Los griegos y romanos están familiarizados en su mitología con la coexistencia de los animales con los dioses. Más aún, concibieron a sus dioses como hombres, lo que de paso permitió concebir a algunos hombres como dioses.

O más probablemente el proceso fuera a la inversa: cuando algunos hombres se hicieron muy poderosos a partir de la acumulación de riqueza del neolítico (con la agricultura y la cría de animales), concibieron a sus dioses como hombres. En todo caso parece como si en una etapa muy primitiva, correspondiente sin duda a la época de los hombres cazadores, en que existe una vinculación íntima y orgánica con los animales, los animales fueran divinos. Así lo muestra la importancia del tótem en toda civilización.

En Grecia y Roma quedan algunos restos, aunque de una etapa posterior, en que aparecen animales compuestos: seres mitad hombre mitad animal, generalmente con características divinas, centauros, grifos, esfinges, etc.; culto y ritos dedicados a alguno de ellos como Licaón, el hombre lobo; animales asociados a los dioses como el águila a Júpiter o la paloma a Venus; importancia de algunos animales, como la loba que alimenta a Rómulo y Remo.

Parece como si estos animales se fueran poco a poco antropomorfizando, van adquiriendo cuerpo de hombre y la divinidad se realiza a partir del animal: primero animales completos, luego mitad hombre mitad animal, luego una parte como  la cabeza de lobo del dios egipcio Anubis, o de halcón de Orus,  luego incluso una  parte de animal menos significativa, como las alas de los pies de Mercurio y finalmente el animal como representación de la divinidad, como el águila de Júpiter.

Los animales son un elemento esencial en todas las religiones, incluso hoy en día, y en el fondo lo que están indicando es la radical igualdad de todos los seres vivos sobre la tierra; si a Rómulo y Remo los amamantó una loba, a Buda lo engendró un elefante; en el hinduismo la vaca es sagrada; recordemos el papel importante de la paloma en el Cristianismo como “Espíritu Santo”.

Bien, pese a todo ello los griegos, y desde luego los romanos, no podían entender el culto, reverencia y respeto que los egipcios tenían para con sus animales, desde el escarabajo al halcón, el perro, el cocodrilo o el gato, animal que aparece embalsamado después de muerto como los cuerpos de los hombres. Sin duda les llamaba la atención cómo el egipcio se inclinaba reverente ante el paso de un gato, felino por lo demás desconocido durante mucho tiempo en Roma y de ninguna manera doméstico.

Diodoro Sículo (de Sicilia quiere decir el nombre) nos cuenta un episodio en el que este desconocimiento de las costumbres egipcias le costó muy caro a un romano, a un ciudadano romano, incluso cuando ser ciudadano romano implicaba disfrutar de un estatuto de derechos único en aquel mundo.

Nos relata Diodoro, Biblioteca Histórica (Estantería de Historia sería la traducción literal) I, 83,8-9  un caso en el que él mismo fue testigo:

En cuanto a la consagración de los animales en Egipto , esta práctica les parece naturalmente a muchos extraordinaria  y digna de estudio.  Los egipcios veneran de manera especial y no sólo durante su vida sino también después de su muerte a ciertos animales; así a los gatos,  perros e insectos como las  avispas , y también a los halcones y a los pájaros que llaman  " ibis ", así como a los lobos y a los cocodrilos y a muchos otros animales de este tipo. Comentaremos luego los motivos de tal adoración, después de hablar brevemente  sobre los propios animales .

En primer lugar, a de cada tipo de animal para el que se ha acordado su culto,  se le ha  consagrado una parte de  tierra que resulta suficiente  para su cuidado y sustento;  por otra parte, los egipcios hacen votos a algunos dioses en nombre de sus hijos, que se han librado  de una enfermedad; en este caso  se afeitan el cabello y entregan a los cuidadores de los animales mencionados el dinero que vale su peso (de los cabellos) en plata u oro.

Cortan carne para los halcones y los llaman con un fuerte grito dirigido hacia ellos, hasta que la cogen al vuelo, mientras que a los gatos y a las avispas desmenuzan el pan en leche y los llaman con un cloqueo de la lengua cuando se lo ponen enfrente o incluso les cortan pescado del río Nilo y los alimentan con su carne;  y de la misma manera se les proporciona a los otros tipos de animales la comida adecuada.

Y en cuanto a los distintos cuidados que estos animales requieren, los egipcios no sólo no tratan de evitarlos o sienten vergüenza de ser vistos por la multitud cuando los atienden, sino que al contrario, en la creencia de que participan en los ritos más importantes del culto divino, se sienten importantes  y revestidos de sus insignias especiales, dan vueltas por la ciudad y por el campo. Y como se puede ver desde lejos el cuidado con que atienden a estos animales, todos cuantos se encuentran con ellos se postran ante ellos y les rinden honores.

Cuando uno de estos animales muere, lo envuelven en fina tela de lino luego , llorando y golpeándose el pecho , lo llevan a ser embalsamado;  y después de haber sido tratado con aceite de cedro y especias que tienen la cualidad de impartir un olor agradable y de preservar el cuerpo por  largo tiempo, lo depositan fuera en una tumba consagrada.

Y el que mata intencionadamente a uno de estos  animales es condenado a muerte , a menos que sea un gato o un ibis lo que ha matado; porque si mata a uno de ellos, sea intencionalmente o no  es condenado a muerte;  incluso la gente normal se lanza  multitudinariamente sobre él y se comporta con el infractor con la mayor crueldad, incluso a veces se comportan así sin esperar al juicio.

Y por el temor a este castigo, si alguien divisa a uno de estos animales que yace muerto, se mantiene a una gran distancia y grita con lamentos y quejas que él lo ha encontrado ya muerto.

Tan profundamente está  implantada en el corazón de la gente común esta visión supersticiosa de estos   animales y tan inalterables son las emociones mantenidas  por todos los hombres en  lo que respecta al honor debido a ellos, que una vez, en el tiempo  en que su rey Ptolomeo todavía no había recibido  de los romanos el título de “amigo”  y el pueblo agasajaba y cortejaba con todo celo el favor de la embajada de Italia que visitaba Egipto, y en su temor, procuraban  no dar ningún motivo de queja ni para la guerra, cuando un romano mató un gato y la multitud se lanzó en masa a su casa, ni los oficiales enviados por el rey  para suplicar por el hombre ni el temor de Roma que todo el pueblo sentía fueron suficientes para salvarlo del castigo, incluso a pesar de que su acto había sido un accidente.

Y este incidente lo cuento no porque lo oí, sino que lo  vi con mis propios ojos, con ocasión de la visita que hice a Egipto.

Naturalmente huelga todo comentario.

Animales que son dioses: un ejemplo de fanatismo religioso

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