Categoría: Educación

  • El mito de las edades del hombre (2)

    Es un tópico o lugar común en muchas culturas que la vida del hombre sobre la Tierra comenzó en una época de felicidad y absoluta placidez, luego interrumpida por el amoral comportamiento del hombre, que desde entonces no ha cesado de ir a peor. Estas creaciones no son sólo literarias, sino que forman parte de las ideas del imaginario cultural general.

    Este es el conocido mito bíblico del “paraíso terrenal”, cuyo origen, como el de tantos otros, parece ser mesopotámico,  o el de la existencia de maravillosas “islas de los afortunados” o el mito del “buen salvaje” (que es el modelo para los filósofos cínicos y su propuesta de la autarquía o independencia absoluta), o los diversos proyectos de legislación y constituciones de las polis  o el sueño por la “utopía”. Véase  https://www.antiquitatem.com/ucronia-utopia-distopia-historia

    También en los primeros momentos de la literatura griega aparece pujante este mito. A él he dedicado el artículo anterior a propósito de una comparación con un texto del Quijote cervantino. Hesíodo es el primer autor griego que nos lo cuenta. Véase: https://www.antiquitatem.com/mito-de-las-edades-del-hombre-quijote

    Con frecuencia los antiguos conciben la historia como un ciclo de momentos sucesivos, sin duda impresionados por los ciclos astronómicos y la cíclica reproducción de los movimientos estelares. Esta es una idea bien representada por los estoicos, para quienes cada ciclo acaba con una gran conflagración.

    A cada etapa de ese movimiento que eternamente comienza y acaba le llaman “edad”, “aetas”. Piénsese que esta denominación ha tenido absoluto éxito: todavía seguimos dividiendo la Historia en “edades”.

    Más todavía, “el mito de las edades” ha sido transpuesto a la Historia de la Literatura; hablamos así de Edad de Oro o Siglo de Oro de la Literatura, por ejemplo Española; o de Edad de Plata de la Literatura, por ejemplo Latina. No reconozco la expresión “Edad de Bronce” referida a la Literatura, tal vez porque la Literatura o es de Oro, como mínimo de Plata, o no es Literatura. Pero ampliando el símil tal vez deberíamos referirnos a buena parte de la “Literatura” actual de bestseller de supermercado como “Edad de Barro” o mejor “de Lodo”, a la vista del nulo valor literario. Aunque debemos ser prudentes con las denominaciones, a fin de cuentas son varios los mitos, paganos y cristianos, que nos hacen a los hombres seres procedentes de humilde barro.

    Pues bien, en este contexto surgió el mito de las edades del hombre que nos narró, como decía,  el primero Hesíodo y otros muchos autores.

    Hesiodo, que no utiliza el término “edades” sino razas, distingue cinco razas. Muchos años después Arato de Solos (310-240 a.C.) diferencia tres razas también; Virgilio, Tibulo y Horacio en un pasaje hablan de dos; Horacio en otro lugar habla de cuatro.

    Arato de Solos (310-240) es autor del famoso poema didáctico astronómico “Fenómenos”, uno de los libros más difundidos y traducidos en la Antigüedad. En los versos  96-136 nos describe la constelación de la Virgen, que es la Justicia, que habitó entre los hombres en los tiempos honrosos y escapó al cielo a la vista de las maldades de los hombres. Este catasterismo (1) sobre la Justicia queda conectado con el mito de las razas o edades. Hesíodo no nos explicaba el origen de cada una de las “edades”; para Arato, que habla también de razas y no de edades y que sólo distingue tres: oro, plata y bronce,  el origen está en la propia maldad humana que es progresiva.

    (1) Nota: llamamos “catasteismo” a la conversión o la transformación,  de dioses, seres heroicos,  hechos mitológicos, e incluso principios éticos más tarde,  en astros, en cuerpos celestes del firmamento, en estrellas o conjuntos de estrellas. Se trata de un término técnico o culto griego, compuesto de la preposición kata, κατά (encima, abajo)  y el sustantivo  ἀστήρ, aster,  (estrella, astro).  El término se empleo como título de un librito atribuido al director de la Biblioteca de Alejandría, matemático, geógrafo, astrónomo, médico, filólogo, autor literario,  Eratóstenes,

    Arato, Fenómenos, 93-136

    La Virgen

    Bajo los pies del Boyero puedes observar a la Virgen, que sostiene en la mano una espiga floreciente. Tanto si ella es del linaje de Astreo, de quien dicen los antiguos que es el padre de los astros, como si lo es de algún otro, que siga tranquila su ruta. Pero entre los hombres circula otra versión: que antes vivía en la tierra y venía abiertamente a presencia de los hombres, y no desdeñaba la compañía de los antiguos, hombres o mujeres; antes bien, se sentaba mezclándose con ellos aunque era inmortal. Y la llamaban Justicia: pues congregando a los ancianos en una plaza o en una calle espaciosa, los exhortaba a votar leyes favorables al pueblo. Entonces los hombres todavía no sabían de la funesta discordia, ni de las censurables disputas, ni del tumulto del combate; vivían sencillamente; el peligroso mar quedaba a un lado, y las naves no iban lejos a buscar el sustento, sino que los bueyes, el arado y ella misma, la Justicia soberana de pueblos, suministraba todo abundantemente, ella, la dispensadora de bienes legítimos. Esto duró mientras la Tierra aún alimentaba la raza de oro. Mas con la de plata, poco y de mala gana se relacionaba, pues echaba de menos la manera de ser de los pueblos antiguos. Pero a pesar de ello, todavía estaba presente durante la edad de plata: al atardecer descendía de los montes rumorosos, solitaria, y no se comunicaba con nadie con palabras amables, sino que cuando había cubierto de hombres inmensas colinas, los increpaba entonces censurando su perversidad, y decía que ya no vendría más a la presencia de quienes la llamaran: “¡Cuán degenerada descendencia dejaron vuestros padres de la edad de oro! Pero vosotros engendraréis unos descendientes peores todavía. Entonces ocurrirá que habrá guerras y, de cierto, también muertes impías entre los hombres: el dolor caerá sobre sus faltas”.  Después de hablar así, se encaminaba de nuevo a las montañas y abandonaba a todas aquellas gentes que la seguían todavía con la mirada. Pero cuando aquellos murieron, nacieron éstos, la raza de bronce, hombres aún más perversos que los anteriores, los primeros que forjaron las espadas criminales propias de asaltantes de caminos, los primeros que comieron la carne de los bueyes de labor. Entonces la Justicia sintió aversión por el linaje de aquellos hombres y voló hacia el cielo; y a continuación habitó esta región donde de noche aparece todavía a los mortales como la Virgen, cerca del espléndido Boyero. (Traducción de Esteban Calderón Dorda. Edit. Gredos,1993)

    Cicerón tradujo el poema de Arato literalmente. Sólo se conservan fragmentos, unas dos terceras partes, de esa traducción. Además utilizó citas en varias de sus obras, como el ejemplo que  tenemos en  su Sobre la Naturaleza de los dioses (De natura deorum), en el Libro II, 159 (63), al referirse a los bueyes de labor traduce los versos de Arato 129 y ss. , que reproduzco:

    ¿Qué diré de los bueyes? La misma forma de sus lomos evidencia que no estuvieron destinados a acarrear pesos, mientras que sus cuellos fueron engendrados para el yugo y sus anchos y poderosos hombros para arrastrar el arado. Y empleándolos a ellos fue la tierra sometida a laboreo rompiendo sus terrones pero nunca se usó con ellos ninguna violencia, como dicen los poetas, por parte de los hombres de aquella Edad de Oro:

        “Pero de pronto nació la raza férrea,
        y se atrevió primero a fabricar la funesta espada
       y a gustar del buey atado y domeñado por su mano”

    Tan valioso se consideró el servicio que el hombre recibía de los bueyes que comer su carne se consideró un crimen.

    “ [159] quid de bubus loquar; quorum ipsa terga declarant non esse se ad onus accipiendum figurata, cervices autem natae ad iugum, tum vires umerorum et latitudines ad aratra †extrahenda. quibus cum terrae subigerentur fissione glebarum ab illo aureo genere, ut poetae loquuntur, vis nulla umquam adferebatur:

    ferrea tum vero proles exorta repentest
    ausaque funestum primast fabricarier ensem
    et gustare manu iunctum domitumque iuvencum:

    tanta putabatur utilitas percipi e bubus, ut eorum visceribus vesci scelus haberetur.

    Téngase en cuenta que  la comida de carne de buey era un delito:

    Cicerón, Germánico y luego Avieno tradujeron al latín la obra de Arato; esto nos da idea del gran éxito que esta obra tuvo en un mundo en el que los astros determinaban la vida de los hombres.

    Ovidio nos cuenta que hubo cuatro edades, en  Metamorfosis I,  70-163:

    Apenas había de este modo distribuido todas las cosas separándolas unas de otras por barreras fijas, cuando los astros, que durante largo tiempo habían estado soportando el agobio de la densa oscuridad, empezaron a resplandecer en toda la extensión del cielo. Y para que ninguna región estuviera desprovista de los seres vivos que le corresponden, los astros y las formas divinas ocuparon el suelo celeste, cayeron en suerte las aguas a los peces brillantes como lugar de habitación, la tierra recibió a las fieras, a las aves el movedizo aire.

    Aún se echaba de menos un ser viviente más noble, más dotado de espíritu sublime y que fuese capaz de ejercer dominio sobre los restantes. Así nació el hombre, ya fuera que el artífice de la naturaleza, como principio de un mundo mejor, lo creara de diversos gérmenes, ya que la tierra flamante y recién separada del éter cimero retuviese aún gérmenes del cielo su pariente; esa tierra que el vástago de Iápeto modeló, mezclándola con aguas de lluvia, hasta darle la figura de los dioses que todo lo gobiernan; y mientras los demás animales están naturalmente incinados mirando a la tierra, dio al hombre un rostro levantado disponiendo que mirase al cielo y que llevase el semblante erguido hacia las estrellas. Así la tierra que antes era un objeto tosco y sin forma, se transformó vistiéndose de figuras humanas antes desconocidas.

    La edad de oro fue la creada en primer lugar, edad que sin autoridad y sin ley, por propia iniciativa cultivaba la lealtad y el bien. No existían el castigo ni el temor, no se fijaban, grabadas en bronces, palabras amenazadoras, ni las muchedumbres suplicantes escrutaban temblando el rostro de sus jueces, sino que sin autoridades vivían seguros. Ningún pino, cortado para visitar un mundo extranjero, había descendido aún de sus montañas a las límpidas aguas, y no conocían los mortales otras playas que las suyas. Todavía no estaban las ciudades ceñidas por fosos escarpados; no había trompetas rectas ni trompas curvas de bronce, ni cascos, ni espadas; sin necesidad de soldados los pueblos pasaban la vida tranquilos y en medio de suave calma. También la misma tierra, a quien nada se exigía, sin que la tocase el azadón ni la despedazase reja alguna, por sí misma lo daba todo; y los hombres contentos con alimentos producidos sin que nadie los exigiera, cogían los frutos del madroño, las fresas de las montañas, las cerezas del cornejo, las moras que se apiñan en los duros zarzales, y las bellotas que habían caído del copudo árbol de Júpiter.
    Había una primavera eterna, y apacibles céfiros de tibia brisa acariciaban a flores nacidas sin simiente. Pero además de la tierra, sin labrar, producía cereales, y el campo, sin que se le hubiera dejado en barbecho, emblanquecía de espigas cuajadas de grano. Corrían también ríos de leche, ríos de néctar, y rubias mieles  goteaban de la encina verdeante.

    Una vez que, después de haber sido Saturno precipitado al Tártaro tenebroso, el mundo estuvo sometido a Júpiter, llegó la generación de plata, peor que el oro, pero más valiosa que el rubicundo bronce. Júpiter empequeñeció la duración de la primavera antigua, haciendo que el año transcurriese, dividido en cuatro tramos, a través de invierno, veranos, otoños inseguros y fugaces primaveras. Entonces por vez primera el aire, encendido por tórridos calores, se puso candente, y quedó colgante el hielo producido por los vientos. Entonces por vez primera penetraron los hombres bajo techado; sus casas fueron las cuevas, los espesos matorrales y las ramas entrelazadas con corteza de troncos. Entonces por primera vez fueron las semillas de Ceres enterradas en largos surcos y gimieron los novillos bajo la opresión del yugo.

    Tras esta apareció en tercer lugar la generación de bronce, más cruel de carácter y más inclinada a las armas salvajes, pero no por eso criminal. La última es de duro hierro; de repente irrumpió toda clase de perversidades en una edad de más vil metal; huyeron la honradez, la verdad, la buena fe, y en su lugar vinieron los engaños, las maquinaciones, las asechanzas, la violencia y la criminal pasión de poseer. Desplegaban las velas a los vientos, sin que el navegante los conociese aún apenas, y los maderos que por largo tiempo se habían erguido en las altas montañas saltaron en las olas desconocidas, y el precavido agrimensor señaló con largas líneas las divisiones de una tierra que antes era común como los rayos del sol y como los aires. Y no sólo se exigían a la tierra opulenta cosechas y alimentos que ella debía dar, sino que se penetró en las entrañas de la tierra y se excavaron los tesoros, estímulo de la depravación, que ella había escondido llevándolos junto a las sombras de la Estige. Y ya había aparecido el hierro dañino y el oro más dañino que el hierro; apareció la guerra que combate valiéndose de ambos y con mano sangrienta blande las armas que tintinean. Se vive de la rapiña; ni un huésped puede tener seguridad de su huésped, ni un suegro de su yerno; incluso entre hermanos es rara la avenencia. El marido maquina la ruina de su esposa, y ésta la de su esposo. Madrastras horribles preparan los lívidos venenos del acónito; el hijo averigua antes de tiempo la edad de su padre.

    La piedad yace derrotada, y la Virgen Astrea ha abandonado, última de las divinidades al hacerlo, esta tierra empapada en sangre. Y para que el cielo sublime no estuviese más libre de angustia que la tierra, dicen que los Gigantes aspiraron a poseer el reino celestial y que amontonaron las montañas levantándolas hasta los elevados astros. Entonces el padre todopoderoso lanzó su rayo, resquebrajó el Olimpo e hizo que el Pelio se desplomase rodando desde el Osa que lo sostenía. Mientras aquellos cuerpos feroces yacían aplastados por su propia mole, dicen que la Tierra, regada y empapada de la abundante sangre de sus hijos, dio vida a aquel líquido caliente y, para evitar que no subsistiera vestigio alguno de su estirpe, lo convirtió en figuras humanas. Pero también aquella raza despreció a los dioses y fue violenta y avidísima de crueles carnicerías; bien se reconocía que de sangre habían nacido. (Traducción de Antonio Ruiz de Elvira. Colección Alma Mater.CSIC.Madrid)

    Vix ita limitibus dissaepserat omnia certis,
    cum, quae pressa diu massa latuere sub illa,
    sidera coeperunt toto effervescere caelo.
    Neu regio foret ulla suis animalibus orba,
    astra tenent caeleste solum formaeque deorum,
    cesserunt nitidis habitandae piscibus undae,
    terra feras cepit, volucres agitabilis aer.

    Sanctius his animal mentisque capacius altae
    deerat adhuc et quod dominari in cetera posset.
    Natus homo est, sive hunc divino semine fecit
    ille opifex rerum, mundi melioris origo,
    sive recens tellus seductaque nuper ab alto
    aethere cognati retinebat semina caeli;
    quam satus Iapeto mixtam pluvialibus undis
    finxit in effigiem moderantum cuncta deorum.
    Pronaque cum spectent animalia cetera terram,
    os homini sublime dedit, caelumque videre
    iussit et erectos ad sidera tollere vultus.
    Sic, modo quae fuerat rudis et sine imagine, tellus
    induit ignotas hominum conversa figuras.

    Aurea prima sata est aetas, quae vindice nullo,
    sponte sua, sine lege fidem rectumque colebat.
    Poena metusque aberant, nec verba minantia fixo
    aere legebantur, nec supplex turba timebat
    iudicis ora sui, sed erant sine vindice tuti.
    Nondum caesa suis, peregrinum ut viseret orbem,
    montibus in liquidas pinus descenderat undas,
    nullaque mortales praeter sua litora norant.
    Nondum praecipites cingebant oppida fossae;
    non tuba directi, non aeris cornua flexi,
    non galeae, non ensis erat: sine militis usu
    mollia securae peragebant otia gentes.
    ipsa quoque inmunis rastroque intacta nec ullis
    saucia vomeribus per se dabat omnia tellus;
    contentique cibis nullo cogente creatis
    arbuteos fetus montanaque fraga legebant
    cornaque et in duris haerentia mora rubetis
    et quae deciderant patula Iovis arbore glandes.

    Ver erat aeternum, placidique tepentibus auris
    mulcebant zephyri natos sine semine flores.
    Mox etiam fruges tellus inarata ferebat,
    nec renovatus ager gravidis canebat aristis;
    flumina iam lactis, iam flumina nectaris ibant,
    flavaque de viridi stillabant ilice mella.
    Postquam, Saturno tenebrosa in Tartara misso,
    sub Iove mundus erat, subiit argentea proles,
    auro deterior, fulvo pretiosior aere.
    Iuppiter antiqui contraxit tempora veris
    perque hiemes aestusque et inaequalis autumnos
    et breve ver spatiis exegit quattuor annum.
    Tum primum siccis aer fervoribus ustus
    canduit, et ventis glacies adstricta pependit.
    Tum primum subiere domus (domus antra fuerunt
    et densi frutices et vinctae cortice virgae).

    Semina tum primum longis Cerealia sulcis
    obruta sunt, pressique iugo gemuere iuvenci.
    Tertia post illam successit aenea proles,
    saevior ingeniis et ad horrida promptior arma,
    non scelerata tamen. De duro est ultima ferro.
    Protinus inrupit venae peioris in aevum
    omne nefas: fugere pudor verumque fidesque;
    In quorum subiere locum fraudesque dolique
    insidiaeque et vis et amor sceleratus habendi.
    Vela dabat ventis (nec adhuc bene noverat illos)
    navita; quaeque diu steterant in montibus altis,
    fluctibus ignotis insultavere carinae,
    communemque prius ceu lumina solis et auras
    cautus humum longo signavit limite mensor.

    Nec tantum segetes alimentaque debita dives
    poscebatur humus, sed itum est in viscera terrae:
    quasque recondiderat Stygiisque admoverat umbris,
    effodiuntur opes, inritamenta malorum.
    Iamque nocens ferrum ferroque nocentius aurum
    prodierat: prodit bellum, quod pugnat utroque,
    sanguineaque manu crepitantia concutit arma.
    Vivitur ex rapto: non hospes ab hospite tutus,
    non socer a genero; fratrum quoque gratia rara est.
    Inminet exitio vir coniugis, illa mariti;
    lurida terribiles miscent aconita novercae;
    filius ante diem patrios inquirit in annos.
    Victa iacet pietas, et virgo caede madentis,
    ultima caelestum terras Astraea reliquit.

    Neve foret terris securior arduus aether,
    adfectasse ferunt regnum caeleste Gigantas
    altaque congestos struxisse ad sidera montes.
    Tum pater omnipotens misso perfregit Olympum
    fulmine et excussit subiectae Pelion Ossae.
    Obruta mole sua cum corpora dira iacerent,
    perfusam multo natorum sanguine Terram
    inmaduisse ferunt calidumque animasse cruorem,
    et, ne nulla suae stirpis monimenta manerent,
    in faciem vertisse hominum. Sed et illa propago
    contemptrix superum saevaeque avidissima caedis
    et violenta fuit: scires e sanguine natos.

     Virgilio se refiere extensamente al mito de las “edades” en cuatro o cuatro o cinco ocasiones. De manera especial lo hace en la famosa IV Egloga, en la que canta un feliz y próximo tiempo. Dedicaré un artículo a esta égloga de la que ahora doy tan sólo cuatro versos en los que se refiere expresamente a las edades del hombre:

    A POLIÓN 

    Ya llega la última edad de la profecía de Cumas;
    Una gran sucesión de siglos nace desde el principio.
    Ya regresa la Virgen, ya regresa el reinado de Saturno;
    Ya desciende del alto cielo una nueva estirpe.

    Tú, casta Lucina, sé favorable con el niño que acaba de nacer,
    con el que acabará primero la la raza de hierro
    y surgirá por todo el mundo la de oro:
    pues ya reina tu Apolo.

    Ultima Cumaei venit iam carminis aetas;
    magnus ab integro saeclorum nascitur ordo:
    iam redit et Virgo, redeunt Saturnia regna;
    iam nova progenies caelo demittitur alto.
    Tu modo nascenti puero, quo ferrea primum
    desinet ac toto surget gens aurea mundo,
    casta fave Lucina: tuus iam regnat Apollo.

    Nota: Esta égloga fue escrita poco antes del nacimiento de Cristo por lo que los cristianos posteriores le dieron un significado de profecía cristiana. Así por ejemplo la consideraron Lactancio y San Agustín. Pero lo cierto es que casi con toda seguridad está dedicada al hijo recién nacido de Polión, cónsul aquel año.

    Virgilio, se refiere también en Geórgicas I, 125-145

    Antes de Júpiter ningún colono había sometido los campos;
    Ni siquiera era lícito marcar el campo o ponerle límites.
    Se lo repartían en común y la propia tierra aportaba
    todo generosa sin que nadie lo pidiera.
    Pero él (Júpiter) dio su veneno malo a las negras serpientes
    y ordenó a los lobos que se dedicaran a la rapiña
    y al mar que se removiera,
    y sacudió de los árboles los panales de miel y retiró el fuego,
    y detuvo los vinos que corrían ampliamente por los ríos,
    para que el ejercicio creara en su desarrollo las artes diversas
    poco a poco y sacase el fruto del trigo de los surcos
    y extrajera  el fuego escondido en las vetas del pedernal.

    Entonces por primera vez los ríos sintieron los troncos huecos;
    entonces el navegante numeró y dio nombre a las estrellas:
    las Pléyades, las Hiades y Arctos (la Osa) la brillante hija de Licaón.
    Entonces se aprendió a cazar a los animales con lazos y engañarles
    con la liga y rodear los grandes bosques con los perros;
    otros golpean ya el ancho río con su profunda red
    y otros arrastran su húmeda red por el fondo del mar.

    Entonces descubrió la dureza del hierro y la hoja de la ronca sierra,
    cuando por primera vez rompían la dura madera con cuñas,
    entonces, cuando inventaron las artes diversas.
    El duro trabajo vence todas las dificultades
    y también la urgente necesidad en los momentos difíciles.
    Ceres fue la primera que enseñó a los mortales
    a remover la tierra con el hierro, cuando ya faltaban
    las bellotas y los arbustos del bosque sagrado
    y Dodona negaba el alimento.

    Ante Iovem nulli subigebant arva coloni;
    ne signare quidem aut partiri limite campum
    fas erat: in medium quaerebant ipsaque tellus
    omnia liberius nullo poscente ferebat.
    Ille malum virus serpentibus addidit atris
    praedarique lupos iussit pontumque moveri,
    mellaque decussit foliis ignemque removit
    et passim rivis currentia vina repressit,
    ut varias usus meditando extunderet artis
    paulatim et sulcis frumenti quaereret herbam.
    Ut silicis venis abstrusum excuderet ignem.
    Tunc alnos primum fluvii sensere cavatas;
    navita tum stellis numeros et nomina fecit,
    Pleiadas, Hyadas, claramque Lycaonis Arcton;
    tum laqueis captare feras et fallere visco
    inventum et magnos canibus circumdare saltus;
    atque alius latum funda iam verberat amnem
    alta petens, pelagoque alius trahit humida lina;
    tum ferri rigor atque argutae lamina serrae,—
    nam primi cuneis scindebant fissile lignum
    tum variae venere artes. Labor omnia vicit
    inprobus et duris urgens in rebus egestas.
    Prima Ceres ferro mortalis vertere terram
    instituit, cum iam glandes atque arbuta sacrae
    deficerent silvae et victum Dodona negaret.

    Y también en los versos finales del libro II de las Geórgicas:

    Geórgicas, II 532 y ss.:

    Esta vida llevaron en otro tiempo los antiguos Sabinos;
    esta llevaron Remo y su hermano, así ciertamente creció Etruria
    y así se hizo Roma, la más hermosa de todas las cosa,
    la única que rodea sus siete colinas con su muralla.

    Antes también del gobierno del rey Dicteo
    y antes de que una raza impía se alimentase de los bueyes sacrificados,
    el áureo Saturno llevaba esta vida en la tierra;
    todavía no se habían oído resonar las trompetas
    ni el ruido crepitante de las espadas forjadas en los duros yunques.
    Pero nosotros hacemos en nuestro espacio una enorme carrera
    y ya es tiempo de soltar nuestro caballo, cuyo  cuello humea de sudor.

    Hanc olim veteres vitam coluere Sabini,
    hanc Remus et frater, sic fortis Etruria crevit
    scilicet et rerum facta est pulcherrima Roma,
    535septemque una sibi muro circumdedit arces.
    Ante etiam sceptrum Dictaei regis et ante
    inpia quam caesis gens est epulata iuvencis,
    aureus hanc vitam in terris Saturnus agebat;
    necdum etiam audierant inflari classica, necdum
    540inpositos duris crepitare incudibus enses.
    Sed nos inmensum spatiis confecimus aequor,
    et iam tempus equum fumantia solvere colla.

    Nota: en Virgilio el trabajo no es un castigo de Jupiter, sino la fuente de la civilización.

    Horacio al final de su Epodo XVI habla de tres edades, omitiendo la de plata:

    Epodos, XVI, 57 y ss.

    Aquí no ha llegado la nave de pino queremos argos
    movieron ni en ella la impúdica Cólquide:
    hacia acá no torcieron sus vergas jamás los marinos sidonios
    ni la compañía paciente de Ulises.
    Júpiter este lugar reservado dejó a las personas piadosas
    al hacer del siglo de oro, adulterándolo
    con hierro y con bronce, edad triste a la cual yo soy vate que auguro
    que podrán los hombres píos escapar.

    (Traducción de Manuel Fernández Galiano, Edit. Cátedra)

    non huc Argoo cntendit rémige pinus,
    neque impudica Cochis intulit pedem;
    non huc Sidonii torserunt cornua nautae
    laboriosa nec cohors Vlixei:
    Iuppiter illa piae secrevit litora genti,
    ut inquinavit aere tempus aureum;
    aere, dehinc ferro duravit saecula, quórum
    piis secunda vate me datur fuga.

    Horacio en otro pasaje se refiere a la degeneración progresiva de las generaciones humanas (nuestros abuelos, nuestros padres, nosotros y nuestros hijos, cada generación peor que la anterior) en Carmina, III, 6, 45 y ss.:

    … ¿Por qué no cambian
    estos penosos tiempos? Los paternos,
    peores ya que los de nuestro abuelo,
    malos nos parieron y autores
    de descendientes aún mas viciosos.

    damnosa quid non imminuit dies?
    aetas parentum peior avis tulit
    nos nequiores, mox daturos
    progeniem vitiosiorem.

    El poeta latino Albio Tibulo (50-19 a. C.) reduce las edades a dos: la Edad de Saturno, en que el amor era libre, y la de Júpiter con la violencia, la propiedad privada y el robo

    Tibulo (50 a. C. – 19 a. C) .Elegías, I,3,35-66

    ¡Qué bien vivían (los hombres) en el reinado de Saturno,
    antes de que la tierra se hiciera un espacio abierto con largos caminos!
    Cuando las naves de pino todavía despreciaban las cerúleas olas
    y no ofrecían a los vientos sus velas desplegadas.
    Ni el errante marinero buscando su ganancia por tierras extrañas
    había cargado su barco de mercancías extranjeras.
    En aquel tiempo el fuerte toro no soportó el yugo
    ni el caballo mordía el freno con su boca domada.
    Ninguna casa tenía puertas, ni había piedra alguna
    clavada en los campos, que marcase las fincas con lindes seguros.
    Las propias encinas daban miel y las ovejas ofrecían
    voluntariamente sin temor sus ubres llenas de leche.
    Ni había ejército, ni ira ni guerras, ni un cruel herrero
    había inventado la espada con su arte cruel.
    Ahora, bajo el dominio de Júpiter, siempre muerte y heridas.
    Ahora el mar y otros mil modos repentinos de morir.
    Perdóname, padre, porque no me asustan temeroso
    los perjurios ni palabras impías contra los santos dioses.
    Por lo que si ya he completado los años de mi destino,
    permíteme que coloque sobre mis huesos una lápida con estas palabras:
    “Aquí yace Tibulo, consumido por una muerte cruel,
    mientras seguía a Mesala por tierra y por mar”.
    Pero a mí, porque siempre he sido dócil al tierno Amor,
    la misma Venus me conducirá a los Campos Elíseos.
    Allí reinan las danzas y los coros, y marchando de un sitio a otro,
    las aves hacen sonar su dulce canto de su frágil garganta.
    La tierra sin cultivar produce el cinamomo y por todo el campo
    florece la tierra generosa con sus rosas olorosas.
    Y el grupo de jóvenes se alegra mezclado con las tiernas muchachas
    y el Amor libra continuamente sus batallas.
    Allí está el amante al que le ha sorprendido la muerte ávida
    y lleva una corona de mirto sobre sus cabellos.
    Pero queda escondida en la noche profunda la estancia criminal,
    a cuyo alrededor resuenan los negros ríos.
    Y se enfurece  Tisifone enlazada por salvajes serpientes en lugar de cabellos,
    y la turba impía huya por aquí y por allá.
    Luego, en la puerta , el negro Cerbero, con su garganta de serpientes,
    silba y vigila ante las puertas de bronce. 

    Quam bene Saturno vivebant rege, priusquam
    Tellus in longas est patefacta vias!
    Nondum caeruleas pinus contempserat undas,
    Effusum ventis praebueratque sinum,
    Nec vagus ignotis repetens conpendia terris
    Presserat externa navita merce ratem.
    Illo non validus subiit iuga tempore taurus,
    Non domito frenos ore momordit equus,
    Non domus ulla fores habuit, non fixus in agris,
    Qui regeret certis finibus arva, lapis.
    Ipsae mella dabant quercus, ultroque ferebant
    Obvia securis ubera lactis oves.
    Non acies, non ira fuit, non bella, nec ensem
    Inmiti saevus duxerat arte faber.
    Nunc Iove sub domino caedes et vulnera semper,
    Nunc mare, nunc leti mille repente viae.
    Parce, pater. timidum non me periuria terrent,
    Non dicta in sanctos inpia verba deos.
    Quodsi fatales iam nunc explevimus annos,
    Fac lapis inscriptis stet super ossa notis:
    ‘Hic iacet inmiti consumptus morte Tibullus,
    Messallam terra dum sequiturque mari.’
    Sed me, quod facilis tenero sum semper Amori,
    Ipsa Venus campos ducet in Elysios.
    Hic choreae cantusque vigent, passimque vagantes
    Dulce sonant tenui gutture carmen aves,
    Fert casiam non culta seges, totosque per agros
    Floret odoratis terra benigna rosis;
    Ac iuvenum series teneris inmixta puellis
    Ludit, et adsidue proelia miscet Amor.
    Illic est, cuicumque rapax mors venit amanti,
    Et gerit insigni myrtea serta coma.
    At scelerata iacet sedes in nocte profunda
    Abdita, quam circum flumina nigra sonant:
    Tisiphoneque inpexa feros pro crinibus angues
    Saevit, et huc illuc inpia turba fugit.
    tum niger in porta serpentum Cerberus ore
    stridet et aeratas excubat ante fores.

    Juvenal,  para quien bajo Saturno se vivía de manera sencilla, en Sátira, VI, 1-20

    Yo creo que en el reinado de Saturno, el pudor permanecía en la tierra, en donde fue mucho tiempo vista, cuando la fría cueva ofrecía un pobre cobijo y un fuego y un hogar y encerraba con su sombra común a los ganados y a sus dueños, cuando la rústica esposa extendía el rústico lecho de hojas y paja y pieles de sus fieras vecinas, de manera nada semejante a ti, Cintia, a ti, cuyos reluciente ojos ha enturbiado la muerte de un pajarillo, pero ofreciendo sus pechos a mamar a niños ya grandes y con frecuencia más desaliñada que su marido eructando bellotas.

    Porque entonces cuando el mundo era nuevo y el cielo reciente vivían de otro modo los hombres que, nacidos de una encina abierta o formados de barro, no tenían padre alguno.

    Tal vez en el reinado de Júpiter sobreviviesen muchos o al menos algún vestigio del antiguo pudor, pero cuando a Júpiter todavía no le había crecido la barba, cuando los griegos todavía no habán aprendido a jurar por la cabeza de otro, cuando nadie temía al ladrón de sus coles o de sus manzanas y vivía en un jardín abierto.

    Después poco a poco Astrea se fue retirando hacia el cielo con este (el pudor) como su compañero, e igualmente huyeron las dos hermanas.

    Antiguo y arraigada  es, Póstumo, la práctica de sacudir el lecho ajeno y despreciar el Genio (espíritu) del sagrado diván. Pronto la edad de hierro trajo todos los restantes crímenes, pero los siglos de plata vieron los primeros adulterios.

    Nota: Juvenal, el poeta satírico de la saeva indignatio, del cruel despecho, no se resiste a desmitificar el mito cuando en el inicio de esta Sátira contrapone el ambiente de primitiva felicidad y naturalidad a  “la madre amamantando desgreñada y al marido eructando bellotas”

    Credo Pudicitiam Saturno rege moratam
    in terris uisamque diu, cum frigida paruas
    praeberet spelunca domos ignemque laremque
    et pecus et dominos communi clauderet umbra,
    siluestrem montana torum cum sterneret uxor              
    frondibus et culmo uicinarumque ferarum
    pellibus, haut similis tibi, Cynthia, nec tibi, cuius
    turbauit nitidos extinctus passer ocellos,
    sed potanda ferens infantibus ubera magnis
    et saepe horridior glandem ructante marito.              
    quippe aliter tunc orbe nouo caeloque recenti
    uiuebant homines, qui rupto robore nati
    compositiue luto nullos habuere parentes.
    multa Pudicitiae ueteris uestigia forsan
    aut aliqua exstiterint et sub Ioue, sed Ioue nondum              
    barbato, nondum Graecis iurare paratis
    per caput alterius, cum furem nemo timeret
    caulibus ac pomis et aperto uiueret horto.
    paulatim deinde ad superos Astraea recessit
    hac comite, atque duae pariter fugere sorores.              
    anticum et uetus est alienum, Postume, lectum
    concutere atque sacri genium contemnere fulcri.
    omne aliud crimen mox ferrea protulit aetas:
    uiderunt primos argentea saecula moechos.

  • El Humanismo clásico de Cervantes

    El día 23 de abril de cada año se celebra el “Día mundial del libro y del derecho de autor”. Alguna curiosa circunstancia hizo coincidir la muerte de Cervantes en España, Shakespeare en Inglaterra, el Inca Garcilaso de la Vega en ese día. La Unesco lo consideró muy adecuado para celebrar la existencia de los libros y promocionar la lectura y así se viene haciendo desde el año 1995.

    En un blog sobre el ”mundo antiguo” como éste, parece conveniente en estas fechas dedicar algún comentario a la relación entre la literatura grecolatina  y Cervantes y más en concreto en su magna obra “Don Quijote de la Mancha”. Y a eso dedicaré unas líneas.

    La vida de Cervantes y toda su obra se desarrolla en el marco del Siglo de Oro y del Humanismo español, como corresponde a las fechas de su vida. Así que todo él está impregnado de clasicismo. No hay un solo capítulo del Quijote en el que no se encuentre una referencia directa o indirecta a un autor o personaje clásico antiguo.

    Pero no sólo se trata de recoger mecánicamente las citas textuales, a las que a continuación me referiré, sino de detectar los infinitos detalles de esa influencia y sintonía general y averiguar en qué medida afectaron a Cervantes.

    Así  Cervantes no es sin duda un filólogo latino, pero sí es un amplio conocedor de toda la literatura tópica clásica del momento que utiliza profusamente. Así por ejemplo cuando en Quijote, 9, habla de los historiadores, construye su definición de “historia” a partir de la tópica y famosa de Cicerón, de la que generalmente sólo se conoce y cita la parte más elemental “Historia magistra vitae, la Historia es la maestra de la vida”:

    Quijote, I, 9

    …habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les haga torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir.

    Cicerón en De oratore, IX, 36

    Historia vero testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuntia vetustatis

    Su primera novela, la Galatea, que el propio Cervantes considera una “égloga” virgiliana, es heredera directa del bucolismo grecolatino,  su “Los trabajos de Persiles y Segismunda” es imitación de la novela “Etiópicas”,( que imita la Odisea de Homero) del griego Heliodoro que vivió en los siglos III o IV. 

    Más evidente aún resulta su deuda en sus obras de teatro, especialmente la Numancia, que naturalmente se ambienta en la época. Los preceptos de la retórica y poéticas antiguas, desde Aristóteles a Cicerón y Horacio, marcan las pautas de la creatividad de Cervantes. El conocimiento de la historia antigua, las discusiones sobre las relaciones entre las armas y las letras, entre la poesía y la historia, se plantean en numerosas ocasiones. Innumerables sentencias, aforismos, preceptos morales, refranes que se vienen usando como topoi desde la Antigüedad, referencias a la mitología clásica, salpican por doquier la vida del loco cuerdo.

    Más aún, hay autores que creen que Cervantes intenta imitar el proceso de creación que algunos ven en el propio Virgilio, que comenzó escribiendo su poesía pastoril, las Églogas, luego poesía didáctica, las Geórgicas y finalmente poesía épica, la Eneida.

    A este proceso en la Edad Media se le llamó la “rota Virgilii” o “rueda de Virgilio” que se representaba como tres círculos concéntricos. Los círculos se corresponden con los tres estilos de la retórica antigua, humilde (humilis), medio (mediocris) y sublime (gravis). Este debería ser el proceso de todo buen poeta. La Galatea, el Quijote y los Trabajos de Persiles y Segismunda serían los tres pasos o círculos de la “rota” que Cervantes habría completado. Pero no tenemos ninguna evidencia de que este fuera el plan de Cervantes, aunque ciertamente era conocedor de esta llamada “rota virgilii” y Virgilio sea uno el autor clásico más citado en El Quijote.

    Dedicaré este primer artículo a reproducir tan sólo la idea que Cervantes tiene por boca de sus personajes de la importancia de los estudios clásicos grecolatinos. En un segundo artículo me referiré, a título de ejemplo, al mito de las “edades del hombre” y en tercer y último lugar (en algún momento hay que variar de asunto) al famoso episodio del ataque del “caballero” a un numeroso y fiero ejército de mansas ovejas, que tiene algún parecido con lo que nos cuentan Homero y Sófocles del héroe griego en la guerra de Troya Ayax, de gran fuerza y de notable persistencia o cabezonería en sus decisiones. 

    Los estudios de los filólogos dedicados a estas cuestiones de la relación de Cervantes, y más en concreto el Quijote, con la literatura clásica son numerosísimos. Me permito citar la tesis doctoral de Antonio Barnés Vázquez “Yo he leído en Virgilio. Análisis sincrónico de la tradición clásica en el Quijote. Granada, 2008), de la que extraigo algunos de los datos que ofrezco a continuación.

    Antonio Barnés constata en El Quijote 1274 referencias al mundo clásico, 531 en la primera parte y 743 en la segunda. De todas ellas 472 se refieren a algún autor griego o romano. Según Barnés aparecen 62 autores griegos o romanos, 37 latinos y 25 griegos. Los más representados son: Virgilio 94 veces, Ovidio 58, Homero 47, Aristóteles 46, Horacio 45, Platón 32, Cicerón 31, Plinio el Viejo 30, Séneca 19, Plutarco 12, Tito Livio 10, Esopo y Catón 9, César 8; Ptolomeo y Quintiliano 6; Luciano,Aulo Gelio y Juvenal 5; Demóstenes, Isócrates, Apuleyo, Marcial, Suetonio 4; Hipócrates, Jenofonte,Pitágoras, Fedro, Quinto Curcio, Tácito, Terencio 3; Heródoto, Boecio, Claudio Donato, Lucano, Macrobio, Plauto 2; Aquiles Tacio,Arriano, Demócrito, Estrabón, Heliodoro, Hesiodo, Píndaro, Sexto Empírico,Sócrates, Teopompo, Tirteo, Zoilo, Apio Claudio, Catulo, Frontino, Higinio, Nepote, Papiniano, Persio, Plinio el Joven, Pomponio Mela, Propercio, Publilio Siro, Salustio, Tibulo una.

    Y todo esto sólo en El Quijote. Así que el campo en el que el curioso lector puede espigar es inmenso.

    Por eso, a  manera de síntesis reproduzco el capítulo XVI de la II parte en que Cervantes nos deja su visión de la importancia de los estudios humanísticos:

    Desta última razón de don Quijote tomó barruntos el caminante de que don Quijote debía de ser algún mentecato, y aguardaba que con otras lo confirmase; pero, antes que se divertiesen en otros razonamientos, don Quijote le rogó le dijese quién era, pues él le había dado parte de su condición y de su vida. A lo que respondió el del Verde Gabán:

    –Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy más que medianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer, y con mis hijos, y con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso, o algún hurón atrevido. Tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín, de historia algunos y de devoción otros; los de caballerías aún no han entrado por los umbrales de mis puertas. Hojeo más los que son profanos que los devotos, como sean de honesto entretenimiento, que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invención, puesto que déstos hay muy pocos en España. Alguna vez como con mis vecinos y amigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y aseados, y no nada escasos; ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de mí se murmure; no escudriño las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los otros; oigo misa cada día; reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la hipocresía y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón más recatado; procuro poner en paz los que sé que están desavenidos; soy devoto de nuestra Señora, y confío siempre en la misericordia infinita de Dios nuestro Señor.

    Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos del hidalgo; y, pareciéndole buena y santa y que quien la hacía debía de hacer milagros, se arrojó del rucio, y con gran priesa le fue a asir del estribo derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le besó los pies una y muchas veces. Visto lo cual por el hidalgo, le preguntó:

    –¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son éstos?

    –Déjenme besar –respondió Sancho–, porque me parece vuesa merced el primer santo a la jineta que he visto en todos los días de mi vida.

    –No soy santo –respondió el hidalgo–, sino gran pecador; vos sí, hermano, que debéis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.

    Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de la profunda malencolía de su amo y causado nueva admiración a don Diego. Preguntóle don Quijote que cuántos hijos tenía, y díjole que una de las cosas en que ponían el sumo bien los antiguos filósofos, que carecieron del verdadero conocimiento de Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los de la fortuna, en tener muchos amigos y en tener muchos y buenos hijos.

    –Yo, señor don Quijote –respondió el hidalgo–, tengo un hijo, que, a no tenerle, quizá me juzgara por más dichoso de lo que soy; y no porque él sea malo, sino porque no es tan bueno como yo quisiera. Será de edad de diez y ocho años: los seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas latina y griega; y, cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, halléle tan embebido en la de la poesía, si es que se puede llamar ciencia, que no es posible hacerle arrostrar la de las leyes, que yo quisiera que estudiara, ni de la reina de todas, la teología. Qu[i]siera yo que fuera corona de su linaje, pues vivimos en siglo donde nuestros reyes premian altamente las virtuosas y buenas letras; porque letras sin virtud son perlas en el muladar. Todo el día se le pasa en averiguar si dijo bien o mal Homero en tal verso de la Ilíada; si Marcial anduvo deshonesto, o no, en tal epigrama; si se han de entender de una manera o otra tales y tales versos de Virgilio. En fin, todas sus conversaciones son con los libros de los referidos poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tibulo; que de los modernos romancistas no hace mucha cuenta; y, con todo el mal cariño que muestra tener a la poesía de romance, le tiene agora desvanecidos los pensamientos el hacer una glosa a cuatro versos que le han enviado de Salamanca, y pienso que son de justa literaria.
    A todo lo cual respondió don Quijote:

    –Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y así, se han de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan vida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos de la virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para que cuando grandes sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso; y cuando no se ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante que le dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado; y, aunque la de la poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar a quien las posee. La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo estremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio; hala de tener, el que la tuviere, a raya, no dejándola correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera, si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo. Y así, el que con los requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesía, será famoso y estimado su nombre en todas las naciones políticas del mundo. Y a lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doyme a entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grande Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en griego, porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las estranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto así, razón sería se estendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno, que escribe en la suya. Pero vuestro hijo, a lo que yo, señor, imagino, no debe de estar mal con la poesía de romance, sino con los poetas que son meros romancistas, sin saber otras lenguas ni otras ciencias que adornen y despierten y ayuden a su natural impulso; y aun en esto puede haber yerro; porque, según es opinión verdadera, el poeta nace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale poeta; y, con aquella inclinación que le dio el cielo, sin más estudio ni artificio, compone cosas, que hace verdadero al que dijo: est Deus in nobis…, etcétera. También digo que el natural poeta que se ayudare del arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que sólo por saber el arte quisiere serlo; la razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza, sino perficiónala; así que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con la naturaleza, sacarán un perfetísimo poeta. Sea, pues, la conclusión de mi plática, señor hidalgo, que vuesa merced deje caminar a su hijo por donde su estrella le llama; que, siendo él tan buen estudiante como debe de ser, y habiendo ya subido felicemente el primer escalón de las esencias, que es el de las lenguas, con ellas por sí mesmo subirá a la cumbre de las letras humanas, las cuales tan bien parecen en un caballero de capa y espada, y así le adornan, honran y engrandecen, como las mitras a los obispos, o como las garnachas a los peritos jurisconsultos. Riña vuesa merced a su hijo si hiciere sátiras que perjudiquen las honras ajenas, y castíguele, y rómpaselas, pero si hiciere sermones al modo de Horacio, donde reprehenda los vicios en general, como tan elegantemente él lo hizo, alábele: porque lícito es al poeta escribir contra la invidia, y decir en sus versos mal de los invidiosos, y así de los otros vicios, con que no señale persona alguna; pero hay poetas que, a trueco de decir una malicia, se pondrán a peligro que los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta fuere casto en sus costumbres, lo será también en sus versos; la pluma es lengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos; y cuando los reyes y príncipes veen la milagrosa ciencia de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y graves, los honran, los estiman y los enriquecen, y aun los coronan con las hojas del árbol a quien no ofende el rayo, como en señal que no han de ser ofendidos de nadie los que con tales coronas veen honrados y adornadas sus sienes.

    Admirado quedó el del Verde Gabán del razonamiento de don Quijote, y tanto, que fue perdiendo de la opinión que con él tenía, de ser mentecato. Pero, a la mitad desta plática, Sancho, por no ser muy de su gusto, se había desviado del camino a pedir un poco de leche a unos pastores que allí junto estaban ordeñando unas ovejas; y, en esto, ya volvía a renovar la plática el hidalgo, satisfecho en estremo de la discreción y buen discurso de don Quijote, cuando, alzando don Quijote la cabeza, vio que por el camino por donde ellos iban venía un carro lleno de banderas reales; y, creyendo que debía de ser alguna nueva aventura, a grandes voces llamó a Sancho que viniese a darle la celada. El cual Sancho, oyéndose llamar, dejó a los pastores, y a toda priesa picó al rucio, y llegó donde su amo estaba, a quien sucedió una espantosa y desatinada aventura.

  • La Academia de Platón (1): “No entre nadie que no sepa geometría”

    La tradición dice que esta frase estaba grabada a la entrada de la Academia de Platón.

    Esta tradición  es  transmitida por varios comentaristas de Aristóteles, como Elias en su “Comentario a las Categorías, XVIII, 118, 18-19):

    “En la Academia de Platón, delante del templo de las Musas estaba escrito: ‘No entre nadie que no conozca la geometria"

    καὶ διὰ Πλατὁνα ἐπιγράψαντα πρὸ τοῦ μουσείου  ἀγεωμέτρητος  μέδεις εἰσίτω,  (“kai diá Platóna epigrápsanta prò tou mouseíou ageométretos médeis eisíto”)

    y Juan FilóponoComentario sobre el alma, XV,117,27, con una pequeña variación:

    “no entre el que no sepa geometría”,

    ageometretos me eisito” ἀγεωμέτρητος μὴ εἰσίτω

    Diógenes Laercio en IV, 10 cuenta una anécdota que muestra la importancia de la geometría en la enseñanza platónica:

    “Jenócrates quería estudiar con él sin saber ni música ni geometría ni astronomía, y Platón le dijo: “Vete, pues no tienes los asideros de la filosofía”.

    Pero ¿qué fue la Academia de Platón? El nombre, que procede del latín Academia y éste del griego  Akademeia, Ἀκαδημία, define a la institución, escuela, centro de enseñanza o corporación filosófico-política fundada por Platón en las afueras de la ciudad de Atenas, cerca de las murallas, que recibe el nombre del lugar en el que fue construida, un espacio en el que había un santuario dedicado al mítico héroe ático Academo, (de escasa importancia en la mitología griega que reveló a los Dióscuros el lugar en que se escondía Helena). Así que etimológicamente significa “el jardín o terreno de Academos”.

    Aunque las noticias son escasas, debemos suponer que este centro seguiría el programa educativo que Platón expone en su diálogo la “República”. En él tienen un peso específico las matemáticas y la geometría, como decía al principio de este artículo.  También es fundamental la música, en el sentido de “artes”  inspiradas por las Musas.

    Pero el objetivo esencial de la Academia era el de  preparar hombres para el servicio del Estado. De ella salieron numerosos estadistas, educados mediante el método dialéctico,  por el que los alumnos iban descubriendo la verdad en convivencia con los otros miembros de la institución. Junto a la actividad filosófica desarrolló también una intensa reflexión científica sobre matemáticas, música, astronomía, división y clasificación. Su pedagogía se basaba en lecciones y diálogos. Produjo también gran cantidad de comentarios sobre Platón y Aristóteles que nos han aportado valiosas informaciones.

    La Academia es, pues, una de las más antiguas instituciones de educación superior, que debió ser fundada hacia el año 387 a.C. Continuó activa a la muerte de Platón (347 a.C.), cuando se hizo cargo su sobrino Espeusipo, a pesar de que sin duda había otros filósofos de mayor importancia.

    No deja de ser curioso que quien exigía elegir a los mejores para el gobierno de la ciudad no siguiera el mismo principio para dirigir su institución, en un claro ejemplo de nepotismo. Entre esos mejores estaba precisamente Aristóteles, quien creó su escuela que se conoce como el Liceo y de la que hablaremos en otra ocasión.

    Nota:  se llama nepotismo a la concesión de nombramientos y empleos públicos a parientes miembros de la propia familia. Deriva de la palabra latina nepos,-tis que significa nieto, sobrino.

    La Academia recibió un golpe mortal cuando en el año 86 a.C.  el general romano Sila conquistó y destruyó Atenas. El director de la Academia, Filón de Larissa, se marchó de Atenas al año siguiente y murió sin dejar sucesor, lo que supuso la muerte de la institución.

    Siglos después, en el V de Cristo, los neoplatónicos resucitaron la Academia, pero sin el esplendor y futuro de la primera. Pervivió no obstante hasta el año 529, en que Justiniano la clausuró por motivos religiosos, más que filosóficos, porque el neoplatonismo siguió influyendo en época bizantina. A partir de este momento la institución se fue acabando por inanición. Así que la Academia vino a durar más de novecientos años.

    Respecto de la clausura por Justiniano parece que no hubo una supresión formal, sino que fue una consecuencia de su legislación para suprimir el paganismo.

    Una  de las principales medidas  para evitar la expansión del paganismo  fue la prohibición de que los maestros y filósofos paganos pudieran enseñar, fijando duros castigos para quienes infringieran estas leyes. 

    Durante el consulado de Decio, el emperador envió una orden a Atenas que imponía que nadie podía enseñar filosofía o interpretar la ley. Esta orden se pone en relación con la ley del Código de Justiniano, I,tit. XI,10, que entre otras cosas dice:

    Prohibimos que sea enseñada cualquier doctrina por aquellos que se afanan con el esfuerzo de los paganos impíos, de tal manera que ni siquiera parezcan que instruyen a quienes por alguna desgracia acuden a ellos, pero que en realidad corrompen el espíritu de los que han de ser enseñados; además que no reciban nada de la ayuda pública,  ni tengan autorización para reclamar ningún derecho para ellos ni de la ley divina ni de los decretos y pragmáticas sanciones.


    Omnem autem doctrinam ab  iis, qui impiorum paganorum furore laborant, doceri prohibemus, ut ne hoc modo simulent, se  eos, qui misera sorte ad ipsos veniant, erudire, sed revera ánimos erudiendorum corrumpant,  neque magis aliquid annonae ex publico percipiant, non habentes licentiam, ne ex divinis  quidem rescriptis vel pragmaticis sanctionibus eiusmodi ius sibi vindicandi (1.11.10) . 

    La ley, pues, parece que no cierra formalmente la Academia, pero obliga a sus profesores a bautizarse o a exiliarse. Esta situación y las penurias económicas acabarían por arruinarla. Pero no hay absoluto acuerdo entre los historiadores al respecto.
     

  • Una filosofía para la vida

    Desgraciadamente la Filosofía no goza del prestigio del que ha gozado en otras épocas. Es verdad que con alguna frecuencia, los filósofos, algunos filósofos, se han refugiado en sus facultades universitarias o cenáculos culturales y se han abstraído de la sociedad a la que pertenecían y a la que debían su reflexión.

    Luciano de Samósata es un pensador y literato griego que vivió en época romana, en los años 125 – 181.  Es un gran satírico, cínico le consideran algunos, aunque él no perteneció a ninguna escuela filosófica. Con frecuencia el ácido y “cínicoLuciano fustiga sin piedad a los filósofos, de manera especial a los “platónicos” y a los de su tiempo, a quienes considera meros charlatanes. Es esta otra visión de la consideración de que disfrutaban los “filósofos”  en la sociedad y que tal vez choque al estudioso de la filosofía académica y escolar. 

    Un breve ejemplo de la ácida crítica con la que fustiga a los filósofos es, por ejemplo, este fragmento de su diálogo Icaromenipo. Zeus convoca una asamblea de dioses, preocupado por la actitud de algunos hombres que cuestionan su existencia o su culto.

    Luciano de Samósata, Icaromenipo 28 y ss. :

    (28)…Con la aurora se levantó Zeus y ordenó convocar asamblea. (29) Cuando todos estuvieron presentes comenzó diciendo: “El motivo de convocaros me lo ha ofrecido nuestro huésped de ayer (Icaromenipo), aquí presente; si bien hace tiempo que quería cambiar impresiones con vosotros acerca de los filósofos, movido ante todo por la Luna y sus quejas, he decidido no diferir por más tiempo el debate.

    Hay una raza de hombres que pulula no ha mucho tiempo por el mundo, holgazana, pendenciera, jactanciosa, irascible, glotona, necia, fatua, henchida de soberbia y, para decirlo con palabras de Homero `vano peso de la tierra´. Pues bien, esos individuos, divididos en escuelas tras crear diversos laberintos de palabras, se han dado a sí mismos los nombres de estoicos, académicos, epicúreos, peripatéticos y otros mucho más ridículos aún que los citados. A continuación, revestidos con el augusto nombre de la virtud, elevadas las cejas, arrugadas las frentes y crecidas las barbas, deambulan cubriendo sus costumbres repugnantes con un falso ropaje, muy semejantes a esos actores trágicos de quienes, si alguien les arranca la máscara y el ropaje entretejido de oro, queda tan sólo un ridículo hombrecillo contratado por siete dracmas para la representación.

    (30) Aunque son de esa ralea, desprecian a todos los hombres y cuentan absurdas historias acerca de los dioses; reuniendo a jóvenes fáciles de engañar, declaman en tono trágico sobre su cacareada virtud y les enseñan sus insolubles argucias didácticas; y ante sus discípulos ensalzan siempre la continencia, al tiempo que desprecian la riqueza y el placer; mas, a solas consigo mismos, ¿quién acertaría a describir sus excesos en las comidas, sus abusos sexuales y la forma en que lamen hasta la roña de los óbolos?
    Lo peor de todo es que ellos no llevan a término empresa alguna, ni pública ni privada, sino que son seres inútiles y superfluos
           `que ni en guerra cuentan ni tampoco en asamblea` (Iliada II, 202)
    sin embargo acusan a los demás, hacen acopio de palabras acres, consiguen adiestrarse en nuevos términos ofensivos y dirigen dicterios y reproches contra el prójimo; y parece alcanzar el triunfo entre ellos el más vocinglero, imprudente y osado para las difamaciones.

    (31) Sin embargo si pregunta a uno de esos que anda en tensión gritando y acusando a los demás:  ‘¿y tú qué haces? ¿Qué diremos, en nombre de los dioses que aportas tú al mundo?’, respondería , de querer expresarse en términos de justicia y verdad: ‘Navegar, cultivar la tierra, ser soldado o ejercer algún oficio me parecen actividades superfluas; pero grito, ando sucio, me baño en agua fría, camino descalzo en invierno, me envuelvo en una capa roñosa y, al igual que Momo, denuncio las acciones de los demás. Si algún rico gasta con prodigalidad en manjares o tiene una amante, me entremeto e indigno por esto, mas si un amigo o compañero yace enfermo o necesita cuidados y atenciones, lo ignoro’.
    De esa jaez es, oh dioses, este ganado.

    (32) Sin embargo, de entre estos, los llamados ‘epicúreos’ son en extremo insolentes y nos atacan sin mesura, afirmando que los dioses no nos ocupamos de los asuntos humanos y que, en una palabra, no prestamos atención a cuanto ocurre. Por tanto ya es hora de tratar el tema, pues si en una ocasión concreta consiguen esos tales persuadir al mundo, no será llevadera el hambre que sufriréis. Porque ¿quién iba ya a consagraros sacrificios sin esperanzas de ganar algo a cambio?
    En cuanto a las acusaciones de la Luna, todos oísteis ayer el relato del extranjero. Ante estos cargos proponed lo que resulte más conveniente para los hombres y más seguro para nosotros”
    (33)Cuando Zeus concluyó este discurso…
    (Traducción de Andrés Espinosa Alarcón, Edit. Gredos, 1996).

    En sus numerosos diálogos son muy frecuentes este tipo de críticas,  pero Luciano escribió también algunas obras nada irónicas, sino muy serias, sobre un par de filósofos que le marcaron personalmente.

    Voy a reproducir en su integridad una pequeña obra (más bien no es excesivamente larga) en la que  Luciano de Samósata nos ofrece los únicos datos que tenemos sobre un filósofo que no debió ser de primer nivel pero que a él le impactó como profesor, Demonacte o Demonax. Curiosamente Luciano vivió en época del emperador filósofo Marco Aurelio o del filósofo estoico Epicteto (55 –135) pero no escribió su biografía.

    Demonax no fue creador de ningún gran sistema de pensamiento, ni perteneció a ninguna escuela aunque algunos le consideran “cínico” y en realidad su tipo de vida se asemejó no poco a la de los “perrunos”, que eso es lo que significa la palabra “cínico”, de κυνικός, palabra griega formada a partir de κύων  κυνός , perro.

    Demonacte fue un  pensador íntegro, de vida sencilla y pobre coherente con su predicación, cercano a sus conciudadanos a los que ayudó cuantas veces pudo. Es ejemplo, pues, de filósofo no despegado y alejado de su sociedad sino todo lo contrario. Con frecuencia los “pensadores” se abstraen, se apartan, (que es lo que significa la palabra abs-trahere, abstracción) de sus conciudadanos, perdidos en la nube de su especulación. Pero el “pensador”, el intelectual en general debe ofrecer su reflexión al conjunto social. Por desgracia, con frecuencia los únicos que ofrecen su “saber” son los charlatanes dicharacheros, conocidos hoy como “tertulianos” omnipresentes y cuasi ubicuos en todos los medios de comunicación.

    Por lo demás el texto de la Vida de Demonacte es también un buen documento de las agudezas y humor que entretenía la vida social de las personas de cierta cultura.

    LUCIANO DE SAMOSATA: Vida de Demonacte

    1  No iba a carecer por completo nuestra época de hombres dignos de mención y recuerdo, sino que habría de ofrecer un notable ejemplo de perfección física y un filósofo de alto nivel intelectual. Me refiero a Sóstrato, el beocio, a quien los griegos llamaban «Heracles» y creían que lo era, y en especial a Demonacte, el filósofo. A ambos conocí, y por conocerlos admiré; de uno de ellos, de Demonacte, fui discípulo durante un dilatado período. Acerca de Sóstrato he tratado en otro libro  , y he descrito su talla y fuerza extraordinaria, su vida al aire libre en el Parnaso, su duro lecho, sus alimentos de la montaña y sus proezas —en nada discordantes con su nombre— 1, tales como exterminar bandidos, abrir caminos por lugares inaccesibles, o construir puentes en puntos de tránsito difícil.

    2  Acerca de Demonacte procede hablar ahora por dos razones: para que él permanezca en el recuerdo de los hombres cultos en lo que de mí depende, y para que los jóvenes mejor dotados que se entregan a la filosofía no tengan sólo los ejemplos del pasado para orientarse, sino que puedan tomar también un modelo de nuestro tiempo e imitar a aquel hombre como el mejor de los filósofos que yo he conocido.

    3 Era chipriota de origen, y de familia nada oscura en cuanto a rango político y hacienda. Sin embargo, superó todo esto, y aspirando a lo mejor para sí se entregó a la filosofía. No fue a instancias de Agatobulo  ni de Demetrio , su predecesor, ni tampoco de Epicteto, aunque estudió con todos ellos y también con Timócrates de Heraclea, sabio varón de gran sublimidad de expresión y pensamiento. Mas Demonacte, como digo, no fue captado por ninguno de éstos, sino que, movido por su natural inclinación hacia las cosas nobles y su amor innato a la filosofía desde la niñez, despreció todos los bienes humanos y, entregándose por entero a la libertad y a la sinceridad, vivió una existencia recta, sana e irreprochable, ofreciendo a cuantos le vieron y oyeron ejemplo de su buen juicio y de la integridad de su filosofar.

    4  No se lanzó a estas actividades «con los pies sin lavar», como dice el refrán, sino que se nutrió de los poetas y recordaba pasajes extensísimos; era un experto orador, conocía las escuelas filosóficas por haberlas tratado de modo nada superficial y —como indica el proverbio— no «con la  punta del dedo»; mantenía su cuerpo entrenado, lo había endurecido para la resistencia y, en general, había procurado no depender de ningún otro. Por ello, cuando comprendió que ya no se  bastaba a sí mismo, abandonó la vida voluntariamente, dejando tras de sí un gran renombre entre los griegos cultos.

    5 Sin ceñirse a una determinada forma de filosofía, sino combinando muchas, en modo alguno manifestaba predilección por una concreta: parecía relacionarse más estrechamente con Sócrates, si  bien por su indumentaria y costumbres exentas de prejuicios dio la impresión de imitar al sabio de Sinope2. No falseaba, sin embargo, los detalles de su vida a fin de sorprender y atraer las miradas de quienes encontraba a su paso, sino que vivía igual que cualquier otro hombre, normal y en absoluto poseído de vanidad en sus relaciones privadas y públicas.

    6  No practicaba la ironía de Sócrates, pero sus conversaciones rebosaban, evidentemente, de gracia ática, de suerte que quienes le trataron se iban sin despreciarle por plebeyo y sin huir de sus críticas sombrías; al contrario experimentaban toda suerte de gozos y se hacían notablemente mejores, más alegres y optimistas ante el futuro que cuando llegaron.

    7 Jamás lo conocieron gritando, sobreexcitado o irritándose, incluso cuando debía reprender a  alguien, sino que reprimía los pecados y perdonaba a los pecadores, estimando justo tomar ejemplo de los médicos, que curan las enfermedades sin mostrar cólera contra los enfermos. Consideraba que es humano pecar, y divino —o de un hombre semejante a un dios— enderezar los yerros.

    8  Con semejante forma de vida, nunca necesitaba nada para sí, mas ayudaba a los amigos en lo razonable, y a quienes parecían gozar de buena suerte les recordaba que eran elevados por poco tiempo al disfrute de unos bienes aparentes; en cambio, a los abatidos por la pobreza, irritados por el destierro o quejosos de la vejez o enfermedad los consolaba con su risa, reprochándoles no comprender que pronto cesarían sus aflicciones, y que el olvido de los bienes y de los males, unido a una libertad perdurable, les saldría en breve al encuentro.

    9  Trataba también de reconciliar hermanos en disputa y llevar la paz entre las mujeres y sus maridos. En ocasiones puso paz entre la muchedumbre agitada, y persuadió a la mayoría a servir a su patria con ánimo sereno. Tal era el carácter de su filosofía: amable, apacible y alegre

      10  Sólo le afligía la enfermedad o la muerte de un amigo, ya que consideraba la amistad el mayor de los bienes humanos. Por eso era amigo de todos, y no había persona alguna a la que no tratase con familiaridad, por el hecho de ser hombre , aunque la amistad de algunos le agradase más que la de otros: sólo se mantenía alejado de quienes consideraba descarriados y sin esperanza de curación. Y todo ello lo hacía y decía acompañado de las Cárites y de la propia Afrodita, de modo que, para citar el verso cómico, «la persuasión residía en sus labios 3».

    11  De este modo, tanto el pueblo llano de Atenas como las autoridades le admiraban sobremanera, considerándolo siempre un ser superior. Con todo, desde su posición se enfrentaba a la opinión pública, y el odio que se ganó entre las masas no fue inferior al de su predecesor 4  por su franqueza e independencia; y también se alzaron contra él algunos Mitos y Meletos, los cuales le acusaron de los mismos delitos que los de su tiempo imputaron a Sócrates: de que nunca lo vieron hacer sacrificios, y de que era el único entre todos que no se había iniciado en los misterios de Eleusis. Como réplica se coronó con gran valor, se puso un vestido blanco inmaculado, se presentó en la Asamblea y realizó su defensa, en ciertos pasajes con moderación, pero en otros con mayor acritud que la propia de su forma de vida. Respecto a no haber ofrecido jamás sacrificios a Atenea dijo: «No os extrañéis, atenienses, de que no le haya hecho sacrificios hasta ahora, por entender que ella en nada necesitaba de mis sacrificios». Respecto de la otra acusación, el asunto de los misterios, dijo que no había participado jamás en sus ritos porque, si los misterios eran malos, no habría guardado el secreto ante los no iniciados, sino que los habría apartado de los cultos; y, si eran  buenos, los habría revelado a todos por filantropía. De este modo los atenienses, que ya tenían  piedras en las manos para arrojarlas contra él, se serenaron y reconciliaron al punto, y a partir de aquel momento comenzaron a honrarle, respetarle y —finalmente— a admirarle; aunque en el comienzo mismo de su discurso les dirigió un acre exordio: «atenienses —dijo—, ya me veis coronado; sacrificadme también a mí ahora, ya que la primera vez no os fue aceptada la víctima».

    12  Quiero citar algunos de sus oportunos y certeros comentarios. Bien podría empezar con Favorino y lo que le replicó. Como quiera que Favorino hubiese oído decir que Demonacte se  burlaba de sus conferencias, y en especial del relajamiento de su ritmo, diciendo que era vulgar, afeminado y nada acorde con la filosofía, fue a su encuentro y preguntó a Demonacte quién era él  para burlarse de sus creaciones. «Un hombre —contestó—que no tiene los oídos fáciles de engañar». El sofista insistió, preguntándole: «¿Con qué títulos, Demonacte, has pasado de la escuela a la filosofía?» «Con testículos» 5, respondió.

    13  En otra ocasión el mismo sujeto se acercó a Demonacte para preguntarle cuál era su sistema filosófico predilecto. Éste le replicó: «¿Quién te ha dicho que soy un filósofo?» Y, en cuanto se apartó de su lado, estalló en una gran carcajada. Al preguntarle Favorino por qué reía, él respondió: «Me ha parecido ridículo que trates de distinguir a los filósofos por su barba, cuando tú mismo no tienes barba».

    14  Cuando el sofista Sindonio gozaba de gran predicamento en Atenas, y pronunciaba en su  propio provecho un elogio en el que venía a decir que dominaba toda la filosofía —pero es mejor citar sus propias palabras—: Aristóteles me llama al Liceo, lo seguiré; si Platón me llama a la Academia, lo seguiré; si Zenón me llama, en el Pórtico Policromo emplearé mi tiempo; si Pitágoras me llama, guardaré silencio»6, entonces Demonacte se levantó en medio de los oyentes y le dijo: «Tú —llamándole por su nombre—, Pitágoras te llama».

    15  Un tal Pitón, hermoso joven de las mejores familias de Macedonia, intentaba un día burlarse de él y le proponía una pregunta capciosa, rogándole que le diese la solución lógica. Demonacte replicó: «Sólo sé una cosa, niño: lo que pretendes». Irritado el joven por la chanza del equívoco, dijo en tono amenazante: «En seguida te mostraré al hombre que llevo». A lo que Demonacte, riendo, preguntó: «¡Ah! ¿Pero tienes un hombre?».

    16  Una vez que un atleta, del que se había reído por exhibirse con un vestido bordado a pesar de ser vencedor de los Juegos Olímpicos, le golpeó en la cabeza con una piedra y brotó la sangre, los  presentes se indignaban como si cada uno de ellos hubiera sido herido, y clamaban ir por el  procónsul; pero Demonacte les dijo: «No, hombres, no vayáis por el procónsul, sino por el médico».

    17  En una ocasión, paseando por un camino, encontró un anillo, y puso un anuncio en la plaza, requiriendo al dueño del anillo —quienquiera que fuese quien lo extravió— a venir a recuperarlo, siempre que le dijera su peso, la piedra y el grabado. Se presentó a la sazón un bello jovencito diciendo haberlo perdido, mas, como no dijese ninguna característica acertada, exclamó: «Márchate, joven, y vigila tu propio anillo, que ése no lo has perdido» 7.

    18  Un senador romano en Atenas le presentó a su hijo, un joven muy bello, aunque afeminado e histérico, diciéndole: «Mi hijo, aquí presente, te saluda». A lo que Demonacte contestó: «Hermoso es el joven, digno de ti y semejante a su madre».

    19  Al cínico que enseñaba filosofía envuelto en una piel de oso decidió llamarle, no Honorato, como era su nombre, sino Arcesilao8. Alguien le preguntó cómo debía definirse la felicidad, y replicó que sólo el hombre libre es feliz; y, como el otro argumentara que había muchos hombres libres, añadió:  —«Pienso en aquel que nada espera ni teme».

    20  —«Pero ¿cómo puede lograrse eso? Pues todos, en general, somos esclavos de la esperanza y el temor». —«Sin duda, si observas las empresas humanas, hallarás que no son dignas ni de esperanza ni de temor, pues penas y alegrías han de cesar por completo».

    21  Cuando Peregrino Proteo le reprochaba sus frecuentes burlas y mofas de los hombres, diciéndole: «Demonacte, haces bien el perro»9, le contestó: «Peregrino, no haces bien el hombre».

    22  A un hombre de ciencia que hablaba acerca de los antípodas le instó a levantarse, lo llevó a orillas de un pozo y le preguntó: «¿Así afirmas que son los antípodas?»

    23  Como uno afirmase ser un mago y poseer tan poderosos conjuros, que por su influjo todos eran persuadidos a ofrecerle cuanto quería, Demonacte le dijo: «Nada hay de extraño en ello. También yo poseo tu mismo arte; y, si quieres, acompáñame ante la panadera, y verás cómo yo, mediante un único conjuro y un pequeño fármaco, la persuado a darme pan», insinuando que la moneda tiene el mismo poder que un conjuro.

    24  Cuando Herodes el famoso lloraba a Polideuces, muerto prematuramente, y disponía que un carruaje se hallase siempre dispuesto para él, con los caballos, como si hubiese de subir, y le sirviesen comida, se le acercó y le dijo: «Te traigo un mensaje de parte de Polideuces». Herodes se alegró y, creyendo que Demonacte, al igual que los demás, compartía su sentimiento, le preguntó:  «Dime, Demonacte, ¿qué pide Polideuces?». «Se queja —respondió— de que no te hayas ido ya a su lado».

    25  Se acercó a un hombre que lloraba la muerte de su hijo y se había recluido en las tinieblas, afirmando ser mago y poder evocar la sombra del niño, con tal que le citase los nombres de tres  personas que jamás hubiesen estado de duelo. El hombre titubeó mucho tiempo, y se vio en apuros al no poder citar, imagino, un solo nombre. «Entonces —exclamó Demonacte—, hombre ridículo, ¿crees ser tú el único que padece dolores insufribles, cuando ves que nadie carece de su parte de dolor?»

    26  También gustaba burlarse de aquellos que en las conversaciones empleaban palabras muy arcaicas y términos extranjeros. Por ejemplo, a uno a quien había formulado una pregunta y que le contestó en un ático afectado, le dijo: «Amigo, yo te he hecho la pregunta ahora, pero tú me has contestado como si hubiera sido en tiempos de Agamenón».

    27  Como un amigo le dijera: «Vayamos, Demonacte, al Asclepieo10 a rezar por mi hijo», él replicó: «Consideras a Asclepieo muy sordo, si no puede también escuchar nuestras plegarias desde aquí».

    28  En una ocasión, ante dos filósofos que discutían una cuestión con crasa ignorancia,  preguntando uno despropósitos y contestando el otro de modo ajeno al caso, dijo: «¿No os parece, amigos, que uno de ellos ordeña un macho cabrío y el otro le tiende un cedazo?»

    29  A Agatocles el peripatético, que se jactaba de ser el único y el primero de los dialécticos, le dijo: «Fíjate, Agatocles: si eres el primero, no eres el único, y si eres el único, no eres el primero».

    30  Cetego el consular, cuando iba de camino por la Hélade en dirección a Asia como embajador de su padre, decía y hacía muchas insensateces. Un amigo de Demonacte, testigo de éstas, decía de él que era una gran miseria. «No, por Zeus —dijo Demonacte—, ni siquiera grande».

    31  Como viera a Apolonio el filósofo partir de viaje con muchos discípulos —marchaba llamado a ser maestro del emperador—, exclamó: «Ahí va Apolonio y sus Argonautas».

    32  A uno que le preguntaba si creía que el alma es inmortal, le contestó: «Sí, pero como todas las cosas».

    33  Respecto de Herodes decía que Platón estaba en lo cierto al afirmar que no tenemos sólo un alma, pues no era propio de la misma agasajar a Regila  y Polideuces como si estuvieran vivos y entregarse a actividades intelectuales.

    34  Se atrevió una vez a preguntar a los atenienses públicamente, tras escuchar la proclamación de los misterios, por qué razón excluían a los bárbaros, sobre todo teniendo en cuenta que los ritos se los había establecido el bárbaro Eumolpo, tracio por añadidura.

    35  Y en una ocasión que se disponía a zarpar en pleno invierno, un amigo le objetó: «¿No temes que naufrague la embarcación y te devoren los peces?» «Sería un ingrato —replicó— si temiese ser comido por los peces, yo, que he comido tantos de ellos».

    36  A un orador de pésima expresión le aconsejaba practicar y entrenarse; y como éste le replicase: «Siempre recito para mí mismo», Demonacte le contestó: «Con razón recitas así, con un oyente tan necio».

    37  Y, como viera en cierta ocasión a un adivino profetizando públicamente a cambio de dinero, le dijo: «No veo por qué razón exiges dinero: si eres capaz de cambiar en algo el destino, poco es lo que pides; y si todo va a ocurrir como la divinidad ha decretado, ¿qué poder tiene tu adivinación?»

    38  Un oficial romano bien desarrollado físicamente le ofreció una exhibición de esgrima contra un poste y le preguntó: «¿Qué te parece, Demonacte, mi forma de luchar?» «Excelente — contestó—, siempre que tengas un adversario de madera.»

    39  Incluso ante las preguntas embarazosas tenía siempre preparada una réplica conveniente. Cuando uno le preguntó en son de burla: «Si quemase mil minas11 de madera, Demonacte, ¿cuántas minas de humo se producirían?», replicó: «Pesa la ceniza, y todo el resto será humo».

    40  Un tal Polibio, individuo en extremo ineducado e incorrecto en el hablar, decía: «El emperador me ha honrado con la ciudadanía romana». «Ojalá —respondióle— te hubiese hecho griego en vez de romano.»

    41  Al ver que un aristócrata presumía de la anchura de su toga de púrpura12, Demonacte le dijo al oído, al tiempo que cogía su vestido y le indicaba: «Esto lo llevaba una oveja antes que tú, y era… una oveja»
     
    42  Un día, mientras se bañaba, vaciló al ir a penetrar en el agua muy caliente, y, como alguien le acusase de cobarde, replicó: «Dime, ¿debo sufrir esto en defensa de la patria?»

    43  Cuando uno le preguntó: «¿Cómo crees que son las cosas del Hades?», repuso: «Aguarda, y ya te escribiré desde allí».

    44  Admeto, poeta de escasa calidad, le decía haber escrito un epitafio de un solo verso, que había dispuesto en su testamento fuera grabado en su monumento funerario. Pero es mejor citarlo exactamente: Tierra, acoge la envoltura de Admeto, que él mismo ascendió a dios.

    45  Demonacte rió y dijo: «Tan hermoso es el epitafio, Admeto, que ya quisiera verlo grabado».

    46 Un hombre vio en las piernas de Demonacte una huella propia de los ancianos y le preguntó: «¿Qué es eso, Demonacte?»; a lo que él contestó con una sonrisa: «Ya me ha mordido Caronte».

    47 Al ver a un espartano azotando a su esclavo, le dijo: «Deja de tratar a tu esclavo como a tu igual»13.

    48  A una tal Dánae, que sostenía un pleito contra su hermano, le dijo: «Ve a juicio: tú no eres Dánae, la hija de Acrisio»14. .

    49  Sobre todo, hacía la guerra a quienes practicaban la filosofía, no por la verdad, sino por exhibicionismo. Así, viendo a un cínico con capote y morral, pero con una maza en vez del bastón, que vociferaba y decía ser émulo de Antístenes, Crates y Diógenes, le dijo: «No mientas: tú eres en realidad discípulo de Hiperides».

    50  Tras notar que muchos atletas luchaban mal y, al margen del reglamento de juego, mordían en vez de boxear, decía: «No es extraño que a los atletas de ahora el público los llame leones».

    51  Aguda y mordaz a un tiempo fue la respuesta que una vez dio al procónsul. Éste era uno de los que depilan con pez sus piernas y todo el cuerpo. Un día, un cínico subió a una roca y empezó a reprochárselo, acusándolo de afeminación; el procónsul se irritó, mandó hacer bajar al cínico y se disponía a condenarlo a las estacas o incluso al destierro. Pero Demonacte, que andaba por allí, imploró clemencia para él, pues su atrevimiento era consecuencia de cierta libertad de expresión tradicional en los cínicos. El procónsul le dijo: «Por esta vez te lo dejo en libertad; mas, si vuelve a reincidir en algo parecido, ¿qué castigo merece?» «Haz que lo depilen», contestó Demonacte.

    52  Uno a quien el emperador había confiado el mando de las legiones y el de la provincia más importante preguntó a Demonacte cuál era la mejor forma de mandar: «Domina tu cólera — respondióle—, habla poco y oye mucho».

    53  Como alguien le preguntase si también él comía pasteles de miel, le replicó: «¿Acaso crees que las abejas han elaborado sus panales sólo para los necios?»

    54  Al ver junto al Pórtico Policromo una estatua mutilada en una mano, observó que mucho habían tardado los atenienses en honrar a Cinegiro con una estatua de bronce.

    55  Observando que Rufino el chipriota —me refiero al cojo del Peripato— gastaba mucho tiempo en sus paseos, dijo: «Nada hay más indecoroso que un cojo peripatético»15.

    56  Como Epicteto le reprendiera y aconsejara casarse y tener hijos, diciéndole que un filósofo debía dejar a la naturaleza quien le reemplazara, le contestó con la mejor refutación: «Bien, Epicteto, dame una de tus hijas»16.

    57  También su réplica a Hermino el aristotélico es digna de recuerdo. Sabiendo que era un hombre en extremo malvado, que había causado infinito daño a Aristóteles, y que tenía siempre en los labios sus «diez sentencias», Demonacte le dijo: «Hermino, tú sí que mereces de verdad diez sentencias».

    58 Mientras los atenienses, por emulación de los corintios, deliberaban sobre el establecimiento de combates de gladiadores, se acercó a ellos y les dijo: «No votéis esa resolución, atenienses, hasta que no derribéis el altar de Misericordia».

    59 Cuando fue a Olimpia y los eleos votaron para él una estatua de bronce, dijo: «No hagáis eso, varones de Elide, no parezca que ofendéis a vuestros antepasados, ya que ellos no elevaron estatuas ni a Sócrates ni a Diógenes».

    60 Le oí una vez citar a… el jurisconsulto, quien sostenía que las leyes resultan inútiles, tanto si se escriben para los buenos como para los malos; pues aquéllos no tienen necesidad de leyes, y éstos no se hacen mejores por su efecto.

    61 De Homero citaba con mayor frecuencia el verso:
    “Igual muere el holgazán que el laborioso”17.

    62 Celebraba asimismo a Tersites, considerándolo un orador cínico popular.

    63 Interrogado en una ocasión acerca de qué filósofo le complacía más, dijo: «Todos son admirables, pero yo venero a Sócrates, admiro a Diógenes y amo a Aristipo».

    64 Vivió casi cien años sin enfermedades, sin sufrimientos, sin molestar a nadie ni pedir nada, servicial para los amigos, sin tener jamás un enemigo. Tan gran afecto sentían hacia él no sólo los atenienses, sino toda la Hélade, que ante su presencia se levantaban los magistrados a cederle el asiento y todos guardaban silencio. Al final, cuando ya era muy anciano, penetraba en cualquier casa sin ser invitado y comía y dormía en ella, mientras sus habitantes consideraban el hecho como la aparición de un dios, y que algún buen espíritu había penetrado en su casa. A su paso, las  panaderas lo atraían cada cual hacia sí, pretendiendo que tomase pan de ellas, y la que se lo daba creía que esto era señal de buena suerte para sí. Hasta los niños le llevaban fruta, llamándole padre.

    65  En una ocasión en que se originó un conflicto en Atenas, penetró en la Asamblea, y su sola  presencia bastó para hacerles callar: él, al notar que ya habían cambiado de actitud, se retiró sin decir palabra.

    66  Cuando comprendió que ya no era capaz de bastarse a sí mismo, recitó a quienes se hallaban con él los versos de los heraldos en los Juegos:

    Termina ya el certamen que concede
    los más hermosos premios, y ya es hora
    de no más demorarse.

    Y, mediante la abstinencia de todo alimento, se retiró de la vida con ánimo alegre, como siempre se había mostrado a los demás.

    67  Un poco antes de su muerte, alguien le preguntó: «¿Qué dispones acerca de tu entierro?» «No os preocupéis —dijo—; el hedor me enterrará.» Aquél le replicó: «¿Cómo? ¿No es ignominioso que el cuerpo de un hombre de tu calidad quede relegado a pasto de aves y perros?» «Nada hay de particular en ello —repuso—, si una vez muerto voy a ser útil a unos seres vivos.» Mas los atenienses lo enterraron con solemnes honras públicas y le lloraron mucho tiempo. Y veneraban el banco de piedra donde solía sentarse cuando estaba cansado, y lo coronaban en su honor, considerando sagrada incluso la piedra sobre la que se sentaba. Todo el mundo fue a su entierro, y en especial los filósofos: ellos cargaron con su cuerpo y lo llevaron hasta el sepulcro. Éstos son unos pocos entre los muchos recuerdos que poseo, pero ellos bastan para dar a mis lectores una idea del tipo de hombre que era aquél.
    (Traducción de Andrés Espinosa Alarcón. Edit. Gredos, 1996)

    Notas:
    1  Con su sobrenombre de «Heracles».
    2 Diógenes
    3  ÉUPOLIS,  fr. 94, cf.  Nigrino 7.
    4  Sócrates
    5 Favorino de Arles era eunuco.
    6 Los pitagóricos guardaban silencio al entrar en su “convento”.
    7 Expresión de doble sentido, tal vez sexual…
    8 Nombre relacionado con “árktos”, «oso».
    9 Los cínicos, o «perrunos» de acuerdo con su etimología.
    10 Templo de Asclepio, dios de la salud. 
    11 La mina ática pesaba 599 gramos.
    12  Toga de senador con franja de púrpura.
    13 Los azotes formaban parte de la educación de los espartanos.
    14 Acrisio significa etimológicamente «sin juicio».
    15  Peripatético, significa etimológicamente «paseador»; son los seguidores de Aristóteles.
    16 Epicteto era soltero.
    17 Ilíada IX 320.

  • La Filosofía presta grandes servicios a la vida humana (CICERÓN, Disputaciones Tusculanas, V, 2)

    La Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) (United Nations Educational Scientific and Cultural Organization), estableció como Día Mundial de la Filosofía el tercer jueves del mes de noviembre. Acabamos de celebrarlo, pues, el pasado jueves. Desgraciadamente pocas personas habrán tenido noticia de ello.

    Naturalmente que el ser humano “piensa” desde el principio de su existencia. Precisamente esta es la característica propia de los seres humanos, pero la filosofía como ciencia, arte, método sistemático es una creación de los griegos, sin duda la más importante.

    Las especiales condiciones históricas y culturales de la Grecia continental, insular y asiática, su situación geográfica también abierta a todos los caminos y vientos de este y oeste, norte y sur, su expansión por todo el Mediterráneo, hicieron posible que el hombre, el  sujeto, se enfrentara de manera sistemática a lo que tenía enfrente, el objeto, con el solo instrumento de su potente razón.

    Allí se acuño el término Filosofía, que significa “amor a la sabiduría”, “deseo de saber”. Es una palabra     compuesta de  φιλος, filos , amigo, y  σοφία, sofía, sabiduría. Quien tiene amor a la sabiduría es un φιλο-σοφóς, un filósofo.

    A partir de ese momento, esa manía de pensar fundamenta toda la vida social e individual. Su enorme importancia ha sido reconocida hasta hace bien poco, en que desgraciadamente parece ir desapareciendo poco de las facultades universitarias y del interés de las personas.

    Cicerón sobresalió como orador y de él conservamos muchos discursos. También intervino activamente en política; llegó a ser cónsul, el primero de su familia y por eso se le consideró un “homo novus”, un “hombre nuevo” en política. En las disputas civiles entre César y Pompeyo optó por el perdedor, por Pompeyo. En los tres últimos años de su vida, apartado a la fuerza de la vida política y forense, tuvo tiempo para escribir algunos tratados de Filosofía. En uno de ellos, en la Disputaciones Tusculanas, (cinco jornadas de reflexión en su finca de Tusculum), nos explica el origen de la palabra “filosofía” y “filósofo”,  que Pitágoras utilizó el primero. También hace un encendido y grandioso elogio de la “Filosofía”, que difícilmente compartirá la sociedad actual, incluidas las personas hoy consideradas cultas.

    Ofrezco  dos pasajes del libro V de las Tusculanas. En este libro el tema central es la discusión sobre si una vida virtuosa, el ejercicio de la virtud, es por si solo capaz de proporcionar la felicidad.


    CICERÓN en  Disputaciones Tusculanas, V, 3,7-5,11 nos informa del origen de la palabra “filosofía” y hace un pequeño resumen histórico:

    3(7)-5 (11)
    Aunque nosotros vemos que la filosofía es un hecho antiquísimo, reconocemos, no obstante, que su nombre es reciente. Porque ¿quién puede negar que la sabiduría no solo es antigua en sí, sino que también lo es su nombre? Ella se ganaba este bellísimo nombre entre los antiguos por su conocimiento de las cosas divinas y humanas, especialmente por su conocimiento de los principios y las causas de todas las cosas. Así, si nos atenemos a la tradición, están aquellos famosos siete sabios, que por los griegos eran considerados y llamados “sophoí” y por nosotros sapientes y muchos  siglos antes Licurgo, en cuya época vivió también Homero antes de la  fundación de nuestra ciudad, y ya en los tiempos heroicos hemos oído de Ulises  y Néstor que fueron sabios y tenidos por tales. Ciertamente la tradición no habría hablado de que Atlante sostiene el cielo ni de que Prometeo está encadenado al Cáucaso, ni de que Cefeo está situado entre las estrellas con su esposa, su yerno y su hija, si su conocimiento divino de las cosas celestes no hubiera transferido sus nombres al error del mito. A continuación, todos aquellos que bajo su guía se dedicaban con pasión a la contemplación de la naturaleza eran considerados y llamados sabios y este título se extendió hasta el tiempo de Pitágoras, del que según Heráclides Póntico, discípulo de Platón, hombre de gran cultura, se cuenta que llegó a Fliunte, donde trató con erudición y elocuencia de algunas cuestiones con León, príncipe de los fliasios. Admiró León de su talento y de sus palabras, le preguntó en qué arte confiaba por encima de todo, a  lo que él respondió que no conocía ningún arte en particular, sino que él era un “filósofo”. León, asombrado por la novedad del nombre, preguntó quiénes eran los filósofos y qué diferencia había entre ellos y los demás; a lo que Pitágoras respondió que a él la vida de los hombres le parecía semejante a ese tipo de ferias que se celebran con un grandísimo aparato de juegos con la participación de toda Grecia, porque, del mismo modo que allí hay unos que tratan de alcanzar la gloria y la celebridad de la corona de la victoria con sus cuerpos entrenados, mientras que otros llegan con la intención de obtener una ganancia comprando y vendiendo, hay un tipo determinado de personas, y con gran diferencia el de mayor valía, que no buscan ni el aplauso ni el lucro, sino que llegan allí simplemente para ver y observar con atención qué es lo que sucede y cómo sucede, de la misma manera nosotros también, como si hubiéramos venido de una ciudad a una especie de feria atiborrada de gente, hemos venido a esta vida desde una vida y una naturaleza diferentes, unos para ser esclavos de la gloria, otros del dinero, pero hay unos pocos que, sin tener en consideración todo los demás, se dedican con pasión a examinar la naturaleza de la realidad, y ellos son los que se llaman a sí mismos amantes de la sabiduría, que es lo que significa ”filósofos” y, del mismo modo que en la feria el comportamiento más noble es limitarse a contemplar sin buscar nada para sí, así también en la vida la contemplación y el conocimiento de la realidad son actividades que superan con mucho a todas las demás.

    Mas Pitágoras no se limitó a ser el inventor del término. Sino que también amplió los contenidos mismos de la filosofía. Cuando él llegó a Italia, después de esta conversación en Fliunte, bien como particular o como hombre público, con las instituciones y las artes más sobresalientes contribuyó al ornato de la llamada Magna Grecia. Quizá habrá otra ocasión para hablar sobre su doctrina. Pero desde los primeros tiempos de la filosofía hasta Sócrates, que había oído a Arquelao, un discípulo de Anaxágoras, los filósofos trataban de los números y los movimientos y se preguntaban de dónde se originan y a donde vuelven todas las cosas e investigaban con gran empeño las magnitudes, los intervalos y los cursos de los astros y todos los fenómenos celestes. Sócrates fue el primero que hizo descender la filosofía del cielo, la colocó en las ciudades, la introdujo también en las casas y la obligó a ocuparse de la vida y de las costumbres, del bien y del mal. Su variado método de discusión, la diversidad de los temas y la grandeza de su talento, inmortalizados por el recuerdo y los escritos de Platón, dieron origen a muchas escuelas filosóficas que disentían entre sí, de las cuales yo me he atenido sobre todo al método, que en mi opinión era el que practicaba Sócrates, que consiste en suspender nuestra opinión propia, en liberar a los demás del error y en buscar en toda discusión lo que es lo más verosímil. Y puesto que ésta es la costumbre a la que se ha atenido Carnéades con grandísima agudeza y elocuencia, también he intentad yo, no sólo en otras muchas ocasiones, sino también recientemente en Túsculo, adaptar nuestras discusiones a esta costumbre. (Traducción de Alberto Medina Gonazález, Editorial Gredos, 2005)

    Nota: Según Platón en Protágoras 342 a-b, los siete sabios, que vivieron entre los siglos VII y VI fueron Tales de Mieto, Bias de Priene, Pitaco de Mitilene, Solón de Atenas, Cleóbulo de Lindos, Misón de Quene y Quilón de  Esparta. En otras listas  Misón, un campesiono de Quene, sustituye a  Periandro, tirano de Corinto.

    Véase el texto latino más abajo

    Piensa Cicerón que con frecuencia echamos la culpa de nuestras desgracias a la naturaleza y no a los propios errores; y en ese momento continúa haciendo un encendido y grandioso elogio de la “Filosofía” .
    CICERÓN, Disputaciones Tusculanas, V, 2, 5-6

    Mas la corrección de este fallo, así como la de todos nuestros otros errores y faltas, debe buscarse en la filosofía. Al haberme impulsado a mi, desde los primeros años de mi vida, mi voluntad y mi celo a echarme en su regazo, ahora, en mis gravísimos infortunios presentes, golpeado por una violenta tempestad, he buscado refugio en el mismo puerto del que yo había zarpado. ¡Oh filosofía, guía de la vida, indagadora de la virtud y desterradora de los vicios! ¿Sin ti qué habríamos podido ser, no sólo nosotros, sino también la vida humana en general? Tú has engendrado las ciudades, tú has llamado a los hombres dispersos a una comunidad de vida, tú los has unido, en primer lugar compartiendo una vivienda, luego mediante el matrimonio, a continuación, mediante la comunión de la escritura y el lenguaje, tú has sido la inventora de las leyes, tú has sido la maestra de la moralidad y el orden; en ti buscamos refugio, a ti pedimos ayuda, a ti nos entregamos ahora, del mismo modo que antes en gran parte, en cuerpo y alma. Un solo día bien vivido y acorde con tus preceptos es preferible a una inmortalidad sumida en el error. ¿A qué otra ayuda mejor que a la tuya podemos recurrir, tú que nos has regalado la tranquilidad de la vida y nos has suprimido el terror de la muerte? Y, a pesar de ello, la filosofía dista tanto de ser alabada en consonancia con los servicios que presta a la vida humana que, además de ser dada de lado por muchos, por muchos incluso es vituperada. ¿Puede alguien atreverse a vituperar a la madre de la vida y a mancillarse con un parricidio semejante y llegar en su ingratitud a un grado tal de impiedad que le permita acusar a la que debería venerar, aun en el caso de que no fuese capaz de comprenderla? Pero, en mi opinión, este error y esta neblina se derrama sobre las almas de los ignorantes porque ellos no son capaces de retrotraer tanto su mirada en el tiempo y porque ellos no consideran que los filósofos han sido los primeros a quienes los hombres deben una organización de la vida. (Traducción de Alberto Medina Gonazález, Editorial Gredos, 2005)

    Véase el texto latino más abajo

    Difícilmente compartirá la sociedad actual, incluidas personas de cultura, este encendido y algo retórico elogio de la Filosofía.

    CICERÓN, Disputaciones Tusculanas, V, 3,7-5,11

    [7] Quam rem antiquissimam cum videamus, nomen tamen esse confitemur recens. nam sapientiam quidem ipsam quis negare potest non1 modo re esse antiquam, verum etiam nomine? quae divinarum humanarumque rerum, tum initiorum causarumque cuiusque rei cognitione hoc pulcherrimum nomen apud antiquos adsequebatur. itaque et illos septem, qui a Graecis σοφοί, sapientes a nostris et habebantur et nominabantur, et multis ante saeculis Lycurgum, cuius temporibus Homerus etiam fuisse ante hanc urbem conditam traditur, et iam heroicis aetatibus Ulixem et Nestorem accepimus et fuisse et habitos esse sapientis.

    [8] nec vero Atlans sustinere caelum nec Prometheus adfixus Caucaso nec stellatus Cepheus cum uxore genero filia traderetur, nisi caelestium divina cognitio nomen eorum ad errorem fabulae traduxisset. a quibus ducti deinceps omnes, qui in rerum contemplatione studia ponebant, sapientes et habebantur et nominabantur, idque eorum nomen usque ad Pythagorae manavit aetatem. quem, ut scribit auditor Platonis Ponticus Heraclides, vir doctus in primis, Phliuntem ferunt venisse, eumque cum Leonte, principe Phliasiorum, docte et copiose disseruisse quaedam. cuius ingenium et eloquentiam cum admiratus esset Leon, quaesivisse ex eo, qua maxime arte confideret; at illum: artem quidem se scire nullam, sed esse philosophum. admiratum Leontem novitatem nominis quaesivisse, quinam essent philosophi, et quid inter eos et reliquos interesset;

    [9] Pythagoram autem respondisse similem sibi videri vitam hominum et mercatum eum, qui haberetur maxumo ludorum apparatu totius Graeciae celebritate; nam ut illic alii corporibus exercitatis gloriam et nobilitatem coronae peterent, alii emendi aut vendendi quaestu et lucro ducerentur, esset autem quoddam genus eorum, idque vel maxime ingenuum, qui nec plausum nec lucrum quaererent, sed visendi causa venirent studioseque perspicerent, quid ageretur et quo modo, item nos quasi in mercatus quandam celebritatem ex urbe aliqua sic in hanc vitam ex alia vita et natura profectos alios gloriae servire, alios pecuniae, raros esse quosdam, qui ceteris omnibus pro nihilo habitis rerum naturam studiose intuerentur; hos se appellare sapientiae studiosos—id est enim philosophos—; et ut illic liberalissimum esset spectare nihil sibi adquirentem, sic in vita longe omnibus studiis contemplationem rerum cognitionemque praestare.

    [10] Nec vero Pythagoras nominis solum inventor, sed rerum etiam ipsarum amplificator fuit. qui cum post hunc Phliasium sermonem in Italiam venisset, exornavit eam Graeciam, quae magna dicta est, et privatim et publice praestantissumis et institutis et artibus. cuius de disciplina aliud tempus fuerit fortasse dicendi. sed ab antiqua philosophia usque ad Socratem, qui Archelaum, Anaxagorae discipulum, audierat, numeri motusque tractabantur, et unde omnia orerentur quove reciderent, studioseque ab is siderum magnitudines intervalla cursus anquirebantur et cuncta caelestia. Socrates autem primus philosophiam devocavit e caelo et in urbibus conlocavit et in domus etiam introduxit et coëgit de vita et moribus rebusque bonis et malis quaerere.

    [11] cuius multiplex ratio disputandi rerumque varietas et ingenii magnitudo Platonis memoria et litteris consecrata plura genera effecit dissentientium philosophorum, e quibus nos id potissimum consecuti sumus, quo Socratem usum arbitrabamur, ut nostram ipsi sententiam tegeremus, errore alios levaremus et in omni disputatione, quid esset simillimum veri, quaereremus. quem morem cum Carneades acutissime copiosissimeque tenuisset, fecimus et alias saepe et nuper in Tusculano, ut ad eam6 consuetudinem disputaremus.
    …..
    CICERÓN, Disputaciones Tusculanas, V, 2, 5-6

    [5] Sed et huius culpae et ceterorum vitiorum peccatorumque nostrorum omnis a philosophia petenda correctio est. cuius in sinum cum a primis temporibus aetatis nostra voluntas studiumque nos compulisset,  his gravissimis casibus in eundem portum, ex quo eramus egressi, magna iactati tempestate confugimus. o vitae philosophia dux, o virtutis indagatrix expultrixque vitiorum! quid non modo nos, sed omnino vita hominum sine te esse potuisset? tu urbis peperisti, tu dissipatos homines in societatem vitae convocasti, tu eos inter se primo domiciliis, deinde coniugiis, tum litterarum et vocum communione iunxisti, tu inventrix legum, tu magistra morum et disciplinae fuisti; ad te confugimus, a te opem petimus, tibi nos, ut antea magna ex parte, sic nunc penitus totosque tradimus. est autem unus dies bene et ex praeceptis tuis actus peccanti inmortalitati anteponendus.

    [6] cuius igitur potius opibus utamur quam tuis, quae et vitae tranquillitatem largita nobis es et terrorem mortis sustulisti? Ac philosophia quidem tantum abest ut proinde ac de hominum est vita merita laudetur, ut a plerisque neglecta a multis etiam vituperetur. vituperare quisquam vitae parentem et hoc parricidio se inquinare audet et tam impie ingratus esse, ut eam accuset, quam vereri deberet, etiamsi minus percipere potuisset? sed, ut opinor, hic error et haec indoctorum animis offusa caligo est, quod tam longe retro respicere non possunt nec eos, a quibus vita hominum instructa primis sit, fuisse philosophos  arbitrantur.
     

  • Libros de adorno

    Hoy se publican miles de libros, miles de títulos y miles de ejemplares de cada título. En la Antigüedad la industria editorial era mucho más pequeña, pero existe un importante comercio de libros primero de papiro y luego de pergamino o piel.

    Pues bien, entonces como ahora existieron personas que exponían libros en las estanterías de sus casas simplemente por ostentación, libros que no habían leído, si bien no se llegó al extremo de exponer en las bibliotecas libros simulados, cajas vacías representando lomos de libros  importantes, aunque al decir de Séneca, eran los lomos lo único que vieron algunos romanos.

    Séneca  se refiere a esta costumbre en su “ De tranquillitate animi,” 9, 4:  

    ¿De qué sirven innumerables libros y librerías, de los que el  dueño apenas ha leído  en toda su vida los índices? Una multitud de libros es una carga, y  no enseña; y así te será mucho más satisfactorio seguro entregarte á unos pocos autores, que andar errante por  muchos. En Alejandría ardieron cuarenta mil  libros.  Alguno habrá alabado este hermosísimo testimonio de la opulencia del  rey, como incluso hizo Livio,  que dijo que aquello fue extraordinaria obra  de la exquisitez y preocupación de los reyes. Pero aquello no fue ni elegancia ni preocupación, sino un  exceso de pretensión estudiosa, mejor ni siquiera estudiosa, porque los compraron no para el estudio, sino para la vista;  como ocurre a muchísimos ignorantes,  incluso los libros de las primeras letras infantiles no son instrumentos para los estudios, sino adorno de sus comedores. Téngase en consecuencia la cantidad de libros que sea necesaria y ninguno  para aparentar. Me dices que te parece más adecuado el gasto en estos que en copas de Corinto y en cuadros de pintura. Pero allí donde hay exceso hay vicio. ¿Qué razón hay para disculpar al hombre que acapara armarios de madera de tuya y de marfil, o rebusca obras de autores desconocidos o prohibidos y bosteza entre tantos miles de libros, a quien lo único que le agrada son los cantos y títulos de sus volúmenes? Así pues verás en casa de los más ignorantes todo lo que está escrito de discursos y de historia y las estanterías levantándose hasta el techo; pues incluso ya entre los baños y las termas se instalan también bibliotecas como el adorno necesario de la casa. Yo lo perdonaría sin duda si surgiese de un deseo excesivo de estudios, pero ahora, mezcladas con las imágenes de sus antepasados, se compran estas obras exquisitas de inteligencias divinas  para el embellecimiento y adorno de las paredes.

    Studiorum quoque, quae liberalissima impensa est, tamdiu rationem habet quamdiu modum. Quo innumerabiles libros et bibliothecas, quarum dominus uix tota uita indices perlegit? Onerat discentem turba, non instruit, multoque satius est paucis te auctoribus tradere quam errare per multos. Quadraginta milia librorum Alexandriae arserunt. Pulcherrimum regiae opulentiae monumentum alius laudauerit, sicut et Liuius, qui elegantiae regum curaeque egregium id opus ait fuisse. Non fuit elegantia illud aut cura, sed studiosa luxuria, immo ne studiosa quidem, quoniam non in studium, sed in spectaculum comparauerant, sicut plerisque ignaris etiam puerilium litterarum libri non studiorum instrumenta, sed cenationum ornamenta sunt. Paretur itaque librorum quantum satis sit, nihil in apparatum. (Honestius, inquis, huc se impensae quam in Corinthia pictasque tabulas effuderint.) Vitiosum est ubique quod nimium est. Quid habes cur ignoscas homini armaria e citro atque ebore captanti, corpora conquirenti aut ignotorum auctorum aut improbatorum et inter tot milia librorum oscitanti, cui uoluminum suorum frontes maxime placent titulique? Apud desidiosissimos ergo uidebis quicquid orationum historiarumque est, tecto tenus exstructa loculamenta: iam enim, inter balnearia et thermas, bibliotheca quoque ut necessarium domus ornamentum expolitur. Ignoscerem plane, si studiorum nimia cupidine erraretur; nunc ista conquisita, cum imaginibus suis discripta, sacrorum opera ingeniorum in speciem et cultum parietum comparantur.
     

  • Platón rechaza la escritura por boca de Sócrates

    Con alguna frecuencia oigo a alguna persona rechazar el ordenador como instrumento educativo para los niños y jóvenes con el argumento de que perjudica el desarrollo de la memoria o de cierta capacidad de razonamiento. Con anterioridad oímos argumentos similares en el rechazo de las calculadoras electrónicas que impedirían la capacidad de pensamiento matemático. Todo ello me recuerda un famoso pasaje de Platón en su diálogo Fedro 274c-277a y 279b- 279c en el que en boca de Sócrates rechaza el invento de la escritura por la misma razón de que acabará con la memoria, facultad indispensable del ser humano.

    El pasaje encierra en sí la mayor de las contradicciones por cuanto Platón es un filósofo que escribió mucho (a diferencia de Sócrates) y gracias a esa escritura conocemos las obras y el pensamiento de Platón, entre otros el  pasaje al que me refiero, aunque afirme que la verdadera filosofía no puede expresarse por escrito. 

    Pero al margen de la contradicción expuesta, el mito plantea una serie de cuestiones de gran interés que merecen algún comentario. En todo lo caso, el paso previo es el de leer y conocer en sí mismo el texto señalado, que transcribo a pesar de su extensión, en la traducción que de él hizo Emilio Lledó en el volumen III de los Diálogos editados por Gredos en 1988 y que reproduce en su librito  “El silencio de la escritura”:

    274a y ss.

    SOCRATES:  Tengo que contarte algo que oí de los antiguos, aunque su verdad sólo ellos la saben.Por cierto que, si nosotros mismos pudiéramos descubrirla, ¿nos seguiríamos ocupando todavía de las opiniones humanas?
    FEDRO:  Preguntas algo ridículo. Pero cuenta lo que dices haber oído.
    SOC. – Pues bien,oí que había por Náucratis, en Egipto, uno de los antiguos dioses del lugar al que, por cierto, está consagrado el pájaro que llaman Ibis. El nombre de aquella deidad era el de Theuth. Fue éste quien, primero descubrió el número y el cálculo y, también, la geometría y la astronomíay,además, el juego de damas y el de dados, y, sobre todo, las letras. Por aquel entonces,era rey de todo Egipto Thamus,que vivía en la gran ciudad de la parte alta del país,que los griegos llaman la Tebas egipcia, así como a Thamus llaman Ammón. A él vino Theuth, y mostrándole sus artes, le decía que debían ser entregadas al resto de los egipcios. Pero Thamus le preguntó cuál era la utilidad que cada una tenía, y, conforme se la iba minuciosamente exponiendo, lo aprobaba o desaprobaba, según le pareciese bien o mal lo que decía. Muchas, según se cuenta, son las observaciones que, a favor o en contra de cada arte, hizo Thamus a Theuth, y tendríamos que disponer de muchas palabras para tratarlas todas.
    Pero cuando llegaron a lo de las letrar,dijo Theuth: “Este conocimiento,oh rey, hará mássabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría”. Pero él le dijo: “¡Oh artificiosísimo Theuth! A unos les es dado crear arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta a los que pretenden hacer uso de él.Y ahora tú, precisamente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a los que tienen. Porque es obvio lo que producirán en las almas de quienes las aprendan,al descuidar la memoria,ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos,no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos.No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado,sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas  a tus alumnos, que no verdad.Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos,siendo, al contario, en la mayoría de los casos,totalmente ignorantes,y difíciles,además, de tratar porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad”.
    FED.-¡Qué bien se te da, Sócrates,hacer discursos de Egipto,o de cualquier otro país que se te antoje!
    SOC.- El caso es,amigo mío, que, según se dice que se decía en el templo de Zeus en Dodona, las primeras palabras proféticas habían salido de una encina. Pues a los hombres de entonces,como no eran sabios como vosotros los jóvenes, tal ingenuidad tenían que se conformaban con oir a una encina o a una roca, sólo con que dijesen  la verdad. Sin embargo, para ti tal vez hay diferencia según quién sea el que hable y de dónde. Pues no te fijas únicamente en si lo que dicen es así o de otra manera.
    FED.- Tienes razón al reprenderme, y creo que con lo de las letras pasa lo que el tebano dice.
    SOC.- Así pues, el que piensa que ha dejado un arte por escrito, y, de la misma manera,el  que lo recibe como algo que será claro y firme por el hecho de estar en letras,rebosa ingenuidad y, en realidad,desconoce la predicción de Ammón, creyendo que las palabras escritas son algo más,para el que las sabe, que un recordatorio de aquellas cosas sobre las que versa la escritura.
    FED.- Exactamente
    SOC.- Porque es que es impresionante, Fedro, lo que pasa con la escritura,y por lo que tanto se parece a la pintura. En efecto, sus vástagos están ante nosotros  comosi tuvieran vida; pero,si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios. Lo mismo pasa con las palabras  escritas . Podrías llegar a creer que lo que dicen fueran como pensándolo; pero si alguien pregunta, queriendo aprender de lo dicho, apuntan siempre y únicamente a una y la misma cosa. Pero, eso sí, con que una vez algo haya sido puesto por escrito, las palabras ruedan por doquier,igual entre los entendidos que como entre aquellos a los que no les importa en absoluto, sin saber distinguir a quiénes conviene hablar a a quiénes no. Y si son maltratadas o vituperadas injustamente, necesitan siempre la ayuda del padre,ya que ellas solas no son capaces de defenderse ni de ayudarse a sí mismas.
    FED.-  Muy exacto es todo lo que has dicho.
    SOC.- Entonces, ¿qué? ¿Podemos dirigir los ojos hacia otro tipo de discurso, hermano legítimo de éste, y ver cómo nace y cuánto mejor y más fuertemente se desarrolla?
    FED.- ¿A cuál te refieres y cómo dices que nace?
    SOC.- Es ese que se escribe con fundamento en el alma del que aprende; capaz de defenderse a sí mismo, y sabiendo con quiénes hablar y ante quiénes callarse.
    FED.- ¿Te refieres al discurso lleno de vida y de alma,que tiene el que sabe y del que el escrito se podría justamente decir que es el reflejo?
    SOC.- Sin duda. Pero dime ahora esto. ¿Un labrador sensato que cuidase de sus semillas y quisiera que fructificasen, las llevaría, en serio, a plantar en verano, a un jardín de Adonis, y gozaría al verlas ponerse hermosas en ocho días,o solamente haría una cosa así por juego o por una fiesta, si es que lo hacía? ¿No sembraría, más bien, aquellas que le interesasen en el lugar adecuado de acuerdo con lo que manda el arte de la agricultra, y no se pondría contento cuando, en el octavo mes, llegue a su plenitud todo lo que sembró?
    FED.- Así es,Sócrates.Tal como acabas de expresarte;en un caso obraría enserio,en otro de manera muy diferente.
    SOC.- ¿Y el que posee el conocimiento de las cosas justas, bellas y buenas,diremos que tiene menos inteligencia que el labrador con respecto a sus propias simientes?
    FED.- De ningún modo.
    SOC.- Por consiguiente, no se tomará en serio el escribirlas en agua, negra por cierto, sembrándolas por medio del cálamo,con discursos que no pueden prestarse ayuda a sí mismos, a través de las palabras que los constituyen, e incapaces también de enseñar adecuadamente la verdad.
    FED.- A menos, no es probable.
    SOC.- No lo es, en efecto. Más bien, los jardines de las letras, según parece, los sembrará y escribirá como por entretenimiento; atesorando, al escribirlos, recordatorios para cuando llegue la edad del olvido, que les servirán a él y a cuantos hayan seguido sus mismas huellas. Y disfrutará viendo madurar tan tiernas plantas, y cuando otros se dan a otras diversiones y se hartan de comer y beber y todo cuanto con esto se hermana, él, en cambio, pasará, como es de esperar,su tiempo distrayéndose con las cosas que te estoy diciendo.
    FED.- Uno extraordinariamente hermoso, al lado de tanto entretenimiento baladí, es el que dices, Sócrates, y que permite entretenerse con las palabras,componiento historias sobre la justicia y todas las otras cosas a las que te refieres,
    SOC.- Así es, en efecto, querido Fedro. Pero mucho más hermoso,pienso yo, es ocuparse con seriedad de esas cosas, cuando alguien, haciendo uso de la dialéctica y eligiendo un alma adecuada, planta y siembra palabras con fundamento, capaces de ayudarse a sí mismas y a quienes las planta,y que no son estériles, sino portadoras de siemientes de las que surgen otras palabras que, en otros caracteres, son canales por donde se transmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre.
                       ………….

    279b
    FED.- Así será. Pero vámonos yendo,ya que el calor se ha mitigado.
    SOC.- ¿Y no es propio que los que se van a poner en camino hagan una plegaria?
    FED.- ¿Por qué no?
    SOC.- Oh querido Pan, y todos los otros dioses que aquí habitéis, concededme que llegue a ser bello por dentro,y todo  lo que tengo por fuera se enlace en amistad con lo de dentro; que considere rico al sabio; que todo el dinero que tenga sólo sea el que puede llevar y transportar consigo un hombre sensato, y no otro. ¿Necesitamos de alguna otra cosa, Fedro?  A mí mebasta  con lo que he pedido.
    FED.- Pide todo esto también para mí, ya que son comunes las cosas de los amigos.
    SOC.-Vayámonos.

    Nota: Theuth es el equivalente egipcio de Prometeo. Los “jardines de Adonis” se refiere a las macetas o tiestos plantados con cereales y flores aromáticas para embellecer y aromatizar las calles y plazas en las fiestas de Adonis (las Adonías) que se celebraban en verano. Las altas temperaturas las hacían crecer rápidamente, pero con la misma rapidez se marchitaban.
                 ——————-
    Las mismas ideas las expresa Platón en su Séptima Carta dirigida a los parientes y amigos de Dión, aunque es necesario advertir que la autoría  de la Carta VII por parte de Platón ha sido cuestionada. En todo caso la carta es congruente con los otros escritos de Platón. 

    El texto es un lugar ya tópico al hablar de la “escritura”, pero su lectura plantea algunas cuestiones  actuales e importantes que aquí sólo puedo esbozar.

    Por supuesto, fracasa Platón en cuanto premonición de la ruina de la inteligencia y del conocimiento, como fracasan sin duda quienes actualmente rechazan el uso de los instrumentos electrónicos desde los primeros momentos de la educación.

    El texto plantea la utilidad de la escritura frente al mundo oral todavía muy importante en tiempos de Platón. Como decía,  Sócrates, su maestro, no escribió sus pensamientos.

    Para Platón, la escritura, como la pintura, no es sino una representación inmóvil, pasiva,  del pensamiento, una aproximación al objeto.

    Para Platón, la expresión oral es algo interno y constitutivo del  propio hombre que en el diálogo y relación con el otro admite la pregunta, la estimulación  del oyente y constituye la sabiduría y el conocimiento.

    La escritura, en cambio,  es algo externo que a lo sumo puede servir de recordatorio, pero no es parte constitutiva del hombre ni reacciona a pregunta o cuestión alguna ni puede defenderse si la contradices; no es sabiduría, a lo sumo es información, pero no conocimiento. La verdadera escritura es la que se graba en el alma del que aprende; el aprendizaje se realiza cuando la palabra se graba en el alma, de la que la esritura es sólo una imagen. La escritura no es sino el “fármacon”, el remedio, para recordar lo aprendido antes mediante el coloquio dialéctico.

    Lo escrito no se debe a la experiencia vital del lector sino de otro. Ese texto escrito cae en manos de cualquiera, esté preparado para darle sentido o no lo esté.

    Esta es la principal objeción de Platón. La segunda es que la escritura debilita y destruye la memoria y los hombres se harán olvidadizos porque lo escrito no está integrado en su propio ser.

    Naturalmente, si Platón tuviera razón en un momento en que la escritura y lectura no es generalizada sino que en buena medida coexiste con la oralidad, ¿qué decir de la imprenta y su ingente producción desde que fue inventada? 

    De hecho hubo voces críticas sobrela imprenta, como la del humanista, editor e impresor veneciano Hieronimo Squarciafico, que trabajaba para el famoso impresor Aldo Manuzio. En su libro Memoria y libros, 1477, decía:

    “la abundancia de libros hace a los hombres menos estudiosos, destruye la memoria y debilita el pensamiento porque le releva del trabajo excesivo”. (Citado por Lowry, Martin J.C. (1979), The World of Aldus Manutius: Business and Scholarship in Renaissance Venice, Ithaca, N.Y, pág. 31
    Hieronimo Squarciafico, Memory and Books, 1477)

    Y sin embargo Squarciafico promovió la impresión de los clásicos latinos, pero en 1481 se muestra escéptico  con tanta publicación de libros.  Se imagina que recibe una carta del humanista Francesco Filelfo, que había muerto poco antes, en la que le da cuenta de  una discusión en los Campos Elíseos entre autores famosos del pasado . Algunos se muestran partidarios de la imprenta ya que sin ella las obras perecerían, pero otros se quejan porque la impresión “ahora es obra de hombres ignorantes que corrompen todo”.

    Conocida es también la opinión de Rousseau en su Emilio o Sobre la Educación:

    Yo odio los libros, porque enseñan a hablar de lo que no se sabe” (III, 145).

    Ningún otro libro que el mundo, ninguna otra instrucción que los hechos. El muchacho que lee no piensa, no hace más que leer: y no se instruye porque no aprende más que palabras” (III, 130),

    Todo lo dicho anteriormente se aplica a fortiori (con más motivo) al mundo de los ordenadores o computadoras, soporte no sólo externo al hombre sino que lo supera ampliamente por cuanto su información es ingente. En cierta manera, estamos tan acostumbrados hoy a la escritura desde la infancia que en algún sentido la sentimos como algo interno. No ocurre lo mismo con los ordenadores, con las computadoras, que por su complejidad y todavía novedad, nos parecen máquinas externas, técnicas ajenas no integradas en el conocimiento o sabiduría propia.

    Pero volviendo a Platón, éste  no cayó en la cuenta de que la escritura personal, propia de cada individuo, también es un elemento de identificación. Una nota manuscrita o firmada por un individuo es un documento que da fe incluso aun no estando presente el interesado, por lo que la escritura transciende el presente y se proyecta en el futuro.

    Tampoco cayó en la cuenta de la importancia que tendría el documento escrito. Si algo existe en el documento, más si el documento es oficial, ese algo existe en la realidad. En ello se basa toda la enorme burocracia que sostiene el aparato administrativo de los Estados. Quien figura, por ejemplo, en un libro registro de nacimientos, vivió realmente; aquel de quien no hay relación escrita, no existió, aunque realmente viviera.

    Durante mucho tiempo, la lectura se hacía vocalizando y en voz alta y de ello hay pruebas suficientes en el mundo antiguo; sólo muy tarde, la lectura se hace sin emitir sonido alguno, alejándose aún más del mundo oral. Y en cambio debería desarrollarse más en la escuela la “lectura bella”, la lectura en voz alta, la lectura sonora.

    Es cierto que los oradores podían escribir sus discursos, pero era para aprenderlos de memoria y exponerlos con la fuerza expresiva de la palabra oral.

    Es verdad que en la educación tardó más en disminuir la oralidad en beneficio del libro de texto, que parece haberse convertido ahora en instrumento único de educación desde la aparición de la imprenta y la generalización del libro impreso. La presencia del libro de texto en la educación en todos los niveles es, desde luego, excesiva y genera problemas serios o no atiende aspectos del desarrollo humano esenciales.

    Podemos concluir que la oralidad ha ido perdiendo importancia social y la escritura la ha ido aumentando en la propia vida social, cultural, jurídica, administrativa…

    Por lo demás, la escritura, que nunca queda descontextualizada, permite almacenar el saber, recuperarlo y transmitirlo también en un contexto, generalmente distinto de aquel en el que fue escrito, pero no por eso falso o inútil.

    Cuando hoy hablamos de escritura y de almacenamiento del saber debemos incluir también en el concepto los modernos sistemas digitales de conservación del saber, que preservan cantidades ingentes de información y facilitan su rápido acceso y utilización. Lo que el hombre necesita, pues, son los instrumentos y la capacidad para encontrar y utilizar esa ingente información para integrarla en el conocimiento.

    En cualquier caso, a la vista de lo que está ocurriendo, podemos preguntarnos con toda lógica, sobre los efectos de la buena o mala utilización de las nuevas tecnologías.

      Es lo que se pregunta Nicholas Carr en un sugerente artículo en la Revista The Atlantic, Julio-Agosto de 2008: Is Google Making Us Stupid? What the Internet is doing to our brains.

    O José Manuel Trabado Cabado, desde la Universidad de León, que afirma en su estudio "Saturación informativa y los nuevos cronotopos de lectura" que el sistema de hipertextos -los enlaces de la web- "amenaza con no dejarnos regresar nunca, prometiéndonos maravillas aquí y allá y tesoros camuflados en selvas demasiado grandes para los mapas del hombre".

    El asunto sobrepasa el objetivo de este blog, pero será de justicia reconocer que el fondo de la cuestión es el que hace 2.400 años planteó Platón.

    Y podemos aprovechar también la ocasión para enfatizar la importancia del diálogo y de la palabra, que llama “pequeño soplo”,  y su poder de persuasión, recogiendo las famosas  palabas del sofista  Gorgias de Leontinos en su Elogio a Helena, 8

    la palabra es un gran soberano que, con un pequeñísimo y muy invisible cuerpo, consigue efectos absolutamente divinos; pues en efecto, puede  eliminar el miedo, y suprimir el dolor, e infundir alegría, y aumentar la compasión.

  • No hay libro tan malo que no aproveche en alguna parte. (Nullum esse librum tam malum, ut non in aliqua parte prodesset) Plinio el Joven, Epist.3,5,10

    Puede ser esta una buena frase para celebrar el Día Mundial del Libro, que de acuerdo con la UNESCO se celebra cada 23 de abril de cada año desde 1995. En ese día, en 1616, murieron Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el poeta Garcilaso de la Vega, El Inca.

    La frase aparece por primera vez en una carta de Plinio el Joven a Bebio Macro. En la carta  se la adjudica a su tío, el famoso naturalista Plinio el Viejo, que murió en la erupción del Vesubio en aras de la ciencia.

    Plinio Epistolas,3,5,10:

    Solía decir que no hay libro tan malo que no aproveche en alguna parte

    Dicere etiam solebat nullum esse librum tam malum ut non aliqua parte prodesset”.

    Luego puede aparecer con alguna ligera variante, como por ejemplo:

    Nullus est liber tam malus, ut non aliqua parte prosit

    Reproduzco un pequeño fragmento de la carta, para contextualizar la frase :

    C. Plinio saluda a su estimado Bebio Macro

    Me resulta muy agradable que leas con tanta atención los libros de mi tío, y que quieras tenerlos todos  y que me preguntes cuáles son todos. Desempeñaré la función de un índice e incluso te haré sabedor de en qué orden fueron escritos: pues para los estudiosos es también agradable el conocimiento de estas cosas.
    …..

    Una vez que había regresado a casa, dedicaba el tiempo que le quedaba a los  estudios. Muchas veces, después de la comida (que tomaba ligera  y sencilla según costumbre de los antiguos), en verano, si tenía algún momento de ocio, se tumbaba al sol, se le leía un libro y lo anotaba y extractaba. Pues no leyó nada que no extractara. También solía decir que no había libro tan malo que no aprovechara en alguna parte. Después del sol, muchas veces se lavaba con agua fría. Luego comía y dormía muy poco: inmediatamente trabajaba como si de otro día se tratase hasta la hora de la cena. Después de esta, se le leía un libro y  lo anotaba a toda velocidad. Recuerdo que  en una ocasión, como quiera que un lector había pronunciado mal alguna parte,   uno de sus amigos le llamó la atención y le obligó a repetirlo; mi tío le dijo a éste: “¿lo habías entendido ya?; como le dijera que sí, le contestó: “entonces ¿por qué le has llamado la atención?. Con tu interrupción hemos perdido más de diez líneas”.  Tanto era el aprovechamiento del tiempo.

    C.Plinius Baebio Macro Suo S(alutem)

    Pergratum est mihi quod tam diligenter libros avunculi mei lectitas, ut habere omnes velis quaerareque qui sint omnes. Fungar indicis partibus, atque  etiam quo sint ordine scripti notum tibi faciam: est enim haec quoque studiosis non iniucunda cogniti.
    ….
    Reversus domum, quod reliquum temporis, studiis reddebat. Post cibum saepe, quem interdiu levem et facile veterum more sumebat, aestate,si quid otii, iacebat in sole, liber legebatur, adnotabat excerpebatque. Nihil enim legit quod non excerperet. Dicere etiam solebat nullum esse librum tam malum, ut non aliqua parte prodesset. Post solem plerumque frigida lavabatur: deinde gustabat dormiebatque minimum:mox quasi alio die studebat in cenae tempus. Super hanc liber legebatur, adnotabatur, et quidem cursim.
    Memini quondam ex amicis cum lector quaedam perperam pronuntiasset, revocasse et repeti coegisse; huic avunculum meum dixisse “intellexeras nempe?” cum ille adnuisset, “cur ergo revocabas? Decem amplius versus hac tua interpellatione perdidimus.”  Tanta erat parsimonia temporis.


    La frase se convirtió en un tópico o lugar común en el Renacimiento y no hay autor que no la utilice en alguna ocasión. Es frecuente su uso en los prólogos o prefacios para, curándose en salud, justificar los presuntos escasos méritos de una obra.

    Como no podía ser de otra manera la utiliza Erasmo en sus Adagios, pero no como uno de ellos, sino con ocasión de una curiosa polémica con Luigi Ricchieri 1453 o 1469 – 1525, Celio Rodigino en castellano y    Caelius Rhodiginus en latín. profesor de Latín y griego y autor de una gran enciclopedia titulada “Antiquae Lectiones” en la que pretendía recoger todo el saber antiguo a la manera de las Noctes Atticae de Aulo  Gelio.

    Parece ser que Caelius Rhodiginius estaba componiendo también una colección de adagios o sentencias latinas pero salió antes la obra de Erasmo así que suspendió la suya, si bien utilizó el material acumulado en su enciclopedia y en otras obras. Pues bien, Rodigino  bebió en la obra de Erasmo y Erasmo también bebió en la obra de Rodigino, aunque ninguno de los dos lo econozca. En los casos en que uno se servía del otro no citaban la fuente. Erasmo se queja de plagio (furtum, hurto, robo)en la carta dirigida a todos los filólogos, prólogo a la edición de los Adagia de Basilea de 1533 y es en esa carta en donde utiliza la frasecita en cuestión:

    Desiderio Erasmo de  Roterdam saluda a todos los filólogos

    Consideraría estas cosas indignas de ser recordadas si no hubiera visto que se trataban en serio por parte de algunos, que querían parecer a los otros que eran los primeros en haber considerado este ejemplo, sin  que pareciera que habían tomado algo de mis “quiliadas” sino que habían realizado toda la obra  con sus solos medios y con su Marte (su trabajo). Pero si  recogen lo que publican de los autores antiguos,  como quiera que en ellos se encuentra cantidad infinita de proverbios, que yo paso por alto, ¿por qué  pasadas por alto estos cogen tantos publicados por mí y añaden tan pocos no tratados por mi? ¿Por qué citan tan raramente autores no citados por mí?  Y si añaden algo nuevo, ¿acaso creen  que con ello disimulan bien el robo, si a las ollas viejas les ponen asas nuevas? Si no han leído mi selección, ¿con qué cara confiesan que nada tienen en común conmigo? Si la han leído pero quieren disimular, ciertamente lo deberían haber llevado a cabo con más diligencia y destreza de ejecución para que no hubiese sospecha. Yo ciertamente, aunque parezco versado en los buenos autores, que no necesito robar a escondidas en las  mezclas de los más recientes, sin embargo no considero que haya hoy un autor tan trivial que no sea digno de leerse, si publica un libro de adagios, porque es verdad el dicho de que no hay libro tan malo de donde no puedas sacar algo de bueno. Que yo no quiera leer los que tratan un argumento común con el tuyo, es propio de una vergonzosa arrogancia; disimular tú que los has leído, es propio de una vergonzosa ambición; negar el beneficio es propio de la más vergonzosa ingratitud.

    Desiderius Erasmus Roterodamus philologis ómnibus S.D.
    Haec indigna ducerem quae commemorentur, nisi uiderem hoc a quibusdam agi
    serio, ut primi hoc exemplum induxisse uideantur, ab aliis, ne quid ex meis
    Chiliadibus uideantur sumpsisse mutuo, sed rem totam suis auspiciis suoque
    Marte confecisse. Atqui si decerpunt ex uetustis autoribus quae produnt, quum in
    his resideat infinita prouerbiorum copia quae nos praetermisimus, quur his
    praeteritis tam multa congerunt a nobis prodita, tam pauca adferunt nobis
    intacta? Quur tam raro citant autores a nobis non citatos? Et si quid paululum
    nouent, an credunt ilico bene dissimulatum furtum, si ueteribus ollis nouas
    affigant ansas? Si nostra non legerunt, qua fronte profitentur se nihil habere
    mecum commune? Si legerunt ac dissimulandum putant, certe diligentia et
    dexteritate tractandi perficiendum erat, ne cui suboleret fucus. Ego sane
    quanquam ita uersatus uideor in bonis autoribus, ut non magnopere sit opus ex
    recentiorum miscellaneis suffurari, tamen nullus est hodie literator tam triuialis
    quin, si libellum aederet adagia pollicentem, dignaturus sim eum lectione, quod
    uere dictum sit nullum esse librum tam malum unde non aliquid boni possis
    decerpere. Nollem legere eos qui tractant argumentum commune tecum, turpis est
    arrogantiae: dissimulare quum legeris, turpioris est ambitionis: inficiari
    beneficium, turpissimae ingratitudinis.

    Otro ejemplo es el uso que de ella hace Gabriel Alonso de Herrera, que  escribió a instancias de Cisneros un libro para mejora la práctica agrícola de su tiempo titulado “Agricultura General que trata de la labranza del campo y sus particularidades” (1513). Curándose en salud, afronta la crítica que alguien pueda hacerle de qué utilidad puede tener tal libro para agricultores generalmente iletrados, responde con Plinio la famosa frase:

    “No hay libro tan malo que en alguna parte no sea provechoso, siquiera para ocupar los ociosos algún poco de tiempo, para que no ejerciten vicios dedonde suelen resultar muchos escándalos y pecados”

    Pero probablemente las citas más famosas que se hacen en castellano son la del Lazarillo de Tormes, la de Mateo Alemán en el Guzmán de Alfarache y las dos que hace Cervantes en la II parte del Quijote.

    En el prólogo del Lazarillo la utiliza Diego de Mendoza usando la autoridad de Plinio en el sentido indicado de prudente presentación justificándose ante quien pueda sentir algún recelo:

    “Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos, y no se entierren en la sepultura del olvido; pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite; y a este propósito dice Plinio “que no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena” mayormente que los gustos no son todos unos, mas lo que uno no come, otro se pierde por ello.”

    En Guzmán de Alfarache I,33:

    Bien veo de mi rudo ingenio y cortos estudios fuera muy justo temer la carrera y haber sido esta libertad y licencia demasiada; mas considerando no haber libro tan malo donde no se halle algo bueno, será posible que en lo que faltó el ingenio supla el celo de aprovechar que tuve, haciendo algún virtuoso efecto, que sería bastante premio de mayores trabajos y digno del perdón de tal atrevimiento.

    Cervantes en el capítulo 3 de la II parte:

    La historia es como cosa sagrada, porque ha de ser verdadera, y donde está la verdad, está Dios, en cuanto a verdad; pero, no obstante esto, hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos

    —No hay libro tan malo —dijo el bachiller—, que no tenga algo bueno.

    —No hay duda en eso —replicó don Quijote—, pero muchas veces acontece que los que tenían méritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus escritos, en dándolos a la estampa la perdieron del todo o la menoscabaron en algo.

    Y de nuevo en el capítulo 59 de la misma II parte:

    —Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que traen la cena leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.

    Apenas oyó su nombre don Quijote, cuando se puso en pie y con oído alerto escuchó lo que dél trataban y oyó que el tal don Jerónimo referido respondió:

    —¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estos disparates, si el que hubiere leído la primera parte de la historia de don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta segunda?

    —Con todo eso —dijo el don Juan—, será bien leerla, pues no hay libro tan malo, que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mí en este más desplace es que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso

    Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y de despecho alzó la voz y dijo:

    —Quienquiera que dijere que don Quijote de la Mancha ha olvidado ni puede olvidar a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que va muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puede ser olvidada, ni en don Quijote puede caber olvido: su blasón es la firmeza, y su profesión, el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza alguna.


    Los ejemplos modernos son infinitos. Sirva como muestra de su uso internacional la cita que hace el famoso historiador Edward Emily Gibbon (1737-1794), autor de la gran obra The History of the Decline and Fall of the Roman Empire ( Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano). Dice Gibbon en sus  Memoirs of My Life and writings

    …and that I soon adopted the tolerating maxim of the elder Pliny, “nullum esse librum tam malum ut no ex aliqua parte  prodesset”.
       
    Oscar Wilde, modificó la frase, pero dándole un sentido moral desplazando la posible maldad  del contenido moral al lector, en el Prefacio de "El retrato de Dorian Gray".: 

    "No hay libros morales ni inmorales. Los libros están bien escritos o no lo están."

      La frase siempre me ha generado pensamientos enfrentados: por una parte cierto atractivo, casi fetichista, por el libro, por la letra impresa me impide despreciar y mucho más destruir cualquier texto; por otra encuentro que son muchos los libros verdaderamente deleznables, esencialmente malos, entre los cuales se cuentan la mayor parte de los modernos bestsellers. Encuentro libros de historia absolutamente falsos y faltos de rigor, encuentro publicitados bestsellers dignos de todo rechazo, encuentro libros moralmente (y no me refiero a la temática sexual) negativos.  Recuerdo con simpatía una vieja columna de una vieja revista de humor en los años duros de la dictadura, La Codorniz; en ella había una sección llamada “La cárcel de papel”  en la que eran recluidos los autores y escritos especialmente disparatados o falsos o malos de solemnidad. La verdad es que mucha de la letra impresa en forma de libro merecen si no la pena de muerte, contra la que me manifiesto contrario, sí una cadena perpetua en esa “cárcel, naturalmente de papel”.

    Al margen de todo ello el mismo Plinio nos dejó un buen consejo para lectores compulsivos:

    “Hay que leer mucho, no muchas cosas”  Plinio, Epistolas, 7,9,16 que viene a querer decir "hay que leer muchas veces un libro, no muchos libros"

    Multum legendum esse,  non multa

  • La Biblioteca de Alejandría (4): Sabios, bibliógrafos y bibliotecarios

    Toda biblioteca ha de estar bien organizada con sus fondos bien catalogados. La de Alejandría parece que así estuvo y de alguna manera sentó las bases del arte de la biblioteconomía.

    Los rollos de papiro o los papiros enrollados se guardaban en armarios o estantes que precisamente se llaman   βιβλιοθήκαι , bibliothekai. Parece ser que los rollos o volúmenes estaban organizados y clasificados por géneros o materias (épica, lirica, tragedia, comedia, filosofía, medicina, retórica…) y dentro de ellos por orden alfabético de autores y de títulos. En el borde superior del rollo se colocaba una etiqueta con el “título” de la obra. (τίτλος en griego y titulus en latín significan precisamente y en primer lugar inscripción, rótulo, título,) o índice (index, de in– y dico, decir, anunciar, comunicar, señalar, significar, etc.)

    Calímaco de Cirene (310-240 a.C.) fue el segundo bibliotecario director oficial de la Biblioteca y se le considera el “padre de la bibliografía y de la biblioteconomía”, según esa costumbre popular de buscar padres para todo.

    Calímaco escribió una obra llamada PinakesCatálogo de los autores que brillaron en cada disciplina singularPinakes (griego Πίνακες) significa  "tablas") y en realidad es un catálogo de libros constituido a su vez por  más de 120 libros o rollos.  En ellos se encontraban clasificados todos los volúmenes de la Biblioteca. De cada autor se daba una pequeña biografía y la lista de sus obras con las palabras iniciales y referencia de su longitud, técnica clasificatoria de la que hay referencias en los archivos sumerios, hititas, asirios y babilonios. Pero no se utiliza un orden alfabético

    Nota: si la biblioteca es el lugar en donde se guardan y exhiben los libros, la pinacoteca, del latín pinacothēca, y este del griego πινακοθήκη y este de Πίνακες, tabla, será el lugar  en el que guardan y exhiben las tablas o pinturas.

    Es quien idea, pues, la clasificación por palabras clave y por autor. Obsérvese como todavía se sigue utilizando el mecanismo de usar las letras iniciales sea del autor o del título para clasificar una obra.

    En realidad Calímaco no pretende hacer un índice o catálogo de los libros existentes en la biblioteca, sino crear un instrumento que facilitase la labor de los estudiosos, dada la dificultad que entraña el tener que desenrollar un papiro para averiguar su autor o su contenido, ya que los papiros no tienen una portada o una página inicial con el nombre el autor o el título de la obra.

    Si aplicamos a “género literario” un significado amplio, podemos considerar que estaban clasificados por géneros literarios. Se establecieron seis secciones para la poesía y cinco para la prosa. Algunas de las categorías fueron autores épicos, trágicos, cómicos, historiadores, médicos, rétores, leyes, misceláneas; curiosamente faltan los filósofos.

    Así que Demetrio de Falera fue  probablemente el cerebro que diseñó la Biblioteca aplicando el método de la biblioteca de Aristóteles, aunque  no fue el primer director oficial.

    El primero  lo fue  Zenódoto de Efeso, al que se debe la invención de la crítica de textos por comparación de diversos manuscritos. En su afán de recopilar los libros existentes en su entorno, la Biblioteca pronto se encontró con numerosos ejemplares o copias de una obra que divergían entre sí o no coincidían exactamente o que contenían errores.  Zenódoto vió la necesidad de compararlos entre sí para determinar el texto inicial o el texto más aproximado y en consecuencia inventó la “crítica textual”,  trabajo al que los filólogos, en su afán de precisión y exactitud, dedican no pocos de sus infinitos esfuerzos. Con frecuencia incluso corrigen los textos en un afán de mejora y perfección de la obra; es decir al texto lo consideran perfectible o no un texto sagrado que no admite la más mínima modificación.

    Otro problema que exigió el estudio filológico es el hecho de atribuir a grandes autores numerosas obras que no eran de ellos; así se atribuían numerosos escritos de medicina a Hipócrates o libros de poemas que no eran la Ilíada o la Odisea a Homero.

    Zenódoto preparó ediciones críticas de Hesíodo, Píndaro y Homero.  Cada ciudad tenía su propia edición de Homero..Se calcula que Zenodoto pudo utilizar entre 20 y 30 ediciones de Homero (unas llevan la etiqueta “de las ciudades” y otras “del Museo”, haciendo referencia a su origen de alguna ciudad o a copias realizadas en el propio Museo.

    Este especialista en Homero consideró que la Ilíada y la Odisea eran las únicas obras de Homero y  es el responsable de la división de la Iliada y Odisea en 24 cantos, tantos como letras tiene el alfabeto griego, mayúsculas para la Iliada y minúsculas para la Odisea. Los alejandrinos se mostraron en general respetuosos con los textos y si tenían que hacer alguna rectificación lo hacían al margen en los llamados scholia  ( del lat. scholĭum, y este del gr. σχόλιον, comentario).

    También los alejandrinos dividieron la obra de Heródoto en nueve libros, dedicados a cada una de las  nueve musas.

    Diógenes Laercio nos cuenta, por ejemplo,  a propósito de Timón en el libro IX,113:

    Cuentan que Arato le preguntó cómo conseguir un texto fiable de los poemas de Homero; le respondió: ‘habrás de encontrar las copias antiguas, y no las que ya están corregidas’.

    Vitruvio nos cuenta en VII, pref.5-7 cómo Aristófanes de Bizancio, que conocía perfectamente la biblioteca, descubre a unos falsarios a propósito de un certamen poético convocado por el rey, en el que participó como juez. Como conocía perfectamente el orden de los libros, se levantó del jurado, fue a la estantería adecuada y regresó con los textos originales de unos libros que los participantes querían hacer pasar como propios.

    Véase https://www.antiquitatem.com/plagio-antiguo-biblioteca-de-alejandri

    Este trabajo filológico ha sido esencial desde que en el Renacimiento se intenta recuperar la cultura antigua. Aparecen, generalmente escondidos o perdidos  en las bibliotecas de los monasterios manuscritos de las obras latinas “supérstites”, supervivientes,  resultado de la copia de la copia de otra copia. Los errores de los copistas, que escriben de oído, muchas veces sin comprender lo que están transcribiendo, se acumulan y multiplican. Por eso es necesaria la crítica de esos textos, la “crítica textual”.  Por lo demás ese estudio genealógico del documento permite establecer el origen y el camino discurrido por el manuscrito, ahora ya en forma de códice o libro de hojas de piel de animal, más manejable que el antiguo volumen o rollo de papiro.

    A estos eximios bibliotecarios alejandrinos iniciales les sucedieron otros muchos eximios.  Así Apolonio de Rodas, autor de “El viaje de los Argonautas”,  luego el matemático Eratóstones de Cirene, que midió la circunferencia de la Tierra con un razonamiento trigonométrico impecable y con pequeño error de  precisión , Apolonio de Alejandría, Aristarco de Samotracia que fue el primero en afirmar que la Tierra gira alrededor del Sol, Aristófanes de Bizancio, que escribió un “léxico” de palabras antiguas o peculiares. Lexicon, (del gr. λεξικός,  y éste de .lexis, λέξις, palabra, voz,dicción) significa colección de palabras. Este mismo Aristófanes fue el primero en dividir la poesía en versos o kolon (del griego κῶλον kolon, = miembro),   en estrofas; hasta él se escribía de manera seguida como la prosa.

    Además de los scholia o comentarios marginales,  utilizaban la nota a pie de página y signos diversos de crítica textual, algunos se siguen utilizando, como una línea horizontal para marcar un verso sospechoso de espurio, el asterisco, en forma de estrella par indicar un versos repetido, etc.

    Los alejandrinos crearon, pues,  la filología como ciencia.

    Por la Biblioteca pasaron entre otros muchos sabios desde el siglo III a.C. al IV de nuestra era personas tan célebres, además de los directores citados,  como los matemáticos Euclides, Arquímedes, Teón de Alejandría; geógrafos e historiadores como Manetón, Diodoro de Sicilia y Estrabón, Teofrasto el botánico; filósofos como Dídimo, Filón de Alejandría y Plotino; poetas como Calímaco y Teócrito o Licofrón; retóricos como Ateneo,; astrónomos y geógrafos como Claudio Ptolomeo y Estrabón; médicos como Herófilo de Calcedonia, Erasístrato y Galeno. Es curioso que no se citen nombres de filósofos en cuanto tales.

    ¿Cómo no va a generar una verdadera atracción y admiración este elenco de tantos sabios? ¿Qué universidad o academia actual no se sentiría y aun explotaría orgullosa tal nómina?

    En verdad que en Alejandría estuvo el fundamento y base de la ciencia y cultura occidentales.
     

  • Biblioteca de Alejandría (2) ¿Cuántos volúmenes tenía la Biblioteca de Alejandría?

    Sabemos que la Biblioteca de Alejandría tuvo pretensiones de almacenar todo el saber universal de la época, pero ¿cuántos volúmenes tuvo en realidad?

    Este sueño de almacenar todo el conocimiento del momento encandila cada cierto tiempo a los hombres, al menos a algunos soñadores. En Alejandría pretendían recopilar  “los libros de todos los pueblos de la tierra” y pudieron pensar que para ello necesitaban coleccionar 500.000 volúmenes.

    Las diversas fuentes, de épocas muy diversas, aunque bebiendo unas de otras, nos dan cifras muy dispares.

    Leemos en la Carta de Aristeas,9 y ss., obra del siglo III a.C. y  primer texto conservado en el que se cita la Biblioteca de Alejandría, famoso sobre todo porque comenta la traducción del Pentateuco al griego para esta Biblioteca:

    Encargado de la biblioteca del Rey, Demetrio de Faleras, recibió grandes sumas de dinero, para reunir, de ser ello posible, todos los libros del orbe; y realizando compras y transcripciones, llevó a feliz término en el menor plazo que pudo la encomienda real. Habiéndosele demandado, en mi presencia: «¿Cuántas decenas de millares de libros hay?», respondió: «Más de veinte, oh Rey; y me afano para completar en breve lo que falta para los quinientos mil. Por cierto, que se me ha anunciado además que las leyes de los judíos son dignas de transcripción y de hallarse en tu biblioteca». «¿Qué es lo que te impide —dijo el Rey— realizar esta tarea, puesto que se te ha provisto de todo lo necesario?». Demetrio dijo: «Se necesita una traducción: en Judea se sirven de sus propios caracteres;tienen, del mismo modo que los egipcios, tanto una escritura como una lengua propias. Corre la fama de que utilizan el siríaco;pero no es cierto, se trata de algo distinto». El Rey, después que hubo recibido noticia puntual de todo, ordenó se escribiera al sumo sacerdote de los judíos, a fin de llevar a buen término el proyecto. (Traducción y notas de Jaume Pòrtulas, única que yo conozco en castellano)

    Y lo mismo leemos en Flavio Josefo, Antiguedades judías, 12. 2

    Demetrio Falero, prefecto de la biblioteca real, intentaba, si era posible, recopilar todos los libros del orbe; compraba todo lo que oía que era especial  o cualquier  obra interesante, secundando así los deseos del rey, que demostraba un gran interés en coleccionar libros.
    Un día que Ptolomeo le preguntó cuántos volúmenes había reunido ya, le respondió que tenía cerca de doscientos mil y que pronto llegaría a los quinientos mil; añadió que había oído que entre los judíos había recopilaciones de sus leyes interesantes y dignas de la biblioteca real, pero que escritas  con los caracteres y en la lengua de este pueblo,  exigirían mucho esfuerzo para traducirlas al griego. Resulta que sus letras en principio se parecen a los caracteres sirios y los sonidos suenan semejantes, pero en realidad se trata de una lengua muy diferente. Sin embargo  no hay ninguna dificultad para que se haga la traducción de estos libros en la biblioteca porque el rey no carece de los recursos necesarios. Al rey le pareció que Demetrio le daba una buena idea para satisfacer  su deseo de recopilar el mayor numero posible de libros y a este efecto escribió al Sumo Sacerdote de los judíos.

    Quizás recogiendo las ideas de Demetrio, se pretendiera crear una biblioteca universal, aunque la mayoría de los libros fueran griegos, y que ésta ocupara  unos 500.000 volúmenes de todas las materias. En todo caso la cantidad real debió ser tan impresionante que  los antiguos han dado cifras fantásticas de muchos miles de volúmenes, aunque hemos de tener en cuenta que una obra tenía varios volúmenes o rollos de papiro; cada rollo puede equivaler a 60-70 páginas actuales y su longitud suele estar entre 6 y 10 metros, aunque pueden ser mucho mayores.

    Las  cifras hay que atenderlas con muchas reservas porque en principio parecen imposibles.  Ya hemos visto cómo en la citada carta de Aristeas, 9-10, se dice que ya en tiempos de Demetrios de Falera tenía 200.000 volúmenes; a principios del siglo II tendría 500.000 y según llegaría a tener 700.000 volúmenes, aunque hemos de tener en cuenta que una obra tenía varios volúmenes o rollos de papel.

    Dice Gelio en Noctes Atticae VII, 17,3:

    Después un gran  número de libros o fue fruto de las conquistas o encargada su copia por los reyes Ptolomeos en Egipto hasta casi los setecientos mil volúmenes

    Ingens postea numerus librorum in Aegypto ab Ptolemaeis regibus vel conquisitus vel confectus est ad milia ferme voluminum septingenta;

    Amiano también habla de 700.000 volúmenes. Pero en algunos manuscritos de Gelio se decía 70.000 y no 700.000  volúmenes. Curiosamente los 200.000 de los que se habla en la carta de Aristeas más los 500.000 del objetivo de Filadelfo suman los 700.000 de Gelio.

    Séneca dice que en Alejandría ardieron 40.000 libros, pero como veremos en otro momento, estos libros no eran realmente el fondo bibliográfico de la biblioteca.  Lo dice precisamente en un texto en el que critica la ostentación de ricos ciudadanos romanos que almacenan numerosos volúmenes que nunca leen para aparentar que son cultos. Este comportamiento no está alejado de algunos contemporáneos.. Lo dice en De tranquillitate animi, 9, 4:

    “¿Para qué sirven los libros y bibliotecas innumerables, de los que su dueño apenas si puede leer su título en toda su vida?  Esa cantidad cansa al que está aprendiendo, pero no le enseña y es mucho más interesante que te dediques a unos pocos autores y no que andes perdido entre muchos. En Alejandría ardieron  40.000 rollos. Alguno lo alaba como hermosísimo monumento de la opulencia de los reyes, como por ejemplo Livio, que dice que esto fue obra egregia de la elegancia y preocupación de los reyes. Pero ni aquello fue elegancia ni preocupación, sino  lujoso deseo de aprender, mejor, ni deseo de aprender, porque no se compraron para el estudio sino para el espectáculo, como para muchos ignorantes  también los libros de letras infantiles no son instrumentos para el estudio sino adornos para sus cenas. Adquiramos, pues, cuantos libros sean necesarios, pero no por el espectáculo.

    Quo innumerabiles libros et bibliothecas, quarum dominus uix tota uita indices perlegit? Onerat discentem turba, non instruit, multoque satius est paucis te auctoribus tradere quam errare per multos. 5 Quadraginta milia librorum Alexandriae arserunt. Pulcherrimum regiae opulentiae monumentum alius laudauerit, sicut et Liuius, qui elegantiae regum curaeque egregium id opus ait fuisse. Non fuit elegantia illud aut cura, sed studiosa luxuria, immo ne studiosa quidem, quoniam non in studium, sed in spectaculum comparauerant, sicut plerisque ignaris etiam puerilium litterarum libri non studiorum instrumenta, sed cenationum ornamenta sunt. Paretur itaque librorum quantum satis sit, nihil in apparatum.

    Orosio, que parece haber bebido en Tito Livio, al hablar de la guerra de Alejandría, dice que ardieron 40.000 libros, aunque algunos códices den 400.

    San Isidoro habla de apenas 70.000 rollos.

    El obispo Epifanio nos dice que la biblioteca del Serapeion, que llaman “hija”,  tendría 54.800 volúmenes,   en su obra “Pesos y medidas”  , en cap. 9, (52c): 

    Ya hay 54.800 libros, más o menos, pero hemos oído que hay una gran cantidad de todo  el mundo, entre ellos,  etíopes, indios, persas,  elamitas, babilonios,  asirios,  caldeos, y también  romanos,  fenicios,  sirios, y los romanos en Grecia "—- en ese momento no los llamaban romanos sino  latinos”

    Juan Tzetzes, erudito y escritor bizantino, que vivió aproximadamente entre los años 1110 y 1180, en su obra  Prolegómenos a Aristófanes dice que el Museo había recopilado 400.000 “libros mixtos” (symmigeis)  y 90.000 “no mixtos” (amygeis), resultando difícil interpretar que quiere decir con ”mixtos” y “no mixtos”; tal vez se refiera a rollos con una sola obra y rollos con varias.  Por otra parte Tsetzes se basa en la carta de Aristeas, y en todo caso, expresaría la idea recordada de que la biblioteca tenía un enorme número de rollos de papiro.

    Ibn-al Qifti  (vivió ca. 1172-1248) historiador árabe, autor de una Historia de los filósofos, habla también de 54.000 rollos.

    Parece que se están mezclando diversos aspectos: el mito de que la biblioteca pretendía almacenar copia de todos los libros del mundo y por tanto su objetivo de llegar a los 500.000 volúmenes, la enorme cantidad que realmente tenía, los que se quemaron en el famoso incendio con motivo de la guerra de Alejandría.

    Autores modernos han intentado calcular con más racionalidad los posibles volúmenes realmente existentes.

    Hipólito ESCOLAR SOBRINO, en su obra La Biblioteca de Alejandría, (Madrid: Gredos, 2001), p. 136-138, calcula que pudo tener unos 50.000 volúmenes o rollos que,  vendría a equivaler a unos 12.500 libros actuales.

    Hay otros cálculos incluso menos alegres. Así considerando que los 24 cantos de la Odisea de Homero necesitan 24 rollos de papiro y hoy caben en un volumen moderno y admitiendo que en Alejandría hubiera 500.000 rollos de papiros, tendríamos unos 20.000 libros modernos. Pero si tuviera 50.000 rollos, habría acogido algo más de 2.000 de los modernos, cifra insuficiente para la mítica valoración de la que goza.

    En todo caso, soñaron con recolectar todos los libros del mundo y traducirlos al griego, porque no sólo les animaba una intención meramente coleccionista, sino también de conocimiento de los hombres y culturas del mundo.  Pero, ¿acaso no es éste también el sueño de proyectos contemporáneos como “Google Books”,  por ejemplo?  ¿Acaso no pretenden otros proyectos grandiosos como Wikipedia construir la enciclopedia realmente universal?