Categoría: Filosofía

  • Una filosofía para la vida

    Desgraciadamente la Filosofía no goza del prestigio del que ha gozado en otras épocas. Es verdad que con alguna frecuencia, los filósofos, algunos filósofos, se han refugiado en sus facultades universitarias o cenáculos culturales y se han abstraído de la sociedad a la que pertenecían y a la que debían su reflexión.

    Luciano de Samósata es un pensador y literato griego que vivió en época romana, en los años 125 – 181.  Es un gran satírico, cínico le consideran algunos, aunque él no perteneció a ninguna escuela filosófica. Con frecuencia el ácido y “cínicoLuciano fustiga sin piedad a los filósofos, de manera especial a los “platónicos” y a los de su tiempo, a quienes considera meros charlatanes. Es esta otra visión de la consideración de que disfrutaban los “filósofos”  en la sociedad y que tal vez choque al estudioso de la filosofía académica y escolar. 

    Un breve ejemplo de la ácida crítica con la que fustiga a los filósofos es, por ejemplo, este fragmento de su diálogo Icaromenipo. Zeus convoca una asamblea de dioses, preocupado por la actitud de algunos hombres que cuestionan su existencia o su culto.

    Luciano de Samósata, Icaromenipo 28 y ss. :

    (28)…Con la aurora se levantó Zeus y ordenó convocar asamblea. (29) Cuando todos estuvieron presentes comenzó diciendo: “El motivo de convocaros me lo ha ofrecido nuestro huésped de ayer (Icaromenipo), aquí presente; si bien hace tiempo que quería cambiar impresiones con vosotros acerca de los filósofos, movido ante todo por la Luna y sus quejas, he decidido no diferir por más tiempo el debate.

    Hay una raza de hombres que pulula no ha mucho tiempo por el mundo, holgazana, pendenciera, jactanciosa, irascible, glotona, necia, fatua, henchida de soberbia y, para decirlo con palabras de Homero `vano peso de la tierra´. Pues bien, esos individuos, divididos en escuelas tras crear diversos laberintos de palabras, se han dado a sí mismos los nombres de estoicos, académicos, epicúreos, peripatéticos y otros mucho más ridículos aún que los citados. A continuación, revestidos con el augusto nombre de la virtud, elevadas las cejas, arrugadas las frentes y crecidas las barbas, deambulan cubriendo sus costumbres repugnantes con un falso ropaje, muy semejantes a esos actores trágicos de quienes, si alguien les arranca la máscara y el ropaje entretejido de oro, queda tan sólo un ridículo hombrecillo contratado por siete dracmas para la representación.

    (30) Aunque son de esa ralea, desprecian a todos los hombres y cuentan absurdas historias acerca de los dioses; reuniendo a jóvenes fáciles de engañar, declaman en tono trágico sobre su cacareada virtud y les enseñan sus insolubles argucias didácticas; y ante sus discípulos ensalzan siempre la continencia, al tiempo que desprecian la riqueza y el placer; mas, a solas consigo mismos, ¿quién acertaría a describir sus excesos en las comidas, sus abusos sexuales y la forma en que lamen hasta la roña de los óbolos?
    Lo peor de todo es que ellos no llevan a término empresa alguna, ni pública ni privada, sino que son seres inútiles y superfluos
           `que ni en guerra cuentan ni tampoco en asamblea` (Iliada II, 202)
    sin embargo acusan a los demás, hacen acopio de palabras acres, consiguen adiestrarse en nuevos términos ofensivos y dirigen dicterios y reproches contra el prójimo; y parece alcanzar el triunfo entre ellos el más vocinglero, imprudente y osado para las difamaciones.

    (31) Sin embargo si pregunta a uno de esos que anda en tensión gritando y acusando a los demás:  ‘¿y tú qué haces? ¿Qué diremos, en nombre de los dioses que aportas tú al mundo?’, respondería , de querer expresarse en términos de justicia y verdad: ‘Navegar, cultivar la tierra, ser soldado o ejercer algún oficio me parecen actividades superfluas; pero grito, ando sucio, me baño en agua fría, camino descalzo en invierno, me envuelvo en una capa roñosa y, al igual que Momo, denuncio las acciones de los demás. Si algún rico gasta con prodigalidad en manjares o tiene una amante, me entremeto e indigno por esto, mas si un amigo o compañero yace enfermo o necesita cuidados y atenciones, lo ignoro’.
    De esa jaez es, oh dioses, este ganado.

    (32) Sin embargo, de entre estos, los llamados ‘epicúreos’ son en extremo insolentes y nos atacan sin mesura, afirmando que los dioses no nos ocupamos de los asuntos humanos y que, en una palabra, no prestamos atención a cuanto ocurre. Por tanto ya es hora de tratar el tema, pues si en una ocasión concreta consiguen esos tales persuadir al mundo, no será llevadera el hambre que sufriréis. Porque ¿quién iba ya a consagraros sacrificios sin esperanzas de ganar algo a cambio?
    En cuanto a las acusaciones de la Luna, todos oísteis ayer el relato del extranjero. Ante estos cargos proponed lo que resulte más conveniente para los hombres y más seguro para nosotros”
    (33)Cuando Zeus concluyó este discurso…
    (Traducción de Andrés Espinosa Alarcón, Edit. Gredos, 1996).

    En sus numerosos diálogos son muy frecuentes este tipo de críticas,  pero Luciano escribió también algunas obras nada irónicas, sino muy serias, sobre un par de filósofos que le marcaron personalmente.

    Voy a reproducir en su integridad una pequeña obra (más bien no es excesivamente larga) en la que  Luciano de Samósata nos ofrece los únicos datos que tenemos sobre un filósofo que no debió ser de primer nivel pero que a él le impactó como profesor, Demonacte o Demonax. Curiosamente Luciano vivió en época del emperador filósofo Marco Aurelio o del filósofo estoico Epicteto (55 –135) pero no escribió su biografía.

    Demonax no fue creador de ningún gran sistema de pensamiento, ni perteneció a ninguna escuela aunque algunos le consideran “cínico” y en realidad su tipo de vida se asemejó no poco a la de los “perrunos”, que eso es lo que significa la palabra “cínico”, de κυνικός, palabra griega formada a partir de κύων  κυνός , perro.

    Demonacte fue un  pensador íntegro, de vida sencilla y pobre coherente con su predicación, cercano a sus conciudadanos a los que ayudó cuantas veces pudo. Es ejemplo, pues, de filósofo no despegado y alejado de su sociedad sino todo lo contrario. Con frecuencia los “pensadores” se abstraen, se apartan, (que es lo que significa la palabra abs-trahere, abstracción) de sus conciudadanos, perdidos en la nube de su especulación. Pero el “pensador”, el intelectual en general debe ofrecer su reflexión al conjunto social. Por desgracia, con frecuencia los únicos que ofrecen su “saber” son los charlatanes dicharacheros, conocidos hoy como “tertulianos” omnipresentes y cuasi ubicuos en todos los medios de comunicación.

    Por lo demás el texto de la Vida de Demonacte es también un buen documento de las agudezas y humor que entretenía la vida social de las personas de cierta cultura.

    LUCIANO DE SAMOSATA: Vida de Demonacte

    1  No iba a carecer por completo nuestra época de hombres dignos de mención y recuerdo, sino que habría de ofrecer un notable ejemplo de perfección física y un filósofo de alto nivel intelectual. Me refiero a Sóstrato, el beocio, a quien los griegos llamaban «Heracles» y creían que lo era, y en especial a Demonacte, el filósofo. A ambos conocí, y por conocerlos admiré; de uno de ellos, de Demonacte, fui discípulo durante un dilatado período. Acerca de Sóstrato he tratado en otro libro  , y he descrito su talla y fuerza extraordinaria, su vida al aire libre en el Parnaso, su duro lecho, sus alimentos de la montaña y sus proezas —en nada discordantes con su nombre— 1, tales como exterminar bandidos, abrir caminos por lugares inaccesibles, o construir puentes en puntos de tránsito difícil.

    2  Acerca de Demonacte procede hablar ahora por dos razones: para que él permanezca en el recuerdo de los hombres cultos en lo que de mí depende, y para que los jóvenes mejor dotados que se entregan a la filosofía no tengan sólo los ejemplos del pasado para orientarse, sino que puedan tomar también un modelo de nuestro tiempo e imitar a aquel hombre como el mejor de los filósofos que yo he conocido.

    3 Era chipriota de origen, y de familia nada oscura en cuanto a rango político y hacienda. Sin embargo, superó todo esto, y aspirando a lo mejor para sí se entregó a la filosofía. No fue a instancias de Agatobulo  ni de Demetrio , su predecesor, ni tampoco de Epicteto, aunque estudió con todos ellos y también con Timócrates de Heraclea, sabio varón de gran sublimidad de expresión y pensamiento. Mas Demonacte, como digo, no fue captado por ninguno de éstos, sino que, movido por su natural inclinación hacia las cosas nobles y su amor innato a la filosofía desde la niñez, despreció todos los bienes humanos y, entregándose por entero a la libertad y a la sinceridad, vivió una existencia recta, sana e irreprochable, ofreciendo a cuantos le vieron y oyeron ejemplo de su buen juicio y de la integridad de su filosofar.

    4  No se lanzó a estas actividades «con los pies sin lavar», como dice el refrán, sino que se nutrió de los poetas y recordaba pasajes extensísimos; era un experto orador, conocía las escuelas filosóficas por haberlas tratado de modo nada superficial y —como indica el proverbio— no «con la  punta del dedo»; mantenía su cuerpo entrenado, lo había endurecido para la resistencia y, en general, había procurado no depender de ningún otro. Por ello, cuando comprendió que ya no se  bastaba a sí mismo, abandonó la vida voluntariamente, dejando tras de sí un gran renombre entre los griegos cultos.

    5 Sin ceñirse a una determinada forma de filosofía, sino combinando muchas, en modo alguno manifestaba predilección por una concreta: parecía relacionarse más estrechamente con Sócrates, si  bien por su indumentaria y costumbres exentas de prejuicios dio la impresión de imitar al sabio de Sinope2. No falseaba, sin embargo, los detalles de su vida a fin de sorprender y atraer las miradas de quienes encontraba a su paso, sino que vivía igual que cualquier otro hombre, normal y en absoluto poseído de vanidad en sus relaciones privadas y públicas.

    6  No practicaba la ironía de Sócrates, pero sus conversaciones rebosaban, evidentemente, de gracia ática, de suerte que quienes le trataron se iban sin despreciarle por plebeyo y sin huir de sus críticas sombrías; al contrario experimentaban toda suerte de gozos y se hacían notablemente mejores, más alegres y optimistas ante el futuro que cuando llegaron.

    7 Jamás lo conocieron gritando, sobreexcitado o irritándose, incluso cuando debía reprender a  alguien, sino que reprimía los pecados y perdonaba a los pecadores, estimando justo tomar ejemplo de los médicos, que curan las enfermedades sin mostrar cólera contra los enfermos. Consideraba que es humano pecar, y divino —o de un hombre semejante a un dios— enderezar los yerros.

    8  Con semejante forma de vida, nunca necesitaba nada para sí, mas ayudaba a los amigos en lo razonable, y a quienes parecían gozar de buena suerte les recordaba que eran elevados por poco tiempo al disfrute de unos bienes aparentes; en cambio, a los abatidos por la pobreza, irritados por el destierro o quejosos de la vejez o enfermedad los consolaba con su risa, reprochándoles no comprender que pronto cesarían sus aflicciones, y que el olvido de los bienes y de los males, unido a una libertad perdurable, les saldría en breve al encuentro.

    9  Trataba también de reconciliar hermanos en disputa y llevar la paz entre las mujeres y sus maridos. En ocasiones puso paz entre la muchedumbre agitada, y persuadió a la mayoría a servir a su patria con ánimo sereno. Tal era el carácter de su filosofía: amable, apacible y alegre

      10  Sólo le afligía la enfermedad o la muerte de un amigo, ya que consideraba la amistad el mayor de los bienes humanos. Por eso era amigo de todos, y no había persona alguna a la que no tratase con familiaridad, por el hecho de ser hombre , aunque la amistad de algunos le agradase más que la de otros: sólo se mantenía alejado de quienes consideraba descarriados y sin esperanza de curación. Y todo ello lo hacía y decía acompañado de las Cárites y de la propia Afrodita, de modo que, para citar el verso cómico, «la persuasión residía en sus labios 3».

    11  De este modo, tanto el pueblo llano de Atenas como las autoridades le admiraban sobremanera, considerándolo siempre un ser superior. Con todo, desde su posición se enfrentaba a la opinión pública, y el odio que se ganó entre las masas no fue inferior al de su predecesor 4  por su franqueza e independencia; y también se alzaron contra él algunos Mitos y Meletos, los cuales le acusaron de los mismos delitos que los de su tiempo imputaron a Sócrates: de que nunca lo vieron hacer sacrificios, y de que era el único entre todos que no se había iniciado en los misterios de Eleusis. Como réplica se coronó con gran valor, se puso un vestido blanco inmaculado, se presentó en la Asamblea y realizó su defensa, en ciertos pasajes con moderación, pero en otros con mayor acritud que la propia de su forma de vida. Respecto a no haber ofrecido jamás sacrificios a Atenea dijo: «No os extrañéis, atenienses, de que no le haya hecho sacrificios hasta ahora, por entender que ella en nada necesitaba de mis sacrificios». Respecto de la otra acusación, el asunto de los misterios, dijo que no había participado jamás en sus ritos porque, si los misterios eran malos, no habría guardado el secreto ante los no iniciados, sino que los habría apartado de los cultos; y, si eran  buenos, los habría revelado a todos por filantropía. De este modo los atenienses, que ya tenían  piedras en las manos para arrojarlas contra él, se serenaron y reconciliaron al punto, y a partir de aquel momento comenzaron a honrarle, respetarle y —finalmente— a admirarle; aunque en el comienzo mismo de su discurso les dirigió un acre exordio: «atenienses —dijo—, ya me veis coronado; sacrificadme también a mí ahora, ya que la primera vez no os fue aceptada la víctima».

    12  Quiero citar algunos de sus oportunos y certeros comentarios. Bien podría empezar con Favorino y lo que le replicó. Como quiera que Favorino hubiese oído decir que Demonacte se  burlaba de sus conferencias, y en especial del relajamiento de su ritmo, diciendo que era vulgar, afeminado y nada acorde con la filosofía, fue a su encuentro y preguntó a Demonacte quién era él  para burlarse de sus creaciones. «Un hombre —contestó—que no tiene los oídos fáciles de engañar». El sofista insistió, preguntándole: «¿Con qué títulos, Demonacte, has pasado de la escuela a la filosofía?» «Con testículos» 5, respondió.

    13  En otra ocasión el mismo sujeto se acercó a Demonacte para preguntarle cuál era su sistema filosófico predilecto. Éste le replicó: «¿Quién te ha dicho que soy un filósofo?» Y, en cuanto se apartó de su lado, estalló en una gran carcajada. Al preguntarle Favorino por qué reía, él respondió: «Me ha parecido ridículo que trates de distinguir a los filósofos por su barba, cuando tú mismo no tienes barba».

    14  Cuando el sofista Sindonio gozaba de gran predicamento en Atenas, y pronunciaba en su  propio provecho un elogio en el que venía a decir que dominaba toda la filosofía —pero es mejor citar sus propias palabras—: Aristóteles me llama al Liceo, lo seguiré; si Platón me llama a la Academia, lo seguiré; si Zenón me llama, en el Pórtico Policromo emplearé mi tiempo; si Pitágoras me llama, guardaré silencio»6, entonces Demonacte se levantó en medio de los oyentes y le dijo: «Tú —llamándole por su nombre—, Pitágoras te llama».

    15  Un tal Pitón, hermoso joven de las mejores familias de Macedonia, intentaba un día burlarse de él y le proponía una pregunta capciosa, rogándole que le diese la solución lógica. Demonacte replicó: «Sólo sé una cosa, niño: lo que pretendes». Irritado el joven por la chanza del equívoco, dijo en tono amenazante: «En seguida te mostraré al hombre que llevo». A lo que Demonacte, riendo, preguntó: «¡Ah! ¿Pero tienes un hombre?».

    16  Una vez que un atleta, del que se había reído por exhibirse con un vestido bordado a pesar de ser vencedor de los Juegos Olímpicos, le golpeó en la cabeza con una piedra y brotó la sangre, los  presentes se indignaban como si cada uno de ellos hubiera sido herido, y clamaban ir por el  procónsul; pero Demonacte les dijo: «No, hombres, no vayáis por el procónsul, sino por el médico».

    17  En una ocasión, paseando por un camino, encontró un anillo, y puso un anuncio en la plaza, requiriendo al dueño del anillo —quienquiera que fuese quien lo extravió— a venir a recuperarlo, siempre que le dijera su peso, la piedra y el grabado. Se presentó a la sazón un bello jovencito diciendo haberlo perdido, mas, como no dijese ninguna característica acertada, exclamó: «Márchate, joven, y vigila tu propio anillo, que ése no lo has perdido» 7.

    18  Un senador romano en Atenas le presentó a su hijo, un joven muy bello, aunque afeminado e histérico, diciéndole: «Mi hijo, aquí presente, te saluda». A lo que Demonacte contestó: «Hermoso es el joven, digno de ti y semejante a su madre».

    19  Al cínico que enseñaba filosofía envuelto en una piel de oso decidió llamarle, no Honorato, como era su nombre, sino Arcesilao8. Alguien le preguntó cómo debía definirse la felicidad, y replicó que sólo el hombre libre es feliz; y, como el otro argumentara que había muchos hombres libres, añadió:  —«Pienso en aquel que nada espera ni teme».

    20  —«Pero ¿cómo puede lograrse eso? Pues todos, en general, somos esclavos de la esperanza y el temor». —«Sin duda, si observas las empresas humanas, hallarás que no son dignas ni de esperanza ni de temor, pues penas y alegrías han de cesar por completo».

    21  Cuando Peregrino Proteo le reprochaba sus frecuentes burlas y mofas de los hombres, diciéndole: «Demonacte, haces bien el perro»9, le contestó: «Peregrino, no haces bien el hombre».

    22  A un hombre de ciencia que hablaba acerca de los antípodas le instó a levantarse, lo llevó a orillas de un pozo y le preguntó: «¿Así afirmas que son los antípodas?»

    23  Como uno afirmase ser un mago y poseer tan poderosos conjuros, que por su influjo todos eran persuadidos a ofrecerle cuanto quería, Demonacte le dijo: «Nada hay de extraño en ello. También yo poseo tu mismo arte; y, si quieres, acompáñame ante la panadera, y verás cómo yo, mediante un único conjuro y un pequeño fármaco, la persuado a darme pan», insinuando que la moneda tiene el mismo poder que un conjuro.

    24  Cuando Herodes el famoso lloraba a Polideuces, muerto prematuramente, y disponía que un carruaje se hallase siempre dispuesto para él, con los caballos, como si hubiese de subir, y le sirviesen comida, se le acercó y le dijo: «Te traigo un mensaje de parte de Polideuces». Herodes se alegró y, creyendo que Demonacte, al igual que los demás, compartía su sentimiento, le preguntó:  «Dime, Demonacte, ¿qué pide Polideuces?». «Se queja —respondió— de que no te hayas ido ya a su lado».

    25  Se acercó a un hombre que lloraba la muerte de su hijo y se había recluido en las tinieblas, afirmando ser mago y poder evocar la sombra del niño, con tal que le citase los nombres de tres  personas que jamás hubiesen estado de duelo. El hombre titubeó mucho tiempo, y se vio en apuros al no poder citar, imagino, un solo nombre. «Entonces —exclamó Demonacte—, hombre ridículo, ¿crees ser tú el único que padece dolores insufribles, cuando ves que nadie carece de su parte de dolor?»

    26  También gustaba burlarse de aquellos que en las conversaciones empleaban palabras muy arcaicas y términos extranjeros. Por ejemplo, a uno a quien había formulado una pregunta y que le contestó en un ático afectado, le dijo: «Amigo, yo te he hecho la pregunta ahora, pero tú me has contestado como si hubiera sido en tiempos de Agamenón».

    27  Como un amigo le dijera: «Vayamos, Demonacte, al Asclepieo10 a rezar por mi hijo», él replicó: «Consideras a Asclepieo muy sordo, si no puede también escuchar nuestras plegarias desde aquí».

    28  En una ocasión, ante dos filósofos que discutían una cuestión con crasa ignorancia,  preguntando uno despropósitos y contestando el otro de modo ajeno al caso, dijo: «¿No os parece, amigos, que uno de ellos ordeña un macho cabrío y el otro le tiende un cedazo?»

    29  A Agatocles el peripatético, que se jactaba de ser el único y el primero de los dialécticos, le dijo: «Fíjate, Agatocles: si eres el primero, no eres el único, y si eres el único, no eres el primero».

    30  Cetego el consular, cuando iba de camino por la Hélade en dirección a Asia como embajador de su padre, decía y hacía muchas insensateces. Un amigo de Demonacte, testigo de éstas, decía de él que era una gran miseria. «No, por Zeus —dijo Demonacte—, ni siquiera grande».

    31  Como viera a Apolonio el filósofo partir de viaje con muchos discípulos —marchaba llamado a ser maestro del emperador—, exclamó: «Ahí va Apolonio y sus Argonautas».

    32  A uno que le preguntaba si creía que el alma es inmortal, le contestó: «Sí, pero como todas las cosas».

    33  Respecto de Herodes decía que Platón estaba en lo cierto al afirmar que no tenemos sólo un alma, pues no era propio de la misma agasajar a Regila  y Polideuces como si estuvieran vivos y entregarse a actividades intelectuales.

    34  Se atrevió una vez a preguntar a los atenienses públicamente, tras escuchar la proclamación de los misterios, por qué razón excluían a los bárbaros, sobre todo teniendo en cuenta que los ritos se los había establecido el bárbaro Eumolpo, tracio por añadidura.

    35  Y en una ocasión que se disponía a zarpar en pleno invierno, un amigo le objetó: «¿No temes que naufrague la embarcación y te devoren los peces?» «Sería un ingrato —replicó— si temiese ser comido por los peces, yo, que he comido tantos de ellos».

    36  A un orador de pésima expresión le aconsejaba practicar y entrenarse; y como éste le replicase: «Siempre recito para mí mismo», Demonacte le contestó: «Con razón recitas así, con un oyente tan necio».

    37  Y, como viera en cierta ocasión a un adivino profetizando públicamente a cambio de dinero, le dijo: «No veo por qué razón exiges dinero: si eres capaz de cambiar en algo el destino, poco es lo que pides; y si todo va a ocurrir como la divinidad ha decretado, ¿qué poder tiene tu adivinación?»

    38  Un oficial romano bien desarrollado físicamente le ofreció una exhibición de esgrima contra un poste y le preguntó: «¿Qué te parece, Demonacte, mi forma de luchar?» «Excelente — contestó—, siempre que tengas un adversario de madera.»

    39  Incluso ante las preguntas embarazosas tenía siempre preparada una réplica conveniente. Cuando uno le preguntó en son de burla: «Si quemase mil minas11 de madera, Demonacte, ¿cuántas minas de humo se producirían?», replicó: «Pesa la ceniza, y todo el resto será humo».

    40  Un tal Polibio, individuo en extremo ineducado e incorrecto en el hablar, decía: «El emperador me ha honrado con la ciudadanía romana». «Ojalá —respondióle— te hubiese hecho griego en vez de romano.»

    41  Al ver que un aristócrata presumía de la anchura de su toga de púrpura12, Demonacte le dijo al oído, al tiempo que cogía su vestido y le indicaba: «Esto lo llevaba una oveja antes que tú, y era… una oveja»
     
    42  Un día, mientras se bañaba, vaciló al ir a penetrar en el agua muy caliente, y, como alguien le acusase de cobarde, replicó: «Dime, ¿debo sufrir esto en defensa de la patria?»

    43  Cuando uno le preguntó: «¿Cómo crees que son las cosas del Hades?», repuso: «Aguarda, y ya te escribiré desde allí».

    44  Admeto, poeta de escasa calidad, le decía haber escrito un epitafio de un solo verso, que había dispuesto en su testamento fuera grabado en su monumento funerario. Pero es mejor citarlo exactamente: Tierra, acoge la envoltura de Admeto, que él mismo ascendió a dios.

    45  Demonacte rió y dijo: «Tan hermoso es el epitafio, Admeto, que ya quisiera verlo grabado».

    46 Un hombre vio en las piernas de Demonacte una huella propia de los ancianos y le preguntó: «¿Qué es eso, Demonacte?»; a lo que él contestó con una sonrisa: «Ya me ha mordido Caronte».

    47 Al ver a un espartano azotando a su esclavo, le dijo: «Deja de tratar a tu esclavo como a tu igual»13.

    48  A una tal Dánae, que sostenía un pleito contra su hermano, le dijo: «Ve a juicio: tú no eres Dánae, la hija de Acrisio»14. .

    49  Sobre todo, hacía la guerra a quienes practicaban la filosofía, no por la verdad, sino por exhibicionismo. Así, viendo a un cínico con capote y morral, pero con una maza en vez del bastón, que vociferaba y decía ser émulo de Antístenes, Crates y Diógenes, le dijo: «No mientas: tú eres en realidad discípulo de Hiperides».

    50  Tras notar que muchos atletas luchaban mal y, al margen del reglamento de juego, mordían en vez de boxear, decía: «No es extraño que a los atletas de ahora el público los llame leones».

    51  Aguda y mordaz a un tiempo fue la respuesta que una vez dio al procónsul. Éste era uno de los que depilan con pez sus piernas y todo el cuerpo. Un día, un cínico subió a una roca y empezó a reprochárselo, acusándolo de afeminación; el procónsul se irritó, mandó hacer bajar al cínico y se disponía a condenarlo a las estacas o incluso al destierro. Pero Demonacte, que andaba por allí, imploró clemencia para él, pues su atrevimiento era consecuencia de cierta libertad de expresión tradicional en los cínicos. El procónsul le dijo: «Por esta vez te lo dejo en libertad; mas, si vuelve a reincidir en algo parecido, ¿qué castigo merece?» «Haz que lo depilen», contestó Demonacte.

    52  Uno a quien el emperador había confiado el mando de las legiones y el de la provincia más importante preguntó a Demonacte cuál era la mejor forma de mandar: «Domina tu cólera — respondióle—, habla poco y oye mucho».

    53  Como alguien le preguntase si también él comía pasteles de miel, le replicó: «¿Acaso crees que las abejas han elaborado sus panales sólo para los necios?»

    54  Al ver junto al Pórtico Policromo una estatua mutilada en una mano, observó que mucho habían tardado los atenienses en honrar a Cinegiro con una estatua de bronce.

    55  Observando que Rufino el chipriota —me refiero al cojo del Peripato— gastaba mucho tiempo en sus paseos, dijo: «Nada hay más indecoroso que un cojo peripatético»15.

    56  Como Epicteto le reprendiera y aconsejara casarse y tener hijos, diciéndole que un filósofo debía dejar a la naturaleza quien le reemplazara, le contestó con la mejor refutación: «Bien, Epicteto, dame una de tus hijas»16.

    57  También su réplica a Hermino el aristotélico es digna de recuerdo. Sabiendo que era un hombre en extremo malvado, que había causado infinito daño a Aristóteles, y que tenía siempre en los labios sus «diez sentencias», Demonacte le dijo: «Hermino, tú sí que mereces de verdad diez sentencias».

    58 Mientras los atenienses, por emulación de los corintios, deliberaban sobre el establecimiento de combates de gladiadores, se acercó a ellos y les dijo: «No votéis esa resolución, atenienses, hasta que no derribéis el altar de Misericordia».

    59 Cuando fue a Olimpia y los eleos votaron para él una estatua de bronce, dijo: «No hagáis eso, varones de Elide, no parezca que ofendéis a vuestros antepasados, ya que ellos no elevaron estatuas ni a Sócrates ni a Diógenes».

    60 Le oí una vez citar a… el jurisconsulto, quien sostenía que las leyes resultan inútiles, tanto si se escriben para los buenos como para los malos; pues aquéllos no tienen necesidad de leyes, y éstos no se hacen mejores por su efecto.

    61 De Homero citaba con mayor frecuencia el verso:
    “Igual muere el holgazán que el laborioso”17.

    62 Celebraba asimismo a Tersites, considerándolo un orador cínico popular.

    63 Interrogado en una ocasión acerca de qué filósofo le complacía más, dijo: «Todos son admirables, pero yo venero a Sócrates, admiro a Diógenes y amo a Aristipo».

    64 Vivió casi cien años sin enfermedades, sin sufrimientos, sin molestar a nadie ni pedir nada, servicial para los amigos, sin tener jamás un enemigo. Tan gran afecto sentían hacia él no sólo los atenienses, sino toda la Hélade, que ante su presencia se levantaban los magistrados a cederle el asiento y todos guardaban silencio. Al final, cuando ya era muy anciano, penetraba en cualquier casa sin ser invitado y comía y dormía en ella, mientras sus habitantes consideraban el hecho como la aparición de un dios, y que algún buen espíritu había penetrado en su casa. A su paso, las  panaderas lo atraían cada cual hacia sí, pretendiendo que tomase pan de ellas, y la que se lo daba creía que esto era señal de buena suerte para sí. Hasta los niños le llevaban fruta, llamándole padre.

    65  En una ocasión en que se originó un conflicto en Atenas, penetró en la Asamblea, y su sola  presencia bastó para hacerles callar: él, al notar que ya habían cambiado de actitud, se retiró sin decir palabra.

    66  Cuando comprendió que ya no era capaz de bastarse a sí mismo, recitó a quienes se hallaban con él los versos de los heraldos en los Juegos:

    Termina ya el certamen que concede
    los más hermosos premios, y ya es hora
    de no más demorarse.

    Y, mediante la abstinencia de todo alimento, se retiró de la vida con ánimo alegre, como siempre se había mostrado a los demás.

    67  Un poco antes de su muerte, alguien le preguntó: «¿Qué dispones acerca de tu entierro?» «No os preocupéis —dijo—; el hedor me enterrará.» Aquél le replicó: «¿Cómo? ¿No es ignominioso que el cuerpo de un hombre de tu calidad quede relegado a pasto de aves y perros?» «Nada hay de particular en ello —repuso—, si una vez muerto voy a ser útil a unos seres vivos.» Mas los atenienses lo enterraron con solemnes honras públicas y le lloraron mucho tiempo. Y veneraban el banco de piedra donde solía sentarse cuando estaba cansado, y lo coronaban en su honor, considerando sagrada incluso la piedra sobre la que se sentaba. Todo el mundo fue a su entierro, y en especial los filósofos: ellos cargaron con su cuerpo y lo llevaron hasta el sepulcro. Éstos son unos pocos entre los muchos recuerdos que poseo, pero ellos bastan para dar a mis lectores una idea del tipo de hombre que era aquél.
    (Traducción de Andrés Espinosa Alarcón. Edit. Gredos, 1996)

    Notas:
    1  Con su sobrenombre de «Heracles».
    2 Diógenes
    3  ÉUPOLIS,  fr. 94, cf.  Nigrino 7.
    4  Sócrates
    5 Favorino de Arles era eunuco.
    6 Los pitagóricos guardaban silencio al entrar en su “convento”.
    7 Expresión de doble sentido, tal vez sexual…
    8 Nombre relacionado con “árktos”, «oso».
    9 Los cínicos, o «perrunos» de acuerdo con su etimología.
    10 Templo de Asclepio, dios de la salud. 
    11 La mina ática pesaba 599 gramos.
    12  Toga de senador con franja de púrpura.
    13 Los azotes formaban parte de la educación de los espartanos.
    14 Acrisio significa etimológicamente «sin juicio».
    15  Peripatético, significa etimológicamente «paseador»; son los seguidores de Aristóteles.
    16 Epicteto era soltero.
    17 Ilíada IX 320.

  • La Filosofía presta grandes servicios a la vida humana (CICERÓN, Disputaciones Tusculanas, V, 2)

    La Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) (United Nations Educational Scientific and Cultural Organization), estableció como Día Mundial de la Filosofía el tercer jueves del mes de noviembre. Acabamos de celebrarlo, pues, el pasado jueves. Desgraciadamente pocas personas habrán tenido noticia de ello.

    Naturalmente que el ser humano “piensa” desde el principio de su existencia. Precisamente esta es la característica propia de los seres humanos, pero la filosofía como ciencia, arte, método sistemático es una creación de los griegos, sin duda la más importante.

    Las especiales condiciones históricas y culturales de la Grecia continental, insular y asiática, su situación geográfica también abierta a todos los caminos y vientos de este y oeste, norte y sur, su expansión por todo el Mediterráneo, hicieron posible que el hombre, el  sujeto, se enfrentara de manera sistemática a lo que tenía enfrente, el objeto, con el solo instrumento de su potente razón.

    Allí se acuño el término Filosofía, que significa “amor a la sabiduría”, “deseo de saber”. Es una palabra     compuesta de  φιλος, filos , amigo, y  σοφία, sofía, sabiduría. Quien tiene amor a la sabiduría es un φιλο-σοφóς, un filósofo.

    A partir de ese momento, esa manía de pensar fundamenta toda la vida social e individual. Su enorme importancia ha sido reconocida hasta hace bien poco, en que desgraciadamente parece ir desapareciendo poco de las facultades universitarias y del interés de las personas.

    Cicerón sobresalió como orador y de él conservamos muchos discursos. También intervino activamente en política; llegó a ser cónsul, el primero de su familia y por eso se le consideró un “homo novus”, un “hombre nuevo” en política. En las disputas civiles entre César y Pompeyo optó por el perdedor, por Pompeyo. En los tres últimos años de su vida, apartado a la fuerza de la vida política y forense, tuvo tiempo para escribir algunos tratados de Filosofía. En uno de ellos, en la Disputaciones Tusculanas, (cinco jornadas de reflexión en su finca de Tusculum), nos explica el origen de la palabra “filosofía” y “filósofo”,  que Pitágoras utilizó el primero. También hace un encendido y grandioso elogio de la “Filosofía”, que difícilmente compartirá la sociedad actual, incluidas las personas hoy consideradas cultas.

    Ofrezco  dos pasajes del libro V de las Tusculanas. En este libro el tema central es la discusión sobre si una vida virtuosa, el ejercicio de la virtud, es por si solo capaz de proporcionar la felicidad.


    CICERÓN en  Disputaciones Tusculanas, V, 3,7-5,11 nos informa del origen de la palabra “filosofía” y hace un pequeño resumen histórico:

    3(7)-5 (11)
    Aunque nosotros vemos que la filosofía es un hecho antiquísimo, reconocemos, no obstante, que su nombre es reciente. Porque ¿quién puede negar que la sabiduría no solo es antigua en sí, sino que también lo es su nombre? Ella se ganaba este bellísimo nombre entre los antiguos por su conocimiento de las cosas divinas y humanas, especialmente por su conocimiento de los principios y las causas de todas las cosas. Así, si nos atenemos a la tradición, están aquellos famosos siete sabios, que por los griegos eran considerados y llamados “sophoí” y por nosotros sapientes y muchos  siglos antes Licurgo, en cuya época vivió también Homero antes de la  fundación de nuestra ciudad, y ya en los tiempos heroicos hemos oído de Ulises  y Néstor que fueron sabios y tenidos por tales. Ciertamente la tradición no habría hablado de que Atlante sostiene el cielo ni de que Prometeo está encadenado al Cáucaso, ni de que Cefeo está situado entre las estrellas con su esposa, su yerno y su hija, si su conocimiento divino de las cosas celestes no hubiera transferido sus nombres al error del mito. A continuación, todos aquellos que bajo su guía se dedicaban con pasión a la contemplación de la naturaleza eran considerados y llamados sabios y este título se extendió hasta el tiempo de Pitágoras, del que según Heráclides Póntico, discípulo de Platón, hombre de gran cultura, se cuenta que llegó a Fliunte, donde trató con erudición y elocuencia de algunas cuestiones con León, príncipe de los fliasios. Admiró León de su talento y de sus palabras, le preguntó en qué arte confiaba por encima de todo, a  lo que él respondió que no conocía ningún arte en particular, sino que él era un “filósofo”. León, asombrado por la novedad del nombre, preguntó quiénes eran los filósofos y qué diferencia había entre ellos y los demás; a lo que Pitágoras respondió que a él la vida de los hombres le parecía semejante a ese tipo de ferias que se celebran con un grandísimo aparato de juegos con la participación de toda Grecia, porque, del mismo modo que allí hay unos que tratan de alcanzar la gloria y la celebridad de la corona de la victoria con sus cuerpos entrenados, mientras que otros llegan con la intención de obtener una ganancia comprando y vendiendo, hay un tipo determinado de personas, y con gran diferencia el de mayor valía, que no buscan ni el aplauso ni el lucro, sino que llegan allí simplemente para ver y observar con atención qué es lo que sucede y cómo sucede, de la misma manera nosotros también, como si hubiéramos venido de una ciudad a una especie de feria atiborrada de gente, hemos venido a esta vida desde una vida y una naturaleza diferentes, unos para ser esclavos de la gloria, otros del dinero, pero hay unos pocos que, sin tener en consideración todo los demás, se dedican con pasión a examinar la naturaleza de la realidad, y ellos son los que se llaman a sí mismos amantes de la sabiduría, que es lo que significa ”filósofos” y, del mismo modo que en la feria el comportamiento más noble es limitarse a contemplar sin buscar nada para sí, así también en la vida la contemplación y el conocimiento de la realidad son actividades que superan con mucho a todas las demás.

    Mas Pitágoras no se limitó a ser el inventor del término. Sino que también amplió los contenidos mismos de la filosofía. Cuando él llegó a Italia, después de esta conversación en Fliunte, bien como particular o como hombre público, con las instituciones y las artes más sobresalientes contribuyó al ornato de la llamada Magna Grecia. Quizá habrá otra ocasión para hablar sobre su doctrina. Pero desde los primeros tiempos de la filosofía hasta Sócrates, que había oído a Arquelao, un discípulo de Anaxágoras, los filósofos trataban de los números y los movimientos y se preguntaban de dónde se originan y a donde vuelven todas las cosas e investigaban con gran empeño las magnitudes, los intervalos y los cursos de los astros y todos los fenómenos celestes. Sócrates fue el primero que hizo descender la filosofía del cielo, la colocó en las ciudades, la introdujo también en las casas y la obligó a ocuparse de la vida y de las costumbres, del bien y del mal. Su variado método de discusión, la diversidad de los temas y la grandeza de su talento, inmortalizados por el recuerdo y los escritos de Platón, dieron origen a muchas escuelas filosóficas que disentían entre sí, de las cuales yo me he atenido sobre todo al método, que en mi opinión era el que practicaba Sócrates, que consiste en suspender nuestra opinión propia, en liberar a los demás del error y en buscar en toda discusión lo que es lo más verosímil. Y puesto que ésta es la costumbre a la que se ha atenido Carnéades con grandísima agudeza y elocuencia, también he intentad yo, no sólo en otras muchas ocasiones, sino también recientemente en Túsculo, adaptar nuestras discusiones a esta costumbre. (Traducción de Alberto Medina Gonazález, Editorial Gredos, 2005)

    Nota: Según Platón en Protágoras 342 a-b, los siete sabios, que vivieron entre los siglos VII y VI fueron Tales de Mieto, Bias de Priene, Pitaco de Mitilene, Solón de Atenas, Cleóbulo de Lindos, Misón de Quene y Quilón de  Esparta. En otras listas  Misón, un campesiono de Quene, sustituye a  Periandro, tirano de Corinto.

    Véase el texto latino más abajo

    Piensa Cicerón que con frecuencia echamos la culpa de nuestras desgracias a la naturaleza y no a los propios errores; y en ese momento continúa haciendo un encendido y grandioso elogio de la “Filosofía” .
    CICERÓN, Disputaciones Tusculanas, V, 2, 5-6

    Mas la corrección de este fallo, así como la de todos nuestros otros errores y faltas, debe buscarse en la filosofía. Al haberme impulsado a mi, desde los primeros años de mi vida, mi voluntad y mi celo a echarme en su regazo, ahora, en mis gravísimos infortunios presentes, golpeado por una violenta tempestad, he buscado refugio en el mismo puerto del que yo había zarpado. ¡Oh filosofía, guía de la vida, indagadora de la virtud y desterradora de los vicios! ¿Sin ti qué habríamos podido ser, no sólo nosotros, sino también la vida humana en general? Tú has engendrado las ciudades, tú has llamado a los hombres dispersos a una comunidad de vida, tú los has unido, en primer lugar compartiendo una vivienda, luego mediante el matrimonio, a continuación, mediante la comunión de la escritura y el lenguaje, tú has sido la inventora de las leyes, tú has sido la maestra de la moralidad y el orden; en ti buscamos refugio, a ti pedimos ayuda, a ti nos entregamos ahora, del mismo modo que antes en gran parte, en cuerpo y alma. Un solo día bien vivido y acorde con tus preceptos es preferible a una inmortalidad sumida en el error. ¿A qué otra ayuda mejor que a la tuya podemos recurrir, tú que nos has regalado la tranquilidad de la vida y nos has suprimido el terror de la muerte? Y, a pesar de ello, la filosofía dista tanto de ser alabada en consonancia con los servicios que presta a la vida humana que, además de ser dada de lado por muchos, por muchos incluso es vituperada. ¿Puede alguien atreverse a vituperar a la madre de la vida y a mancillarse con un parricidio semejante y llegar en su ingratitud a un grado tal de impiedad que le permita acusar a la que debería venerar, aun en el caso de que no fuese capaz de comprenderla? Pero, en mi opinión, este error y esta neblina se derrama sobre las almas de los ignorantes porque ellos no son capaces de retrotraer tanto su mirada en el tiempo y porque ellos no consideran que los filósofos han sido los primeros a quienes los hombres deben una organización de la vida. (Traducción de Alberto Medina Gonazález, Editorial Gredos, 2005)

    Véase el texto latino más abajo

    Difícilmente compartirá la sociedad actual, incluidas personas de cultura, este encendido y algo retórico elogio de la Filosofía.

    CICERÓN, Disputaciones Tusculanas, V, 3,7-5,11

    [7] Quam rem antiquissimam cum videamus, nomen tamen esse confitemur recens. nam sapientiam quidem ipsam quis negare potest non1 modo re esse antiquam, verum etiam nomine? quae divinarum humanarumque rerum, tum initiorum causarumque cuiusque rei cognitione hoc pulcherrimum nomen apud antiquos adsequebatur. itaque et illos septem, qui a Graecis σοφοί, sapientes a nostris et habebantur et nominabantur, et multis ante saeculis Lycurgum, cuius temporibus Homerus etiam fuisse ante hanc urbem conditam traditur, et iam heroicis aetatibus Ulixem et Nestorem accepimus et fuisse et habitos esse sapientis.

    [8] nec vero Atlans sustinere caelum nec Prometheus adfixus Caucaso nec stellatus Cepheus cum uxore genero filia traderetur, nisi caelestium divina cognitio nomen eorum ad errorem fabulae traduxisset. a quibus ducti deinceps omnes, qui in rerum contemplatione studia ponebant, sapientes et habebantur et nominabantur, idque eorum nomen usque ad Pythagorae manavit aetatem. quem, ut scribit auditor Platonis Ponticus Heraclides, vir doctus in primis, Phliuntem ferunt venisse, eumque cum Leonte, principe Phliasiorum, docte et copiose disseruisse quaedam. cuius ingenium et eloquentiam cum admiratus esset Leon, quaesivisse ex eo, qua maxime arte confideret; at illum: artem quidem se scire nullam, sed esse philosophum. admiratum Leontem novitatem nominis quaesivisse, quinam essent philosophi, et quid inter eos et reliquos interesset;

    [9] Pythagoram autem respondisse similem sibi videri vitam hominum et mercatum eum, qui haberetur maxumo ludorum apparatu totius Graeciae celebritate; nam ut illic alii corporibus exercitatis gloriam et nobilitatem coronae peterent, alii emendi aut vendendi quaestu et lucro ducerentur, esset autem quoddam genus eorum, idque vel maxime ingenuum, qui nec plausum nec lucrum quaererent, sed visendi causa venirent studioseque perspicerent, quid ageretur et quo modo, item nos quasi in mercatus quandam celebritatem ex urbe aliqua sic in hanc vitam ex alia vita et natura profectos alios gloriae servire, alios pecuniae, raros esse quosdam, qui ceteris omnibus pro nihilo habitis rerum naturam studiose intuerentur; hos se appellare sapientiae studiosos—id est enim philosophos—; et ut illic liberalissimum esset spectare nihil sibi adquirentem, sic in vita longe omnibus studiis contemplationem rerum cognitionemque praestare.

    [10] Nec vero Pythagoras nominis solum inventor, sed rerum etiam ipsarum amplificator fuit. qui cum post hunc Phliasium sermonem in Italiam venisset, exornavit eam Graeciam, quae magna dicta est, et privatim et publice praestantissumis et institutis et artibus. cuius de disciplina aliud tempus fuerit fortasse dicendi. sed ab antiqua philosophia usque ad Socratem, qui Archelaum, Anaxagorae discipulum, audierat, numeri motusque tractabantur, et unde omnia orerentur quove reciderent, studioseque ab is siderum magnitudines intervalla cursus anquirebantur et cuncta caelestia. Socrates autem primus philosophiam devocavit e caelo et in urbibus conlocavit et in domus etiam introduxit et coëgit de vita et moribus rebusque bonis et malis quaerere.

    [11] cuius multiplex ratio disputandi rerumque varietas et ingenii magnitudo Platonis memoria et litteris consecrata plura genera effecit dissentientium philosophorum, e quibus nos id potissimum consecuti sumus, quo Socratem usum arbitrabamur, ut nostram ipsi sententiam tegeremus, errore alios levaremus et in omni disputatione, quid esset simillimum veri, quaereremus. quem morem cum Carneades acutissime copiosissimeque tenuisset, fecimus et alias saepe et nuper in Tusculano, ut ad eam6 consuetudinem disputaremus.
    …..
    CICERÓN, Disputaciones Tusculanas, V, 2, 5-6

    [5] Sed et huius culpae et ceterorum vitiorum peccatorumque nostrorum omnis a philosophia petenda correctio est. cuius in sinum cum a primis temporibus aetatis nostra voluntas studiumque nos compulisset,  his gravissimis casibus in eundem portum, ex quo eramus egressi, magna iactati tempestate confugimus. o vitae philosophia dux, o virtutis indagatrix expultrixque vitiorum! quid non modo nos, sed omnino vita hominum sine te esse potuisset? tu urbis peperisti, tu dissipatos homines in societatem vitae convocasti, tu eos inter se primo domiciliis, deinde coniugiis, tum litterarum et vocum communione iunxisti, tu inventrix legum, tu magistra morum et disciplinae fuisti; ad te confugimus, a te opem petimus, tibi nos, ut antea magna ex parte, sic nunc penitus totosque tradimus. est autem unus dies bene et ex praeceptis tuis actus peccanti inmortalitati anteponendus.

    [6] cuius igitur potius opibus utamur quam tuis, quae et vitae tranquillitatem largita nobis es et terrorem mortis sustulisti? Ac philosophia quidem tantum abest ut proinde ac de hominum est vita merita laudetur, ut a plerisque neglecta a multis etiam vituperetur. vituperare quisquam vitae parentem et hoc parricidio se inquinare audet et tam impie ingratus esse, ut eam accuset, quam vereri deberet, etiamsi minus percipere potuisset? sed, ut opinor, hic error et haec indoctorum animis offusa caligo est, quod tam longe retro respicere non possunt nec eos, a quibus vita hominum instructa primis sit, fuisse philosophos  arbitrantur.
     

  • Hipatia desengaña a un atolondrado joven enamorado

    Un joven discípulo de Hipatia confesó a su maestra su encendido amor a causa de su belleza, pero la maestra le desengañó contundentemente sobre la verdad de la belleza y su mera apariencia.

    Esta anécdota que desarrollaré a continuación me recuerda otra con cierto parecido acaecida en Madrid en época de los Austrias.

    Todas las grandes ciudades albergan una “sub urbe” o mundo subterráneo de galerías, pasadizos, túneles y conducciones diversas. Una de las primeras conducciones de gran envergadura y solidez es, por ejemplo, la “Cloaca Máxima” de Roma construida por para sanear el valle pantanoso del “foro”.

    Madrid, capital de España, está, como Roma, edificada sobre “siete colinas” y como toda gran ciudad, esta horadada por centenares de kilómetros de galerías y conducciones con diversa finalidad. Sobre muchas de ellas existen narraciones y relatos fantásticos, plenos de imaginación a veces, y en otras ocasiones con fundamento histórico, por curioso que nos parezca.

    Entre esos túneles siempre han generado gran curiosidad los que unían los castillos palacios con salidas al exterior de las murallas o con entradas en recintos especiales. Uno de los más curiosos en Madrid es el al parecer unía el Alcázar de los Austrias, antecedente del actual Palacio Real,  con el convento de la Encarnación. Por él se desplazaban los reyes para asistir a los oficios religiosos. Según una de esas narraciones apócrifas o imaginativas,  el rey Felipe IV entre otras cosas transitaba el túnel para visitar a una hermosa novicia del convento San Plácido por la que se sentía atraído. La novicia encontró un método eficaz para acabar con el acoso de lúbrico monarca: pidió que, ante la visita del monarca,  se le vistiese con la mortaja de difunta y fuese colocada en un ataúd  iluminado por los hachones funerarios fingiendo su muerte.

    Recuerda esta anécdota, ficticia o real, como decía, otra menos extrema atribuida a la famosa filósofa y matemática Hipatia de Alejandría, víctima de la intransigencia de un grupo de cristianos del siglo V en el marco de conflictos religioso-sociales, alimentados  por la intransigencia de algunos líderes como el obispo  Cirilo. Hipatia fue brutalmente asesinada  en el año 415. Su figura, olvidada durante mucho tiempo, fue luego y aún es ahora objeto de diversas y contrarias interpretaciones, de las que probablemente hablaré en otra ocasión y de interés por los modernos medios de comunicación y arte (recordemos la famosa película Ágora de Alejandro Amenabar estrenada en el año 2009 con notable éxito, a pesar de los también notables errores históricos.

    Pues bien, Hipatia unía a su condición de mujer, la de sabia, ilustrada, filósofa,  y también la de virgen  y virgen y bella.  La virginidad  le venía en parte impuesta por su dedicación absoluta a la ciencia y a la reflexión filosófica, que exigen una continua atención. Además por su orientación filosófica neoplatónica estaba interesada en el mundo ideal de las ideas y no en el de la mísera materia.

    Se cuenta que un atolondrado e inexperto joven, locamente enamorado de ella, insistía en sus pretensiones amorosas. Hipatia le hizo ver su condición de ser mortal e imperfecto, a semejanza de la monja aunque con un método menos drástico: le mostró al joven el paño higiénico con  el que la joven limpiaba la sangre menstrual que mensualmente, como el nombre indica, expele la condición femenina de la mujer fértil, diciéndole:  “querido joven, esto  es en realidad lo que tú amas, no la belleza en sí misma” o  según otra versón “esto es lo que tú amas,joven, y no es nada bello”.

    La anécdota nos la cuenta el ateniense Damascio, en su obra Alexandría:

    Acostumbraba a ponerse su manto de filósofa y pasear por medio de la ciudad interpretando públicamente a Platón y a Aristóteles, y las obras de algunos otros filósofos para quienes deseaban escucharla. Además de su habilidad en la enseñanza, destacaba en el pináculo de la virtud. Era justa y casta y permaneció siempre virgen. Era tan bella y bien constituida que uno de sus discípulos se enamoró de ella y al ser incapaz de controlarse a sí mismo, le mostró un signo de su encantamiento. Hipatia, intentó, sin conseguirlo, calmarle mediante la música. En realidad ella cogió unos  paños que había manchado con la menstruación y dijo "esto es lo que tú amas, joven, y esto no es bello". Él se sintió tan avergonzado y asustado ante la horrible visión que experimentó un cambio en su corazón y se convirtió rápidamente en un hombre mejor.

    Así era Hipatia, tanto inteligente y elocuente en sus discursos como cortés en sus actuaciones. La ciudad entera la quería sin lugar a dudas y le tenía gran veneración, pero los gobernantes de la ciudad la envidiaron desde el principio, algo que frecuentemente ocurría en Atenas también. Pues si la filosofía había perecido, sin embargo, su nombre aún parecía venerable y magnífico a los hombres que ejercían de líderes en el Estado (Alexandria2: 1 993, 57-58)

    Nota: El texto lo reproduce Amalia González Suarez, que lo publica por primera vez en La otra Historia. Ed. Tertulia Feminista les Comadres, Gijón, 2003. La autora  Maria Dzielska, autora de Hipatia de Alejandría  (Ed.Siruela)  localiza la cita en Damascio, frag. 102, pag-77.15-17 .

    También la Suda (enciclopedia bizantina en griego del siglo X con más de 30.000 entradas), dice en la palabra  Hypatia, Ὑπατία:

    A su condición de maestra añadió  el permanecer virgen, alcanzando la más alta virtud práctica, siendo justa y prudente. Era tan  hermosa y atractiva que uno de los jóvenes que asistían  a sus lecciones se enamoró de ella. El no fue capaz de contener su deseo y le informó de su enamoramiento. Informes que no conocen la verdad, dicen que Hipatia lo liberó de su pasión con la música, pero la verdad es que la música no consiguió  ningún efecto. Ella le presentó  algunos de sus trapos de mujer (con la sangre menstrual) , y los arrojó delante de él, mostrándole los signos de su origen impuro, y dijo: "De esto estás enamorado, joven,  y no hay nada hermoso en ello." (Suda en línea, Upsilon 166)

    La anécdota puede parecer grotesca, pero aumenta su posibilidad si consideramos el interés por la filosofía neoplatónica de Hipatia. El paño higiénico es el símbolo de la materialidad e imperfección del cuerpo femenino frente a la perfección de la belleza en sí que busca la filósofa.  Curiosamente, el nombre Hypatia significa etimológicamente “la perfecta, la excelsa, la elevada”. Naturalmente, hoy es muy diferente la consideración de la materia frente al espíritu  y de la perfección o imperfección del cuerpo femenino. Las ideas sólo se pueden explicar y comprender en su contexto histórico.

  • Platón rechaza la escritura por boca de Sócrates

    Con alguna frecuencia oigo a alguna persona rechazar el ordenador como instrumento educativo para los niños y jóvenes con el argumento de que perjudica el desarrollo de la memoria o de cierta capacidad de razonamiento. Con anterioridad oímos argumentos similares en el rechazo de las calculadoras electrónicas que impedirían la capacidad de pensamiento matemático. Todo ello me recuerda un famoso pasaje de Platón en su diálogo Fedro 274c-277a y 279b- 279c en el que en boca de Sócrates rechaza el invento de la escritura por la misma razón de que acabará con la memoria, facultad indispensable del ser humano.

    El pasaje encierra en sí la mayor de las contradicciones por cuanto Platón es un filósofo que escribió mucho (a diferencia de Sócrates) y gracias a esa escritura conocemos las obras y el pensamiento de Platón, entre otros el  pasaje al que me refiero, aunque afirme que la verdadera filosofía no puede expresarse por escrito. 

    Pero al margen de la contradicción expuesta, el mito plantea una serie de cuestiones de gran interés que merecen algún comentario. En todo lo caso, el paso previo es el de leer y conocer en sí mismo el texto señalado, que transcribo a pesar de su extensión, en la traducción que de él hizo Emilio Lledó en el volumen III de los Diálogos editados por Gredos en 1988 y que reproduce en su librito  “El silencio de la escritura”:

    274a y ss.

    SOCRATES:  Tengo que contarte algo que oí de los antiguos, aunque su verdad sólo ellos la saben.Por cierto que, si nosotros mismos pudiéramos descubrirla, ¿nos seguiríamos ocupando todavía de las opiniones humanas?
    FEDRO:  Preguntas algo ridículo. Pero cuenta lo que dices haber oído.
    SOC. – Pues bien,oí que había por Náucratis, en Egipto, uno de los antiguos dioses del lugar al que, por cierto, está consagrado el pájaro que llaman Ibis. El nombre de aquella deidad era el de Theuth. Fue éste quien, primero descubrió el número y el cálculo y, también, la geometría y la astronomíay,además, el juego de damas y el de dados, y, sobre todo, las letras. Por aquel entonces,era rey de todo Egipto Thamus,que vivía en la gran ciudad de la parte alta del país,que los griegos llaman la Tebas egipcia, así como a Thamus llaman Ammón. A él vino Theuth, y mostrándole sus artes, le decía que debían ser entregadas al resto de los egipcios. Pero Thamus le preguntó cuál era la utilidad que cada una tenía, y, conforme se la iba minuciosamente exponiendo, lo aprobaba o desaprobaba, según le pareciese bien o mal lo que decía. Muchas, según se cuenta, son las observaciones que, a favor o en contra de cada arte, hizo Thamus a Theuth, y tendríamos que disponer de muchas palabras para tratarlas todas.
    Pero cuando llegaron a lo de las letrar,dijo Theuth: “Este conocimiento,oh rey, hará mássabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría”. Pero él le dijo: “¡Oh artificiosísimo Theuth! A unos les es dado crear arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta a los que pretenden hacer uso de él.Y ahora tú, precisamente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a los que tienen. Porque es obvio lo que producirán en las almas de quienes las aprendan,al descuidar la memoria,ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos,no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos.No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado,sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas  a tus alumnos, que no verdad.Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos,siendo, al contario, en la mayoría de los casos,totalmente ignorantes,y difíciles,además, de tratar porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad”.
    FED.-¡Qué bien se te da, Sócrates,hacer discursos de Egipto,o de cualquier otro país que se te antoje!
    SOC.- El caso es,amigo mío, que, según se dice que se decía en el templo de Zeus en Dodona, las primeras palabras proféticas habían salido de una encina. Pues a los hombres de entonces,como no eran sabios como vosotros los jóvenes, tal ingenuidad tenían que se conformaban con oir a una encina o a una roca, sólo con que dijesen  la verdad. Sin embargo, para ti tal vez hay diferencia según quién sea el que hable y de dónde. Pues no te fijas únicamente en si lo que dicen es así o de otra manera.
    FED.- Tienes razón al reprenderme, y creo que con lo de las letras pasa lo que el tebano dice.
    SOC.- Así pues, el que piensa que ha dejado un arte por escrito, y, de la misma manera,el  que lo recibe como algo que será claro y firme por el hecho de estar en letras,rebosa ingenuidad y, en realidad,desconoce la predicción de Ammón, creyendo que las palabras escritas son algo más,para el que las sabe, que un recordatorio de aquellas cosas sobre las que versa la escritura.
    FED.- Exactamente
    SOC.- Porque es que es impresionante, Fedro, lo que pasa con la escritura,y por lo que tanto se parece a la pintura. En efecto, sus vástagos están ante nosotros  comosi tuvieran vida; pero,si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios. Lo mismo pasa con las palabras  escritas . Podrías llegar a creer que lo que dicen fueran como pensándolo; pero si alguien pregunta, queriendo aprender de lo dicho, apuntan siempre y únicamente a una y la misma cosa. Pero, eso sí, con que una vez algo haya sido puesto por escrito, las palabras ruedan por doquier,igual entre los entendidos que como entre aquellos a los que no les importa en absoluto, sin saber distinguir a quiénes conviene hablar a a quiénes no. Y si son maltratadas o vituperadas injustamente, necesitan siempre la ayuda del padre,ya que ellas solas no son capaces de defenderse ni de ayudarse a sí mismas.
    FED.-  Muy exacto es todo lo que has dicho.
    SOC.- Entonces, ¿qué? ¿Podemos dirigir los ojos hacia otro tipo de discurso, hermano legítimo de éste, y ver cómo nace y cuánto mejor y más fuertemente se desarrolla?
    FED.- ¿A cuál te refieres y cómo dices que nace?
    SOC.- Es ese que se escribe con fundamento en el alma del que aprende; capaz de defenderse a sí mismo, y sabiendo con quiénes hablar y ante quiénes callarse.
    FED.- ¿Te refieres al discurso lleno de vida y de alma,que tiene el que sabe y del que el escrito se podría justamente decir que es el reflejo?
    SOC.- Sin duda. Pero dime ahora esto. ¿Un labrador sensato que cuidase de sus semillas y quisiera que fructificasen, las llevaría, en serio, a plantar en verano, a un jardín de Adonis, y gozaría al verlas ponerse hermosas en ocho días,o solamente haría una cosa así por juego o por una fiesta, si es que lo hacía? ¿No sembraría, más bien, aquellas que le interesasen en el lugar adecuado de acuerdo con lo que manda el arte de la agricultra, y no se pondría contento cuando, en el octavo mes, llegue a su plenitud todo lo que sembró?
    FED.- Así es,Sócrates.Tal como acabas de expresarte;en un caso obraría enserio,en otro de manera muy diferente.
    SOC.- ¿Y el que posee el conocimiento de las cosas justas, bellas y buenas,diremos que tiene menos inteligencia que el labrador con respecto a sus propias simientes?
    FED.- De ningún modo.
    SOC.- Por consiguiente, no se tomará en serio el escribirlas en agua, negra por cierto, sembrándolas por medio del cálamo,con discursos que no pueden prestarse ayuda a sí mismos, a través de las palabras que los constituyen, e incapaces también de enseñar adecuadamente la verdad.
    FED.- A menos, no es probable.
    SOC.- No lo es, en efecto. Más bien, los jardines de las letras, según parece, los sembrará y escribirá como por entretenimiento; atesorando, al escribirlos, recordatorios para cuando llegue la edad del olvido, que les servirán a él y a cuantos hayan seguido sus mismas huellas. Y disfrutará viendo madurar tan tiernas plantas, y cuando otros se dan a otras diversiones y se hartan de comer y beber y todo cuanto con esto se hermana, él, en cambio, pasará, como es de esperar,su tiempo distrayéndose con las cosas que te estoy diciendo.
    FED.- Uno extraordinariamente hermoso, al lado de tanto entretenimiento baladí, es el que dices, Sócrates, y que permite entretenerse con las palabras,componiento historias sobre la justicia y todas las otras cosas a las que te refieres,
    SOC.- Así es, en efecto, querido Fedro. Pero mucho más hermoso,pienso yo, es ocuparse con seriedad de esas cosas, cuando alguien, haciendo uso de la dialéctica y eligiendo un alma adecuada, planta y siembra palabras con fundamento, capaces de ayudarse a sí mismas y a quienes las planta,y que no son estériles, sino portadoras de siemientes de las que surgen otras palabras que, en otros caracteres, son canales por donde se transmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre.
                       ………….

    279b
    FED.- Así será. Pero vámonos yendo,ya que el calor se ha mitigado.
    SOC.- ¿Y no es propio que los que se van a poner en camino hagan una plegaria?
    FED.- ¿Por qué no?
    SOC.- Oh querido Pan, y todos los otros dioses que aquí habitéis, concededme que llegue a ser bello por dentro,y todo  lo que tengo por fuera se enlace en amistad con lo de dentro; que considere rico al sabio; que todo el dinero que tenga sólo sea el que puede llevar y transportar consigo un hombre sensato, y no otro. ¿Necesitamos de alguna otra cosa, Fedro?  A mí mebasta  con lo que he pedido.
    FED.- Pide todo esto también para mí, ya que son comunes las cosas de los amigos.
    SOC.-Vayámonos.

    Nota: Theuth es el equivalente egipcio de Prometeo. Los “jardines de Adonis” se refiere a las macetas o tiestos plantados con cereales y flores aromáticas para embellecer y aromatizar las calles y plazas en las fiestas de Adonis (las Adonías) que se celebraban en verano. Las altas temperaturas las hacían crecer rápidamente, pero con la misma rapidez se marchitaban.
                 ——————-
    Las mismas ideas las expresa Platón en su Séptima Carta dirigida a los parientes y amigos de Dión, aunque es necesario advertir que la autoría  de la Carta VII por parte de Platón ha sido cuestionada. En todo caso la carta es congruente con los otros escritos de Platón. 

    El texto es un lugar ya tópico al hablar de la “escritura”, pero su lectura plantea algunas cuestiones  actuales e importantes que aquí sólo puedo esbozar.

    Por supuesto, fracasa Platón en cuanto premonición de la ruina de la inteligencia y del conocimiento, como fracasan sin duda quienes actualmente rechazan el uso de los instrumentos electrónicos desde los primeros momentos de la educación.

    El texto plantea la utilidad de la escritura frente al mundo oral todavía muy importante en tiempos de Platón. Como decía,  Sócrates, su maestro, no escribió sus pensamientos.

    Para Platón, la escritura, como la pintura, no es sino una representación inmóvil, pasiva,  del pensamiento, una aproximación al objeto.

    Para Platón, la expresión oral es algo interno y constitutivo del  propio hombre que en el diálogo y relación con el otro admite la pregunta, la estimulación  del oyente y constituye la sabiduría y el conocimiento.

    La escritura, en cambio,  es algo externo que a lo sumo puede servir de recordatorio, pero no es parte constitutiva del hombre ni reacciona a pregunta o cuestión alguna ni puede defenderse si la contradices; no es sabiduría, a lo sumo es información, pero no conocimiento. La verdadera escritura es la que se graba en el alma del que aprende; el aprendizaje se realiza cuando la palabra se graba en el alma, de la que la esritura es sólo una imagen. La escritura no es sino el “fármacon”, el remedio, para recordar lo aprendido antes mediante el coloquio dialéctico.

    Lo escrito no se debe a la experiencia vital del lector sino de otro. Ese texto escrito cae en manos de cualquiera, esté preparado para darle sentido o no lo esté.

    Esta es la principal objeción de Platón. La segunda es que la escritura debilita y destruye la memoria y los hombres se harán olvidadizos porque lo escrito no está integrado en su propio ser.

    Naturalmente, si Platón tuviera razón en un momento en que la escritura y lectura no es generalizada sino que en buena medida coexiste con la oralidad, ¿qué decir de la imprenta y su ingente producción desde que fue inventada? 

    De hecho hubo voces críticas sobrela imprenta, como la del humanista, editor e impresor veneciano Hieronimo Squarciafico, que trabajaba para el famoso impresor Aldo Manuzio. En su libro Memoria y libros, 1477, decía:

    “la abundancia de libros hace a los hombres menos estudiosos, destruye la memoria y debilita el pensamiento porque le releva del trabajo excesivo”. (Citado por Lowry, Martin J.C. (1979), The World of Aldus Manutius: Business and Scholarship in Renaissance Venice, Ithaca, N.Y, pág. 31
    Hieronimo Squarciafico, Memory and Books, 1477)

    Y sin embargo Squarciafico promovió la impresión de los clásicos latinos, pero en 1481 se muestra escéptico  con tanta publicación de libros.  Se imagina que recibe una carta del humanista Francesco Filelfo, que había muerto poco antes, en la que le da cuenta de  una discusión en los Campos Elíseos entre autores famosos del pasado . Algunos se muestran partidarios de la imprenta ya que sin ella las obras perecerían, pero otros se quejan porque la impresión “ahora es obra de hombres ignorantes que corrompen todo”.

    Conocida es también la opinión de Rousseau en su Emilio o Sobre la Educación:

    Yo odio los libros, porque enseñan a hablar de lo que no se sabe” (III, 145).

    Ningún otro libro que el mundo, ninguna otra instrucción que los hechos. El muchacho que lee no piensa, no hace más que leer: y no se instruye porque no aprende más que palabras” (III, 130),

    Todo lo dicho anteriormente se aplica a fortiori (con más motivo) al mundo de los ordenadores o computadoras, soporte no sólo externo al hombre sino que lo supera ampliamente por cuanto su información es ingente. En cierta manera, estamos tan acostumbrados hoy a la escritura desde la infancia que en algún sentido la sentimos como algo interno. No ocurre lo mismo con los ordenadores, con las computadoras, que por su complejidad y todavía novedad, nos parecen máquinas externas, técnicas ajenas no integradas en el conocimiento o sabiduría propia.

    Pero volviendo a Platón, éste  no cayó en la cuenta de que la escritura personal, propia de cada individuo, también es un elemento de identificación. Una nota manuscrita o firmada por un individuo es un documento que da fe incluso aun no estando presente el interesado, por lo que la escritura transciende el presente y se proyecta en el futuro.

    Tampoco cayó en la cuenta de la importancia que tendría el documento escrito. Si algo existe en el documento, más si el documento es oficial, ese algo existe en la realidad. En ello se basa toda la enorme burocracia que sostiene el aparato administrativo de los Estados. Quien figura, por ejemplo, en un libro registro de nacimientos, vivió realmente; aquel de quien no hay relación escrita, no existió, aunque realmente viviera.

    Durante mucho tiempo, la lectura se hacía vocalizando y en voz alta y de ello hay pruebas suficientes en el mundo antiguo; sólo muy tarde, la lectura se hace sin emitir sonido alguno, alejándose aún más del mundo oral. Y en cambio debería desarrollarse más en la escuela la “lectura bella”, la lectura en voz alta, la lectura sonora.

    Es cierto que los oradores podían escribir sus discursos, pero era para aprenderlos de memoria y exponerlos con la fuerza expresiva de la palabra oral.

    Es verdad que en la educación tardó más en disminuir la oralidad en beneficio del libro de texto, que parece haberse convertido ahora en instrumento único de educación desde la aparición de la imprenta y la generalización del libro impreso. La presencia del libro de texto en la educación en todos los niveles es, desde luego, excesiva y genera problemas serios o no atiende aspectos del desarrollo humano esenciales.

    Podemos concluir que la oralidad ha ido perdiendo importancia social y la escritura la ha ido aumentando en la propia vida social, cultural, jurídica, administrativa…

    Por lo demás, la escritura, que nunca queda descontextualizada, permite almacenar el saber, recuperarlo y transmitirlo también en un contexto, generalmente distinto de aquel en el que fue escrito, pero no por eso falso o inútil.

    Cuando hoy hablamos de escritura y de almacenamiento del saber debemos incluir también en el concepto los modernos sistemas digitales de conservación del saber, que preservan cantidades ingentes de información y facilitan su rápido acceso y utilización. Lo que el hombre necesita, pues, son los instrumentos y la capacidad para encontrar y utilizar esa ingente información para integrarla en el conocimiento.

    En cualquier caso, a la vista de lo que está ocurriendo, podemos preguntarnos con toda lógica, sobre los efectos de la buena o mala utilización de las nuevas tecnologías.

      Es lo que se pregunta Nicholas Carr en un sugerente artículo en la Revista The Atlantic, Julio-Agosto de 2008: Is Google Making Us Stupid? What the Internet is doing to our brains.

    O José Manuel Trabado Cabado, desde la Universidad de León, que afirma en su estudio "Saturación informativa y los nuevos cronotopos de lectura" que el sistema de hipertextos -los enlaces de la web- "amenaza con no dejarnos regresar nunca, prometiéndonos maravillas aquí y allá y tesoros camuflados en selvas demasiado grandes para los mapas del hombre".

    El asunto sobrepasa el objetivo de este blog, pero será de justicia reconocer que el fondo de la cuestión es el que hace 2.400 años planteó Platón.

    Y podemos aprovechar también la ocasión para enfatizar la importancia del diálogo y de la palabra, que llama “pequeño soplo”,  y su poder de persuasión, recogiendo las famosas  palabas del sofista  Gorgias de Leontinos en su Elogio a Helena, 8

    la palabra es un gran soberano que, con un pequeñísimo y muy invisible cuerpo, consigue efectos absolutamente divinos; pues en efecto, puede  eliminar el miedo, y suprimir el dolor, e infundir alegría, y aumentar la compasión.

  • La Biblioteca de Alejandría (4): Sabios, bibliógrafos y bibliotecarios

    Toda biblioteca ha de estar bien organizada con sus fondos bien catalogados. La de Alejandría parece que así estuvo y de alguna manera sentó las bases del arte de la biblioteconomía.

    Los rollos de papiro o los papiros enrollados se guardaban en armarios o estantes que precisamente se llaman   βιβλιοθήκαι , bibliothekai. Parece ser que los rollos o volúmenes estaban organizados y clasificados por géneros o materias (épica, lirica, tragedia, comedia, filosofía, medicina, retórica…) y dentro de ellos por orden alfabético de autores y de títulos. En el borde superior del rollo se colocaba una etiqueta con el “título” de la obra. (τίτλος en griego y titulus en latín significan precisamente y en primer lugar inscripción, rótulo, título,) o índice (index, de in– y dico, decir, anunciar, comunicar, señalar, significar, etc.)

    Calímaco de Cirene (310-240 a.C.) fue el segundo bibliotecario director oficial de la Biblioteca y se le considera el “padre de la bibliografía y de la biblioteconomía”, según esa costumbre popular de buscar padres para todo.

    Calímaco escribió una obra llamada PinakesCatálogo de los autores que brillaron en cada disciplina singularPinakes (griego Πίνακες) significa  "tablas") y en realidad es un catálogo de libros constituido a su vez por  más de 120 libros o rollos.  En ellos se encontraban clasificados todos los volúmenes de la Biblioteca. De cada autor se daba una pequeña biografía y la lista de sus obras con las palabras iniciales y referencia de su longitud, técnica clasificatoria de la que hay referencias en los archivos sumerios, hititas, asirios y babilonios. Pero no se utiliza un orden alfabético

    Nota: si la biblioteca es el lugar en donde se guardan y exhiben los libros, la pinacoteca, del latín pinacothēca, y este del griego πινακοθήκη y este de Πίνακες, tabla, será el lugar  en el que guardan y exhiben las tablas o pinturas.

    Es quien idea, pues, la clasificación por palabras clave y por autor. Obsérvese como todavía se sigue utilizando el mecanismo de usar las letras iniciales sea del autor o del título para clasificar una obra.

    En realidad Calímaco no pretende hacer un índice o catálogo de los libros existentes en la biblioteca, sino crear un instrumento que facilitase la labor de los estudiosos, dada la dificultad que entraña el tener que desenrollar un papiro para averiguar su autor o su contenido, ya que los papiros no tienen una portada o una página inicial con el nombre el autor o el título de la obra.

    Si aplicamos a “género literario” un significado amplio, podemos considerar que estaban clasificados por géneros literarios. Se establecieron seis secciones para la poesía y cinco para la prosa. Algunas de las categorías fueron autores épicos, trágicos, cómicos, historiadores, médicos, rétores, leyes, misceláneas; curiosamente faltan los filósofos.

    Así que Demetrio de Falera fue  probablemente el cerebro que diseñó la Biblioteca aplicando el método de la biblioteca de Aristóteles, aunque  no fue el primer director oficial.

    El primero  lo fue  Zenódoto de Efeso, al que se debe la invención de la crítica de textos por comparación de diversos manuscritos. En su afán de recopilar los libros existentes en su entorno, la Biblioteca pronto se encontró con numerosos ejemplares o copias de una obra que divergían entre sí o no coincidían exactamente o que contenían errores.  Zenódoto vió la necesidad de compararlos entre sí para determinar el texto inicial o el texto más aproximado y en consecuencia inventó la “crítica textual”,  trabajo al que los filólogos, en su afán de precisión y exactitud, dedican no pocos de sus infinitos esfuerzos. Con frecuencia incluso corrigen los textos en un afán de mejora y perfección de la obra; es decir al texto lo consideran perfectible o no un texto sagrado que no admite la más mínima modificación.

    Otro problema que exigió el estudio filológico es el hecho de atribuir a grandes autores numerosas obras que no eran de ellos; así se atribuían numerosos escritos de medicina a Hipócrates o libros de poemas que no eran la Ilíada o la Odisea a Homero.

    Zenódoto preparó ediciones críticas de Hesíodo, Píndaro y Homero.  Cada ciudad tenía su propia edición de Homero..Se calcula que Zenodoto pudo utilizar entre 20 y 30 ediciones de Homero (unas llevan la etiqueta “de las ciudades” y otras “del Museo”, haciendo referencia a su origen de alguna ciudad o a copias realizadas en el propio Museo.

    Este especialista en Homero consideró que la Ilíada y la Odisea eran las únicas obras de Homero y  es el responsable de la división de la Iliada y Odisea en 24 cantos, tantos como letras tiene el alfabeto griego, mayúsculas para la Iliada y minúsculas para la Odisea. Los alejandrinos se mostraron en general respetuosos con los textos y si tenían que hacer alguna rectificación lo hacían al margen en los llamados scholia  ( del lat. scholĭum, y este del gr. σχόλιον, comentario).

    También los alejandrinos dividieron la obra de Heródoto en nueve libros, dedicados a cada una de las  nueve musas.

    Diógenes Laercio nos cuenta, por ejemplo,  a propósito de Timón en el libro IX,113:

    Cuentan que Arato le preguntó cómo conseguir un texto fiable de los poemas de Homero; le respondió: ‘habrás de encontrar las copias antiguas, y no las que ya están corregidas’.

    Vitruvio nos cuenta en VII, pref.5-7 cómo Aristófanes de Bizancio, que conocía perfectamente la biblioteca, descubre a unos falsarios a propósito de un certamen poético convocado por el rey, en el que participó como juez. Como conocía perfectamente el orden de los libros, se levantó del jurado, fue a la estantería adecuada y regresó con los textos originales de unos libros que los participantes querían hacer pasar como propios.

    Véase https://www.antiquitatem.com/plagio-antiguo-biblioteca-de-alejandri

    Este trabajo filológico ha sido esencial desde que en el Renacimiento se intenta recuperar la cultura antigua. Aparecen, generalmente escondidos o perdidos  en las bibliotecas de los monasterios manuscritos de las obras latinas “supérstites”, supervivientes,  resultado de la copia de la copia de otra copia. Los errores de los copistas, que escriben de oído, muchas veces sin comprender lo que están transcribiendo, se acumulan y multiplican. Por eso es necesaria la crítica de esos textos, la “crítica textual”.  Por lo demás ese estudio genealógico del documento permite establecer el origen y el camino discurrido por el manuscrito, ahora ya en forma de códice o libro de hojas de piel de animal, más manejable que el antiguo volumen o rollo de papiro.

    A estos eximios bibliotecarios alejandrinos iniciales les sucedieron otros muchos eximios.  Así Apolonio de Rodas, autor de “El viaje de los Argonautas”,  luego el matemático Eratóstones de Cirene, que midió la circunferencia de la Tierra con un razonamiento trigonométrico impecable y con pequeño error de  precisión , Apolonio de Alejandría, Aristarco de Samotracia que fue el primero en afirmar que la Tierra gira alrededor del Sol, Aristófanes de Bizancio, que escribió un “léxico” de palabras antiguas o peculiares. Lexicon, (del gr. λεξικός,  y éste de .lexis, λέξις, palabra, voz,dicción) significa colección de palabras. Este mismo Aristófanes fue el primero en dividir la poesía en versos o kolon (del griego κῶλον kolon, = miembro),   en estrofas; hasta él se escribía de manera seguida como la prosa.

    Además de los scholia o comentarios marginales,  utilizaban la nota a pie de página y signos diversos de crítica textual, algunos se siguen utilizando, como una línea horizontal para marcar un verso sospechoso de espurio, el asterisco, en forma de estrella par indicar un versos repetido, etc.

    Los alejandrinos crearon, pues,  la filología como ciencia.

    Por la Biblioteca pasaron entre otros muchos sabios desde el siglo III a.C. al IV de nuestra era personas tan célebres, además de los directores citados,  como los matemáticos Euclides, Arquímedes, Teón de Alejandría; geógrafos e historiadores como Manetón, Diodoro de Sicilia y Estrabón, Teofrasto el botánico; filósofos como Dídimo, Filón de Alejandría y Plotino; poetas como Calímaco y Teócrito o Licofrón; retóricos como Ateneo,; astrónomos y geógrafos como Claudio Ptolomeo y Estrabón; médicos como Herófilo de Calcedonia, Erasístrato y Galeno. Es curioso que no se citen nombres de filósofos en cuanto tales.

    ¿Cómo no va a generar una verdadera atracción y admiración este elenco de tantos sabios? ¿Qué universidad o academia actual no se sentiría y aun explotaría orgullosa tal nómina?

    En verdad que en Alejandría estuvo el fundamento y base de la ciencia y cultura occidentales.
     

  • “No esperes de los amigos lo que puedas hacer tu mismo”. (Ne quid exspectes amicos, quod tute agere possies).

    Hace pocos días un buen amigo de elevada sensibilidad literaria se servía de la frase presuntamente atribuida a Shakespeare “Siempre me siento feliz, ¿ sabes por qué ?
    Porque no espero nada de nadie; esperar siempre duele”. La frase admite dos interpretaciones, una negativa y de desesperanza y otra positiva de autoconfianza, de seguridad en las propias fuerzas y recursos. Mi amigo se decantaba por esta segunda.

    La frase, que aparentemente nada tiene que ver con el Mundo Antiguo,   me suscitó tres reflexiones que quiero compartir.

    La primera se refiere a la paternidad de la citada frase. Decía en la introducción “atribuida”.  No he logrado constatar la autoría shakespiriana; es más rebuscando en español y en inglés coincido con la opinión mejor formada,  de los comentaristas más serios, de que esta frase y el resto de versos que la suelen acompañar, al menos tal cual se cita, no es de Shakespeare.  Pudiera ser un refrito de diversos pasajes e ideas del dramaturgo inglés, pero muy probablemente ni ese es el origen. Como en tantas otras ocasiones, se atribuyen pensamientos y citas a autores famosos para dotarles de un especial prestigio. Esto es tan viejo como la historia de la Literatura y del pensamiento. Estas falsas  citas se replican y multiplican ahora a la velocidad de la luz, que es a la que se mueven los bits de los modernos instrumentos digitales.

    La segunda consideración es que, sea cual sea el origen y el padre de la cita, la frase no carece de interés y puede ser motivo de afortunadas reflexiones. Me recuerda al filósofo griego tardío que probablemente más insistió en la idea de que es en nosotros mismos en quienes debemos confiar para orientar y dar sentido a nuestra vida. Me refiero a Epicteto (55-135), filósofo estoico griego que vivió parte de su vida en Roma como esclavo.  No sabemos que escribiera nada, pero su discípulo Flavio Arriano tomó nota y publicó sus pensamientos en dos obras llamadas Discursos (Διατριβαί, diatribai) y  Enchiridión,  Ἐγχειρίδιον) o 'Manual'.

    Nota: “Enquiridión” deriva del lat. enchiridĭon, y este del gr. ἐγχειρίδιον, manual, a su vez  compuesto de (χείρ) kheír,  ‘mano’; palabra que por cierto encontramos también en  kheirurgía (χειρουργία) ‘operación quirúrgica’, cirujía y cirujano, propiamente el que trabaja con las manos,  y en quiromancia (χειρομαντεία) queiromanteia, o adivinación por las rayas de la mano.

    Es muy aconsejable la lectura de su Enchiridión o Manual, del que  reproduzco, por venir al caso  el número 15:

    Recuerda que debes comportarte en la vida como si fuera un banquete. ¿Te ha llegado un plato? Extiende tu mano y coge de él con moderación. ¿Te pasa de largo? No intentes cogerlo. ¿No te ha llegado todavía? No te lances con deseo hacia él; espera a que esté junto a ti. Actúa igual con los amigos, con tu mujer, con los cargos públicos y las riquezas y serás digno de ser admitido al banquete de los dioses. Y si ni siquiera coges lo que te ofrecen y te contentas con lo necesario para vivir, entonces no sólo serás un convidado de los dioses sino que reinarás igual a ellos. Por obrar así es por lo que Diógenes y Heráclito y algunos otros fueron con justicia llamados hombres divinos, como eran.

    La tercera consideración es que la frase en cuestión me recordaba un pasaje de la curiosa y abigarrada obra de Aulo Gelio titulada Noches Aticas, en el que recoge de Quinto Ennio una fábula del griego Esopo. Reproduzco íntegro el pasaje de Gelio, correspondiente al Libro II, 29

    No carece de utilidad recordar una fábula del frigio Esopo.

    Con todo merecimiento fue considerado un sabio Esopo, el famoso fabulista de Frigia, que ni ordenó ni censuró de manera severa y autoritaria lo que es conveniente advertir y aconsejar, como tienen por costumbre los filósofos, sino que imaginando agradables y atractivas fábulas,  infunde en la mente y en el espíritu de los hombres ideas pensadas para prevenir y ser útiles y además con indudable placer para el oído.

    Así,   ésta  su fábula sobre el nido de un pajarillo advierte elegante y agradablemente que no se ha de poner nunca la esperanza y confianza de las cosas que alguien puede hacer en otro sino en uno mismo.

    Hay –dijo- un pajarillo pequeño que se llama alondra. Habita y nidifica en la mies casi en el momento de la cosecha para alimentar a sus polluelos cuando están emplumando.

    Casualmente esta alondra lo había hecho en una mies ya madura, porque los polluelos todavía no volaban entre los trigos que amarilleaban. Así pues a punto de marchar  ella para buscar alimentos para los polluelos, les advierte que, si ocurría allí alguna novedad o se dijera algo, que tomaran nota para decírselo cuando regresara.

    Luego, el dueño de aquellas mieses llama a su hijo y le dice: “¿no ves que estas mieses ya están maduras y están pidiendo nuestras manos (para segarlas)? Por tanto mañana, tan pronto amanezca, vete a ver a los amigos y pídeles que vengan,  que nos den su ayuda mutua y que nos ayuden con esta mies”.

    Despues de decir esto se marchó. Y cuando volvió la alondra, los pollos temblando y asustados saltaban alrededor y pedían a su madre que se diera prisa inmediatamente y que los llevase a otro lugar: “pues el dueño –decían- ha enviado a pedir a los amigos que al amanecer  vengan y lo sieguen". La madre les ordena que se tranquilicen: “pues si el dueño –les dice- ha encargado la cosecha a los amigos, mañana no se segará la mies y no es necesario que os saque hoy de aquí.

    Al día siguiente –dijo- la madre se va volando en busca de alimento. El dueño aguarda a los que había pedido ayuda. El sol abrasa y no ocurre nada; se pasa el día y ningún amigo acude. Entonces el dueño le dice de nuevo a su hijo: estos amigos, en su mayor parte, son unos holgazanes. ¿Por qué no vamos mejor a nuestros parientes y familiares y les pedimos que acudan mañana temprano para segar?”

    Los polluelos aterrorizados cuentan esto mismo a su madre. Su madre les anima a que también entonces estén sin miedo y sin preocupación; les dice que por lo general no hay parientes y familiares tan generosos que acudan sin dudar a trabajar y obedezcan inmediatamente una petición: “vosotros –les dice- observad sólo si le dice algo de nuevo”.

    Amanecido un nuevo día el ave se marchó a buscar comida. Parientes y familiares pasaron del trabajo que se les había pedido que prestaran. Finalmente pues, el dueño dijo a su hijo: “que a los amigos con los parientes les vaya bien. Con la primera luz traerás dos hoces, una para mí mismo y tú cogerás la otra y mañana segaremos nosotros mismos el trigo con nuestras propias manos”. Cuando la madre oyó de sus polluelos que el dueño había dicho esto, dijo: “es el momento de retirarse y marcharse de aquí; ahora ocurrirá sin la menor duda lo que dijo que iba a ocurrir, pues el  asunto, que es suyo, depende ya  de él mismo y no de otro al que pedir ayuda”.

    Y así la alondra cambió el nido y la mies fue segada por su dueño.

    Esta es ciertamente una fábula de Esopo sobre la, muchas veces, frágil e insegura confianza en los amigos y parientes.

    Pero.¿qué otra cosa aconsejan los libros más sagradosde los filósofos, sino que nos apoyemos sólo en nosotros mismos, y que todas las otras cosas que están fuera de nosotros y de nuestro alcance,  ni las consideremos adecuadas para los nuestros ni para nosotros?

    Q. Ennio compuso en sus sátiras esta fábula de Esopo, de manera sabia y agradable,  en versos de cuatro medidas (de ocho pies).

    Estos son los dos últimos versos, que creo, por Hércules, que merece la pena tener en el corazón y en la memoria:

                                Tendrás siempre colocado ante tus ojos esta máxima:
                                no esperes de los amigos lo que puedas hacer tú mismo”

    Apologus Aesopi Phrygis memoratu non inutilis.
    Aesopus ille e Phrygia fabulator haut inmerito sapiens existimatus est, cum, quae utilia monitu suasuque erant, non severe neque imperiose praecepit et censuit, ut philosophis mos est, sed festivos delectabilesque apologos commentus res salubriter ac prospicienter animadversas in mentes animosque hominum cum audiendi quadam inlecebra induit.  Velut haec eius fabula de aviculae nidulo lepide atque iucunde promonet spem fiduciamque rerum, quas efficere quis possit, haut umquam in alio, set in semetipso habendam.  "Avicula" inquit "est parva, nomen est cassita.  Habitat nidulaturque in segetibus id ferme temporis, ut appetat messis pullis iam iam plumantibus.  Ea cassita in sementes forte congesserat tempestiviores; propterea frumentis flavescentibus pulli etiam tunc involucres erant.  Dum igitur ipsa iret cibum pullis quaesitum, monet eos, ut, si quid ibi rei novae fieret dicereturve, animadverterent idque uti sibi, ubi redisset, nuntiarem.  Dominus postea segetum illarum filium adulescentem vocat et "videsne" inquit "haec ematuruisse et manus iam postulare? idcirco die crastini, ubi primum diluculabit, fac amicos eas et roges, veniant operamque mutuam dent et messim hanc nobis adiuvent."  Haec ubi ille dixit, et discessit. Atque ubi redit cassita, pulli tremibundi, trepiduli circumstrepere orareque matrem, ut iam statim properet inque alium locum sese asportet: "nam dominus" inquiunt "misit, qui amicos roget, uti luce oriente veniant et metant".  Mater iubet eos otioso animo esse: "si enim dominus" inquit "messim ad amicos reicit, crastino seges non metetur neque necessum est, hodie uti vos auferam." Die" inquit "postero mater in pabulum volat. Dominus, quos rogaverat, opperitur. Sol fervit, et fit nihil; it dies, et amici nulli eunt.  Tum ille rursum sum ad filium: "amici isti magnam partem" inquit "cessatores sunt. Quin potius imus et cognatos adfinesque nostros oramus, ut assint creas temperi ad metendum?" Itidem hoc pulli pavefacti matri nuntiant.  Mater hortatur, ut tum quoque sine metu ac sine cura sint; cognatos adfinesque nullos ferme tam esse obsequibiles ait, ut ad laborem capessendum nihil cunctentur et statim dicto oboediant: "vos modo" inquit "advertite, si modo quid denuo dicetur".  Alia luce orta avis in pastum profecta est. Cognati et adfines operam, quam dare rogati sunt, supersederunt.  Ad postremum igitur dominus filio: "valeant" inquit "amici cum propinquis. Afferes primo luci falces duas; unam egomet mihi et tu tibi capies alteram, et frumentum nosmetipsi manibus nostris cras metemus".  Id ubi ex pullis dixisse dominum mater audivit: "tempus" inquit "est cedendi et abeundi; fiet nunc dubio procul, quod futurum dixit. In ipso enim iam vertitur, cuia res est, non in alio, unde petitur".  Atque ita cassita nidum migravit, seges a domino demessa est." Haec quidem est Aesopi fabula de amicorum et propinquorum quorum levi plerumque et inani fiducia.  Sed quid aliud sanctiores libri philosophorum monent, quam ut in nobis tantum ipsis nitamur, alia autem omnia, quae extra nos extraque nostrum animum sunt, neque pro nostris neque pro nobis ducamus?  Hunc Aesopi apologum Q. Ennius in satiris scite admodum et venuste versibus quadratis composuit.  Quorum duo postremi isti sunt, quos habere cordi et memoriae operae pretium esse hercle puto:

    hoc erit tibi argumentum semper in promptu situm:
    ne quid exspectes amicos, quod tute agere possis.

  • Democracia es igualdad

    En la antigua Grecia, los Atenienses tenían cierto complejo de superioridad respecto de los restantes helenos o griegos. Se sentían orgullosos de su ciudad, de su Acrópolis (de ἄκρος, extremo, alto y πόλις, ciudad), = ciudad elevada, la ciudad alta, la ciudadela, la fortaleza en la que se encontraba el templo grandioso de su diosa Atenea, su epónima,la que le da nombre, la virgen (le llaman Παρθένος Ἀθηνᾶ, Atenea parthenos; parthenos significa “virgen”); sobre todo se sentían orgullosos de su “democracia” (de δῆμος , demos que significa «pueblo» y κράτος (krátos, que significa «poder o gobierno”).

    Después de la etapa antigua monárquica, que se refleja en la Iliada,  y de la aristocrática, también reflejada en Homero,  implantaron un sistema de gobierno en el que todos los ciudadanos (los que lo son) forman parte de la asamblea y tienen acceso por sorteo o por elección a los cargos políticos. Por radicar el poder en la asamblea del pueblo (demos) le llamaron democracia.

    Se trata de una democracia directa, porque son pocos los ciudadanos: apenas treinta mil ciudadanos tienen derecho a voto y de ellos suelen participar cinco o seis mil. La democracia griega fue la primera en la Historia y a los atenienses les corresponde el mérito de su creación. Pero la democracia ateniense tiene muchas limitaciones para ser perfecta. En otra ocasión lo comentaré con más profundidad.

    Curiosamente, los atenienses se sienten orgullosos de su democracia, pero la mayor parte de los textos conservador se manifiestan críticos y en contra y suelen mantener una postura más elitista y aristocrática. Así por ejemplo Platón, que defiende un gobierno o constitución oligárquico. Platón en realidad sería en terminología actual un conservador extremo, que no sólo no cuestiona la sociedad esclavista, sino que propone una constitución para la polis en la que hay tres clases de ciudadanos prácticamente impermeables entre sí, los gobernantes o filósofos, los guerreros y los tra bajadores.

    Uno de los problemas que suelen presentar algunos críticos antiguos es el de la insuficiente preparación técnica y cultural del pueblo para decidir sobre complejas cuestiones de gobierno y el de la facilidad con la que el “pueblo” se deja arrastras por “demagogos” desaprensivos.

    Esta cuestión se sigue planteando de manera similar en las democracias modernas por personas que no aceptan la igualdad radical de las personas. Bastaría reflexionar  sobre la disparidad de opiniones entre las personas teóricamente bien formadas intelectualmente para poder afirmar que poco deben tener que ver los “estudios superiores” con una determinada opción ideológica o política.

    Pues bien, la cuestión la plantea claramente Platón en su diálogo “Protágoras”  y la resuelve con el relato de un mito, técnica con la que aborda la explicación de cuestiones importantes. Yo me permito reproducir el planteamiento y solución de Platón utilizando la traducción española que Francisco de P. Samaranch hizo para la editorial Aguilar en la edición de las obas completas del filósofo griego. Tal vez así algún lector elitista y aristocrático entienda también por qué todas las personas han de ser iguales ante la ley (isonomía) e iguales para desempeñar cargos políticos (isegoría).ç

    El planteamiento de la cuestión y el relato del mito ocupa Protágoras, 319a –328c. Entre otros interlocutores dialogan  Sócrates y Protágoras. Sócrates afirma que la “política” o la “virtud de la política” no la puede enseñar un hombre a otro. Plantea Sócrates que cuando se reúne la “asamblea” de los atenienses escuchan a los técnicos en las diversas materias de las que se trata, pero en cambio cuando se trata de asuntos políticos:

    Si, en cambio, se trata de los intereses generales de la ciudad, vemos que se levantan indistintamente para tomar la palabra arquitectos, herreros, curtidores, comerciantes y marinos, ricos y pobres, nobles y gentes del vulgo, y nadie les echa en cara, como en el caso anterior, que se presen tan allí sin estudios previos, sin nunca haber tenido maestros, a dar algún consejo: prueba evidente de que nadie considera que esta sea materia de enseñanza.
           ……….
    los ciudadanos más sabios y mejores son incapaces de transmitir a otros la virtud que ellos mismos poseen.
          ………….

    Protágoras disiente, naturalmente:

    No te la negaré, Sócrates; pero ¿quéréis que os la presente yo, un viejo hablando a jóvenes, bajo la forma de un mito o en forma de un razonamiento explicativo?
    Muchos oyentes le dijeron que lo  hiciera como quisiera.

    Protágoras empleará un mito:

    -Pues bien-dijo–: me parece que un mito será más agradable.

    Era en aquel tiempo en que los dioses ya existían, pero en que no existían aún los linajes mortales. Cuando llegó el momento que había determinado el Destino para el nacimiento de estos, los dioses los modelaron en las entrañas de la tierra con una mezcla de tierra, fuego y las demás sustancias que se pueden combinar con el fuego y la tierra. En el momento de sacar los a la luz, los dioses mandaron a Prometeo y a Epimeteo que distribuyeran de manera conveniente entre ellos todas las cualidades que ellos tenían que poseer. Epimeteo rogó a Prometeo le dejara a él el cuidado de hacer por sí mismo la distribución: «Cuando esta esté lista-dijo–, tú inspeccionarás mi obra.» Concedido el permiso, él se puso manos a la tarea.

    En esta distribución, dio a los unos la fuerza, sin la rapidez; a los más débiles, les asignó la cualidad de la rapidez; a los unos les concedió armas, y a los que por naturaleza estaban inermes, inventó alguna otra cualidad que pudiera garantizar su salvación. A los que les daba un tamaño muy pequeño, les concedía la capacidad de huida volando o bien el vivir bajo tierra. A los que tenían un tamaño muy grande, los salvaba mediante el mismo tamaño. En una palabra: mantuvo un equilibrio entre todas las cualidades. Y en esta diversidad de inventos, se preocupaba él de que ninguna raza pudiera desaparecer.

    Luego de haber pertrechado a todos de manera suficiente contra las destrucciones mutuas, se ocupó de darles defensas contra las inclemencias que proceden de Zeus, revistiéndolos de pelos espesos y pieles gruesas, que sirvieran de abrigo contra el frío, así como también contra el calor, y, además, para cuando fueran a dormir, de cubiertas naturales y adecuadas a cada viviente. A los unos les calzó cascos o pezuñas; a los otros, de cueros duros y carentes de sangre. Luego se preocupó de dar a cada uno un alimento distinto: a los unos, las hierbas de la tierra; a los otros, los frutos de los árboles; a los otros, sus raíces; a algunos les asignó como alimento la carne de los otros. A esos les dio una posteridad poco numerosa, y a sus víctimas les tocó en herencia la  fecundidad, salvación de su especie.

    Ahora bien: Epimeteo, cuya sabiduría era imperfecta, había ya gastado, sin darse cuenta de ello, todas las facultades en favor de los animales, y le quedaba aún por proveer de las suyas a la especie humana, con la que, falto de recursos, no sabía qué hacer. Estando en este embrollo, llega Prometeo para inspeccionar el trabajo. Ve todas las demás razas armoniosamente equipadas para vivir, y al hombre, en cambio, desnudo, sin calzado, sin abrigos, sin armas. Y había llegado el día señalado por el Destino para que el hombre saliera de la tierra a la luz.

    Prometeo, ante esta dificultad, no sabiendo qué medio de salvación encontrar para el hombre, se decidió a robar la sabiduría artística de Hefesto y Atenea y, al mismo tiempo, el fuego -ya que sin el fuego era imposible que esta sabiduría fuera adquirida por  nadie o que prestara ningún servicio- y luego, hecho esto, hizo donación de ello al hombre.  

    De esta manera el hombre recibió en posesión las artes útiles a la vida, pero se le escapó  la política; esta, en efecto, se encontraba en  Zeus; ahora bien: Prometeo no tenía ya tiempo de entrar en la Acrópolis, la mansión de Zeus; además, a las puertas de la misma había centinelas muy temibles. Pero sí pudo entrar, sin ser visto, en el taller en que Hefesto y Atenea practicaban juntos las artes de su afición, de forma que habiendo robado a la vez las artes del fuego que corresponden a Hefesto y las demás artes que son patrimonio de Atenea, pudo darlas a los hombres. Por esta razón el hombre está en posesión de todos los recursos necesarios para la vida, y también por este motivo se dice que Prometeo fue luego acusado de robo.

    El hombre, al participar de las cualidades divinas, fue primeramente el único animal que honró a los dioses, y se dedicó a construir altares e imágenes de deidades: tuvo, además, el arte de emitir sonidos y palabras articuladas, inventó las habitaciones, los vestidos, el calzado, los medíos de abrigo y los alimentos que nacen de la tierra. Pertrechados de esta manera para la vida, los seres humanos vivieron primero dispersos, sin que existiera ninguna ciudad; así, pues, eran destruidos por los animales, que siempre y en todas partes eran más fuertes que ellos, y su ingenio, suficiente para alimentarlos, seguía siendo impotente para la guerra contra los anímales; la causa de esto estaba en que no poseían el arte de la política, del que el arte de la guerra es una parte. Buscaban, pues, la manera de reunirse y de fundar sus ciudades para defenderse. Pero, una vez reunidos, se herían mutuamente, por carecer del arte de la política, de forma que comenzaban de nuevo a dispersarse y a morir.

    Entonces Zeus, preocupado al ver que nuestra especie amenazaba con desaparecer, mandó a Hermes que trajera a los hombres el pudor y la justicia, para que en las ciudades hubiera armonía y lazos creadores de amistad.

    Hermes, pues, preguntó a Zeus de qué manera debía dar a los humanos el pudor y la justicia: «¿He de distribuirlas como las demás artes? Estas se hallan distribuidas de la siguiente forma: un solo médico es suficiente para muchos profanos, y lo mismo ocurre con los demás artesanos. ¿Es esta la manera en que he de implantar la justicia y el pudor entre los humanos o he de distribuirlos entre todos?» «Entre todos-dijo Zeus-, que cada uno tenga su parte en estas virtudes; ya que si solamente las tuvieran algunos, las ciudades no podrían subsistir, pues aquí no ocurre  como en las demás artes; además, establecerás, en mi nombre esta ley, a saber: que todo hombre incapaz de tener parte en la justicia y el pudor debe ser condenado a muerte, como una plaga de la ciudad”

    Por este motivo, Sócrates, los atenienses,  así como los demás pueblos, cuando se trata  de valorar el mérito en arquitectura o en cualquier otro oficio, solo a unos pocos hombres  les conceden el derecho de formular una opinión y no toleran, como bien dices, ningún consejo de parte de los que no pertenecen a esta minoría; y repito que esto es muy lógico; por el contrario, cuando se trata de aconsejarse sobre una cuestión de virtud política, consejo este que abarca todo el campo de la justicia y el pudor, es lógico que dejen hablar a cualquiera, por estar convencidos de que todos deben tener parte en dicha virtud a fin  de que sea posible la existencia de las ciudades.  Ahí tienes, Sócrates, la causa de este hecho.
      ………….
    Esto es lo que tenía que decir yo sobre  este punto, a saber: que si los atenienses admiten, en cuestiones de justicia, los consejos del primero que se presenta, se debe a la convicción de que todos los hombres tienen parte en la justicia.

    Que, por otra parte, según su forma de sentir, la justicia no es fruto ni de la naturaleza ni de la casualidad, antes bien se enseña, y que los que la poseen deben esto a su aplicación, es lo que voy a intentar probarte ahora.
    …………..

    Creo haberte demostrado suficientemente, Sócrates, que tus conciudadanos no yerran al escuchar, en punto a política, los consejos y opiniones de un herrero o de un curtidor; y en segundo lugar, que ellos estiman que la virtud puede enseñarse y transmitirse.

    …….
    Y concluye con la necesidad de que la sociedad forme al ciudadano  desde la infancia:

    Piensa, en efecto, en esto: ¿Hay alguna cosa en la que todos los ciudadanos deban necesariamente tener parte, para que sea posible la existencia de una ciudad o no? La solución del problema que tú planteas o está ahí o no está en ninguna parte.

    Si es verdad que existe este algo, y si esta cosa única no es el arte del carpintero, del fundidor o del alfarero, sino la justicia, la templanza, el conformarse con la ley divina y todo lo que, en una sola palabra, llamo la virtud característica del hombre; si hay en eso una cosa en la que todos deben tener parte, en la que todo el mundo debe encontrar modelo para sus acciones, sea lo que fuese por lo demás lo que uno aprenda o haga, sin nunca apartarse de él; y en caso de que alguien se mantuviera al margen de ello, si es conveniente instruirlo o castigarlo, sea niño, hombre o mujer, hasta que la corrección lo haya hecho mejor, o en caso contrario, si es preciso, cuando las correcciones y los consejos no consiguen nada, considerarlo como incurable y expulsarlo o hacerlo morir; si todo esto, digo, es verdad y si, siendo así las cosas, pese a todo, los hombres de bien se lo enseñan todo a sus hijos, con excepción de esto, ¡tú verás qué es lo que habrá que pensar de los hombres de bien! En la vida pública y en la vida privada saben ellos, como hemos demostrado, que la virtud se puede enseñar; solo que, sabiendo lo que se puede hacer con el estudio y los cuidados, no enseñan a sus hijos más que las cosas cuya ignorancia no lleva consigo ningún riesgo de muerte; en cambio, aquellas cosas que, a falta de una enseñanza y un cultivo de la virtud, pueden llegar a ser para sus hijos una causa de muerte o de destierro, las que pueden además traer consigo la confiscación de sus bienes y, por así decir, la destrucción total de sus linajes, ¡esas no se preocupan de enseñárselas ni consagran a ellas todos sus cuidados! ¿Se puede admitir eso, Sócrates?

    En la realidad, las lecciones y las exhortaciones se comienzan cuando la niñez y se continúan durante toda la vida.  Apenas el niño empieza a comprender el lenguaje, la nodriza, la madre, el pedagogo, el mismo padre, se esfuerzan sin tregua en hacerlo lo más perfecto posible; aprovechando todo lo que él hace o dice, le prodigan lecciones y explicaciones: esto es justo y esto injusto, esto es bello y esto es feo, esto es piadoso y esto impío; haz esto, no hagas aquello. Si el niño obedece por sí mismo, nada mejor; de lo contrario, se le endereza con amenazas y golpes, de la misma manera que se endereza un bastón retorcido y curvado.

    Más tarde, cuando ya se le envía a la escuela, se recomienda mucho más al maestro la buena conducta del niño que sus progresos en el conocimiento de las letras o de la citara; el maestro, por su parte, pone en ello el máximo cuidado y, cuando los niños saben sus letras y están en disposición de comprender las palabras escritas, como ocurriera antes.

    Luego cuando saben leer, aprenden los versos de los grandes poetas y los ejemplos de los antiguos héroes. Luego se entrenan para tener un  cuerpo sano y fuerte. Y finalmente:

    Cuando ya han abandonado la escuela, es entonces la ciudad la que a su vez los fuerza a aprender las leyes y a conformar a ellas su vida.

    ¿Es admisible que dos mil cuatrocientos años después siga habiendo quien cuestione el derecho de todos los hombres a participar en las decisiones que afectan al gobierno de la sociedad en la que viven?
     

  • Todos y todas, los muchachos y las muchachas, κόρους τε ἅμα καὶ κόρας (kórous te áma kaì kóras), πάντ᾽ ἄνδρα καὶ γυναῖκα (pánt’ándra kaì gynaîka)

    Uno de los cambios más importantes que se ha originado en la sociedad moderna occidental y en buena medida en todo el mundo es el de la igualdad entre hombres y mujeres; igualdad legal total y real tan sólo en parte en el status o función social.

    Esta tendencia afortunadamente imparable se intenta reflejar en el lenguaje, en el que se procura evitar toda connotación sexista o machista. En ese intento hay quien utiliza simultáneamente el artículo y otros determinantes en sus formas masculina y femenina (el/la; los/las) o los propios sustantivos en sus formas masculina y femenina si es que las tuvieran (chicos/ chicas, hombres/ mujeres, ciudadanos/ciudadanas…).

    Sabemos que en el Mundo Antiguo la mujer juega un escaso papel social, recluida generalmente en el hogar doméstico, (o en una parte del hogar, en el gineceo  del latín gynaecēum, y este del griego γυναικεῖος y este de γυνή, gyné, que significa mujer) y limitada su función a la procreación y cuidado de los hijos y al gobierno de la casa. Pero esta idea general debe ser matizada y la realidad conocida con alguna precisión.

    Probablemente sorprenderán al lector moderno algunas de sus fórmulas lingüísticas no sexistas y muchas de las ideas que Platón expone en sus diálogos en los que diseña el sistema político de una nueva ciudad ideal, de una nueva polis. Lo hace fundamentalmente en sus diálogos La República  y Las Leyes.

    Entre esas ideas no serán las que menos asombro produzcan las referidas a la educación y la función que la mujer ha de desempeñar en la sociedad. Leamos algunas de las cosas que dice Platón en la traducción que para editorial Aguilar hizo Francisco de P. Samaranch:

         ATENIENSE: … He aquí una cosa que, de manera muy conveniente, podrían imitar tanto los jóvenes como las jóvenes (κόρους τε ἅμα καὶ κόρας)  honrando así el juego que encantará a la diosa, y preparándose así no sólo para las fiestas, sino también para la guerra. (Las Leyes, 796c)
                                              …………………….
         ATENIENSE: …. Por consiguiente, todo hombre y toda mujer (πάντ᾽ ἄνδρα καὶ γυναῖκα), a lo largo de toda su vida, deben acomodarse lo mejor posible a este papel, jugando a los juegos más bellos que pueda haber, pero con pensamientos totalmente distintos de los que tienen hoy en día.

    CLINIAS: ¿Qué quieres decir?                                                   (Las Leyes, 803c- 803d)

        …………


      Estas fórmulas no deben extrañarnos si lo que está proponiendo es una educación y una función iguales para los jóvenes y las jóvenes.  Por eso dice poco después:

    ATENIENSE: … Volviendo a nuestro tema, habíamos prescrito se construyeran gimnasios, así como también escuelas públicas, en tres lugares del centro de la ciudad y, asimismo, en las afueras de la ciudad otros tres gimnasios y campos de ejercicio para la equitación, para el tiro del arco y para otras clases de tiro a larga distancia, a fin de atender a la instrucción y adiestramiento de los jóvenes.
    Si nuestras prescripciones no fueron entonces suficientemente explícitas, aclarémoslas aquí dándoles forma de leyes. En todos estos edificios deberán residir, como maestros encargados de cada una de las disciplinas, extranjeros a quienes se haya convencido pagándoles bien; ellos enseñarán a sus discípulos todo aquello que sea útil para la guerra y todo lo que concierne a la música. Pero lo que no admitiremos es que este tal frecuente la escuela porque su padre lo quiera, mientras que aquel otro a quien no le obligan, se abandone y falte a ella; no, antes obligaremos a que se haga instruir todo el mundo y en la medida de lo posible, porque pertenecen a la ciudad más aún que a sus padres.
    La ley que yo quiero promulgar impondrá otro tanto a las mujeres, igual que a los varones, es decir, que las mujeres deberán formarse de la misma manera; y lo diré sin dejarme amilanar por la objeción  de que ni la equitación ni la gimnasia, que son decentes para los hombres, no son decentes para las mujeres; estaba antes persuadido de ello por haber oído algunos mitos antiguos, pero mucho más ahora que he sabido que en torno al Ponto hay miles y miles de mujeres, llamadas sauromátides, a las que se impone, con el mismo título que a los hombres,  y que practican igual que los hombres, la equitación, así como el tiro del arco y el ejercicio con las demás armas.
    A esto añado yo, manteniéndome dentro del mismo tema, el razonamiento que sigue: puesto que es posible una costumbre de este tipo, el que actualmente gobierna en nuestros países  posee una notable necedad al prohibir a los hombres y a las mujeres que practiquen, todos juntos, con todas sus fuerzas y animados de un mismo espíritu, los mismos ejercicios. De aquella forma, en efecto, todas las ciudades o casi todas, haciendo los mismos gastos y con las mismas dificultades, llega a ser no más que una media ciudad, en lugar de valer como dos ciudades; y sería realmente sorprendente que un legislador cometiera una falta como esta.
    CLINIAS: Eso parece; no obstante, en todo esto que nosotros estamos exponiendo hay muchas cosas que se oponen a las constituciones existentes en la actualidad.
    …..
    ATENIENSE: …. pero ahora habrá que buscar otra táctica para obstinarse en negar esta ley, y tales negativas no van a extinguir el vigor con que nosotros no cejaremos en nuestra exigencia de que en la medida de lo posible, para la educación como para todo lo demás, la mujer comparta los trabajos del hombre.
    (Las Leyes, 804c- 805d)

    Nótese cómo el argumento de que sólo los  necios, incluidos los gobernantes,  prescindirían de la mitad de la población y construir media ciudad en vez de dos ciudades es de absoluta actualidad.

    Quien sienta curiosidad por propuestas tan  antiguas y tan modernas  deberá leer los diálogos de Platón citados. En ellos los pasajes llamativos, similares al citado,  son numerosos.  Desgraciadamente Platón fracasó en esta cuestión a la hora de hacer realidad su propuesta de ciudad ideal en Sicilia y ello le produjo cierta amargura y buena dosis de realismo, como se refleja en Las Leyes y en su República .

    Profundizaré en otra ocasión en estas  propuestas  de Platón, a las que por cierto poco caso se hizo en la Edad Antigua , Media y hasta en ocasiones en la Contemporánea.
     

  • La embriaguez engendra seres deformes

    El filósofo, político y escritor Henri-Benjamin Constant, francés nacido en Suiza (1767-1830) escribió en 1816 un famoso discurso o tratado titulado «Acerca de la libertad de los antiguos comparada a la de los modernos».

    Su tesis es que los antiguos (naturalmente los ciudadanos) tenían la libertad y obligación de participar en la vida política de la polis o estado pero en cambio su libertad en la vida privada quedaba muy limitada por las leyes. En el hombre moderno ocurre al contrario: las leyes protegen la libertad en la vida privada en la que apenas interviene el poder público pero dificulta su participación en la vida pública, dada sobre todo la amplitud y extensión de las sociedades modernas.

    Constant tuvo una importante influencia en los movimientos liberales de su época; merece la pena leer su discurso, a pesar de las matizaciones que hoy haríamos a sus afirmaciones.

    Pues bien, como es conocido, Platón pretende sobre todo en sus dos diálogos “La República o de la Justicia”  y “Las leyes o de la legislación”  diseñar una ciudad-estado ideal en la que los gobernantes sean los mejores ciudadanos, que el identifica con los filósofos. Sus leyes se proponen regular aspectos de la vida privada de los ciudadanos, tal como decía Constant, que hoy  sólo piden de las leyes y de los estados su protección frente a la injerencia  de otros o del propio estado.

    Ahora bien, algunas de las normas que Platón propone, fruto de su especulación filosófica más que de la experiencia, nos resultan hoy enormemente curiosas. Por ejemplo en Leyes 774a (libro VI) indica cómo los ciudadanos han de casarse éntre los 25 y los 35 años; poco después, en 735b nos dice que la edad de casarse entre las muchachas ha de ser entre los dieciséis y los veinte años y la de los muchachos entre los treinta y los treinta y cinco: así mismo indica  cómo han de ser sancionados con multas en proporción a su clase social quienes incumplan una norma de tanto interés para la supervivencia de la propia ciudad.

    Pero citaré textualmente un párrafo que se refiere a la obligación que los ciudadanos tienen de engendrar hijos sanos para el bien de la sociedad.

    Conocida es la afición que los griegos concedía al banquete o convite, en el que corre abundantemente el vino. Pues bien, dice Platón en Leyes, 775b -775e. (libro VI):

          “ Beber hasta la embriaguez no es conveniente en ninguna parte ni ocasión, de no ser en las fiestas del dios que nos ha dado el vino, ni es cosa que carezca de peligros, sobre todo cuando se está pensando en bodas, durante las cuales es muy conveniente que el novio y la novia sean especialmente dueños de su razón al hacer un cambio tan notable en sus vidas, y para que así mismo el hijo sea engendrado siempre por personas que estén lo más posible en perfecto uso de sus facultades y su razón, pues resulta totalmente inseguro el saber qué noche o qué día se le va a concebir con ayuda de la divinidad. Por lo demás es también conveniente que la procreación no tenga lugar cuando los cuerpos están dominados por la embriaguez, pues el feto necesita del orden para formarse, la firmeza, la estabilidad, la tranquilidad. El hombre borracho sufre alteraciones de todas clases, por sentirse rabioso en cuerpo y alma; la embriaguez, pues, engendra en malas condiciones, de manera que corre el peligro de dar lugar a seres anormales, que no merezcan ninguna confianza, sin un carácter ni un cuerpo que estén rectamente dotados. Por todo ello es necesario que, a ser posible,  durante todo el año e incluso durante toda la vida, pero mucho más aún en aquel tiempo en que uno esté procreando, se procure muy de veras no hacer nada malsano voluntariamente, nada que tenga que ver con la violencia o la injusticia, pues todo ello penetra y se imprime en el alma del hijo e inevitablemente se dan entonces a luz seres degenerados y deficientes; y por encima de todo hay que abstenerse de tales faltas durante aquel día y aquella noche. Los comienzos, en efecto, son como una divinidad que arraiga en lo humano y salva todas las cosas, siempre y cuando sus devotosle tributen las honras que se le deben”  (Traducción de Francisco de P.Samaranch en Ed. Aguilar, Platón: Obras Completas, Madrid,1969).

    Este texto, estas ideas impresionaron en su momento a los antiguos, como nos impresionan también a nosotros, 2.400 años después y nos permiten imaginar también una vez más cómo sería hoy nuestra sociedad si el pensamiento antiguo no hubiera permanecido oculto en la larga noche medieval. En todo caso no dejan de ser estos consejos sobre la embriaguez y el consumo de alcohol muy adecuados para una juventud actual que consume en exceso a edades muy tempranas cantidades excesivas de alcohol y otras sustancias como método para conseguir cierto estado de pseudofelicidad.

  • Los maestros griegos estudiaron con maestros egipcios

    La cultura “clásica” griega es el resultado de ricas y diversas influencias históricas

    Nuestra cultura occidental se siente muy orgullosa de sus raíces clásicas, de sus raíces grecolatinas y de hecho aunque existan aportaciones de otras culturas, en su mayor parte somos antiguos griegos y romanos con más de dos mil quinientos años de historia.

    Pero, ¿dónde están a su vez las raíces de la cultura clásica? Hoy la Filología Clásica es mucho  más libre que hace medio siglo para determinar esos orígenes. En gran medida, al buscar las raíces clásicas, la Filología estuvo mediatizada por razones ideológicas del momento, incluso racistas, y buscaba unas raíces pura y exclusivamente arias que la arqueología  y las propias fuentes antiguas desmentían permanentemente. Eran momentos en los que el acientífico e ideológico concepto de raza impregnaba parte del pensamiento y de la ciencia europea. La pretensión de una supuesta “pureza racial” produjo enormes males a la Humanidad.

    Pero de acuerdo con las propias fuentes antiguas, grandes maestros del pensamiento, de la religión y de la ciencia griegos visitaron y estudiaron con maestros egipcios: así Heródoto, Pitágoras, Platón… Y estas estancias tuvieron en las obras respectivas de estos autores absoluta transcendencia. Egipto, cuyos grandiosos vestigios nos siguen sorprendiendo hoy día,  tuvo un enorme atractivo para los griegos. Platón en varios momentos alaba y valora admirado la cultura y sociedad egipcia.

    Sirvan como ejemplo dos  referencias de Platón, una en su diálogo Timeo, 21e  y ss. en el que Critias nos da noticias del diálogo entre el sabio Solón, “el más sabio de los siete sabios”,  en expresión del mismo Critias, y los sacerdotes egipcios, en el que estos le informan a Solón, del antiguo origen de Atenas y de su relación con la ciudad egipcia de Sais.

    Hay en Egipto –dijo Solón- en el Delta, hacia cuyo extremo final el curso del río se divide, un cierto nomo llamado Saítico, cuya principal ciudad es Sais. De allí era el rey Amasis. Los naturales de esta ciudad creen que la fundó una diosa:en lengua egipcia su nombre es Neith, pero en griego, según ellos dicen, es Atenea. Esas gentes son muy amigas de los atenienses y afirman ser de alguna manera parientes suyos. (21e)
    …..
    Numerosas y grandes fueron vuestras hazañas y las de vuestra ciudad: aquí están escritas y causan admiración.”(24d)  (Traducción de Francisco de P.Samaranch en la edición de las obras completas de Platón en Editorial Aguilar, 1969)

    y sigue Solón contando la amplia información que los sacerdotes egipcios le proporcionan sobre la antigua Atenas y que él desconocía.

    También Platón en su diálogo Las leyes, 656d, presenta a Egipto como modelo para educar musicalmente a los jóvenes griegos:

          “Desde hace mucho tiempo  tengo entendido que han aprendido ellos (los egipcios) esta verdad que nosotros estamos formulando ahora: la juventud de las ciudades ha de ejercitarse en las bellas figuras y en las bellas melodías; en consecuencia ellos fijaron el carácter y la naturaleza de estas, y luego expusieron los modelos de las mismas en los templos… “ (Traducción  de P.Samaranch).

    No es, pues, de extrañar el elevado concepto que Herótodo, Solón, Platón tenían de Egipto con cuya cultura y pasado se hermanan (en este caso la ciudad de Atenas con la egipcia Sais, en el Delta) o en él buscan sus orígenes.

    Las investigaciones modernas confirman plenamente lo que los propios antiguos nos decían.
    Naturalmente también son esenciales las aportaciones del Medio Oriente y del Norte, dada la estratégica ubicación de Grecia entre el este y el oeste, entre el norte y el sur.  El Oriente Próximo ha sido durante milenios el crisol en el que se han fundido y mezclado las corrientes culturales de Oriente, del Mediterráneo, del norte euroasiático y de Africa.

    En la conformación de la cultura griega clásica han sido esenciales, pues,  el sustrato mediterráneo, la originalidad indoeuropea, las tradiciones mesopotámica y egipcia.

    Como suele ocurrir en todas las sociedades, la cultura es el resultado de múltiples influencias, es resultado del sincretismo, síntesis y fusión de formas diversas. Si esto ha sido siempre así a lo largo de la Historia, resulta absolutamente evidente en nuestra época de globalización en la que además las personas se mueven con gran facilidad por todo el planeta.