Categoría: Historia Arqueología

  • ¿Pero qué es un siglo?

    Un “siglo” es algo más que cien años exactos, al menos para los romanos

    ¿Quién no conoce que con la palabra “siglo” nos referimos a un largo período de cien años, que hoy alcanzan jubilosos incluso más de un hombre o mujer?.  Sin embargo originariamente este término no tenía un significado temporal tan preciso. Significaba estirpe y período en que se desarrollaba toda una generación hasta desaparecer. Si la referencia es la vida del hombre, pareció que cien años era el término máximo de la vida racional y así adquirió este valor numérico preciso.


    Impregnada como estaba la vida pública romana de ritos religiosos, se celebra a veces solemnemente el fin de un siglo y comienzo de otro. Así el emperador Augusto, que no desaprovecha ocasión alguna para restaurar el culto oficial y engrandecer y publicitar su época y su labor de gobierno, celebra en el año 17 a.C. los Juegos Seculares para anunciar que algo nuevo y grandioso empieza ahora y encarga al poeta Horacio el himno oficial de la celebración, el Carmen Saeculare, que recitan coros de jóvenes y doncellas y que comienza así:


    ¡Oh, Febo (Apolo) y tú Diana, diosa  de los bosques
    Luminosa  honra  del cielo, divinidades
    Siempre dignas de culto  y siempre adoradas!
    Concedednos  lo que os pedimos en este tiempo sagrado

    Nutricio  sol, que con tu refulgente carro
    Empujas  el día, y que te escondes
    Y naces siempre distinto y siempre el mismo,
    Nada  mayor podrás ver que la ciudad de Roma

    La contundente frase “per saecula saeculorum” (por los siglos de los siglos) se refiere evidentemente a la inacabable eternidad.


    En el contexto monacal y religioso, “siglo” tiene otra acepción, significa vida “en el mundo” frente a “vida del espíritu”. Y más aún, si monjes “regulares” son los que siguen la regla del convento, los clérigos “seculares” son los que viven fuera, en el mundo y “seglares”  son los que no son clérigos.
     

  • Las Guerras Médicas no fueron un problema de salud

    Los griegos vivieron en su momento y a lo largo de su historia el enfrentamiento con los persas como una confrontación entre la libertad democrática helena frente a la tiranía oriental persa.

    Los “medos” fueron unas  tribus que habitaron el noroeste de Persia, el actual Irán, en la región que se llamó Media, con capital en Ecbatana  y que tras numerosas luchas y revueltas se integraron en el imperio persa desde los tiempos de Ciro II el Grande , fundador del imperio aqueménida o persa, muerto en el año 530 antes de Cristo. Dominaban lo que luego se llamó la “ruta de la seda”, camino desde China hasta el occidente europeo.

    Los griegos utilizaron prácticamente como sinónimos los términos “medos” y “persas” y por ello a las tres guerras famosas que los enfrentaron en la primera mitad del siglo V a.C. las  llamaron “Guerras Médicas” (Μηδικά, Mĕdiká). En ellas se enfrentaron las pequeñas e independientes ciudades griegas contra el enorme y poderoso imperio persa.

    Contra todo pronóstico ganaron los griegos y los enfrentamientos produjeron  algunos de los episodios más famosos de la Historia, como la heroica batalla de las Termópilas en las que un puñado de espartanos detiene al numeroso ejército persa, o la batalla de Maratón, cuyo resultado fue comunicado a la ciudad de Atenas por Filípides, soldado griego  que recorrió sin parar los 42 kilómetros de distancia que aproximadamente  había entre los dos puntos y que dio muchos años después nombre a la carrera olímpica más famosa y atractiva.

    Estas guerras nos las cuenta con detalle Heródoto (484-425 a.C.), que las presenta como un enfrentamiento grandioso entre  la libertad griega y la tiranía persa, entre la democracia helena y el absolutismo medo, en definitiva como un conflicto entre Oriente y Occidente.

    ¿Quién nos iba a decir que dos mil quinientos años después se producirían otros conflictos en la misma zona que intentarían justificarse de manera similar: Occidente frente a Oriente, la libertad y la democracia occidentales frente a la tiranía y el despotismo orientales. ¿Llevaremos tal vez estos conflictos constantes y estas mismas razones incrustados en nuestra genética?

     

  • La Historia tuvo un padre

    El hombre es un ser con memoria del pasado; en algún momento comenzó la reflexión consciente sobre ese pasado. También la «Historia» como género literario y como ciencia se la debemos a los griegos.

    Según el concepto tradicional, la Historia se refiere al estudio y conocimiento del pasado de los seres humanos desde el momento en que aparece la escritura, a finales del IV milenio antes de Cristo. Al estudio y  conocimiento de la etapa anterior de la vida de los hombres y de sus antecesores (los homínidos bípedos se remontan a varios millones de años) se le llama Prehistoria ( del latín prae=antes de). 

    Los primeros documentos escritos fueron notas contables, referencias numéricas, contratos, lápidas conmemorativas, escritos religiosos. Tardaron mucho en aparecer escritos literarios y más todavía escritos de historia, es decir, reflexiones sobre los propios hechos de los hombres.

    Al griego Heródoto, que nació en Halicarnaso, ciudad situada en Caria, en la  costa del Asia Menor, allá por el año 484 a.C. se le  considera y llama el “Padre de la Historia”. La palabra  “historia” deriva del griego ιστορειν (historein) que significa preguntar, inquirir, buscar. Eso es lo que hizo Heródoto, viajar por Oriente y por el Mediterráneo observando los monumentos y costumbres de las gentes  y preguntando por el pasado. Sus “Historias” son pues una miscelánea de hechos, datos, curiosidades y tradiciones, resultado de sus “investigaciones”.

    Heródoto, aunque hombre de su tiempo, no acepta ciegamente sus fuentes orales y escritas, sino que plantea dudas y las somete a cierta crítica, método aprendido sin duda en el contacto con los sofistas atenienses. Por todo ello se le considera con razón el "Padre de la “Historia” como nuevo género literario en prosa antiguamente  o nueva ciencia ahora. No obstante, Plutarco en el siglo II d.C. , le llama injustamente “el padre de las mentiras”. 

    En su obra su principal interés consiste en narrar las “Guerras Médicas” entre los griegos y los persas (que son los “medos”, nombre de uno de los pueblos que habitan la antigua Persia), que él presenta como un conflicto entre la libertad griega y la tiranía persa, entre la democracia helena y el absolutismo medo, en definitiva como un conflicto entre Oriente y Occidente.

    Y este conflicto ahí sigue todavía incrustado en la genética cultural de Europa, a juzgar por los actuales conflictos y teorizaciones al respecto.

  • NIHIL NOVUM SUB SOLE (nada nuevo bajo el sol)

    ¿Por qué nos atrae e interesa tanto el mundo antiguo? Sin duda porque no es tan antiguo como a algunos les parecerá.

    El hombre es un ser, tal vez el único,  con conciencia vital del tiempo: del pasado, del presente y del futuro. En realidad, todo es presente, aunque el presente consista en un instante fugaz. En ese instante y punto de presente están actualizados el pasado y el futuro.

    Sin profundizar más en estas cuestiones filosóficas, lo cierto es que de manera muy general el hombre  se siente muy interesado y atraído por el pasado, por la Historia. En nuestra cultura occidental nos sentimos especialmente atraídos por el pasado griego y romano, por lo que llamamos la “Antigüedad Clásica”. Esa es parte esencial de nuestro pasado que llevamos con nosotros.

    Sin duda deseamos con tanto interés conocer el pasado porque nos explica a nosotros mismos y saber quién o cómo somos nos da seguridad en nuestro actual  modo de vida, en el que todo discurre muy deprisa y es muy efímero o poco duradero.

    Conocer el pasado nos revela que en el fondo somos muy parecidos a nuestros antepasados. Descubrimos  que han cambiado, aumentado y mejorado enormemente las herramientas que hoy utilizamos, pero nuestros sentimientos, nuestras relaciones, nuestras ideas, nuestros anhelos y afanes son esencialmente los mismos. Por eso empatizamos con un poema amoroso antiguo o nos sobrecogemos  con una tragedia griega o nos embelesamos con una escultura clásica perfecta o nos emociona un templo dórico de proporciones exactas o nos asombra un esbelto acueducto romano.

    Quien conoce el mundo antiguo tiene una y otra vez la tentación de asumir sin reservas la frase del Eclesiastés I,10 (uno de los libros del canon bíblico): nihil novum sum sole, “nada nuevo bajo el sol” y pensar que todo está ya dicho  y hecho con anterioridad.

    Al conocimiento del pasado, de la Historia se dedican los historiadores, que analizan los hechos y extraen conclusiones generales que nos pueden ser válidas para nuestra vida actual. La Historia es la “maestra de la vida” (magistra vitae), según frase de Cicerón, que vivió en el siglo I a.C., del año 106 al 43 antes de Cristo.  La experiencia del pasado nos debe ser útil y en todo caso sería de necios despreciar la experiencia vivida por nosotros mismos algunos años antes o por seres muy semejantes a nosotros  hace siglos o milenios.

    Esa Historia, por perfecta que sea, siempre es una interpretación y abstracción parcial, basada en unos hechos generalmente importantes. Pero la vida de nuestros antepasados está también hecha de miles, millones de pequeños hechos, de detalles, de anécdotas más o menos relevantes o intranscendentes. La gran Historia no suele ocuparse de estos detalles, aunque muchos de ellos son muy interesantes, llamativos, atractivos  y con frecuencia hasta importantes.

    Este es, pues, el objetivo que me propongo: procurando no caer en un “cotilleo”  banal e inútil de la Historia, pretendo recoger decenas, centenares y hasta miles de anécdotas y curiosidades del mundo antiguo grecorromano que tengan algún significado para nosotros en nuestra actualidad; incluso puedan servir de guía en alguna ocasión y en todo caso acrecienten nuestro gusto por el pasado.


    Pretendo además ir desgranando esta Historia menor, aunque seria y también profesional, en pequeñas píldoras diarias que hagan más apetecible y deseable su ingesta y vayan saciando eficazmente el interés, casi obsesión diríamos, de muchas personas por la Historia. Pretendo asimismo “instruir deleitando”, el deseo de todo profesor.