio”, de avis, ave, spicere, ver, significaba el acuerdo de los dioses. El augurio favorable era especialmente necesario a la hora de entablar una batalla, no olvidemos que Roma es un grandioso imperio fundamentado en la fuerza de sus legiones.

    Quien contó con unos “augurios” especialmente favorables fue el emperador César Octavio porque se le llama “Augusto”, que viene a ser algo así como “el favorecido por los dioses”. Por eso "augustus" en griego se trraduce por ἱερὸν, hieron, sagrado

  • Demetrio el Cínico y su relación con los emperadores Calígula, Claudio, Nerón, Vespasiano, Tito y ¿Domiciano? (Intelectuales frente al poder IV)

    Uno de los muchos intelectuales que sufrió las iras del poder fue Demetrio de Corinto (ca.7/10 d.C. –ca.90), prestigioso intelectual y filósofo cínico griego que vivió una larga vida de 80 años en época imperial romana llena de sinsabores. De él se conservan muchas ideas citadas por numerosos autores y tuvo una notable influencia en muchos romanos, como Séneca.

    Vivió  a la manera de los cínicos, sin lujos, sin apego a las riquezas ni al  poder. Como otros griegos, marchó Roma, centro del poder, siendo joven en época del emperador Calígula. Fue amigo de Séneca y se ganó el respeto de los intelectuales romanos, cuyos cenáculos recorrió pronunciando con notable éxito sus conferencias.

    Parte de su vida, reflejada en unos cuantos textos, nos permitirán recrear el ambiente de tiranía y opresión al que se ven sometidos los pensadores, los filósofos, los intelectuales cuando se atreven a expresar libremente sus opiniones y criticar la acción de los poderosos. Este ambiente de terror fue especialmente opresivo en tiempos de Domiciano.

    Reproduzco una carta de Séneca a su amigo Lucilio en la que deja constancia del cariño y respeto que le tiene: 

    Séneca, Cartas a Lucilio LXII

    Mienten quienes quieren que parezca que la cantidad de los negocios es un obstáculo para el estudio de las artes liberales; simulan ocupaciones y las multiplican y ellos mismos se llenan de ocupaciones. Yo estoy libre, querido Lucilio, estoy libre y donde quiera que estoy, allí soy mi dueño. Pues no me entrego a las cosas, sino que me acomodo y no  persigo las causas para perder el tiempo. Y en cualquier lugar en el que me detengo, allí me dedico a mis pensamientos y doy vueltas en mi cabeza a algo saludable.

    Cuando me dedico a mis amigos, no me distraigo de mi mismo, ni me entretengo con aquellos con los que alguna circunstancia me reunió o alguna causa surgida de un asunto civil, sino que estoy solo con los mejores; a ellos entrego mi alma en cualquier lugar en el que vivieron y  en cualquier momento en el existieron.

    Traigo conmigo a Demetrio, el mejor de los hombres y abandonando a los purpurados, hablo con él que va semidesnudo y le admiro. ¿Cómo no lo voy a admirar? Veo que no le falta nada. Uno puede despreciar todas las cosas, pero nadie puede tener todas las cosas. El camino más corto para las riquezas pasa por el desprecio de las riquezas. Pues nuestro querido Demetrio vive así, no como el que desprecia todo, sino como el que permite que los demás las tengan. Cuidate.

    Mentiuntur, qui sibi obstare ad studia liberali turbam negotiorum videri volunt; simulant occupationes et augent et ipsi se occupant. Vaco, Lucili, vaco et ubicumque sum, ibi meus sum. Rebus enim me non trado, sed commodo, nec consector perdendi temporis causas. Et quocumque constiti loco, ibi cogitationes meas tracto et aliquid in animo salutare  converso.

    Cum me amicis dedi non tamen mihi abduco, nec cum illis moror, quibus me tempus aliquod congregavit aut causa ex officio nata civili, sed cum optimo quoque sum; ad illos, in quocumque loco, in quocumque saeculo fuerunt, animum meum mitto.

    Demetrium, virorum optimum, mecum circumfero et relictis conchyliatis cum illo seminudo loquor, illum admiror. Quidni admirer? Vidi nihil ei deesse. Contemnere aliquis omnia potest, omnia habere nemo potest. Brevissima ad divitias per contemptum divitiarum via est. Demetrius autem noster sic vivit, non tamquam contempserit omnia, sed tamquam aliis habenda permiserit. Vale.

    Filóstrato lo presenta  en Corinto (hacia el año 61) y como amigo de Apolonio de Tiana,  pero esta fuente no resulta muy fiable para algunos, aunque también Luciano de Samosata atestigua su estancia en Corinto en “Contra la ignorancia, 19”:

    Filóstrato, Vida de Apolonio, IV, 25

    En Corinto practicaba precisamente por aquella época la filosofía Demetrio, hombre que había abarcado toda la vitalidad de la doctrina cínica. De él hace luego mención Favorino en muchos de sus discursos, y no sin generosidad. Le ocurrió respecto a Apolonio lo que dicen que le ocurrió a Antístenes respecto a la sabiduría de Sócrates; lo seguía, deseoso de ser su discípulo y pendiente de sus discursos, e incluso a los más estimados de sus seguidores los dirigió en pos de Apolonio. (Traducción de Alberto Bernabé Palares. Edit. Gredos)

    Fue desterrado por primera vez por Tigelino, el prefecto del pretorio de Nerón en el año 62  por sus irónicos comentarios y su actitud crítica con la monarquía, con ocasión de la inauguración de un grandioso gimnasio por el emperador.  Véase https://www.antiquitatem.com/neron-inaugura-un-gimnasio-demetrio-

    En la misma época fue también desterrado otro cínico llamado Isidoro, que también comentaré.

    En una ocasión el emperador Calígula (reinó del 37 al 41) quiso hacerle un regalo con una pequeña cantidad de dinero qué el filósofo rechazó orgulloso. Nos lo cuenta Séneca, Sobre los deberes VII,11,1-2:

    Así pues, cuando Cayo César iba a regalarle  doscientos (sestrcios), los rechazó riéndose, considerando que no era una cantidad digna, ni siquiera para ser ensalzado por no aceptarla. ¡Dioses y diosas, con qué  ánimo más mezquino quiso o honrarle o corromperle! Debe darse testimonio de este hombre extraordinario. Le oí decir una cosa grandiosa al considerar que era una locura de Cayo el que hubiese pensado que él podía  cambiarse por tan poco.  Dijo: “Si había decidido probarme, me debía  haber tentado con todo el imperio”.

    Itaque cum C. Caesar illi ducenta donaret, ridens reiecit ne dignam quidem summam iudicans, qua non accepta gloriaretur. Di deaeque, quam pusillo animo illum aut honorare voluit aut corrumpere ! Reddendum egregio viro testimonium est ; ingentem rem ab illo dici audivi, cum miraretur Gai dementiam, quod se putasset tanti posse mutari. " Si temptare," inquit, " me constituerat, toto illi fui experiendus imperio."

    Demetrio criticó las famosas Termas o gimnasio que  Nerón inauguró en el año 61 por antihigiénicas y por suponer un gasto despilfarrador. Cuando un año más tarde se derrumbaron por efecto de un rayo, las palabras de Demetrio se consideraron la causa del derrumbe y Demetrio fue enviado al exilio por Tigelino, el prefecto del pretorio (el jefe superior de policía y brazo ejecutor) de Nerón. Nos lo cuenta Filóstrato, Vida de Apolonio IV 42.

    Dado que Demetrio, que llegó después a Roma con la misma disposición de ánimo hacia él que he dicho en los capítulos acerca de Corinto, elogiaba a Apolonio, mientras que arremetía contra Nerón, ello provocó en este hombre sospechas de una conspiración, y daba la impresión de que aquel había inducido a Demetrio a eso mismo.

    Mucho más cuando se llevó a término por Nerón el gimnasio más admirable de los de allí, y estaban celebrando el día festivo en él el propio Nerón, el gran senado y el orden ecuestre de Roma, pero presentándose Demetrio en el propio gimnasio, pronunció un discurso contra los que se bañaban, diciendo que se debilitaban y se contaminaban. Así mismo, demostraba que tales cosas constituían un derroche excesivo.

    Lo libró de morir inmediatamente por ello el hecho de que Nerón cantó aquel día muy bien de voz (cantaba en una taberna construida junto al gimnasio, desnudo, con sólo un ceñidor, como los más desvergonzados de los mozos de taberna). Con todo, no se libró Demetrio del peligro por lo que dijo, pues Tigelino, que tenía la espada de Nerón, lo expulsó de Roma, por haber arruinado la casa de baños con lo que dijo. Asimismo, se puso en secreto tras las huellas de Apolonio,  para cuando también él dijera algo censurable e impurdente. (Traducción de Alberto Bernabé Palares. Edit. Gredos)

    Es fácil imaginar la cara que se les pondría a toda la alta sociedad romana, con el emperador Nerón a la cabeza, escuchando al tábano cínico Demetrio (Socrátes, de quien aprendió muchas cosas Antístenes, creador de la escuela cínica, se consideraba a sí miso un tábano; mosca cojonera diríamos hoy en lenguaje más explícito) arruinarles el acto con dos críticas de peso: aquello es un despilfarro y además en los baños públicos lo único que puedes pillar es alguna enfermedad…

    Es también motivo de reflexión la actitud del “policía” Tigelino respecto de Apolonio: espiarlo en secreto para pillarlo in fraganti(delicto) y entonces…. castañazo.

    De nuevo Filóstrato nos da una extraña razón de por qué el emperador Nerón no condenó a muerte a Demetrio y otros sofistas. Nos lo dice en Vida de Apolonio VII 16:

    Emperador, los sofistas son una cosa que habla a la ligera, y su sabiduría, fanfarronadas. Y como no disfrutan de ninguna ventaja de laexistencia, anhelan la muerte, y no aguardan a que venga por sí misma, sino que se acarrean la muerte, provocando a quienes tienen espadas. Pienso que eso mismo es lo que pensaba Nerón, para no verse obligado por Demetrio a matarlo. Pues dado que se dio cuenta de que quería morir, no lo dispensó de la sentencia de muerte por compasión, sino por desprecio de matarlo. Y asimismo a Musonio, el etrusco, pese a su continua oposición a su poder,lo confinó en una isla llamada Giara. (en las Cícladas) (Traducción de Alberto Bernabé Palares. Edit. Gredos)

    Hay un relato también de Filóstrato que relaciona a Demetrio con Musonio Rufo, el maestro de Epicteto.  Con motivo de la conspiración de Pisón contra Nerón del año 65-66 Séneca fue obligado al suicidio abriéndose las venas junto a su esposa Pompeya Paulina y también su sobrino Lucano.  Por la misma razón fueron expulsados de Roma los filósofos, sobre todo los estoicos, y entre ellos Musonio Rufo, maestro de Epicteto. Filóstrato, fuente poco de fiar como ya dije según algunos autores, hace que los dos coincidan en Grecia: allí estaba Musonio condenado a excavar el Istmo de Corinto, como mil veces ha ocurrido con prisioneros y disidentes, condenados a trabajos forzados para la construcción de grandiosas y peligrosas obras públicas.

    La anécdota, a pesar de su curioso interés, no parece muy creíble a los historiadores, aunque no hay argumentos serios para dudarlo; en todo caso  leeremos el texto de Filóstrato, Vida de Apolonio V, 19:

    Una vez iniciado (Apolonio) en Atenas (en los misterios de Eleusis) –y lo inició el hierofante que él mismo le había vaticinado al anterior-, se encontró casualmente con Demetrio, el filósofo; pues después de lo del baño de Nerón y o que dijo acerca de él, Demetrio había residido en Atenas con tan noble valentía que ni durante el tiempo que Nerón los injurió, con motivo de los juegos, salió de Grecia. Aquél le dijo que también se había encontado a Musonio en el Istmo, aherrojado y forzado a participar en la excavación, y que lo había confortado como era natural, pero que el otro había tomado su azadón y lo había clavado violentamente en tierra y, tras erguirse, le había dicho:

    -¿Te aflige, Demetrio, que ande yo excavando el Istmo en beneficio de Grecia? Si me viras tocando la cítara, como a Nerón, ¿qué te ocurriría?.

    No obstante, dejemos las frases de Musonio –que hay más y más admirables- para que no parezca que me muestro arrogante con quien las pronunció sin calibrarlas. (Traducción de Alberto Bernabé Palares. Edit. Gredos)

    Esa conspiración también ocasionó la condena a Bárea Sorano y a Trasea Peto, patricio, estoico, de quien era maestro Demetrio, que le consoló en el momento y día en que llegaba la condena.

    Trasea es quien según Epicteto pronunció la frase:

    ¡Mejor sería ser matado hoy que desterrado mañana”.

    Epicteto recomienda aceptar las cosas como vienen con sabio estoicismo. Discursos I,1, 21

    …Qué hay que tener a mano en semejantes circunstancias? ¿Qué otra cosa sino saber qué es lo mío y qué no es lo mío, y qué me está permitido y qué no me está permitido? He de morir. ¿Acaso ha de ser gimiendo? Ser llevado a prisión. ¿Acaso ha de ser lamentándome? Ser exiliado. ¿Habrá quien me impida hacerlo riendo, de buen humor y tranquilo?  “Dime lo que no debes decir”. No lo diré, porque eso depende de mí. “Pues te encadenaré”. ¿Qué dices, hombre? ¿A mí?  Encadenarás mi pierna, pero mi albedrío ni el propio Zeus puede vencerlo. “Te meteré en la cárcel”. A mí cuerpecito, será. “Te decapitaré”. ¿Pero te he dicho yo que mi cuello sea el único imposible de cortar? Sobre eso convendría que reflexionaran los que filosofan; sobre eso habrían de escribir a diario; en eso tendrían que ejercitarse.

    Trásea acostumbraba a decir: “Prefiero verme hoy muerto que mañana en el exilio”.  ¿Y qué le respondió Rufo? “Si lo eliges por ser más penoso, ¡qué locura de elección! Si por ser más leve, ¡quién te ha dado a elegir? ¿No quieres ejercitarte en que te  baste con lo que te ha sido dado?” (Traducción de  Paloma Ortiz García. Editorial Gredos)

    Transcribo la información que nos da Tácito en sus Anales sobre la sentencia y muerte de Trásea, un episodio que no puede por menos que conmovernos todavía hoy:

    Tácito, Anales, XVI, 21

    Después de haber asesinado a tantos hombres insignes, Nerón deseó incluso acabar con la virtud misma, matando a Trásea Peto y a Barea Sorano, a los que odiaba desde hacía tiempo; en el caso de Trásea se añadía a los motivos el que se ausentó del Senado cuando se trataba el asunto de Agripina, como ya he contado antes, y el que había prestado poco interés en la asistencia a los juegos de la juventud; y esta ofensa le había calado más profundamente porque el mismo Trásea había cantado vestido como trágico en Padua, de donde era oriundo, en los “juegos césticos” , instituidos por el troyano Antenor. Y también porque en el día en  el que el pretor Antistio era condenado a muerte por unos versos injuriosos contra Nerón, aconsejó y obtuvo un castigo más suave; y porque cuando se decretaron honores de dioses a Popea estuvo ausente conscientemente y no había intervenido en el funeral. Todas estas cosas no permitía que cayeran en el olvido Capitón Cossutiano, mala persona de espíritu inclinado a toda maldad, especialmente contra Trásea, porque había sido condenado por su autoridad cuando acusan a Capitón de cohecho con la ayuda de los embajadores de Cilicia.

    Entonces fue enviado a Trásea, que estaba moviéndose en su huerto, el cuestor del cónsul cuando el día ya atardecía. Había organizado una concurrida reunión de hombres y mujeres ilustres, y sobre todo prestaba atención a Demetrio, maestro de la escuela cínica, con el que trataba de la naturaleza del alma y de la separación del espíritu y del cuerpo, como se podía deducir de la atención de su rostro y de lo que se les oía cuando hablaban más alto, hasta que llegó Domicio Ceciliano, uno de sus íntimos amigos, y le expuso lo que el senado había decidido. Entonces Trásea apremia a los presentes que están llorando y quejándose a que se marchen rápidamente para no mezclar su peligro con la suerte de él ya condenado. Y a Arria, que pretendía unirse al destino de su marido y seguir el ejemplo de su madre, le pide que conserve la vida y no prive a su hija común de su único amparo.
    Entonces salió al corredor y allí le encontró el cuestor, cerca de estar alegre, porque había conocido que su yerno Helvidio sólo había sido condenado a alejarse de Italia. Una vez recibido el decreto del senado, hizo pasar a la habitación a Helvidio y a Demetrio. Tensó las venas de sus dos brazos, y cuando la sangre ya brotaba, esparciéndola por el suelo, llamando al cuestor para que se acercara, dijo: “Mira joven, estamos haciendo una libación a Júpiter Liberador; y que los dioses te alejen todo presagio, aunque has nacido en unos tiempos en los que te conviene reforzar tu espíritu con ejemplos de constancia”;  luego, como la lentitud de la salida le producía más tormento, vueltos (los ojos) hacia Demetrio…

    Trucidatis tot insignibus viris ad postremum Nero virtutem ipsam excindere concupivit interfecto Thrasea Paeto et Barea Sorano, olim utrisque infensus et accedentibus causis in Thraseam, quod senatu egressus est cum de Agrippina referretur, ut memoravi, quodque Iuvenalium ludicro parum spectabilem operam praebuerat; eaque offensio altius penetrabat, quia idem Thrasea Patavi, unde ortus erat, ludis †cetastis† a Troiano Antenore institutis habitu tragico cecinerat. die quoque quo praetor Antistius ob probra in Neronem composita ad mortem damnabatur, mitiora censuit obtinuitque; et cum deum honores Poppaeae decernuntur sponte absens, funeri non interfuerat. quae oblitterari non sinebat Capito Cossutianus, praeter animum ad flagitia praecipitem iniquus Thraseae quod auctoritate eius concidisset, iuvantis Cilicum legatos dum Capitonem repetundarum interrogant.

    XVI, 34
    Tum ad Thraseam in hortis agentem quaestor consulis missus vesperascente iam die. inlustrium virorum feminarumque coetus frequentis egerat, maxime intentus Demetrio Cynicae institutionis doctori, cum quo, ut coniectare erat intentione vultus et auditis, si qua clarius proloquebantur, de natura animae et dissociatione spiritus corporisque inquirebat, donec advenit Domitius Caecilianus ex intimis amicis et ei quid senatus censuisset exposuit. igitur flentis queritantisque qui aderant facessere propere Thrasea neu pericula sua miscere cum sorte damnati hortatur, Arriamque temptantem mariti suprema et exemplum Arriae matris sequi monet retinere vitam filiaeque communi subsidium unicum non adimere.

    XVI, 35
    Tum progressus in porticum illic a quaestore reperitur, laetitiae propior, quia Helvidium generum suum Italia tantum arceri cognoverat. accepto dehinc senatus consulto Helvidium et Demetrium in cubiculum inducit; porrectisque utriusque brachii venis, postquam cruorem effudit, humum super spargens, propius vocato quaestore 'libamus' inquit 'Iovi liberatori. specta, iuvenis; et omen quidem dii prohibeant, ceterum in ea tempora natus es quibus firmare animum expediat constantibus exemplis.' post lentitudine exitus gravis cruciatus adferente, obversis in Demetrium …

    Y aquí terminan los "Anales"; seguramente la muerte de su autor le impidió continuar y faltan unas cuantas líneas en el códice, que nos liberan así de asistir al finar de tan dramático episodio.

    Pero no privaré a los lectores interesados de otro fragmento de la obra de Suetonio, en que nos muestra la crueldad con la que Nerón ordenaba los suicidios . Nos lo cuenta  Suetonio, cuya obra, en la que se recogen fundamentalmente anécdotas, hay que leerla con espíritu crítico, aun sabiendo que como secretario de Adriano tuvo a su disposición los archivos oficiales.

    Suetonio, Nerón 37

    … Peto Trasea fue acusado de tener un rostro demasiado triste, como el de un maestro de escuela. Concedía solamente algunas horas  a los que recibían orden de morir y para prevenir cualquier retraso les enviaba médicos encargados de “cuidarlos” al momento en caso de que vacilasen. Esta era su expresión favorita para referirse a abrirse las venas para provocar la muerte. Se pretende incluso que quiso echar, para que los despedazara y devorara, hombres vivos a un antropófago egipcio habituado a comer carne cruda y todo lo que se le presentase. Henchido de orgullo por tan brillantes “éxitos”, declaró que ningún emperador se había dado cuenta del poder que realmente tenía…

    (37.1)…Paeto Thraseae tristior et paedagogi uultus.
    (37.2) mori iussis non amplius quam horarum spatium dabat; ac ne quid morae interueniret, medicos admouebat qui cunctantes continuo curarent: ita enim uocabatur uenas mortis gratia incidere. creditur etiam polyphago cuidam Aegypti generis crudam carnem et quidquid daretur mandere assueto, concupisse uiuos homines laniandos absumendosque obicere.
    (37.3)elatus inflatusque tantis uelut successibus negauit “quemquam principum scisse quid sibi liceret”,

    Pero frente a estos dictadores poderosos, hombres libres como Demetrio les pueden decir, como cuenta Arriano,  en Epicteto, Discursos I 25,21-23:

    Y en cuanto a la última vestimenta, esto es, el cuerpecito, nadie puede hacerme nada más allá de ella. Por eso le respondió Demetrio a Nerón: “Con la muerte me amenazas tú a mí, y a ti la naturaleza”. (Traducción de  Paloma Ortiz García. Editorial Gredos)

    En el año 75, bajo el emperador Vespasiano,  fue expulsado por segunda vez, junto con otros filósofos, a las islas Cícladas.  Algunos piensan que la expulsión fue en el año 71 de acuerdo con Dión Casio 65 (66)13 y Suetonio, Vespasiano 13.

    Leamos el texto de Dión Casio, Historia de Roma 65 (66) 12 y ss.

     Helvidio Prisco, el yerno de Trasea, había sido educado en las doctrinas de los estoicos e imitaba al hablar la franqueza de Trasea, a veces inoportunamente.  Por aquel entonces era pretor, pero no prestaba la honra debida al emperador, sino que en vez de ello le insultaba e injuriaba constantemente.   Por ello, en una ocasión los tribunos lo arrestaron y lo entregaron a los lictores; entonces  Vespasiano se emocionó abrumado y salió  llorando del Senado, repitiendo únicamente estas palabras: "Mi sucesor será mi hijo o ninguno otro".

    Como quiera que había  ya muchos otros, entre los que se encontraba también Demetrio el Cínico, que actuaban según los principios estoicos y se aprovechaban del prestigio de la filosofía para enseñar públicamente muchas doctrinas inadecuadas para aquellos tiempos, e iban corrompiendo así a otros varios de sus oyentes, Muciano, llevado  más por la ira que por el amor a la filosofía, dijo muchas cosas contra ellos a Vespasiano y le  convenció  para que expulsara de la ciudad a todos los de aquella secta.

    Ocurría que Muciano quería ser honrado por todos por encima de cualquier otro y por eso le molestaba no sólo que alguien le ofendiera, sino también que no se le dieran muestras de respeto. Por eso, de la misma manera que no tenía límites para agradecer a quien le hacía algún favor por pequeño que fuera, también trataba con el odio más grande a quien se comportaba de otra manera.

    Muciano le hizo a Vespasiano un gran número críticas extrañas contra los estoicos, afirmando, por ejemplo, que estaban llenos de jactancia vacía, que alguno  de ellos se deja crecer la barba larga, que arqueaba las cejas, que llevaba un grueso manto marrón  echado hacia atrás sobre el hombro y que iba descalzo, que en seguida proclamaba que él poseía la sabiduría, la valentía y la justicia, y se daba grandes ínfulas, aunque como dice el refrán, “ni supiera las letras ni tampoco cómo nadar”. Que ellos desprecian a todos y al hombre de buena familia le llaman malcriado, al de baja cuna corto de mente, a una persona guapa viciosa, a una persona fea un simplón, al hombre rico avaro, y al pobre servil.

    Y Vespasiano expulsó inmediatamente de Roma a todos los filósofos, excepto a Musonio. A  Demetrio y Hostiliano  incluso los deportó  a las islas. Pero Hostiliano, aunque de ninguna manera desistió de su actitud  cuando se le comunicó  la sentencia de exilio,  más aún, como estaba conversando con otra persona, sencillamente  arremetió con más dureza contra de la monarquía,  sin embargo regresó pronto del exilio.  Por el contrario,  a Demetrio, que tampoco cedió incluso entonces, Vespasiano ordenó que le dieran este mensaje:  "Tú haces todo lo que puedes para obligarme a matarte, pero yo no mato  a un perro ladrador".

    También quedó evidentemente claro que Vespasiano odiaba Helvidio Prisco, no tanto por él mismo o por sus amigos, a los que había agraviado, sino porque era un agitador  que se ganó el favor de la plebe y acusaba y denunciaba  siempre la realeza mientras elogiaba a la   democracia. Actuando en consecuencia con estas opiniones, Helvidio reunió  un grupo de partidarios, como si la función de la filosofía fuera la de insultar a los gobernantes, agitando a la multitud para derrocar el orden establecido de las cosas y  llevar a cabo una revolución.

    Éste fue yerno de Trásea e intentó emular su conducta, pero se quedó muy lejos de comportarse así. Pues mientras Trásea, a pesar de vivir en la época de Nerón y en desacuerdo con él, ni dijo ni hizo nada insultante para él, excepto que se segó a compartir sus hechos, Helvidio en cambio mantenía el rencor contra Vespasiano y no lo abandonaba ni en privado ni en público. Así, con su conducta se estaba buscando la muerte y estaba a punto de llegar el tiempo de recibir su castigo por sus intromisiones.

    Es curioso cuán semejante me resulta esta actitud temerosa del poder frente a cualquier a los movimientos y comportamientos sociales de aquel momento, con los que personalmente viví (ya tengo alguna edad) en las postrimerías de la dictadura de Franco: barba larga, vestimenta distinta a la convencional, llevan zapatillas, se las dan de listos, se meten con todo el mundo, convencen con su charla a la gente, etc.

    Suetonio nos pinta a Vespasiano como comprensivo y benevolente, contrario a la aplicación de castigos excesivos. A propósito de Demetrio y Vespasiano dice en Suetonio, Vespasiano 13:

    Demetrio el Cínico, cuando se cruzó en el camino con él después de haber sido condenado (al exilio) , no se dignó ponerse en pie ni saludarle, atreviéndose incluso a murmurar no sé qué contra él; Vespasiano, en cambio, se contentó con llamarle “perro”.

    Demetrium Cynicum in itinere obuium sibi post damnationem ac neque assurgere neque salutare se dignantem, oblatrantem etiam nescio quid, satis habuit canem appellare.

    Su relación con Tito parece haber sido mejor. Filóstrato nos cuenta cómo Apolonio recomendó a Tito que se sirviera de las enseñanzas del maestro Demetrio; nos lo dice en su citada Vida de Apolonio, VI, 31

    En cuanto a mí, -dijo Tito-, hombre de Tiana, ¿qué me recomiendas respecto al imperio y la realeza?

    -Lo mismo de lo que tú mismo estás convencido –repuso-, pues al someterte a tu padre, evidente es que te asemejarás a él. Yo además te diría ahora un dicho de Arquita, pues es noble y digno de aprenderse. Arquitas era un varón tarentino, sabio en las doctrinas de Pitágoras. Y él, en un escrito sobre la educación de los hijos, dice:”que el padre sea para los hijos modelo de virtud, porque también los padres caminarán más rectamente hacia las virtudes, si los hijos pretenden asemejárseles”. Por mi parte, te encomendaré a mi compañero Demetrio, que te atenderá en cuanto quieras, enseñándote qué es menester que haga el buen gobernante.

    -¿Y cuál es, Apolonio –le preguntó-, la sabiduría de ese hombre?

    -La sinceridad –contestó- y el ser veraz y no amilanarse por nadie, pues ello es cosa del coraje perruno.

    Y como Tito oía con desagrado mentar al perro, Apolonio añadió:

    -Con todo, a Homero le pareció que Telémaco, cuando era joven necesitaba dos perros, y se los da al jovencito por compañeros en el ágora de los de Ítaca, aunque eran irracionales. A ti te acompañará un perro que ladrará en tu defensa frente a los demás, y frente a ti mismo, si cometieras un error.

    -Dame, pus –repuso, ese perro por compañero. Y le permitiré incluso morderme si se diera cuenta de que cometo alguna injusticia.

    -Se le escribirá una carta –dijo-, pues se halla filosofando en Roma.

    -Que se le escriba –contestó-. Y quisiera que también a ti te escribiera alguien intercediendo por mí, para que compartieras nuestro camino hacia Roma.
    Iré –prometió- cuando sea mejor para ambos.

    (Traducción de Alberto Bernabé Palares. Edit. Gredos)

    Poco después, en Vida de Apolonio VI 33 nos ofrece la carta:

    La carta de Demetrio fue la siguiente:

       Apolonio, el filósofo, a Demetrio, el perro. Saludos.
    Te encomiendo al emperador Tito como su maestro, para el comportamiento de la realeza. Tu procura no dejarme por mentiroso ante él, y sélo todo para él, salvo la ira. Adios.
    (Traducción de Gredos de Alberto Bernabé Palares-)

    En el año 75 Tito pretendía casarse con la princesa judía Berenice, relación que el pueblo no veía con buenos ojos; un tal Diógenes el Sofista y un tal Heras criticaron en el teatro los vicios de los emperadores y esto alimentaba el enfado regio y por ello fueron castigados, como nos cuenta Dión Casio, Historia de Roma LXV 15, 3-5:

    Berenice estaba en la cúspide de su poder y por ello  vino también a Roma con su hermano Agripa.   A este se le concedió el cargo de pretor, mientras ella vivía en el palacio  con Tito.  Ella esperaba casarse con él y  se comportaba en todos los aspectos como si ya fuese su esposa; pero cuando él advirtió que la situación disgustaba a los romanos, la hizo marcharse, porque  además de los muchos rumores  que había, se añadió el hecho de que ciertos sofistas de la escuela cínica se las arreglaron para entrar subrepticiamente en la ciudad. Y Diógenes fue el primero que se  presentó  en el teatro cuando estaba lleno de público y les lanzó muchas invectivas  a la pareja en un insolente discurso, y por ello fue azotado. Luego, detrás de él, entró Heras, y pensando que no tendría un castigo no más duro que el anterior, se lanzó a gritarles al modo cínico muchas críticas intempestivas,  y por ello le cortaron la cabeza. 

    Demetrio quizás vivió hasta la época de Domiciano, que creó un buen ambiente de terror. A Domiciano se le adjudican dos expulsiones de filósofos (filosofar resultó ser una actividad de alto riesgo) y también de astrólogos y “matemáticos”, término con el que quizás se refieran a profesores en general. La primera tuvo lugar en el año 89 y la segunda, más violenta, en el 93/95. Veamos lo que dice Dion Casio en Historia de Roma LXVII 13,1:

    (Domiciano) tuvo también una notable actuación como censor.  Y así expulsó a Cecilio Rufino del Senado porque bailaba representando pantomimas, y devolvió a Claudio Pacato a su amo, aunque había sido un centurión, porque se demostró que era un esclavo.  Pero no fueron iguales los hechos que voy ahora a contara y que realizó  como emperador.  Porque mató a Aruleno Rústico porque filosofaba   y llamó santo (equivalente a “augusto”, ἱερὸν,  en griego)  a Trasea, y mató a Herenio Seneción porque, después de haber sido cuestor, no se presentó para ninguna otra magistratura en su larga vida y porque había escrito una biografía de Helvidio Prisco.

    Muchos otros también murieron como consecuencia de esta misma acusación de filosofar y todos los demás filósofos de Roma fueron expulsados de nuevo.  Sin embargo un tal Juvencio Celso,  que fue uno de los principales  junto a otros en una conjura contra él (Domiciano), y que había sido acusado por esto, salvó su vida de una manera sorprendente:  estando a punto de ser condenado, pidió que se le dejase decirle algo en privado al emperador y postrándose a continuación ante él, le llamó  "mi dueño y mi dios”, palabras con las que otros ya le saludaban,  y le dijo:  "Yo no he hecho nada de  esta clase; pero si  me permites vivir me infiltraré en todo y no solo te traeré a muchas acusados, sino que además lo probaré".  Con esto quedó en libertad,  pero no acusó a nadie poniendo unas veces una excusa y otras veces otras, y vivió hasta que Domiciano murió.

    El siguiente texto de Filóstrato describe perfectamente el ambiente de  preocupación y terror en el que tantas  veces se han encontrado numerosos intelectuales, esperando la decisión del tirano y dudando de la conveniencia de huir lejos para quedar a salvo.

    Filóstrato, Vida de Apolonio VII 10-12

    …(Apolonio) una vez que desembarcó en Corinto y celebró, al filo de mediodía, en honor del Sol, los ritos que acostumbraba, partió hacia Sicilia e Italia al atardecer. Gracias a que encontró una brisa favorable y una corriente que lo llevaba sobre el mar, llegó a Dicearquía al quinto día.

    Allí se encontró con Demetrio, que pasaba por ser el más audaz de los filósofos, porque vivía no lejos de Roma. Conociendo su aversión por el tirano, le dijo, por iniciar la conversación:

    -Te he sorprendido sumido en el lujo y viviendo en lo más feliz de la próspera Italia, si es que realmente es próspera; allí donde se dice que Ulises, cuando convivía con Calipso, se olvidó del humo de Ítaca y de su casa.

    Y Demetrio lo abrazó y, tras expresarle sus buenos augurios, le dijo:

    -¡Dioses! ¿Qué le ocurrirá a la filosofía ahora que corre peligro de perder a un hombre como éste?

    -¿Qué peligro es el que corre? –repuso-

    -Sin duda ese por cuya previsión vienes. Pues si ignoro tus intenciones, es que tampoco me conozco a mí mismo. Pero no hablemos aquí, sino vayamos a donde la conversación sea privada, y que esté presente también Damis, al que yo, ¡por Hércules” considero el Yolao de tus trabajos.

    Les iba conduciendo Demetrio, mientras decía estas palabras, hacia la villa que fue de Cicerón en su vejez, que se encuentra cerca de la ciudad. Se sentaron bajo un plátano, mientras las cigarras cantaban con el acompañamiento de la brisa. Y Demetrio, alzando su vista hacia ellas, les dijo:

    -¡Felices de vosotras y verdaderamente sabias, porque os enseñaron las Musas un canto que aún no se ha visto sometido a procesos o acusaciones; os hicieron superiores a vuestro vientre y apartaron vuestra morada de la envidia humana, en esos árboles en los que, dichosas, cantáis vuestra felicidad y la de las Musas.

    Apolonio comprendió a qué se referían tales palabras, pero, censurándolas, como demasiado indolentes para su profesión, le dijo:

    -¿Acaso tenías el propósito de desarrollar un elogio de las cigarras, pero no lo expusiese abiertamente sino te escondite aquí, como si hubiera alguna ley que prohibiera elogiar en público a las cigarras?

    -No he dicho eso como un elogio –respondió-, sino por poner de manifiesto que, mientras que a ellas las dejan en paz sus salas de concierto, nosotros no disponemos de  permiso ni para murmurar, sino que la sabiduría constituye un cargo contra uno. La acusación de Ánito y Meleto dice: “Sócrates comete injusticia porque corrompe a los jóvenes y trata de introducir nuevos dioses”. Pero a nosotros se nos acusa en estos términos: “Comete injusticia Fulano por ser sabio, justo, conocedor de los dioses, conocedor de los hombres y extremadamente experto en leyes”. Y en la medida en que tú eres más sabio que nosotros, tanto más prolija será la acusación que van a inventarse contra ti, pues Domiciano se propone hacerte partícipe de los cargos por los que están desterrados Nerva y los suyos.

    -¿Y por qué están desterrados? –preguntó.

    – Por la más grave de las acusaciones –contestó-, según el parecer del acusador; pues afirma que son convictos del intento de tomar el poder que él detenta, y que tú instigaste a esos hombres descuartizando, creo, a un niño.

    -¿Acaso es porque el gobierno será derrocado por un eunuco? –preguntó Apolonio.

    -No es por eso por lo que nos vemos falsamente acusados –aclaró-, sino que dicen que sacrificaste a un niño con objeto de conocer el vaticinio que revelan las entrañas de los animales jóvenes. Se hace también constar en la acusación tu forma de vestir y de vivir, así como el hecho de que haya gente por la que eres objeto de culto. Eso efectivamente se lo oí decir a Telesino, un buen amigo, tanto para mí como para ti.

    -Hallazgo inesperado sería –dijo- si nos encontráramos con Telesino, pues seguramente te refieres al filósofo que alcanzó el rango consular en época de Nerón.

    -A él en efecto me refiero –contestó-, mas ¿de qué modo podrías entrar en contacto con él? Pues las tiranías son muy suspicaces respecto a todos los que gozan de prestigio, si llegan a mantener conversaciones con los inculpados en lo mismo que tú ahora. Además,  Telesino emigró con motivo del edicto que se ha proclamado ahora respecto a toda clase de filosofía, por  preferir ser desterrado como filósofo antes que quedarse como cónsul.

    -Que no se vea en peligro, pues –dijo-, ese hombre por culpa mía. Que bastante peligro corre por culpa de la filosofía.

    -Pero dime una cosa, Demetrio –prosiguió Apolonio-. ¿Qué te parece que debo decir o hacer para calmar mi propio miedo?

    -No bromees –contestó- ni digas que temes ahora peligros de los que ya eras consciente. Pues si consideraras eso peligroso, te habrías marchado, con tal de librarte de un discurso en tu propia defensa.

    -¿Te habrían escapado tú –preguntó- si corrieras el mismo peligro que yo?

    -No, ¡por Atenea! –repuso-, si hubiera alguien para juzgarme, pero sí con la perspectiva de que no va a haber siquiera proceso, y de que o no voy a ser oído si me defendiera, o voy a ser oído, pero me matarán precisamente por no haber cometido delito. Y tú estarías de acuerdo conmigo en no elegir una muerte tan escalofriante y propia de un esclavo, en lugar de una adecuada para un filósofo. Y es que a la filosofía le es adecuado, creo, o bien morir por  liberar una ciudad o por defender a los padres, hijos, hermanos y el resto de la familia, o combatiendo por los amigos, que para los hombres sabios son más estimables que el parentesco, o por los que han conquistado por amor. Pero morir por falsas razones sutilmente inventadas  y ofrecerle al tirano la posibilidad de parecer sabio es mucho más penoso que si uno, como cuentan de Ixión, sufriera tortura por el aire sobre una rueda. Para ti supongo que será el comienzo de tu proceso el propio hecho de venir aquí. Pues tú lo justificas por la sanidad de tu conciencia y porque no te habrías atrevido a emprender el camino hasta aquí si hubieras cometido algún delito; pero Domiciano no pensará que lo has hecho por eso, sino que, por poseer algún poder secreto, te has aventurado tan resueltamente. Pues el hecho de haber sido citado no hace aún diez días, según dicen, y que tú te hayas presentado a juicio sin haber oído aún que vas a ser juzgado, conferirá sentido a la acusación, pues parecerá que lo sabías de antemano, y la historia acerca del niño ganará crédito. Mira además no sea que eso de las Moiras y el destino, sobre lo que dicen que tú hablaste en Jonia, no se vuelva contra ti y que, por tramar el destino algo insólito, tú te veas obligado a ir a su encuentro sin darte cuenta de que es siempre más sabio precaverse. Y si no se te ha olvidado la época de Nerón, sabes lo que pasó conmigo y que no mostré un comportamiento indigno de un hombre libre ante la muerte. Pero aquello tenía ciertos atenuantes. Pues en el caso de Nerón, su cítara parecía desentonar con el comportamiento adecuado a la realeza, pero respecto a lo demás, no estaba desagradablemente afinada, pues muchas veces traía por su mediación algunas treguas y lo apartaba de los crímenes. A mí por lo menos no me mató, aunque había atraído su espada contra mí por tus discursos y los míos, esos que pronuncié contra el establecimiento de baños. La causa de que no muriera fue un mejoramiento de voz que le vino entonces y el haber logrado una melodía que a él le pareció espléndida. Pero ahora, ¿en honor de qué mejora de voz, en honor de qué cítara vamos a ofrecer un sacrificio? Pues todo es ajeno a la música y está lleno de cólera, y éste no podría ser fascinado ni por ti ni por otros. Aunque Píndaro al elogiar la lira dice que fascina incluso al ánimo de Ares y lo aparta de los bélicos quehaceres, y si bien ese ha establecido aquí una competición musical y corona en público a los vencedores, hay algunos de ellos a los que mandó matar y que intervinieron, como se dice, en una competición de flauta o de canto por última vez. También debes pensar en los hombres que te siguen, pues los harás parecer también a ellos, tanto si te muestras atrevido, como si pronuncias palabras con las que no vas a convencer. Tu salvación la tienes a mano, pues hay aquí muchas naves, como ves; unas partirán hacia Libia, otras hacia Egipto, otras hacia Fenicia y Chipre; otras directamente a Cerdeña y otras más allá de Cerdeña. Lo mejor para ti es embarcar en una y marcharte a cualquiera de esos lugares, pues las tiranías son menos crueles con los hombres notorios si se dan cuenta de que prefieren no vivir en la notoriedad.

    Ganado Damis por las razones de Demetrio, dijo:…..

    El texto siguiente describe la angustia de quien, sintiéndose perseguido, teme comprometer a otras personas con su mero contacto y relación. Cúantas veces se habrán producido situaciones similares, ante la inacción de los restantes ciudadanos.

    Sigamos leyendo a Filóstrato VII, 14-15:

    (Apolonio)… Ya sé cuán hábil eres, Demetrio, para sacar conclusión a tus argumentos, por lo cual me parece que vas a decirme algo así como: “No vayas entonces con ellos, sino con hombres con los que aún no hayas tenido relación y te será más cómodo huir, pues pasarás inadvertido con mayor facilidad entre quienes no te conocen. Examinemos en qué medida ese argumento es convincente. Mi opinión al respecto es la siguiente: yo creo que el sabio no hace nada en privado ni por sí, y que no puede concebir nada con una falta tan absoluta de testigos, que no esté al menos él consigo mismo, y, tanto si la inscripción pítica (conócete a ti mismo) es del propio Apolo, como si es de un hombre que se conocía sanamente a sí mismo y por ello lo convirtió en máxima para todos, me parece que el sabio que no se conoce a sí mismo y toma su propia conciencia como acompañante, ni podría asustarse por lo mismo que la gente, ni atreverse a algo que otros no emprenden sin vergüenza. Pues siendo esclavos de las tiranías, se han precipitado incluso a traicionar a sus mejores amigos, en beneficio de ellas, temerosos de lo que no es temible en absoluto, y sin temor de lo que es preciso temer.

    Pero la sabiduría no condesciende con eso…

    Así pues, que la consciencia me pondrá en evidencia, tanto si voy con quienes me conocen, como con quienes no me conocen, si llegara a ser el traidor para estos hombres, creo que lo he dejado claramente demostrado, y que la verdad se pone de manifiesto. Así que no me traicionaré tampoco a mí mismo, sino combatiré contra el tirano, diciendo lo del noble Homero

         Común es Eníalo (Marte es imparcial

    Damis afirma que se sintió tan impresionado por estas palabras, que recobró su celo y su audacia, y que Demetrio ya no dio por perdido a nuestro hombre, sino que tras elogiarlo y darle la razón en lo que había dicho, invocó a los dioses en su ayuda, por el riesgo que iba a correr y en ayuda de la propia filosofía, en cuya defensa demostraba esa valentía. Asimismo dice Damis que los iba a llevar a donde se encontraba alojado, pero que Apolonio, rehusando dijo:

    -Es ya tarde y es menester que a la hora de prender las lámparas me dirija al puerto de Roma, pues esa es la hora acostumbrada para esas naves, Compartiremos la comida cuando lo mío esté solucionado, pues ahora podría fraguarse alguna acusación contra ti por haber compartido tu comida con el enemigo del emperador; así que no vayas siquiera al puerto con nosotros, no sea que incluso el haber conversado conmigo te acarree la acusación de que ha sido para secretos complots.

    Consintió Demetrio y, tras darles un abrazo, los dejó, pero volviéndose para mirarlos y derramando llanto.

    Demetrio murió en torno al año 90. Tuvo una larga vida; sin duda supo sortear con habilidad y la ayuda de la diosa Fortuna los escollos.

  • Los intelectuales y el poder (I): Diógenes el Cínico frente a Alejandro el Grande

    Cuando los griegos, aplicando la razón, comenzaron a preguntarse ¿qué son?, ¿por qué existen?, ¿para qué sirven las cosas reales?, dieron comienzo a la Filosofía.

    Surgieron todo tipo de ideas y teorías sobre la naturaleza y sobre el propio hombre y diversas escuelas, que con frecuencia se identificaron por el lugar en que se reunían e impartían sus doctrinas sus maestros: Académicos porque Platón enseñaba en los terrenos que fueron de un tal Academos (véase https://www.antiquitatem.com/academia-de-platon-liceo-ateneo ),  Peripatéticos (περιπατητικοί), de περι ,peri, alrededor,  πατειν, patein, pasear, porque Aristóteles enseñaba paseando en un jardín junto al templo de Apolo Licio, es decir, en el Liceo; Estoicos Στωϊκός, stoikos, porque Zenón predicaba a los suyos en  la “poikíle stoa”, Ποικίλη Στοά, o Pórtico Pintado

    Hay unos filósofos, los cínicos, los perros, de κύων kyon: ‘perro’, que quizás también reciban su nombre del lugar donde enseñaba el primero de los fundadores, Antístenes, en el gimnasio llamado Cinosargos, de kyon-argos, perro ágil, aunque sin duda el nombre también les venía dado por las peculiaridades de sus ideas antisistema, que no llegaron a plasmarse en una teoría elaborada, sino que está constituida por máximas simples que definen la vida en sociedad de manera libre y sin prejuicios. Como los perros, los cínicos viven en sociedad, pero a su aire, sin participar de los convencionalismos sociales, con su vida acorde con la naturaleza animal, reacios a integrarse en el grupo, etc. ladrando a quien les molesta, agradecidos a quien les da, etc.

    Cuando a Diógenes de Sinope, el más famoso de los cínicos al que dedico este artículo, le preguntó Alejandro Magno por qué le llamaban “perro” “cínico”, Diógenes respondió, según nos cuenta otro Diógenes, ahora Laercio, en su obra “Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, VI, 60:

    Cuando una vez se presentó ante él Alejandro y dijo: ‘Yo soy Alejandro, el gran rey’, contestó: ‘Y yo Diógenes el Perro’. Preguntado por qué lo llamaban perro, respondió: ‘Porque meneo la cola ante los que dan, a los que no dan ladro y a los malvados los muerdo’.

    Nota: de manera general los textos citados de Diógenes Laearcio son los de la traducción de Luis Andrés Bredlow. Editorial Lucina.2010.

    Luego el rey le envió una escudilla llena de huesos, y según se nos dice en el Gnomologium Vaticanum (E Codice Vaticano Graeco 743),n.96: (También se cuenta en el Florilegio Monacense, 155 y en Eustacio a Homero,Odisea VI 148)

    El rey Alejandro en cierta ocasión llenó una bandeja de huesos y se la envió a Diógenes el Cínico. Y este, al recibirla dijo: “El alimento es cínico, pero el regalo no es regio”.

    Los cínicos han sido maltratados por la historia, ya desde la Antigüedad, sin duda porque son y representan el pensamiento antisistema, el pensamiento anarquista y libertario de la Antigüedad: ni dioses, ni gobernantes, ni leyes, ni sociedad, ni convencionalismos. Su estudio con algún detalle merece la pena ser abordado con más detenimiento.

    Ahora  en esta ocasión quiero comentar la especial relación que el citado Diógenes tuvo con la persona más poderosa del momento, Alejandro, llamado el Grande, Μέγας Αλέξανδρος o megas Alexandros, en griego. Esa larga y extraña relación produjo algunas de las anécdotas más conocidas en la Antigüedad y luego infinitamente repetidas.

    Diógenes era una especie de  anarquista, porque no admitía otro poder que el suyo propio  sobre sí mismo y era también un libertario porque la libertad era para él el mayor valor. Según Diógenes Laercio en su obra “Vida y opiniones de los filósofos ilustres”, en el libro VI, 69:

    Preguntado qué es lo más bello entre los hombres dijo: ‘la libertad de palabra’”

    Y el mismo en VI,71 remacha su ansia de libertad;

    decía llevar el mismo género de vida que Herácles, no prefiriendo nada a la libertad”.

    Diógenes, a la manera de los bufones que con frecuencia han acompañado y servido de contrapunto a personajes absolutistas y tiranos, se permite decirle al gran Alejandro lo que ningún otro mortal osaría decirle; y Alejandro se lo permite como no se lo permitió a ningún otro que osara contradecirle, (Calístenes, sobrino de Aristóteles, compañero macedonio de expedición tuvo peor trato).

    Y se lo permitía hasta el punto que según relata Diógenes Laercio en el libro VI, 32

    “Cuentan también que Alejandro dijo que si no hubiera sido Alejandro, habría querido ser Diógenes”

    Así que Diógenes representa la irreverencia, la insumisión, la impertinencia, la insolencia frente al poder. Alejandro es el poder, que para muchos teóricos viene de los dioses (en realidad todo poder es o pretende ser divino); más aún, el propio Alejandro es un dios o al menos un semidios ante el que sus súbditos han de arrodillarse esperando su beso de reconocimiento. Véase  https://www.antiquitatem.com/proskynesis-monarquia-herodoto-persas

    Relataré algunas anécdotas que remarcan su espíritu libre y dueño de sí mismo. 

    Diógenes Laercio, Libro VI, 45:

    A uno que juzgaba dichoso a Calístenes, ponderando el lujo que disfrutaba en la corte de Alejandro, le replicó: “A fe mía que es un desgraciado, almorzando y cenando cuando le parezca bien a Alejandro”.

    Curiosamente este íntimo de Alejandro, Calístenes, sobrino de su maestro Aristóteles, fue después enjaulado hasta morir acusado probablemente sin razón de un intento de sedición de los varios que hubo de sufrir el poderoso.

    Epicteto nos cuenta en sus Discursos III, 22,92 cómo Alejandro, aprovechando que Diógenes estaba medio dormido, citó el verso 24 del canto II de la Iliada, y Diógenes, en realidad medio dormido, se atrevió a completar los versos a Alejandro.

    Epicteto, Discursos III, 22,92:

    En otra ocasión le dijo en respuesta a Alejandro, que se encontraba junto a él cuando estaba dormido y citó dl verso de Homero (Iliada,II,24):
                 “No debe dormir toda la noche el varón que tiene las decisiones”
    él respondió, cuando estaba medio dormido
                “a quien están confiadas las huestes y a cuyo cargo hay tanto”

    (Traducción de Emilio Crespo Güemes.Edit. Gredos.)

    (Nota: salvando las distancias, las circunstancias y hasta el hecho en sí, me recuerda esta anécdota a otra ocurrida con el escritor Camilo José Cela, nombrado senador real para las Cortes Constituyentes del año 1978, tras la muerte del general dictador Franco, muerto en 1975. Permítaseme que no acuda al “Diario de Sesiones”, si es que allí quedó reflejada, y cite de memoria una anécdota bien conocida por los españoles de entonces. En una sesión de las sesiones de las Cortes, el senador  de designación real se quedó dormido y el también senador real sacerdote Xirinacs le llamó la atención, suponemos que amistosamente:

    Sr. Cela, está usted dormido.
    A lo que el aludido respondió:
    -Monseñor, no estoy dormido;  estoy durmiendo.
    -¿Es lomismo,no?
    –-¡Claro que no es lo mismo!, monseñor,  porque no es igual estar dormido que estar durmiendo, como tampoco es lo mismo estar jodido que estar jodiendo.

    Y otra cita cargada de ironía del mismo Diógenes Laercio,  Libro VI,68:

    A Alejandro que se plantó delante de él y preguntó: “¿No me tienes miedo?”, le contesto: ¡Pero, ¿qué eres? ¿Un bien o un mal?. Y como aquel respondió: “Un bien”, dijo: “Entonces, ¿quién puede tenerle miedo al bien?”

    Pero la anécdota más conocida, que además sirvió para subrayar la importancia de Diógenes, es la del primer encuentro entre Diógenes y Alejandro, que trata una vez más el tópico del encuentro entre el rey y el sabio, entre el intelectual y el gobernante.

    Nos lo cuenta  Diógenes Laercio y también Cicerón y Plutarco cuyos textos reproduciré; y Arriano en su Anábasis de Alejandro, VII,2,1-2  y Valerio Máximo en Hechos y dichos memorables, IV.3. ext.4 y Juan Crisóstomo en Sobre san Bábilas  contra Juliano y los gentiles,8 y en Pseudo-Eudocia (esposa del emperador Teodosio II en el siglo V), Violarium,332,24-241,3).

    La anécdota en realidad era un lugar común en la Antigüedad.

    Diógenes Laercio,  Vidas y opiniones de los filósofos ilustres: VI,38:

    “Mientras tomaba el sol en el Craneo, se le acercó Alejandro y dijo: ‘Pídeme lo que quieras’. Y él dijo: ‘No me hagas sombra”.

    Nota : El Craneo era un Gimnasio de Corinto en el que  Diógenes impartía sus enseñanzas.

    Cicerón en Tusculanas, V,32 (92):

    En cambio Diógenes, más libremente, como Cínico, a Alejandro que le rogaba que dijera si necesitaba algo: ‘Justamente –dijo- apártate un poco del sol’. Por supuesto cuando tomaba el sol, se le había puesto delante. Y éste, en verdad, solía sostener cuánto al rey de los persas superaba en vida y fortuna: que a él nada le faltaba, que para aquel nada sería ,jamás, suficiente; que él no deseaba los placeres del rey con los cuales  éste nunca podría saciarse; que éste de ninguna manera podía conseguir los de él.

    At vero Diogenes liberius, ut Cynicus, Alexandro roganti ut diceret, si quid opus esset: ‘Nunc quidem paullulum, inquit, a sole. Officerat videlicet apricanti. Et hic quidem disputare solebat quanto regem Persarum vita fortunaque superaret: sibi nihil deesse, illi nihil satis umquam fore: se eius voluptates non desiderare, quibus numquam stiari ille posset, suas eum conseui nullo modo posse.

    Plutarco, en un texto interesante en el que resalta la actitud servil de muchos filósofos, es decir, los intelectuales del momento, frente a la de Diógenes, el insolente, el libertario, el dueño de su propia vida, nos dice en Vida de Alejandro, XIV:

    Congregados los griegos en el Istmo, decretaron marchar con Alejandro a la guerra contra Persia, nombrándole general; y como fuesen muchos los hombres de Estado y los filósofos que le visitaban y le daban el parabién, esperaba que haría otro tanto Diógenes el de Sinope, que residía en Corinto. Mas éste ninguna cuenta hizo de Alejandro, sino que pasaba tranquilamente su vida en el Craneo; y así hubo de pasar Alejandro a verle. Hallábase casualmente tendido al sol, y habiéndose incorporado un poco a la llegada de tantos personajes, fijó la vista en Alejandro.Saludóle éste, y preguntándole enseguida si se le ofrecía alguna cosa, ‘Muy poco –le respondió- que te quites del sol”.Dícese que Alejandro, con aquella especie de menosprecio, quedó tan admirado de semejante elevación y grandeza de ánimo, que cuando retirados de allí empezaron los que le acompañaban a reírse y burlarse, él les dijo: ‘Pues yo, a no ser Alejandro, de buena gana fuera Diógenes’  (Traducción de Antonio Ranz Romanillos).

    Podemos preguntarnos si la anécdota fue real. Probablemente, como otras muchas que de Diógenes se cuentan, no son reales sino inventadas. Resulta un tanto inverisímil que el encuentro, si se produjo, no hay base histórica para afirmarlo, se produjera en los términos que se relatan, pero en nada disminuye su capacidad para asentar la fama y definir las propuestas que para la vida social hacía el filósofo.

    Esta anécdota se convirtió en un topos, lugar común, en la literatura antigua, citado frecuentemente. Como dije más arriba es un ejemplo más del tema clásico del encuentro del rey y el sabio, del intelectual y el poderoso. De hecho en la vida de Alejandro se produce otro encuentro similar con los gimnosofistas (los sofistas desnudos, significa la palabra) hindúes, que tal como cuenta Plutarco en Alejandro, LXIV  son preguntados con diversas cuestiones porque tienen fama de ser muy agudos en sus respuestas. Responden ciertamente con agudeza y habilidad y diríamos en lenguaje castizo y coloquial actual que “pasan” del poderoso Alejandro porque nada necesitan de él.

    Alejandro se convirtió en un mito en la Antigüedad y así continuó siendo en la Edad Media y aún hoy día su nombre y sus hazañas tienen notable éxito. Recordemos en español por ejemplo el Libro de Aleixandre y como tal mito fue tratado.

    Tenemos una prueba de cómo se le adjudican algunas anécdotas en su relación con Diógenes analizando otro ejemplo que muchos libros y ahora centenares de artículos repiten en la red (www). Dicen que además del encuentro relatado hubo otro poco después:

    En otra ocasión Alejandro sorprendió a Diógenes observando un montón de huesos apilados. Alejandro le preguntó: ¿Qué estás buscando? . Le contestó Diógenes: “Busco los huesos de tu padre, pero no logro encontrarlos porque no veo la diferencia entre los huesos de tu padre y los de mi esclavo”.

    En la mayor parte de los casos la cita aparece sin fuente alguna, los más atrevidos incluso se la adjudican a Plutarco, pero esta anécdota no aparece, hasta donde yo he podido averiguar, en el mundo antiguo; es una cita mucho más tarde inventada y adjudicada al famoso Diógenes porque no desdice de otras que de él se cuentan.

    Tan sólo aparece algo parecido en Luciano de Samósata, en su diálogo Menippus, si bien situada la acción en el mundo de ultratumba.

    Aunque pueda suponer una larga digresión, ofrezco el texto de Luciano, siempre interesante y de actualidad, como todos los del satírico de Samósata; en este caso se sirve del símil de tanto éxito luego del “gran teatro del mundo”; recordemos el final de Augusto, cuando pregunta si ha interpretado bien la farsa de la vida?. Véase https://www.antiquitatem.com/muerte-de-augusto-la-farsa-de-la-vida

    Luciano de Samósats, Menippo,15 y ss.

    Pasando por medio de ellos, llegamos a la llanura Aquerusia, y encontramos allí a los semidioses y a las heroínas y a otros grupos de cadáveres clasificados por naciones y tribus, a unos ya añejos y enmohecidos y, como dice Homero, “inconscientes”, a otros aún frescos y compactos, en especial a los egipcios, debido a la larga conservación que les proporciona la momificación. No era fácil reconocer a cada uno; se parecen todos muchísimo unos a otros con sus huesos desnudos. Solamente y muy a duras penas los reconocíamos, tras haberlos mirado y requetemirado una y otra vez. Yacían allí hacinados unos sobre otros, confundidos,sin ninguna señal de identificación, y no conservando ninguna de las bellezas que tenían cuando estaban entre nosotros. Sin lugar a dudas entre tantos esqueletos que yacían en el mismo sitio, que lanzaban una mirada por igual terrible y hueca, que mostraban sus dientes descarnados, me resultaba imposible distinguir a Tersites del bello Nireo,o al mendigo Iro del rey de los feacios, o al cocinero Pirrias de Agamenón. Ninguna de los rasgos que los distinguían en vida prevalecían en ellos: antes bien, sus huesos eran parecidos, imposibles de distinguir, sin inscripción alguna, imposibles de ser reconocidos por nadie.

    A la vista de todo esto, la vida de los hombres se me antojó una larga procesión. El Destino organiza y dispone cada circunstancia, adjudicándoles a los miembros de la procesión atuendos diferentes y variados. A uno lo toma y, si es su sino, lo reviste con aspecto de rey colocándole una tiara sobre la cabeza, entregándole escuderos, corona su cabeza con la diadema; mientras a otro le pone atuendo de criado. A uno le hace ser guapo y lo adorna, y a otro ser feo y le proporciona un aspecto ridículo. Y, creo yo, conviene que el espectáculo resulte variado. Muchas veces, en medio de la procesión, cambia los atuendos de algunos sin dejar que lleguen al final del modo que primitivamente se les ordenó, sino que, dando un giro de ciento ochenta grados, a Creso, por ejemplo, le obligó a tomar el atuendo de criado y prisionero, y a Meandrio, que durante un tiempo formaba en la procesión con el grupo de los criados, le hizo ocupar el trono del tirano Policrates. Y, por cierto tiempo, les permite usar su atuendo.

    Cuando se ha acabado el tiempo de la procesión, entonces cada uno devuelve su atuendo y, despojándose de la vestimenta que acompañaba su cuerpo, se queda como estaba antes de nacer, sin diferenciarse del vecino. Algunos, por ignorancia, se molestan y se enfadan, cuando el Destino reclama el atavío, como si se vieran privados de algo propio, cuando no hacen sino devolver algo que se les prestó por un corto espacio de tiempo. Creo que en muchas ocasiones has visto sobre la tramoya del teatro a los actores que representan tragedias. Por exigencias del guión ahora son “Creontes”, después se convierten en “Príamos” o “Agamenones”. Y el uno, si le toca hacerlo así, primero tiene que representar con mucha solemnidad el papel de Cécrope o de Erecteo, y al poco rato, si se lo ordena el autor, viene a dar en un criado. Cuando la obra ha alcanzado ya su final, cada uno de ellos, despojándose del vestido con bordados de oro, quitándose la máscara y bajando de los zancos, va por ahí dando tumbos pobre y humilde, ya no Agamenón, el hijo de Atreo, ni Creonte, hijo de Meneceo, sino que se llama Polo, hijo de Canicies de Sunio o Sátiro, hijo de Teogitón, de Maratón. Así son las cosas de los hombres o, al menos, esa opinión me forjé al verlos entonces. (Traducción de José Luis Navarro González. Editorial Gredos.)

    Pues bien, la anécdota le sirvió más tarde a Dión Crisóstomo para recrear el encuentro, ironizar sobre el poder y los poderosos y exponer sus ideas sobre el origen divino del poder y la legitimación de su ejercicio. En un próximo artículo ofreceré este interesante texto.

    Bien, la tradición, avalada ahora por Diógenes Laercio quiso también constatar otro  encuentro, el encuentro final entre Alejandro y Diógenes: los dos murieron el mismo día del año 323 a.C., Alejandro a los 33 años en Babilonia, fruto de los excesos, la vida al límite de militar ambicioso y probablemente del paludismo de aquellas tierras; Diógenes murió en Corinto a los 86 años de vida mucho más acorde con la naturaleza animal del hombre. En realidad es imposible que murieran ambos en el mismo día del mismo año.

    Diógenes Laercio, VI, 76-79 (muerte de Diógenes de Sinope):

    Se dice que murió sobre los noventa años; acerca de su muerte se cuentan versiones discrepantes: unos afirman que comiendo un pulpo crudo enfermó de cólera, y que así murió, otros que por contener la respiración. Entre éstos está Cércidas de Megalópolis [o de  Creta] quien dice en los Meliambos:
          Ya no es el que el Sinopense,
           el del bastón y del manto
        doblado, viviendo del aire:
          no, que ascendió <…>;
       el diente en el labio hincado,
         el alma misma se cortó.
      De Zeus fuiste hijo de veras, [Diógenes]:
        can, pero can celeste.

    Otros dicen que, queriendo repartir un pulpo entre unos perros, recibió un mordisco en un tendón del pie y falleció. Sus discípulos, sin embargo, según dice Antístenes en las Sucesiones, conjeturaron lo de la contención del aliento. Pues el caso es que estaba viviendo en el Craneo, el gimnasio que está cerca de Corinto; y como de costumbre, llegaron los discípulos y lo hallaron envuelto en su manto, y no se figuraron, por cierto, que estuviera durmiendo, pues no era hombre soñoliento ni dormilón; así que, al alzar la capa,lo hallaron exánime, y supusieron que lo hiciera queriendo escurrirse de lo que de vida le quedaba.

    Se trabó entonces, según se cuenta, una disputa entre los discípulos acerca de quiénes habían de enterrarlo, y aun llegaron a las manos; pero al presentarse los padres y los notables de la ciudad, lo enterraron ellos cerca de la puerta que da al Istmo, y levantaron en su honor una columna, y sobre esta un perro de mármol de Paros. Luego también los ciudadanos lo honraron con una estatua de bronce, en la que inscribieron estas palabras:

       El bronce envejece andando el tiempo, pero tu fama
       toda la eternidad, Diógenes, no  borrará.
    Sólo tú del vivir que se basta a sí mismo lo gloria mostraste
       al hombre mortal, y a su vida   senda más fácil de andar.

    Hay también unos versos nuestros en metro proceleusmático:
    -Diógenes, ay, cuéntamelo, dime qué desgracia te mató.
    -Digo que la culpa fue de un perro que pegóme un mordiscón.

    Algunos cuentan que al morir llegó a ordenar que lo arrojasen insepulto, para que toda bestia tuviera parte de él, o que lo metieran en un hoyo y lo cubrieran con un poco de polvo (o según otros, que lo arrojaran al río Iliso), para que se hiciera útil a sus hermanos. Demetrio, en los Homónimos, dice que el mismo día murieron Alejandro en Babilonia y Diógenes en Corinto; y fue anciano hacia la Olimpiada centésima decimotercera.
    (Traducción de Luis Andrés Bredlow. Editorial Lucina.2010).

    Si como nos dice Laercio, murió por comer un pulpo crudo que su estómago no pudo digerir, murió víctima de su rechazo hasta el final de la vida civilizada y su deseo de vivir lo más natural y animalísticamente posible: ¿qué mayor rechazo puede haber de la civilización que renunciar al fuego civilizador que Prometeo robó a los dioses para los hombres, para que éstos entre otras cosas puediesen cocer los alimentos y no tener que comer sólo lo crudo como el resto de animales?

  • Intelectuales frente al poder (II)

    Los poderosos, detentadores de la fuerza y la violencia, generalmente han desconfiado de los pensadores, aunque se ven obligados a vivir con ellos. El tema del encuentro conflictivo del rey y el sabio es un tópico mundial. Véase https://www.antiquitatem.com/diogenes-alejandro-intelectual-politico. Platón imaginó una República en la que los gobernantes fueran los filósofos, los sabios, los intelectuales, constituidos en casta con una especial educación. El intento de Platón por hacer realidad su teoría en Sicilia con Dioniso el Viejo y luego con su hijo fue un completo fracaso. Probablemente el rey no puede convertirse en filósofo, porque se plantearía su propia condición de rey, ni el filósofo pueda ser rey, porque en el ejercicio del poder dejaría de ser filósofo. En consecuencia parece que están condenados a coexistir.

    La historia nos enseña cómo en ese encuentro entre la fuerza y la inteligencia, en el debate intelectual moralmente siempre vence la inteligencia, pero en la práctica siempre se impone la fuerza.

    Al sabio, al intelectual, le quedan, pues, tres opciones: plegarse servilmente al poder (lo hacen la mayoría), criticar abiertamente al poder (lo hacen unos pocos), alejarse prudentemente del poder (no me atrevo a aventurar una proporción, pero no serán pocos).

    Una cita de Estobeo refiriendo una anécdota de Antístenes el cínico describe perfectamente esta actitud. Estobeo nos dice que cuando se le preguntaba a Antístenes hasta qué punto había que implicarse en las cosas públicas o en los asuntos de la ciudad, respondía:

    Preguntado Antístenes cómo se debe acercar uno a la política, respondió: como al fuego, ni demasiado cerca para no quemarse ni demasiado lejos para no helarse.  (Estobeo. Florilegio,XLV,28).

    Estobeo es un autor griego que escribe en griego, pero su obra fue traducida al latín en el Humanismo. Así en la versión latina de Conrado Gesnero (1516-1565) , editado por Christoph Froschoverus, año 1544, en Suiza, dice  en el capítulo XLIII, en la página 313 (en la edición de Thomas Gaisford corresponde al Título XLV):

    Antisthenes interrogatus quomodo ad rempublicam accedendum sit, respondit: ut ad ignem, neque nimis prope ne uraris, neque longius ne frigeas.

    Parece, pues, que al filósofo le corresponde la actitud contestaría frente al poder, porque si deciden vivir a la sombra del poder, pronto abandonarán su espíritu crítico y libre. Esta es desde luego la actitud de los “cínicos”.

    Antístenes, el creador de la escuela y maestro de Diógenes,  escribió según Diógenes Laercio un libro sobre Aspasia, la mujer de Pericles y otro sobre Alcibiades, en los que sin duda les critica sus defectos.

    Nos lo confirma Ateneo, en su “Banquete de los eruditos”. Hablando del carácter maldiciente de los filósofos, dice de Antístenes, que critica la vida inmoral de Alcibíades,  en V, 220 C-D-E:

    Antístenes, en el segundo de sus Ciro, afirma, vituperando a Alcibíades, que era un criminal en lo que a las mujeres se refiere, y en las restantes facetas de su vida, pues asegura que se acostaba con su madre, con su hija y con su hermana, como los persas.

    Y poco después, en la misma cita, refiriéndose y criticando a  Pericles:

    …;  Aspasia, una calumnia contra Jantipo y Páralo, los hijos de Pericles. En efecto, sostiene que uno de ellos era favorito de Arquéstrato, el cual desempeñaba un oficio semejante al de las mujeres en los burdeles de mala muerte, y que el otro era íntimo y seguidor de Eufemo, que acostumbraba a burlarse vulgar y fríamente de quienes se encontraban con él.

    Y para confirmar este carácter maldiciente de los filósofos sigue diciendo Ateneo de Antístenes en el mismo texto:

    Además, vil y groseramente le cambió el nombre a Platón por el de Satón*, y con este título publicó un diálogo contra él. En efecto, a estos hombres ningún magistrado les parece honrado, ningún estratego sensato, ningún sofista digno de consideración, ningún poeta útil, ningún pueblo prudente, salvo Sócrates, ….

    * Nota: Para entender la vileza en el cambio de nombre a Platón es necesario conocer que el nombre griego Sáthon, con el que solían llamar las nodrizas a los niños, deriva de sáthe, uno de los términos para designar al miembro viril.
    (Traducción y nota de Lucía Rodrïguez-Noriega Guillén. Editorial Gredos)

    Así que ya el primero de los cínicos se mostró crítico con los poderosos de su época, y marcó el camino a seguir por el resto de los cínicos. Diógenes superó con creces al maestro en la acritud con la despreció a los poderosos.

    Antístenes prefería al verdugo que da muerte al malhechor que al tirano que mata inocentes. Asi en  Estobeo.Florilegio,M.49.47 (en un título que en latín se titula De uituperio tyrannidis ) .

    El  filósofo Antístenes prefería en piedad a los verdugos antes que a los tiranos; a una persona que le preguntó el motivo le respondió: porque el verdugo mata a hombres injustos, pero el tirano mata también a inocentes. ('Stoboe., tit. , XLIX, 47, Gaisf., p. 359.)

    En la version latina citada se corresponde con el Título XLVII y dice en la pág. 343 de la citada edición:

    Antithenes philosophus carnifices tyrannis in pietate praeferebat, cuius causam interroganti cuidam respondit: a carnifice quidem homines iniusti interimuntur; a tyranno autem etiam insontes.

    Antístenes, criticando duramente el ansia insaciable de riquezas dijo, según Stobeo, t. X, 12, Thomas Gaisford., p. 294 (Citado a su vez por Chappuis, Antisthenè, Edit. Pág, 98):

    Quien ama el dinero no puede ser una persona de bien, ni como rey ni en la vida privada.

    En la traducción latina de citada está en el Tit. VIII, y dice:

    Avarus nemo bonus, neque rex, neque liber esse potest

    Es la misma actitud que mantiene Diógenes, según cuenta Diógenes Laercio en VI, 43

    “Y cuenta Dionisio el Estoico que, tras la batalla de Queronea, fue conducido prisionero ante Filipo; y preguntándole éste quién era, dijo: ‘El explorador de tu insaciabilidad’; admirado de lo cual aquel le dejó libre.”

    Antístenes desprecia a quienes imponen su delirio a los demás y limitan la libertad de los individuos.

    Esta actitud  contestataria se puso de manifiesto en el relato citado de los encuentros entre Diógenes y Alejandro que ya comenté.

    Por cierto, que Alejandro tuvo por maestro a Aristóteles, llevaba consigo un ejemplar de la Iliada de Homero y respetó y no destruyó la casa de Píndaro en Tebas en reconocimiento de sus valores literarios, pero eso no le impidió actuar con enorme crueldad en muchas ocasiones.

    La diferente actitud de Diógenes y Platón ante los poderosos queda perfectamente dibujada en esta anécdota que cuenta Diógenes Laercio en VI,58:

    Algunos afirman que fue él también a quien Platón, viéndole lavar verduras, se le acercó y le dijo al oído: “Si sirvieras a Dioniso (de Siracusa) no estarías lavando verduras”; y élle respondió asimismo al oído: “Y tú, si lavaras verduras, no estarías sirviendo a Dioniso”

    Otra anécdota nos muestra cómo a Diógenes no le impresiona Alejandro y sus acciones, obras al fin y al cabo de un “misero” ser humano; nos lo cuenta Laercio en VI,44:

    “Cuando Alejandro mandó una vez a Antípatro una carta a Atenas por vía de un tal Atilio (palabra que significa “mísero”), Diógenes, que se hallaba presente dijo: “Mísera misiva de mísero a mísero, por vía de Mísero” (taducción de Luis Andrés Bredow.Edit.Lucina)

    De similar manera Diógenes rechazó la petición de que le visitara que le hizo Crátero, general de Alejandro Magno y uno de sus herederos a su muerte. Nos lo cuenta Laercio en VI,57:

    Cuando Crátero le pidió que lo visitara, dijo: Pues yo prefiero lamer sal en Atenas antes que disfrutar de la prodigiosa hospitalidad de Crátero”.

    Este mismo Diógenes, según cuenta el otro Diógenes, el Laercio, en VI,50,  cuando un tirano le preguntó cuál era el mejor bronce para construir una estatua respondió:

    ”Preguntándole un tirano cuál era el mejor bronce para las estatuas, dijo: aqul del que se hacen los Harmodio y los Aristogitón” .

    Nota: Harmodio y Aristogitón, muertos en el 514 a.C., fueron los que acabaron con el tirano Hiparco de Atenas y por eso se les conoce como los Tiranicidas. Fueron considerados como unos héroes y restauradores de la libertad. Por ello se les levantó una estatua construida por Antenor.

    Nota: Tiranicidio, del griego τύραννος / tyrannos, "tirano" y del latín –cido, de caedo,  "matar."

    También Diógenes le decía a gritos al tirano Dioniso de Siracusa, destituido y reducido a la condición de simple ciudadanos:

    “¡Cómo llevas una vida indigna de ti! No deberías vivir aquí, con nosotros, libremente y con toda seguridad, sino que convendría que estés encerrado allá con los tiranos como tu padre y que llevaras esa vida hasta la vejez”. (Plutarco,Moralia,783.D)

    Hay una anécdota más de Diógenes que parece anticipar uno de nuestros males actuales. Cuenta la anécdota que un día  vio en las calles de Atenas a un ladrón que había robado un jarrón de propiedad del tesoro y lo llevaban detenido  dos guardias. Diógenes dijo, en Diógenes Laercio, Vida de Diógenes, VI, 45:

    “Viendo una vez a los guardianes de un templo llevándose preso a uno de los administradores que había robado una copa, dijo: “Los grandes ladrones se llevan al pequeño”

    Los dos guardias son, naturalmente, los representantes del poder institucionalizado. La justicia no sólo no era ni es igual para todos, sino que la persecución del pequeño delincuente parece encubrir la permisividad con los grandes delitos económicos. Con demasiada abundancia estamos asistiendo a la impunidad de quienes hunden grandes empresas bancarias que han de ser rescatadas con dinero de todos o dilapidan el dinero público.

    Cuando en otra ocasión le preguntaron a Diógenes cuáles eran los animales más feroces, respondió,según Antonio y Maximo. De lucri cupiditate,226:

    “En las montañas los osos y los leones; en las ciudades los funcionarios y los sicofantas”

    Diogenes interrogatus, quaenam essent ferae pessimae, dixit: In montibus ursi et leones,in civitatibus vero publicani et sycophantae

    Nota: losSicofantas son los delatores.

    Laercio lo cuenta de manera incomprensible por incompleto en VI,51. Conviene saberlo para comprender alguna de las dificultades que tiene la transmisión de los textos antiguos:

    Preguntado cuál es el más dañino de los animales, dijo: “De los salvajes el delator; de los domésticos, el adulador”

    También otros cínicos, como Crates, uno de los más famosos discípulos del “Perro”, como dice Laercio (VI, 85), que por cierto formó pareja con una de las pocas mujeres griegas de las que conocemos su nombre y hechos, Hiparquia, filósofa también cínica locamente enamorada de él, también desprecia el enorme poder de Alejandro que tantas ciudades destruyó y construyó. Nos cuenta Diógenes Laercio en VI, 93:

    A Alejandro, quien le preguntó si quería que se reconstruyera su ciudad natal (Tebas), le contestó: “¿Para qué? Acaso luego otro Alejandro la volverá a destruir”.

    La tarea del filósofo es la de la resistencia, la insurrección,la rebelión, la insumisión.
    En el  artículo anterior comentaba, como decía, la actitud irrespetuosa y contestaría del filósofo cínico Diógenes de Sinope. Los fiolósofos “perros”,  los cínicos, son en la Antigüedad el prototipo de pensador antisistema, anarcoide y libertario y por tanto muy críticos con el poder.

    Diógenes es el más famoso representante de esta línea de pensamiento o escuela que no llega a plasmar sus ideas en obras sistemáticas de pensamiento, si bien es cierto que son muy pocos los restos que nos quedan de lo que escribieron.

    Pues bien, además de Diógenes hay otros muchos ejemplos de intelectuales que critican al poderoso y con ello al poder, sufriendo las duras consecuencias del castigo real. La mayor parte de ellos fueron cínicos pero también fueron  estoicos.

    La actitud de los cínicos es de enfrentamiento directo “y a voces” con los poderosos y con los ciudadanos. Los estoicos son más prudentes.

    Puede reflejar esta actitud un fragmento de la Carta 103 de Séneca a Lucilio en la que le aconseja que desconfíe de los hombres, porque pueden hacer mucho mal a otros hombres, y que se refugie en la filosofía; pero que no ejerza la filosofía con altanería:

    Séneca, Cartas a Lucilio, 103, 4:

    ……. Pero refúgiate tanto como puedas en la filosofía: en su seno hallarás protección y en ese santuario estarás seguro, por lo menos más seguro. No tropiezan unos con otros sino cuando siguen la misma vía. Pero no uses la filosofía con jactancia: para muchos fue causa de peligro el hecho de haberla conducido por caminos de altanería y arrogancia: es menester que te cures de los vicios sin retar a los demás hombres. No menosprecies las costumbres públicas, ni procedas de tal modo que parezcas condenar todo lo que no sea ella misma. La sabiduría puede andar sin pompa y sin malevolencia. Consérvate bueno.

    Quantum potes autem, in philosophiam recede: illa te sinu 1 suo proteget, in huius sacrario eris aut tutus aut tutior. Non arietant inter se nisi in eadem ambulantes via. 2 Ipsam autem philosophiam non debebis iactare; multis fuit periculi causa insolenter tractata et contumaciter.
    [5] Tibi vitia detrahat, non aliis exprobret. Non abhorreat a publicis moribus nec hoc agat, ut quicquid non facit, damnare videatur. Licet sapere sine pompa, sine invidia. VALE.

    Y sin embargo una de las funciones sociales de la filosofía es la de ser crítica con el poder y el poderoso.  Quizás no con la pasión con la que se expresaba Crates  pero tampoco con la pasividad que hace que hoy la filosofía no solo no sea una norma de vida y conducta, sino que la ha reducido a pura teoría y estudio libresco.

    Decía Crates, en Diógenes Laercio, VI, 92:

    “Decía que hay que filosofar hasta el punto de que los generales nos parezcan ser arrieros de acémilas”.

    Esta actitud crítica de los filósofos antiguos frente al poder nos sugiere plantear el papel hoy de la filosofía…

    Pero, ¿juega hoy algún papel la filosofía en la sociedad? ¿No hace demasiado tiempo que quedó confinada en la escuela, reducida al estudio de los libros de filosofía sin relación alguna con la vida de la calle? Como dijo Nietzsche en Conversaciones intempestivas,3a,2  (Schopenhauer como educador):

    “La única crítica posible de una filosofía, la que demuestra algo, la que consiste en ver si se puede vivir con arreglo a dicha filosofía, jamás ha sido enseñada en las universidades, que se contentan con hacer una crítica de palabras con palabras,”

    Nietzsche, Unzeitgemäße Betrachtungen (Schopenhauer als Erzieher)

    Die einzige Kritik einer Philosophie, die möglich ist und die auch etwas beweist, nämlich zu versuchen, ob man nach ihr leben könne, ist nie auf Universitäten gelehrt worden: sondern immer die Kritik der Worte über Worte.

    Más aún, podemos incluso preguntarnos: ¿Tienen sentido hoy en nuestra sociedad “filósofos cínicos”?  ¿No son tan necesarios ahora como hace 2000 años los intelectuales o "filósofos" críticos con el poder, ahora globalizado y en manos de unos pocos?

  • Por una alimentación sana y equilibrada

    Aproximadamente 800 millones de personas en el mundo tienen una alimentación insuficiente, es decir, una de cada nueve pasa hambre. Unos pocos millones, sobre todo en Europa y Norteamérica, viven en la abundancia y de ellos los más ricos disfrutan de una alimentación de lujo y despilfarro que no es sino un gran escándalo. Aquí algunos cocineros gozan de enorme fama y consideración, los restaurantes son calificados y distinguidos no sólo por la calidad de sus alimentos sino por la novedad de los platos ofrecidos. Guías especializadas los califican y distinguen con símbolos ya famosos, estrellas, tenedores, etc. Algo parecido ocurrió en la opulenta Roma (https://www.antiquitatem.com/annona-panem-circenses-apicio-satiricon) , en la que coexisten miles de individuos hambrientos con unos cuantos glotones y golosos sin límite. De ellos sin duda el más famoso es un tal Marco Gavio Apicio, que vivió en el siglo I y fue autor de un famoso libro de cocina titulado De re coquinaria, “Libro de cocina”, del que algún día comentaré algo.

    El filósofo estoico y moralista Séneca (4 a. C.–65 d. C) crítica en una carta a su amigo Lucilio el escandaloso gasto que algunos ciudadanos hacen en sus comilonas y la sofisticación de una cocina que transforma los alimentos hasta hacerlos irreconocibles.

    Se me asemeja este tratamiento de los alimentos a los afamados platos actuales de cocina deconstruida o desestructurada en los que las cosas son lo que no parecen.

    Critica también Séneca la combinación de platos y alimentos de sabores encontrados y contrapuestos en llamativa mezcolanza y complejidad que no pueden sino causar enfermedades cada día más raras y complejas.

    Se me asemeja esto también a las continuas informaciones y planes dietéticos, contradictorios unos con otros, con que se nos asaetea todos los días empresas ávidas de ganancias: un día se ensalzan las cualidades de un determinado alimento para ser denostado algún tiempo después; algunos son directamente demonizados y prohibidos, aunque el hombre los haya consumido desde sus orígenes.

    Es llamativa a este respecto la reciente recomendación de no consumir o limitar la ingesta de carne preparada por el hombre. Es curioso que exista también un movimiento reivindicativo de lo que llaman la “dieta paleolítica”, consistente en comer carne cruda, rechazando así uno de los mayores inventos del hombre, el fuego, y desconociendo que nuestros antepasados paleolíticos la carne que durante mucho tiempo ingirieron fue la de carroña o animales muertos, que no cazados.

    En fin, que una vez más compruebo que lo que parecía muy moderno no deja de ser tan  viejo, al menos, como el mundo grecorromano.

    Sépase por lo demás que el asunto de la “alimentación” es incidental en la carta, con la que pretende demostrar a su amigo la insuficiencia de la filosofía teórica. Así que aconsejo, para quien lo desee, una lectura completa de la carta 95.

    Séneca, Cartas Morales a Lucilio,  95, 14 y ss.
    ….
    Indudablemente, la sabiduría antigua fue, como decía, ruda, especialmente en su nacimiento, no menos que las demás artes, el refinamiento de las cuales ha ido creciendo con el tiempo. Pero tampoco había necesidad de remedios muy sutiles. Aún la maldad no había llegado tan arriba ni se había propagado tan lejos: a unos vicios simples podían oponerse unos remedios simples. Hoy día precisan unos remedios más poderosos cuanto más poderosos son los males que nos atacan.

    La medicina era antiguamente la ciencia de unas cuantas hierbas apropiadas para restañar los flujos de sangre o a cicatrizar las heridas. Después ha llegado poco a poco a esta variedad tan grande de remedios. Y no es de extrañar que tuviese menos trabajo en organismos robustos y enteros, alimentados con manjares sencillos, no maleados aquellos aún por el arte y la sensualidad. Pero desde que, en lugar de satisfacer el hambre, no se busca sino excitarla, y se inventan mil condimentos para aguzar el apetito, aquello que era un alimento para los necesitados tornóse un peso para los saciados. De aquí provino la palidez, y aquel temblor de los nervios embebidos de vino y las delgadeces de la indigestión más deplorables que las del hambre. De aquí aquel caminar incierto, siempre vacilante, tal como el de la propia embriaguez.De aquí aquella agua que se pone bajo la piel, y el vientre hinchado por haberse acostumbrado a contener más de lo que podía; de aquí aquel derrame cetrino de la hiel y el rostro descolorido, y la consunción de los cuerpos que se pudren por dentro, y los dedos retorcidos con las articulaciones yertas, y los músculos insensibles y distendidos y perezosos, o bien trémulos en una agitación continua. ¿Qué diré de los vahídos, de los dolores de ojos, del roer de los dolores de un cerebro inflamado y de las úlceras internas de los conductos por donde se exonera el organismo, y aun de las innumerables clases de fiebres, que ya nos atacan impetuosamente, ya nos penetran como un veneno lento, ya se llegan a nosotros con escalofríos y gran temblor de miembros? ¿Por qué recordar otras incontables enfermedades, suplicios de la vida desordenada?

    Libres andaban de estos males aquellos que aun no se habían entregado a las delicias, que eran dueños y servidores de sí mismos, que endurecían sus cuerpos con el trabajo y la verdadera resistencia por medio de la carrera fatigosa, o de la caza, o de las labores agrícolas, y después injerían alimentos que sólo podían ser agradables a gente hambrienta. Por esto no necesitaban tanta provisión de médicos, aparatos y cajas. Las enfermedades eran simples como sus causas: la muchedumbre de enfermedades ha sido producida por la muchedumbre de manjares. Mira cuántas cosas mezcla, para hacerlas pasar por la garganta, aquella furia devastadora de mares y tierras. Cosas tan diversas no puede ser, que una vez engullidas, no se combatan unas a otras y se digieran mal a causa de tantas tendencias diversas. No es, pues de extrañar que de manjares tan desavenidos nazcan enfermedades tan caprichosas y variadas, y que elementos tan diversos, encerrados en un mismo lugar, sean rechazados hacia afuera. De aquí viene que nuestras dolencias sean tan variadas como nuestro vivir. 

    El príncipe de los médicos (Hipócrates) y fundador de la medicina dijo que las mujeres no están sujetas a la caída del cabello ni a dolores de pies,  a pesar de todo les cae el cabello y sufren de gota. No ha cambiado la naturaleza de las mujeres, sino que ha sido vencida, ya que al haber igualado el libertinaje de los hombres han adquirido también las dolencias de éstos. No trasnochan menos que ellos, ni beben menos; los desafían ne las luchas atléticas y en la embriaguez; como ellos, vomitan lo que han ingerido a disgusto del estómago, y arrojan tanto vino como han bebido, y como ellos mascan nieve para solaz del febricitante estómago. En lujuria no ceden en nada a los hombres; destinadas por la Naturaleza a un papel pasivo -¡los dioses y las diosas las exterminen!- han inventado un perversísimo sistema de impudicia para entrar en los hombres. ¿Qué tiene, pues, de extraño que el mayor de los médicos y el mejor de los conocedores de la Naturaleza sea encontrado en falsedad, ya que son tantas las mujeres atacadas de gota y de calvicie? Han perdido con los vicios los beneficios de su sexo, y por haberse desvinculado de su condición de mujeres han sido condenadas a las enfermedades de los hombres.

    Los médicos antiguos no sabían prescribir la frecuencia de las comidas, ni sostener un pulso desfalleciente con vino; no sabían extraer sangre, ni atemperar con  baños y sudaciones una enfermedad crónica; no sabían por medio de ligaduras de piernas y brazos desviar a las extremidades un mal secreto residente en el centro del organismo. No precisaba buscar muchas suertes de auxilios; pero ahora, ¡cuán lejos han llegado los azotes de la salud! Así se pagan los réditos de los placeres, anhelados sin ninguna medida ni respeto. No te extrañe que las enfermedades sean innumerables: cuenta los cocineros. Ya no se habla de estudios y los que profesan artes liberales, abandonados por todos, se sientan en unas escuelas desiertas. En las aulas de retóricos y filósofos no campea más que la soledad, pero ¡cuánta concurrencia en las cocinas, cuánta juventud se aglomera cabe los hornillos de los disipadores!  Paso por alto aquellos grupos de muchachos infelices que, terminados los banquetes, son aguardados en las cámara para mayores ignominias. Paso por alto aquellos grupos de adolescentes clasificados por naciones y colores, en forma que los de cada fila tengan el mismo brillo, la misma cantidad de vello, el mismo color de cabello, y que no se mezclen los de cabellera rizada con los que la tengan lisa. Paso por alto la turba de pasteleros, de mocitos que a una señal dada circulan para servir la cena.

    ¡Oh dioses, cuántos hombres hace trabajar un solo vientre! ¿Qué? ¿Crees que no trabajan ocultamente aquellas setas, venenos voluptuosos aunque no maten de golpe? Y esta nieve en pleno estío, ¿no crees que procura obstrucciones al hígado? Esas ostras, carne muy indigesta, engordadas con limo, ¿no imaginas que pueden contagiarnos algo de su pesadez fangosa? Y esa salsa de la sociedad, preciosa podredumbre de pescados malos (garum), ¿no crees que quema las entrañas con su salmuera ácida? Estos guisos purulentos que pasan inmediatamente del fuego a la boca, ¿crees que se apagan sin lesionar las entrañas? ¡Qué eructos tan impuros y pestilentes, qué asco de uno mismo en las exhalaciones de un pasado hartazgo! Piensa que lo que se ha comido no se digiere, se pudre.

    Recuerdo que un tiempo atrás se habló de un plato famoso en el cual había sido reunido todo lo que retiene un día entero en la mesa a nuestros golosos, por un comilón que parecía anhelante de su propia ruina: conchas de Venus, espóndilos, ostras con los bordes recortados de manera que sólo quedaba lo que se tenía que comer: erizos de mar señalaban la división entre ellas, y encima de todo un techo de salmones cortados y sin espina. Cansaba comer plato por plato: los sabores habían sido reunidos en uno solo. Se hace ya a la mesa aquello que se realiza en el vientre del hombre saciado: ¡aun quiero ver servir manjares mascados! ¿Es mucho menos sacar las conchas y los huesos,  encargando al cocinero el trabajo de los dientes? Es demasiado molesto gustar de los manjares uno por uno: es menester servirlos juntos convertidos en un solo sabor. ¿Por qué tengo que extender el brazo para una sola cosa? Vengan muchas a la vez, que se unan y se combinen las cualidades de muchos manjares. Sepan, pues, aquellos que andaban diciendo que la mesa era un medio de ostentación y de gloria, que aquí ya no se presentan los guisos, sino que es menester adivinarlos. Los manjares que se servían por separado vengan todos a la vez aderezados con la misma salsa; no es posible distinguir nada: ostras, erizos de mar, espóndilos, barbos, se sirven mezclados y cocidos a la vez. La comida no es más confusa que si la hubieses vomitado. Tan mezcladas como estos manjares son poco sencillas las enfermedades que de ellos resultan, enfermedades no descomponibles, complejas, multiformes, contra las cuales la medicina ha comenzado también a armarse de toda suerte de remedios y observaciones.

    Lo mismo te digo de la filosofía. Hubo un tiempo en que fue más simple: cuando eran más simples los pecados de los hombres se curaban con remedios más ligeros, pero contra este desastre de las costumbres  es menester intentar todos los esfuerzos. ¡Y ojalá que sea como fuere, este azote pueda ser dominado!…

    Por si fueran insuficientes las críticas al despilfarro realizadas, poco después añade un elemento más que nos recuerda también el precio desorbitado que actualmente se paga por un buen pescado, por un atún rojo por ejemplo en Japon, o el primer salmón de un río asturiano, por el que compiten los restaurantes afamados de la zona.

    Dice Séneca en la misma carta, párrafos 41 y ss.:

    ¿Qué hay más escandaloso que un festín opulento que consume el censo de un cabalalero? ¿Qué tan digno de la nota del censor si, como dicen esos derrochadores, esto tiene que ser concedido a él mismo y a su condición? Sea como fuere, ha habido cenas de ceremonia que han costado trescientos mil sestercios a personas frugalísimas.

    Una misma cosa, si es otorgada a la gula, es vergonzosa; si al honor, queda libre de censura, pues ya no es lujo, sino un dispendio para la solemnidad pública. Tiberio César hizo llevar a vender al mercado un barbo de enorme tamaña -¿por qué no añadir el peso para excitar la gula de algunos?; dicen que pesaba cuatro libras y media-, diciendo: “Amigos, o yo me engaño mucho, o este barbo será comprado por Apicio o P. Octavio”. Su conjetura resultó mejor de lo que aguardaba. Se abre la subasta, vence Octavio y se lleva para los suyos la inmensa gloria de haber comprado por cinco mil sestercios un pescado que César había vendido y que Apicio no había podido comprar. Vergonzoso fue para Octavio dispendio semejante, pero no para aquel que lo hubiese comprado para enviarlo a Tiberio, por más que yo también le censuraría por haber admirado una cosa de la cual creyó digno al César.
    (Traducción de JaimeBofill y Ferro. Editorial Iberia. Barcelona. 1965)

    Fuit sine dubio, ut dicitis, vetus illa sapientia cum maxime nascens rudis non minus quam ceterae artes, quarum in processu subtilitas crevit. Sed ne opus quidem adhuc erat remediis diligentibus. Nondum in tantum nequitia surrexerat nec tam late se sparserat. Poterant vi tus simplicibus obstare remedia simplicia; nunc necesse est tanto operosiora esse munimenta, quanto vehementiora sunt, quibus petimur.
    Medicina quondam paucarum fuit scientia herbarum, quibus sisteretur fluens sanguis, vulnera coirent; paulatim deinde in hanc pervenit tam multiplicem varietatem. Nec est mirum tunc illam minus negotii habuisse firmis adhuc solidisque corporibus et facili cibo nec per artem voluptatemque corrupto, qui postquam coepit non ad tollendam, sed ad inritandam famem quaeri et inventae sunt mille conditurae, quibus aviditas excitaretur, quae desiderantibus ali menta erant, onera sunt plenis.
    Inde pallor et nervorum vino madentium tremor et miserabilior ex cruditatibus quam ex fame macies. Inde incerti  labantium  pedes et semper qualis in ipsa ebrietate titubatio. Inde in totam cutem umor admissus distentusque venter, dum male adsuescit plus capere quam poterat. Inde suffusio luridae bilis et decolor vultus tabesque in se putrescentium et retorridi digiti articulis obrigescentibus nervorumque sine sensu iacentium torpor aut palpitatio  sine intermissione vibrantium.
    Quid capitis vertigines dicam ? Quid oculorum auriumque tormenta et cerebri exaestuantis verminationes et omnia, per quae exoneramur, internis ulceribus adfecta ? Innumerabilia praeterea febrium genera, aliarum impetu saevientium, aliarum tenui peste repentium, aliarum eum horrore et multa membrorum quassatione venientium ?
    Quid alios referam innumerabiles morbos, supplicia luxuriae ?
    Immunes erant ab istis malis, qui nondum se deliciis solverant, qui sibi imperabant, sibi ministrabant. Corpora opere ac vero labore durabant aut cursu defatigati aut venatu aut tellure  versanda.  excipiebat illos cibus, qui nisi esurientibus placere non posset. Itaque nihil opus erat tam magna medicorum supellectile nec tot ferramentis atque pyxidibus. Simplex erat ex causa simplici valitudo; multos morbos multa fericula fecerunt.
    Vide, quantum rerum per unam gulam transiturarum permisceat luxuria, terrarum marisque vastatrix. necesse est itaque inter se tam diversa dissideant et hausta male  male digerantur aliis alio nitentibus. Nec mirum, quod inconstans variusque ex discordi cibo morbus est et illa ex contrariis naturae partibus in eundem compulsa redundant. Inde tam multo  aegrotamus genere quam vivimus.
    Maximus ille medicorum et huius scientiae conditor feminis nec capillos defluere dixit nec pedes laborare; atqui et capillis destituuntur et pedibus aegrae sunt. Non mutata feminarum natura, sed victa est; nam cum virorum licentiam aequaverint, corporum quoque virilium incommoda aequarunt.
    Non minus pervigilant, non minus potant, et oleo et mero viros provocant; aeque invitis ingesta visceribus per os reddunt et vinum omne vomitu remetiuntur; aeque nivem rodunt, solacium stomachi aestuantis. Libidine vero ne maribus quidem cedunt, pati natae, di illas deaeque male perdant! Adeo perversum commentae genus inpudicitiae viros ineunt. Quid ergo mirandum est maximum medicorum ac naturae peritissimum in mendacio prendi, cum tot feminae podagricae calvaeque sint ? Beneficium sexus sui vitiis perdiderunt et, quia feminam exuerant, damnatae sunt morbis virilibus.
    Antiqui medici nesciebant dare cibum saepius et  vino fulcire venas cadentes, nesciebant sanguinem mittere et diutinam aegrotationem balneo sudoribusque laxare, nesciebant crurum vinculo brachiorumque latentem vim et in medio sedentem ad extrema revocare. Non erat necesse circumspicere multa auxiliorum genera, eum essent periculorum paucissima.
    Nunc vero quam longe processerunt mala valitudinis ! Has usuras voluptatium pendimus ultra modum fasque concupitarum. Innumerabiles esse morbos non miraberis: cocos numera. Cessat omne studium et liberalia professi sine ulla frequentia desertis angulis praesident. In rhetorum ac philosophorum scholis solitudo est; at quam celebres culinae sunt, quanta circa nepotum focos iuventus premitur !
    Transeo puerorum infelicium greges, quos post transacta convivia aliae cubiculi contumeliae exspectant. Transeo agmina exoletorum per nationes coloresque discripta, ut eadem omnibus levitas sit, eadem primae mensura lanuginis, eadem species capillorum, ne quis, cui rectior est coma, crispulis misceatur. Transeo pistorum turbam, transeo ministratorum, per quos signo dato ad inferendam cenam discurritur. Di boni, quantum hominum unus venter exercet! Quid ? Tu illos boletos, voluntarium venenum, nihil occulti operis iudicas facere, etiam si praesentanei non fuerunt ?
    Quid ? Tu illam aestivam nivem non putas callum iocineribus obducere ?  Quid ? Illa ostrea, inertissimam carnem caeno saginatam, nihil existimas limosae gravitatis inferre ? Quid ? Illud sociorum garum, pretiosam malorum piscium saniem, non credis urere salsa tabe praecordia ? Quid ? Illa purulenta et quae tantum non ex ipso igne in os transferuntur, iudicas sine noxa in ipsis visceribus extingui ? Quam foedi itaque pestilentesque ructus sunt, quantum fastidium sui exhalantibus crapulam veterem ! Scias putrescere sumpta, non concoqui.
    Memini fuisse quondam in sermone nobilem patinam, in quam quicquid apud lautos solet diem ducere, properans in damnum suum popina congesserat; veneriae spondylique et ostrea eatenus circumcisa, qua eduntur, intervenientibus distinguebantur echinis. Totam dissecti structique  sine ullis ossibus mulli constraverant.
    Piget esse iam singula; coguntur in unum sapores. In cena fit, quod fieri debebat  in ventre. Expecto iam, ut manducata ponantur. Quantulo autem hoc minus est, festas excerpere atque ossa et dentium opera cocum fungi ? " Gravest luxuriari per singula; omnia semel et in eundem saporem versa ponantur. Quare ego ad unam rem manum porrigam ? Plura veniant simul,  multorum ferculorum ornamenta coeant et cohaereant.
    Sciant protinus hi, qui iactationem ex istis peti et gloriam aiebant, non ostendi ista, sed conscientiae dari. Pariter sint, quae disponi solent, uno iure perfusa. Nihil intersit: ostrea, echini, spondyli, mulli perturbati concoctique ponantur." Non esset confusior vomentium cibus.
    Quomodo ista perplexa sunt, sic ex istis non singulares morbi nascuntur, sed inexplicabiles, diversi, multiformes, adversus quos et medicina armare se coepit multis generibus, multis observationibus.
    Idem tibi de philosophia dico. Fuit aliquando simplicior inter minora peccantes et levi quoque cura remediabiles; adversus tantam morum eversionem omnia conanda sunt. Et utinam sic denique lues ista vindicetur !

    ……
    Párr.. 41 y ss.

    Quid est cena sumptuosa flagitiosius et equestrem censum consumente ? Quid tam dignum censoria nota, si quis, ut isti ganeones loquuntur, sibi hoc et genio suo praestet ? Et deciens  tamen sestertio aditiales cenae frugalissimis viris constiterunt. Eadem res, si gulae datur, turpis est; si honori, reprensionem effugit. Non enim luxuria, sed inpensa sollemnis est.
    Mullum ingentis formae—quare autem non pondus adicio et aliquorum gulam inrito ? quattuor pondo et selibram fuisse aiebant—Tiberius Caesar missum sibi cum in macellum deferri et veniri iussisset: " amici," inquit, " omnia me fallunt, nisi istum mullum aut Apicius emerit aut P. Octavius." Ultra spem illi coniectura processit: liciti sunt, vicit Octavius et ingentem consecutus est inter suos gloriam, cum quinque sestertiis emisset piscem, quem Caesar vendiderat, ne Apicius quidem emerat. Numerare tantum Octavio fuit turpe, non illi,  qui emerat, ut Tiberio mitteret, quamquam illum quoque reprenderim; admiratus est rem, qua putavit Caesarem dignum.

  • Dión Crisóstomo recrea el encuentro entre Diógenes y Alejandro y expone sus ideas sobre el origen del poder.

    La anécdota más famosa del primer encuentro de Diógenes con Alejandro Magno le sirvió más tarde a Dión Crisóstomo para recrear el encuentro, ironizar sobre el poder y los poderosos y exponer sus ideas sobre el origen divino del poder y la legitimación de su ejercicio.

    El joven Alejandro murió a los treinta y tres años, se convirtió en un semidios en vida y luego en un mito, cuyos ecos llegan hasta el mundo actual. Su vida, repleta de hechos maravillosos y también otros menos gloriosos, queda adornada de todo tipo de referencias y utilizada para todo tipo de fines educativos, morales o de simple diletantismo.

    Diógenes Crisóstomo es uno de los autores que se sirve del eco de Alejandro y también del eco del filósofo cínico Diógenes para exponer sus teorías sobre el poder, cuyo mejor representante y personificación puede ser Alejandro.

    A los encuentros de Alejandro con el filósofo “perro” ya he dedicado un artículo. Véase https://www.antiquitatem.com/diogenes-alejandro-intelectual-politico

    El texto de Dión puede resultar un poco largo, pero merece leerlo con un poco de calma y meditación: resulta una vez más intrigante comprobar cómo las ideas inculcadas una y otra vez en nuestro inconsciente cultural tienen muchos cientos, varios milenios de antigüedad.

    Dión Crisóstomo (Δίων Χρυσόστομος) es un autor griego de época imperial romana mezcla de retórico y filósofo. Si el nom bre Dión es una forma cariñosa, familiar, hipocorística, de "Dios", Δίωs, genitivo de Zeus; el apelativo "Crisóstomo", Χρυσόστομος, de Χρυσόσ, krisos, oro, y  στόμα, stoma, boca, hace referencia a su "piquito de oro" con popular expresión castellana, a su facilidad de expresión o capacidad retórica.

    Nació hacia el año 40, así que vivió en la segunda mitad del siglo I y primeras décadas del siglo II; nació en Pursa, hoy Bursa, pequeña ciudad de la actual Turquía. Tuvo notable éxito en vida y posteriormente, porque de él, aunque se han perdido numerosas obras, también se conservan más de ochenta discursos. Recorrió numerosas lugares deleitando al auditorio con sus “discursos”, o “dando conferencias” como diríamos hoy.  Perseguido por el emperador Domiciano, que castigó a cuantos se le opusieron de alguna forma, luego fue amigo y protegido de Nerva y Trajano. Domiciano mostró una inquina especial por los filósofos e intelectuales, a los que expulsó de Roma en varias ocasiones.

    Como filósofo mantuvo a su vez una postura intermedia o mezcla de cinismo y estoicismo moralizante. En lo referente al poder su postura era bien distinta de la cínica, que es muy crítica cuando no abiertamente contraria a toda autoridad. Como Homero, a quien él mismo recuerda, piensa que el basileus o rey es un elegido de la divinidad y gobierna al mundo en su nombre. Es como un pastor que cuida de sus ovejas. El poder no es un privilegio personal sino una pesada carga y obligación que ha de ejercer el gobernante en beneficio de los gobernados. El gobernante es como un padre benefactor de súbditos libres que deben amarle y obedecerle. Naturalmente el rey, elegido por la divinidad, ha de ser bueno, justo y sabio para realizar bien su función.

    Bien evidente es con cuánto éxito fructificaron estas ideas estoicas en la Antigüedad en tiempos de los emperadores romanos, con las que coincide exactamente el pensamiento cristiano, que dos siglos más tarde se impondrá políticamente en todo el Imperio romano. Esta es la idea que se afianza en la Edad Media y que en algunos casos ha llegado hasta nuestros días: recuérdese la leyenda que no hace tanto ilustraba las monedas españolas con la efigie del jefe dictador Francisco Franco: “caudillo de España por la gracia de Dios”. El estudio de la influencia de los escritos y pensamiento de Dión en la posteridad es un tema de gran interés. Recordemos que de él se han conservado al menos ochenta discursos precisamente por el interés y asiduidad con que fue leído posteriormente.

    De su Discurso IV Sobre la realeza, en el que reproduce el encuentro entre Diógenes y Alejandro Magno y que debió escribir hacia el año 100 y que tal vez leyera ante el propio Trajano, haré un amplio resumen, con el consejo por otra parte de que el lector interesado lea el discurso completo y otros varios de la amplia obra de Dión.

    Dión parece en este discurso demostrar la superioridad del filósofo, del intelectual, frente al rey, pero ello admitiendo la existencia de la monarquía o poder como institución política, en flagrante contradicción con la postura de los cínicos como Diógenes. Es más, el verdadero rey es hijo de Zeus, como ya dijo Homero, aunque luego la condición de rey verdadero haya de ser ratificada por las cualidades espirituales  y morales y no por la fuerza del poder militar de las armas.

    Tal vez el discurso fue pronunciado ante Trajano en la celebración de su cumpleaños en el año 103. Trajano según Dión fue agraciado con un buen “daimon” o espíritu que dirigió eficazmente su actuación.

    Por otra parte el lector podrá apreciar en estos fragmentos la condición de retórico y a la vez filósofo del exitoso Dión.

    Comienza Dión Crisóstomo su "Discurso IV Sobre  la realeza IV”  narrando el encuentro, que ya conocemos con menos detalle y retórica del artículo antes citado :

    Nota: los textos corresponden a la traducción de Gaspar Morocho Gayo. Editorial Gredos.Madrid. 1988

    párrafos 1-15:

    Se cuenta que un día, Alejandro, que no tenía demasiados asuetos, se encontró con Diógenes que tenía mucho tiempo libre. El uno, efectivamente, reinaba sobre los macedonios y muchos otros pueblos; el otro estaba desterrado de Sínope. Muchos de los que cuentan de viva voz o escriben esta historia quedan maravillados de la franqueza de Diógenes, pero no admiran y alaban menos a Alejandro, que, siendo gobernante de tantos pueblos y el más poderoso de los monarcas de aquel tiempo, no desdeñaba el trato con un hombre pobre, pero dotado de entendimiento y de capacidad de aguante.

    Es un rasgo de la naturaleza humana el que todos los hombres sientan regocijo cuando ven el buen  juicio honrado por la suprema magistratura y potestad, hasta el punto de que acerca de tales hombres no solamente divulgan la verdad, sino que incluso modelan la historia sobrepasando la ficción. Además se quitan a los sabios todos las otras cualidades: riqueza, honores, vigor corporal, a fin de que parezca que no son honrados más que por su inteligencia. Pero, como es lógico, yo querría deciros cómo parece que ocurriera esta entrevista, ya que nosotros nos encontramos libres de otras ocupaciones apremiantes.

    Así pues, Alejandro, según se dice, era entre todos los hombres el más entusiasmado por el honor y el más enamorado de la gloria. Se esforzaba en dejar tras de sí la mejor fama y el mayor renombre que pudiese encontrarse entre todos los helenos y bárbaros venideros. Y deseaba, en efecto, recibir honores no solamente entre los hombres de casi todo el universo, sino también entre los pájaros y las fieras montaraces. Así, pues, menospreciaba a los demás hombres y no creía que ninguno fuese digno rival para medirse con él en asuntos de gobierno, ni el rey de Persia, ni el de Escitia, ni el de la India y ni ningún griego, ni ninguna de las ciudades de la Hélade. En efecto, se daba cuenta de que casi todos habían arruinado sus almas, vencidos por la molicie, la ociosidad, el amor por las ganancias y la voluptuosidad. En cuanto a Diógenes, por el contrario, informado de los razonamientos que hacía, de las acciones que ejecutaba y de la manera con la que soportaba el destierro, a veces lo menospreciaba por su pobreza y simplicidad, como joven que era Alejandro y criado en el boato regio, pero con frecuencia lo admiraba y tenía celos de él por su coraje y su fortaleza y, sobre todo, por la gloria que Diógenes había adquirido, ya que siendo un cualquiera era conocido por todos los helenos, que lo admiraban, porque Alejandro no tenia rival que pudiese mostrar una ambición parecida a la suya. Además, Alejandro tenía necesidad de la falange macedonia, de la caballería tesalia, de los tracios, de los peonios y de otra multitud de pueblos para ir donde quería y conseguir lo que deseaba; mientras que Diógenes, completamente solo, marchaba absolutamente seguro, no solamente de día sino de noche, allí donde le gustase ir. Además, Alejandro necesitaba oro y plata en cantidad para cumplir sus deseos, y aún más, si quería ser obedecido por los macedonios y por los demás helenos, se veía obligado a recurrir a promesas y, muchas veces a dádivas con los gobernantes y el resto del pueblo. Diógenes, por el contrario, no hacía la corte para granjearse el favor de nadie, sino que decía a todos la verdad, no poseía ni una dracma, vivía a su manera y no desistía de ninguno de sus proyectos, llevaba en su aislamiento la existencia que él juzgaba la mejor y más dichosa, y no cambiaría su pobreza por el trono de Alejandro ni por las riquezas juntas de los medos y los persas.

    Por eso precisamente Alejandro estaba herido en lo más vivo, por el pensamiento de que otro tuviese sobre él la ventaja de llevar semejante vida, tan fácil tan retirada y tan exenta de disgustos, y cuyo renombre, además no sería inferior al suyo propio. Quizá también creyese Alejandro que ganaría algo en el trato con este hombre; por eso, desde hacía mucho tiempo deseaba verlo y conversar con él. Cuando Alejandro vino a Corinto, después que recibió a los embajadores de los Estados griegos y despachó los demás asuntos de sus aliados, declaró a los de su séquito que quería tener  un rato de asueto y se marchó, no diría yo a llamar a la puerta de Diógenes, porque Diógenes, en efecto, no tenia puertas, ni grandes ni pequeñas, ni casa que le fuese propia, ni hogar, como los dichosos de este mundo; sino que las ciudades le servían de estancia y allí pasaba su vida en los edificios públicos y en los templos que están consagrados a los dioses, y pensaba que su casa era la tierra toda entera, hogar común y común nodriza de todo el género humano. En aquel momento se encontraba Diógenes en el Craneo completamente solo, pues no tenía a su alrededor ni discípulos ni esa multitud que rodea a los sofistas, a flautistas y a maestros de danza. Así, pues, Alejandro avanzó hacia el filósofo que estaba sentado y lo saludó, y Diógenes le lanzó una mirada terrible, a la manera de los leones, y le pidió que se apartara un poco, ya que en aquel momento se encontraba calentándose al sol.

    Alejandro quedó al instante complacido de ver la audacia y la serenidad de aquel hombre que no se había turbado delante de él. Efectivamente, en cierto modo resulta natural que los hombres valientes sientan amor por los que tienen coraje, mientras que los cobardes desconfían de los valientes y los odian como a enemigos y, además, tienen amor y acogen a los villanos. Por eso, para los valientes, la verdad y la franqueza son las más agradables de todas las virtudes, mientras que para los cobardes lo son el halago y la mentira; estos últimos no escuchan con placer más que a los que vienen a pedirles favores, mientras que, por el contrario los primeros no escuchan más que a los que miran de frente a la verdad.

    Luego Diógenes se muestra especialmente  insolente con el poderoso, llamándole incluso y con toda ironía “bastardo”

    Párr.. 16 y ss.

    Diógenes, pues, esperó un instante, después preguntó al rey quién era y qué motivos había tenido para venir a visitarlo.
    -¿Acaso vienes, le dijo, para llevarte alguna de mis posesiones?
    – ¿Pues quiere esto decir, replicó Alejandro, que tienes riquezas de las que darás parte a otro?
    -Sí, por cierto, respondió Diógenes, y muy numerosas y preciosas, pero no sé si t´podrás recibir jamás algunas de ellas. A decir verdad, estas riquezas no son ni espadas ni copas, ni crateras, ni lechos ni mesas como dicen algunos que posee Darío, entre los persas.
    -¿Y qué?, prosiguió Alejandro.¿Tú no conoces en absoluto al rey Alejandro?
    – El nombre, contestó Diógenes, lo he oído referir a muchos charlatanes que revolotean como grajos en su entorno; en cuanto a él, no lo conozco en absoluto, porque no conozco a ciencia cierta sus pensamientos.
    – Bien, vas a conocerlo ahora, contestó Alejandro, y también sus pensamientos, porque he venido a propósito para enseñarte quién soy y para verte.
    – En cuanto a eso, repuso Diógenes, tendrás dificultad para verme, como los cortos de vista tienen dificultad para ver la luz. Pero, dime: ¿eres tú ese famoso Alejandro del cual se dice que es un bastardo?
    Alejandro se ruborizó al oír estas palabras y fue preso de cólera, pero pudo contenerse…

    Diógenes le hizo ver que si era hijo de un dios, como  él se presentaba, resultaba ser un “bastardo”, aunque divino. Alejandro se sintió halagado.

    Sigue luego un diálogo y consideraciones sobre el buen gobierno y el buen ejercicio de la realeza:

    Párr.. 24 y ss.

    “¿Cómo podría, pues, ejercer la realeza de modo ideal?” El filósofo, lanzándole una mirada severa, le repicó: “Y bien, es tan imposible ser verdaderamente un rey y mal príncipe al miso tiempo, como ser malamente bueno. El rey, en efecto, es entre los hombres el más excelente, siempre que sea el más bravo, el más justo y el más amigo de sus semejantes, el más invencible en todo esfuerzo y en todo deseo… De igual manera que no es posible gobernar un navío sin las cualidades de piloto, tampoco se puede ser rey sin las cualidades de rey”.

    Y Alejandro tuvo miedo de mostrar que ignoraba la ciencia de la realeza.

    Diógenes expone luego cómo hay dos tipos de educación, la una divina, la otra humana; no por mucho leer y conocer muchas historias el hombre es más juicioso y más instruido; los verdaderamente educados son “los nobles de alma” educados por los dioses. No son verdaderos educadores los sofistas ignorantes y charlatanes, que son como perros mal adiestrados o como eunucos libidinosos.

    Párr.. 36 y ss.

    Y al escuchar estas palabras Alejandro se extrañó de por qué motivo comparaba a un sofista y a un eunuco, y preguntó a Diógenes la razón de ello.

    – Esto es porque –dijo Diógenes- los más intemperantes de los eunucos pueden ser hombres y se enamoran de las mujeres, y se acuestan con ellas y no les dejan ni un punto de reposo, pero no pasa nada más, incluso aunque tuvieran trato con ellas noche y día. Pues bien, lo mismo ocurre con los sofistas….

    Critica después Diógenes a quienes como Jerjes y Darío no son verdaderos pastores de sus pueblos, sino carniceros que los llevan al matadero; le advierte a Alejandro que no debe jugar a ser rey como Darío. Alejandro en su ambición por dominar a los persas y al mundo entero, le pregunta a Diógenes quién es su enemigo y Diógenes le responde de manera harto elocuente:

    Párr.. 55 y ss.

    – Además, ¿qué enemigo me quedará todavía –objetó Alejandro-, si me convierto en el dueño de los que ya he citado?

    -Aquel que entre todos, prosiguió Diógenes, es el más difícil de combatir: este no habla ni persa ni medo, como creo que habla Darío, sino macedonio y griego.

    Alejandro, entonces, fue presa de turbación y de angustia. Temiendo que Diógenes conociese en Macedonia o en Grecia algún adversario que se estuviese preparando para hacerle la guerra, le preguntó:

    -¿Quién es, pues, ese enemigo que yo tengo en Grecia o en Macedonia?

    – ¿Tú lo ignoras, contestó Diógenes, y crees, sin embargo, saberlo todo?

    -Entonces, insistió Alejandro-, ¿rehusarás nombrarla y me lo ocultarás?

    -Hace largo tiempo, prosiguió Diógenes, que yo hablo de él, pero tú no me entiendes. Tú mismo eres para ti mismo enemigo, el más irreconciliable y el más temible, mientras seas a la vez vicioso y necio. He ahí, añadió Diógenes, al hombre a quien tú conoces menos que a ningún otro. Ninguno hay, en efecto, entre los necios y malvados que se conozca a sí mismo. Apolo, pues, no habría dado este mandamiento como el primero, si para cada uno de nosotros no fuera lo más difícil el conocernos a nosotros mismos. ¿O es que no consideras la necedad como la más grande y la más grave de las enfermedades de todas y la más lastimosa para los que sufren de ella? ¿Y no es un insensato aquel que se daña más a sí mismo? ¿O es que no es para cada uno de nosotros el más funesto aquel que nos causa el mayor número de males? ¿No reconoces que ése es, entre todos nuestros enemigos, el más encarnizado y el peor? Enfádate y salta contra estos enemigos, concluyó Diógenes, y júzgame el más perverso de los hombres, injúriame delante de  todo el mundo y, en el caso de que te parezca bien, atraviésame con tu lanza, pero di que soy el único de los hombres del cual has oído la verdad que no aprenderás de ningún otro, porque todos los otros hombres valen menos que yo y son menos libres que yo.

    Sigue Diógenes exhortando a Alejandro a ser justo y confiar en las buenas obras y no en las armas. Le pide que prepara a su espíritu, a su demonio, su daimon, su genio, para ser libre y justo y con sentimientos dignos de un rey y no un demonio esclavo y malvado. Le pide en resumidas cuentas que aprenda a pensar por sí mismo.

    Le hace ver luego, enfocando ya el final del discurso, que son muchos los vicios y desdichas de los mortales y tres los géneros de vida predominantes que los cínicos fustigan constantemente, que  arruinan al hombre y ha de superar todo gobernante: el deseo de riquezas, la voluptuosidad y el ansia de poder.

    Párr.. 83 y ss.

    “Pero existen, por así decirlo, tres maneras predominantes de vivir, donde cae la mayor parte de los hombres cuando, ¡por Zeus!, en el examen de las cosas y en la valoración que de ellas hacen, no tienen el razonamiento por guía, sino, al contrario, se dejan arrastrar por un impulso irreflexivo y por el azar. En su mismo nombre he de manifestar cuántos son los demonios a los que sigue y corteja la gran turba ignorante; unos siguen a uno, otros siguen a otro, como un cortejo báquico de miserables y desenfrenados a un guía malvado y loco. De estos tres géneros de vida a que me refería, el primero es el de los amigos de la voluptuosidad y del desenfreno, entregados a los placeres corporales; el segundo es el de los amigos del dinero y la riqueza; el tercero –el que se posa delante de los ojos y causa más trastornos que los otros dos juntos-  es el de los fervientes y el de los adoradores del honor y de la gloria, éste es el que muestra más evidente e irremediable trastorno y locura, y es que el ambicioso se engaña a sí mismo en la idea de que está enamorado de un bello ideal.

    La pretensión de Diógenes al denuncia estas formas de vida es cambiar si es posible a los humanos del vicio, de la mentira, de los malos apetitos para conducirlos a ser amigos de la virtud y amantes de una vida mejor. Por eso describe con toda crudeza y detalle a esos tres tipos de hombres viciosos. Con frecuencia incluso coinciden en una misma persona dos o las tres formas de ser. Concluye

    Párr.. 138

    Un alma así, arrastrada y desgarrada, empujada en todas direcciones, en perpetuos combates y disensiones consigo mismo, necesariamente viene a parar en total desdicha.

    El lector podrá juzgar si Alejandro siguió las enseñanzas del filósofo o fue víctima incontrolada de su propia ambición y pasión por el poder, porque la verdad es que junto a la versión heroica, civilizadora, conquistadora, que las crónicas históricas suelen transmitir, hubo otra realidad de muerte y destrucción menos gloriosa en las conquistas del Grande, del semidios.

  • El atractivo de los lugares con historia

    ¿Por qué nos emocionan los lugares en los que vivieron los grandes hombres o los grandes artistas?

    Hay una fuerte y extraña ligazón entre las personas y los lugares en los que pasan su vida. Es más, esos lugares tienen un fuerte atractivo y generan fuertes deseos de conocerlos y visitarlos por parte de quienes admiran a las personas.

    ¿Qué turista en Verona  no visita emocionado la casa de Romeo Julieta, aunque le quepa la duda o la evidencia de que aquello no es sino un mero reclamo para el visitante? ¿No se organizan fervientes recorridos por el Dublín del Ulises de Joyce? ¿Acaso no imaginamos sonrientes la figura del Arcipreste revoloteando picarón entre las muchachas que acuden a la celebración de su Festival en Hita? ¿No acudimos curiosos a los lugares cervantinos, de manera especial a su casa en Alcalá? ¿Y no acudiremos dentro de poco serios y silenciosos a la cripta del convento de las Trinitarias de Madrid, en donde parece que se han encontrado los restos de nuestro más ilustre escritor? ¿Y qué decir de Stradford of Avon en Inglaterra, patria del inmortal Shakespeare? ¿Y del aula de Antonio Machado y los paseos junto al Duero en Soria o su tumba en Collioure (Francia), o de la cátedra de Fray Luis de León en Salamanca?

    Si siempre esto ha sido así, ¿qué no ocurrirá ahora, cuando abundantes e inquietas masas de turista acuden a cualquier sitio con cualquier reclamo?

    Pues bien, tenemos un documento realmente interesante en el que Cicerón y algunos amigos visitan con emoción algunos de los rincones de Atenas en los que enseñaron y vivieron los más ilustres y famosos hombres de la culta Grecia.

    Cicerón, junto con Bruto, Pisón, su hermano Quinto, Tito Pomponio, y su primo Lucio están en Atenas y deciden dar un paseo por la Academia, a mediodía por ser la hora en la que el lugar, ya muy decaído, está más solitario:

    Cicero, De Finibus, 5, 1-8 (Sobre los fines

    Después de haber escuchado, Bruto, a Antioco como acostumbraba en compañía de Marco Pisón, en el gimnasio que llaman “el Ptolomeo”, y junto con nosotros mi hermano Quinto y Tito Pomponio y Lucio Cicerón, primo hermano mío por parentesco pero hermano en el afecto, decidimos entre nosotros dar un paseo después de mediodía en la Academia, sobre todo porque a esa hora este lugar está vacío de toda gente. Así pues fuimos todos a casa de Pisón puntualmente y desde allí hicimos los seis estadios desde el Dípilo (una de las puertas de la ciudad) hablando de varias cosas. Cuando llegamos a los terrenos de la Academia, tan famosos no sin motivo, la soledad era precisamente la que deseábamos.

    Entonces dijo Pisón:  ¿Diré que se nos ha concedido por  la naturaleza o más bien por algún error  esto,  que cuando vemos estos lugares,  en los que sabemos que vivieron mucho tiempo hombres dignos de recuerdo, nos emocionamos más que si escucháramos alguna vez las acciones de ellos mismos o si leyéramos algún escrito suyo? Como yo mismo ahora estoy emocionado. Pues me viene a la mente el recuerdo de Platón, que sabemos que fue el primero que estableció la costumbre de enseñar disputando aquí. Incluso esos jardincillos cercanos no sólo me traen su recuerdo, sino que incluso me parece que me lo ponen delante de mi vista. Aquí estuvo Espeusipo, aquí estuvo Jenócrates, aquí estuvo Polemón escuchándoles, cuyo asiento fue ese mismo que estamos viendo. Y digo que también cuando veía nuestra Curia, no la nueva que me parece que es más pequeña aunque ahora es más grande, solía pensar en Escipión, en Catón, en Lelio y sobre todo en mi abuelo. Tan grande es la fuerza para hacernos recordar que hay en estos lugares que no sin motivo se ha basado en ellos el entrenamiento  de la memoria.

    Dijo entonces  Quinto: «Es absolutamente , Pisón, como tú dices. Ciertamente hace un momento cuando venía hacía aquí me atraía a mí mismo hacia él ese famoso lugar de Colono, en el que el inquilino Sófocles deambulaba ante mis ojos, a quien tú sabes cuánto admiro y cuánto me deleito con él.  Ciertamente  me ha trasladado al antiguo recuerdo de Edipo, que llegaba a este lugar y con aquellos versos suavísimos preguntaba qué lugar era éste, una cierta imagen suya,sin duda vana, pero me ha emocionado.

    Dijo entonces Pomponio: “Pues yo estoy muchas veces con Fedro, a quien vosotros soléis atacar como entregado a Epicuro, y a quien quiero especialmente, como sabéis en los jardines de Epicuro, por los que hace un momento pasábamos, y aunque me acuerdo de los vivos según el consejo del viejo proverbio, no puedo sin embargo, aunque quisiera, olvidarme de Epicuro, cuyo retrato tienen nuestros amigos no sólo en los cuadros sino también en las copas y en los anillos.

    Entonces dije yo: «Nuestro amigo Pomponio ciertamente parece bromear, y quizá con todo su derecho. Pues de tal modo se ha  aposentado en Atenas que casi es ya uno de los atenienses, y me parece que este será también su sobrenombre. Yo, Pisón estoy de acuerdo contigo en que a esto llegamos en la realidad, a pensar con más agudeza y más atención en los hombres famosos por la curiosidad de los lugares (que habitaron). Pues tú sabes que, en cierta ocasión, fui a Metaponto  contigo , y no acudí a casa de mi huésped antes de ver aquel mismo lugar y sede en la que Pitágoras paso su vida. Y todavía en este momento, aunque en cualquier lugar de Atenas hay muchas huellas de hombres famosos en sus propios lugares, sin embargo yo me emociono con aquella famosa exedra, pues no hace mucho fue de Carnéades, a quien me parece que estoy viendo –pues su retrato es conocido- . Me parece como si aquella su voz fuera echada de menos por el propio asiento privado de la enorme grandeza de su ingenio.

    Entonces dijo Pisón: «Puesto que todos hemos dicho algo, ¿qué dice nuestro querido Lucio? ¿No visita con gusto el lugar en el que solían disputar entre sí Demóstenes y Esquines? Pues cada uno es atraído sobre todo por su propia afición.

    Y éste, ruborizándose, dijo: «No me preguntes eso a mí, que incluso he bajado hasta el Fa-
    lérico,  al lugar en el que dicen que Demóstenes solía declamar frente a las olas, para acostumbrarse a dominar con su voz el bramido del mar. Hace también un momento me he desviado del camino un poco a la derecha para acercarme al sepulcro de Pericles. Pero esto en esta ciudad ciertamente es infinito: por cualquier parte por  donde vayamos, allí encontramos la huella de alguna historia.

    Entonces dijo Pisón: Pues bien, Cicerón, esas aficiones, si se dirigen a imitar a esos grandes hombres, son propias de personas inteligentes; si en cambio solo pretenden conocer los restos de un antiguo recuerdo, son propias de personas curiosas. Por eso todos te pedimos a ti, como ya haces como espero, que también quieras imitar a estos a los que quieres conocer.

    Contesto yo entonces: aunque ciertamente este Pisón ya hace, como ves, lo que recomiendas, sin embargo me es grato tu consejo.

    Entonces dijo él muy amistosamente, como era su costumbre: Dirijamos todos nosotros todos los esfuerzos  a la juventud de este, sobre todo para que dedique algo de su interés también a la filosofía, o para que te imite a ti, a quien ama, o para que pueda hacer con más elegancia eso mismo que desea. Y dijo también, ¿Pero Lucio, tienes que ser animado por nosotros o también te inclinas a ello espontáneamente? A mí me parece que atiendes con toda atención a Antioco, a cuyas lecciones acudes.

    Entonces él tímidamente, o más bien con modestia, respondió: « lo hago, ciertamente; pero ¿habéis oído hace poco hablar sobre Carnéades? Me atrae con pasión hacía allá,  pero Antioco me llama de nuevo hacia él y además no hay nadie más al que escuchar.

    Entonces le dijo Pisón:  aunque esto quizás no pueda salir bien, estando este presente –se refería a mí-,  sin embargo intentaré atraerte desde esta Academia Nueva a aquella Antigua, en la que, como oías decir a Antioco, no sólo se cuentan aquellos que se llaman Académicos, Espeusipo, Jenócrates, Polemón, Crantor y otros, sino también los antiguos Peripatéticos, de los cuales el principal es Aristóteles, al que,  exceptuado Platón, creo que con toda justicia le llamaría el principal de los filósofos. Dirígete, pues, a ellos, te lo ruego. Pues no sólo de sus escritos y consejos se puede extraer toda la doctrina de las ciencias liberales, toda la historia, toda la elegancia de la oratoria, sino que es tan grande la riqueza de sus obras que nadie sin este instrumento puede acceder con la suficiente elegancia a ninguna cosa importante. De ellos han salido oradores, de ellos generales y los cargos principales de la República. Y refiriéndome a profesionales menores, de esta especie de taller de todas las artes han salido matemáticos, poetas, músicos, y hasta médicos.

    Y yo le contesté: Sabes, Pisón, que pienso lo mismo, pero has hecho una mención oportunamente. Pues mi querido Cicerón desea escuchar  cuál es la opinión de esa Academia vieja que recordabas y de los  Peripatéticos sobre la finalidad de los bienes. Pensamos que tú puedes explicarlo con toda facilidad, porque también tuviste contigo durante muchos años al napolitano Estáseas y vemos que durante muchos meses ya averiguas estas mismas cosas de Antioco.

    Pero él, riéndose, dijo:  «Bueno, bueno; muy agudamente has querido, pues, que yo fuera el principio de nuestra discusión: se lo expondré a este joven, si algo puedo casualmente. Pues la soledad me concede lo que nunca hubiera imaginado, aunque un dios lo anunciara, que yo iba a disertar en la Academia como un filósofo.

    Pero mientras atiendo a este joven, no querría resultaros pesado a vosotros.

    ¿A mí, le dije, que te lo he pedido esto mismo?

    Entonces, al decir Quinto y Pomponio que ellos querían lo mismo, comenzó a hablar Pisón. Te ruego, Bruto, que atiendas a su discurso para ver si recoge suficientemente la opinión de Antioco, que considero que tu apruebas sobre todo porque has escuchado con frecuencia a su hermano Aristo.

    Concluyamos, como decía Pisón,  en que las visitas a estos lugares tan cargados de ciencia, arte y sabiduría no se deban hacer  solamente por una mera curiosidad turística  sino al deseo de imitación de las personas, y que  al menos sirvan para que algo de los autores quede en nuestro interior y nos afecte.

    Cicero, De Finibus, 5, 1-8

    Cum audissem Antiochum, Brute, ut solebam, cum M. Pisone in eo gymnasio, quod Ptolomaeum vocatur,  unaque nobiscum Q. frater et T. Pomponius Luciusque Cicero, frater noster cognatione patruelis, amore germanus, constituimus inter nos ut ambulationem postmeridianam conficeremus in Academia, maxime quod is locus ab omni turba id temporis vacuus esset. itaque ad tempus ad Pisonem omnes. inde sermone vario sex illa a Dipylo stadia confecimus. cum autem venissemus in Academiae non sine causa nobilitata spatia, solitudo erat ea, quam volueramus.  tum Piso: Naturane nobis hoc, inquit, datum dicam an errore quodam, ut, cum ea loca videamus, in quibus memoria dignos viros acceperimus multum esse versatos, magis moveamur, quam si quando eorum ipsorum aut facta audiamus aut scriptum aliquod legamus? velut ego nunc moveor. venit enim mihi Platonis in mentem, quem accepimus primum hic disputare solitum; cuius etiam illi hortuli propinqui non memoriam solum mihi afferunt, sed ipsum videntur in conspectu meo ponere. hic Speusippus, hic Xenocrates, hic eius auditor Polemo, cuius illa ipsa sessio fuit, quam videmus. Equidem etiam curiam nostram—Hostiliam dico, non hanc novam, quae minor mihi esse videtur, posteaquam est maior—solebam intuens Scipionem, Catonem, Laelium, nostrum vero in primis avum cogitare; tanta vis admonitionis inest in locis; ut non sine causa ex iis memoriae ducta sit disciplina.

    Tum Quintus: Est plane, Piso, ut dicis, inquit. nam me ipsum huc modo venientem convertebat ad sese Coloneus ille locus, cuius incola Sophocles ob oculos versabatur, quem scis quam admirer quamque eo delecter. me quidem ad altiorem memoriam Oedipodis huc venientis et illo mollissimo carmine quaenam essent ipsa haec loca requirentis species quaedam commovit, inaniter scilicet, sed commovit tamen.

    Tum Pomponius: At ego, quem vos ut deditum Epicuro insectari soletis, sum multum equidem cum Phaedro, quem unice diligo, ut scitis, in Epicuri hortis, quos modo praeteribamus,  sed veteris proverbii admonitu vivorum memini, nec tamen Epicuri licet oblivisci, si cupiam, cuius imaginem non modo in tabulis nostri familiares, sed etiam in poculis et in anulis habent.
    Hic ego: Pomponius quidem, inquam, noster iocari videtur, et fortasse suo iure. ita enim se Athenis collocavit, ut sit paene unus ex Atticis, ut id etiam cognomen videatur habiturus. Ego autem tibi, Piso, assentior usu hoc venire, ut acrius aliquanto et attentius de claris viris locorum admonitu cogitemus. scis enim me quodam tempore Metapontum venisse tecum neque ad hospitem ante devertisse, quam Pythagorae ipsum illum locum, ubi vitam ediderat, sedemque viderim. hoc autem tempore, etsi multa in omni parte Athenarum sunt in ipsis locis indicia summorum virorum, tamen ego illa moveor exhedra. modo enim fuit Carneadis, quem videre videor—est enim nota imago—, a sedeque ipsa tanta ingenii magnitudine orbata desiderari illam vocem puto.

    Tum Piso: Quoniam igitur aliquid omnes, quid Lucius noster? inquit. an eum locum libenter invisit, ubi Demosthenes et Aeschines inter se decertare soliti sunt? suo enim quisque studio maxime ducitur.

    Et ille, cum erubuisset: Noli, inquit, ex me quaerere, qui in Phalericum etiam descenderim, quo in loco ad fluctum aiunt declamare solitum Demosthenem, ut  fremitum assuesceret voce vincere. modo etiam paulum ad dexteram de via declinavi, ut ad Pericli sepulcrum accederem. quamquam id quidem infinitum est in hac urbe; quacumque enim ingredimur, in aliqua historia vestigium ponimus.

    Tum Piso: Atqui, Cicero, inquit, ista studia, si ad imitandos summos viros spectant, ingeniosorum sunt; sin tantum modo ad indicia veteris memoriae cognoscenda, curiosorum. te autem hortamur omnes, currentem quidem, ut spero, ut eos, quos novisse vis, imitari etiam velis.

    Hic ego: Etsi facit hic quidem, inquam, Piso, ut vides, ea, quae praecipis, tamen mihi grata hortatio tua est.

    Tum ille amicissime, ut solebat: Nos vero, inquit, omnes omnia ad huius adolescentiam conferamus, in primisque ut aliquid suorum studiorum philosophiae quoque impertiat, vel ut te imitetur, quem amat, vel ut illud ipsum, quod studet, facere possit ornatius. sed utrum hortandus es nobis, Luci, inquit, an etiam tua sponte propensus es? mihi quidem Antiochum, quem audis, satis belle videris attendere.

    Tum ille timide vel potius verecunde: Facio, inquit, equidem, sed audistine modo de Carneade? rapior illuc, revocat autem Antiochus, nec est praeterea, quem audiamus.

    Tum Piso: Etsi hoc, inquit, fortasse non poterit sic abire, cum hic assit—me autem dicebat—, tamen audebo te ab hac Academia nova ad veterem illam vocare, in qua, ut dicere Antiochum audiebas, non ii soli numerantur, qui Academici vocantur, Speusippus, Xenocrates, Polemo, Crantor ceterique, sed etiam Peripatetici  veteres, quorum princeps Aristoteles, quem excepto Platone haud scio an recte dixerim principem philosophorum. ad eos igitur converte te, quaeso. ex eorum enim scriptis et institutis cum omnis doctrina liberalis, omnis historia, omnis sermo elegans sumi potest, tum varietas est tanta artium, ut nemo sine eo instrumento ad ullam rem illustriorem satis ornatus possit accedere. ab his oratores, ab his imperatores ac rerum publicarum principes extiterunt. ut ad minora veniam, mathematici, poetae, musici, medici denique ex hac tamquam omnium artificum officina profecti sunt.

    Atque ego: Scis me, inquam, istud idem sentire, Piso, sed a te oportune facta mentio est. studet enim meus audire Cicero quaenam sit istius veteris, quam commemoras, Academiae de finibus bonorum Peripateticorumque sententia. censemus autem facillime te id explanare posse, quod et Staseam Neapolitanum multos annos habueris apud te et complures iam menses Athenis haec ipsa te ex Antiocho videamus exquirere.

    Et ille ridens: Age, age, inquit,—satis enim scite me nostri sermonis principium esse voluisti—exponamus adolescenti, si quae forte possumus. dat enim id nobis solitudo, quod si qui deus diceret, numquam putarem me in Academia tamquam philosophum disputaturum. sed ne, dum huic obsequor, vobis molestus sim.

    Mihi, inquam, qui te id ipsum rogavi?

    Tum, Quintus et Pomponius cum idem se velle dixissent, Piso exorsus est. cuius oratio attende, quaeso, Brute, satisne videatur Antiochi complexa esse sententiam, quam tibi, qui fratrem eius Aristum frequenter audieris, maxime probatam existimo.

  • Summum ius summa iniuria, “La extrema justicia es extrema injusticia”

    El sentido de esta frase latina, convertida en proverbio, es advertir de cómo una aplicación de la ley con todo rigor al pie de la letra puede devenir en una enorme injusticia.

    Es una máxima latina con notable arraigo en Occidente porque se ha convertido en un proverbio o frase o sentencia latina, como otras muchas que en su concisión y brevedad están cargadas de contenido.

    Son muchos los ciudadanos que rechazan  una aplicación mecánica y rigorista de la ley,  que como recoge los Digesta Iustiniani,40, 9,12 en otra sentencia también lapidaria, siempre es dura: Dura lex, sed lex, La Ley es dura, pero es la ley.

    Son también  muchos los partidarios de una dura aplicación. Tal vez sin un conocimiento suficiente de la situación, tengo la impresión personal de que la ley tiene una aplicación más rigorista en EEUU, a pesar de que la tradición anglosajona del derecho basado en la experiencia de la aplicación, que se aplica en Gran Bretaña, parecería aconsejar todo lo contrario.

    El origen de esta frase no parece estar en el propio mundo del derecho teórico, porque encierra en sí una contradicción o autonegación de la propia ley. Parece más bien recoger el valor de la experiencia en la aplicación, que aconseja tener en cuenta las circunstancias concretas del incumplimiento de la norma y de la aplicación de la pena.

    Desde el punto de vista retórico sería una especie de oxímoron ((del gr. ὀξύμωρον) o unión de dos ideas de significación contradictoria o “absurdo ingenioso” como le llaman los griegos, o en latín “contradictio in terminis” (contradicción en los términos –linguísticos-), que se explica por el contexto. La palabra oxímoron procede de las griegas ὀξύς (oxýs: ‘agudo, punzante’) y μωρός (morós: ‘fofo, romo, tonto’); así que la misma palabra es un ejemplo de oxímoron.

    También puede considerarse como un caso de “figura etimológica” o utilización de varias formas derivadas de un mismo lexema en tanto en cuanto “iniuria” deriva o niega a “ius”.

    La frase como tal “súmmum ius, summa iniuria”  sólo aparece en Cicerón en su obra Sobre los Deberes  (De officiis I, 33), que más adelante comentaré.

    Se cita como precedente un texto de una comedia de Terencio, que es muy similar. Emplea Terencio en  su Heautontimorumenos (El atormentador de sí mismo) la expresión  “ius súmmum saepe summa’st malitia”, “la suma justicia muchas veces es un sumo mal”.

    El autor de comedias latino Terencio se inspira directamente, cuando no traduce literalmente, en las comedias del autor griego Menandro. Este hecho y la influencia griega que también tiene en gran medida el propio Cicerón, permite pensar que el origen de la frase estaría en el mundo griego, pero no conservamos la obra de Menandro para comprobarlo.

    En todo caso si es cierto que en el mundo griego surge la cuestión de la relación entre la justicia,  dikaion  (δίκαιον), la ley (νόμος) nomos,  y la equidad , ἐπιείκεια, epiqueya.

    Observemos que en la aplicación del derecho del Atica se prefiere el arbitraje y las propuestas conciliadoras que la actuación exclusiva de los tribunales.

    Cicerón, recogiendo sin duda más  una opinión y sentimiento ciudadano extendido, rechaza o advierte de la rigidez formalista y literal del Derecho Romano, como se deduce de los ejemplos que aduce en el texto que inmediatamente transcribiré, sin pretender por ello que la sentencia en cuestión formara parte del corpus iuridicum en sí.

    Epiqueya”, ἐπιείκεια, (equidad), es un término griego, de valor jurídico, que se refiere a la aplicación concreta de una ley, que siempre es general, a los casos concretos que son los reales. Se trata de una virtud moral que permite a una persona no aplicar la observación literal de una norma positiva para respetar o ser fiel al sentido o espíritu auténtico de la propia norma. El Diccionario de la Real Academia Española lo define como: 1. f. Interpretación moderada y prudente de la ley, según las circunstancias de tiempo, lugar y persona.

    Los antiguos (Platón, Aristóteles,…) dedicaron mucho tiempo a este tema  de la “epiqueya” y por tanto del significado y valor de la ley y del derecho como instrumento para su aplicación.  Sin duda merece un artículo que en su momento realizaré.

    Así que el primer texto latino,  corresponde  Terencio,  que, como decía  en su Heautontimorumenos (El atormentador de sí mismo), Acto IV, Escena 5,48 ( v. 796) emplea la expresión  “ius súmmum saepe summa’st malitia”.

    Nota: la comedia de Terencio, copia o simple traducción de una similar de Menandro, se representó por primera vez en el año 163 a.C.  En ella Menedemo, un padre anciano, se atormenta y lamenta de haber sido un padre demasiado severo que obligó a su hijo Clinias a escaparse de casa y alistarse en un ejército extranjero. Luego la obra se desarrolla en torno a un enredo amoroso típico de estas comedias.

    HEAVTON TIMORVMENOS 795 (Acto4,Escena 5,48)


    SIRO. – Por otra parte, Cremes, yo hago eso como  justo y bueno.

    CREMES. – Y yo  deseo sobre todo que te decidas a hacerlo, pero por otro camino.

    SIRO. – Hágase; hablemos de otra cosa. Aquello que te dije del dinero que esa le debe a Baquis,  hay que devolvérselo ahora a ella. Y tú, naturalmente,  no te refugies en aquello: “¿Qué tiene que ver conmigo? ¿Acaso me lo dieron a mí? ¿Acaso lo ordené yo? ¿Acaso podía ella dar en prenda a mi hija sin mi consentimiento?” Es verdad, Cremes, lo que dicen: “La más estricta justicia es a menudo la mayor maldad”

    CREMES. – No lo haré.

    SIRO. – Ciertamente si a otros les está permitido, a ti no te está permitido: todos creen que tú estás en una situación limpia y bien hecha.

    SYRUS: Caeterum equidem istuc, Chrene,
    Aequi bonique facio.

    CHREMES  atqui quam maxume
    volo te dare operam ut fiat, verum alia via.

    SYRUS (Servus). fiat, quaeratur aliquid. sed illud quod tibi     
    dixi de argento quod ista debet Bacchidi,
    id nunc reddendumst illi: neque tu scilicet
    illuc confugies: "quid mea? num mihi datumst?
    num iussi? num illa oppignerare filiam
    meam me invito potuit?" verum illuc, Chreme,      
    dicunt: "ius summum saepe summast malitia."

    CHREMES. haud faciam.

    SYRUS. immo aliis si licet, tibi non licet:
    omnes te in lauta et bene acta parte putant.

    La forma de Cicerón es la única que aparece como tal en la literatura latina. Aparece, como dije, en su obra Sobre los Deberes (De officiis) lib.I,33.

    Muchas  veces existen también injusticias derivadas de alguna calumnia y de una interpretación demasiado astuta y maliciosa del derecho. Por lo que se ha hecho ya corriente en la conversación aquel proverbio “la extrema justicia es extrema injusticia”. Y en este tipo se peca también mucho en los asuntos públicos, comoaquel , que, habiendo hecho con el enemigo una tregua de treinta días, por la noche devastaba los campos, porque la tregua era de días, no de noches.

    Ni tampoco puede ser aprobado nuestro compatriota, si es verdad que Quinto Fabio Labieno o cualquiera otro –no lo conozco sino de oídas-  nombrado por el senado árbitro para tratar de los límites entre los habitantes de Nola y los de Nápoles, cuando llegó al lugar, habló por separado con unos y otros para que no se comportaran con ambición ni con codicia y que prefirieran retrotraer sus límites a adelantarlos. Como las dos partes lo hicieron así, quedó en medio una parte de campo. En consecuencia él fijó los límites como ellos mismos habían dicho; el campo que había quedado en medio lo adjudicó al pueblo romano. Esto es engañar, no juzgar. Por ello en toda ocasión hay que huir de tales sutilezas.

    Hay también algunos deberes que han de ser observados con aquellos de quienes has recibido una injusticia. Hay, pues,  un límite para la venganza y para el castigo; y no sé si es suficiente que aquel que ha ofendido, se arrepienta de su injustica, de forma que él mismo no haga nada semejante de nuevo y los demás sean más remisos para cometer injusticias.

    Y en los asuntos públicos se han de respetar sobre todo los derechos de la guerra. Pues habiendo dos tipos de dejar de luchar, uno mediante la negociación y otro mediante la fuerza, y siendo aquel más propio del hombre y este de los animales, se habrá de recurrir a este último si no se puede utilizar el primero.

    Nota: la historia de la tregua de los días y no de las noches se cuenta de Cleomenes, rey de Esparta (520-491 a.C.) en la guerra que con Argos. Lo cuenta Plutarco, en su Apophthegmata Laconica, 223A, “Máximas de espartanos”

    DE OFFICIIS LIBER PRIMVS 33

    Existunt etiam saepe iniuriae calumnia quadam et nimis callida sed malitiosa iuris interpretatione. Ex quo illud "summum ius summa iniuria" factum est iam tritum sermone proverbium. Quo in genere etiam in re publica multa peccantur, ut ille, qui, cum triginta dierum essent cum hoste indutiae factae, noctu populabatur agros, quod dierum essent pactae, non noctium indutiae. Ne noster quidem probandus, si verum est Q. Fabium Labeonem seu quem alium–nihil enim habeo praeter auditum –arbitrum Nolanis et Neapolitanis de finibus a senatu datum, cum ad locum venisset, cum utrisque separatim locutum, ne cupide quid agerent, ne appetenter, atque ut regredi quam progredi mallent. Id cum utrique fecissent, aliquantum agri in medio relictum est. Itaque illorum finis sic, ut ipsi dixerant, terminavit; in medio relictum quod erat, populo Romano adiudicavit. Decipere hoc quidem est, non iudicare. Quocirca in omni est re fugienda talis sollertia.

    .Sunt autem quaedam officia etiam adversus eos servanda, a quibus iniuriam acceperis. Est enim ulciscendi et puniendi modus; atque haud scio an satis sit eum, qui lacessierit, iniuriae suae paenitere, ut et ipse ne quid tale posthac et ceteri sint ad iniuriam tardiores.

    Atque in re publica maxime conservanda sunt iura belli. Nam cum sint duo genera decertandi, unum per disceptationem, alterum per vim, cumque illud proprium sit hominis, hoc beluarum, confugiendum est ad posterius, si uti non licet superiore.

    Curiosamente encontramos una cita en Columela, autor de una obra sobre la agricultura, referida a la relación del señor y dueño de las tierras con sus colonos;  dice en De re rustica, libro I,7:

    Una vez aceptadas y dispuestas todas estas cosas de esta manera, se requiere la principal preocupación del señor para las restantes cosas, especialmente para con los hombres. Estos pueden ser o colonos o esclavos, y estos o sueltos o atados con cadenas.  Actúe suavemente con los colonos y se muestre asequible. Exija con más empeño el trabajo que los pagos, porque esto ofende menos, y sin embargo en conjunto es más beneficioso. Pues cuando un campo se cultiva con diligencia, siempre aporta ganancias y nunca pérdidas, excepto en caso de fuerza mayor como el tiempo o el robo, y por ello el colono no se atreve a pedir la condonación.

    Ni tampoco el señor debe ser pesado en exigir su derecho en cada una de las cosas con las que el colono está obligado, como en las fechas de los pagos o en exigir  la leña y las restantes pequeñas aportaciones cuyo cumplimiento acarrea a los campesinos más molestia que gasto. Ni por supuesto se debe reclamar todo lo que nos está permitido, pues ya los antiguos consideraban  a la justicia extrema como una extrema cruz (extremo castigo o sufrimiento)


     His omnibus ita vel acceptis vel compositis, praecipua cura domini requiritur, cum in ceteris rebus, tum maxime in hominibus. Atque hi vel coloni vel servi sunt, soluti aut vincti. Comiter agat cum colonis, facilemque se praebeat. Avarius opus exigat quam pensiones, quoniam et minus id offendit, et tamen in universum magis prodest. Nam ubi sedulo colitur ager, plerumque compendium, numquam (nisi si caeli maior vis aut praedonis accessit) detrimentum affert, eoque remissionem colonus petere non audet. Sed nec dominus in unaquaque re, cum colonum obligaverit, tenax esse iuris debet, sicut in diebus pecuniarum, ut lignis et ceteris parvis accessionibus exigendis, quarum cura maiorem molestiam quam impensam rusticis licet. Nec sane est vindicandum nobis quidquid licet. Nam summum ius antiqui summam putabant crucem.

    Nótese que Columela ha sustituido “iniuria” por “crucem”,  cruz con el sentido de castigo, lo que aleja también la expresión del lenguaje técnico jurídico.

    Existe también otra cita curiosa en la primera de las cartas de San Jerónimo (c.340-420),  que en este caso dirige a su compañero Inocencio. En ella relata la historia milagrosa de una muchacha cristiana acusada falsamente por su marido de adulterio. La joven niega la acusación confiando en la ayuda de Dios. El verdugo intenta seis veces en vano ajusticiarla; cada vez que descarga el golpe de su espada sobre el cuello de la joven, la espada se detiene al contacto con la carne. Un segundo verdugo  consigue por fin al séptimo intento dar muerte a la joven, que pronto vuelve a la vida con la ayuda divina. Mientras tanto ha muerto otra mujer, que sustituye a la primera en la tumba; la resucitada es escondida en una granja cercana. Pero he aquí que un funcionario celoso sospecha algo y pide ver de nuevo el cuerpo de la joven. Es entonces cuando San Jerónimo exclama en el parágrafo 14:

    La mujer es ocultada en casa lejos apartada del odio del verdugo confuso, y para que las frecuentes visitas del médico a la Iglesia no levantaran sospechas, la trasladaron en compañía de algunas jóvenes muchachas a una pequeña casa de campo más escondida con el pelo cortado. Allí cambiado también su vestido por uno masculino, poco a poco van cicatrizando sus heridas. Incluso después de tantos milagros, todavía se siguen ensañando las leyes. Ciertamente, “la suma justicia es el sumo mal”.  

    Tali invidia carnifice confuso clam domi mulier fodiatur et, ne forte creber ad ecclesiam medici commeatus suspicionis panderet viam, eum quibusdam virginibus ad secretiorem villulam secto crine transmittitur. Ibi paulatim virili habitu veste mutata in cicatricem vulnus obducitur. Et—‘ O vere ius summum summa malitia! ’—post tanta miracula adhuc saeviunt leges.

    Curiosamente, San Jerónimo utiliza la expresión de Terencio summa malitia” y no la de Cicerónsúmma iniuria”, que es la que posteriormente se ha generalizado, probablemente por la vistosa y retórica contraposición “ius/in-iuria”.

    En resumen, el proverbio, nos advierte de que la aplicación rigurosamente estricta y literal de la ley positiva, puede producir grandes daños jurídicos, por lo que el juez o el agente judicial ha de actuar aconsejado por la equidad; de lo contrario el Derecho, la ley, la justicia puede devenir irónicamente en injusticia.

    Esto explica lo que el Código Civil Español dice en su artículo 3:

    Artículo 3.
    1. Las normas se interpretarán según el sentido propio de sus palabras, en relación con el contexto, los antecedentes históricos y legislativos, y la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas, atendiendo fundamentalmente al espíritu y finalidad de aquellas.
    2. La equidad habrá de ponderarse en la aplicación de las normas, si bien las resoluciones de los Tribunales sólo podrán descansar de manera exclusiva en ella cuando la ley expresamente lo permita.

    El proverbio, por lo demás, se ha generalizado en todas las lenguas, como por ejemplo: en inglés:  Rigorous law is often rigorous injustice./ Extreme law, extreme injustice; en italiano: il sommo diritto è somma ingiustizia o Gran giustizia, grande offesa; en francés: Excès de justice, excès d’injustice; en alemán: Das strengste Recht, das grösste Unrecht.

  • La muerte de Sócrates: su último día de vida.

    La muerte de Sócrates fue un día del año 399 a.C. a la caída de la tarde, tras la puesta del sol, apuraba Sócrates, el más sabio y mejor de los hombres, el vaso de cicuta (una planta bien frecuente en nuestro entorno geográfico) que le produciría la muerte, en presencia de sus amigos íntimos que asisten desolados a la entereza moral con que afronta la sentencia. Tenía Sócrates 70 o 71 años. Una sentencia injusta, consecuencia de las infames denuncias oportunistas de tres ciudadanos envidiosos y resentidos con el maestro, formuladas en un ambiente general propicio para ello al que la actitud orgullosa del propio Sócrates contribuyó,acabó con la vida del maestro y le concedió una fama imperecedera que de ninguna forma pudieron sospechar sus coetáneos.

    Desde entonces hasta hoy no hemos dejado de preguntarnos con asombro cómo fue posible que la primera democracia del mundo condenara “al mejor hombre… de los que… conocimos, y, en modo muy destacado, el más inteligente y más justo”, con la expresión con la que acaba Platón su diálogo “Fedón o del alma”.

    De la muerte de Sócrates tenemos varios relatos, los principales de su discípulo Platón, que centra en este asunto dos de sus “diálogos”: la llamada “Defensa o Apología de Sócrates” en la que el propio filósofo desmonta los argumentos de sus acusadores y asume con entereza la sentencia injusta, y el Fedón, conocido con el subtítulo de “Sobre la inmortalidad del alma”, aunque ciertamente su verdadera intención es exaltar la figura ejemplar de Sócrates. También hace referencias en otros diálogos, como en el Critón y Eutifrón. La muerte de Sócrates impresionó vivamente sin duda a su discípulo Platón.

    También otro discípulo, Jenofonte (circa 431 a.C.-354 a.C.), escribió unos “Recuerdos de Sócrates” y una breve Apología en la que naturalmente rememora su injusta condena y muerte.

    ¿Por qué fue Sócrates condenado a morir?

    Sócrates fue acusado básicamente de tres delitos: introducir nuevos dioses y despreciar los existentes, transformar con el arte de la palabra la verdad en mentira no respetando las leyes, corromper a los jóvenes. Platón hace que Sócrates en su Apología desmonte todas las acusaciones de sus adversarios, pero la Apología es un relato literario y no la transcripción del juicio real.

    (Véase una explicación de las causas de su muerte en  https://www.antiquitatem.com/socrates-condena-cicuta-las-nubes- )

    En el Fedón nos narra Platón los últimos días de la vida de Sócrates, especialmente el último, aquel en el que con toda serenidad y desconsuelo de sus amigos apura el vaso de cicuta, que le paraliza sus músculos hasta producirle la muerte.

    ¿Qué es la cicuta y cómo provoca la muerte?

    La cicuta, abundante en nuestro entorno geográfico, es semejante al hinojo, tiene una neurotoxina que inhibe el funcionamiento del sistema nervioso central  y produce una parálisis que asciende desde las extremidades hasta paralizar los músculos y funciones esenciales como el corazón y la respiración y ocasionar en consecuencia la muerte. Es un efecto semejante al que produce el curare amazónico.

    Algunos párrafos del Fedón que hablan del último día de vida de Sócrates

    Pues bien,  persistente en mi afán de conocer y favorecer el conocimiento de los textos antiguos genuinos, con tanta frecuencia apartados de nuestros métodos educativos, me permitiré reproducir algunos párrafos del Fedón.

    Se considera que el Fedón lo escribió Platón en su época de madurez, cuando ya tiene conformado su sistema filosófico, sobre todo la teoría de las ideas; y una ética y política de acuerdo con su concepción idealista del universo y del hombre. En ese momento  ha adquirido una notable maestría como escritor y un dominio completo de la expresión literaria, que suele plasmar en forma de diálogo, dotándoles de un enorme dramatismo. Platón tendría en estos momentos 40 o 45 años.

    En sus diálogos es precisamente Sócrates el portavoz de sus propias opiniones (las de Platón).

    Confieso sin pudor la emoción que siempre me ha producido la lectura de ese texto, del Fedón, obra maestra de la literatura universal, testigo de la necedad y vileza que muchas veces demuestran los hombres y ejemplo de la entereza moral de un buen ciudadano a quien la práctica de la filosofía le ha enseñado a saber morir.

    Por lo demás el ejemplo de Sócrates sirve también de consuelo y viático para todo ser humano que conoce y afronta el ineludible y próximo final de su vida.

    Cuando Sócrates fue condenado se celebraban la peregrinación anual a Delos para conmemorar el viaje de Teseo a Creta para liberar a Grecia del tributo de los siete muchachos y siete muchachas que el monstruo del Laberinto devoraba.  Su condena no podía realizarse durante esas fiestas porque la ciudad debía estar purificada. Pasó así un largo mes hasta que volvió la nave de Delos. Durante esos días le visitaban y acompañaban sus amigos apesadumbrados y seguían discutiendo con él de temas filosóficos. ¿Qué tema más adecuado, pues, entonces que el de la “inmortalidad del alma”  y su destino después de la muerte del cuerpo? Pero llegó el día fatídico.

    Reproduciré una buena parte de ese diálogo ejemplar sin comentario alguno innecesario.  Recomiendo la lectura completa de este diálogo vibrante; comprobará así el lector también, entre otras cosas, hasta qué punto es deudor el Cristianismo de Platón en sus teorías sobre el alma.

    Puede encontrar el texto en la red (Web) en el siguiente enlace, en donde se reproducen las obras  de muchos filósofos, entre ellos Platón en la traducción que hizo de sus obras completas Patricio de Azcárate. Esta es la traducción que ofrezco por ser ya un texto libre de derechos, pero tiene el lector otras muchas traducciones de gran calidad, entre ellas la de Luis Gil en Obras Completas de Editorial Aguilar, o la de Carlos García Gual para Editorial Gredos.

    http://www.filosofia.org/cla/pla/azc05019.htm

    Platón: Fedón o del alma, 57a- 64a

    (Equecrates{1} y Fedón. Sócrates – Apolodoro – Cebes – Simmias – Critón. Fedón – Jantipa – El servidor de los Once. Fedón, testigo presencial de la conversación del último día de la vida de Sócrates, se lo cuenta a Equécrates, vecino de Filunte. Junto a Sócrates intervienen otras dos personas en el diálogo, casi a la manera de la tragedia, Simnias y Cebes.)

    Equecrates: Fedón, ¿estuviste tú mismo cerca de Sócrates el día que bebió la cicuta en la prisión, o sólo sabes de oídas lo que pasó?

    Fedón: Yo mismo estaba allí, Equecrates.

    Equecrates: ¿Qué dijo en sus últimos momentos y de qué manera murió? Te oiré con gusto, porque no tenemos a nadie que de Flionte vaya a Atenas; ni tampoco ha venido de Atenas ninguno que nos diera otras noticias acerca de este suceso, que la de que Sócrates había muerto después de haber bebido la cicuta. Nada más sabemos.

    Fedón: ¿No habéis sabido nada de su proceso ni de las cosas que ocurrieron?

    Equecrates: Sí; lo supimos, porque no ha faltado quien nos lo refiriera;  y sólo hemos extrañado el que la sentencia no hubiera sido ejecutada tan luego como recayó. ¿Cuál ha sido la causa de esto, Fedón?

    Fedón: Una circunstancia particular. Sucedió que la víspera del juicio se había coronado la popa del buque que los atenienses envían cada año a Delos.

    Equecrates: ¿Qué buque es ese?

    Fedón: Al decir de los atenienses, es el mismo buque en que Teseo condujo a Creta en otro tiempo a los siete jóvenes de cada sexo, que salvó, salvándose a sí mismo. Dícese que cuando partió el buque, los atenienses ofrecieron a Apolo que si Teseo y sus compañeros escapaban de la muerte, enviarían todos los años a Delos una expedición; y desde entonces nunca han dejado de cumplir este voto. Cuando llega la época de verificarlo, la ley ordena que la ciudad esté pura, y prohíbe ejecutar sentencia alguna de muerte antes que el buque haya llegado a Delos y vuelto a Atenas; y algunas veces el viaje dura mucho, como cuando los vientos son contrarios. La expedición empieza desde el momento en que el sacerdote de Apolo ha coronado la popa del buque, lo que tuvo lugar, como ya te dije, la víspera del juicio de Sócrates. Dé aquí por qué ha pasado tan largo intervalo entre su condena y su muerte.

    Equecrates: ¿Y qué pasó entonces? ¿Qué dijo, qué hizo? ¿Quiénes fueron los amigos que permanecieron cerca de él? ¿Quizá los magistrados no les permitieron asistirle en sus últimos momentos, y Sócrates murió privado de la compañía de sus amigos?

    Fedón: No; muchos de sus amigos estaban presentes; en gran número.

    Equecrates: Tómate el trabajo de referírmelo todo, hasta los más minuciosos pormenores, a no ser que algún negocio urgente te lo impida.

    Fedón: Nada de eso; estoy desocupado, y voy o darte gusto; porque para mí no hay placer más grande que recordar a Sócrates, ya hablando yo mismo de él, ya escuchando a otros que de él hablen{2}.

    Equecrates: De ese mismo modo encontrarás dispuestos a tus oyentes; y así, comienza, y procura en cuanto te sea posible no omitir nada.

    Fedón: Verdaderamente este espectáculo hizo sobre mí una impresión extraordinaria. Yo no experimentaba la compasión que era natural que experimentase asistiendo a la muerte de un amigo. Por el contrario, Equecrates, al verle y escucharle, me parecía un hombre dichoso; tanta fue la firmeza y dignidad con que murió. Creía yo que no dejaba este mundo sino bajo la protección de los dioses, que le tenían reservada en el otro una felicidad tan grande, que ningún otro mortal ha gozado jamás otra igual; y así, no me vi sobrecogido de esa penosa compasión que parece debía inspirarme esta escena de duelo. Tampoco sentía mi alma el placer que se mezclaba ordinariamente en nuestras pláticas sobre la filosofía; porque en aquellos momentos también fue este el objeto de nuestra conversación; sino que en lugar de esto, yo no sé qué de extraordinario pasaba en mí; sentía como una mezcla, hasta entonces desconocida, de placer y dolor, cuando me ponía a considerar que dentro de un momento  este hombre admirable iba a abandonarnos para siempre; y cuantos estaban presentes, se hallaban, poco más o menos, en la misma disposición. Se nos veía tan pronto sonreír como derramar lágrimas; sobre todo a Apolodoro; tú conoces a este hombre y su carácter.

    Equecrates: ¿Cómo no he de conocer a Apolodoro?

    Fedón: Se abandonaba por entero a esta diversidad de emociones; y yo mismo no estaba menos turbado que todos los demás.

    Equecrates: ¿Quiénes eran los que se encontraban allí, Fedón?

    Fedón: De nuestros compatriotas, estaban: Apolodoro, Critóbulo y su padre, Critón, Hermógenes, Epigenes, Esquines y Antistenes{3}. también estaban Ctesipo, del pueblo de Peanea, Menexenes y algunos otros del país. Platón creo que estaba enfermo.

    Equecrates: ¿Y había extranjeros?

    Fedón: Sí; Simmias, de Tebas, Cebes y Fedóndes; y de Megara, Euclides{4} y Terpsion.

    Equecrates: Arístipo{5} y Cleombroto, ¿no estaban allí?

    Fedón: No; se decía que estaban en Egina.

    Equecrates: ¿No había otros?

    Fedón: Creo que, poco más o menos, estaban los que te he dicho.

    Equecrates: Ahora bien; ¿sobre qué decías que había versado la conversación?

    Fedón: Todo te lo puedo contar punto por punto, porque desde la condenación de Sócrates no dejamos ni un solo día de verle. Como la plaza pública, donde había tenido lugar el juicio, estaba cerca de la prisión, nos reuníamos allí de madrugada, y conversando aguardábamos a que se abriera la cárcel, que nunca era temprano. Luego que se abría, entrábamos; y pasábamos ordinariamente todo el día con él. Pero el día de la muerte, nos reunimos más temprano que de costumbre. Habíamos sabido la víspera, al salir por la tarde de la prisión, que el buque había vuelto de Delos. Convinimos todos en ir al día siguiente al sitio acostumbrado lo más temprano que se pudiera, y ninguno faltó a la cita. El alcaide, que comúnmente era nuestro introductor, se adelantó, y vino donde estábamos para decirnos que esperáramos hasta que nos avisara, porque los Once{6}, nos añadió, están en este momento mandando quitar los grillos a Sócrates, y dando orden para que muera hoy.

    Pasados algunos momentos, vino el alcaide y nos abrió la prisión. Al entrar, encontramos a Sócrates, a quien acababan de quitar los grillos, y a Jantipa, ya la conoces, que tenía uno de sus hijos en los brazos. Apenas nos vio, comenzó a deshacerse en lamentaciones, y a decir todo lo que las mujeres acostumbran en semejantes circunstancias. ¡Sócrates –gritó ella–, hoy es el último día en que te hablarán tus amigos y en que tú les hablarás! Pero Sócrates, dirigiendo una mirada a Critón, le dijo: que la lleven a su casa. En el momento, algunos esclavos de Critón condujeron a Jantipa, que iba dando  gritos y golpeándose el rostro. Entonces Sócrates, tomando asiento, dobló la pierna, libre ya de los hierros, la frotó con la mano, y nos dijo: es cosa singular, amigos míos, lo que los hombres llaman placer; y ¡qué relaciones maravillosas mantiene con el dolor, que se considera como su contrario! Porque el placer y el dolor no se encuentran nunca a un mismo tiempo; y sin embargo, cuando se experimenta el uno, es preciso aceptar el otro, como si un lazo natural los hiciese inseparables. Siento que a Esopo no se le haya ocurrido esta idea, porque hubiera inventado una fábula, y nos hubiese dicho, que Dios quiso un día reconciliar estos dos enemigos, y que no habiendo podido conseguirlo, los ató a una misma cadena, y por esta razón, en el momento que uno llega, se ve bien pronto llegar a su compañero. Yo acabo de hacer la experiencia por mí mismo; puesto que veo que al dolor, que los hierros me hacían sufrir en esta pierna, sucede ahora el placer.

    —Verdaderamente, Sócrates, dijo Cebes, haces bien en traerme este recuerdo; porque a propósito de las poesías que has compuesto, de las fábulas de Esopo que has puesto en verso y de tu himno a Apolo, algunos, principalmente Eveno{7}, me han preguntado recientemente por qué motivo te habías dedicado a componer versos desde que estabas preso, cuando no lo has hecho en tu vida. Si tienes algún interés en que pueda responder a Eveno, cuando vuelva a hacerme la misma pregunta, y estoy seguro de que la hará, dime lo que he de contestarle.

    —Pues bien, mi querido Cebes, replicó Sócrates, dile la verdad; que no lo he hecho seguramente por hacerme su rival en poesía, porque ya sabía que esto no me era fácil; sino que lo hice por depurar el sentido de ciertos sueños y aquietar mi conciencia respecto de ellos; para ver si por casualidad era la poesía aquella de las bellas  artes a que me ordenaban que me dedicara; porque muchas veces, en el curso de mi vida, mi mismo sueño me ha aparecido tan pronto con una forma, como con otra, pero prescribiéndome siempre la misma cosa: Sócrates, me decía, cultiva las bellas artes. –Hasta ahora había tomado esta orden por una simple indicación, y me imaginaba que, a la manera de las excitaciones con que alentamos a los que corren en la lid, estos sueños que me prescribían el estudio de las bellas artes, me exhortaban sólo a continuar en mis ocupaciones acostumbradas; puesto que la filosofía es la primera de las artes, y yo vivía entregado por entero a la filosofía. Pero después de mi sentencia y durante el intervalo que me dejaba la fiesta del Dios, pensé que si eran las bellas artes, en el sentido estricto, a las que querían los sueños que me dedicara, era preciso obedecerles, y para tranquilizar mi conciencia no abandonar la vida hasta haber satisfecho a los dioses, componiendo al efecto versos según lo ordenaba el sueño. Comencé, pues, por cantar en honor del Dios, cuya fiesta se celebraba; en seguida, reflexionando que un poeta, para ser verdadero poeta, no debe componer discursos en verso sino inventar ficciones, y no reconociendo en mí este talento, me decidí a trabajar sobre las fábulas de Esopo; puse en verso las que sabía, y que fueron las primeras que vinieron a mi memoria. he aquí, mi querido Cebes, lo que habrás de decir a Eveno. Salúdale también en mi nombre, y dile, que si es sabio, que me siga, porque al parecer hoy es mi último día, puesto que los atenienses lo tienen ordenado.

    —Entonces Simmias dijo: ¡Ah!, Sócrates, qué consejo das a Eveno!, verdaderamente he hablado con él muchas veces; pero, a mi juicio, no se prestará muy voluntariamente a aceptar tu invitación.

    —¡Qué!, repuso Sócrates; ¿Eveno no es filósofo?

    —Por tal le tengo; respondió Simmias.

    —Pues bien, dijo Sócrates; Eveno me seguirá como todo hombre que se ocupe dignamente de filosofía. Sé bien que no se suicidará, porque esto no es lícito.

    Diciendo estas palabras se sentó al borde de su cama, puso los pies en tierra, y habló en esta postura todo el resto del día.

    —Cebes le preguntó: ¿cómo es, Sócrates, que no es permitido atentar a la propia vida, y sin embargo, el filósofo debe querer seguir a cualquiera que muere?

    —¡Y qué!, Cebes, replicó Sócrates, ¿ni tú ni Simmias habéis oído hablar nunca de esta cuestión a vuestro amigo Filolao?{8}

    —Jamás, respondió Cebes, se explicó claramente sobre este punto.

    —Yo, replicó Sócrates, no sé más que lo que he oído decir, y no os ocultaré lo que he sabido. Así como así no puede darse una ocupación más conveniente para un hombre que va a partir bien pronto de este mundo, que la de examinar y tratar de conocer a fondo ese mismo viaje, y descubrir la opinión que sobre él tengamos formada. ¿En qué mejor cosa podemos emplearnos hasta la puesta del sol?

    —¿En qué se fundan, Sócrates, dijo Cebes, los que afirman que no es permitido suicidarse? He oído decir a Filolao, cuando estaba con nosotros, y a otros muchos, que esto era malo; pero nada he oído que me satisfaga sobre este punto.

    —Cobra ánimo, dijo Sócrates, porque hoy vas a ser más afortunado; pero te sorprenderás al ver que el vivir es para todos los hombres una necesidad absoluta e invariable, hasta para aquellos mismos a quienes vendría mejor la muerte que la vida; y tendrás también por cosa extraña que no sea permitido a aquellos, para quienes la  muerte es preferible a la vida, procurarse a sí mismos este bien, y que estén obligados a esperar otro libertador.

    —Entonces Cebes, sonriéndose, dijo a la manera de su país: Dios lo sabe.

    —Esta opinión puede parecer irracional, repuso Sócrates, pero no es porque carezca de fundamento. No quiero alegar aquí la máxima, enseñada en los misterios, de que nosotros estamos en este mundo cada uno como en su puesto, y que nos está prohibido abandonarle sin permiso. Esta máxima es demasiado elevada, y no es fácil penetrar todo lo que ella encierra. Pero he aquí otra más accesible, y que me parece incontestable; y es que los dioses tienen cuidado de nosotros, y que los hombres pertenecen a los dioses. ¿No es esto una verdad?

    —Muy cierto; dijo Cebes.

    —Tú mismo, repuso Sócrates, si uno de tus esclavos se suicidase sin tu orden, ¿no montarías en cólera contra él, y no le castigarías rigurosamente, si pudieras?

    —Sí, sin duda.

    —Por la misma razón, dijo Sócrates, es justo sostener que no hay razón para suicidarse, y que es preciso que Dios nos envió una orden formal para morir, como la que me envía a mí en este día.

    —Lo que dices me parece probable, dijo Cebes; pero decías al mismo tiempo que el filósofo se presta gustoso a la muerte, y esto me parece extraño, si es cierto que los dioses cuidan de los hombres, y que los hombres pertenecen a los dioses; porque, ¿cómo pueden los filósofos desear no existir, poniéndose fuera de la tutela de los dioses, y abandonar una vida sometida al cuidado de los mejores gobernadores del mundo? Esto no me parece en manera alguna racional. ¿Creen que serán más capaces de gobernarse cuando se vean libres del cuidado de los dioses? Comprendo que un mentecato pueda pensar que es preciso huir de su amo a cualquier precio; porque no comprende que siempre conviene estar al lado de lo que es bueno, y no perderlo de vista; y por tanto si huye, lo hará sin razón. Pero un hombre sabio debe desear permanecer siempre bajo la dependencia de quien es mejor que él. De donde infiero, Sócrates, todo lo contrario de lo que tú decías; y pienso que a los sabios aflige la muerte y que a los mentecatos les regocija.

    —Sócrates manifestó cierta complacencia al notar la sutileza de Cebes; y dirigiéndose a nosotros, nos dijo: Cebes siempre encuentra objeciones, y no se fija mucho en lo que se le dice.

    —Pero, dijo entonces Simmias, yo encuentro alguna razón en lo que dice Cebes. En efecto, ¿qué pretenden los sabios al huir de dueños mucho mejores que ellos, y al privarse voluntariamente de su auxilio? A ti es a quien dirige este razonamiento Cebes, y te echa en cara que te separas de nosotros voluntariamente, y que abandonas a los dioses que, según tú mismo parecer, son tan buenos amos.

    —Tenéis razón, dijo Sócrates; y veo que ya queréis obligarme a que me defienda aquí como me he defendido en el tribunal.

    —Así es; dijo Simmias.

    —Es preciso, pues, satisfaceros, replicó Sócrates, y procurar que esta apología tenga mejor resultado respecto de vosotros, que el que tuvo la primera respecto de los jueces. En verdad, Simmias y Cebes, si no creyese encontrar en el otro mundo dioses tan buenos y tan sabios y hombres mejores que los que dejo en este, sería un necio, si no me manifestara pesaroso de morir. Pero sabed que espero reunirme allí con hombres justos. Puedo quizá hacerme ilusiones respecto de esto; pero en cuanto a encontrar allí dioses que son muy buenos dueños, yo lo aseguro en cuanto pueden asegurarse cosas de esta naturaleza. He aquí por qué no estoy tan afligido en estos momentos, esperando que hay algo reservado para los hombres después de esta vida, y que, según la antigua máxima, los buenos serán mejor tratados que los malos.

    —¿Pero qué, Sócrates, replicó Simmias, será posible que nos abandones sin hacernos partícipes de esas convicciones de tu alma? Me parece que este bien nos es a todos común; y si nos convences de tu verdad, tu apología está hecha.

    —Eso es lo que pienso hacer, respondió; pero antes veamos lo que Critón quiere decirnos. Me parece que ha rato intenta hablarnos.

    —No es más, dijo Critón, sino que el hombre, que debe darte el veneno, no ha cesado de decirme largo rato ha, que se te advierta que hables poco, porque dice que el hablar mucho acalora, y que no hay cosa más opuesta, para que produzca efecto el veneno; por lo que es preciso dar dos y tres tomas, cuando se está de esta suerte acalorado.

    —Déjale que hable, respondió Sócrates; y que prepare la cicuta, como si hubiera necesidad de dos tomas y de tres, si fuese necesario.

    —Ya sabía yo que darías esta respuesta, dijo Critón; pero él no desiste de sus advertencias.

    —Dejadle que diga, repuso Sócrates; ya es tiempo de que explique delante de vosotros, que sois mis jueces, las razones que tengo para probar que un hombre, que se ha consagrado toda su vida a la filosofía, debe morir con mucho valor, y con la firme esperanza de que gozará después de la muerte bienes infinitos. Voy a daros las pruebas, Simmias y Cebes.

    Los hombres ignoran que los verdaderos filósofos no trabajan durante su vida sino para prepararse a la muerte; y siendo esto así, sería ridículo que después de haber proseguido sin tregua este único fin, recelasen y temiesen, cuando se les presenta la muerte.

    Reflexión espiritual de Sócrates sobre la muerte

    Prosigue Sócrates explicando cómo el autentico filósofo ha de estar preparado para la muerte, que no es sino la separación del alma del cuerpo, envoltura  en la que está encerrada y aprisionada y que le dificulta el acceso a la verdad. Se parte de un radical dualismo entre el cuerpo y el alma: la psyché, el alma, es lo espiritual, lo racional, lo vital, frente al cuerpo, soma, envoltura sensorial y perecedera. Al verdadero filósofo que durante toda su vida sólo ha intentado purificarse de lo corpóreo y atender al cuidado del alma, le aguarda una eterna bienaventuranza viendo a los dioses y conversando con ellos, viendo al sol, la luna y las estrellas, en compañía de sus seres queridos.

    Se plantea luego la cuestión de si el alma desaparece por completo o es inmortal. Es este sin duda un asunto propio del momento. Los diversos amigos presentes van dando su opinión al respecto. La afirmación de la inmortalidad del alma exige que se den las pruebas necesarias y explicar a dónde va cuando se separa del cuerpo al morir. Sócrates expone varios argumentos, uno de los más poderosos es el de la “anamnesis” o “rememoración”, el conocimiento de las cosas como recuerdo de algo ya conocido con anterioridad. Las ideas eternas y modélicas son las causas de las cosas reales, que participan de ellas.

    Los argumentos y el tono de la discusión pueden parecer excesivamente fríos, pero esta frialdad es sólo aparente si se piensa en el momento previo a la muerte de Sócrates al que asistimos. Si los argumentos de Sócrates son ciertos, su muerte aceptada merece la pena.

    En el diálogo sobre estas cuestiones, los amigos de Sócrates, conscientes del momento, no quieren molestar al maestro, que les pide que le planteen sus objeciones, a las que él responderá.

    84d-85e

    —Te diré la verdad, Sócrates, respondió Simmias; ha largo tiempo que tenemos dudas Cebes y yo, y nos hemos dado de codo para comprometernos a proponértelas, porque tenemos vivo deseo de ver cómo las resuelves. Pero ambos hemos temido ser importunos, proponiéndote cuestiones desagradables en la situación en que te hallas.

    —¡Ah!, mi querido Simmias, replicó Sócrates, sonriendo dulcemente; ¿con qué trabajo convencería yo a los demás hombres de que no tengo por una desgracia la situación en que me encuentro, cuando de vosotros mismos no puedo conseguirlo, pues que me creéis en este momento en peor posición que antes? Me suponéis, al parecer, muy inferior a los cisnes, por lo que respecta al presentimiento y a la adivinación. Los cisnes, cuando presienten que van a morir, cantan aquel día aún mejor que lo han hecho nunca, a causa de la alegría que tienen al ir a unirse con el dios a que ellos sirven. Pero el temor que los hombres tienen a la muerte, hace que calumnien a los cisnes, diciendo que lloran su muerte y que cantan de tristeza. No reflexionan que no hay pájaro que cante cuando tiene hambre o frío o cuando sufre de otra manera, ni aun el ruiseñor, la golondrina y la abubilla, cuyo canto se dice que es efecto del dolor. Pero estos pájaros no cantan de manera alguna de tristeza, y menos los cisnes, a mi juicio; porque perteneciendo a Apolo, son divinos, y como prevén los bienes de que se goza en la otra vida, cantan y se regocijan en aquel día más que lo han hecho nunca. Y yo mismo pienso que sirvo a Apolo lo mismo que ellos; que como ellos estoy consagrado a este dios; que no he recibido menos que ellos de nuestro común dueño el arte de la adivinación, y que no me siento contrariado al salir de esta vida. Así pues, en este concepto, podéis hablarme cuanto queráis, e interrogarme por todo el tiempo que tengan a bien permitirlo los Once.

    —Muy bien, Sócrates, repuso Simmias; te propondré mis dudas, y Cebes te hará sus objeciones. Pienso, como tú, que en estas materias es imposible, o por lo menos muy difícil, saber toda la verdad en esta vida; y estoy convencido de que no examinar detenidamente lo que se dice, y cansarse antes de haber hecho todos los esfuerzos posibles para conseguirlo, es una acción digna de un  hombre perezoso y cobarde; porque, una de dos cosas: o aprender de los demás la verdad o encontrarla por sí mismo; y si una y otra cosa son imposibles, es preciso escoger entre todos los razonamientos humanos el mejor y más fuerte, y embarcándose en él como en una barquilla, atravesar de este modo las tempestades de esta vida, a menos que sea posible encontrar, para hacer este viaje, algún buque más grande, esto es, algún razonamiento incontestable que nos ponga fuera de peligro. No tendré reparo en hacerte preguntas, puesto que lo permites; y no me expondré al remordimiento que yo podría tener algún día, por no haberte dicho en este momento lo que pienso. Cuando examino con Cebes lo que nos has dicho, Sócrates, confieso que tus pruebas no me parecen suficientes.

    —Quizá tienes razón, mi querido Simmias; pero, ¿por qué no te parecen suficientes?

    Y prosigue el diálogo. De 107c a 115a introduce Platón el mito escatológico, del viaje al Más Allá, con la descripción de la geografía fabulosa del otro mundo, y el destino de las almas tras el juicio. La palabra griega ἔσχατος, eschatos, significa último, final, postrero y por tanto “escatológico” se refiere a lo perteneciente o relativo a las postrimerías de ultratumba.

    Luego sigue en 113d

    Dispuestas así todas las cosas por la naturaleza, cuando los muertos llegan al lugar a que les ha conducido su guía, se les somete a un juicio, para saber si su vida en este mundo ha sido santa y justa o no. Los que no han sido ni enteramente criminales ni absolutamente inocentes, son enviados al Aqueronte, y desde allí son conducidos en barcas a la laguna Aquerusia, donde habitan sufriendo castigos proporcionados a sus faltas, hasta que, libres de ellos, reciben la recompensa debida a sus buenas acciones. Los que se consideran incurables a causa de lo grande  de sus faltas y que han cometido muchos y numerosos sacrilegios, asesinatos inicuos y contra ley u otros crímenes semejantes, el fatal destino, haciendo justicia, los precipita en el Tártaro, de donde no saldrán jamás. Pero los que sólo han cometido faltas que pueden expiarse, aunque sean muy grandes, como haber cometido violencias contra su padre o su madre, o haber quitado la vida a alguno en el furor de la cólera, aunque hayan hecho por ello penitencia durante toda su vida, son sin remedio precipitados también en el Tártaro; pero, trascurrido un año, las olas los arrojan y echan los homicidas al Cocito, y los parricidas al Purifiegeton, que los arrastra hasta la laguna Aquerusia. Allí dan grandes gritos, y llaman a los que fueron asesinados y a todos aquellos contra quienes cometieron violencias, y los conjuran para que les dejen pasar la laguna, y ruegan se les reciba allí. Si los ofendidos ceden y se compadecen, aquellos pasan y se ven libres de todos los males; y si no ceden, son de nuevo precipitados en el Tártaro, que los vuelve a arrojar a los otros ríos hasta que hayan conseguido el perdón de los ofendidos, porque tal ha sido la sentencia dictada por los jueces. Pero los que han justificado haber pasado su vida en la santidad, dejan estos lugares terrestres como una prisión y son recibidos en lo alto, en esa tierra pura, donde habitan. Y lo mismo sucede con los que han sido purificados por la filosofía, los cuales viven por toda la eternidad sin cuerpo, y son recibidos en estancias aún más admirables. No es fácil que os haga una descripción de esta felicidad, ni el poco tiempo que me resta me lo permite. Pero lo que acabo de deciros basta, mi querido Simmias, para haceros ver que debemos trabajar toda nuestra vida en adquirir la virtud y la sabiduría, porque el precio es magnífico y la esperanza grande.

    Sostener que todas estas cosas son como yo las he descrito, ningún hombre de buen sentido puede hacerlo;  pero lo que he dicho del estado de las almas y de sus estancias, es como os lo he anunciado o de una manera parecida; creo que, en el supuesto de ser el alma inmortal, puede asegurarse sin inconveniente; y la cosa bien merece correr el riesgo de creer en ella. Es un azar precioso a que debemos entregarnos, y con el que debe uno encantarse a sí mismo. He aquí por qué me he detenido tanto en mi discurso. Todo hombre, que durante su vida ha renunciado a los placeres y a los bienes del cuerpo y los ha mirado como extraños y maléficos, que sólo se ha entregado a los placeres que da la ciencia, y ha puesto en su alma, no adornos extraños, sino adornos que le son propios, como la templanza, la justicia, la fortaleza, la libertad, la verdad; semejante hombre debe esperar tranquilamente la hora de su partida para los infiernos, estando siempre dispuesto para este viaje cuando quiera que el destino le llame. Respecto a vosotros, Simmias y Cebes y los demás aquí presentes, haréis este viaje cuando os llegue vuestro turno. Con respecto a mí, la suerte me llama hoy, como diría un poeta trágico; y ya es tiempo de que me vaya al baño, porque me parece que es mejor no beber el veneno hasta después de haberme bañado, y ahorraré así a las mujeres el trabajo de lavar mi cadáver.

    —Cuando Sócrates hubo acabado de hablar, Critón, tomando la palabra, le dijo: bueno, Sócrates; pero ¿no tienes nada que recomendarnos ni a mí ni a estos otros sobre tus hijos o sobre cualquier otro negocio en que podamos prestarte algún servicio?

    —Nada más, Critón, que lo que os he recomendado siempre, que es el tener cuidado de vosotros mismos, y así haréis un servicio a mí, a mi familia y a vosotros mismos, aunque no me prometierais nada en este momento; mientras que si os abandonáis, si no queréis seguir el camino de que acabarnos de hablar, todas las promesas, todas las protestas que pudieseis hacerme hoy, todo esto de nada serviría.

    —Haremos los mayores esfuerzos, respondió Critón, para conducirnos de esa manera; pero, ¿cómo te enterraremos?

    —Como gustéis, dijo Sócrates; si es cosa que podéis cogerme y si no escapo a vuestras manos. Y sonriéndose y mirándonos al mismo tiempo, dijo: no puedo convencer a Critón de que yo soy el Sócrates que conversa con vosotros y que arregla todas las partes de su discurso; se imagina siempre que soy el que va a ver morir luego, y en este concepto me pregunta cómo me ha de enterrar. Y todo ese largo discurso que acabo de dirigiros para probaros que desde que haya bebido la cicuta no permaneceré ya con vosotros, sino que os abandonaré e iré a gozar de la felicidad de los bienaventurados; todo esto me parece que lo he dicho en vano para Critón, como si sólo hubiera hablado para consolaros y para mi consuelo. Os suplico que seáis mis fiadores cerca de Critón, pero de contrario modo a como el lo fue de mi cerca de los jueces, porque allí respondió por mí de que no me fugaría. Y ahora quiero que vosotros respondáis, os lo suplico, de que en el momento que muera, me iré; a fin de que el pobre Critón soporte con más tranquilidad mi muerte, y que al ver quemar mi cuerpo o darle tierra no se desespere, como si yo sufriese grandes males, y no diga en mis funerales: que expone a Sócrates, que lleva a Sócrates, que entierra a Sócrates; porque es preciso que sepas, mi querido Critón, le dijo, que hablar impropiamente no es sólo cometer una falta en lo que se dice, sino causar un mal a las almas. Es preciso tener más valor, y decir que es mi cuerpo el que tú entierras; y entiérrale como te acomode, y de la manera que creas ser más conforme con las leyes.

    Al concluir estas palabras se levantó y pasó a una habitación inmediata para bañarse. Critón le siguió, y  Sócrates nos suplicó que le aguardásemos. Le aguardamos, pues, rodando mientras tanto nuestra conversación ya sobre lo que nos había dicho, haciendo sobre ello reflexiones, ya sobre la triste situación en que íbamos a quedar, considerándonos como hijos que iban a verse privados de su padre, y condenados a pasar el resto de nuestros dios en completa orfandad.

    Después que salió del baño le llevaron allí sus hijos; porque tenía tres, dos muy jóvenes y otro que era ya bastante grande, y con ellos entraron las mujeres de su familia. Habló con todos un rato en presencia de Critón, y les dio sus órdenes; en seguida hizo que se retirasen las mujeres y los niños, y vino a donde nosotros estábamos. Ya se aproximaba la puesta del sol, porque había permanecido largo rato en el cuarto del baño. En cuanto entró se sentó en su cama, sin tener tiempo para decirnos nada, porque el servidor de los Once entró casi en aquel momento y aproximándose a él, dijo: Sócrates, no tengo que dirigirte la misma reprensión que a los demás que han estado en tu caso. Desde que vengo a advertirles, por orden de los magistrados, que es preciso beber el veneno, se alborotan contra mí y me maldicen; pero respecto a ti, desde que estás aquí, siempre me has parecido el más firme, el más dulce y el mejor de cuantos han entrado en esta prisión; y estoy bien seguro de que en este momento no estás enfadado conmigo, y que sólo lo estarás con los que son la causa de tu desgracia, y a quienes tú conoces bien. Ahora, Sócrates, sabes lo que vengo a anunciarte; recibe mi saludo, y trata de soportar con resignación lo que es inevitable. Dicho esto, volvió la espalda, y se retiró derramando lágrimas. Sócrates, mirándole, le dijo: y también yo te saludo, amigo mío, y haré lo que me dices. Ved, nos dijo al mismo tiempo, qué honradez la de este hombre; durante el tiempo que he permanecido aquí me ha venido a ver muchas veces; se conducía como el mejor de los hombres; y en este momento, ¡qué de veras me llora! Pero, adelante, Critón; obedezcámosle de buena voluntad, y que me traiga el veneno si está machacado; y si no lo está, que él mismo lo machaque.

    —Pienso, Sócrates, dijo Critón, que el sol alumbra todavía las montañas, y que no se ha puesto; y me consta, que otros muchos no han bebido el veneno sino mucho después de haber recibido la orden; que han comido y bebido a su gusto y aun algunos gozado de los placeres del amor; así que no debes apurarte, porque aún tienes tiempo.

    —Los que hacen lo que tú dices, Criton, respondió Sócrates, tienen sus razones; creen que eso más ganan, pero yo las tengo también para no hacerlo, porque la única cosa que creo ganar, bebiendo la cicuta un poco más tarde, es hacerme ridículo a mis propios ojos, manifestándome tan ansioso de vida, que intente ahorrar la muerte, cuando esta es absolutamente inevitable{29}. Así, pues, mi querido Criton, haced lo que os he dicho, y no me atormentes más.

    —Entonces Criton hizo una seña al esclavo que tenía allí cerca. El esclavo salió, y poco después volvió con el que debía suministrar el veneno, que llevaba ya disuelto en una copa. Sócrates viéndole entrar, le dijo: muy bien, amigo mío; es preciso que me digas lo que tengo que hacer; porque tú eres el que debes enseñármelo.

    —Nada más, le dijo este hombre, que ponerte a pasear después de haber bebido la cicuta, hasta que sientas que se debilitan tus piernas, y entonces te acuestas en tu cama. Al mismo tiempo le alargó la copa. Sócrates la tomó, Equecrates, con la mayor tranquilidad, sin ninguna emoción, sin mudar de color ni de semblante; y  mirando a este hombre con ojo firme y seguro, como acostumbraba, le dijo: ¿es permitido hacer una libación con un poco de este brebaje?

    —Sócrates, le respondió este hombre, sólo disolvemos lo que precisamente se ha de beber.

    —Ya lo entiendo, dijo Sócrates; pero por lo menos es permitido y muy justo dirigir oraciones a los dioses, para que bendigan nuestro viaje, y que le hagan dichoso; esto es lo que les pido, y ¡ojalá escuchen mis votos!

    Después de haber dicho esto, llevó la copa a los labios, y bebió con una tranquilidad y una dulzura maravillosas.

    Hasta entonces nosotros tuvimos fuerza para contener las lágrimas, pero al verle beber y después que hubo bebido, ya no fuimos dueños de nosotros mismos. Yo sé decir, que mis lágrimas corrieron en abundancia, y a pesar de todos mis esfuerzos no tuve más remedio que cubrirme con mi capa para llorar con libertad por mí mismo, porque no era la desgracia de Sócrates la que yo lloraba, sino la mía propia pensando en el amigo que iba a perder. Critón, antes que yo, no pudiendo contener sus lágrimas, había salido; y Apolodoro, que ya antes no había cesado de llorar, prorrumpió en gritos y en sollozos, que partían el alma de cuantos estaban presentes, menos la de Sócrates. ¿Qué hacéis, dijo, amigos míos? ¿No fue el temor de estas debilidades inconvenientes lo que motivó el haber alejado de aquí las mujeres? ¿Por qué he oído decir siempre que es preciso morir oyendo buenas palabras? Manteneos, pues, tranquilos, y dad pruebas de más firmeza.

    Estas palabras nos llenaron de confusión, y retuvimos nuestras lágrimas.

    —Sócrates, que estaba paseándose, dijo que sentía desfallecer sus piernas, y se acostó de espalda, como el hombre le había ordenado. Al mismo tiempo este mismo hombre, que le había dado el veneno, se aproximó, y  después de haberle examinado un momento los pies y las piernas, le apretó con fuerza un pié, y le preguntó si lo sentía, y Sócrates respondió que no. Le estrechó en seguida las piernas y, llevando sus manos más arriba, nos hizo ver que el cuerpo se helaba y se endurecía, y tocándole él mismo, nos dijo que en el momento que el frío llegase al corazón, Sócrates dejaría de existir. Ya el bajo vientre estaba helado, y entonces descubriéndose, porque estaba cubierto, dijo, y estas fueron sus últimas palabras: Critón, debemos un gallo a Esculapio; no te olvides de pagar esta deuda{30}.

    —Así lo haré, respondió Criton; pero mira si tienes aún alguna advertencia que hacernos.

    —No respondió nada, y de allí a poco hizo un movimiento. El hombre aquel entonces lo descubrió por entero y vimos que tenía su mirada fija. Critón, viendo esto, le cerró la boca y los ojos.

    —He aquí, Equecrates, cuál fue el fin de nuestro amigo, del hombre, podemos decirlo, que ha sido el mejor de cuantos hemos conocido en nuestro tiempo; y por otra parte, el más sabio, el más justo de todos los hombres.

    ———

    Notas:
    {1} Era de Flionte en Sicionia, que es el lugar de la conversación.
    {2} Fedón debió a Sócrates el que Alcibíades o Criton le rescataran de la esclavitud.
    {3} Jefe de la Escuela cínica.
    {4} Jefe de la Escuela megárica.
    {5} Jefe de la Escuela cirenaica.
    {6} Magistrados encargados de la policía de las prisiones y de hacer ejecutar las sentencias de los jueces.
    {7} Poeta elegiaco, natural de la isla de Paros.
    {8} Filósofo pitagórico de Crotona.
    {9} Hay sobre esto un precioso pasaje en el libro segundo de La República.
    {29} Alusión de un verso de Hesiodo. (Las Obras y los días, v. 307.)
    {30} Era un sacrificio en acción de gracias al dios de la medicina, que le libraba por la muerte de todos los males de la vida.