Categoría: Polí­tica

  • Intelectuales frente al poder (II)

    Los poderosos, detentadores de la fuerza y la violencia, generalmente han desconfiado de los pensadores, aunque se ven obligados a vivir con ellos. El tema del encuentro conflictivo del rey y el sabio es un tópico mundial. Véase https://www.antiquitatem.com/diogenes-alejandro-intelectual-politico. Platón imaginó una República en la que los gobernantes fueran los filósofos, los sabios, los intelectuales, constituidos en casta con una especial educación. El intento de Platón por hacer realidad su teoría en Sicilia con Dioniso el Viejo y luego con su hijo fue un completo fracaso. Probablemente el rey no puede convertirse en filósofo, porque se plantearía su propia condición de rey, ni el filósofo pueda ser rey, porque en el ejercicio del poder dejaría de ser filósofo. En consecuencia parece que están condenados a coexistir.

    La historia nos enseña cómo en ese encuentro entre la fuerza y la inteligencia, en el debate intelectual moralmente siempre vence la inteligencia, pero en la práctica siempre se impone la fuerza.

    Al sabio, al intelectual, le quedan, pues, tres opciones: plegarse servilmente al poder (lo hacen la mayoría), criticar abiertamente al poder (lo hacen unos pocos), alejarse prudentemente del poder (no me atrevo a aventurar una proporción, pero no serán pocos).

    Una cita de Estobeo refiriendo una anécdota de Antístenes el cínico describe perfectamente esta actitud. Estobeo nos dice que cuando se le preguntaba a Antístenes hasta qué punto había que implicarse en las cosas públicas o en los asuntos de la ciudad, respondía:

    Preguntado Antístenes cómo se debe acercar uno a la política, respondió: como al fuego, ni demasiado cerca para no quemarse ni demasiado lejos para no helarse.  (Estobeo. Florilegio,XLV,28).

    Estobeo es un autor griego que escribe en griego, pero su obra fue traducida al latín en el Humanismo. Así en la versión latina de Conrado Gesnero (1516-1565) , editado por Christoph Froschoverus, año 1544, en Suiza, dice  en el capítulo XLIII, en la página 313 (en la edición de Thomas Gaisford corresponde al Título XLV):

    Antisthenes interrogatus quomodo ad rempublicam accedendum sit, respondit: ut ad ignem, neque nimis prope ne uraris, neque longius ne frigeas.

    Parece, pues, que al filósofo le corresponde la actitud contestaría frente al poder, porque si deciden vivir a la sombra del poder, pronto abandonarán su espíritu crítico y libre. Esta es desde luego la actitud de los “cínicos”.

    Antístenes, el creador de la escuela y maestro de Diógenes,  escribió según Diógenes Laercio un libro sobre Aspasia, la mujer de Pericles y otro sobre Alcibiades, en los que sin duda les critica sus defectos.

    Nos lo confirma Ateneo, en su “Banquete de los eruditos”. Hablando del carácter maldiciente de los filósofos, dice de Antístenes, que critica la vida inmoral de Alcibíades,  en V, 220 C-D-E:

    Antístenes, en el segundo de sus Ciro, afirma, vituperando a Alcibíades, que era un criminal en lo que a las mujeres se refiere, y en las restantes facetas de su vida, pues asegura que se acostaba con su madre, con su hija y con su hermana, como los persas.

    Y poco después, en la misma cita, refiriéndose y criticando a  Pericles:

    …;  Aspasia, una calumnia contra Jantipo y Páralo, los hijos de Pericles. En efecto, sostiene que uno de ellos era favorito de Arquéstrato, el cual desempeñaba un oficio semejante al de las mujeres en los burdeles de mala muerte, y que el otro era íntimo y seguidor de Eufemo, que acostumbraba a burlarse vulgar y fríamente de quienes se encontraban con él.

    Y para confirmar este carácter maldiciente de los filósofos sigue diciendo Ateneo de Antístenes en el mismo texto:

    Además, vil y groseramente le cambió el nombre a Platón por el de Satón*, y con este título publicó un diálogo contra él. En efecto, a estos hombres ningún magistrado les parece honrado, ningún estratego sensato, ningún sofista digno de consideración, ningún poeta útil, ningún pueblo prudente, salvo Sócrates, ….

    * Nota: Para entender la vileza en el cambio de nombre a Platón es necesario conocer que el nombre griego Sáthon, con el que solían llamar las nodrizas a los niños, deriva de sáthe, uno de los términos para designar al miembro viril.
    (Traducción y nota de Lucía Rodrïguez-Noriega Guillén. Editorial Gredos)

    Así que ya el primero de los cínicos se mostró crítico con los poderosos de su época, y marcó el camino a seguir por el resto de los cínicos. Diógenes superó con creces al maestro en la acritud con la despreció a los poderosos.

    Antístenes prefería al verdugo que da muerte al malhechor que al tirano que mata inocentes. Asi en  Estobeo.Florilegio,M.49.47 (en un título que en latín se titula De uituperio tyrannidis ) .

    El  filósofo Antístenes prefería en piedad a los verdugos antes que a los tiranos; a una persona que le preguntó el motivo le respondió: porque el verdugo mata a hombres injustos, pero el tirano mata también a inocentes. ('Stoboe., tit. , XLIX, 47, Gaisf., p. 359.)

    En la version latina citada se corresponde con el Título XLVII y dice en la pág. 343 de la citada edición:

    Antithenes philosophus carnifices tyrannis in pietate praeferebat, cuius causam interroganti cuidam respondit: a carnifice quidem homines iniusti interimuntur; a tyranno autem etiam insontes.

    Antístenes, criticando duramente el ansia insaciable de riquezas dijo, según Stobeo, t. X, 12, Thomas Gaisford., p. 294 (Citado a su vez por Chappuis, Antisthenè, Edit. Pág, 98):

    Quien ama el dinero no puede ser una persona de bien, ni como rey ni en la vida privada.

    En la traducción latina de citada está en el Tit. VIII, y dice:

    Avarus nemo bonus, neque rex, neque liber esse potest

    Es la misma actitud que mantiene Diógenes, según cuenta Diógenes Laercio en VI, 43

    “Y cuenta Dionisio el Estoico que, tras la batalla de Queronea, fue conducido prisionero ante Filipo; y preguntándole éste quién era, dijo: ‘El explorador de tu insaciabilidad’; admirado de lo cual aquel le dejó libre.”

    Antístenes desprecia a quienes imponen su delirio a los demás y limitan la libertad de los individuos.

    Esta actitud  contestataria se puso de manifiesto en el relato citado de los encuentros entre Diógenes y Alejandro que ya comenté.

    Por cierto, que Alejandro tuvo por maestro a Aristóteles, llevaba consigo un ejemplar de la Iliada de Homero y respetó y no destruyó la casa de Píndaro en Tebas en reconocimiento de sus valores literarios, pero eso no le impidió actuar con enorme crueldad en muchas ocasiones.

    La diferente actitud de Diógenes y Platón ante los poderosos queda perfectamente dibujada en esta anécdota que cuenta Diógenes Laercio en VI,58:

    Algunos afirman que fue él también a quien Platón, viéndole lavar verduras, se le acercó y le dijo al oído: “Si sirvieras a Dioniso (de Siracusa) no estarías lavando verduras”; y élle respondió asimismo al oído: “Y tú, si lavaras verduras, no estarías sirviendo a Dioniso”

    Otra anécdota nos muestra cómo a Diógenes no le impresiona Alejandro y sus acciones, obras al fin y al cabo de un “misero” ser humano; nos lo cuenta Laercio en VI,44:

    “Cuando Alejandro mandó una vez a Antípatro una carta a Atenas por vía de un tal Atilio (palabra que significa “mísero”), Diógenes, que se hallaba presente dijo: “Mísera misiva de mísero a mísero, por vía de Mísero” (taducción de Luis Andrés Bredow.Edit.Lucina)

    De similar manera Diógenes rechazó la petición de que le visitara que le hizo Crátero, general de Alejandro Magno y uno de sus herederos a su muerte. Nos lo cuenta Laercio en VI,57:

    Cuando Crátero le pidió que lo visitara, dijo: Pues yo prefiero lamer sal en Atenas antes que disfrutar de la prodigiosa hospitalidad de Crátero”.

    Este mismo Diógenes, según cuenta el otro Diógenes, el Laercio, en VI,50,  cuando un tirano le preguntó cuál era el mejor bronce para construir una estatua respondió:

    ”Preguntándole un tirano cuál era el mejor bronce para las estatuas, dijo: aqul del que se hacen los Harmodio y los Aristogitón” .

    Nota: Harmodio y Aristogitón, muertos en el 514 a.C., fueron los que acabaron con el tirano Hiparco de Atenas y por eso se les conoce como los Tiranicidas. Fueron considerados como unos héroes y restauradores de la libertad. Por ello se les levantó una estatua construida por Antenor.

    Nota: Tiranicidio, del griego τύραννος / tyrannos, "tirano" y del latín –cido, de caedo,  "matar."

    También Diógenes le decía a gritos al tirano Dioniso de Siracusa, destituido y reducido a la condición de simple ciudadanos:

    “¡Cómo llevas una vida indigna de ti! No deberías vivir aquí, con nosotros, libremente y con toda seguridad, sino que convendría que estés encerrado allá con los tiranos como tu padre y que llevaras esa vida hasta la vejez”. (Plutarco,Moralia,783.D)

    Hay una anécdota más de Diógenes que parece anticipar uno de nuestros males actuales. Cuenta la anécdota que un día  vio en las calles de Atenas a un ladrón que había robado un jarrón de propiedad del tesoro y lo llevaban detenido  dos guardias. Diógenes dijo, en Diógenes Laercio, Vida de Diógenes, VI, 45:

    “Viendo una vez a los guardianes de un templo llevándose preso a uno de los administradores que había robado una copa, dijo: “Los grandes ladrones se llevan al pequeño”

    Los dos guardias son, naturalmente, los representantes del poder institucionalizado. La justicia no sólo no era ni es igual para todos, sino que la persecución del pequeño delincuente parece encubrir la permisividad con los grandes delitos económicos. Con demasiada abundancia estamos asistiendo a la impunidad de quienes hunden grandes empresas bancarias que han de ser rescatadas con dinero de todos o dilapidan el dinero público.

    Cuando en otra ocasión le preguntaron a Diógenes cuáles eran los animales más feroces, respondió,según Antonio y Maximo. De lucri cupiditate,226:

    “En las montañas los osos y los leones; en las ciudades los funcionarios y los sicofantas”

    Diogenes interrogatus, quaenam essent ferae pessimae, dixit: In montibus ursi et leones,in civitatibus vero publicani et sycophantae

    Nota: losSicofantas son los delatores.

    Laercio lo cuenta de manera incomprensible por incompleto en VI,51. Conviene saberlo para comprender alguna de las dificultades que tiene la transmisión de los textos antiguos:

    Preguntado cuál es el más dañino de los animales, dijo: “De los salvajes el delator; de los domésticos, el adulador”

    También otros cínicos, como Crates, uno de los más famosos discípulos del “Perro”, como dice Laercio (VI, 85), que por cierto formó pareja con una de las pocas mujeres griegas de las que conocemos su nombre y hechos, Hiparquia, filósofa también cínica locamente enamorada de él, también desprecia el enorme poder de Alejandro que tantas ciudades destruyó y construyó. Nos cuenta Diógenes Laercio en VI, 93:

    A Alejandro, quien le preguntó si quería que se reconstruyera su ciudad natal (Tebas), le contestó: “¿Para qué? Acaso luego otro Alejandro la volverá a destruir”.

    La tarea del filósofo es la de la resistencia, la insurrección,la rebelión, la insumisión.
    En el  artículo anterior comentaba, como decía, la actitud irrespetuosa y contestaría del filósofo cínico Diógenes de Sinope. Los fiolósofos “perros”,  los cínicos, son en la Antigüedad el prototipo de pensador antisistema, anarcoide y libertario y por tanto muy críticos con el poder.

    Diógenes es el más famoso representante de esta línea de pensamiento o escuela que no llega a plasmar sus ideas en obras sistemáticas de pensamiento, si bien es cierto que son muy pocos los restos que nos quedan de lo que escribieron.

    Pues bien, además de Diógenes hay otros muchos ejemplos de intelectuales que critican al poderoso y con ello al poder, sufriendo las duras consecuencias del castigo real. La mayor parte de ellos fueron cínicos pero también fueron  estoicos.

    La actitud de los cínicos es de enfrentamiento directo “y a voces” con los poderosos y con los ciudadanos. Los estoicos son más prudentes.

    Puede reflejar esta actitud un fragmento de la Carta 103 de Séneca a Lucilio en la que le aconseja que desconfíe de los hombres, porque pueden hacer mucho mal a otros hombres, y que se refugie en la filosofía; pero que no ejerza la filosofía con altanería:

    Séneca, Cartas a Lucilio, 103, 4:

    ……. Pero refúgiate tanto como puedas en la filosofía: en su seno hallarás protección y en ese santuario estarás seguro, por lo menos más seguro. No tropiezan unos con otros sino cuando siguen la misma vía. Pero no uses la filosofía con jactancia: para muchos fue causa de peligro el hecho de haberla conducido por caminos de altanería y arrogancia: es menester que te cures de los vicios sin retar a los demás hombres. No menosprecies las costumbres públicas, ni procedas de tal modo que parezcas condenar todo lo que no sea ella misma. La sabiduría puede andar sin pompa y sin malevolencia. Consérvate bueno.

    Quantum potes autem, in philosophiam recede: illa te sinu 1 suo proteget, in huius sacrario eris aut tutus aut tutior. Non arietant inter se nisi in eadem ambulantes via. 2 Ipsam autem philosophiam non debebis iactare; multis fuit periculi causa insolenter tractata et contumaciter.
    [5] Tibi vitia detrahat, non aliis exprobret. Non abhorreat a publicis moribus nec hoc agat, ut quicquid non facit, damnare videatur. Licet sapere sine pompa, sine invidia. VALE.

    Y sin embargo una de las funciones sociales de la filosofía es la de ser crítica con el poder y el poderoso.  Quizás no con la pasión con la que se expresaba Crates  pero tampoco con la pasividad que hace que hoy la filosofía no solo no sea una norma de vida y conducta, sino que la ha reducido a pura teoría y estudio libresco.

    Decía Crates, en Diógenes Laercio, VI, 92:

    “Decía que hay que filosofar hasta el punto de que los generales nos parezcan ser arrieros de acémilas”.

    Esta actitud crítica de los filósofos antiguos frente al poder nos sugiere plantear el papel hoy de la filosofía…

    Pero, ¿juega hoy algún papel la filosofía en la sociedad? ¿No hace demasiado tiempo que quedó confinada en la escuela, reducida al estudio de los libros de filosofía sin relación alguna con la vida de la calle? Como dijo Nietzsche en Conversaciones intempestivas,3a,2  (Schopenhauer como educador):

    “La única crítica posible de una filosofía, la que demuestra algo, la que consiste en ver si se puede vivir con arreglo a dicha filosofía, jamás ha sido enseñada en las universidades, que se contentan con hacer una crítica de palabras con palabras,”

    Nietzsche, Unzeitgemäße Betrachtungen (Schopenhauer als Erzieher)

    Die einzige Kritik einer Philosophie, die möglich ist und die auch etwas beweist, nämlich zu versuchen, ob man nach ihr leben könne, ist nie auf Universitäten gelehrt worden: sondern immer die Kritik der Worte über Worte.

    Más aún, podemos incluso preguntarnos: ¿Tienen sentido hoy en nuestra sociedad “filósofos cínicos”?  ¿No son tan necesarios ahora como hace 2000 años los intelectuales o "filósofos" críticos con el poder, ahora globalizado y en manos de unos pocos?

  • Dión Crisóstomo recrea el encuentro entre Diógenes y Alejandro y expone sus ideas sobre el origen del poder.

    La anécdota más famosa del primer encuentro de Diógenes con Alejandro Magno le sirvió más tarde a Dión Crisóstomo para recrear el encuentro, ironizar sobre el poder y los poderosos y exponer sus ideas sobre el origen divino del poder y la legitimación de su ejercicio.

    El joven Alejandro murió a los treinta y tres años, se convirtió en un semidios en vida y luego en un mito, cuyos ecos llegan hasta el mundo actual. Su vida, repleta de hechos maravillosos y también otros menos gloriosos, queda adornada de todo tipo de referencias y utilizada para todo tipo de fines educativos, morales o de simple diletantismo.

    Diógenes Crisóstomo es uno de los autores que se sirve del eco de Alejandro y también del eco del filósofo cínico Diógenes para exponer sus teorías sobre el poder, cuyo mejor representante y personificación puede ser Alejandro.

    A los encuentros de Alejandro con el filósofo “perro” ya he dedicado un artículo. Véase https://www.antiquitatem.com/diogenes-alejandro-intelectual-politico

    El texto de Dión puede resultar un poco largo, pero merece leerlo con un poco de calma y meditación: resulta una vez más intrigante comprobar cómo las ideas inculcadas una y otra vez en nuestro inconsciente cultural tienen muchos cientos, varios milenios de antigüedad.

    Dión Crisóstomo (Δίων Χρυσόστομος) es un autor griego de época imperial romana mezcla de retórico y filósofo. Si el nom bre Dión es una forma cariñosa, familiar, hipocorística, de "Dios", Δίωs, genitivo de Zeus; el apelativo "Crisóstomo", Χρυσόστομος, de Χρυσόσ, krisos, oro, y  στόμα, stoma, boca, hace referencia a su "piquito de oro" con popular expresión castellana, a su facilidad de expresión o capacidad retórica.

    Nació hacia el año 40, así que vivió en la segunda mitad del siglo I y primeras décadas del siglo II; nació en Pursa, hoy Bursa, pequeña ciudad de la actual Turquía. Tuvo notable éxito en vida y posteriormente, porque de él, aunque se han perdido numerosas obras, también se conservan más de ochenta discursos. Recorrió numerosas lugares deleitando al auditorio con sus “discursos”, o “dando conferencias” como diríamos hoy.  Perseguido por el emperador Domiciano, que castigó a cuantos se le opusieron de alguna forma, luego fue amigo y protegido de Nerva y Trajano. Domiciano mostró una inquina especial por los filósofos e intelectuales, a los que expulsó de Roma en varias ocasiones.

    Como filósofo mantuvo a su vez una postura intermedia o mezcla de cinismo y estoicismo moralizante. En lo referente al poder su postura era bien distinta de la cínica, que es muy crítica cuando no abiertamente contraria a toda autoridad. Como Homero, a quien él mismo recuerda, piensa que el basileus o rey es un elegido de la divinidad y gobierna al mundo en su nombre. Es como un pastor que cuida de sus ovejas. El poder no es un privilegio personal sino una pesada carga y obligación que ha de ejercer el gobernante en beneficio de los gobernados. El gobernante es como un padre benefactor de súbditos libres que deben amarle y obedecerle. Naturalmente el rey, elegido por la divinidad, ha de ser bueno, justo y sabio para realizar bien su función.

    Bien evidente es con cuánto éxito fructificaron estas ideas estoicas en la Antigüedad en tiempos de los emperadores romanos, con las que coincide exactamente el pensamiento cristiano, que dos siglos más tarde se impondrá políticamente en todo el Imperio romano. Esta es la idea que se afianza en la Edad Media y que en algunos casos ha llegado hasta nuestros días: recuérdese la leyenda que no hace tanto ilustraba las monedas españolas con la efigie del jefe dictador Francisco Franco: “caudillo de España por la gracia de Dios”. El estudio de la influencia de los escritos y pensamiento de Dión en la posteridad es un tema de gran interés. Recordemos que de él se han conservado al menos ochenta discursos precisamente por el interés y asiduidad con que fue leído posteriormente.

    De su Discurso IV Sobre la realeza, en el que reproduce el encuentro entre Diógenes y Alejandro Magno y que debió escribir hacia el año 100 y que tal vez leyera ante el propio Trajano, haré un amplio resumen, con el consejo por otra parte de que el lector interesado lea el discurso completo y otros varios de la amplia obra de Dión.

    Dión parece en este discurso demostrar la superioridad del filósofo, del intelectual, frente al rey, pero ello admitiendo la existencia de la monarquía o poder como institución política, en flagrante contradicción con la postura de los cínicos como Diógenes. Es más, el verdadero rey es hijo de Zeus, como ya dijo Homero, aunque luego la condición de rey verdadero haya de ser ratificada por las cualidades espirituales  y morales y no por la fuerza del poder militar de las armas.

    Tal vez el discurso fue pronunciado ante Trajano en la celebración de su cumpleaños en el año 103. Trajano según Dión fue agraciado con un buen “daimon” o espíritu que dirigió eficazmente su actuación.

    Por otra parte el lector podrá apreciar en estos fragmentos la condición de retórico y a la vez filósofo del exitoso Dión.

    Comienza Dión Crisóstomo su "Discurso IV Sobre  la realeza IV”  narrando el encuentro, que ya conocemos con menos detalle y retórica del artículo antes citado :

    Nota: los textos corresponden a la traducción de Gaspar Morocho Gayo. Editorial Gredos.Madrid. 1988

    párrafos 1-15:

    Se cuenta que un día, Alejandro, que no tenía demasiados asuetos, se encontró con Diógenes que tenía mucho tiempo libre. El uno, efectivamente, reinaba sobre los macedonios y muchos otros pueblos; el otro estaba desterrado de Sínope. Muchos de los que cuentan de viva voz o escriben esta historia quedan maravillados de la franqueza de Diógenes, pero no admiran y alaban menos a Alejandro, que, siendo gobernante de tantos pueblos y el más poderoso de los monarcas de aquel tiempo, no desdeñaba el trato con un hombre pobre, pero dotado de entendimiento y de capacidad de aguante.

    Es un rasgo de la naturaleza humana el que todos los hombres sientan regocijo cuando ven el buen  juicio honrado por la suprema magistratura y potestad, hasta el punto de que acerca de tales hombres no solamente divulgan la verdad, sino que incluso modelan la historia sobrepasando la ficción. Además se quitan a los sabios todos las otras cualidades: riqueza, honores, vigor corporal, a fin de que parezca que no son honrados más que por su inteligencia. Pero, como es lógico, yo querría deciros cómo parece que ocurriera esta entrevista, ya que nosotros nos encontramos libres de otras ocupaciones apremiantes.

    Así pues, Alejandro, según se dice, era entre todos los hombres el más entusiasmado por el honor y el más enamorado de la gloria. Se esforzaba en dejar tras de sí la mejor fama y el mayor renombre que pudiese encontrarse entre todos los helenos y bárbaros venideros. Y deseaba, en efecto, recibir honores no solamente entre los hombres de casi todo el universo, sino también entre los pájaros y las fieras montaraces. Así, pues, menospreciaba a los demás hombres y no creía que ninguno fuese digno rival para medirse con él en asuntos de gobierno, ni el rey de Persia, ni el de Escitia, ni el de la India y ni ningún griego, ni ninguna de las ciudades de la Hélade. En efecto, se daba cuenta de que casi todos habían arruinado sus almas, vencidos por la molicie, la ociosidad, el amor por las ganancias y la voluptuosidad. En cuanto a Diógenes, por el contrario, informado de los razonamientos que hacía, de las acciones que ejecutaba y de la manera con la que soportaba el destierro, a veces lo menospreciaba por su pobreza y simplicidad, como joven que era Alejandro y criado en el boato regio, pero con frecuencia lo admiraba y tenía celos de él por su coraje y su fortaleza y, sobre todo, por la gloria que Diógenes había adquirido, ya que siendo un cualquiera era conocido por todos los helenos, que lo admiraban, porque Alejandro no tenia rival que pudiese mostrar una ambición parecida a la suya. Además, Alejandro tenía necesidad de la falange macedonia, de la caballería tesalia, de los tracios, de los peonios y de otra multitud de pueblos para ir donde quería y conseguir lo que deseaba; mientras que Diógenes, completamente solo, marchaba absolutamente seguro, no solamente de día sino de noche, allí donde le gustase ir. Además, Alejandro necesitaba oro y plata en cantidad para cumplir sus deseos, y aún más, si quería ser obedecido por los macedonios y por los demás helenos, se veía obligado a recurrir a promesas y, muchas veces a dádivas con los gobernantes y el resto del pueblo. Diógenes, por el contrario, no hacía la corte para granjearse el favor de nadie, sino que decía a todos la verdad, no poseía ni una dracma, vivía a su manera y no desistía de ninguno de sus proyectos, llevaba en su aislamiento la existencia que él juzgaba la mejor y más dichosa, y no cambiaría su pobreza por el trono de Alejandro ni por las riquezas juntas de los medos y los persas.

    Por eso precisamente Alejandro estaba herido en lo más vivo, por el pensamiento de que otro tuviese sobre él la ventaja de llevar semejante vida, tan fácil tan retirada y tan exenta de disgustos, y cuyo renombre, además no sería inferior al suyo propio. Quizá también creyese Alejandro que ganaría algo en el trato con este hombre; por eso, desde hacía mucho tiempo deseaba verlo y conversar con él. Cuando Alejandro vino a Corinto, después que recibió a los embajadores de los Estados griegos y despachó los demás asuntos de sus aliados, declaró a los de su séquito que quería tener  un rato de asueto y se marchó, no diría yo a llamar a la puerta de Diógenes, porque Diógenes, en efecto, no tenia puertas, ni grandes ni pequeñas, ni casa que le fuese propia, ni hogar, como los dichosos de este mundo; sino que las ciudades le servían de estancia y allí pasaba su vida en los edificios públicos y en los templos que están consagrados a los dioses, y pensaba que su casa era la tierra toda entera, hogar común y común nodriza de todo el género humano. En aquel momento se encontraba Diógenes en el Craneo completamente solo, pues no tenía a su alrededor ni discípulos ni esa multitud que rodea a los sofistas, a flautistas y a maestros de danza. Así, pues, Alejandro avanzó hacia el filósofo que estaba sentado y lo saludó, y Diógenes le lanzó una mirada terrible, a la manera de los leones, y le pidió que se apartara un poco, ya que en aquel momento se encontraba calentándose al sol.

    Alejandro quedó al instante complacido de ver la audacia y la serenidad de aquel hombre que no se había turbado delante de él. Efectivamente, en cierto modo resulta natural que los hombres valientes sientan amor por los que tienen coraje, mientras que los cobardes desconfían de los valientes y los odian como a enemigos y, además, tienen amor y acogen a los villanos. Por eso, para los valientes, la verdad y la franqueza son las más agradables de todas las virtudes, mientras que para los cobardes lo son el halago y la mentira; estos últimos no escuchan con placer más que a los que vienen a pedirles favores, mientras que, por el contrario los primeros no escuchan más que a los que miran de frente a la verdad.

    Luego Diógenes se muestra especialmente  insolente con el poderoso, llamándole incluso y con toda ironía “bastardo”

    Párr.. 16 y ss.

    Diógenes, pues, esperó un instante, después preguntó al rey quién era y qué motivos había tenido para venir a visitarlo.
    -¿Acaso vienes, le dijo, para llevarte alguna de mis posesiones?
    – ¿Pues quiere esto decir, replicó Alejandro, que tienes riquezas de las que darás parte a otro?
    -Sí, por cierto, respondió Diógenes, y muy numerosas y preciosas, pero no sé si t´podrás recibir jamás algunas de ellas. A decir verdad, estas riquezas no son ni espadas ni copas, ni crateras, ni lechos ni mesas como dicen algunos que posee Darío, entre los persas.
    -¿Y qué?, prosiguió Alejandro.¿Tú no conoces en absoluto al rey Alejandro?
    – El nombre, contestó Diógenes, lo he oído referir a muchos charlatanes que revolotean como grajos en su entorno; en cuanto a él, no lo conozco en absoluto, porque no conozco a ciencia cierta sus pensamientos.
    – Bien, vas a conocerlo ahora, contestó Alejandro, y también sus pensamientos, porque he venido a propósito para enseñarte quién soy y para verte.
    – En cuanto a eso, repuso Diógenes, tendrás dificultad para verme, como los cortos de vista tienen dificultad para ver la luz. Pero, dime: ¿eres tú ese famoso Alejandro del cual se dice que es un bastardo?
    Alejandro se ruborizó al oír estas palabras y fue preso de cólera, pero pudo contenerse…

    Diógenes le hizo ver que si era hijo de un dios, como  él se presentaba, resultaba ser un “bastardo”, aunque divino. Alejandro se sintió halagado.

    Sigue luego un diálogo y consideraciones sobre el buen gobierno y el buen ejercicio de la realeza:

    Párr.. 24 y ss.

    “¿Cómo podría, pues, ejercer la realeza de modo ideal?” El filósofo, lanzándole una mirada severa, le repicó: “Y bien, es tan imposible ser verdaderamente un rey y mal príncipe al miso tiempo, como ser malamente bueno. El rey, en efecto, es entre los hombres el más excelente, siempre que sea el más bravo, el más justo y el más amigo de sus semejantes, el más invencible en todo esfuerzo y en todo deseo… De igual manera que no es posible gobernar un navío sin las cualidades de piloto, tampoco se puede ser rey sin las cualidades de rey”.

    Y Alejandro tuvo miedo de mostrar que ignoraba la ciencia de la realeza.

    Diógenes expone luego cómo hay dos tipos de educación, la una divina, la otra humana; no por mucho leer y conocer muchas historias el hombre es más juicioso y más instruido; los verdaderamente educados son “los nobles de alma” educados por los dioses. No son verdaderos educadores los sofistas ignorantes y charlatanes, que son como perros mal adiestrados o como eunucos libidinosos.

    Párr.. 36 y ss.

    Y al escuchar estas palabras Alejandro se extrañó de por qué motivo comparaba a un sofista y a un eunuco, y preguntó a Diógenes la razón de ello.

    – Esto es porque –dijo Diógenes- los más intemperantes de los eunucos pueden ser hombres y se enamoran de las mujeres, y se acuestan con ellas y no les dejan ni un punto de reposo, pero no pasa nada más, incluso aunque tuvieran trato con ellas noche y día. Pues bien, lo mismo ocurre con los sofistas….

    Critica después Diógenes a quienes como Jerjes y Darío no son verdaderos pastores de sus pueblos, sino carniceros que los llevan al matadero; le advierte a Alejandro que no debe jugar a ser rey como Darío. Alejandro en su ambición por dominar a los persas y al mundo entero, le pregunta a Diógenes quién es su enemigo y Diógenes le responde de manera harto elocuente:

    Párr.. 55 y ss.

    – Además, ¿qué enemigo me quedará todavía –objetó Alejandro-, si me convierto en el dueño de los que ya he citado?

    -Aquel que entre todos, prosiguió Diógenes, es el más difícil de combatir: este no habla ni persa ni medo, como creo que habla Darío, sino macedonio y griego.

    Alejandro, entonces, fue presa de turbación y de angustia. Temiendo que Diógenes conociese en Macedonia o en Grecia algún adversario que se estuviese preparando para hacerle la guerra, le preguntó:

    -¿Quién es, pues, ese enemigo que yo tengo en Grecia o en Macedonia?

    – ¿Tú lo ignoras, contestó Diógenes, y crees, sin embargo, saberlo todo?

    -Entonces, insistió Alejandro-, ¿rehusarás nombrarla y me lo ocultarás?

    -Hace largo tiempo, prosiguió Diógenes, que yo hablo de él, pero tú no me entiendes. Tú mismo eres para ti mismo enemigo, el más irreconciliable y el más temible, mientras seas a la vez vicioso y necio. He ahí, añadió Diógenes, al hombre a quien tú conoces menos que a ningún otro. Ninguno hay, en efecto, entre los necios y malvados que se conozca a sí mismo. Apolo, pues, no habría dado este mandamiento como el primero, si para cada uno de nosotros no fuera lo más difícil el conocernos a nosotros mismos. ¿O es que no consideras la necedad como la más grande y la más grave de las enfermedades de todas y la más lastimosa para los que sufren de ella? ¿Y no es un insensato aquel que se daña más a sí mismo? ¿O es que no es para cada uno de nosotros el más funesto aquel que nos causa el mayor número de males? ¿No reconoces que ése es, entre todos nuestros enemigos, el más encarnizado y el peor? Enfádate y salta contra estos enemigos, concluyó Diógenes, y júzgame el más perverso de los hombres, injúriame delante de  todo el mundo y, en el caso de que te parezca bien, atraviésame con tu lanza, pero di que soy el único de los hombres del cual has oído la verdad que no aprenderás de ningún otro, porque todos los otros hombres valen menos que yo y son menos libres que yo.

    Sigue Diógenes exhortando a Alejandro a ser justo y confiar en las buenas obras y no en las armas. Le pide que prepara a su espíritu, a su demonio, su daimon, su genio, para ser libre y justo y con sentimientos dignos de un rey y no un demonio esclavo y malvado. Le pide en resumidas cuentas que aprenda a pensar por sí mismo.

    Le hace ver luego, enfocando ya el final del discurso, que son muchos los vicios y desdichas de los mortales y tres los géneros de vida predominantes que los cínicos fustigan constantemente, que  arruinan al hombre y ha de superar todo gobernante: el deseo de riquezas, la voluptuosidad y el ansia de poder.

    Párr.. 83 y ss.

    “Pero existen, por así decirlo, tres maneras predominantes de vivir, donde cae la mayor parte de los hombres cuando, ¡por Zeus!, en el examen de las cosas y en la valoración que de ellas hacen, no tienen el razonamiento por guía, sino, al contrario, se dejan arrastrar por un impulso irreflexivo y por el azar. En su mismo nombre he de manifestar cuántos son los demonios a los que sigue y corteja la gran turba ignorante; unos siguen a uno, otros siguen a otro, como un cortejo báquico de miserables y desenfrenados a un guía malvado y loco. De estos tres géneros de vida a que me refería, el primero es el de los amigos de la voluptuosidad y del desenfreno, entregados a los placeres corporales; el segundo es el de los amigos del dinero y la riqueza; el tercero –el que se posa delante de los ojos y causa más trastornos que los otros dos juntos-  es el de los fervientes y el de los adoradores del honor y de la gloria, éste es el que muestra más evidente e irremediable trastorno y locura, y es que el ambicioso se engaña a sí mismo en la idea de que está enamorado de un bello ideal.

    La pretensión de Diógenes al denuncia estas formas de vida es cambiar si es posible a los humanos del vicio, de la mentira, de los malos apetitos para conducirlos a ser amigos de la virtud y amantes de una vida mejor. Por eso describe con toda crudeza y detalle a esos tres tipos de hombres viciosos. Con frecuencia incluso coinciden en una misma persona dos o las tres formas de ser. Concluye

    Párr.. 138

    Un alma así, arrastrada y desgarrada, empujada en todas direcciones, en perpetuos combates y disensiones consigo mismo, necesariamente viene a parar en total desdicha.

    El lector podrá juzgar si Alejandro siguió las enseñanzas del filósofo o fue víctima incontrolada de su propia ambición y pasión por el poder, porque la verdad es que junto a la versión heroica, civilizadora, conquistadora, que las crónicas históricas suelen transmitir, hubo otra realidad de muerte y destrucción menos gloriosa en las conquistas del Grande, del semidios.

  • Summum ius summa iniuria, “La extrema justicia es extrema injusticia”

    El sentido de esta frase latina, convertida en proverbio, es advertir de cómo una aplicación de la ley con todo rigor al pie de la letra puede devenir en una enorme injusticia.

    Es una máxima latina con notable arraigo en Occidente porque se ha convertido en un proverbio o frase o sentencia latina, como otras muchas que en su concisión y brevedad están cargadas de contenido.

    Son muchos los ciudadanos que rechazan  una aplicación mecánica y rigorista de la ley,  que como recoge los Digesta Iustiniani,40, 9,12 en otra sentencia también lapidaria, siempre es dura: Dura lex, sed lex, La Ley es dura, pero es la ley.

    Son también  muchos los partidarios de una dura aplicación. Tal vez sin un conocimiento suficiente de la situación, tengo la impresión personal de que la ley tiene una aplicación más rigorista en EEUU, a pesar de que la tradición anglosajona del derecho basado en la experiencia de la aplicación, que se aplica en Gran Bretaña, parecería aconsejar todo lo contrario.

    El origen de esta frase no parece estar en el propio mundo del derecho teórico, porque encierra en sí una contradicción o autonegación de la propia ley. Parece más bien recoger el valor de la experiencia en la aplicación, que aconseja tener en cuenta las circunstancias concretas del incumplimiento de la norma y de la aplicación de la pena.

    Desde el punto de vista retórico sería una especie de oxímoron ((del gr. ὀξύμωρον) o unión de dos ideas de significación contradictoria o “absurdo ingenioso” como le llaman los griegos, o en latín “contradictio in terminis” (contradicción en los términos –linguísticos-), que se explica por el contexto. La palabra oxímoron procede de las griegas ὀξύς (oxýs: ‘agudo, punzante’) y μωρός (morós: ‘fofo, romo, tonto’); así que la misma palabra es un ejemplo de oxímoron.

    También puede considerarse como un caso de “figura etimológica” o utilización de varias formas derivadas de un mismo lexema en tanto en cuanto “iniuria” deriva o niega a “ius”.

    La frase como tal “súmmum ius, summa iniuria”  sólo aparece en Cicerón en su obra Sobre los Deberes  (De officiis I, 33), que más adelante comentaré.

    Se cita como precedente un texto de una comedia de Terencio, que es muy similar. Emplea Terencio en  su Heautontimorumenos (El atormentador de sí mismo) la expresión  “ius súmmum saepe summa’st malitia”, “la suma justicia muchas veces es un sumo mal”.

    El autor de comedias latino Terencio se inspira directamente, cuando no traduce literalmente, en las comedias del autor griego Menandro. Este hecho y la influencia griega que también tiene en gran medida el propio Cicerón, permite pensar que el origen de la frase estaría en el mundo griego, pero no conservamos la obra de Menandro para comprobarlo.

    En todo caso si es cierto que en el mundo griego surge la cuestión de la relación entre la justicia,  dikaion  (δίκαιον), la ley (νόμος) nomos,  y la equidad , ἐπιείκεια, epiqueya.

    Observemos que en la aplicación del derecho del Atica se prefiere el arbitraje y las propuestas conciliadoras que la actuación exclusiva de los tribunales.

    Cicerón, recogiendo sin duda más  una opinión y sentimiento ciudadano extendido, rechaza o advierte de la rigidez formalista y literal del Derecho Romano, como se deduce de los ejemplos que aduce en el texto que inmediatamente transcribiré, sin pretender por ello que la sentencia en cuestión formara parte del corpus iuridicum en sí.

    Epiqueya”, ἐπιείκεια, (equidad), es un término griego, de valor jurídico, que se refiere a la aplicación concreta de una ley, que siempre es general, a los casos concretos que son los reales. Se trata de una virtud moral que permite a una persona no aplicar la observación literal de una norma positiva para respetar o ser fiel al sentido o espíritu auténtico de la propia norma. El Diccionario de la Real Academia Española lo define como: 1. f. Interpretación moderada y prudente de la ley, según las circunstancias de tiempo, lugar y persona.

    Los antiguos (Platón, Aristóteles,…) dedicaron mucho tiempo a este tema  de la “epiqueya” y por tanto del significado y valor de la ley y del derecho como instrumento para su aplicación.  Sin duda merece un artículo que en su momento realizaré.

    Así que el primer texto latino,  corresponde  Terencio,  que, como decía  en su Heautontimorumenos (El atormentador de sí mismo), Acto IV, Escena 5,48 ( v. 796) emplea la expresión  “ius súmmum saepe summa’st malitia”.

    Nota: la comedia de Terencio, copia o simple traducción de una similar de Menandro, se representó por primera vez en el año 163 a.C.  En ella Menedemo, un padre anciano, se atormenta y lamenta de haber sido un padre demasiado severo que obligó a su hijo Clinias a escaparse de casa y alistarse en un ejército extranjero. Luego la obra se desarrolla en torno a un enredo amoroso típico de estas comedias.

    HEAVTON TIMORVMENOS 795 (Acto4,Escena 5,48)


    SIRO. – Por otra parte, Cremes, yo hago eso como  justo y bueno.

    CREMES. – Y yo  deseo sobre todo que te decidas a hacerlo, pero por otro camino.

    SIRO. – Hágase; hablemos de otra cosa. Aquello que te dije del dinero que esa le debe a Baquis,  hay que devolvérselo ahora a ella. Y tú, naturalmente,  no te refugies en aquello: “¿Qué tiene que ver conmigo? ¿Acaso me lo dieron a mí? ¿Acaso lo ordené yo? ¿Acaso podía ella dar en prenda a mi hija sin mi consentimiento?” Es verdad, Cremes, lo que dicen: “La más estricta justicia es a menudo la mayor maldad”

    CREMES. – No lo haré.

    SIRO. – Ciertamente si a otros les está permitido, a ti no te está permitido: todos creen que tú estás en una situación limpia y bien hecha.

    SYRUS: Caeterum equidem istuc, Chrene,
    Aequi bonique facio.

    CHREMES  atqui quam maxume
    volo te dare operam ut fiat, verum alia via.

    SYRUS (Servus). fiat, quaeratur aliquid. sed illud quod tibi     
    dixi de argento quod ista debet Bacchidi,
    id nunc reddendumst illi: neque tu scilicet
    illuc confugies: "quid mea? num mihi datumst?
    num iussi? num illa oppignerare filiam
    meam me invito potuit?" verum illuc, Chreme,      
    dicunt: "ius summum saepe summast malitia."

    CHREMES. haud faciam.

    SYRUS. immo aliis si licet, tibi non licet:
    omnes te in lauta et bene acta parte putant.

    La forma de Cicerón es la única que aparece como tal en la literatura latina. Aparece, como dije, en su obra Sobre los Deberes (De officiis) lib.I,33.

    Muchas  veces existen también injusticias derivadas de alguna calumnia y de una interpretación demasiado astuta y maliciosa del derecho. Por lo que se ha hecho ya corriente en la conversación aquel proverbio “la extrema justicia es extrema injusticia”. Y en este tipo se peca también mucho en los asuntos públicos, comoaquel , que, habiendo hecho con el enemigo una tregua de treinta días, por la noche devastaba los campos, porque la tregua era de días, no de noches.

    Ni tampoco puede ser aprobado nuestro compatriota, si es verdad que Quinto Fabio Labieno o cualquiera otro –no lo conozco sino de oídas-  nombrado por el senado árbitro para tratar de los límites entre los habitantes de Nola y los de Nápoles, cuando llegó al lugar, habló por separado con unos y otros para que no se comportaran con ambición ni con codicia y que prefirieran retrotraer sus límites a adelantarlos. Como las dos partes lo hicieron así, quedó en medio una parte de campo. En consecuencia él fijó los límites como ellos mismos habían dicho; el campo que había quedado en medio lo adjudicó al pueblo romano. Esto es engañar, no juzgar. Por ello en toda ocasión hay que huir de tales sutilezas.

    Hay también algunos deberes que han de ser observados con aquellos de quienes has recibido una injusticia. Hay, pues,  un límite para la venganza y para el castigo; y no sé si es suficiente que aquel que ha ofendido, se arrepienta de su injustica, de forma que él mismo no haga nada semejante de nuevo y los demás sean más remisos para cometer injusticias.

    Y en los asuntos públicos se han de respetar sobre todo los derechos de la guerra. Pues habiendo dos tipos de dejar de luchar, uno mediante la negociación y otro mediante la fuerza, y siendo aquel más propio del hombre y este de los animales, se habrá de recurrir a este último si no se puede utilizar el primero.

    Nota: la historia de la tregua de los días y no de las noches se cuenta de Cleomenes, rey de Esparta (520-491 a.C.) en la guerra que con Argos. Lo cuenta Plutarco, en su Apophthegmata Laconica, 223A, “Máximas de espartanos”

    DE OFFICIIS LIBER PRIMVS 33

    Existunt etiam saepe iniuriae calumnia quadam et nimis callida sed malitiosa iuris interpretatione. Ex quo illud "summum ius summa iniuria" factum est iam tritum sermone proverbium. Quo in genere etiam in re publica multa peccantur, ut ille, qui, cum triginta dierum essent cum hoste indutiae factae, noctu populabatur agros, quod dierum essent pactae, non noctium indutiae. Ne noster quidem probandus, si verum est Q. Fabium Labeonem seu quem alium–nihil enim habeo praeter auditum –arbitrum Nolanis et Neapolitanis de finibus a senatu datum, cum ad locum venisset, cum utrisque separatim locutum, ne cupide quid agerent, ne appetenter, atque ut regredi quam progredi mallent. Id cum utrique fecissent, aliquantum agri in medio relictum est. Itaque illorum finis sic, ut ipsi dixerant, terminavit; in medio relictum quod erat, populo Romano adiudicavit. Decipere hoc quidem est, non iudicare. Quocirca in omni est re fugienda talis sollertia.

    .Sunt autem quaedam officia etiam adversus eos servanda, a quibus iniuriam acceperis. Est enim ulciscendi et puniendi modus; atque haud scio an satis sit eum, qui lacessierit, iniuriae suae paenitere, ut et ipse ne quid tale posthac et ceteri sint ad iniuriam tardiores.

    Atque in re publica maxime conservanda sunt iura belli. Nam cum sint duo genera decertandi, unum per disceptationem, alterum per vim, cumque illud proprium sit hominis, hoc beluarum, confugiendum est ad posterius, si uti non licet superiore.

    Curiosamente encontramos una cita en Columela, autor de una obra sobre la agricultura, referida a la relación del señor y dueño de las tierras con sus colonos;  dice en De re rustica, libro I,7:

    Una vez aceptadas y dispuestas todas estas cosas de esta manera, se requiere la principal preocupación del señor para las restantes cosas, especialmente para con los hombres. Estos pueden ser o colonos o esclavos, y estos o sueltos o atados con cadenas.  Actúe suavemente con los colonos y se muestre asequible. Exija con más empeño el trabajo que los pagos, porque esto ofende menos, y sin embargo en conjunto es más beneficioso. Pues cuando un campo se cultiva con diligencia, siempre aporta ganancias y nunca pérdidas, excepto en caso de fuerza mayor como el tiempo o el robo, y por ello el colono no se atreve a pedir la condonación.

    Ni tampoco el señor debe ser pesado en exigir su derecho en cada una de las cosas con las que el colono está obligado, como en las fechas de los pagos o en exigir  la leña y las restantes pequeñas aportaciones cuyo cumplimiento acarrea a los campesinos más molestia que gasto. Ni por supuesto se debe reclamar todo lo que nos está permitido, pues ya los antiguos consideraban  a la justicia extrema como una extrema cruz (extremo castigo o sufrimiento)


     His omnibus ita vel acceptis vel compositis, praecipua cura domini requiritur, cum in ceteris rebus, tum maxime in hominibus. Atque hi vel coloni vel servi sunt, soluti aut vincti. Comiter agat cum colonis, facilemque se praebeat. Avarius opus exigat quam pensiones, quoniam et minus id offendit, et tamen in universum magis prodest. Nam ubi sedulo colitur ager, plerumque compendium, numquam (nisi si caeli maior vis aut praedonis accessit) detrimentum affert, eoque remissionem colonus petere non audet. Sed nec dominus in unaquaque re, cum colonum obligaverit, tenax esse iuris debet, sicut in diebus pecuniarum, ut lignis et ceteris parvis accessionibus exigendis, quarum cura maiorem molestiam quam impensam rusticis licet. Nec sane est vindicandum nobis quidquid licet. Nam summum ius antiqui summam putabant crucem.

    Nótese que Columela ha sustituido “iniuria” por “crucem”,  cruz con el sentido de castigo, lo que aleja también la expresión del lenguaje técnico jurídico.

    Existe también otra cita curiosa en la primera de las cartas de San Jerónimo (c.340-420),  que en este caso dirige a su compañero Inocencio. En ella relata la historia milagrosa de una muchacha cristiana acusada falsamente por su marido de adulterio. La joven niega la acusación confiando en la ayuda de Dios. El verdugo intenta seis veces en vano ajusticiarla; cada vez que descarga el golpe de su espada sobre el cuello de la joven, la espada se detiene al contacto con la carne. Un segundo verdugo  consigue por fin al séptimo intento dar muerte a la joven, que pronto vuelve a la vida con la ayuda divina. Mientras tanto ha muerto otra mujer, que sustituye a la primera en la tumba; la resucitada es escondida en una granja cercana. Pero he aquí que un funcionario celoso sospecha algo y pide ver de nuevo el cuerpo de la joven. Es entonces cuando San Jerónimo exclama en el parágrafo 14:

    La mujer es ocultada en casa lejos apartada del odio del verdugo confuso, y para que las frecuentes visitas del médico a la Iglesia no levantaran sospechas, la trasladaron en compañía de algunas jóvenes muchachas a una pequeña casa de campo más escondida con el pelo cortado. Allí cambiado también su vestido por uno masculino, poco a poco van cicatrizando sus heridas. Incluso después de tantos milagros, todavía se siguen ensañando las leyes. Ciertamente, “la suma justicia es el sumo mal”.  

    Tali invidia carnifice confuso clam domi mulier fodiatur et, ne forte creber ad ecclesiam medici commeatus suspicionis panderet viam, eum quibusdam virginibus ad secretiorem villulam secto crine transmittitur. Ibi paulatim virili habitu veste mutata in cicatricem vulnus obducitur. Et—‘ O vere ius summum summa malitia! ’—post tanta miracula adhuc saeviunt leges.

    Curiosamente, San Jerónimo utiliza la expresión de Terencio summa malitia” y no la de Cicerónsúmma iniuria”, que es la que posteriormente se ha generalizado, probablemente por la vistosa y retórica contraposición “ius/in-iuria”.

    En resumen, el proverbio, nos advierte de que la aplicación rigurosamente estricta y literal de la ley positiva, puede producir grandes daños jurídicos, por lo que el juez o el agente judicial ha de actuar aconsejado por la equidad; de lo contrario el Derecho, la ley, la justicia puede devenir irónicamente en injusticia.

    Esto explica lo que el Código Civil Español dice en su artículo 3:

    Artículo 3.
    1. Las normas se interpretarán según el sentido propio de sus palabras, en relación con el contexto, los antecedentes históricos y legislativos, y la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas, atendiendo fundamentalmente al espíritu y finalidad de aquellas.
    2. La equidad habrá de ponderarse en la aplicación de las normas, si bien las resoluciones de los Tribunales sólo podrán descansar de manera exclusiva en ella cuando la ley expresamente lo permita.

    El proverbio, por lo demás, se ha generalizado en todas las lenguas, como por ejemplo: en inglés:  Rigorous law is often rigorous injustice./ Extreme law, extreme injustice; en italiano: il sommo diritto è somma ingiustizia o Gran giustizia, grande offesa; en francés: Excès de justice, excès d’injustice; en alemán: Das strengste Recht, das grösste Unrecht.

  • No se debe maltratar a los anímales

    El respeto a los animales y a la naturaleza en general es una preocupación muy moderna. No son abundantes los textos antiguos que supongan una reflexión explicita sobre la necesidad de respetar el “medio ambiente”, entre otras razones porque la capacidad de destruirlo o modificarlo era mucho menor y esto probablemente hacía innecesaria esa reflexión.

    Sí hay ciertamente numerosas referencias de textos que aconsejan al hombre “vivir de acuerdo con la naturaleza”,  pero el punto de vista de este consejo no está centrado en la conservación de la naturaleza sino en el modo de vida del propio hombre.

    Tampoco hay una conciencia explícita de los llamados hoy en día “derechos de los animales”; antes bien, la opinión extendida es más bien la de que los animales, que no tienen alma, al menos como la humana, tampoco tienen “derechos”.

    Es una excepción la creencia y norma vital de Pitágoras y sus discípulos, y otros varios personajes, que creen en la metempsicosis o transmigración de las almas, también en los animales, y que en consecuencia  no pueden comer carne animal y son vegetarianos. 

    Por todo esto  hay algunos textos especialmente interesantes y chocantes en el contexto anterior, como por ejemplo algunas disposiciones legales que obligaban a respetar y no maltratar a los animales de carga del “cursus publicus” o “servicio estatal  de transportes y comunicaciones oficiales del Imperio”.

    Este “servicio de transportes” es una notable creación romana que se atribuye a Augusto y se desarrolló notablemente en el Imperio. Hubo notables precedentes, como el sistema de relevos creado por el rey persa Darío I al que hacía referencia en https://www.antiquitatem.com/posta-correos-mansiones-via-cursus

    En otra ocasión  comentaré el tema del cursus publicus con más extensión y detalle; baste hoy con conocer que este servicio “público” o estatal, que no de uso general del “público”, se creó, como es lógico, sobre la estructura del extraordinario sistema de “vías” o caminos que conducían a Roma, “la urbe o ciudad” por excelencia. A lo largo del camino, cada veinticinco o treinta kilómetros existían unas estaciones, ventas, fondas o paradores en los que pernoctar y descansar y cambiar de animales de transporte de viajeros o de carga de refresco. Salvando las distancias, eran algo parecido a nuestras estaciones o áreas de servicio de nuestras carreteras y autopistas.

    Pues bien, este ”cursus publicus” está muy regulado por las leyes. En el Código de Teodosio, Codex Theodosianus” se conservan sesenta y seis disposiciones regulatorias del servicio en el Libro VIII, Título 5 que precisamente se titula “Sobre la posta, carruajes y servicios complementarios” ( De angariis et parangariis).

    Entre esas disposiciones  hay algunas que obligan a tratar bien a los animales de posta y de carga. La más llamativa de ellas es la 8.5.2 que impide los excesos y crueldad en el trato de estos animales:

    Codex Theodosianus, 8.5.2 Los animales del “correo  oficial” (cursus publicus) sólo han de ser obligados con varas o látigos, pero no con bastones.

    El mismo Augusto a Titiano.

    Como quiera que muchas personas obligan al comienzo mismo de la carrera a los animales públicos a agotar todas las fuerzas que tienen con fortísimos bastones llenos de nudos, me place  que de ninguna manera  use alguien el bastón para espolearlos, sino que use ciertamente  o una vara o un látigo con un pequeño aguijón atado en la  punta que pueda excitar los miembros perezosos con un inocuo cosquilleo, pero no para intentar sacar todo lo que las fuerzas no pueden dar. Quien siendo (soldado) de graduación  elevada actuara contra esta ley, será castigado con la humillación de la degradación; el simple operario (soldado raso),  que reciba la pena de deportación.

    Dado el día anterior a los Idus de mayo, siendo cónsules Sabino y Rufino (el 14 de mayo del año 316).

    CTh.8.5.2 De animalibus cursus publici,virga tantum, aut flagro, non fustibus cogendis

    Idem a. ad Titianum.

    Quoniam plerique nodosis et validissimis fustibus inter ipsa currendi primordia animalia publica cogunt quidquid virium habent absumere, placet, ut omnino nullus in agitando fuste utatur, sed aut virga aut certe flagro, cuius in cuspide infixus brevis aculeus pigrescentes artus innocuo titillo poterit admonere, non ut exigat tantum, quantum vires valere non possunt. Qui contra hanc fecerit sanctionem promotus, regradationis humilitate plectetur: munifex poenam deportationis excipiat. Dat. prid. id. mai. Sabino et Rufino conss. (316 mai. 14).

    La ley es de la época de Constantino. La norma castiga los excesos y crueldad en el trato de los animales del cursus publicus y la pena está en función de la categoría del infractor, pena en el caso del infractor de menor grado o sin graduación ciertamente severa.

    Algunas otras regulan con precisión el peso y carga que han de transportar los diversos tipos de vehículos y los propios animales. Se puede apreciar también en ellas cierto matiz de respeto y consideración con los animales del servicio público.

    En CTh.8.5.8.1 y 2  se dice:

    ….

    Determinamos que al carro de cuatro ruedas (raeda) sólo se le pueden cargar mil libras de peso, al carro de dos ruedas (birota) doscientas, a una caballería treinta; pues no parece conveniente que soporten pesos mayores. (24 de junio de 357 [356]).

    Que en época estival se unzan al carro de cuatro ruedas (reda) ocho mulas  y en invierno diez; consideramos que tres son suficientes para los carros de dos ruedas (birrotas). Y ordenamos que se ocupen de todas estas cosas los supervisores de cada región, bajo la pena establecida  legalmente para ellos. Dado ocho días antes de las calendas de Julio en Milán, siendo Constantino Augusto cónsul por octava vez y  Juliano César cónsul por segunda (24 de junio de 357 0 356)

    CTh.8.5.8.1

    Statuimus raedae mille pondo tantummodo superponi, birotae ducenta, veredo triginta; non enim ampliora onera perpeti videntur. (357 [356] iun. 24).

    CTh.8.5.8.2

    Octo mulae iungantur ad raedam aestivo videlicet tempore, hiemali decem; birotis trinas sufficere iudicavimus. Adque haec cuncta regionibus praestitutos curare praecipimus poena eis proposita. Dat. VIII kal. iul. Mediolano Constantio a. VIIII et Iuliano caes. II consulibus. (357 [356] iun. 24).

    Y las mismas exigencias de limitación de peso se repiten en CTh.8.5.17 en una norma de 14 de marzo del año 364, en donde se fijan penas de exilio para el ciudadano libre y de trabajo en las minas si es esclavo (si liber sit, exilii poenam, si servus, metalli perpetua supplicia subeunda)

    Los Emperadores Valentiniano y Valente, Augustos, a Menandro

    Permitiremos que se cargue en los vehículos no más de mil libras, y los usuarios del correo tendrán suficiente con la concesión que hacemos de transportar treinta libras en los caballos. Todo lo que se considere que excede esta medida, deberá ser adjudicado al fisco a expensas de aquel que haya actuado contra la ley.

    Para acabar por completo con el uso de vehículos enormes, decretamos también absolutamente que, si algún fabricante creyese que puede construir un vehículo mayor que lo que dice la norma que acabamos de prescribir, no dude que si es libre sufrirá la pena de exilio y si es esclavo, sufrirá la pena perpetua de trabajos en las minas.

    Dado el día anterior de los Idus de marzo, en Milán, siendo cónsules el divino Juliano y Varroniano. (14 de marzo de 364).

    CTh.8.5.17pr. y 8.5.17.1

    De mensura seu modo ponderis et vehiculorum

    Impp. Valentinianus et Valens aa. ad Menandrum. Vehiculis nihil ultra mille librarum mensuram patiemur imponi, ita ut veredarii sat habeant, quod his triginta libras equis vehere concessimus. Quidquid igitur supra mensuram exsuperare constiterit, ad dispendium eius, qui in legem conmiserit, fisco conveniet adscribi. (364 mart. [?] 14).
    CTh.8.5.17.1

    Illud sane, ut penitus enormium vehiculorum usus intercidat, sanciendum esse decernimus, ut, quisquis opificum ultra hanc quam perscripsimus normam vehiculum crediderit esse faciendum, non ambigat sibi, si liber sit, exilii poenam, si servus, metalli perpetua supplicia subeunda. Dat. prid. id. mart. Mediolano divo Ioviano et Varroniano conss. (364 mart. [?] 14).

    Y de nuevo se especifica estas cargas y pesos en CTh.8.5.28 De pondere seu onere redae, angariae, veredi, en donde se extienden estas normas aplicadas en la Galia a Iiria e Italia:

    CTh.8.5.28 Sobre el peso o carga del carro de cuatro ruedas (raeda), de los furgones (angaria)  y de los caballos de posta.

    Los mismos Augustos  a Probo, prefecto del Pretorio.

    Como quiera que ya resulta muy provechoso en Las Galias, conviene ahora repetirlo en Iliria y en las regiones de Italia: que en el carro de cuatro ruedas (raeda) no se transporte más de mil libras de peso, mil quinientas sean suficientes para el furgón (angaria, con tiro de cuatro bueyes), y nadie imponga más de treinta a la caballería.

    Dado el día quinto antes de las calendas de enero en Sirmio, siendo cónsules  Valentiniano y Valente, Augustos. (28 de diciembre del 368? 370? 373?)

    CTh.8.5.28 De pondere seu onere redae, angariae, veredi

    Iidem aa. ad Probum praefectum praetorio.

    Quod iam Gallis prodest, ad Illyricum etiam Italiaeque regiones convenit redundare, ut non amplius raeda quam mille pondo subvectet, angariae mille quingenta sufficiant, veredo ultra triginta nullus imponat.

    Directa V kal. ian. Sirmio Valentiniano et Valente aa. conss. (368? 370? 373? dec. 28).

    Y una vez más en CTh.8.5.47. De la carga o peso que se ha de poner en los vehículos y caballerías.

    Los mismos Augustos a Cinegio, Prefecto del Pretorio.

    El carro de cuatro ruedas (reda) deberá cargarse con un peso de mil libras y el carro no más de seiscientas, añadiendo que el oro y los diversos tipos de productos que se reparten no se envíen en vehículos según lo quieran los escoltas y cobradores de impuestos, sino en los vehículos adecuados al peso y carga. A estos por supuesto no les estará permitido bajo amenaza de pena capital llevar cualquier carga privada en contradicción con lo que prescribe nuestra ley ni a transportar como un regalo a otros que deban ser transportado como si se tratara de una subasta, con excepción de aquellos que la necesidad de escolta exija que acompañen.

    Y como quiera que el cuidado de los correos ha de hacerse con la misma racionalidad, la silla y los frenos no pasará de sesenta libras y las alforjas ciertamente de treinta y cinco,  con la condición de que si alguien excediera los límites  prescriptos  de la moderación imperial, su silla sea partida en pedazos, y las alforjas se asignarán a las cuentas del fisco.

    Dado el décimo quinto día antes de las calendas de julio en Constantinopa, siendo cónsules Arcadio, Augusto, por primera vez y Bautón. (17 de junio de 385)

    CTh.8.5.47pr. De onere seu pondere vehiculis et veredis imponendo.

    Idem aaa. Cynegio praefecto praetorio. Raedae mille librarum onus imponi debet, carro sescentarum nec amplius addito eo, ut aurum ceteraeque species largitionales non ad libidinem prosecutorum vel susceptorum, sed aptis oneri ac ponderi vehiculis deferantur. Quibus utique non licebit sub capitalis exitii minis quicquam oneris privati secus quam lex nostra praescribit imponere neque alios mercede subvehendos velut proposita licitatione conducere, exceptis his quos necessitas prosecutionis adiunxerit. (385 iun. 17).

    CTh.8.5.47.1
    Et quoniam veredorum quoque cura pari ratione tractanda est, sexaginta libras sella cum frenis, triginta quinque vero averta non transeat, ea condicione, ut, si quis praescripta moderaminis imperatorii libramenta transscenderit, eius sella in frusta caedatur, averta vero fisci viribus deputetur. Dat. XV kal. iul. Constantinopoli Arcadio a. I et Bautone conss. (385 iun. 17).

    Incluso hay una norma para garantizar el adecuado alimento de los animales de la posta oficial.

    CTh.8.5.60 Del forraje de los animales del correo oficial (cursus publicus)

    Los mismos Augustos a Mesala, prefecto del Pretorio.

    Si el forraje se valora en un precio excesivamente alto e injusto, claramente quedan perjudicados los animales públicos (del correo oficial) por los adjudicatarios (del servicio)junto a los escoltas (apparitores) del magistrado. Para que esto no ocurra, que tu “Sublimidad” disponga que no falte forraje en las estaciones de relevos ni se grave a los provinciales más de lo que razonablemente permita la justicia.

    Dado el día quinto antes de las calendas de diciembre. En Milán siendo cónsules Estilicón y Aureliano (27 de diciembre del año 400)

    CTh.8.5.60 De pabulo animalium cursus publici

    Idem aa. Messalae praefecto praetorio. Animalia publica, dum longe maiore ac periniquo pretio pabula aestimantur, per mancipes adque apparitores aperte vexantur. Ne id contingat, sublimitas tua disponat, ut neque pabula mutationibus desint neque provinciales ultra, quam iustitiae sinit ratio, praegraventur. Dat. V k. dec. Mediolano Stilichone et Aureliano conss. (400 nov. 27).

    Algunos pueden pensar que estas  normas no se deben tanto al respeto al animal como ser vivo semejante al hombre cuanto a un interés económico por no destruir un instrumento necesario. Que cada uno juzgue como considere oportuno los textos anteriores.

    Desde luego contrastan estos textos con la utilización que los propios romanos hacen de los animales, cuanto más exóticos mejor, para espectáculos de todo tipo en el anfiteatro. Como contrastan también con el  jolgorio y alegría que levantan en amplios sectores de la sociedad actual actos de atávica crueldad como el famoso y desdichado “Toro de la Vega” de estos días y otras muchas decenas de ejemplos similares que la  “tradición” no puede justificar moralmente.

  • ¿Por qué condenaron a Sócrates a la muerte?

    La pregunta ha sido muchas veces formulada. Platón en su “Apología o Defensa de Sócrates” y en algunos diálogos y Jenofonte en su “Defensa de Sócrates”, nos dan información suficiente de cómo se fue generando el ambiente negativo para condenar al más sabio y justo de los hombres por la denuncia aparentemente inconsistente de tres compatriotas mediocres y envidiosos.
    Y es justamente esta insuficiencia e injusticia la que mantiene siempre vivo el interés por comprender la contradicción de que la primera democracia de la Historia condenara injustamente al más sabio y justo de los hombres, que acepta con entereza la pena de muerte.Ahora bien, como norma general, no puede interpretarse el pasado con los valores sociales del momento actual.

    Sócrates se ganó a lo largo de su vida numerosos enemigos  por diversas razones. En el fondo lo que se enfrenta en su proceso es la ciudad tradicional con sus valores colectivos frente a la aparición y auge de las personalidades individuales, como es el caso de Sócrates, que cuestiona o incumple los modos ciudadanos de la colectividad. Por ejemplo, no es ateo porque no crea en los dioses, sino porque no cumple los ritos a la manera tradicional.

    En el año 406 a.C. fue elegido en el correspondiente sorteo miembro del Consejo Ateniense de los Quinientos. Siendo miembro de la Comisión Pritana, la Asamblea popular se empeñó en condenar a muerte a los generales de la batalla de las Arginusas  por no recoger los cadáveres de los soldados muertos. Sócrates mantuvo su criterio personal y se opuso a la absurda condena; se enfrentó al poder democrático del momento. Más aún, criticó algunas características del poder democráticos, como la elección de algunos cargos por “sorteo”, sin garantía alguna de elegir a los mejores.

    Más tarde desobedeció, manteniendo también su criterio, a los  Treinta Tiranos cuando le ordenaron detener y conducir a la muerte a León de Salamina. Se enfrenta ahora al poder oligárquico.

    Platón, y también Jenofonte, escribieron, como he dicho, dos “Defensas o Apologías” de su maestro Sócrates. Transcribiré y comentaré el texto de Platón. En su consideración hemos de tener en cuenta varias cuestiones.
    Aunque se le llama “diálogo” en realidad no lo es tal, sino más bien un “monólogo” en el que el propio Sócrates expone su defensa y desmonta los argumentos de sus acusadores.

    Pero téngase en cuenta que, naturalmente, esto no es una transcripción del juicio sino una especie de discurso forense de defensa que Platón escribió algunos años después de la muerte de Sócrates. Es por tanto una obra literaria, digna de ser leída y comentada incluso 2300 años después, de la que podemos extraer importantes conocimientos históricos y valores cívicos y sociales. De la fuerza real que como discurso defensivo hubiera tenido de haber sido real, tienen los lectores todo el derecho a plantear todas las dudas que deseen. El regusto que deja, ciertamente, es el de que se está defendiendo a un culpable “social”, a una persona que ha chocado con las normas y convencionalismos sociales imperantes en la Atenas del momento. En todo caso, por la trascendencia que la figura de Sócrates y su muerte ha tenido en toda la cultura occidental, la lectura de estos textos es obligada.

    Platón, en su Defensa  hace relatar al  mismo Sócrates estos dos hechos de integridad moral,de oposición al poder establecido, que tan  malas consecuencias le trajeron:

    Nota: Los textos corresponden a la traducción que Patricio de Azcárate hizo en 1871 de las obras completas de Platón. Las obras de Platón están accesibles en internet en:  http://www.filosofia.org/cla/pla/azcarate.htm

    No obstante, para mayor facilidad reproduzco al final el texto completo de la “Defensa de Sócrates” de Platón, que es una obrita no excesivamente larga y digna de ser leída en su totalidad por quien tenga interés en estos temas.

    32b-32e

    Ya sabéis, atenienses, que jamás he desempeñado ninguna magistratura, y que tan sólo he sido senador. La tribu Antioquida, a la que pertenezco, estaba en turno en el Pritaneo, cuando contra toda ley os empeñasteis en procesar, bajo un contexto, a los diez generales que no habían enterrado los cuerpos de los ciudadanos muertos en el combate naval de las Arginusas; injusticia que reconocéis y de la que os arrepentisteis después. Entonces fui el único senador que se atrevió a oponerse a vosotros para impedir esta violación de las leyes. Protesté contra vuestro decreto, y a pesar de los oradores que se preparaban para denunciarme, a pesar de vuestras amenazas y vuestros gritos, quise más correr este peligro con la ley y la justicia, que consentir con vosotros en tan insigne iniquidad, sin que me arredraran ni las cadenas, ni la muerte.
    Esto acaeció cuando la ciudad era gobernada por el pueblo, pero después que se estableció la oligarquía, habiéndonos mandado los treinta tiranos a otros cuatro y a mí a Tolos}, nos dieron la orden de conducir desde Salamina a León el Salaminiano, para hacerle morir, porque daban estas órdenes a muchas personas para comprometer el mayor número de ciudadanos posible en sus iniquidades; y entonces yo hice ver, no con palabras sino con hechos, que la muerte a mis ojos era nada, permítaseme esta expresión, y que mi único cuidado consistía en no cometer impiedades e injusticias. Todo el poder de estos treinta tiranos, por terrible que fuese, no me intimidó, ni fue bastante para que me manchara con tan impía iniquidad.
    Cuando salimos de Tolos, los otro cuatro fueron a Salamina y condujeron aquí a León, y yo me retiré a mi casa, y no hay que dudar, que mi muerte hubiera seguido a mi desobediencia, si en aquel momento no se hubiera verificado la abolición de aquel gobierno. Existe un gran número de ciudadanos que pueden testimoniar de mi veracidad.

    (Nota: si democracia, del griego antiguo δημοκρατία, compuesto de δῆμος (dḗmos, «pueblo») y κράτος (krátos), «poder, «gobierno, fuerza» lo explicamos como “gobierno del pueblo”, “oligarquía”, del griego antiguo ὀλιγαρχία (oligarkhia), compuesto de ὀλίγος (oligos, "poco") y -αρχία (-arkhía), de ἀρχός (arkhos, "jefe"), o ἄρχω (arkhō), "mandar" , lo explicaremos como “gobierno de unos pocos” . Oclocracia (del griego ὀχλοκρατία okhlokratía) es el gobierno de la muchedumbre, una forma degradada de la democracia).

    En su proceso se le acusa formalmente de introductor de nuevos dioses siendo impío con los dioses de la ciudad, de convertir con su charlatanería lo justo en injusto y viceversa  y de corruptor de la juventud, precisamente él, cuyo objetivo siempre fue propiciar una educación crítica.

    En la Apología de Platón, el propio Sócrates resume la acusación de Meleto,  poeta fracasado que se presta para agradar a los políticos a formular la siguiente acusación:

    19b-19c

    «Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los demás sus doctrinas.»

    Su coherencia con sus enseñanzas filosóficas, su actitud ante la muerte, su altanería moral y su constante ironía, interrogando permanentemente a unos y otros y  dejando en evidencia su ignorancia, crearon las condiciones del fatal desenlace, cuando ya tenía setenta años.

    Sócrates fue confundido con los sofistas, que gozaban de muy mala fama porque con su habilidad lingüística y su charlatanería hacían de la verdad mentira y de la mentira verdad, a la vez que defienden un relativismo moral y social inaceptable: las leyes son una invención de los débiles, el individuo debe independizarse de la ciudad y la familia, etc.. Es verdad que Sócrates empleaba un método educativo semejante al de los sofistas, pero siempre buscando la verdad y esencia de las cosas sin aceptar acríticamente las posturas tradicionales.

    Ya al principio de la “Defensa de Sócrates” 17a-17b el mismo Sócrates se dirige a los atenienses del Tribunal de los Heliastas diciéndoles en referencia a sus acusadores:

    Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia.

    La comedia Las Nubes de Aristófanes expresa perfectamente el ambiente creado hostil a Sócrates mejor que ninguna otra explicación. Aristófanes contribuyó sin duda a crear el ambiente propicio para su condena a muerte, pero hay que tener en cuenta que la comedia Las Nubes se representó veinticinco años antes de la condena de Sócrates, aunque muy probablemente la rehízo más tarde tal vez para publicarla en forma de libro (existía un incipiente comercio de libros, como en la misma Apología de Platón se comprueba) .

    El retrato que Aristófanes hace de Sócrates es despiadado y en absoluta contradicción con la imagen que nos dejaron sus discípulos, como Platón y Jenofonte. Aristófanes busca el ridículo para hacer reír al público y nos pinta a Sócrates como el verdadero sofista charlatán capaz de convertir lo malo en bueno y viceversa, subido en una cesta para observar el cielo, en una escuela, cuando en realidad enseñaba al aire libre, irrespetuoso con los dioses y ávido de dinero.
    En realidad el conservador Aristófanes proyecta en Sócrates todas las nuevas ideas y el nuevo modelo de educación que se van imponiendo en Atenas, perniciosas según el criterio conservador del comediógrafo.

    En todo caso  esta comedia de Aristófanes, (con la que por cierto perdió el concurso de las fiestas Dionisiacas de Atenas, las Grandes Dionisias, al que concurría, a pesar de que Aristófanes la considera la mejor de las suyas) nos da cumplida cuenta de lo conocido y famoso que era Sócrates y lo odiado que era por muchas personas.

    Veamos algunos textos de Las Nubes:

    Versos 77 y ss.

    ESTREPSIADES: ¡Fidípides, Fidipito!

    FIDIPIDES: ¿Qué, padre?

    ESTREPSIADES: Bésame y dame tu diestra

    FIDIPIDES: Ya esta,¿qué sucede?

    ESTREPSIADES: Dime, ¿tú me quieres?

    FIDIPIDES: Sí, por este Posidón Hípico aquí presente.

    ESTREPSIADES: No me vengas a mí con Hípicos, por favor, que ese dios es el culpable de mis males; pero obedéceme, hijo, si verdaderamente me quieres de corazón.

    FIDIPIDES: ¿En qué quieres que te obedezca?

    ESTREPSIADES: Cambia cuanto antes de comportamiento y ve a aprender lo que yo te indique.

    FIDIIDES: Habla, ¿qué me pides?

    ESTREPSIADES: ¿Me obedecerás?

    FIDIPIDES: Te obedeceré, por Dioniso.

    ESTREPSIADES: Mira ahora hacia allí. ¿Ves esa puertecita y esa casita?

    FIDIPIDES:Las veo. ¿Qué sucede realmente, padre?

    ESTREPSIADES: Ese es elcaviladero de mentes sabias; dentro habitan unos hombres que hablan del cielo y te convencen de que es una estufa que nos rodea y que nosotros somos las brasas. Si se les paga dinero, enseñan a ganar, hablando con la razón o sin ella.

    FIDIPIDES: ¿Quiénes son?

    ESTREPSIADES: No sé exactamente su nombre; sólo que son caviladores concienzudos, buenos y honrados.

    FIDIPIDES: ¡Bah! Pura chusma, los conozco. Los que dices son sólo unos bocazas de faz pálida, que andan sin sandalias. De ellos son el desdichado Sócrates y Querefonte.

    ESTREPSIADES: ¡Eh,eh, calla, no digas idioteces! Si te importan algo las gachas de tu padre, hazte uno de ellos y abandona tu afición por los caballos.

    FIDIPIDES: No, por Dioniso, habrías de darme los faisanes que cría Leógoras

    ESTREPSIADES: Ve, te lo ruego, tú a quien quiero más que a nadie, ve y aprende

    FIDIPIDES: ¿Y qué quieres que aprenda?

    ESTREPSIADES: Dicen que entre ellos se encuentran los dos Argumentos,  el Superior, tal como es, y el Inferior. Y dicen que uno de ellos, el Inferior, consigue vencer defendiendo las causas más injustas, conque si tu me aprendieras ese Argumento Injusto, de todas las deudas que tengo por tu culpa no pagaría a nadie ni un solo óbolo.

    FIDIPIDES: No te obedeceré, pues con la piel descolorida no me atrevería a mirar a la cara a los caballeros.

    ESTREPSIADES: En ese caso no comerás a mi expensas, por Deméter, ni tú ni tu yunta, ni el Sánfora (un caballo), sino que te mandaré a los cuervos, fuera de mi casa.

    FIDIPIDES: Mi tío Megacles no consentirá que esté sin caballo. Ea, me voy adentro, no me preocupo de ti.

    ESTREPSIADES: Pues lo que es yo, aunque caído, no me quedaré tumbado, sino que tras rogar a los dioses iré personalmente al caviladero y haré que me enseñen. ¿Cómo podré aprender yo, un viejo torpe y desmemoriado, las sutilezas de los razonamientos exactos? Es preciso ir. . (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Nota: Fidìpides es un nombre compuesto de –hippos (caballo), que propone su madre y el que propone su padre, “fidonides”, ahorrativoQuerefonte era una persona enfermiza al que molestaba la luz del día y por eso sólo salía de noche, por lo que Aristófanes le llama “vampiro”; cf. Los pájaros, 1296; 1564

    Todavía nos queda algo de esa confianza o creencia en el poder convincente de la palabra frente a la realidad. Todavía creemos que un  abogado hábil en el uso de la palabra puede ganar una causa contra la razón; es creencia casi generalizada que un buen político es un buen orador o alguien que sabe emplear y jugar con las palabras hasta convencer a los indecisos o incluso a quienes inicialmente pensaban de otra forma. Y lo curioso es que no es tan descabellada esta creencia generalizada…

    Es fácil imaginar la hilaridad que estas exageraciones debían producir en un público fácil para alimentar en el rechazo a tanto charlatán como habría en la vida social. Luego presenta a Sócrates colgado ridículamente de una cesta lejos del suelo terrestre para ver mejor los fenómenos atmosféricos:

    Versos 217 y ss.

    ESTREPSIADES: ¡Vaya! ¿Quién es ese hombre que está en la cesta colgada?

    DISCIPULO: El.

    ESTREPSIADES: ¿Qué él?

    DISCIPULO: Sócrates

    ESTREPSIADES: ¡Oh Sócrates! Vamos, tú, llámamelo con un buen grito.

    DISCIPULO: Llámalo tú mismo, yo no tengo tiempo (se va)

    ESTREPSIADES: ¡Sócrates, Socratín!

    SÓCRATES: ¿Por qué me llamas, criatura efímera?

    ESTREPSIADES: Ante todo dime, por favor, qué haces.

    SÓCRATES: Camino por el aire y cavilo respecto al sol.

    ESTREPSIADES: Así pues, al menos es desde una cesta y no desde el suelo desde donde tú miras por encima a los dioses.

    SÓCRATES: Jamás habría descubierto cómo son en realidad los asuntos celestiales, si no hubiera suspendido mi pensamiento y mi sutil inteligencia, mezclándolos con su pariente el aire. Si permaneciendo en tierra observara lo de arriba desde abajo, jamás lo habría descubierto. Y no es por otra razón, sino porque la tierra arrastra hacia sí a la fuerza el jugo del pensamiento. Le pasa exactamente lo mismo que a los berros.

    ESTREPSIADES: ¿Qué dices? ¿El pensamiento arrastra el jugo hacia los berros? Vamos, querido Sócrates, baja ahora aquí junto a mí y dame los conocimientos por cuya causa he venido.

    SOCRATES: ¿Y a qué has venido?

    ESTREPSIADES: Quiero aprender a hablar, pues los intereses y unos acreedores implacables me llevan y me traen, y mis bienes están hipotecados.

    SÓCRATES: ¿Y de dónde te viene el darte cuenta que estás endeudado?

    ESTREPSIADES: Me ha dejado baldado la enfermedad de los caballos, ¡joder cómo comen! Mas enséñame uno de tus dos Argumentos, el que no paga nada de lo que debe, y te juro por los dioses que te pagaré el sueldo que tú exijas.  (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Ya Sócrates en la Apología 18b-18c nos advierte del objetivo de esta imagen que el dramaturgo da de quienes investigan las cosas de la naturaleza, presentarlo como “ateo”:

    Los que han sembrado estos falsos rumores son mis más peligrosos acusadores, porque prestándoles oídos, llegan  los demás a persuadirse que los hombres que se consagran a tales indagaciones no creen en la existencia de los dioses.

    Al principio de la “Defensa de Sócrates”  18c-18d, Platón por boca del propio Sócrates describe ese ambiente opresivo de opinión colectiva contra la que es imposible luchar a la que se ven sometidos quienes no se adaptan al espíritu de la mayoría social acrítica. En ese mismo texto se denuncia la responsabilidad de “un comediógrafo”, Aristófanes.

    …y lo más injusto es que no me es permitido conocer ni nombrar a mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias. Todos aquellos que por envidia o por malicia os han inoculado todas estas falsedades, y los que, persuadidos ellos mismos, han persuadido a otros, quedan ocultos sin que pueda yo llamarlos ante vosotros ni refutarlos; y por consiguiente, para defenderme, os preciso que yo me bata, como suele decirse, con una sombra, y que ataque y me defienda sin que ningún adversario aparezca.

    El teatro siempre pegado a la sociedad en la que se desarrolla, siempre ha tenido una importante influencia en los comportamientos colectivos de la masa popular.

    En la explicación de la acusación, según se expresa el propio Sócrates en la Apología de Platón, han sido determinantes:

    Su conciencia de superioridad  moral respecto del resto: Su amigo Querefonte preguntó a Apolo si había algún hombre más sabio que Sócrates y la Pitonisa respondió que no había nadie. Sócrates intentó averiguar si las cosas eran así y acaba interpretando la  afirmación  en el sentido de que él es sabio “porque sólo sabe que no sabe nada”, mientras los demás creen que saben cuando en realidad nada saben.

    Para comprobar si el oráculo decía verdad fue investigando a los hombres considerados sabios: comienza por un famoso político, luego investigó a otro y a otros dos más, luego fue a los poetas, luego a los artistas, luego a los extranjeros. En todos ellos encontró ignorancia y sobre todo la creencia de que sabían cuando no sabían que no sabían nada. Este descubrimiento de su superioridad, junto a su estilo inquisitivo con el adversario hasta dejarlo en ridículo, le granjeó numerosos enemigos.

    22e-23b

    De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.»

    Esta misma superioridad la vuelve a esgrimir más tarde cuando se niega a suplicar a los jueces, a pesar de que tiene su familia, “tres hijos, uno ya mozalbete y dos pequeños” que lo perderán. No va pedir clemencia por respeto a su ciudad, a las leyes y a sí mismo y a su buen nombre. Ni siquiera aceptaría pagar una multa.

    La acusación de que corrompe a los jóvenes, cuando son los jóvenes los que acuden libremente y se encuentran a gusto aprendiendo del maesto.

    23c-23d

    Por otra parte, muchos jóvenes de las más ricas  familias en sus ocios se unen a mí de buen grado, y tienen tanto placer en ver de qué manera pongo a prueba a todos los hombres que quieren imitarme con aquellos que encuentran; y no hay que dudar que encuentran una buena cosecha, porque son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada.

    Todos aquellos que ellos convencen de su ignorancia la toman conmigo y no con ellos, y van diciendo que hay un cierto Sócrates que es un malvado y un infame que corrompe a los jóvenes; y cuando se les pregunta qué hace o qué enseña, no tienen qué responder, y para disimular su flaqueza se desatan con esos cargos triviales que ordinariamente se dirigen contra los filósofos; que indaga lo que pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra, que no cree en los dioses, que hace buenas las más malas causas; y todo porque no se atreven a decir la verdad, que es que Sócrates los coge in fraganti, y descubre que figuran que saben, cuando no saben nada.

    Ya he comentado cómo se le confunde malévolamente con los sofistas y su dominio de la palabra para retorcer los argumentos y la realidad y cómo los jóvenes aprenden también esas enseñanzas.

    30a.30c: comenta las enseñanzas que realmente él procura transmitir:

    Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros, jóvenes y viejos, que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, antes que cualquier otro cuidado, es el del alma y de su perfeccionamiento; porque no me canso de deciros que la virtud no viene de las riquezas, sino por el contrario, que las riquezas vienen de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes públicos y particulares.
    Si diciendo estas cosas corrompo la juventud, es preciso que estas máximas sean una ponzoña, porque si se pretende que digo otra cosa, se os engaña o se os impone. Dicho esto no tengo nada que añadir. Haced lo que pide Anito, o no lo hagáis; dadme libertad, o no me la deis; yo no puedo hacer otra cosa, aunque hubiera de morir mil veces… Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma; calma que creo que no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá os harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión.

    30a-30c

    La acusación de ser ateo y de no creer en los dioses de la ciudad.

    Ya Aristófanes lo presentaba también  como ateo. En el verso 830 de Las Nubes Estrepsiades informa a su hijo que creer en Zeus es una idea antigua y eso se lo ha dicho Sócrates de Melos y Querefonte, y es ésta además una afirmación con recámara, porque le llama además ateo indirectamente.

    v. 829-830

    FIDÍPIDES: ¿Quién lo dice?

    ESTREPSIADES: Sócrates de Melos y Querefonte, que sabe de huellas de pulga.

    Pero Sócrates no es de Melos sino de Atenas; de Melos era el famoso ateo Diágoras; así que al llamar a Sócrates de “Melos”  en realidad le está llamando indirectamente “ateo”.

    En 26b-26e

    Sócrates: Sin embargo, responde aún, y dinos cómo corrompo a los jóvenes. ¿Es según tu denuncia, enseñándoles a no reconocer los dioses que reconoce la patria, y enseñándoles además a rendir culto, bajo el nombre de demonios, a otras divinidades? ¿No es esto lo que dices?

    Melito: Sí, es lo mismo.

    Sócrates: Melito, en nombre de esos mismos dioses de que ahora se trata, explícate de una manera un poco más clara, por mí y por estos jueces, porque no acabo de comprender, si me acusas de enseñar que hay muchos dioses, (y en este caso, si creo que hay dioses, no soy ateo, y falta la materia para que sea yo culpable) o si estos dioses no son del Estado. ¿Es esto de lo que me acusas? ¿O bien me acusas de que no admito ningún Dios, y que enseño a los demás a que no reconozcan ninguno?

    Melito: Te acuso de no reconocer ningún Dios.

    Sócrates: ¡Oh maravilloso Melito!, ¿por qué dices eso? ¡Qué! ¿Yo no creo como los demás hombres que el sol y la luna son dioses?

    Melito: No, ¡por Júpiter!, atenienses, no lo cree, porque dice que el sol es una piedra y la luna una tierra.

    Sócrates: ¿Pero tú acusas a Anaxágoras, mi querido Melito? Desprecias los jueces, porque los crees harto ignorantes, puesto que te imaginas que no saben que los libros de Anaxágoras y de Clazomenes están llenos de aserciones de esta especie. Por lo demás, ¿qué necesidad tendrían los jóvenes de aprender de mí cosas que podían ir a oír todos  los días a la Orquesta, por un dracma a lo más?* ¡Magnífica ocasión se les presentaba para burlarse de Sócrates, si Sócrates se atribuyese doctrinas que no son suyas y tan extrañas y absurdas por otra parte! Pero dime en nombre de Júpiter, ¿pretendes que yo no reconozco ningún Dios?

    Melito: Sí, ¡por Júpiter!, tú no reconoces ninguno.

    Sócrates: Dices, Melito, cosas increíbles, ni estás tampoco de acuerdo contigo mismo. A mi entender parece, atenienses, que Melito es un insolente, que no ha intentado esta acusación sino para insultarme,…

    * Nota: en otras traducciones se hace referencia no a oír las doctrinas de Anaxágoras, sino a comprar un libro de Anaxágoras por un dracma. En ese caso nos estaría también informando Platón de la existencia de un mercado de libros en Atenas, puesto que se puede comprar en el ágora un libro de Anaxágoras por un dracma. Sin duda el precio parece ridículamente barato; a buen seguro que los libros serían escasos y el precio más bien elevado, pero es interesante comprobar cómo en la primera democracia existía al alcance de quien pudiera pagarlo el libro como instrumento democratizador del conocimiento.

    En ese contexto Anito el artesano, Meleto, poeta fracasado y pelota del poder establecido y Licón , orador,formularon la denuncia.

    23e-24a

    Apoyándose en esto, me han atacado Meleto, Anito y Licón –Meleto indignado en nombre de los poetas; Anito en nombre de los artesanos y de los políticos, y Licón en nombre de los oradores-.

    La denuncia textual nos la ofrece el mismo Sócrates en 24b-24c:

    “Sócrates delinque: corrompe a los jóvenes; no reconoce a los dioses de la ciudad, y en cambio, tiene extrañas creencias relacionadas con genios”.

    Sócrates repitió muchas veces a lo largo de su vida que tenía un genio particular, una especie de ángel de la guarda, que le indicaba interiormente lo que debía hacer o no hacer.

    Sócrates advierte con orgullo a sus conciudadanos de Atenas las consecuencias que se derivarán de su condena injusta:

    30c-31c

    Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma; calma que creo que no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá os harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión. Estad persuadidos de que si me hacéis morir en el supuesto de lo que os acabo de declarar, el mal no será sólo para mí. En efecto, ni Anito, ni Melito pueden causarme mal alguno, porque el mal no puede nada contra el hombre de bien. Me harán quizá condenar a muerte, o a destierro, o a la pérdida de mis bienes y de mis derechos de ciudadano; males espantosos a los ojos de Melito y de sus amigos; pero yo no soy de su dictamen. A mi juicio, el más grande de todos los males es hacer lo que Anito hace en este momento, que es trabajar para hacer morir un inocente.

    En este momento, atenienses, no es en manera alguna por amor a mi persona por lo que yo me defiendo, y sería un error el creerlo así; sino que es por amor a vosotros; porque condenarme sería ofender al Dios y desconocer el presente que os ha hecho. Muerto yo, atenienses, no encontrareis fácilmente otro ciudadano que el Dios conceda a esta ciudad (la comparación os parecerá quizá ridícula) como a un corcel noble y generoso, pero entorpecido por su misma grandeza, y que tiene necesidad de espuela que le excite y despierte. Se me figura que soy yo el que Dios ha escogido para excitaros, para punzaros, para predicaros todos los días, sin abandonaros un solo instante. Bajo mi palabra, atenienses, difícil será que encontréis otro hombre que llene esta misión como yo; y si queréis creerme, me salvareis la vida.

    Pero quizá fastidiados y soñolientos desechareis mi consejo, y entregándoos a la pasión de Anito me condenareis muy a la ligera. ¿Qué resultará de esto? Que pasareis el resto de vuestra vida en un adormecimiento profundo, a menos que el Dios no tenga compasión de vosotros, y os envíe otro hombre que se parezca a mí.

    Que ha sido Dios el que me ha encomendado esta misión para con vosotros es fácil inferirlo, por lo que os voy a decir. Hay un no sé qué de sobrehumano en el hecho de haber abandonado yo durante tantos años mis propios negocios por consagrarme a los vuestros,  dirigiéndome a cada uno de vosotros en particular, como un padre o un hermano mayor puede hacerlo, y exhortándoos sin cesar a que practiquéis la virtud.
    Si yo hubiera sacado alguna recompensa de mis exhortaciones, tendríais algo que decir; pero veis claramente que mis mismos acusadores, que me han calumniado con tanta impudencia, no han tenido valor para echármelo en cara, y menos para probar con testigos que yo haya exigido jamás ni pedido el menor salario, y en prueba de la verdad de mis palabras os presento un testigo irrecusable, mi pobreza.

    En la primera parte del proceso 281 votaron la condena, 220 votaron la absolución. Cuando en la segunda fase del proceso declaró que merecía ser nombrado benefactor de la ciudad y ser alimentado en el Pritaneo a costa del Estado, como ocurría con los vencedores en los Juegos Olímpicos, 360 lo condenaron y 141 votaron la propuesta de Sócrates. El tribunal debía elegir la pena sugerida por el acusador o la propuesta por el propio acusado, pero no podía determinar una intermedia.

    Leamos este episodio tal como lo relata Platón por boca del propio Sócrates:

    36b-37a

    Melito me juzga digno de muerte; en buen hora. ¿Y yo de qué pena me juzgaré digno? Veréis claramente, atenienses, que yo no escojo más que lo que merezco. ¿Y cuál es? ¿A qué pena, a qué multa voy a condenarme por no haber callado las cosas buenas que aprendí durante toda mi vida; por haber despreciado lo que los demás buscan con tanto afán, las riquezas, el cuidado de los negocios domésticos, los empleos y las dignidades; por no haber entrado jamás en ninguna cábala, ni en ninguna conjuración, prácticas bastante ordinarias en esta ciudad; por ser conocido como hombre, de bien, no queriendo conservar mi vida valiéndome de medios tan indignos? Por otra parte, sabéis que jamás he querido tomar ninguna profesión en la que pudiera trabajar al mismo tiempo en provecho vuestro y en el mío, y que mi único objeto ha sido procuraros a cada uno de vosotros en particular el mayor de todos los bienes, persuadiéndoos a que no atendáis a las cosas que os pertenecen antes que al cuidado de vosotros mismos, para haceros más sabios y más perfectos, lo mismo que es preciso tener cuidado de la existencia de la república antes de pensar en las cosas que la pertenecen, y así de lo demás.

    Dicho esto, ¿de qué soy digno? De un gran bien sin duda, atenienses, si proporcionáis verdaderamente la recompensa al mérito; de un gran bien que pueda convenir a un hombre tal como yo. ¿Y qué es lo que conviene a un hombre pobre, que es vuestro bienhechor, y que tiene necesidad de un gran desahogo para ocuparse en exhortaros? Nada le conviene tanto, atenienses, como el ser alimentado en el Pritaneo y esto le es más debido que a los que entre vosotros han ganado el premio en las corridas de caballos y carros en los juegos olímpicos; porque éstos con sus victorias hacen que aparezcamos felices, y yo os hago, no en la apariencia, sino en la realidad. Por otra parte, éstos no tienen necesidad de este socorro, y yo la tengo. Si en justicia es preciso adjudicarme una recompensa digna de mí, esta es la que merezco, el ser alimentado en el Pritaneo.
    Al hablaros así, atenienses, quizá me acusareis de que lo hago con la terquedad y arrogancia con que deseché antes los lamentos y las súplicas. Pero no hay nada de eso.

    Condenado ya a muerte por la mayoría, Sócrates hace una advertencia a quienes han votado su condena:

    39c-39e

    ¡Oh vosotros!, que me habéis condenado a muerte, quiero predeciros lo que os sucederá, porque me veo en aquellos momentos, cuando la muerte se aproxima, en que los hombres son capaces de profetizar el porvenir. Os lo anuncio, vosotros que me hacéis morir, vuestro castigo no tardará, cuando yo haya muerto, y será, ¡por Júpiter!, más cruel que el que me imponéis. En deshaceros de mí, sólo habéis intentado descargares del importuno peso de dar cuenta de vuestra vida, pero os sucederá todo lo contrario; yo os lo predigo.
    Se levantará contra vosotros y os reprenderá un gran número de personas, que han estado contenidas por mi presencia, aunque vosotros no lo apercibíais; pero después de mi muerte serán tanto más importunos y difíciles de contener, cuanto que son más jóvenes; y más os irritareis vosotros, porque si creéis que basta matar a unos para impedir que otros os echen en cara que vivís mal, os engañáis. Esta manera de libertarse de sus censores ni es decente, ni posible. La que es a la vez muy decente y muy fácil es, no cerrar la boca a los hombres, sino hacerse mejor. Lo dicho basta para los que me han condenado, y los entrego a sus propios remordimientos.

    También tiene unas sentidas palabras para los 141 que le absolvieron:

    39e

    Con respecto a los que me habéis absuelto con vuestros votos, atenienses, conversaré con vosotros con el mayor gusto, mientras que los Once estén ocupados, y no se me conduzca al sitio donde deba morir….

    40c

    Es que hay trazas de que lo que me sucede es un gran bien, y nos engañamos todos sin duda, si creemos que la muerte es un mal….

    40c-41b

    Profundicemos un tanto la cuestión, para hacer ver que es una esperanza muy profunda la de que la muerte es un bien.

    Es preciso de dos cosas una: o la muerte es un absoluto anonadamiento y una privación de todo sentimiento, o, como se dice, es un tránsito del alma de un lugar a otro. Si es la privación de todo sentimiento, una dormida pacífica que no es turbada por ningún sueño, ¿qué mayor ventaja puede presentar la muerte? Porque si alguno, después de haber pasado una noche muy tranquila sin ninguna inquietud, sin ninguna turbación, sin el menor sueño, la comparase con todos los demás días y con todas las demás noches de su vida, y se le obligase a decir en conciencia cuántos días y noches había pasado que fuesen más felices que aquella noche; estoy persuadido de que no sólo un simple particular, si no el mismo gran rey, encontraría bien pocos, y le sería muy fácil contarlos. Si la muerte es una cosa semejante, la llamo con razón un bien; porque entonces el tiempo todo entero no es más que una larga noche.

    Pero si la muerte es un tránsito de un lugar a otro, y si, según se dice, allá abajo está el paradero de todos los que han vivido, ¿qué mayor bien se puede imaginar, jueces míos? Porque si, al dejar los jueces prevaricadores de este mundo, se encuentran en los infiernos los verdaderos jueces, que se dice que hacen allí justicia, Mines, Radamanto, Eaco, Triptolemo y todos los demás semidioses que han sido justos durante su vida, ¿no es este el cambio más dichoso? ¿A qué precio no compraríais la felicidad de conversar con Orfeo, Museo, Hesiodo y Homero? Para mí, si es esto verdad, moriría gustoso mil veces. ¿Qué trasporte de alegría no tendría yo cuando me encontrase con Palamedes, con Afax, hijo de Telamon, y con todos los demás héroes de la antigüedad, que han sido víctimas de la injusticia? ¡Qué placer el poder comparar mis aventuras con las suyas! Pero aún sería un placer infinitamente más grande para mí pasar allí los días, interrogando y examinando a todos estos personajes, para distinguir los que son verdaderamente sabios de los que creen serlo y no lo son.
    ….

    41c-41d

    Esta es la razón, jueces míos, para que nunca perdáis las esperanzas aún después de la tumba, fundados en esta verdad; que no hay ningún mal para el hombre de bien, ni durante su vida, ni después de su muerte; y que los dioses tienen siempre cuidado de cuanto tiene relación con [86] él; porque lo que en este momento me sucede a mí no es obra del azar, y estoy convencido de que el mejor partido para mí es morir desde luego y libertarme así de todos los disgustos de esta vida.

    42a

    Pero ya es tiempo de que nos retiremos de aquí, yo para morir, vosotros para vivir. ¿Entre vosotros y yo, quién lleva la mejor parte? Esto es lo que nadie sabe, excepto Dios.

    Acaba así la Defensa de Sócrates que Platón nos dejó.

                ………..

    Platón: Apología de Sócrates, traducida  por Patricio de Azcárate

    Yo no sé, atenienses, la impresión que habrá hecho en vosotros el discurso de mis acusadores. Con respecto a mí, confieso que me he desconocido a mí mismo; tan persuasiva ha sido su manera de decir. Sin embargo, puedo asegurarlo, no han dicho una sola palabra que sea verdad.

    Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia. Porque el no haber temido el mentís vergonzoso que yo les voy a dar en este momento, haciendo ver que no soy elocuente, es el colmo de la impudencia, a menos que no llamen elocuente al que dice la verdad. Si es esto lo que pretenden, confieso que soy un gran orador; pero no lo soy a su manera; porque, repito, no han dicho ni una sola palabra verdadera, y vosotros vais a saber de mi boca la pura verdad, no, ¡por Júpiter!, en una arenga vestida de sentencias brillantes y palabras escogidas, como son los discursos de mis acusadores, sino en un lenguaje sencillo y espontáneo; porque descanso en la confianza de que digo la verdad, y ninguno de vosotros debe esperar otra cosa de mí. No sería propio de mi edad, venir, atenienses, ante vosotros como un joven que hubiese preparado un discurso.
    Por esta razón, la única gracia, atenienses, que os pido es que cuando veáis que en mi defensa emplee [50] términos y maneras comunes, los mismos de que me he servido cuantas veces he conversado con vosotros en la plaza pública, en las casas de contratación y en los demás sitios en que me habéis visto, no os sorprendáis, ni os irritéis contra mí; porque es esta la primera vez en mi vida que comparezco ante un tribunal de justicia, aunque cuento más de setenta años.

    Por lo pronto soy extraño al lenguaje que aquí se habla. Y así como si fuese yo un extranjero, me disimularíais que os hablase de la manera y en el lenguaje de mi país, en igual forma exijo de vosotros, y creo justa mi petición, que no hagáis aprecio de mi manera de hablar, buena o mala, y que miréis solamente, con toda la atención posible, si os digo cosas justas o no, porque en esto consiste toda la virtud del juez, como la del orador: en decir la verdad.

    Es justo que comience por responder a mis primeros acusadores, y por refutar las primeras acusaciones, antes de llegar a las últimas que se han suscitado contra mí. Porque tengo muchos acusadores cerca de vosotros hace muchos años, los cuales nada han dicho que no sea falso. Temo más a estos que a Anito y sus cómplices{1}, aunque sean estos últimos muy elocuentes; pero son aquellos mucho más temibles, por cuanto, compañeros vuestros en su mayor parte desde la infancia, os han dado de mí muy malas noticias, y os han dicho, que hay un cierto Sócrates, hombre sabio que indaga lo que pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra y que sabe convertir en buena, una mala causa.

    Los que han sembrado estos falsos rumores son mis más peligrosos acusadores, porque prestándoles oídos, llegan [51] los demás a persuadirse que los hombres que se consagran a tales indagaciones no creen en la existencia de los dioses. Por otra parte, estos acusadores son en gran número, y hace mucho tiempo que están metidos en esta trama. Os han prevenido contra mí en una edad, que ordinariamente es muy crédula, porque erais niños la mayor parte o muy jóvenes cuando me acusaban ante vosotros en plena libertad, sin que el acusado les contradijese; y lo más injusto es que no me es permitido conocer ni nombrar a mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias. Todos aquellos que por envidia o por malicia os han inoculado todas estas falsedades, y los que, persuadidos ellos mismos, han persuadido a otros, quedan ocultos sin que pueda yo llamarlos ante vosotros ni refutarlos; y por consiguiente, para defenderme, os preciso que yo me bata, como suele decirse, con una sombra, y que ataque y me defienda sin que ningún adversario aparezca.

    Considerad, atenienses, que yo tengo que habérmelas con dos suertes de acusadores, como os he dicho: los que me están acusando ha mucho tiempo, y los que ahora me citan ante el tribunal; y creedme, os lo suplico, es preciso que yo responda por lo pronto a los primeros, porque son los primeros a quienes habéis oído y han producido en vosotros más profunda impresión.

    Pues bien, atenienses, es preciso defenderse y arrancar de vuestro espíritu, en tan corto espacio de tiempo, una calumnia envejecida, y que ha echado en vosotros profundas raíces. Desearía con todo mi corazón, que fuese en ventaja vuestra y mía, y que mi apología pudiese servir para mi justificación. Pero yo sé cuán difícil es esto, sin que en este punto pueda hacerme ilusión. Venga lo que los dioses quieran, es preciso obedecer a la ley y defenderse.

    Remontémonos, pues, al primer origen de la acusación, [52] sobre la que he sido tan desacreditado y que ha dado a Melito confianza para arrastrarme ante el tribunal. ¿Qué decían mis primeros acusadores? Porque es preciso presentar en forma su acusación, como si apareciese escrita y con los juramentos recibidos. «Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los demás sus doctrinas.»

    He aquí la acusación; ya la habéis visto en la comedia de Aristofanes, en la que se representa un cierto Sócrates, que dice, que se pasea por los aires y otras extravagancias semejantes, que yo ignoro absolutamente; y esto no lo digo, porque desprecie esta clase de conocimientos; si entre vosotros hay alguno entendido en ellos (que Melito no me formule nuevos cargos por esta concesión), sino que es sólo para haceros ver, que yo jamás me he mezclado en tales ciencias, pudiendo poner por testigos a la mayor parte de vosotros.

    Los que habéis conversado conmigo, y que estáis aquí en gran número, os conjuro a que declaréis, si jamás me oísteis hablar de semejante clase de ciencias ni de cerca ni de lejos; y por esto conoceréis ciertamente, que en todos esos rumores que se han levantado contra mí, no hay ni una sola palabra de verdad; y si alguna vez habéis oído, que yo me dedicaba a la enseñanza, y que exigía salario, es también otra falsedad.

    No es porque no tenga por muy bueno el poder instruir a los hombres, como hacen Gorgias de Leoncio, Prodico de Ceos e Hippias de Elea. Estos grandes personajes tienen el maravilloso talento, donde quiera que vayan, de persuadir a los jóvenes a que se unan a ellos, y abandonen a sus conciudadanos, cuando podrían estos ser sus maestros sin costarles un óbolo.

    Y no sólo les pagan la enseñanza, sino que contraen con ellos una deuda de agradecimiento infinito. He oído [53] decir, que vino aquí un hombre de Paros, que es muy hábil; porque habiéndome hallado uno de estos días en casa de Callias hijo de Hiponico, hombre que gasta más con los sofistas que todos los ciudadanos juntos, me dio gana de decirle, hablando de sus dos hijos: —Callias, si tuvieses por hijos dos potros o dos terneros, ¿no trataríamos de ponerles al cuidado de un hombre entendido, a quien pagásemos bien, para hacerlos tan buenos y hermosos, cuanto pudieran serlo, y les diera todas las buenas cualidades que debieran tener? ¿Y este hombre entendido no debería ser un buen picador y un buen labrador? Y puesto que tú tienes por hijos hombres, ¿qué maestro has resuelto darles? ¿Qué hombre conocemos que sea capaz de dar lecciones sobre los deberes del hombre y del ciudadano? Porque no dudo que hayas pensado en esto desde el acto que has tenido hijos, y conoces a alguno? —Sí, me respondió Callias. —¿Quién es, le repliqué, de dónde es, y cuánto lleva? —Es Éveno, Sócrates, me dijo; es de Paros, y lleva cinco minas. Para lo sucesivo tendré a Éveno por muy dichoso, si es cierto que tiene este talento y puede comunicarlo a los demás.

    Por lo que a mí toca, atenienses, me llenaría de orgullo y me tendría por afortunado, si tuviese esta cualidad, pero desgraciadamente no la tengo. Alguno de vosotros incidirá quizá: —Pero Sócrates, ¿qué es lo que haces? ¿De dónde nacen estas calumnias que se han propalado contra ti? Porque si te has limitado a hacer lo mismo que hacen los demás ciudadanos, jamás debieron esparcirse tales rumores. Dinos, pues, el hecho de verdad, para que no formemos un juicio temerario. Esta objeción me parece justa. Voy a explicaros lo que tanto me ha desacreditado y ha hecho mi nombre tan famoso. Escuchadme, pues. Quizá algunos de entre vosotros creerán que yo no hablo seriamente, pero estad persuadidos de que no os diré más que la verdad. [54]

    La reputación que yo haya podido adquirir, no tiene otro origen que una cierta sabiduría que existe en mí. ¿Cuál es esta sabiduría? Quizá es una sabiduría puramente humana, y corro el riesgo de no ser en otro concepto sabio, al paso que los hombres de que acabo de hablares, son sabios, de una sabiduría mucho más que humana.

    Nada tengo que deciros de esta última sabiduría, porque no la conozco, y todos los que me la imputan, mienten, y sólo intentan calumniarme. No os incomodéis, atenienses, si al parecer os hablo de mí mismo demasiado ventajosamente; nada diré que proceda de mí, sino que lo atestiguaré con una autoridad digna de confianza. Por testigo de mi sabiduría os daré al mismo Dios de Delfos, que os dirá si la tengo, y en qué consiste. Todos conocéis a Querefon, mi compañero en la infancia, como lo fue de la mayor parte de vosotros, y que fue desterrado con vosotros, y con vosotros volvió. Ya sabéis qué hombre era Querefon, y cuán ardiente era en cuanto emprendía. Un día, habiendo partido para Delfos, tuvo el atrevimiento de preguntar al oráculo (os suplico que no os irritéis de lo que voy a decir), si había en el mundo un hombre más sabio que yo; la Pythia le respondió, que no había ninguno. Querefon ha muerto, pero su hermano, que está presente, podrá dar fe de ello. Tened presente, atenienses, porque os refiero todas estas cosas; pues es únicamente para haceros ver de donde proceden esos falsos rumores, que han corrido contra mí.
    Cuando supe la respuesta del oráculo, dije para mí; ¿Qué quiere decir el Dios? ¿Qué sentido ocultan estas palabras? Porque yo sé sobradamente que en mí no existe semejante sabiduría, ni pequeña, ni grande. ¿Qué quiere, pues, decir, al declararme el más sabio de los hombres? Porque él no miente. La Divinidad no puede mentir. Dudé largo tiempo del sentido del oráculo, hasta que por último, después de gran trabajo, me propuse hacer la [55] prueba siguiente: —Fui a casa de uno de nuestros conciudadanos, que pasa por uno de los más sabios de la ciudad. Yo creía, que allí mejor que en otra parte, encontraría materiales para rebatir al oráculo, y presentarle un hombre más sabio que yo, por más que me hubiere declarado el más sabio de los hombres. Examinando pues este hombre, de quien, baste deciros, que era uno de nuestros grandes políticos, sin necesidad de descubrir su nombre, y conversando con él, me encontré, con que todo el mundo le creía sabio, que él mismo se tenía por tal, y que en realidad no lo era. después de este descubrimiento me esforcé en hacerle ver que de ninguna manera era lo que él creía ser, y he aquí ya lo que me hizo odioso a este hombre y a los amigos suyos que asistieron a la conversación.
    Luego que de él me separé, razonaba conmigo mismo, y me decía: —Yo soy más sabio que este hombre. Puede muy bien suceder, que ni él ni yo sepamos nada de lo que es bello y de lo que es bueno; pero hay esta diferencia, que él cree saberlo aunque no sepa nada, y yo, no sabiendo nada, creo no saber. Me parece, pues, que en esto yo, aunque poco más, era mas sabio, porque no creía saber lo que no sabia.

    Desde allí me fui a casa de otro que se le tenía por más sabio que el anterior, me encontré con lo mismo, y me granjeé nuevos enemigos. No por esto me desanimé; fui en busca de otros, conociendo bien que me hacia odioso, y haciéndome violencia, porque temía los resultados; pero me parecía que debía, sin dudar, preferir a todas las cosas la voz del Dios, y para dar con el verdadero sentido del oráculo, ir de puerta en puerta por las casas de todos aquellos que gozaban de gran reputación; pero, ¡oh Dios!, he aquí, atenienses, el fruto que saqué de mis indagaciones, porque es preciso deciros la verdad; todos aquellos que pasaban por ser los más sabios, me parecieron no [56] serlo, al paso que todos aquellos que no gozaban de esta opinión, los encontré en mucha mejor disposición para serlo.

    Es preciso que acabe de daros cuenta de todas mis tentativas, como otros tantos trabajos que emprendí para conocer el sentido del oráculo.

    Después de estos grandes hombres de Estado me fui a los poetas, tanto a los que hacen tragedias como a los poetas ditirámbicos{2} y otros, no dudando que con ellos se me cogería in fraganti, como suele decirse, encontrándome más ignorante que ellos. Para esto examiné las obras suyas que me parecieron mejor trabajadas, y les pregunté lo que querían decir, y cuál era su objeto, para que me sirviera de instrucción. Pudor tengo, atenienses, en deciros la verdad; pero no hay remedio, es preciso decirla. No hubo uno de todos los que estaban presentes, inclusos los mismos autores, que supiese hablar ni dar razón de sus poemas. Conocí desde luego que no es la sabiduría la que guía a los poetas, sino ciertos movimientos de la naturaleza y un entusiasmo semejante al de los profetas y adivinos; que todos dicen muy buenas cosas, sin comprender nada de lo que dicen. Los poetas me parecieron estar en este caso; y al mismo tiempo me convencí, que a título de poetas se creían los más sabios en todas materias, si bien nada entendían. Les dejé, pues, persuadido que era yo superior a ellos, por la misma razón que lo había sido respecto a los hombres políticos.

    En fin, fui en busca de los artistas. Estaba bien convencido de que yo nada entendía de su profesión, que los encontraría muy capaces de hacer muy buenas cosas, y en esto no podía engañarme. Sabían cosas que yo ignoraba, y en esto eran ellos más sabios que yo. Pero, atenienses, los más [57] entendidos entre ellos me parecieron incurrir en el mismo defecto que los poetas, porque no hallé uno que, a título de ser buen artista, no se creyese muy capaz y muy instruido en las más grandes cosas; y esta extravagancia quitaba todo el mérito a su habilidad.

    Me pregunté, pues, a mí mismo, como si hablara por el oráculo, si querría más ser tal como soy sin la habilidad de estas gentes, e igualmente sin su ignorancia, o bien tener la una y la otra y ser como ellos, y me respondí a mí mismo y al oráculo, que era mejor para mí ser como soy. De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.»

    Convencido de esta verdad, para asegurarme más y obedecer al Dios, continué mis indagaciones, no sólo entre nuestros conciudadanos, sino entre los extranjeros, para ver si encontraba algún verdadero sabio, y no habiéndole encontrado tampoco, sirvo de intérprete al oráculo, haciendo ver a todo el mundo, que ninguno es sabio. Esto me preocupa tanto, que no tengo tiempo para dedicarme al servicio de la república ni al cuidado de mis cosas, y vivo en una gran pobreza a causa de este culto que rindo a Dios.
    Por otra parte, muchos jóvenes de las más ricas [58] familias en sus ocios se unen a mí de buen grado, y tienen tanto placer en ver de qué manera pongo a prueba a todos los hombres que quieren imitarme con aquellos que encuentran; y no hay que dudar que encuentran una buena cosecha, porque son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada.

    Todos aquellos que ellos convencen de su ign

  • Las deudas de los griegos

    Hay muchos ciudadanos europeos que se escandalizan ante la pretensión del gobierno y de los propios ciudadanos griegos de que les sea aplicada una “quita” a la enorme deuda contraída en los años precedentes. Hay también otros ciudadanos que analizan el origen de esa deuda, que en buena medida consideran abusiva y se muestran más comprensivos.
    La situación actual no es en absoluto comparable con la antigua, pero voy a ofrecer dos series de textos, unos referidos a Solón, que hizo frente con modificaciones legales a la situación insostenible de muchos ciudadanos atenienses allá por el siglo VI a.C., endeudados hasta la esclavitud, y otros textos que desvelan la actitud particular de un individuo, también acogotado por las deudas particulares, que refleja por ejemplo Aristófanes en su comedia Las Nubes.

    A grandes rasgos, la Atenas antigua, y de manera similar el resto de Grecia, pasó de un régimen monárquico de atomización de varios núcleos de población a la unión de esos núcleos en torno a uno más importante apareciendo  la polis o ciudad-estado en la que la monarquía va dejando paso a la aristocracia y esta a la tiranía y luego en Atenas a la democracia.

    En ese largo proceso, sobre el que tenemos mucha información pero también mucha confusión, la propiedad de la tierra fue un grave problema, nunca resuelto, que produjo la ruina y esclavitud de muchos ciudadanos por deudas. A principio del siglo VI a.C. los pequeños campesinos dependían de las familias aristocráticas, que concentraban la propiedad de la mayor parte de la tierra. Esos pequeños campesinos habían caído en esclavitud y dependencia por su continuo endeudamiento.

    En ese escenario vivió Solón (c. 638 a. C.–558 a. C.), uno de los siete sabios de Grecia, el gran legislador respetado por pobres y ricos, que intentó mejorar la situación del ciudadano empobrecido y que puso las bases sobre las que más tarde se construiría la primera democracia (gobierno del pueblo) del mundo.

    De Solón tenemos mucha información sobre todo por la obra de Aristóteles “La Constitución de Atenas”, pero también por la biografía de Plutarco en su famosa obra “Vidas paralelas” y por lo que nos dice de él Diógenes Laercio en su “Vidas y opiniones de los filósofos ilustres”.

    Precisamente Diógenes comienza esta biografía con una información que nos viene al caso:

    Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, Solón, 45

    Solón de Salamina, hijo de Execéstides, introdujo por primera vez en Atenas el alivio de carga, que era el rescate de cuerpos y bienes. Pues también se empeñaban los cuerpos, y muchos, por estar en apuros, se convirtieron en asalariados. En efecto, fue el primero en renunciar a siete talentos que se le debían por herencia de sus padres, y persuadió a los demás a hacer lo mismo. Y esa ley fue llamada “alivio de carga” (σεισάχθεια , seisachtheia en griego): es obvio por qué. Luego promulgó las otras leyes, las cuales sería prolijo exponer en detalle, y las consignó en las tablas giratorias. (Traducción de Luis-Andrés Bredlow. Editorial Lucina. 2010).

    Aristóteles nos da la mejor información sobre Solón, haciendo referencia también a las dudas que surgieron sobre la actuación de Solón cuando sus amigos se aprovecharon de la información privilegiada que tenían. Todo ello luego lo recoge Plutarco.

    Aristóteles, Constitución de los Atenienses, 6

    Cuando Solón tuvo plenos poderes en los asuntos públicos, liberó al pueblo para el presente y para el futuro, al prohibirle los préstamos con la fianza de la propia persona, y promulgó leyes e hizo una cancelación de las deudas tanto privadas como públicas, cancelación que llaman “descarga” (seisakhtheia),porque es como si se hubiera descargado de un peso. En este punto intentan algunos calumniarle: sucedió que cuando Solón iba a realizar la descarga, se lo dijo antes a algunos de los nobles; y luego, como dicen los partidarios del pueblo, fue víctima de las maniobras de sus amigos; o, según los que quieren difamarle, él mismo tomó parte en ellas. Aquellos en efecto tomaron a préstamo y compraron muchas tierras, y no mucho después, al sobrevenir la cancelación de las deudas, se enriquecieron; de donde dicen que surgieron los que después se consideran “antiguos ricos”. Ahora bien, es más convincente la explicación de los partidarios del pueblo, pues no es verosímil que en lo demás haya sido tan comedido y sencillo, hasta el punto de que pudiendo hacerse tirano de la ciudad con solo someter a los demás, se dejó odiar por unos y por otros y estimó en más el bien y la salvación de la ciudad que su propia ambición, y que en cosas tan pequeñas e indignas fuera a mancharse. Que tuvo la facultad de hacerse tirano, las dolorosas circunstancias lo atestiguan, y él mismo en los poemas lo menciona muchas veces y todos los demás lo reconocen. Por consiguiente hay que pensar que esta acusación es falsa. (Traducción de Manuela García Valdés.Editorial Gredos.1984)

    Hay que advertir que a partir del siglo V la abolición de las deudas fue considerada como un hecho de anarquía; y esta sigue siendo sin duda la opinión imperante hoy entre las Instituciones políticas y financieras. Así lo indica por ejemplo Platón, República 565e, (y también  Ísócrates en Panatenaico 259 y Demóstenes en Contra Timócrates 149).

    Platón, refiriéndose a los tiranos, expresa su opinión negativa respecto de la cancelación de deudas y la táctica de estos para ganarse al pueblo y luego promover guerras para erigirse en jefe:

    República, 566a…

    “Pues de la misma manera ocurre cuando el protector del pueblo, teniendo a su cargo una multitud fácilmente sumisa,no perdona la sangre de su misma raza, sino que levantando falsas acusaciones, como suele suceder, lleva a sus adversarios a los tribunales y se mancha de sangre en ellos,inmolando sus vidas y gustando de la misma sangre de su linaje con su boca y su lengua impuras. Su labor se cifra en desterrar y matar y en proponer el perdón de las deudas y el reparto de las tierras, por lo que no es extraño deba perecer a manos de sus enemigos y convertirse en tirano y en lobo de hombre que era.
    ….
    Veamos. ¿No sonríe indulgentemente y acoge con cariño a todo aquel que le sale al paso en los primeros días de su mando? ¿Y no dice que no es tirano y hace promesas múltiples, tanto privada como públicamente, liberando de deudas y repartiendo tierra al pueblo y a los que se encuentran alrededor?. Esa su benevolencia y mansedumbre la prodiga con todo el mundo.
    (Traducción de José Antonio Míguez. Edit.Aguilar)

    Poco después, hace referencia Aristóteles a las medidas de Solón en política monetaria. También puede verse aquí cierto paralelismo: si en la época antigua Atenas vivía en el marco comercial y monetario de Egina y quería crear su propio sistema monetario para favorecer su desarrollo, ahora también hay un problema monetario entre el euro actual y la anterior dracma.

    Constitución de los Atenienses, 10:

    En las leyes esto es lo que parece haber dispuesto más democráticamente, y antes de su legislación el haber hecho la reducción de las deudas y, después, el aumento de las medidas, pesos y monedas. En su tiempo, en efecto, se hicieron las medidas mayores que las de Fidón, y la mina, que antes tenía un peso de setenta dracmas, subió hasta las cien. La acuñación antigua era de dos dracmas. Hizo también los pesos en relación con la moneda, teniendo setenta y tres minas el talento, y las tres minas quedaron distribuidas entre el estater y los demás pesos. (Traducción de Manuela García Valdés.Editorial Gredos.1984)

    Evidentemente ni las causas ni la situación parecen semejantes a las actuales, aunque tal vez los aristócratas terratenientes de entonces sean los banqueros abusivos de hoy; en todo caso sin duda el sufrimiento de la pobre gente es muy parecido.

    Por otra parte, aunque la mayoría de los historiadores piensan que la cancelación de las deudas fue total, otros piensan que probablemente la abolición de las deudas por Solón no fue total, sino que hizo “una quita”; lo que sí consiguió  por completo fue abolir la esclavitud por deudas.

    Plutarco nos lo cuenta con más extensión en un texto que no dejará de sorprendernos, por ejemplo cuando nos dice cómo en esos momentos de grave situación económica siempre hay algún indecente dispuesto a sacar “tajada” de la actuación pública aprovechándose de la información privilegiada. Una vez más, y son miles ya de veces, repetiré ¡nihil novum sub sole”.

    Plutarco Solón, 13-16:
    13

    Entonces fue también cuando la disensión entre los pobres y los ricos llegó a lo sumo, poniendo a la ciudad en una situación sumamente delicada; tanto, que parecía que sólo podía volver de la turbación a la tranquilidad y al sosiego por medio de la dominación de uno solo, porque el pueblo todo era deudor esclavizado a los ricos, pues o cultivaban para éstos, pagándoles el sexto, por lo que les llamaban partisextos y jornaleros, o tomando prestado sobre las personas quedaban sujetos a los logreros, unos sirviéndolos, y otros siendo vendidos en tierra forastera. Muchos había que se veían precisados vender sus hijos, pues no había ley que lo prohibiera, a abandonar la patria por la dureza de los acreedores. La mayor parte, y los más robustos, se reunían, y se exhortaban unos a otros a no mirar con indiferencia semejantes vejaciones, sino más bien elegir un caudillo de su confianza, sacar de angustia a los que estaban ya citados por sus deudas, obligar a que se hiciera nuevo repartimiento de tierras, y mudar enteramente el gobierno.
    14
    En tal estado, viendo los más prudentes de los Atenienses que Solón únicamente estaba fuera de aquellos extremos, pues ni tenía parte en los atropellos de los ricos, ni estaba sujeto a las angustias de los pobres, le rogaban que se pusiese al frente de los negocios públicos y calmara aquellos disturbios. Fanias de Lesbos escribe que Solón, con la mira de salvar la patria, usó de artificio con unos y otros, prometiendo a los pobres el repartimiento y a los ricos la estabilidad de sus créditos; pero el mismo Solón dice que al principio puso con repugnancia mano en el gobierno, por temer la avaricia de los unos y la insolencia de los otros. Fue, pues, elegido Arconte, después de Filómbroto, y juntamente medianero y legislador: a satisfacción de los ricos, por ser hombre acomodado, y de los pobres, por la opinión de su probidad.
    15
    Lo que los modernos han dicho de los Atenienses, que lo que había en las cosas de desagradable lo encubrían con nombres lisonjeros y humanos, halagándolo urbanamente, llamando amigas a las mancebas; a los tributos, tasas; custodias, a las fortalezas de las ciudades, y edificio, a la cárcel, fue primeramente maña de Solón, que llamó alivio de carga, a la extinción de los créditos; porque fue este su primer acto de gobierno, disponiendo que los créditos existentes se anulaban, y que en adelante nadie pudiese prestar sobre las personas. Con todo, algunos, y entre ellos Androción, han escrito que no fue la extinción de los créditos el alivio con que se recrearon los pobres, sino sólo la moderación de las usuras, y que a este acto de humanidad, juntamente con el aumento de las medidas y del valor de la moneda que también se hizo, se le dio aquel nombre de seisacteia, o alivio de carga; porque hizo de cien dracmas la mina que antes era de setenta y tres, con lo que dando lo mismo en número, aunque menos en valor, quedaban muy aliviados los que pagaban, y no sentían detrimento los que recibían; pero los más afirman que la seisacteia fue abolición de todos los créditos, con lo que guardan consonancia los poemas. Gloríase en ellos Solón de que levantó de la tierra hipotecada los mojones fijados por todas partes; de que antes era sierva, y ahora era libre; de que de los ciudadanos obligados por el dinero, a unos los había restituido de país extraño, no sabiendo ya la lengua ática por el tiempo que habían andado errantes, y a otros que acá sufrían la indignidad de la esclavitud los había hecho libres. Dícese que con motivo de esta primera disposición le sobrevino un gravísimo disgusto, porque cuando trataba de abolir los créditos, y andaba examinando qué palabras serían las más acomodadas, y cuál el principio más conveniente, comunicó el pensamiento, de los amigos que tenía de más confianza e intimidad, a Conón, Clinias e Hipónico, diciéndoles que en cuanto al terreno no iba a hacer novedad; pero que tenía resuelto hacer abolición de los créditos. Estos, valiéndose de la noticia, y adelantándose, tomaron gruesas cantidades de los ricos, y compraron grandes posesiones: publicóse después la ley, y como de una parte disfrutasen las tierras, y de otra no pagasen a los acreedores, hicieron nacer contra Solón gran sospecha y calumnia de que no era del número de los perjudicados, sino de los que perjudicaban; pero muy luego se vio libre de esta acusación con la pérdida que se halló tenía que sufrir de cinco talentos, que fue la suma que tenía dada a préstamo, siendo el primero que la dio por extinguida conforme a la ley; algunos dicen que fueron quince, y entre ellos Policelo de Rodas. A aquellos sus amigos siempre los llamaron en adelante bancarroteros.
    16
    No acertó a dar gusto ni a unos ni a otros, sino que desazonó a los ricos, aboliendo sus créditos, y más todavía a los pobres, porque no hizo el repartimiento de tierras que esperaban, ni los igualó ni uniformó, como había hecho Licurgo, en los medios de vivir. Mas Licurgo, con ser undécimo en grado desde Heracles, y haber reinado muchos arios en Esparta, teniendo en su auxilio, para cuanto intentase, una gran dignidad, amigos y poder, hubo de valerse más bien de la fuerza que de la persuasión, hasta perder un ojo en la revuelta, para poder poner por obra lo más propio para la salud y concordia de la república, que fue el que entre sus ciudadanos no hubiera ni ricos ni pobres. Solón no llegó tan adelante en su gobierno, siendo más del pueblo y clase media; pero, con todo, no se quedó corto respecto de su poder, aspirando a que todo se hiciese con la voluntad y consentimiento de los ciudadanos. Que no agradó a los más de ellos, lisonjeados con otras esperanzas, lo dijo él mismo, cuando prorrumpió en estas quejas: Halagáronlos vanas quejas; ahora, irritados, con torcidos ojos me miran cual si fuera un enemigo. Dice también que si otro hubiera tenido la misma autoridad, No se habría del mando desasido, ni en paz dejado y en reposo al pueblo hasta exprimirle sustanciosa sangre. Con todo, luego comprendieron la utilidad; y desistiendo de sus insultos, sacrificaron en común, dando al sacrificio el nombre de seisacteia, y nombraron a Solón reformador del gobierno y legislador, poniendo en su arbitrio, no unas cosas sí y otras no, sino todas absolutamente, magistraturas, juntas, tribunales, consejos, para que en todo cuanto había o se crease determinara el censo, número y tiempo de cada cosa, destruyera o conservara, según le pareciese.
    (Traducción de Ranz Romanillos)

    Pasemos ahora del dibujo de la situación desde el punto de vista de la política o vida pública a la opinión de un ciudadano particular acogotado por las deudas.

    “Las Nubes” es una de las  once comedias que se conservan  de Aristófanes (444 a. C- 385 a. C.) y es una de las más famosas porque en ella se pinta una despiadada caricatura de Sócrates como sofista charlatán, que sin duda contribuyó notablemente a crear el mal ambiente ciudadano y social propicio para condenarlo a muerte, al más sabio de los hombres de Grecia según el oráculo de Apolo en Delfos.

    Podría establecerse cierto paralelismo entre el argumento de Las Nubes y la situación actual de Grecia en la que algunos sectores pretenden no pagar las deudas del Estado contraídas con los bancos acreedores.

    El asunto de la comparación es sin duda arriesgado y el lector (a quien invito a hacer una lectura completa de una obra que como todas las comedias, no es excesivamente larga; yo creo que en poco más de una hora se puede hacer su lectura) podrá ver paralelismo y semejanzas y también notables diferencias.

    Téngase en cuenta para obtener algún provecho que en la comedia de Aristófanes no se critica a los prestamistas, que habría de todo, justos y abusivos avaros, y la propuesta de aprender a no pagar a los prestamistas se vuelve contra los acreedores, hasta el punto de subvertir el orden natural del respeto de los hijos para con los padres; en la comedia el hijo, obligado por el padre a estudiar con los sofistas para no pagar las deudas, acaba agrediendo a su propio padre y justificando “sofísticamente” esa agresión. Como consecuencia, el deudor acaba quemando la escuela socrática en la que se enseñaba a convertir lo injusto en justo.

    Es decir, en el fondo esa actitud “sofística” de algunos griegos de no querer pagar las deudas no es una buena propuesta.

    Claro está, nosotros para tener una visión más exacta del problema griego actual deberíamos conocer mejor qué es la deuda actual, cómo se ha generado, cómo son las condiciones impuestas por una banca despiadada cuyo único objetivo es ganar dinero y más dinero sin reparar en las consecuencias y qué papel juegan estados e instituciones europeas cuyo objetivo primero debería ser conseguir y consolidar el bienestar de todos los europeos, que para eso inventaron la Unión.

    En fin, reproduzco algunos textos de la comedia de Aristófanes y que cada lector opine razonadamente.

    El argumento de la comedia viene perfectamente resumido precisamente en el primer argumento que acompaña en algunos manuscritos, pero no en otros. Nos dice pues el Argumento I:

    “Cierto viejo de nombre Estrepsiades, agobiado por las deudas que tiene por culpa de la afición de su hijo a la cría de caballos, le pide a éste que acuda a la escuela de Sócrates y aprenda el Argumento Inferior, por si pudiera, sosteniendo en el tribunal razones contrarias a la justicia, vencer a sus acreedores y no devolver nada a ninguno de los prestamistas. Pero el muchacho no quiere, y decide acudir él mismo a aprender, y llamando a un discípulo de Sócrates se pone a hablar con él. Cuando la máquina giratoria descubre la estancia, se ve a los discípulos, sentados en círculo y muy sucios, mirando hacia un mismo lugar, y al propio Sócrates suspendido en el aire dentro de un cesto desde el que otea y observa los objetos celestes. Luego termina por recibir al viejo y convoca a los dioses en quienes ellos creen: Aire, Éter y Nubes. Ante la invocación, llegan las Nubes en función de coro y, tras unas explicaciones bastante convincentes por parte de Sócrates sobre fenómenos naturales, se vuelven ellas hacia el público y dialogan con él acerca de muchos temas. Despues, el viejo, una vez instruido, hace reiir, mostrando en público parte de lo que ha aprendido, y cuando a causa de su incapacidad para aprender es expulsado del caviladero, trae por la fuerza a su hijo y lo pone  al lado de Sócrates. Este hace salir al teatro ante él al Argumento Injusto y al Justo, los cuales mantienen una discusión; el joven elige al Injusto y este le enseña. El padre lo recibe tras su aprendizaje y se porta muy insolentemente con los acreedores y ante el éxito se lleva a su hijo para darle un banquete; pero durante una discusión respecto a lo que tendrían que hacer en ese banquete, el padre recibe unos golpes de su hijo y se pone a gritar, pero su hijo consigue enredarle y convencerle de que es justo que los padres reciban golpes de sus hijos, y el viejo,muy enfadado por la contienda con su hijo, prende fuego al caviladero de los socráticos y lo derriba. La pieza es de las más vigorosamente compuestas. (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Nota: Estrepsiades es un “nombre parlante”, significa "el que da vueltas", del verbo strepho, volver, dar, hacer vueltas”, porque da vueltas en la cama por sus deudas o porque da la vuelta al sistema al sistema socrático, cuya escuela (físicamente no existió) quema. Estrpsiades podría ser pues “el revoltoso, el inquieto.

    ESTREPSIADES: (Incorporándose) ¡Joder, qué noche tan larga, Zeus soberano, interminable! ¿Nunca se hará de día? Pues ya hace un rato que el gallo, y los criados roncan: eso no habría ocurrido en otros tiempos. Mueras, pues, tú, guerra, por muchos motivos, como por ejemplo,que no pueda yo castigar a mis criados. Y tampoco se despierta de la noche el buen joven que a mi lado está,  sino que tira pedos, arrebujado entre cinco cobertores. Pues bien, si te parece,ronquemos bien tapados. (Vuelve a meterse en su catre y enseguida se levanta de nuevo). Mas no puedo, pobre de mí, conciliar el sueño, mordido por los gastos,el pesebre y las deudas, por culpa de este hijo mío. Él gasta melena y monta a caballo, conduce un tiro de caballos y sueña con caballos. Y mientras tanto yo me siento morir cuando veo la luna trayendo las veintenas, pues los intereses aumentan. Enciende luz, esclavo, y sácame la libreta para que pueda leer a cuántos les debo y calcular los intereses. Veamos qué debo: doce minas a Pasias. ¿De qué le debo doce minas a Pasias? ¿Por qué se las pedí? Ah, fue cuando compré a Copatero(nombre de un caballo). Infeliz de mí, antes me hubiera dado un golpe en un ojo con una piedra.

    FIDÍPIDES: (En sueños) Filón, haces trampa, conduce por tu carril.

    ESTREPSIADES: He aquí la desgracia que ha acabado conmigo: hasta dormido sueña con caballos.

    FIDÍPIDES: ¿Cuántas vueltas dará en carrera un carro de guerra?

    ESTREPSIADES: A mí, tu padre, bien de vueltas me haces dar tú. Bueno, a ver en qué deuda me metí después de lo de Pasias. Tres minas a Aminias por un pescantillo y un par de ruedas.

    FIDÍPIDES: Que se revuelque ese caballo y luego mételo en casa.

    ESTREPSIADES: Idiota, a fuerza de hacerme dar vueltas me has dejado fuera de mi hacienda, porque ya he perdido algunos juicios, y otros dicen que van a exigir un aval por los intereses.

    FIDÍPIDES: (Despertando) Padre, ¿por qué estás molesto y no paras de dar vueltas en toda la noche?

    ESTREPSIADES: Me ha echado las mantas a bocados un demarco (funcionario que establecía el censo).

    FIDÍPIDES: Déjame dormir a mí un poco, hombre de dios.

    ESTREPSIADES: Eso, tú duerme, pero entérate bien de que todas esas deudas se volverán contra tu cabeza. Ay, ojalá hubiera muerto de mala muerte la casamentera que me indujo a casarme con tu madre. Yo vivía una agradabilísima vida rústica, entre el fango, sin lavar, tumbado cuando quería, con abejas, ganado y orujo en abundancia; luego me casé con la sobrina de Megacles, yo, un paleto, con una de la ciudad: altanera, voluptuosa y con las maneras de Cesira. Cuando me casé con ella, acostado a su lado olfateaba yo el vino joven, las bandejas de higos, la lana, la abundancia; pero ella, los perfumes, el azafrán, los besos a tornillo, el derroche, la glotonería, Afrodita de los Cipotes y la Haceniños. No puedo decir, sin embargo, que fuera perezosa, porque tejía, y yo, enseñándole este manto que llevo, encontraba el pretexto para decirle: “Mujer, tejes demasiado tupido” (palabras con sentido sexual por “fornicar”)

    CRIADO: No nos queda aceite en la lámpara.

    ESTREPSIADES: ¡Ay de mí! ¿Por qué me encendiste la bebedora? Ven aquí, que vas a llorar.

    CRIADO: ¿Por qué he de llorar?

    ESTREPSIADES: Porque le pusiste una mecha de las gordas (vuelve a su monólogo). Después, cuando nos nació este hijo nuestro a mí y a mi buena mujer, discutimos enseguida sobre cómo llamarlo, y ella añadía un –ipo (significa caballo) al nombre: Jantipo, Caripo o Calípides, en tanto que yo proponía el nombre de mi abuelo, Fidónides (significa “ahorrativo”). Así pues, el asunto quedó sin decidir algún tiempo y finalmente llegamos al acuerdo de llamarle Fidípides (es una mezcla de los dos). Ella tomaba en sus brazos al niño y le decía con mucho mimo: “Cuando seas mayor, subirás en tu carro a la Acrópolis, como Megacles, con un vestido púrpura”. Y yo le decía: “Cuando traigas las cabras de vuelta del Feleo,como tu padre, vestideo con una pellica…” Pero no hizo ningún caso de mis palabras, sino que derramó su hipomanía sobre mis bienes. Con que ahora, encontrar un camino divinamente dispuesto, por el que si convenzo a éste, podré salvarme. Mas quiero despertarle primero. ¿Cuál será el modo más dulce de despertarlo? ¿Cuál? ¡Fidípides, Fidipito!

    FIDIPIDES: ¿Qué, padre?

    ESTREPSIADES: Bésame y dame tu diestra

    FIDIPIDES: Ya esta, ¿qué sucede?

    ESTREPSIADES: Dime, ¿tú me quieres?

    FIDIPIDES: Sí, por este Posidón Hípico aquí presente.

    ESTREPSIADES: No me vengas a mí con Hípicos, por favor, que ese dios es el culpable de mis males; pero obedéceme, hijo, si verdaderamente me quieres de corazón.

    FIDIPIDES: ¿En qué quieres que te obedezca?

    ESTREPSIADES: Cambia cuanto antes de comportamiento y ve a aprender lo que yo te indique.

    FIDIIDES: Habla, ¿qué me pides?

    ESTREPSIADES: ¿Me obedecerás?

    FIDIPIDES: Te obedeceré, por Dioniso.

    ESTREPSIADES: Mira ahora hacia allí. ¿Ves esa puertecita y esa casita?

    FIDIPIDES: Las veo. ¿Qué sucede realmente, padre?

    ESTREPSIADES: Ese es el caviladero de mentes sabias; dentro habitan unos hombres que hablan del cielo y te convencen de que es una estufa que nos rodea y que nosotros somos las brasas. Si se les paga dinero, enseñan a ganar, hablando con la razón o sin ella.

    FIDIPIDES: ¿Quiénes son?

    ESTREPSIADES: No sé exactamente su nombre; sólo que son caviladores concienzudos, buenos y honrados.

    FIDIPIDES: ¡Bah! Pura chusma, los conozco. Los que dices son sólo unos bocazas de faz pálida, que andan sin sandalias. De ellos son el desdichado Sócrates y Querefonte.

    ESTREPSIADES: ¡Eh,eh, calla, no digas idioteces! Si te importan algo las gachas de tu padre, hazte uno de ellos y abandona tu afición por los caballos.

    FIDIPIDES: No, por Dioniso, habrías de darme los faisanes que cría Leógoras

    ESTREPSIADES: Ve, te lo ruego, tú a quien quiero más que a nadie, ve y aprende

    FIDIPIDES: ¿Y qué quieres que aprenda?

    ESTREPSIADES: Dicen que entre ellos se encuentran los dos Argumentos,  el Superior, tal como es, y el Inferior. Y dicen que uno de ellos, el Inferior, consigue vencer defendiendo las causas más injustas, conque si tu me aprendieras ese Argumento Injusto, de todas las deudas que tengo por tu culpa no pagaría a nadie ni un solo óbolo.

    FIDIPIDES: No te obedeceré, pues con la piel descolorida no me atrevería a mirar a la cara a los caballeros.

    ESTREPSIADES: En ese caso no comerás a mi expensas, por Deméter, ni tú ni tu yunta, ni el Sánfora (un caballo), sino que te mandaré a los cuervos, fuera de mi casa.

    FIDIPIDES: Mi tío Megacles no consentirá que esté sin caballo. Ea, me voy adentro, no me preocupo de ti.

    ESTREPSIADES: Pues lo que es yo, aunque caído, no me quedaré tumbado, sino que tras rogar a los dioses iré personalmente al caviladero y haré que me enseñen. ¿Cómo podré aprender yo, un viejo torpe y desmemoriado, las sutilezas de los razonamientos exactos? Es preciso ir. . (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Luego,más adelante en los veros  235-246 Estrepsiades acude a Sócrates que colgado en una cesta observa los fenómenos celestes, y le pide que le enseñe a argumentar para no pagar sus muchas deudas.

    ESTREPSIADES: … Vamos, querido Sócrates, baja ahora aquí junto a mí y dame los conocimientos por cuya causa he venido.

    SOCRATES: ¿Y a qué has venido?

    ESTREPSIADES: Quiero aprender a hablar, pues los intereses y unos acreedores implacables me llevan y me traen, y mis bienes están hipotecados.

    SÓCRATES: ¿Y de dónde te viene el darte cuenta que estás endeudado?

    ESTREPSIADES: Me ha dejado baldado la enfermedad de los caballos, ¡joder cómo comen! Mas enséñame uno de tus dos Argumentos, el que no paga nada de lo que debe, y te juro por los dioses que te pagaré el sueldo que tú exijas.  (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Más adelante Estrepsiades consigue que su hijo Fidípides aprenda de Sócrates el arte de la palabra. Confiado Estrepsiades en la habilidad de su hijo niega las deudas a sus acreedores, les niega el capital y los intereses.

    Versos: 1154 y ss.

    ESTREPSIADES:
    Vocearé entonces con la voz
    más aguda: ea, usureros, llorad
    vosotros y el capital y los intereses de los intereses,
    que ningún perjuiciopodréis hacerme ya
    con el hijo que me han
    educado en esta casa:
    adornado con una lengua bífida,
    es mi baluarte, el salvador de
    mi casa, la perdición de mis enemigos,
    el que librará a su padre de su gran desgracia.
    …..

    Curiosamente la palabra “usurero”, obolostatai en griego, ὧβολοστάται, está formada a partir de óbolo, que es la moneda, con el mismo sentido que nosotros decimos de alguien que es un “pesetero”. Parece que los intereses eran de un óbolo diario por mina (6 óbolos = 1 dracma, 100 dracmas = 1 mina, 60 minas = 1 talento= unos 27 Kg.; un jornalero ganaba dos óbolos diarios y un trabajador cualificado cuatro).

    También es curioso que las palabras capital, to archaion,  τἀρχαῖον, lo antiguo, es lo que se ha ido asentando con el tiempo, y los intereses, “lo que día a día y mes a mes aumenta más y más con el correr del tiempo” como dice en el verso 1286,  son los hoy tókoi, τόκοι, los hijos, el producto como decimos nosotros. Ha tomado los términos del lenguaje de la generación, verbo que por cierto también utilizamos cuando decimos "me genera tanto dinero…"

    Los acreedores, a quienes Estrepsiades les niega su dinero, anuncian que acudirán a la justicia y le pondrán un pleito.

    Finalmente Estrepsiades se arrepentirá de la educación que ha dado a su hijo, capaz de argumentar para negar las deudas, pero también capaz de justificar cualquier injusticia, como la agresión que como hijo hace a su padre con el argumento de que quien bien te quiere te hará llorar.

    El CORO lo anuncia en los versos 1302 y ss.

    CORO:
              (Estrofa)
             ¡Cómo es eso de que a uno le gusten los malos asuntos!
             Este viejo está en pleno celo
            y quiere birlarle a sus dueños
            el dinero que tomó prestado.
            Pero hoy no se librará de algún asuntillo,
            que hará que este gran sofista
             se lleve pronto un disgusto
             por el mal que él ha iniciado.
              (Antistrofa)
                Creo que pronto va a conseguir lo que
                Busca hace tiempo:
                su hijo será un portento
                para expresar ideas contrarias
                a la justicia, y podrá
                 vencer a todos cuantos
                 dispute, aunque diga
                 canalladas. Quizá,quizá un día deseará
                  que el niño hubiera sido mudo.

    Y así ocurrió pronto, cuando Estrepsiades recibe de su propia medicina y tiene que soportar cómo su hijo justifica con argumentos la paliza que le está pegando a él mismo, a su padre. Arrepentido, pues, Estrepsiades de la educación”sofística” que ha dado a su hijo y dolido con sus maestros Sócrates y Querefonte, termina quemándoles la escuela.

    Estos textos nos dan idea de la complejidad de las cosas  en Grecia ya desde la Antigüedad y ante esto de nada vale el simplismo y oportunismo con el que se conducen algunos políticos europeos actuales, entre ellos naturalmente algunos españoles. Dos mil quinientos años separan las leyes de Solón de las de hoy y el sufrimiento de muchos griegos parece seguir siendo el mismo.

  • «Ubi bene, ibi patria». Tu patria está en donde te encuentras a gusto

    Son muy numerosos los textos clásicos en los que se exalta el patriotismo de los ciudadanos, tanto en Grecia, en donde se sentían muy superiores al resto del mundo, al que llaman “bárbaro” porque no hablan griego sino que balbucean, como en Roma, en donde se sabían también los dominadores del mundo.

    Son muy numerosas las máximas, sentencias, frases que condensan en pocas palabras ese amor a la patria o exaltan los heroicos servicios prestados por ciudadanos ejemplares.

    Citaré y comentaré algunas de estas máximas que exaltan el patriotismo.

    Cicerón, en la primera de sus famosas Catilinarias, discursos en contra de Catilina, que había intentado dar un golpe de estado y provocar una revolución, (una conjuración), pronuncia la frase en la que se presenta la patria como una “madre”, tópico y lugar común sempiterno que juega con los sentimientos más profundos de los hombres, que siempre son hijos de una madre:

    La patria es la madre común de todos

    Patria est communis omnium parens

    Pero será mejor leer el  párrafo entero que contextualice la frase, en el que Cicerón  invita a Catilina a que abandone la ciudad, lo que supondría una confesión de culpabilidad por su parte del intento de subvertir el orden republicano y de atentar contra su propia madre. 

    Cicerón,Catilinarias,1,7,17:

    Si tus padres te temieran y aborrecieran y por ningún medio pudieras aplacarlos, supongo que te retirarías a algún sitio, lejos de su vista;  pues bien, ahora la patria, madre común de todos nosotros, te aborrece y te teme y ya hace tiempo que no aguarda de ti sino intentos parricidas; ¿no respetarás su autoridad, ni te someterás a su juicio, ni temerás su poder? Ella trata contigo, Catilina, y aunque callada, te habla así en cierto modo:…

    si te parentes timerent atque odissent tui neque eos ratione ulla placare posses, ut opinor, ab eorum oculis aliquo concederes. nunc te patria, quae communis est parens omnium nostrum, odit ac metuit et iam diu nihil te iudicat nisi de parricidio suo cogitare: huius tu neque auctoritatem verebere nec iudicium sequere nec vim pertimesces? quae tecum, Catilina, sic agit et quodam modo tacita loquitur:

    Sigue el texto de Cicerón en el que  la patria, personificada como una madre preocupada, habla con su cruel hijo Catilina. Invito al lector a que lea este famoso discurso que comienza con las palabras mil veces citadas y con las que muchos alumnos percibieron por primera vez la fuerza de la oratoria:

    ¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?

    Quo usque tándem abutere, Catilina, patientia nostra?

    En otra obra suya el mismo Cicerón presenta el amor a la patria como la conjunción de todos los amores que un buen ciudadano tiene:

    Cicerón, Tratado de los deberes, De officiis, 1,17,57)

    Queridos son los padres, queridos los hijos, los parientes, los amigos; pero el amor a la patria contiene todos estos amores.

    Cari sunt parentes, cari liberi, pripinqui, familiares; sed omnes ómnium caritates patria una complexa est.

    Así que la patria debe estar por encima de todo, incluso de los hijos, según dice Séneca en su tragedia Las Troyanas,332: 

    Un rey debe anteponer la patria a sus hijos,

    Praeferre patriam liberis regem decet:

    También conviene leer el texto de Cicerón, ahora de cierta extensión, porque nos ilustra suficientemente sobre el concepto de “patria” de un nacionalista romano:

    De officiis, 1,17 (53-58)

    La sociedad humana ofrece diversos grados. Después de esta primera, que es la más extensa, hay la sociedad de todos aquellos que pertenecen a una misma nación y hablan una misma lengua, lo cual constituye un vínculo que liga muy estrechamente a los hombres, y una sociedad todavía más íntima y apretada es aquella que une a los habitantes de una misma ciudad. Muchas cosas son comunes a los ciudadanos: foro, templos, pórticos, calles, leyes, derechos, tribunales, sufragios, relaciones familiares, amistades, negocios, intereses. Y todavía es más estrecho el ligamen que une a los miembros de una misma familia. Así, pues, la sociedad humana, de su forma universal e inmensa, pasa por gradación a constituir un círculo muy restringido y limitado.

    Como la naturaleza ha dado a todos los animales el deseo de reproducirse, la sociedad primigenia es el matrimonio; los hijos estrechan aún más la unión matrimonial, y la relación con ellos constituye una segunda sociedad y también la unidad de la casa, donde todas las cosas son comunes a quienes la habitan. Es éste el primer principio de la sociedad y como el semillero de la república. Sigue la unión entre hermanos, entre primos hermanos y primos segundos, y cuando una sola casa no es suficientemente capaz para contener a todos ellos, éstos se disgregan formando nuevas casas, a modo de colonias. Siguen luego los matrimonios y las afinidades que aumentan el número de los parientes. En la propagación fecunda de la prole radica el origen de los Estados. La comunidad de sangre crea benevolencia y amor entre los hombres y es cosa admirable sentirse unidos por la comunidad de antepasados, por el cumplimiento de los mismos ritos sagrados, por la tenencia de sepulcros comunes.

    Pero de todas las formas de sociedad la más noble y sólida es la que se crea cuando hombres virtuosos y dotados de caracteres afines, se unen entre sí con profunda y sincera amistad. En efecto, esa honestidad de la que tanto hablamos posee la extraña virtud de que, si la advertimos en otros, nos hace amigos de aquellos en quienes mora. Y si es verdad que toda virtud nos atrae y nos hace amar a las personas en quienes creemos que reside, no lo es menos que la justicia y la liberalidad producen este efecto aún más interesante.

    Nada más idóneo para despertar este afecto y estrechar los corazones que la semejanza de costumbres en las personas de bien. De dos hombres que tienen los mismos gustos, las mismas inclinaciones, cada uno de ellos ama al otro como a sí mismo, y ocurre entonces lo que exige Pitágoras, como característica esencial de la verdadera amistad, a saber, que dos almas se fundan en una sola. Del recíproco cambio de buenos oficios también nace una unión íntima entre benefactores y beneficiados, siempre que haya correspondencia y gratitud.

    Pero cuando se ha recorrido con el pensamiento los grados  todos de las sociedades  humanas y las relaciones que entrañan, ninguno tan importante como la que vincula a cada uno de nosotros con la república. Sentimos amor por nuestros padres, nuestros hijos, nuestros parientes, pero sólo la patria compendia todos estos amores, y ¿qué hombre de bien dudaría en morir por ella si supiese que con su muerte había de servirla? Y esto es precisamente lo que hace tan execrable la barbarie de aquellos hombres que, con toda suerte de atentados, han desgarrado el seno de la patria y han trabajado por destruirla y aniquilarla.

    Si se quiere hacer una labor de comparación para determinar a quién debemos mayor obsequio y con quién estamos más obligados, es preciso situar en puesto preferente la patria y los padres, por los beneficios que les debemos; luego los hijos y toda la familia, los cuales tienen su mirada puesta en nosotros y nos estiman como su único amparo; después los parientes que están en buenas relaciones con nosotros y con los que tenemos suerte y destino comunes. Por esta razón, debemos principalmente a las personas enumeradas las ayudas necesarias para el sostén de la vida; pero la vida íntima, los consejos, los coloquios, las exhortaciones y consuelos e, incluso, en ocasiones, los reproches, tienen su máximo empleo y valor en la amistad, tanto más entrañable cuanto más fundada en la conformidad de caracteres. (Traducción de José Santa Cruz Teijeiro. Editora Nacional.1975)

    [53] 17. Gradus autem plures sunt societatis hominum. Ut enim ab illa infinita discedatur, propior est eiusdem gentis, nationis, linguae, qua maxime homines coniunguntur; interius etiam est eiusdem esse civitatis; multa enim sunt civibus inter se communia, forum, fana, porticus, viae, leges, iura: iudicia, suffragia, consuetudines praeterea et familiaritates multisque cum multis res rationesque contractae.
    Artior vero colligatio est societatis propinquorum; ab illa enim immensa societate humani generis in exiguum angustumque concluditur.

    [54] Nam cum sit hoc natura commune animantium, ut habeant libidinem procreandi, prima societas in ipso coniugio est, proxima in liberis, deinde una domus, communia omnia; id autem est principium urbis et quasi seminarium rei publicae. Sequuntur fratrum coniunctiones, post consobrinorum sobrinorumque, qui cum una domo iam capi non possint, in alias domos tamquam in colonias exeunt. Sequuntur conubia et affinitates, ex quibus etiam plures propinqui; quae propagatio et suboles origo est rerum publicarum. Sanguinis autem coniunctio et benivolentia devincit homines et caritate;
    [55] magnum est enim eadem habere monumenta maiorum, eisdem uti sacris, sepulcra habere communia.

    Sed omnium societatum nulla praestantior est, nulla firmior, quam cum viri boni moribus similes sunt familiaritate coniuncti; illud enim honestum quod saepe dicimus, etiam si in alio cernimus, tamen nos movet atque illi, in quo id inesse videtur, amicos facit.

    [56] Et quamquam omnis virtus nos ad se allicit facitque, ut eos diligamus, in quibus ipsa inesse videatur, tamen iustitia et liberalitas id maxime efficit. Nihil autem est amabilius nec copulatius quam morum similitudo bonorum; in quibus enim eadem studia sunt, eaedem voluntates, in iis fit ut aeque quisque altero delectetur ac se ipso, efficiturque id, quod Pythagoras vult in amicitia, ut unus fiat ex pluribus.

    Magna etiam illa communitas est, quae conficitur ex beneficiis ultro et citro datis acceptis, quae et mutua et grata dum sunt, inter quos ea sunt, firma devinciuntur societate.

    [57] Sed cum omnia ratione animoque lustraris, omnium societatum nulla est gravior, nulla carior quam ea, quae cum re publica est uni cuique nostrum. Cari sunt parentes, cari liberi, propinqui, familiars, sed omnes omnium caritates patria una complexa est, pro qua quis bonus dubitet mortem oppetere, si ei sit profuturus? Quo est detestabilior istorum immanitas, qui lacerarunt omni scelere patriam et in ea funditus delenda occupati et sunt et fuerunt.

    [58] Sed si contentio quaedam et comparatio fiat, quibus plurimum tribuendum sit officii, principes sint patria et parentes, quorum beneficiis maximis obligati sumus,proximi liberi totaque domus, quae spectat in nos solos neque aliud ullum potest habere perfugium, deinceps bene convenientes propinqui, quibuscum communis etiam fortuna plerumque est.

    Quam ob rem necessaria praesidia vitae debentur iis maxime, quos ante dixi, vita autem victusque communis, consilia, sermones, cohortationes, consolationes, interdum etiam obiurgationes in amicitiis vigent maxime, estque ea iucundissima amicitia, quam similitudo morum coniugavit.

    Todo  el texto anterior lo sintetiza el propio Cicerón en dos palabras que expresan dos sentimientos a los que normalmente recurren todos los nacionalismos en su De natura deorum 3,40, (94):

    Por la religión y la patria. (Por los altares y por los hogares),

    Pro aris et focis.

    Nos dice el párrafo completo, al final ya de la obra de Cicerón:

    ……
    Y tras decir esto, finalizó Cota. Lucilio, por su parte dijo: “Tú, Cota, te has lanzado, y con gran vehemencia, contra ese razonamiento de los estoicos acerca de la providencia de los dioses, razonamiento que ellos establecieron muy devota y sabiamente.  Pero ya que cae el véspero, nos concederás algún otro día para que podamos hacer frente a todo ello. Y es que tengo pendiente contigo una disputa en relación con los altares y los hogares, con los templos y los santuarios de los dioses, y en relación con los muros de la ciudad, los cuales, según decís vosotros, los pontífices, son sagrados, de modo que rodeáis la ciudad más cuidadosamente por medio de la religión que con las propias murallas. Sería para mí un delito dejar al margen estas cosas, al menos en tanto me quede el aliento. (Traducción de Angel Escobar. Editorial Gredos.1999)

    [94] Quae cum dixisset, Cotta finem. Lucilius autem “Vehementius” inquit “Cotta tu quidem invectus es in eam Stoicorum rationem quae de providentia deorum ab illis sanctissume et prudentissume constituta est. sed quoniam advesperascit, dabis nobis diem aliquem ut contra ista dicamus. est enim mihi tecum pro aris et focis certamen et pro deorum templis atque delubris proque urbis muris, quos vos pontifices sanctos esse dicitis diligentiusque urbem religione quam ipsis moenibus cingitis; quae deseri a me, dum quidem spirare potero, nefas iudico.”

    Los  textos anteriores de Cicerón no son  resultado de un pensamiento innovador, sino fruto de la observación y aplicación del sentido común elemental. Esta es sin duda una de las razones por las que los antiguos nos son tan cercanos o próximos. O bien ellos han modelado en parte nuestra forma de pensar y nuestra identidad o es que las cosas eran y son tal como ellos las presentan muy acordes con el sentido común o común sentir de los hombres.

    En el fragmento leído queda de manifiesto que ese sentido de la identidad es el que lleva a    afirmar  “quiero a mi patria no porque es grande sino porque es mía”,  lo que explica muchos de los comportamientos sociales y políticos de los hombres, en los que no es la razón la que se impone sino el sentido de identidad con el grupo.

    La idea la expresó magistralmente Séneca. En un contexto en el que habla del valor de la virtud por sí misma, independientemente de la acción en la que consista, dice  en Epistolas, 66,26:

    Ulises se apresura hacia el peñasco de su querida Itaca con el mismo ímpetu que Agamenón a los nobles muros de Micenas. Nadie ama a su patria porque es grande, sino porque es suya.

    Vlixes ad Ithacae suae saxa sic properat, quemadmodum Agamemnon ad Mycenarum nobiles muros. Nemo enim patriam quia magna est amat, sed quia sua

    En la larga cita anterior de Cicerón se exaltaba incluso la muerte en beneficio de la patria. Pero sin duda la máxima más citada y conocida al respecto es la famosa de Horacio en Odas, 3,2,13:

    Es dulce y honroso morir por la patria.

    Dulce et decorum est pro patria mori

    Como quiera que esta Oda , que canta y exalta la virtud, el valor  o condición del auténtico hombre, vir, (eso es lo que significa la palabra virtud, virtus), no es excesivamente larga, aun a riesgo de cansar a algún lector menos interesado, la reproduciré íntegra en latín y en la traducción que Javier Roca hizo para la Editorial Lumen en el año 1975:

    La estrecha pobreza
    aprenda a soportar el muchacho
    por la ruda milicia endurecido:
    jinete de lanza terrible,
    persiga a los partos feroces;
    y viva al aire libre, entre alarmas.
    Y al verle desde el muro enemigo
    la esposa del déspota guerrero
    y su hija crecida suspiren:
    no vaya el real prometido,
    inexperto en cuestiones de guerra,
    a provocar al hirsuto león,
    al que un rabia sangrienta
    arrastra entre matanzas

    Es dulce y hermoso morir por la patria.
    La muerte persigue al que huye; no perdona
    rodillas ni espalda cobarde
    de una juventud sin coraje.
    Valor desconoce la vergüenza
    de la derrota, se ilumina
    con honores sin mácula; no toma
    ni depone las hachas según sopla el viento
    de la ciudad.
    El valor abre el cielo
    al que no merecía la muerte;
    se abre un camino
    donde no lo hay y desprecia en su vuelo
    asambleas del vulgo y la húmeda tierra.
    Hay un premio que el silencio custodia
    para el fiel. ¡No! Prohibo
    que quien haya revelado los misterios
    sagrados de Ceres, se acoja
    bajo mi techo o que zarpe conmigo
    en una barca frágil. Muchas veces
    Júpiter ofendido unió al inocente
    con el pecador. Casi nunca
    la Pena renqueante olvidó al criminal,
    por más que éste tomara la delantera.

    Angustam amice pauperiem pati
    robustus acri militia puer
    condiscat et Parthos ferocis
    vexet eques metuendus hasta
    vitamque sub divo et trepidis agat
    in rebus. illum ex moenibus hosticis
    matrona bellantis tyranni
    prospiciens et adulta virgo
    suspiret “eheu, ne rudis agminum
    sponsus lacessat regius asperum
    tactu leonem, quem cruenta
    per medias rapit ira caedes.”
    dulce et decorum est pro patria mori:
    mors et fugacem persequitur virum
    nec parcit inbellis iuventae
    poplitibus timidoque tergo.
    Virtus, repulsae nescia sordidae,
    intaminatis fulget honoribus
    nec sumit aut ponit securis
    arbitrio popularis aurae.
    Virtus, recludens inmeritis mori
    caelum, negata temptat iter via
    coetusque volgaris et udam
    spernit humum fugiente penna.
    est et fideli tuta silentio
    merces: vetabo, qui Cereris sacrum
    volgarit arcanae, sub isdem
    sit trabibus fragilemque mecum
    solvat phaselon; saepe Diespiter
    neglectus incesto addidit integrum,
    raro antecedentem scelestum
    deseruit pede Poena claudo.

    Y el propio Cicerón otra vez, en una de las Filípicas o discursos que pronunció contra el triunviro Marco Antonio y que llamó “Filípicas” en un intento de evidente parangón con los discursos que Demóstenes pronunció contra Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro, que se apoderó de Grecia.

    (Nota: muy caros le costaron a Cicerón estos discursos, pero eso es asunto para otra ocasión).

    Pues bien en Filipicas, 14,11, 31 dice Cicerón:

    Oh feliz muerte la de aquel que paga su deuda a la naturaleza en defensa de la patria.

    O forunata mors, quae natura debita, pro patria est potissimum reddita!

    La deuda con la naturaleza, que nos da la vida, es naturalmente la muerte, deuda que hasta el día de hoy nadie ha dejado de pagar.

    Ofreceré también un amplio texto, que nos ayuda a entender tal vez la mística guerrera y patriota de este discurso habido en el Senado el 21 de abril del año 43 a.C., en el que Cicerón se opone a levantar el “estado de excepción”  y reclama honores para los generales y legionarios que luchan contra Marco Antonio, enemigo de la República; la retórica de estas ocasiones sigue siendo hoy en día muy similar, como apreciará el atento lector:

    Cicerón, Filípica, XIV, 11 (31) y ss.

    ¡Ojalá me vengan a la cabeza muchos modos de honrar a estos. Dos ciertamente no pasaré por alto, que principalmente se me ocurren. Uno de ellos se refiere a la gloria sempiterna de estos valerosísimos ciudadanos; el otro a  mitigar la tristeza y luto de sus familias.

    Así pues me gustaría, padres conscriptos, que se construya el mayor  de los monumentos a los soldados de la legión de Marte y a los que cayeron luchando juntamente con ellos. Grandes e increíbles son los merecimientos de esta legión para con la República. Ella fue la primera que se apartó del latrocinio de Antonio; ella se apoderó de Alba; ella la que se puso a las órdenes de César; imitándola a ella, la cuarta legión ha conseguido una gloria similar por su valor. La cuarta, victoriosa, no echa en falta a ningún soldado. De la de Marte perecieron unos pocos en su victoria. Oh muerte afortunada, que siendo debida a la naturaleza, la habéis convertido especialmente en pago a favor de la patria.

    Creo que vosotros habéis nacido verdaderamente para la patria; que de vosotros es también propio el nombre de Marte, pues parece que un mismo dios ha creó esta ciudad para los pueblos y a vosotros para esta ciudad. La muerte en la huida es ignominiosa, en la victoria es gloriosa. El mismo Marte suele cobrarse  a los más fuertes del ejército. Así pues, aquellos impíos a quienes matasteis también pagarán en los infiernos las penas de su parricidio. Pero vosotros que exhalasteis el último aliento en la victoria, habéis conseguido el sitio y lugar de los piadosos.  Se nos ha concedido por la naturaleza una vida breve; pero el recuerdo de la vida bien devuelta es eterno. Pues si no fuese (el recuerdo) más largo que esta vida, ¿ quién sería tan loco que se afanara con los mayores esfuerzos y peligros por la mayor gloria y alabanza?

    Si la reputación no durase más que nuestra vida, ¿quién sería tan insensato que intentara adquirir fama y gloria a costa de tantos trabajos y peligros?  Así pues, vuestras preclaras acciones, soldados muy valientes mientras vivisteis, ahora también  soldados venerados, lo que hizo vuestro valor, podrán ser sepultados ni por el olvido de quienes ahora existen ni por el silencio de los han de venir, porque el senado y el pueblo Romano os han de levantar casi con sus propias manos un monumento inmortal.

    Muchas veces muchos ejércitos nuestros fueron brillantes y grandes en las guerras Púnicas, Gálicas, Itálicas, y sin embargo a ninguno se les tributo tal género de honor. ¡Ojalá podamos nosotros hacer mayores cosas, porque ciertamente hemos recibido de vosotros el mayor beneficio! Vosotros echasteis de la ciudad (Roma) a un Antonio furioso; vosotros le repelisteis cuando de nuevo intentó volver.

    Así pues se levantará un monumento de una obra magnífica, y las letras grabadas serán testigos eternos de vuestro divino valor. Nunca callarán sobre vosotros las palabras agradecidas de aquellos que o vean vuestra monumento u oigan hablar de él. Así, en vez de la condición mortal de la vida, habéis conseguido la inmortalidad.

    11 (31) Quorum de honore utinam mihi plura in mentem venirent! Duo certe non praeteribo, quae maxime occurrunt, quorum alterum pertinet ad virorum fortissimorum gloriam sempiternam, alterum ad leniendum maerorem et luctum proximorum.

    12. placet igitur mihi, patres conscripti, legionis Martiae militibus et eis qui una pugnantes occiderint monumentum fieri quam amplissimum. Magna atque incredibilia sunt in rem publicam huius merita legionis. haec se prima latrocinio abrupit Antoni; haec tenuit Albam; haec se ad Caesarem contulit; hanc imitata quarta legio parem virtutis gloriam consecuta est. quarta victrix desiderat neminem: ex Martia non nulli in ipsa victoria conciderunt. O fortunata mors quae naturae debita pro patria est potissimum reddita! [32] vos vero patriae natos iudico; quorum etiam nomen a Marte est, ut idem deus urbem hanc gentibus, vos huic urbi genuisse videatur. in fuga foeda mors est; in victoria gloriosa. etenim Mars ipse ex acie fortissimum quemque pignerari solet. illi igitur impii quos occidistis etiam ad inferos poenas parricidi luent; vos vero qui extremum spiritum in victoria effudistis piorum estis sedem et locum consecuti. brevis a natura vita nobis data est; at memoria bene redditae vitae sempiterna. quae si non esset longior quam haec vita, quis esset tam amens qui maximis laboribus et periculis ad summam laudem gloriamque contenderet? actum igitur praeclare vobiscum, [33] fortissimi, dum vixistis, nunc vero etiam sanctissimi milites, quod vestra virtus neque oblivione eorum qui nunc sunt nec reticentia posterorum sepulta esse poterit, cum vobis immortale monumentum suis paene manibus senatus populusque Romanus exstruxerit. multi saepe exercitus Punicis, Gallicis, Italicis bellis clari et magni fuerunt, nec tamen ullis tale genus honoris tributum est. atque utinam maiora possemus, quando quidem a vobis maxima accepimus! vos ab urbe furentem Antonium avertistis; vos redire molientem reppulistis. erit igitur exstructa moles opere magnifico incisaeque litterae, divinae virtutis testes sempiternae, numquamque de vobis eorum qui aut videbunt vestrum monumentum aut audient gratissimus sermo conticescet. ita pro mortali condicione vitae immortalitatem estis consecuti.

    Sin duda uno de los textos más conocidos de amor a la patria hasta dar la vida por ella es el famoso epitafio de los Espartanos que en las Termópilas,  al mando del rey Leónidas, que ya tenía sesenta años, contuvieron mientras vivieron al poderosísimo ejército persa. La película “300”, dirigida en el año 2007 por Zack Snyder, adaptación del comic del mismo nombre de Frank Miller y Lynn Varley, sin duda ha contribuido a dar a conocer entre un público variado la hazaña de Leónidas y sus compañeros.

    El famoso epitafio lo cita Cicerón en su obra Tusculanas,1,42,101:

    Extranjero, di en Esparta que nos has visto aquí sepultados, obedeciendo las sagradas leyes de la patria.

    Dic, hospes, Spartae, nos te hic vidisse iacentes/ dum sanctis patriae legibus obequimur.

    Cicerón ensalza a quienes afrontan la muerte con fortaleza de ánimo. En ese contexto trae a la memoria la acción de Leónidas y los espartanos, con dos frases lapidarias, que hasta hoy se repiten, una la del propio epitafio la otra la de la lucha a la sombra de los dardos persas:

    Tusculanas,1,42,101:

    Mas ¿para qué nombrar a generales y príncipes, cuando Catón escribe que muchas veces las legiones marcharon  alegres a aquel lugar de dónde sabían que no iban a volver? Con igual ánimo cayeron los lacedemonios en las Termópilas, para los cuales Simónides (escribió estos versos):

    Dí, huésped, a Esparta que tú aquí  nos has visto yacentes,
    Mientras cumplimos las santas leyes de la patria.

    ¿Y lo que su famoso general les dijo? Luchad con ánimo esforzado, Lacedemonios, tal vez hoy cenaremos en los infiernos. Esta fue la fortaleza de aquella gente, mientras regían las leyes de Licurgo. Cuando el enemigo Persa les dijo fanfarrón en una conversación: “no veréis el sol por la cantidad de dardos y flechas”, uno de ellos le contestó:”pues lucharemos a la sombra”.

    sed quid duces et principes nominem, cum legiones scribat Cato saepe alacris in eum locum profectas, unde redituras se non arbitrarentur? pari animo Lacedaemonii in Thermopylis occiderunt, in quos Simonides:

    Dic, hospes, Spartae nos te hic vidisse iacentis,
    Dum sanctis patriae legibus obsequimur.

    quid ille dux Leonidas dicit? “pergite animo forti, Lacedaemonii, hodie apud inferos fortasse cenabimus.” fuit haec gens fortis, dum Lycurgi leges vigebant. e quibus unus, cum Perses hostis in conloquio dixisset glorians: “solem prae iaculorum multitudine et sagittarum non videbitis”, “in umbra igitur” inquit “pugnabimus.”

    Me recuerda lo que, según Cicerón,  dice Catón a esos documentales sobre las dos últimas guerras mundiales en las que vemos marchar al frente a batallones de jóvenes  infelices con una sonrisa no sabemos si inconsciente o forzada. Así me imagino a las legiones romanas; a fin de cuentas la guerra no ha cambiado tanto más allá de la capacidad destructiva del armamento.

    Pero ya en la Antigüedad se  preguntaron, como hoy lo hacemos: ¿qué es la patria?. La palabra, evidentemente deriva de “pater, -tris”, padre; significa por tanto “tierra paterna”  y según la Academia designa a la tierra natal o adoptiva a la que se siente ligado el ser humanos por vínculos jurídicos, históricos y afectivos. La patria es, pues, el lugar o país donde se ha nacido y por extensión la tierra que te adopta.

    Pues bien, muchos antiguos tuvieron que alejarse del lugar en el que nacieron por diversas razones. El Mediterráneo fue un espacio o mar abierto por el que se movían barcos y ciudadanos de muchas ciudades. Algunos se asentaron en lugares lejanos; por ejemplo comerciantes, soldados que “sirvieron a la patria” lejos de su pueblo, ciudadanos aventureros u obligados por la necesidad a buscarse un lugar y modo de vida mejores, ciudadanos condenados u obligados al exilio… Es la misma realidad que no ha dejado de existir hasta nuestros días, en el que el movimiento y desplazamiento de personas es constante.

    Pues bien, estas personas cuestionaron ese concepto de patria, que en su primitiva acepción les condenaba a ser “apátridas”, es decir, “sin patria”. Al mismo tiempo, en ese contexto de mundo abierto a todo tipo de viajeros, algunos pensadores se percataron de la radical igualdad de todos los hombres. Dos ejemplos famosos son Diógenes el Cínico y Sócrates

    Según nos cuenta Diógenes Laercio en Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, en el libro VI, 38, a propósito del otro Diógenes, el de Sinope, el Cínico:

    … Solía decir que en él se habían reunido todas las maldiciones de la tragedia, ya que estaba:

           Sin patria, sin techo, lejos del hogar,
          Mendigo errante a la merced de la ocasión

    El término que utiliza es ἄπολις, a-polis, como a-patrida

    Ciertamente Diógenes se siente desarraigado de las circunstancias que rodean y dan identidad particular a los hombres: sin ciudad, sin casa propia, lejos del hogar…; así que no es de extrañar la respuesta que dio a la pregunta frecuente: ¿de dónde eres?

    Poco después, en el libro VI, 63:

    Preguntado de dónde era, dijo: “soy ciudadano del mundo”

    ἐρωτηθεὶς πόθεν εἴη, "κοσμοπολίτης," ἔφη
    (erotezeís pózen eie, “kosmopolítes” éfe)

    Si la respuesta es auténtica, el famoso término “cosmopolita”, ciudadano del mundo,  se habría utilizado ya por Diógenes.

    En uno de los textos  que más abajo cito, también el incorruptible Sócrates, al ser preguntado de qué país era, respondió que era “habitante del mundo”, “mundanum incolam”.

    Pero tal vez la frase más conocida y citada sea la de Terencio en su comedia  Heautontimorumenos: Actus I, Escaena I, v. 77):

    Soy hombre; nada de lo que es humano lo considero ajeno a mí"

    Homo sum, humani nihil a me alienum puto

    que se suele emplear para expresar el sentimiento de solidaridad.

    El nombre griego Heautontimorumenos significa "el que se atormenta a sí mismo" y se refiere al sentimiento de un padre, que se arrepiente de haber sido excesivamente severo con su hijo. Es la comedia típica de trama complicada con múltiples enredos en la que todo acaba bien al final, como es de obligado cumplimiento en este tipo de comedias.

    Doy una cita más larga para contextualizarlo y comprobar cómo poco tiene que ver el significado elemental y jocoso que le da Terencio con el sentido transcendente de que se ha cargado después. Se cita como expresión de la “humanitas” de Terencio

    Heautontimorumrnos, versos 75-86 (23-34)

    (Cremes se preocupa por el trabajo excesivo que Menedemo realiza en su campo…)

    MENEDEMO:
    Cremes, ¿Tanto tiempo libre te dejan tus propios asuntos para preocuparte de cuestiones que nada te incumben?
    CREMES:
    Hombre soy y nada de lo humano considero que me sea ajeno. Imagínate que te doy un consejo o que te hago una pregunta a fin de que, si es correcta tu actuación, obre como tú; y si no lo es, te haga desistir de ella.
    MENEDEMO:
    Lo tengo que hacer así. Tú hazlo como lo tengas que hacer.
    CREMES:
    ¿Qué hombre precisa darse tormento?
    MENEDEMO:
    Yo
    CREMES:
    No querría que tuvieras ninguna fatiga. Pero ¿cuál es ese mal? Te pregunto. ¿Por qué te has hecho digno de tan gran sufrimiento?
    MENEDEMO:
    (se echa a llorar) ¡Ay!
    CREMES:
    No llores y cuéntame qué te pasa, sea lo que sea. No te calles, no temas, confía en mí, te digo. Te ayudaré con mi consuelo, con mis consejos o con mi hacienda.

    (Traducción de Gonzalo Fontana Elbog. Editorial Gredos,

    Menaedemus.
    Chreme, tantumne est ab re tua oti tibi
    Aliena ut cures, eaque nihil quae ad te attinent?

    Chremes.
    Homo sum: humani nihil a me alienum puto.
    Vel me monere hoc, vel percontari puta.
    Rectum est? ego ut faciam: non est? te ut deterream.

    Menaedemus.
    Mihi sic est usus: tibi ut opus facto est, face.

    Chremes.
    An cuiquam est usus homini se ut cruciet?

    Menaedemus.
    Mihi.

    Chremes.
    Si quid laboris est, nollem: sed quid istuc mali est,
    Quaeso? quid de te tantum meruisti?

    Menaedemus.
    Eheu!

    Chremes.
    Ne lacrima: atque istuc quicquid est fac me ut sciam:
    Ne retice: ne verere: crede, inquam, mihi,
    Aut consolando, aut consilio, aut re iuvero.

    El verso en cuestión ha sido repetidamente citado ya desde la Antigüedad; así lo hizo  Cicerón en “Sobre los deberes, I,30”,(De Officiis, I,30),  en que comenta que es muy difícil preocuparnos por los problemas de los demás como si fueran nuestros.

    También Séneca, Episulaet. 95, 53, repite el verso que según él tenemos en el corazón y en la boca para reforzar su idea de que los hombres somos solidarios y estamos hechos de la misma materia.

    San Agustín, Epist. 155,4,14, , que cuenta además que el teatro estalló en aplausos cuando el actor la pronunció (ferunt etiam theatra tota, plena stultis indoctisque, aplausisse), pero la noticia no parece ser histórica; por otra parte la pretensión de universalidad de San Agustín nada tiene que ver con la intención de Terencio. Ofrezco el párrafo entgero de San Agustín para comprobar además cómo los santos padres de la Iglesia integran la tradición pagana en su doctrina cristiana

    Tratemos, pues, con todas nuestras fuerzas de que lleguen también a El aquellos a los que amamos como a nosotros mismos, si amando a Dios sabemos ya amarnos a nosotros mismos. Porque Cristo, es decir, la Verdad, dice que toda la ley y los profetas se condensan en dos preceptos: Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, y amar al prójimo como a nosotros mismos. En este lugar hemos de entender próximo o prójimo, no al allegado por los lazos de la sangre, sino por la comunidad de la razón en la que vivimos asociados todos los hombres. Si el dinero asocia a los hombres, ¿cuánto más los asocia esa razón de la naturaleza que es común, no por ley de negocio, sino por ley de nacimiento? El resplandor de la verdad no se oculta a los ingenios claros. Por eso el cómico pone en boca de un viejo estas palabras dirigidas a otro viejo:

    ¿Tan descansado estás de tus asuntos para preocuparte de los ajenos, que nada te atañen?

    Y el otro viejo responde:

    Hombre soy, y nada de lo humano deja de interesarme.

    Dicen que esa salida la aplaudió el teatro en pleno, aunque estaba atestado de necios e ignorantes. De tal modo la comunidad de las almas humanas toca el afecto natural de todos, que no se halló en el teatro un hombre que no se sintiera próximo o prójimo de todos.
    (Traducción: Lope Cilleruelo, OSA)

    4. 14. Ad illum ergo quanta opera possumus, etiam illi ut perveniant agamus, quos tamquam nosmetipsos diligimus, si nosmetipsos diligere, illum diligendo iam novimus. Christus namque, id est Veritas, dicit in his duobus praeceptis totam legem Prophetasque pendere, ut diligamus Deum ex toto corde, ex tota anima, ex tota mente, et diligamus proximos tamquam nosmetipsos 15. Proximus sane hoc loco, non sanguinis propinquitate, sed rationis societate pensandus est, in qua socii sunt omnes homines. Nam si pecuniae ratio socios facit, quanto magis ratio naturae, non negotiandi, sed nascendi lege communis! Hinc et ille comicus (sicut luculentis ingeniis non defit resplendentia veritatis), cum ab uno sene alteri seni dictum componeret:

    Tantumne ab re tua est otii tibi,
    Aliena ut cures ea, quae nihil ad te attinent?

    responsum ab altero reddidit:

    Homo sum, humani nil a me alienum puto.

    Cui sententiae ferunt etiam theatra tota, plena stultis indoctisque, applausisse. Ita quippe omnium affectum naturaliter attigit societas humanorum animorum, ut nullus ibi hominum nisi cuiuslibet hominis proximum se esse sentiret.

    Varrón en uno de los escasos fragmentos de su menipea Dolium escribió también:

    Varron, Saturarum  Menippearum reliquiae:  Dolium aut seria:

    El mundo es la gran casa del pequeño hombrecillo

    Mundus domus est máxima  homulli…

    indicando al mismo tiempo la igualdad de los hombres en su amplia casa y escasa entidad individual expresada con “homulli”, diminutivo de “homo”, hombre.

    Así que fueron encontrando respuestas más abiertas y adecuadas a las preguntas:  ¿cuál es mi patria? ¿dónde está la patria?, hasta llegar a la muy famosa y repetida:

    En donde se está bien, allí está la patria

    Ubi bene, ibi patria

    Es un dicho o sentencia latina, resultado de la abreviación del verso de la tragedia Teucro de Pacuvio que Cicerón cita en Cuestiones Tusculanas, 5,37,108.

    Patria est ubicumque est bene (La patria está en cualquier parte en la que se esté bien) parece ser una cita de un verso de Pacuvio, de su tragedia Teucro, en el que cuenta la historia de Teucro, hijo de Telamón y de Hesione, hermana de Priamo, que después de la caída de Troya quiso regresar a su patria Salamina, pero fue rechazado por Telamón porque no pudo evitar la muerte de su hermano Ayax. En busca de un lugar para establecerse llegó a Chipre y se alió con  el rey de Sidón.

    Luego la frase se encuentra en numerosos autores como Curcio, Ovidio, Aulo Gelio etc.

    Cicerón, en este pasaje de sus Cuestiones Tusculanas trata sobre la felicidad del sabio, que desdeña las cosas que aparentemente importantes. tienen escaso valor y necesita cosas bien modestas. Desdeñado el honor, el dinero, se plantea el castigo del exilio, frecuente en la Antigüedad. Pero el exilio apenas si se diferencia de la estancia permanente en el extranjero; se diferencia tan solo en que el exilio va acompañado de la ignominia del castigo. Cita entonces a Sócrates, que contesta como lo hace frecuentemente con una frase lapidaria y cita luego a numerosos personajes, griegos, que marcharon al extranjero y nunca volvieron a su patria.

    Será mejor leer directamente a Cicerón:

    Tusculanae, V, 37,108:

    “Por último para todas las casualidades, la explicación más fácil es la de aquellos que refieren todas las cosas que pasan en la vida al placer, de tal forma  que pueden vivir felizmente en cualquier lugar en el que el placer abunda. Y así puede adaptarse a toda explicación las palabras de Teucro:

    La patria está en cualquier parte en la que se está bien.

    Por cierto Sócrates, cuando se le pidió  que dijese de qué país era, dijo: “Del mundo”.  Pues se consideraba habitante y ciudadano del mundo entero. ¿Pues qué?  ¿No es verdad que Tito Albucio, aunque desterrado, filosofaba en Atenas con ánimo muy ecuánime ? Pero no le hubiese ocurrido aquello mismo si hubiese obedecido  las leyes de Epicuro absteniéndose de la vida pública
    Pues, ¿cómo puede considerarse más dichosos a Epicuro porque vivía en su patria, que a Metrodoro porque vivía en Atenas? ¿O Platón superaba a Jenócrates o Polemón a Arcesilao en que eran más dichosos ?

    Pero, ¿en cuánto ha de valorarse una ciudad de la que son expulsados los buenos y los sabios? Ciertamente, Damarato, padre de nuestro rey Tarquinio, porque no podía  soportar al tirano Cipselo, huyó de Corinto a Tarquinia y allí construyó estableció su fortuna y procreó a sus hijos. ¿Acaso antepuso estúpidamente la libertad del exilio a la esclavitud en su patria?

    [108] postremo ad omnis casus facillima ratio est eorum, qui ad voluptatem ea referunt quae secuntur in vita, ut, quocumque haec loco suppeditetur, ibi beate queant vivere. itaque ad omnem rationem Teucri vox accommodari potest:

    Patria est, ubicumque est bene.

    Socrates quidem cum rogaretur, cuiatem se esse diceret, “mundanum” inquit; totius enim mundi se incolam  et civem arbitrabatur. quid? T. Albucius nonne animo aequissimo Athenis exul philosophabatur? cui tamen illud ipsum non accidisset, si in re publica quiescens Epicuri legibus paruisset.

    [109] qui enim beatior Epicurus, quod in patria vivebat, quam, quod Athenis, Metrodorus? aut Plato Xenocratem vincebat aut Polemo Arcesilam, quo esset beatior? quanti vero ista civitas aestimanda est, ex qua boni sapientesque pelluntur? Damaratus quidem, Tarquinii nostri regis pater, tyrannum Cypselum quod ferre non poterat, fugit Tarquinios Corintho et ibi suas fortunas constituit ac liberos procreavit. num stulte anteposuit exilii libertatem domesticae servituti?

    Así que según la cita de Cicerón en la que se explica el origen de la frase “ubi bene, ibi est patria” que daba título a este artículo, también averiguamos que el incorruptible Sócrates ya se había presentado como habitante, como ciudadano del mundo, “mundanum incolam”.

    Por cierto, el término “mundanum”, que utiliza Cicerón es la traducción del griego kósmios, lo que coincide con la traducción del término griego kosmos por el latino mundum, asunto del que en otro momento hablaré.

    Citaré otras varias expresiones y sentencias latinas cuyo sentido es muy similar, ahora sin encuadrarlas en unas citas más amplias, que el curioso lector podrá fácilmente completar.

    Cualquier suelo puede ser su patria para un hombre (Estacio Thebais,8,320)
    Omne homini natale solum

    Cualquier suelo es la patria de un hombre fuerte, como el mar lo es para los peces. (Ovidio, Fasti,I,493)
    Omne solum forti patria est ut piscibus aequor:

    Ninguna tierra es un exilio, sino otra patria (Séneca, De Remediis Fortunae, 8,1)
    Nulla terra exsilium est, sed altera patria;

    No he nacido para un solo rincón; el mundo entero es mi patria. (Séneca, Epistolas 28,4)
    Non sum uni angulo natus, patria mea totus hic mundus est

    Aquí está mi casa, esta es mi patria. (Virgilio,Eneida, 7,122)
    Hic domus, haec patria est:

    Pero claro está, la visión de la patria, limitada al terruño en que se nace y vive, también tiene algún inconveniente. Recordemos la frase citada curiosamente por los cuatro evangelistas cristianos San Lucas, 4,24; San Matero 13,57, San Marcos 6,14; San Juan 4,44:

    Ningún profeta es bien recibido en su patria. (Nadie es profeta en su tierra).
    Nemo propheta acceptus est in patria sua.

    Nota: con estas citas se entenderá perfectamente por qué a estos evangelios se les llama sinópticos: porque muestran una perfecta coincidencia en el relato, que puede ser “visto junto”, en columnas paralelas.  El término «sinóptico» proviene de los raíces griegas συν (syn, «junto») y οψις (opsomai, «ver»).

    Incluso la patria puede ser muy injusta con sus hijos, como decía el epitafio que según Valerio Maximo,5,3,2, quería Escipión el Africano que se grabara en su tumba:

    Patria ingrata, ni siquiera tienes mis huesos

    Ingrata patria, ne ossa quidem mea habes.

    Valerio Máximo dedica a la ingratitud el capítulo 3 entero del libro V de su obra “Hechos y dichos memorables”. A propósito de Escipion dice en 3.2b:

    Cuando aún no se había apagado el dolor por lo ocurrido, se produjo un nuevo motivo de lamento: porque después de que el Africano el Viejo transformar en dueño de Cartago  a un pueblo romano debilitado y roto por las Guerras Púnicas, a un pueblo casi exánime y moribundo, los ciudadanos para compensar con injusticias esta heroica acción, lo relegaron a una aldea inmunda y a un pantano deshabitado.

    Pero el Africano no se marchó a la tumba sin contar la dureza de este exilio voluntario, ya que ordenó que sobre su sepulcro se escribiera: “¡Qué ingrata eres, patria, que no acoges ni mis huesos!”. ¿Hay algo más indigno que esta vicisitud, algo más justo que sus quejas, o más moderado que esta venganza suya? Se negó a recibir sus cenizas aquella tierra que, precisamente gracias a él, no había quedado reducida a cenizas.

    Ésta fue la única venganza con la que Escipión respondió a la ingratitud de Roma, pero su venganza resulta incluso más dolorosa, ¡por Hércules!, que la violenta actitud de Coriolano, quien atacó a la patria con las armas del terror, mientras que Escipión utilizó sólo la de la vergüenza, porque no quiso expresar queja alguna –tan furtes y sinceros eran sus buenos sentimientos- hasta que no le llegó la muerte. (Traducción de Santiago López Moreda, María Luisa Harto Trujillo y Joaquín Villalba Alvarez. Edit. Gredos. 2003)

    En estos casos más que una madre es una  madrastra de acuerdo con la segunda acepción del Diccionario de la Real Academia Española .

    Pues bien, banalizando el tono transcendente de la expresión “ubi bene, ibi patria”, traeremos a colación el dicho español, “ no se es de dónde se nace sino de donde se pace”.

    Es el mismo significado que el de este curioso souvenir o plato de adorno con la figura de un osito con esta frase:

    Home is where your honey is

    Tu hogar está donde está tu miel.

    Esto que llamo “banalización” del tema nos indica hasta qué punto es algo primario, cuasi fisiológico, el concepto de “patria”, por mucha demagogia con la que sea utilizado por los nacionalismos interesados.

    Quiero finalizar este larguísimo artículo con una referencia a los momentos actuales.

    Los movimientos del hombre por la tierra entera son tan viejos como el propio hombre. Por mil razones distintas y siguiendo tal vez en muchos su instinto de curiosidad, muchos hombres  no han permanecido siempre en el lugar en el que nacieron.

    Hoy en día las migraciones siguen siendo millonarias buscando siempre un mejor modo de vida, bene vivere, y probablemente nunca como hoy han encontrado los hombres tantas dificultades para moverse de un país a otro.

    Quiero hacer referencia al exilio profesional o estancia en el extranjero de tantos científicos y profesionales y estudiantes españoles obligados a realizar su trabajo de alta cualificación en el extranjero. Me obliga a ello mi estancia por unos días, en este caso voluntaria, junto a uno de estos exiliados, profesional altamente cualificado, en Munich, la ciudad que hace aproximadamente ochocientos años fundaron unos monjes benedictinos donde los Alpes Bávaros  se convierten en llanura.

    Por aquí (y por otras partes de Europa, incluso Grecia, Anatolia y norte de Italia) se movieron desde la Edad de Hierro, tribus de galos o celtas “boyos” que dieron el nombre a la región “bávara”. Julio César documenta su último movimiento desde el Danubio. Terminaron subsumidos e integrados en otros pueblos.

    Pues bien, a Munich, como a otras muchas ciudades alemanas, han llegado centenares de jóvenes españoles bien formados académicamente. La "generación española mejor formada" que una ministra neoliberal y conservadora calificó poco menos que de “aventureros”. ¡Qué ironía que una ministra impresentable, precisamente de trabajo, calificase esta desgracia nacional e intentase camuflarla como una  oportunidad para unos jóvenes a los que ella debía ofrecer mejor futuro! A esta salida masiva de jóvenes profesionales le llamó con un eufemismo que produce vergüenza, “movilidad exterior” para buscar oportunidades laborales y formativas.

    Que uno de estos jóvenes sea precisamente hijo mío no me permite ser indiferfente.

    Naturalmente que los científicos han de moverse en la aldea global, pero por intereses  científicos o personales, pero no de absoluta obligación para poder encontrar un trabajo acorde con su preparación porque no lo hay en su país, en su primera patria, que les formó.

    Tal vez la reflexión de los antiguos les ayude a soportar mejor la lejanía: ubi bene, ibi patria.

    Quizás les ayude también algo conocer la actitud de los sabios e intelectuales del Humanismo y del Renacimiento, que como  Ghiberti en Secondo comentario,cap. XV (Vasari,ed.Lemonier I,pagXXIX, dice:

    Sólo quien todo lo ha aprendido no es en ninguna parte un extraño; aunque se le prive de su fortuna, aunque se encuentre sin amigos, en cualquier ciudad donde resida y pueda aguardar sin miedo las vicisitudes del destino, será siempre un ciudadano”.

    Y Codro Urceo, desterrado, en la Vita que antecede a su Opera:

    Donde quiera que el sabio establezca su sede, allí encontrará su patria.

    Fue aquella una época de curiosidad y refinamiento intelectual, en la que se descubrieron  nuevos mundos y nuevos horizontes. Es esta una época de muchos fracasos y desilusiones en la que todo, absolutamente todo, queda reducido al beneficio económico de la minoría.

  • El hombre es un animal político (Zóon politikón, ζῷον πoλιτικόν)

    Hemos de ser políticamente correctos. ¿Pero qué quiere decir esta frase tan “manida” en estos tiempos? Se refiere sin duda a la actitud evidentemente hipócrita con la que las personas, especialmente las que desempeñan alguna función “política”, deben comportarse ante los ciudadanos, expresando tan sólo lo que sus oyentes quieren oír o al menos lo que no excite su oposición.

    Curiosamente, la primera obligación de quien se exprese políticamente correcto es no defender ni valorar positivamente la propia actividad política, hoy absolutamente despreciada y devaluada en algunos países como España. Es cierto que la reciente historia ofrece múltiples motivos para esta desafección hacia la política.

    Y sin embargo es una actividad noble, la más noble y absolutamente necesaria.

    Yo sé que los dos textos de Aristóteles que reproduzco a continuación no modificarán la opinión de la mayoría de los lectores, a pesar de la enorme autoridad que Aristóteles ha tenido a lo largo de la Historia hasta hace bien pocos años. Hoy tampoco es “políticamente correcto” reconocer la “autoridad” científica, moral o política de nadie. Véase https://www.antiquitatem.com/gerusia-gerontocracia-roma-locuta

    En fin, el objetivo de este blog es ayudar a conocer el mundo antiguo en su relación con el actual.

    Aristóteles (384-322 a.C.) fue discípulo de Platón y profesor de Alejandro Magno. Fue el creador del primer gran sistema filosófico, precisamente del que más ha influido en la cultura occidental durante más de dos mil años. En ese sistema estudia el mundo físico (Física), el ser las causas de las cosas (Metafísica) y al propio hombre y su comportamiento (Etica).

    Su obra más importante sobre el comportamiento del hombre es la llamada Etica Nicomáquea (Etica a Nicómaco, que era su hijo).

    Comienza precisamente esta obra con la afirmación famosa de que “el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden”. Conviene, pues, averiguar cuál es el bien que el hombre persigue. Ese bien, que luego determinará que es la felicidad, la plenitud como hombre, la eudaímonía, nos dice que pertenece a la política, actividad directiva suprema:

    Ética Nicomáquea, Libro I,2 (1094b):

    En efecto (la política) es la que regula qué ciencias son necesarias en las ciudades y cuáles ha de aprender cada uno y hasta qué extremo. Vemos, además, que las facultades más estimadas le están subordinadas, como la estrategia, la economía, la retórica. Y puesto que la política se sirve de las demás ciencias y prescribe además qué se debe hacer y qué se debe evitar, el fin de ella incluirá los fines de las demás ciencias, de modo que constituirá el bien del hombre. Pues aunque sea el mismo el bien del individuo y el de la ciudad, es evidente que es mucho más grande y más perfecto alcanzar y salvaguardar el de la ciudad; porque procurar el bien de una persona es algo deseable, pero es más hermoso y divino conseguirlo para un pueblo y para ciudades. (Traducción de Julio Pallí Bonet, para Editorial Gredos)

    En la Grecia de la época no había grandes Estados o imperios sino las llamadas “ciudades estado”, las polis, espacio político constituido por una ciudad de tamaño pequeño para los estándares actuales con su territorio adyacente.

    Es muy difícil conocer los datos demográficos de la Antigüedad, pero en el caso de Atenas en su época clásica, siglos V-IV a.C., la extensión de la polis era aproximadamente de 2.500 kilómetros cuadrados y su población, en su mejor momento, dividida en 140 demos o comunidades locales podía ser de unos 300.000 habitantes, de los cuales tan sólo son ciudadanos con derechos plenos unos 45.000 (varones libres atenienses mayores de veintiún años) que con sus familias podían llegar a unas 150.000 personas;; metecos con sus familias (libres pero no ciudadanos) unos 40.000;  esclavos unos 110.000.

    Según el propio Aristóteles en su Constitución de los Atenienses, fragmento 5:

    Las tribus de Atenas eran cuatro, y de cada una de las tribus había tres partes, que llamaban tritias y fratrías, y cada una de estas tenia treinta linajes y cada linaje se componía de treinta hombres. (Traducción de M. García Valdés, para Editorial Gredos).

    En la reforma de Clístenes las tribus aumentaron hasta diez, en una nueva distribución.

    Si en ese contexto de población y espacio reducido la política es absolutamente necesaria para organizar la vida social, ¿cómo se puede despreciar hoy en nuestros países y estados con población multimillonaria?

    La importancia que los griegos y en general los antiguos conceden a la vida política es la consecuencia de una idea generalizada, expresada magistralmente por el propio Aristóteles, para quien el “hombre es una animal social, un animal político”, es decir, el hombre está hecho para vivir en una polis, en una ciudad; el hombre solitario es un desgraciado. Esta es la famosa expresión ζῷον, zôion, «animal» y πoλιτικόν, politikón, (animal político, social, cívico).

    Lo dice textualmente en esta misma obra Ética Nicomáquea, 1097b “…

    "…puesto que el hombre es por naturaleza un ser social”,

    pero lo había comentado extensamente en su Política I,2, 1253a:

    “De todo esto es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza un animal social y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre. Como aquel a quien Homero (Iliada, IX,63) vitupera:

      sin tribu, sin ley, sin hogar porque el que es tal por naturaleza es también amante de la guerra, como una pieza aislada en el juego de las damas.

    La razón por la cual es hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo superficial, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad.

    Por naturaleza, pues, la ciudad es anterior a la casa y a cada uno de nosotros, porque el todo es necesariamente anterior a la parte. (Traducción de Manuela García Valdés para Editorial Gredos).

    Por cierto que en el primer texto hemos leído que la “economía”,  como las restantes facultades ha de estar subordinada a la “política”. No es mal consejo en estos tiempos en los que todo se subordina a la economía y a la producción de ganancia dineraria.

  • ¿He representado bien la farsa de mi vida? Muerte y testamento de Augusto

    El 19 de agosto del año 14 después de Cristo, hacia las cuatro de la tarde, moría el emperador César Augusto. Han pasado dos mil años desde entonces. César Augusto tuvo un reinado largo y tuvo una muerte tranquila, sin sobresaltos, a diferencia de un buen número de sus sucesores que tuvieron una muerte violenta.

    y tuvo una muerte tranquila, sin sobresaltos, a diferencia de un buen número de sus sucesores

    que tuvieron una muerte violenta.

    Según Suetonio, cuyo relato reproduzco, Augusto utilizó para despedirse de sus allegados una famosa frase, precisamente aquella con la que los actores del teatro se sometían al juicio del espectador, pronunciándola en griego y en latín:

    Os parece que he representado bien la farsa de mi vida

    y añadió también la típica conclusión:

    Si está bien ejecutada, aplaudidla y todos con alegría meted ruido en nuestro honor "

       Nota: Luciano de Samosata atribuye al filósofo cínico Demonax  una frase parecida  en su Vida de Demonax, 65:

    Los juegos han terminado, todas las coronas ganadas. Sin demora, pero sin prisa” y se dejó morir rechazando toda comida.

    Sin fundamento se atribuye otra similar a Rabelais: Bajad el telón. La farsa está representada  ( Tirez le rideau, la farce est jouée).
        
    La frase de Augusto no carece de retórica, pero también de conformismo estoicismo y madurez de quien desde una inmadura juventud se convirtió en la persona más poderosa de la época. El relato de su muerte y testamento está plagado de anécdotas y detalles a los que tan aficionado era el historiador Suetonio, una especie de redactor de los ecos de sociedad del pasado

    Suetonio, Vida de los doce Césares, Vida de Augusto, XCIX y ss.

    El último día (de su vida), preguntando  varias veces  si había fuera (de su palacio) algún problema por su causa,  pidió un espejo y ordenó que se le peinase el cabello y se le arreglasen las mejillas porque las tenía  caídas y preguntó a los amigos que estaban con él “si les parecía que había representado bien la farsa de la vida”, y añadió también la conclusión:

    ἔχει καλῶς, τῷ παιθνίῳ,
    δότε κρότον, καὶ πάντες ὑμεῖς μετὰ χαρᾶς κτυπήσατε

    “Si está bien ejecutada, aplaudidla y todos con alegría meted ruido en nuestro honor ”
    Finalmente, despedidos todos, mientras preguntaba a los que venían de Roma por la hija enferma de Druso, de repente expiró entre los besos de Livia y  diciendo estas palabras:” Livia, vive recordando siempre nuestro matrimonio; adios“. Le tocó en suerte una muerte fácil y como siempre la había deseado.  Pues casi cada vez que oía que alguien había muerto rápidamente  y sin sufrimiento alguno, pedía para él mismo y para los suyos  una εὐθανασίαν (eutanasia) similar, pues solía también utilizar esta palabra. Sólo dio una única muestra de alienación de su mente  antes de entregar el alma: presa de un súbito pavor se quejó de que era arrebatado  por cuarenta jóvenes. Pero esto fue también más un presagio que una pérdida de la cabeza,  puesto que un número igual de soldados pretorianos lo sacaron a la plaza pública.

    C. Murió en la misma habitación que su padre Octavio, durante el consulado de los dos Sextos, Pompeyo y Apuleyo, el catorce de las calendas de septiembre, a la hora nona del día(hacia las cuatro de la tarde) a la edad de setenta y seis años menos treinta y cinco días.

    Los decuriones de los municipios y de las colonias  transportaron su cuerpo desde Nola hasta Bobilas, de noche a causa  de la estación del año. Durante el día se le colocaba en la basílica de cada ciudad o en el más importante de los sagrados templos.  Desde Bobilas lo cogió el orden ecuestre  y lo llevó hasta la ciudad (Roma) y lo colocó en el vestíbulo de su casa. El senado rivalizó con tal celo en embellecer el funeral y honrar su memoria, que entre otras muchas cosas algunos propusieron que el funeral pasase por la puerta triunfal, precediéndole la Victoria que está en la Curia,  mientras  los hijos de uno y otro sexo  de los principales ciudadanos cantaban una nenia ( himno fúnebre); otros propusieron que el día de las exequias, se quitasen los anillos de oro y se pusiesen otros de hierro; algunos decían que sus huesos debían ser recogidos por los sacerdotes de los colegios superiores.

     Cierto senador quiso que se diese el nombre de Augusto al mes de septiembre, en vez de dárselo al mes precedente, puesto que en este mes había muerto y en el primero había nacido. Otro senador propuso que todo el período comprendido entre su nacimiento y el día de su muerte se llamase “era de Augusto” y fuera registrado con este nombre en el calendario. De todas maneras se impuso una limitación en lo que se refiere a los honores.

    Se pronunciaron dos elogios fúnebres: el primero, que hizo Tiberio ante el templo del divino Julio; y el segundo, del que se encargó Druso, hijo de Tiberio, frente a la antigua tribuna de los oradores. A continuación los senadores lo llevaron a hombros al Campo de Marte, donde fue incinerado. No faltó tampoco un viejo pretor que jurase haber visto el fantasma de Augusto ascender a los cielos después de la incineración. Los principales miembros del orden ecuestre, vestidos con una túnica, sin cinturón y con los pies descalzos, recogieron sus restos y los depositaron en el mausoleo. Augusto había hecho construir esta tumba entre la vía Flaminia y la orilla del Tíber durante su sexto consulado, y ya desde entonces había abierto al público los bosques y avenidas que la rodeaban.

    El  testamento

    CI: Hizo su testamento durante el Consulado de L.Planco y C.Silio, tres días antes de las nonas de abril y un año y cuatro meses antes de su muerte. Estaba escrito en dos pliegos, en parte escrito de su propio puño y letra, en parte escrito por sus libertos Polibio e Hilarión. Lo había dejado al cuidado de las vírgenes vestales, quienes lo devolvieron entonces, así como tres rollos sellados del mismo modo. Todos estos documentos fueron abiertos y leídos ante el Senado.
    Augusto nombró como heredero en primer grado a Tiberio: la mitad de toda la herencia más un sexto. Livia heredó otro tercio con la obligación de llevar su nombre. En segundo grado Druso, hijo de Tiberio, heredó una tercera parte. Germánico y sus tres hijos de sexo masculina heredaron los otros dos tercios. En tercer grado parientes y amigos en gran cantidad. Dejó al pueblo romano cuarenta millones de sestercios, a las tribus tres millones quinientos mil, a los pretorianos les dejó mil sestercios por cabeza y a cada miembro de las cohortes urbanas quinientos, a cada legionario trescientos. Mandó que se pagara esta suma al contado, pues siempre había tenido reservas en su tesorería. Dejó algunos otros legados de diferente importancia, algunos no excedían los veinte mil sestercios. Fijo un plazo de un año para pagarles. Se excusó por lo reducido de su fortuna personal y declaraba que sus herederos no percibirían más de ciento cincuenta millones de sestercios, pues aunque en los últimos veinte años, como decía, hubiese reunido cuatro millones de sestercios procedentes de los testamentos de sus amigos, los había gastado casi completamente a favor del Estado, así como sus dos patrimonios y las demás herencias.

    En lo que se refiere a las dos Julias, su hija y su nieta, prohibió que después de muertas fuesen transportadas a su sepulcro.

    En los tres rollos se contenía lo siguiente: uno órdenes relativas a sus funerales, el segundo un resumen de la obra que él había llevado a cabo, resumen que pedía que se grabase en tablas de bronce y fueran colocadas frente a su mausoleo. En el tercer rollo había un inventario de los recursos del Imperio, indicando cuántos soldados había en filas, cuánto dinero había en el tesoro, en las cajas imperiales y entre los tributos pendientes todavía. Añadió igualmente los nombres de los libertos y esclavos a los que se les podía exigir que rindiesen cuentas.

    Supremo die identidem exquirens, an iam de se tumultus foris esset, petito speculo capillum sibi comi ac malas labantes corrigi praecepit et admissos amicos percontatus, ecquid iis uideretur mimum uitae commode transegisse, adiecit et clausulam:

    ἐπεὶ δὲ πάνυ καλῶς πέπαισται, δότε κρότον
    καὶ πάντες ἡμᾶς μετὰ χαρᾶς προπέμψατε.

    omnibus deinde dimissis, dum aduenientes ab urbe de Drusi filia aegra interrogat, repente in osculis Liuiae et in hac uoce defecit: 'Liuia, nostri coniugii memor uiue, ac uale!' sortitus exitum facilem et qualem semper optauerat.
    nam fere quotiens audisset cito ac nullo cruciatu defunctum quempiam, sibi et suis εὐθανασίαν similem—hoc enim et uerbo uti solebat —precabatur. unum omnino ante efflatam animam signum alienatae mentis ostendit, quod subito pauefactus a quadraginta se iuuenibus abripi questus est. id quoque magis praesagium quam mentis deminutio fuit, siquidem totidem milites praetoriani extulerunt eum in publicum.
    obiit in cubiculo eodem, quo pater Octauius, duobus Sextis, Pompeio et Appuleio, cons. XIIII. Kal. Septemb. hora diei nona, septuagesimo et sexto aetatis anno, diebus V et XXX minus.
    Corpus decuriones municipiorum et coloniarum a Nola Bouillas usque deportarunt noctibus propter anni tempus, cum interdiu in basilica cuiusque oppidi uel in aedium sacrarum maxima reponeretur. a Bouillis equester ordo suscepit urbique intulit atque in uestibulo domus conlocauit. senatus et in funere ornando et in memoria honoranda eo studio certatim progressus est, ut inter alia complura censuerint quidam, funus triumphali porta ducendum, praecedente Victoria quae est in curia, canentibus neniam principum liberis utriusque sexus; alii, exequiarum die ponendos anulos aureos ferreosque sumendos; nonnulli, ossa legenda per sacerdotes summorum collegiorum.
    fuit et qui suaderet, appellationem mensis Augusti in Septembrem transferendam, quod hoc genitus Augustus, illo defunctus esset; alius, ut omne tempus a primo die natali ad exitum eius saeculum Augustum appellaretur et ita in fastos referretur. uerum adhibito honoribus modo bifariam laudatus est: pro aede Diui Iuli a Tiberio et pro rostris ueteribus a Druso Tiberi filio, ac senatorum umeris delatus in Campum crematusque.
    nec defuit uir praetorius, qui se effigiem cremati euntem in caelum uidisse iuraret. reliquias legerunt primores equestris ordinis tunicati et discincti pedibusque nudis ac Mausoleo condiderunt. id opus inter Flaminiam uiam ripamque Tiberis sexto suo consulatu extruxerat circumiectasque siluas et ambulationes in usum populi iam tum publicarat.
    CI Testamentum L. Planco C. Silio cons. III. Non. Apriles, ante annum et quattuor menses quam decederet, factum ab eo ac duobus codicibus partim ipsius partim libertorum Polybi et Hilarionis manu scriptum depositumque apud se uirgines Vestales cum tribus signatis aeque uoluminibus protulerunt. quae omnia in senatu aperta atque recitata sunt.
    heredes instituit primos: Tiberium ex parte dimidia et sextante, Liuiam ex parte tertia, quos et ferre nomen suum iussit; secundos: Drusum Tiberi filium ex triente, ex partibus reliquis Germanicum liberosque eius tres sexus uirilis; tertio gradu propinquos amicosque compluris. legauit populo R. quadringenties, tribubus tricies quinquies sestertium, praetorianis militibus singula milia nummorum, cohortibus urbanis quingenos, legionaris trecenos nummos; quam summam repraesentari iussit, nam et confiscatam semper repositamque habuerat.
    reliqua legata uarie dedit perduxitque quaedam ad uicena sestertia, quibus soluendis annuum diem finiit, excusata rei familiaris mediocritate nec plus peruenturum ad heredes suos quam milies et quingenties professus, quamuis uiginti proximis annis quaterdecies milies ex testamentis amicorum percepisset, quod paene omne cum duobus paternis patrimoniis ceterisque hereditatibus in rem p. absumpsisset. Iulias filiam neptemque, si quid iis accidisset, uetuit sepulcro suo inferri.
    tribus uoluminibus, uno mandata de funere suo complexus est, altero indicem rerum a se gestarum, quem uellet incidi in aeneis tabulis, quae ante Mausoleum statuerentur, tertio breuiarium totius imperii, quantum militum sub signis ubique esset, quantum pecuniae in aerario et fiscis et uectigaliorum residuis. adiecit et libertorum seruorumque nomina, a quibus ratio exigi posset.

    Sobre su largo reinado han existido desde la Antigüedad y aún existen diversas valoraciones: para algunos fue el gran gobernante que acabó con las guerras civiles, consiguió la paz y salvó las instituciones republicanas; para otros en cambio fue una persona cruel y ambiciosa que acabó con la “democracia”  republicana e instauró un régimen “monárquico” autoritario.

    El propio Augusto dejó un documento que hizo grabar y distribuir por todo el Imperio en el que refleja la memoria de su reinado. Es un documento, naturalmente, de propaganda y publicitario en el que no hay espacio para la crítica negativa. Se llama “Res gestae divi Augusti”Hechos del divino Augusto”. La copia de su mausoleo fue destruida en la azarosa  historia de Roma, pero se conserva en una inscripción de Ankara conocida como “Monumentum Ancyranum”.

    En el capítulo 34 de este documento encontramos la valoración general que el propio Augusto hace de sí mismo:

    En la Curia Julia se ha colocado un escudo dorado en el que se ha escrito que elsenado y el pueblo romano me lo han regalado por mivalor, mi clemencia, mijusticia y mi piedad.

    Clupeus aureus in Curia Iulia positus quem mihi Senatum populumque Romanum dare virtutis clementiaeque iustitiae et pietatis causa testatum est per eius clupei inscriptionem.

    El historiador oficial Veleyo Patérculo, que se movía por la corte de Tiberio, no tiene reparo en repetir expresiones exactas de este documento para ensalzar la labor de Augusto como restaurador de las libertades democráticas y repetir la versión oficialista:

    Acabaron las guerras civiles que habían durado veinte años, terminaron las guerras exteriores, volvió la paz, despareciendo por doquier el temor de las batallas, se restableció la fuerza de las leyes, la autoridad de los tribunales, la grandeza del Senado; el poder de los magistrados volvió a adquirir la misma importancia… se restituyó al Estado su forma antigua. Los campos se trabajan de nuevo, se veneran las cosas sagradas, los hombres sonde nuevo tranquilos y cada uno es propietario de sus bienes. VELEYO PATERCULO, Historia de Roma, II 89

    Finita vicesimo anno bella civilia, sepulta externa, revocata pax, sopitus ubique armorum furor, restituta vis legibus, iudiciis auctoritas, senatui maiestas, imperium magistratuum ad pristinum redactum modum, … Prisca illa et antiqua rei publicae forma revocata. Rediit cultus agris, sacris honos, securitas hominibus, certa cuique rerum suarum possessio;

    Séneca no fue historiador sino filósofo y moralista y se refiere en numerosas ocasiones a Augusto, al que considera “princeps bonus”, “buen príncipe”, que es generoso y se autocontrola en su poder….

    Tácito es  un historiador posterior, de principios del siglo II y representa a la clase senatorial y patricia defensora de la libertad republicana y de los ideales primitivos. No se ocupa directamente de la época de Augusto, pero se refiere a él en varias ocasiones y aunque considera su gobierno como una monarquía justifica sus acciones por la necesidad del momento: Augusto restableció la paz, aunque fuera a costa de la libertad

    Después de la batalla de Accio convenía a la paz que  todo el poder estuviese concentrado en una sola persona. (Historias, I,1)

    postquam bellatum apud Actium atque omnem potentiam ad unum conferri pacis interfuit

    En realidad Tácito nos presenta las diversas opiniones contrarias de los autores sin que aparezca claramente la suya. Parece estar más cerca de los enemigos de Augusto, de quienes piensan que estableció la paz pero a costa de mucha sangre y de perder las libertades, que ya nunca serán como antes  y tiene de Augusto un juicio más bien negativo.

    Suetonio es un historiador que no tiene una concepción analítica de la Historia, antes bien recoge cuanto documento, chisme, habladuría, anécdota corren por la corte. Emite un juicio salomónico sobre Augusto: antes de imponerse a sus adversarios, en su primera época fue cruel y autoritario, pérfido, mentiroso, corrompido; en su segunda etapa fue el princeps generoso, justo, clemente, modesto…

    El mejor historiador de estos asuntos es el griego Dion Casio, con su Historia Romana, que vivió del año 155 al  235 al menos. Para él el régimen de Augusto fue una autocracia en la que los miembros del Senado tenían una gran influencia. Precisamente ese era el régimen adecuado que  él defendía en su época. En  Cassio, 53, 12 nos dice:

    Pero como  quería aparecer como un demócrata, asumió el cuidado y vigilancia de todos los asuntos públicos”.

    En todo caso el régimen instaurado por Augusto se convirtió con sus sucesores en tiranía, arbitrariedad, ilegalidad.

    En fin, llegados a este punto y utilizando la expresión ritual romana, tan repetida por todo el imperio en miles de lápidas funerarias, digamos hoy, dos mil años después:

    Que la tierra te sea ligera

       S(it) T(ibi) T(erra) L(evis)

  • Una medida positiva de Augusto para la integración de los pueblos

    En tiempos tan revueltos como los actuales quizás no sirva de mucho recordarlo, pero hay una anécdota de Octavio Augusto que tiene cierto interés referida a una medida positiva, proactiva como se dice ahora, de integración entre culturas llamadas a complementarse.

    El poeta latino Horacio dejó a la posteridad unas cuantas frases famosas convertidas en sentencias plenas de contenido. Una de ellas hace referencia al dominio militar y político romano sobre Grecia pero a la superioridad cultural helena, en  Epístolas II, 1, 156-157:

    "La Grecia conquistada conquisto al fiero conquistador e introdujo las artes en el agreste Lacio."

    "Graecia capta ferum victorem cepit et artes intulit in agresti Latio."

    Piénsese que ya antes de existir Roma, los griegos recitaban los versos de la Ilíada y la Odisea de Homero.

    Pues bien, los griegos soportaron el dominio romano y los romanos siempre se sintieron atraídos y “dominados” por la cultura griega, hasta el punto de que todo romano culto, persona importante o de familia con recursos, marcha a Grecia para completar sus estudios y aprender bien la lengua griega.

    En honor de la verdad, también hubo quien se opuso a esa influencia. En el siglo III a.C., Catón el Viejo, defensor a ultranza de la tradición romana, interpretó como un peligro letal para Roma la influencia griega y a ella se opuso en su juventud, pero finalmente con poco éxito, pues como dice Plutarco en  Vidas paralelas, Vida de Catón 2, 4:

    Por lo demás, se dice que aprendió  tarde las letras griegas, y que habiendo cogido en sus manos  los libros griegos cuando ya era de edad muy avanzada, Tucídides le fue de utilidad para la elocuencia, aunque  sobre todo le aprovechó Demóstenes. Adornó sus escritos adecuadamente  con máximas e historias griegas, y en sus apotegmas y sus sentencias se encuentran muchas cosas traducidas literalmente del griego.

    Pues bien, hay una pequeña anécdota de Augusto que refleja el espíritu y deseo de integración al proponer  una medida positiva que busca el buen entendimiento entre los dos pueblos, romano y griego. Nos lo refiere Suetonio en su Vida de los doce  Césares, vida de Augusto. XCVIII, 1-3:

    Recorrió entonces las costas de la Campania y las islas cercanas y paso cuatro días de retiro en Capri, con absoluta tranquilidad dedicado al ocio y a todo tipo de diversión.

    Cuando pasaba casualmente por la bahía de Putéolos, los pasajeros y los marineros de una nave de Alejandría, que acababa de atracar, vestidos de blanco, con coronas y quemando incienso, le prodigaron votos de buenaventura y las mayores alabanzas, diciéndoles que “gracias a él vivían, gracias a él navegaban, gracias a él disfrutaban de la libertad y de sus fortunas”. 

    Contentísimo con esto, repartió cuarenta monedas de oro a sus acompañantes, exigiéndoles a cada uno el juramento y compromiso de que no gastarían la cantidad dada en otra cosa sino en la compra de productos de Alejandría.

    Y luego a lo largo de los días siguientes repartió además, entre otros regalos menores, togas (romanas) y mantos griegos, con la condición de que los Romanos usaran la vestimenta y la lengua griegas y los griegos las romanas.

    tunc Campaniae ora proximisque insulis circuitis Caprearum quoque secessui quadriduum impendit remississimo ad otium et ad omnem comitatem animo.

    Forte Puteolanum sinum praeteruehenti uectores nautaeque de naui Alexandrina, quae tantum quod appulerat, candidati coronatique et tura libantes fausta omina et eximias laudes congesserant: per illum se uiuere, per illum nauigare, libertate atque fortunis per illum frui. qua re admodum exhilaratus quadragenos aureos comitibus diuisit iusque iurandum et cautionem exegit a singulis, non alio datam summam quam in emptionem Alexandrinarum mercium absumpturos.

    sed et ceteros continuos dies inter uaria munuscula togas insuper ac pallia distribuit, lege proposita ut Romani Graeco, Graeci Romano habitu et sermone uterentur

    Han pasado 2.000 años. Augusto murió poco después de esta anécdota, pero si de integración entre los pueblos se trata, hoy como ayer serán más adecuadas las medidas positivas de asimilación que la confrontación. Desde luego, nada ayudan a una buena convivencia mensajes del tipo “no consuma usted productos de…Alejandría”.