Categoría: Filosofía

  • El hombre es la medida de todas las cosas

    Los filósofos griegos se preocuparon de explicar la naturaleza de las cosas y también se preocuparon de explicar al propio hombre.

    Esta es la fase más famosa del filósofo sofista y retórico  griego Protágoras, nacido en Abdera, en Tracia,  (485 a. C.-411 a. C. aproximadamente).

    En esta frase culmina  el proceso de racionalización filosófica que se produjo en la Grecia clásica. Aunque sea una visión excesivamente resumida y tópica, conviene recordar cómo de una primera etapa mítico-religiosa en la que el centro del pensamiento pivota en la relación con los dioses como explicación de las cosas, se pasa a la etapa filosófica de explicación  de la naturaleza física y de sus fenómenos y finalmente a la etapa antropocéntrica o de preocupación por el propio hombre.

    Esta frase es la expresión del cambio de interés en el racionalismo griego: ahora, sin abandonar la curiosidad por los fenómenos naturales,  el centro es el hombre y toda su complejidad. Es lo que sintetiza la frase  “Homo omnium rerum mensura est” («El hombre es la medida de todas las cosas».
    En realidad Diógenes Laercio nos dice que la frase en griego, naturalmente, fue: “πάντων χρημάτων μέτρον ἔστὶν ἄνθρωπος, τῶν δὲ μὲν οντῶν ὡς ἔστιν, τῶν δὲ οὐκ ὄντων ὠς οὐκ ἔστιν” = “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, de las que no son en cuanto que no son.”.

    El sentido exacto de la frase es motivo de discusión, como no podía ser de otra manera tratándose de filósofos: ¿se refiere al hombre como individuo, lo que plantearía un relativismo absoluto, o como género colectivo?;  ¿ con  “todas las cosas” se refiere también a la esencia de las inmateriales  o tan sólo a las que implican una valoración por parte del hombre?

    Ya en la propia Antigüedad hubo voces críticas con este principio, disconformes con el relativismo que introduce en el análisis de las cosas. Platón, por ejemplo, se refiere críticamente en varios de sus Diálogos a Protágoras y su frase; así en Cratillo 386a o en el Teeteto  152a o en Las Leyes 716c, en donde dice:

               “Ahora bien, según nosotros, la divinidad ha de ser la medida de todas las cosas 
                 y en el mayor grado posible; mucho más que el hombre, como suele decirse por ahí
    .”

    ὁ δὴ θεὸς ἡμῖν πάντων χρημάτων μέτρον ἂν εἴη μάλιστα, καὶ πολὺ μᾶλλον ἤ πού τις, ὥς φασιν, ἄνθρωπος:

     Ya que somos hombres, reflexionemos cada uno de nosotros y carguemos de valor y significado personal una frase de tanto éxito histórico.

    Verdaderamente en el origen de toda nuestra cultura están los griegos.

  • Los griegos y romanos no tuvieron un profeta que les dictara sus dogmas

    La religión griega y romana no tiene profetas, no tiene libros dogmáticos, no tiene una clase sacerdotal jerarquizada.

    Casi todas las religiones tienen un libro sagrado, un dogma y una doctrina generalmente transmitida por un profeta o enviado de Dios. El Cristianismo con su Biblia y Jesucristo, el Judaísmo con sus libros sagrados y sus profetas y el Islamismo con su Corán y Mahoma son conocidas precisamente como “las religiones del libro”. En esos casos las palabras del libro son palabra de Dios y por lo tanto su contenido son dogmas que no se pueden cuestionar.

    En la Grecia Antigua o Roma no existe un profeta o un teólogo similar que haya comunicado una doctrina, unos dogmas o unas normas de conducta religiosa y por lo tanto la religión es un campo en el que se puede actuar con mucha más libertad. No existen libros sagrados similares a la Biblia o al Corán; a lo sumo existen unos libros de profecías, llamados “Libros Sibilinos” que los romanos, muy supersticiosos, consultan ante cualquier circunstancia de especial importancia para la República, para el Estado. 

    Tampoco existe un grupo o casta sacerdotal que monopolice la relación con la divinidad, aunque algunas familias puedan tener una relación especial con alguna divinidad concreta.

    Fueron Homero hacia el siglo VIII a.C. al citar a los dioses en sus Ilíada y Odisea y luego Hesiodo en su Teogonía  (origen de los dioses) también hacia la mitad del mismo siglo los que fijaron por primera vez muchas de las características diferenciales de los dioses griegos, sus nombres (Zeus, Poseidon, Afrodita, Apolo, etc.), sus figuras, sus habilidades y artes. 

    Conviene distinguir los dioses a los que dan culto los griegos en sus templos y en sus ciudades de los dioses de la mitología, creación en gran parte de los poetas aprovechando precisamente el amplio margen que deja una religión sin profetas y sin dogmas.

    E incluso debemos diferenciarlos de “los dioses de los filósofos”, fruto de la reflexión sobre la religión que produce todo tipo de pensamiento ante el hecho religioso, desde el ateísmo hasta el animismo o el deísmo…

  • Apolíneo y dionisiaco

    Apolíneo y dionisiaco son dos términos cultos que definen realidades opuestas

    Apolíneo es un adjetivo que aplicamos a una persona, a un varón,  que posee perfección corporal y también  al individuo tranquilo y sereno, según define la Real Academia Española.  En  contraposición  dionisiaca es una persona impulsiva, instintiva, orgiástica.

    Con un significado filosófico y cultural más especializado, diremos que son dos términos acuñados por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900), inspirados en la mitología griega y utilizados por él para exponer su personal concepción estética y referirse a dos actitudes opuestas ante la vida.

    Apolíneo (derivado de Apolo, dios griego de la razón, de la inteligencia y de la luz) se refiere a lo que de luminoso, racional, equilibrado, contenido, sometido a norma e individual tienen los hechos culturales humanos. 

    Dionisiaco (derivado de Dionisos, dios griego de la Naturaleza, de la vida y del vino) se refiere a lo instintivo e irracional, a la afirmación del deseo de vivir sin restricciones, a lo que de colectivo hay en los hechos culturales humanos.

  • El primer texto de pensamiento político también nos lo proporciona Heródoto

    Los antiguos griegos teorizaron sobre los diversos sistemas políticos: monarquía, democracia, tiranía…)

    Son varias las  formas de poder personal: monarquía, realeza, tiranía,… Son distintos, pero  los tres términos  tienen relaciones entre sí.

    A lo largo de la Historia, los antiguos griegos no sólo tuvieron diversos sistemas políticos (monarquía, democracia, tiranía…), sino que con frecuencia teorizaron sobre tema tan importante y a ello se dedicaron sus pensadores más ilustres como Platón o Aristóteles. No podía ser de otra manera por parte de quienes crean la filosofía, la retórica, la ciencia, y reflexionaron y teorizaron sobre tantas cosas. Sus reflexiones de ninguna manera fueron simples, antes bien, complejas y detalladas.

    Debemos a Heródoto, el “Padre de la Historia”,  el primer texto de la literatura griega en que se definen las diversas formas de gobierno, el primer texto de pensamiento político. En sus Historias, III,80,1 pone en boca de  tres persas (el rey Darío y sus generales Ótanes y Megabizo) las ventajas y perjuicios de la monarquía, la democracia y la oligarquía.

    Ótanes rechaza la monarquía (del griego μονος,mónos, uno, y αρχειν, arjéin, gobierno) porque el monarca (rey o tirano no quedan delimitados)   puede hacer lo que quiera sin dar cuenta por ello, desarrolla la soberbia y desmesura  (ὕϐρις, hybris) y la envidia de los que le rodean y viola y da muerte sin juicio a los que considera sus enemigos. Ótaanes defiende el “gobierno del pueblo” o isonomía (del griego ἰσονομία «igualdad ante la ley; a su vez  de ἴσος  isos, "igual" y νόμος nomos, "uso, costumbre, ley"),  porque las magistraturas se ejercen por sorteo,  se rinden cuentas y los asuntos se someten a la deliberación del pueblo.

    Megabizo rechaza la democracia o isonomía o gobierno del pueblo porque el vulgo es ignorante e insolente y desenfrenado. Propone elegir a un grupo de personas bien preparadas, es decir, la oligarquía, (del gr. ὀλιγαρχία, ολίγο =poco y αρχειν (arjéin): gobierno.

    La oligarquía se considera luego como una degeneración de la aristocracia «gobierno de los mejores» (del griego ἀριστοκρατία aristokratía, de ἄριστος, aristos, el mejor, el excelente, y κράτος ,kratos, poder) y por tanto también tiránica.

    Darío rechaza la democracia porque en ella es inevitable el libertinaje; rechaza también  la oligarquía porque inevitablemente se producen  las rivalidades y los odios, las disensiones y los asesinatos de unos y otros porque todos quieren ocupar la cabeza; y se muestra partidario de la monarquía, porque al tratarse de un solo gobernante,  se guardan mejor los secretos de estado y se evitan los problemas anteriores. Pero esta monarquía no es tiranía porque gobierna correctamente al pueblo. Así la democracia degenera en oligarquía y ésta a su vez en monarquía, que es el mejor sistema, porque el monarca actúa de árbitro entre los grupos aristocráticos  y favorece al pueblo. Pero incluso este monarca fácilmente se convierte en tirano, que arrebata la libertad a sus ciudadanos.

    Sócrates, Platón, Aristóteles elaboraron luego profundamente estas ideas, pero el primero que plantea la discusión, al menos el primer texto que conocemos, es del “padre” Heródoto.

    Hoy en día los ciudadanos del mundo occidental son mayoritariamente democráticos, pero no faltarán voces, que se oyen con alguna frecuencia, de defensa de los regímenes oligárquicos que consideran al pueblo como ignorante y fácilmente manejable.

    Curiosamente subsisten también en occidente buen número de monarquías, aunque su función política, muy reducida, queda sometida a las leyes democráticas.

    E incluso  en buena parte de países del planeta existen monarquías, monarquías tiránicas, oligarquías y oligarquías tiránicas y en ellos  no existe la libertad del ciudadano. Ha mejorado sin duda la humanidad, pero cuánto cuesta extender y mantener la libertad.

     

    Véase también:  la historia tuvo un padre

  • El más hermoso poema de la Antigüedad

    Para muchos conocedores y amantes de la literatura latina, Virgilio es el primer poeta con su poema épico la “Eneida”. El segundo poeta en importancia sería el lírico Horacio.

    Para algunas de  estas personas el mejor poema escrito en latín es precisamente la Oda 7 del libo IV de Horacio. Naturalmente, sobre los gustos, también los literarios, no hay nada escrito; a fin de cuentas cualquier valoración artística no deja de ser  un juicio  personal porque en ello no sólo incide la fría evaluación racional.

    En todo caso algún valor especial debe tener este poema para que el famoso filólogo, erudito y poeta inglés Alfred Edward Housman ( 1859 – 1936), extraordinario profesor de latín en Cambridge de 1911 a 1936, considerara a esta Oda  el más bello poema de  la literatura antigua.

    G. Highet cuenta en su obra The Classical Tradition. Greek and Roman influences on Western literature, traducida al castellano en editorial FCE como La tradición clásica. Influencias griegas y romanas en la literatura occidental la siguiente anécdota, referida a Housman:

    En el mes de mayo de 1914, en la floreciente primavera, comentaba el poema a sus alumnos de Cambridge y les sorprendió con una confesión personal absolutamente inesperada en tan serio profesor: “Este –dijo apresuradamente, casi como un hombre que traiciona un secreto- es para mí el poema más hermoso de la literatura antigua” y abandonó emocionado el aula ante el asombro respetuoso de sus discípulos. Naturalmente también los más serios y severos profesores  son seres humanos de corazón sensible.

    Es el pensamiento epicúreo el que anima esta composición. En este poema el regreso de la primavera, que ya se anuncia con fuerza incontenible, y la sucesión de las estaciones del año nos advierten de que todo pasa; pero así como los años se renuevan cíclicamente, no nos ocurre igual a los hombres;  cuando llega nuestro ocaso (no sabemos cuándo ha de ser), no regresamos a la vida, sólo somos polvo (en la urna funeraria) y sombra (en el mundo de ultratumba); ni siquiera los dioses pueden resucitar a los hombres; así que debemos aprovechar el momento (carpe diem).
                             
       Oda, IV, 7

    Han huido las nieves, retorna la yerba a los campos
    y a los árboles su cabellera.
    Cambia su aspecto la tierra y los ríos en sus crecidas
    abandonas sus cauces.
    Una de las Gracias, con las Ninfas y sus  dos hermanas,
    se atreve a dirigir, desnuda,  sus danzas.
    No esperes algo  inmortal, te aconsejan el año
    y las horas que arrebatan el día soleado.
    Los fríos se suavizan con el Céfiro,
    el verano deja atrás  la primavera,
    para  a su vez morir  tan pronto
    como el otoño cargado de manzanas
    derrame sus frutos;
    y pronto volverá la bruma inactiva.
    Aunque,  rápidas, las lunas repararán los daños del cielo.
    Nosotros en cambio,  cuando caemos
    a donde cayó el padre Eneas y el rico Tulo y Anco,
    polvo y sombra somos.
    ¿Quién sabe si los dioses de arriba añadirán todavía mañana
    un tiempo a la cuenta de hoy?
    Sólo lo que tú te hayas dado con ánimo amigo
    escapará de las ávidas manos de tu heredero.
    Una vez que hayas muerto y Minos
    te haya dictado  su majestuosa  sentencia,
    ni tu estirpe, Torcuato, ni tu elocuencia, ni tu piedad
    te restituirán a la vida:
    Ni Diana libró del tenebroso infierno
    al pudoroso Hipólito,
    ni Teseo pudo romper las cadenas leteas
    de su querido Pirítoo.


                          Notas para mejor entender el poema:

    Gracias y sus hermanas: Son las tres Gracias, diosas menores de la belleza, del 
    encanto y del atractivo.
    Ninfas: bellas divinidades de la naturaleza, de las fuentes, de los ríos, de los 
    árboles, de las cuevas.
    Céfiro: viento del oeste, suave y fructífero que sopla en primavera
    Tulo y Anco: Son Tulo Hostilio y Anco Marcio, dos de los reyes legendarios de 
     Roma y representan la grandeza del pasado.
    Minos: Es uno de los  jueces del  mundo inferior, del mundo de los muertos   
    Torcuato: persona a la que Horacio  dedica el poema
    Diana: es la diosa de la caza, de los bosques,  virgen y por tanto diosa del pudor
    Hipólito: hijo de Teseo, del que se enamora su madrastra Fedra y al que inculpa     
     falsamente, devoto de Diana y no de Venus.
    Teseo: mítico rey de Atenas, amigo de Pirítoo; los dos bajaron al infierno en 
     busca de Perséfone, pero sólo regreso Teseo con la ayuda de Heracles.
    Leteo: uno de los ríos del Hades o infierno (de este nombre deriva “letal” =mortal)

                            
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    Diffugere  nives, redeunt iam gramina campis
        arboribusque comae;
    mutat terra vices et decrescentia  ripas
        flumina praetereunt;
    Gratia  cum Nymphis geminisque sororibus audet
        ducere nuda choros.
    Inmortalia ne speres, monet annus et almum
        quae rapit hora diem.
    Frigora mitescunt zephyris, ver proterit aestas
        interitura, simul
    pomifer autumnus fruges effuderit, et mox
        bruma recurrit iners.
    Damna tamen celeres reparant caelestia lunae;
        nos ubi decidimus,
    quo pius Aeneas, quo Tullus dives et Ancus,
        pulvis et umbra sumus.
    Quis scit an adiciant hodiernae crastina summae
        tempora di superi?
    Cuncta manus avidas fugient heredis, amico
        quae dederis animo.
    Cum semel occideris et de te splendida Minos
        fecerit arbitria,
    non, Torquate, genus, non te facundia, non te
        restituet pietas;
    Infernis neque enim tenebris Diana pudicum
        liberat Hippolytum,
    nec Lethaea valet Theseus abrumpere caro
      vincula Pirithoo.

  • “Conócete a ti mismo” , γνῶθι σεαυτόν (gnóthi seautón) , Nosce te ipsum , Know thyself ( Know yourself) Connais-toi toi-même, Conosci te stesso, Erkenne dich selbst.

    Esta antigua frase griega, ”conócete a ti mismo”, es la más sencilla invitación a reflexionar sobre sí mismo.

    Esta frase, cargada de alto valor ético y para algunos religioso, es también  una orden contundente e inquietante a la vez, porque nos enfrenta a los hombres, seres curiosos y  ávidos de conocimiento como somos, a la evidencia de la necesidad de conocernos, comprendernos y aceptarnos a nosotros mismos; con frecuencia también nos enfrenta a la evidencia de la carencia de ese autoconocimiento y consciencia de lo propio y personal.

    Una vez más son los griegos antiguos, que desarrollaron el conocimiento racional de la naturaleza, los que también centraron su reflexión en el hombre y por tanto en ellos mismos en cuanto tales.

    Pausanias, el célebre turista del siglo II de Cristo,  en su “Descripción de Grecia”, en el Libro X dedicado a la Fócida, en el capítulo 24, párrafos 1-2, nos dice que en el patio del templo de Apolo en Delfos, había inscritas (Plinio dice que con letras de oro) frases de utilidad para la vida de los hombres, que están en la  boca de todos los griegos,   (Εν δέ τώ προνάω τά έν Δελφοίς γεγραμμένα, έστιν ώφελήματα άνθρώποις εἰς βίον – en de to pronao ta en Delfois gegrammena estín ofelémata anthropois eis bion), tales como:

                   “conócete a ti mismo”  (Γνῶθι σαυτόν, gnóthi sautón),
                   “nada en demasía” (Μηδέν άγαν,medén ágan).

    Según el mismo Pausanias, estas frases, que recibían a quienes consultaban el oráculo, se atribuían a los Siete Sabios (Cleóbulo de Lindos, Solón de Aténas, Quilón de Esparta, Bías de Priene, Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene, Periandro de Corinto).

    Ya Platón nos había dicho en su diálogo Protágoras (343 b), que los Siete Sabios mostraron su admiración hacia el saber lacedemonio “cuando, reunidos en Delfos,  quisieron ofrecer a Apolo, en su templo delfico, las primicias de su sabiduría, y le consagraron las inscripciones que todo el mundo repite: Conócete a ti mismo y nada en demasía”.

    Muchas de estas frases  no han dejado de ser utilizadas y de animar la reflexión de los hombres desde entonces hasta hoy.

    Probablemente la que más éxito ha tenido es “conócete a ti mismo”,  sobre todo desde que el propio Sócrates la utilizara muchas veces, de manera especial  según se dice en el Diálogo platónico “Alcibíades”, en el que  enfrenta al joven y ambicioso  político ateniense con su propia ignorancia. Por eso es también atribuida erróneamente al propio Sócrates la paternidad del consejo.

    Naturalmente, los romanos, dominadores de Grecia pero capturados por su cultura, adoptaron la máxima inmediatamente bajo la forma “nosce te ipsum” o la menos citada "temet nosce".

    Si infinitos son los pensadores y filósofos que  asumen como propio  el “nosce te ipsum” o alguna de sus variantes , infinitos son  también los sentidos  en que se ha utilizado.


    La frase no deja de ser un enigma de interpretación diversa desde el principio. ¿Pretende tan sólo recordar al hombre su condición vulnerable y mortal? ¿Quizás pretende decirnos que necesitamos conocernos bien, que debemos conocer nuestra alma intelectual y racional para orientar bien nuestra vida?, o ¿tal vez que en uno mismo se encuentra  el tesoro de los tesoros y quien se conoce a sí mismo conoce el universo y a los dioses, como pretende Hermes Trismegisto, (el tres veces grande)?

    La misma idea expresa San Agustín, orientando la sentencia en sentido cristiano, cuando dice “no quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el interior del hombre  reside la verdad” (De la verdadera religión 39,72), inaugurando así el llamado “socratismo cristiano” del que habla Gilson.

    En todo caso “conocerse a sí mismo” es una tarea difícil, la más difícil, como afirmó Tales de Mileto, según nos cuenta Diógenes Laercio (Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, Libro I,12,15) o se dice en el Diálogo citado de Platón Alcibiades,130:

    A mí me pareció muchas veces, Sócrates, que estaba al alcance de cualquiera, pero otras también me pareció muy difícil”.

    Para otros autores la empresa es imposible y el hombre está condenado a no saber “quién es, de dónde viene y a dónde va” o en todo caso a tener un exiguo conocimiento de sí mismo y una ligera autoconciencia.

    En realidad esta “orden délfica” constituye uno de los pilares de la reflexión filosófica de todos los tiempos, de la ética y de la mística; infinitos autores desde la Antigüedad, como veíamos, pasando por la Edad Media de Pedro Abelardo (1079-1142), que la utiliza como título para su tratado “Ethica seu liber dictus: scito te ipsum”, o Petrarca.

    Entre otros, nuestro moralista Gracián (1601-1658) decía en su obra El Criticón, primera parte, cap. IX titulado “Moral anatomía del hombre”: “Quien comienza ignorándose, mal podrá conocer las demás cosas. Pero ¿de qué sirve conocerlo todo si a sí mismo no se conoce?”. 

    Más cerca de nuestro tiempo, repiten la misma idea otros muchos: 

    Hegel :"la conciencia de sí es el hontanar de la verdad

    Fichte: “Fíjate en ti mismo, desvía tu mirada de todo lo que te rodea y dirígela a tu interior. He ahí la primera petición que la filosofía hace a su aprendiz. No se va a hablar de nada que esté fuera de ti, sino exclusivamente de ti mismo

    Cassirer: “la autognosis constituye el propósito supremo de la indagación filosófica”  Montaigne: “cada hombre encierra entera en sí la forma de la condición humana

    No hay filósofo que no se inspire en la inscripción del templo de Delfos.

    Incluso en la actualidad cotidiana, en nuestra hiperactiva cultura, poco dada a la reflexión y a la tranquilidad de espíritu,   la máxima griega inspira los numerosos libros de autoayuda que buscan el norte personal  en la autoconciencia o en la aceptación de la identidad de sí mismo.

    Libros no por necesarios siempre valiosos. También aquí la sociedad del consumo y del inane bestseller ha encontrado una buena oportunidad para el negocio.

    Ojalá que este breve artículo sirva para orientar  la reflexión personal de algún lector, en el sentido que considere más oportuno, naturalmente.