Categoría: Filosofía

  • ¿Por qué condenaron a Sócrates a la muerte?

    La pregunta ha sido muchas veces formulada. Platón en su “Apología o Defensa de Sócrates” y en algunos diálogos y Jenofonte en su “Defensa de Sócrates”, nos dan información suficiente de cómo se fue generando el ambiente negativo para condenar al más sabio y justo de los hombres por la denuncia aparentemente inconsistente de tres compatriotas mediocres y envidiosos.
    Y es justamente esta insuficiencia e injusticia la que mantiene siempre vivo el interés por comprender la contradicción de que la primera democracia de la Historia condenara injustamente al más sabio y justo de los hombres, que acepta con entereza la pena de muerte.Ahora bien, como norma general, no puede interpretarse el pasado con los valores sociales del momento actual.

    Sócrates se ganó a lo largo de su vida numerosos enemigos  por diversas razones. En el fondo lo que se enfrenta en su proceso es la ciudad tradicional con sus valores colectivos frente a la aparición y auge de las personalidades individuales, como es el caso de Sócrates, que cuestiona o incumple los modos ciudadanos de la colectividad. Por ejemplo, no es ateo porque no crea en los dioses, sino porque no cumple los ritos a la manera tradicional.

    En el año 406 a.C. fue elegido en el correspondiente sorteo miembro del Consejo Ateniense de los Quinientos. Siendo miembro de la Comisión Pritana, la Asamblea popular se empeñó en condenar a muerte a los generales de la batalla de las Arginusas  por no recoger los cadáveres de los soldados muertos. Sócrates mantuvo su criterio personal y se opuso a la absurda condena; se enfrentó al poder democrático del momento. Más aún, criticó algunas características del poder democráticos, como la elección de algunos cargos por “sorteo”, sin garantía alguna de elegir a los mejores.

    Más tarde desobedeció, manteniendo también su criterio, a los  Treinta Tiranos cuando le ordenaron detener y conducir a la muerte a León de Salamina. Se enfrenta ahora al poder oligárquico.

    Platón, y también Jenofonte, escribieron, como he dicho, dos “Defensas o Apologías” de su maestro Sócrates. Transcribiré y comentaré el texto de Platón. En su consideración hemos de tener en cuenta varias cuestiones.
    Aunque se le llama “diálogo” en realidad no lo es tal, sino más bien un “monólogo” en el que el propio Sócrates expone su defensa y desmonta los argumentos de sus acusadores.

    Pero téngase en cuenta que, naturalmente, esto no es una transcripción del juicio sino una especie de discurso forense de defensa que Platón escribió algunos años después de la muerte de Sócrates. Es por tanto una obra literaria, digna de ser leída y comentada incluso 2300 años después, de la que podemos extraer importantes conocimientos históricos y valores cívicos y sociales. De la fuerza real que como discurso defensivo hubiera tenido de haber sido real, tienen los lectores todo el derecho a plantear todas las dudas que deseen. El regusto que deja, ciertamente, es el de que se está defendiendo a un culpable “social”, a una persona que ha chocado con las normas y convencionalismos sociales imperantes en la Atenas del momento. En todo caso, por la trascendencia que la figura de Sócrates y su muerte ha tenido en toda la cultura occidental, la lectura de estos textos es obligada.

    Platón, en su Defensa  hace relatar al  mismo Sócrates estos dos hechos de integridad moral,de oposición al poder establecido, que tan  malas consecuencias le trajeron:

    Nota: Los textos corresponden a la traducción que Patricio de Azcárate hizo en 1871 de las obras completas de Platón. Las obras de Platón están accesibles en internet en:  http://www.filosofia.org/cla/pla/azcarate.htm

    No obstante, para mayor facilidad reproduzco al final el texto completo de la “Defensa de Sócrates” de Platón, que es una obrita no excesivamente larga y digna de ser leída en su totalidad por quien tenga interés en estos temas.

    32b-32e

    Ya sabéis, atenienses, que jamás he desempeñado ninguna magistratura, y que tan sólo he sido senador. La tribu Antioquida, a la que pertenezco, estaba en turno en el Pritaneo, cuando contra toda ley os empeñasteis en procesar, bajo un contexto, a los diez generales que no habían enterrado los cuerpos de los ciudadanos muertos en el combate naval de las Arginusas; injusticia que reconocéis y de la que os arrepentisteis después. Entonces fui el único senador que se atrevió a oponerse a vosotros para impedir esta violación de las leyes. Protesté contra vuestro decreto, y a pesar de los oradores que se preparaban para denunciarme, a pesar de vuestras amenazas y vuestros gritos, quise más correr este peligro con la ley y la justicia, que consentir con vosotros en tan insigne iniquidad, sin que me arredraran ni las cadenas, ni la muerte.
    Esto acaeció cuando la ciudad era gobernada por el pueblo, pero después que se estableció la oligarquía, habiéndonos mandado los treinta tiranos a otros cuatro y a mí a Tolos}, nos dieron la orden de conducir desde Salamina a León el Salaminiano, para hacerle morir, porque daban estas órdenes a muchas personas para comprometer el mayor número de ciudadanos posible en sus iniquidades; y entonces yo hice ver, no con palabras sino con hechos, que la muerte a mis ojos era nada, permítaseme esta expresión, y que mi único cuidado consistía en no cometer impiedades e injusticias. Todo el poder de estos treinta tiranos, por terrible que fuese, no me intimidó, ni fue bastante para que me manchara con tan impía iniquidad.
    Cuando salimos de Tolos, los otro cuatro fueron a Salamina y condujeron aquí a León, y yo me retiré a mi casa, y no hay que dudar, que mi muerte hubiera seguido a mi desobediencia, si en aquel momento no se hubiera verificado la abolición de aquel gobierno. Existe un gran número de ciudadanos que pueden testimoniar de mi veracidad.

    (Nota: si democracia, del griego antiguo δημοκρατία, compuesto de δῆμος (dḗmos, «pueblo») y κράτος (krátos), «poder, «gobierno, fuerza» lo explicamos como “gobierno del pueblo”, “oligarquía”, del griego antiguo ὀλιγαρχία (oligarkhia), compuesto de ὀλίγος (oligos, "poco") y -αρχία (-arkhía), de ἀρχός (arkhos, "jefe"), o ἄρχω (arkhō), "mandar" , lo explicaremos como “gobierno de unos pocos” . Oclocracia (del griego ὀχλοκρατία okhlokratía) es el gobierno de la muchedumbre, una forma degradada de la democracia).

    En su proceso se le acusa formalmente de introductor de nuevos dioses siendo impío con los dioses de la ciudad, de convertir con su charlatanería lo justo en injusto y viceversa  y de corruptor de la juventud, precisamente él, cuyo objetivo siempre fue propiciar una educación crítica.

    En la Apología de Platón, el propio Sócrates resume la acusación de Meleto,  poeta fracasado que se presta para agradar a los políticos a formular la siguiente acusación:

    19b-19c

    «Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los demás sus doctrinas.»

    Su coherencia con sus enseñanzas filosóficas, su actitud ante la muerte, su altanería moral y su constante ironía, interrogando permanentemente a unos y otros y  dejando en evidencia su ignorancia, crearon las condiciones del fatal desenlace, cuando ya tenía setenta años.

    Sócrates fue confundido con los sofistas, que gozaban de muy mala fama porque con su habilidad lingüística y su charlatanería hacían de la verdad mentira y de la mentira verdad, a la vez que defienden un relativismo moral y social inaceptable: las leyes son una invención de los débiles, el individuo debe independizarse de la ciudad y la familia, etc.. Es verdad que Sócrates empleaba un método educativo semejante al de los sofistas, pero siempre buscando la verdad y esencia de las cosas sin aceptar acríticamente las posturas tradicionales.

    Ya al principio de la “Defensa de Sócrates” 17a-17b el mismo Sócrates se dirige a los atenienses del Tribunal de los Heliastas diciéndoles en referencia a sus acusadores:

    Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia.

    La comedia Las Nubes de Aristófanes expresa perfectamente el ambiente creado hostil a Sócrates mejor que ninguna otra explicación. Aristófanes contribuyó sin duda a crear el ambiente propicio para su condena a muerte, pero hay que tener en cuenta que la comedia Las Nubes se representó veinticinco años antes de la condena de Sócrates, aunque muy probablemente la rehízo más tarde tal vez para publicarla en forma de libro (existía un incipiente comercio de libros, como en la misma Apología de Platón se comprueba) .

    El retrato que Aristófanes hace de Sócrates es despiadado y en absoluta contradicción con la imagen que nos dejaron sus discípulos, como Platón y Jenofonte. Aristófanes busca el ridículo para hacer reír al público y nos pinta a Sócrates como el verdadero sofista charlatán capaz de convertir lo malo en bueno y viceversa, subido en una cesta para observar el cielo, en una escuela, cuando en realidad enseñaba al aire libre, irrespetuoso con los dioses y ávido de dinero.
    En realidad el conservador Aristófanes proyecta en Sócrates todas las nuevas ideas y el nuevo modelo de educación que se van imponiendo en Atenas, perniciosas según el criterio conservador del comediógrafo.

    En todo caso  esta comedia de Aristófanes, (con la que por cierto perdió el concurso de las fiestas Dionisiacas de Atenas, las Grandes Dionisias, al que concurría, a pesar de que Aristófanes la considera la mejor de las suyas) nos da cumplida cuenta de lo conocido y famoso que era Sócrates y lo odiado que era por muchas personas.

    Veamos algunos textos de Las Nubes:

    Versos 77 y ss.

    ESTREPSIADES: ¡Fidípides, Fidipito!

    FIDIPIDES: ¿Qué, padre?

    ESTREPSIADES: Bésame y dame tu diestra

    FIDIPIDES: Ya esta,¿qué sucede?

    ESTREPSIADES: Dime, ¿tú me quieres?

    FIDIPIDES: Sí, por este Posidón Hípico aquí presente.

    ESTREPSIADES: No me vengas a mí con Hípicos, por favor, que ese dios es el culpable de mis males; pero obedéceme, hijo, si verdaderamente me quieres de corazón.

    FIDIPIDES: ¿En qué quieres que te obedezca?

    ESTREPSIADES: Cambia cuanto antes de comportamiento y ve a aprender lo que yo te indique.

    FIDIIDES: Habla, ¿qué me pides?

    ESTREPSIADES: ¿Me obedecerás?

    FIDIPIDES: Te obedeceré, por Dioniso.

    ESTREPSIADES: Mira ahora hacia allí. ¿Ves esa puertecita y esa casita?

    FIDIPIDES:Las veo. ¿Qué sucede realmente, padre?

    ESTREPSIADES: Ese es elcaviladero de mentes sabias; dentro habitan unos hombres que hablan del cielo y te convencen de que es una estufa que nos rodea y que nosotros somos las brasas. Si se les paga dinero, enseñan a ganar, hablando con la razón o sin ella.

    FIDIPIDES: ¿Quiénes son?

    ESTREPSIADES: No sé exactamente su nombre; sólo que son caviladores concienzudos, buenos y honrados.

    FIDIPIDES: ¡Bah! Pura chusma, los conozco. Los que dices son sólo unos bocazas de faz pálida, que andan sin sandalias. De ellos son el desdichado Sócrates y Querefonte.

    ESTREPSIADES: ¡Eh,eh, calla, no digas idioteces! Si te importan algo las gachas de tu padre, hazte uno de ellos y abandona tu afición por los caballos.

    FIDIPIDES: No, por Dioniso, habrías de darme los faisanes que cría Leógoras

    ESTREPSIADES: Ve, te lo ruego, tú a quien quiero más que a nadie, ve y aprende

    FIDIPIDES: ¿Y qué quieres que aprenda?

    ESTREPSIADES: Dicen que entre ellos se encuentran los dos Argumentos,  el Superior, tal como es, y el Inferior. Y dicen que uno de ellos, el Inferior, consigue vencer defendiendo las causas más injustas, conque si tu me aprendieras ese Argumento Injusto, de todas las deudas que tengo por tu culpa no pagaría a nadie ni un solo óbolo.

    FIDIPIDES: No te obedeceré, pues con la piel descolorida no me atrevería a mirar a la cara a los caballeros.

    ESTREPSIADES: En ese caso no comerás a mi expensas, por Deméter, ni tú ni tu yunta, ni el Sánfora (un caballo), sino que te mandaré a los cuervos, fuera de mi casa.

    FIDIPIDES: Mi tío Megacles no consentirá que esté sin caballo. Ea, me voy adentro, no me preocupo de ti.

    ESTREPSIADES: Pues lo que es yo, aunque caído, no me quedaré tumbado, sino que tras rogar a los dioses iré personalmente al caviladero y haré que me enseñen. ¿Cómo podré aprender yo, un viejo torpe y desmemoriado, las sutilezas de los razonamientos exactos? Es preciso ir. . (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Nota: Fidìpides es un nombre compuesto de –hippos (caballo), que propone su madre y el que propone su padre, “fidonides”, ahorrativoQuerefonte era una persona enfermiza al que molestaba la luz del día y por eso sólo salía de noche, por lo que Aristófanes le llama “vampiro”; cf. Los pájaros, 1296; 1564

    Todavía nos queda algo de esa confianza o creencia en el poder convincente de la palabra frente a la realidad. Todavía creemos que un  abogado hábil en el uso de la palabra puede ganar una causa contra la razón; es creencia casi generalizada que un buen político es un buen orador o alguien que sabe emplear y jugar con las palabras hasta convencer a los indecisos o incluso a quienes inicialmente pensaban de otra forma. Y lo curioso es que no es tan descabellada esta creencia generalizada…

    Es fácil imaginar la hilaridad que estas exageraciones debían producir en un público fácil para alimentar en el rechazo a tanto charlatán como habría en la vida social. Luego presenta a Sócrates colgado ridículamente de una cesta lejos del suelo terrestre para ver mejor los fenómenos atmosféricos:

    Versos 217 y ss.

    ESTREPSIADES: ¡Vaya! ¿Quién es ese hombre que está en la cesta colgada?

    DISCIPULO: El.

    ESTREPSIADES: ¿Qué él?

    DISCIPULO: Sócrates

    ESTREPSIADES: ¡Oh Sócrates! Vamos, tú, llámamelo con un buen grito.

    DISCIPULO: Llámalo tú mismo, yo no tengo tiempo (se va)

    ESTREPSIADES: ¡Sócrates, Socratín!

    SÓCRATES: ¿Por qué me llamas, criatura efímera?

    ESTREPSIADES: Ante todo dime, por favor, qué haces.

    SÓCRATES: Camino por el aire y cavilo respecto al sol.

    ESTREPSIADES: Así pues, al menos es desde una cesta y no desde el suelo desde donde tú miras por encima a los dioses.

    SÓCRATES: Jamás habría descubierto cómo son en realidad los asuntos celestiales, si no hubiera suspendido mi pensamiento y mi sutil inteligencia, mezclándolos con su pariente el aire. Si permaneciendo en tierra observara lo de arriba desde abajo, jamás lo habría descubierto. Y no es por otra razón, sino porque la tierra arrastra hacia sí a la fuerza el jugo del pensamiento. Le pasa exactamente lo mismo que a los berros.

    ESTREPSIADES: ¿Qué dices? ¿El pensamiento arrastra el jugo hacia los berros? Vamos, querido Sócrates, baja ahora aquí junto a mí y dame los conocimientos por cuya causa he venido.

    SOCRATES: ¿Y a qué has venido?

    ESTREPSIADES: Quiero aprender a hablar, pues los intereses y unos acreedores implacables me llevan y me traen, y mis bienes están hipotecados.

    SÓCRATES: ¿Y de dónde te viene el darte cuenta que estás endeudado?

    ESTREPSIADES: Me ha dejado baldado la enfermedad de los caballos, ¡joder cómo comen! Mas enséñame uno de tus dos Argumentos, el que no paga nada de lo que debe, y te juro por los dioses que te pagaré el sueldo que tú exijas.  (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Ya Sócrates en la Apología 18b-18c nos advierte del objetivo de esta imagen que el dramaturgo da de quienes investigan las cosas de la naturaleza, presentarlo como “ateo”:

    Los que han sembrado estos falsos rumores son mis más peligrosos acusadores, porque prestándoles oídos, llegan  los demás a persuadirse que los hombres que se consagran a tales indagaciones no creen en la existencia de los dioses.

    Al principio de la “Defensa de Sócrates”  18c-18d, Platón por boca del propio Sócrates describe ese ambiente opresivo de opinión colectiva contra la que es imposible luchar a la que se ven sometidos quienes no se adaptan al espíritu de la mayoría social acrítica. En ese mismo texto se denuncia la responsabilidad de “un comediógrafo”, Aristófanes.

    …y lo más injusto es que no me es permitido conocer ni nombrar a mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias. Todos aquellos que por envidia o por malicia os han inoculado todas estas falsedades, y los que, persuadidos ellos mismos, han persuadido a otros, quedan ocultos sin que pueda yo llamarlos ante vosotros ni refutarlos; y por consiguiente, para defenderme, os preciso que yo me bata, como suele decirse, con una sombra, y que ataque y me defienda sin que ningún adversario aparezca.

    El teatro siempre pegado a la sociedad en la que se desarrolla, siempre ha tenido una importante influencia en los comportamientos colectivos de la masa popular.

    En la explicación de la acusación, según se expresa el propio Sócrates en la Apología de Platón, han sido determinantes:

    Su conciencia de superioridad  moral respecto del resto: Su amigo Querefonte preguntó a Apolo si había algún hombre más sabio que Sócrates y la Pitonisa respondió que no había nadie. Sócrates intentó averiguar si las cosas eran así y acaba interpretando la  afirmación  en el sentido de que él es sabio “porque sólo sabe que no sabe nada”, mientras los demás creen que saben cuando en realidad nada saben.

    Para comprobar si el oráculo decía verdad fue investigando a los hombres considerados sabios: comienza por un famoso político, luego investigó a otro y a otros dos más, luego fue a los poetas, luego a los artistas, luego a los extranjeros. En todos ellos encontró ignorancia y sobre todo la creencia de que sabían cuando no sabían que no sabían nada. Este descubrimiento de su superioridad, junto a su estilo inquisitivo con el adversario hasta dejarlo en ridículo, le granjeó numerosos enemigos.

    22e-23b

    De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.»

    Esta misma superioridad la vuelve a esgrimir más tarde cuando se niega a suplicar a los jueces, a pesar de que tiene su familia, “tres hijos, uno ya mozalbete y dos pequeños” que lo perderán. No va pedir clemencia por respeto a su ciudad, a las leyes y a sí mismo y a su buen nombre. Ni siquiera aceptaría pagar una multa.

    La acusación de que corrompe a los jóvenes, cuando son los jóvenes los que acuden libremente y se encuentran a gusto aprendiendo del maesto.

    23c-23d

    Por otra parte, muchos jóvenes de las más ricas  familias en sus ocios se unen a mí de buen grado, y tienen tanto placer en ver de qué manera pongo a prueba a todos los hombres que quieren imitarme con aquellos que encuentran; y no hay que dudar que encuentran una buena cosecha, porque son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada.

    Todos aquellos que ellos convencen de su ignorancia la toman conmigo y no con ellos, y van diciendo que hay un cierto Sócrates que es un malvado y un infame que corrompe a los jóvenes; y cuando se les pregunta qué hace o qué enseña, no tienen qué responder, y para disimular su flaqueza se desatan con esos cargos triviales que ordinariamente se dirigen contra los filósofos; que indaga lo que pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra, que no cree en los dioses, que hace buenas las más malas causas; y todo porque no se atreven a decir la verdad, que es que Sócrates los coge in fraganti, y descubre que figuran que saben, cuando no saben nada.

    Ya he comentado cómo se le confunde malévolamente con los sofistas y su dominio de la palabra para retorcer los argumentos y la realidad y cómo los jóvenes aprenden también esas enseñanzas.

    30a.30c: comenta las enseñanzas que realmente él procura transmitir:

    Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros, jóvenes y viejos, que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, antes que cualquier otro cuidado, es el del alma y de su perfeccionamiento; porque no me canso de deciros que la virtud no viene de las riquezas, sino por el contrario, que las riquezas vienen de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes públicos y particulares.
    Si diciendo estas cosas corrompo la juventud, es preciso que estas máximas sean una ponzoña, porque si se pretende que digo otra cosa, se os engaña o se os impone. Dicho esto no tengo nada que añadir. Haced lo que pide Anito, o no lo hagáis; dadme libertad, o no me la deis; yo no puedo hacer otra cosa, aunque hubiera de morir mil veces… Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma; calma que creo que no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá os harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión.

    30a-30c

    La acusación de ser ateo y de no creer en los dioses de la ciudad.

    Ya Aristófanes lo presentaba también  como ateo. En el verso 830 de Las Nubes Estrepsiades informa a su hijo que creer en Zeus es una idea antigua y eso se lo ha dicho Sócrates de Melos y Querefonte, y es ésta además una afirmación con recámara, porque le llama además ateo indirectamente.

    v. 829-830

    FIDÍPIDES: ¿Quién lo dice?

    ESTREPSIADES: Sócrates de Melos y Querefonte, que sabe de huellas de pulga.

    Pero Sócrates no es de Melos sino de Atenas; de Melos era el famoso ateo Diágoras; así que al llamar a Sócrates de “Melos”  en realidad le está llamando indirectamente “ateo”.

    En 26b-26e

    Sócrates: Sin embargo, responde aún, y dinos cómo corrompo a los jóvenes. ¿Es según tu denuncia, enseñándoles a no reconocer los dioses que reconoce la patria, y enseñándoles además a rendir culto, bajo el nombre de demonios, a otras divinidades? ¿No es esto lo que dices?

    Melito: Sí, es lo mismo.

    Sócrates: Melito, en nombre de esos mismos dioses de que ahora se trata, explícate de una manera un poco más clara, por mí y por estos jueces, porque no acabo de comprender, si me acusas de enseñar que hay muchos dioses, (y en este caso, si creo que hay dioses, no soy ateo, y falta la materia para que sea yo culpable) o si estos dioses no son del Estado. ¿Es esto de lo que me acusas? ¿O bien me acusas de que no admito ningún Dios, y que enseño a los demás a que no reconozcan ninguno?

    Melito: Te acuso de no reconocer ningún Dios.

    Sócrates: ¡Oh maravilloso Melito!, ¿por qué dices eso? ¡Qué! ¿Yo no creo como los demás hombres que el sol y la luna son dioses?

    Melito: No, ¡por Júpiter!, atenienses, no lo cree, porque dice que el sol es una piedra y la luna una tierra.

    Sócrates: ¿Pero tú acusas a Anaxágoras, mi querido Melito? Desprecias los jueces, porque los crees harto ignorantes, puesto que te imaginas que no saben que los libros de Anaxágoras y de Clazomenes están llenos de aserciones de esta especie. Por lo demás, ¿qué necesidad tendrían los jóvenes de aprender de mí cosas que podían ir a oír todos  los días a la Orquesta, por un dracma a lo más?* ¡Magnífica ocasión se les presentaba para burlarse de Sócrates, si Sócrates se atribuyese doctrinas que no son suyas y tan extrañas y absurdas por otra parte! Pero dime en nombre de Júpiter, ¿pretendes que yo no reconozco ningún Dios?

    Melito: Sí, ¡por Júpiter!, tú no reconoces ninguno.

    Sócrates: Dices, Melito, cosas increíbles, ni estás tampoco de acuerdo contigo mismo. A mi entender parece, atenienses, que Melito es un insolente, que no ha intentado esta acusación sino para insultarme,…

    * Nota: en otras traducciones se hace referencia no a oír las doctrinas de Anaxágoras, sino a comprar un libro de Anaxágoras por un dracma. En ese caso nos estaría también informando Platón de la existencia de un mercado de libros en Atenas, puesto que se puede comprar en el ágora un libro de Anaxágoras por un dracma. Sin duda el precio parece ridículamente barato; a buen seguro que los libros serían escasos y el precio más bien elevado, pero es interesante comprobar cómo en la primera democracia existía al alcance de quien pudiera pagarlo el libro como instrumento democratizador del conocimiento.

    En ese contexto Anito el artesano, Meleto, poeta fracasado y pelota del poder establecido y Licón , orador,formularon la denuncia.

    23e-24a

    Apoyándose en esto, me han atacado Meleto, Anito y Licón –Meleto indignado en nombre de los poetas; Anito en nombre de los artesanos y de los políticos, y Licón en nombre de los oradores-.

    La denuncia textual nos la ofrece el mismo Sócrates en 24b-24c:

    “Sócrates delinque: corrompe a los jóvenes; no reconoce a los dioses de la ciudad, y en cambio, tiene extrañas creencias relacionadas con genios”.

    Sócrates repitió muchas veces a lo largo de su vida que tenía un genio particular, una especie de ángel de la guarda, que le indicaba interiormente lo que debía hacer o no hacer.

    Sócrates advierte con orgullo a sus conciudadanos de Atenas las consecuencias que se derivarán de su condena injusta:

    30c-31c

    Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma; calma que creo que no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá os harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión. Estad persuadidos de que si me hacéis morir en el supuesto de lo que os acabo de declarar, el mal no será sólo para mí. En efecto, ni Anito, ni Melito pueden causarme mal alguno, porque el mal no puede nada contra el hombre de bien. Me harán quizá condenar a muerte, o a destierro, o a la pérdida de mis bienes y de mis derechos de ciudadano; males espantosos a los ojos de Melito y de sus amigos; pero yo no soy de su dictamen. A mi juicio, el más grande de todos los males es hacer lo que Anito hace en este momento, que es trabajar para hacer morir un inocente.

    En este momento, atenienses, no es en manera alguna por amor a mi persona por lo que yo me defiendo, y sería un error el creerlo así; sino que es por amor a vosotros; porque condenarme sería ofender al Dios y desconocer el presente que os ha hecho. Muerto yo, atenienses, no encontrareis fácilmente otro ciudadano que el Dios conceda a esta ciudad (la comparación os parecerá quizá ridícula) como a un corcel noble y generoso, pero entorpecido por su misma grandeza, y que tiene necesidad de espuela que le excite y despierte. Se me figura que soy yo el que Dios ha escogido para excitaros, para punzaros, para predicaros todos los días, sin abandonaros un solo instante. Bajo mi palabra, atenienses, difícil será que encontréis otro hombre que llene esta misión como yo; y si queréis creerme, me salvareis la vida.

    Pero quizá fastidiados y soñolientos desechareis mi consejo, y entregándoos a la pasión de Anito me condenareis muy a la ligera. ¿Qué resultará de esto? Que pasareis el resto de vuestra vida en un adormecimiento profundo, a menos que el Dios no tenga compasión de vosotros, y os envíe otro hombre que se parezca a mí.

    Que ha sido Dios el que me ha encomendado esta misión para con vosotros es fácil inferirlo, por lo que os voy a decir. Hay un no sé qué de sobrehumano en el hecho de haber abandonado yo durante tantos años mis propios negocios por consagrarme a los vuestros,  dirigiéndome a cada uno de vosotros en particular, como un padre o un hermano mayor puede hacerlo, y exhortándoos sin cesar a que practiquéis la virtud.
    Si yo hubiera sacado alguna recompensa de mis exhortaciones, tendríais algo que decir; pero veis claramente que mis mismos acusadores, que me han calumniado con tanta impudencia, no han tenido valor para echármelo en cara, y menos para probar con testigos que yo haya exigido jamás ni pedido el menor salario, y en prueba de la verdad de mis palabras os presento un testigo irrecusable, mi pobreza.

    En la primera parte del proceso 281 votaron la condena, 220 votaron la absolución. Cuando en la segunda fase del proceso declaró que merecía ser nombrado benefactor de la ciudad y ser alimentado en el Pritaneo a costa del Estado, como ocurría con los vencedores en los Juegos Olímpicos, 360 lo condenaron y 141 votaron la propuesta de Sócrates. El tribunal debía elegir la pena sugerida por el acusador o la propuesta por el propio acusado, pero no podía determinar una intermedia.

    Leamos este episodio tal como lo relata Platón por boca del propio Sócrates:

    36b-37a

    Melito me juzga digno de muerte; en buen hora. ¿Y yo de qué pena me juzgaré digno? Veréis claramente, atenienses, que yo no escojo más que lo que merezco. ¿Y cuál es? ¿A qué pena, a qué multa voy a condenarme por no haber callado las cosas buenas que aprendí durante toda mi vida; por haber despreciado lo que los demás buscan con tanto afán, las riquezas, el cuidado de los negocios domésticos, los empleos y las dignidades; por no haber entrado jamás en ninguna cábala, ni en ninguna conjuración, prácticas bastante ordinarias en esta ciudad; por ser conocido como hombre, de bien, no queriendo conservar mi vida valiéndome de medios tan indignos? Por otra parte, sabéis que jamás he querido tomar ninguna profesión en la que pudiera trabajar al mismo tiempo en provecho vuestro y en el mío, y que mi único objeto ha sido procuraros a cada uno de vosotros en particular el mayor de todos los bienes, persuadiéndoos a que no atendáis a las cosas que os pertenecen antes que al cuidado de vosotros mismos, para haceros más sabios y más perfectos, lo mismo que es preciso tener cuidado de la existencia de la república antes de pensar en las cosas que la pertenecen, y así de lo demás.

    Dicho esto, ¿de qué soy digno? De un gran bien sin duda, atenienses, si proporcionáis verdaderamente la recompensa al mérito; de un gran bien que pueda convenir a un hombre tal como yo. ¿Y qué es lo que conviene a un hombre pobre, que es vuestro bienhechor, y que tiene necesidad de un gran desahogo para ocuparse en exhortaros? Nada le conviene tanto, atenienses, como el ser alimentado en el Pritaneo y esto le es más debido que a los que entre vosotros han ganado el premio en las corridas de caballos y carros en los juegos olímpicos; porque éstos con sus victorias hacen que aparezcamos felices, y yo os hago, no en la apariencia, sino en la realidad. Por otra parte, éstos no tienen necesidad de este socorro, y yo la tengo. Si en justicia es preciso adjudicarme una recompensa digna de mí, esta es la que merezco, el ser alimentado en el Pritaneo.
    Al hablaros así, atenienses, quizá me acusareis de que lo hago con la terquedad y arrogancia con que deseché antes los lamentos y las súplicas. Pero no hay nada de eso.

    Condenado ya a muerte por la mayoría, Sócrates hace una advertencia a quienes han votado su condena:

    39c-39e

    ¡Oh vosotros!, que me habéis condenado a muerte, quiero predeciros lo que os sucederá, porque me veo en aquellos momentos, cuando la muerte se aproxima, en que los hombres son capaces de profetizar el porvenir. Os lo anuncio, vosotros que me hacéis morir, vuestro castigo no tardará, cuando yo haya muerto, y será, ¡por Júpiter!, más cruel que el que me imponéis. En deshaceros de mí, sólo habéis intentado descargares del importuno peso de dar cuenta de vuestra vida, pero os sucederá todo lo contrario; yo os lo predigo.
    Se levantará contra vosotros y os reprenderá un gran número de personas, que han estado contenidas por mi presencia, aunque vosotros no lo apercibíais; pero después de mi muerte serán tanto más importunos y difíciles de contener, cuanto que son más jóvenes; y más os irritareis vosotros, porque si creéis que basta matar a unos para impedir que otros os echen en cara que vivís mal, os engañáis. Esta manera de libertarse de sus censores ni es decente, ni posible. La que es a la vez muy decente y muy fácil es, no cerrar la boca a los hombres, sino hacerse mejor. Lo dicho basta para los que me han condenado, y los entrego a sus propios remordimientos.

    También tiene unas sentidas palabras para los 141 que le absolvieron:

    39e

    Con respecto a los que me habéis absuelto con vuestros votos, atenienses, conversaré con vosotros con el mayor gusto, mientras que los Once estén ocupados, y no se me conduzca al sitio donde deba morir….

    40c

    Es que hay trazas de que lo que me sucede es un gran bien, y nos engañamos todos sin duda, si creemos que la muerte es un mal….

    40c-41b

    Profundicemos un tanto la cuestión, para hacer ver que es una esperanza muy profunda la de que la muerte es un bien.

    Es preciso de dos cosas una: o la muerte es un absoluto anonadamiento y una privación de todo sentimiento, o, como se dice, es un tránsito del alma de un lugar a otro. Si es la privación de todo sentimiento, una dormida pacífica que no es turbada por ningún sueño, ¿qué mayor ventaja puede presentar la muerte? Porque si alguno, después de haber pasado una noche muy tranquila sin ninguna inquietud, sin ninguna turbación, sin el menor sueño, la comparase con todos los demás días y con todas las demás noches de su vida, y se le obligase a decir en conciencia cuántos días y noches había pasado que fuesen más felices que aquella noche; estoy persuadido de que no sólo un simple particular, si no el mismo gran rey, encontraría bien pocos, y le sería muy fácil contarlos. Si la muerte es una cosa semejante, la llamo con razón un bien; porque entonces el tiempo todo entero no es más que una larga noche.

    Pero si la muerte es un tránsito de un lugar a otro, y si, según se dice, allá abajo está el paradero de todos los que han vivido, ¿qué mayor bien se puede imaginar, jueces míos? Porque si, al dejar los jueces prevaricadores de este mundo, se encuentran en los infiernos los verdaderos jueces, que se dice que hacen allí justicia, Mines, Radamanto, Eaco, Triptolemo y todos los demás semidioses que han sido justos durante su vida, ¿no es este el cambio más dichoso? ¿A qué precio no compraríais la felicidad de conversar con Orfeo, Museo, Hesiodo y Homero? Para mí, si es esto verdad, moriría gustoso mil veces. ¿Qué trasporte de alegría no tendría yo cuando me encontrase con Palamedes, con Afax, hijo de Telamon, y con todos los demás héroes de la antigüedad, que han sido víctimas de la injusticia? ¡Qué placer el poder comparar mis aventuras con las suyas! Pero aún sería un placer infinitamente más grande para mí pasar allí los días, interrogando y examinando a todos estos personajes, para distinguir los que son verdaderamente sabios de los que creen serlo y no lo son.
    ….

    41c-41d

    Esta es la razón, jueces míos, para que nunca perdáis las esperanzas aún después de la tumba, fundados en esta verdad; que no hay ningún mal para el hombre de bien, ni durante su vida, ni después de su muerte; y que los dioses tienen siempre cuidado de cuanto tiene relación con [86] él; porque lo que en este momento me sucede a mí no es obra del azar, y estoy convencido de que el mejor partido para mí es morir desde luego y libertarme así de todos los disgustos de esta vida.

    42a

    Pero ya es tiempo de que nos retiremos de aquí, yo para morir, vosotros para vivir. ¿Entre vosotros y yo, quién lleva la mejor parte? Esto es lo que nadie sabe, excepto Dios.

    Acaba así la Defensa de Sócrates que Platón nos dejó.

                ………..

    Platón: Apología de Sócrates, traducida  por Patricio de Azcárate

    Yo no sé, atenienses, la impresión que habrá hecho en vosotros el discurso de mis acusadores. Con respecto a mí, confieso que me he desconocido a mí mismo; tan persuasiva ha sido su manera de decir. Sin embargo, puedo asegurarlo, no han dicho una sola palabra que sea verdad.

    Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia. Porque el no haber temido el mentís vergonzoso que yo les voy a dar en este momento, haciendo ver que no soy elocuente, es el colmo de la impudencia, a menos que no llamen elocuente al que dice la verdad. Si es esto lo que pretenden, confieso que soy un gran orador; pero no lo soy a su manera; porque, repito, no han dicho ni una sola palabra verdadera, y vosotros vais a saber de mi boca la pura verdad, no, ¡por Júpiter!, en una arenga vestida de sentencias brillantes y palabras escogidas, como son los discursos de mis acusadores, sino en un lenguaje sencillo y espontáneo; porque descanso en la confianza de que digo la verdad, y ninguno de vosotros debe esperar otra cosa de mí. No sería propio de mi edad, venir, atenienses, ante vosotros como un joven que hubiese preparado un discurso.
    Por esta razón, la única gracia, atenienses, que os pido es que cuando veáis que en mi defensa emplee [50] términos y maneras comunes, los mismos de que me he servido cuantas veces he conversado con vosotros en la plaza pública, en las casas de contratación y en los demás sitios en que me habéis visto, no os sorprendáis, ni os irritéis contra mí; porque es esta la primera vez en mi vida que comparezco ante un tribunal de justicia, aunque cuento más de setenta años.

    Por lo pronto soy extraño al lenguaje que aquí se habla. Y así como si fuese yo un extranjero, me disimularíais que os hablase de la manera y en el lenguaje de mi país, en igual forma exijo de vosotros, y creo justa mi petición, que no hagáis aprecio de mi manera de hablar, buena o mala, y que miréis solamente, con toda la atención posible, si os digo cosas justas o no, porque en esto consiste toda la virtud del juez, como la del orador: en decir la verdad.

    Es justo que comience por responder a mis primeros acusadores, y por refutar las primeras acusaciones, antes de llegar a las últimas que se han suscitado contra mí. Porque tengo muchos acusadores cerca de vosotros hace muchos años, los cuales nada han dicho que no sea falso. Temo más a estos que a Anito y sus cómplices{1}, aunque sean estos últimos muy elocuentes; pero son aquellos mucho más temibles, por cuanto, compañeros vuestros en su mayor parte desde la infancia, os han dado de mí muy malas noticias, y os han dicho, que hay un cierto Sócrates, hombre sabio que indaga lo que pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra y que sabe convertir en buena, una mala causa.

    Los que han sembrado estos falsos rumores son mis más peligrosos acusadores, porque prestándoles oídos, llegan [51] los demás a persuadirse que los hombres que se consagran a tales indagaciones no creen en la existencia de los dioses. Por otra parte, estos acusadores son en gran número, y hace mucho tiempo que están metidos en esta trama. Os han prevenido contra mí en una edad, que ordinariamente es muy crédula, porque erais niños la mayor parte o muy jóvenes cuando me acusaban ante vosotros en plena libertad, sin que el acusado les contradijese; y lo más injusto es que no me es permitido conocer ni nombrar a mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias. Todos aquellos que por envidia o por malicia os han inoculado todas estas falsedades, y los que, persuadidos ellos mismos, han persuadido a otros, quedan ocultos sin que pueda yo llamarlos ante vosotros ni refutarlos; y por consiguiente, para defenderme, os preciso que yo me bata, como suele decirse, con una sombra, y que ataque y me defienda sin que ningún adversario aparezca.

    Considerad, atenienses, que yo tengo que habérmelas con dos suertes de acusadores, como os he dicho: los que me están acusando ha mucho tiempo, y los que ahora me citan ante el tribunal; y creedme, os lo suplico, es preciso que yo responda por lo pronto a los primeros, porque son los primeros a quienes habéis oído y han producido en vosotros más profunda impresión.

    Pues bien, atenienses, es preciso defenderse y arrancar de vuestro espíritu, en tan corto espacio de tiempo, una calumnia envejecida, y que ha echado en vosotros profundas raíces. Desearía con todo mi corazón, que fuese en ventaja vuestra y mía, y que mi apología pudiese servir para mi justificación. Pero yo sé cuán difícil es esto, sin que en este punto pueda hacerme ilusión. Venga lo que los dioses quieran, es preciso obedecer a la ley y defenderse.

    Remontémonos, pues, al primer origen de la acusación, [52] sobre la que he sido tan desacreditado y que ha dado a Melito confianza para arrastrarme ante el tribunal. ¿Qué decían mis primeros acusadores? Porque es preciso presentar en forma su acusación, como si apareciese escrita y con los juramentos recibidos. «Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los demás sus doctrinas.»

    He aquí la acusación; ya la habéis visto en la comedia de Aristofanes, en la que se representa un cierto Sócrates, que dice, que se pasea por los aires y otras extravagancias semejantes, que yo ignoro absolutamente; y esto no lo digo, porque desprecie esta clase de conocimientos; si entre vosotros hay alguno entendido en ellos (que Melito no me formule nuevos cargos por esta concesión), sino que es sólo para haceros ver, que yo jamás me he mezclado en tales ciencias, pudiendo poner por testigos a la mayor parte de vosotros.

    Los que habéis conversado conmigo, y que estáis aquí en gran número, os conjuro a que declaréis, si jamás me oísteis hablar de semejante clase de ciencias ni de cerca ni de lejos; y por esto conoceréis ciertamente, que en todos esos rumores que se han levantado contra mí, no hay ni una sola palabra de verdad; y si alguna vez habéis oído, que yo me dedicaba a la enseñanza, y que exigía salario, es también otra falsedad.

    No es porque no tenga por muy bueno el poder instruir a los hombres, como hacen Gorgias de Leoncio, Prodico de Ceos e Hippias de Elea. Estos grandes personajes tienen el maravilloso talento, donde quiera que vayan, de persuadir a los jóvenes a que se unan a ellos, y abandonen a sus conciudadanos, cuando podrían estos ser sus maestros sin costarles un óbolo.

    Y no sólo les pagan la enseñanza, sino que contraen con ellos una deuda de agradecimiento infinito. He oído [53] decir, que vino aquí un hombre de Paros, que es muy hábil; porque habiéndome hallado uno de estos días en casa de Callias hijo de Hiponico, hombre que gasta más con los sofistas que todos los ciudadanos juntos, me dio gana de decirle, hablando de sus dos hijos: —Callias, si tuvieses por hijos dos potros o dos terneros, ¿no trataríamos de ponerles al cuidado de un hombre entendido, a quien pagásemos bien, para hacerlos tan buenos y hermosos, cuanto pudieran serlo, y les diera todas las buenas cualidades que debieran tener? ¿Y este hombre entendido no debería ser un buen picador y un buen labrador? Y puesto que tú tienes por hijos hombres, ¿qué maestro has resuelto darles? ¿Qué hombre conocemos que sea capaz de dar lecciones sobre los deberes del hombre y del ciudadano? Porque no dudo que hayas pensado en esto desde el acto que has tenido hijos, y conoces a alguno? —Sí, me respondió Callias. —¿Quién es, le repliqué, de dónde es, y cuánto lleva? —Es Éveno, Sócrates, me dijo; es de Paros, y lleva cinco minas. Para lo sucesivo tendré a Éveno por muy dichoso, si es cierto que tiene este talento y puede comunicarlo a los demás.

    Por lo que a mí toca, atenienses, me llenaría de orgullo y me tendría por afortunado, si tuviese esta cualidad, pero desgraciadamente no la tengo. Alguno de vosotros incidirá quizá: —Pero Sócrates, ¿qué es lo que haces? ¿De dónde nacen estas calumnias que se han propalado contra ti? Porque si te has limitado a hacer lo mismo que hacen los demás ciudadanos, jamás debieron esparcirse tales rumores. Dinos, pues, el hecho de verdad, para que no formemos un juicio temerario. Esta objeción me parece justa. Voy a explicaros lo que tanto me ha desacreditado y ha hecho mi nombre tan famoso. Escuchadme, pues. Quizá algunos de entre vosotros creerán que yo no hablo seriamente, pero estad persuadidos de que no os diré más que la verdad. [54]

    La reputación que yo haya podido adquirir, no tiene otro origen que una cierta sabiduría que existe en mí. ¿Cuál es esta sabiduría? Quizá es una sabiduría puramente humana, y corro el riesgo de no ser en otro concepto sabio, al paso que los hombres de que acabo de hablares, son sabios, de una sabiduría mucho más que humana.

    Nada tengo que deciros de esta última sabiduría, porque no la conozco, y todos los que me la imputan, mienten, y sólo intentan calumniarme. No os incomodéis, atenienses, si al parecer os hablo de mí mismo demasiado ventajosamente; nada diré que proceda de mí, sino que lo atestiguaré con una autoridad digna de confianza. Por testigo de mi sabiduría os daré al mismo Dios de Delfos, que os dirá si la tengo, y en qué consiste. Todos conocéis a Querefon, mi compañero en la infancia, como lo fue de la mayor parte de vosotros, y que fue desterrado con vosotros, y con vosotros volvió. Ya sabéis qué hombre era Querefon, y cuán ardiente era en cuanto emprendía. Un día, habiendo partido para Delfos, tuvo el atrevimiento de preguntar al oráculo (os suplico que no os irritéis de lo que voy a decir), si había en el mundo un hombre más sabio que yo; la Pythia le respondió, que no había ninguno. Querefon ha muerto, pero su hermano, que está presente, podrá dar fe de ello. Tened presente, atenienses, porque os refiero todas estas cosas; pues es únicamente para haceros ver de donde proceden esos falsos rumores, que han corrido contra mí.
    Cuando supe la respuesta del oráculo, dije para mí; ¿Qué quiere decir el Dios? ¿Qué sentido ocultan estas palabras? Porque yo sé sobradamente que en mí no existe semejante sabiduría, ni pequeña, ni grande. ¿Qué quiere, pues, decir, al declararme el más sabio de los hombres? Porque él no miente. La Divinidad no puede mentir. Dudé largo tiempo del sentido del oráculo, hasta que por último, después de gran trabajo, me propuse hacer la [55] prueba siguiente: —Fui a casa de uno de nuestros conciudadanos, que pasa por uno de los más sabios de la ciudad. Yo creía, que allí mejor que en otra parte, encontraría materiales para rebatir al oráculo, y presentarle un hombre más sabio que yo, por más que me hubiere declarado el más sabio de los hombres. Examinando pues este hombre, de quien, baste deciros, que era uno de nuestros grandes políticos, sin necesidad de descubrir su nombre, y conversando con él, me encontré, con que todo el mundo le creía sabio, que él mismo se tenía por tal, y que en realidad no lo era. después de este descubrimiento me esforcé en hacerle ver que de ninguna manera era lo que él creía ser, y he aquí ya lo que me hizo odioso a este hombre y a los amigos suyos que asistieron a la conversación.
    Luego que de él me separé, razonaba conmigo mismo, y me decía: —Yo soy más sabio que este hombre. Puede muy bien suceder, que ni él ni yo sepamos nada de lo que es bello y de lo que es bueno; pero hay esta diferencia, que él cree saberlo aunque no sepa nada, y yo, no sabiendo nada, creo no saber. Me parece, pues, que en esto yo, aunque poco más, era mas sabio, porque no creía saber lo que no sabia.

    Desde allí me fui a casa de otro que se le tenía por más sabio que el anterior, me encontré con lo mismo, y me granjeé nuevos enemigos. No por esto me desanimé; fui en busca de otros, conociendo bien que me hacia odioso, y haciéndome violencia, porque temía los resultados; pero me parecía que debía, sin dudar, preferir a todas las cosas la voz del Dios, y para dar con el verdadero sentido del oráculo, ir de puerta en puerta por las casas de todos aquellos que gozaban de gran reputación; pero, ¡oh Dios!, he aquí, atenienses, el fruto que saqué de mis indagaciones, porque es preciso deciros la verdad; todos aquellos que pasaban por ser los más sabios, me parecieron no [56] serlo, al paso que todos aquellos que no gozaban de esta opinión, los encontré en mucha mejor disposición para serlo.

    Es preciso que acabe de daros cuenta de todas mis tentativas, como otros tantos trabajos que emprendí para conocer el sentido del oráculo.

    Después de estos grandes hombres de Estado me fui a los poetas, tanto a los que hacen tragedias como a los poetas ditirámbicos{2} y otros, no dudando que con ellos se me cogería in fraganti, como suele decirse, encontrándome más ignorante que ellos. Para esto examiné las obras suyas que me parecieron mejor trabajadas, y les pregunté lo que querían decir, y cuál era su objeto, para que me sirviera de instrucción. Pudor tengo, atenienses, en deciros la verdad; pero no hay remedio, es preciso decirla. No hubo uno de todos los que estaban presentes, inclusos los mismos autores, que supiese hablar ni dar razón de sus poemas. Conocí desde luego que no es la sabiduría la que guía a los poetas, sino ciertos movimientos de la naturaleza y un entusiasmo semejante al de los profetas y adivinos; que todos dicen muy buenas cosas, sin comprender nada de lo que dicen. Los poetas me parecieron estar en este caso; y al mismo tiempo me convencí, que a título de poetas se creían los más sabios en todas materias, si bien nada entendían. Les dejé, pues, persuadido que era yo superior a ellos, por la misma razón que lo había sido respecto a los hombres políticos.

    En fin, fui en busca de los artistas. Estaba bien convencido de que yo nada entendía de su profesión, que los encontraría muy capaces de hacer muy buenas cosas, y en esto no podía engañarme. Sabían cosas que yo ignoraba, y en esto eran ellos más sabios que yo. Pero, atenienses, los más [57] entendidos entre ellos me parecieron incurrir en el mismo defecto que los poetas, porque no hallé uno que, a título de ser buen artista, no se creyese muy capaz y muy instruido en las más grandes cosas; y esta extravagancia quitaba todo el mérito a su habilidad.

    Me pregunté, pues, a mí mismo, como si hablara por el oráculo, si querría más ser tal como soy sin la habilidad de estas gentes, e igualmente sin su ignorancia, o bien tener la una y la otra y ser como ellos, y me respondí a mí mismo y al oráculo, que era mejor para mí ser como soy. De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.»

    Convencido de esta verdad, para asegurarme más y obedecer al Dios, continué mis indagaciones, no sólo entre nuestros conciudadanos, sino entre los extranjeros, para ver si encontraba algún verdadero sabio, y no habiéndole encontrado tampoco, sirvo de intérprete al oráculo, haciendo ver a todo el mundo, que ninguno es sabio. Esto me preocupa tanto, que no tengo tiempo para dedicarme al servicio de la república ni al cuidado de mis cosas, y vivo en una gran pobreza a causa de este culto que rindo a Dios.
    Por otra parte, muchos jóvenes de las más ricas [58] familias en sus ocios se unen a mí de buen grado, y tienen tanto placer en ver de qué manera pongo a prueba a todos los hombres que quieren imitarme con aquellos que encuentran; y no hay que dudar que encuentran una buena cosecha, porque son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada.

    Todos aquellos que ellos convencen de su ign

  • El trueno es el pedo de las nubes

    La comedia Las Nubes, de Aristófanes, ridiculiza hasta el extremo la figura de Sócrates, ayudando así a crear un ambiente de hostilidad ante el filósofo íntegro que le llevaría a la condena a muerte.

    La comedia no se priva de utilizar los temas y caricaturas que excitan la hilaridad popular, tales como la insistencia en los temas escatológicos y “anales” (referidos al ano o culo), como la explicación de por qué se producen las ventosidades o pedos en opinión del “gran Sócrates”.

    Así que en esta ocasión Aristófanes explica graciosamente (al menos  para los espectadores de aquel momento) y gráficamente, cómo la ventosidad es como un trueno, o al contrario, el  trueno es como una ventosidad de las nubes.

    Ya nos da un anticipo de explicación de estos temas siempre favorecedores de la risa popular en los  versos 154 y ss. (Las Nubes):

    DISCÍPULO: Pues qué dirías, si supieras otro pensamiento de Sócrates.

    ESTREPSIADES: ¿Cuál? Cuéntamelo, por favor.

    DISCÍPULO: Querefonte le preguntó qué opinaba respecto al canto de los mosquitos: si lo hacían con la boca o con el ano?

    ESTREPSIADES: ¿Y qué dijo él respecto del mosquito?

    DISCÍPULO: Dijo que el intestino del mosquito es estrecho, y a través de él, delgado como es, el aire avanza con fuerza, derecho hasta el ano y luego el culo, una cavidad cóncava junto al lado de esa estrechez, resuena por la fuerza del aire.

    ESTREPSIADES: O sea, que el culo del mosquito es una trompeta. Triplemente feliz él por esa investigación tan a fondo. Seguro que en caso de ser acusado, se libraría en el juicio quien tan profundamente conoce el intestino del mosquito. (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Más adelante entra a fondo en tan grave cuestión. Después de que Sócrates presenta a Estrepsiades a las Nubes como diosas y soberanas movidas por el Remolino y no por Zeus, como creían el resto de los griegos, dice en los versos 380 y ss.

    ESTREPSIADES: ¿El Remolino? De eso no tenía ni idea; ya no es Zeus nuestro soberano, en su lugar reina ahora el Remolino. Pero no me explicas nada concreto sobre el trueno y el retumbar.

    SÓCRATES: ¿No me oíste decir que las nubes al caer una sobre otras llenas de agua retumbaban a causa de lo apretadas que están?

    ESTREPSIADES: ¿Y qué? ¿Por qué he de creérmelo?

    SÓCRATES: Te lo explicaré a partir de ti mismo. ¿Nunca después de haberte atiborrado de sopa en las Panateneas se te ha revuelto el estómago y de pronto se ha puesto a dar sonoros retortijones?

    ESTREPSIADES: Sí, por Apolo, y me hacía sufrir mucho. Y los jugos retumbaban como el trueno y hacían un ruido terrible: primero despacio,¡papax,papapax! Y luego, aumentando, ¡papapapax! y al cagar, una retahíla de truenos toda seguida, ¡papapax!, como ellas.

    SÓCRATES: Considera tú la pedorrera que armas con un estómago de nada. ¿Cómo no van a dar ellas unos truenos tremendos siendo el aire  inmenso?

    ESTREPSIADES:Por esa razón se parecen los nombres trueno y pedo. (ταῦτ᾽ ἄρα καὶ τὠνόματ᾽ ἀλλήλοιν βροντὴ καὶ πορδὴ ὁμοίω).

    Nota: en griego trueno se dice βροντὴ, bronté, y pedo πορδὴ, pordé, que tienen algún parecido, que se pierde en la traducción.

    Son dos palabras griegas distintas las que han dado etimológicamente el término “escatológico”, que en consecuencia tiene dos acepciones en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua: ἔσχατος, eschatos,  (último, final, postrero) y σκῶρ, σκατός,  skor, skatos, (excrementos, estiercol).

    La primera acepción, dice: “1. adj. Perteneciente o relativo a las postrimerías de ultratumba". La segunda dice: “1. adj. Perteneciente o relativo a los excrementos y suciedades”.

    En inglés no es posible la confusión puesto que “escatología y escatológico” como referido a las postrimerías se escribe  eschatology mientras que referido a “excrementos” se escribe scatology.
    Parece ser que scatology aparece en el siglo XX cuando la psicología y psiquiatría observan cómo algunas personas se excitan sexualmente pronunciando palabras  soeces, sucias o groseras y definen esta dependencia como scatology derivándola del término griego skatos, excremento.

    La confusión de dos términos que originariamente nada tienen que ver entre sí se ha producido en castellano por una mala transcripción del fonema griego X, ji, como c,k, y por añadir una e– a la s– líquida inicial de skatos.

    Por cierto, existe también para designar los referente a los excrementos el término coprología (en inglés coprology) y similares, derivado de κόπρος copros.

    Curiosamente no encuentro esta cita de Aristófanes en la afamada obrita de  Francisco de Quevedo, “Gracias y desgracias del ojo del culo”, en donde cita profusamente al propio Aristófanes y otros muchos autores antiguos.

    En cambio sí encuentro la cita en la no menos afamada obrita del Deán de la catedral de Alicante, Don Manuel Martí, “Defensa del pedo”, traducción de la obra original en latín Pro Crepitu Ventris, cuyo título completo dice  Oratio Pro Crepitu Ventris habita ad Patres Crepitantes ab Emanuele Martino Ecclesiae Alonensis Decano, publicado por primera vez en 1737. Había muerto precisamente ese año, aunque la obrita en cuestión la escribió sin duda durante su estancia en Roma, probablemente con el objetivo de impactar con su ingenio a la intelectualidad romana entre la que se movía.

    Manuel Martí y Zaragoza nació en Oropesa del Mar, Castellón, 19 de julio de 1663  y murió en Alicante, 21 de abril de 1737). Fue famoso  escritor, helenista, epigrafista, arqueólogo y humanista español. A más de uno causará extrañeza que tan sesudo y serio filólogo (tuvo una interesante actividad como helenista y filólogo) publicara una obrita sobre tema tan “escatológico”.

    Pues bien, en la página 95 de la obra Clarorum Valentinorum Petri Joannis Nunnesii, Emanuelis Martini, Gregorii Majansii, Joannis Insulae, Aliorumque Orationes Selectae (Lausannae: Apud Franciscum Grasset & Socios, 1767), en que se incluye este opúsculo, se dice en latín:

    Eius idioma sive linguam Patres Crepitantes, omnes audivimus, intellexit nemo. Ubicumque enim terrarum illum audiveris, exótica  dialecto, atque ab hominum captu penitus remota, loquentem admirabere. Sterpsiadem tantummodo Aristophanaeum, quocum ille familiarissime versabatur, ex diuturno frequentissimoque, usu atque colloquio,  vel prorsus intellexisse, vel assequutum pene iudicavero. Ait enim in Nubibus (e):

    (e) Et iusculum, uti tonitru, strepit intus: tum fragor editur ingens;
    Primo sensim pappax: mox inde infert sonitum papappx.
    Et quando caco, tum demum papapappax.

    Quae quidem verba non apud fungos aliquos aut bardos Strepsiades protulit, sed coram sapientissimo illo Socrate. Habemus igitur Patres Crepitantes, suam Crepitui dialectum et loquendi normam prorsus inesse; ut falso qui invidiam illi apud omnes constare magnopere student, tam arguti Rei incomptam garrulitatem, torperemque nobis obiiciant. Obblaterent nunc Patres Crepitantes, obganniant qui Crepitus hebitudinem et blaesum obtusumque linguae torporem gravissimis verborum protelis insectantur. Loquitur ille me hercule,immo triplici sermonis dialecto utitur. Nam aliquando pappax, qui adultiore sunt aetate papappx, qui virili papapappax.

    (Como buen filólogo el Deán de Alicante transcribe también en griego los versos de Aristófanes)

    Su idioma o lenguaje, todos lo oímos y nadie lo entiende: en cualquier clima o país que se le observare, se escuchará con admiración su dialecto exótico inaccesible a la penetración de los hombres. Sólo sí podrá creerse que Estrepsiades el de Aristófanes, su camarada e íntimo amigo, lo conoció a fondo por su mucho trato y familiaridad, y así dice (in Nubibus)

         Cual trueno, el caldo resonar se siente
         en mi buche; se sigue un estallido,
        y en voz baja un papax; luego despedido
        un pappappax ruidoso; y finalmente
        con un pappappappax alborotado,
        hago la caca, y quedo sosegado.

    Y esto no se contaba a algunos mentecatos o babiecas, sino al sapientísimo Sócrates en sus mismos bigotes. Tenemos, pues, probado, que no vive sin su lenguaje el señor Pedo, y que faltan a lo cierto los que, queriéndole malquistar con todos, acusan de guirigay y de torpeza a reo tan ingenioso y elocuente. Váyanse pues en hora mala y gruñan cuanto quieran satirizando y maldiciendo al pobre Pedo, notándole de balbuciente y tartamudo. A fe mía que habla, y no como quiera, sino en tres dialectos distintos; ya dice pappax: cuando más adulto pappappax; y en su edad varonil pappappappax.

    Estos temas tan “escatológicos” fueron recurrentes en el propio Aristófanes y en otros muchos autores antiguos y modernos.

    Por supuesto, el texto de Aristófanes es ampliamente citado en la obra comes de Claude F.X. Mercier, Eloge du pet: dissertation historique, anatomique et philosophique sur son origine, son antiquité, ses vertus, sa figure, les honneurs qu'on lui a rendus chez les peuples anciens et les faceties, auxquelles il a donné lieu (Paris: Favre, 1799), de la que tomo esta ilustración:

    Parece como si al hombre adulto le costase romper con esa etapa tan característica del desarrollo infantil en la que el niño descubre y parece regodearse en estos temas “escatológicos” y que Sigmund Freud situó entre los dos y cuatro años de edad. El asunto se merece sin duda un artículo más extenso y ampliamente documentado, que en su momento haré. Mientras tanto afirmaré una vez mas “Nihil novum sub sole”  y reproduciré este grabado de Goya titulado "Sopla".

     

  • Hombres, mujeres, andróginos

    En estas fechas en torno al solsticio de verano, cuando los días son más largos y las noches más cortas, proliferan las celebraciones y manifestaciones del llamado “orgullo gay” en las que homosexuales, gays, lesbianas y transexuales exhiben la bandera arcoíris y afirman el derecho a tener una sexualidad diferente a la heterosexual, que hasta hace bien poco era la única canonizada y defendida por las leyes y costumbres, mientras las otras eran condenadas y perseguidas.

    Nota: homosexual  es una palabra compuesta de la griega  ὅμοιος, homoyos, que significa “igual” y la latina sexualis, de sexus, sexual, sexo. Por lo tanto se refiere a los amores entre personas del mismo y sexo. Nada tiene que ver su origen pues con la palabra latina “homo” que significa hombre. Al amor entre personas de género masculino se le suele llamar, más específicamente “gay”, término inglés que en principio significa “alegre”; al amor entre mujeres, como queda indicado, se le llama “sáfico” o “lésbico”, por ser Lesbos el nombvre de la isla griega en la que vivió la poetisa Safo, que cantó el amor entre mujeres.  Estos términos parece que comenzaron a emplearse en la Francia Ilustrada del siglo XVIII. Transexual se refiere a quienes han “transformado” su sexo inicial o aparente hacia aquel con el que realmente se identifican.

    Pues bien, cuántas lecciones podemos extraer de los antiguos griegos y romanos. Quienes tenemos alguna edad, hemos contemplado impotentes la persecución irrefrenada de quienes no seguían el comportamiento sexual dominante, impuesto por la religión y las normas sociales, aunque actuaban  tan sólo como su naturaleza les exigía.

    También hemos asistido en los últimos años a una actitud de la sociedad y sus normas mucho más abierta, aceptando simplemente lo que la naturaleza crea. Esta actitud, que se va plasmando en normas y leyes de comportamiento social, desgraciadamente no se ha generalizo ni en todos los países, (son numerosos los que persiguen con dureza incomprensible los comportamientos homosexuales), ni en todas las personas, que por razones religiosas o por inercia cultural manifiestan un rechazo inaceptable que no produce sino dolor y sufrimiento a muchas personas.

    Quizás pueda ayudarnos a mantener una actitud absolutamente abierta conocer la normalidad con la que los antiguos aceptaban lo que la naturaleza engendraba.

    Conocida es la presencia e importancia que el amor homosexual, sobre todo el masculino, tenía en la antigua Grecia.  En otro momento trataré de ello y de la llamada “pederastia”, que nada tiene que ver con la “corrupción o relación sexual con menores”, entonces prohibida y hoy duramente perseguida y castigada por las leyes con toda justicia.

    Reproduciré un mito que Platón crea o recrea en su diálogo El banquete, subtitulado "Sobre el amor", en el que analiza ¿qué es el amor?, y que en realidad se refiere casi en exclusiva al amor homosexual.

    Platón recurre, como en otras ocasiones,  a un mito para explicar la realidad existente: hay  hombres que buscan a otros hombres, mujeres a otras mujeres y hombres y mujeres que buscan su complemento en seres del otro sexo. Si las cosas son así, simplemente habrá que buscar alguna explicación:

    Platón, El Banquete o del Amor,188c y ss.

    Voy a intentar daros a conocer el poder del Amor, y queda a vuestro cargo enseñar a los demás lo que aprendáis de mí. Pero es preciso comenzar por decir cuál es la naturaleza del hombre, y las modificaciones que ha sufrido.

    »En otro tiempo la naturaleza humana era muy diferente de lo que es hoy. Primero había tres clases de hombres: los dos sexos que hoy existen, y uno tercero compuesto de estos dos, el cual ha desaparecido conservándose sólo el nombre. Este animal formaba una especie particular, y se llamaba andrógino, porque reunía el sexo masculino y el femenino; pero ya no existe y su nombre está en descrédito. En segundo lugar, todos los hombres tenían formas redondas, la espalda y los costados colocados en círculo, cuatro brazos, cuatro piernas, dos fisonomías, unidas a un cuello circular y perfectamente semejantes, una sola cabeza, que reunía estos dos semblantes opuestos entre sí, dos orejas, dos órganos de la generación, y todo lo demás en esta misma proporción.

    Marchaban rectos como nosotros, y sin tener necesidad de volverse para tomar el camino que querían. Cuando deseaban caminar ligeros, se apoyaban sucesivamente sobre sus ocho miembros, y avanzaban con rapidez mediante un movimiento circular, como los que hacen la rueda con los pies al aire.

    La diferencia, que se encuentra entre estas tres especies de hombres, nace de la que hay entre sus principios. El sol produce el sexo masculino, la tierra el femenino, y la luna el compuesto de ambos, que participa de la tierra y del sol. De estos principios recibieron su forma y su manera de moverse, que es esférica. Los cuerpos eran robustos y vigorosos y de corazón animoso, y por esto concibieron la atrevida idea de escalar el cielo, y combatir con los dioses, como dice Homero de Efialtes y de Oto.

    Júpiter examinó con los dioses el partido que debía tomarse. El negocio no carecía de dificultad; los dioses no querían anonadar a los hombres, como en otro tiempo a los gigantes, fulminando contra ellos sus rayos, porque entonces desaparecerían el culto y los sacrificios que los hombres les ofrecían; pero, por otra parte, no podían sufrir semejante insolencia. En fin, después de largas reflexiones, Júpiter se expresó en estos términos:

    Creo haber encontrado un medio de conservar los hombres y hacerlos más circunspectos, y consiste en disminuir sus fuerzas. Los separaré en dos; así se harán débiles y tendremos otra ventaja, que será la de aumentar el número de los que nos sirvan; marcharán rectos sosteniéndose en dos piernas sólo, y si después de este castigo conservan su impía audacia y no quieren permanecer en reposo, los dividiré de nuevo, y se verán precisados a marchar sobre un solo pié, como los que bailan sobre odres en la fiesta de Caco.

    »Después de esta declaración, el dios hizo la separación que acababa de resolver, y la hizo lo mismo que cuando se cortan huevos para salarlos, o como cuando con un cabello se los divide en dos partes iguales. En seguida mandó a Apolo que curase las heridas y colocase el semblante y la mitad del cuello del lado donde se había hecho la separación, a fin de que la vista de este castigo los hiciese más modestos. Apolo puso el semblante del lado indicado, y reuniendo los cortes de la piel sobre lo que hoy se llama vientre, los cosió a manera de una bolsa que se cierra, no dejando más que una abertura en el centro, que se llama ombligo. En cuanto a los otros pliegues, que eran numerosos, los pulió, y arregló el pecho con un instrumento semejante a aquel de que se sirven los zapateros para suavizar la piel de los zapatos sobre la horma, y sólo dejó algunos pliegues sobre el vientre y el ombligo, como en recuerdo del antiguo castigo.

    Hecha esta división, cada mitad hacia esfuerzos para encontrar la otra mitad de que había sido separada; y cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, llevadas del deseo de entrar en su antigua unidad, con un ardor tal, que abrazadas perecían de hambre e inacción, no queriendo hacer nada la una sin la otra. Cuando la una de las dos mitades perecía, la que sobrevivía buscaba otra, a la que se unía de nuevo, ya fuese la mitad de una mujer entera, lo que ahora llamamos una mujer, ya fuese una mitad de hombre; y de esta manera la raza iba extinguiéndose.

    Júpiter, movido a compasión, imagina otro expediente: pone delante los órganos de la generación, por que antes estaban detrás, y se concebía y se derramaba el semen, no el uno en el otro, sino en tierra como las cigarras. Júpiter puso los órganos en la parte anterior y de esta manera la concepción se hace mediante la unión del varón y la hembra. entonces, si se verificaba la unión del hombre y la mujer, el fruto de la misma eran los hijos; y si el varón se unía al varón, la saciedad los separaba bien pronto y los restituía a sus trabajos y demás cuidados de la vida. De aquí procede el amor que tenemos naturalmente los unos a los otros; el nos recuerda nuestra naturaleza primitiva y hace esfuerzos para reunir las dos mitades y para restablecernos en nuestra antigua perfección. Cada uno de nosotros no es más que una mitad de hombre, que ha sido separada de su todo, como se divide una hoja en dos. Estas mitades buscan siempre sus mitades. Los hombres que provienen de la separación de estos seres compuestos, que se llaman andróginos, aman las mujeres; y la mayor parte de los adúlteros pertenecen a esta especie, así como también las mujeres que aman a los hombres y violan las leyes del himeneo. Pero a las mujeres, que provienen de la separación de las mujeres primitivas, no llaman la atención los hombres y se inclinan más a las mujeres; a esta especie pertenecen las tribactes. Del mismo modo los hombres, que provienen de la separación de los hombres primitivos, buscan el sexo masculino. Mientras son jóvenes aman a los hombres; se complacen en dormir con ellos  y estar en sus brazos; son los primeros entre los adolescentes y los adultos, como que son de una naturaleza mucho más varonil. Sin razón se les echa en cara que viven sin pudor, porque no es la falta de este lo que les hace obrar así, sino que dotados de alma fuerte, valor varonil y carácter viril, buscan sus semejantes; y lo prueba que con el tiempo son más aptos que los demás para servir al Estado. Hechos hombres a su vez aman los jóvenes, y si se casan y tienen familia, no es porque la naturaleza los incline a ello, sino porque la ley los obliga. Lo que prefieren es pasar la vida los unos con los otros en el celibato. El único objeto de los hombres de este carácter, amen o sean amados, es reunirse a quienes se les asemeja. Cuando el que ama a los jóvenes o a cualquier otro llega a encontrar su mitad, la simpatía, la amistad, el amor los une de una manera tan maravillosa, que no quieren en ningún concepto separarse ni por un momento. Estos mismos hombres, que pasan toda la vida juntos, no pueden decir lo que quieren el uno del otro, porque si encuentran tanto gusto en vivir de esta suerte, no es de creer que sea la causa de esto el placer de los sentidos. Evidentemente su alma desea otra cosa, que ella no puede expresar, pero que adivina y da a entender. Y si cuando están el uno en brazos del otro, Vulcano se apareciese con los instrumentos de su arte, y les dijese:

    '¡Oh hombres!, ¿qué es lo que os exigís recíprocamente?', y si viéndoles perplejos, continuase interpelándoles de esta manera: 'lo que queréis, ¿no es estar de tal manera unidos, que ni de día ni de noche estéis el uno sin el otro? Si es esto lo que deseáis, voy a fundiros y mezclaros de tal manera, que no seréis ya dos personas, sino una sola; y que mientras viváis, viváis una vida común como una sola persona, y que cuando hayáis muerto, en la muerte misma os reunáis de manera que no seáis dos personas sino una sola. Ved ahora si es esto lo que deseáis, y si esto  os puede hacer completamente felices.'

    Es bien seguro, que si Vulcano les dirigiera este discurso, ninguno de ellos negaría, ni respondería, que deseaba otra cosa, persuadido de que el dios acababa de expresar lo que en todos los momentos estaba en el fondo de su alma; esto es, el deseo de estar unido y confundido con el objeto amado, hasta no formar más que un solo ser con él. La causa de esto es que nuestra naturaleza primitiva era una, y que éramos un todo completo, y se da el nombre de amor al deseo y prosecución de este antiguo estado. Primitivamente, como he dicho, nosotros éramos uno; pero después en castigo de nuestra iniquidad nos separó Júpiter, como los arcadios lo fueron por los lacedemonios. Debemos procurar no cometer ninguna falta contra los dioses, por temor de exponernos a una segunda división, y no ser como las figuras presentadas de perfil en los bajorrelieves, que no tienen más que medio semblante, o como los dados cortados en dos. Es preciso que todos nos exhortemos mutuamente a honrar a los dioses, para evitar un nuevo castigo, y volver a nuestra unidad primitiva bajo los auspicios y la dirección del Amor. Que nadie se ponga en guerra con el Amor, porque ponerse en guerra con él es atraerse el odio de los dioses. Tratemos, pues, de merecer la benevolencia y el favor de este dios, y nos proporcionará la otra mitad de nosotros mismos, felicidad que alcanzan muy pocos.

    Que Eriximaco no critique estas últimas palabras, como si hicieran alusión a Pausanias y a Agaton, porque quizá estos son de este pequeño número, y pertenecen ambos a la naturaleza masculina. Sea lo que quiera, estoy seguro de que todos seremos  dichosos, hombres y mujeres, si, gracias al Amor, encontramos cada uno nuestra mitad, y si volvemos a la unidad de nuestra naturaleza primitiva. Ahora bien, si este antiguo estado era el mejor, necesariamente tiene que ser también mejor el que más se le aproxime en este mundo, que es el de poseer a la persona que se ama según se desea. Si debemos alabar al dios que nos procura esta felicidad, alabemos al Amor, que no sólo nos sirve mucho en esta vida, procurándonos lo que nos conviene, sino también porque nos da poderosos motivos para esperar, que si cumplimos fielmente con los deberes para con los dioses, nos restituirá él a nuestra primera naturaleza después de esta vida, curará nuestras debilidades y nos dará la felicidad en toda su pureza. He aquí, Eriximaco, mi discurso sobre el Amor. Difiere del tuyo, pero te conjuro a que no te burles, para que podamos oír los de los otros dos, porque aún no han hablado Agaton y Sócrates.»
    (Traducción de Patricio de Azcárate: Obras completas de Platón, tomo 5, Medina y Navarro, Madrid 1871)

    Nota:
    1. andrógino es una palabra compuesta de dos griegas andrós (hombre) y gyné (mujer), de donde deriva por ejemplo “ginecología”, según el Diccionario de la RAE "Parte de la medicina que trata de las enfermedades propias de la mujer".
    2. Parménides consideraba el Sol como el elemento masculino del universo, la Luna como el femenino y la Tierra como el resultado de la unión de ambos.

  • Los astrónomos fueron los científicos mejor valorados en la Antigüedad

    Los astrónomos, junto con los médicos, fueron sin duda los científicos mejor valorados de la Antigüedad. En buena medida se confunden con los “astrólogos” y los “curanderos”, dos actividades conectadas con la religión y la vida de los templos.

    En el mundo grecolatino la astronomía (actualmente definida como “Ciencia que trata de cuanto se refiere a los astros, y principalmente a las leyes de sus movimientos”) y la astrología (definida actualmente como “Estudio de la posición y del movimiento de los astros, a través de cuya interpretación y observación se pretende conocer y predecir el destino de los hombres y pronosticar los sucesos terrestres”.)  se confunden, son la misma ciencia. Así que se mezclan los mitos y creencias que vienen de la noche de los tiempos con lo que la razón y la ciencia va averiguando. Pero poco a poco la astronomía fue expresándose en lenguaje matemático y geométrico sin que por ello desapareciera la “astrología”.

    Hoy también estos profesionales científicos son muy bien valorados. ¿Quién no se siente impresionado por las imaginativas teorías, imposibles de comprender para quienes somos legos en estas cuestiones, del big-bang o las bellísimas imágenes recibidas en ondas originadas a miles de años-luz?

    Pero poco a poco la ciencia se fue independizando del mito y la religión. En el caso de la astronomía se fue convirtiendo en astronomía matemática y física y astronomía geométrica, capaz de comprender y prever los movimientos de los astros. De  esta manera los científicos liberaban o intentaban liberar a los hombres del temor a los dioses, provocado por los fenómenos de la naturaleza.

    Liberar a los hombres del miedo que les infundían los fenómenos naturales que no conocían fue el objetivo esencial de los epicúreos, a quienes ya desde la propia Antigüedad se les presento injusta e interesadamente como “hedonistas” ávidos de placeres, cuando de lo único de lo que fueron ávidos fue de “razón” y “sentido común”.

    Dice Lucrecio en su magno tratado de “ciencias” en verso “De rerum natura”, “Sobre la naturaleza de los dioses”, elogiando la gran figura del maestro Epicuro al principio de su obra:

    Lucrecio, De rerum Natura,I, 62-79:

    Cuando la vida humana yacía a la vista de todos torpemente postrada en tierra, abrumada bajo el peso de la religión, cuya cabeza asomaba en las regiones celestes amenazando con una horrible mueca caer sobre los mortales, un griego osó el primero elevar hacia ella sus perecederos ojos y rebelarse contra ella. No le detuvieron ni las fábulas de los dioses, ni los rayos, ni el cielo con su amenazante bramido, sino que aún más excitaron el ardor en su ánimo y su deseo de ser el primero en forzar los apretados cerrojos que guarnecen las puertas de la Naturaleza. Su vigoroso espíritu triunfó y avanzó lejos, más allá del llamado recinto del mundo, y recorrió el Todo infinito con su mente y su ánimo. De allí nos trae, botín de su victoria, el conocimiento de lo que puede nacer y de lo que no puede, las leyes, en fin, que a cada cosa delimitan su poder, y sus mojones profundamente hincados. Con lo que la religión, a su vez sometida, yace a nuestros pies; a nosotros la victoria nos exalta hasta el cielo. Traducción de Eduardo Valentí Fiol, Edit. Bosch. 1976)

    Humana ante oculos foede cum vita iaceret
    in terris oppressa gravi sub religione,
    quae caput a caeli regionibus ostendebat
    65horribili super aspectu mortalibus instans,
    primum Graius homo mortalis tollere contra
    est oculos ausus primusque obsistere contra;
    quem neque fama deum nec fulmina nec minitanti
    murmure compressit caelum, sed eo magis acrem
    70inritat animi virtutem, effringere ut arta
    naturae primus portarum claustra cupiret.
    ergo vivida vis animi pervicit et extra
    processit longe flammantia moenia mundi
    atque omne immensum peragravit mente animoque,
    75unde refert nobis victor quid possit oriri,
    quid nequeat, finita potestas denique cuique
    qua nam sit ratione atque alte terminus haerens.
    quare religio pedibus subiecta vicissim
    opteritur, nos exaequat victoria caelo.

    ………
    Y poco después, afirmando con rotundidad que la ciencia es la salvación,  idea que por lo demás repite en numerosas ocasiones, en los versos: 146-148:

    Este terror, pues, y estas tinieblas del espíritu, necesario es que las disipen, no los rayos del sol ni los lúcidos dardos del día, sino la contemplación de la Naturaleza y de la ciencia. (Traducción de Eduardo Valentí Fiol, Edit. Bosch. 1976)

    hunc igitur terrorem animi tenebrasque necessest
    non radii solis neque lucida tela diei
    discutiant, sed naturae species ratioque.

    Un buen exponente de este largo camino hacia la ciencia es el astrónomo Gémino con su “Introducción a los fenómenos”. De él sabemos muy pocas cosas, como que vivió a c aballo entre los siglos I antes y después de Cristo.  La astronomía durante siglos fue una rama de la filosofía. Gémino habla de física porque físico es todo aquel que se ocupa de la naturaleza (phýsis), pero en el s.I a.C. la astronomía se va especializando y emancipando convirtiéndose en “astronomía matemática”, apoyándose en la matemática y la geometría y  avanzando hacia una ciencia positiva. Gémino es un profesional de la astronomía que busca el rigor demostrativo de la matemática y que por lo tanto desprecia la realización de pronósticos meteorológicos  basándose en el orto y ocaso de los astros.

    Otro alto exponente  es Ptolomeo, autor entre otras obras del llamado “Almagesto”, palabra que no es sino la transcripción árabe del título original griego  Megisté Syntxis, (La gran coordinación), referida a la comprensión de los movimientos y órbitas de los astros.

    Pues bien, otro científico que podríamos llamar “generalista” y “divulgador”, Plinio el Viejo, que escribió una grandiosa enciclopedia, compendio del saber científico de su tiempo y a la que leída con atención no le falta espíritu crítico auténticamente científico, emite un hermoso juicio sobre el valor científico de los astrónomos en su Historia Natural, II, 12 (54):

    “Hombres aquellos extraordinarios y sobrehumanos por haber comprendido la ley de tan importantes númenes y haber liberado por fin del miedo a la pobre mente humana que en los eclipses veía con temor crímenes o algún tipo de muerte de los astros (es notorio que en medio de este temor por el eclipse de sol sonaron las palabras sublimes de los vates Píndaro y Estesícoro) o bien el hombre mortal veía hechizos en el de la luna y por eso le ayudaba con un ruido desacompasado. Por este miedo, al desconocer la causa, Nicias, general de los atenienses, temiendo sacar la flota del puerto, perdió sus tropas.

    ¡Sed gloriosos por vuestra inteligencia, sabios que abarcáis el cielo y la naturaleza física, descubridores de la razón por la que os habéis impuesto a los hombres y a  los dioses!

    ¿Quién contemplando este espectáculo, así como los trances regulares de los astros (porque así se convino en llamarlos) no perdonaría que seamos mortales por una ley ineludible?

    viri ingentes supraque mortalia, tantorum numinum lege deprehensa et misera hominum mente iam soluta, in defectibus scelera aut mortem aliquam siderum pavente — quo in metu fuisse Stesichori et Pindari vatum sublimia ora palam est deliquio solis — aut in luna veneficia arguente mortalitate et ob id crepitu dissono auxiliante — quo pavore ignarus causae Nicias Atheniensium imperator veritus classem portu educere opes eorum adflixit —: macte ingenio este, caeli interpretes rerumque naturae capaces, argumenti repertores,
    quo deos hominesque vicistis! quis enim haec cernens et statos siderum (quoniam ita appellare placuit) labores non suae necessitati mortales genitos ignoscat?
    Nunc confessa de iisdem breviter atque capitulatim attingam ratione admodum necessariis locis strictimque reddita, nam neque instituti operis talis argumentatio est neque omnium rerum afferri posse causas minus mirum est quam constare in aliquis.

    Ovidio  valora también el extraordinario valor de quienes estudiaron las estrellas en Fastos, I, 297 y ss.:

    ¿Quién nos impide hablar también de las estrellas, cómo sale y se pone cada una? Esto es parte de mi promesa. ¡Felices las almas que fueron las primeras en ocuparse de conocer estas cosas y ascender a las mansiones de arriba! Se puede creer que aquellos sacaron la cabeza por encima tanto de los vicios como de los lugares humanos. Ni Venus ni el vino, el deber del foro o las fatigas de las campañas, quebraron sus pechos sublimes. No les tentaron ni la ambición ligera ni la gloria revestida de oropel ni el ansia de grandes riquezas. Acercaron a nuestros ojos las lejanas estrellas y sometieron el firmamento a su genio. Así es como se alcanza el cielo, sin necesidad de que el Olimpo se lleve al Osa y la cima del Pelio toque las más altas estrellas. Nosotros también, bajo la guía de ellos, mediremos el cielo y asignaremos sus días a cada astro errante. (Traducción de Bartolomé Segura Ramos, Edit. Gredos)

    Quis vetat et stellas, ut quaeque oriturque caditque,
    dicere? promissi pars fuit ista mei.
    felices animae, quibus haec cognoscere primis
    inque domus superas scandere cura fuit!
    credibile est illos pariter vitiisque locisque
    altius humanis exeruisse caput.
    non Venus et vinum sublimia pectora fregit
    officiumque fori militiaeve labor;
    nec levis ambitio perfusaque gloria fuco
    magnarumque fames sollicitavit opum.
    admovere oculis distantia sidera nostris
    aetheraque ingenio supposuere suo.
    sic petitur caelum: non ut ferat Ossan Olympus,
    summaque Peliacus sidera tangat apex.
    nos quoque sub ducibus caelum metabimur illis
    ponemusque suos ad vaga signa dies.

    Los intentos de explicación de los astros y sus movimientos, las elucubraciones teóricas y prácticas, que incorporan y desarrollan el conocimiento de la matemática y  geometría, suponen en verdad un verdadero esfuerzo científico en el inicio del camino que ha conducido al grandioso conocimiento actual, que tantas cosas sin embargo aún desconoce pero desea comprender.

    Con la foto de fondo conseguida por el Hubble, y que Stephen Hawking tiene en la portada de su página de Facebook, concluiremos con Manilio:

    Photo credit: ESA/Hubble Rosette nebula

    ...siempre habrá motivo de debate para la inteligencia de los hombres y siempre permanecerá la oscuridad sobre lo que está oculto y muy por encima del hombre y del dios. (Manilio, Astronomia, I, 145…)

    semper erit genus in pugna, dubiumque manebit
    quod latet et tantum supra est hominemque deumque;

  • Los grandes nada pueden sin los pequeños: Pensar globalmente actuar localmente

    Pausanias es un autor griego del siglo II de Cristo, probablemente de Lidia en el Asia Menor, que viajó por diversas partes del mundo antiguo y nos ha dejado un libro valiosísimo, la primera guía de viajes de la que tenemos noticias, su “Descripción de Grecia”.

    Le llamaron la atención, como a tantos otros, las murallas de Tirinto, construidas con piedras enormes, que consideraron obras de los Cíclopes (véase: https://www.antiquitatem.com/ciclopeo-colosal-herculeo-gigantesco ; Nos dice al respecto, entre otros pasajes,  en Descripción de Grecia, II, 25,8:

    (Tirinto) Se dice que  las murallas, que es lo único que queda de las ruinas, son obra de  los Cíclopes y  están construidas de piedras que son tan grandes que un par de mulas no pueden mover ni un milímetro ni las más pequeñas. A lo largo de ellas se meten pequeñas piedras  entre las grandes, de forma que no queda ningún hueco y los grandes bloques quedan firmemente unidos.

    Curiosamente esta costumbre o esta expresión de “meter piedras pequeñas entre las grandes” se corresponde con un proverbio del mundo de la albaliñería, según el cual las piedras grandes sin las pequeñas no pueden formar un muro fuerte. Convertido en proverbio tiene un sentido general, útil para la vida social del hombre, que perfectamente expresa, por ejemplo, el gran autor de tragedias Sófocles en su obra Ayax: la piedra pequeña necesita de la solidez de la grande, pero la grande difícilmente se endereza sin la pequeña; es decir, los pequeños necesitan del grande, pero éste ha de asegurarse con los pequeños.

    Sófocles en su tragedia Ayax, v. 155 y ss:

    Apuntando a los espíritus grandes no puedes errar. Pero si tales cosas se dijeran contra mí no convencerían. La envidia se desliza contra el poderoso. Sin embargo los pequeños sin los poderosos son débil protección de la torre. Porque, junto a los grandes, el pequeño perfectamente se acopla y el grande se endereza con ayuda de los pequeños. Pero no es posible instruir a tiempo a los insensatos en estas máximas. Tal clase de hombres son los que alborotan y nosotros contra esto no tenemos fuerzas para defendernos sin ti, señor.

    El propio Platón, en su diálogo Las leyes, se sirve también del proverbio en un debate sobre si los dioses se preocupan del todo en su conjunto o también de los detalles particulares:

    Platón, Leyes,902b y ss.

    ATENIENSE: Dejemos, pues, ahora que todo el que quiera diga que todo esto es pequeño a los ojos de los dioses, o que todo ello es grande, pues ni en un caso ni en el otro la negligencia resultaría adecuada a nuestros dueños, tan previsores, tan buenos. He ahí, en efecto, una razón que hemos de considerar aún.

    CLINIAS: ¿Cuál?

    ATENIENSE: La diferencia que hay entre sensación y facultad activa: en efecto, ¿acaso estas dos cosas no son naturalmente contrarias entre sí en lo que respecta a la facilidad o a la dificultad?

    CLINIAS: ¿Qué es lo que quieres decir?

    ATENIENSE: Las cosas pequeñas son más difíciles de ver o de oír que las cosas grandes, mientras que cuando se trata de soportarlas, de dominarlas o gobernarlas, las cosas pequeñas o poco numerosas son, para todo el mundo, más fáciles que no sus opuestas.

    CLINIAS:  Muy cierto es esto.

    ATENIENSE: Si a un médico se le encarga que cuide de un cuerpo en su totalidad, y quiere y puede ocuparse de lo que constituye un conjunto, pero descuida las partes pequeñas y los detalles, ¿acaso podrá llegar a ver el todo en buen estado de salud?

    CLINIAS: Nunca

    ATENIENSE: Y tampoco podrán conseguirlo los pilotos, los generales, los ecónomos, los políticos o todos aquellos que desempeñen alguna magistratura: los grandes grupos o las grandes masas no irán bien, si no van bien los grupos pequeños y las cosas menudas; los mismos albañiles, en efecto, no admitirán nunca que las piedras grandes puedan tenerse bien sin las pequeñas.

    CLINIAS: ¿Cómo admitirlo, en efecto?

    ATENIENSE: No vayamos, pues, a creer, ni por un instante tan solo, que la divinidad es menos capaz que los artesanos mortales; cuanto más diestros son éstos, con tanta mayor perfección consiguen, dentro de un mismo arte, realizar con exactitud y bien acabados los trabajos pequeños, igual que los grandes; y así, no podemos imaginar que este dios,soberanamente sabio, que quiere y puede aplicarse, descuida estas cosas pequeñas en que la aplicación es más fácil, para ocuparse solamente de las grandes, igual que hace un perezoso o un flojo, que teme la fatiga y trabaja sin diligencia.
    ….
    CLINIAS: ¿Y cuáles serán estas palabras, mi buen amigo?

    ATENIENSE: Ellas van a persuadir a este ardoroso polemista de que aquel que se cuida de todas las cosas lo ha dispuesto todo para la conservación y la perfección del conjunto, en el que cada parte, en tanto que esta se encuentra en aquel, no padece ni obra sino en la medida conveniente. Al frente de todas y cada una de estas cosas se han puesto regidores, que vigilen toda acción, por menuda que sea, que ellas experimenten o realicen, y que llevan hasta el último detalle la perfección de la obra; y así, siendo tú, desgraciado una simple parte o unidad en este todo, tu papel es el de tender siempre y siempre a mirar al conjunto, por muy pequeña  que sea esta unidad tuya; lo que ocurre es que tú no tienes conciencia, en todo este drama, de que nada se hace sino en orden a este fin, el de asegurar a la vida del universo la permanencia y la dicha, y que nada se hace para ti, antes tú mismo te haces en orden al universo. Todo médico, en efecto, todo artesano dentro de su arte, hace cada una de las cosas con la vista puesta en la totalidad, y orientado hacia el mayor bien común, modela cada parte con la vista puesta en el todo, y no el todo mirando a la parte.

    Extrapolando el concepto podríamos expresar esta idea tan antigua en esta otra tan moderna: “ Piensa globalmente, actúa localmente (Think Global, Act Local) “, que surgiendo en el ámbito del medio ambiente, se utiliza ya en cualquier contexto político y social.

    Incluso refiriéndonos a la acción política podríamos referir el contenido de la frase a la contraposición entre la macroeconomía o macropolítica y la microneconomía o micropolítica. ¿Es posible una acción macroeconómica sin considerar la necesidad de la´acción microeconómica? ¿Se justifican unas medidas política de macroeconomía que no se reflejen, o mejor, partan de la incidencia en las personas concretas?. Tal vez el pensamiento de los antiguos pueda ayudarnos a mejorar nuestra reflexión.

  • El mito de las edades o razas del hombre.

    El mito antiguo de las razas o edades del hombre, con una primera de oro que va degenerando hasta el duro y fiero hierro a medida que empeora el comportamiento moral del hombre, existe en muchas literaturas. Mil veces contado en la Antigüedad y desde la Antigüedad, era suficientemente conocido por Cervantes en quien influyó de manera importante: a fin de cuentas el “Caballero de la Triste figura” lo que pretende es crear un mundo mejor, tal vez como el que existió en la “edad de oro”, a juzgar por la presencia que esta ilusión tiene en El Quijote.

    Hay autores  que en consecuencia consideran El Quijote como expresión de una Utopía más, al estilo de las de los filósofos o historiadores. No es así ciertamente, pero desde luego se trasluce en el fondo un deseo de corregir los problemas de este mundo para crear un mundo mejor, libre de injusticias, representado perfectamente por Don Quijote y por el propio Sancho, que se va contaminando y se hace partícipe del fin perseguido por el caballero andante.

    Reproduzco la versión más completa que Cervantes da en el Quijote y luego el relato de Hesiodo, que es el primero de los antiguos que conservamos. En otro artículo distinto recogeré otras varias versiones antiguas para que el lector tenga una mejor idea de la importancia de este mito en la creatividad literaria ya desde la antigüedad. Sea todo ello un pequeño homenaje a la pervivencia de los mitos antiguos en la obra de Cervantes.

    Don Quijote de la Mancha, I, 11
    ….
    No entendían los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballeros andantes, y no hacían otra cosa que comer y callar, y mirar a sus huéspedes, que, con mucho donaire y gana, embaulaban tasajo como el puño. Acabado el servicio de carne, tendieron sobre las zaleas gran cantidad de bellotas avellanadas, y juntamente pusieron un medio queso, más duro que si fuera hecho de argamasa. No estaba, en esto, ocioso el cuerno, porque andaba a la redonda tan a menudo (ya lleno, ya vacío, como arcaduz de noria) que con facilidad vació un zaque de dos que estaban de manifiesto. Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano, y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:
    –Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra; y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los conceptos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar, ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señora, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero; que, aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.

    Toda esta larga arenga –que se pudiera muy bien escusar– dijo nuestro caballero porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron escuchando. Sancho, asimesmo, callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque, que, porque se enfriase el vino, le tenían colgado de un alcornoque.

    El mito en la Antigüedad:

    Hesíodo (vivió en torno al año 700 a.C.) es el primer autor griego que narra este mito en su “Trabajos y días”, v. 106-201:

    Si quieres, ahora, con todo detalle te contaré otro relato y tú grábate en tu mente  cómo dioses y hombres han llegado a ser del mismo origen.

    En un primer momento los inmortales que habitaban las moradas olímpicas crearon una raza áurea de hombres mortales. Éstos existían en época de Crono, cuando él reinaba sobre el Cielo, y vivían como dioses con un corazón sin preocupaciones, sin trabajo y  miseria, ni siquiera la terrible vejez estaba presente, sino que siempre del mismo aspecto en pies y manos se regocijaban en los banquetes lejos de todo mal, y morían encadenados por un sueño; tenían toda clase de bienes y la tierra de ricas entrañas espontáneamente producía mucho y abundante fruto; ellos tranquilos y contentos compartían sus trabajos con muchos deleites.

    Después que la tierra sepultó esta raza, ellos, por decisión del gran Zeus, son démones, favorables, terrenales, guardianes de hombres mortales [ellos vigilan las sentencias y las funestas acciones, yendo y viniendo por todas las partes en la tierra, envueltos en bruma], dispensadores de riqueza, pues también obtuvieron este don real.

    A continuación, una segunda raza mucho peor, de plata, crearon los que habitan las moradas olímpicas, en nada semejante a la de oro en cuanto a naturaleza e inteligencia; pues durante cien años el niño crecía junto a la prudente madre, retozando de manera muy infantil en su casa,  y cuando les había alcanzado la pubertad y le llegaba la edad de la juventud, vivían durante muy poco tiempo, con sufrimientos por falta de experiencia, pues no podían apartar unos de otros la temeraria hybris, ni querían rendir culto a los Inmortales ni sacrificar sobre los sagrados altares de los Bienaventurados, como es norma para los hombres, según sus costumbres. A éstos, después, Zeus Crónida, irritado, los hizo desaparecer porque no honraban a los bienaventurados dioses que habitan el Olimpo.

    Luego, después que la tierra sepultó a esta raza, éstos, subterráneos, se llaman bienaventurados mortales, inferiores; a pesar de todo, también a éstos acompaña el honor.

    El padre Zeus creó otra raza de hombres mortales, de bronce, en nada semejante a la de plata, nacida de los fresnos , terrible y vigorosa; a éstos les preocupaban las funestas acciones de Ares y los actos de violencia; no se alimentaban de pan, pues tenían valeroso corazón de acero. [¡Rudos!, gran fuerza y terribles manos nacían de sus hombros sobre robustos miembros.]

    Broncíneas eran sus armas, broncíneas sus casas y con bronce trabajaban, pues no existía el negro hierro. Sometidos por sus propias manos descendieron a la enmohecida morada del horrible Hades en el anonimato, pues, aunque eran brillantes, también les sorprendió la negra muerte y dejaron la brillante luz del sol.

    Después que la tierra sepultó esta raza, de nuevo Zeus Crónida, sobre la fecunda tierra, creó una cuarta,más justa y mejor, raza divina de héroes que se llaman semidioses, primera especie en la tierra sin límites. A éstos la malvada guerra y el terrible combate los aniquilaron, a unos luchando junto a Tebas, de siete puertas, en la tierra Cadmea, por causa de los hijos de Edipo; a otros conduciéndoles en naves sobre el abismo del mar hacia Troya, por causa de Helena de hermosa cabellerea. [Allí realmente la muerte envolvió a unos;] a otros el padre Zeus, proporcionándoles vida y costumbres lejos de los hombres, los estableció en los confines de la tierra. Éstos, con un corazón sin preocupaciones, viven en las ilsas de los bienaventurados, junto al profundo Océano, héroes felices; para ellos la tierra rica en sus entrañas produce fruto dulce como la miel que florece tres veces al año. [Lejos de los Inmortales entre éstos reina Crono.]

    Pues el propio] padre de hombres y [dioses] lo libró y ahora siempre entre éstos tiene el honor como conviene. Y Zeus a su vez otra raza colocó de hombres mortales cuantos ahora existen sobre la tierra rica en frutos].

    Y después no hubiera querido yo estar entre los hombres de la quinta raza, sino que hubiera querido morir antes o nacer después. Pues ahora existe una raza de hierro; ni de día, ni de noche cesarán de estar agobiados por la fatiga y la miseria; y los dioses les darán artduas preocupaciones. Continuamente se mezclan bienes con males.

    Zeus destruirá también esta raza de hombres mortales, cuando al nacer resulten encanecidos. El padre no será semejante a los hijos, ni los hijos al padre; el huésped noserá grato al que da hospitalidad, ni el compañero al compañero, ni el hermano al hermano, como antes.
    Despreciarán a los padres tan pronto como llegue a la vejez; los censurarán hablándoles con duras palabras, faltos de entrañas, desconocedores del temor de los dioses; no podrán dar el alimento debido a los padres que envejecen éstos [para quienes la fuerza es justicia; uno ejercerá el pillaje sobre la ciudad del otro; no habrá consideración del que es fiel al juramento, no del justo ni del bueno; estimarán más al malhechor; la violencia y la justicia estarán en las manos; no habrá respeto; el malvado dañará al hombre bueno increpándole con palabras de franqueza y jurará un juramento.

    La destructora envidia de mirada siniestra, que se alegra del mal ajeno, seguirá a todos los hombres malvados.

    Entonces hacia el Olimpo desde la ancha tierra, cubriendo su suave piel con blancos vestidos, se dirigirán Aidós y Némesis, en medio de la multitud de los inmortales, tras abandonar a los hombres; sólo penosos dolores quedarán para los mortales; no habrá remedio para el mal.
    (Taducción de Adelaida Martín Sánchez y María Ángeles Martín Sanchez. Alianza Editorial, Madrid, 1986)

  • El hombre es un animal político (Zóon politikón, ζῷον πoλιτικόν)

    Hemos de ser políticamente correctos. ¿Pero qué quiere decir esta frase tan “manida” en estos tiempos? Se refiere sin duda a la actitud evidentemente hipócrita con la que las personas, especialmente las que desempeñan alguna función “política”, deben comportarse ante los ciudadanos, expresando tan sólo lo que sus oyentes quieren oír o al menos lo que no excite su oposición.

    Curiosamente, la primera obligación de quien se exprese políticamente correcto es no defender ni valorar positivamente la propia actividad política, hoy absolutamente despreciada y devaluada en algunos países como España. Es cierto que la reciente historia ofrece múltiples motivos para esta desafección hacia la política.

    Y sin embargo es una actividad noble, la más noble y absolutamente necesaria.

    Yo sé que los dos textos de Aristóteles que reproduzco a continuación no modificarán la opinión de la mayoría de los lectores, a pesar de la enorme autoridad que Aristóteles ha tenido a lo largo de la Historia hasta hace bien pocos años. Hoy tampoco es “políticamente correcto” reconocer la “autoridad” científica, moral o política de nadie. Véase https://www.antiquitatem.com/gerusia-gerontocracia-roma-locuta

    En fin, el objetivo de este blog es ayudar a conocer el mundo antiguo en su relación con el actual.

    Aristóteles (384-322 a.C.) fue discípulo de Platón y profesor de Alejandro Magno. Fue el creador del primer gran sistema filosófico, precisamente del que más ha influido en la cultura occidental durante más de dos mil años. En ese sistema estudia el mundo físico (Física), el ser las causas de las cosas (Metafísica) y al propio hombre y su comportamiento (Etica).

    Su obra más importante sobre el comportamiento del hombre es la llamada Etica Nicomáquea (Etica a Nicómaco, que era su hijo).

    Comienza precisamente esta obra con la afirmación famosa de que “el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden”. Conviene, pues, averiguar cuál es el bien que el hombre persigue. Ese bien, que luego determinará que es la felicidad, la plenitud como hombre, la eudaímonía, nos dice que pertenece a la política, actividad directiva suprema:

    Ética Nicomáquea, Libro I,2 (1094b):

    En efecto (la política) es la que regula qué ciencias son necesarias en las ciudades y cuáles ha de aprender cada uno y hasta qué extremo. Vemos, además, que las facultades más estimadas le están subordinadas, como la estrategia, la economía, la retórica. Y puesto que la política se sirve de las demás ciencias y prescribe además qué se debe hacer y qué se debe evitar, el fin de ella incluirá los fines de las demás ciencias, de modo que constituirá el bien del hombre. Pues aunque sea el mismo el bien del individuo y el de la ciudad, es evidente que es mucho más grande y más perfecto alcanzar y salvaguardar el de la ciudad; porque procurar el bien de una persona es algo deseable, pero es más hermoso y divino conseguirlo para un pueblo y para ciudades. (Traducción de Julio Pallí Bonet, para Editorial Gredos)

    En la Grecia de la época no había grandes Estados o imperios sino las llamadas “ciudades estado”, las polis, espacio político constituido por una ciudad de tamaño pequeño para los estándares actuales con su territorio adyacente.

    Es muy difícil conocer los datos demográficos de la Antigüedad, pero en el caso de Atenas en su época clásica, siglos V-IV a.C., la extensión de la polis era aproximadamente de 2.500 kilómetros cuadrados y su población, en su mejor momento, dividida en 140 demos o comunidades locales podía ser de unos 300.000 habitantes, de los cuales tan sólo son ciudadanos con derechos plenos unos 45.000 (varones libres atenienses mayores de veintiún años) que con sus familias podían llegar a unas 150.000 personas;; metecos con sus familias (libres pero no ciudadanos) unos 40.000;  esclavos unos 110.000.

    Según el propio Aristóteles en su Constitución de los Atenienses, fragmento 5:

    Las tribus de Atenas eran cuatro, y de cada una de las tribus había tres partes, que llamaban tritias y fratrías, y cada una de estas tenia treinta linajes y cada linaje se componía de treinta hombres. (Traducción de M. García Valdés, para Editorial Gredos).

    En la reforma de Clístenes las tribus aumentaron hasta diez, en una nueva distribución.

    Si en ese contexto de población y espacio reducido la política es absolutamente necesaria para organizar la vida social, ¿cómo se puede despreciar hoy en nuestros países y estados con población multimillonaria?

    La importancia que los griegos y en general los antiguos conceden a la vida política es la consecuencia de una idea generalizada, expresada magistralmente por el propio Aristóteles, para quien el “hombre es una animal social, un animal político”, es decir, el hombre está hecho para vivir en una polis, en una ciudad; el hombre solitario es un desgraciado. Esta es la famosa expresión ζῷον, zôion, «animal» y πoλιτικόν, politikón, (animal político, social, cívico).

    Lo dice textualmente en esta misma obra Ética Nicomáquea, 1097b “…

    "…puesto que el hombre es por naturaleza un ser social”,

    pero lo había comentado extensamente en su Política I,2, 1253a:

    “De todo esto es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza un animal social y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre. Como aquel a quien Homero (Iliada, IX,63) vitupera:

      sin tribu, sin ley, sin hogar porque el que es tal por naturaleza es también amante de la guerra, como una pieza aislada en el juego de las damas.

    La razón por la cual es hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo superficial, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad.

    Por naturaleza, pues, la ciudad es anterior a la casa y a cada uno de nosotros, porque el todo es necesariamente anterior a la parte. (Traducción de Manuela García Valdés para Editorial Gredos).

    Por cierto que en el primer texto hemos leído que la “economía”,  como las restantes facultades ha de estar subordinada a la “política”. No es mal consejo en estos tiempos en los que todo se subordina a la economía y a la producción de ganancia dineraria.

  • “La experiencia, madre de las ciencias” (El Quijote I 21)/ “Magister dixit”. “Roma locuta, causa finita”

    Como es lógico, la experiencia se adquiere con la práctica y ésta necesita del tiempo; por lo tanto la experiencia es propia de personas de cierta edad. Es justamente la repetición de la acción y el recuerdo de lo hecho y de la forma en que se hizo lo que proporciona “el saber” al hombre. A ello han de añadirse la necesidad de cohesión del grupo social frente a una vida y subsistencia difícil. Todo ello explica en gran parte el respeto y consideración a la “autoridad” de los mayores.

    Lejos de mi intención el minusvalorar la participación de la juventud en la vida social, incluidos los puestos y lugares de responsabilidad directiva. En el contexto actual, sobre todo el político, una actitud tal, además de incomprendida, sería suicida.

    Lejos de mí también la propuesta de cualquier gerontocracia o gobierno de los mayores (γέρων, γεροντος, geron, gerontos, anciano). Pero hoy día, en que tantos principios han caído, uno de los que lo han hecho más estrepitosamente ha sido el llamado “principio de autoridad”, por el que hasta ahora se reconocían valores tales como la experiencia, el conocimiento acumulado, la adecuada y proporcionada reacción ante situaciones inesperadas, etc.

    La “auctoritas”, la “autoridad” es la cualidad que en el mundo antiguo, y también en el actual, fundamenta y da fuerza y prestigio a numerosos actos, entre otros a muchos actos jurídicos. La auctoritas es la cualidad del auctor, y el auctor (del verbo aucto y este de augeo, aumentar, favorecer…) es el que da su aprobación, su apoyo al acto de otra persona, porque ese auctor goza del prestigio.

    En el primitivo mundo romano el prestigio venía dado por el asentimiento de los dioses, porque tenía  el “augurio” o aprobación divina. En virtud de ese poder  el padre da su auctoritas al matrimonio de la hija, o los comicios la dan a algunos pactos firmados, o el sacerdote fija el espacio de lo sagrado, o el juez fija lo legítimo.

    Es fácil comprender cómo de este significado se generalizó y pasó a referirse a la “autoridad moral” o confianza que inspira y produce una persona sobre las otras.

    Es verdad que en la Antigüedad y prácticamente hasta ayer, el poder, incluido el formal, lo acapararon y monopolizaron los padres, los mayores. Esa era la sociedad patriarcal, que  excluía a los jóvenes y también a las mujeres.

    Generalmente en las primitivas culturas tribales el “consejo de ancianos” es una institución esencial. Esa institución se transformó y adaptó, dando lugar a instituciones que mantenían y conservaban algunas de las principales características. Así  la asamblea de ancianos de Esparta, llamada precisamente “gerousia”  (del griego γερουσία,de γέρων, γεροντος, geron,gerontos, anciano), formada por treinta miembros, 28 ancianos elegidos no menores de sesenta años (edad entonces muy elevada) y los dos reyes existentes. Era un tribunal supremo judicial y un consejo militar.

    En Roma la institución más poderosa, que realmente gobernaba aunque no detentaba ningún poder ejecutivo, es el “senado”, o asamblea de ancianos, senes, los mayores, nuestros “seniors”. 

    En todas las culturas han sido similares el papel y el poder de los “mayores”. Y en todas se ha producido la llamada “cuestión o lucha generacional”. En ninguna como en la nuestra se ha producido tal devaluación de la “senectud” que expulsa del mundo laboral a maduros profesionales bien experimentados de 50 años o a brillantes mentes universitarias de unos pocos más, con suerte 65, muchas veces en el mejor momento de producción intelectual. Digo sesenta y cinco años, porque es la fecha obligatoria en que se produce la “muerte” administrativa.

    Desde luego contrasta esta triste realidad con el respeto reverencial y mítico en el que eran educados los niños y jóvenes romanos, de lo que puede ser expresión el texto de Juvenal, un ácido satírico romano que vivió entre los años 60 y 128 de nuestra era, que aparece en su Sátira XIII, 53-59, cuando se refiere a la primera edad de los hombres:

    La maldad fue algo sorprendente en aquel siglo, en que creían que era un  sacrilegio grande que debía ser expiado con la muerte, el que un joven no se levantara ante un viejo, o un niño ante una persona ya con barba, aunque en su propia casa viera más  bayas y  un montón de bellotas. ¡Tan venerable era adelantar a uno en cuatro años y hasta tal punto la primera barba se equiparaba a la sagrada vejez.

    Nota: En aquella primitiva y feliz época sin maldad los hombres se alimentaban naturalmente de las bayas o fresas silvestres y de las bellotas que recogían. Por otra parte conviene saber que la niñez duraba aproximadamente hasta los catorce años, cuando aparecía la primera pelusa de la barba y empezaba la adolescencia que duraba hasta los treinta y la juventud hasta los cuarenta o cuarenta y cinco.

    inprobitas illo fuit admirabilis aeuo,
    credebant quo grande nefas et morte piandum
    si iuuenis uetulo non adsurrexerat et si              
    barbato cuicumque puer, licet ipse uideret
    plura domi fraga et maiores glandis aceruos;
    tam uenerabile erat praecedere quattuor annis
    primaque par adeo sacrae lanugo senectae.

    En fin reconozco que estos temas son muy propicios para la polémica, que no rehúyo, por supuesto. Como sé que poco influjo tendrá el texto de Aristóteles que a continuación reproduzco; texto nada confuso ni preñado de genialidad; tan sólo expresión de un mínimo sentido común.

    Aristóteles (384-322 a.C.) fue discípulo de Platón y profesor de Alejandro Magno. Fue el creador del primer gran sistema filosófico, precisamente del que más ha influido en la cultura occidental durante más de dos mil años. En ese sistema estudia el mundo físico (Física), el ser las causas de las cosas (Metafísica) y al propio hombre y su comportamiento (Etica).  Su obra más importante sobre el comportamiento del hombre es la llamada Etica Nicomáquea (Etica para Nicómaco, que era su hijo).

    Como dice Aristóteles, todo ser, toda acción tiende al “bien” y el bien consiste en la “virtud” que no es sino el desarrollo pleno de las potencialidades que cada ser tiene. El joven tiene enormes potencialidades, entre otras cosas porque no ha dispuesto todavía del tiempo necesario para desarrollarlas. Así que no debe extrañarnos el enorme deseo también que muchos “senes” tienen de recuperar su juventud. Los mitos  que ilustran este deseo de “eterna juventud” también son umerosos  y generales en todas las culturas. Los comentaré en otra ocasión.

    Bien, aún a riesgo de ser “incorrecto” citaré, pues, un fragmento de la obra de Aristóteles, de su Ética Nicomáquea, 1095a:

    Por otra parte, cada uno juzga bien aquello que conoce, y de estas cosas es un buen juez; pues, en cada materia juzga bien el instruido en ella y, de una manera absoluta, el instruido en todo. Así, cuando se trata de la política, el joven no es un discípulo apropiado, ya que no tiene experiencia de las acciones de la vida, y los razonamientos parten de ellas y versan sobre ellas; además, siendo dócil a sus pasiones, aprenderá en vano y sin provecho,  puesto que el fin de la política no es el conocimiento, sino la acción. Y poco importa si es joven en edad o de carácter juvenil; pues el defecto no radica en el tiempo, sino en vivir y procurar todas las cosas de acuerdo con la pasión. Para tales personas el conocimiento resulta inútil, como para los incontinentes; en cambio para los que orientan sus afanes y acciones según la razón, el saber acerca de estas cosas será muy provechoso. (Traducción de Julio Pallí Bonet. Para Editorial Gredos).

    Bien, el argumento de Aristóteles y su generalización no son aceptables, por supuesto. También es muy distinta la percepción que hoy se tiene de la brecha generacional entre jóvenes y mayores con la que se tenía en la antigüedad.

    El argumento nos dice que el joven no tiene un conocimiento de la Ética porque su adquisición requiere experiencia que no tiene; pero va más allá y dice que aunque obtuviera ese conocimiento tampoco le serviría, porque los jóvenes se dejan llevar de las pasiones y de los apetitos. 

    Cualquier experiencia es un hecho subjetivo y por tanto toda generalización en este asunto no puede sino producir grandes errores. Por otra parte la intensidad de las experiencias y el desarrollo de la personalidad de cada individuo también son personales y diferentes en cada uno. Pero es también evidente que la experiencia, y por tanto la repetición de las acciones, es absolutamente necesaria para adquirir el conocimiento y las destrezas para tomar decisiones adecuadas en cuestiones políticas. Es posible que la duración de los tiempos generacionales hoy se hayan acortado enormemente y haya jóvenes cuya “maduración” se produzca en muy poco tiempo porque la experiencia o su condición personal es especial.

    En todo caso el aprendizaje es una adquisición que la persona ha de realizar con los instrumentos que naturalmente tiene, es decir, con su propia razón y esto no puede ser sustituido por ninguna autoridad externa ni por la confianza que genera otro individuo.

    Parece ser que entre los miembros del convento filosófico pitagórico era tal la autoridad y respeto por el fundador, por Pitágoras, que a cualquier cuestión que se les planteara recurrían al “ipse dixit”, “él mismo (Pitágoras) lo dijo así”. La frase es el equivalente del “magister dixit”, “el maestro lo dijo”. 

    Similar es también la frase con la que se hace valer la fuerza de la autoridad eclesiástica: “Roma locuta, causa finita”, “lo ha dicho Roma, se acabó la discusión”. Claro que tratándose de dogmas y milagros quizás no haya otra vía de asegurar la creencia, despreciando a la razón y la lógica, que sin pudor ninguno se afirma que es “lo que de más divino” tiene el hombre.

    Es interesante el siguiente texto de Cicerón, de su obra “Sobre la Naturaleza de los dioses”. En el libro primero expone y rechaza la opinión  de los epicúreos, defensores a ultranza de la fuerza de la razón, en el asunto de la existencia, naturaleza  y atención de los dioses.

    Cicerón,  De natura deorum, I, 5 (10):

    No obstante, los que quieren conocer mi opinión personal sobre las diversas cuestiones manifiestan un grado de curiosidad que va más allá de lo necesario; pues en la discusión, hay que buscar no tanto el peso de la autoridad como la fuerza de la argumentación. Más aún, la mayor parte de las veces la autoridad de los que hacen profesión de enseñar es un estorbo para los que quieren aprender; dejan en efecto, de emplear su propio juicio y admiten como seguro lo  que ven juzgado ya por el maestro a quien dan su aprobación. Y, por lo demás, no suelo yo aprobar eso que tradicionalmente vemos atribuido a los pitagóricos, los cuales, cuando se les pregunta por las razones de cualquier proposición que ellos formulen en la discusión, se dice que suelen responder “Él mismo lo dijo así” (Ipse dixit)y que ese “él mismo” era Pitágoras: podía tanto una opinión ya prejuzgada, que la autoridad  tenía valor aun sin estar apoyada por la razón.

    Qui autem requirunt quid quaque de re ipsi sentiamus, curiosius id faciunt quam necesse est; non enim tam auctoritatis in disputando quam rationis momenta quaerenda sunt. quin etiam obest plerumque iis qui discere volunt auctoritas eorum qui se docere profitentur; desinunt enim suum iudicium adhibere, id habent ratum quod ab eo quem probant iudicatum vident. nec vero probare soleo id quod de Pythagoreis accepimus, quos ferunt, si quid adfirmarent in disputando, cum ex iis quaereretur quare ita esset, respondere solitos “ipse dixit”; ipse autem erat Pythagoras: tantum opinio praeiudicata poterat, ut etiam sine ratione valeret auctoritas.

    La frase “magister dixit” la emplearon con profusión los escolásticos durante la Edad Media para hacer valer la opinión de Aristóteles, a la manera como hacían los pitagóricos, según el texto de Cicerón.

    Roma locuta est”, “Roma locuta, causa finita”  o la frase completa “Roma locuta est, causa finita est”  se cita como un argumento que utiliza el Vaticano para fijar  la infalibilidad del papa, que por cierto no se estableció hasta el Concilio Vaticano I de 1870, siendo cuestionado entonces y hoy por notables teólogos,  como actualmente Hans Küng, a quien se le prohibió seguir enseñando teología católica .
      
    La frase no aparece como tal, con esta forma,  sino que es una síntesis del pensamiento de San Agustín (354-430). La afirmación más parecida es la que aparece en Sermo CXXXI,10. A propósito de la cuestión del Pelagianismo, en un sermón predicado en Cartago el 23 de septiembre del año 417, San Agustín considera que  ese asunto no debe ser reabierto.

    Hermanos míos, compadeceos conmigo. Cuando encontréis a tales (personas) no los ocultéis, no haya en vosotros una perversa misericordia: cuando los encontréis ante vosotros, no los ocultéis. Discutid con los que hablan en contra (de la gracia), y traed ante nosotros a los que se resistan.). Dos concilios ya han enviado sus informes a la Sede Apostólica y sus respuestas ya han llegado de ella. El caso está finalizado; ojalá acabe alguna vez el error. Así pues avisamos para que se den cuenta, enseñamos para que nos informen, rezamos para que cambien.  Convertidos al Señor…

    Fratres mei, compatimini mecum. Ubi tales inveneritis, occultare nolite, non sit in vobis perversa misericordia: prorsus ubi tales inveneritis, occultare nolite. Redarguite contradicentes, et resistentes ad nos perducite. Iam enim de hac causa duo concilia missa sunt ad Sedem Apostolicam: inde etiam rescripta venerunt. Causa finita est: utinam aliquando finiatur error! Ergo ut advertant monemus, ut instruantur docemus, ut mutentur oremus. Conversi ad Dominum…

    Bien, la razón ha de imponerse en cada caso, pero también esa misma razón exige  no arrumbar y retirar a un rincón inútil a personas mayores con una experiencia acreditada y con una capacidad de decisión insuperable. A fin de cuentas diremos como D. Quijote a Sancho en I, 20:

    Paréceme,  Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todo son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: “Donde una puerta se cierra, otra se abre”.

    La misma idea repite Cervantes en Quijote, II, 67.
     

  • Academia de Platón (2): el barrio de Academos.

    Conviene hacer alguna precisión acerca de los “jardines de Academos”, que dieron nombre a la famosa escuela creada por Platón. En primer lugar la Academia no es un edificio, como alguien puede pensar, sino una zona o barrio de Atenas, fuera de las murallas, a 1,5 kilómetros aproximadamente, que recibe el nombre de Academia, Ἀκαδημία, o Hekademeia (Ἑκαδήμεια), del nombre del héroe local Academos o Hekademos, como dice Diógenes Laercio, (Vida de los filósofos ilustres, 3,7 ss.).

    La Academia  se encontraba en las afueras de Atenas, a 1,5 kms. al norte; se accedía por la puerta de Dypilom por un camino en el que había numerosas tumbas de hombres ilustres, como nos dice  Pausanias en su famosa guía del mundo griego "Descripción de Grecia", en 1, 29:

     Fuera de la ciudad en los demos o barrios, y en los caminos, hay  templos dedicados a dioses y numerosos monumentos erigidos en honor de los héroes y grandes hombres de Atenas. Fuera ya de la ciudad y cerca de la las murallas se encuentra la primera Academia, que antes fue un terreno particular, y hoy es un gimnasio. Al entrar se ve un  espacio dedicado a Artemisa, con  xoanas (esculturas votivas de madera) de Ariste y Caliste adornadas que llevan esta inscripción: A la muy buena y hermosa diosa. Creo que estos son los atributos de Artemisa, según podemos juzgar por los poemas de Safo, aunque  varios autores que han tratado este tema dan otra explicación, pero yo no trataré  más de ello. Dioniso Eleuterio (Dioniso Liber) también tiene un templo no muy grande, a donde cada año llevan la estatua del dios  en unas fechas determinadas. Esto por lo que se refiere a los dioses.

     En cuanto a las tumbas, la primera es la de Trasíbulo hijo de Lico, que con toda justicia ocupa el primer lugar, porque de todos los atenienses nadie hizo tanto por  la república, prestó sin duda el mejor servicio y por ello es el más digno de memoria; el buen ciudadano Trasibulo vino con ocasión de la tiranía de los treinta tiranos , desde Tebas con sesenta hombres, a los que se fueron uniendo los atenienses, hasta llegar a un acuerdo y conseguir la paz para la ciudad de Atenas, terminando con las guerras internas: esta es la primera tumba, luego vienen la de Pericles, la de Cabrias y la de Formión.

    El sitio fue un lugar de culto muy antiguo, quizás desde la Edad del Bronce, como lo atestigua su relación con los semidioses los Dioscuros, el bosque de olivos existente dedicado a Atenea, y a otros dioses.

    Fue un espacio consagrado, como decía, a varios dioses:  a Atenea, que tenía allí un altar al lado de los de Hefesto y Prometeo, Hermes, Hércules, las Musas y Eros.

    Pausanias I, 30,2

    [2] En la Academia hay un altar de Prometeo desde el  que un día determinado al año todavía es costumbre ir corriendo hasta la ciudad con antorchas encendidas. El ganador  debe mantener su antorcha encendida; si al que va el primero se le apaga  la llama, pasa al segundo lugar, el segundo al tercero, y así sucesivamente.  ¿Qué ocurre  si se apagan todas las antorchas?;  nadie gana y el premio se guarda para otra ocasión. Luego se ve el altar de las Musas, el de Hermes, otro dentro dedicado a Atenea, y otro a Hércules. También te mostraran un olivo que se dice que es el segundo que apareció en el Ática.

    El terreno perteneció en su momento a Hiparco, hijo de Pisístato, que lo rodeó de un muro y creo un gimnasio; fue embellecido y mejorado por Cimón que llevó el agua  desviando el cercano río Cefiso y plantó árboles y creó un estadio para carreras, como nos cuenta Plutarco, Cimon 13,8

    Él fue el primero en embellecer la ciudad con los elegantes lugares   llamados 'liberales' (para  entretenimiento), que luego fueron tan  excesivamente,  mediante la plantación en  la plaza del mercado de plátanos, y convirtiendo la Academia de un lugar sin agua y árido en un bosque bien regado,  dotado de soleadas pistas para carreras y de  paseos sombreados.

    Los espartanos, dueños de Atenas después de la guerra del Peloponeso, respetaron la Academia en recuerdo de la ayuda ofrecida por Academos a sus héroes Castor y Polux, según Plutarco, Teseo, 32,3

    Entonces Academo, que no se sabe cómo sabía que estaba oculta en Afidnas, se lo reveló a ellos. Por esta razón lo tuvieron los Tindáridas durante toda su vida en alta y después en las muchas ocasiones que los Lacedemonios invadieron el Ática  y devastaron todo el país, siempre respetaron a la Academia por consideración a Academo;

    Platón, buscando sin duda los paseos con sombra de la Academia, compro unos terrenos  para “filosofar”  allí con sus discípulos y sus amigos. Plutarco. De exsilio 10:

    La Academia, cerca de Atenas, que fue comprado por tres mil dracmas, fue el lugar donde Platón, Jenócrates, y Polemón habitaron; allí tuvieron  sus escuelas, y allí vivieron durante toda la vida, excepto un día al año, en que Jenócrates marchaba a la ciudad con motivo de las  bacanales y de la representación de las nuevas tragedias, “gracia a la fiesta”, como dicen. Teócrito de Chios reprochó a Aristóteles, que se acostumbró a la  vida en la corte con Filipo y Alejandro, que eligiera vivir en la desembocadura del Borborus en lugar de en la Academia. Hay un río junto a  Pella, que los macedonios llaman con  ese nombre (Borborus).

    Platón hizo levantar en el recinto de la Academia un pequeño templo a las Musas, llamado Mouseion,en el que Espeusipo colocó las estatuas de las Gracias. (Diogenes Laercio, IV  1,3,8/ y  III, 5 y 20).

    Un persa de nombre Mitrídates encargó hacer  una estatua de Platón al escultor Silanion, la llevó  al tempo y la dedicó a las Musas. (Diogenes Laercio III, 20)

    Después de la muerte de Platón, esta estatua quedó colocada en el centro de su escuela y el gran filósofo fue enterrado en las proximidades de la Academia, según nos cuenta Pausanias, I, XXX,3:

      No lejos de la Academia está la tumba de Platón…

    También se nos da una curiosa noticia en una carta de Servio a Cicerón  de la prohibición de hacer los funerales dentro de la ciudad con motivo de la muerte de su colega Marco Marcelo que había recibido dos heridas, durante su estancia en Atenas y cómo lo incineraron en la Academia, lo que de paso prueba que no es un edificio sino un espacio, terreno o barrio de Atenas:

    Cicerón, Epistulae ad Familiares, IV,12,3:

    Nunca pude conseguir de los Atenienses que le diesen un lugar para sepultura dentro de la ciudad, porque decía que se lo impedía su religión y que nunca antes se lo habían concedido a nadie. Pero que lo más que podían concederme era permitirme que lo enterrara en el gimnasio en el que yo quisiera.  Yo elegí un lugar en el más noble gimnasio del orbe de la tierra y allí lo hice quemar. Luego me ocupé de que los mismos Atenienses  mandasen hacerle allí una sepultura de mármol. De esta manera en vida y en muerte hice por él lo que era mi obligación como compañero de consulado , y por su parentesco. Que sigas bien. En Atenas. Víspera de las Calendas de Junio. (31 de Mayo)

    ab Atheniensibus, locum sepulturae intra urbem ut darent, impetrare non potui, quod religione se impediri dicerent, neque tamen id antea cuiquam concesserant. quod proximum fuit, uti in quo vellemus gymnasio eum sepeliremus, nobis permiserunt. nos in nobilissimo orbi terrarum gymnasio Academiae locum delegimus ibique eum combussimus posteaque curavimus, ut eidem Athenienses in eodem loco monumentum ei marmoreum faciendum locarent. ita, quae nostra officia fuerunt pro collegio et pro propinquitate, et vivo et mortuo omnia ei praestitimus. vale. D. pr. K. Iun. Athenis.

    La Academia recibió un golpe mortal cuando en el año 86 a.C.  el general romano Sila conquistó y destruyó Atenas. El director de la Academia, Filón de Larissa, se marchó de Atenas al año siguiente y murió sin dejar sucesor, lo que supuso la muerte de la institución. Pero Sila no respetó ni la Academia ni el Liceo.  Nos lo cuenta Plutarco, Sila, 12,1-3

    Sila recobró muy pronto las demás ciudades, enviando a ellas heraldos y atrayéndolas; pero a Atenas, obligada a estar de parte del rey por el tirano Aristión, tuvo que marchar con grandes fuerzas, y, rodeando el Pireo, le puso cerco, asestando contra ella toda especie de máquinas y empleando diferentes medios de combatir. Y si hubiera aguantado un poco de tiempo, se le habría venido a la mano tomar sin riesgo la ciudad de arriba, apurada ya del hambre hasta el último punto, por falta de los más precisos alimentos; pero, teniendo puesta la vista en Roma, y temiendo las novedades allí intentadas, apresuró la guerra, a costa de grandes peligros, de muchos combates y de inapreciables gastos, pues, sobre todos los demás preparativos, el aparato sólo de las máquinas constaba de diez mil pares de mulas, prontas todos los días para este servicio. Faltóle la madera, quebrantándose muchas de las piezas por su propio peso, y siendo frecuentemente incendiadas otras por los enemigos, y acudió por fin a los bosques sagrados, despojando la Academia, que todos los alrededores de Atenas era el más poblado de árboles, y el Liceo. (Traducción de Sanz Romanillos)

    También Apiano en su Historia de Roma XII,5,30 (Guerra de Mitridates):

    Sila taló el bosque de la Academia [para construir allí sus máquinas enormes. Derribó las largas murallas y  utilizó las piedras, madera y tierra para la construcción de terraplenes.

    Cuando Antioco retornó a Atenas en el año 88 a.C. restauró la enseñanza, pero ya no en la Academia. Cicerón nos presenta a Antioco enseñando en un gimnasio que se llamaba el Ptolomeo.

    El mismo Cicerón nos describe una emocionada visita a la Academia una tarde en que “está desierta a esas horas del día”.

    Cicero, De Finibus, 5, 1

    Después de haber escuchado, Bruto, a Antioco como acostumbraba en compañía de Marco Pisón, en el gimnasio que llaman “el Ptolomeo”, y junto con nosotros mi hermano Quinto y Tito Pomponio y Lucio Cicerón, primo hermano mío por parentesco, pero hermano en el afecto, decidimos entre nosotros dar un paseo después de mediodía en la Academia, sobre todo porque a esa hora este lugar está vacío de toda gente. Así pues fuimos todos a casa de Pisón puntualmente y desde allí hicimos los seis estadios desde el Dípilo (una de las puertas de la ciudad) hablando de varias cosas. Cuando llegamos a los terrenos de la Academia, tan famosos no sin motivo, la soledad era precisamente la que deseábamos.

    LIBER QUINTUS
    1. Cum audissem1 Antiochum, Brute, ut solebam,2 cum M. Pisone in eo gymnasio, quod Ptolomaeum vocatur, [p. 156] unaque nobiscum Q. frater et T. Pomponius Luciusque Cicero, frater noster cognatione patruelis, amore germanus, constituimus inter nos ut ambulationem postmeridianam conficeremus in Academia, maxime quod is locus ab omni turba id temporis vacuus esset. itaque ad tempus ad Pisonem omnes. inde sermone vario sex illa a Dipylo stadia confecimus. cum autem venissemus in Academiae non sine causa nobilitata spatia, solitudo erat ea, quam volueramus.

    La propiedad de Platón con su escuela  estaría fuera del recinto amurallado de la Academia, en algún lugar entre el gimnasio actualmente visible y la  colina al noreste llamada  Hippios Kolonos. Desgraciadamente no queda nada de la Academia de Platón y ni siquiera hay acuerdo entre los arqueólogos sobre su concreto emplazamiento, a pesar de los esfuerzos realizados y a pesar de lo que digan las actuales guías turísticas de Atenas.

    El nombre de Academia fue luego lado, en memoria de Platón y sus discípulos a otros lugares consagrados al estudio de las letras y de la filosofía. Así Ciceró llamaba a un campo que poseía cerca de Puteoli (Puzzole); :Plinio, XXXI,6 (3)

    …es digno de recordarse que, según se va desde el lago Averno hacia Puteoli, la villa está situada en la orilla del mar, famosa por por su pórtico y su bosque , a la que Marco Cicerón llamaba la Academia, a semejanza de la de Atenas, allí compuso los libros de este mismo nombre, y en ella edificó algunos edificios para sí mismo como si no se hubieran hecho en todo el orbe de la tierra. 

    dignum memoratu, villa est ab Averno lacu Puteolos tendentibus inposita litori, celebrata porticu ac nemore, quam vocabat M. Cicero Academian ab exemplo Athenarum, ibi compositis voluminibus eiusdem nominis, in qua et monumenta sibi instauraverat, ceu vero non et in toto terrarum orbe fecisset.

    También Cicerón en  Cartas a Ático, Ad Atticum I,4,3,11

    Mucho me agrada lo que me escribes de Hermathena: es el adorno más a propósito para mi “Academia”, porque Hermes (en el original en griego)  es el adorno obligado de todos los gimnasios, y Minerva es especialmente insigne  de este gimnasio mío. Querría por este motivo, como me escribes, que me adornes este lugar con cuantas más cosas mejor.Todavía no he visto las estatuas que ya me has enviado. Están en Formiano, adonde pensaba marchar ahora. Las llevaré todas ellas a Túsculo.  Embelleceré Cayeta si alguna vez comienzo a nadar en la abundancia. Conserva tus libros, y  no desesperes de que pueda hacer que sean míos. Si lo consigo esto, supero a Craso en riquezas y desprecio las tierras y praderas de todo el mundo.

    1.4.3 quod ad me de Hermathena scribis, per mihi gratum est. est ornamentum Academiae proprium meae, quod et Hermes commune omnium et Minerva singulare est insigne eius gymnasi. qua re velim, ut scribis, ceteris quoque rebus quam plurimis eum locum ornes. quae mihi antea signa misisti, ea nondum vidi; in Formiano sunt, quo ego nunc proficisci cogitabam. illa omnia in Tusculanum deportabo. Caietam, si quando abundare coepero, ornabo. libros tuos conserva et noli desperare eos meos facere posse. quod si adsequor, supero Crassum divitiis atque omnium vicos et prata contemno.

    Cuando Cicerón perdió la oportunidad de continuar su vida política con más de sesenta años ya y coincidiendo además con la muerte de su querida hija al dar a luz, se dedicó a la filosofía y a la reflexión. Escribió entonces su obra De finibus, de la que anteriormente he dado un pequeño fragmento y también las que llamó “Cuestiones Tusculanas”Cicerón tenía una villa o finca en Tusculum, en los Montes Albanos, a unos 25 kilómetros de Roma. Allí se retiraba de vez en cuando Cicerón con algunos amigos dedicando el tiempo a la reflexión y diversión intelectual. En una ocasión de estas, en la que se retiró con cinco amigos,  es en la que sitúa su obra “Cuestiones Tusculanae”, llamadas así precisamente por el lugar en que se generaron. Según nos dice, las mañanas las pasaban en declamaciones y ejercicios de retórica y por las tardes se retiraban a una galería que llamaba la Academia, en recuerdo de la de Atenas. La reflexión en esta ocasión versó sobre la muerte y su temor, el dolor, las adversidades de la vida, la moderación de las pasiones y el valor de la virtud para ser felices.

    Ciceron, Tusculanae Quaestiones, 2,III (9)

    Y así siempre me agradó la costumbre de los peripatéticos y de la Academia de disertar acerca de todas las cosas en sus sentidos contrarios,  no sólo porque de otro modo no pueda encontrarse lo que en cualquier cosa es verosímil, sino también porque es éste el mejor ejercicio para hablar. De este sistema se sirvió el primero Aristóteles y después todos los que lo siguieron. Por otra parte, según mi memoria, Filón, a quien con frecuencia he escuchado, determinó presentar los preceptos de los retóricos en un tiempo, y los de los filósofos en otro.

    Empujados por nuestros amigos a seguir esta costumbre, consumimos en ello el tiempo de que disponíamos en Túsculo. Y así, habiéndonos dedicado antes del mediodía a la dicción, como habíamos hecho el día de antes, después del mediodía bajamos a la Academia; la disputa que tuvimos en ella, la exponemos no como narradores, sino casi con las mismas palabras como se hizo y se disputó.

    Itaque mihi semper Peripateticorum Academiaeque consuetudo de omnibus rebus in contrarias partis disserendi non ob eam causam solum placuit, quod aliter non posset, quid in quaque re veri simile esset, inveniri, sed etiam quod esset ea maxuma dicendi exercitatio. qua princeps usus est Aristoteles, deinde eum qui secuti sunt. nostra autem memoria Philo, quem nos frequenter audivimus, instituit alio tempore rhetorum praecepta tradere, alio philosophorum: ad quam nos consuetudinem a familiaribus nostris adducti in Tusculano, quod datum est temporis nobis, in eo consumpsimus. itaque cum ante meridiem dictioni operam dedissemus, sicut pridie feceramus, post meridiem in Academiam descendimus. in qua disputationem habitam non quasi narrantes exponimus, sed eisdem fere verbis, ut actum disputatumque est.

    Elemperador Adriano que había hecho reproducir en su suntuosa villa de Tibur algunos de los más bellos edificios de Grecia, hizo levantar también unos edificios y plantó unos jardines a imitación de la Academia de Atenas.Spartiano, Adriano, 26,5:

    Edificó de forma maravillosa su villa de Tibur, de tal forma que en ella puso los nombres más célebres de las provincias y de los lugares, llamándoles por ejemplo Liceo, Academia, Pritaneo, Canopo, Poecile, Tempe y para que no faltara nada, hasta hizo un “infierno”.

    Tiburtinam Villam mire exaedificavit, ita ut in ea et provinciarum et locorum celeberrima nomina inscriberet, velut Lyceum, Academian, Prytaneum, Canopum, Poicilen, Tempe vocaret. et, ut nihil praetermitteret, etiam inferos finxit.

    Es más,  el término adquirió pronto el significado genérico de “establecimiento docente” y el de “prestigiosa sociedad científica, literaria o artística” . En relación con el primer significado, hablamos de “disciplinas académicas” para referirnos a las diversas materias que se estudian o  cursan en esos centros, en especial en la Universidad; “expediente académico” es el documento que recoge los estudios realizados y las competencias adquiridas por los estudiantes. En relación con el segundo significado,  las  artes y las ciencias son las simbólicamente amparadas por las Musas: literatura, pintura, escultura, dibujo, música, etc..

    Sinónimos de “academia” , aunque con alguna pequeña matización, son “ateneo” e “instituto”,   La palabra “ateneo” deriva, evidentemente de Atenea, diosa griega de las artes,  de la inteligencia  o sabiduría, aunque también de la “guerra”.

    El Liceo es (del gr.) el centro o institución de enseñanza creado por Aristóteleses. Recibe su nombre del templo de Apolo Licio (el Λύκειον, likeion), en cuyas cercanías estaba construido. A la escuela filosófica y al método de educación de Aristóteles también se le llama “peripatético” (del griego peri alrededor y patos pórtico o patio) porque acostumbraba a impartir sus lecciones paseando por el pórtico. Con el tiempo también Liceo adquirió el significado genérico de institución o centro de enseñanza de las ciencias o de las artes.

  • La Academia de Platón (1): “No entre nadie que no sepa geometría”

    La tradición dice que esta frase estaba grabada a la entrada de la Academia de Platón.

    Esta tradición  es  transmitida por varios comentaristas de Aristóteles, como Elias en su “Comentario a las Categorías, XVIII, 118, 18-19):

    “En la Academia de Platón, delante del templo de las Musas estaba escrito: ‘No entre nadie que no conozca la geometria"

    καὶ διὰ Πλατὁνα ἐπιγράψαντα πρὸ τοῦ μουσείου  ἀγεωμέτρητος  μέδεις εἰσίτω,  (“kai diá Platóna epigrápsanta prò tou mouseíou ageométretos médeis eisíto”)

    y Juan FilóponoComentario sobre el alma, XV,117,27, con una pequeña variación:

    “no entre el que no sepa geometría”,

    ageometretos me eisito” ἀγεωμέτρητος μὴ εἰσίτω

    Diógenes Laercio en IV, 10 cuenta una anécdota que muestra la importancia de la geometría en la enseñanza platónica:

    “Jenócrates quería estudiar con él sin saber ni música ni geometría ni astronomía, y Platón le dijo: “Vete, pues no tienes los asideros de la filosofía”.

    Pero ¿qué fue la Academia de Platón? El nombre, que procede del latín Academia y éste del griego  Akademeia, Ἀκαδημία, define a la institución, escuela, centro de enseñanza o corporación filosófico-política fundada por Platón en las afueras de la ciudad de Atenas, cerca de las murallas, que recibe el nombre del lugar en el que fue construida, un espacio en el que había un santuario dedicado al mítico héroe ático Academo, (de escasa importancia en la mitología griega que reveló a los Dióscuros el lugar en que se escondía Helena). Así que etimológicamente significa “el jardín o terreno de Academos”.

    Aunque las noticias son escasas, debemos suponer que este centro seguiría el programa educativo que Platón expone en su diálogo la “República”. En él tienen un peso específico las matemáticas y la geometría, como decía al principio de este artículo.  También es fundamental la música, en el sentido de “artes”  inspiradas por las Musas.

    Pero el objetivo esencial de la Academia era el de  preparar hombres para el servicio del Estado. De ella salieron numerosos estadistas, educados mediante el método dialéctico,  por el que los alumnos iban descubriendo la verdad en convivencia con los otros miembros de la institución. Junto a la actividad filosófica desarrolló también una intensa reflexión científica sobre matemáticas, música, astronomía, división y clasificación. Su pedagogía se basaba en lecciones y diálogos. Produjo también gran cantidad de comentarios sobre Platón y Aristóteles que nos han aportado valiosas informaciones.

    La Academia es, pues, una de las más antiguas instituciones de educación superior, que debió ser fundada hacia el año 387 a.C. Continuó activa a la muerte de Platón (347 a.C.), cuando se hizo cargo su sobrino Espeusipo, a pesar de que sin duda había otros filósofos de mayor importancia.

    No deja de ser curioso que quien exigía elegir a los mejores para el gobierno de la ciudad no siguiera el mismo principio para dirigir su institución, en un claro ejemplo de nepotismo. Entre esos mejores estaba precisamente Aristóteles, quien creó su escuela que se conoce como el Liceo y de la que hablaremos en otra ocasión.

    Nota:  se llama nepotismo a la concesión de nombramientos y empleos públicos a parientes miembros de la propia familia. Deriva de la palabra latina nepos,-tis que significa nieto, sobrino.

    La Academia recibió un golpe mortal cuando en el año 86 a.C.  el general romano Sila conquistó y destruyó Atenas. El director de la Academia, Filón de Larissa, se marchó de Atenas al año siguiente y murió sin dejar sucesor, lo que supuso la muerte de la institución.

    Siglos después, en el V de Cristo, los neoplatónicos resucitaron la Academia, pero sin el esplendor y futuro de la primera. Pervivió no obstante hasta el año 529, en que Justiniano la clausuró por motivos religiosos, más que filosóficos, porque el neoplatonismo siguió influyendo en época bizantina. A partir de este momento la institución se fue acabando por inanición. Así que la Academia vino a durar más de novecientos años.

    Respecto de la clausura por Justiniano parece que no hubo una supresión formal, sino que fue una consecuencia de su legislación para suprimir el paganismo.

    Una  de las principales medidas  para evitar la expansión del paganismo  fue la prohibición de que los maestros y filósofos paganos pudieran enseñar, fijando duros castigos para quienes infringieran estas leyes. 

    Durante el consulado de Decio, el emperador envió una orden a Atenas que imponía que nadie podía enseñar filosofía o interpretar la ley. Esta orden se pone en relación con la ley del Código de Justiniano, I,tit. XI,10, que entre otras cosas dice:

    Prohibimos que sea enseñada cualquier doctrina por aquellos que se afanan con el esfuerzo de los paganos impíos, de tal manera que ni siquiera parezcan que instruyen a quienes por alguna desgracia acuden a ellos, pero que en realidad corrompen el espíritu de los que han de ser enseñados; además que no reciban nada de la ayuda pública,  ni tengan autorización para reclamar ningún derecho para ellos ni de la ley divina ni de los decretos y pragmáticas sanciones.


    Omnem autem doctrinam ab  iis, qui impiorum paganorum furore laborant, doceri prohibemus, ut ne hoc modo simulent, se  eos, qui misera sorte ad ipsos veniant, erudire, sed revera ánimos erudiendorum corrumpant,  neque magis aliquid annonae ex publico percipiant, non habentes licentiam, ne ex divinis  quidem rescriptis vel pragmaticis sanctionibus eiusmodi ius sibi vindicandi (1.11.10) . 

    La ley, pues, parece que no cierra formalmente la Academia, pero obliga a sus profesores a bautizarse o a exiliarse. Esta situación y las penurias económicas acabarían por arruinarla. Pero no hay absoluto acuerdo entre los historiadores al respecto.