Categoría: Educación

  • Summum ius summa iniuria, “La extrema justicia es extrema injusticia”

    El sentido de esta frase latina, convertida en proverbio, es advertir de cómo una aplicación de la ley con todo rigor al pie de la letra puede devenir en una enorme injusticia.

    Es una máxima latina con notable arraigo en Occidente porque se ha convertido en un proverbio o frase o sentencia latina, como otras muchas que en su concisión y brevedad están cargadas de contenido.

    Son muchos los ciudadanos que rechazan  una aplicación mecánica y rigorista de la ley,  que como recoge los Digesta Iustiniani,40, 9,12 en otra sentencia también lapidaria, siempre es dura: Dura lex, sed lex, La Ley es dura, pero es la ley.

    Son también  muchos los partidarios de una dura aplicación. Tal vez sin un conocimiento suficiente de la situación, tengo la impresión personal de que la ley tiene una aplicación más rigorista en EEUU, a pesar de que la tradición anglosajona del derecho basado en la experiencia de la aplicación, que se aplica en Gran Bretaña, parecería aconsejar todo lo contrario.

    El origen de esta frase no parece estar en el propio mundo del derecho teórico, porque encierra en sí una contradicción o autonegación de la propia ley. Parece más bien recoger el valor de la experiencia en la aplicación, que aconseja tener en cuenta las circunstancias concretas del incumplimiento de la norma y de la aplicación de la pena.

    Desde el punto de vista retórico sería una especie de oxímoron ((del gr. ὀξύμωρον) o unión de dos ideas de significación contradictoria o “absurdo ingenioso” como le llaman los griegos, o en latín “contradictio in terminis” (contradicción en los términos –linguísticos-), que se explica por el contexto. La palabra oxímoron procede de las griegas ὀξύς (oxýs: ‘agudo, punzante’) y μωρός (morós: ‘fofo, romo, tonto’); así que la misma palabra es un ejemplo de oxímoron.

    También puede considerarse como un caso de “figura etimológica” o utilización de varias formas derivadas de un mismo lexema en tanto en cuanto “iniuria” deriva o niega a “ius”.

    La frase como tal “súmmum ius, summa iniuria”  sólo aparece en Cicerón en su obra Sobre los Deberes  (De officiis I, 33), que más adelante comentaré.

    Se cita como precedente un texto de una comedia de Terencio, que es muy similar. Emplea Terencio en  su Heautontimorumenos (El atormentador de sí mismo) la expresión  “ius súmmum saepe summa’st malitia”, “la suma justicia muchas veces es un sumo mal”.

    El autor de comedias latino Terencio se inspira directamente, cuando no traduce literalmente, en las comedias del autor griego Menandro. Este hecho y la influencia griega que también tiene en gran medida el propio Cicerón, permite pensar que el origen de la frase estaría en el mundo griego, pero no conservamos la obra de Menandro para comprobarlo.

    En todo caso si es cierto que en el mundo griego surge la cuestión de la relación entre la justicia,  dikaion  (δίκαιον), la ley (νόμος) nomos,  y la equidad , ἐπιείκεια, epiqueya.

    Observemos que en la aplicación del derecho del Atica se prefiere el arbitraje y las propuestas conciliadoras que la actuación exclusiva de los tribunales.

    Cicerón, recogiendo sin duda más  una opinión y sentimiento ciudadano extendido, rechaza o advierte de la rigidez formalista y literal del Derecho Romano, como se deduce de los ejemplos que aduce en el texto que inmediatamente transcribiré, sin pretender por ello que la sentencia en cuestión formara parte del corpus iuridicum en sí.

    Epiqueya”, ἐπιείκεια, (equidad), es un término griego, de valor jurídico, que se refiere a la aplicación concreta de una ley, que siempre es general, a los casos concretos que son los reales. Se trata de una virtud moral que permite a una persona no aplicar la observación literal de una norma positiva para respetar o ser fiel al sentido o espíritu auténtico de la propia norma. El Diccionario de la Real Academia Española lo define como: 1. f. Interpretación moderada y prudente de la ley, según las circunstancias de tiempo, lugar y persona.

    Los antiguos (Platón, Aristóteles,…) dedicaron mucho tiempo a este tema  de la “epiqueya” y por tanto del significado y valor de la ley y del derecho como instrumento para su aplicación.  Sin duda merece un artículo que en su momento realizaré.

    Así que el primer texto latino,  corresponde  Terencio,  que, como decía  en su Heautontimorumenos (El atormentador de sí mismo), Acto IV, Escena 5,48 ( v. 796) emplea la expresión  “ius súmmum saepe summa’st malitia”.

    Nota: la comedia de Terencio, copia o simple traducción de una similar de Menandro, se representó por primera vez en el año 163 a.C.  En ella Menedemo, un padre anciano, se atormenta y lamenta de haber sido un padre demasiado severo que obligó a su hijo Clinias a escaparse de casa y alistarse en un ejército extranjero. Luego la obra se desarrolla en torno a un enredo amoroso típico de estas comedias.

    HEAVTON TIMORVMENOS 795 (Acto4,Escena 5,48)


    SIRO. – Por otra parte, Cremes, yo hago eso como  justo y bueno.

    CREMES. – Y yo  deseo sobre todo que te decidas a hacerlo, pero por otro camino.

    SIRO. – Hágase; hablemos de otra cosa. Aquello que te dije del dinero que esa le debe a Baquis,  hay que devolvérselo ahora a ella. Y tú, naturalmente,  no te refugies en aquello: “¿Qué tiene que ver conmigo? ¿Acaso me lo dieron a mí? ¿Acaso lo ordené yo? ¿Acaso podía ella dar en prenda a mi hija sin mi consentimiento?” Es verdad, Cremes, lo que dicen: “La más estricta justicia es a menudo la mayor maldad”

    CREMES. – No lo haré.

    SIRO. – Ciertamente si a otros les está permitido, a ti no te está permitido: todos creen que tú estás en una situación limpia y bien hecha.

    SYRUS: Caeterum equidem istuc, Chrene,
    Aequi bonique facio.

    CHREMES  atqui quam maxume
    volo te dare operam ut fiat, verum alia via.

    SYRUS (Servus). fiat, quaeratur aliquid. sed illud quod tibi     
    dixi de argento quod ista debet Bacchidi,
    id nunc reddendumst illi: neque tu scilicet
    illuc confugies: "quid mea? num mihi datumst?
    num iussi? num illa oppignerare filiam
    meam me invito potuit?" verum illuc, Chreme,      
    dicunt: "ius summum saepe summast malitia."

    CHREMES. haud faciam.

    SYRUS. immo aliis si licet, tibi non licet:
    omnes te in lauta et bene acta parte putant.

    La forma de Cicerón es la única que aparece como tal en la literatura latina. Aparece, como dije, en su obra Sobre los Deberes (De officiis) lib.I,33.

    Muchas  veces existen también injusticias derivadas de alguna calumnia y de una interpretación demasiado astuta y maliciosa del derecho. Por lo que se ha hecho ya corriente en la conversación aquel proverbio “la extrema justicia es extrema injusticia”. Y en este tipo se peca también mucho en los asuntos públicos, comoaquel , que, habiendo hecho con el enemigo una tregua de treinta días, por la noche devastaba los campos, porque la tregua era de días, no de noches.

    Ni tampoco puede ser aprobado nuestro compatriota, si es verdad que Quinto Fabio Labieno o cualquiera otro –no lo conozco sino de oídas-  nombrado por el senado árbitro para tratar de los límites entre los habitantes de Nola y los de Nápoles, cuando llegó al lugar, habló por separado con unos y otros para que no se comportaran con ambición ni con codicia y que prefirieran retrotraer sus límites a adelantarlos. Como las dos partes lo hicieron así, quedó en medio una parte de campo. En consecuencia él fijó los límites como ellos mismos habían dicho; el campo que había quedado en medio lo adjudicó al pueblo romano. Esto es engañar, no juzgar. Por ello en toda ocasión hay que huir de tales sutilezas.

    Hay también algunos deberes que han de ser observados con aquellos de quienes has recibido una injusticia. Hay, pues,  un límite para la venganza y para el castigo; y no sé si es suficiente que aquel que ha ofendido, se arrepienta de su injustica, de forma que él mismo no haga nada semejante de nuevo y los demás sean más remisos para cometer injusticias.

    Y en los asuntos públicos se han de respetar sobre todo los derechos de la guerra. Pues habiendo dos tipos de dejar de luchar, uno mediante la negociación y otro mediante la fuerza, y siendo aquel más propio del hombre y este de los animales, se habrá de recurrir a este último si no se puede utilizar el primero.

    Nota: la historia de la tregua de los días y no de las noches se cuenta de Cleomenes, rey de Esparta (520-491 a.C.) en la guerra que con Argos. Lo cuenta Plutarco, en su Apophthegmata Laconica, 223A, “Máximas de espartanos”

    DE OFFICIIS LIBER PRIMVS 33

    Existunt etiam saepe iniuriae calumnia quadam et nimis callida sed malitiosa iuris interpretatione. Ex quo illud "summum ius summa iniuria" factum est iam tritum sermone proverbium. Quo in genere etiam in re publica multa peccantur, ut ille, qui, cum triginta dierum essent cum hoste indutiae factae, noctu populabatur agros, quod dierum essent pactae, non noctium indutiae. Ne noster quidem probandus, si verum est Q. Fabium Labeonem seu quem alium–nihil enim habeo praeter auditum –arbitrum Nolanis et Neapolitanis de finibus a senatu datum, cum ad locum venisset, cum utrisque separatim locutum, ne cupide quid agerent, ne appetenter, atque ut regredi quam progredi mallent. Id cum utrique fecissent, aliquantum agri in medio relictum est. Itaque illorum finis sic, ut ipsi dixerant, terminavit; in medio relictum quod erat, populo Romano adiudicavit. Decipere hoc quidem est, non iudicare. Quocirca in omni est re fugienda talis sollertia.

    .Sunt autem quaedam officia etiam adversus eos servanda, a quibus iniuriam acceperis. Est enim ulciscendi et puniendi modus; atque haud scio an satis sit eum, qui lacessierit, iniuriae suae paenitere, ut et ipse ne quid tale posthac et ceteri sint ad iniuriam tardiores.

    Atque in re publica maxime conservanda sunt iura belli. Nam cum sint duo genera decertandi, unum per disceptationem, alterum per vim, cumque illud proprium sit hominis, hoc beluarum, confugiendum est ad posterius, si uti non licet superiore.

    Curiosamente encontramos una cita en Columela, autor de una obra sobre la agricultura, referida a la relación del señor y dueño de las tierras con sus colonos;  dice en De re rustica, libro I,7:

    Una vez aceptadas y dispuestas todas estas cosas de esta manera, se requiere la principal preocupación del señor para las restantes cosas, especialmente para con los hombres. Estos pueden ser o colonos o esclavos, y estos o sueltos o atados con cadenas.  Actúe suavemente con los colonos y se muestre asequible. Exija con más empeño el trabajo que los pagos, porque esto ofende menos, y sin embargo en conjunto es más beneficioso. Pues cuando un campo se cultiva con diligencia, siempre aporta ganancias y nunca pérdidas, excepto en caso de fuerza mayor como el tiempo o el robo, y por ello el colono no se atreve a pedir la condonación.

    Ni tampoco el señor debe ser pesado en exigir su derecho en cada una de las cosas con las que el colono está obligado, como en las fechas de los pagos o en exigir  la leña y las restantes pequeñas aportaciones cuyo cumplimiento acarrea a los campesinos más molestia que gasto. Ni por supuesto se debe reclamar todo lo que nos está permitido, pues ya los antiguos consideraban  a la justicia extrema como una extrema cruz (extremo castigo o sufrimiento)


     His omnibus ita vel acceptis vel compositis, praecipua cura domini requiritur, cum in ceteris rebus, tum maxime in hominibus. Atque hi vel coloni vel servi sunt, soluti aut vincti. Comiter agat cum colonis, facilemque se praebeat. Avarius opus exigat quam pensiones, quoniam et minus id offendit, et tamen in universum magis prodest. Nam ubi sedulo colitur ager, plerumque compendium, numquam (nisi si caeli maior vis aut praedonis accessit) detrimentum affert, eoque remissionem colonus petere non audet. Sed nec dominus in unaquaque re, cum colonum obligaverit, tenax esse iuris debet, sicut in diebus pecuniarum, ut lignis et ceteris parvis accessionibus exigendis, quarum cura maiorem molestiam quam impensam rusticis licet. Nec sane est vindicandum nobis quidquid licet. Nam summum ius antiqui summam putabant crucem.

    Nótese que Columela ha sustituido “iniuria” por “crucem”,  cruz con el sentido de castigo, lo que aleja también la expresión del lenguaje técnico jurídico.

    Existe también otra cita curiosa en la primera de las cartas de San Jerónimo (c.340-420),  que en este caso dirige a su compañero Inocencio. En ella relata la historia milagrosa de una muchacha cristiana acusada falsamente por su marido de adulterio. La joven niega la acusación confiando en la ayuda de Dios. El verdugo intenta seis veces en vano ajusticiarla; cada vez que descarga el golpe de su espada sobre el cuello de la joven, la espada se detiene al contacto con la carne. Un segundo verdugo  consigue por fin al séptimo intento dar muerte a la joven, que pronto vuelve a la vida con la ayuda divina. Mientras tanto ha muerto otra mujer, que sustituye a la primera en la tumba; la resucitada es escondida en una granja cercana. Pero he aquí que un funcionario celoso sospecha algo y pide ver de nuevo el cuerpo de la joven. Es entonces cuando San Jerónimo exclama en el parágrafo 14:

    La mujer es ocultada en casa lejos apartada del odio del verdugo confuso, y para que las frecuentes visitas del médico a la Iglesia no levantaran sospechas, la trasladaron en compañía de algunas jóvenes muchachas a una pequeña casa de campo más escondida con el pelo cortado. Allí cambiado también su vestido por uno masculino, poco a poco van cicatrizando sus heridas. Incluso después de tantos milagros, todavía se siguen ensañando las leyes. Ciertamente, “la suma justicia es el sumo mal”.  

    Tali invidia carnifice confuso clam domi mulier fodiatur et, ne forte creber ad ecclesiam medici commeatus suspicionis panderet viam, eum quibusdam virginibus ad secretiorem villulam secto crine transmittitur. Ibi paulatim virili habitu veste mutata in cicatricem vulnus obducitur. Et—‘ O vere ius summum summa malitia! ’—post tanta miracula adhuc saeviunt leges.

    Curiosamente, San Jerónimo utiliza la expresión de Terencio summa malitia” y no la de Cicerónsúmma iniuria”, que es la que posteriormente se ha generalizado, probablemente por la vistosa y retórica contraposición “ius/in-iuria”.

    En resumen, el proverbio, nos advierte de que la aplicación rigurosamente estricta y literal de la ley positiva, puede producir grandes daños jurídicos, por lo que el juez o el agente judicial ha de actuar aconsejado por la equidad; de lo contrario el Derecho, la ley, la justicia puede devenir irónicamente en injusticia.

    Esto explica lo que el Código Civil Español dice en su artículo 3:

    Artículo 3.
    1. Las normas se interpretarán según el sentido propio de sus palabras, en relación con el contexto, los antecedentes históricos y legislativos, y la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas, atendiendo fundamentalmente al espíritu y finalidad de aquellas.
    2. La equidad habrá de ponderarse en la aplicación de las normas, si bien las resoluciones de los Tribunales sólo podrán descansar de manera exclusiva en ella cuando la ley expresamente lo permita.

    El proverbio, por lo demás, se ha generalizado en todas las lenguas, como por ejemplo: en inglés:  Rigorous law is often rigorous injustice./ Extreme law, extreme injustice; en italiano: il sommo diritto è somma ingiustizia o Gran giustizia, grande offesa; en francés: Excès de justice, excès d’injustice; en alemán: Das strengste Recht, das grösste Unrecht.

  • Sagrada Safo, coronada de violetas, sonrisa de miel

    Safo fue la primera poetisa importante de Occidente y una de las creadoras de la poesía lírica, personal e intimista.

    Sáfico y lésbico son dos adjetivos con los que nombramos al amor homosexual entre mujeres. El origen de estos términos está en el nombre de la más famosa poetisa griega de toda la Antigüedad, Safo, y en el nombre de la isla en la que  vivió la mayor parte de su tiempo, Lesbos, a finales del siglo VII a.C. en una familia aristocrática.

    Algunos otros de los escasos datos biográficos que nos ofrecen las fuentes antiguas, nada seguras y firmes, son que estuvo casada con un comerciante, que tuvo una hija llamada Cleis, que vivió algún tiempo exiliada en Sicilia y que tuvo tres hermanos, uno de ellos arruinado por su loco amor por  una prostituta (a ello se refieren algunos poemas). Algunos otros detalles interesantes los podemos deducir de sus propios poemas.

    Por cierto, de Lesbos era  también Alceo, el otro gran poeta lírico primitivo, y a veces se representan juntos a estos dos grandes poetas.

    El origen de la palabra homosexual

    Homosexual  es una palabra compuesta de la griega  ὅμοιος, homoyos, que significa “igual” y la latina sexualis, de sexus, sexual, sexo. Por lo tanto se refiere a los amores entre personas del mismo sexo. Nada tiene que ver su origen pues con la palabra latina “homo” que significa hombre. Al amor entre personas de género masculino se le suele llamar, más específicamente “gay”, término inglés que en principio significa “alegre”; al amor entre mujeres, como queda indicado, se le llama “sáfico” o “lésbico”.  Estos términos parece que comenzaron a emplearse en la Francia Ilustrada del siglo XVIII.

    Safo, la primera y mejor poetisa griega

    De Safo de Lesbos desconocemos casi todo e incluso mucho de  lo que con poco sentido crítico se afirma de ella se debe a una opinión y  tradición negativa ya desde la propia Antigüedad, acrecentada luego por la moral cristiana.

    Y sin embargo en lo que sí hay acuerdo general es en que fue la primera y mejor poetisa griega, cuya fama se vio reconocida desde la propia Antigüedad. (Hubo otras poetisas menos conocidas como Corina, Telesila, Praxila, Cleobulina, Beo, Erina, Nóside, …)

    Escribió nueve libros de odas, epitalamios o canciones de bodas, elegías, himnos a las diosas y dioses. Pero  tan sólo conocemos de todo esto siete  poemas extensos que podríamos considerar cuasi completos o menos destruidos, y unos cuantos fragmentos, 264 en total, la mayor parte citas, a veces de una sola palabra, de gramáticos y comentaristas antiguos. De hecho, 63 están formados por un solo verso; 21 por una estrofa y como decía,7  poemas están cuasi completos.

    Se dice que dirigió una escuela de jóvenes poetisas

    Casi todo en su vida es enigmático y fascinante y raramente probado. Se ha dicho, sin suficiente fundamento, que Safo tenía y dirigía una escuela o grupo de jóvenes muchachas (parthenoi, doncellas), círculo de hetairai o «compañeras»,tal vez a semejanza de los grupos masculinos.

    La discusión sobre la naturaleza de este grupo o “thiasos” θίασος,  ha sido abundante. Las muchachas acudían a su casa, a la que llamaba “Morada de las servidoras de las Musas , como se refleja en el fragmento  101,  tal vez para recibir cierta formación y cultivar el espíritu, componiendo y cantando poemas al amor, a la belleza, al pudor de las muchachas vírgenes, aprendiendo gimnasia, música y danza, adorno personal,  como si de una escuela de señoritas se tratara; tal vez como preparación al matrimonio; tal vez para  rendir culto a Afrodita o Eros, como otras asociaciones o “thiasos”, θίασος,  similares. Tal vez para un poco de todo esto.  En todo caso se trataría de  una agrupación de amigas que se reúnen  para festejar con cantos y danzas, también con banquetes,  su amistad, como hacían los hombres.  Pero si esto es así, ¿para qué se necesita hacerla directora de una especie de “academia” para señoritas de buena familia?

    Las discusiones y matizaciones sobre el tipo de relaciones que se establecían en el thiasos han sido muy numerosas y siguen siéndolo hoy en día en que intervienen también diversos grupos feministas con ideas diversas sobre el papel, situación y relaciones de la mujer en la sociedad.

    La opinión,  expresada sin ningún rigor, de que su casa  era simplemente un prostíbulo está absolutamente desacreditada. Séneca, bien es cierto que despreciando el saber inútil al que muchos se entregan, hace una referencia a ello en su Carta a Lucilio, LXXXVIII, 37:

    El gramático Dídimo escribió cuatro mil libros:  ¡me daría pena si él hubiera leído tantas cosas inútiles! En estos libros se pregunta por la patria de Homero, de la verdadera madre de Eneas, si Anacreonte en su vida fue más lujurioso que borracho, si Safo fue una mujer pública, y otras cosas que si las hubieras aprendido tendrías que desaprenderlas. Y ahora niega que la vida sea larga.

    Quattuor milia librorum Didymus grammaticus scripsit: misererer si tam multa supervacua legisset. In his libris de patria Homeri quaeritur, in his de Aeneae matre vera, in his libidinosior Anacreon an ebriosior vixerit, in his an Sappho publica fuerit, et alia quae erant dediscenda si scires. I nunc et longam esse vitam nega!

    Safo es una de las creadoras de la poesía lírica

    Safo es una de las creadoras de la poesía lírica, que no canta los hechos y hazañas épicas de los héroes griegos que representan el espíritu colectivo, sino los sencillos y refinados sentimientos personales de las delicadas y educadas muchachas de Lesbos, especialmente el amor entre las personas. Canta a las diosas de las artes, de la belleza, del amor, de la voluptuosidad: Eros, Afrodita, las Musas.

    Claramente expresa su desinterés por la épica y su interés por su mundo  personal  femenino y delicado en estos versos:

    Unos dicen que las huestes de jinetes, otros que las de infantería
    Otros que una flota de barcos
    Pero yo digo que lo más hermoso sobre la oscura tierra
    Es aquello que uno ama

    Esta poesía de los sentimientos personales, del amor sobre todo,  frente a los grandes ideales heroicos hoy  no nos llama la atención, pero piénsese que estamos hablando de los orígenes,  de la primera vez que esto ocurre y esto sí debió ser chocante entonces.

    Es una poesía para ser cantada al son de la lira (curiosamente, aunque sin fundamento, se le atribuye a Safo el invento del plectro o púa que se utiliza para hacer vibrar las cuerdas de los instrumentos musicales). La  musicalidad y sonoridad es precisamente una de sus características más valiosas.

    Nota: Precisamente por el acompañamiento del instrumento musical, la lira,  se llama a esta poesía “lírica”. La palabra épica  proviene del adjetivo griego ἐπικός (epikos), de  ἔπος (epos palabra, discurso, relato, canto, noticia,sentencia).

    Otras características, que provocan una fuerte emoción, son la sencillez de las palabras (usa el lenguaje cotidiano, el nombre de las cosas), la naturalidad de los sentimientos y la frescura de  de una poesía fuertemente sensual de expresión directa e inteligible, sin adornos ni afectación, tan lejos de tantos poetas antiguos y modernos saturados de retoricismo o empalagoso lenguaje incomprensible. Su sencillez está, pues,  en las palabras, en la expresión y en la sonoridad.

    La estrofa sáfica está formada  por tres versos endecasílabos y otro llamado adonio de cinco sílabas. Aunque se sigue basando esta métrica en la duración de las sílabas, el hecho de que sean versos de un determinado número de sílabas, la aproxima a nuestro sistema de versificación. Safo  popularizó esta estrofa y de ella recibe el nombre.

    Sin duda no es un hecho irrelevante que la isla de Lesbos se encuentre en frente y próxima a las costas de la sensual Asía  y no junto a las más severas y rígidas de la Grecia continental.
    Aunque se haya querido ocultar durante mucho tiempo, desconociendo a veces la correcta interpretación del texto, en sus poemas, dirigidos a las jóvenes muchachas servidoras de las Musas” expresando los sentimientos de amor, ternura, celos, rechazo…, se evidencia un amor homosexual que probablemente fue real:

    En blandos lechos tendida
    pudiste colmar tu deseo” 
       (fragmento 54)

    Así la cita de Horacio en Carmen II, XIII, 24-25 lo da por hecho:

    A Safo con la lira de los eolios,
    llorar de amor por las muchachas de su pueblo.

    Aeolibus fidiibus  quaerentem
    Sappho puellis de popularibus

    Y el mismo Horacio en la Epístola 19 del libro I, verso 28 se refiere a ella como “mascula Sappho”, “masculina Safo”.

    Yo fui el primero que mostró al Lacio
    los yambos de Paros, siguiendo la métrica y el espíritu
    de Arquíloco, mientras los hechos y las palabras seguían a Lycambe.
    Pero no me corones por ello con menos hojas (de laurel),
    porque no me atreví a cambiar sus  metros y el arte de su poesía.
    La masculina Safo acomoda  su Musa al verso de Arquíloco;
    la  acomoda  también Alceo, aunque difiere en los hechos  y en su estructura.

    Parios ego primus iambos
    ostendi Latio, numeros animosque secutus
    25Archilochi, non res et agentia verba Lycamben.
    ac ne me foliis ideo brevi oribus ornes,
    quod timui mutare modos et carminis artem,
    temperat Archilochi Musam pede mascula Sappho,
    temperat Alcaeus, sed rebus et ordine dispar,

    Los moralistas antiguos construyeron una visión negativa de Safo por sus relaciones homosexuales

    Su condición de mujer, la dirección de un grupo de muchachas (thiasos), el cultivo de una poesía intimista que canta los sentimientos personales, especialmente dirigida a otras muchachas, (hasta quince: Atis, Anactoria, Cidro, Arquenasa, Girino, etc.) y que revela sus relaciones homosexuales, su devoción a Afrodita, diosa del amor, y al propio Eros, las acusaciones de inmoralidad… fueron los componentes esenciales con los que los moralistas ya antiguos construyeron una visión negativa de la gran poetisa, censurada, incomprendida y olvidada.  Desde luego su modelo de libertad y relaciones sexuales igualitarias entre las amantes chocaría sin duda con el modelo de amor de los hombres, en los que siempre hay un matiz de dominio de uno sobre otra o sobre otro (en el caso del amor pederasta a los jóvenes).

    Pero su obra se conservó por lo menos hasta el siglo III de nuestra era; lo que es prueba del aprecio de que gozó. Luego, como  consecuencia de su mala fama, lo que nos ha llegado de ellas son apenas unos retazos (218 fragmentos) de lo que fue su obra.

    En el paroxismo de la crítica moral, tanto se le achaca un incontenido apetito sexual que le llevó a tener innumerables amantes masculinos como se afirma que si hubiera sido más atractiva para los hombres no hubiera buscado la relación con mujeres. Hay obras de teatro con su nombre en las que así se la dibuja, como dominada por un fuerte apetito sexual.  Así en Aristófanes aparece el término “lesbiatsein”, verbo formado a partir de “Lesbos”, que viene a significar “hacer un lésbico”, cuyo significado el lector deducirá fácilmente de la comparación con otras modalidades de práctica amorosa a los que también se designa con el nombre del lugar, como “francés o griego”.

    Hay incluso algún texto que la describe como de baja estatura, morena y fea. Es curioso lo modernas que suenan algunas de estas afirmaciones, absolutamente machistas, referidas a mujeres homosexuales.

    La leyenda sobre su muerte

    Menandro creó una leyenda sobre su muerte, que también recrea y propala Ovidio en sus Heroidas, según la cual Safo se arrojó desde el acantilado de Leucade por el amor no correspondido del joven y hermoso Faón. Leucade es un mítico lugar, un alto promontorio y quien de él se arroja se libera de una pasión amorosa no correspondida.

    Aunque suponga una pequeña digresión comentaré que Ovidio escribió una  obra de cartas imaginarias en las que veintiuna heroínas griegas escriben a sus amados. Son las Heroidas. Todas las mujeres son personajes míticos, excepto Safo, personaje real, protagonista de la carta número XV, que envía a su amor Faón. Esta carta de Ovidio colaboró enormemente a difundir algunos de los tópicos que sobre Safo corrían ya en la Antigüedad. Así:

    –  el inflamado apetito sexual y lascivia de la poetisa, en los versos 9-10:

    Me abraso, como arde el fértil campo con sus trigales incendiados,
    cuando el Euro incontrolado aviva las llamas.

    Uror, ut, indomitus ignem exercentibus Euris,
    Fertilis accensis messibus ardet ager.

    También en Ars amatoria, III, 331 se pregunta retóricamente:

    mira a Safo: ¿qué más lascivo que ella?

    Nota sit et Sappho (quid enim lascivius illa?),

    la mala fama de su amor en el verso 201:

    Muchachas de Lesbos, que me habéis hecho infame por haberos amado…

    Lesbides, infamem quae me fecistis amatae

      el reconocimiento y fama que ya tenía, v. 29-30:

    Mi nombre es alabado en el orbe entero
    y ni el mismo Alceo, compañero de patria también poeta,
    es más alabado, aunque su canto resuene mejor.

    Nec plus Alcaeus, consors patriaeque lyraeque,
    Lausdis habet, quamvis grandius ille sonet

    su fealdad, baja estatura  y tez morena, 31-38

    Si la cruel naturaleza me negó la belleza,
    yo suplo con mi ingenio la falta de hermosura.
    Soy pequeña, pero tengo un nombre que llena toda la tierra.
    La estatura que tengo es la que mide mi nombre.
    No soy blanca, pero a  Perseo  le agradó Andrómeda,
    hija de Cefeo, morena con el color de su país.
    Muchas veces las blancas palomas se unen a las de muchos colores
    y la negra tórtola es amada por el ave de color verde (el loro)

    Si mihi difficilis formam natura negavit,
    Ingenio formae damna rependo meae.
    “Sum brevis; at nomen quod terras impleat omnes
    Est mihi; mensuram nominis ipsa fero.
    Candida si non sum, placuit Cepheia Perseo
    Andromede, patriae fusca colore suae.
    Et variis albae iunguntur saepe columbae;
    Et niger a viridi turtur amatur ave.

    En esta carta Ovidio creó un verso famoso, expresión del sentimiento amoroso. El v. 96

    No te pido que me ames, sino que me dejes amarte

    Non ut ames oro, verum ut amare sinas.

    O el verso 121, resumen de tanta conducta enamorada socialmente correcta:

    No marchan juntos el pudor y el amor

    Non veniunt in idem pudor atque amor:…

    La poesía de Safo fue reconocida por serios e importantes hombres antiguos

    Pero todo esto negativo choca con la opinión de serios e importantes hombres antiguos y con el reconocimiento de que fue objeto por su ciudad y por estos hombres, a pesar de que su labor y poesía queda encerrada exclusivamente en el mundo femenino.

    Dionisio de Halicarnaso, en su De Compositione Verborum XXIII, 173 la considera como la mejor representante  de la lírica, junto a Anacreonte. Es en ese pasaje en el que transcribe, y gracias a él se conserva, el prácticamente único poema completo, el Himno a Afrodita.

    Estobeo, autor bizantino de los siglos V-VI de una antología de textos, hace una cita de Aeliano en la que se cuenta una interesante anécdota referida  a la poetisa:

    Estobeo, Florilegio, 3.29.58: 

    Solón de Atenas escuchó de su sobrino Execestides una canción de Safo sobre el vino y tanto le gusto la canción que le pidió al muchacho que se la enseñara; cuando le preguntaron por qué razón quería aprenderla, contestó que para aprenderla y luego morir.

    Sócrates la consideraba también  como uno de los sabios de la antigua historia griega.

    A Platón se le atribuye el siguiente epigrama de la Antología Palatina, que recoge García Gual en su Antología de la poesía lírica antigua, en el que la llama nada menos que “la décima Musa”:

    Dicen algunos que son nueve las Musas.
    ¡Cuánto se engañan!
    Pues he aquí la décima Musa
    (Antología Palatina (16D))

    Y también unos atribuyen  a Platón y otros a Antípatro de Sidón otro epigrama llamado “Epitafio para Safo” en el que se llama “Musa mortal que cantaba con las Musas inmortales». Reproduzco la versión de  Manuel Fernández Galiano para Gredos. Antología Palatina, Epigrama Helenísticos (VII 14):

    Epitafio de Safo

    A Safo custodias, eólide tierra, a la Musa
    Mortal a quien las Musas divinas reconocen,
    Criada por Cipris y Eros, que siempre trenzaba
    Con Persuasión guirnaldas perennes de las Piérides,
    De la Hélade encanto y honor para ti. ¿Por qué, Moiras,
    Que torcéis el hilo triple con vuestros husos,
    vida infinita no hilasteis a aquella que trajo
    dones infinitos a las Heliconiades?

    Alceo, su compatriota, le dedicó un sentido y precioso verso:

    “Coronada de violetas, sonrisa de miel, sagrada Safo” (fragmento 63D), con el que he querido titular este artículo

    Dice también Estrabón en XIII,2,3:

    “en la misma época (que Pitaco y Alceo) vivio Safo; fue un ser extraordinario, porque no sabemos que en ningún otro tiempo, por más que nos remontemos al pasado, hubiese existido otra mujer que por poco que fuese pudiera comparársele en poesía”.

    Las referencias son numerosas. Estas contradicciones en la valoración llevaron a algunos antiguos a suponer o a inventar absurdamente la existencia de dos Safos, una la adorada poetisa y otra la de vida ligera y casquivana y amante de Faón.

    Safo, desde luego,  impresionó a Ovidio y a Catulo (vease el artículo https://www.antiquitatem.com/catulo

    en el que comento su poema 51, traslación del de Safo) y a Petrarca y a Leopardi y a Byron y a Baudelaire.

    Presentaré el Himno a Afrodita, muy interesante, aunque con alguna dificultad de comprensión para el lector poco conocedor del mundo antiguo, en una de las versiones de García Gual. Presentaré también el famoso poema , que inspiró a Catulo, pero  también a Plutarco, Longo, Horacio, y al mismo Lucrecio en su De rerum Natura III, 53-156 cuando habla de la relación entre el cuerpo  y el alma.

    Ofreceré también unos pocos fragmentos menores para que el lector compruebe el estado fragmentario en que nos ha quedado su obra y el enorme valor que de estos retazos se deduce.

    Nota: La mayoría de las traducciones son obra de Carlos Montemayor, publicadas en Editorial Trillas (Mexico).  Algunas son del maestro Carlos García Gual; una es del catedrático Manuel  Pérez. La numeración de los fragmentos es ciertamente complicada; en la medida de lo posible utilizo la numeración de Page y Campbell en la edición de The Loeb Classical Library o la de Voigt.
    ….
    1 (Page, Voigt)

    Himno a Afrodita

    A ti, en tu trono multicolor, inmortal Afrodita,
    Hija de Zeus, tejedora de ardides, yo te suplico
    ¡no me paralices, con melancolía y hastío,
    Oh soberana, el ánimo!

    Ven aquí, como hacías antaño,
    Cuando oyendo mi voz desde lejos
    Me escuchabas y abandonando la casa paterna
    Venías.

    Unciendo el carro dorado bellos y veloces gorriones,
    Te traían alrededor de la oscura tierra,
    Batiendo velozmente las alas en remolino, desde el cielo,
    A través del éter.

    Llegaban pronto y tú, bienaventurada, sonriendo
    Con tu inmortal rostro preguntabas
    Cuál era mi padecimiento y por qué
    Te llamaba nuevamente.

    Y que o que más deseara en mi corazón atormentado
    Lo tendría. ¿A quién pretendes que Peitho** conduzca hacia tu amor?
    ¿Quién, oh Safo,
    Te causa pena?
    ** el engaño, la persuasión

    Pues si ahora huye, pronto perseguirá,
    Si no acepta regalos,en cambio ella te los dará,
    Y si no ama, ¡pronto amará
    Aún contra su voluntad”

    ¡Ven hacia mí también ahora! ¡Líbrame
    De pensamientos tristes y haz
    Que se cumpla lo que mi corazón ansía1
    ¡Sé túmisma mi compañera de lucha!

    (Traducción de Carlos García Gual)

    31 (Voigt )

    Me parece igual a los dioses
    aquel hombre que enfrente de ti
    se sienta y de cerca tu dulce voz
    escucha
    y tu dulce reír. Eso, lo juro,
    el corazón en mi pecho con fuerza golpea,
    pues nada más que te miro, al instante, de voz
    nada me queda.
    Que la lengua se me quiebra, y un sutil
    fuego en seguida me recorre por debajo la piel.
    Con mis ojos no veo nada, y los oídos
    me zumban,
    y me recorre un frío sudor, y un temblor
    hace presa de mí toda, y más pálida que la hierba
    estoy. Y estar muerta por poco
    me parece…
    Pero todo se debe soportar…

    (Traducción de Manuel Pérez López, en “De lo subime”; Edit. Dykinson)

    2 (Voigt)

    . . .ven, Cipris,
    y delicadamente, en copas de oro,
    escancia el néctar mezclado
    con goces. 
    (Versión de García Gual)

    ….
    160 (Page)

    . . .ahora, para mis amigas,
    cantaré bellamente dulces cosas.

    37 (Page)

    . . .en mi dolor que fluye gota a gota

    36 (Voigt)

    Lo deseo ardientemente, y lo busco. . .

    15 (Page, Voigt)

    ¡Oh Cipris, sé para Dórica
    amarga! ¡Que no se vanaglorie
    diciendo que otra vez se aleja
    por un dulce amor!

    16 (Paage, Voigt)

    Algunos dicen que un ejército de caballería,
    o de infantería, o una escuadra de navíos,
    es lo más bello sobre la oscura tierra.
    Yo digo que lo que uno ama.
    5 Y muy fácil es que todos lo comprendan.
    Porque Helena, que conoció a los más bellos hombres,
    abandonó a su marido, el mejor de todos,
    por navegar a Troya,
    10 sin acordarse de hijos ni del cariño
    de los padres ¡Tan lejos desvió Cipris a la amante!
    Pues logra Cipris al corazón doblegar
    y al que ama que nunca levemente ame.
    15 Ahora me hace recordar a Anactoria,
    que no está conmigo,
    y a la que quisiera ver con su amoroso andar
    y la radiante luz de su rostro,
    mucho más que a los carros lidios o las armas
    20 con que combaten de pie sus guerreros.
    Y sé bien que nadie puede alcanzar
    la suprema dicha, pero desear tenerla, . . .
    repentinamentre.    (
    Versión de García Gual)

    23 (Page, Voigt)
    ………………..
    . . . ahora, querida
    ……………………
    pues como. . . al verte frente a mí
    . . .ni la misma Hermione fue tan bella
    . . .ni con la rubia Helena compararte
    sería inconveniente,
    si fuese justo a los mortales hacerlo, pues sabe
    que con tu belleza toda mi inquietud
    . . .goza. . .
    ……………….
    . . .el promontorio
    . . .a los
    Celebrando la noche entera.

    22 (Voigt).

    . . .te pido. . .
    que aparezcas, oh Gónguila, vestida con la túnica
    blanca como leche. El amor mismo
    se agita alrededor.
    de tu belleza, pues el deseo arrebata
    a quien apenas la mira. Y yo gozo
    porque esto te reprocha la misma
    Ciprigenia,
    a la que pido.
    esto
    . . . quiero. . .

    30 (Voigt)

    …………………………..
    ……………………………..
    ……………………………..
    noche. . .
    las muchachas ante la puerta
    pasamos la noche entera, oh afortunado esposo,
    cantando tu amor y a tu novia
    cubierta de violetas,
    pero despierta cuando brote la aurora
    y acude a tus amores
    . . . a todo cuanto. . .
    al sueño veamos

    47 (Page Voigt)

    Amor ha sacudido mis sentidos,

    como el viento que arremete en el monte a las encinas. (Versión de García Gual)

    48 (Page, Voigt)

    Hiciste bien en venir, pues te anhelaba
    y desfallecía por este deseo que incendia mi alma. (
    Versión de García Gual)

    50 (Voigt)

    Sólo mientras lo miran tiene belleza el que es bello.
    Ahora y siempre dignidad, el que es digno.

    46 (Voigt)

    . .Y yo, sobre un blando cojín,
    tienda mis miembros. . .

    55 (Voigt)

    Después de que mueras, yacerás sin que nadie te recuerde
    o por ti se duela, pues no gozaste las rosas de
    Pieria *. Ignorada también en la casa del Hades,
    flotarás errabunda entre los oscuros muertos. .
    .

    * la poesía

    82 (Page, Voigt)

    De más bello cuerpo es Mnasídica que la tierna Gyrinna. . .
    Y a ninguna he encontrado, oh adorable, más desdeñosa que
    tú. . .

    168B (Voigt)

    se han puesto la luna y las Pléyades; ya es media noche; las
    horas avanzan, pero yo duermo sola.

    94 (Page, Voigt)

    De veras, estar muerta querría.
    Ella me dejaba y entre muchos sollozos
    Así me decía:
    “¡Ay,qué penas terribles pasamos,
    Ay, Safo, qué a mi pesar te abandono!”
    Y yo le respondía:
    “Alegre vete, y acuérdate
    De mí. Ya sabes cómo te quería.
    Y si no, quiero yo recordarte…
    Cuántas cosas hermosas juntas gozamos.
    Porque muchas coronas
    De violetas y rosas y flores de azafrán
    Estando conmigo pusiste en tu cabeza,
    Y muchas guirnaldas entretejidas,
    Hechas de flores variadas,
    Alrededor de tu cuello suave.
    Y ungías toda tu piel…
    Con un aceite perfumado de mirra
    Y digno de un rey
    Y sobre un mullido cobertor
    Junto a la suave…
    Suscitaste el deseo…
    Y no había baile ninguno
    Ni ceremonia sagrada
    Donde no estuviéramos nosotras,
    Ni bosquecillo sacro…
    …el repicar…
    …los cantos… 
      (Versión de García Gual)

    130 (Voigt)

    Otra vez el amor que deshace el cuerpo me atormenta,
    como una amarga y dulce fiera invencible.

    102 (Voigt)

    Dulce madre, no puedo ahora continuar mi tejido:
    ¡con el deseo de un muchacho me subyuga la tierna Afrodita!

    (Edmonds 158)

    Oh novia, tu cuerpo es hermoso; de miel
    son tus ojos y amor derrama tu delicado rostro!
    Con extraordinaria distinción te dotó, ciertamente, Afrodita.

    114 (Page, Voigt)

    (La joven desposada)
    – Doncellez, doncellez, ¿a dónde te vas y me dejas?
    (la doncellez)
    –  Ya no volveré a ti, querida, ya nunca más volveré.
    (Versión de García Gual)

    115 (Page, Voigt)

    ¿Con qué podré compararte, esposo?
    Con un esbelto y tierno junco.

    142 (Voigt)

    Latona y Níobe fueron amigas que se amaron tiernamente

    126 (Voigt)

    . . .duermes en el pecho de una tierna amiga. . .

    138 (Voigt)

    Quédate así, amigo, ante mí:
    déjame ver tu belleza

    Cita de Filóstrato

    . . .de melodiosa voz. . .
    «Y de muchas maneras se dirigía a las muchachas, como las de los
    brazos de rosas, las de ojos vivaces, las de hermosas mejillas o de
    melodiosa voz. Así, suavemente, Safo les hablaba.»

    119 (Bergk)

    Estas cenizas son de Timas, a quien muerta
    antes de sus bodas recibió el oscuro tálamo de Perséfone:
    todas sus compañeras, cuando ella murió, con recién afilados
    hierros sus hermosas cabelleras cortaron.

  • La muerte de Sócrates: su último día de vida.

    La muerte de Sócrates fue un día del año 399 a.C. a la caída de la tarde, tras la puesta del sol, apuraba Sócrates, el más sabio y mejor de los hombres, el vaso de cicuta (una planta bien frecuente en nuestro entorno geográfico) que le produciría la muerte, en presencia de sus amigos íntimos que asisten desolados a la entereza moral con que afronta la sentencia. Tenía Sócrates 70 o 71 años. Una sentencia injusta, consecuencia de las infames denuncias oportunistas de tres ciudadanos envidiosos y resentidos con el maestro, formuladas en un ambiente general propicio para ello al que la actitud orgullosa del propio Sócrates contribuyó,acabó con la vida del maestro y le concedió una fama imperecedera que de ninguna forma pudieron sospechar sus coetáneos.

    Desde entonces hasta hoy no hemos dejado de preguntarnos con asombro cómo fue posible que la primera democracia del mundo condenara “al mejor hombre… de los que… conocimos, y, en modo muy destacado, el más inteligente y más justo”, con la expresión con la que acaba Platón su diálogo “Fedón o del alma”.

    De la muerte de Sócrates tenemos varios relatos, los principales de su discípulo Platón, que centra en este asunto dos de sus “diálogos”: la llamada “Defensa o Apología de Sócrates” en la que el propio filósofo desmonta los argumentos de sus acusadores y asume con entereza la sentencia injusta, y el Fedón, conocido con el subtítulo de “Sobre la inmortalidad del alma”, aunque ciertamente su verdadera intención es exaltar la figura ejemplar de Sócrates. También hace referencias en otros diálogos, como en el Critón y Eutifrón. La muerte de Sócrates impresionó vivamente sin duda a su discípulo Platón.

    También otro discípulo, Jenofonte (circa 431 a.C.-354 a.C.), escribió unos “Recuerdos de Sócrates” y una breve Apología en la que naturalmente rememora su injusta condena y muerte.

    ¿Por qué fue Sócrates condenado a morir?

    Sócrates fue acusado básicamente de tres delitos: introducir nuevos dioses y despreciar los existentes, transformar con el arte de la palabra la verdad en mentira no respetando las leyes, corromper a los jóvenes. Platón hace que Sócrates en su Apología desmonte todas las acusaciones de sus adversarios, pero la Apología es un relato literario y no la transcripción del juicio real.

    (Véase una explicación de las causas de su muerte en  https://www.antiquitatem.com/socrates-condena-cicuta-las-nubes- )

    En el Fedón nos narra Platón los últimos días de la vida de Sócrates, especialmente el último, aquel en el que con toda serenidad y desconsuelo de sus amigos apura el vaso de cicuta, que le paraliza sus músculos hasta producirle la muerte.

    ¿Qué es la cicuta y cómo provoca la muerte?

    La cicuta, abundante en nuestro entorno geográfico, es semejante al hinojo, tiene una neurotoxina que inhibe el funcionamiento del sistema nervioso central  y produce una parálisis que asciende desde las extremidades hasta paralizar los músculos y funciones esenciales como el corazón y la respiración y ocasionar en consecuencia la muerte. Es un efecto semejante al que produce el curare amazónico.

    Algunos párrafos del Fedón que hablan del último día de vida de Sócrates

    Pues bien,  persistente en mi afán de conocer y favorecer el conocimiento de los textos antiguos genuinos, con tanta frecuencia apartados de nuestros métodos educativos, me permitiré reproducir algunos párrafos del Fedón.

    Se considera que el Fedón lo escribió Platón en su época de madurez, cuando ya tiene conformado su sistema filosófico, sobre todo la teoría de las ideas; y una ética y política de acuerdo con su concepción idealista del universo y del hombre. En ese momento  ha adquirido una notable maestría como escritor y un dominio completo de la expresión literaria, que suele plasmar en forma de diálogo, dotándoles de un enorme dramatismo. Platón tendría en estos momentos 40 o 45 años.

    En sus diálogos es precisamente Sócrates el portavoz de sus propias opiniones (las de Platón).

    Confieso sin pudor la emoción que siempre me ha producido la lectura de ese texto, del Fedón, obra maestra de la literatura universal, testigo de la necedad y vileza que muchas veces demuestran los hombres y ejemplo de la entereza moral de un buen ciudadano a quien la práctica de la filosofía le ha enseñado a saber morir.

    Por lo demás el ejemplo de Sócrates sirve también de consuelo y viático para todo ser humano que conoce y afronta el ineludible y próximo final de su vida.

    Cuando Sócrates fue condenado se celebraban la peregrinación anual a Delos para conmemorar el viaje de Teseo a Creta para liberar a Grecia del tributo de los siete muchachos y siete muchachas que el monstruo del Laberinto devoraba.  Su condena no podía realizarse durante esas fiestas porque la ciudad debía estar purificada. Pasó así un largo mes hasta que volvió la nave de Delos. Durante esos días le visitaban y acompañaban sus amigos apesadumbrados y seguían discutiendo con él de temas filosóficos. ¿Qué tema más adecuado, pues, entonces que el de la “inmortalidad del alma”  y su destino después de la muerte del cuerpo? Pero llegó el día fatídico.

    Reproduciré una buena parte de ese diálogo ejemplar sin comentario alguno innecesario.  Recomiendo la lectura completa de este diálogo vibrante; comprobará así el lector también, entre otras cosas, hasta qué punto es deudor el Cristianismo de Platón en sus teorías sobre el alma.

    Puede encontrar el texto en la red (Web) en el siguiente enlace, en donde se reproducen las obras  de muchos filósofos, entre ellos Platón en la traducción que hizo de sus obras completas Patricio de Azcárate. Esta es la traducción que ofrezco por ser ya un texto libre de derechos, pero tiene el lector otras muchas traducciones de gran calidad, entre ellas la de Luis Gil en Obras Completas de Editorial Aguilar, o la de Carlos García Gual para Editorial Gredos.

    http://www.filosofia.org/cla/pla/azc05019.htm

    Platón: Fedón o del alma, 57a- 64a

    (Equecrates{1} y Fedón. Sócrates – Apolodoro – Cebes – Simmias – Critón. Fedón – Jantipa – El servidor de los Once. Fedón, testigo presencial de la conversación del último día de la vida de Sócrates, se lo cuenta a Equécrates, vecino de Filunte. Junto a Sócrates intervienen otras dos personas en el diálogo, casi a la manera de la tragedia, Simnias y Cebes.)

    Equecrates: Fedón, ¿estuviste tú mismo cerca de Sócrates el día que bebió la cicuta en la prisión, o sólo sabes de oídas lo que pasó?

    Fedón: Yo mismo estaba allí, Equecrates.

    Equecrates: ¿Qué dijo en sus últimos momentos y de qué manera murió? Te oiré con gusto, porque no tenemos a nadie que de Flionte vaya a Atenas; ni tampoco ha venido de Atenas ninguno que nos diera otras noticias acerca de este suceso, que la de que Sócrates había muerto después de haber bebido la cicuta. Nada más sabemos.

    Fedón: ¿No habéis sabido nada de su proceso ni de las cosas que ocurrieron?

    Equecrates: Sí; lo supimos, porque no ha faltado quien nos lo refiriera;  y sólo hemos extrañado el que la sentencia no hubiera sido ejecutada tan luego como recayó. ¿Cuál ha sido la causa de esto, Fedón?

    Fedón: Una circunstancia particular. Sucedió que la víspera del juicio se había coronado la popa del buque que los atenienses envían cada año a Delos.

    Equecrates: ¿Qué buque es ese?

    Fedón: Al decir de los atenienses, es el mismo buque en que Teseo condujo a Creta en otro tiempo a los siete jóvenes de cada sexo, que salvó, salvándose a sí mismo. Dícese que cuando partió el buque, los atenienses ofrecieron a Apolo que si Teseo y sus compañeros escapaban de la muerte, enviarían todos los años a Delos una expedición; y desde entonces nunca han dejado de cumplir este voto. Cuando llega la época de verificarlo, la ley ordena que la ciudad esté pura, y prohíbe ejecutar sentencia alguna de muerte antes que el buque haya llegado a Delos y vuelto a Atenas; y algunas veces el viaje dura mucho, como cuando los vientos son contrarios. La expedición empieza desde el momento en que el sacerdote de Apolo ha coronado la popa del buque, lo que tuvo lugar, como ya te dije, la víspera del juicio de Sócrates. Dé aquí por qué ha pasado tan largo intervalo entre su condena y su muerte.

    Equecrates: ¿Y qué pasó entonces? ¿Qué dijo, qué hizo? ¿Quiénes fueron los amigos que permanecieron cerca de él? ¿Quizá los magistrados no les permitieron asistirle en sus últimos momentos, y Sócrates murió privado de la compañía de sus amigos?

    Fedón: No; muchos de sus amigos estaban presentes; en gran número.

    Equecrates: Tómate el trabajo de referírmelo todo, hasta los más minuciosos pormenores, a no ser que algún negocio urgente te lo impida.

    Fedón: Nada de eso; estoy desocupado, y voy o darte gusto; porque para mí no hay placer más grande que recordar a Sócrates, ya hablando yo mismo de él, ya escuchando a otros que de él hablen{2}.

    Equecrates: De ese mismo modo encontrarás dispuestos a tus oyentes; y así, comienza, y procura en cuanto te sea posible no omitir nada.

    Fedón: Verdaderamente este espectáculo hizo sobre mí una impresión extraordinaria. Yo no experimentaba la compasión que era natural que experimentase asistiendo a la muerte de un amigo. Por el contrario, Equecrates, al verle y escucharle, me parecía un hombre dichoso; tanta fue la firmeza y dignidad con que murió. Creía yo que no dejaba este mundo sino bajo la protección de los dioses, que le tenían reservada en el otro una felicidad tan grande, que ningún otro mortal ha gozado jamás otra igual; y así, no me vi sobrecogido de esa penosa compasión que parece debía inspirarme esta escena de duelo. Tampoco sentía mi alma el placer que se mezclaba ordinariamente en nuestras pláticas sobre la filosofía; porque en aquellos momentos también fue este el objeto de nuestra conversación; sino que en lugar de esto, yo no sé qué de extraordinario pasaba en mí; sentía como una mezcla, hasta entonces desconocida, de placer y dolor, cuando me ponía a considerar que dentro de un momento  este hombre admirable iba a abandonarnos para siempre; y cuantos estaban presentes, se hallaban, poco más o menos, en la misma disposición. Se nos veía tan pronto sonreír como derramar lágrimas; sobre todo a Apolodoro; tú conoces a este hombre y su carácter.

    Equecrates: ¿Cómo no he de conocer a Apolodoro?

    Fedón: Se abandonaba por entero a esta diversidad de emociones; y yo mismo no estaba menos turbado que todos los demás.

    Equecrates: ¿Quiénes eran los que se encontraban allí, Fedón?

    Fedón: De nuestros compatriotas, estaban: Apolodoro, Critóbulo y su padre, Critón, Hermógenes, Epigenes, Esquines y Antistenes{3}. también estaban Ctesipo, del pueblo de Peanea, Menexenes y algunos otros del país. Platón creo que estaba enfermo.

    Equecrates: ¿Y había extranjeros?

    Fedón: Sí; Simmias, de Tebas, Cebes y Fedóndes; y de Megara, Euclides{4} y Terpsion.

    Equecrates: Arístipo{5} y Cleombroto, ¿no estaban allí?

    Fedón: No; se decía que estaban en Egina.

    Equecrates: ¿No había otros?

    Fedón: Creo que, poco más o menos, estaban los que te he dicho.

    Equecrates: Ahora bien; ¿sobre qué decías que había versado la conversación?

    Fedón: Todo te lo puedo contar punto por punto, porque desde la condenación de Sócrates no dejamos ni un solo día de verle. Como la plaza pública, donde había tenido lugar el juicio, estaba cerca de la prisión, nos reuníamos allí de madrugada, y conversando aguardábamos a que se abriera la cárcel, que nunca era temprano. Luego que se abría, entrábamos; y pasábamos ordinariamente todo el día con él. Pero el día de la muerte, nos reunimos más temprano que de costumbre. Habíamos sabido la víspera, al salir por la tarde de la prisión, que el buque había vuelto de Delos. Convinimos todos en ir al día siguiente al sitio acostumbrado lo más temprano que se pudiera, y ninguno faltó a la cita. El alcaide, que comúnmente era nuestro introductor, se adelantó, y vino donde estábamos para decirnos que esperáramos hasta que nos avisara, porque los Once{6}, nos añadió, están en este momento mandando quitar los grillos a Sócrates, y dando orden para que muera hoy.

    Pasados algunos momentos, vino el alcaide y nos abrió la prisión. Al entrar, encontramos a Sócrates, a quien acababan de quitar los grillos, y a Jantipa, ya la conoces, que tenía uno de sus hijos en los brazos. Apenas nos vio, comenzó a deshacerse en lamentaciones, y a decir todo lo que las mujeres acostumbran en semejantes circunstancias. ¡Sócrates –gritó ella–, hoy es el último día en que te hablarán tus amigos y en que tú les hablarás! Pero Sócrates, dirigiendo una mirada a Critón, le dijo: que la lleven a su casa. En el momento, algunos esclavos de Critón condujeron a Jantipa, que iba dando  gritos y golpeándose el rostro. Entonces Sócrates, tomando asiento, dobló la pierna, libre ya de los hierros, la frotó con la mano, y nos dijo: es cosa singular, amigos míos, lo que los hombres llaman placer; y ¡qué relaciones maravillosas mantiene con el dolor, que se considera como su contrario! Porque el placer y el dolor no se encuentran nunca a un mismo tiempo; y sin embargo, cuando se experimenta el uno, es preciso aceptar el otro, como si un lazo natural los hiciese inseparables. Siento que a Esopo no se le haya ocurrido esta idea, porque hubiera inventado una fábula, y nos hubiese dicho, que Dios quiso un día reconciliar estos dos enemigos, y que no habiendo podido conseguirlo, los ató a una misma cadena, y por esta razón, en el momento que uno llega, se ve bien pronto llegar a su compañero. Yo acabo de hacer la experiencia por mí mismo; puesto que veo que al dolor, que los hierros me hacían sufrir en esta pierna, sucede ahora el placer.

    —Verdaderamente, Sócrates, dijo Cebes, haces bien en traerme este recuerdo; porque a propósito de las poesías que has compuesto, de las fábulas de Esopo que has puesto en verso y de tu himno a Apolo, algunos, principalmente Eveno{7}, me han preguntado recientemente por qué motivo te habías dedicado a componer versos desde que estabas preso, cuando no lo has hecho en tu vida. Si tienes algún interés en que pueda responder a Eveno, cuando vuelva a hacerme la misma pregunta, y estoy seguro de que la hará, dime lo que he de contestarle.

    —Pues bien, mi querido Cebes, replicó Sócrates, dile la verdad; que no lo he hecho seguramente por hacerme su rival en poesía, porque ya sabía que esto no me era fácil; sino que lo hice por depurar el sentido de ciertos sueños y aquietar mi conciencia respecto de ellos; para ver si por casualidad era la poesía aquella de las bellas  artes a que me ordenaban que me dedicara; porque muchas veces, en el curso de mi vida, mi mismo sueño me ha aparecido tan pronto con una forma, como con otra, pero prescribiéndome siempre la misma cosa: Sócrates, me decía, cultiva las bellas artes. –Hasta ahora había tomado esta orden por una simple indicación, y me imaginaba que, a la manera de las excitaciones con que alentamos a los que corren en la lid, estos sueños que me prescribían el estudio de las bellas artes, me exhortaban sólo a continuar en mis ocupaciones acostumbradas; puesto que la filosofía es la primera de las artes, y yo vivía entregado por entero a la filosofía. Pero después de mi sentencia y durante el intervalo que me dejaba la fiesta del Dios, pensé que si eran las bellas artes, en el sentido estricto, a las que querían los sueños que me dedicara, era preciso obedecerles, y para tranquilizar mi conciencia no abandonar la vida hasta haber satisfecho a los dioses, componiendo al efecto versos según lo ordenaba el sueño. Comencé, pues, por cantar en honor del Dios, cuya fiesta se celebraba; en seguida, reflexionando que un poeta, para ser verdadero poeta, no debe componer discursos en verso sino inventar ficciones, y no reconociendo en mí este talento, me decidí a trabajar sobre las fábulas de Esopo; puse en verso las que sabía, y que fueron las primeras que vinieron a mi memoria. he aquí, mi querido Cebes, lo que habrás de decir a Eveno. Salúdale también en mi nombre, y dile, que si es sabio, que me siga, porque al parecer hoy es mi último día, puesto que los atenienses lo tienen ordenado.

    —Entonces Simmias dijo: ¡Ah!, Sócrates, qué consejo das a Eveno!, verdaderamente he hablado con él muchas veces; pero, a mi juicio, no se prestará muy voluntariamente a aceptar tu invitación.

    —¡Qué!, repuso Sócrates; ¿Eveno no es filósofo?

    —Por tal le tengo; respondió Simmias.

    —Pues bien, dijo Sócrates; Eveno me seguirá como todo hombre que se ocupe dignamente de filosofía. Sé bien que no se suicidará, porque esto no es lícito.

    Diciendo estas palabras se sentó al borde de su cama, puso los pies en tierra, y habló en esta postura todo el resto del día.

    —Cebes le preguntó: ¿cómo es, Sócrates, que no es permitido atentar a la propia vida, y sin embargo, el filósofo debe querer seguir a cualquiera que muere?

    —¡Y qué!, Cebes, replicó Sócrates, ¿ni tú ni Simmias habéis oído hablar nunca de esta cuestión a vuestro amigo Filolao?{8}

    —Jamás, respondió Cebes, se explicó claramente sobre este punto.

    —Yo, replicó Sócrates, no sé más que lo que he oído decir, y no os ocultaré lo que he sabido. Así como así no puede darse una ocupación más conveniente para un hombre que va a partir bien pronto de este mundo, que la de examinar y tratar de conocer a fondo ese mismo viaje, y descubrir la opinión que sobre él tengamos formada. ¿En qué mejor cosa podemos emplearnos hasta la puesta del sol?

    —¿En qué se fundan, Sócrates, dijo Cebes, los que afirman que no es permitido suicidarse? He oído decir a Filolao, cuando estaba con nosotros, y a otros muchos, que esto era malo; pero nada he oído que me satisfaga sobre este punto.

    —Cobra ánimo, dijo Sócrates, porque hoy vas a ser más afortunado; pero te sorprenderás al ver que el vivir es para todos los hombres una necesidad absoluta e invariable, hasta para aquellos mismos a quienes vendría mejor la muerte que la vida; y tendrás también por cosa extraña que no sea permitido a aquellos, para quienes la  muerte es preferible a la vida, procurarse a sí mismos este bien, y que estén obligados a esperar otro libertador.

    —Entonces Cebes, sonriéndose, dijo a la manera de su país: Dios lo sabe.

    —Esta opinión puede parecer irracional, repuso Sócrates, pero no es porque carezca de fundamento. No quiero alegar aquí la máxima, enseñada en los misterios, de que nosotros estamos en este mundo cada uno como en su puesto, y que nos está prohibido abandonarle sin permiso. Esta máxima es demasiado elevada, y no es fácil penetrar todo lo que ella encierra. Pero he aquí otra más accesible, y que me parece incontestable; y es que los dioses tienen cuidado de nosotros, y que los hombres pertenecen a los dioses. ¿No es esto una verdad?

    —Muy cierto; dijo Cebes.

    —Tú mismo, repuso Sócrates, si uno de tus esclavos se suicidase sin tu orden, ¿no montarías en cólera contra él, y no le castigarías rigurosamente, si pudieras?

    —Sí, sin duda.

    —Por la misma razón, dijo Sócrates, es justo sostener que no hay razón para suicidarse, y que es preciso que Dios nos envió una orden formal para morir, como la que me envía a mí en este día.

    —Lo que dices me parece probable, dijo Cebes; pero decías al mismo tiempo que el filósofo se presta gustoso a la muerte, y esto me parece extraño, si es cierto que los dioses cuidan de los hombres, y que los hombres pertenecen a los dioses; porque, ¿cómo pueden los filósofos desear no existir, poniéndose fuera de la tutela de los dioses, y abandonar una vida sometida al cuidado de los mejores gobernadores del mundo? Esto no me parece en manera alguna racional. ¿Creen que serán más capaces de gobernarse cuando se vean libres del cuidado de los dioses? Comprendo que un mentecato pueda pensar que es preciso huir de su amo a cualquier precio; porque no comprende que siempre conviene estar al lado de lo que es bueno, y no perderlo de vista; y por tanto si huye, lo hará sin razón. Pero un hombre sabio debe desear permanecer siempre bajo la dependencia de quien es mejor que él. De donde infiero, Sócrates, todo lo contrario de lo que tú decías; y pienso que a los sabios aflige la muerte y que a los mentecatos les regocija.

    —Sócrates manifestó cierta complacencia al notar la sutileza de Cebes; y dirigiéndose a nosotros, nos dijo: Cebes siempre encuentra objeciones, y no se fija mucho en lo que se le dice.

    —Pero, dijo entonces Simmias, yo encuentro alguna razón en lo que dice Cebes. En efecto, ¿qué pretenden los sabios al huir de dueños mucho mejores que ellos, y al privarse voluntariamente de su auxilio? A ti es a quien dirige este razonamiento Cebes, y te echa en cara que te separas de nosotros voluntariamente, y que abandonas a los dioses que, según tú mismo parecer, son tan buenos amos.

    —Tenéis razón, dijo Sócrates; y veo que ya queréis obligarme a que me defienda aquí como me he defendido en el tribunal.

    —Así es; dijo Simmias.

    —Es preciso, pues, satisfaceros, replicó Sócrates, y procurar que esta apología tenga mejor resultado respecto de vosotros, que el que tuvo la primera respecto de los jueces. En verdad, Simmias y Cebes, si no creyese encontrar en el otro mundo dioses tan buenos y tan sabios y hombres mejores que los que dejo en este, sería un necio, si no me manifestara pesaroso de morir. Pero sabed que espero reunirme allí con hombres justos. Puedo quizá hacerme ilusiones respecto de esto; pero en cuanto a encontrar allí dioses que son muy buenos dueños, yo lo aseguro en cuanto pueden asegurarse cosas de esta naturaleza. He aquí por qué no estoy tan afligido en estos momentos, esperando que hay algo reservado para los hombres después de esta vida, y que, según la antigua máxima, los buenos serán mejor tratados que los malos.

    —¿Pero qué, Sócrates, replicó Simmias, será posible que nos abandones sin hacernos partícipes de esas convicciones de tu alma? Me parece que este bien nos es a todos común; y si nos convences de tu verdad, tu apología está hecha.

    —Eso es lo que pienso hacer, respondió; pero antes veamos lo que Critón quiere decirnos. Me parece que ha rato intenta hablarnos.

    —No es más, dijo Critón, sino que el hombre, que debe darte el veneno, no ha cesado de decirme largo rato ha, que se te advierta que hables poco, porque dice que el hablar mucho acalora, y que no hay cosa más opuesta, para que produzca efecto el veneno; por lo que es preciso dar dos y tres tomas, cuando se está de esta suerte acalorado.

    —Déjale que hable, respondió Sócrates; y que prepare la cicuta, como si hubiera necesidad de dos tomas y de tres, si fuese necesario.

    —Ya sabía yo que darías esta respuesta, dijo Critón; pero él no desiste de sus advertencias.

    —Dejadle que diga, repuso Sócrates; ya es tiempo de que explique delante de vosotros, que sois mis jueces, las razones que tengo para probar que un hombre, que se ha consagrado toda su vida a la filosofía, debe morir con mucho valor, y con la firme esperanza de que gozará después de la muerte bienes infinitos. Voy a daros las pruebas, Simmias y Cebes.

    Los hombres ignoran que los verdaderos filósofos no trabajan durante su vida sino para prepararse a la muerte; y siendo esto así, sería ridículo que después de haber proseguido sin tregua este único fin, recelasen y temiesen, cuando se les presenta la muerte.

    Reflexión espiritual de Sócrates sobre la muerte

    Prosigue Sócrates explicando cómo el autentico filósofo ha de estar preparado para la muerte, que no es sino la separación del alma del cuerpo, envoltura  en la que está encerrada y aprisionada y que le dificulta el acceso a la verdad. Se parte de un radical dualismo entre el cuerpo y el alma: la psyché, el alma, es lo espiritual, lo racional, lo vital, frente al cuerpo, soma, envoltura sensorial y perecedera. Al verdadero filósofo que durante toda su vida sólo ha intentado purificarse de lo corpóreo y atender al cuidado del alma, le aguarda una eterna bienaventuranza viendo a los dioses y conversando con ellos, viendo al sol, la luna y las estrellas, en compañía de sus seres queridos.

    Se plantea luego la cuestión de si el alma desaparece por completo o es inmortal. Es este sin duda un asunto propio del momento. Los diversos amigos presentes van dando su opinión al respecto. La afirmación de la inmortalidad del alma exige que se den las pruebas necesarias y explicar a dónde va cuando se separa del cuerpo al morir. Sócrates expone varios argumentos, uno de los más poderosos es el de la “anamnesis” o “rememoración”, el conocimiento de las cosas como recuerdo de algo ya conocido con anterioridad. Las ideas eternas y modélicas son las causas de las cosas reales, que participan de ellas.

    Los argumentos y el tono de la discusión pueden parecer excesivamente fríos, pero esta frialdad es sólo aparente si se piensa en el momento previo a la muerte de Sócrates al que asistimos. Si los argumentos de Sócrates son ciertos, su muerte aceptada merece la pena.

    En el diálogo sobre estas cuestiones, los amigos de Sócrates, conscientes del momento, no quieren molestar al maestro, que les pide que le planteen sus objeciones, a las que él responderá.

    84d-85e

    —Te diré la verdad, Sócrates, respondió Simmias; ha largo tiempo que tenemos dudas Cebes y yo, y nos hemos dado de codo para comprometernos a proponértelas, porque tenemos vivo deseo de ver cómo las resuelves. Pero ambos hemos temido ser importunos, proponiéndote cuestiones desagradables en la situación en que te hallas.

    —¡Ah!, mi querido Simmias, replicó Sócrates, sonriendo dulcemente; ¿con qué trabajo convencería yo a los demás hombres de que no tengo por una desgracia la situación en que me encuentro, cuando de vosotros mismos no puedo conseguirlo, pues que me creéis en este momento en peor posición que antes? Me suponéis, al parecer, muy inferior a los cisnes, por lo que respecta al presentimiento y a la adivinación. Los cisnes, cuando presienten que van a morir, cantan aquel día aún mejor que lo han hecho nunca, a causa de la alegría que tienen al ir a unirse con el dios a que ellos sirven. Pero el temor que los hombres tienen a la muerte, hace que calumnien a los cisnes, diciendo que lloran su muerte y que cantan de tristeza. No reflexionan que no hay pájaro que cante cuando tiene hambre o frío o cuando sufre de otra manera, ni aun el ruiseñor, la golondrina y la abubilla, cuyo canto se dice que es efecto del dolor. Pero estos pájaros no cantan de manera alguna de tristeza, y menos los cisnes, a mi juicio; porque perteneciendo a Apolo, son divinos, y como prevén los bienes de que se goza en la otra vida, cantan y se regocijan en aquel día más que lo han hecho nunca. Y yo mismo pienso que sirvo a Apolo lo mismo que ellos; que como ellos estoy consagrado a este dios; que no he recibido menos que ellos de nuestro común dueño el arte de la adivinación, y que no me siento contrariado al salir de esta vida. Así pues, en este concepto, podéis hablarme cuanto queráis, e interrogarme por todo el tiempo que tengan a bien permitirlo los Once.

    —Muy bien, Sócrates, repuso Simmias; te propondré mis dudas, y Cebes te hará sus objeciones. Pienso, como tú, que en estas materias es imposible, o por lo menos muy difícil, saber toda la verdad en esta vida; y estoy convencido de que no examinar detenidamente lo que se dice, y cansarse antes de haber hecho todos los esfuerzos posibles para conseguirlo, es una acción digna de un  hombre perezoso y cobarde; porque, una de dos cosas: o aprender de los demás la verdad o encontrarla por sí mismo; y si una y otra cosa son imposibles, es preciso escoger entre todos los razonamientos humanos el mejor y más fuerte, y embarcándose en él como en una barquilla, atravesar de este modo las tempestades de esta vida, a menos que sea posible encontrar, para hacer este viaje, algún buque más grande, esto es, algún razonamiento incontestable que nos ponga fuera de peligro. No tendré reparo en hacerte preguntas, puesto que lo permites; y no me expondré al remordimiento que yo podría tener algún día, por no haberte dicho en este momento lo que pienso. Cuando examino con Cebes lo que nos has dicho, Sócrates, confieso que tus pruebas no me parecen suficientes.

    —Quizá tienes razón, mi querido Simmias; pero, ¿por qué no te parecen suficientes?

    Y prosigue el diálogo. De 107c a 115a introduce Platón el mito escatológico, del viaje al Más Allá, con la descripción de la geografía fabulosa del otro mundo, y el destino de las almas tras el juicio. La palabra griega ἔσχατος, eschatos, significa último, final, postrero y por tanto “escatológico” se refiere a lo perteneciente o relativo a las postrimerías de ultratumba.

    Luego sigue en 113d

    Dispuestas así todas las cosas por la naturaleza, cuando los muertos llegan al lugar a que les ha conducido su guía, se les somete a un juicio, para saber si su vida en este mundo ha sido santa y justa o no. Los que no han sido ni enteramente criminales ni absolutamente inocentes, son enviados al Aqueronte, y desde allí son conducidos en barcas a la laguna Aquerusia, donde habitan sufriendo castigos proporcionados a sus faltas, hasta que, libres de ellos, reciben la recompensa debida a sus buenas acciones. Los que se consideran incurables a causa de lo grande  de sus faltas y que han cometido muchos y numerosos sacrilegios, asesinatos inicuos y contra ley u otros crímenes semejantes, el fatal destino, haciendo justicia, los precipita en el Tártaro, de donde no saldrán jamás. Pero los que sólo han cometido faltas que pueden expiarse, aunque sean muy grandes, como haber cometido violencias contra su padre o su madre, o haber quitado la vida a alguno en el furor de la cólera, aunque hayan hecho por ello penitencia durante toda su vida, son sin remedio precipitados también en el Tártaro; pero, trascurrido un año, las olas los arrojan y echan los homicidas al Cocito, y los parricidas al Purifiegeton, que los arrastra hasta la laguna Aquerusia. Allí dan grandes gritos, y llaman a los que fueron asesinados y a todos aquellos contra quienes cometieron violencias, y los conjuran para que les dejen pasar la laguna, y ruegan se les reciba allí. Si los ofendidos ceden y se compadecen, aquellos pasan y se ven libres de todos los males; y si no ceden, son de nuevo precipitados en el Tártaro, que los vuelve a arrojar a los otros ríos hasta que hayan conseguido el perdón de los ofendidos, porque tal ha sido la sentencia dictada por los jueces. Pero los que han justificado haber pasado su vida en la santidad, dejan estos lugares terrestres como una prisión y son recibidos en lo alto, en esa tierra pura, donde habitan. Y lo mismo sucede con los que han sido purificados por la filosofía, los cuales viven por toda la eternidad sin cuerpo, y son recibidos en estancias aún más admirables. No es fácil que os haga una descripción de esta felicidad, ni el poco tiempo que me resta me lo permite. Pero lo que acabo de deciros basta, mi querido Simmias, para haceros ver que debemos trabajar toda nuestra vida en adquirir la virtud y la sabiduría, porque el precio es magnífico y la esperanza grande.

    Sostener que todas estas cosas son como yo las he descrito, ningún hombre de buen sentido puede hacerlo;  pero lo que he dicho del estado de las almas y de sus estancias, es como os lo he anunciado o de una manera parecida; creo que, en el supuesto de ser el alma inmortal, puede asegurarse sin inconveniente; y la cosa bien merece correr el riesgo de creer en ella. Es un azar precioso a que debemos entregarnos, y con el que debe uno encantarse a sí mismo. He aquí por qué me he detenido tanto en mi discurso. Todo hombre, que durante su vida ha renunciado a los placeres y a los bienes del cuerpo y los ha mirado como extraños y maléficos, que sólo se ha entregado a los placeres que da la ciencia, y ha puesto en su alma, no adornos extraños, sino adornos que le son propios, como la templanza, la justicia, la fortaleza, la libertad, la verdad; semejante hombre debe esperar tranquilamente la hora de su partida para los infiernos, estando siempre dispuesto para este viaje cuando quiera que el destino le llame. Respecto a vosotros, Simmias y Cebes y los demás aquí presentes, haréis este viaje cuando os llegue vuestro turno. Con respecto a mí, la suerte me llama hoy, como diría un poeta trágico; y ya es tiempo de que me vaya al baño, porque me parece que es mejor no beber el veneno hasta después de haberme bañado, y ahorraré así a las mujeres el trabajo de lavar mi cadáver.

    —Cuando Sócrates hubo acabado de hablar, Critón, tomando la palabra, le dijo: bueno, Sócrates; pero ¿no tienes nada que recomendarnos ni a mí ni a estos otros sobre tus hijos o sobre cualquier otro negocio en que podamos prestarte algún servicio?

    —Nada más, Critón, que lo que os he recomendado siempre, que es el tener cuidado de vosotros mismos, y así haréis un servicio a mí, a mi familia y a vosotros mismos, aunque no me prometierais nada en este momento; mientras que si os abandonáis, si no queréis seguir el camino de que acabarnos de hablar, todas las promesas, todas las protestas que pudieseis hacerme hoy, todo esto de nada serviría.

    —Haremos los mayores esfuerzos, respondió Critón, para conducirnos de esa manera; pero, ¿cómo te enterraremos?

    —Como gustéis, dijo Sócrates; si es cosa que podéis cogerme y si no escapo a vuestras manos. Y sonriéndose y mirándonos al mismo tiempo, dijo: no puedo convencer a Critón de que yo soy el Sócrates que conversa con vosotros y que arregla todas las partes de su discurso; se imagina siempre que soy el que va a ver morir luego, y en este concepto me pregunta cómo me ha de enterrar. Y todo ese largo discurso que acabo de dirigiros para probaros que desde que haya bebido la cicuta no permaneceré ya con vosotros, sino que os abandonaré e iré a gozar de la felicidad de los bienaventurados; todo esto me parece que lo he dicho en vano para Critón, como si sólo hubiera hablado para consolaros y para mi consuelo. Os suplico que seáis mis fiadores cerca de Critón, pero de contrario modo a como el lo fue de mi cerca de los jueces, porque allí respondió por mí de que no me fugaría. Y ahora quiero que vosotros respondáis, os lo suplico, de que en el momento que muera, me iré; a fin de que el pobre Critón soporte con más tranquilidad mi muerte, y que al ver quemar mi cuerpo o darle tierra no se desespere, como si yo sufriese grandes males, y no diga en mis funerales: que expone a Sócrates, que lleva a Sócrates, que entierra a Sócrates; porque es preciso que sepas, mi querido Critón, le dijo, que hablar impropiamente no es sólo cometer una falta en lo que se dice, sino causar un mal a las almas. Es preciso tener más valor, y decir que es mi cuerpo el que tú entierras; y entiérrale como te acomode, y de la manera que creas ser más conforme con las leyes.

    Al concluir estas palabras se levantó y pasó a una habitación inmediata para bañarse. Critón le siguió, y  Sócrates nos suplicó que le aguardásemos. Le aguardamos, pues, rodando mientras tanto nuestra conversación ya sobre lo que nos había dicho, haciendo sobre ello reflexiones, ya sobre la triste situación en que íbamos a quedar, considerándonos como hijos que iban a verse privados de su padre, y condenados a pasar el resto de nuestros dios en completa orfandad.

    Después que salió del baño le llevaron allí sus hijos; porque tenía tres, dos muy jóvenes y otro que era ya bastante grande, y con ellos entraron las mujeres de su familia. Habló con todos un rato en presencia de Critón, y les dio sus órdenes; en seguida hizo que se retirasen las mujeres y los niños, y vino a donde nosotros estábamos. Ya se aproximaba la puesta del sol, porque había permanecido largo rato en el cuarto del baño. En cuanto entró se sentó en su cama, sin tener tiempo para decirnos nada, porque el servidor de los Once entró casi en aquel momento y aproximándose a él, dijo: Sócrates, no tengo que dirigirte la misma reprensión que a los demás que han estado en tu caso. Desde que vengo a advertirles, por orden de los magistrados, que es preciso beber el veneno, se alborotan contra mí y me maldicen; pero respecto a ti, desde que estás aquí, siempre me has parecido el más firme, el más dulce y el mejor de cuantos han entrado en esta prisión; y estoy bien seguro de que en este momento no estás enfadado conmigo, y que sólo lo estarás con los que son la causa de tu desgracia, y a quienes tú conoces bien. Ahora, Sócrates, sabes lo que vengo a anunciarte; recibe mi saludo, y trata de soportar con resignación lo que es inevitable. Dicho esto, volvió la espalda, y se retiró derramando lágrimas. Sócrates, mirándole, le dijo: y también yo te saludo, amigo mío, y haré lo que me dices. Ved, nos dijo al mismo tiempo, qué honradez la de este hombre; durante el tiempo que he permanecido aquí me ha venido a ver muchas veces; se conducía como el mejor de los hombres; y en este momento, ¡qué de veras me llora! Pero, adelante, Critón; obedezcámosle de buena voluntad, y que me traiga el veneno si está machacado; y si no lo está, que él mismo lo machaque.

    —Pienso, Sócrates, dijo Critón, que el sol alumbra todavía las montañas, y que no se ha puesto; y me consta, que otros muchos no han bebido el veneno sino mucho después de haber recibido la orden; que han comido y bebido a su gusto y aun algunos gozado de los placeres del amor; así que no debes apurarte, porque aún tienes tiempo.

    —Los que hacen lo que tú dices, Criton, respondió Sócrates, tienen sus razones; creen que eso más ganan, pero yo las tengo también para no hacerlo, porque la única cosa que creo ganar, bebiendo la cicuta un poco más tarde, es hacerme ridículo a mis propios ojos, manifestándome tan ansioso de vida, que intente ahorrar la muerte, cuando esta es absolutamente inevitable{29}. Así, pues, mi querido Criton, haced lo que os he dicho, y no me atormentes más.

    —Entonces Criton hizo una seña al esclavo que tenía allí cerca. El esclavo salió, y poco después volvió con el que debía suministrar el veneno, que llevaba ya disuelto en una copa. Sócrates viéndole entrar, le dijo: muy bien, amigo mío; es preciso que me digas lo que tengo que hacer; porque tú eres el que debes enseñármelo.

    —Nada más, le dijo este hombre, que ponerte a pasear después de haber bebido la cicuta, hasta que sientas que se debilitan tus piernas, y entonces te acuestas en tu cama. Al mismo tiempo le alargó la copa. Sócrates la tomó, Equecrates, con la mayor tranquilidad, sin ninguna emoción, sin mudar de color ni de semblante; y  mirando a este hombre con ojo firme y seguro, como acostumbraba, le dijo: ¿es permitido hacer una libación con un poco de este brebaje?

    —Sócrates, le respondió este hombre, sólo disolvemos lo que precisamente se ha de beber.

    —Ya lo entiendo, dijo Sócrates; pero por lo menos es permitido y muy justo dirigir oraciones a los dioses, para que bendigan nuestro viaje, y que le hagan dichoso; esto es lo que les pido, y ¡ojalá escuchen mis votos!

    Después de haber dicho esto, llevó la copa a los labios, y bebió con una tranquilidad y una dulzura maravillosas.

    Hasta entonces nosotros tuvimos fuerza para contener las lágrimas, pero al verle beber y después que hubo bebido, ya no fuimos dueños de nosotros mismos. Yo sé decir, que mis lágrimas corrieron en abundancia, y a pesar de todos mis esfuerzos no tuve más remedio que cubrirme con mi capa para llorar con libertad por mí mismo, porque no era la desgracia de Sócrates la que yo lloraba, sino la mía propia pensando en el amigo que iba a perder. Critón, antes que yo, no pudiendo contener sus lágrimas, había salido; y Apolodoro, que ya antes no había cesado de llorar, prorrumpió en gritos y en sollozos, que partían el alma de cuantos estaban presentes, menos la de Sócrates. ¿Qué hacéis, dijo, amigos míos? ¿No fue el temor de estas debilidades inconvenientes lo que motivó el haber alejado de aquí las mujeres? ¿Por qué he oído decir siempre que es preciso morir oyendo buenas palabras? Manteneos, pues, tranquilos, y dad pruebas de más firmeza.

    Estas palabras nos llenaron de confusión, y retuvimos nuestras lágrimas.

    —Sócrates, que estaba paseándose, dijo que sentía desfallecer sus piernas, y se acostó de espalda, como el hombre le había ordenado. Al mismo tiempo este mismo hombre, que le había dado el veneno, se aproximó, y  después de haberle examinado un momento los pies y las piernas, le apretó con fuerza un pié, y le preguntó si lo sentía, y Sócrates respondió que no. Le estrechó en seguida las piernas y, llevando sus manos más arriba, nos hizo ver que el cuerpo se helaba y se endurecía, y tocándole él mismo, nos dijo que en el momento que el frío llegase al corazón, Sócrates dejaría de existir. Ya el bajo vientre estaba helado, y entonces descubriéndose, porque estaba cubierto, dijo, y estas fueron sus últimas palabras: Critón, debemos un gallo a Esculapio; no te olvides de pagar esta deuda{30}.

    —Así lo haré, respondió Criton; pero mira si tienes aún alguna advertencia que hacernos.

    —No respondió nada, y de allí a poco hizo un movimiento. El hombre aquel entonces lo descubrió por entero y vimos que tenía su mirada fija. Critón, viendo esto, le cerró la boca y los ojos.

    —He aquí, Equecrates, cuál fue el fin de nuestro amigo, del hombre, podemos decirlo, que ha sido el mejor de cuantos hemos conocido en nuestro tiempo; y por otra parte, el más sabio, el más justo de todos los hombres.

    ———

    Notas:
    {1} Era de Flionte en Sicionia, que es el lugar de la conversación.
    {2} Fedón debió a Sócrates el que Alcibíades o Criton le rescataran de la esclavitud.
    {3} Jefe de la Escuela cínica.
    {4} Jefe de la Escuela megárica.
    {5} Jefe de la Escuela cirenaica.
    {6} Magistrados encargados de la policía de las prisiones y de hacer ejecutar las sentencias de los jueces.
    {7} Poeta elegiaco, natural de la isla de Paros.
    {8} Filósofo pitagórico de Crotona.
    {9} Hay sobre esto un precioso pasaje en el libro segundo de La República.
    {29} Alusión de un verso de Hesiodo. (Las Obras y los días, v. 307.)
    {30} Era un sacrificio en acción de gracias al dios de la medicina, que le libraba por la muerte de todos los males de la vida.

  • ¿Por qué condenaron a Sócrates a la muerte?

    La pregunta ha sido muchas veces formulada. Platón en su “Apología o Defensa de Sócrates” y en algunos diálogos y Jenofonte en su “Defensa de Sócrates”, nos dan información suficiente de cómo se fue generando el ambiente negativo para condenar al más sabio y justo de los hombres por la denuncia aparentemente inconsistente de tres compatriotas mediocres y envidiosos.
    Y es justamente esta insuficiencia e injusticia la que mantiene siempre vivo el interés por comprender la contradicción de que la primera democracia de la Historia condenara injustamente al más sabio y justo de los hombres, que acepta con entereza la pena de muerte.Ahora bien, como norma general, no puede interpretarse el pasado con los valores sociales del momento actual.

    Sócrates se ganó a lo largo de su vida numerosos enemigos  por diversas razones. En el fondo lo que se enfrenta en su proceso es la ciudad tradicional con sus valores colectivos frente a la aparición y auge de las personalidades individuales, como es el caso de Sócrates, que cuestiona o incumple los modos ciudadanos de la colectividad. Por ejemplo, no es ateo porque no crea en los dioses, sino porque no cumple los ritos a la manera tradicional.

    En el año 406 a.C. fue elegido en el correspondiente sorteo miembro del Consejo Ateniense de los Quinientos. Siendo miembro de la Comisión Pritana, la Asamblea popular se empeñó en condenar a muerte a los generales de la batalla de las Arginusas  por no recoger los cadáveres de los soldados muertos. Sócrates mantuvo su criterio personal y se opuso a la absurda condena; se enfrentó al poder democrático del momento. Más aún, criticó algunas características del poder democráticos, como la elección de algunos cargos por “sorteo”, sin garantía alguna de elegir a los mejores.

    Más tarde desobedeció, manteniendo también su criterio, a los  Treinta Tiranos cuando le ordenaron detener y conducir a la muerte a León de Salamina. Se enfrenta ahora al poder oligárquico.

    Platón, y también Jenofonte, escribieron, como he dicho, dos “Defensas o Apologías” de su maestro Sócrates. Transcribiré y comentaré el texto de Platón. En su consideración hemos de tener en cuenta varias cuestiones.
    Aunque se le llama “diálogo” en realidad no lo es tal, sino más bien un “monólogo” en el que el propio Sócrates expone su defensa y desmonta los argumentos de sus acusadores.

    Pero téngase en cuenta que, naturalmente, esto no es una transcripción del juicio sino una especie de discurso forense de defensa que Platón escribió algunos años después de la muerte de Sócrates. Es por tanto una obra literaria, digna de ser leída y comentada incluso 2300 años después, de la que podemos extraer importantes conocimientos históricos y valores cívicos y sociales. De la fuerza real que como discurso defensivo hubiera tenido de haber sido real, tienen los lectores todo el derecho a plantear todas las dudas que deseen. El regusto que deja, ciertamente, es el de que se está defendiendo a un culpable “social”, a una persona que ha chocado con las normas y convencionalismos sociales imperantes en la Atenas del momento. En todo caso, por la trascendencia que la figura de Sócrates y su muerte ha tenido en toda la cultura occidental, la lectura de estos textos es obligada.

    Platón, en su Defensa  hace relatar al  mismo Sócrates estos dos hechos de integridad moral,de oposición al poder establecido, que tan  malas consecuencias le trajeron:

    Nota: Los textos corresponden a la traducción que Patricio de Azcárate hizo en 1871 de las obras completas de Platón. Las obras de Platón están accesibles en internet en:  http://www.filosofia.org/cla/pla/azcarate.htm

    No obstante, para mayor facilidad reproduzco al final el texto completo de la “Defensa de Sócrates” de Platón, que es una obrita no excesivamente larga y digna de ser leída en su totalidad por quien tenga interés en estos temas.

    32b-32e

    Ya sabéis, atenienses, que jamás he desempeñado ninguna magistratura, y que tan sólo he sido senador. La tribu Antioquida, a la que pertenezco, estaba en turno en el Pritaneo, cuando contra toda ley os empeñasteis en procesar, bajo un contexto, a los diez generales que no habían enterrado los cuerpos de los ciudadanos muertos en el combate naval de las Arginusas; injusticia que reconocéis y de la que os arrepentisteis después. Entonces fui el único senador que se atrevió a oponerse a vosotros para impedir esta violación de las leyes. Protesté contra vuestro decreto, y a pesar de los oradores que se preparaban para denunciarme, a pesar de vuestras amenazas y vuestros gritos, quise más correr este peligro con la ley y la justicia, que consentir con vosotros en tan insigne iniquidad, sin que me arredraran ni las cadenas, ni la muerte.
    Esto acaeció cuando la ciudad era gobernada por el pueblo, pero después que se estableció la oligarquía, habiéndonos mandado los treinta tiranos a otros cuatro y a mí a Tolos}, nos dieron la orden de conducir desde Salamina a León el Salaminiano, para hacerle morir, porque daban estas órdenes a muchas personas para comprometer el mayor número de ciudadanos posible en sus iniquidades; y entonces yo hice ver, no con palabras sino con hechos, que la muerte a mis ojos era nada, permítaseme esta expresión, y que mi único cuidado consistía en no cometer impiedades e injusticias. Todo el poder de estos treinta tiranos, por terrible que fuese, no me intimidó, ni fue bastante para que me manchara con tan impía iniquidad.
    Cuando salimos de Tolos, los otro cuatro fueron a Salamina y condujeron aquí a León, y yo me retiré a mi casa, y no hay que dudar, que mi muerte hubiera seguido a mi desobediencia, si en aquel momento no se hubiera verificado la abolición de aquel gobierno. Existe un gran número de ciudadanos que pueden testimoniar de mi veracidad.

    (Nota: si democracia, del griego antiguo δημοκρατία, compuesto de δῆμος (dḗmos, «pueblo») y κράτος (krátos), «poder, «gobierno, fuerza» lo explicamos como “gobierno del pueblo”, “oligarquía”, del griego antiguo ὀλιγαρχία (oligarkhia), compuesto de ὀλίγος (oligos, "poco") y -αρχία (-arkhía), de ἀρχός (arkhos, "jefe"), o ἄρχω (arkhō), "mandar" , lo explicaremos como “gobierno de unos pocos” . Oclocracia (del griego ὀχλοκρατία okhlokratía) es el gobierno de la muchedumbre, una forma degradada de la democracia).

    En su proceso se le acusa formalmente de introductor de nuevos dioses siendo impío con los dioses de la ciudad, de convertir con su charlatanería lo justo en injusto y viceversa  y de corruptor de la juventud, precisamente él, cuyo objetivo siempre fue propiciar una educación crítica.

    En la Apología de Platón, el propio Sócrates resume la acusación de Meleto,  poeta fracasado que se presta para agradar a los políticos a formular la siguiente acusación:

    19b-19c

    «Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los demás sus doctrinas.»

    Su coherencia con sus enseñanzas filosóficas, su actitud ante la muerte, su altanería moral y su constante ironía, interrogando permanentemente a unos y otros y  dejando en evidencia su ignorancia, crearon las condiciones del fatal desenlace, cuando ya tenía setenta años.

    Sócrates fue confundido con los sofistas, que gozaban de muy mala fama porque con su habilidad lingüística y su charlatanería hacían de la verdad mentira y de la mentira verdad, a la vez que defienden un relativismo moral y social inaceptable: las leyes son una invención de los débiles, el individuo debe independizarse de la ciudad y la familia, etc.. Es verdad que Sócrates empleaba un método educativo semejante al de los sofistas, pero siempre buscando la verdad y esencia de las cosas sin aceptar acríticamente las posturas tradicionales.

    Ya al principio de la “Defensa de Sócrates” 17a-17b el mismo Sócrates se dirige a los atenienses del Tribunal de los Heliastas diciéndoles en referencia a sus acusadores:

    Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia.

    La comedia Las Nubes de Aristófanes expresa perfectamente el ambiente creado hostil a Sócrates mejor que ninguna otra explicación. Aristófanes contribuyó sin duda a crear el ambiente propicio para su condena a muerte, pero hay que tener en cuenta que la comedia Las Nubes se representó veinticinco años antes de la condena de Sócrates, aunque muy probablemente la rehízo más tarde tal vez para publicarla en forma de libro (existía un incipiente comercio de libros, como en la misma Apología de Platón se comprueba) .

    El retrato que Aristófanes hace de Sócrates es despiadado y en absoluta contradicción con la imagen que nos dejaron sus discípulos, como Platón y Jenofonte. Aristófanes busca el ridículo para hacer reír al público y nos pinta a Sócrates como el verdadero sofista charlatán capaz de convertir lo malo en bueno y viceversa, subido en una cesta para observar el cielo, en una escuela, cuando en realidad enseñaba al aire libre, irrespetuoso con los dioses y ávido de dinero.
    En realidad el conservador Aristófanes proyecta en Sócrates todas las nuevas ideas y el nuevo modelo de educación que se van imponiendo en Atenas, perniciosas según el criterio conservador del comediógrafo.

    En todo caso  esta comedia de Aristófanes, (con la que por cierto perdió el concurso de las fiestas Dionisiacas de Atenas, las Grandes Dionisias, al que concurría, a pesar de que Aristófanes la considera la mejor de las suyas) nos da cumplida cuenta de lo conocido y famoso que era Sócrates y lo odiado que era por muchas personas.

    Veamos algunos textos de Las Nubes:

    Versos 77 y ss.

    ESTREPSIADES: ¡Fidípides, Fidipito!

    FIDIPIDES: ¿Qué, padre?

    ESTREPSIADES: Bésame y dame tu diestra

    FIDIPIDES: Ya esta,¿qué sucede?

    ESTREPSIADES: Dime, ¿tú me quieres?

    FIDIPIDES: Sí, por este Posidón Hípico aquí presente.

    ESTREPSIADES: No me vengas a mí con Hípicos, por favor, que ese dios es el culpable de mis males; pero obedéceme, hijo, si verdaderamente me quieres de corazón.

    FIDIPIDES: ¿En qué quieres que te obedezca?

    ESTREPSIADES: Cambia cuanto antes de comportamiento y ve a aprender lo que yo te indique.

    FIDIIDES: Habla, ¿qué me pides?

    ESTREPSIADES: ¿Me obedecerás?

    FIDIPIDES: Te obedeceré, por Dioniso.

    ESTREPSIADES: Mira ahora hacia allí. ¿Ves esa puertecita y esa casita?

    FIDIPIDES:Las veo. ¿Qué sucede realmente, padre?

    ESTREPSIADES: Ese es elcaviladero de mentes sabias; dentro habitan unos hombres que hablan del cielo y te convencen de que es una estufa que nos rodea y que nosotros somos las brasas. Si se les paga dinero, enseñan a ganar, hablando con la razón o sin ella.

    FIDIPIDES: ¿Quiénes son?

    ESTREPSIADES: No sé exactamente su nombre; sólo que son caviladores concienzudos, buenos y honrados.

    FIDIPIDES: ¡Bah! Pura chusma, los conozco. Los que dices son sólo unos bocazas de faz pálida, que andan sin sandalias. De ellos son el desdichado Sócrates y Querefonte.

    ESTREPSIADES: ¡Eh,eh, calla, no digas idioteces! Si te importan algo las gachas de tu padre, hazte uno de ellos y abandona tu afición por los caballos.

    FIDIPIDES: No, por Dioniso, habrías de darme los faisanes que cría Leógoras

    ESTREPSIADES: Ve, te lo ruego, tú a quien quiero más que a nadie, ve y aprende

    FIDIPIDES: ¿Y qué quieres que aprenda?

    ESTREPSIADES: Dicen que entre ellos se encuentran los dos Argumentos,  el Superior, tal como es, y el Inferior. Y dicen que uno de ellos, el Inferior, consigue vencer defendiendo las causas más injustas, conque si tu me aprendieras ese Argumento Injusto, de todas las deudas que tengo por tu culpa no pagaría a nadie ni un solo óbolo.

    FIDIPIDES: No te obedeceré, pues con la piel descolorida no me atrevería a mirar a la cara a los caballeros.

    ESTREPSIADES: En ese caso no comerás a mi expensas, por Deméter, ni tú ni tu yunta, ni el Sánfora (un caballo), sino que te mandaré a los cuervos, fuera de mi casa.

    FIDIPIDES: Mi tío Megacles no consentirá que esté sin caballo. Ea, me voy adentro, no me preocupo de ti.

    ESTREPSIADES: Pues lo que es yo, aunque caído, no me quedaré tumbado, sino que tras rogar a los dioses iré personalmente al caviladero y haré que me enseñen. ¿Cómo podré aprender yo, un viejo torpe y desmemoriado, las sutilezas de los razonamientos exactos? Es preciso ir. . (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Nota: Fidìpides es un nombre compuesto de –hippos (caballo), que propone su madre y el que propone su padre, “fidonides”, ahorrativoQuerefonte era una persona enfermiza al que molestaba la luz del día y por eso sólo salía de noche, por lo que Aristófanes le llama “vampiro”; cf. Los pájaros, 1296; 1564

    Todavía nos queda algo de esa confianza o creencia en el poder convincente de la palabra frente a la realidad. Todavía creemos que un  abogado hábil en el uso de la palabra puede ganar una causa contra la razón; es creencia casi generalizada que un buen político es un buen orador o alguien que sabe emplear y jugar con las palabras hasta convencer a los indecisos o incluso a quienes inicialmente pensaban de otra forma. Y lo curioso es que no es tan descabellada esta creencia generalizada…

    Es fácil imaginar la hilaridad que estas exageraciones debían producir en un público fácil para alimentar en el rechazo a tanto charlatán como habría en la vida social. Luego presenta a Sócrates colgado ridículamente de una cesta lejos del suelo terrestre para ver mejor los fenómenos atmosféricos:

    Versos 217 y ss.

    ESTREPSIADES: ¡Vaya! ¿Quién es ese hombre que está en la cesta colgada?

    DISCIPULO: El.

    ESTREPSIADES: ¿Qué él?

    DISCIPULO: Sócrates

    ESTREPSIADES: ¡Oh Sócrates! Vamos, tú, llámamelo con un buen grito.

    DISCIPULO: Llámalo tú mismo, yo no tengo tiempo (se va)

    ESTREPSIADES: ¡Sócrates, Socratín!

    SÓCRATES: ¿Por qué me llamas, criatura efímera?

    ESTREPSIADES: Ante todo dime, por favor, qué haces.

    SÓCRATES: Camino por el aire y cavilo respecto al sol.

    ESTREPSIADES: Así pues, al menos es desde una cesta y no desde el suelo desde donde tú miras por encima a los dioses.

    SÓCRATES: Jamás habría descubierto cómo son en realidad los asuntos celestiales, si no hubiera suspendido mi pensamiento y mi sutil inteligencia, mezclándolos con su pariente el aire. Si permaneciendo en tierra observara lo de arriba desde abajo, jamás lo habría descubierto. Y no es por otra razón, sino porque la tierra arrastra hacia sí a la fuerza el jugo del pensamiento. Le pasa exactamente lo mismo que a los berros.

    ESTREPSIADES: ¿Qué dices? ¿El pensamiento arrastra el jugo hacia los berros? Vamos, querido Sócrates, baja ahora aquí junto a mí y dame los conocimientos por cuya causa he venido.

    SOCRATES: ¿Y a qué has venido?

    ESTREPSIADES: Quiero aprender a hablar, pues los intereses y unos acreedores implacables me llevan y me traen, y mis bienes están hipotecados.

    SÓCRATES: ¿Y de dónde te viene el darte cuenta que estás endeudado?

    ESTREPSIADES: Me ha dejado baldado la enfermedad de los caballos, ¡joder cómo comen! Mas enséñame uno de tus dos Argumentos, el que no paga nada de lo que debe, y te juro por los dioses que te pagaré el sueldo que tú exijas.  (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Ya Sócrates en la Apología 18b-18c nos advierte del objetivo de esta imagen que el dramaturgo da de quienes investigan las cosas de la naturaleza, presentarlo como “ateo”:

    Los que han sembrado estos falsos rumores son mis más peligrosos acusadores, porque prestándoles oídos, llegan  los demás a persuadirse que los hombres que se consagran a tales indagaciones no creen en la existencia de los dioses.

    Al principio de la “Defensa de Sócrates”  18c-18d, Platón por boca del propio Sócrates describe ese ambiente opresivo de opinión colectiva contra la que es imposible luchar a la que se ven sometidos quienes no se adaptan al espíritu de la mayoría social acrítica. En ese mismo texto se denuncia la responsabilidad de “un comediógrafo”, Aristófanes.

    …y lo más injusto es que no me es permitido conocer ni nombrar a mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias. Todos aquellos que por envidia o por malicia os han inoculado todas estas falsedades, y los que, persuadidos ellos mismos, han persuadido a otros, quedan ocultos sin que pueda yo llamarlos ante vosotros ni refutarlos; y por consiguiente, para defenderme, os preciso que yo me bata, como suele decirse, con una sombra, y que ataque y me defienda sin que ningún adversario aparezca.

    El teatro siempre pegado a la sociedad en la que se desarrolla, siempre ha tenido una importante influencia en los comportamientos colectivos de la masa popular.

    En la explicación de la acusación, según se expresa el propio Sócrates en la Apología de Platón, han sido determinantes:

    Su conciencia de superioridad  moral respecto del resto: Su amigo Querefonte preguntó a Apolo si había algún hombre más sabio que Sócrates y la Pitonisa respondió que no había nadie. Sócrates intentó averiguar si las cosas eran así y acaba interpretando la  afirmación  en el sentido de que él es sabio “porque sólo sabe que no sabe nada”, mientras los demás creen que saben cuando en realidad nada saben.

    Para comprobar si el oráculo decía verdad fue investigando a los hombres considerados sabios: comienza por un famoso político, luego investigó a otro y a otros dos más, luego fue a los poetas, luego a los artistas, luego a los extranjeros. En todos ellos encontró ignorancia y sobre todo la creencia de que sabían cuando no sabían que no sabían nada. Este descubrimiento de su superioridad, junto a su estilo inquisitivo con el adversario hasta dejarlo en ridículo, le granjeó numerosos enemigos.

    22e-23b

    De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.»

    Esta misma superioridad la vuelve a esgrimir más tarde cuando se niega a suplicar a los jueces, a pesar de que tiene su familia, “tres hijos, uno ya mozalbete y dos pequeños” que lo perderán. No va pedir clemencia por respeto a su ciudad, a las leyes y a sí mismo y a su buen nombre. Ni siquiera aceptaría pagar una multa.

    La acusación de que corrompe a los jóvenes, cuando son los jóvenes los que acuden libremente y se encuentran a gusto aprendiendo del maesto.

    23c-23d

    Por otra parte, muchos jóvenes de las más ricas  familias en sus ocios se unen a mí de buen grado, y tienen tanto placer en ver de qué manera pongo a prueba a todos los hombres que quieren imitarme con aquellos que encuentran; y no hay que dudar que encuentran una buena cosecha, porque son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada.

    Todos aquellos que ellos convencen de su ignorancia la toman conmigo y no con ellos, y van diciendo que hay un cierto Sócrates que es un malvado y un infame que corrompe a los jóvenes; y cuando se les pregunta qué hace o qué enseña, no tienen qué responder, y para disimular su flaqueza se desatan con esos cargos triviales que ordinariamente se dirigen contra los filósofos; que indaga lo que pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra, que no cree en los dioses, que hace buenas las más malas causas; y todo porque no se atreven a decir la verdad, que es que Sócrates los coge in fraganti, y descubre que figuran que saben, cuando no saben nada.

    Ya he comentado cómo se le confunde malévolamente con los sofistas y su dominio de la palabra para retorcer los argumentos y la realidad y cómo los jóvenes aprenden también esas enseñanzas.

    30a.30c: comenta las enseñanzas que realmente él procura transmitir:

    Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros, jóvenes y viejos, que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, antes que cualquier otro cuidado, es el del alma y de su perfeccionamiento; porque no me canso de deciros que la virtud no viene de las riquezas, sino por el contrario, que las riquezas vienen de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes públicos y particulares.
    Si diciendo estas cosas corrompo la juventud, es preciso que estas máximas sean una ponzoña, porque si se pretende que digo otra cosa, se os engaña o se os impone. Dicho esto no tengo nada que añadir. Haced lo que pide Anito, o no lo hagáis; dadme libertad, o no me la deis; yo no puedo hacer otra cosa, aunque hubiera de morir mil veces… Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma; calma que creo que no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá os harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión.

    30a-30c

    La acusación de ser ateo y de no creer en los dioses de la ciudad.

    Ya Aristófanes lo presentaba también  como ateo. En el verso 830 de Las Nubes Estrepsiades informa a su hijo que creer en Zeus es una idea antigua y eso se lo ha dicho Sócrates de Melos y Querefonte, y es ésta además una afirmación con recámara, porque le llama además ateo indirectamente.

    v. 829-830

    FIDÍPIDES: ¿Quién lo dice?

    ESTREPSIADES: Sócrates de Melos y Querefonte, que sabe de huellas de pulga.

    Pero Sócrates no es de Melos sino de Atenas; de Melos era el famoso ateo Diágoras; así que al llamar a Sócrates de “Melos”  en realidad le está llamando indirectamente “ateo”.

    En 26b-26e

    Sócrates: Sin embargo, responde aún, y dinos cómo corrompo a los jóvenes. ¿Es según tu denuncia, enseñándoles a no reconocer los dioses que reconoce la patria, y enseñándoles además a rendir culto, bajo el nombre de demonios, a otras divinidades? ¿No es esto lo que dices?

    Melito: Sí, es lo mismo.

    Sócrates: Melito, en nombre de esos mismos dioses de que ahora se trata, explícate de una manera un poco más clara, por mí y por estos jueces, porque no acabo de comprender, si me acusas de enseñar que hay muchos dioses, (y en este caso, si creo que hay dioses, no soy ateo, y falta la materia para que sea yo culpable) o si estos dioses no son del Estado. ¿Es esto de lo que me acusas? ¿O bien me acusas de que no admito ningún Dios, y que enseño a los demás a que no reconozcan ninguno?

    Melito: Te acuso de no reconocer ningún Dios.

    Sócrates: ¡Oh maravilloso Melito!, ¿por qué dices eso? ¡Qué! ¿Yo no creo como los demás hombres que el sol y la luna son dioses?

    Melito: No, ¡por Júpiter!, atenienses, no lo cree, porque dice que el sol es una piedra y la luna una tierra.

    Sócrates: ¿Pero tú acusas a Anaxágoras, mi querido Melito? Desprecias los jueces, porque los crees harto ignorantes, puesto que te imaginas que no saben que los libros de Anaxágoras y de Clazomenes están llenos de aserciones de esta especie. Por lo demás, ¿qué necesidad tendrían los jóvenes de aprender de mí cosas que podían ir a oír todos  los días a la Orquesta, por un dracma a lo más?* ¡Magnífica ocasión se les presentaba para burlarse de Sócrates, si Sócrates se atribuyese doctrinas que no son suyas y tan extrañas y absurdas por otra parte! Pero dime en nombre de Júpiter, ¿pretendes que yo no reconozco ningún Dios?

    Melito: Sí, ¡por Júpiter!, tú no reconoces ninguno.

    Sócrates: Dices, Melito, cosas increíbles, ni estás tampoco de acuerdo contigo mismo. A mi entender parece, atenienses, que Melito es un insolente, que no ha intentado esta acusación sino para insultarme,…

    * Nota: en otras traducciones se hace referencia no a oír las doctrinas de Anaxágoras, sino a comprar un libro de Anaxágoras por un dracma. En ese caso nos estaría también informando Platón de la existencia de un mercado de libros en Atenas, puesto que se puede comprar en el ágora un libro de Anaxágoras por un dracma. Sin duda el precio parece ridículamente barato; a buen seguro que los libros serían escasos y el precio más bien elevado, pero es interesante comprobar cómo en la primera democracia existía al alcance de quien pudiera pagarlo el libro como instrumento democratizador del conocimiento.

    En ese contexto Anito el artesano, Meleto, poeta fracasado y pelota del poder establecido y Licón , orador,formularon la denuncia.

    23e-24a

    Apoyándose en esto, me han atacado Meleto, Anito y Licón –Meleto indignado en nombre de los poetas; Anito en nombre de los artesanos y de los políticos, y Licón en nombre de los oradores-.

    La denuncia textual nos la ofrece el mismo Sócrates en 24b-24c:

    “Sócrates delinque: corrompe a los jóvenes; no reconoce a los dioses de la ciudad, y en cambio, tiene extrañas creencias relacionadas con genios”.

    Sócrates repitió muchas veces a lo largo de su vida que tenía un genio particular, una especie de ángel de la guarda, que le indicaba interiormente lo que debía hacer o no hacer.

    Sócrates advierte con orgullo a sus conciudadanos de Atenas las consecuencias que se derivarán de su condena injusta:

    30c-31c

    Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma; calma que creo que no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá os harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión. Estad persuadidos de que si me hacéis morir en el supuesto de lo que os acabo de declarar, el mal no será sólo para mí. En efecto, ni Anito, ni Melito pueden causarme mal alguno, porque el mal no puede nada contra el hombre de bien. Me harán quizá condenar a muerte, o a destierro, o a la pérdida de mis bienes y de mis derechos de ciudadano; males espantosos a los ojos de Melito y de sus amigos; pero yo no soy de su dictamen. A mi juicio, el más grande de todos los males es hacer lo que Anito hace en este momento, que es trabajar para hacer morir un inocente.

    En este momento, atenienses, no es en manera alguna por amor a mi persona por lo que yo me defiendo, y sería un error el creerlo así; sino que es por amor a vosotros; porque condenarme sería ofender al Dios y desconocer el presente que os ha hecho. Muerto yo, atenienses, no encontrareis fácilmente otro ciudadano que el Dios conceda a esta ciudad (la comparación os parecerá quizá ridícula) como a un corcel noble y generoso, pero entorpecido por su misma grandeza, y que tiene necesidad de espuela que le excite y despierte. Se me figura que soy yo el que Dios ha escogido para excitaros, para punzaros, para predicaros todos los días, sin abandonaros un solo instante. Bajo mi palabra, atenienses, difícil será que encontréis otro hombre que llene esta misión como yo; y si queréis creerme, me salvareis la vida.

    Pero quizá fastidiados y soñolientos desechareis mi consejo, y entregándoos a la pasión de Anito me condenareis muy a la ligera. ¿Qué resultará de esto? Que pasareis el resto de vuestra vida en un adormecimiento profundo, a menos que el Dios no tenga compasión de vosotros, y os envíe otro hombre que se parezca a mí.

    Que ha sido Dios el que me ha encomendado esta misión para con vosotros es fácil inferirlo, por lo que os voy a decir. Hay un no sé qué de sobrehumano en el hecho de haber abandonado yo durante tantos años mis propios negocios por consagrarme a los vuestros,  dirigiéndome a cada uno de vosotros en particular, como un padre o un hermano mayor puede hacerlo, y exhortándoos sin cesar a que practiquéis la virtud.
    Si yo hubiera sacado alguna recompensa de mis exhortaciones, tendríais algo que decir; pero veis claramente que mis mismos acusadores, que me han calumniado con tanta impudencia, no han tenido valor para echármelo en cara, y menos para probar con testigos que yo haya exigido jamás ni pedido el menor salario, y en prueba de la verdad de mis palabras os presento un testigo irrecusable, mi pobreza.

    En la primera parte del proceso 281 votaron la condena, 220 votaron la absolución. Cuando en la segunda fase del proceso declaró que merecía ser nombrado benefactor de la ciudad y ser alimentado en el Pritaneo a costa del Estado, como ocurría con los vencedores en los Juegos Olímpicos, 360 lo condenaron y 141 votaron la propuesta de Sócrates. El tribunal debía elegir la pena sugerida por el acusador o la propuesta por el propio acusado, pero no podía determinar una intermedia.

    Leamos este episodio tal como lo relata Platón por boca del propio Sócrates:

    36b-37a

    Melito me juzga digno de muerte; en buen hora. ¿Y yo de qué pena me juzgaré digno? Veréis claramente, atenienses, que yo no escojo más que lo que merezco. ¿Y cuál es? ¿A qué pena, a qué multa voy a condenarme por no haber callado las cosas buenas que aprendí durante toda mi vida; por haber despreciado lo que los demás buscan con tanto afán, las riquezas, el cuidado de los negocios domésticos, los empleos y las dignidades; por no haber entrado jamás en ninguna cábala, ni en ninguna conjuración, prácticas bastante ordinarias en esta ciudad; por ser conocido como hombre, de bien, no queriendo conservar mi vida valiéndome de medios tan indignos? Por otra parte, sabéis que jamás he querido tomar ninguna profesión en la que pudiera trabajar al mismo tiempo en provecho vuestro y en el mío, y que mi único objeto ha sido procuraros a cada uno de vosotros en particular el mayor de todos los bienes, persuadiéndoos a que no atendáis a las cosas que os pertenecen antes que al cuidado de vosotros mismos, para haceros más sabios y más perfectos, lo mismo que es preciso tener cuidado de la existencia de la república antes de pensar en las cosas que la pertenecen, y así de lo demás.

    Dicho esto, ¿de qué soy digno? De un gran bien sin duda, atenienses, si proporcionáis verdaderamente la recompensa al mérito; de un gran bien que pueda convenir a un hombre tal como yo. ¿Y qué es lo que conviene a un hombre pobre, que es vuestro bienhechor, y que tiene necesidad de un gran desahogo para ocuparse en exhortaros? Nada le conviene tanto, atenienses, como el ser alimentado en el Pritaneo y esto le es más debido que a los que entre vosotros han ganado el premio en las corridas de caballos y carros en los juegos olímpicos; porque éstos con sus victorias hacen que aparezcamos felices, y yo os hago, no en la apariencia, sino en la realidad. Por otra parte, éstos no tienen necesidad de este socorro, y yo la tengo. Si en justicia es preciso adjudicarme una recompensa digna de mí, esta es la que merezco, el ser alimentado en el Pritaneo.
    Al hablaros así, atenienses, quizá me acusareis de que lo hago con la terquedad y arrogancia con que deseché antes los lamentos y las súplicas. Pero no hay nada de eso.

    Condenado ya a muerte por la mayoría, Sócrates hace una advertencia a quienes han votado su condena:

    39c-39e

    ¡Oh vosotros!, que me habéis condenado a muerte, quiero predeciros lo que os sucederá, porque me veo en aquellos momentos, cuando la muerte se aproxima, en que los hombres son capaces de profetizar el porvenir. Os lo anuncio, vosotros que me hacéis morir, vuestro castigo no tardará, cuando yo haya muerto, y será, ¡por Júpiter!, más cruel que el que me imponéis. En deshaceros de mí, sólo habéis intentado descargares del importuno peso de dar cuenta de vuestra vida, pero os sucederá todo lo contrario; yo os lo predigo.
    Se levantará contra vosotros y os reprenderá un gran número de personas, que han estado contenidas por mi presencia, aunque vosotros no lo apercibíais; pero después de mi muerte serán tanto más importunos y difíciles de contener, cuanto que son más jóvenes; y más os irritareis vosotros, porque si creéis que basta matar a unos para impedir que otros os echen en cara que vivís mal, os engañáis. Esta manera de libertarse de sus censores ni es decente, ni posible. La que es a la vez muy decente y muy fácil es, no cerrar la boca a los hombres, sino hacerse mejor. Lo dicho basta para los que me han condenado, y los entrego a sus propios remordimientos.

    También tiene unas sentidas palabras para los 141 que le absolvieron:

    39e

    Con respecto a los que me habéis absuelto con vuestros votos, atenienses, conversaré con vosotros con el mayor gusto, mientras que los Once estén ocupados, y no se me conduzca al sitio donde deba morir….

    40c

    Es que hay trazas de que lo que me sucede es un gran bien, y nos engañamos todos sin duda, si creemos que la muerte es un mal….

    40c-41b

    Profundicemos un tanto la cuestión, para hacer ver que es una esperanza muy profunda la de que la muerte es un bien.

    Es preciso de dos cosas una: o la muerte es un absoluto anonadamiento y una privación de todo sentimiento, o, como se dice, es un tránsito del alma de un lugar a otro. Si es la privación de todo sentimiento, una dormida pacífica que no es turbada por ningún sueño, ¿qué mayor ventaja puede presentar la muerte? Porque si alguno, después de haber pasado una noche muy tranquila sin ninguna inquietud, sin ninguna turbación, sin el menor sueño, la comparase con todos los demás días y con todas las demás noches de su vida, y se le obligase a decir en conciencia cuántos días y noches había pasado que fuesen más felices que aquella noche; estoy persuadido de que no sólo un simple particular, si no el mismo gran rey, encontraría bien pocos, y le sería muy fácil contarlos. Si la muerte es una cosa semejante, la llamo con razón un bien; porque entonces el tiempo todo entero no es más que una larga noche.

    Pero si la muerte es un tránsito de un lugar a otro, y si, según se dice, allá abajo está el paradero de todos los que han vivido, ¿qué mayor bien se puede imaginar, jueces míos? Porque si, al dejar los jueces prevaricadores de este mundo, se encuentran en los infiernos los verdaderos jueces, que se dice que hacen allí justicia, Mines, Radamanto, Eaco, Triptolemo y todos los demás semidioses que han sido justos durante su vida, ¿no es este el cambio más dichoso? ¿A qué precio no compraríais la felicidad de conversar con Orfeo, Museo, Hesiodo y Homero? Para mí, si es esto verdad, moriría gustoso mil veces. ¿Qué trasporte de alegría no tendría yo cuando me encontrase con Palamedes, con Afax, hijo de Telamon, y con todos los demás héroes de la antigüedad, que han sido víctimas de la injusticia? ¡Qué placer el poder comparar mis aventuras con las suyas! Pero aún sería un placer infinitamente más grande para mí pasar allí los días, interrogando y examinando a todos estos personajes, para distinguir los que son verdaderamente sabios de los que creen serlo y no lo son.
    ….

    41c-41d

    Esta es la razón, jueces míos, para que nunca perdáis las esperanzas aún después de la tumba, fundados en esta verdad; que no hay ningún mal para el hombre de bien, ni durante su vida, ni después de su muerte; y que los dioses tienen siempre cuidado de cuanto tiene relación con [86] él; porque lo que en este momento me sucede a mí no es obra del azar, y estoy convencido de que el mejor partido para mí es morir desde luego y libertarme así de todos los disgustos de esta vida.

    42a

    Pero ya es tiempo de que nos retiremos de aquí, yo para morir, vosotros para vivir. ¿Entre vosotros y yo, quién lleva la mejor parte? Esto es lo que nadie sabe, excepto Dios.

    Acaba así la Defensa de Sócrates que Platón nos dejó.

                ………..

    Platón: Apología de Sócrates, traducida  por Patricio de Azcárate

    Yo no sé, atenienses, la impresión que habrá hecho en vosotros el discurso de mis acusadores. Con respecto a mí, confieso que me he desconocido a mí mismo; tan persuasiva ha sido su manera de decir. Sin embargo, puedo asegurarlo, no han dicho una sola palabra que sea verdad.

    Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia. Porque el no haber temido el mentís vergonzoso que yo les voy a dar en este momento, haciendo ver que no soy elocuente, es el colmo de la impudencia, a menos que no llamen elocuente al que dice la verdad. Si es esto lo que pretenden, confieso que soy un gran orador; pero no lo soy a su manera; porque, repito, no han dicho ni una sola palabra verdadera, y vosotros vais a saber de mi boca la pura verdad, no, ¡por Júpiter!, en una arenga vestida de sentencias brillantes y palabras escogidas, como son los discursos de mis acusadores, sino en un lenguaje sencillo y espontáneo; porque descanso en la confianza de que digo la verdad, y ninguno de vosotros debe esperar otra cosa de mí. No sería propio de mi edad, venir, atenienses, ante vosotros como un joven que hubiese preparado un discurso.
    Por esta razón, la única gracia, atenienses, que os pido es que cuando veáis que en mi defensa emplee [50] términos y maneras comunes, los mismos de que me he servido cuantas veces he conversado con vosotros en la plaza pública, en las casas de contratación y en los demás sitios en que me habéis visto, no os sorprendáis, ni os irritéis contra mí; porque es esta la primera vez en mi vida que comparezco ante un tribunal de justicia, aunque cuento más de setenta años.

    Por lo pronto soy extraño al lenguaje que aquí se habla. Y así como si fuese yo un extranjero, me disimularíais que os hablase de la manera y en el lenguaje de mi país, en igual forma exijo de vosotros, y creo justa mi petición, que no hagáis aprecio de mi manera de hablar, buena o mala, y que miréis solamente, con toda la atención posible, si os digo cosas justas o no, porque en esto consiste toda la virtud del juez, como la del orador: en decir la verdad.

    Es justo que comience por responder a mis primeros acusadores, y por refutar las primeras acusaciones, antes de llegar a las últimas que se han suscitado contra mí. Porque tengo muchos acusadores cerca de vosotros hace muchos años, los cuales nada han dicho que no sea falso. Temo más a estos que a Anito y sus cómplices{1}, aunque sean estos últimos muy elocuentes; pero son aquellos mucho más temibles, por cuanto, compañeros vuestros en su mayor parte desde la infancia, os han dado de mí muy malas noticias, y os han dicho, que hay un cierto Sócrates, hombre sabio que indaga lo que pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra y que sabe convertir en buena, una mala causa.

    Los que han sembrado estos falsos rumores son mis más peligrosos acusadores, porque prestándoles oídos, llegan [51] los demás a persuadirse que los hombres que se consagran a tales indagaciones no creen en la existencia de los dioses. Por otra parte, estos acusadores son en gran número, y hace mucho tiempo que están metidos en esta trama. Os han prevenido contra mí en una edad, que ordinariamente es muy crédula, porque erais niños la mayor parte o muy jóvenes cuando me acusaban ante vosotros en plena libertad, sin que el acusado les contradijese; y lo más injusto es que no me es permitido conocer ni nombrar a mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias. Todos aquellos que por envidia o por malicia os han inoculado todas estas falsedades, y los que, persuadidos ellos mismos, han persuadido a otros, quedan ocultos sin que pueda yo llamarlos ante vosotros ni refutarlos; y por consiguiente, para defenderme, os preciso que yo me bata, como suele decirse, con una sombra, y que ataque y me defienda sin que ningún adversario aparezca.

    Considerad, atenienses, que yo tengo que habérmelas con dos suertes de acusadores, como os he dicho: los que me están acusando ha mucho tiempo, y los que ahora me citan ante el tribunal; y creedme, os lo suplico, es preciso que yo responda por lo pronto a los primeros, porque son los primeros a quienes habéis oído y han producido en vosotros más profunda impresión.

    Pues bien, atenienses, es preciso defenderse y arrancar de vuestro espíritu, en tan corto espacio de tiempo, una calumnia envejecida, y que ha echado en vosotros profundas raíces. Desearía con todo mi corazón, que fuese en ventaja vuestra y mía, y que mi apología pudiese servir para mi justificación. Pero yo sé cuán difícil es esto, sin que en este punto pueda hacerme ilusión. Venga lo que los dioses quieran, es preciso obedecer a la ley y defenderse.

    Remontémonos, pues, al primer origen de la acusación, [52] sobre la que he sido tan desacreditado y que ha dado a Melito confianza para arrastrarme ante el tribunal. ¿Qué decían mis primeros acusadores? Porque es preciso presentar en forma su acusación, como si apareciese escrita y con los juramentos recibidos. «Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los demás sus doctrinas.»

    He aquí la acusación; ya la habéis visto en la comedia de Aristofanes, en la que se representa un cierto Sócrates, que dice, que se pasea por los aires y otras extravagancias semejantes, que yo ignoro absolutamente; y esto no lo digo, porque desprecie esta clase de conocimientos; si entre vosotros hay alguno entendido en ellos (que Melito no me formule nuevos cargos por esta concesión), sino que es sólo para haceros ver, que yo jamás me he mezclado en tales ciencias, pudiendo poner por testigos a la mayor parte de vosotros.

    Los que habéis conversado conmigo, y que estáis aquí en gran número, os conjuro a que declaréis, si jamás me oísteis hablar de semejante clase de ciencias ni de cerca ni de lejos; y por esto conoceréis ciertamente, que en todos esos rumores que se han levantado contra mí, no hay ni una sola palabra de verdad; y si alguna vez habéis oído, que yo me dedicaba a la enseñanza, y que exigía salario, es también otra falsedad.

    No es porque no tenga por muy bueno el poder instruir a los hombres, como hacen Gorgias de Leoncio, Prodico de Ceos e Hippias de Elea. Estos grandes personajes tienen el maravilloso talento, donde quiera que vayan, de persuadir a los jóvenes a que se unan a ellos, y abandonen a sus conciudadanos, cuando podrían estos ser sus maestros sin costarles un óbolo.

    Y no sólo les pagan la enseñanza, sino que contraen con ellos una deuda de agradecimiento infinito. He oído [53] decir, que vino aquí un hombre de Paros, que es muy hábil; porque habiéndome hallado uno de estos días en casa de Callias hijo de Hiponico, hombre que gasta más con los sofistas que todos los ciudadanos juntos, me dio gana de decirle, hablando de sus dos hijos: —Callias, si tuvieses por hijos dos potros o dos terneros, ¿no trataríamos de ponerles al cuidado de un hombre entendido, a quien pagásemos bien, para hacerlos tan buenos y hermosos, cuanto pudieran serlo, y les diera todas las buenas cualidades que debieran tener? ¿Y este hombre entendido no debería ser un buen picador y un buen labrador? Y puesto que tú tienes por hijos hombres, ¿qué maestro has resuelto darles? ¿Qué hombre conocemos que sea capaz de dar lecciones sobre los deberes del hombre y del ciudadano? Porque no dudo que hayas pensado en esto desde el acto que has tenido hijos, y conoces a alguno? —Sí, me respondió Callias. —¿Quién es, le repliqué, de dónde es, y cuánto lleva? —Es Éveno, Sócrates, me dijo; es de Paros, y lleva cinco minas. Para lo sucesivo tendré a Éveno por muy dichoso, si es cierto que tiene este talento y puede comunicarlo a los demás.

    Por lo que a mí toca, atenienses, me llenaría de orgullo y me tendría por afortunado, si tuviese esta cualidad, pero desgraciadamente no la tengo. Alguno de vosotros incidirá quizá: —Pero Sócrates, ¿qué es lo que haces? ¿De dónde nacen estas calumnias que se han propalado contra ti? Porque si te has limitado a hacer lo mismo que hacen los demás ciudadanos, jamás debieron esparcirse tales rumores. Dinos, pues, el hecho de verdad, para que no formemos un juicio temerario. Esta objeción me parece justa. Voy a explicaros lo que tanto me ha desacreditado y ha hecho mi nombre tan famoso. Escuchadme, pues. Quizá algunos de entre vosotros creerán que yo no hablo seriamente, pero estad persuadidos de que no os diré más que la verdad. [54]

    La reputación que yo haya podido adquirir, no tiene otro origen que una cierta sabiduría que existe en mí. ¿Cuál es esta sabiduría? Quizá es una sabiduría puramente humana, y corro el riesgo de no ser en otro concepto sabio, al paso que los hombres de que acabo de hablares, son sabios, de una sabiduría mucho más que humana.

    Nada tengo que deciros de esta última sabiduría, porque no la conozco, y todos los que me la imputan, mienten, y sólo intentan calumniarme. No os incomodéis, atenienses, si al parecer os hablo de mí mismo demasiado ventajosamente; nada diré que proceda de mí, sino que lo atestiguaré con una autoridad digna de confianza. Por testigo de mi sabiduría os daré al mismo Dios de Delfos, que os dirá si la tengo, y en qué consiste. Todos conocéis a Querefon, mi compañero en la infancia, como lo fue de la mayor parte de vosotros, y que fue desterrado con vosotros, y con vosotros volvió. Ya sabéis qué hombre era Querefon, y cuán ardiente era en cuanto emprendía. Un día, habiendo partido para Delfos, tuvo el atrevimiento de preguntar al oráculo (os suplico que no os irritéis de lo que voy a decir), si había en el mundo un hombre más sabio que yo; la Pythia le respondió, que no había ninguno. Querefon ha muerto, pero su hermano, que está presente, podrá dar fe de ello. Tened presente, atenienses, porque os refiero todas estas cosas; pues es únicamente para haceros ver de donde proceden esos falsos rumores, que han corrido contra mí.
    Cuando supe la respuesta del oráculo, dije para mí; ¿Qué quiere decir el Dios? ¿Qué sentido ocultan estas palabras? Porque yo sé sobradamente que en mí no existe semejante sabiduría, ni pequeña, ni grande. ¿Qué quiere, pues, decir, al declararme el más sabio de los hombres? Porque él no miente. La Divinidad no puede mentir. Dudé largo tiempo del sentido del oráculo, hasta que por último, después de gran trabajo, me propuse hacer la [55] prueba siguiente: —Fui a casa de uno de nuestros conciudadanos, que pasa por uno de los más sabios de la ciudad. Yo creía, que allí mejor que en otra parte, encontraría materiales para rebatir al oráculo, y presentarle un hombre más sabio que yo, por más que me hubiere declarado el más sabio de los hombres. Examinando pues este hombre, de quien, baste deciros, que era uno de nuestros grandes políticos, sin necesidad de descubrir su nombre, y conversando con él, me encontré, con que todo el mundo le creía sabio, que él mismo se tenía por tal, y que en realidad no lo era. después de este descubrimiento me esforcé en hacerle ver que de ninguna manera era lo que él creía ser, y he aquí ya lo que me hizo odioso a este hombre y a los amigos suyos que asistieron a la conversación.
    Luego que de él me separé, razonaba conmigo mismo, y me decía: —Yo soy más sabio que este hombre. Puede muy bien suceder, que ni él ni yo sepamos nada de lo que es bello y de lo que es bueno; pero hay esta diferencia, que él cree saberlo aunque no sepa nada, y yo, no sabiendo nada, creo no saber. Me parece, pues, que en esto yo, aunque poco más, era mas sabio, porque no creía saber lo que no sabia.

    Desde allí me fui a casa de otro que se le tenía por más sabio que el anterior, me encontré con lo mismo, y me granjeé nuevos enemigos. No por esto me desanimé; fui en busca de otros, conociendo bien que me hacia odioso, y haciéndome violencia, porque temía los resultados; pero me parecía que debía, sin dudar, preferir a todas las cosas la voz del Dios, y para dar con el verdadero sentido del oráculo, ir de puerta en puerta por las casas de todos aquellos que gozaban de gran reputación; pero, ¡oh Dios!, he aquí, atenienses, el fruto que saqué de mis indagaciones, porque es preciso deciros la verdad; todos aquellos que pasaban por ser los más sabios, me parecieron no [56] serlo, al paso que todos aquellos que no gozaban de esta opinión, los encontré en mucha mejor disposición para serlo.

    Es preciso que acabe de daros cuenta de todas mis tentativas, como otros tantos trabajos que emprendí para conocer el sentido del oráculo.

    Después de estos grandes hombres de Estado me fui a los poetas, tanto a los que hacen tragedias como a los poetas ditirámbicos{2} y otros, no dudando que con ellos se me cogería in fraganti, como suele decirse, encontrándome más ignorante que ellos. Para esto examiné las obras suyas que me parecieron mejor trabajadas, y les pregunté lo que querían decir, y cuál era su objeto, para que me sirviera de instrucción. Pudor tengo, atenienses, en deciros la verdad; pero no hay remedio, es preciso decirla. No hubo uno de todos los que estaban presentes, inclusos los mismos autores, que supiese hablar ni dar razón de sus poemas. Conocí desde luego que no es la sabiduría la que guía a los poetas, sino ciertos movimientos de la naturaleza y un entusiasmo semejante al de los profetas y adivinos; que todos dicen muy buenas cosas, sin comprender nada de lo que dicen. Los poetas me parecieron estar en este caso; y al mismo tiempo me convencí, que a título de poetas se creían los más sabios en todas materias, si bien nada entendían. Les dejé, pues, persuadido que era yo superior a ellos, por la misma razón que lo había sido respecto a los hombres políticos.

    En fin, fui en busca de los artistas. Estaba bien convencido de que yo nada entendía de su profesión, que los encontraría muy capaces de hacer muy buenas cosas, y en esto no podía engañarme. Sabían cosas que yo ignoraba, y en esto eran ellos más sabios que yo. Pero, atenienses, los más [57] entendidos entre ellos me parecieron incurrir en el mismo defecto que los poetas, porque no hallé uno que, a título de ser buen artista, no se creyese muy capaz y muy instruido en las más grandes cosas; y esta extravagancia quitaba todo el mérito a su habilidad.

    Me pregunté, pues, a mí mismo, como si hablara por el oráculo, si querría más ser tal como soy sin la habilidad de estas gentes, e igualmente sin su ignorancia, o bien tener la una y la otra y ser como ellos, y me respondí a mí mismo y al oráculo, que era mejor para mí ser como soy. De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.»

    Convencido de esta verdad, para asegurarme más y obedecer al Dios, continué mis indagaciones, no sólo entre nuestros conciudadanos, sino entre los extranjeros, para ver si encontraba algún verdadero sabio, y no habiéndole encontrado tampoco, sirvo de intérprete al oráculo, haciendo ver a todo el mundo, que ninguno es sabio. Esto me preocupa tanto, que no tengo tiempo para dedicarme al servicio de la república ni al cuidado de mis cosas, y vivo en una gran pobreza a causa de este culto que rindo a Dios.
    Por otra parte, muchos jóvenes de las más ricas [58] familias en sus ocios se unen a mí de buen grado, y tienen tanto placer en ver de qué manera pongo a prueba a todos los hombres que quieren imitarme con aquellos que encuentran; y no hay que dudar que encuentran una buena cosecha, porque son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada.

    Todos aquellos que ellos convencen de su ign

  • Las deudas de los griegos

    Hay muchos ciudadanos europeos que se escandalizan ante la pretensión del gobierno y de los propios ciudadanos griegos de que les sea aplicada una “quita” a la enorme deuda contraída en los años precedentes. Hay también otros ciudadanos que analizan el origen de esa deuda, que en buena medida consideran abusiva y se muestran más comprensivos.
    La situación actual no es en absoluto comparable con la antigua, pero voy a ofrecer dos series de textos, unos referidos a Solón, que hizo frente con modificaciones legales a la situación insostenible de muchos ciudadanos atenienses allá por el siglo VI a.C., endeudados hasta la esclavitud, y otros textos que desvelan la actitud particular de un individuo, también acogotado por las deudas particulares, que refleja por ejemplo Aristófanes en su comedia Las Nubes.

    A grandes rasgos, la Atenas antigua, y de manera similar el resto de Grecia, pasó de un régimen monárquico de atomización de varios núcleos de población a la unión de esos núcleos en torno a uno más importante apareciendo  la polis o ciudad-estado en la que la monarquía va dejando paso a la aristocracia y esta a la tiranía y luego en Atenas a la democracia.

    En ese largo proceso, sobre el que tenemos mucha información pero también mucha confusión, la propiedad de la tierra fue un grave problema, nunca resuelto, que produjo la ruina y esclavitud de muchos ciudadanos por deudas. A principio del siglo VI a.C. los pequeños campesinos dependían de las familias aristocráticas, que concentraban la propiedad de la mayor parte de la tierra. Esos pequeños campesinos habían caído en esclavitud y dependencia por su continuo endeudamiento.

    En ese escenario vivió Solón (c. 638 a. C.–558 a. C.), uno de los siete sabios de Grecia, el gran legislador respetado por pobres y ricos, que intentó mejorar la situación del ciudadano empobrecido y que puso las bases sobre las que más tarde se construiría la primera democracia (gobierno del pueblo) del mundo.

    De Solón tenemos mucha información sobre todo por la obra de Aristóteles “La Constitución de Atenas”, pero también por la biografía de Plutarco en su famosa obra “Vidas paralelas” y por lo que nos dice de él Diógenes Laercio en su “Vidas y opiniones de los filósofos ilustres”.

    Precisamente Diógenes comienza esta biografía con una información que nos viene al caso:

    Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, Solón, 45

    Solón de Salamina, hijo de Execéstides, introdujo por primera vez en Atenas el alivio de carga, que era el rescate de cuerpos y bienes. Pues también se empeñaban los cuerpos, y muchos, por estar en apuros, se convirtieron en asalariados. En efecto, fue el primero en renunciar a siete talentos que se le debían por herencia de sus padres, y persuadió a los demás a hacer lo mismo. Y esa ley fue llamada “alivio de carga” (σεισάχθεια , seisachtheia en griego): es obvio por qué. Luego promulgó las otras leyes, las cuales sería prolijo exponer en detalle, y las consignó en las tablas giratorias. (Traducción de Luis-Andrés Bredlow. Editorial Lucina. 2010).

    Aristóteles nos da la mejor información sobre Solón, haciendo referencia también a las dudas que surgieron sobre la actuación de Solón cuando sus amigos se aprovecharon de la información privilegiada que tenían. Todo ello luego lo recoge Plutarco.

    Aristóteles, Constitución de los Atenienses, 6

    Cuando Solón tuvo plenos poderes en los asuntos públicos, liberó al pueblo para el presente y para el futuro, al prohibirle los préstamos con la fianza de la propia persona, y promulgó leyes e hizo una cancelación de las deudas tanto privadas como públicas, cancelación que llaman “descarga” (seisakhtheia),porque es como si se hubiera descargado de un peso. En este punto intentan algunos calumniarle: sucedió que cuando Solón iba a realizar la descarga, se lo dijo antes a algunos de los nobles; y luego, como dicen los partidarios del pueblo, fue víctima de las maniobras de sus amigos; o, según los que quieren difamarle, él mismo tomó parte en ellas. Aquellos en efecto tomaron a préstamo y compraron muchas tierras, y no mucho después, al sobrevenir la cancelación de las deudas, se enriquecieron; de donde dicen que surgieron los que después se consideran “antiguos ricos”. Ahora bien, es más convincente la explicación de los partidarios del pueblo, pues no es verosímil que en lo demás haya sido tan comedido y sencillo, hasta el punto de que pudiendo hacerse tirano de la ciudad con solo someter a los demás, se dejó odiar por unos y por otros y estimó en más el bien y la salvación de la ciudad que su propia ambición, y que en cosas tan pequeñas e indignas fuera a mancharse. Que tuvo la facultad de hacerse tirano, las dolorosas circunstancias lo atestiguan, y él mismo en los poemas lo menciona muchas veces y todos los demás lo reconocen. Por consiguiente hay que pensar que esta acusación es falsa. (Traducción de Manuela García Valdés.Editorial Gredos.1984)

    Hay que advertir que a partir del siglo V la abolición de las deudas fue considerada como un hecho de anarquía; y esta sigue siendo sin duda la opinión imperante hoy entre las Instituciones políticas y financieras. Así lo indica por ejemplo Platón, República 565e, (y también  Ísócrates en Panatenaico 259 y Demóstenes en Contra Timócrates 149).

    Platón, refiriéndose a los tiranos, expresa su opinión negativa respecto de la cancelación de deudas y la táctica de estos para ganarse al pueblo y luego promover guerras para erigirse en jefe:

    República, 566a…

    “Pues de la misma manera ocurre cuando el protector del pueblo, teniendo a su cargo una multitud fácilmente sumisa,no perdona la sangre de su misma raza, sino que levantando falsas acusaciones, como suele suceder, lleva a sus adversarios a los tribunales y se mancha de sangre en ellos,inmolando sus vidas y gustando de la misma sangre de su linaje con su boca y su lengua impuras. Su labor se cifra en desterrar y matar y en proponer el perdón de las deudas y el reparto de las tierras, por lo que no es extraño deba perecer a manos de sus enemigos y convertirse en tirano y en lobo de hombre que era.
    ….
    Veamos. ¿No sonríe indulgentemente y acoge con cariño a todo aquel que le sale al paso en los primeros días de su mando? ¿Y no dice que no es tirano y hace promesas múltiples, tanto privada como públicamente, liberando de deudas y repartiendo tierra al pueblo y a los que se encuentran alrededor?. Esa su benevolencia y mansedumbre la prodiga con todo el mundo.
    (Traducción de José Antonio Míguez. Edit.Aguilar)

    Poco después, hace referencia Aristóteles a las medidas de Solón en política monetaria. También puede verse aquí cierto paralelismo: si en la época antigua Atenas vivía en el marco comercial y monetario de Egina y quería crear su propio sistema monetario para favorecer su desarrollo, ahora también hay un problema monetario entre el euro actual y la anterior dracma.

    Constitución de los Atenienses, 10:

    En las leyes esto es lo que parece haber dispuesto más democráticamente, y antes de su legislación el haber hecho la reducción de las deudas y, después, el aumento de las medidas, pesos y monedas. En su tiempo, en efecto, se hicieron las medidas mayores que las de Fidón, y la mina, que antes tenía un peso de setenta dracmas, subió hasta las cien. La acuñación antigua era de dos dracmas. Hizo también los pesos en relación con la moneda, teniendo setenta y tres minas el talento, y las tres minas quedaron distribuidas entre el estater y los demás pesos. (Traducción de Manuela García Valdés.Editorial Gredos.1984)

    Evidentemente ni las causas ni la situación parecen semejantes a las actuales, aunque tal vez los aristócratas terratenientes de entonces sean los banqueros abusivos de hoy; en todo caso sin duda el sufrimiento de la pobre gente es muy parecido.

    Por otra parte, aunque la mayoría de los historiadores piensan que la cancelación de las deudas fue total, otros piensan que probablemente la abolición de las deudas por Solón no fue total, sino que hizo “una quita”; lo que sí consiguió  por completo fue abolir la esclavitud por deudas.

    Plutarco nos lo cuenta con más extensión en un texto que no dejará de sorprendernos, por ejemplo cuando nos dice cómo en esos momentos de grave situación económica siempre hay algún indecente dispuesto a sacar “tajada” de la actuación pública aprovechándose de la información privilegiada. Una vez más, y son miles ya de veces, repetiré ¡nihil novum sub sole”.

    Plutarco Solón, 13-16:
    13

    Entonces fue también cuando la disensión entre los pobres y los ricos llegó a lo sumo, poniendo a la ciudad en una situación sumamente delicada; tanto, que parecía que sólo podía volver de la turbación a la tranquilidad y al sosiego por medio de la dominación de uno solo, porque el pueblo todo era deudor esclavizado a los ricos, pues o cultivaban para éstos, pagándoles el sexto, por lo que les llamaban partisextos y jornaleros, o tomando prestado sobre las personas quedaban sujetos a los logreros, unos sirviéndolos, y otros siendo vendidos en tierra forastera. Muchos había que se veían precisados vender sus hijos, pues no había ley que lo prohibiera, a abandonar la patria por la dureza de los acreedores. La mayor parte, y los más robustos, se reunían, y se exhortaban unos a otros a no mirar con indiferencia semejantes vejaciones, sino más bien elegir un caudillo de su confianza, sacar de angustia a los que estaban ya citados por sus deudas, obligar a que se hiciera nuevo repartimiento de tierras, y mudar enteramente el gobierno.
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    En tal estado, viendo los más prudentes de los Atenienses que Solón únicamente estaba fuera de aquellos extremos, pues ni tenía parte en los atropellos de los ricos, ni estaba sujeto a las angustias de los pobres, le rogaban que se pusiese al frente de los negocios públicos y calmara aquellos disturbios. Fanias de Lesbos escribe que Solón, con la mira de salvar la patria, usó de artificio con unos y otros, prometiendo a los pobres el repartimiento y a los ricos la estabilidad de sus créditos; pero el mismo Solón dice que al principio puso con repugnancia mano en el gobierno, por temer la avaricia de los unos y la insolencia de los otros. Fue, pues, elegido Arconte, después de Filómbroto, y juntamente medianero y legislador: a satisfacción de los ricos, por ser hombre acomodado, y de los pobres, por la opinión de su probidad.
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    Lo que los modernos han dicho de los Atenienses, que lo que había en las cosas de desagradable lo encubrían con nombres lisonjeros y humanos, halagándolo urbanamente, llamando amigas a las mancebas; a los tributos, tasas; custodias, a las fortalezas de las ciudades, y edificio, a la cárcel, fue primeramente maña de Solón, que llamó alivio de carga, a la extinción de los créditos; porque fue este su primer acto de gobierno, disponiendo que los créditos existentes se anulaban, y que en adelante nadie pudiese prestar sobre las personas. Con todo, algunos, y entre ellos Androción, han escrito que no fue la extinción de los créditos el alivio con que se recrearon los pobres, sino sólo la moderación de las usuras, y que a este acto de humanidad, juntamente con el aumento de las medidas y del valor de la moneda que también se hizo, se le dio aquel nombre de seisacteia, o alivio de carga; porque hizo de cien dracmas la mina que antes era de setenta y tres, con lo que dando lo mismo en número, aunque menos en valor, quedaban muy aliviados los que pagaban, y no sentían detrimento los que recibían; pero los más afirman que la seisacteia fue abolición de todos los créditos, con lo que guardan consonancia los poemas. Gloríase en ellos Solón de que levantó de la tierra hipotecada los mojones fijados por todas partes; de que antes era sierva, y ahora era libre; de que de los ciudadanos obligados por el dinero, a unos los había restituido de país extraño, no sabiendo ya la lengua ática por el tiempo que habían andado errantes, y a otros que acá sufrían la indignidad de la esclavitud los había hecho libres. Dícese que con motivo de esta primera disposición le sobrevino un gravísimo disgusto, porque cuando trataba de abolir los créditos, y andaba examinando qué palabras serían las más acomodadas, y cuál el principio más conveniente, comunicó el pensamiento, de los amigos que tenía de más confianza e intimidad, a Conón, Clinias e Hipónico, diciéndoles que en cuanto al terreno no iba a hacer novedad; pero que tenía resuelto hacer abolición de los créditos. Estos, valiéndose de la noticia, y adelantándose, tomaron gruesas cantidades de los ricos, y compraron grandes posesiones: publicóse después la ley, y como de una parte disfrutasen las tierras, y de otra no pagasen a los acreedores, hicieron nacer contra Solón gran sospecha y calumnia de que no era del número de los perjudicados, sino de los que perjudicaban; pero muy luego se vio libre de esta acusación con la pérdida que se halló tenía que sufrir de cinco talentos, que fue la suma que tenía dada a préstamo, siendo el primero que la dio por extinguida conforme a la ley; algunos dicen que fueron quince, y entre ellos Policelo de Rodas. A aquellos sus amigos siempre los llamaron en adelante bancarroteros.
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    No acertó a dar gusto ni a unos ni a otros, sino que desazonó a los ricos, aboliendo sus créditos, y más todavía a los pobres, porque no hizo el repartimiento de tierras que esperaban, ni los igualó ni uniformó, como había hecho Licurgo, en los medios de vivir. Mas Licurgo, con ser undécimo en grado desde Heracles, y haber reinado muchos arios en Esparta, teniendo en su auxilio, para cuanto intentase, una gran dignidad, amigos y poder, hubo de valerse más bien de la fuerza que de la persuasión, hasta perder un ojo en la revuelta, para poder poner por obra lo más propio para la salud y concordia de la república, que fue el que entre sus ciudadanos no hubiera ni ricos ni pobres. Solón no llegó tan adelante en su gobierno, siendo más del pueblo y clase media; pero, con todo, no se quedó corto respecto de su poder, aspirando a que todo se hiciese con la voluntad y consentimiento de los ciudadanos. Que no agradó a los más de ellos, lisonjeados con otras esperanzas, lo dijo él mismo, cuando prorrumpió en estas quejas: Halagáronlos vanas quejas; ahora, irritados, con torcidos ojos me miran cual si fuera un enemigo. Dice también que si otro hubiera tenido la misma autoridad, No se habría del mando desasido, ni en paz dejado y en reposo al pueblo hasta exprimirle sustanciosa sangre. Con todo, luego comprendieron la utilidad; y desistiendo de sus insultos, sacrificaron en común, dando al sacrificio el nombre de seisacteia, y nombraron a Solón reformador del gobierno y legislador, poniendo en su arbitrio, no unas cosas sí y otras no, sino todas absolutamente, magistraturas, juntas, tribunales, consejos, para que en todo cuanto había o se crease determinara el censo, número y tiempo de cada cosa, destruyera o conservara, según le pareciese.
    (Traducción de Ranz Romanillos)

    Pasemos ahora del dibujo de la situación desde el punto de vista de la política o vida pública a la opinión de un ciudadano particular acogotado por las deudas.

    “Las Nubes” es una de las  once comedias que se conservan  de Aristófanes (444 a. C- 385 a. C.) y es una de las más famosas porque en ella se pinta una despiadada caricatura de Sócrates como sofista charlatán, que sin duda contribuyó notablemente a crear el mal ambiente ciudadano y social propicio para condenarlo a muerte, al más sabio de los hombres de Grecia según el oráculo de Apolo en Delfos.

    Podría establecerse cierto paralelismo entre el argumento de Las Nubes y la situación actual de Grecia en la que algunos sectores pretenden no pagar las deudas del Estado contraídas con los bancos acreedores.

    El asunto de la comparación es sin duda arriesgado y el lector (a quien invito a hacer una lectura completa de una obra que como todas las comedias, no es excesivamente larga; yo creo que en poco más de una hora se puede hacer su lectura) podrá ver paralelismo y semejanzas y también notables diferencias.

    Téngase en cuenta para obtener algún provecho que en la comedia de Aristófanes no se critica a los prestamistas, que habría de todo, justos y abusivos avaros, y la propuesta de aprender a no pagar a los prestamistas se vuelve contra los acreedores, hasta el punto de subvertir el orden natural del respeto de los hijos para con los padres; en la comedia el hijo, obligado por el padre a estudiar con los sofistas para no pagar las deudas, acaba agrediendo a su propio padre y justificando “sofísticamente” esa agresión. Como consecuencia, el deudor acaba quemando la escuela socrática en la que se enseñaba a convertir lo injusto en justo.

    Es decir, en el fondo esa actitud “sofística” de algunos griegos de no querer pagar las deudas no es una buena propuesta.

    Claro está, nosotros para tener una visión más exacta del problema griego actual deberíamos conocer mejor qué es la deuda actual, cómo se ha generado, cómo son las condiciones impuestas por una banca despiadada cuyo único objetivo es ganar dinero y más dinero sin reparar en las consecuencias y qué papel juegan estados e instituciones europeas cuyo objetivo primero debería ser conseguir y consolidar el bienestar de todos los europeos, que para eso inventaron la Unión.

    En fin, reproduzco algunos textos de la comedia de Aristófanes y que cada lector opine razonadamente.

    El argumento de la comedia viene perfectamente resumido precisamente en el primer argumento que acompaña en algunos manuscritos, pero no en otros. Nos dice pues el Argumento I:

    “Cierto viejo de nombre Estrepsiades, agobiado por las deudas que tiene por culpa de la afición de su hijo a la cría de caballos, le pide a éste que acuda a la escuela de Sócrates y aprenda el Argumento Inferior, por si pudiera, sosteniendo en el tribunal razones contrarias a la justicia, vencer a sus acreedores y no devolver nada a ninguno de los prestamistas. Pero el muchacho no quiere, y decide acudir él mismo a aprender, y llamando a un discípulo de Sócrates se pone a hablar con él. Cuando la máquina giratoria descubre la estancia, se ve a los discípulos, sentados en círculo y muy sucios, mirando hacia un mismo lugar, y al propio Sócrates suspendido en el aire dentro de un cesto desde el que otea y observa los objetos celestes. Luego termina por recibir al viejo y convoca a los dioses en quienes ellos creen: Aire, Éter y Nubes. Ante la invocación, llegan las Nubes en función de coro y, tras unas explicaciones bastante convincentes por parte de Sócrates sobre fenómenos naturales, se vuelven ellas hacia el público y dialogan con él acerca de muchos temas. Despues, el viejo, una vez instruido, hace reiir, mostrando en público parte de lo que ha aprendido, y cuando a causa de su incapacidad para aprender es expulsado del caviladero, trae por la fuerza a su hijo y lo pone  al lado de Sócrates. Este hace salir al teatro ante él al Argumento Injusto y al Justo, los cuales mantienen una discusión; el joven elige al Injusto y este le enseña. El padre lo recibe tras su aprendizaje y se porta muy insolentemente con los acreedores y ante el éxito se lleva a su hijo para darle un banquete; pero durante una discusión respecto a lo que tendrían que hacer en ese banquete, el padre recibe unos golpes de su hijo y se pone a gritar, pero su hijo consigue enredarle y convencerle de que es justo que los padres reciban golpes de sus hijos, y el viejo,muy enfadado por la contienda con su hijo, prende fuego al caviladero de los socráticos y lo derriba. La pieza es de las más vigorosamente compuestas. (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Nota: Estrepsiades es un “nombre parlante”, significa "el que da vueltas", del verbo strepho, volver, dar, hacer vueltas”, porque da vueltas en la cama por sus deudas o porque da la vuelta al sistema al sistema socrático, cuya escuela (físicamente no existió) quema. Estrpsiades podría ser pues “el revoltoso, el inquieto.

    ESTREPSIADES: (Incorporándose) ¡Joder, qué noche tan larga, Zeus soberano, interminable! ¿Nunca se hará de día? Pues ya hace un rato que el gallo, y los criados roncan: eso no habría ocurrido en otros tiempos. Mueras, pues, tú, guerra, por muchos motivos, como por ejemplo,que no pueda yo castigar a mis criados. Y tampoco se despierta de la noche el buen joven que a mi lado está,  sino que tira pedos, arrebujado entre cinco cobertores. Pues bien, si te parece,ronquemos bien tapados. (Vuelve a meterse en su catre y enseguida se levanta de nuevo). Mas no puedo, pobre de mí, conciliar el sueño, mordido por los gastos,el pesebre y las deudas, por culpa de este hijo mío. Él gasta melena y monta a caballo, conduce un tiro de caballos y sueña con caballos. Y mientras tanto yo me siento morir cuando veo la luna trayendo las veintenas, pues los intereses aumentan. Enciende luz, esclavo, y sácame la libreta para que pueda leer a cuántos les debo y calcular los intereses. Veamos qué debo: doce minas a Pasias. ¿De qué le debo doce minas a Pasias? ¿Por qué se las pedí? Ah, fue cuando compré a Copatero(nombre de un caballo). Infeliz de mí, antes me hubiera dado un golpe en un ojo con una piedra.

    FIDÍPIDES: (En sueños) Filón, haces trampa, conduce por tu carril.

    ESTREPSIADES: He aquí la desgracia que ha acabado conmigo: hasta dormido sueña con caballos.

    FIDÍPIDES: ¿Cuántas vueltas dará en carrera un carro de guerra?

    ESTREPSIADES: A mí, tu padre, bien de vueltas me haces dar tú. Bueno, a ver en qué deuda me metí después de lo de Pasias. Tres minas a Aminias por un pescantillo y un par de ruedas.

    FIDÍPIDES: Que se revuelque ese caballo y luego mételo en casa.

    ESTREPSIADES: Idiota, a fuerza de hacerme dar vueltas me has dejado fuera de mi hacienda, porque ya he perdido algunos juicios, y otros dicen que van a exigir un aval por los intereses.

    FIDÍPIDES: (Despertando) Padre, ¿por qué estás molesto y no paras de dar vueltas en toda la noche?

    ESTREPSIADES: Me ha echado las mantas a bocados un demarco (funcionario que establecía el censo).

    FIDÍPIDES: Déjame dormir a mí un poco, hombre de dios.

    ESTREPSIADES: Eso, tú duerme, pero entérate bien de que todas esas deudas se volverán contra tu cabeza. Ay, ojalá hubiera muerto de mala muerte la casamentera que me indujo a casarme con tu madre. Yo vivía una agradabilísima vida rústica, entre el fango, sin lavar, tumbado cuando quería, con abejas, ganado y orujo en abundancia; luego me casé con la sobrina de Megacles, yo, un paleto, con una de la ciudad: altanera, voluptuosa y con las maneras de Cesira. Cuando me casé con ella, acostado a su lado olfateaba yo el vino joven, las bandejas de higos, la lana, la abundancia; pero ella, los perfumes, el azafrán, los besos a tornillo, el derroche, la glotonería, Afrodita de los Cipotes y la Haceniños. No puedo decir, sin embargo, que fuera perezosa, porque tejía, y yo, enseñándole este manto que llevo, encontraba el pretexto para decirle: “Mujer, tejes demasiado tupido” (palabras con sentido sexual por “fornicar”)

    CRIADO: No nos queda aceite en la lámpara.

    ESTREPSIADES: ¡Ay de mí! ¿Por qué me encendiste la bebedora? Ven aquí, que vas a llorar.

    CRIADO: ¿Por qué he de llorar?

    ESTREPSIADES: Porque le pusiste una mecha de las gordas (vuelve a su monólogo). Después, cuando nos nació este hijo nuestro a mí y a mi buena mujer, discutimos enseguida sobre cómo llamarlo, y ella añadía un –ipo (significa caballo) al nombre: Jantipo, Caripo o Calípides, en tanto que yo proponía el nombre de mi abuelo, Fidónides (significa “ahorrativo”). Así pues, el asunto quedó sin decidir algún tiempo y finalmente llegamos al acuerdo de llamarle Fidípides (es una mezcla de los dos). Ella tomaba en sus brazos al niño y le decía con mucho mimo: “Cuando seas mayor, subirás en tu carro a la Acrópolis, como Megacles, con un vestido púrpura”. Y yo le decía: “Cuando traigas las cabras de vuelta del Feleo,como tu padre, vestideo con una pellica…” Pero no hizo ningún caso de mis palabras, sino que derramó su hipomanía sobre mis bienes. Con que ahora, encontrar un camino divinamente dispuesto, por el que si convenzo a éste, podré salvarme. Mas quiero despertarle primero. ¿Cuál será el modo más dulce de despertarlo? ¿Cuál? ¡Fidípides, Fidipito!

    FIDIPIDES: ¿Qué, padre?

    ESTREPSIADES: Bésame y dame tu diestra

    FIDIPIDES: Ya esta, ¿qué sucede?

    ESTREPSIADES: Dime, ¿tú me quieres?

    FIDIPIDES: Sí, por este Posidón Hípico aquí presente.

    ESTREPSIADES: No me vengas a mí con Hípicos, por favor, que ese dios es el culpable de mis males; pero obedéceme, hijo, si verdaderamente me quieres de corazón.

    FIDIPIDES: ¿En qué quieres que te obedezca?

    ESTREPSIADES: Cambia cuanto antes de comportamiento y ve a aprender lo que yo te indique.

    FIDIIDES: Habla, ¿qué me pides?

    ESTREPSIADES: ¿Me obedecerás?

    FIDIPIDES: Te obedeceré, por Dioniso.

    ESTREPSIADES: Mira ahora hacia allí. ¿Ves esa puertecita y esa casita?

    FIDIPIDES: Las veo. ¿Qué sucede realmente, padre?

    ESTREPSIADES: Ese es el caviladero de mentes sabias; dentro habitan unos hombres que hablan del cielo y te convencen de que es una estufa que nos rodea y que nosotros somos las brasas. Si se les paga dinero, enseñan a ganar, hablando con la razón o sin ella.

    FIDIPIDES: ¿Quiénes son?

    ESTREPSIADES: No sé exactamente su nombre; sólo que son caviladores concienzudos, buenos y honrados.

    FIDIPIDES: ¡Bah! Pura chusma, los conozco. Los que dices son sólo unos bocazas de faz pálida, que andan sin sandalias. De ellos son el desdichado Sócrates y Querefonte.

    ESTREPSIADES: ¡Eh,eh, calla, no digas idioteces! Si te importan algo las gachas de tu padre, hazte uno de ellos y abandona tu afición por los caballos.

    FIDIPIDES: No, por Dioniso, habrías de darme los faisanes que cría Leógoras

    ESTREPSIADES: Ve, te lo ruego, tú a quien quiero más que a nadie, ve y aprende

    FIDIPIDES: ¿Y qué quieres que aprenda?

    ESTREPSIADES: Dicen que entre ellos se encuentran los dos Argumentos,  el Superior, tal como es, y el Inferior. Y dicen que uno de ellos, el Inferior, consigue vencer defendiendo las causas más injustas, conque si tu me aprendieras ese Argumento Injusto, de todas las deudas que tengo por tu culpa no pagaría a nadie ni un solo óbolo.

    FIDIPIDES: No te obedeceré, pues con la piel descolorida no me atrevería a mirar a la cara a los caballeros.

    ESTREPSIADES: En ese caso no comerás a mi expensas, por Deméter, ni tú ni tu yunta, ni el Sánfora (un caballo), sino que te mandaré a los cuervos, fuera de mi casa.

    FIDIPIDES: Mi tío Megacles no consentirá que esté sin caballo. Ea, me voy adentro, no me preocupo de ti.

    ESTREPSIADES: Pues lo que es yo, aunque caído, no me quedaré tumbado, sino que tras rogar a los dioses iré personalmente al caviladero y haré que me enseñen. ¿Cómo podré aprender yo, un viejo torpe y desmemoriado, las sutilezas de los razonamientos exactos? Es preciso ir. . (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Luego,más adelante en los veros  235-246 Estrepsiades acude a Sócrates que colgado en una cesta observa los fenómenos celestes, y le pide que le enseñe a argumentar para no pagar sus muchas deudas.

    ESTREPSIADES: … Vamos, querido Sócrates, baja ahora aquí junto a mí y dame los conocimientos por cuya causa he venido.

    SOCRATES: ¿Y a qué has venido?

    ESTREPSIADES: Quiero aprender a hablar, pues los intereses y unos acreedores implacables me llevan y me traen, y mis bienes están hipotecados.

    SÓCRATES: ¿Y de dónde te viene el darte cuenta que estás endeudado?

    ESTREPSIADES: Me ha dejado baldado la enfermedad de los caballos, ¡joder cómo comen! Mas enséñame uno de tus dos Argumentos, el que no paga nada de lo que debe, y te juro por los dioses que te pagaré el sueldo que tú exijas.  (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Más adelante Estrepsiades consigue que su hijo Fidípides aprenda de Sócrates el arte de la palabra. Confiado Estrepsiades en la habilidad de su hijo niega las deudas a sus acreedores, les niega el capital y los intereses.

    Versos: 1154 y ss.

    ESTREPSIADES:
    Vocearé entonces con la voz
    más aguda: ea, usureros, llorad
    vosotros y el capital y los intereses de los intereses,
    que ningún perjuiciopodréis hacerme ya
    con el hijo que me han
    educado en esta casa:
    adornado con una lengua bífida,
    es mi baluarte, el salvador de
    mi casa, la perdición de mis enemigos,
    el que librará a su padre de su gran desgracia.
    …..

    Curiosamente la palabra “usurero”, obolostatai en griego, ὧβολοστάται, está formada a partir de óbolo, que es la moneda, con el mismo sentido que nosotros decimos de alguien que es un “pesetero”. Parece que los intereses eran de un óbolo diario por mina (6 óbolos = 1 dracma, 100 dracmas = 1 mina, 60 minas = 1 talento= unos 27 Kg.; un jornalero ganaba dos óbolos diarios y un trabajador cualificado cuatro).

    También es curioso que las palabras capital, to archaion,  τἀρχαῖον, lo antiguo, es lo que se ha ido asentando con el tiempo, y los intereses, “lo que día a día y mes a mes aumenta más y más con el correr del tiempo” como dice en el verso 1286,  son los hoy tókoi, τόκοι, los hijos, el producto como decimos nosotros. Ha tomado los términos del lenguaje de la generación, verbo que por cierto también utilizamos cuando decimos "me genera tanto dinero…"

    Los acreedores, a quienes Estrepsiades les niega su dinero, anuncian que acudirán a la justicia y le pondrán un pleito.

    Finalmente Estrepsiades se arrepentirá de la educación que ha dado a su hijo, capaz de argumentar para negar las deudas, pero también capaz de justificar cualquier injusticia, como la agresión que como hijo hace a su padre con el argumento de que quien bien te quiere te hará llorar.

    El CORO lo anuncia en los versos 1302 y ss.

    CORO:
              (Estrofa)
             ¡Cómo es eso de que a uno le gusten los malos asuntos!
             Este viejo está en pleno celo
            y quiere birlarle a sus dueños
            el dinero que tomó prestado.
            Pero hoy no se librará de algún asuntillo,
            que hará que este gran sofista
             se lleve pronto un disgusto
             por el mal que él ha iniciado.
              (Antistrofa)
                Creo que pronto va a conseguir lo que
                Busca hace tiempo:
                su hijo será un portento
                para expresar ideas contrarias
                a la justicia, y podrá
                 vencer a todos cuantos
                 dispute, aunque diga
                 canalladas. Quizá,quizá un día deseará
                  que el niño hubiera sido mudo.

    Y así ocurrió pronto, cuando Estrepsiades recibe de su propia medicina y tiene que soportar cómo su hijo justifica con argumentos la paliza que le está pegando a él mismo, a su padre. Arrepentido, pues, Estrepsiades de la educación”sofística” que ha dado a su hijo y dolido con sus maestros Sócrates y Querefonte, termina quemándoles la escuela.

    Estos textos nos dan idea de la complejidad de las cosas  en Grecia ya desde la Antigüedad y ante esto de nada vale el simplismo y oportunismo con el que se conducen algunos políticos europeos actuales, entre ellos naturalmente algunos españoles. Dos mil quinientos años separan las leyes de Solón de las de hoy y el sufrimiento de muchos griegos parece seguir siendo el mismo.

  • El trueno es el pedo de las nubes

    La comedia Las Nubes, de Aristófanes, ridiculiza hasta el extremo la figura de Sócrates, ayudando así a crear un ambiente de hostilidad ante el filósofo íntegro que le llevaría a la condena a muerte.

    La comedia no se priva de utilizar los temas y caricaturas que excitan la hilaridad popular, tales como la insistencia en los temas escatológicos y “anales” (referidos al ano o culo), como la explicación de por qué se producen las ventosidades o pedos en opinión del “gran Sócrates”.

    Así que en esta ocasión Aristófanes explica graciosamente (al menos  para los espectadores de aquel momento) y gráficamente, cómo la ventosidad es como un trueno, o al contrario, el  trueno es como una ventosidad de las nubes.

    Ya nos da un anticipo de explicación de estos temas siempre favorecedores de la risa popular en los  versos 154 y ss. (Las Nubes):

    DISCÍPULO: Pues qué dirías, si supieras otro pensamiento de Sócrates.

    ESTREPSIADES: ¿Cuál? Cuéntamelo, por favor.

    DISCÍPULO: Querefonte le preguntó qué opinaba respecto al canto de los mosquitos: si lo hacían con la boca o con el ano?

    ESTREPSIADES: ¿Y qué dijo él respecto del mosquito?

    DISCÍPULO: Dijo que el intestino del mosquito es estrecho, y a través de él, delgado como es, el aire avanza con fuerza, derecho hasta el ano y luego el culo, una cavidad cóncava junto al lado de esa estrechez, resuena por la fuerza del aire.

    ESTREPSIADES: O sea, que el culo del mosquito es una trompeta. Triplemente feliz él por esa investigación tan a fondo. Seguro que en caso de ser acusado, se libraría en el juicio quien tan profundamente conoce el intestino del mosquito. (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

    Más adelante entra a fondo en tan grave cuestión. Después de que Sócrates presenta a Estrepsiades a las Nubes como diosas y soberanas movidas por el Remolino y no por Zeus, como creían el resto de los griegos, dice en los versos 380 y ss.

    ESTREPSIADES: ¿El Remolino? De eso no tenía ni idea; ya no es Zeus nuestro soberano, en su lugar reina ahora el Remolino. Pero no me explicas nada concreto sobre el trueno y el retumbar.

    SÓCRATES: ¿No me oíste decir que las nubes al caer una sobre otras llenas de agua retumbaban a causa de lo apretadas que están?

    ESTREPSIADES: ¿Y qué? ¿Por qué he de creérmelo?

    SÓCRATES: Te lo explicaré a partir de ti mismo. ¿Nunca después de haberte atiborrado de sopa en las Panateneas se te ha revuelto el estómago y de pronto se ha puesto a dar sonoros retortijones?

    ESTREPSIADES: Sí, por Apolo, y me hacía sufrir mucho. Y los jugos retumbaban como el trueno y hacían un ruido terrible: primero despacio,¡papax,papapax! Y luego, aumentando, ¡papapapax! y al cagar, una retahíla de truenos toda seguida, ¡papapax!, como ellas.

    SÓCRATES: Considera tú la pedorrera que armas con un estómago de nada. ¿Cómo no van a dar ellas unos truenos tremendos siendo el aire  inmenso?

    ESTREPSIADES:Por esa razón se parecen los nombres trueno y pedo. (ταῦτ᾽ ἄρα καὶ τὠνόματ᾽ ἀλλήλοιν βροντὴ καὶ πορδὴ ὁμοίω).

    Nota: en griego trueno se dice βροντὴ, bronté, y pedo πορδὴ, pordé, que tienen algún parecido, que se pierde en la traducción.

    Son dos palabras griegas distintas las que han dado etimológicamente el término “escatológico”, que en consecuencia tiene dos acepciones en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua: ἔσχατος, eschatos,  (último, final, postrero) y σκῶρ, σκατός,  skor, skatos, (excrementos, estiercol).

    La primera acepción, dice: “1. adj. Perteneciente o relativo a las postrimerías de ultratumba". La segunda dice: “1. adj. Perteneciente o relativo a los excrementos y suciedades”.

    En inglés no es posible la confusión puesto que “escatología y escatológico” como referido a las postrimerías se escribe  eschatology mientras que referido a “excrementos” se escribe scatology.
    Parece ser que scatology aparece en el siglo XX cuando la psicología y psiquiatría observan cómo algunas personas se excitan sexualmente pronunciando palabras  soeces, sucias o groseras y definen esta dependencia como scatology derivándola del término griego skatos, excremento.

    La confusión de dos términos que originariamente nada tienen que ver entre sí se ha producido en castellano por una mala transcripción del fonema griego X, ji, como c,k, y por añadir una e– a la s– líquida inicial de skatos.

    Por cierto, existe también para designar los referente a los excrementos el término coprología (en inglés coprology) y similares, derivado de κόπρος copros.

    Curiosamente no encuentro esta cita de Aristófanes en la afamada obrita de  Francisco de Quevedo, “Gracias y desgracias del ojo del culo”, en donde cita profusamente al propio Aristófanes y otros muchos autores antiguos.

    En cambio sí encuentro la cita en la no menos afamada obrita del Deán de la catedral de Alicante, Don Manuel Martí, “Defensa del pedo”, traducción de la obra original en latín Pro Crepitu Ventris, cuyo título completo dice  Oratio Pro Crepitu Ventris habita ad Patres Crepitantes ab Emanuele Martino Ecclesiae Alonensis Decano, publicado por primera vez en 1737. Había muerto precisamente ese año, aunque la obrita en cuestión la escribió sin duda durante su estancia en Roma, probablemente con el objetivo de impactar con su ingenio a la intelectualidad romana entre la que se movía.

    Manuel Martí y Zaragoza nació en Oropesa del Mar, Castellón, 19 de julio de 1663  y murió en Alicante, 21 de abril de 1737). Fue famoso  escritor, helenista, epigrafista, arqueólogo y humanista español. A más de uno causará extrañeza que tan sesudo y serio filólogo (tuvo una interesante actividad como helenista y filólogo) publicara una obrita sobre tema tan “escatológico”.

    Pues bien, en la página 95 de la obra Clarorum Valentinorum Petri Joannis Nunnesii, Emanuelis Martini, Gregorii Majansii, Joannis Insulae, Aliorumque Orationes Selectae (Lausannae: Apud Franciscum Grasset & Socios, 1767), en que se incluye este opúsculo, se dice en latín:

    Eius idioma sive linguam Patres Crepitantes, omnes audivimus, intellexit nemo. Ubicumque enim terrarum illum audiveris, exótica  dialecto, atque ab hominum captu penitus remota, loquentem admirabere. Sterpsiadem tantummodo Aristophanaeum, quocum ille familiarissime versabatur, ex diuturno frequentissimoque, usu atque colloquio,  vel prorsus intellexisse, vel assequutum pene iudicavero. Ait enim in Nubibus (e):

    (e) Et iusculum, uti tonitru, strepit intus: tum fragor editur ingens;
    Primo sensim pappax: mox inde infert sonitum papappx.
    Et quando caco, tum demum papapappax.

    Quae quidem verba non apud fungos aliquos aut bardos Strepsiades protulit, sed coram sapientissimo illo Socrate. Habemus igitur Patres Crepitantes, suam Crepitui dialectum et loquendi normam prorsus inesse; ut falso qui invidiam illi apud omnes constare magnopere student, tam arguti Rei incomptam garrulitatem, torperemque nobis obiiciant. Obblaterent nunc Patres Crepitantes, obganniant qui Crepitus hebitudinem et blaesum obtusumque linguae torporem gravissimis verborum protelis insectantur. Loquitur ille me hercule,immo triplici sermonis dialecto utitur. Nam aliquando pappax, qui adultiore sunt aetate papappx, qui virili papapappax.

    (Como buen filólogo el Deán de Alicante transcribe también en griego los versos de Aristófanes)

    Su idioma o lenguaje, todos lo oímos y nadie lo entiende: en cualquier clima o país que se le observare, se escuchará con admiración su dialecto exótico inaccesible a la penetración de los hombres. Sólo sí podrá creerse que Estrepsiades el de Aristófanes, su camarada e íntimo amigo, lo conoció a fondo por su mucho trato y familiaridad, y así dice (in Nubibus)

         Cual trueno, el caldo resonar se siente
         en mi buche; se sigue un estallido,
        y en voz baja un papax; luego despedido
        un pappappax ruidoso; y finalmente
        con un pappappappax alborotado,
        hago la caca, y quedo sosegado.

    Y esto no se contaba a algunos mentecatos o babiecas, sino al sapientísimo Sócrates en sus mismos bigotes. Tenemos, pues, probado, que no vive sin su lenguaje el señor Pedo, y que faltan a lo cierto los que, queriéndole malquistar con todos, acusan de guirigay y de torpeza a reo tan ingenioso y elocuente. Váyanse pues en hora mala y gruñan cuanto quieran satirizando y maldiciendo al pobre Pedo, notándole de balbuciente y tartamudo. A fe mía que habla, y no como quiera, sino en tres dialectos distintos; ya dice pappax: cuando más adulto pappappax; y en su edad varonil pappappappax.

    Estos temas tan “escatológicos” fueron recurrentes en el propio Aristófanes y en otros muchos autores antiguos y modernos.

    Por supuesto, el texto de Aristófanes es ampliamente citado en la obra comes de Claude F.X. Mercier, Eloge du pet: dissertation historique, anatomique et philosophique sur son origine, son antiquité, ses vertus, sa figure, les honneurs qu'on lui a rendus chez les peuples anciens et les faceties, auxquelles il a donné lieu (Paris: Favre, 1799), de la que tomo esta ilustración:

    Parece como si al hombre adulto le costase romper con esa etapa tan característica del desarrollo infantil en la que el niño descubre y parece regodearse en estos temas “escatológicos” y que Sigmund Freud situó entre los dos y cuatro años de edad. El asunto se merece sin duda un artículo más extenso y ampliamente documentado, que en su momento haré. Mientras tanto afirmaré una vez mas “Nihil novum sub sole”  y reproduciré este grabado de Goya titulado "Sopla".

     

  • «Ubi bene, ibi patria». Tu patria está en donde te encuentras a gusto

    Son muy numerosos los textos clásicos en los que se exalta el patriotismo de los ciudadanos, tanto en Grecia, en donde se sentían muy superiores al resto del mundo, al que llaman “bárbaro” porque no hablan griego sino que balbucean, como en Roma, en donde se sabían también los dominadores del mundo.

    Son muy numerosas las máximas, sentencias, frases que condensan en pocas palabras ese amor a la patria o exaltan los heroicos servicios prestados por ciudadanos ejemplares.

    Citaré y comentaré algunas de estas máximas que exaltan el patriotismo.

    Cicerón, en la primera de sus famosas Catilinarias, discursos en contra de Catilina, que había intentado dar un golpe de estado y provocar una revolución, (una conjuración), pronuncia la frase en la que se presenta la patria como una “madre”, tópico y lugar común sempiterno que juega con los sentimientos más profundos de los hombres, que siempre son hijos de una madre:

    La patria es la madre común de todos

    Patria est communis omnium parens

    Pero será mejor leer el  párrafo entero que contextualice la frase, en el que Cicerón  invita a Catilina a que abandone la ciudad, lo que supondría una confesión de culpabilidad por su parte del intento de subvertir el orden republicano y de atentar contra su propia madre. 

    Cicerón,Catilinarias,1,7,17:

    Si tus padres te temieran y aborrecieran y por ningún medio pudieras aplacarlos, supongo que te retirarías a algún sitio, lejos de su vista;  pues bien, ahora la patria, madre común de todos nosotros, te aborrece y te teme y ya hace tiempo que no aguarda de ti sino intentos parricidas; ¿no respetarás su autoridad, ni te someterás a su juicio, ni temerás su poder? Ella trata contigo, Catilina, y aunque callada, te habla así en cierto modo:…

    si te parentes timerent atque odissent tui neque eos ratione ulla placare posses, ut opinor, ab eorum oculis aliquo concederes. nunc te patria, quae communis est parens omnium nostrum, odit ac metuit et iam diu nihil te iudicat nisi de parricidio suo cogitare: huius tu neque auctoritatem verebere nec iudicium sequere nec vim pertimesces? quae tecum, Catilina, sic agit et quodam modo tacita loquitur:

    Sigue el texto de Cicerón en el que  la patria, personificada como una madre preocupada, habla con su cruel hijo Catilina. Invito al lector a que lea este famoso discurso que comienza con las palabras mil veces citadas y con las que muchos alumnos percibieron por primera vez la fuerza de la oratoria:

    ¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?

    Quo usque tándem abutere, Catilina, patientia nostra?

    En otra obra suya el mismo Cicerón presenta el amor a la patria como la conjunción de todos los amores que un buen ciudadano tiene:

    Cicerón, Tratado de los deberes, De officiis, 1,17,57)

    Queridos son los padres, queridos los hijos, los parientes, los amigos; pero el amor a la patria contiene todos estos amores.

    Cari sunt parentes, cari liberi, pripinqui, familiares; sed omnes ómnium caritates patria una complexa est.

    Así que la patria debe estar por encima de todo, incluso de los hijos, según dice Séneca en su tragedia Las Troyanas,332: 

    Un rey debe anteponer la patria a sus hijos,

    Praeferre patriam liberis regem decet:

    También conviene leer el texto de Cicerón, ahora de cierta extensión, porque nos ilustra suficientemente sobre el concepto de “patria” de un nacionalista romano:

    De officiis, 1,17 (53-58)

    La sociedad humana ofrece diversos grados. Después de esta primera, que es la más extensa, hay la sociedad de todos aquellos que pertenecen a una misma nación y hablan una misma lengua, lo cual constituye un vínculo que liga muy estrechamente a los hombres, y una sociedad todavía más íntima y apretada es aquella que une a los habitantes de una misma ciudad. Muchas cosas son comunes a los ciudadanos: foro, templos, pórticos, calles, leyes, derechos, tribunales, sufragios, relaciones familiares, amistades, negocios, intereses. Y todavía es más estrecho el ligamen que une a los miembros de una misma familia. Así, pues, la sociedad humana, de su forma universal e inmensa, pasa por gradación a constituir un círculo muy restringido y limitado.

    Como la naturaleza ha dado a todos los animales el deseo de reproducirse, la sociedad primigenia es el matrimonio; los hijos estrechan aún más la unión matrimonial, y la relación con ellos constituye una segunda sociedad y también la unidad de la casa, donde todas las cosas son comunes a quienes la habitan. Es éste el primer principio de la sociedad y como el semillero de la república. Sigue la unión entre hermanos, entre primos hermanos y primos segundos, y cuando una sola casa no es suficientemente capaz para contener a todos ellos, éstos se disgregan formando nuevas casas, a modo de colonias. Siguen luego los matrimonios y las afinidades que aumentan el número de los parientes. En la propagación fecunda de la prole radica el origen de los Estados. La comunidad de sangre crea benevolencia y amor entre los hombres y es cosa admirable sentirse unidos por la comunidad de antepasados, por el cumplimiento de los mismos ritos sagrados, por la tenencia de sepulcros comunes.

    Pero de todas las formas de sociedad la más noble y sólida es la que se crea cuando hombres virtuosos y dotados de caracteres afines, se unen entre sí con profunda y sincera amistad. En efecto, esa honestidad de la que tanto hablamos posee la extraña virtud de que, si la advertimos en otros, nos hace amigos de aquellos en quienes mora. Y si es verdad que toda virtud nos atrae y nos hace amar a las personas en quienes creemos que reside, no lo es menos que la justicia y la liberalidad producen este efecto aún más interesante.

    Nada más idóneo para despertar este afecto y estrechar los corazones que la semejanza de costumbres en las personas de bien. De dos hombres que tienen los mismos gustos, las mismas inclinaciones, cada uno de ellos ama al otro como a sí mismo, y ocurre entonces lo que exige Pitágoras, como característica esencial de la verdadera amistad, a saber, que dos almas se fundan en una sola. Del recíproco cambio de buenos oficios también nace una unión íntima entre benefactores y beneficiados, siempre que haya correspondencia y gratitud.

    Pero cuando se ha recorrido con el pensamiento los grados  todos de las sociedades  humanas y las relaciones que entrañan, ninguno tan importante como la que vincula a cada uno de nosotros con la república. Sentimos amor por nuestros padres, nuestros hijos, nuestros parientes, pero sólo la patria compendia todos estos amores, y ¿qué hombre de bien dudaría en morir por ella si supiese que con su muerte había de servirla? Y esto es precisamente lo que hace tan execrable la barbarie de aquellos hombres que, con toda suerte de atentados, han desgarrado el seno de la patria y han trabajado por destruirla y aniquilarla.

    Si se quiere hacer una labor de comparación para determinar a quién debemos mayor obsequio y con quién estamos más obligados, es preciso situar en puesto preferente la patria y los padres, por los beneficios que les debemos; luego los hijos y toda la familia, los cuales tienen su mirada puesta en nosotros y nos estiman como su único amparo; después los parientes que están en buenas relaciones con nosotros y con los que tenemos suerte y destino comunes. Por esta razón, debemos principalmente a las personas enumeradas las ayudas necesarias para el sostén de la vida; pero la vida íntima, los consejos, los coloquios, las exhortaciones y consuelos e, incluso, en ocasiones, los reproches, tienen su máximo empleo y valor en la amistad, tanto más entrañable cuanto más fundada en la conformidad de caracteres. (Traducción de José Santa Cruz Teijeiro. Editora Nacional.1975)

    [53] 17. Gradus autem plures sunt societatis hominum. Ut enim ab illa infinita discedatur, propior est eiusdem gentis, nationis, linguae, qua maxime homines coniunguntur; interius etiam est eiusdem esse civitatis; multa enim sunt civibus inter se communia, forum, fana, porticus, viae, leges, iura: iudicia, suffragia, consuetudines praeterea et familiaritates multisque cum multis res rationesque contractae.
    Artior vero colligatio est societatis propinquorum; ab illa enim immensa societate humani generis in exiguum angustumque concluditur.

    [54] Nam cum sit hoc natura commune animantium, ut habeant libidinem procreandi, prima societas in ipso coniugio est, proxima in liberis, deinde una domus, communia omnia; id autem est principium urbis et quasi seminarium rei publicae. Sequuntur fratrum coniunctiones, post consobrinorum sobrinorumque, qui cum una domo iam capi non possint, in alias domos tamquam in colonias exeunt. Sequuntur conubia et affinitates, ex quibus etiam plures propinqui; quae propagatio et suboles origo est rerum publicarum. Sanguinis autem coniunctio et benivolentia devincit homines et caritate;
    [55] magnum est enim eadem habere monumenta maiorum, eisdem uti sacris, sepulcra habere communia.

    Sed omnium societatum nulla praestantior est, nulla firmior, quam cum viri boni moribus similes sunt familiaritate coniuncti; illud enim honestum quod saepe dicimus, etiam si in alio cernimus, tamen nos movet atque illi, in quo id inesse videtur, amicos facit.

    [56] Et quamquam omnis virtus nos ad se allicit facitque, ut eos diligamus, in quibus ipsa inesse videatur, tamen iustitia et liberalitas id maxime efficit. Nihil autem est amabilius nec copulatius quam morum similitudo bonorum; in quibus enim eadem studia sunt, eaedem voluntates, in iis fit ut aeque quisque altero delectetur ac se ipso, efficiturque id, quod Pythagoras vult in amicitia, ut unus fiat ex pluribus.

    Magna etiam illa communitas est, quae conficitur ex beneficiis ultro et citro datis acceptis, quae et mutua et grata dum sunt, inter quos ea sunt, firma devinciuntur societate.

    [57] Sed cum omnia ratione animoque lustraris, omnium societatum nulla est gravior, nulla carior quam ea, quae cum re publica est uni cuique nostrum. Cari sunt parentes, cari liberi, propinqui, familiars, sed omnes omnium caritates patria una complexa est, pro qua quis bonus dubitet mortem oppetere, si ei sit profuturus? Quo est detestabilior istorum immanitas, qui lacerarunt omni scelere patriam et in ea funditus delenda occupati et sunt et fuerunt.

    [58] Sed si contentio quaedam et comparatio fiat, quibus plurimum tribuendum sit officii, principes sint patria et parentes, quorum beneficiis maximis obligati sumus,proximi liberi totaque domus, quae spectat in nos solos neque aliud ullum potest habere perfugium, deinceps bene convenientes propinqui, quibuscum communis etiam fortuna plerumque est.

    Quam ob rem necessaria praesidia vitae debentur iis maxime, quos ante dixi, vita autem victusque communis, consilia, sermones, cohortationes, consolationes, interdum etiam obiurgationes in amicitiis vigent maxime, estque ea iucundissima amicitia, quam similitudo morum coniugavit.

    Todo  el texto anterior lo sintetiza el propio Cicerón en dos palabras que expresan dos sentimientos a los que normalmente recurren todos los nacionalismos en su De natura deorum 3,40, (94):

    Por la religión y la patria. (Por los altares y por los hogares),

    Pro aris et focis.

    Nos dice el párrafo completo, al final ya de la obra de Cicerón:

    ……
    Y tras decir esto, finalizó Cota. Lucilio, por su parte dijo: “Tú, Cota, te has lanzado, y con gran vehemencia, contra ese razonamiento de los estoicos acerca de la providencia de los dioses, razonamiento que ellos establecieron muy devota y sabiamente.  Pero ya que cae el véspero, nos concederás algún otro día para que podamos hacer frente a todo ello. Y es que tengo pendiente contigo una disputa en relación con los altares y los hogares, con los templos y los santuarios de los dioses, y en relación con los muros de la ciudad, los cuales, según decís vosotros, los pontífices, son sagrados, de modo que rodeáis la ciudad más cuidadosamente por medio de la religión que con las propias murallas. Sería para mí un delito dejar al margen estas cosas, al menos en tanto me quede el aliento. (Traducción de Angel Escobar. Editorial Gredos.1999)

    [94] Quae cum dixisset, Cotta finem. Lucilius autem “Vehementius” inquit “Cotta tu quidem invectus es in eam Stoicorum rationem quae de providentia deorum ab illis sanctissume et prudentissume constituta est. sed quoniam advesperascit, dabis nobis diem aliquem ut contra ista dicamus. est enim mihi tecum pro aris et focis certamen et pro deorum templis atque delubris proque urbis muris, quos vos pontifices sanctos esse dicitis diligentiusque urbem religione quam ipsis moenibus cingitis; quae deseri a me, dum quidem spirare potero, nefas iudico.”

    Los  textos anteriores de Cicerón no son  resultado de un pensamiento innovador, sino fruto de la observación y aplicación del sentido común elemental. Esta es sin duda una de las razones por las que los antiguos nos son tan cercanos o próximos. O bien ellos han modelado en parte nuestra forma de pensar y nuestra identidad o es que las cosas eran y son tal como ellos las presentan muy acordes con el sentido común o común sentir de los hombres.

    En el fragmento leído queda de manifiesto que ese sentido de la identidad es el que lleva a    afirmar  “quiero a mi patria no porque es grande sino porque es mía”,  lo que explica muchos de los comportamientos sociales y políticos de los hombres, en los que no es la razón la que se impone sino el sentido de identidad con el grupo.

    La idea la expresó magistralmente Séneca. En un contexto en el que habla del valor de la virtud por sí misma, independientemente de la acción en la que consista, dice  en Epistolas, 66,26:

    Ulises se apresura hacia el peñasco de su querida Itaca con el mismo ímpetu que Agamenón a los nobles muros de Micenas. Nadie ama a su patria porque es grande, sino porque es suya.

    Vlixes ad Ithacae suae saxa sic properat, quemadmodum Agamemnon ad Mycenarum nobiles muros. Nemo enim patriam quia magna est amat, sed quia sua

    En la larga cita anterior de Cicerón se exaltaba incluso la muerte en beneficio de la patria. Pero sin duda la máxima más citada y conocida al respecto es la famosa de Horacio en Odas, 3,2,13:

    Es dulce y honroso morir por la patria.

    Dulce et decorum est pro patria mori

    Como quiera que esta Oda , que canta y exalta la virtud, el valor  o condición del auténtico hombre, vir, (eso es lo que significa la palabra virtud, virtus), no es excesivamente larga, aun a riesgo de cansar a algún lector menos interesado, la reproduciré íntegra en latín y en la traducción que Javier Roca hizo para la Editorial Lumen en el año 1975:

    La estrecha pobreza
    aprenda a soportar el muchacho
    por la ruda milicia endurecido:
    jinete de lanza terrible,
    persiga a los partos feroces;
    y viva al aire libre, entre alarmas.
    Y al verle desde el muro enemigo
    la esposa del déspota guerrero
    y su hija crecida suspiren:
    no vaya el real prometido,
    inexperto en cuestiones de guerra,
    a provocar al hirsuto león,
    al que un rabia sangrienta
    arrastra entre matanzas

    Es dulce y hermoso morir por la patria.
    La muerte persigue al que huye; no perdona
    rodillas ni espalda cobarde
    de una juventud sin coraje.
    Valor desconoce la vergüenza
    de la derrota, se ilumina
    con honores sin mácula; no toma
    ni depone las hachas según sopla el viento
    de la ciudad.
    El valor abre el cielo
    al que no merecía la muerte;
    se abre un camino
    donde no lo hay y desprecia en su vuelo
    asambleas del vulgo y la húmeda tierra.
    Hay un premio que el silencio custodia
    para el fiel. ¡No! Prohibo
    que quien haya revelado los misterios
    sagrados de Ceres, se acoja
    bajo mi techo o que zarpe conmigo
    en una barca frágil. Muchas veces
    Júpiter ofendido unió al inocente
    con el pecador. Casi nunca
    la Pena renqueante olvidó al criminal,
    por más que éste tomara la delantera.

    Angustam amice pauperiem pati
    robustus acri militia puer
    condiscat et Parthos ferocis
    vexet eques metuendus hasta
    vitamque sub divo et trepidis agat
    in rebus. illum ex moenibus hosticis
    matrona bellantis tyranni
    prospiciens et adulta virgo
    suspiret “eheu, ne rudis agminum
    sponsus lacessat regius asperum
    tactu leonem, quem cruenta
    per medias rapit ira caedes.”
    dulce et decorum est pro patria mori:
    mors et fugacem persequitur virum
    nec parcit inbellis iuventae
    poplitibus timidoque tergo.
    Virtus, repulsae nescia sordidae,
    intaminatis fulget honoribus
    nec sumit aut ponit securis
    arbitrio popularis aurae.
    Virtus, recludens inmeritis mori
    caelum, negata temptat iter via
    coetusque volgaris et udam
    spernit humum fugiente penna.
    est et fideli tuta silentio
    merces: vetabo, qui Cereris sacrum
    volgarit arcanae, sub isdem
    sit trabibus fragilemque mecum
    solvat phaselon; saepe Diespiter
    neglectus incesto addidit integrum,
    raro antecedentem scelestum
    deseruit pede Poena claudo.

    Y el propio Cicerón otra vez, en una de las Filípicas o discursos que pronunció contra el triunviro Marco Antonio y que llamó “Filípicas” en un intento de evidente parangón con los discursos que Demóstenes pronunció contra Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro, que se apoderó de Grecia.

    (Nota: muy caros le costaron a Cicerón estos discursos, pero eso es asunto para otra ocasión).

    Pues bien en Filipicas, 14,11, 31 dice Cicerón:

    Oh feliz muerte la de aquel que paga su deuda a la naturaleza en defensa de la patria.

    O forunata mors, quae natura debita, pro patria est potissimum reddita!

    La deuda con la naturaleza, que nos da la vida, es naturalmente la muerte, deuda que hasta el día de hoy nadie ha dejado de pagar.

    Ofreceré también un amplio texto, que nos ayuda a entender tal vez la mística guerrera y patriota de este discurso habido en el Senado el 21 de abril del año 43 a.C., en el que Cicerón se opone a levantar el “estado de excepción”  y reclama honores para los generales y legionarios que luchan contra Marco Antonio, enemigo de la República; la retórica de estas ocasiones sigue siendo hoy en día muy similar, como apreciará el atento lector:

    Cicerón, Filípica, XIV, 11 (31) y ss.

    ¡Ojalá me vengan a la cabeza muchos modos de honrar a estos. Dos ciertamente no pasaré por alto, que principalmente se me ocurren. Uno de ellos se refiere a la gloria sempiterna de estos valerosísimos ciudadanos; el otro a  mitigar la tristeza y luto de sus familias.

    Así pues me gustaría, padres conscriptos, que se construya el mayor  de los monumentos a los soldados de la legión de Marte y a los que cayeron luchando juntamente con ellos. Grandes e increíbles son los merecimientos de esta legión para con la República. Ella fue la primera que se apartó del latrocinio de Antonio; ella se apoderó de Alba; ella la que se puso a las órdenes de César; imitándola a ella, la cuarta legión ha conseguido una gloria similar por su valor. La cuarta, victoriosa, no echa en falta a ningún soldado. De la de Marte perecieron unos pocos en su victoria. Oh muerte afortunada, que siendo debida a la naturaleza, la habéis convertido especialmente en pago a favor de la patria.

    Creo que vosotros habéis nacido verdaderamente para la patria; que de vosotros es también propio el nombre de Marte, pues parece que un mismo dios ha creó esta ciudad para los pueblos y a vosotros para esta ciudad. La muerte en la huida es ignominiosa, en la victoria es gloriosa. El mismo Marte suele cobrarse  a los más fuertes del ejército. Así pues, aquellos impíos a quienes matasteis también pagarán en los infiernos las penas de su parricidio. Pero vosotros que exhalasteis el último aliento en la victoria, habéis conseguido el sitio y lugar de los piadosos.  Se nos ha concedido por la naturaleza una vida breve; pero el recuerdo de la vida bien devuelta es eterno. Pues si no fuese (el recuerdo) más largo que esta vida, ¿ quién sería tan loco que se afanara con los mayores esfuerzos y peligros por la mayor gloria y alabanza?

    Si la reputación no durase más que nuestra vida, ¿quién sería tan insensato que intentara adquirir fama y gloria a costa de tantos trabajos y peligros?  Así pues, vuestras preclaras acciones, soldados muy valientes mientras vivisteis, ahora también  soldados venerados, lo que hizo vuestro valor, podrán ser sepultados ni por el olvido de quienes ahora existen ni por el silencio de los han de venir, porque el senado y el pueblo Romano os han de levantar casi con sus propias manos un monumento inmortal.

    Muchas veces muchos ejércitos nuestros fueron brillantes y grandes en las guerras Púnicas, Gálicas, Itálicas, y sin embargo a ninguno se les tributo tal género de honor. ¡Ojalá podamos nosotros hacer mayores cosas, porque ciertamente hemos recibido de vosotros el mayor beneficio! Vosotros echasteis de la ciudad (Roma) a un Antonio furioso; vosotros le repelisteis cuando de nuevo intentó volver.

    Así pues se levantará un monumento de una obra magnífica, y las letras grabadas serán testigos eternos de vuestro divino valor. Nunca callarán sobre vosotros las palabras agradecidas de aquellos que o vean vuestra monumento u oigan hablar de él. Así, en vez de la condición mortal de la vida, habéis conseguido la inmortalidad.

    11 (31) Quorum de honore utinam mihi plura in mentem venirent! Duo certe non praeteribo, quae maxime occurrunt, quorum alterum pertinet ad virorum fortissimorum gloriam sempiternam, alterum ad leniendum maerorem et luctum proximorum.

    12. placet igitur mihi, patres conscripti, legionis Martiae militibus et eis qui una pugnantes occiderint monumentum fieri quam amplissimum. Magna atque incredibilia sunt in rem publicam huius merita legionis. haec se prima latrocinio abrupit Antoni; haec tenuit Albam; haec se ad Caesarem contulit; hanc imitata quarta legio parem virtutis gloriam consecuta est. quarta victrix desiderat neminem: ex Martia non nulli in ipsa victoria conciderunt. O fortunata mors quae naturae debita pro patria est potissimum reddita! [32] vos vero patriae natos iudico; quorum etiam nomen a Marte est, ut idem deus urbem hanc gentibus, vos huic urbi genuisse videatur. in fuga foeda mors est; in victoria gloriosa. etenim Mars ipse ex acie fortissimum quemque pignerari solet. illi igitur impii quos occidistis etiam ad inferos poenas parricidi luent; vos vero qui extremum spiritum in victoria effudistis piorum estis sedem et locum consecuti. brevis a natura vita nobis data est; at memoria bene redditae vitae sempiterna. quae si non esset longior quam haec vita, quis esset tam amens qui maximis laboribus et periculis ad summam laudem gloriamque contenderet? actum igitur praeclare vobiscum, [33] fortissimi, dum vixistis, nunc vero etiam sanctissimi milites, quod vestra virtus neque oblivione eorum qui nunc sunt nec reticentia posterorum sepulta esse poterit, cum vobis immortale monumentum suis paene manibus senatus populusque Romanus exstruxerit. multi saepe exercitus Punicis, Gallicis, Italicis bellis clari et magni fuerunt, nec tamen ullis tale genus honoris tributum est. atque utinam maiora possemus, quando quidem a vobis maxima accepimus! vos ab urbe furentem Antonium avertistis; vos redire molientem reppulistis. erit igitur exstructa moles opere magnifico incisaeque litterae, divinae virtutis testes sempiternae, numquamque de vobis eorum qui aut videbunt vestrum monumentum aut audient gratissimus sermo conticescet. ita pro mortali condicione vitae immortalitatem estis consecuti.

    Sin duda uno de los textos más conocidos de amor a la patria hasta dar la vida por ella es el famoso epitafio de los Espartanos que en las Termópilas,  al mando del rey Leónidas, que ya tenía sesenta años, contuvieron mientras vivieron al poderosísimo ejército persa. La película “300”, dirigida en el año 2007 por Zack Snyder, adaptación del comic del mismo nombre de Frank Miller y Lynn Varley, sin duda ha contribuido a dar a conocer entre un público variado la hazaña de Leónidas y sus compañeros.

    El famoso epitafio lo cita Cicerón en su obra Tusculanas,1,42,101:

    Extranjero, di en Esparta que nos has visto aquí sepultados, obedeciendo las sagradas leyes de la patria.

    Dic, hospes, Spartae, nos te hic vidisse iacentes/ dum sanctis patriae legibus obequimur.

    Cicerón ensalza a quienes afrontan la muerte con fortaleza de ánimo. En ese contexto trae a la memoria la acción de Leónidas y los espartanos, con dos frases lapidarias, que hasta hoy se repiten, una la del propio epitafio la otra la de la lucha a la sombra de los dardos persas:

    Tusculanas,1,42,101:

    Mas ¿para qué nombrar a generales y príncipes, cuando Catón escribe que muchas veces las legiones marcharon  alegres a aquel lugar de dónde sabían que no iban a volver? Con igual ánimo cayeron los lacedemonios en las Termópilas, para los cuales Simónides (escribió estos versos):

    Dí, huésped, a Esparta que tú aquí  nos has visto yacentes,
    Mientras cumplimos las santas leyes de la patria.

    ¿Y lo que su famoso general les dijo? Luchad con ánimo esforzado, Lacedemonios, tal vez hoy cenaremos en los infiernos. Esta fue la fortaleza de aquella gente, mientras regían las leyes de Licurgo. Cuando el enemigo Persa les dijo fanfarrón en una conversación: “no veréis el sol por la cantidad de dardos y flechas”, uno de ellos le contestó:”pues lucharemos a la sombra”.

    sed quid duces et principes nominem, cum legiones scribat Cato saepe alacris in eum locum profectas, unde redituras se non arbitrarentur? pari animo Lacedaemonii in Thermopylis occiderunt, in quos Simonides:

    Dic, hospes, Spartae nos te hic vidisse iacentis,
    Dum sanctis patriae legibus obsequimur.

    quid ille dux Leonidas dicit? “pergite animo forti, Lacedaemonii, hodie apud inferos fortasse cenabimus.” fuit haec gens fortis, dum Lycurgi leges vigebant. e quibus unus, cum Perses hostis in conloquio dixisset glorians: “solem prae iaculorum multitudine et sagittarum non videbitis”, “in umbra igitur” inquit “pugnabimus.”

    Me recuerda lo que, según Cicerón,  dice Catón a esos documentales sobre las dos últimas guerras mundiales en las que vemos marchar al frente a batallones de jóvenes  infelices con una sonrisa no sabemos si inconsciente o forzada. Así me imagino a las legiones romanas; a fin de cuentas la guerra no ha cambiado tanto más allá de la capacidad destructiva del armamento.

    Pero ya en la Antigüedad se  preguntaron, como hoy lo hacemos: ¿qué es la patria?. La palabra, evidentemente deriva de “pater, -tris”, padre; significa por tanto “tierra paterna”  y según la Academia designa a la tierra natal o adoptiva a la que se siente ligado el ser humanos por vínculos jurídicos, históricos y afectivos. La patria es, pues, el lugar o país donde se ha nacido y por extensión la tierra que te adopta.

    Pues bien, muchos antiguos tuvieron que alejarse del lugar en el que nacieron por diversas razones. El Mediterráneo fue un espacio o mar abierto por el que se movían barcos y ciudadanos de muchas ciudades. Algunos se asentaron en lugares lejanos; por ejemplo comerciantes, soldados que “sirvieron a la patria” lejos de su pueblo, ciudadanos aventureros u obligados por la necesidad a buscarse un lugar y modo de vida mejores, ciudadanos condenados u obligados al exilio… Es la misma realidad que no ha dejado de existir hasta nuestros días, en el que el movimiento y desplazamiento de personas es constante.

    Pues bien, estas personas cuestionaron ese concepto de patria, que en su primitiva acepción les condenaba a ser “apátridas”, es decir, “sin patria”. Al mismo tiempo, en ese contexto de mundo abierto a todo tipo de viajeros, algunos pensadores se percataron de la radical igualdad de todos los hombres. Dos ejemplos famosos son Diógenes el Cínico y Sócrates

    Según nos cuenta Diógenes Laercio en Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, en el libro VI, 38, a propósito del otro Diógenes, el de Sinope, el Cínico:

    … Solía decir que en él se habían reunido todas las maldiciones de la tragedia, ya que estaba:

           Sin patria, sin techo, lejos del hogar,
          Mendigo errante a la merced de la ocasión

    El término que utiliza es ἄπολις, a-polis, como a-patrida

    Ciertamente Diógenes se siente desarraigado de las circunstancias que rodean y dan identidad particular a los hombres: sin ciudad, sin casa propia, lejos del hogar…; así que no es de extrañar la respuesta que dio a la pregunta frecuente: ¿de dónde eres?

    Poco después, en el libro VI, 63:

    Preguntado de dónde era, dijo: “soy ciudadano del mundo”

    ἐρωτηθεὶς πόθεν εἴη, "κοσμοπολίτης," ἔφη
    (erotezeís pózen eie, “kosmopolítes” éfe)

    Si la respuesta es auténtica, el famoso término “cosmopolita”, ciudadano del mundo,  se habría utilizado ya por Diógenes.

    En uno de los textos  que más abajo cito, también el incorruptible Sócrates, al ser preguntado de qué país era, respondió que era “habitante del mundo”, “mundanum incolam”.

    Pero tal vez la frase más conocida y citada sea la de Terencio en su comedia  Heautontimorumenos: Actus I, Escaena I, v. 77):

    Soy hombre; nada de lo que es humano lo considero ajeno a mí"

    Homo sum, humani nihil a me alienum puto

    que se suele emplear para expresar el sentimiento de solidaridad.

    El nombre griego Heautontimorumenos significa "el que se atormenta a sí mismo" y se refiere al sentimiento de un padre, que se arrepiente de haber sido excesivamente severo con su hijo. Es la comedia típica de trama complicada con múltiples enredos en la que todo acaba bien al final, como es de obligado cumplimiento en este tipo de comedias.

    Doy una cita más larga para contextualizarlo y comprobar cómo poco tiene que ver el significado elemental y jocoso que le da Terencio con el sentido transcendente de que se ha cargado después. Se cita como expresión de la “humanitas” de Terencio

    Heautontimorumrnos, versos 75-86 (23-34)

    (Cremes se preocupa por el trabajo excesivo que Menedemo realiza en su campo…)

    MENEDEMO:
    Cremes, ¿Tanto tiempo libre te dejan tus propios asuntos para preocuparte de cuestiones que nada te incumben?
    CREMES:
    Hombre soy y nada de lo humano considero que me sea ajeno. Imagínate que te doy un consejo o que te hago una pregunta a fin de que, si es correcta tu actuación, obre como tú; y si no lo es, te haga desistir de ella.
    MENEDEMO:
    Lo tengo que hacer así. Tú hazlo como lo tengas que hacer.
    CREMES:
    ¿Qué hombre precisa darse tormento?
    MENEDEMO:
    Yo
    CREMES:
    No querría que tuvieras ninguna fatiga. Pero ¿cuál es ese mal? Te pregunto. ¿Por qué te has hecho digno de tan gran sufrimiento?
    MENEDEMO:
    (se echa a llorar) ¡Ay!
    CREMES:
    No llores y cuéntame qué te pasa, sea lo que sea. No te calles, no temas, confía en mí, te digo. Te ayudaré con mi consuelo, con mis consejos o con mi hacienda.

    (Traducción de Gonzalo Fontana Elbog. Editorial Gredos,

    Menaedemus.
    Chreme, tantumne est ab re tua oti tibi
    Aliena ut cures, eaque nihil quae ad te attinent?

    Chremes.
    Homo sum: humani nihil a me alienum puto.
    Vel me monere hoc, vel percontari puta.
    Rectum est? ego ut faciam: non est? te ut deterream.

    Menaedemus.
    Mihi sic est usus: tibi ut opus facto est, face.

    Chremes.
    An cuiquam est usus homini se ut cruciet?

    Menaedemus.
    Mihi.

    Chremes.
    Si quid laboris est, nollem: sed quid istuc mali est,
    Quaeso? quid de te tantum meruisti?

    Menaedemus.
    Eheu!

    Chremes.
    Ne lacrima: atque istuc quicquid est fac me ut sciam:
    Ne retice: ne verere: crede, inquam, mihi,
    Aut consolando, aut consilio, aut re iuvero.

    El verso en cuestión ha sido repetidamente citado ya desde la Antigüedad; así lo hizo  Cicerón en “Sobre los deberes, I,30”,(De Officiis, I,30),  en que comenta que es muy difícil preocuparnos por los problemas de los demás como si fueran nuestros.

    También Séneca, Episulaet. 95, 53, repite el verso que según él tenemos en el corazón y en la boca para reforzar su idea de que los hombres somos solidarios y estamos hechos de la misma materia.

    San Agustín, Epist. 155,4,14, , que cuenta además que el teatro estalló en aplausos cuando el actor la pronunció (ferunt etiam theatra tota, plena stultis indoctisque, aplausisse), pero la noticia no parece ser histórica; por otra parte la pretensión de universalidad de San Agustín nada tiene que ver con la intención de Terencio. Ofrezco el párrafo entgero de San Agustín para comprobar además cómo los santos padres de la Iglesia integran la tradición pagana en su doctrina cristiana

    Tratemos, pues, con todas nuestras fuerzas de que lleguen también a El aquellos a los que amamos como a nosotros mismos, si amando a Dios sabemos ya amarnos a nosotros mismos. Porque Cristo, es decir, la Verdad, dice que toda la ley y los profetas se condensan en dos preceptos: Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, y amar al prójimo como a nosotros mismos. En este lugar hemos de entender próximo o prójimo, no al allegado por los lazos de la sangre, sino por la comunidad de la razón en la que vivimos asociados todos los hombres. Si el dinero asocia a los hombres, ¿cuánto más los asocia esa razón de la naturaleza que es común, no por ley de negocio, sino por ley de nacimiento? El resplandor de la verdad no se oculta a los ingenios claros. Por eso el cómico pone en boca de un viejo estas palabras dirigidas a otro viejo:

    ¿Tan descansado estás de tus asuntos para preocuparte de los ajenos, que nada te atañen?

    Y el otro viejo responde:

    Hombre soy, y nada de lo humano deja de interesarme.

    Dicen que esa salida la aplaudió el teatro en pleno, aunque estaba atestado de necios e ignorantes. De tal modo la comunidad de las almas humanas toca el afecto natural de todos, que no se halló en el teatro un hombre que no se sintiera próximo o prójimo de todos.
    (Traducción: Lope Cilleruelo, OSA)

    4. 14. Ad illum ergo quanta opera possumus, etiam illi ut perveniant agamus, quos tamquam nosmetipsos diligimus, si nosmetipsos diligere, illum diligendo iam novimus. Christus namque, id est Veritas, dicit in his duobus praeceptis totam legem Prophetasque pendere, ut diligamus Deum ex toto corde, ex tota anima, ex tota mente, et diligamus proximos tamquam nosmetipsos 15. Proximus sane hoc loco, non sanguinis propinquitate, sed rationis societate pensandus est, in qua socii sunt omnes homines. Nam si pecuniae ratio socios facit, quanto magis ratio naturae, non negotiandi, sed nascendi lege communis! Hinc et ille comicus (sicut luculentis ingeniis non defit resplendentia veritatis), cum ab uno sene alteri seni dictum componeret:

    Tantumne ab re tua est otii tibi,
    Aliena ut cures ea, quae nihil ad te attinent?

    responsum ab altero reddidit:

    Homo sum, humani nil a me alienum puto.

    Cui sententiae ferunt etiam theatra tota, plena stultis indoctisque, applausisse. Ita quippe omnium affectum naturaliter attigit societas humanorum animorum, ut nullus ibi hominum nisi cuiuslibet hominis proximum se esse sentiret.

    Varrón en uno de los escasos fragmentos de su menipea Dolium escribió también:

    Varron, Saturarum  Menippearum reliquiae:  Dolium aut seria:

    El mundo es la gran casa del pequeño hombrecillo

    Mundus domus est máxima  homulli…

    indicando al mismo tiempo la igualdad de los hombres en su amplia casa y escasa entidad individual expresada con “homulli”, diminutivo de “homo”, hombre.

    Así que fueron encontrando respuestas más abiertas y adecuadas a las preguntas:  ¿cuál es mi patria? ¿dónde está la patria?, hasta llegar a la muy famosa y repetida:

    En donde se está bien, allí está la patria

    Ubi bene, ibi patria

    Es un dicho o sentencia latina, resultado de la abreviación del verso de la tragedia Teucro de Pacuvio que Cicerón cita en Cuestiones Tusculanas, 5,37,108.

    Patria est ubicumque est bene (La patria está en cualquier parte en la que se esté bien) parece ser una cita de un verso de Pacuvio, de su tragedia Teucro, en el que cuenta la historia de Teucro, hijo de Telamón y de Hesione, hermana de Priamo, que después de la caída de Troya quiso regresar a su patria Salamina, pero fue rechazado por Telamón porque no pudo evitar la muerte de su hermano Ayax. En busca de un lugar para establecerse llegó a Chipre y se alió con  el rey de Sidón.

    Luego la frase se encuentra en numerosos autores como Curcio, Ovidio, Aulo Gelio etc.

    Cicerón, en este pasaje de sus Cuestiones Tusculanas trata sobre la felicidad del sabio, que desdeña las cosas que aparentemente importantes. tienen escaso valor y necesita cosas bien modestas. Desdeñado el honor, el dinero, se plantea el castigo del exilio, frecuente en la Antigüedad. Pero el exilio apenas si se diferencia de la estancia permanente en el extranjero; se diferencia tan solo en que el exilio va acompañado de la ignominia del castigo. Cita entonces a Sócrates, que contesta como lo hace frecuentemente con una frase lapidaria y cita luego a numerosos personajes, griegos, que marcharon al extranjero y nunca volvieron a su patria.

    Será mejor leer directamente a Cicerón:

    Tusculanae, V, 37,108:

    “Por último para todas las casualidades, la explicación más fácil es la de aquellos que refieren todas las cosas que pasan en la vida al placer, de tal forma  que pueden vivir felizmente en cualquier lugar en el que el placer abunda. Y así puede adaptarse a toda explicación las palabras de Teucro:

    La patria está en cualquier parte en la que se está bien.

    Por cierto Sócrates, cuando se le pidió  que dijese de qué país era, dijo: “Del mundo”.  Pues se consideraba habitante y ciudadano del mundo entero. ¿Pues qué?  ¿No es verdad que Tito Albucio, aunque desterrado, filosofaba en Atenas con ánimo muy ecuánime ? Pero no le hubiese ocurrido aquello mismo si hubiese obedecido  las leyes de Epicuro absteniéndose de la vida pública
    Pues, ¿cómo puede considerarse más dichosos a Epicuro porque vivía en su patria, que a Metrodoro porque vivía en Atenas? ¿O Platón superaba a Jenócrates o Polemón a Arcesilao en que eran más dichosos ?

    Pero, ¿en cuánto ha de valorarse una ciudad de la que son expulsados los buenos y los sabios? Ciertamente, Damarato, padre de nuestro rey Tarquinio, porque no podía  soportar al tirano Cipselo, huyó de Corinto a Tarquinia y allí construyó estableció su fortuna y procreó a sus hijos. ¿Acaso antepuso estúpidamente la libertad del exilio a la esclavitud en su patria?

    [108] postremo ad omnis casus facillima ratio est eorum, qui ad voluptatem ea referunt quae secuntur in vita, ut, quocumque haec loco suppeditetur, ibi beate queant vivere. itaque ad omnem rationem Teucri vox accommodari potest:

    Patria est, ubicumque est bene.

    Socrates quidem cum rogaretur, cuiatem se esse diceret, “mundanum” inquit; totius enim mundi se incolam  et civem arbitrabatur. quid? T. Albucius nonne animo aequissimo Athenis exul philosophabatur? cui tamen illud ipsum non accidisset, si in re publica quiescens Epicuri legibus paruisset.

    [109] qui enim beatior Epicurus, quod in patria vivebat, quam, quod Athenis, Metrodorus? aut Plato Xenocratem vincebat aut Polemo Arcesilam, quo esset beatior? quanti vero ista civitas aestimanda est, ex qua boni sapientesque pelluntur? Damaratus quidem, Tarquinii nostri regis pater, tyrannum Cypselum quod ferre non poterat, fugit Tarquinios Corintho et ibi suas fortunas constituit ac liberos procreavit. num stulte anteposuit exilii libertatem domesticae servituti?

    Así que según la cita de Cicerón en la que se explica el origen de la frase “ubi bene, ibi est patria” que daba título a este artículo, también averiguamos que el incorruptible Sócrates ya se había presentado como habitante, como ciudadano del mundo, “mundanum incolam”.

    Por cierto, el término “mundanum”, que utiliza Cicerón es la traducción del griego kósmios, lo que coincide con la traducción del término griego kosmos por el latino mundum, asunto del que en otro momento hablaré.

    Citaré otras varias expresiones y sentencias latinas cuyo sentido es muy similar, ahora sin encuadrarlas en unas citas más amplias, que el curioso lector podrá fácilmente completar.

    Cualquier suelo puede ser su patria para un hombre (Estacio Thebais,8,320)
    Omne homini natale solum

    Cualquier suelo es la patria de un hombre fuerte, como el mar lo es para los peces. (Ovidio, Fasti,I,493)
    Omne solum forti patria est ut piscibus aequor:

    Ninguna tierra es un exilio, sino otra patria (Séneca, De Remediis Fortunae, 8,1)
    Nulla terra exsilium est, sed altera patria;

    No he nacido para un solo rincón; el mundo entero es mi patria. (Séneca, Epistolas 28,4)
    Non sum uni angulo natus, patria mea totus hic mundus est

    Aquí está mi casa, esta es mi patria. (Virgilio,Eneida, 7,122)
    Hic domus, haec patria est:

    Pero claro está, la visión de la patria, limitada al terruño en que se nace y vive, también tiene algún inconveniente. Recordemos la frase citada curiosamente por los cuatro evangelistas cristianos San Lucas, 4,24; San Matero 13,57, San Marcos 6,14; San Juan 4,44:

    Ningún profeta es bien recibido en su patria. (Nadie es profeta en su tierra).
    Nemo propheta acceptus est in patria sua.

    Nota: con estas citas se entenderá perfectamente por qué a estos evangelios se les llama sinópticos: porque muestran una perfecta coincidencia en el relato, que puede ser “visto junto”, en columnas paralelas.  El término «sinóptico» proviene de los raíces griegas συν (syn, «junto») y οψις (opsomai, «ver»).

    Incluso la patria puede ser muy injusta con sus hijos, como decía el epitafio que según Valerio Maximo,5,3,2, quería Escipión el Africano que se grabara en su tumba:

    Patria ingrata, ni siquiera tienes mis huesos

    Ingrata patria, ne ossa quidem mea habes.

    Valerio Máximo dedica a la ingratitud el capítulo 3 entero del libro V de su obra “Hechos y dichos memorables”. A propósito de Escipion dice en 3.2b:

    Cuando aún no se había apagado el dolor por lo ocurrido, se produjo un nuevo motivo de lamento: porque después de que el Africano el Viejo transformar en dueño de Cartago  a un pueblo romano debilitado y roto por las Guerras Púnicas, a un pueblo casi exánime y moribundo, los ciudadanos para compensar con injusticias esta heroica acción, lo relegaron a una aldea inmunda y a un pantano deshabitado.

    Pero el Africano no se marchó a la tumba sin contar la dureza de este exilio voluntario, ya que ordenó que sobre su sepulcro se escribiera: “¡Qué ingrata eres, patria, que no acoges ni mis huesos!”. ¿Hay algo más indigno que esta vicisitud, algo más justo que sus quejas, o más moderado que esta venganza suya? Se negó a recibir sus cenizas aquella tierra que, precisamente gracias a él, no había quedado reducida a cenizas.

    Ésta fue la única venganza con la que Escipión respondió a la ingratitud de Roma, pero su venganza resulta incluso más dolorosa, ¡por Hércules!, que la violenta actitud de Coriolano, quien atacó a la patria con las armas del terror, mientras que Escipión utilizó sólo la de la vergüenza, porque no quiso expresar queja alguna –tan furtes y sinceros eran sus buenos sentimientos- hasta que no le llegó la muerte. (Traducción de Santiago López Moreda, María Luisa Harto Trujillo y Joaquín Villalba Alvarez. Edit. Gredos. 2003)

    En estos casos más que una madre es una  madrastra de acuerdo con la segunda acepción del Diccionario de la Real Academia Española .

    Pues bien, banalizando el tono transcendente de la expresión “ubi bene, ibi patria”, traeremos a colación el dicho español, “ no se es de dónde se nace sino de donde se pace”.

    Es el mismo significado que el de este curioso souvenir o plato de adorno con la figura de un osito con esta frase:

    Home is where your honey is

    Tu hogar está donde está tu miel.

    Esto que llamo “banalización” del tema nos indica hasta qué punto es algo primario, cuasi fisiológico, el concepto de “patria”, por mucha demagogia con la que sea utilizado por los nacionalismos interesados.

    Quiero finalizar este larguísimo artículo con una referencia a los momentos actuales.

    Los movimientos del hombre por la tierra entera son tan viejos como el propio hombre. Por mil razones distintas y siguiendo tal vez en muchos su instinto de curiosidad, muchos hombres  no han permanecido siempre en el lugar en el que nacieron.

    Hoy en día las migraciones siguen siendo millonarias buscando siempre un mejor modo de vida, bene vivere, y probablemente nunca como hoy han encontrado los hombres tantas dificultades para moverse de un país a otro.

    Quiero hacer referencia al exilio profesional o estancia en el extranjero de tantos científicos y profesionales y estudiantes españoles obligados a realizar su trabajo de alta cualificación en el extranjero. Me obliga a ello mi estancia por unos días, en este caso voluntaria, junto a uno de estos exiliados, profesional altamente cualificado, en Munich, la ciudad que hace aproximadamente ochocientos años fundaron unos monjes benedictinos donde los Alpes Bávaros  se convierten en llanura.

    Por aquí (y por otras partes de Europa, incluso Grecia, Anatolia y norte de Italia) se movieron desde la Edad de Hierro, tribus de galos o celtas “boyos” que dieron el nombre a la región “bávara”. Julio César documenta su último movimiento desde el Danubio. Terminaron subsumidos e integrados en otros pueblos.

    Pues bien, a Munich, como a otras muchas ciudades alemanas, han llegado centenares de jóvenes españoles bien formados académicamente. La "generación española mejor formada" que una ministra neoliberal y conservadora calificó poco menos que de “aventureros”. ¡Qué ironía que una ministra impresentable, precisamente de trabajo, calificase esta desgracia nacional e intentase camuflarla como una  oportunidad para unos jóvenes a los que ella debía ofrecer mejor futuro! A esta salida masiva de jóvenes profesionales le llamó con un eufemismo que produce vergüenza, “movilidad exterior” para buscar oportunidades laborales y formativas.

    Que uno de estos jóvenes sea precisamente hijo mío no me permite ser indiferfente.

    Naturalmente que los científicos han de moverse en la aldea global, pero por intereses  científicos o personales, pero no de absoluta obligación para poder encontrar un trabajo acorde con su preparación porque no lo hay en su país, en su primera patria, que les formó.

    Tal vez la reflexión de los antiguos les ayude a soportar mejor la lejanía: ubi bene, ibi patria.

    Quizás les ayude también algo conocer la actitud de los sabios e intelectuales del Humanismo y del Renacimiento, que como  Ghiberti en Secondo comentario,cap. XV (Vasari,ed.Lemonier I,pagXXIX, dice:

    Sólo quien todo lo ha aprendido no es en ninguna parte un extraño; aunque se le prive de su fortuna, aunque se encuentre sin amigos, en cualquier ciudad donde resida y pueda aguardar sin miedo las vicisitudes del destino, será siempre un ciudadano”.

    Y Codro Urceo, desterrado, en la Vita que antecede a su Opera:

    Donde quiera que el sabio establezca su sede, allí encontrará su patria.

    Fue aquella una época de curiosidad y refinamiento intelectual, en la que se descubrieron  nuevos mundos y nuevos horizontes. Es esta una época de muchos fracasos y desilusiones en la que todo, absolutamente todo, queda reducido al beneficio económico de la minoría.

  • Hombres, mujeres, andróginos

    En estas fechas en torno al solsticio de verano, cuando los días son más largos y las noches más cortas, proliferan las celebraciones y manifestaciones del llamado “orgullo gay” en las que homosexuales, gays, lesbianas y transexuales exhiben la bandera arcoíris y afirman el derecho a tener una sexualidad diferente a la heterosexual, que hasta hace bien poco era la única canonizada y defendida por las leyes y costumbres, mientras las otras eran condenadas y perseguidas.

    Nota: homosexual  es una palabra compuesta de la griega  ὅμοιος, homoyos, que significa “igual” y la latina sexualis, de sexus, sexual, sexo. Por lo tanto se refiere a los amores entre personas del mismo y sexo. Nada tiene que ver su origen pues con la palabra latina “homo” que significa hombre. Al amor entre personas de género masculino se le suele llamar, más específicamente “gay”, término inglés que en principio significa “alegre”; al amor entre mujeres, como queda indicado, se le llama “sáfico” o “lésbico”, por ser Lesbos el nombvre de la isla griega en la que vivió la poetisa Safo, que cantó el amor entre mujeres.  Estos términos parece que comenzaron a emplearse en la Francia Ilustrada del siglo XVIII. Transexual se refiere a quienes han “transformado” su sexo inicial o aparente hacia aquel con el que realmente se identifican.

    Pues bien, cuántas lecciones podemos extraer de los antiguos griegos y romanos. Quienes tenemos alguna edad, hemos contemplado impotentes la persecución irrefrenada de quienes no seguían el comportamiento sexual dominante, impuesto por la religión y las normas sociales, aunque actuaban  tan sólo como su naturaleza les exigía.

    También hemos asistido en los últimos años a una actitud de la sociedad y sus normas mucho más abierta, aceptando simplemente lo que la naturaleza crea. Esta actitud, que se va plasmando en normas y leyes de comportamiento social, desgraciadamente no se ha generalizo ni en todos los países, (son numerosos los que persiguen con dureza incomprensible los comportamientos homosexuales), ni en todas las personas, que por razones religiosas o por inercia cultural manifiestan un rechazo inaceptable que no produce sino dolor y sufrimiento a muchas personas.

    Quizás pueda ayudarnos a mantener una actitud absolutamente abierta conocer la normalidad con la que los antiguos aceptaban lo que la naturaleza engendraba.

    Conocida es la presencia e importancia que el amor homosexual, sobre todo el masculino, tenía en la antigua Grecia.  En otro momento trataré de ello y de la llamada “pederastia”, que nada tiene que ver con la “corrupción o relación sexual con menores”, entonces prohibida y hoy duramente perseguida y castigada por las leyes con toda justicia.

    Reproduciré un mito que Platón crea o recrea en su diálogo El banquete, subtitulado "Sobre el amor", en el que analiza ¿qué es el amor?, y que en realidad se refiere casi en exclusiva al amor homosexual.

    Platón recurre, como en otras ocasiones,  a un mito para explicar la realidad existente: hay  hombres que buscan a otros hombres, mujeres a otras mujeres y hombres y mujeres que buscan su complemento en seres del otro sexo. Si las cosas son así, simplemente habrá que buscar alguna explicación:

    Platón, El Banquete o del Amor,188c y ss.

    Voy a intentar daros a conocer el poder del Amor, y queda a vuestro cargo enseñar a los demás lo que aprendáis de mí. Pero es preciso comenzar por decir cuál es la naturaleza del hombre, y las modificaciones que ha sufrido.

    »En otro tiempo la naturaleza humana era muy diferente de lo que es hoy. Primero había tres clases de hombres: los dos sexos que hoy existen, y uno tercero compuesto de estos dos, el cual ha desaparecido conservándose sólo el nombre. Este animal formaba una especie particular, y se llamaba andrógino, porque reunía el sexo masculino y el femenino; pero ya no existe y su nombre está en descrédito. En segundo lugar, todos los hombres tenían formas redondas, la espalda y los costados colocados en círculo, cuatro brazos, cuatro piernas, dos fisonomías, unidas a un cuello circular y perfectamente semejantes, una sola cabeza, que reunía estos dos semblantes opuestos entre sí, dos orejas, dos órganos de la generación, y todo lo demás en esta misma proporción.

    Marchaban rectos como nosotros, y sin tener necesidad de volverse para tomar el camino que querían. Cuando deseaban caminar ligeros, se apoyaban sucesivamente sobre sus ocho miembros, y avanzaban con rapidez mediante un movimiento circular, como los que hacen la rueda con los pies al aire.

    La diferencia, que se encuentra entre estas tres especies de hombres, nace de la que hay entre sus principios. El sol produce el sexo masculino, la tierra el femenino, y la luna el compuesto de ambos, que participa de la tierra y del sol. De estos principios recibieron su forma y su manera de moverse, que es esférica. Los cuerpos eran robustos y vigorosos y de corazón animoso, y por esto concibieron la atrevida idea de escalar el cielo, y combatir con los dioses, como dice Homero de Efialtes y de Oto.

    Júpiter examinó con los dioses el partido que debía tomarse. El negocio no carecía de dificultad; los dioses no querían anonadar a los hombres, como en otro tiempo a los gigantes, fulminando contra ellos sus rayos, porque entonces desaparecerían el culto y los sacrificios que los hombres les ofrecían; pero, por otra parte, no podían sufrir semejante insolencia. En fin, después de largas reflexiones, Júpiter se expresó en estos términos:

    Creo haber encontrado un medio de conservar los hombres y hacerlos más circunspectos, y consiste en disminuir sus fuerzas. Los separaré en dos; así se harán débiles y tendremos otra ventaja, que será la de aumentar el número de los que nos sirvan; marcharán rectos sosteniéndose en dos piernas sólo, y si después de este castigo conservan su impía audacia y no quieren permanecer en reposo, los dividiré de nuevo, y se verán precisados a marchar sobre un solo pié, como los que bailan sobre odres en la fiesta de Caco.

    »Después de esta declaración, el dios hizo la separación que acababa de resolver, y la hizo lo mismo que cuando se cortan huevos para salarlos, o como cuando con un cabello se los divide en dos partes iguales. En seguida mandó a Apolo que curase las heridas y colocase el semblante y la mitad del cuello del lado donde se había hecho la separación, a fin de que la vista de este castigo los hiciese más modestos. Apolo puso el semblante del lado indicado, y reuniendo los cortes de la piel sobre lo que hoy se llama vientre, los cosió a manera de una bolsa que se cierra, no dejando más que una abertura en el centro, que se llama ombligo. En cuanto a los otros pliegues, que eran numerosos, los pulió, y arregló el pecho con un instrumento semejante a aquel de que se sirven los zapateros para suavizar la piel de los zapatos sobre la horma, y sólo dejó algunos pliegues sobre el vientre y el ombligo, como en recuerdo del antiguo castigo.

    Hecha esta división, cada mitad hacia esfuerzos para encontrar la otra mitad de que había sido separada; y cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, llevadas del deseo de entrar en su antigua unidad, con un ardor tal, que abrazadas perecían de hambre e inacción, no queriendo hacer nada la una sin la otra. Cuando la una de las dos mitades perecía, la que sobrevivía buscaba otra, a la que se unía de nuevo, ya fuese la mitad de una mujer entera, lo que ahora llamamos una mujer, ya fuese una mitad de hombre; y de esta manera la raza iba extinguiéndose.

    Júpiter, movido a compasión, imagina otro expediente: pone delante los órganos de la generación, por que antes estaban detrás, y se concebía y se derramaba el semen, no el uno en el otro, sino en tierra como las cigarras. Júpiter puso los órganos en la parte anterior y de esta manera la concepción se hace mediante la unión del varón y la hembra. entonces, si se verificaba la unión del hombre y la mujer, el fruto de la misma eran los hijos; y si el varón se unía al varón, la saciedad los separaba bien pronto y los restituía a sus trabajos y demás cuidados de la vida. De aquí procede el amor que tenemos naturalmente los unos a los otros; el nos recuerda nuestra naturaleza primitiva y hace esfuerzos para reunir las dos mitades y para restablecernos en nuestra antigua perfección. Cada uno de nosotros no es más que una mitad de hombre, que ha sido separada de su todo, como se divide una hoja en dos. Estas mitades buscan siempre sus mitades. Los hombres que provienen de la separación de estos seres compuestos, que se llaman andróginos, aman las mujeres; y la mayor parte de los adúlteros pertenecen a esta especie, así como también las mujeres que aman a los hombres y violan las leyes del himeneo. Pero a las mujeres, que provienen de la separación de las mujeres primitivas, no llaman la atención los hombres y se inclinan más a las mujeres; a esta especie pertenecen las tribactes. Del mismo modo los hombres, que provienen de la separación de los hombres primitivos, buscan el sexo masculino. Mientras son jóvenes aman a los hombres; se complacen en dormir con ellos  y estar en sus brazos; son los primeros entre los adolescentes y los adultos, como que son de una naturaleza mucho más varonil. Sin razón se les echa en cara que viven sin pudor, porque no es la falta de este lo que les hace obrar así, sino que dotados de alma fuerte, valor varonil y carácter viril, buscan sus semejantes; y lo prueba que con el tiempo son más aptos que los demás para servir al Estado. Hechos hombres a su vez aman los jóvenes, y si se casan y tienen familia, no es porque la naturaleza los incline a ello, sino porque la ley los obliga. Lo que prefieren es pasar la vida los unos con los otros en el celibato. El único objeto de los hombres de este carácter, amen o sean amados, es reunirse a quienes se les asemeja. Cuando el que ama a los jóvenes o a cualquier otro llega a encontrar su mitad, la simpatía, la amistad, el amor los une de una manera tan maravillosa, que no quieren en ningún concepto separarse ni por un momento. Estos mismos hombres, que pasan toda la vida juntos, no pueden decir lo que quieren el uno del otro, porque si encuentran tanto gusto en vivir de esta suerte, no es de creer que sea la causa de esto el placer de los sentidos. Evidentemente su alma desea otra cosa, que ella no puede expresar, pero que adivina y da a entender. Y si cuando están el uno en brazos del otro, Vulcano se apareciese con los instrumentos de su arte, y les dijese:

    '¡Oh hombres!, ¿qué es lo que os exigís recíprocamente?', y si viéndoles perplejos, continuase interpelándoles de esta manera: 'lo que queréis, ¿no es estar de tal manera unidos, que ni de día ni de noche estéis el uno sin el otro? Si es esto lo que deseáis, voy a fundiros y mezclaros de tal manera, que no seréis ya dos personas, sino una sola; y que mientras viváis, viváis una vida común como una sola persona, y que cuando hayáis muerto, en la muerte misma os reunáis de manera que no seáis dos personas sino una sola. Ved ahora si es esto lo que deseáis, y si esto  os puede hacer completamente felices.'

    Es bien seguro, que si Vulcano les dirigiera este discurso, ninguno de ellos negaría, ni respondería, que deseaba otra cosa, persuadido de que el dios acababa de expresar lo que en todos los momentos estaba en el fondo de su alma; esto es, el deseo de estar unido y confundido con el objeto amado, hasta no formar más que un solo ser con él. La causa de esto es que nuestra naturaleza primitiva era una, y que éramos un todo completo, y se da el nombre de amor al deseo y prosecución de este antiguo estado. Primitivamente, como he dicho, nosotros éramos uno; pero después en castigo de nuestra iniquidad nos separó Júpiter, como los arcadios lo fueron por los lacedemonios. Debemos procurar no cometer ninguna falta contra los dioses, por temor de exponernos a una segunda división, y no ser como las figuras presentadas de perfil en los bajorrelieves, que no tienen más que medio semblante, o como los dados cortados en dos. Es preciso que todos nos exhortemos mutuamente a honrar a los dioses, para evitar un nuevo castigo, y volver a nuestra unidad primitiva bajo los auspicios y la dirección del Amor. Que nadie se ponga en guerra con el Amor, porque ponerse en guerra con él es atraerse el odio de los dioses. Tratemos, pues, de merecer la benevolencia y el favor de este dios, y nos proporcionará la otra mitad de nosotros mismos, felicidad que alcanzan muy pocos.

    Que Eriximaco no critique estas últimas palabras, como si hicieran alusión a Pausanias y a Agaton, porque quizá estos son de este pequeño número, y pertenecen ambos a la naturaleza masculina. Sea lo que quiera, estoy seguro de que todos seremos  dichosos, hombres y mujeres, si, gracias al Amor, encontramos cada uno nuestra mitad, y si volvemos a la unidad de nuestra naturaleza primitiva. Ahora bien, si este antiguo estado era el mejor, necesariamente tiene que ser también mejor el que más se le aproxime en este mundo, que es el de poseer a la persona que se ama según se desea. Si debemos alabar al dios que nos procura esta felicidad, alabemos al Amor, que no sólo nos sirve mucho en esta vida, procurándonos lo que nos conviene, sino también porque nos da poderosos motivos para esperar, que si cumplimos fielmente con los deberes para con los dioses, nos restituirá él a nuestra primera naturaleza después de esta vida, curará nuestras debilidades y nos dará la felicidad en toda su pureza. He aquí, Eriximaco, mi discurso sobre el Amor. Difiere del tuyo, pero te conjuro a que no te burles, para que podamos oír los de los otros dos, porque aún no han hablado Agaton y Sócrates.»
    (Traducción de Patricio de Azcárate: Obras completas de Platón, tomo 5, Medina y Navarro, Madrid 1871)

    Nota:
    1. andrógino es una palabra compuesta de dos griegas andrós (hombre) y gyné (mujer), de donde deriva por ejemplo “ginecología”, según el Diccionario de la RAE "Parte de la medicina que trata de las enfermedades propias de la mujer".
    2. Parménides consideraba el Sol como el elemento masculino del universo, la Luna como el femenino y la Tierra como el resultado de la unión de ambos.

  • Los grandes nada pueden sin los pequeños: Pensar globalmente actuar localmente

    Pausanias es un autor griego del siglo II de Cristo, probablemente de Lidia en el Asia Menor, que viajó por diversas partes del mundo antiguo y nos ha dejado un libro valiosísimo, la primera guía de viajes de la que tenemos noticias, su “Descripción de Grecia”.

    Le llamaron la atención, como a tantos otros, las murallas de Tirinto, construidas con piedras enormes, que consideraron obras de los Cíclopes (véase: https://www.antiquitatem.com/ciclopeo-colosal-herculeo-gigantesco ; Nos dice al respecto, entre otros pasajes,  en Descripción de Grecia, II, 25,8:

    (Tirinto) Se dice que  las murallas, que es lo único que queda de las ruinas, son obra de  los Cíclopes y  están construidas de piedras que son tan grandes que un par de mulas no pueden mover ni un milímetro ni las más pequeñas. A lo largo de ellas se meten pequeñas piedras  entre las grandes, de forma que no queda ningún hueco y los grandes bloques quedan firmemente unidos.

    Curiosamente esta costumbre o esta expresión de “meter piedras pequeñas entre las grandes” se corresponde con un proverbio del mundo de la albaliñería, según el cual las piedras grandes sin las pequeñas no pueden formar un muro fuerte. Convertido en proverbio tiene un sentido general, útil para la vida social del hombre, que perfectamente expresa, por ejemplo, el gran autor de tragedias Sófocles en su obra Ayax: la piedra pequeña necesita de la solidez de la grande, pero la grande difícilmente se endereza sin la pequeña; es decir, los pequeños necesitan del grande, pero éste ha de asegurarse con los pequeños.

    Sófocles en su tragedia Ayax, v. 155 y ss:

    Apuntando a los espíritus grandes no puedes errar. Pero si tales cosas se dijeran contra mí no convencerían. La envidia se desliza contra el poderoso. Sin embargo los pequeños sin los poderosos son débil protección de la torre. Porque, junto a los grandes, el pequeño perfectamente se acopla y el grande se endereza con ayuda de los pequeños. Pero no es posible instruir a tiempo a los insensatos en estas máximas. Tal clase de hombres son los que alborotan y nosotros contra esto no tenemos fuerzas para defendernos sin ti, señor.

    El propio Platón, en su diálogo Las leyes, se sirve también del proverbio en un debate sobre si los dioses se preocupan del todo en su conjunto o también de los detalles particulares:

    Platón, Leyes,902b y ss.

    ATENIENSE: Dejemos, pues, ahora que todo el que quiera diga que todo esto es pequeño a los ojos de los dioses, o que todo ello es grande, pues ni en un caso ni en el otro la negligencia resultaría adecuada a nuestros dueños, tan previsores, tan buenos. He ahí, en efecto, una razón que hemos de considerar aún.

    CLINIAS: ¿Cuál?

    ATENIENSE: La diferencia que hay entre sensación y facultad activa: en efecto, ¿acaso estas dos cosas no son naturalmente contrarias entre sí en lo que respecta a la facilidad o a la dificultad?

    CLINIAS: ¿Qué es lo que quieres decir?

    ATENIENSE: Las cosas pequeñas son más difíciles de ver o de oír que las cosas grandes, mientras que cuando se trata de soportarlas, de dominarlas o gobernarlas, las cosas pequeñas o poco numerosas son, para todo el mundo, más fáciles que no sus opuestas.

    CLINIAS:  Muy cierto es esto.

    ATENIENSE: Si a un médico se le encarga que cuide de un cuerpo en su totalidad, y quiere y puede ocuparse de lo que constituye un conjunto, pero descuida las partes pequeñas y los detalles, ¿acaso podrá llegar a ver el todo en buen estado de salud?

    CLINIAS: Nunca

    ATENIENSE: Y tampoco podrán conseguirlo los pilotos, los generales, los ecónomos, los políticos o todos aquellos que desempeñen alguna magistratura: los grandes grupos o las grandes masas no irán bien, si no van bien los grupos pequeños y las cosas menudas; los mismos albañiles, en efecto, no admitirán nunca que las piedras grandes puedan tenerse bien sin las pequeñas.

    CLINIAS: ¿Cómo admitirlo, en efecto?

    ATENIENSE: No vayamos, pues, a creer, ni por un instante tan solo, que la divinidad es menos capaz que los artesanos mortales; cuanto más diestros son éstos, con tanta mayor perfección consiguen, dentro de un mismo arte, realizar con exactitud y bien acabados los trabajos pequeños, igual que los grandes; y así, no podemos imaginar que este dios,soberanamente sabio, que quiere y puede aplicarse, descuida estas cosas pequeñas en que la aplicación es más fácil, para ocuparse solamente de las grandes, igual que hace un perezoso o un flojo, que teme la fatiga y trabaja sin diligencia.
    ….
    CLINIAS: ¿Y cuáles serán estas palabras, mi buen amigo?

    ATENIENSE: Ellas van a persuadir a este ardoroso polemista de que aquel que se cuida de todas las cosas lo ha dispuesto todo para la conservación y la perfección del conjunto, en el que cada parte, en tanto que esta se encuentra en aquel, no padece ni obra sino en la medida conveniente. Al frente de todas y cada una de estas cosas se han puesto regidores, que vigilen toda acción, por menuda que sea, que ellas experimenten o realicen, y que llevan hasta el último detalle la perfección de la obra; y así, siendo tú, desgraciado una simple parte o unidad en este todo, tu papel es el de tender siempre y siempre a mirar al conjunto, por muy pequeña  que sea esta unidad tuya; lo que ocurre es que tú no tienes conciencia, en todo este drama, de que nada se hace sino en orden a este fin, el de asegurar a la vida del universo la permanencia y la dicha, y que nada se hace para ti, antes tú mismo te haces en orden al universo. Todo médico, en efecto, todo artesano dentro de su arte, hace cada una de las cosas con la vista puesta en la totalidad, y orientado hacia el mayor bien común, modela cada parte con la vista puesta en el todo, y no el todo mirando a la parte.

    Extrapolando el concepto podríamos expresar esta idea tan antigua en esta otra tan moderna: “ Piensa globalmente, actúa localmente (Think Global, Act Local) “, que surgiendo en el ámbito del medio ambiente, se utiliza ya en cualquier contexto político y social.

    Incluso refiriéndonos a la acción política podríamos referir el contenido de la frase a la contraposición entre la macroeconomía o macropolítica y la microneconomía o micropolítica. ¿Es posible una acción macroeconómica sin considerar la necesidad de la´acción microeconómica? ¿Se justifican unas medidas política de macroeconomía que no se reflejen, o mejor, partan de la incidencia en las personas concretas?. Tal vez el pensamiento de los antiguos pueda ayudarnos a mejorar nuestra reflexión.

  • Los dioses nunca han enviado reyes jóvenes a quienes quieren perjudicar

    Las frases, sentencias, proverbios, apotegmas fueron en la Antigüedad un instrumento eficaz para la educación moral y cívica de los ciudadanos. Así que son miles las sentencias latinas y griegas que se recogen en colecciones o diccionarios nunca completos. Además el mundo antiguo ofrece toneladas de material para construir y crear permanentemente sentencias atractivas en cada momento o para parafrasear o adaptar las propiamente antiguas.

    Véase: https://www.antiquitatem.com/apotegma-aforismo-axioma-dicta-aurea

    Existe también la posibilidad, con frecuencia aprovechada, de adjudicar determinado proverbio a determinado autor antiguo de prestigio y autoridad a sabiendas de que tal “sabio” nunca pronunció tal máxima. Esta es una mala práctica, aunque denota cultura y conocimiento del mundo clásico. Otra cosa es cuando alguien, con pretensiones culturales, cita una sentencia inexistente dando por supuesto que existió, es decir, ignorando que es apócrifa.

    Nota:  La Real Academia Española define el término como: 1. adj. Fabuloso, supuesto o fingido. La palabra apócrifo viene del vocablo ἀπόκρυφος , y este de   ἀποκρύπτω ("apokrypto", poner en lugar seguro, hacer desaparecer, esconder); de del griego ἀπό (apó = lejos de, privación) y κρυπτός (kryptos = oculto). Por lo tanto significa oculto, escondido, secreto . Se aplica también a un documento sin autor conocido o atribuido erróneamente a alguien.

    Entre los mortales, son muy dados al uso, a veces abuso, de la cita clásica los profesores, especialmente los de latín, griego, filosofía, historia, literatura; en el pasado lo fueron los curas en sus sermones, más que para afianzar e ilustrar la doctrina para “maravillar” al creyente; ad terrendos paisanos”,  decía Fray Gerundio de Campazas en latín macarrónico.

    También en el pasado utilizaron profusamente sentencias los “oradores profanos”, cuyo relevo han tomado, aunque a enorme distancia, los hoy llamado políticos, con resultados desiguales.

    Hace pocas fechas, una política, presidenta de un gobierno regional español  y con grandes responsabilidades nacionales quiso afianzar una invectiva contra los partidos adversarios, que recientemente han surgido en el panorama político español, con una cita clásica de las inexistentes.

    María Dolores de Cospedal dixit con aplomo: "Hay un dicho griego muy conocido que dice que cuando los dioses quieren castigar a los pueblos, les envían reyes jóvenes".

    Afirma que es un dicho muy conocido. Hasta donde yo sé, no aparece en ningún texto griego. Desconozco de dónde lo ha podido sacar. Ahora bien, si hubiera parafraseado o imitado alguna sentencia ya existente y hubiera eliminado la afirmación tajante de su exactitud  griega, hubiera quedado como una personalidad política  creativa y cultamente conocedora del mundo antiguo; así parece más bien ridícula.

    A lo sumo, la frase de Cospedal puede recordar ciertamente a algunas existentes, que comento.

    1. "Cuando los dioses quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias".

    La frase no es griega sino inglesa. (When the gods wish to punish us, they listen to our prayers). La frase la dice Sir Robert Chiltern, el protagonista de "Un marido ideal" (An ideal husband), la obra de teatro que el gran escritor irlandés Oscar Wilde estrenó en 1899.

    La frase se pronuncia también en algún momento en la película “Memorias de Africa” (Out of Africa),  basada en el libro autobiográfico Memorias de África de la escritora danesa Isak Dinesen. Así que esta frase se ha hecho muy famosa difundida entre los amantes del séptimo arte.

    Tal vez se pueda conectar esta frase con la mitología antigua, pero no lo tengo averiguado. 
    Así hay quien dice que la leyenda cuenta  que Apolo había prometido a la sibila de Delfos el obsequio de cumplir su mayor deseo: no morir nunca; así que padeció los horrores de una senectud interminable, hasta que convertida en una suerte de grillo amojamado acabó como juguete de los niños.

    Puede también ilustrarnos del peligro de pedir a los dioses cosas descabelladas  o exageradas y fuera del alcance de los humanos, el conocido episodio de Midas, si bien es cierto que en este caso los dioses no quieren castigar al hombre sino agradecerle su buen comportamiento, pero el deseo del mortal fue excesivo. Midas, rey de Frigia,  impulsado por un irrefrenable deseo de riqueza, pide en su avaricia a los dioses que pueda convertir en oro todo lo que toque. El deseo le es concedido por Dioniso y convierte en el dorado metal todo lo que toca, incluso con su boca cuando pretende alimentarse. Tuvo que pedir de nuevo a los dioses que le liberaran del don concedido.

    Lo cuentan entre otros Ovidio en sus Metamorfosis XI, 85-193; Higinio en sus Fabulas, 191; Filóstrato el Viejo: Cuadros; I, 21: Midas (Μίδας).

    Así que la frase no es griega ni clásica pero suena a clásica porque parece ser consecuencia o tener relación con el objetivo antiguo moralizante de pretender frenar, entre otros males, la avaricia.

    2. «aquellos a los que aman los dioses mueren jóvenes.

    Algunos ven el origen de este  proverbio en la muerte prematura de Trofonio y Agamedes, dos personajes mitológicos fundadores del templo de Apolo en Delfos.

    En latín existe la frase “Quem dii diligunt,  adolescens moritur (A quien los dioses aman, muere joven), que es un verso de Plauto, de su comedia Bacchides (Las Gemelas). V. 816-817, que a su vez está tomado de la obra del autor de comedias griego Menandro,(murió en 292 a.C.),  “El doble engaño” ,

    Plautus, Bacchides, 816 y ss. (Acto cuarto. Escena séptima. Nicobulo y Crisalo)

    CRISALO:

    A quien los dioses aman,
    muere joven, cuando está sano, con pleno sentido y juicio.
    Si algún dios le ama, tiene que estar muerto
    a los diez años, a los veinte:
    camina como una molestia para la tierra,
    ya ni es consciente ni siente nada,
    vale tanto como un hongo podrido.

    Actus Quartus
    Scaena septima. Nicobulus-Chrysalus

    ….
    CHRYSALUS:

    … Quem di diligunt
    adulescens moritur, dum valet sentit sapit.
    hunc si ullus deus amaret, plus annis decem,
    plus iam viginti mortuom esse oportuit:
    terrai odium ambulat, iam nil sapit
    nec sentit, tantist quantist fungus putidus.

    La conclusión que Crisalo le transmite a Nicobulo es que él claramente no es un favorito de los dioses, porque él todavía no ha muerto…

    La obra del latino podría ser una mera traducción del griego, a juzgar por la literalidad de estos versos, que aparecen en  Estobeo, en su Florilegio, 120, 8.

    Menandro, (115 K.-Th):

    A quien los dioses aman muere joven

    ὂν θεοὶ φιλοῦσιν ἀποθνῄσκει νέος
    (on Theoi filusin anothnesskei neos)

    Hay alguna variante del tipo “A quienes los dioses aman se los llevan jóvenes” y otras más ramplonas del tipo “los dioses los prefieren jóvenes” sobre la que se han formado otras irrelevantes del tipo “los caballeros las prefieren rubias”, y vulgaridades por el estilo, etc.

    3.: “A quien los dioses quieren destruir, antes lo enloquecen”.

    Esta es la frase similar de más sabor clásico, sin que pueda decirse que aparece tal cual en ningún autor griego.

    En Homero, en Iliada IX, 492-93 encuentro alguna referencia que pudiera tener algún parecido:

      No, deja que el príncipe estúpido, al que Júpiter priva del sentido y de la justicia,
    corra a donde su extravío le conduzca.

    Frecuentemente se atribuye la frase a Eurípides, pero erróneamente, pues.

    En la tragedia Antígona, de Sófocles, versos 620-623 se dice algo similar:

    Sabiamente fue dada a conocer por alguien la famosa sentencia: lo malo llega a parecer bueno a aquel cuya mente conduce una divinidad hacia el infortunio. (Traducción de Assela Alamillo. Edit. Gredos. Sófocles: Tragedias)

    Un antiguo escoliasta de estos versos comenta:

    Cuando un dios planea  daño contra un hombre,  primero daña la mente del hombre que está conspirando en contra.

    όταν  ό δαίμων άνδρΐ πορσύνῃ κακά,
    τον νουν εβλαφε πρώτον ώ βουλεύεται.

    August Nauck  recoge este dístico como uno de los fragmentos de sus Fragmenta Tragicorum Graecorum (Leipzig.Teubner 1889), en concreto el 455 de los Adespota o anónimos y por tanto sin autor:

    El dístico se encuentra en los escolios a Sófocles, Antigone 620  y con omisión de las dos últimas palabras griegas en Atenágoras, Supplicatio pro Christianis, Cap. 26, párr.. 129.

    Licurgo de Atenas (396 a. C.–323 a. C) atribuye en su Oratio in Leocratem, sección 92, la siguiente frase a “algunos de los antiguos poetas”. El  tipo de verso sugiere que se trata de una tragedia.

    [92] El primer paso que los dioses toman en el caso de  hombres perversos es desquiciar su razón; y personalmente yo considero como  expresión de un oráculo los siguientes versos, compuestos por los poetas antiguos y transmitidos a la posteridad:

    Cuando los demonios airados  buscan el daño de un mortal,
    Primero lo privan de su cordura,
    Y hacen que su pensamiento se vuelva necio,
    De manera que no se percatan de sus errores.

    Nota: daimones, demonios, dioses menores que rigen el destino individual de cada persona)

    En relación con la adjudicación de la frase a Eurípides, podemos rastrear el origen del error.

    Atenágoras de Atenas, filósofo cristiano del siglo II, dice sin referirse para nada al poeta,  en su  Supplicatio pro Christianis, Cap. 26, párr.. 129:

           “Si el demonio prepara algún mal a los mortales,
             primero les priva de la razón”.

    "!Όταν ὁ δαίμων ἀνδρὶ πορσύνῃ κακά,
    τὸν νοῦν ἔβλαψε πρῶτον",

    Es decir, Atenágoras ha recogido el dístico del escoliasta de Sófocles con exclusión de las dos últimas palabras.

    De Atenágoras lo tomaron los filólogos clásicos ingleses James Duport, nacido en Cambridge en 1606, y Joshua Barnes que en 1694 preparó una edición de las obras de Eurípides para la Universidad de Cambridge. En el índice de esta edición incluye atribuye como fragmento de Eurípides la frase de Atenágoras que él crea como “Deus quos vult perdere, dementat prius”  resumiendo aproximadamente el pensamiento de Eurípides, que venía a decir que “cuando los dioses quieren ocasionar un mal a un hombre,  primero le quitan la voluntad y la razón o capacidad de deliberación”.

    Pero volviendo al latín de época antigua, podemos comprobar que esta frase y su  variante muy similar con el mismo significado en latín Quem deus vult perdere,  prius dementat. parecen  estar basadas en una sentencia de Publilio Syro (85 a. C. – 43 a. C ), Sententiae,612, que dice:

    Stultum facit Fortuna quem vult perdere

    La Fortuna hace necio a aquel a quien quiere destruir.

    Nota: de Publilio (85 a.C.-43 a.C.), sólo se conserva cuatro fragmentos, tres de un verso y uno de 16, y una colección de sus sentencias, Sententiae, ordenadas alfabéticamente. Se consideran auténticas unas 700.

    El proverbio traspasó el mundo clásico y así aparece también en el autor sánscrito del siglo V o posterior Bhartṛhari o Denavagari

    Tampoco los dioses aparecen revestidos con la armadura del guerrero para derribarlos con espada y lanza. A quienes quieren destruir primero los vuelven locos.

    Un aforismo también sánscrito expresa también esta idea:

    Cuando la muerte de una persona está cerca,
    su inteligencia se vuelve autodestructiva.

    Vinash kale viparit buddhi

    En la época actual y moderna son numerosos los usos y variantes de sentencias similares. Citemos a título de ejemplo:

    Tolstoi, Anna Karenina, libro IV, capítulo XVII, aunque con un ligero cambio:

    "Quos vult perdere Jupiter dementat prius”

    O Benjamin Franklin, en una carta  de 1768 a su impresor en Londres de su “On Civil War”. Concluye la carta con

    ¿Y no hay un hombre sabio y bueno que se pueda encontrar en Gran Bretaña, que puede proponer alguna medida conciliadora que pueda prevenir este terrible mal? – Me temo que no hay ninguno. Porqe “Quos Deus vult perdere, prius dementat”!

    "And is there not one wise and good man to be found in Britain, who can propose some conciliating measure that may prevent this terrible mischief? – I fear not one. For Quos Deus vult perdere, dementat prius!

    En fin, las citas clásicas, las auténticas utilizadas en la justa proporción, dan lustre y autoridad; las citas falsas a conciencia no son aconsejables pero pueden resultar un divertimento; las citas falsas por ignorancia sólo sirven para poner en evidencia la "idem", mejor, la "eadem".