Categoría: Historia Arqueología

  • La posta o servicio de correos

    La palabra “posta”, con ligeras variantes, denomina al servicio de correos de numerosos países en el mundo; su creación es muy antigua.

    Posta deriva de la latina “posita”, empleada en la frase “positae mansiones”, con la que se designaba a las “paradas fijas(positae= puestas, situadas) establecidas a lo largo de las calzadas romanas cada 25 o 30 kilómetros para efectuar el cambio de caballos o animales que tiraban de los carros de viaje o de mercancías. 

    En realidad este sistema de relevo de caballerías para transmitir o transportar mensajes lo creó el rey persa Dario I, que reinó del año 521 al 486 a.C. Este monarca hizo construir la llamada “carretera real” que con su recorrido de más de 2.000 kilómetros enlazaba las costas del mar Egeo con las del Golfo Pérsico. Por esta carretera los correos llegaban a recorrer 160 kilómetros diarios.

    Ni la rueda ni los carros los inventaron los romanos, claro está. Pero los prácticos latinos si supieron construir un carro pesado, pero firme, dedicado al transporte de personas y mercancías. Se le colocaba además un toldo para proteger a los viajeros de la lluvia o el sol. Circulaban estos vehículos por la extensa y sólida red de vías o carreteras que recorrían el Imperio y facilitaban el contacto con la capital.

    Es en estas “vías” en donde construían las “positae mansiones”. Conocido es el refrán “todos los caminos conducen a Roma”. Las vías romanas son una de la aportación más sólida y espectacular a la vida económica, política y social en todo el Imperio. Sin ellas ni las legiones ni las mercancías podrían moverse con rapidez de un lugar a otro. Muchos de sus trazados coinciden todavía con el de las grandes vías de comunicación internacionales. En muchos casos incluso se conservan tramos de esas vías. Muchas de aquellas “mansiones positae” o postas dieron lugar a muchas poblaciones actuales.

    Precisamente el español mantiene dos acepciones significativas  de “posta” directamente relacionadas con su origen: “conjunto de caballerías que se apostaban en los caminos a distancia de dos o tres leguas, para que los tiros, los correos, etc., pudiesen ser renovados” y “casa o lugar donde estaban las postas” según el Diccionario de la Real Academia Española.

    Pero curiosamente también el término para designar la institución que se encarga del envío de cartas, paquetes u otros efectos entre dos puntos, en español no es “posta” sino “correos”, palabra de origen incierto existente también en otras lenguas romances: francés courrier, italiano corriere, catalán correu. Quizás provenga del provenzal “corrieu”, palabra formada a partir de “corir =correr” y “lieu=lugar”.

    En contraste con tal situación, la organización del transporte colectivo creada por los romanos desde la mitad del siglo I a. C., constituía una innovación revolucionaria. El Cursus  Publicus, como se llamaba en el lenguaje administrativo, era una organización puesta al servicio de cualquiera mediante el pago de una retribución razonable. 
     

  • Kalendas, Idus, Nonas: una rara forma de nombrar los días del mes

    Todo lo referido a la historia del calendario romano y su trasmisión hasta nuestros días es de gran complejidad, sobre todo para nosotros, acostumbrados a un sistema de nominación de los días del mes verdaderamente simple: cada día recibe el nombre del número que ocupa en el conjunto del mes, generalmente con un numeral cardinal mejor que ordinal: uno de enero, dos de febrero o quince de febrero o tres de marzo…

    Los romanos se referían a los días del mes  de una forma mucho más complicada, no en vano el calendario es un instrumento religioso  para determinar sobre todo las fiestas religiosas. Es por el ello el pontífice o sacerdote el encargado de su determinación en muchos aspectos.

    En primer lugar dividían el mes en tres períodos: kalendas, nonas e idus que en principio se correspondían respectivamente con la luna nueva, la luna media y la luna llena. Esto significa que no conocían la división en “semanas”, que no se impuso en realidad hasta el emperador Constantino.

    Las kalendas, (palabras que algunos relacionan con kalare = llamar) indicaban el principio del mes, cuando aparecía la luna creciente, y por tanto correspondían al día 1.

    Las nonas indicaban el primer cuarto de luna y se correspondían con el quinto día de los  meses de Enero, Febrero, Abril, Junio, Agosto, Septiembre, Noviembre y Diciembre; y con el séptimo día de los meses de Marzo, Mayo, Julio y Octubre.

    Los idus indicaban la luna llena y se correspondían con el día 13 en los meses en que las nonas caían el día cinco y con el día 15 en los que las nonas caían el siete

    A estos hitos de cada mes se referían en forma adjetiva; es decir, al día 1 de enero le llamaban “Kalendae Ianuariae; calendas eneras", diríamos, aunque con la terminación correspondiente al caso ablativo de circunstancia de tiempos “Kalendis Ianuariis”; al 1 de febrero le llamaban “Kalendae Februariae; calendas febreras", diríamos; al 5 de enero le llamaban “Nonae Ianuariae”; al 7 de marzo “Nonae Martiae”.

    Al 15 de marzo (día en que murió asesinado Julio César en el año 44 a.C.) le llaman “Idus Martiae”.

    Cuídate de los Idus de Marzo”  es precisamente lo que un adivino aconsejó a César, al que no hizo caso,  y desde entonces la frase ha quedado como prototipo de advertencia y consejo de prudencia ante una situación que se anuncia peligrosa.

    "Ad kalendas graecas" es una frase proverbial latina que significa literalmente "para las calendas griegas", pero como los meses griegos no tienen calendas lo que en realidad significa es "para nunca".

    Esto ciertamente parece complicado, pero es mucho más complejo cómo se denomina al resto de los días del mes. Pues bien, siempre se denominan por referencia  al momento clave (kalendas, nonas, idus) posterior. Es decir, cuentan los días que faltan, teniendo en cuenta el punto de partida y el de llegada, hasta el hito posterior.

    Así el día 2 de enero era el “sexto día antes de las nonas de enero”, es decir “ante diem VI Nonas Ianuarias”; el día el 16 de Enero, teniendo en cuenta que enero tiene 31 días, será el día “décimo séptimo antes de las kalendas de febrero”; en latín “ante diem XVII (decimum septimum) kalendas februarias”;  el día 17 será el día décimo sexto antes de las kalendas de febrero (ante diem XVI kalendas februarias) y así sucesivamente.  Sólo al día anterior de cada hito (kalendae, nonae, idus) se le llamaba “pridie = el día de antes) y al siguiente “postridie = el día después). “Víspera” , deriva de “vesper”, palabra latina que significa “tarde”, naturalmente del anterior al día siguiente.

  • Troya estaba situada donde decía el poema

    De Troya sabíamos muchas cosas; es uno de los temas que más literatura ha producido; pero durante miles de años se olvidó su ubicación. Y sin embargo el poeta nos decía muy claro donde estaba enterrada; sólo había que darle crédito.

    El poema de Homero la Iliada canta la guerra y destrucción de Ilion, Troya. La ciudad realmente existió en la costa del Asia Menor, en la actual Turquía.

    En realidad existieron varias Troyas. La del poema es nada menos que la VI. Los antiguos no se molestaban demasiado en retirar los escombros de una ciudad arrasada por la guerra o cualquier catástrofe natural o artificial. Era más cómodo y menos costoso construir sobre las ruinas.

    Pues bien, el emplazamiento de Troya lo descubrió el alemán Schliemann  en el año 1870  porque tuvo la ingenuidad o la genialidad de creer a pie juntillas en los datos e indicaciones geográficas que aportaba el propio poema, que consideraba Schliemann como relato de un hecho histórico.

    Quizás ello fue así porque Schliemann no era en principio sino un comerciante alemán que fraguó una enorme fortuna desde la nada, buen aficionado a la Arqeuología, que sólo pudo acudir a la Universidad a los 44 años y obtener el doctorado 3 años después.

    Este peculiar personaje, que realizó también otros notables descubrimientos en Grecia en Micenas, Tirinto, Orcómeno, no sólo aprendió griego, de cuyo ritmo y musicalidad se enamoró de niño sin entender una palabra, sino que a los 33 años dominaba 15 lenguas.

  • El Estado romano socorre a los ciudadanos hambrientos con la “annona”

    Algunos romanos celebraban banquetes pantagruélicos, pero lo realidad cotidiana de la mayoría de romanos era muy distinta: cientos de miles de ciudadanos debían ser socorridos diariamente para no morir de hambre.

    Frente al tópico del banquete pantagruélico, fruto en gran parte de la creatividad literaria, que ayer como hoy presta atención a lo excepcional  y anecdótico frente a lo común y prosaico, la realidad de Roma es mucho más triste:  miles de ciudadanos pasan hambre.

    Frente a la imagen   de la exagerada “Cena de Trimalción” en el Satiricón  de Petronio o las exquisiteces de la cocina de la obra de Apicio en su libro de cocina  “De re coquinaria”, la realidad es la de masas de ciudadanos sin capacidad adquisitiva suficiente ni para asegurar su mera subsistencia.

    Las crisis de subsistencia, desabastecimiento  y carestía de alimentos son frecuentes en Roma, sobre todo cuando van unidas a las malas cosechas y a las constantes guerras civiles.

    Durante la época republicana los problemas periódicos de subsistencia se solucionan primero de forma esporádica y  luego de manera más institucionalizada a partir de Cayo Graco (123 a.C), que  propone el reparto de grano subvencionado a parte de los ciudadanos, intentando por primera vez resolver  el problema de la falta de trigo.  Pero la clase senatorial conservadora no era partidaria de estos repartos subvencionados que los líderes populares defendían.

    En el 57 a.C. se producen graves disturbios en Roma y  por iniciativa de un tribuno de la plebe y  por recomendación senatorial, Pompeyo recibe la  "cura annonae", el encargo de avituallar Roma, por un período de 5 años con un presupuesto  de 40 millones de sestercios; es el precedente de lo que más tarde será la prefectura de la “annona”. 

    En época de Augusto (la primera referencia escrita es del año 14 d.C. )    la “praefectura annonae” es un edificio administrativo y un servicio  centralizado encargado de la importación de grano y otros productos para abastecimiento de la capital,  explotando y rapiñando con todo egoísmo los recursos de las provincias.

    El hambre, pues,  era habitual y frecuentes los disturbios y revueltas en la ciudad.  Séneca nos informa de que  cuando es asesinado Calígula sólo había en Roma reservas de trigo  para siete u ocho días

    Piénsese  que en el año 270 a.C. Roma tendría unos 180.000 habitantes, 375.000 en el 130 a.C. y un millón o más en época de Augusto.

    Ya en el año 73 se establece una ración por persona y mes de 5 modios (Salustio, Hist., 3.48). En época de Augusto se llegó a repartir trigo a 320.000 personas cabezas de familia, que luego el mismo Augusto redujo a 200.000. En total serían beneficiadas más de 600.000 personas. Si recibían 5 modios (modii) mensuales (unos 36,6 litros mensuales, el equivalente para hacer un pan de un kilo diario), 60 modii anuales por persona, se consumirían unos 12 millones al año, unas 80.000 toneladas a expensas del Estado. La ciudad necesitaba en total unas 200.000 toneladas para una alimentación suficiente.

    El trigo procedía fundamentalmente de Sicilia, de Cerdeña, del norte de África y sobre todo de Egipto, que proporcionaba entre 100.000 y 150.000 toneladas de trigo anuales.

    La Annona era, pues, una importante ayuda para la subsistencia diaria y para mantener el orden social. Sin la “annona” y sin el “circo” las cosas podían haber sido muy diferentes (panem et circenses).

  • Los mosquitos preservaron los templos de Paestum, Italia, Patrimonio de la Humanidad

    Sin duda el mayor agente de destrucción es el propio hombre. Un mosquito expulsó al hombre de Paestum y varios tempos griegos de la zona han llegado a nuestros días en un extraordinario estado de conservación.

    Los griegos de Síbaris fundaron la ciudad de Posidonia en la desembocadura del río Silarus, en la Magna Grecia (sur de Italia) a finales del siglo VII o principios del VI a.C. y allí enseñaron entre otros los filósofos Parménides y Zenón. En el año 273 a.C. se convirtió en colonia romana y prevaleció el nombre de Paestum. Posidonia o Paestum era célebre por sus rosas.


    No hay muchas noticias durante la época republicana e imperial romanas, pero sabemos que en el siglo V tenía obispo, aunque ya era evidente su decadencia.


    Tal vez por una modificación en el nivel de la costa, muy cercana, o por las condiciones de la desembocadura del río, la zona se convirtió en una ciénaga pantanosa, perfecto hábitat para el desarrollo del insecto “anopheles”, cuyas hembras chupan la sangre y transmiten el paludismo.


    Fueron precisamente estas condiciones de insalubridad las que obligaron a sus habitantes a abandonar este lugar, que ocupado por la maleza y la vegetación permaneció oculto hasta que en el s. XVIII el rey Carlos III de España, entonces rey de Nápoles, mandó construir una carretera cuyo trazado pasaba precisamente por la ciudad. 


    En ella entre otros edificios, había tres tempos dóricos del siglo VI a.C. dedicados a Hera, Apolo y Atenea, aunque tradicionalmente se consideraron dedicados a Poseidón o Neptuno y Ceres. Son los templos  griegos mejor conservados. Los romanos construyeron el obligado foro o gran plaza y otros elementos propios del urbanismo romano como el anfiteatro.


    La Unesco  ha declarado al conjunto Patrimonio de la Humanidad, ante el que nos emocionamos los visitantes por su extraordinario estado de conservación, una vez erradicado naturalmente el molesto mosquito que tan buen servicio ha prestado indirectamente a la Humanidad, cuya sangre busca si tiene ocasión. En esta ocasión fue el viento emponzoñado el que preservó la maravilla.

  • El agua conserva los pecios, que no son peces, sino yacimientos arqueológicos submarinos

    El mar ha invadido las costas a lo largo de los siglos y en su fondo yacen miles de barcos naufragados, que ahora podemos rescatar.

    Si las cenizas del fuego del Vesubio preservaron Pompeya y el aire insano plagado de mosquitos palúdicos nos guardaron los templos de Paestum, el  otro elemento primigenio, el agua,  no podía ser menos y así nos ha conservado cientos de yacimientos arqueológicos.


    El “Mare Nostrum” (Nuestro mar) , el mar Mediterráneo (en medio de las tierras del Imperio) viene siendo surcado por naves militares o comerciales desde la noche de los tiempos, al menos desde el II milenio a.C. de manera regular.

    Esas naves, fletadas por valientes comerciantes o dirigidas por aguerridos caudillos, que generalmente no pierden la costa de vista (navegación de cabo a cabo –cabotaje-) están permanentemente expuestas a la ira de los dioses o de la naturaleza: Júpiter todopoderoso rey del cielo, Poseidón o Neptuno, dios del mar, Eolo que custodia los vientos en su cueva y los gobierna a su capricho, y tantas y tantas otras divinidades,  conducen las naves a su destino prefijado o las proyectan implacables al fondo del mar.


    Los sedimentos marinos, en las condiciones suficientes, han recubierto y en consecuencia protegido esos naufragios ( de  navis frangere: romper o fracturar  la nave) durante centenares de años. Su estudio ahora nos aporta interesante información sobre los movimientos de nuestros antepasados en el Mediterráneo, sus relaciones comerciales, sus gustos y caprichos, sus ansias expansivas, su búsqueda de metales, la difusión de sus creencias, de sus ideas, de sus conocimientos, de su cultura.

    De todo esto y mucho más nos dan cuenta y razón los “pecios”, nombre extraño para los no expertos  derivado del termino latino "petius", relacionado con  "pittacium", "pedazo", que designa  a las naves o fragmentos de naves naufragadas o  hundidas por cualquier causa.

  • El origen mítico de Roma

    El momento fundacional de muchas ciudades se pierde en la noche de los tiempos; es decir, se desconoce, aunque se adorne “a posteriori” con bellos mitos; de algunas otras conocemos su origen y, por así decir, el acta de fundación.

    Pocas ciudades son fruto de un acto fundacional específico, antes bien lo son de un largo proceso de formación. Este es el caso de Roma, aunque según el mito fueron dos gemelos, Rómulo y Remo, hijos del dios Marte y de una sacerdotisa de Vesta y por lo tanto virgen, abandonados en el río Tíber y amamantados por una loba, quienes fundaron la ciudad en el año 753 a.C. según Varrón, historiador del s.I a.C. ¿Quién no tiene in mente la imagen de la loba amamantando a los dos gemelos?

    Ilia o Rea Silvia era hija de Numitor, rey destronado por su hermano Amulio quien la hizo ingresar en el colegio de las Vestales, sacerdotisas que debían mantener la virginidad durante treinta años bajo pena de muerte por lapidación o enterramiento. Cuando Rea Silvia acudía a una fuente a por agua fue violada por el dios Marte y quedó encinta de los dos gemelos, que sobrevivieron a la orden de su tío de darles muerte. Arrojados al río Tiber, que venía crecido, en una canasta, fueron a parar a la orilla del monte Palatino, en donde una loba que oyó su llanto les amamantó hasta que el pastor Fáustulo los recogió y su esposa Acca Larentia los crió.

    Cuando pasado el tiempo conocieron su origen, repusieron en el trono a su abuelo Numitor y decidieron crear una ciudad donde los encontró la loba. Los dos pretendieron ser el fundador. Para resolver la cuestión había que esperar una señal de los dioses: Remo subió al monte Aventino y vio el primero seis buitres; Rómulo subió al monte Palatino y vio doce.

    En consecuencia Rómulo funda la ciudad según el rito etrusco, trazando un surco con el arado para delimitar el espacio urbano. Remo, burlando la prohibición, saltó armado el surco inviolable del hermano, que en la lucha le dio muerte.

    Plutarco en la Vida de Rómulo (2,4-8) ofrece otra versión distinta del origen de los gemelos.

    El mito fundacional de Roma fue elaborado en el s.IV a.C. y aunque evidentemente nada tiene que ver con la Historia, en él se aprecian elementos de creencias y mitos muy antiguos: estadio anterior a la fundación de la ciudad, intervención del dios Marte, niño de sangre real expuesto y alimentado por un animal salvaje, el fuego, educación por pastores, campo salvaje frente a ciudad, ritual de iniciación.

    Los mitos entrañan grandes dificultades de interpretación, pero también encierran información de épocas de las que apenas quedan otros vestigios.

  • Conocer la fecha de un acontecimiento histórico no es tan fácil

    El hombre necesita situar los acontecimientos en el tiempo, ponerles fecha; pero las diversas culturas y pueblos fechan a partir de acontecimientos diversos, de interés para ellos, pero irrelevantes para otros pueblos.

    El hombre es un ser con memoria que se mueve y se sitúa en dos coordenadas esenciales: el espacio y el tiempo. Para que esa memoria sea eficaz ha de situar cualquier hecho, acontecimiento, recuerdo en un punto del espacio y en un momento del tiempo. A ello le ayuda la Geografía (“ge” en griego significa tierra) o conocimiento del medio físico y la cronología (“cronos”  en griego significa tiempo) o datación histórica.

    Una “era” es un período de tiempo cuyo comienzo coincide con un acontecimiento convencional a partir del cual se numeran los años. Como es bien sabido, nosotros ordenamos los hechos y los fechamos a partir del  nacimiento de Cristo, situándolos antes o después. Ese año  se hace coincidir con el 753 de la fundación de Roma. Pero lógicamente ni siempre fue así ni lo fue en todas partes.

    En la Grecia antigua, al principio, se reconocía el año por el nombre del magistrado más importante, el arconte, que precisamente por darle nombre se llamaba “epónimo”  (en griego “epi”  significa “sobre” y “onoma”  significa "nombre") .

    En el siglo IV a.C. el historiador Timeo de Tauromenio empezó a datar a partir de la primera Olimpiada, que se había celebrado el año 776 a.C. Teniendo en cuenta que las Olimpiadas se celebraban cada cuatro años, el tercer año de la segunda Olimpiada correspondería al 766  a.C. y así sucesivamente.

    En Roma daban también  a los años el nombre los dos magistrados anuales más importantes, los cónsules, y decían, por ejemplo, “siendo cónsules tal y cual….”. Mucho después, los historiadores fechaban a partir de la fundación de Roma, que se fijó en el año cuarto de la sexta Olimpiada y utilizaban la expresión “ab urbe condita=desde la fundación de la ciudad”. Luego ese año, en el siglo VI se hizo coincidir con el 753 antes de Cristo.

    La era cristiana comienza  pues en el año 753 de la fundación de Roma, es decir, en el primer  año de la Olimpiada 195. Ese es el año 1 de Cristo, porque así lo fijó en el siglo VI el monje  Dionisio el Exiguo. Pero conviene saber que Dionisio cometió un error  y Jesucristo habría nacido probablemente unos  cuatro años antes.

    Desde luego, nadie tiene ahora interés en corregir este error, milenario ya, cuyo remedio no haría sino complicar las cosas y generar no pocos problemas.

    Pero ha habido otras muchas eras según los pueblos y las culturas: la “era hispánica”  que comienza sin que sepamos por qué el año 38 a.C.; la era bizantina que fijaba la creación del mundo en el año 5508 a.C. y se utilizó en Rusia hasta 1700; la era de Abraham que comienza el 1 de octubre de 2016 a.C.; la hégira ((al-Hiÿra =هِجْرَة))o era musulmana que comienza el 16 de julio del 622, momento en que Mahoma se va de la Meca a Medina ; la era de la Revolución Francesa que se inicia el 22 de septiembre de 1792. En otras partes del mundo hay otras muchas.

    El cómputo del tiempo y la datación, que pudieran parecer tan simples, son en realidad muy complicados, sobre todo cuando alguien se empeña en elevar a momento estelar propio lo que para otros hombres en otros lugares no tiene ningún significado.

  • Cristo nació al menos cuatro años antes de Cristo

    El monje que en el siglo VI fijó el nacimiento de Cristo en el año 753 de la fundación de Roma cometió un error de cálculo. Nadie plantea hoy día corregir ese error histórico.

    Una de las muchas necesidades del hombre es la de ordenar y fechar los sucesos y acontecimientos. Para ello es necesario un punto de referencia o de partida que inaugure el cómputo.  Para los Cristianos y por tanto para todo el occidente mundial resulta especial la fecha del nacimiento de Cristo. Ese momento, como es lógico, no pudo fijarse en los primeros momentos del Cristianismo, cuando apenas era conocido o se había extendido. En realidad tardó bastante en fijarse y en que el asunto tuviera alguna relevancia.

    A principios del siglo VI el Cristianismo se había propagado por todo lo que fue el imperio romano. En este momento  las estructuras políticas del imperio habían desaparecido y la referencia de la fundación de Roma tenía menos sentido que antaño. 

    Un monje y astrónomo nacido en Escitia, región al suroeste de la actual Rusia, Dionisio el Exiguo, (exiguo significa pequeño) pensó realzar la figura de Jesús calculando  el año del nacimiento de Cristo para fijarlo como referente y año cero o punto de partida de la Historia, para fijar el comienzo de la “era cristiana”. Concluyó que había nacido el año 753 de la fundación de Roma y comenzó así el éxito del calendario cristiano, que hoy está extendido casi universalmente.

    Pero Dionisio el Exiguo cometió un error en sus cálculos de aproximadamente cuatro años, que arrastramos hasta hoy. Entre otros datos evidencia el error el hecho de que  Jesús nació durante el reinado de Herodes, pero Herodes murió el año 750 de Roma, luego Jesús debió nacer antes. Hay más datos, pero no se trata de agobiar al sufrido lector. El error estaría en torno a los 4 años, más o menos y la cuestión todavía no está resuelta con precisión.

    Nadie tiene interés ahora en corregir el error , entre otras razones porque después de tanto tiempo serían más los inconvenientes y problemas generados que los resueltos. ¿Alguien puede imaginar los miles de millones de documentos que habrían de ser actualizados?…

    Tampoco es cierta la fecha del 25 de Diciembre para celebrar el día del nacimiento de Cristo. Al principio se celebró el día 6 de Enero y así se conmemora hoy en día en la Iglesia Cristiana Ortodoxa Oriental. Como en tantas otras ocasiones, se cristianizó la fiesta del “día del sol invicto” que se celebraba el día del solsticio de invierno, el día 25 de diciembre, cuando el sol, como recién nacido, comienza a alargar la duración del día y disminuir la de la noche.

  • El fuego, el aire y el agua no sólo no destruyeron, sino que conservaron los más grandiosos yacimientos arqueológicos antiguos.

    Las fuerzas de la naturaleza son poderosas, incontrolables y destructivas, pero a veces producen resultados imprevistos.

    El fuego, el aire, el agua y la tierra con los cuatro elementos esenciales que componen el universo para los antiguos. Para nosotros son más bien  fuerzas de la naturaleza con enorme poder destructivo, pero no deja de ser paradójico  que sean precisamente estos elementos destructivos los que nos han preservado en condiciones extraordinarias grandes yacimientos arqueológicos.


    Así la tierra amontonada en estratos cubre y protege la mayor parte de los yacimientos arqueológicos; pero también el fuego del volcán Vesubio conservó para la posteridad las ciudades de Pompeya y Herculano; el aire infesto de las marismas de Paestum protegió el conjunto de templos dóricos mejor conservados; el agua del mar ha evitado el saqueo de miles de restos esparcidos por todo el Mediterráneo. En realidad el único agente destructivo imparable es el hombre, como se evidencia todos los días.


    Las cenizas del Vesubio nos preservaron las ciudades de Pompeya y Herculano casi íntegras.


    El volcán Vesubio destruyó las ciudades de Pompeya y Herculano, pero sus cenizas preservaron sus restos para la posteridad.


    El día 24 de agosto del año 79 de nuestra era, durante el reinado del emperador Tito,  las cenizas del volcán Vesubio, cerca de Nápoles, cubrían con una capa de varios metros la ciudad de Pompeya. Un alud de fango y lava cubría también la cercana y costera ciudad de Herculano.  Los vapores tóxicos envenenaron y mataron a sus habitantes.


    Las ciudades quedaron destruidas, pero también conservadas bajo la ceniza como si de un gigantesco sarcófago se tratara y así permanecieron casi 1700 años, hasta que en 1748 un campesino dio con las ruinas de Pompeya al intentar abrir un pozo. Era entonces rey de Nápoles Carlos de Borbón, luego Carlos III de España, que fue el que inició la excavaciones.


    La ciudad, única en el mundo, se nos descubre en toda su complejidad: sus calles, sus aceras, sus edificios públicos, sus fuentes, sus casas con sus cocinas, atrios y jardines, sus tiendas, sus tabernas, sus teatros, sus lupanares, sus templos, sus talleres, … hasta cuerpos humanos en actitudes desesperadas de quienes no lograron escapar a tiempo.


    El fuego, tan poderoso y destructivo casi siempre, nos preservó indirectamente en esta ocasión una ciudad casi íntegra paralizada y fosilizada en el tiempo.